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A Fundación Barrié exporá na súa sede da Coruña máis de 300 pezas coa popular cámara como eixo

Oliviero Toscani Andy Warhol, 1974

Por H.J.P.

Agora que se fala tanto de Intelixencia Artificial asociada á creación, mesmo literaria ou artística, hai que dicir que o debate na raíz vén de lonxe. As alarmas saltaron moito antes, noutras etapas. E nestas tensións coa tradición houbo fitos —en realidade, non tan lonxe no tempo— como a teoría expresada por Walter Benjamin no seu ensaio A obra de arte na época da súa reproducibilidade técnica (1936), onde expresaba a súa preocupación pola perda da aura da obra artística. Aínda que para entón facía séculos que os gravados puñan en cuestión o concepto de peza orixinal, era o auxe de medios (mozos) masivos como a fotografía e o cine o que agravaba o problema. Creadores como Andy Warhol puxeron despois o dedo na chaga ao facer arte precisamente sobre a sublimación de imaxes (ata seriadas) que difundiran o cine, a televisión e a publicidade.

Hoxe ninguén discute a presenza entronizada nos museos desas obras, como tampouco se cuestiona a lexitimidade artística da fotografía, nin sequera da realizada con cámaras automatizadas, de manipulación moi reducida grazas á tecnoloxía e en pos do consumo de masas. Un dos fitos desta carreira comercial é a Polaroid, cuxo deseño facíaa proverbial para lograr a obra instantánea, tanto é así que o cualificativo se sustantivizó e fai moito que se utiliza como sinónimo de fotografía.

O impacto da Polaroid foi no seu día case equivalente (aínda que non tan universal) ao da cámara no teléfono móbil, que practicamente acabou coas máquinas compactas. Aquela forza non só se moveu no terreo do puramente doméstico —ah, as fotos familiares—, tamén provocou unha potente corrente creativa da que se ocupará a Fundación Barrié na súa sede coruñesa na exposición Proxecto Polaroid. Na intersección da arte e a tecnoloxía, que se inaugurará o próximo 11 de marzo (e poderá visitarse ata o 9 de xullo). Comisariada por William Ewing, Barbara Hitchcock, Deborah G. Douglas, Rebekka Reuter e Gary van Zante —da Foundation for the Exhibition of Photography e o MIT Museum de Massachusetts—, a mostra desembarca en Galicia en primicia para España e procedente de cidades como Viena, Hamburgo, Berlín, Singapur e Montreal.

A proposta reúne máis de 300 pezas que trazan un percorrido que comeza nos anos 40 e acada os días actuais, e que comprende desde imaxes elaboradas con toda a gama de papel e películas da marca ata prototipos, recreacións, modelos, papel e películas experimentais, debuxos e materiais relacionado cos aspectos técnicos.

A Barrié convoca así a unha infinidade de autores como Ansel Adams, André Kertész, Andy Warhol, Dennis Hopper, George Silk, Philippe Halsman, Richard Hamilton, Robert Mapplethorpe, Sandi Fellman, Edward Steichen, Javier Vallhonrat, Gus van Sant, Joan Fontcuberta, Peter Beard, Bill Eppridge, Shelby Le Adams, Fazal Sheikh, Anna Tomczak, Oliviero Toscani, Hiromitsu Morimoto, Peggy Hartzell, Sue Doyle, Barbara Crane e Wendy Ewald.

Estas instantáneas conforman en boa medida un mapa emocional do discorrer sociolóxico (especialmente en Occidente) a partir de mediados do século XX e ao que a vangarda industrial de Polaroid contribuíu co «máis doado» e «máis rápido» que reinou avanzada éraa posbélica.

[Foto: cortesia de Oliviero toscani Studio – fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

Hiperactivo y prolífico, Niño de Elche ensancha su ya abultada discografía con “Flamenco. Mausoleo de celebración, amor y muerte”, doble álbum en vinilo en el que, partiendo de la luctuosa premisa sobre el género que titula el disco, imagina y materializa un particular ritual de reseteo expresivo.

Ritual heterodoxo

Escrito por César Luquero

Acostumbrado a no parar, Francisco Contreras Molina, Niño de Elche, reserva generoso hueco en su apretada agenda para este encuentro con Rockdelux, en el ecuador de una semana con más festivos que laborables. Tiene mucho que hacer, pero no permite que la prisa apriete el paso de su copioso discurso, articulado con matizada cadencia. “Flamenco. Mausoleo de celebración, amor y muerte” (Sony, 2022) vio la luz el pasado 18 de noviembre y ocupa el centro de la conversación, aunque en las últimas semanas el músico ilicitano ha estado defendiendo en las madrileñas Naves del Español el espectáculo “Carnación” junto a la coreógrafa Rocío Molina y ha estrenado el show de este nuevo álbum en el Teatro de la Zarzuela de la capital, compatibilizando dichas ocupaciones con la realización de “eXtrañas heterodoXias”, el programa semanal que dirige y presenta en Radio 3. En su cartera, este mes de enero, tiene varias tarjetas de embarque para volar a Nimes (13) y Los Ángeles (21) con el espectáculo “Mellizo doble” que comparte con el bailaor Israel Galván, y también a Barcelona (14) para presentar su nuevo disco.

El punto de partida de este último es que el flamenco está muerto, por mucho interés, ruido y devoción que genere. Y que no está de más construirle un sepulcro como es debido, para seguir cantándole. “La tesis es esa”, confirma nuestro interlocutor. “Podríamos decir que es un arte que nace en peligro de extinción. Desde que lo conocemos siempre le han acompañado los discursos apocalípticos. El debate de que va a morir, de que ha muerto, de que está a punto de morir, de que renace o se transforma; todos estos debates sobre la trascendencia –que es lo que realmente me interesa, el flamenco es una excusa para hablar de la trascendencia de las cosas– me dio la pauta para hablar de un flamenco que ha muerto, que es el flamenco clásico, pero que es una constante, es una realidad, es una pulsión que acompaña al flamenco como a otras músicas que pretenden ser tradicionales. El flamenco en que yo me baso en este disco ya no existe. Existen las grabaciones. Me gustaba mucho coger esa idea de que el flamenco ha muerto, de erigir un mausoleo con esos restos que incluso en el flamenco ya casi no se utilizan”.

Para la construcción, Niño de Elche ha recurrido a materiales poco comunes. Cantes como la alboreá o la bambera –también soleá, alegrías o seguiriya– que aborda con más contención que despliegue. Y un planteamiento instrumental –produce el álbum Raül Refree– recoleto y acogedor: “La producción buscábamos que fuese más íntima y más cálida, esta cosa de buscar la calidez que me ha gustado siempre del flamenco, las guitarras más duras, las guitarras sucias, más cercanas al minimalismo y al punk, que es lo que siempre ha interesado de la guitarra flamenca más que esa tendencia jazzística. Hemos buscado todo eso. Es acercarte a la raíz desde lo radical, yo siempre lo he entendido así, la raíz como los elementos tradicionales porque el flamenco es un arte que no tiene tradición. Ese es uno de sus traumas: que está constantemente intentando tener una tradición, pero como constantemente muere y algunos piensan que constantemente renace… Pero eso ya son debates que a mí no me interesan, no es mi prioridad”.

Invocando espíritus perdidos

¿Y por qué ahora la construcción del mausoleo?

Tú sabes que llevo muchos proyectos a la vez, este lo pensé hace tres años más o menos, lo que es la idea de trabajar desde la guitarra flamenca este tipo de repertorio con cantes cortos. Me vino la invitación del Teatro de la Zarzuela, que querían que actuara allí, pero les decía que no porque entendía que no tenía ningún proyecto que pudiera encajar. Tenía esta idea, vi el calendario y pensé: “Mira, tal vez”… Entendí que era el momento. Dentro del panorama musical me llamaba mucho la atención cómo los artistas flamencos de mi generación tomaban posicionamientos en relación a lo musical del flamenco en los cuales yo no he tenido tanta tendencia. He trabajado mucho con la electrónica, son cosas que había hecho hace unos años, y pensaba que tal vez ahora lo más contracultural podía ser darle una vuelta de tuerca a esa tendencia que se estaba generando. Era importante hacer entender a mucha gente, incluso a la gente del flamenco de mi generación, que estas ideas banales y muchas veces vacías de la vanguardia que tanto me acompañan no tienen que ver con los combos instrumentales ni con las estéticas; tienen que ver con las formas de hacer. Por eso me interesa mucho el flamenco de principios del siglo XX y finales del XIX, porque es un flamenco indefinido que estaba por hacer. Y esa cosa del “por hacer” me sigue acompañando y he grabado este disco. Por ejemplo, ayer cerré un proyecto al que me han invitado para marzo y seguramente haga otra grabación como un apéndice de esto, porque me quedaron cosas por hacer en ese proceso. Me parecía que era una pauta interesante, en este maremágnum de flamenco y modernidad. Y me parecía sugerente también proponer desde una guitarra flamenca. Esta idea tan burda del progreso en el arte… El arte no funciona así, no estamos progresando ni avanzando.

Hay trabajos tuyos que se describen con etiquetas como “vanguardia” o “experimental”. En el proceso de este disco, en ese “por hacer”, ¿ha habido experimentación?

Sí, claro. Seguramente sea uno de los discos más experimentales que haya hecho…

“El flamenco en que yo me baso en este disco ya no existe. Existen las grabaciones. Me gustaba mucho coger esa idea de que el flamenco ha muerto, de erigir un mausoleo con esos restos que incluso en el flamenco ya casi no se utilizan”

Y en ese camino con Refree y los colaboradores ¿qué te has encontrado que no esperabas que estuviera ahí?

Con Refree entendí que era él porque todas las maquetas que yo hacía a partir de la guitarra flamenca con él tomaron otro desplazamiento más amplio. De los temas que más me han sorprendido del disco, creo que la alboreá para mí ha sido… la quería grabar con una voz flamenca clásica, algo que siempre intento pero que nunca consigo según los clásicos, pero, bueno, en eso estoy. Raül fue el que me dijo: “Tal vez hay que darle una vuelta a tu actitud al cantarla”. Para mí ha sido un descubrimiento cantarla así, y la bambera también, que está muy influenciada por la música de Monteverdi o Strozzi. También ha sido una apertura. Son enlaces estas formas de cantar, tienen que ver con el proceso de “Antología del cante flamenco heterodoxo” (Sony, 2018). Por eso se lo dedico a Pedro G. Romero y a J (se refiere al cantante y líder de Los Planetas, compañero en Fuerza nueva). A Pedro G. se lo dedico porque en el proceso de la “Antología…” me enseñó muchísimas cosas de cómo abordarlo. El “Fandango cubista” es el germen de este disco, junto con “La farruca de Juli Vallmitjana”, seguramente. Y lógicamente se lo dedico a J porque con Fuerza nueva entendí cómo trabajar a partir de la guitarra y a encontrar estructuras muy concisas, muy concretas, que son flamencas pero que a la vez podían percibirse también como “canción”. Esos procesos me han llevado a hechos en este disco que, en el momento que te pones y tienes esas ideas, tienes estos resultados. Creo que la alboreá y la bambera son cantes que no me esperaba nunca grabarlos así. La alegría también me ha sorprendido; fue uno de los últimos temas que hicimos, muy anárquico. Lo más sorprendente han sido las formas de hacer, las actitudes, más que la estructura o las composiciones.

Ya con el trabajo publicado y llegando a nuestras orejas, ¿podemos certificar la muerte del flamenco o fantasear con su resurrección?

Eso ya queda para vosotros (se ríe)… Ahí ya no me meto, yo he hecho el rito que tenía que hacer, porque sentía que era necesario, y ahora pues no sé si renace o se transforma… Leo tantas cosas… cada cual se lo lleva a su terreno.

Calidez y verdad

¿A qué asientos o carpetas del archivo flamenco has acudido más durante este proceso?

Había una primera pulsión que son mis tres discos favoritos del flamenco. “El calor de mis recuerdos”, de Antonio Mairena, que es un disco póstumo que salió cuando Mairena ya murió, que me encanta y que es de cabecera para mí. Un disco que tiene Pepe Marchena grabado en directo en su casa, que me sirvió como inspiración para “Memorial del cante en mis bodas de plata con el flamenco” (Sony, 2021). Un disco muy extraño que para mí es donde mejor canta Marchena y que también está atravesado por la muerte, porque Marchena lo graba para dejarlo en herencia a su hijo y su hijo muere antes. Y Marchena canta increíble. Y otro disco que también está atravesado por la muerte es un último disco donde graba Manolo Caracol en su tablao. Caracol habla de que va a grabar el último fandango, habla muy bien, está en YouTube, habla muy bonito de que este es el último fandango que va a grabar para la afición, para los niños… Está muy mayor y moriría poco tiempo después. Son discos favoritos que recogen ese espíritu y están atravesados de una forma muy directa por la muerte, de los tres cantaores que codificaron realmente lo que hoy en día es el flamenco a falta después de Camarón y de Morente. Estos tres son los grandes pilares de lo que entendemos como el flamenco ya establecido. Ese fue el gran impulso que tuve para hacer este disco. Y, escénicamente hablando, soy muy fan del mausoleo que le hicieron a Mairena en su pueblo. Escénicamente he intentado trasladar eso, es un mausoleo en que Mairena está en el centro, en su silla, porque Mairena es el modelo para el flamenco. De ahí también mis fotos, el trabajar con Ernesto Artillo; intentamos extremar esa idea de modelo porque Mairena ya plantea cómo vestirse, las posturas, el discurso… Todo eso me interesaba mucho llevarlo a hoy. Por eso también la Llave de Oro, esa idea de que es el que tiene la llave del tesoro del conocimiento. Antonio Mairena tenía esta imagen, por eso en su mausoleo está su figura y están todas las caras de los cantaores. Y hay muchas pinturas que ponen a Mairena en el centro y las caras de Juan Talega, de Manuel Torre… porque siempre está acompañado de sus muertos. En otra música sería de sus colegas, en las raves de electrónica los que se suben con el pinchadiscos o los raperos con su colla… La colla de los flamencos siempre son los muertos, los espíritus. No es tanto la tradición sino a los que tienes que darles cuenta.

“‘La leyenda del espacio’ fue el disco que a mí me cambió en cierta forma… Ese aprendizaje que he tenido con J para mí ha sido crucial. El otro día lo hablaba con él y me decía orgulloso que reconocía formas de hacer en este disco. Claro, la bambera no la hubiera hecho sin ese proceso con J y la alboreá seguramente tampoco”

En la portada, la llave se ve en tu antebrazo como un estigma.

Sí, eso fue idea de Ernesto Artillo, que ha hecho un trabajo increíble.

Es una imagen que tiene que ver con lo sagrado.

Sí, es que esta foto de Antonio Mairena está en todas las peñas flamencas, en lugar de la cruz está él, y el árbol genealógico del flamenco.

Me ha hecho pensar en un amigo rockero que conoce el universo flamenco y siempre dice que el flamenco es una puerta que te tienen que abrir desde dentro.

Sí, se puede pensar desde ahí, es muy bonito. Yo siempre hablo de una puerta entreabierta. Hay una letra que hace un cantaor maravilloso, José de la Tomasa, que dice: “Andan buscando la llave, pero las puertas del cante ni se cierran ni se abren”. Es una crítica al premio de la Llave de Oro. El flamenco es una expresión artística que nunca ha tenido puertas como tal, por eso lo de la Llave de Oro es un premio que genera muchos debates y a mí como artista me genera mucha inspiración, lógicamente. Y todos estos artistas que referencio en el disco, Marchena, Morente, Perico el del Lunar, Miguel Borrull, el guitarrista, Antonio Mairena, Caracol, la Niña de La Puebla, que es una cantaora que está muy reflejada en este disco, Juan Barea, Manuel Torre, Tomás Pavón… de todos estos hay referencias muy directas en este disco… Juanito Valderrama, la Niña de los Peines por la parte de Rosalía… Después los discos que grababan los bailaores han sido una cosa muy inspiradora para mí, en dos o tres temas me he basado mucho en discos de Antonio “El Bailarín” y Antonio Gades, discos muy interesantes con estructuras muy extrañas, discos que casi nadie conoce. Me los compré en vinilo y los estuve escuchando y me dieron muchas ideas para la estructura de la seguiriya con Rosalía, por ejemplo, o de la farruca. Toda esta gente siempre he dicho que abrían puertas y las dejaban entreabiertas, pero luego dudo de si no pasaban por puertas que ya estaban entreabiertas, porque somos gente que pisa sobre otras pisadas, con nuestras diferencias y nuestros contextos, que es lo que genera lo novedoso. Si hay una puerta en el flamenco, está entreabierta; estoy de acuerdo con José de la Tomasa.

Pensamiento y obra en libertad

Toda esta pasión que muestras hacia el flamenco no está nada mal para un excantaor como tú…

(Sonríe). Hablo así precisamente por eso, porque soy exflamenco. Desde el flamenco no se puede hablar así.

¿Por qué no?

Porque el estado de cosas del flamenco, el discurso, la estructura, constriñen. Los discursos constriñen el pensamiento, nos constriñen. Creo que se puede llegar a esta radicalidad desde fuera del bosque, como decía aquel.

¿Te has sentido constreñido por el discurso del flamenco?

Sí. Un amigo mío, David Montero, con el que hace años trabajamos en el espectáculo “Cante”, de Juan Carlos Lérida, muy interesante, un espectáculo que me cambió bastante la perspectiva de los cantaores y el cuerpo del cantaor, dijo en una charla después de una de las representaciones: “¿Os dais cuenta de que cuando hablamos de flamenco no estamos hablando de nada?”. Claro, hablas de los cantes, de los palos, de que si esto es más clásico o más puro… Te vas, cierras la puerta y… ¿de qué hemos hablado, qué queda en ti? Nada, no queda nada de lo trascendental. No hemos hablado de amor, ni de la muerte, ni de la alegría, ni de la pena, ni del dolor, cuando todo eso está en el flamenco. Hablamos al fin y al cabo de debates de bar. El flamenco genera muchos debates de bar, que es apasionante, a mí me encantan, pero en un bar. Si estamos hablando de arte en el sentido trascendental del término todo ese mundo no te lo permite. En los congresos de flamenco no se habla de esto, se habla del cantaor que se tomó un café allí e hizo un cante de no sé quién y era primo de no sé cuántos… No se habla de nada. Hay muy poca gente del flamenco que ha hablado de cosas interesantes: Pedro G. Romero, Gamboa, Ortiz Nuevo. Son los que han hablado de cosas interesantes más allá del debate de bar. Eso me marcó mucho, porque quiero hablar de otras cosas y el flamenco me sirve. Lo que no me sirve es el contexto flamenco. Por eso me salí, no necesito ir a una peña flamenca ni a un festival porque ahí no se habla de nada, es una reproducción, estar todo el rato aspirando a cubrir el anhelo nostálgico de los aficionados.

“Raül tiene esa virtud de hacer algo muy experimental y profundo pero siempre le da categoría cálida. El Refree tiene algo muy especial. Algo supuestamente muy ñoño lo hace muy profundo. O al revés, algo muy profundo lo hace para que lo pueda escuchar más gente. Muy amable, sonido muy bonito pero sin caer en lo preciosista”

Das a entender que el flamenco digamos, tradicional, ya solo puede existir como mera recreación.

Para muchos, sí. Bueno, todo arte es recreación. La palabra “creación” es muy problemática (lo dice entre risas). Como la palabra “improvisación”, como la palabra “libertad”, como la palabra “tradición”… Son palabras que no generan nexos comunes. A mí me gusta abordarla desde el significado de lo novedoso. Creación como algo que nunca ha existido, pues no sé… Hay otra gente que dice que todo está inventado, pero aunque todo esté inventado no todo está descubierto. Me gusta decir que no todo está descubierto, en el sentido materialista. Los artistas somos en cierta forma descubridores. Y la creación no solo está en la pieza, que es algo que se ha trabajado mucho en el arte contemporáneo, pero en la música aún cuesta mucho que se entienda: que su creación depende más del contexto, de su situación. Eso el mundo de la performance ya nos lo enseñó bastante bien, y los situacionistas. La situación es lo que cambia y lo que creas son nuevas situaciones, no nuevas piezas. La creación no está en lo que estoy haciendo, está en el contexto: el público que viene, la mezcla, lo que sucede, las críticas. Todo eso es parte del happening artístico. Me gusta esto que se dice de tradición-traducción, pero siempre se olvida una palabra, que es “traición”. Realmente el combo es tradición-traición-traducción. No se puede traducir si no traicionas. Tienes que traicionarte a ti mismo y a la estela en que vas. Es inevitable.

Entre las grandes sorpresas del disco, hablando de su sonido, está lo agradable que llega a los oídos.

Es un aprendizaje de tiempo, he hecho discos muy radicales que casi no se conocen. El anterior, “La exclusión” (Sony, 2021), o el que hice sobre Val del Omar (se refiere a “La distancia entre el barro y la electrónica. Siete diferencias valdelomarianas”; Sony, 2020) son discos muy radicales incluso para el contexto de música experimental no solamente española, sino europea. Me apetecía dar un vuelco a eso no por cambiar de estética, sino porque el discurso que quería poner en pie era diferente. Para llegar a este discurso, ¿qué tengo que utilizar, una guitarra flamenca? Pues utilizo una guitarra flamenca; para mí no tiene más valor vanguardista o experimental utilizar un Moog o una eléctrica. Nunca he llegado a entender eso, para mí puede ser más moderno alguien que utiliza una flauta travesera. Es cómo lo utilices. Se dieron diferentes materiales que me llevaban a ese territorio. Eso, el trabajo conceptual, muy influenciado por Pedro G. aunque no haya estado, y por J, que tiene esa facilidad de hacer algo muy profundo pero que llegue. A mí eso siempre me ha fascinado. “La leyenda del espacio” fue el disco que a mí me cambió en cierta forma, de decir: “Hostias, claro, cómo llevaron esos cantes superclásicos a un sitio…”. Ese aprendizaje que he tenido con J para mí ha sido crucial. El otro día lo hablaba con él y me decía orgulloso que reconocía formas de hacer en este disco. Claro, la bambera no la hubiera hecho sin ese proceso con J y la alboreá seguramente tampoco. Esos cantes seguro que no. Y después Raül, que también tiene esa virtud de hacer algo muy experimental y profundo pero siempre le da categoría cálida. El Refree tiene algo muy especial. Algo supuestamente muy ñoño lo hace muy profundo. O al revés, algo muy profundo lo hace para que lo pueda escuchar más gente. Muy amable, sonido muy bonito pero sin caer en lo preciosista. Son tres referencias magistrales para mí, más allá de mis referencias y de mis procesos personales.

[Fotos: Sergio Albert – fuente: http://www.rockdelux.com]
Foto de cabecera del blog de Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Por Fadrique Iglesias Mendizábal 
 
La foto de un gallo ilustra la parte superior, con fondo oscuro. Un gallo formado por motosas hojas que pudieran ser pedazos de espadas u hoces, dispuestas a segar todo aquello que consideran maleza. El gallo, que podría ser de pelea, de raza malaya, está formado por trozos de latas de conservas viejas, por despojos. Tiene patas de alambres doblados, y clavos otrora oxidados, ahora barnizados. El animal, aun siendo frágil, apunta su alarido al cielo, en forma de queja, con la cola abierta, pavoneándose y pretendiendo amedrentar, pero, debajo del plumaje, es delicado.
 
Esa foto encabeza el blog de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Le Coq en Fer, el gallo de hierro en francés, bitácora literaria de uno de los más talentosos y polémicos narradores y poetas bolivianos de la actualidad. El último escritor pendenciero de las letras nacionales, esas grandes desconocidas más allá de los Andes, que retoma uno de los motivos más repetidos por el conocido pintor cochabambino Gíldaro Antezana.
 
Son más de mil doscientas notas las que abordan temas tan dispares como la revolución rusa, la pintura de Kazimir Malévich, feroces críticas al gobierno de Evo Morales y relatos de personajes marginales, amorales, a través de su daguerrotipo mental, aquel que va dejando efigies filtradas por su imaginación y una prosa rotunda y robusta, publicada a lo largo del último cuarto de siglo en muchos de los periódicos más importantes del país, bajo las columnas EclécticaMonóculo y Mirando de abajo.
 
Por otro lado, su Facebook está poblado de fotos clásicas de torsos femeninos semidesnudos –lo que ya le ha valido un par de suspensiones de la cuenta– y por cromos de boxeadores de principios de siglo como Tommy Burns, Jack Johnson, Harry Wills, Joe Jeannette y Sam McVey, esa casta de pugilistas previos a la testosterona sintética y a los anabólizantes, luchadores de nervio y orgullo, aficionados al deporte pero profesionales de la gresca dentro del ring, como Claudio en sus cuadernos. Y en algunas parrandas también.
 
 
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Sus letras, además de ser pendencieras, contienen flashes, sensaciones, ruidos e imágenes de parcelas específicas, que juntas tienen un significado coral de una vida entregada al oficio artístico, reflexivo, sensible. Precisamente con esas ideas describe su penúltima novela, Diario secreto (Alfaguara, 2011), que le valió ese mismo año el máximo galardón de las letras bolivianas, el Premio Nacional de Novela, y en la que describe el retrato de un psicópata, potencial asesino en serie que no tiene compasión por los insectos que descuartiza, ni por la madre a quien tiene toda una vida en vilo, ni mucho menos por una pareja a la que desprecia con una importante dosis de misoginia.
 
Llama la atención que esta novela precisamente haya sido escrita en su morada de Aurora, ciudad dormitorio de Denver, en Colorado, un año antes de la masacre del caballero oscuro.  
 
Aurora sonó en los noticieros de todo el mundo en 2012, cuando el desquiciado James Holmes abrió fuego contra el público que abarrotaba el estreno de una de las películas de la saga de Batman, El caballero oscuro, narración que podría ser perfectamente la segunda parte de Diario secreto, el corolario alternativo, un ensayo al estilo del libro juvenil Elige tu propia aventura: “si eliges al descarnado emboscando a su esposa, a la postre autora del crimen y de su propia condena, dando un tiro al protagonista, lee el final de la novela premiada el 11 de octubre de 2011, Diario secreto; si eliges al protagonista entrando a una película de superhéroes y desollando a tiros al público asistente, dirígete al New York Times del 26 de agosto de 2012”. 
 
Allí precisamente, en Denver, Claudio parece haber encontrado un gallinero tranquilo, donde puede trabajar en la parte administrativa del Denver Post durante el día y dedicarse a escribir al ritmo frenético al que tiene acostumbrados a sus lectores en los últimos años por la noche.
 
En Denver también, pero dos décadas atrás, a los pocos años de haber emigrado de Bolivia, en 1992, Claudio abrió un pequeño restaurante de delicatessen en el pueblo minero de Lakewood, morada de forajidos, truhanes y bandidos al más puro estilowestern, por donde pasó hasta Oscar Wilde desparramando relatos.
 
El poblacho aquel de las montañas de Colorado, que conserva una imagen decimonónica de cowboy de bota y flequillos en el chaleco, de saloon y escupideros de tabaco, con hombres de gruesos cinturones en los que cuelgan pistolas que salvaguardan los riñones como en las películas de John Wayne, es un espacio hostil, proclive al enfrentamiento. Así lo recuerda Ferrufino:
 
“Un mexicano, como nos califican a todos, en un ambiente así, huele a víctima. Pero me senté con ellos y, a partir de sus apellidos, hablamos de sus orígenes: alemán, irlandés, galés, etc., abriendo un espacio que podíamos compartir. La mayoría eran tipos rudos, ignorantes, no con un esquema ideológico sólido, llenos de lugares comunes, maleables. Terminaban abrazándote y secando vaso tras vaso de cerveza contigo. ¿Don de gentes que tengo? Tal vez, pero ha sido mi experiencia”.
 
Más adelante abrió un restaurante más efímero todavía en otro pueblo vecino: Leadville. El establecimiento, llamado The New West Café, tuvo un éxito moderado en un principio, pues aquellos cowboys no sabrían qué esperar de aquel plato de chupe de maní que servía, distinto de la peanut soup tan tradicional del colonial pueblo de Williamsburg, en su añorada y lejana Virginia. Con el tiempo amplió la oferta a una sopa de quinua, luego evolucionada en forma de chaque, hasta tomarle el pulso a lo que sería su mina de oro: sus fideos uchu, especialidad de la casa, que vendía en dosis importantes puesto que lo tenía listado como Latin American Stew o guiso latinoamericano.
 
La aventura emprendedora acabó con Claudio entre rejas, luego de tener diferencias –de haberlas ajustado– con el socio propietario.
 
Según Ferrufino, la marihuana desquició al accionista protagonista de su ira, dejándolo en un permanente estado, no ya de felicidad, ni de relajación, mucho menos de excitación, sino más bien de ansia constante:
 
“Mi socio chocó con la férrea voluntad y responsabilidad que con los años desarrollé en Estados Unidos. Discrepábamos en muchas cosas. Exploté porque a pesar de la mesura que uno adquiere sigo siendo un individuo belicoso. Estaba todo tendido para el escenario que vino después: la ruptura, la pérdida, la detención, dormir entre rejas, asegurar a la sociedad que te comportarías acorde con las reglas”.
 
“El estado policial y sus recursos”, llama Ferrufino a las normas impuestas, atribuyéndole virtud muy excepcional y no universal, dejando salir a flote su sentido anarquista, casi como inspirado en una obra dramática de Darío Fo.
 
Luego el The New West Café le daría una oportunidad más a su voluntad emprendedora y decidió asociarse esta vez con un bosnio emigrado de la guerra, de esos que dejaron a sus mujeres haciendo crêpes en los campos de refugiados, para intentarlo en aquella ocasión con sándwiches y sopas neoyorquinas. El negocio quedó atrás en la memoria, pero el acercamiento a la cultura eslava, bosnia y croata permaneció con Claudio.
 
El roce con los clientes, gringos y cowboys, ayudó a Claudio a conocer más la esencia del norteamericano, si es que ese individuo-tipo existe. Aún hoy se sorprende al ver los contrastes que emanan del arquetipo gringo. Aunque pueda mostrar su faceta más reaccionaria, conservadora, prejuiciosa y racista, al conversarle de igual a igual las figuras predispuestas se diluyen.
 
 
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Claudio es un tipo que admira la calle y desconfía de aquellos que todavía no han sido capaces de abandonar las faldas de madres y abuelas en busca de una o varias historias vitales. Se trata de una persona que encarna el sueño americano y también la pesadilla.
 
En aquel país lidió y aprendió de lo profundo del gueto, especialmente de un personaje al que recuerda con especial cariño: Big Mike, amigo que conoció mientras trabajaba de estibador, cargando quintales de fruta cual aparapita, con algunos grados bajo cero y que sazona las páginas de El exilio voluntario.
 
Luego trabajó como traductor, administrador de restaurante, frutero, escritor de cuentos infantiles, albañil, profesor, panadero, canillita y verdulero, entre otros oficios.
 
Cuando se le pregunta qué motivó su precipitada migración a Estados Unidos sin un proyecto claro de vida, explica:
 
“Es raro lo que pasó. Una decisión clara que a veces creo fue errada pero de la que no me arrepiento. Quise ir contra todo lo que era y podía ser. Tenía que probarme que incluso descendiendo al fondo sería capaz de salir sin ayuda de nadie, con mis manos. Creo que esa victoria se transmitió al carácter de mis hijas, y al sosiego que en el fondo me habita y me hace pensar que la modestia no es una mala opción. He vivido y puedo escribir. Escribía antes también, pero pienso que como ser humano aquello me sirvió de mucho. A ratos creí que debía alterar el rumbo y dedicarme a la docencia o algo similar, pero, igual que le sucedía a Isaak Babel, me gustaba –y me gusta– compartir con gente simple. Allí están las historias. Tarde para volverse atrás. Ahora hay que recordar, analizar, sopesar las experiencias y escribir”.
 
Estos lances motivaron al escritor a largarse a Miami, primera parada en el norte, hace 24 años, enfundado en un añoso terno gris de corte inglés que usó en la fiesta de promoción en la secundaria. El detonante del autoexilio fue una decepción amorosa poco relevante, asunto potenciado por una afición al viaje que ha ido perdiendo. La opción norteamericana llegó por azar, para buscar bálsamo y dinero, aquel que en Bolivia le era escaso y que ya se había gastado en chicherías y buenos libros, para apaciguar ánimos extravagantes y una ruinosa vida de vago, como él mismo la define.
 
Con un ticket de ida solamente, aterrizó con una vieja maleta, una mochila militar y cuatro billetes de cien dólares otorgados por sus padres y hermano, que dilapidó en putas y alcohol en menos de una semana.  
 
 
*     *     *
 
Las novelas de Claudio, así como las crónicas que va publicando, suelen dar saltos temporales muy bien hilvanados, con menciones y referencias frecuentes a una época que parece haberle marcado profundamente: sus años alrededor de la capital de Estados Unidos, principalmente en el Estado de Virginia.
 
Claudio llegó al área metropolitana de Washington D.C. el otoño de 1988, con las hojas todavía en los árboles, doradas, rojizas, a punto de caer. En tan solo un par de años ya era un virginiano más.
 
Con los ojos muy abiertos, Ferrufino parece haber explorado profundamente el lenguaje subyacente de los barrios bajos que circundan Washington D. C., una ciudad muy distinta a la actual, donde la población hispana ha crecido de un 2 % a un 14% entre los años 80 y esta década. A Arlington, ciudad- condado por la que desfilan los personajes de su libro de relatos Virginianos (Los amigos del libro1992) y de la novela El exilio voluntario (El País2009), llegaron muchos pobladores del Valle Alto cochabambino que emigraron tras un peculiar auge de la construcción.
 
En sus textos poco rastro hay de los monumentos nacionales y de las happy hours de los burócratas de la capital. Mucho de las casas postindustriales de ladrillo, donde yacen hacinados aquellos ciudadanos oriundos de Arbieto, de Punata, de Esteban Arce, de Tiraque, que han cambiado el quechua por el inglés.
 
Más bien Claudio se remanga la raída camisa y se sumerge sin miedo a mancharse en el fango de las miserias de los inmigrantes que habitan a la sombra y a espaldas del Capitolio. Ese lugar paradójico que aguanta la coexistencia de prostíbulos –callejeros o albergados en bares– con lujosos hoteles para dignatarios de estado, polígonos industriales donde los domingos bailan caporales muy cercanos a barrios de embajadores que no pierden su condición una vez perdido el cargo, almacenes de bancos de alimentos para indigentes alternando al otro lado de la carretera con lujosos centros comerciales.
 
A fines de los años 80, Washington, D. C. era la ciudad más peligrosa del país. Por  la llamada “epidemia del crack” en 1990 era considerada la capital del crimen, aun siendo la sede del FBI y la CIA.
 
Incluso hoy día, casi tres de cada cien habitantes en D. C. está infectado con HIV, mayoritariamente entre la población afroamericana que, por lo general, vive poco integrada con la población blanca. Algo similar pasa con los hispanos y asiáticos, aunque no tan marcadamente.
 
A causa del sida precisamente algunos de los amigos de Ferrufino se dejaron la vida. Otros fueron tragados por sus propias adicciones –crack seguramente–, por sus propias miserias, cansados de pasar noches en vela mendigando trabajo en esos mercados donde fungían como estibadores, esperando un reducido jornal que al final del día, después de comer un plato de pasta o un burrito, de pagar diez dólares por el servicio de una prostituta y de pasar por un comedor social para completar la incompleta dieta, les permitiese comenzar un nuevo día al terminar la precedente jornada.
 
Uno de los lugares que precisamente frecuentaba Ferrufino era Morse Street para ganarse el plato de comida. Así lo recuerda:
 
“En el mercado de abasto de Washington era así. Willy, chofer negro, había asesinado a su madre siendo casi un niño, ofuscado en droga. Tyronne pasó trece años en prisión por robo con ‘asalto’. En las noches de la calle Morse se contaban historias; ron y licor malteado entre los dientes. Olor a mariscos; húmedas paredes y autos policías que cruzan lentos sin parar. Cada hombre hundido en su miseria. Olvidado ya el tiempo en que se preguntaba ¿qué hago aquí? Cuando las esperanzas brillan mal. Wayne y yo caminamos hacia la esquina de los mendigos. Allí hay droga fácil y prostitutas de a diez dólares. Un amigo cuyo nombre me es borroso se sentaba en un desvencijado sillón, en medio de la calle: el trono de la oscuridad. Wayne compra piedrecillas blancas, opacas: cocaína adulterada. Al lado de una reja de amontonada basura, fuma. Medianoche de verano, sin sueños ni futuro. No está la luna, se oculta en las callejas. Los pobres no tienen sombra, son pálida oscuridad”. 
 
 Cuando lo recuerda, se atreve a decir que está seguro de que pocos de los amigos negros que conoció en aquellas épocas estarán vivos ahora:
 
“Trabajé dos años y medio en los mercados. El primer día era para llorar, con los guantes mojados y el hielo punzando la cara. ¿Qué hago aquí? Quise retornar al café con leche de casa, a mi mullida y caliente cama, pero no lo hice, aguanté en medio de hombres toscos, negros, entonces nada simpáticos y con otra lengua. Pequeña épica de humanidad”.
 
En sus escritos y crónicas aparecen muy poco las placas de mármol de la calle K, del Banco Mundial y el FMI. Sobresalen más bien las penurias de los alrededores de Gallaudet, barrio afroamericano conocido por una universidad.
 
Ferrufino no le teme a los desprecios de gringos ignaros y limitados. Los asume gallos de pelaje no intimidante. No se amilana ante los pergaminos de la docta y jesuítica Georgetown, no se achica ante casas estudiantiles como la de Maryland, donde dictara cátedra Borges o la propia universidad de Virginia, donde fue un virginiano más –por un tiempo– Edgar Alan Poe. Claudio no se acompleja para hablar de ideas, no lo hizo en su juventud en Francia, donde retaba a sus condiscípulos a debatir sobre literatura gala dejando patente lo que llama racismo cultural. No se inhibe al ser identificado como parte de las márgenes, porque es su mundo también, tanto los extremos superiores como los inferiores.
 
Los días, o la noche que tenía libre –en el sentido más literal del término–, la de los sábados, eran destinados a probar un poquito del manjar que a la mayoría de sus compañeros se le tenía vedado: la visita a los pasillos gratuitos del museo más profundo y diverso del mundo, el Smithsonian, en Hispania Books –hoy sucedida por la librería Pórtico y Politics and Prose–, y horas perdidas en Common Grounds, probablemente lo que hoy se llama Krammer Café, de las primeras cafeterías literarias, lugar chic que tiñe sus paredes con multicolores lomos de libros y que sirve café y comida americana, en el barrio burgués de Dupont Circle.
 
Esas épocas virginianas de Claudio eran de triple vida. Por el día de gallo fino, por la noche de gallina ponedora que se aboca al trabajo, y al amanecer de gallo de peleas, todo para sobrevivir.
 
En esos años salió por algún tiempo con una mujer que entonces era presidenta de la asociación de antropólogos norteamericanos, PhD con tesis en Teresina, Brasil, ese primer engendro de laboratorio que luego se cristalizaría en Brasilia: la ciudad de la teoría. Así recuerda esas citas:
 
“Nada más dispar, pero que me permitía un amplio espectro de aprendizaje, sufrimiento y gozo. Era joven, fuerte, casi no dormía, y lleno de interrogantes acerca de un mundo nuevo, en extremo diverso”.
 
 
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La imaginación de este cochabambino y sus fuertes emociones evocan a una vibrante movida cultural en la ciudad. Si a fines de los 80 Ferrufino disfrutaba de conciertos de aquel surgente rock alternativo, mezclados con asistencias a ver Rubén Blades y Seis del Solar, hoy en día se puede disfrutar del apabullante influjo de la música electrónica, de las mezclas bastardas del grupo narcoelectro Mexican Institute of Sound o del ya famoso matrimonio entre los samples y bandoneón de Bajofondo.
 
Aquellas  exposiciones de arte que recuerda como impresionantes, algunas de Malévich, Matisse, Rembrandt, entre las que más le marcaron, se suceden año tras año, de la mano de millonarias fundaciones como la Colección Philips o la elitista Dumbarton Oaks.
 
Ferrufino nunca fue una persona de cultura de gueto apartado, sometido al cacique. No era un tipo de sindicarse a los “suyos”. Fue y quiso ser un alma libre que salía solo, llevando una vida de completa independencia. Aunque se juntaba con amigos bolivianos, no lo hacía con la frecuencia que ellos demandaban. Así lo recuerda:
 
“Entraba al mundo de los otros y me desenvolvía con soltura; mientras mis amigos jugaban fútbol los sábados, con las consabidas cervezas nuestras que vienen detrás, yo andaba en el National Mall, el centro de los museos de la ciudad, flirteando con hermosas muchachas anglosajonas y escribiendo mis Virginianos en papelitos, debajo de fotos de Lee Miller o de Man Ray. Culturalmente fue para mí un mundo insólito y exuberante. Lo recuerdo bien, dichoso. Por otro lado, en el mundo paralelo, visitaba las casas de mis amigos negros en el North East y South East, un mundo prohibido para blancos o gente como yo (nunca nos han considerado blancos, ni siquiera a los españoles). Fumaderos de crack, muchachas negras que se abrían de piernas con facilidad; deliciosas y viciosas. Sexo en autos, borrachera en las calles, recostados contra la pared, bebiendo Cisco, un licor de variadas frutas y colores que luego sacaron de circulación por ser letal. Detestábamos la cerveza normal; bebíamos licor malteado, con mayor grado de alcohol: Colt 45 y otros. Iba de ayudante de los choferes negros en los camiones de la empresa. Repartíamos productos a los hoteles y restaurantes de DC, Virginia y Maryland. Al terminar el día, antes de regresar al warehouse, alcohol y droga, sexo y droga. E historias inverosímiles que me contaban como a un hermano. He sido afortunado en oírlas y recordarlas. Y en sobrevivir también”.
 
Ferrufino vivió allí durante la década siguiente a los años de explosión psicotrópica. “Había mucha, excesiva, demasiada droga”, recuerda y apunta:
 
“Esta empresa de verduras en la que trabajaba era la mayor del mercado, dirigida por tres hermanos de origen irlandés. El mundo de ellos era la marihuana, que compartían en los gigantescos refrigeradores con algunos cargadores negros, que eran, a su vez, proveedores. Crack, hachís con profusión. La labor nocturna era febril, con camiones de 21 metros trayendo cosas desde California, México, cangrejos vivos desde Maine, frambuesas y moras desde Chile. Cualquier instante de descanso: droga. Dos, diez veces por noche. Cuando el día terminaba, ya casi a mediodía, los managers se encerraban en uno de los autos y… droga. Sin parar, seis días por semana. Yo no era afecto a ella, pero no evitaba compartirla de cuando en cuando. Me sorprendía que tipos muy ricos, duros trabajadores tengo que reconocer, no deseaban volver a sus mansiones, a sus hermosas mujeres que a veces visitaban el almacén y deslumbraban a los miserables estibadores. Preferían quedarse a hablar mierda, con las ventanas cerradas, en el mundillo de la droga. Los imagino llegando al hogar, tirándose en la cama, recuperando unas horas para volver a aquel frenesí. No tenían más de 30 años y confesaban que tenían sexo con sus mujeres una o dos veces al mes. ‘White boys’, decían los negros con desprecio”.
 
Al calor idealizante, Ferrufino recuerda esos años suyos como un elixir creativo. Se recuerda como con una cámara en el hombro, como filmando para sus adentros lo que observaba, y aquello que miraba, lo veía como fotógrafo. Le hubiese gustado filmar una película de David Lynch o algo similar. ¿Una actriz? Alguna de las de Fassbinder, responde, a quien idolatraba entonces –y hoy– pero en un escenario ya lleno de muchos otros. Quizás actrices como Barbara Sukowa, Jeanne Moreau, Hanna Schygulla, Brigitte Mira quizás, Ferrufino no lo especifica. Sí abunda en el plató imaginado:
 
“Imaginaba exhibiciones de fotografías sobre el universo de las frutas y las verduras. Increíbles colores, escenas, depósitos llenos de naranjas de distintos tonos, el contraste entre las papas de Idaho y las verdes paltas, aguacates, californianos. Los tomates ni qué decir, que eran la élite de los productos, con una sección especial de empaque por tamaños y colores. En esa gran bodega de DC, de noche, negros borrachos y perdidos, algún turco, algún latino, manipulaban lo que se serviría en las reuniones de embajadores, del jet set, de la CIA en Langley, a donde llevábamos cargamentos sin que jamás nos pidiesen identificación. Eran otros tiempos”.
 
 
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A esos días virginianos vuelve una y otra vez. Su prosa fluida sugiere muchos adjetivos, el más suave, sorprendente. Se mueve muy bien entre el ensayo, la crítica de arte, la opinión política, la ficción y también la crónica periodística. Precisamente en su antología Crónicas de perro andante (La Hoguera, 2012), escrita a cuatro manos con Roberto Navia, premio de periodismo Ortega y Gasset, y en otras piezas publicadas en los años 80 y 90, aparecen intensos relatos en los que describe Mizque, Tiquipaya, Pairumani y Suticollo, lugares donde quizás tomó afición por la chicha, y en las que lamentó no haber atendido las enseñanzas de la lengua quechua de su padre.
 
Una parcial autoficción de aquellos años en Arlington le ha valido el Premio Casa de las Américas de Literatura en Cuba. El rito de entrega no es precisamente la ceremonia de los Oscar. No hay alfombra roja, pero sí una rica historia de más de medio siglo.
 
Ferrufino es uno de los escasísimos casos de escritores bolivianos reconocidos internacionalmente, que ha ganado en 2009 el premio, sucediendo en el palmarés a personajes como Jorge Ibargüengoitia, Eduardo Galeano, Marta Traba o Gioconda Belli, e incluso a escritores bolivianos como Renato Prada, Wolfango Montes y Pedro Shimose. El jurado de la edición 2009, conformado por gente como la mexicana Carmen Boullosa, el venezolano Carlos Noguera, el chileno Grínor Rojo, el argentino Héctor Tizón y la cubana Lourdes González Herrero, se decidió a separar la paja del trigo entre casi 700 trabajos provenientes de América Latina y España, justificando su decisión en la capacidad de observar el “sueño americano” de una forma vertiginosa, vital y dominando el oficio, desplegando en su narración diversos planos a lo largo de tres décadas, con humor y referencias literarias, culturales y políticas”.
 
Claudio ya había logrado una mención en este premio en 2002, por El señor don Rómulo (Nuevo Milenio, 2002). Durante su discurso en 2009, recordó, cómo no, a la gente del gueto. A aquellas personas que seguramente nunca escribirían y publicarían sus historias y que tampoco se enterarían de que su colega, broderpana y cuate, aquel latino de ojos achinados y de bigote poblado, lo haría. Aquella noche en La Habana, recordó su llegada a Washington, las dificultades iniciales con el idioma, la excusa que le diera a su hermana para financiarle algo de comida y no morir de hambre –alegando atraco– que luego interpretaría como robo de alma: la transición de la plácida vida en el valle cochabambino hacia el crudo invierno en el que las noches transitaban en el viejo sillón desvencijado que le alquilaba un conocido temporalmente. Ya no estaría el calor del hogar, recuerda Ferrufino, sólo le quedaría esa cuadrilla que le rodea con las manos encalladas, ahogada en adicciones. Del intelectual de clase media bien vestido, quedaría menos aún.
 
Aquella noche en Cuba mencionó también el lugar de donde salían los vectores radiales de los trenes que llevaban la carga hacia Nueva York, los alrededores de la vieja Union Station, epicentro de su exilio, que aunque voluntario y reconocido aquella noche por funcionarios cubanos, que comparten el régimen con un político al que desprecia, Fidel Castro, no fue por ello menos exilio.
 
Tras el paso del Che Guevara por Bolivia, con los coletazos que dejaron los tupamarosy luego de las desapariciones de posibles herederos como los hermanos Peredo o Monika Ertl, la izquierda de los 70 se encontraba en proceso de segmentación en la universidad pública boliviana, reducto de las ideas progresistas durante la dictadura banzerista. Había divisiones internas entre trotskistas, maoístas, leninistas, hasta los más independientes anarquistas.
 
A esta subespecie pertenecía Ferrufino. Seguidor riguroso de las enseñanzas de Bakunin, Durruti y Malatesta, defendía cáustica y violentamente sus ideas ácratas por los pasillos de la carrera de sociología, más con los puños y a la gresca que con las ideas, recuerda su amiga Estela Rivera, hoy jefa de la Unidad de Cultura de la Gobernación de Cochabamba.
 
Se recuerda de Claudio su muy particular resistencia al alcohol, lo que hacía que bebiera como cosaco, generalmente ingentes cantidades de chicha, aguante que permitía que se mantuviera en sus cabales más que el resto, asunto que lo cubría de cierta mística en aquellos círculos.
 
Luis René Baptista, editor de opinión del periódico Los Tiempos, recuerda cierta vez en la que Claudio estuvo a punto de clavarle un cuchillo de carnicero, a causa de discrepancias ideológicas y de pactos incumplidos en las andanzas universitarias, detenido in extremis, cuando ya se veía ensartado y resignado, por un grupo de compinches anarcos que bloquearon la inminente faena.
 
Aquella misma vez, recuerda Rivera, Ferrufino y sus amigos anarquistas amenazaron también al propio rector electo y, luego de dedicarle furiosos insultos, procedieron a incendiar contenedores y papeleras con basura dentro del edificio.
 
Aun así, la violencia no era exclusiva. Se alternaba con guitarras y huayños en las chicherías aledañas, música campesina del Norte de Potosí, boleros centroamericanos y largas tardes de borracheras, para luego recogerse por la noche rompiendo letreros de neón y cabinas públicas, como forma de resistencia al sistema, siguiendo al caudillo bravucón y amenazante anarquista de fama algo contradictoria a la vez que ambivalente, dada su otra faceta, la de amigo fiel y cariñoso.  
 
En esos ambientes se movía Ferrufino nada más salir bachiller del colegio Maryknoll de Cochabamba en 1977, ya acabada la dictadura de Bánzer, y lo recuerda:
 
“Mi hermano Armando y yo fuimos muy peleadores en  la escuela. ‘Nos vemos a la salida’ fue parte de nuestro crecimiento. Dimos palizas y nos las dieron. Muchísimas. Eso paró luego de los tres primeros años aquí. El Estado policial. Aquí no se podía hacer lo mismo y lo acepté. Aunque de boca todavía me peleo mucho cuando conduzco. Hay que provocar cuando se debe provocar, como es el caso ahora con el gobierno de Morales, como fue el caso con el gobierno de G. W. Bush. Un hombre tiene que decir lo que piensa, le duela a quien le duela. Y si es contra el poder, mejor”.
 
 
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Ramón Rocha Monroy, cronista de Cochabamba y también Premio Nacional de Novela, conoció a Claudio en una habitación del psiquiátrico de Sumumpaya, a ocho kilómetros de Cochabamba hacia La Paz, a las órdenes del doctor Argandoña. Estuvieron todo un día, pero ni cruzaron palabra. “Aquel era un Claudio enamoradizo, exitoso con las mujeres, amigo de la chicha y de la noche cochabambina y alguna vez bordeó el suicidio”, en palabras de Rocha.
 
El Ferrufino de aquellos años, los previos a su viaje, era lo más parecido a los poetas inventados por Bolaño en Los detectives salvajes, esos trepidantes real visceralistas.
 
Sí hablaron y hasta se hicieron amigos años después, en el contexto de los bares, cafés y la noche cochabambina. Dice Rocha:
 
“Teníamos el ánimo inestable y ahogábamos nuestras penas en trago. Ni adicciones a drogas ni problemas mentales, sino excesos… Las cosas que cuenta Claudio tienen la identidad de lo vivido… Él no mira, sospecha. Tiene astucia y sus reacciones a veces son desconcertantes. Es agua mansa, pero puede alborotarse y estás perdido. Es un valluno bravo pero de ningún modo malo”.
 
Claudio por su parte, recuerda este episodio con su propio lente:
 
“Siempre nos acordamos de eso con Ramón. Un día o dos, alcoholes y sentimentalismos. No jugábamos a la ‘maldición privilegiada’, no. Sucedió porque creo que ambos somos apasionados con lo nuestro. Yo tenía una hermosa chica inglesa entonces, que me visitó una tarde, y Ramón, al verla, puso lo mejor que tenía de su acento inglés para flirtear con ella. Divertidas memorias hoy, tristes entonces”.
 
Ferrufino hoy es considerado un escritor preclaro en Bolivia, y se lo ha ganado a pulso. Un país en el que la vida rosa a veces parece más importante que lo que escribe, y donde los licenciados son más valorados por sus títulos académicos y premios ganados. Después de varias décadas ejerciendo, recién es en este siglo, cuando se ha titulado en la universidad pasados los cuarenta años, luego de estudiar lenguas modernas en la Universidad de Denver en Colorado graduándose cum laude y tras dejar atrás lo que parecía en Bolivia una maldición: el abandono de las carreras de química, idiomas y sociología, lugares en los que acuñó algunos amigos y enemigos que le duran hasta hoy.
 
Trofeos tardíos también serán, ya pasados los cincuenta años, los mencionados premios Casa de las Américas y Nacional de Novela, algo así como una justicia poética con su tenacidad.
 
Tenacidad y empeño que lo han acompañado durante su proceso creativo, que emergen espontáneamente cuando pueden y donde pueden, pues es de esos narradores que son capaces de protegerse con una escafandra que lo aísla del mundo exterior en beneficio de su planeta inventado. Tampoco es supersticioso ni caprichoso en el ambiente, ya que guarda las manías para la estética no lineal de sus textos. Claudio no necesita andar de boina y barba crecida de dos días, ni flores amarillas como las que dice que requiere Gabo para acceder a las musas. “Me parecen pajas que les sirven a unos; no a mí”, subraya.
 
En contraste con el mito del psicodelismo creativo de las épocas de Hendrix, Morrison y Joplin, Ferrufino no considera el alcohol como aditivo urgente, ni siquiera necesario y siente que la maldición de algunos poetas está en su escritura y no en sus catalizadores:
 
“Maurice Utrillo, el pintor, importa por sus colores de París más que por sus tragedias de beodo. Hacer de algo así el punto de partida de una leyenda, tu leyenda, a no ser que suceda inevitable por las circunstancias, es un paso en falso”.
 
Sin llevar vida de cartujo, admite que ya casi no sale, aclarando que tampoco era tan amigo de los bares en sus etapas pasadas. En Colorado se ha vuelto un tipo casero de vida intensa puertas para adentro. Sí admite que era de beber en las calles, con sus amigos negros, pero que ninguno de ellos supo jamás dónde y con quién vivía. Lo mismo las mujeres que pueblan sus recuerdos: “de pronto, en algún momento, retornaba a la caverna y desaparecía sin rastro. Así, simple”.
 
La simpleza es un rasgo que magnetiza a este hombre, sencillez que busca tanto en amigos gringos como latinos y de otros varios orígenes, destacando el colectivo ruso, quizás por esa propensión a admirar a Tarkovski, Tolstoi o Chéjov. Suele invitarlos a casa a disfrutar de comilonas con bebida abundante, bailando cumbias, escuchando kaluyos antiguos o canciones revolucionarias del Ejército Republicano Irlandés. Inclusive clásicos rusos: Kalinka, Ojos negros, además de tangos y corridos norteños y rancheras. Una frase lo define: “En casa se come y se bebe bien. Eso casi diría que te impide salir”.
 
Es un tipo familiar que ya comparte lecturas con sus hijas, aunque ellas han tomado caminos propios. Su relación es estrecha. No es enemigo de su primera esposa, aunque tampoco tiene contacto. “Mi mujer actual, me parece atractiva, interesante, pausada”, resalta.
 
Y tanto en cuanto se nutre de experiencias de la calle por inclinación natural, complementa sus fantasías con poesía y sobre todo con novela, placer que le suele ocupar la mayor parte de su tiempo de lectura. No tiene referentes literarios, sino gustos, placeres. Vicios quizás. Algunas de las fuentes de las que ha bebido son Borges, César Vallejo, Carpentier, Güiraldes, Arlt, Rulfo y en su juventud de los peruanos Ciro Alegría, Manuel Scorza y José María Arguedas.
 
Y si su espectro literario es francamente amplio, no lo es tanto el del estado del arte, moda o novedad, ahora llamado trend, en perjuicio de clásicos, muchos de ellos polemistas de distinta índole, aunque considera que se los lee poco, en detrimento de aquellas historias que evocan un mundo de aventura, de rebelión, de bravura.
 
 
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Claudio Ferrufino-Coqueugniot responde pacientemente a las preguntas de este cronista desde su casa en Colorado. Tiene ya 54 años, y una vida llena de historias. Han pasado ya varios lustros desde que obtuvo su green card poco tiempo después de casarse con su primera mujer, aunque ese no fue el motivo para hacerlo.
 
Se considera un librepensador que bebió en fuentes anarquistas clásicas, pero detesta ser orgánico o gregario, y añade: “Soy demasiado individualista para pertenecer a ningún núcleo, social, político, literario… No podría asociarme con los republicanos, ni siquiera en simpatía. Con muchos peros, prefiero a los demócratas”. Pocos políticos le causan simpatía. Uno de ellos es un exalcalde de Cleveland, Dennis Kucinich, demócrata, minoritario, una voz perdida en el desierto –así lo califica Claudio–, conocido por ser partidario de la no intervención en Irak, en beneficio de la negociación.
 
Ya no pelea en las calles, aunque tampoco es un tipo mesurado. Acuña cada vez que puede rabiosas –y cáusticas– críticas a Evo Morales y Álvaro García Linera, según él escritas no desde una perspectiva racista o elitista sino a partir de lo que el autor es, de su sangre:
 
“Me entiendo y comprendo a mi gente y sé bien cómo de pelotudos y cobardes somos, y cómo de sufridos y valientes también. Y al poder, a los jerarcas de cualquier tendencia o color, no les hago el juego, nunca. No orino delgado por el poder ni las charreteras; seguro que no…
 
No comparto ese lugar común del pueblo enfermo. Que somos uno llorón y malacostumbrado, sí. Es más sencillo dejarse guiar que decidirse por un camino. Y a eso apuntan los populistas, a hacerte confortable en su medida la existencia, coartar tu capacidad de reacción, de crítica”.
 
 
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Claudio al salir de Bolivia le prometió a su padre que volvería al cabo de un año. Todavía no lo ha hecho, aunque asegura que sucederá aunque ello ni es ni fue motivo de sufrimiento, puesto que vive feliz donde está. Quizás con el tiempo le llegue la hora de pensar en la muerte más frecuentemente. De momento, la percibe como un hermoso destino, querido y cercano. “La tomo como es, presente. Me refiero a la delicia de saberse efímero, en contraposición a la pesadilla de sentirse eterno”.
 
Pasadas las 4 de la madrugada, hora de Denver, y tras una larga entrevista, Ferrufino responde a la última pregunta.  
 
“Le pregunté a Ligia, mi esposa, ¿crees que soy un tipo violento? Respondió con una carcajada. Habrá que analizarlo. Al meterme en un mundo que por nacimiento no me pertenecía, en Bolivia, en Argentina, en España, en Francia, en Estados Unidos, observé y compartí la peor violencia que existe, que es la de ser pobre. Una violencia que se dirige y esgrime desde arriba con saña contra los de abajo. Eso me irrita y me hace reaccionar con mayor violencia. Por eso soy vehemente y feroz cuando escribo de asuntos sociales o políticos. Sin aliento y sin concesiones”.
 
 
 
 
Fadrique Iglesias Mendizábal fue atleta olímpico y es especialista en gestión cultural y desarrollo local con estudios de licenciatura y maestría por la Universidad de Valladolid. Ha colaborado con columnas en varios medios de comunicación como Los Tiempos -desde su columna ‘El clavo en el zapato’- y Página Siete (Bolivia), así como con El País, Noticias Culturales Iberoamericanas (NCI) y FronteraD, donde ha publicado Afilando los cuchillos del Carnicero de Lyon en Bolivia y Del Gran Sueño a la somnolencia: la decadencia del deporte profesional. Ha publicado un libro junto a Peter McFarren, Klaus Barbie en Bolivia, que se publicará este año en español.
 
[Fuente: http://www.fronterad.com]

Escrito por LUIS MARTÍN-SANTOS LAFFÓN

Fue un día de septiembre hace ya unos años. En París estaba en curso una gran exposición sobre la generación Beat en el Centro de Arte Pompidou, más conocido como el “Beaubourg”.

Llevaba varios días inquieto en Madrid. Acaba de terminar el curso de meditación que regularmente imparto, siempre en la primera quincena del mes y después de eso, mientras en mi casa continuaban con mi pareja las discusiones sin fin y un cierto mal ambiente, me daba la sensación de que el verano se escapaba entre mis dedos, hecho que me animó a realizar una escapada a la capital francesa. Así que, sin dar aviso ni noticia a mis más allegados, organicé el viaje con ayuda de Internet en apenas unas horas.

« La exposición venía girando por el mundo desde Nueva York, vía San Francisco, hasta París. Simplemente no me la podía perder »

No hacía mucho que aquí en Madrid, en compañía de tres amigos, habíamos culminado, tras un par de años de labores varias, —contratación, traducción, intercalados con inesperados retrasos provocados por una crisis financiera global, crisis personales, inseguridades y miedos escénicos varios—, la publicación de una obra de Jack Kerouac en castellano, y yo me encontraba más empapado que nunca de la historia y la “energía” de lo beat.

La exposición, había leído, incluía todo tipo de objetos relacionados con los Beats: el rollo original de papel donde Kerouac había escrito En la carretera, la novela fundacional, intervenciones grabadas de Allen Ginsberg, fotografías, murales, pinturas y mucho material y parafernalia de la época. La exposición venía girando por el mundo desde Nueva York, vía San Francisco, hasta París. Simplemente no me la podía perder.

Sentado en mi escritorio frente a la pantalla, una vez tomada la decisión y conforme aumentaban mis deseos de perderme y desaparecer, crecía en mi la excitación. Tecleé lo primero buscando un billete de avión económico en una página de aerolínea de bajo costo, donde enseguida localicé una ida y vuelta inferior a 150€, tan poco, tan barato, Madrid-Barajas a París-Orly. A continuación voy a por el hotel… No había estado en París desde hacía algunos  años y es una ciudad que apenas conozco más allá de los alrededores de Notre-Dame.

¿Hoteles baratos?, ¿una noche? Encuentro múltiples ofertas, pero sin tener idea de dónde están localizados. Finalmente distingo en el mapa: Père-Lachaise, el cementerio… no demasiado alejado del Beaubourg. Hipohotel, zona Metro Gambetta République, en la rue des Pyrénées, 20t arrondisement, barato. ¿Podrían ser 35 euros…?, no, fueron 50. Voy a hacer la reserva. Miro fecha. Mañana mismo.

« Dejo mi casa con una sensación de irrealidad y una cierta inseguridad: si esta locura que estoy haciendo tiene sentido, si lo pasaré bien »

En silencio y sin avisar a nadie saco los billetes… y me voy a acostar. Antes escribo a un amigo fotógrafo que he conocido hace unos años en Mallorca. Es profesor de fotografía y literatura en la Sorbona y conoce bien a los Beats. Le escribo y sorprendentemente me advierte que estará en París. Vive en Aix-en-Provence, pero viaja a París cada semana para dar unas clases y después regresa a su domicilio. Es algo mayor que yo, una persona calmada y entrañable; un verdadero profesor. Una excusa perfecta para tomar un café y tener una charla amiga en esas 24 horas que voy a pasar yo solo en París. Se llama Jacques Terrasa.

A la mañana siguiente termino mi maleta de un día y salgo andando para tomar el autobús en la calle O’Donnell, que me lleva a la vieja terminal 1 de Barajas. La terminal está tranquila, es sábado y acaba de empezar el fin de semana. Dejo mi casa con una sensación de irrealidad y una cierta inseguridad: si esta locura que estoy haciendo tiene sentido, si lo pasaré bien. Y de mala conciencia: abandonando sin avisar y adrede a la familia. Una vez pasado el control de seguridad y ya sentado esperando en la puerta de embarque, la megafonía nos invita a preparar billetes e identificación, ir subiendo al avión y, después de haber colocado la maleta en la parte superior de la cabina, a acomodarnos en los asientos de forma ordenada.

El avión despega y yo con él: me elevo hacia los cielos. Estoy encantado. Durante el vuelo permanece, sin embargo, una sutil sensación de vértigo. El avión va lleno y voy encajonado en los últimos asientos, al fondo de la cabina de pasajeros. A los tres cuartos de hora estamos volando sobre los Pirineos. Al pasar se distinguen bien las cumbres, y entramos en territorio francés en medio de las nubes, accediendo a un país más verde que la piel de toro. Una hora más tarde comenzamos las maniobras de aproximación y antes de darme cuenta, casi precipitadamente, me encuentro que estamos aterrizando. Justo al tocar tierra algo se conecta dentro de mí, debajo de mi ombligo, y desaparece la sensación de vértigo, que viene a sustituirse por una certeza acompañada de la natural excitación al darme cuenta de que ya estoy en París. Now it’s real!

« El Hipohotel tiene una entrada única y parece sacado de la película de Bertolucci, El último tango en París, o, luego me daría cuenta, ¿había llegado ya, sin querer, a la versión actual del mismo Beat Hotel?« 

Bajo del avión, seguido de mi maleta de 24 horas demasiado cargada, y me subo al autobús que nos acercará a la terminal. De ahí rápidamente saltó en el OrlyVal que me acercará a la ciudad, a la estación Antony, desde donde tomo el metro que me lleva a plaza  Gambetta via Les Halles. Desde allí me dirijo rápidamente al hotel, que he reservado casi a ciegas en una zona no muy alejada de Beaubourg y junto al cementerio Père-Lachaise.

Camino desde la plaza, apenas unas manzanas por la Rue des Pyréneés. Son los últimos días de septiembre, sábado 24, y cuando llego a eso de las 21:00 ya ha anochecido. El Hipohotel tiene una entrada única y parece sacado de la película de Bertolucci, El último tango en París, o, luego me daría cuenta, ¿había llegado ya, sin querer, a la versión actual del mismo Beat Hotel?

En el portal, subiendo cuatro escalones a la derecha y debajo de las escaleras, hay un pequeño mostrador con una mujer de mediana edad, muy maquillada, que revisa la reserva, me da la llave, y me invita a subir a la habitación situada en el 2º piso, la primera puerta del pasillo, con techos bajos y color indefinido tirando a verde. Una vez dentro me encuentro con una cama de buenas dimensiones, alta. Mobiliario escueto, una silla, una mesa sujeta en la pared y en frente, junto a la ventana-balcón, un baño básico. Ducha con cortina, lavabo e inodoro. Mientras subo me cruzo con una pareja francófona joven de color que baja, con la que apenas intercambio una mirada cómplice. Paris is Jazz.

En todo el edificio hay una algarabía tremenda proveniente del bar restaurante que recorre la primera planta en la calle, a continuación del hotel, hasta la esquina y el próximo chaflán. Como no hay otra alternativa —ni me planteo quedarme con tanto escándalo—, dejo mi maleta 24 horas y, después de asearme un momento, me tiro a la calle buscando algo para cenar y para comprobar, con mis propios ojos, de donde proviene tanto ruido.

Salgo a la calle, doblo a la derecha y, efectivamente, el establecimiento de al lado tiene terraza y diferentes puertas y ventanales abiertas a la calle. Hace calor y hay muchísima animación. Está lleno de estudiantes, sentados y bebiendo en las mesas dispuestas en la acera, y dentro incluso un pequeño grupo de chicos y sobre todo chicas bailando con entusiasmo. Toda la escena me arranca una incontenible sonrisa.

« Para cuando he terminado de cenar, deben ser ya las once. En la acera de enfrente ha cesado la música, y al rato, los grupos se han ido y se hace un cierto silencio »

Como no conozco a nadie, opto por instalarme en un acogedor bistró que se encuentra en la acera de enfrente, desde donde se divisa toda la acción. Llego con la buena fortuna de encontrar que todavía tienen abierta la cocina, y me pido un sabroso osobuco acompañado de un puré de patatas y regado con una jarra de cerveza alemana. La clientela del bistró varía entre parejas francesas en noche de sábado y hombres con aspecto de árabes sentados en grupo, alguno de los cuales se pasa un buen rato observándome, creo que con una cierta curiosidad sospechosa. Va cayendo definitivamente la noche y, mientras ceno, disfruto de los sabores, doy un largo trago la jarra de cerveza que me han traído, miro curioso todo a mi alrededor, la terraza de enfrente, la carta, escucho francés o lo hablo con el camarero, la atmósfera va tranquilizándose. Para cuando he terminado de cenar, deben ser ya las once. En la acera de enfrente ha cesado la música, y al rato, los grupos se han ido y se hace un cierto silencio. La calle ahora solo está transitada por grupos más pequeños, alguna joven regresando con paso rápido en dirección al metro, algún borracho. La noche sigue siendo cálida y yo cruzo tranquilamente de regreso al Hipohotel —qué nombre tan “enrollado”— con intención de descansar después de un día de transportes, aviones y aeropuertos. Paso por la recepción del hotel, camino de mi habitación, y esta vez está más animada: la conserje en conversación con dos parroquianas de su misma edad y maquillaje, hablando francés con marcado acento italiano sentadas en las escaleras.

Paso por delante, saludando con un escueto bonne nuit y sigo directo para mi cubículo. Llego a mi habitación con una cierta expectación, pero con el impulso suficiente para desnudarme, ponerme el pijama y meterme en la cama, donde caigo rápidamente dormido.

Por la mañana me despierta la primera claridad que consigue entrar entre las cortinas semicorridas y los visillos. Domingo por la mañana, el ambiente es muy tranquilo. Remoloneo un rato en la cama pero hacia las 9:30 me levanto, me doy una ducha y me decido a salir a la calle y emprender mi día tirando de mi maleta. La calle presenta las huellas de la noche anterior, algunos restos inevitables del botellón. Avanzo por le rue des Pirénées de regreso a la plaza Gambetta y para mi alegría compruebo que la plaza esta sembrada de cafés, a esa hora poblados por los franceses más madrugadores que ya se han hecho con una copia de Le Fígaro o L’Equipe y están ya sentados leyendo la prensa. Inefable me siento en una terraza, me pido un café au lait y un croissant.

« Es un cementerio que, leo en el cartel, acoge todo tipo de personajes ilustres, desde Jim Morrison, cantante de los Doors, hasta Marcel Proust, una lista interminable de escritores, intelectuales, científicos y artistas »

En seguida me dan las 11 y echo a andar. En esa época el Google Maps todavía no está tan popularizado y la itinerancia en los teléfonos hay que pagarla, lo mismo que los datos, de modo que voy tirando del mapa y la chuleta que he tenido precaución de prepararme. Había visto que el Père-Lachaise estaba muy cerca y efectivamente hay una calle desde la plaza Gambetta que lleva a una de las entradas. Está a 500 metros que recorro con calma seguido de mi maleta. Siento una cierta emoción. Suena en mis oídos internos la melodía de Malcolm Maclaren & Catherine Deneuve, ParisParis… La entrada es una puerta abierta en el muro sin verja, y en frente hay una explanada amplia. El cementerio tiene grandes avenidas, árboles y unos carteles que enumeran la lista de personalidades que descansan en este camposanto.

Es una mañana de domingo nublada y amenaza a llover, aunque esto sucederá solo una hora más tarde. Hay algunos paseantes —ahora me siento dentro de una película de Antonioni—, la soledad, el silencio del cementerio, el verde de los árboles y mi maleta. Echo a andar, recorro el primer boulevard y doblo hacia la izquierda por delante de las primeras tumbas.

Es un cementerio que, leo en el cartel, acoge todo tipo de personajes ilustres, desde Jim Morrison, cantante de los Doors, hasta Marcel Proust, una lista interminable de escritores, intelectuales, científicos y artistas. Algunos muy conocidos, otros no tanto. Es imposible visitarlo en una única mañana. Las avenidas generales son espaciosas y tienen un determinado relieve. En frente de esta entrada se levanta una colina que no subiré.

Mientras paseas entre tumbas y mausoleos, es obligado ir deteniéndose para poder leer las inscripciones, y quién sabe si descubrir ese personaje famoso o aquel epitafio inmortal que sugiera al paseante un momento de contemplación, llegar a conmovernos o incluso volver a arrancarnos una sonrisa.

« Me sorprende un monumento levantado en homenaje a los caídos españoles en la guerra europea y de liberación de los alemanes contra los nazis, exiliados primero de la guerra española »

Después de varias paradas llego por fin ante un mausoleo de buen tamaño: un bloque de piedra de veinte toneladas que lleva esculpida una estilizada esfinge alada. Se trata de la tumba de Oscar Wilde, promovida por sus amigos, realizada por un escultor y pagada por suscripción popular. Aunque es bastante más alta, está cubierta por un cristal transparente de dos metros de altura para protegerla de la costumbre de plantarle un beso que miles de visitantes adoptaron como forma de homenaje al escritor. En origen, la esfinge parece que estaba provista de unos generosos genitales masculinos de los que fue desprovisto en sucesivas ocasiones, de ahí también el cristal.

Yo, sin conocer entonces la historia, quedo impactado por el monumento y la energía del lugar. Luego me enteraré de que es la más popular después de la de Jim Morrison. Llego sin preguntar e igualmente después de un rato, unos veinte minutos de parada y poderosa inspiración, decido continuar adelante.

Una de las bellezas del Père-Lachaise es que es un cementerio urbano y al estar —según puedo apreciar asentado en la falda de una gran colina— por encima de sus muros, se divisa el skyline parisino en ese día nublado y, a partir de ese momento de la visita en el que comenzó a caer una pequeña llovizna, lluvioso.

Después de Wilde seguí caminando hasta el final de la calle para continuar a lo largo del muro que bajaba en suave pendiente bordeando las lápidas hasta la entrada principal. A ratos tengo que abrir mi paraguas. Las tumbas van cambiando y en algunas se ve la antigüedad, más de 200 años, las diferentes construcciones, templetes y estilos. Me sorprende un monumento levantado en homenaje a los caídos españoles en la guerra europea y de liberación de los alemanes contra los nazis, exiliados primero de la guerra española. Reconocimiento que no se puede encontrar en su país, España. Entre estas y otras cosas fui llegando hasta la entrada principal, por donde salí.

Después de este interludio silencioso regreso al bullicio, no tan intenso en domingo, y pongo dirección a la siguiente etapa, encontrarme con Jacques y visitar a la Beat Generation en Beaubourg.

« París es un marco perfecto para recibir una muestra así, pues fue parada obligada de todos sus protagonistas »

Un par de paradas de metro y estoy ya en los alrededores del BB, cuando me doy cuenta de que no tengo entrada. Me pongo a hacer la larga cola y a tratar de sacarla a través de la web del museo con mi móvil, lo que por cierto consigo hacer después de un rato. Ahora ya no recuerdo, pero creo que antes de entrar me vi con Tarrasa. Quedamos en la puerta de la exposición. Él ya la había visto, pero me cuenta que no hacía mucho que había hecho un trabajo sobre Bernard Plossu, un fotógrafo que había recorrido con los Beats la ruta mexicana del peyote y el yagé al que por supuesto trató, por lo que estaba muy puesto en el tema.

Yo creo que le hice entrega en ese momento de una copia de Despierta, nuestro libro budista, de Jack Kerouac.

Después de hora y media bien aprovechada, me acompaña hasta la puerta del museo justo a tiempo para entrar en mi turno asignado, que comenzaba a las 17:30.

Esta vez tuve que esperar menos. Subimos en el ascensor de este edificio transparente y pronto me encuentro en la puerta de la 4ª planta, listo para sumergirme en la expo beat.

BEAT GENERATION: New York, San Francisco, París

París es un marco perfecto para recibir una muestra así, pues fue parada obligada de todos sus protagonistas.

Al entrar en la sala de la exposición, lo primero que me encuentro es una espina dorsal que la recorre. Es el rollo de escritura de On the road, extendido sobre una mesa baja iluminada de, calculo, 50 metros. Hay varias secciones de la exposición que inmediatamente llaman mi atención, que disfrutan de una atmósfera de performance. Hay una sección, por ejemplo, con varios teléfonos en la pared, todavía con rueda de números, titulada ‘Dial a poem’, en los que después de “descolgar” y marcar, puedes escuchar un poema-beat, cada vez diferente.

« Cuando viajar es todavía una grandísima aventura transformadora y no una industria. Y los héroes: Neal Cassidy, Ferlinghetti, Macluren, Snyder, Timothy Leary, the magic bus, Dylan… »

Lo que más me impacta son las habitaciones dedicadas al Beat hotel, donde se reproduce la Dream machine, la maquina de los sueños, que consiste en una habitación con una cama de hierro con dosel. La cama está hecha. La habitación, similar a la que he ocupado en el Hipohotel la pasada noche, está iluminada por una luz caleidoscópica que gira provocando un movimiento que barre ininterrumpidamente el espacio. Sincronizada, una música y sonidos de carácter repetitivo suenan de fondo. Su función es inducir un estado similar al producido por las drogas psicodélicas, LSD o psilocibina, a través de los cuales acceder a lo profundo de la psique y el arte.

Arte, fotografía, carteles, parafernalia, viejos automóviles. Mapas: San Francisco, Chicago, Denver, Nueva York. On the Road. La música del jazz: Dizzy Gillespie, Charlie Parker (Bird), Thelonius Monk, Art Blake, el Bebop…

Y luego México, las drogas, la bencedrina, los artistas, la búsqueda y la huida. Para Jack el retiro en la naturaleza, Desolation Mountain, la cabina de guardia forestal en el pico de la montaña, el misticismo en vena de los Dharma Bums…

Luego el viaje a Europa, Paris, Tánger, incluso brevemente España. Oriente para otros, India y Benarés para Alan y Orlowsky, y Extremo Oriente para Snyder, el zen, viajar en barco hasta el Japón. Cuando viajar es todavía una grandísima aventura transformadora y no una industria. Y los héroes: Neal Cassidy, Ferlinghetti, Macluren, Snyder, Timothy Leary, the magic bus, Dylan…

Antes de nada, al principio la película muda, Pluck my Daisy, son seis jovencitos estudiantes flipando en Nueva York en una mañana fría y aburrida.

Hubo un momento, se narra en la exposición, en el que Ginsberg, Kerouac, Burroghs y Corso se interesan en las teorías de Wilhelm Reich, los orgones y el orgasmo, como no podría ser de otra forma para este grupo de vividores/investigadores.

Se escucha la voz de Ginsberg, que lanza la perorata desde un televisor de tubo catódico en blanco y negro mientras en el exterior llueve y tras el cristal se distingue a lo lejos el Sacré-Coeur, coronando Montmartre, en un cielo en ese momento gris, gris, gris.

« Lo esencial, de todas maneras, no será la lealtad de Lamantia al credo surrealista, sino la práctica intempestiva del método surrealista; dicho de otra manera: la práctica constante por su parte del automatismo psíquico »

La historia de esta vinculación del surrealismo con lo beat no es solo una leyenda. El 8 de octubre de 1943, el joven poeta Philip Lamantia, con solo quince años, envía una carta a André Bretón, en aquel momento presente en los USA durante su exilio en Nueva York, quien está preparando un número especialmente rico de la revista View, retitulada para esta ocasión como VVV (triple V) en el que escribe: “proclamo mi adhesión formal al surrealismo, a sus posiciones concernientes a la literatura, el arte, la sociedad y la humanidad, que son de naturaleza puramente revolucionaria, y que forman parte de mi temperamento antes incluso que yo conociese las teorías del surrealismo”.

Lamantia participó diez años mas tarde en la primera lectura colectiva, el 7 de octubre de 1955, en la Six Gallery de San Francisco, en la que Ginsberg leyó su poema HowlAullido, en un evento organizado por Michael McClure y en la que participaron los poetas Gary Snyder y Philip Whalen, jaleados enérgicamente por un vociferante Jack Kerouac. De los cinco poetas, Lamantia es el único que ha participado ya en una lectura pública. La secuencia es considerada unánimemente como el acto público inaugural de la Beat Generation. Lo esencial, de todas maneras, no será la lealtad de Lamantia al credo surrealista, sino la práctica intempestiva del «método surrealista», dicho de otra manera, la práctica constante por su parte del automatismo psíquico. Lamantia no cesará de proclamar esta como su contribución al movimiento poético beat.

Son múltiples las pruebas y los testimonios de la cohabitación entre beats y surrealistas, mas será durante las prolongadas estancias de los primeros en París y las reuniones y encuentros entre ellos y los jóvenes americanos cuando esta se produzca.

Henry Miller, Anaïs Nin, Celine, y su Viaje al fin de la noche, Duchamps, Breton, Picabia, Apollinaire, incluso Genet. Corso, Lamantia, Burroghs, Snyder, Kerouac, Ginsberg… todos revolotean, como yo hoy, en ese París inspirando el mundo de las ideas, unos de otros, jóvenes y adultos y más mayores, casi ancianos, unos de vuelta y otros de ida, escribiéndose e inspirándose en un eterno corre, ve y dile, comunicativo y global.

El recorrido de la exposición, la última sala, está dedicada al vuelo del Enola Gay y el efecto aterrador de la bomba al caer, un 6 de agosto de 1945. El hongo atómico liberando más energía que mil volcanes, trayendo la destrucción, inaugurando una nueva era. La humanidad ya nunca será igual, se inicia la era atómica. Y como no puede ser de otra forma, simultáneamente surgen los Beats y el pacifismo, la revolución de la conciencia, la rebelión, la ecología y el hippismo.

Así fue mi viaje a París en 24 horas. Un aeropuerto, un hotel, un paseo por un cementerio en una mañana lluviosa, un café con un amigo y una conversación, una exposición… soledad dosificada, huida, retiro para el encuentro, impresiones en la memoria, alguna conclusión, descanso, la escapada… al encuentro de Kerouac y la caterva feliz e iluminada que para siempre será la Generación Beat.

[Fuente: http://www.zendalibros.com]

Tenía 97 años. A través de su labor como falsificador de documentos, salvó miles de vidas durante la Segunda Guerra Mundial. También prestó sus servicios en distintas luchas contra el fascismo

Adolfo Kaminsky posa frente a una cámara Lorillon en su casa parisina. Foto: Joël SAGET / AFP

El fotógrafo francés de origen judío-argentino Adolfo Kaminsky, héroe de la Resistencia francesa y de los movimientos anticoloniales después de la Segunda Guerra Mundial, murió hoy a los 97 años, confirmó a la agencia de noticias AFP su hija Sara, quien relató la vida de su padre en el libro Adolfo Kaminsky, vida de un falsificador.

Kaminsky fue un fotógrafo talentoso que se convirtió en un falsificador eximio de documentos de identidad que le entregaba a los miembros de la Resistencia francesa y a los judíos perseguidos por el nazismo, antes de comprometerse en otras causas después de la guerra”, señaló la Fundación para la Memoria de la Shoah.

Nacido en 1925 en Buenos Aires como hijo de inmigrantes ruso-judíos, emigró con su familia a Francia cuando tenía siete años, en 1932, y mucho antes de consagrarse como fotógrafo quería convertirse en pintor, pero a los 17 años se comprometió con la Resistencia francesa en París, tras escapar junto a su familia, ayudado por el consulado argentino, del campo de Drancy, eje de la política de deportación antisemita en Francia, el principal lugar de internamiento antes de la deportación hacia los campos de exterminio nazis, en su mayor parte hacia Auschwitz.

El adolescente ofreció sus conocimientos de química y fotograbado para fabricar documentos apócrifos en un laboratorio clandestino y así comenzó una carrera de tres décadas, poniendo en riesgo su vida, bajo la fachada de un fotógrafo ordinario en su taller parisino, con la que salvó a miles de personas del nazismo.

Adolfo Kaminsky y su hija Sarah (Amit Israeli)

Adolfo Kaminsky y su hija Sarah. Foto: Amit Israeli

“Tuve la suerte de salvar vidas humanas. Trabajé día y noche, con microscopio. Perdí un ojo, pero no me arrepiento de nada”, dijo en 2012 a AFP Kaminsky, quien trabajó para los servicios secretos franceses hasta la capitulación de la Alemania nazi ayudando a los judíos que se evadían de los campos de la muerte a emigrar a Palestina.

Luego se desempeñó como falsificador político para las luchas anticoloniales y antifascistas y de esa manera ayudó al Frente de Liberación Nacional durante la guerra de Argelia, a los antifranquistas de España, a los anti-Salazar de Portugal y a quienes luchaban contra los coroneles en Grecia.

Trabajó también para los participantes de la Primavera de Praga, los desertores estadounidenses de la guerra de Vietnam y hasta con Daniel Cohn-Bendit, famoso líder estudiantil de mayo de 1968 en Francia. En 1971 concluyeron sus actividades como falsificador. Su obra, cuyo humanismo recuerda al fotógrafo francés Doisneau, fue expuesta en el Museo de arte e Historia del Judaísmo en 2019.

 

[Fuente: http://www.infobae.com]

Os seus nomes apenas son coñecidos e da súa obra apenas sobreviviu unha pequena mostra, mais Filippo Prosperi e Cándida Otero foron nomes ilustres da fotografía na Galiza no último terzo do século XIX. Vítor Vaqueiro recupera a súa historia no seu libro Facedores de imaxes (Galaxia). 

Filippo Prosperi. Embarque de tropas para Cuba, 1886. Arquivo Vítor Vaqueiro

Escrito por MANUEL XESTOSO
A saída das tropas españolas cara á guerra de Cuba en 1886; a casa de baños La Iniciadora, no baluarte da Laxe; o desaparecido Teatro Rosalía de Castro. Son imaxes dun Vigo desaparecido que conservamos grazas as instantáneas de Filippo Prosperi e Cándida Otero, dous fotógrafos cuxo rastro case desapareceu da memoria colectiva da cidade.

Vítor Vaqueiro fai as contas: « O estudio da parella formada por Filippo Prosperi e Cándida Otero estivo activo desde 1870 até 1915. Se só fixesen unha foto ao día -un número baixísimo para unha empresa co seu prestixio-, terían que ter feito máis de 22.000 fotografías. E porén, apenas conservamos unhas duascentas ». Vaqueiro vén de publicar Facedores de imaxes. Fotografía e sociedade en Vigo. 1870-1915 (Galaxia), no que debulla a historia e o legado desta parella cuxo traballo está na orixe do estudio que logo sería o do moito máis celebre Pacheco.

Vaqueiro comezou a ter noticia da parella a finais da década de 1980 e, xa nos anos 90, traballando na súa tese A obra fotográfica dos Pacheco no período 1909-1936, o coñecemento do estudio Prosperi – Otero comezou a reclamar a súa atención até completar este traballo que trata « de restituír, sequera minimamente, o prestixio e o coñecemento de quen foi considerado polos seus contemporáneos unha das máis grandes figuras da fotografía na Galiza », explica a Nós Diario.

Unha carreira de éxito

Filippo Prosperi foi o director dunha das compañías teatrais italianas que, durante o turbulento proceso político que hoxe coñecemos como « unificación italiana », se viron empurradas a xirar por Europa. A súa presenza no Estado español está documentada desde 1860, e sabemos que en 1862 estaba representando na Coruña. Non está claro se naquela altura xa se dedicaba á fotografía -hai algunhas pistas que permiten supoñelo-, mais o que si sabemos seguro é que no ano 1969, Filippo, xa convertido en Felipe, casa con Cándida Otero en Pontevedra, onde o italiano xa rexía un estudio fotográfico, e que no ano 1870 ambos teñen estabelecido un estudio de fotografía na rúa Sombreireiros de Vigo.

O que segue é unha traxectoria exitosa na que a parella logra un recoñecemento que lle dá unha importante relevancia nos ambientes culturais e sociais.

« As súas fotos eran publicadas nas mellores revistas ilustradas da época, como La Ilustración Gallega y Asturiana ou Vida Gallega« , acrecenta Vaqueiro, « foron premiados en exposicións e concursos, fotografaban a toda clase de personaxes ilustres, incluído Cánovas del Castillo cando era presidente do Goberno… A súa é sen dúbida, unha traxectoria de éxito ».

Prosperi faleceu en 1899 e Otero decide seguir en solitario co negocio, agora baixo o nome de « Viúda de Prosperi ». En 1907 asóciase co portugués Jaime Pacheco, que viña de traballar con Xosé Gil en Ourense e que, á morte de Cándida, en 1915, queda como único propietario do estudio.

A desaparición

Chegados aquí xorde a pregunta: como é posíbel que desaparecese, e por completo, un arquivo de corenta e cinco anos de traballo?

« Non o sabemos », contesta Vaqueiro. « Creo que están perdidas para sempre, mais talvez poida xurdir algunha sorpresa. Esas cousas suceden, mais son bastante pesimista ao respecto. O que si sabemos e que o arquivo estaba no estudio da rúa do Príncipe desde 1884, nun local que nunca sufriu incendios, nin inundacións nin ningún deses accidentes que botan a perder os arquivos destas características. Estaban alí e agora están en paradoiro descoñecido ».

O estudoso, fotógrafo e escritor, insiste en que si se debe aclarar que algunhas das fotos foron atribuídas a Pacheco, cando se fixeron antes de que el se afincase en Vigo, en agosto de 1907, como o famoso retrato de Curros Enríquez, ou a dun carro de bois pasando pola rúa do Príncipe.

Duplamente ocultada

O estudo de Vaqueiro rehabilita unha parella de artistas que foi sistematicamente escurecida pola xigantesca obra de Pacheco. Mais esta rehabilitación ten aínda máis valor no caso de Cándida Otero, que moi probabelmente participou en pé de igualdade no traballo do estudio e que desde a morte de Prosperi até 1907 o conduciu en solitario.

« A ocultación das mulleres é unha constante na historia da fotografía. A maioría dos estudios no século XIX eran empresas familiares mais, agás algunha excepción, os nomes das mulleres xamais aparecen como autoras. Nesta ocasión, polo menos, si que fomos quen de constatar que Otero tiña preferencia polo retrato, malia que os xornais insistían en atribuílos a Filippo. É bastante probábel que o de Curros, por exemplo, fose da súa autoría », remata.

Unha « inxustiza » histórica

Vítor Vaqueiro salienta que, malia que perviven poucas fotografías da parella, as que quedan « permiten recoñecer un rigor e unha mestría moi notábeis. É unha inxustiza que os seus nomes estean case esquecidos, mais o interese por conservar o patrimonio fotográfico na Galiza é practicamente nulo ».

[Fonte: http://www.nosdiario.gal]
O gañador do X Premio Galiza de fotografía Contemporánea, Joan Alvado, inaugura na Sala de Exposicións do Pazo de San Marcos de Lugo a obra gañadora, titulada « Os batismos de meia noite ». 

Fotografía de Joan Alvado que se expón en Lugo.

Escrito por ELVIRA BRANCO

A Sala de Exposicións do Pazo de San Marcos de Lugo acolle a inauguración da exposición « Os batismos de meia noite » do artista Joan Alvado. Trátase da mostra gañadora da décima edición do Premio Galiza de Fotografía Contemporánea. O certame, organizado polo festival Outono Fotográfico, conta co patrocinio da Xunta da Galiza e da vicepresidencia da Deputación de Lugo.

O premio consiste na realización da exposición que se inaugura hoxe e na publicación dun libro, así como na promoción do proxecto gañador mediante o itinerario da exposición durante 2 anos e a distribución da publicación.

O coordinador e curador da exposición, Vítor Nieves, explica a Nós Diario que « Os batismos da meia noite » é un proxecto que podería enmarcarse no xénero da ficción documental. Cunha gramática documental clásica, que denota as prácticas fotográficas do autor, apóiase nunha « narración evocadora » que pon imaxes ao « intanxible da tradición » e da memoria das terras do Alto Minho.

Nieves aclara que o fotógrafo catalán chegou a fotografar o norte de Portugal grazas a unha residencia artística que realizou no municipio de Arcos de Valdevez. « Os batismos de meia noite » é o resultado de meses estudando como o illamento dun medio natural pode modelar as crenzas espirituais dos seus habitantes desde tempos inmemoriais ata o día de hoxe.

A obra de Alvado xira arredor da espiritualidade ancestral da cultura galego-portuguesa. As súas fotografías, cunha atmosfera « idílica », revelan a cultura de ritos e crenzas que aínda perduran nas serras montañosas que separan a Galiza e Portugal, concretamente na serra da Peneda, onde foron tomadas as fotografías que se expoñen na Sede da Deputación.

Creación dun espazo fotográfico galego

O galardón de fotografía contemporánea ten como obxectivo promover, da mesma maneira, a creación dun espazo fotográfico na Galiza que complemente o creado durante máis de tres décadas polo festival internacional Outono Fotográfico. Fomenta así propostas de carácter visual-fotográfico, sen límites en canto a técnica ou estética, de autoras e autores tanto nacionais como estranxeiras.

No acto, ademais do artista Joan Alvado, estarán presentes Maite Ferreiro, vicepresidenta da Deputación de Lugo; Anxo Lourenzo, secretario xeral de Cultura da Xunta da Galiza; e os coordinadores do premio, Xosé Lois Vázquez e Vítor Nieves.

 

 

[Fonte: http://www.nosdiario.gal]

Em direu que és una pregunta molt fàcil, però té una petita trampa que serà el tema d’aquesta entrada. Per cert, el nom de l’òpera també té truc i si voleu pronunciar-lo bé no ha de sonar la t final, fins i tot s’han escrit articles al respecte. 

Giacomo Puccini//Wikimedia Commons

Escrit per Àngels Royo Peiró

Ja sabeu que el compositor de Turandot va ser Giacomo Puccini, gran exponent del verisme italià. Però no la va poder acabar i part de l’últim acte és obra de Franco Alfano. Segons he descobert hui a Viquipèdia, Alfano també va compondre Cyrano de Bergerac i l’òpera radiofònica Vesuvius. Sentint-ho molt, senyor Alfano, en aquest blog tampoc parlaré de vostè. Em centraré en la malaltia del mestre Puccini, artífex de grans òperes com La Bohème que sempre serà la meua preferida, tal volta perquè va ser la primera que vaig veure en directe.

En moltes de les fotografies que es conserven de Giacomo Puccini apareix amb una inseparable cigarreta, factor de risc important per al tumor que posteriorment patiria. També era coneguda la seua afició per la bona taula acompanyada sempre de bon vi. Deixarem de banda el seu historial amorós i el seu caràcter complicat perquè no es el tema que ens ocupa.

Durant 1922 i 1923 Puccini estava treballant amb gran il·lusió en un nou projecte basat en la faula teatral de Carlo Gozzi. Ambientada a la Xina imperial i amb una cruel heroïna com a protagonista, conté algunes de les àries més famoses de la història operística. Immers en aquest procés va ser diagnosticat d’un tumor a la gola.

Àrea ORL/NHS

Tot i que no sabem la localització exacta, el seu cas s’engloba dins dels tumors de l’àrea otorrinolaringològica que podeu veure al dibuix. Aquests tipus de càncers tenen una evolució i un tractament relativament similars, amb certes particularitats per a cada lloc concret. Habitualment els tumors de boca, laringe i faringe s’anomenen de forma genèrica tumors de l’àrea ORL tumors de cap i coll. Aquesta nomenclatura pot dur a confusió amb els tumors cerebrals que no pertanyen a aquest grup i tenen un comportament molt diferent.

Són tumors relativament poc freqüents. En conjunt estan molt relacionats amb el consum de tabac i el risc es multiplica exponencialment si es consumeix juntament amb alcohol. Tot i això, hi ha localitzacions on són característicament causats per altres agents com infeccions cròniques per virus i que comporten un millor pronòstic. Així, els tumors de nasofaringe estan molt relacionats amb el virus d’Epstein-Barr i els de la cavitat oral amb el virus del papil·loma humà (VPH). Segur que aquest virus vos sona perquè també és el causant de la majoria de tumors de coll uterí. Ara ja sabeu un altre motiu per promoure la vacunació contra aquest virus en ambdós sexes.

El tractament radical d’aquests tumors no sempre pot ser quirúrgic per la dificultat que comporta l’anatomia de la regió. L’estratègia terapèutica més emprada en els casos localment avançats sol ser la combinació d’una teràpia local com és la radioteràpia amb la quimioteràpia sistèmica. Aquesta modalitat de tractament concomitant té una alta tasa de respostes locals i «curacions» a llarg termini. En el cas de tumors amb metàstasis a distància actualment disposem d’altres alternatives com la immunoteràpia.

Tornem al cas de Giacomo Puccini. Als inicis del segle XX ja s’havia començat a utilitzar la radioteràpia en alguns tumors com els de l’àrea ORL però encara haurien de passar algunes dècades per a conèixer la utilitat dels fàrmacs antineoplàstics. En Europa hi havia dues clíniques privades, una a Berlín i altra a Brussel·les, amb l’equipament necessari per a tractar amb l’efecte de la radiació recentment descoberta.

Cartell original de l’estrena de l’òpera el 25 d’abril de 1926/ Wikimedia Commons

L’any 1924 Puccini va ser diagnosticat a Florència. Acompanyat pel seu fill Antonio i de les notes finals de Turandot es va traslladar a la clínica del Dr. Felix Sluys a Brussel·les. El 5 de novembre de 1924 va començar el tractament de radioteràpia. Els efectes locals de la radiació, molt més agressius que els de la tècnica actual, no el van deixar treballar com ell tenia previst. Sembla que el 24 de novembre va haver de ser operat per una complicació local, després ja no va poder parlar i només podia alimentar-se per una sonda nasogàstrica. Va empitjorar progressivament fins que va morir el 29 de novembre. Va ser traslladat a Itàlia en tren rodejat d’autoritats i del seu públic que tant l’estimava.

Però recordeu que la partitura inacabada de Turandot seguia a la seua maleta. Després d’una important polèmica entre el compositor Alfano i el director d’orquestra, i gran amic del mestre, Toscanini, la família de Puccini va deixar la tasca de finalitzar l’obra en mans del primer.

L’òpera pòstuma es va estrenar a l’Scala de Milà el 25 d’abril de 1926 sota la batuta de Toscanini. Al punt al qual Puccini havia deixat la peça inacabada va parar de dirigir l’òpera i va dir: «Qui finisce l’opera, perchè a questo punto il maestro è morto» (Aquí finalitza l’òpera perquè en aquest punt el mestre va morir).

 

[Font: http://www.metode.cat]

Pugna entre editores, autores, diseñadores y comerciantes, las portadas de los libros ¿sirven más para vender o para darle un complemento artístico, visual, a las palabras? ¿Nos distraen, nos engañan o nos acercan a las páginas del libro? Estos asuntos plantean los siguientes párrafos en torno a El atuendo de los libros de Jhumpa Lahiri.

Escrito por Santiago González Sosa y Ávila

En un principio los libros no llevaban portada. Se vendían como una colección de hojas que más adelante el comprador mandaba cubrir, usualmente con cuero o pergamino, protegiéndolas y adaptando el libro incipiente a su gusto y a su biblioteca. Luego llegaron nuevas formas de imprimir, nuevas tintas y colores y así comenzó el diseño gráfico y las impresiones en masa. Para mediados del siglo XIX, los libros se cubrieron con ilustraciones impresas en papel y unos años después, la portada se volvió un medio artístico en sí mismo. Adquirió entonces una doble función: representar con imágenes la palabra escrita y destacar en las vitrinas para facilitar su venta. Para fin de siglo, los editores entendieron que las imágenes vendían y cada década que le siguió, cada país, cada casa editorial, desarrolló su propio estilo —arte abstracto, composiciones tipográficas, fotográficas, ilustraciones de universos variados. En pocos siglos las portadas habían sufrido un cambio radical: de un vehículo protector de páginas a una función publicitaria que comunicara el contenido del texto, hasta convertirse en una parte inextricable de los libros.

Para quienes hemos aprendido a concebir que los libros solo están completos cuando llevan portada, ¿cómo reaccionar ante el desinterés que recorre El atuendo de los libros (Gris Tormenta, 2022), de Jhumpa Lahiri, un brevísimo ensayo que medita en torno a las cubiertas?

Lahiri es una narradora y ensayista —ganadora del Pulitzer en 1999 por su libro de cuentos El intérprete del dolor— cuya biografía debería despertar tanta curiosidad como su obra. Nacida en Londres de padres bengalíes, creció en Estados Unidos porque a su padre lo contrató  la Universidad de Rhode Island como bibliotecario. Mientras exploraba su condición como hija de migrantes también lidiaba con las identidades de otredad con la India y con Calcuta de manera simultánea. En 2015, como escritora reconocida, se estableció en Roma y agregó el italiano a su ya de por sí impresionante repertorio de lenguas, al grado de migrar parte de su obra hacia ese idioma.

Tanto así que el libro que menciono existió primero como discurso en italiano, y luego como una traducción al inglés que se preparó para una edición bilingüe, lo que culminó también en reescrituras del texto original. Esta edición en español contiene señales de haberse traducido del inglés, no del italiano, lo que implica un intercambio constante entre los textos. Pensemos en este tipo de triangulaciones (texto-traductor-lector) y las veces que las colaboraciones se repiten en la literatura, arte y oficio que se piensan esencialmente como producto del trabajo individual. Pensemos, específicamente, en las cubiertas.

Lahiri escribe estas páginas casi completamente desde el punto de vista de una autora que reacciona ante las portadas que las editoriales escogen para sus libros. Tiene una posición recelosa de lo que los diseñadores y editores han malinterpretado de sus obras y que ha culminado con portadas que, a su parecer, no concuerdan con los textos. “Desde mi punto de vista —explica Lahiri— la mayor parte de las camisas de mis libros no me quedan”. Sin duda es una postura de la que el público casi nunca se entera. Como ella misma cuenta: “Cada autor reacciona a las cubiertas de sus libros pero pocos hablan de ello abiertamente”, porque, claro, sería un despropósito antagonizar contra tu propio editor y el libro que han sacado en conjunto.  El punto de vista de Lahiri parte desde el ojo crítico del autor del libro, pero no hay que olvidar que detrás de cada portada hay una danza que a menudo deja insatisfechos a casi todos los involucrados: la conversación comienza entre editores y gente de marketing, después los editores tienen que explicarle a los ilustradores lo que ellos creen que es mejor para el libro; con algo de suerte, los editores consultan con el autor las primeras propuestas y de manera obligada con la gente de marketing previamente consultada y una vez más regresamos con los ilustradores para que mejoren sus bocetos. Una vez que tenemos la ilustración final, los editores consultan con los diseñadores, a quienes les han rechazado propuestas bajo la justificación que “hace falta más diseño”, lo que sea que eso signifique.  Después de este vaivén de voces culmina la creación de una cubierta, una proeza editorial, pero no siempre una victoria contra el descontento.

Ahora bien, para ser una escritora tan prolífica, Lahiri no se explaya como los entusiastas de las portadas hubiéramos querido. Menos aún celebra las cubiertas, por lo que el resultado deja un sabor un tanto anticlimático para los amantes de los libros. No le dedica demasiadas páginas a la historia de las portadas, un tema en sí fascinante, ni reseña tampoco algunas de las imágenes más importantes de la historia del libro. Tampoco nos describe las cubiertas que fueron cruciales para su propia formación. Su libro deja al lector deseando que hubiera seguido la exploración de otras directrices o que hubiera ofrecido una propuesta concreta. Es decir, no es un libro apasionado de las cubiertas ni apasionadamente en contra de ellas. Describe sin entrar en demasiados detalles que algunas portadas a sus libros le han gustado y otras no (en especial las que recurren a estereotipos de la India cuando el texto entero trate de la vida en Estados Unidos) y critica que las cubiertas se utilicen más como herramienta de mercado que como otra cosa.

Es cierto. Las portadas son un sistema de códigos para posicionar los sellos, guiar a su público potencial y sobre todo para ubicar su grado de… literaturidad, digamos. En México, por ejemplo, si son portadas coloridas es probable que se trate de libros infantiles, si son austeras y con tipografía patinada, es probable que sean libros de Literatura, si contienen fotografías de personas alegres es probable que sean de autoayuda o escritos por “celebridades”y/o “gurús”—lo que sea que eso signifique. En el mejor de los casos, las cubiertas mexicanas pueden llegar a ser auténticas propuestas de arte que usualmente provienen de editoriales independientes, impulsadas por una actitud que les permite pasar por alto el desempeño comercial del libro a cambio de experimentar con libertad artística. En el peor de los casos, los editores atiborran las portadas con citas de prensa, códigos de barra, precio, fajas o estampas engañosas que anuncian segundas o terceras reediciones cuando, a lo mucho, son reimpresiones. Lahiri se queja de este fenómeno internacional con toda razón, pero omite que facilitar la venta del libro fue lo que dio pie, en un principio, al surgimiento de las cubiertas.

Lo cierto es que hoy en día los lectores desean un objeto atractivo más allá del texto en sí. La propia Lahiri confiesa haber comprado algunos ejemplares solo por su cubierta, como muchos de nosotros lo hemos hecho. ¿Cuántos ejemplares he comprado de títulos que ya tengo en mi biblioteca por el simple hecho de que la cubierta era distinta? ¿Cuánto de ellos solo por tratarse de una edición extranjera? Si tomáramos la obra de Lahiri como ejemplo, eso equivaldría a cien cubiertas distintas, según sus propias cuentas.

Por un lado —nos explica— “es genial ver [todas sus cubiertas] juntas, percibir la abundancia de estilos, la variedad.[…] Las diferencias expresan la identidad, el gusto colectivo de cada lugar”. No es extraño, por ejemplo, que en Francia las portadas parezcan una página en blanco de Word con un entorno azul de la caja (basta con echar un vistazo a la editorial Gallimard), algo impensable en un lugar como España, donde abundan las fotos genéricas sacadas de bancos de imágenes, cosa que en Estados Unidos, donde las portadas le rehuyen a la homogeneidad, resultaría demasiado restrictivo. Pero para Lahiri esto también representa un desagrado: cuando los editores desaprueban las cubiertas de sus homólogos extranjeros. “Temo que refleje la incapacidad, aun en un mundo globalizado, de reconocerse en el otro”, apunta. En esta parte, Lahiri resulta de lo más desconcertante. Si acaso el desdén hacia portadas que han elegido nuestros pares habla de una reacción contra una monocultura global y una vitalidad de las identidades librescas regionales, o bien, de la mezquindad casi inevitable de la industria editorial a nivel mundial, pero ciertamente no de una incapacidad. Al fin y al cabo, lo interesante de comparar portadas son las diferencias, no las similitudes.

Lahiri sostiene lo contrario. Ante las distintas camisas que no le quedan a sus libros, considera “que tal vez el uniforme sería la solución”, por lo que se inclina más por las cubiertas de colecciones. Esta edición, por cierto, pertenece a la Colección Editor de Gris Tormenta: colores pastel con una gruesa franja superior de color blanco, sin imágenes, texto centrado de palo seco salvo por los apellidos de los autores, que lucen una autoritaria tipografía patinada de mayor puntaje que el resto. (¿Le gustaría a Lahiri? Yo diría que sí.)

Hasta ahora, he dado por hecho que fascinarse por la literatura implica necesariamente fascinarse también por los libros y las cubiertas. Sin embargo, Lahiri toma esta equivalencia y la pone patas arriba al introducir la idea del libro desnudo, como los que conoció en la biblioteca donde trabajaba su padre, cubiertos con una pasta dura genérica, “desprovistos de adelantos e introducciones” y con una “una cualidad anónima, secreta. […] Para comprenderlos había que leerlos”. Como ella explica, los autores de los libros cuyas portadas nunca hemos visto están representados solo por sus palabras. Y esas lecturas se desarrollaron fuera del tiempo, ajenas al mercado y a la actualidad.

Es aquí donde Lahiri establece su mejor argumento y nos lleva a pensar: si tanto nos gusta la literatura, ¿no nos gustaría que las palabras se sostuvieran por sí mismas, sin intermediarios visuales? El atuendo de los libros casi hace que añoremos aquellas hojas sueltas que se cubrían con pergamino, de cuando leer significaba encontrarse a solas con las palabras en un silencio entre autor y lector y un misterio que permitiera la lectura libre. Casi.

• Jhumpa Lahiri. El atuendo de los libros, Querétaro, Gris Tormenta, 2022, 100 p.

[Fuente: http://www.nexos.com.mx]

Sin duda nuestro Uruguay tiene encantos varios a lo largo de su corta extensión, pero “La Heroica” y sus alrededores tienen un lugar privilegiado. Con menos de doscientos mil habitantes, este departamento ofrece una cantidad de alternativas para deleitarse, de las cuales hemos elegido un manojo para ustedes.

Atardecer desde la Meseta de Artigas

Escrito por Pablo Tronchon

Remontar una pandorga. Y hacerlo frente al río Uruguay preferentemente al atardecer. Este sitial referente es elegido por decenas de sanduceros que se dejan, junto a reposera y mate, perderse en las suaves ondas del curso de agua. El espectáculo lo completan las populares cometas, que los locales llaman mediante uno de los uruguayismos más curiosos de nuestro acervo lingüístico.

Puente camino a Saladero de Guaviyú

Estación de tren Queguay. Aunque sea publicitada con fervor como “la más linda del país” y nos permitamos desconfiar un poco de la hipérbole, sin dudas es un hermoso paseo acercarse a visitarla, no tanto por su destaque arquitectónico, sino por una cantidad de entrañables y fotogénicos vagones de madera en bastante buen estado de conservación, dentro de los cuales incluso parecería vivir gente por las antenas de televisión satelital adosadas a algunos.

Estación Queguay

Platos sanduceros. Acaso sus exponentes principales sean las queridas empanaditas rusas (piroshki) de variadas combinaciones y el emblemático postre chajá. A su vez, entre la tupida oferta para ir a comer, recomiendo darse una vuelta por Barriga Club, un particular restaurante que funciona a reserva, con menú reducido, pero selecto, y que posee una producción artesanal de panes de masa madre y mermeladas de frutos agroecológicos de alto nivel.

Basílica de Nuestra Señora del Rosario

Ruinas del saladero Guaviyú. A escasos kilómetros de la capital departamental y entre los palmares, este sitio, que fuera escenario del enfrentamiento entre las fuerzas del presidente Santos y las de los revolucionarios legalistas, es un infaltable de la visita. El derruido edificio es el residuo de uno de los impulsos industriales del Uruguay de finales del XIX, que hoy queda erigido para las fotos y para hacer acampada a su alrededor. Un singular detalle para no perderse la pequeña virgen negra que se encuentra en el camino, en recordatorio de la de Monserrat (Barcelona).

Virgen negra, de camino a Saladero de Guaviyú

Cruzar el puente internacional General Artigas. Con sus 2.355 metros, conecta los márgenes de Argentina y Uruguay, y se constituye en uno de los tres pasos de hormigón hacia el país hermano. Cruzar este aporte vial a la unión de las culturas litorales resulta un modo también de entender los vínculos entre ambas márgenes del Plata.

Monumento a Perpetuidad

Meseta de Artigas. Esgrimiendo las vistas más espectaculares sobre el límite fluvial de nuestro país, es un punto especial para disfrutar de un atardecer mágico, degustando típicas tortas fritas y, si lo hacemos en turismo, maravillarse con la regata homónima, que se realiza desde hace más de setenta años y convoca alrededor de cuarenta veleros por edición. Sobre la barranca se emplaza la soberbia y centenaria escultura del prócer envejecido, en un pedestal de granito rosado de 32 metros, junto a los pabellones nacionales. Allí es donde se arrojaron las cenizas del general Seregni en 2004.

Los Iracundos

City Tour. La ciudad invita a recorrerla y son varios los mojones en los que recalar: la plaza Constitución alberga el mausoleo de Leandro Gómez, quien resistió hasta la muerte la invasión colorada, argentina y brasileña de 1865, y donde se encuentran también cartas y objetos de su pertenencia. Enfrente se alza la basílica de Nuestra Señora del Rosario, que sobrevivió al Sitio de Paysandú, y engalana este punto neurálgico de la urbe. A pasitos, la estampa otrora neoclásica del Teatro Florencio Sánchez, que fuera honrado con la actuación de artistas de la talla de Luis Sandrini o Carlos Gardel. Finalmente, el Monumento a Perpetuidad es una joyita de las necrópolis, en desuso desde finales del XIX. Allí, entre cipreses, panteones, iconografía masónica y delicadas esculturas en mármol importadas de Italia, se encuentran los restos de los caídos en la Revolución del Quebracho y de miembros de lo más encumbrado de la sociedad local decimonónica.

Lagartear en las termas de Guaviyú. Este complejo termal ofrece moteles, zona de camping, restaurantes y centros comerciales para quienes gusten de disfrutar del relax de las aguas terapéuticas y del bullicio de las familias.

Semana de la Cerveza. Este famoso evento cultural, que se desarrolla en semana de turismo, combina una feria de productos artesanales, diversas propuestas gastronómicas, juegos de kermesse y una interesante agenda musical, a precio bastante accesible, de artistas consagrados de uno y otro margen del Plata, en el Anfiteatro del Río Uruguay. A lo largo de 55 años se han presentado artistas destacados, nacionales e internacionales, de todos los géneros musicales, que convocan año a año a miles de visitantes. El broche de oro es visitar el Chucho’s Vintage Bar, para tener una experiencia lisérgica en uno de los lugares con más identidad y tradición noctámbula del pago.

 

[Fuente: http://www.revistadossier.com.uy]

Passados quase 40 anos sobre a sua morte, o iconoclasta Mário-Henrique Leiria pode finalmente ser descoberto para lá dos famosos Contos do Gin-Tonic, num livro que reúne cinco textos esquecidos.

Escrito por Joana Emídio Marques

Por mais sabores de Gin que o mercado descubra, nenhum se iguala àquele que foi inventado por Mário-Henrique Leiria idos de 70: um Gin-Tonic surrealista, hilariante, político, provocador e com a particularidade bizarra de vir embalado num livro de contos e não numa garrafa de vidro. Amantes de Gin, alcoólicos anónimos e conhecidos, poetas e literatos (não necessariamente por esta ordem) fizeram deste livro-bebida um bestseller e Leiria não se fez rogado: escreveu outro. Ficaram para a posteridade e para glória da literatura iconoclasta portuguesa Os Contos do Gin-Tonic (1973) e Os Novos Contos do Gin (1974).

Contos do Gin-Tonica, Estampa, 1974, estão esgotados há muito. Só se encontram hoje em alfarrabistas uma vez que a editora está parada e Leiria não deixou herdeiros.

O ator Mário Viegas tratou de dar voz à perfídia destas histórias tornando-as inesquecíveis para várias gerações. Hoje, 36 anos depois da sua morte, Mário-Henrique Leiria renasce de forma espetacular nas noites de poesia dos bares de Lisboa e Porto onde, com mais ou menos álcool, os Contos do Gin-Tonic são leitura obrigatória. Mas, bebido este copo (aliás há muito esgotado), o que fica das quatro décadas de produção do poeta e pintor surrealista? Pouco, muito pouco. Valha-nos pois a iniciativa da E-Primatur que acaba de publicar um conjunto de textos inéditos que andavam perdidos por aí: são contos, poemas, colagens, fragmentos que ganharam o título Casos de Direito Galático e Outros Textos Esquecidos e merecem já o título de acontecimento literário do ano. O livro tem ainda notas de Mário Cesariny, desenhos de Cruzeiro Seixas e fotografias de João Freire.

Casos de Direito Galático e Outros textos Esquecidos. E-Primatur. 13.41 euros

Esquecidos e atirados no deposito da Biblioteca Nacional estão as dezenas de poemas escritos por Leiria e que urgia serem reunidos num volume onde os leitores pudessem conhecer a fundo a sua obra originalíssima, mesmo para os cânones do surrealismo (onde, de resto, ele nunca se fixou). Era mais do que tempo de alguma abrir estes caixotes e reunir a poesia inclassificável de Mário-Henrique, um homem que passou por aqui de forma tão misteriosa que ainda hoje ninguém pode afirmar se não era ele um dos extraterrestres que habitam vários dos seus contos e poemas.

“A asa não quebra
vibra
às vezes
como lâmina solitária
Separa-se do corpo
e parte
pelo espaço
que a aceita como é
foi assim camarada
assim será.”

[Poema escrito em homenagem ao cosmonauta soviético Vladimir Komarov, morto numa missão espacial a 24 de abril de 1967]

As múltiplas identidades de Mário-Henrique, um exilado no planeta Terra

Diz-se que Mário-Henrique Leiria nasceu em Cascais em 1923, que estudou na Faculdade de Belas Artes da qual foi expulso em 1942 por motivos políticos. Pertenceu ao primeiro grupo Surrealista de Lisboa do qual saiu em dissidência. Forma o segundo grupo de surrealistas juntamente com António Maria Lisboa, Mário Cesariny, Pedro Oom, Cruzeiro Seixas, Carlos Eurico da Costa. Em 1952 foi preso pela Pide. Em 1958 vai para Inglaterra e depois viaja pela Europa Ocidental, Balcãs, Médio Oriente. Em 1961 exila-se no Brasil e participa na luta armada em vários países da América Latina. Diz-se que viajava pago pelo Partido Comunista, diz-se que era filiado, diz-se que era turista e pagava com o seu dinheiro, diz-se que se alistou na Marinha Mercante, diz-se que era um aventureiro, diz-se que não. Morreu em 1980, em casa da mãe para onde tinha voltado, vítima de uma doença óssea degenerativa ou morreu de fome. Tinha 57 anos. Estava na miséria e nem os amigos o iam visitar.

Tudo isto pode ser verdade ou pode ser mentira. Tudo pode ser verdade ou sonho, à boa maneira surrealista. Há várias testemunhas para as várias versões e a investigadora Tânia Martuscelli, professora na Universidade de Yale, Colorado, EUA, e uma das únicas especialistas na obra de Mário-Henrique, falou com várias para os seus livros Mário-Henrique Leiria e a Linhagem do Surrealismo em Portugal (Colibri) e Pelo Mundo Disperso (Tinta da China). Mas fiquemo-nos com a melhor versão, a de Cesariny: “Mário-Henrique foi um homem que implodiu para dentro”.

Mário-Henrique Leiria já bastante debilitado, com os amigos de sempre Cruzeiro seixas e Mário Cesariny e Natália Correia

Movendo-se com extremo à vontade em várias vidas, em várias camadas de realidade e em vários universos artísticos, Mário-Henrique também era bom a inventar vidas para os outros, senão veja-se como, em 1958, ajudou o escritor e poeta Helder Macedo a inventar uma nova identidade para sair de Portugal:

“Na altura eu tinha 21 anos e era estudante de Direito, coisa que odiava. Decidi que queria ir passar uns tempos em Londres, cheio de dúvidas existenciais. O Mário-Henrique aconselhou-me, afirmando que tinha experiência dos ingleses. Explicou-me que eu não poderia ter no passaporte a profissão de estudante (nesse tempo os passaportes mencionavam a profissão) porque isso criaria problemas na fronteira (teria de apresentar prova de matrícula numa escola inglesa, ou coisa assim) e que, portanto, seria mais fácil se eu tivesse no passaporte uma profissão liberal. Bom, sim, mas qual? Isso ele arranjava. Veio então com a ideia: eu seria desenhador. Mas eu sou péssimo em desenho! Não tem importância. Disse-me que tinha amigos e arranjaria tudo. Ele próprio foi a duas lojas de Lisboa onde obteve declarações que diziam ‘este senhor desenha para esta casa’. Fui ao Registo Civil e obtive o passaporte como desenhador. Depois, em Londres, registei-me no consulado. Onde, além de me darem uma cédula com a profissão de desenhador se enganaram na data do meu nascimento, escrevendo 1925 em vez de 1935. Muitos anos depois, quando passei a residir em Londres permanentemente sem poder voltar a Portugal, houve a “primavera marcelista” e decidi arriscar. A PIDE parou-me na fronteira mas, depois de seis horas de espera, deixaram-me entrar no país. Depois do 25 de Abril, quando tive acesso aos arquivos do consulado em Londres, vi a cópia de um telegrama de resposta a uma consulta telegráfica da PIDE. Dizia assim: ‘Não é o mesmo. Este é desenhador e nasceu em 1925.’”

Esta história, que poderia ter sido escrita por Leiria, revela o seu espírito indómito, mas também irónico e pouco interessado em ser obediente aos ditames da realidade. Não é qualquer um que inventa vidas, mesmo Pessoa, inventou heterónimos, que fingissem verdadeiramente. Mário-Henrique era o seu próprio heterónimo: inventava vidas porque a sua nunca lhe chegou.

[Mário Viegas a ler um texto hilariante de Mário-Henrique Leiria]

Como conta Martuscelli, a partida do poeta para o Brasil, em 1961, também é misteriosa, até porque os anos que passou naquele país terão sido muito penosos. Vivia em casa de amigos que o ajudavam financeiramente, acumulou trabalhos precários, tentou suicidar-se e praticamente deixou de escrever. Destes nove anos salvam-se 15 poemas e nenhuma pintura ou desenho. A pressão da Pide terá sido menos decisiva neste autoexílio, do que a paixão por Dietlinde Hertel, a quem ele chamava Fipsy.

Não se sabe como é que Mário-Henrique e Fipsy se conheceram. Ela era “uma lourinha triste e assustada”, segundo Helder Macedo, que se encontrou com o casal em Paris, no final dos anos 50. A verdade é que pouco depois do casamento a “lourinha triste” trocou Mário-Henrique por outro homem e foi para o Brasil, deixando o poeta emocionalmente devastado. Para Cesariny, tinha sido “essa paixão impossível” que o tinha feito partir para o Brasil. A viver em São Paulo, Mário-Henrique correspondia-se com a advogada de Fipsy que vivia em Recife. Nessas cartas ficciona de novo a sua vida: a participação em acontecimentos políticos no México, no Chile, em Cuba, as fugas in extremis, o Natal passado com índios na Amazónia, as prisões e as sessões de tortura. Apesar desta suposta vida heroica, Leiria nunca mais terá voltado a ver a ex-mulher.

Poema-colagem de Mário-Henrique Leiria

Haverá de voltar a contar estas aventuras aos jornalistas portugueses, já nos anos 70, regressado a Lisboa e famoso pelos Contos do Gin-Tonic. Tornara-se enfim o revolucionário que sempre fora. E quem se atreve a duvidar?

Questionado sobre a sua carreira literária neste anos nas Américas, dirá ao entrevistador: “Nunca tive preocupações de ordem literária… nem hoje… de ordem literária não tenho, pá. Deixo isso para o Namora”. Porém, Lys Assunção, em casa de quem o poeta viveu, em São Paulo, conta que naqueles nove anos Leiria apenas saiu duas vezes da cidade e uma delas para visitar Jorge de Sena, que na altura ensinava numa universidade em Araraquara.

Sena, tal como Namora, era um dos ódios de estimação dos Surrealistas (em especial de Cesariny e Luiz Pacheco) e esse encontro com é registado com sarcasmo por Mário-Henrique Leiria, espantado com a quantidade de filhos (nove) e de livros do escritor. O texto viria a ser publicado no jornal Diário de Lisboa em 1982: “Abria-se uma porta, entrava um filho, abria-se uma gaveta, saía um filho, puxava-se uma cadeira e apanhava-se com uma encadernação no estômago, ia-se à janela, topava-se com um monte de in-fólios. O diabo! Não havia onde pôr os pés, não havia onde colocar as mãos! Tropeçava-se em filhos, esmagavam-se brochuras. De arrasar!”.

Contra a ditadura do bom-gosto, marchar, marchar

Como explica Tânia Martuscelli, Mário-Henrique Leiria, atuava, quer na sua obra de poesia e ficção, quer na pintura, de forma a subverter o mais possível os códigos morais do bom gosto, procurando dar a ver o presente, mas também o passado fora do establishment bem pensante da época e, sobretudo, da Academia. Também nunca viveu de forma estrita as “regras surrealistas”, desde logo rejeitando a tentativa de André Breton de impor as suas ideias ao grupo português, mas também incorporando na sua obra elementos de outros movimentos artísticos, alguns deles antagónicos ao surrealismo. Assim podem encontrar-se no seu trabalho elementos da poesia medieval, em especial das cantigas de escárnio e mal-dizer, Romantismo e Decadentismo, Modernismo, Presencismo e até Neorrealismo. Como se pode ver neste Casos de Direito Galáctico, Mário-Henrique era ainda fascinado por ficção científica, romance noir, policiais.

Catálogo da 1.ª exposição dos surrealistas, 1949, com poema-imagem de Mário-Henrique Leiria

A incorporação da paródia, do non-sense e do absurdo e até mesmo da pornografia resultam num mundo às avessas, que continha quase sempre uma forte carga política e pressupunha que a única ética da arte era a liberdade e a libertação do indivíduo.

“Leiria manteve-se fiel à sua própria marginalidade mesmo contra as suas próprias propostas artísticas”, diz Martuscelli. Na verdade, o artista sempre preferiu deambular por movimentos artísticos vários, tendências estéticas marginais e tradições seculares sem nunca se fixar em nenhuma. O livro agora publicado mostra essa deambulação com o poema “Imagem-Devolvida”, carregado de simbolismo. Sobre este poema, diz Martuscelli em entrevista ao Observador: “Todos os textos agora reeditados são de extrema qualidade e marcantes no contexto não só da obra leiriana, mas no contexto das letras portuguesas. ‘Imagem Devolvida’, por exemplo, trazia a inovação do poema-pintado, ou da pintura-poesia em suas páginas”.

Já os contos surrealistas (e profundamente políticos) “Casos de Direito Galático” (a fazerem lembrar preciosidades como “Os Animais Imaginários” do surrealista francês Henry Michaux) são um desafio para os estudantes de Direito de todos os tempos. E o “Estranho Mundo de Josela”, com os seus mamutes Renato e Antónia, a tia Mizé e as crianças compradas no talho, são uma delícia de humor negro. “O Conto de Natal para Crianças” é mais uma manifestação da crueza do olhar de Leiria, enquanto os poemas/fotografias “Lisboa Voo do Pássaro” refletem sobretudo uma tristeza sem redenção, é a sua versão da “feira cabisbaixa” de Alexandre O’Neill.

Ilustração de Cruzeiro Seixas para Casos de Direito Galático

Todos estes textos foram, como os Contos do Gin-Tonic, escritos nos anos 70, quando depois de regressar do Brasil, a vida e a carreira do escritor ganharam novo fôlego. Torna-se redator do jornal O Coiso, suplemento do República, e depois redator do jornal Aqui.

Todos estes textos, lembra a investigadora, “fazem uma fusão de géneros, nomeadamente a fusão palavra e imagem (desenho, pintura, colagem, fotografia) lembrando que obra de Leiria sempre procurou também o experimentalismo.

Tânia Martuscelli destaca a importância da edição destes textos dispersos não só pelo valor da obra de Leiria para a literatura portuguesa, criada a partir de uma posição de contracultura e da busca de olhar absolutamente singular, mas também por ter sido um grande revolucionário da ditadura portuguesa, brasileira e sul-americanas em geral.

[Fonte: http://www.observador.pt]

Productor y director de la serie ‘Succession’, el director presenta una mezcla de comedia y ‘thriller’ protagonizada por un excéntrico chef

Ralph Fiennes y Anya Taylor-Joy en un momento de ‘El menú’, de Mark Mylod

Escrito por Javier Yuste

Una pareja, Margot (Anya Taylor-Joy) y Tyler (Nicholas Hoult), llega a una isla para disfrutar de una cena en uno de los restaurantes de alta cocina más prestigiosos del mundo, Hawthorn, donde el excéntrico chef Slowik (Ralph Fiennes) ha preparado un menú especial para los invitados. Entre ellos encontramos a tres nuevos ricos del mundo tecnológico, un actor en decadencia, una reputada crítica culinaria y una pareja mayor que comen habitualmente allí. Pronto la tensión empieza a crecer, a medida que algunos secretos de los comensales se revelan y los inesperados platos se sirven.

Poco más debe ser revelado de El menú, el nuevo filme de Mark Mylod, responsable de películas Un golpe de suerte (2005) o Dime con cuántos (2011), pero más conocido por su trabajo en la dirección de capítulos de series de la HBO como Juego de tronos o Succession. El creador de esta última, Adam McKay, director a su vez de películas como El vicio del poder (2018) o No mires arriba (2021), produce esta mezcla de sátira y thriller sobre la alta cocina que arremete contra la vanidad de los más ricos. Hablamos con Mylod sobre su nuevo filme.

Pregunta. ¿Cómo llegó el guion de El menú a sus manos?

Respuesta. En la segunda temporada de Succession, serie de la que soy productor, Will Tracy se incorporó al equipo de guionistas. Él escribió el quinto episodio, Tern Heaven, y yo lo dirigí, y la verdad es que disfrutamos mucho trabajando juntos. Su escritura me resultó exquisita, tiene una voz satírica muy depurada. El episodio fue, además, muy bien recibido y, cómo transcurría durante una cena, resultó ser una especie de ensayo para El menú. Aunque no fue hasta un tiempo después que me mandó el guion de la película para que le diera mi opinión. Lo leí y me encantó.

P. ¿Qué fue lo que le atrajo en un primer momento?

R. Lo primero que me sedujo fue el viaje cinematográfico que plantea, tremendamente divertido. Además, el mundo que crea es muy rico y la caracterización de los personajes, muy potente. También me atrajo el conflicto central entre el chef Slowik y Margo, esa invitada de último minuto que no quiere estar ahí, creo que es el corazón del filme. La conexión que se establece entre ellos es magnética. Por último, no me pude resistir a ese triángulo de tonos tan específico, entre la sátira, la comedia y el thriller. Trasladarlo a la pantalla fue, sin duda, el mayor reto.

P. ¿Realizó su propia investigación sobre el mundo de la alta cocina?

R. Sí, pero no pudo ser una investigación de campo por culpa del Covid. Sin embargo, tenía cierta experiencia al respecto del tiempo en el que estuve trabajando en Juego de tronos, aunque no soy un foodie ni nada de eso. Sí lo son David (Benioff) y Dan (B. Weiss), los showrunners de la serie que adapta los libros de George R. R. Martin, y ellos me llevaron a restaurantes increíbles cuando rodamos en Europa, algunos españoles. Aunque tanto la compañía como la comida eran fantásticas, siempre tuve la misma sensación que tiene en el filme Margo. Siempre me sentí incómodo, fuera de lugar. Por eso, mi puerta de entrada emocional a la película fue este personaje. Sigo siendo un hombre de fish and chips, aunque ahora tengo muchísimo respeto por el agotador compromiso con la excelencia que tiene esta industria. Es un trabajo épico: nunca paran, tienen que seguir evolucionando.

P. ¿Qué otro tipo de influencias tuvo para la puesta en escena?

R. La serie Chef Table me ayudó mucho a meterme en la cabeza de estos chefs, y a entender sus mundos y sus experiencias. Y también me informé sobre el trabajo de grandes maestros como Ferrán Adriá, de El Bulli, o René Redzepi, de Noma. Tomamos algo de cada uno de estos mundos para crear la base artística del chef Slowik, y nos salió un ser bastante psicótico. Es un mundo muy interesante en el que sumergirse.

P. ¿Tuvo ayuda a la hora de crear el menú que sirve el chef Slowik en la película?

R. Sí, pronto nos dimos cuenta de que íbamos a necesitar profesionales que conocieran y amaran el mundo de la cocina mucho más que yo. Así que le mandé el guion a la chef francesa Dominique Crenn, la única mujer con un restaurante de tres estrellas Michelín en Estados Unidos, en San Francisco, para ser más exactos. A ella le encantó el proyecto desde el principio, vio el punto de vista satírico y entendió lo que queríamos hacer con Slowik, y se subió al carro para diseñar y ejecutar el menú del filme. Para ello, montó un campo de entrenamiento cerca del set y trabajó con nuestros cocineros para que todo resultara auténtico en pantalla. Además, también reclutamos a David Galb, director de Chef Table, para que nos ayudara a alcanzar ese nivel de preciosismo y poesía que tiene la fotografía de la serie a la hora de plasmar visualmente los platos. Es algo que solo él sabe hacer.

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Mark Mylod en el estreno del filme en Nueva York. Foto: Todd Williamson/JanuaryImages

P. Ha comentado que su enfoque para la película está influido por Gosford Park, de Robert Altman. ¿En qué sentido?

R. Soy un gran fan de Altman. Lo que me emociona de Gosford Park es lo vivo que parece todo. No siento que sea un drama de época, a pesar de que está ambientada en el pasado, la sensación que me produce es la de estar ante algo contemporáneo. He trabajado con dos de los actores del filme, Charles Dance y Michel Gambon, y me estuvieron hablando de cómo rodaron y me di cuenta de que era exactamente lo que quería hacer, aunque hasta ese momento no sabía cómo. En Gosford Park todos los actores están en el set al mismo tiempo y todos tienen un micrófono y hablan los unos con los otros. Es un enfoque muy realista, pero difícil de llevar a cabo por cuestiones técnicas de sonido. Pero Altman encontró la manera para que funcionara y el resultado me fascina, es una inmersión completa en ese espacio. Yo traté de hacer algo similar, y por eso no cortaba al final de las escenas, dejaba hablando a los actores para ver qué salía. Es como el free jazz, nunca les pedí que hicieran lo mismo dos veces, y tampoco lo esperaba. De esta manera, ellos podían también explorar más a los personajes y la conexión que se produce entre unos y otros es especial.

P. La película también trae a la mente El ángel exterminador, de Luis Buñuel. ¿Le influyó de alguna manera?

R. Sí, totalmente. La vi hace mucho tiempo y me encanto. En cuanto leí el guion de El menú corrí a verla de nuevo. Lo que he tomado específicamente de ella es el tema de la culpabilidad de los comensales. Todos, a excepción de Margo, llegan al viaje que propone el chef Slowik con sus egos brillando y esa sensación de ser especiales, pero no les queda otra que dejar la vanidad a un lado. Es un arco interesante para todos los personajes.

P. ¿Por qué se decidieron por Ralph Fiennes para el papel del chef Slowik?

R. Siempre lo tuvimos en la cabeza, desde el primer momento. Y cuando hablé con él, enseguida coincidimos en el enfoque del personaje. No queríamos que interpretara a un villano psicótico, sino a un artista que sufre y que está tratando de escapar del dolor que se autoimpone, de su ego, de su relación con sus financieros y de todas las malas decisiones adoptadas. Y Ralph no solo es capaz de hacer eso, sino que también es capaz de imprimir fuerza y tristeza al chef Slowik y, además, ser tremendamente divertido.

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Anya Taylor-Joy es Margo en el filme

P. ¿Cómo ha sido trabajar con él?

R. Trabajar con él ha sido una gozada. Por supuesto, estoy obligado a decirlo, pero resulta que es verdad. Su preparación fue tan minuciosa, que en el set estaba tan liberado que podías lanzarle cualquier idea y nunca tomaba una mala decisión. Comprende completamente al personaje y su mundo, y eso le hace libre. Es todo un espectáculo verle trabajar y, por eso, no podía parar de proponerle cosas. Además, Ralph pasó varios días hablando con Dominique Crenn sobre su filosofía como chef y como artista, y creo que eso le ayudó mucho. Pero trabajar con todo el reparto ha sido genial.

P. La película de alguna manera incide en la idiotez de los millonarios, algo que conecta con Succession y con otras obras de la factoría Adam McKay. ¿Por qué es importante revelar esta cara de las clases altas?

R. Me fascina ver cómo los ricos toman decisiones equivocadas, por privilegio o por ego. Me atrae encontrar las vulnerabilidades de este tipo de personas. Por eso me gusta trabajar en Succession, porque puedes indagar en estos ricos, cavar profundo y ver cómo son realmente. No es necesario perdonarle, pero conviene tener en cuenta el contexto a la hora de desnudar la vanidad y la pretenciosidad que les caracteriza y encontrar al humano que esconden.

[Fuente: http://www.elespanol.com]

En su nueva publicación, Larrea muestra un costado diferente, sombrío y por momentos, « gótico y de ficción » de la Ciudad de Buenos Aires, tal como él mismo la describe. 

La foto de portada de « República de Waires »

Claudio Larrea presentará este sábado 3 de diciembre su primer libro, « República de Waires », con fotografías de la escena porteña -todas en blanco y negro- divididas en seis capítulos: 1. La república -arquitectura e instituciones-, 2. Hogares, 3. Nocturno, 4. Crisis, 5. Ciudadanos, 6. Soledad.

El evento tendrá lugar en el auditorio de la Fundación ArtexArte -su sello editorial- en Lavalleja 1062 – CABA, a las 17 horas.

En un libro de fotografías Larrea (1963) muestra un costado diferente, sombrío y por momentos, « gótico y de ficción » de la Ciudad de Buenos Aires, como lo describe su propio autor.

« Buenos Aires es muy interesante a nivel artístico. Es una ciudad que me inspira mucho », afirmó en conversación con Télam.

En el primer capítulo, « la arquitectura del poder, las instituciones se presentan como un lugar sombrío, poderoso, vacío pero también sin poder », describió el fotógrafo.

En las fotos de hogares se ven « los suntuosos, las grandes casas y las grandes riquezas », como también los « modestos, hasta parecen más vivos que los suntuosos, más allá de su decadencia ».

Con respecto al capítulo de la noche y lo nocturno, Larrea explicó que « la noche todo lo cubre, donde se amalgaman como en la ‘República de Waires, los seres. Las personas confluyen en el mismo espacio, el espectáculo, los restaurantes y la vida nocturna. En Edelweiss -el restaurante-, confluyen los que vienen del Teatro Colón con toda su etiqueta y la gente del Maipo, que vienen de ver a Moria o Susana. Todos comiendo el revuelto gramajo, en definitiva, somos todos iguales en esa noche ».

Edelweiss el restaurante donde conflua toda la fauna de la noche portea

Edelweiss, el restaurante donde confluía toda la fauna de la noche porteña.

Las fotos de los ciudadanos de Waires, las personas « recorren la ciudad de manera mecánica, hay gente durmiendo en los transportes públicos, un señor mayor que es un canillita de unos 80 años, hay una abuela llevando a su nieto a la casa después del colegio ».

« La soledad, el último capítulo, lo que cuento es lo anónimo. Como uno se va diluyendo en la ciudad que es tan vertiginosa », reflexionó el autor.

-Claudio, ¿cómo surge el nombre del libro, « República de Waires »?

-Es una república imaginaria. Parte de que nos referimos a Buenos Aires como Baires: ‘voy a Baires’, ‘me voy de Baires’. Y después conectándolo con el expresionismo que surgió durante la República de Weimar de 1917 a 1936, que fue un periodo muy interesante, politicamente, y que lamentablemente fue una debacle con la llegada del nazismo. Pero mientras duró ese periodo hubo una ebullición artística de decadencia y de creatividad.

ENTRE BUENOS AIRES Y BARCELONA

Nació en 1963 en Buenos Aires, Argentina. Se mudó a Barcelona en 2001 y luego regresó a la Argentina en 2010. Desde el 2018, vive entre Buenos Aires y Barcelona.

Estudió en el Instituto Superior de Periodismo de Buenos Aires. Cursó una maestría en Técnicas Audiovisuales en el Instituto RTVE de Madrid. Fue director de arte gráfico en las revistas Playboy, Rolling Stone, MAN, Cosmopolitan (Argentina) e Interiores (Barcelona).

Desde 1999 al presente es director de arte y production designer en publicidad, cine y videos musicales para varias productoras en Argentina, España y Europa. Combina sus trabajos de publicidad y cine con su gran pasión: la fotografía.

Obtuvo el primer premio en el Concurso de Fotografía “Llocs del Món 2009”, Barcelona, España. En 2015, Rise Art Gallery, Londres, Reino Unido,y Praxis Art Gallery, Buenos Aires, Argentina, y New York, Estados Unidos, comenzaron a representar algunas de sus obras fotográficas.

En 2016, Microsoft contrató una licencia mundial de un año para una de sus obras. En 2017 exhibió en la Fundación Getty de Los Ángeles, Estados Unidos, en la exposición internacional « Cómo leer El Pato Pascual » (Pacific Standard Time). También fue galardonado con el Primer Premio en el concurso de fotografía « Art Decó Buenos Aires ». En 2019, la Opéra national du Rhin contrató una serie de sus trabajos fotográficos para ser proyectados como único escenario en la ópera-tango “María de Buenos Aires” de Astor Piazzolla, en la ópera de Estrasburgo, Francia.

Desde 2020, Otto Galería es su representante en Buenos Aires, Argentina.

 

[Fuente: http://www.telam.com.ar]

Escrito por Rubén Armendáriz – CLAE

El domingo 20 de noviembre falleció a los 93 años de edad Hebe de Bonafini, militante argentina por los derechos humanos, cofundadora el 30 de abril de 1977 de la asociación Madres de Plaza de Mayo, organización de madres de detenidos-desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983.

El gobierno decretó tres días de duelo en «homenaje a Hebe, su memoria y su lucha que estarán siempre presentes como guía en los momentos difíciles». El presidente Alberto Fernández despidió “con profundo dolor y respeto a Hebe de Bonafini, Madre de Plaza de Mayo y luchadora incansable por los derechos humanos».

«Queridísima Hebe, Madre de Plaza de Mayo, símbolo mundial de la lucha por los derechos humanos, orgullo de la Argentina. Dios te llamó el día de la Soberanía Nacional… no debe ser casualidad. Simplemente gracias y hasta siempre», escribió la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner a modo de despedida.

La Asociación Madres de Plaza de Mayo anunció este domingo que las cenizas de su fallecida titular, Hebe de Bonafini, descansarán en la Plaza de Mayo por pedido de la propia dirigente.

En 1977, Hebe sufrió la desaparición de dos de sus hijos –Jorge Omar y Raúl Alfredo– y, un año más tarde, la de su nuera, María Elena Bugnone Cepeda, esposa de Jorge, secuestrados y asesinados por la dictadura cívico militar.

A menos de un año de la instauración de la sangrienta dictadura, las Madres, con sus pañuelos blancos, comenzaron a visitar las redacciones de las agencias noticiosas internacionales, tratando de que sus denuncias trascendieran la férrea censura local.

Madre e hija, la historia de la foto (de Adriana Lestido) símbolo de una resistencia.

En 1978, la Madres mostraron su ronda de todos los jueves en la Plaza de Mayo a la prensa internacional que llegó a la Argentina para cubrir el Mundial de Fútbol, mientras a unos cientos de metros del estadio de River Plata, en el centro de tortura, desaparición y muerte de la Escuela de Mecánica de la Armada se torturaba y asesinaba a sus hijos.

“Antes de que fuera secuestrado mi hijo, yo era una mujer del montón, un ama de casa más –declaró en 1982. Yo no sabía muchas cosas. No me interesaban. La cuestión económica, la situación política de mi país me eran totalmente ajenas, indiferentes. Pero desde que desapareció mi hijo, el amor que sentía por él, el afán por buscarlo hasta encontrarlo, por rogar, por pedir, por exigir que me lo entregaran”, decía, “el encuentro y el ansia compartida con otras madres que sentían igual anhelo que el mío, me han puesto en un mundo nuevo, me han hecho saber y valorar muchas cosas que no sabía y que antes no me interesaba saber. Ahora me voy dando cuenta de que todas esas cosas de las que mucha gente todavía no se preocupa son importantísimas, porque de ellas depende el destino de un país entero; la felicidad o la desgracia de muchísimas familias”, añadió.

«Nosotras vamos a seguir caminando y peleando como siempre. No va a haber punto final mientras haya compañeros militantes que acompañen en esta plaza a los pañuelos blancos. Cuando las madres no estén más, deben ser el reaseguro para que otros puedan caminar alguna vez en libertad».

Hebe ha sido y seguirá siendo por siempre, junto a otras voces de otras madres y abuelas, la conciencia de los silenciados, la palabra de los asesinados, la irreverencia de los que no se sometieron al poder ni aceptaron la irreversibilidad de la historia que se ofrecía como una política del olvido y la reconciliación.

El intelectual Ricardo Foster recordó que la voz de Hebe se levantó cuando la mayoría callaba. La inflexión intempestiva de su palabra, nacida del dolor, reivindicó la dignidad en un país atravesado por la mayor de las indignidades y por las diferentes formas de la complicidad.

Fue una voz destemplada e injuriosa como solo sabe amasarla el habla popular que no buscó eufemismos para golpear en el corazón de la injusticia y del terror, pero que tampoco se calló cuando, ya en democracia, muchos exigían cerrar los expedientes de la dictadura, añadió. Icono internacional de la lucha por los derechos humanos, deja tras de sí más de media vida dedicada a la búsqueda de dos de sus hijos, secuestrados por la dictadura militar en 1977.

Hasta el último día se la vio cada jueves frente a la Casa Rosada, para cumplir rigurosamente con las rondas que desde el 30 de abril de 1977 esas mujeres que plantaron cara a la dictadura siguen dando alrededor de la Pirámide de Mayo. Cuando emprendieron su lucha eran, en su mayoría, amas de casa que buscaban por todos los sitios posibles a sus hijos desaparecidos.

Cuando la policía les dijo que no podían quedarse allí y tenían que circular comenzaron a dar vueltas a la plaza. Hebe de Bonafini tenía 49 años y su vida volvía a empezar.

El 5 de octubre, Hebe participó de la inauguración de una muestra fotográfica dedicada a su vida, titulada Hebe de Bonafini, una madre rev/belada. Allí recordó que había tenido “una niñez alegre, donde uno aprendía a disfrutar de las pequeñas cosas en su infancia”. Allí pidió que se llevase a los niños a ver las fotos que la recordaban, para que mantuviesen encendida la llama de sus batallas.

Las Madres fundaron una universidad, bibliotecas, una radio y hasta una señal de televisión. Tuvo siempre el apoyo del kirchnerismo en su gesta por la trascendencia, mientras enfrentaba con dureza al gobierno neoliberal y negacionista de Mauricio Macri y ahora al de Alberto Fernández, al que consideraba un traidor a la causa del peronismo de izquierda representado por Kirchner.

Las Madres nunca abandonaron la lucha, y Bonafini siempre estuvo allí, al frente, fiel a las posiciones más duras. Cuando Argentina recuperó la democracia en 1983, las Madres se dividieron. Bonafini se aferró a la demanda de “aparición con vida” de sus hijos, mientras que un sector más moderado, que pasó a llamarse Madres Línea Fundadora, se avino a negociar pensiones oficiales con la resignación de que sus “desparecidos” ya no volverían.

Su fallecimiento trajo repercusiones internacionales. Los primeros en expresarse fueron los expresidentes Evo Morales, de Bolivia, y Rafael Correa, de Ecuador.  «Muy triste y consternado por la partida de la hermana Hebe de Bonfini, histórica, muy respetada y querida presidenta de Madres de Plaza de Mayo. Su lucha incansable contra las dictaduras por memoria, verdad y justicia, es un ejemplo….», escribió Morales. Correa, por su parte, señaló: «Gracias por tanto, Hebe heroica y querida. Por ti vamos a vencer».

El Punto Final de 1985

imagenEn enero de 1987, poco después de la aprobación de la Ley de Punto Final, Hebe escribió este texto para la revista Crisis, casi un manifiesto contra la democracia gris, esa que necesitaba aplacar la rebelión. Vale la pena recordarlo en momento en que un filme como “1985” quiere hacer creer a las nuevas generaciones que los héroes fueron dos fiscales nombrados por la dictadura, y no el pueblo que combatió y resistió tantos años de horror, con las Madres como ejemplo permanente:

«Las Madres, desde que asumió el radicalismo, le venimos anunciando al pueblo qué es lo que iba a pasar si nos quedábamos esperando lo que el gobierno prometía. Muchos afirmaron que las madres no entendíamos nada, que no sabíamos de política; que había que esperar y que le teníamos que firmar un cheque en blanco al presidente. Las Madres no quisimos firmar porque estábamos convencidas de que los represores iban a ser perdonados. A nuestros hijos se los llevaron por la complicidad de los partidos políticos; eso no lo tenemos que olvidar.

El doctor (Raúl) Alfonsín acaba de decir: «Me explico el dolor de los familiares, lo hago cabalmente, aunque desde luego no comparto el criterio de quienes tomados por ese dolor, quizás hayan asumido las mismas ideas de los pobres muchachos». Nuestros hijos no eran pobres muchachos.

No nos interesa que el doctor Alfonsín nos comprenda, nos interesa que respete a nuestros hijos, porque si él está en ese sillón es porque ellos dieron su juventud y su vida enfrentando a los asesinos. Nosotros somos los encargados de que así sea: las Madres, los compañeros militantes y los que siguen este camino de reivindicación de su lucha. El único pobre muchacho es el presidente, que está postrado ante los Estados Unidos.

También dijo el doctor Alfonsín que cuando se habla de amnistía se miente, pero el único que miente es él porque esta es una ley de amnistía descarada, por más vueltas que le den.

La Asociación Madres de Plaza de Mayo no ha ido a ver a ningún diputado ni a ningún senador. Más aún, por la radio, noches pasadas, yo he dicho que el senador Gass no merece ser padre del hijo que tuvo, porque ha tenido un hijo muy valiente que fue asesinado por la dictadura, luchando por construir un mundo mejor, cosa que no repite el senador.

El doctor Alfonsín afirmó en otro párrafo: «Paramos en el presente para que la justicia haga lo que tiene que hacer, hay que mirar hacia adelante, unirnos y abrazarnos…» La justicia que hay no sirve, porque es una justicia burguesa, hecha para los burgueses y por los burgueses. Nosotras estamos convencidas de que debemos mirar para adelante, claro que sí; por eso enfrentamos a la feroz dictadura y no abajo de la cama, como dijo el doctor Alfonsín impunemente.

La enfrentamos en plena Plaza de Mayo, donde a él nunca lo vi compartiendo las luchas y los peligros. Por eso queremos mirar para adelante junto con todos, con esos jóvenes a los que él está preparando como nuevas víctimas de la represión, acusándolos de ultras. Creo que el único ultra es él, ultraantidemocrático, pues no permite criticas ni disenso.

Habla de que quiere justicia y no el paredón. Ninguna de nosotras quiere el paredón, porque no hay mejor paredón que 30 años de prisión y a él le falta hombría para hacer que los genocidas paguen sus culpas debidamente, día a día.

45 años de la primera marcha de las Madres de Plaza de Mayo - Asociación Empleados de Comercio de RosarioEl nuevo verso de los radicales es preguntar si tenemos odio. Yo les pregunto a los que dicen que no hay que tener odio, si después de ver cómo fusilaban a nuestros hijos cobardemente, cómo los violaban y torturaban, cómo los asesinaban de rodillas y con los ojos vendado, si después de todo esto alguien puede no tener odio. Quien diga que no, es un falso y un hipócrita.

El doctor Alfonsín expresó finalmente todo lo que sentía desde el primer momento. Lo que prometió en su campaña electoral fue falso: fueron mentiras para ganar votos. Él está dispuesto a pagar todo el costo político necesario, de la misma manera que piensa pagar la deuda externa: postrado ante Norteamérica, comprometido con la política de dominación.

Por eso dice que va a pagar el costo, porque él ya se comprometió cuando hablaba del pacto militar-sindical: solo que se olvidó de agregar que era militar-sindical-radical el verdadero pacto. Por eso estamos ahora endeudados, con salarios de hambre, con cuerpos especiales preparados para reprimir y con leyes que entre gallos y medianoche otorgan la impunidad.

Nosotras vamos a seguir caminando y peleando como siempre. Igual que enfrentamos el documento final de la dictadura, que nos hizo movilizar con más fuerza, ahora lo haremos con la ley radical. No va a haber punto final mientras haya compañeros militantes que acompañen en esta plaza a los pañuelos blancos. Cuando las Madres no estén más, deben ser el reaseguro para que otros puedan caminar alguna vez en libertad, sobre todo con el proyecto que tenían nuestros hijos que era, precisamente, lo contrario de lo que dijo Alfonsin respecto a que negaban la dignidad del hombre.Argentina recuerda con un pañuelazo desde casa a las víctimas de la dictadura argentina | Sociedad | EL PAÍS

Nuestros hijos jamás lucharon por causas innobles ni por ambiciones personales: le enseñaron al país que es la solidaridad, la comprensión y el compartir todo lo que se tiene. En cambio, esto nunca se ve en los que nos gobiernan, que son los únicos que se aumentan los sueldos que tienen viviendas privilegiadas y siempre están listos para obtener las prebendas y los beneficios que les da el poder ejercido sin decencia. Justamente todo lo opuesto de lo que querían nuestros hijos, que siguen siendo el espejo que desnuda la prostitución de la casta gobernante.»

Periodista y politólogo, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

 

[Fuente: http://www.estrategia.la]

O Camões Berlim apresenta exposição para assinalar o 50º aniversário da Convenção do Património Mundial, Cultural e Natural da UNESCO

Com imponentes mosteiros, centros históricos singulares, pinturas rupestres, ou majestosas regiões vinícolas, Portugal é rico em bens culturais e naturais, dos quais 17 integram atualmente a lista do Património Mundial da UNESCO. Por ocasião do 50° aniversário da Convenção do Património Mundial, Cultural e Natural, o Centro Cultural Português em Berlim apresenta SENSUS MUNDI, uma exposição sobre os bens da humanidade em território português, que estará patente de 29 de novembro a 6 de janeiro de 2023, no Kunstraum Botschaft (Zimmerstr. 55, 10117 Berlim), perspetivando-se a sua itinerância por outros locais em países de expressão alemã.

As inúmeras subtilezas arquitetónicas e estilísticas dos 17 bens do Património Mundial são particularmente acentuadas na estética das fotografias a preto e branco, que incluem o centro histórico de Évora, o Convento de Cristo em Tomar, a Cidade Fronteiriça e de Guarnição de Elvas e as suas fortificações, ou Real Edifício de Mafra. Representado está também o único bem português classificado como Património Natural, a floresta Laurissilva, na Madeira. Para além de fotografias, que convidam os visitantes à contemplação, a viagem por estes lugares fascinantes é complementada por um filme que integra estas e outras imagens de pormenor dos bens, ao som da música de Rodrigo Leão, aclamado compositor e intérprete português.

A exposição, com curadoria do atelier de arquitetura de Ricardo Mirando, não se centra apenas na beleza e fascínio destes lugares. “São hoje inúmeras e mais graves as ameaças que pairam sobre o património. Das alterações climáticas e seus efeitos devastadores, à ira humana que se projeta nos valores que um bem representa, erguem-se desafios à preservação desta herança que nos convocam e responsabilizam a todos”, afirma Patrícia Salvação Barreto, conselheira cultural da Embaixada de Portugal em Berlim. Neste sentido, esta mostra pretende ajudar a divulgar este património, enriquecê-lo, usá-lo como ponte de entendimento mútuo e como parte inteira do processo de desenvolvimento social e individual, e assim, em última análise, defendê-lo.

A inauguração da exposição tem lugar no dia 29 de novembro, pelas 18 horas, na presença de Michelle Müntefering, presidente da Subcomissão Parlamentar de Política Externa para Cultura e Educação, a deputada do Bundestag, e de Pedro Delgado Alves, deputado do Parlamento Português e presidente do Grupo Parlamentar de Amizade Portugal-Alemanha.

“SENSUS MUNDI – UNESCO Património Mundial – Portugal” é organizada pelo Camões Berlim com o apoio institucional da Comissão Nacional da UNESCO.

Leia aqui o comunicado de imprensa na versão original em língua alemã. A tradução portuguesa está disponível na secção Imprensa no website do Camões Berlim.

 

 

[Fonte: Camões Berlim – Centro Cultural Português]

 

Escrito por Pedro Correia

Grupos de jovens ocuparam escolas secundárias e universidades, tendo sido anunciados na imprensa como « activistas » ecológicos (aquilo a que antes se chamava « militantes »). Os mais soturnos adversários de tais acções contestam(os) os ares e dizeres dos intervenientes. E nisso não deixam(os) de ter alguma razão pois alguns deles surgem em modos que julgam e querem muito significantes. Mas como nos aportam de São Domingos de Rana ou Telheiras não têm o kitsch do David Cassidy na « Família Partridge » nem o glamour ainda mais andrógino do Tim Curry ou o Bowie ou os enleios encantatórios das ariscas divas austrais desses outros tempos… Entenda-se, nem é o histriónico impúbere que incomoda, é mesmo a pungente piroseira de que se ufanam – da qual, daqui a uns anos quando virem as fotografias « de(sta) época », algo se envergonharão, meio atrapalhados. E, entretanto, alguns deles – os mais capazes – terão aprendido algo de fundamental: a forma é conteúdo.

Já quanto aos dizeres que vão exarando sobre as tais questões climáticas também não surgem muito sedimentados. Ainda que neste vector deverão (deveremos) os seus críticos ser menos radicais. Pois se em alguns há uma relativa aparente heterodoxia visual – ainda que, de facto, já muito estafada -, já nos discursos verbais a sua vacuidade, ainda que exaltada, não varia dos quotidianos dislates que se vão ouvindo dos habituais convidados da Júlia Pinheira, do Jorge Gabriel e de outros « generalistas », bem como – até – de alguns painelistas do « cabo », e já nem falo dos da galeria de locutores na imprensa e redes sociais, diariamente vasculhada pela letal humorista Joana Marques. E nisto têm os nossos « activistas » a legítima desculpa de serem putos, e nisso um superior direito à parvoíce.

Entretanto esta vaga de ocupações acabou mas os agrupamentos deixaram a promessa que voltariam à carga lá para a primavera. Algumas notas sobre isto:

1) Como se vê pelo patético conteúdo deste panfleto distribuído por um grupo de « activistas » universitários este movimento não é « ecológico ». De facto, a importante questão das « alterações climáticas » é apropriada para alimentar uma agenda contestatária abrangente, a que alguns querem chamar « ideológica » mas que não o é, senda apenas uma atrapalhada e atrevida mescla de itens de « agit-prop » da agenda esquerdalha (agora dita « woke » à falta de termo português para tal mosto), sob a evidente « mão visível » do BE. Isso poderia nada mais ser do que um pouco irritante, ou mesmo só risível, se a questão climática não fosse verdadeiramente relevante. E em assim sendo esta cacofonia, este « radicalismo pequeno-burguês de fachada ecológica » – como diria Álvaro Cunhal – aliena as necessárias reflexões e verdadeiras acções face ao processo climático. Digo-o diante das patéticas acções de pirataria artística, agora encetadas (12), como deste « confusionismo »: apenas obstam às coalisões sociais nos esforços ecológicos. E se os putos não o percebem com toda a certeza que os seus mais-velhos o compreendem.

2) No meio da trapalhada que vêm clamando os « activistas » exigiram a demissão de Costa Silva, ministro da Economia e Mar. Acontece que nisso têm toda a razão! Costa Silva pode ser muito competente, sério e até votado ao bem público. Mas é de política que se trata, não dele como pessoa. O problema não é ter ele um percurso profissional ligado à indústria petrolífera – em última análise percebe de produção energética, será um saber fundamental para eventuais alterações. Mas, já como ministro, Silva continua a explicitar o seu apreço pelo desenvolvimento da exploração dos combustíveis fósseis. E em 2022 é mais do que tempo de enviar um tonitruante sinal político contra isto – dizer não. Dizer até chega! (passe a expressão, hoje muito poluída). E é muito criticável – e até inconsciente – que um homem com esta mundividência esteja à frente do ministério da Economia. E do Mar, imagine-se! Ou seja, talvez estas nossas pós-crianças digam muitas asneiras. E algumas delas, para incómodo de adultos eleitores, surgem muito andróginas – mas não há maior androginia do que um actual ministro da Economia e do Mar andar a salivar por explorações de gás natural. Demita-se o homem. Já! (como se dizia no PREC, como os miúdos recuperam agora…).

3) Com estas acções houve várias reacções adversas, habituais, nas redes sociais – e algumas na imprensa. Por um lado, há os radicais que negam a simples hipótese de aquecimento global, dita, até 2021 (pois entretanto o termo passou de moda) « marxismo cultural ». Não me parece necessário voltar a discutir esse integrismo, de facto um mero grunhismo – muito presente nas habituais franjas de intervenção anónima na internet -, até porque o debate com integristas é inútil, a fé, especialmente esta tresloucada, não é matéria aberta à troca de argumentos.

Mas há outra corrente crítica que surge com maior « estatuto ». Não só os argumentos surgem assinados – o que é um valor em si – como muitas vezes são apresentados ou ecoados por gente de prestígio: professores, técnicos de renome, autores basto publicados, « intelectuais públicos », etc. O mote crítico é-lhes comum: critica-se a esta rapaziada meio esparvoada a urgência que clamam na transição energética, o tal « já » de facto irrealizável. E nisto se vai propagando a ideia da desnecessidade da redução de agressão ecológica, o cariz meramente utópico destas preocupações. E também vão estes locutores – grosso modo, oriundos de um conservadorismo mais ou menos liberal, de um « centro » ou « centro-direita » – reduzindo esta preocupação ecológica a uma esquerda, marxista ou marxizante, acoitada na agenda ecológica para combater a economia de mercado.  Em suma, apupam não só o clamor pela urgência de medidas como a própria « agenda ecológica » – e basta ver como enxovalham António Guterres, quase como os benfiquistas sempre trataram Cristiano Ronaldo…

Ora, neste caso, a resposta é muito simples: bastará esfregar nas ilustres e sonoras fauces destes doutores um breve historial desta « agenda climática »: há 30 anos, na Conferência do Rio, o então presidente Bush (pai) curto-circuitou os passos iniciais de redução de gases clamando « the American way of life is not up for negotiations. Period.« . Há 21 anos, logo após a sua eleição, o presidente Bush (filho), – a ligação é para o discurso dele, aposto no arquivo da Casa Branca, não para qualquer órgão do « marxismo cultural » – mesmo tendo reconhecido o processo de aquecimento global, recusou os pressupostos do protocolo de Kyoto devido a questões geoestratégicas, o que conduziu à ineficiência deste – e ao posterior abandono de alguns dos signatários. Depois chegou-se ao Acordo de Paris, manifestamente insuficiente e ineficaz.

Enfim, pode haver muita argumentação sobre este processo de política ecológica internacional. Mas há algo que é impossível negar. É que há, pelo menos, três décadas que se discute entre as maiores potências mundiais, e em vários cenários multilaterais, um necessário « Que fazer? » diante da incomensurável depredação ecológica. Sem que se activem conclusões que desde há muito são urgentes. Agora estes nossos apatetados petizes aparecem a disparatar aos gritos « Já! ». E os nossos doutores e engenheiros, professores, técnicos, assessores da função pública, « anunciados na tv » e colunistas da imprensa de referência, surgem enfastiados e sobranceiros, dizendo-os patetas (que o são) pois apressados… São estes tipos avalizados dotados de sageza « conservadora »? Não, são meros cagões.

Ou seja, antes um charro com estes putos insuportáveis do que um uísque japonês com estes doutores.

 

[Fonte: delitodeopiniao.blogs.sapo.pt]

Las obras del autor de « El Evangelio según Jesucristo » siguen siendo reeditadas y leídas por un público que aprecia la humanidad de sus personajes contradictorios y la originalidad de sus historias.  

La obra del luso José Saramago (1922-2010), Nobel de Literatura 1998, sigue sumando e interpelando lectores con una prosa que indaga en la responsabilidad moral de la humanidad y a 100 años de su nacimiento, sus libros, plenos de lucidez crítica, siguen siendo reeditados en todo el mundo, especialmente desde que se iniciaron los homenajes, como el de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde participó su esposa y albacea, Pilar del Río.

Polémico y provocador, el autor de « El Evangelio según Jesucristo » compuso, con una prosa fluida y personajes contradictorios, historias que tuvieron como protagonista excluyente al ser humano de este tiempo.

Considerado un « comunista recalcitrante » por el Vaticano debido a sus opiniones religiosas, injuriado por los mayores exponentes del capitalismo, Saramago fue al hueso del poder global, dejando al descubierto la brecha entre ricos y pobres.

« Cada mañana, cuando nos despertamos, podemos preguntarnos qué nuevo horror nos habrá deparado, no el mundo, que ese, pobre de él, es solo víctima paciente, sino nuestros semejantes, los hombres. Y cada día nuestro temor se ve cumplido, porque el ser humano, que inventó las leyes para organizarse la vida, inventó también, en el mismo momento o incluso antes, la perversidad para utilizar esas leyes en beneficio propio y sobre todo, en contra del otro », escribió en uno de los pasajes de « El cuaderno », libro que recopila textos escritos para su blog entre septiembre de 2008 y marzo 2009.

« El hombre, mi semejante, nuestro semejante, patentó la crueldad como fórmula de uso exclusivo en el planeta y desde la perversión de la crueldad ha organizado una filosofía, un pensamiento, una ideología, en definitiva, un sistema de dominio y de control que ha abocado al mundo a esta situación enferma en que hoy se encuentra », agrega en el blog, leyendo su presente que como eco continúa replicándose sin pausa.

La vida de José Saramago

Ensayista, novelista, poeta, periodista y dramaturgo nacido el 16 de noviembre de 1922 en el pequeño pueblo ribatejano de Azinhaga, Saramago volcó en su obra profundos cuestionamientos sobre el accionar humano.

« La religión nunca ha servido para acercar a las personas, solo ha sido motivo para enfrentarlas unas a otras, para la muerte, la carnicería, la crueldad y las guerras », definió en una de sus primeras visitas a Buenos Aires, en alusión a « El evangelio según Jesucristo », novela que narra a un Cristo repleto de humanidad, publicada en 1991, con la que se ganó los insultos de buena parte de la comunidad católica y múltiples premios literarios en su país y el exterior.

Esa mirada sobre el mundo es la que su esposa y traductora al español, Pilar del Río, destacó del escritor en una entrevista con Télam: « Cada día parece más actual. Creo que de alguna manera la obra de José Saramago en este centenario es como si hubiera florecido, de pronto se abre…Lo teníamos ahí y ahora lo redescubrimos desprendiendo un magnífico idioma y aroma de actualidad ».

« El Evangelio… » significó un punto de inflexión en su obra y también en su vida porque con la reacción generada desde la institución católica y la intolerancia expuesta por funcionarios de su país, Saramago fue puesto en el foco de la opinión pública, una notoriedad que se amplió cuando abandonó Lisboa y se refugió en un pequeña isla de las Canarias, en España.

La vigencia del autor fallecido en 2010 se reactivó en tiempos de aislamiento obligatorio por pandemia. Su « Ensayo sobre la ceguera », donde describe « un mundo de ciegos en el que los seres humanos, aun viendo, no vemos », fue « la obra más leída en ese momento en España », destacó Del Río este año, en el diálogo que mantuvo con Télam con motivo del retorno de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires a la presencialidad.

La secuela que aquel ensayo había sido su « Ensayo sobre la lucidez » y « es posible que seamos lúcidos -dijo en aquel momento su albacea-, pero para eso tenemos que ser valientes ».

El autor de Ensayo sobre la ceguera recibi el Premio Nobel de Literatura en 1998

El autor de « Ensayo sobre la ceguera » recibió el Premio Nobel de Literatura en 1998.

Esa actualidad es lo que llevó a reeditar en vísperas del centenario del nacimiento de Saramago su obra completa, y a publicar por primera vez en español su primera novela, « La viuda », titulada en 1947 « Terra do pecado ».

La obra pasó prácticamente inadvertida en aquellos años, con apenas una breve reseña en un periódico local que le sembró dudas acerca de su decisión de escribir, dudas que se profundizaron con la llegada de su segunda obra, « Claraboya », en 1953, que no pudo lograr que viera la luz en ninguna editorial, recién publicada en 2011.

A esto siguió un largo período de silencio 20 años, hasta que empezó a publicar poemas, crónicas periodísticas y novelas: en la década del 70, con « Los poemas posibles » y « Probablemente alegría », logró renovar el lenguaje poético tradicional de su país.

Hijo de una familia humilde, Saramago abandonó la secundaria para trabajar de cerrajero y se formó con lecturas en las bibliotecas públicas, que le sirvieron para colaborar en la prensa escrita y codirigir el Diario de Noticias en 1975. Militó en el Partido Comunista Portugués y por eso fue censurado y perseguido la dictadura de António de Oliveira Salazar, contra la cual batalló en 1974 durante Revolución de los Claveles.

Su producción literaria marca un hito en 1975 con « El año 1993 », 30 poemas que podrían ser 30 capítulos donde Saramago describe, de manera realista y a su vez metafórica, la ocupación de un país por un invasor despiadado.

Novelas como « Manual de pintura y caligrafía » (1976), « Alzado del suelo » (1980), « El año de la muerte de Ricardo Reis » (1984) y « La balsa de piedra » (1986) o el libro de cuentos « Casi un objeto » (1978) se sumaron a su prolífica producción de ficción.

En su obra de los últimos años se destacan « Historia del cerco de Lisboa » (1989), « Todos los nombres » (1997) e « In nomine Dei » (1993). Fue en 1994, cuando se conoció el primer volumen de « Cuadernos de Lanzarote », que ingresó en la Academia Universal de las Culturas (París), en la Academia Argentina de Letras y al Patronato de Honra de la Fundación César Manrique (Lanzarote).

Saramago fue en 1998 y a los 75 años, el primer y hasta ahora único escritor portugués en recibir el Premio Nobel de Literatura por una obra sostenida « por la imaginación, la compasión y la ironía », según la Academia Sueca.

El escritor portugués tenía un boleto para regresar a Madrid a las 12.55 horas, justo cinco minutos antes de que se anunciase el galardón en la Feria del Libro de Frankfurt, y salió hacia el aeropuerto, pero su editor lo convenció de que regresara al evento.

En 2002, fue considerado « persona non grata » en Israel retirando todos sus libros de las librerías de ese país, por comparar la política de este país en los territorios ocupados con los campos de exterminio nazis de Auschwitz.

Pilar del Ro viuda de Saramago en el homenaje que se realiz al autor en la ltima edicin de la Feria del Libro Foto Maxci Luna

Pilar del Río, viuda de Saramago, en el homenaje que se realizó al autor en la última edición de la Feria del Libro. Foto: Maxci Luna

En sus últimos años produjo « Las pequeñas memorias » (2006), que se sumó a obras como « La caverna » (2000), « El hombre duplicado » (2002), « El viaje del elefante » (2008) o « Caín » (2009). « Alabardas » fue una novela inconclusa publicada post mortem, en 2014.

En 2018 se conoció « El cuaderno del año del Nobel », el último volumen de los diarios del escritor reunía pensamientos y algunas de escenas cotidianas del año 1998, que finaliza con dos entradas en 1999.

En este centenario, publicaron « Saramago. sus nombres », de Alejandro García Schnetzer y Ricardo Viel, un álbum biográfico que reúne material inédito, fotografías y textos suyos e indaga en sus primeros años de vida, las ciudades a las que viajó, y los artistas y escritores que admiró, como García Lorca, Kafka, Pessoa, Almodóvar, Fellini o Chopin.