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Escrito por Feliciano Novoa Portela

Esta historia se inicia el 10 de septiembre del año 1883. Ese día, Gian Francesco Gamurrini, director de la biblioteca de la Fraternitá dei Laici, en la ciudad italiana de Arezzo, escribía a un amigo, el arqueólogo De Rossi, un antiguo colaborador del historiador y premio Nobel de Literatura Teodoro Mommsen, que poniendo en orden unos legajos y manuscritos en la biblioteca le había llamado la atención un códice que contenía dos textos en latín. El segundo (Itinerarium o Peregrinatio) contaba un viaje a Oriente y Tierra Santa de una peregrina, cuya lectura, decía Gamurrini, “le hacía perder el sueño”. No era solo por la emoción del hallazgo, sino porque al manuscrito le faltaban hojas, al principio, al final y alguna que otra por el medio, que dificultaban las respuestas a las preguntas que obviamente se hacía y que nos haríamos todos: cuándo se había escrito, quién lo había escrito y cuáles las razones del viaje.

La historia del manuscrito encontrado en Arezzo tiene, como la protagonista, una historia andarina: el códice procedería de la abadía benedictina de Montecasino, el primer monasterio fundado por Benito de Nursia (480 y algo) curiosamente como rechazo al ascetismo excesivo y un poco fanático del Extremo Oriente; allí permaneció hasta por lo menos el siglo XVI, dato que sabemos por un inventario de 1532, que contenía la reseña de un códice cuya primera palabra era “abatisse”, que nuestro bibliotecario identifica de forma acertada con el manuscrito encontrado en Arezzo. En lo que se equivocaba el bibliotecario era en la fecha del documento (la copia del original) que fecha en el siglo VIII o IX, pero que hoy sabemos, por estudios paleográficos, que es del siglo XI.

A principios del siglo XVIII el manuscrito aparece en la ciudad de Arezzo en el monasterio también benedictino de santa Flora y santa Lucilla y allí lo ve en 1788 y lo cuenta después, en uno de sus relatos, un erudito viajero (como lo eran o lo querían ser todos los viajeros ilustrados empeñados en hacer un mapa absoluto del mundo) de nombre Angelo Di Constanzo y de intrincada vida. En 1810, el emperador Napoleón suprime numerosos monasterios y decide que sus fondos bibliográficos pasen a las bibliotecas públicas. De esa forma el manuscrito hace su último y corto viaje a la biblioteca de la Fraternitá dei Laici de Arezzo, donde nuestro afortunado bibliotecario lo encontró.

El texto solamente da una única pista para saber de dónde era nuestra viajera. En un momento dado leemos que el obispo de Edesa se dirige a la peregrina con las siguientes palabras: “Porque veo que tú, hija, por “motivos religiosos”, te impusiste el esfuerzo de venir de las “extremidades de la tierra” a estos lugares.”

¿Pero de dónde exactamente? La contestación ha dividido a los estudiosos hasta el día de hoy: los que creen que la patria de la desconocida peregrina era algún lugar de la Galaecia ibérica y los que, por el contrario, se inclinan por pensar que los “extremos de la tierra” a los que se refería el obispo sirio estaban en algún lugar de la Francia meridional: Gamurrini creía que se trataba de Silvia o Silvina de Aquitania, opinión que fue dada por cierta durante más de veinte años. Pero en 1903, un benedictino francés llamado Mario Férotin, que era bibliotecario del monasterio de santo Domingo de Silos, relacionó por primera vez (hay que decir en honor a la verdad que el primero había sido el P. Enrique Flórez, autor de esa verdadera joya que es la España Sagrada) a la autora del manuscrito de Arezzo con Egeria, en concreto, escribe, con la “monja” de la que habla san Valerio en su famosa Carta dirigida a los monjes del Bierzo en el año 680: “inflamada con el deseo de la divina gracia emprendió con intrépido corazón y con todas sus fuerzas un larguísimo viaje por todo el Orbe” y termina con un maravilloso párrafo, que constituye toda una incitación al viaje y a la vida, “Caminad mientras tengáis luz, para que no os envuelvan las tinieblas”.

Aunque el monje berciano en ningún momento señala que Egeria fuera autora de ningún manuscrito, una lectura atenta de la carta ha hecho pensar que era ella, sobre todo porque coinciden los lugares que el obispo del Bierzo dijo que había visitado la gallega peregrina, con los que recoge el Itinerarium para llegar a Constantinopla, la Nitria y la Tebaida, el Sinaí, el monte Nebó, Jerusalén, Menfis, Heliópolis, Nazaré, el país de Gessén…

La lingüística también ha reafirmado la procedencia hispana de nuestra peregrina, ya que la mayor parte de los estudiosos ha señalado que algunos términos utilizados en el manuscrito tienen correspondencia con el castellano actual, aunque en el texto aparecen varios galicismos que bien podrían, por el contrario, confirmar la ascendencia gala de la empeñada viajera.

En fin, podemos decir lo que dijo, en su día, el sabio gallego Manuel Díaz y Díaz, sobre que, si bien es la opinión generalizada y aceptada por la gran mayoría de los estudiosos que la autora del manuscrito de Arezzo es una habitante de la Galaecia peninsular, tal afirmación “no aparece al abrigo de ulterior discusión”.

Menos problemas plantea la fecha del viaje de nuestra peregrina, aunque podríamos decir lo mismo que acabamos de señalar para su origen. Gamurrini la fijó en el 385 y a partir de ahí se barajaron distintas fechas, y si bien algunos autores como Aimé Lambert da la fecha entre el 414 y 416 o Karl Meister, que data el viaje entre el 533 y el 540, la mayor parte de los investigadores lo sitúan a finales del siglo IV. Uno de ellos, el jesuita Paul Devos, da por fin una fecha definitiva y aceptada por todos, hasta ahora, entre el 381 al 384, lo que parece probable.

Pero ¿cómo era esta persona capaz de viajar desde el fin de la tierra hasta Oriente en el siglo IV? El diario nos proporciona algunos datos de los que podemos entrever su condición: era una mujer con recursos económicos, tanto como para financiarse un viaje de tres años con un séquito de ayuda personal y una total despreocupación por todo lo relacionado con la manutención y el dinero; pero, además, era una persona significada socialmente y políticamente con buenos contactos en los ambientes políticos de Oriente y también en los eclesiásticos, lo que explica que posea un pasaporte oficial que le permite utilizar los servicios del Cursus publicus (la posta imperial), disfrutar de albergues de carretera, cabalgaduras de refresco, contar con la ayuda de presbíteros y hombres de la iglesia que le salen al paso para ayudarla constantemente y gozar de una  protección militar que utiliza en ocasiones: por ejemplo, para ir desde la fortaleza de Clysma, cerca de la actual Suez, en la tierra de Gosén, a Tanis –la bíblica Zoán, donde había nacido Moisés y a cuyos príncipes el profeta Isaías llamó necios– nuestra peregrina es acompañada por, dice ella misma, “soldados y oficiales del ejército imperial que nos llevaban siempre de un punto militar a otro”.

Esas facilidades con las que contó Egeria han provocado que se la relacionara con otro personaje contemporáneo suyo y originario de la Galaecia, el emperador Teodosio, incluso algunos de esos historiadores han señalado que Egeria hizo el viaje aprovechando el del emperador a Constantinopla con motivo del concilio que se iba a celebrar en entre mayo y julio del año 381 en la capital de oriente.

Otra hipótesis que no invalida la anterior es la pertenencia de Egeria al enorme grupo de seguidores del carismático, culto y aristocrático Prisciliano, otro habitante de la Galaecia, que predicaba sus ideales ascéticos de raigambre oriental sobre todo entre las clases acomodadas peninsulares, con el objetivo de restablecer el cristianismo primitivo. El intento priscilianista encontró fuerte resistencia en la Iglesia “oficial” que lentamente iba construyendo la ortodoxia y que no dudó en condenarle a morir en el 385, aunque sus ideas pervivieron por mucho tiempo, pese a los esfuerzos de personajes como Martín de Dumio que vino a Galicia en el 550 para acabar con la “epidemia”, como Ramón Menéndez Pidal llamó a las enseñanzas priscilianistas, y prohibir a los gallegos,  entre otras cosas, encender luces en las encrucijadas: fracasó en parte, porque no impidió que al pie de los cruceiros apareciera cera negra, cuyas gotas son las almas de los condenados al “infierno frío” (Álvaro Cunqueiro).

Egeria no era un caso excepcional. Sabemos del nombre de otras peregrinas occidentales, hispanas y no hispanas, que en el siglo IV, un siglo de crisis, pensaron que era en Tierra Santa donde debían vivir: María, cuñada del emperador Teodosio; sus hijas Termancia y Serena; y las viudas Melania y Poemania, son algunas peregrinas hispanas que se dirigieron a Tierra Santa, uniéndose a otras muchas que desde Europa hicieron también del viaje a oriente por parecerles la forma más cristiana de seguir al pie de la letra el mandato evangélico: la primera santa Elena, también santa Paula, que acompañó a san Jerónimo a Jerusalén, Eutropia, Marcela… un verdadero diluvio. San Jerónimo escribe de ellas así: “Hace poco hemos visto algo ignominioso, que ha volado por todo el Oriente: la edad, la elegancia, el vestir y el andar, la compañía indiscreta, las comidas exquisitas, el aparato regio: todo parecía anunciar las bodas de Nerón o de Sardanápolo”, el último rey de Asiria que dedicó su vida al lujo y al placer y en cuya tumba se podían leer estas palabras: “Come, bebe, juega, y cuando te des cuenta de que eres mortal disfruta de las delicias presentes. El alma tras la muerte no tiene ningún placer”.

Franco Cardini ha dicho que a esa muchedumbre de matronas que había inundado Jerusalén en los tiempos de Jerónimo habría que relacionarla con un fuerte movimiento de emancipación femenina que al final del Imperio fue promovido por mujeres de las clases acomodadas. De lo que no cabe duda es que fueron ellas las que constituyeron los pilares sobre los que se apoyaron las bases de la posterior y trascendente peregrinación cristiana.

Hay muchas hipótesis sobre quién podía ser Egeria, pero tenemos más certezas sobre cómo era:

Curiosa: le interesa todo y por eso lleva siempre lo ojos bien abiertos, como ella misma dice: los recuerdos de la Biblia, las tumbas de los mártires, los monasterios, disfruta de los paisajes, de las montañas, de agua, de las fuentes.

Intrépida, no se queja, no se cansa, no tiene miedo: “Si estoy viva después de esto y si puedo conocer otros lugares, lo contaré a vuestra caridad personalmente, si Dios se digna concedérmelo”. Son muchas las fuentes que hablan del peligro del viaje en esa época, y en cualquiera, y en concreto en la zona que visita llena de bandidos, hombres del desierto (“los sarracenoi”, de los que sabemos que atacaron e insultaron a otra famosa peregrina, Poemenia, después de cortarle un dedo a uno de sus eunucos y de matar a otro).

 

Natural, entusiasta, sensible como para dirigirse a sus “hermanas” llamándolas reiteradamente lumen meun: mi luz, luz de mi vida. Era además irónica: cuando se encuentra con el obispo de Segor (lugar que en el Génesis aparece con el nombre de Bela) este le muestra el lugar donde posiblemente quedó convertida en sal la mujer de Lot. Egeria escribe a sus “hermanas” diciéndoles: “Pero creedme, cuando nosotros inspeccionamos el paraje, no vimos la estatua de sal por ninguna parte, para qué vamos a engañarnos”. La ironía de nuestra monja refuerza la idea de su galleguidad, aunque el dato tampoco es muy científico.

Pero, además y, sobre todo, Egeria fue una excelente escritora que inventa o contribuye en gran medida al desarrollo del género de la literatura de viaje: nadie como ella había narrado una experiencia personal de viaje. Escribe con un estilo muy cuidado, con una cierta elaboración literaria y detalladas y excelentes descripciones, a veces con tintes poéticos, capaces de despertar la curiosidad de quien lee, como cuando habla de las ruinas de una ciudad de las que dice que parecen infinitas o cuando lo hace de la arquitectura bizantina valorando estética y artísticamente sus características o los criterios que guiaban su construcción, o como cuando se refiere y analiza las imágenes y los símbolos, que ve y que tanto han contribuido al estudio de la iconografía del primer cristianismo; o cuando se refiere como si fuera una moderna información turística a los bellos jardines de las riberas del Nilo, o de los viñedos y arboledas del valle del Jordán que poseen, dice, “grandes cimientos antiguos”. O a la forma que tenían los faranitas (seguro que aún lo hacen) de señalizar por la noche el camino del desierto sin perderse. En ese sentido, alguna autora ha dicho de ella que le debemos el reportaje en vivo al describir, casi hora por hora, su subida al Sinaí.

Así pues, sabemos que la autora del Itinerario se llamaba Egeria, que probablemente era de la Galecia peninsular, que pertenecía a una clase acomodada, que era culta y escribía bien.

¿Cuáles fueron las razones de su viaje? La más importante es obvia, su viaje es la expresión de la vida religiosa con la que trata de aumentar la fe, para encontrar a Dios –“vivir como viajeros”, dijo san Pedro– y por eso visita los lugares donde había ocurrido lo maravilloso, las tumbas donde descansaban para siempre los personajes de la Biblia o los paisajes por los que estos mismos personajes pasaron: “Y ese camino que veis pasar entre el río Jordan y este pueblo, es el camino por el que regresó el santo Abraham después de la muerte de Codollagomor, rey de las naciones, en Sodoma, cuando le salió al encuentro el santo Melquisedec, rey de Salem”.

Pero había también en nuestra peregrina otras razones para el viaje que podríamos calificar de laicas o mejor ancestrales, ir de aquí para allá, un nomadismo como forma de vida que Egeria deja reflejado en este pasaje de su memoria viajera: “Llegué a Constantinopla dando gracias a Cristo nuestro Dios, porque, indigna cual soy y sin merecimientos, se dignó concederme tan gran favor como el de haberme dado el deseo de viajar”.

El Itinerarium que, como dijimos al comenzar, ha llegado a nosotros incompleto en sus primeras y últimas páginas, termina con estas palabras: “Desde este lugar dueñas mías y luz de mi vida, mientras escribía esto a vuestra caridad ya tenía el propósito de ir en nombre de Cristo nuestro Dios a Éfeso, en Asia, para orar en el sepulcro del santo y bienaventurado apóstol, Juan. Si después de esto aún estaré viva y si además podré conocer otros lugares, lo referiré a vuestra caridad; o yo misma presente, si Dios se digna concedérmelo, o ciertamente os lo comunicaré por escrito si otra cosa me viene al espíritu. Entretanto, señoras mías y luz de mi vida, dignaos acordaros de mí, sea que esté viva o sea que haya muerto”.

Aquí acaba todo, sin que sepamos qué pasó después. Un final abierto que sirve para plantearnos otra vez la misma pregunta que llevamos haciéndonos desde siempre, una pregunta sobre el viaje y la vida, la misma pregunta que el escritor Novalis le plantea también al protagonista de su novela, Enrique de Ofterdingen: “¿Adónde os dirigís?” “Siempre hacia casa, contesta”. Un viaje circular del que Claudio Magris, un escritor dado a los viajes, dice que se sale de casa, se atraviesa el mundo y se vuelve, pero a una casa muy diferente de la que uno partió y probablemente siendo otra persona.

Hay otra idea sobre el viaje y la existencia, la de aquellos que piensan que en el viaje de la vida no hay vuelta atrás, siempre hacia delante, hacia una nada infinita.

La verdad es que no sabemos nada, que estamos ciegos, pero quizás no es conveniente en los tiempos de zozobra que corren quedar instalados en esta duda existencial de difícil solución –decía Carlos Marx que la humanidad solo se hace preguntas para las que no hay ni habrá solución–, así que mejor echamos mano de la literatura que por lo menos nos permite darle un buen final al viaje de nuestra peregrina: el escritor catalán Joan Perucho cuenta en Las aventuras del caballero Kosmas que a la vuelta de su viaje Egeria se enamora del citado caballero en Barcelona, pero, encantada por el demonio Arnulfo, desaparece, se diluye entre las páginas de un código de san Braulio de Zaragoza. Solamente se libra del hechizo cuando muere Kosmas, y aparece ya como un fantasma delante de Egeria, la dama de misterioso destino, sonriente y con lágrimas en los ojos, mientras canta el rossinyol.

 

[Fuente: http://www.fronterad.com]

L’autor considera que hi ha un dèficit « molt gran » en l’àmbit popular i que cal donar força a la creativitat

[Font: http://www.racocatala.cat]

La actual presidenta de la Academia Argentina de Letras acaba de publicar Sueltos de lengua, en el que repasa con una gran dosis de humor los errores y horrores que los argentinos cometen diariamente en el uso del español.

Alicia María Zorrilla, autora de"Sueltos de lengua" que editó Libros del Zorzal.

Alicia María Zorrilla, autora de »Sueltos de lengua » que editó Libros del Zorzal.

Escrito por Eva Marabotto

Como don Quijote de la Mancha, el héroe máximo de la literatura española, en Sueltos de Lengua, la lingüista Alicia María Zorrilla emprende una batalla desigual. Pero no enfrenta a molinos de viento, sino a los errores y horrores en el uso del español que escucha o lee cada día. Para delicia del lector, decide hacerlo con humor y transformar su pesquisa de incorrecciones sintácticas y léxicas en una sucesión de anécdotas desopilantes de la vida cotidiana: un diálogo en un taxi, un trámite bancario, los avisos clasificados de una inmobiliaria.

«Si le late un párpado, aunque sea en forma leve, al oír un «haiga». Bienvenido. Póngase cómodo», invita desde el prólogo del ensayo, publicado por Libros del Zorzal, el escritor Roberto Gárriz. Lo que sigue es un repertorio de muletillas exasperantes; diatribas contra la coma entre sujeto y predicado; los pronombres posesivos repetidos hasta el hartazgo, como calco del inglés; desórdenes sintácticos varios y recopilaciones de zócalos televisivos que hablan de cadáveres no tan muertos y de carteles que anuncian: «Prohibido defecar perros».

La doctora Alicia María Zorrilla es presidenta y miembro de número de la Academia Argentina de Letras, y miembro correspondiente hispanoamericana de la Real Academia Española. Se doctoró en Letras en la Universidad del Salvador y obtuvo la licenciatura en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Es, además, profesora especializada en Castellano, Literatura y Latín. Es autora de Retrato de la novela, La voz sentenciosa de Borges, Diccionario de las preposiciones españolas. Norma y uso, Dudario. Diccionario de consultas sobre el uso de la lengua española, Diccionario gramatical de la lengua española. La norma argentina y Diccionario normativo del español de la Argentina.

La tapa del ensayo.

La tapa del ensayo

-Télam: Luego de escribir gramáticas y diccionarios, encara un texto en clave de humor, ¿ya perdió las esperanzas de lograr que se hable y se escriba mejor?

-Alicia Zorrilla: Jamás perderé las esperanzas de que se hable y se escriba mejor. De hecho, mis alumnos así me lo demuestran, y también otras personas que me manifiestan la voluntad de lograrlo. Hablar y escribir con decoro significa respetar la propia identidad y a los demás hablantes que deben entender nuestros mensajes. Mi libro Sueltos de lengua no es un divertimiento, sino un llamado a que se reflexione sobre la lengua, sobre lo que tantas veces se dice sin pensar y provoca hilaridad. El humor no se opone nunca al aprendizaje y es tan serio como este; al contrario, sonriendo se fijan los conceptos, se enderezan los usos. Mi objetivo es que cada ejemplo permita aprender con una sonrisa y tomar conciencia de los dislates.

-T.: ¿Cuánta culpa tienen las redes sociales de que nuestro idioma goce de buena salud, pero nosotros estemos enfermos?

-A. Z.: Las redes sociales no son culpables de nada ni enferman a nadie. El que conoce bien su lengua sabrá usarla en sus escritos formales y en los que no lo son, y no recibirá influencias adversas.

-T.: ¿Cuál cree que es el principal vicio o el más generalizado en el habla de los argentinos?

-A. Z.: El vicio más generalizado es no demostrar interés en no tener vicios lingüísticos (ausencia de preposiciones cuando los verbos o los sustantivos las requieren; dequeísmo; queísmo; oraciones inconclusas; anglicismos, galicismos e italianismos que tienen sus equivalentes en español; redundancias; gerundios apabullantes, etcétera). La lengua es para algunas personas algo que llevan puesto desde su nacimiento y no reparan más en ella. Los seres humanos debemos comprometernos con los valores y no ignorarlos como un impedimento en el camino. La lengua es un valor tan grande que nos convierte en personas.

-T.: Entonces, ¿cree que es posible desterrar las muletillas?

-A. Z.: ¡Por supuesto! Todo depende de proponérselo. ¿Cómo puede ser que una misma persona lance un «digamos» y lo repita hasta el cansancio matizado con un «esteee»; después, un «¿me explico?», como si su interlocutor careciera de entendimiento; más tarde, un «¿me entiende?», rematado con un «¿sí?» para verificar la claridad de su discurso o el estado cerebral del que lo escucha, o comience cada oración con el poco sesudo «a ver» entonado con solemnidad? A veces, agrega un «¡dale!» adornado con «nada», el bastón más deseado para sortear los baches que crea la pobreza léxica.

-T.: ¿Cómo recolectó tantos ejemplos? ¿Buscó deliberadamente que recorriesen todos los campos de la comunicación y, en algunos casos, proviniesen de productos populares como la serie Alf o la comedia del Chapulín Colorado?

Siempre centro mi búsqueda en la realidad lingüística argentina. Aprovecho los programas periodísticos; los zócalos televisivos, que me sorprenden cada día más; esos diálogos que parecen retazos que nunca pueden unirse; los titulares y las noticias de los diarios, y mucho más. Vivo atenta en espera de un milagro: que todos hagan el esfuerzo de hablar mejor. Tal vez, un día, las palabras sean consideradas obras de arte.

-T.: ¿Cree que el desorden sintáctico, en algún caso, es metáfora del desconcierto en que se vive?

En muchos casos, es, sin duda, espejo del desconcierto en que vivimos, de estos tiempos «líquidos» —como diría Zygmunt Bauman—, en que, muchas veces, la gran preocupación reside en que no falte lo superfluo, pero esas oraciones que sufren tantas fracturas y no hay yeso que las componga también revelan carencia de estudio y de lecturas. Está muy bien estudiar inglés u otros idiomas, pero mejor sería que primero se sintiera la necesidad de estudiar profundamente el nuestro.

-T.: El libro omite una tendencia creciente en el lenguaje de los argentinos, que es el uso del inclusivo. ¿Cree que es un error o una variante de la lengua?

-A. Z.: Como ya he escrito y hablado sobre el tema, no me pareció pertinente repetir mi posición lingüística en este libro. El lenguaje inclusivo no responde a la morfología española, sino a una actitud sociopolítica. Considero que no es necesario reemplazar vocales o elegir consonantes como la x para referirse a la diversidad sexual. Lo importante es reconocer que existe esa diversidad y respetarnos mutuamente, ya que el respeto es amor. Demostremos que podemos darlo sin discriminarnos. Recuerdo ahora las sabias palabras del autor de El Principito, el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry: «Lo esencial es invisible a los ojos».

-T.: Los distintos apartados recorren vicios y malas costumbres de algunas profesiones o rubros: periodistas, agentes inmobiliarios, taxistas, pero deja afuera a los abogados, ¿tiene alguna predilección por el sector?

-A. Z.: En este libro, no hablo de ellos, pero ya lo hice en obras anteriores. No obstante, diré que algunos abogados cometen errores y lo saben. No son amigos del gerundio, pero lo usan sin culpa; se abstienen de la puntuación o la desparraman en los textos libremente; se les pide una sintaxis concreta, un lenguaje claro, y redactan oraciones de más de treinta líneas. De cualquier modo, otros hoy tratan de enmendarse para que sus escritos sean comprendidos por todos. El esfuerzo es promisorio.

[Fuente: http://www.telam.com.ar]

 

 

Desde las noticias sobre terremotos, la palabra pasó a las informaciones sobre la epidemia, y de ahí al abuso

Unos trabajadores caminan frente a una construcción el 16 de septiembre de 2020 en Wuhan (Hubei).

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Algunas palabras saltan como pulgas de periódico en periódico, de micrófono en micrófono. Hace años, los verbos “tumbar” o “apostar” aparecían cada dos por tres. Ahora los ha sustituido a la cabeza de lugares comunes su compañero “arrancar”, y ya todo arranca (menos los coches, que se ponen en marcha). Se puede reseñar asimismo el inconmensurable éxito de la locución “a día de hoy”, muletilla y aparente galicismo (aujourd’hui: “hoy” en francés) que quizás se exige como requisito en los exámenes de ingreso para diputado. No diga “hoy”, o “hasta ahora”, diga “a día de hoy”.

El sustantivo “epicentro” ha venido a sumarse a la retahíla de palabras insistentes. El elemento griego epi significa “sobre” o “encima de”: “epidermis” (sobre la piel), “epitafio” (sobre la tumba)… y “epidemia” (la enfermedad que cae sobre un pueblo).

En la terminología de los terremotos, “epicentro” señala el lugar que se halla sobre el punto donde se desató el movimiento telúrico bajo la corteza terrestre. Así, Tulaguillas puede ser un epicentro si debajo de esa localidad se produjo la activación del seísmo.

Desde las noticias sobre terremotos, “epicentro” pasó a las informaciones sobre otro tipo de catástrofe: la covid-19. Así, un país o una ciudad se convierten en “el epicentro de la pandemia”, aunque esas desgraciadas comunidades humanas no hayan expandido la onda del virus y se tratase más bien de poblaciones que la recibían desde otro sitio. Pero bueno, aceptemos que esta figura retórica ofrece un valor expresivo para dar a entender que el virus se concentró en un punto determinado.

Y de estos usos han venido los abusos, ya menos originales. Por ejemplo, se ha llegado a señalar en distintos medios que el excomisario Villarejo era “el epicentro de la trama” que pretendía hacerse con las pruebas de Bárcenas contra el PP. Se supone entonces que tal red de corrupción se hallaba por debajo de algún sitio en el que residía Villarejo.

Ese epicentro, no obstante, va cambiando de lugar en función del medio. Unos lo residencian en Villarejo, mientras que otros se lo adjudican a la Comisaría General de Información. Y no falta el periódico que se lo aplica al Grupo Cenyt, “sociedad situada en el epicentro de la veintena de piezas del caso Tándem” (macrocausa general del asunto). Por si fuera poco, el montaje de Villarejo “ha explotado en el epicentro del Mercado Alternativo Bursátil”, al haber sido investigada la empresa La Finca Global Assets. Se trata, pues, de un epicentro móvil, como el del virus.

Pero la onda expansiva de esta palabra alcanza otros territorios. Así, Fuerteventura es el epicentro de los bulos que vinculan inmigración y coronavirus; Oviedo será el epicentro del Xacobeo en Asturias; el complejo de Canalejas es el nuevo epicentro del lujo en Madrid; se abre Gallery Weekend, “el epicentro del arte contemporáneo”, y en una radio hablan del metro como “epicentro de los contagios”; es decir, un paradójico epicentro subterráneo que, si acaso, sería más bien un hipocentro.

Así, la humilde palabra “centro” se está quedando inservible. Hoy en día, ser el centro de algo carece ya de interés. O se es epicentro o no se es nada.

Por ese camino, algunos partidos intentarán representar al epicentro político; y pronto nos atenderán en el epicentro de salud, compraremos en el epicentro comercial y Benzema rematará de cabeza un epicentro. A ver cómo hacemos para que nada de esto nos desepicentre de lo que significa epicentro.

 

[Foto: GETTY IMAGES – fuente:  www.elpais.com]

À l’occasion du Mardi gras, Jean-Benoît Nadeau revisite le français louisianais. Un parler qui retrouve de la vigueur et qui se déleste peu à peu du folklore qui lui a longtemps été associé.

Écrit par Jean-Benoit Nadeau

J’ai toujours été ébloui par la poésie du parler de Louisiane, alors je profite du Mardi gras pour en faire un peu le tour. Il porte une espèce de génie particulier, très fort – qu’il faut célébrer malgré les risques évidents d’engloutissement par le raz-de-marée anglophone. Est-ce l’influence créole, indienne, acadienne, américaine ? Les quatre, ou autre chose encore ?

Mis à part le cas de Zachary Richard et de son arbre dans ses feuilles, j’ai entendu parler cadien pour la première fois à la radio. J’avais 16 ans et nous arrivions du Texas sur l’immense autoroute sur pilotis vers La Nouvelle-Orléans. Quelqu’un changeait les postes sur le récepteur et soudain, j’entends un type à la radio qui annonce en français qu’on « vend de la vaisselle pour manger de dedans ». Cela faisait deux mois que nous faisions le tour des États-Unis, c’était la première fois que j’entendais du français sur les ondes et je ne l’ai jamais oublié.

Bien des années plus tard, en reportage en Louisiane, je me suis intéressé tout particulièrement à la langue et à la culture du pays. Le cinéaste Charles Larroque m’avait fasciné en me racontant que les Cadiens se saluent encore en se demandant « Comment les haricots ? » Si ça va bien, on répond que les « haricots sont salés » ou « pas salés » – par allusion au lard qu’on cuisait avec les haricots quand on en avait les moyens, ou pas. Autre variante: « comment ça plume ? », par allusion au fait qu’on peut mettre ou non la poule au pot. Si ça plume joliment, c’est que ça va très bien, merci, et vous ?

Le parler cadien traditionnel est très lié au terroir local. Que ce soit des expressions comme « Sérieux comme une poule après pondre » ou « Amarrer ses chiens avec des saucisses » (être riche, avec « amarrer » au sens d’attacher). Ici, un « capon » est un poltron (de « chapon », coq castré) et une « ratatouille » est une querelle entre conjoints. Cela fleure bon la fameuse cuisine cadienne avec sa terminologie variée comme le « maque choux » (une recette typique à base de maïs), le tac tac (le maïs soufflé), le boudin (porc, riz, oignon, piment mis en tripe) et le gombo (un ragoût, dont on dit qu’il existe autant de variétés qu’il y a de Cadiens).

De la table à la musique, il n’y a qu’un pas. Les haricots ont donné leur nom à l’un des principaux genres musicaux louisianais, le « zydeco » (mélange de blues et de rhythm and blues) : le mot est une déformation de « zarico ». Quant à la plus célèbre expression louisianaise, « Lâche pas la patate ! » (Tiens bon), elle provient d’une coutume, la « danse de la patate », où les couples devaient tenir une patate entre leurs fronts. La coutume s’est perdue depuis deux générations, mais la célèbre chanson éponyme de Jimmy C. Newman a immortalisé l’expression.

Les Québécois ont plus de facilité que les Français avec le parler cadien. D’abord parce que l’oralité est forte au Québec, mais aussi parce que le parler populaire cadien et canadien ont des racines communes. Comme dans bien des régions de France, d’ailleurs, on prononce « tchins » pour « tiens », on s’« abrie » (se couvrir), on « débarre » la porte ; quand on est mouillé, on est « trempe » et on dit « astheure » pour maintenant.

Évidemment, américanité oblige, le parler cadien compte énormément de calques ou d’expressions traduites de l’anglais, comme « Laisser les bons temps rouler » (apprécier le moment présent) ou « padna (de partner) » qui signifie « compagnon, compagne ». Le terme « cajun » est lui-même une translittération anglaise de cadien. À l’inverse, un des traits de l’anglais louisianais est la présence fort de mots français (davantage que pour l’anglais québécois), en particulier des verbes comme « to trainer », « to roder », « to téter », « to fouiller », qui sont compris par tous, même dans leur conjugaison française. (Beau sujet de thèse : pourquoi le français québécois, qui est dominant au Québec, produit-il moins de gallicismes dans l’anglais québécois que le cadien pour l’anglais de Louisiane ?)

D’Acadiens à Cadiens

Ces particularismes reflètent une histoire très particulière que les Québécois connaissent mal. Le français en Louisiane s’est appuyé sur trois groupes très distincts. D’abord les premiers Français arrivés avant 1762, année de la vente de la Louisiane à l’Espagne. Le deuxième grand groupe, qui arrive vers 1800, est constitué de 10 000 planteurs blancs et des affranchis réfugiés après l’indépendance d’Haïti. Ces deux groupes se sont rapidement assimilés.

Le troisième grand groupe, moins nombreux, est arrivé vers 1780. Il s’agissait de réfugiés acadiens. Les Espagnols souhaitent coloniser la rive droite du Mississippi avec des catholiques pour résister à l’invasion redoutée de colons anglo-protestants. Ces Acadiens vont d’abord s’installer autour du bayou Lafourche, au sud-est de La Nouvelle-Orléans, avant de déplacer leur centre à l’ouest. Ces Acadiens, réfugiés derrière le gigantesque marais de la rivière Atchafalaya (tributaire du Mississippi), ont maintenu une culture florissante qui a assimilé pendant un siècle les éléments irlandais, alsaciens, indigènes et afro-américains malgré l’érosion progressive de leurs droits linguistiques.

Cette histoire complexe fait que plusieurs termes locaux sont mêlés. Par exemple, il y a deux siècles, « créole » désignait au départ une personne riche. De nos jours, selon la zone, créole peut vouloir dire un Cadien, un Autochtone ou un Afro-Américain. « Cadien » tend aujourd’hui à désigner quelqu’un qui parle français alors que « Cajun » fait plutôt référence aux Cadiens assimilés.

La culture connaîtra un déclin marqué après 1920. Il résulte du développement du pétrole par les Texans, de l’ouverture d’une route à travers le marais, de la conscription pendant la Deuxième Guerre mondiale, de l’interdiction du français dans l’enseignement et de l’anglicisation du clergé. Puis, soudainement, en 1968, le gouvernement louisianais a renversé sa politique pour créer le Conseil de développement du français en Louisiane (CODOFIL, selon l’acronyme anglais), dont le rôle a été récemment amplifié en Agence des Affaires francophones. Pendant la même période, une génération de jeunes Louisianais comme Zachary Richard, Barry Jean Ancelet et Amanda Lafleur pour ne citer qu’eux vont se revendiquer d’une langue que leurs parents ont souvent refusé de leur transmettre et se la réapproprier.

Après le folklore

Toujours est-il qu’on assiste actuellement en Louisiane à une espèce de renouveau francophone. L’instruction par immersion française, introduite il y a 30 ans et qui touche actuellement 5300 élèves, donne des résultats. Fait nouveau : on voit arriver des francophones très militants issus des cours de français de base à 30 minutes par jour. C’est le cas de Will McGrew qui vient de créer Télé-Louisiane avec Drake Leblanc Brian Clary, mais aussi Bennett Boyd Anderson qui vient de lancer la gazette web Le Bourdon de la Louisiane avec Sydney-Angelle Dupléchin Boudreaux. Il faut d’ailleurs lire le Manifeste du Bourdon pour se faire une idée de quel bois se chauffe cette jeune génération.

Dans ce renouveau, la vieille identité cadienne tend à se diluer en « francophonie louisianaise », un peu comme ce que l’on observe au Canada où la jeunesse va se déclarer volontiers francophone plutôt que « franco-ontarienne », « franco-manitobaine » ou « fransaskoise ». Je précise qu’il s’agit d’une tendance et que c’est rarement d’une netteté absolue.

Ce renouveau a des effets intéressants sur la langue, car le français cadien n’est pas nécessairement celui des jeunes francisés par l’immersion ou les écoles. Ils se revendiquent d’une même histoire, mais j’ai l’impression que le folklore y tient moins de place. On dit encore « chevrette » (au sens de crevette), « nonc’ » (au sens d’oncle) ou « ti » pour petit, mais il y a une tension certaine entre un français cadien assez normatif et le parler du terroir.

Mais ce genre de tension intergénérationnelle est en soi un signe de santé, un peu comme au Québec. À Montréal, bien des jeunes n’utilisent plus des expressions qui étaient courantes il y a deux générations, quand ils les connaissent. Et personne ne pleure le vieux « r » roulé des chansons de Robert Charlebois, qui vieillit bien, malgré tout. Il en sera de même du parler cadien, qui va forcément développer de nouveaux usages.

[Photo : Pixabay – source : http://www.lactualite.com]