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Escrito por  Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Estados Unidos y Canadá juegan un partido de lacrosse, juego indio, nativo americano, muy transformado por supuesto. Pasa el domingo, una y veintitrés de la tarde. Absoluto silencio. Cuando llegué a las cuatro de la mañana, el vecino de polera negra terminaba varias botellitas plásticas de bourbon de a dólar. Lo saludé pero era una bola de carne balbuceando letanías. No estoy ya a esta altura para escuchar borrachos. Dejé de escucharme a mí mismo en casos así. Y eso que no hablo mucho. Susurro tu nombre, mujer anónima, a tu oído. C’est un jour comme un autre, la Bardot canta y cuenta que John Lennon se amilanó ante ella. Supongo que quiso decir que hombría y arte cayeron como lluvia gota de una hoja de parra. Eva y Adán. Ella, la serpiente, sabia y adecuada. El otro, pobre, solo posee costillas. Goyesca imagen de un mísero cachondo corrido por las meretrices. La Biblia es una gran ironía, la burla de un colectivo, el retrato nada ambiguo de lo que somos.

Leo Ferré viva la anarquía, muy cerca de la Place de la République. En ella, debajo de aquella estatua, vivan también la revolución turcos y kurdos al unísono. Incluso cosecho un par de besos, masculinos, de “camaradas” que nunca conoceré. Será que parezco turco. “Igualito a mi tío Kostas”, me dicen en el Québec helado. Era París y mi pobreza me permitía baguettes y medio kilo de queso perforado. Cuscús que cuesta una moneda, diez por los diez marrones francos.

Escucho Brassens.

A mi lado Salvatore Siracusa y aquel grandote, obrero, cuyo nombre no recuerdo. Ambos de Senza patria, publicación ácrata italiana. Ha pasado la Internacional. Se recita a Verlaine en el teatro estrecho. Ferré, pelón y melenudo, paradójica cabeza. Qué puta voz. Cierro los ojos. A la mierda Bakunin y Malatesta. Tengo una nostalgia grande. La de Aniversario de Franz Werfel; la de Proust; la de Fournier en El gran Meaulnes. Pongo nombres para acompañarme, para que el escrito no quede solo, no en este abandono que guardo con fondo de Léo Ferré, vaya lujo.

Elke Kalkowski no quiere que imprima su nombre porque su hombre se irrita. Pues que el tipo se ponga un supositorio, que ni se le ocurra penetrar mi memoria porque va a incendiarse el culo. Escribo y no escribo lo que y no que me da la gana. Nunca fui tribal ni gregario. Raza, nacionalidad dejo de lado, y todo lo demás que me atribuya cualquier característica ante la sensual voz de la Birkin. Decía que de fondo Ferré, y yo totalmente estúpido, como mi vecino pero sin bourbon, atolondrado, drogado de falsa lírica. En lugar de estar en la farra de despedida con él, de gozar de su voz cascada, de saludes a la anarquía y al grande, y gran cornudo, Mijail, el de la finca de Premujino.

En lugar de eso, a cambio de la perdida voz de Léo Ferré camino por las vías del tren. Ménilmontant. Nanterre. ¿Gané algo arrastrando penas? Podía haber disfrutado de mucha gente buena; el hecho de ser anarquistas les daba algo de santidad. No hubiera sido la fama o la grandeza, esas viejas de negro y bolsa llena no me caben, sino la riqueza de una tarde de arte. Si se hacía o no se hacía la revolución, quién sabe. Georges Balkansky ya estaba anciano y era muy fino para el máuser. Su esposa llevaba una boina parisién y fumaba con boquilla. Federación Anarquista Búlgara en el exilio. Lo que el viento se llevó.

Franco, la Muerte. Grimau. Lorca.

Lo he escrito tantas veces. Pero se puede escribir lo mismo eternamente. ¿O no es la vida eso, la reconstrucción de la penuria? Calcetines rojos; camisa y pantalones negros. Zapatos también. Vive l’anarchie! ¡Vivas tú y viva tu madre! Vieja puta, pero que viva ¿qué hacer? Cualquier cosa porque sonrías, porque me dejes ver el naciente de tus senos y ya desmayado me pongas la cabeza sobre ellos enroscando mis cabellos en cafuné portugués y yo finja morir para verlos sudar quedo hasta que la punta de mi lengua bebe tu sal y te das cuenta que ni siquiera dormido estoy y menos muerto. Sal del mar de piel, de los volcanes impetuosos de tus tetas. Así vestía Léo Ferré aquella tarde. Buenos anarquistas ellos, sonreían, llegaba la era de las flores. Me abrazaban y besaban. Las mejillas de Siracusa de cuero forjado. Pero supongo que es natural entre hombres buenos. A pesar de que el maestro Bakunin aconsejaba librarnos del gobierno de los hombres “buenos y virtuosos”.

Mientras me alejo por los rieles de Ménilmontant, Ferré sigue de fondo. Recita a Baudelaire y no tengo un perro franco para comprar pan. En la casa en que me alojan veo en un rincón un fajo de libras esterlinas. La hermana del dueño acaba de regresar de Inglaterra. No lo toco. Podía, pero no. No por la moral de no robar que ratero he sido, de los pequeños pero ladrón al fin, sino porque a veces me atraganta la decencia. Bueno, Ferré murió hace creo diez años. Nevermore, nevermore gritan los cuervos en Denver. Nevermore nevermore parece que me hablan y miran desafiantes. He puesto la marcha de Radetzki, interpretada por la Luftwaffenmusikkorps. Es marcha que usan los prusianos chilenos en sus soberbios desfiles militares. Memorias de Joseph Roth, cómo no, de su bella mujer loca. La tristeza es el ajenjo que no bebemos pero igual nos mata. Tristeza andina de paja brava. Tristeza de los cachubes de Günther Grass, el negro bosque de Goldkrug. Viena del Prater en crepúsculo.

Reviso lomos de libros que jamás ya leeré. Quiero, pero el reloj de arena es inflexible. Busco para saber si el Yampol de Bashevis Singer es este de Ucrania en guerra. Seguro que sí. Polonia se extendía tanto al sur.

Hay en el análisis genético que me regaló mi hija Emily mucho misterio. Aparte del consabido y notorio porcentaje de un veintiocho por ciento indio, un sinfín de detalles habla de cosas inescrutables. De un dos por ciento ashkenazy ¿de dónde? Y pienso que en este ignoto ancestro está mucho de mi afición por el este. Mucha de mi melancolía. Yampol y Bar. Taganrog y Kamenyets.

Parece que el tren de las afueras de París, que me alejaba de Léo Ferré y de la rebelión, me ha arrastrado hasta el Bug. Paris canaille.

Pasan los días, pasan las horas, pasa el agua debajo del puente Mirabeau. Tiro piedras al Oise, tengo hambre. Mendigo diez francos y en un bar me compro un sándwich de jamón y una cerveza. Abren el baguette, untan mantequilla, jamón y papel alrededor. Rico. Digo a mis hijas emparedado de jamón estilo francés, sobrio, modesto, sabroso. En Norteamérica son barrocos, les caen verduras por los costados, chorrea la mostaza, queda mayonesa en las manos, el cilantro con tallos es difícil de mascar.

Léo Ferré y ahora dónde te encuentro. La sensatez me tomó cuarenta años y a tus calcetines rojos los devoraron los gusanos al terminar tu carne. Me pregunto si la voz es el espíritu. Deduzco que los mudos entonces carecen de alma. Busco en la Biblia el sarcasmo, la mujer de sal; el pretérito es rico pero la memoria salmuera. Y lo que busco es cal viva, piedra alumbre, sebo de víbora, grasa de coyote. Herboristas que preparan venenos, casi como el envenenador de Catalina de Médicis en La Reine Margot. No se suda agua pero sangre.

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[Imagen: Léo Ferré por Richard Bellia, 1985 – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

O historiador Felipe Pigna revela nun libro a intrahistoria desa relación, que rematou cos seus tráxicos destinos

Escrito por ANTONIO PANIAGUA

¿Como soaría o Romancero xitano cantado por Gardel? Seguro que Federico García Lorca, autor da obra, estaría encantado de escoitalo. Porque o poeta e o cantante de tangos profesábanse mutua admiración. Non por casualidade os dous malgastaban simpatía e dotes sedutores. No seu libro Gardel (Planeta), o historiador e escritor arxentino Felipe Pigna revela a intrahistoria dunha cita de astros.

Os dous coñecéronse en 1933. O 13 de outubro o escritor granadino chegara a Buenos Aires, onde permaneceu seis meses. Pero foi un día de novembro cando ambos se atoparon. Federico, acompañado de dous amigos, viña de ver no teatro Smart un ensaio de de a obra O teatro son eu. Ao chegar á esquina de Correntes con Liberdade, despois das presentacións de rigor e mostras de recoñecemento, Gardel díxolle ao poeta: «¡Fenómeno o título [da obra]! Cando eu escriba a historia da miña vida, voulle pór un parecido. O biógrafo son eu. ¿Que che parece? Puro biógrafo, puro estar na pantalla. Puro vivir para os demais. ¡Hai que cambiar de laburo! Pero ¿onde irá o boi que non are?».

Lorca contestoulle cunha resposta luminosa: «Ti non es un boi. Ti estás feito de plumas e cristal, es un canario». O tanguero, que tamén era de verbo rápido e enxeñoso, replicoulle: «Por iso estou condenado a vivir e morrer nunha gaiola».

Noite máxica

Os seus biógrafos pintan a Gardel como un home xeneroso, hospitalario e manirroto. Fiel a esa lenda, o Mudo agasallou aos seus hóspedes cun concerto privado no que cantou Caminito, Caraveis Mendocinos, A tropilla e As miñas flores negras. En xusta correspondencia García Lorca sentouse ao piano para tocar melodías españolas e recitar algún dos seus poemas.

Din que foi unha noite máxica na que sobrevoou o trasgo de dous xenios. «O poeta quedou moi impresionado coa musicalidad, a calidade artística de Carlos Gardel. Comezaba a xurdir unha amizade baseada na mutua admiración», escribe Felipe Pigna.

Din que Gardel espetou ao poeta: «¡A ver cando nos escribe un tango! Vostedes os andaluces son tan sentimentais como nós». De acordo co xornalista Antonio Lorenzo, o Zorzal Criollo ofreceuse a pór música ao Romancero xitano. Desa promesa xamais se soubo. Lorca e Gardel nunca se volveron a ver despois. Os dous encamiñáronse aos seus destinos tráxicos. Gardel morreu en 1935 nun accidente aéreo en Medellín (Colombia), nun choque con outro avión que deu lugar a que os dous aparellos foron devorados polas chamas.

Lorca foi fusilado en 1936 no camiño que vai de Víznar a Alfacar (Selecta). A amizade que xurdiu dese encontro casual non foi o amor cómplice de dous homosexuais. Pigna desmente que ao galán arxentino gustásenlle os homes. É máis, o cantor tivo unha noiva coa que non casou e moitas aventuras con tangueras e actrices. Como di o tango, moita minas pero nunca unha muller. Talvez esa falta de compromiso obedeza a que Gardel tiña, di, un complexo de Edipo de libro.

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

 

Camina Don Boyso

mañanita fría

a tierra de moros

a buscar amiga.

Hallóla lavando

en la fuente fría.

—¿Qué haces ahí, mora,

hija de judía?

Deja a mí caballo

beber agua fría.

—Reviente el caballo

y quien lo traía,

que yo no soy mora

ni hija de judía.

Soy una cristiana

que aquí estoy cautiva.

—Si fueras cristiana,

yo te llevaría

y en paños de seda

yo te envolvería,

pero si eres mora

yo te dejaría.

Montóla a caballo

por ver qué decía;

en las siete leguas

no hablara la niña.

Al pasar un campo

de verdes olivas

por aquellos prados

qué llantos hacía.

—¡Ay, prados! ¡Ay, prados!

prados de mi vida.

Cuando el rey, mi padre,

plantó aquí esta oliva,

él se la plantara,

yo se la tenía,

la reina, mi madre,

la seda torcía,

mi hermano, Don Boyso,

los toros corría.

—¿Y cómo te llamas?

—Yo soy Rosalinda,

que así me pusieron

porque al ser nacida

una linda rosa

en el pecho tenía.

—Pues tú, por las señas,

mi hermana serías.

Ábrela, mi madre,

puertas de alegría,

por traer la nuera

te traigo un hija.

Fue escrito entre 1929 y 1930, y publicado por primera vez en 1940, « Poeta en Nueva York » es una de las obras clave de la producción poética de Federico García Lorca y una de las más importantes de la lírica del siglo XX.

Escrito por EVARISTO AGUADO
Imatge

Esta edición ofrece un acercamiento hasta ahora inédito a la misma, ya que recoge la labor de reflexión y creación que ha llevado a Josué Bonnín de Góngora a poner música a sus poemas.

En cada poema se incluye un estudio en el que se aborda la estructura de cada pieza, los simbolismos y significados buscados, su relación con el resto de composiciones del poemario, todo ello acompañado de numerosos ejemplos musicales. De este modo, se da al lector la posibilidad, bastante inusual, de «participar» en el proceso creativo.

La presente obra se compone de las siguientes partes:

  • Un volumen de estudio crítico realizado por Bonnín de Góngora, que recoge un profundo análisis de cada uno de los poemas en el que se pone de relieve la lectura personal que está en el origen de la propia música; en cada poema se incluye un estudio en el que se aborda la estructura de cada pieza, los simbolismos y significados buscados, su relación con el resto de composiciones del poemario, todo ello acompañado de numerosos ejemplos musicales. De este modo, se le da al lector la posibilidad, bastante inusual, de «participar» en el proceso creativo.
  • Una novedosa aproximación a una de las obras clave de la lírica del siglo XX, en la que lo musical y lo plástico ponen de relieve interpretaciones novedosas que enriquecen la lectura del gran texto lorquiano.

Federico García Lorca, poeta, dramaturgo y prosista español. Adscrito a la generación del 27, fue el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX y como dramaturgo se lo considera una de las cimas del teatro español del siglo xx. En sus poemas y en sus dramas se revela como agudo observador del habla, de la música y de las costumbres de la sociedad rural española. Una de las peculiaridades de su obra es cómo ese ambiente, descrito con exactitud, llega a convertirse en un espacio imaginario donde se da expresión a todas las inquietudes más profundas del corazón humano: el deseo, el amor y la muerte, el misterio de la identidad y el milagro de la creación artística.

En la primavera de 1929, Fernando de los Ríos propuso a Lorca que le acompañase en su viaje a Nueva York. Arribaron el 26 de junio. La estancia en Nueva York fue, en palabras del propio poeta, una de las experiencias más útiles de mi vida. Los nueve meses que pasó -entre junio de 1929 y marzo de 1930- en Nueva York y Vermont y luego en Cuba hasta junio de ese año, cambiaron su visión de sí mismo y de su arte. Describió a la ciudad como un lugar «de alambre y muerte» y se vio sorprendido por la economía capitalista y el trato a los negros. Fue esta su primera visita al extranjero; su primer encuentro con la diversidad religiosa y racial; su primer contacto con las grandes masas urbanas y con un mundo mecanizado. Casi podría decirse que su viaje a Nueva York representó su descubrimiento de la modernidad. Allí exploró el teatro en lengua inglesa, paseó por el barrio de Harlem con la novelista negra Nella Larsen, escuchó jazz y blues, conoció el cine sonoro, leyó a Walt Whitman y a T. S. Eliot, y se dedicó a escribir uno de sus libros más importantes, el que se publicó, cuatro años después de su muerte, con el título de Poeta en Nueva York.​

José Manuel Ciria (Manchester, 1960)

Es uno de los artistas más destacados de su generación y una figura central en el heterogéneo panorama de la pintura española de las tres últimas décadas. Desde que en 1984 realizara su primera muestra individual en la galería parisina La Ferrière, Ciria ha trazado una amplia trayectoria jalonada por numerosas exposiciones y premios. En los últimos años, su figura ha adquirido una amplia proyección internacional a través de sus muestras individuales en el Museo de Arte Contemporáneo de Herzliya en Tel Aviv, Israel (2002), Museo Estatal Galería Tretyakov en Moscú, Rusia (2004), Museo Nacional de Polonia, Varsovia (2004), Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez en Zacatecas, México (2005), Kunsthalle Museo Centro de Arte PasquArt en Berna, Suiza (2005), Museo de Arte Contemporáneo Ateneo de Yucatán en Mérida, México (2006), Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, Argentina (2007), Museo de Arte Contemporáneo de Santiago de Chile (2009), Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) (2010), entre otros muchos espacios museísticos.

Josué Bonnín de Góngora (Madrid, 1970)

Compositor y pianista español, realizó estudios de piano, armonía y composición, aunque su formación es fundamentalmente autodidacta. Con un extenso catálogo que incluye sonatas para piano y varias suites, como Suite FormentorSuite Venanti y Suite Benalmádena –de gran envergadura por su expresión y concepción formal–, así como piezas de cámara y orquestales, entre las que destaca su Misa en do menor, ha presentado su obra – publicada por Art of Sound Music (New Jersey) y la discográfica por Naxos– en Estados Unidos, Alemania, Italia o Inglaterra, entre otros lugares, con gran éxito de crítica y público.

Desde hace tiempo ha puesto música a diferentes poetas, tanto en forma de Lied cantado como recitado, entre los que destacan Goethe, Hölderlin, Góngora, Bécquer, Luis Alberto de Cuenca, Raquel Lanseros y Javier Lostalé. Colofón a esta forma musical es Poeta en Nueva York, inspirada en su totalidad en el poemario homónimo de García Lorca.

Como compositor y pianista ha sido galardonado en múltiples ocasiones por el Ayuntamiento, la Comunidad de Madrid y el Ministerio de Cultura. Cabe mencionar, entre otros, el Premio Nacional Cultura Viva –Revelación 2006– y el Premio Mundial a la Excelencia Artística 2019-2020. Recientemente ha sido nombrado doctor Honoris Causa por la Academia Latinoamericana de Literatura Moderna por la fertilidad de su labor musical. Actualmente está componiendo una ópera sinfónica y una colección de variaciones para piano.

[Fuente: http://www.todoliteratura.es]

Escrito por  Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Lechuzas de blanca redonda cara. Geishas. Vírgenes de medioevo. ¡Uh! ¡Uh! ¿Dónde? Uh, uh, entre árboles hasta que vuelan casi a ras del suelo. Lechuzas blancas, gotas pequeñas negras sobre un mantel de mesa familiar. Ven memoria.

Otra vez, a ras de la nieve, con ratón que chilla entre garras. Que de arriba mira un mundo que era y se despedaza. Hasta los gritos devora, lechuza de nieve, búho invernal.

Azar. Albur.

Aroma de azahares en la esquina de casa, sobre el muro de la vieja matagatos. Los caza en los techos para el perol. Supongo que comida había en el tiempo aquel, pero la dama Hortensia hervía mascotas en el guiso del cual sobresalían papas y maíz.

Del pellejo lustroso fabricaba cubrecamas. Suaves, de tonalidades más bien oscuras, con alguna claridad, piel de gato albo.

Ulula la lechuza y se lanza contra mí pero al fin me elude. Advierte: para mí los hombres son ratones, y todos los ratones lo mismo. ¿Hará ella con sus víctimas, como doña Hortensia, tejidos de pelo? Piel de rata, indefinido color de asco. Marrones las ratas, de ese marrón que llaman negro, esclavos los negros del señor. Sonríen las vírgenes medievales. Miento, hieráticas. No sea que las seduzca el infiel.

Luna mitad de llena. Vaciarían el resto entre gitanos, Lorca y Leonard Cohen, en el vals que nunca bailé con mi madre.

Casi medianoche, no llega el camión. A las cuatro nevará. Oscuridad, “escuridad” campesina. Hielo de lluvia que se pega en el parabrisas. Se pega a mí esa redonda cara pálida. Grita un mochuelo. La pesadilla dejó de ser la yegua de la noche; es la lechuza de la noche.

Un búho gris se ha dormido de pie. Inmóvil como el mendigo congelado a puertas de la biblioteca a veinte bajo cero. La mesa huele a vino. Al mísero cubría inútil azul frazada. Azul mortaja del amanecer. Pero no me detuve; me congelaría también. Mientras el café humea pensé si bañado el hombre aquel con agua hirviente despertaría. A veces mejor queda dormirse.

 

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Lo sexista es contar el número de varones y mujeres en todo, como si no perteneciéramos a una única especie y no fuéramos iguales. 

Escrito por Javier Marías

Desde hace años echo un vistazo a la sección Defensor o Defensora del Lector (y supongo que de la Lectora, duplicación absurda que de momento no ha aparecido: gracias). Me provoca curiosidad ver de qué se quejan quienes compran este diario, y a veces me quedo atónito, como el pasado 19 de diciembre. Bajo el título “Recalcitrantes reductos sexistas”, Carlos Yárnoz atendía a los lamentos o invectivas de ocho corresponsales, todos varones, bien disgustados, bien furiosos por “intolerables titulares” o frases detectados en EL PAÍS. No tengo ninguna intención, claro está, de usurparle el cargo a Yárnoz, a quien profeso simpatía, y además yo no serviría, pues, a diferencia de la suya, mi paciencia es escasísima ante la tontuna. Pero me voy a poner en su lugar por un día, ya que la mayoría de las cartas de esos ocho lectores estaban inspiradas por una ignorancia continental si no oceánica; o por la falsedad; o por el exceso de celo en sus labores policiales. Quien va en busca de sospechosos los encuentra por doquier; los maniáticos del orden estudian sus mesas para comprobar si alguien les ha cambiado algo de sitio; los enemigos del “sexismo” lo verán hasta en el más ridículo detalle. Esto último fue lo sucedido el 19 de diciembre.

Varios de los lectores consideran “bochornoso” que se llame a figuras públicas femeninas por su nombre de pila (“Yolanda”, “Corinna”, “Cayetana”, etc), lo cual “implica un subliminal mensaje de falsa cercanía o subordinación”. La subordinación es discutible: a los oficinistas lo habitual era llamarlos por el apellido (“Oiga, Rendueles, tráigame ese informe”), y los aficionados a Downton Abbey habrán observado que en la Inglaterra más pija se hacía lo propio con todo el servicio, desde el mayordomo hasta la pinche. Así que dirigirse a alguien por el nombre de pila hace mucho que se convirtió (aunque falsamente a menudo) en una señal de respeto y de que el trato es de tú a tú. Es mendaz afirmar que sólo a las mujeres se les da el nombre de pila. Sin salirnos de hoy, he leído numerosas piezas en las que a García Egea, el segundo del PP, se lo tilda de “Teodoro”, e incluso se habla de la “teodorocracia” imperante en su partido; y se ha hablado no poco de “Pedro” y “Pablo”. El Presidente González fue “Felipe” hasta la saciedad. El Premio Nobel Jiménez fue siempre “Juan Ramón”, como García Lorca fue y es “Federico” y Gómez de la Serna fue y es “Ramón”. Curro Romero casi nunca fue “Romero”, sino “Curro” las más de las veces.

Los motivos para que un nombre supla al apellido son variados, y nada tienen que ver con el “sexismo”. Si un apellido es corriente, como Díaz o García, es lógico que se recurra a “Yolanda” o a “Teodoro”. De otra forma no se sabría de quién se habla. Asimismo, cuando hay dos apellidos y uno es más común que otro, ya sabemos lo que pasa: ¿tendría que ofenderse Núñez Feijóo porque se lo llame “Feijóo”? ¿Tendría que ver feminismo irreverente en que se recurra a su línea materna? ¿Es inadmisible que nos refiramos a “Moratín” en vez de a Fernández de Moratín, a “Valle” en lugar de a Valle-Inclán? Respecto a los escritores antes mencionados, si fueran “Jiménez”, “García” y “Gómez”, ¿sabríamos de quiénes se trata? La costumbre se remonta a siglos atrás: ¿hay “sexismo” por decir “Miguel Ángel”, “Rafael”, “Leonardo”, “Dante” o “Tiziano” en vez de Buonarroti, Sanzio, Da Vinci, Alighieri y Vecellio di Gregorio, respectivamente? En ocasiones, si los apellidos son largos o complicados, se echa mano del mismo expediente, y recordemos que cuando “Corinna” se hizo famosa, se apellidaba Zu Sayn-Wittgenstein; así que “Corinna” se la bautizó y con “Corinna” se quedó, eso es todo.

Alguna queja me resulta incomprensible. Será defecto mío, pero no entiendo por qué el titular “La ex-esposa de Jeff Bezos se casa con un profesor” es “impropio” y “una vergüenza”. ¿Alguien conoce la identidad de esa ex-esposa? Casi nadie. ¿De qué otra manera, pues, se podría haber dado semejante noticia (bueno, lo mejor es que no se hubiera dado)? Para mí es como si se dijera “El ex-esposo de Meryl Streep se casa con una bióloga”, única forma si se ignora quiénes son el ex-esposo y la bióloga. Otros quisquillosos se enfadan (“De vergüenza”) por el escaso espacio dedicado al deporte femenino, sin tener en cuenta que el masculino, al menos en fútbol, ciclismo, baloncesto y F-1, es seguido por muchísimas más personas. La queja resulta sangrante e irónica si se piensa que precisamente EL PAÍS, con afán enternecedor rayano en la caricatura, llena páginas y páginas con méritos de mujeres. Otros polis han mirado la mancheta con lupa y se han indignado al comprobar que en ella figuran trece hombres y cinco mujeres. Estos cómputos sí que son “sexistas”. Lo es estar contando el número de varones y mujeres en todo, como si no perteneciéramos a una única especie y no fuéramos todos iguales, y no resultaran indiferentes, por tanto, las cantidades de un sexo y otro. Esta manía que nunca termina sí que es “recalcitrante”, además de nociva e idiota. Eso sí, a mi no “sexista” parecer.

[Fuente: http://www.elpais.com]

Cúmprense 120 anos do nacemento da pintora considerada Frida Kahlo galega

As algas e a cabra. Mallo pintou en Tenerife uno dos seus lenzos máis coñecidos, «A muller da cabra» (1927). Á dereita, retrato de «Maruja Mallo con manto de algas» tomado en 1945 nunha praia de Chile, días que compartiu co seu bo amigo Pablo Neruda.

G.

«Maruja Mallo, entre Verbena e Espantajo toda a beleza do mundo cabe dentro do ollo, os seus cadros son os que vin pintados con máis imaxinación, emoción e sensualidade», deixou devandito Federico García Lorca sobre a artista galega Ana María Manuela Isabel Josefa Gómez e González (1902-1995) que naceu un 5 de xaneiro como o deste 2022 pero de hai 120 anos en Viveiro, aínda que ela non era moito de presumir das súas raíces, senón que porfiaba en definirse como cidadá do mundo. Sóuboo enseguida, xa que a súa infancia pasou ademais por Tui, Verín, Corcubión, Xixón, Madrid e Avilés tras os destinos profesionais do pai. Xa con 20 anos instalouse coa súa familia en Madrid, momento en que comezou un idilio coa cidade e os seus ambientes artísticos —os da Xeración do 27, entre eles, os seus amigos Dalí, Lorca, Alberti e Buñuel— onde se formou, reformou e converteu non só en musa, senón tamén nunha referencia. Pasou uns meses en Tenerife, onde pintou algúns das súas primeiras obras conservadas como a popular A muller da cabra (1927), e en 1931 marchou unha tempada a París bolseira pola Junta de Ampliación de Estudos. Ese idilio con Madrid rematou cos inicios da Guerra Civil que a levaron a trasladarse a Buenos Aires, unha estancia (moi viaxeira) en América que se prolongou ata 1961, cando volveu a España.

Xa nos seus anos americanos era toda unha celebridade, despois de que arribou a Arxentina co eloxio e o referendo da flor e nata do surrealismo francés. Para cando regresa ao seu país tiña status de auténtica figura de culto, que ela mesma —tan intelixente e desinhibida— consentía co seu pose rebelde e a súa coidada imaxe. Seguía sendo aquela que con Lorca, Dalí e Margarita Manso inventou o movemento das Sinsombrero. Foi en Madrid, cando como nun xogo se desposuíron do chapeu —ela, co corte de pelo estilo garçon— «para desconxestionar as ideas» e montouse un escándalo, anécdota que moito despois bautizou a tendencia emancipadora das mulleres da Xeración do 27.

Pasa por ser a Frida Kahlo ibérica, e —como a artista mexicana— mantén vivo todo o seu enigma, máis aló de que estea considerada a pintora española máis importante do século XX. Mallo ademais era remisa a falar da súa vida privada, do que non referise á arte ou o debate intelectual. Famosa é a súa réplica a un xornalista ante a súa insistencia en que se explaiase sobre os seus amoríos con Miguel Hernández: «Eu fodín tanto e coñecín a tanta xente que xa se me amontoan un pouco na memoria».

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

 

La Federación Española de Esperanto ha proporcionado en formato epub y en pdf  el Romancero Gitano de Federico García Lorca. 

La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes dispone, entre otras, de la obra cumbre de Cervantes en esta lengua.

El año 2021 se cumple el 50º aniversario de la traducción al esperanto del “Romancero gitano”, la obra más popular del gran poeta Federico García Lorca y el 85º aniversario de su asesinato al comienzo de la Guerra Civil española. Con esta ocasión, la Federación Española de Esperanto ha organizado un homenaje a este andaluz universal, homenaje al que nos sumamos con la publicación de su obra en nuestro catálogo.

 

 

[Fuente: blog.cervantesvirtual.com]

Es el “padre” de Nippur de Lagash, fue más leído que nadie y hasta elogiado por Umberto Eco. Hoy sufre un mal neurológico que le impide leer y escribir.  

Robin Wood, en una de las últimas entrevistas que dio para Clarín.

Escrito por Diego Marinelli
Si el mundo tuviera sentido, Robin Wood no podría dar un paso sin que la gente lo detuviera para sacarse fotos. Pero es probable que el 3 de Defensa y Justicia tenga más demanda de selfies que este autor de historietas legendario, responsable de muchos de los mejores momentos de quienes crecieron en la Argentina de la segunda mitad del siglo XX. Paraguayo de nacimiento, argentino por adopción y ciudadano del mundo por elección, Robin Wood es el padre de Nippur de Lagash y solo eso debería garantizarle un asiento de honor en el Olimpo de la cultura argentina.

Su aporte al patrimonio simbólico de este país nuestro está a la altura de cualquiera de los grandes: fue más leído que nadie y legitimado por admiradores de la talla de Umberto Eco. Y solo su condición de autor de historietas (un arte ninguneado, demasiado popular para ser tomado en serio) obliga a tener que evocar cada tanto quién es y cuál es la dimensión de su legado.

Nippur de Lagash

Nippur de Lagash

Hoy Robin pasa sus días en el Paraguay que lo vio nacer, aquejado por un mal neurológico que ya no le permite leer ni escribir. “Su pluma respeta el silencio al cual la somete”, suele decir su esposa Graciela cuando alguien le pregunta si todavía hay chances de que surja de su imaginación algún nuevo Nippur, un Dago, un Dax, un Pepe Sánchez, un Dennis Martín…. Nombres que no le dicen nada a un millennial, pero que despiertan memorias de lecturas a la hora de la siesta, de tiempos más simples y sin pantallas, a varias generaciones de argentinos.

El panteón de personajes de Robin Wood está íntimamente relacionado con una Argentina analógica, en la que cada semana los kioskos de diarios despachaban centenares de miles de ejemplares de revistas como El Tony, D´Artagnan, Intervalo, Hora Cero y Rayo Rojo. En ellas, toda una generación de talentosísimos autores, daba vida a fantasías gráficas que competían mano a mano con las mejores producciones del género a nivel mundial. En este país, en ese momento, a las historietas las hacía gente como Héctor G. Oesterheld y Hugo Pratt, por solo nombrar a dos superestrellas. Y las consumían millones de lectores.

Robin Wood, en una foto de 2012.

Robin Wood, en una foto de 2012

A esa Argentina en la que reinaba la textura del papel y el olor a tinta fresca llegó, a comienzos de la década de 1960, Robin Wood. Venía de una infancia singular y dura. Nació en una colonia socialista formada por escoceses e irlandeses venidos desde Australia, creció criado por su bisabuela y apenas supo atarse los cordones tomó la decisión de cuidarse solo. “Solo estudié hasta quinto grado de primaria, pero a los ocho años leía a Faulkner, Simone de Beauvoir, Hemingway…”, recordaba en alguna entrevista. “En la selva me aprendí de memoria el Romancero Gitano de García Lorca y otros libros. Tengo una memoria monstruosa, aunque selectiva”.

En Paraguay laburó de changarín y hachero y al llegar a Buenos Aires se metió en una fábrica para vivir vida de proletario hasta que el destino lo llevó a la escuela de Bellas Artes, donde los dioses de la historieta lo cruzaron con el dibujante Lucho Olivera, en uno de esos instantes imperceptibles que cambian la vida de la gente de una vez y para siempre.

Nippur de Lagash

Nippur de Lagash

Olivera y Wood compartían una extravagante afición por las culturas antiguas de la Mesopotamia y de esa sintonía medio “freak” nació Nippur de Lagash. Robin solía recordar que el primer guion que le compró la mítica editorial Columba equivalía a un año de sueldos de la fábrica. Así que no tuvo muchas dudas acerca de la conveniencia de dejarlo todo y dedicarse a la “literatura dibujada”.

Los relatos de Nippur, el guerrero de la antigua Sumeria, comenzaron a publicarse en 1967 y lo siguieron haciendo de manera más o menos regular (con otros dibujantes y, a veces, hasta con otros guionistas) hasta 1998. Se convirtió en una saga inconmensurable -473 episodios y 5.600 páginas-, plagada de personajes entrañables como el gigante Ur-El de Elamla princesa Nofretamón y la bellísima reina amazona Karien la Roja, el amor de su vida y madre de su hijo, entre tantos otros.

Es altamente probable que Nippur haya sido la obra de ficción más leída de su tiempo y la intensidad con la que sus lectores recibían sus episodios llegó a provocar amenazas de muerte a su autor cuando se producían volantazos en la trama, como aquel en que Nippur queda tuerto y comienza a lucir su icónico parche en el ojo.

En el pico de popularidad de su personaje estrella, Robin le propuso a Columba algo bastante inusual para una época sin correos electrónicos ni whatsapp: “Les avisé que me iba del país, que les enviaría los guiones por correo y que ellos me girasen el dinero allí donde estuviera. Eran muy reticentes, pues eso jamás se había hecho antes. Tras mucho regateo, aceptaron… pues les dije que de una manera u otra, me iría. Me había pasado ocho años en salas oscuras de fábricas, y quería ver el mundo”. Tras la venia de Columba, Robin armó una mochila y partió en barco con destino a Nápoles donde inició una existencia de trotamundos que lo llevó a rondar las latitudes más insólitas del planeta durante más de 40 años.

Nippur de Lagash

Nippur de Lagash

Ya sea desde un kibutz en Israel, desde las montañas turcas o en un tren cruzando China, Robin continuó escribiendo guiones que enviaba puntillosamente hacia Buenos Aires todos los meses. Vivió por todos lados (presume de no haber pasado más de seis meses seguidos en ninguna parte) se casó, se separó, tuvo hijos y dio vida a nuevos personajes que no alcanzaron la “beatlemanía” de Nippur, pero que gozaron de una tremenda aceptación popular, como Pepe Sánchez -un agente secreto porteñísimo, entrañable y tarambana- y el magistral Dago, cuyas historietas tuvieron un enorme éxito en Europa, particularmente en Italia, donde se la considera un ícono del “fumetto”, el cómic italiano. Dago –su creación más celebrada, después de Nippur- narra el devenir de un noble veneciano en los tiempos del Renacimiento que, tras caer en desgracia, es vendido como esclavo y se convierte en espadachín justiciero, con el trasfondo de las disputas entre musulmanes y cristianos a ambos lados del Mediterráneo.

Nippur de Lagash

Nippur de Lagash

“Dago mi appasiona di piu” (“Dago me apasiona muchísimo”), dijo más de una vez Umberto Eco, semiólogo de fama mundial, autor de best sellers como “El nombre de la rosa” y apasionado analista de la cultura popular y de la historieta, un género al que dedicó numerosos ensayos y una magnífica novela titulada “La Misteriosa Llama de la Reina Loana”. Eco y Robin Wood mantuvieron una amistad cimentada en largas noches de whisky y conversaciones sobre libros, cómics y viajes. El autor de historietas le hizo un precioso homenaje a su compadre en 2006, cuando en uno de los más extensos y famosos episodios de la saga Dago incluyó un personaje inspirado en el monje detectivesco que interpreta Sean Connery en la versión cinematográfica de “El nombre de la rosa”. En la primera página del álbum reza la frase « Para quien dio un nombre a la rosa », inequívocamente dedicada al gran semiólogo italiano, fallecido en 2016.

Tras darle la vuelta al mundo –en sentido tanto literal como metafórico-, Robin volvió a donde comenzó todo. Hoy vive en una casa desbordante de vegetación, la paleta de colores la selva en la que creció, en un barrio tranquilo de la ciudad paraguaya de Encarnación, sobre el río Paraná. “Tenemos de mascotas dos pavos reales blanquísimos”, cuenta Graciela. “Y una gran piscina en la que Robin nada tres veces al día. Él dice estar feliz, muy feliz”.

[Fuente: http://www.clarin.com]

 

Escrito por Atilio Pérez da Cunha

“Ese perro que aúlla a las sombras,
ese agujero en la suela del zapato derecho,
ese árbol que vestirá mi carne,
finalmente,
apuntan hacia Dylan”.

Eduardo Darnauchans

Una garganta con arena

Más de cincuenta años después de su aparición en las calles del bohemio Greenwich Village de Nueva York, todavía el huracán de Minnesota tiene fuerza para ganar el premio de la Academia Sueca, que le entregó el Nobel de Literatura por “haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”. Un premio que corona una carrera que ha tenido otros reconocimientos literarios importantes, ya que Dylan obtuvo la Orden de las Artes y las Letras (1990), el Príncipe de Asturias (2007) y el Pulitzer (2008).
El Nobel, las dificultades de la Academia para encontrarlo y que asista a la ceremonia de premiación y lo que hará, presuntamente, con dicho premio lo han convertido en noticia recurrente en la más amplia diversidad de medios. Por lo tanto, el vecindario está alborotado.
Algunas personas que no leen siquiera las necrológicas o los resultados de la quiniela, y que jamás han oído a uno de los mayores poetas contemporáneos, debaten sobre el merecimiento de tal premio. Los expertos también debaten aunque no sean, precisamente, expertos en la frondosa obra de Bob Dylan a lo largo de 55 años de carrera, desde que llegó en el frío invierno de 1961 a Nueva York.
Hace poco, el poeta Víctor Cunha, tan urubeatnik y tan dylaniano como yo, me contaba que escuchó una tertulia radial en la que algunos expertos discutían sobre Dylan. Decía Víctor: “En Montevideo, un programa matinal junta a cuatro personas alrededor de una mesa para charlar sobre el caso. Lo cual no está mal en sí. Lo que sí está mal es que los anuncien como que son expertos en Dylan, cuando no lo son. De hecho, me consta que son expertos pero en rubros que no son Dylan, y eso es lo que lo vuelve más bizarro, porque quienes defienden no saben mucho cómo defender, los que atacan no saben qué o cómo es que hay que atacar. El conductor del programa lee incansable una pregunta de un oyente que habla de un cierto aire andaluz de la vestimenta de Dylan. El conductor finalmente encara a los expertos y les pregunta. Los expertos, a favor o en contra, no tienen la respuesta. En realidad, no se necesita ser experto para saber que la pregunta es errónea. El toque no es andaluz, sino mexicano. Cualquier abombado sabe que esos trajes con vira en el borde de la solapa y en las costuras laterales del pantalón, con bolsillos sin tapa y detalles de cuero, el corbatín de lazo, más el sombrero blanco a veces de alas dobladas o negro de ala dura, las botas bordadas y de taco, da entre Texas y México, no Andalucía. La primera vez que Dylan estuvo en Uruguay salió a escena vestido de esa manera. Será que le gusta”. Pienso en estas palabras del poeta y coincido: lo único andaluz en la vida de Dylan han sido los libros de Federico García Lorca.
Desde el otro lado de una calle de Malvín, un veterano cuidacoches me grita: “Dylan ganó el premio Nobel”.
El músico y poeta canadiense Leonard Cohen, a sus 82 años, aplaudió el premio Nobel de Literatura concedido a Bob Dylan y aseguró que otorgarle ese galardón al cantautor estadounidense es como “poner una medalla al Monte Everest por ser la montaña más alta”. Muchos años antes, el mismo Cohen, otro gran ícono de la canción de tópico, había dicho: “Bob Dylan es uno de esos personajes que solo aparecen una vez cada trescientos o cuatrocientos años”.
Pocas horas después de conocida la premiación de la Academia sueca, Nelson Caula, entrañable colega y amigo, me llamó para opinar sobre el premio Nobel de Literatura entregado al judío errante, la poderosa central poética, la garganta de arena y de “urraca valerosa”, que ha marcado a varias generaciones del planeta en los últimos cincuenta años. Entonces imaginé que sería natural que el posible lector de esta nota pensara que es oportuna, o que es en cierto modo oportunista, dada la repercusión del Nobel y sus consecuencias. Pero, en realidad, estaba pactada bastante antes y es mi manera de celebrar esta edición aniversario de Dossier. Y, también, en cierto modo, la celebración de una parte sustancial de mi propia vida.

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¿Cómo llegó Dylan al cul du monde?

“Oh, oye esto, Robert Zimmerman,
escribí una canción para ti
acerca de un joven extraño
llamado Dylan,
con una voz como la arena y pegamento”.

David Bowie

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Hasta 1969-1970 no había escuchado a Bob Dylan. El mundo entonces mostraba las claras modificaciones sufridas en su geografía política tras la Segunda Guerra Mundial. Se había configurado una bipolaridad derivada de la división del planeta en dos zonas de influencia controladas respectivamente por Estados Unidos y la Unión Soviética (URSS). Los estadounidenses miraban a América Latina como su patio trasero. Habían comenzado a hacer una política intervencionista, y todo lo que se les antojaba diplomáticamente en los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y de Oriente Medio. La URSS manejaba con mano firme a los países de la entonces llamada “Cortina de Hierro”, y con el garrote del Pacto de Varsovia había aplastado a los gobiernos aperturistas de Hungría, en 1956, y de Checoeslovaquia, en 1968.
Uruguay se deslizaba, entretanto, en una espiral de violencia inédita y sorprendente, como si alguien se hubiera dormido mirando Heidi y se hubiera despertado, bruscamente, con una escena de un film de terror de Stephen King.
Era una época sin celulares inteligentes, sin internet, sin televisión satelital y sin videoclips, sin discos compactos ni mp4. Para un muchacho del sur del Sur era imposible imaginarse la voz y la imagen de un cantor/poeta que se había convertido en la banda de sonido de los movimientos civiles de Estados Unidos en los años sesenta. Dylan.
Disculpe el lector si esta nota resulta autorreferencial, pero la escribe alguien que se hizo poeta, poeta menor, pero poeta al fin, gracias a Bob Dylan.
En los patios del viejo Instituto Alfredo Vásquez Acevedo, agitado por aquellos años complejos y violentos, eran muy pocos aquellos con los que se podía hablar de Bob Dylan. Él ya era un referente de la canción de autor, o de tópico, y se había convertido casi en una leyenda viva como los grandes del folk Pete Seegger, Joan Baez y Woody Guthrie.
En 1970 había corrido a comprar Nashville Skyline, disco compartido con el cantante country Johnny Cash, pero no conocía más que algunas letras de sus primeros discos, las emblemáticas ‘Blowin in the wind’ y ‘A hard rain gonna fall’, que nunca habíamos escuchado, ya que sus discos eran imposibles de conseguir.
Ignoraba por completo que en julio de 1966 Dylan había sufrido un accidente con una motocicleta Triumph Tiger 100 en una carretera cerca de su hogar en Woodstock. Nunca supimos con certeza la gravedad de sus heridas, más allá de alguna declaración del propio cantante/poeta que dijo que sufrió la fractura de varias vértebras cervicales.
Como en muchas otras ocasiones, el personaje Bob Dylan aparecía rodeado de misterio y oscuridades, dado que después del accidente no fue hospitalizado ni hubo partes médicos que refirieran a la entidad de las heridas.
Algunos biógrafos y críticos de la obra de Dylan señalan que el accidente ofreció al cantante la oportunidad de sacarse de encima las presiones que había acumulado al convertirse en el referente, aunque él aclarara reiteradamente que no quería serlo, de todos los movimientos sociales y contestatarios de la época.
“No sigas a líderes, vigila los parquímetros”, había advertido en ‘Subterranean homesick blues’, uno de los temas de su disco Bring All Back Home, de 1965, que aquí en Montevideo no se oyó hasta 1972. En ese mismo año pude conseguir Highway 61 Revisited, en un canje pelo a pelo por un disco de Astrud, una de las mujeres de João Gilberto. El disco de Dylan, considerado uno de los mejores de la historia, era casi todo eléctrico, motivo por el cual Bob había sido abucheado en el Festival Folk de Newport de 1965. En las nueve canciones de ese disco está presente la literatura dylaniana más pura, desde ‘Like a Rolling Stone’, su canción más emblemática, hasta la densa y aluvional ‘Desolation row’, cuya extensión era ya un verdadero cross a la mandíbula.
Para los que conocíamos a Dylan solo por su álbum country Nasville Skyline, fue un verdadero impacto. Por eso no entendimos nada.
En ese puzle perverso que es el personaje Bob Dylan, creado por Robert Zimmerman, faltaban tantas piezas que resultaba imposible completar la imagen global del poeta/cantor que, a pesar de todo, empezábamos a idolatrar como pequeños devotos.
Ignorábamos tanto sobre Dylan, que hasta los años ochenta podíamos decir de él que seguía siendo “un perfecto desconocido”.

La historia oficial (“Eso quiere decir que hay otra historia”)

En los años setenta el mayor conocimiento sobre Bob Dylan lo obtuve por transmisión oral y, muy eventualmente, la audición de alguno de los discos inconseguibles en Uruguay, de parte de mi amigo Hamlet Faux, entonces periodista de los ya desaparecidos diario El Día, Radio Sur y Radio Panamericana. Él fue un referente fundamental: todo lo que podía saber de Dylan lo sabía gracias a Hamlet Faux, quien también me acercaría, en los primeros años de la década de 1980, las publicaciones de Los Juglares y la biografía del periodista estadounidense Anthony Scaduto (la más autorizada hasta entonces, aceptada por el propio Bob), consecuencia de la producción editorial de la España posfranquista.

Captura de pantalla 2017-02-26 a la(s) 10.36.30Leer la biografía de Dylan por Scaduto fue como si un prisionero sometido a una celda de castigo recibiera un manual de cocina con las recetas de apetitosos platos que no podría probar durante su encierro. Cada página alertaba sobre discos y asuntos referidos al poeta/cantante que temía no llegar a conocer. Me relamía como el preso que saboreaba sus platos imposibles.
Hoy en día, tras haber recorrido una buena distancia de mi vida como periodista y comunicador, pienso que sigo ignorando muchas cosas sobre la obra y la vida de Bob Dylan, ese personaje creado por el Sr. Zimmerman.
Cuando Bob Dylan cumplió sesenta años, permitió que apareciera una gran cantidad de libros biográficos o dylanianos. Obviamente, fue también una buena oportunidad para las reediciones de las biografías escritas por Anthony Scaduto y por Robert Shelton, el presunto “descubridor” del cantante/poeta en un bar del Greenwich Village en los años en que Dylan hacía “ásperas canciones folk servidas con fuego y azufre”, según sus propias palabras.
Pero a medida que los libros, de un modo u otro, llegaban a mis manos, me daba cuenta de que la vida de Dylan sucumbía frente a su obra, monumental y abrasadora. (En mayo de 1981, en una disquería de Rúa das Andradas, en mi querida Porto Alegre, “expropié por amor” el doble álbum de vinilo Selfportrait, de Dylan, en una carísima edición holandesa).

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Este autorretrato producido por el poeta/cantante despertó la ira de un personaje de los setenta, Alan Jones Weberman, quien dedicó muchas noches a revisar el tacho de basura de Dylan para ver si encontraba allí, entre restos de hamburguesas, cajas de cereales, pañales sucios y otros residuos, la explicación de su misterio. (Weberman pasó de ser un fanático de Dylan a ser su archienemigo, como Lex Luthor con Superman. Siempre que pienso en eso recuerdo una frase que me dijo el doctor Jorge Batlle: “Mire, mi amigo, no existe peor fundamentalista que un converso”).
¿Qué cuenta una biografía de Bob Dylan? La vida, probablemente las múltiples vidas de un artista inclasificable, un hombre de una raza, de uno solo, que apareció en los contraculturales años sesenta, bajo un amenazante cielo nuclear y cielos sureños cargados de extrañas frutas (negros del Mississippi colgados por hijos y nietos de Lynch).
Bob Dylan es una creación original de Robert Zimmerman, aunque no está claro si tomó su apellido del poeta Dylan Thomas, porque incluso el propio Bob se ha ocupado de negarlo, al tiempo que reconocía la influencia de su lírica, así como de la escritura de Allen Ginsberg (que aparece junto a él en el film Don’t Look Back, la poesía beatnik y los poetas surrealistas).

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Robert Allen Zimmerman, hijo de Abe y Betty, ambos respetados integrantes de la pequeña comunidad judía de Duluth, Minnesota, nació el 24 de mayo de 1941 y se crió en las colinas de minas de hierro, en Hibbing, al oeste del Lago Superior. Sus abuelos paternos fueron emigrantes judíos de Odessa, actual Ucrania, que huyeron a Estados Unidos por causa de los pogromos y la violencia racista. Los abuelos maternos, judíos de Lituania, habían llegado a América un poco antes que los Zimmerman, escapando del fuego de infiernos similares.
En 1946 nació David Zimmerman, el único hermano de Bob. Un año después, toda la familia se trasladó a Hibbing, una pequeña ciudad minera cerca de la natal Duluth, también dentro del estado de Minnesota, cercana a la frontera con Canadá.
La familia vivía de la pequeña casa de electrodomésticos regenteada por el padre de Bob, y él comenzó a interesarse muy tempranamente por la música. Precozmente escuchaba en las radios discos de blues y de los cantantes country de los años cincuenta, hasta que a los trece años, en su Bar Mitzvah, recibió una guitarra de regalo. Esto fue casi un sismo en la vida de aquel adolescente, en una ciudad tan dura y asfixiante como las minas cercanas, destino inevitable de muchos muchachos de su calle y de su generación.
El otro elemento inspirador, en una ciudad donde nunca pasaba nada, fue la amistad con Echo Helstrom, una linda muchachita que resultó el primer amor juvenil de Bob Dylan. Esta muchacha, de singular belleza, de largo cabello rubio y ojos azules, una suerte de Brigitte Bardot de Minnesota, fue la fuerza y el motor para escapar de la mediocre realidad de Hibbing en dirección a Nueva York, donde una época de parto se hacía visible en las calles.

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Del frío Nueva York de 1961 a Los Ángeles caídos de sus 75 años

En 1959, cuando Fidel Castro ya se había instalado en La Habana, el todavía Robert Zimmerman se trasladaba a Minneapolis para matricularse en la universidad. En una clase de anatomía no pudo soportar la vivisección de un conejo y abandonó la facultad por la carretera.
Durante una época inicial, su interés estuvo centrado en el rock and roll. Él mismo manifestó que entonces quería ser tan grande como Elvis. En un proceso cada vez más inclinado hacia lo que el poeta Washington Benavides define como “canción de texto”, Dylan fue inclinándose por la música folk, que era una cosa más seria, que expresaba sentimientos y pensamientos sobre una época dramática y agitada. “Las canciones estaban llenas de tristeza, de triunfo, de fe en lo sobrenatural, y tenían sentimientos más profundos”.
La influyente Echo Helstrom, su noviecita juvenil, parece que fue la que sugirió el nombre “Bob Dillon” que acabó siendo Bob Dylan. Con ese nombre llegó un frío invierno de 1961 a Nueva York. “Llegué en lo más crudo del invierno. Hacía un frío brutal y todas las arterias de la ciudad estaban recubiertas de nieve, pero yo había salido del norte glacial, de un rincón de la tierra donde los bosques gélidos y las carreteras heladas eran moneda corriente. Podía superar las limitaciones. No iba en busca de dinero ni de amor. Me sentía extremadamente despierto, iba a la mía, era un tipo poco práctico y, para colmo, un visionario”.

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La leyenda dice que lo primero que hizo Dylan al llegar fue visitar a quien consideraría “su último héroe”, Woody Guthrie, un prolífico e influyente cantor folk identificado con los mineros, los pobres y los oprimidos. Woody estaba en la última fase de la enfermedad de Huntington, una rara patología neurológica, hereditaria y degenerativa. Dylan lo visitó en el Greystone Park Psychiatric Hospital y en los ratos de lucidez de Guthrie, aquel desgreñado muchacho cantaba para él sus versiones de canciones folk conocidas y sus propias creaciones, especialmente una que tituló ‘Song for Woody’:

“Eh, eh, Woody Guthrie,
te he escrito una canción
sobre un divertido viejo mundo
que va dando vueltas,
que parece enfermo y está hambriento,
cansado y roto,
que parece como muriéndose
y apenas ha nacido”.

Las letras de Dylan incorporan una variedad de temas sociales, políticos, filosóficos y literarios que desafiaron a la música pop-rock convencional existente y apelaron generalmente a la contracultura emergente en la época. Influido por Guthrie, Robert Johnson (el blusero que vendió su alma al diablo), Hank Williams y Cisco Huston, Dylan amplió y personalizó los géneros musicales a lo largo de más de cinco décadas de carrera musical.
En apenas cuatro años desde su llegada a Nueva York, Dylan grabó varios discos, se erigió como rey del folk junto a la reina Joan Baez y revolucionaría la música pop y rock, volviéndose un referente para ascendentes bandas como The Beatles, The Rolling Stones y The Byrds. La discografía consta de 37 álbumes de estudio, diez en vivo, catorce álbumes recopilatorios y cerca de setenta discos simples de vinilo. En aquella época, Dylan era uno de los artistas más pirateados, por lo que existen numerosos discos no contabilizados en su discografía oficial. Hoy en día, en plena era digital, en cada presentación de Bob Dylan aparecen nuevos registros piratas, muchos de ellos con una más que aceptable calidad de sonido. Entre 2014 y el presente año, Bob Dylan publicó sus dos últimos discos de estudio, Shadows in the Night y Fallen Angels, que contienen sus versiones, muy dylanianas, de canciones escritas por distintos autores, Johnny Mercer, Harold Arlen, Sammy Cahn y Carolyn Leigh, entre 1923 y 1963, algunas de ellas grabadas por Frank Sinatra.

Maese Dylan, una vez más en el camino

Un académico sueco cataloga a Dylan de “maleducado y descortés”. Un joven periodista montevideano coloca un trozo de una canción ligera de Dylan, una de las mil que compuso, y se pregunta: “¿A esto le dieron un Nobel?”. Claro está, no ha escuchado nunca obras como ‘Desolation row’, ‘It’s a hard rain gonna fall’ o ‘Tangled blue’, tan densas y con fuerza de knock out como los puños del gran Muhammad Alí.
Bob Dylan, con setenta y cinco años, es más joven que el día que acaba de nacer e ilumina la habitación en la que escribo esta nota.
Un entrañable amigo, tan dylaniano como un servidor, me dice: “No podemos esperar que Dylan piense con nuestras cabezas o tome decisiones como las que tomaríamos. Dylan es Dylan”. No podemos saber entonces qué hará seguidamente. Es posible que en la carretera, que nunca ha abandonado, vuelva a recordarnos que lo único que ha querido en esta vida es ser él mismo. Y que no tiene ninguna otra respuesta para darnos, porque las que esperamos siguen soplando en el viento.
_
Dedico esta a nota a mi hijo Miguel, que algún día heredará mis discos de Bob Dylan.

 

[Fuente: http://www.revistadossier.com.uy]

L’any 1949, un Leonard Cohen de quinze anys va entrar en una llibreria de segona mà, va agafar un llibre de Federico García Lorca i se’n va enamorar. “Va ser el primer poeta que em va convidar a viure en el seu món”, va explicar el cantant. La connexió va ser tan gran que la primera filla de Cohen es diu Lorca. Lorca Cohen: un nom que resumeix una admiració. El 1986, Leonard Cohen va adaptar a l’anglès el poema Pequeño vals vienés, del poemari Poeta en Nueva York. Vet aquí el resultat.

 

Pequeño vals vienés

En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.

Este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.

Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.

En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados.
Hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.

Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals del “Te quiero siempre”.

En Viena bailaré contigo
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orilla tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.


Versió en anglès de Leonard Cohen:

Now in Vienna there are ten pretty women
There’s a shoulder where Death comes to cry
There’s a lobby with nine hundred windows
There’s a tree where the doves go to die
There’s a piece that was torn from the morning,
And it hangs in the Gallery of Frost

Take this waltz, take this waltz
Take this waltz with the clamp on its jaws
I want you, I want you, I want you
On a chair with a dead magazine
In the cave at the tip of the lilly,
In some hallway where love’s never been
On a bed where the moon has been sweating,
In a cry filled with footsteps and sand

Take this waltz, take this waltz
Take its broken waist in your hand

This waltz, this waltz, this waltz, this waltz
With its very own breath of brandy and Death
Dragging its tail in the sea

There’s a concert hall in Vienna
Where your mouth had a thousand reviews
There’s a bar where the boys have stopped talking
They’ve been sentenced to death by the blues
Ah, but who is it climbs to your picture
With a garland of freshly cut tears?

Take this waltz, take this waltz
Take this waltz, it’s been dying for years

There’s an attic where children are playing,
Where I’ve got to lie down with you soon,
In a dream of Hungarian lanterns,
In the mist of some sweet afternoon
And I’ll see what you’ve chained to your sorrow,
All your sheep and your lillies of snow

Take this waltz, take this waltz
With its “I’ll never forget you, you know!”

This waltz, this waltz, this waltz, this waltz
With its very own breath of brandy and Death
Dragging its tail in the sea

And I’ll dance with you in Vienna
I’ll be wearing a river’s disguise
The hyacinth wild on my shoulder,
My mouth on the dew of your thighs
And I’ll bury my soul in a scrapbook,
With the photographs there, and the moss
And I’ll yield to the flood of your beauty
My cheap violin and my cross
And you’ll carry me down on your dancing
To the pools that you lift on your wrist
O my love, o my love
Take this waltz, take this waltz
It’s yours now. It’s all that there is

 

 

[Font: http://www.catorze.cat]

El artista rioplatense que murió joven, a los 39 años, fue admirado en vida por gran parte de sus colegas y algunos historiadores lo catalogan ya no como un vanguardista más sino como “el” vanguardista por definición: mientras que mantuvo una estrecha amistad con su compatriota Joaquín Torres García, imaginaba escenografías para Federico García Lorca y sorprendía con su arte a Luis Buñuel, Salvador Dalí y a Joan Miró.

“Rafael Barradas. Hombre flecha”, la exposición con la que el museo celebra veinte años de su fundación.

“Rafael Barradas. Hombre flecha”, la exposición con la que el museo celebra veinte años de su fundación.

Escrito por Mercedes Ezquiaga

En el marco del aniversario por los veinte años del Malba, el museo presenta desde mañana una exposición antológica dedicada al artista uruguayo Rafael Barradas (1890-1929), un pionero de la vanguardia internacional, que reúne más de 130 obras, entre óleos, acuarelas y obras sobre papel, provenientes de la Colección del Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) de Montevideo y realizados durante su estadía en Barcelona y Madrid.

Este rioplatense que murió joven, a los 39 años, fue admirado en vida por gran parte de sus colegas y algunos historiadores lo catalogan ya no como un vanguardista más sino como “el” vanguardista por definición: mientras que mantuvo una estrecha amistad con su compatriota Joaquín Torres García, imaginaba escenografías para Federico García Lorca y sorprendía con su arte a Luis Buñuel, Salvador Dalí y a Joan Miró. Frecuentó tertulias artísticas donde conoció a poetas, críticos y artistas, como los hermanos Borges, Norah y Jorge Luis.

La muestra recorta un fragmento particular de la vida y obra de Barradas, a sus 23 años, cuando comienza su periplo europeo -París, Madrid, Zaragoza, Barcelona, Génova, Milán- y donde desarrolla, justamente, su etapa vanguardista, “siempre con una visión latinoamericanista, en este caso, rioplatense”, explica el curador Enrique Aguerre, director del Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) de Uruguay, de donde provienen gran parte de las obras. En la recorrida para prensa participaron también Eduardo Costantini (fundador del Malba) , Teresa Bulgheroni, actual presidenta, y el embajador de Uruguay en Argentina, Carlos Enciso.

“Barradas es un pintor del presente: tiene una vigencia brutal”, dice el curador, durante la recorrida por las salas de iluminación tenue, y agrega: “Es el artista que retrata la transición a la ciudad moderna, y los hombres y mujeres que la habitan, el movimiento de las masas, la metrópolis”.

La muestra se organiza en cuatro núcleos, en un arco temporal que va de 1913 a 1923.

La muestra se organiza en cuatro núcleos, en un arco temporal que va de 1913 a 1923.

La muestra se organiza en cuatro núcleos, en un arco temporal que va de 1913 a 1923, años en los que Barradas presentó en Barcelona y Madrid las bases de su concepción estética: el vibracionismo, un “ismo” puramente personal, en el que el artista descompone las escenas geométricamente para plasmar el dinamismo de la ciudad moderna, siguiendo las direcciones del cubismo y del futurismo, a través de colores y un lenguaje pictórico propio.

“Ahí hay un tema de síntesis de ritmos visuales. El ya no retrata sino que crea en la pintura hasta la traducción de ideas de la ciudad, tiene movimiento, olores, sonidos, ritmo, que es difícil traducir a una tela. Él es un hombre flecha, con la importancia de tener un blanco, porque sin blanco la flecha no es flecha. Sin blancos no hay un objetivo”, dice Aguerre en diálogo con Télam.

Es que el título de la exhibición « Hombre flecha » surge de una carta que le escribe Barradas a su amigo Joaquín Torres García en la cual reflexiona sobre los procesos creativos de ambos y en referencia también al artista Pedro Figari: “Pasa, con Figari, lo que pasa con nuestras cosas. Pasa lo único que tiene que pasar. Es hombre camino, como nosotros. Hombre flecha, flecha que va a un blanco. Aunque no se dé en el blanco, ya es importante -tal vez lo único- tener blanco. Una flecha sin blanco no es flecha; es el caso de muchos hombres », rezaba la misiva.

El artista -que a la par, se desempeñaba como dibujante en diferentes medios gráficos- mostraba en aquel entonces un nuevo modo de ver la realidad de las bullentes ciudades que crecían desmesuradas, al impulso de la industrialización.

Cuando llega en 1913 a Europa (un lugar clave para la emergencia vanguardista), Barradas se entusiasmó especialmente con el futurismo proclamado por el poeta Filippo Tommaso Marinetti; hacia fines de ese año visitó París y retrata en sus pinturas la noche parisina y su bohemia, pero el año clave en su carrera es 1917, cuando comenzó a producir obra de manera prolífica, cuyo tema central era la ciudad y sus protagonistas: las máquinas, los nuevos medios de transporte como el tranvía eléctrico y los automóviles; la luz artificial en las marquesinas de neón, y los lugares de reunión como cines, teatros y café.

Obras como “Violinista”, “Jugadores de naipes”, “El circo más lindo del mundo” o “Quiosco de canaletas”, expuestas en la sala, dan cuenta del vibracionismo, movimiento que implicaba simultaneidad de formas geometrizadas sin jerarquización y el uso de colores planos que traducen el movimiento y la aceleración del tiempo

La muestra se podrá visitar hasta el 14 de febrero de 2022 en el Malba.

La muestra se podrá visitar hasta el 14 de febrero de 2022 en el Malba.

La exposición también presenta una selección de obras de Joaquín Torres-García, en diálogo con la producción de Barradas, para recrear el vínculo estrecho de estos dos referentes de la modernidad latinoamericana. Tres obras de la exposición, realizada en las Galerías Layetanas de Barcelona en 1918, se exhiben juntas después de mucho tiempo.

Además, la curaduría abordará la relación entre Rafael Barradas y su hermana Carmen Barradas (Montevideo, 1888-1963), destacada compositora y pianista, que -en pie de igualdad- interactuaba creativamente con su hermano. Sus piezas musicales fueron verdaderos disparadores para la producción de Rafael Barradas y testimonio del fecundo intercambio artístico entre ambos, que se verá en sala a través de documentación, partituras y registros musicales.

Un dato curioso en la vida de Barradas: junto con su familia se involucró en varios proyectos comerciales -además de sus actividades editoriales- como fue en un momento la fabricación de juguetes. Junto con sus hermanas producían las famosas muñecas de cartón o tela llamada “peponas” en España, que el artista convirtió, además, en motivo pictórico.

En 1923 contrajo tuberculosis. En 1928 regresó a Montevideo donde murió a sus 39 años a comienzos de 1929.

“Rafael Barradas. Hombre flecha”, la exposición con la que el museo celebra veinte años de su fundación -el 21 de septiembre de 2001- se podrá visitar desde mañana hasta el 14 de febrero de 2022 en el Malba, Avenida Figueroa Alcorta 3415 , de miércoles a lunes de 12 a 20, con reserva previa de las entradas online, en la web http://www.malba.org.ar. Entrada general: 400 pesos. Miércoles: $200.

 

[Fuente: http://www.telam.com.ar]

El Malba celebrará en septiembre su 20° aniversario con una exposición antológica dedicada al pintor y dibujante uruguayo, descendiente de españoles, que vivió entre dos continentes

Quiosco de Canaletas, 1918, Colección Malba

Escrito por Celina Chatruc

Dulces, té, café y “vino malo de dos pesetas la botella”. Eso ofreció Federico García Lorca a los amigos reunidos en su habitación de la Residencia de Estudiantes de Madrid, en 1921. “El inconmensurable Barradas hizo dibujos de la escuela simultaneísta que acaba de nacer”, contó a su familia el poeta granadino en una carta. Se refería a Rafael, artista uruguayo que había diseñado el vestuario de su primera obra de teatro y era habitué de tertulias con Salvador Dalí, Luis Buñuel, Ramón Gómez de la Serna, Guillermo de Torre y los hermanos Borges: Norah y Jorge Luis.

El circo más lindo del mundo, 1918, Colección Malba

Casi una década antes, cuando se disponía a cruzar el Atlántico tras iniciar su carrera con caricaturas e ilustraciones, el pintor y dibujante descendiente de españoles había tenido menos suerte con la crítica. “Dentro del arte caben todas las manifestaciones siempre y cuando sean estéticas. Ahí no hay nada de eso. Solo cuatro trazos a brocha gorda: una monstruosidad”, escribió Gerónimo Colombo en La democracia de Montevideo sobre Los emigrantes, pintura que recreaba el movimiento en el puerto rioplatense.

La Catalana tren de caballos, 1918, Coleección MNAV

El tiempo demostraría lo contrario. Desde el 21 de septiembre, el Malba celebrará su 20° aniversario con la exposición antológica Rafael Barradas: hombre flecha, que reunirá más de 130 obras provenientes de la Colección del Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV), junto a una selección de importantes préstamos de colecciones privadas y públicas de Montevideo y de Buenos Aires. Se centrará en el período de 1913 a 1923, cuando el artista residió en Barcelona y Madrid, e incluirá obras de Joaquín Torres-García para mostrar “el estrecho vínculo entre estos dos referentes de la modernidad latinoamericana”. Además de ser amigos y exponer juntos, ambos intercambiaron opiniones sobre el vibracionismo, movimiento creado por Barradas y asociado con el cubismo y el futurismo.

Naturaleza muerta con carta de Torres García, 1919, Colección MNAV

Este último escribe, en una carta de 1919: “Torres […] hace cosa de cuatro o cinco meses, un día, estando VIENDO en un café, pasó un batallón, es decir, unos sonidos de trompas y tambores y unas campanas de tranvías. Simultáneamente sonaba un piano en el café, pero que quedaba fuera del café. VIBRABAN todas las cosas, que en realidad no lo son. YO VIBRABA de tal manera que CREABA las COSAS”.

Zíngaras, 1919, Colección MNAV

Y de otra de 1926, donde reflexiona sobre los procesos creativos de ambos, surge el título de la muestra del Malba: “Pasa, con [Pedro] Figari, lo que pasa con nuestras cosas. Pasa lo único que tiene que pasar. Es hombre camino, como nosotros. Hombre flecha, flecha que va a un blanco. Aunque no se dé en el blanco, ya es importante –tal vez lo único– tener blanco. Una flecha sin blanco no es flecha; es el caso de muchos hombres”.

 

[Fuente: http://www.lanacion.com.ar]

A primeira representación do Centro Dramático Galego, ‘Woyceck’

Escrito por Diego Giráldez

Belmondo contaba que, cando era cativo, roubaba o leite que o repartidor deixaba ao carón das portas das vivendas dos veciños. Nada heroico para un tipo duro, pero fixo de beber leite de balde unha rutina. Estrañábase sobre todo da actitude dos donos dunha casa en concreto. Non parecía importarlles que as súas botellas de leite desaparecesen a diario. Pero un día coincidiu con eles na porta. Eran Simone de Beauvoir e Jean-Paul Sartre. Belmondo deixou de roubar o leite desa casa. Porque ninguén respecta máis a súa propia cultura ca un francés.

A despedida a Belmondo nos Inválidos de París, con esa posta en escena, a ovación definitiva e o Chi Mai de Morricone incrustándose entre as fendas do adoquinado, fíxome pensar en todos os nosos artistas mortos. Nos transcendentes e nos semiocultos. Nos protagonistas multimillonarios e, sobre todo, nos desafiuzados. Os que agonizan espertos nunha residencia de anciáns ou trala cristaleira dunha cafetería barata, tomando un vaso de auga, ao fondo. Non hai peor morte para un artista que tornarse irrecoñecible.

Aquí, un día, pásanos por diante a nova da súa morte, tentamos lembrar en que momento nos fixo feliz e deixamos que o lique cubra o seu legado.

Aquí, as despedidas nacionais aos artistas resólvense nun chío do presidente redactado por un asesor. Unha publicación que se fai só no caso de que o morto sexa realmente transcendente e consiga situarse entre os trending topic matinais. Só cando iso acontece, un asesor mira a outro e dille: “Pon aí en Google, a ver”. E cun “grazas por todo”, despiden oficialmente a actrices e músicos, escritores (un escritor é un artista ata que a súa obra se empeña en demostrar o contrario) e algún que outro director de cine. Con moita sorte, a algún pintor substancial.

Celebramos centenarios, claro que si. Celebramos centenarios estupendos. Nos centenarios de algo -dunha morte, dun nacemento, dunha liña- esgotamos a partida orzamentaria de Cultura. Incluso citamos ao homenaxeado dende as bancadas parlamentarias mentres o resto de deputados da mesma cor asinten coa testa, como imbéciles. Aínda que en todo ese parlamento ninguén entenda a cultura coma un ben común porque non é rendible. Entre a política de non poñela en valor e o esnobismo de entender que está feita só para uns poucos, a cultura sempre vive escalando os picos máis duros.

O discurso de Lorca o día da inauguración da biblioteca do seu pobo, en setembro de 1931, serviría para entender a cultura como bálsamo. Un discurso íntimo e brillante como a fronte limpa do poeta que non tiña libros porque os regalaba todos. “Cando alguén vai ao teatro, a un concerto, e é do seu agrado, lembra decontado e láiase de que as persoas ás que quere non estean alí”. Non existe definición máis linda de cultura e unha mostra de respecto máis contundente polos creadores.

Un respecto polos desvaríos e miserias dos artistas; polo seu dereito a non reivindicar nada. A sobrepasarse nu sobre o escenario. A non ter tendencia. A ir a un casting e perder. A recrearse na ficción sen medo e sen fisuras. Non existe un só colectivo que supere o poder da ficción. Deberiamos reivindicar o respecto polos artistas que comparten algo extraordinario e quedan sacudidos. Pola emoción do talento e tamén por quen o intenta.

Boto de menos as partidas de Trivial nas que poñiamos en orde a nosa cultura xeral. Porque hoxe vivimos en ducias de territorios distintos nos que se sobrevalora o intranscendente e onde non existe unha soa materia que nos demostre, en serio, que a cultura é liberdade. Por iso paseamos por aí arrastrando as cadeas.

 

[Imaxe: AGADIC – fonte: http://www.praza.gal]

 

Fuente Vaqueros. Calle de la Trinidad, 4. Maison natale de Federico García Lorca

Publié par

(Pour Manuel, mon fils, philosophe et apiculteur…)

Federico García Lorca est né à Fuente Vaqueros, près de Grenade, le 5 juin 1898. Son père, Federico García Rodríguez (1859-1945), est un riche et libéral propriétaire terrien de la très fertile Vega de Granada. Le futur poète passe les onze premières années de son enfance à la campagne dans une zone de longue tradition apicole. En 1906-1907, sa famille s’installe à Asquerosa, petit village tout proche, aujourd’hui appelé Valderrubio, et en 1909 à Grenade en ville (Acera del Darro, 46). Toute sa vie, il fait aussi des séjours dans la maison de campagne familiale, la Huerta de San Vicente. L’ambiance rurale est centrale dans toute son oeuvre.

El canto de la miel

Noviembre de 1918

(Granada)

La miel es la palabra de Cristo,
el oro derretido de su amor.
El más allá del néctar,
la momia de la luz del paraíso.

La colmena es una estrella casta,
pozo de ámbar que alimenta el ritmo
de las abejas. Seno de los campos
tembloroso de aromas y zumbidos.

La miel es la epopeya del amor,
la materialidad de lo infinito.
Alma y sangre doliente de las flores
condensada a través de otro espíritu.

(Así la miel del hombre es la poesía
que mana de su pecho dolorido,
de un panal con la cera del recuerdo
formado por la abeja de lo íntimo)

La miel es la bucólica lejana
del pastor, la dulzaina y el olivo,
hermana de la leche y las bellotas,
reinas supremas del dorado siglo.

La miel es como el sol de la mañana,
tiene toda la gracia del estío
y la frescura vieja del otoño.
Es la hoja marchita y es el trigo.

¡Oh divino licor de la humildad,
sereno como un verso primitivo!

La armonía hecha carne tú eres,
el resumen genial de lo lírico.
En ti duerme la melancolía,
el secreto del beso y del grito.

Dulcísima. Dulce. Este es tu adjetivo.
Dulce como los vientres de las hembras.
Dulce como los ojos de los niños.
Dulce como las sombras de la noche.
Dulce como una voz.
O como un lirio.

Para el que lleva la pena y la lira,
eres sol que ilumina el camino.
Equivales a todas las bellezas,
al color, a la luz, a los sonidos.

¡Oh! Divino licor de la esperanza,
donde a la perfección del equilibrio
llegan alma y materia en unidad
como en la hostia cuerpo y luz de Cristo.

Y el alma superior es de las flores,
¡Oh licor que esas almas has unido!
El que te gusta no sabe que traga
un resumen dorado del lirismo.

Libro de poemas. 1921.

Grenade, Huerta de San Vicente, calle Arabial. Parque García Lorca. Aujourd’hui: Casa-Museo de Federico García Lorca

Le cantique au miel

Novembre 1918

(Grenade)

Le miel est la parole du Christ
L’or fondu de son amour,
L’au-delà du nectar,
La momie de la lumière du paradis.

La ruche est une chaste étoile,
Un puit d’ambre alimenté au rythme
Des abeilles. Le sein des campagnes,
Tremblant d’arômes et de bourdonnements.

Le miel est l’épopée de l’amour,
La matérialité de l’infini,
L’âme et le sang plaintif des fleurs
Condensés à travers un autre esprit.

(Et le miel de l’homme est la poésie
Qui coule de son cœur endolori,
Rayon dont la cire est le souvenir,
Façonnée par l’abeille la plus intime.)

Le miel est la bucolique lointaine
Du pasteur, la flûte et les oliviers,
Le frère du gland et du lait
Qui régnaient en l’âge d’or.

Comme le soleil du matin, le miel
A tout le charme de l’Été
Et la fraîcheur ancienne de l’Automne.
C’est la feuille morte et le blé.

Ô divine liqueur d’humilité
Aussi sereine qu’un vers primitif !

Tu es l’harmonie incarnée
Et la géniale essence du lyrisme.
En toi dort la mélancolie,
Le secret du baiser et du cri.

Ô douceur ! Le doux est ton attribut,
Doux comme le ventre des femmes,
Doux comme les yeux des enfants,
Doux comme l’ombre de la nuit,
Doux comme une voix.
Ou comme un lys.

Soleil qui éclaires les pas
De celui qui porte la peine et la lyre,
Tu équivaux à toutes les beautés,
Á la couleur, à la lumière, à la musique.

Ô divine liqueur de l’espérance
Où l’âme et la matière se marient
Dans un équilibre parfait,
Comme en l’hostie le corps du Christ et sa lumière.

Tu es des fleurs l’achèvement suprême,
Ô liqueur, en qui leurs âmes s’unissent !
Qui te goûte ne sait qu’il absorbe
L’essence dorée du lyrisme.

Poésies I Livre de poèmes Mon village. NRF. Poésie/Gallimard n° 20. 1967. Traduction : André Belamich

Première édition de Libro de poemas. 1921

[Source : http://www.lesvraisvoyageurs.com]

 

Publicado por Isabel Gómez Rivas

I. Las trincheras de la calle Salta

En Buenos Aires, en la esquina de la Avenida de Mayo con Salta, se encuentra el bar Iberia. Ya estaba allí en 1936 y, en algún momento impreciso de aquel año, el local pasó a ser conocido popularmente por el apellido del general José Miajaporque en él acostumbraban a reunirse en tertulia grupos de emigrantes españoles defensores de la legalidad republicana. El establecimiento, a poco más de una manzana de la redacción del diario Crítica, parecía situado muy a propósito para no perder de vista las pizarras que el periódico sacaba a la acera con las últimas noticias sobre la marcha de la guerra que se estaba librando en España. No menos pendiente de las breaking news de tiza estaría la clientela habitual del bar de enfrente, el Español, también compuesta de emigrantes, pero cuyas simpatías políticas explican que el café terminara por hacerse merecedor del apelativo «Junta de Burgos». Hoy, su lugar lo ocupa una sucursal bancaria. Es el tipo de sustituciones con las que se entretiene el paso del tiempo, que, sin embargo, se ha revelado incapaz de borrar la memoria porteña de las fenomenales trifulcas en las que se enzarzaron, en más de una ocasión, los atrincherados en cada uno de los costados de la angosta franja que dibujaba la calle Salta.

Quizás el recuerdo de aquellas escaramuzas no se haya disipado porque condensa eficazmente la agitación beligerante con la que importantísima colonia de emigrantes españoles vivió los años de la guerra y que terminó por contagiarse a la ciudad de Buenos Aires y al país entero, inmediatamente impelido a tomar partido. El tejido societario de la emigración se movilizó desde primera hora y las muestras de solidaridad con uno u otro bando, así como las iniciativas de auxilio material y económico, no hicieron más que multiplicarse con el paso de los meses. La sensación era de que la guerra, de alguna manera, también se libraba en Argentina. Sí, había que ganar la calle Salta.

II. Con un cigarrillo Leal en los labios

Tal vez fuese allí, en una de las orillas de la calle Salta, donde se concibió uno de los proyectos de auxilio a la República más insólitos de cuantos se pusieron en marcha por entonces: la creación de la marca de cigarrillos Leales. La conjetura no parece muy aventurada, dada la coincidencia del nombre comercial del tabaco con el de una de las peñas que solían darse cita en el Iberia; y porque, además, muchos de los miembros de aquella tertulia estaban vinculados a la entidad que se encargaría de llevar a la práctica la idea, la Federación de Sociedades Gallegas.

En octubre de 1938 se establecen los primeros contactos con manufacturas tabacaleras y, en enero del año siguiente, tras formalizar un contrato con la compañía bonaerense ECICA, salen a la venta las primeras cajetillas. Su comercialización fue precedida por una potente campaña publicitaria. Cartelería, folletos y anuncios a toda plana en Galicia, el periódico que servía de órgano de expresión a la Federación, informaban sobre el porcentaje que se destinaba a ayuda al ejército republicano por la venta de cada paquete de cigarrillos. Con tipografía chillona, los lemas apelaban al «amigo fumador», al «antifascista» y a «todos los hombres de ideas democráticas de la República Argentina»: «Para ser leal hay que fumar Leales». «Con un cigarrillo Leal en los labios, se impone la colectividad gallega en la República Argentina. Con un cigarrillo Leal en los labios, avanzan confiados los hombres libres del mundo». «Tu conciencia te prohíbe proteger a los que mandan dinero para matar a tus compañeros. Fuma Leales y con ello matas dos pájaros de un solo tiro: fumas buen tabaco y ayudas a España».

El balance sobre las ventas de los tres primeros meses de la iniciativa resultó ser desalentador: una vez deducidos los gastos, se había logrado reunir una suma muy modesta, apenas unos dos mil pesos. Un informe elaborado en el seno de la propia Federación de Sociedades atribuía el escaso éxito del proyecto a la «ola de desaliento y desmoralización» que cundió entre los consumidores en las últimas semanas de la guerra. No iba a servir de nada la campaña lanzada tras la victoria franquista que exhortaba a fumar Leales para sostener la ayuda a los exiliados, para «contribuir a mitigar los dolores de tanta gente, que, en los campos de concentración de Francia, purga el horrible “delito” de defender la dignidad de todos nosotros». Al resultar imposible vender la importante partida de cigarrillos almacenada, las cajetillas de los últimos Leales terminaron siendo donadas, entre otros, a los exiliados republicanos que empezaron en el puerto de Buenos Aires.

III. Volutas y círculos 

Se llama composición anular a aquella forma narrativa que parece desviarse del argumento principal en una serie de interminables digresiones. En realidad, el relato está viajando en círculo, para regresar, finalmente, al momento en que pareció extraviarse. Es la técnica de toda una tradición cuyos primeros ejemplos se encuentran en la literatura griega clásica, en la Odisea, por ejemplo. Daniel Mendelsohn en su último libro, hermosísimo, Three Rings: A Tale of Exile, Narrative, and Fate (University of Virginia Press, 2020), sugiere que quizás los temas homéricos de la separación del hogar, el desplazamiento y el desarraigo no admitan más que esta estructura narrativa, porque solo ella parece capaz de imitar y recrear las revueltas que retuercen los caminos de la emigración y el exilio… antes de cerrar el círculo.

A los exiliados gallegos que se instalaron en Buenos Aires a partir de 1939 no se les escapó la perfecta trayectoria circular de su odisea. No se trataba solo de la acusada consciencia que tuvieron de emprender la misma ruta que tantísimos otros emigrantes habían transitado desde la segunda mitad del siglo XIX y de pasar a formar parte, así, de la dolorosa historia colectiva de una estirpe condenada a la expatriación. Además, en no pocos casos, ellos mismos habían sido, antes que exiliados, emigrantes; o eran hijos de emigrantes, como Luis Seoane, que había nacido en la capital porteña, o Castelao, quien siendo niño había acompañado a sus padres en su emigración a Argentina. Aun así, apuntó este último en 1940, quien les conducía en esta ocasión fuera de Galicia era «un hada desconocida». De repente, sus biografías parecían una digresión, un rodeo lleno de avatares que terminaba de nuevo en Buenos Aires. Esta era, también según Castelao, «la metrópolis de la Galicia desterrada»: «Los gallegos suelen decir, por donaire, que Buenos Aires es la ciudad más grande de Galicia porque aquí residen unos trescientos mil gallegos y no tenemos ninguna población que pase de los cien mil. Para los gallegos esta ciudad es como Nueva York para los irlandeses (…) Para cumplir nuestro destierro hemos venido a la ciudad en donde se concentra la inmensa mayoría de nuestros emigrados, y que pasa a ser, por este hecho, la capital indiscutible de la Galicia libre».

En el archivo del actor orensano Fernando Iglesias «Tacholas» se conserva una fotografía de la peña Los LealesÉl mismo aparece entre el grupo, apiñado en torno a un minúsculo velador de la terraza del bar Iberia. La imagen fue tomada por el escritor Eduardo Blanco Amor, quien, en 1915, con diecisiete años, se había instalado en Buenos Aires. ¿Sintió que su estatuto de emigrante había cambiado por el de exiliado? ¿Cuándo? ¿El 19 de agosto de 1936, la fecha en la que fueron asesinados Federico García Lorca y Ánxel Casal, el autor y el editor de Seis poemas galegos, la obra que él había prologado? La foto es del día 20 de febrero de 1938. En ella, nadie sonríe; en todas las caras, el gesto sombrío. En primer plano, alguien sujeta un periódico, sin duda con el detalle de las operaciones militares en la batalla de Teruel que se librara en aquellos días. La imagen no es lo suficientemente nítida para discernir si se trata del diario Crítica, inequívoco defensor de la causa republicana durante la guerra. Solo un poco más tarde, las gestiones de su editor, Natalio Botana, resultarían determinantes para que el gobierno argentino admitiese el desembarco de los exiliados españoles que llegaron a bordo del buque Massilia al puerto de Buenos Aires a principios de noviembre de 1939. Entre el pasaje había un nutrido grupo de periodistas, muchos de ellos antiguos trabajadores de Heraldo de Madrid, a los que Botana ofreció incorporarse a la plantilla del diario, que tenía su redacción en el edificio art decó del número 1333 de la Avenida de Mayo, a tiro de piedra de su confluencia con la calle Salta.

 

[Ilustración: Tau – fuente: http://www.jotdown.es]

António Lobo Antunes, 2010

Publié par CLAUDIOFZA

(merci à Colette Weibel et à Léon-Marc Lévy)

http://www.lacauselitteraire.fr/le-cul-de-judas-antonio-lobo-antunes-par-leon-marc-levy?fbclid=IwAR0cGLIlED3Io_GczgEweASEmFgYWfokCIQG_Crdle2LhMGfHmh_Qo_ezzo

António Lobo Antunes est né le 1 septembre 1942 à Lisbonne, dans le quartier de Benfica. Il est issu d’une famille de la grande bourgeoisie portugaise. Son père était neurologue. Il avait cinq frères. Il fait des études de médecine et participe en tant que médecin militaire à la guerre d’Angola de janvier 1971 à avril 1973. Cette expérience est centrale dans ses trois premiers romans : Mémoire d’éléphant (1979), Le Cul de Judas (1979) et Connaissance de l’enfer (1980). À son retour d’Angola, il se spécialise en psychiatrie. Il exerce à l’hôpital Miguel Lombarda de Lisbonne jusqu’en 1985. Il obtient le prix Camões en 2007. En France, il est publié chez Christian Bourgois et aux Éditions Métailié.

J’ai lu, il y a longtemps, le livre d’entretiens de Maria Luisa Blanco, Conversation avec António Lobo Antunes (Christian Bourgois éditeur, 2004). Je suis allé le rechercher dans ma bibliothèque ainsi que Le cul de Judas.

Quelques citations:

“En ce qui concerne les livres, c’est ceux qui sont les plus simples en apparence qui s’avèrent être les plus difficiles, comme le Quichotte, par exemple. Cervantes est un des écrivains qui me transportent le plus, qui me laissent toujours bouche bée. Sterne, avec son Tristam Shandy, ce roman extraordinaire, est de ceux-là également.” “Les personnages de mes livres me poursuivent, c’est comme si je vivais entouré de fantômes.”

“Les personnages de mes livres me poursuivent, c’est comme si je vivais entouré de fantômes.”

“Quand j’écris, je dois prendre du valium.”

“Je me souviens de l’écrivain Thomas Wolfe : quand il a fait paraître son premier roman, qui était autobiographique, on lui a demandé comment il pouvait présenter ses parents d’une façon aussi brutale. Il a été déconcerté parce qu’il disait qu’à ses yeux c’étaient des gens de valeur, que c’était ce qu’il s’était efforcé de transmettre, et qu’il ne comprenait pas pourquoi les autres l’avaient interprété autrement. Il était réellement déconcerté. C’est un peu la même chose qui se passe pour moi.”

“Pour moi, la guerre a signifié une très grande souffrance, mais elle m’a beaucoup apporté.”

“Vivre, c’est comme écrire, mais sans pouvoir corriger.”

“Dans mon roman Le Cul de Judas, je raconte beaucoup de choses de ma vie en Afrique. je parle d’un missionnaire basque qui s’est présenté en disant : “Je suis basque, et je suis un ami intime de ce salaud de Francisco Franco” et j’ai reproduit la phrase exactement comme il l’avait dite. Il passait son temps à compiler des proverbes et des poèmes oraux qui étaient d’une beauté extraordinaire, et la police politique l’a tué. il appartenait à un ordre missionnaire, et moi j’ai été impressionné, parce que c’était la première fois que j’entendais un curé dire “salaud”. Cet homme était seulement venu pour tenter d’évangéliser les gens de là-bas.”

“Je me sens terriblement orphelin…”

“Je sens que je ne suis de nulle part…”

“…Quand l’inspiration est très abondante, on ne peut pas tout mettre dans un petit récit. Et quand on a lu Tchékhov, Cortázar, Katherine Mansfield, qu’est-ce qu’on peut écrire après avoir lu ce qu’ils ont fait ? Ils ont la concision qu’il me manque.”

“Écrire c’est une drogue dure.”

“…mais le lyrisme ibérique est très difficile à traduire. il est très dionysiaque. Comment traduire Lorca ? et certains poèmes de Machado ? il y a de très bons poètes en langue espagnole. Quevedo, par exemple, saint Jean de la Croix. Quels grand poètes ! Il nous laissent sans voix. Moi, au fond, j’aimerais écrire des romans qui soient comme leurs poèmes.”

“Je continue à aller dans les librairies et à en ressortir chargé de livres parce que j’aime tous les livres, même les mauvais. Je lis tout ce qui est imprimé. C’est une boulimie qui m’a accompagné toute ma vie et qui me tient encore.”

Os Cus de Judas est une phrase toute faite qui pourrait se traduire par quelque chose comme “au diable-vauvert”.

“Le suicide est une présence constante. Je suis conscient qu’il existe en moi une dimension autodestructrice.”

“Moi, au fond, je suis un puritain.”

“Je me rappelle quels ont été les vainqueurs du Tour de France d’il y a très longtemps…les équipes de foot. Je me dis parfois que j’emmagasine des choses inutiles, mais c’est bon pour écrire parce que c’est avec la mémoire qu’on écrit.”

“J’envie énormément les poètes. Si j’étais capable d’écrire comme Lorca… Personne n’écrit de romans comme moi, mais je suis un poète raté. J’aime Salinas, Cernuda , j’aime les poètes solaires, lyriques, dionysiaques…Mais surtout Federico García Lorca; il m’émeut: “Cómo canta la noche, cómo canta…/ qué espesura de anémonas levanta…” Vous croyez qu’on peut mieux écrire ? Je n’ai pas la veine poétique. Pour moi, la vie, c’est ça : “Je t’aime tant que l’air me fait mal, et mon cœur, et mon chapeau… ” C’est si vrai, c’est si fort… Il me semble que Lorca est un poète dont on ne reconnaît pas la valeur. Peut-être parce qu’il est trop connu et que nous, les intellectuels, comme vous le savez, nous sommes plus attirés par des poètes plus nobles, plus hermétiques. Mais il y a chez Lorca une pureté, une force… “Solo el misterio te hace vivir…” J’aurais dû écrire ça, mais je n’ai aucun talent dans ce domaine. Peut-être que les bons romanciers sont des poètes ratés. Je ne sais pas.”

 

[Source : http://www.lesvraisvoyageurs.com]

 

 

Entre 1929 y 1930, el poeta granadino vivió en la Gran Manzana escapando de unas heridas del corazón. Ese período será convertido en una serie por la productora española Buendía Estudios. En rigor, una miniserie de seis horas basada en una idea original del guionista y productor granadino Eduardo Galdo.

Escrito por Pablo Retamal N.

La decisión fue algo forzada, pero no tanto. En su cabeza necesitaba hacer un cambio de aires. Algo así como comenzar de cero, que es un cliché tan manoseado en cualquier relato, pero en esta ocasión no es repetitivo, sino ilustrativo.

Como lo hizo María Luisa Bombal, en 1933, cuando partió a Buenos Aires aprovechando una invitación que le hizo su amigo Pablo Neruda, porque necesitaba sacarse de la cabeza la accidentada y frustrada relación con Eulogio Sánchez, el poeta español Federico García Lorca hizo lo mismo, pocos años antes, en 1929.

Huir del Romancero

Lorca, estaba dolido como solo se puede estarlo con el corazón roto. Había terminado una relación con el escultor Emilio Aladren, pero ese músculo que bombea sangre y amores venía acumulando heridas desde hace un tiempo. Había intentado tener un romance con su amigo, el pintor Salvador Dalí, incluso, le dedicó un libro, en 1926 titulado Oda a Salvador Dalí, pero el hombre de La persistencia de la memoria no le correspondió.

La década del ’20 había sido especialmente fructífera para Lorca, sobre todo porque venía de publicar acaso una de sus obras mayores, el poemario Romancero gitano (1928).

Pero estos años, no fueron fáciles para el oriundo de Granada. “Es en esta época cuando Federico García Lorca vive, según sus palabras, ‘una de las crisis más hondas de mi vida’, a pesar de que sus obras Canciones Primer romancero gitano, publicados en 1927 y 1928 respectivamente, están gozando de gran éxito crítico y popular”, señala August Nemo en su libro Maestros de la Poesía – Federico García Lorca (2020).

El problema es que con Romancero gitano, Lorca comenzó a ser encasillado en algo que no compartía: el costumbrismo, siendo que él se identificaba con la corriente en boga, el surrealismo. “Me va molestando un poco mi mito de gitanería. Los gitanos son un tema. Y nada más. Yo podía ser lo mismo poeta de agujas de coser o de paisajes hidráulicos. Además, el gitanismo me da un tono de incultura, de falta de educación y de poeta salvaje que tú sabes bien no soy. No quiero que me encasillen. Siento que me va echando cadenas”, se refiere el mismo autor en carta a Jorge Guillén, citada en el mencionado libro de Nemo.

Pero lo que más le dolió fueron las críticas al libro que llegaron de una trinchera inesperada: Salvador Dalí y el cineasta Luis Buñuel.

Federico García Lorca
Nueva York y una serie

Literalmente, le pusieron el pasaje en la mano. En la primavera boreal de 1929, fue un amigo, Fernando de los Ríos, quien le propuso a Lorca que le acompañase a la helada ciudad de Nueva York. Este aceptó. Necesitaba dejar atrás tanto dolor. Se embarcaron en el trasatlántico Olympic -un buque similar al Titanic-, y el 26 de junio llegaron a la “Gran manzana”.

Su impresión fue que Estados Unidos era “una civilización sin raíces. [Los ingleses] han levantado casas y casas, pero no han ahondado en la tierra”. Y describió a la ciudad como “de alambre y muerte” y se vio sorprendido por la economía capitalista y el que trato se le daba a los afroamericanos.

Pero Lorca, decidido, no perdió el tiempo, y decidió estudiar inglés en la Universidad de Columbia. Ahí, en las residencias de los estudiantes, escribió Poeta en Nueva York, uno de los fundamentales en su obra.

Ese período en Nueva York será convertido en una serie. La productora española Buendía Estudios, que elaboró Veneno, el éxito de HBO Max, está desarrollando ahora un trabajo audiovisual sobre estos años.

Lorca en Nueva York, una miniserie de seis horas, está basada en una idea original del guionista y productor granadino Eduardo Galdo. Creada y desarrollada por Buendía Estudios y Galdo Media.

“Ahora contamos con amplios argumentos que nos permitirán sacar el proyecto al mercado”, dijo Sonia Martínez, directora editorial de Buendía Estudios, en declaraciones recogidas por el sitio Variety.“ Es bastante especial dados los importantes componentes visuales y musicales de la serie”, agrega.

La serie, actualmente en desarrollo, abordará los años entre 1929 y 1930, es decir, el período previo y el de la llegada a Nueva York del poeta. Como suele ocurrir en la ficción, entrelazará dos historias, la del escritor y una ficticia, la de Elena, una joven estudiante de doctorado de la Granada española, quien viaja por primera vez a Nueva York para terminar un doctorado justamente centrado en el vate.

“Contar la historia de Lorca desde el punto de vista de una mujer trae otro tipo de visión. La investigación de Elena nos permite mostrar lo que realmente le sucedió a Lorca y sugerir cómo, para los recién llegados, no importa cuánto tiempo pase, la ciudad de Nueva York mantiene algunas de las mismas constantes. También hay paralelismos entre lo que sienten Elena y Lorca. Elena dejó el mundo de la música por inseguridad sobre su talento. Descubre cosas sobre su propia sexualidad que no había explorado. Aprende, a través de Lorca, a enfrentarse a la vida”, asegura Sonia Martínez en declaraciones a Variety.

Martínez asegura que el tema de la homosexualidad de Lorca también será retratado: “Por supuesto. Su sexualidad es un tema importante. Una de las razones fundamentales por las que Lorca se fue de España fue que lo abandonó su amante escultor, Emilio Aladren. Pero allí descubre otros tipos de sexo, razas, música, gente del mundo del teatro. Lee a Walt Whitman y de repente experimenta una forma de sentir que no había tenido antes. España en ese momento estaba muy aislada del mundo”.

Federico García Lorca.
Los años siguientes

Un alma inquieta, como la de García Lorca, no duraba mucho tiempo en algún lugar. Quizás siguiendo el patrón de quienes homenajeó en su Romancero. En marzo de 1930 dejó Nueva York para viajar a La Habana, Cuba, donde exploró la cultura y la música de ese país. En junio de 1930, ya estaba en Madrid. La nostalgia por la tierra tiraba, pero además, esos años eran convulsos en la madre patria. Poco después, en 1931, se instauró la Segunda República Española, con Manuel Azaña a la cabeza, el líder natural de la izquierda española de esos tiempos.

Lorca volvió a viajar, ahora a Sudamérica, en 1933, para presentar su afamada obra teatral Bodas de Sangre, en Buenos Aires. Ahí conoció a Pablo Neruda y -como una ironía de destino- a María Luisa Bombal; de hecho, Lorca sería quien le presentaría a su primer marido, Jorge Larco, de quien la autora de La última niebla se separaría poco después.

Al año siguiente volvió a España, donde mantuvo un alto ritmo creativo. “Terminó obras como Yerma, Doña Rosita la soltera, La casa de Bernarda Alba y Llanto por Ignacio Sánchez Mejías; revisó obras como Poeta en Nueva York, Diván del Tamarit y Suites; hizo un viaje a Barcelona para dirigir algunas de sus obras, recitar sus poemas y dar conferencias, visitó Valencia y siguió representando obras con La Barraca; organizó clubes de teatro; etc. También tuvo una gran estadía en Montevideo (Uruguay), donde terminó de escribir un par de obras (posiblemente Yerma) y tuvo contacto con los artistas locales, tales como Juana de Ibarbourou”, apunta en su libro August Nemo.

Todo cambió con el estallido de la guerra civil, en julio de 1936, con el levantamiento conservador ante el gobierno del Frente Popular, liderado por Azaña. La situación se tornaría difícil para Lorca, homosexual e izquierdista. De hecho, las embajadas de Colombia y México le ofrecieron asilo, y él se negó. En marzo de 1936 le había escrito una carta -citada en el mencionado libro de Nemo- al joven Gabriel Zelaya:

“Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más, yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista, abstracta, por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política”.

Su decisión fue inquebrantable y terminó pagándolo con su vida. A las 4.45 de la madrugada del 18 de agosto de 1936, fue fusilado por las fuerzas sublevadas en el camino que va de Víznar a Alfacar, pueblos cercanos a su natal Granada. ¿Qué habrá pensado en su momento final? No lo sabemos, quizás se acordó de ese amigo que años antes lo llevó a Nueva York a conocer el hielo.

[Fuente: http://www.latercera.com]

Coincidindo co octoxésimo quinto aniversario do seu fusilamento, elévase ante o Tribunal Europeo de Dereitos Humanos unha causa que podería impulsar a procura dos seus restos

Federico García Lorca

Escrito por Carlos Portolés

Escribiu Machado, con ollos permeados de amarga bágoa, que ao seu amigo Federico víuselle camiñar entre fusís por unha rúa longa. Oitenta e cinco agostos acumula a morte do poeta, e din que aínda chora a Alhambra. O crime que axitou torrentes de conciencias e secou as plumas coa forza das bágoas, segue vivo porque os restos de Federico aínda non descansan. Os fríos ósos xacen aínda soterrados nalgún recodo dos prados de Granada. Foi dobremente cruel o verdugo, primeiro por liberar a bala, despois por facelo na súa terra amada. A mesma gabia que secuestra os ósos de García, sepulta os restos de tres camaradas, todos mortos na mesma madrugada fría.

Tantas veces posposta a procura que poña nome e apelidos ás briznas de herba que crecen e creceron sobre a terra seca que prensa os ósos duns homes que foron e foron, son moitas as voces que piden pas e picos para remover as pedras e os ríos. Nieves García é a neta de Dióscoro Galindo, un dos tres corpos que colindan en silencio a Federico. Pide sepultura xusta para os que foron mordidos pola morte temperá. Posar ollos sobre os restos rotos do seu avó. Levantar unha lápida onde levarlle flores, lanzar queixumes e tallar o seu nome sobre mármore aberto.

En España, todos os circuítos desta empresa hanse morto. A causa elévase ata o Tribunal Europeo de Dereitos Humanos, que terá que discernir se procede organizar unha nova expedición para localizar ao poeta e os seus socios de sepulcro.

Mentres tanto, un agosto máis, os versos e o recordo choran a Federico. Os guijarros e os montes nazarís gritan de pena, e poñen sobre o vento saloucos de cru e escozor no seu queixume. Hai cinco anos octoxenario é o roubo dos rizos de Federico. Do joyel do seu sorriso. Do seu sentir libre. Da súa copla xitana cantada sen présa. E Hernández segue chovendo sae mentres esparce caveiras. E Neruda aínda quere sacar os seus ollos e comerllos. E Cernuda, o seu amigo, nun recuncho podrece libremente. E Machado colgado segue entre torre e torre, e entre yunque, yunque e yunque de frágualas. Acumula Federico un mar de choros. Está a súa pluma para sempre nunha roca cravada, onde un día houbese letras de prata e ouro.

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

Escrito por XESÚS ALONSO MONTERO

Hai moito tempo que me intereso pola vida e a obra literaria de Juan González del Valle, que foi catedrático de Literatura española, desde 1933, en varios institutos de España. Naceu na Coruña o 9 de outubro de 1898, o ano en que naceu García Lorca, e tivo un final, en 1941, en certo modo semellante. Na Coruña colaborou, antes da guerra, na prestixiosa revista Alfar, e na Coruña publicou o único texto en lingua galega coñecido por min: o limiar dunha antoloxía de poesías de Lamas Carvajal na Biblioteca Escollida de Autores Galegos (1925), colección da que só saíu este número. El foi, sempre, un escritor en castelán, cunha prosa moi literaria, ás veces na liña de Valle-Inclán.

Pouco, moi pouco, se sabía deste escritor, nin entre os estudosos das Letras españolas, nin entre os especialistas no éxodo dos republicanos españois aos campos de exterminio nazi. Nestes días tiven a sorte de ler unha monografía inédita que non tardará en saír do prelo publicada pola Asociación da Recuperación da Memoria Histórica, empeño editorial no que está, entre outras, a man esforzada de Carmen G. Rodeja. A autora, María Torres Celada, hai tempo que investiga con rigor e paixón o capítulo dos deportados galegos aos campos nazis. Titula esta documentadísima monografía Juan González do Val. Un intelectual galego asasinado no castelo de Hartheim.

En efecto, despois de pasar por Mauthausen, foi asasinado na cámara de gas dese castelo o 16 de agosto de 1941: fixo o luns pasado oitenta anos. A investigadora conta o periplo sospeitoso: a fin da Guerra Civil, o paso a Francia; xa na Francia colaboracionista, en Angoulême, apresado polos nazis, e, a partir de aquí, o tren de mercancías que o levaría á xeografía do exterminio con outros 925 españois.

Na Guerra dos Tres Anos publicou ensaios admirables en Nova (sobre Rosalía e Valle) e en Galiza Hora de España (sobre Arturo Souto e a magna Literatura española de Valbuena Prat, unha reseña moi orixinal). De moitos outros textos, noutros anos e lugares, dános precisa noticia bibliográfica María Torres Celada. Cumpriría exhumar algúns deles.

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]