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Fachada de la Real Academia Española, de Wikimedia Commons [1] (CC BY-SA 4.0 [2])

Escrito por Romina Navarro y Violeta Camarasa

La Real Academia Española (RAE), organismo cultural que se dedica a la regulación lingüística del mundo hispanohablante, inauguró el 27 de octubre el portal «Observatorio de palabras» [3], cuyo fin es recoger los términos, expresiones y acepciones que no aparecen en el Diccionario de la Lengua Española (DLE) [4] y que generan dudas.

Para muchas personas, fue una gran sorpresa descubrir que uno de los términos recogidos era el pronombre neutro «elle» [5], definido así:

El pronombre elle es un recurso creado y promovido en determinados ámbitos para aludir a quienes puedan no sentirse identificados con ninguno de los dos géneros tradicionalmente existentes. Su uso no está generalizado ni asentado.

La novedad tuvo repercusión [6] en numerosos [7] medios [8] hispanohablantes [9] y fue analizada desde distintos puntos de vista dentro del ámbito académico [10] y periodístico [11]. Además, hubo reacciones [12] muy diversas en las redes sociales, que iban desde la celebración hasta la indignación.

Mucha gente consideró que este reconocimiento era una señal de que la RAE empezaba a aceptar el nuevo pronombre de tercera persona que se había propuesto como alternativa a «él/ellos» y «ella/ellas», entre otras propuestas lingüísticas [13] que buscaban neutralizar el sexismo manifestado en la lengua [14].

Te puede interesar: Lenguas romances: ¿Se están volviendo más neutras en cuanto al género? [16]

Dado que algunos titulares [17] dieron a entender que se trataba de una presunta aceptación [18] del pronombre dentro de la gramática española, desde la RAE aclararon que la postura de la institución no había cambiado [19], y que su inclusión en el Observatorio no implicaba la aceptación [20] de su uso ni su futura incorporación al diccionario.

Sin embargo, la presencia de «elle» en el Observatorio de palabras solo duró cuatro días.

El 31 de octubre, cuando el debate apenas empezaba a tomar temperatura, la RAE da un paso atrás y retira la entrada [21] del portal «para evitar confusiones», y ahora solo se encuentra un mensaje de error cuando se ingresa al enlace directo [22].

Las reacciones ante este abrupto giro no se hicieron esperar:

Arturo Pérez-Reverte [28] es un prominente escritor y periodista español, académico de la RAE desde 2003, y Mario Vargas Llosa [29] es un escritor y político peruano, también de ciudadanía española, ganador del Nobel de Literatura 2010, entre otros galardones, y académico de la RAE desde 1996.
Tramafat es un término coloquial que alude a un infarto, soponcio o episodio de histeria causado por una sorpresa o conmoción. Se recoge en el Diccionario de Mexicanismos.

Otras lenguas que eligieron pronombre neutro

En América del Norte y el Reino Unido, el pronombre they, que habitualmente se usa para referirse a la tercera persona del plural (ellos/ellas), se empezó a usar con frecuencia para referirse a una tercera persona del singular, ya sea para ocultar intencionalmente su género o cuando la persona no se identifica como masculina o femenina. Su uso se hizo cada vez más común en redes sociales y medios, y un gran número de figuras del espectáculo [34] pidieron que se las aludiera usando el pronombre personal they/them singular. Este nuevo uso suscitó muchos estudios y consultas, hasta que el Diccionario Merriam-Webster incluyó la nueva acepción en la entrada de they [35] y la nombró Palabra del Año [36] en 2019.

En el sueco, idioma de la familia nórdica, existe el pronombre neutro hen como alternativa a han (él) y hon (ella). Fue propuesto primero por las feministas durante la década de los sesenta, y a principios del milenio, también fue apropiado dentro del activismo trans. Dado que el idioma no tiene desinencias de género m. y f. en otras partes del discurso, se hizo más fácil incorporar el nuevo pronombre al habla cotidiana, especialmente entre la gente joven, y a fines de 2015, la Academia Sueca lo agregó [37]al diccionario.

Uno de los pronombres personales neutros más antiguos es el finlandés hän [38], que puede equivaler a «él» o «ella» indistintamente, y que fue la inspiración de las feministas suecas para idear un pronombre neutro en su propia lengua. Este pronombre está registrado en el finés desde 1543.

Cabe destacar que la inclusión de un pronombre personal neutro en una lengua romance [39] como la castellana resulta mucho más engorroso que en los casos antes nombrados, ya que la marca de género gramatical no se limita a los pronombres de tercera persona, sino que también se manifiesta en sustantivos, adjetivos y determinantes, y eso hace muy difícil evitar el género en un discurso fluido. En consecuencia, usar «elle» correctamente implicaría un cambio estructural muy profundo de la gramática que conocemos, cambio que ya se ha propuesto [13].

Toda lengua viva experimenta una evolución constante e imperceptible [40], pero particularmente los cambios morfológicos demoran siglos en asentarse en el habla natural, y la frecuencia de uso es un factor clave para normalizar las nuevas formas. Por eso, desde las agrupaciones feministas y LGTBQ+ se ha buscado promover [41] una forma de comunicación que rompiera con el sexismo, los esquemas binarios tradicionales y, especialmente, la predominancia del masculino.

Por ahora, la RAE dejó en suspenso la valoración de elle en su Observatorio de Palabras, pero en vista de los cambios tan abruptos de estos días, cabe pensar que podría reincorporarla más adelante.

Artículo publicado en Global Voices en Españolhttps://es.globalvoices.org

URL del artículo: https://es.globalvoices.org/2020/11/10/la-real-academia-espanola-y-elle-una-relacion-de-cuatro-dias/

URLs en este posteo:

[1] Wikimedia Commons: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Fachada_de_la_Real_Academia_Espa%C3%B1ola,_RAE.jpg

[2] CC BY-SA 4.0: https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/deed.en

[3] «Observatorio de palabras»: https://www.rae.es/portal-linguistico/observatorio-de-palabras

[4] Diccionario de la Lengua Española (DLE): https://dle.rae.es/

[5] «elle»: https://es.wikipedia.org/wiki/Elle_(pronombre_propuesto)

[6] repercusión: https://www.publico.es/sociedad/rae-incluye-pronombre-elle-observatorio-palabras.html

[7] numerosos: https://www.forbes.com.mx/noticias-rae-incluye-a-elle-en-su-observatorio-de-palabras/

[8] medios: https://culturacolectiva.com/letras/elle-y-otras-palabras-en-el-observatorio-de-palabras-de-la-rae

[9] hispanohablantes: https://larepublica.pe/genero/2020/10/27/rae-incluye-el-pronombre-inclusivo-elle-en-su-observatorio-de-palabras-atmp/

[10] académico: https://www.rionegro.com.ar/que-implica-que-la-rae-estudie-el-uso-del-pronombre-elle-1552051/

[11] periodístico: https://animal.mx/2020/10/rae-elle-observatorio-de-palabras/

[12] reacciones: https://twitter.com/rtvenoticias/status/1321446243877429249

[13] propuestas lingüísticas: https://docs.google.com/document/d/1SriDuhSPz6S0bR-43PgqQdZgZSgTnI3Az2FQmIFBwao/mobilebasic

[14] sexismo manifestado en la lengua: https://www.lavanguardia.com/estilos-de-vida/20140307/54402851720/el-sexismo-que-ocultan-las-palabras.html

[15] October 27, 2020: https://twitter.com/anafornaro/status/1321139319839535104?ref_src=twsrc%5Etfw

[16]  Lenguas romances: ¿Se están volviendo más neutras en cuanto al género?https://es.globalvoices.org/2020/09/11/lenguas-romances-se-estan-volviendo-mas-neutras-en-cuanto-al-genero/

[17] algunos titulares: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/la-rae-analiza-incorporar-al-espanol-pronombre-nid2491498

[18] presunta aceptación: https://www.laizquierdadiario.com/Podria-sumarse-el-pronombre-elle-a-la-Real-Academia-Espanola

[19] postura de la institución no había cambiado: https://www.diariodecultura.com.ar/columna-izquierda/la-rae-no-esta-tratando-el-uso-del-pronombre-elle/

[20] no implicaba la aceptación: https://infocielo.com/rae/aclaro-dudas-la-supuesta-incorporacion-elle-n503055

[21] retira la entrada: https://www.telam.com.ar/notas/202011/530970-real-academia-espanola-retira-elle-de-su-observatorio-confusiones.html

[22] al enlace directo: https://www.rae.es/observatorio-de-palabras/elle

[23] November 1, 2020: https://twitter.com/RAEinforma/status/1322849757358919680?ref_src=twsrc%5Etfw

[24] @RAEinforma: https://twitter.com/RAEinforma?ref_src=twsrc%5Etfw

[25] https://t.co/qXDfNChXfF: https://t.co/qXDfNChXfF

[26] pic.twitter.com/mjxttLbzKy: https://t.co/mjxttLbzKy

[27] October 30, 2020: https://twitter.com/apchavira/status/1322026378494050305?ref_src=twsrc%5Etfw

[28] Arturo Pérez-Reverte: https://es.wikipedia.org/wiki/Arturo_P%C3%A9rez-Reverte

[29] Mario Vargas Llosa: https://es.wikipedia.org/wiki/Mario_Vargas_Llosa

[30] October 31, 2020: https://twitter.com/TresPuntos_es/status/1322567952034660352?ref_src=twsrc%5Etfw

[31] pic.twitter.com/Sf9oa9CQUF: https://t.co/Sf9oa9CQUF

[32] November 2, 2020: https://twitter.com/LunaPerezAbela/status/1323215676350304265?ref_src=twsrc%5Etfw

[33] October 30, 2020: https://twitter.com/GirasolSofi/status/1322157088240553984?ref_src=twsrc%5Etfw

[34] figuras del espectáculo: https://euforia.org.es/pronombre-neutro-como-usarlo-correctamente-y-por-que-es-importante/

[35] entrada de theyhttps://www.merriam-webster.com/dictionary/they

[36] Palabra del Año: https://www.merriam-webster.com/words-at-play/word-of-the-year/they

[37] lo agregó : https://culturesconnection.com/es/hen-nuevo-pronombre-suecia/

[38] finlandés hänhttps://finland.fi/es/vida-y-sociedad/han-el-pronombre-finlandes-de-la-igualdad/

[39] lengua romance: https://es.wikipedia.org/wiki/Lenguas_romances

[40] evolución constante e imperceptible: https://es.wikipedia.org/wiki/Cambio_ling%C3%BC%C3%ADstico

[41] promover: https://tribunafeminista.elplural.com/2019/12/lenguaje-inclusivo/

Escrito por Lois Alcayde Dans

A fin dunha democracia non é ser unha democracia triste. A normalización da tristeza, das luces omnipresentes dos coches de policía ou da violencia nas rúas non poden ser aquilo ao que aspire unha democracia que se considere plena. Nunha democracia triste sería lóxico, entón, que un dos seus poderes -neste caso, o xudicial- tomase cartas no asunto para meter en prisión a un home que, xunto con outros delitos, se lle engade un delito de inxurias á Coroa. A frase “inxurias á Coroa” ben pode incluírse nunha democracia triste que teme o poder do pequeno contra o grande. Non deixa de ser un paradoxo que a lei, que na súa vocación está para garantir a equidade, para protexer ao pequeno do grande e garantir igualdade, cubra ao poderoso cun escudo oficial. O sentido social da lei non era socializar o medo e privatizar a expresión só para aqueles que teñan cartos para selo permitir. A mesma democracia triste que precisa pedir silencio á crítica ás institucións e apoio continúo e protección dos que deberían ser protexidos aos protectores, da cidadanía á policía e non ao revés. Unha inverosimilitude. Pero insisto, serían cousas dunha democracia triste. Non creo que a nosa democracia deba ser triste, creo que a nosa democracia debe ser perfectible.

Democracia perfectible: Aquela que recoñece que a democracia que se mira ao espello e se ve perfecta é unha hipocrisía. A democracia que é autocrítica, que sabe que pode mellorar, que é xenerosa e escoita tampouco será perfecta pero será honesta.

Ningunha democracia pode considerarse plena ao igual que ningunha persoa pode considerarse perfecta. O que ideamos como perfecto como grupo cambia os seus estándares ao longo dos anos, é o paso do tempo o que afasta ese concepto de nós, do presente, para poñelo nun futuro máis próspero, mellor e máis feliz. Pásanos como individuos e pásanos como sociedade. O que era o modelo ideal de sociedade nos anos dez do século pasado ampliouse e elevouse a máis altas cotas de dignidade e utopía nos nosos días grazas ao traballo, pensamento e logros de xeracións de traballadoras e traballadores. É absurdo, entón, escoitar ás máis altas dignidades do Estado poñer na súa boca e fachendar dunha democracia plena que arribou ao Edén do paraíso político terreal, dende o presidente do Goberno -“somos a esquerda que cre que o paraíso está na terra”, estivo ben aí Iván Redondo- ata a ministra de Defensa. Mil palabras de declaracións e faladoiros non poden agochar a evidencia de que nos queda moito por avanzar, de que aquel que considere que a perfección está alcanzada está errado, xa que evidenciará que leva moito tempo na longa decadencia do que durme plácido nos loureiros da inopia.

Non podo concibir nos nosos días unha democracia triste que se di plena e normaliza as cargas, a violencia sistemática e o estado de excepción na rúa. Non podo concibir unha democracia triste que responsabiliza a unha mocidade indignada das consecuencias desa indignación. Cantas veces se repetirá nos medios de comunicación que a violencia non é o camiño? Iso xa o sabemos. Non precisamos máis altofalantes mediáticos que nos repitan dende o púlpito anoxado que o xentío alborotado con lapas na man e pedras tiradas aos escaparates son propostas de futuro. Claro que queimar unha papeleira ou saquear unha tenda non son propostas de futuro, non son un modelo a elixir, non son algo sobre o que construír dignidade, mais son un síntoma da falta dun proxecto público que vehicule de xeito pacífico e político o anterior. Non é o debate ese. Deberíamos falar do que hai detrás da pancarta, máis aló de Hasél. Falar da indignación, das sucesivas crises económicas que mallan nas mesmas persoas, da falta de decoro no cumio do Estado. Unha democracia triste é tamén aquela que teme a caída da xefatura do Estado por un inoportuno rótulo na televisión pública que noutros lugares sería considerado polos máis simpáticos como unha broma, polos máis serios como unha falta de seriedade no traballo xornalístico, mais non como unha afronta ao Estado ou un intento de manipulación. O medo dunha democracia triste amósase cando o león non só quere comer a mosca, senón que a mata a canonazos.

Deberíamos ser, entón, unha democracia perfectible. Mais vivimos na (re)evolución do desastre do 98. 1898. Un grande imperio con barcos afundidos. Un sistema con costuras dadas de si que presume de alta costura democrática. A indignación pola violencia non pode invisibilizar no debate público a necesidade de reforma e dignidade. Falamos da indignidade dunha papeleira queimada e dun escaparate roto e non falamos dos cristais rotos da nosa propia democracia. Ensinamos no debates pola televisión un mar de dous centímetros de profundidade. O venres 19 de febreiro o programa Al Rojo Vivo de La Sexta, tras levar varias horas cubrindo os disturbios en Madrid e, sobre todo, Barcelona, non abriu debate sobre o delito de inxurias á Coroa e sobre se ese delito era xusto ou non, non abriu debate sobre o estado de cousas, preferiu amosarnos a nós, o público, unha serie de declaracións polémicas -e moitas delas, execrables- do rapeiro sobre a súa percepción da convivencia, do estado e da xente que non pensa como el e de todo.

A inferencia, gran ferramenta de comunicación, dános a entender que Hasél ten máis méritos para entrar en prisión ca outro cidadán corrente polo feito de que as súas opinións poden ser execrables. Vaia, que se un vai provocando por aí dicindo barbaridades -aínda que esas barbaridades non estean penadas- ten que acabar si ou si na cadea. O significante Hasél xa vai asociado a “criminal”, se falas como Hasél es un criminal. Que inferencia tan terrible. Que ocorre, que aínda que Hasél non mereza estar na cadea por inxurias si o merece por bocazas? Os dereitos non son inherentes, entón, senón que se gañan a pulso dependendo do xuízo mediático? Non é así. Hasél ten tanto dereito a ver preservados os seus dereitos como o pode ter García Ferreras ou Margarita Robles. Os dereitos conquístanse día a día e asúmense polos Estados, non se debaten dependendo de quen sexa o cidadán ou se ponderan como máis ou menos punibles segundo o teu grao de deslinguado ou obsceno.

No mesmo programa a homologación entre os termos “antifascismo” e “violencia” foi patente. O centro do debate foi un chío do portavoz de Unidas Podemos no Congreso dos Deputados, Pablo Echenique.

Podemos debater sobre a oportunidade ou non do chío, sobre a necesidade dunha matización máis forte na mensaxe para non dar lugar a equívocos e distanciarse da violencia, mais non podemos construír como medios de comunicación unha relación de mesmo significado entre apoiar ao antifascismo e apoiar os disturbios. Os delincuentes que ocasionan queimas e danos son minoría, unha minoría enchida de ruído, pero minoría.

Unha democracia perfectible é unha democracia xenerosa. Unha democracia xenerosa nace do antifascismo, do traballo a favor da construción e a integración e non do sinalamento e a destrución intelectual e física do opoñente político ou do que se considere “estranxeiro” ou “inferior”. O antifascismo é a raíz das democracias europeas despois de 1945. O antifascismo non implica violencia, o antifascismo nace contra a violencia estrutural que o fascismo empregou no Estado. Mesturar ambas cousas coma un único significante (antifascismo=violencia) é un erro.

 

[Foto: mural en favor da liberdade de Pablo Hasél, feito por Cinta Vidal en Cardeceu (Vallès Oriental), o día antes do seu ingreso na cadea – fonte: http://www.mazarelos.gal]

Comme l’observe le philosophe brésilien Vladimir Safatle dans sa préface, ce livre est important. Non seulement parce qu’en racontant l’histoire de Tito de Alencar (1945-1974), enlevé et torturé par la dictature avant son exil en France et son suicide, Leneide Duarte-Plon et Clarisse Meireles nous aident à mieux comprendre l’histoire contemporaine du Brésil et de l’Amérique latine ; mais aussi et surtout parce que, dans le contexte brésilien d’oubli forcé, « l’usage de la mémoire est un acte politique majeur ». C’est aussi l’opinion du frère Xavier Plassat, l’ami de Tito lors de ses dernières années, pour lequel cet ouvrage est un « acte de mémoire insurgente », apte à réveiller chez ses lecteurs « la capacité d’indignation ».

Tito de Alencar, de Leneide Duarte-Plon et Clarisse Meireles

Tito de Alencar dans les Alpes françaises, photographié son ami Daniel Béghin (été 1974) – source : archives personnelles Magno Vilela

Leneide Duarte-Plon et Clarisse Meireles, Tito de Alencar. Un dominicain brésilien martyr de la dictature. Préface de Vladimir Safatle. Avant-propos de Xavier Plassat. Trad. du portugais par Leneide Duarte-Plon et Clarisse Meireles. Karthala, coll. « Signes des Temps », 308 p., 29 €

Écrit par Michael Löwy

Ce que racontent Leneide Duarte-Plon – auteure d’un autre ouvrage mémorable, sur la torture comme arme de guerre, de l’Algérie au Brésil (non traduit en français) – et Clarisse Meireles, c’est la tragique histoire de ce jeune dominicain brésilien, Tito de Alencar, qui paya de sa vie son engagement contre la dictature brésilienne (1964-1985). Militant de la Jeunesse étudiante chrétienne (JEC), entré dans l’ordre dominicain en 1966, Tito partageait avec ses frères du couvent de Perdizes, à São Paulo, une même admiration pour Che Guevara et Camilo Torres, et le désir d’associer le Christ et Marx dans le combat pour la libération du peuple brésilien.

Cette radicalisation de la jeunesse chrétienne est bien antérieure au concile Vatican II : dès 1962, des militants de la JEC, lecteurs d’Emmanuel Mounier et du père Lebret, vont fonder un mouvement socialiste humaniste, l’Action populaire. Tito était proche de ce courant, qui était hégémonique dans le mouvement étudiant, et il contribua à l’organisation clandestine, en 1968, du congrès de l’Union nationale des étudiants dans le village d’Ibiuna. Comme tous les délégués, il sera arrêté par la police à cette occasion, mais bientôt libéré.

Suite au durcissement de la dictature militaire en 1968 et à l’impossibilité de toute protestation légale, l’aile la plus radicale de l’opposition à la dictature prendra les armes. La principale organisation de lutte armée contre le régime sera l’Action de libération nationale (ALN), fondée par un dirigeant communiste dissident, Carlos Marighella. Un groupe de jeunes dominicains – Frei Betto, Yvo Lesbaupin, et d’autres – va s’engager aux côtés de l’ALN, sans prendre les armes mais en apportant un soutien logistique ; sans être de ceux qui collaborent directement avec Marighella et ses camarades, Tito de Alencar est solidaire de leur engagement. Comme eux, il croit que l’Évangile contient une critique radicale de la société capitaliste ; et, comme eux, il croit à la nécessité d’une révolution. Comme il l’écrira plus tard, « la révolution c’est la lutte pour un monde nouveau, une forme de messianisme terrestre, dans lequel il y a une possibilité de rencontre entre chrétiens et marxistes ».

Le 4 novembre 1969, pendant la nuit, le commissaire Fleury et ses hommes envahissent le couvent de Perdizes et arrêtent plusieurs dominicains, dont « Frei » Tito. La plupart seront torturés et leurs aveux permettront à la police de tendre un piège à Carlos Marighella et de l’assassiner. Tito n’avait pas les coordonnées de l’ALN et répondait par la négative à toutes les questions. Il fut deux fois soumis à la torture, fin 1969 et début 1970, d’abord par Fleury, ensuite dans les locaux du service de renseignement de l’armée brésilienne – désigné par les militaires eux-mêmes comme  « la succursale de l’enfer ». On l’a pendu dans le Pau de arara – poings attachés aux pieds et une barre de fer sous le genou –, on l’a frappé, soumis à des chocs électriques dans tout le corps, y compris dans la bouche, attaché à la « Chaise du Dragon », une installation en fer connectée à l’électricité. Pour échapper à ses bourreaux, Tito tente de se suicider avec une lame de rasoir. Interné dans l’hôpital militaire, il reçoit la visite du cardinal de São Paulo, Agnelo Rossi, un triste personnage solidaire des militaires et qui refuse de dénoncer les tortures infligées aux dominicains.

Envoyé finalement dans une prison « ordinaire », Tito écrit un récit de ses souffrances qui sera publié par la revue américaine Look et distribué au Brésil par les militants de la résistance, avec un retentissement considérable. Le pape Paul VI finit par condamner « un grand pays qui applique des méthodes d’interrogation inhumaines » et remplace Agnelo Rossi par Paulo Evaristo Arns, nouveau cardinal de São Paulo, connu pour son engagement en défense des droits de l’homme et contre la torture.

Tito de Alencar, de Leneide Duarte-Plon et Clarisse Meireles

Église de Candelária, soir du 4 avril 1968 : messe à la mémoire de l’étudiant Edson Luis, tué par la police brésilienne le 28 mars. Les prêtres protègent les fidèles des policiers à cheval – source : Folhapress

Quelques mois plus tard, des révolutionnaires enlèvent l’ambassadeur suisse et l’échangent contre la libération de soixante-dix prisonniers politiques, dont Tito de Alencar. Le jeune dominicain hésite à accepter, tant l’idée de quitter son pays lui est étrangère. Les soixante-dix seront bannis du pays et interdits de retour. Après un bref séjour au Chili, Frei Tito s’établit chez les dominicains au couvent Saint-Jacques à Paris. L’exil est pour lui une grande souffrance : « C’est très dur de vivre loin de son pays et de la lutte révolutionnaire. Il faut supporter l’exil comme l’on supporte la torture. » Il participe aux campagnes de dénonciation des crimes de la dictature, et se met à étudier la théologie et les classiques du marxisme : « J’accepte l’analyse marxiste de la lutte de classes. Pour qui veut changer les structures de la société, Marx est indispensable. Mais la vision du monde que j’ai comme chrétien est différente de la vision du monde marxiste. » Le dominicain français Paul Blanquart, connu pour ses options « à la gauche du Christ », le décrit comme « le plus engagé et le plus révolutionnaire des dominicains ».

Cependant, avec le passage du temps, Tito donne des signes de plus en plus inquiétants de déséquilibre psychique. Il se croit suivi et persécuté par son tortionnaire, le commissaire Fleury. On lui propose, en 1973, un lieu plus tranquille : le couvent dominicain de L’Arbresle, dans le Rhône. Il devient l’ami du frère dominicain Xavier Plassat, qui tente de l’aider, et il suit un traitement psychiatrique chez le docteur Jean-Claude Rolland. En vain. Après le coup d’État au Chili, en septembre 1973, il devient de plus en plus angoissé, convaincu que Fleury le persécute encore, et que les dominicains, ou les infirmiers de l’hôpital psychiatrique, sont les acolytes du commissaire. Finalement, à bout de forces, désespéré, le 8 août 1974, il choisit le suicide par pendaison.

Faisant fi du droit canonique (qui excommunie les suicidés), les dominicains l’enterrent dans leur couvent. Plusieurs années après, en 1983, Xavier Plassat fait transporter ses restes à Fortaleza, au Brésil, où vit sa famille, et où il reposera définitivement. Lors de ses obsèques, on vit à Fortaleza, près du palais épiscopal, une énorme banderole : « Tito, le combat continue ! » À partir de cette date, le frère Xavier Plassat va s’établir au Brésil, où il deviendra l’organisateur de la campagne contre le travail esclave de la Commission pastorale de la Terre : « mon travail ici est un héritage laissé par Tito ».

[Source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]

Padre Júlio Lancellotti: O lado certo da História

Padre Júlio Lancellotti

Vi ontem um bicho
Na imundície do pátio
Catando comida entre os detritos.
Quando achava alguma coisa,
Não examinava nem cheirava:
Engolia com voracidade.
O bicho não era um cão,
Não era um gato,
Não era um rato.
O bicho, meu Deus, era um homem.

(Manuel Bandeira – O Bicho)

 

Escrito por Paolo D’Aprile

Máscara no rosto, marreta na mão. O velho padre não tem dúvida, sabe muito bem o que fazer. Um golpe, dois, o velho padre sabe que não vai conseguir, mesmo assim continua. O gesto em si, mil vezes superior ao resultado concreto que alcançado, carrega a humilhação de um povo inteiro, na partilha do sofrimento, do cansaço, da dor.

O prefeito da maior e mais rica cidade das Américas, em obséquio às exigências dos patrões, continua a obra na qual é especialista: produzir exclusão, “gentrificar” pessoas. A sanha de vingança, a raiva de classe, desta vez miram a população mais fraca, a mais desamparada, aquelas pessoas que por mil razões se encontram a viver ao relento, em situação de abandono e miséria. São chamados “homens de rua”. Mais de vinte e cinco mil, dizem os dados colhidos um ano antes da pandemia. De lá pra cá tivemos o desastre social e o desemprego em massa.

A estrutura precária oferecida obriga quem procura ajuda nos albergues a se afastar em busca de solidariedade e amparo debaixo das marquises, das pontes, nos buracos cavados entre a terra e o concreto. As humilhações constantes, as ameaças, a violência e arbitrariedade da polícia e da guarda municipal juntam-se à política institucional dos bairros centrais da cidade que, através de organização específica criada para isso, denuncia às autoridades a presença de cada indivíduo indesejável com a finalidade de afastar as pessoas em situação de vulnerabilidade social.

Não importa aonde vão, desde que seja longe dali. Isso provoca o típico fenômeno urbano de deslocamento sem meta, uma transumância de pessoas, pequenos grupos, famílias, arrastando com elas seus pobres pertences em busca de um novo abrigo. Com o fechamento dos banheiros públicos na parte externa das estações do metrô, as pessoas que mais precisam se encontram totalmente desprovidas de qualquer acesso a práticas de higiene pessoal. A rua, além de moradia, torna-se também banheiro.

O lixo, o chão, o cão, o cheiro… O prefeito obedece. Seus donos mandaram tirar essa gente daí. Para que ninguém mais durma naquele chão, debaixo daquele viaduto onde passa a maior avenida da cidade: a pedra encravada no asfalto do chão vai impedir que alguém possa deitar, que alguém transforme o relento em moradia, que alguém faça da rua sua casa.

O processo de “gentrificação”, comandado pela especulação imobiliária e executado pelos políticos da vez, quer reformar o espaço público para atrair o investimento empresarial. Os moradores dos bairros “requalificados”, incapazes de sustentar as despesas de aluguel cada vez mais altas, são obrigados a sair. Muitos não têm mais aonde ir. A crise da moradia empurra milhares de pessoas nas ruas a ocupar calçadas e marquises com sua bagagem inesgotável de medo e desamparo.

Padre Júlio Lancellotti

O velho padre, máscara no rosto, marreta na mão. Bate com força. A pedra encravada no asfalto do chão debaixo do viaduto, cede. Mais uma. Outra. A última. Quatro pedras consegue tirar o velho padre. Seu gesto de indignação contra a violência do poder que só sabe humilhar transforma-se em abraço aos desamparados da cidade, seu gesto grita a necessidade de cada ser humano: uma casa, um teto. Nem que seja o teto de um viaduto. O gesto do velho padre escancara as contradições, vira pelo avesso do avesso do avesso as certezas da cidade que diz não poder parar. O velho padre obriga todo mundo a olhar a realidade que queremos ignorar.

De máscara no rosto e marreta na mão, aí está padre Julio Lancellotti, do lado certo da História.

 

 

[Fotos: Facebook – fonte: http://www.pressenza.com]

Stéphane Hessel (1917-2013) était un normalien, résistant, diplomate depuis 1945, écrivain et militant politique français chrétien, né en Allemagne et d’origine juive. Venu en France à l’âge de 8 ans, il est naturalisé français en 1937, il rejoint les Forces françaises libres, en 1941, à Londres. Résistant, il retourne en France en mars 1944. Arrêté, il est déporté en août 1944 à Buchenwald. Sa carrière diplomatique s’effectue surtout auprès des Nations unies. Proche de Pierre Mendès France et de Michel Rocard, il accède à la célébrité par son militantisme soutenant les immigrés illégaux (« sans-papiers ») et les anti-Israéliens, ainsi que par son manifeste Indignez-vous ! (2010) au succès international. Arte rediffusera le 13 février 2021, dans le cadre de « Philosophie »,  « L’indignation, ça suffit ! » (Schluss mit der Empörung!) de Philippe Truffaut et le 28 février 2021 « Stéphane Hessel – L´homme d´un siècle » (Empört Euch! Engagiert Euch! – Stéphane Hessel) par Hans Helmut Grotjahn et Antje Starost.
Publié par Véronique Chemla
« Stéphane Hessel – L´homme d´un siècle » (Empört Euch! Engagiert Euch! – Stéphane Hessel) est un documentaire réalisé par Hans Helmut Grotjahn et Antje Starost. « Sept ans après la publication du manifeste phénomène « Indignez-vous ! », ce documentaire dresse le portrait de son auteur, humaniste profondément engagé », en fait un imposteur, « disparu en 2013 à l’âge de 95 ans. Plus de quatre ans après la disparition de Stéphane Hessel, homme charismatique et résolument optimiste, animé par une foi inébranlable dans le droit international, ce documentaire se penche sur son parcours et sur l’héritage qu’il a légué à la postérité ».
De Berlin à Paris
Stéphane Hessel naît à Berlin en 1917 dans une famille protestante luthérienne polonaise. Son père Franz Hessel, essayiste et traducteur allemand, est le troisième fils d’Heinrich Hessel, Polonais protestant d’origine juive, et commerçant de graines fortuné. Issue d’une famille silésienne bourgeoise antisémite, sa mère Helen Grund inspirera le personnage de Catherine dans « Jules et Jim », du romancier et marchand d’art Henri-Pierre Roché.En 1925, Stéphane Hessel arrive en France avec sa mère, correspondante de mode du journal Frankfurter Zeitung. Il fait la connaissance de Marcel Duchamp, Man Ray, Le Corbusier, Philippe Soupault, Jules Pascin, Calder, Picasso, Max Ernst et André Breton.Bachelier en 1933, normalien comme étranger en 1937, polyglotte, il obtient la même année la naturalisation française.

Il « incarne l’intellectuel européen par excellence, avant que la guerre ne le rattrape ».

Guerre
À l’été 1939, Stéphane Hessel épouse Vitia, jeune juive russe, interprète de conférences et dont le père est Boris Mirkine-Guetzevitch, professeur renommé de droit constitutionnel en France. La judéité de l’épouse suscite l’hostilité de la mère de Stéphane Hessel. Après la Libération, le couple Hessel a trois enfants : Anne, Antoine et Michel.

Stéphane Hessel traverse la guerre sans avoir combattu. Il est interné dans un camp de prisonniers militaires à  Bourbonne-les-Bains, et s’en évade avec le capitaine Segonne qui l’informe de l’appel du général de Gaulle.

Ayant rejoint la France en 1938, Franz Hessel et son fils Ulrich subissent les persécutions nazies. En 1941, Franz Hessel décède, et son fils Stéphane Hessel arrive à Londres, après un périple via Oran et Lisbonne où son épouse embarque pour les États-Unis.

À Londres, Stéphane Hessel choisit de travailler au sein du Bureau central de renseignements et d’action (BCRA), comme agent de liaison avec l’état-major britannique, dans la section R. En 1942, son épouse Vitia le rejoint.

En mars 1944, Stéphane Hessel arrive clandestinement à Saint-Amand-Montrond dans le cadre de la mission Gréco pour disperser les émetteurs de la résistance. Dénoncé, il parle sous la torture, et est déporté à Buchenwald. Là, il survit en empruntant l’identité d’un déporté décédé. Il est transféré à Rottleberode, puis à Dora. Lors de son transfert vers Bergen Belsen, il s’évade, et parvient à atteindre les troupes américaines à Hanovre.

Le 8 mai 1945, il retrouve Paris.

Charte des droits de l’homme
En octobre 1945, il réussit le concours du quai d’Orsay, ouvert aux anciens combattants, résistants et déportés.

Lors d’un séjour aux États-Unis auprès de sa belle-famille, il change ses projets professionnels : il se détourne d’un poste en Chine et devient secrétaire dans la troisième commission de l’Assemblée générale de l’Organisation des Nations unies (ONU) chargée d’élaborer la Charte des droits de l’homme. Sa mission ? Travailler à la section chargée de réunir la documentation sur les questions sociales et les droits de l’homme.

Cet « homme de gauche participe, à la Libération, à la rédaction de la Déclaration universelle des droits de l’homme ». C’est faux. Le jeune Stéphane Hessel était un jeune sous-sous-fifre. Ce n’est qu’après le décès des auteurs de cette Charte qu’il a allégué l’avoir corédigée, ou parfois laissé dire… Une légende qu’Arte entretient et que le site Internet du Quai d’Orsay a accréditée. Mais les archives de l’ONU demeurent et détruisent ce mythe.

« Indignez-vous ! »
Après un passage en 1954 dans le cabinet de Georges Boris sous le gouvernement du président du Conseil Pierre Mendès France, il poursuit une carrière diplomatique terne.

En 1981, le président de la République François Mitterrand élève Stéphane Hessel à la dignité d’ambassadeur de France.

Il ne laisse pas un souvenir mémorable comme délégué interministériel pour la coopération et l’aide au développement.

En 1982, il est désigné par le président de l’Assemblée nationale, alors  Louis Mermaz, comme un des neuf membres de Haute Autorité de la communication audiovisuelle. Il y demeure jusqu’en 1985.

En 1986, sa femme Vitia meurt. Un an plus tard, Stéphane Hessel se remarie avec Christiane Chabry qu’il connait depuis trente ans.

Cet amateur de poésies rédige des rapports : « Immigrations : le devoir d’insertion » (1988), « Les Relations de la France avec les pays en développement » (1990) dans lequel ce membre (1990-1993) du Haut Conseil à l’intégration invite à revoir la politique française « dans le sens d’une plus grande rigueur et du rejet de toute complaisance clientéliste ». Des rapports non appliqués.

En 1993, Stéphane Hessel représente la France à la Conférence mondiale sur les droits de l’homme des Nations unies, qui se tient à Vienne.

« Diplomate puis militant inlassable de la cause des laissés-pour-compte – dont les sans-papiers –, cet amateur de poésie connaît, à 93 ans, en 2010, un succès phénoménal avec son essai « Indignez-vous ! ». Un livre d’une trentaine de pages, vendu à 4 millions d’exemplaires dans le monde entier et traduit dans des dizaines de langues.

Ce « manifeste aborde, entre autres, les questions de l’immigration, du conflit israélo-palestinien et des écarts croissants de richesse. Il devient le manifeste d’une jeune génération qui refuse de considérer la montée des inégalités et le capitalisme comme une fatalité ». Une réaction – l’indignation – à défaut de savoir, de réflexions et d’analyses.

« Quelques mois après sa publication, les partisans du mouvement 15-M (15 mai) descendent dans les rues de villes espagnoles pour dénoncer les partis politiques traditionnels et la corruption ».

« Rebaptisés « Les Indignés » par les médias, ils inspirent alors d’autres initiatives, comme « Occupy Wall Street » aux États-Unis ».

Anti-israélien
Membre en 2009 du comité de parrainage du Tribunal Russell sur la Palestine, soutien du terroriste Salah Hamouri, Stéphane Hessel milite pour le BDS (Boycott Désinvestissement Sanction) de l’État d’Israël.

En 2011, il déclare au journal allemand Frankfurter Allgemeine Zeitung :

« Aujourd’hui nous pouvons constater ceci : la souplesse de la politique d’occupation allemande permettait, à la fin de la guerre encore, une politique culturelle d’ouverture. Il était permis à Paris de jouer des pièces de Jean-Paul Sartre ou d’écouter Juliette Gréco. Si je peux oser une comparaison audacieuse sur un sujet qui me touche, j’affirme ceci : l’occupation allemande était, si on la compare par exemple avec l’occupation actuelle de la Palestine par les Israéliens, une occupation relativement inoffensive, abstraction faite d’éléments d’exception comme les incarcérations, les internements et les exécutions, ainsi que le vol d’œuvres d’art. Tout cela était terrible. Mais il s’agissait d’une politique d’occupation qui voulait agir positivement et de ce fait nous rendait à nous résistants le travail si difficile ».

En janvier 2011,  Monique Canto-Sperber, alors directrice de l’École Normale Supérieure (ENS), annule une réunion, non pas entre Stéphane Hessel et des étudiants de cette prestigieuse école, mais une conférence politique appelant au boycott d’universitaires israéliens et réunissant Stéphane Hessel, Leïla Shahid, Haneen Zoabi, députée arabe à la Knesset, Michel Warschawski, Élisabeth Guigou, député, Gisèle Halimi, avocate, et Benoist Hurel, secrétaire général adjoint du Syndicat de la magistrature.

Complaisances politico-médiatiques
Interviewé en 2012 par Enquête & Débat, Frédéric Taddeï, animateur de Ce soir (ou jamais !), l’actualité vue par la culture (CSOJ), se souvenait que Stéphane Hessel « a quasiment débuté sa carrière » médiatique dans son émission. Dans l’une d’elles intitulée Gaza, une guerre pour quoi ?, Stéphane Hessel a déclaré devant un Tariq Ramadan ravi :

« Je veux relayer la pensée forte de mes amis israéliens : Mikado, Michel Warschawski, Amira Haas, Gideon Lévy qui disent « Le gouvernement intérimaire israélien actuel ne veut pas la paix »… S’il voulait la paix il négocierait avec le Hamas … disposé à revenir aux frontières de 1967. Mais les Israéliens n’ont pas d’intérêt réel pour la paix. Ils veulent garder les colonies. Ils veulent garder l’occupation. C’est ça qui est contraire au droit international […] qui est bafoué par Israël au point maintenant, après ce qui se passe à Gaza, de pouvoir être traité par des hauts fonctionnaires internationaux comme criminels de guerre… Il faut arrêter ce massacre ».

Quels fonctionnaires internationaux ? Frédéric Taddeï n’a pas eu la curiosité de demander lesquels. A-t-il interrogé sur la charte du Hamas ? Non. S’est-il enquis des raisons de ce vocable incorrect par un ambassadeur de France : frontières au lieu de lignes d’armistices, etc. ? Non. Que de mensonges non rectifiés !

« Nous n’avons pas de raison d’être fiers de la façon dont notre profession vient de célébrer la mémoire de Stéphane Hessel. Sa mort a malheureusement été l’occasion d’un nouvel accès de frénésie moutonnière des médias pour graver dans le marbre de l’Histoire une légende sans fondement trop facilement acceptée », a écrit Claude Moisy, journaliste, ancien PDG de l’AFP, dans Le Monde (5 mars 2013).

Et de poursuivre :

« Quasiment tous les médias ont aveuglément évoqué le rôle de coauteur de la Déclaration des droits de l’homme attaché à son nom. Le seul ennui est que ce rôle n’a pas existé. Il ne s’agit pas ici de ratiociner ou de jouer sur les mots. Peut-être pas auteur, concède-t-on parfois, mais au moins contributeur ou collaborateur des auteurs. Non.
La réalité est que pendant son séjour aux Nations unies, de 1946 à 1948, Stéphane Hessel n’a pris aucune part à la rédaction de la Déclaration qui eut lieu à ce moment-là.
L’affaire pourrait n’avoir qu’un intérêt anecdotique si le rôle de coauteur de la Déclaration attribué à tort à Hessel n’était devenu au fil des ans un des éléments constitutifs de sa célébrité et de la vénération qui a entouré la fin de sa vie.
Au risque d’être taxé de mesquinerie, je crois nécessaire de dénoncer cette légende malgré l’affectueuse sympathie que, comme beaucoup, j’ai éprouvée pour l’homme chaque fois que je l’ai rencontré. Ce qui est en cause ici le dépasse.
Nous avons une fois de plus la démonstration de l’inconséquence avec laquelle les médias imposent à l’opinion publique une vision illusoire de l’Histoire autour de héros populaires rendus plus séduisants encore qu’ils ne le sont en réalité.
Pourtant, tout le monde peut aujourd’hui accéder par Internet à des centaines de documents officiels sur la genèse de la Déclaration universelle des droits de l’homme, sur son comité de rédaction, sur ses débats et les conditions de son adoption. Aucun document de l’époque ne mentionne le nom de Stéphane Hessel.
Et pour cause : il est alors le modeste chef de cabinet de l’un des huit secrétaires généraux adjoints de l’ONU, le Français Henri Laugier, chargé des affaires économiques et sociales, qui ne faisait pas partie du comité chargé de rédiger la Déclaration.
Faute de Laugier, d’innombrables articles de presse évoquent le rôle de Stéphane Hessel « au côté » de René Cassin qui fut réellement, lui, l’un des principaux auteurs de la Déclaration.
D’autres le placent carrément « à la droite » d’Eleanor Roosevelt, l’épouse du président des États-Unis, qui présidait le comité de rédaction. Ces deux proximités sont aussi dénuées de fondement l’une que l’autre : Stéphane Hessel n’a jamais siégé aux côtés ni de l’un ni de l’autre aux réunions du comité.
Comment et quand est née la légende de la participation personnelle de Stéphane Hessel à la Déclaration ? Y a-t-il lui-même contribué ? Il est encore difficile de le déterminer avec précision.
Ce qui est sûr, c’est que soixante ans après son adoption, il a prudemment et habilement circonscrit son véritable rôle. Interviewé le 10 décembre 2008 sur un site de l’ONU, il a déclaré : « J’étais en contact permanent avec l’équipe qui a rédigé la Déclaration. J’assistais aux séances et j’écoutais ce qu’on disait, mais je n’ai pas rédigé la Déclaration… J’ai été témoin de cette période exceptionnelle ». Autrement dit, témoin mais pas acteur.
Il l’a confirmé deux ans plus tard, le 3 janvier 2011, dans un entretien avec Politis. « C’est l’occasion pour moi de revenir sur deux idées fausses. La première est que j’aurais fait partie du Comité national de la Résistance. (…) L’autre erreur est de m’accorder le rôle de corédacteur de la Déclaration universelle des droits de l’homme. (…) J’ai assisté à sa rédaction de très près et de bout en bout. Mais de là à prétendre que j’en aurais été le corédacteur ! »
Ces deux textes sont accessibles sur Internet, tout comme un entretien avec Simon Boquet publié en 2012 par la revue Texto, dans lequel il récuse une fois de plus ce titre de coauteur de la Déclaration pour parler seulement de « ce travail auquel j’ai été très modestement associé ».
Tout le monde a pu les lire, mais pratiquement personne n’en a tenu compte. Trop compliqué de corriger les erreurs, peut-être ?
Pour être tout à fait honnête, il faudrait sans doute évoquer aussi les centaines d’articles évoquant au cours de décennies la Déclaration des droits de l’homme et dans lesquels Stéphane Hessel manie des formules beaucoup plus ambiguës sur son rôle sans contester celui plus flatteur qu’on lui prêtait.
Mais la sympathie me porte à penser qu’il est trop tôt pour un tel inventaire ».

Le Monde a alors consacré « une application Mémoire à Stéphane Hessel, disparu le 27 février 2013. Cette application rassemble les meilleurs articles publiés par Le Monde sur Stéphane Hessel, ainsi que le texte intégral d’Indignez-vous ! »

Le 7 mars 2013, lors de la cérémonie nationale d’hommage en l’honneur de Stéphane Hessel dans la cour des Invalides à Paris, François Hollande, alors président de la République, a évoqué « un homme qui fut une conscience, un grand Français, un juste ».

« Des Français libres se souviennent »
Arte diffuse sur son site Internet « Des Français libres se souviennent » (Das freie Frankreich) de Samuel Thiebaut. « Daniel Cordier, résistant et ancien secrétaire de Jean Moulin, est décédé le 20 novembre 2020 à l’âge de 100 ans. En 1940, il avait rejoint le général de Gaulle à Londres après l’appel du 18 juin. En 2010, aux côtés de trois autres anciens membres de la France libre (Stéphane Hessel, Jean-Louis Crémieux-Brilhac et Yves Guéna), il participait à une table ronde animée par Régis Debray pour évoquer leur engagement et partager leurs souvenirs de résistants. »
« Daniel Cordier s’engage dans les FFL en juin 1940 ; après deux ans d’entraînement militaire, il est parachuté à Montluçon le 26 juillet 1942 et devient le secrétaire de Jean Moulin. »
« Stéphane Hessel rallie la France libre du général de Gaulle en 1941 et entre au Bureau central de renseignements et d’action (BCRA) ; arrêté en juillet 1944, il sera déporté à Buchenwald puis à Dora. »
« Après avoir été fait prisonnier par les Allemands et s’être évadé, Jean-Louis Crémieux-Brilhac s’engage dans les Forces françaises libres (FFL) en septembre 1941 et devient chef du service de diffusion clandestine de la France libre. »
« Yves Guéna rejoint Londres depuis Ouessant dans la nuit du 19 au 20 juin 1940 ; il combattra en Libye et en Tunisie, en Normandie, en Alsace, puis en Allemagne jusqu’à Berchtesgaden. »
« Stéphane Hessel, mémoire des Droits de l’Homme »
« C’était il y a 70 ans : la Déclaration universelle des droits de l’homme. Stéphane Hessel, diplomate et homme engagé, n’a cessé au cours de sa vie de rappeler l’importance de ce texte fondamental. Nous vous proposons de réécouter son message aux générations futures. Un message livré en 2008 et qui résonne encore aujourd’hui. »

« L’indignation, ça suffit ! »

Arte diffusera le 13 février 2021, dans le cadre de « Philosophie »,  « L’indignation, ça suffit ! » (Schluss mit der Empörung!) de Philippe Truffaut.

« Pourquoi s’indigne-t-on ? Raphaël Enthoven ouvre la réflexion avec Laurent de Sutter, auteur d' »Indignation totale – Ce que notre addiction au scandale dit de nous », et Cécile Duflot, directrice générale de l’ONG Oxfam France. »
« Les convictions indignées sont souvent vues comme un cri du cœur, qui monte du fond des tripes. Mais si, au contraire, l’indignation revendiquait surtout un monopole de la raison ? Un indigné n’est pas surpris par ce qui le scandalise, mais bien conforté dans sa vision du monde, ralliant un « nous » des indignés contre un « eux » des indignes. Quelles peuvent en être les dérives ? Y a-t-il une hypocrisie derrière l’impératif de l’indignation ? »

« Réflexion avec le philosophe Laurent de Sutter, auteur d’Indignation totale – Ce que notre addiction au scandale dit de nous (Éditions de l’Observatoire, 2020) et Cécile Duflot, directrice générale de l’ONG Oxfam France. » Une ONG dont des dirigeants ou employés ont eu des comportements à Haïti et au Tchad qui ont suscité l’indignation lors de leur révélation en 2018 : abus sexuels, menaces et intimidations, etc. Quant à la loi ALUR votée en 2015 à l’initiative de Cécile Duflot, alors ministre écologiste de l’Égalité des Territoires et du Logement, elle a déprimé par ses « ravages » le marché de l’immobilier.

Les invités analysent notamment la photo de l’enfant syrien Aylan Kurdi, photographié mort sur une plage de Turquie, son instrumentalisation en faveur des « migrants« , et le dessin de Riss pour Charlie hebdo.
« Des Français libres se souviennent » de Samuel Thiebaut
France, 2010, 52 min
Disponible du 26/11/2020 au 25/05/2021
France, Allemagne, 2018, 3 min
Disponible du 11/12/2018 au 11/12/2038
« L’indignation, ça suffit ! » de Philippe Truffaut
France, 2021, 26 min
Invités : Laurent de Sutter, Cécile Duflot
Présentation : Raphaël Enthoven
Sur Arte le 13 février 2021 à 23 h 35
Disponible du 06/02/2021 au 28/01/2024

« Stéphane Hessel – L´homme d´un siècle » par Hans Helmut Grotjahn et Antje Starost
Allemagne, 2017, 53 Min
Sur Arte les 15 octobre2017  à 23 h 25, 4 novembre 2017 à 6 h 50, 28 février 2021 à 02 h 35

Disponible du 27/02/2021 au 27/05/2021
Visuels 
Le diplomate de l’ONU Stéphane Hessel (au milieu) avec les cinéastes Antje Starost (à droite) et Hans Helmut Grotjahn (à gauche).
© Gudrun ArndtAuteur-compositeur Konstantin Wecker
Actrice Hanna Schygulla
© Antje Starost Filmproduktion
Les citations sur le documentaire sont d’Arte.
[Source : http://www.veroniquechemla.info]

O presidente da Xunta, Alberto Núñez Feijóo, na presentación da serie ‘3 Caminos’

 

Escrito por Silvia Caeiro

A estrea de ‘3 Caminos’ en Amazon Prime Video o pasado 22 de xaneiro abriu un melón que leva tempo madurando. Que dita serie recibira un financiamento de 1,5 millóns de euros por parte da Xunta de Galicia e que non se ofreza o galego como opción de visualización nin sequera entre os subtítulos foi motivo de gran crítica. 

Aínda que a empresa compostelá Ficción Producciones, impulsora do proxecto, declarase a través da súa conta de Twitter que isto se debe a que “a TVG ten os dereitos sobre o territorio e o idioma”, a cuestión reflota a indignación pola escasa presenza do galego nas principais plataformas. 

O certo é que os contidos en lingua galega nestas plataformas de ‘streaming’ resultan insignificantes, evitando ser tallante sinalándoos de practicamente inexistentes. Moitos poderían considerar que a difusión destes produtos poderían carecer de alcance, xa que é ben sabida a excesiva complicación que implica a comprensión dunha peza en versión orixinal coa axuda de subtítulos, claro. Sen embargo, se podería considerar que este argumento quedou baixo terra tras o éxito en Netflix con ‘O sabor das margaridas’. A plataforma incluía a comezos do 2019 a primeira temporada da serie, a cal fora rexeitada nun primeiro momento polas televisións e produtoras estatais por estar rodada en galego. Acabou sendo un éxito sen precedentes incluso a nivel internacional, para orgullo dos defensores de galego e para pesar daqueles que a prexulgaron polo idioma.

Esta escasa inclusión é unha demostración, como en tantos outros ámbitos, do desprezo e dos prexuízos que aínda sobrevoan a nosa lingua. A pesares da repercusión deste thriller en galego, a pesares dos numerosos éxitos que os audiovisuais galegos foron logrando cos anos, resulta evidente que as linguas cooficiais seguen supoñendo un obstáculo para aqueles que apostan polo seu uso. 

Por outro lado, a oferta de Netflix en catalán e euskera é lixeiramente superior á oferta de produtos en galego, polo que sen dúbida pódese cualificar de insuficiente para chegar ao punto de normalizar o uso destas linguas nas plataformas que xa supoñen un recurso diario de entretemento para gran parte da poboación.

En definitiva, a constante loita do galego por facerse un oco no mundo audiovisual libra actualmente unha nova batalla que ten como terreo de combate as plataformas de ‘streaming’, das cales é xusto esperar unha maior aposta pola nosa cultura.

 

[Imaxe: Xunta – fonte: http://www.praza.gal]

Suite à la polémique liée au dessin de Xavier Gorce publié dans Le Monde, la sociologue et chercheuse au CNRS Nathalie Heinich s’interroge au micro de Marie Sorbier sur la capacité de notre société contemporaine à tolérer l’ironie.

Marche des libertés contre les lois liberticides, à Paris le 28 novembre 2020.

Marche des libertés contre les lois liberticides, à Paris le 28 novembre 2020.• Source : Le Pictorium – Maxppp

Suite à la parution du dessin de Xavier Gorce dans Le Monde et la polémique qu’il a engendré, Nathalie Heinich, sociologue et directrice de recherche au CNRS, s’interroge au micro de Marie Sorbier sur la place de l’ironie dans notre société actuelle. Si une des caractéristiques du dessin de presse, ainsi que de l’art, est d’opérer un décalage, de manier l’ambiguïté et, plus généralement, l’ironie, sommes-nous encore capable de l’accepter ?

Ne pas intégrer l’ironie dans notre culture commune. Nous assistons à l’importation en France, via les milieux universitaire, culturel et militant, d’un mode de rapport à la représentation qui a été et est toujours extrêmement puissant aux États-Unis.
Nathalie Heinich

L’école américaine

Ce mode de rapport à la représentation, Nathalie Heinich l’avait observé dès les années 1990 en enquêtant sur les rejets de l’art contemporain aux États-Unis, enquête qui a donné lieu à son livre Guerre culturelle et art contemporain. Une comparaison franco-américaine, paru en 2010 aux éditions Hermann. La sociologue constate une grande différence entre les rejets français et américain face à toute forme de représentation artistique. Les rejets aux États-Unis étaient pour la plupart fondés sur un refus de la dimension imaginaire et représentationnelle des images, interprétées uniquement de façon littérale. Elle rapporte pour exemple le cas où des parents d’élève avaient demandé qu’une reproduction de La Maja nue de Goya soit retirée du mur d’une classe d’école car une femme nue n’y a pas sa place, même via une image artistique.

Il s’agit d’un rabattement systématique de la dimension imaginaire sur la dimension réelle. Et en même temps, ce qui est assez troublant pour nous, une sur-symbolisation : un cas unique devient un symbole de la catégorie. L’image de La Maja nue sera interprétée comme le symbole de l’oppression faite aux femmes et fera immédiatement l’objet d’une mobilisation au nom du droit des femmes.
Nathalie Heinich

"La Maja nue", du peintre espagnol Francisco de Goya, exposée au Musée du Prado, à Madrid.

« La Maja nue », du peintre espagnol Francisco de Goya, exposée au Musée du Prado, à Madrid.• Source : Wikipédia

Pour la sociologue, en appliquant ce mode de perception des images à la caricature de Xavier Gorce, la question de l’inceste n’est pas vue au prisme d’un dessin volontairement parodique jouant sur le second degré et le sous-entendu, mais comme un discours littéral qui amène à relativiser les crimes subis par les victimes d’inceste.

Ce serait alors un symbole des maux infligés à l’ensemble des victimes d’inceste, et du même coup, on en fait un motif de mobilisation. C’est une mentalité normale aux États-Unis. Si elle est bizarre pour nous en France, elle est néanmoins en train d’arriver. La vitesse avec laquelle ce type de mobilisation se produit en France est stupéfiante, et est énormément renforcée par les réseaux sociaux. Ce qui auparavant exigeait une mobilisation via des associations, partis et manifestations est aujourd’hui quasiment instantané, se diffuse à des foules qui réagissent dans l’indignation et se mobilisent de façon immédiate.
Nathalie Heinich

Cancel culture

Cette réaction instantanée, diffuse et indignée, revendiquant la suppression de l’objet de cette indignation, s’inscrit dans la cancel culture, que Nathalie Heinich définit comme la conséquence immédiate du contrôle de la vie collective et de l’ordre moral consistant à ne pas tolérer l’expression de points de vue qui divergent de ceux que certains tiennent pour norme. Selon la sociologue, préférer la suppression à la discussion relève totalement de la culture américaine car la constitution des États-Unis empêche que le gouvernement puisse limiter la liberté d’expression. Cette régulation est donc prise en charge par des mobilisations citoyennes, et non pas par la loi. En France, le système juridique permet au contraire de porter plainte pour diffamation, insulte et incitation à la haine raciale.

Dans le système américain, on assiste à la normalisation d’une censure sauvage imposée par le premier citoyen venu.
Nathalie Heinich

Selon la sociologue, dans un monde influencé par la montée en puissance des réseaux sociaux, il en revient aux médias de lutter contre la cancel culture, d’affirmer et de faire exister la liberté de la liberté d’expression. A cette liberté, elle oppose la pression exercée par les réseaux sociaux qu’elle considère comme une pression dépourvue de toute légitimité démocratique.

Si le dessin de Xavier Gorce avait été considéré comme attentatoire, il aurait fallu porter plainte. Le dessin de presse est protégé par la loi en France, ce qui donne lieu à une confrontation de deux cultures juridiques et de deux cultures morales extrêmement différentes.
Nathalie Heinich

L’importation via les réseaux sociaux de formes d’indignation considérées comme normales aux États-Unis donnent lieu à des frictions dont la polémique liée au dessin de Xavier Gorce est un révélateur. La sociologue voit dans ces mobilisations des individus qui s’autoproclament représentants d’une communauté, au nom du fait qu’ils se sentent blessés dans leur identité, ou bien au nom des droits de cette communauté.

En quoi un sentiment de blessure peut-il créer un droit ? En quoi quelqu’un qui n’est pas content peut s’instituer comme représentation d’une communauté, alors qu’il n’a pas été élu de façon démocratique ? Comment est-ce que l’indignation peut être considérée comme une forme de légitimation ? Ce n’est pas parce qu’on est indigné que l’on a forcément raison de vouloir supprimer les discours et actes problématiques pour nous.
Nathalie Heinich

Décriant une normalisation de ces représentants autoproclamés en France, Nathalie Heinich considère que cette tendance s’inscrit également dans un phénomène de lutte contre l’appropriation culturelle. Elle définit ce mouvement particulièrement présent en Amérique du Nord comme composé de représentants autoproclamés d’une communauté, qui ne sont pas des représentants élus et qui refusent que l’on puisse utiliser les éléments culturels de la communauté en question hors de cette communauté.

On assiste à des phénomènes d’importation via les réseaux sociaux de formes de culture communautaristes, identitaristes, qui mettent au premier plan de la définition des individus l’affirmation par eux-mêmes de leur appartenance à une communauté, ce qui n’est pas du tout dans l’esprit de ce qu’on appelle en France l’universalisme républicain. Il y a vraiment un clash des cultures.
Nathalie Heinich

L’écrivain Yannick Haenel et le dessinateur François Boucq s’étonnaient, le 21 janvier dans Les Matins de France Culture, de ce qu’ils estiment être une incompréhension de l’ironie. De même, Plantu revenait dans la Question du jour du 22 janvier sur l’importance du décalage inhérent au dessin de presse, y compris face à des thématiques graves.

 

 

[Source : http://www.franceculture.fr]

La manca d’oxigèn dins los espitals, lo retard de l’arribada dels vaccins e la marrida gestion d’un president autoritari an entraïnat una enòrma caçairolada dins tot lo país

Lo desastre sanitari que lo patís Brasil a amodat una dimenjada de protèstas contra lo president, Jair Bolsonaro. Dissabte, a 20h30, una enòrma caçairolada ressonèt per tot l’estat sud-american en seguida d’una crida que s’èra lançada suls rets socials après la situacion desastrosa qu’aclapa tot lo país e mai que mai l’estat d’Amazònas, al nòrd, ont sa capitala, Manaus, manca de lièches d’espital e d’oxigèn per tractar los malauts. Al total, Brasil compta mai de 200 000 mòrts a causa de la covid-19.

Delà las caçairoladas, i a agut de manifestacions a São Paulo, Rio de Janeiro, Belo Horizonte, Recife, Curitiba e Brasília, e d’autras vilas. Los manifestants acusavan Bolsonaro d’un “genocidi” e reclamavan lo “vaccin”.

Suls rets socials, plusors personalitats an sostengut las protèstas, dont l’èx-president Luiz Inácio Lula da Silva, que manifestèt sus Twitter son “ànsia” e son “indignacion” per “la situacion del pòble de Manaus”.

Las protèstas arribavan l’endeman que Bolsonaro aguèt anonciat tornarmai un repòrt de las vaccinacions per manca de logistica.

 

[Poblejat dins http://www.jornalet.com]

Ce lundi, l’acteur est mort d’un cancer, à l’âge de 69 ans.

Jean-Pierre Bacri (et Alain Chabat, regardez bien) dans Didier, d’Alain Chabat (1997). | Capture d’écran via YouTube

Écrit par Thomas Messias 

«J’aime ce qui est beau, mais je ne vais pas déifier un mec sous prétexte qu’il a fait une belle chose», affirmait Jean-Pierre Bacri dans une interview accordée au magazine Première pour la sortie de Kennedy et moi en décembre 1999. Ce lundi 18 janvier, Bacri est parti, et sans aller jusqu’à le déifier, il semble difficile d’imaginer que la vie puisse continuer de la même façon sans lui.

Libre à chacune et à chacun de ne retenir de lui que son image de bougon de service, immortalisée par les Guignols lorsqu’on les croyait eux aussi immortels. Mais Bacri n’aimait pas qu’on le réduise à cela. Il n’aimait pas qu’on le réduise tout court, fuyant autant que possible toute forme de généralité.

Jean-Pierre Bacri n’était pas qu’un râleur, loin de là, mais il voulait simplement avoir le droit de l’être. Tout au long de sa carrière de coscénariste et d’acteur, Bacri n’a cessé de militer pour cette idée: non seulement personne ne peut nous dire comment nous sentir, mais en plus, personne ne devrait pouvoir nous empêcher d’exprimer nos sentiments.

C’est un motif qui traverse par exemple On connaît la chanson (1997), deuxième collaboration du duo Bacri-Jaoui avec Alain Resnais. Sous sa patine de cinéma de boulevard et ses refrains populaires, le film nous disait mieux que nul autre qu’aller mal est un droit inaliénable… d’autant que le bonheur ne court pas les rues.

Puisqu’on parle de ce film: si jamais vous ne la connaissez pas, vous devriez regarder sa bande-annonce (qui n’en est pas une), réalisée par Agnès Jaoui. Elle aussi restera.

Dans la même interview, Bacri disait à propos d’On connaît la chanson«On a eu des gens, Agnès [Jaoui] vous le confirmerait, qui, dans la rue, nous ont dit: “Merci parce qu’avec ce film j’ai eu le droit d’avoir mal.” Moi, ça me fait quasi pleurer parce que c’est exactement la raison pour laquelle on fait ça.»

Le droit d’avoir mal

L’air de rien, au-delà de leurs mécaniques scénaristiques bien huilées et de leurs dialogues ciselés, les meilleurs scénarios d’Agnès Jaoui et Jean-Pierre Bacri ont influé sur nos existences. Tout en essayant de ne pas tomber dans la leçon de vie moralisatrice, ils nous donnaient des directions à suivre, sans nous les imposer.

Des directions à suivre, ou plutôt à ne pas suivre. Chacun à sa manière, Cuisine et dépendances (1993), Un air de famille (1996) et Le Goût des autres (2000) observaient les différentes façons de rater sa vie, de nourrir des remords ou des regrets. Et s’interrogeaient sur la meilleure façon d’éviter le gâchis. Pistes de réponse: en évitant l’immobilisme, en exprimant ce que l’on ressent au moment où on le ressent, et en essayant également de faire preuve d’un tout petit peu d’intelligence.

Même dans les films qu’il n’a pas écrits, c’est dans cet esprit qu’avançait Bacri. «J’aime pas les mecs parfaits à qui le monde fait des misères. Pour moi, un être humain, c’est du désarroi sur pattes», expliquait-il (même interview, toujours) à propos de sa façon de choisir ou refuser des rôles. Il est pourtant arrivé que ses personnages connaissent quelques tuiles, comme dans Didier, d’un certain Alain Chabat (1997), où le chien confié par une amie (Caroline Cellier, qui nous manque aussi) prenait soudain apparence humaine.

Didier aurait pu se résumer à un numéro d’auguste et de clown blanc, à une grosse farce footballistico-canine, mais non. Tantôt consterné, tantôt rongé par l’inquiétude, Bacri injectait de l’humanité dans la gaudriole. Peu d’acteurs auraient pu prononcer la réplique: «On ne sent pas le cul quand on ne connaît pas», en ayant l’air aussi concerné.

Héroïque fantaisie

Jean-Pierre Bacri n’était pas qu’un râleur, c’était aussi un acteur capable de beaucoup de fantaisie. Dans Place publique (2018), son avant-dernier film en tant qu’acteur, il imitait Montand et reprenait «Osez Joséphine» de Bashung pour le générique de fin. Dans Les Sentiments de Noémie Lvovsky (2004), il s’abandonnait au burlesque (délicieuse scène de stylo qui fuit), au lumineux, à la clownerie la plus totale. Son monologue final, une histoire de pénis à tête chercheuse, restera également. Tout comme, quelques secondes plus tard dans le même film, ce long plan sur son personnage qui pleure le départ de celle qu’il a tant aimée.

Bacri ne s’interdisait rien, y compris de pleurer face caméra. Il n’aimait juste pas les envolées gratuites, les sentiments forcés. Sur le tournage de Mes meilleurs copains, de Jean-Marie Poiré (1989), les larmes n’étaient pas venues, il ne le sentait pas. Bacri avait souvent raconté que Poiré avait réagi par cette phrase, totalement dépourvue de psychologie: «N’importe quel acteur serait capable de faire ça.» Réponse de Bacri: «Eh bien, dans ce cas-là, il fallait prendre n’importe quel acteur.»

C’était ça, Bacri. Le droit d’être triste et de l’exprimer. Le droit d’être triste et de le garder pour soi. Le droit de faire preuve d’humanité, en somme. D’arrêter de jouer des rôles, de se comporter en fonction des autres. Le droit de respecter tout le monde, aussi. «Les balayeurs comme les présidents de la République», lui répétait son père, facteur et ouvreur de cinéma dans la ville algérienne de Castiglione. C’était ce que racontait Le Goût des autres: l’intelligentsia, le mépris de classe, et le fait que dès qu’on forme une bande, on forme une bande d’imbéciles.

Vie Bacri

Toujours dans la même interview accordée à Première en 1999 —que l’auteur de ces lignes connaît presque par cœur tant il l’a lue et relue–, Jean-Pierre Bacri disait aussi: «Je suis absolument contre le côté “Je m’investis à mort dans le métier”. Ceux qui disent: “Son père est mort et il a quand même joué le soir”, je n’admire pas du tout. Moi, mon père meurt, je ne joue pas le soir. Je suis dans la douleur.» Aujourd’hui, cette douleur est nôtre.

L’an dernier, Vincent Delerm (auteur de la bande originale de La Vie très privée de Monsieur Sim, dont Bacri avait tenu le rôle principal en 2015) sortait une chanson, Vie Varda, dans lequel il nous souhaitait de pouvoir vivre pleinement nos sentiments, de savoir laisser le bruit et la productivité de côté, de tenter dire vraiment qui nous sommes, comme l’aurait fait la réalisatrice. On signerait volontiers pour vivre aussi une vie Bacri, faite d’émotions vraies et d’indignations non feintes. Une vie sans faire semblant.

[Source : http://www.slate.fr]

Se trata de cinco ensayos sobre la naturaleza que muestran al escritor estadounidense decimonónico en su lado más bucólico y poético, enmarcado dentro del pensamiento trascendentalista y con una erudición que actualizada se convierte en una exquisita obra literaria.

"La noche y la luz de la luna", recientemente publicado en la Argentina.

« La noche y la luz de la luna », recientemente publicado en la Argentina.

Escrito por Carlos Daniel Aletto

Los cinco ensayos sobre la naturaleza que conforman el cuidado libro « La noche y la luz de la luna » de Henry David Thoreau, recientemente publicado en la Argentina, muestran al escritor estadounidense decimonónico en su lado más bucólico y poético, enmarcado dentro del pensamiento trascendentalista y con una erudición que actualizada se convierte en una exquisita obra literaria.

La editorial Godot acaba de publicar, en una edición muy cuidada, cinco ensayos de los cuales cuatro (« La noche y la luz de la Luna », « Los colores del otoño », « La sucesión de los bosques » y « Manzanas silvestres ») formaron parte de la antología « Excursions » publicada en 1863 por « Ticknor and Fields », la prestigiosa editorial de Boston, Massachusetts. En esta nueva edición en español traducida por María Paula Vasile se suma el ensayo « El mar y el desierto ».

El libro tiene un especial encanto por presentar el pensamiento naturalista del escritor nacido en Concord, Massachusetts, en 1817, en una edición ilustrada con grabados de la naturaleza, con dos guardas en negro -una con constelaciones- al principio y al final, lo que convierte a la edición rústica de tapas blanda en un objeto vistoso, único.

Henry David Thoreau (1817-1862) fue poeta, filósofo, abolicionista, naturalista, agrimensor e historiador estadounidense. Es conocido por su libro « Walden », una reflexión sobre la vida sencilla en un entorno natural, y por su ensayo « Desobediencia civil », un argumento a favor de la insubordinación a un Estado injusto. Sus artículos, ensayos y poesía suman más de veinte volúmenes y es su costado menos frecuentado.

Entre sus contribuciones de mayor influencia se encuentran sus escritos sobre historia natural y filosofía, donde anticipó los métodos y hallazgos de la ecología y la historia ambiental, dos fuentes del ambientalismo moderno. Su estilo literario entrelaza observación natural cercana, experiencia personal, una retórica clásica, significados cargados de simbolismos y tradición histórica, mientras muestra una sensibilidad poética, austeridad filosófica y la típico pasión americana por el pragmatismo.

A pesar de que « La noche y la luz de la Luna » es uno de los textos menos conocidos de Thoreau, con su lectura se revela que es una de las obras más significativas en cuanto a su concepción de la oposición entre naturaleza y sociedad. No solo por esto, sino por los numerosos temas que, como de costumbre, toca de forma lateral, por ejemplo la relación entre lo natural y lo civil, la reflexión que dedica a la confusión entre lo nuevo y lo viejo, lo que se construye y lo que se destruye, que, como explica en el texto, por la noche, bajo la luz lunar, se confunde.

Pero esas son particularidades, ya que en su conjunto, estos ensayos son una ilustración de una idea más genérica sobre la naturaleza que expone continuamente Thoreau en casi todos sus textos, la cual es la base de su pensamiento. El escritor sostiene que alejado del contacto de la naturaleza no hay vida humana ni reflexión, que esta sirve más que los libros y los diarios a los caminantes y a los poetas; que en la naturaleza está la ley.

Henry David Thoreau (1817-1862) fue poeta, filósofo, abolicionista, naturalista, agrimensor e historiador estadounidense.

Henry David Thoreau (1817-1862) fue poeta, filósofo, abolicionista, naturalista, agrimensor e historiador estadounidense.

El ensayista muestra su amor por el mundo natural y su sentido respeto por los cambios orgánicos provocados por las estaciones. En estos ensayos, principalmente en el segundo en el libro, « Los colores del otoño », hace una lectura perfecta a medida que llega el otoño y admira el follaje multicolor. Thoreau disfruta la contemplación de las hojas de los árboles y no comprende como sus vecinos de Concord se dedican a sus actividades diarias sin siquiera echar un vistazo a las gramíneas púrpuras o los arces rojos.

El ensayo « Los colores del otoño » es una permanente oda a estos cambios, comparando las hojas rojas y amarillas con frutas maduras que parecen dulces. Las descripciones que realiza Thoreau, mientras admira los olmos, los arces y los robles escarlatas recuerdan a la poesía de Virgilio y al renacimiento bucólico de Garcilaso.

« Sus hojas están perfectamente maduras. Me pregunto si también maduran, en respuesta los hombres que viven a su sombra », escribe. El otoño recuerda al escritor que debe elevarse y respetar el mundo que nos rodea, el cual brinda belleza en su constante y pacífica evolución.

Thoreau señala que los estadounidenses se comportaban con el mundo como si vivieran en un estado de naturaleza hobbesiano, tratando de manera rutinaria las tierras que habían encontrado, como si solo se tratara de un espacio para seguir conquistado y explotando, sin reparar en los daños que pudieran resultar de este esfuerzo.

Los ensayos de este libro, y el pensamiento en general de Thoreau, discuten con la famosa promesa del clérigo John Cotton pronunciada en 1630 en las colonias americanas de Massachusetts, quien en su recordado sermón señala que « quien toma posesión de un terreno baldío y le otorga cultura y cría, es su derecho a poseerlo ». Cotton se basaba en el mensaje de Dios a Adán sobre el Paraíso en el Génesis: « Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo ».

El pensamiento americano alineado a Cotton, al que Thoreau se enfrentaba, sostenía que la causa del daño ambiental era la naturaleza misma, producto de las inundaciones, heladas y tormentas, así como las plagas de insectos y malas hierbas. Por lo tanto, la naturaleza estaba sujeta a una especie de deterioro que debía combatirse con atención mediante la cría y el mejoramiento.

"La noche y la luz de la Luna" es uno de los textos menos conocidos de Thoreau.

« La noche y la luz de la Luna » es uno de los textos menos conocidos de Thoreau.

Thoreau dialoga en sintonía con las ficciones clásicas de James Fenimore Cooper. En « Los pioneros », la primera de las novelas de « Leatherstocking Tales », el autor de « El último mohicano » tiene una mirada diferente sobre la naturaleza. Uno de los momentos más conmovedores de la novela es un gran incendio forestal causado por un descuido humano: la explosión de un barril de pólvora.

Cooper también se refiere al daño causado por la minería de plata, un capítulo trata detenidamente el saqueo de los leñadores durante la tala de los bosques, otro sobre la matanza desenfrenada de palomas y se detiene en el daño que genera la pesca excesiva. Este es el momento en que los norteamericanos toman consciencia de que son la fuente del daño ambiental.

Cada uno de los ensayos de están marcados por el sentido de pérdida y culpabilidad. A veces, Thoreau simplemente se entristece, como cuando observa con angustia que: « Los tiempos de la manzana silvestre pronto serán parte del pasado. Es un fruto que probablemente se extinga en Nueva Inglaterra ». Sin embargo, durante estos cinco ensayos lo domina la indignación. El libro en su totalidad es un intento de convencer a sus compatriotas para detener o revertir la autodestrucción.

Thoreau siente en el fondo la decepción que con estos escritos no podrá convencer a sus conciudadanos, al menos no en ese momento, porque todavía no ocupa un lugar para poder vigilar el comportamiento de los humanos sobre la naturaleza. Al mismo tiempo, sin embargo, el naturalista claramente espera que sus comentarios demuestren ser lo suficientemente provocativos y persuasivos como para cambiar la opinión de sus lectores.

En esta vistosa edición, además de mostrar su pensamiento filosófico y la erudición permanente, Thoreau tiene una mirada idílica sobre el mundo. Las imágenes, las metáforas con la que describe los frutos, los árboles y su mirada sobre los colores hacen de este conjunto de ensayo -que se complementa con las ilustraciones de Liliya Shlapak, Lubow Chipurko, Nikolayenko Yekaterina y Melok- una oda narrativa a la Naturaleza.

[Fuente: http://www.telam.com.ar]

Espalhadas pelo país, que soma quase 200 mil mortes pela Covid-19, comemorações refletem, para especialistas, opção pelo individualismo

Aglomeração Ipanema chegou aos trendings tópicos do twitter.

Escrito por Bolívar Torres, do Globo

O fim de ano é uma época tradicionalmente festiva, mas as imagens e notícias que invadiram as telas nos últimos dias parecem desconectadas do atual momento do mundo. Na semana em que o país se aproximava dos 200 mil óbitos por Covid-19, multidões se aglomeravam, sem máscara, sem álcool (pelo menos no que diz respeito ao em gel), sem qualquer nesga de distanciamento social, em festas na praia de Ipanema, no Leblon e em Santa Teresa, no Rio de Janeiro — a despeito das instruções mais básicas para se evitar o novo coronavírus.

O Rio não foi o único nessa toada de “celebração” desenfreada pelo fim de 2020, como se não houvesse amanhã; 2021, no caso. Mesmo com o aumento da contaminação pela doença, as imagens chocantes de festas de arromba vieram de todo o Brasil. A indignação por conta delas gerou até a criação de um perfil no Instagram, @brasilfedecovid, que vem postando flagrantes dos eventos, verdadeiras roletas-russas da Covid-19. Com todas as recomendações sanitárias, é difícil entender o que há por trás desse comportamento.

Acostumada a pesquisar diversos períodos da nossa História, a professora titular da Universidade Federal de Minas Gerais (UFMG) Heloisa Starling é taxativa: nunca encontrou descrição de um comportamento semelhante em qualquer momento do país. Nem mesmo na gripe espanhola, cujos desdobramentos ela investigou em “A bailarina da morte” (Companhia das Letras), escrito em parceria com a historiadora e antropóloga Lilia Moritz Schwarcz.

— Pelo contrário, na época houve solidariedade em todas as cidades do país — lembra a historiadora e cientista social. — Essas cenas de aglomeração mostram a expressão de uma sociedade degradada, que não tem nenhuma referência social, que perdeu os valores de pertencimento. E esse é um fenômeno que não sabíamos que existia antes da pandemia; ou que existia e que não queríamos ver.

Em julho, o país viu um bom exemplo desse comportamento anticidadão em uma reportagem do “Fantástico’’, que mostrou um casal carioca atacando um fiscal da vigilância sanitária do Rio e bradando “Cidadão não, engenheiro civil!’’, ao ser abordado por não estar usando máscara. A frase chocou o país, gerando memes e piadas depreciativas. Mas não há, para Heloisa, nada de cômico no descaso de grande parte da população diante das mortes decorrentes da Covid-19.

— Um efeito dessa falta de pertencimento social é sermos incapazes de fazer o luto dos mortos, fingindo que eles não existem — diz ela. — Se não nos comovemos mais com quem morreu, então não somos mais uma sociedade, somos uma solidão. Porque o luto é onde a sociedade se reencontra consigo mesma.

Lógica do mais ‘forte’

Autor de “Cidade febril — Cortiços e epidemias na Corte Imperial” (Companhia das Letras), Sidnei Chalhoub é outro que investigou os efeitos de epidemias históricas no país. Em relação à crise atual, ele acredita que as próprias características da doença estimulam uma espécie de “darwinismo social’’, que crê na sobrevivência do mais apto. A doença causa maior número de óbitos entre os mais velhos, e os frequentadores das festas não costumam pertencer aos grupos de risco — embora números recentes mostrem o crescimento de casos entre jovens.

— É uma doença que potencializa o que muitos chamam de necropolítica (conceito do filósofo Achille Mbembe, segundo o qual o Estado decide quem vive e quem morre) — lembra Chalhoub, que acaba de editar “História da febre amarela epidêmica’’ (Chão). — Vivemos em uma sociedade que é visivelmente desrespeitosa com a terceira idade. Isso fica claro quando o presidente Bolsonaro diz que o seu passado de atleta irá protegê-lo. Tudo isso leva a uma percepção por parte dos jovens de que vale a pena correr o risco, preocupando-se menos com o perigo que representam como transmissores.

Quando o assunto é disciplina em uma crise sanitária, o problema é que sempre haverá “demandas’’, acredita a psicanalista e filósofa Maria Lucia Homem. As dos outros e as nossas:

— Muitas vezes não conseguimos recusar a demanda do outro, não queremos que nossa mãe, nosso pai, passem as festas de fim de ano sozinhos, por exemplo. Mas pode ser o nosso superego introjetado, nossa recusa a perder o direito de divertirmo-nos. “Eu ralei, então eu mereço”. É uma demanda que se mistura com uma imperatividade, um dever de ser feliz.

Já o psicanalista Joel Birman aponta uma “melancolia furiosa’’, quando um estado de desânimo se torna destrutivo. A sua principal matéria-prima estaria nas mensagens contraditórias sobre isolamento social entre os governos estaduais e federal. Após dez meses, a população acabou ficando desorientada e sem perspectivas:

— Vivemos um clima de quem perdeu a esperança. Certas formas de melancolia têm uma dimensão de destrutividade, como quem desafia a morte em uma festa com 500 pessoas.

Para Birman, autor de “O trauma na pandemia do coronavírus” (Civilização Brasileira), os líderes políticos podem acalmar a população com planos mais claros sobre restrições, mas também apresentando prazos e perspectivas para o futuro.

— O que tinha que ser dito é: estamos na etapa final, já temos vacina, vamos fazer um último esforço para sairmos dessa — avalia.

Algo difícil de acontecer, segundo Heloisa Starling, diante da falta de reação da sociedade.

— Ao ver essas imagens de festas, fica a pergunta: qual é o outro lado disso? — indaga a historiadora. — Não há uma reação contra este tipo de comportamento, há apenas paralisia. Vemos apenas um projeto de destruição do país, e não um projeto de futuro.

 

[Fonte: http://www.oglobo.globo.com]

Au Brésil, premier pays exportateur de viande au monde, végétariens et végétaliens sont de plus nombreux et de mieux en mieux servis par une multitude de start-up spécialisées dans l’alimentation non carnée.

Voilà quelques années, arrêter de manger de la viande était impensable pour la grande majorité des Brésiliens. Ce n’est plus tout à fait le cas, rapporte The New York Times.En 2018, ils étaient déjà 30 millions, soit 14 % de la population du pays, à se déclarer végétariens ou végétaliens :

Alors que le pays reste le plus premier exportateur de viande au monde, les supermarchés brésiliens proposent désormais des aliments à base de protéines végétales à côté de la viande rouge, de la volaille et du poisson. Et dans les quartiers chics des grandes villes, les restaurants servent des plats gastronomiques sans viande à une clientèle moderne et décontractée.”

Adieu la Feijoada, bonjour le hamburger végétarien !

“Nous sommes en pleine révolution”, confirme Bruno Fonseca, l’un des cofondateurs de New Butchers, une start-up spécialisée dans les hamburgers végétariens et autres substituts de blanc de poulet.

Cette année, Outback Steakhouse, l’une des chaînes de restaurants les plus populaires au Brésil, a lancé un hamburger à base de brocoli et de chou-fleur. JBS, une des très grandes entreprises brésiliennes du secteur agroalimentaire, leader mondial de la transformation de viande, a lancé une gamme de produits végétariens imitant la texture et la saveur de la viande.

La peur des maladies cardiovasculaires, en recrudescence dans le pays, tout comme l’obésité et le diabète, n’est pas pour rien dans cette “révolution”. L’exemple donné par quelques personnalités très populaires joue également un rôle, explique le New York Times. Ainsi le vidéaste Felipe Neto, dont la chaîne YouTube compte plus de 40 millions d’abonnés, a annoncé en 2019 qu’il se convertissait au végétarisme à cause de l’indignation mondiale provoquée par la déforestation de l’Amazonie.

Mais la plus influente de ces vedettes brésiliennes converties au végétarisme reste l’animatrice de télévision Xuxa Meneghel, devenue célèbre dans les années 1990 grâce à son émission de variétés. Et Xuxa Meneghel en est sûre, c’est grâce à son régime strictement végétarien qu’elle a conservé intacts son dynamisme et sa libido.

Adieu la Feijoada – fameux ragoût de viande de porc et de haricots noirs qui fait office de plat national – et bonjour le hamburger végétarien à la brésilienne !

 

[Photo : Pixabay/cc – source : http://www.courrierinternational.com]

El número de vegetarianos en Brasil se duplicó en un periodo de seis años, lo que ha originado una floreciente industria basada en vegetales. La nación, creen algunos empresarios, tiene el potencial de convertirse en un gran exportador de alimentos no cárnicos.

Una clase al aire libre de alimentación consciente en Río de Janeiro. El número de vegetarianos en Brasil casi se duplicó entre 2012 y 2018.

Una clase al aire libre de alimentación consciente en Río de Janeiro. El número de vegetarianos en Brasil casi se duplicó entre 2012 y 2018.

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Después de que por años se dedicó a proporcionar grandes cantidades de comida vegana a un ashram (un lugar de meditación hinduista) ubicado en las montañas en las afueras de Río de Janeiro, la vida de Luiza de Marilac Tavares se sacudió cuando la pandemia ocasionó el cierre del centro y quedó desempleada.

Empezó a cocinar en casa, con la esperanza de llegar a fin de mes recibiendo órdenes de gente que conocía. Pero sucedió algo distinto: los pedidos de su exquisita comida se dispararon. Con un poco de marketing de Instagram, sin darse cuenta había aprovechado el auge de la demanda de alimentos de origen vegetal en Brasil.

El país, que es el exportador de carne más grande del mundo, ha experimentado un cambio drástico hacia las dietas de origen vegetal. El número de personas que se declaran vegetarianas en Brasil casi se ha duplicado en un lapso de seis años, según una encuesta realizada por la empresa de encuestas Ibope; 30 millones de personas, o el 14 por ciento de los brasileños, declararon ser vegetarianos o veganos en 2018.

Tavares, una hare krishna que describe la cocina como un acto sagrado que la acerca a Dios, explicó: “Hay un cambio de conciencia en marcha”.

Pero el auge de la demanda se extiende mucho más allá del entorno hinduista.

Los supermercados tradicionales ahora ofrecen alimentos fabricados a partir de proteína de origen vegetal junto a la carne, el pollo y el pescado. Y en los barrios más exclusivos de las grandes capitales, los restaurantes, que prestan tanta atención a la atmósfera como al menú, sirven platillos ingeniosos sin carne a un público informal y moderno.

Luiza de Marilac Tavares, con una mascarilla negra, habla con sus clientes mientras almuerzan. La demanda de su comida se ha disparado.

Luiza de Marilac Tavares, con una mascarilla negra, habla con sus clientes mientras almuerzan. La demanda de su comida se ha disparado.

Esta transformación ha convertido a una nación de 212 millones de personas —mundialmente conocida por sus restaurantes con toda la carne que puedas comer, y bajo un escrutinio cada vez mayor por las emisiones de carbono generadas por sus fincas ganaderas— en una potencia de la innovación alimentaria de origen vegetal.

En Brasil, las empresas emergentes de alimentos de origen vegetal han experimentado una gran demanda desde que los productos análogos de proteína animal comenzaron a estar disponibles ampliamente en supermercados y restaurantes en 2019. Los fundadores de estas empresas predicen que en pocos años los consumidores no podrán notar la diferencia entre una carne de hamburguesa extraída de una vaca o una producida con proteína de guisantes, jugo de remolacha y almidón de papa.

“Estamos en medio de una revolución”, aseguró Bruno Fonseca, uno de los cofundadores de New Butchers, una de las nuevas empresas brasileñas que hace réplicas de alimentos de origen animal con ingredientes vegetarianos; incluidas las hamburguesas, alternativas a las pechugas de pollo y un salmón de imitación.

Según explican los expertos, el alejamiento de las proteínas de origen animal se debe principalmente a problemas de salud. En años recientes, la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares han aumentado en Brasil como resultado de la adopción de una vida más sedentaria de la población y del creciente abaratamiento y amplia disponibilidad de la comida chatarra.

El aumento de la deforestación —que gran parte se explica por la industria de la carne— y un movimiento cada vez más visible por los derechos de los animales son factores secundarios que motivan a los brasileños a reducir o eliminar los productos de origen animal de sus dietas.

Un área incendiada de bosque adyacente a una finca de ganado en Apiacas, en el estado brasileño de Mato Grosso.

Un área incendiada de bosque adyacente a una finca de ganado en Apiacas, en el estado brasileño de Mato Grosso. Foto: Victor Moriyama

Hace algunos años, dejar de comer carne era impensable para una gran mayoría de los brasileños. La feijoada, el platillo nacional, es un guiso hecho con frijoles y cerdo. Las comidas al aire libre de fin de semana en las que familias y amigos se reúnen durante horas para comer grandes cantidades de filetes, pollo y salchichas son un ritual venerado en todo el país.

“Comer es lo más cultural que existe”, aseguró Gustavo Guadagnini, director administrativo en The Good Food Institute de Brasil, organismo que apoya a las compañías que producen alternativas alimenticias de origen vegetal. “Se trata de la región donde naciste, de las recetas familiares”.

Hasta hace poco, Guadagnini aseguró que pedirles a los brasileños que dejaran de comer carne era como pedirles que abandonaran una parte esencial de su identidad.

“Ahora estamos ofreciendo los mismos alimentos que las personas acostumbran comer pero en una configuración que se vale de las nuevas tecnologías”, explicó. “Pueden hacer esa elección sin mucha dificultad”.

En Brasil, los partidarios de las dietas veganas y vegetarianas han instado a la gente a comenzar con pequeños cambios, como un lunes sin carnes.

Sandra Lopes, directora administrativa de Mercy for Animals, supervisa a un equipo que realiza investigaciones encubiertas sobre las prácticas abusivas en las granjas de alimentos. Pero además de esas tácticas de señalar y humillar, Mercy for Animals ha tenido un éxito considerable al reclutar a distritos escolares y a empresas interesadas en reducir la cantidad de carne animal que ofrecen.

En el país, varias escuelas públicas han acordado reducir la proteína de origen animal en un 20 por ciento, pues generalmente la eliminan por completo un día a la semana, explicó Lopes. Eso permite exponer a los niños a alternativas vegetales desde una edad temprana y les da a los funcionarios locales la satisfacción de apoyar a un sector de la industria alimentaria que opera de manera más sustentable.

“No es una petición radical la que estamos haciendo”, dijo Lopes. “Y a los niños les gusta la comida que les están sirviendo”.

Un par de personas cargan cajas de verduras y frutas en un mercado mayorista en Río de Janeiro.

Un par de personas cargan cajas de verduras y frutas en un mercado mayorista en Río de Janeiro. 

Grupos como Mercy for Animals, que inició sus operaciones en Brasil en 2015, han encontrado poderosos aliados en algunas de las celebridades más importantes del país.

Anitta, una de las principales artistas musicales de Brasil, dijo que había reducido drásticamente su consumo de carne, preocupada por el impacto que esto tiene sobre el medioambiente.

El año pasado, Felipe Neto, un videobloguero y emprendedor con más de 40 millones de suscriptores en YouTube, anunció que se volvería vegetariano en medio de la indignación mundial que Brasil causó por una temporada de incendios inusualmente destructiva en la Amazonía.

“¿Conocen esa sensación de cuando has estado haciendo algo que no está bien, que sabías que estaba mal y que las consecuencias pesaban sobre tu conciencia?”, preguntó el año pasado al explicar su decisión.

La celebridad vegana más militante de Brasil es la presentadora de televisión Xuxa Meneghel, cuyo programa de variedades fue la sensación en toda América Latina en los años noventa. Meneghel, de 57 años, ha asegurado que su dieta vegana es la principal causa del aumento de su nivel de energía y su libido. Pero dijo que ver documentales como Cowspiracy y What the Health la convencieron de que comer animales no solo era nocivo sino intolerable.

“Insto a la gente a que reconsidere esa costumbre de celebrar cumpleaños y reuniones de amigos con animales muertos en un plato”, dijo en un correo electrónico. “Me gustaría mucho que la gente redujera su consumo de cadáveres”.

Cocineros preparan un almuerzo vegetariano en un templo Hare Krishna en Río de Janeiro.

Cocineros preparan un almuerzo vegetariano en un templo Hare Krishna en Río de Janeiro.

Las empresas que han dependido del amor de los brasileños por la carne han notado el cambio en las opiniones y los apetitos, y han comenzado a abrirse paso en el mercado, cada vez más concurrido, de los alimentos vegetarianos.

A principios de este año, Outback Steakhouse, una de las cadenas de restaurantes más populares de Brasil, lanzó una hamburguesa hecha con brócoli y coliflor.

La empresa brasileña JBS, la mayor empresa de procesamiento de carne del mundo, que ha sido objeto de críticas por su papel en la deforestación ilegal de la Amazonía, lanzó el año pasado una línea de productos vegetales que se comercializan con la misma textura y sabor que la carne.

La compañía dice que la expansión de este sector es la única manera de alimentar a los seres humanos de manera sostenible en las próximas décadas.

“El mundo tendrá casi 10.000 millones de personas en 2050, por lo que la demanda de alimentos aumentará y será necesario ofrecer alternativas”, dijo la empresa en un comunicado enviado por correo electrónico. “La estrategia de proteínas vegetales de JBS busca ofrecer nuevas alternativas a los consumidores, ya sean veganos, vegetarianos o flexibilistas”.

Marcos Leta, el fundador de Fazenda Futuro, que en 2019 se convirtió en la primera gran empresa brasileña en vender productos vegetales parecidos a la carne en las tiendas de comestibles, ha estudiado la cadena de suministro de la industria cárnica del país y sus modelos de exportación y cree que Brasil tiene el potencial de convertirse en un gran exportador de alimentos vegetales.

Trabajadores en la línea de producción de un filete “de pescado” hecho de vegetales, en la sede de New Butchers, en São Paulo.

A Leta le gusta que sus productos se exhiban en los supermercados junto con paquetes de pechuga y costillas de pollo congeladas. Dice que es solo cuestión de tiempo antes de que él y sus competidores puedan producir a una escala que haga que sus productos sean competitivos con la carne y el pollo baratos.

“Mi competencia son los carniceros”, dijo Leta, quien dijo que come carne hoy en día principalmente como parte de los esfuerzos de investigación y desarrollo para acercar el sabor y la textura de su comida a la original. “La misión de la compañía es, en algún momento del futuro, hacer obsoletas las plantas empacadoras de carne”.

Leta dijo que su compañía progresa hacia ese objetivo. Recientemente comenzó a exportar sus productos, que incluyen imitaciones de albóndigas, carne molida y salchichas, a Holanda. Ha firmado acuerdos de distribución en el Reino Unido, Alemania y varios países de América Latina.

Tavares, de 61 años, quien ha trabajado muchas horas para preparar unas 400 comidas por semana con la ayuda de los cocineros del templo Hare Krishna de Río de Janeiro, donde rinde culto, pone los ojos en blanco al mencionar estas nuevas empresas que se esfuerzan por crear imitaciones de carne.

Pero admite que pueden ser un trampolín para muchos hacia el descubrimiento de la riqueza y el placer que ha encontrado en la cocina y el consumo de comidas a base de plantas que se ven y saben a plantas.

“Cuando te conviertes en vegetariano, es como si una llave hubiera girado”, dijo. “Comienzas a ver las cosas de manera diferente”.

Una carnicería en un mercado del centro de São Paulo. Algunos brasileños sienten que comer carne es una parte esencial de su identidad cultural.

[Fotos: Mauricio Lima, salvo cuando se señala – fuente: http://www.nytimes.com]

Lors de la cérémonie du concours Miss France 2021, la candidate April Benayoum a été la cible d’injures antisémites sur Twitter. En fus-je surpris? Hélas non.

April Benayoum, Miss Provence, ce 19 décembre.

Ayant encore deux sous de raison, je n’ai évidemment pas regardé le concours des Miss France, ce sommet d’imbécilité qui ferait passer Intervilles pour un jeu hautement intellectuel. C’est donc le lendemain que j’ai appris la consternante mésaventure arrivée à April Benayoum, innocente victime d’injures antisémites. En fus-je surpris? Hélas non. Avec un nom pareil, il fallait forcément s’y attendre. Moi-même, dans ma prime jeunesse, quand je me suis présenté au concours de Mister Univers, j’ai été la cible d’attaques qui visaient tout autant ma calvitie naissante que mon patronyme barbare, tir de barrage qui me valut d’être exclu du podium.

M’eût-elle demandé conseil au moment de présenter sa candidature que je lui aurais conseillé de rester bien sagement chez elle. Ou de changer de nom. Ou de prétendre qu’elle était orpheline. Tout sauf d’affirmer que son père était d’origine israélienne. Quelle folie! Quelle imprudence! Et quelle provocation aussi. Quand on a le malheur d’avoir un père né dans un pays connu pour pratiquer une politique digne des plus belles heures du Troisième Reich voire même du Quatrième, si ce n’est du Cinquième, on le cache au lieu de l’exhiber de la sorte.

D’ailleurs, depuis quand présente-t-on des jeunes filles juives au concours de Miss France? Je pensais la compétition réservée aux Françaises de souche pas aux produits d’importation. Où va-t-on si, désormais, on prend le risque d’avoir comme candidate des demoiselles qui ne sont pas françaises sur au moins cinq générations? À ce rythme-là, vous verrez, un jour, on se retrouvera avec une Pakistanaise déguisée en Marianne. Une honte nationale.

Samedi soir, l’un de ses aimables détracteurs s’est fendu d’un tweet rageur dont je retranscris ici le verbatim: «Tonton Hitler ta oublié d’exterminer Miss Provence.» On notera avant tout la qualité littéraire de la répartie avec cette élégiaque adresse au plus admirable des Allemands, j’ai nommé Tonton Hitler. Ceci dit, le «Tonton» m’interpelle quelque peu, étant donné que la généalogie de notre cher Adolf a toujours été encombrée d’un voile mystérieux. Aux dernières nouvelles, il aurait bien eu quelques frères mais tous morts en bas-âge –les bienheureux. Et un demi-frère, Alois. Quant à sa sœur, Paula, elle n’eut pas de descendance. D’où mon interrogation: comment peut-on être tonton si on a aucun neveu à se mettre sous la main?

Mais passons sur ce simple «détail» de l’histoire de la Seconde Guerre mondiale.

Reste, la magnifique, la sublime épître, «ta oublier d’exterminer Miss Provence». On passera outre la minuscule faute d’orthographe qui caractérise le début de l’apostrophe. Qui, en apprenant que, derrière Miss Provence, se cachait une espionne du Mossad, n’a jamais trébuché sur le clavier de son portable? Qui, en apprenant les racines judéo-bolchéviques-maçonniques de la représentante de la région Provence, n’en a pas avalé son Bescherelle de surprise? Dans la fureur –führer, devrais-je écrire, ah ah ah– à dénoncer cette supercherie, on peut comprendre cette très légère entorse à la langue de Molière.

D’autant plus que le soin pris à bien mettre l’apostrophe au verbe exterminer –d’exterminer donc et non dexterminer, comme on aurait pu le craindre dans l’empressement à clamer sa légitime indignation– rehausse avec éclat le niveau de l’ensemble. Il est vrai que dexterminer aurait fait bien pâle figure tant on aurait eu grand-peine à comprendre la signification de la diatribe. Tandis que là, c’est clair, c’est net, c’est franc, c’est sans appel, quasi célinien, aussi efficace qu’un billet de train en première classe pour Auschwitz, même si le départ de Marseille ou d’Aix-en-Provence complique quelque peu le trajet, obligeant les infortunés voyageurs à traverser d’abord la Suisse avant l’Allemagne puis la Pologne.

Les autres insultes étant du même calibre, on s’excusera de ne pas les prendre trop au sérieux et de ne pas tomber à bras raccourcis sur ces jeunes décérébrés, victimes d’un confinement qui les aura obligés à se taper, en ce samedi soir funèbre, une cérémonie aussi désuète que celle des Miss France. Aussi, au lieu d’une condamnation judiciaire des plus banales et sans aucun effet, on préférera une interdiction de portable jusqu’à nouvel ordre.

Et un voyage d’études dans les camps dextermination!

Avec Tonton Hitler comme accompagnateur.

 

 

[Photo : Loic Venance/AFP – source : http://www.slate.fr]

La vie dans les poches (2)

Faut-il revenir sur une polémique vite éteinte ? En septembre 2020, le Livre de poche et les éditions du Masque ont annoncé que le célèbre titre d’Agatha Christie, Dix petits nègres, serait ainsi transformé : Ils étaient dix. La décision venait de l’arrière-petit-fils et ayant-droit de l’écrivaine, qui juge offensant et humiliant l’emploi du mot « nègre ». Comment lui donner tort ? Il faut être sourd et insensible à tout ce que charrie un mot, un son, pour ne pas comprendre. Ou être de mauvaise foi. Le dossier est-il clos pour autant ? Le nombre de poches récemment publiés qui nourrissent ce débat montre que non.


Agatha Christie, Ils étaient dix. Traduction de l’anglais de Gérard de Chergé révisée. Livre de poche, 283 p., 5,60 €

Raymonde Bonnetain, Une Française au Soudan. Sur la route de Tombouctou, du Sénégal au Niger. Édition de Philippe Artières. Mercure de France, coll. « Le temps retrouvé », 367 p., 8,90 €

Marie Treps, Maudits mots. La fabrique des insultes racistes. Points-Seuil, coll. « Le goût des mots », 360 p., 7,90 €

Sarah Mazouz, Race. Anamosa, coll. « Le mot est faible », 96 p., 9 €

 

 

Écrit par Cécile Dutheil de la Rochère

Revenons à la nouvelle couverture de l’édition française. Le titre est désormais accompagné d’une mention très lisible, composée dans un corps à peine inférieur : « précédemment publié sous le titre de Dix petits nègres ». Il est permis d’en rire. Les éditeurs de poche ne sauraient se priver de l’argent que rapporte ce roman. L’ouvrage est non seulement le plus vendu de tous ceux d’Agatha Christie, mais c’est un des livres les plus vendus au monde, près de cent millions d’exemplaires depuis sa parution en 1939, et le plus vendu dans la catégorie des romans policiers.

Quelles négociations entre les éditeurs français et l’ayant-droit ont présidé à cette demi-mesure ? Nous ne le saurons jamais, mais voilà pour la manne financière que représente la géniale mécanique romanesque et meurtrière de lady Christie. Or, en soulignant le génie de l’écrivaine, son savoir-faire extrême, son goût du jeu et de la légèreté qui fait de la mort une des règles de ce jeu, on souligne son goût du plaisir pur, chose qui plaide en faveur de l’effacement de la désignation qui, en 2020, fait mal : « nègre ».

Le titre original anglais, Ten Little Niggers, venait d’une comptine anglaise de 1869, elle-même adaptée d’une comptine américaine datant de 1868, Ten Little Indians. Dès l’origine, le titre a subi des modifications. Aux États-Unis, pays lesté de l’histoire de l’esclavage, le titre du roman d’Agatha Christie est And Then There Were None depuis 1940, soit un an après la publication originale du livre (c’est également le titre anglais depuis 1980). Les personnes qui ont poussé des cris d’orfraie en apprenant le changement de titre français avaient donc tort. Elles ne mesuraient pas la labilité du titre d’Agatha Christie, la variabilité de ses versions et de ses traductions, ni le fait que la France était un des derniers pays à faire comme si de rien n’était..

La vie dans les poches : Agatha Christie, la valeur de la correction politique

« Dix petits Indiens » ou « And Then There Were None » de René Clair, adapté du roman d’Agatha Christie (1945)

Il y a fort à parier que lady Christie aurait souhaité n’offenser personne, même s’il est difficile de parler pour une morte, et même si la comptine enfantine la plus innocente contient toujours une note perverse. C’est aussi toute la cruauté de l’enfance – et de l’Homme – que ces chansonnettes cachent. Ne nous voilons pas la face.

L’édition, donc la société, se censure ? Le livre intitulé Une Française au Soudan. Sur la route de Tombouctou, du Sénégal au Niger, de Raymonde Bonnetain, paru en septembre 2019, prouve le contraire. L’ouvrage est encadré, publié dans une collection à valeur historique, « Le temps retrouvé », et préfacé par un historien (Philippe Artières). Il n’en reste pas moins que ce journal est stupéfiant par le racisme pur et dur qu’il distille. Stupéfiant mais passionnant et instructif. Il permet de mesurer le chemin fait, en apparence, et la valeur de la correction politique.

Raymonde Bonnetain est la première femme française à avoir atteint les rives du Niger. Elle y est arrivée parce qu’elle avait décidé de suivre son mari, Paul Bonnetain, écrivain naturaliste, envoyé en mission pré-ethnographique dans ce qu’on appelait le Soudan (qui couvrait les actuels Sénégal, Mali et Guinée). Il faut s’imaginer la France bourgeoise de 1893, la IIIe République, la colonisation triomphante et les scandales – elle et son mari découvrent le scandale de Panama avec dix jours de retard, grâce à l’unique dépêche Havas qui parvient au Sénégal.

Raymonde (sur qui nous avons peu de renseignements) est jeune. Elle part avec sa fille, Renée, âgée de sept ans. Elle a l’esprit pratique et elle est audacieuse : décider de suivre son mari dans un pays nommé Soudan où nulle Française (blanche) n’avait jamais été, c’était faire preuve de courage et d’indépendance. Elle est intelligente. Elle-même se nomme plusieurs fois « la petite bourgeoise ignorante que je suis ». Ignorante peut-être, en tout cas curieuse, observatrice, précise, et sans doute bénéficiaire de l’école pour tous, celle de la République et celle que la République entend exporter sur le continent africain. Douée pour les descriptions, elle évoque la « lumière enragée » du ciel soudanais. Vive, énergique, elle est facilement irritée par tout ce qui résiste au temps du progrès.

Elle est « naturellement » féministe. Il faut voir l’assurance avec laquelle elle affirme que la colonisation aurait tort de se passer des femmes si elle veut réussir, c’est-à-dire, « attirer, sinon le colon, du moins le capitaliste ». Raymonde Bonnetain ne doute pas une seconde du bien-fondé de la colonisation ni de ses vertus civilisatrices, encore moins des espèces sonnantes et trébuchantes qu’elle rapporte. Son pragmatisme prime sur tout.

Les hommes et les femmes qu’elle découvre en Afrique ? Elle est si convaincue de leur « inintelligence » et de leur infériorité qu’ils lui servent d’argument pour faire valoir son féminisme : « Naturellement les noirs bâillent, avec leur mépris de primitifs pour la femme, de voir “madame toubab” se permettre elle aussi de monter à cheval. » La notion d’intersectionnalité, qui n’existait pas de son temps, se voit balayée par anticipation : c’est exactement le genre de lignes que la lecture de son journal fait bouger. Féminisme et antiracisme ne vont pas toujours main dans la main.

La jeune madame Bonnetain use peu des termes « autochtone » ou « indigène ». Elle décline toutes les variantes du mot « nègre » en lui ajoutant des suffixes de condescendance. On tombe des nues en lisant et en entendant tant de laideur verbale et morale, et si peu de questionnement intérieur.

À mi-parcours, voyant que sa fille s’ennuie, elle décide de lui procurer une « poupée vivante » et s’en va acheter une petite esclave qu’elle nomme Belvinda en hommage à l’une de ses ancêtres. Elle choisit une orpheline maltraitée et scarifiée, « car il faut bien, dit-elle, qu’une bonne œuvre rachète l’égoïsme de mon but : donner à Renée une compagne ». Raymonde Bonnetain est le produit de son temps, de sa culture et de sa blancheur, mais plus que cela encore. Jamais elle ne remet en question ses catégories de pensée ni ses filtres. Elle n’a jamais l’ombre d’un doute, d’un sursaut d’humanité ou de compassion. Elle montre un début d’attachement à la petite Belvinda, mais guère plus.

Interdire la publication d’un témoignage aussi violent et aussi riche ? Ce serait se priver d’une plongée aux racines mêmes de l’entreprise coloniale, renoncer à un élément de compréhension important pour mettre en perspective les débats d’aujourd’hui. Non pas que la brutalité du registre de Raymonde Bonnetain ait entièrement disparu. Au contraire. À lire l’ouvrage de la sémiologue Marie Treps, Maudits mots. La fabrique des insultes racistes, il est frappant de voir que la totalité ou presque des termes dépréciatifs utilisés par notre épouse-aventurière sont toujours de mise aujourd’hui, cent trente ans plus tard.

En rapprochant ces deux ouvrages, le premier, un journal, le second, un dictionnaire, on mesure à quel point le genre auquel appartient un livre – témoignage versus relevé scientifique – influe sur notre écoute et notre sensibilité à des qualificatifs orduriers. La lecture du premier choque et suscite de l’émotion. La lecture du second ne choque pas et suscite peu ou moins d’émotion. L’un est un écorché, un tableau à cru ; l’autre un panorama, un tableau déroulé dans une histoire.

La vie dans les poches : Agatha Christie, la valeur de la correction politique

Aujourd’hui, que faire pour dépasser l’émotion et l’indignation ? Lutter contre des mots par d’autres mots ? C’est l’idée que défend le petit ouvrage de Sarah Mazouz, sociologue et chargée de recherches au CNRS. Le livre, intitulé Race, fait partie d’une collection nommée « Le mot est faible », dont le but est de redonner sens à certains termes dans une perspective militante.

L’objet-livre d’abord : c’est une vraie réussite. Car il ne s’agit pas d’un poche comme les autres, mais d’un vrai cocktail Molotov de papier. De facture soignée et pensée, le bouquin est mince, facile à manier et à dégainer, il a de la main et des rabats pour en rabattre. Sa couverture oppose un à-plat noir et une titraille blanche, dont la moitié est imprimée à la verticale et oblige à tourner le livre pour lire ce qui devient un slogan. L’effet visuel est repris à l’intérieur, le texte étant ponctué de doubles-pages qui répètent certaines phrases sur un fond noir ou blanc. La fabrication du livre est performative, et elle est remarquable de la part d’une petite maison indépendante. N’oublions pas que les grands groupes obligent les éditeurs à des économies d’échelle qui produisent un papier buvard ignoble et une impression de qualité inférieure à celle de photocopies… Saluons donc l’engagement matériel des éditions Anamosa.

Quant au titre Race, il propose une mise au point, ou plutôt une mise à jour du lexique utilisé depuis quelques années, voire quelque mois, par les militants antiracistes. Racisation, racialisation, intersectionnalité, blanchité, colourblindedness… autant de termes, souvent empruntés à la langue américaine, dont Sarah Mazouz entend expliquer la nécessité et la raison d’être. Son propos est de justifier et d’enraciner un certain nombre de néologismes et de nouveaux usages, il n’est pas de prendre en compte l’histoire, ni même, au fond, le débat d’idées.

Elle s’y engage avec force et conviction. Est-elle convaincante pour autant ? « Pour ma part, écrit-elle, j’ai fait le choix dans mes travaux d’utiliser l’expression d’assignation racialisante pour insister sur la dimension processuelle du geste qui consiste à essentialiser une origine réelle ou supposée, à en radicaliser l’altérité et à la minoriser, c’est-à-dire à la soumettre à un rapport de pouvoir. » Outre le fait que radicaliser la langue pour souligner-dénoncer la radicalisation de l’altérité ne va pas de soi (mais cela mérite une vraie réflexion), ce type de prose témoigne d’autant d’ouverture que d’enfermement. Hélas, le texte de Sarah Mazouz produit régulièrement cette impression d’étouffement. Pour être un vrai pamphlet, il faudrait qu’il s’affranchisse de cet excès de technicité qui l’obscurcit.

Il est possible de parier : de tous ces néologismes, lesquels tomberont aux oubliettes ? lesquels s’imposeront ? lesquels changeront durablement notre regard sur les Autres ? Un feu s’est allumé du côté d’Agatha Christie, vite éteint. Un autre feu, plus durable, est en cours dans nos laboratoires de recherche : quel avenir promet-il ?

 

[Source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]

Tropea. Fotografía: Sonia Uliana (CC)

 

Publicado por Mariangela Paone

Es la tierra más desconocida del bel paese y durante décadas ha sido considerada «un mundo aparte». Pero con el poder de la ‘Ndrangheta, la mafia calabresa, que actúa como un holding internacional, el desempleo endémico y una corrupción que sobrevive a los escándalos, la región es cada vez más el espejo en el que un país entero se mira.

—Soy de Calabria.

—Ah, sí. Estuve una vez en Palermo.

—Bueno. Palermo está en Sicilia.

Y Calabria no es Sicilia. Ni está tan cerca de Nápoles, como muchos foráneos creen. No es de extrañar. Durante siglos, aquel trozo de tierra engastado entre el mar Tirreno y el Jónico que forma la punta de la bota italiana, ha sido una tierra de pasaje, un intermedio entre una capital y otra del reino de las Dos Sicilias, el apéndice de una Italia que, siglo y medio después de su unificación, aún tiene la tentación de considerarla como un «mundo aparte». Una tentación no exenta de hipocresía. Ayer como hoy. En los años setenta, cuando un desarrollismo sin objetivos dejó detrás de sí los esqueletos inertes de polos industriales fallidos antes de empezar, como los de la Piana de Gioia Tauro, donde los cimientos de las fábricas que nunca abrieron yacen en medio de las colinas de naranjos como monumentos perennes de la violación de una tierra de extraordinaria belleza. Y ahora, cuando una parte del país aún finge no ver hasta qué punto la ‘Ndrangheta, la poderosa mafia calabresa, ha entrado a formar parte del tejido económico de un norte que se creía inmune (e impune).

«A menudo oigo decir que Calabria es una parte distinta de Italia. Pero yo creo que es un laboratorio de lo que es el país, de lo que puede ser Italia dentro de veinte años si no se invierte la marcha. Catanzaro, su capital, es como la exasperación de los grandes problemas del país: ausencia de mérito, corrupción de la cosa pública, una realidad ensimismada y una grandísima desigualdad social, con un poder económico que se mezcla con el político. Luego está la mafia, que hasta hace unas décadas se consideraba una peculiaridad local, y ahora ha cambiado de naturaleza y la puedes encontrar en Calabria como en Lombardia, dueña de grandes capitales que actúa como un capitalista». Salvatore Scalzo habla desde Bruselas. Volvió allí hace unos meses, en un viaje de ida y vuelta desde y hacia su ciudad natal, que es una parábola de lo que es hoy en día Calabria y del porqué es el espejo en el que un país entero se mira.

Scalzo es un joven brillante. Tras acabar la carrera en Roma y un máster en Asuntos Europeos, con tan solo veintiséis años consigue un trabajo en la Comisión Europea. Es también el fundador de Ulixes, la asociación de jóvenes calabreses de aquella diáspora que, como una lenta sangría, ha vaciado los pueblos y las ciudades, haciendo de la región una de las tres en Italia con crecimiento demográfico negativo. Es entonces cuando le proponen presentarse como candidato del centro izquierda a la alcaldía de Catanzaro, una ciudad donde la alternancia del poder ha sido a menudo un cambio de chaqueta para pasar de un partido a otro, donde una oligarquía que es siempre la misma desde hace décadas bloquea cualquier atisbo de cambio. Con la frescura de sus veintiocho años, Scalzo acepta y tras ocho años fuera, vuelve a su tierra. En breve, su decisión se transforma en un pequeño «caso» que consigue despertar también la atención de los medios nacionales e incluso internacionales, siempre muy parcos a la hora de hablar de Calabria más allá de las crónicas teñidas de sangre sobre la criminalidad organizada.

La suya es una misión imposible. Se sabe que no podrá ganar contra el candidato del centro derecha, exfascista y expresión de aquella oligarquía que ha gobernado la ciudad sin interrupción en las últimas décadas. Y pierde. Pero consigue un resultado que nadie realmente se esperaba. Sobre todo, logra aglutinar el voto de los jóvenes, reanimar a una oposición de facto muerta, dar a una ciudad anestesiada una bocanada de aire fresco. Y es por eso que, cuando siete meses después el ganador de las elecciones dimite porque prefiere quedarse con el escaño de diputado (único caso en Italia de un candidato con doble cargo que renuncia a gobernar su ciudad), Scalzo tiene su segunda oportunidad. Parece el comienzo de un sueño.

Llega el día de las elecciones. Scalzo se enfrenta esta vez a Sergio Abramo, exalcalde y emprendedor. Es uno de los dueños de los call centers que han colonizado la periferia de la ciudad, con enormes naves que han aplastado los antiguos campos de olivares, vendiendo, en la región con la tasa más alta de paro de Italia y una falta de trabajo endémica, el sueño de un empleo en una oficina, por trescientos o cuatrocientos euros al mes y ninguna garantía.

El exalcalde gana las elecciones por ciento treinta votos. Pero ya pocas horas después se empieza a saber que algo raro había pasado en algunos colegios de la periferia sur de la ciudad. Hay olor a estafa. Y denuncias de votos comprados por cincuenta euros, en una ciudad donde el voto di scambio ha alimentado la construcción de relaciones clientelares que han atascado el funcionamiento de la máquina de la administración. La oposición denuncia y, unos meses después, un tribunal le da la razón. Pero, en lugar de anular los resultados, solo hace repetir el voto en los colegios incriminados. Y, como si nada hubiera pasado, en la Italia del ventennio berlusconiano, Abramo, inesperadamente, vuelve a ganar. «Y entonces sí ha sido duro». Scalzo lo repite con voz firme, pero afectada, de quien en serio se había creído que se podía producir una brecha en el inmovilismo que ha alimentado la diáspora y el vaciamiento de los recursos materiales e intelectuales de una región.

¿Cómo era posible que volviera a ganar el mismo candidato tras haberse descubierto una estafa electoral en el anterior turno? ¿Son los calabreses incapaces de mostrar indignación, de un acto de rebeldía ante el statu quo? «También en este sentido es una Italia en miniatura. No hay que infravalorar el hecho de que una grandísima parte de la sociedad depende no solo ya de la política sino de un poder económico que se concentra cada vez más y que representa un gran bloque social, en un contexto de gran precariedad donde el consenso se capta sobre los servicios mínimos ofrecidos a la gente, y donde cualquier cosa parece octroyée, concedida».

«A veces, parece que no hay encuentro con la historia, que es un país que vive fuera de la historia».

El tono de Scalzo no esconde que la derrota sigue doliendo. Ha decidido dejar la experiencia política calabresa y volver a Bruselas, desde donde contempla airado como los millones de euros de los fondos que la Unión Europea invierte en la región se pierden en el despilfarro de proyectos sin rumbo ni otro objetivo que alimentar el spoilsystem del poder político.

***

«Yo me implicaría por Calabria, pero no creo en los héroes, creo en las acciones colectivas. No quiero ser una vanguardia de mí mismo». Giovanni Tizian tiene treinta y dos años y desde hace tres vive bajo escolta. En diciembre de 2011 la policía le comunicó que era «una persona en riesgo». De profesión es periodista y en los últimos años se ha dedicado a investigar los negocios de las mafias en el norte de Italia. Una de sus investigaciones sobre empresas con olor a ‘Ndrangheta en la región de Emilia Romagna, antaño paraíso de la eficiencia y bastión de la izquierda, ha molestado, y mucho. Es así como el poder criminal vuelve a turbar su vida, nueve años después de haber dejado Bovalino, la ciudad en la provincia de Reggio Calabria en la que había vivido hasta el asesinato de su padre, asesinado a sangre fría a golpes de lupara —la escopeta— en un homicidio en una de las zonas más y mejor controladas por los clanes locales, que veinticinco años después sigue aún sin culpables. Es por eso que, tras su primer libro de ensayo Gótica, una megainvestigación sobre las infiltraciones mafiosas en el norte de Italia, Tizian ha escarbado en los cajones de la memoria, superando las reticencias y el dolor, para contar en La nostra guerra non è mai finita la historia de su familia, de la empresa familiar que, tras incendios dolosos y amenazas, tiene que cerrar convirtiendo, tres años después de la muerte de su padre, a las víctimas en fugados.

«Calabria es para mí un mar en tempestad, el símbolo de las contradicciones típicas del Mediterráneo, la belleza y la maldición al mismo tiempo, la energía violenta de las olas pero también el olor del mar. Tanta pasión, tanta alma pero al mismo tiempo una tierra maltratada, vendida por un poder que no es solo criminal sino político». Es esta su metáfora para describir Calabria, que en este otoño de 2014 vive el enésimo baile de promesas de unas elecciones regionales adelantadas tras la condena a seis años e inhabilitación del expresidente Giuseppe Scopelliti, por falsificación de las cuentas de la administración de la ciudad de Reggio Calabria cuando él era el regidor. La sentencia no le ha impedido presentarse (sin éxito) a las elecciones europeas en la lista del Nuevo Centro Derecha, el partido del ministro del Interior Angelino Alfano y de los tránsfugas de Forza Italia de Silvio Berlusconi. «Las caras no cambian nunca. Siempre se presentan los mismos, los candidatos siempre son los mismos», asiente Tizian. O a lo mejor solo cambian de bando, en un sistema en el que el entramado de los intereses políticos, económicos y criminales a menudo se cruzan hasta confundirse.

Uno de los ejemplos más sangrantes es la autovía que atraviesa la región, la Salerno-Reggio Calabria, la reina de las infraestructuras inacabadas de Italia. La autovia A3, 495 kilómetros que, medio siglo después del comienzo de las obras, aún está plagada de puntos muertos y que, en el último de una serie de plazos incumplidos, Berlusconi prometió que acabaría en 2013. Y, en cambio, allí están las obras paradas en muchos tramos por la intervención de los jueces que indagan la red de infiltración mafiosa que coacciona y pilota las empresas de construcción. Grandes conglomerados que, como han revelado las investigaciones judiciales, añaden al coste de las obras un porcentaje para la «seguridad», que es en realidad el 3 % de «comisión» que hay que dar a los clanes.

«Nada representa mejor el fracaso del Estado italiano que la autovía Salerno-Reggio Calabria», escribía en 2012 el New York Times, para quien era «el fruto podrido de una cultura del trabajo por un voto que, alimentada por el crimen organizado, es endémica en el sur de Italia, y ha sistemáticamente defraudado al Estado mientras les fallaba a sus ciudadanos, dejando Calabria geográfica y económicamente aislada».

La A3 es la misma autovía que Tizian recorre cuando quiere volver a Bovalino y en su libro le dedica una amplia parte. «Ya en los años setenta —escribe— la jefatura de policía de Reggio Calabria reveló públicamente que las empresas del norte que ganaban los contratos contactaban con los mafiosos cuando aún no habían empezado las obras y estipulaban acuerdos que entregaban a los clanes la actividad de vigilancia. Así los picciotti se convertían en vigilantes, y protegían a las empresas de los malintencionados. Una paradoja que se ha convertido en una praxis: te quitan la seguridad y luego te la venden».

Tizian no se sorprende cuando se comenta que en España no hay mucha alarma social por la presencia del crimen organizado en el territorio, a pesar de que la ‘Ndrangheta, como él mismo explica, ha elegido el país como base de almacenamiento de la cocaína y un gran mercado para el lavado de dinero. «Las personas no entienden que el crimen organizado daña también cuando no mata. Creen que los que traen dinero y no armas no hacen daño. Pero no es así. La economía sumergida alimentada por las mafias estrangula la economía real. Cuando llegan lo hacen para acaparar todo. Pero no me extraña que no lo entiendan en España. En el fondo es lo mismo que hasta hace poco pasaba también en el norte de Italia». Como en Lombardía, donde a pocos meses de su inauguración, la Expo 2015 de Milán lucha por acabar unas obras en las que la ‘Ndrangheta también ha invertido, como ha denunciado este verano el Comité Antimafia del Ayuntamiento.

No se aprende nunca a vivir bajo escolta pero Tizian continúa con su trabajo, con su vida privada, con discreción, sin dar publicidad a las muchas dificultades de su día a día. Lo ha hecho en estos años acompañado también por decenas de jóvenes de los grupos antimafia, dentro y fuera de Calabria. La otra cara de una región cuyos «mártires» en la lucha contra el crimen apenas son conocidos fuera de sus confines (y a veces ni dentro). «En Sicilia hubo una contraposición social fuerte en la posguerra. Frente al poder criminal había una base social que intentaba luchar. Y luego hubo homicidios ilustres. Los de los jueces Falcone y Borsellino en 1992, y de curas, diputados, sindicalistas… En Calabria, en cambio, la ‘Ndrangheta siempre ha elegido sus víctimas sin hacer ruido».

Brunori Sas. Fotografía cortesía de Brunori Sas

«Creo que la imagen más fuerte que tengo para describir Calabria es la de un cubo de lata de pintura vacío y usado como una maceta para las flores. Por un lado están las plantitas, los brotes verdes, por el otro un contenedor inadaptado, antiestético, práctico». Dario Brunori volvió a Calabria en 2007. No lo hizo por voluntad propia. Acababa de morir su padre y él —que llevaba diez años en la Toscana buscándose la vida como músico— era el único entre sus hermanos que podía hacerse cargo de la pequeña empresa de familia, la Brunori Sas. «De un día para otro pasé de tocar en los pubs a vender ladrillos y hormigón. Fue un shock».

Ese shock le cambió la vida. Siete años después de su regreso, Brunori Sas es el nombre artístico con el que este cantautor calabrés, nacido en 1977, está conquistando Italia, a la manera de los cantautores de los años setenta, concierto a concierto, «partido a partido». Su último CD se llama El camino de Santiago en taxi por una anécdota de una señora acomodada que no quería renunciar a la experiencia pero se hizo acompañar en taxi. Una vía cómoda, un atajo como el que se busca a menudo en Calabria para encontrar trabajo. «En una mentalidad en gran parte instintiva, donde se miran las cosas prácticas como si fueran todo en la vida, se busca un atajo para tener una buena posición y no se cultiva una pasión que haga del trabajo una parte de la vida», dice Brunori pensando —él que lo ha logrado— en las dificultades de construir en Calabria algo nuevo, que rompa con los esquemas, que salga de la rutina y de la mordaza de las relaciones de fuerza asentadas. «Lo primero que todo el mundo te dice es Chine tu fa fari? (algo así como ¿cómo se te ocurre?). Nadie te anima. Más bien te dicen que no te arriesgues, que elijas lo más seguro. Es el fruto de una mentalidad pragmática, acostumbrada a vivir en el corto plazo. Yo, por ejemplo, he vivido en un sitio de playa y ninguno de mis amigos se ha dedicado nunca al turismo, porque le empujaban a buscar un trabajo como funcionario en lugar de intentar desarrollar algo en la zona».

«Es una mentalidad que es algo que se traslada también a la falta de cultura de la belleza, de sentido estético».

Una paradoja en una región sembrada de las ruinas de su pasado como la Magna Grecia, que heredó y compartió con su metrópoli la majestuosidad y los cánones de la belleza clásica de templos y estatuas, cuyos restos yacen a menudo encerrados en museos que no abren por falta de recursos o por un descuido que los hace inadecuados. Como el cubo de lata/maceta.

Son cosas que, tras estar años fuera, uno ya no ve como normales. «Antaño los baches de la carretera los esquivabas porque era normal que hubiese baches. Ya no…», dice Brunori, cuando cuenta cómo ha sido volver a vivir en su tierra. «Pero ahora que, con la música, doy muchas vueltas y conozco muchos sitios, veo también muchas realidades nuevas, iniciativas que se mueven y me dan esperanza». Esperanza de que las cosas puedan cambian. La misma a la que se han agarrado (y a la que todavía se agarran) los miles de emigrantes que un día salieron con la idea de volver.

«C’erano dieci vagoni, duemila terroni al binario tre. Valigie e borsoni e dai finestrini lo sguardo d’amore più triste che c’è», escribe Brunori en una de sus canciones. Calabria como un tren, una tierra de tránsito donde los turistas, que solo paran en Nápoles o Palermo, no se quedan. O el tren que cogieron en los años ochenta los familiares de las víctimas de los secuestros en la sierra de Aspromonte, salvaje e impenetrable, de donde algunos no consiguieron salir; y también el tren que cogían los ‘ndranghetistas cuando se disfrazaban de inmigrantes y todavía no tenían el holding financiero que tienen ahora, a pesar de las mujeres con pañuelos negros y de las casas de ladrillo sin pintar que aún pueblan la llanura de la Locride; o los trenes y trenes de dinero que han llegado de la Unión Europea y se han perdido como las agujas de los pinos del altiplano de la Sila en una tormenta de invierno. O, aún, «el tren que pasa una sola vez» de los políticos que, hoy como hace treinta años, te piden el voto a cambio de un trabajo que nunca llega.

Había diez convoyes, dos mil terroni —la palabra despectiva con las que se apodaban los inmigrantes del sur de Italia que se mudaban al norte— en el andén tres. Maletas y bolsos y, desde las ventanillas, la mirada de amor más triste que hay.

 

[Fuente: http://www.jotdown.es]

Comentário sobre uma seleção de crônicas da escritora que faria 100 anos em 10 de dezembro

Escrito por MARIA RITA KEHL*

A primeira edição, pela José Olímpio, é de 1971. O título, Elenco de cronistas modernos, delata a idade do livro. Há quanto tempo não chamamos o que é novo de “moderno”? O que era chamado moderno não se tornou eterno, como queria Drummond, mas (para muitos), anacrônico. E nós? Em vez de nos tornamos eternos, tornamo-nos contemporâneos de nós mesmos. E conservadores.

O elenco do século passado é mencionado na capa é da pesada: Drummond, Bandeira, Ruben Braga, Paulo Mendes Campos, Fernando Sabino – e duas mulheres apenas, Rachel de Queiroz e Clarice.

A crônica é uma forma literária muito elegante; sem consultar os universitários, me arrisco a dizer que a crônica é o comentário sobre uma cena (entre acontecida e imaginada) que o autor, no entanto, se poupa de nos explicar. A nota da primeira edição se vale do comentário de Mário de Andrade – “conto é tudo que chamamos conto” – para se esquivar de definir a crônica. O leitor não há precisar de uma definição para se convencer de que Clarice Lispector é uma cronista de primeira.

De que tratam as crônicas? De nada importante – essa é a arte da crônica. São banalidades do cotidiano, observações de passagem sobre acontecimentos domésticos e urbanos. Por que urbanos?

Nada impede, a princípio, que exista a crônica rural. Só que não: a cidade é o cenário que permite essas observações, de passagem, sobre um trechinho da vida de gente anônima. A crônica tem graça porque é um fragmento de espanto diante daquilo que nos parece familiar, só que não. Mas também pode inspirar-se no que acontece, eventualmente, também no seio da família.

Se é verdade que Clarice Lispector tenha sido uma melancólica no sentido grego da palavra (em oposição ao sentido freudiano[1]), suas crônicas conduzem o leitor através do espanto da autora diante de eventos aparentemente banais, acontecimentozinhos da vida, do mundo. Como os melancólicos, também essa escritora se coloca na vida de modo paradoxal: tenta olhar as coisas de fora, porque não pertence, ou não quer pertencer, a nada. No entanto, não consegue escapar da própria sensibilidade: tudo a “põe comovida feito o diabo”[2]. De tudo e de todos sente um pouco de pena, até mesmo quando se impacienta ou se irrita. Um almoço “de obrigação” estraga o sábado que se queria descomprometido, e lá foi ela, de má vontade, comer e beber. “Bebíamos sem prazer, à saúde do ressentimento[3]”.

Só que a convidada/autora se espanta, e a seguir se comove, com a dedicação com que a dona da casa tenta dar prazer a seus convidados: “então aquela mulher dava o melhor não importava a quem?[4]” De certa forma, essa observação toca a narradora sem comovê-la. “Aquilo queria tanto ser comido quanto nós queríamos comê-lo”. Por isso ela come. Sem piedade, sem paixão, sem esperança – e nesse ponto começa a causar espanto no leitor: por acaso não é mesmo assim que se come? Só que para a narradora, não. Para a narradora, comer assim é quase como ultrajar a anfitriã que a forçou para dentro daquele sábado que ela não desejara. Por isso comeu, como convém; porque a comida era boa, mas não ansiada. “Comi sem saudade alguma[5]”. Ora, essa.

A segunda crônica trata da breve história de Lisette, a macaquinha que a escritora comprou numa rua de Copacabana e, dessa vez por vontade própria e não por constrangimento, levou para os filhos. Lisette durou três dias e morreu, mas antes disso a narradora olhou fundo em seus olhos e teve certeza de que ela não aguentava essa existência de macaca. Por isso, morria? “Uma semana depois, o [filho] mais velho me disse: ‘Você se parece tanto com Lisette!’ ‘Eu também gosto de você’ respondi”.

Mais adiante, lá está ela empurrada para dentro de outro acontecimento social, nesse caso imaginário: um chá…” que eu ofereceria a todas as empregadas que já tive na vida. Um chá de senhoras, “só que nesse não se falaria de criadas”[6]”. E segue-se a imaginação das conversas de criadas no chá, entre as quais destaco a que me parece mais arguta: “Trivial, não, senhora. Só sei fazer comida de pobre[7]”.

A narradora melancólica, tomada de vez em quando de uma ira santa, outras vezes daquilo que os renascentistas chamavam de la haine mélancholique[8], também pode ser facilmente arrebatada pela simpatia, quando não pela piedade, que o outro lhe inspira.

Outras vezes, mais raras, se deixa tomar pela admiração. Como quando vai assistir a uma dança flamenca – essa em que, como em nenhuma outra, “a rivalidade entre homem e mulher se pusesse tão a nu[9]”. Não é difícil imaginar que o temperamento paradoxal da narradora, que resiste mal humorada à ternura na qual já adivinha que há de sucumbir, produza em cada uma dessas crônicas o mesmo movimento ambivalente. Daí, talvez, sua sensibilidade aguçada para as ambivalências da vida. A dança flamenca é “severa e perigosa (…) mal se compreende que a vida continue depois dela: esse homem e essa mulher morrerão”[10]. Só que essa observação não pode ser definitiva, ou não seria Clarice Lispector. A ambivalência retorna em grande estilo e encerra o parágrafo de maneira triunfal: “O que sobreviver se sentirá vingado. Mas para sempre sozinho. Porque só esta mulher era sua inimiga, só este homem era seu inimigo, e eles se tinham escolhido para a dança[11]”.

Não deve ter sido fácil para Clarice ser esta mulher, tão assolada pela indignação, o espanto e a ternura. Capaz de imaginar, em um conto escrito em XXX, a dona de casa entediada que mastiga uma barata tentando sentir alguma coisa; e de, em sua última obra, inventar uma moça tão humilde, tão pobre de espírito e tão conformada, que só sabe comer pão com mortadela e ouvir a rádio relógio. Bem: talvez para inventar a triste vida de sua Macabea, Clarice não precisasse de tanta imaginação: nascera na Ucrânia, em família muito pobre cuja mãe – como se desgraça pouca fosse realmente uma bobagem – tinha ficado paralítica justamente depois do parto dessa filha. Não dá para saber se a mistura de dureza e ternura que atravessa seus textos advém de sua história de vida. Mas também não é hipótese que se descarte.

Suas crônicas adoram o paradoxo. Há um quati doméstico que se pensa cachorro, e que ao final de cada dia observa o firmamento perguntando às estrelas a razão de sua nostalgia, sendo ele “tão feliz quanto qualquer cachorro[12]”. Ao visitar Brasília, em 1962, imagina Lucio Costa e Oscar Niemeyer como “dois homens solitários” – só assim consegue explicar a vocação para inventar uma cidade que a visitante descontente define como “o espanto inexplicado (…) quando morri, um dia abri os olhos e era Brasília[13]”. Que impressão pode ser mais crua, que impressão pode ser mais verdadeira, sobre a capital inóspita construída no meio do nada?

Pois isso acontece ao melancólico – daí a associação renascentista entre a melancolia e o chamado homem de gênio. O melancólico, da idade média até a era freudiana[14], seria caracterizado como alguém de sensibilidade exacerbada, temperamento lábil e inteligência genial, capaz de oscilar entre momentos de grande euforia e genialidade e outros de apatia e/ou ódio contra o mundo e contra si mesmo. Daí o risco maior de suicídio entre melancólicos.

Daí também, em Clarice Lispector, a sensibilidade fina para todas as manifestações dos desadaptados, como a menina muito ruiva acometida de soluços (“Que fazer de uma menina ruiva com soluços[15]?”). Ou a ideia genial e descartada de uma festa só para os amigos que já deixaram de ser amigos. Sua primeira intuição de Macabéa talvez tenha surgido de uma dessas crônicas, “Uma italiana na Suíça”: trata-se de uma jovem freira que abandonou o convento, mas não sabe como viver a vida fora dele. Qual a graça de gozar sua recém conquistada liberdade… na Suíça?

Clarice talvez fosse essa mulher, capaz de pular todos os muros para depois perguntar-se o que havia de tão interessante do lado de fora.

 

*Maria Rita Kehl é psicanalista, jornalista e escritora. Autora, entre outros livros, de Deslocamentos do feminino: a mulher freudiana na passagem para a modernidade (Boitempo).

 

Referência


Carlos Drummond de Andrade e outros. Elenco de cronistas modernos. Rio de Janeiro, José Olímpio.

Notas


[1] Não cabem explicações teóricas nessa breve resenha. Anoto apenas que diferença entre a melancolia antiga e a moderna é que para os gregos a sensibilidade melancólica está associada ao que chamamos “gênio” enquanto para a psicanálise a melancolia designa o padecimento do sujeito que odeia, inconscientemente, alguém que já foi objeto de grande afeto – e com isso, odeia também a si mesmo.

[2] Conhecido verso de Carlos Drummond de Andrade no Poema de sete faces.

[3] Página 35.

[4] P. 36.

[5] P.37.

[6] Grifo meu.

[7] P. 204.

[8] A raiva melancólica.

[9] P.252.

[10] P. 253.

[11] Idem.

[12] P.181.

[13] P. 133.

[14] Em 1920 Freud escreveu Luto e Melancolia, um de seus ensaios mais importantes, em que resgata a melancolia da antiga associação com a personalidade genial e propõe uma relação entre a falta de gosto pela vida que caracteriza o sofrimento melancólico e a falta de alegria com que a mãe teria recebido aquela criança. As oscilações entre euforia e ódio (principalmente contra si mesmo) de que sofre o melancólico freudiano teriam origem na relação ambivalente da mãe com a criança – provocando, evidentemente, uma ambivalência também no amor da criança por ela. Em 19xx, André Green acrescentou uma importante contribuição a teoria freudiana com seu livro A mãe morta.

[15] P. 83.

 

[Fonte: http://www.aterraeredonda.com.br]

Une traduction n’est pas la rivale d’une autre traduction, mais une fleur ajoutée au bouquet, ou bien, si l’on préfère, un falerne au banquet. André Markowicz et Françoise Morvan donnent à respirer de nouveau et à déguster la magie de Boulgakov. On s’y adonne volontiers et on s’y engloutit. Pour un écrivain, un poète, un traducteur, partant pour le lecteur, la mort des mots n’existe pas.

Mikhaïl Boulgakov : de drogué à censuré, de censuré à la postérité – Des  avenues et des fleurs

Écrit par Christian Mouze

« Quand les orages cessèrent et qu’arriva l’été torride, apparurent dans le vase ces roses tant attendues et qu’ils aimaient tant. Celui qui se désignait comme le maître travaillait fiévreusement à son roman, et ce roman engloutit également l’inconnue. » Parce que les mots ne perdent rien de la vie, que ceux-là sans celle-ci resteraient mécaniques puis inertes. L’édition ne manque pas de livres machines pour mauvais sommeils.

Cependant Boulgakov avertit et rassure : « les manuscrits ne brûlent pas » et leur mort n’existe pas. Gogol n’a rien pu brûler du génie qu’il nous laisse. La mort n’est ni pour lui ni pour Boulgakov, qui n’envisageait même pas de voir publier son roman ; ni même pour un Maïakovski (qu’on le lise !) qui, à sa manière, ne flattait pas le régime et la société que celui-ci tirait au forceps. Et tant, tant d’autres de cette Terre et ses siècles : la mort les a emportés et les emporte sans réussir à prendre et dissoudre comme une chair leur œuvre.

Vladimir Topleninov, Nikolaï Liamine, Lyubov Belozerskaya et Mikhaïl Boulgakov (à droite)

Mikhaïl Boulgakov, à travers son œuvre, interroge les Temps. Il interroge l’Histoire et les Écritures. Celles-ci ne sont pas Celle-là. Elles portent un enseignement. Elles veulent le transmettre. Elles ne se soucient pas d’être ou de n’être pas historiques. À l’Histoire de leur répondre ou non, c’est son affaire, et le héros Woland, personnage complexe (qui, plus précisément que le mal à l’état pur, représente une volonté d’ajustements à défaut de réelle justice), peut y agir tout à son aise.

La force de Boulgakov est d’interroger historiquement les Écritures, de les récrire en les dépouillant de leur caractère sacré, afin que l’homme puisse comme y respirer plus humainement, et mieux y reconnaître sa vie et ses souffrances. En tout cas, revenir à la Terre et à soi : « Puissance de l’au-delà ou pas de l’au-delà – quelle importance ? J’ai faim. » C’est Marguerite qui parle au Maître. C’est l’être humain qui parle tout bonnement avec sa faim. De cette faim quotidienne, et sous son poids on vit, on écrit, on meurt sans l’avoir assouvie, car elle déborde toujours.

C’est ainsi que, dans les années 1930 et le Moscou de Staline mais aussi de Boulgakov (cela, il ne faut pas l’oublier), un poète officiel en arrive à dire : « C’est autre chose que je veux écrire. » Cette voix au cœur du roman de Boulgakov, d’autres voix, au cœur même du mauvais roman de la terreur des années trente en URSS, d’autres voix, rares sans doute, mais réelles, cachées, voire inavouées à elles-mêmes, lui faisaient écho. Aujourd’hui, pourquoi pas, c’est toujours autre chose que les écrivains peuvent désirer être, dans les bruits et les querelles de leurs cercles et de leur temps : y prendre part n’oblige pas à s’y identifier. Mais on ne pourra jamais faire qu’une écriture ne soit pas d’abord par elle seule une source de vie et de liberté.

On ne pourra jamais non plus réduire Le Maître et Marguerite à la seule intention critique et satirique pourtant là et bien là, mais elle n’est pas l’unique motrice : le projet de Boulgakov a davantage d’envergure. L’écriture est en quelque sorte plus profonde que notre terre sociale. Et négligeant les lavabos de louanges ou d’indignation, elle commence réellement là où l’on ne peut plus se laver les mains, mais où avec sa poussière il faut bien s’avancer seul.

Le Maître et Marguerite déploie et alterne deux écritures somptueuses : la première, tout échevelée, suit les frasques et les jeux tragiques et drolatiques qui mettent sens dessus dessous le Moscou des années Staline ; la seconde, grave et hiératique, rapporte les temps d’une vérité que Boulgakov sécularise et arrache aux interprétations et récits officiels des Églises. La première est une satire ludique et déchaînée : elle court les rues, les places, les immeubles de Moscou. La seconde visite Ierchalaïm (Jérusalem) et ses alentours, met face à face le procurateur Ponce Pilate et Ieshoua, emprunte les sentiers accablés de touffeur ou bien nocturnes de Gethsémani. Soleil et orages insoutenables, places vociférantes ou vides, nuits coupe-gorge. Mais c’est à la nudité aérienne et moqueuse de Marguerite que Boulgakov donne son consentement et abandonne la magie de sa langue.

Marguerite n’est à l’aise que nue, libre de corps et d’esprit, pour ne demeurer offerte qu’au seul Maître. Elle n’évite pas Satan, jusqu’à ce que son chemin par lui-même s’en écarte : elle n’a pas peur. Elle ne craint que pour le Maître, ses manuscrits et son gîte terrier. Elle protège l’écriture du Maître, elle est la gardienne et la bonne fée de son feu, le feu même de Boulgakov, transmis chez nous d’une traduction l’autre, depuis les années soixante du siècle dernier. Le Maître et Marguerite a paru pour la première fois en français (aux éditions Robert Laffont, en 1968) dans une traduction de Claude Ligny. Vint ensuite la traduction de Françoise Flamant (Gallimard, « Bibliothèque de la Pléiade », 2002). Toutes deux encore vivantes et, à ce titre, incomparables. « Le vivant est incomparable », écrivait Mandelstam.

Le travail d’André Markowicz et Françoise Morvan ajoute aujourd’hui une note à la fois originale et contiguë. Il n’y aura jamais de statut définitif d’un texte à travers une traduction qui additionne sa fonction propre à l’œuvre originale. Celle-ci est un fruit immuable, unique. Chaque traducteur l’exprime, selon sa main qui s’applique en même temps à modeler un analogue.

« Au déclin d’une chaude journée de printemps, sur la promenade de l’étang du Patriarche, apparurent deux citoyens. » (trad. Claude Ligny)

« Au déclin d’un après-midi de printemps torride, deux citoyens débouchèrent de compagnie sur le square des étangs du Patriarche. » (trad. Françoise Flamant)

« Par un torride crépuscule de printemps, au bord des étangs du Patriarche, parurent deux citoyens. » (trad. André Markowicz et Françoise Morvan)

C’est la première phrase du roman. Une traduction se fait avec les mots de toujours et un moment présent. Le lecteur arrive à son heure, et le guide traducteur se présente de lui-même. Avec son corps et ses mots. C’est en quelque sorte un aventurier. Il porte sa légitimité. Personne d’autre n’y peut rien. Le dernier mot du roman, chez nos trois traducteurs, est : « Ponce Pilate ». Un nom toujours évocateur. Des crimes de son époque un écrivain ne peut se laver les mains. En Union soviétique, plus d’écrivains qu’on ne croit, et bien plus que ceux que l’on cite toujours, l’ont prouvé.

La petite chambre de Moscou où écrivit et mourut Boulgakov s’est révélée citadelle, « mont sacré, superbe d’élan » : Staline n’a pas osé la prendre, ni en descendre la gloire de l’écrivain. Il ordonna à son secrétariat de téléphoner un jour de mars 1940 : « Est-il vrai que le camarade Boulgakov est mort ? – Oui, c’est vrai. On raccrocha (1). » Un doute libérateur.


  1. Sergueï Ermolinski, introduction à Le Maître et Marguerite, Robert Laffont, 1968. Signalons aussi, dans l’édition Inculte, les notes peu nombreuses, brèves, précises d’André Markowicz et Françoise Morvan : elles éclaircissent des points de la lecture sans en rompre le charme.

[Source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]

Pandemia mostra: o fim do mundo que conhecíamos já começou, e seu desmoronar pode ser brutal. Três grandes tendências entrarão em choque. Há chance de evitar o futuro-distopia – mesmo que ele já esteja cravado em nós

Escrito por Boaventura de Sousa Santos

A pandemia do novo coronavírus veio pôr em causa muitas das certezas políticas que pareciam ter-se consolidado nos últimos quarenta anos, sobretudo no chamado Norte global. As principais certezas eram: o triunfo final do capitalismo sobre o seu grande concorrente histórico, o socialismo soviético; a prioridade dos mercados na regulação da vida não só econômica como social, com a consequente privatização e desregulação da economia e das políticas sociais e a redução do papel do Estado na regulação da vida coletiva; a globalização da economia assente nas vantagens comparativas na produção e distribuição; a brutal flexibilização (precarização) das relações de trabalho como condição para o aumento do emprego e o crescimento da economia. No seu conjunto, estas certezas constituíam a ordem neoliberal. Esta ordem alimentava-se da desordem na vida das pessoas, sobretudo das que chegaram à vida adulta durante estas décadas. Basta recordar que a geração dos jovens que entrou no mercado de trabalho na primeira década de 2000 já conheceu duas crises econômicas, a de 2008 e a atual crise decorrente da pandemia. Mas a pandemia significou muito mais que isso. Mostrou, nomeadamente, que é: o Estado (e não os mercados) que pode proteger a vida dos cidadãos; que a globalização pode pôr em perigo a sobrevivência dos cidadãos se cada país não produzir os bens essenciais; que os trabalhadores com empregos precários são os mais atingidos por não terem qualquer fonte de rendimento ou proteção social quando o emprego termina, uma experiência que o Sul global conhece há muito; que as alternativas social-democratas e socialistas voltaram à imaginação de muitos, não só porque a destruição ecológica causada pela expansão infinita do capitalismo atingiu limites extremos, como porque, afinal, os países que não privatizaram nem descapitalizaram os seus laboratórios parecem ter sido os mais eficazes na produção e mais justos na distribuição de vacinas (Rússia e China).

Não admira que os analistas financeiros ao serviço dos que criaram a ordem neoliberal prevejam agora que estamos a entrar numa nova era, a era da desordem. Compreende-se que assim seja uma vez que não sabem imaginar nada fora do catecismo neoliberal. O diagnóstico que fazem é muito lúcido e as preocupações que revelam são reais. Vejamos alguns dos seus traços principais. Os salários dos trabalhadores no Norte global estagnaram nos últimos trinta anos e as desigualdades sociais não cessaram de aumentar. A pandemia veio agravar a situação e é muito provável que dê azo a muita agitação social. Neste período, houve, de fato, uma luta de classes dos ricos contra os pobres, e a resistência dos até agora derrotados pode surgir a qualquer momento. Os impérios em fase final de declínio tendem a escolher figuras caricaturais, sejam elas Boris Johnson na Inglaterra ou Donald Trump nos EUA, que apenas aceleram o fim. A dívida externa de muitos países em resultado da pandemia será impagável e insustentável e os mercados financeiros não parecem ter consciência disso. O mesmo sucederá com o endividamento das famílias, sobretudo de classe média, já que foi este o único recurso que tiveram para manter um certo nível de vida. Alguns países escolheram o caminho fácil do turismo internacional (hotelaria e restauração), uma atividade por excelência presencial que vai sofrer de incerteza permanente. A China acelerou a sua caminhada para voltar a ser a primeira economia do mundo, como foi durante séculos até o início do século XIX. A segunda onda de globalização capitalista (1980-2020) chegou ao fim e não se sabe o que vem depois. A época da privatização das políticas sociais (nomeadamente, da medicina) com largas perspectivas de lucro parece ter chegado ao fim.

Estes diagnósticos, por vezes desassombrados, dão a entender que vamos entrar num período de opções mais decisivas e menos cômodas do que as que vigoraram nas últimas décadas. Antevejo três caminhos principais. Designo o primeiro por negacionismo. Não partilha o carácter dramático da avaliação exposta atrás. Não vê na atual crise nenhuma ameaça ao capitalismo. Pelo contrário, acha que ele se fortaleceu com a crise atual. Afinal, o número dos bilionários não cessou de aumentar durante a pandemia e, aliás, houve sectores que viram aumentar os seus lucros em resultado da pandemia (veja-se o caso da Amazon ou das tecnologias de comunicação, Zoom, por exemplo). Reconhece-se que a crise social vai agravar-se; para a conter, o Estado apenas tem de reforçar o seu sistema de “lei e ordem”, fortalecer a sua capacidade de reprimir os protestos sociais que já começaram a acontecer, e que certamente irão aumentar, ampliando os corpos de polícia, retreinando o exército para atuar contra “inimigos internos”, intensificando o sistema de vigilância digital, ampliando o sistema prisional. Neste cenário, o neoliberalismo vai continuar a dominar a economia e a sociedade. Admite-se que será um neoliberalismo geneticamente modificado para poder defender-se do vírus chinês. Entenda-se, um neoliberalismo em tempo de intensificada guerra fria com a China e, por isso, combinado com algum tribalismo nacionalista.

A segunda opção é a que corresponde mais fielmente aos interesses dos sectores que reconhecem serem necessárias reformas para que o sistema possa continuar a funcionar, ou seja, para que a rentabilidade do capital possa continuar a estar garantida. Designo esta opção por gatopardismo, com referência ao romance Il Gattopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1958): é preciso que haja mudanças para que tudo fique na mesma, para que o essencial esteja garantido. Por exemplo, deve ampliar-se o sector público da saúde e reduzir as desigualdades sociais, mas não se pensa em alterar o sistema produtivo ou o sistema financeiro, a exploração dos recursos naturais, a destruição da natureza ou os modelos de consumo. Esta posição reconhece implicitamente que o negacionismo pode vir a dominar e teme que, a prazo, isso leve à inviabilidade do gatopardismo. A legitimidade do gatopardismo está baseada numa convivência que se sedimentou nos últimos quarenta anos entre capitalismo e democracia, uma democracia de baixa intensidade e bem domesticada, para não pôr em causa o modelo econômico e social, mas, mesmo assim, garantindo alguns direitos humanos que tornam mais difícil a recusa radical do sistema e a insurgência antissistêmica. Sem a válvula de segurança das reformas, acabará a paz social mínima e, sem ela, a repressão será inevitável.

Há, no entanto, uma terceira posição que designo por transicionismo. Por enquanto habita apenas no inconformismo angustiado que aflora em múltiplos lugares: no ativismo ecológico dos jovens urbanos, um pouco por todo o mundo; na indignação e na resistência dos camponeses, povos indígenas e afrodescendentes e povos das florestas e das regiões ribeirinhas perante a invasão impune dos seus territórios e o abandono do Estado em tempos de pandemia; na reivindicação da importância das tarefas de cuidado a cargo das mulheres, ora no anonimato das famílias, ora nas lutas dos movimentos populares, ora à frente de governos e das políticas de saúde de vários países; num novo ativismo rebelde de artistas plásticos, poetas, grupos de teatro, rappers, sobretudo nas periferias das grandes cidades, um conjunto vasto a que podemos dar o nome de artivismo. Esta é a posição que vê na pandemia o sinal de que o modelo civilizacional que domina o mundo desde o século XVI chegou ao fim e que é necessário iniciar uma transição para outro ou outros modelos civilizacionais. O modelo atual assenta na exploração sem limites da natureza e dos seres humanos, na ideia do crescimento econômico infinito, na prioridade do individualismo e da propriedade privada, no secularismo. Este modelo permitiu avanços tecnológicos impressionantes mas concentrou os benefícios em alguns grupos sociais, ao mesmo tempo que causou e legitimou a exclusão de outros grupos sociais, aliás maioritários, por via de três modos de dominação principais: exploração dos trabalhadores (capitalismo), racismo legitimador de massacres e pilhagens de raças consideradas inferiores e apropriação dos seus recursos e saberes (colonialismo) e sexismo legitimador da desvalorização do trabalho de cuidado das mulheres e da violência sistêmica contra elas nos espaços doméstico e público (patriarcado).

A pandemia, ao mesmo tempo que agravou estas desigualdades e discriminações, tornou mais evidente que, se não mudarmos de modelo civilizacional, novas pandemias continuarão a fustigar a humanidade e os danos que elas causarão na vida humana e não humana são imprevisíveis. Como não se pode mudar de modelo civilizacional de um dia para o outro, é necessário começar a desenhar políticas de transição. Daí a designação de transicionismo.

Em meu entender, o transicionismo, apesar de ser uma posição por agora minoritária, é a posição que me parece carregar mais futuro e menos desgraça para a vida humana e não humana do planeta. Merece, pois, mais atenção. Partindo dela, podemos antecipar que vamos entrar numa era de transição paradigmática feita de várias transições. As transições ocorrem quando um modo dominante de vida individual e coletiva, criado por determinado sistema econômico, social, político e cultural, começa a revelar crescentes dificuldades em reproduzir-se, ao mesmo tempo que, no seu seio, começam a germinar, de modo cada vez menos marginal, sinais e práticas que apontam para outros modos de vida qualitativamente distintos. A ideia da transição é uma ideia intensamente política porque pressupõe a existência alternativa entre dois horizontes possíveis, um distópico e outro utópico. Vista do transicionismo, o não fazer nada, que é próprio do negacionismo, implica, de fato, uma transição, mas uma transição regressiva para um futuro irremediavelmente distópico, um futuro em que se intensificarão e multiplicarão todos os males ou disfunções do tempo presente, um futuro sem futuro, já que a vida humana se irá tornar invivível, como já o é para muitas pessoas no nosso mundo. Pelo contrário, o transicionismo aponta para um horizonte utópico. E como a utopia por definição nunca se atinge, a transição é potencialmente infinita, mas nem por isso menos urgente. Se não começarmos já, amanhã pode ser demasiado tarde, como nos advertem quer os cientistas das mudanças climáticas e do aquecimento global, quer os camponeses que sofrem os efeitos dramáticos dos eventos climáticos extremos. A característica principal das transições é que nunca se sabe ao certo quando começam e quando terminam. É bem possível que o nosso tempo seja avaliado no futuro de modo diferente daquele que hoje defendemos. Pode mesmo vir a considerar-se que a transição já começou, mas sofre constantes bloqueios. A outra característica das transições é que ela é pouco visível para os que a vivem. Essa relativa invisibilidade é o outro lado da semicegueira com que temos de viver o tempo de transição. É um tempo de tentativa e erro, de avanços e recuos, de mudanças persistentes e efêmeras, de modas e obsolescências, de partidas disfarçadas de chegadas e vice-versa. A transição só é plenamente identificável depois de acontecer.

O negacionismo, o gatopardismo e o transicionismo vão enfrentar-se nos próximos tempos, e o enfrentamento será provavelmente menos pacífico e democrático do que desejaríamos. Uma coisa é certa, o tempo das grandes transições inscreveu-se na pele do nosso tempo e é bem possível que venha a contradizer o verso de Dante. Escreveu Dante que a seta que se vê vir vem mais devagar (che saetta previsa viene più lenta). Estamos a ver a seta da catástrofe ecológica a vir na nossa direção. Vem tão rápida que por vezes dá a sensação de já se ter cravado em nós. Se for possível removê-la, não será sem dor.

 

[Fonte: http://www.outraspalavras.net]