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                      El escritor Javier Marías vuelve a las quinielas del Nobel. J.P, GANDUL

El escritor Javier Marías vuelve a las quinielas del Nobel.

El Premio Nobel de Literatura 2021 será anunciado el jueves y, al igual que el año pasado, el ganador o la ganadora recibirá el galardón en su país de residencia debido a la pandemia del coronavirus, según informó la Academia Sueca que entrega el máximo premio de la literatura. Según las casas de apuestas británicas, el principal candidato para ganar el Nobel es el escritor japonés Haruki Murakami. Muy cerca entre los candidatos están también otros escritores reconocidos, como la canadiense Margaret Atwood, o la poeta Anne Carson. También entre los favoritos aparece el keniata Ngugi wa Thiong’o.

Un poco más atrás entre los más apostados figuran otros autores de best sellers, como Don DeLillo, Joyce Carol Oates, Thomas Pynchon, y Michelle Houellebecq. Entre las escritoras que podrían sorprender aparecen Elena Ferrante, J.K. Rowling (autora de la saga Harry Potter), y dos artistas más vinculadas a la música: Joni Mitchell y Patti Smith. El último escritor hispanoamericano premiado fue Mario Vargas Llosa, en 2010. A tres días de la entrega del premio, por ahora aparecen pocos candidatos que escriban en español en las casas de apuestas. Solo figura el español Javier Marías. En las últimas ediciones se mencionó al escritor argentino César Aira como uno de los candidatos, pero hasta el momento su nombres no figura en las casas de apuestas.

 

[Foto:  J.P, GANDUL – fuente: http://www.diariodeleon.es]

 

¿Qué ocurrirá con los actores y actrices, los escritores, los cantantes, los ‘youtubers’, que ahora mismo se sienten triunfantes?

Escrito por Javier Marías

Este artículo está lleno de nombres que casi nadie recuerda (perdón por lo inactual), pero con los que me voy a la cama desde el confinamiento. La idea me la brindó una joven que conciliaba el sueño rememorando tres animales con cada letra. Probé, pero los animales se me acababan pronto, así que pasé a algo para mí infinito: actores y actrices de todos los tiempos. Entre las segundas, Judith Anderson, Mary Astor, Lola Albright, Amy Adams y así hasta 10 o 15. Luego, Anne Bancroft, Anne Baxter, después secundarias de corta carrera: Ina Balin, Honor Blackman (pese a haber sido “chica Bond” primeriza), Joan Blackman. Con algunas letras es difícil: la I me ofrece Frieda Inescort y Jill Ireland; la U, Mary Ure, Liv Ullmann y Tracey Ullman. Aparte de atraer al sueño (uno abandona con facilidad el ocioso recuento), es un ejercicio memorístico, porque uno rescata un nombre entre brumas y a la vez se representa una cara, a menudo también neblinosa. Me sorprendo de que acudan a mi mente actores y actrices a los que no veo hace siglos y de los que llevaba decenios sin acordarme: Royal Dano, Joanne Dru, John Ericson, Samantha Eggar, Felicia Farr, Mimsy Farmer, Rosemary Forsyth, Joan Greenwood, Dean Jagger, Paula Prentiss…

Es inevitable que, tras tantas noches en su breve y utilitaria compañía, me pregunte qué diablos se haría de ellos (la mayoría son de los años 50 y primeros 60, quizá porque en esa época me fijaba más y el cine era excelente). Pienso que muchos habrán muerto, pero los hay que simplemente desaparecieron pronto, tras un prometedor ascenso que en ocasiones los llevó a ser protagonistas, y sobre todo me dan lástima las mujeres, con gran capacidad para ilusionarse y más propensas al optimismo. De algunas sé algo: la dulce Dolores Hart se metió monja. La elegante Kay Kendall, mujer de Rex Harrison, murió joven. La distinguida Valerie Hobson, esposa del Ministro británico de la Guerra Profumo, se vio afectada por el escándalo de éste, amante de la modelo Christine Keeler a la vez que ésta lo era de un importante agente soviético. Más recordados son los tristes sinos de Sharon Tate y Jayne Mansfield (la segunda muy simpática, además de exuberante). Pero hay tantísimas de las que ignoro hasta el más mínimo dato (y si los buscara en Internet la cosa perdería el misterio y la gracia): qué se hizo de Diane Varsi, o de Bella Darvi, que compartió cartel con Kirk Douglas; de Brigid Bazlen, que protagonizó una comedia con el mitificado Steve McQueen; de Pamela Tiffin, de Carol Lynley, de Jill St John o Stella Stevens. Algunas quizá se casaron y ya no recibieron ofertas o prefirieron otra vida o se retiraron para cuidar a sus hijos (era frecuente en aquellas décadas). Puede que a esos hijos les muestren las viejas películas en las que intervinieron, o que se las oculten. Tal vez hayan tenido maridos que no soportan verlas besándose con actores, con otros hombres, y que se avergüenzan de sus pasados “frívolos”, quién sabe. A algunas jóvenes de entonces las he visto actuar todavía en producciones recientes: cuesta reconocer a la etérea Shirley Knight, que enamoró a Paul Newman en Dulce pájaro de juventud, inverosímilmente convertida en una señora gorda, lo mismo que al apuesto David Hemmings (protagonista de Blow-Up y otras muchas) en un individuo muy grueso hasta que murió no hace tanto (no daba crédito a que él fuera él en Gangs of New York y en la serie Roma). A Diane Baker, en cambio, que era muy fina y trabajó con Hitchcock, la naturaleza le ha regalado una madurez o vejez asimismo finas y delicadas. Y Candice Bergen, hasta hace nada, resultaba atractiva. Lamenté mucho la muerte de Rhonda Fleming con cerca de 100 años, porque era mi favorita cuando yo tenía seis o siete.

Pero lo que me da más pena es pensar en las expectativas que sin duda albergaron muchos actores y actrices jóvenes, y que se frustraron. Qué sé yo, me imagino que Pamela Tiffin, tras trabajar con Billy Wilder y James Cagney, vería ante sí un futuro dorado; como Carroll Baker, que no sólo fue dirigida por John Ford dos veces, sino que fue una estrella, eso sí, fugaz. Pasó a films italianos de tres al cuarto y se la perdió de vista, y eso que era buena. Sí, me dan lástima esos rostros y nombres que me ayudan a dormirme, porque hubo un tiempo en que debieron de sentirse elegidos de la fortuna, y hoy sólo los evocan cinéfilos con memoria absurda. Dudo que sea un consuelo que las generaciones actuales desconozcan también a Gary Cooper, John Wayne o Henry Fonda, que gozaron de estrellatos muy largos. El hoy tiene prisa por borrarlo todo y se desinteresa de cualquier ayer como si no fuera asunto suyo. Me asombró que hace un mes, al cumplir Bob Dylan 80, salieran en los informativos numerosos veinteañeros y treintañeros a los que, a lo sumo, “les sonaba”. ¿Qué ocurrirá con los actores y actrices, los escritores, los cantantes, los youtubers, que ahora mismo se sienten en la cresta de la ola y triunfantes? Muchos le darán pena a alguien futuro que los invoque para conciliar el sueño. Y si Dylan, que permanece activo, y es una de las figuras más célebres e idolatradas del siglo XX y encima ha recibido el Nobel, sólo “suena” a demasiados contemporáneos, ¿qué nos aguarda al resto?

[Fuente: http://www.elpais.com]

‘Corazón tan blanco’ te golpea desde la primera página, creando una atmósfera densa, hiperrealista, asfixiante, con fogonazos líricos y perplejidades de tinte onírico

Cuando se habla de un clásico del pasado no se asume ningún riesgo, pues el tiempo ya ha emitido su dictamen y hay unanimidad sobre el valor de una obra. A veces, en un ejercicio de terrorismo intelectual, algún crítico cuestiona los méritos de libros consagrados, pero esas valoraciones intempestivas se quedan en el terreno de lo anecdótico. Aunque Paul Groussac y, más tarde, Borges, se mofen de la “prosa de sobremesa” del Quijote, sus sarcasmos no sientan escuela. Siempre es más arriesgado hablar de los clásicos del mañana, señalando las obras que en el futuro gozarán de esa consideración. Personalmente, creo que el valor de la crítica literaria reside en asumir riesgos. Si no se hace, se rehúye la responsabilidad esencial del que comete la temeridad de juzgar un libro. Yo me atrevo a aventurar que Corazón tan blanco, de Javier Marías, será uno de los clásicos del mañana. Con una prosa intensa y, en algunos momentos, áspera, nada complaciente con malabarismos y florituras, desciende a esos pozos del alma humana que casi no nos atrevemos a mirar, especialmente porque sabemos que algo de nuestro yo chapotea en ese cieno.

No conozco a Javier Marías y creo improbable que algún día lleguemos a hablar, pues su fama de escritor reservado y algo huraño le sitúa en un dominio semejante al de Glenn Gould y Bobby Fischer, dos genios que huyeron del ruido del mundo. Creo que mi existencia es más anómala que la suya, pues desde hace casi veinte años vivo en las afueras de un pueblo de Madrid, feliz en mi aislamiento y con una curiosidad decreciente hacia las actividades que alteran mi rutina. Javier Marías parece estar más conectado al mundo, pese a que no tiene móvil –creo-, no frecuenta las redes sociales, utiliza máquina de escribir y no ordenador, y cultiva los malentendidos alrededor de su persona, disfrutando no sin cierta malicia con su capacidad de desconcertar e irritar. Le guste o no, pertenece al círculo selecto de los raros. Yo no me incluyo ahí. Sería presunción, pero sé que no vivo como los demás. ¿Podríamos entendernos? Lo dudo. Los que han elegido instalarse en la periferia de la normalidad, suelen ser intratables y no soportan toparse con alguien que tal vez les recuerde algo de sí mismos. Lo previsible es que si, por azar, llegan a encontrarse, se detesten cordialmente. O quizás sin ninguna cordialidad.

¿Es un hombre malvado Javier Marías, como Thomas Bernhard, siempre predispuesto al denuesto y el improperio? ¿Es uno de esos “viejos cabrones” –cito palabras suyas- que aprovechan la gloria para cerrar el paso a una nueva generación de escritores? ¿Es machista, como dicen algunos? Presumo que no es malvado. No sé cómo será en la intimidad, pero no ha cometido ninguna felonía de dominio público. Nadie puede reprocharle una vileza que haya dejado una mancha indeleble. ¿Viejo y cabrón? Joven no es, desde luego. Yo tampoco, pero eso no es un defecto, sino un irreversible hecho biológico. En este caso, cabrón es un pleonasmo, un sinónimo de malvado. Ya me he pronunciado en ese sentido. ¿Tapón generacional? Me parece que Marías tiene razón cuando dice que el éxito es una combinación de talento y suerte. Salvo que se dedique a boicotear carreras de una forma silenciosa y artera, no creo que se le pueda endosar esa actitud obstruccionista. Menos fundada aún me parece la acusación de machismo. Marías se ha pronunciado en contra de la discriminación sexual muchas veces. No ahora, sino desde hace mucho tiempo. Ahí está la hemeroteca para comprobarlo. Eso sí, se ha obsesionado con los vituperios de las feministas radicales, mostrándose vulnerable, lo cual solo ha provocado que los ataques se recrudecieran. Marías es humano. No le hizo mucha gracia cuando le dieron por muerto, propagando la noticia por las redes sociales. Entonces escribió que se había puesto de moda ser idiota y parecerlo. Es cierto. Ya no se estila mentir para fingir inteligencia, sino mostrar abiertamente la propia estupidez. En una época donde la política cada vez se parece más a un reality show, resulta difícil no darle la razón.

Exquisito, distante e incisivo, Javier Marías pertenece a la estirpe de los malditos. Es una especie de Oscar Wilde posmoderno, un dandi que desdeña los premios, un plumífero al que no le importa tocar las narices, un gruñón que siempre va en la dirección contraria. Cuando en un futuro se escriban biografías sobre él, los investigadores se enfrentarán a una figura extremadamente compleja y con infinidad de opacidades. Un escritor con una vida plagada de secretos. ¿Pretende Javier Marías ser un personaje de Hitchcock? ¿Una especie de Madeline Elster, la misteriosa mujer de Vértigo? ¿Quizás un Johnnie Aysgarth (Cary Grant, Sospecha), pero sin su lado frívolo? No me cuesta trabajo imaginarlo subiendo unas escaleras suntuosas con un vaso de leche sobre un plato, sin saber si pretende tener un detalle o envenenarte. Su alta estima hacia Juan Benet, otro de los intratables, solo acentúa la sensación de estar ante uno de esos autores que parecen emular al Waldo Lydecker de Laura, la genial película de Otto Preminger, un snob incurable, un pedante, por utilizar un término que –según las entrevistas- no le incomoda. Su fama de arisco y huidizo –no voy a negarlo- siempre ha concitado mi simpatía. Quizás porque ha desafiado a tirios y troyanos, poniéndose el mundo por montera. Nunca le ha quitado el sueño ser incorrecto. O, al menos, no le ha desvelado de forma duradera. Ejerce su libertad con sana impertinencia, metiendo los pies en los charcos con la satisfacción de un niño que hace caso omiso de los adultos.

He de admitir que leo poco a mis contemporáneos. Desde hacía tiempo, tenía en casa Corazón tan blanco y solo había hecho calas, experimentando la impresión de que se trataba tan solo de un vástago del universo de Faulkner. No una copia, pero sí algo poco original. Por esas razones que no sabría explicar, hace poco experimenté la necesidad de comprobar si tenía razón. Escuché a Marías hablando de lo que había representado Faulkner para muchos escritores. El ruido y la furiaAbsalon, AbsalonSantuario o Luz de agosto no habían sido simples lecturas, sino auténticos puntos de partida. La grandeza de un autor no reside tan solo en crear un orbe literario cerrado, sino en expandir la creatividad de otros. Borges es punto y final. No alumbra nuevos brotes. En cambio, Faulkner sí lo hace. Es suelo fértil, un árbol en el que no dejan de crecer ramas y hojas. Javier Marías es una de esas ramas, pero con una personalidad propia. No es un simple imitador, sino un creador con un estilo propio y sumamente original. No es un bello estilo, al modo del neobarroco o el lirismo del realismo mágico, sino una prosa con un timbre poderoso y bizarro. Una prosa caudalosa, de frase larga y con hondo calado. A Marías no le preocupa escribir bonito. Es capaz de utilizar expresiones crudas, antiestéticas, como “ser dejado” en vez de “ser abandonado”, o “gente habanera”, correcto pero con una eufonía dudosa. Esos rasgos de desaliño son parte de una identidad literaria que prefiere la profundidad a una bella superficie. Corazón tan blanco te golpea desde la primera página, creando una atmósfera densa, hiperrealista, asfixiante, con fogonazos líricos y perplejidades de tinte onírico. Nos hace sentir que la realidad es una pesadilla, una telaraña en la que se retuercen nuestras vidas, esperando ser devoradas.

No creo que sea posible comentar una obra literaria sin incurrir en el spoiler, pero esta vez omitiré el desenlace. Me limitaré a narrar el espanto que produce el clímax, una explosión de crueldad, estupor y fatalismo, sin ningún ápice de compasión y sin –afortunadamente- ningún moralismo. Marías no es un maestro de escuela que pretende aleccionar, sino ese vecino misterioso que tal vez esconde un cadáver en el armario. El protagonista de Corazón tan blanco se llama Juan Ranz y es traductor simultáneo en foros internacionales. Se ha especulado que Marías es Juan, pero yo tiendo a pensar que se parece más bien a su padre, del que solo conocemos el apellido, un prestigioso crítico de arte que –tras descartar la carrera diplomática- trabaja un tiempo en el Museo del Prado y, más tarde, se dedica a asesorar las compras de millonarios que desean adquirir piezas de valor. Ranz es ligeramente venal. A veces confunde –o engaña- a sus clientes, minimizando o exagerando el valor de las obras. Colaboran con él los Custorday, padre e hijo, dos copistas que no hacen ascos a la falsificación. Cínico, elegante, refinado, Ranz es un seductor al que le gusta llevar la gabardina sobre los hombros. Es un gesto de coquetería que solo comenzará a abandonar en la vejez, introduciendo los brazos en las mangas. Ha enviudado tres veces. Su primera mujer, Gloria, era cubana y murió al año de casarse, víctima de un incendio. La segunda, Teresa, se suicidó poco después del viaje de bodas, pegándose un tiro en el pecho delante de un espejo. La tercera, Juana, engendró a Juan, su único hijo y murió por causas naturales. Marías reúne todos los elementos del folletín, pero los transforma en una profunda investigación sobre las emociones humanas, sin transigir con estereotipos. Además, añade una intriga casi policial, donde se advierte la influencia de Hitchcock, sembrando sospechas, presentimientos y paradojas. ¿Cuál es el McGuffin esta vez? El secreto, que pasa de un personaje a otro, planteando la duda de si es mejor esclarecerlo o preservarlo. Siempre queremos saber, pero a veces es mejor no saber. Los secretos nos protegen. La verdad no siempre es liberadora. Un mundo sin secretos sería una pesadilla. Sin intimidad, no hay libertad. Vivir en un escaparte significaría perder la capacidad de dejar el pasado atrás, avanzando hacia nuevos escenarios.

La obsesión por la intimidad circula por toda la novela. Cuando se casa con Luisa, Juan –cuyo nombre tarda en aparecer, creando la sensación de que leemos un texto precursor de la literatura del yo- siente que sus hábitos, sus convicciones y su apreciación del mundo han quedado suspendidos. Casarse implica un aniquilamiento mutuo. Los dos cónyuges dejan de ser los que eran, abocados a fundirse en un rutina común que destruye sus espacios originarios. El amor nos transforma en otros donde muchas veces no nos reconocemos. Nos saca de nosotros mismos, pero no para llevarnos a una Arcadia, sino para dejarnos en un paisaje desconocido. Al hilo de esta dislocación, Javier Marías reflexiona sobre la identidad y el tiempo, desembocando en el escepticismo y el nihilismo. El conocimiento siempre es insuficiente e ilusorio, y nada, absolutamente nada, perdura. Todo se borra en el tiempo hasta disipar la diferencia entre existir y no ser. Lo real solo ocupa un instante. Luego, se interna en la nada: “Hasta las cosas más imborrables tienen una duración, como las que no dejan huella o ni siquiera suceden”. Marías flirtea con Cioran cuando escribe: « Todo se pierde. O acaso es que nunca hubo nada”. Hijo de un extraordinario intelectual, el filósofo Julián Marías, Javier –pido perdón por usar su nombre con tanta familiaridad- ignora el problema de Dios. Frente a su padre, católico identificado con el aire renovador del Concilio Vaticano II, despliega una visión de la realidad muy shakesperiana: el universo solo es ruido y furia. Somos una burbuja a punto de romperse y dispersarse en millones de fragmentos minúsculos. Ni siquiera dejaremos un eco. El silencio es el destino final de todo lo que ahora rueda por el tiempo. Juan Ranz recuerda una célebre frase de Shakespeare: “los dormidos, y los muertos, no son sino pinturas”, lo cual le hace pensar que “las personas todas son solo eso, dormidos presentes y futuros muertos”.

Marías muestra las consecuencias nefastas de “querer entenderlo todo”. No entender es un privilegio. Las parejas se deshacen cuando las zonas oscuras salen a la luz. Además, saberlo todo siempre es una quimera, pues nunca cesamos de transformarnos: “todos nos cansamos indeciblemente de ser el que somos y hemos sido”. ¿Quién es Ranz, el padre de Juan? ¿El joven que se casó en La Habana o el viudo que confiesa a Luis, su nuera, el gran secreto que ha preservado durante toda su existencia, sabiendo que nada sería igual cuando lo compartiera con otros? El hombre fantasea con la libertad, pero todos sus actos están presididos por la fatalidad y tal vez no haya que lamentarlo. Si el azar o los otros no nos obligaran –a amar, a comprar una casa, a decorarla, a tener hijos- quizás “el mundo se detendría, todo permanecería flotando en una vacilación global y continua, indefinidamente”. El mundo sigue en movimiento porque otros nos obligan, pero también porque la lengua, el idioma, imprime continuidad y sentido a nuestros actos. La lengua hace inteligibles los sentimientos, incluso cuando se utiliza de forma fraudulenta. Hastiado y aburrido, Juan Ranz altera un diálogo entre políticos, aprovechando su papel de traductor simultáneo. Su deslealtad se revela fecunda y esclarecedora, pues saca a los políticos de los lugares comunes, obligándoles a meditar y sincerarse. La verdad muchas veces solo es un malentendido.

Mientras leía la descripción de Ranz padre, no podía evitar pensar en Julián Marías. Su biblioteca ordenada por lenguas, su mirada ilusionada, sin rastro de fatiga, su pulcritud, sus bromas afables. Sin embargo, Ranz es un conquistador, casi un donjuán, y un hombre con pocos escrúpulos. Todo lo contrario que Julián Marías, tan enamorado de su mujer, Lolita, y con una fibra ética capaz de soportar la delación, la cárcel y la incomprensión. “Los hijos lo ignoramos todo sobre los padres, o tardamos en interesarnos”. ¿Es una reflexión meramente literaria o expresa algo de la relación entre Javier Marías y su padre? Lo cierto es que los padres son los grandes desconocidos, pues nos cuesta aceptar que hayan podido apasionarse, amar, equivocarse.

Juan Ranz no deja de preguntarse cómo habría sido su vida si hubiera hecho ciertas cosas. ¿Qué habría pasado si le hubiera declarado su amor a Nieves, la chica de la papelería? Nieves envejece mal por culpa del exceso de trabajo. Si se hubiera casado con ella, podría haberla salvado de ese destino. ¿Qué habría pasado si Ranz, el padre, no hubiera intervenido cuando Mateu, un conserje del Museo del Prado, comenzó a quemar el marco del único Rembrandt de la pinacoteca española, esa Artemisa de 1634 que se ha interpretado como una expresión de duelo por el marido muerto o como el suicidio de Sofonisba, hija del cartaginés Asdrúbal? La muerte se habría cobrado un nuevo triunfo y el futuro se habría visto menoscabado. ¿Qué habría pasado si Guillermo hubiera prometido a Miriam matar a su esposa? Guillermo solo es un desconocido para Juan. Ni siquiera conoce su rostro. Solo sabe que es una presencia en un cuarto contiguo de un hotel de La Habana. Un español con una amante cubana llamada Miriam, quien –harta de esperar- le pide que acabe con la vida de su mujer, amenazándole con suicidarse si no lo hace. ¿Qué podría suceder si el joven Custorday, lascivo e infeliz, fuera el amante de Luisa, la mujer de Juan? ¿Por qué estamos encadenados a una sola vida? ¿Por qué nos confinan –o nos confinamos- en una identidad? Nos pasamos la vida esperando algo que nunca llega. La existencia muchas veces se parece a la espera de un preso que ha sido condenado a cadena perpetua. O a la de alguien que acude cada tarde a una estación de tren, esperando a un viajero que nunca llega.

Uno de los personajes más fascinantes de la novela es Berta, una española que trabaja de intérprete en Naciones Unidas. Cuando Juan viaja a Nueva York, se aloja en su casa. Berta sufrió un accidente que le destrozó una pierna y le ha dejado una leve cojera. Juan se acostó con ella hace muchos años. Es una mujer atractiva, pero algo desquiciada. Sin pareja, mantiene citas con desconocidos por medio de una agencia de contactos. No lo oculta. Por eso, cuando un tal Bill le pide una cinta donde aparezca completamente desnuda, pide ayuda a Juan, incapaz de negarse o juzgarla. La escena es terrorífica, pues el desnudo que graba Juan incluye un plano de la pierna deformada. Javier Marías introduce una nota terrorífica, demostrando que se maneja con soltura en el terreno de los tabúes. Berta apunta que las cintas de vídeo han destruido el pasado. Antes de que aparecieran, el pasado volvía una y otra vez, pero lo hacía transformado por los recuerdos, siempre aleatorios, desordenados e imprevisibles. Las cintas de vídeo restan creatividad a los recuerdos, que se mecanizan, perdiendo su capacidad de actualizar lo vivido desde otro punto de vista. Si la escena en que Juan filma a Berta es terrorífica, el desenlace de la novela se interna directamente en el mal como problema metafísico. Juan oye las confesiones de su padre desde una habitación contigua, reproduciendo su escucha de la conversación entre Guillermo y Miriam. ¿Nos quiere decir Marías que el escritor siempre es un testigo incómodo, un ojo que mira por el hueco de la cerradura, un entrometido, como el L. B. « Jeff » Jefferies, el fotógrafo de La ventana indiscretaHitchcock, siempre Hitchcock. No puedo evitar que se me venga a la cabeza al hablar de Javier Marías, pues ambos crean la sensación de que algo verdaderamente terrible está a punto de suceder. Shakespeare también discurre de forma recurrente por las páginas de una literatura que desmenuza al ser humano, levantando la piel y hurgando en sus entrañas. En esta ocasión, Marías escribe a la sombra de Macbeth. No solo utiliza uno de sus versos para titular la novela, sino que explota la escena donde el regicida se sincera ante su esposa. “He cometido el acto”, confiesa Macbeth. Sus manos están teñidas de sangre y se avergüenza de tener aún un corazón tan blanco. “I have done the deed”. Lo he hecho y te lo cuento para que tu corazón tan blanco también se aflija y se manche. Sin embargo, el final de la historia no lo escribe Macbeth, sino su mujer, que canturrea enloquecida. “Ese canto no se calla ni se diluye después de dicho”, escribe Marías. Permanece ahí: insignificante, terrible, invadiendo el silencio de la vida adulta, como yedra que sobrevive a todos los intentos de extirparla.

Corazón tan blanco se publicó en 1992. El tiempo transcurrido quizás es escaso, pero yo creo que ya se puede decir abiertamente que es un clásico. Para mí ha sido un descubrimiento tardío. Me alivia saber que de joven Marías declaró no leer apenas literatura española contemporánea. Yo he arrastrado ese vicio hasta una edad mucho más avanzada, pero creo que ha llegado la hora de corregirlo. Corazón tan blanco me parece tan fascinante como el propio Marías, un enfant terrible al que los años han convertido en un ogro con un cigarrillo en la comisura de los labios, siempre a punto de dejar caer la ceniza. Yo creo que detrás de esas imágenes tan afiladas hay un hombre tímido y dubitativo. Siempre recordaré la anécdota de sus volatines en el Paseo de Recoletos, tan apreciadas por los clientes de las terrazas. Buen gimnasta en la juventud, Marías hacía estas acrobacias para entretener a Juan Benet y García Hortelano, que extendían la mano, exigiendo a los espectadores algo de dinero por el espectáculo. De esa forma podría pagarse el taxi de vuelta a casa. Los grandes creadores nunca crecen. Son niños eternos que se niegan a ingresar en el mundo de los adultos. Que me perdone Marías, pero creo que pertenece a ese club de inmaduros crónicos y geniales. No es una apreciación mía, sino una cosa del destino, que es muy cabrón.

[Foto: Santi Burgos – fuente: http://www.elcultural.com]

Hoy hay un regodeo en el victimismo, el propio o el de los ancestros; cualquier pretexto es bueno para protestar

Escrito por Javier Marías

Con su benevolente permiso, voy a traer hoy a colación (me niego a emplear el omnipresente y ridículo “compartir”) dos citas que me han llegado por casualidad. Una es larga y otra corta. La primera es de 1856 y se debe a la novelista inglesa George Eliot —pseudónimo de Mary Ann Evans—, que vivió entre 1819 y 1880, es decir, nació el mismo año que la Reina Victoria, pero ésta la sobrevivió veintiuno. Procede de un ensayo, de los cuales escribió unos cuantos excelentes antes de dedicarse a la ficción con enorme inseguridad, pese a que sus obras Middlemarch y Daniel Deronda son hoy consideradas clásicos indiscutibles. El término con que comienza la cita, “Philister”, es de difícil traducción. Se parece a nuestro “filisteo”, pero no es un equivalente exacto. Como además pocos saben ya lo que esto significa, o se confunde con “fariseo”, será mejor optar por otro. La propia forma es infrecuente en inglés, más a menudo leemos “Philistine”. Es de origen alemán, y al parecer fue acuñado en 1693 en Jena, para luego adquirir acepciones figuradas y más amplias. El Webster Dictionary propone como sinónimo “Barbarian”, de modo que traduciré recurriendo a “Bárbaro” o “Bruto”:

Olvidé mencionar que tanto el Webster como el Oxford English Dictionary destacan, al definir “Philister”  o “Philistine”, que se trata de un individuo o individua desentendidos del saber y que buscan riqueza y rédito material por encima de todo lo demás. La pertinencia de esta cita no requiere explicación, a mi parecer. Podría poner nombres propios a los incontables “Bárbaros” o “Brutos” que hoy pululan por España y por doquier, en el sentido de Eliot, claro está. Pero sería tarea interminable y que nos deprimiría más de lo que lo estamos ya, porque entre esos nombres figurarían los de la mayoría de Presidentes, Vicepresidentes, ministros, políticos de todo signo, empresarios, banqueros y hasta no pocos intelectuales y opinadores. Lo peor, con todo, es que, si uno mira a su alrededor (no digamos a las redes sociales), comprobará que demasiada gente sin responsabilidad ni poder responde también a la descripción, sobre todo en lo referente a: “… es siempre de la opinión que en el momento sea más conveniente, siempre está con la mayoría…” Lo desolador de nuestro tiempo es que lo que denunciaba George Eliot hace 164 años se ha multiplicado por cien mil. El oportunismo gregario y acrítico, la tiranía de “lo que se lleva” o “queda bien”, la adulación de los vociferantes audaces, el acobardamiento ante cualquier acusación de disensión, la renuncia a pensar sin intimidarse, no tienen comparación con los de otras épocas, sólo sea por la universalidad que han alcanzado las consignas de los vociferantes. Sólo así, por barbarie, se malentiende que la Universidad de Edimburgo haya privado de sus honores póstumos al filósofo escocés David Hume, como contó José Luis Pardo en este diario. Hombre inteligente, gran escritor, ateo en 1740 y figura libre donde las haya habido. Ahora ofende su libertad.

Aquí encaja la cita breve, que no sé de quién es, pero reza así: “Algo enfermizo hay en una sociedad en la que la mayoría de las personas sólo se sienten bien cuando se sienten mal”. Es innegable que un considerable porcentaje de la población procura con ahínco estar descontento y ser “víctima de algo o de alguien”. Obviamente no hablo de quienes tienen motivos de sobra no ya para el descontento, sino para la desesperación (los hay a millones). Más bien de tantos que simplemente arrostran las dificultades, estrecheces y frustraciones que son inherentes a la existencia, pero con las que la humanidad se ha bandeado siempre con mayor o menor fortuna y esfuerzo. Hoy hay un regodeo en el victimismo, el propio o el de los ancestros; cualquier pretexto es bueno para sentirse desdichado, maltratado, para protestar y culpar, aunque sea a Roma o a la Edad Media. Cuando las personas eran creyentes, maldecían sin más a Dios, causante último de cuanto ocurría. Una vez perdido ese chivo expiatorio por antonomasia, que nunca pagaba sus deudas ni recibía castigo, queda abierta la veda y nadie se salvará. Algo de enfermizo sí que hay.

[Fuente: http://www.elpais.com]

Que se condicione lo que debemos filmar, pintar, escribir, qué temas debemos tocar y desde qué posición, es totalitarismo

Escrito por Javier Marías

Nada como combatir largamente a un enemigo y derrotarlo para, al cabo del tiempo —a veces décadas—, acabar imitándolo y reencarnándolo, pareciéndose demasiado a él. Lo que se llamó “Occidente” combatió con ahínco al nazismo y después, con más pausa y distancia, al sovietismo. Algunos países enteros —Polonia, Hungría, Venezuela, el Brasil— y grandes porciones de otros —los Estados Unidos, Gran Bretaña, España, la Argentina— no sólo han aprendido de los viejos enemigos, sino que han asumido sus prácticas y lecciones. En nuestro país los discípulos más aplicados son Podemos y Vox, que llevan incorporada en su seno la tendencia dictatorial. Pero esto no es para hoy.

Uno de los ejemplos más conspicuos y escandalosos de esa mímesis con el antiguo adversario lo ha dado la Academia de Hollywood, quién lo iba a suponer. En realidad todo el mundo sabe que los premios que otorga anualmente —los Óscar— no interesan, porque nada tienen que ver con el cine ni con el arte ni con la interpretación. Se coronan películas pésimas —a menudo blandengues y de cursilería insufrible, tópicas y predecibles hasta la exasperación— simplemente por sus “buenas intenciones”. Si se denuncian injusticias o discriminaciones remotas o presentes, si se retrata a colectivos o individuos maltratados, humillados u orillados por otros o por la sociedad, o bien a gente con alguna merma física, de salud o mental, el aplauso está asegurado y la cosecha de estatuillas garantizada. Que la película en cuestión sea estomagante, demagógica, barata, lacrimógena con malas artes o gratuitamente iracunda y simplista, es lo de menos. Se premiará el propósito sufriente o justiciero, nada más. A mí me parecen bien esas denuncias y considero que deben hacerse, pero para eso ya existen televisiones, prensa y redes, los problemas periodísticos no tendrían por qué invadir y colonizar las artes, que solían ir por derroteros más complejos, imaginativos y ambiguos.

Otro tanto viene ocurriendo con los actores y actrices. No se alaban sus interpretaciones, sino sus números más o menos circenses. Hace ya medio siglo —en 1968— que a un actor no memorable, Cliff Robertson, se le concedió el Óscar a mejor principal porque en Charly hizo de lo que aún se llamaba entonces “un retrasado mental”. La lista hoy sería interminable: si alguien encarna a un tartamudo, a un discapacitado, a un gay o a un transexual sin serlo, a un personaje histórico al que no se asemeja ni con los kilos de prótesis que se le ponen encima; si una actriz se planta una nariz postiza o se afea indeciblemente o se convierte en serial killer, si engorda o adelgaza brutalmente para su papel; si mujeres u hombres ofrecen una actuación histérica y pasada de rosca, aumentarán mucho sus probabilidades de alzarse con el galardón. (Lo mismo sucede con los premios británicos, los Bafta, y hasta con literarios.) Hoy sería imposible destacar a Jack Lemmon en El apartamento, valga un solo ejemplo de interpretación expresiva pero contenida y matizada, de un individuo corriente y vulgar.

Así que celebro que Hollywood se quite del todo la exigua careta y promulgue unas normas según las cuales sólo podrán optar a mejor película aquellas en las que “al menos un protagonista no sea blanco; al menos un 30% de personajes secundarios sean mujeres, minorías, LGTBIQ o discapacitados; o el tema principal trate sobre uno de estos grupos infrarrepresentados en pantalla”. A continuación, una ristra de condiciones sobre los equipos creativos y técnicos, tan pormenorizados como las Leyes de Núremberg respecto a los judíos: establecían quién lo era a medias, quién en un cuarto, quién en un octavo y cosas peores. Ahora lo tenemos claro, por escrito y con detalle: Hollywood quiere cine soviético. Da lo mismo que en la URSS se exigieran cánticos a las clases trabajadoras y oprimidas, glosas de las gestas revolucionarias y loas al régimen con su corrupta nomenklatura. Aquí las exigencias son otras, pero lo soviético y nazi es el mismo concepto de exigencia a las artes y a sus creadores, la condena de su libertad.

Lo más grave de estas normas es que atañen incluso a los contenidos. Que se condicione o se dicte lo que debemos filmar, pintar, escribir, qué temas debemos tocar y desde qué posición, es totalitarismo, no hay otra palabra. Yo no hago cine, pero sí novelas. Durante décadas los autores españoles tuvieron prohibidos por la censura franquista asuntos, posturas, términos (recuerdo que un censor le objetó a Benet “muslo” en un párrafo). No llevo 50 años publicando para que ahora los usurpadores de “la izquierda” me coarten o me impongan de nuevo lo que decido o puedo contar; qué actitud han de tener mis criaturas de ficción; si entre ellas ha de haber un 30% de intersexuales, o de negros, magrebíes, anoréxicos o gordos, no vaya a incumplir las tajantes directrices de “inclusividad” y “diversidad” y contribuir a su “infrarrepresentación”. Costó prisión y muerte que se admitiera la plena libertad creadora y artística, aquí y en otros países, para que hoy vuelvan las cortapisas dictatoriales, así se disfracen de “buenas causas”. También los nazis, los franquistas y los soviéticos estaban convencidos de la bondad de las suyas, no se crean que no.

 

[Fuente: http://www.elpais.com]

Jamaica Kincaid, profesora de Harvard y autora de novelas como « Autobiografía de mi madre », es uno de los nombres que suena para Nobel de Literatura de este año Crédito: Sofie Sigrinn / CC / wikipedia

Escrito por Laura Ventura

Jamaica Kincaid suena fuerte entre las apuestas y en la comunidad intelectual internacional. Cuando falta exactamente una semana para conocer quién será el próximo ganador del Premio Nobel de Literatura emergen ya algunos nombres de escritores, mezclados por los gustos de los lectores en las redes sociales y los deseos de las editoriales, que se suman a otros autores que son señalados desde hace años, incluso décadas, como merecedores de esta célebre distinción.

« Si la Academia sabe lo que es bueno para ellos, tendrán que elegir a Jamaica Kincaid », dijo a AFP Bjorn Wiman, el editor de Cultura del diario sueco Dagens Nyheter. La autora nacida en Antigua y Barbuda en 1949 y profesora de Harvard escribió, entre otras novelas, Autobiografía de mi madre (« Mi madre nació en el momento en el que yo nací », comienza su narración). Kincaid se encuentra en la lista de favoritas a la que también pertenece Maryse Condeganadora del premio Nobel alternativo en 2018 galardón paralelo a la Academia Sueca que surgió hace dos años cuando la institución estuvo envuelta en un escándalo sexual y de filtraciones a la prensa, protagonizado por Jean-Claude Arnault, marido de una de los miembros del comité de selección. Ambas autoras son exponentes de la denominada literatura postcolonial y retratan en sus universos caribeños los abusos que padecen las mujeres, así como también las « clases subordinadas », en términos de la teórica Gayatri Chakravorti.

La canadiense Margaret Atwoodautora de El cuento de la criada, exponente mundial del feminismo, es otra de las preferidas de esta nueva edición que se celebra aún con los fantasmas de 2018, cuando Arnault fuera también denunciado por abuso por varias mujeres. La controversia no culminó con este escándalo, sino que el año pasado, cuando se distinguió a Peter Handke, algunas voces se opusieron a esta distinción por su postura pro-serbia durante la Guerra de los Balcanes.

En 2019, junto con el galardón a Handke, que había quedado vacante en 2018, fue reconocida la polaca Olga Tokarczuk, galardón que también merecían y quizá por eso se le entreguen en la próxima edición la canadiense Anne Carson, las estadounidenses Joan Didion Joyce Carol Oates, la británica Hilary Mantel, la francesa Nina Bouraoui, la finlandesa Sofi Oksanen o la rusa Liudmila Ulitskaya.

Entre aquellos autores que desde hace décadas aparecen entre la lista de favoritos se encuentran Haruki MurakamiMichel Houellebecq y Paul Auster. El rumano Mircea Cartarescu, el israelí David Grossman, el noruego Jon Fosse o los húngaros Péter Nádas y László Krasznahorkai también se barajan para la próxima edición.

Entre los hispanoparlantes, el nombre del poeta venezolano Rafael Cadenas asomó hace unos meses como posibilidad, mientras que en lengua española sigue apareciendo Javier Marías.

El Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba) tendrá entre sus invitados a varios de estos favoritos como invitados a esta edición virtual: Joyce Carol Oates, encargada de la inauguración, Mircea Cartarescu y la mismísima Kincaid.

 

 

[Fuente: http://www.lanacion.com.ar]

 

¿Desaparecerá el fetichismo que generan los textos firmados a mano cuando la práctica totalidad de los autores escribe a ordenador y sus frases ya nunca son definitivas, sino algo que puede ser inmediatamente borrado?

El manuscrito original de 'El retrato de Dorian Gray', de Oscar Wilde.

El manuscrito original de ‘El retrato de Dorian Gray’, de Oscar Wilde. SP BOOKS / MORGAN LIBRARY

El manuscrito y el cuaderno de notas son objetos que se prestan a la veneración, ya pertenezcan a escritores o a artistas plásticos. La emoción que nos produce tener a poca distancia la letra manuscrita de Galdós o de Virginia Woolf en cartas y borradores, y más aún los dibujitos de Lorca o los garabatos con los que Dostoievski emborronaba a su capricho las hojas donde escribía sus obras, es el motor que incita a seguir exponiéndolos. De ahí el éxito de espacios como la Morgan Library de Nueva York, consagrada a exhibir manuscritos, tanto de sus fondos – allí se conservan los originales de la Canción de Navidad de Dickens y de El paraíso perdido de John Milton– como de otras colecciones, por ejemplo la del historiador brasileño Pedro Corrêa do Lago. En la misma línea, el libro La magia del manuscrito (Taschen, 2019) recopila numerosas muestras del amplísimo archivo del coleccionista brasileño, que incluye documentos de Kafka, Mary Shelley y Emily Dickinson. Su obsesión por atesorar páginas escritas a mano surgió en su infancia, aspecto que lo vincula estrechamente con el escritor Stefan Zweig, también un fetichista de los manuscritos desde joven.

Para muchos, aceptar que en este siglo convulso en que vivimos van a generarse pocos manuscritos de los que después amarillean con encanto produce cierta decepción rayana en la melancolía. Quizá por eso ya se veneran sus primos hermanos, los en su día novedosos mecanoscritos, que se exponen sin complejos en muestras actuales como la dedicada a los vampiros en el CaixaForum de Madrid. Entre fragmentos, carteles de películas, libros y fotografías acerca de estos seres de colmillos afilados nos topamos con páginas del guion original de Nosferatu (1922) de Murnau y del film El baile de los vampiros de Roman Polanski (1967). El hecho de que estén escritos a máquina los convierte en encantadoramente añejos, y su atractivo queda aún más acentuado por las anotaciones y tachaduras a mano a cargo de los propios autores.

El profesor Matthew G. Kirschenbaum firmó en 2016 'Track Changes', una historia literaria de los procesadores de texto.

El profesor Matthew G. Kirschenbaum firmó en 2016 ‘Track Changes’, una historia literaria de los procesadores de texto.

Pero la historia del documento no termina con el arrinconamiento de la máquina de escribir: para abordar su nueva materialidad y repensar su esencia en la era digital tenemos a estudiosos como Matthew Kirschebaum, profesor de la Universidad de Maryland, que en 2016 publicó Track Changes (Harvard University Press), una historia literaria de los procesadores de texto. Tal como cuenta en el prólogo, antes de escribir el libro, Kirschebaum ya sabía que el primer autor en entregar un manuscrito mecanografiado a un editor fue Mark Twain en 1883; se trataba de su libro de memorias La vida en el Mississippi y fue tecleado íntegramente en una Remington. Por tanto, la principal búsqueda que guió al autor de Track Changes durante la escritura de su ensayo fue dar con la primera novela escrita con un procesador de textos y así reconstruir parte de la historia del libro y la escritura durante el siglo XX. Y la halló: es Bomber, obra del autor británico Len Deighton, quien la escribió entre 1968 y 1970 con el procesador de textos de un ordenador IBM que pesaba 90 kilos.

La emoción que sentía el Kirschenbaum niño desde su cuarto al pensar que sus escritores contemporáneos favoritos estaban, al igual que él, luchando por aprender el funcionamiento de su primer ordenador Apple y de su procesador de textos recién estrenado fue otra de las motivaciones para escribir este ensayo, lleno de anécdotas lleno de anécdotas y datos curiosos sobre las vicisitudes de escribir a ordenador.

Sobre la nueva materialidad de la escritura también se ha escrito en castellano. Un buen ejemplo es el ensayo del escritor argentino Sergio Chejfec titulado Últimas noticias de la escritura (Jekyll and Jill, 2015). A pesar de los radicales cambios sufridos en los manuscritos durante las últimas décadas, Chejfec detecta una paradoja en la organización textual de la escritura digital, y es que « sigue siendo básicamente la misma que en el pasado: la palabra, la línea, el párrafo, la página ». Asimismo, a lo largo del ensayo, Chefjec da fe de la fascinación que ejerce todavía hoy sobre nosotros la escritura a mano al recordar una exposición de manuscritos de Proust a la que acudió en 2013 con motivo del centenario de la publicación de Por el camino de Swann. Fue precisamente en las salas de la Morgan Library donde el escritor reparó en que los asistentes « buscaban una verdad que se pusiera de manifiesto instantáneamente, como consecuencia de la cercanía física tanto de la letra original como de los objetos manipulados por Proust », y también en que, ante un manuscrito expuesto, siempre tiene lugar « una lucha entre mirar y leer ».

Manuscrito original en el que Marqués de Sade escribió el borrador de su novela ‘Los 120 días de Sodoma’, en el Museo de Cartas y Manuscritos de París. CHRISTOPHE ENA (AP)

Otros textos que, a medio camino entre la escritura autobiográfica y la ficción, reflexionan acerca de los cambios vividos entre la escritura manuscrita y la computerizada (es decir, acerca de la irremediable pérdida del documento conclusivo en forma de manuscrito sobre papel), son los del uruguayo Mario Levrero y el chileno Alejandro Zambra. En La novela luminosa, fechada en el año 2000, Levrero expresa en forma de entradas de diario los quebraderos de cabeza que le causa el procesador de textos que emplea para escribir: « El corrector de este Word 2000 tiene unas características insólitas; por más que intenté dominarlo, me resulta imposible. No reconoce ciertas palabras relativas al sexo, como por ejemplo pene, que recién apareció como desconocida cuando activé el corrector para esta página antes de guardarla ». En cambio, en El discurso vacío, la obsesión de Levrero se centra en un proyecto autoimpuesto: el de mejorar su caligrafía para así desarrollar otros aspectos de su carácter: « Trataré de conseguir un tipo de escritura continua, « sin levantar el lápiz » en mitad de las palabras, con lo que creo poder conseguir una mejora en la atención y en la continuidad de mi pensamiento, hoy por hoy bastante dispersas ». Lo paradójico es que los lectores solamente podemos acceder a sus disquisiciones desde la letra impresa o digital de cualquier de las ediciones de esta obra, y en ningún caso desde la que él generó a mano.

Zambra, por su parte, concluye su ensayo autobiográfico Cuaderno, archivo, libro, incluido en el volumen Tema libre (Anagrama, 2019), con la siguiente reflexión: « Hay un hecho central: debido a los computadores, el texto es cada vez menos definitivo. Una frase es hoy, más que nunca, algo que puede ser borrado”. Así que a partir de ahora solamente nos quedarán los mecanoscritos de autores como Javier Marías, Will Self o Don DeLillo, que, reacios a ese fácil borrado de frases, siguen negándose a escribir su obra empleando un procesador de textos.

[Fuente: http://www.elpais.com]

Autores como Vargas Llosa, Marías o Gimferrer siguen acentuando el adverbio, pese a que la Academia a la que pertenecen cambió la norma en 2010

Hace 10 años una revisión de la Ortografía de la lengua española abrió una herida en el seno de la Real Academia Española (RAE), que una década después no se ha cerrado. Su director, el jurista Santiago Muñoz Machado, reconocía en una entrevista que la Academia no estaba dividida por el rechazo al lenguaje inclusivo, pero sí por la tilde del adverbio “sólo” y de los pronombres demostrativos (como “éste”). “Ahí no tenemos consenso”, explicó a El País SemanalHace 10 años la recomendación fue aplicada de inmediato por medios de comunicación y editoriales en sus libros de estilo, mientras un grupo de académicos se negaba a comulgar con su propia norma, y así siguen.

“Fue innecesario”, explica Luis Mateo Díez, académico en la silla I. “La tilde es contundente. Lo de antes estaba mejor que lo de ahora. Seguiremos insistiendo. Sería el colmo que todos asumiéramos esa norma: es bueno que no estemos de acuerdo”, sostiene Díez, uno de la docena de académicos insumisos (de un total de 43), que resisten y ordenan a sus editoriales que mantengan la tilde en sus libros, a pesar del giro que dio en 2010 la institución.

Ese año, los lingüistas de la RAE —casi la mitad de los académicos de número— dieron un paso adelante, borraron el acento gráfico y sorprendieron a los autores. Los sillones se polarizaron entre técnicos y creadores. “No me preocupa. Yo la mantengo y no hay ninguna razón para cambiar. No soy muy académico, pero cada académico lleva su camino propio, incluso para enfrentarse a la RAE”, explica Francisco Rico. Quien se sienta en la silla p dice que la tilde le ayuda a aclarar y distinguir.

Ambigüedad relativa

Ese es el punto de desencuentro de criterios. “Los casos de ambigüedad son muy limitados. La tilde diacrítica no es necesaria. Hay que operar con reglas técnicas, aunque a algunos académicos les enseñaran otra cosa en la escuela”, señala Salvador Gutiérrez, responsable de la nueva Ortografía que revolucionó la Academia. El académico publicará en unos meses, en la revista de la casa, Crónica de la Real Academia Española, un artículo que valora esta década sin tilde. “Espero que dejen el empecinamiento, porque no tienen argumentos técnicos con los que defenderse. Solo son criterios sentimentales y una ortografía no se hace así. Sería un gravísimo error que la RAE operase al margen de la ciencia”, indica Gutiérrez.

Javier Marías aclara que sí hubo argumentos en contra de la Nueva Ortografía, a los que Gutiérrez no respondió: “Yo mantengo la tilde en ‘guión’ y en ‘sólo’, entre otras. No voy a hacer caso de lo que diga un filólogo, con todos mis respetos. Para mí son medidas absurdas que han generado mucha confusión. Los creadores no pretendemos tener la última palabra, pero solo faltaría que nosotros no pudiéramos escribir lo que nos diera la gana. Y en la RAE cada cual atiende a las reglas con las que está de acuerdo. La Nueva Ortografía no me parece acertada, así que no seré dócil ni asumiré lo que mandan ellos. Confío en que un día eso se rectifique por el bien de la lengua española”.

La lista de la paradoja académica incluye al poeta Pere Gimferrer, que en Las llamas (Fundación José Manuel Lara, 2018) mantiene el acento gráfico: “Pero sólo el latir del fulgor y el furor y el desprecio de la luz/ desgarrarán los labios de la noche”. Francisco Brines nunca ha renunciado a la tilde, como en este verso de Para quemar la noche, de 2010: “Como si el mundo fuese sólo un exceso vano en nuestras solas existencias”. Lo mismo ocurre con Arturo Pérez-Reverte en Sidi (Alfaguara, 2019); o Luis Goytisolo, en Chispas (Anagrama, 2019). También los Tiempos recios (Alfaguara, 2019) de Mario Vargas Llosa se aferran a la tilde.

De resistentes a conversos

Ni José Luis Sampedro ni Francisco Nieva defendieron la nueva pauta que, como apunta Gutiérrez, no es tan novedosa: desde 1952, la RAE señala que debe aplicarse el “sólo” únicamente en casos de ambigüedad. Y desde 1959 las publicaciones de la Academia lo han eliminado. Sin embargo, han pasado 10 años y la norma no se acepta de manera unánime en la institución: “Tardará, pero poco a poco irán entendiéndolo”, añade Gutiérrez. Uno de los académicos que ha asumido la regla es Antonio Muñoz Molina. “Las modificaciones ortográficas me parecen superfluas, pero creo que es adecuado acatarlas, por mantener la unidad de la lengua”.

Soledad Puértolas también ha renunciado a la tilde. “Con el tiempo lo he dejado, aunque a veces lo necesito poner. La norma es un tanto confusa. Los lingüistas redactan, pero los escritores no miramos con su óptica. Es lógico que haya dos grupos: no podemos confundir a los técnicos con los creadores. Está bien que ellos hagan sus normas, pero somos los creadores los que tomamos las decisiones”, apunta la autora de Música de ópera (Anagrama, 2019), novela en la que los pronombres y los adverbios ya aparecen rasurados. A la académica en la silla g le gusta que el debate se mantenga abierto porque, dice, eso le mantiene libre.

La decisión del dramaturgo Juan Mayorga, el último académico en llegar, es clara: arrancará las tildes en la revisión de su teatro breve, que publicará La Uña Rota: “Cada uno es dueño del lenguaje y es muy interesante que haya voces discordantes. Es sano que haya académicos que discrepen de la Academia, porque ni una tilde es insignificante. Me interesa la intensidad del debate”.

[Ilustración: NARCÍS R.E. – fuente: http://www.elpais.com]

O xurado destaca a súa capacidade para desbordar «coa súa incesante creatividade o límite que propoñen os xéneros literarios»

O escritor holandés Cees Nooteboom

O escritor holandés Cees Nooteboom, poeta, novelista, ensaísta e crítico de arte, foi galardoado co Premio Formentor das Letras 2020 por desbordar «coa súa incesante creatividade o límite que propoñen os xéneros literarios», segundo o fallo do xurado feito público este mércores. Os membros do xurado do Premio Formentor das Letras 2020, formado por Judith Thurman, Alberto Manguel, José Enrique Ruiz Doménec, Alexis Grohmann e o seu presidente Basilio Baltasar, tiñan previsto reunirse na sede da Fundación Saramago de Lisboa, pero ante a imposibilidade de desprazarse han deliberado desde os seus respectivos lugares de residencia: Manhattan, Barcelona, Edimburgo e Mallorca.

Para o xurado, o galardoado co Premio Formentor 2020 «é oun escritor viaxeiro que fixo do nomadismo unha actitude filosófica, estética e espiritual que transcende as fronteiras e revela a natureza expansiva dos horizontes humanos», segundo recolle Efe. Nooteboom «é un escritor universal que escribe coa conciencia de pertencer á gran tradición cultural europea. Viviu de preto os espectaculares momentos da historia do noso continente e contemplouno de lonxe: coñece moi ben os dilemas que Europa debe resolver. A súa obra é o resultado dunha indagación penetrante nese espírito que nunca nos fixo tanta falta como hoxe», asegura a Fundación Premio Formentor.

Cees Nooteboom (A Haia, 1933) é un dos maiores e máis orixinais escritores holandeses contemporáneos: tradutor de poesía española, catalá, francesa, alemá e de teatro americano; autor de novelas, poesía, ensaios e libros de viaxe. A súa obra foi traducida a máis de vinte idiomas. Na acta da reunión o xurado destaca como «a súa mirada minuciosa revela o sentido dun mundo en perpetúa transformación e a súa curiosidade non deixa lugar algún libre da inquietude creativa que o levou dun lugar a outro desde os comezos da súa fértil traxectoria literaria». Na súa opinión, Nooteboom «deu á ficción a certeza dunha presenza persoal e ao relato existencial das súas viaxes a delicadeza narrativa da gran literatura. É un dos máis grandes cronistas do noso tempo, capaz de converter as experiencias das súas viaxes nunha sabia percepción dos elementos latentes do cosmopolitismo estoico». Entre as súas obras figura O desvío a Santiago, sobre o Camiño xacobeo.

O holandés obtivo, entre outros recoñecementos, o Premio Europeo Aristeon de Literatura (1993) pola historia seguinte, o Premio Bordewijk (1981), o Premio Pegasus de Literatura (1982), a Medalla de Ouro do Círculo de Belas Artes de Madrid (2003), o Premio Europeo de Poesía (2008), o Premio de Literatura Neerlandesa (2009) e o maior premio que se concede na literatura de viaxes, o Premio Chatwin (2010). En Francia foi nomeado Caballero da Lexión de Honra e é Doutor Honoris Causa pola Freie Universität de Berlín. Vive entre Holanda, España e Alemaña e na súa bibliografía destaca o importante papel que xogou a illa de Menorca nalgúns dos seus libros.

O Premio Formentor, que recoñece «a calidade e integridade dos autores cuxa obra consolida o prestixio e a influencia da gran literatura», é un galardón sostido co mecenado das familias Barceló e Buadas, concedido por primeira vez en 1961, foi impulsado por un reputado grupo de editores europeos (Carlos Barral, Gallimard, Einaudi, Rowolt…). En Formentor foron premiados, entre outros, Jorge Luis Borges, Samuel Beckett, Saul Bellow, Jorge Semprún e Witold Gombrowicz. Tras a súa recuperación, o premio recibírono Carlos Fuentes , Juan Goytisolo, Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Ricardo Piglia, Roberto Calasso, Alberto Manguel, Mircea Cartarescu e Annie Ernaux. A Fundación Formentor foi creada para organizar o Premio Formentor das Letras e as Conversacións Literarias que se celebran cada ano en Formentor.

[Imaxe: JUAN LÁZARO – fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

Dans « Berta Isla », le Géant espagnol raconte l’histoire d’un couple, dont un membre a rejoint l’armée des ombres.

Javier Marias

Écrit par Didier Jacob

Berta Isla est une « Madrilène pur sang », c’est-à-dire brune, fascinante, souriante aussi, rarement taciturne, dotée d’une bonne nature, d’une joie innée, « facile et prompte », sans pour autant qu’on puisse la dire d’une humeur égale, car il lui arrive aussi parfois d’avoir des coups de blues ou des moments d’entêtement. Les grandes héroïnes de Javier Marias sont émouvantes parce qu’elles ressemblent à des paysages. Le géant espagnol a, du reste, toujours excellé dans l’art du portrait, comme le confirme son recueil d’essais intitulé « Vies écrites » qui paraît chez Gallimard en même temps que son nouveau roman. Ce qui donne, avec Henry James :« Il était grand, presque obèse, complètement chauve et avait un regard terrible. (…) Sa calvitie le faisait ressembler à un théologien, ses yeux à un sorcier. »

Dans sa jeunesse, Berta rencontre Tomas Nevinson. C’est un jeune garçon séduisant et hispano-britannique qui fait ses études à Oxford. Les deux, faits l’un pour l’autre, se marient. Au cours de ses études, Tom croise le professeur Wheeler, un membre des services secrets qui voit en Nevinson une recrue de choix. Cependant, Tomas veut retourner à Madrid. Il aime Berta. Il refuse le conseil du professeur de se former au métier d’espion. Mais Tomas est bientôt soupçonné de meurtre, à la suite d’un concours de circonstances des plus opaques. Pour être innocenté, il doit finalement entrer au service de Sa Majesté. Berta, qui ne sait pas que Tomas a rejoint l’armée des ombres, sent le monde qui l’entoure perdre en solidité, en netteté aussi. Les contours flous de l’existence de Tomas finissent par la faire douter de sa propre existence.

Chez Marias, l’incertitude fait partie du décor

Avec une intelligence rare, une sophistication extrême qui s’incarne puissamment dans des personnages de chair et de sang, l’auteur de la trilogie « Ton visage demain » envoie force brouillard, comme le régisseur qui, sur la scène d’un théâtre, semble recourir à un pot d’échappement mal réglé pour couvrir soudain les acteurs d’un épais panache de fumée. Sauf que, chez Marias, l’incertitude fait partie du décor, et qu’il n’est pas un moment du récit qui ne puisse faire l’objet d’interprétations contradictoires. Qui est réellement Tomas Nevinson ? Longtemps Berta s’est posé cette question. Il est probable qu’elle se la pose encore.

Berta Isla, par Javier Marias, traduit de l’espagnol par Marie-Odile Fortier-Masek, Gallimard, 592 p., 23 euros.

[Photo : C. Hélie Gallimard – source : http://www.nouvelobs.com]


Dans « Berta Isla », le géant espagnol raconte l’histoire d’un couple, dont un membre a rejoint l’armée des ombres.

Écrit par Didier Jacob

Berta Isla est une « Madrilène pur sang », c’est-à-dire brune, fascinante, souriante aussi, rarement taciturne, dotée d’une bonne nature, d’une joie innée, « facile et prompte », sans pour autant qu’on puisse la dire d’une humeur égale, car il lui arrive aussi parfois d’avoir des coups de blues ou des moments d’entêtement. Les grandes héroïnes de Javier Marias sont émouvantes parce qu’elles ressemblent à des paysages. Le géant espagnol a, du reste, toujours excellé dans l’art du portrait, comme le confirme son recueil d’essais intitulé « Vies écrites » qui paraît chez Gallimard en même temps que son nouveau roman. Ce qui donne, avec Henry James :« Il était grand, presque obèse, complètement chauve et avait un regard terrible. (…) Sa calvitie le faisait ressembler à un théologien, ses yeux à un sorcier. »

« Il était grand, presque obèse, complètement chauve et avait un regard terrible. (…) Sa calvitie le faisait ressembler à un théologien, ses yeux à un sorcier. »

Dans sa jeunesse, Berta rencontre Tomas Nevinson. C’est un jeune garçon séduisant et hispano-britannique qui fait ses études à Oxford. Les deux, faits l’un pour l’autre, se marient. Au cours de ses études, Tom croise le professeur Wheeler, un membre des services secrets qui voit en Nevinson une recrue de choix. Cependant, Tomas veut retourner à Madrid. Il aime Berta. Il refuse le conseil du professeur de se former au métier d’espion. Mais Tomas est bientôt soupçonné de meurtre, à la suite d’un concours de circonstances des plus opaques. Pour être innocenté, il doit finalement entrer au service de Sa Majesté. Berta, qui ne sait pas que Tomas a rejoint l’armée des ombres, sent le monde qui l’entoure perdre en solidité, en netteté aussi. Les contours flous de l’existence de Tomas finissent par la faire douter de sa propre existence.

Chez Marias, l’incertitude fait partie du décor

Avec une intelligence rare, une sophistication extrême qui s’incarne puissamment dans des personnages de chair et de sang, l’auteur de la trilogie « Ton visage demain » envoie force brouillard, comme le régisseur qui, sur la scène d’un théâtre, semble recourir à un pot d’échappement mal réglé pour couvrir soudain les acteurs d’un épais panache de fumée. Sauf que, chez Marias, l’incertitude fait partie du décor, et qu’il n’est pas un moment du récit qui ne puisse faire l’objet d’interprétations contradictoires. Qui est réellement Tomas Nevinson ? Longtemps Berta s’est posé cette question. Il est probable qu’elle se la pose encore.

[Photo : C. Hélie Gallimard- source : http://www.nouvelobs.com]