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Hoy se publica la canción y videoclip coral de ‘Pasaba por aquí’, en la que también participan Ismael Serrano, Marwán, Pedro Guerra, Rozalén, Silvio Rodríguez, Vanesa Martín y Xoel López, entre otros artistas

Aute

Escrito por Nacho Serrano

Un grupo de destacados artistas nacionales y latinos se han unido en el homenaje a Luis Eduardo Aute para el primer aniversario de su fallecimiento. Todos juntos presentan este 2 de abril el single ‘Para Aute: Pasaba por aquí’, la versión coral de uno de sus temas más emblemáticos. Esta es la lista de participantes: Abel Pintos, Carlos Rivera, Dani Martín, Estopa, Ismael Serrano, Joaquín Sabina, Jorge Drexler, Marwán, Pedro Guerra, Rozalén, Silvio Rodríguez, Vanesa Martín y Xoel López.

La canción elegida para el homenaje es una de las más celebradas del cantautor, ahora bañada en la nostalgia de aquel pletórico Aute de inicios de los años ochenta. Estaba incluida en ‘Alma’ (1980), el disco producido por Luis Mendo con el que cerraba la trilogía ‘Canciones de amor y vida’, un conjunto de álbumes que abrió en 1978 con ‘Albanta’ y continuó un año más tarde con ‘De par en par’.

‘Para Aute: Pasaba por aquí’ es un retrato de lo cotidiano que, en su nueva versión, se actualiza para recobrar todo su significado: el de un costumbrismo aparentemente ingenuo pero cargado de intención tan característico en él. Es, en definitiva, puro Aute, revisado por una nómina de artistas de primer orden en una grabación dirigida por Ismael Guijarro como productor y Álvaro Gandul como arreglista. Es su forma de proclamar devoción y respeto por el cantautor nacido en Manila y fallecido el pasado 4 de abril.

Luis Eduardo Aute fue músico, cantante, compositor, director de cine, actor, escultor, escritor, pintor y poeta. Como músico, su obra se extiende a lo largo de más de cuarenta discos. Durante los años sesenta cosechó sus primeros éxitos musicales, pero fue en los setenta cuando forjó su carrera como cantautor, con éxitos que se prolongaron durante las décadas posteriores.

Cantautor de culto

Nacido en Manila (Filipinas, 1943), donde su padre trabajaba en una compañía tabaquera, Aute se trasladó a España con ocho años de edad. En ese momento, comienza ya a pintar, aunque no es hasta los dieciséis años hasta que no hace su primera exposición individual en Madrid. Expone sus obras en diversas ciudades del territorio español y en Francia, Bélgica, Italia, Brasil, Estados Unidos. A los 15 años ya tocaba la guitarra eléctrica, y en 1961 se presentó en el programa de RTVE Salto a la Fama.

Autor de canciones muy conocidas como ‘Al alba’, ‘Una de dos’, ‘Rosas en el mar’, ‘De alguna manera’, ‘Pongamos que hablo de Joaquín’, ‘Alevosía’, ‘Anda’ o ‘Mojándolo todo’, entre otras muchas, dio el salto definitivo hacia la popularidad cuando en 1978 grabó ‘Albanta’, disco que lleva el nombre de un país imaginario inventado por su hijo Pablo. El álbum, su trabajo más rockero, incluyó ‘Al alba’, la canción más emblemática de toda su carrera musical, dedicada a las víctimas fusiladas en las postrimerías del franquismo. Tras la canción se escondía todo un alegato contra la pena de muerte; la letra es una proclama a la libertad.

Cantó junto a Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Nueva Trova Cubana (Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Amaury Pérez), con Suburbano (Luis Mendo, Bernardo Fuster), entre otros. Sus canciones interpretó él mismo sobre los escenarios, pero también escribió temas para muchos otros: Massiel (Rosas en el Mar), Marisol (La vida al pasar), Rosa León, Silvio Rodríguez (Mano a mano, 1993), Ana Belén o Mari Trini (El alma no venderé, No sé qué pasará). Más recientemente, había realizado incursiones en géneros musicales muy alejados de la canción de autor, colaborando con el rapero Haze (Juego de niños, 2008) y repitiendo la experiencia un año después con El Chojin (Ríe cuando puedas, llora cuando lo necesites, 2009).

Su labor musical también le llevó a componer la banda sonora de varias películas dirigidas por Jaime Chávarri o Antonio Jiménez Rico. Aunque de su incursión en el cine, destaca de un modo especial la dirección de su trabajo ‘Un perro llamado dolor’ (2001), un largo de animación intimista en la que Aute trabajó durante casi cinco años (casi 4.000 dibujos a lápiz). Se convirtió así en una leyenda de la música hecha en España, un cantautor de culto con una carrera plagada de composiciones inolvidables. Fue un artista en el más amplio sentido de la palabra, con una de las trayectorias más productivas y valiosas que ha dado la música de nuestro país.

Miembro de la SGAE desde 1967 y con 560 obras registradas a lo largo de su vida, dio rienda suelta a su creatividad no solo en la letra de sus canciones o en sus películas sino también en los cuadros que pintaba, las esculturas que modelaba o los poemas que escribía.

Su salud se había resentido considerablemente desde que en agosto de 2016 sufriera un infarto. Tras varios meses muy grave, recuperó la conciencia y desde su casa luchó con gran valentía por reponerse. Pero finalmente murió en Madrid a los 76 años, el 4 de abril de 2020, tras cinco décadas sobre los escenarios.

 

[Fuente: http://www.abc.es]

Escrito por Sofía Taboada Rodríguez

A entrada en prisión de Pablo Hasél, condenado por inxurias á coroa, enaltecemento do terrorismo e inxurias ás institucións do Estado, volve a poñer en tela de xuízo a lexislación existente no Estado español sobor da cuestión da liberdade de expresión. Estas acusacións remóntanse aos albores da formación do proceso democrático, é posíbel atopar exemplos como este que poñen de manifesto unha serie de carencias democráticas. Nas seguintes liñas pretendemos dar unha breve explicación de por que se condenaron e se seguen a condenar actos de liberdade de expresión a través da comparativa co caso de Suso Vaamonde, hai 40 anos.

O caso de Suso Vaamonde

A 2 de xuño de 1979, a Transición española estaba practicamente consolidada e o paso dun réxime ditatorial a un democrático acababa de cimentarse tras a promulgación da primeira constitución da democracia un ano antes. Tres anos despois, o PSOE de Felipe González gañaba as eleccións, sendo así a primeira vez que un goberno de esquerdas accedía ao poder dende o remate da Guerra Civil. É importante entender que a censura e posterior represión a Vaamonde sucede fóra do marco estrito da consolidación da Transición: non é posíbel ampararse en que o proceso de cambio non chegara aínda á súa fin porque, aínda que entendamos o ano 1982 como un punto e final á Transición -existen certas disensións sobre a temporalidade do proceso– en 1979, que é cando todo isto sucede, atopámonos cun proceso xa finalizado dende a aprobación da Constitución.

Neste contexto de aparente progreso ten lugar a detención do artista Suso Vaamonde na praza da Ferreiría (Pontevedra). Os sucesos deben entenderse no contexto dun festival anti-OTAN no cal Vaamonde é invitado a actuar. Tras interpretar o famoso tema ¡Uah!, é denunciado por un dos asistentes, militar de carreira que defende que o artista vigués engadiu ao tema a estrofa: cando me falan de España / sempre teño unha disputa /que se España é miña nai / eu son un fillo de puta.

Por este motivo é acusado de “inxurias á patria con publicidade”, e segundo recolle o artigo 123 do Código Penal, los ultrajes a la Nación española o al sentimiento de su unidad, al Estado o su forma política, así como a sus símbolos y emblemas, se castigarán con la pena de prisión menor, y si tuvieren lugar con publicidad, con la de prisión mayor. De pouco serviu que Suso Vaamonde afirmase que se trataba dun tema popular e non de autoría propia, ou que nin sequera chegou a cantar esa estrofa, senón que foi completada polo público. Menos relevante sequera resultaba o feito de que o delito, dentro do Código Penal como de “traición”, proceda da Lei de Seguridade do Estado de marzo de 1944. A través deste caso é posíbel percibir a fractura entre a propaganda de cambio e renovación da Transición e a realidade. Realidade que, para Suso Vaamonde, se traduciu nun exilio primeiro en Londres e logo en Caracas, onde estivo até 1984, convertíndose así no primeiro exiliado da democracia, para volver por Ourense e permanecer un mes e medio na cadea antes de ser indultado. O fallo do tribunal foi finalmente de seis anos e un día, aínda que ben podía ter ascendido a 12 e as mostras de solidariedade co autor foron deliberadamente ignoradas1.

Antoloxía da censura en democracia

O caso de Vaamonde non é un suceso illado e as formas de censura xa no período democrático abarcaban diferentes accións. No caso dos cantautores, estes seguen a ser os grandes censurados – válido para a actualidade – unha das formas máis “sutís” é a invisibilización. Un exemplo disto sería a difusión comercial: nin as cancións de Vaamonde nin as de Voces Ceibes serían radiadas cara o panorama nacional. Ocorre o mesmo con Hasél ou Valtónyc, pois a máxima expresión da canción protesta debe entenderse nun tempo pretérito e na actualidade non conta cunha difusión ampla. A marxinalización destas formas de protesta pode actuar como un agravante para seren criminalizadas, pois en principio terán menos apoios e serán menos cuestionadas que se se trata de personalidades recoñecidas e apoiadas masivamente. O apoio institucional tamén xoga parte importante neste tipo de accións: tamén o tema Libertad sin ira, de Jarcha, foi censurado en 1976 mais cando Diario 16 lle prestou o seu apoio converteuse practicamente nun himno en plena Transición.

Por outra banda, no ano 1986, cando o felipismo acadara o poder, Javier Krahe e Joaquín Sabina serían censurados por TVE tras cantar, dirixíndose subliminalmente a Felipe González aquilo de hombre blanco hablar con lengua de serpiente; unha alusión aos bandazos políticos que este estaba a dar respecto da entrada de España na OTAN. Mais instalándonos na actualidade, a década pasada é o momento no cal este tipo de censuras sofren unha repunta. Alén dos xa mencionados Hasél e Valtònyc, cuxas causas permanecen abertas dende o 2014 e 2017 respectivamente, recollemos a continuación algúns exemplos representativos.

En 2017 o cantante do grupo Def con Dos, César Strawbery, é condenado a un ano de prisión e seis meses de inhabilitación absoluta por enaltecemento do terrorismo tras publicar tuits referentes a Ortega Lara ou aos GRAPO. No ano seguinte, en 2018, será detido logo dun concerto en Jerez de la Frontera o cantante Evaristo Páramos por dedicar unha jota á policía. Neste mesmo ano, o artista Santiago Sierra é censurado na feira ARCO pola súa obra Presos políticos en la España contemporánea, na cal se mostraban os rostros pixelados dalgúns dos acusados no 1-O.

“Presos políticos en la España Contemporánea”, Santiago Sierra, 2018, CCCB. Fonte: http://www.cccb.org/es/exposiciones/ficha/instalacion-presos-politicos-en-la-espana-contemporanea-de-santiago-sierra/229071

Conclusións

O feito de que a Transición se leve a cabo dende as elites – os partidos – e non dende as bases sega o cambio que debería realizarse, xa que non prima para a construción desta a vontade do pobo, senón a dunha clase política. Esta é a razón de toparnos cunha Transición pactista, reformista pero non rupturista que consensúa un modelo de Estado cunhas políticas e un sistema xudicial herdeiros do franquismo. Guillem Martínez teoriza sobre as formas de represión analizadas neste artigo, na obra CT o la cultura de la transición: Crítica a 35 años de cultura española (2012), explicando como se establecen os límites da cultura na crítica ao sistema dominante.

Así, o marco existente para a liberdade de expresión é tremendamente axustado, creándose unha diferenciación de cara ás masas que distingue entre aquilo que se pode dicir e aquilo que non. Isto da lugar a unha cultura hexemónica, na cal só teñen cabida temas que non entrañen un conflito social. Así, cuestións como o cuestionamento da monarquía española, as leis de memoria histórica ou o terrorismo convértense en temas practicamente censurados. Entroncando con este derradeiro tema, é posíbel entender o funcionamento dun sistema democrático que se pon en entredito a través das sucesivas e sistemáticas condenas cara unha cultura crítica levada a cabo a través da música ou do humor.

Concentración en Madrid en apoio a Pablo Hasél, 2021. Foto: Chema Barroso. Fonte: Madridiario

 

Bibliografía

Alexandre FELIPE FIUZA: “La censura musical en las décadas de 1960 y 1970 durante la dictadura franquista: un examen de la documentación del MIT”, en Alejandra IBARRA AGUIRREGABIRIA, A. (coord.): No es país para jóvenes, Araba, Instituto Valentín Foronda, 2012, pp. 1-16.

Carme MOLINERO e Pere YSÀS: “Un proceso policéntrico. La transición de la dictadura a la democracia en España”, Avances del Cesor, (Vol. 12), pp. 189-207, 2015.

Daniel CANALES CIUDAD: “El relato canónico de la Transición. El uso del pasado como guía para el presente”, El Futuro del pasado, (Vol. 4), pp. 513-532, 2013

Guillem MARTÍNEZ et. al.: CT o la cultura de la transición: Crítica a 35 años de cultura española, Barcelona, Debolsillo, 2012.

Gutmaro GÓMEZ BRAVO: “La amenaza de la violencia: conflicto y violencia en la Transición” en Gutmaro GÓMEZ BRAVO (coord.): Conflicto y consenso en la transición española, Madrid, Editorial Pablo Iglesias, 2009, pp.7-21.

Manuel ORTIZ HERAS: “Nuevos y viejos discursos de la Transición. La nostalgia del consenso”, Historia Contemporánea, (Vol. 44), pp. 337-367, 2010.

Miguel BOÓ: Suso Vaamonde, voz de trebón. Vigo, Grupo de Comunicación Galicia en el Mundo, 2019.

Santos JULIÁ: Transición. Historia de una política española (1937-2017). Barcelona, Editorial Galaxia Gutenberg, 2017.

Notas ao pé

 

  1. Previo xuízo, a xustiza rexeitou preto de 20.000 firmas presentadas conforme á defensa do dereito de liberdade de expresión e os antidisturbios estiveron presentes para desaloxar protestas enfronte dos xulgados. Unha vez que se coñeceu o fallo, as forzas políticas AN-PG, o PCG e o MCG consideraron que se trataba dun abuso de autoridade e polo tanto, pronunciáronse en contra de dita sentenza; e durante os anos de exilio, Vaamonde contaría cun apoio explícito na forma de eventos e recitais por parte de compañeiros de profesión []

[Foto de portada: Suso Vaamonde na década dos 70. Fonte: www.susovaamonde.com– artigo publicado en http://www.mazarelos.gal]

El 2020 debería ser recordado como el año de los grandes documentales del cine español y, uno de ellos, es “Anatomía de un dandy“, que trata sobre uno de los mayores escritores españoles del siglo XX pero que, curiosamente, es conocido por la mayoría de la población por aparecer en ese programa de televisión donde irascible gritaba “He venido a hablar de mi libro”. Estamos hablando de Francisco Umbral sobre el cual uno de los personajes invitados a participar en este trabajo comenta “es junto a Sabina y a Almodóvar el gran cronista sobre Madrid de las décadas de los 80 y 90”.

El documental “Anatomía de un dandy”, codirigido por Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, se centra en el apartado más personal de Francisco Pérez, un joven que firmaba con este nombre sus primeros artículos en “El norte de Castilla”, en Valladolid; un joven que adoraba a su madre y que sufrió mucho la ausencia de su padre; y que le cambió la vida para siempre el nacimiento y fallecimiento, con tan solo cinco años, de su hijo Pincho. Un escritor con más de 10.000 artículos publicados y más de 100 libros; un escritor cuya crónica de contraportada en “El País” y luego en “El Mundo” tenía más de un millón de lectores diarios; un escritor que se convirtió en toda una figura mediática, con su dialéctica afilada y su figura trabajada, apareciendo en multitud de programas televisivos.

Así, a través de múltiples entrevistas, con la voz en off de Aitana Sánchez Gijón, con su propia viuda, María España Suárez, y con un gran número de amigos de Umbral como Ramoncín, Raúl del Pozo, Juan Cruz, Manuel Jabois, Pedro J. Ramírez, Ángel Antonio Herrera, Antonio Lucas, David Gistau y Victoria Vera, conoceremos más sobre el escritor que ganó los premios más importantes de la literatura castellana pero que, sin embargo, nunca llegó a formar parte de la Real Academia Española.

Nota El Blog de Cine Español: 7

[Fuente: http://www.elblogdecineespanol.com]

Homenajes y antologías celebran el centenario del escritor uruguayo, cuyos versos resuenan hoy en las redes sociales. Su fundación trabaja en un epistolario, con cartas inéditas a Vargas Llosa o Idea Vilariño

Mario Benedetti, junto a su biblioteca, en 1963.

Mario Benedetti, junto a su biblioteca, en 1963.

En los años ochenta del siglo pasado Mario Benedetti (1920-2009) era leído por todos. Coloquiales, comprometidos e intensos, sus poemas se volvieron canción y bandera en Latinoamérica. Lo recitaban quienes habían soportado el exilio (un desgarro que el propio Benedetti conoció por razones políticas desde 1973 en Argentina, Perú, Cuba y España, durante 12 años hasta su regreso a Montevideo), y también los que se habían quedado a masticar la dictadura en casa. Unos y otros convirtieron en himnos poemas como Defensa de la alegría o Te quiero, que Nacha Guevara entonaba con voz inalcanzable: “Si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice y todo…”. Esas palabras saltaron del libro al disco, al póster y a la cultura popular.

Actos, traducciones y reediciones acompañarán el centenario del nacimiento del poeta el próximo lunes. Todos esos homenajes aspiran a demostrar que un escritor recitado de memoria por varias generaciones todavía puede deparar novedades. Entre los actos previstos destaca la presentación en el Instituto Cervantes de Madrid de una antología de sus poemas realizada y prologada por Joan Manuel Serrat.

Mario Benedetti, en su infancia.

Mario Benedetti, en su infancia. FUNDACIÓN MARIO BENEDETTI

En los años sesenta, Benedetti ya había publicado La tregua, novela consagratoria traducida a una treintena de idiomas y llevada al cine, sobre un amor inesperado entre dos compañeros de oficina, una jovencita y un viudo que le dobla la edad. Y es en esa década, en 1966, cuando dirige la carta, hasta ahora inédita, a su tocayo y amigo Mario Vargas Llosa, una epístola que es espejo de una época febril de intercambios intelectuales. La carta integra el archivo de la Fundación Mario Benedetti, que cobija además los 10.000 volúmenes de la biblioteca uruguaya del escritor (la madrileña, de unos 6.000, fue donada por él a la Universidad de Alicante). “Hay kilos de cartas inéditas. Trabajamos en un epistolario con la poeta Idea Vilariño, pero queda mucho por ver. Tendremos más de una sorpresa para los lectores”, afirma, desde Montevideo, Hortensia Campanella, biógrafa y directora de la fundación, que cada 14 de septiembre desvela al ganador del Premio Internacional a los Derechos Humanos y la Solidaridad Mario Benedetti.

Política y creación

El Benedetti de esa carta que reproduce EL PAÍS es el de Gracias por el fuego. Comprometido con el ideario de la izquierda latinoamericana y cercano al boom, había participado ese año en Cuba en el jurado del Premio Casa de Las Américas y viaja a París, para ser relator y traductor de la Unesco. “Vargas Llosa acaba de terminar La casa verde; es un momento en el que coinciden las discusiones políticas con la potencia creativa”, recuerda Campanella.

Hijo de un químico farmacéutico, Benedetti fue siempre una voz cercana, un escritor de a pie. Tenía calle: desde los 14 años la estrechez económica de su familia lo llevó a trabajar en oficios variopintos; fue vendedor, contable, taquígrafo… Sostuvo su elección por el lector común como poeta (desde la aparición de La víspera indeleble en 1945), novelista (a partir de Quién de nosotros, en 1953), cuentista (especialmente a partir de Montevideanos, de 1959) y crítico, en publicaciones como la revista Número o el mítico semanario Marcha, cuya sección literaria dirigió en 1954.

Anverso de la carta de Benedetti a  Vargas Llosa.

Anverso de la carta de Benedetti a Vargas Llosa. FUNDACIÓN MARIO BENEDETTI

En 1946 se casó con Luz López Alegre, la mujer de su vida, y fue la enfermedad de ella, la que lo decidió a dejar definitivamente Madrid, ciudad que alternaba con Montevideo. Benedetti murió tres años después.

El lunes, mientras en la capital uruguaya se presente una versión de La tregua por el Ballet Nacional del Sodre, en Madrid coincidirán dos actos online a partir de las 19.00. Uno en Casa de América, auspiciado por el Centro Uruguayo, con poemas y textos dramatizados, y otro en el Instituto Cervantes, que reunirá a varias generaciones de benedettinos gozosos en la presentación de Mario Benedetti. Antología poética (Alfaguara), realizada y prologada por Serrat, con quien el Premio Reina Sofía 1999 trabajó a cuatro manos en un disco emblemático: El Sur también existe (1985). “Probablemente” —afirma Serrat— “sea el poeta más leído en nuestro idioma y, con toda seguridad, el más cantado”. También participarán, entre otros, los cantantes Joaquín Sabina y Marwan y los escritores Benjamín Prado y Elvira Sastre.

Una lección

Luis García Montero, director del Cervantes, analiza el tirón inoxidable de Benedetti: “Su literatura aportó una manera de unir la Historia con la intimidad, de acercarse a la política hispanoamericana cuando no solo los dogmas y las consignas de los partidos sino también los sentimientos amorosos, la soledad, la experiencia individual tenían su protagonismo. Fue una lección importante para los poetas españoles que al final del franquismo intentábamos no solo poder votar cada cuatro años, sino también revisar lo que significaba la educación sentimental”.

Reverso de la carta de Benedetti a  Vargas Llosa.

Reverso de la carta de Benedetti a Vargas Llosa. FUNDACIÓN MARIO BENEDETTI

Sobre la influencia de Benedetti en los jóvenes, García Montero reflexiona: “La poesía es un género fronterizo entre lo público y lo privado, que las redes sociales potencian. Atrae su lenguaje claro, directo. Por supuesto siempre estará la queja de los herméticos, de los experimentalistas”.

Esa presencia sostenida en España contrasta con las tensiones que su condición de autor de masas genera a veces en América Latina, donde cuesta encontrarlo en antologías críticas. Jimena Márquez, dramaturga uruguaya de la llamada generación de los hijos de la dictadura, escenificó ese distanciamiento en Nociones básicas para la construcción de puentes, una obra por encargo de la Comedia Nacional, estrenada por el centenario. Mientras se repone de la covid, analiza esta experiencia por WhatsApp: “Yo estaba muy alejada de su obra, aunque lo reconocía como un gran compañero de adolescencia. Soy profesora de Literatura y decir que te gustaba Benedetti era pecaminoso. Caí un poco en esa ingratitud”. Su pieza reivindica al escritor: “Hoy sabemos que a través de él pudimos tomar la palabra y pensar y hablar entre nosotros de la dictadura, aunque no la hayamos vivido. Más allá, defiendo otra herencia que expresó Gelman en un documental sobre Benedetti. Deberíamos agradecer, destacaba, que alguien haya ganado tantos lectores para la poesía”.

Con motivo de la conmemoración del nacimiento de Mario Benedetti, el 14 de septiembre de 1920, el Instituto Cervantes organiza, junto a la editorial Alfaguara (PRHGE), un homenaje a su memoria y legado con la presentación del libro Mario Benedetti, Antología poética, en la que Joan Manuel Serrat participará presentando los mejores poemas del autor como celebración de esta efeméride.

Para finalizar tendrá lugar un recital poético en el que colaborarán diversas personalidades que recitarán poemas del autor, como Sabina, Marwan, Elvira Sastre, Leiva, Vanesa Martín, Chus Visor, Rozalén, Benjamín Prado o Juan Cruz, entre otros.

Conmemoración especial en nuestra Biblioteca.

 

[Fuente: blog.cervantesvirtual.com]

Publicado por Javier Aznar

Hay tres tipos de personas de las que inmediatamente suelo desconfiar. Me sirven como radar para detectar cretinos, algo de una tremenda utilidad en estos tiempos convulsos que vivimos:

1. Los que se meten con los últimos Simpson.

2. Los que desprecian lo último de Aaron Sorkin.

3. Los que critican al último Woody Allen.

Si alguien reúne los tres requisitos mencionados anteriormente, es del todo imposible que pueda llegar a entablar cierta relación de amistad con dicha persona. Y estoy siendo generoso otorgándole la categoría de persona, y no rebajándole a la de homínido poco evolucionado, cercopiteco, protozoo o insignificante coleóptero infrahumano. ¿Prejuicios? No. Optimización del tiempo. De su tiempo y del mío. ¿Cómo compartir un café con alguien que no valora que Los Simpson sigan creando situaciones descacharrantes tras veinticinco temporadas en antena? ¿Cómo ir de viaje, cenar, compartir confidencias o ser el testigo en la boda de una persona que desprecia sistemáticamente cada nueva película Woody Allen? Sí, definitivamente puedo permitirme prescindir de la amistad de este tipo de personas. A fin de cuentas, como escribía David Trueba en Cuatro amigos, la amistad está sobrevalorada, como los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas.

Cuidado. Obsérvese el matiz recurrente de «último». Es importante. Porque no tengo problema alguno con aquellos a los que nunca les han gustado Los Simpson, Aaron Sorkin o Woody Allen. Ahí hay una coherencia, unos principios atornillados. Un credo. Si bien incomprensible, me parece algo respetable. Mi problema reside en tener que soportar a esos ventajistas que se declaran fans únicamente de los «primeros trabajos» de Woody Allen. De su «primera época». Esos mismos que tienen una lámina glicée de Manhattan colgada en el salón de casa y luego se permiten la osadía de despedazar Blue Jasmine sin miramientos, proclamando que Woody Allen está acabado.

¿Acabado? Decir que Woody Allen está acabado es una boutade de una temeridad insultante, es una muestra de una lacerante falta de humanidad y, sobre todo, es una mentira de proporciones extraordinarias.

Pero esto no es ninguna novedad. Woody Allen lleva colgando toda su carrera el sambenito de que sus películas inmediatamente anteriores —da igual que estemos en 1978 o en 2003— son siempre mejores. Ese «tú antes molabas» ha sido una constante en su vida. Incluso cuando dejó de rodar esas sucesiones de sketches como Toma el dinero y corre (1969) o Bananas (1971) para comenzar a hacer películas algo más «serias», como Annie Hall (1977) o Manhattan (1979), le cayeron palos por todos lados. Muchos lo consideraron como una traición a su propio estilo. De hecho, su película Recuerdos (1980) fue duramente criticada porque se interpretó (creo que con toda la razón) como una parodia de sus fans y críticos más iracundos. Hay una escena inolvidable en esta película en la que un Woody Allen en plena angustia existencial establece contacto con unos extraterrestres buscando respuestas, y estos le contestan con la eterna cantinela: «La verdad es que nos gustaban más tus primeras películas».

Los que se meten con el último Woody Allen suelen ser los mismos que usan comillas en el aire cuando hablan, los que emplean ergo en sus discusiones de Twitter y los que siempre tienen un «su primer disco era mejor» en la boca. Esa gente que repite lugares comunes porque se aburre de la excelencia. «La quinta temporada de The Wire es muy floja». «Los Planetas no vocalizan». Cuñados ilustrados. La corriente más peligrosa del haterismo: los permanentemente insatisfechos. Los toreros de salón que se permiten dar consejos al matador que salta al ruedo. Y suelen llevar coderas en la chaqueta.

No tengo reparos en admitir que a veces me gustaría llevar un guante y abofetear con un seco movimiento de muñeca al primero de mis amigos que me diga durante un cena que Woody Allen está acabado y que ya solo se dedica a rodar postales desde ciudades europeas. Y citarnos al acabar los postres a la salida del gastrobar al que nos hayamos visto arrastrados, y que nuestras novias nos sujeten las gafas de pasta, las libretas y nuestros portátiles, mientras nos remangamos los jerséis de pico de lana merino y nuestras camisas de leñador, para partirnos la cara como si formáramos parte de un Club de la Lucha nerd.

Porque Woody Allen forma parte del acervo de mi cultura sentimental y no estoy dispuesto a que se mancille su honor de forma gratuita. Cada película de Woody Allen me fue enseñando a acercarme a la vida, como un animal que se arrima por primera vez al fuego. Woody Allen no es simplemente un director de cine. Woody Allen son los discos de Dylan y de la Creedence de mi padre, los libros que leía a escondidas, los amigos de la adolescencia, el colegio de curas, mi equipo de fútbol, las noches frías en el parque, la chica a la que intentaba hacer reír, Casablanca y Fellini, las tardes bañadas en Barcardi en la playa, el póster de Nueva York colgado en mi habitación, los chicles de fresa ácida, las monedas en los bolsillos, los autobuses al cine, buscar con el dedo Manhattan en el atlas y a NabokovFreud o a Wagner en la Larousse del salón. Si construyera una máquina del tiempo, volvería sin dudar un instante a la primera tarde que vi solo en un cine una película de Woody Allen, aquella primera vez en la que me reí con sus frases porque las entendía realmente, y no porque algún mayor al que admiraba se reía a mi lado. Esa sofisticación que tiene descubrir torpemente los límites de tu propia inteligencia. Sí, volvería a aquella tarde. Jamás volvería al primer beso. Qué horror. Un perro nunca vuelve sobre su propio vómito. Ni siquiera volvería para asesinar a Hitler. Llámenme cobarde y egoísta. Jódase la humanidad. Me da igual. Volvería a ese cine apolillado en el que reponían Manhattan para caer otra vez como un piano de cola desde un ático en los ojos de Mariel Hemingway.

Se habla mucho de la corrección política. No estaría mal tratar la corrección intelectual, ese volátil conjunto de normas sociales no escritas que dictaminan que todo aquel autoproclamado intelectual tiene que declararse fan del primer Woody Allen (ManhattanAnnie Hall o Hannah y sus hermanas) y repudiar al Woody Allen europeo (Match PointScoop o A Roma con amor). Sucede últimamente algo parecido con Joaquín Sabina. Lo intelectualmente correcto estos días es decir que era mejor cuando se drogaba. Ni siquiera es moderno ni estimulante afirmar que 19 días y 500 noches probablemente sea el mejor disco en español de los últimos veinte años. Es considerado como algo rancio y casposo. Del mismo modo también parece obligatorio decir que al de Nueva York se le acabó la gasolina hace tiempo. Porque está mal visto que alguien con talento sea tan prolífico. Va contra los cánones. Un verdadero genio no trabaja. La inspiración tiene que llegarle y sus obras tienen que espaciarse generosamente en el tiempo. ¿Una película cada año? ¡Blasfemia!

Pero vayamos a los hechos: Match Point es una película colosal y de un gran belleza. Y sirvió para reencontrarnos en Londres con el Woody Allen más salvaje y sentimental. Midnight in Paris es una obra maestra. A los puristas no les gustará porque trata de forma superficial a Dalí, a Buñuel o el París de aquella época. Seguramente estos querrían un biopic de tres horas protagonizado por un atormentado actor de método que hubiera engordado cuarenta kilos para encarnar a Hemingway. Y qué decir de Blue Jasmine con una Cate Blanchett magistral que encarna a la generación de la crisis subprime. Un retrato agridulce de toda una época.

Por supuesto que no todas las últimas películas de Woody Allen son obras maestras. Ni mucho menos. Vicky Cristina Barcelona se me hizo de difícil digestión (por muy bien que estuviera Penélope Cruz) y, a pesar de recibir buenas críticas fuera de nuestras fronteras, no la considero uno de los grandes trabajos de Woody Allen. El sueño de Casandra es una Match Point fallida. Scoop nos demostró que Hugh Jackman no encajaba bien con el estilo alleniano. Y también se criticó duramente su película romana: A Roma con amor. Y estoy de acuerdo: no es uno de sus trabajos más inspirados. No obstante, la historia del hombre dotado con un vozarrón magistral pero que solo sabe cantar cuando está bajo la ducha, por lo que termina dando un recital en la ópera frente a un auditorio entregado mientras se enjabona en una ducha portátil, es una genialidad tremenda. Y ahí está todo Woody Allen: en cada una de las películas, incluso en sus proyectos más mediocres, siempre hay una frase, un momento, un destello que emerge de la nada y compensa el precio de la entrada. Y que la convierte automáticamente en una obra superior a la vasta mayoría de estrenos de viernes con gafas 3D y efectos especiales millonarios. Woody Allen es como ese periodista al que jamás dejarías de leer. Podrás estar de acuerdo o no. Pero siempre encuentras un motivo por el que merece la pena leerle. Porque simplemente te interesa su mirada personal y única sobre el mundo que nos rodea.

Dentro de quince años, o de veinte, o de veinticinco, Woody Allen morirá. Y correrán ríos de tinta sobre su vida, obra y milagros. Y los que ahora despotrican contra él se rasgarán las vestiduras. Se llevarán el dorso de la mano a la frente, como una dama victoriana, y clamarán al cielo que qué haremos nosotros, oh, simples mortales, sin la chispa de Woody Allen iluminando este valle de lágrimas. Sin nuestra ración anual de su ingenio. Y todo el mundo pondrá ocurrentes citas de Woody Allen en Facebook ilustradas con una foto con su pelo alborotado y sus gafas de pasta negra inspiradas en Mike Merrick. Y escritores de relumbrón publicarán en los diarios principales artículos de seis mil caracteres sobre aquella vez que coincidieron en un ascensor de Oviedo con el genio de Manhattan y este les dijo una frase ingeniosa solo para sus oídos.

Por eso ahora es cuando hay que ensalzar el trabajo de Woody Allen. Ahora que podría dedicarse perfectamente a almorzar sus sándwiches de atún y a tocar el clarinete por Nueva York, o a dar de comer a las palomas, o a esconder la cabeza como un avestruz tras sufrir de nuevo acusaciones sobre su vida personal en los medios estadounidenses, y en lugar de todo esto, cada año hace una nueva película, con más o menos inspiración, pero siempre rezumando buen gusto, cuidado por los detalles y sentido del humor.

Yo no considero a Woody Allen un genio. Ninguna de sus películas me parece un diez redondo. Tal vez porque fui educado por un profesor que siempre decía que el diez solo estaba reservado para Sophia Loren y para Dios. Pero sí creo firmemente que el mundo es un lugar un poco mejor con una película suya cada año.

En la icónica escena de Manhattan, viendo sentados el amanecer en un banco junto al puente de Queensboro, Woody Allen le dice a Diane Keaton: «Qué maravilla. Esta es una gran ciudad. No me importa lo que opinen los demás. ¡Es tan extraordinaria!».

Siempre que salgo del cine tras ver algo de Woody Allen, sobre todo si se trata de alguna de sus peores películas, pienso exactamente eso mismo: «Qué maravilla. Es un gran director. No me importa lo que opinen los demás. ¡Es tan extraordinario!».

Y cuento los días para su siguiente estreno.

Porque la vida es eso tan aburrido que nos pasa entre película y película de Woody Allen. Y que me perdonen la Loren y Dios.

 

[Foto: United Artists – fuente: http://www.jotdown.es]

Pessoa en 1929 en el famoso local lisboeta de Abel Pereira da Fonseca

Escrito por TÚA BLESA

Se reúnen en este libro dos excelentes noticias: ser el número 1.100 de la Colección Visor de Poesía, cifra asombrosa, y la de presentar una selección de poemas, o fragmentos, y otros textos literarios, en los que la cerveza, y los lugares en los que se sirve, son el tema que los convoca. Una selección que sobrepasa los doscientos textos y que, dada la temática, sirve de brindis de celebración de la larga vida de esta colección de libros de poesía, fundamental en el desarrollo de la poesía española contemporánea. Su catálogo, no solo extenso, sino variadísimo, ha acogido a poetas de los idearios más diversos y es una fuente esencial para el conocimiento de lo poético en este período. No creo que haya aficionado a la poesía que no encuentre en él decenas de títulos que le satisfagan, y no solo de poetas españoles, sino que ha acogido un buen número de hispanoamericanos y traducciones de poetas en otras lenguas.

Por todo ello, gracias le sean dadas a este editor y librero, a quien también se le deben algunos poemas, faceta esta que Chus Visor –que así es conocido en el mundo de la cultura– parece haber dejado atrás, si bien se incluye aquí un relato suyo, páginas de recuerdos, de celebración de la amistad y de anécdotas espirituosas.

Es en el prólogo donde Jesús García Sánchez reúne el extenso y ameno relato de la presencia de la cerveza, que arranca con noticias ya en la civilización sumeria. La primera mención se halla en ese texto fundador de la figura del héroe y de tantos otros elementos literarios que es el Poema de Gilgamesh, es decir, en versos que tienen atestiguada una antigüedad de más de treinta siglos. En uno de sus pasajes, a Enkidu, el amigo de Gilgamesh, se le anima “Bebe cerveza, Enkidu, es la costumbre del país”, un hábito que con el tiempo se ha extendido a todo el mundo. Que a la invitación Enkidu responda bebiéndose siete cántaras es una muestra de cómo la hipérbole es una figura que va fuertemente ligada a la literatura heroica. En cualquier caso, ya se entienda que no fueron tantas las cántaras, no es este un mal comienzo de la antología que García Sánchez ha llevado a cabo.

La cerveza, pues, de la que Manuel Vázquez Montalbán fantaseará con su origen: “En Conemara / el Atlántico inventó la cerveza / como una espuma oscura” y Juan Cristóbal no verá rubia, “Cuando bebíamos las cervezas eran azules”. Sobre el color de la cerveza habla también el marinero de la canción “Tatuaje” de Rafael de León: “Era hermoso y rubio como la cerveza”, texto en el que, tras la pérdida del marinero, la voz femenina confesará ir “sangrando lentamente / de mostrador en mostrador / ante una copa de aguardiente / donde se ahoga mi dolor”, en un notable incremento de la graduación alcohólica de la bebida. También el personaje de “19 días y 500 noches”, de Joaquín Sabina, una vez abandonado, caerá en “la perdición / de los bares de copas”.

En el mundo antiguo, en China y en Egipto se conoció la cerveza y fue no poco valorada. Heródoto escribió que “los egipcios son la gente más sana de todos los hombres” y una de las razones que anotó es que “tienen un vino preparado con cebada”, lo que agradará saber a quienes gustan de ella. Esta afirmación se añade a sus virtudes terapéuticas, muy valoradas hoy, más allá de su conocido efecto diurético, por otras virtudes que el prologuista no deja de detallar en su presentación. Y no es asunto menor que Cela escribió que la cerveza “previene el cáncer”, afirmación que dejo al mejor criterio de los especialistas.

Textos y autores muy conocidos de los lectores se entremezclan con otros que lo son, al menos para mí, menos. Es el caso de John Taylor, quien se apodó “The Bard of Beer” y a quien se debe un The Ex-Ale-tation of Ale (1651), título ingenioso con su doble inscripción (“ale” es un tipo de cerveza típicamente inglés), del que en esta antología se recoge un fragmento de ese elogio de la cerveza, tan arraigada en la cultura británica; un elogio en el que no falta un tópico del tema de la bebida en la literatura: la cerveza, escribió, “es amiga de las musas”, a lo que añade que es “gran amiga de la verdad”. Cómo no recordar el in vino veritas, creencia esta de la cultura popular que afirma que los borrachos no mienten, si bien no le faltan inconvenientes, como que, según Pavese, “Los borrachos no saben hablar a las mujeres”; o, mucho peor, Li Po habría muerto por una borrachera.

Sea como sea, escritores dipsómanos no faltan, piénsese en Edgar Allan Poe, en Paul Verlaine, en Rubén Darío, en Scott Fitzgerald, en Malcolm Lowry –“Ideas de libertad están atadas a la bebida. / Nuestro ideal de vida contiene una taberna”–, sin olvidar a su personaje Geoffrey Firmin, en Claudio Rodríguez –en “Un brindis por el seis de enero” se lee “Y brindo y brindo […] Sigo brindando hasta que se abra el día”–, entre muchos otros. O en Manuel Machado, quien, sin embargo, escribiría “ya no bebo / lo que han dicho que bebía”. Beber en exceso que hará, como dejó escrito Carlos Barral, “No poderse / incorporar simétrico”.

Esta virtud de la bebida, como ayuda o elemento imprescindible para la escritura, está bastante extendida –y no solo al alcohol se le tiene por inspirador, están también drogas como el hachís, el LSD, etc.–. Así lo afirmaba, por ejemplo, el peruano Julio Ramón Ribeyro, quien, por otra parte, desaconsejaba la borrachera, y lo cierto es que sus escritos son de primer orden. Y si a algunos la filosofía sirve de consuelo, a otros les sirve la bebida: Eduardo Lizalde se retrata en una cantina pensando en la muerte que le acecha y resuelve la situación con “Pido otra cerveza”.

“No existe ninguna casa particular donde se pueda disfrutar tanto como en una buena taberna”, según el doctor Samuel Johnson. Y este es nada más que uno de los muchos elogios recogidos en esta antología de aquellos establecimientos donde se puede beber; tabernas, bares, cafés, han sido, y son, lugares frecuentados por no pocos escritores, ya sea para dejar pasar el tiempo, ya para conversar en las tertulias, cuando no como espacio apropiado para ser el escritorio. En un bar escribiría algunos de sus poemas Leopoldo Panero y como él José HierroImposible no recordar la bohemia que tiene esos lugares como espacios privilegiados y la tradición de los cafés, a propósito de lo cual Antoni Martí Monterde llegó a hablar de una “poética del café”, título de un libro, como el que se reseña, muy recomendable.

El nombre de un café, Pombo, fue título de un muy conocido libro de Ramón Gómez de la Serna, espacio que en el que “se goza de una libertad definitiva”. Otro, A Brasileira, fue inmortalizado por uno de sus asiduos y buen bebedor, Fernando Pessoa, café declarado parte del patrimonio arquitectónico portugués y lugar de peregrinación de los lectores. Al evocar al escritor portugués Eugenio Montejo escribe “Pessoa siempre bebía / en estos bares de borrosos espejos” y propone dar de beber a su estatua.

“¡Alegría del Bar!” escribió Gabriel Celaya, lo que podría haber servido también de título para este libro, una delicia de lectura no falta de valiosas enseñanzas. “No beber solo” es el primero de los consejos que Álvaro Mutis daba sobre el beber, así que no parece mal cierre para esta reseña volver a los poemas de este libro con una cerveza a mano y celebrarla y celebrar versos, no solo en cuanto tales, sino también como compañeros. Lectura y bebida, doble fiesta.

A veces parece que despierto
y me pregunto por lo que viví;
fui claro, fui real, es cierto,
¿pero cómo he llegado hasta aquí?

La borrachera a veces da
una asombrosa lucidez
en que uno está como si fuera otro.
Estuve ebrio sin beber, tal vez.

De lo cual, si pienso, el mundo
¿no estará quizás hecho de gente
llena en el fondo de esta esencia
de existir clara y ebriamente?

Entiendo como en un carrusel,
giro a mi alrededor sin hallarme…
(voy a escribir esto en un papel
para que no me crea nadie…)

Fernando Pessoa

 

[Fuente: http://www.elcultural.com]

Estrenado en 2017, “Chavela” llegó a Netflix recién en esta cuarentena. Y transita, con emoción y profundidad, la vida de una mujer que no se privó de nada, salvo del amor que su madre no le dio. Un recorrido por el desgarro, el talento y los excesos. En cinco escalas geográficas, sintetiza su viaje, que empezó en Costa Rica y terminó en México, a los 93 años.

Escrito por Silvina Lamazares

Eso era María Isabel Anita Carmen de Jesús Lizano. O simplemente Chavela. Y no es antojadizo que el documental, que hace unos días subió Netflix a su catálogo, lleve de título su apodo. Porque la película es el fiel reflejo de una mujer herida. Valiente. Vanguardista. Corajuda. Gozadora de la vida, apasionada hasta las llamas, dueña de una tristeza que no soltó hasta su muerte.

Chavela Vargas era un alma en pena embebida en tequila. Y era la gloria. Todos los trazados de su retrato aparecen, con más o menos estridencia -muchos de ellos en tajantes blanco y negro-, en esta historia estrenada en 2017 y que en tiempos de pandemia llegó al streaming.

Dirigida por Catherine Gund y Daresha Kyi, es una delicia. Podrán decir que es una biopic, o una película biográfica, o un ensayo sobre una de las artistas más atrevidas de América latina. Podrán decir lo que quieran. Yo, simplemente, digo que conviene verla. Hace bien. Uno queda con ganas de abrazarla.

Chavela siempre jugó con la imagen masculina. Era una de sus más afiladas herramientas de seducción.

Y cuando eso sucede, más acá o más allá de la impronta del personaje, es porque el relato encontró un maridaje perfecto entre quién y qué, entre qué y cómo, entre todo. Porque el universo de Chavela era más que sus canciones, era más que su tristeza infinita, era más que su desconsuelo por el prejuicio ajeno, era más que una mujer que necesitaba no ser condenada por ser lesbiana. Chavela, como bien desgrana Chavela en sus 93 minutos hermosos, es un grito de libertad. Ver su historia inspira.

Mujer que del bolero, las rancheras y las penas de amor hizo su patria, de ella siempre se supo mucho porque su arte trascendió las fronteras del México, que la esculpió como artista. Pero en este documental se pueden ver hasta la cicatrices más íntimas, sin pecar de fisgones. Solo de testigos de una vida intensa, vertiginosa, enredada en los excesos, anclada en la dignidad.

En esta pieza imperdible que ofrece Netflix, la voz de Chavela suena cuando habla. Cuando canta. Y cuando calla.

La película, un rompecabezas de testimonios, de viejos registros fílmicos de entrevistas caseras, de recuerdos, de sus actuaciones por el mundo, va mostrando sus distintas etapas, en un ritmo que va subiendo de tono, hasta volverse necesaria. Después de los primeros 20 minutos, se hace difícil dejar de verla. Y cuando, ya en la segunda mitad, aparecen Pedro Almodóvar, Martirio Miguel Bosé, entre otros nombres fuertes que fueron parte de su vida, las emociones hacen con uno lo que Chavela quiso.

Aquí, a modo de escalas en el viaje, las cinco paradas que geográficamente definen su recorrido arriba y abajo del escenario. Que, por cierto, como bien claro queda en esta historia, la que cantaba arriba y la que amaba y sufría abajo eran la misma. No hubo, nunca, amenaza de que el personaje se la comiera.

La Vargas fue una mujer de mundo, viajar le gustaba tanto como tomar.

Chavela era una sola. Y le hacía frente a quien sea. No vivió estos tiempos de empoderamiento ni de libertad sexual bastante generalizada. Pero se las ingenió para el goce. En el documental se la oye decir, por ejemplo, a cuento de una fiesta hollywoodense, que “Todo el mundo amaneció con todo el mundo, yo amanecí con Ava Gardner”. También apela a la poesía para describir la belleza de uno de sus grandes amores, la pintora Frida Kahlo: « Sus cejas juntas eran una golondrina en pleno vuelo”.

Comienza el viaje:

La Costa Rica que la vio nacer

Isabel, como la llamaban de chiquita, nació el 17 de abril de 1919, en Costa Rica. La película abre su derrotero mostrando su tierra en los sepia años ‘20. “Fui una niña muy triste”, dirá en algún tramo de los fragmentos que se pudieron desempolvar. La desprolijidad en ciertos rescates audiovisuales suman en este caso.

En la pintura de esta etapa se la oirá hablar de su estética más de niño que de niña, de la resistencia de su entorno, de la falta de amor de su madre (sus padres se separaron cuando era muy pequeña y terminó criada por otros familiares). Será el comienzo del desgarro, que luego echó raíces en su voz. Pero, en verdad, siempre le vino del alma.

México: la tierra que le dio alas

La cámara ya viaja a los años ‘30. Las fotos la muestran hermosa, de facciones delicadas, de pelo largo, de mirada triste, de mirada seductora. Se la empieza a ver bien plantada. La música ya es su mejor territorio: no sólo para hacerse escuchar, sino para desatar nudos.

Y ya está construida Chavela, así, sin tanto nombre de documento. Chavela, la que alborota los bares, la que vive “entequilada”, como le gustaba definirse, la que era capaz de entrar a un boliche el viernes y salir recién el lunes, con más mareos que recuerdos, pero con la certeza de haber gozado.

Chavela, la voz y la guitarra, un tándem para desgranar sus penas de amor.

México la vio formarse y brillar como artista, la vio pionera en varios sentidos sociales, la vio pareja de Frida y otras tantas mujeres. Se cuenta allí que era un as conquistando lo que se proponía, pero no andaba ventilando. Salvo cuando, con los años, contó con maestría y picardía su noche de gloria con Ava Gardner.

La abogada Alicia Elena Pérez Duarte fue una de sus relaciones más estables y es quien entrega, con un relato en un medio tono entre la añoranza y lo que quedó del amor, postales maravillosas con “La señora”, como la llamaba.

En México se consagró como la voz de la ranchera y del bolero, pero ella quería más. Quería butacas y grandes salas.

Chavela eligió morir en México. Fue trasladada desde España con la salud muy frágil.

España: mimada por los grandes y ovacionada por todos

Su biografía cuenta que en España comenzó su consagración europea, pero el documental abre la puerta a su universo íntimo de celebridades. Entonces se oye hablar, con admiración, amor y respeto a Pedro Almodóvar, a Martirio, a Miguel Bosé, gente que supo disfrutarla. Sorprende la ausencia del testimonio de Joaquín Sabina, uno de los españoles más militantes del estilo Chavela.

Se ve su llegada a los grandes teatros. Su magia intacta.

Y Madrid es uno de sus destinos elegidos para volver a abrir los brazos debajo del poncho después de 12 años de ausencia difícil de explicar para sus biógrafos.

Francia: el sueño cumplido, con toques almodovarianos

A Chavela le gustaba cantar donde pudiera, está claro ese punto. De chiquita, se acodaba donde podía. Pero su deseo, la ubicaba sobre el escenario del Olympia de París. Era su sueño, pero no estaban dadas las condiciones comerciales. Mejor descubrir en pantalla cómo se gestó su desembarco parisino, gracias a la lealtad de su amigo Almodóvar. Fue sorpresa y media para la Vargas. Y deleite para el público, que tenía butacas, pero se la pasó parado.

México: volver para decir adiós

El adiós. Hubo varios días de homenaje tras su partida, en agosto del 2012.

Luego de haber recorrido varios países, incluida la Argentina, a los 93 quiso volver a Madrid. Cantó. Y cantó como pudo, el cuerpo le pedía pausa. Y fue un concierto inolvidable. Su salud no tenía resto y su entorno quería dejarla internada en España, pero ella pidió volver a su tierra. No hablaba de Costa Rica, hablaba de México. Y fue ahí, en Cuernavaca, donde el 5 de agosto de 2012 se despidió de una vida de desgarro y soledad.

Se fue la Vargas, pero queda Chavela, un testimonio conmovedor.

 

[Fuente: http://www.clarin.com]

Tras adentrarse en la sociología del moderneo, el ensayista Iñaki Domínguez da voz en ‘Macarras interseculares’ (Melusina) a un puñado de personajes míticos que han ocupado las calles de la capital desde los años 60.

Juanma el Terrible, y su panda. Madrid 1980

Escrito por LIZ PERALES

Protagonista de la calle y de la noche, el macarra pertenece a la “aristocracia” descastada de chorizos y traficantes, chulos y busconas, drogotas, músicos y artistas, bohemios y noctívagos…; un personaje central del lumpen que está en franca retirada de plazas y antros urbanos, según escribe Iñaki Domínguez en Macarras interseculares (editorial Melusina). La obra es una crónica de casi 450 páginas que da voz a un puñado de míticos personajes callejeros del Madrid que va de los años 60 del siglo pasado hasta entrado el siglo XXI.

El macarra es un personaje muy madrileño, una especie en sí mismo, dice el autor. La misma literatura ofrece muchos precedentes, como es el chulo asiduo de sainetes y zarzuelas, o incluso en el siglo XVIII, ya Ramón de la Cruz los retrató en su insigne obrita Manolo. Iñaki Domínguez no se ha ido tan lejos en este ensayo. Ha entrevistado a una setentena de “macarras” madrileños ya desempleados o jubilados, y cuyos testimonios reproduce a veces bajo seudónimo, otras a cara descubierta como la de Juanma el Terrible, Dum Dum Pacheco, Domi o el Francés…. Algunos fueron personajes muy conocidos de la calle, líderes de bandas urbanas, que dan cuenta tanto del mundo de la delincuencia madrileña que vivieron como de la fiesta y el ocio de una juventud que fue ocupando la ciudad, del centro al extrarradio, conforme esta crecía demográfica y urbanísticamente.

En este sentido, explica el autor, la intención del libro no es solo revelar las andanzas de estos personajes, ya de por sí tan atractivas como el argumento de una novela noir, sino “que he querido acercarme a ellos como si fuese uno de los hermanos Grimm. Estos, a través de sus célebres cuentos, quisieron capturar el espíritu que se expresa en el folclore y en la sabiduría popular, para que a través de sus mitos quedara registrado por escrito el espíritu de la nación y sus producciones. Algo así he querido hacer yo con estas narraciones urbanas, integrando las experiencias de los macarras en el ecosistema de la capital”.   

Los personajes de esta etnografía del macarreo comparten tres variables: son personajes urbanos, con una clara identificación con el territorio o barrio que habitan y en muchas ocasiones con los institutos de los que proceden; son básicamente masculinos, se mueven en un ambiente de violencia, las más de las veces límite entre la delincuencia y la ley; y son jóvenes, y por ello más irresponsables y amorales y capaces de cualquier cosa, porque como dice uno de los entrevistados “con los años te vuelves manso”.

Capítulo a capítulo, Domínguez va recorriendo cada barrio, que suele estar controlado por una o varias bandas y así va tejiendo una geografía del lumpen madrileño -se incluye un mapa de la ciudad con las zonas que cada banda controla- que comienza en los años 60 con la mítica calle Costa Fleming. Esta corre desde el Santiago Bernabeu hasta Plaza Castilla y fue nervio de la prostitución del momento gracias a la llegada de los americanos a la base de Torrejón. Los marines oficiales se instalaron en el gran edificio Corea, mientras los soldados rasos vivían en el barrio de la Concepción, al otro lado de la M-30, que también tuvo sus antros. Las noches en esta época también incluían las ventas de flamenco en la carretera de Barcelona. A la clientela americana de las boîtes y mesones de Costas Fleming se sumó la española, entregándose a beber, follar y jugar a las cartas, principales divertimentos pues las drogas todavía no habían hecho su entrada triunfal. Aquí los macarras eran proxenetas y dueños de locales cuya supervivencia consistía en mantener contentos a comisarios y polis ya fuera a base de información o de que probaran el producto que trabajaban.

Pijo macarra. Terrazas de Juan Bravo, Madrid 1987

Otro de los barrios más populares de la ciudad es Lavapiés, que en los años 70 todavía mantenía un aire de vecindad con sus corralas donde todo el mundo se conocía y controlaba al que no era del barrio. En el tardofranquismo la policía estaba más preocupada por los subversivos y los activistas políticos que por la delincuencia, aunque ya operaban en la zona pandas de chavales macarras que se pegaban a pedradas y chorizos de bancos y joyerías. Pero hacia los 80, la droga hizo su presencia y Lavapiés, al igual que otros barrios de la ciudad como Callao, Malasaña o Vallecas, era uno de los típicos sitios de «pillar» hachís y también heroína. En lo 90 se asentaron los primeros “moros” y luego llegarían los chinos, abriendo tiendas. Hoy es una de las zonas más invadidas por la inmigración y donde la población original escasea.

Los locales actúan como polo de atracción en torno al cual se mueven las bandas y, además, muchas de ellas se encargan de la seguridad. Por La Conti de Cuatro Caminos (la estación de autobuses de la calle Alenza) se movía la pandilla del Callejón, banda formada por punkis, hijos de militares, camellos, adictos y expertos en artes marciales, entre los que destacó uno de los más violentos y descontrolados, el Punkito. En Vicálvaro estaba la sala Barrabás, habitual de heavies y donde solía actuar Leño. La banda más peligrosa a finales de los 70 era la del Carpio, del Parque Móvil (zona de viviendas construida para acoger a los conductores de los coches oficiales de los ministerios) que movía por Aurrerá. Y la más célebre la de los Ojitos Negros (de Delicias) integrada por el célebre boxeador Dum Dum Pacheco que se ocupó de la protección del cantante Camilo Sesto. En los 80 el rocker más famoso de la Movida, Juanma el Terrible, iba a Rock-Ola, así como el primer skin, Juanote y su banda Tercera Guerra Mundial; ambas tribus podían convivir entre ellas, pero no así con los mods. Precisamente, una reyerta entre mods y rockers acabó con el asesinato del rocker mulato Demetrio Lefler, lo que motivó el cierre de la célebre discoteca.

La década maldita

En los años 80 la gente comenzó a consumir caballo sin hacerse una idea del alto precio que pagaría por ello y de los terribles efectos sociales que acarrearía; además, pronto hizo acto de presencia el sida. También entraron otras drogas, como la cocaína, los tripis, las dexedrinas… Domi, un heavy de la primera vanguardia, nacido en Lavapiés y conectado a la delincuencia con una novelesca vida, cuenta que él tuvo pánico a la heroína “desde el minuto uno, viendo los efectos que tenía sobre mi hermano”, que falleció.

En esta década, la de la Movida, surgen míticos antros, como el Drugstore de Fuencarral, que abría las 24 horas y que fue uno de los lugares más violentos de la ciudad. Entonces el consumo de droga se extendía a muchas capas de la sociedad, no solo a gente marginal: abogados, políticos, artistas… (hay que recordar al alcalde Tierno Galván animando a la juventud a “colocarse”). Por lo que nada de extraño tiene que en los afters que proliferan, como el célebre Warhol de la calle Luchana, que abría a la seis de la mañana cuando cerraban todos los demás, “la gente se metía las rayas encima de las mesas”, en palabras de Domi.

Malasaña es otro barrio fundamental en la noche madrileña. Hoy pasa por ser una zona hípster, pero entonces era una de las más deterioradas y broncas. A finales de los 70 tenía tabernas y pubs que congregaban a una progresía (Sabina, Javier Krahe… en el Malasaña), pero poco a poco los traficantes se fueron imponiendo. Tras la revolución islámica, muchos iraníes se instalaron en el barrio pasando a controlar el tráfico mayorista de heroína y expulsando a los moros, lo que desencadenó reyertas y peleas. Se instalaron narcopisos. Por su parte, calles como Colón estaban controladas por los “negros” (africanos).

Domínguez recoge el testimonio del fotógrafo Alberto García-Alix, que por entonces regentó El Mala Fama, un popular garito en la zona, tanto como La Vía Láctea o el Pentagrama. Él recuerda que ya en los 90 lo peor eran los periodos de pánico, cuando no había heroína en Madrid: “Entonces se echaban todos los yonquis a la calle… y la Gran Vía se llenaba de adictos necesitados. Yo lo llamaba la Senda de los Elefantes”. El barrio estaba controlado por los rockers, con el King Kreole como cuartel de operaciones, que no congeniaban nada con los heavies y los mods. La película Quadrophenia (1979) era un modelo de conducta para estos. Había tres bandas de rockers: la de los Franceses, los Breakers y los Blue Cap. En los 90 aparecieron los skin-heads, aunque Juanote se anticipó.

Los pijos malos

El libro recorre muchas más tribus y geografías madrileñas, viaja a los siniestros poblados de la droga controlados por los gitanos, descubre la llegada del hip hop y el rap de la mano de los americanos de Torrejón, pero quizá uno de los capítulos más sorprendentes, como señala Domínguez, sea el referido a los pijos malos de la Panda del Moco, “porque siempre creí que un pijo que se ha criado entre algodones se asustaría de la violencia del mundo callejero, y sin embargo, existen múltiples ejemplos de pijos chungos que se relacionan con todo tipo de delincuentes siendo ellos mismos criminales”. Y así nos descubre a una banda comandada por el Francés, que se mueve por el Paseo de la Habana, famosa por su golpes.

Cuando le pregunto al autor cuál de todos los capítulos le parece el más siniestro, me señala el referido a la plaza de Olavide, en uno de los barrios que hoy más se cotizan en la capital. En los años 80 y 90 amparó a algunos de los traficantes más peligrosos y violentos, donde confluían bandas nazis, con volqueros y abogados corruptos. Un ambiente propio de una serie de narcos en el centro de la ciudad.

[Fotos: Miguel Trillo – fuente: http://www.elcultural.com]

Escrito por HEDONÉ 

Quizás a día de hoy ya no sea «top trending» en las redes sociales pero, sin duda alguna, Bob Dylan sigue levantando polvareda en todos y cada uno de los debates de literatura a pequeña y gran escala. Desde aquel fatídico 13 de octubre, cuando el cantautor de Minnesota fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, se sacó a la luz uno de los temas más polémicos y recónditos en relación a las letras:

¿Hasta qué punto es poesía lo que escribe un letrista? ¿Los cantautores son músicos que escriben poesía o poetas que cantan lo que escriben?

Sinceramente, opino que a día de hoy no hay prácticamente nadie que niegue que determinados músicos son auténticos poetas, quizás hasta mejores que algunos propiamente denominados como tal. Y por eso, de forma totalmente subjetiva e informativa, aunque respaldada por los hechos, os traigo hoy una lista con 11 cantautores que son (o han sido) auténticos poetas.

El orden es meramente cronológico. Comencemos.

  1. Violeta Parra: Cantautora, pintora, escultora, bordadora y ceramista chilena, es considerada una de las principales folcloristas en América del Sur. Saltó el charco, así como el resto de fronteras, con nada más que su música allá por los años 30 y 40, cuando la música latinoamericana no era más que una leyenda en Europa. Sus letras más maduras, muy influenciadas por la tradición popular, nacen del dolor personal y de sus múltiples desamores, y están muy marcadas también por la melancolía y la frustración que guiaron el camino de su propia vida. Su obra culmen, sin duda alguna, es el célebre himno Gracias a la vida, un vago reflejo, sin embargo, de la profunda depresión que la llevaría a suicidarse un año después. Otros temas a escuchar son La jardinera, Volver a los diecisiete o Casamiento de negros.
  2. George Brassens: Cantautor francés, fue el mayor exponente de la trova anarquista del siglo XX y uno de los más grandes dentro de la chanson française. De melodías sencillas y letras tan elaboradas como críticas, Brassens sí fue reconocido como poeta, llegando a ganar el Premio Nacional de Poesía francés. Guiado por la obra de autores como Victor Hugo o Louis Aragon, a los que también musicó, compuso algunas de las mejores canciones en lengua francesa, y cruzó, traducido eso sí, las fronteras franquistas, de la mano de Paco Ibáñez, influenciando a conocidos músicos como Loquillo, Javier Krahe o Joaquín Carbonell. Sus temas con más repercusión… La mauvaise reputation, Les copains d’abord Le Gorille, entre muchos otros.
  3. Jacques Brel: Cantautor, actor y cineasta belga, condujo la chanson française fuera de las fronteras de la propia Francia. Pese a lo variado de su obra, vivió a la sombra de su lenta pero sentidísima Ne me quitte pas, canción que lo llevaría a convertirse en uno de los músicos más célebres del siglo XX. Sus letras afiladas y profundamente elaboradas mezclan a la perfección la crudeza, la elegancia y la ironía que caracterizaron una obra cortada, sin embargo, por el deseo de actuar, donde también sería bien reconocido. Un año antes de su muerte grabó, aquejado de un cáncer de pulmón, Les marquises, su último álbum. Imposible no recomendar los temas Ces gens là, Vesoul, Mathilde La valse a mille temps.
  4. Leonard Cohen: Además de ser uno de los cantautores más célebres de la historia de la música, fue también poeta y novelista, de origen canadiense. Sus letras exploran, con una sensibilidad difícil de igualar y una voz memorablemente grave, la religión, la política, el aislamiento, las relaciones personales y la sexualidad. Definido por el crítico Bruce Elder como «uno de los cantantes más fascinantes y enigmáticos de finales de los 60», ha sido introducido en los Salones de la Fama de EEUU y Canadá, además de haber recibido la Orden de Canadá, la de Quebec y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Su Canción: la mítica Hallellujah. Aunque tampoco está de más escuchar la genial I’m your man y, por qué no, toda la discografía del canadiense.
  5. Bob Dylan: Todo dicho, pasamos al puesto número seis. Tranquilidad, que es broma. Estamos hablando de cantautores poetas, y el innombrable, también conocido como Robert Allen Zimmerman, no podía faltar. Marcó la década de los 60 con una música folk propia y fácilmente reconocible, y se consolidó como uno de las mayores influencias del movimiento contra la guerra de Vietnam. En el 65 recibió, por parte de un fanático, el título de Judas, por haber introducido la música eléctrica en el folk con su álbum Highway 61 Revisited. Finalmente, «vio el mundo arder» al recibir (y no recoger hasta varios meses después) el Premio Nobel de Literatura en 2016. Con la fama merecida de cantar como un grajo, ha dado a luz a algunas de las mejores canciones de los siglos XX y XXI. Por decir alguna: Blowin’ in the wind, Like a rolling stone Hard rain on a fall.
  6. Joan Manuel Serrat: Es, sin duda, el cantautor más importante de la historia de España. Ha sido influenciado por grandes poetas universales como Antonio Machado, Miguel Hernández, Federico García Lorca o León Felipe, a algunos de los cuales ha musicado con agudeza. Ha ahondado su música en géneros como el folklore catalán, la copla española, el tango, el bolero o la música latinoamericana. Pionero de la Nova Cançó, sus letras certeras, sinceras y cuidadas, bucean en la política, la sociedad, el amor, la infancia y el paso del tiempo. Su canción más conocida es, sin lugar a dudas, Mediterráneo, un canto a la niñez y a la vida, aunque tampoco podemos olvidar Aquellas pequeñas cosas, Cada loco con su tema o las tristísimas Penélope Manuel.
  7. Silvio Rodríguez: Si Serrat es el cantautor más importante de España, Silvio Rodríguez lo es de Cuba. Su música, surgida de la influencia de la Revolución Cubana contra la dictadura de Fulgencio Baptista, en la cual participó como educador, militar y político, tiene un aire único. Sus letras son tal vez las más complejas de las creadas por los músicos de esta lista, con honda belleza aun carentes de música, y se han consolidado como mayores representantes y pioneras de la Nueva Trova Cubana. A día de hoy, Ojalá sigue siendo un auténtico himno a la libertad en todos los países de habla hispana, pese a que realmente está dedicada a un amor de Silvio, y no a los Estados Unidos como aseguraban algunos teorizadores. Otras canciones indispensables son La maza, La familia, la propiedad privada y el amor, o mi adorada Juego que me regaló un 6 de enero.
  8. Patti Smith: «El rock era una música de hombres hasta que llegó Patti Smith» es una frase que, con más o menos variaciones, se ha consolidado como una verdad universal. Quizás sea la menos cantautora de entre todas las personas de esta lista, pero sería un delito no hablar de la mujer más influyente del punk, pionera del movimiento feminista e intelectual en la música rock. Desafió a la música disco con su imagen y sus letras elegantes, aunque crudas y más o menos directas, que la convirtieron en la poetisa de la generación Beat, junto a Kerouac o Ginsberg. Because the night, que coescribió con Bruce Springsteen, llegó al puesto número 13 de la lista Billboard de EEUU, aunque tampoco se debe olvidar la prolífica People have the power, un himno del rock de los 90.
  9. Luis Alberto Spinetta: Cantante, poeta, guitarrista, escritor y compositor argentino, llevó el rock a otro nivel, convirtiéndose en uno de los músicos más reconocidos de toda Latinoamérica. La complejidad lírica de sus canciones no se queda atrás respecto a la de sus armonías, que hicieron de «El Flaco» no sólo un músico de rock, sino también de jazz en toda su extensión. Su discografía es totalmente digna de análisis, y no deberías descartar la posibilidad de sumergirte en cualquiera de sus letras, hasta encontrar la esencia de estas. Tras su muerte, grandes músicos de todo el mundo han cogido su testigo para homenajearlo, dando lugar a conciertos dignos de recordar. Canciones como Barro tal vez Durazno sangrando son dos de los temas que no pueden faltar en tu repertorio.
  10. Kutxi Romero: «El bandolero de Berriozar» se ha hecho un hueco ya en la historia del rock en castellano. Aunque navarro, sus raíces andaluzas lo han llevado a unir rock y flamenco, dando lugar a uno de los grupos más prolíficos del panorama actual: Marea. Además de ser letrista y, en algunos casos, compositor del grupo, tiene un proyecto musical en solitario con su nombre y ha publicado varios libros de poesía. Es reconocido por haber sido uno de los letristas que más canciones han escrito para otros grupos españoles, algunos con tanta pegada como Ciclonautas. Sus letras son tan características como recóndito es su significado, por lo que es complicado recomendar alguna canción en concreto. Quizás sus verdaderas dotes como poeta sean al máximo visibles en canciones de sus últimos discos como Ojalá me quieras libre, Mierda y cuchara Vengo del mercado.
  11. Fito Robles: Nacido en Valladolid y bajo el nombre de Siloé, entró con fuerza en el panorama musical nacional hace dos años. Es de los pocos españoles becados en la Berklee College of Music, donde ha conseguido, como bien lo demuestran sus canciones, exprimir al máximo sus conocimientos musicales. Introducido en el género indie (aunque eso pueda dar lugar a contradicción) y con dos discos a las espaldas (La luz es el último, de 2018), se ha conseguido colocar entre los más grandes, por no decir el que más, de un estilo que pedía a voces una voz como la suya. Sus letras, de diversas temáticas, profundizan sobre todo en la religión católica, de un modo muy personal. Merecen más de una escucha todas sus obras, pero por poner alguna, diré Contemos aullidos, Para mis hermanos Guerra y caridad.

Y para terminar, es necesario hacer una mención especial a todos esos cantautores que sin duda merecen estar en esta lista pero que, dada mi obligación de poner un final, se han quedado fuera: Joaquín Sabina, Víctor Jara, Pablo Milanés, Ismael Serrano, Lichis, Robe Iniesta, Neil Young, Van Morrison, John Lennon, Mercedes Sosa, Jorge Drexler, Luis Eduardo Aute, Javier Krahe, José Antonio Labordeta, Lluis Llach, Enrique Villarreal, Carlos Chaouen y una inmensa lista de músicos que, además de músicos, son poetas.

[Fuente: http://www.lapiedradesisifo.com]

Excelso compositor, Luis Eduardo Aute reflexionó en una charla con Juan Puchades sobre el oficio de escribir canciones y reivindicaba el género como una de las bellas artes.

Texto: Juan Puchades

Hace unos pocos años, entrevistando a Luis Eduardo Aute, me comentó que nunca se sintió parte de «la familia de los cantautores. Creo que escribía las canciones que me salían. Tengo canciones de tonos muy diversos —incluso cuando iba sin grupo—, canciones más íntimas, otras más agresivas, incluso rockeras, y otras satíricas. No he sido muy afín al concepto del cantautor». Y no le faltaba razón. Al contrario que el grueso de sus compañeros de generación, y de educación anglosajona, la música de Aute no provenía de la escuela de la chanson francesa, sino que había escuchado a Dylan, a los Beatles, a Simon & Garfunkel. De ahí, tal vez, que no le resultara fácil encontrar acomodo durante los años sesenta y gran parte de los setenta, por ese salirse del traje que de él se esperaba, y sus canciones funcionaran, en realidad, interpretadas por otros, esencialmente mujeres: Massiel, Mari Trini, Marisol, Rosa León.

Pero Aute es que fue una rara avis: pintor profesional (y magnífico), cineasta amateur y artesanal, poeta y compositor (e intérprete) por necesidad vital, no se veía en los escenarios, y le costó años subirse por vez primera a uno. Luego, a finales de los setenta, cuando comenzó a cambiar de sonido con ayuda de Luis Mendo y a dejar atrás lo árido de sus producciones iniciales (una a veces sombría sobriedad), sus canciones comenzaron a ser populares en sus propias lecturas, y desde el elepé Albanta (1978), coincidiendo con los conciertos, el nombre de Aute fue cada vez más popular, hasta que en 1983 con el doble en directo Entre amigos (el primero que se grababa en nuestro país con esa fórmula, hoy tan gastada, de convocar invitados), comenzó a jugar en las grandes ligas: Aute, sin despeinarse (y quizá sin pretenderlo), podía llenar plazas de toros. Lo que nos sirve para recordar una vez más que los años ochenta no fueron unidireccionales, como algunos se empeñan en trasladar, y que la canción de autor (que no tiene nada que ver con la canción protesta) reformulada y puesta al día gozó de notable salud en aquella década en la que Serrat, Víctor Manuel (con y sin Ana Belén, a la que también podríamos adscribir al movimiento), el incipiente Sabina y el propio Aute vivieron su pico más alto de popularidad.

Fueron los ochenta un tiempo dulce en lo musical para Aute, que prácticamente mantuvo el ritmo de disco por año, y su imagen se transformó, incluso, en objeto de deseo: su barba de varios días creó escuela. Todos queríamos ser Aute. Y es que, pasados los 40, rompía con la imagen austera de otros de sus compañeros, incluso cuesta reconocerlo en esas instantáneas suyas de los años sesenta, siempre enfundado en una americana, con corbata y con el pelo «aseado». Aute era un bohemio que pintaba y dirigía cine pero que, por planta, perfectamente podría haber sido intérprete (claro, hizo sus pinitos como actor). En realidad podría haber sido lo que le hubiera dado la gana, porque era uno de los artistas más notables y completos que ha dado este país, e intuyo que le fastidió un poco que los brillos refulgentes de la música popular opacaran su trabajo como pintor, en el que se volcaba. Pero, a la vez, fue uno de nuestros mayores letristas y compositores, con piezas perfectas instaladas en la memoria de muchos de nosotros: “Al alba”, “Pasaba por aquí”, “Anda”, “No te desnudes todavía”, “De tripas corazón”, “Vailima”, “Una de dos”, “Rosas en el mar”, “A por el mar”, “Las cuatro y diez”, “Slowly”, “Albanta”, “De paso”…

Canciones que no nacían de la casualidad, como me comentaba en aquella entrevista, detrás de ellas estaba el trabajo constante, ese que no vemos pero que marca la diferencia: «Cada vez vigilo más que en la canción haya una estructura que tenga una cierta coherencia, que haya un planteamiento, un nudo y desenlace cuando haya una narración, porque hay canciones mías menos costumbristas. Componer canciones es muy “torturante”. Para mí la experiencia de escribir canciones es terrible, pero tan terrible como apasionante y luego, cuando la canción está terminada, cuando ya toda esa arquitectura oculta está ahí, se trata de que no se note, y es sobre la que se asienta la canción. Pero a la hora de construir esa arquitectura es muy complicado, es muy difícil, porque tienes que contar. Es lo que he dicho muchas veces, que el género canción ha sido muy injustamente valorado, es un subgénero, están los poetas y los que escriben letras de canciones, están los músicos y los que escriben canciones, siempre como un subgénero, y yo creo que no, que es un género tan digno como la poesía o la música seria, digamos, la que llaman seria. Es muy difícil escribir una canción: en tres minutos, cuatro, tienes que contar algo que tenga interés, que esté bien contado, que llegue a conmover o que llegue a hacerte reflexionar o que llegue a empujarte a bailar. Y todo eso en tres o cuatro minutos, que tenga sentido y que tenga eso, un planteamiento y un desenlace. Es contar una historia en poquísimo tiempo, y además interactúan texto y música, no solamente un texto, sino el texto y la música, son muchos elementos al mismo tiempo en muy poco tiempo. Y creo que no es, de ninguna manera, la asistenta de las Artes, es otra de las Bellas Artes». Sin duda, y Luis Eduardo Aute contribuyó a que la canción sea una de las más hermosas Bellas Artes.

[Fuente: http://www.efeeme.com]

Músicos de generaciones posteriores destacan la influencia y la humanidad del autor de ‘Al alba’

Luis Eduardo Aute actuando en La Habana en 2008.

Escrito por Carlos Marcos

Luis Eduardo Aute no tuvo tanto éxito como sus contemporáneos. Si se habla de venta de entradas y discos. Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Miguel Ríos, Ana Belén o Víctor Manuel superaron en cifras a Aute. A cambio, el autor de Slowly ha influido bastante más a las generaciones posteriores. “Tenía una estética que me atrajo mucho, con esa melena, la barba, tan delgado. Exhibía un punto canalla muy atractivo. Era la música que se escuchaba en el coche de mis padres, cuando yo era pequeño, y me sigue influyendo hasta ahora”, dice Xoel López, uno de los músicos herederos de Aute, quien ha muerto este sábado a los 76 años.

Quique González coge el teléfono nada más conocerse la noticia y se le nota devastado. “Lo estoy”, dice. “Son tiempos muy duros. Por todo lo que está pasando y ahora con la muerte de Aute. Era un artista entre artistas. No solo escribiendo. Con todo. Cada cosa que hacía tenía una gran sensibilidad. Yo lo descubrí con Slowly. Tuve cierto contacto con él. Tenía un cancionero imbatible”, apunta González. Marc Ros, cantante y letrista de Sidonie, cuenta una anécdota que tuvo con él cuando compartía compañía discográfica, en 2007: “Fui a un concierto suyo en Madrid. A mí no me gustan los que duran más de dos horas. Este duró cuatro y se me hizo corto. Cuando acabó me llevaron a que lo conociera. Yo había grabado una canción que se llamaba Giraluna sin saber que él ya tenía una con ese título. Cuando llegué al camerino estaba temblando de nervios. Me dijo: ‘Ah, tu eres el de Giraluna. Todos deberíamos tener una canción que se titulase Giraluna’. Fue genial. Me parece que era alguien que miraba a la luna mientras el resto estamos encorvados”. Y añade Ros: “Es un artista que no analizas cómo lo hace. Simplemente te dejas arrastrar cuando le escuchas”.

Andrés Suárez le conoció hace 13 años. “Yo estaba en Libertad 8 [pequeño local madrileño donde actúan cantautores], suplicándole al dueño que me diese una fecha para actuar. No había empezado todavía mi carrera. Se abre la puerta del local y aparece Aute. Nos presenta el dueño y le digo que estoy temblando, que es mi ídolo. Y él me dice: ‘Tranquilo, vamos a sentarnos aquí y me cuentas tu historia’. Hablamos horas. Fue increíble. Era un hombre maravilloso. Le llamabas para colaborar y siempre estaba dispuesto”. El cantante gallego, que comenzó escuchando los casetes de Aute por sus padres, ha colaborado en varios homenajes al autor de Al alba. Musicalmente destaca: “No necesitaba alardear para emocionarnos”. Y se viene abajo al otra lado de la línea telefónica: “Estoy roto. Mi madre es enfermera y llevo todos estos días con actitud positiva, porque no hay que doblegarse. Pero hoy estoy roto”.

Uno de los referentes de la música indie española, Ángel Stanich, ha escrito una poesía. Dice así: “Haremos por no olvidarte./ Por el alma de su cuerpo, aunque cueste adaptarse./ Este mundo no lo entiendo./ Este cura no es mi padre./ Pero igualmente le quiero, Don Luis Eduardo Aute./ Saliste despacio del cine./ Al alba te marchaste./ Pasó por aquí el misterio…”. La influencia de Aute en la música del madrileño Luis Ramiro es evidente. Incluso compartieron una canción, Annie Hall. “Le he escuchado desde la infancia, llegué a compartir momentos en su casa y grabé una canción con él. Como persona comprobé que era igual de maravilloso que como artista. Un genio total”, dice Ramiro.

Christina Rosenvinge habla de hoy como un día “muy triste”. “Es uno de los grandes autores de la canción hispanoamericana. Un clásico absoluto. Una voz inconfundiblemente profunda y conmovedora. Caballero fundador de la orden de la melancolía”. Jairo Zavala, líder de Depedro, destaca que es “un artista que toca a todas las generaciones”. “Tenía un gran talento para sacarle partido a su voz. Era delicada y, a la vez, emocionante. También me impresiona su figura de hombre humanista que hacía de todo (cantaba, escribía, pintaba, tocaba instrumentos…), y todo lo hacía bien”, añade Zavala.

Alejo Stivel, voz de Tequila, coincidió con Aute vía Joaquín Sabina. Stivel produjo el gran éxito de Sabina, 19 días y 500 noches. “Hay artistas buenos y otros que son buenos y tienen personalidad. Aute es de los segundos. Me encanta su voz. Me parece de una sensibilidad extrema”, apunta. El cantautor Ismael Serrano ha escuchado los discos de Aute desde que era pequeño. “Su lucidez brillaba y señalaba el camino. Tuve la suerte de estar a su lado unas cuantas veces. Doy gracias a la vida por esa oportunidad. Yo trataba de aprender de él, de su honestidad, de su compromiso e independencia”, escribió en su cuenta de Twitter. Fermín Muguruza dejó en su red social parte de la letra de la canción más recordada de Aute, Al alba: “Si te dijera, amor mío, que temo a la madrugada…”.

[Foto: AFP | ATLAS – fuente: http://www.elpais.com]

El creador de ‘Al alba’, ‘Rosas en el mar’ o ‘La belleza’ ha fallecido en Madrid a los 76 años

Luis Eduardo Aute, cantante y pintor, en su casa de Madrid en 2016. En vídeo, repaso a la vida del artista. LUIS SEVILLANO | ATLAS

Escrito por Fernando Navarro

El cantautor Luis Eduardo Aute ha fallecido a los 76 años en un hospital madrileño. Después de sufrir un grave infarto en 2016 ―que lo mantuvo dos meses en coma―, se había retirado de los escenarios. Tras pasar diversos periodos de convalecencia, vivía en su domicilio atendido por sus familiares. En diciembre de 2018 recibió un homenaje multitudinario en el que participaron numerosos artistas como Víctor Manuel, Jorge Drexler, Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat, o Joaquín Sabina entre otros. Era algo más que un músico para la España democrática, la misma que creció con sus canciones y se educó con su sensibilidad transgresora y su visión exigente de la realidad. Era la voz más emotiva de la España de la Transición, un fabulador fundamental que, en sí mismo, era una fábula: porque el pintor que nunca se imaginó como músico acabó siendo uno de los cantautores más reconocidos y reconocibles de la música popular española, todo un símbolo de las confesiones sentimentales.

Nació en 1943 en Manila, en plena contienda de la Segunda Guerra Mundial. La ciudad se hallaba devastada por los combates entre las tropas filipinas y los invasores japoneses, que perpetraron todo tipo de masacres. Aquel niño llamado Luis Eduardo Aute, que estudiaba inglés en la escuela, hablaba español en casa y tagalo en la calle, creció rodeado de catástrofe. Hijo de padre catalán y madre filipina, hija de españoles, al pequeño le gustaba refugiarse en el dibujo y el cine (con el tiempo, hasta dirigió una película de animación dibujada por él, en 2001: Un perro llamado Dolor), pero eso no quitó para que hiciese mucha vida en la calle cuando, acabada la gran guerra, la ciudad intentó recuperar el pulso y reconstruirse con ayuda del dinero estadounidense. En Manila aprendió a ser un chaval inquieto aunque retraído y tímido, un chico al que con 11 años Madrid le pareció una urbe gris y triste, mojigata y monacal, cuando su familia se mudó a vivir a España.

La última fábula que le gustaba contar a Aute tenía como protagonista un girasol insumiso. Lo hacía llamar el Giraluna, un girasol que, a diferencia del resto, decidía no agachar la cabeza por la noche y aguardaba la llegada de la Luna. Cuando el cielo se fundía en negro, este girasol conocía la Luna y las estrellas y, bajo el efecto de esa luz pura en plena oscuridad, era recompensado con una sagacidad y lucidez especiales por su fe, curiosidad y criterio propio. El Giraluna, ese elemento disidente y diferenciador entre la caterva, podía ser el propio Aute, el juglar político, el cantautor de inmensas canciones de amor, el poeta de lo cotidiano, el artista plástico, el amante del cine, el sutil soñador y el anciano de verbo perspicaz e indignado por los desajustes de un mundo siempre desajustado.

Luis Eduardo Aute durante un concierto en 1983. GETTY | ATLAS

A los 16 años ya era pintor y exponía sus primeras obras, pero fue en la música donde, por casualidad, despegaría con fuerza su carrera artística, aun cuando no le gustaban los escenarios. Fue su padre, su “adorado padre” al que el músico no dejó nunca de recordar en entrevistas y charlas, el que le regaló una guitarra cuando estaba en bachillerato. Aute, que se había nutrido de música y cine anglosajones en sus años en Filipinas, se aficionó aún más al rock and roll al escuchar Caravana musical de Ángel Álvarez en la radio. Tocó la guitarra acústica en grupos colegiales, en los que dio rienda suelta a su gusto por Elvis Presley. A su regreso del servicio militar en Cataluña, sin abandonar la pintura e influido por un viaje a París donde conoció los nuevos sonidos franceses representados en Jacques Brel o Serge Gainsbourg, escribió sus primeras canciones. Una de ellas, Rosas en el mar, sería un éxito en la interpretación de Massiel. Mari Trini y Rosa León también lucieron en sus voces sus estampas sentimentales.

Eso le llevaría a publicar en 1967 su primer disco, Diálogos de Rodrigo y Ximena, en el que, influido por el primer Bob Dylan, mostraba un cantautor introspectivo pero también crítico con el mundo que le rodeaba. Con mejor acabado editó un año después, 24 Canciones Breves, un álbum de un perfil más existencialista, marcado por la separación de sus padres y en el que el compositor, que se acababa de casar con Maritchu Rosado –su esposa hasta su muerte–, dejaba ver su particular exploración del universo femenino.

Pese al éxito, vio su aventura musical como algo temporal, intentando dedicarse a la pintura y la poesía. Desencantado con la industria discográfica, pensó en retirarse de la música tras la salida de 24 Canciones Breves, pero en los primeros setenta publicó una fabulosa trilogía discográfica formada por Rito (1973), Espuma (1974) y Sarcófago (1976). Conocida como la trilogía de Canciones de amor y de muerte, Aute, que en aquellos años también compuso bandas sonoras para películas de Jaime Chávarri o Fernando Fernán Gómez, se erigió como un maestro de la sátira social, dueño de un verso libre y expresionista, desbordante de sarcasmo ante las injusticias sociales. Y no solo eso: maravilló –especialmente en Espuma– por su erotismo, desplegando armas líricas novedosas en composiciones que no trataban a la mujer como un mero artículo. Sería una constante en su carrera y en su mejor obra: en sus canciones el amor no seguía un esquema rígido y superficial, tan propio del pop. De esta forma, en aquella España con el franquismo aún presente, temas como Anda, Nana a una niña fría, Sólo tu cuerpo o Lentamente eran toda una transgresión contra morales obsoletas y sensibilidades caducas.

Muchos aprendieron a amar a través de las canciones de Aute, que sin buscarlo se convirtió en un representante de la Nueva Canción Castellana, un joven talento que compartía espacio y visión con el grupo Canción del Pueblo formado por cantautores como Hilario Camacho, Elisa Serna o Adolfo Celdrán. Pero 1978 fue su año clave. Ofreció su primer concierto durante un acto del sindicato de la CNT en la ciudad de Albacete y publicó Albanta, su disco más emblemático, donde poetizaba el rayo de esperanza de la nueva España democrática. Este álbum, que contó con los arreglos de Teddy Bautista, guardaba su himno Al alba, una canción sufriente y de desamor que compuso al hilo de la brutal coyuntura de los últimos condenados a muerte del régimen franquista. Pero contenía más joyas de ese pensamiento insumiso como Anda suelto satanás, Digo que soy libre o A por el mar. Su camino de errante idealista y díscolo, que también había iniciado a su manera Joan Manuel Serrat, más tarde sería el horizonte en el que se fijaría Joaquín Sabina.

Tras sufrir una tuberculosis en Cuba, donde entabló una estrecha amistad con Silvio Rodríguez, su obra quedó empañada de un pensamiento más escéptico pero no por ello menos lúcido con respecto a la existencia, algo que plasmó en la segunda trilogía de su carrera, llamada Canciones de amor y vida y compuesta por De par en par (1979), Alma (1980) y Fuga (1982).

Durante los ochenta hubo criba de cantautores en España, pero él sobrevivió, en buena parte por la complicidad con su público. En ese tiempo publicó trabajos desafortunados y que fueron un fracaso como Templo, y otros más interesantes como Segundos fuera. Su creación musical se redujo a partir de los años noventa, aunque en su catálogo se podían encontrar buenos discos como Slowly (1992), Alevosía (1995) y Alas y balas (2002). Su compromiso político, tan criticado en los sectores conservadores, nunca mermó, apoyando incluso a partidos como Izquierda Unida. Tampoco lo hicieron sus otras pasiones artísticas como la pintura, la poesía y el cine, que le llevaron a abrir exposiciones, editar poemarios y dirigir películas animadas.

Inquieto y exigente, Aute llegó al siglo XXI reconocido como un gran referente musical. La canción de autor española no podía ser lo mismo sin él y muchos se lo reconocieron en numerosos homenajes. En 2000, el disco tributo ¡Mira que eres canalla, Aute! contó con nombres como Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Pedro Guerra, Pablo Milanés, Javier Álvarez, Ana Belén, Ismael Serrano, Silvio Rodríguez, Rosendo o José Mercé. Más recientemente, el álbum Giralunas sumó a músicos de otra generación rindiéndole honores como Xoel López, Rozalén, Depedro, Estopa, Leiva, Vanesa Martín, Andrés Suárez, Miguel Poveda o Soleá Morente.

Aute era patrimonio de la canción de autor y todos lo sabían. Una de sus últimas actuaciones fue en Madrid en junio de 2016 en un concierto solidario, al que acudió desinteresadamente como tantas veces hizo a lo largo de su medio siglo de carrera. En la sala La Rivera estaban Vetusta Morla, Los Enemigos, Depedro, Andrés Suárez o La Habitación Roja, entre otros. Llegó con su guitarra al hombro, la camisa por fuera, caminando despacio, con su particular seriedad venerable y una extraordinaria sencillez mundana. Entre bambalinas, se respiraba un respeto omnipotente a su figura. Todos los músicos fueron uno por uno a saludarle. Especialmente emotivo fue el momento en el que Miguel Ríos, enterado de su presencia, le buscó y le abrazó en el estrecho pasillo del backstage al grito de “cómo me alegro de verte, canalla”. Era como ver pasar la historia de la música popular española, con todas sus emociones luchadas y conquistadas, en el abrazo de esas dos viejas glorias.

Minutos después, Aute salió solo al escenario de una sala abarrotada de jóvenes. Quieto, iluminado simplemente por el foco, parecía haber brotado en la oscuridad como ese girasol de la fábula que solía contar. Habló con temple, miró a los rostros de las primeras filas como si fueran estrellas y contó de dónde venía su canción Al alba, que dedicó a todas las víctimas del drama de los refugiados en Europa. Hoy podríamos oírla en mitad de este goteo de ausencias por el coronavirus. Cuando sonaron los primeros acordes acústicos de una incisiva Al alba, el silencio cortaba la respiración. Ahora también. Aunque ya se haya ido, en mitad de unos tiempos terriblemente difíciles, sus canciones fueron, son y serán fábulas con las que explicar nuestras vidas en este mundo de desajustes.

[Fuente: http://www.elpais.com]

O músico, director de cinema, actor, escultor, escritor, pintor e poeta Luis Eduardo Aute faleceu este sábado con 76 anos.

O cantautor LuIs Eduardo Aute faleceu este sábado aos 76 anos de idade, segundo confirmaron desde a SGAE.

O artista foi un dos principais referentes da canción de autor en todo o Estado. Ademais de músico, Aute era director de cinema, actor, escultor, escritor, pintor e poeta

Nado en Manila (Filipinas) en 1943, regresou coa súa familia a España en 1954 para instalarse en Madrid. O seu pai regaloulle a súa primeira guitarra e actuou varias veces en funcións do colexio ao mesmo tempo que comezaba a pintar.

De feito, expuxo por primeira vez a súa obra pictórica en 1960, ao mesmo tempo que desenvolvía unha incipiente carreira musical en grupos diversos como Los Sonor, sen esquecerse nunca tampouco da escritura e o cinema, disciplina na que tamén facía os seus primeiros intentos.

Nos anos sesenta viviu o París da liberdade cultural e, tras coñecer fortuitamente a Massiel, escribiu as súas primeiras cancións: Don RamónMade in SpainRojo sobre negroAleluya nº1 e Rosas en el mar. Varias delas gravounas a propia Massiel con gran éxito.

Animouse finalmente a gravar Aute as súas propias cancións cun single con Made in Spain Don Ramón en 1967. Empezaba así unha carreira musical cunha trintena de discos, sendo o último deles El niño que miraba al mar en 2012.

Foi premiado por unha curta no Festival de Cinema de San Sebastián, escribiu guións, publicou poemarios e revistas, deseñou portadas de discos, compuxo bandas sonoras. Abandonou a industria musical decepcionado, pero regresou nos setenta coa condición de ter liberdade total.

En 1978 gravou Albanta, disco que inclúe a súa canción máis popular, Al alba, dedicado ás vítimas dos últimos fusilamentos do franquismo pero que con todo conseguiu burlar a censura da época. E puxo música á obra teatral Cinco horas con Mario, baseada na novela de Miguel Delibes.

En 1983, en dúas funcións, gravouse no teatro Salamanca de Madrid o disco en directo Entre amigos, no que lle acompañan Teddy Bautista, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez e Joan Manuel Serrat. Este novo traballo sería Premio Nacional do Disco 1983 do Ministerio de Cultura.

No ano 2000 publicouse ¡Mira que eres canalla Aute!, un disco homenaxe no que versionan as súas cancións artistas como Pedro Guerra, Ana Belén e Víctor Manuel, Rosendo, José Mercé, Jorge Drexler, Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, León Gieco ou Fito Páez.

En 2001, tras cinco anos de traballo, deu a luz a súa película de longa duración Un perro llamado dolor, un proxecto de animación para o que realizou máis de catro mil debuxos a lapis. O filme publicouse en formato DVD acompañado dun disco coa banda sonora, composta polo propio Aute, Silvio Rodríguez, Suso Sáiz e Moraíto Mozo.

Mentres estaba, como sempre, en permanente actividade creativa, sufriu un infarto en 2016 tras un concerto e acabou entrando en coma. En 2018 tivo lugar un concerto homenaxe en Madrid con Silvio Rodríguez, Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, Ana Belén, Massiel, Víctor Manuel, Jorge Drexler, Ismael Serrano, Luís Pastor ou Rosa León.

En 2019, do mesmo xeito que ocorreu en Madrid, celebrouse outro concerto de homenaxe en Barcelona con, entre outros, Paco Ibáñez, Quico Pi de la Serra, Maria del Mar Bonet, Marina Rossell, Sisa, Roger Mas, Los Tambores de Calanda, Estopa, Quique González ou Javier Gurruchaga.

[Fonte: http://www.nosdiario.gal]

En la vida y la obra de Luis Eduardo Aute hay amor, humor, amistad, erotismo, arte y compromiso político. Talento, oficio y serendipia. Escritor, compositor musical, intérprete, pintor, dibujante y cineasta. Todo eso, y puede que algo más, colma la vida y la obra de un hombre excepcional. Hay sitio para todo en el documental que se estrena mañana: Aute Retrato. La libertad de ser uno mismo dirigido por Gaizka Urresti, que además lo coproduce junto a Oihana Olea, recogiendo los testimonios de tantos buenos amigos, imágenes de archivo que muestran al protagonista a lo largo de su carrera, y escenas del concierto ‘Ánimo Animal’, donde 20 compañeros de vida cantan sus canciones. ‘Las cuatro y diez’, ‘Cine, cine’, ‘Al Alba’, ‘Rosas en el mar’, ‘Una de dos’, ‘Anda’, ‘La Belleza’…

Una expresiva imagen de Luis Eduardo Aute en la playa.

Escrito por Sol Alonso

Forges, Ana Belén, Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez, Borja Casani, Jorge Drexler, Joan Manuel Serrat, Dani Martín, Marwan, Rozalén, Pedro Guerra, Rosa León, Massiel, Miguel Munárriz, Palmira Márquez, Azucena Rodríguez, Antonio Escohotado, Suburbano, Miguel Poveda, Gonzalo García Pelayo… hablan del querido amigo, sin olvidar la emocionante intervención de su hijo Miki Aute, que nos pone al día, obviamente conmovido. “Lo pasamos bien ahora con mi padre en casa”, explicando sin detalles de más que el artista, aunque no recuperado al cien por cien de su dolencia, acepta la vida que le toca nunca con resignación, palabra imposible de asociar a un tipo tan inquieto, pero sí con franca serenidad. Luis Eduardo Aute frenó casi en seco en 2016 por culpa de un infarto que le costó dos meses de coma, y las secuelas inevitables cuando terminó el ensoñamiento.

La película presenta el retrato de un artista que gustó de rematar con los pinceles la imagen que le devolvía el espejo. Una terapia, declaradamente suya, que le ahorró minutas de psiquiatra y sus amigos han copiado con éxito, convalidando muchas horas, muchas noches, de amistad de la buena. “La casa de Aute era la casa de todos”, recuerdan Borja Casani y Antonio Escohotado.

“Reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo”. En la obra de este incansable creador que recoge deliciosamente este documental, todo resulta extraordinario, cotidiano y abundante. ¡Qué manera de fumar! Tanto que, a la hora de escribir sobre el artista que componía letras y poesías, cantaba, una vez superado su pánico escénico, pintaba, dibujaba y se acercaba al cine como autor, es imposible saber qué fue primero. Algo parecido le sucedió a Gaizka Urresti, guionista y director de la película cuya fecha de estreno coincide con el 76 cumpleaños del protagonista, nacido justo un 13 de septiembre.

En uno de los momentos del documental es el propio Aute quien confiesa cómo, a pesar de sus recursos infinitos, él también se ha sentido bloqueado ante el papel en blanco. En ese instante terco en que las notas musicales se resisten a nacer, acude a la poesía. Y, cuando resulta que el verso también remolonea, es hora de alertar al garabato. “Es uno de los momentos que mejor definen la grandeza de Aute como artista”, explica Marwan, admirando esa virtud. Pero ¿qué hace un cantautor madrileño de origen palestino nacido en 1979 cantando una canción de Aute en el concierto? “Me tocó Siento que te estoy perdiendo. ¡Qué disfrute! A pesar de salir al escenario justo después de Ana Belén, menudo papel”, recuerda entre risas. “De Aute hemos bebido todos. De sus canciones y su oficio. Es una referencia, un maestro. Yo le considero un renacentista, un poeta que se acerca al público gracias a la música, aplicando coherencia a todo lo que hace”.

Las canciones de arte cobran vida de repente y con facilidad. Imposible escucharlas sin imaginar la escena, sin ver la cara de sus protagonistas. ¿Acaso cada tema no es sí una micropelícula?

Ejemplo fácil: Pasaba por allí. El hombre enamorado camina cerca de lo que más desea fingiendo que todo aquello es azar. Seguramente es tarde, los bares han cerrado y la cabina telefónica está rota o brilla por su ausencia. A los nacidos con el cambio de siglo les costará imaginar a un paseante solitario, sin un teléfono cerca, pero a Luis Eduardo Aute (Manila, Filipinas 1943) la incomunicación pretecnológica le vino al pelo para presentarse sin llamar, gesto impensable en nuestros días.

En 2015, tras muchos años de amistad, Gaizka Urresti es quien propone a Aute la realización de este documental. “Al principio se resistió con una firme negativa. No es que la idea le pareciera mala, pero no creía merecerlo. Eduardo siempre ha huido de los focos, de hecho ha confesado un pánico escénico que le impedía subir al escenario. Hasta 1977 no fue capaz de cantar ante el público”, cuenta Urresti. “Es verdad que yo tuve que trabajar mucho el ¿por dónde empiezo? Al final, el hilo conductor es la voz poética. Todo en él es poesía, la música, el cine, su pintura y naturalmente sus versos”, concluye el director.

De ser los amigos la moneda que mide la fortuna personal, Eduardo, como le llaman todos ellos, puede presumir de una cuenta corriente saneada. Sean los que sean, parecen un millón o más, como cantó Roberto Carlos. Juntos al grito de guerra, Ánimo Animal. Muchos de los participantes en el documental Aute Retrato, proyecto que arrancaba justo un año antes del accidente cardiaco del artista, se reunían en Madrid el pasado diciembre, para hacer aún más suyas las canciones de Aute. Algunos como Massiel, Ana Belén o, cómo no, Rosa León las cantaban por enésima vez. Otros acudieron a una cita casi a ciegas con final más que feliz. “El concierto me ayudó mucho a vertebrar el guion y la edición de la película”, comenta el director.

Aute también trabajó para los niños. Es el propio Aute quien confiesa en unas imágenes de archivo que por los artistas no han de pasar los años. Clásico síndrome de Peter Pan, del que Aute ni puede ni se quiere zafar. “El artista es un niño que se niega a crecer y quiere seguir jugando”.

Instalarse eternamente en la inocencia para seguir mirando al mar, o invertir las leyes de la naturaleza hasta alterar los biorritmos de los girasoles y conseguir que la planta le dé la espalda al sol, levantando su cabeza digna hacia el satélite más blanco. Alargando la noche, una de las costumbres favoritas del artista.

“Todo tiene su contrario, o casi todo, menos el girasol. Existen los girasoles, pero no los GIRALUNAS”, dice el arranque de ese libro infantil basado en una canción del mismo nombre.

Los médicos hablaron de un infarto, pero ¿y si hubiera sido el propio Aute quien mandara órdenes a su corazón para no seguir creciendo?

‘Aute Retrato’ se estrena en cines el viernes, 13 de septiembre

El mítico disco doble ‘Entre amigos’ de 1983. Un trabajo que Luis Eduardo Aute grabó en directo con la colaboración
de algunos de sus mejores camaradas como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Serrat o Teddy Bautista.

[Fuente: www.elasombrario.com]

El escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009), una de las voces fundamentales de la poesía latinoamericana, será homenajeado con un congreso internacional en la ciudad española de Alicante -presidido por el chileno Raúl Zurita- y la reedición completa de sus obras, al cumplirse cien años de su nacimiento, el próximo 14 de septiembre.

En Argentina, Chile y Uruguay el Grupo Planeta reeditará todos sus títulos a través del sello Austral, para celebrar el centenario del nacimiento del autor con « un rediseño pensado para todos los lectores: los que ya lo han leído y los que todavía no se acercaron a su obra », informaron a Télam desde esa casa editorial.

Uruguay ha decidido bautizar al 2020 como « El año Mario Benedetti », en el que desplegarán actividades conmemorativas que se extenderán a diferentes partes del mundo, aunque los detalles de la programación serán confirmados una vez que se se concrete el traspaso de mando presidencial, el 1 de marzo próximo.

Si bien Benedetti obtuvo especial reconocimiento a través de sus novelas « La tregua » y « Gracias por el fuego », permanece en el imaginario colectivo debido a poemas inolvidables como « No te salves », « Corazón coraza », « Táctica y estrategia » y « Te quiero ».

« Para nosotros es fundamental y necesario publicar la reedición de toda la obra de nuestro querido Mario Benedetti, un autor imprescindible, a través de ejemplares que tendrán nuevo formato y nuevas portadas. Además, realizaremos diferentes actividades a lo largo del año, como charlas abiertas, lecturas y mesas especiales en la Feria del Libro de Buenos Aires », señaló Ignacio Iraola, director editorial de Planeta para Cono Sur.

Nacido el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros e inscripto bajo el larguísimo nombre de Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti, el autor uruguayo escribió más de 80 obras entre poemas, novelas, cuentos, ensayos, obras de teatro, crónicas de humor y guiones de cine.

Entre ellas se destacan « Poemas de la oficina » e « Inventario », la novela « La borra del café », los cuentos « Montevideanos », « El presupuesto », « Familia Uriarte » y la obra de teatro « Pedro y el capitán ».

Para homenajearlo en España –donde se exilió durante varios años al ser censurado por la dictadura militar de su país-, la Universidad de Alicante, que alberga el Centro de Estudios Literarios Iberoamericanos Mario Benedetti (Cemab), realizará un Congreso Internacional dedicado al escritor, que estará presidido honoríficamente por el poeta chileno Raúl Zurita.

El encuentro, que contará con la presencia de creadores vinculados a la obra de Benedetti y críticos de larga trayectoria, tendrá lugar los días 21, 22 y 23 de octubre en las instalaciones del Cemab, que funciona dentro de la Facultad de Filosofía y Letras, donde además se preserva la biblioteca madrileña del escritor.

Ocurre que Benedetti -quien perteneció a la Generación del 45- tuvo una larga y profunda relación con esa casa de estudios, que se tradujo en 10 visitas realizadas a la universidad entre 1990 y 2003, informaron desde el Centro en su web.

El Congreso Internacional « Cien años de Mario Benedetti » será un espacio de encuentro, reflexión y actualización de las miradas críticas y creadoras sobre la obra, biografía y contextos literarios de producción que definieron a uno de los principales intelectuales latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX.

El Instituto Cervantes formará parte de este homenaje en Alicante, gracias al convenio firmado en 2019 con el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay para colaborar en la organización de los actos del centenario del nacimiento del autor; un acuerdo que incluye la divulgación de sus obras en su sede central de España y en los 88 centros que el instituto posee en todo el mundo para promover y enseñar la lengua española.

Deben ser pocos los lectores de habla hispana que nunca hayan leído o escuchado algunos de los versos de « Por qué cantamos », « Una mujer desnuda y en lo oscuro », « Estados de ánimo », « Nuevo canal interoceánico », « Rostro de ti » o « El sur también existe ».

Artistas como Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Daniel Viglietti, Sandra Mihanovich, Soledad Bravo y Pablo Milanés, entre muchos otros, interpretaron algunos de sus más célebres poemas y los convirtieron en parte del acervo musical popular.

Comprometido políticamente con la izquierda, Benedetti dirigió de 1968 a 1971 el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas en La Habana y regresó a su país, donde desarrolló una intensa actividad política hasta que debió exiliarse en 1973, luego del golpe de Estado militar.

Para salvaguardar su extensa obra, traducida a más de 25 lenguas, el escritor dejó creada, en su testamento, la Fundación Mario Benedetti, para preservar su obra, apoyar la literatura y ser un medio de lucha por los derechos humanos.

Los lectores de habla hispana podrán descubrir en este año, o reencontrarse, con sus más célebres versos, como aquel que reza « Mi táctica es mirarte/ aprender como sos/ quererte como sos/ mi táctica es hablarte y escucharte/ construir con palabras un puente indestructible » u otro igual de emblemático: « No te quedes inmóvil/ al borde del camino,/ no congeles el júbilo,/ no quieras con desgana,/ no te salves ahora ni nunca ».

[Fuente: http://www.telam.com.ar]