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Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

En la pesca del calamar, cerca de las islas Falkland o Malvinas, se utilizan inmensos reflectores que apuntan a las aguas. Los moluscos cefalópodos son literalmente encandilados, por luz y embeleso, y suben hacia la superficie donde son atrapados. Terminarán en mercados de Taiwán y Corea, no dudo que seguidos de fantasías que prometen elixires sexuales.

¿Hace cuánto que leí a Melville? He perdido los detalles del Moby Dick siendo yo tan joven. Tal vez los años me concedan un retorno enamorado a sus páginas; más seguro que no. El tiempo avanza montado en tanques de Guderian, en la ofensiva ucrania de Kharkiv. Guerra rauda, Aquiles de los pies ligeros que no perdona a sus adversarios y los alcanza con prontitud para clavarles la lanza entre los omóplatos. Se le nubló la vista al guerrero y la vida lo abandonó. Lloran las troyanas su destino. Hécuba, la perra, ladra por la eternidad entre rocas del Ponto Euxino. Vio la garganta de su amado rey de Ilión abierta como granada.

El llamado Mar Argentino no es profundo. En él no habitan los monstruosos kraken del Pacífico, ni los pulpos gigantes de las islas británicas del Canal de la Mancha, según relatara Víctor Hugo. Los animales devoran kelp, alga del fondo. Cochayuyo, le dicen en Chile donde la comí primero en el mercado del puerto de Arica, junto a una humeante sopa marinera con bichos de rojo saltón y fuerte sabor: erizos. Y otras cosas que en realidad no quisiera ver en fotografía porque se me cortaría el hambre, seres de pesadilla.

No soy hombre de mar, ni siquiera de río tropical. Mis ríos son de provincia, pequeños riachos turbios de una idílica infancia. Nada que ver con las tenebrosas aguas negras del Chimoré en avenida, o las engañosas del Espíritu Santo que te arrastran para ahogarte entre piedras y desaparezca tu memoria hecha alucinación al no haber cuerpo presente. Misa de cuerpo ausente, festín de pirañas.

Ríos de niño. Suticollo y Payacollo. El Putina cerca de Sipe Sipe, que no es el de la famosa canción popular (hasta Gieco la cantó).

Río de tierra roja de Viloma, de montaña, en las faldas del cerro. Alborotada espuma. Agua de historia y desdén. Hamiraya. ¿Fue allí donde la virgen patriota, la del Carmen, perdió dedos a causa de balas? No quiero revisar si estoy en lo cierto o no, no hay que desvelar los misterios del recuerdo. La magia, magia es. Suda el cráneo de Melgarejo en un nicho enrejado de alguna iglesia, brilla, parece muñeco de Halloween. « Sopa de Vinto” era una invocación para nosotros durante los años felices. Apenas pasado el puente, en una modesta tienda con un par de toscas mesas sillas. ¿Qué de especial tendría? Me acuerdo del perejil picado sobre el líquido, el olor del perejil recién cortado y recolectado en el patio. Sopa extinta, nadie llora por ella aunque llore yo. Puedo imitar el aroma de la hierba, cortarla con un fino cuchillo de cerámica, crear esas manchas entre incoloras y amarillentas del aceite flotando, los puntos de la pimienta negra, el arroz y el trozo de carne con hueso acompañados de un verde locoto retostado, despellejándose. En teoría no sería difícil revivir aquel mítico caldo, reproducirlo, pero imposible de traer a los padres jóvenes de nuevo, a mamá con su enteriza malla negra o a papá con amplio pecho de caja resonante construida para bajo profundo.

Parotani.

Chocaya y Bellavista.

El río Rocha, si era él, hacia los cerros, arriba de Huayllani. O cerca de Tupuraya cuando el tiempo era todavía limpio y los eucaliptos azules.

En las heladas aguas del sur los marinos atrapan calamares carmesíes. Como si a Yemanyá congelada le hubiesen echado flores. Frank trae calamares cortados, salados y secos. Los apuramos en el vino. Ponemos viejas tonadas del valle de San Luis, Colorado, donde los mexicanos se reconocen españoles y vivan al rey. Por acá no pasó revolución, apenas algunos mencionan a Santa Anna, o a Iturbide emperador. En estas montañas, Rocosas les dicen, los ríos se asemejan a los de la memoria grande del tiempo pequeño. El ruido el mismo, rugiente, rememora las noches de Pocona, remojados pies en la corriente debajo del puente de Lope Mendoza, conquistador derrotado por el demonio Francisco de Carbajal, el Carahuajal.

Una vez pensé, en horas de modestia económica, irme a pescar cangrejos en los mares de Alaska. Pagaban bien. Era joven y tal vez lo hubiera hecho, pero estaba mi mujer recostada y el placer siempre vence al sacrificio. Son sendas más dulces que los asesinos brazos del cangrejo rey. Los hombres fuman por costumbre después del amor. Nunca aprendí a fumar. Preferí la dulce melodía del Epitafio de Seikilos, una de las más antiguas composiciones musicales, tallada en una columna de mármol de la tumba que para Euterpe hizo construir su esposo Sícilo en el Asia Menor. Dejé dormir a los animales marinos en sus refugios de las Diómedes y me sumí por veinte años entre los negros cabellos del lecho.

Quizá por eso amo la literatura de Iván Turgueniev en su inolvidable Aguas primaverales. Hasta en la muerte fue bucólico, que yo recuerde con el derecho que me toca de equivocarme cuanto quiera.

El Viloma bajaba presuntuoso. De rocas hacíamos diques y pozas para bañarnos. Leche condensada en latas diminutas, atunes y sardinas esparcidos sobre pan negro. Limonada casera. Refresco de ciruelo, púrpura y espumante. Un awayo tejido por la abuela en Sanipaya hacía de mantel en el cascajo y la arena. Cortábamos aromáticas retamas con cuchillo porque es imposible hacerlo a mano.

Del río al mar, un mar que en Rehoboth, Delaware, me engullía sutilmente. Grandes tiburones blancos con panza llena caminaron alrededor. Conté las olas y nadé contra el reflujo recordando las competencias estudiantiles de la piscina del estadio y al profesor Marquina. Luego me dediqué a la cerveza y no entregué amor a una desconocida que pensó que la carne venía porque sí. No imaginaba vulvas sino flores de las vertientes montañosas del Pamir.

 

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por ÁLVARO VÁSQUEZ

Algunos cuentos o textos cortos (como columnas de opinión) suelen ser publicados en más de un libro y/o medio de comunicación. Los buenos cuentos pueden ser incluidos en alguna antología, luego de su publicación original. Ciertos blogs también les brindan espacio, así que uno puede encontrarse con esos textos en más de un libro o espacio virtual.

Normalmente, cuando reconozco uno de esos trabajos, por haberlo leído ya antes, paso al siguiente texto, al menos si el recuerdo permanece fresco en cuanto al contenido.

Sin embargo, cuando se trata de textos firmados por Claudio Ferrufino-Coqueugniot, eso no sucede. Lo tengo de contacto en redes sociales, sigo sus blogs y alguna vez chateamos por whatsapp, donde también publica enlaces a sus publicaciones, pero no recuerdo haber pasado por alguno de sus textos pensando “ya lo leí”. Nunca.

No sé bien cómo explicarlo, pero los textos de Claudio — en cuanto a la forma en que son “consumidos” — se parecen más a la música que a textos escritos. El oído tiende a ser perezoso una vez identificada una melodía que le resulta agradable, pues escuchamos la canción recién descubierta (o desempolvada de una época más feliz) una y otra vez. La vista, por otra parte, suele ser más inquieta. Una vez vista una película, por ejemplo, es muy difícil que se la vuelva a ver dos o tres veces más en el mismo día, y eso suele ocurrir también con los textos a los que se suele abandonar al menos por un tiempo, antes de una eventual relectura.

Quizás los escritos de Claudio estén hilvanados sobre un pentagrama invisible, que les confiere una cierta musicalidad que tampoco es evidente en la lectura, pero que les permite ser apreciados una y otra vez, como si de agradables melodías se tratasen. O tal vez las tantas referencias musicales que se encuentran en los trabajos de este autor contagien a sus letras esa manera sutil de deslizarse hasta nuestro yo más íntimo, a ese lugar donde habitan nuestras ilusiones (rotas o no), nuestros miedos y esperanzas, como solo la música puede hacerlo.

En alguna entrevista, este autor comentaba que escribe siempre con música de fondo, y que creía que esas melodías marcaban, de alguna manera, el ritmo de su escritura. Recuerdo que mencionaba que “El señor don Rómulo” habría sido parido a ritmo de cueca. Quizás esta sea la razón de que sus textos se lean — y se recuerden — como si de compases musicales se tratasen.

Hace poco leí un artículo de Claudio: “Romance para violín № 2 Opus 50”, un texto brutal, cuya lectura te mantiene en tensión permanente del primer al último párrafo. Al terminar la lectura, el gesto automático fue volver al principio y volverlo a leer, completo. Y lo leí nuevamente, ya otro día. Llamarlo adictivo, no sería nada exagerado.

Al escribir estas líneas, recordé un par de comentarios de sus textos antiguos. En uno, recordando a The Beatles, Claudio se imaginaba formando parte de la Banda de los corazones solitarios del Sargento Pepper. En ella, se ve a sí mismo tocando el trombón. En el otro, confiesa un sueño hasta entonces oculto (e irónicamente compartido por el suscrito), ser platillero en una banda boliviana.

Imposible negar la influencia musical en la obra de este gran escritor.

Ayer terminé de leer “Ecléctica”, el último de los libros de Claudio que me faltaba, de todos los que se hallan publicados y pueden ser encontrados en librerías. Quedo a la espera de que la editorial a cargo de publicar sus “Obras completas” cumpla con su parte, para seguir leyéndolo/releyéndolo. Porque textos ya leídos en una pantalla, y encontrados en sus libros luego, son y serán siempre releídos, como lo serán los que ya leí en alguna parte y se publiquen nuevamente.

Y es que cada relectura parece abrir una nueva puerta, mostrar una nueva vía, a través de un mención literaria, musical o cinematográfica. Textos con decenas de puertas abiertas a nuevas lecturas u otras fuentes de conocimientos. El autor muestra una erudición callada, humilde, pero contundente. En una de sus columnas de opinión decía: “Admiro la veracidad, incluso su invención, de la incansable búsqueda del conocimiento que hace Gurdjieff. Es un trazo que sin ninguna guía he seguido siempre”, refiriéndose a la labor del escritor y compositor ruso. Sin lugar a dudas, Claudio acumuló conocimiento de muchos libros y algunas aulas, pero me animo a asegurar que el conocimiento que rezuman sus textos se obtuvo sobre todo de caminos y kilómetros recorridos, de experiencias, de zapatos gastados, de ciudades caminadas, de amores y desamores disfrutados y sufridos por igual, ambos; de música cantada sobre el disco mientras conducía (a veces una hermosa canción es un castigo, escribió) para alivianar viajes que son al mismo tiempo búsqueda y huida; de risas y lágrimas, de noches en vela, de soledades que marcan… de vida vivida, al fin.

No hay primera sin segunda, se dice al terminar la primera estrofa de las cuecas, en un claro reclamo a que la música continúe. El mismo reclamo nace ante una primera lectura de los textos de Claudio.

Los de Palacagüina, al iniciar la segunda estrofa de “Son tus perjúmenes, mujer” añaden que la tercera es la vencida, para terminar diciendo que a la cuarta… ni los bueyes.

Cualquier texto de Claudio merece la segundita. En mi caso, muchos tuvieron la tercera, y aunque no me considero buey (en Nicaragua, tonto), seguro que varios llegaron a la cuarta que menciona el grupo nica… y vamos contando.

Alguna vez leí que todo hombre merece una segunda cita, y todo libro, una segunda lectura. Quisiera merecer segundas citas, por supuesto, aunque honestamente no creo que todos los libros merezcan una segunda lectura… salvo que los firme Claudio Ferrufino-Coqueugniot, claro.

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[Publicado en MEDIUM.COM, blog del autor – imagen: caricatura de ALIAGA – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Mendigo con la mitad de las piernas sobre el activo cruce de autos. Solo un instante para que un conductor distraído se las corte. Oblivion? ¿Olvido? ¿Qué piensa el hombre dormido? Mutilarse para vivir… tal vez, quizá el último recurso para asegurarse un lecho. Dudo que lo consiga. Tendrá que dormir, ya siendo un hombre a medias, en alguna suerte de vehículo que alguien le done. El sistema no perdona, va empujándote al abismo de a poco. Duermes en un rincón y te saca la policía; encuentras otro y te expulsan vecinos armados con ametralladoras. Queda trashumar las calles por la noche. Con suerte en la mañana se podrá dormir en una biblioteca, en un banco de plaza soleado hasta la noche del interminable paseo, arrastrando un carrito de supermercado o una vieja bicicleta cargada de bolsos llenos de cosas innecesarias.

Beethoven. Suave, y de pronto su magnificencia brutal, explosión de instrumentos. Corno y oboe, cuerdas. Paso otra vez dos horas después. En la esquina no hay rastro de sangre. Si algo ocurrió ya lo lavaron. Otros mendigos, tres, dos hombres y una mujer, se mueven como muñecos de opereta. En la oscuridad se escucha el castañetear de dientes, pocos, y rastros de cerveza y orina tocan la pelambre de una mascota suya que tal vez no sepa la diferencia entre miseria y no.

La noche. Romance para violín. Pero también Sandro y Brassens. Pienso en mi hermana muerta, en cómo se construye lo abyecto sobre los idos, que dijo y no dijo, que fue así aunque era asá. Jugaban a las cartas entre amigos y de pronto ella dejó la mesa, se puso de pie, voló hacia la sombra; ya no se la distinguió entre cuervos que chillaban sobre una rama de álamo, árbol del algodón, le dicen, porque arroja copos que semejan nieve en un calor de 82 Fahrenheit. La bandada deja el refugio, se aleja por el camino hacia Parker, mi hermana se va con ellos a pesar de que le digo que pondré su favorita canción de Leonardo Favio.

Romance de la luna luna. Bluegrass del puercoespín. Conduzco por casi cuatro horas. Observo al menos veinte mendigos en solitario y en colectivo. Cuando me detiene una luz roja trato de no mirarlos. Con las manos me están diciendo hola, aquí estoy, hambre tengo. Subo el volumen. Suenas las tres. Siempre llevo billetes de a uno y cinco. Voy entregándolos como óbolo al papa. Dios te lo pague. No pagará, Dios no paga porque no existe. Si paga, si sus dedos cuentan monedas, tal vez crea. Mientras tanto no es otro que un comerciante de cuadro flamenco, lejano y sepia, tanto que parece amor.

Otra bandada de cuervos sobrevuela encima. Más lejos una formación de combate en V de gansos canadienses. Bocinas del cielo en la noche. El lago de la encrucijada entre la avenida Belleview y el bulevar DTC apesta. Hace demasiado calor y no estarán funcionando los drenajes. Agua verde tomamos en una antigua caminata entre Parotani e Itapaya. Los cuervos ríen, me arrojan relojes para que tenga conciencia del tiempo. El maestro sordo no escucha su música, no le importa, estalla y se burla. Ya en casa llorará la pena de la discapacidad, que es tan parecida a la melancolía.

El bajo suena profundo y rasgado. Será Cachao, o Django Reinhardt. Pero el canto es en inglés. El hombre, en la canción, le dice a la mujer que no comprende. ¿Acaso hay algo que entender? Esta vez los cuervos avientan Big Bens, para que aprendas. Y yo sueño. Con una cabaña como la de Thomas Hardy, con esos extraños techos oscuros de la verde Albion. Me detengo, ajusto el botón de cerrar el automóvil, me aseguro de que todo lo que debe estar en los bolsillos sigue allí. Entro en casa por la puerta lateral, miro la terraza para ver si está libre de ladrones, abro la casilla de correo con las ofertas crematorias usuales cuando pasas el límite de los sesenta años. Rutina. Me acuesto, son las cinco de la mañana. Me despierta una canción de Tormenta, Adiós chico de mi barrio. Con dos dedos abro la persiana y mi hermana María Renée está cantando en la cima del inmenso árbol que da sombra a mi ventana. Me acomodo como para concierto, sonrío. Te espero, me dice al terminar, adiós chico de mi barrio. Pensé que el agua de mis ojos eran lágrimas y no: llovía.

Hice huelga hoy, apenas me levanto y me pongo vertical. Prurito de vampiro, ¡oh dulzura del catafalco!

Quiero continuar con mi libro en ciernes con textos de la guerra de Ucrania pero no tengo fuerza. Comenzaría con un verso de Calligrammes sobre la belleza de las explosiones. Vuelva mañana, digo, o no vuelva, mejor. Pregunta Apollinaire dónde está Max Jacob y no sé qué otro. Me pregunto dónde estoy, que esta mañana vi mi cama tendida, no había yo dormido allí. Andaré desdoblado, como cuando era niño, y atravesaba las paredes de cristal creyéndolas paredes de aire.

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cierta vez me preguntaron qué me hubiese gustado ser. Pensaron que mi opción de quién, más que de qué, estaría entre Günter Grass y García Márquez, pero no. Contesté que platillero en una banda. ¿No lo oyeron? Platillero, haciendo piruetas con los platos dorados, girándolos entre mis manos como si fuesen mariposas, en la celebración del Señor del Gran Poder, o del Gran Joder, vamos.

Lo recordé este amanecer lluvioso -llueve menos que en Macondo- mientras la casetera tocaba La Motilona, cumbia de Los Alegres Diablos. Chas, chas, que aquí viene el ritmo, platillo en la cabeza, media vuelta, giro y contragiro, arriba, con los dedos, igual a los negros basquetbolistas norteamericanos que de la pelota hacen un mundo que da vueltas sin parar.

Contemplo las bandas, uno de los espectáculos impresionantes del universo, esa mixtura, de aparente caos en que multitud de instrumentos aúlla al mismo tiempo en angustiosa fraternidad. He pensado, leyendo novelas tradicionalistas y mirando fotos de las sociedades geográficas, que nos han registrado en la historia -a los bolivianos- como nativos taciturnos mirando el horizonte. Por detrás crece la hirsuta paja, se levantan peladas tetas/colinas de piedra implacable y un hato de llamas pasta en los confines del mundo. Pero Bolivia es país alegre, despiadado en el desenfreno, incluso entre aquellos taciturnos amoratados por el frío que cubren la melena de cabra debajo de chullus de lana con increíbles colores y diseños. Tan alegre que me parece que la mejor representación del país, si tuviésemos que ponerle una concreta apariencia física, sería esa del platillero con un terno brilloso, blanco, gris metálico, rojo, algo chillón, discordante, que hace movimientos sensuales y cabriolas al mismo tiempo que produce música. Síntesis de un mestizaje que uno y otro lado tratan más que desdeñar, evitar.

Desde los platillos de la batería, que acompasan con suavidad las canciones y a veces se acarician con un ramillete, hasta los personales, algunos tan grandes como de un metro de diámetro; dorados, eso sí, porque hay que preciarse de una profesión sin duda más antigua que la de dar trasero por dinero, la de golpear dos objetos planos sin ritmo al principio y luego seguidos ya por otros sonidos que acompañan su básica y elocuente voz.

Cierto que el diablo, la diablada, son imponentes, que cuando salen del socavón o de cualquier bar de la avenida Siles donde festeja el pasante, en medio de estruendo de cohetes, poca cosa se les puede comparar, pero si alguien no ha visto un platillero de Bolivia, tronado por el alcohol más que por la veneración del virginato o señorío, sudado en su piel de cobre que brilla con el agua, no ha visto nada. Porque si este platillero ya asimiló el infierno del ritmo y alucina con un opio, el de la música, que nos lleva a Baco o, más antiguo, al fuego mismo primigenio, nada lo podrá parar hasta que caiga rendido, sonido de metal al suelo, y duerma cubriéndose del sol con un plato que se calienta al rojo y lo despierta para continuar. ¿Dónde? Siempre hay dónde y siempre hay cuándo y nunca por qué. Como la patria que ríe pero no se la puede ver. Ni tampoco cuando llora.

Entrecierro los ojos porque no he dormido, no por veleidad de poetastro infeliz y exiliado que no soy. Por el sueño, y sabiendo que a través de él, de tanto pensar, de repetir una y otra un vinilo o un compacto inundado de platillos, he de convocar los fantasmas de ayer, cuando Bolivia pasaba penosamente de sociedad rural a esbozo urbano. Diablos, morenos, kusillos podrían ser los espectros de esa inevitable transformación. Si acaso la modernidad los acucia para renovar vestimenta, glorificar el milenio con aberraciones de mal gusto o lo que fuere, hay un espíritu que permanece incólume, anciano, que se sobrepone al tiempo y nos renueva a tiempo de devolvernos atrás.

Incluso en un entierro, cuando la banda toca un lento huayño de pena o ataca un bolero de caballos de guerra, suena el plato, espaciado, no enloquecido, de cuando en cuando, como una ráfaga de recuerdo con ruido de vidrio roto. Tubas, trombones, sensatos tambores apenas tocados y chas, chas, de a ratos, ya no el platillero con terno sino uno modesto, de camisa blanca, pantalón negro, avejentados zapatos de charol y olor a jabón de tocador con dejo de almizcle. Luego la pala deja caer la tierra encima del cajón, chas, chas, y el libro de horas se ha cerrado.

Platillero hasta el fin del mundo, obviando públicos y dioses, ensimismado, entusiasmado con dos soles amarrados a las muñecas como guantes de boxeo. Llevar el platillo a veces de sombrero, otra de abanico, y estrellarlo contra el otro y disfrutar como de cópula el temblor del bronce, mayor mientras mayor sea el diámetro, dorado porque tiene que ser, y fundido con sudor de herrero, gota de oro, pizca de plata y orín de burro.

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[Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 04/06/2017 – foto: Banda Pagador – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

Claudio Ferrufino-Coqueugniot lleva más de 30 años escribiendo. Sobran excusas para preguntar ¿de dónde salen esas páginas? En este texto, él mismo desvela parte de ese proceso escritural y de las fuentes que nutren sus letras: la relación que logró construir entre el arte y el trabajo, la experiencia de vida y las lecturas que se van desarrollando frente a una página en blanco.
Por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Igor Quiroga llama por teléfono pasada la medianoche mientras manejo en medio de lluvia torrencial. En la radio, Manu Chao. Memorias que viajan como en bote, mecidas hasta el sueño, o movidas hasta el espasmo. Nunca tuve la maldición de la página en blanco. Que a veces he garabateado cuartillas enteras sin sentido ni belleza, es verdad, pero nunca aterrado por ese albor enfrente. He estado con bellísimas mujeres sin resultado. ¿No te gusto?, preguntaban. Cómo decirles que eran más bellas que todos los libros, ¿de qué serviría? Las acompañaba al taxi entre mi derrota y quién sabe qué. Después, desde Alemania, una me envió una postal con un famoso cuadro de Goethe, pero uno de los pies del poeta era esqueleto. ¿Metáfora? Tenía yo veinticuatro años y mucho vino. Una mujer no es una página e incluso cuando no se escribe sobre su cuerpo letras bailan en su temblor. No hay yermo, quiero decir, no es lo mismo.

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Un libro florece bebiendo de la experiencia del escritor.

Siempre que me he sentado al ordenador, la pantalla se ha llenado de caracteres a los que como en rompecabezas voy armándoles una narrativa. ¿Hacia dónde irá el derrotero? Hacia la luminosidad de Sisley o la bruma, iluminada también, de Turner. Cuestión de combinaciones. Pintor sin paleta ni pincel, lo que no impide a veces hacer dibujos aguados o alegorías al estilo chino. Cuando de la labor de creador se pasa a la de orfebre, hasta los diamantes en bruto suelen no ser atractivos.

Hablamos con Igor de los prolegómenos y el fin de lo bello en la escritura. De la hermosura incluso dentro de la tragedia, Celan recitado en francés… La tradición oral no escribía en texto sino en nubes, y así pasaron historia y literatura con aditamentos de cada actor. Implica que una página en blanco no existe para alguien que no sabe escribir. Ni maldición ni miedo. ¿Hablamos de veleidades o de que realmente el problema existe? No siempre se puede hacer literatura, como no siempre se puede bailar. Tantas veces escribo textos, algunos notables, en mente, y al transcribirlos jamás retoman el aroma original. El genio oculto en la lámpara de Aladino de cada cabeza pierde magia al parirse. Lo prosaico de la vida comparada con el silencio.

En cuanto al entorno para escribir depende de cada quién. Las mentadas flores amarillas del Gabo mientras su esposa trabajaba y tantos ejemplos otros para mí quedan en anécdota; dudo que tengan alguna influencia en lo que se va a plasmar en palabras, pero puedo bien equivocarme, porque a mí me gusta escribir con música. Cada quien reacciona a los efectos que rodean adrede o por accidente.

La dosis de inspiración debe ceder al trabajo. Está bien como chispa inicial pero, en particular para un prosista, la lírica debe ir podándose a manera de rosal. Sin esos cortes precisos, estudiados y necesarios, no se podrá obtener la flor. En mi caso, y refiriéndome al ambiente necesario que rodea al creador, digo que aparte de la música lo mío ha sido una carrera contra el tiempo, escribir antes y después de trabajar; escribir antes y después de proveer. Soy conservador en eso y me viene de tradición. Fuera de lo que la pareja haga, el hombre tiene la obligación de traer comida a la casa. No hay medias tintas. Y si por desgracia el estibador escribe, pues tiene que ponerse parches para el dolor y robar luz a los dioses para crear antes de que la vida lo fulmine. Que vivir, cuidar, educar, suele ser más complicado que escribir. Y más difícil arte, sin dudarlo. Con ocupación y cansancio no hay tiempo de creerse dioses. Se hace lo que se puede porque además escribir nada tiene que ver con correr hacia la fama o con posar para el porvenir.

Por eso a mis amigos albañiles jamás les dije que escribía. Quizá lo entenderían, pero, otra vez, en lo anecdótico, a pesar de que un artista tiene íntima relación con un trabajador. Para un mampostero o un ladrillero la vista de su obra terminada, la lógica y el talento empleados en su construcción si se quiere, comparten mucho con el poeta que escudriña la argamasa de sus versos.

Cuando Buenaventura Durruti hablaba de la creación por los obreros se refería a eso, que levantar ciudades, acueductos, hasta catedrales, es algo inherente a ellos, a la estrecha relación entre trabajo y creación o viceversa. Para quien sobrevive no hay páginas en blanco, no existe el lujo de quejarse de sequía si apenas hay agua, ni de sentarse a esperar el haz del Espíritu Santo. El látigo o el hambre le recordarán que tal situación está vetada.

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“Está bien como chispa inicial pero, en particular para un prosista, la lírica debe ir podándose a manera de rosal”.

No desmerezco otro tipo de creación, ni ningún entorno en especial, que todos son válidos, sino que asocio dos características de mi vida personal y las hago compatibles. Además de estar convencido, y me apoyo en la literatura norteamericana, de que la experiencia de vida sirve, ayuda, enriquece cualquier proceso creativo.

Siempre he creído en la intensa relación entre arte y trabajo. Vale recordar las barricadas del París de 1832, en los pequeños mercados que ya no existen, cuando el gran Víctor Hugo ponía de fraternos combatientes a poetas y proletarios. No en vano, cuando murió, una multitud de gente modesta, un millón o algo así, lo acompañaron por las calles.

Es más “fácil” para los músicos, cuyo arte está más cercano a lo popular que lo literario. En la escritura está la llaga de clase representada en el saber leer. Un esclavo puede hacer música pero no escribir libros. Puede ser Leadbelly pero no será Jorge Luis Borges.

La llamada termina con referencias al kadish y a tanto más. Igor Quiroga es un exquisito de la literatura. Ruth Brown canta So Long. Escribo apenas, casi amarrado a la silla, porque si bien mis manos rememoran letanías hebreas, mi espalda late como un monstruoso corazón que han aplastado las cajas.

[Ilustraciones: Christian J. Rojas – fuente: http://www.88grados.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Siete años después de la revolución de 1979, Rushdie llega a Nicaragua. Invitado de honor con privilegios. Sin embargo, y a pesar de sus simpatías ideológicas, traza un retrato que prefigura lo que vendrá. Ni lo dice ni intenta hacerlo, pero es una lectura hacia atrás con vista al futuro. Siete años después, las preguntas se acumulan más que las respuestas. El novelista traza con maestría periodística su trashumar por una región todavía en llamas. The Jaguar Smile, a Nicaraguan Journey, muestra la realidad de una larga ilusión, donde la poesía –pueblo de poetas- convive a diario con la muerte; la sonrisa con la crueldad. El título viene de una tonada popular en la que una muchacha monta en un jaguar. Cuando regresan, ella está dentro de la boca del animal y la bestia sonríe. Muchas las interpretaciones posibles, hasta la conocida de que el jaguar es el imperio, los Estados Unidos, que va a devorar a la joven revolución sandinista.

Escribía en La Paz, en agosto de 2015, un posible inicio de este artículo que decía: “De fondo una estatua ecuestre de Tacho, tirano padre, pero con una característica: tiene el rostro cambiado; es una estatua de Mussolini, vendida, seguro, como chatarra cuando terminó colgado de las patas al lado de Clara Petacci, su amante. Siete años de revolución. Entonces. Hoy la revolución cuelga como el Duce, de cabeza, sin zapatos.” Rescato una impresión primera: Rushdie se encuentra en zona de fantasmas, buenos y malos, de demonios y héroes que al estilo de la Ilíada conviven y manejan los destinos de los vivos. Dice el autor: “Encontré que para hablar de los vivos en Nicaragua, era necesario comenzar con los muertos”. “Sandino vive”, está escrito en las paredes. Escrito en la sangre, tanto que solo la imagen de su sombrero despierta la lírica popular. La historia se resume en un objeto de alas anchas que cubría excesivo la cabeza del líder, aquel que soberbio reclamaba pagar diez centavos por cabeza de americano. Vaya valor, el del coraje, y el del precio.

El drama de no anotar lo leído para un texto posterior está en que quedan impresiones generales; se pierde la sal de la lectura, los detalles. De pronto sucumbimos, poco a poco, ante un mal de nombre germánico y olvidamos, aunque a veces quisiéramos olvidar, páginas, horas, clamores y silencios. Me ha ocurrido con esta crónica rushdiana, escrita en un alto de la redacción de Los versos satánicos. En algún lugar, el escritor hindú conversa con Sergio Ramírez, novelista en posición de poder entonces y toca un punto fundamental en la tragedia latinoamericana: la libertad de prensa, que a la corta es libertad de opinión. Se preocupa Rushdie de que el sandinismo vencedor coaccione y castigue la disidencia. Ramírez señala la necesidad de hacerlo. Nicaragua vive bajo acecho, lo conquistado puede ser perdido. Hoy, Sergio Ramírez anuncia que de aquella revolución no queda nada. Me gustaría que se adentrara en los vericuetos de tal desmoronamiento, no solo de los económicos y la corrupción del dinero, sino del error de intentar levantar algo nuevo, y mejor, dentro de márgenes que contradicen el derecho esencial de ser libres. Sobre todo en un pueblo de poetas. Se remarca en la crónica que allí el guerrillero, el tendero, el aprendiz de mecánico son poetas. Los ministros lo son, también Daniel Ortega, presidente… y su esposa.

Máscaras. Máscaras sangrantes con un hoyo de bala en la frente. El FSLN iba, muchas veces, al combate con los rostros cubiertos de máscaras rosadas. Dice Rushdie: “Una cultura de máscaras es una que entiende mucho acerca del proceso de metamorfosis”. ¿Tuvo Nicaragua que transformarse en un Gregorio Samsa, que es una manera de llevar la cara cubierta, y esperar? En nuestro continente la espera viene cuajada de sangre. Rictus de dolor escondidos bajo un trapo para que no se vea que nos van derrotando… Kafkiano no, real.

Aparece Ernesto Cardenal, poeta de la revolución. Solentiname, Solentiname, reproducía el cassette en casa de Pilar Crespo. A pocos años de la toma de Managua oíamos en sesiones regadas de chicha, instrucciones en música de cómo armar y desarmar una ametralladora. Versos del estallido, del obús, de la granada, tan caros a Apollinaire, a Shklovsky. Leía a Cardenal, El estrecho dudoso, el fervor de los españoles queriendo hallar en el lago Cocibolca la entrada del mar hacia Cipango. En La sonrisa del jaguar, este poeta sacerdote se arrodilla ante Wojtila, Juan Pablo II, para ser regañado por sus ideas. El poeta llora; el cura se mantiene de rodillas. Conversan Rushdie y Cardenal en el opulento baño de Hope Somoza: Neruda, Cuba. El hindú menciona a Armando Valladares, poeta preso en “la isla”. A pesar de que criticaron a Rushdie de conformismo y simpatía por el régimen, creo que toca puntos importantes de conflicto. No ceja.

Preciosa lectura. Plena de interrogantes. Abundante en color. En Nicaragua está la muerte, pero la muerte es amiga. Y el sombrero de Sandino hace de paraguas en la tormenta.

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[Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca), 12/10/2015 – texto incluido en FEVER (Volumen 14 Obra Completa), Editorial 3600, La Paz, 2021 – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Luna de esturión. Se suponía que iba a ser roja, montañas Sangre de Cristo. Solo es brillosa. Noche del 11 de agosto, amanecer del 12. Super luna para los pescadores del pez fósil. Tiempo del perigeo. Los Ojibwa salen en la noche iluminada en busca del monstruo que alimenta. Los Anishinabeg, la gente de Odaawaa-Zaaga’iganiing, la tribu de los Lac Courte Oreilles, a orillas del lago mar. Al mismo tiempo anuncian que desde las perseidas, constelación de Perseo, se derramarán como cada agosto las lágrimas de San Lorenzo, santo de Huesca. Dicen que las vertió cuando lo asaban en una parrilla por órdenes del pérfido Valeriano. Cuentan que Lorenzo en medio del tormento pronunció lo siguiente: “Assum est, inqüit, versa et manduca” (“Asado está, parece, dale la vuelta y come”). Llora cuando nadie lo ve, cuando conduzco por las calles de Centennial y estamos a solas él y yo. Lluvia de meteoros.

Recuerdo dos programas de aquella estupenda serie televisiva River Monsters acerca del esturión. Uno era en el Amur y el esturión tipo beluga, el mayor de todos. En la memoria tengo que el peso del ejemplar era de mil kilos, deseo dos mil. Los que fueren, esa maravillosa criatura con ciento treinta y seis millones de cumpleaños está desapareciendo. ¿Cuántos tigres quedan en el Amur? Tal vez al último lo mató Dersu Uzala, cazador enano. En nieve profunda hay profusión de rayos naranjas, una máscara china que sonríe amenazante, un voluminoso gato muy ágil para su peso. Hoy la nieve cae y cubre: durmientes de ferrocarril como abrojos, sendas y repuestos de autos devorados por el orín. Se hace un manto blanco, intocable mortaja por donde los felinos no caminan más. En el fondo del río ancho, cuando el barro se junta a las escamas de roca y el lodo tiene dos ojillos vivos imperceptibles, duerme el último beluga. Matarlo dará de comer a un centenar, a un millar. Luego el agua va a discurrir sin remolinos, agua aburrida a desembocar en el fin de la historia. Cuando ellos no están solo hay réquiem.

El otro era un esturión blanco. Desde el cielo se avistaba un monstruo antediluviano. Leo acerca de doscientos cincuenta millones de años. Una cifra u otra es demasiado para contarla con los dedos. Desembocadura de ríos en el paradisíaco noroeste norteamericano, tal vez la geografía más bella de un país ya hermoso en mucho. Sombra de cuatro metros debajo del agua, con pico y aristas. A esto va el pescador sobrecogido por la naturaleza. En la floresta viven peludos homínidos y la vida en apariencia no vale nada. No valió la de los nativos, pocos quedan, coloridos en las máscaras de los Tinglit y los Haida, en las hermosas representaciones de orcas asesinas y tótems de cabezas sobrepuestas.

Me impacta esto de la luna de esturión. Vivimos al margen de la belleza, corremos por lo trivial, enloquecemos con parejas que son esbozos humanos. La luna brilla, tal vez esté carmesí en otra posición del mundo. El pez se extendía en gran superficie que cada vez decrece. Un día esta luna será la luna sin esturión, y estará blanca como novia, lívida similar a muerta.

He mirado anoche la luna al menos cincuenta veces, escudriñando por un coletazo de pez que moviese sus manchas. Quedó allí, subiendo y bajando por la oscuridad, ojo a la izquierda, a la derecha ojo, mirada arriba, abajo mirada. Solloza el santo de Huesca por sus costillas tostadas, nunca sabría aquel que al otro lado del gran líquido hombres morenos, color de asado, preparaban redes, flechas, lanzas y utensilios de comer para salir a buscar la bendición de la carne. Al santo le pesaba que estando el plato ya preparado, él, no hubiese comensales de dispuestos platos. Asar para no comer tiene que ser pecado. Y que en Roma se comía carne humana no lo dudo, hasta cruda y huérfana de sal. La muerte lo llevó al cielo sin tormentos, al mar de estrellas donde Perseo acecha inmemorial a Medusa que va convirtiendo todo en piedra. Tal vez ella tuvo en los ojos al esturión e iba tallándolo en roca hasta que este huyó hundiéndose en el fango. Trabajo a medias. En el universo superior o inferior, en perigeos o apogeos, se contemplan unos a otros, ajenos a la miseria humana y su hato de días insomnes y ridículos. La luna permanecerá cuando no estemos. Nadie podrá nombrarla con mote de pez o de gavilla de heno. Astro color de grano, a ratos.

Los indios de orejas cortas se aprestan al festín que demandará trabajo. En otros mares al sur, en una isla donde desapareció el hombre y quedaron sus moais, se despellejan entre ellos orejas cortas y orejones. Ni uno ni otro ha de quedar, cuando se corte el último árbol de Pascua habrá perecido el postrero hijo. Si tigres y esturiones dejan de moverse, se plasman como memoria en viñetas coloridas, la hora habrá sonado. El despertador insiste, pero no despierta, mata. No será más “es hora de ir a trabajar” sino “es hora de morir”. Beso la luna de julio que es la de heno y me abrazo a la dorada de esturión que viene anoche. Yo todavía sueño, la miro y aúllo. Cofradía de vampiros, carniceros hombres lobo con fauces de dientes de sable, suaves como amapolas.

 

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por  Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Estados Unidos y Canadá juegan un partido de lacrosse, juego indio, nativo americano, muy transformado por supuesto. Pasa el domingo, una y veintitrés de la tarde. Absoluto silencio. Cuando llegué a las cuatro de la mañana, el vecino de polera negra terminaba varias botellitas plásticas de bourbon de a dólar. Lo saludé pero era una bola de carne balbuceando letanías. No estoy ya a esta altura para escuchar borrachos. Dejé de escucharme a mí mismo en casos así. Y eso que no hablo mucho. Susurro tu nombre, mujer anónima, a tu oído. C’est un jour comme un autre, la Bardot canta y cuenta que John Lennon se amilanó ante ella. Supongo que quiso decir que hombría y arte cayeron como lluvia gota de una hoja de parra. Eva y Adán. Ella, la serpiente, sabia y adecuada. El otro, pobre, solo posee costillas. Goyesca imagen de un mísero cachondo corrido por las meretrices. La Biblia es una gran ironía, la burla de un colectivo, el retrato nada ambiguo de lo que somos.

Leo Ferré viva la anarquía, muy cerca de la Place de la République. En ella, debajo de aquella estatua, vivan también la revolución turcos y kurdos al unísono. Incluso cosecho un par de besos, masculinos, de “camaradas” que nunca conoceré. Será que parezco turco. “Igualito a mi tío Kostas”, me dicen en el Québec helado. Era París y mi pobreza me permitía baguettes y medio kilo de queso perforado. Cuscús que cuesta una moneda, diez por los diez marrones francos.

Escucho Brassens.

A mi lado Salvatore Siracusa y aquel grandote, obrero, cuyo nombre no recuerdo. Ambos de Senza patria, publicación ácrata italiana. Ha pasado la Internacional. Se recita a Verlaine en el teatro estrecho. Ferré, pelón y melenudo, paradójica cabeza. Qué puta voz. Cierro los ojos. A la mierda Bakunin y Malatesta. Tengo una nostalgia grande. La de Aniversario de Franz Werfel; la de Proust; la de Fournier en El gran Meaulnes. Pongo nombres para acompañarme, para que el escrito no quede solo, no en este abandono que guardo con fondo de Léo Ferré, vaya lujo.

Elke Kalkowski no quiere que imprima su nombre porque su hombre se irrita. Pues que el tipo se ponga un supositorio, que ni se le ocurra penetrar mi memoria porque va a incendiarse el culo. Escribo y no escribo lo que y no que me da la gana. Nunca fui tribal ni gregario. Raza, nacionalidad dejo de lado, y todo lo demás que me atribuya cualquier característica ante la sensual voz de la Birkin. Decía que de fondo Ferré, y yo totalmente estúpido, como mi vecino pero sin bourbon, atolondrado, drogado de falsa lírica. En lugar de estar en la farra de despedida con él, de gozar de su voz cascada, de saludes a la anarquía y al grande, y gran cornudo, Mijail, el de la finca de Premujino.

En lugar de eso, a cambio de la perdida voz de Léo Ferré camino por las vías del tren. Ménilmontant. Nanterre. ¿Gané algo arrastrando penas? Podía haber disfrutado de mucha gente buena; el hecho de ser anarquistas les daba algo de santidad. No hubiera sido la fama o la grandeza, esas viejas de negro y bolsa llena no me caben, sino la riqueza de una tarde de arte. Si se hacía o no se hacía la revolución, quién sabe. Georges Balkansky ya estaba anciano y era muy fino para el máuser. Su esposa llevaba una boina parisién y fumaba con boquilla. Federación Anarquista Búlgara en el exilio. Lo que el viento se llevó.

Franco, la Muerte. Grimau. Lorca.

Lo he escrito tantas veces. Pero se puede escribir lo mismo eternamente. ¿O no es la vida eso, la reconstrucción de la penuria? Calcetines rojos; camisa y pantalones negros. Zapatos también. Vive l’anarchie! ¡Vivas tú y viva tu madre! Vieja puta, pero que viva ¿qué hacer? Cualquier cosa porque sonrías, porque me dejes ver el naciente de tus senos y ya desmayado me pongas la cabeza sobre ellos enroscando mis cabellos en cafuné portugués y yo finja morir para verlos sudar quedo hasta que la punta de mi lengua bebe tu sal y te das cuenta que ni siquiera dormido estoy y menos muerto. Sal del mar de piel, de los volcanes impetuosos de tus tetas. Así vestía Léo Ferré aquella tarde. Buenos anarquistas ellos, sonreían, llegaba la era de las flores. Me abrazaban y besaban. Las mejillas de Siracusa de cuero forjado. Pero supongo que es natural entre hombres buenos. A pesar de que el maestro Bakunin aconsejaba librarnos del gobierno de los hombres “buenos y virtuosos”.

Mientras me alejo por los rieles de Ménilmontant, Ferré sigue de fondo. Recita a Baudelaire y no tengo un perro franco para comprar pan. En la casa en que me alojan veo en un rincón un fajo de libras esterlinas. La hermana del dueño acaba de regresar de Inglaterra. No lo toco. Podía, pero no. No por la moral de no robar que ratero he sido, de los pequeños pero ladrón al fin, sino porque a veces me atraganta la decencia. Bueno, Ferré murió hace creo diez años. Nevermore, nevermore gritan los cuervos en Denver. Nevermore nevermore parece que me hablan y miran desafiantes. He puesto la marcha de Radetzki, interpretada por la Luftwaffenmusikkorps. Es marcha que usan los prusianos chilenos en sus soberbios desfiles militares. Memorias de Joseph Roth, cómo no, de su bella mujer loca. La tristeza es el ajenjo que no bebemos pero igual nos mata. Tristeza andina de paja brava. Tristeza de los cachubes de Günther Grass, el negro bosque de Goldkrug. Viena del Prater en crepúsculo.

Reviso lomos de libros que jamás ya leeré. Quiero, pero el reloj de arena es inflexible. Busco para saber si el Yampol de Bashevis Singer es este de Ucrania en guerra. Seguro que sí. Polonia se extendía tanto al sur.

Hay en el análisis genético que me regaló mi hija Emily mucho misterio. Aparte del consabido y notorio porcentaje de un veintiocho por ciento indio, un sinfín de detalles habla de cosas inescrutables. De un dos por ciento ashkenazy ¿de dónde? Y pienso que en este ignoto ancestro está mucho de mi afición por el este. Mucha de mi melancolía. Yampol y Bar. Taganrog y Kamenyets.

Parece que el tren de las afueras de París, que me alejaba de Léo Ferré y de la rebelión, me ha arrastrado hasta el Bug. Paris canaille.

Pasan los días, pasan las horas, pasa el agua debajo del puente Mirabeau. Tiro piedras al Oise, tengo hambre. Mendigo diez francos y en un bar me compro un sándwich de jamón y una cerveza. Abren el baguette, untan mantequilla, jamón y papel alrededor. Rico. Digo a mis hijas emparedado de jamón estilo francés, sobrio, modesto, sabroso. En Norteamérica son barrocos, les caen verduras por los costados, chorrea la mostaza, queda mayonesa en las manos, el cilantro con tallos es difícil de mascar.

Léo Ferré y ahora dónde te encuentro. La sensatez me tomó cuarenta años y a tus calcetines rojos los devoraron los gusanos al terminar tu carne. Me pregunto si la voz es el espíritu. Deduzco que los mudos entonces carecen de alma. Busco en la Biblia el sarcasmo, la mujer de sal; el pretérito es rico pero la memoria salmuera. Y lo que busco es cal viva, piedra alumbre, sebo de víbora, grasa de coyote. Herboristas que preparan venenos, casi como el envenenador de Catalina de Médicis en La Reine Margot. No se suda agua pero sangre.

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[Imagen: Léo Ferré por Richard Bellia, 1985 – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

 

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ni en barrio de putas hay espacio, dice Miguel hablando de Madrid. Justo ahí quería estar, respondo. Me gusta el bajo, a qué negarlo. Mi experiencia cochabambina me permitió sobrevivir el ghetto negro del North East y hasta tener éxito. Extraño aquel bigotón entre negros estibadores, sentados en la calle tomando Cisco, veneno de colores, y mandando a la mierda al cocainómano alcalde Barry que pasa en Cadillac abierto agitando las manos. De terno blanco el hijo de perra. Africano con anglo veleidades.
Mi recuerdo de aquellos tiempos se agita entre amigos muertos. Tiempo del SIDA y el crack. Amar la carne era ruleta rusa, sobre todo para nosotros que lo hacíamos en la calle, con dadivosas desconocidas de distintos tonos. Pupilas que se abrían y cerraban a manera de eclipses en orgasmo de segundos. Oscuras las tumbas donde yacen mis amigos. Tenían nombre de pila; de un par supe apellidos. Canciones de Marvin Gaye, James Brown y Sam Cooke, de Gladys Knight. Esbozos del rap entre los más jóvenes mientras cargábamos cajas, bolsas de cebollas, pesados cajones de papa Russet, sonidos de labios y lengua, trompetas y saxos, líricas como ametralladoras, sin separación. Anthony, el más joven, lo hacía. Bailaba. Oye, motherfucker, no has venido aquí a menearte, para eso vende tu culo, shit.
Brutalidad. Como el hielo que viene horizontal, cuchillos del aire. Se estrella en el rostro y duele, corta. En la oficina los dueños ríen y beben café. Solo nos queda putear, el insulto entre nosotros a manera de rebelión. Primero los dedos se ponen rojos, duelen; luego dormitan, se duermen; si no quieres que mueran hay que dorarlos en el soplete que lanza llamas de treinta centímetros. Verdún, el Somme, la muerte de trinchera en barro y sangre, en un dock de Washington DC de ominosa soledad, donde el músculo no tiene boca, donde la risa nace en lo soez, donde la belleza es un plátano a medio comer, robado de una caja de bananas Chiquita de exportación. Devoras la mitad de un golpe y tiras el resto detrás de las paletas para que no lo vean. Belleza. Hermosura, garbo de mujeres de largos cigarrillos con boquilla. Ciudad elegante, esta, pero ella, como Dios, por aquí no pasó. Maestro don Atahualpa…
La cítara de George Harrison me despierta. Brian Jones, de los Stones, era el amo de la diversidad musical. Divago en ritmos mientras rebota mi maleta en la acera descendente de Oporto. Villa latina, claro, al carajo si tropiezas y te rompes la jeta. Fea la tienes ya, ni modo.
Casi enfrente de la estación San Bento está la parada de los autobuses que van a Madrid. Tomará parte de la tarde, toda la noche, y llegaremos a las seis de la mañana. Qué lejos está todo, veinticinco años en los Estados Unidos, dos matrimonios, dos hijas, botellas de vino y de ron. Cali pachanguero y Lágrimas negras. Nuestras fiestas nunca sucumbieron al aburrimiento gringo. Cuán lejos los largos recibidores de camiones, Joe Day amenazando con su verga negra, látigo de la miseria. Hashish, crack. Manzanas verdes forradas con papel estaño de las cajetillas de cigarrillos. Ahora voy a tomar un vehículo que lleva el fin de aliviarme del recuerdo. Quiso ser redención y se convirtió en poesía.
Un grupo de brasileros va en el mismo bus. Uno me ayuda a conectarme a internet. Hablan, mucho, desencantados del hembraje portugués. Evidentemente no sucumbió al encanto del samba. Hermosas esfinges portuguesas, estatuas de sal de perfecta silueta. Mármol con cabellos negros, alabastro de cejas profundas y espesas. Escondidas tetas de gelatinas prohibidas, caderas de pollo que jamás entrará al horno. Qué desastre. Los machos lloran, lloran los pitos, sollozan calzones y la tradición guerrera se va al diablo. “I read the news, today, oh, boy”… G, que era catalana, comenzaba a desvestirse con esta canción. Luego venía Krakatoa. Glauca Emperatriz. ¡Puta si me acuerdo! Hasta en la tumba lo recordaré.
Camino por los costados, por rutas adyacentes, sin ir al grano. I read the news today, oh boy ¿Y ahora cómo me deshago de su cuerpo, donde entierro estos estragos?
¿Por qué estas memorias? Porto ha sido escala inicial. Luego de una semana aquí y ya avanzando hacia oriente comienzo a pensar en lo de ayer. Ayuda la noche. Se miran luces de lugares poblados. Este camino no es del Ande, se ha perdido el misterio. Trillada la senda de la historia. El indiano ya ni se asombra ¿Por qué habría de asombrarse el local? Sin embargo intento descubrir. Tengo en mente las tierras que atravieso, he hecho un mapa mental sin anotar nombres. Serranías y ríos, villorrios y regiones. Tampoco es tan grande pero es compacto, hay mucho, muchísimo y mentira, al menos para mí, que se perdió el misterio. Siempre hay algo y el trayecto nuevo en su totalidad. Vamos casi vacíos. Cuatro brasileros, yo, y creo que tres sombras. En silencio. Una lucecita encima del chofer muestra su nuca bien recortada. El cuello de la camisa sudado aunque sea octubre. Hacemos una parada en un lugar de extenso nombre. El paso de frontera ni se ha notado, es la Unión Europea. Aquí no hay Tres Cruces, provincia Jujuy, donde los milicos argentinos te bajaban a las dos de la mañana para revisar y llevarse al matadero a los sospechosos. Después de una inspección siempre quedaban lugares vacíos, se aprovechaba el lugar de los desaparecidos. Terrible.
De la pequeña ciudad solo vemos una gigantesca tienda. Cuelgan cientos de piernas de jamón serrano, jamón crudo, prosciutto. Hay mesones con piernas a medio tallar, filosos cuchillos que entregan la carne delgada, un velo. Fabulosa ostentación. Las ventas deben ser enormes. El sabor lo vale. Me encantaría pero no tengo espacio para llevar nada. Debo buscar ese pueblo en el mapa de Europa. Tiene que estar anotado, seguro. Notable por su producto. Solo seguir la mayor línea que conduzca de una ciudad a otra. En otra ocasión me hubiese quedado un día al menos. Vino negro en vaso y un plato de jamón. No presté atención a los comentarios de mis acompañantes. Sería prejuicioso si los imaginara. Dejémoslo.
Nos aproximamos a Madrid. Podría ser Córdoba o Buenos Aires, se asemejan. Pero todas las ciudades se parecen en extramuros. La terminal es moderna, hay líneas para cargar teléfonos, cabinas para llamar. Recibo instrucción de los amigos para llegar a su hogar.
Segundo escalón de la escalera de caracol de mi vida. ¿Si la recuerdo? Sí, pero el asombro suele ser más ducho que el amor en la seducción. Envío un mensaje críptico a las hijas. De pronto me he convertido en espía y mis pasos no pueden ser retratados ni definidos. Para esfumarse uno necesita desembarazarse de sí mismo. A ver, lo intentaré, casa no tengo, ni número ni dirección. “Harto ya de estar harto”, decía Serrat.
Cuelgan piernas de jamón. Cuelgan mujeres de garfios en el techo. En la morada de Barba Azul.
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[Imagen: Estación de trenes de Oporto – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Incluso si no hubiese vivido Isaac Emmanuilovich Babel, Odessa sería lo que es. No quiero creer que algún misil, Tochka o Kalibr, haya caído sobre el Parque de la Ciudad, ese al que se entra por la Preobrazhenskaya y se sale por la Gavannaya, oasis de buenos restaurantes y bancos de plaza que trasladan a un lejano tiempo de arte, de elegancia incluso en la pobreza, de exotismo portuario. De ese mar que se abre al universo antiguo, a bajeles de Heródoto escriba, a mitos de la gran guerra de los mundos. Paso horas allí. A veces de nueve crepúsculo a dos noche. Faroles mortecinos, mesas y sillas arrumbadas en rincones de la floresta urbana. Algún gato, tal vez París apache sin salvajes, del 900; posiblemente Viena. Aire de ayer, no de anteayer, porque una cosa implica melancolía y la otra decrepitud.

Hay un café ruso en Leverkusen sobre la Stefan-Zweig-Straße. Contaba Paul Avrich acerca de la explosión simultánea de bombas en un café de Varsovia y en otro de Odessa. Los límites de este mundo a ratos se hacen difusos, son de hecho ubicuos. Uno cree estar en Austria-Hungría y está en una republiqueta soviética. Dicen que aquel espíritu de multiculturalidad, a ratos no pacífica, se escondió de la modernidad en ciudades ucranianas: Lviv, de paredes de chocolate rosa; por supuesto en Odessa, hasta en las estribaciones del Cárpato en Uzhzhorod, para pasar de allí a la concreta Hungría, también de colores en pastel tentador; Debrecen, por ejemplo.

Me decía Daniela Billus, mientras la luna llovía, del largo avatar de los pueblos de allí. En su caso familiar, desde la boscosa Lituania hasta el Danubio de Budapest. Fronteras como cicatrices que se borran con crema; otras cicatrices que no tienen cura y son como nervudas serpientes recordatorias. El búho grita en el bosque, muge el bisonte, crueles ejércitos arrebatan vida unos a otros. Estoy sentado en un banco del parque citadino en el puerto de Odessa y vuela en el aire un encantamiento de Merlín con nombres eslavos. Hechizo de quédate inmóvil, montaña. Banderas y cañones que cuando tocan la ciudad le producen carcajadas. Un enorme hoyo de obús no quitará la mística bandolera de la Moldavanka, ni cien años de soviet han logrado acallar el recuerdo rebelde. Los zares rojos, y el mico actual, han sido con mucho peores que cualquier rey. Cuando se ordena a nombre de la bondad, se mata a nombre de la miseria, se roba mencionando la indigencia, vamos por mal camino, que de cadáveres está llena la carretera de la dicen que revolución. Todo para mí y un retazo para ustedes y a idolatrar al dios sol.

Estoy sentado en aquel banco y cavilo. No por los muslos de blanca tez y suavidad de terciopelo. Pienso en lo leído, intento imaginar las páginas como seres concretos, el pincel de Pan Apolek, las naos griegas cargadas de hoplitas remando en un mar sin fondo. Sorbo un moscatel helado. Escucho hablar en lenguas sin creer que este es paraíso de iluminados. Miro el rostro del atamán, Diosdado Zenobio, y aunque no huela sangre veo torbellinos de ella en agudo cuchicheo de sables. La muerte habla con la muerte, goza de sus métodos y se embrutece o sofistica de acuerdo a la ocasión. Yo estoy, tercera vez que lo digo, sentado en el parque. Ya no hay comida disponible, los comideros están cerrados. Sé de la pobreza pero nadie me molesta en mi modorra. No he visto mendigos, que los hay, no dudo.

Stefan Zweig hubiera amado esta ciudad, buena para su nostalgia, suave para su bonhomía. No gusto mucho del mar, más bien montañés, pero el mar Negro es otra cosa, no es agua sino mito. Costas que escucho golpear por olas mientras camino. Lucecitas en distancia, luciérnagas o el último brillo de los guerreros griegos. O lidios, o tracios, o lacedemonios. Tengo el prurito del pasado, la enfermedad del recuerdo, ha picado mi piel la mosca que nunca olvida, la que no duerme y musita tristes canciones del taarab.

Eludo el ascensor, subo por las escaleras hasta el mirador del hotel. No es Odessa ciudad alta. Veo los bulbos de dios aquí y acullá. Tampoco hay tanto automóvil; chirrían los frenos del tranvía. En media calle se detiene, cargado de pasajeros, amarillo y rojo de colores, y el conductor corre al centro de la calle, agarra una barreta de hierro, y manualmente hace el cambio de vías en populosa encrucijada. Deja la palanca en el mismo lugar, se apresura, salta y arranca su carromato con agudísimo sonido de í, las íes mecánicas. Cuando voy en él, o en los largos omnibuses con acordeón al medio, contemplo las calles, las hierbas que crecen insurrectas porque la ciudad no debe tener dinero para educarlas. Me gusta ese aire travieso, desafiante, parecido al de Benia Krik.

Para mí cuatro años pero parece que crecí en las baldosas que brillan al anochecer. Mis pies van sin rumbo o con dirección con naturalidad. Me dicen en el bar de strip tease que van a asaltarme y sonrío. Águila del tiempo que vuela entre los lados del espejo. Si me aburro de la sábana limpia de mi lecho abriré la ventana y me pongo al vuelo, al cañaveral del delta, a los todavía bailes gitanos en piso movedizo entretejido de plantas. Música de violines.

Despierto; otra mañana. Desayuno muy bien en la terraza. Pido a la babushka que entra a limpiar si puede lavarme la ropa. Me la entrega aromática, doblada al cuchillo, por simples monedas. A la vuelta de “casa” hay un lugar tártaro de comida. Siempre elijo con el dedo porque no tengo idea qué es. Me lo envuelven en papel madera, lo pongo en el bolsillo de la chamarra y enfilo hacia otro parque para comer al lado de la fría estatua del poeta Iván Frankó. Otra vez me pongo somnoliento. Ebrio está, dirán los transeúntes, ebrio de no poder aprehenderlo todo.

Saludo al portero. Tomo el ascensor esta vez. Me ducho, desnudo miro a las putas debajo del farol de la esquina en el lado derecho. Observo al dueño del restaurante chino enfrente cerrar su cortina. De a poco se apacigua el ruido. Nunca he fumado, pero supongo que para un fumador sería buen momento de encender uno. Abro el pequeño refrigerador. Hay una botella de cocktail. Le digo salud a la noche y siento el frescor del alcohol de frutas bajar por la garganta. Mejor dormir. Soñar no, porque paso el día soñando.

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[Imagen: Odessa, Parque de la Ciudad – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La Muerte ha contratado soprano y tenor para mi entierro. Trompetas intentan destruir Jericó. Sin embargo, alrededor, hasta el viento está tieso, le han puesto ligas de color tierra. Se infla pero no avanza. Una vecina cae por la escalera y queda estática, estatua quebrada. La miro y sorbo el amargo café. Mozart sufre en el Réquiem, intento crear lágrimas para suponerme hombre y sale aire mustio del Gobi de mis ojos.

Contemplo a la vecina, mueve los labios, boquea. Me pregunto si será pescado del mar de Galilea, uno de los que dividió Cristo. Para mí, la mirada; imágenes para el pintor que nunca seré. Tal vez ella, mi vecina, rubia, pequeña y setentona, era cansado maniquí que arrojaron por la ventana. Ave María, Schubert. Escucho Schubert cada noche, a eso de las once, cuando los borrachos manejan al hogar que no construyen y las meretrices afilan cabellos rojo fuego que por la noche no brillan.

Ave María, Salve Regina. Salve.

Rezo con la música, no conozco otra manera de orar, ni otros dioses que los que tocan flautas y cornos. Jericó no ha caído. Se aburrió y dejó que el tedio matara a los invasores. Ha pasado una semana y la vecina sigue debajo de la escalera. Sepia ya. No se descompuso porque estaba seca. Hoja de otoño que barrerá el viento cuando lo liberen.

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[Imagen: Claude Cahun (Lucy Schwob) – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Se entremezclan los pasos en el danzón, acertijo de piernas, o pronto caes o es tan tenue el toque del muslo de ella que de todas formas pereces. “Si Juárez no hubiera muerto, bailaría este danzón”. “Juárez no debió de morir, ay de morir”; al ritmo de marimbas chiapanecas probablemente no. No estaría muerto, andaría de parranda… Muchedumbre de instrumentos, complicada matemática. Mis amigos Teresa y Martín bailan Nereidas. Ritmo lento y sobresalto; pegados y separados, de lo señorial a lo casi popular. Las alturas de Simpson… En Estados Unidos conocí el baile. Ahora que el disco va a La Adelita, todavía en marimbas de Chiapas, le hago espacio a la noche. La almohada sola invita, los solos bailamos con la muerte, a veces danzón, a veces sonidera, hasta ponerla cansada a secar sus negras calzas.

Felipe Ángeles, general artillero. Mi tío, el coronel José Ferrufino Camacho, lo conoció en la escuela militar de Fontainebleau, Francia. Al fusilar a Ángeles, se fusiló la revolución. Ahora en el panteón de los héroes están juntos los irreconciliables Villa y Obregón. Y hasta se puede considerar que el perverso barbudo, Carranza, tuvo aciertos. Tanta crueldad, tanta ceguera. Francisco Murguía ordena ejecutar a Benjamín Argumedo. Al menos a bala, porque el mote de Murguía era “Pancho Reatas” por su peculiar gusto de ahorcar a la gente. A tal hombre, Argumedo, que osciló entre un lado y otro de las huestes rebeldes, ora al lado de Villa, y antes de Pascual Orozco, lo llenaron de “balitas” (para hacer una concesión a Rulfo). El corrido dice, voz del Centauro: “¿Dónde te hallas, Argumedo? Ven, parate aquí adelante, tú que nunca tienes miedo”. Tierra de hombres bragados. ¿Fue en la toma de Ciudad Juárez? Un hideputa periodisto me escribe que hablo humo, creyendo insultar. Humo tengo. Hay una niebla de cincuenta años en la estación de ferrocarril de Juaritos; ni suenan las ametralladoras. Enfrente duermen los gringos, binoculares prestos para divertirse observando cómo se matan los mexicanos. Pass me the mustard, please. Historia con hot dogs. Yo miro la escena desde el tiempo que no fue.

Antes de que a papá lo atacara el cáncer (le tomó quince años matarlo porque el viejo era bravo), habíamos pensado hacer un viaje a través de la revolución. No iniciaríamos en Júarez sino en Ojinaga, Chihuahua, al otro lado de Presidio, cruzando el río Grande. Lugar de aquella memorable foto de Villa cabalgando entre cañones. ¿Era Felipe Ángeles a quien se ve detrás? Pues México fue una constante de infancia. Leí a John Reed, recuerdo todavía las tonadas que se cantaban entonces y que él anotara:

“Si a tu ventana llega Porfirio Díaz, dale para que coma tortillas frías. Si a tu ventana llega Inés Salazar, cierra todas tus puertas, que va a robar. Si a tu ventana llega Maclovio Herrera, abre sin miedo alguno la casa entera”.

Obras de Martín Luis Guzmán, tanto El águila y la serpiente como Memorias de Pancho Villa; clavado tengo el número de páginas de aquel libro último, 911, y mi padre que me muestra orgulloso a sus amigos con el libraco mayor que mi cabeza de diez años. Humo, de humo me nutrí, con olor a pólvora de los obuses de Rubio Navarrete, con la furia de los rurales desollando mujeres, con Pancho Villa arrastrando entre espinas, amarrado a su caballo, al patrón que violó a su hermana. Tira humo el tren que se acerca al notable Abraham González, “don Abraham”, le decía respetuoso el caudillo, para despedazarlo, atado él al riel por la violencia de Victoriano Huerta.

Sonora, Durango, Agua Prieta, Columbus, Pershing, la Punitiva, ficciones del mundo real en mi cabeza, con pepitas de molle seco que caen sobre las páginas, y a veces una especie de miel pegajosa imposible de quitar. Ficciones que el tiempo sopló hacia mí. En la Convención de Aguascalientes, Villa propone la solución al drama nacional: “Que nos fusilen a los dos, a Carranza y a mí”. A decir verdad, Carranza tampoco era cobarde. Del mismo Martín Luis Guzmán está el detalle de sus postreros días hasta el fin en Tlaxcalantongo, mera sierra de Puebla. Sabiendo que iba a morir, el Primer Jefe no echó llantos. Bragados. ¿Entiendes, hijo de perra, acerca del humo rojo, del cielo rojo? No podrías con tus nalgas purulentas.

Papá nos enseñó a disparar desde muy chicos, incluso a las hermanas. Revólver de caño corto, rifle, y como suceso especial la Beretta calibre 32, una rareza que heredó Armando. Cierta vez había fiesta en casa. En la esquina se vio movimiento, hombres armados que subían las paredes. Padre, cuñado e hijos salimos disparando al aire, hasta que se aproximó un hombre púrpura que dijo ser de la secreta. Buscaban a Mario Jordán, afamado paramilitar que al parecer vivía allí. El viejo se disculpó con firmeza. El hombre púrpura, marciano, se alejó volando y todos se subieron a la nave espacial, sin Jordán, y desaparecieron del universo. Cuando lo real se dice ficción y viceversa. Pálido cordel de separación que con el sol no se puede distinguir. Literatura. En ocasiones disparábamos por ahí. Cuando papá se acordaba de sus enemigos, les rompíamos las tejas. Venía la tormenta, los tigres de la ira de Blake.

Digresión bélica ya que hablo de un país dolido y martirizado, donde la muerte suele ser más asequible que migas de pan. Enanas ahorcadas por los gringos en la película de Felipe Cazals acerca de la Expedición Punitiva (Chicogrande). Como en la leyenda de Ruy Díaz de Vivar, un hombre muerto cabalga amarrado a la silla. No es Villa, pero se quiere hacer creer a los enemigos que el jinete va en busca de él, alejándolos de su cercana presencia. Pancho Villa estaba en una cueva, herido.

¡Viva Villa!, notable libro de Edgcum Pinchon. La edición de casa tenía la tapa suelta. Se leía más que la Biblia. Creo que separé aquel libro y lo dejé encajonado para mi retorno. Cuando con tristeza fuimos viendo uno a uno los volúmenes de la casa que ya no tenía padres, orfandad de los ladrillos, silencio de la máquina de lavar paralítica. Polvo de páginas, cada una con nombre y fecha anotados, cronología de pasos, de aprendizaje. Tanto México allí, cananas que el tiempo ha borrado.

Zapata, los Flores Magón, el general Buelna.

José Santos Chocano, poeta peruano, se embelesó con México, coqueteó con Carranza, lo sedujo Villa. Conoció a Villa en Torreón, 1914. Escribe:

Me brinda con licores, pero él bebe solo agua. Le ofrezco un cigarrillo, y me da las gracias sin aceptármelo. ¿Cómo es posible —le interrogo— que no le guste ni el licor ni el tabaco? Me responde sonriendo socarronamente: —he pasado veinte años en el desierto y he aprendido a ser tan sobrio como él. Tal frase no era solo feliz, sino verdadera. Villa tuvo siempre dos grandes obsesiones, poseer la hembra, matar al enemigo. Sobrio como el desierto, no se sentía atraído más que por el Amor y por la Muerte.

He puesto un alto a la música. Desde ayer que voy de la Huasteca al norte, de Guaymas al Sumidero. Sigo con el tin tin de la marimba. En Xela, Guatemala, en la garganta del bosque esmeralda, mi hija Emily vio mayas de mil años golpear la marimba con los dedos en cuyas puntas crecían bolas de jade.

Tengo amigos de Zihuatanejo, del borde entre Veracruz y Oaxaca, del Jalisco y del Michoacán rulfianos, de la Mixteca Baja, de Cuauhtémoc y ranchos de Durango. Siempre que voy a un restaurante, cien mexicanos por cada gringo, pregunto de dónde son. Y miento, descarado, de dónde provengo. Que de Sombrerete, Zacatecas, que del Bajío, que del bolsón de Mapimí o de Gómez Palacio (hoy Gómez Balazo), que de Pascual Orozco, ahicito de los menonitas, bosque de pino y sombra de pino. No he llegado a las quebradas entre Chihuahua y Sonora, a las cuevas tarahumaras, al Cañón del Cobre, pero he acariciado azulejos talavera de Puebla, y hecho el amor a mi mujer en las cavernas debajo de la pirámide enterrada de Cholula. Tú y yo y si era calor de fuego o hielo de tumba, no recuerdo, solo la suavidad de tu entraña, el silencio absoluto, el coro de fantasmas mudos. Otra vez la luz del sol, subiendo hacia la monumental iglesia al tope de la colina. Debajo tierra y piedra, dicen que varias pirámides. Caminamos por los pasadizos excavados; a ratos una entrada cerrada con reja de hierro y candado. Si nos perdíamos allí momias hoy seríamos sin escuchar la sangre que desciende por las sacrificadas escalinatas de Cholula. ¡Ay, Cortés! Practicamos vida entre el polvo de la muerte.

El mar de Cancún es verde. De ida y de vuelta de La Habana brilla así, ópalo que asombró a España cuando las naves se acercaban a Tulum. Viajo con Stefano Varese, autor del inmenso libro La sal de los cerros que me autografió en una bella edición del congreso peruano. Nos fumigan al llegar y al salir de la isla. DDT sería, para lo cucarachas que somos. Pierdo a Varese en el aeropuerto. Aunque es casi medianoche hay demasiada gente y cúmulo de burócratas, ya en el DF. Mi vuelo a Houston sale mañana y debo tomar un hotel. Varios minibuses alertas para agarrar pasajeros. Da temor, cierto, con las historias del narco y cabezas colgadas de pasos a nivel. Pero no tengo otra, me animo. Veo la capital, los muros decorados de sarro, y me meto en cama con zapatos. Lo primero que toman los ladrones son los zapatos. Recuerdo, en hotel de putas en DC, poniendo las amarillas botas Manaco debajo de la almohada. Con suerte, porque a pesar de estar con llave el dormitorio me despierta una fantasmal vieja afroamericana y me dice cabrón te tienes que ir. Antes de partir rumbo a Colorado de destino final me asomo a una exhibición del INAH. Coatlicue, diosa de la tierra, creadora y destructora, inmensa, tétrica, sanguinaria. Tierra que amo y que gotea espinas.

No puedo ceñir a México en un texto. Treinta y tres años de mi vida viví asociado a las diversas culturas de aquella geografía. Aprendí a hablar en mexicano, y los bigotes me dan el pase libre para mimetizarme entre ellos. He escuchado mucho, aprendido. Esa riqueza ya es intrínseca, su música es parte de mi diario. La SandungaLa lloronaEl pajarillo jilgueroLa PetronaLa MartinianaEl toro sacamandú, solo para hablar del istmo y del son, que al norte guardo mucho más. Y en la memoria queda aquel grupo norteño, amaneciendo ebrios en una mesa del mercado de Puebla nosotros, con el músico tuerto enamorado de mi hermana Elena (ese ojo maltrecho lagrimeaba con pasión de guitarrista) mientras le pido que toquen Caminos de Michoacán. “Cariñito dónde te hallas, con quién te andarás paseando…”

Aires de sotol, de vino, como llaman al tequila, de mezcal agusanado y colores del pulque moderno. Dulces de tamarindo con chile picoso. Órale, cabrón.

Sopes con chapulines. Tacos de ojo.

 

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Porto, Oporto. Intento recordar el aeropuerto, llegando de Londres, y no puedo. Dudo que fuese algo inolvidable pero por lo general siempre presto atención a detalles. Podría ser la emoción; era el inicio de un viaje que no tenía retorno y ahora estoy sentado con un café con leche condensada y mordiendo unas galletas cerca de donde lo comencé.

Bajo de mi pequeño hotel, un cuartito en el piso arriba desde donde observo jóvenes en las escalinatas del teatro al otro lado de la calle. Comienza a anochecer. Otoño, pero está más que templado. Cada día paso por un restaurante popular, muy ocupado, y desde la vitrina veo infinitud de chorizos que entran y salen del parrillero. Siempre me digo que voy a entrar y no entro, y termino comiendo comida turca en una especie de Prado al fin de la colina, con profusión de entregadores de comida en moto, algunos turistas, y grandes edificios viejos en penumbra.

Cerveza en soledad, dejo las horas caminar sobre mí. La lager amarilla ha perdido espuma. Agito el vaso, me gusta que la cerveza tenga espuma, me gusta la espuma del amor. Tu sexo parecía canción de navidad, venerable efímera barba blanca, sin villancicos de por medio. Sudor de ti. El paseo de Oporto se nubla, la gente va raleando, los turcos comienzan a poner sillas sobre mesas. Tiempo de cuesta arriba. He mirado hermosas portuguesas, todas ajenas, vírgenes medievales que no miran ni al costado. Como caballos.

Al subir veo el ajetreo de los choriceros. La luz externa ya es mortecina, han bajado su intensidad para avisar que cierran. Mañana vengo, me prometo. Mañana voy.

Me desvisto. Los hoteles son carísimos. Esta sería una buhardilla; le inventaron un baño. Un plástico duro hace de pared para no mojar el piso, hay que eludir la llamada “taza”, burlona descripción del trono íntimo. Habrá diez centímetros entre el muro plástico y ella. Cada ducha lava todo el resto del baño; hay que secar. Ninguna municipalidad aceptaría eso, pero soy de Bolivia y me he acostumbrado a los “hechizos”, no me refiero a encantamientos sino a cosas hechas burdamente a mano, o fuera de cualquier lógica. Un ron Zacapa perfuma la oscuridad; gotas sobre los pezones aplacan maremotos. Un ron “hechizo” te manda al carajo, ron pendenciero, ron de piratas de secos ríos, jaja, como los almirantes de mi patria que nunca vieron mar ni nadar saben, solo bambolearse en el oleaje turbio de la chicha y el oprobio.

Duermo bien, con la ventana abierta. Hay brisa cálida que llegará del océano. Por más que intento no oigo fados, serenatas. Portugal es frío como sus bellos azulejos. ¿Cómo no ser triste con mujeres que miran al frente y nada más? Queda el fado, la saudade de la nada. Duermo. Sueño con chorizos portugueses en oleajes rojos de peri peri.

Seis sardinas doradas en la parrilla, papas fritas, helado vino blanco, ensalada rusa, lechugas. Entre el tren y el mar, en una calle de restaurantes a izquierda y derecha, de piel de pescado reventando en el calor de la brasa. Olores, aromas, una foto personal para la memoria. No como la cabeza no porque no sepa si es parte de la tradición hacerlo sino porque ni entrañas ni cabeza para mí, me dan escalofríos. El vulgo local cochabambino dice “calofríos”, y ay de que los contradigas. Abro la boca y el pescado me mira, no tiene párpados, cómo es posible, pregunta, y apuro el vino. Otra copa, obrigado. Las sardinas son de un gris metálico, hasta con rincones azules. Añado sal a la ensalada, la papa no ha sido bien cocida, pero en general el plato está sabroso, el ambiente perfecto, viaje de conocimiento y de placer. Sardinas frescas comí una vez, en los muelles de Castellón de la Plana, cuando los del sindicato de pescadores nos regalaban bolsas de ellas, para los miembros de la FAI, Federación Anarquista Ibérica, en cuyas páginas hoy se ensalza a Evo Morales. Borré la página, no la visito más, me quedo con los Solidarios, con Durruti, Ascaso y García Oliver, con los amigos de Castellón. Canta Chicho Sánchez Ferlosio. Ahora la revolución ya no es contra el poder, puede ser a favor del poder de corruptos y pervertidos. Un amigo escribe una elegía al porcino líder norcoreano. Los ojos de la sardina están muertos y ciegos. Los míos vivos, pero decido que también ciegos. No quiero ver ni saber. Deseo la sombra de un árbol. Un molle, y que no me estrangulen ni pobres ni maleantes, que tampoco ya dormir bajo un árbol se permite hoy.

Camino por los altos del río Duero. Fotografío acá y aquí. Al fondo veo el pez plateado, las riberas, casas de altos, coloridas con los rojoamarillos que se desvanecen crepusculares. Tomo una mesa y pido vino del Douro, cómo no, y ordeno un plato de carnes. Pienso que hace unas semanas me agitaba en desesperación, que el mundo ya estaba hundido, que era cuestión de horas. Ahora, lentamente, hago girar la copa, con pausa sorbo, el vino corre en la garganta como rebasando rocas, haciendo cascadas. En el café tocan Suzanne de Leonard Cohen. Es Portugal y el Duero corre allá, detrás de los arbustos de la quebrada barbada de verdes. Si ella está aquí, la que se fue, seguro, pero no se sienta en mi mesa, sorbe su propio vino verde y canta como una paraba pírricos triunfos de amor. Paraba azul, casi extinta. En mis ojos, cultivos de papaya a orillas del Caine, camiones llenos de polvo. No, no estoy allí, en las piedras de lo antiguo. Portugal. El Duero corre detrás de Suzanne que lleva calzones rojos de bandera comunista, la hoz que degüella, el martillo que aplasta mi sien hasta que tomo aspirina.

¿De cómo llegué a Porto? Lo sugirió una amiga que se deshizo en amor hacia Portugal. Aparece una ventana en mi ordenador. Una tal Julie, 26, muestra tetas globo terráqueos con polos de marrón casi oscuro, cerámicas que venden en mercadillos de terracota. No quiero conocerte, Julie, ni así con esos punzones que tocan la eternidad pero no soy hombre divino, ni Belerofonte ni titán. Apenas sorbo esta sangre de uva con bayas del bosque mediterráneo y tiempo no deseo hoy dar al amor ni a la carne, excepto al asado que nutro de sal y cierra mis labios en pico de beata rezando.

Hay más, mucho más, pero quiero detenerme en la terraza de este café de Porto, elevado por encima del río. Ahorrar el vino algunos años, recordarlo como amante que tocó la puerta mientras estaba descalzo, traía calcetines mojados de invierno y una espalda que era más dolor que huesos. Todavía canta Leonard Cohen mientras me alejo. En esta parte de la ciudad hay aire de pueblo, a pesar de que en general el puerto no es una luz de neón sino claroscuros de modernidad copulando con inquisidoras húmedas baldosas de negro piso piso negro y focos de escasa potencia.

Amarilla la sábana que cubre mis desvergüenzas. Si hubiera un grillo que cantara la infancia, si tuviera mis libros de joven, Stendhal y Anatole France…

[Imagen: Rua 31 de Janeiro, Santo Ildefonso, Porto – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hace unos días, a los ochenta años, muere el controversial actor Marlon Brando, uno, entre pocos, que marcó una impronta en varias décadas del cine norteamericano.

Alumno de la academia de Lee Strasberg y devoto de Stanislavsky, Brando marca un giro perturbador en el cine de los Estados Unidos al transformar la atractiva estrella masculina de las películas hasta entonces en un despótico y malhumorado, ni siquiera apuesto, bruto que se inflama en las particularidades de su rudeza. Encarna al anti-ídolo, la figura opuesta del galán perfumado que opaca la ya escasa visión de las mujeres, en filme al menos, con el brillo de su impecable peinado y sonrisa de inadecuada perfección. Hace así su debut como un desengañado parapléjico en « Hombres », de 1950, bajo la dirección de Stanley Kramer. Brando se acostó durante un mes, casi sin moverse, para preparar aquel papel.

Ganador del Oscar al mejor actor en dos ocasiones (1954, 1972), fue nominado repetidas veces, varias consecutivas, para el premio en la década de los cincuentas. Luego sobrevino un bajón, producto en parte de la dificultad que resultaba trabajar con él.

Hijo de actriz fracasada y de padre mujeriego, la irregularidad de su infancia lo persiguió durante su vida, llegando a infiltrarse en la de hijos y esposas con un sino trágico. Egoísta, talentoso, gruñón, lo saca Francis Ford Coppola de su exilio, dándole el papel protagónico, que desempeñó de manera notable, en una película basada en un mediocre, aunque apasionante, libro de Mario Puzo, « El Padrino », retrato dorado de la sociedad italiana del submundo en los Estados Unidos. En un marco demasiado grandioso para un grupo de inmigrantes provenientes de la chusma peninsular, con veleidades de elegancia y donaire, Brando se desenvuelve brillante y pausado y es su actuación sobre todo la que valida ese supuesto ambiente de nobleza que rige « El Padrino ». El actor Brando inventa, enriquece, da respeto a un personaje posiblemente vil y engañador.

Coppola lo trae de nuevo, o se traen los dos, en un rol aún más difícil, el de un coronel norteamericano, intencionadamente orate, hundido en el vientre de Camboya, rigiendo como reyezuelo durante el conflicto vietnamés, ajeno ya a sus superiores o a cualquier razonamiento (interés) por el que terminara allí, en una magnífica adaptación del sopor de « El corazón de las tinieblas », de Joseph Conrad, en algún lugar -todo infierno se parece- de los oscuros fluidos del Congo.

En su presentación oficial en 1973, « El último tango en París » causó conmoción. Bertolucci conseguía, dentro de la característica inercia de su cine, realizar una película que a pesar de la simpleza de su argumento tenía extensas connotaciones provocadoras y provocativas al mismo tiempo. Marlon Brando venía perfecto para el papel de Paul, un norteamericano de mediana edad, cuya mujer se ha recién suicidado, y que conoce a una muchacha francesa de 20 años en un apartamento que ambos, por separado, esperan rentar. Paul y Jeanne (María Schneider) ingresan en un despiadado juego de sexo que al tornarse obsesivo convocará a la muerte.

« Queimada », de Gillo Pontecorvo (La batalla de Argel), impulsará otro personaje brandiano que se ha tornado inmemorial: William Walker o la ejemplificación de Inglaterra amoral. El cínico actor norteamericano parece acoplarse con perfección a esta gama de diversos, pero homogéneos, caracteres esclavizados entre el dolor y la perfidia, como en el tango.

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Fundado en 1760. Liszt, Goethe, Schopenhauer, Keats, Lord Byron lo visitaron. Una callecita de Roma. Un café bajo un signo no llamativo. Marcela Filippi había ya hablado de llevarme allí. Entramos. En una mesa grande varios árabes, una hermosísima mujer al centro. Gente de plata, era obvio, de alguna élite que goza de occidente sin desembarazarse de lo suyo. Wagner, Mendelssohn, María Zambrano… doscientos años y tantos. Paseamos por el lugar mirando las fotos en las paredes, tengo por ahí la tarjeta entre mi archivo de recuerdos que a veces hurgo para ver si en lo cierto estoy y no divago o miento.

Por más que quiero recordar no tengo en mente qué pedí. Un café, por cierto, pero no sé qué tipo. Fotografié a la bella árabe a escondidas, y rincones del café. Tengo esas tomas entre casi quince mil del viaje. Marcela fue una cicerone excepcional. Días preciosos aquellos de Roma. Interminables caminatas. Pensando, lo clásico de ella podía visitarse en una noche, como hicimos. El auto a orillas del Tíber y andar hasta el amanecer, con asomo al Vaticano y ver de lejos el abrigo de la santidad.

“This could be the last time”, cantan los Stones en una rara compilación del año 86. Esa sensación de que cada cosa que veo es última, todo instante único e irreversible, que no hay vuelta atrás y que por eso hay que acumular memorias como billetes y nutrirse de ellas por las horas solas que siempre vienen, por lo inexpugnable de la muerte. Más tarde, ese día, o después, la anfitriona me regala un libro sobre Pablo de Rokha. “A veces encuentro a la muerte meando detrás de la esquina, o a una estrella virgen con todos los pechos desnudos”. “Cuando los perros mojados del invierno aúllan, desde la otra vida, y, desde la otra vida, gotean las aguas, yo estoy comiendo charqui asado en carbones rumorosos”. “Hace mil, mil años hace que no duermo cuidando los chiquillos y las estrellas desveladas; por eso arrastro mis carnes peludas de sueño encima del país gutural de las chimeneas de ópalo”. Trozos del poeta chileno, arreglados para que quepan en la estética del texto. Le quito puntos y separaciones, aferro la idea, le evaporo el aroma de incienso, le extraigo la angustia de la burla perenne, la aseguro con bisagras de acero de la acería de Mariupol a lo que aquí anoto, escriba de lo innombrable, Noé que en letras aparea los animales y los colores para que no se ahoguen en la marejada del olvido.

Marcela habla, cuenta del mar que adora, de su casa al lado del mar y de su compañera perra, del hijo Leonardo, del Trastevere que veremos y una historia de amor de su madre que es antológica y anecdótica. Pelear por el amor, atravesar océanos, aguas que traen tiburones y monstruos kraken que no salen del líquido sino que duermen con su rumor en el orificio de los miedos. No hay lucha peor, ni mayor beneficio, cuando el beso se derrite como jugo de granada sobre el pecho y uno cree haber alcanzado eternidad. Roja la sangre de tu boca, carmesíes los arcanos de ti, musitas, y aunque veas a la muerte meando en el muro cercano sabrás que no has de vencerla pero tampoco ella a ti porque no te conoce. No más que un dibujo de Linneo, de un animal cualquiera. Eres como ella misma, la Muerte, inexpugnable. En esta brega de iguales ha de vencer, dejará despojos por doquier sin alcanzar el corazón de la flor. El poeta ya ni cabeza tiene y sus manos son pasto de hormigas. Así y todo se sienta a la vera del cielo comiendo con gusto su charqui remojado en ajíes putaparió sobre rumorosos carbones. En estos detalles ni la muerte, ni Dios, tienen arbitrio.

No en vano el nombre de este café romano incluye el de “antico”. Antiguo pero no mustio. Huelen los granos que se tuestan. No hay demasiada gente, lo que es bueno. Los árabes y nosotros. La árabe y el voyeur. Bustos, retratos, cuadros, dibujos. La ida al baño es como de primera comunión entre ángeles de arte. Así hasta una necesidad es un vals musette.

Angostas calles de Roma. Medusa de Caravaggio. Ciudad de sombras, del callado Giordano Bruno, retostado en nombre de Dios. Pienso que en esta inmensa caminata no vi comida de calle. Tal vez se prohíbe porque las frituras en número de miles dañarían los monumentos. Asumo, no sé, pero me ataca ahora mismo este prurito cochabambino de la comida y equiparo en mente las dos ciudades y Cochabamba estaría chisporroteando sin descanso, alimentando la horda de las fuerzas ebrias durante la completa oscuridad. Roma es sobria y sombría, piedras talladas, monumentales, elegía del dolor eterno distraído con juerga mítica. Cochabamba es chola borracha bañada en jugo anaranjado de chorizos.

Me digo que he de llamar a Marcela para preguntarle de la tarde del Greco pero no, o recuerdo o Roma muere como novia primeriza. Rebusco, aparto de un dulce manotazo aquellos ojos negros y toco de nuevo las maderas talladas de la mesa. Dudo que originales sean, y es imposible que el autor del Werther dejara un chicle debajo. No importa. Carezco de ensoñación y me sobra curiosidad. Imagino, además, en la ofuscación de los nombres y los lugares, lo que pudo haber sido la época de cada uno. Invento mis historias y me las creo. Si había música de fondo no estoy seguro, a pesar de aseverar hace un segundo ser el master curioso.

Sorbo el líquido, negro aunque se diga café. Devoro pausado una masita delicada. Imprescindible en mis visitas a un mocha o chocolate caliente. Necesito algo dulce para equilibrar lo amargo. Aquí por lo general es una delicadeza danesa, o una madeleine. En el Café Greco sería pastel alemán, o suspiros italianos. Lo que fuera. Luego el aire nocturno en la terraza del noveno piso, arriba, o décimo u octavo. Alguna lectura en el dormitorio biblioteca que Marcela me ha asignado. Hemos hablado de traducciones; es su profesión. De traducidos y traductores. La genialidad del arte y las posibilidades de la libre interpretación. Libros, libros alrededor. Los versos no son álgebra, aunque el álgebra sea creación de poetas.

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Arnold_Bocklin_3Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Vine de tomar un café con mi hija Emily en Dazbog, café ruso con un gran cartel: No a la guerra en Ucrania. Luego a casa. Iba a quitarme los zapatos pero decidí leer algo de Zweig en la terraza. Comenzaba cuando llegó mi vecino, escritor de la radio pública, jubilado, que enseñó en Harvard, que vio el 86, en Harvard, a un viejito de bastón del brazo de una hermosa joven cabello azul. Lo vio pasar. Alguien salió de una de las oficinas y preguntó: ¿lo viste? Era Borges.

De ahí me pidió esperar un momento, él vive en la casa separada de atrás, solo. Sale temprano con su maletín de cuero y lo veo caminando apresurado siempre. Volvió con su laptop, y leyó, en inglés, un poema de Borges. Un par de veces secó lágrimas. Perdón por lo emocional. Lo había leído por primera vez en Creta, junto a un relato. Habló de Homero, del mapa del Laberinto, de Odiseo, Palas Atenea, de la sangre en las manos. De Circe y las negras naos de Troya. Derivamos hacia un tema que nunca dejará de causarme asombro, la Ilíada y los libros alrededor de ella. Telamón y Tideo, padres de los héroes Ayax y Diómedes. Salónica, ciudad donde no se puede dormir, tan viva está. Rembétika, el subsuelo y Esmirna. Istanbul, puertas que invitan a ser abiertas y que al cerrarse terminan la historia. Otra lágrima cuando Borges menciona Northtumberland.

Vuelve a Creta. Desciende de griegos sin hablar la lengua. Está ante la tumba de Kazantzakis, lo llevan a la parte posterior. Unas líneas del escritor que dicen que no espera nada, que no teme a nada. La Carta al GrecoCristo redivivoZorba, Anthony Quinn y Theodorakis. Pasa otro vecino, embrutecido por el reefer, dando tumbos. Agarra el monopatín eléctrico y desaparece. Vuelve con paquete de cerveza, choca contra las paredes, rebuzna y desaparece.

Seguimos. Menciono a Schwob. Oyó de él sin leerlo. Del libro que tengo conmigo, todavía en la poesía, confiesa que ama a Joseph Brodsky. Osip Mandelstam, el hombre que escribía sabiendo que era su sentencia de muerte mientras otros hacían garabatos. Hablamos de Pasternak, un poco de Pilniak y Ajmátova. Por supuesto de Babel y de Odessa, la belleza del decaimiento.

El clima cambia, de un calor impresionante pasamos a un espléndido aire de lluvia. Le cuento que el clima de Cochabamba es parecido al de San Diego, sin el mar. California, San Francisco. Big Sur y Henry Miller. Comento que escribí ayer sobre mi largo abandono de la literatura norteamericana. De Marilyn sugiere que el único que lloró en serio fue Di Maggio, que era sentimental aunque tonto. Un amague burlón a los hermanitos Kennedy. Arthur Miller.

Pregunta sobre Buenos Aires. Le hablo de los bancos de madera del antiguo metropolitano, de mis tardes sentado en Miserere, del ajetreo prohibido de Constitución. Emma ZunzEl Sur, cuchilleros que se desembarazan de la mano herida. En Borges, el facón tiene mítica de espada escandinava. Recuerdo a Kipling y la saga de Thorfinn Karlsefni. Le agradezco la conversación, no suelo hacerlo. Yo tampoco. Eremitas somos y debiésemos escondernos en el Monte Athos, o en aquel monasterio en medio del Sinaí, un pequeño ojo en el infierno, donde el aroma de pan recién horneado es tan antiguo como las pirámides.

Mika Waltari, Sinuhé el Egipcio. Qué agradable conversar sobre las obsesiones, la cábala de los nombres, el hechizo de los tiempos, la construcción de la forma.

Borges amaba a Yeats. De Yeats leí poemas y leyendas irlandesas. Derivamos al pintor Arnold Böcklin, ni sé por qué, relacionado con el autor argentino. Resalta la Isla de los muertos y yo su autorretrato con la muerte. Han pasado dos horas. El hombre ha llorado por Borges. Mis ojos murieron en la sequía pero no el espíritu. Nos levantamos. Agarro mi libro, mis dos libros que ni abrí, y él cierra el ordenador. Se va por el pasillo lateral, el que tiene flores azules. A sentarse en su silla mesa solas. Ando en lo mismo. Oigo al vecino lanzar coces arriba, mugen las gentes que atraviesan la calle, faunos y langostas saltan y sobrevuelan encima de la carroña. Tipos manejan a gran velocidad, la baba les explota en las mejillas. Mejor me encierro, digo, que este Jardín de las Delicias me es conocido ya y hoy no quiero condescender con molinos y molinas de aspas giratorias. Dejad a los asnos su imperio que acá no entra nadie. Que copulen y paran bestias enanas que han de crecer, ya qué más da para los lustros restantes. Inmensa pena de dejar a los queridos en este fango. Pasa otro desnudo aullando, tiene patas de cabra y cola de cerdo. Escribe Mandelstam: “Y un coro enmudecido de pájaros nocturnos/Atraviesa el silencio”.

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[Imagen: Arnold Böcklin/Autorretrato – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Comencé la mañana, después de que la noche había empezado nueve horas antes, con algunas melosas canciones brasileras. No Marisa Monte ni Martinho da Vila. Ritmos más jóvenes quizá, un pop que no me llega, o no todavía. Ya que había cocinado pasta para tres días calenté un plato, con un bivarietal argentino que me regaló Frank. Cortinas abiertas a la luz para alguien acostumbrado a la oscuridad. Escribí una carta a Irina en la que hablaba de los rom, preguntándole su opinión. Mencioné a Tony Gatlif y a jinetes gitanos de la Camargue, en el delta del Ródano, debajo de Arlés pintada por el desorejado. No puedo con mi manía referencial. Si hablo de Arlés salto al Larzac, del Larzac a la Columna de Hierro en la guerra española, de ella a Ulrike Meinhof, luego a Palestina, a Sabra y Chatila, a Knossos y las bailarinas del toro, al Minotauro hasta ahogarme en Malta, con fantasmas berberiscos y una torre de cuscús que Sabah y Pablo habían levantado en un piso de Madrid. Vicio de volar, de ser aéreo, ilusión, aunque mis esposas me nombren diablo. Roksolana era pelirroja, de las tierras de Ucrania. La secuestraron los tártaros del kanato crimeo y la vendieron a los turcos. Fue la favorita del harem y Solimán el Magnífico andaba a rastras detrás de sus talones. La lluvia convoca tambores otomanos ¿o es al revés? en algún lugar de Albania. Paola Sánchez, con un litro de cerveza de Belgrado, me pregunta si sé lo que es el burek. Todavía espero, una comida de ese soberbio y desgraciado rincón del mundo… Lo dicho, no puedo conmigo mismo o no deseo morir y quiero mantenerme en tantos rincones que la muerte se aburrirá de buscarme. No aceptaré jugarla en ajedrez, no soy caballero escandinavo; ofreceré una partida de modestas damas, y hasta de damas chinas, de las esquinas multicolores. Go no sé ni puedo, aunque en París me senté horas admirando la supongo estrategia de los jugadores, y recordé una película y a Kawabata, a Honinbo Sushai y sus últimas movidas.

Pasan las horas y debajo del puente Mirabeau corre el Sena. Estoy con el Concierto para Bangladesh. Bob Dylan en Just Like a Woman. Era 1977 y en casa de Silvia González, compañera de colegio, los pronto graduados escuchábamos el disco doble. Acontecimiento para nosotros en la que era, sigue y es, pobre Bolivia, donde nos reuníamos entre amigos para escuchar, en mala transmisión, Sounds of Silence a las once de la noche en la Telefunken al lado de cama. El disco lo trajo su hermano mayor que estaba becado en Holanda. Por ahí apareció una rubia. Qué podíamos nosotros, entre George Harrison y la blonda, sino pensar que el mundo se hacía de ilusiones.

Bangladesh, los tigres de Bengala. ¿Ha cambiado algo o estamos en lo mismo? Hay menos tigres, o no los hay simplemente. ¿Y nosotros? No hubo ilusión en el mundo pero infinita brega. Sin ánimo de queja porque cuando se vive y se emociona mucho uno enriquece. El concierto aquel semejaba un sueño; hoy es un hermoso disco que giro mientras sorbo el vino. Pakistán y la India. Sony me dice que habrá antes una guerra entre ellos dos que una con China. Desastre por donde se lo mire. Octavio Paz y Vislumbres de la India, maravilloso. Algo de Neruda en sus memorias hay si es que no confundo. Nathuram Godse, asesinó a Gandhi; el nacionalismo de Chandra Bose en todavía una India colonial. Inolvidable música del Punjab. Leones del parque de Gir, los pocos que escaparon de los muros babilonios.

Viaje alrededor de mi cabeza. Y eso que la casa-museo de Aurora quedó recuerdo. Me sentaba con un ron negro de la Guyana y me dejaba encandilar por los idolillos indios del Orinoco, mientras ponía sobre mi calavera un decorado gorro afgano de niño, lleno de monedas y miniaturas en metal. Acá estoy casi sobrio, no están presentes ni Chagall ni Franz Marc. Música. Dylan canta que caerá dura lluvia, en traducción literal, y el cielo se ha encapotado como espía de la Ojrana.

La peste gira alrededor, mis hijas, Álex, ahora Gabriel, han caído. Anoche me llamó al alba del amanecer Igor Quiroga, el mejor de nosotros, para cantarme unas letanías de la Torá o del Kaddish, que iremos a la tumba de su abuelo judío y que el nombre de Ucrania lo aprendió antes que el de Quillacollo.

 

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

He encontrado un disco rarísimo de Ray Charles, impreso en Alemania Occidental, con canciones que desconocía y con una versión muy singular de Eleanor Rigby, de Lennon-McCartney. Lo acompaña su coro de mujeres, The Raulettes. No hay fecha en el compacto. Encuentro que la cantó por primera vez en el show de Ed Sullivan, en 1968. No diré que me gusta, comparándola con la original, pero que tiene grandes momentos, seguro, además del interés. En todo el disco de diez canciones hay solo una conocida: Hit The Road Jack, de Percy Mayfield, pero en otra versión, no la que se popularizó y forma parte de todas las colecciones esenciales del músico. Lo he tocado muchas veces ya, en el abril/mayo de lluvia y fiebre, en el delirio de las noches a la intemperie cuando el frío quema el calor.

Tiempo de preparar un café. La tos hace que las pupilas tiemblen y deba releer un texto sobre Osip Mandelstam. Quisiera recordar lo que Joseph Brodsky, hablando de Ajmátova, dice de él pero no lo recuerdo. Ehrenburg lo menciona mucho. Mi amigo Perets venía de Voronezh, donde vivió Mandelstam con su esposa. Decía que las cúpulas de la catedral de la Anunciación parecen de chocolate. Pedro llegó a Denver desde allí, pero había nacido en Penza. Era rubio, supongo que ya murió luego de treinta años, en cierta manera tenía algo del malévolo Putin, con la diferencia de ser judío, de los miles que llegaron, como rusos, desde todo el imperio soviético. Quedan algunos de entonces, las mujeres con vestidos toscos, muy mal vestidas, y los hombres con la dejadez comunista de la miseria, también desarreglados. Pocos ya, muy pocos. Kolya, Nicolás, lo he visto luego de décadas, pasa riendo encima de una vieja bicicleta. Rostro como de iluminado. El vodka ha hecho lo suyo para la redención perdida.

Fuego sobre Voronezh, sobre Kursk y Belgorod. No podré, como escribí un par de veces, mirar otra vez el camino a Belgorod saliendo de Kharkiv. La belleza se ha decorado con muerte. Soñaba entonces en hacer un semicírculo entre Kiev, Vitebsk, Belgorod y volver a Ucrania por la ruta de Jarkov. Ya no tengo sueños. Hasta alguna vez me dije que pasaría con gusto un par de semanas en Tiraspol, en la Transnistria. La izquierda reaccionaria y sus aliados fascistas no ven lo que se ha destruido. Solo piensan en el billete y el arribismo. El poder abre braguetas y piernas; compañeros, compañeras y compañeres dispuestos a ofrecer culo y letra a cambio de qué. Esta gente no ha leído poesía, a pesar de ser duchos en citar a Miguel Hernández. Contaba Curzio Malaparte en cómo se sentían en el cielo los bolcheviques acostumbrados al hambre y a la cárcel cuando les tocó dormir en lecho de zares y princesas. Luego de eso no los cambió nadie. Mencionaba a la esposa de Lunacharsky, comisario de Educación y hombre brillante, si mal no recuerdo. Simon Sebag Montefiore escribió una joya acerca de la corte del zar rojo. Quizá allí, o no sé dónde, ya asentados en el poder, los otrora revolucionarios pasaron a ser casta. Hoy los que descienden de Mikoyan, de cualquiera de esos, conforman la aristocracia rusa, bajo la égida, claro, del zar pez-globo, el hinchado muñequito, espía de segunda y mafioso de alto vuelo. Saben de quién hablo. Hacer saltar el mundo, épica de Mad Max, en donde prime, a pesar de la violencia, una ética digamos “humana”.

Gigantescos obuses, no tan grandes como el/la Gran Berta que disparaba sobre París, tienen estructuras metálicas de gran belleza. Prodigios de ingeniería. Apollinaire comparaba su amor con Madeleine con el disparo de obuses de 105 milímetros. Tuvimos en casa, como florero, un casquillo inmenso de aquellos, que regaló el tío Antonio Ferrufino, artillero del Chaco. Tengo una colección de tanques en miniatura, al igual que de camiones. La magia de la precisión, el engrasado brillante, hasta la elasticidad de sólidas piezas de acero o amalgama. Al verlos no se piensa en la muerte, o si se piensa, se la trivializa. Alguna vez, hace mucho en los años ochenta, conseguí una ametralladora de trípode punto 50. La boca parecía una flor de cartucho. Tenía mi altura, me miraba al espejo con ella al lado, mi pareja de baile. Pero eran tiempos de avidez de sexo, y el sexo se rociaba con alcohol y picante. Para eso se necesitaba dinero. La vendí, maldita cachondera juvenil, por una pila de billetes de a cien, rojos y con Simón Bolívar, que llenaron una bolsa para carga de papas. Equivalía el bulto a cincuenta dólares entonces. Con aquellos billetes subimos con Ella al Brasilia azul de mis padres y nos fuimos a un descampado a copular, no sé si antes o después de comer a la carta. Me dijeron que esa arma fue a parar a manos de los maltrechos guerrilleros del Luribay. No quiero saberlo. Quien la compró es amigo mío en Facebook; un día le preguntaré. Aquellas aguas viscosas que eran el objeto de la vida se secaron. Sequía arreció por todo lado. Ella, la G, envejeció. No la veo por las calles como a la rubia Mireya, y menos voy a llorar. Mejor me quedaba con ametralladora, llena de tornillos pintados de verde olivo, que de los maizales donde intercambiamos amor queda yermo y hasta he olvidado cómo olía por más que estire la nariz y quiera captar efluvios de ayer.

Muszikás, no el grupo húngaro, sino la música con un dejo de misterio. La guerra no ha llegado a los Cárpatos, o no aún. Suenan violines en la noche de los contrabandistas. Las mujeres temen por sus maridos que cruzan entre Rumania, Hungría y Ucrania. Preparan licor de ciruelas como se hacía antiguo. Yo salto de Ray Charles a Sandro. Ese llorón, decía mi esposa; pero llorón de los buenos, contestaba yo. “La noche se perdió en tu pelo, la luna se aferró a tu piel. Y el mar se sintió celoso y quiso en tus ojos estar él también”. Penumbras. Tu boca. ¿Será tu voz la que pienso? Caminas por Poltava, la Poltava de Gogol, y, por qué no, también, la de Anatoly Lunacharsky a quien leía a mis dieciocho.

Espero dos libros de María Iordanidou. Me estoy llenando de nostalgia. El Gran Berta era cañón de 420 milímetros. Ahora, en sinfonía, cantan los M777 de 155 milímetros con bocas de fuego como la entrepierna de Madeleine.

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[Imagen: La grosse Bertha, en Bruselas – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

 

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A Gabriel Acebedo

Estaba, a los 18, en la matanza. Preparada la pistola de la que salía un tubo, disparábamos a las vacas en la frente. Morían al instante. Les poníamos cadenas en las patas, las colgábamos, degollábamos y desollábamos. Superadas las 200 piezas, los patrones daban dos barriles de cerveza para festejar. Yo me encargaba de los pulmones y los estómagos. Se amontonaban las cabezas cortadas mientras pisteábamos. Miraban esos grandes ojos tristes. No dejaban de mirar.

San Marcos, Texas. En la radio, Steppenwolf, Born to Be Wild, que fue el himno de aquella generación de hispanos angloparlantes en los pueblos de frontera y esperanza. Canción que me recuerda a Fernando Vargas, manejando él, los dos borrachos, por la avenida Constitución de la capital norteamericana. Parábamos en bares con música en vivo: blues y country, y alcoholizábamos el conocimiento sabiéndonos parte de la odisea de la emigración.

Denver, ayer, las vísperas de la Nochebuena, Gabriel y yo, hombres solos, chingones y chingados, cargando el fracaso de las relaciones humanas, las pesadas sombras de mujeres que amamos. En un shop de segunda mano el disco de Steppenwolf, y a manejar. El Subaru Outback corre como caballo bronco. Gabriel se pone a cantar en alta voz, invoca los vientos muertos de San Marcos, los fantasmas del amor que son más oscuros y pesados que los del Necronomicón.

Simbiosis de dos mundos ajenos en su mayoría y hermanados por el vértice de la raza. Fraternos en la experiencia de un tiempo y una música que sugirieron posibilidades de épocas nuevas que fueron avasalladas por el capital. Nacidos para ser salvajes, claro, seguro, posible que sí. Pero el salvajismo, el cuchillo entre los dientes se herrumbran, los toma el orín. Las puntas se mochan, los filos se hacen romos. Nadie a quien degollar. Aunque las vacas, en un entorno de mayor sofisticación permanecen con los ojazos abiertos y tristones. Algunos irán a aumentar el variado y surreal mundo de los tacos; serán ofrecidos como tacos de ojo, pupilas que se derraman como huevos crudos por sobre la tortilla. Mientras por otras mejillas corren chapulines rojos tratando de escapar de otra grande matazón en menor escala. Si uno se alimenta de ojos tristes lo ataca la melancolía, y ese es problema tan antiguo como medieval. Yo, sin tacos de ojo, nacido para matar, arrastro mis tristezas por una Navidad que semeja domingo.

¿Dónde estamos y a dónde vamos? Pregunta superflua mientras devoramos hashbrowns con tabasco. Hay un límite para la conversación, uno más corto y estrecho para superar la congoja, si no lo haces entonces, ya no hay cura, viene a ser única la del final, el pabellón de desahuciados, el pabellón de cáncer del alma.

La matanza es lugar solitario. Hay gritos sangre, carreras, humeantes vísceras. De esa portentosa y terrible soledad se alimenta la gente; come y mientras come traga pupilas gigantes, negras, que miran como espejos dramáticos, que muestran el canibalismo entre nosotros mismos, que hacen del dolor alimento y del placer, muerte.

Nombres de mujeres. Los últimos; de su lado y el mío son Laureen y Ligia. Pero hay más que eso, que esa invocación casi sagrada hacia el amor. Existe el miedo, el que este gregarismo obligatorio del restaurante dé lugar al mundo de Mad Max, ese donde con suerte tengamos una motocicleta desvencijada para buscar el refugio del agua, para saciar el hambre aunque para ello dejemos pilas de cadáveres. Hay más que una invocación al amor en esos nombres de mujeres. Pesa el recuerdo del paraíso perdido, de todos los diarios paraísos perdidos por la estupidez humana. Por eso callo, no digo, no invoco, no imploro. Escribo cartas secretas que viven en la nube que abarca todo hoy. Letras de aire pero letras vivas, flotantes, que con la brisa, tarde o temprano, llegarán a sus oídos y la harán sonreír.

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[Publicado en EL ORO DE LAS ESTRELLAS EXTINGUIDAS, Editorial 3600, 2019 (Volumen 15 Obra Completa) – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

 

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Nieva.

Aliona Antonova lee un poema de Marina Tsvétaeva, escrito en 1934. En francés. Antonova, cantante de Les Musiciens de Lviv, activos en París en este disco del 2002 (Cabaret Slave). “Romances rusos, baladas gitanas, músicas judías de Odessa, canciones de los cosacos ucranianos, doïnas moldavas, khoras serbias, he aquí un florilegio alegre y triste a la vez, endiablado y melancólico, que hace revivir la gran tradición del Slavianski Bazar, el más famoso music-hall de Moscú en época de los zares”, reza el texto interior.

Recuerdo al vocalista del grupo Gogol Bordello buscando sus ancestros gitanos y ucranianos, desde los Cárpatos orientales, en Uzhhorod, hasta la profunda Rusia. Un veterano ucraniano de las guerras rusas, en Belgorod, arrestado por llevar una camisa que dice “No a la guerra” llora cuando lo entrevistan a tiempo de ser arrestado. Mis padres están enterrados allá en Ucrania, cuenta. De Belgorod salieron decenas de misiles hacia la enfrente hermana Kharkov. ¿Cómo es posible? De esos lanzacohetes que en tiempos de la invasión nazi llamaban “órganos de Stalin”. Y en el Café Eslavo de París bailaban todos juntos. He visto el año 92 llegar bosnios a Denver que eran tan rubios y de tan celestes ojos como sus enemigos serbios. Mi amigo Jamal Brakmić medía un metro noventa y nada tenía de turco. Si eligió al Profeta fue asunto suyo. Sus claros ojos no lo salvarían y tuvo que huir. Hoy es amigo aquí con otro empresario, como él, que viene de la extrema derecha croata de Ante Pavelić. Hablan el mismo idioma; aquí son uno, allá dos. ¿Cuál es la lógica del absurdo?

La Bestia apocalíptica, el judoka y modelo V. Putin, enrosca las pezuñas; debajo de sus pantalones hay patas de cabra, goyesco infernal, cobarde. Se escuda en el botón nuclear mientras los francotiradores descabezan a sus amedallados generales. En la desesperación de la derrota, en la vergüenza de haber mostrado que Rusia no es la aparente potencia militar, es capaz de azuzar el hongo maligno sobre Kiev o Kharkiv. La guerra no es entre él y Biden sino la del futuro en contra de la oscuridad. Casi como volver a la épica de Tolkien de héroes y demonios. Lástima que al final no quedará así: somos humanos, y como tales desataremos el fin.

Mi amiga Anna escapó de las ruinas de Sumy, casi fronteriza con Rusia. Era verde, arbolada y quieta, ciudad ucraniana con mucho de melancolía y un dejo de tristeza. Será la muerte que se enseñoreó allí por mil años, pero también las madres que nunca sucumbieron ante nadie, que soportaron tormento mientras amamantaban a los hijos de la guerra. Ella, Anna, bella e inteligente, huyó al oeste, a Lviv. Allí está y narra sus penurias en chats del gmail. Lo terrible de la huida, niños muertos, humo, hierro retorcido. Dice que en el refugio están “miles” en un solo cuarto, que no pueden salir, que los servicios higiénicos compartidos… Quiere ir a Varsovia. Yo que soy inmigrante sé lo que va a hacer: morir de sirvienta, matrimoniarse con un humilde como ella y entre dos ser mitad pobres, o doblemente pobres, nunca se sabe. A los 32, el mundo se lo extinguió un perro rabioso. Una niña pregunta dónde están mis amigos; el perro enfermo no responde, ofrece sesenta mil dólares a las madres de cada conscripto muerto. Si Rusia es la que siempre fue, lo arrastrarán en su momento al patio y lo colgarán sin pantalones, macho cabrío de escasa sangre.

Anna dice que está con gente de “diferentes naciones” de las que desconfía. “Los peores son los gitanos”, afirma. “Me gustan los gitanos”, respondo. “¿Por qué, porque arrastraron con caballos a su aldea un tanque ruso?” También por eso, digo. Volvemos a lo mismo, siempre.

Antes de Los músicos de Lviv escuchaba danzones tradicionales. Cienfuegos en el recuerdo, los negros ancianos haciendo arabescos con el cuerpo con lentitud, como si dibujaran. La Habana Vieja, húmedas calles de Veracruz. Antigua Lviv, Lvov, Lemberg, joya del imperio austrohúngaro, no muy lejos de otra belleza trágica, ya en Polonia, Zamość, a orillas del campo de exterminio de Bełżec, para no olvidar que a la belleza la acompaña el horror.

Los gitanos arrastran un vehículo de guerra con cansinos caballos. Festejan, harán violines con la chatarra, danzarán encima de las calaveras. El tímido Nosferatu se ha escondido en ataúd de hormigón porque no quiere ver. En esto, en la furia de Madame Putin, no hay arte gótica sino un realismo de desenfreno y locura. Ni ética ni estética, ni razón ni historia.

La gruesa voz de Aliona Antonova convierte el ucraniano en lengua dulce. Dicen que los chocolates de Lviv son los mejores del mundo. He visto fotografías de aquellas efímeras joyas. Pronto serán bañados con sangre para reemplazar a las cerezas. Y el mundo sigue aceptando tiranos, asesinos, pedófilos que despertarían otra vez la ira de Savonarola. Pero todavía hay sol en Ucrania, y lo habrá cuando el Can maldito sea polvo, el Dnieper seguirá corriendo cuando el hombre se haya esfumado con sombrías e inútiles vanidades. La tumba de Tolstoi es un montículo de tierra donde crecen hierbas y pasean hormigas…

[Imagen: carne y chocolate, Lviv, Ucrania – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]