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Braga era una fiesta —dice Claudio— parafraseando a Hemingway. Caminó por la ciudad histórica que se encuentra al Norte de Portugal. La sintió como sienten los escritores algo que va más allá de las palabras. Y ahora que buena parte del mundo está metido en sus hogares, la recuerda y la comparte.

La ciudad enamora, atrae, invita a visitarla, cuando uno lo va leyendo a Claudio.

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ni sé ya si la memoria se confunde, o se conjuga, con lo onírico. Visité Braga, claro, seguro. Adrián Antezana me esperaba en la estación de trenes. Una hora desde Porto, Oporto. Del Duero a la Edad Media, del fado al silencio –pensé- pero no fue así. Vino y pinga, como llama o povo brasileiro a la cachaça, ron de pobres. Era una fiesta, parafraseo a Hemingway. No París sino Braga, iluminadas sus rocas medievales, la supuesta santidad milenaria que da escozor en la espalda cuando se piensa en el horror de la religión y su saña. Escolaridad por otro lado, erudición, letras y el magnífico elixir de uva portugués como secreto guardado por monjes que serían maestros y asesinos a su vez. A la vez.

Esperé en São Bento, de camisa roja cuadriculada. Polera debajo, como acostumbro, de jubilado protegiendo los pulmones, o de elegancia de dandy paceño. De reojo miraba el reloj digital de la estación. Trenes modernos, multitud. Hermosos azulejos pintados con escenas históricas. Épica de una nación que se echó al mar pero combatió en tierra a moriscos y africanos. El frío azulejo, de obvio tono azul, se multiplica en las paredes. Esa pieza ornamental es gloriosa en Portugal. Fotografié sin pausa ni desgano Santo Ildefonso, iglesia del siglo XVIII en Porto, porque encarna la belleza tanto como la inmortalidad. ¿Arquitectos de Dios? Los masones dirían que sí, todo es cuestión de compás y medida.

Esperé en São Bento, de camisa roja cuadriculada. Polera debajo, como acostumbro, de jubilado protegiendo los pulmones, o de elegancia de dandy paceño.

Desayuné antes de ir, supongo, en uno de tantos cafés alrededor. Entusiasmado por el inicio de un viaje que sería mi retiro a lo Rimbaud hacia el olvido. Error que me cargué con dos maletas y no con una pequeña mochila de bersagliere que me hubiese permitido mis lapiceros, un par de libros y ropa interior de Victoria’s Secret que me compraría amor.

Se ha nublado en la calle Clarkson mientras escribo y escucho a Balakirev. Tiempo de preparar un ron de macadamia, rojo tinto, con Sprite, limón y hielo. Salir a la terraza y revisar si la papa que sembré delante de la casa se ha podrido o parió. Cuarteé el tubérculo como vi hacerlo en Pocona en los años 80, cuando sembramos bajo el sistema de compañeros y tardamos tres días en cosechar mientras bebíamos 72 horas un infame alcohol de caña. Veremos. Llueve y no faltará agua, aunque este calor de verano parece marciano. Penumbra de las dos de la tarde. Alivio después del fuego.

Lo nublado se convirtió en torrente del cielo. Me recordó los imprevistos y pavorosos temporales que se abaten sobre la urbe de São Paulo. Entonces arrastraba el agua toneladas de basura. Cambió, no puedo decirlo. Lo asocio con el café caliente en copas de vidrio con agarrador y funda de metal. El boliviano que me acompañaba pidió no sacar billetes grandes, que aquí te cortan el cuello por poco, aseveró. Creo que murió ya; yo sigo vivo. Cortado o ultrajado, lo ignoro, ni me interesa. ¿Poco apego por la vida? La de algunos otros, por qué no.

De la estación de tren, Adrián me llevó a su casa. Su linda esposa y el pequeño hijo colmaron las expectativas de amabilidad. Adrián pidió permiso para la noche, para quemarla, inmolarla, sacrificarla a la fiesta nacional nuestra, la patria grande que es chupa eterna y no otra cosa.


Claudio recorrió la ciudad con su camisa roja cuadriculada. Polera debajo, como le gusta.

Nos acicalamos, y entre llovizna portuguesa, medio inclinada, comenzamos el periplo de los bares. A esa hora todavía los parroquianos no dejaban el hogar. Como en España, aquello comienza a las diez. Los bolivianos a las diez de la mañana, costumbres ancestrales dirán, el imperio de Momo. También en el norte argentino, quechuas lo mismo, mimetizados en otra pronunciación pero enmarcados en la raza. Argentinos que a “chunku” dicen “shunko”, según resaltaba mi padre, quechuista inteligente, refiriéndose al autor argentino Jorge Ábalos que escribió una famosa novela, que llegó al cine, con ese título. Del primer Shunko Ábalos vienen los que siguen, incluidos sobrinos míos, hijos de la bella Matelé Coqueugniot.

De esa odisea alcohólica, que culminó a las seis de la mañana y a la que siguió paz de tumba, hablé un poco ya en un texto sobre los tatuados, amigos brasileros que habitan Braga, estudian, enseñan, y que retornaron a la pinga con avidez. Hubo una muchacha judía dueña de bar. Hermosa como Rebeca y peligrosa como Judith, la pretendí sin descanso por diez minutos. Supe que el sitio mataría al sitiador de hambre y no al contrario. Me retiré, no cabizbajo, sino mirando con la nuca a la sin par María, patrona de un concurrido bar de intelectuales donde nuestras maneras salvajes, cerriles y selváticas, no cayeron muy bien dentro de la sofisticación progre de los eternos salvadores del mundo, lenines con casulla de dominicos.

Hace poco me contactó Luciano Mata, uno de los amigos brasileños de entonces. De la cabeza a los pies el hombre ilustrado de Ray Bradbury. Cierto que los universos pegados con tinta a su piel pronto se doblegaron a la falta de coherencia que la pinga atrae. Las flores se hicieron espinos y el tamanduá trepado al árbol, si hubo alguno, cayó en la fosa de la melancolía que es un mar lechoso que ahoga.

De ida y de vuelta, a pesar del empeño cochabambino que pongo en la fiesta, no dejé de observar los murallones, las sombrías torres, monumentales templos. Mi mente, que bailaba cumbia o forró, fotografiaba sin embargo las piedras cargadas de sufrimiento y de historia. Festejar no implica olvidar. Si bien no era ahora tiempo de ponerse la faca entre los dientes para el degüello, no se podía no pensar en ello. No he leído si Braga era solo académica ni los entretelones de las guerras de religión. A veces es bueno no saberlo y dejar remar la imaginación por aguas tan verdes como las de Yellow Submarine.

De la estación de tren, Adrián me llevó a su casa. Su linda esposa y el pequeño hijo colmaron las expectativas de amabilidad.

Porto tiene monumentales piedras talladas también. El barrio antiguo sobre las colinas y sus vericuetos urbanos forman parte de ellas. Pero Braga es quizá más esparcida, abierta, y los edificios resaltan como hongos del amanecer. Converso con Adrián y me dice que disfruta de la pequeña ciudad, que en ella tiene todo lo que le hace falta, además de la tranquilidad económica. Ni para decir que es de espíritu sedentario; anduvo por los emiratos y el Japón. La familia es el plomo necesario, ajustable, que mantiene tieso el hilo de pescar. Con él, gracias y por, no solo la bonanza proviene de río revuelto sino de aguas mansas. Algo que no supe hacer, que desequilibré con constancia malhechora. Quedan las hijas, pero la pareja, siendo la argamasa fundamental de la edificación, ha sido lavada como mezcla débil de arena y cemento que jamás pasará de levantar un piso y deshacerse. ¿Castigo o bendición? Está nublado en la calle Clarkson norte. Al fondo de los callejones de Braga siempre había un imponente monstruo levantado desde la fe. Hombre de poca fe, siervo sin Dios, oveja hecha cabra montés. A pesar de ello sé sentarme a observar con respeto y una tranquilidad como de Valium, los delirios de la, otra vez, fe. Me someterán el día del juicio que nadie ha comprobado si sucede en serio, a la prueba de caminar sobre brasas. Si no me quemo tendré santidad; caso contrario olerá a parrillada, corte mitad argentino con bestiario boliviano. Entre suave e incomible, mucho de sal y una taza de pimienta negra, que con la blanca nunca aprendí a cocinar.

Dime tú, mientras reviso fotografías de Braga, si esas iglesias me sobrevivirán. No cargan la certeza de lo efímero que concentro yo. Son piedras y yo de carne, de arriba abajo pecado original.

Me atraen las torres. Miraba las puntas de la catedral de Amiens, la torre detrás de ella, desde donde lanzaron a los niños en cruzada para que el maestro Schwob contara sus huesecillos como chuis. Los vendieron en el bazaar, a la sevicia de sultanes y orgiásticos mamelucos. Desconfío de estas paredes tan tranquilas, donde uno sin mucho esfuerzo situaría alguna divinidad para adorar. Torres de Braga que se ocultan. Lo bueno de la sangre, para quienes la derraman, es que se seca y se transforma en viento. Con ella el simún que atraviesa Palestina se tiñe de bermejo y parece que nada ocurriera, que el mundo sigue un cauce indetenible de santidad.

Llaman al pasaje. Miro Londres debajo; poco puedo ver. Al otro lado del mar me siento en un tren, es octubre, y el boleto dice que voy a Braga. He de escudriñar la historia. Beber de ella.

Evaporo los humos de demasiada cerveza, las úlceras del potente ron blanco y no tengo chiles picantes para cauterizarlas. Dormitando en el tren que me devuelve a Oporto, mirando los increíbles ojos de una mustia portuguesa, los muros de Braga, de un amarillo que les daban los reflectores, me obligan a sentirme chico, a denigrar el día siguiente que consistirá en comer chorizos con papa frita y peri peri, desayunar en el hipermercado de enfrente, recordar mi casa en ruinas, las máscaras punu que volvieron a la tumba de donde las arrebataron.

Espero en el aeropuerto de Gatwick, Londres, el avión que por cien dólares me llevará a Porto. Por ahora no pienso en Braga sino en Lisboa. En Vigo también por palabras de Paz Martínez. Son los primeros días de una aventura que comienza formal, enloquecerá, y habrá un retorno pausado hasta el nuevo ataque epiléptico de deseos y amores, de fiesta brava, baile y vino. La monástica Braga será un bálsamo, lo admito, porque en medio del desenfreno ponía como flashes de cielo e infierno sus inconmovibles piedras, voces de coros antiguos, misas que todos necesitamos, el cómo va de cada uno.

Llaman al pasaje. Miro Londres debajo; poco puedo ver. Al otro lado del mar me siento en un tren, es octubre, y el boleto dice que voy a Braga. He de escudriñar la historia. Beber de ella. Encapricharme y ya de lejos escuchar la lluvia mientras recuerdo y escribo, mientras escribo para recordar.

 

[Fuente: http://www.revistanomadas.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Un texto de Ramón Rocha Monroy más un artículo del Times sobre Fernando Pessoa obligan a una pequeña disquisición.
Sobre las viejas paredes de Lisboa, en stencil, la triste mirada del poeta parece contemplar un mundo que ni imaginó. O tal vez sí, y por eso se ocultó en múltiples seudónimos y heterónimos, para permanecer indomable, fiel a sí mismo, incógnito.
Huyó, más que esconderse, del amor, porque el amor es cálido como las emanaciones del lodo, agradable, tibio en la penumbra, y vergonzante a la luz, cuando se observa la cruda faz de la melancolía.
Vivir solo, atisbando desde el orificio de los ojos la inagotable caducidad del ser, su ánimo esparcido y cansado en arrebatos de poder, de nimia superioridad e insulsos juegos que desembocan en la nada.
Los descendientes de Pessoa, ahora y según el Times, desean subastar la correspondencia -que poseen- del autor portugués con Alistair Crowley, místico, nigromante inglés que ejerció un aura de influencia hasta muy lejos de su tiempo (está en la tapa de Sgt. Pepper). Este negocio, triste fin para unos papeles que rezuman sin duda la efervecencia poética de Pessoa, sus ilusiones, sus dudas, el malentendido y único amor que tuvo (especulo), no tiene el beneplácito del gobierno portugués que considera el objeto patrimonio nacional. Brega entre comerciantes sobre los despojos vivos de un poeta muerto. A eso se reduce la creación y el dolor, a que se toquen las canciones de Jim Morrison en comerciales de autos, a que se subaste entre millonarios la tristeza de un autor recóndito como fuera de quien hablamos.
Pessoa representa aquel deseo del portugués en general de pasar inadvertido (de acuerdo a los que estudian tales fenómenos). Curioso, ya que hablamos de gente que fundó imperios, cuyos estertores finales aún se contemplan en Goa, India, o en el Macao comunista chino. Lo consiguió. Sus letras, famosas hoy porque la fama es como una moda, quizá jamás sean comprendidas, ni siquiera por aquellos que comparten su espacio vital. Pessoa pertenece al reino de los desconocidos, es un maldito tranquilo y penante, penoso también. Si pudiera -porque los espíritus no quedan, no hay alma alguna, ni la de Pessoa- mirar lo que sucede con las frases que tal vez consideró impertinentes, sonreiría.
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[Publicado en Opinión (Cochabamba), julio 2008 – imagen: Fernando Pessoa, por Jacob Porat – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]
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El escritor Claudio Ferrufino-Coqueugniot llegó a Cochabamba y el jueves pasado fue parte de una charla sobre “La literatura en el proceso de cambio”, que se realizó en El Caracol. Aprovechamos para conversar con él antes de la actividad y nos habló sobre la nueva etapa que comienza en su vida, ya que hace más o menos un año se retiró de su cargo administrativo en el Denver Post, en Denver, la ciudad donde reside con su familia desde hace más de dos décadas.

Escrito por CLAUDIA EID ASBÚN

¿Cómo se eligió el tema de su charla sobre literatura en el proceso de cambio?

Me estoy informando, creo que no hay estudios sobre el tema, pero de lo que quiero hablar es del espíritu que un proceso político como este puede generar en la literatura y en el arte en general, y me han pedido que hable a través de mis obras. No será muy específico, porque ahora mismo no se puede determinar si este proceso ha generado algún efecto.

¿Cree que este Gobierno puede generar que se hable de violencia dentro la literatura? Pensando en obras como “En el cuerpo una voz” de Maximiliano Barrientos, por ejemplo.

Sobre todo este Gobierno creo que es un gran generador de violencia y de conflictos. Un país con características especiales, pero como van las cosas no se puede dejar de pensar que se puede decantar en algo como lo de Venezuela o Nicaragua, somos un pueblo distinto, pero también somos explosivos, no sabemos.

¿Cuál es su línea política?

Me considero de izquierda, comunista quizás en el sentido real de la palabra, puede ser, pero alineado a un partido es imposible. Critico tanto a los partidos comunistas como a las agrupaciones fascistas, no estoy con ninguno de ellos.

¿Cómo definiría la línea de este Gobierno?

Es una mixtura muy extraña de todo, desde la extrema derecha hasta la izquierda, pero sobre todo, en el medio hay un cúmulo de arribistas que no importa qué tendencias políticas tengan se están aprovechando de la situación como nunca antes. Si ha habido corrupción siempre, pues estos hombres la han centuplicado, entonces no podemos decir que estamos ante un gobierno de izquierda, para nada.

Hay reformas que podrían considerarse socialistas, hubo cosas buenas también, pero por lo general es un Gobierno nefasto para la historia de este país.

¿Cree que las redes sociales ayudan a democratizar la información?

Me gustan las redes sociales porque precisamente creo que han democratizado la información. Al ocurrir esto se ha disparado todo y se encuentra cualquier basura, hay que saber discernir entre lo que sirve y lo que no.

¿Sigue trabajando en el Denver Post?

Ya me retiré hace un año, pero trabajo “part-time” con ellos y tengo otras actividades.

¿Esto afectará su tiempo y forma de escribir?

Un poco, me gusta el espíritu de la literatura norteamericana por ejemplo, que se basa mucho en la experiencia personal. Sé de autores que han sido boxeadores o vendedores de sombreros y han hecho gran literatura. Me interesa la literatura como una representación de la vida.

No me interesa la literatura académica, pero creo que estoy llegando a un momento en el que debo decidir sentarme a escribir y olvidarme de otros rubros.

¿Sobre qué está escribiendo actualmente?

Es una historia en los Estados Unidos, a raíz de mi conocimiento de un exconvicto de origen mexicano-portorriqeño, nacido y formado en los Estados Unidos. Dentro de esa ambigüedad de culturas, el tema de la droga, no hablando de cárteles, sino de grupos menores que actuaban antes y siguen actuando. No es testimonial, pero estoy trabajando sobre la experiencia de este hombre. Creo que es un buen texto pero muy difícil de leer por la jerga de narco.

¿Cómo llegó a escribir en jerga?

Soy un hombre al que le gusta la vida popular, mis amigos no son académicos, son albañiles, maleantes, rateros, prostitutas, esos son mis amigos y al convivir con ellos adquirí su lenguaje y quiero transmitirlo como lo escucho y entiendo yo. No es un análisis o un estudio antropológico, estoy escribiendo como hablo yo con ellos.

Mis amigos no tienen idea de que soy escritor y me consideran parte de ellos, tenemos una empatía muy fuerte.

 EL ESCRITOR

Producción entre literatura y colaboraciones

Nació en Cochabamba en 1960. Vive en Denver, Estados Unidos, desde 1989. Colabora con revistas y diarios en varios países. Entre su producción literaria destacan: Ejercicios de memoria (1989), El señor don Rómulo (2002), El exilio voluntario (Premio Casa de las Américas, 2009), Diario secreto (Alfaguara, Premio Nacional de Novela de Bolivia, 2011), Madrid-Cochabamba/ Cartografía del desastre (coautoría con Pablo Cerezal, Lupercalia, 2015), Muerta ciudad viva (Limbo Errante,2018).

[Foto: DANIEL JAMES – fuente: http://www.lostiempos.com]

 

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 
Recuerdo las líneas de Walter Benjamín en su visita a Moscú dedicadas a los juguetes. Apreciaba él el arte popular y sabía que los juguetes representan lo profundamente íntimo de los pueblos. Suelo ver, en lo que en los Estados Unidos llaman Folk Art, la adustez de los pioneros, la modestia y también candidez de los peregrinos, el dolor de los esclavos, la dicotomía de las culturas y la hibridez de las razas. Qué puede dar mayor explicación que los objetos que los pueblos crean para que sus niños jueguen. Nada.
Carlos Monsiváis con una colección de doce mil piezas de arte popular lo comprendía de manera similar. En las miniaturas mexicanas se reflejan no solo las costumbres, los gustos sino los sueños. Monsiváis contaba con objetos relacionados a la lucha libre, ese multitudinario circo que seduce al mexicano como a ningún otro, que percibí en los cromos mínimos que venían en las revistas de Editorial Novaro, con dibujos o malas fotografías de los ídolos de entonces: el Santo, sí, pero también Huracán Ramírez, Mil Máscaras…, inmortalizados en madera, yeso, tela, papel, barro.
Coleccionar… Lo hacían Balzac y Zola, casi patológicamente; y la afición de Diego Rivera en arte precolombino y de Frida Kahlo en la mal llamada artesanía, fundaron un museo cuyas piezas sin ellos habríanse desvanecido. Lo hizo Haydée Santamaría, guerrillera y creadora de la Casa de las Américas, que reunió artículos de la América toda, la simple y plebeya, que se exhibieron este año con la temática especial de Cóndor contra Toro, en homenaje a José María Arguedas.
Y es en Arguedas en quien pienso, con los mágicos zumbayllus (trompos) capaces de adentrarse en lo recóndito del alma y llevar las voces en el aire de su majestuoso giro. Casi una invocación, también un hechizo, de los pueblos del Ande, de la historia que debe venir en algún momento justa, correcta, no disociadora; al contrario uniendo los lazos que juntan al indio con el mestizo, para impulsar la osadía de un nuevo Perú, que bien pudieron ser Bolivia, Ecuador, Guatemala, México.
Trompos que para nosotros niños no tenían las mismas acepciones, pero que entrenaban a vivir, porque el juego de trompos, sintomáticamente llamado Troya, materializaba la guerra. En principio estaba el desafío, los participantes. El premio para el vencedor era la destrucción o el aporreo de los que pertenecían a los rivales. Se jugaba por “tacazos”, golpes que el ganador, sosteniendo un trompo con punta de clavo, descargaba sobre el del perdedor enterrado a medias en el suelo. Para tal fin se disponía de otro trompo, no el que bailaba o subía a las manos, mas aquel utilizado en el momento de la punición y que llevaba no un clavo común y suave en su extremo inferior sino una “púa herrera” que por lo general partía en dos el madero enemigo, lanzando a los niños a la desesperación de perder un precioso objeto, máxime si los jugadores eran tan pobres que el trompo significaba un lujo de colores, un orgullo, un amor.
Siempre fui nulo en manualidades y torneos, a diferencia de mi hermano mayor Armando, genial y creativo. De él venían los mejores voladores (barriletes, cometas), livianos, hechos con papel maché y pajas sacadas de las escobas de casa. Les ponía colas entrelazadas, a veces rostros, vivos colores y era admiración verlos subir tanto en el cielo que llegaban a ser un punto, un alfiler en el espacio. A veces tan alto que imposibilitaba rescatarlos. Armando era el mejor jugador de bolas, de latas, que consistían en tapas de cerveza o refresco aplastadas. Aquellas que se aplanaban con martillo valían por encima de las con piedra (estas últimas se veían mal y mostraban con claridad el origen social de quien las ofrecía al juego). Se jugaba “a lo hombre” y “a lo mujer”, de mayor habilidad y pericia el primero. Jugar “a lo mujer” traía el desdén de los presentes, a no ser, como cuando jugaba Elena, que mujer fuese la participante. El estilo de las mujeres difería del de los varones. En el agarre, la posición, la forma, el impulso.
Se jugaba con “chuis”, frijoles de formas y manchas impresionantes. Es posible que desaparecieran variedades de frijol cuando desapareció esta afición. Los comprábamos en La Pampa, que entonces parecía hallarse en los antípodas, bajando nosotros de Cala Cala. Oí que varios no eran comestibles. Hoy mientras recorro el gigantesco bazar en que se convirtió la Pampa, ya no veo a las campesinas sentadas con canastas llenas de “chuis”. Se los empujaba en el juego con el pulgar, casi como lo hacían las niñas con las canicas. De estas, las princesas sin duda se llamaban lecheras, de tonos lechosos completos, cuyo valor era el de muchas bolas normales. Había “paradas”, “t’ijchos”, “toyotas” (las bolas más grandes), y las pequeñitas cuyo nombre no recuerdo y que caían perfectas cuando se ponían “orejas” o “unis”, vocablos específicos de algunas estrategias de la competencia.
Los zumbayllus de nosotros eran trompos a secas, y había maestría en manejarlos. “Cordelais” se decía a hacer bailar el trompo en el aire, sin jamás tocar la tierra y que terminara en la mano. Era una sobrada para iniciar la Troya, que comenzaba con un círculo en cuyo centro descansaba el trompo del otro, y a quien había que sacar. Mi hermana Elena poseía un trompito con rayas horizontales de color. Era una miniatura no fabricada para juego sino para placer. Ajustaba ella el cordel y lo lanzaba. Apenas tocaba el piso se ponía a “dormir”. Girando semejaba no girar. Esos trompos, los que “dormían” y no hacían ruido eran los “sedas”, en oposición a los “rat’acos” que saltaban dando tumbos. Yo me conformaba con hacerlos bailar. Troya no era para mí, ni cordelais, ni seda. Mis trompos eran modestos y duraderos, mientras Armando campeaba por la calle con su púa herrera destrozando los sueños de los demás niños, con la inocente crueldad de la edad, en un tiempo que fue frágil y se perdió sin remedio.
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[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), el 13/02/2011; en El Día (Santa Cruz de la Sierra), el 22/02/2011 – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

ENTRE MUSICA: LA MUSICA DELLA MAFIA - Il Canto Di Malavita (2000)

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El sello PIAS sacó hace un mes un nuevo disco compacto. La musica della mafia (Il canto di malavita). La compilación reúne música popular de Calabria. Canciones de la ‘Ndrangheta y la Camorra.
La palabra camorra, camorrero y otros derivados, tienen su origen en esta organización secreta.
Las líneas de Chorra, tango de Enrique Santos Discépolo, dicen: “está en cana prontuariado como agente de la Camorra, profesor de cachiporra, malandrín y estafador”. Calabreses son algunos personajes de Los siete locos, de Arlt. Buena parte de los inmigrantes en el Río de la Plata llegaron de Calabria trayendo consigo sus organizaciones clandestinas.
Siguiendo la tradición medieval y renacentista de los trovadores, los cantores de la mafia trashuman los pueblos montañeses de Calabria, glorificando en su canto un modo de vida que se precia por sus códigos de honor y de silencio. Es la primera vez que se los compila y se los pone en el mercado mundial, aunque en el ámbito local son extremadamente populares y circulan oralmente y en cintas grabadas por las ferias de la región.
Los músicos utilizan sobre todo el acordeón y la tamborina. Las canciones van desde las tristes y nostálgicas de la cárcel, las del poder de familias que dominan pueblos enteros, mafiosos como héroes mitológicos, hasta las tonadas de amor. Francisco “Ciccio” Scarpelli, quizá el más famoso intérprete de los cantos de mala vida, pereció asesinado en 1971 por enamorarse de la querida de un mafioso, rompiendo las reglas de respeto, sumisión y lealtad esperadas.
Cada país tiene sus cantos alegóricos de la vida “mala”, crimen, puterío, traición o el penal: el viejo tango argentino, plagado de cuchilleros, meretrices y dobles sentidos de alto contenido sexual; los narco-corridos mexicanos y su cantor favorito, Chalino Sánchez, muerto también de forma violenta; los forrós nordestinos del Brasil y sus cangaceiros. Aunque quizá la música más cercana a la de este disco sea la rebétika, o rembétika, griega, de los hombres duros en la anciana Istanbul y la antigua Salónica.
El rap de Norteamérica, ya viciado y dominado por la sociedad de consumo, dejó de ser canción marginal para convertirse en una parodia donde negros cargados de oro, que simulan ser pobres o rebeldes, denigran a las mujeres de su raza.
Sin prestar atención a mafioso alguno, debemos decir que este compacto es bellísimo y no cuesta adivinar que el mérito de la música no pertenece al crimen sino al arte.
[Publicado en MIRANDO DE ARRIBA, OPINIÓN, 10/10/2002 – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]
Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Cuando me llegó el resultado de todas mis sangres, estudio que mis hijas quisieron y regalaron, decía que el mayor torrente era el andino, con 28 por ciento, y de ahí un listado inmenso, con cierta dosis Neanderthal que justifica algunos actos, a pesar de que ahora se sabe que estos cavernarios inventaron el arte. Pues en esa lista había casi un 2 por ciento de judío ashkenazi. Hubiera pensado en sefardí, dada España, pero no, de oriente, más allá del Oder, más cerca del Vístula o el Dniester, o de los bosques húngaros o el llano valaco. De Keshenev o del Prypiat. Nunca lo sabré, pero esa sangre me pone a bailar klezmer en domingo, antes de salir hacia la parrillada que prepara mi Aly donde buscaré en el tempranillo las respuestas.
La música klezmer me apasiona. De niño, cuando vi El violinista en el tejado, quedé encandilado. Tea que nunca ha de apagarse, como la de mi antepasado Murillo. No sabía entonces nada. Recuerdo el sonoro nombre de ese pueblo hebreo, Anatevka, de la magia y del misterio. De la sobriedad y fe de esta gente que sin embargo en la fiesta se soltaba con pasión. Fotos de Román Vishniac, me acuerdo. El universo que Hitler quiso destruir. Todavía suenan los violines, el trombón, el fantástico clarinete. Suena, suena el klezmer, mientras se mecen los nazis ahorcados de Minsk porque nadie, nadie, dura mil años. La música sí, cuando llegue el Armagedón habrá entre las ruinas una melodía, seguro. Aunque la escuchen solo y últimas las hormigas.
Tendría que hablar de literatura, de los poemas de Zuzanna Ginczanka que vencieron a la muerte. Mis ojos recorren la tierra negra en las afueras de Jarkov. Ucrania, sí. Y Rusia también. Y la amada Polonia. En el panorama siempre ellos, vestidos de negro, bailando con botellas sobre la cabeza. Largos faldones y la fiesta del Purim. Isaac Bashevis Singer, Babel, Aleichem. Nadie puede negarles historia allí, ni estadía, ni memoria. Pienso en de dónde y por dónde cargo este ashkenazy conmigo. Quiero imaginarme a mí mismo en el bosque oscuro y cerrado alrededor de Vilna, en la fragua de metales fundiendo escudos para eternos héroes de eternas Troyas. Vulcano-Hefestos mientras las pupilas recorren la escritura al revés y sobre las piedras voy escribiendo el nombre de dios, inventando Golems donde no había vida.
El Golem de Gustav Meyrink, sobre quien alguna vez Kafka escribió a Milena Jesenská. ¿Cómo reclamo para mí una cultura si floto entre todas las sangres? ¿Si el cóndor mata al toro y el toro brama? Cómo si me escurro entre los destruidos muros de Zhitomir y amanezco en Uzhorod. Acompaño al vocalista de Gogol Bordello buscando las raíces de un árbol muy vivo y sólido, frondoso y profundo. Chagall. Mazel tov.
[ Fuente: https://bit.ly/3o9ifUn ]

Escrito por CARLOS CRESPO FLORES

El eucalipto es una especie forestal que recorre la novela MUERTA CIUDAD VIVA[1], de Claudio Ferrufino; acompaña al protagonista en su recorrido etilo-erótico por la ciudad y valle de Cochabamba.

Introducida en el país a fines del siglo XIX desde Australia durante el auge minero, se ha adaptado a los ecosistemas del país, más allá de los impactos ambientales que provoca, sobre la humedad y fertilidad del suelo. El eucalipto (Eucalyptus L’Hér) es definido por la Guía de Árboles de Bolivia[2], como

“Árboles grandes o arbustos, con corteza exfoliante que se desprende en láminas; hojas alternas o subopuestas, lanceoladas o falcadas y asimétricas, glabras rara vez pilosas, pecioladas o subsésiles, generalmente con puntos translúcidos. Flores pequeñas en umbelas o cabezuelas, a veces en panículas axilares, pediceladas o subsésiles; el cáliz lobulado caliptriforme, con una tapa o capuchón que resulta de la unión de pétalos y sépalos. Fruto un pixidio. Género australiano y de la región malaya, con más de 1000 especies” (Killeen, García & Beck, 1993:581).

Las formas de sus hojas y proximidad con el poeta, reafirman a Ron Loewisohn su conexión con esta especie:

Aquí están los eucaliptos

con sus hojas que gotean;

en la luz gris azulada de la madrugada

están juntos en la arboleda

como

nueve hermanos de pelo oscuro y piel suave

hermanos. -Parecen así (extrañamente)

relacionados conmigo.[3]

En Bolivia, son tres las especies cultivadas mas importantes, de ellas, en Cochabamba se planta la E. camaldulensis Dehnh (Killeen, García & Beck, 1993:581), y a lo largo del siglo XX ha formado parte del escenario paisajístico valluno. Es altamente probable que el escritor Claudio Ferrufino disfrutaba de esta especie.

Para el protagonista de Muerta ciudad viva, su “espíritu rural, primigenio, campesino” está conectado con el eucalipto, su “susurro” y su “aroma”; de ahí que busque su “sombra, cuando tiene problemas, depresión o ansias” (112). El fresco olor mentolado del eucalipto seduce a Claudio, a través de su personaje. En un viaje a Oruro, por tren, atravesando “parajes memorables…, a pesar de las ventanillas cerradas, el aroma de eucalipto llenaba los dos vagones de que se componía la máquina” (53). En otra escena, luego de una violenta pelea de borrachera, toma un taxi, para hallarse “echado entre eucaliptos, a la vera de la senda de tierra cerca del canal grande de riego. El sol agrada. La sombra acoge. Las hojas de eucalipto silban una monótona pero sublime canción. Y las pepitas de molle rojo alrededor hablan de asuntos dulces de infancia” (14). La asociación de este árbol mirtáceo, con el placer y el bucolismo valluno, es evidente.

En uno de los recorridos hacia su casa, camina “al lado de las canchas auxiliares de fútbol”, donde solía jugar, “antes de encontrar las preferencias del trago y del culo” (140). El lugar “olía a eucalipto”, provocándole una “extraña sensación”. Efectivamente, en la década del 60’-70’s’ hubo un arbolado en los límites de este espacio deportivo conexo al stadium departamental, donde el eucalipto destacaba.

Otro momento de incursión en bicicleta al entorno rural valluno, por el camino de Condebamba: visualiza “eucaliptos jóvenes, de tonos grises, (que) lucen gotitas de rocío” (109). La juventud del arbolado que observa Claudio evidencia la posibilidad que sean rebrotes. No olvidar que el negocio de los “callapos” se extendió luego de la reforma agraria, talando árboles de eucalipto para troncas y leña, que luego rebrotan.

De una de sus amadas, Eszter, recuerda que olía a eucalipto (116)[4], y esta lo compara con un eucalipto (113). En el periodo retratado por la novela (principios de los 80’s), el arbolado de eucalipto en el campus universitario de San Simón era importante, particularmente entre las facultades de Derecho y Humanidades, del cual hoy quedan algunos individuos. El estudiante apasionado busca a Eszter, atraviesa “los eucaliptos de cincuenta metros (que) guardan unas aves extrañas en sus copos” (83); parecen zancudas, aquellas que visitan también la laguna Alalay como parte de su escala migratoria. Más aún, cuando se entera que ha fallecido Eszter, para recordarla, toma el micro hacia Tiquipaya; por las faldas de la cordillera, sospecho, recorre lugares que habían visitado. Y, por supuesto, están ahí los eucaliptos, “que se inclinaban hacia la izquierda”, debido al “soplo (que) bajaba de una quebrada casi al frente” (121).

Con Silvia, otra novia, están en el río de Chocaya, desnudos, dentro “el agua fría”. El joven realiza un acto pagano religioso: “remojé ramitas de eucalipto azul para utilizarlas como hisopo. Yo te bendigo, coito” (131).

Similar a un cazador vigilante de su presa, el majestuoso árbol le sirve al protagonista como lugar de acecho: “miro a Frances Mallotto desubicado desde un eucalipto. Lo hago al sorber cerveza amarga, calculando los pasos para intentar el ataque” (86). En determinado momento deja “el refugio del eucalipto” para “encararla” (86).

La conjunción eucalipto, molle, agua, es distintiva del paisaje valluno; es con esta vista donde el erotismo fluye: “copulan a orillas de un río seco, apoyados en un molle, con un arroyo corriendo por la espalda, mitad metidos en el agua, entre eucaliptos que bordean una herradura…” (149).

El eucalipto es parte de la fiesta rural en el valle. No solo como leña en la fabricación de la chicha, sino también en la habilitación del espacio festivo. En un matrimonio al cual asiste con sus amigos, observa que “se habían cortado jóvenes eucaliptos para las columnatas que sostendrían la carpa… (para) albergar a doscientas personas” (174).

En su periodo de caída en el alcoholismo y desdicha, el héroe trágico de la novela, visita a un amigo, quien le pagaba tragos de cuando en cuando”, para platicar sobre “los compañeros comunes, de Abel, de situaciones como la del Jallalla. Aires de eucalipto…” (188). Buscando a una de las novias, que había huido luego de una violenta trifulca, “bajaba y entraba a los bosquecillos de eucalipto, a los huertos frutales llamándola” (185). Aun en sus momentos de alucinación alcohólica, el eucalipto se halla presente: “bajé, desmonté cerros y esquivé árboles de tara que se veían solitarios entre molles y eucaliptos” (168). Ahí, el eucalipto se torna sombrío: “las hojas afiladas de los eucaliptos dan la sensación de árboles con cientos de puñales colgantes” (66).

En la última escena de la novela, convertido en aparapita, vemos que se prepara “con agua hirviente y metanol, con raspaditos de naranja, un trago” (206), mientras “los eucaliptos se despiden dialogando con la brisa (y) los pájaros lo hacen con barullo. No voy todavía a dormir” (206).

[1] Ferrufino, Claudio (2013) Muerta ciudad viva. Santa Cruz: Editorial El País. 206 pp.

[2] Killeen, Timothy J., García E., Emilia & Beck, Stephan G. (1993) Guía de arboles de Bolivia. La Paz: Editorial del Instituto de Ecología. 958 pp.

[3] Loewisohn, Ron (1968), “The eucaliptus trees”. En Poetry. Vol. 112. No 2. Pp. 105-106. Traducción libre: C.C.

[4] El protagonista imagina a Eszter que “se reclina en un cuadro de maja boliviana, en marco de eucaliptos y buses achacosos…” (201).

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[De INMEDIACIONES – reproducido en sugieroleer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Baguala y tambor. La madre como la luz de los reyes magos. Norte argentino. Milanesas en La Quiaca; vino de la casa en Salamina; el paso por Acheral, no tan después de que el ERP tomase el pueblo (mayo del 74). Sin caballo y en Montiel, cantaban Cafrune y Zitarrosa. Atravesé Montiel, provincia de Salta, montado en una flota Atahualpa; eran azules, esas, grandes y tan distintas a las matracas que castigaban los caminos del sur boliviano. Cuando allí subir y bajar la cuesta de Sama implicaba impresionante aventura por no llamarla por su nombre: martirio.
El chofer ponía el dedo pulgar en el parabrisas cuando venía carro contrario, para que si hubiera impacto de piedra se concentrara allí, en el punto ajustado. A cada rato un cartel decía “Baden”; supe que el badén es aquella zanja o canal formado por ríos y arroyos. Secos, al menos entonces, que cuando el agua corre por el desierto, arrasa. Lo vi en Paria, la antigua, cerca de Oruro, donde el agua turbia semejaba agitado mar. Los huaicos de la costa peruana, señales de destrucción en esa aparente nada. Agua en el desierto, metáforas. En otro bus, micro este, por la costa blanca, la blanca Arequipa, la piedra de volcán, las rojas sandías de Palpa en agudo contraste con la arena y la nada. Van Gogh en una vacía playa del mar de Azov. La vidala es un canto triste que me arrastra de los cabellos a la infancia, a la caverna primigenia con bestias acechando alrededor para devorarte. Vidalas sonaban en la noche de Cochabamba, sombras de las vinchucas y la voz de madre que las mata.
El padre disparaba con la Beretta 32 a los manzanos. Al día siguiente los balazos parecían flores en los troncos explotados. Y lloraban. Vidala tengo una copla, no me la vas a quitar. Dejala que me acompañe, pa’ cuando vuelva a mi pago. Volver, siempre volver. El músico habla de Sanagasta, en La Rioja, Argentina. El bombo del Chango Nieto pone un fondo. Simoca, claro que recuerdo, ojalita que ella pudiera escuchar. No ojalá, ojalita, dulce diminutivo como miel de algarrobo. Ojalita recuerdes que todavía suenan las cajas indias por las quebradas. Viaje, camino, polvo, de Potosí al sur, roja tierra tarijeña, una frontera que no existiría si no hubiera policía. Acordeón. Sanfona.
Papá recolectaba grillos en el jardín para ponerlos dentro de casa. Cuando anochecía, los grillos cantaban. La noche de la infancia tiene grillos, la Zamba del grillo. Aquel, mi padre, era hombre duro, callado, solitario. Pero vi mojados sus verdes ojos cuando me fui a crecer en el mundo y cuando supe que no lo vería más, en la puerta de casa, de pie, brillando sus esmeraldas, encorvado, el tata está viejo. Nunca más. Y nada valió no verlo. Perseguimos la estupidez, el oro, la gloria, la fama, el respeto, olvidando que todo es tan simple como el grillo que ponía Joaquín en un rincón para que les cantara a sus hijos. El hombre que hería manzanos, que bailaba cumbia, que llenaba la tina del baño con botellas de cerveza y hielo para la fiesta. Ese que con cuidado agarraba al bicho y lo contrataba sin tiempo para el concierto siempre recordado, para el instante que no muere, la eternidad del segundo, el brillo de sus ojos al lado de la enredadera despidiéndose de mí. Baja la vidala por las sendas de polvo. Podría ser Catamarca, tal vez Charamoco. Los arrieros cruzan templando el charango. De tales pasos nace el kaluyo, melancolía, lo añejo de la tierra. Tal vez Ojo de Agua, quizá Corani, cuando los arroyos bajan del frío hacia las bocas de los jucumaris, o del hombre convertido en jucumari, en khari siri, en la búsqueda sin fin del calor, del amor que se perdió en el Edén, entre víboras, hombres tontos y, en lugar de manzana, un higo o un membrillo.
Vientre de Eva. Ombligo. Pecho que nace, crece y nunca muere. Suave como pelusa, terso como el cuero de los escudos troyanos.
A este texto le faltará más de lo que le vaya a sobrar. Hay mucha vida en esta historia, profusión de nombres, personas extraviadas en pensamientos. Mujeres: una que me invitaba al ingenio azucarero de Ledesma, en Jujuy, en un café de noche posiblemente en Güemes; otra, entre Villazón y Oruro, de luto y con su madre dormida al lado permitiéndome el pie entre sus piernas. Lo efímero de mi tiempo contrabandista. Villazón, La Quiaca, con alguna incursión hasta la ciudad de Jujuy. Hotelitos miserables del lado boliviano, aduana, coimas, y ya en Cochabamba que el tren está detenido en Parotani… Más dinero, otros sobornos pero siempre ganancia. Duré poco. 4 días intensos duraba la transa, demasiado. Lo mejor de aquello fue un telegrama que envié a una hermosa lingüista francesa, un verso de Apollinaire y pronto la exultación del delirio, la soledad de la muerte. Cargaba en su vientre un hijo que no era mío y la apuesta ya estaba de antemano fracasada. Pero huelo todavía esos eucaliptos con que te froté los senos en Molle Molle.
Cruzamos a la Argentina por varios puntos. La consabida Villazón. Yacuiba y Pocitos. Agua Blanca, cruzando el Bermejo en un bote eludiendo piedras. De allí a Tartagal, Embarcación. Miraba por la ventana imaginando que por allí cerca se encontraba El Impenetrable, el bosque cerrado. Pensaba, pienso demasiado, en la guerrilla de los Uturuncos, en la de Jorge Masetti, revolución o muerte.
Zambas de Orán. El panorama sin fin de Embarcación, también sobre el Bermejo, cerquita, sur, de la arista boliviana que penetra en el norte argentino. Habíamos empezado por Padcaya rumbo a Caraparí y un brusco desvío al sur. Si he de ver aquello de nuevo, lo dudo. Entonces mejor escribir para no olvidar.
Las letras de las vidalas de mi madre eran de amor, pero el ritmo triste. Desde lo profundo de su alma, de los ancestros en los montes santiagueños, en rituales prohibidos de la Salamanca y los diablillos del carnaval. La vidala no se baila, se canta y escucha bajo el golpeteo de la caja. Yo, niño, imaginaba quebracho y mistol, la batalla sin fin de vascos y calchaquíes. ¿Qué sangre quedó en mí? O se juntaron en la arena gredosa por el agua roja. ¿Maldición o bendita esta memoria? Quiero verlo otra vez pero para entonces ya estaré ciego. Aguza los oídos, me digo, que el tiempo desea enterrar el yaraví.

 

[Fuente: plumaslatinoamericanas.blogspot.com]


Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Joseph Brodsky, Nobel de Literatura, en un precioso artículo sobre Nadezhda Mandelstam, del New York Times Book Review de marzo 1981, explica la gran prosa rusa surgida en la segunda mitad del s. XIX como resultado de la fortaleza de la poesía rusa de la mitad anterior. Cita a Ana Ajmátova que decía que «la mayoría de los personajes de Dostoievsky eran avejentados héroes de Pushkin: Onegin y los otros».

Interesante, y cierto tal vez. Me pregunto si lo que supuestamente Ajmátova aplica a Dostoievsky recae también sobre Lev Nikolaievich Tolstoi. Creo que no. Tolstoi se ufanaba ante Gorky que con La Guerra y la Paz había escrito otra Ilíada. Este rutilante y contradictorio titán, por si no fuera poca su grandeza literaria, rubricó una escuela de pensamiento de cuyos principios sobre sí mismo dudó Maxim Gorky (que lo amaba) en sus Reminiscencias de Tolstoi.

Ya había yo leído a mis 17 años todo lo que existía suyo traducido al español, con Los cosacos como inicio y Resurrección su epílogo. Autor imposible de repetirse, hábil en el macrocosmos histórico y sutil y emotivo en las relaciones humanas. Un ejemplo, y recurriendo de nuevo a Brodsky, que «La realidad per se no vale nada. Es la percepción que le da significancia». Y Tolstoi fue el gran perceptivo de la literatura, el mayor.

Puse una orden en la biblioteca del condado para recibir el devedé The Last Station, sobre los últimos días de Tolstoi. Esperé un par de meses, 198 personas lo requerían antes que yo. El fenómeno Tolstoi, o su rejuvenecimiento, es bastante nuevo, vino con un respaldo que el autor desdeñaría: Oprah Winfrey, quien con su multitudinaria audiencia empujó la novel traducción de «Ana Karenina» por Richard Pevear y Larissa Volokhonsky a la estratósfera. La muchedumbre recién descubrió a Tolstoi y se hizo chic nombrarlo. Desde entonces, y hablando de traducciones del ruso al inglés, la pareja de traductores continuó con un arrollador éxito la azarosa trama de los eslavos:  Dostoievsky, Gogol, Chejov, Bulgakov. Esta semana aparecerá, por ellos, Zhivago, de Boris Pasternak, que reeditará el éxito que tuvieron Omar Sharif y el filme, de una novela que Ehrenburg, adorador del Pasternak poeta, sugirió que en ella el escritor no sabía de lo que escribía.

Tolstoi escritor se vio algo opacado por Tolstoi profeta. Quizá en La muerte de Iván Ilich conjunciona ambos aspectos, siendo, en términos filosóficos tal vez su obra más lograda, y en cierto modo premonitoria. El filme en cuestión, que se centra en el postrer ídolo y su posible cuasi mitificación, solo se asoma al literato en lo relacionado a los menesteres económicos, gigantescos, que dejaba su obra. La lucha entre los deberes familiares, la herencia de sus derechos de autor para sus hijos, por un lado, y una herencia «abierta» al mundo que querían lograr sus sicofantes, llena el cinematógrafo, dándole una especie de cotidianeidad absurda a sus últimos instantes. El tema fue mejor tratado en el filme soviético de Sergei Gerasimov Lev Tolstoy, que en tres horas guarda mayor fidelidad. Y no es cuestión de respeto a la muerte, o a la grandeza de un hombre que para Rusia encarnaba un largo historial de santones, rebeldes y mártires, sino el tono hollywoodense, de gratuita jocosidad, que se inmiscuye por momentos en La última estación. Gerasimov, además, en 1984, y actuando él mismo como Lev Nicolaievich, consideraba superflua una historia de amor. Hollywood hizo en el pasado eso con Ana Karenina, cuando en verdad el libro desgarra la personalidad de Ana y de su esposo y obliga a tomar partido en un asunto tan humano como molestoso.

En Isaiah Berlin, en su inolvidable The Hedgehog and the Fox (El erizo y la zorra, en español, prologado por Mario Vargas Llosa), una aproximación al pensamiento de Tolstoi, se sugiere que los hombres son o erizos o zorras, por su tipo de personalidad artística e intelectual (a raíz de una frase de Arquíloco de que la zorra sabe muchas cosas y el erizo solo una, aunque muy bien). Erizos serían Dostoievski, Pascal, Dante, Platón, Lucrecio, Nietszche, Ibsen, Hegel, Proust, mientras que Aristóteles, Montaigne, Heródoto, Erasmo, Molière, Balzac, Goethe, Pushkin, Joyce, zorras. Según un antiguo blog de 2002: «El problema de Berlin comienza con Tolstoi. Este ruso era, por naturaleza, zorra, por convicción, erizo», retomando la profundidad tanto como extensión de lo que abrigaba en sí y lo hizo singular. El Tolstoi que en literatura afirmaba que Leskov era un escritor amanerado, y luego lo ensalzaba a la vez que criticaba a Dostoievsky; que decía que Dickens no era muy listo pero que sabía construir sus novelas como nadie, por cierto mejor que Balzac; que los franceses tenían tres escritores: Stendhal, Balzac, Flaubert, y quizá Maupassant (prefería a Chejov). Hugo era un «hombre ruidoso» y le disgustaba; que las voces de los personajes de Gorky eran todas las de su autor. Lo cuenta él mismo, Peshkov-Gorky, en sus recuerdos que culminan así: «Y yo, que no creo en Dios, por alguna razón lo miré con mucha cautela y algo de timidez. Lo miré y pensé: Este hombre es como Dios».

Aurora, noviembre 2010.

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[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba) y en Semanario Uno (Santa Cruz de la Sierra) –  imagen 1: Tolstoi, por Karl Bulla; imagen 2: Tolstoi, por Ilya Repin – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com ]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El siglo XVII fue pródigo en hechos extraordinarios en la Europa oriental. El reino de Polonia se hallaba en una de sus etapas de mayor expansión: desde Kiev y el Mar Negro, al sur, hasta Lituania y el Báltico en el norte. Luego de haber abandonado Moscú, sus fronteras orientales se ubicaron cerca de Smolensk.
En 1648, los cosacos de los límites meridionales se levantaron en armas contra el reino y declararon la nación libre de los cosacos zaporogos, que habitaban una isla llamada Sitch, en el río Dnepr. Con ayuda del khan de Crimea y beys menores se lanzaron a invadir la República de Polonia.
Al frente de los insurrectos estaba un atamán: Mielnitski. En una escena esteparia de A sangre y fuego, de Henrik Sienkiewicz, aparece por primera vez en mi vida este personaje histórico. En la obra se presenta como « Diosdado Zenobio Mielnitski ». Más adelante, en los cuentos de la Caballería roja de Isaak E. Babel, encontré un Bogdán Melnitzki. Mi duda era saber si ambos eran el mismo hombre. Isaac Bashevis Singer habla en Satán en Goray de un atamán Chmelnicki. Las épocas mencionadas en los tres autores concordaban, pero todavía cabía el interrogante de los nombres Bogdán y Diosdado Zenobio. Me fui al Larousse francés del siglo XIX -una joya-: Mielnitski no estaba consignado allí, pero sí había la historia del nombre Bogdán, que provenía de un antiguo voivoda (funcionario) de Moldavia. El diccionario aclaraba que Bogdán equivalía al francés Dieudonné, que en castellano no es otro que Diosdado.

El problema se había resuelto y aprecié el saber utilizar todos los cabos para encontrar el ovillo original.

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[Publicado en TEXTOS PARA NADA (Opinión/Cochabamba) – imagen: Bohdan Teodor Zenobi Chmielnicki – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot


Pues, el Ñuble, río, y nombres de mujeres y una mujer tan suave como las piedras del río. De cumpleaños el escritor escondido, el escritor líquen, viento, sangre de mezclas exóticas a quien leo y lee mi pareja, ambos sentados cada uno en una silla que mira a su lado y a quien escuchamos teclear y “textear” mientras de a ratos conversamos. Nabokov, Joyce, la nieve, cerro, polvo, y la recua ignorante, animal y humana, que pasa y rebuzna, que corta el aire y se asfixia en amaneceres de San Fabián de Alico, sí, allí mismo, de los Parra y la parra, la música y el vino.

Podría escribir mucho, no los versos más tristes esta noche porque son precisamente las 10:14 en el estado de Colorado, de mañana y sin tristeza, y me adecúo a que, en machismo atávico, no debe un hombre escribir del otro con demasiado énfasis. Me limito entonces a un abrazo, a cierta envidia también porque no cultivo como Muzam especias en mi jardín, para decir que estoy cansado del concreto, que necesito un retiro ruso a lo Tolstoi, o la locura de Gogol pero sin dioses.

Pero me gustaría, y mucho, sentarnos “al borde de una mañana eterna”, a decir de César Vallejo, con un grupo de amigos y licor de uva, de maíz, de cebada, de quinua y de ciruela, y de papa rancia ¿por qué no? Invitar a Miguel, a los tres Pablos, al otro Claudio, a Lorena y muchachas que por ser bellas no dejan de ser poetas. Y a Lander para que pinte el futuro con trazos tan antiguos que remiten a Callot.

Bueno, maestro Jorge Muzam, un soliloquio para agradecer lo tanto que disfruto mis lecturas de usted, y que goce hoy y se emborrache, y se caiga hasta que la mita en la acequia lo despierte, que cuando usted nació no nacieron todas las flores como dice -creo- una canción, sino los petardos. A encenderlos…



[Publicado originalmente en el blog Le Coq En Fer – reproducido en cuadernosdelaira.blogspot.com]

Foto de cabecera del blog de Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Escrito por Fadrique Iglesias Mendizábal 
 
La foto de un gallo ilustra la parte superior, con fondo oscuro. Un gallo formado por motosas hojas que pudieran ser pedazos de espadas u hoces, dispuestas a segar todo aquello que consideran maleza. El gallo, que podría ser de pelea, de raza malaya, está formado por trozos de latas de conservas viejas, por despojos. Tiene patas de alambres doblados, y clavos otrora oxidados, ahora barnizados. El animal, aun siendo frágil, apunta su alarido al cielo, en forma de queja, con la cola abierta, pavoneándose y pretendiendo amedrentar, pero, debajo del plumaje, es delicado.
Esa foto encabeza el blog de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Le Coq en Fer, el gallo de hierro en francés, bitácora literaria de uno de los más talentosos y polémicos narradores y poetas bolivianos de la actualidad. El último escritor pendenciero de las letras nacionales, esas grandes desconocidas más allá de los Andes, que retoma uno de los motivos más repetidos por el conocido pintor cochabambino Gíldaro Antezana.
Son más de mil doscientas notas las que abordan temas tan dispares como la revolución rusa, la pintura de Kazimir Malévich, feroces críticas al gobierno de Evo Morales y relatos de personajes marginales, amorales, a través de su daguerrotipo mental, aquel que va dejando efigies filtradas por su imaginación y una prosa rotunda y robusta, publicada a lo largo del último cuarto de siglo en muchos de los periódicos más importantes del país, bajo las columnas EclécticaMonóculo y Mirando de abajo.
Por otro lado, su Facebook está poblado de fotos clásicas de torsos femeninos semidesnudos –lo que ya le ha valido un par de suspensiones de la cuenta– y por cromos de boxeadores de principios de siglo como Tommy Burns, Jack Johnson, Harry Wills, Joe Jeannette y Sam McVey, esa casta de pugilistas previos a la testosterona sintética y a los anabolizantes, luchadores de nervio y orgullo, aficionados al deporte pero profesionales de la gresca dentro del ring, como Claudio en sus cuadernos. Y en algunas parrandas también.
*     *     *
Sus letras, además de ser pendencieras, contienen flashes, sensaciones, ruidos e imágenes de parcelas específicas, que juntas tienen un significado coral de una vida entregada al oficio artístico, reflexivo, sensible. Precisamente con esas ideas describe su penúltima novela, Diario secreto (Alfaguara, 2011), que le valió ese mismo año el máximo galardón de las letras bolivianas, el Premio Nacional de Novela, y en la que describe el retrato de un psicópata, potencial asesino en serie que no tiene compasión por los insectos que descuartiza, ni por la madre a quien tiene toda una vida en vilo, ni mucho menos por una pareja a la que desprecia con una importante dosis de misoginia.
Llama la atención que esta novela precisamente haya sido escrita en su morada de Aurora, ciudad dormitorio de Denver, en Colorado, un año antes de la masacre del caballero oscuro.
Aurora sonó en los noticieros de todo el mundo en 2012, cuando el desquiciado James Holmes abrió fuego contra el público que abarrotaba el estreno de una de las películas de la saga de Batman, El caballero oscuro, narración que podría ser perfectamente la segunda parte de Diario secreto, el corolario alternativo, un ensayo al estilo del libro juvenil Elige tu propia aventura: “si eliges al descarnado emboscando a su esposa, a la postre autora del crimen y de su propia condena, dando un tiro al protagonista, lee el final de la novela premiada el 11 de octubre de 2011, Diario secreto; si eliges al protagonista entrando a una película de superhéroes y desollando a tiros al público asistente, dirígete al New York Times del 26 de agosto de 2012”.
Allí precisamente, en Denver, Claudio parece haber encontrado un gallinero tranquilo, donde puede trabajar en la parte administrativa del Denver Post durante el día y dedicarse a escribir al ritmo frenético al que tiene acostumbrados a sus lectores en los últimos años por la noche.
En Denver también, pero dos décadas atrás, a los pocos años de haber emigrado de Bolivia, en 1992, Claudio abrió un pequeño restaurante de delicatessen en el pueblo minero de Lakewood, morada de forajidos, truhanes y bandidos al más puro estilo western, por donde pasó hasta Oscar Wilde desparramando relatos.
El poblacho aquel de las montañas de Colorado, que conserva una imagen decimonónica de cowboy de bota y flequillos en el chaleco, de saloon y escupideros de tabaco, con hombres de gruesos cinturones en los que cuelgan pistolas que salvaguardan los riñones como en las películas de John Wayne, es un espacio hostil, proclive al enfrentamiento. Así lo recuerda Ferrufino:
“Un mexicano, como nos califican a todos, en un ambiente así, huele a víctima. Pero me senté con ellos y, a partir de sus apellidos, hablamos de sus orígenes: alemán, irlandés, galés, etc., abriendo un espacio que podíamos compartir. La mayoría eran tipos rudos, ignorantes, no con un esquema ideológico sólido, llenos de lugares comunes, maleables. Terminaban abrazándote y secando vaso tras vaso de cerveza contigo. ¿Don de gentes que tengo? Tal vez, pero ha sido mi experiencia”.
Más adelante abrió un restaurante más efímero todavía en otro pueblo vecino: Leadville. El establecimiento, llamado The New West Café, tuvo un éxito moderado en un principio, pues aquellos cowboys no sabrían qué esperar de aquel plato de chupe de maní que servía, distinto de la peanut soup tan tradicional del colonial pueblo de Williamsburg, en su añorada y lejana Virginia. Con el tiempo amplió la oferta a una sopa de quinua, luego evolucionada en forma de chaque, hasta tomarle el pulso a lo que sería su mina de oro: sus fideos uchu, especialidad de la casa, que vendía en dosis importantes puesto que lo tenía listado como Latin American Stew o guiso latinoamericano.
La aventura emprendedora acabó con Claudio entre rejas, luego de tener diferencias –de haberlas ajustado– con el socio propietario.
Según Ferrufino, la marihuana desquició al accionista protagonista de su ira, dejándolo en un permanente estado, no ya de felicidad, ni de relajación, mucho menos de excitación, sino más bien de ansia constante:
“Mi socio chocó con la férrea voluntad y responsabilidad que con los años desarrollé en Estados Unidos. Discrepábamos en muchas cosas. Exploté porque a pesar de la mesura que uno adquiere sigo siendo un individuo belicoso. Estaba todo tendido para el escenario que vino después: la ruptura, la pérdida, la detención, dormir entre rejas, asegurar a la sociedad que te comportarías acorde con las reglas”.
“El estado policial y sus recursos”, llama Ferrufino a las normas impuestas, atribuyéndole virtud muy excepcional y no universal, dejando salir a flote su sentido anarquista, casi como inspirado en una obra dramática de Darío Fo.
Luego el The New West Café le daría una oportunidad más a su voluntad emprendedora y decidió asociarse esta vez con un bosnio emigrado de la guerra, de esos que dejaron a sus mujeres haciendo crêpes en los campos de refugiados, para intentarlo en aquella ocasión con sándwiches y sopas neoyorquinas. El negocio quedó atrás en la memoria, pero el acercamiento a la cultura eslava, bosnia y croata permaneció con Claudio.
El roce con los clientes, gringos y cowboys, ayudó a Claudio a conocer más la esencia del norteamericano, si es que ese individuo-tipo existe. Aún hoy se sorprende al ver los contrastes que emanan del arquetipo gringo. Aunque pueda mostrar su faceta más reaccionaria, conservadora, prejuiciosa y racista, al conversarle de igual a igual las figuras predispuestas se diluyen.
*     *     *
Claudio es un tipo que admira la calle y desconfía de aquellos que todavía no han sido capaces de abandonar las faldas de madres y abuelas en busca de una o varias historias vitales. Se trata de una persona que encarna el sueño americano y también la pesadilla.
En aquel país lidió y aprendió de lo profundo del gueto, especialmente de un personaje al que recuerda con especial cariño: Big Mike, amigo que conoció mientras trabajaba de estibador, cargando quintales de fruta cual aparapita, con algunos grados bajo cero y que sazona las páginas de El exilio voluntario.
Luego trabajó como traductor, administrador de restaurante, frutero, escritor de cuentos infantiles, albañil, profesor, panadero, canillita y verdulero, entre otros oficios.
Cuando se le pregunta qué motivó su precipitada migración a Estados Unidos sin un proyecto claro de vida, explica:
“Es raro lo que pasó. Una decisión clara que a veces creo fue errada pero de la que no me arrepiento. Quise ir contra todo lo que era y podía ser. Tenía que probarme que incluso descendiendo al fondo sería capaz de salir sin ayuda de nadie, con mis manos. Creo que esa victoria se transmitió al carácter de mis hijas, y al sosiego que en el fondo me habita y me hace pensar que la modestia no es una mala opción. He vivido y puedo escribir. Escribía antes también, pero pienso que como ser humano aquello me sirvió de mucho. A ratos creí que debía alterar el rumbo y dedicarme a la docencia o algo similar, pero, igual que le sucedía a Isaak Babel, me gustaba –y me gusta– compartir con gente simple. Allí están las historias. Tarde para volverse atrás. Ahora hay que recordar, analizar, sopesar las experiencias y escribir”.
Estos lances motivaron al escritor a largarse a Miami, primera parada en el norte, hace 24 años, enfundado en un añoso terno gris de corte inglés que usó en la fiesta de promoción en la secundaria. El detonante del autoexilio fue una decepción amorosa poco relevante, asunto potenciado por una afición al viaje que ha ido perdiendo. La opción norteamericana llegó por azar, para buscar bálsamo y dinero, aquel que en Bolivia le era escaso y que ya se había gastado en chicherías y buenos libros, para apaciguar ánimos extravagantes y una ruinosa vida de vago, como él mismo la define.
Con un ticket de ida solamente, aterrizó con una vieja maleta, una mochila militar y cuatro billetes de cien dólares otorgados por sus padres y hermano, que dilapidó en putas y alcohol en menos de una semana.
*     *     *
Las novelas de Claudio, así como las crónicas que va publicando, suelen dar saltos temporales muy bien hilvanados, con menciones y referencias frecuentes a una época que parece haberle marcado profundamente: sus años alrededor de la capital de Estados Unidos, principalmente en el Estado de Virginia.
Claudio llegó al área metropolitana de Washington D.C. el otoño de 1988, con las hojas todavía en los árboles, doradas, rojizas, a punto de caer. En tan solo un par de años ya era un virginiano más.
Con los ojos muy abiertos, Ferrufino parece haber explorado profundamente el lenguaje subyacente de los barrios bajos que circundan Washington D. C., una ciudad muy distinta a la actual, donde la población hispana ha crecido de un 2% a un 14% entre los años 80 y esta década. A Arlington, ciudad- condado por la que desfilan los personajes de su libro de relatos Virginianos (Los amigos del libro1992) y de la novela El exilio voluntario (El País2009), llegaron muchos pobladores del Valle Alto cochabambino que emigraron tras un peculiar auge de la construcción.
En sus textos poco rastro hay de los monumentos nacionales y de las happy hours de los burócratas de la capital. Mucho de las casas postindustriales de ladrillo, donde yacen hacinados aquellos ciudadanos oriundos de Arbieto, de Punata, de Esteban Arce, de Tiraque, que han cambiado el quechua por el inglés.
Más bien Claudio se remanga la raída camisa y se sumerge sin miedo a mancharse en el fango de las miserias de los inmigrantes que habitan a la sombra y a espaldas del Capitolio. Ese lugar paradójico que aguanta la coexistencia de prostíbulos –callejeros o albergados en bares– con lujosos hoteles para dignatarios de Estado, polígonos industriales donde los domingos bailan caporales muy cercanos a barrios de embajadores que no pierden su condición una vez perdido el cargo, almacenes de bancos de alimentos para indigentes alternando al otro lado de la carretera con lujosos centros comerciales.
A fines de los años 80, Washington, D. C. era la ciudad más peligrosa del país. Por  la llamada “epidemia del crack” en 1990 era considerada la capital del crimen, aun siendo la sede del FBI y la CIA.
Incluso hoy día, casi tres de cada cien habitantes en D. C. está infectado con HIV, mayoritariamente entre la población afroamericana que, por lo general, vive poco integrada con la población blanca. Algo similar pasa con los hispanos y asiáticos, aunque no tan marcadamente.
A causa del sida precisamente algunos de los amigos de Ferrufino se dejaron la vida. Otros fueron tragados por sus propias adicciones –crack seguramente–, por sus propias miserias, cansados de pasar noches en vela mendigando trabajo en esos mercados donde fungían como estibadores, esperando un reducido jornal que al final del día, después de comer un plato de pasta o un burrito, de pagar diez dólares por el servicio de una prostituta y de pasar por un comedor social para completar la incompleta dieta, les permitiese comenzar un nuevo día al terminar la precedente jornada.
Uno de los lugares que precisamente frecuentaba Ferrufino era Morse Street para ganarse el plato de comida. Así lo recuerda:
“En el mercado de abasto de Washington era así. Willy, chofer negro, había asesinado a su madre siendo casi un niño, ofuscado en droga. Tyronne pasó trece años en prisión por robo con ‘asalto’. En las noches de la calle Morse se contaban historias; ron y licor malteado entre los dientes. Olor a mariscos; húmedas paredes y autos policías que cruzan lentos sin parar. Cada hombre hundido en su miseria. Olvidado ya el tiempo en que se preguntaba ¿qué hago aquí? Cuando las esperanzas brillan mal. Wayne y yo caminamos hacia la esquina de los mendigos. Allí hay droga fácil y prostitutas de a diez dólares. Un amigo cuyo nombre me es borroso se sentaba en un desvencijado sillón, en medio de la calle: el trono de la oscuridad. Wayne compra piedrecillas blancas, opacas: cocaína adulterada. Al lado de una reja de amontonada basura, fuma. Medianoche de verano, sin sueños ni futuro. No está la luna, se oculta en las callejas. Los pobres no tienen sombra, son pálida oscuridad”.
Cuando lo recuerda, se atreve a decir que está seguro de que pocos de los amigos negros que conoció en aquellas épocas estarán vivos ahora:
“Trabajé dos años y medio en los mercados. El primer día era para llorar, con los guantes mojados y el hielo punzando la cara. ¿Qué hago aquí? Quise retornar al café con leche de casa, a mi mullida y caliente cama, pero no lo hice, aguanté en medio de hombres toscos, negros, entonces nada simpáticos y con otra lengua. Pequeña épica de humanidad”.
En sus escritos y crónicas aparecen muy poco las placas de mármol de la calle K, del Banco Mundial y el FMI. Sobresalen más bien las penurias de los alrededores de Gallaudet, barrio afroamericano conocido por una universidad.
Ferrufino no le teme a los desprecios de gringos ignaros y limitados. Los asume gallos de pelaje no intimidante. No se amilana ante los pergaminos de la docta y jesuítica Georgetown, no se achica ante casas estudiantiles como la de Maryland, donde dictara cátedra Borges o la propia universidad de Virginia, donde fue un virginiano más –por un tiempo– Edgar Alan Poe. Claudio no se acompleja para hablar de ideas, no lo hizo en su juventud en Francia, donde retaba a sus condiscípulos a debatir sobre literatura gala dejando patente lo que llama racismo cultural. No se inhibe al ser identificado como parte de las márgenes, porque es su mundo también, tanto los extremos superiores como los inferiores.
Los días, o la noche que tenía libre –en el sentido más literal del término–, la de los sábados, eran destinados a probar un poquito del manjar que a la mayoría de sus compañeros se le tenía vedado: la visita a los pasillos gratuitos del museo más profundo y diverso del mundo, el Smithsonian, en Hispania Books –hoy sucedida por la librería Pórtico y Politics and Prose–, y horas perdidas en Common Grounds, probablemente lo que hoy se llama Krammer Café, de las primeras cafeterías literarias, lugar chic que tiñe sus paredes con multicolores lomos de libros y que sirve café y comida americana, en el barrio burgués de Dupont Circle.
Esas épocas virginianas de Claudio eran de triple vida. Por el día de gallo fino, por la noche de gallina ponedora que se aboca al trabajo, y al amanecer de gallo de peleas, todo para sobrevivir.
En esos años salió por algún tiempo con una mujer que entonces era presidenta de la asociación de antropólogos norteamericanos, PhD con tesis en Teresina, Brasil, ese primer engendro de laboratorio que luego se cristalizaría en Brasilia: la ciudad de la teoría. Así recuerda esas citas:
“Nada más dispar, pero que me permitía un amplio espectro de aprendizaje, sufrimiento y gozo. Era joven, fuerte, casi no dormía, y lleno de interrogantes acerca de un mundo nuevo, en extremo diverso”.
*     *     *
La imaginación de este cochabambino y sus fuertes emociones evocan a una vibrante movida cultural en la ciudad. Si a fines de los 80 Ferrufino disfrutaba de conciertos de aquel surgente rock alternativo, mezclados con asistencias a ver Rubén Blades y Seis del Solar, hoy en día se puede disfrutar del apabullante influjo de la música electrónica, de las mezclas bastardas del grupo narcoelectro Mexican Institute of Sound o del ya famoso matrimonio entre los samples y bandoneón de Bajofondo.
Aquellas  exposiciones de arte que recuerda como impresionantes, algunas de Malévich, Matisse, Rembrandt, entre las que más le marcaron, se suceden año tras año, de la mano de millonarias fundaciones como la Colección Philips o la elitista Dumbarton Oaks.
Ferrufino nunca fue una persona de cultura de gueto apartado, sometido al cacique. No era un tipo de sindicarse a los “suyos”. Fue y quiso ser un alma libre que salía solo, llevando una vida de completa independencia. Aunque se juntaba con amigos bolivianos, no lo hacía con la frecuencia que ellos demandaban. Así lo recuerda:
“Entraba al mundo de los otros y me desenvolvía con soltura; mientras mis amigos jugaban fútbol los sábados, con las consabidas cervezas nuestras que vienen detrás, yo andaba en el National Mall, el centro de los museos de la ciudad, flirteando con hermosas muchachas anglosajonas y escribiendo mis Virginianos en papelitos, debajo de fotos de Lee Miller o de Man Ray. Culturalmente fue para mí un mundo insólito y exuberante. Lo recuerdo bien, dichoso. Por otro lado, en el mundo paralelo, visitaba las casas de mis amigos negros en el North East y South East, un mundo prohibido para blancos o gente como yo (nunca nos han considerado blancos, ni siquiera a los españoles). Fumaderos de crack, muchachas negras que se abrían de piernas con facilidad; deliciosas y viciosas. Sexo en autos, borrachera en las calles, recostados contra la pared, bebiendo Cisco, un licor de variadas frutas y colores que luego sacaron de circulación por ser letal. Detestábamos la cerveza normal; bebíamos licor malteado, con mayor grado de alcohol: Colt 45 y otros. Iba de ayudante de los choferes negros en los camiones de la empresa. Repartíamos productos a los hoteles y restaurantes de DC, Virginia y Maryland. Al terminar el día, antes de regresar al warehouse, alcohol y droga, sexo y droga. E historias inverosímiles que me contaban como a un hermano. He sido afortunado en oírlas y recordarlas. Y en sobrevivir también”.
Ferrufino vivió allí durante la década siguiente a los años de explosión psicotrópica. “Había mucha, excesiva, demasiada droga”, recuerda y apunta:
“Esta empresa de verduras en la que trabajaba era la mayor del mercado, dirigida por tres hermanos de origen irlandés. El mundo de ellos era la marihuana, que compartían en los gigantescos refrigeradores con algunos cargadores negros, que eran, a su vez, proveedores. Crack, hachís con profusión. La labor nocturna era febril, con camiones de 21 metros trayendo cosas desde California, México, cangrejos vivos desde Maine, frambuesas y moras desde Chile. Cualquier instante de descanso: droga. Dos, diez veces por noche. Cuando el día terminaba, ya casi a mediodía, los managers se encerraban en uno de los autos y… droga. Sin parar, seis días por semana. Yo no era afecto a ella, pero no evitaba compartirla de cuando en cuando. Me sorprendía que tipos muy ricos, duros trabajadores tengo que reconocer, no deseaban volver a sus mansiones, a sus hermosas mujeres que a veces visitaban el almacén y deslumbraban a los miserables estibadores. Preferían quedarse a hablar mierda, con las ventanas cerradas, en el mundillo de la droga. Los imagino llegando al hogar, tirándose en la cama, recuperando unas horas para volver a aquel frenesí. No tenían más de 30 años y confesaban que tenían sexo con sus mujeres una o dos veces al mes. ‘White boys’, decían los negros con desprecio”.
Al calor idealizante, Ferrufino recuerda esos años suyos como un elixir creativo. Se recuerda como con una cámara en el hombro, como filmando para sus adentros lo que observaba, y aquello que miraba, lo veía como fotógrafo. Le hubiese gustado filmar una película de David Lynch o algo similar. ¿Una actriz? Alguna de las de Fassbinder, responde, a quien idolatraba entonces –y hoy– pero en un escenario ya lleno de muchos otros. Quizás actrices como Barbara Sukowa, Jeanne Moreau, Hanna Schygulla, Brigitte Mira quizás, Ferrufino no lo especifica. Sí abunda en el plató imaginado:
“Imaginaba exhibiciones de fotografías sobre el universo de las frutas y las verduras. Increíbles colores, escenas, depósitos llenos de naranjas de distintos tonos, el contraste entre las papas de Idaho y las verdes paltas, aguacates, californianos. Los tomates ni qué decir, que eran la élite de los productos, con una sección especial de empaque por tamaños y colores. En esa gran bodega de DC, de noche, negros borrachos y perdidos, algún turco, algún latino, manipulaban lo que se serviría en las reuniones de embajadores, del jet set, de la CIA en Langley, a donde llevábamos cargamentos sin que jamás nos pidiesen identificación. Eran otros tiempos”.
*     *     *
A esos días virginianos vuelve una y otra vez. Su prosa fluida sugiere muchos adjetivos, el más suave, sorprendente. Se mueve muy bien entre el ensayo, la crítica de arte, la opinión política, la ficción y también la crónica periodística. Precisamente en su antología Crónicas de perro andante (La Hoguera, 2012), escrita a cuatro manos con Roberto Navia, premio de periodismo Ortega y Gasset, y en otras piezas publicadas en los años 80 y 90, aparecen intensos relatos en los que describe Mizque, Tiquipaya, Pairumani y Suticollo, lugares donde quizás tomó afición por la chicha, y en las que lamentó no haber atendido las enseñanzas de la lengua quechua de su padre.
Una parcial autoficción de aquellos años en Arlington le ha valido el Premio Casa de las Américas de Literatura en Cuba. El rito de entrega no es precisamente la ceremonia de los Oscar. No hay alfombra roja, pero sí una rica historia de más de medio siglo.
Ferrufino es uno de los escasísimos casos de escritores bolivianos reconocidos internacionalmente, que ha ganado en 2009 el premio, sucediendo en el palmarés a personajes como Jorge Ibargüengoitia, Eduardo Galeano, Marta Traba o Gioconda Belli, e incluso a escritores bolivianos como Renato Prada, Wolfango Montes y Pedro Shimose. El jurado de la edición 2009, conformado por gente como la mexicana Carmen Boullosa, el venezolano Carlos Noguera, el chileno Grínor Rojo, el argentino Héctor Tizón y la cubana Lourdes González Herrero, se decidió a separar la paja del trigo entre casi 700 trabajos provenientes de América Latina y España, justificando su decisión en la capacidad de observar el “sueño americano” de una forma vertiginosa, vital y dominando el oficio, desplegando en su narración diversos planos a lo largo de tres décadas, con humor y referencias literarias, culturales y políticas”.
Claudio ya había logrado una mención en este premio en 2002, por El señor don Rómulo (Nuevo Milenio, 2002). Durante su discurso en 2009, recordó, cómo no, a la gente del gueto. A aquellas personas que seguramente nunca escribirían y publicarían sus historias y que tampoco se enterarían de que su colega, broderpana y cuate, aquel latino de ojos achinados y de bigote poblado, lo haría. Aquella noche en La Habana, recordó su llegada a Washington, las dificultades iniciales con el idioma, la excusa que le diera a su hermana para financiarle algo de comida y no morir de hambre –alegando atraco– que luego interpretaría como robo de alma: la transición de la plácida vida en el valle cochabambino hacia el crudo invierno en el que las noches transitaban en el viejo sillón desvencijado que le alquilaba un conocido temporalmente. Ya no estaría el calor del hogar, recuerda Ferrufino, sólo le quedaría esa cuadrilla que le rodea con las manos encalladas, ahogada en adicciones. Del intelectual de clase media bien vestido, quedaría menos aún.
Aquella noche en Cuba mencionó también el lugar de donde salían los vectores radiales de los trenes que llevaban la carga hacia Nueva York, los alrededores de la vieja Union Station, epicentro de su exilio, que aunque voluntario y reconocido aquella noche por funcionarios cubanos, que comparten el régimen con un político al que desprecia, Fidel Castro, no fue por ello menos exilio.
Tras el paso del Che Guevara por Bolivia, con los coletazos que dejaron los tupamarosy luego de las desapariciones de posibles herederos como los hermanos Peredo o Monika Ertl, la izquierda de los 70 se encontraba en proceso de segmentación en la universidad pública boliviana, reducto de las ideas progresistas durante la dictadura banzerista. Había divisiones internas entre trotskistas, maoístas, leninistas, hasta los más independientes anarquistas.
A esta subespecie pertenecía Ferrufino. Seguidor riguroso de las enseñanzas de Bakunin, Durruti y Malatesta, defendía cáustica y violentamente sus ideas ácratas por los pasillos de la carrera de sociología, más con los puños y a la gresca que con las ideas, recuerda su amiga Estela Rivera, hoy jefa de la Unidad de Cultura de la Gobernación de Cochabamba.
Se recuerda de Claudio su muy particular resistencia al alcohol, lo que hacía que bebiera como cosaco, generalmente ingentes cantidades de chicha, aguante que permitía que se mantuviera en sus cabales más que el resto, asunto que lo cubría de cierta mística en aquellos círculos.
Luis René Baptista, editor de opinión del periódico Los Tiempos, recuerda cierta vez en la que Claudio estuvo a punto de clavarle un cuchillo de carnicero, a causa de discrepancias ideológicas y de pactos incumplidos en las andanzas universitarias, detenido in extremis, cuando ya se veía ensartado y resignado, por un grupo de compinches anarcos que bloquearon la inminente faena.
Aquella misma vez, recuerda Rivera, Ferrufino y sus amigos anarquistas amenazaron también al propio rector electo y, luego de dedicarle furiosos insultos, procedieron a incendiar contenedores y papeleras con basura dentro del edificio.
Aun así, la violencia no era exclusiva. Se alternaba con guitarras y huayños en las chicherías aledañas, música campesina del Norte de Potosí, boleros centroamericanos y largas tardes de borracheras, para luego recogerse por la noche rompiendo letreros de neón y cabinas públicas, como forma de resistencia al sistema, siguiendo al caudillo bravucón y amenazante anarquista de fama algo contradictoria a la vez que ambivalente, dada su otra faceta, la de amigo fiel y cariñoso.
En esos ambientes se movía Ferrufino nada más salir bachiller del colegio Maryknoll de Cochabamba en 1977, ya acabada la dictadura de Bánzer, y lo recuerda:
“Mi hermano Armando y yo fuimos muy peleadores en  la escuela. ‘Nos vemos a la salida’ fue parte de nuestro crecimiento. Dimos palizas y nos las dieron. Muchísimas. Eso paró luego de los tres primeros años aquí. El Estado policial. Aquí no se podía hacer lo mismo y lo acepté. Aunque de boca todavía me peleo mucho cuando conduzco. Hay que provocar cuando se debe provocar, como es el caso ahora con el gobierno de Morales, como fue el caso con el gobierno de G. W. Bush. Un hombre tiene que decir lo que piensa, le duela a quien le duela. Y si es contra el poder, mejor”.
*     *     *
Ramón Rocha Monroy, cronista de Cochabamba y también Premio Nacional de Novela, conoció a Claudio en una habitación del psiquiátrico de Sumumpaya, a ocho kilómetros de Cochabamba hacia La Paz, a las órdenes del doctor Argandoña. Estuvieron todo un día, pero ni cruzaron palabra. “Aquel era un Claudio enamoradizo, exitoso con las mujeres, amigo de la chicha y de la noche cochabambina y alguna vez bordeó el suicidio”, en palabras de Rocha.
El Ferrufino de aquellos años, los previos a su viaje, era lo más parecido a los poetas inventados por Bolaño en Los detectives salvajes, esos trepidantes real visceralistas.
Sí hablaron y hasta se hicieron amigos años después, en el contexto de los bares, cafés y la noche cochabambina. Dice Rocha:
“Teníamos el ánimo inestable y ahogábamos nuestras penas en trago. Ni adicciones a drogas ni problemas mentales, sino excesos… Las cosas que cuenta Claudio tienen la identidad de lo vivido… Él no mira, sospecha. Tiene astucia y sus reacciones a veces son desconcertantes. Es agua mansa, pero puede alborotarse y estás perdido. Es un valluno bravo pero de ningún modo malo”.
Claudio por su parte, recuerda este episodio con su propio lente:
“Siempre nos acordamos de eso con Ramón. Un día o dos, alcoholes y sentimentalismos. No jugábamos a la ‘maldición privilegiada’, no. Sucedió porque creo que ambos somos apasionados con lo nuestro. Yo tenía una hermosa chica inglesa entonces, que me visitó una tarde, y Ramón, al verla, puso lo mejor que tenía de su acento inglés para flirtear con ella. Divertidas memorias hoy, tristes entonces”.
Ferrufino hoy es considerado un escritor preclaro en Bolivia, y se lo ha ganado a pulso. Un país en el que la vida rosa a veces parece más importante que lo que escribe, y donde los licenciados son más valorados por sus títulos académicos y premios ganados. Después de varias décadas ejerciendo, recién es en este siglo, cuando se ha titulado en la universidad pasados los cuarenta años, luego de estudiar lenguas modernas en la Universidad de Denver en Colorado graduándose cum laude y tras dejar atrás lo que parecía en Bolivia una maldición: el abandono de las carreras de química, idiomas y sociología, lugares en los que acuñó algunos amigos y enemigos que le duran hasta hoy.
Trofeos tardíos también serán, ya pasados los cincuenta años, los mencionados premios Casa de las Américas y Nacional de Novela, algo así como una justicia poética con su tenacidad.
Tenacidad y empeño que lo han acompañado durante su proceso creativo, que emergen espontáneamente cuando pueden y donde pueden, pues es de esos narradores que son capaces de protegerse con una escafandra que lo aísla del mundo exterior en beneficio de su planeta inventado. Tampoco es supersticioso ni caprichoso en el ambiente, ya que guarda las manías para la estética no lineal de sus textos. Claudio no necesita andar de boina y barba crecida de dos días, ni flores amarillas como las que dice que requiere Gabo para acceder a las musas. “Me parecen pajas que les sirven a unos; no a mí”, subraya.
En contraste con el mito del psicodelismo creativo de las épocas de Hendrix, Morrison y Joplin, Ferrufino no considera el alcohol como aditivo urgente, ni siquiera necesario y siente que la maldición de algunos poetas está en su escritura y no en sus catalizadores:
“Maurice Utrillo, el pintor, importa por sus colores de París más que por sus tragedias de beodo. Hacer de algo así el punto de partida de una leyenda, tu leyenda, a no ser que suceda inevitable por las circunstancias, es un paso en falso”.
Sin llevar vida de cartujo, admite que ya casi no sale, aclarando que tampoco era tan amigo de los bares en sus etapas pasadas. En Colorado se ha vuelto un tipo casero de vida intensa puertas para adentro. Sí admite que era de beber en las calles, con sus amigos negros, pero que ninguno de ellos supo jamás dónde y con quién vivía. Lo mismo las mujeres que pueblan sus recuerdos: “de pronto, en algún momento, retornaba a la caverna y desaparecía sin rastro. Así, simple”.
La simpleza es un rasgo que magnetiza a este hombre, sencillez que busca tanto en amigos gringos como latinos y de otros varios orígenes, destacando el colectivo ruso, quizás por esa propensión a admirar a Tarkovski, Tolstoi o Chéjov. Suele invitarlos a casa a disfrutar de comilonas con bebida abundante, bailando cumbias, escuchando kaluyos antiguos o canciones revolucionarias del Ejército Republicano Irlandés. Inclusive clásicos rusos: Kalinka, Ojos negros, además de tangos y corridos norteños y rancheras. Una frase lo define: “En casa se come y se bebe bien. Eso casi diría que te impide salir”.
Es un tipo familiar que ya comparte lecturas con sus hijas, aunque ellas han tomado caminos propios. Su relación es estrecha. No es enemigo de su primera esposa, aunque tampoco tiene contacto. “Mi mujer actual, me parece atractiva, interesante, pausada”, resalta.
Y tanto en cuanto se nutre de experiencias de la calle por inclinación natural, complementa sus fantasías con poesía y sobre todo con novela, placer que le suele ocupar la mayor parte de su tiempo de lectura. No tiene referentes literarios, sino gustos, placeres. Vicios quizás. Algunas de las fuentes de las que ha bebido son Borges, César Vallejo, Carpentier, Güiraldes, Arlt, Rulfo y en su juventud de los peruanos Ciro Alegría, Manuel Scorza y José María Arguedas.
Y si su espectro literario es francamente amplio, no lo es tanto el del estado del arte, moda o novedad, ahora llamado trend, en perjuicio de clásicos, muchos de ellos polemistas de distinta índole, aunque considera que se los lee poco, en detrimento de aquellas historias que evocan un mundo de aventura, de rebelión, de bravura.
*     *     *
Claudio Ferrufino-Coqueugniot responde pacientemente a las preguntas de este cronista desde su casa en Colorado. Tiene ya 54 años, y una vida llena de historias. Han pasado ya varios lustros desde que obtuvo su green card poco tiempo después de casarse con su primera mujer, aunque ese no fue el motivo para hacerlo.
Se considera un librepensador que bebió en fuentes anarquistas clásicas, pero detesta ser orgánico o gregario, y añade: “Soy demasiado individualista para pertenecer a ningún núcleo, social, político, literario… No podría asociarme con los republicanos, ni siquiera en simpatía. Con muchos peros, prefiero a los demócratas”. Pocos políticos le causan simpatía. Uno de ellos es un exalcalde de Cleveland, Dennis Kucinich, demócrata, minoritario, una voz perdida en el desierto –así lo califica Claudio–, conocido por ser partidario de la no intervención en Irak, en beneficio de la negociación.
Ya no pelea en las calles, aunque tampoco es un tipo mesurado. Acuña cada vez que puede rabiosas –y cáusticas– críticas a Evo Morales y Álvaro García Linera, según él escritas no desde una perspectiva racista o elitista sino a partir de lo que el autor es, de su sangre:
“Me entiendo y comprendo a mi gente y sé bien cómo de pelotudos y cobardes somos, y cómo de sufridos y valientes también. Y al poder, a los jerarcas de cualquier tendencia o color, no les hago el juego, nunca. No orino delgado por el poder ni las charreteras; seguro que no…
No comparto ese lugar común del pueblo enfermo. Que somos uno llorón y malacostumbrado, sí. Es más sencillo dejarse guiar que decidirse por un camino. Y a eso apuntan los populistas, a hacerte confortable en su medida la existencia, coartar tu capacidad de reacción, de crítica”.
*     *    *
Claudio al salir de Bolivia le prometió a su padre que volvería al cabo de un año. Todavía no lo ha hecho, aunque asegura que sucederá aunque ello ni es ni fue motivo de sufrimiento, puesto que vive feliz donde está. Quizás con el tiempo le llegue la hora de pensar en la muerte más frecuentemente. De momento, la percibe como un hermoso destino, querido y cercano. “La tomo como es, presente. Me refiero a la delicia de saberse efímero, en contraposición a la pesadilla de sentirse eterno”.
Pasadas las 4 de la madrugada, hora de Denver, y tras una larga entrevista, Ferrufino responde a la última pregunta.  
“Le pregunté a Ligia, mi esposa, ¿crees que soy un tipo violento? Respondió con una carcajada. Habrá que analizarlo. Al meterme en un mundo que por nacimiento no me pertenecía, en Bolivia, en Argentina, en España, en Francia, en Estados Unidos, observé y compartí la peor violencia que existe, que es la de ser pobre. Una violencia que se dirige y esgrime desde arriba con saña contra los de abajo. Eso me irrita y me hace reaccionar con mayor violencia. Por eso soy vehemente y feroz cuando escribo de asuntos sociales o políticos. Sin aliento y sin concesiones”.
Fadrique Iglesias Mendizábal fue atleta olímpico y es especialista en gestión cultural y desarrollo local con estudios de licenciatura y maestría por la Universidad de Valladolid. Ha colaborado con columnas en varios medios de comunicación como Los Tiempos -desde su columna ‘El clavo en el zapato’- y Página Siete (Bolivia), así como con El País, Noticias Culturales Iberoamericanas (NCI) y FronteraD, donde ha publicado Afilando los cuchillos del Carnicero de Lyon en Bolivia y Del Gran Sueño a la somnolencia: la decadencia del deporte profesional. Ha publicado un libro junto a Peter McFarren, Klaus Barbie en Bolivia, que se publicará este año en español.
[Fuente: http://www.fronterad.com]

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Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La otra noche, mientras conducía (que mis horas detrás del volante son más largas que mis horas caminadas), escuché repetidas veces aquel famoso porro colombiano El año viejo. Bellísima música, no exenta, lástima, como es normal allí, de connotaciones sexuales. “Yo no olvido el año viejo”, dice. ¿Olvidaré yo este 2020? ¿La muerte de mi hermana María Renée, la pierna rota, el desempleo? No, claro que no. Este será el año viejísimo, el que trajo muerte y desesperanza, el de la plaga, la ruina de Londres, la peste bubónica, las ratas corriendo por Amberes, la vida en la que ya ni la literatura sobrevivía, donde el silencio pugnó por reinar.
Sin embargo escribí, incansable, notas y notas que iré agolpando en textos mayores. De noche y de día, en intervalos largos de cortas conversaciones con mujeres. Afirmaba Picha que llegaría el momento en que yo agradecería el abandono. Llegó, con carga insostenible de tristezas vastas y varias, pero vino. Se quedó. Ahora se consumió el día de la Natividad en quietud casi absoluta. Sin ruido de vecinos ni de fantasmas de la casa antigua. A veces dejo un poco de pan que no está al día siguiente. Hay un ratón solitario. Sé dónde vive, por dónde entra y no me molesta. Alguien tiene espacio acá conmigo. Nocturno como yo, inaprehensible. Ha muerto la luz del día y me he de acomodar entre sábanas azules y cuatro almohadas. Les digo a las señoras que me gustaría su presencia, pero miento. Luego del asombro de la cópula, el tedio. Por ahora prefiero trashumar en mi rincón, solo, agitar el café con leche con parsimonia, leer acerca del Berlín de 1922 en que Víctor Afanasiev encuentra a Mayakovski junto a Pasternak.
Acabo de hablar con Emilio Losada para su programa de radio; descubro cosas mías que otros recuerdan y que archivé. Las destapo. Pablo Cerezal, con tremenda voz de seductor de cine, mensajea sobre el mantra del este europeo en mi vida, indaga por si hay algo más allí fuera de la literatura y el hembraje. ¿Cómo explicarlo? Mucho más, una intimidad quizá exagerada sobre las altas hierbas de la estepa o los desmanes de la Horda. Los bailes de los hasiditas, el musgoso Pripyat, Chagall en Vitebsk; banderas de Smolensko y la tragedia del falso Dimitri. Los vagos de Maxim Gorki, el mítico Caspio que del lado iranio guarda leopardos en la floresta. El este, querido Pablo… por supuesto que existe entre las piernas basquetbolistas de Ekaterina y los gigantescos soldados de piedra de Kharkiv. En ellas, mucho, en la hermosa innombrable apoyada en los barandales del Dnieper. Pero mucho más, otra vez… Los troncos y los mugidos de bisontes en los lagos masurianos. Esa pátina de nostalgia tanto en Günter Grass como en Bruno Schulz. 1000 años de judería en Polonia, más duradera que los mil del Reich. Muros caídos de Zbaraj y de Kamenyets. Se mira a lo lejos Crimea, y Turquía. La estatua de Richelieu en la gangsteril Odessa, lamento de decaimiento y soberbia explosión de vida. Los sables de Simon Karetnik, fusilado en Melitopol por los bolcheviques, no se han perdido mientras deambulo por el mundo, mientras deseo sentar lugar en algún punto de Ucrania y por las tardes escribir de memoria mirando perderse el sol en la llanura.
Recuerdo aquellas estaciones de bus en medio de la gigantesca Ucrania, modestas si las comparamos con las de Norteamérica, pero tan atrayentes. Nadie hablaba inglés, todos observaban tal vez con sorna mi ineptitud para comunicarme. Así y todo recorrí cientos de kilómetros, fotografié, me enamoré de ojos azules y de pasteles de carne. Caminé entre rodaballos secos en el mercado y se me grabó el intenso carmesí de las cuarteadas granadas. Anna Volskaya y Ekaterina Martynenko tienen distinto color de cabello. Y el ucraniano, que pareciera ser lengua tosca, suena a poesía en su voz. ¿Si necesito traducción? La música no lo necesita.
En este viejísimo año de 2020 no pasé un solo día en cuarentena. No podía por el tipo de trabajo. Alguien me dijo que jugara lotería siendo que en apuesta con la muerte gané. Hoy mismo descansaré un rato para salir a la noche con mapaches vestidos de animales y policías vestidos de zorrinos. Horas para pensar. Autos de luces tuertas se atraviesan, algún transeúnte que por fisonomía viene de Bagdad trata de pasar desapercibido. Sucios vestíbulos de apartamentos de inmigrantes, árboles por todo lado, gratuito frío.
Lucienne Boyer canta Háblame de amor. En el auto toco y retoco el disco que me regaló mi hija Emily. Del Chango Spasiuk, maestro del chamamé en Corrientes y de origen ucraniano como la Lispector. El disco, Polcas de mi tierra, paseo por la memoria, homenaje a la belleza, al dolor, la separación, le emigración. Música de los ancestros. Acordeones de todos, recuerdos de todos. No hay privacidad étnica para la melancolía. A veces hasta de llorar dan ganas escuchando a Spasiuk cantar con voz cascada. Letras que desconozco y que el corazón interpreta. Amor y dolor no necesitan traductores, son obvios, recalcitrantes y presentes. En los Cárpatos orientales o en las estribaciones andinas. Tanto el hombre ha andado y tanto se desconoce entre sí. El Otro no existe, lo inventan. Y la muerte no tiene contrapeso ante la vida, no prima. Decir lo contrario es aceptar derrotas, que ni siquiera derrota es sino evento y circunstancia, cansancio y herrumbre. Que las piernas se hicieron para bailar. Que la música suene.

[Imagen: Camazotz, dios murciélago de los quichés – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Nos sentábamos, los dos hijos varones y mi padre, en nuestro pequeño escritorio iluminado por una lámpara que le daba las características de un ring de boxeo. Generalmente el fin de semana, a no ser que la insistencia del campeonato necesitara fechas extraordinarias. El juego era hacer pelear tapas de cerveza con un nombre en perfecta caligrafía paterna pegado al través, y que representaba a los grandes boxeadores de la historia, y a algunos menores, todos de peso completo.

La mayoría de las tapas eran de cerveza Taquiña, por su peso y consistencia. Las de refrescos: Fanta, Coca Cola, no servían por demasiado livianas. Las peleas duraban diez o doce rounds y había knock outs o victorias por puntos, igual a la realidad. Mi padre llevaba fichas para cada boxeador con su historial completo y, como en la vida misma, algunos descollaban para hacerse campeones mientras otros pululaban el resto. La única discrepancia era histórica, porque al sortearlas solían enfrentarse hombres de épocas distintas: Ringo Bonavena contra Gentleman Jim Corbett, Sam McVey y Max Baer; otras daba la casualidad que el azar rememoraba combates ocurridos, aunque el desenlace del escritorio y el monótono choque de las tapas diera a veces a Sonny Liston noqueando a Cassius Clay, o a Jack Johnson propinando a Jess Willard -como debió ser- inolvidable paliza.

Mi madre pasaba por la puerta del cuarto y movía la cabeza escondiendo su sonrisa. Así crecimos, con una parafernalia boxística de casi erudición y supimos los nombres de los boxeadores internacionales antes que aquellos de los dichosos presidentes de Bolivia.

Esto viene a introducir el tema del texto que es la vida de Mike Tyson, por él mismo, en un filme de James Toback (2008). Tyson ha sido tal vez el más furibundo guerrero que dio el ring, el más desalmado y peor despiadado, el come orejas, lo que no impide en mi opinión una relevante posición entre los más grandes (Alí-Clay, Louis, Dempsey, Marciano).

El filme, donde el director suelta a Mike Tyson a contar su historia no diría que peca de candidez. Su honestidad hace que un documental que debiese ser aburrido para alguien no interesado en el box, se torne en historia humana con ribetes de dulzura, en los que el violento boxeador afroamericano alcanza a ratos la profundidad del filósofo y el lirismo del poeta. Aquí como en la buena cinta de El luchador, con Mickey Rourke, los hombres rudos -y valientes- muestran una faceta que les es característica: la sinceridad para enfrentarse a sí mismos, la placidez, incluso en medio del dolor, de aceptar lo que son, de reconocer errores, de superarse y, por encima de todo, de valorar el irrenunciable y difícil derecho a la paz. Cosa difícil de hallar entre cobardes…

El joven Tyson, inmerso en un mundo promiscuo y criminal por origen, sabe que tiene que defenderse. Dirá luego, a sus 40 años, lo sorprendido que está de haber alcanzado esa edad, viniendo de un universo que se caracteriza por arrebatar a los jóvenes, en muerte súbita o lenta no importa, de desgraciarlos temprano. En New York, en Caracas, Lagos o São Paulo, que son nombres distintos para una misma pobreza.


A pesar de que no hay ángeles, los hay a veces en lo trivial que nos rodea. Y Mike lo encontró en un viejo entrenador que creyó en él en este incrédulo mundo. Boxear, le explicó, no es simplemente destrozar al adversario. Pelear es un arte, uno en que intervienen no solo los puños sino las piernas, el movimiento, la velocidad, la precisión. Lo dice un peleador que pareció brutal por excelencia y lo dice en calma, con la tranquilidad del hombre que vivió, que superó su sufrimiento, y que excedió el temor lógico de enfrentarse a otro -temor que lo siguió siempre-. Parece extraño escucharlo decir de su miedo.

Se debatió entre tentáculos de irresponsabilidad, vicio, inmadurez, poder, dinero. Complicado tenerlo todo sin haber tenido nada. Pero a la larga, y allí radica su gran lección de humildad, se da cuenta de que puede golpear, ganar o perder es secundario, pero que ya no siente el combate en su corazón, y sin corazón ningún puño vale. Es porque llegó la paz, sin apuros y de improviso. Y nada sabe mejor.

En la noche de la memoria seguimos Joaquín, Armando y Claudio golpeando las tapas personalizadas, mientras Alicia pasa y se sienta a leer La reina Margarita. Entre « nuestros » boxeadores no tuvimos a Mike Tyson. Llegó tarde a nuestra infancia.

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[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 21/10/2010; Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca), 24/06/2014; imagen 1: « Iron » Mike; imagen 2: El gran Sam Langford, el Campeón Sin Corona; imagen 3: Luis Angel Firpo, de Argentina, lanzando fuera del ring a Jack Dempsey, septiembre 14, 1923 – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Zoia Andréievna, mujer de la antigua clase, recala en un pueblito ucraniano huyendo del bolchevismo. Cayó Jarkov, dice alguien, y suena como la trompeta del destino que no vuelve atrás.
 
Es la historia de la creadora del personaje, Nina Berbérova, que en las pocas páginas de este cuento, o novela, descarga sobre el lector la angustia de a quien se le acaba el mundo. Carente de criterio moral, de juzgar el instante en términos sociales, Berbérova penetra en los arcanos del espíritu humano, de la tenacidad por sobrevivir a pesar de la condena. La ambivalencia de las clases se aleja del pomposo discurso político y cae sobre las minucias de lo cotidiano, de quien puede y quien no comprarse un medallón, de cómo los señores deben ahora trabajar para sustentarse y de la angurria de los miserables por suplantar a aquellos que se detesta y en suma envidia.
 
“Zoia Andréievna estuvo a punto de soltar el llanto cuando se vio en el espejo; la hermosa pluma de su sombrero se había roto y le colgaba sobre la oreja derecha (…)”. Nada es lo mismo. El pasado se hunde en el pretérito para no volver. Los desmanes de Kolchak, Denikin, Wrangel, Yudenich, representan aletazos de un animal que muere. Pero no es la Rusia de los blancos solamente la que perece. El malévolo Lenin, quien en 1908 escribía a Gorky: “Nunca, por cierto, he pensado en deshacerme de la intelligentsia…”, se encargará de eliminar lo mejor y más graneado del pensamiento ruso, sin distinguir entre conservadores, liberales, mencheviques, socialrevolucionarios, anarquistas. En una suerte de guerra privada, como en Lenin’s Private War, de Lesley Chamberlain, Lenin pone énfasis especial en recurrir a cualquier ardid para exiliar a quienes consideraba peligrosos por su educación crítica. A unos se expulsó, otros salieron por voluntad propia, pocos regresaron (Tsvetáieva, Alejo Tolstoi). De los que permanecieron, Mayakovski se suicidó e innúmeros y geniales artistas y cientistas engrosaron la oscura lista de muertes y cárceles de la dictadura soviética, Ajmátova entre ellos. “La tradición y el rechazo de la misma, que en aquella época tuvo un rol todavía más importante, fueron destrozados por la soga con que se ahorcó Tsevetáieva, el campo de concentración de Mandelstam, el silencio de Jodasevich, escribe Berbérova en el prólogo a la edición italiana de Necrópolis, libro de memorias de Vladislav Jodasevich, pareja de la escritora, con quien deja Rusia en 1922, y a quien Vladimir Nabokov, en 1939, consideraba el mejor poeta ruso que hasta entonces había producido el siglo (XX).
 
Incluso el gran Gorky dejó el país por Italia, hastiado del tono que tomaba la revuelta. No es hasta más tarde que se devuelve a Rusia y ejerce de cabeza visible de la nueva cultura soviética, de la escuela del realismo socialista. Pareciera que Rusia anhela su propia destrucción. Sucederá con Stalin, digno alumno de Ulianov, en tiempo previo a la Segunda Guerra, cuando en incomprensible movida elimina lo selecto de su fuerza armada, inhabilitando las defensas del país con resultado casi fatal. Dentro quedaron muchos pensadores y creadores. El hambre, las limitaciones, la persecución desenfrenada de la mediocridad estatal removían los cimientos de aquella gran cultura rusa que se inició con Pushkin, y donde el intelectual no era reflejo del Estado sino su némesis, hasta el extremo de que otro notable exilado, Herzen, pesaba tanto en Rusia que el pueblo decía que la madrecita era regida por dos Alejandros: el zar, y Alejandro Herzen, desde Inglaterra. Ese ha sido siempre el papel del artista en Rusia, el de contravenir las normas de cualquier absolutismo. Lenin lo sabía, y aunque se armó una opereta acerca del papel del arte en la revolución, con Lunacharsky y Trotsky escribiendo textos de interés, y una década de brillantez vanguardista, la realidad comunista pronto desterró el talento y la crítica, para convertirlo en un país de mediocres, lameculos, arribistas, corruptos, cuya única afición fue la de sostener un falso cometido social, una generalizada mentira.
 
Nina Berbérova sufrirá el exilio en la atrocidad del desarraigo, el hambre, contemplar cómo, por insuficiencia económica, poco a poco, se iba disgregando la emigración rusa. Unos, como Nabokov, que alcanzó éxito, escribieron en otros idiomas, mientras ella se mantuvo fiel al ruso. 
 
Caminando por los cementerios de París observé monumentales tumbas de príncipes y princesas, lo cual da a entender poco de lo que en verdad sucedió. El partido comunista, y Lenin personalmente, causaron con el putsch de octubre una emigración de casi un millón de personas, nobleza y casta militar entre ellos, pero también, como el caso de la autora y del poeta Jodasevich, el de escritores, filósofos, físicos, agrónomos, dramaturgos, que por lo general poco o nada tuvieron de recursos para solventar su exilio. Berbérova trabajó en lo que pudo, y su obra, hoy considerada mayor en la literatura rusa, no vio la luz hasta décadas después, gracias a la pericia y sensibilidad editoriales de un entonces pequeño editor francés. Tenía más de ochenta años al publicarse sus primeros cuentos. En un plazo de cinco años se convirtió en una notabilidad editorial. Sus memorias, El subrayado es mío, documentan en trescientas páginas casi un siglo y son imprescindibles para atar los hilos de una intelligentsia que se desvaneció de Rusia entre 1920 y 1940, mientras que las de su amado Jodasevich han sido prácticamente olvidadas, rescatadas en verbo por Evtushenko y otros, y creo que aún desconocidas en lengua española.
 
Si dejamos de lado a Nabokov, cuyo camino se diversifica, la aparición de los libros de Berbérova, llena de algún modo el vacío que dejó la emigración. Hay que considerar que con el sovietismo “desaparece” la gran literatura rusa, que no se recobrará hasta que un disidente, Solzhenitsyn, desde adentro, la reviva, y que otra gran escritora, Nina Berbérova, la consolide desde afuera.
 
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[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz) – imagen: Nina Berbérova – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]


Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Por dos meses tuve en mi mesa de noche una edición del Financial Times de Londres. La de sábado, que es amena, discursiva, donde aparte de un almuerzo semanal con alguna personalidad (Roger Waters, Michael Moore, Martin Amis), hay artículos sobre vino, cine, pintura, literatura. Pasamos columnas y columnas de índices bursátiles y nos deleitamos, en casa, con textos inteligentes sobre arte y cultura.
El diario, en la primera página de su sección Vida y Artes, tenía una extensa colaboración de Simon Kuper acerca del robo de la Mona Lisa en 1911, pretexto delicioso para trashumar por un tiempo que moría. Pensé en Midnight in Paris, de Woody Allen, filme de calidad visual y tenue romanticismo, con un dejo de narración gringa que no molestó. Allen visita la ciudad de sus sueños, no la de Armani y Dior, sino la de Shakespeare y Cia, los norteamericanos en París, Gertrude Stein, Scott Fitzgerald, Hemingway, en medio del talentoso tumulto internacional que incluía a Picasso y Dalí, a Miró y a Buñuel, los años 20. Cierta acompañante casual del protagonista, en el mundo onírico que lo seduce y sucumbe, se adentra más allá, hasta los recovecos de la Belle Époque, donde se materializan los espectros de Lautrec, Degas y Gauguin. Hay como un vacío entre esos dos tiempos, un espacio que llenó la guerra, pero antes de ella, también durante y hasta el armisticio, convivieron en la capital de Francia personajes no menores a los desenterrados por el cineasta: el París de Apollinaire, de André Salmon y Max Jacob, del joven Picasso, del maestro Schwob, hundido en un sillón de mimbre mientras lo asistía un enigmático criado chino. Allí es donde, en la cronología, un pobre inmigrante italiano roba La Joconde y la mantiene, a dos cuadras del sitio, en su cocina por dos años.
Action Française acusó a los judíos; cómo no. El Louvre cerró sus puertas por unos días; cuando las reabrió, filas de gente intentaban ver el espacio vacío donde había estado el Leonardo, al cual, hasta entonces, nadie le había prestado demasiada atención. Kuper cita a Jérôme Coignard, diciendo que sin quererlo el museo exhibía la primera instalación conceptual en la historia del arte: la ausencia de un cuadro. Entre la multitud que visitó el salón entonces se hallaban dos escritores de Praga: Max Brod y Franz Kafka, quienes, viajando barato, redactaban una guía de cómo hacerlo “en Suiza, en París”, para viajeros de escasos recursos como ellos. “Kafka siempre se adelantó a su tiempo”, añade Kuper.
Vincenzo Peruggia, el inmigrante que sufría de envenenamiento de plomo, aparentemente durmió en algún ropero al interior del recinto. El Louvre cerraba sus puertas lunes y muchos trabajadores se dedicaban a limpieza o reparaciones. No extrañó que uno de ellos, al menos vestido igual, saliera con un pequeño promontorio debajo de su overol. La falta de la pieza pasó desapercibida hasta el jueves, porque no era inusual que los fotógrafos del museo se llevaran los cuadros a casa sin dar razón de ello. Cuando les preguntaron qué día retornarían el da Vinci, respondieron que jamás lo tomaron. Entonces comenzó el revuelo.
La policía siguió pistas sin éxito, mas un día un amigo del poeta Guillaume Apollinaire trató de vender una estatuilla ibérica que había robado del Louvre, y se dedujo que también él tendría el retrato renacentista. El individuo se había hecho de estatuillas provenientes de la península en dos ocasiones. Dio algunas a Apollinaire y otras a Picasso. Muchísimo más tarde, Pablo aclararía que si se contemplaba bien las orejas de las Señoritas de Avignon, se sabría que eran las mismas de las figuras robadas. Poeta y pintor se desesperaron. Agarraron los peligrosos objetos con intención de tirarlos al Sena fuera de la villa. No lo hicieron; tampoco lograron eludir a los investigadores y terminaron detenidos. Apollinaire pasó seis días en una celda, donde escribiría Mes prisons. Ambos sollozaron ante el juez y el corpulento vate quedó alelado escuchando a Picasso jurar desconocerlo: Pedro negando a Jesús…
La justicia los absolvió. Era evidente que no formaban parte del rarísimo complot. En 1913, en Italia, alguien de la casa Uffizi fue contactado por un individuo que aseguraba tener consigo la pintura. Quisieron verla y la autentificaron. Peruggia alegó que deseaba devolverla a Italia, por el saqueo de arte que hiciera en su tierra Napoleón. Lo único que consiguió fue ser arrestado por las autoridades italianas, y juzgado -en medio de simpatía popular-, recibiendo una breve condena.
Contó que la mantuvo en la cocina de su cuarto de soltero y se enamoró. No era raro, la Joconde ejercía un hechizo sobre los hombres. Incluso en 1910 alguien se suicidó ante ella. El pintor holandés Kees van Dongen dijo: “Ella no tiene cejas y tiene una divertida sonrisa. Seguro que sus dientes son inmundos para sonreír tan cerrado”, mientras que Somerset Maugham desdeñó “la insípida sonrisa de esa afectada y hambrienta de sexo joven mujer”.
Recurro a esa obra maestra de Roger Shattuck, The Banquet Years, relato del origen del avant-garde francés en cuatro figuras: Alfred Jarry, Henri Rousseau, Erik Satie y Guillaume Apollinaire. Allí el autor, en la sección dedicada a Wilhelm Apollinary Kostrowicki, llamado Apollinaire, describe el asunto y cómo, por un momento, opacó la rutilante estrella de aquél. La decepción del juzgado, la negativa de Picasso de conocerlo, no mellaron la amistad de los dos hombres, quienes, junto a Salmon y Jacob, sellaron “una de las más significativas colaboraciones literario-artísticas del siglo”.
Peruggia murió en la oscuridad. Incluso se confundió su muerte con la de un homónimo; por el contrario, la popularidad de la ahora Gioconda se extendió sin límites. ¿Quién robó la Mona Lisa? resulta una historia ingenua, la última feliz por los siguientes 30 años, según Kurten. Es que a tiempo de su reaparición se asesinaba al archiduque Francisco Fernando y desaparecía una Europa para dar lugar a otra, la de Nietzsche y la de Kafka.
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[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz) y en Semanario Uno 431 (Santa Cruz de la Sierra) – imagen: noticia del robo de la Joconde en Le Petit Journal – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por MAURIZIO BAGATIN

Escribir es inútil, sin embargo hay que hacerlo para darle algún sentido a la vida, para evocar historias vividas y no vividas, paisajes verdaderos y falsos, figuras extrañas y figuras extraordinarias…  

Los que han nacido en democracia coleccionan figuritas de Messi y Ronaldinho y el 21 de junio esperan el primer rayo del sol en Tiwanacu, viven en casa “casi cholet”; entre ellos hay muchos obesos y choripapas y pseudo Mc Donald’s -hay violencia, racismo y mucho alcohol- wiphalas, monolitos y nombres de toda esta civilización del espectáculo. Bolivia es simbología, Bolivia son mitos profundos que con cada generación cambian piel como las serpientes, y así, solo así, vuelven a empezar.

Seúl, São Paulo es la evolución de un cuerpo, lo que un verso de Blanca Wiethüchter, lo que se descubre, lo que es ya descubierto, lo imposible a descubrirse… las diferencias en el olor (si se hubiera estrenado Parásitos antes de la novela… aunque la generación es la misma) en el color de la piel, en ser lampiño y tener la libreta del servicio militar. No parece vislumbrarse ningún dilema shakesperiano y sin embargo lo hay: “Ni boliviano, ni brasileño: aymara”. Para quien escribe la novela no es nada, que es todo.

Comilonas, mestizajes y fiestas, fiestas para todo y para nada, cómo hacer dinero, emigrar y hacer afuera lo que nunca harías aquí, todo para salir vivo de la vida… la camaradería es el like (not rolling stones) al Facebook, la tecnología que se ha adueñado de lo humano, no hay Le donne, i cavallier, l’arme, gli amori, ya no… Baudelaire sembrando flores en el asfalto, un flâneur volando en mota y Claudio Ferrufino que inspiran… hay que emigrar, irse antes de los veinte años, mañana tal vez volver, pero ahora irse, alejarse, desdoblarse, metamorfosearse en el desarraigo y luego, tal vez, volver. No cambiará nada porque nada habrá cambiado, sino nuestro ver: si un muchacho no se encuentra de repente solo al mundo, nunca crece

Seúl, São Paulo es el reaparecer del final de la Chaskañawi, un Adolfo Reyes que lúcidamente reafirma los males de esta, y de todas las otras sociedades, la escuela y el cuartel… y el consuelo o la burla a una declarada derrota, la Claudina. Bolivia es un país fantástico, un país imposible, por eso mágico, donde todo es ligado a su simbología necesaria. Hacernos creer que lo mejor es lo que se importa mientras se come quinua en toda Europa y en los Estados Unidos; hacer creer que la moda, que la música, que hablar en otro idioma y jugar al tenis… y terminar siempre como unos Santiago Zavala.

 

 

[Fuente: sugieroleer.blogspot.com]

 
Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Si me preguntan de tango, que qué orquesta prefiero, dubito, y por lo general respondo que Canaro, no solo porque Francisco Canaro le dio otra perspectiva al tango, ni por su historia ejemplar de miseria y tesón -igual a muchos otros, entre ellos Filiberto- sino por la versatilidad que supo jugar entre lo clásico y lo moderno, sin desvirtuar la esencia popular del baile y, en especial con él, del cante; por su extensión y su don. Pero hoy me llega de Buenos Aires, desde Caballito, un disco doble con Julio de Caro en el primero, de delicada esencia, y Edgardo Donato el segundo, con mucho ritmo y compás. Allí dudo, ya no dubito, y quizá prefiera a Donato como maestro, aunque bien al fondo los aires de la orquesta de Francisco Lomuto tercian en esta contienda de talento y de valor.

Hablar de tango, de mis padres, de música bien entrada en la noche de Cochabamba, mientras los hijos atisbamos la fiesta de los mayores y madre y padre se enfrascan en el cuchillero bandoneón de Antonio Bisio. Trajeron, ellos, consigo, el tango de Córdoba, de una época que consideran de oro, los cincuenta, aunque para mí el tango como joya termina cerca del año treinta.

Pero no es tango el tema, viene del tango, de las letras de A media luz que con solo la mención de la calle Corrientes despiertan la nostalgia de tres visitas a Buenos Aires. Afirman que parece París y se equivocan. No es mejor pero no es menos, y es cercana y con mucho mayor querida. París está llena de franceses lo que la reduce, tal vez descompone, y, incluso con el dejo superdotado del porteño, este suele ser afable y oler bien.

Respecto al olor, hay la anécdota entre nosotros, los hijos de mis padres, de la característica argentina más notable que diferenciaba ese país del nuestro: era el aroma, invasivo, predominante, que venía en las ropas, las valijas, la piel y cabellos de las tías que llegaban de visita. Era un « olor a Argentina », distinto, único, inexpresable e inencontrable en otro lugar. Dirán que la Boca hiede, que el Riachuelo en el verano emana aires de fetidez, pero incluso paseando por Caminito, en un café de Pompeya, en los mandiles de los médicos al sur, más allá de la inundación, perdura el inolvidable « olor a Argentina ». Con Julio Dueri, por 1984, fuimos metalúrgicos en la ciudad obrera por excelencia: Córdoba. Acabado el día, hastiados de soldar, cortar barras de aluminio, pulir estructuras que construíamos para la feria internacional, salíamos los dos bolivianos negros y lentos por la calle hacia la pensión en que dormíamos. los compañeros argentinos nos recriminaban: « pibe, estás loco », porque ellos luego de la jornada se duchaban, vestían ropas limpias si no lujosas, se acicalaban y aparecían en la vereda como doctores, mientras nosotros arrastrábamos -si arrastré por este mundo…- nuestra fastuosa piel de hollín.

En el metro de Buenos Aires, soñando si por casualidad veríamos a Borges, nos sentábamos en Miserere, haciendo hora para ir a comer milanesas napolitanas con un litro de vino, y después correr a los dormitorios baratos que en Constitución significaban jóvenes y sudorosas muchachas holandesas de magnífica recepción.

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[Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba) – imagen: Córdoba – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Fray Mocho, seudónimo de José S. Alvarez, a quien se considera el primer escritor profesional argentino, publicó en 1897 sus memorias de un viaje al Paraná, más precisamente a los rincones del gran río donde se refugiaban los descastados, los criminales, los rebeldes y los tristes. En el páramo, el único gobierno válido es el de uno mismo; no se debe nada a nadie y se recibe lo que se merece.

El ambiente de Un viaje al país de los matreros difiere algo del de José Hernández y su Martín Fierro. No existe en las páginas de Fray Mocho la presencia indígena, considerable todavía a finales de aquel siglo. La zona entrerriana se ha desindigenizado, por así decirlo, y su referente más cercano es el gaucho, y el gaucho en rebelión, lo que lo hermana con el personaje hernandiano. En la región viven la sombra de Artigas y sus orientales, la de Francisco Ramírez y la república de Entre Ríos. Ramírez fue hombre de todas las guerras (estuvo al lado de Lavalleja, Lavalle, Urquiza, y llegó como pocos a viejo). Era analfabeto pero sabía pelear. Además, la geografía de Fray Mocho es la de las exuberantes aguas de la tierra media -y rica- de la Argentina, en oposición a la miseria del desierto y sus tolderías.

El matrero, hombre sin patria, que vive como alimaña escondida en el zarzal, se rige con códigos que a pesar de no ser los tradicionales de la sociedad a la que ha desdeñado, no dejan de tener rasgos de honor. La simpleza de la vida lo hace filósofo al mismo tiempo que lo bestializa, y de tan incongruente reunión sale un ejemplar humano muy peculiar.

El estilo sobrecargado de la prosa no impide una lectura amena y muy interesante. Comparte datos y detalles con toda la literatura gauchesca, pero al ser un relato de viaje, las descripciones de primera mano le prestan una dinámica que no se obtiene en un libro de ficción. La cacería del « peludo » (armadillo) es simplemente deliciosa narración, como lo es la descripción en extremo hogareña de una frugal comida familiar, consistente en menudencias fritas que gracias al pincel del artista se hacen hasta apetitosas.

No dejo de pensar en Horacio Quiroga; a su manera fue otro matrero como los de Fray Mocho. Quizá la última alegría consista en el olvido y que luego de vivir intensamente lo que resta para disfrutar de la memoria es el aislamiento. Hay que observar a las aves, al triste assum preto del nordeste de Brasil, y al caraú del Paraná, que llora su eterno dolor mirando las aguas, vestido de negro.

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[Publicado en Opinión, 04/2003 – imagen: fotografía tomada por Eugenio Courret de un gaucho argentino en Lima, Perú, 1868 – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

La principal mezquita de Almaty

Por CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT

Siempre, mucho antes que soviéticos y gringos miraran el desértico paraíso de Afganistán, soñaba con sus lechos secos de río, con árboles de damasco como pinceladas de color. Eso además de la épica, que me contagió Homero, y la leyenda de la invencibilidad de los afganos en sus guerras con el mundo. Kabul, donde colgaban despojos de soldados del imperio británico de ganchos de carnicero, bullía en la marea diversa de sus calles, en donde no era extraño tropezar con la lámpara de los mil y un aladinos del Oriente, o pisar las huellas de Alejandro, de Timur, recorrer con la mirada las piedras de Heródoto, que siguen siendo las mismas en el Asia Central.

Y Afganistán es uno de tantos, de los Tajikistán, uzbekos, turcomanos, Bujara, Tashkent, Samarcanda, las alfombras que traficaba George Gurdjieff, las historias de Kipling, las huestes del Carnero Negro y del Carnero Blanco, los cosacos errantes, Julio Verne, Joseph Kessel, y ahora Robert D. Kaplan, y Christopher Robbins con su libro imprescriptible: « Apples Are from Kazhakstan » (The Land that Disappeared).

La historia comienza de manera simple, en un avión donde el autor encuentra un verborreico norteamericano de Little Rock, Arkansas, en viaje a Kazajstán, a conocer a su prometida por internet. Luego de una descriptiva charla y cuando van a separarse, el sureño le dice a Robbins: « Y no se olvide, las manzanas son de Kazajstán ».

Qué poco cuesta, al interesarse, comenzar a escribir una obra, que de manzanas, que en sí son un tema fascinante -no sólo porque supuestamente en ellas Eva, y las mujeres, causaron la desgracia de Adán y de nosotros, cargados de un pequeño y colgante rabo que maravillosamente nos hace sentir poderosos- se pase a asuntos de mayor peso como economía, política, historia, literatura.

Luego de leerlo, Kazajstán que era una escondida joya de la memoria, se anota hoy como parte necesaria de la ruta que he de trajinar, y de cuyos nombres me encantaría escribir sin descanso, desde la estepa de Karaganda, donde abonaron el frío miles de presos políticos, hasta las misteriosas montañas del Tien-Shan, o los verdores de Pavlodar, donde mi amigo Yefim tiene una casa con un huerto de manzanos locales y una esposa fugada.

Inicia Christopher Robbins, por supuesto, con un recorrido por las especies de manzanas del lugar, que parece, en verdad, ser el origen de la fruta. De las manzanas se extiende por la geografía, las costumbres, algo de etnografía, bastante de culinaria, y capítulos magistrales sobre las estadías de Dostoievski, Trotsky y Solzhenitsin en el país, cada una de tres minibiografías que rastrean sus vidas por detalles casi desconocidos, con no sólo interés, sino subyugante interés.

Trashuma por la mortecina luz del mar de Aral, seco, replegado, con el recuerdo de la orgía de peces que habitaba sus aguas, tanto que en la bandera presoviética de los cosacos del Ural (1918) se muestran picos montañeses decorados con calaveras de ciervo empaladas y como base un pez, del Aral, del Caspio, de un mundo que desapareció como era y que se funda de nuevo sobre lo que fue, en un raro equilibrio para la caótica región de la que es centro.

Robbins pasa buena parte de la obra en viajes y consultas con Nursultan Nasarbajev, presidente desde la fundación de la república kazaja. Aun desde un punto de vista imparcial se nota cierta simpatía hacia el líder, ampliamente señalado en el mundo por corrupción y violación a los derechos humanos. Robbins lo sabe, pero en sus viajes parece haber comprendido algo sutil de la existencia allí que justifica bajo razonamiento la presencia de un hombre que supo escurrirse entre los vientos destructores del fin del poder soviético, sobrevivir y sobresalir, y tener la inteligencia de desechar un poderío letal en armas nucleares abandonadas en su territorio. Eludir, tal vez y por encima de todo, el fundamentalismo en un país islámico y sobredotado en recursos, le permitió permanecer y ganarse aliados como los Estados Unidos.

Nasarbajev, con una visión similar a la que levantó Brasilia en el planalto, inventó Astana, hoy capital y ultramoderna urbe en medio de la más ignominiosa estepa, centralizando allí una dinámica que estaba demasiado hacia las fronteras. Astana reemplazó los antiguos nombres de Alma-Ata, Semipalatinsk y demás asociados a la historia de este gigantesco apéndice de Rusia y de la URSS, hoy autónomo.

[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz); Semanario Uno #389 (Santa Cruz de la Sierra) – reproducido en plumaslatinoamericanas.blogspot.com]