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Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Joaquín, mi padre, me comentaba en la mañana acerca de El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa. Le parece un libro valioso, aunque algo pesado a veces. Luego de hablar sobre el Congo, aquella desmedida alucinación y tamaño crimen de la irresponsabilidad, el racismo y la ignorancia europeos, pasamos a la Amazonía, a la investigación de Roger Casement acerca de los desmanes de los caucheros en la región del Putumayo.
 
No he leído El sueño… Lo haré en algún momento. Supe de Roger Casement primero en las páginas de D’Artagnan, revista argentina con clásicos del comic por el talentoso Robin Wood, en alguna secuencia de la Primera Guerra Mundial. Hace poco, en la biografía de Tim Pat Coogan sobre Michael Collins, supe detalles del maltrecho complot de los nacionalistas irlandeses contra el yugo británico, a través de la participación alemana, asunto que llevó a Casement a la horca, a pesar del pedido de clemencia hecho por intelectuales y que Joseph Conrad, amigo y compañero de viaje en el río Congo, se negó a firmar.
 
Cuenta mi padre que entre los años de 1938 y 1942, más o menos, escuchó a su padre, Armando Ferrufino Camacho, en charla con un conocido acerca de cierto boliviano que “había regresado del Putumayo”. Se trataba de Armando Normand, la bestia asesina a cargo de la estación cauchera de Matanzas en la primera década del siglo XX, nacido en Cochabamba en 1880 (mi abuelo nació el 79) y que según la excelente y espeluznante monografía de Carlos Páramo Bonilla (Universidad Externado de Colombia-Bogotá): “Un monstruo absoluto”: Armando Normand y la sublimidad del mal, 2008, extraída en parte de los Diarios Negros de Sir Roger Casement, manejaba un imperio de terror en la jungla del Putumayo, con escenarios de crimen que envidiarían los verdugos nazis. Normand, venido de acuerdo a su propia confesión consignada en A Criminal’s Life Story/The Career of Armando Normand, del aventurero inglés Peter Mac Queen, de una familia “que fue de las primeras en la provincia de Cochabamba”, de padre peruano y madre boliviana, es mencionado en la novela de Vargas Llosa como uno de los peores, sino el peor, de los que ejercían su arbitrio sobre las poblaciones indígenas de la zona.
 
Páramo Bonilla escribe que hubo un juicio, previa cárcel, al que se sometió a Normand por las denuncias de Roger Casement en Londres. Antes, Normand prosigue con su relato de vida, “De allí fui a Manaos, Buenos Ayres, Valparaíso y luego a Antofagasta en donde por dos años me dediqué a vender sombreros de Panamá”. Alega desconocer las imputaciones en su contra, viaja a Ecuador, retorna a Cochabamba donde comercia con caballos chilenos, y, al parecer, es entregado por el gobierno boliviano para su juicio en Iquitos. Lo liberan, sale hacia el Brasil y de acuerdo al monografista se pierde su rastro para siempre, rastro que encuentro casualmente, en una conversación literaria con papá, y que se desconoce, en parte, seguro, porque y principalmente en esa clase social, se encubre, y sin duda justifica, horrores de clase y de raza semejantes.
 
Se conoce la fascinación que producen tales individuos. Alguien cuyo nombre se me escapa, entre los muchos citados en el texto universitario, relata que mientras Normand comía, sus esbirros azotaban a los indígenas y la sangre salpicaba los platos del capataz. Me recordó el grabado alemán del XVI en la que Dracul, conde de Transilvania, almuerza lloroso en el momento en que sus servidores empalan y despedazan prisioneros sajones. Vicky Baum, la escritora austríaca, describía al personaje en su libro El bosque que llora, donde Normand es llamado “El boliviano”. Así en muchos textos de ficción se materializa el monstruo de Matanzas.
 
La monografía del autor colombiano no se centra en la descripción morbosa del sujeto y sus actos. Trashuma en fascinante recorrido, las posibilidades de que Casement, de haberse quedado en el Putumayo, hubiese tal vez resultado otro Normand. Asocia a ambos con el Kurtz de El corazón de las tinieblas, de Conrad. Sus asociaciones literario-psicológicas son de gran interés, explicativas de la relación de frontera que es la selva entre el blanco y el indio, el civilizado y el bárbaro, dicotomías que por lo usual conllevan en sí trágicos elementos. Estudia además las manifestaciones perversas en contextos colectivos, Eichmann durante el nazismo, por ejemplo, para lo cual recurre al ya clásico texto de Hannah Arendt sobre Eichmann en Jerusalén. Para el autor de la Solución Final, su inocencia no era cuestionada. Como sin duda no lo fue para Armando Normand y los intereses del gran capital cauchero a quienes representaba, en otro contexto por supuesto y con violencia extrema de primera mano que no existió en los anales del burócrata alemán.
 
Subyuga, a pesar de que a veces suela tornarse aterrador, cómo se entretejen los hilos. Vargas Llosa lleva a mi padre a cierta rememoración de su infancia, Michael Collins me arrastra a Casement, éste a Conrad, Conrad a Kurtz, Kurtz a Normand y así. Incluso Bonilla alude a un Armando Normand, posible padre del genocida, en archivos del congreso boliviano, indultado luego de prisión, en Bolivia, por el asesinato de un tal Cleómedes Ferrufino, nombre que relacionamos con alguna parentela. Supongo que ahora me veo obligado a leer al último Nobel, otra vez. Parece que su temática casi de denuncia en el pretexto de un diplomático del Imperio, lo merece. Por cierto me ha recordado esto unos rones compartidos en la terraza del Hotel Presidente de La Habana, con Roberto Burgos Cantor y Eduardo Becerra, conversando acerca de José Eustasio Rivera, autor de La Vorágine –en las caucheras del Putumayo-, cuyas líneas iniciales rezan: “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”.
 
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[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 27/02/2011 – imagen: indígenas caucheros del Putumayo – reproducido en plumaslatinoamericanas.blogspot.com]

Portrait de isabelle rawsthorne debout une rue dans soho de Francis Bacon (1909-1992, Ireland) |Escrito por  Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

Me escriben desde La Habana y Chañar ladeado. Leo, anoto. La música ha saltado desde el centeno irlandés a Celina González y ahora a Grecia. No hay agua caliente y el frío amenaza de color gris las ventanas. He mantenido las cortinas cerradas para darme aire cavernario. Por nada especial, a pesar de que no hay resolana sino penumbra. Reclusión de lo íntimo, tal vez. Humea un café instantáneo, nada sofisticado, de a seis dólares la lata. Ni Uganda ni Java. El tocadiscos pasa a Tanzania, de donde viene el último Nóbel a quien desconozco. Me alegro, incluso si su nombramiento se deba a un “cuoteo” que deciden los poderosos. Incluso así. Desde Wole Soyinka que no leo a un Nóbel negro. “Viajero, debes partir”, decía. A Senghor y a Neto les tenía afición. Tiempo y entorno han cambiado. Nada de lo que fue es ya, y el viaje alrededor de mi cuarto, que retoma Sánchez-Ostiz en el suyo, recordando a Xavier de Maistre (libro que idolatraba mi madre), tampoco tiene la soltura de ayer. Hay baúles dispersos y en los límites de la habitación sospecho fragilidad de magia, como que es sencillo atravesar paredes. Casi todas las fotos tienen los vidrios rotos. Los siete años malditos multiplicados por setenta. Pero, a no temer, que el vidrio corta pero no mata. Si al menos hubiera fantasmas y no imágenes muertas. El más allá puede que exista pero es tan ajeno que las fotografías amarillean y vuelan en la ventisca sin que suceda nada. Hojarascas.

En un barrio otrora chicano y que perece ante la gentrificación hoy, nos sentamos, ayer, con las hijas a comer salteñas, fabricadas en un pequeño departamento de Lakewood con hornos industriales asentados sobre sillas. Jugo casi de color naranja. Será de achiote o palillo, no creo de azafrán. Limonada con frutilla; vemos el sol azotar los zapallos. Me preguntan el porqué de aquella pasión por el oriente europeo y la justifico en el dos por ciento de ashkenazi que han detectado en mi sangre. Vapores del tiempo, ignotos rostros de parientes sin referencias. Todo preguntas. Tan poca respuesta. Bajo el sol puma y el sol jaguar, miradas de onzas que vagaban por los montes del Tunari cuando era niño. Serían pumas, pero los llamaban onzas, y rodear una roca gigante en la cumbre era apostar a que quizá detrás de ella acechaban colmillos de dos centímetros para desgarrar. No las vi, se desvanecieron. Solo enfurecidos toros zapatean como de baile y se lanzan cerro abajo para la lucha singular con otro bramido. Ya de retorno hacia el valle encontraba carteles de restaurantes que ofrecían vizcacha, otro sueño perecido, quemado en el eterno auto de fe de un ilimitado San Juan de llamas y muerte.

Gaitas escocesas. La gaita negra, la búsqueda de la gaita negra en un documental de los hermanos Burgos en la Colombia de los machetes y la cumbiamba… Ciro Guerra. El acordeón del demonio. En las Highlands marchan las tropas de Montrose. En las tierras altas de Corani a veces asoman osos que llevan lentes de sol y tornasol. Caledonios en los mares del norte y quechuas en las profundidades del sur. Todos iguales y tan ajenos. Demencial festín del poder. Viaja, aconsejaba Soyinka, y ya no rememoro lo que aconsejaba Chinua Achebe. Por eso abro el tocadiscos y dejo de lado el tango para sostenerme en el “anno d’amore” que canta Mina. Me acuerdo, claro que me acuerdo, siempre me acordaré.

 

 

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[Imagen: Francis Bacon/Isabel Rawsthorne Standing in a Street In Soho, 1967 – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

 

De Odessa a Kharkiv, 18 horas cruzando Ucrania

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

De Michale Boganim, vi anoche el documental Odessa… Odessa! Un protagonista dice: “En Rusia hay una palabra: nostalgia”. He visto La Habana casi en ruinas, aunque sus edificios coloniales brillan en perfección, y no he sentido nostalgia. Será el calor, el trópico, la permanente risa de la gente parlanchina. No sé. A pesar del mercado abierto con memorabilia y libros que se puede hallar en las plazas de la ciudad vieja… Conseguí, valga nombrarlo entre otras cosas, el Eisenstein de Viktor Shklovsky en añosa edición cubana. A pesar de hacer el amor con mi mujer en camas donde lo harían Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, en el hermoso Vedado, bello y cayéndose, no había melancolía. Había ron santiaguino, fuerte y aromático. Del balcón mirábamos la puerta de un monstruoso edificio soviético enfrente con negros mayores jugando dominó.

En el opulento aeropuerto de Istanbul comí algo delicioso. No lo anoté, vaya pena. Era noche. Partimos hacia Odessa con la inolvidable imagen del puente iluminado de rojo sobre el Bósforo. Al fin, luego de casi sesenta años, se me abría el oriente europeo. La idea era avanzar al Caspio, al Baikal, al Amur luego de cruzar los Urales, pero me detuve en la frontera rusa camino de Belgorod y retrocedí a la Ucrania de los pesados sueños gogolianos, de la república de tachankas (ametralladoras montadas sobre cualquier carromato) y tanto más.

El avión sobrevoló una ciudad dormida, para nada iluminada como la urbe turca que acababa de dejar. El aeropuerto de Odessa se me hizo modesto, en demasía. Para colmo, mi maleta no llegó; la recuperaría al día siguiente. Me esperaba un torpe y mal vestido taxista que el hotel Alarus había mandado. Tuvo que esperar mientras yo dilucidaba, junto a una pareja extranjera, acerca de mi equipaje. Partimos.

La ciudad de Isaak E. Babel; no lo podía creer. Todo oscuro; vi aguas que no podrían ser todavía el mar Negro, árboles, agonizantes faroles. Llegamos al hotel. Esquina concurrida de dos avenidas. Ni lo sabía, pero estaba en el extremo del barrio de la Moldavanka, de Benia Krik y Froim Grach. En el documental de Boganim, los nostálgicos emigrantes judíos en Brighton Beach, New York, y en Ashdod, Israel, también al lado del mar, todavía hablaban de ello, de Mishka Yaponchik, sobre cuya leyenda tejió Babel su Benia Krik. Comentaban en el siglo XXI historias de los años de la guerra civil y anteriores. Babel le dio a esa ciudad, ya en sí fantástica, un halo de magia e intriga. Sentados, decrépitos, con ropas venidas del ayer y la pobreza que siempre aguarda a un inmigrante viejo. Reuniones de expatriados, canciones entrelazadas a brindis con vodka. Que el Ejército Rojo, que el Blanco, mientras la pantalla muestra grises tomas urbanas de una ciudad casi muerta. Hasta las gradas del Potemkin vacías, tan opuestas a las muchedumbres que observé, allí y a pies de la estatua de Ekaterina grande o del gobernador Richelieu. La idea supongo es mostrar el estado de ánimo del que tuvo que abandonar su tierra. Y abandonar Odessa no es tierra cualquiera sino la hierba verde y extendida por calles y muros rotos. Perla sobre el océano Euxino, el que trae barcas cargadas de peces y cuyas chimeneas exudan sabores fuertes de remolacha y rodaballo. Caminé como por mi ciudad, en el sur. Calle tras calle; penetré en los patios en cuyo derredor crecen mínimas aglomeraciones de desvencijados conventillos. Vegetación, vegetación. Era octubre, cierto, cómo será invernal.

 

Rodaba el documental en el ecran de mi televisor plano. Persianas cerradas sumadas a la penumbra que trae la lluvia de las dos tarde. Me pregunté que cómo era posible que sintiese yo nostalgia por ese enclave del mar que enfrenta Crimea y la costa rumana. Aludí al autor hebreo soviético. Culpa suya sería. En parte. Pero creo, por encima de circunstancias literarias, que Odessa oferta un brebaje de máquina del tiempo. Para decir que la prefiero a París, a la Roma de Marcela Filippi. No tiene con qué competir ella con esas madres innegables y eternas, pero si deseara poner una silla afuera de la puerta de casa para leer y que el sol dore lo ya indorable, me quedaría con Odessa. Kiev y Jarkov son majestuosos, históricos, monumentales y ni así. Soñaba anoche, después del filme, en tomar un ferry hasta Varna, Bulgaria, navegar el delta del gran Danubio, desembarcar en Moldavia o algún paso pescador de la Dobrujda o, hacia el otro lado, hasta el kanato de Crimea, los cosacos del Don, el mar de Azov, el Kubán y Circasia, pero siempre retornar a Odessa, llena de romanticismo, de melodías en yiddish que ni Hitler ni el tiempo acabaron. Casi decir también que mi héroe es Benia Krik, y que lo veo escondiéndose entre los entresijos de la villa laberíntica.

Hay un parque en medio de la ciudad, al que entraba yo por la Preobrazhenskaya, con restaurantes en la floresta urbana. Nada como tomar una cerveza helada allí, oyendo el rumor no exagerado de las calles. Salir, escuchar cánticos de monjes escondidos a la sombra de iglesias ortodoxas, entrar a mi restaurante favorito, Kazán, y elegir de un nutrido menú de delicias, extraños preparados de cordero. Camino, no hago más que caminar. Visito a mi amado Babel en bronce, al atamán Holovaty, al busto de Khmelnytsky. Me siento en la famosa escalinata, compro una medalla soviética al valor, estrella roja. El puerto está activo. Esta vez no me hice a la mar; la próxima seguro, a oriente y occidente, al sur, a Capadocia, Georgia y las vertientes del Cáucaso. Si alcanza esta vida, bien, sino lo haré en la próxima, en la que no existe más que en ilusión, pero no importa.

Los exiliados judíos odesitas se acurrucan frente al mar. Ni Atlántico ni Mediterráneo son el mar Negro. Ni Nueva York ni Ashdod, la bella Odessa. Qué importa que se descascare, que se vaya convirtiendo en polvo como una premonición. Ese polvo es de oro, brilla como aquel de las estrellas extinguidas que recitara Georg Trakl y rescatara Ferrufino-Coqueugniot para sus propias nostalgias de exilio autoimpuesto.

Pienso en incluir a alguna mujer entre estas líneas pero decido que no. Dejo a la bellísima Anastasia y sus largas piernas pensantes para otro rato. Aunque, no miento, extraño su hombro en mi hombro en un banquito de la Moldavanka donde la vida no pasa. Como no pasa Odessa para los que se fueron y comen hamburguesas tristes en un boliche estilo David Hockney, muy lejos de ella. No es que en el puerto de marras fueran ricos ni especiales, pero es que lo propio es invalorable y si contiene hechizo, mejor. Yo me he enamorado de unas calles silentes o que hablan en lenguas incomprensibles. No me interesa, igual pregunto si esos peces negros vienen de la profundidad o de la superficie, si los coloridos vegetales se preparan crudos o cocidos. Odessa para mí es síntesis de tantas cosas. Villa ecléctica para el hombre ilustrado. Tatuajes de piel y tatuajes del alma, según cantaba Romualdo Brito en vallenato.

Invitaría a mis padres, a mi hermana Picha, a caminar desde el Alarus hasta cerca del mercado, y en un boliche pequeñito y cercano tomar café con leche con dulce repostería ucraniana. Vamos, ustedes y yo, que volamos inmateriales por el Parque Griego, mientras saltan seres, que imagino son peces, sobre las aguas que navegaría Heródoto.

 

 

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[Imágenes: 1. centro de Odessa; 2. con el atamán Anton Holovaty – publicado en REVISTA NÓMADAS – reproducido en http://www.lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Todo parece nada, un día otro día. Se vacía la botella de ron y no la toco, corre por entre los pezones de mis amores y evapora.

Un día otro día; el domingo, sábado, y el lunes, domingo. Escucho automóviles pero no observo choferes. Entre el mundo y yo una persiana color crema. Gritan las mujeres, gritan y no me alcanzan. Me he volcado en el ataúd, como Gogol; me he ido de la tumba, como Gibrán.

No sé qué me gusta más de ti, si tu nariz o tus pies. Son largos, ambos, delinean el cuerpo, lo esculpen. La desnudez de tu nariz estremece, las nervaduras de tus pies, rimmel sobre las uñas. Un día otro día. No dormí por la mañana y sin embargo soñé bastante. Se me apagaron los ojos y muerto ya hubo calma de línea recta. Paz de la geometría, filosofía griega.

No lloro desde mi nacimiento (mentira); no duermo desde 1989. Este país devoró mi noche, la convirtió en foco de neón. Desde aquel enero, que para mis padres significó el alejamiento del drama y acercó la inseguridad del futuro, no descansé. Me inflamé de la retórica norteamericana del tiempo oro, y aunque el oro se desvaneció entre amores como alcohol sobre pechos de mujer, quedaron las horas despierto que todos dicen la vida me va a cobrar pero que en números afirma que viví más que cualquiera. Si cuento tres horas de letargo cada día, digamos cuatro, y las multiplico por treinta y dos años hay una cifra monumental de ganancia en tiempo despierto. Allí amé, sufrí, leí, fui cruel y apacible, bucólico y eufórico, besé casadas y viudas azotando mi piel como cuero de curtiembre. Vi Istanbul y Panamá; Nueva Orleáns y Narbonne. Encima de camiones, colgado, sentado en el pretil, viento en rostro, subí y bajé la cuesta del Meadero, la de Yocalla, la de Sama, más al sur; miré el color de helado de las quebradas en Humahuaca y sentí el áspero vino casero en Montiel, tierra gaucha. De la apacheta de El Negro se veía Morochata, pero era aparición y no pueblo. Gendarmes argentinos, a las dos de la mañana, paraban los buses y bajaban pasajeros para encontrar terroristas. La puna helaba en Tres Cruces. De cruces se llenaban los cuarteles, y las curvas hacia el precipicio. Igual a los remolinos del Madre de Dios, cuando Antje me contaba que su amiga alemana se sumergió y nunca salió. Estas últimas cosas cuando todavía dormía, pero iba preparando la senda que anunciaba que había que verlo todo o morir. Nunca lo veré ya, ni después de ido, pero por estas pupilas ha corrido mucho, lo más triste, el desastre. Y lo más bello: mujeres. Que no venga el sueño, que las cabras con lomo de oro pastan en los valles georgianos, que leo hace poco que todavía preparan aloja en Cochabamba. La creí perdida, de color púrpura, apenas saliendo de Quillacollo hacia la entrada de Chulla, en casa de algún compadre de mis padres. O, ebrio, una chichería en Vinto Chico con las paredes de adobe con afiches británicos de la Segunda Guerra Mundial. Ya despierto no lo vuelvo a ver, menos dormido, muerto quién sabe, si los muertos en Madagascar todavía cenan con los vivos.

En Tres Cruces ahora incautan cocaína, en los años setenta eran gente. Los vagones congelados esperaban sobre rieles el visto bueno para pasar. Entre sombras caminaban otras aún más oscuras, agentes secretos de la muerte, sedientos y hambrientos.

No he dormido, y no quiero dormir. Si recuerdo el sur es porque vengo; no olvido secos ríos por los que un día me juré subir hasta encontrar las aguas. Si descanso se irán, la modernidad y el narco van consumiéndolo todo. También tengo que escuchar los tambores rituales en los acantilados de Malí, rincones en donde el pueblo dogon talla máscaras de dos metros. Danzantes del fin del mundo, acurrucados contra la piedra, igual que fieras asediadas.

Máscaras, ellas esconden si tenemos los ojos abiertos o cerrados. Entumecidos, enrojecidos. Un corrido perrón, El mono de alambre, a todo responde que “chinga tu madre”.

Las acequias de Bella Vista cantaban. En Chocaya bramaba el agua, y tú, G, te desvestiste para contarme cuarenta años entonces que te afeitaste el sexo por mí. Hoy es moda. Ayer, cuarenta años entonces, no. Debajo de la cremallera apareció una visión, tenía rugosidad de marraqueta y olor de durazno. Pervivimos en las emociones, lo sensual, la piel sobre piel de greda, cabellos frotados de jamillo.

Un día, otro día. Ayer y hoy, la muerte contra los ojos abiertos. Cuando los cierro, permanecen abiertos, sigo viendo, mirando, observando. Lo hacían Homero y Milton y Borges. Por una senda de cáscaras de castaña caminan mujeres a traer sal y hielo. Con paños mojados cubren las barras para que no las mate el sol. La sangre del hielo es transparente pero es sangre. Y tú te escondes sin saber que lo que haces lo sueño yo.

 

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[Foto: máscaras Dogon, Malí – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Decía a Eliana Suárez, en Chañar ladeado, villa de la pampa húmeda argentina, provincia de Santa Fe, que el sonido del despertador de mi teléfono me recuerda Kiev. No me explico, porque nada obligatorio tenía que hacer allí, ni trabajo ni horario.

El edificio soviético, en el 22 de la calle de León Tolstoi, se mostraba decadente desde fuera; el ascensor pequeño y peligroso parecía que iba a caer de improviso, hacia la oscuridad profunda de esta construcción de tendencia mísera, de aire de pueblo aglutinado bajo normas inflexibles de los amos. Hoy continúa en penumbras; los cuartos tienen dueños; yo alquilo uno. Lástima que mi departamento no tiene vista al frente, a la calle de Tolstoi, sino a la parte trasera, llena de árboles y con autos parados donde sea. No es que el panorama en la avenida sea extraordinario, ni siquiera interesante, pero me gusta ver la actividad de la gente, la florería enfrente, el cruce de peatones en la esquina de la Zhylianska, los puestitos de café al paso, regentados por un par de ancianos, marido y mujer, subiendo hacia el Jardín Botánico.

Lo renté desde mi teléfono, estando todavía en Jarkov. La dueña era una gentil ucraniana de unos 50 años que había ordenado el departamento con todas las comodidades para recibir huéspedes. Cuando dejé Kiev, ella me llevó a Boryspil, el aeropuerto, sonriente a pesar de que ese día de noviembre cayó la primera nevada y el caos vehicular hacía semejar esa urbe a La Paz.

Anoche sonó el despertador a las 10:08 pm; después a las 10:18. Me costó levantarme. En esa inercia lo escuchaba. Ahí vino Kiev. Sonaría igual aunque no sé por qué. Mi tiempo era de libertad absoluta. No ponía despertadores. Paseos al parque, almuerzo con Victoria, el rojo de la universidad que lleva el nombre del poeta nacional, el bulevar del mismo, la estatua del mismo, Shevchenko está por doquier. Lo leí en mi juventud, guardo en mi hoy escondida colección filatélica muchos sellos soviéticos con su imagen: de joven, con barba, así como una emisión postal argentina con su retrato y frases necesarias acerca de la hermandad ucranio-platense muy arraigada desde principios del siglo XX. O antes. Hace poco compré el disco Polcas de mi tierra, del gran intérprete de chamamé Chango Spasiuk. En este disco retoma sus ancestros ucranianos, canta él, cantan mujeres, amigos, vecinos, y logra un enternecedor y magnífico alegato por la memoria, resucitar a los muertos. Polcas de mi tierra, si tropiezan con este disco compacto habrán encontrado una joya. Más en mí con esta mente infantil cargada de ríos tormentosos y cargas de caballería. Épica y naturaleza. Sumados a los demonios de Gogol, a la casa de Ajmátova en Odesa, a otros diablillos en Fyodor Sologub.

Al anochecer me alistaba, vestía con jeans lavados, botas, camisa leñadora y chamarra. Otoño venía con decencia. Doblaba a la izquierda hasta llegar a escalones que conducían a un sótano, a un pub de marineros que hubiera gustado a John Silver. Casi siempre bebía Guinness, pero también rubia cerveza local. Platos de chorizos, que la región es grandiosa en cuanto a producción y variedad de embutidos. O arenques fríos con pepinillos al vinagre, papa retostada. Una y otra vez. Dejaba, dada la experiencia norteamericana, siempre un veinte por ciento de propina, para asombro y felicidad de las personas que servían. Mesones largos de madera. De apariencia hosca, me sirve eso para evitar visitas no invitadas a mi mesa. Sonrío, recordando a mi padre, en su café cortado diario en el pasaje de la catedral, allá al sur. Gozaba de su bebida, del agua con gas y del pequeño chocolate. Saludaba cuando lo saludaban y quemaba con sus ojos verdes lo que se cruzara al paso, ahuyentándolo. Lustrar los zapatos, hacer la romería diaria de pagos de cuentas y soluciones burocráticas. Luego un taxi hasta el refugio del que ya no saldría hasta mañana. Así yo, con un litro de cerveza adentro, subiendo las gradas hasta el quinto piso de una boca de lobo. Cuarto 56, casi siempre silencio. Los zapatos a ambos lados de la puerta, tirarme en cama en calzoncillo, escribir a Victoria, llamar a Bolivia, a los Estados Unidos. El reloj corría pero no tenía hitos que indicar. Por eso no entiendo la sensación al escuchar el despertador. Era Kiev ¿pero por qué?

Recorro el mapa de Google para recordar los recovecos de mi calle. El mercado besarabo de la esquina, en donde gastaba unos cientos de hrivnas para tener y cocinar lo que quisiera. Galletas dulces de Ucrania. Tan buenas que traje unos paquetes a mis hijas cuando volví. Me había despedido para siempre, pura cháchara. Siempre se vuelve o mira atrás. ¿Que ya no tenía todo? Mejor. Ando más liviano desde entonces. Mis muertas gabonesas y los djinns del Orinoco andan bajo llave en un moderno depósito ajeno a encantamientos. En Google recorro también Chañar ladeado. Miro un video de 30 segundos del lugar. Lo común de los poblados argentinos, casas chatas de techo plano. Yuyos creciendo alrededor, cierta desidia. Me sorprende el grito de pájaros, constante, y percibo el Paraná, la maravillosa lengua del demonio, los arrebatos de Horacio Quiroga y sus monstruos, camalotes y hermosa música litoraleña: “Pescador del Paraná…”. Penetro ya en arcanos que no temo pero no quiero hoy tocar. Tengo 61 y cuento con los dedos si habré de alcanzar la década. Razono que perdí el tiempo. Pero gocé. La balanza de lo posible y lo terminado tiene que mantenerse estable; lo otro acarrearía tragedia. Que pude besarla y besé otra, amarla y dormí en otra, buscarla y tomé el ómnibus que me alejaba. Siempre lo opuesto pero con la sorpresa de que los arabescos pueden lograr líneas recta, que la retórica puede devenir frugalidad.

Las mañanas de Kiev ya eran frías. Cortaba el chorizo de color vienés pero más voluminoso y mezclaba huevo y cebolla para un revuelto. Cebollines que daban tono criollo a la lejanía. Tuve un problema allí, en la gigantesca capital y en otras ciudades de Ucrania. Estoy acostumbrado al picante, vengo de la sangre india que sella las úlceras que produce el mezcal con capsicum. Incluso en la comida turca de calle, mientras el cocinero enrollaba delgadas y extendidas tortillas de su cultura, intentaba yo explicarle que quería algo picante, una sustancia que me quemara lengua y gañote. Nada. Atentos, ofrecían yogurt, kétchup, mostaza; ni atisbo de salsas malditas. Como tarea debo investigar el porqué de eso. Cada cultura tiene su dosis de picante, dudo que no. Finalmente aquello no era Escandinavia y algunos transeúntes bien hubieran podido pasar por quillacolleños con atisbo de barba.

Van tres años ya y utilizo el despertador a diario porque siempre fui nocturno. “América” no me robó la vida; me robó la noche. Con ella quizá los sueños, el descanso del intelecto para domeñar lo febril. Tarde ya. El ruidito intermitente, no diré inane, ha preservado en mí profundas sensaciones que me hacen bien. No golpeo el despertador como hacen en el cine. Le permito machacar la oscuridad mientras me despabilo para otra cita con la vida, que es muerte en el país que no es para viejos…

Willy Dixon, con Memphis Slim, interpreta Sittin’ And Cryin’ The Blues. A la 1:48 de la tarde se ha presentado la tristeza, sin llamarla. La chimenea tiene cenizas de asbesto; no hay fuego. Recuerdo un amanecer en que otra Irina me citó en la esquina de Semyon Petliura. Llegó el sol pero a ella nunca vi. Vengo de vestido blanco, dijo, y no te dejaré dormir. El café humeaba en la revistería de la cuadra. Me tiré en la cama con ojos abiertos. Para hacer sombra puse dos monedas sobre las pupilas a la usanza gitana de muertos. El frío del metal me distrajo. Pensé en las barras paralelas de ejercicio que nunca pude dominar de joven y me dormí. No hubo despertador. A Kiev no le interesaban los muertos, así tuvieran monedas bronceadas de a dólar sobre los ojos. ¿Qué hago?, pregunté a mi espectro. Juntó los hombros en me importa un carajo. Mandé un texto tonto a Victoria con las babas de Esenin. No contestó. Hice una fiesta a la que fallaron los invitados y tuve que conformarme con bailar solo, acariciarme solitario.

Victoria Spivey y Lonnie Johnson cantan sobre las Idle hours, las horas inactivas, horas fallecidas. O me levanto y hago un café cargado como brea o me tiro por la ventana. Conociendo el cuero duro que tengo, cinco pisos no bastarán para matarme. O subo a la azotea o me dejo de huevadas. Piano, piano y armónica, armónica y acordeón, reflejos de vida, ausencia de mujeres. En el depósito atemperado de la Avenida Alameda, en Aurora, los ídolos africanos están atrapados, ni siquiera el gran ibis sagrado de los ghaneses vuela por sobre mi cabeza para aturdirme. Tic, tac, y suena…

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[Fotografía: mi edificio en Lva Tolstoho – publicado en REVISTA NÓMADA – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

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Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Estará en mis libros, el Fragmentos. Ya está en mis textos, en ojos, memoria y corazón. Chico Buarque y David Bowie. Ariano Suassuna desde no hace mucho, también. Firmes, Miriam y César, desde siempre y para siempre si aceptamos que el recuerdo no tiene fin.
Acaban de pintar un mural exterior. Dos afiches representativos en él, de los tiempos duros, y buenos, del año de 1996. Sodade, Cesária Évora cantaba; lo hacía Raimón. Se lo dije, en Denver, a la diva de los pies descalzos, que en un lugar lejos su música era salmo de Dios. Un par de fotografías lo atestiguan, aunque las palabras las borró la cámara siendo transparentes.
Allí Ligia aprendió a sambar. Dijo que no sabía, pero lo hacía mejor que Cartola y callé. No hay que desmentir a una bella cuyos pasos se marcan hasta en la escalera caracol al segundo piso. Dos afiches, decía, uno de la Revolución Rusa, de los grandes del avant-garde, con una mujer beligerante, belicosa, seductora y peligrosa. La imagen es de entonces, pero el póster en sí es de Rage Against the Machine, pieza de arte gráfico ya imposible de conseguir. La he visto en la entrada del Fragmentos, iracunda bajo llovizna. Quizá anunciando, como en Hesse, que la entrada cuesta la razón. Me costó, nos costó, a mucha gente; cabe aclarar que la sinrazón fue lo más dulce de esas horas tan antiguas y ambiguas hoy a la distancia, si se quiere tener lucidez en algo que jamás la necesitó. No lúcidos, pero brillantes, amantes, lúbricos y sin embargo terrestres.
En otro, la figura de Malcolm X, la misma que tenía yo colgada en la puerta de entrada de mi primer apartamento en Arlington, en la Calle Monroe, donde termina y se curva. Dos de tantos, del ulular del Normandie partiendo de Le Havre, de Mark Twain, mientras la figura enana del gran Lautrec parece un cliente más del paraíso de la cachaza y el vodka, de los fantásticos emparedados Baurú y el sabor del orégano, las alitas picantes, primeras en Cochabamba, la hamburguesa, las pastas, y el kebob de pollo cuya receta hizo fortuna de otros en Nueva York.
Pasaron Humberto Quino y Víctor Hugo Viscarra, entre tantos. Aldo Cardoso y sus modelos. Con Aldo, en la cocina, bajábamos de golpe un seco de aguardiente. La mejor caipirinha del mundo, las mejores sonrisas. Ramón Rocha Monroy escribió sobre la simpatía de las dueñas. Wilson García Mérida entraba apresurado y desaparecía. Jimmy Bermúdez le indicaba a Luis Bredow el camino de la huida. José Manuel bebía la mitad de los vasos que servía. Había baile hasta las cuatro de la mañana. A su modo, era el amanecer del mundo. Luego crecimos, maduramos hasta el aburrimiento y, como buenos adultos entramos a la brega marital, inane e interminable. Claire dejaba caer un lado del cabello para confirmar sus dotes de mujer fatal. Año Nuevo de 1997, me acuerdo. Me atrincheras detrás de una puerta y me besas. Camisa blanca un poco abierta que deja ver tu blanco seno. “La Oficina”, le decían ustedes, a ese rincón del beso… I Wish You Were Here, suena Pink Floyd, y un parroquiano ofrece un par de botellas de Huari para escuchar Shine On You Crazy Diamond. De allí partimos hacia el kilómetro 7, tal vez, cerca de Colcapirhua era, al rito de la chicha en cueca. Volvió la noche y no habíamos dormido. Debimos quedarnos despiertos hasta ayer.
Hay tantos nombres que mejor no hablar porque el olvido parece desaire y es solo tiempo pasado de treinta años entre insomnio y letargia. Magda y Huáscar. Mi hermana Picha con su eterno café, maestra de los dados en la cancha, y en Mallarmé. Cristina, que vive en Turín, el de Béla Tarr, de los piamonteses que me antecedieron en la osadía de los Ferrufino. Cristina, con quien dos décadas después hemos retomado la charla, casi el “como decíamos ayer” de Fray Luis de León, que, a su modo, cárceles también las sufrimos.
Ligia, de la eterna guerrilla, del ataque febril inesperado y lo silente clandestino.
Angélica, Edwin, la ahijada, el concilio del comino y la papa frita. La esencia del café está en su cocina, en ollas van y vienen y órdenes y confusión que siempre acaban en arreglada satisfacción de todos y el retorno, impresionante y sin pausa, de los clientes por tanto tiempo ya; más ahora, según Miriam, que el mural ha recordado lo que fue el Café Fragmentos para Cochabamba, lo que siempre será.
Café Fragmentos. Calle Chuquisaca 501, entre El Prado y Antezana. De la gloria y la fanfarria.

 

 

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ha muerto Theodorakis. Se lleva mis treinta años, una ventana de Alexandria, los amigos preparando un guiso y rueda la cerveza como en piedra de molino. Una ventana en Alexandria que observaba el detalle de mi primer matrimonio, cabellos rojos tiñendo almohadas de sangre. Cardenales carmesíes sobre los árboles. Venían del bosque donde se escondían los asesinos. Desde allí mi abuelo, muerto hacía décadas, anunciaba que Pepe se desangraba en el frío de algún lugar por Challa en el Ande solo.

Emily se gestó con Theodorakis, con la voz de María Farantouri. Si hay música que me recuerde Virginia, los amigos, el trago, la furia, pasión y nostalgia, son Mikis Theodorakis y Leonard Cohen. Sobre esos dos pivotes se tejió la bohemia, esa que una mañana de 1991 abandoné por el sueño de la tierra. Pero seguimos bailando, brazos encima de brazos, y maldiciendo en griego: malakas (literalmente “pajero”) a todo lo que está fuera de nosotros. Éramos jóvenes y quizá valientes, sin coroneles para lanzarnos a matar. Teníamos músculo; tostábamos las manos entumecidas de invierno hasta que olieran a asado. Y el sábado por la tarde Theodorakis, sin fin, para siempre…

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me he puesto a ver el filme Casanova, de Lasse Hallström. En la biblioteca del pasillo de la casa grande estaba el libro Vida amorosa de Casanova, de editorial argentina de aquellas clásicas de los años cincuenta; Tor, quizá.

Como no había restricciones familiares de lectura, aquella fue mi primera aproximación al erotismo. Además que venía cada capítulo con un dibujo representando a la dama cuya historia se contaba. Lucrecia… Ligeras de ropa, a veces, pero sobre todo insinuando que había un misterio. Ese libro, más la descripción en La Ilíada de cuando Juno con sus encantos seduce y distrae a Júpiter durante la guerra de Troya para dar victoria a los argivos. ¡Cómo recuerdo! Se pierden en una nube, un nimbo, seguro, de los blanquísimos y enormes, y el dios sin freno se entrega a la carne divina mientras hacen pasto de sus protegidos en tierra. Juno no mostraba nada, ni senos ni piernas que yo recuerde. La seducción era de verbo; la palabra como llave paradisíaca. Nada explícito; todo sugerente. En Casanova había detalle, calzones y muslos, y vellos que parecían bosques encantados con marmita hirviente de fondo.

Ávido niño, leía. Siendo la mujer todavía lo grande desconocido, la presencia femenina tomaba características peculiares. Había el corrillo de amigos que habían visto “cosas” de primas y hermanas, que sabían que los mayores en tal y cual ocasión les habían contado del altar donde la oración se formaba con voces de placer. Llegó Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, un libro que tengo que leer otra vez, cincuenta años después, para develar una pregunta escondida desde siempre, esa sensación inexplicable cada vez que oigo mención del personaje. ¿Qué fue, qué era? Doña Bárbara montada en iracundo viento tal vez representaba los caballos del placer de William Blake, corceles que desconocía pero que imaginaba de mil formas, creando un Frankenstein de mujer con los pechos de Raquel Welch, el cabello de Catherine Deneuve y los ojos de Romy Schneider. Luego vinieron las divas del porno: Christy Canyon, Seka, Celeste. Fue distinto, atractivo sin duda, pero lo concreto cerraba paso a lo onírico. No es que hable de amor, si se puede hablar de amor. “¡Qué me van a hablar de amor!”, cantaba Julio Sosa. “Varón, pa’ quererte mucho/Varón, pa’ desearte el bien/Varón, pa’ olvidar agravios/Porque ya te perdoné”, continuaba el Morocho del Abasto. Distiendo los músculos, divago, hago digresiones e imagino al chico sentado sobre los fríos mosaicos soñando pezones venecianos grandes como olivas y duros como monedas. Aguas turbias, remos que cortan el agua, si hasta la geografía ponía su aderezo erótico. Luego vino la realidad, que fue mejor que el sueño. Bastante después, cuando la Lucrecia de Giácomo Casanova tuvo nombres más terrenos y el boato señorial cedió al polvo de adobes deshechos en la tarde cochabambina.

Larga la literatura de la carne y del sentimiento. Del refinamiento inglés, que aparecía en la puerta con portaligas violetas, hasta el olor del molle frotado contra la piel, dejándola del color del jamillo. Eva y la manzana, el higo y el membrillo. No otra cosa es el mito del Jardín de las Hespérides. En términos locales aquello de robar fruta se decía k’ukear. Entrar por el pastizal y llevarse uva y durazno. La fruta dorada ella, así en el mundo de hoy me acusen de transgredir todas las normas de la igualdad y el decoro. Fruta y joya y luna y arroyo, peor (mejor) si a eso le añadimos que tenía voz, que pensaba, que sabía cómo arrojarte por las quebradas del desdén con el espinazo roto. Ladrón de amor, suena el vallenato. K’uko enamorado…

Cambio las arias de Haendel por piezas de clavecín de Jean-Baptiste Forqueray. El cielo de Colorado amenaza lluvia. Los trabajadores van al matadero, alegres porque están en los Estados Unidos y sus dientes se han comprado por migajas de cierto lujo. No se puede luchar contra eso. Sobrevivir no tiene juicio. Comienza a garuar; seguiré con mi película. ¿Si tuve vida amorosa? Creo; la imaginé o la imaginaron por mí. No tapizaré mis muros con pieles de vencidos a la usanza babilónica. Vencidos, caídos, descuartizados como Tupac Amaru, colgada y expuesta la momia de Cromwell. No, nada de eso. Bato con parsimonia la falta de azúcar en mi café, mezclo la crema que ablanda y enfría el calor.

Por Helena de Troya las negras naves cubrieron el Ponto, y sobre altares se violaron Casandras y degollaron Políxenas. Otra Helena, Helena Czaplińska, desató la debacle en la estepa como nunca se había visto. El amor también se viste de muerte. O la Muerte se viste de amor.

 

 

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

LE COQ EN FER: Claudio Ferrufino-Coqueugniot, un escritor cosmopolitaEscrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Mi libro comienza un miércoles por la tarde, sobre la única mesa de un departamento en Arlington. Calle Nelson.

1989. Nieve. El abrigo marrón del tío Carlos Coqueugniot me protege. En el bar de la esquina las divorciadas buscan amor, a tientas entre vasos y narices.

Tengo una flamante máquina de escribir. De ella nace Carta a Joan Baez, el primer texto. Lento libro; los artículos se espacian. El trabajo consume los días. El tiempo imposibilita los papeles.

La trivialidad de las horas impide la letra. Limpio el dormitorio; controlo a mi compañero de casa para que no me siga robando la comida. En ese ambiente llamo a la sombra de Tamerlán y exprimo mis sueños. Me obligo a escribir con los ojos cerrados.

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[Publicado en Opinión (Cochabamba) el 05/03/1992 – imagen: portada de Virginianos con retrato por Jenny Gubrud – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

Braga era una fiesta —dice Claudio— parafraseando a Hemingway. Caminó por la ciudad histórica que se encuentra al Norte de Portugal. La sintió como sienten los escritores algo que va más allá de las palabras. Y ahora que buena parte del mundo está metido en sus hogares, la recuerda y la comparte.

La ciudad enamora, atrae, invita a visitarla, cuando uno lo va leyendo a Claudio.

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ni sé ya si la memoria se confunde, o se conjuga, con lo onírico. Visité Braga, claro, seguro. Adrián Antezana me esperaba en la estación de trenes. Una hora desde Porto, Oporto. Del Duero a la Edad Media, del fado al silencio –pensé- pero no fue así. Vino y pinga, como llama o povo brasileiro a la cachaça, ron de pobres. Era una fiesta, parafraseo a Hemingway. No París sino Braga, iluminadas sus rocas medievales, la supuesta santidad milenaria que da escozor en la espalda cuando se piensa en el horror de la religión y su saña. Escolaridad por otro lado, erudición, letras y el magnífico elixir de uva portugués como secreto guardado por monjes que serían maestros y asesinos a su vez. A la vez.

Esperé en São Bento, de camisa roja cuadriculada. Polera debajo, como acostumbro, de jubilado protegiendo los pulmones, o de elegancia de dandy paceño. De reojo miraba el reloj digital de la estación. Trenes modernos, multitud. Hermosos azulejos pintados con escenas históricas. Épica de una nación que se echó al mar pero combatió en tierra a moriscos y africanos. El frío azulejo, de obvio tono azul, se multiplica en las paredes. Esa pieza ornamental es gloriosa en Portugal. Fotografié sin pausa ni desgano Santo Ildefonso, iglesia del siglo XVIII en Porto, porque encarna la belleza tanto como la inmortalidad. ¿Arquitectos de Dios? Los masones dirían que sí, todo es cuestión de compás y medida.

Esperé en São Bento, de camisa roja cuadriculada. Polera debajo, como acostumbro, de jubilado protegiendo los pulmones, o de elegancia de dandy paceño.

Desayuné antes de ir, supongo, en uno de tantos cafés alrededor. Entusiasmado por el inicio de un viaje que sería mi retiro a lo Rimbaud hacia el olvido. Error que me cargué con dos maletas y no con una pequeña mochila de bersagliere que me hubiese permitido mis lapiceros, un par de libros y ropa interior de Victoria’s Secret que me compraría amor.

Se ha nublado en la calle Clarkson mientras escribo y escucho a Balakirev. Tiempo de preparar un ron de macadamia, rojo tinto, con Sprite, limón y hielo. Salir a la terraza y revisar si la papa que sembré delante de la casa se ha podrido o parió. Cuarteé el tubérculo como vi hacerlo en Pocona en los años 80, cuando sembramos bajo el sistema de compañeros y tardamos tres días en cosechar mientras bebíamos 72 horas un infame alcohol de caña. Veremos. Llueve y no faltará agua, aunque este calor de verano parece marciano. Penumbra de las dos de la tarde. Alivio después del fuego.

Lo nublado se convirtió en torrente del cielo. Me recordó los imprevistos y pavorosos temporales que se abaten sobre la urbe de São Paulo. Entonces arrastraba el agua toneladas de basura. Cambió, no puedo decirlo. Lo asocio con el café caliente en copas de vidrio con agarrador y funda de metal. El boliviano que me acompañaba pidió no sacar billetes grandes, que aquí te cortan el cuello por poco, aseveró. Creo que murió ya; yo sigo vivo. Cortado o ultrajado, lo ignoro, ni me interesa. ¿Poco apego por la vida? La de algunos otros, por qué no.

De la estación de tren, Adrián me llevó a su casa. Su linda esposa y el pequeño hijo colmaron las expectativas de amabilidad. Adrián pidió permiso para la noche, para quemarla, inmolarla, sacrificarla a la fiesta nacional nuestra, la patria grande que es chupa eterna y no otra cosa.


Claudio recorrió la ciudad con su camisa roja cuadriculada. Polera debajo, como le gusta.

Nos acicalamos, y entre llovizna portuguesa, medio inclinada, comenzamos el periplo de los bares. A esa hora todavía los parroquianos no dejaban el hogar. Como en España, aquello comienza a las diez. Los bolivianos a las diez de la mañana, costumbres ancestrales dirán, el imperio de Momo. También en el norte argentino, quechuas lo mismo, mimetizados en otra pronunciación pero enmarcados en la raza. Argentinos que a “chunku” dicen “shunko”, según resaltaba mi padre, quechuista inteligente, refiriéndose al autor argentino Jorge Ábalos que escribió una famosa novela, que llegó al cine, con ese título. Del primer Shunko Ábalos vienen los que siguen, incluidos sobrinos míos, hijos de la bella Matelé Coqueugniot.

De esa odisea alcohólica, que culminó a las seis de la mañana y a la que siguió paz de tumba, hablé un poco ya en un texto sobre los tatuados, amigos brasileros que habitan Braga, estudian, enseñan, y que retornaron a la pinga con avidez. Hubo una muchacha judía dueña de bar. Hermosa como Rebeca y peligrosa como Judith, la pretendí sin descanso por diez minutos. Supe que el sitio mataría al sitiador de hambre y no al contrario. Me retiré, no cabizbajo, sino mirando con la nuca a la sin par María, patrona de un concurrido bar de intelectuales donde nuestras maneras salvajes, cerriles y selváticas, no cayeron muy bien dentro de la sofisticación progre de los eternos salvadores del mundo, lenines con casulla de dominicos.

Hace poco me contactó Luciano Mata, uno de los amigos brasileños de entonces. De la cabeza a los pies el hombre ilustrado de Ray Bradbury. Cierto que los universos pegados con tinta a su piel pronto se doblegaron a la falta de coherencia que la pinga atrae. Las flores se hicieron espinos y el tamanduá trepado al árbol, si hubo alguno, cayó en la fosa de la melancolía que es un mar lechoso que ahoga.

De ida y de vuelta, a pesar del empeño cochabambino que pongo en la fiesta, no dejé de observar los murallones, las sombrías torres, monumentales templos. Mi mente, que bailaba cumbia o forró, fotografiaba sin embargo las piedras cargadas de sufrimiento y de historia. Festejar no implica olvidar. Si bien no era ahora tiempo de ponerse la faca entre los dientes para el degüello, no se podía no pensar en ello. No he leído si Braga era solo académica ni los entretelones de las guerras de religión. A veces es bueno no saberlo y dejar remar la imaginación por aguas tan verdes como las de Yellow Submarine.

De la estación de tren, Adrián me llevó a su casa. Su linda esposa y el pequeño hijo colmaron las expectativas de amabilidad.

Porto tiene monumentales piedras talladas también. El barrio antiguo sobre las colinas y sus vericuetos urbanos forman parte de ellas. Pero Braga es quizá más esparcida, abierta, y los edificios resaltan como hongos del amanecer. Converso con Adrián y me dice que disfruta de la pequeña ciudad, que en ella tiene todo lo que le hace falta, además de la tranquilidad económica. Ni para decir que es de espíritu sedentario; anduvo por los emiratos y el Japón. La familia es el plomo necesario, ajustable, que mantiene tieso el hilo de pescar. Con él, gracias y por, no solo la bonanza proviene de río revuelto sino de aguas mansas. Algo que no supe hacer, que desequilibré con constancia malhechora. Quedan las hijas, pero la pareja, siendo la argamasa fundamental de la edificación, ha sido lavada como mezcla débil de arena y cemento que jamás pasará de levantar un piso y deshacerse. ¿Castigo o bendición? Está nublado en la calle Clarkson norte. Al fondo de los callejones de Braga siempre había un imponente monstruo levantado desde la fe. Hombre de poca fe, siervo sin Dios, oveja hecha cabra montés. A pesar de ello sé sentarme a observar con respeto y una tranquilidad como de Valium, los delirios de la, otra vez, fe. Me someterán el día del juicio que nadie ha comprobado si sucede en serio, a la prueba de caminar sobre brasas. Si no me quemo tendré santidad; caso contrario olerá a parrillada, corte mitad argentino con bestiario boliviano. Entre suave e incomible, mucho de sal y una taza de pimienta negra, que con la blanca nunca aprendí a cocinar.

Dime tú, mientras reviso fotografías de Braga, si esas iglesias me sobrevivirán. No cargan la certeza de lo efímero que concentro yo. Son piedras y yo de carne, de arriba abajo pecado original.

Me atraen las torres. Miraba las puntas de la catedral de Amiens, la torre detrás de ella, desde donde lanzaron a los niños en cruzada para que el maestro Schwob contara sus huesecillos como chuis. Los vendieron en el bazaar, a la sevicia de sultanes y orgiásticos mamelucos. Desconfío de estas paredes tan tranquilas, donde uno sin mucho esfuerzo situaría alguna divinidad para adorar. Torres de Braga que se ocultan. Lo bueno de la sangre, para quienes la derraman, es que se seca y se transforma en viento. Con ella el simún que atraviesa Palestina se tiñe de bermejo y parece que nada ocurriera, que el mundo sigue un cauce indetenible de santidad.

Llaman al pasaje. Miro Londres debajo; poco puedo ver. Al otro lado del mar me siento en un tren, es octubre, y el boleto dice que voy a Braga. He de escudriñar la historia. Beber de ella.

Evaporo los humos de demasiada cerveza, las úlceras del potente ron blanco y no tengo chiles picantes para cauterizarlas. Dormitando en el tren que me devuelve a Oporto, mirando los increíbles ojos de una mustia portuguesa, los muros de Braga, de un amarillo que les daban los reflectores, me obligan a sentirme chico, a denigrar el día siguiente que consistirá en comer chorizos con papa frita y peri peri, desayunar en el hipermercado de enfrente, recordar mi casa en ruinas, las máscaras punu que volvieron a la tumba de donde las arrebataron.

Espero en el aeropuerto de Gatwick, Londres, el avión que por cien dólares me llevará a Porto. Por ahora no pienso en Braga sino en Lisboa. En Vigo también por palabras de Paz Martínez. Son los primeros días de una aventura que comienza formal, enloquecerá, y habrá un retorno pausado hasta el nuevo ataque epiléptico de deseos y amores, de fiesta brava, baile y vino. La monástica Braga será un bálsamo, lo admito, porque en medio del desenfreno ponía como flashes de cielo e infierno sus inconmovibles piedras, voces de coros antiguos, misas que todos necesitamos, el cómo va de cada uno.

Llaman al pasaje. Miro Londres debajo; poco puedo ver. Al otro lado del mar me siento en un tren, es octubre, y el boleto dice que voy a Braga. He de escudriñar la historia. Beber de ella. Encapricharme y ya de lejos escuchar la lluvia mientras recuerdo y escribo, mientras escribo para recordar.

 

[Fuente: http://www.revistanomadas.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Un texto de Ramón Rocha Monroy más un artículo del Times sobre Fernando Pessoa obligan a una pequeña disquisición.
Sobre las viejas paredes de Lisboa, en stencil, la triste mirada del poeta parece contemplar un mundo que ni imaginó. O tal vez sí, y por eso se ocultó en múltiples seudónimos y heterónimos, para permanecer indomable, fiel a sí mismo, incógnito.
Huyó, más que esconderse, del amor, porque el amor es cálido como las emanaciones del lodo, agradable, tibio en la penumbra, y vergonzante a la luz, cuando se observa la cruda faz de la melancolía.
Vivir solo, atisbando desde el orificio de los ojos la inagotable caducidad del ser, su ánimo esparcido y cansado en arrebatos de poder, de nimia superioridad e insulsos juegos que desembocan en la nada.
Los descendientes de Pessoa, ahora y según el Times, desean subastar la correspondencia -que poseen- del autor portugués con Alistair Crowley, místico, nigromante inglés que ejerció un aura de influencia hasta muy lejos de su tiempo (está en la tapa de Sgt. Pepper). Este negocio, triste fin para unos papeles que rezuman sin duda la efervecencia poética de Pessoa, sus ilusiones, sus dudas, el malentendido y único amor que tuvo (especulo), no tiene el beneplácito del gobierno portugués que considera el objeto patrimonio nacional. Brega entre comerciantes sobre los despojos vivos de un poeta muerto. A eso se reduce la creación y el dolor, a que se toquen las canciones de Jim Morrison en comerciales de autos, a que se subaste entre millonarios la tristeza de un autor recóndito como fuera de quien hablamos.
Pessoa representa aquel deseo del portugués en general de pasar inadvertido (de acuerdo a los que estudian tales fenómenos). Curioso, ya que hablamos de gente que fundó imperios, cuyos estertores finales aún se contemplan en Goa, India, o en el Macao comunista chino. Lo consiguió. Sus letras, famosas hoy porque la fama es como una moda, quizá jamás sean comprendidas, ni siquiera por aquellos que comparten su espacio vital. Pessoa pertenece al reino de los desconocidos, es un maldito tranquilo y penante, penoso también. Si pudiera -porque los espíritus no quedan, no hay alma alguna, ni la de Pessoa- mirar lo que sucede con las frases que tal vez consideró impertinentes, sonreiría.
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[Publicado en Opinión (Cochabamba), julio 2008 – imagen: Fernando Pessoa, por Jacob Porat – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]
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El escritor Claudio Ferrufino-Coqueugniot llegó a Cochabamba y el jueves pasado fue parte de una charla sobre “La literatura en el proceso de cambio”, que se realizó en El Caracol. Aprovechamos para conversar con él antes de la actividad y nos habló sobre la nueva etapa que comienza en su vida, ya que hace más o menos un año se retiró de su cargo administrativo en el Denver Post, en Denver, la ciudad donde reside con su familia desde hace más de dos décadas.

Escrito por CLAUDIA EID ASBÚN

¿Cómo se eligió el tema de su charla sobre literatura en el proceso de cambio?

Me estoy informando, creo que no hay estudios sobre el tema, pero de lo que quiero hablar es del espíritu que un proceso político como este puede generar en la literatura y en el arte en general, y me han pedido que hable a través de mis obras. No será muy específico, porque ahora mismo no se puede determinar si este proceso ha generado algún efecto.

¿Cree que este Gobierno puede generar que se hable de violencia dentro la literatura? Pensando en obras como “En el cuerpo una voz” de Maximiliano Barrientos, por ejemplo.

Sobre todo este Gobierno creo que es un gran generador de violencia y de conflictos. Un país con características especiales, pero como van las cosas no se puede dejar de pensar que se puede decantar en algo como lo de Venezuela o Nicaragua, somos un pueblo distinto, pero también somos explosivos, no sabemos.

¿Cuál es su línea política?

Me considero de izquierda, comunista quizás en el sentido real de la palabra, puede ser, pero alineado a un partido es imposible. Critico tanto a los partidos comunistas como a las agrupaciones fascistas, no estoy con ninguno de ellos.

¿Cómo definiría la línea de este Gobierno?

Es una mixtura muy extraña de todo, desde la extrema derecha hasta la izquierda, pero sobre todo, en el medio hay un cúmulo de arribistas que no importa qué tendencias políticas tengan se están aprovechando de la situación como nunca antes. Si ha habido corrupción siempre, pues estos hombres la han centuplicado, entonces no podemos decir que estamos ante un gobierno de izquierda, para nada.

Hay reformas que podrían considerarse socialistas, hubo cosas buenas también, pero por lo general es un Gobierno nefasto para la historia de este país.

¿Cree que las redes sociales ayudan a democratizar la información?

Me gustan las redes sociales porque precisamente creo que han democratizado la información. Al ocurrir esto se ha disparado todo y se encuentra cualquier basura, hay que saber discernir entre lo que sirve y lo que no.

¿Sigue trabajando en el Denver Post?

Ya me retiré hace un año, pero trabajo “part-time” con ellos y tengo otras actividades.

¿Esto afectará su tiempo y forma de escribir?

Un poco, me gusta el espíritu de la literatura norteamericana por ejemplo, que se basa mucho en la experiencia personal. Sé de autores que han sido boxeadores o vendedores de sombreros y han hecho gran literatura. Me interesa la literatura como una representación de la vida.

No me interesa la literatura académica, pero creo que estoy llegando a un momento en el que debo decidir sentarme a escribir y olvidarme de otros rubros.

¿Sobre qué está escribiendo actualmente?

Es una historia en los Estados Unidos, a raíz de mi conocimiento de un exconvicto de origen mexicano-portorriqeño, nacido y formado en los Estados Unidos. Dentro de esa ambigüedad de culturas, el tema de la droga, no hablando de cárteles, sino de grupos menores que actuaban antes y siguen actuando. No es testimonial, pero estoy trabajando sobre la experiencia de este hombre. Creo que es un buen texto pero muy difícil de leer por la jerga de narco.

¿Cómo llegó a escribir en jerga?

Soy un hombre al que le gusta la vida popular, mis amigos no son académicos, son albañiles, maleantes, rateros, prostitutas, esos son mis amigos y al convivir con ellos adquirí su lenguaje y quiero transmitirlo como lo escucho y entiendo yo. No es un análisis o un estudio antropológico, estoy escribiendo como hablo yo con ellos.

Mis amigos no tienen idea de que soy escritor y me consideran parte de ellos, tenemos una empatía muy fuerte.

 EL ESCRITOR

Producción entre literatura y colaboraciones

Nació en Cochabamba en 1960. Vive en Denver, Estados Unidos, desde 1989. Colabora con revistas y diarios en varios países. Entre su producción literaria destacan: Ejercicios de memoria (1989), El señor don Rómulo (2002), El exilio voluntario (Premio Casa de las Américas, 2009), Diario secreto (Alfaguara, Premio Nacional de Novela de Bolivia, 2011), Madrid-Cochabamba/ Cartografía del desastre (coautoría con Pablo Cerezal, Lupercalia, 2015), Muerta ciudad viva (Limbo Errante,2018).

[Foto: DANIEL JAMES – fuente: http://www.lostiempos.com]

 

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 
Recuerdo las líneas de Walter Benjamín en su visita a Moscú dedicadas a los juguetes. Apreciaba él el arte popular y sabía que los juguetes representan lo profundamente íntimo de los pueblos. Suelo ver, en lo que en los Estados Unidos llaman Folk Art, la adustez de los pioneros, la modestia y también candidez de los peregrinos, el dolor de los esclavos, la dicotomía de las culturas y la hibridez de las razas. Qué puede dar mayor explicación que los objetos que los pueblos crean para que sus niños jueguen. Nada.
Carlos Monsiváis con una colección de doce mil piezas de arte popular lo comprendía de manera similar. En las miniaturas mexicanas se reflejan no solo las costumbres, los gustos sino los sueños. Monsiváis contaba con objetos relacionados a la lucha libre, ese multitudinario circo que seduce al mexicano como a ningún otro, que percibí en los cromos mínimos que venían en las revistas de Editorial Novaro, con dibujos o malas fotografías de los ídolos de entonces: el Santo, sí, pero también Huracán Ramírez, Mil Máscaras…, inmortalizados en madera, yeso, tela, papel, barro.
Coleccionar… Lo hacían Balzac y Zola, casi patológicamente; y la afición de Diego Rivera en arte precolombino y de Frida Kahlo en la mal llamada artesanía, fundaron un museo cuyas piezas sin ellos habríanse desvanecido. Lo hizo Haydée Santamaría, guerrillera y creadora de la Casa de las Américas, que reunió artículos de la América toda, la simple y plebeya, que se exhibieron este año con la temática especial de Cóndor contra Toro, en homenaje a José María Arguedas.
Y es en Arguedas en quien pienso, con los mágicos zumbayllus (trompos) capaces de adentrarse en lo recóndito del alma y llevar las voces en el aire de su majestuoso giro. Casi una invocación, también un hechizo, de los pueblos del Ande, de la historia que debe venir en algún momento justa, correcta, no disociadora; al contrario uniendo los lazos que juntan al indio con el mestizo, para impulsar la osadía de un nuevo Perú, que bien pudieron ser Bolivia, Ecuador, Guatemala, México.
Trompos que para nosotros niños no tenían las mismas acepciones, pero que entrenaban a vivir, porque el juego de trompos, sintomáticamente llamado Troya, materializaba la guerra. En principio estaba el desafío, los participantes. El premio para el vencedor era la destrucción o el aporreo de los que pertenecían a los rivales. Se jugaba por “tacazos”, golpes que el ganador, sosteniendo un trompo con punta de clavo, descargaba sobre el del perdedor enterrado a medias en el suelo. Para tal fin se disponía de otro trompo, no el que bailaba o subía a las manos, mas aquel utilizado en el momento de la punición y que llevaba no un clavo común y suave en su extremo inferior sino una “púa herrera” que por lo general partía en dos el madero enemigo, lanzando a los niños a la desesperación de perder un precioso objeto, máxime si los jugadores eran tan pobres que el trompo significaba un lujo de colores, un orgullo, un amor.
Siempre fui nulo en manualidades y torneos, a diferencia de mi hermano mayor Armando, genial y creativo. De él venían los mejores voladores (barriletes, cometas), livianos, hechos con papel maché y pajas sacadas de las escobas de casa. Les ponía colas entrelazadas, a veces rostros, vivos colores y era admiración verlos subir tanto en el cielo que llegaban a ser un punto, un alfiler en el espacio. A veces tan alto que imposibilitaba rescatarlos. Armando era el mejor jugador de bolas, de latas, que consistían en tapas de cerveza o refresco aplastadas. Aquellas que se aplanaban con martillo valían por encima de las con piedra (estas últimas se veían mal y mostraban con claridad el origen social de quien las ofrecía al juego). Se jugaba “a lo hombre” y “a lo mujer”, de mayor habilidad y pericia el primero. Jugar “a lo mujer” traía el desdén de los presentes, a no ser, como cuando jugaba Elena, que mujer fuese la participante. El estilo de las mujeres difería del de los varones. En el agarre, la posición, la forma, el impulso.
Se jugaba con “chuis”, frijoles de formas y manchas impresionantes. Es posible que desaparecieran variedades de frijol cuando desapareció esta afición. Los comprábamos en La Pampa, que entonces parecía hallarse en los antípodas, bajando nosotros de Cala Cala. Oí que varios no eran comestibles. Hoy mientras recorro el gigantesco bazar en que se convirtió la Pampa, ya no veo a las campesinas sentadas con canastas llenas de “chuis”. Se los empujaba en el juego con el pulgar, casi como lo hacían las niñas con las canicas. De estas, las princesas sin duda se llamaban lecheras, de tonos lechosos completos, cuyo valor era el de muchas bolas normales. Había “paradas”, “t’ijchos”, “toyotas” (las bolas más grandes), y las pequeñitas cuyo nombre no recuerdo y que caían perfectas cuando se ponían “orejas” o “unis”, vocablos específicos de algunas estrategias de la competencia.
Los zumbayllus de nosotros eran trompos a secas, y había maestría en manejarlos. “Cordelais” se decía a hacer bailar el trompo en el aire, sin jamás tocar la tierra y que terminara en la mano. Era una sobrada para iniciar la Troya, que comenzaba con un círculo en cuyo centro descansaba el trompo del otro, y a quien había que sacar. Mi hermana Elena poseía un trompito con rayas horizontales de color. Era una miniatura no fabricada para juego sino para placer. Ajustaba ella el cordel y lo lanzaba. Apenas tocaba el piso se ponía a “dormir”. Girando semejaba no girar. Esos trompos, los que “dormían” y no hacían ruido eran los “sedas”, en oposición a los “rat’acos” que saltaban dando tumbos. Yo me conformaba con hacerlos bailar. Troya no era para mí, ni cordelais, ni seda. Mis trompos eran modestos y duraderos, mientras Armando campeaba por la calle con su púa herrera destrozando los sueños de los demás niños, con la inocente crueldad de la edad, en un tiempo que fue frágil y se perdió sin remedio.
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[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), el 13/02/2011; en El Día (Santa Cruz de la Sierra), el 22/02/2011 – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

ENTRE MUSICA: LA MUSICA DELLA MAFIA - Il Canto Di Malavita (2000)

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El sello PIAS sacó hace un mes un nuevo disco compacto. La musica della mafia (Il canto di malavita). La compilación reúne música popular de Calabria. Canciones de la ‘Ndrangheta y la Camorra.
La palabra camorra, camorrero y otros derivados, tienen su origen en esta organización secreta.
Las líneas de Chorra, tango de Enrique Santos Discépolo, dicen: “está en cana prontuariado como agente de la Camorra, profesor de cachiporra, malandrín y estafador”. Calabreses son algunos personajes de Los siete locos, de Arlt. Buena parte de los inmigrantes en el Río de la Plata llegaron de Calabria trayendo consigo sus organizaciones clandestinas.
Siguiendo la tradición medieval y renacentista de los trovadores, los cantores de la mafia trashuman los pueblos montañeses de Calabria, glorificando en su canto un modo de vida que se precia por sus códigos de honor y de silencio. Es la primera vez que se los compila y se los pone en el mercado mundial, aunque en el ámbito local son extremadamente populares y circulan oralmente y en cintas grabadas por las ferias de la región.
Los músicos utilizan sobre todo el acordeón y la tamborina. Las canciones van desde las tristes y nostálgicas de la cárcel, las del poder de familias que dominan pueblos enteros, mafiosos como héroes mitológicos, hasta las tonadas de amor. Francisco “Ciccio” Scarpelli, quizá el más famoso intérprete de los cantos de mala vida, pereció asesinado en 1971 por enamorarse de la querida de un mafioso, rompiendo las reglas de respeto, sumisión y lealtad esperadas.
Cada país tiene sus cantos alegóricos de la vida “mala”, crimen, puterío, traición o el penal: el viejo tango argentino, plagado de cuchilleros, meretrices y dobles sentidos de alto contenido sexual; los narco-corridos mexicanos y su cantor favorito, Chalino Sánchez, muerto también de forma violenta; los forrós nordestinos del Brasil y sus cangaceiros. Aunque quizá la música más cercana a la de este disco sea la rebétika, o rembétika, griega, de los hombres duros en la anciana Istanbul y la antigua Salónica.
El rap de Norteamérica, ya viciado y dominado por la sociedad de consumo, dejó de ser canción marginal para convertirse en una parodia donde negros cargados de oro, que simulan ser pobres o rebeldes, denigran a las mujeres de su raza.
Sin prestar atención a mafioso alguno, debemos decir que este compacto es bellísimo y no cuesta adivinar que el mérito de la música no pertenece al crimen sino al arte.
[Publicado en MIRANDO DE ARRIBA, OPINIÓN, 10/10/2002 – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]
Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Cuando me llegó el resultado de todas mis sangres, estudio que mis hijas quisieron y regalaron, decía que el mayor torrente era el andino, con 28 por ciento, y de ahí un listado inmenso, con cierta dosis Neanderthal que justifica algunos actos, a pesar de que ahora se sabe que estos cavernarios inventaron el arte. Pues en esa lista había casi un 2 por ciento de judío ashkenazi. Hubiera pensado en sefardí, dada España, pero no, de oriente, más allá del Oder, más cerca del Vístula o el Dniester, o de los bosques húngaros o el llano valaco. De Keshenev o del Prypiat. Nunca lo sabré, pero esa sangre me pone a bailar klezmer en domingo, antes de salir hacia la parrillada que prepara mi Aly donde buscaré en el tempranillo las respuestas.
La música klezmer me apasiona. De niño, cuando vi El violinista en el tejado, quedé encandilado. Tea que nunca ha de apagarse, como la de mi antepasado Murillo. No sabía entonces nada. Recuerdo el sonoro nombre de ese pueblo hebreo, Anatevka, de la magia y del misterio. De la sobriedad y fe de esta gente que sin embargo en la fiesta se soltaba con pasión. Fotos de Román Vishniac, me acuerdo. El universo que Hitler quiso destruir. Todavía suenan los violines, el trombón, el fantástico clarinete. Suena, suena el klezmer, mientras se mecen los nazis ahorcados de Minsk porque nadie, nadie, dura mil años. La música sí, cuando llegue el Armagedón habrá entre las ruinas una melodía, seguro. Aunque la escuchen solo y últimas las hormigas.
Tendría que hablar de literatura, de los poemas de Zuzanna Ginczanka que vencieron a la muerte. Mis ojos recorren la tierra negra en las afueras de Jarkov. Ucrania, sí. Y Rusia también. Y la amada Polonia. En el panorama siempre ellos, vestidos de negro, bailando con botellas sobre la cabeza. Largos faldones y la fiesta del Purim. Isaac Bashevis Singer, Babel, Aleichem. Nadie puede negarles historia allí, ni estadía, ni memoria. Pienso en de dónde y por dónde cargo este ashkenazy conmigo. Quiero imaginarme a mí mismo en el bosque oscuro y cerrado alrededor de Vilna, en la fragua de metales fundiendo escudos para eternos héroes de eternas Troyas. Vulcano-Hefestos mientras las pupilas recorren la escritura al revés y sobre las piedras voy escribiendo el nombre de dios, inventando Golems donde no había vida.
El Golem de Gustav Meyrink, sobre quien alguna vez Kafka escribió a Milena Jesenská. ¿Cómo reclamo para mí una cultura si floto entre todas las sangres? ¿Si el cóndor mata al toro y el toro brama? Cómo si me escurro entre los destruidos muros de Zhitomir y amanezco en Uzhorod. Acompaño al vocalista de Gogol Bordello buscando las raíces de un árbol muy vivo y sólido, frondoso y profundo. Chagall. Mazel tov.
[ Fuente: https://bit.ly/3o9ifUn%5D

Escrito por CARLOS CRESPO FLORES

El eucalipto es una especie forestal que recorre la novela MUERTA CIUDAD VIVA[1], de Claudio Ferrufino; acompaña al protagonista en su recorrido etilo-erótico por la ciudad y valle de Cochabamba.

Introducida en el país a fines del siglo XIX desde Australia durante el auge minero, se ha adaptado a los ecosistemas del país, más allá de los impactos ambientales que provoca, sobre la humedad y fertilidad del suelo. El eucalipto (Eucalyptus L’Hér) es definido por la Guía de Árboles de Bolivia[2], como

“Árboles grandes o arbustos, con corteza exfoliante que se desprende en láminas; hojas alternas o subopuestas, lanceoladas o falcadas y asimétricas, glabras rara vez pilosas, pecioladas o subsésiles, generalmente con puntos translúcidos. Flores pequeñas en umbelas o cabezuelas, a veces en panículas axilares, pediceladas o subsésiles; el cáliz lobulado caliptriforme, con una tapa o capuchón que resulta de la unión de pétalos y sépalos. Fruto un pixidio. Género australiano y de la región malaya, con más de 1000 especies” (Killeen, García & Beck, 1993:581).

Las formas de sus hojas y proximidad con el poeta, reafirman a Ron Loewisohn su conexión con esta especie:

Aquí están los eucaliptos

con sus hojas que gotean;

en la luz gris azulada de la madrugada

están juntos en la arboleda

como

nueve hermanos de pelo oscuro y piel suave

hermanos. -Parecen así (extrañamente)

relacionados conmigo.[3]

En Bolivia, son tres las especies cultivadas mas importantes, de ellas, en Cochabamba se planta la E. camaldulensis Dehnh (Killeen, García & Beck, 1993:581), y a lo largo del siglo XX ha formado parte del escenario paisajístico valluno. Es altamente probable que el escritor Claudio Ferrufino disfrutaba de esta especie.

Para el protagonista de Muerta ciudad viva, su “espíritu rural, primigenio, campesino” está conectado con el eucalipto, su “susurro” y su “aroma”; de ahí que busque su “sombra, cuando tiene problemas, depresión o ansias” (112). El fresco olor mentolado del eucalipto seduce a Claudio, a través de su personaje. En un viaje a Oruro, por tren, atravesando “parajes memorables…, a pesar de las ventanillas cerradas, el aroma de eucalipto llenaba los dos vagones de que se componía la máquina” (53). En otra escena, luego de una violenta pelea de borrachera, toma un taxi, para hallarse “echado entre eucaliptos, a la vera de la senda de tierra cerca del canal grande de riego. El sol agrada. La sombra acoge. Las hojas de eucalipto silban una monótona pero sublime canción. Y las pepitas de molle rojo alrededor hablan de asuntos dulces de infancia” (14). La asociación de este árbol mirtáceo, con el placer y el bucolismo valluno, es evidente.

En uno de los recorridos hacia su casa, camina “al lado de las canchas auxiliares de fútbol”, donde solía jugar, “antes de encontrar las preferencias del trago y del culo” (140). El lugar “olía a eucalipto”, provocándole una “extraña sensación”. Efectivamente, en la década del 60’-70’s’ hubo un arbolado en los límites de este espacio deportivo conexo al stadium departamental, donde el eucalipto destacaba.

Otro momento de incursión en bicicleta al entorno rural valluno, por el camino de Condebamba: visualiza “eucaliptos jóvenes, de tonos grises, (que) lucen gotitas de rocío” (109). La juventud del arbolado que observa Claudio evidencia la posibilidad que sean rebrotes. No olvidar que el negocio de los “callapos” se extendió luego de la reforma agraria, talando árboles de eucalipto para troncas y leña, que luego rebrotan.

De una de sus amadas, Eszter, recuerda que olía a eucalipto (116)[4], y esta lo compara con un eucalipto (113). En el periodo retratado por la novela (principios de los 80’s), el arbolado de eucalipto en el campus universitario de San Simón era importante, particularmente entre las facultades de Derecho y Humanidades, del cual hoy quedan algunos individuos. El estudiante apasionado busca a Eszter, atraviesa “los eucaliptos de cincuenta metros (que) guardan unas aves extrañas en sus copos” (83); parecen zancudas, aquellas que visitan también la laguna Alalay como parte de su escala migratoria. Más aún, cuando se entera que ha fallecido Eszter, para recordarla, toma el micro hacia Tiquipaya; por las faldas de la cordillera, sospecho, recorre lugares que habían visitado. Y, por supuesto, están ahí los eucaliptos, “que se inclinaban hacia la izquierda”, debido al “soplo (que) bajaba de una quebrada casi al frente” (121).

Con Silvia, otra novia, están en el río de Chocaya, desnudos, dentro “el agua fría”. El joven realiza un acto pagano religioso: “remojé ramitas de eucalipto azul para utilizarlas como hisopo. Yo te bendigo, coito” (131).

Similar a un cazador vigilante de su presa, el majestuoso árbol le sirve al protagonista como lugar de acecho: “miro a Frances Mallotto desubicado desde un eucalipto. Lo hago al sorber cerveza amarga, calculando los pasos para intentar el ataque” (86). En determinado momento deja “el refugio del eucalipto” para “encararla” (86).

La conjunción eucalipto, molle, agua, es distintiva del paisaje valluno; es con esta vista donde el erotismo fluye: “copulan a orillas de un río seco, apoyados en un molle, con un arroyo corriendo por la espalda, mitad metidos en el agua, entre eucaliptos que bordean una herradura…” (149).

El eucalipto es parte de la fiesta rural en el valle. No solo como leña en la fabricación de la chicha, sino también en la habilitación del espacio festivo. En un matrimonio al cual asiste con sus amigos, observa que “se habían cortado jóvenes eucaliptos para las columnatas que sostendrían la carpa… (para) albergar a doscientas personas” (174).

En su periodo de caída en el alcoholismo y desdicha, el héroe trágico de la novela, visita a un amigo, quien le pagaba tragos de cuando en cuando”, para platicar sobre “los compañeros comunes, de Abel, de situaciones como la del Jallalla. Aires de eucalipto…” (188). Buscando a una de las novias, que había huido luego de una violenta trifulca, “bajaba y entraba a los bosquecillos de eucalipto, a los huertos frutales llamándola” (185). Aun en sus momentos de alucinación alcohólica, el eucalipto se halla presente: “bajé, desmonté cerros y esquivé árboles de tara que se veían solitarios entre molles y eucaliptos” (168). Ahí, el eucalipto se torna sombrío: “las hojas afiladas de los eucaliptos dan la sensación de árboles con cientos de puñales colgantes” (66).

En la última escena de la novela, convertido en aparapita, vemos que se prepara “con agua hirviente y metanol, con raspaditos de naranja, un trago” (206), mientras “los eucaliptos se despiden dialogando con la brisa (y) los pájaros lo hacen con barullo. No voy todavía a dormir” (206).

[1] Ferrufino, Claudio (2013) Muerta ciudad viva. Santa Cruz: Editorial El País. 206 pp.

[2] Killeen, Timothy J., García E., Emilia & Beck, Stephan G. (1993) Guía de arboles de Bolivia. La Paz: Editorial del Instituto de Ecología. 958 pp.

[3] Loewisohn, Ron (1968), “The eucaliptus trees”. En Poetry. Vol. 112. No 2. Pp. 105-106. Traducción libre: C.C.

[4] El protagonista imagina a Eszter que “se reclina en un cuadro de maja boliviana, en marco de eucaliptos y buses achacosos…” (201).

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[De INMEDIACIONES – reproducido en sugieroleer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Baguala y tambor. La madre como la luz de los reyes magos. Norte argentino. Milanesas en La Quiaca; vino de la casa en Salamina; el paso por Acheral, no tan después de que el ERP tomase el pueblo (mayo del 74). Sin caballo y en Montiel, cantaban Cafrune y Zitarrosa. Atravesé Montiel, provincia de Salta, montado en una flota Atahualpa; eran azules, esas, grandes y tan distintas a las matracas que castigaban los caminos del sur boliviano. Cuando allí subir y bajar la cuesta de Sama implicaba impresionante aventura por no llamarla por su nombre: martirio.
El chofer ponía el dedo pulgar en el parabrisas cuando venía carro contrario, para que si hubiera impacto de piedra se concentrara allí, en el punto ajustado. A cada rato un cartel decía “Baden”; supe que el badén es aquella zanja o canal formado por ríos y arroyos. Secos, al menos entonces, que cuando el agua corre por el desierto, arrasa. Lo vi en Paria, la antigua, cerca de Oruro, donde el agua turbia semejaba agitado mar. Los huaicos de la costa peruana, señales de destrucción en esa aparente nada. Agua en el desierto, metáforas. En otro bus, micro este, por la costa blanca, la blanca Arequipa, la piedra de volcán, las rojas sandías de Palpa en agudo contraste con la arena y la nada. Van Gogh en una vacía playa del mar de Azov. La vidala es un canto triste que me arrastra de los cabellos a la infancia, a la caverna primigenia con bestias acechando alrededor para devorarte. Vidalas sonaban en la noche de Cochabamba, sombras de las vinchucas y la voz de madre que las mata.
El padre disparaba con la Beretta 32 a los manzanos. Al día siguiente los balazos parecían flores en los troncos explotados. Y lloraban. Vidala tengo una copla, no me la vas a quitar. Dejala que me acompañe, pa’ cuando vuelva a mi pago. Volver, siempre volver. El músico habla de Sanagasta, en La Rioja, Argentina. El bombo del Chango Nieto pone un fondo. Simoca, claro que recuerdo, ojalita que ella pudiera escuchar. No ojalá, ojalita, dulce diminutivo como miel de algarrobo. Ojalita recuerdes que todavía suenan las cajas indias por las quebradas. Viaje, camino, polvo, de Potosí al sur, roja tierra tarijeña, una frontera que no existiría si no hubiera policía. Acordeón. Sanfona.
Papá recolectaba grillos en el jardín para ponerlos dentro de casa. Cuando anochecía, los grillos cantaban. La noche de la infancia tiene grillos, la Zamba del grillo. Aquel, mi padre, era hombre duro, callado, solitario. Pero vi mojados sus verdes ojos cuando me fui a crecer en el mundo y cuando supe que no lo vería más, en la puerta de casa, de pie, brillando sus esmeraldas, encorvado, el tata está viejo. Nunca más. Y nada valió no verlo. Perseguimos la estupidez, el oro, la gloria, la fama, el respeto, olvidando que todo es tan simple como el grillo que ponía Joaquín en un rincón para que les cantara a sus hijos. El hombre que hería manzanos, que bailaba cumbia, que llenaba la tina del baño con botellas de cerveza y hielo para la fiesta. Ese que con cuidado agarraba al bicho y lo contrataba sin tiempo para el concierto siempre recordado, para el instante que no muere, la eternidad del segundo, el brillo de sus ojos al lado de la enredadera despidiéndose de mí. Baja la vidala por las sendas de polvo. Podría ser Catamarca, tal vez Charamoco. Los arrieros cruzan templando el charango. De tales pasos nace el kaluyo, melancolía, lo añejo de la tierra. Tal vez Ojo de Agua, quizá Corani, cuando los arroyos bajan del frío hacia las bocas de los jucumaris, o del hombre convertido en jucumari, en khari siri, en la búsqueda sin fin del calor, del amor que se perdió en el Edén, entre víboras, hombres tontos y, en lugar de manzana, un higo o un membrillo.
Vientre de Eva. Ombligo. Pecho que nace, crece y nunca muere. Suave como pelusa, terso como el cuero de los escudos troyanos.
A este texto le faltará más de lo que le vaya a sobrar. Hay mucha vida en esta historia, profusión de nombres, personas extraviadas en pensamientos. Mujeres: una que me invitaba al ingenio azucarero de Ledesma, en Jujuy, en un café de noche posiblemente en Güemes; otra, entre Villazón y Oruro, de luto y con su madre dormida al lado permitiéndome el pie entre sus piernas. Lo efímero de mi tiempo contrabandista. Villazón, La Quiaca, con alguna incursión hasta la ciudad de Jujuy. Hotelitos miserables del lado boliviano, aduana, coimas, y ya en Cochabamba que el tren está detenido en Parotani… Más dinero, otros sobornos pero siempre ganancia. Duré poco. 4 días intensos duraba la transa, demasiado. Lo mejor de aquello fue un telegrama que envié a una hermosa lingüista francesa, un verso de Apollinaire y pronto la exultación del delirio, la soledad de la muerte. Cargaba en su vientre un hijo que no era mío y la apuesta ya estaba de antemano fracasada. Pero huelo todavía esos eucaliptos con que te froté los senos en Molle Molle.
Cruzamos a la Argentina por varios puntos. La consabida Villazón. Yacuiba y Pocitos. Agua Blanca, cruzando el Bermejo en un bote eludiendo piedras. De allí a Tartagal, Embarcación. Miraba por la ventana imaginando que por allí cerca se encontraba El Impenetrable, el bosque cerrado. Pensaba, pienso demasiado, en la guerrilla de los Uturuncos, en la de Jorge Masetti, revolución o muerte.
Zambas de Orán. El panorama sin fin de Embarcación, también sobre el Bermejo, cerquita, sur, de la arista boliviana que penetra en el norte argentino. Habíamos empezado por Padcaya rumbo a Caraparí y un brusco desvío al sur. Si he de ver aquello de nuevo, lo dudo. Entonces mejor escribir para no olvidar.
Las letras de las vidalas de mi madre eran de amor, pero el ritmo triste. Desde lo profundo de su alma, de los ancestros en los montes santiagueños, en rituales prohibidos de la Salamanca y los diablillos del carnaval. La vidala no se baila, se canta y escucha bajo el golpeteo de la caja. Yo, niño, imaginaba quebracho y mistol, la batalla sin fin de vascos y calchaquíes. ¿Qué sangre quedó en mí? O se juntaron en la arena gredosa por el agua roja. ¿Maldición o bendita esta memoria? Quiero verlo otra vez pero para entonces ya estaré ciego. Aguza los oídos, me digo, que el tiempo desea enterrar el yaraví.

 

[Fuente: plumaslatinoamericanas.blogspot.com]


Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Joseph Brodsky, Nobel de Literatura, en un precioso artículo sobre Nadezhda Mandelstam, del New York Times Book Review de marzo 1981, explica la gran prosa rusa surgida en la segunda mitad del s. XIX como resultado de la fortaleza de la poesía rusa de la mitad anterior. Cita a Ana Ajmátova que decía que «la mayoría de los personajes de Dostoievsky eran avejentados héroes de Pushkin: Onegin y los otros».

Interesante, y cierto tal vez. Me pregunto si lo que supuestamente Ajmátova aplica a Dostoievsky recae también sobre Lev Nikolaievich Tolstoi. Creo que no. Tolstoi se ufanaba ante Gorky que con La Guerra y la Paz había escrito otra Ilíada. Este rutilante y contradictorio titán, por si no fuera poca su grandeza literaria, rubricó una escuela de pensamiento de cuyos principios sobre sí mismo dudó Maxim Gorky (que lo amaba) en sus Reminiscencias de Tolstoi.

Ya había yo leído a mis 17 años todo lo que existía suyo traducido al español, con Los cosacos como inicio y Resurrección su epílogo. Autor imposible de repetirse, hábil en el macrocosmos histórico y sutil y emotivo en las relaciones humanas. Un ejemplo, y recurriendo de nuevo a Brodsky, que «La realidad per se no vale nada. Es la percepción que le da significancia». Y Tolstoi fue el gran perceptivo de la literatura, el mayor.

Puse una orden en la biblioteca del condado para recibir el devedé The Last Station, sobre los últimos días de Tolstoi. Esperé un par de meses, 198 personas lo requerían antes que yo. El fenómeno Tolstoi, o su rejuvenecimiento, es bastante nuevo, vino con un respaldo que el autor desdeñaría: Oprah Winfrey, quien con su multitudinaria audiencia empujó la novel traducción de «Ana Karenina» por Richard Pevear y Larissa Volokhonsky a la estratósfera. La muchedumbre recién descubrió a Tolstoi y se hizo chic nombrarlo. Desde entonces, y hablando de traducciones del ruso al inglés, la pareja de traductores continuó con un arrollador éxito la azarosa trama de los eslavos:  Dostoievsky, Gogol, Chejov, Bulgakov. Esta semana aparecerá, por ellos, Zhivago, de Boris Pasternak, que reeditará el éxito que tuvieron Omar Sharif y el filme, de una novela que Ehrenburg, adorador del Pasternak poeta, sugirió que en ella el escritor no sabía de lo que escribía.

Tolstoi escritor se vio algo opacado por Tolstoi profeta. Quizá en La muerte de Iván Ilich conjunciona ambos aspectos, siendo, en términos filosóficos tal vez su obra más lograda, y en cierto modo premonitoria. El filme en cuestión, que se centra en el postrer ídolo y su posible cuasi mitificación, solo se asoma al literato en lo relacionado a los menesteres económicos, gigantescos, que dejaba su obra. La lucha entre los deberes familiares, la herencia de sus derechos de autor para sus hijos, por un lado, y una herencia «abierta» al mundo que querían lograr sus sicofantes, llena el cinematógrafo, dándole una especie de cotidianeidad absurda a sus últimos instantes. El tema fue mejor tratado en el filme soviético de Sergei Gerasimov Lev Tolstoy, que en tres horas guarda mayor fidelidad. Y no es cuestión de respeto a la muerte, o a la grandeza de un hombre que para Rusia encarnaba un largo historial de santones, rebeldes y mártires, sino el tono hollywoodense, de gratuita jocosidad, que se inmiscuye por momentos en La última estación. Gerasimov, además, en 1984, y actuando él mismo como Lev Nicolaievich, consideraba superflua una historia de amor. Hollywood hizo en el pasado eso con Ana Karenina, cuando en verdad el libro desgarra la personalidad de Ana y de su esposo y obliga a tomar partido en un asunto tan humano como molestoso.

En Isaiah Berlin, en su inolvidable The Hedgehog and the Fox (El erizo y la zorra, en español, prologado por Mario Vargas Llosa), una aproximación al pensamiento de Tolstoi, se sugiere que los hombres son o erizos o zorras, por su tipo de personalidad artística e intelectual (a raíz de una frase de Arquíloco de que la zorra sabe muchas cosas y el erizo solo una, aunque muy bien). Erizos serían Dostoievski, Pascal, Dante, Platón, Lucrecio, Nietszche, Ibsen, Hegel, Proust, mientras que Aristóteles, Montaigne, Heródoto, Erasmo, Molière, Balzac, Goethe, Pushkin, Joyce, zorras. Según un antiguo blog de 2002: «El problema de Berlin comienza con Tolstoi. Este ruso era, por naturaleza, zorra, por convicción, erizo», retomando la profundidad tanto como extensión de lo que abrigaba en sí y lo hizo singular. El Tolstoi que en literatura afirmaba que Leskov era un escritor amanerado, y luego lo ensalzaba a la vez que criticaba a Dostoievsky; que decía que Dickens no era muy listo pero que sabía construir sus novelas como nadie, por cierto mejor que Balzac; que los franceses tenían tres escritores: Stendhal, Balzac, Flaubert, y quizá Maupassant (prefería a Chejov). Hugo era un «hombre ruidoso» y le disgustaba; que las voces de los personajes de Gorky eran todas las de su autor. Lo cuenta él mismo, Peshkov-Gorky, en sus recuerdos que culminan así: «Y yo, que no creo en Dios, por alguna razón lo miré con mucha cautela y algo de timidez. Lo miré y pensé: Este hombre es como Dios».

Aurora, noviembre 2010.

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[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba) y en Semanario Uno (Santa Cruz de la Sierra) –  imagen 1: Tolstoi, por Karl Bulla; imagen 2: Tolstoi, por Ilya Repin – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com ]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El siglo XVII fue pródigo en hechos extraordinarios en la Europa oriental. El reino de Polonia se hallaba en una de sus etapas de mayor expansión: desde Kiev y el Mar Negro, al sur, hasta Lituania y el Báltico en el norte. Luego de haber abandonado Moscú, sus fronteras orientales se ubicaron cerca de Smolensk.
En 1648, los cosacos de los límites meridionales se levantaron en armas contra el reino y declararon la nación libre de los cosacos zaporogos, que habitaban una isla llamada Sitch, en el río Dnepr. Con ayuda del khan de Crimea y beys menores se lanzaron a invadir la República de Polonia.
Al frente de los insurrectos estaba un atamán: Mielnitski. En una escena esteparia de A sangre y fuego, de Henrik Sienkiewicz, aparece por primera vez en mi vida este personaje histórico. En la obra se presenta como « Diosdado Zenobio Mielnitski ». Más adelante, en los cuentos de la Caballería roja de Isaak E. Babel, encontré un Bogdán Melnitzki. Mi duda era saber si ambos eran el mismo hombre. Isaac Bashevis Singer habla en Satán en Goray de un atamán Chmelnicki. Las épocas mencionadas en los tres autores concordaban, pero todavía cabía el interrogante de los nombres Bogdán y Diosdado Zenobio. Me fui al Larousse francés del siglo XIX -una joya-: Mielnitski no estaba consignado allí, pero sí había la historia del nombre Bogdán, que provenía de un antiguo voivoda (funcionario) de Moldavia. El diccionario aclaraba que Bogdán equivalía al francés Dieudonné, que en castellano no es otro que Diosdado.

El problema se había resuelto y aprecié el saber utilizar todos los cabos para encontrar el ovillo original.

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[Publicado en TEXTOS PARA NADA (Opinión/Cochabamba) – imagen: Bohdan Teodor Zenobi Chmielnicki – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot


Pues, el Ñuble, río, y nombres de mujeres y una mujer tan suave como las piedras del río. De cumpleaños el escritor escondido, el escritor líquen, viento, sangre de mezclas exóticas a quien leo y lee mi pareja, ambos sentados cada uno en una silla que mira a su lado y a quien escuchamos teclear y “textear” mientras de a ratos conversamos. Nabokov, Joyce, la nieve, cerro, polvo, y la recua ignorante, animal y humana, que pasa y rebuzna, que corta el aire y se asfixia en amaneceres de San Fabián de Alico, sí, allí mismo, de los Parra y la parra, la música y el vino.

Podría escribir mucho, no los versos más tristes esta noche porque son precisamente las 10:14 en el estado de Colorado, de mañana y sin tristeza, y me adecúo a que, en machismo atávico, no debe un hombre escribir del otro con demasiado énfasis. Me limito entonces a un abrazo, a cierta envidia también porque no cultivo como Muzam especias en mi jardín, para decir que estoy cansado del concreto, que necesito un retiro ruso a lo Tolstoi, o la locura de Gogol pero sin dioses.

Pero me gustaría, y mucho, sentarnos “al borde de una mañana eterna”, a decir de César Vallejo, con un grupo de amigos y licor de uva, de maíz, de cebada, de quinua y de ciruela, y de papa rancia ¿por qué no? Invitar a Miguel, a los tres Pablos, al otro Claudio, a Lorena y muchachas que por ser bellas no dejan de ser poetas. Y a Lander para que pinte el futuro con trazos tan antiguos que remiten a Callot.

Bueno, maestro Jorge Muzam, un soliloquio para agradecer lo tanto que disfruto mis lecturas de usted, y que goce hoy y se emborrache, y se caiga hasta que la mita en la acequia lo despierte, que cuando usted nació no nacieron todas las flores como dice -creo- una canción, sino los petardos. A encenderlos…



[Publicado originalmente en el blog Le Coq En Fer – reproducido en cuadernosdelaira.blogspot.com]