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Escrito por CARLOS CRESPO FLORES

El eucalipto es una especie forestal que recorre la novela MUERTA CIUDAD VIVA[1], de Claudio Ferrufino; acompaña al protagonista en su recorrido etilo-erótico por la ciudad y valle de Cochabamba.

Introducida en el país a fines del siglo XIX desde Australia durante el auge minero, se ha adaptado a los ecosistemas del país, más allá de los impactos ambientales que provoca, sobre la humedad y fertilidad del suelo. El eucalipto (Eucalyptus L’Hér) es definido por la Guía de Árboles de Bolivia[2], como

“Árboles grandes o arbustos, con corteza exfoliante que se desprende en láminas; hojas alternas o subopuestas, lanceoladas o falcadas y asimétricas, glabras rara vez pilosas, pecioladas o subsésiles, generalmente con puntos translúcidos. Flores pequeñas en umbelas o cabezuelas, a veces en panículas axilares, pediceladas o subsésiles; el cáliz lobulado caliptriforme, con una tapa o capuchón que resulta de la unión de pétalos y sépalos. Fruto un pixidio. Género australiano y de la región malaya, con más de 1000 especies” (Killeen, García & Beck, 1993:581).

Las formas de sus hojas y proximidad con el poeta, reafirman a Ron Loewisohn su conexión con esta especie:

Aquí están los eucaliptos

con sus hojas que gotean;

en la luz gris azulada de la madrugada

están juntos en la arboleda

como

nueve hermanos de pelo oscuro y piel suave

hermanos. -Parecen así (extrañamente)

relacionados conmigo.[3]

En Bolivia, son tres las especies cultivadas mas importantes, de ellas, en Cochabamba se planta la E. camaldulensis Dehnh (Killeen, García & Beck, 1993:581), y a lo largo del siglo XX ha formado parte del escenario paisajístico valluno. Es altamente probable que el escritor Claudio Ferrufino disfrutaba de esta especie.

Para el protagonista de Muerta ciudad viva, su “espíritu rural, primigenio, campesino” está conectado con el eucalipto, su “susurro” y su “aroma”; de ahí que busque su “sombra, cuando tiene problemas, depresión o ansias” (112). El fresco olor mentolado del eucalipto seduce a Claudio, a través de su personaje. En un viaje a Oruro, por tren, atravesando “parajes memorables…, a pesar de las ventanillas cerradas, el aroma de eucalipto llenaba los dos vagones de que se componía la máquina” (53). En otra escena, luego de una violenta pelea de borrachera, toma un taxi, para hallarse “echado entre eucaliptos, a la vera de la senda de tierra cerca del canal grande de riego. El sol agrada. La sombra acoge. Las hojas de eucalipto silban una monótona pero sublime canción. Y las pepitas de molle rojo alrededor hablan de asuntos dulces de infancia” (14). La asociación de este árbol mirtáceo, con el placer y el bucolismo valluno, es evidente.

En uno de los recorridos hacia su casa, camina “al lado de las canchas auxiliares de fútbol”, donde solía jugar, “antes de encontrar las preferencias del trago y del culo” (140). El lugar “olía a eucalipto”, provocándole una “extraña sensación”. Efectivamente, en la década del 60’-70’s’ hubo un arbolado en los límites de este espacio deportivo conexo al stadium departamental, donde el eucalipto destacaba.

Otro momento de incursión en bicicleta al entorno rural valluno, por el camino de Condebamba: visualiza “eucaliptos jóvenes, de tonos grises, (que) lucen gotitas de rocío” (109). La juventud del arbolado que observa Claudio evidencia la posibilidad que sean rebrotes. No olvidar que el negocio de los “callapos” se extendió luego de la reforma agraria, talando árboles de eucalipto para troncas y leña, que luego rebrotan.

De una de sus amadas, Eszter, recuerda que olía a eucalipto (116)[4], y esta lo compara con un eucalipto (113). En el periodo retratado por la novela (principios de los 80’s), el arbolado de eucalipto en el campus universitario de San Simón era importante, particularmente entre las facultades de Derecho y Humanidades, del cual hoy quedan algunos individuos. El estudiante apasionado busca a Eszter, atraviesa “los eucaliptos de cincuenta metros (que) guardan unas aves extrañas en sus copos” (83); parecen zancudas, aquellas que visitan también la laguna Alalay como parte de su escala migratoria. Más aún, cuando se entera que ha fallecido Eszter, para recordarla, toma el micro hacia Tiquipaya; por las faldas de la cordillera, sospecho, recorre lugares que habían visitado. Y, por supuesto, están ahí los eucaliptos, “que se inclinaban hacia la izquierda”, debido al “soplo (que) bajaba de una quebrada casi al frente” (121).

Con Silvia, otra novia, están en el río de Chocaya, desnudos, dentro “el agua fría”. El joven realiza un acto pagano religioso: “remojé ramitas de eucalipto azul para utilizarlas como hisopo. Yo te bendigo, coito” (131).

Similar a un cazador vigilante de su presa, el majestuoso árbol le sirve al protagonista como lugar de acecho: “miro a Frances Mallotto desubicado desde un eucalipto. Lo hago al sorber cerveza amarga, calculando los pasos para intentar el ataque” (86). En determinado momento deja “el refugio del eucalipto” para “encararla” (86).

La conjunción eucalipto, molle, agua, es distintiva del paisaje valluno; es con esta vista donde el erotismo fluye: “copulan a orillas de un río seco, apoyados en un molle, con un arroyo corriendo por la espalda, mitad metidos en el agua, entre eucaliptos que bordean una herradura…” (149).

El eucalipto es parte de la fiesta rural en el valle. No solo como leña en la fabricación de la chicha, sino también en la habilitación del espacio festivo. En un matrimonio al cual asiste con sus amigos, observa que “se habían cortado jóvenes eucaliptos para las columnatas que sostendrían la carpa… (para) albergar a doscientas personas” (174).

En su periodo de caída en el alcoholismo y desdicha, el héroe trágico de la novela, visita a un amigo, quien le pagaba tragos de cuando en cuando”, para platicar sobre “los compañeros comunes, de Abel, de situaciones como la del Jallalla. Aires de eucalipto…” (188). Buscando a una de las novias, que había huido luego de una violenta trifulca, “bajaba y entraba a los bosquecillos de eucalipto, a los huertos frutales llamándola” (185). Aun en sus momentos de alucinación alcohólica, el eucalipto se halla presente: “bajé, desmonté cerros y esquivé árboles de tara que se veían solitarios entre molles y eucaliptos” (168). Ahí, el eucalipto se torna sombrío: “las hojas afiladas de los eucaliptos dan la sensación de árboles con cientos de puñales colgantes” (66).

En la última escena de la novela, convertido en aparapita, vemos que se prepara “con agua hirviente y metanol, con raspaditos de naranja, un trago” (206), mientras “los eucaliptos se despiden dialogando con la brisa (y) los pájaros lo hacen con barullo. No voy todavía a dormir” (206).

[1] Ferrufino, Claudio (2013) Muerta ciudad viva. Santa Cruz: Editorial El País. 206 pp.

[2] Killeen, Timothy J., García E., Emilia & Beck, Stephan G. (1993) Guía de arboles de Bolivia. La Paz: Editorial del Instituto de Ecología. 958 pp.

[3] Loewisohn, Ron (1968), “The eucaliptus trees”. En Poetry. Vol. 112. No 2. Pp. 105-106. Traducción libre: C.C.

[4] El protagonista imagina a Eszter que “se reclina en un cuadro de maja boliviana, en marco de eucaliptos y buses achacosos…” (201).

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[De INMEDIACIONES – reproducido en sugieroleer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Baguala y tambor. La madre como la luz de los reyes magos. Norte argentino. Milanesas en La Quiaca; vino de la casa en Salamina; el paso por Acheral, no tan después de que el ERP tomase el pueblo (mayo del 74). Sin caballo y en Montiel, cantaban Cafrune y Zitarrosa. Atravesé Montiel, provincia de Salta, montado en una flota Atahualpa; eran azules, esas, grandes y tan distintas a las matracas que castigaban los caminos del sur boliviano. Cuando allí subir y bajar la cuesta de Sama implicaba impresionante aventura por no llamarla por su nombre: martirio.
El chofer ponía el dedo pulgar en el parabrisas cuando venía carro contrario, para que si hubiera impacto de piedra se concentrara allí, en el punto ajustado. A cada rato un cartel decía “Baden”; supe que el badén es aquella zanja o canal formado por ríos y arroyos. Secos, al menos entonces, que cuando el agua corre por el desierto, arrasa. Lo vi en Paria, la antigua, cerca de Oruro, donde el agua turbia semejaba agitado mar. Los huaicos de la costa peruana, señales de destrucción en esa aparente nada. Agua en el desierto, metáforas. En otro bus, micro este, por la costa blanca, la blanca Arequipa, la piedra de volcán, las rojas sandías de Palpa en agudo contraste con la arena y la nada. Van Gogh en una vacía playa del mar de Azov. La vidala es un canto triste que me arrastra de los cabellos a la infancia, a la caverna primigenia con bestias acechando alrededor para devorarte. Vidalas sonaban en la noche de Cochabamba, sombras de las vinchucas y la voz de madre que las mata.
El padre disparaba con la Beretta 32 a los manzanos. Al día siguiente los balazos parecían flores en los troncos explotados. Y lloraban. Vidala tengo una copla, no me la vas a quitar. Dejala que me acompañe, pa’ cuando vuelva a mi pago. Volver, siempre volver. El músico habla de Sanagasta, en La Rioja, Argentina. El bombo del Chango Nieto pone un fondo. Simoca, claro que recuerdo, ojalita que ella pudiera escuchar. No ojalá, ojalita, dulce diminutivo como miel de algarrobo. Ojalita recuerdes que todavía suenan las cajas indias por las quebradas. Viaje, camino, polvo, de Potosí al sur, roja tierra tarijeña, una frontera que no existiría si no hubiera policía. Acordeón. Sanfona.
Papá recolectaba grillos en el jardín para ponerlos dentro de casa. Cuando anochecía, los grillos cantaban. La noche de la infancia tiene grillos, la Zamba del grillo. Aquel, mi padre, era hombre duro, callado, solitario. Pero vi mojados sus verdes ojos cuando me fui a crecer en el mundo y cuando supe que no lo vería más, en la puerta de casa, de pie, brillando sus esmeraldas, encorvado, el tata está viejo. Nunca más. Y nada valió no verlo. Perseguimos la estupidez, el oro, la gloria, la fama, el respeto, olvidando que todo es tan simple como el grillo que ponía Joaquín en un rincón para que les cantara a sus hijos. El hombre que hería manzanos, que bailaba cumbia, que llenaba la tina del baño con botellas de cerveza y hielo para la fiesta. Ese que con cuidado agarraba al bicho y lo contrataba sin tiempo para el concierto siempre recordado, para el instante que no muere, la eternidad del segundo, el brillo de sus ojos al lado de la enredadera despidiéndose de mí. Baja la vidala por las sendas de polvo. Podría ser Catamarca, tal vez Charamoco. Los arrieros cruzan templando el charango. De tales pasos nace el kaluyo, melancolía, lo añejo de la tierra. Tal vez Ojo de Agua, quizá Corani, cuando los arroyos bajan del frío hacia las bocas de los jucumaris, o del hombre convertido en jucumari, en khari siri, en la búsqueda sin fin del calor, del amor que se perdió en el Edén, entre víboras, hombres tontos y, en lugar de manzana, un higo o un membrillo.
Vientre de Eva. Ombligo. Pecho que nace, crece y nunca muere. Suave como pelusa, terso como el cuero de los escudos troyanos.
A este texto le faltará más de lo que le vaya a sobrar. Hay mucha vida en esta historia, profusión de nombres, personas extraviadas en pensamientos. Mujeres: una que me invitaba al ingenio azucarero de Ledesma, en Jujuy, en un café de noche posiblemente en Güemes; otra, entre Villazón y Oruro, de luto y con su madre dormida al lado permitiéndome el pie entre sus piernas. Lo efímero de mi tiempo contrabandista. Villazón, La Quiaca, con alguna incursión hasta la ciudad de Jujuy. Hotelitos miserables del lado boliviano, aduana, coimas, y ya en Cochabamba que el tren está detenido en Parotani… Más dinero, otros sobornos pero siempre ganancia. Duré poco. 4 días intensos duraba la transa, demasiado. Lo mejor de aquello fue un telegrama que envié a una hermosa lingüista francesa, un verso de Apollinaire y pronto la exultación del delirio, la soledad de la muerte. Cargaba en su vientre un hijo que no era mío y la apuesta ya estaba de antemano fracasada. Pero huelo todavía esos eucaliptos con que te froté los senos en Molle Molle.
Cruzamos a la Argentina por varios puntos. La consabida Villazón. Yacuiba y Pocitos. Agua Blanca, cruzando el Bermejo en un bote eludiendo piedras. De allí a Tartagal, Embarcación. Miraba por la ventana imaginando que por allí cerca se encontraba El Impenetrable, el bosque cerrado. Pensaba, pienso demasiado, en la guerrilla de los Uturuncos, en la de Jorge Masetti, revolución o muerte.
Zambas de Orán. El panorama sin fin de Embarcación, también sobre el Bermejo, cerquita, sur, de la arista boliviana que penetra en el norte argentino. Habíamos empezado por Padcaya rumbo a Caraparí y un brusco desvío al sur. Si he de ver aquello de nuevo, lo dudo. Entonces mejor escribir para no olvidar.
Las letras de las vidalas de mi madre eran de amor, pero el ritmo triste. Desde lo profundo de su alma, de los ancestros en los montes santiagueños, en rituales prohibidos de la Salamanca y los diablillos del carnaval. La vidala no se baila, se canta y escucha bajo el golpeteo de la caja. Yo, niño, imaginaba quebracho y mistol, la batalla sin fin de vascos y calchaquíes. ¿Qué sangre quedó en mí? O se juntaron en la arena gredosa por el agua roja. ¿Maldición o bendita esta memoria? Quiero verlo otra vez pero para entonces ya estaré ciego. Aguza los oídos, me digo, que el tiempo desea enterrar el yaraví.

 

[Fuente: plumaslatinoamericanas.blogspot.com]


Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Joseph Brodsky, Nobel de Literatura, en un precioso artículo sobre Nadezhda Mandelstam, del New York Times Book Review de marzo 1981, explica la gran prosa rusa surgida en la segunda mitad del s. XIX como resultado de la fortaleza de la poesía rusa de la mitad anterior. Cita a Ana Ajmátova que decía que «la mayoría de los personajes de Dostoievsky eran avejentados héroes de Pushkin: Onegin y los otros».

Interesante, y cierto tal vez. Me pregunto si lo que supuestamente Ajmátova aplica a Dostoievsky recae también sobre Lev Nikolaievich Tolstoi. Creo que no. Tolstoi se ufanaba ante Gorky que con La Guerra y la Paz había escrito otra Ilíada. Este rutilante y contradictorio titán, por si no fuera poca su grandeza literaria, rubricó una escuela de pensamiento de cuyos principios sobre sí mismo dudó Maxim Gorky (que lo amaba) en sus Reminiscencias de Tolstoi.

Ya había yo leído a mis 17 años todo lo que existía suyo traducido al español, con Los cosacos como inicio y Resurrección su epílogo. Autor imposible de repetirse, hábil en el macrocosmos histórico y sutil y emotivo en las relaciones humanas. Un ejemplo, y recurriendo de nuevo a Brodsky, que «La realidad per se no vale nada. Es la percepción que le da significancia». Y Tolstoi fue el gran perceptivo de la literatura, el mayor.

Puse una orden en la biblioteca del condado para recibir el devedé The Last Station, sobre los últimos días de Tolstoi. Esperé un par de meses, 198 personas lo requerían antes que yo. El fenómeno Tolstoi, o su rejuvenecimiento, es bastante nuevo, vino con un respaldo que el autor desdeñaría: Oprah Winfrey, quien con su multitudinaria audiencia empujó la novel traducción de «Ana Karenina» por Richard Pevear y Larissa Volokhonsky a la estratósfera. La muchedumbre recién descubrió a Tolstoi y se hizo chic nombrarlo. Desde entonces, y hablando de traducciones del ruso al inglés, la pareja de traductores continuó con un arrollador éxito la azarosa trama de los eslavos:  Dostoievsky, Gogol, Chejov, Bulgakov. Esta semana aparecerá, por ellos, Zhivago, de Boris Pasternak, que reeditará el éxito que tuvieron Omar Sharif y el filme, de una novela que Ehrenburg, adorador del Pasternak poeta, sugirió que en ella el escritor no sabía de lo que escribía.

Tolstoi escritor se vio algo opacado por Tolstoi profeta. Quizá en La muerte de Iván Ilich conjunciona ambos aspectos, siendo, en términos filosóficos tal vez su obra más lograda, y en cierto modo premonitoria. El filme en cuestión, que se centra en el postrer ídolo y su posible cuasi mitificación, solo se asoma al literato en lo relacionado a los menesteres económicos, gigantescos, que dejaba su obra. La lucha entre los deberes familiares, la herencia de sus derechos de autor para sus hijos, por un lado, y una herencia «abierta» al mundo que querían lograr sus sicofantes, llena el cinematógrafo, dándole una especie de cotidianeidad absurda a sus últimos instantes. El tema fue mejor tratado en el filme soviético de Sergei Gerasimov Lev Tolstoy, que en tres horas guarda mayor fidelidad. Y no es cuestión de respeto a la muerte, o a la grandeza de un hombre que para Rusia encarnaba un largo historial de santones, rebeldes y mártires, sino el tono hollywoodense, de gratuita jocosidad, que se inmiscuye por momentos en La última estación. Gerasimov, además, en 1984, y actuando él mismo como Lev Nicolaievich, consideraba superflua una historia de amor. Hollywood hizo en el pasado eso con Ana Karenina, cuando en verdad el libro desgarra la personalidad de Ana y de su esposo y obliga a tomar partido en un asunto tan humano como molestoso.

En Isaiah Berlin, en su inolvidable The Hedgehog and the Fox (El erizo y la zorra, en español, prologado por Mario Vargas Llosa), una aproximación al pensamiento de Tolstoi, se sugiere que los hombres son o erizos o zorras, por su tipo de personalidad artística e intelectual (a raíz de una frase de Arquíloco de que la zorra sabe muchas cosas y el erizo solo una, aunque muy bien). Erizos serían Dostoievski, Pascal, Dante, Platón, Lucrecio, Nietszche, Ibsen, Hegel, Proust, mientras que Aristóteles, Montaigne, Heródoto, Erasmo, Molière, Balzac, Goethe, Pushkin, Joyce, zorras. Según un antiguo blog de 2002: «El problema de Berlin comienza con Tolstoi. Este ruso era, por naturaleza, zorra, por convicción, erizo», retomando la profundidad tanto como extensión de lo que abrigaba en sí y lo hizo singular. El Tolstoi que en literatura afirmaba que Leskov era un escritor amanerado, y luego lo ensalzaba a la vez que criticaba a Dostoievsky; que decía que Dickens no era muy listo pero que sabía construir sus novelas como nadie, por cierto mejor que Balzac; que los franceses tenían tres escritores: Stendhal, Balzac, Flaubert, y quizá Maupassant (prefería a Chejov). Hugo era un «hombre ruidoso» y le disgustaba; que las voces de los personajes de Gorky eran todas las de su autor. Lo cuenta él mismo, Peshkov-Gorky, en sus recuerdos que culminan así: «Y yo, que no creo en Dios, por alguna razón lo miré con mucha cautela y algo de timidez. Lo miré y pensé: Este hombre es como Dios».

Aurora, noviembre 2010.

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[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba) y en Semanario Uno (Santa Cruz de la Sierra) –  imagen 1: Tolstoi, por Karl Bulla; imagen 2: Tolstoi, por Ilya Repin – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com ]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El siglo XVII fue pródigo en hechos extraordinarios en la Europa oriental. El reino de Polonia se hallaba en una de sus etapas de mayor expansión: desde Kiev y el Mar Negro, al sur, hasta Lituania y el Báltico en el norte. Luego de haber abandonado Moscú, sus fronteras orientales se ubicaron cerca de Smolensk.
En 1648, los cosacos de los límites meridionales se levantaron en armas contra el reino y declararon la nación libre de los cosacos zaporogos, que habitaban una isla llamada Sitch, en el río Dnepr. Con ayuda del khan de Crimea y beys menores se lanzaron a invadir la República de Polonia.
Al frente de los insurrectos estaba un atamán: Mielnitski. En una escena esteparia de A sangre y fuego, de Henrik Sienkiewicz, aparece por primera vez en mi vida este personaje histórico. En la obra se presenta como « Diosdado Zenobio Mielnitski ». Más adelante, en los cuentos de la Caballería roja de Isaak E. Babel, encontré un Bogdán Melnitzki. Mi duda era saber si ambos eran el mismo hombre. Isaac Bashevis Singer habla en Satán en Goray de un atamán Chmelnicki. Las épocas mencionadas en los tres autores concordaban, pero todavía cabía el interrogante de los nombres Bogdán y Diosdado Zenobio. Me fui al Larousse francés del siglo XIX -una joya-: Mielnitski no estaba consignado allí, pero sí había la historia del nombre Bogdán, que provenía de un antiguo voivoda (funcionario) de Moldavia. El diccionario aclaraba que Bogdán equivalía al francés Dieudonné, que en castellano no es otro que Diosdado.

El problema se había resuelto y aprecié el saber utilizar todos los cabos para encontrar el ovillo original.

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[Publicado en TEXTOS PARA NADA (Opinión/Cochabamba) – imagen: Bohdan Teodor Zenobi Chmielnicki – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot


Pues, el Ñuble, río, y nombres de mujeres y una mujer tan suave como las piedras del río. De cumpleaños el escritor escondido, el escritor líquen, viento, sangre de mezclas exóticas a quien leo y lee mi pareja, ambos sentados cada uno en una silla que mira a su lado y a quien escuchamos teclear y “textear” mientras de a ratos conversamos. Nabokov, Joyce, la nieve, cerro, polvo, y la recua ignorante, animal y humana, que pasa y rebuzna, que corta el aire y se asfixia en amaneceres de San Fabián de Alico, sí, allí mismo, de los Parra y la parra, la música y el vino.

Podría escribir mucho, no los versos más tristes esta noche porque son precisamente las 10:14 en el estado de Colorado, de mañana y sin tristeza, y me adecúo a que, en machismo atávico, no debe un hombre escribir del otro con demasiado énfasis. Me limito entonces a un abrazo, a cierta envidia también porque no cultivo como Muzam especias en mi jardín, para decir que estoy cansado del concreto, que necesito un retiro ruso a lo Tolstoi, o la locura de Gogol pero sin dioses.

Pero me gustaría, y mucho, sentarnos “al borde de una mañana eterna”, a decir de César Vallejo, con un grupo de amigos y licor de uva, de maíz, de cebada, de quinua y de ciruela, y de papa rancia ¿por qué no? Invitar a Miguel, a los tres Pablos, al otro Claudio, a Lorena y muchachas que por ser bellas no dejan de ser poetas. Y a Lander para que pinte el futuro con trazos tan antiguos que remiten a Callot.

Bueno, maestro Jorge Muzam, un soliloquio para agradecer lo tanto que disfruto mis lecturas de usted, y que goce hoy y se emborrache, y se caiga hasta que la mita en la acequia lo despierte, que cuando usted nació no nacieron todas las flores como dice -creo- una canción, sino los petardos. A encenderlos…



[Publicado originalmente en el blog Le Coq En Fer – reproducido en cuadernosdelaira.blogspot.com]

Foto de cabecera del blog de Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Escrito por Fadrique Iglesias Mendizábal 
 
La foto de un gallo ilustra la parte superior, con fondo oscuro. Un gallo formado por motosas hojas que pudieran ser pedazos de espadas u hoces, dispuestas a segar todo aquello que consideran maleza. El gallo, que podría ser de pelea, de raza malaya, está formado por trozos de latas de conservas viejas, por despojos. Tiene patas de alambres doblados, y clavos otrora oxidados, ahora barnizados. El animal, aun siendo frágil, apunta su alarido al cielo, en forma de queja, con la cola abierta, pavoneándose y pretendiendo amedrentar, pero, debajo del plumaje, es delicado.
Esa foto encabeza el blog de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Le Coq en Fer, el gallo de hierro en francés, bitácora literaria de uno de los más talentosos y polémicos narradores y poetas bolivianos de la actualidad. El último escritor pendenciero de las letras nacionales, esas grandes desconocidas más allá de los Andes, que retoma uno de los motivos más repetidos por el conocido pintor cochabambino Gíldaro Antezana.
Son más de mil doscientas notas las que abordan temas tan dispares como la revolución rusa, la pintura de Kazimir Malévich, feroces críticas al gobierno de Evo Morales y relatos de personajes marginales, amorales, a través de su daguerrotipo mental, aquel que va dejando efigies filtradas por su imaginación y una prosa rotunda y robusta, publicada a lo largo del último cuarto de siglo en muchos de los periódicos más importantes del país, bajo las columnas EclécticaMonóculo y Mirando de abajo.
Por otro lado, su Facebook está poblado de fotos clásicas de torsos femeninos semidesnudos –lo que ya le ha valido un par de suspensiones de la cuenta– y por cromos de boxeadores de principios de siglo como Tommy Burns, Jack Johnson, Harry Wills, Joe Jeannette y Sam McVey, esa casta de pugilistas previos a la testosterona sintética y a los anabolizantes, luchadores de nervio y orgullo, aficionados al deporte pero profesionales de la gresca dentro del ring, como Claudio en sus cuadernos. Y en algunas parrandas también.
*     *     *
Sus letras, además de ser pendencieras, contienen flashes, sensaciones, ruidos e imágenes de parcelas específicas, que juntas tienen un significado coral de una vida entregada al oficio artístico, reflexivo, sensible. Precisamente con esas ideas describe su penúltima novela, Diario secreto (Alfaguara, 2011), que le valió ese mismo año el máximo galardón de las letras bolivianas, el Premio Nacional de Novela, y en la que describe el retrato de un psicópata, potencial asesino en serie que no tiene compasión por los insectos que descuartiza, ni por la madre a quien tiene toda una vida en vilo, ni mucho menos por una pareja a la que desprecia con una importante dosis de misoginia.
Llama la atención que esta novela precisamente haya sido escrita en su morada de Aurora, ciudad dormitorio de Denver, en Colorado, un año antes de la masacre del caballero oscuro.
Aurora sonó en los noticieros de todo el mundo en 2012, cuando el desquiciado James Holmes abrió fuego contra el público que abarrotaba el estreno de una de las películas de la saga de Batman, El caballero oscuro, narración que podría ser perfectamente la segunda parte de Diario secreto, el corolario alternativo, un ensayo al estilo del libro juvenil Elige tu propia aventura: “si eliges al descarnado emboscando a su esposa, a la postre autora del crimen y de su propia condena, dando un tiro al protagonista, lee el final de la novela premiada el 11 de octubre de 2011, Diario secreto; si eliges al protagonista entrando a una película de superhéroes y desollando a tiros al público asistente, dirígete al New York Times del 26 de agosto de 2012”.
Allí precisamente, en Denver, Claudio parece haber encontrado un gallinero tranquilo, donde puede trabajar en la parte administrativa del Denver Post durante el día y dedicarse a escribir al ritmo frenético al que tiene acostumbrados a sus lectores en los últimos años por la noche.
En Denver también, pero dos décadas atrás, a los pocos años de haber emigrado de Bolivia, en 1992, Claudio abrió un pequeño restaurante de delicatessen en el pueblo minero de Lakewood, morada de forajidos, truhanes y bandidos al más puro estilo western, por donde pasó hasta Oscar Wilde desparramando relatos.
El poblacho aquel de las montañas de Colorado, que conserva una imagen decimonónica de cowboy de bota y flequillos en el chaleco, de saloon y escupideros de tabaco, con hombres de gruesos cinturones en los que cuelgan pistolas que salvaguardan los riñones como en las películas de John Wayne, es un espacio hostil, proclive al enfrentamiento. Así lo recuerda Ferrufino:
“Un mexicano, como nos califican a todos, en un ambiente así, huele a víctima. Pero me senté con ellos y, a partir de sus apellidos, hablamos de sus orígenes: alemán, irlandés, galés, etc., abriendo un espacio que podíamos compartir. La mayoría eran tipos rudos, ignorantes, no con un esquema ideológico sólido, llenos de lugares comunes, maleables. Terminaban abrazándote y secando vaso tras vaso de cerveza contigo. ¿Don de gentes que tengo? Tal vez, pero ha sido mi experiencia”.
Más adelante abrió un restaurante más efímero todavía en otro pueblo vecino: Leadville. El establecimiento, llamado The New West Café, tuvo un éxito moderado en un principio, pues aquellos cowboys no sabrían qué esperar de aquel plato de chupe de maní que servía, distinto de la peanut soup tan tradicional del colonial pueblo de Williamsburg, en su añorada y lejana Virginia. Con el tiempo amplió la oferta a una sopa de quinua, luego evolucionada en forma de chaque, hasta tomarle el pulso a lo que sería su mina de oro: sus fideos uchu, especialidad de la casa, que vendía en dosis importantes puesto que lo tenía listado como Latin American Stew o guiso latinoamericano.
La aventura emprendedora acabó con Claudio entre rejas, luego de tener diferencias –de haberlas ajustado– con el socio propietario.
Según Ferrufino, la marihuana desquició al accionista protagonista de su ira, dejándolo en un permanente estado, no ya de felicidad, ni de relajación, mucho menos de excitación, sino más bien de ansia constante:
“Mi socio chocó con la férrea voluntad y responsabilidad que con los años desarrollé en Estados Unidos. Discrepábamos en muchas cosas. Exploté porque a pesar de la mesura que uno adquiere sigo siendo un individuo belicoso. Estaba todo tendido para el escenario que vino después: la ruptura, la pérdida, la detención, dormir entre rejas, asegurar a la sociedad que te comportarías acorde con las reglas”.
“El estado policial y sus recursos”, llama Ferrufino a las normas impuestas, atribuyéndole virtud muy excepcional y no universal, dejando salir a flote su sentido anarquista, casi como inspirado en una obra dramática de Darío Fo.
Luego el The New West Café le daría una oportunidad más a su voluntad emprendedora y decidió asociarse esta vez con un bosnio emigrado de la guerra, de esos que dejaron a sus mujeres haciendo crêpes en los campos de refugiados, para intentarlo en aquella ocasión con sándwiches y sopas neoyorquinas. El negocio quedó atrás en la memoria, pero el acercamiento a la cultura eslava, bosnia y croata permaneció con Claudio.
El roce con los clientes, gringos y cowboys, ayudó a Claudio a conocer más la esencia del norteamericano, si es que ese individuo-tipo existe. Aún hoy se sorprende al ver los contrastes que emanan del arquetipo gringo. Aunque pueda mostrar su faceta más reaccionaria, conservadora, prejuiciosa y racista, al conversarle de igual a igual las figuras predispuestas se diluyen.
*     *     *
Claudio es un tipo que admira la calle y desconfía de aquellos que todavía no han sido capaces de abandonar las faldas de madres y abuelas en busca de una o varias historias vitales. Se trata de una persona que encarna el sueño americano y también la pesadilla.
En aquel país lidió y aprendió de lo profundo del gueto, especialmente de un personaje al que recuerda con especial cariño: Big Mike, amigo que conoció mientras trabajaba de estibador, cargando quintales de fruta cual aparapita, con algunos grados bajo cero y que sazona las páginas de El exilio voluntario.
Luego trabajó como traductor, administrador de restaurante, frutero, escritor de cuentos infantiles, albañil, profesor, panadero, canillita y verdulero, entre otros oficios.
Cuando se le pregunta qué motivó su precipitada migración a Estados Unidos sin un proyecto claro de vida, explica:
“Es raro lo que pasó. Una decisión clara que a veces creo fue errada pero de la que no me arrepiento. Quise ir contra todo lo que era y podía ser. Tenía que probarme que incluso descendiendo al fondo sería capaz de salir sin ayuda de nadie, con mis manos. Creo que esa victoria se transmitió al carácter de mis hijas, y al sosiego que en el fondo me habita y me hace pensar que la modestia no es una mala opción. He vivido y puedo escribir. Escribía antes también, pero pienso que como ser humano aquello me sirvió de mucho. A ratos creí que debía alterar el rumbo y dedicarme a la docencia o algo similar, pero, igual que le sucedía a Isaak Babel, me gustaba –y me gusta– compartir con gente simple. Allí están las historias. Tarde para volverse atrás. Ahora hay que recordar, analizar, sopesar las experiencias y escribir”.
Estos lances motivaron al escritor a largarse a Miami, primera parada en el norte, hace 24 años, enfundado en un añoso terno gris de corte inglés que usó en la fiesta de promoción en la secundaria. El detonante del autoexilio fue una decepción amorosa poco relevante, asunto potenciado por una afición al viaje que ha ido perdiendo. La opción norteamericana llegó por azar, para buscar bálsamo y dinero, aquel que en Bolivia le era escaso y que ya se había gastado en chicherías y buenos libros, para apaciguar ánimos extravagantes y una ruinosa vida de vago, como él mismo la define.
Con un ticket de ida solamente, aterrizó con una vieja maleta, una mochila militar y cuatro billetes de cien dólares otorgados por sus padres y hermano, que dilapidó en putas y alcohol en menos de una semana.
*     *     *
Las novelas de Claudio, así como las crónicas que va publicando, suelen dar saltos temporales muy bien hilvanados, con menciones y referencias frecuentes a una época que parece haberle marcado profundamente: sus años alrededor de la capital de Estados Unidos, principalmente en el Estado de Virginia.
Claudio llegó al área metropolitana de Washington D.C. el otoño de 1988, con las hojas todavía en los árboles, doradas, rojizas, a punto de caer. En tan solo un par de años ya era un virginiano más.
Con los ojos muy abiertos, Ferrufino parece haber explorado profundamente el lenguaje subyacente de los barrios bajos que circundan Washington D. C., una ciudad muy distinta a la actual, donde la población hispana ha crecido de un 2% a un 14% entre los años 80 y esta década. A Arlington, ciudad- condado por la que desfilan los personajes de su libro de relatos Virginianos (Los amigos del libro1992) y de la novela El exilio voluntario (El País2009), llegaron muchos pobladores del Valle Alto cochabambino que emigraron tras un peculiar auge de la construcción.
En sus textos poco rastro hay de los monumentos nacionales y de las happy hours de los burócratas de la capital. Mucho de las casas postindustriales de ladrillo, donde yacen hacinados aquellos ciudadanos oriundos de Arbieto, de Punata, de Esteban Arce, de Tiraque, que han cambiado el quechua por el inglés.
Más bien Claudio se remanga la raída camisa y se sumerge sin miedo a mancharse en el fango de las miserias de los inmigrantes que habitan a la sombra y a espaldas del Capitolio. Ese lugar paradójico que aguanta la coexistencia de prostíbulos –callejeros o albergados en bares– con lujosos hoteles para dignatarios de Estado, polígonos industriales donde los domingos bailan caporales muy cercanos a barrios de embajadores que no pierden su condición una vez perdido el cargo, almacenes de bancos de alimentos para indigentes alternando al otro lado de la carretera con lujosos centros comerciales.
A fines de los años 80, Washington, D. C. era la ciudad más peligrosa del país. Por  la llamada “epidemia del crack” en 1990 era considerada la capital del crimen, aun siendo la sede del FBI y la CIA.
Incluso hoy día, casi tres de cada cien habitantes en D. C. está infectado con HIV, mayoritariamente entre la población afroamericana que, por lo general, vive poco integrada con la población blanca. Algo similar pasa con los hispanos y asiáticos, aunque no tan marcadamente.
A causa del sida precisamente algunos de los amigos de Ferrufino se dejaron la vida. Otros fueron tragados por sus propias adicciones –crack seguramente–, por sus propias miserias, cansados de pasar noches en vela mendigando trabajo en esos mercados donde fungían como estibadores, esperando un reducido jornal que al final del día, después de comer un plato de pasta o un burrito, de pagar diez dólares por el servicio de una prostituta y de pasar por un comedor social para completar la incompleta dieta, les permitiese comenzar un nuevo día al terminar la precedente jornada.
Uno de los lugares que precisamente frecuentaba Ferrufino era Morse Street para ganarse el plato de comida. Así lo recuerda:
“En el mercado de abasto de Washington era así. Willy, chofer negro, había asesinado a su madre siendo casi un niño, ofuscado en droga. Tyronne pasó trece años en prisión por robo con ‘asalto’. En las noches de la calle Morse se contaban historias; ron y licor malteado entre los dientes. Olor a mariscos; húmedas paredes y autos policías que cruzan lentos sin parar. Cada hombre hundido en su miseria. Olvidado ya el tiempo en que se preguntaba ¿qué hago aquí? Cuando las esperanzas brillan mal. Wayne y yo caminamos hacia la esquina de los mendigos. Allí hay droga fácil y prostitutas de a diez dólares. Un amigo cuyo nombre me es borroso se sentaba en un desvencijado sillón, en medio de la calle: el trono de la oscuridad. Wayne compra piedrecillas blancas, opacas: cocaína adulterada. Al lado de una reja de amontonada basura, fuma. Medianoche de verano, sin sueños ni futuro. No está la luna, se oculta en las callejas. Los pobres no tienen sombra, son pálida oscuridad”.
Cuando lo recuerda, se atreve a decir que está seguro de que pocos de los amigos negros que conoció en aquellas épocas estarán vivos ahora:
“Trabajé dos años y medio en los mercados. El primer día era para llorar, con los guantes mojados y el hielo punzando la cara. ¿Qué hago aquí? Quise retornar al café con leche de casa, a mi mullida y caliente cama, pero no lo hice, aguanté en medio de hombres toscos, negros, entonces nada simpáticos y con otra lengua. Pequeña épica de humanidad”.
En sus escritos y crónicas aparecen muy poco las placas de mármol de la calle K, del Banco Mundial y el FMI. Sobresalen más bien las penurias de los alrededores de Gallaudet, barrio afroamericano conocido por una universidad.
Ferrufino no le teme a los desprecios de gringos ignaros y limitados. Los asume gallos de pelaje no intimidante. No se amilana ante los pergaminos de la docta y jesuítica Georgetown, no se achica ante casas estudiantiles como la de Maryland, donde dictara cátedra Borges o la propia universidad de Virginia, donde fue un virginiano más –por un tiempo– Edgar Alan Poe. Claudio no se acompleja para hablar de ideas, no lo hizo en su juventud en Francia, donde retaba a sus condiscípulos a debatir sobre literatura gala dejando patente lo que llama racismo cultural. No se inhibe al ser identificado como parte de las márgenes, porque es su mundo también, tanto los extremos superiores como los inferiores.
Los días, o la noche que tenía libre –en el sentido más literal del término–, la de los sábados, eran destinados a probar un poquito del manjar que a la mayoría de sus compañeros se le tenía vedado: la visita a los pasillos gratuitos del museo más profundo y diverso del mundo, el Smithsonian, en Hispania Books –hoy sucedida por la librería Pórtico y Politics and Prose–, y horas perdidas en Common Grounds, probablemente lo que hoy se llama Krammer Café, de las primeras cafeterías literarias, lugar chic que tiñe sus paredes con multicolores lomos de libros y que sirve café y comida americana, en el barrio burgués de Dupont Circle.
Esas épocas virginianas de Claudio eran de triple vida. Por el día de gallo fino, por la noche de gallina ponedora que se aboca al trabajo, y al amanecer de gallo de peleas, todo para sobrevivir.
En esos años salió por algún tiempo con una mujer que entonces era presidenta de la asociación de antropólogos norteamericanos, PhD con tesis en Teresina, Brasil, ese primer engendro de laboratorio que luego se cristalizaría en Brasilia: la ciudad de la teoría. Así recuerda esas citas:
“Nada más dispar, pero que me permitía un amplio espectro de aprendizaje, sufrimiento y gozo. Era joven, fuerte, casi no dormía, y lleno de interrogantes acerca de un mundo nuevo, en extremo diverso”.
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La imaginación de este cochabambino y sus fuertes emociones evocan a una vibrante movida cultural en la ciudad. Si a fines de los 80 Ferrufino disfrutaba de conciertos de aquel surgente rock alternativo, mezclados con asistencias a ver Rubén Blades y Seis del Solar, hoy en día se puede disfrutar del apabullante influjo de la música electrónica, de las mezclas bastardas del grupo narcoelectro Mexican Institute of Sound o del ya famoso matrimonio entre los samples y bandoneón de Bajofondo.
Aquellas  exposiciones de arte que recuerda como impresionantes, algunas de Malévich, Matisse, Rembrandt, entre las que más le marcaron, se suceden año tras año, de la mano de millonarias fundaciones como la Colección Philips o la elitista Dumbarton Oaks.
Ferrufino nunca fue una persona de cultura de gueto apartado, sometido al cacique. No era un tipo de sindicarse a los “suyos”. Fue y quiso ser un alma libre que salía solo, llevando una vida de completa independencia. Aunque se juntaba con amigos bolivianos, no lo hacía con la frecuencia que ellos demandaban. Así lo recuerda:
“Entraba al mundo de los otros y me desenvolvía con soltura; mientras mis amigos jugaban fútbol los sábados, con las consabidas cervezas nuestras que vienen detrás, yo andaba en el National Mall, el centro de los museos de la ciudad, flirteando con hermosas muchachas anglosajonas y escribiendo mis Virginianos en papelitos, debajo de fotos de Lee Miller o de Man Ray. Culturalmente fue para mí un mundo insólito y exuberante. Lo recuerdo bien, dichoso. Por otro lado, en el mundo paralelo, visitaba las casas de mis amigos negros en el North East y South East, un mundo prohibido para blancos o gente como yo (nunca nos han considerado blancos, ni siquiera a los españoles). Fumaderos de crack, muchachas negras que se abrían de piernas con facilidad; deliciosas y viciosas. Sexo en autos, borrachera en las calles, recostados contra la pared, bebiendo Cisco, un licor de variadas frutas y colores que luego sacaron de circulación por ser letal. Detestábamos la cerveza normal; bebíamos licor malteado, con mayor grado de alcohol: Colt 45 y otros. Iba de ayudante de los choferes negros en los camiones de la empresa. Repartíamos productos a los hoteles y restaurantes de DC, Virginia y Maryland. Al terminar el día, antes de regresar al warehouse, alcohol y droga, sexo y droga. E historias inverosímiles que me contaban como a un hermano. He sido afortunado en oírlas y recordarlas. Y en sobrevivir también”.
Ferrufino vivió allí durante la década siguiente a los años de explosión psicotrópica. “Había mucha, excesiva, demasiada droga”, recuerda y apunta:
“Esta empresa de verduras en la que trabajaba era la mayor del mercado, dirigida por tres hermanos de origen irlandés. El mundo de ellos era la marihuana, que compartían en los gigantescos refrigeradores con algunos cargadores negros, que eran, a su vez, proveedores. Crack, hachís con profusión. La labor nocturna era febril, con camiones de 21 metros trayendo cosas desde California, México, cangrejos vivos desde Maine, frambuesas y moras desde Chile. Cualquier instante de descanso: droga. Dos, diez veces por noche. Cuando el día terminaba, ya casi a mediodía, los managers se encerraban en uno de los autos y… droga. Sin parar, seis días por semana. Yo no era afecto a ella, pero no evitaba compartirla de cuando en cuando. Me sorprendía que tipos muy ricos, duros trabajadores tengo que reconocer, no deseaban volver a sus mansiones, a sus hermosas mujeres que a veces visitaban el almacén y deslumbraban a los miserables estibadores. Preferían quedarse a hablar mierda, con las ventanas cerradas, en el mundillo de la droga. Los imagino llegando al hogar, tirándose en la cama, recuperando unas horas para volver a aquel frenesí. No tenían más de 30 años y confesaban que tenían sexo con sus mujeres una o dos veces al mes. ‘White boys’, decían los negros con desprecio”.
Al calor idealizante, Ferrufino recuerda esos años suyos como un elixir creativo. Se recuerda como con una cámara en el hombro, como filmando para sus adentros lo que observaba, y aquello que miraba, lo veía como fotógrafo. Le hubiese gustado filmar una película de David Lynch o algo similar. ¿Una actriz? Alguna de las de Fassbinder, responde, a quien idolatraba entonces –y hoy– pero en un escenario ya lleno de muchos otros. Quizás actrices como Barbara Sukowa, Jeanne Moreau, Hanna Schygulla, Brigitte Mira quizás, Ferrufino no lo especifica. Sí abunda en el plató imaginado:
“Imaginaba exhibiciones de fotografías sobre el universo de las frutas y las verduras. Increíbles colores, escenas, depósitos llenos de naranjas de distintos tonos, el contraste entre las papas de Idaho y las verdes paltas, aguacates, californianos. Los tomates ni qué decir, que eran la élite de los productos, con una sección especial de empaque por tamaños y colores. En esa gran bodega de DC, de noche, negros borrachos y perdidos, algún turco, algún latino, manipulaban lo que se serviría en las reuniones de embajadores, del jet set, de la CIA en Langley, a donde llevábamos cargamentos sin que jamás nos pidiesen identificación. Eran otros tiempos”.
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A esos días virginianos vuelve una y otra vez. Su prosa fluida sugiere muchos adjetivos, el más suave, sorprendente. Se mueve muy bien entre el ensayo, la crítica de arte, la opinión política, la ficción y también la crónica periodística. Precisamente en su antología Crónicas de perro andante (La Hoguera, 2012), escrita a cuatro manos con Roberto Navia, premio de periodismo Ortega y Gasset, y en otras piezas publicadas en los años 80 y 90, aparecen intensos relatos en los que describe Mizque, Tiquipaya, Pairumani y Suticollo, lugares donde quizás tomó afición por la chicha, y en las que lamentó no haber atendido las enseñanzas de la lengua quechua de su padre.
Una parcial autoficción de aquellos años en Arlington le ha valido el Premio Casa de las Américas de Literatura en Cuba. El rito de entrega no es precisamente la ceremonia de los Oscar. No hay alfombra roja, pero sí una rica historia de más de medio siglo.
Ferrufino es uno de los escasísimos casos de escritores bolivianos reconocidos internacionalmente, que ha ganado en 2009 el premio, sucediendo en el palmarés a personajes como Jorge Ibargüengoitia, Eduardo Galeano, Marta Traba o Gioconda Belli, e incluso a escritores bolivianos como Renato Prada, Wolfango Montes y Pedro Shimose. El jurado de la edición 2009, conformado por gente como la mexicana Carmen Boullosa, el venezolano Carlos Noguera, el chileno Grínor Rojo, el argentino Héctor Tizón y la cubana Lourdes González Herrero, se decidió a separar la paja del trigo entre casi 700 trabajos provenientes de América Latina y España, justificando su decisión en la capacidad de observar el “sueño americano” de una forma vertiginosa, vital y dominando el oficio, desplegando en su narración diversos planos a lo largo de tres décadas, con humor y referencias literarias, culturales y políticas”.
Claudio ya había logrado una mención en este premio en 2002, por El señor don Rómulo (Nuevo Milenio, 2002). Durante su discurso en 2009, recordó, cómo no, a la gente del gueto. A aquellas personas que seguramente nunca escribirían y publicarían sus historias y que tampoco se enterarían de que su colega, broderpana y cuate, aquel latino de ojos achinados y de bigote poblado, lo haría. Aquella noche en La Habana, recordó su llegada a Washington, las dificultades iniciales con el idioma, la excusa que le diera a su hermana para financiarle algo de comida y no morir de hambre –alegando atraco– que luego interpretaría como robo de alma: la transición de la plácida vida en el valle cochabambino hacia el crudo invierno en el que las noches transitaban en el viejo sillón desvencijado que le alquilaba un conocido temporalmente. Ya no estaría el calor del hogar, recuerda Ferrufino, sólo le quedaría esa cuadrilla que le rodea con las manos encalladas, ahogada en adicciones. Del intelectual de clase media bien vestido, quedaría menos aún.
Aquella noche en Cuba mencionó también el lugar de donde salían los vectores radiales de los trenes que llevaban la carga hacia Nueva York, los alrededores de la vieja Union Station, epicentro de su exilio, que aunque voluntario y reconocido aquella noche por funcionarios cubanos, que comparten el régimen con un político al que desprecia, Fidel Castro, no fue por ello menos exilio.
Tras el paso del Che Guevara por Bolivia, con los coletazos que dejaron los tupamarosy luego de las desapariciones de posibles herederos como los hermanos Peredo o Monika Ertl, la izquierda de los 70 se encontraba en proceso de segmentación en la universidad pública boliviana, reducto de las ideas progresistas durante la dictadura banzerista. Había divisiones internas entre trotskistas, maoístas, leninistas, hasta los más independientes anarquistas.
A esta subespecie pertenecía Ferrufino. Seguidor riguroso de las enseñanzas de Bakunin, Durruti y Malatesta, defendía cáustica y violentamente sus ideas ácratas por los pasillos de la carrera de sociología, más con los puños y a la gresca que con las ideas, recuerda su amiga Estela Rivera, hoy jefa de la Unidad de Cultura de la Gobernación de Cochabamba.
Se recuerda de Claudio su muy particular resistencia al alcohol, lo que hacía que bebiera como cosaco, generalmente ingentes cantidades de chicha, aguante que permitía que se mantuviera en sus cabales más que el resto, asunto que lo cubría de cierta mística en aquellos círculos.
Luis René Baptista, editor de opinión del periódico Los Tiempos, recuerda cierta vez en la que Claudio estuvo a punto de clavarle un cuchillo de carnicero, a causa de discrepancias ideológicas y de pactos incumplidos en las andanzas universitarias, detenido in extremis, cuando ya se veía ensartado y resignado, por un grupo de compinches anarcos que bloquearon la inminente faena.
Aquella misma vez, recuerda Rivera, Ferrufino y sus amigos anarquistas amenazaron también al propio rector electo y, luego de dedicarle furiosos insultos, procedieron a incendiar contenedores y papeleras con basura dentro del edificio.
Aun así, la violencia no era exclusiva. Se alternaba con guitarras y huayños en las chicherías aledañas, música campesina del Norte de Potosí, boleros centroamericanos y largas tardes de borracheras, para luego recogerse por la noche rompiendo letreros de neón y cabinas públicas, como forma de resistencia al sistema, siguiendo al caudillo bravucón y amenazante anarquista de fama algo contradictoria a la vez que ambivalente, dada su otra faceta, la de amigo fiel y cariñoso.
En esos ambientes se movía Ferrufino nada más salir bachiller del colegio Maryknoll de Cochabamba en 1977, ya acabada la dictadura de Bánzer, y lo recuerda:
“Mi hermano Armando y yo fuimos muy peleadores en  la escuela. ‘Nos vemos a la salida’ fue parte de nuestro crecimiento. Dimos palizas y nos las dieron. Muchísimas. Eso paró luego de los tres primeros años aquí. El Estado policial. Aquí no se podía hacer lo mismo y lo acepté. Aunque de boca todavía me peleo mucho cuando conduzco. Hay que provocar cuando se debe provocar, como es el caso ahora con el gobierno de Morales, como fue el caso con el gobierno de G. W. Bush. Un hombre tiene que decir lo que piensa, le duela a quien le duela. Y si es contra el poder, mejor”.
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Ramón Rocha Monroy, cronista de Cochabamba y también Premio Nacional de Novela, conoció a Claudio en una habitación del psiquiátrico de Sumumpaya, a ocho kilómetros de Cochabamba hacia La Paz, a las órdenes del doctor Argandoña. Estuvieron todo un día, pero ni cruzaron palabra. “Aquel era un Claudio enamoradizo, exitoso con las mujeres, amigo de la chicha y de la noche cochabambina y alguna vez bordeó el suicidio”, en palabras de Rocha.
El Ferrufino de aquellos años, los previos a su viaje, era lo más parecido a los poetas inventados por Bolaño en Los detectives salvajes, esos trepidantes real visceralistas.
Sí hablaron y hasta se hicieron amigos años después, en el contexto de los bares, cafés y la noche cochabambina. Dice Rocha:
“Teníamos el ánimo inestable y ahogábamos nuestras penas en trago. Ni adicciones a drogas ni problemas mentales, sino excesos… Las cosas que cuenta Claudio tienen la identidad de lo vivido… Él no mira, sospecha. Tiene astucia y sus reacciones a veces son desconcertantes. Es agua mansa, pero puede alborotarse y estás perdido. Es un valluno bravo pero de ningún modo malo”.
Claudio por su parte, recuerda este episodio con su propio lente:
“Siempre nos acordamos de eso con Ramón. Un día o dos, alcoholes y sentimentalismos. No jugábamos a la ‘maldición privilegiada’, no. Sucedió porque creo que ambos somos apasionados con lo nuestro. Yo tenía una hermosa chica inglesa entonces, que me visitó una tarde, y Ramón, al verla, puso lo mejor que tenía de su acento inglés para flirtear con ella. Divertidas memorias hoy, tristes entonces”.
Ferrufino hoy es considerado un escritor preclaro en Bolivia, y se lo ha ganado a pulso. Un país en el que la vida rosa a veces parece más importante que lo que escribe, y donde los licenciados son más valorados por sus títulos académicos y premios ganados. Después de varias décadas ejerciendo, recién es en este siglo, cuando se ha titulado en la universidad pasados los cuarenta años, luego de estudiar lenguas modernas en la Universidad de Denver en Colorado graduándose cum laude y tras dejar atrás lo que parecía en Bolivia una maldición: el abandono de las carreras de química, idiomas y sociología, lugares en los que acuñó algunos amigos y enemigos que le duran hasta hoy.
Trofeos tardíos también serán, ya pasados los cincuenta años, los mencionados premios Casa de las Américas y Nacional de Novela, algo así como una justicia poética con su tenacidad.
Tenacidad y empeño que lo han acompañado durante su proceso creativo, que emergen espontáneamente cuando pueden y donde pueden, pues es de esos narradores que son capaces de protegerse con una escafandra que lo aísla del mundo exterior en beneficio de su planeta inventado. Tampoco es supersticioso ni caprichoso en el ambiente, ya que guarda las manías para la estética no lineal de sus textos. Claudio no necesita andar de boina y barba crecida de dos días, ni flores amarillas como las que dice que requiere Gabo para acceder a las musas. “Me parecen pajas que les sirven a unos; no a mí”, subraya.
En contraste con el mito del psicodelismo creativo de las épocas de Hendrix, Morrison y Joplin, Ferrufino no considera el alcohol como aditivo urgente, ni siquiera necesario y siente que la maldición de algunos poetas está en su escritura y no en sus catalizadores:
“Maurice Utrillo, el pintor, importa por sus colores de París más que por sus tragedias de beodo. Hacer de algo así el punto de partida de una leyenda, tu leyenda, a no ser que suceda inevitable por las circunstancias, es un paso en falso”.
Sin llevar vida de cartujo, admite que ya casi no sale, aclarando que tampoco era tan amigo de los bares en sus etapas pasadas. En Colorado se ha vuelto un tipo casero de vida intensa puertas para adentro. Sí admite que era de beber en las calles, con sus amigos negros, pero que ninguno de ellos supo jamás dónde y con quién vivía. Lo mismo las mujeres que pueblan sus recuerdos: “de pronto, en algún momento, retornaba a la caverna y desaparecía sin rastro. Así, simple”.
La simpleza es un rasgo que magnetiza a este hombre, sencillez que busca tanto en amigos gringos como latinos y de otros varios orígenes, destacando el colectivo ruso, quizás por esa propensión a admirar a Tarkovski, Tolstoi o Chéjov. Suele invitarlos a casa a disfrutar de comilonas con bebida abundante, bailando cumbias, escuchando kaluyos antiguos o canciones revolucionarias del Ejército Republicano Irlandés. Inclusive clásicos rusos: Kalinka, Ojos negros, además de tangos y corridos norteños y rancheras. Una frase lo define: “En casa se come y se bebe bien. Eso casi diría que te impide salir”.
Es un tipo familiar que ya comparte lecturas con sus hijas, aunque ellas han tomado caminos propios. Su relación es estrecha. No es enemigo de su primera esposa, aunque tampoco tiene contacto. “Mi mujer actual, me parece atractiva, interesante, pausada”, resalta.
Y tanto en cuanto se nutre de experiencias de la calle por inclinación natural, complementa sus fantasías con poesía y sobre todo con novela, placer que le suele ocupar la mayor parte de su tiempo de lectura. No tiene referentes literarios, sino gustos, placeres. Vicios quizás. Algunas de las fuentes de las que ha bebido son Borges, César Vallejo, Carpentier, Güiraldes, Arlt, Rulfo y en su juventud de los peruanos Ciro Alegría, Manuel Scorza y José María Arguedas.
Y si su espectro literario es francamente amplio, no lo es tanto el del estado del arte, moda o novedad, ahora llamado trend, en perjuicio de clásicos, muchos de ellos polemistas de distinta índole, aunque considera que se los lee poco, en detrimento de aquellas historias que evocan un mundo de aventura, de rebelión, de bravura.
*     *     *
Claudio Ferrufino-Coqueugniot responde pacientemente a las preguntas de este cronista desde su casa en Colorado. Tiene ya 54 años, y una vida llena de historias. Han pasado ya varios lustros desde que obtuvo su green card poco tiempo después de casarse con su primera mujer, aunque ese no fue el motivo para hacerlo.
Se considera un librepensador que bebió en fuentes anarquistas clásicas, pero detesta ser orgánico o gregario, y añade: “Soy demasiado individualista para pertenecer a ningún núcleo, social, político, literario… No podría asociarme con los republicanos, ni siquiera en simpatía. Con muchos peros, prefiero a los demócratas”. Pocos políticos le causan simpatía. Uno de ellos es un exalcalde de Cleveland, Dennis Kucinich, demócrata, minoritario, una voz perdida en el desierto –así lo califica Claudio–, conocido por ser partidario de la no intervención en Irak, en beneficio de la negociación.
Ya no pelea en las calles, aunque tampoco es un tipo mesurado. Acuña cada vez que puede rabiosas –y cáusticas– críticas a Evo Morales y Álvaro García Linera, según él escritas no desde una perspectiva racista o elitista sino a partir de lo que el autor es, de su sangre:
“Me entiendo y comprendo a mi gente y sé bien cómo de pelotudos y cobardes somos, y cómo de sufridos y valientes también. Y al poder, a los jerarcas de cualquier tendencia o color, no les hago el juego, nunca. No orino delgado por el poder ni las charreteras; seguro que no…
No comparto ese lugar común del pueblo enfermo. Que somos uno llorón y malacostumbrado, sí. Es más sencillo dejarse guiar que decidirse por un camino. Y a eso apuntan los populistas, a hacerte confortable en su medida la existencia, coartar tu capacidad de reacción, de crítica”.
*     *    *
Claudio al salir de Bolivia le prometió a su padre que volvería al cabo de un año. Todavía no lo ha hecho, aunque asegura que sucederá aunque ello ni es ni fue motivo de sufrimiento, puesto que vive feliz donde está. Quizás con el tiempo le llegue la hora de pensar en la muerte más frecuentemente. De momento, la percibe como un hermoso destino, querido y cercano. “La tomo como es, presente. Me refiero a la delicia de saberse efímero, en contraposición a la pesadilla de sentirse eterno”.
Pasadas las 4 de la madrugada, hora de Denver, y tras una larga entrevista, Ferrufino responde a la última pregunta.  
“Le pregunté a Ligia, mi esposa, ¿crees que soy un tipo violento? Respondió con una carcajada. Habrá que analizarlo. Al meterme en un mundo que por nacimiento no me pertenecía, en Bolivia, en Argentina, en España, en Francia, en Estados Unidos, observé y compartí la peor violencia que existe, que es la de ser pobre. Una violencia que se dirige y esgrime desde arriba con saña contra los de abajo. Eso me irrita y me hace reaccionar con mayor violencia. Por eso soy vehemente y feroz cuando escribo de asuntos sociales o políticos. Sin aliento y sin concesiones”.
Fadrique Iglesias Mendizábal fue atleta olímpico y es especialista en gestión cultural y desarrollo local con estudios de licenciatura y maestría por la Universidad de Valladolid. Ha colaborado con columnas en varios medios de comunicación como Los Tiempos -desde su columna ‘El clavo en el zapato’- y Página Siete (Bolivia), así como con El País, Noticias Culturales Iberoamericanas (NCI) y FronteraD, donde ha publicado Afilando los cuchillos del Carnicero de Lyon en Bolivia y Del Gran Sueño a la somnolencia: la decadencia del deporte profesional. Ha publicado un libro junto a Peter McFarren, Klaus Barbie en Bolivia, que se publicará este año en español.
[Fuente: http://www.fronterad.com]

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Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La otra noche, mientras conducía (que mis horas detrás del volante son más largas que mis horas caminadas), escuché repetidas veces aquel famoso porro colombiano El año viejo. Bellísima música, no exenta, lástima, como es normal allí, de connotaciones sexuales. “Yo no olvido el año viejo”, dice. ¿Olvidaré yo este 2020? ¿La muerte de mi hermana María Renée, la pierna rota, el desempleo? No, claro que no. Este será el año viejísimo, el que trajo muerte y desesperanza, el de la plaga, la ruina de Londres, la peste bubónica, las ratas corriendo por Amberes, la vida en la que ya ni la literatura sobrevivía, donde el silencio pugnó por reinar.
Sin embargo escribí, incansable, notas y notas que iré agolpando en textos mayores. De noche y de día, en intervalos largos de cortas conversaciones con mujeres. Afirmaba Picha que llegaría el momento en que yo agradecería el abandono. Llegó, con carga insostenible de tristezas vastas y varias, pero vino. Se quedó. Ahora se consumió el día de la Natividad en quietud casi absoluta. Sin ruido de vecinos ni de fantasmas de la casa antigua. A veces dejo un poco de pan que no está al día siguiente. Hay un ratón solitario. Sé dónde vive, por dónde entra y no me molesta. Alguien tiene espacio acá conmigo. Nocturno como yo, inaprehensible. Ha muerto la luz del día y me he de acomodar entre sábanas azules y cuatro almohadas. Les digo a las señoras que me gustaría su presencia, pero miento. Luego del asombro de la cópula, el tedio. Por ahora prefiero trashumar en mi rincón, solo, agitar el café con leche con parsimonia, leer acerca del Berlín de 1922 en que Víctor Afanasiev encuentra a Mayakovski junto a Pasternak.
Acabo de hablar con Emilio Losada para su programa de radio; descubro cosas mías que otros recuerdan y que archivé. Las destapo. Pablo Cerezal, con tremenda voz de seductor de cine, mensajea sobre el mantra del este europeo en mi vida, indaga por si hay algo más allí fuera de la literatura y el hembraje. ¿Cómo explicarlo? Mucho más, una intimidad quizá exagerada sobre las altas hierbas de la estepa o los desmanes de la Horda. Los bailes de los hasiditas, el musgoso Pripyat, Chagall en Vitebsk; banderas de Smolensko y la tragedia del falso Dimitri. Los vagos de Maxim Gorki, el mítico Caspio que del lado iranio guarda leopardos en la floresta. El este, querido Pablo… por supuesto que existe entre las piernas basquetbolistas de Ekaterina y los gigantescos soldados de piedra de Kharkiv. En ellas, mucho, en la hermosa innombrable apoyada en los barandales del Dnieper. Pero mucho más, otra vez… Los troncos y los mugidos de bisontes en los lagos masurianos. Esa pátina de nostalgia tanto en Günter Grass como en Bruno Schulz. 1000 años de judería en Polonia, más duradera que los mil del Reich. Muros caídos de Zbaraj y de Kamenyets. Se mira a lo lejos Crimea, y Turquía. La estatua de Richelieu en la gangsteril Odessa, lamento de decaimiento y soberbia explosión de vida. Los sables de Simon Karetnik, fusilado en Melitopol por los bolcheviques, no se han perdido mientras deambulo por el mundo, mientras deseo sentar lugar en algún punto de Ucrania y por las tardes escribir de memoria mirando perderse el sol en la llanura.
Recuerdo aquellas estaciones de bus en medio de la gigantesca Ucrania, modestas si las comparamos con las de Norteamérica, pero tan atrayentes. Nadie hablaba inglés, todos observaban tal vez con sorna mi ineptitud para comunicarme. Así y todo recorrí cientos de kilómetros, fotografié, me enamoré de ojos azules y de pasteles de carne. Caminé entre rodaballos secos en el mercado y se me grabó el intenso carmesí de las cuarteadas granadas. Anna Volskaya y Ekaterina Martynenko tienen distinto color de cabello. Y el ucraniano, que pareciera ser lengua tosca, suena a poesía en su voz. ¿Si necesito traducción? La música no lo necesita.
En este viejísimo año de 2020 no pasé un solo día en cuarentena. No podía por el tipo de trabajo. Alguien me dijo que jugara lotería siendo que en apuesta con la muerte gané. Hoy mismo descansaré un rato para salir a la noche con mapaches vestidos de animales y policías vestidos de zorrinos. Horas para pensar. Autos de luces tuertas se atraviesan, algún transeúnte que por fisonomía viene de Bagdad trata de pasar desapercibido. Sucios vestíbulos de apartamentos de inmigrantes, árboles por todo lado, gratuito frío.
Lucienne Boyer canta Háblame de amor. En el auto toco y retoco el disco que me regaló mi hija Emily. Del Chango Spasiuk, maestro del chamamé en Corrientes y de origen ucraniano como la Lispector. El disco, Polcas de mi tierra, paseo por la memoria, homenaje a la belleza, al dolor, la separación, le emigración. Música de los ancestros. Acordeones de todos, recuerdos de todos. No hay privacidad étnica para la melancolía. A veces hasta de llorar dan ganas escuchando a Spasiuk cantar con voz cascada. Letras que desconozco y que el corazón interpreta. Amor y dolor no necesitan traductores, son obvios, recalcitrantes y presentes. En los Cárpatos orientales o en las estribaciones andinas. Tanto el hombre ha andado y tanto se desconoce entre sí. El Otro no existe, lo inventan. Y la muerte no tiene contrapeso ante la vida, no prima. Decir lo contrario es aceptar derrotas, que ni siquiera derrota es sino evento y circunstancia, cansancio y herrumbre. Que las piernas se hicieron para bailar. Que la música suene.

[Imagen: Camazotz, dios murciélago de los quichés – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Nos sentábamos, los dos hijos varones y mi padre, en nuestro pequeño escritorio iluminado por una lámpara que le daba las características de un ring de boxeo. Generalmente el fin de semana, a no ser que la insistencia del campeonato necesitara fechas extraordinarias. El juego era hacer pelear tapas de cerveza con un nombre en perfecta caligrafía paterna pegado al través, y que representaba a los grandes boxeadores de la historia, y a algunos menores, todos de peso completo.

La mayoría de las tapas eran de cerveza Taquiña, por su peso y consistencia. Las de refrescos: Fanta, Coca Cola, no servían por demasiado livianas. Las peleas duraban diez o doce rounds y había knock outs o victorias por puntos, igual a la realidad. Mi padre llevaba fichas para cada boxeador con su historial completo y, como en la vida misma, algunos descollaban para hacerse campeones mientras otros pululaban el resto. La única discrepancia era histórica, porque al sortearlas solían enfrentarse hombres de épocas distintas: Ringo Bonavena contra Gentleman Jim Corbett, Sam McVey y Max Baer; otras daba la casualidad que el azar rememoraba combates ocurridos, aunque el desenlace del escritorio y el monótono choque de las tapas diera a veces a Sonny Liston noqueando a Cassius Clay, o a Jack Johnson propinando a Jess Willard -como debió ser- inolvidable paliza.

Mi madre pasaba por la puerta del cuarto y movía la cabeza escondiendo su sonrisa. Así crecimos, con una parafernalia boxística de casi erudición y supimos los nombres de los boxeadores internacionales antes que aquellos de los dichosos presidentes de Bolivia.

Esto viene a introducir el tema del texto que es la vida de Mike Tyson, por él mismo, en un filme de James Toback (2008). Tyson ha sido tal vez el más furibundo guerrero que dio el ring, el más desalmado y peor despiadado, el come orejas, lo que no impide en mi opinión una relevante posición entre los más grandes (Alí-Clay, Louis, Dempsey, Marciano).

El filme, donde el director suelta a Mike Tyson a contar su historia no diría que peca de candidez. Su honestidad hace que un documental que debiese ser aburrido para alguien no interesado en el box, se torne en historia humana con ribetes de dulzura, en los que el violento boxeador afroamericano alcanza a ratos la profundidad del filósofo y el lirismo del poeta. Aquí como en la buena cinta de El luchador, con Mickey Rourke, los hombres rudos -y valientes- muestran una faceta que les es característica: la sinceridad para enfrentarse a sí mismos, la placidez, incluso en medio del dolor, de aceptar lo que son, de reconocer errores, de superarse y, por encima de todo, de valorar el irrenunciable y difícil derecho a la paz. Cosa difícil de hallar entre cobardes…

El joven Tyson, inmerso en un mundo promiscuo y criminal por origen, sabe que tiene que defenderse. Dirá luego, a sus 40 años, lo sorprendido que está de haber alcanzado esa edad, viniendo de un universo que se caracteriza por arrebatar a los jóvenes, en muerte súbita o lenta no importa, de desgraciarlos temprano. En New York, en Caracas, Lagos o São Paulo, que son nombres distintos para una misma pobreza.


A pesar de que no hay ángeles, los hay a veces en lo trivial que nos rodea. Y Mike lo encontró en un viejo entrenador que creyó en él en este incrédulo mundo. Boxear, le explicó, no es simplemente destrozar al adversario. Pelear es un arte, uno en que intervienen no solo los puños sino las piernas, el movimiento, la velocidad, la precisión. Lo dice un peleador que pareció brutal por excelencia y lo dice en calma, con la tranquilidad del hombre que vivió, que superó su sufrimiento, y que excedió el temor lógico de enfrentarse a otro -temor que lo siguió siempre-. Parece extraño escucharlo decir de su miedo.

Se debatió entre tentáculos de irresponsabilidad, vicio, inmadurez, poder, dinero. Complicado tenerlo todo sin haber tenido nada. Pero a la larga, y allí radica su gran lección de humildad, se da cuenta de que puede golpear, ganar o perder es secundario, pero que ya no siente el combate en su corazón, y sin corazón ningún puño vale. Es porque llegó la paz, sin apuros y de improviso. Y nada sabe mejor.

En la noche de la memoria seguimos Joaquín, Armando y Claudio golpeando las tapas personalizadas, mientras Alicia pasa y se sienta a leer La reina Margarita. Entre « nuestros » boxeadores no tuvimos a Mike Tyson. Llegó tarde a nuestra infancia.

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[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 21/10/2010; Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca), 24/06/2014; imagen 1: « Iron » Mike; imagen 2: El gran Sam Langford, el Campeón Sin Corona; imagen 3: Luis Angel Firpo, de Argentina, lanzando fuera del ring a Jack Dempsey, septiembre 14, 1923 – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Zoia Andréievna, mujer de la antigua clase, recala en un pueblito ucraniano huyendo del bolchevismo. Cayó Jarkov, dice alguien, y suena como la trompeta del destino que no vuelve atrás.
 
Es la historia de la creadora del personaje, Nina Berbérova, que en las pocas páginas de este cuento, o novela, descarga sobre el lector la angustia de a quien se le acaba el mundo. Carente de criterio moral, de juzgar el instante en términos sociales, Berbérova penetra en los arcanos del espíritu humano, de la tenacidad por sobrevivir a pesar de la condena. La ambivalencia de las clases se aleja del pomposo discurso político y cae sobre las minucias de lo cotidiano, de quien puede y quien no comprarse un medallón, de cómo los señores deben ahora trabajar para sustentarse y de la angurria de los miserables por suplantar a aquellos que se detesta y en suma envidia.
 
“Zoia Andréievna estuvo a punto de soltar el llanto cuando se vio en el espejo; la hermosa pluma de su sombrero se había roto y le colgaba sobre la oreja derecha (…)”. Nada es lo mismo. El pasado se hunde en el pretérito para no volver. Los desmanes de Kolchak, Denikin, Wrangel, Yudenich, representan aletazos de un animal que muere. Pero no es la Rusia de los blancos solamente la que perece. El malévolo Lenin, quien en 1908 escribía a Gorky: “Nunca, por cierto, he pensado en deshacerme de la intelligentsia…”, se encargará de eliminar lo mejor y más graneado del pensamiento ruso, sin distinguir entre conservadores, liberales, mencheviques, socialrevolucionarios, anarquistas. En una suerte de guerra privada, como en Lenin’s Private War, de Lesley Chamberlain, Lenin pone énfasis especial en recurrir a cualquier ardid para exiliar a quienes consideraba peligrosos por su educación crítica. A unos se expulsó, otros salieron por voluntad propia, pocos regresaron (Tsvetáieva, Alejo Tolstoi). De los que permanecieron, Mayakovski se suicidó e innúmeros y geniales artistas y cientistas engrosaron la oscura lista de muertes y cárceles de la dictadura soviética, Ajmátova entre ellos. “La tradición y el rechazo de la misma, que en aquella época tuvo un rol todavía más importante, fueron destrozados por la soga con que se ahorcó Tsevetáieva, el campo de concentración de Mandelstam, el silencio de Jodasevich, escribe Berbérova en el prólogo a la edición italiana de Necrópolis, libro de memorias de Vladislav Jodasevich, pareja de la escritora, con quien deja Rusia en 1922, y a quien Vladimir Nabokov, en 1939, consideraba el mejor poeta ruso que hasta entonces había producido el siglo (XX).
 
Incluso el gran Gorky dejó el país por Italia, hastiado del tono que tomaba la revuelta. No es hasta más tarde que se devuelve a Rusia y ejerce de cabeza visible de la nueva cultura soviética, de la escuela del realismo socialista. Pareciera que Rusia anhela su propia destrucción. Sucederá con Stalin, digno alumno de Ulianov, en tiempo previo a la Segunda Guerra, cuando en incomprensible movida elimina lo selecto de su fuerza armada, inhabilitando las defensas del país con resultado casi fatal. Dentro quedaron muchos pensadores y creadores. El hambre, las limitaciones, la persecución desenfrenada de la mediocridad estatal removían los cimientos de aquella gran cultura rusa que se inició con Pushkin, y donde el intelectual no era reflejo del Estado sino su némesis, hasta el extremo de que otro notable exilado, Herzen, pesaba tanto en Rusia que el pueblo decía que la madrecita era regida por dos Alejandros: el zar, y Alejandro Herzen, desde Inglaterra. Ese ha sido siempre el papel del artista en Rusia, el de contravenir las normas de cualquier absolutismo. Lenin lo sabía, y aunque se armó una opereta acerca del papel del arte en la revolución, con Lunacharsky y Trotsky escribiendo textos de interés, y una década de brillantez vanguardista, la realidad comunista pronto desterró el talento y la crítica, para convertirlo en un país de mediocres, lameculos, arribistas, corruptos, cuya única afición fue la de sostener un falso cometido social, una generalizada mentira.
 
Nina Berbérova sufrirá el exilio en la atrocidad del desarraigo, el hambre, contemplar cómo, por insuficiencia económica, poco a poco, se iba disgregando la emigración rusa. Unos, como Nabokov, que alcanzó éxito, escribieron en otros idiomas, mientras ella se mantuvo fiel al ruso. 
 
Caminando por los cementerios de París observé monumentales tumbas de príncipes y princesas, lo cual da a entender poco de lo que en verdad sucedió. El partido comunista, y Lenin personalmente, causaron con el putsch de octubre una emigración de casi un millón de personas, nobleza y casta militar entre ellos, pero también, como el caso de la autora y del poeta Jodasevich, el de escritores, filósofos, físicos, agrónomos, dramaturgos, que por lo general poco o nada tuvieron de recursos para solventar su exilio. Berbérova trabajó en lo que pudo, y su obra, hoy considerada mayor en la literatura rusa, no vio la luz hasta décadas después, gracias a la pericia y sensibilidad editoriales de un entonces pequeño editor francés. Tenía más de ochenta años al publicarse sus primeros cuentos. En un plazo de cinco años se convirtió en una notabilidad editorial. Sus memorias, El subrayado es mío, documentan en trescientas páginas casi un siglo y son imprescindibles para atar los hilos de una intelligentsia que se desvaneció de Rusia entre 1920 y 1940, mientras que las de su amado Jodasevich han sido prácticamente olvidadas, rescatadas en verbo por Evtushenko y otros, y creo que aún desconocidas en lengua española.
 
Si dejamos de lado a Nabokov, cuyo camino se diversifica, la aparición de los libros de Berbérova, llena de algún modo el vacío que dejó la emigración. Hay que considerar que con el sovietismo “desaparece” la gran literatura rusa, que no se recobrará hasta que un disidente, Solzhenitsyn, desde adentro, la reviva, y que otra gran escritora, Nina Berbérova, la consolide desde afuera.
 
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[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz) – imagen: Nina Berbérova – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]


Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Por dos meses tuve en mi mesa de noche una edición del Financial Times de Londres. La de sábado, que es amena, discursiva, donde aparte de un almuerzo semanal con alguna personalidad (Roger Waters, Michael Moore, Martin Amis), hay artículos sobre vino, cine, pintura, literatura. Pasamos columnas y columnas de índices bursátiles y nos deleitamos, en casa, con textos inteligentes sobre arte y cultura.
El diario, en la primera página de su sección Vida y Artes, tenía una extensa colaboración de Simon Kuper acerca del robo de la Mona Lisa en 1911, pretexto delicioso para trashumar por un tiempo que moría. Pensé en Midnight in Paris, de Woody Allen, filme de calidad visual y tenue romanticismo, con un dejo de narración gringa que no molestó. Allen visita la ciudad de sus sueños, no la de Armani y Dior, sino la de Shakespeare y Cia, los norteamericanos en París, Gertrude Stein, Scott Fitzgerald, Hemingway, en medio del talentoso tumulto internacional que incluía a Picasso y Dalí, a Miró y a Buñuel, los años 20. Cierta acompañante casual del protagonista, en el mundo onírico que lo seduce y sucumbe, se adentra más allá, hasta los recovecos de la Belle Époque, donde se materializan los espectros de Lautrec, Degas y Gauguin. Hay como un vacío entre esos dos tiempos, un espacio que llenó la guerra, pero antes de ella, también durante y hasta el armisticio, convivieron en la capital de Francia personajes no menores a los desenterrados por el cineasta: el París de Apollinaire, de André Salmon y Max Jacob, del joven Picasso, del maestro Schwob, hundido en un sillón de mimbre mientras lo asistía un enigmático criado chino. Allí es donde, en la cronología, un pobre inmigrante italiano roba La Joconde y la mantiene, a dos cuadras del sitio, en su cocina por dos años.
Action Française acusó a los judíos; cómo no. El Louvre cerró sus puertas por unos días; cuando las reabrió, filas de gente intentaban ver el espacio vacío donde había estado el Leonardo, al cual, hasta entonces, nadie le había prestado demasiada atención. Kuper cita a Jérôme Coignard, diciendo que sin quererlo el museo exhibía la primera instalación conceptual en la historia del arte: la ausencia de un cuadro. Entre la multitud que visitó el salón entonces se hallaban dos escritores de Praga: Max Brod y Franz Kafka, quienes, viajando barato, redactaban una guía de cómo hacerlo “en Suiza, en París”, para viajeros de escasos recursos como ellos. “Kafka siempre se adelantó a su tiempo”, añade Kuper.
Vincenzo Peruggia, el inmigrante que sufría de envenenamiento de plomo, aparentemente durmió en algún ropero al interior del recinto. El Louvre cerraba sus puertas lunes y muchos trabajadores se dedicaban a limpieza o reparaciones. No extrañó que uno de ellos, al menos vestido igual, saliera con un pequeño promontorio debajo de su overol. La falta de la pieza pasó desapercibida hasta el jueves, porque no era inusual que los fotógrafos del museo se llevaran los cuadros a casa sin dar razón de ello. Cuando les preguntaron qué día retornarían el da Vinci, respondieron que jamás lo tomaron. Entonces comenzó el revuelo.
La policía siguió pistas sin éxito, mas un día un amigo del poeta Guillaume Apollinaire trató de vender una estatuilla ibérica que había robado del Louvre, y se dedujo que también él tendría el retrato renacentista. El individuo se había hecho de estatuillas provenientes de la península en dos ocasiones. Dio algunas a Apollinaire y otras a Picasso. Muchísimo más tarde, Pablo aclararía que si se contemplaba bien las orejas de las Señoritas de Avignon, se sabría que eran las mismas de las figuras robadas. Poeta y pintor se desesperaron. Agarraron los peligrosos objetos con intención de tirarlos al Sena fuera de la villa. No lo hicieron; tampoco lograron eludir a los investigadores y terminaron detenidos. Apollinaire pasó seis días en una celda, donde escribiría Mes prisons. Ambos sollozaron ante el juez y el corpulento vate quedó alelado escuchando a Picasso jurar desconocerlo: Pedro negando a Jesús…
La justicia los absolvió. Era evidente que no formaban parte del rarísimo complot. En 1913, en Italia, alguien de la casa Uffizi fue contactado por un individuo que aseguraba tener consigo la pintura. Quisieron verla y la autentificaron. Peruggia alegó que deseaba devolverla a Italia, por el saqueo de arte que hiciera en su tierra Napoleón. Lo único que consiguió fue ser arrestado por las autoridades italianas, y juzgado -en medio de simpatía popular-, recibiendo una breve condena.
Contó que la mantuvo en la cocina de su cuarto de soltero y se enamoró. No era raro, la Joconde ejercía un hechizo sobre los hombres. Incluso en 1910 alguien se suicidó ante ella. El pintor holandés Kees van Dongen dijo: “Ella no tiene cejas y tiene una divertida sonrisa. Seguro que sus dientes son inmundos para sonreír tan cerrado”, mientras que Somerset Maugham desdeñó “la insípida sonrisa de esa afectada y hambrienta de sexo joven mujer”.
Recurro a esa obra maestra de Roger Shattuck, The Banquet Years, relato del origen del avant-garde francés en cuatro figuras: Alfred Jarry, Henri Rousseau, Erik Satie y Guillaume Apollinaire. Allí el autor, en la sección dedicada a Wilhelm Apollinary Kostrowicki, llamado Apollinaire, describe el asunto y cómo, por un momento, opacó la rutilante estrella de aquél. La decepción del juzgado, la negativa de Picasso de conocerlo, no mellaron la amistad de los dos hombres, quienes, junto a Salmon y Jacob, sellaron “una de las más significativas colaboraciones literario-artísticas del siglo”.
Peruggia murió en la oscuridad. Incluso se confundió su muerte con la de un homónimo; por el contrario, la popularidad de la ahora Gioconda se extendió sin límites. ¿Quién robó la Mona Lisa? resulta una historia ingenua, la última feliz por los siguientes 30 años, según Kurten. Es que a tiempo de su reaparición se asesinaba al archiduque Francisco Fernando y desaparecía una Europa para dar lugar a otra, la de Nietzsche y la de Kafka.
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[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz) y en Semanario Uno 431 (Santa Cruz de la Sierra) – imagen: noticia del robo de la Joconde en Le Petit Journal – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por MAURIZIO BAGATIN

Escribir es inútil, sin embargo hay que hacerlo para darle algún sentido a la vida, para evocar historias vividas y no vividas, paisajes verdaderos y falsos, figuras extrañas y figuras extraordinarias…  

Los que han nacido en democracia coleccionan figuritas de Messi y Ronaldinho y el 21 de junio esperan el primer rayo del sol en Tiwanacu, viven en casa “casi cholet”; entre ellos hay muchos obesos y choripapas y pseudo Mc Donald’s -hay violencia, racismo y mucho alcohol- wiphalas, monolitos y nombres de toda esta civilización del espectáculo. Bolivia es simbología, Bolivia son mitos profundos que con cada generación cambian piel como las serpientes, y así, solo así, vuelven a empezar.

Seúl, São Paulo es la evolución de un cuerpo, lo que un verso de Blanca Wiethüchter, lo que se descubre, lo que es ya descubierto, lo imposible a descubrirse… las diferencias en el olor (si se hubiera estrenado Parásitos antes de la novela… aunque la generación es la misma) en el color de la piel, en ser lampiño y tener la libreta del servicio militar. No parece vislumbrarse ningún dilema shakesperiano y sin embargo lo hay: “Ni boliviano, ni brasileño: aymara”. Para quien escribe la novela no es nada, que es todo.

Comilonas, mestizajes y fiestas, fiestas para todo y para nada, cómo hacer dinero, emigrar y hacer afuera lo que nunca harías aquí, todo para salir vivo de la vida… la camaradería es el like (not rolling stones) al Facebook, la tecnología que se ha adueñado de lo humano, no hay Le donne, i cavallier, l’arme, gli amori, ya no… Baudelaire sembrando flores en el asfalto, un flâneur volando en mota y Claudio Ferrufino que inspiran… hay que emigrar, irse antes de los veinte años, mañana tal vez volver, pero ahora irse, alejarse, desdoblarse, metamorfosearse en el desarraigo y luego, tal vez, volver. No cambiará nada porque nada habrá cambiado, sino nuestro ver: si un muchacho no se encuentra de repente solo al mundo, nunca crece

Seúl, São Paulo es el reaparecer del final de la Chaskañawi, un Adolfo Reyes que lúcidamente reafirma los males de esta, y de todas las otras sociedades, la escuela y el cuartel… y el consuelo o la burla a una declarada derrota, la Claudina. Bolivia es un país fantástico, un país imposible, por eso mágico, donde todo es ligado a su simbología necesaria. Hacernos creer que lo mejor es lo que se importa mientras se come quinua en toda Europa y en los Estados Unidos; hacer creer que la moda, que la música, que hablar en otro idioma y jugar al tenis… y terminar siempre como unos Santiago Zavala.

 

 

[Fuente: sugieroleer.blogspot.com]

 
Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Si me preguntan de tango, que qué orquesta prefiero, dubito, y por lo general respondo que Canaro, no solo porque Francisco Canaro le dio otra perspectiva al tango, ni por su historia ejemplar de miseria y tesón -igual a muchos otros, entre ellos Filiberto- sino por la versatilidad que supo jugar entre lo clásico y lo moderno, sin desvirtuar la esencia popular del baile y, en especial con él, del cante; por su extensión y su don. Pero hoy me llega de Buenos Aires, desde Caballito, un disco doble con Julio de Caro en el primero, de delicada esencia, y Edgardo Donato el segundo, con mucho ritmo y compás. Allí dudo, ya no dubito, y quizá prefiera a Donato como maestro, aunque bien al fondo los aires de la orquesta de Francisco Lomuto tercian en esta contienda de talento y de valor.

Hablar de tango, de mis padres, de música bien entrada en la noche de Cochabamba, mientras los hijos atisbamos la fiesta de los mayores y madre y padre se enfrascan en el cuchillero bandoneón de Antonio Bisio. Trajeron, ellos, consigo, el tango de Córdoba, de una época que consideran de oro, los cincuenta, aunque para mí el tango como joya termina cerca del año treinta.

Pero no es tango el tema, viene del tango, de las letras de A media luz que con solo la mención de la calle Corrientes despiertan la nostalgia de tres visitas a Buenos Aires. Afirman que parece París y se equivocan. No es mejor pero no es menos, y es cercana y con mucho mayor querida. París está llena de franceses lo que la reduce, tal vez descompone, y, incluso con el dejo superdotado del porteño, este suele ser afable y oler bien.

Respecto al olor, hay la anécdota entre nosotros, los hijos de mis padres, de la característica argentina más notable que diferenciaba ese país del nuestro: era el aroma, invasivo, predominante, que venía en las ropas, las valijas, la piel y cabellos de las tías que llegaban de visita. Era un « olor a Argentina », distinto, único, inexpresable e inencontrable en otro lugar. Dirán que la Boca hiede, que el Riachuelo en el verano emana aires de fetidez, pero incluso paseando por Caminito, en un café de Pompeya, en los mandiles de los médicos al sur, más allá de la inundación, perdura el inolvidable « olor a Argentina ». Con Julio Dueri, por 1984, fuimos metalúrgicos en la ciudad obrera por excelencia: Córdoba. Acabado el día, hastiados de soldar, cortar barras de aluminio, pulir estructuras que construíamos para la feria internacional, salíamos los dos bolivianos negros y lentos por la calle hacia la pensión en que dormíamos. los compañeros argentinos nos recriminaban: « pibe, estás loco », porque ellos luego de la jornada se duchaban, vestían ropas limpias si no lujosas, se acicalaban y aparecían en la vereda como doctores, mientras nosotros arrastrábamos -si arrastré por este mundo…- nuestra fastuosa piel de hollín.

En el metro de Buenos Aires, soñando si por casualidad veríamos a Borges, nos sentábamos en Miserere, haciendo hora para ir a comer milanesas napolitanas con un litro de vino, y después correr a los dormitorios baratos que en Constitución significaban jóvenes y sudorosas muchachas holandesas de magnífica recepción.

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[Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba) – imagen: Córdoba – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Fray Mocho, seudónimo de José S. Alvarez, a quien se considera el primer escritor profesional argentino, publicó en 1897 sus memorias de un viaje al Paraná, más precisamente a los rincones del gran río donde se refugiaban los descastados, los criminales, los rebeldes y los tristes. En el páramo, el único gobierno válido es el de uno mismo; no se debe nada a nadie y se recibe lo que se merece.

El ambiente de Un viaje al país de los matreros difiere algo del de José Hernández y su Martín Fierro. No existe en las páginas de Fray Mocho la presencia indígena, considerable todavía a finales de aquel siglo. La zona entrerriana se ha desindigenizado, por así decirlo, y su referente más cercano es el gaucho, y el gaucho en rebelión, lo que lo hermana con el personaje hernandiano. En la región viven la sombra de Artigas y sus orientales, la de Francisco Ramírez y la república de Entre Ríos. Ramírez fue hombre de todas las guerras (estuvo al lado de Lavalleja, Lavalle, Urquiza, y llegó como pocos a viejo). Era analfabeto pero sabía pelear. Además, la geografía de Fray Mocho es la de las exuberantes aguas de la tierra media -y rica- de la Argentina, en oposición a la miseria del desierto y sus tolderías.

El matrero, hombre sin patria, que vive como alimaña escondida en el zarzal, se rige con códigos que a pesar de no ser los tradicionales de la sociedad a la que ha desdeñado, no dejan de tener rasgos de honor. La simpleza de la vida lo hace filósofo al mismo tiempo que lo bestializa, y de tan incongruente reunión sale un ejemplar humano muy peculiar.

El estilo sobrecargado de la prosa no impide una lectura amena y muy interesante. Comparte datos y detalles con toda la literatura gauchesca, pero al ser un relato de viaje, las descripciones de primera mano le prestan una dinámica que no se obtiene en un libro de ficción. La cacería del « peludo » (armadillo) es simplemente deliciosa narración, como lo es la descripción en extremo hogareña de una frugal comida familiar, consistente en menudencias fritas que gracias al pincel del artista se hacen hasta apetitosas.

No dejo de pensar en Horacio Quiroga; a su manera fue otro matrero como los de Fray Mocho. Quizá la última alegría consista en el olvido y que luego de vivir intensamente lo que resta para disfrutar de la memoria es el aislamiento. Hay que observar a las aves, al triste assum preto del nordeste de Brasil, y al caraú del Paraná, que llora su eterno dolor mirando las aguas, vestido de negro.

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[Publicado en Opinión, 04/2003 – imagen: fotografía tomada por Eugenio Courret de un gaucho argentino en Lima, Perú, 1868 – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

La principal mezquita de Almaty

Por CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT

Siempre, mucho antes que soviéticos y gringos miraran el desértico paraíso de Afganistán, soñaba con sus lechos secos de río, con árboles de damasco como pinceladas de color. Eso además de la épica, que me contagió Homero, y la leyenda de la invencibilidad de los afganos en sus guerras con el mundo. Kabul, donde colgaban despojos de soldados del imperio británico de ganchos de carnicero, bullía en la marea diversa de sus calles, en donde no era extraño tropezar con la lámpara de los mil y un aladinos del Oriente, o pisar las huellas de Alejandro, de Timur, recorrer con la mirada las piedras de Heródoto, que siguen siendo las mismas en el Asia Central.

Y Afganistán es uno de tantos, de los Tajikistán, uzbekos, turcomanos, Bujara, Tashkent, Samarcanda, las alfombras que traficaba George Gurdjieff, las historias de Kipling, las huestes del Carnero Negro y del Carnero Blanco, los cosacos errantes, Julio Verne, Joseph Kessel, y ahora Robert D. Kaplan, y Christopher Robbins con su libro imprescriptible: « Apples Are from Kazhakstan » (The Land that Disappeared).

La historia comienza de manera simple, en un avión donde el autor encuentra un verborreico norteamericano de Little Rock, Arkansas, en viaje a Kazajstán, a conocer a su prometida por internet. Luego de una descriptiva charla y cuando van a separarse, el sureño le dice a Robbins: « Y no se olvide, las manzanas son de Kazajstán ».

Qué poco cuesta, al interesarse, comenzar a escribir una obra, que de manzanas, que en sí son un tema fascinante -no sólo porque supuestamente en ellas Eva, y las mujeres, causaron la desgracia de Adán y de nosotros, cargados de un pequeño y colgante rabo que maravillosamente nos hace sentir poderosos- se pase a asuntos de mayor peso como economía, política, historia, literatura.

Luego de leerlo, Kazajstán que era una escondida joya de la memoria, se anota hoy como parte necesaria de la ruta que he de trajinar, y de cuyos nombres me encantaría escribir sin descanso, desde la estepa de Karaganda, donde abonaron el frío miles de presos políticos, hasta las misteriosas montañas del Tien-Shan, o los verdores de Pavlodar, donde mi amigo Yefim tiene una casa con un huerto de manzanos locales y una esposa fugada.

Inicia Christopher Robbins, por supuesto, con un recorrido por las especies de manzanas del lugar, que parece, en verdad, ser el origen de la fruta. De las manzanas se extiende por la geografía, las costumbres, algo de etnografía, bastante de culinaria, y capítulos magistrales sobre las estadías de Dostoievski, Trotsky y Solzhenitsin en el país, cada una de tres minibiografías que rastrean sus vidas por detalles casi desconocidos, con no sólo interés, sino subyugante interés.

Trashuma por la mortecina luz del mar de Aral, seco, replegado, con el recuerdo de la orgía de peces que habitaba sus aguas, tanto que en la bandera presoviética de los cosacos del Ural (1918) se muestran picos montañeses decorados con calaveras de ciervo empaladas y como base un pez, del Aral, del Caspio, de un mundo que desapareció como era y que se funda de nuevo sobre lo que fue, en un raro equilibrio para la caótica región de la que es centro.

Robbins pasa buena parte de la obra en viajes y consultas con Nursultan Nasarbajev, presidente desde la fundación de la república kazaja. Aun desde un punto de vista imparcial se nota cierta simpatía hacia el líder, ampliamente señalado en el mundo por corrupción y violación a los derechos humanos. Robbins lo sabe, pero en sus viajes parece haber comprendido algo sutil de la existencia allí que justifica bajo razonamiento la presencia de un hombre que supo escurrirse entre los vientos destructores del fin del poder soviético, sobrevivir y sobresalir, y tener la inteligencia de desechar un poderío letal en armas nucleares abandonadas en su territorio. Eludir, tal vez y por encima de todo, el fundamentalismo en un país islámico y sobredotado en recursos, le permitió permanecer y ganarse aliados como los Estados Unidos.

Nasarbajev, con una visión similar a la que levantó Brasilia en el planalto, inventó Astana, hoy capital y ultramoderna urbe en medio de la más ignominiosa estepa, centralizando allí una dinámica que estaba demasiado hacia las fronteras. Astana reemplazó los antiguos nombres de Alma-Ata, Semipalatinsk y demás asociados a la historia de este gigantesco apéndice de Rusia y de la URSS, hoy autónomo.

[Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz); Semanario Uno #389 (Santa Cruz de la Sierra) – reproducido en plumaslatinoamericanas.blogspot.com]

A imagem pode conter: comida

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Siempre que paso por una panadería francesa que mis hijas adoran, quiero comprarme un postre Napoleón y no lo hago. Voy por lo salado, algún quiche, un boule redondo de corteza dura para untarlo con roquefort.

Mirando hace unos días el filme Linhas de Wellington, ideado por Raúl Ruiz y culminado por Valeria Sarmiento, su viuda, aparece el gran John Malkovich como Arthur Wellesley, duque de Wellington, y le explica a su pintor francés el plato de carne de res que lleva su nombre. Si bien no está claro, y nunca lo estará, si el Beef Wellington proviene de él, cabe perfecto en la escena donde con meliflua voz el actor susurra que no sabe si está bien que una comida lleve el nombre de un personaje como él. Suaves como suelen ser los ingleses, así el que derrotó a Bonaparte fuese de origen irlandés. Carne envuelta en pastelería y jamón de Parma. Delicioso. No común pero tampoco imposible de conseguir en Denver. Y los Napoleones están en todo lugar, a veces hasta en grandes supermercados.

Los rivales de Waterloo devorados por la gula popular. ¿Metáfora de la historia?

Cuando El Prado cochabambino era el Prado, antes de estrambóticas edificaciones y nueva riqueza, se servía en algún bar un Lomo Ferrufino. Pregunté a mi padre, albacea de la historia familiar, de dónde provenía este nombre. Dijo que de un pariente que se hacía servir en las mesas de la acera con peculiaridades cuando ordenaba su plato de asado. Habitué como era, los garzones ya sabían qué ordenar para el rutinario y la denominación quedó. He olvidado la receta y mi padre no está. Ha de evaporarse el lomo en el tiempo como todo. Hará unos años, indagué al respecto. Desapareció del Savarin y etcéteras. Todavía lo servían en el Miraflores. Un nombre, no otra cosa, ya sin memoria detrás.

Como los Napoleones que dice que se inventaron en Rusia en 1912 para conmemorar el centenario del triunfo contra la Grande Armée, con niveles de hojaldre de forma triangular recordando el bicornio del gran corso. El Beef Wellington recuerda las botas del mariscal…

El Café Fragmentos fue en tiempos del 96 en adelante una institución cochabambina. La mejor música, la mejor comida; belleza y simpatía de sus dueñas. Su deliciosa hamburguesa sigue siendo mi receta; igual las alitas picantes. Legados de un hombre de 36 enamorado de la vida y los cabellos oscuros. Mucha historia en paredes, sillas, mesas, caipirinhas y rones. Elis Regina y Gladys Moreno. Raimón y Toninho Ferragutti.

Ahí, en ese Fragmentos que a la larga hizo honor a su nombre y legó pedazos dispersos, Ligia añadió al menú un emparedado fino: el Emparedado Coqueugniot, en pan de miga y con la receta de atún de mi madre. Creo que ya no está; la delicada ensalada fue engullida por circunstancias, como la lluvia desgasta el hermoso afiche, reminiscente de la revolución rusa, de Rage Against the Machine que colgaba en la puerta de entrada. Hoy somos, mañana no, cantaba o recitaba alguien ¿Benjo Cruz?

Suena la cueca El regreso mientras escribo. Hierbas bolivianas… ajíes y choclos waltacos. Todavía tengo las cortinas cerradas porque estoy en calzoncillos. Nadie observará mis piernas en este mundo ajeno, pero por si acaso… En el filme de Valeria Sarmiento, uno de los personajes, hermosa puta, lleva el nombre de Martirio. Martirio que da placer. Demasiado cercano…

Ejemplos de nombres asociados con comidas sobran. Unos pocos para refrescar el día, distraer las horas, recordar.

Recordar.


[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

A imagem pode conter: planta e ar livre

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Largos silencios, profundos, eternos silencios, Picha. Quedan recuerdos, imágenes, fotografías y… sueños, que de a poco se van disolviendo, quedándose colores, manchas, sensaciones. Lo esencial debajo de la pintura. Obras maestras escondidas detrás de nimios intentos. Pero hay que gritar fuera de la desesperanza porque sin rebelión no hay vida, moverlo todo para que parezca igual. Simple filosofía, profundo dolor.

Emilio Losada dice en la canción que va a dejarlo todo, a la chingada lo que haya porque quiere verla bajo el cielo de Ciudad de México. Simón Bolívar desviando las naves por perfume de mujer. Hay que cambiar rumbo, desoír al aterrorizado Lev Kamenev en su juicio pidiendo a sus hijos no mirar atrás, siempre adelante, con Stalin… A mirar a cada lado, que quizá hay flores por allí, quizá chacales. La ortodoxia no sirve, además que aburre. 

Repaso un texto sobre la crítica de Arthur Koestler. Ahí me recordaron lo de Kamenev. Adoré a Koestler en mi juventud. Décadas que no lo leo. Lo recuerdo cuando tomo vino blanco georgiano, que puedo conseguir en Denver. En una de sus memorias habla de él, y de la dirigencia comunista georgiana. No sé si mencionaba a Sergo Ordzhonikidzé, suicidado (dicen) antes de ejecutado por su paisano.

Georgia, la ruta del Argo y los argonautas en busca del vellocino de oro. En los arroyos de aquel país todavía lavan oro con pieles de carnero. El polvo queda en la lana y luego se lo lava y escurre. De ahí el mito. Según…

Silencio. Algo de Emilio, reggae, Celia Cruz, if you ever know how much I love you. Tengo fiebre, fever, el covid19, tal vez. Pero solo en la mañana, después me pongo bien hasta la siguiente agonía. Poco tiempo tengo para reflexionar acerca del infinito. Los músculos tienen que estar tensos, para trabajar, amar, matar. Sin darles descanso, como a los treinta. La ortodoxia es de músculos laxos, flojos, esmirriados y cobardes como el líder podemita en la tierra de España. Decía mi padre: no temas a los fuertes; está en los débiles la traición. Analizando se podría considerar esta hasta como una opinión nazi. Pero conocía a mi padre y lejos de ello. Entiendo lo que quiso decir. No lo olvido. Silencios, Picha de mis sueños, de testa vendada de blanco, como romana o hada madrina.

Ni pienso en el infinito ni bailo salsa. Mi tiempo apenas alcanza para la mitad de lo mucho que deseo hacer. Si me deprimo… pues requeriría demasiadas horas que no tengo. Arrastré el dolor como si fuera cueca boliviana; el martirio, el tormento, con angustias quechuas y contradicciones íberas, aparte de todo lo demás entre franceses, ashkenazis y no woman no cry.

Lo cierto es que cuando te vas, Picha, me avisas que la clepsidra ya está volcada. Quizá deba evaluar mis pasos e intentar ya no tantos caminos sino pocos, precisos y sustanciosos. ¿No sería aquello una suerte de ortodoxia? ¿Pedir perdón como Zinoviev y Bujarin? Dejémoslo así. De todos modos me dijiste anoche que el río del Leteo está seco y el barquero borracho. Entonces implica, implica entonces, que incluso en la muerte hay decisiones propias. Me gusta eso. No que me rapen la cabeza y me metan en trenes hacia el paraíso del trabajo, fúnebre metáfora.

Domingo. Emilio me mandó un puñado de poesía en música. Veo el sol afuera pero no me tuesto adentro. Hoy no ejerzo de pan horneado. Escribo en calzoncillos; de a ratos me acuerdo de muchachas dadivosas tornadas en hidras de Lerna, o de Cochabamba, o de Denver. Mujeres amadas, odiadas de a ratos, siempre queridas, con cabeza de calabaza en permanente Halloween.

Los Leningrad Cowboys cantan Happy Together. Recuerdo, hermana, cómo te encantaba esa canción de The Turtles. Resumía la infancia, la familia que ya no existe. ¿O estamos maridados ad aeternum, los dos padres y los seis hijos? Happy together, Come together.

Pues suenan las nueve y veinticinco en las ilusorias campanas de mi cueva. Aunque los relojes debieron haberse parado cuando te fuiste sin maletas, independiente. Podrías haberme esperado ¿no?, pero creo que cuando me dejó Ligia casi quince años atrás te cansaste de ser otra madre para mí. Me diste alas, el libre albedrío, mencionaste, y me tienes acá un poco más maduro, always sad but always strong, como buen hijo que muestra a la progenitora que puede ser buen trabajador.

[Imagen: Henri Rousseau – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La infancia fue feliz. En el viejo Volkswagen íbamos cada fin de semana al campo. Mamá y papá fueron grandes caminadores, y así salimos todos. Recuerdo el ejemplo que siempre mencionaba Joaquín, mi padre, acerca de cuántos kilómetros al día caminaba un soldado del ejército japonés, algo como los campeones del mundo, por decirlo. Lo emulamos, en la medida de las posibilidades y, en tal entrenamiento samurai, conocimos de memoria el valle cochabambino; exhaustivamente el valle bajo, y en menor grado el alto. Hoy, la invocación de cualquiera de esos nombres de pueblo o región asocia tantas imágenes, olores, sabores, que trae la sonrisa de mi madre en medio del aroma de retamas, y el vozarrón de mi padre con el rumor del cascajo de los ríos en avenida.

Tiquipaya, Pairumani, Suticollo… la explicación del origen aymara de esta tierra a donde llegaron los quechuas en explosión de dominio. Aunque nebuloso es el pasado, y peor la historia cuando no ha sido escrita, buscamos con afán de exploradores el camino más antiguo del lugar, por donde habían invadido los incas: el Tupuyán. Para ello tuvimos que subir a la falda de la montaña, buscar en las inmediaciones de Liriuni, imaginando la bajada por las empinadas quebradas que suben hacia Morochata. Luego, hacia el oeste, inclinándonos por Anocaraire y la ancha apertura del río de La Llave. Esa quebrada es con mucho más suave. Años después, con amigos, reeditamos el anciano viaje; lo había hecho mi padre en la década del cuarenta, a pie, por herraduras, desde Cochabamba hasta Independencia o Palca. Nosotros fuimos escasos, con la ruta trepando por la vertiente izquierda del río, atravesando tres apachetas, hasta vislumbrar desde la cumbre, a lo lejos, la ansiada Morochata. La idea era seguir: Yayani, Chinchiri, Independencia, Sanipaya, a la tierra de los orígenes de mi abuela paterna. La chicha lo impidió. Nos pusimos a jugar rayuela con los hombres del pueblo y terminamos vomitando el gentil alojamiento que las monjitas nos cedieron. Al día siguiente nos expulsaron; justifico el por qué.

Buscamos el mítico camino, alegres como niños que éramos. Y, según noticias que los progenitores reunieran, decidimos que una polvosa senda, que la lógica indicaba como mejor para quien viniera del Ande, era el Tupuyán. Lo habíamos hallado y nada que yo recuerde me impresionó más: con él venían hordas de guerreros con pectorales de oro, plumas ofrendadas en el Cuzco desde las vírgenes selvas del oriente. Venía de leer a Homero; tenía nueve años, y en el instante, sumadas a la memoria de Héctor, Aquiles, Menelao, Paris, Ayax Telamonio, Diómedes, acariciaba figuras más cercanas, hombres de tez cetrina, altos porque yo era pequeño, en disciplinada fila, hacia la lujuria del maíz. No existían muros como los de Ilión, pero sí maraña de molles, un valle extendido sin fin, arbolado, oloroso, soleado y bucólico. El Tupuyán llevaba a los guerreros a domeñar su ira. Estos eran terrenos para recostarse y soñar.

El Tupuyán, nada antes que él de la herencia quechua, habrá sido ya destruido. Escucho camiones de coca que no veo, precursores, ácidos, lavadoras para la nueva sofisticación casera de la droga. He sabido que el verde, más verde que el de Llewellyn, se esfuma. Los eucaliptos que trajo España hierven en hornos para siempre. A nadie le interesa saber por dónde arribaron las huestes de Túpac Yupanqui. La paradoja actual se debate entre el rescate del ancestro y la globalización brutal que conlleva el narcotráfico. Si pregunto hoy ¿Tupuyán?, pensarán que me burlo. Pero nosotros lo hemos visto, borroso, casi invisible, y hemos seguido su huella por donde nos llevara, por la Paucarpata que subyugó al cronista Polo de Ondegardo, por El Paso, y en cada rincón de lo se ha hecho pretérito.

Tal vez mi generación fue el último nexo colonial. Perdimos los idiomas originales que todavía hablaban los padres, resultado de la crianza en manos de niñeras indígenas. Pérdida que carga en sí no necesariamente el olvido del lugar del que venimos, pero alejamiento. La abuela Neptalí, crecida en los tremendos paraísos de Ayopaya e Inquisivi hablaba, aparte del castellano, aymara y quechua. Mi padre heredó el quechua en las casas solariegas que habitó, con criados y sirvientes. Nosotros, urbanos, nacidos después del 52, solemos comunicarnos en español, hemos cortado el vínculo con los que todavía están, desde siempre, allí. Sentirme proficiente en inglés y francés no quita la pena de no haber aprovechado unas lecciones de mi padre en la nativa lengua.

Arqueología familiar, y arqueología aficionada en familia. Muchísimo antes de que los silos de Cotapachi se hicieran famosos, detrás de la colina de Cota, sitio de la aparición de una virgen, la de Urkupiña, extrañamente en un lugar que sin duda fue sagrado por su potencial agrícola, ya buscamos en la infancia las ruinas. La referencia venía de un tío, Antonio Iriarte, erudito en asuntos precolombinos y rescatista de tesoros. Entonces había, en las márgenes de un río putrefacto, un cuartel militar. Horas de dictadura. Preguntamos si sabían algo al respecto y ni soldados ni oficiales tenían idea. Caminamos al borde de la laguna y buscamos entre los cerros, plenos de espinosos arbustos y áridos. Al fin, en un descanso, aparecieron las bases redondas de lo que había sido un granero incaico en tiempos de Huayna Cápac. Estaban ocultos, y había muchos, ninguno que se elevara más que la base de piedra que alguna vez los sustentara. Movíamos las plantas con cuidado porque el lugar estaba infestado de víboras con dos tonalidades de café, de cabeza triangular, venenosas. Hacían reminiscencia a las temidas copperhead de Norteamérica; quizá fuesen una variedad. Mi hermano Armando aplastó una, para llanto mío. Pero, el hecho de descubrir aquellos monumentos derruidos, ignorados, fue suficiente para olvidarlo.

Nombres, vocablos aymaras, luego quechuas, después hispánicos, cada uno guarda secretos que ya nadie puede dilucidar. Y a medida que avanza la cronología, el rodillo de la desesperanza, la corrupción, la cocaína, irán hundiendo los vestigios hasta donde ya no se los pueda encontrar.

Esto hablando de un pequeño sector del valle inmenso, a distancias no mayores a veinte kilómetros alrededor. Porque en cruz, disparándonos hacia los cuatro puntos cardinales, encontramos lo mismo, nombres que son invocación, ritual, melancolía y demencia.

En Lequepalca, donde fungí por meses breves como administrador del proyecto carretero Oruro-Confital, luego de la cena en grupo, y antes de acostarme en la sala comunal donde dormíamos todos mientras no se construyera campamento, salía a la noche oscura impresionante. Rodeaba los muros de su sombría iglesia, de los nichos sobre tierra en el patio religioso; me sentaba en la explanada que hacía de mercado en día de feria y sentía, no pensaba, el bullir de las sangres escondidas. Alguna vez me escapé a cenar a Caracollo, o más lejos hasta Patacamaya, a tomar ese profundo café concentrado que sirven en vasos de aluminio, y comer un rebalsante asado con arroz y mixtura de tomate con cebolla.

Contemplar a los achinados aymaras conversando en idioma asiático, ajeno a sus vivencias. Beberme el café, y a medianoche, porque nunca cierran, “agarrar” un camión de regreso a Lequepalca, escuchando las tontas o a veces atractivas historias del chofer. Llegando, bajar por el lado derecho y quedarme solo, sin ver a dos pasos, presintiendo la torre espectral a mis espaldas, los agujeros del cerro -minas caseras de azufre- y la tierra roja del lugar que se extiende hasta casi Oruro, hasta Paria, que en aymara quiere decir bermellón.

Combinar las palabras, las letras hasta pronunciar un nombre, parece, en la penumbra invernal de Aurora, casi un hechizo primitivo, y yo en calzoncillos de chamán iluminado, juego con ellos buscando el de dios, tal vez el mío.

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Publicado en La ciudad de Cochabamba vista a través de viajeros y cronistas. Siglos XVI al XXI (selección y prólogo de Mariano Baptista Gumucio), 11/2012

Texto incluido en el libro Crónicas de perro andante (2013), coescrito con Roberto Navia Gabriel, La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra.

[Foto: portada del libro – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Sobre el bosque milenario corre el viento de las desgracias. Las hojas son verdes, sin embargo. Las piedrecillas van con las aguas. En un minuto se abate el invierno, se abate el silencio en los arbustos. La noche sueña lobos, apéndices de luna. Las nubes semejan la espuma congelada de las cervezas. La noche se oculta de la muerte. Borra las formas y guarda el aire. No habla porque de hacerlo la muerte lo encontraría. Los hombres son solo testigos de un engaño eternizado. En medio de las voces asesinas, un niño sospecha manos maternas y besa. Alguna flor se mueve bajo la nieve. Un niño bajo la luna cómplice. Hacer nevar es, para Dios, como poner velos al mal. Un crujido más y pasará un siglo… Vilna, 1978

He caído del trapecio y me he roto la espalda. Soy un acróbata. Vivo en la calle Köpenick. Mi habitación cuenta con un tragaluz. En las paredes hay arrebatados dibujos de artistas de Dresden. Sus contrastes de negro y blanco me anuncian de a diario el horror. Estoy paralítico. María se ha marchado. Al margen de la humanidad donde me encuentro, nadie vendrá por mí. Mis manos entumecidas no logran cerrar la ventana. Llueve otoño en la ciudad. Desde el quinto piso, el bullicio callejero me parece una caminata de termes. Gota a gota, el tejado va gastando la lluvia. Ocho días después me voy muriendo. Mi única desesperación es no poder alcanzar el suicidio. Berlín, 1928

Si tus cabellos son el sol ¿qué es tu alba piel? Stephanie Alicia mira los edificios creyendo que son flores. No hay niña igual que reverdezca las rocas como ella. Sin manos, pinta lo que nadie soñara jamás. Y se pasan los días, y vuelve a casa. Y la ciudad la extraña. Curitiba, 1995

Una piedra circular agota el espacio. Quieta, no se mueve, aguarda con paciencia que mi sangre llegue a ella. Parece de color gris; hasta es posible que provenga de las canteras de mi pueblo. Mi sangre la alcanza y su rostro ni se inmuta. Me digo que es una roca. “Nada más que eso”. Es raro que me obsesione con algo tan simple cuando mis compañeros combaten. Mas no soy yo el que ha clavado la vista en ella, ni siquiera la muerte, solo el azar. Otro día han de levantarme un monumento, y de seguro los niños me echarán flores. Las señoritas se enamorarán de mi romántica mirada al infinito. La roca sabrá mis últimos pesares sin entenderlos y el resto quedará hecho un absurdo. Dublín, 1916

Este es el fin del mundo y el principio del mundo. El Oriente y el Occidente. La espada y el degollado. Este es el principio y el fin de presente y pasado. De aquí vienen y van la luna y el sol. Acá la historia ha depositado sus versos y excrementado también. Este es el principio final y el fin inicial. De aquí para allá no hay nada. De aquí para el otro lado, tampoco. Yo soy la línea que corta las esperanzas porque todo está en mí. Río Tisza, año 900

La tierra es pródiga. El mundo se circunscribe a los paredones de adobe de la hacienda. Un atardecer, los indios se descuelgan de cerros y profundidades, como si fuesen uvas maduradas sin aviso. Es la sangre-sangre. Sangre de pintar abarcas y enrojecer montañas para lo venidero. El mundo se circunscribe a los muros adobales. Otro mundo. La tierra sigue pródiga mas no pare. Las mujeres se arremolinan delante de las ollas. Sus manos tejen choclos, papas y verduras, mantas que van a cubrir las hambres. Las ollas son fecundas. Los choclos son blancos. Hay quinientas papas y no hay patrones. Otro mundo. Algunas paredes se regocijan con el cambio; otras no. Pero ¿a quién le importan ellas, en un instante futuro como el nuestro? Las comidas hacen de las sombras mujeres. Sin comida se creería que los hijos vienen de la oscuridad. Asoma el cacique su fiereza. Trae carga. Desmonta de la espalda el bulto que aferra presto el hembraje. Aparece una cercenada y pelirroja cabeza: propietario y extranjero. Se la devora sin preámbulos, cediendo las mejillas para el jefe. Sanipaya, 1899

Llueve en la rue Chauvelot. La distancia es el metro que hay de mi cama a la ventana. Espacio en el que fácilmente podrían entrar infinitas canciones. Parece que las gotas caen, todas, en la línea ferroviaria. Me asomo por el balcón y veo el fantasma negro del cielo que engulle los rascacielos. La torre Montparnasse ya es inexistente. Algunas gotas me alcanzan. Me envuelvo en el manto acuoso y, entrecerrando los ojos, pienso que estoy en París. París, 1986

Los versos de un amigo humorista se han hecho tristes yo no sé cómo. Estuvo acá y se marchó eclipse de luna. Pensé, entonces, que había perdido algo, que ciertas pisadas luminosas yacían bajo el polvo. Indagué a la noche el porqué del cambio. No me respondió; sin embargo, creí ver en medio de las estrellas unas mujeres que reían… Cochabamba, 1987

La casa de Miguel Quintana se mece en las alturas, de frente a las arboladas montañas. El día es un paseo y, cuando las horas ya están cansadas, un bar nos reúne para hablarnos. Tiesos oímos sus lecciones. Las paredes no son de piedra sino de nostalgia. Cada uno corre a un teléfono y disca. Cada uno tiene que hablar con su amor. Para todo hombre debiera haber un teléfono… y no lo hay. Lodève, 1986

Un día luce su vestido verde para ir a bailar. Un día de agosto invitado a bailar. Va con su traje verde y crea una niña verde de celestes ojos y nombre verde. Leeds, 1963

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Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Novelista, fotógrafo, cocinero, artes donde la mezcla es la esencia. Cochabamba, 1960.

[Fuente: oxxxi.wordpress.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hace veinte años escribí un texto sobre Jim Morrison, de The Doors. Desde entonces mucho lo he mencionado aunque no ha sido otra vez objeto preciso de mi escritura. El tango dice « veinte años no es nada » pero en este caso me parece demasiado. Dichosa sería la historia si siguiendo a Alejandro Dumas padre pudiéramos conservar los héroes y simplemente retomarlos dos décadas después como si no existiese el tiempo; Dumas lo consigue con sus cuatro mosqueteros porque era talentoso, a pesar de que su amigo, el pintor Eugenio Delacroix, escribía en sus memorias sobre el « pobre Dumas », « que se cree Shakespeare ». Dumas no necesitaba ser Shakespeare, se bastaba a sí mismo. Digresiones aparte, la amplitud del arte, implacable, apenas nos da un atisbo de todos y cada uno de los que merecerían plasmarse de continuo en letras. Mientras diseño este retrato, en la televisión canta Juliette Lewis, flotando entre los brazos del público, entregada peligrosamente al toque de la multitud que la idolatra… y la desea. Un neopunk ameno diría, falto de la magia de los Sex Pistols o los Dead Kennedys y sin embargo fuerte, atractiva (ella), efímera en un mundo rápido en exceso.

¿Por qué James Morrison era The Lizard King? Hablaba de la seducción de los reptiles, de la creencia que en ellos se encarnaba el mal. Tal vez, según aconseja Kierkegaard, quería fundar su leyenda (oscura). « Hay algo profundo en la memoria humana que responde con fuerza a la serpiente », dice Morrison que nació en el oeste y a lo largo de su vida pareció estar influenciado por los mitos indios. Oliver Stone cuando lo retrata en filme hace hincapié en el asunto, que es también recurrente en el cineasta (recuérdese « Asesinos por naturaleza », donde la presencia india anima ser lo único auténtico en un mundo falso). No era juego; Jim a su manera encarnaba al reptil: ajeno, escurridizo, atento y emboscado, un espía en la casa del amor al decir de una de sus canciones, pero un espía in extenso. Ese gusto por la sombra, por evitar el rutilante destello de su fama, por no caer, como semejan hacerlo los otros miembros de su grupo, en los manejos sucios del capital que se apropia de todo, incluso de aquello que lo ataca, lo hace decidir por el mayor escondrijo posible, allí donde no puedan hallarlo, en la muerte. 

Qué significa entonces la muchedumbre de sicofantes que lo seguía, el cúmulo de mujeres dispuestas a su amor y a su carne. Designios como los del solitario que no puede desembarazarse de su carga no son inusuales. Pero en el bar, donde pasaba la mayor parte de su tiempo, a pesar del entorno sensual y servil, el hombre y el alcohol, en la medida y pasión con que Morrison afianzaba esta relación, se cierran en un círculo pétreo, difuso y maldito. Es Malcolm Lowry convertido en el Cónsul que agita vientos de tragedia; un vaso de absintio que dispensa vida y muerte.

Jim ha quedado en la memoria norteamericana como un icono más. Lejos están los días en que se presagiaba un mundo mejor. Algunos dicen que aquello murió en Altamont, en el concierto de los Stones, donde la cruda realidad de la violencia exterminó para siempre los floridos sueños de una generación. Unos, los más, se hicieron imbéciles y a otros los alcanzó la ambigüedad. Se invirtió el epílogo de aquel hermoso filme animado, « Yellow Submarine », que a pesar de ser cándido, como lo fuera Lennon, apelaba a la belleza. Lo cierto es que no se había invertido la realidad, que los viajeros del submarino amarillo deliraban. Se asesinaba en Vietnam, en el Congo, Bolivia y Camboya. Dolor y desesperación. Jim Morrison lo sabía; por ello, en una controvertida canción habla de parricidio e incesto, extremo desesperado de un callejón sin salida.

Vivir es la mayor de las convenciones sociales; se espera que vivamos, no importa cómo. Hay una pesada maldición religiosa para los suicidas ¿Pero sirvió de algo que Jim se extremara hasta la muerte? Hoy fabrica dinero para los que no lo merecen y su memoria debe ser dulce entre comerciantes. ¿Paz? ¿La hay en Père Lachaise? Cuando salgo del cementerio, una tarde del 86, miro que a la izquierda bajo una gran lápida yacen los despojos de Mauricio Hochschild, no muy lejos de Jim Morrison, tan disímiles ellos… y ya no comprendo nada.


[Imagen: arte sobre Jim Morrison – publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), junio, 2005 – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Día del trabajo. Eso es, 10 horas a destajo. 13, 14, 16. Los años pasan, me aconsejan. ¿Qué años? Se vive y se muere. Nunca fue feriado acá, y los mártires, en Chicago, nadie sabe dónde están.
Estos días fui pensando textos, artículos, notas. Al llegar, primero hacer algo de comer. El departamento es iluminado y solo. Luego, modorra; luego, cansancio y sueño. Así perece la literatura imaginada, se va difuminando, no se recuerdan palabras, el argumento se desmantela y quedamos tirados sobre la cama hasta que un ruido, no alguien, nos despierta.
Converso con Irina. Pasé por Poltava, sería la tarde. Supe que en esos campos extendidos, la tierra negra, combatían para siempre suecos y rusos, y ucranianos con Mazepa. Me escurrí del bus que me devolvía a Kiev, donde nació Zuzanna Ginczanka, detrás de quien ando hoy que nieva y la pandemia camina con larga hoz segadora. Se acercó a un chofer del trabajo; se llevó a Luis Sepúlveda. La muerte no distingue entre letrados y no letrados, aunque permite al Dante caminar por el embudo sin tocarlo. Hasta que…
Converso, escribo. Le digo que quiero de la mano pasear por el parque con la estatua de Gogol, que le escribiré a mi madre, donde esté, cuando visite la casa de Nikolai Vasilievich. Habré encontrado las almas muertas que leí a mis 11 años y tú, mamá, a tus 46.
Árboles del Parque Gorky. Un período de tiempo tan breve y tan intenso. El laberinto de espejos. El té en un día que enfriaba. La rueda Chicago sobre Jarkov.
El baño de tina se evapora como café abandonado. Deseo meterme en él, ahogarme, salir helado y cubrirme de las mortajas sobre mi cama. Vida simple, encender el video, caminar por las villas señoriales que describe Turgueniev y que muestra Nikita Mikhalkov. ¿De dónde esta nostalgia por la mies ruso-ucrania? En un sueño de mis padres habrá crecido, en Netochka Nekrasov, Editorial Tor, Buenos Aires. El pasillo de casa tenía esos ladrillos transparentes. La biblioteca negra estaba allí. El piso era de mosaicos hechos con trozos de mármol. Lo sé porque fui obrero marmolero, atenazado por la miseria del amor y presto para el castigo. Primero con el combo, a partir las rocas a mano cruda, de ampolla y sangre; luego a despedazar las sobras que no iban para mesones, con martillos o cinceles. Armar el cuadro de metal, vaciar el preparado para el mosaico, poner los trozos rotos y multicolores de piedra, secar, pulir. Esos mosaicos tenía el pasillo de casa, donde leí Netochka y también el Zaratustra de Nietzche.
Dos cuarenta y dos. No he oído de mis hijas. Ligia escribe a ratos y de a poco desde el mundo de las suyas. Khalil Gibrán lo dijo claro acerca de los vástagos y las pertenencias. A algunos les cuesta aprender. A todos les cuesta morir.
(–mas arraigar en las palabras tan gozosamentey enamorarse de las palabras tan fácilmente–basta tan sólo tomarlas en la mano y mirarlas bajo la luz como un borgoña), escribía Zuzanna Ginczanka (en Gramatyka), quizá desde su Rivne (Rovno), el mismo de la madre de Amos Oz, ciudad judía al norte de Lvov, camino de Pinsk y el aciago Pripyat.
Confundo el lago Peipus con el lago Ilmen. La dulce cintura de Milana recuerda que el Ilmen toca sus caderas, mientras que el Peipus hundió la amenaza teutona en el siglo XIII; en vano porque volvieron el 41, sangrientos como coyotes. Se llevaron poetas, niños y mujeres. Las cloacas del este se llenaron de voces y el silencio de las tumbas espesó el bosque hasta hacerlo impenetrable. El odio insultó las paredes de Zamosc. Qué hablar, pensar, decir. Amanece con tonos púrpuras y azules. El agua sacia la sed pero no humedece. La garganta seca, se seca, ya no recita ni musita. Los labios no besan ni profieren dulces vicios al oído. Trabajo, horas y horas como oruga de tanque sobre nuestra espalda crujiente. La historia aquella de Siberiada, el filme, con el hombre construyendo con troncos el camino hacia un no se sabe dónde. Ni el cómo, ni los besos que prometiste, los huesos que querías que yo royera de tu cuerpo. Envejecemos; cojeo el tobillo roto, pero mi mente es más que mi cuerpo y domina el dolor.
No tengo tiempo. La mayoría lo consumo en labor. Río cuando me hablan los proletarios de la política, lleno su estómago de pobres. Buen alimento, los pobres. Treinta años de músculo no me enseñaron ni a sostener el lapicero bien. ¿De qué lapicero hablo? ¿De mis dos dedos?
Agua que hervía agua que enfrió. Entre contestar cartas eslavas y cuatrocientos años de música provenzal. Zymborska nace en Ginczanka. Sobre esos cielos no vuela Superman sino los judíos verdes de Chagall, cabras con rostro humano y novias alargadas a la manera de Modigliani y tristes como en Kusturica. No puse velo de novia encima del rostro de las que amé. Me recriminan por eso, supongo. Tanto pelear por independencias y resultamos un trozo de greda seca, ni siquiera adobe. 
Nunca doblé rodilla pero el destino apalea hasta el extremo de que un día no me sostendrán más. Todavía no llega pero acecha. Tiendo sábanas rojas para el cuerpo de Halloween de Irina. Telarañas alrededor de los ojos. Desvarío o soy consciente. Nadie lo sabe nadie me ve. No es culpa del virus; la peste nada que ver tiene con mi soledad.

[Foto del autor – fuente: plumaslatinoamericanas.blogspot.com]