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Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Sobre el bosque milenario corre el viento de las desgracias. Las hojas son verdes, sin embargo. Las piedrecillas van con las aguas. En un minuto se abate el invierno, se abate el silencio en los arbustos. La noche sueña lobos, apéndices de luna. Las nubes semejan la espuma congelada de las cervezas. La noche se oculta de la muerte. Borra las formas y guarda el aire. No habla porque de hacerlo la muerte lo encontraría. Los hombres son solo testigos de un engaño eternizado. En medio de las voces asesinas, un niño sospecha manos maternas y besa. Alguna flor se mueve bajo la nieve. Un niño bajo la luna cómplice. Hacer nevar es, para Dios, como poner velos al mal. Un crujido más y pasará un siglo… Vilna, 1978

He caído del trapecio y me he roto la espalda. Soy un acróbata. Vivo en la calle Köpenick. Mi habitación cuenta con un tragaluz. En las paredes hay arrebatados dibujos de artistas de Dresden. Sus contrastes de negro y blanco me anuncian de a diario el horror. Estoy paralítico. María se ha marchado. Al margen de la humanidad donde me encuentro, nadie vendrá por mí. Mis manos entumecidas no logran cerrar la ventana. Llueve otoño en la ciudad. Desde el quinto piso, el bullicio callejero me parece una caminata de termes. Gota a gota, el tejado va gastando la lluvia. Ocho días después me voy muriendo. Mi única desesperación es no poder alcanzar el suicidio. Berlín, 1928

Si tus cabellos son el sol ¿qué es tu alba piel? Stephanie Alicia mira los edificios creyendo que son flores. No hay niña igual que reverdezca las rocas como ella. Sin manos, pinta lo que nadie soñara jamás. Y se pasan los días, y vuelve a casa. Y la ciudad la extraña. Curitiba, 1995

Una piedra circular agota el espacio. Quieta, no se mueve, aguarda con paciencia que mi sangre llegue a ella. Parece de color gris; hasta es posible que provenga de las canteras de mi pueblo. Mi sangre la alcanza y su rostro ni se inmuta. Me digo que es una roca. “Nada más que eso”. Es raro que me obsesione con algo tan simple cuando mis compañeros combaten. Mas no soy yo el que ha clavado la vista en ella, ni siquiera la muerte, solo el azar. Otro día han de levantarme un monumento, y de seguro los niños me echarán flores. Las señoritas se enamorarán de mi romántica mirada al infinito. La roca sabrá mis últimos pesares sin entenderlos y el resto quedará hecho un absurdo. Dublín, 1916

Este es el fin del mundo y el principio del mundo. El Oriente y el Occidente. La espada y el degollado. Este es el principio y el fin de presente y pasado. De aquí vienen y van la luna y el sol. Acá la historia ha depositado sus versos y excrementado también. Este es el principio final y el fin inicial. De aquí para allá no hay nada. De aquí para el otro lado, tampoco. Yo soy la línea que corta las esperanzas porque todo está en mí. Río Tisza, año 900

La tierra es pródiga. El mundo se circunscribe a los paredones de adobe de la hacienda. Un atardecer, los indios se descuelgan de cerros y profundidades, como si fuesen uvas maduradas sin aviso. Es la sangre-sangre. Sangre de pintar abarcas y enrojecer montañas para lo venidero. El mundo se circunscribe a los muros adobales. Otro mundo. La tierra sigue pródiga mas no pare. Las mujeres se arremolinan delante de las ollas. Sus manos tejen choclos, papas y verduras, mantas que van a cubrir las hambres. Las ollas son fecundas. Los choclos son blancos. Hay quinientas papas y no hay patrones. Otro mundo. Algunas paredes se regocijan con el cambio; otras no. Pero ¿a quién le importan ellas, en un instante futuro como el nuestro? Las comidas hacen de las sombras mujeres. Sin comida se creería que los hijos vienen de la oscuridad. Asoma el cacique su fiereza. Trae carga. Desmonta de la espalda el bulto que aferra presto el hembraje. Aparece una cercenada y pelirroja cabeza: propietario y extranjero. Se la devora sin preámbulos, cediendo las mejillas para el jefe. Sanipaya, 1899

Llueve en la rue Chauvelot. La distancia es el metro que hay de mi cama a la ventana. Espacio en el que fácilmente podrían entrar infinitas canciones. Parece que las gotas caen, todas, en la línea ferroviaria. Me asomo por el balcón y veo el fantasma negro del cielo que engulle los rascacielos. La torre Montparnasse ya es inexistente. Algunas gotas me alcanzan. Me envuelvo en el manto acuoso y, entrecerrando los ojos, pienso que estoy en París. París, 1986

Los versos de un amigo humorista se han hecho tristes yo no sé cómo. Estuvo acá y se marchó eclipse de luna. Pensé, entonces, que había perdido algo, que ciertas pisadas luminosas yacían bajo el polvo. Indagué a la noche el porqué del cambio. No me respondió; sin embargo, creí ver en medio de las estrellas unas mujeres que reían… Cochabamba, 1987

La casa de Miguel Quintana se mece en las alturas, de frente a las arboladas montañas. El día es un paseo y, cuando las horas ya están cansadas, un bar nos reúne para hablarnos. Tiesos oímos sus lecciones. Las paredes no son de piedra sino de nostalgia. Cada uno corre a un teléfono y disca. Cada uno tiene que hablar con su amor. Para todo hombre debiera haber un teléfono… y no lo hay. Lodève, 1986

Un día luce su vestido verde para ir a bailar. Un día de agosto invitado a bailar. Va con su traje verde y crea una niña verde de celestes ojos y nombre verde. Leeds, 1963

La imagen puede contener: Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Novelista, fotógrafo, cocinero, artes donde la mezcla es la esencia. Cochabamba, 1960.

[Fuente: oxxxi.wordpress.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hace veinte años escribí un texto sobre Jim Morrison, de The Doors. Desde entonces mucho lo he mencionado aunque no ha sido otra vez objeto preciso de mi escritura. El tango dice « veinte años no es nada » pero en este caso me parece demasiado. Dichosa sería la historia si siguiendo a Alejandro Dumas padre pudiéramos conservar los héroes y simplemente retomarlos dos décadas después como si no existiese el tiempo; Dumas lo consigue con sus cuatro mosqueteros porque era talentoso, a pesar de que su amigo, el pintor Eugenio Delacroix, escribía en sus memorias sobre el « pobre Dumas », « que se cree Shakespeare ». Dumas no necesitaba ser Shakespeare, se bastaba a sí mismo. Digresiones aparte, la amplitud del arte, implacable, apenas nos da un atisbo de todos y cada uno de los que merecerían plasmarse de continuo en letras. Mientras diseño este retrato, en la televisión canta Juliette Lewis, flotando entre los brazos del público, entregada peligrosamente al toque de la multitud que la idolatra… y la desea. Un neopunk ameno diría, falto de la magia de los Sex Pistols o los Dead Kennedys y sin embargo fuerte, atractiva (ella), efímera en un mundo rápido en exceso.

¿Por qué James Morrison era The Lizard King? Hablaba de la seducción de los reptiles, de la creencia que en ellos se encarnaba el mal. Tal vez, según aconseja Kierkegaard, quería fundar su leyenda (oscura). « Hay algo profundo en la memoria humana que responde con fuerza a la serpiente », dice Morrison que nació en el oeste y a lo largo de su vida pareció estar influenciado por los mitos indios. Oliver Stone cuando lo retrata en filme hace hincapié en el asunto, que es también recurrente en el cineasta (recuérdese « Asesinos por naturaleza », donde la presencia india anima ser lo único auténtico en un mundo falso). No era juego; Jim a su manera encarnaba al reptil: ajeno, escurridizo, atento y emboscado, un espía en la casa del amor al decir de una de sus canciones, pero un espía in extenso. Ese gusto por la sombra, por evitar el rutilante destello de su fama, por no caer, como semejan hacerlo los otros miembros de su grupo, en los manejos sucios del capital que se apropia de todo, incluso de aquello que lo ataca, lo hace decidir por el mayor escondrijo posible, allí donde no puedan hallarlo, en la muerte. 

Qué significa entonces la muchedumbre de sicofantes que lo seguía, el cúmulo de mujeres dispuestas a su amor y a su carne. Designios como los del solitario que no puede desembarazarse de su carga no son inusuales. Pero en el bar, donde pasaba la mayor parte de su tiempo, a pesar del entorno sensual y servil, el hombre y el alcohol, en la medida y pasión con que Morrison afianzaba esta relación, se cierran en un círculo pétreo, difuso y maldito. Es Malcolm Lowry convertido en el Cónsul que agita vientos de tragedia; un vaso de absintio que dispensa vida y muerte.

Jim ha quedado en la memoria norteamericana como un icono más. Lejos están los días en que se presagiaba un mundo mejor. Algunos dicen que aquello murió en Altamont, en el concierto de los Stones, donde la cruda realidad de la violencia exterminó para siempre los floridos sueños de una generación. Unos, los más, se hicieron imbéciles y a otros los alcanzó la ambigüedad. Se invirtió el epílogo de aquel hermoso filme animado, « Yellow Submarine », que a pesar de ser cándido, como lo fuera Lennon, apelaba a la belleza. Lo cierto es que no se había invertido la realidad, que los viajeros del submarino amarillo deliraban. Se asesinaba en Vietnam, en el Congo, Bolivia y Camboya. Dolor y desesperación. Jim Morrison lo sabía; por ello, en una controvertida canción habla de parricidio e incesto, extremo desesperado de un callejón sin salida.

Vivir es la mayor de las convenciones sociales; se espera que vivamos, no importa cómo. Hay una pesada maldición religiosa para los suicidas ¿Pero sirvió de algo que Jim se extremara hasta la muerte? Hoy fabrica dinero para los que no lo merecen y su memoria debe ser dulce entre comerciantes. ¿Paz? ¿La hay en Père Lachaise? Cuando salgo del cementerio, una tarde del 86, miro que a la izquierda bajo una gran lápida yacen los despojos de Mauricio Hochschild, no muy lejos de Jim Morrison, tan disímiles ellos… y ya no comprendo nada.


[Imagen: arte sobre Jim Morrison – publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), junio, 2005 – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Día del trabajo. Eso es, 10 horas a destajo. 13, 14, 16. Los años pasan, me aconsejan. ¿Qué años? Se vive y se muere. Nunca fue feriado acá, y los mártires, en Chicago, nadie sabe dónde están.
Estos días fui pensando textos, artículos, notas. Al llegar, primero hacer algo de comer. El departamento es iluminado y solo. Luego, modorra; luego, cansancio y sueño. Así perece la literatura imaginada, se va difuminando, no se recuerdan palabras, el argumento se desmantela y quedamos tirados sobre la cama hasta que un ruido, no alguien, nos despierta.
Converso con Irina. Pasé por Poltava, sería la tarde. Supe que en esos campos extendidos, la tierra negra, combatían para siempre suecos y rusos, y ucranianos con Mazepa. Me escurrí del bus que me devolvía a Kiev, donde nació Zuzanna Ginczanka, detrás de quien ando hoy que nieva y la pandemia camina con larga hoz segadora. Se acercó a un chofer del trabajo; se llevó a Luis Sepúlveda. La muerte no distingue entre letrados y no letrados, aunque permite al Dante caminar por el embudo sin tocarlo. Hasta que…
Converso, escribo. Le digo que quiero de la mano pasear por el parque con la estatua de Gogol, que le escribiré a mi madre, donde esté, cuando visite la casa de Nikolai Vasilievich. Habré encontrado las almas muertas que leí a mis 11 años y tú, mamá, a tus 46.
Árboles del Parque Gorky. Un período de tiempo tan breve y tan intenso. El laberinto de espejos. El té en un día que enfriaba. La rueda Chicago sobre Jarkov.
El baño de tina se evapora como café abandonado. Deseo meterme en él, ahogarme, salir helado y cubrirme de las mortajas sobre mi cama. Vida simple, encender el video, caminar por las villas señoriales que describe Turgueniev y que muestra Nikita Mikhalkov. ¿De dónde esta nostalgia por la mies ruso-ucrania? En un sueño de mis padres habrá crecido, en Netochka Nekrasov, Editorial Tor, Buenos Aires. El pasillo de casa tenía esos ladrillos transparentes. La biblioteca negra estaba allí. El piso era de mosaicos hechos con trozos de mármol. Lo sé porque fui obrero marmolero, atenazado por la miseria del amor y presto para el castigo. Primero con el combo, a partir las rocas a mano cruda, de ampolla y sangre; luego a despedazar las sobras que no iban para mesones, con martillos o cinceles. Armar el cuadro de metal, vaciar el preparado para el mosaico, poner los trozos rotos y multicolores de piedra, secar, pulir. Esos mosaicos tenía el pasillo de casa, donde leí Netochka y también el Zaratustra de Nietzche.
Dos cuarenta y dos. No he oído de mis hijas. Ligia escribe a ratos y de a poco desde el mundo de las suyas. Khalil Gibrán lo dijo claro acerca de los vástagos y las pertenencias. A algunos les cuesta aprender. A todos les cuesta morir.
(–mas arraigar en las palabras tan gozosamentey enamorarse de las palabras tan fácilmente–basta tan sólo tomarlas en la mano y mirarlas bajo la luz como un borgoña), escribía Zuzanna Ginczanka (en Gramatyka), quizá desde su Rivne (Rovno), el mismo de la madre de Amos Oz, ciudad judía al norte de Lvov, camino de Pinsk y el aciago Pripyat.
Confundo el lago Peipus con el lago Ilmen. La dulce cintura de Milana recuerda que el Ilmen toca sus caderas, mientras que el Peipus hundió la amenaza teutona en el siglo XIII; en vano porque volvieron el 41, sangrientos como coyotes. Se llevaron poetas, niños y mujeres. Las cloacas del este se llenaron de voces y el silencio de las tumbas espesó el bosque hasta hacerlo impenetrable. El odio insultó las paredes de Zamosc. Qué hablar, pensar, decir. Amanece con tonos púrpuras y azules. El agua sacia la sed pero no humedece. La garganta seca, se seca, ya no recita ni musita. Los labios no besan ni profieren dulces vicios al oído. Trabajo, horas y horas como oruga de tanque sobre nuestra espalda crujiente. La historia aquella de Siberiada, el filme, con el hombre construyendo con troncos el camino hacia un no se sabe dónde. Ni el cómo, ni los besos que prometiste, los huesos que querías que yo royera de tu cuerpo. Envejecemos; cojeo el tobillo roto, pero mi mente es más que mi cuerpo y domina el dolor.
No tengo tiempo. La mayoría lo consumo en labor. Río cuando me hablan los proletarios de la política, lleno su estómago de pobres. Buen alimento, los pobres. Treinta años de músculo no me enseñaron ni a sostener el lapicero bien. ¿De qué lapicero hablo? ¿De mis dos dedos?
Agua que hervía agua que enfrió. Entre contestar cartas eslavas y cuatrocientos años de música provenzal. Zymborska nace en Ginczanka. Sobre esos cielos no vuela Superman sino los judíos verdes de Chagall, cabras con rostro humano y novias alargadas a la manera de Modigliani y tristes como en Kusturica. No puse velo de novia encima del rostro de las que amé. Me recriminan por eso, supongo. Tanto pelear por independencias y resultamos un trozo de greda seca, ni siquiera adobe. 
Nunca doblé rodilla pero el destino apalea hasta el extremo de que un día no me sostendrán más. Todavía no llega pero acecha. Tiendo sábanas rojas para el cuerpo de Halloween de Irina. Telarañas alrededor de los ojos. Desvarío o soy consciente. Nadie lo sabe nadie me ve. No es culpa del virus; la peste nada que ver tiene con mi soledad.

[Foto del autor – fuente: plumaslatinoamericanas.blogspot.com]

Evito ser vanidoso y hablar de algo que no hago. Mi reclusión es, y siempre ha sido, personal.

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Evito ser vanidoso y hablar de algo que no hago. Mi reclusión es, y siempre ha sido, personal. Algo ermitaño, huraño, como quieran llamarlo. Es decir, ahora que se comienza en Colorado a obligar a la gente a quedarse en casa, no sería para nada diferente de mi vida habitual. Pero el tipo de trabajo que realizo me permite, en caso de que lleguemos a extremo tal, tener un pase, salvoconducto para moverme con bastante libertad. No me encerrarán, significa, de todos modos.

La creatividad humana está fabricando memes antológicos acerca de esta extraña situación, nunca vista en USA, ni en tiempos del ataque a las Torres Gemelas. La risa es un buen antídoto contra cualquier virus, gobierno autoritario o pandemias como hoy. Acabo de recibir uno, que seguramente será tildado de racista, donde el mensaje reza que todo ha retornado a la normalidad en China, que en el McDonalds local se sirve un Big Mac con un sapo vivo en lugar de la hamburguesa. Referido a un asunto muy conocido que es la destrucción por parte de China de las especies animales salvajes, en todo el mundo, para que la élite comunista china consuma estos alimentos “gourmet”, y para que los chinos en general puedan tener una erección. Así de tremendo y simple. Se sugiere que el origen del COVID-19 está en los llamados mercados “mojados” de la China donde se juntan y sacrifican especies animales exóticas con otras de consumo común, en deplorables condiciones higiénicas y “mojadas” por los fluidos corporales de los animales sacrificados que caen y se meten por todo lado. Se incluye a murciélagos, delicia de la comida de la Nomenklatura, y posible inicio del corona virus.

Leía esta mañana que Donald Trump quiere “que todos vuelvan a trabajar” para el 12 de abril. Todavía no estoy muy claro en qué está pasando, pero que está no hay duda, y que va a transformar el mundo querrámoslo o no, incluso tumbar gobiernos como el de España, el de los comunistas “marqueses”. Manejo por Denver y los negocios están cerrados. Mucha gente se ha quedado sin trabajo. Los profesionales no porque pueden hacerlo en línea desde casa. El embate está sobre los que viven de prestar servicios y labores “menores”. De esos, una buena parte continuará trabajando porque su labor es considerada esencial. Los llamados ilegales la pasarán peor porque estarán completamente expuestos. Pandemia social, sin duda, aparte de la de salud. Hasta dónde y cómo es una incógnita.

Las calles están vacías. Los etíopes de las estaciones de gasolina, enguantados y enmascarados teclean la registradora y dan dos pasos atrás aterrados de cualquier cliente. Nadie se acerca al otro, ni abrazos ni apretones de manos. En el otro extremo, en el televisor, el retardado y gangoso López Obrador convoca a la fiesta, con sus grandes lapsos en el discurso y molestosos silencios hasta que la irrigación le llegue al escaso cerebro.

Los supermercados ven desaparecer a las siete de la mañana sus stocks de papel higiénico, servilletas, papel toalla, latas de atún y de sardina, arroz, fideos, carne y etcéteras. Los supermercados mexicanos tienen carne a rebalsar, atunes y peces enlatados, algo de fideo, otro poco de arroz, frijoles, tortillas  y nada de papeles esenciales ni para el mundo de arriba y menos para el de abajo.

EUA es un país de por sí paranoico. El COVID-19 ha solo resaltado esa condición idiosincrática del norteamericano. Sospecha, desconfianza, miedo. Acá no hay masistas que aúllan que porque comen chuño y pito están vacunados contra este y cualquier virus. Los anticuerpos del boliviano vienen de su eterna pobreza, de exponerse desde niños a la muerte: si no mueres al año pues no mueres ya. No sé de las cualidades curativas del delicioso pito ni del chuño. Lo sabrá el Sabelotodo… El norteamericano tiene el miedo como el mejor coordinador social para que no se rebele. 

Hay cierta belleza en este silencio. No hay patanes furibundos detrás del volante. Aire tranquilo de cementerio. Aire menos denso y cielo claro. Contradicciones y paradojas. Los días siguen, los muertos a cuentagotas. Un invisible flautista de Hamelin arrastra no solo a los niños por sendas aún desconocidas.

[Fuente: http://www.correodelsur.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Sábado en la tarde, dos semanas después…

Llueve. Ha llovido desde el primero de mayo, sin parar. Cayó nieve; seis meses de nieve en este Macondo invernal.

Hojeo los periódicos y leo con placer una crónica de Sophy Roberts acerca de Bakú, capital de Azerbaiján (la incluyo en mi blog).

Bakú, la antigua « París del Oriente », puesto cedido a Beirut en su momento, ha sido siempre una ciudad-puerto de extraña atracción. No sé si en Viktor Shklovski encontré su melancolía, aunque tantos son los lugares del oriente que él pintó con magnificencia de tristeza, que bien podría estar. Seguro en Gurdjieff, en su peregrinar de conocimiento -quizá engaño-, de sabiduría, de misticismo y alfombras que remontan su belleza no sólo al arte sino al misterio.

En George Gurdjieff -a través del cineasta Peter Brook- recuerdo, hablando de las dotes negociantes de algunos pueblos, que el armenio supera al judío, y que al armenio excede el azeri. Lo menciono porque el texto de Roberts apunta al empeño hacia el futuro de Bakú y de Azerbaiján, de la pasión y el desarrollo de los azeris, de un reencuentro con el pasado y de la importancia del porvenir asociado a sus caudales petrolíferos.

Esta vieja villa perteneciente a la Ruta de la Seda combina hoy, junto a los desechos y el hollín que una ciudad industrial posee, « minaretes del siglo XI, casas de baños del XV, y palacios intrincadamente tallados y mausoleos ». Hay belleza hasta en la industria. Recurro al ejemplo de Lódz, cuyas negruras amadas por el poeta Julián Tuwim, y rememoradas por Ilyá Ehrenburg, confirman lo que Wladislaw Reymont escribió en « La tierra prometida », que Andrzej Wajda llevó bellamente al cine en 1975, y que el soberbio Joseph Roth narrara en « Hotel Savoy ».

Bakú es el Oriente incandescente y el aroma de la ancianidad del Asia Central, así como Europa, o el ojo cíclope que mira desde el Caspio a Europa. Knut Hamsun, que la detestó, escribía: « (…) la ciudad es tan persa que no se la puede llamar europea, y tan europea, que no se la puede llamar persa. Frecuentemente se ven trajes de seda; hay señoras que, por encima de las ropas bordadas a mano llevan chapucerías berlinesas. Señores con trajes de tusor persa llevan corbatas alemanas de algodón abigarrado. En el hotel, preciosos tapetes persas cubrían las escaleras y las habitaciones; las sillas y los sofás tenían mantas persas, pero la madera de las sillas y de los sofás era de las llamas de Viena, así como el tocador, con su tabla de mármol encima. Y el patrón llevaba lentes con molduras de oro… »

Dice la autora de cuán aceleradamente Azerbaiján progresa; será este 2010, asegura, la tercera economía de crecimiento más rápido en el mundo. Como tal, surgen hoteles de lujo, restaurantes gourmet, donde, al ritmo de bailarinas que ejercitan el vientre, se sirve fisinjan (Khoresht-e fesenjãn), comida irania compuesta de pollo guisado en salsa de granada, fruta que el decenio ha consagrado maravillosa por sus dones, y que es parte de la dieta regional por al menos un par de miles de años.

Como digresión personal en cuanto a frutas, tal vez por bíblica herencia donde el pecado aparece en forma de una, tres han causado mi asombro y alimentado mi interés de antiguo: el higo (posible fruto de la perdición humana), el damasco (mejor albaricoque), y la granada, que puede remitirnos a Omar Khayyam o al poeta sufí Rumi en la ciudad anatolia de ensueño: Konya, tanto como a Tajikistán o las rutas y poblaciones casi mágicas que se extienden del desierto de Gobi a Bujara y Samarcanda.

He dejado por un momento la tristeza para subirme al tren que desde casa recorre el mundo. Ya he visto mucho y sin embargo hay tanto por ver. Jamás me haría cliente de un hotel Four Seasons de cinco estrellas en Bakú; no me interesa. Mas sí buscar las fondas que albergaran la historia viva del siglo XX, o las manifestaciones de la antigüedad en la ciudad amurallada, el centro viejo. Prefiero los monumentos patrimoniales a la desmedida expansión de lo moderno, sin ser dogmático. Un día este vagón me llevará en serio a Bakú, y no lo detendrán los helados charcos de Colorado… para siempre.

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Escrito por Daniel Averanga Montiel

Todo acto de amor es un acto de fe, un salto al vacío con los ojos vendados, el alma en un puño y el corazón en la garganta, listos ambos para ofrendarse a quien quiera tomarlos: se los puedes ceder al padre enfermo, a la madre ausente, al hijo que tiene la mirada profunda y la boca llena de frases que te salvan cada tarde, o a la muchacha de ojos grises o avellanados que te demostró lo que sí era el dolor y transformó tu vida en oro puro, maleable por la pasión e irrompible ante la indiferencia. Casi siempre esta clase de actos se dan con más fuerza si hay un halo de misterio involucrado, como jugarse el todo por el todo, vender el cuero que cubre la piedra que te sirve de almohada, regalar tu tranquilidad y descanso, incluso después de morirte y nunca ser sepultado ni por la tierra ni por el recuerdo de los tuyos.

Así es el amor, ciego, un elemento que nos vuelve ajenos a la naturaleza, vulnerables a pesar de nuestra cognición; pero a veces, solo algunas veces, este amor sí vale la pena y termina curando lo que por definición llevamos corrupto desde que nos envían al colegio: nuestra conciencia como seres humanos.

Estamos ante un tiempo muerto que solo parece vivo y sano cuando algún autor de la rosca tradicional convoca a sus fans para llenar de perfume los salones del entorno, desde el cual los postulados de Cioran y Ligotti sí se justifican. Ejemplos sobran: que una madre se mata con su hijo en Colombia y una mayoría se burla del acto o la insulta desde sus burbujas de comodidad, que un actor mediocre de culebrones mexicanos le dice “pinche india” a una actriz amateur que fue nominada a los premios Oscar y nadie se indigna (mucho menos ciertas activistas), o que importó más la presión en las tetas de la beishu que la muerte de la última pacahuara, en 2013, son cosas de todos los días. Sé que estamos en el mismo barco y también sé que una mayoría no se da cuenta de ello, por eso nos estamos yendo despacito a la fosa séptica evolutiva y, en unos años, calcularía que todo el globo se convertirá en una Prípiat emocional; no es sorpresa esto, Isaac Asimov cambió de una postura humanista a una nihilista a mediados de los ochenta y dejó de hablar del destino cibernético de la humanidad cuando en entrevistas se le preguntaba sobre aquello; es más, sorpresa sería ver luz al final de túnel, pero este túnel parece más frente achatada de abogado torturador: nadie sabe lo que hay más allá, quizá dos mil abdominales pensadas y calculadas por matemáticos sin título, quizá canchas con césped sintético más que hospitales y lugares comunes por doquier, o sonrisas estúpidas en gigantografías pagadas con el dinero del pueblo. Lo cierto es que la única arma ante esta “vocación de abismo”, como dijo en 2009 Carlos Monsivais, puede ser el amor.

Y se preguntarán: ¿qué tiene que ver el amor en la presentación de un libro tan grandioso como “El oro de las estrellas extinguidas” y las nuevas ediciones de “Virginianos” y “Ecléctica” de Claudio Ferrufino?

Amor a la palabra y maestría. Eso se ve. Cada libro de Claudio es una demostración de amor incondicional, un salto al vacío sin paracaídas, un acto de fe.

Estamos ante un tiempo muerto, ya lo dije antes y lo seguiré diciendo hasta que alguien me diga: “Ya cállenlo al pobre”; y como estamos así, no cabe más que apelar a medidas desesperadas; ¿y quién mejor que Claudio para mostrarnos el camino de lo que está sucediendo en nuestra sociedad, o cómo piensa el mundo a través de su visión de la realidad? Sus libros son una medida desesperada de amor incondicional, un oasis en medio de tanto tedio protocolar, una orientación tal, que hasta el piropo que le lanza a Gabo sobre su última novela (“Memoria de mis putas tristes”) en una de sus notas, va más allá del mismo piropo. Su lenguaje es ácido, sabio, magistral, real, y no queda más que considerarlo un maestro, quizá uno de los pocos, que parió Bolivia los últimos años.

Lo conocí por las redes sociales hace más de diez años, y en cada ocasión que charlábamos por medio del chat, descubría los estratos de cognición y de poética que constituían su obra y su talento; el no pertenecer a roscas e incluso ir más allá de esas roscas, más que sorprenderme, completó mi visión de él como un artista completo: le debemos a él la certidumbre que se puede escribir sin tanto bombo, ni autobombo, porque lo que interesa en su obra es la arquitectura de un dolor que va más allá de que suene bonito lo que cuenta, sino que lo que cuenta nos interna en ese acto de amor de comprender al otro y comprenderse a uno mismo, todo al mismo tiempo.

Todo acto de amor es riesgoso y estúpido, decía Ligotti, porque nada es bueno ni malo si no pasa antes por el lente de esa maquinaria llamada emocionalismo; nos está matando el emocionalismo barato, aquel que se pasa por la bolsa escrotal la empatía y la virtud de ser humanos y solo prioriza la comodidad personal… Y justo Claudio explora estos elementos en sus artículos que, de breves y buenos, adquieren la virtud de convertirse en joyas que nos motivan a salir de nuestros espacios de comodidad y nos hacen pensar, nos hacen ser humanos de nuevo.

Percibo a Babel, a Chejov y a Ligotti en sus escritos, pero también lo percibo a él como un creador extraordinario, uno que está haciendo escuela donde va y donde siempre consigue lectores, y esto no solo pasa en los “Virginianos” de los noventa, o en la posterior y grandiosa “Ecléctica” o en los últimos escritos que se incluyen en “El oro de las estrellas extinguidas”, sino también en sus novelas, únicas, que nos hacen sentir pequeñitos pero constantes ante su talento. El amor a la palabra es casi adictivo en Claudio, y eso está bien, muy bien, y qué mejor editorial para hacer esto con él, que 3600, que ya nos ha dado tantas obras que sí dan gusto leer y tener.

Después y antes de Jaime Nisttahuz, considero, como dije ya arriba, a Claudio como mi maestro en la escritura, aunque sé que nunca escribiré como él.

Solo queda la palabra escrita como prueba de que seguiremos leyéndolo con gusto, y trataremos, en lo mejor posible, de poder llegarle a las suelas de los zapatos en cuanto a calidad.

Larga vida a la obra completa de Claudio, y que nos acompañe como maestro muchísimos años más.

[Fuente: preambulo-rojo.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me siento. El café enfrió. Antes Suzanne, de Leonard Cohen, para “inspirar”. “Inspirado” estoy, llevando la próstata como regalo de Navidad por todo lado.
Tirado en cama, por treinta años que no lo hice, me digo que a continuar la novela, esa que terminé hace mucho en la cabeza pero cuyas manos se niegan a plasmar. Será que escribo con un dedo. Mayor tiempo que utilizar los diez, nueve para quien haya perdido uno en la sierra de carpintero, como mi amigo Marcelo Almuina. Y hago digresión aquí, para decir que él viene de un pueblo perdido de Chihuahua, Pascual Orozco, que lleva el nombre del que fue héroe y traidor y terminó héroe, a pesar de todo, a cuestas de Victoriano Huerta y del odio de Pancho Villa. Almuina… nombre árabe, imagino las naves, los bultos, los indios, los muertos, espadas y cruces. Almuina que de Almanzor pasó a los pinos del norte mexicano. Si cada uno no solo guardamos una historia sino la memoria del mundo. Termino digresión.
Texto breve, anotación, la charla con mi amiga Cristina Botelho, hija del autor de un mundo nuestro; premura por escribir, por no dejar que se evaporen las palabras. Los hijos, hijas, nietos, cuentos de matrimonios inconclusos y de ajuares muertos. De lechos y tálamos, de besos que de jóvenes tenían dientes y solo encías rosas, y a veces oscurecidas, después. ¿Cuánto importa eso para amar? Nada, si el diente es un hueso que sobresale, una cuchilla para cortar carne que a veces trae sonrisas. No, no me casé por tus dientes, no entré en tu interior por su esmalte. I love you in the morning, grita el poeta ido. Con razón, in the morning y in the noche, claro que sí. Pero no lo entiendes, te crees calavera de Posada, aunque las suyas tienen grandísimos sarcásticos dientes. No entiendes. I love you en la mañana, and más tarde, seguro que sí.
Los dioses le dieron a la desahuciada esposa de Protesilao la posibilidad de dormir con el héroe tres horas, o de hacer una estatua a imagen y semejanza suya. Basta, ahí se concentran los sesenta que viviremos, los ochenta, los veinte. Luego que venga lo que venga. Que Chipre fue de color azul y rojo hasta que la ruina que la acechaba la destruyó y la hizo polvo, que de ahí venimos y ahí regresaremos, hasta el adobe y la argamasa.
Somos un crucifijo, por materializar el dolor en alguna imagen, un crucifijo danzante, amante, que no llora sangre sino esperma, que no asola ni arrasa; siembra y cultiva. Que el mejor abono de la vida es el dolor. Y el único recuerdo. A la pena hay que bailarla con máscara de jade azteca, vestirse con las pieles de los vencidos como hacía Nabopolasar, que eso significa darles vida eterna. El corazón sangrante de los prisioneros en la cima del Gran Cú, por recordar los versos de Ernesto Cardenal. Noches tristes, y noches que fueron fiesta, borrasca de placer, huracán de vicio que no era vicio, más bien pasión.
Perdí las horas desde las cinco de la mañana hasta estas 5:49 de la tarde cuando decido, empujado por Cohen, escribir, continuar la novela terminada en cerebro que necesita de fórceps para ser parida y lavada, planchada, azotada y gritada de niño colgado patas arriba. Alguna vez. ¿Cuántas páginas puedo hasta la oscuridad? ¿Cinco, diez, treinta? No sea que la muerte que siempre tiene nombre de mujer, y piernas y vulva ensombrecida de bosque o playa desnuda batida por mar, me encuentre y me rompa el dedo-lapicero.
La luz del teléfono celular viene multicolor. La batería se agota. Soy el coronel a quien nadie llama. Mentira. Me victimizo, busco ese dolor que mueve la paleta de Pascin y de Soutine, los poemas de Esenin, el agua que ahoga a Celan, sí, ese poeta que traga el Sena porque tiene sed. Pues tengo sed, pero no tengo horas.

[Fuente: plumaslatinoamericanas.blogspot.com]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A veces una hermosa canción es un castigo. Porque me lleva al Año Nuevo de 1997. Estaba Pink Floyd y no tú. Vivías en tu casa que no era mía, pero en pensamiento y en cuerpo me pertenecías, esa noche y 22 años de noches sumadas lo serías, hasta hoy, hasta mañana en que un papel será roto, cómo si importaran papeles, leyes.

I wish you were here. But not, you are not, not here not there, anywhere, nowhere, where I could find you. Me escriben hermosas ucranianas, toda pierna, pechos, hasta hijos me dan, me asoman pezones algo oscuros en senos blanquísimos, Calzones rojos y violetas, y cuellos como de diosa griega. Todo ofrecen, algo dan, pero ni rastro de ti, eso ya ni lo entregan el Dante ni Dios.

Vaga Petrus Borel en el desierto. Tengo hambre, dice, tengo hambre y soy caníbal. Así me revuelco, en el Malí ficticio que leo desde una terraza de Odessa, frente al mar negro, el mundo de Anastasias, Ekaterinas, Victorias, Natalias, Olgas, la noche de Odessa donde Luna me besa dulcemente y le acaricio el nacimiento de las nalgas como si fuera el mundo. Ríe, no nos entendemos. Da y Nyet, Sí y No, las palabras básicas del paraíso: redención o pecado cuando en el pecado sobrevivimos los irredentos. I wish you were here and you are not. Perhaps behind the door, watching the trembling steps of my desire, the hand that does not believe what it touches. No, ofrecen y dan, pero hay un hueco, un agujero negro que traga mi alma, en cuyo fondo habitas, en el imposible, la antimateria, la luz de las estrellas apagadas que brilla.

¿Por qué y para qué me he sentado esta tarde en una casa que no tengo, ni cama, apenas un cepillo de dientes y un peine, y una canción de los Beatles que ordena: come together y together ya no, ya nunca más, ya ni pronto ni tarde, nunca, jamás, atravesados por los piratas de Peter Pan, en el mundo onírico, lo que queda de pieles que se frotaban y ardían, del sexo maravilloso de cabellos negros que me encegueció.

I wish you were here, porque mañana yo me voy, me atrapan en el juzgado y me hacen firmar documentos que rubrico con tinta fantasma, porque con mi sangre no lo hago. La mía se queda en las paredes, como la del Pascin muriente que gritaba “te amo Lucy”, porque el amor habita en la muerte, es oscuro como el luto de tu entrepierna fantástica, del néctar de las hespérides, de membrillos y naranjas, higos y damascos, granadas que cuelgan cuarteadas en los mercados callejeros de Kiev. Victoria baila en video para mí, y mueve los pechos con dulzura de hetaira. Los beso, chupo, acaricio en el aire porque esa mujer se desvanece, pierde detrás de la sombra de un hijo fallecido en sábado a las tres de la mañana. Y Aliona y Marina y Yulia. Y Oksana la del vientre perlado que suda, que se escurre hasta los vellos de la perdición. Traición, deslealtad, infidelidad. Uno busca en todo lado la presencia de los seres idos, desaparecidos, Missing in action porque esto resultó una guerra con solo augurios de felicidad.

I wish you were here. Y solo está Katya con piernas largas de veinticuatro años, como si de tomar refresco se tratara. Que me pide dos hijos, hembra y varón. A pesar del verbo, de los descubrimientos y el antifaz quitado, te digo, pues, que quisiera que estuvieses aquí porque desde mañana lunes tampoco estoy yo. Bebo cerveza y la alterno con tragos de ron Zacapa. Un grupo brasilero canta en la noche rusa. Eisenstein camina desnudo por las escalinatas del Potiomkin; le sangra el culo: ha conocido el amor.

Deseo que estuvieras aquí, cuánto lo deseo, para contarte mis aventuras ficticias, los amores perniciosos y mochos, lo poco que agarré en mis vueltas por el mundo: la sonrisa de Ekaterina 1, los votos matrimoniales de Ekaterina 2. Pero ese mundo trajinado se acerca, llega ya a las fronteras de mi inexistente hogar. Y habrá que hacerle espacio porque en el mausoleo que supuestamente tengo hay lugar para dos.

I wish you were here, and you will never be again.

[Fuente: http://www.ramonacultural.com]

El indio se alzó en medio de un espeso caldo de cultivo plagado de rencillas ancestrales. Joaquín, el soldado, recuerda la noche en que un coronel murió con el cráneo triturado. De anécdotas está hecha la historia.

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Encuentro

Domingo por la mañana, octubre. Joaquín se sienta en un k’ullu de árbol, remanente de un par de inmensos molles que teníamos acá –aclara–. Uno macho, uno hembra. El macho daba diminutas flores amarillas; el otro, frutitos rojos que devoran los chiwalos. 

El patio está entre dos casas. La principal, adelante, poblada de fantasmas, dice, porque cree que en su momento este fue lugar de crimen, en la pretérita oscuridad, cuando desde aquí hacia el oeste se extendían humedales que le ganaron el nombre de p’ujru (depresión, en quechua). La segunda es pequeña, práctica, de ladrillo visto y grandes ventanales. Allí vive. En la otra, su hija. 

El sol cae de lleno en el vestíbulo de cerámica. Las flores violetas de la Santa Rita se entrelazan con el tronco del paraíso dando un ferviente tono cochabambino a la cita. En la radio suenan tangos de la guardia vieja, con gusto argentinizado por el tiempo de estudio y disipación en Córdoba, en una fallida carrera de ingeniería, y luego en la sensatez de su esposa santafesina que terminó amando Cochabamba más que él y cultivando seis hijos.

fotografía colonos de hacienda / archivo Cordero


Ese año, el 46, salí bachiller. El 4 de enero del 47 me presenté voluntario al servicio militar que, siendo obligatorio, no consideraba para sus filas a menores de 18 años como yo. La Muyurina, donde aún sigue el cuartel, era una explanada llena de indios acurrucados y vendedoras de comida. Los reclutas, la mayoría de la clase baja citadina, pocos indígenas, se despedían de sus madres como si partiesen a una guerra inexistente. 

Se ensimisma. Tocan el tango Destellos en la radio. 

Me recuerda a mi mujer –susurra–. Escuela de Clases Sargento Maximiliano Paredes se llamaba el lugar donde me presenté. No pertenecía a la clase oligárquica, pero mi familia venía de antes, y era bien considerada en aquella esmirriada sociedad de abundantes mestizos y escasos blancos. Además, yo desciendo de héroes –afirma, en una frase que se evaporará en el espacio de nuestra charla y que me arrepiento de no haber agarrado por el cabo. Le pregunto por qué, ya que habló de ello, no había indios en las filas del ejército.

En otros lugares sería diferente, pero la Muyurina era cuartel de extramuros. Aunque a mediados de año llegaron muchos aymaras en camiones, levantados de pueblos del sur cochabambino o de la cercana Oruro, la mayoría de los internos pertenecía al lugar. Uno de esos aymaras, Valetín Apaza Ticona, recuerdo, fue designado para ocupar la litera encima de la mía. Caían los piojos, día y noche sobre las frazadas, el rostro, los cabellos. Ellos los trajeron. Los sábados, cuando salía de asueto, mi madre me hacía desvestir a la entrada de la casona de la calle Lanza y con un palo levantaba mi ropa y la ponía a remojar en gasolina en una usada lata de manteca. Luego me mostraba los animalitos muertos, en fila en todas las junturas, casi con instinto cuartelario. Así durante los nueve meses y veintiún días que presté servicio.

Las hijas de Joaquín desenvuelven unas salteñas de un papel sábana blanco. Me he desacostumbrado algo al picante, pero me animo con un par. No están mal, sabrosas. Las acompañamos de refresco de naranja en extremo dulce, lo anoto.

 Jóvenes oligarcas de la época.

Antecedentes

Largos y complejos son los antecedentes de la rebelión indígena del 47 en Ayopaya. Había una antigua tradición de levantamientos, pero, esta vez, los gérmenes venían del Congreso Indígena del 45 y las leyes dictadas durante el gobierno de Gualberto Villarroel. Se podría hablar, en síntesis, de que a partir de entonces comenzaba a gestarse un proceso en el que el indígena deseaba ser artífice de su propio destino, de elegir libremente a sus autoridades. Esto, en Ayopaya, ya en 1946, llevó a la población blanco–mestiza a percibir que la provincia había sido “tomada” por los indios. Al mismo tiempo que las autoridades comunitarias, o excomunitarias, tenían mayor peso que las elegidas por el Estado, la explotación de los colonos en haciendas alejadas como Yayani, especializada en la producción de papa a pesar de sus múltiples estratos climáticos, alcanzaba intolerables niveles.

El indio no se alzó reivindicando la figura del presidente mártir; algunos estudiosos señalan, sin embargo, que algo de ello hubo en la región cochabambina. Tampoco se llegó al extremo de demandar la abolición del pongueaje. Si bien las leyes del gobierno de Villarroel no eran ambiguas, no se podía decir que fuesen del todo claras. Es en ese confuso caldo de cultivo, plagado de rencillas ancestrales, ideas políticas nuevas, diversas perspectivas acerca de los fines, fragmentación, etcétera, que en febrero de aquel año la indiada dirigida, dicen, por el alcalde de Yayani, Hilarión Grájeda, atacó, precisamente, Yayani, matando a un teniente coronel e hiriendo al mayor Carlos Zabalaga.

El cuartel

Se había entrenado como boxeador en el gimnasio de un señor Roa, calle Colombia entre San Martín y 25 de Mayo. El boxeo sigue siendo su pasión, a pesar de que ya no recibe la revista de suscripción The Ring desde la época de Mike Tyson, el comeorejas. Es como si el deporte y sus ídolos se hubiesen congelado en la cronología. Muhammad Alí sigue siendo Cassius Clay para él. Inventó un ingenioso juego de tapitas de soda o de cerveza a las que les ponía nombres de boxeadores en un papel que cruzaba el metal, con fina letra. “Solo pesos pesados, porque no me gustan esos sietemesinos filipinos o mexicanos de otras categorías”. Me muestra las que sobrevivieron la debacle que significa que los hijos se van y los padres se quedan: Zora Folley, Sony Liston, Paulino Uzcudúm, Oscar Ringo Bonavena, Arturo Godoy, Jersey Joe Walcott, Primo Carnera…

Nunca pudo ser peso pesado, hasta que la edad, pasados ya los cincuenta, le trajo prestigiosos ochenta kilos. “Fui peso welter en el cuartel, en batallas de inexistente técnica y de pobre espectáculo. Boxeadores nativos peleando con la guardia abierta, tratando de conectar uno de esos letales waraq’azos (golpe de puño de costado, con los dedos cerrados sobre la palma, me muestra cómo) a los que están acostumbrados los indios”. Allí triunfó, y sus victorias le dieron la posibilidad de salir casi cada fin de semana a casa. Pero el deporte perdió su encanto. La vida militar no era como se pensaba. La comida parecía mierda sacada de las letrinas, se abusaba.

Al soldado Fenelón –rememora– lo mató un oficial a patadas. En el reporte dijeron que falleció por fiebre de Malta. Juré en voz alta que mataría al cabrón que lo había hecho, miembro de mi clase social y con conocidos o familiares mutuos. Los conscriptos rurales, que nos odiaban y que despectivamente nos apodaban “los bachilleres”, le fueron con el cuento. Me llamó y me dijo: qué pasa, Joaquín, he escuchado que amenazas matarme. Si yo no asesiné a ese pobre muchacho; estaba enfermo como denuncia el reporte del forense. Pero, si insistes en tu idea, cuando termine tu servicio y te den de baja, sabes dónde buscarme. Le prometí que lo haría y no hubo día en aquel antro en que no me deleitara con la idea de plantarle un tiro o al menos darle una gran tunda.

Llegó la fecha, y perdón que me adelante a tus preguntas, pero debo decirlo ahora. Aquel, como suele ser común entre milicos, tenía de característica la cobardía. Subió hasta el grado de coronel y me evitaba en las estrechas calles de la ciudad en el futuro posterior. Al minuto en que me licenciaron, fui a buscarlo. Estoy aquí porque me pediste venir. Se hizo el tonto. Pero, querido Joaquín, si eso está olvidado, eran los ánimos caldeados del instante. Si nosotros nos conocemos, hermano. Salí furioso, y recordé que un tío mío, coronel mimado del ejército boliviano, había quemado su uniforme y condecoraciones al dejar la institución. Apestaba. 

Militares en la Guerra del Chaco. Allí eran enviados los indígenas, como carne de cañón.
foto archivo C. Lanza

Casi cada año, si mal no me juega la memoria, los indígenas se sublevaban en Ayopaya, en Tapacarí. También en la parte de Tarata que linda con Potosí, más preciso en Sacabamba. Rebelión endémica, quizá, o extrema pobreza. O ambas. No en vano se asociaron republiquetas en la región, donde a los españoles que trepaban los riscos les machacaban cascos y cabezas con galgas de piedras gigantes. ¿Le dije que de allí viene mi familia?, de la provincia Ayopaya tirando hacia Inquisivi en La Paz. Hice, a pie, muy joven, la odisea de caminar cinco días desde Cochabamba hasta Palca–Independencia. Buscaba mis raíces. No pude llegar más lejos, como deseaba. Miré despojos de lo que habían sido los míos: mujercitas oscuras, vestidas de negro, cuyas reminiscencias se habían agotado o nunca tuvieron. Nada saqué en claro. Sin embargo, sentí en la piel algo que podría llamar la esencia india, ese nativo dormido que duerme en el colectivo mestizaje, que nunca han sepultado apellidos ni emblanquecimientos”. 

Lejos, muy lejos tal vez, hay aullidos de indias violadas, y luego, un largo maquillaje que quiso inventarnos, pero no liquidó la sangre escondida. Y eso se siente en la piel, en los poros, en la manera de sentir el sol de montaña calentándonos. Indescriptible, único para los diversos tonos de mixtura que somos los bolivianos, y que aflora en las festividades de carnaval, de vírgenes, de santos, del señor negro de Machaca y tanta historia no escrita y en peligro de extinción.

En la finca de los Zabalaga, en Yayani, los indios, de noche, le destrozaron el cráneo con rocas a un coronel José Mercado, creyendo, por la ubicación del lecho, que era el otro coronel, el Zabalaga, hacendado principio y fin de sus pesares. Justo pagó por pecador, solo por sacar a flote un dicho popular que tal vez no refleja la verdad. Lo cierto es que se pidió en la Muyurina sesenta voluntarios que fuesen a aprehender a los culpables. Me anoté: era ingenuo e impetuoso. Ni tanto aventurero, pero se dio el desafío y lo tomé. Mi madre lloraba mientras hacía un amarro con platillos maternos y con pito, polvo de maíz endulzado que sirve como alimento y deleite al mismo tiempo. Cuando llegamos a Morochata, caminaba cansina una procesión con el féretro del difunto Mercado. Se había cometido un crimen y llegábamos para castigarlo. Ceguera juvenil o simplemente tonterías de niños de clase media trasladados a un mundo que conocían de soslayo, de un exterior casi mimado que los hacía disfrutar del campo sin adentrarse en los detalles de la tragedia social.

foto de la publicación original de Frontera D

Don Joaquín se ha ido a hacer la siesta. Converso unos minutos con las dos hijas presentes y hago también un paquetito con mis páginas garabateadas y la pequeña grabadora que me sirve para no olvidar. Volveré mañana, aviso, lunes, después de la siesta. 

Lo esperamos para el té. A las cinco.

Perfil

Don Joaquín es un hombre de 84 años. A pesar de que las décadas lo han encorvado un poco, se nota que hubo gran vitalidad y sólido físico en su metro setenta de estatura, por encima de la media nacional. Su cuna no lo integró con la aristocracia valluna, pero menos lo puso con los del montón. “Hidalgos” los nombraron en la colonia, y en ese vocablo se reconocían.

Es afable, incluso cuando sus ojos verdes parecen incendiar el derredor. Nariz aguileña, casi de judío, suele decir. Tanto que, en una ocasión, con un primo suyo, rubicundo como rabino de Cracovia, persiguieron al nazi Klaus Barbie en la plaza principal de la ciudad. Lo insultaban en alemán ¡Scheisse! y el “enano” no atinó más que a correr, creyéndose atenazado por espectros.

“Tuve setenta primos – murmura con tristeza–; ninguno está ya”. Y desentierra historias que bien conformarían un libro. Me estremezco al pensar que la vida es muy injusta, que se escribe, narra, relata, una mínima parte de lo que se debiera, que con el último suspiro de cada uno de estos ancianos se pierde para siempre una historia oral, algún secreto cuya importancia jamás sabremos. Pero no puedo elucubrar acerca de la eternidad. Debo viajar pronto y le pido que sigamos, para terminar, en unos días más, nuestra conversación por teléfono. 

Los sublevados

Indios y mineros encontraron puntos comunes de protesta. La muerte del coronel Mercado mostraba la arista de una roca de extraordinarias dimensiones que comenzaba a moverse, o, mejor, que se reanimaba, siglo tras siglo. Los sesenta voluntarios de la Maximiliano Paredes miraron pasar el féretro cubierto con una bandera, como debería corresponder a los héroes. Nada sabían acerca del difunto, ni quién era ni qué hizo. El ataque se estrellaba contra la institución en particular y contra la sociedad “bien” en general. Merecía punición y desaire. Caso contrario, crecería como una avalancha de piedras, práctica de guerra de los guerrilleros republicanos contra la corona goda, aprendida de la indiada carente de recursos para tener armas. Palancas hechas de ramas reemplazaban a los cañones.

En esta ocasión, los mineros encabezaban el levantamiento, y disponían de temible dinamita. Algunos venían de la mina Kami, en el sur de la provincia; los más del altiplano. 

La rebelión de 1947 fue otro hecho premonitorio de la eclosión social de 1952, la llamada Revolución Nacional. Hubo muertos, bastantes en Tapacarí, pero los disturbios no alcanzaron magnitud revolucionaria. Síntomas y manifestaciones, año tras año, mes tras mes, hasta consolidarse en el movimiento posterior de masas indicado, que trajo mejoras, pero que también inició otro tipo de manipulación del indio boliviano, que nunca ha tenido, ni siquiera ahora, autonomía y decisión en gran escala.

ilustración Victoria Delgado Padilla / DGR-UCB

El viaje

Me da pena partir, pero debo retornar a mis obligaciones en el periódico. A lo largo de los días me he ido acostumbrando a la amistad de esta gente, su bonhomía, la tibieza de sentarse bajo el sol, al lado de un humeante té, a conversar sobre historia viva. Continuaremos por teléfono, un par de llamadas por día que según Joaquín han de aliviarle la jubilación. Muy lúcido para un hombre de su edad, leído, me incita a pensar que esta cita y este argumento abrirán otros: sabrosos, brutales, entretenidos como las digresiones pugilísticas.

Insurrección

Con los acordes de un bolero de caballería, el cuerpo del coronel asesinado fue bajando la calle del pueblo. Luego a montarse de nuevo al camión rumbo a Chinchiri, justo al frente de la sangrienta Yayani. Habilitaron una escuela para alojarnos. Algunos bancos de madera astillada y vieja se apilaban en el rincón. 

Piso de tierra apisonada, helada. Al anochecer caía la niebla. Por el solitario ventanuco se observaban blancas volutas de aire congelado. Al cabo de dos días, meábamos sangre. Por enfriamiento, decía el suboficial enfermero y repartía pastillas. Disparos aislados sonaban hacia Yayani, donde se habían apostado los carabineros. Nosotros debíamos aguardar al Regimiento Camacho, Primero de Artillería, de Oruro. El sitio de reunión se acordó en el puente Yakanko. Esperamos por horas y nada. El oficial a cargo pidió un voluntario para dejar un mensaje a los artilleros debajo de una roca que se observaba en el borde opuesto. Para cruzar, el “puente” no era otra cosa que una tronca atravesada. Debajo se oía el estruendo del torrente. Caer implicaba muerte y olvido. Nadie podría recuperar el cuerpo. Apolinar Holguín Espinoza, de Itapaya, camino de Capinota, dio un paso. Lo vimos balancearse en el vacío abrazándose como perezoso de los bordes de la húmeda corteza. En un papel, el militar había escrito un mensaje cifrado. Cómo sabrían los del Camacho que estaba debajo de esa piedra es algo sin respuesta. 

Era el 12 de febrero de 1947, en los bajíos de Chinchiri.

Verano, lluvioso como suele ser.

Alma en pena

Dirán que las difíciles circunstancias causan alucinación colectiva. Quizá. Absortos, tristes por la inacción, regresábamos a la escuela cuando, bien nítidos, a las cinco de la tarde, oímos lamentos con voz femenina. Lo primero fue pensar que algún indio borracho golpeaba a su esposa. Bajamos a la quebrada de donde habían salido, abriendo las matas con bayonetas, listos para ensartar al cabrón capaz de semejante barbaridad. No había nadie. Los arbustos luego del alboroto retornaban a su mutismo, apenas movidos por la brisa fría del atardecer. Al sentirla, suave, penetrando por los resquicios del uniforme, se nos pusieron los pelos de punta y comenzamos a retroceder. Ya en la cuesta le contamos a un mulero lo sucedido. Ah, dijo, es la tal, y echó un nombre; a la pobre la mató su esposo a hachazos; desde entonces pena. 

Lugar maldito. De pronto no veíamos a un palmo por donde caminábamos. Apresurados nos arremolinamos ante la puerta de la escuela para entrar cuanto antes, a refugiarnos en un café que no era café, sino una infusión de cáscaras. Pero sabía a gloria. Y el hombre desconocido de un costado y del otro se convertía en garantía solidaria de no hallarse solo. Comenzaba, como con reloj, el amedrentamiento de los alzados haciendo explotar dinamita. Pensé en mi madre, en casa, en lo lindo que sería estar parado en la puerta de la (calle) Lanza mirando a los ya pocos transeúntes volviendo a sus techos.

Comidas

Mote y papa cocida. Mote negro, rojo, amarillo. Lawa. Quesillo duro y quesillo fresco, comprado con el dinero de los reclutas. Una bolsita de sal en medio, ensuciada por el toque colectivo, para esparcirla sobre el montón de tubérculos amontonados sobre una manta en el piso. Comiendo con la mano, chupándonos los dedos negros de una semana sin baño. 

En el cuartel no era mejor. Luego del rancho de mediodía, y del de las seis, el sargento preguntaba quién quería cagar. Por lo general íbamos todos, pero había que levantar la mano. El río Rocha, que es torrentera y no río, corría detrás del cuartel. Se conocía como la “hora del caguis”, y en sus orillas, en fila, nos despojábamos de las inmundicias mientras fraternizábamos en sociedad. Los baños no se estilaban en la época. Incluso los patrones cagaban en el corral, permitiendo a los chanchos alimentarse de eso en un círculo vicioso. Con la temporada de lluvias, cuando el agua bajaba a raudales, limpiando, podíamos bañarnos, observar las generosas tetas de las lavanderas, que luego de dar de mamar al crío se quedaban a la intemperie, goteando como pilas mal cerradas.
 

El caudillo

No hubo uno –afirma Joaquín–. No uno visible que recuerde. Los focos eran dispersos, cada cual con sus jerarquías, seguro. Al menos en Ayopaya. 

No vimos combate. Los carabineros sí mataron a algunos. Nosotros la pasamos masticando coca, mezclándola con llujt’a, ceniza con papa. Nos atemorizaban con historias, con la ferocidad de los trabajadores de las minas de plomo, de cómo la indiada de Punacachi machacó la cabeza de un patrón en una estancia, como se llaman las haciendas de altura. Seguro que los rebeldes sabían más que nosotros de lo que pasaba en el país. No se hablaba de ello, ni siquiera de quién se sentaba en la silla. ¿Hertzog? ¿Urrilagoitia? Qué más daba.

Ante la inactividad, nos bajaron al valle, a la verde Parotani, donde ya el ejército se nos antojó jolgorio. Lo hicimos por Tapacarí, atentos porque la rebelión indigenal pululaba por los cerros. Ya tiempo de carnaval, fines de febrero, quizá marzo.

Ayopaya, la tierra de mis ancestros fue difuminándose. Nunca volví desde entonces. Una vez, enfermo de bocio tóxico y predicha mi muerte por los médicos locales, retorné a la Argentina, con tres hijos a cuestas. Me operaron gratuitamente, degollándome de oreja a oreja como puedes ver en esta marca igual a la que deja la soga al ahorcado. Sobreviví. Había hecho un voto de que si me salvaba iría en peregrinación al señor de Machaca, un Cristo negro entre dos ángeles de pie, muy milagroso. No lo hice, y te digo que me hubiese gustado hacerlo, más que por agradecer al santo, por conocer el lugar donde se afincaron mis dos tías viejas, hermanas de mi madre, luego de los despojos de tierras que les trajeron juicios y la reforma agraria. Anki y Uchipa les decíamos, diminutivos de Angélica y Josefina. De ellas conservo este vaso de plata. (Leo: Angélica, 1904) 

Teléfono y epílogo

Don Joaquín ¿me escucha bien? “Sí, no hay novedades por aquí. Rutina y cansancio ¿Y usted?” Quedamos en eso de los caudillos, si recuerda. ¿No hay nombres, al menos uno?

Cuando estábamos en Parotani nos informaron que traerían a un maestro rural que andaba exacerbando los ánimos de la población nativa. Al parecer era director en Tapacarí. Lo habían atrapado en la quebrada de Ramadas los carabineros. Venía amarrado. Me ofrecí a escoltarlo hasta Cochabamba, a pie el prisionero, unos cuarenta y cinco kilómetros. Dos otros voluntarios me acompañarían, un tal Benjamín –se me ha borrado el apellido–, que veinte años más tarde sería picado a cuchilladas cerca de Vinto por asuntos de narcotráfico. Tenía una finca en Villa Tunari y fue de los precursores de este negocio. Era beato, de oración y hostia. Del otro no tengo memoria, un muchacho de Sucre, creo, pero no importa. Preparamos los caballos, agua y comida, y partimos rumbo a la ciudad. Quisiera decirte la fecha, pero se atasca en la punta de la lengua.

A empujones lo arreamos. El tipo intentó aleccionarnos, llamándonos “juventud de Bolivia”, pero no le hicimos caso. Cállese, carajo de mierda. Lo entregamos en Cochabamba a la Séptima División.

Aquella noche, orgulloso al menos de este breve e ínfimo papel protagónico, me sorprendí de ver al rebelde paseándose ufano por la plaza 14 de Septiembre. Ignoro los detalles de lo que vino después. Sé que cuando dejé el cuartel, luego de la negativa del milico de batirse conmigo, como quisiera, a puño o a bala, agarré el terno con que me esperaban mis padres, puse pistola al cinto, y me fui a Potosí a visitar a mi novia, una alemanita interna del Colegio Alemán. 

Me despido. El clic del teléfono suena como un corte en el tiempo. Como periodista comprendo que no puedo ponerme nostálgico, perder objetividad, pero en este momento me es imposible sortear esta sensación de vacío.

Esta crónica fue publicada, en su versión original y completa, en la revista digital Frontera D, en 2014.

[Fuente: http://www.paginasiete.bo]