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Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 
Dice Eyal Halfon, el director, que vio remanentes de la carpa circense alguna vez. Implicaría certitud del hecho: la visita de un pequeño circo ruso a los territorios ocupados de Palestina durante la Intifada. Zirkus Palestina (Israel, 1998) no es un filme político en el sentido de militancia, sino más bien una comedia cuyos entretelones pueden alcanzar densos tintes políticos.
 
Halfon trata a israelitas y a palestinos por igual, con sus defectos, sin hacer exégesis de ninguno. Hay sensibilidad en su lente, aunque su ironía ataca mayormente a sus compatriotas, a la falsa legitimidad de la ocupación.
 
El argumento burlón e incisivo no le quita seriedad. Hay un tenso momento, que fuera censurado cuando salió la película y que se incluye en el DVD: aquel en que el productor local del espectáculo es obligado a bajar del automóvil por un soldado israelí y a sacar de entre los cables de electricidad una bandera palestina recién colocada. Su hijo lo hace en su lugar mas en la noche el hombre, quien aparte de contratista tiene negocios ilegales de autos robados con el coronel judío Oz, confiesa a su mujer que a partir de entonces llenará de banderas cada esquina de la ciudad.
 
La mayor atracción del circo es el viejo león Schweik. Al momento de la primera representación y cuando la domadora (Evgenia Dudina) lo conmina a aparecer, el felino no responde: ha huido de su jaula. Divergentes son las opiniones del por qué; para unos se ha retirado a morir; para otros lo consume la necesidad de aparearse. De pronto se ha convertido en el problemático centro de actividad de la población.
 
Lo que prosigue viene a ser el corazón de la comedia, la búsqueda del león a cargo del representante cultural del ejército, el sargento Bleiberg (Yoram Hattav), ajeno al entorno e hipnotizado por la canción « Dalila », de Tom Jones; casi un imbécil en apariencia. El suceso modifica el aspecto de la comunidad. Este fenómeno extraño a la cotidianeidad presupone rebelión y desenmascaramiento. Agitación entre los árabes como entre los colonos, e investigación de los pormenores que llevarán a descubrimientos profundos y no deseados (el caso del contrabando de automóviles).
 
La desaparición de Schweik y su búsqueda extiende la visión de la cinta hacia la totalidad de la existencia de los territorios ocupados: los enclaves civiles judíos en tierra palestina, la ineficacia y la parodia de la fuerza armada, la corrupción y la desidia. Bleiberg, enamorado de la domadora, inicia una historia paralela de romance. El león, mientras desnuda las falencias de un régimen de vida obligatorio -en ambos lados- tiende a unir los sentimientos de los seres humanos, muy por encima de las diferencias étnicas, políticas o religiosas.
 
Los artistas rusos no comprenden la complejidad del hecho. Su mirada desde afuera no hace más que denunciar el absurdo de vivir así. Pareciera que algo que podría ser tan trivial como la aparición de un circo ha desencajado la estructura de la zona. Otra vez será el gordo palestino que realizó el contrato quien afirma, en un solo instantáneo y memorable, que « esta región no está preparada para el entretenimiento… todavía ». Palabras que en un par de años serán proféticas con la explosión de los suicidas, la constante matanza y acogotamiento económico por parte de Israel hacia Cisjordania y Gaza, la Tormenta del Desierto, los misiles Scud de Saddam Hussein sobre Tel Aviv.
 
Bleiberg, el supuesto idiota, poseerá al fin la única cordura. Logra, gracias al apoyo de un niño palestino que lleva un parche sobre un ojo a la manera de Dayan, y el nombre de Dayan también, descubrir al león y luego de ciertas peripecias en las que el coronel Oz quiere apropiarse de la bestia, devolverlo a su dueña, ya su amor. Bleiberg abandona todo y se marcha con el circo. Da la espalda a una realidad inventada, o al menos mal hecha, y deja Israel. Antes liberan a Schweik en algún lugar que semeja la sabana africana. Detrás quedan las absurdidades del sistema, pero a la vez personas buenas e inocentes en esta comedia de « instintos animales ».
01/11/07
 
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[Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca) – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

“Es usted pariente, amiga o enemiga de los excomandantes procesados”, preguntó rutinariamente un viernes 19 de julio de 1985 el camarista León Arslanián: “Enemiga”, respondió María del Rosario Cerruti, secretaria de Madres de Plaza de Mayo. El camarista algo perplejo preguntó: “¿Usted considera que puede deponer con imparcialidad en este juicio?”. Y María del Rosario respondió: “Sí”.(1)

Escrito por Diego Sztulwark 

Apesar de la sensación de orfandad que circula en redes sociales y de los comentarios de tantxs amigxs, creo que Hebe de Bonafini no nos dejó en banda, sino que preparó las cosas debidamente como para que podamos continuar con la lucha de las Madres. La suya es la más conmovedora “gesta”, palabra (bien elegida por Osvaldo Bayer) que da cuenta del juego de engendramientos entre madres e hijxs, pero también entre hijxs y madres, y finalmente entre madres y pueblo. Unas madres de unos militantes revolucionarios derrotados durante los años setentas, solas ante el terror y el poder de los aviones, los sótanos y las armas. Unos pañuelos como marca distintiva de una lucha desarmada, ahí donde su hijxs simplemente desaparecían. Unas madres que se proponían lograr una escena de justicia siempre pospuesta, a la vez que cuidar la escena y el sentido que volvía comprensible y memorable la lucha de sus hijxs. Toda una enseñanza la de las Madres: ahí donde el terrorismo de Estado llevaba la clandestinidad represiva a su máxima expresión estatal, ellas tejían una contranarración dolorida y popular, con una enorme carga de desafío al poder. Allí donde la verdad del poder torturaba y mataba, la verdad de estas mujeres engendradoras/engendradas nacía del cuidado de los cuerpos. Una contraverdad que sería en poco tiempo la única capaz de animar un sentido en un país que se fue quedando son verdades de otro tipo.

Los miles y miles de jueves en la Plaza de Mayo mostraron algo más que empecinamiento. El ritual permitió iniciar a millares de personas en la tarea de zurcido de una modalidad inédita de la memoria, capaz de ligar rebeldías presentes y pasadas, y de hospedar el compendio de luchas sociales que nunca dejaron de ocurrir desde entonces en el país.

Las Madres fueron el hecho divino (divino: que da vida) del país contrarrevolucionario.

Ya bajo gobierno constitucional, las madres fueron la fuente ineludible y extrainstitucional de una democracia que se representaba a sí misma desde el parlamento y los tribunales. Sin ellas no hubiera habido juicios ni condenas. Y gracias a ellas, y al amplio colectivo que nos acogió a quienes las acompañamos, se hizo claro que la fuerza de su testimonio era mayor que el de la política institucionalmente concebida. Por eso, cuando la módica justicia del poder judicial -que carecía de capacidad para alzar su vista hacia las cúpulas -empresaria o eclesiástica- comenzó a descascararse en políticas de impunidad, la voz de las madres volvió a revelar -desde las calles y hacia todo el mundo- el principio de otra política. Si Alfonsín mandó a instruir a los fiscales, a legislar sobre la ley de Punto Final y luego sobre la Obediencia Debida, para “preservar la democracia”, y Menem indultó luego a las juntas militares para “pacificar” el país, desde las Madres y los demás organismos y militantes de agrupaciones sociales y políticas se articuló ese clamor inaudito capaz de enunciar, como gran pulmón popular, que la democracia sería solo la de los poderes asesinos sino se investigaba el genocidio a fondo. Tenía yo 15 años cuando ocurrió la rebelión de los militares carapintadas de Semana Santa de 1987. Es para mí un recuerdo iniciático. Estábamos en la Plaza de Mayo de los partidos políticos en defensa del gobierno constitucional cuando irrumpió un sonoro grupo de mujeres gritando “No rebeldes, no hay leales, los milicos son todos criminales”. Recordarme arrastrado por ellas, haber accedido de ese modo a la historia de mi país, tuvo un efecto de parteaguas. A partir de ahí, por años, la referencia principal de mis actividades pasó discretamente por la casa que ocupaban las Madres en la calle Irigoyen.

¿Qué es lo que hacía de las Madres algo tan extraordinario? Ellas impedían que el estado de derecho imperante se confundiera con la democracia. Negaban toda legitimidad a un Estado incapaz de revisar las estructuras derivadas del terrorismo de Estado. Y lo hacían a través de un procedimiento tan simple como contundente: afirmaban que hasta que el Estado argentino no explicase con claridad dónde estaban sus hijxs desaparecidxs, qué habían hecho con ellxs, no habría ley justa posible. ¿Qué pretendían con eso las Madres? Todo. Porque al exigir al Estado una verdad que este no podía -y aún no puede- ofrecerles, confrontaban una voluntad de verdad a una afectada por la mentira (al día de hoy, los reaccionarios dicen que los organismos manipulan la verdad al hablar de 30.000 desaparecidos, sin jamás reclamar al Estado que dé cuenta exacta de sus acciones y responsabilidades por el genocidio). Pero, además, porque al actuar como madres engendradas por sus hijos desaparecidos, orgullosas de sus luchas, impedía toda separación definitiva entre una idea reparatoria y otra revolucionaria de la justicia. Fue tan valiente y de tal fuerza moral su prédica y su activismo, que acabaron por producir, desde su reclamo, un tipo nuevo de politización, mezcla de memoria dolorida y restos de plebeyismo en un país destruido. Esa mezcla, poderosa y duradera, fue la que emergió el día 20 de diciembre de 2001, cuando miles y miles de personas nos vimos convocadxs al centro de la ciudad de Buenos Aires al ver por la televisión a las viejitas con pañuelo peleando contra la policía montada. Ese fue el último punto de inflexión moral de la Argentina, y de allí procede todo lo que se ha hecho estos años a fuerza de cuidar la fusión realizada entre la lucha por la memoria y las luchas populares.

El encuentro entre movimiento piquetero y Madres de Plaza de Mayo visibilizaba en 2001 otro país.

Hebe había declarado años atrás: “No quiero que comprendan nuestro dolor, quiero que comprendan nuestra lucha”. Esa comprensión fue la que alcanzó entonces una escala inusitada. Y es precisamente -paradojalmente- esa misma comprensión la que actuó como sistema de alerta para la reorganización de la derecha más reaccionaria. Consciente como nunca del peligro que para ella representaba ese tipo de sensibilización popular, comenzó el trabajo de destruir toda costura en que se sostuviese la conexión entre luchas comunitarias, demandas salariales e historicidad.

Lo que vino después lo recordamos bien. Por un lado la sorprendente articulación, antes inimaginable, entre organismos de derechos humanos y Estado, durante el gobierno de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, bajo el cual se produjo la reapertura de los juicios. Pero también la perdurable comunicación entre la lucha de las Madres y las de los feminismos. Todos estos años hemos la hemos visto a Hebe tan agitadora como siempre A muchos, es cierto, por conocerla de antes, nos sorprendió verla pasar sin elaboración explicita de su vieja desconfianza a su nueva inclusión en la retórica peronista. Pero en Hebe la arbitrariedad y la justicia coexistieron siempre, la una como maravillosa condición de posibilidad de la otra. Mi impresión es que estas últimas décadas Hebe se dedicó a cumplir su tarea con más lucidez e intensidad que nunca: dejar un país en el cual las clases poseedoras y sus intelectuales no puedan recubrir de legitimidad moral los resortes de poder en los que confían. Si la fusión entre memoria y plebeyismo ha madurado entre nosotrxs, Hebe fue su principal artífice, la más grande subversiva, la agitadora más relevante de nuestro tiempo. Hebe nos enseñó a respirar en medio de la asfixia. En tiempos recientes, se complacía premiando a militantes, artistas e intelectuales con su pañuelo. Ahora la homenajeamos nosotrxs, sus hijos orgullosxs capaces de seguir el camino.

Notas:

1- Esta cita fue extraída del libro La historia de las Madres de Plaza de Mayo en dos tomos, del historiador Ulises Gorini. El principal valor de este libro (editado por la Biblioteca Nacional, gestión de Horacio González) es la sistematización de la documentación disponible para los años 1976/1986.

Buenos Aires, 21 de noviembre de 2022.

*Investigador y escritor. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política.

 

 

[Fuente: lateclaenerevista.com]

Una imatge val més que mil paraules en l’era de la digitalització, sempre que respecti les persones. Repassem el marc legal que les protegeix.

Una persona fent fotografies. Font: Pexels (Pixabay)

Una persona fent fotografies

La xarxa està plena d’imatges sense autoria que s’atribueixen unes i altres. Sabem que ens calen per comunicar perquè un text sense imatge no té el mateix impacte i volem mostrar el que fem i les persones que hi ha darrere dels nostres projectes.

Però quines imatges podem compartir sense vulnerar drets?

Espai públic

Quan fem fotografies a l’espai públic no hi ha problemes en publicar-les si no es pot reconèixer cap de les persones que hi apareixen.

En cas que hi surtin rostres reconeixibles podem estar vulnerant el dret fonamental de la preservació de la imatge i intimitat, regulats per la Llei Orgànica 1/1982, de 5 de maig, de protecció civil del dret a l’honor, a la intimitat personal i familiar i a la pròpia imatge.

Hi ha excepcions. Es podrà utilitzar quan es tracti de persones que exerceixin un càrrec públic o una professió de notorietat o projecció pública i la imatge es capti en un acte públic o en llocs oberts al públic. Això passa perquè la llei prioritza el dret a la informació.

Aquesta excepció dona lloc a discrepàncies sobre quan el context informatiu passa per davant del dret fonamental de la preservació de la imatge.

També es podrà utilitzar la caricatura d’aquestes persones, d’acord amb l’ús social; i com a imatge accessòria d’una informació gràfica sobre un esdeveniment.

Dret a la preservació de la imatge

La Constitució diu que « el dret fonamental a l’honor, a la intimitat personal i familiar i a la pròpia imatge, garantit a l’article divuit de la Constitució, s’ha de protegir civilment enfront de tot gènere d’intromissions il·legítimes ».

Per utilitzar la imatge d’una persona és necessari el consentiment escrit de la persona o representant legal.

Protecció de dades

La imatge és una dada i, com a tal, es regeix amb el Reglament General de Protecció de Dades (RGPD).

Aquest recull que la veu i la imatge en un audiovisual també estan protegides i que sempre que es pugui reconèixer la identitat de les persones caldrà la seva autorització.

Autorització

El document per demanar consentiment ha d’explicitar la cessió de drets i la finalitat concreta per escrit. També ha d’incloure la informació bàsica sobre la protecció de dades: on s’arxivarà el fitxe, el responsable, la legitimació, els destinataris i els drets.

Quan es tracti de persones menors de 14 anys, haurà de signar la persona tutora. Les persones tenen el dret de revocar el consentiment en qualsevol moment.

Alguns exemples:

Propietat intel·lectual

Totes les imatges tenen autoria i és per això que també que estan protegides per la Llei de Propietat Intel·lectual. Per tant, quan utilitzem qualsevol imatge, la traiem d’on la traiem, haurem de demanar el permís a la persona que l’ha fet.

Una alternativa és fer servir bancs d’imatges lliures de drets perquè, en aquest cas, l’autoria ha sigut cedida explícitament amb unes condicions.

Si fem servir imatges sense permís pot tenir conseqüències econòmiques o, fins i tot, penals.

[Foto: Pexels (Pixabay) – font: xarxanet.org]

À l’annonce des résultats de la présidentielle, une femme fond en larmes lors d’un rassemblement de partisans de Jair Bolsonaro, à Rio de Janeiro, le 30 octobre 2022 au soir. Andre Borges/AFP

Écrit par Bruno Ronchi

Doctorant en science politique, Université de Rennes 1

Lucas Camargo Gomes

Doctorant en sociologie, Université Federal du Paraná, Universidade Federal do Paraná (Brésil)

Lula vient de remporter d’une courte tête le second tour de l’élection présidentielle au Brésil face au président sortant, Jair Bolsonaro, à l’issue d’une campagne émaillée de troubles jusqu’au dernier jour.

Cette campagne extrêmement tendue aura confirmé l’emprise durable du bolsonarisme sur la société brésilienne.

En effet, malgré la résurgence de l’insécurité alimentaire, les presque 700 000 décès provoqués par la pandémie de Covid-19 et la hausse de la déforestation, Jair Bolsonaro et son gouvernement ont conservé tout au long de son mandat une forte popularité auprès d’une partie importante de la population. Le dernier sondage Datafolha organisé avant le scrutin indiquait que 38 % des Brésiliens considéraient le gouvernement « bon » ou « très bon », tandis que 22 % le jugeaient « moyen » et 39 % « mauvais » ou « très mauvais ».

Si le débat reste ouvert, les recherches en cours montrent que l’adhésion aux idées bolsonaristes peut s’expliquer par plusieurs facteurs, le premier étant la stratégie de communication du désormais ex-président. Malgré les critiques récurrentes des médias traditionnels à l’égard de Bolsonaro et de son gouvernement, le bolsonarisme parvient à créer un circuit d’informations indépendant, étendu et perméable, notamment sur Internet.

Envers et contre tous

Le contenu reproduit par ces moyens de diffusion contribue lui aussi au maintien du bolsonarisme. Malgré ses divergences internes, le discours bolsonariste conçoit le leader et ses partisans comme des soldats dans la lutte contre « le système ». Ce « système » comprend, entre autres, les établissements d’enseignement supérieur, les institutions judiciaires, les ONG nationales et internationales, et même les Nations unies.

De ce fait, toute critique émanant de ces institutions et de leurs membres voit sa légitimité remise en cause, ce qui contribue à justifier les difficultés que rencontre le gouvernement dans la mise en œuvre de ses politiques.

En outre, le discours bolsonariste insiste sur la nécessité de moraliser la société brésilienne. Cette moralisation ravive la mémoire des scandales de corruption qui ont éclaté durant les gouvernements du Parti des travailleurs et exalte les valeurs traditionnelles – comme en témoigne le slogan bolsonariste souvent répété, « Dieu, patrie et famille ». Dans ce contexte, l’utilisation de symboles nationaux et religieux renforce l’effet de moralisation, éveillant des sentiments tels que la peur et la haine.

Un soutien de Lula marche dans la direction opposée aux militants pro-Bolsonaro (en jaune) à Brasilia, le 30 octobre 2022

Un partisan de Lula marche dans la direction opposée aux militants pro-Bolsonaro (en jaune) à Brasilia, le 30 octobre 2022. Evaristo Sa/AFP

De surcroît, il est important de souligner le soutien économique et moral apporté à Bolsonaro par certains secteurs, comme une partie des Églises évangéliques (en particulier pentecôtistes), de l’agrobusiness, du monde de l’entreprise, de la police et de l’armée.


Une représentation restreinte du peuple

L’enracinement du bolsonarisme dans la société brésilienne passe dans une large mesure par la construction d’une certaine représentation du peuple. Reposant sur la figure du « bon citoyen », le peuple que Bolsonaro et son camp entendent représenter se construit avant tout par opposition aux représentations faites de l’ennemi commun bolsonariste, incarné par la gauche.

Dans une perspective de lutte du bien contre le mal, les autres sont ici les « vagabonds », qu’ils soient intérieurs – tous ceux qui menaceraient l’intégrité des Brésiliens et de leurs familles – ou extérieurs – en ce sens, les nombreuses comparaisons avec les pays d’Amérique latine gouvernés par des partis de gauche servent à mettre en garde contre leur retour au pouvoir.

Dans ce contexte, Lula apparaît comme la personnification de cette contre-image, soudant le « nous » bolsonariste autour d’un rejet profond. On lui attribue notamment la volonté de détruire les familles brésiliennes – sur fond de lutte contre « l’idéologie du genre », associée à la « sexualisation des enfants » – et de persécuter les chrétiens, au risque de voir leurs temples fermés – en invoquant l’exemple du Nicaragua.

Panique morale autour de Lula

On fustige également les politiques de lutte contre la pauvreté mises en œuvre par le Parti des Travailleurs en y voyant une forme de manipulation électorale – même si Bolsonaro cherche à mettre en avant sa propre « générosité » à l’égard des bénéficiaires de ces mêmes politiques. De plus, on présente Lula comme le candidat « du système », soutenu à la fois par les grands médias et par les institutions chargées de réguler les élections – en particulier le Tribunal suprême électoral, représenté dans la personne de son président, le ministre Alexandre de Moraes.

Avec la panique morale créée autour du camp Lula, se développe l’idée que le Brésil est spirituellement malade, car dominé par des forces maléfiques. Bolsonaro apparaît alors comme le seul à pouvoir lutter contre ces forces et à « guérir » le Brésil en le débarrassant d’un système profondément corrompu.

Des personnes regardent le débat Bolsonaro-Lula dans un bar

Le 16 octobre, le débat d’avant le second tour entre Lula et Bolsonaro, ici diffusé dans un bar de Brasilia, a été particulièrement houleux. Bolsonaro a notamment traité son adversaire de « bandit » et s’est demandé s’il faudrait « l’exorciser pour qu’il arrête de mentir ». Evaristo Sa/AFP

Ce discours sous-tend une forme de rapprochement avec les électeurs, marquée par la mise en valeur de l’authenticité et de la simplicité comme des qualités intrinsèques du leader et du peuple qu’il entend représenter. L’emploi de termes vulgaires, la revendication du sens commun contre un certain intellectualisme perçu comme élitiste, ou encore son style vestimentaire traduisent une représentation quelque peu caricaturale du « citoyen ordinaire ».

Le poids de l’électorat populaire

D’après les derniers sondages (Datafolha, 28 octobre 2022), les électeurs dont le revenu familial est inférieur ou égal à deux smic brésiliens (environ 460€) ont tendance à voter pour Lula (61 % Lula, 33 % Bolsonaro). Cet écart se reproduit dans la plupart des strates où les classes populaires sont majoritaires, comme parmi les électeurs qui se déclarent noirs (60 % contre 34 %), les moins diplômés (60 % contre 34 %) et ceux qui habitent dans la région du Nord-Est, la plus pauvre du Brésil (67 % contre 28 %). Malgré cela, dans un pays où 48 % des électeurs ont un revenu familial inférieur ou égal à deux smic, le soutien de l’électorat populaire reste fondamental pour le maintien du potentiel électoral de Bolsonaro.

Ce potentiel peut s’expliquer en partie par l’appui dont il bénéficie auprès des évangéliques. Pour autant, le camp évangélique, qui en 2018 était fortement favorable à Bolsonaro (près de 70 % des voix), est devenu aujourd’hui un camp disputé, comme le souligne Esther Solano. Cette professeure de relations internationales à l’Université fédérale de São Paulo observe que certains fidèles manifestent leur insatisfaction quant à l’instrumentalisation de leur religion à des fins politiques et note l’existence de ce qu’elle appelle le « pentecôtisme oscillant » entre Lula et Bolsonaro. Selon la chercheuse, une partie des fidèles des Églises pentecôtistes regrettent d’avoir soutenu Bolsonaro, soit en raison du manque de prise en charge de la population pendant la pandémie, soit en raison de leur désespoir économique.

Outre les questions religieuses, le discours bolsonariste paraît trouver une certaine résonance dans la révolte des classes populaires face à la criminalité – plus intense dans la périphérie des grandes villes et dans les zones rurales. Face à cette colère, la réponse est une proposition répressive, que ce soit par la police ou par les citoyens – devenant alors libres de porter des armes à feu.

De plus, le discours bolsonariste met en valeur l’importance de la corruption comme clé explicative de tous les problèmes. Cela contribue à la construction d’une image de l’État en tant qu’obstacle à l’épanouissement individuel et collectif – raison pour laquelle, de ce point de vue, les fonctions publiques devraient être confiées au secteur privé, affirmait Paulo Guedes, le ministre de l’Économie de Bolsonaro.

Les effets à long terme

Au vu de l’enracinement bolsonariste dans la société brésilienne, il est important d’envisager les effets à court et à long terme qu’il a produits sur cette jeune démocratie. Les attaques incessantes dirigées vers les autres pouvoirs, en particulier la Cour suprême, accentuent la méfiance à l’égard des institutions dont la mission est de sauvegarder l’État de droit. Ancré dans la Constitution de 1988, dont la promulgation scelle la fin de la dictature militaire, ce cadre institutionnel affichait des signes de corrosion bien avant l’arrivée de Bolsonaro au pouvoir.

Face à la succession de crises et de reconfigurations survenues depuis la dernière décennie, marquée par la destitution de Dilma Rousseff en 2016, ainsi que par de nombreux scandales de corruption, le mécontentement généralisé devient de plus en plus palpable. Le bolsonarisme apparaît alors comme l’expression de l’antipolitique, partant de l’idée que tous ceux qui se soumettent au système sont corrompus. Une construction non dépourvue de contradictions – étant donné la longue trajectoire de l’ancien capitaine en tant que député, et surtout le fait que lui aussi est amené à faire alliance avec de vieilles forces politiques pour se maintenir au pouvoir –, mais très puissante dans une société traversée par des scandales et un certain discours moralisateur.

Les scénarios qui se dessinent pour l’avenir de la démocratie brésilienne ne laissent pas entrevoir un « retour à la normalité démocratique » facile à opérer. Le phénomène observé actuellement se caractérise bien davantage par la déstructuration d’un cadre institutionnel historiquement situé qui montrait déjà ses limites.

Même si la victoire de Lula était acceptée par Bolsonaro et ses partisans, il faudrait un travail de fond du nouveau gouvernement pour se réadapter aux nouvelles méthodes d’action politique, face à une opposition bolsonariste qui sera sans doute féroce et déterminée à revenir au pouvoir au plus vite.

 

[Source : http://www.theconversation.com]

Qu’a-t-il bien pu se passer pour qu’une jeune lycéenne se réveille dans une cabane perdue en plein milieu de la forêt équatorienne, attachée sur une chaise? Est-ce par sadisme? Par pure vengeance? Pourquoi sa professeure se tient-elle au loin, muette mais calme? Avec son nouvel opus, Mâchoires, Monica Ojeda nous entraîne dans un thriller psychologique très littéraire, aux confins de l’effroi.

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Après avoir lâché comme une bombe l’intrigue initiale, le roman rembobine sa pellicule et présente au lecteur une bande d’amies, toutes issues de la bonne société catholique équatorienne: Annelise, Fiorella, Natalia, Ximena et bien sûr Fernanda, la protagoniste ligotée. Si leur amitié paraît si forte, ce n’est pas le lycée qui l’a forgée: c’est leur fascination commune de la mort. Alors le jour où elles trouvent un bâtiment délaissé en cours de construction en pleine mangrove, c’est décidé: ce sera leur QG, l’abri de leurs secrets, le terrain de leurs jeux sinistres…

C’est dans ce décor lugubre, menaçant en tout temps de s’effondrer, au cœur d’une nature à la luxuriance inquiétante et peuplée de centaines d’animaux, qu’elles inventent des histoires et des défis pour se faire peur. Pour donner plus de corps et de légitimité à leur imagination, elles organisent des célébrations autour de leur propre Dieu, le Dieu blanc. Mais très vite, le simple goût de l’épouvante ne leur suffit plus, il leur faut lui mêler le frisson du risque. Ainsi, au fil de leurs idées, ces rites se transforment en actes dangereux.

«Elle n’avait jamais été capable d’expliquer ce qu’elle ressentait lorsque lui venaient les palpitations, les sueurs, les fourmillements dans les bras, les tremblements. Elle n’avait jamais pu dire à sa mère, agonisante sur un lit d’hôpital avec sa colonne transformée en boa, qu’avoir peur de mourir c’était bien pire que mourir tout court.»

Vivre l’horreur plutôt que la décrire

Nourri de références cinématographiques et littéraires (Lovecraft, King, Kubrick), Mâchoires n’est pas un thriller horrifique: c’est un roman qui fait vivre l’effroi au lecteur. Grâce à une écriture très percutante et orale, celui-ci entre dans la tête des fillettes et s’engouffre dans leurs angoisses les plus profondes, ancrées jusque dans leur chair. Mais par le biais de ces creepypastas, ces légendes effrayantes et mystérieuses relayées par Internet et qui deviennent virales, c’est tout le genre du récit horrifique qui est revisité et décortiqué. Monica Ojeda nous fait admirablement comprendre la fascination que peut exercer la terreur, au travers des films ou des romans, même si le lecteur ne serait pas un féru de ce type de productions.

Si, comme l’auteur de ses lignes, vous ne saisissez pas vraiment ce qui pousse les personnes à se mettre devant un film d’épouvante ou à se plonger dans un roman gore, alors Monica Ojeda vous donne des pistes de réponse:

«Quand on a peur on se sent très vivant et très fragile, comme si on était en cristal et qu’on pouvait se briser à tout instant. Ça peut être affreux, oui, mais ça réveille et ça remplit une émotion immense

Quand la sororité se fait toxicité

L’auteure de Mâchoires ne saurait toutefois se contenter de nous faire observer les vertiges de l’effroi; les scènes oppressantes sont le moyen d’explorer le territoire instable de l’adolescence, fait de défiance, de croyances et surtout de beaucoup d’errements et de tâtonnements. Ce territoire des extrêmes, qui voit un jour sa meilleure amie devenir sa pire ennemie. Monica Ojeda se glisse avec talent dans l’intimité de ce girls band pour y raconter ces rapports de pouvoir qui s’installent, l’influence du groupe et le côté pernicieux de cette pression sociale. Le tout sans déployer de longues théories autour de l’intrigue ni la stopper pour la commenter, mais en projetant les événements et en les laissant imprégner le lecteur.

Ce texte aux ambiances lourdement chargées installe un climat d’étrangeté, qui n’est pas sans rappeler les romans gothiques. De la même façon que cette ambiguïté gagne de plus en plus le lecteur, elle installe également un malaise qui consume les relations entre les personnages; tout semble déterminé dès le départ, puis tout part à la dérive et vole en éclats. Plus les défis se radicalisent et plus les fillettes se chamaillent, jusqu’à ce que ces disputes ouvrent des brèches. Car la frontière entre l’amitié et la toxicité se révèle parfois très mince.

Monica Ojeda a remporté le pari d’écrire un livre à la fois poétique et brutal, un livre d’atmosphères qui n’est pas descriptif, un livre sur la fascination pour l’horreur qui la vit de l’intérieur. C’est indubitablement un roman réussi. Pourtant, si je n’ai aucune peine à lui reconnaître ces qualités, je ne peux pas affirmer qu’il a été une déflagration pour moi. Il m’a dérangé, interrogé, tout en m’oubliant parfois au bord du chemin. Quoi de plus normal en définitive pour un roman de l’ambivalence que de laisser le lecteur dans son trouble! Une chose est en revanche bien plus claire: Mâchoires est un roman qui, en pleine rentrée scolaire, pourrait donner des idées aux professeurs: séquestrer et ligoter les élèves perturbateurs.

«Une crise de panique, c’est comme se noyer à l’air libre

machoires

Mónica Ojeda
Mâchoires 
Traduction d’Alba-Marina Escalon
Éditions Gallimard
2022
320 pages 

[Source : http://www.leregardlibre.com]

Florence Dupont critique la conception romantique de la « littérature » et resitue les lettres latines dans leur véritable contexte culturel.

Écrit par Jean-Patrick GÉRAUD

Histoire littéraire de Rome. De Romulus à Ovide. Une culture de la traduction                 Florence Dupont      2022                       Armand Colin           684 pages

Dans cet ouvrage, Florence Dupont retrace la constitution progressive des litteræ latinæ à Rome. Elle s’appuie pour cela sur les sources dont nous disposons (fouilles archéologiques, témoignages des Anciens) et sur la représentation que s’en faisaient les Romains eux-mêmes. Mais pourquoi une histoire littéraire de Rome plutôt qu’une histoire de la littérature latine ? Parce qu’une telle histoire relèverait de l’anachronisme.

En effet, notre définition de la littérature est née avec le Romantisme : nous voyons en elle l’expression d’un génie, que ce soit celui d’un individu, d’une langue ou d’une nation. Il n’en était pas de même à Rome, où l’écriture n’était pas un fait individuel, mais social, et où l’on pratiquait souvent des genres en vue d’une performance située (par exemple dans l’espace du banquet). Il serait donc vain, comme l’ont fait nombre d’historiens imprégnés du modèle romantique, de vouloir rattacher « notre » littérature à celle des Anciens, en faisant d’ailleurs comme si le latin avait toujours existé. Une telle démarche n’aurait pas plus de sens que celle qui consiste à vouloir rechercher, contre l’évidence des preuves, un prétendu indo-européen qui aurait été à l’origine de toutes les langues, ou encore un fonds légendaire commun à toutes les littératures.

L’ouvrage est constitué de deux parties. Dans la première, l’autrice s’intéresse à la constitution progressive des litteræ latinæ à Rome. Il s’agit de répondre à la question suivante : comment le latin est-il devenu à Rome une langue aussi éminente que le grec, susceptible d’être normée grammaticalement et même enseignée ? La deuxième partie s’offre comme une illustration et un approfondissement des thèses énoncées dans la première : Florence Dupont y reprend les grands noms qui président au corpus des litteræ latinæ et relit leurs œuvres en les resituant dans leur pragmatique ancienne, c’est-à-dire en étant sensible à leurs conditions d’énonciation réelles et en s’approchant du sens qu’elles pouvaient avoir pour les Romains eux-mêmes.

La première partie montre que la constitution des litteræ latinæ ne va pas de soi d’un point de vue historique. D’abord, parce que Rome a été fondée (en 754-753 av. J.-C., selon la légende) sur le modèle d’une cité grecque. Cet « hellénisme organique »   lui a été transmis par les Étrusques, qui ont joué le rôle de médiateurs entre les Grecs d’Italie du Sud et les autres peuples d’Italie. De fait, il est impossible de repérer un premier « noyau » latin à l’origine de Rome. À partir du IVe siècle av. J.-C. se produit ce que l’on pourrait nommer une deuxième hellénisation, c’est-à-dire que Rome développe son hellénisme propre (on le voit notamment dans les aménagements urbains)   . L’hellénisme de l’élite romaine est alors un signe de distinction ; si cette situation avait perduré, si le grec était resté la seule langue de culture à Rome, le latin n’aurait sans doute jamais existé.

Un tournant se produit au cours des IIIe-IIe siècles av. J.-C. Les Romains constituent alors leurs propres lettres latines sur le modèle des lettres grecques. Florence Dupont montre qu’il s’agit d’une exception, car aucune cité voisine n’a développé à ce point sa propre langue. Par exemple, le royaume numide, Aï Khanoum (dite « l’Alexandrie de l’Oxus ») et Carthage ont conservé les principales caractéristiques de l’hellénisme   . Nulle part les barbares hellénisés n’ont produit de littérature « nationale » comme il en existera à Rome   . Cependant, voir dans la création des lettres latines (entre le IIIe et le Ier siècle av. J.-C.) une réaction à l’hellénisation serait un contresens, car Rome n’a jamais subi d’acculturation et continuera d’être grecque même lorsque le corpus des litteræ latinæ sera constitué.

Mais d’où vient le latin, la langue latine ? On n’observe pas à Rome les indices d’un passage de l’étrusque au latin, comme c’est le cas dans les cités voisines. Au moment de la chute des rois, au VIe siècle av. J.-C., Rome devient pour ainsi dire « invisible » dans les inscriptions. Ainsi, on ne recense, entre le VIe et le Ier siècle av. J.-C., sur le site de Rome, qu’une vingtaine d’inscriptions funéraires. Le latin n’est donc pas la langue qui aurait remplacé celle de l’ancienne aristocratie étrusque   , son apparition est une énigme. Le latin tel que nous le connaissons, la langue de la Res publica, semble surgir de nulle part, seulement à partir du IIIe siècle av. J.-C.

Si l’on examine les traces du latin, plutôt que de s’en remettre à l’existence théorique d’un indo-européen originel, il existe à Rome trois « latinités ». La première est un statut politique ; la seconde consiste dans le respect des normes grammaticales ; la dernière est rituelle, puisque la pratique du latin est attestée dans les Féries latines (des fêtes religieuses qui rassemblaient les peuples du nomen latinum avant leur conquête par Rome). Florence Dupont formule l’hypothèse suivante : le latin, qui jusqu’à la conquête de ces cités n’était qu’une langue parmi d’autres du nomen latinum, serait devenue, après la chute des Tarquins, la langue commune à ces peuples   .

Ceux qui parlent latin sont ceux qui portent la toge, les togati. Rome est constituée d’une mosaïque de langues, mais le latin y acquiert un statut particulier : il s’impose comme l’autre langue commune (après le grec), formant pour l’ensemble des citoyens une nouvelle instance militaire et politique. Cependant, pendant les premiers siècles de la République, ceux qui exercent le pouvoir parlent grec et ne s’intéressent pas au latin comme à une langue susceptible de promouvoir l’image culturelle de Rome. Le latin que nous connaissons est donc d’abord une langue sénatoriale, qui rend visible les décisions prises au sein de la Res publica dans les espaces urbains. C’est une langue officielle, qui a sa syntaxe propre, comme le montrent son utilisation parodique chez Plaute   ou les injonctions présentes dans la Loi des Douze Tables   .

Ainsi, avant le IIIe siècle, le latin n’est pas la langue des élites cultivées (qui utilisent le grec), il n’est pas non plus un héritage ancestral : il s’agit d’une langue politique. Il est créé une « seconde fois » à partir du IIe siècle av. J.-C., dans le cadre d’un transfert culturel du grec au latin, dont le sous-titre de l’ouvrage de Florence Dupont dit bien l’importance   . Les jeux grecs inaugurés en 240 av. J.-C. le montrent. La langue de la religion devient alors celle de l’otium publicum, des plaisirs publics partagés   . Le théâtre va constituer un premier espace d’invention poétique et linguistique. Dans le domaine poétique, Ennius opère ce transfert : il est le premier à composer des hexamètres latins, donc à transférer l’épopée grecque à Rome   .

Les poetæ acquièrent une reconnaissance sociale qu’atteste la création d’un collège portant leurs noms. Cependant, la culture des Romains lettrés reste encore fondamentalement grecque ; les textes rédigés en latin ne sont pas encore enseignés comme modèles. C’est avec Caton l’Ancien que commence véritablement l’éloquence littéraire, puisque Caton fait publier ses discours   . Aux IIe et Ier siècles av. J.-C., les grammairiens vont transférer l’ensemble du savoir érudit grec au latin. Ce dernier devient l’égal du grec, à tel point que Cicéron cite les textes grecs aussi bien en latin qu’en grec   . Les grammairiens assoient sa légitimité en éditant et en publiant les textes latins ; ainsi se constitue le corpus des litteræ latinæ. Sous le règne d’Auguste (qui délimite la période étudiée par l’autrice), le latin est promu culturellement, il est devenu « l’autre grec ».

La deuxième partie offre une illustration éclairante, cette fois en partant des auteurs et des textes, de la manière dont s’est opéré à Rome cet ample transfert culturel des lettres grecques aux lettres latines. Florence Dupont resitue les œuvres dans leur pragmatique ancienne afin de rendre compte de leur originalité et de mettre fin à quelques interprétations erronées parce qu’anachroniques. On y apprend ainsi que le traité d’agriculture de Caton l’Ancien n’a rien d’un « vrai » traité : il s’agit d’un exercice de style destiné à alimenter les conversations que les Romains entretenaient dans le cadre de l’otium   . Ou encore que Catulle, considéré depuis l’âge romantique comme un poète lyrique, était avant tout un traducteur   .

Dans le même chapitre que celui consacré à Catulle, l’autrice consacre une analyse passionnante à La Nature de Lucrèce. Elle montre que l’ambition de ce dernier n’était pas de rédiger un ouvrage de philosophie épicurienne, mais de mener à bien un projet esthétique : créer un « chant cosmologique »   . Les pages consacrées à Cicéron montrent sa contribution décisive au corpus des litteræ latinæ. L’autrice s’intéresse notamment à la Seconde action contre Verrès, dont on apprend qu’elle est une fiction assumée par Cicéron et destinée au plaisir de la lecture   . Tout aussi passionnante est l’analyse consacrée aux dialogues philosophiques qui transposent un genre grec dans l’otium romain.

Chaque œuvre se prête ainsi à une relecture qui se veut plus proche de ses conditions réelles d’énonciation. S’il en ressort que les lettres latines se sont constituées par transfert, l’autrice n’en montre pas moins l’originalité de ses auteurs, comme celle de Virgile, qui invente le mythe d’Orphée tel que nous le connaissons aujourd’hui   .

 

[Source : http://www.nonfiction.fr]

La Garçonne vue par le dessinateur Edouard Chimot en 1939. Collection particulière, fourni par l’auteur

 

Écrit par Christine Bard

Professeure d’histoire contemporaine, Université d’Angers

À l’heure de la mode unisexe et des identités fluides, la figure de la garçonne nous donne à penser sur les transgressions de genre et les paniques morales qu’elles provoquent.

La garçonne est à la fois une mode – le look années 1920 – et une figure mythique – la jeune femme moderne et affranchie sexuellement – prise dans un autre mythe, celui des Années folles. Inventé par Joris-Karl Huysmans, écrivain et critique d’art, le terme évoque à la fois la « garce », la féminisation inédite et oxymorique de « garçon » et la « garçonnière ». Sa popularité vient du roman éponyme de Victor Margueritte publié il y a cent ans, en 1922. La garçonne, dans la France d’après-guerre, naît sous le signe du scandale. L’auteur est notamment radié de la Légion d’honneur, à la suite de plaintes venant des milieux conservateurs, catholiques et natalistes agissant au nom de la défense de la morale publique.

Puis les journaux, les livres, les films, les caricatures, les pamphlets vont faire de cette garçonne une figure-repoussoir, responsable du désordre des mœurs. C’est un mythe qui s’ancre à Paris, lieu à la fois fascinant et effrayant, où la charge sexuelle est très forte, mais qui est aussi présent dans d’autres grandes villes comme Berlin, Londres et New York, Le Caire ou encore Tokyo. Le mot, bien que difficile à traduire, s’exporte bien. En Allemagne, dans les années 1920, une revue lesbienne porte ce nom. Et en Roumanie, les salons de coiffure adoptent la coupe « à la garçonne » en français. C’est la première fois que les femmes portent les cheveux courts : une révolution.

Émancipation corporelle et sexuelle

La garçonne qualifie une allure un peu garçonnière. La presse de mode de nos jours emploie encore régulièrement ce terme délicieusement rétro et très évocateur. Dès les années 1920, la garçonne apparaît paradoxale et multiple.

L’actrice Vilma Bánky portant un chapeau cloche, 1927. Wikimedia

Le terme peut désigner simplement une femme à la mode. Une mode qui est révolutionnée par Paul Poiret, Chanel, parmi d’autres. Porter la petite robe noire qui découvre bras et jambes, avec un long sautoir en perles et un chapeau cloche, c’est déjà être une garçonne. Mais il y a aussi la garçonne plus androgyne ou masculine, aux cheveux gominés, qui porte le costume d’homme et fume en public. Sans oublier les sportives, de plus en plus nombreuses, adeptes du short et du pantalon.

La footballeuse brune, 1926, Ángel Zárraga

La garçonne incarne une émancipation corporelle et sexuelle. Elle ne se soumet plus aux contraintes et rejette le corset, symbole des entraves qui caractérisent les apparences féminines. Son corps est androgyne, mince, filiforme. La poitrine est effacée : bandée, aplatie par les robes à taille basse, voire éradiquée par le bistouri. C’est une rupture esthétique considérable, que l’on interprète comme un refus des rondeurs maternelles. Dans l’imaginaire collectif, nourri par le roman de Victor Margueritte, la garçonne est bisexuelle, nymphomane et rejette la maternité. Elle ne respecte plus l’ordre des sexes. Elle ignore l’ordre des races. Elle ne reconnaît pas non plus les frontières entre les classes : sous le chapeau cloche, la bourgeoise et la crémière se ressemblent.

Il s’agit bien d’un mythe même si, dans la vraie vie, des femmes réelles ont pu inspirer telle ou telle facette de cette figure : Chanel, Mireille HavetJoséphine BakerMarthe Hanau, Violette Morris… Mais, dans la vraie vie, les femmes des années 1920 n’ont ni le droit de vote, ni le droit de porter le pantalon. Et la France, avec une majorité bleu-horizon à la Chambre des députés, accroît la répression de l’avortement tout en interdisant les discours attentatoires à la natalité.

Gabrielle Chanel en 1928. Wikimedia

Un sujet piège pour les féministes

Pourtant, les transgressions accomplies par la garçonne construisent la modernité. Cela passe par une rupture jugée violente, à l’époque, avec les traditions. C’est ce que l’on peut dire avec le recul du temps et nos mots à nous. Mais il faut se méfier de l’anachronisme. Et donc comprendre comment le phénomène a été perçu à l’époque. Cette exploration historique nous réserve quelques surprises. Par exemple sur le positionnement des féministes. La réforme vestimentaire n’a jamais été leur priorité. En 1922, le Sénat rejette le suffrage des femmes. Et puis la plupart des féministes veulent l’égalité tout en cultivant la différence des genres, qui passe aussi par les apparences.

Tous les changements vestimentaires des femmes étant perçus comme les étapes d’une masculinisation fatale, les féministes craignent une indifférenciation des sexes, qui leur est justement déjà reprochée par les antiféministes. C’est donc pour elles un sujet piège. D’autant plus qu’elles se méfient d’une mode qui dévoile le corps. La féministe Madeleine Vernet parle même « d’incitation au viol » à propos des bas couleur chair appréciés des garçonnes. Les féministes veulent « une seule morale pour les deux sexes », mais en alignant la morale sexuelle des hommes sur celle des femmes, et non l’inverse.

L’artiste Claude Cahun, Autoportrait, 1927.

 

De son côté, Colette estime que la garçonne crée une nouvelle norme. La garçonne est, certes, libérée du corset, mais elle doit avoir un corps de jeune adolescent, et donc se bander les seins, faire des régimes, se mettre au sport… Cette pression des nouveaux diktats de la mode et cette exigence d’androgynie qui déplaisent à l’écrivaine. Elle avait pourtant coupé ses cheveux dès 1902 et était experte en libération des mœurs…

Autre trouble : la dimension homosexuelle de la garçonne. Les années 1920 représentent un moment de visibilité important dans l’histoire de l’homosexualité féminine. La lesbienne masculine est en quelque sorte une « garçonne accomplie », avec des cheveux très courts, et parfois un pantalon. Garçonne est un euphémisme pour dire le lesbianisme, lequel est toujours considéré comme une déviance contre-nature, mais aussi comme une pathologie sociale liée au désir d’indépendance des femmes. Les garçonnes bisexuelles et homosexuelles sont très présentes sur la scène du Paris nocturne et hédoniste. Le sport, avec la célèbre figure de Violette Morris, diffuse également des images de garçonnes.

Violette Morris devant son magasin d’accessoires automobiles parisien, porte de Champerret, en 1928. Wikimedia

C’est certainement avec les stars androgynes du cinéma au tournant des années vingt et trente, avec Marlène Dietrich, Greta Garbo et Louise Brooks, que l’androgynie gagne en légitimité esthétique. Ces actrices attirantes, mystérieuses et un peu dominatrices séduisent les hommes et les femmes. Elles créent du « trouble dans le genre », pour reprendre l’expression de Judith Butler. Ce qui prend, évidemment, une tournure politique.

Un mythe qui penche à droite

Aussi peut-on se demander si « la garçonne » est un mythe de gauche ou droite. À première vue, c’est un peu embrouillé. Le « père » de la « garçonne », Victor Margueritte, est en 1922 un homme de gauche qui défend le droit des femmes à disposer de leur corps.

Louise Brooks en 1927. Wikimedia

De quoi ancrer ce mythe à gauche ? Pas vraiment. Les forces de gauche condamnent l’immoralité du roman, jugé pornographique. L’héroïne a lu Du mariage de Léon Blum. C’est embarrassant… Si le début du roman semble valoriser l’émancipation sexuelle des femmes – l’héroïne est bisexuelle, fréquente des prostituées, multiplie les amants, se drogue –, sa fin consacre un retour absolu à la norme puisque Monique se laisser pousser les cheveux, se marie, et deviendra mère dans la suite du roman.

La Garçonne envoie donc, politiquement, des messages contradictoires. De plus, même si son auteur prend la pose de l’écrivain social attaché à l’émancipation humaine, son roman se rattache à un imaginaire croisant l’homophobie, le racisme et l’antisémitisme.

La garçonne obsède les conservateurs : la dénigrer, c’est une façon d’activer un autre mythe, celui de l’éternel féminin, tout en douceur maternelle et en soumission. Des écrivains comme Paul Morand ou Maurice Sachs décrivent alors une société qui a perdu ses repères, menacée de toutes parts. Dans ce chaos, la garçonne joue sa partition. Incarnation de la masculinisation des femmes, elle est accusée de déviriliser les hommes. Les discours anti-garçonne dépeignent une société en perdition à cause de « l’inversion des sexes » et de la « prolifération de l’homosexualité » ; ils fabriquent un contre-modèle dont on a un bon exemple dans la série des Brigitte, de Berthe Bernage. Créer des peurs pour réclamer le retour à l’ordre : le procédé ne date pas d’aujourd’hui. Son efficacité a de quoi nous faire réfléchir.

 

[Source : http://www.theconversation.com]

La décision de l’État algérien d’imposer l’anglais dans le cycle primaire inquiète certains partisans de la langue de Molière.

Le président français Emmanuel Macron serre la main du président algérien Abdelmadjid Tebboune avant son départ de l’aéroport d’Alger, le 27 août 2022. | Ludovic Marin / AFP

Écrit par Mussa Acher — édité par Hélène Pagesy

À trois mois de la rentrée scolaire, le 19 juin, le président algérien Abdelmadjid Tebboune a ordonné l’introduction de l’anglais dans le cycle primaire dès l’année prochaine. Décision mûrement réfléchie ou prise sur un coup de tête? Le débat partage les Algériens et continue à susciter des réactions d’incompréhension et surtout d’inquiétude chez certains partisans de la langue de Molière dans ce pays à longue tradition francophone.

Cette annonce ravive en Algérie le débat ô combien passionné et passionnel sur les langues dans une société qui, depuis la fin du mouvement de protestation du 22 février 2022, vit une sorte de repli identitaire. Celui-ci se traduit, notamment sur les réseaux sociaux, par l’exacerbation des clivages idéologiques et ethniques.

Deux questions reviennent tel un leitmotiv depuis cette annonce-surprise. La première: l’Algérie a-t-elle les moyens pédagogiques pour assurer l’enseignement de l’anglais en si peu de temps? La seconde: cela va-t-il affecter le français dans le programme scolaire?

Des recrutements à tour de bras

Sur la première question, il faut dire que le gouvernement a réussi le pari, en moins de deux mois, à mettre au point un programme et confectionné un million et demi d’exemplaires du nouveau manuel destiné aux élèves de troisième année d’école primaire et à le distribuer à travers tout le territoire national.

Mieux, il a réussi le tour de force de recruter quelque 5.000 enseignants contractuels et à leur assurer une formation. En sachant que le ministère avait enregistré, dès la première semaine d’août, près de 60.000 postulants.

Le nouveau manuel destiné aux élèves de troisième année d’école primaire. Photo : Mussa Acher

Le 7 septembre, le ministre de l’Éducation nationale, Abdelhakim Belabed, a déclaré que tout était fin prêt pour prendre en charge l’enseignement de l’anglais, comme prévu, tout en tenant à rappeler –comme c’est désormais la tradition– que son département appliquait les consignes du président de la République.

À priori, il ne s’agit que de l’introduction d’une deuxième langue étrangère dans le cycle primaire. Mais quand on sait dans quel contexte cela a été décidé, on est en droit de se demander si cela ne vise pas à remplacer, à terme, le français et, par là même, à se détacher graduellement de la francophonie et de la culture française.

Sentiment anti-français

Le sentiment partagé par un certain nombre d’observateurs locaux est que le pouvoir en place, en mal de légitimité, semble céder à un puissant sentiment anti-français dans la société, où les appels à remplacer le français par l’anglais dans l’enseignement comme dans la vie publique n’ont jamais été aussi forts que depuis quelques années. En effet, les autorités avaient déjà commencé à imposer l’anglais, notamment dans les correspondances et les enseignes de l’armée et de certains ministères, dont, au premier, celui de l’enseignement supérieur.

Cela dit, le facteur qui avait sérieusement accéléré ce processus de «défrancisation» et l’émergence de ce courant idéologique, fut incontestablement le brusque raidissement des relations franco-algériennes après les fameuses déclarations au vitriol du président Emmanuel Macron contre le «système politico-militaire» algérien, en octobre 2021.

C’est pourquoi de nombreux intervenants accusent le gouvernement de vouloir imposer un choix éminemment politique au détriment de l’avenir pédagogique de millions d’élèves. Ces derniers devraient donc, à partir de cette année, avoir quatre langues à apprendre: l’arabe, le français, le tamazight et l’anglais.

«Équation impossible»

Les pédagogues sont les plus sceptiques sur cet engagement de l’État, y compris parmi les partisans de l’arabisation. L’universitaire et psychopédagogue Malika Greffou se demande: «Quel anglais veut-on apprendre à nos enfants, l’anglais des touristes ou l’anglais littéraire?» Aussi estime-t-elle que, d’un point de vue pédagogique, un élève (algérien, s’entend) qui ne maîtrise pas la langue arabe ne pourrait pas assimiler l’anglais.

Ahmed Tessa parle, lui, de «l’équation impossible» d’enseigner quatre langues en même temps à des élèves du primaire. De son côté, le linguiste Abderrezak Dourari estime que l’introduction de l’anglais ne pose pas de problème «à condition que ce ne soit pas une opération idéologique».

Dans le camp des partisans de l’anglais, l’influenceur Saïd Bensedira reprend l’argument du président Tebboune, à savoir que l’anglais est «la langue universelle» et que le français n’est qu’un «butin de guerre» (expression popularisée par l’écrivain Kateb Yacine). Mais ce vidéaste exilé à Londres doute des capacités de l’État algérien à relever un tel défi. Un autre influenceur arabisant, Mustapha Bounif, avait anticipé la décision du chef de l’État en l’appelant dès le 1er juin à adopter l’anglais dans le cycle primaire et à «réduire le volume horaire du français».

Interrogé par Slate, l’universitaire et sociologue Nacer Djabi juge qu’avec cinq langues (les quatre citées ci-haut, en plus de l’arabe dialectal), «l’enfant algérien terminera son cycle primaire sans maîtriser véritablement aucune langue». Sur un autre plan, le chercheur affirme que «l’enseignement de toutes ces langues coûtera très cher à l’État». À cela s’ajoute, selon lui, le fait que les résultats d’une telle politique n’apparaîtront qu’après des générations.

«Tout ça est à supposer que la démarche annoncé officiellement soit sérieuse et ne s’inscrive pas dans le cadre des chamailleries traditionnelles avec la partie française qui, elle, accorde un grand intérêt à la question de la langue dans ses relations avec l’Algérie et avec le reste du monde», prévient notre interlocuteur.

Du côté français, si aucune réaction officielle n’a été rendue publique à ce sujet, des voix commençaient à s’élever pour exprimer un certain dépit. Réagissant à l’exclusion du français dans l’inscription figurant sur le pupitre d’Emmanuel Macron lors de sa visite au palais présidentiel algérien le 26 août, et sur laquelle était écrit «presidency of the Republic» au lieu de «présidence de la République», l’ancien ambassadeur de France en Algérie, Xavier Driencourt, a déclaré: «Je n’étais pas surpris mais j’étais choqué que l’Algérie fasse une telle chose lors de la visite d’un président français», rapporte le site américain Politico. Il y a fort à parier que les Américains, eux, s’en sont réjouis.

 

[Source : http://www.slate.fr]

A horas de elegir entre aprobar o rechazar la propuesta de nueva Constitución, el país oscila entre la rabia y la esperanza

Manifestantes durante un mitin en favor del referéndum constitucional de Chile, en septiembre de 2022.

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A pocas horas de conocer el resultado de las elecciones sobre aprobar o rechazar la propuesta de una nueva constitución, Chile vive o sufre una experiencia que oscila entre la rabia y la esperanza. Rabia para quienes piensan que se trata de un documento maximalista e incoherente que nos enredará en una maraña de disputas ideológicas e identitarias que nos alejan de lo que le preocupa a la población: seguridad, pensiones, costos de salud, educación y vivienda. Esperanza para quienes piensan que ha llegado el momento de salir de la camisa de fuerza que nos impuso la dictadura con la constitución de 1980, y de inaugurar una nueva era en donde la carta fundamental ha sido redactada en democracia y por constituyentes que representan a la sociedad y no a los desprestigiados partidos políticos u obsoletas instituciones. Se trata de sentimientos, rabia y esperanza, que polarizan a la población y crispan el ambiente. Cuál sentimiento prevalecerá es la gran incógnita que se revelará en algunas horas.

Pase lo que pase, la dirección va por los cambios. Si gana el apruebo, no hay forma de que la propuesta de constitución se pueda implementar sin cambios, sobre todo al reducirse el quorum de dos tercios a cuatro séptimos para aprobar los diferentes elementos del borrador constitucional en el Congreso. La apuesta, si es que ha sido pensada en esos términos, es exigir lo máximo para después negociar. Si gana el rechazo, comienza la discusión sobre cómo redactar un nuevo documento, si con otra constituyente, posiblemente sin listas de independientes (de los partidos políticos) y con escaños reservados más proporcionales a la votación de la población indígena. Para ambas opciones el camino es largo. El actual Gobierno, inaugurado en marzo de 2022, tendrá que lidiar con ambos escenarios de triunfo, lo que dominará la agenda política en los cortos cuatro años que tiene por delante. Esto, en un contexto de pandemia, inmigración que desborda a las actuales instituciones, violencia en la macrozona sur mezclada con la temática indígena, reformas tributarias, inflación, caída de la inversión interna y externa, y crisis global. Chile está simplemente agobiado.

¿Respirará de alivio el país luego de estas elecciones? Quizás. Mucho depende de la proporción del voto, digamos 48 contra 52% para cualquiera de las opciones. Pero si es entre el 56-58 % contra 42-44% para las mismas estaremos en una situación de ganadores y perdedores, con la soberbia o el resentimiento que conllevan. Si gana el apruebo por el número mayor, tendrá todavía las cortapisas del Congreso, pero con la legitimidad de las mayorías. Si gana el rechazo, la centroderecha liberal podrá declararse victoriosa, pero se empoderará a la derecha más radical que no quiere saber nada de paridad, plurinacionalidad o inmigración a la que asocia con el narco y el crimen organizado. Es la derecha “cavernaria” que denunció Mario Vargas Llosa.

Volvamos a los sentimientos a horas de los resultados. La tensión que vive el país es enorme. Las encuestas están suspendidas, de modo que cada cual debe decidir, en el mejor de los casos, de acuerdo a su conciencia o, en el peor, orientándose por las propagandas electorales de último minuto, o por tendencias puramente viscerales. Quizás en el interior de cada persona exista un nivel de convicción respecto de cómo votar en el momento de acercarse a las urnas, pero persiste un clima, llamémoslo existencial, en donde la preferencia sería la de no tener que enfrentar elecciones en donde todo es incierto.

Es un país en suspenso, con deseos de irse a la cama, agotado y nervioso, y despertar con ánimo para enfrentar lo que viene.

Es hora “del pensar profundo” diría Andrés Bello. Cualquiera sea el resultado, mañana es otro día.

Iván Jaksic es historiador y Premio Nacional de Historia 2020.

[Foto: ALEJANDRO OLIVARES (BLOOMBERG) – fuente: http://www.elpais.com]

La comunidad judía de Oporto presentó una denuncia ante la Fiscalía Europea alegando una conspiración antisemita contra los miembros ricos de la comunidad judía portuguesa y la organización judía más fuerte de Portugal, lo que perjudica los intereses financieros de la Unión Europea.

Escrito por Shelly Paz

La denuncia se presentó con la asistencia de abogados de Portugal, EE. UU. e Israel, así como la Asociación Judía Europea, la organización que representa la unión de las comunidades judías de Europa; desde Portugal hasta Ucrania.

La denuncia descrita con todos sus detalles también ha sido publicada en un libro con el título “La primera gran conspiración antisemita del siglo XXI”, que se puede descargar de forma gratuita aquí (https://firstmajorconspiracy.com ). Se está enviando una copia del libro a bibliotecas de todo el mundo y se enseñará en varios programas de estudios de antisemitismo.

Según la comunidad judía de Oporto, “personas no reveladas entre las élites gobernantes portuguesas unieron los poderes ejecutivo, legislativo, judicial y medios de comunicación en una violenta conspiración antisemita. Los objetivos de la conspiración eran rechazar políticamente la gran afluencia de ciudadanos israelíes interesados en la nacionalidad portuguesa, destruir la ley sefardí en un contexto de terror, para que nadie pudiera salir a defender esa ley (para evitar ser acusado de colusión con el fraude), y producir una “querella criminal” basada en denuncias anónimas que pretenden destruir al empresario judío Patrick Drahi, judíos adinerados de origen portugués y la comunidad judía de Oporto, posiblemente la organización judía más fuerte de Europa en términos de religión, cultura, educación y la lucha contra el antisemitismo. El poder judicial portugués fue utilizado políticamente como un instrumento”.

“La Fiscalía Europea no tiene legitimidad legal para investigar casos de antisemitismo, pero en este caso hay indicios de corrupción por parte de las élites gobernantes y esto perjudica a todos los ciudadanos de Europa”, dijo el presidente de la comunidad judía de Oporto, Gabriel Senderowicz.

“Nuestro objetivo es documentar la conspiración, incluso si la Fiscalía Europea decide no hacer nada al respecto. Nos aseguraremos de que esta información se difunda en todas partes donde sea necesaria la educación sobre el antisemitismo. El antisemitismo moderno en Europa no ataca a los judíos en general como en el pasado, sino solo a las verdaderas fortalezas judías: comunidades fuertes, judíos ricos, leyes beneficiosas para los judíos y el Estado de Israel. En la Unión Soviética, las comunidades “no tan fuertes” no fueron destruidas, ya que servían de publicidad al régimen político. Cualquiera que visite Moscú podría visitar una hermosa sinagoga con puertas abiertas y servicios, pero prácticamente muerta, sin vida judía relevante “.

En la demoledora denuncia de 113 páginas presentada la semana pasada ante la Fiscalía Europea, la comunidad judía de Oporto afirma que “los conspiradores utilizaron una organización criminal dedicada a redadas nocturnas en domicilios particulares y despachos de abogados supuestamente relacionadas con Patrick Drahi, así como falsas acusaciones de narcotráfico, y también utilizaron fuentes “anónimas” que ya habían anteriormente sido condenadas judicialmente por difamación contra miembros y colaboradores de la comunidad judía de Oporto”.

La comunidad judía de Oporto dice: “La conspiración, paternalmente guiada desde arriba y con intereses internacionales en el medio, ha usado toda una amalgama de personas” como –el exministro de Relaciones Exteriores Augusto Santos Silva, quien fue autor moral de la destrucción de la ley de los sefardíes “por una ‘cuestión palestina”, la exvicepresidenta de la bancada parlamentaria del Partido Socialista Constança Urbano de Sousa, quien comparó la reproducción exponencial de los sefardíes con el coronavirus (y dijo que junto con sus dos hijos va a ser responsable de un millón de descendientes dentro de 250 años), y la ministra de Justicia, Francisca van Dunem, quien elaboró un reglamento que puso el fin a la ley sefardí en términos prácticos a partir del 1 de septiembre de 2022, y recogió denuncias “anónimas” de la escoria de la sociedad y las envió a “investigación criminal” por parte de autoridades cuyos líderes ella misma nombró.

Gabriel Senderowicz dijo: “La soberanía del Estado portugués que puede terminar o cambiar esta ley y cualquier otra ley en cualquier momento no está en cuestión, pero el procedimiento podría y debería haberse implementado sin poner en peligro la imagen y la seguridad de los judíos sefardíes y las comunidades judías portuguesas. Eso no es lo que há sucedido durante dos años”.

La denuncia menciona el papel destructivo de algunos influencers, así como de periodistas de los diarios Público y Expresso y de los canales de televisión “SIC” y “RTP”. “Durante ocho meses nunca mencionaron un solo efecto positivo de la ley sefardí, calificaron una sinagoga llena, restaurantes kosher y museos llenos de gente como “opulencia”, y redujeron la llamada ley sefardí a las tarifas cobradas por la comunidad judía de Oporto (250 euros).

Estos influencers y periodistas siempre actuaron contra el honor de los miembros de la comunidad y de solicitantes que han sido certificados, y solo hablaban sobre sospechas de supuesta corrupción, Mossad, oligarcas, drogas canábicas, ganancias y grandes negocios”, de acuerdo con lo mencionado en la denuncia.

Senderowicz agrega: “Semana tras semana, familias enteras fueron objeto de exposición calumniosa en los periódicos y la televisión, todo basado en denuncias anónimas y fuentes anónimas. Nadie escapó a este tipo de “purificación” al estilo de la Inquisición, desde los líderes religiosos y seculares –rabinos, presidentes, expresidentes, vicepresidentes, tesoreros, secretarios– así como el museólogo, e incluso el portero y amigos de la comunidad. Ancianos llorando, niños con miedo de ir a la escuela porque eran judíos y el gran rabino siendo atacado en un supermercado”.

En resumen, la operación policial “Puerta Abierta” que fue presentada a todo el mundo como una venta de pasaportes por parte de un rabinato que actuó por dinero, es una operación “Cuestión Palestina” dirigida por personas entre las élites portuguesas que ataca a los judíos israelíes, a los judíos ricos y a todas las realidades judías relevantes relacionadas con Portugal.

Hay evidencia de intercambio de favores, uso del poder judicial con fines políticos, teorías de conspiración, robos nocturnos a bufetes de abogados y casas particulares, falsas acusaciones de narcotráfico y esquemas con Rusia, y uso de denuncias “anónimas” que en realidad fueron realizadas por agentes del Estado, calumniadores profesionales y condenados por difamación, todo ello articulado con una campaña mediática asesina protagonizada por media docena de periodistas e influencers para destruir la credibilidad de una ley, líderes comunitarios y personas de origen sefardí que habían sido aprobadas en cumplimiento de la ley.

“El Estado portugués no es antisemita”, señala el presidente de la comunidad judía de Oporto, Gabriel Senderowicz. “Entre las víctimas de esta conspiración se encuentran también el presidente de la República Portuguesa, el primer ministro, líderes parlamentarios, jueces, policías y la abrumadora mayoría de los medios de comunicación, incluso de aquellos que a menudo son acusados de actos escandalosos”.

 

[Fuente: http://www.enlacejudio.com]

Votação neste domingo será acirrada. Direita abusa das mentiras, difama Constituinte e explora pânico moral contra direitos de mulheres e indígenas. Governo morno de Boric é problema. Esquerda tenta superar letargia e resgatar “ventos rebeldes”

Escrito por Joana Salém Vasconcelos

A transformação política que o Chile tem vivido desde 2019 está hoje plasmada pelo texto da nova Constituição, que vai a plebiscito em 4 de setembro. A proposta foi redigida por uma Convenção Constitucional com vários ineditismos, entre eles uma maioria de deputados convencionales independentes (ativistas e intelectuais sem partido) e vindos de fora da política profissional, a paridade de gênero (única experiência do tipo no mundo) e a reserva de assentos para povos indígenas. Trata-se do processo constituinte mais democrático e participativo da história do país, que nunca havia experimentado nada parecido antes. Todas as constituições chilenas anteriores (do século XIX às de 1925 e de 1980) foram redigidas por pequenos comitês fechados ou cúpulas autoritárias centralizadas, compostas por poucos homens brancos (winkas, diriam os indígenas).

O “plebiscito de saída” do atual processo constituinte pode aprovar ou rechaçar o texto, que é herdeiro do novo-constitucionalismo latino-americano, incorporando a plurinacionalidade, os direitos da natureza, a economia solidária, as agendas feminista e ecológica, bem como os direitos sociais e do trabalho, em uma perspectiva social-democrata. Este plebiscito é, portanto, o clímax de um tortuoso caminho de reinvenção do país para superar sua crise multidimensional (econômica, política, social, cultural, simbólica, identitária e até territorial), consequência de um modelo de sociedade neoliberal, gerida por um Estado subsidiário, arquitetado pela ditadura de Pinochet e perpetuado pelo pacto de transição.

Atualmente, porém, para surpresa dos analistas, pesquisas indicam vitória do rechaço (entre 45% a 58% das intenções, a depender da pesquisa) contra a aprovação do novo texto (que varia de 32% a 42%). Surpresa porque esse resultado contraria o fluxo histórico dos últimos três anos (ou talvez dos últimos quinze), marcados por crescentes mobilizações multitudinárias por direitos sociais, que culminaram com o esgotamento e colapso tardio da Constituição pinochetista de 1980 e seu legado ditatorial.

Especialistas e políticos pelo Apruebo questionam as pesquisas que dão vitória ao Rechazo por falhas metodológicas e erros persistentes de resultado das pesquisas anteriores, como por exemplo as que indicavam a vitória de José Antônio Kast no pleito que elegeu Gabriel Boric presidente do Chile em dezembro de 2021. Alguns dizem que as pesquisas não correspondem ao clima das campanhas de rua e das conversas de porta em porta, muito mais favoráveis ao novo texto. Apontam que a metodologia por telefone em horário comercial exclui os mais pobres (que não têm telefone ou exercem tarefas laborais que os impedem de atender durante o trabalho), gerando um enviesamento amplificador do peso das classes médias no resultado. Tal enviesamento é ainda mais relevante em uma votação obrigatória, a primeira depois de uma década de pleitos facultativos, em que os setores ausentes nas pesquisas serão ainda mais massivos na urna.

O resultado do plebiscito, portanto, é muito mais incerto do que parece. A vitória do rechaço representaria a contramão de tudo o que o povo chileno demonstrou nos últimos três anos, nas ruas (as múltiplas revoltas do estallido social) e nas urnas (plebiscito de entrada em 2020, eleições constituintes e eleições presidenciais em 2021). Representaria uma guinada brusca em relação ao caminho escolhido soberanamente pelas maiorias do país e reiterado em muitos momentos históricos recentes. Não é impossível, mas sim contraditório com os sinais da vontade popular dos últimos anos.

Por outro lado, é fato que o rechaço ampliou sua popularidade e as forças da transformação perderam espaço na fotografia atual da batalha por hegemonia. E por que isso ocorreu?

Desde a posse de Boric, está em curso uma forte e sistemática campanha de deslegitimação da nova Constituição, organizada por setores poderosos das classes dominantes e seus conglomerados de imprensa. Com a derrota de Kast, deslegitimar a Convenção foi a principal, senão a única, estratégia política da direita contra o itinerário aberto pela revolta social de 2019. Impossibilitados de disputar a Convenção por dentro, as direitas, que não obtiveram o terço necessário de convencionales para obstruir as agendas das esquerdas na nova carta, só puderam correr por fora e destruir o processo pela deslegitimação. Não só parte da grande imprensa, historicamente atrelada às famílias mais ricas do Chile, está engajada nessa campanha, como também os dispositivos de redes sociais de Kast e seus apoiadores, os dois partidos de direita tradicionais (RN e UDI) e os novos (Evopoli e Republicano), grandes empresas e think thanks direitistas.

Mas isso não seria suficiente para inverter os ventos mudancistas, não fosse a crise de legitimidade do governo de Boric perante sua própria base social, que o elegeu para ver mudanças muito mais rápidas, profundas e assertivas. Contra essas expectativas, Boric mostrou ser um líder de centro, e não da “nova esquerda” que orientou sua militância quando estudante e seu primeiro mandato como deputado. A fragilidade do governo Boric se deve à reprodução das políticas da direita e da Concertación referentes a temas caros e inegociáveis para os movimentos populares. Entre os exemplos mais agudos estão a política de Estado de emergência e militarização do Sul do Chile em repressão aos povos indígenas (continuadas do governo Piñera, sem interrupção); a demora em apresentar uma reforma tributária que financie seu programa de direitos sociais, tornando-o a cada dia mais desacreditado; a ausência de uma reforma da previdência desprivatizante e a posição contrária ao “quinto retiro” das contas de pensão, favorecendo as AFP e contradizendo-se aos discursos que os mesmos Boric, Vallejo e Jackson faziam no Congresso em favor dos retiros anteriores há menos de dois anos; a pífia e ornamental reforma da instituição policial (carabineros) que frustrou amplas expectativas de progresso na pauta de direitos humanos; para não falar da política econômica de estabilização neoliberal que não se diferencia em nada dos governos dos últimos 30 anos.

Sendo assim, o rechaço navega nas águas da crise de Boric, crise gerada por sua própria guinada ao centro neoliberal, com piscadelas à esquerda cada vez menos críveis.

O texto da nova Constituição, esse sim, tem elementos inovadores de um “novo progressismo” latino-americano, que para o Chile representa um renascer das cinzas da Constituição pinochetista. Se por um lado não devemos desprezar o aspecto revolucionário do giro histórico chileno, de vanguarda do neoliberalismo à vanguarda da transformação social latino-americana, tampouco nos devemos deslumbrar com o texto, que só poderá ser aplicado em sua integralidade com muitas lutas árduas, que derrubem fortalezas econômicas, de classe, território e poder capitalista/patriarcal.

São três principais linhas de ataque das direitas à nova Constituição, num turbilhão de fake news, pânico moral e desinformação, cozinhados no caldo ideológico conservador com nuances ora extremistas, ora tecnocráticas.

Primeiro: a mentira de que a plurinacionalidade significaria a quebra da pátria, a divisão do país em diferentes países, o fim da chilenidade. O episódio desastrado da ministra Izkia Siches na Araucanía, na primeira semana de governo Boric, serviu perfeitamente a esse propósito. Afinal, diz a direita, como uma chefe de Estado é proibida de circular em território nacional? Para a campanha de desinformação e fake news, a plurinacionalidade impediria que chilenos circulassem no território nacional, agora controlado por outros povos, ameaçando o patriotismo chileno.

Segundo: o pânico moral em torno dos direitos sexuais e reprodutivos estabelecidos na nova Constituição, bem como os direitos à diversidade sexual, medidas transversais que, no novo texto, perpassam o Estado em sua estrutura, do sistema judicial e educacional às polícias e FFAA. Como aqui, lá a direita ganha espaço com as distorções engendradas pela histeria contra a chamada “ideologia de gênero”. O conservadorismo popular e os tabus religiosos em matéria de direitos reprodutivos, inclusive o direito ao aborto definido na nova carta, alimenta a agenda direitista do rechaço.

E terceiro: a direita afirma, como num velho disco riscado, que a nova Constituição gerará caos e anarquia, enfraquecendo o Estado nacional, porque propõe a descentralização dos poderes, o fortalecimento das regiões, províncias e comunas com orçamento e autonomias, sem falar do fomento à participação comunitária na formulação e deliberação das políticas públicas. A bandeira da descentralização que marcou a agenda dos convencionales é convertida, pela direita, em desintegração da unidade nacional, fragilização do Estado e consequente insegurança. Sem contar que este pacote viria junto com a desmilitarização das polícias.

Afinal, o que ocorrerá no dia seguinte ao 4 de setembro? Ganhando o Apruebo, haverá uma enorme catarse democrática contra o legado de Pinochet, um clímax transformador que representa um verdadeiro ajuste de contas com o golpe de 1973. Ao mesmo tempo, a aplicação da nova Constituição será lenta e demanda muitas leis e regulamentações, que serão disputadas palmo a palmo. A aplicação integral e profunda do texto requer mobilização popular constante e implica em perda de muitos privilégios e poderes das classes dominantes.

O oficialismo, porém, já pactuou o “aprovar para reformar”, e aspectos mais transformadores do texto dificilmente serão declinados a uma política de mudança profunda. Os pactos entre a coligação de Boric e os partidos da Concertación é cada vez mais orgânico e mostra que as verdadeiras novas esquerdas, mais uma vez, disputarão por fora, nas ruas, a contrapelo do governo que ela mesma elegeu.

E se ganha o Rechazo? Será um trauma profundo para o país, que se mobilizou intensa e consistentemente nos últimos anos para construir esse texto. Nesse caso, a situação é muito mais incerta. O presidente Boric defendeu publicamente que, em caso de vitória do rechaço, uma nova eleição para deputados constituintes e uma nova convenção devem ser convocadas. Parte da direita, porém, defende um novo plebiscito para definir se haverá ou não nova carta e recuperar a chance de reformar a de 1980 pelo Congresso, onde ainda tem enorme poder. Seria traumático como cair da escada de costas. Qual o destino do texto da nova Constituição, qual o mecanismo de mudança constitucional e o que ocorrerá com a atual carta da ditadura, tudo isso ficaria em aberto e em estado de incerteza, com o gosto amargo de retrocesso histórico.

São essas, basicamente, as peças no tabuleiro até 4 de setembro.

 

[Fonte: http://www.outraspalavras.net]

Dans « The Wealthy », l’auteur israélien Hamutal Bar-Yosef raconte l’histoire d’une famille juive germano-anglaise sur 200 ans, et la création d’Israël sous un autre angle

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Hamutal Bar-Yosef, 82 ans, en avait assez de voir la légitimité de l’État d’Israël remise en question ou attaquée.

« En tant qu’Israélienne, je me sens insultée et en colère lorsqu’on me demande de justifier l’existence de mon pays », explique Bar-Yosef, professeure de littérature à la retraite, poétesse, nouvelliste et traductrice accomplie.

La réponse de l’octogénaire a été d’écrire son tout premier roman, une épopée de 474 pages. Cette œuvre défend le sionisme et Israël en retraçant deux siècles de la vie des membres d’une famille juive d’Europe occidentale dans trois pays et sur deux continents.

The Wealthy : Chronicle of a Jewish Family (1763-1948) [Les riches : Chronique d’une famille juive (1763-1948)] a été initialement publié en hébreu sous le titre « Ha’ashirim » en 2017. La traduction anglaise d’Esther Cameron est sortie au début de cette année.

Dans une interview depuis son domicile à Jérusalem, Bar-Yosef nous a exposé ses motivations derrière ce roman, peuplé de nombreux personnages historiques réels, pour lequel elle a effectué des recherches considérables, et qui met en scène une famille fictive.

« Je voulais écrire sur le sionisme et la naissance de l’État d’Israël sous un angle qui n’est pas habituellement mis en avant, un angle dont beaucoup ne sont pas conscients », a déclaré Bar-Yosef.

« Quand j’étais enfant, on nous a parlé à l’école de la Shoah, des pogroms et des jeunes halutzim [pionniers] socialistes d’Europe de l’Est qui sont venus [à la fin du XIXe et au début du XXe siècle] pour travailler la terre et qui ont fondé les kibboutzim. Mais ce n’est qu’une partie de l’histoire », a-t-elle ajouté.

« The Wealthy » par Hamutal Bar-Yosef. La couverture du livre représente le tableau de Moritz Daniel Oppenheim, The Return of the Volunteer from the Wars of Liberation to His Family Still Living in Accordance with Old Customs Le retour du volontaire des guerres de libération dans sa famille vivant toujours selon les anciennes coutumes. (Crédit : Gefen Publishing House)

Dans son roman, Bar-Yosef examine les raisons de l’attrait du sionisme pour une partie des Juifs d’Europe occidentale du XIXe siècle et du début du XXe siècle. Elle démontre que ce sont ces derniers, grâce à leurs efforts dévoués et à leurs ressources financières, qui en achetant des terres en Palestine ottomane et sous mandat britannique, ont permis aux Juifs modernes de prendre pied dans leur ancienne patrie.

Sans cela, le jeune État d’Israël n’aurait pas eu de base pour se défendre contre l’invasion des armées arabes pendant la guerre d’indépendance de 1948.

Le roman de Bar-Yosef est divisé en trois parties, qui se déroulent consécutivement en Allemagne, en Angleterre et en Terre d’Israël (l’Israël pré-étatique sous domination britannique). Le récit, lui, ne commence dans aucun de ces endroits.

Il commence avec un Juif dans ce qui deviendra la Zone de Résidence de l’Empire russe. Son nom est Meyer Heimstatt, et il vit à Brisk (aujourd’hui Brest en Biélorussie). En 1763, à l’âge de 13 ans, Meyer se marie pour éviter la conscription militaire et se retrouve sous le dais nuptial à côté d’une fille qu’il ne connaît pas.

Ce vendeur ambulant va perdre sa première femme, qui meurt en couches, et sa seconde, qui mourra de chagrin lorsque leur fils sera enrôlé et tué pendant les guerres napoléoniennes. À cette époque, la famille vit à Trendelburg, près de la ville prussienne de Kassel.

Le troisième mariage de Meyer lui donnera un fils nommé Albert. C’est là que commence le séjour de la famille en Allemagne, qui durera un siècle.

Theodor Herzl sur le balcon de l’hôtel Les Trois Rois à Bâle, Suisse, 1897. (Crédit: CC-PD-Mark/Wikigamad, Wikimedia Commons)

Au fur et à mesure que le récit avance et dépasse la vie du Meyer, pauvre, sans éducation, religieusement traditionnel, le lien entre la saga de la famille Heimstatt et la défense du sionisme et la création d’Israël par Bar-Yosef devient de plus en plus clair.

Les descendants de Meyer illustrent la progression des Juifs d’Europe occidentale de la pauvreté à la prospérité – et à l’assimilation – en embrassant les progrès apportés par les Lumières et la révolution industrielle.

Toutefois, l’obtention de l’égalité des droits civils dans les démocraties occidentales n’a pas immunisé ces Juifs contre un antisémitisme séculaire et profondément enraciné. Contrairement aux attaques violentes contre les Juifs perpétrées en Europe de l’Est, il s’agissait là d’une haine des Juifs « douce », mais d’une haine des Juifs tout de même. Certains de ces Juifs ont fini par se tourner vers le sionisme pour trouver une solution à ce que le fondateur du sionisme, Theodor Herzl, appelait « la question juive ».

Au fil de l’histoire, Albert Heimstatt tombe sous l’aile d’une famille juive de marchands de tissus à Kassel. Il épouse l’une de leurs filles et finit par reprendre l’affaire, la rendant plus prospère en l’étendant et en innovant.

Arthur Balfour, et la déclaration Balfour. (Crédit : Wikipedia)

La femme d’Albert lui fait découvrir la culture européenne – musique, art, langues, musées – mais il continue à vivre selon les lois juives.

Le fils du couple, Gotthold, grandit à une époque où le gouvernement allemand déclare qu’il n’accordera l’égalité aux Juifs que s’ils renoncent à leurs coutumes et traditions particulières. Albert est convaincu que la richesse et l’éducation sont essentielles à l’épanouissement des Juifs. Il envoie donc Gotthold à l’université de Heidelberg pour étudier la chimie, une matière pour laquelle il a une affinité naturelle.

Pourtant, au terme de sa première année, Gotthold revient chez lui avec une cicatrice sur la joue, résultant d’un duel, et une mauvaise note en latin. Il ne veut pas rester à l’université, et préfère faire un apprentissage chez son oncle maternel à Cologne, qui fait de la chimie pour l’industrie. Gotthold s’intéresse particulièrement à la manière de purifier l’environnement en développant des utilisations positives et sûres des sous-produits industriels.

Consommant un amour de plusieurs années pour sa cousine Minna, beaucoup plus jeune, Gotthold l’épouse lorsqu’elle a 19 ans. Bien qu’aucune date ne soit donnée pour le mariage, le récit laisse entendre que nous sommes en 1866, l’année de la guerre austro-prussienne, la deuxième guerre d’unification allemande sous Bismarck.

Les familles souhaitent que Bismarck gagne la guerre, car elles pensent que l’unification allemande apportera l’égalité des droits pour les Juifs.

« Nous sommes allemands à tous égards. Nous avons juste des fêtes différentes et quelques coutumes religieuses différentes », déclare le père de la mariée.

L’auteure Bar-Yosef explique que les Allemands n’étaient pas particulièrement enthousiastes à l’idée d’accorder les pleins droits aux Juifs.

« J’ai lu 50 ans de débats allant de la période de la fin des guerres napoléoniennes à l’unification sous Bismarck [en 1871], et ils m’ont révélé un antisémitisme profondément enraciné », a-t-elle déclaré.

1921 Hoachooza – Palestine Land and Development Co. certificat d’actions de Chicago. (Crédit : autorisation de la collection David Matlow)

Lorsque Minna donne naissance à un fils nommé Richard en 1868, elle et Gotthold sont déjà installés dans le nord de l’Angleterre à la recherche de meilleures opportunités commerciales. Gotthold choisit de ne pas faire circoncire rituellement son fils.

Il devient un important fabricant de produits chimiques, avec des activités en Grande-Bretagne et dans d’autres pays, mais cela ne protège pas sa famille des préjugés. Confronté à l’antisémitisme à l’école, Richard est confus quant à son identité.

« Mais je ne suis pas juif », proteste-t-il. « Mes parents ne sont pas vraiment juifs non plus. Ils ne vont pas à la synagogue… Mes parents ne m’ont pas fait circoncire. »

Gotthold et Minna finissent par déménager à Londres, et Richard fera ses études à Cambridge, se concentrant sur le droit et la politique. Pendant qu’il est à Cambridge, lui et un ami évoquent leur aspiration à être complètement acceptés comme anglais. Ils ont connaissance du sionisme politique de Herzl et du financement par le baron Edmund de Rothschild de colonies agricoles pour les Juifs russes et roumains en Terre d’Israël, mais ils ne sont pas d’accord avec l’idée d’une patrie juive en Palestine.

Certificat de 1891 de la banque H. Cahn and Company pour le syndicat foncier de Dorché-Zion. (Crédit : autorisation Collection David Matlow)

« Après être enfin sortis du ghetto – devons-nous retourner dans un autre ghetto juif en Palestine ? Je pense que les Juifs ont un talent particulier qui leur permet de s’adapter à n’importe quel pays où ils vivent et de devenir comme les habitants de ce pays », dit Richard.

Richard épouse Violette, une chrétienne d’origine huguenote, dans une église. Il est élu au Parlement et développe en même temps l’entreprise familiale. Le couple donne à ses enfants, Claire et Ralph, une éducation chrétienne.

Claire et Ralph atteignent l’âge adulte pendant la Première Guerre mondiale, et « The Wealthy » quitte l’Angleterre pour se concentrer sur la terre d’Israël. Après une longue période d’éloignement du judaïsme, les Heimstatts renouent avec lui par le biais du sionisme, considéré comme la solution à la plus vieille haine du monde.

Mme Bar-Yosef a déclaré avoir été surprise d’apprendre, au cours de ses recherches, à quel point la société anglaise était xénophobe à l’époque de la Première Guerre mondiale. Elle illustre ce point dans le roman par les accusations injustifiées contre Richard d’être un profiteur de guerre, lui qui, en sa qualité de ministre loyal de son gouvernement, travaille jour et nuit pour fournir du matériel à l’armée.

Certificat d’obligation de l’Anglo-Palestine Company Limited datant de 1909 ou avant. Les fonds collectés grâce à ces obligations ont permis de financer le prêt accordé à Achuzat Bayit pour l’achat des terres qui allaient devenir Tel Aviv. (Crédit : autorisation Collection David Matlow)

Richard rencontre le président de l’Organisation sioniste mondiale, Chaim Weizmann, et devient un partisan du sionisme. Il apporte d’importantes contributions financières et collecte des fonds auprès de tiers. Mais il n’est pas enthousiasmé par les efforts déployés par le Fonds national juif (JNF) pour acheter des terres en Palestine au nom du peuple juif. Il croit fermement à la propriété privée et achète sa propre parcelle pour une implantation agricole, sur laquelle il prévoit de construire une villa pour sa retraite.

La fille de Richard, Claire, qui a épousé un Juif, rejoint parfois son père lors de voyages de collecte de fonds sionistes en Amérique. Le fils Ralph arrive en Palestine comme soldat de l’armée britannique et décide d’y rester – d’abord comme administrateur du mandat britannique, puis comme fondateur de « Heimstatt Hill », une implantation fictive qui rappelle Petah Tikva.

Cette dernière partie du roman traite des relations complexes entre les Juifs, les effendi absents (riches propriétaires terriens dans l’Empire turc), les fellahin (métayers arabes) et les Bédouins en ce qui concerne la vente et l’achat de terres en Palestine entre 1917 et 1948.

Hamutal Bar-Yosef. (Crédit : Dan Porges)

« J’ai beaucoup appris à ce sujet grâce aux récits oraux de Juifs qui ont acheté ou aidé à acheter des terres à des Arabes pendant la période du mandat britannique, conservés à l’Université hébraïque », explique Hamutal Bar-Yosef.

Elle a pu comprendre les facteurs économiques qui poussaient les effendis à vendre, et les sionistes à acheter. Les Juifs étaient motivés par des raisons idéologiques, mais l’achat de terres en Palestine était également un bon investissement financier.

« The Wealthy » est un roman tout en description et en dialogue. Les personnages ne partagent pas leurs pensées intimes, et la voix narrative ne porte aucun jugement. L’auteure elle-même a qualifié le style du livre de « sec » et « sans émotion ».

« Avec ce roman, je représente des processus historiques », a déclaré Bar-Yosef.

Les détails historiques de « The Wealthy » compensent l’absence de drame émotionnel. Le livre est le moyen choisi par l’auteur pour défendre son pays et faire valoir que les Juifs vivant dans les démocraties occidentales avaient – et ont toujours – besoin d’une patrie juive en Israël tout autant que les Juifs d’autres parties du monde.

De plus, si les juifs occidentaux bien connectés, éduqués et riches, comme les Heimstatt fictifs, ne s’étaient pas ralliés au sionisme, l’histoire avec un grand ‘H’ aurait pu prendre une tournure très différente.

[Source : http://www.timesofisrael.com]
Escrito por
Los peligros de la moralidad. Por qué la moral es una amenaza para las sociedades del siglo XXI
Pablo Malo Ocejo
Deusto, Grupo Planeta, 2021

Hace más de medio siglo, el filósofo José Luis López Aranguren se lamentaba de la desmoralización que invadía la sociedad española como resultado de la neutralización política de una ciudadanía, cómplice con el poder, que solo aspira al aumento de los ingresos y del bienestar1. En conversación con Javier Muguerza2, Aranguren insistía: «En una época de crisis como la nuestra, los contenidos de la moral pueden tornarse cuestionables, pero lo que nada ni nadie nos puede arrebatar, si no queremos dejárnosla arrebatar, es la actitud moral».

Una afirmación de esta naturaleza, referida tanto al intelectual como al ciudadano de a pie, puede parecer intemporal y plenamente justificada. No son infrecuentes las llamadas a un rearme moral de la sociedad, ni resulta extraña la apelación a la justicia y el bien como motivación última de la acción política. ¿Qué otra cosa mejor podríamos pedir a la ciudadanía y a la clase política que mantener vivo su compromiso moral? ¿No es, acaso, este compromiso un bien en sí mismo?

Sin embargo, ciertos fenómenos políticos y sociales ocurridos estos últimos años como consecuencia del avance de los populismos, las guerras culturales, la caza de brujas, el terrorismo de motivación religiosa o los nacionalismos agresivos han devuelto protagonismo a un viejo problema filosófico: la compleja relación entre moralidad, legitimidad y legalidad, o dicho de otro modo, al papel que las creencias morales deben tener en el ámbito de la actividad política e institucional, especialmente en las sociedades democráticas. Y es que hay buenas razones para pensar que el desiderátum del viejo filósofo español puede llegar a constituir un grave problema para las sociedades democráticas y que lo más sensato sería alejar la moral de la vida política y la convivencia social. ¿Por qué?

El psiquiatra español Pablo Malo ha publicado recientemente (Deusto, 2021) un ensayo que lleva por título Los peligros de la moralidad. En esta obra, el doctor Malo, psiquiatra en ejercicio en el Servicio de Salud del País Vasco-Osakidetza, analiza el carácter ambivalente y problemático de nuestra mente moral y diagnostica una peligrosa hipermoralización que exacerba los extremismos, polariza las diferencias políticas y culturales y contamina las luchas identitarias con el tono épico y agónico de la pugna entre el bien y el mal. El libro pone el foco con valentía en un campo de análisis polémico de gran interés y actualidad, sintetizando una abundante e interesante bibliografía sobre el tema.

El primer paso para manejar los efectos perversos de una visión moralista y moralizante de la vida social y política pasa por adquirir una buena comprensión de la moralidad. Y ello solo es posible, en opinión del autor, situando la moral en el marco de una visión naturalista, inspirada en la psicología evolucionista, lejos de las convenciones filosóficas o religiosas y de todo dogmatismo. En particular, hay una idea que debe ser abandonada urgentemente: no existen ni el bien ni el mal puros y, en consecuencia, no existen personas ni actos puramente buenos o malos. No hay mayor ni más urgente reto que explicar cómo ciertas personas cuyos valores consideramos moralmente buenos pueden llegar a cometer actos que nos parecen atroces, sin que ello sea percibido como una contradicción moral, como ocurre en la intimidad moral de la mente del terrorista o del votante radical de ciertas ideologías extremas. El autor del libro conoce de primera mano los paradójicos efectos que el terrorismo nacionalista de ETA causó en la sociedad vasca y sus contradicciones morales.

Atentado de ETA en la T4, en 2006.

En los primeros cuatro capítulos del libro, el autor define ese marco conceptual evolucionista con el que intenta dar cuenta del significado de la moralidad. Una vez desplegadas estas herramientas conceptuales, Malo procede a hacer una interpretación de ciertos fenómenos políticos y sociales que, como ya dijimos, resultan del mayor interés para la vida democrática. Así, en el capítulo cinco, el autor trata sobre la indignación moral y de un nuevo vehículo para expresarla, las redes sociales, convertidas en unos particulares tribunales de justicia popular. El capítulo seis aborda el fenómeno de la hipermoralización que impregna de significación moral -con lo que ello comporta- muchos fenómenos antaño carentes de ella. En el capítulo siete, el autor repasa los problemas que la moralidad supone en dos aspectos fundamentales. Por una parte, el peligro de llevarnos a la violencia moralista, la violencia más frecuente, grave y masiva a lo largo de la historia. Por otra, el peligro que la moralidad encierra para el buen funcionamiento de dos instituciones básicas de nuestras sociedades: la democracia y la ciencia. El libro se cierra con un capítulo final de conclusiones y perspectivas de futuro.

No podemos abordar todos y cada uno de los asuntos tratados en el texto, por lo que comentaremos solo aquellos que nos parecen más relevantes, al tiempo que emplazamos al lector a completar la lectura de una obra sin duda muy recomendable.

Un marco naturalista para entender la mente moral

La moralidad consiste, según el autor, en la capacidad singular de los seres humanos de distinguir el bien del mal. La mente moral no se encuentra comprometida a priori con un contenido moral concreto (tal cosa es buena o mala), algo que depende de las condiciones culturales que alimentan el aprendizaje individual y, en consecuencia, varía en el espacio y en el tiempo. Sin embargo, sí existen ciertas disposiciones morales que configuran la gramática profunda de nuestra mente moral y son decisivas en su análisis. En opinión del doctor Malo, la psicología evolucionista nos provee de un marco conceptual iluminador capaz de esclarecer estas paradojas, aunque no las haga desaparecer. De acuerdo con este marco conceptual, la moralidad se presenta antes que nada como una adaptación biológica surgida en nuestra especie por selección natural. Como toda adaptación, sirve al interés reproductivo del individuo. No debemos olvidar su origen, si queremos evitar falsas suposiciones acerca de sus contenidos o de su naturaleza. La moral es contingente, como cualquier otro producto evolutivo. Nada hay necesario en ella.

Siguiendo las directrices elaboradas en las últimas décadas por biólogos y psicólogos evolucionistas, Malo estima que la evolución de la mente moral está ligada al desarrollo de ciertas presiones de selección en favor del altruismo y la cooperación. Ese proceso evolutivo ha tenido tres grandes hitos: la conducta altruista, explicada como resultado del esfuerzo por salvaguardar el acervo genético compartido entre parientes consanguíneos (selección de parientes); la cooperación directa para beneficio mutuo, que permite la cooperación entre individuos en contextos de interacciones repetidas en grupos pequeños, de manera que el dilema entre cooperar o dejar de hacerlo se mantiene en equilibrio gracias a que de cada individuo puede castigar al compañero egoísta negándole la ayuda en la siguiente interacción; y la reciprocidad indirecta, que es aquella en la que la recompensa o pago por un favor que realiza un individuo le será devuelto por parte de una tercera persona o de la sociedad en su conjunto. Esta última modalidad ha permitido crear sociedades cohesionadas formadas por grandes grupos de individuos que no solo no están emparentados genéticamente, sino que ni siquiera se conocen.

El éxito de la cooperación para beneficio mutuo y de la reciprocidad indirecta se ha producido, como recuerda el autor, gracias a ciertos mecanismos inscritos en lo más profundo de la mente moral de todo ser humano. El prestigio y la reputación, de una parte, y el castigo y el ostracismo, de otra, son las herramientas niveladoras que permiten contener, dentro de un orden, la proliferación de conductas egoístas. La pérdida de la reputación por haber cometido un acto inmoral o haber denegado ayuda cuando existía un compromiso es algo muy grave que puede llevar al suicidio o al homicidio. El rechazo y la condena social tienen un terrible impacto psicológico en el ser humano; la condena al ostracismo es una especie de muerte social y la ruptura del sentido de conexión y pertenencia es uno de los factores de riesgo ampliamente aceptados para el suicidio.

Protestas por la muerte de George Floyd, 2020

Para conseguir este difícil equilibrio evolutivo fue necesaria la circulación abundante de información sobre la calidad y fiabilidad morales de las personas mediante el cotilleo y la cháchara, que tanto hacen disfrutar al ser humano. Esa información, que construye o destruye la reputación y el prestigio del potencial cooperante, resultó y resulta determinante en las interacciones sociales para el éxito o el fracaso de los intereses y alianzas de los individuos. Pero nuestra mente moral, además, se consolidó ligada a un sesgo fuertemente tribal marcado por la decisiva oposición entre un «nosotros» y un «ellos». Nuestra psicología tribal nos permite identificarnos y coordinarnos con los miembros de nuestro grupo, facilitando la satisfacción de nuestras necesidades. Tendemos a preferir y a favorecer a los miembros de nuestro grupo frente a los miembros de otros grupos.

Los miembros del mismo grupo poseen normas de conducta similares que facilitan el éxito de la cooperación. Además, están sujetos a que su comportamiento puede afectar a su reputación y ser objeto de castigo. La cooperación, cuando no se posee información de primera mano sobre los individuos con los que se interacciona, necesita la identificación de los miembros en los que se puede confiar, es decir, los del endogrupo. Esta identificación quedó en manos de un conjunto de signos o marcadores de pertenencia muy variados: ropa, pintura, tatuajes, lengua, rasgos físicos, costumbres alimenticias, prácticas rituales, etc.

Otros marcadores menos evidentes, pero no menos importantes, en opinión de ciertos psicólogos evolucionistas como John Tooby, son las creencias o la ideología. Las ideas y creencias no son solo una cuestión personal, nos abren las puertas de la pertenencia al grupo y señalan también esa identidad hacia el exterior. Malo se adhiere a esta interpretación, pues permite dar sentido al asombroso, diverso y exuberante mundo de las creencias y prácticas culturales, incluso a las más absurdas y arbitrarias. La comunicación de verdades funcionales, de verdades neutras, de hechos claros y comprobados puede no servir como señal diferencial. Por el contrario, unas creencias exageradas, inusuales, por ejemplo, creencias sobrenaturales o altamente improbables (alarmismos, conspiraciones y muchas otras creencias que circulan para estupor de muchos) no se mantendrían si no es como expresión de una identidad.

Sea esta u otra la explicación correcta, el tribalismo característicamente humano ha impuesto severos límites a la interacción con los otros y a su evaluación moral. Por ejemplo, la división Ellos/Nosotros limita el alcance de la tan traída empatía, que muestra grandes limitaciones para atravesar las barreras de nuestro círculo social, exige lealtades inquebrantables, impone el dominio de la lealtad por encima de la honestidad y moviliza todo tipo de coaliciones que tienen la función de ampliar el poder de los individuos ofreciéndoles más poder frente a los otros. Este es un hecho de extraordinaria importancia: los límites de nuestras normas morales llegan hasta los límites de nuestro grupo, es decir, no aplicamos las mismas normas morales a los miembros de nuestro grupo que a los individuos que no pertenecen a nuestro grupo.

La mente moral en el mundo moderno

Moralización

La historia de occidente durante los dos últimos siglos puede interpretarse, al menos parcialmente, como un proceso de secularización y amoralización, legado de la Ilustración. La amoralización sería el proceso por el que ciertos objetos o conductas salen del campo de la moral. Por ejemplo, durante el último medio siglo hemos presenciado cómo ciertas conductas como la masturbación, el sexo prematrimonial o las relaciones homosexuales se liberaban de su significación moral negativa -al menos parcialmente y no en todas partes por igual-. Este fenómeno ha traído indudables avances para la convivencia en sociedades cada vez más plurales, una tendencia que parece frenarse en los últimos tiempos.

La moralización, por el contrario, es el proceso por el que una actividad que previamente se consideraba fuera del campo moral entra dentro de él. No se conocen bien los factores que desatan este proceso, pero así ha ocurrido en las últimas décadas con el consumo de carne -criticado desde posiciones conservacionistas-, con el consumo de tabaco -cuestionado por su impacto sobre la salud individual y colectiva- o con el cuidado de los animales -desde posiciones animalistas-. Y, más recientemente, durante la pandemia, en el enfrentamiento con los denominados antivacunas. En el ámbito político, por su parte, la pugna entre partidos también ha rebasado los límites de los programas políticos y las medidas económicas, para adentrarse en el ámbito de la moral, hasta convertir a los grupos políticos en tribus morales enfrentadas que ven al oponente como un Otro inferior y que incentivan relaciones de exclusión que rompen amistades y familias.

En todo caso, la cuestión de fondo es que, cuando algo entra en el campo moral, se convierte en un debe y pone en alerta a los individuos frente a la conducta de los otros. Si algo tiene carácter moral, se puede y se debe recriminar, no basta solo con disentir, y reclama una regulación social promoviendo un movimiento general de las instituciones y de los medios de comunicación en esa dirección, para garantizar ese «deber ser». La moralización desata entonces los resortes de la mente moral, excitando las reacciones emocionales, los tribalismos y los dogmatismos que dificultan cualquier negociación entre partes. Incluso la violencia puede ser contemplada como medio legítimo.

Victimismo

Un fenómeno análogo al anterior ha ocurrido con el desarrollo de una hipersensibilidad ante los agravios, tal y como refiere Malo. Los conceptos de trauma y víctima han sufrido una ampliación semántica. En un principio, el concepto de trauma hacía referencia a heridas físicas (trauma procede de la palabra griega para «herida»). Su causa era un suceso externo y sus efectos eran orgánicos, aunque se podían manifestar con síntomas psicológicos. Sin embargo, el suceso traumático ha ampliado su extensión, ya no necesita ser una amenaza a la vida, ni estar fuera del rango de la experiencia humana normal, no tiene por qué crear malestar en casi cualquier persona. Solo es necesario que la persona lo viva como perjudicial. Bajo esta definición, el concepto no solo se ha hecho mucho más amplio, sino más subjetivo, abierto a múltiples sensibilidades nacidas de experiencias y conductas negativas, por acción u omisión. Como consecuencia se identifican más tipos de experiencias como perjudiciales y a más tipos de personas como perjudicadas, como víctimas que necesitan cuidado y protección.

Este nuevo marco, más sensible y receptivo, que amplía el espacio del sufrimiento, desencadena, sin embargo, ciertos efectos perversos. Si bien las víctimas se definen por su sufrimiento, vulnerabilidad e inocencia, se disminuye su capacidad para salir de su situación por sus propios medios, es decir, crea dependencia, al tiempo que aumenta el encasillamiento de los villanos morales, los abusadores como únicos agentes morales. Los ejemplos traídos por el autor proceden mayoritariamente de las sociedades norteamericana y británica. Y su contexto más inmediato es el de las universidades y la vida académica. En este mundo sensible, intelectualizado y proactivo se ha instalado, por ejemplo, el concepto de microagresión. Derald Wing Sue define las microagresiones como «las breves y cotidianas indignidades verbales, conductuales y ambientales, intencionadas o no intencionadas, que comunican una actitud hostil, negativa o despectiva en temas raciales, de género u orientación sexual, e insultos leves religiosos contra individuos o grupos». Entre nosotros, este concepto ha adoptado típicamente la forma de micromachismos, un tipo específico de microagresión.

Bradley Campbell y Jason Manning, cuya obra sirve de guía a Pablo Malo, han desarrollado una teoría acerca del victimismo3. Distinguen estos autores entre dos tipos de cultura convencionales: la cultura del honor y la cultura de la dignidad. En la primera, es la reputación lo que hace que alguien sea honorable o no, y uno debe responder agresivamente a los insultos, las agresiones y los desafíos, porque si no lo hace pierde el honor. En la segunda, se considera que, en vez de honor, las personas tienen dignidad, que es inherente a ellas, por lo que no puede ser alienada por otros, ni tiene que ser demostrada. La dignidad existe independientemente de lo que otros piensen, por lo que la reputación social es menos relevante.

Nuestra cultura actual, según Campbell y Manning, está adquiriendo una forma híbrida con elementos de ambas culturas. Por una parte, la creciente sensibilidad ciudadana es más propia de la cultura del honor, muy sensible a la ofensa, pero, por otra, los individuos no responden personalmente, buscando directamente la reparación de su honor, sino procurando el respaldo de terceras partes, como exige el recurso a las instituciones que protegen los derechos dentro de la cultura de la dignidad. Esto último sería impensable en una cultura del honor. Dos aspectos distinguen esta nueva cultura híbrida del victimismo. Por una parte, las ofensas que desencadenan protestas son, en muchos casos, cuestiones menores que podrían interpretarse como asuntos relativos a las buenas formas, imputables a la mala educación o la ignorancia, asuntos reprobables en el plano puramente personal. Por otra, el individuo o colectivo que se siente ofendido recurre a las redes sociales para hacer público su problema y movilizar rápidamente la opinión pública en su favor y contra el agresor -sin mediación institucional-.

Cancelación y redes sociales

Otro fenómeno ligado a la creciente indignación moral es la llamada «cultura de la cancelación» o, dicho de otro modo, de la censura, silenciamiento u ostracismo. Ya sabemos la importancia que la reputación tiene para la vida social en nuestra especie y cómo nuestra mente ha evolucionado para utilizarla como indicador de confiabilidad. Otro tanto ocurre con la función del castigo y el ostracismo como penalización dirigida contra individuos que rompen las reglas y convenciones sociales -malas compañías para una mente cooperativa-. La expresión «cancelación» nació para referirse a la suspensión de conferencias de ciertos académicos o intelectuales en las universidades estadounidenses, porque un sector de los estudiantes no los consideraba moralmente adecuados. La cancelación se produce utilizando las redes sociales o también convocando manifestaciones in situ con el objetivo de boicotear el acto. Numerosas personas han sido objeto de cancelación en el ámbito intelectual, académico, literario o político, aunque también han sufrido este castigo personas anónimas que publican fotos, textos o reflexiones en cualquier medio. Una vez más, las redes sociales se convierten en el medio preferido para airear esta indignación moral.

Aunque algunos defensores del fenómeno han argüido que la cancelación es solo una forma de crítica, hay razones para pensar que detrás de ella hay algo más. Malo, siguiendo a Jonathan Rauch, identifica algunas señales inequívocas de que la cancelación desborda la crítica lícita para ir más allá: la cancelación busca el castigo más que la corrección de un error, pretende silenciar a su objetivo eliminando la disidencia; no utiliza la persuasión, sino la fuerza y el miedo; no dialoga con el individuo ni discute sus ideas, sino que estigmatiza a la persona con argumentos ad hominem u otros recursos no veraces, al tiempo que promueve el exhibicionismo moral de quienes realizan la crítica. Como señala el autor, la cuestión de fondo, lo verdaderamente preocupante, es que lo que estas cancelaciones buscan no es otra cosa que crear un régimen de miedo en el que la gente tema dar su opinión y en el que ciertas ideas no puedan ser cuestionadas.

Una nueva religión secular: la teoría de la Justicia Social Crítica

Es indudable que las últimas décadas han visto crecer la polarización política. Como resume el propio Malo, estamos en un momento histórico en el que el liberalismo y la modernidad que se encuentra en el corazón de la civilización occidental están amenazados. La amenaza procede de dos tipos de fuerzas, una revolucionaria y otra reaccionaria. Por un lado, están proliferando movimientos de extrema derecha que buscan dictadores que defiendan los valores occidentales tradicionales. Por otro lado, en la extrema izquierda, los cruzados progresistas sociales actúan como paladines del progreso moral sin los cuales la democracia estaría vacía.

Pero la atención del autor se dirige particularmente hacia una forma de ideología social autoritaria alimentada intelectualmente por el pensamiento posmoderno. Siguiendo la interpretación de Helen Pluckrose y James Lindsay en su obra Cynical Theories, Malo identifica el origen de la denominada teoría de la Justicia Social Crítica como un derivado de las ideas posmodernas. La posmodernidad echó a andar hace cinco décadas como crítica contra el legado ilustrado y positivista. Su discurso se estructuró en dos vectores: como crítica epistemológica, defendiendo el relativismo cultural, la disolución de la verdad y el escepticismo gnoseológico, y como crítica política, desvelando las relaciones entre conocimiento y poder. En los años noventa, el discurso posmoderno tomó una orientación hacia el activismo político y social, algo menos etéreo y abstracto. En esta época, el discurso posmoderno alumbró un conjunto de teorías como la teoría queer, la teoría poscolonial, la teoría crítica de la raza y la interseccionalidad, el feminismo y los estudios de género, los estudios sobre discapacidades y obesidad y otros.

Estas nuevas teorías, englobadas en la Justicia Social Crítica, mantienen una doble filiación. Por una parte, beben del posmodernismo al rebasar el marco reivindicativo de la lucha por los derechos civiles de las minorías -formalmente alcanzados- característico de la democracia liberal, un marco insuficiente por sus vínculos con el statu quo, es decir, con un sistema político en el que los derechos tienen una realidad más formal que sustantiva y en el que predominan los intereses de la clase política típicamente heterosexual, patriarcal y blanca. Pero, por otra parte, al estilo de la vieja Teoría Crítica frankfurtiana, necesitan ir más allá del escepticismo posmoderno, nihilista, para poner en marcha una verdadera transformación social y moral del mundo. Dicho de otro modo, el nuevo marco teórico de la Justicia Social Crítica rebasa el ámbito descriptivo para adentrarse en lo normativo, en lo moral. El resultado final es un «posmodernismo aplicado», como lo llaman Pluckrose y Lindsay, que abandona el escepticismo para considerar que la opresión sobre ciertos grupos basada en su identidad, aunque esta sea una construcción social, es real y tiene consecuencias objetivamente negativas que se deben combatir, luchando contra el modelo dominante.

Malo hace suya la interpretación de Pluckrose y Lindsay según la cual el modelo liberal democrático ha sido puesto en jaque por esta nueva teoría crítica. La defensa de los derechos de las minorías raciales o de la mujer no dejan de ser ajustes menores dentro del propio sistema de desigualdades que consagra el liberalismo, meros apaños, y es el propio modelo el que se cuestiona. Este cambio se ha iniciado en el mundo anglosajón (Estados Unidos, Canadá, Reino Unido y Australia) y todavía no ha afectado en el mismo grado a España y a los países de lengua hispana, aunque es sensato pensar que también llegará hasta nosotros. Hasta cierto punto, algunas de las políticas de igualdad en España, los conflictos internos del feminismo o ciertas reivindicaciones sociales de la izquierda más radical reproducen los mensajes de la Justicia Social Crítica -especialmente en cuestiones de género y en la defensa de las minorías-.

La Justicia Social Crítica también ha tomado la denominación «wokismo», del término inglés «woke», despertar, que hace referencia a la necesidad de tomar conciencia de la injusticia que soportan determinados colectivos. El wokismo tiene algunos rasgos comunes con una actitud religiosa y Malo hace suya la interpretación del historiador Tom Holland y otros intelectuales como James Lindsay, Mike Nayna, Jonathan Haidt, Andrew Sullivan o John McWorther, al contemplar la Justicia Social Crítica como una nueva religión secular de izquierdas. Jonathan Haidt, por ejemplo, afirma que, en cada universidad, algunos verdaderos creyentes han reorientado su vida alrededor de una lucha contra el mal, y Andrew Sullivan se pregunta si la interseccionalidad, que es el concepto que une todas las ramas de la Justicia Social Crítica, es una nueva religión.

Malo sigue a Holland cuando interpreta el movimiento #MeToo, el #BlackLivesMatters, y, más genéricamente, el wokismo, como manifestaciones de la matriz de pensamiento y acción cristianas4. La lectura de Holland, que Malo asume, ve en la Justicia Social Crítica la reproducción de una vieja polémica, la que enfrentó a Pelagio con Agustín de Hipona acerca del valor de las acciones personales en la salvación. Mientras que Agustín despreciaba el valor de las acciones individuales para salvar el alma, algo que depende finalmente de la Gracia divina como consecuencia del pecado original, Pelagio consideraba esencial la virtud personal y la transformación moral del mundo. En opinión de Holland, la izquierda estaría en la posición de Pelagio, la de exigir a los demás un cambio de actitud, en actitud punitiva y reclamando para sí la pureza moral. La izquierda radical actúa como si se encontrara en posesión de la verdad moral y ello confiere superioridad a su discurso y justifica su actitud punitiva. La vida se presenta como un enfrentamiento entre el bien y el mal, entre discursos dominantes -el del hombre blanco heterosexual, chivo expiatorio y culpable genérico de todos los males- y discursos e identidades excluidas, un mundo de relaciones de poder cuyo balance debe ser corregido. Aunque este marco de pensamiento sea compartido por una minoría (Malo, citando a otros autores, estima que puede suponer un 10% de la opinión pública norteamericana), su posicionamiento moralizante y su agresividad disuade a la ciudadanía de un enfrentamiento directo pues nadie desea ser identificado como miembro del bando opresor.

Pablo Malo es pesimista y duro en su juicio sobre el alcance y la evolución de este fenómeno. El papel realizado anteriormente por la religión ha sido asumido ahora por la Justicia Social Crítica, que representa un movimiento con los valores éticos y morales cristianos, pero sin Dios. El resultado, como señala el autor, es la caza de brujas es implacable y cruel, y no sirve de nada pedir perdón. El culpable debe ser aniquilado, silenciado, excomulgado, condenado al ostracismo, sin importar que, en muchos casos, estos linchamientos hayan acabado en suicidios. No se puede descartar que también los tibios, los que no sancionan, terminen siendo objeto de descalificación.

Perspectivas de futuro

Pablo Malo deja para el final la respuesta a la pregunta que subyace a lo largo del libro: ¿qué podemos hacer frente a estos desafíos? El autor presenta un conjunto de medidas que «deben tomarse como lo que son, un torbellino de ideas y no como algo consolidado y firme». En síntesis, son las siguientes:
Un primer paso fundamental es darse cuenta de que la moralidad constituye un peligro, algo de lo que mucha gente no es consciente, pues solemos fijarnos en sus aspectos positivos (por ejemplo, la búsqueda de justicia) e ignorar su lado oscuro. Este peligro supone un problema extremadamente difícil de solucionar, ya que nuestra mente moral es parte de la naturaleza humana, evolucionada para facilitar la cooperación dentro de grupo y la competencia con otros grupos. Así, nuestro carácter tribal no es eliminable de la ecuación. Las soluciones, pues, deben ir en la línea de diseñar instituciones (diques de contención) que mantengan a raya los excesos de nuestra moralidad.

Malo recoge también algunas sugerencias interesantes, pero difíciles de articular. Por ejemplo, el denominado abolicionismo moral. Se trataría de hacernos ateos de la moralidad del mismo modo que nos hicimos ateos con respecto a la existencia de Dios. El objetivo sería reducir al máximo la moralización. En realidad, no se trata de abolir la moralidad, sino de domarla. Introducir racionalidad en los conflictos y extraer de ellos sus resonancias morales. Olvidar los planteamientos en términos de buenos o malos y buscar salidas negociadas. Al fin y al cabo, la biología nos enseña que la moralidad es un medio para un fin, no un fin en sí mismo. Lo esencial es la cooperación y podemos intentar conseguirla sin pasar por la moralidad.

En el ámbito político, «la idea esencial sería sacar la moralidad de la vida pública todo lo que podamos, dejarla para el ámbito de lo privado». Para ello es necesario crear instituciones que sujeten nuestros instintos morales. Por ejemplo, cambiando el diseño de las redes sociales, que actúan como potenciadores de lo peor de nosotros o rediseñando nuestras instituciones políticas y la forma en que se reparte el poder, para que se favorezca la cooperación y la colaboración y no el enfrentamiento. Otro punto con respecto a la política es que necesitamos despolitizar nuestras vidas y recuperar otras formas de realización personal como las relaciones de amistad, la familia y los seres queridos o la cultura, los espacios y la naturaleza. En el ámbito social, repite la misma idea: sacar la ideología y los contenidos morales de nuestra convivencia diaria. El adoctrinamiento debe quedar fuera del ámbito público. Todo lo que comenta sobre el mundo laboral se puede aplicar también a la escuela y al sistema educativo.

En este mismo sentido, Malo defiende la necesidad de fomentar el escepticismo en todos los niveles: «Hoy en día las narrativas se venden en paquetes y solo hay dos posiciones: comprar el paquete completo o rechazarlo». Por el contrario, deberíamos aplicar una suerte de regla como esta: «Nadie tiene la última palabra: tú puedes afirmar que una declaración está establecida como conocimiento solo si puede ser refutada, en principio, y solo en la medida en que aguanta los intentos de refutarla».

Algunas reflexiones complementarias desde una perspectiva evolucionista

El término moralidad abarca un amplio conjunto de fenómenos y rasgos de comportamiento humano que influyen en las interacciones sociales. Teniendo en cuenta esta complejidad resulta difícil elaborar una explicación evolutiva que dé cuenta de la moralidad. Darwin fue el primero en intentarlo y, desde él, ha habido otros muchos intentos. En los últimos 40 años ha ganado fuerza la tesis darwinista, que suscribe Malo, de que la moralidad tiene un origen adaptativo, promoviendo la evolución de un comportamiento cooperativo dentro de las sociedades humanas. Esta visión de la moralidad como un medio (una adaptación), para conseguir un fin (la cooperación), da cuenta de un rasgo decisivo de la moralidad: el hecho de que los juicios morales implican una intención expresiva y prescriptiva, una posición defendida filosóficamente por figuras como Hume, Stevenson o Hare. Un juicio moral no es nunca meramente descriptivo. Incluso las fórmulas más neutrales comunican un fondo imperativo.

Esta interpretación evolutiva deja sin explicar, en nuestra opinión, un rasgo de la moralidad igual de relevante que el anterior, y que Malo, siguiendo a Linda Skitka, también reconoce: la percepción de que, desde una perspectiva folk, lo bueno y lo malo se presentan a la conciencia individual como si estuvieran dotados de cierto tipo de objetividad y universalidad. Los individuos interactúan y aprenden en un mundo cultural convencional que incluye normas que les son presentadas con la misma exterioridad que caracteriza a las propiedades materiales del mundo físico, como si fuesen elementos del campo objetivo de los hechos. Esta percepción de nuestras creencias y prácticas de una manera compatible con una interpretación objetiva de la moralidad debe incluirse en una explicación naturalista que intente abarcar el comportamiento moral en sus aspectos esenciales.

Nosotros hemos sugerido que para ello es necesario completar este escenario evolutivo, considerando un aspecto importante de la arquitectura cognitiva humana que procede de nuestra evolución como organismos culturales. El secreto de nuestro éxito, por usar la expresión de Joseph Henrich, está en nuestra capacidad evolucionada para la transmisión y acumulación culturales, pues es la cultura, en su extraordinaria complejidad, la que nos ha permitido colonizar con éxito adaptativo el planeta entero. En esta visión coevolutiva de genes y cultura, que difiere en algunos aspectos relevantes de la que proponen los psicólogos evolucionistas, la transmisión cultural acumulativa necesitó sus propios mecanismos evolutivos, anteriores incluso al desarrollo de la cooperación genuinamente humana, y cuyos efectos sobre nuestra cognición se hacen visibles en nuestra mente moral5. Entre esos mecanismos, nosotros hemos destacado la capacidad de orientar el aprendizaje de los hijos, utilizando formas elementales de enseñanza mediante la aprobación o la desaprobación de su conducta. Esas formas básicas de enseñanza, a las que hemos denominado enseñanza assessor, permitieron a los padres transmitir a sus hijos la experiencia acumulada, tanto sobre los comportamientos que deben imitar como sobre los que deben evitar6. Hemos llamado psicología suadens (del latín suadeo: a valorar, aprobar o aconsejar) al conjunto de características cognitivas que han hecho posible la enseñanza assessor7.

La enseñanza assessor da pie a percibir lo que aprendemos, nuestras creencias adquiridas, de una manera que favorece una interpretación objetiva de la información transmitida. Cuando los padres corrigen el comportamiento de sus hijos, las orientaciones vienen provistas de un valor de veracidad y corrección que no puede reducirse a un criterio funcional. La selección natural nos ha hecho sensibles a las indicaciones sobre cómo debemos comportarnos por parte de las personas afectivamente más próximas -familia, amigos-, buscando su aprobación y tratando de evitar su rechazo. Como resultado, el aprendiz assessor percibe las emociones sociales de agrado o desagrado derivadas de la práctica de un comportamiento, como si fueran señales objetivas del valor intrínseco de los comportamientos: si se aprueba un comportamiento, entonces es bueno, si se desaprueba, entonces es malo.

De ahí, la inmediatez con la que el individuo percibe y experimenta sus prácticas, creencias, usos y tradiciones. Esta orientación emocional sobre qué aprender y cómo actuar es clave en la interiorización de valores y normas y, al tiempo, es responsable de que se mantengan muchas tradiciones, creencias y valores en las sociedades humanas, aunque carezcan, en muchos casos, de una justificación racional o empírica que avale su permanencia8.

El apoyo emocional que hace posible y eficiente el aprendizaje assessor ayuda a construir una imagen del mundo con una pretensión de objetividad que, sin embargo, está en el extremo opuesto de cualquier actitud ética que sea distanciada, reflexiva y crítica. En esa objetividad, la mente de cada individuo confunde la representación compartida del mundo (su mundo), con el mundo, y el conjunto empírico de preferencias y prácticas (sus valores), con los valores. De una manera casi inevitable, los individuos con una psicología suadens adoptan la disposición intelectual y moral de un creyente. Ese ha sido el precio que hubo que pagar por el desarrollo de nuestro sistema de aprendizaje cultural acumulativo. Esa percepción folk de la verdad de nuestros valores como algo objetivo dificulta enormemente el dialogo entre tradiciones culturales diferentes y produce desconfianza y recelo ante valores y conductas que exhiben los miembros de otros grupos.

Constatar esta situación no implica que los autores de este comentario ni la mayor parte de sus potenciales lectores, educados en una tradición ilustrada, tengamos que renunciar a nuestros valores democráticos, o a defender los principios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Tampoco nos exige la búsqueda, siempre, de una solución intermedia, pactada, para satisfacer parcialmente valores que consideramos profundamente equivocados. Sin embargo, asumir que nuestras convicciones son fruto de un aprendizaje emocional, que podría haber sido otro, sí que nos obliga a no deshumanizar a nuestros oponentes por pensar de manera distinta.

La historia nos muestra que muchas personas inteligentes y honestas en sus convicciones han vivido (y viven) con naturalidad en sociedades xenófobas, machistas, homófobas y nada tolerantes con religiones distintas de la mayoritaria. Podemos utilizar la racionalidad para mostrar cuáles son los principios axiomáticos, las inconsistencias y los inconvenientes que detectamos en las tradiciones ajenas, aceptando que nuestros oponentes tienen derecho a hacer lo mismo con la nuestra. Por desgracia, solo una pequeña parte de las tradiciones que rigen una sociedad tiene contenido empírico y pueden ser refutadas en un sentido popperiano, como desea el autor. A nivel individual parecerá poca cosa, pero lo honesto, sabiendo lo que sabemos, es tenerlo en cuenta cuando interaccionamos con los demás.

A nivel colectivo, como también sugiere Malo, habría que potenciar instituciones que eviten la estigmatización del diferente y ordenen la interacción social y política dentro de los cauces del respeto y la racionalidad, caracterizando de manera explícita el marco axiomático valorativo del que partimos. O para expresarlo en términos psicobiológicos, el objetivo de nuestras políticas no es tanto la naturaleza humana, algo que para nuestros cálculos podemos considerar inalterable, cuanto la construcción de un ecosistema social robusto capaz de sujetar su lado más conflictivo.

1. Panea Márquez, J. M. (2015). «JL López Aranguren (1909-1996) y el problema de nuestro tiempo». Revista internacional de pensamiento político, 10, 273-289. 
2. Citado por Panea Márquez (2015), pág. 281. 
3. Véase el libro de Bradley Campbell y Jason Manning The Rise of Victimhood Culture, en el que elaboran la teoría acerca del victimismo que sigue el autor. 
4. Véase el libro de Tom Holland Dominion: The Making of the Western Mind. 
5. Castro, L., Castro-Nogueira, M. A., Villarroel, M., & Toro, M. A. (2021). Assessor teaching and the evolution of human morality. Biological Theory, 16, 5–15. https://doi.org/10.1007/s13752-020-00362-7. 
6. Castro, L., & Toro, M. A. (2004). The evolution of culture: From primate social learning to human culture. Proceedings of the National Academy of Sciences, USA, 101, 10235–10240. 
7. Castro L., Castro-Nogueira L., Castro-Nogueira, M.A., & Toro, M.A. (2010). Cultural transmission and social control of human behavior. Biology and Philosophy 25, 347-360. Y también Castro, L., Castro-Nogueira, M. A., Villarroel, M., & Toro, M. A. (2019). The role of assessor teaching in human culture. Biological Theory, 14, 112–121 
8. Para una versión detallada véase el libro de Laureano, Luis y Miguel Castro-Nogueira. ¿Quién teme a la naturaleza humana?, Tecnos 2016 (2ª edición). 
[Fuente: http://www.revistadelibros.com]

Escrito por Daniel Escribano

El pasado jueves asistimos a un nuevo hito en el largo proceso de erosión del marco jurídico-lingüístico catalán impulsado desde determinados partidos y entidades españolistas que tienen como ariete a unas altas instancias de la judicatura con fuerte implantación de la derecha. De entrada, recordemos que el carácter de lengua oficial del castellano en el conjunto del territorio estatal es una decisión unilateral del constituyente español (art. 3.1 CE), sobre la que los pueblos hablantes de otros idiomas no han podido pronunciarse más allá del reconocimiento de su lengua como idioma también oficial, pero cuyo rango jurídico ha sido degradado por vía legislativa o jurisprudencial. Huelga decir que los regímenes de doble oficialidad lingüística implantados en la mayoría de comunidades de lengua distinta (triple, en el caso de Cataluña, por cuanto también está reconocido oficialmente el occitano, lengua propia del territorio de Arán) son una solución de compromiso producto de la fuerza de los nacionalismos alternativos al español durante el período de cambio de régimen político. No obstante, el nacionalismo español jamás ha abandonado sus pretensiones de asimilación de las minorías lingüísticas, tal y como evidencia su pertinaz ofensiva contra el marco jurídico-lingüístico catalán, que, como es sabido, garantiza con suficiencia la competencia en castellano del alumnado catalán.(1)

Los antecedentes más inmediatos del actual conflicto entre el españolismo político-judicial y las instituciones catalanas son los siguientes:

* 1. En la sentencia sobre diversos preceptos impugnados del vigente Estatuto de Autonomía de Cataluña (STC 31/2010, de 28 de junio), el Tribunal Constitucional (TC) consideró compatible con la Constitución española el artículo 35.2, que recogía el « derecho a recibir la enseñanza en catalán », solo en la medida en que no excluye “el libre y eficaz ejercicio del derecho a recibir la enseñanza en castellano como lengua vehicular y de aprendizaje” (FJ 24).

* 2. Poco después, la Sala Tercera del Tribunal Supremo (TS) estimó sendos recursos de casación interpuestos por particulares contra sentencias del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) en que proclamaba « el derecho del recurrente a que el castellano se utilice también como lengua vehicular en el sistema educativo de la Comunidad Autónoma de Cataluña » (SSTS 6628/2010, de 9 de diciembre; 6629/2010, de 13 diciembre, y 6632/2010, de 16 de diciembre).

* 3. Para la ejecución de dichas sentencias, la Sección Quinta de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del TSJC estableció un uso docente del castellano mínimo del 25%, pero limitado al centro en que estudiaba el hijo del recurrente (Auto de 30 de enero de 2014).

* 4. En diciembre de 2020, esa misma sección estimó el conflicto negativo de competencias interpuesto en abril de 2015 por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte por inaplicación de la disposición adicional 38ª de la Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la mejora de la calidad educativa, que declaraba el castellano “lengua vehicular de la enseñanza” (apartado 1º) y ordenaba a las “Administraciones educativas” que se utilizara “en proporción razonable” (apartado 4º). El TSJC ordenó al Departamento de Educación de la Generalitat que estableciera en todos los centros un porcentaje mínimo de castellano del 25% (STSJC 5201/2020, de 16 de diciembre).

* 5. Tras adquirir carácter firme la STSJC 5201/2020, el propio tribunal dio un plazo de diez días al Departamento de Educación para ejecutarla, pudiendo instar las partes a la ejecución forzosa en un plazo de dos meses. En ese contexto, el Partit dels Socialistes de Catalunya-Units per Avançar (PSC-Units), Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), Junts per Catalunya (JxCat) y En Comú Podem (ECP) acordaron una propuesta de reforma de las Leyes 1/1998, de 7 de enero, de política lingüística (LPL), y 35/2010, de 1 de octubre, del occitano, aranés en Arán, registrada en el Parlament el 24 de marzo, en que se proponía que el castellano fuera también “lengua vehicular y de aprendizaje en el sistema educativo […] en los términos que fijen los proyectos lingüísticos de cada centro”, en función de “la situación sociolingüística” (nueva redacción del art. 21.1 LPL). Las fuertes protestas de la sociedad civil y del sector educativo empujaron a JxCat a retirar apoyo al acuerdo y dicha reforma fue aparcada.

* 6. El pasado 9 de mayo el TSJC dictó un auto en que estimaba la petición de ejecución forzosa de la sentencia presentada el 30 de marzo por la Asamblea por una Educación Bilingüe (entidad que no había sido parte en la causa) y daba al Departamento de Educación un plazo de 15 días para ello.

En ese contexto, y ante el riesgo de querellas por desobediencia, que ya habían anunciado algunos partidos españolistas contra los responsables del Departamento de Educación, los mismos partidos que impulsaron la fallida reforma de la LPL acordaron una proposición de ley “sobre el uso y aprendizaje de las lenguas oficiales en la enseñanza no universitaria”, registrada en el Parlament el 24 de mayo. Mientras el día 30 el Gobierno de la Generalitat aprobaba un decreto-ley en que proclamaba que la “organización de la enseñanza y el uso de las lenguas en los centros educativos públicos y en los centros educativos privados sostenidos con fondos públicos se fundamenta” en la “inaplicación de parámetros númericos, proporciones o porcentajes” (Decreto-ley 6/2022, de 30 de mayo, por el que se fijan los criterios aplicables a la elaboración, aprobación, validación y revisión de los proyectos lingüísticos de los centros educativos, art. 2.d), la proposición de ley establece que la “enseñanza y el uso curricular y educativo del catalán y del castellano deben estar garantizados y tener una presencia adecuada en los currículums y en los proyectos educativos” (art. 2.2, la cursiva es añadida). Compárese esa aceptación del uso vehicular (no solo como materia) del castellano con el tenor literal del artículo 11 de la ley del Parlament 12/2009, de 10 de julio, de educación (LEC, actualmente vigente): « El catalán, como lengua propia de Cataluña, es la lengua normalmente utilizada como lengua vehicular y de aprendizaje del sistema educativo » (art. 11.1), principio del que solo se exceptúa a “las materias de lengua y literatura castellanas y de lengua extranjera” (art. 11.2), con la posibilidad de “impartir contenidos curriculares y demás actividades educativas en alguna de las lenguas extranjeras”, previa autorización del Gobierno catalán (art. 12.3).

El que en la nueva proposición de ley se apele también a “la situación sociolingüística general, la de los centros y su entorno, los objetivos de normalización lingüística y la evolución del proceso de aprendizaje lingüístico” (art. 2.3) para justificar una ley cuyo único objetivo es habilitar legalmente la impartición de más horas de castellano es tanto más absurdo cuanto que el porcentaje de hablantes habituales de catalán no ha hecho más que reducirse en los últimos años.(2) En esta ocasión, empero, la proposición ha prosperado y el pasado 8 de junio el Parlament la aprobó, con los votos favorables de los cuatro grupos impulsores.

De entrada, debe señalarse que todas las sentencias y autos del TS y el TSJC sobre este litigio carecían, en el momento de dictarse, de base legal alguna, porque, como ya hemos mencionado, la LEC establece claramente el uso vehicular del catalán, salvo la enseñanza de las demás lenguas (como asignaturas) y, excepcionalmente, algunos contenidos y actividades “en alguna de las lenguas extranjeras”. En primer lugar, porque la última reforma de la Ley de Educación (Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre, por la que se modifica la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de educación, artículo único, apartado 89) ha suprimido las menciones al castellano como “lengua vehicular” de la disposición adicional 38ª y cuya inaplicación motivó el conflicto negativo de competencias interpuesto por el Ministerio de Educación. En segundo lugar, todo lo que se puede deducir del alambicado argumento del TC según el cual el derecho a recibir enseñanza en catalán proclamado en el artículo 35.2 del Estatuto de Autonomía no es incompatible con “el libre y eficaz ejercicio del derecho a recibir la enseñanza en castellano como lengua vehicular y de aprendizaje”, es que el sistema de conjunción con el catalán como lengua vehicular no goza de protección estatutaria, de modo que puede ser modificado por una ley ordinaria del Parlament. Sin embargo, ese argumento no basta para derogar el sistema, toda vez que (a) las leyes que lo sostienen (singularmente, la LEC) permanecen en vigor, ya que no han sido impugnadas y el máximo intérprete de la Constitución española no puede pronunciarse sobre la constitucionalidad de las normas ex officio, y (b) el TC no es un legislador positivo, de modo que carece de potestad para reconocer derechos al margen de las leyes. Respecto a los órganos estrictamente judiciales, ni siquiera tienen la capacidad de derogar normas con fuerza de ley, sino que su función es meramente aplicativa. Si consideran que alguna norma que deben aplicar es contraria a otras leyes vigentes o a la propia Constitución, disponen del mecanismo de la cuestión de inconstitucionalidad ante el TC (art. 35 de la Ley Orgánica 2/1979, de 3 de octubre, del TC). Si el TS, el TSJC o cualquier otro juez o tribunal consideran contrario a la Constitución el sistema lingüístico-escolar catalán lo que deben hacer es plantear una cuestión de inconstitucionalidad al TC sobre los preceptos mencionados de la LEC, no saltársela, proclamar “derechos” no reconocidos por las leyes ni dictar órdenes a las Administraciones para las que carece de competencia. Por el contrario, la jurisprudencia del TS y el TSJC respecto a esta cuestión durante los últimos doce años es un auténtico ataque a la separación de poderes, por cuanto, careciendo de la legitimidad democrática de que disponen Parlamentos y Gobiernos, se han atribuido funciones legislativas y ejecutivas que solo competen a estos y, finalmente, han conseguido forzar un cambio legislativo.

En lo tocante a los legisladores catalanes, debe apuntarse que la aprobación de una ley que no constaba en los programas de ninguno de los grupos que la han apoyado y que solo responde a un trágala judicial carente de toda base jurídica constituye una claudicación en toda regla ante el activismo judicial españolista y un paso más en el proceso de desmantelamiento del modelo de escuela catalana. En ese contexto, es una muestra supina de ingenuidad afirmar, como hizo al día siguiente de la aprobación de la proposición de ley el secretario de Política Lingüística de la Generalitat, Francesc Xavier Vila, que la nueva ley haga “decaer” el objeto de la STSJC 5201/2020, alegando que habría “cambiado el marco legal” en función del cual el TSJC dictó la sentencia; como si esta no hubiera ignorado olímpicamente el “marco legal” a la sazón vigente y no hubiera sido un instrumento precisamente para modificarlo. Antes bien, el escenario más probable es exactamente el contrario al previsto por el secretario. Tal y como ha apuntado el abogado Benet Salellas, representante de las familias personadas en una causa similar pero limitada a la Escuela Turó del Drac, de Canet de Mar, “si con una ley tan clara como la que tenemos [la LEC], los tribunales han acabado avalando el 25% [mínimo obligatorio de clases] en castellano, sin ley que blinde su carácter único como lengua vehicular” se sucederán los litigios promovidos por los peones del nacionalismo español en la enseñanza y los pronunciamientos total o parcialmente favorables a ellos por parte del TSJC. Asimismo, como advierte Salellas, la delegación a los centros de la determinación de los porcentajes lingüísticos “contribuirá aún más a la fragmentación del modelo”, de modo que la “variedad de proyectos podrá generar sistemas diferenciados y, probablemente, la centralidad dejará de tenerla” el modelo con el catalán como lengua vehicular.

También ha habido quien se ha mostrado favorable a aceptar el 25% de enseñanza mínima obligatoria en castellano si se garantiza que el 75% restante se imparte en catalán, alegando que el porcentaje real de uso docente del castellano actualmente es superior al 25%. Sean cuales sean las cifras reales de uso del castellano en los centros educativos catalanes, este tipo de ocurrencias soslaya que (a) la aceptación de un 25% de clases en castellano no significaría que el 75% restante se imparta en catalán, por cuanto también se enseñan otras lenguas como materia y hasta se enseñan otras materias en otras lenguas, y (b) nada hace pensar que el nacionalismo lingüístico español y sus aliados en la judicatura se vayan a detener en este porcentaje. Al cabo, la cuestión de fondo en este litigio, como apuntaba recientemente el penalista Joan Queralt, no es jurídica, sino que se trata de un conflicto estrictamente político. Como apunta Queralt, en un contexto marcado por una derecha reverdecida que controla el TC y los principales órganos judiciales, la única opción verdaderamente realista es afrontarlo como tal y oponer resistencia.

Notas:

(1) Según datos del Ministerio de Educación de 2010 y 2011, las cifras de competencia en castellano del alumnado catalán de 4º de primaria y 2º de Enseñanza Secundaria Obligatoria se sitúan ligeramente por encima de la media española (502 puntos sobre 500), por encima de la media de comunidades donde el castellano es la única lengua oficial, como Andalucía, Murcia, Extremadura o Canarias. En cambio, un informe del Consejo Superior de Evaluación del Sistema Educativo del Departamento de Educación de la Generalitat de Catalunya basado en datos del curso 2020-2021 constata que el alumnado catalán de 4º de ESO obtiene de media mejores resultados en lengua castellana que en la catalana. Consell Superior d’Avaluació del Sistema Educatiu, Estudi sociodemogràfic i lingüístic de l’alumnat de 4t d’ESO de Catalunya. 2006-2013-2021. Barcelona: Generalitat de Catalunya, Departament d’Educació, 2021, pp. 176 y 146. Agradezco a Marina Massagué que me hiciera llegar el informe.

(2) Según la Encuesta de usos lingüísticos de la población, elaborada por la antigua Dirección General de Política Lingüística de la Generalitat y el Institut d’Estadística de Catalunya, en 2003 el 46% de los entrevistados declaraba tener el catalán como lengua de uso habitual. En 2018, la cifra había bajado al 36,1%.

 

Daniel Escribano  es doctor en sociología. Traductor y autor de “El conflicte lingüístic a Catalunya, el País Valencià i les illes Balears durant la Segona República” (Lleonard Muntaner, Editor/Obra Cultural Balear, 2020). Ha editado y traducido la obra « Pomes perdudes. Antologia de la narrativa basca moderna » (Tigre de Paper, 2014) y, junto con Àngel Ferrero, la antología de James Connolly « La causa obrera es la causa de Irlanda. La causa de Irlanda es la causa obrera. Textos sobre socialismo y liberación nacional » (Txalaparta, 2014).

[Fuente: http://www.sinpermiso.info]

Por décadas, projetos de integração regional guiaram-se por lógica de mercado e grandes obras. Virada cognitiva que supere neoliberalismo e, também, mitos desenvolvimentistas é crucial, com políticas culturais e a beleza das diferenças

Escrito por VALÉRIA TEIXEIRA GRAZIANO

Dia Mundial da Diversidade Cultural para o Diálogo e o Desenvolvimento, celebrado em 21 de maio, foi criado há exatos vinte anos pela Organização das Nações Unidas (ONU), após a aprovação da Declaração Universal sobre Diversidade Cultural em 2001. Desde então, a diversidade cultural consolidou-se como princípio orientador dos discursos e instrumentos políticos que conformam a nova arquitetura de governança global.

Mas, se a diversidade cultural ganhou centralidade nos discursos políticos e nos projetos de cooperação internacional de organismos multilaterais ao longo das duas últimas décadas, a garantia dos direitos culturais avançou a passos lentos e as ameaças às culturas e aos povos historicamente subalternizados continuaram a multiplicar-se. Desse modo, é preciso problematizar como tais discursos celebratórios da diversidade cultural – frequentemente reproduzidos pela disciplina das Relações Internacionais –, são articulados pelas elites globais, resultando no apagamento das relações assimétricas de poder, na negação da diferença e no ocultamento da colonialidade, convertendo-se em um componente fundamental do capitalismo global.

No âmbito da integração latino-americana, embora a diversidade cultural tenha sido incorporada nos anos 2000 como princípio orientador de projetos regionais nas mais distintas áreas, a reprodução de um modelo de desenvolvimento baseado na noção de progresso econômico e na exploração infinita da natureza e da vida resultou em continuadas violências contra povos indígenas, camponeses e comunidades tradicionais e, consequentemente, em graves ameaças à diversidade das culturas da região.

Assim, neste vigésimo aniversário de criação da data que celebra a diversidade cultural, propõe-se neste artigo uma reflexão sobre a relação entre diversidade cultural, direitos culturais e descolonização da integração regional latino-americana. A partir da problematização dos limites e contradições que permeiam os discursos hegemônicos da diversidade cultural, pretende-se contribuir para a imaginação de caminhos de rearticulação contra-hegemônica da diversidade cultural enquanto fundamento das lutas dos diversos povos da região e de projetos de integração regional alternativos e emancipadores, desde saberes e experiências outras, locais e comunitárias.

Na América do Sul, a retomada da agenda de políticas culturais na virada do século XXI, depois de seu relativo abandono na década de 1980, relaciona-se à emergência do debate sobre as ameaças que representavam para a diversidade cultural as propostas que ganhavam força no âmbito da Organização Mundial do Comércio (OMC) relacionadas à liberalização total do comércio internacional (BAYARDO GARCÍA, 2010). Em 2002, o tema da diversidade cultural aparece, pela primeira vez, nos pronunciamentos dos presidentes do Mercosul (MERCOSUL/CMC/ATA 02/ANEXO 2/2002) e, desde então, as autoridades políticas do bloco reiteraram o posicionamento favorável à aprovação de uma convenção relativa à proteção da diversidade cultural. É neste contexto de acirradas disputas no campo do comércio internacional que foi aprovada, em 2005, a Convenção da Unesco sobre a Proteção e Promoção da Diversidade das Expressões Culturais, segundo a qual “os bens e serviços culturais comunicam identidades, valores e significados e, por isso, não podem ser considerados meras mercadorias ou bens de consumo quaisquer” (UNESCO, 2005).

A agenda de políticas culturais voltadas à diversidade cultural no âmbito dos projetos de integração foi reforçada, ademais, pela nova gramática política que se configurou na região a partir do chamado ciclo progressista latino-americano (2003-2015). Ao destacarem o papel do Estado em seus projetos de desenvolvimento, os novos governos eleitos na primeira década dos anos 2000 ampliaram as agendas políticas e sociais regionais, dando origem à uma nova etapa na integração regional que ficou conhecida como regionalismo pós-liberal ou pós-hegemônico (SANAHUJA, 2009; LO BRUTTO; CRIVELLI, 2019). Este novo cenário político regional, somado à consolidação da cultura como campo autônomo na política internacional e ao destaque que ganhava o tema da proteção da diversidade cultural nas negociações multilaterais, levou ao fortalecimento da agenda da cultura no Mercosul.

Ressalta-se que a articulação suscitada por tais disputadas no âmbito da OMC não só fortaleceu a posição regional em defesa da aprovação do novo instrumento internacional, mas também influenciou, de maneira significativa, os rumos das negociações da Convenção no âmbito da UNESCO. Após sua aprovação, a cooperação multilateral regional contribuiu, ademais, para o processo de implementação do novo tratado internacional pelos Estados sul-americanos. Em 2012, a Reunião de Ministros da Cultura (RMC) criou a Comissão da Diversidade Cultural (MERCOSUL/CMC/DEC. Nº 15/12), âmbito especializado que contribuiu para a construção de uma diplomacia cultural regional a partir da coordenação de posições no âmbito do Comitê Intergovernamental da Convenção da UNESCO, fortalecendo a defesa dos interesses regionais no campo das políticas culturais.

Contudo, a predominância de uma visão limitada sobre o lugar da cultura nas políticas de desenvolvimento e integração regional resultou, na prática, na ausência de investimentos e na contínua invisibilidade da cultura nas políticas públicas nacionais e nos projetos regionais, mesmo em iniciativas transversais de órgãos voltados às áreas sociais e de direitos humanos do Mercosul. Assim, embora a diversidade cultural tenha sido incorporada como princípio orientador nos discursos políticos do bloco e o Mercosul Cultural tenha logrado consolidar-se como espaço relevante de cooperação cultural regional durante o ciclo progressista latino-americano, os avanços limitaram-se à agenda de políticas culturais adotada pela RMC, e a cultura seguiu ausente, na prática, dos projetos estratégicos e prioritários de desenvolvimento regional.

A não ruptura com o modelo de desenvolvimento historicamente adotado pelo bloco e a incorporação acrítica de discursos e concepções hegemônicas que permeiam a cooperação internacional resultaram na reprodução do padrão de poder colonial e na continuidade da exclusão dos povos, saberes e cosmovisões diversos dos projetos de integração. Dessa forma, “sem questionar as noções de progresso e de crescimento econômico infinito sob a qual se reproduz o mito do desenvolvimento, o MERCOSUL seguiu reproduzindo um modelo civilizatório excludente e insustentável” (GRAZIANO; CAIXETA, 2021). Por isso, como argumenta Escobar (2013), é preciso compreender o desenvolvimento tanto como um projeto econômico (capitalista e imperial) quanto cultural. Criado a partir de uma experiência particular da modernidade ocidental europeia, o paradigma do desenvolvimento subordina as demais culturas e conhecimentos e resulta na destruição da diversidade humana e natural.

Edgardo Lander (2019) lembra que o processo de integração regional que mais avançou na América do Sul neste período representa claramente tais limites e contradições: a iniciativa para a Integração da Infraestrutura Regional Sul-Americana (IIRSA), projeto de desenvolvimento baseado no financiamento de grandes obras de infraestrutura física que, segundo o autor, levou ao aprofundamento de um tipo de integração subordinada e colonial na divisão internacional do trabalho e acelerou a apropriação de territórios indígenas e camponeses, assim como os processos massivos de destruição ambiental.

O autor ressalta, ainda, que embora a IIRSA e a União de Nações Sul-Americanas (UNASUL) tenham nascido em diferentes contextos geopolíticos e com objetivos divergentes, baseados em concepções distintas de desenvolvimento regional, a criação do Conselho Sul-Americano de Infraestrutura e Planejamento (COSIPLAN) da UNASUL acabou por dar continuidade ao projeto da IIRSA. Lander (2019, p. 104) explica que “la tensión entre esos dos programas de futuro para el continente, el desarrollista/extractivista de carácter neoliberal representado por el IIRSA, y el de ruptura radical en dirección al buen vivir, el reconocimiento de los derechos de la naturaleza y la interculturalidad, lo resuelve Unasur, más allá de sus discursos y declaraciones de principios, por la vía de los hechos, a favor del primero”.

Como resultado, tais empreendimentos de integração regional, que partem de uma lógica de “vazios demográficos” (PORTO-GONÇALVES; QUENTAL, 2012), resultaram no aumento de violências contra indígenas, camponeses e comunidades tradicionais, bem como na expulsão forçada desses povos de seus territórios. Como discutido em artigo anterior para o ODR, a atual negociação do acordo Mercosul-União Europeia é uma clara expressão dessa lógica e ignora os prováveis impactos que sua entrada em vigor terá para os povos indígenas e para a diversidade cultural e natural da região. Embora a temática dos direitos indígenas tenha sido introduzida na agenda do bloco, “na prática, pouco se avançou com relação à proteção e promoção dos direitos indígenas, e menos ainda com relação à participação dos povos indígenas nos processos decisórios do MERCOSUL” (GRAZIANO, 2021).

Desse modo, pode-se afirmar que a ampliação da agenda de direitos humanos do Mercosul a partir da racionalidade moderna eurocêntrica do desenvolvimento não resultou em avanços concretos no que diz respeito à garantia dos direitos culturais e à proteção da diversidade cultural. Isso se reflete, por exemplo, na ausência de uma estratégia integradora e transversal do Instituto de Políticas Públicas em Direitos Humanos (IPPDH), criado em 2009, cuja agenda se desenvolve de maneira paralela e, em geral, distanciada de instâncias como a Reunião de Autoridades sobre Povos indígenas (RAPIM), a Reunião de Ministros e Altas Autoridades sobre os Direitos dos Afrodescendentes (RAFRO) e a Reunião de Ministros da Cultura (RMC). Como resultado, destaca-se a ausência do tema dos direitos culturais nos projetos desenvolvidos pelo IPPDH, assim como de discussões aprofundadas sobre direitos coletivos e integração regional.

Considerando que a efetivação dos direitos culturais passa justamente pelo direito dos povos ancestrais e comunidades tradicionais de habitarem seus territórios, as políticas para proteção e promoção da diversidade cultural devem incluir, necessariamente, temas como autonomia, autodeterminação, plurinacionalidade e direitos indígenas. Por isso, a concretização dos direitos culturais e a proteção da diversidade cultural precisam ser pensadas para além do debate restrito ao campo das políticas culturais. É urgente, ademais, romper com a própria lógica que separa cultura e natureza para que seja possível, de fato, imaginar caminhos para a proteção e promoção da diversidade cultural e para construir alternativas de integração regional para além da noção hegemônica de desenvolvimento.

Como ressaltam Porto-Gonçalves e Quental (2012), “a defesa das culturas em sua diversidade implica a defesa das suas condições naturais de existência com as quais desenvolveram valores que dão sentidos às suas práticas, daí a tríade território-territorialidade-territorialização vir adquirindo centralidade”. É por este motivo, segundo os autores, que a luta travada por camponeses, indígenas e afro-americanos em torno da politização do conceito de território adquire sentidos mais amplos.

Desse modo, como propõe Walsh (2012), as articulações realizadas por esses grupos étnico-culturais devem ser entendidas não apenas como lutas identitárias, mas como lutas cognitivas, entre posições hegemônicas e subalternas relacionadas com formas diversas de entender o mundo e produzir conhecimento, as quais levam ao “cuestionamiento radical de las bases estructurales de la supuesta democracia, la ruptura irreversible con las concepciones monoculturales y excluyentes, y el sembrío estratégico de perspectivas, desde lo indígena, que interpelan y articulan otros sectores de la sociedad” (WALSH, 2012, p. 29). Assim, é justamente desde a diversidade e a diferença que esses movimentos reivindicam o direito de existirem e habitarem outros mundos.

É neste sentido que Vich (2014, p. 98) chama a atenção para a necessidade de desculturizar a cultura para compreendê-la como um novo poder e, sobretudo, “para comenzar a tomar el poder desde la cultura”. O autor propõe que, “contra toda la maquinaria actual de un saber tecnocrático que desliga lo cultural de lo político y lo político de lo económico”, deve-se estrategicamente “simbolizar lo político, democratizar lo simbólico”, de maneira a romper com a esferização do mundo e retomar a proposta de Raymond Willians de constituição de um processo social total (VICH, 2014, p. 98). A partir disso, a cultura pode ser apropriada como uma trama “donde se producen disputas cruciales sobre las desigualdades, sus legitimidades y las posibilidades de transformación” (VICH, 2014, p. 41).

Essa compreensão da cultura como trama é fundamental para a imaginação de alternativas ao desenvolvimento e à integração regional tal como tem sido construída desde o nível estatal, que sejam capazes de abarcar a proteção e a promoção da diversidade cultural em toda a sua complexidade e, assim, abrir caminhos para a produção de novas representações simbólicas, identitárias e sociais. Se a modernidade eurocêntrica compartimentalizou o saber e a política, a construção de uma estratégia de integração regional contra-hegemônica deve partir justamente da compreensão de que a cultura é constitutiva e inseparável dos campos políticos e econômicos.

Por isso, neste contexto de celebração do Dia Mundial da Diversidade Cultural para o Diálogo e o Desenvolvimento, propõe-se refletir criticamente acerca do discurso sobre a diversidade cultural que permeia os projetos de integração regional na América Latina, de maneira a aprofundar o debate sobre a proteção da diversidade cultural desde sua articulação com os direitos culturais e desde os saberes e práticas locais dos diversos povos da região, incluindo suas experiências coletivas e comunitárias de construção de redes de solidariedade transnacional. Neste sentido, é preciso reconhecer a centralidade da cultura e da diversidade cultural para a construção de uma outra integração latino-americana possível e de outros mundos possíveis.

Referências:

BAYARDO GARCÍA, Rubén. Políticas culturales y derechos: entre la retórica y la realidad. RIPS. Revista de Investigaciones Políticas y Sociológicas, vol. 9, núm. 2, 2010, pp. 55-64. Universidad de Santiago de Compostela: Santiago de Compostela, España.

ESCOBAR, A. Una minga para el postdesarrollo: Lugar, medio ambiente y movimientos sociales en las transformaciones globales. Bogotá: Ediciones desde Abajo, 2013.

GRAZIANO, Valéria T. A invisibilidade dos povos indígenas no Acordo MERCOSUL-União Europeia e a colonialidade do poder na integração regional sul-americana. Observatório de Regionalismo, 2021. Disponível em: http://observatorio.repri.org/2021/10/26/a-invisibilidade-dos-povos-indigenas-no-acordo-mercosul-uniao-europeia-e-a-colonialidade-do-poder-na-integracao-regional-sul-americana/. Acesso em: 20 de maio de 2021.

GRAZIANO, Valéria T.; CAIXETA, Marina B. A Cooperação Sul-Sul no MERCOSUL: um caminho para a integração regional autônoma. Brazilian Journal of International Relations, v. 10, p. 161-194, 2021.

LANDER, Edgardo. Crisis civilizatoria: Experiencias de los gobiernos progresistas y debates en la izquierda latinoamericana. Callas; Universidad de Guadalajara: Alemanha, 2019.

LO BRUTTO, G; CRIVELLI, E. El panorama actual de la integración regional en América Latina. In: KERN, A. et al. La cooperación Sur-Sur en América Latina y el Caribe: balance de una década (2008-2018). Ciudad Autónoma de Buenos Aires: CLACSO, 2019.

MERCOSUL. MERCOSUL/CMC/ATA 02/ANEXO 2/2002. Brasília, 2002.

MERCOSUL. MERCOSUL/CMC/DEC. Nº 15/12. Mendoza, 2012.

PORTO-GONÇALVES, Carlos Walter; QUENTAL, Pedro de Araújo. Colonialidade do poder e os desafios da integração regional na América Latina. Polis Revista Latinoamericana, 31, 2012, online.

SANAHUJA, J. A. Del “regionalismo abierto” al “regionalismo post-liberal”. Crisis y cambio en la integración regional en América Latina. Anuario de La Integración Regional de América Latina y el Gran Caribe, 2009.

UNESCO. Convenção da Unesco sobre a Proteção e Promoção da Diversidade das Expressões Culturais. Paris, 2005.

VICH, Victor. Desculturizar la cultura: La gestión cultural como forma de acción política. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2014.

WALSH, Catherine. Interculturalidad crítica y (de)colonialidad: Ensaios desde Abya Yala. Serie Pensamiento decolonial. Quito: Ediciones Abya Yala, 2012.

[Fonte: http://www.observatorio.repri.org]

[Chronique #48] La Nouvelle Union populaire écologique et sociale sonne comme la conséquence d’une crise de confiance dans les institutions de la Ve République.

Jean-Luc Mélenchon, lors de la première convention de la Nouvelle Union populaire écologique et sociale (Nupes), à Aubervilliers (Seine-Saint-Denis), le 7 mai 2022. | Julien de Rosa / AFP

Jean-Luc Mélenchon, lors de la première convention de la Nouvelle Union populaire écologique et sociale (Nupes), à Aubervilliers (Seine-Saint-Denis), le 7 mai 2022.

Écrit par Christian Salmon— édité par Natacha Zimmermann

Pour la première fois dans l’histoire, un accord général entre les partis de gauche est signé dès le premier tour des élections législatives. Ni le Cartel des gauches ne l’avait fait, ni le Front populaire, ni même lorsque la gauche avait signé le Programme commun, ni la gauche plurielle.

L’avenir dira si ce phénomène est durable ou s’il est le fruit d’une conjoncture électorale. Mais plutôt que d’attendre son verdict, mieux vaut tenter de comprendre ce qui est en jeu dans ce moment politique. Car les commentateurs, sondeurs et politistes ne cessent de confondre deux choses: l’avenir des partis politiques et le devenir politique des gens, les fluctuations des intentions de vote et les inflexions de la conscience collective qui obéissent à des mouvements par nature imprévisibles.

La Nouvelle Union populaire écologique et sociale (Nupes) est apparue dans notre galaxie politique parfaitement cartographiée telle une constellation inconnue, légèrement voilée, profilée comme une figure géométrique abstraite reliant comme autant de points les différents partis qui la composent.

Les scénarios de la Ve déjoués

Alors, historique ou pas cette nouvelle union de la gauche version Nupes? La question n’a rien de rhétorique. Elle est stratégique. Elle est au cœur de l’enjeu de la mobilisation qui déterminera l’issue de la bataille électorale. Est-ce un phénomène structurant, une nouvelle construction politique ou un épisode de plus de la décomposition de la gauche? Est-ce un simple accord électoral de circonstance ou un nouveau front populaire surgi en treize jours –un chiffre qui pourrait inquiéter les superstitieux, mais qui a de quoi surprendre par sa rapidité tant la gauche nous a habitués dans son histoire aux interminables conciliabules d’appareils.

«Certains ont trouvé le feuilleton un peu longironisait Jean-Luc Mélenchon le 7 mai, à Aubervilliers, à l’occasion de la première convention de la Nouvelle Union populaire écologique et sociale. Mais précisément, ce qu’ils ne comprenaient pas, c’est que ce n’était pas un feuilleton: c’était une histoire.» Qu’un homme politique soit capable de distinguer feuilleton et histoire, intrigue de série et construction politique, «netflixisation» et écriture politique, c’est déjà, en soi, un exploit qui mérite d’être salué. Tant d’hommes et femmes politiques sont en train de mener des combats d’arrière-garde; Jean-Luc Mélenchon mène quant à lui la prochaine bataille. Et c’est ce qui le rend très, très dangereux.

«Nous sommes en train d’écrire une page de l’histoire politique de la France, insistait-il le 7 mai. Et parce que nous écrivons cette page de cette façon, nous pouvons prétendre écrire une page d’histoire de France.» L’événement avait de quoi surprendre notre fatigue démocratique après de longs mois d’une campagne médiatique désinvestie de toute projection vers l’avenir.

Et s’il est historique, c’est justement en ce sens qu’il surprend notre capacité de prévoir, qu’il déjoue les scénarios écrits d’avance par la Constitution de la Ve République dans toutes ses variantes (quinquennat et calendrier électoral compris) et qu’il ouvre un nouveau champ des possibles, dans lequel de nouveaux acteurs politiques peuvent trouver leur place.

Billet d’entrée dans un autre monde

Au-delà d’une adhésion à un ensemble de mesures économiques, sociales, écologiques, le bulletin de vote Nupes acquiert ainsi le sens d’un billet d’entrée dans un autre monde, une autre histoire, un autre peuple. Que vous soyez jeune ou vieux, femme ou homme, modéré ou radical, habitant des villes ou des banlieues, vous avez la possibilité d’écrire une nouvelle page de l’histoire collective. Vous devenez vous-même le narrateur de cette histoire…

Après des mois où l’on fut tenté à maintes reprises de tourner le dos à une non-campagne qui avait pour but explicite de reconduire le duo attendu Le Pen-Macron, l’inattendu est arrivé; il a surgi sous le signe ironique d’une victoire sans vainqueur, un gigantesque acte manqué électoral. Emmanuel Macron semblait paralysé par sa victoire, incapable de prévoir la suite; Jean-Luc Mélenchon, exclu du second tour, resurgissait au lendemain de sa défaite, comme galvanisé par son échec, déclarant un troisième tour, proposant de jouer «la belle», bousculant le calendrier électoral et l’esprit de la Ve République, en lui injectant le virus du parlementarisme.

Soudain, la campagne présidentielle rebondissait. À peine les résultats proclamés, un autre agenda prenait le dessus. La victoire tardait à s’affirmer, la fin refusait de finir, une autre campagne commençait avant que la précédente ne soit terminée. Le cours des événements refusait de rentrer dans le lit constitutionnel. Le vieux monde qui refusait de mourir et le nouveau monde qui se faisait attendre depuis si longtemps s’étaient donné rendez-vous et cohabitaient soudain dans une image tremblée. Les signes divergeaient.

Le pouvoir règne par les images et les mots. Mais il peut aussi vaciller devant l’insurrection des signes et leur désynchronisation. Ce ne sont pas les intentions de vote qui font une élection en dernière instance, ce sont les signes. 2002 était un accident électoral; 2022 est un crash démocratique. La critique des institutions a été portée à son comble dans une campagne qui a aggravé la spirale de discrédit comme jamais. Tout le système des signes de la Ve République est entré en crise. On en vit quelques manifestations au cours de la campagne.

Valérie Pécresse, à son meeting de Villepinte, fit les frais de cette désynchronisation des signes. Éric Zemmour, lors de sa dernière intervention sur France 2, sembla vaciller sur ses jambes avant même que son score ne s’effondre. Et voici que la désynchronisation atteignait le prince au soir de son élection. Des reporters poursuivant dans Paris le véhicule présidentiel dans une imitation de l’élection de Jacques Chirac, finirent par se rendre compte qu’ils s’était trompés de véhicule et qu’ils accompagnaient le Premier ministre à Matignon. Acte manqué qui disait tout, peut-être, de l’inconscient de cette élection qui annonçait, peut-être, le basculement du pouvoir de l’Élysée à Matignon et venait mettre un peu de VIe République dans la Ve.

L’essence du peuple: surprendre

Jamais un président élu ou réélu n’était apparu au soir de sa victoire aussi peu grandi par l’élection. Il semblait privé de cette aura que donne le suffrage universel. Il n’était pas illégitime, mais comme démagnétisé. Au moment de rendre publics les résultats du scrutin, le président du Conseil constitutionnel, Laurent Fabius, pourtant rompu aux usages institutionnels, trébucha sur le chiffre des suffrages obtenus par Emmanuel Macron comme si l’histoire, par sa bouche, hésitait à reconnaître et à proclamer cette victoire qui ressemblait à une défaite.

Cette réélection était si peu inscrite dans la durée que le nouvel élu s’empressait de lui nier toute continuité, affirmant contre toute évidence: «Le peuple français n’a pas prolongé le mandat qui s’achève.» Il s’agirait d’un «peuple nouveau, différent d’il y a cinq ans [qui] a confié à un président nouveau un mandat nouveau». Surprenante actualisation de la formule de Brecht selon laquelle «le gouvernement doit élire un nouveau peuple».

Ce nouveau peuple était rassemblé le même jour à Aubervilliers (Seine-Saint-Denis); il se présentait lui aussi à l’investiture. À l’Élysée, on avait assisté au spectacle d’une monarchie élective épuisée, incapable d’émettre les signes de son pouvoir et de sa légitimité. À Aubervilliers, un peuple débordant d’enthousiasme se pressait, un peuple impensable il y a encore quelques jours, qui prenait forme et couleurs dans cette nouvelle bataille électorale.

Car c’est l’essence même du peuple que de surprendre, d’imposer son timing et ses formes d’apparition, déjouant les systèmes d’alerte du pouvoir, comme le firent si bien les «gilets jaunes».

Porté au jour par une envie de changement trop longtemps différé, il débordait les partis qui le composaient et donnait l’image mouvante, chatoyante, d’un changement lui-même en train de changer. Non pas une simple addition d’individus, mais une multiplicité de personnes, certaines investies, d’autres cédant la place au nom de l’union, débordant le casting des candidatures individuelles pour se fondre en une volonté collective, s’élevant au-delà des individus qui la composaient, en une force en devenir, affirmant beaucoup plus qu’un rapport de forces, la mise en relation d’expériences singulières, de tous âges et conditions, distribuées sur tout le territoire et dans la profondeur de champ de la société.

«C’est nous les essentielles»

Ainsi, l’intervention la plus applaudie fut celle de Rachel Kéké, ancienne meneuse de la grève des gouvernantes et femmes de chambre de l’hôtel Ibis des Batignolles, à Paris, qui redonna dans son intervention verdeur et crédit à la parole politique. «La sous-traitance, c’est la maltraitance, le rabaissement, l’humiliation. Nous les femmes de chambre et les gouvernantes de l’hôtel Ibis des Batignolles c’est ce que nous avons subi, a-t-elle lancé. Nous avons mené cette lutte jusqu’à la victoire, pourquoi ne pas aller jusqu’à l’Assemblée, c’est nous les essentielles!»

Car comme le rappelait le philosophe allemand Peter Sloterdijk, «c’est leur colère synchrone contre l’arrogance sans bornes des puissants qui a appris aux petites gens qu’ils voulaient désormais être des citoyens». C’est cela l’essence de la démocratie. Elle n’a pas d’autres acteurs. Ils, elles, les essentielles.

 

[Photo : Julien de Rosa / AFP – source : http://www.slate.fr]

Emmanuel Macron a été réélu face à Marine Le Pen avec 58,54 % des suffrages exprimés. La stratégie qu’il a mise en place pendant cinq ans a donc été gagnante électoralement. Mais elle ne peut qu’être perdante démocratiquement, les fractures n’ayant jamais été aussi béantes.

Écrit par ELLEN SALVI

Emmanuel Macron est arrivé au Champ-de-Mars au son de L’Hymne à la joie de Beethoven, qui avait déjà résonné dans la cour du Louvre, au soir de sa victoire de 2017. Mais cette fois-ci, le président de la République, fraîchement réélu face à Marine Le Pen avec 58,54 % des suffrages exprimés, n’a pas fait son entrée seul, mais aux côtés de sa femme et entouré de jeunes. Une mise en scène soigneusement orchestrée pour coller à sa promesse de « méthode refondée […] au service de notre pays et de notre jeunesse ».

Le chef de l’État a d’abord remercié « l’ensemble des Françaises et des Français qui au premier puis au deuxième tour [lui] ont accordé leur confiance pour faire avenir » son projet. « Je sais aussi que nombre de nos compatriotes ont voté ce jour pour moi non pour soutenir les idées que je porte, mais pour faire barrage à celles de l’extrême droite, a-t-il ajouté. Et je veux ici les remercier et leur dire que ce vote m’oblige pour les années à venir. Je suis dépositaire de leur sens du devoir, de leur attachement à la République et du respect des différences qui se sont exprimées ces dernières semaines. »

Une promesse qui ressemble à s’y méprendre à celle que le même homme avait formulée il y a cinq ans, avant de l’oublier sitôt intronisé. « Je veux aussi ce soir avoir un mot pour les Français qui ont voté pour moi sans avoir nos idées, avait-il dit le 7 mai 2017. Vous vous êtes engagés et je sais qu’il ne s’agit pas là d’un blanc-seing. Je veux avoir un mot pour les Français qui ont voté simplement pour défendre la République face à l’extrémisme. Je sais nos désaccords, je les respecterai, mais je serai fidèle à cet engagement pris : je protégerai la République. »

Dimanche soir, Emmanuel Macron s’est également adressé aux abstentionnistes – « Leur silence a signifié un refus de choisir auquel nous nous devons aussi de répondre » – ainsi qu’aux électeurs et électrices de Marine Le Pen. « Je sais que pour nombre de nos compatriotes qui ont choisi aujourd’hui l’extrême droite, la colère et les désaccords qui les ont conduits à voter pour ce projet doivent aussi trouver une réponse, ce sera ma responsabilité et celle de ceux qui m’entourent », a-t-il dit, affirmant vouloir « considérer toutes les difficultés des vies vécues et répondre avec efficacité aux colères qui se sont exprimées ».

Vantant un projet qu’il décrit comme « humaniste », « républicain dans ses valeurs », « social et écologique », « fondé sur le travail et la création », « la libération de nos forces académiques, culturelles et entrepreneuriales », celui qui va donc diriger la France cinq ans de plus a assuré qu’il le porterait « en étant dépositaire aussi des divisions qui se sont exprimées et des différences ». « En veillant chaque jour au respect de chacun. Et en continuant à veiller chaque jour à une société plus juste et à l’égalité entre les femmes et les hommes », a-t-il précisé, en parlant d’« ambition » et de « bienveillance ».

Une réélection, mais à quel prix ?

Cette modestie affichée par Emmanuel Macron tranchait avec la mise en scène préparée par ses équipes, mais aussi avec certaines déclarations de ces soutiens. Sitôt les résultats connus, plusieurs d’entre eux se sont en effet félicités d’un score qualifié d’« inédit par son ampleur  » par Richard Ferrand. « Si l’on excepte Chirac face à Le Pen en 2002, jamais un président n’avait été réélu avec un tel score », s’est réjoui le président de l’Assemblée nationale, oubliant de préciser qu’Emmanuel Macron a été élu les deux fois face à l’extrême droite. Le ministre de l’Économie Bruno Le Maire a quant à lui parlé de « mandat clair ». « Le président a désormais la légitimité pour poursuivre la transformation du pays », a-t-il insisté.

Rares sont celles et ceux, dans les rangs de La République en marche (LREM), à avoir eu un mot pour les millions d’électeurs qui se sont déplacés dans le seul but de barrer la route à l’extrême droite. Le chef de l’État avait ouvert la voie à cet aveuglement au lendemain du premier tour. « Comme il n’y a plus de front républicain, je ne peux pas faire comme si cela existait », avait-il indiqué, pour préempter l’idée d’un vote d’adhésion et espérer ainsi poursuivre ses politiques comme si de rien n’était au cours des cinq prochaines années.

Premier président de la Ve République à être réélu hors période de cohabitation – et toujours face à l’extrême droite –, Emmanuel Macron a donc réussi le pari qu’il s’était fixé depuis 2017. Mais à quel prix ? Pendant cinq ans, celui qui avait assuré, au soir de sa première élection, vouloir tout faire pour que plus personne n’ait « aucune raison de voter pour les extrêmes » a en réalité largement contribué à installer un nouveau face-à-face avec Marine Le Pen. Avec l’objectif de rester dix ans à l’Élysée.

La « normalisation » de l’extrême droite

Le chef de l’État avait prévenu ses troupes dès septembre 2019 : « Vous n’avez qu’un opposant sur le terrain : c’est le Front national. Il faut confirmer cette opposition, car ce sont les Français qui l’ont choisie. » Mais plutôt que de combattre l’extrême droite en corrigeant les inégalités sociales qui la nourrissent, lui et ses soutiens se sont emparés de ses marottes. Avec un art maîtrisé de la démagogie et une pratique assez médiocre de la triangulation, ils ont participé à la légitimation de ses figures et de ses idées dans le débat public.

L’autoproclamé progressiste, son gouvernement et sa majorité ont donc renié leurs promesses d’« ouverture », de «  liberté  », de « fraternité » et d’« inclusion », initialement inscrites dans la Charte des valeurs du parti. À l’image de la droite la plus bête du monde, ils ont alimenté des débats sans fin autour des « listes communautaires », de l’immigration, des mères voilées accompagnatrices, de la sécurité, des « certificats de virginité » ou d’«  allergie au chlore », de « l’islamo-gauchisme  » et du « wokisme ».

Sans jamais se départir de leur sourire, ils ont jugé Marine Le Pen «  trop molle » (Gérald Darmanin), expliqué être davantage « effrayés » par «  les discours intersectionnels du moment  » que par Éric Zemmour (Sarah El Haïry), créé la polémique autour des allocations de rentrée et des écrans plats (Jean-Michel Blanquer), dit vouloir « sortir de la tenaille entre, d’un côté, les identitaires d’extrême droite et, de l’autre, les indigénistes et Europe Écologie-Les Verts  » (Marlène Schiappa), regretté que «  l’islamo-gauchisme gangrène la société » (Frédérique Vidal).

Désormais, Marine Le Pen est appréhendée comme une opposante politique ordinaire. Pendant toute la campagne d’entre-deux-tours, et singulièrement au moment du débat télévisé qui opposait les deux candidats, le président de la République a pris soin d’attaquer son adversaire « projet contre projet  », afin de rassembler autour de luiplutôt que contre elle. Il a ainsi parfait l’entreprise de « normalisation » engagée depuis plusieurs années par le Rassemblement national (RN).

Ce qui m’inquiète surtout, au-delà des résultats de dimanche, ce sont les cinq années qui viennent.
Un ministre

Ce choix a été gagnant électoralement, mais il ne peut être que perdant démocratiquement. Car personne ne peut se réjouir de voir l’extrême droite accéder, pour la deuxième fois consécutive, au second tour de la présidentielle. Tout comme personne ne peut s’enthousiasmer d’une victoire à la Pyrrhus. « Ce qui m’inquiète surtout, au-delà des résultats de dimanche, ce sont les cinq années qui viennent  », confiait un ministre, il y a quelques jours. « En cas de victoire, on se dirige vers un bordel sans nom », redoutait un élu de la majorité.

Parmi les soutiens les plus lucides d’Emmanuel Macron, chacun sait que ce dernier a été reconduit sans enthousiasmeSur un bilan contesté et un programme qui déplaît, notamment sur la réforme des retraites« Je pense que nous allons affronter une tempête, une tempête économique, une tempête sanitaire, une tempête à tous égards, peut-être une tempête sociale, peut-être une tempête politique, mais je pense que les temps qui viennent sont des temps difficiles », avait présagé l’ancien premier ministre Édouard Philippe en septembre 2020, peu après son départ de Matignon.

S’ils ont dénoncé à voix haute les propos tenus par le président du SénatGérard Larcher sur la « légitimité » du président de la République en cas de réélection sans campagne ni confrontations d’idées, certains ont expliqué sous cape que la question méritait d’être posée. Pendant cinq ans, les mêmes ont observé avec inquiétude la façon dont le chef de l’État a clivé la société, en distinguant les bons et les mauvais citoyens. Les « irresponsables » qu’il assumait de vouloir « emmerder » et les autres.

Crise démocratique

Emmanuel Macron l’avait reconnu dès novembre 2018, au balbutiement du mouvement des « gilets jaunes » : «  Je n’ai pas réussi à réconcilier le peuple français avec ses dirigeants  », avait-il dit, ajoutant que le pouvoir n’avait «  sans doute  » pas assez apporté de « considération  ». Un premier mea culpa qui sera suivi de nombreux autres, sans que rien ne change, tant sur le fond que sur la forme. Entre petites phrases, renoncements et exercice vertical du pouvoir, le chef de l’État n’a fait qu’aggraver la situation.

Plutôt que d’écouter celles et ceux qui, parmi ses proches, le pressaient d’honorer sa promesse de proportionnelle, afin d’éviter « une crise démocratique », Emmanuel Macron a continué comme si de rien n’était. Malgré sa victoire, la crise est bien là. Le « front républicain » n’a pas disparu, contrairement à ce qu’il prétendait, mais il s’est étiolé sous ses coups de boutoir. Le niveau d’abstention et les quelques points qui le séparent de Marine Le Pen prouvent que « rien n’est joué », selon l’une de ses expressions favorites. Pour les cinq années à venir.

Emmanuel Macron va devoir s’atteler, dans un premier temps, à former un nouveau gouvernement. Le président de la République a déjà annoncé que Jean Castex resterait à Matignon au moins jusqu’au 1er mai. « Il est important que dans ce contexte de guerre et de tension très forte sur le pouvoir d’achat, il puisse y avoir une gestion des affaires courantes très réactive, car il pourrait y avoir des mesures d’urgence qu’il faudra prendre dans les prochains jours. Il faut de la continuité », a-t-il précisé sur BFMTV, vendredi.

Une majorité déjà divisée

Ces derniers temps, dans l’équipe actuelle, chacun·e avait prévu de faire ses cartons, même si beaucoup espéraient rester. Le ministre de l’éducation nationale, Jean-Michel Blanquer, s’est dit « prêt à continuer  » au poste qu’il a occupé pendant 5 ans. Plusieurs autres ont fait remonter des notes pendant toute la campagne. « Je pense qu’à la fin, il n’en restera qu’une petite poignée », soufflait récemment un ministre, en citant notamment le nom de son collègue à l’agriculture, Julien Denormandie, que beaucoup imaginent promu dans le nouveau dispositif.

Mais au-delà des équilibres à trouver pour constituer un nouveau gouvernement, le chef de l’État va surtout devoir composer avec les différentes sensibilités de sa majorité dans la perspective des législatives. C’est le sujet qui occupait tous les esprits ces derniers jours, et surtout ceux du président du MoDem François Bayrou et de l’ancien premier ministre Édouard Philippe, à la tête du parti Horizons. Les deux hommes ont longuement phosphoré sur les propos tenus par Emmanuel Macronau soir du premier tour.

« Dans ce moment décisif pour l’avenir de la Nation, plus rien ne doit être comme avant. C’est pourquoi je souhaite tendre la main à tous ceux qui veulent travailler pour la France. Je suis prêt à inventer quelque chose de nouveau afin de bâtir avec eux une action commune  », avait-il affirmé le 10 avril, esquissant les contours d’un futur parti unique, au sein duquel il aimerait fusionner l’ensemble des composantes de la majorité – dont LREM, le MoDem et Horizons. Et qui pourrait aussi accueillir des député·es Les Républicains (LR) ou socialistes sur quelques accords ponctuels.

Voilà plusieurs jours déjà que d’anciens élus LR frappent à la porte de la majorité dans l’espoir de la rejoindre. « Des sarkozystes surtout  », selon un ministre. L’ex-président de la République, qui n’a jamais cessé de manœuvrer en coulisses pour la réélection d’Emmanuel Macron,souhaite en effet peser sur le futur quinquennat. Son soutien « m’honore et m’oblige », avait affirmé le chef de l’État, le 12 avril. Dès dimanche soir, certains élus LR, comme le patron des député·es, Damien Abad, n’ont pas caché leur enthousiasme.

En comprenant la nature du projet macroniste, François Bayrou, qui avait déjà refusé de participer à la création de l’UMP en 2002, a quant à lui logiquement bondi. «  Nous considérons qu’il faut de la biodiversité politique, explique l’un de ses proches. On peut éventuellement réfléchir à des convergences, mais certainement pas à une fusion. » Édouard Philippe n’apprécie guère plus cette initiative. « François Bayrou disait : “Si nous pensons tous la même chose, c’est que nous ne pensons rien.” Il est toujours important d’avoir en tête les grands auteurs », a-t-il rappelé dans Le Figaro.

Peu avant l’arrivée de chef de l’État sur le Champ-de-Mars, le patron du MoDem, présent sur place, insistait face caméra sur le fait que les cinq prochaines années devraient être «  cinq ans de reconnaissance pour les Français, quelles que soient leur situation et leur opinion ». Une façon de souligner que le deuxième quinquennat ne pourrait se faire sur le modèle du premier : de façon verticale, autoritaire et solitaire. Au mépris de toutes celles et ceux qui ne pensent pas comme Emmanuel Macron.

[Source : http://www.pressegauche.org]