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Escrito por Atilio Pérez da Cunha

“Ese perro que aúlla a las sombras,
ese agujero en la suela del zapato derecho,
ese árbol que vestirá mi carne,
finalmente,
apuntan hacia Dylan”.

Eduardo Darnauchans

Una garganta con arena

Más de cincuenta años después de su aparición en las calles del bohemio Greenwich Village de Nueva York, todavía el huracán de Minnesota tiene fuerza para ganar el premio de la Academia Sueca, que le entregó el Nobel de Literatura por “haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”. Un premio que corona una carrera que ha tenido otros reconocimientos literarios importantes, ya que Dylan obtuvo la Orden de las Artes y las Letras (1990), el Príncipe de Asturias (2007) y el Pulitzer (2008).
El Nobel, las dificultades de la Academia para encontrarlo y que asista a la ceremonia de premiación y lo que hará, presuntamente, con dicho premio lo han convertido en noticia recurrente en la más amplia diversidad de medios. Por lo tanto, el vecindario está alborotado.
Algunas personas que no leen siquiera las necrológicas o los resultados de la quiniela, y que jamás han oído a uno de los mayores poetas contemporáneos, debaten sobre el merecimiento de tal premio. Los expertos también debaten aunque no sean, precisamente, expertos en la frondosa obra de Bob Dylan a lo largo de 55 años de carrera, desde que llegó en el frío invierno de 1961 a Nueva York.
Hace poco, el poeta Víctor Cunha, tan urubeatnik y tan dylaniano como yo, me contaba que escuchó una tertulia radial en la que algunos expertos discutían sobre Dylan. Decía Víctor: “En Montevideo, un programa matinal junta a cuatro personas alrededor de una mesa para charlar sobre el caso. Lo cual no está mal en sí. Lo que sí está mal es que los anuncien como que son expertos en Dylan, cuando no lo son. De hecho, me consta que son expertos pero en rubros que no son Dylan, y eso es lo que lo vuelve más bizarro, porque quienes defienden no saben mucho cómo defender, los que atacan no saben qué o cómo es que hay que atacar. El conductor del programa lee incansable una pregunta de un oyente que habla de un cierto aire andaluz de la vestimenta de Dylan. El conductor finalmente encara a los expertos y les pregunta. Los expertos, a favor o en contra, no tienen la respuesta. En realidad, no se necesita ser experto para saber que la pregunta es errónea. El toque no es andaluz, sino mexicano. Cualquier abombado sabe que esos trajes con vira en el borde de la solapa y en las costuras laterales del pantalón, con bolsillos sin tapa y detalles de cuero, el corbatín de lazo, más el sombrero blanco a veces de alas dobladas o negro de ala dura, las botas bordadas y de taco, da entre Texas y México, no Andalucía. La primera vez que Dylan estuvo en Uruguay salió a escena vestido de esa manera. Será que le gusta”. Pienso en estas palabras del poeta y coincido: lo único andaluz en la vida de Dylan han sido los libros de Federico García Lorca.
Desde el otro lado de una calle de Malvín, un veterano cuidacoches me grita: “Dylan ganó el premio Nobel”.
El músico y poeta canadiense Leonard Cohen, a sus 82 años, aplaudió el premio Nobel de Literatura concedido a Bob Dylan y aseguró que otorgarle ese galardón al cantautor estadounidense es como “poner una medalla al Monte Everest por ser la montaña más alta”. Muchos años antes, el mismo Cohen, otro gran ícono de la canción de tópico, había dicho: “Bob Dylan es uno de esos personajes que solo aparecen una vez cada trescientos o cuatrocientos años”.
Pocas horas después de conocida la premiación de la Academia sueca, Nelson Caula, entrañable colega y amigo, me llamó para opinar sobre el premio Nobel de Literatura entregado al judío errante, la poderosa central poética, la garganta de arena y de “urraca valerosa”, que ha marcado a varias generaciones del planeta en los últimos cincuenta años. Entonces imaginé que sería natural que el posible lector de esta nota pensara que es oportuna, o que es en cierto modo oportunista, dada la repercusión del Nobel y sus consecuencias. Pero, en realidad, estaba pactada bastante antes y es mi manera de celebrar esta edición aniversario de Dossier. Y, también, en cierto modo, la celebración de una parte sustancial de mi propia vida.

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¿Cómo llegó Dylan al cul du monde?

“Oh, oye esto, Robert Zimmerman,
escribí una canción para ti
acerca de un joven extraño
llamado Dylan,
con una voz como la arena y pegamento”.

David Bowie

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Hasta 1969-1970 no había escuchado a Bob Dylan. El mundo entonces mostraba las claras modificaciones sufridas en su geografía política tras la Segunda Guerra Mundial. Se había configurado una bipolaridad derivada de la división del planeta en dos zonas de influencia controladas respectivamente por Estados Unidos y la Unión Soviética (URSS). Los estadounidenses miraban a América Latina como su patio trasero. Habían comenzado a hacer una política intervencionista, y todo lo que se les antojaba diplomáticamente en los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y de Oriente Medio. La URSS manejaba con mano firme a los países de la entonces llamada “Cortina de Hierro”, y con el garrote del Pacto de Varsovia había aplastado a los gobiernos aperturistas de Hungría, en 1956, y de Checoeslovaquia, en 1968.
Uruguay se deslizaba, entretanto, en una espiral de violencia inédita y sorprendente, como si alguien se hubiera dormido mirando Heidi y se hubiera despertado, bruscamente, con una escena de un film de terror de Stephen King.
Era una época sin celulares inteligentes, sin internet, sin televisión satelital y sin videoclips, sin discos compactos ni mp4. Para un muchacho del sur del Sur era imposible imaginarse la voz y la imagen de un cantor/poeta que se había convertido en la banda de sonido de los movimientos civiles de Estados Unidos en los años sesenta. Dylan.
Disculpe el lector si esta nota resulta autorreferencial, pero la escribe alguien que se hizo poeta, poeta menor, pero poeta al fin, gracias a Bob Dylan.
En los patios del viejo Instituto Alfredo Vásquez Acevedo, agitado por aquellos años complejos y violentos, eran muy pocos aquellos con los que se podía hablar de Bob Dylan. Él ya era un referente de la canción de autor, o de tópico, y se había convertido casi en una leyenda viva como los grandes del folk Pete Seegger, Joan Baez y Woody Guthrie.
En 1970 había corrido a comprar Nashville Skyline, disco compartido con el cantante country Johnny Cash, pero no conocía más que algunas letras de sus primeros discos, las emblemáticas ‘Blowin in the wind’ y ‘A hard rain gonna fall’, que nunca habíamos escuchado, ya que sus discos eran imposibles de conseguir.
Ignoraba por completo que en julio de 1966 Dylan había sufrido un accidente con una motocicleta Triumph Tiger 100 en una carretera cerca de su hogar en Woodstock. Nunca supimos con certeza la gravedad de sus heridas, más allá de alguna declaración del propio cantante/poeta que dijo que sufrió la fractura de varias vértebras cervicales.
Como en muchas otras ocasiones, el personaje Bob Dylan aparecía rodeado de misterio y oscuridades, dado que después del accidente no fue hospitalizado ni hubo partes médicos que refirieran a la entidad de las heridas.
Algunos biógrafos y críticos de la obra de Dylan señalan que el accidente ofreció al cantante la oportunidad de sacarse de encima las presiones que había acumulado al convertirse en el referente, aunque él aclarara reiteradamente que no quería serlo, de todos los movimientos sociales y contestatarios de la época.
“No sigas a líderes, vigila los parquímetros”, había advertido en ‘Subterranean homesick blues’, uno de los temas de su disco Bring All Back Home, de 1965, que aquí en Montevideo no se oyó hasta 1972. En ese mismo año pude conseguir Highway 61 Revisited, en un canje pelo a pelo por un disco de Astrud, una de las mujeres de João Gilberto. El disco de Dylan, considerado uno de los mejores de la historia, era casi todo eléctrico, motivo por el cual Bob había sido abucheado en el Festival Folk de Newport de 1965. En las nueve canciones de ese disco está presente la literatura dylaniana más pura, desde ‘Like a Rolling Stone’, su canción más emblemática, hasta la densa y aluvional ‘Desolation row’, cuya extensión era ya un verdadero cross a la mandíbula.
Para los que conocíamos a Dylan solo por su álbum country Nasville Skyline, fue un verdadero impacto. Por eso no entendimos nada.
En ese puzle perverso que es el personaje Bob Dylan, creado por Robert Zimmerman, faltaban tantas piezas que resultaba imposible completar la imagen global del poeta/cantor que, a pesar de todo, empezábamos a idolatrar como pequeños devotos.
Ignorábamos tanto sobre Dylan, que hasta los años ochenta podíamos decir de él que seguía siendo “un perfecto desconocido”.

La historia oficial (“Eso quiere decir que hay otra historia”)

En los años setenta el mayor conocimiento sobre Bob Dylan lo obtuve por transmisión oral y, muy eventualmente, la audición de alguno de los discos inconseguibles en Uruguay, de parte de mi amigo Hamlet Faux, entonces periodista de los ya desaparecidos diario El Día, Radio Sur y Radio Panamericana. Él fue un referente fundamental: todo lo que podía saber de Dylan lo sabía gracias a Hamlet Faux, quien también me acercaría, en los primeros años de la década de 1980, las publicaciones de Los Juglares y la biografía del periodista estadounidense Anthony Scaduto (la más autorizada hasta entonces, aceptada por el propio Bob), consecuencia de la producción editorial de la España posfranquista.

Captura de pantalla 2017-02-26 a la(s) 10.36.30Leer la biografía de Dylan por Scaduto fue como si un prisionero sometido a una celda de castigo recibiera un manual de cocina con las recetas de apetitosos platos que no podría probar durante su encierro. Cada página alertaba sobre discos y asuntos referidos al poeta/cantante que temía no llegar a conocer. Me relamía como el preso que saboreaba sus platos imposibles.
Hoy en día, tras haber recorrido una buena distancia de mi vida como periodista y comunicador, pienso que sigo ignorando muchas cosas sobre la obra y la vida de Bob Dylan, ese personaje creado por el Sr. Zimmerman.
Cuando Bob Dylan cumplió sesenta años, permitió que apareciera una gran cantidad de libros biográficos o dylanianos. Obviamente, fue también una buena oportunidad para las reediciones de las biografías escritas por Anthony Scaduto y por Robert Shelton, el presunto “descubridor” del cantante/poeta en un bar del Greenwich Village en los años en que Dylan hacía “ásperas canciones folk servidas con fuego y azufre”, según sus propias palabras.
Pero a medida que los libros, de un modo u otro, llegaban a mis manos, me daba cuenta de que la vida de Dylan sucumbía frente a su obra, monumental y abrasadora. (En mayo de 1981, en una disquería de Rúa das Andradas, en mi querida Porto Alegre, “expropié por amor” el doble álbum de vinilo Selfportrait, de Dylan, en una carísima edición holandesa).

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Este autorretrato producido por el poeta/cantante despertó la ira de un personaje de los setenta, Alan Jones Weberman, quien dedicó muchas noches a revisar el tacho de basura de Dylan para ver si encontraba allí, entre restos de hamburguesas, cajas de cereales, pañales sucios y otros residuos, la explicación de su misterio. (Weberman pasó de ser un fanático de Dylan a ser su archienemigo, como Lex Luthor con Superman. Siempre que pienso en eso recuerdo una frase que me dijo el doctor Jorge Batlle: “Mire, mi amigo, no existe peor fundamentalista que un converso”).
¿Qué cuenta una biografía de Bob Dylan? La vida, probablemente las múltiples vidas de un artista inclasificable, un hombre de una raza, de uno solo, que apareció en los contraculturales años sesenta, bajo un amenazante cielo nuclear y cielos sureños cargados de extrañas frutas (negros del Mississippi colgados por hijos y nietos de Lynch).
Bob Dylan es una creación original de Robert Zimmerman, aunque no está claro si tomó su apellido del poeta Dylan Thomas, porque incluso el propio Bob se ha ocupado de negarlo, al tiempo que reconocía la influencia de su lírica, así como de la escritura de Allen Ginsberg (que aparece junto a él en el film Don’t Look Back, la poesía beatnik y los poetas surrealistas).

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Robert Allen Zimmerman, hijo de Abe y Betty, ambos respetados integrantes de la pequeña comunidad judía de Duluth, Minnesota, nació el 24 de mayo de 1941 y se crió en las colinas de minas de hierro, en Hibbing, al oeste del Lago Superior. Sus abuelos paternos fueron emigrantes judíos de Odessa, actual Ucrania, que huyeron a Estados Unidos por causa de los pogromos y la violencia racista. Los abuelos maternos, judíos de Lituania, habían llegado a América un poco antes que los Zimmerman, escapando del fuego de infiernos similares.
En 1946 nació David Zimmerman, el único hermano de Bob. Un año después, toda la familia se trasladó a Hibbing, una pequeña ciudad minera cerca de la natal Duluth, también dentro del estado de Minnesota, cercana a la frontera con Canadá.
La familia vivía de la pequeña casa de electrodomésticos regenteada por el padre de Bob, y él comenzó a interesarse muy tempranamente por la música. Precozmente escuchaba en las radios discos de blues y de los cantantes country de los años cincuenta, hasta que a los trece años, en su Bar Mitzvah, recibió una guitarra de regalo. Esto fue casi un sismo en la vida de aquel adolescente, en una ciudad tan dura y asfixiante como las minas cercanas, destino inevitable de muchos muchachos de su calle y de su generación.
El otro elemento inspirador, en una ciudad donde nunca pasaba nada, fue la amistad con Echo Helstrom, una linda muchachita que resultó el primer amor juvenil de Bob Dylan. Esta muchacha, de singular belleza, de largo cabello rubio y ojos azules, una suerte de Brigitte Bardot de Minnesota, fue la fuerza y el motor para escapar de la mediocre realidad de Hibbing en dirección a Nueva York, donde una época de parto se hacía visible en las calles.

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Del frío Nueva York de 1961 a Los Ángeles caídos de sus 75 años

En 1959, cuando Fidel Castro ya se había instalado en La Habana, el todavía Robert Zimmerman se trasladaba a Minneapolis para matricularse en la universidad. En una clase de anatomía no pudo soportar la vivisección de un conejo y abandonó la facultad por la carretera.
Durante una época inicial, su interés estuvo centrado en el rock and roll. Él mismo manifestó que entonces quería ser tan grande como Elvis. En un proceso cada vez más inclinado hacia lo que el poeta Washington Benavides define como “canción de texto”, Dylan fue inclinándose por la música folk, que era una cosa más seria, que expresaba sentimientos y pensamientos sobre una época dramática y agitada. “Las canciones estaban llenas de tristeza, de triunfo, de fe en lo sobrenatural, y tenían sentimientos más profundos”.
La influyente Echo Helstrom, su noviecita juvenil, parece que fue la que sugirió el nombre “Bob Dillon” que acabó siendo Bob Dylan. Con ese nombre llegó un frío invierno de 1961 a Nueva York. “Llegué en lo más crudo del invierno. Hacía un frío brutal y todas las arterias de la ciudad estaban recubiertas de nieve, pero yo había salido del norte glacial, de un rincón de la tierra donde los bosques gélidos y las carreteras heladas eran moneda corriente. Podía superar las limitaciones. No iba en busca de dinero ni de amor. Me sentía extremadamente despierto, iba a la mía, era un tipo poco práctico y, para colmo, un visionario”.

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La leyenda dice que lo primero que hizo Dylan al llegar fue visitar a quien consideraría “su último héroe”, Woody Guthrie, un prolífico e influyente cantor folk identificado con los mineros, los pobres y los oprimidos. Woody estaba en la última fase de la enfermedad de Huntington, una rara patología neurológica, hereditaria y degenerativa. Dylan lo visitó en el Greystone Park Psychiatric Hospital y en los ratos de lucidez de Guthrie, aquel desgreñado muchacho cantaba para él sus versiones de canciones folk conocidas y sus propias creaciones, especialmente una que tituló ‘Song for Woody’:

“Eh, eh, Woody Guthrie,
te he escrito una canción
sobre un divertido viejo mundo
que va dando vueltas,
que parece enfermo y está hambriento,
cansado y roto,
que parece como muriéndose
y apenas ha nacido”.

Las letras de Dylan incorporan una variedad de temas sociales, políticos, filosóficos y literarios que desafiaron a la música pop-rock convencional existente y apelaron generalmente a la contracultura emergente en la época. Influido por Guthrie, Robert Johnson (el blusero que vendió su alma al diablo), Hank Williams y Cisco Huston, Dylan amplió y personalizó los géneros musicales a lo largo de más de cinco décadas de carrera musical.
En apenas cuatro años desde su llegada a Nueva York, Dylan grabó varios discos, se erigió como rey del folk junto a la reina Joan Baez y revolucionaría la música pop y rock, volviéndose un referente para ascendentes bandas como The Beatles, The Rolling Stones y The Byrds. La discografía consta de 37 álbumes de estudio, diez en vivo, catorce álbumes recopilatorios y cerca de setenta discos simples de vinilo. En aquella época, Dylan era uno de los artistas más pirateados, por lo que existen numerosos discos no contabilizados en su discografía oficial. Hoy en día, en plena era digital, en cada presentación de Bob Dylan aparecen nuevos registros piratas, muchos de ellos con una más que aceptable calidad de sonido. Entre 2014 y el presente año, Bob Dylan publicó sus dos últimos discos de estudio, Shadows in the Night y Fallen Angels, que contienen sus versiones, muy dylanianas, de canciones escritas por distintos autores, Johnny Mercer, Harold Arlen, Sammy Cahn y Carolyn Leigh, entre 1923 y 1963, algunas de ellas grabadas por Frank Sinatra.

Maese Dylan, una vez más en el camino

Un académico sueco cataloga a Dylan de “maleducado y descortés”. Un joven periodista montevideano coloca un trozo de una canción ligera de Dylan, una de las mil que compuso, y se pregunta: “¿A esto le dieron un Nobel?”. Claro está, no ha escuchado nunca obras como ‘Desolation row’, ‘It’s a hard rain gonna fall’ o ‘Tangled blue’, tan densas y con fuerza de knock out como los puños del gran Muhammad Alí.
Bob Dylan, con setenta y cinco años, es más joven que el día que acaba de nacer e ilumina la habitación en la que escribo esta nota.
Un entrañable amigo, tan dylaniano como un servidor, me dice: “No podemos esperar que Dylan piense con nuestras cabezas o tome decisiones como las que tomaríamos. Dylan es Dylan”. No podemos saber entonces qué hará seguidamente. Es posible que en la carretera, que nunca ha abandonado, vuelva a recordarnos que lo único que ha querido en esta vida es ser él mismo. Y que no tiene ninguna otra respuesta para darnos, porque las que esperamos siguen soplando en el viento.
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Dedico esta a nota a mi hijo Miguel, que algún día heredará mis discos de Bob Dylan.

 

[Fuente: http://www.revistadossier.com.uy]

Con el título de su quinto álbum, Death Of A Ladies’ Man, la película del director Matt Bissonnette construye un raro y alucinado puzle de imaginación y realidad cuyo objetivo es rendir tributo a las canciones del poeta y cantante canadiense.

Una escena de la película, aunque parezca insólito: padre (a la izquierda) e hijo (a la derecha) se confiesan en su Irlanda natal |Filmin

Escrito por MATÍAS URIBE

No es una superproducción, pero debe haber costado su buen dinerito: lleva anexada media docena de canciones de Leonard Cohen y al precio que se paga el kilo de canción de famoso como banda sonora y de los millones a los que en estos tiempos se venden catálogos completos… Tampoco es una cinta sobre el bienquisto cantante y poeta canadiense sino un homenaje subliminal de su director (Matt Bissonnette, paisano suyo y rendido fan) trenzado a través de una historia extraña, algo surrealista, pero entrañable y emotiva. La protagoniza magníficamente el irlandés Gabriel Byrne (‘Muerte entre las flores’) y se estrena hoy, 24 de septiembre en Filmin; una más de esas pelis que no llegan antes a la gran pantalla sino a la TV, el destino al que, parece, está abocada la industria cinematográfica con las plataformas, la alta tecnología del Full HD, el 4K, el 8K y esos grandes pantallones, cuando no los proyectores domésticos.

El título ya explicita por sí mismo su relación con Leonard Cohen. Es el mismo con el que el canadiense denominó a su quinto LP, y figura en su discografía como el hijo raro, si no bastardo, de la familia. Otros lo consideran como la china en el zapato y hasta su garbanzo negro. Tampoco es para tanto, aunque sí sorprendente. Acostumbrados a aquel Cohen de dormitorio de sus primeros discos, darse de bruces en 1977 con un Cohen poco menos que envuelto en fanfarrias y epopeyas sonoras daba un poco de yuyu, grima. ¿Pero qué coño ha hecho este tío? ¿Se le ha ido la perola? Era la pregunta del mundillo musical en aquellos años finales de los setenta en los que achuchaba el punk y la new wave británica. Enseguida se comprendió: Phil Spector, un tipo de armas tomar, y nunca mejor dicho, había entrado en su vida artística.

Pese a acabar a trompicazos con los Beatles, y después entrar en casa de unos mendrugos como Ramones, el caso es que Cohen y Spector unieron sus talentos musicales y decidieron hacer un disco conjuntamente. Se conocieron una noche en el Trobadour de Los Angeles. Admiradores el uno del otro, aquella misma noche ambos acabaron en la casa de Spector, muertos de frío y aburridos, por lo que decidieron escribir canciones. Curiosamente, azuzados por la bebida, el encierro duró un mes y de allí salieron con quince canciones para un disco. Había sido divertido, según Cohen, pero lo malo llegó en el estudio. Spector se hizo dueño y señor de la grabación, relegando al canadiense, al que ni tan apenas permitió que metiera las manos en arreglos ni instrumentaciones. Su amabilidad casera se convirtió en tiranía en el estudio. Peligrosa, incluso. En una ocasión cogió a Cohen por el cuello enarbolando una botella de vino en la mano y un revólver en la otra para susurrarle que le quería. Cohen se asustó mucho. Y más aún cuando apuntó al violinista, amenazándole que, como no tocara bien, le dispararía. El violinista envainó a toda prisa su instrumento y salió corriendo del estudio. Aquel rey de la producción era un ser paranoico, loco.

Luego, Spector mandó de vacaciones al canadiense y se encerró en el estudio a ‘ser Spector’, es decir, a montar una de aquellas algarabías instrumentales tan propia de él: coros, cuerdas, voces femeninas, vientos, trompeterío, baterías… el famoso ‘muro de sonido’. Quien más quien menos se tiraba de los pelos cuando en el tocadiscos sonaba, por ejemplo, Don’t Go Home With Your Hard-On. ¡Qué aberración! Cohen cantando a grito pelado y una especie de fanfarria marcial caribeña acompañando el paso… De mercadillo. Quedó marcado.

Hasta él mismo renegó cuando escuchó el disco. Máxime cuando le llegó la onda de lo que Spector estaba perpetrando en el estudio. Le mandó un telegrama pidiéndole que volvieran de nuevo al estudio, a lo que ni contestó. La leyenda negra dice incluso que, en una ocasión, intentó entrar, pero le fue franqueada la entrada por la guardia pretoriana armada para disuadir a cualquiera que quisiera molestar al gran jefe del muro sonoro. Y como el canadiense ya le había visto juguetear con las armas, se dio la vuelta por si las moscas. Que sea lo que este cafre quiera. Y eso fue Death Of A Ladies’ Man, una ‘cafrada’ made in Spector.

Un disco, luego de calmarse las aguas, las letales erupciones sonoras y arrugarse los leones hambrientos de la crítica (“Leonard Cohen: para los sádicos de la música”, escribió el Toronto Star), menos torcido y crudo de lo que se anunció y criticó en su momento. De hecho, en él había alguna que otra joya —Memories, por ejemplo, puro Spector bañando la poesía de Cohen—, o como diría el canadiense, pese a todo, “momentos vigorizantes”. Alberto Manzano, máximo experto español en la obra de Leonard Cohen, además de traductor y amigo personal del cantante, lo ha centrado recientemente en su libro Leonard Cohen. La biografía (Cúpula/Planeta, 2019), afirmando que “el álbum es extrañamente fascinante y tiene una gran fuerza cuando se escucha a gran volumen”. Y aun así: el disco en conjunto no pasa la definitiva prueba del algodón leonardcoheniana. Son solo nueve canciones de las quince que compusieron, pero la mezcla y los estridentes arreglos de, por ejemplo, la mentada Don’t Go Home With Your Hard-On, producen ataques de nervios, lo más impensable en una pieza del canadiense. Sin embargo, brilla en los textos: para el compositor, los mejores de su carrera poética. Textos en los que, con esa poesía rimbaudiana y surrealista, Leonard Cohen se quita los velos al completo para mostrar sus obsesiones por el erotismo y las mujeres, o como dijo de él su amigo griego George Lialios, su “sed por el sexo opuesto en todas sus variedades”.

Razón por la que Matt Bissonnette ha elegido ahora este título para su película con un desarrollo retorcido, pero claro para mostrar el objetivo de la historia: su admiración por Cohen y el efecto redentor del arrepentimiento a través de un profesor universitario que siente alucinaciones, debido a un tumor cerebral, y al que se le pronostica como máximo un año de vida. Razón también por la que Bissonnette devuelve al profesor a su Irlanda natal para reconectar con sus dos hijos y escribir la novela que siempre había soñado.

Salvo el archifamoso Bird On the Wire, de su segundo álbum, Songs From A Room (1969), son temas escondidos en el repertorio de Leonard Cohen los que suenan en la banda sonora: Memories, de Death Of A Ladies’ Man (1977); Why Don’t You Try, de New Skin For The Old Ceremony (1974); The Lost Canadian, de Recente Songs (1979); Heart With No Companion, de Various Positions (1984) y Did I Ever Love You, de Popular Problems (2014). Todos ellos acompañados por un buen puñado de piezas ajenas y otras específicas para la película.

No pasará esta, con toda seguridad a la gran historia del cine, pero sí quedará como un emocional tributo a Leonard Cohen, una de las apariciones más grandes en el mundo pop, una llama que nunca se apagará. ¡Cuánto sigo disfrutando personalmente de los tres DVDs que nos dejó su enorme gira del 2008-2009! A partir de hoy, día 24 de septiembre de 2021, con Leonard Cohen con 87 años recién cumplidos de haber vivido todavía (hubiera llegado a ellos el pasado 22), los aficionados al cine y obviamente los seguidores del cantante-poeta, como Bissonnette, podrán arrodillarse en el reclinatorio y emocionarse ante esa llama inextinguible de sus canciones. En la plataforma cinematográfica Filmin.

 

 

[Fuente: http://www.heraldo.es]

L’any 1949, un Leonard Cohen de quinze anys va entrar en una llibreria de segona mà, va agafar un llibre de Federico García Lorca i se’n va enamorar. “Va ser el primer poeta que em va convidar a viure en el seu món”, va explicar el cantant. La connexió va ser tan gran que la primera filla de Cohen es diu Lorca. Lorca Cohen: un nom que resumeix una admiració. El 1986, Leonard Cohen va adaptar a l’anglès el poema Pequeño vals vienés, del poemari Poeta en Nueva York. Vet aquí el resultat.

 

Pequeño vals vienés

En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.

Este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.

Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.

En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados.
Hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.

Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals del “Te quiero siempre”.

En Viena bailaré contigo
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orilla tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.


Versió en anglès de Leonard Cohen:

Now in Vienna there are ten pretty women
There’s a shoulder where Death comes to cry
There’s a lobby with nine hundred windows
There’s a tree where the doves go to die
There’s a piece that was torn from the morning,
And it hangs in the Gallery of Frost

Take this waltz, take this waltz
Take this waltz with the clamp on its jaws
I want you, I want you, I want you
On a chair with a dead magazine
In the cave at the tip of the lilly,
In some hallway where love’s never been
On a bed where the moon has been sweating,
In a cry filled with footsteps and sand

Take this waltz, take this waltz
Take its broken waist in your hand

This waltz, this waltz, this waltz, this waltz
With its very own breath of brandy and Death
Dragging its tail in the sea

There’s a concert hall in Vienna
Where your mouth had a thousand reviews
There’s a bar where the boys have stopped talking
They’ve been sentenced to death by the blues
Ah, but who is it climbs to your picture
With a garland of freshly cut tears?

Take this waltz, take this waltz
Take this waltz, it’s been dying for years

There’s an attic where children are playing,
Where I’ve got to lie down with you soon,
In a dream of Hungarian lanterns,
In the mist of some sweet afternoon
And I’ll see what you’ve chained to your sorrow,
All your sheep and your lillies of snow

Take this waltz, take this waltz
With its “I’ll never forget you, you know!”

This waltz, this waltz, this waltz, this waltz
With its very own breath of brandy and Death
Dragging its tail in the sea

And I’ll dance with you in Vienna
I’ll be wearing a river’s disguise
The hyacinth wild on my shoulder,
My mouth on the dew of your thighs
And I’ll bury my soul in a scrapbook,
With the photographs there, and the moss
And I’ll yield to the flood of your beauty
My cheap violin and my cross
And you’ll carry me down on your dancing
To the pools that you lift on your wrist
O my love, o my love
Take this waltz, take this waltz
It’s yours now. It’s all that there is

 

 

[Font: http://www.catorze.cat]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ha muerto Theodorakis. Se lleva mis treinta años, una ventana de Alexandria, los amigos preparando un guiso y rueda la cerveza como en piedra de molino. Una ventana en Alexandria que observaba el detalle de mi primer matrimonio, cabellos rojos tiñendo almohadas de sangre. Cardenales carmesíes sobre los árboles. Venían del bosque donde se escondían los asesinos. Desde allí mi abuelo, muerto hacía décadas, anunciaba que Pepe se desangraba en el frío de algún lugar por Challa en el Ande solo.

Emily se gestó con Theodorakis, con la voz de María Farantouri. Si hay música que me recuerde Virginia, los amigos, el trago, la furia, pasión y nostalgia, son Mikis Theodorakis y Leonard Cohen. Sobre esos dos pivotes se tejió la bohemia, esa que una mañana de 1991 abandoné por el sueño de la tierra. Pero seguimos bailando, brazos encima de brazos, y maldiciendo en griego: malakas (literalmente “pajero”) a todo lo que está fuera de nosotros. Éramos jóvenes y quizá valientes, sin coroneles para lanzarnos a matar. Teníamos músculo; tostábamos las manos entumecidas de invierno hasta que olieran a asado. Y el sábado por la tarde Theodorakis, sin fin, para siempre…

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

El mito que envuelve de historias tan dramáticas como cautivadoras al Hotel Chelsea vuelve a dar qué hablar sobre lo que ocurre en sus pasillos y habitaciones y esta vez lo hace a partir de una demanda contra Dylan por abuso que se remonta a hechos de 1965.

La fachada del Chelsea Hotel.

La fachada del Chelsea Hotel

El Chelsea Hotel de Nueva York, cuya imagen se ensombreció en las últimas horas a partir de la denuncia de abuso de una mujer contra el cantautor Bob Dylan, guarda entre sus paredes una legendaria historia de inspiración y excesos, protagonizada por escritores como Arthur Miller y Williams Burroughs, así como la muerte de Dylan Thomas y el rescate artístico que el argentino Antonio Berni hizo al retratar a una prostituta que rentaba una de las habitaciones del icónico lugar.

El mito que envuelve de historias tan dramáticas como cautivadoras al Hotel Chelsea vuelve a dar qué hablar sobre lo que ocurre en sus pasillos y habitaciones y esta vez lo hace a partir de una demanda contra Dylan que se remonta a hechos de 1965, luego de que una mujer, identificada como J.C, declarara haber sido abusada en múltiples ocasiones por el músico en ese hotel bajo amenazas, cuando ella tenía tan solo 12 años.

Aunque por parte del entorno del Nobel de Literatura consideran falsa la denuncia, la mujer afirma que los abusos ocurrieron en uno de los departamentos del emblemático hotel que encierra múltiples historias que nacieron desde la concepción misma de ese edificio, abierto en 1884, e ideado por el arquitecto Philip Hubert, como una suerte de experimento comunitario.

Concebido originalmente para que funcionara como una comunidad socialista, Hubert reservó departamentos para los obreros que estuvieron a cargo de la construcción, electricistas, plomeros, y los rodeó de escritores, músicos, actores. El último piso fue cedido para quince talleres de artistas y en 1905 fue convertido en hotel de lujo.

En la posguerra, el edificio victoriano situado en cercanías del río Hudson declinó y volvió a instalarse allí la bohemia artística, como Jackson Pollock y Larry Rivers, recuerda la curadora Victoria Giraudo en un texto publicado en la página web de la Fundación Malba. Y al ambiente artístico se le sumó un grupo de habitantes entre los que había personajes extraños, esquizofrénicos, drogadictos y, en el primer piso, casi exclusivamente prostitutas y proxenetas.

Parte de la leyenda cuenta que en la habitación 205 el escritor William Burroughs, de la generación beat que denunciaba los engaños del poder, escribió en 1959 el primer borrador de « El almuerzo desnudo », y que el escritor y periodista Arthur Miller se mudó a la habitación 614 luego de su divorcio con Marilyn Monroe en 1962.

Los músicos Janis Joplin y Leonard Cohen tuvieron relaciones sexuales en la habitación 424; el autor de ciencia ficción Arthur C. Clarke escribió « 2001: Odisea del espacio »; William Burroughs escribió « La tercera mente »; en 1966 el artista Andy Warhol filmó partes de Chelsea Girls; y la cantante y escritora punk Patti Smith se alojó con el fotógrafo Robert Mapplethorpe, donde todos convivían con las puertas abiertas, en comunidad.

Entre los hechos menos glamorosos que acogen sus habitaciones se cuenta la muerte en 1953, por un coma etílico de Dylan Thomas, el poeta que inspiró el nombre artístico de Dylan; y cuando Sid Vicious, de los Sex Pistols, apuñaló a Nancy Spungen provocándole la muerte.

El escritor estadounidense Jack Kerouac también formó parte de esa comunidad de artistas y se dice que escribió los primeros borradores de su novela más famosa « En el camino » en unos rollos de papel higiénico Chelsea. De esos años de convivencia y experimentación con sustancias, según el diario italiano La Repubblica, se destaca el cóctel Kerouac: una mezcla de tequila, Aperol, Triple sec con naranja y Combier, zumo de limón y de pomelo, con un toque de jarabe de agave. Una elección de ingredientes influenciada por su estadía en México, cuyos colores, tradiciones, espíritus y plantas los sedujeron.

(S)Antonio Berni: la paleta kitsch de la exuberancia(s)

El vínculo del pintor rosarino Antonio Berni (1905-1981) con el Chelsea sucedió a mediados de los años 70, cuando interesado por la decadencia de la sociedad contemporánea urbana, llegó a Nueva York por invitación del marchand Alfredo Bonino para preparar su próxima serie de obras, que expuso en mayo en Bonino Gallery.

Como señala Giraudo, Nueva York lo impresionó « mucho por su empuje, su crecimiento y vitalidad, pero también por la sociedad de consumo y la marginalidad en sus calles », y hospedarse en el mítico Chelsea Hotel fue cumplir un gran sueño, que hizo realidad al instalarse en el departamento 1009.

Las prostitutas, que habían sido tema de interés para el artista desde 1931 en los burdeles de su Rosario natal, volvieron a ocupar el interés de sus obras neoyorquinas. Estas mujeres alquilaban un cuarto y se turnaban con sus clientes, cada uno media hora. Mientras una prostituta trabajaba, las otras tenían que estar haciendo tiempo en algún lado, con lo cual iban al baño, momento en que Berni las retrataba como parte de la marginalidad de las grandes ciudades.

En ese entonces, Berni pintó « Chelsea Hotel » (1977), donde representa a una mujer joven, voluptuosa, con el torso desnudo, que exhibe sin ningún pudor sus grandes pechos turgentes, pero no deja entrever su pubis. « Sentada en la punta de una cama, las piernas cruzadas, con medias y ligas negras, abre una cortina drapeada de color magenta a rayas blancas, y se asoma mirando de reojo, como si invitara a alguien a entrar en su habitación », describe Giraudo.

Según la curadora, la paleta de colores de estilo kitsch deja ver cómo las medias negras contrastan con el rosa chicle, con la encarnación saturada, la alfombra color maíz, al igual que el faldón de la cama, y el fondo en azules verdosos. La obra, que luego fue récord en una subasta, forma parte de la colección del Museo Latinoamericano de Buenos Aires.

 

[Fuente: http://www.telam.com.ar]

 

 

 

Presentación de la biografía “Javier Krahe”, de Federico de Haro

Escrito por JAVIER VELASCO OLIAGA

Acaba de publicarse la biografía “Javier Krahe” que lleva como subtítulo “ni feo, ni católico, ni sentimental”, justamente todo lo contrario que aquel marqués de Bradomín que ideará el simpar don Ramón María del Valle-Inclán, del periodista madrileño Federico de Haro. Krahe evidentemente no es lo que se le achaca en ese subtítulo, ya que para muchos era feo, muy feo, y sentimental, muy sentimental.

Convocados por vía telemática, nos reunimos un puñado de periodistas para asistir a la puesta de largo de esta biografía, que no es la primera como se dijo porque ya en 1991 Ángel Vivas publicó en Júcar una biografía, parcial porque llegaba hasta ese año. Por lo tanto, la nueva biografía de Federico de Haro es más completa y trata su vida hasta su fallecimiento en las tierras gaditanas de Zahara de los Atunes, en el inicio del verano de 2015.

En la rueda de prensa estuvieron presentes el autor de la biografía, el editor Jaume Bonfill y el guitarrista y mano derecha de Krahe Javier López de Guereña. Para el editor, “este libro es la primera biografía del bardo más irreverente de nuestro país, un libro diestramente ilustrado y que se sale de lo normal. Es muy peculiar y atractivo tanto en su formato como en su contenido”.

Federico de Haro quiso agradecer a la familia del cantante las facilidades que le han dado para escribir el libro, al igual que muchos de sus amigos. “Entrevisté a unas 60 personas de su entorno durante dos años para conseguir un perfil íntimo de Javier Krahe. Son más de 200 los testimonios con los que me hice para escribir esta biografía que está llena de anécdotas, narradas a la luz de esos datos fidedignos que me contaron tanto sus amigos como su familia”, relata el biógrafo de forma cariñosa.

“Krahe nunca fue viejo porque nunca fue joven”

Estas son las palabras que le brindó un conocido amigo suyo, el bardo por excelencia de la modernidad Joaquín Sabina. Todas esas anécdotas las ha ido recopilando de forma fidedigna el autor del libro. “Quise conocerlo todo de Krahe, para luego olvidarlo y una vez olvidado ponerme a escribir su biografía”, afirma Fernando de Haro, y añade “todo lo que sobra en una biografía resta”. Así que cree haber concebido una biografía en donde no sobra ni falta nada.

Mentor de Joaquín Sabina y Albert Pla, colega de Chicho Sánchez Ferlosio, gran admirador de George Brassens, al que tenía por su maestro, y… ¡cocinero de sopa castellana en un restaurante francés!, En sus letras no dejó títere con cabeza, ya hablara de política, religión o amor. Jamás se casó con nadie, a excepción de su matrimonio por lo civil con Annick Bloyard, y hubo a quienes molestó tanto a diestra como a siniestra, siempre huyendo de toda etiqueta: «Soy anarquista de cinco a seis y media, que es cuando duermo la siesta». Esa independencia le jugó malas pasadas. “Nunca jugó en la cuerda política, jugó más en la cuerda ingenua, lo cual le acarreó problemas tanto con el gobierno –que le hizo mucha pupa en lo económico- como con la iglesia católica. Sus canciones hablaban de los placeres y de las mujeres, que era lo que más le gustaba”, desgrana Fernando de Haro.

“Siempre tuvo mucho sentido del humor”, apunta el autor. Tanto humor que caía tan mal como bien a diestra y siniestra, pero siempre tuvo muchos amigos que le siguen echando de menos. Dos de ellos, colaboran en el libro, el escritor leonés Julio Llamazares es el encargado de firma el prólogo del libro y su guitarrista López de Guereña, que firma el epílogo.

Fernando de Haro ha recuperado algunas de las canciones olvidadas de su primera época, en concreto cinco de ellas entre las que destaca “Obseso sexual”. Javier Krahe, que se casó por amor, se fue a vivir con su mujer, canadiense de cuna, a Canadá. Allí conoció la música del cantautor francés Georges Brassens, y con el que mantuvo una relación de amor-odio y del canadiense Leonard Cohen. Al primero de ellos le consideraría siempre su maestro y tradujo algunas de sus canciones como Marieta, de manera muy polémica.

“Javier escribía las letras en Canadá, se las mandaba a su hermano Jorge, que se encargaba de ponerlas música. Algunas de esas primeras canciones fueron cantadas a dúo por su hermano y Rosa León. A su regreso a España fue Chicho Sánchez Ferlosio quien le convenció para que cantase sus propias composiciones y fue en la Aurora donde comenzó a hacerlo. He recogido algunas de sus introducciones a las canciones que cantaba en sus conciertos”, cuenta Fernando de Haro.

Luego llegaría la época de la Mandrágora y su salto al éxito. La única parte negativa del cantautor la pone su compañero de aquella época Alberto Pérez, que hace poco tiempo dijo que tanto Krahe como Sabina le tenían celos y no le dejaban expresarse como a él le hubiera gustado. Sin embargo, la opinión general de todos sus conocidos era que “solo nos dejó cosas buenas”.

Javier Krahe publicó 15 álbumes, muchos de ellos en la discográfica cooperativa 18 chulos, de la que él era uno de los socios. “Siempre tuvo problemas con sus discográficas, por eso hicieron la suya propia. Vender, no vendía muchos discos, pero siempre tuvo mucho prestigio”, recuerda el autor y concluye: “el reconocimiento y el éxito no siempre se pueden medir por las ventas ».

Federico de Haro nació en los ochenta en la ribera del Manzanares. Nunca fue muy futbolero, pero des[1]de su casa se escuchaban los uys de la afición del tanto en número como en diversidad, pues allí acudían (algunos aún lo hacen) desde anónimos aficionados de variada procedencia y profesión hasta gente conocida del mundo de la cultura, como los escritores Julio Llamazares, Miguel Tomás-Valiente y Miguel Ángel Mendo, y el actor Óscar Ladoire. Para darle al asunto categoría de club, eligieron un secre[1]tario que se encargara de organizar los campeonatos y de llevar las puntuaciones. Javier fue nombrado presidente honorífico. Le llamaban, como a Mao, el Gran Timonel, y como Gran Timonel dicta un día, sa[1]cando a pasear su sentido del humor, la única norma del club: no se puede jugar en pantalón corto. El ajedrez —dice Krahe— es un juego serio.» 18 Chulos, una discográfica muy particular en la que las reuniones eran sobre todo una excusa para hacer comidas periódicas entre amigos. © Archivo de la familia Krahe Atlético de Madrid, y eso, se quiera o no, marca. Su infancia fueron las mañanas de cromos en el Rastro y las tardes de bicicleta en el Retiro. Luego la familia se mudó a la sierra de Guadarrama y él encontró ahí su lugar en el mundo (mañana será otro). Su periplo universitario fue largo. Empezó Medicina y Filosofía, acabó Periodismo. Como buen millennial, salió al mercado laboral en plena crisis. Soportó la tormenta y el tormento atrincherado en sus vocaciones: la fotografía, la escritura y la docencia. De Javier Krahe lo primero que le gustó fue «Marieta», porque era la única ocasión en que a sus padres les hacía gracia que el niño dijera «gilipollas». Luego, todo lo demás: las canciones-milagro, los conciertos, Brassens. Escribir una biografía a su altura siempre le pareció tarea imposible. Se lo sigue pareciendo, pero él puede asegurar, eso sí, que Javier Krahe: ni feo, ni católico, ni sentimental es su mejor libro hasta la fecha. Es, además, el primero.

[Fuente: http://www.todoliteratura.es]

 

Entre canciones, anécdotas recuperadas por los protagonistas, películas caseras de la familia Cohen e imágenes de conciertos históricos, la investigación que ahora está disponible en Netflix recupera aquella historia de amor entre el canadiense y la noruega, pero también invita al espectador a conocer de cerca los años ’60 del amor libre que, entre el alcohol y las drogas más diversas, marcaron a una generación de artistas.

Marianne y Leonard se conocieron en los sesenta de la isla griega de Hidra y, de alguna manera, nunca se separaron.

Marianne y Leonard se conocieron en los sesenta de la isla griega de Hidra y, de alguna manera, nunca se separaron.

Escrito por Ana Clara Pérez Cotten

Inmortalizado en la letra de una canción emblemática, al calor de los días soleados en la isla griega de Hydra y en medio de la revolución sexual de los sesenta, creció la historia de amor entre el poeta y cantautor Leonard Cohen y Marianne Ihlen, retratada en el documental « Marianne & Leonard: Palabras de amor » recientemente estrenado en Netflix.

Entre canciones, anécdotas recuperadas por los protagonistas, películas caseras de la familia Cohen e imágenes de conciertos históricos, la investigación recupera aquella historia de amor entre el canadiense y la noruega pero también invita al espectador a conocer de cerca los años ’60 del amor libre que, entre el alcohol y las drogas más diversas, marcaron a una generación de artistas.

« Marianne tuvo un montón de amantes. Yo fui uno de ellos », asume en el principio el documentalista inglés Nick Broomfield desde la voz en off para dejar en claro qué tan cercano fue el punto de vista desde el que reconstruyó la historia.

El joven poeta Cohen llegó a Hydra en 1960 con su guitarra y una Olivetti en busca de una colonia de artistas de distintos rincones del mundo, pero la isla lo sorprendió: un viejo puerto de pescadores, casas muy sencillas y sin agua corriente y transporte con mulas. El mar era omnipresente. Marianne había llegado junto al escritor noruego Axel Jensen y su hijo, Axel.

Se vieron por primera vez en la puerta de un almacén cerca del muelle: él se acercó, la invitó a compartir su mesa en un bar y comenzó una relación que pasó, con el correr de las décadas, de carnal a platónica, sin diluirse en ese movimiento. « Éramos dos refugiados que huíamos de nuestras vidas y nos encontramos cara a cara », definió ella aquel encuentro. « En Grecia, sentí el calor en mi interior por primera vez », sostiene él, en un montaje de los testimonios que logra, por momentos, hacer conversar a los protagonistas más allá del tiempo.

En una casa pintada a la cal de tres pisos con una gran terraza desde la que se podía ver el mar, Cohen se instaló junto a Marianne y su hijo. « La manera de vivir de Marianne en la casa es puro alimento. Cada mañana me pone una gardenia en la mesa de trabajo. Cuando hay comida en la mesa, cuando se encienden las velas, cuando lavamos juntos los platos y acostamos al niño. Eso es orden, es orden espiritual, y no hay otro », le contaba a un amigo sobre cómo transcurrían los días en Hydra.

En Hydra, Cohen se dedicaba a escribir. Contaba con la asistencia permanente de Marianne.

En Hydra, Cohen se dedicaba a escribir. Contaba con la asistencia permanente de Marianne.

En esa suerte rutina, que duró seis años y que se interrumpió varias veces cuando Cohen decidía atender lo que llamó sus « afiliaciones neuróticas » con otras mujeres, logró calma para escribir cuatro libros de poemas y la novela « Los guapos perdedores ».

« Nos bañábamos bajo el sol, hacíamos el amor, bebíamos y discutíamos », cuenta Marianne en el documental sobre cómo transcurrían los días; pero lejos de un recuerdo idílico, asume que viajó a Londres para abortar sola y que varias veces llegó a pensar en suicidarse porque no lograba conciliar aquel encuentro del que se sentía parte con el espíritu de amor libre de la época. « Quería encerrarlo en una jaula y lanzar la llave, no lo podía soportar », se confiesa ella frente al documentalista.

Fue en un bar de Hydra que Cohen dio su primer concierto con la guitarra y recién en 1967, a los 32 años, y con seis libros publicados, lanzó su primer disco, « Songs of Leonard Cohen » y, un par de años después, el segundo, « Songs from a Room ». En el primero incluyó « So Long, Marianne » y en el segundo « Bird on a Wire », dos canciones que celebran esa relación.

« Marianne lo hacía todo. Le traía cestas con fruta y agua mientras él tenía fiebre. Leonard pasaba del ácido a las anfetaminas y entraba en una especie de locura. Ella ‘sujetaba al hombre’ para que pudiese escribir esas páginas », recuerda Aviva Layton, la mujer del editor de Cohen en Canadá, sobre el rol de Marianne.

Pero como apunta después la misma amiga de la pareja, « Los poetas no son buenos maridos ». Marianne llegó a vivir algún tiempo junto a Cohen en el Chelsea Hotel de Nueva York, hasta que finalmente se separaron.

La letra de « So long, Marianne » incluía una línea con un pedido, volver con ella. « Ahora necesito tu amor oculto. Me siento frío como la hoja nueva de una maquinilla de afeitar. Te fuiste cuando te dije que era una persona curiosa. ¿En algún momento dije que era un tipo valiente? », dice.

Tras un regreso breve a Hydra, ella volvió a Noruega, se casó, crió a los hijos de su marido y durante años trabajó como secretaria en Oslo. Él se casó dos veces, primero con Suzanne Elrod y después, con Rebecca De Mornay.

El documental de Broomfield, lejos de culpabilizar a Cohen y victimizar a Marianne, reconstruye los detalles que permiten saber que estuvieron, de alguna forma, conectados hasta el día de su muerte. « Fue una historia de amor en 50 capítulos », define el director.

Marianne en Hydra.

Marianne en Hydra

El documental también trabaja alrededor de la figura de la « musa », esa presencia incondicional: cuando entre ellos se instaló la distancia física, comenzaron un vínculo epistolar que duró tres décadas. Cuando él viajaba a Europa, ella solía asistir a sus recitales, se mezclaba entre el público.

El Departamento de Libros y Manuscritos de Christie’s de Nueva York subastó en 2019 dos de las cartas que alimentaron esa correspondencia. Una estaba titulada « A solas con los vastos diccionarios de la lengua », escrita en su Montreal natal en 1960 al principio de la relación, y la otra, « Soy famoso y estoy vacío », con la leyenda « para mi querida Marianne », de noviembre de 1964.

La última carta que Cohen le dedicó a su musa fue pública y sentó las bases del mito romántico.

Broomfield registró el momento en el que Marianne, en su lecho de muerte por una leucemia en un hospital de Oslo, escuchó las palabras de Cohen, en un email que llegó a tiempo y que le leyó un amigo. « Querida Marianne. Estoy justo detrás de ti, tan próximo que podría tomar tu mano. Este viejo cuerpo se ha rendido, al igual que el tuyo, y el desahucio puede ocurrir en cualquier momento », comienza él, tal vez consciente de que también asistía a sus últimos días de vida.

El texto termina con una frase que, según el documentalista, fue un aliciente para Marianne, la fórmula que había esperado escuchar durante años: « Nunca he olvidado tu amor y tu belleza. Pero eso ya lo sabes, así que no es necesario que diga nada más. Te deseo un viaje tranquilo, mi vieja amiga. Nos vemos por el camino. Todo mi amor y agradecimiento. Leonard ».

Tres meses después, un 7 de noviembre de 2016, Cohen murió en Los Ángeles, a los 82 años y mientras dormía.

Son long, Marianne, por Leonard Cohen

Won’t you come over to the window, my little darling?
I’d like to try to read your palm
I used to think I was a little gypsy boy
Before I let you take me home
Now so long, Marianne

It’s time that we began to laugh and cry
And cry and laugh about it all again
You know that I really love to live with you
But you make me forget so very much
I forget to pray for the angels
And then the angels forget to pray for us
Now so long, Marianne

It’s time that we began to laugh and cry
And cry and laugh about it all again
For now I need your hidden love
I’m cold as a new razor blade
You left when I told you I was curious
I never said, I never said, I never said that I was brave
Oh so long, Marianne

It’s time that we began to laugh and cry
And cry and laugh about it all again
Oh so long, Marianne

It’s time that we began to laugh and cry
And cry and laugh about it all again
Oh, you are really such a pretty one
I see you’ve gone and changed your name again
And just when I climbed this whole mountainside
To wash my eyelids, wash my eyelids in the rain
Oh so long, Marianne

It’s time that we began to laugh and cry
And cry and laugh about it all again
Oh so long, Marianne

It’s time that we began to laugh and cry
And cry and laugh about it all again

[Fuente: http://www.telam.com.ar]

Escrito por Antonio Costa Gómez

Parecía una broma. Yo iba por la calle 23 y entré en el Chelsea Hotel. Solo me asomé al vestíbulo, miré unas cuantas fotos. Quería ver a Dylan Thomas, a Arthur Miller, a Patti Smith. Y quería con fuerza ver a Leonard Cohen. Pero en realidad no sé a quién vi, fue muy rápido. Me quedé pasmado ante aquella marquesina que parecía el techo de un coche, ante el cartel que colgaba sobre los pisos. Me acordaba de mujeres desnudas fotografiadas en los balcones. Era como una especie de broma, si venía alguien de recepción le diría que había entrado allí por equivocación. Pero, en el fondo, quería que me entrara en el cuerpo toda la vida y el arte.

Y también la canción de Leonard Cohen «Chelsea Hotel» era como una broma. En una habitación Leonard Cohen le echó a Janis Joplin un polvo intenso y rápido como un verso de Rimbaud mientras la limusina de ella esperaba. Ella le decía que eran feos pero tenían la música. Y vaya si tenían la música en el Chelsea Hotel. Ella le dice espasmódica «Te necesito, no te necesito». Él le canta que no piensa mucho en ella. La canción es como una broma, pero es una canción inolvidable y nostálgica.

Y toda la poesía de Leonard Cohen es como una broma. Cuando yo tenía quince años mi padre tenía en su biblioteca Flores para Hitler de Leonard Cohen y me alucinaba ese título. Porque él siempre hizo bromas descarnadas, que abrían el hueco de heridas profundas. Le mandaba flores judías a Hitler. Le escribía a la reina Victoria. Le decía al conductor de un autobús que se fueran juntos a Florida. Todo parecía una broma, pero estaba lleno de anhelo. Por eso quizá su libro más hondo fuera El libro del anhelo. Y en ese libro se burla de sí mismo y de sus escaseces pero habla de bajar a un abismo de vida: «Recogemos nuestros corazones y vamos / a mil besos de profundidad».

 

[Foto: David Gahr – fuente: http://www.culturamas.es]

O escritor francés imponse a outras 32 candidaturas de vinte nacionalidades

Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère

Escrito por MIGUEL LORENCI

Emmanuel Carrère é o gañador do Premio Princesa de Asturias das Letras 2021, que fallou hoxe en Oviedo a súa XLI edición. A candidatura do narrador e cineasta francés impúxose entre as máis de trinta de vinte nacionalidades que optaban ao galardón, dotado con 50.000 euros e que distingue anualmente «o labor de cultivo e perfeccionamento da creación literaria en todos os seus xéneros»

Escritor, director de cine, guionista e crítico, Emmanuel Carrère (63 anos) estudou no Instituto de Estudos Políticos de París, a súa cidade natal, pero pronto comezou a interesarse polo mundo do cine, sobre o que escribiu críticas para revistas como Télérama. Tamén lle atraeron os ensaios e empezou a ler a autores como Werner Herzog.

Carrère logrou un gran éxito como narrador co adversario, novela da que el mesmo escribiu o guión para a súa adaptación cinematográfica. Ademais encargouse de dirixir as versións das súas novelas para o cine. Publicou este ano a autobiográfica novela Ioga e suma o Princesa de Asturias das letras a galardóns como o Renaudot, o Femina, a máxima distinción da FIL, a Feira Internacional do Libro de Guadalaxara ou o Duménil outorgado polo diario Le Monde.

A substitución de Anne Carson

Carrèrre toma a vez da ensaísta e profesora de cultura clásica canadense Anne Carson, gañadora no 2020, e das escritoras Siri Hustvedt e Fred Vargas, que se impuxeron no 2019 e o 2018. En edicións anteriores o premio recoñeceu a obra de intelectuais e escritores como Adam Zagajewski, John Banville, Antonio Muñoz Molina, Leonard Cohen, Paul Auster, Claudio Magris, Arthur Miller, Augusto Monterroso, Günter Grass, Philip Roth, Carlos Fuentes, Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa e Juan Rulfo, entre outros.

O director da Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado, presidiu o xurado que deliberó de forma telemática e do que formaron parte Fernando Rodríguez Lafuente, Xuan Bello, Branca Berasátegui, Anna Caballé, Gonzalo Celorio, José Luis García, Jordi Gracia, Lola Larumbe, Antonio Lucas, Carmen Millán, Rosa Navarro, Leonardo Padura, Laura Revolta, Carmen Riera , Iker Seisdedos, Jaime Siles, Diana Sorensen e Sergio Vila-Sanjuán.

A cerimonia de entrega dos galardóns, que o ano pasado tivo que trasladarse do Teatro Campoamor de Oviedo ao Hotel da Reconquista da capital asturiana para adaptarse a un formato máis reducido e sen público pola pandemia, celebrarase, como é tradicional, no mes de outubro e con presenza dos Reis. Quedan por fallarse os premios de Cooperación Internacional, o 16 de xuño; Investigación Científica e Técnica, 23 de xuño, e Concordia, o 30 de xuño.

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

C’était il y a un an. Avec la chanson À nous, sortie durant les premiers jours du confinement, le chanteur et auteur compositeur belge Noé Preszow se faisait connaître en France. Son premier album, engagé et poétique, porte comme un étendard le titre de cette chanson dont les paroles célèbrent les anonymes et prônent la solidarité.

L’artiste belge Noé Preszow publie l’album « À nous ».

 

Écrit par Marjorie Bertin

Noé Preszow, jeune Bruxellois de 26 ans, a des racines multiples. Son nom (qui se prononce Prèchof) est polonais tout en étant le nom d’une ville en Slovaquie, mais vient peut-être de Moldavie… Il nous explique aussi qu’outre ses origines grecques, sa grand-mère est née en Palestine.

Quant à son prénom, Noé, c’est celui de l’un des plus célèbres prophètes de la Bible, célèbre pour sa traversée des mers… Il l’évoque sur le très dansant Les armes que j’ai« J’ai les armes que j’ai, l’ivresse des souvenirs, l’ivresse des bords de mer, quand le jour se retire ».

Et c’est vrai qu’avec un tel passé il y a de quoi construire toute une mythologie pour âmes romanesques. Pourtant, son album, plein de poésie et d’influences– de Léo Ferré à Daft Punk, en passant par Barbara et Renaud– est également très ancré dans notre époque. Musicalement car son phrasé et son sens du rythme souvent pulsionnel évoquent parfois le rap.

Noé Preszow s’enflamme lorsqu’il en parle. « Pour moi, IAM c’est de la poésie. MC Solaar ou Kery James aussi. Ce sont des gens qui inventent une langue ». Thématiquement aussi Noé Preszow est bien de son époque. Car dans ses textes, il est aussi bien question des séries télévisées que des gilets jaunes qui l’ont profondément marqué.

Pour autant, le jeune homme ne veut pas faire dans l’air du temps. Ainsi nous explique-t-il que S’il faut ça, écrite le premier jour du confinement, n’a pas été retenue sur l’album. « Je la trouvais trop proche de nous. Elle sortira plus tard. J’ai aussi enlevé des chansons pour avoir un disque cohérent, j’essaie d’aller à l’os et de garder l’énergie du premier jet ». Cette énergie parcourt tout le disque. Que les chansons soient gaies ou mélancoliques, Noé Preszow y chante ses doutes, ses colères et ses rêves, intacts, malgré les déluges.

Une enfance contestataire

Noé Preszow est le fils d’une mère musicienne et d’un père passionné d’art brut auquel il consacre des films documentaires. Toute son enfance, Noé rencontre des artistes et accompagne ses parents et leurs amis « utopistes et progressistes dans l’âme » à des manifestations. Il lui en restera une conscience politique vive, un amour pour la musique (il commence le violon à 3 ans) et le sentiment d’avoir une mission à accomplir à travers cet art. « C’est le mot que je porte et que j’assume. C’est ma vie. Ma parole, c’est d’être fidèle au monde, à mon enfance, à ma peur de la police quand j’avais dix ans et que j’étais à une manifestation de soutien aux sans-papiers », nous explique-t-il. Des souvenirs que l’on retrouve dans À nous, Les poches vides (célébration du Nord à la guitare, où la folk de Leonard Cohen semble rencontrer la prose de Jacques Brel) mais aussi sur Le monde à l’envers qui raconte deux jeunes gens frappés injustement par la police : à l’issue d’une manifestation « les fringues arrachées, l’espoir qui dégringole poussés dans le fourgon, les poignets défoncés ».

L’injustice, Noé Preszow la chante aussi avec l’émouvant Exils, un morceau émouvant où il est accompagné au piano. Un homme y parle de son fils qu’il n’a pas pu voir grandir à cause de l’exil. Des paroles inspirées par une rencontre avec un homme qui téléphonait « au pays » depuis un cyber café.

Pour Noé Preszow, elles résonnent aussi avec ses ancêtres. « L’absurdité des frontières me bouleverse. L’exil et la guerre ont été vécus par mes grands-parents, qui ont dû se cacher parce qu’ils étaient juifs. Ce sont exactement les mêmes questions aujourd’hui ».

À nous est aussi traversée par des chansons moins graves comme Que tout s’danse qui invite à prendre de la hauteur en toutes circonstances : « Tout s’danse la solitude, l’état de siège, l’état d’urgence ». Ou encore Faire les choses bien. La plume de Noé Preszow s’y fait acide pour mettre en garde contre la tendance contemporaine à « ramollir nos âmes », en s’enfuyant des heures durant devant des séries sur internet…

Mais le quotidien peut aussi sourire comme dans La vie courante qui chante l’amour heureux avec fièvre et exaltation. Deux adjectifs qui correspondent bien à ce premier disque qui se veut donc « À nous ».

Noé Preszow À nous (Tôt ou tard) 2021
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[Photo : Victor Pattyn – source : http://www.rfi.fr]

BANDES DESSINEES – Suzanne, Marianne, Jean Yanne… cherchez l’intrus. En effet, le troisième n’a jamais été un succès musical de Leonard Cohen. Pas certain que les deux hommes n’auraient pas trouvé une voix (une voie ?) pour s’entendre. Pour autant, Philippe Girard a décidé de consacrer une bande dessinée au chanteur canadien, mort en novembre 2016. Leonard Cohen. Sur un fil, nous raconte la musique, la poésie, les drogues, les femmes… et la dépression chronique. Mais le talent avant tout.

ActuaLitté

Publié par Florent D.

On parle de ligne claire pour désigner, globalement, l’œuvre d’Hergé, devenue symbolique du style — sans en être l’unique ni le créateur. Ces dessins au trait limpide, sans fioritures, ont donné à Philippe Girard une piste sombre et crue pour tracer l’histoire de Leonard Cohen. Tout commence à Montréal, avec le jeune Leonard, dont le père est décédé quand il n’avait que neuf ans. Dans une ambiance francophone fondamentale, la famille Cohen assiste aux premières lubies de l’adolescent.

La poésie, qui démarrera avec Federico Garcia Lorca, le guidera vers l’écriture. Avec une guitare, convaincu de pouvoir séduire des filles, il s’improvisera dans une carrière de musicien, avec des amis étudiants. Mais c’est bien par ses poèmes qu’il sera remarqué, avec la parution en 1956 de son premier recueil. Trois ans plus tard, l’étudiant boursier partira pour Londres, où il s’achètera un imperméable chez Burberry et une Olivetti, machine à écrire mythique. Et tout démarre.

La vie de Leonard Cohen, pour qui l’ignore, est ici retracée avec des retours plongeant dans les dernières années de l’artiste : ce sont ces séquences qui en réalité rythment le récit, entrecoupé de flash-back qui retracent la vie heureuse, déprimante, pleine de rebondissements, de l’auteur. Et c’est presque à regret que l’on tenterait de la résumer ici.

Depuis le premier grand voyage en Angleterre, jusqu’à l’exil temporaire en Grèce, où il achètera une maison qu’il conservera une quarantaine d’années.

Évidemment, écrire l’histoire d’une figure comme Cohen donne une impression de facilité malgré l’adversité. C’est la trahison de la biographie qui s’exerce : plus le récit avance, plus l’histoire nous captive. C’est aussi le propre des grandes et puissantes trajectoires, celles qui traversent l’existence avec une aisance déconcertante.

Chaque pas de Cohen dans le monde l’entraîne vers des rencontres incroyables, d’artistes tout aussi puissants : on pense à Janis Joplin, Lou Reed, Phil Spector. Et d’autres. Et ses propres écueils, personnels, la vie de famille toujours chaotique, la recherche des mots justes, le travail des textes… Cohen ressemble à Samuel Beckett — « Essayer. Rater. Essayer encore. Rater encore. Rater mieux. » — les drogues, les pilules et l’alcool en plus.

Cette patience obstinée, cet entêtement à trouver la voix juste — parfois, être escroqué et tout perdre, pour reprendre la guitare sur les routes et tout recommencer. Cohen, un Sisyphe à la voix devenue internationale.

Alors, cette biographie… eh bien, dès les premières pages, on la parcourt avec l’envie de réécouter quelques-uns des titres les plus connus de Cohen. On arrive jusqu’à I’m your man — cet album illustré avec un Cohen mangeant une banane ! — et on se dit qu’il y en a tant à encore redécouvrir. Suzanne, oui, Marianne, bien entendu, mais toutes les autres, qui n’ont pas autant rayonné.

L’album de Philippe Girard donne l’envie profonde, viscérale, de relire, réécouter, redécouvrir l’œuvre de Cohen. Avec un trait qui produit une ambiance tout à la fois poétique, baroque et magique. So long, Leo. Et merci, Philippe.

Plus encore pour cette couverture, où l’on retrouve la nonchalance, la désinvolture et la détermination d’un homme, guitare en main, cigarette à la bouche, parti pour conquérir un monde, pas forcément prêt pour lui…

En voici les premières pages. Gare à ne pas tomber du lit…

 

Philippe Girard – Leonard Cohen, sur un fil – Casterman – 9782203203976 – 20 €

[Photo : Roland Godefroy, CC BY SA 2.0 – source : http://www.actualitte.com]

Nico en 1984

Publicado por Ignacio Julià

I

«Ya no volveré a acostarme con judíos», soltó con infinita displicencia la rubia Nico al entrar Lou Reed en la Factory —estudio y razón social del artista pop Andy Warhol— dispuesto a ensayar junto a ella y The Velvet Underground. Lou la había saludado con un «hola»; ella, como solía, tardó unos infinitamente dilatados segundos de silencio en soltar su carga de profundidad. Así pasaba página, una vez más, en una larga lista de amantes que, hasta la fecha, 1966, había incluido a John CaleBob DylanBrian Jones o Alain Delon, de quien tuvo un hijo nunca reconocido, y continuaría en el futuro con Jim MorrisonLeonard CohenIggy Pop, a quien enseñó la práctica del cunilingo, y su alma gemela durante años, el cineasta Philippe Garrel. Era de la opinión de que, al llegar a un lugar, basta conocer a algunos miembros ilustres para conquistarlo.

Christa Päffgen (Colonia, 1938) quedó huérfana al morir su padre en un campo de concentración. El final de la guerra la contempla junto a su madre en el sector estadounidense de Berlín. Llamada a ser modelo por su esbelto físico —un metro setenta y ocho centímetros de altivez— y su rostro cincelado en mármol teutón, en un viaje de trabajo a Ibiza, el fotógrafo contratado la bautizará Nico, por un hombre del que está perdidamente enamorado. En España será inmortalizada por el fotógrafo Leopoldo Pomés y aparecerá en la publicidad del brandi jerezano Terry. Antes había debutado en el cine italiano, formando parte en 1960 del elenco coral de La dolce vita de Fellini. Tres años después rueda en París Strip-Tease, curiosa inmersión en la vida bohemia con música de Serge Gainsbourg y Juliette Gréco.

En 1965, graba en Londres su primer single, auspiciado por el mánager de los Rolling StonesAndrew Loog Oldham, que pasa sin pena ni gloria. No importa, ella ya está volando rumbo a Nueva York, donde Andy Warhol, a quien ha conocido en París, insistirá, para fastidio del cuarteto, en que sea la vocalista de los Velvets. Apadrinados por Warhol, Lou Reed y John Cale, deben aceptarla en el seno del grupo, aunque insistirán en mofarse de su profunda voz y su germánica pronunciación, haciéndole todas las trastadas posibles —desconectarle el micrófono, por ejemplo— durante las sesiones de grabación o en las actuaciones del espectáculo multimedia ideado por Warhol, el estroboscópico The Exploding Plastic Inevitable. Ella no se inmuta y su presencia dará un toque de chic glacial a uno de los clásicos de la música pop, The Velvet Underground & Nico, publicado en 1967.

Con Warhol forma una sólida pareja, inefable en la sesión fotográfica en la que ella es Batman y él Robin. Congenian al verse reflejados el uno en el otro: ambos acarrean un aura que camufla a la persona real, ambos se expresan en su propia e intransferible jerga, repleta de brillantes obviedades, frívolos embustes. Aparece en sus filmes, especialmente en Chelsea Girls (1966), y al despedir los Velvets a su vocalista invitada —cuya voz había sido comparada a «un ordenador IBM con el acento de la Garbo»— ella inicia carrera en solitario actuando acompañada a la guitarra, según la noche, por Lou Reed, Sterling MorrisonTim Buckley o un jovencísimo Jackson Browne. El anuncio en el semanario Village Voice promete: «La diosa lunar celebra ceremonias nocturnas en el club Steve Paul’s Scene».

Un primer álbum, Chelsea Girl (1967), distorsiona la inflexible personalidad de la nombrada Miss Pop 1966, vistiéndola como cualquier otra cantautora de la época, con trasfondo orquestal. Poco después hace el descubrimiento musical de su vida al comprarle a un hippy un órgano hindú —no un armonio, como siempre repetía— y plasmar en él sus primeras canciones. Aconsejada por el propagador del free jazz Ornette Coleman, quien le explica los manejos de su sistema «harmelodics», Nico invierte la convención del teclado —los graves se pulsan a la izquierda, la melodía a la derecha—, y al hacerlo da con un sonido ululante, hierático, lúgubre, sexy por omisión. Decía ella del trasto, activado con un pedal, que era como una orquesta.

En septiembre de 1968, un nuevo contrato con el sello Elektra, hogar de folkies e inclasificables, envía a Los Ángeles a Nico y a John Cale, arreglista y único instrumentista junto a la impávida nibelunga en unas sesiones plagadas por la heroína. Cale levanta un decorado tridimensional hecho de viola eléctrica, piano, bajo, guitarra o glockenspiel alrededor de la voz y el solemne instrumento. La transmutación de una vida intoxicada a una inédita y singular expresión artística hace de The Marble Index, álbum que ella comparaba a una película sin imágenes, una experiencia única. Nos recuerda también que jamás revisitará tan altas cotas y se irá perdiendo en la indigna existencia de la heroína. «Tenía esa capacidad para crear drama allí donde fuera —ha explicado Cale—. Convirtió su vida en un escenario. Era algo instintivo, parte de ella misma, pero podía hacer de ello una ventaja. Su verdadero talento fue, sin duda, la determinación».

Sin esa tozuda defensa de la propia enajenación, del yo impermeable al mundo exterior, no se manifiestan obras como The Marble Index, que invito encarecidamente al lector a descubrir o revisitar. Si se supera la gélida antesala que es «Lawns of Dawns», uno se ve arrastrado a una dimensión de absortos paisajes, belleza fantasmal y ecos de una distópica calamidad. En esa otra dimensión, que es la de una artista comprometida únicamente con su instinto poético, se vislumbran las rojizas llanuras sin vida de Marte o la agónica Alemania bombardeada hasta la ruina total, viéndose uno atrapado en angustioso tormento o elevado a una inédita percepción sensorial. «No One Is There» y su candor trovadoresco, la maternal «Ari’s Song», dedicada a su hijo, «Facing the Wind» y su inmersión en la nada mas absoluta, el perfil histórico sui generis «Julius Caesar (Memento Hodie)» y la inolvidable «Frozen Warnings» transcurren con cadencias ajenas al tiempo real, conduciéndonos hacia una chirriante conclusión, la sobrecogedora «Evening of Light».

II

«Yo era la única hippy en el grupo. Visto una túnica y llevo un fular alrededor del cuello: fui la primera y soy la última hippy», me dijo Nico —que en los sesenta aborrecía a los hippies— en agosto de 1978, a su paso por Barcelona para actuar en el histórico festival Canet Rock, donde fue echada del escenario por celebrar una de sus «misas rock», como bromeaban sus detractores. Descendió llorosa y se encerró en su caravana a meterse un pico. Era la Nico yonqui que atravesaría los años ochenta en una brumosa odisea de cambalaches en busca de la próxima dosis y ensimismadas grabaciones, viviendo más del mito que de una música obviamente minoritaria.

Noches antes habíamos cenado juntos, con su pareja Philippe Garrel, en los alrededores de la Plaça Reial, en una de cuyas pensiones se habían instalado. Y, aunque al principio se mostró distante, de una impostada frialdad acorde con la leyenda, a la que empecé a mentar a Lou Reed y mostré mi entusiasmo de fan veinteañero por los Velvets, su vidriosa mirada se iluminó y brotaron mil y una historias sobre los plateados días neoyorquinos. Recuerdo que, mientras paseábamos hacia las Ramblas tras habernos tomado unas copas, sacó del bolso una pequeña fotografía en blanco y negro de sus días con Warhol y la banda, uno de aquellos severos retratos grupales que, en una época que ni siquiera imaginaba la actual saturación icónica de lo virtual, tuvieron tanto impacto en la conciencia colectiva del rock como las canciones.

Nico había conocido a Garrel, hijo del afamado actor Maurice Garrel, en París, cuando este iniciaba una trayectoria como cineasta inclasificable que sigue activa. Lo llevó a Nueva York y le presentó a Warhol, que visionó enmudecido su película El lecho de la virgen (1970). De regreso en París, no solo comparten una vida de austeridad bohemia y marginalidad artística, se hunden abrazados en los abismos de la heroína. Recuerdo haber visitado a Garrel en París para entrevistarlo, un año antes de su visita barcelonesa, y quedar pasmado por la miseria que presidía su señorial domicilio, que imaginé decimonónica propiedad familiar legada al hijo pródigo. Totalmente vacío y de amplísimas estancias, en el centro de un salón se erguía un montículo de cenizas producto de alguna fogata donde habían crepitado restos del mobiliario para combatir el inclemente invierno parisino.

En la habitación de Nico, ausente en aquel momento, había solo un catre y un viejo colchón, una caja a modo de mesita de noche con un cirio y, en la pared, el título de una película de Philippe, L’enfant secret (1979). «Las velas convierten la luz en estrellas», afirma ella, citada por Richard Witts en la biografía Nico: The Life and Times of an Icon (1993). «Toda habitación es un universo. Desde él veo el mundo a distancia, microscópico. Las velas son mis estrellas».

En Europa había grabado otro álbum supervisado por Cale, Desertshore (1970), cuya portada muestra una imagen de la más deslumbrante película de Garrel, La cicatriz interior, una serie de hipnóticos, dramáticos retablos en movimiento, planos secuencia rodados en exteriores de Islandia, Egipto y Nuevo México. Los arreglos y la producción de Cale conjuran aspereza y ternura en «Janitor of Lunacy» —inspirada en Brian Jones—, la siniestra y lacerada por la viola «Abschied», o en «Afraid», versionada por Antony en sus conciertos, reflejando asimismo los lazos familiares rotos en «My Only Child» —su amado Ari, que es ya la viva imagen de un joven Delon— y la añoranza materna en «Mutterlein». La medieval «All That Is My Own» cerraba un álbum quizás más accesible, igualmente estremecedor. Tras haberse ganado la vida como modelo, actriz y cantante, Nico deviene creadora insobornable, habitante de mundos que solo ella transita, fuera de su época o de cualquier otra. Una elegía por los vencidos años sesenta.

«Siempre eres lo que es tu arte, ni siquiera vale la pena discutir la faceta personal», me espetó durante nuestra charla. Hoy la frase suena a excusa perfecta para lo que vino a continuación, en los años ochenta: su destierro al Manchester posindustrial retratado por Joy Division, donde es acogida como madrina gótica y suprema oficiante de la liturgia de la hipodérmica y los opiáceos. Allí, la respaldarán en sus actuaciones y giras jóvenes músicos; llegan intimidados por la leyenda, pronto padecen la incomunicación con la diva, que olvida letras y orden del repertorio. Ella habita su leyenda apócrifa, adulada por figuras clónicas que la siguen a todas partes, le remiten luctuosos poemas y hacen murmurantes llamadas de madrugada.

De esta época son sus dos últimas obras reseñables. El proyecto iniciado como antología de héroes históricos, Drama of Exile (1981), incluye los temas «Gengis Khan» o «Henry Hudson», siguiendo la idea original, pero también las memorables «One More Chance» o «Sixty-Forty», además de versiones de Lou Reed («I’m Waiting for the Man») y David Bowie («Heroes», por supuesto). Camera Obscura (1983), última grabación con John Cale —a quien no perdonó las mezclas del álbum The End (1973), donde grabó el tema homónimo de The Doors y epató cantando el infame himno «Deutschland über Alles»—, abre las ventanas a un universo sonoro en que Nico parece invitada más que protagonista. Resaltan en su última declaración «My Heart Is Empty», «Das Lied vom einsamen Mädchen» o una afín versión de «My Funny Valentine», clásica balada que parece compuesta en diferido pensando en ella.

III

«Nunca miró atrás», me dijo John Cale, sentado a la mesa de un restaurante italiano en el Village, en el verano de 1988. «“Disfruta de tu hija, John, la vida sigue”, me decía… Una persona asombrosa. Alguien que era mandona y a la vez una señora. Debería haber dejado la bicicleta. No sales a pasear en bici bajo el sol de una tarde de verano en Ibiza, ¿verdad? Especialmente envuelta en esos ropajes tan ajustados». Nico había fallecido semanas antes en Ibiza —a donde había ido para tratar de estabilizar la recuperada relación con su hijo Ari— al sufrir un ictus mientras pedaleaba desde la casa que había alquilado rumbo a la ciudad para pillar marihuana. Llevada por un taxista al único hospital que aceptó ingresarla pese a ser extranjera, se le diagnosticó una simple insolación. Murió al día siguiente, desatendida. Contaba cuarenta y nueve años.

Se iba una mujer irrepetible, un ser sin verdaderos amigos, egoísta y al tiempo víctima de egoísmos ajenos, un espíritu fascinado por las tinieblas y la muerte, un lienzo en blanco en quien Warhol, Reed o Garrel proyectaron sus deseos e invenciones, una madre que —dicen— calmaba a su bebé con heroína y le inyectó su primera dosis a los veintidós años. Arquetípico producto de su época, atraída por la brujería del mismo modo que le atraían The Anarchist Cookbook o el Kama Sutra, fue la arquetípica «progre» ataviada con túnica y botas, en el sentido bohemio más que político, pues por sus intempestivas declaraciones la acusaron de filonazi, racista y antisemita. «Soy una nazi secreta —me dijo—. Porque mi padre nunca aprendió a ser un nazi y quise saber cómo era serlo».

Nico jamás se plegó a las convenciones sociales ni a las expectativas ajenas, hasta el punto de que no abrió una cuenta corriente hasta un año antes de su muerte, quizás para recuperar totalmente al hijo abandonado, a quien habían criado los abuelos paternos. Una artista, en definitiva, que —parafraseando a Warhol— siempre que veía aproximarse el éxito se iba por la tangente ofreciendo su más siniestra o árida visión artística. Heredera de Edgar Allan Poe o Lord Tennyson y admiradora de Lenny Bruce; oyente de Stravinski y Carl Orff, más que de Lennon y McCartney. Solía decir que los años setenta no habían ocurrido, que los sesenta saltaron directamente a los ochenta. Cosas de la toxicomanía, también de la idiosincrasia.

«No sé si estaba tomando algo —respondió Cale a mi pregunta—. Creo que intentaba dejarlo. Pero yo no estaba cerca cuando aparecía el terror, ya sabes. Había estado junto a ella cuando de repente la situación se desbocaba. Si las cosas se ponían feas, temía no recuperarse. Cuando empezaban a derrumbarse las paredes, se enfurecía con cualquiera que estuviese cerca. Tenías que andarte con cuidado».

La hermosa criatura que detestaba el cuerpo y el rostro adjudicados por la naturaleza mentía más que hablaba, siempre engrandeciendo su pasado, sus flirteos con figuras mitológicas. Dylan escribió «I’ll Keep It with Mine» para ella y Jim Morrison la animó a crear letras a partir de sus sueños. «Nos complementamos, tenemos mucho en común musicalmente hablando. Es el que más me influyó», me confesó. Lou Reed le cedió «I’ll Be Your Mirror», «Femme Fatale» y la majestuosa «All Tomorrow’s Parties», tonadas por la que se la recordará, aunque ninguna tratase de ella sino de otras mujeres en la estela warholiana. Kevin Ayers, otro que desperdició su genio, le dedicó una canción. La tituló «Decadence». Sabía de lo que hablaba.

«La razón por la que todavía no me he pegado un tiro es porque sé que soy única», alardeaba en 1978. Diez años después ya solo era una figura trágica. Esa voz grave, monótona, sepulcral, y aun así frágil. Un espectro de otro mundo que pasó brevemente por el nuestro.

 

 

[Foto: Getty – fuente: http://www.jotdown.es]

Foto

El Chelsea Hotel de Nova York és un dels hotels que més històries podria explicar. Per les seves habitacions hi van passar Bob Dylan, Dylan Thomas, Leonard Cohen, Janis Joplin, Jim Morrison i molts altres músics i intel·lectuals. S’hi van escriure novel·les, s’hi van rodar escenes de pel·lícules, s’hi van viure nits de passió i també s’hi van cometre assassinats. Tot un entramat d’històries que han forjat la llegenda d’aquest mític hotel novaiorquès.

Títol: 121 cançons i 1 hotel. Històries de la banda sonora de la nostra vida
Autor: Olga Suanya
Editorial: Símbol Editorial
Pàgines: 300
ISBN: 978-8415315957

 

[Font: http://www.racocatala.cat]

Hoje lançado de surpresa, o novo trabalho de Nick Cave foi composto e gravado durante o confinamento e é o primeiro assinado a meias com o companheiro de longa data Warren Ellis.

Cave e Ellis durante as gravações

 

Escrito por Miguel Judas

Há muito que o estatuto de Nick Cave foi elevado a uma espécie de santidade, levando-o a ocupar no Olimpo da música popular e por direito próprio, sublinhe-se, o lugar deixado vago por nomes como Leonard Cohen ou Lou Reed. Um percurso redentor, tão do agrado da mitologia do rock and roll, iniciado nos sujos tempos do punk e da heroína, quando esse mesmo rock and roll ainda era mesmo sujo e perigoso, com várias subidas ao céu e outras tantas descidas ao inferno, exemplarmente condensadas na sua música, entretanto transformada em salmos por uma cada vez maior multidão de fãs, como a que, em 2018, debaixo de uma tempestade, assistiu, comovida e ensopada, à última liturgia em Portugal do pregador australiano, no festival Primavera Sound do Porto. Não é portanto de estranhar que o lançamento surpresa de Carnage, dado esta quinta-feira a conhecer ao mundo, possa ser já considerado um dos acontecimentos do ano em termos de edições discográficas – por tudo isto, mas especialmente pelas canções.

Composto e gravado em apenas semanas, Carnage é descrito pelo próprio Nick Cave como « um disco brutal, assente numa catástrofe comunitária », a pandemia, « mas ao mesmo tempo também belo ». É também o primeiro álbum a meias com Warren Ellis, companheiro de longa data nos Bad Seeds e nos Grinderman, com quem já assinara diversas bandas sonoras para teatro e cinema. A ideia, quando se juntaram, em pleno confinamento, para umas sessões de estúdio, não passava por fazer um disco, mas apenas por tocarem juntos, para ajudar a passar o tempo. « Foi um processo acelerado de intensa criatividade », afirma Ellis, revelando que as oito músicas que compõem o disco surgiram logo « nos primeiros dois dias e meio », levando-os, logo aí, a tomar a decisão de gravar um álbum. « Foi um presente caído do céu », concorda Cave.

Segundo os autores, Carnage representa assim uma continuação do processo de trabalho, também ele muito baseado no elemento-surpresa de duas pessoas a improvisar em estúdio, já usado no álbum anterior de Nick Cave and the Bad Seeds, Ghosteen, editado em 2019, ainda na ressaca da morte do filho do cantor, Arthur, em 2015, com apenas 15 anos, na sequência de uma queda junto a um penhasco. O luto encontra-se agora muito mais diluído, num disco em que as letras têm muito mais a ver com a própria pandemia, ainda que indiretamente. Os primeiros esboços começaram a tomar forma logo no início do primeiro confinamento, que Cave passou « a ler e a escrever compulsivamente, sentado na varanda, a pensar nas coisas » – a varanda é aliás mencionada de forma recorrente em Carnage, cuja última faixa tem precisamente o título de Balcony Man. O resultado disto tudo é um álbum « mais inquieto e virado para fora », em que cada canção parece querer alargar ainda mais as fronteiras musicais do já si tão expandido universo caveiano.

'Carnage', a banda sonora perfeita de Nick Cave para uma "catástrofe coletiva"

Aos primeiros acordes, Hand of God, a faixa que abre o disco, soa a uma típica canção de Nick Cave, com o a voz, apenas acompanhada ao piano, a declamar um verso de cariz algo religioso (« There are some people trying to find out who, There are some people trying to find out why, There are some people aren »t trying to find anything but that kingdom in the sky« ). Quase de imediato, porém, a introdução de uma rápida batida eletrónica cria um elemento estranho, enviando a música numa direção contrária ao esperado, criando uma sensação de desespero contido, sublinhada pelos coros de Warren Ellis.

A mesma eletrónica, cada vez mais negra, volta a marcar o ritmo de Old Times, uma canção circular, hipnótica e urgente, que fala de tempos passados, agora de novo regressados, de sonhos desfeitos e separações por entre enviesadas declarações de amor – « Like the old days i »m not coming back this time, Like the old times, Like old times, Wherever you are, darling, I »m not that far behind« .

Segue-se a melancólica Carnage, uma quase redenção sob a forma de uma canção de amor, talvez autobiográfica, com um disfarçado sentido de esperança: « it »s only love with a little bit of rain and i hope to see you again ».

Já o tema seguinte, White Elephanté talvez o mais identificável com os estranhos tempos atuais, por entre referências a « manifestantes ajoelhados no pescoço de uma estátua », ameaças de tiros na cara, conspirações e outras tiradas menos literais, numa aparente raiva, inicialmente contida, mas depois sempre em crescendo, que no final se acaba por transformar num hino religioso, no qual é retomado o conceito inicial: « Don »t ask who, Don »t ask why, There »s a kingdom in the sky, We »re all coming home for a while« .

Em Alburqueque volta a revelar-se o bom velho Nick Cave de outros tempos, com uma balada clássica, embalada pelo piano, pelas cordas e pelos coros, cuja letra soa também como uma metáfora sobre as consequências da pandemia: « And we won »t get to anywhere, darling, anytime this year. And we won »t get to anywhere, baby, unless I dream you there« .

Igualmente clássica é a contemplativa e nostálgica Lavender Fields, outra letra plena de metáforas pessoais, regressando, nos coros, quase como um mantra, a mesma ideia anterior: « Where did they go? Where did they hide? We don »t ask who, we don »t ask why, there is a kingdom in the sky« .

Com o aproximar do fim do álbum, Shattered Ground dá lugar a uma melancolia só possível de alcançar através do amor entre duas pessoas apaixonadas, numa canção de esperança, apesar do desencanto, das despedidas, da solidão e do inevitável adeus. A mesma esperança, agora cada vez mais óbvia, apesar de embrulhada num sem fim de metáforas, que se volta a sentir em Balcony Man, a última faixa de Carnage, novamente por entre piano e cordas e coros angelicais, porque, afinal, « o que não te mata apenas te torna mais louco » – e, no caso de Nick Cave, certamente também genial.

 

 

[Foto: Joel Ryan – fonte: http://www.dn.pt]

Aunque parezca mentira, las grandes religiones tanto monoteístas como politeístas han influido en la música de grandes figuras del rock. Algunos de las más grandes estrellas del pop-rock han estado influidas por religiones como el cristianismo o el Islam, el hunduismo o el budismo. Alberto Manzano nos los cuenta en su nuevo libro « Aleluya ».

Escrito por IZARO SANFLORENTINO

La espiritualidad y las grandes religiones han influido en numerosos músicos a lo largo de la historia del rock. Entre ellos, destacan los cuatro artistas que conforman los pilares de este libro, y cuyas obras agrupan las cuatro grandes religiones: hinduismo —reflejado en la obra de George Harrison—, cristianismo-judaísmo —que forma el sustrato de numerosas canciones de Bob Dylan—, islam —representado por Cat Stevens—, y budismo-zen —cuya influencia es fundamental en la obra de Leonard Cohen—.

Alberto Manzano analiza figuras como George Harrison, Bob Dylan, Leonard Cohen, Cat Stevens, Suzanne Vega, Nick Cave, Sinéad O’Connor, Johnny Cash, Patti Smith o Van Morrison, para entender su música según el propio prisma religioso de cada uno de ellos.

« Aunque los primeros rastros de carácter religioso hallados dentro de la música en el siglo XX — particularmente, del cristianismo— se perciben con absoluta claridad en los primigenios géneros musicales dotados de raíces negras —góspel, blues, soul—, es a partir de los años sesenta, coincidiendo con el inicio de la revolución contracultural en Estados Unidos, cuando un contingente de cantantes y poetas —estos últimos integrados mayormente en la generación beat: Allen Ginsberg, Gary Snyder, William Burroughs—, inequívocamente influidos, a su vez, por el trascendentalismo y realismo filosófico del poeta Walt Whitman (1819-1892) —que llegó a ser proclamado «sustrato de la nueva generación de cantautores poéticos»: Bob Dylan, Joni Mitchell, David Crosby, Laura Nyro, etcétera— muestran un desaforado interés por las religiones orientales, cuyas semillas acaban de ser trasplantadas en el Nuevo Mundo, particularmente en California, por gurús y maestros espirituales procedentes de la India y del Japón, y, desde ese momento, van a impregnar las obras de estos músicos visionarios, bohemios y «vagabundos del dharma», de un profundo calado espiritual », nos cuenta el autor de « Aleluya« .

 

Alberto Manzano es poeta, traductor, biógrafo y ensayista. Ha publicado más de quince libros en torno a la obra de Leonard Cohen entre las que destacan Leonard Cohen (Cúpula, 2009), y Leonard Cohen y el zen (Luciérnaga) y ha adaptado al castellano numerosas canciones del bardo canadiense para ser interpretadas por Enrique Morente, Duquende, Argentina, Mayte Martín, Rocío Segura, etc. En los discos “Omega”, “como un Corazón” y “Acordes con Leonard Cohen”. Como poeta, tiene cuatro libros publicados (El reino de la pobreza, Hiperión, 2016, es su último poemario), a la vez que, en el ámbito de la traducción, ha trabajado en más de un centenar de libros (Bukowstki, Rumi, Basho, Rimbaud, D.H. Laurence, Bob Dylan, Jim Morrison, Suzanne Vega, Patti Smith, Tom Waits, etc.). Fue amigo personal de Leonard Cohen desde 1980 hasta su fallecimiento.

 

 

[Fuente: http://www.todoliteratura.es]

« Chelsea Hotel » es una obra de la joven autora Anisley Fernández Díaz, recreada a partir de un romance entre Janis Joplin y Leonard Cohen. “Tiene implícita una experiencia vital que atesoro. Con “Back to same” algo se movió en Mí. Viví el poema y la música de Leonard Cohen, como también me interesé por la biografía y trayectoria de Janis Joplin”, explica la autora.

Anisley Fernández Díaz

Anisley Fernández Díaz

Esta escritora de origen cubano se dirige mediante las páginas de su obra, a sus maestros y referencias. “Va dirigido a mis maestros de luz literaria, a mis maestros de fe, a sus antepasados y a los míos, los artistas que nunca pasará de moda, a los amigos que confiaron en mí, a mi familia, a mi hijo, a mi ciudad de mar tan amada, Cienfuegos”, comenta a la vez que reconoce haberse inspirado en su sed de “transgredir límites”

Publicada en Círculo Rojo Grupo Editorial, el lector va a encontrar una pare del alma de su autora, con la que pretende acercarnos su propia visión del arte.

Chelsea Hotel es la entrega de una historia en versos libres, recreada a par­tir de la presunción de un romance entre Janis Joplin y Leonard Cohen en el edificio considerado uno de los más representativos de New York por las visitas de innumerables artistas de todo el mundo. Desde la atracción entre ambos personajes, la personalidad ruda y psicodélica de Joplin, el placer car­nal, los elementos musicales y de la religión budista que enmarcan a Cohen, los semblantes del rock y otras visualizaciones idealizadas del hotel, como una ventana, un salón, llaves, la noche, el frío…, se trenza una trama en la que el dolor y el desgarramiento espiritual de la autora toman preeminencia. Así lo realza a ratos con cierta ironía, pero como experiencia vivida lo entrega en frases desgajadas del egoísmo y los estereotipos, cuando supone: «Si no fuera por la música, mis drogas, por las pequeñas luces tintineando…». Al segundo poema, Back to samele fue otorgado en la ciudad de Cienfuegos (Cuba) el Premio «Poesía de Amor, 2018».

Anisley Fernández Díaz (1992, Cienfuegos, Cuba). Graduada en Medicina por la Universi­dad de Ciencias Médicas en 2018. Premio Poe­sía de Amor, 2018. Ha colaborado con la Revista Cultural argentina El Viento, donde fueron publi­cados tres de sus poemas en mayo de 2019. Par­ticipó en lecturas de poesía para festivales y otras actividades por la Feria Internacional de Libro.

Resultó finalista en la doceava edición del Concurso Internacional de Poesía “El mundo lleva alas” (2020) convocado por la Editorial Voces de Hoy.

 

 

[Fuente: http://www.todoliteratura.es]

Escrito por Joseph Hodara

«La libertad llegará pronto. Entonces volveremos de las sombras…» Frases que compone El Partisano, canción que Leonard Cohen difundió en múltiples escenarios; y son palabras que cabe recordar en estos días. Poeta, novelista y cantautor, Cohen confesó en alguna oportunidad: » Qué bueno saber que mis canciones han durado treinta años como si fueran un automóvil Volvo…» Pícara pero impuntual ironía, pues las voces de su trayectoria se escucharán un largo tiempo si nuestra sensibilidad y el buen gusto no se rinden a la gris rutina.

Al lado de sus padres y abuelos, con la asistencia de un rabino y de sus familiares cercanos, Leonard fue enterrado en el cementerio Shaar Hashamaim en Montreal, Canadá.  En dicho país nació en 1934, hijo de un padre polaco y de una madre lituana que como muchos judíos de Europa oriental buscaron nuevo hogar en el joven país. De su abuelo, rabino por formación y ministerio, recibió temas y motivos que se repetirán en sus canciones, desde el Rey David a Jesús, desde el Alleluya a los versos en Marianne.

Junto con Bob Dylan, pero con singular voz y sonidos, Cohen se insertó en los nuevos ritmos que singularizaron a la década norteamericana de los setenta. Pero se distanció de ellos aportando una forma de vida y de versificación singulares. Para descubrirse a si mismo buscó y encontró refugio en la isla griega de Hidra, propensión reflexiva que se repetirá más tarde conduciéndole a aislarse durante cuatro años en un templo budista-zen en Los Ángeles, una tregua que renovó su capacidad creativa.

Con grave voz, con estrofas que parecen divorciarse entre si, Cohen canta y recita palabras que inducen reflexión y serena melancolía. En pájaro en el cable, por ejemplo, se confiesa:  » como un niño aún no nacido, como una bestia con su cuerno, he destrozado a quien se acercó a mí…» Y en otro ensamble dice: «Creo que te lo dije todo en los días del Viet Nam…» Sugerencias apenas que se ondulan en el espacio y que invitan a quien le escucha a reinsertarlas en su propia experiencia vital.

La influencia de Federico García Lorca se hace oír de múltiples maneras. A su hija le dará el nombre del poeta granadino, y en Suzanne inserta palabras y escenas que recuerdan el romancero gitano:  « …. Suzanne te lleva abajo a su sitio junto al río….Y ahora te toma de la mano y te conduce al río…» Y allí se prometen y buscan el íntimo diálogo.

En los días ingratos de la Guerra de Yom Kipur (1973), Leonard Cohen llegó a Israel.  Se unió a los soldados que luchaban en el Sinaí, y en los momentos de calma cantó para y con ellos. Expresión solidaria que quedó en la memoria de amplias audiencias. Varios años más tarde, en 2009, apareció en noche memorable en el estadio de Ramat Gan. El multitudinario público le aplaudió repetidamente conmovido por las plegarias que enhebró en hebreo.

El discurso que pronunció en España al recibir el Premio Príncipe de Asturias en octubre 2011 – homenaje que You tube reprodujo traducido al castellano – Cohen reconoce su deuda no solo con Lorca. Recuerda que en sus años de adolescencia conoció en las calles de Montreal a un español que le impresionó por su puntual instrumentación de la guitarra. Le pidió clases particulares, y así se inició en el ritmo gitano. Pocos días después supo del suicidio de su maestro; el motivo y su nombre quedaron en el silencio. Pero su imagen se le clavó en la memoria.

Para resumir el carácter y la evolución de su vida, uno de sus mejores amigos le sugirió esta definición: » Eres un narcisista que se odia...» Retrato que a Cohen le pareció acertado. Y al sentirse abrumado por un impío cáncer compuso una de sus últimas canciones susurrando: » Ya estoy listo- mi Dios…»  El arte le ayudó a morir, y por su arte quedará entre nosotros.

 

[Fuente: http://www.diariojudio.com]

L’histoire des Juifs de Tunisie durant la Deuxième Guerre mondiale est méconnue, voire ignorée. Pourtant, ils étaient visés par la Shoah, et ont subi l’occupation allemande nazie : rafle à Tunis par les SS le 9 décembre 1942, déportation, etc. Lpogrom commis par des Arabes à Gabès (Tunisie) est survenu le 20 mai 1941 ; sept Juifs ont été assassinés sur la place de la synagogue. Sur cette rafle à Tunis, deux évènements sont proposés : le 6 décembre 2020, de 10 h 45 à midi, au Monument du souvenir de la Grande Synagogue de Paris, sur inscription en ligne ou à contact@shjt.fr, à l’initiative de la Société d’histoire des Juifs de Tunisie et d’Afrique du Nord (SHJTAN), en partenariat avec le Mémorial de la Shoah,  une cérémonie en hommage aux victimes de la rafle des Juifs de Tunis par les SS, le 9 décembre 1942, et le 9 décembre 2020 de 19 h 30 à 23 h, le Centre français du judaïsme tunisien (CFJT) organise un Facebook Live : la conférence de Claude Nataf, président fondateur et ancien président de la Société d’histoire des Juifs de Tunisie. La Claims Conference alloue un supplément d’aide financière aux rescapés de la Shoah en cette période de coronavirus.

Publié par Véronique Chemla

Le sort des Juifs de Tunisie pendant la Deuxième Guerre mondiale est peu connu.

Il présente une double singularité.

À la différence du Maroc et de l’Algérie, la Tunisie, alors protectorat français, a été occupée par les Nazis (novembre 1942-avril 1943).

De plus, des Juifs ont aussi été déportés de ce pays « vers les camps de concentration en… avion », a précisé Serge Klarsfeld, président des Fils et filles de déportés juifs de France (FFDJF). 

Le Centre de Documentation Juive Contemporaine (CDJC) avait accueilli en 2002 l’exposition éponyme de la Société d’Histoire des Juifs de Tunisie (SHJT). Avec la cérémonie commémorative à la Mairie du IVe arrondissement et le colloque à l’Université Paris Panthéon-Sorbonne, cet événement avait commémoré le 60e anniversaire de la rafle des Juifs de Tunis le 9 décembre 1942.

Cette exposition actualisée, intéressante et didactique « Les juifs de Tunisie pendant la Seconde Guerre mondiale (octobre 1940-mai 1943). Régime de Vichy et six mois d’occupation nazie », est présentée à la Mairie du IVe arrondissement de Paris. « Du 7 au 17 mai 2019, découvrez une exposition à la mairie du 4e qui rend hommage à la mémoire des victimes de Tunisie tuées parce que juives, sous le régime de Vichy et six mois d’occupation nazie, d’octobre 1940 à mai 1943. En partenariat avec le Mémorial de la Shoah et le soutien de la Fondation pour la mémoire de la Shoah, la SHJT a présenté pour la première fois en 2002, cette exposition fondée sur des documents d’archives publiques et privées, relatant la situation des Juifs de Tunisie sous le Régime de Vichy et la période d’occupation allemande. L’ouverture de nouvelles archives publiques, appuyée sur quelques fonds de journaux privés ont permis d’actualiser cette exposition. Elle apparaît à la fois informative et historique. Hommage à la mémoire des victimes de Tunisie tuées parce que juives. Respect et volonté de ne pas oublier et de transmettre. »

On ne peut que regretter que cette exposition claire, didactique, intéressante, soit « islamiquement et arabiquement correcte » : elle présente la dhimmitude, statut cruel et humiliant infligé aux non-musulmans (juifs, chrétiens, etc.) comme la tolérance du judaïsme !? Elle omet l’enthousiasme de nombreux Tunisiens musulmans à l’égard du nazisme, des victoires militaires du IIIe Reich, etc. Quid de la lenteur de la France à indemniser les Juifs tunisiens spoliés ? C’est d’autant plus surprenant que nombre de livres et documents ont évoqué ces thématiques.

Les commissaires de l’exposition sont Claude Nataf et Claire Rubinstein-Cohen, respectivement président et vice-présidente de la SHJT.

Entre engagements et persécutions

À la veille de la Seconde Guerre mondiale, 90 000 Juifs vivaient en Tunisie. Parmi eux, « une minorité italienne, importante par son poids économique et ses rapports avec l’Europe. Frappés dès 1938 par le statut des Juifs en Italie, les Juifs italiens sont en Tunisie considérés comme ennemis par le gouvernement français lors de l’entrée en guerre de l’Italie ».

« En novembre 1940, l’amiral Esteva, résident général de France en Tunisie, édicte un statut applicable aux 69 500 Juifs. Discriminatoire, il diffère un peu de celui de Vichy », a indiqué Claude Nataf, président de la SHJT.

Mais la situation des Juifs empire vite. Éviction de la Fonction publique et d’activités libérales, numerus clausus, aryanisation des affaires, rackets par les Nazis, prises de notables en otages, camps d’internements, constitution d’un fichier juif sous l’impulsion du colonel Hayaux du Tilly, action du colonel Rauff, chef de la SS, etc.

La liste est longue des souffrances des Juifs de Tunisie dont l’espoir de s’engager dans l’Armée française a été déçu par le gouvernement de la IIIe République et par le Comité de Libération nationale, comme l’a révélé l’historien Philippe Landau.

Le pogrom commis par des Arabes à Gabès (Tunisie) est survenu le 20 mai 1941 ; sept Juifs ont été assassinés par des musulmans sur la place de la synagogue. Un gendarme a aussi été tué. Le site Harissa présente des témoignages bouleversants de ce pogrom.

Le 9 novembre 1942, les nazis envahissent la Tunisie. Ils « organisent des rafles dont la plus importante se déroule à Tunis.  Au total, près de 5 000 Juifs sont envoyés dans des camps de travaux forcés. À partir d’avril 1943, commenceront les premières déportations vers les camps en Europe ».

Après « l’invasion germano-italienne de 1942 », les Juifs italiens « subissent la persécution antisémite des occupants. La victoire alliée de mai 1943 ne met pas fin à leur situation ».

Dans cette histoire douloureuse, il convient de relever l’action de Justes, tels ces Tunisiens musulmans qui ont hébergé à Mahdia la famille de l’actuel ambassadeur d’Israël, S.E. Nissim Zvili, qui, âgé d’un an, a porté l’étoile jaune.

Et comme le souligne Avraham Benabou, conseiller à l’ambassade d’Israël, il importe de mettre un visage derrière des chiffres, de décrire la vie des Juifs persécutés parce que Juifs, et non pour une quelconque revendication politique.

C’est ce que fait cette exposition claire qui se fonde sur des archives françaises, tunisiennes et allemandes, publiques et privées, et souvent inédites.

Ainsi sont présentées des figures de cette communauté, dont Moïse Borgel, son président.

C’est en hommage à ces Juifs persécutés que le rabbin Amos Haddad a récité les prières le 8 décembre 2002, lors d’une cérémonie particulièrement émouvante en présence de M. Zvili, Ridha Zguidane, conseiller à l’ambassade de Tunisie, d’élus et de représentants d’associations juives.

Ignorance du sort des Juifs en Afrique du nord pendant la Deuxième Guerre mondiale ? Absence de prise de conscience que leur sort était lié à celui de leurs coreligionnaires en Europe continentale ? Indifférence pour le sort des Juifs sépharades ? Jusqu’au milieu des années 2000, la cérémonie en hommage aux Juifs raflés se déroulait non pas au Mémorial de la Shoah, qui pourtant accueillait une cérémonie en hommage aux combattants juifs du ghetto de Varsovie, mais par exemple à la Mairie du IVe arrondissement de Paris.

À quand une exposition au Mémorial de la Shoah sur la situation des Juifs dans l’Empire français, dans les empires coloniaux de puissances européennes – France, Italie, Pays-Bas, etc. -, en Afrique et en Asie, et sur le grand mufti de Jérusalem al-Husseini ?

Addendum

Claire Rubinstein-Cohen a publié « Portrait de la communauté juive de Sousse (Tunisie). De l’Orientalité à l’Occidentalisation. Un siècle d’histoire (1857-1957)« (Edilivre, 2011). « La communauté juive de Sousse constituée de 1500 personnes en 1857 était soumise au statut de la Dhimma, tolérance accordée par les Musulmans aux Gens du Livre, (Ahl el kittab), Juifs et Chrétiens. Le 10 septembre 1857, Mohamed Pacha Bey promulgua une constitution réformiste, le Pacte fondamental, qui introduisit l’égalité entre tous les groupes confessionnels. Le Protectorat français fut établi sur la Régence de Tunis, par le Traité du Bardo, le 12 mai 1881, et fut assorti de la Convention de la Marsa le 8 juin 1883. Il prit fin avec l’indépendance de la Tunisie, le 20 mars 1956. La République tunisienne fut proclamée le 25 juillet 1957. De 1857 à 1957, la communauté juive a présenté un fort enracinement en terre d’Islam, et a vécu ensuite dans le contexte colonial. Comment, cette communauté, liée à une culture séculaire, a-t-elle pu basculer d’un univers arabophone, immergé dans l’orientalité, vers une nouvelle culture tournée vers l’occident, en un siècle, de 1857 à 1957 ? L’étude de la communauté juive de Sousse de 1857 à 1957 montrera le passage de la tradition orientale à l’acculturation et à l’occidentalisation, à travers trois divisions majeures : la première partie (1857-1881) présente un portrait de la communauté juive de Sousse, composée de Juifs autochtones, les Swâsä et de Juifs ibéro-italiens les Grânä, de son orientalité ainsi que de son début d’ouverture face aux incitations venues d’Europe, depuis le Pacte fondamental de 1857, jusqu’à l’établissement du Protectorat français (1881). La deuxième partie (1881-1939) est consacrée à l’analyse des vecteurs sociaux, économiques, culturels et politiques, qui ont entraîné des mutations structurelles, poussant les Juifs de Sousse à délaisser une identité orientale encore très présente, pour une marche vers l’occidentalisation, au cours de la période 1881-1939, liée aux évènements internationaux, qui accentuent les clivages entre tradition orientale et modernité. Dans le même temps, le sionisme, nationalisme juif laïc d’Europe centrale, réclamait avec Théodore Herzl, (1860-1904), le retour du peuple juif en Palestine. Ce courant eut une influence constante sur les Juifs de Sousse. La troisième partie (1939-1957) précise le poids des mesures infligées à la communauté juive, pendant la Seconde Guerre mondiale, en raison de l’instauration du Statut des Juifs en Tunisie, de l’occupation de Sousse par les troupes italo-allemandes, et des conséquences de la politique raciale nazie appliquée en Tunisie de novembre 1942 à avril 1943. Après la Seconde Guerre mondiale, l’ébranlement des valeurs traditionnelles en Europe et dans le monde secoue la population de Sousse. Le mouvement d’occidentalisation continue cependant dans la communauté juive de Sousse qui se compose, en 1953, de 4 415 personnes. Les Juifs du Sahel forment un groupe de 6 000 personnes. Les départs pour Israël entraînent une première rupture de cette communauté. L’autonomie interne en 1954, l’indépendance en 1956 et la proclamation de la République tunisienne en 1957 transforment la situation des Juifs de Sousse et éveillent des inquiétudes, provoquant une fragilisation identitaire. Projetés dans l’histoire de la décolonisation, et dans le conflit israélo-palestinien en 1956, les Juifs de Sousse devront, comme l’ensemble des juifs de Tunisie, faire face à trois options en 1957 : Israël, la France, ou la nouvelle République tunisienne dirigée par Habib Bourguiba. »

La Société d’histoire des Juifs de Tunisie (SHJT) et l’Alliance israélite universelle (AIU) projetteront Histoire des Juifs d’Afrique du Nord pendant la Seconde Guerre mondialedocumentaire d’Antoine Casubolo Ferro (2014)le 16 février 2014, à 16 h, à la Médiathèque Alliance Baron Edmond de Rothschild – 6 bis rue Michel-Ange, 75016 Paris -. Un débat suivra la projection.

La Société d’histoire des Juifs de Tunisie (SHJT) a commémoré le 7 décembre 2014, à 10 h 45, au Mémorial de la Shoah.

Le 17 juin 2015, à 11 h, la Mairie du IVe arrondissement de Paris a accueilli, dans le cadre du Festival des Cultures Juives, la conférence de Jean-Pierre Allali, historien, ancien rédacteur en chef de Tribune Juive, auteur de Les Juifs de Tunisie sous la botte allemande. Chronique d’un drame méconnupréfacé par Élie Wiesel (Éditions Glyphe, 2014): Juifs de Tunisie : liberté retrouvée, liberté enlevée, liberté sous contrôle. La conférence était suivie d’une visite guidée de l’exposition de photos Les Juifs de Tunisie, de la dhimmitude à la liberté, dans cette Mairie.

À l’initiative de la SHJT, la cérémonie commémorative de la rafle des Juifs de Tunis, a eu lieu le dimanche 4 décembre 2016 à 10 h 45, au Mémorial de la Shoah, 17 rue Geoffroy l’Asnier – Paris IVe, en présence de différentes personnalités civiles, militaires et religieuses. La lecture des noms des Juifs déportés de Tunisie et des victimes de la barbarie nazie décédés dans les camps de travail en Tunisie sera suivie de la récitation des prières d’usage. Heure limite d’arrivée : 10 h 40″.

Le 10 décembre 2017, à 10h45, au Mémorial de la Shoah à Paris, la  Société d’histoire des Juifs de Tunisie organise, en partenariat avec le Mémorial de la Shoah, une cérémonie en hommage aux victimes de la rafle des Juifs de Tunis par les SS le 9 décembre 1942.

« À la veille de la Seconde Guerre mondiale, 90 000 Juifs vivaient en Tunisie. Entre novembre 1942 et mai 1943, le pays fut occupé par les forces de l’Axe. Les Juifs connurent alors « l’angoisse, les rançons, les pillages, les souffrances du travail forcé et des dizaines de morts » (Serge Klarsfled). L’action anti-juive était dirigée par le colonel SS Walter Rauff. Ce dernier avait été responsable de la mort de centaines de milliers de Juifs, assassinés dans des camions à gaz (ancêtres des chambres à gaz) des pays baltes à la Yougoslavie. En Tunisie, l’objectif était également de mettre en œuvre la « Solution finale ». Quelques personnes furent ainsi déportées vers l’Europe. L’avancée des Alliés et leur domination militaire ont heureusement contrarié les plans nazis ».

15 décembre 2017, à la Bibliothèque nationale de Tunis, « alors que la police était présente dans l’établissement public relevant du ministère de la Culture », une exposition sur la Shoah a été vandalisée. « Habib Kazdaghli, historien et universitaire tunisien, qui est chargé de la coordination de cette exposition, a été jeté dehors de la salle par un groupe d’antisémites fanatiques de la cause palestinienne. Cette exposition est le fruit de deux ans et demi de travail, et d’un investissement 35 000 euros de fonds européens et de l’UNESCO. L’idée était de faire venir des jeunes pour qu’ils voient ce qu’est le traumatisme de la Shoah. Les visiteurs sont invités à découvrir les moyens de propagande qui ont amené à un crime unique dans l’histoire en raison de sa particularité et de la façon dont il a été mené ».

Le 20 décembre à 20 h, la loge George Gershwin du B’nai B’rith a organisé une soirée exceptionnelle autour du thème « Les Juifs de Tunisie sous le joug hitlérien », avec les témoignages de Jean-Pierre Allali, Frédéric Gasquet et Jacques Zérah. Dédicace des livres consacrés à cette époque accompagnée d’un buffet tunisien.

Le 9 décembre 2018, à 10 h 45, au Mémorial de la Shoah, a eu lieu la cérémonie coorganisée par la Société d’histoire des Juifs de Tunisie (SHJT) en souvenir de la rafle antijuive de Tunis.

2019
Le 8 décembre 2019, à 10 h 45, au Mémorial de la Shoah, Paris, la « Société d’histoire des Juifs de Tunisie et d’Afrique du Nord organisa, en partenariat avec le Mémorial de la Shoah, une cérémonie en hommage aux victimes de la rafle des Juifs de Tunis par les SS, le 9 décembre 1942. « Sous l’autorité du Colonel S.S. Walter Rauff, l’inventeur des camions à gaz (chambres à gaz mobiles utilisées sur le front de l’Est), les nazis ont en effet persécuté la population juive de Tunisie de novembre 1942 à la libération de Tunis par les Forces alliées, le 8 mai 1943. Serge Klarsfeld prendra la parole lors de la commémoration du 77e anniversaire de la rafle des Juifs de Tunis et de l’instauration de camps de travail sur le territoire tunisien ». La cérémonie s’est tenue « sous la présidence du Grand rabbin de France, Haïm Korsia et il a été donné lecture des noms des Juifs de Tunisie morts au champ d’Honneur, des déportés non revenus des camps d’Europe et de ceux assassinés dans les camps de travail institués sur le sol tunisien par les nazis. »

2020

La Claims Conference alloue un supplément d’aide financière aux rescapés de la Shoah en cette période de coronavirus.

Le 6 décembre 2020, de 10 h 45 à midi, en comité restreint en raison de la situation sanitaire au Monument du souvenir de la Grande Synagogue de Paris, et non dans la crypte du Mémorial de la Shoah, et sur inscription en ligne et à contact@shjt.fr, la Société d’histoire des Juifs de Tunisie et d’Afrique du Nord (SHJTAN) organisa, en partenariat avec le Mémorial de la Shoah, une cérémonie en hommage aux victimes de la rafle des Juifs de Tunis par les SS, le 9 décembre 1942. C’est la cérémonie commémorative du 78e anniversaire de la rafle des Juifs de Tunis par les S.S. (survenue le 9 décembre 1942) et de l’instauration de camps de travail sur le territoire tunisien jusqu’à sa libération par les Forces alliées le 8 mai 1943.

« La cérémonie annuelle de commémoration s’est tenue ces dernières années au Mémorial de la Shoah à Paris, en présence de représentants du gouvernement, de représentants diplomatiques de Tunisie, d’Allemagne et d’Israël en France, et de différentes personnalités religieuses, civiles et militaires. Diverses personnalités publiques ont été invitées à la cérémonie de cette année, notamment Gabriel Attal, porte-parole du gouvernement, et Anne Hidalgo, maire de Paris. Les noms des Juifs de Tunisie morts au champ d’Honneur, des déportés non revenus des camps d’Europe et de ceux assassinés dans les camps de travail institués sur le sol tunisien seront lus. »

« L’évènement a pour but de « faire connaître un épisode peu connu de la Shoah qui éclaire le dessein des nazis et son caractère planétaire et non pas seulement limité à l’Europe » et « permettre que le souvenir des victimes des nazis sur le territoire tunisien perdure au-delà de la dispersion d’une large partie de la communauté juive de ce pays après la décolonisation. Il s’adresse à « tous les originaires de Tunisie, mais également l’ensemble des membres de la communauté juive et de la communauté nationale ».

Des bougies ont été allumées à la mémoire des victimes, en particuliers celles juives en Tunisie, par diverses personnalités, dont le grand rabbin de France Haïm Korsia et l’historienne Mireille Hadas-Lebel et Noémie Madar, présidente de l’UEJF.

Le grand rabbin de France Haïm Korsia a fait part de ses « deux sentiments très violents. Cette synagogue a une tradition ashkénaze, et deux autres offices : tunisien et égyptien… Lisez « La société des belles personnes » de Tobie Natan [sur le rôle de Nazis dans l’exil des Juifs d’Égypte]… La semaine dernière, dans la Paracha, une maman Rébecca n’arrive pas à comprendre ce qui se passe… Je lis le livre du rabbin Klein, grand-père de Leonard Cohen… Anne Hidalgo va dénommer un gymnase Young Perez, honneur de la France et du Judaïsme ».

La cérémonie s’est poursuivie par la lecture des noms des juifs tunisiens déportés et morts dans les camps de travail, et close par la prière pour la République française.

Le 9 décembre 2020 de 19 h 30 à 23 h, le Centre français du judaïsme tunisien (CFJT) organise un Facebook Live : la conférence de Claude Nataf, président fondateur et ancien président de la Société d’histoire des Juifs de Tunisie, sur cette triste journée du 9 décembre 1942 à Tunis marquée par la profanation de la Grande Synagogue et la rafle des jeunes juifs pour les enfermer dans des camps de travail sur la ligne du front. « Il y a 78 ans à Paris on raflait les Juifs et on les enfermait provisoirement au « Vel d’Hiver « avant Drancy puis Auschwitz. Il y a 78 ans à Tunis, le 9 décembre 1942, on raflait les Juifs avant de les envoyer dans des camps de travail, prélude à une élimination physique programmée. Il y a 78 ans en Tunisie, des Juifs ont été déportés, assassinés, fusillés, parce qu’ils étaient Juifs. »

Cérémonie le 6 décembre 2020 

Au Monument du souvenir de la Grande Synagogue de Paris

44, rue de la Victoire 75009 Paris

Cérémonie le 8 décembre 2019 à 10 h 45 
Au Mémorial de la Shoah
17, rue Geoffroy-l’Asnier. 75004 Paris

Du 7 au 17 mai 2019
À la Mairie du IVe arrondissement 
2, place Baudoyer, 75004 Paris
Tél. : 01 44 54 75 04
Entrée libre du lundi au vendredi de 11 h à 17 h

Cet article a été publié dans cette version plus concise par Actualité juive. Il a été republié dans ce blog le 6 décembre 2012 et le :
– 8 décembre 2013 à l’approche du 70e anniversaire de la rafle des Juifs de Tunis, le 9 décembre 1942 dont le souvenir sera rappelé lors de la cérémonie du 9 décembre 2013, à 10h45, dans la crypte du Mémorial de la Shoah, et lors de rencontre et projection l’après-midi ;
– 15 février et 6 décembre 2014, 17 juin et 6 décembre 2015, 3 décembre 2016, 8 décembre 2017, 22 mai et 8 décembre 2018, 12 mai et 6 décembre 2019. Des liens renvoient vers des articles nuançant le rôle de dirigeants communautaires tunisiens.

 

[Source : http://www.veroniquechemla.info]