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Escrito por LUIS MARTÍN-SANTOS LAFFÓN

Fue un día de septiembre hace ya unos años. En París estaba en curso una gran exposición sobre la generación Beat en el Centro de Arte Pompidou, más conocido como el “Beaubourg”.

Llevaba varios días inquieto en Madrid. Acaba de terminar el curso de meditación que regularmente imparto, siempre en la primera quincena del mes y después de eso, mientras en mi casa continuaban con mi pareja las discusiones sin fin y un cierto mal ambiente, me daba la sensación de que el verano se escapaba entre mis dedos, hecho que me animó a realizar una escapada a la capital francesa. Así que, sin dar aviso ni noticia a mis más allegados, organicé el viaje con ayuda de Internet en apenas unas horas.

« La exposición venía girando por el mundo desde Nueva York, vía San Francisco, hasta París. Simplemente no me la podía perder »

No hacía mucho que aquí en Madrid, en compañía de tres amigos, habíamos culminado, tras un par de años de labores varias, —contratación, traducción, intercalados con inesperados retrasos provocados por una crisis financiera global, crisis personales, inseguridades y miedos escénicos varios—, la publicación de una obra de Jack Kerouac en castellano, y yo me encontraba más empapado que nunca de la historia y la “energía” de lo beat.

La exposición, había leído, incluía todo tipo de objetos relacionados con los Beats: el rollo original de papel donde Kerouac había escrito En la carretera, la novela fundacional, intervenciones grabadas de Allen Ginsberg, fotografías, murales, pinturas y mucho material y parafernalia de la época. La exposición venía girando por el mundo desde Nueva York, vía San Francisco, hasta París. Simplemente no me la podía perder.

Sentado en mi escritorio frente a la pantalla, una vez tomada la decisión y conforme aumentaban mis deseos de perderme y desaparecer, crecía en mi la excitación. Tecleé lo primero buscando un billete de avión económico en una página de aerolínea de bajo costo, donde enseguida localicé una ida y vuelta inferior a 150€, tan poco, tan barato, Madrid-Barajas a París-Orly. A continuación voy a por el hotel… No había estado en París desde hacía algunos  años y es una ciudad que apenas conozco más allá de los alrededores de Notre-Dame.

¿Hoteles baratos?, ¿una noche? Encuentro múltiples ofertas, pero sin tener idea de dónde están localizados. Finalmente distingo en el mapa: Père-Lachaise, el cementerio… no demasiado alejado del Beaubourg. Hipohotel, zona Metro Gambetta République, en la rue des Pyrénées, 20t arrondisement, barato. ¿Podrían ser 35 euros…?, no, fueron 50. Voy a hacer la reserva. Miro fecha. Mañana mismo.

« Dejo mi casa con una sensación de irrealidad y una cierta inseguridad: si esta locura que estoy haciendo tiene sentido, si lo pasaré bien »

En silencio y sin avisar a nadie saco los billetes… y me voy a acostar. Antes escribo a un amigo fotógrafo que he conocido hace unos años en Mallorca. Es profesor de fotografía y literatura en la Sorbona y conoce bien a los Beats. Le escribo y sorprendentemente me advierte que estará en París. Vive en Aix-en-Provence, pero viaja a París cada semana para dar unas clases y después regresa a su domicilio. Es algo mayor que yo, una persona calmada y entrañable; un verdadero profesor. Una excusa perfecta para tomar un café y tener una charla amiga en esas 24 horas que voy a pasar yo solo en París. Se llama Jacques Terrasa.

A la mañana siguiente termino mi maleta de un día y salgo andando para tomar el autobús en la calle O’Donnell, que me lleva a la vieja terminal 1 de Barajas. La terminal está tranquila, es sábado y acaba de empezar el fin de semana. Dejo mi casa con una sensación de irrealidad y una cierta inseguridad: si esta locura que estoy haciendo tiene sentido, si lo pasaré bien. Y de mala conciencia: abandonando sin avisar y adrede a la familia. Una vez pasado el control de seguridad y ya sentado esperando en la puerta de embarque, la megafonía nos invita a preparar billetes e identificación, ir subiendo al avión y, después de haber colocado la maleta en la parte superior de la cabina, a acomodarnos en los asientos de forma ordenada.

El avión despega y yo con él: me elevo hacia los cielos. Estoy encantado. Durante el vuelo permanece, sin embargo, una sutil sensación de vértigo. El avión va lleno y voy encajonado en los últimos asientos, al fondo de la cabina de pasajeros. A los tres cuartos de hora estamos volando sobre los Pirineos. Al pasar se distinguen bien las cumbres, y entramos en territorio francés en medio de las nubes, accediendo a un país más verde que la piel de toro. Una hora más tarde comenzamos las maniobras de aproximación y antes de darme cuenta, casi precipitadamente, me encuentro que estamos aterrizando. Justo al tocar tierra algo se conecta dentro de mí, debajo de mi ombligo, y desaparece la sensación de vértigo, que viene a sustituirse por una certeza acompañada de la natural excitación al darme cuenta de que ya estoy en París. Now it’s real!

« El Hipohotel tiene una entrada única y parece sacado de la película de Bertolucci, El último tango en París, o, luego me daría cuenta, ¿había llegado ya, sin querer, a la versión actual del mismo Beat Hotel?« 

Bajo del avión, seguido de mi maleta de 24 horas demasiado cargada, y me subo al autobús que nos acercará a la terminal. De ahí rápidamente saltó en el OrlyVal que me acercará a la ciudad, a la estación Antony, desde donde tomo el metro que me lleva a plaza  Gambetta via Les Halles. Desde allí me dirijo rápidamente al hotel, que he reservado casi a ciegas en una zona no muy alejada de Beaubourg y junto al cementerio Père-Lachaise.

Camino desde la plaza, apenas unas manzanas por la Rue des Pyréneés. Son los últimos días de septiembre, sábado 24, y cuando llego a eso de las 21:00 ya ha anochecido. El Hipohotel tiene una entrada única y parece sacado de la película de Bertolucci, El último tango en París, o, luego me daría cuenta, ¿había llegado ya, sin querer, a la versión actual del mismo Beat Hotel?

En el portal, subiendo cuatro escalones a la derecha y debajo de las escaleras, hay un pequeño mostrador con una mujer de mediana edad, muy maquillada, que revisa la reserva, me da la llave, y me invita a subir a la habitación situada en el 2º piso, la primera puerta del pasillo, con techos bajos y color indefinido tirando a verde. Una vez dentro me encuentro con una cama de buenas dimensiones, alta. Mobiliario escueto, una silla, una mesa sujeta en la pared y en frente, junto a la ventana-balcón, un baño básico. Ducha con cortina, lavabo e inodoro. Mientras subo me cruzo con una pareja francófona joven de color que baja, con la que apenas intercambio una mirada cómplice. Paris is Jazz.

En todo el edificio hay una algarabía tremenda proveniente del bar restaurante que recorre la primera planta en la calle, a continuación del hotel, hasta la esquina y el próximo chaflán. Como no hay otra alternativa —ni me planteo quedarme con tanto escándalo—, dejo mi maleta 24 horas y, después de asearme un momento, me tiro a la calle buscando algo para cenar y para comprobar, con mis propios ojos, de donde proviene tanto ruido.

Salgo a la calle, doblo a la derecha y, efectivamente, el establecimiento de al lado tiene terraza y diferentes puertas y ventanales abiertas a la calle. Hace calor y hay muchísima animación. Está lleno de estudiantes, sentados y bebiendo en las mesas dispuestas en la acera, y dentro incluso un pequeño grupo de chicos y sobre todo chicas bailando con entusiasmo. Toda la escena me arranca una incontenible sonrisa.

« Para cuando he terminado de cenar, deben ser ya las once. En la acera de enfrente ha cesado la música, y al rato, los grupos se han ido y se hace un cierto silencio »

Como no conozco a nadie, opto por instalarme en un acogedor bistró que se encuentra en la acera de enfrente, desde donde se divisa toda la acción. Llego con la buena fortuna de encontrar que todavía tienen abierta la cocina, y me pido un sabroso osobuco acompañado de un puré de patatas y regado con una jarra de cerveza alemana. La clientela del bistró varía entre parejas francesas en noche de sábado y hombres con aspecto de árabes sentados en grupo, alguno de los cuales se pasa un buen rato observándome, creo que con una cierta curiosidad sospechosa. Va cayendo definitivamente la noche y, mientras ceno, disfruto de los sabores, doy un largo trago la jarra de cerveza que me han traído, miro curioso todo a mi alrededor, la terraza de enfrente, la carta, escucho francés o lo hablo con el camarero, la atmósfera va tranquilizándose. Para cuando he terminado de cenar, deben ser ya las once. En la acera de enfrente ha cesado la música, y al rato, los grupos se han ido y se hace un cierto silencio. La calle ahora solo está transitada por grupos más pequeños, alguna joven regresando con paso rápido en dirección al metro, algún borracho. La noche sigue siendo cálida y yo cruzo tranquilamente de regreso al Hipohotel —qué nombre tan “enrollado”— con intención de descansar después de un día de transportes, aviones y aeropuertos. Paso por la recepción del hotel, camino de mi habitación, y esta vez está más animada: la conserje en conversación con dos parroquianas de su misma edad y maquillaje, hablando francés con marcado acento italiano sentadas en las escaleras.

Paso por delante, saludando con un escueto bonne nuit y sigo directo para mi cubículo. Llego a mi habitación con una cierta expectación, pero con el impulso suficiente para desnudarme, ponerme el pijama y meterme en la cama, donde caigo rápidamente dormido.

Por la mañana me despierta la primera claridad que consigue entrar entre las cortinas semicorridas y los visillos. Domingo por la mañana, el ambiente es muy tranquilo. Remoloneo un rato en la cama pero hacia las 9:30 me levanto, me doy una ducha y me decido a salir a la calle y emprender mi día tirando de mi maleta. La calle presenta las huellas de la noche anterior, algunos restos inevitables del botellón. Avanzo por le rue des Pirénées de regreso a la plaza Gambetta y para mi alegría compruebo que la plaza esta sembrada de cafés, a esa hora poblados por los franceses más madrugadores que ya se han hecho con una copia de Le Fígaro o L’Equipe y están ya sentados leyendo la prensa. Inefable me siento en una terraza, me pido un café au lait y un croissant.

« Es un cementerio que, leo en el cartel, acoge todo tipo de personajes ilustres, desde Jim Morrison, cantante de los Doors, hasta Marcel Proust, una lista interminable de escritores, intelectuales, científicos y artistas »

En seguida me dan las 11 y echo a andar. En esa época el Google Maps todavía no está tan popularizado y la itinerancia en los teléfonos hay que pagarla, lo mismo que los datos, de modo que voy tirando del mapa y la chuleta que he tenido precaución de prepararme. Había visto que el Père-Lachaise estaba muy cerca y efectivamente hay una calle desde la plaza Gambetta que lleva a una de las entradas. Está a 500 metros que recorro con calma seguido de mi maleta. Siento una cierta emoción. Suena en mis oídos internos la melodía de Malcolm Maclaren & Catherine Deneuve, ParisParis… La entrada es una puerta abierta en el muro sin verja, y en frente hay una explanada amplia. El cementerio tiene grandes avenidas, árboles y unos carteles que enumeran la lista de personalidades que descansan en este camposanto.

Es una mañana de domingo nublada y amenaza a llover, aunque esto sucederá solo una hora más tarde. Hay algunos paseantes —ahora me siento dentro de una película de Antonioni—, la soledad, el silencio del cementerio, el verde de los árboles y mi maleta. Echo a andar, recorro el primer boulevard y doblo hacia la izquierda por delante de las primeras tumbas.

Es un cementerio que, leo en el cartel, acoge todo tipo de personajes ilustres, desde Jim Morrison, cantante de los Doors, hasta Marcel Proust, una lista interminable de escritores, intelectuales, científicos y artistas. Algunos muy conocidos, otros no tanto. Es imposible visitarlo en una única mañana. Las avenidas generales son espaciosas y tienen un determinado relieve. En frente de esta entrada se levanta una colina que no subiré.

Mientras paseas entre tumbas y mausoleos, es obligado ir deteniéndose para poder leer las inscripciones, y quién sabe si descubrir ese personaje famoso o aquel epitafio inmortal que sugiera al paseante un momento de contemplación, llegar a conmovernos o incluso volver a arrancarnos una sonrisa.

« Me sorprende un monumento levantado en homenaje a los caídos españoles en la guerra europea y de liberación de los alemanes contra los nazis, exiliados primero de la guerra española »

Después de varias paradas llego por fin ante un mausoleo de buen tamaño: un bloque de piedra de veinte toneladas que lleva esculpida una estilizada esfinge alada. Se trata de la tumba de Oscar Wilde, promovida por sus amigos, realizada por un escultor y pagada por suscripción popular. Aunque es bastante más alta, está cubierta por un cristal transparente de dos metros de altura para protegerla de la costumbre de plantarle un beso que miles de visitantes adoptaron como forma de homenaje al escritor. En origen, la esfinge parece que estaba provista de unos generosos genitales masculinos de los que fue desprovisto en sucesivas ocasiones, de ahí también el cristal.

Yo, sin conocer entonces la historia, quedo impactado por el monumento y la energía del lugar. Luego me enteraré de que es la más popular después de la de Jim Morrison. Llego sin preguntar e igualmente después de un rato, unos veinte minutos de parada y poderosa inspiración, decido continuar adelante.

Una de las bellezas del Père-Lachaise es que es un cementerio urbano y al estar —según puedo apreciar asentado en la falda de una gran colina— por encima de sus muros, se divisa el skyline parisino en ese día nublado y, a partir de ese momento de la visita en el que comenzó a caer una pequeña llovizna, lluvioso.

Después de Wilde seguí caminando hasta el final de la calle para continuar a lo largo del muro que bajaba en suave pendiente bordeando las lápidas hasta la entrada principal. A ratos tengo que abrir mi paraguas. Las tumbas van cambiando y en algunas se ve la antigüedad, más de 200 años, las diferentes construcciones, templetes y estilos. Me sorprende un monumento levantado en homenaje a los caídos españoles en la guerra europea y de liberación de los alemanes contra los nazis, exiliados primero de la guerra española. Reconocimiento que no se puede encontrar en su país, España. Entre estas y otras cosas fui llegando hasta la entrada principal, por donde salí.

Después de este interludio silencioso regreso al bullicio, no tan intenso en domingo, y pongo dirección a la siguiente etapa, encontrarme con Jacques y visitar a la Beat Generation en Beaubourg.

« París es un marco perfecto para recibir una muestra así, pues fue parada obligada de todos sus protagonistas »

Un par de paradas de metro y estoy ya en los alrededores del BB, cuando me doy cuenta de que no tengo entrada. Me pongo a hacer la larga cola y a tratar de sacarla a través de la web del museo con mi móvil, lo que por cierto consigo hacer después de un rato. Ahora ya no recuerdo, pero creo que antes de entrar me vi con Tarrasa. Quedamos en la puerta de la exposición. Él ya la había visto, pero me cuenta que no hacía mucho que había hecho un trabajo sobre Bernard Plossu, un fotógrafo que había recorrido con los Beats la ruta mexicana del peyote y el yagé al que por supuesto trató, por lo que estaba muy puesto en el tema.

Yo creo que le hice entrega en ese momento de una copia de Despierta, nuestro libro budista, de Jack Kerouac.

Después de hora y media bien aprovechada, me acompaña hasta la puerta del museo justo a tiempo para entrar en mi turno asignado, que comenzaba a las 17:30.

Esta vez tuve que esperar menos. Subimos en el ascensor de este edificio transparente y pronto me encuentro en la puerta de la 4ª planta, listo para sumergirme en la expo beat.

BEAT GENERATION: New York, San Francisco, París

París es un marco perfecto para recibir una muestra así, pues fue parada obligada de todos sus protagonistas.

Al entrar en la sala de la exposición, lo primero que me encuentro es una espina dorsal que la recorre. Es el rollo de escritura de On the road, extendido sobre una mesa baja iluminada de, calculo, 50 metros. Hay varias secciones de la exposición que inmediatamente llaman mi atención, que disfrutan de una atmósfera de performance. Hay una sección, por ejemplo, con varios teléfonos en la pared, todavía con rueda de números, titulada ‘Dial a poem’, en los que después de “descolgar” y marcar, puedes escuchar un poema-beat, cada vez diferente.

« Cuando viajar es todavía una grandísima aventura transformadora y no una industria. Y los héroes: Neal Cassidy, Ferlinghetti, Macluren, Snyder, Timothy Leary, the magic bus, Dylan… »

Lo que más me impacta son las habitaciones dedicadas al Beat hotel, donde se reproduce la Dream machine, la maquina de los sueños, que consiste en una habitación con una cama de hierro con dosel. La cama está hecha. La habitación, similar a la que he ocupado en el Hipohotel la pasada noche, está iluminada por una luz caleidoscópica que gira provocando un movimiento que barre ininterrumpidamente el espacio. Sincronizada, una música y sonidos de carácter repetitivo suenan de fondo. Su función es inducir un estado similar al producido por las drogas psicodélicas, LSD o psilocibina, a través de los cuales acceder a lo profundo de la psique y el arte.

Arte, fotografía, carteles, parafernalia, viejos automóviles. Mapas: San Francisco, Chicago, Denver, Nueva York. On the Road. La música del jazz: Dizzy Gillespie, Charlie Parker (Bird), Thelonius Monk, Art Blake, el Bebop…

Y luego México, las drogas, la bencedrina, los artistas, la búsqueda y la huida. Para Jack el retiro en la naturaleza, Desolation Mountain, la cabina de guardia forestal en el pico de la montaña, el misticismo en vena de los Dharma Bums…

Luego el viaje a Europa, Paris, Tánger, incluso brevemente España. Oriente para otros, India y Benarés para Alan y Orlowsky, y Extremo Oriente para Snyder, el zen, viajar en barco hasta el Japón. Cuando viajar es todavía una grandísima aventura transformadora y no una industria. Y los héroes: Neal Cassidy, Ferlinghetti, Macluren, Snyder, Timothy Leary, the magic bus, Dylan…

Antes de nada, al principio la película muda, Pluck my Daisy, son seis jovencitos estudiantes flipando en Nueva York en una mañana fría y aburrida.

Hubo un momento, se narra en la exposición, en el que Ginsberg, Kerouac, Burroghs y Corso se interesan en las teorías de Wilhelm Reich, los orgones y el orgasmo, como no podría ser de otra forma para este grupo de vividores/investigadores.

Se escucha la voz de Ginsberg, que lanza la perorata desde un televisor de tubo catódico en blanco y negro mientras en el exterior llueve y tras el cristal se distingue a lo lejos el Sacré-Coeur, coronando Montmartre, en un cielo en ese momento gris, gris, gris.

« Lo esencial, de todas maneras, no será la lealtad de Lamantia al credo surrealista, sino la práctica intempestiva del método surrealista; dicho de otra manera: la práctica constante por su parte del automatismo psíquico »

La historia de esta vinculación del surrealismo con lo beat no es solo una leyenda. El 8 de octubre de 1943, el joven poeta Philip Lamantia, con solo quince años, envía una carta a André Bretón, en aquel momento presente en los USA durante su exilio en Nueva York, quien está preparando un número especialmente rico de la revista View, retitulada para esta ocasión como VVV (triple V) en el que escribe: “proclamo mi adhesión formal al surrealismo, a sus posiciones concernientes a la literatura, el arte, la sociedad y la humanidad, que son de naturaleza puramente revolucionaria, y que forman parte de mi temperamento antes incluso que yo conociese las teorías del surrealismo”.

Lamantia participó diez años mas tarde en la primera lectura colectiva, el 7 de octubre de 1955, en la Six Gallery de San Francisco, en la que Ginsberg leyó su poema HowlAullido, en un evento organizado por Michael McClure y en la que participaron los poetas Gary Snyder y Philip Whalen, jaleados enérgicamente por un vociferante Jack Kerouac. De los cinco poetas, Lamantia es el único que ha participado ya en una lectura pública. La secuencia es considerada unánimemente como el acto público inaugural de la Beat Generation. Lo esencial, de todas maneras, no será la lealtad de Lamantia al credo surrealista, sino la práctica intempestiva del «método surrealista», dicho de otra manera, la práctica constante por su parte del automatismo psíquico. Lamantia no cesará de proclamar esta como su contribución al movimiento poético beat.

Son múltiples las pruebas y los testimonios de la cohabitación entre beats y surrealistas, mas será durante las prolongadas estancias de los primeros en París y las reuniones y encuentros entre ellos y los jóvenes americanos cuando esta se produzca.

Henry Miller, Anaïs Nin, Celine, y su Viaje al fin de la noche, Duchamps, Breton, Picabia, Apollinaire, incluso Genet. Corso, Lamantia, Burroghs, Snyder, Kerouac, Ginsberg… todos revolotean, como yo hoy, en ese París inspirando el mundo de las ideas, unos de otros, jóvenes y adultos y más mayores, casi ancianos, unos de vuelta y otros de ida, escribiéndose e inspirándose en un eterno corre, ve y dile, comunicativo y global.

El recorrido de la exposición, la última sala, está dedicada al vuelo del Enola Gay y el efecto aterrador de la bomba al caer, un 6 de agosto de 1945. El hongo atómico liberando más energía que mil volcanes, trayendo la destrucción, inaugurando una nueva era. La humanidad ya nunca será igual, se inicia la era atómica. Y como no puede ser de otra forma, simultáneamente surgen los Beats y el pacifismo, la revolución de la conciencia, la rebelión, la ecología y el hippismo.

Así fue mi viaje a París en 24 horas. Un aeropuerto, un hotel, un paseo por un cementerio en una mañana lluviosa, un café con un amigo y una conversación, una exposición… soledad dosificada, huida, retiro para el encuentro, impresiones en la memoria, alguna conclusión, descanso, la escapada… al encuentro de Kerouac y la caterva feliz e iluminada que para siempre será la Generación Beat.

[Fuente: http://www.zendalibros.com]

Las aves se han apoderado de los cielos y expulsado a los pájaros. Leonardo da Vinci soñó muchas veces con una humanidad voladora, pero no se le ocurrió nunca, sin embargo, inventar un ave asesina al servicio de la guerra

Gorrioncillos posados sobre unos juncos.

Escrito por Santiago Alba Rico 

Del folclore cristiano lo que más me gusta son sus historias de pajaritos o “pajarcillos”, como los llama el romance de San Antonio cantado por Joaquín Díaz. La más sencilla y, al mismo tiempo, filosófica es la de san Virila, abad del monasterio de Leyre en el siglo IX, que salió un día a pasear abismado en sus pensamientos, muy preocupado por el misterio de la eternidad, y regresó tres siglos más tarde. ¿Cómo pudo ser? Pues ocurrió que de pronto se posó ante él un pajarito y Virila se quedó encandilado escuchando su trino. Cuando volvió a casa, ya no era abad del monasterio y el monasterio mismo había cambiado de forma y composición; y ninguno de los monjes que en él habitaban lo reconoció. Resulta que habían pasado trescientos años; Virila, atrapado en la belleza del ruiseñor, se había extraviado en la profundidad de ese instante de descuido. Los monjes, asombrados, se reunieron en la iglesia. Por una de sus ventanas entró el pajarcillo con el anillo abacial en el pico, se lo puso a Virila y le dijo: “Virila, piensa que trescientos años han pasado en un momento escuchando mi canto; más o menos lo mismo durará la eternidad”.

Cuando era adolescente y perpetraba mis primeros pinitos literarios, se los llevaba a Rosa Chacel, que era como mi abuela, y ella me daba siempre el mismo consejo: “No digas nunca ‘ave’ cuando puedas decir ‘pájaro’”. Es verdad. Si uno dice “pájaro” puede añadir un cursi “cantarín”, pero si uno escribe “ave”, entonces se impone el pedante e insufrible “canora”. Pájaro cantarín, ave canora. En realidad, se trata de dos criaturas distintas y no solo porque una designe la especie y la otra el nombre familiar; las aves y los pájaros vuelan a distinta altura y en distintas direcciones, en dos mundos paralelos, y por eso una exige barroquismos rebuscados y la otra permite hipocorísticos ligeros, adjetivos domésticos y vuelos de andar por casa. Si uno se deja tentar por las “aves”, se corre el riesgo de descarrilar en una chatarra de lujo. La palabra “ave” me hace pensar siempre en el culterano y empalagoso fray Hortensio Paravicino y en ese sermón fúnebre, escrito en 1644, en el que exploraba sin pudor la homonimia entre la especie animal y el saludo romano de la conocida oración mariana: es decir, el Ave María. Leamos esta atrocidad: “Ya de la boca de Platón mienten, de la de Ambrosio (con más razón divino) cuentan que entraban a ellas a labrar la salvia del cielo las abejas. Pero de la de Simón salen Aves, y esas Marías: nuevo panal de miel, nunca con más rigor virgen, porque Aves Marías solo salen de la boca de Gabriel (si dijésemos) en su virilidad; pero de la de Simón en su infancia”. Veinte años antes, el muy católico y socarrón Quevedo, parece haberse burlado por anticipado de su futuro imitador en las traviesas frases que El sueño de la muerte atribuye a Juan de la Enzina: “De las carnes, la mujer; de los pescados, el carnero; de las aves, la Ave María”. Cuando uno dice “ave” ya no puede decir “pan” ni “agua” ni “vida” ni “amor” ni “sangre”. Está obligado a despeñarse en una lengua alicatada de cultismos y eufemismos: de “célibes” y “réspices” y “cíngulos” y “súcubos”.

Que “pájaro” y “ave” no designan el mismo objeto y que determinan concepciones incompatibles de la literatura y de la humanidad lo prueba la propia etimología. Nuestro “pájaro” proviene del latín passer, conservado en el italiano passero, que indica al más humilde y familiar de todos ellos: el gorrión. Algo de este origen se ha trasladado a nuestra relación con los pájaros en general, que imaginamos pequeños, tiernos, sociables, asequibles, tangibles, mientras que las aves, cuyo origen latino remite al hecho mismo de volar, nos las representamos grandes, remotas e inalcanzables. Pájaros son el gorrión, el verderón, el carbonero, el mirlo, la calandria, mientras que el águila, símbolo de los imperios, es un “ave majestuosa”. Pájaros son los pequeñuelos de san Francisco y los que convocó y reunió san Antonio para que no devorasen el sembrado; y aquellos bulliciosos cuyo lenguaje hablaba Salomón; pájaros son, por supuesto, el ruiseñor y la alondra sobre los que Romeo y Julieta, espantados ante la idea de separarse, discuten en el acto III de la  escena 5 de la obra de Shakespeare. Nos imaginamos a las aves volando y a los pájaros posándose. Aunque el vencejo común puede pasar diez meses al año en el aire, lo propio de los pájaros, no se olvide, es posarse y no volar. Para posarse, claro, tienen que haber volado y tienen que volver a volar, pero se definen como “pájaros” en el acto de posarse, mientras que las “aves” lo hacen en el acto de volar: el “águila majestuosa”, por ejemplo, no se posa; solo la vemos –y siempre la imaginamos– en el momento de precipitarse sobre la presa; únicamente desciende de sus abstractas alturas, en efecto, para arrebatar de manera fulminante una víctima y reemprender sin detenerse el vuelo. Hay que dar a esta diferencia la importancia que merece. Los pájaros, gorriones todos en nuestra memoria, nos gustan porque se posan; porque parecen más libres cuando se posan que cuando vuelan; porque al posarse posan con ellos la volatilidad angustiosa de los humanos.

Precisamente a causa de estas diferencias, la famosa película de Hitchcock Los pájaros no se podría haber llamado nunca Las aves, pues lo que resulta terrorífico –siniestro, según la acepción de Freud– es el volteo del arquetipo, ese extrañamiento amenazador del gorrión inocente y cercano, convertido de pronto en un asesino rapaz. Y por eso Harper Lee tituló su obra maestra de 1960 Matar un ruiseñor, porque el “ruiseñor” subroga aquí el nombre de la inocencia vulnerable encarnada en la figura de Boo Radley. El que mata un pájaro mata un gorrión; es decir, un niño; es decir, una casa; es decir, la casa de todos llamada Tierra.

Es un principio general que no deberíamos olvidar: lo más eficaz es siempre respetar las bellezas pequeñas que se justifican por sí mismas

Por eso mismo, de entre todas las atrocidades del maoísmo la que nos parece más inhumana es la matanza de gorriones de 1958. En medio del delirio del Gran Salto Adelante, Mao había calculado que con el grano que un millón de gorriones arrebataban a las cosechas se podía alimentar a 60.000 chinos. Así que incluyo al gorrión entre las Cuatro Plagas, junto a las ratas, las moscas y los mosquitos, y movilizó a millones de ciudadanos, que desfilaban por los campos aporreando ollas y sartenes hasta que los pájaros caían al suelo por agotamiento. Es difícil aceptar esta tropelía simbólica: negar al pájaro el derecho a posarse es negar la categoría “pájaro” misma. La propaganda oficial anunció que habían sido eliminados 1.500 millones de ratas, más de 110 millones de kilos de moscas, unos 12 millones de kilos de mosquitos, ¡y 1000 millones de gorriones! Estas cifras abultadísimas eran sobre todo bravuconería publicitaria (¡jactarse, ay, de haber matado mil millones de pájaros!), y fuentes más fidedignas reducen el número de gorriones asesinados a “solo” 65 millones, un país entero de pequeñas inocencias aladas. Como sabemos, la operación fue además una ruina, causa en parte de la hambruna que azotó China: pues los gorriones eran mucho menos destructivos y voraces que los insectos y langostas que, aprovechando su ausencia, los sustituyeron. Es un principio general que no deberíamos olvidar: lo más eficaz es siempre respetar las bellezas pequeñas que se justifican por sí mismas.

Los aviones no se toman ni siquiera el trabajo de deshumanizar a sus víctimas; ni siquiera de mirarlas; las mira de tal manera que el acto mismo de mirarlas las hace desaparecer del mundo

Svetlana, una mujer ucraniana que consiguió huir de los bombardeos, decía a su llegada a Polonia: “Nos asustábamos hasta de los pájaros. Pensábamos que eran aviones rusos”. Los aviones no son pájaros, amiga Svetlana; los aviones son aves, como su propio nombre indica. Las aves se han apoderado de los cielos y expulsado a los pájaros. Es otra gran derrota humana. Leonardo da Vinci, experto en poliorcética, soñó muchas veces con una humanidad voladora, pero no se le ocurrió nunca, sin embargo, inventar un ave asesina al servicio de la guerra. Diseñó, sí, algunos artilugios alados pensando en la posibilidad  –según él mismo escribió– de recoger nieve de las montañas a fin de esparcirla por el mundo y atemperar el calor del verano. Marcel Proust, cuatrocientos años después, testigo del nacimiento de la aviación, también pensaba ingenuamente en los pájaros al ver volar por encima de París los primeros aeroplanos: eran “los ojos de la humanidad” que, al contemplar el mundo desde las alturas, lo constituían en una “maravilla”, un objeto –literalmente– digno de ser mirado. Ahora bien, enseguida los aviones dejaron de ser pájaros para convertirse en aves, como si mirar hacia abajo, en lugar de volver amable el mundo, impusiera como más apetecible el deseo irresistible de destruirlo. El Dios de la Biblia lo intentó varias veces, anticipando el fuego que los hombres, sustituyéndolo en el cielo, hicieron caer sobre Guernica, Dresde, Hiroshima, Bagdad y un largo etcétera que aún sigue lloviendo sobre ciudades y barrios. Muchas veces, desde 1927, se intentaron prohibir los bombardeos aéreos, pero el propio tribunal de Nuremberg, que condenó los lager y la guerra (“comenzar una guerra es el crimen internacional supremo”), tuvo que aceptar el uso criminal de la aviación como una “práctica consuetudinaria” general, y ello de manera que hemos acabado asumiendo, sin que nuestra imaginación se estremezca, esta especie de fenómeno meteorológico que suspende de hecho la presunción de inocencia, autoriza las ejecuciones extrajudiciales y trata el cuerpo humano como si fuera desde el principio solo un residuo. Los aviones no se toman ni siquiera el trabajo de deshumanizar a sus víctimas; ni siquiera de mirarlas, como soñaba Proust; las mira de tal manera que el acto mismo de mirarlas las hace desaparecer del mundo.

No eran pájaros cantarines, amiga Svetlana, sino aves canoras con un terrible mensaje en el vientre. Las aves majestuosas, por desgracia, se han impuesto a los banales gorriones posados en nuestros tendederos. Vuelvo al abad Virila, al que el breve canto de un ruiseñor mantuvo en vilo trescientos años. Pero si se quedó prendido en ese trino, no lo olvidemos, fue justamente porque no contenía ningún mensaje para él. Porque no intentaba decirle nada. Porque se limitaba a decirse a sí mismo. El milagro era su canto, no el anillo. Hay un viejo proverbio chino que me gusta mucho. Es este: “Un pájaro no canta porque tenga la respuesta de algo, canta porque tiene un canto”. Cuidado con los que no se posan nunca. Cuidado con los que tienen respuestas para todo. Hay preguntas que ni siquiera se deben hacer. El que tiene un canto no nos pide que lo escuchemos; pide sencillamente que lo dejemos cantar.

De los pájaros, el gorrión; de las aves, la torpe gallina de corral.

De las miradas, siempre la tuya.

 

[Foto: PICSELS – fuente: http://www.ctxt.es ]

Écrit par Jean Lacroix

Écrits dans une sorte de langue étrangère. Ludwig Van Beethoven Trio à clavier en si bémol majeur op. 97 « Archiduc »Pierre-Yves Macé (°1980) : Les sons n’ont pas de lieu, pour piano à quatre mains et électroniqueCharles Heisser (°1998) : Improvisations # 1 et # 2, pour pianoJean-Frédéric Neuburger (°1986) : Sehr Bestimmt, pour violonPhilippe Leroux (°1959) : VVV, pour violon et pianoMauro Lanza (°1975) : John Conway in Gondola, pour trio à clavier. Noriko Baba (°1972) Au pavillon de (Monsieur) Porcelaine, pour trio à clavier et voix. Gérard Pesson (°1958) : Echelle et infusoirepour piano à six mains ; Portraits de musiciens (d’après Marcel Proust) : Gluck et Schumann, pour récitant et pianoGabriel Marghieri (°1964) : Céleste balance, clochers, pour orgue. Trio Georges Sand ; Anne-Lise Gastaldi, Maroussia Gentet, Charles Heisser, Kim Béroff, Alice Delmas et Dario Pirone, piano ; Aya Kono et Virginie Buscail, violon ; Gabriel Marghieri, orgue ; Jennifer Tani, soprano. Lecture de textes par les comédiens Loïc Corbery et Clément Hervieu-Léger. 2022. Textes des compositeurs et de Belinda Cannone, Elsa Fottorino, Cyrille Gouyette, François Hartog, Franck Jaffrès, Stephen Paulello, Jérôme Prieur et Nicolas Ragonneau. 96’20 » Un disque-livre de deux CD (livre inséré) Elstir004.

Le label Elstir s’est spécialisé dans un créneau particulier, celui de mettre les arts en résonance, en confiant à des écrivains et à des artistes l’écriture de textes autour de thèmes musicaux. En 2017, Fanny Mendelssohn et son Trio op. 11 étaient mis en valeur avec des commentaires de Diane Meur et du musicologue Jérôme Bastianelli. L’année suivante, c’est un proche de Claude Monet, le peintre impressionniste Frédéric Bazille (1841-1870), mort au combat en 1870 lors du conflit franco-prussien, qui a été mis en évidence à travers des pages de Wagner, Chabrier, Schumann, Fauré ou Saint-Saëns, et des écrits de Dominique Fernandez. Un troisième disque-livre est venu s’ajouter en 2021, un Mahler intime, des transpositions pour musique de chambre de pages du compositeur, de son épouse Alma et de Schönberg, avec des textes d’Evelyne Bloch-Dano, de deux musicologues et de la petite-fille de Gustav Mahler, Marina, qui a consacré sa vie à la sauvegarde de l’œuvre de son aïeul. Elle est la fille d’Anna Mahler et du chef d’orchestre Anatole Fistoulari.

Le Trio George Sand (Virginie Buscail, violon solo de l’Orchestre Philharmonique de Radio-France ; Diana Ligati, violoncelliste et Anne-Lise Gastaldi, piano, toutes deux professeures au CNSMD de Paris) a participé à chacune de ces aventures originales. Cette fois, c’est Marcel Proust qui est au centre de l’intérêt, à l’occasion du centenaire de sa disparition le 18 novembre 1922. Le présent disque-livre (ou livre-disque) consiste en un boîtier oblong (18 x 14 cm) qui contient deux CD et, inséré entre eux, un ouvrage de près de 70 pages, riche d’une vingtaine de textes évoquant, de près ou de loin, un aspect de l’auteur d’À la recherche du temps perdu, textes signés par des compositeurs liés au projet et en relation avec leur musique écrite pour l’occasion, et par d’autres plumes.

La pianiste Anne-Lise Gastaldi, qui est la coordinatrice, précise, dans un préliminaire intitulé « L’Arche de Marcel » : Guidée par une arborescence de sensibilités, j’ai réuni un historien, des philosophes, des artistes, des compositeurs, des écrivains, des musiciens de toutes les familles, association des notes et des mots. Plus que de la peinture, de la musique ou de la littérature, j’aimerais vous offrir une autre façon de regarder notre temps à travers le prisme de Marcel Proust.

De la peinture et de l’art graphique ? Il en est question en effet, grâce à un tableau de Jacques-Emile Blanche, mais aussi à des photographies, des images de street art et des visuels originaux dus à La rouille, Levalet ou Madame (présentés dans un texte de l’historien de l’art Cyrille Gouyette), qui servent d’illustrations, ce qui situe bien la ligne dans laquelle le label s’inscrit. Ne porte-t-il pas le nom d’Elstir, qui, dans la somme de Proust, est considéré par le Narrateur comme une sorte de peintre idéal ?

Il faut laisser au mélomane et à l’amateur de Proust le plaisir de découvrir le contenu de cet objet qu’il serait trop long de détailler. Mais il faut en expliquer la structure. Le premier des deux disques propose deux extraits, l’un d’A l’ombre des jeunes filles en fleurs, l’autre du recueil de critique littéraire Contre Sainte-Beuve. Ils sont lus par Loïc Corbery (°1976), sociétaire de la Comédie-Française depuis 2010, avec une distinction et un goût parfaits, diction exemplaire à l’appui. Il faut lire les deux pages que le comédien consacre au « texte incarné » pour comprendre l’investissement que la récitation réclame. Entre ces deux extraits, le Trio George Sand joue le Trio « Archiduc » de Beethoven pour rappeler que Proust a fait jouer chez lui des pages du maître de Bonn en les désignant, comme le rappelle Anne-Lise Gastaldi, comme son « principal aliment spirituel » (à côté d’autres). Une belle version, par ces trois instrumentistes que l’on sent investies pour faire vibrer toute la grandeur et l’expressivité de l’opus 70.

Huit créateurs contemporains se partagent l’affiche du second disque dans des partitions de musique de chambre ou pour instruments solos, de courte durée. Chacun d’eux apporte un éclairage par le biais d’un texte, pour expliquer le lien avec Marcel Proust ou son œuvre. On découvrira par exemple les deux improvisations pour piano de Charles Heisser qui entame une réflexion sur la subjectivité de la perception du temps, notamment musical, et rend un hommage à Henri Dutilleux. Ou les « portraits de musiciens » de Gérard Pesson qui rappellent des poèmes du premier livre de Proust, Les Plaisirs et les jours, et permettent d’évoquer la figure de Reynaldo Hahn. Ici, c’est un autre sociétaire de la Comédie-Française (depuis 2018), Clément Hervieu-Léger (° 1977), que l’on entend pour ressusciter Gluck ou Schumann. Ou encore la page passionnante de la Japonaise Noriko Baba qui, avec la soprano Jennifer Tani, établit un lien entre Proust et Mahler, tous deux disparus à l’âge de 51 ans, à travers le troisième mouvement du Chant de la terre. On ne peut tout citer, mais il faut encore signaler VVV de Philippe Leroux pour violon et piano, avec son allusion à la sonate de Vinteuil, ou ce morceau conclusif pour orgue de Gabriel Marghieri, titulaire au Sacré-Cœur de Montmartre, qui improvise autour de « la madeleine ». On peut imaginer le souffle de son instrument comme un écho à l’asthme de l’écrivain.

On lira par ailleurs les réflexions de l’historien François Hartog sur le concept du temps, de l’écrivaine Belinda Cannone sur la notion de postérité, de Franck Jaffrès, l’ingénieur du son qui est aussi le directeur artistique du projet, du cinéaste et écrivain Jérôme Prieur qui évoque Jacques-Emile Blanche, portraitiste de Proust, de l’écrivaine et journaliste Elsa Fottorino au sujet de la langue de l’écrivain, ou du facteur de pianos Stephen Paulello, concepteur du fameux Opus 102, qui se penche sur l’évolution de l’instrument depuis les débuts du pianoforte. Tout cela est bien intéressant. C’est l’écrivain et éditeur Nicolas Ragonneau qui, dans une amusante « conversation (téléphonique) avec maman » où il est question notamment de l’association des Amis de Vinteuil, organisatrice tous les deux ans des Journées Musicales Marcel Proust, apporte un éclairage au titre que l’on peut juger énigmatique attribué à ce disque-livre. C’est en effet ce « fan-club » qui a proposé, pour le centenaire, un travail collectif autour de la citation célébrissime : « Les beaux livres sont écrits dans une sorte de langue étrangère. » placée à la fin du Contre Sainte-Beuve. Nous laisserons à ceux qui vont acquérir cette production Elstir le loisir de découvrir de savoureux détails autour d’« une musique qui n’est pas tout à fait la même, ni tout à fait une autre ».

Une question surgit : faut-il être un proustien averti pour appréhender ce projet original et très attachant ? Ceci mérite une réflexion, mais nous avons tendance à penser que ce n’est pas indispensable. Laissons le dernier mot à Anne-Lise Gastaldi. Dans son texte de conclusion du livre, « L’Arche de Marcel – Coda », elle évoque une phrase de l’écrivain : « En réalité, chaque lecteur est, quand il lit, le propre lecteur de soi-même. » Nous partageons l’avis de la pianiste lorsqu’elle souligne le fait que cette affirmation peut être transposée ici : chaque auditeur, lorsqu’il écoute, est l’auditeur de soi-même. Oui, et tout simplement, en recherche incessante…

Note globale : 9

 

[Source : http://www.crescendo-magazine.be]

Un passionné d’art et d’Histoire, Álvaro J. Sanjuán, ou Otto Mas, a créé un podcast, Grandes Maricas de la Historia (Les grands pédés de l’Histoire), où il évoque les personnalités homosexuelles cachées des temps anciens. De ce travail, il a tiré un livre du même nom. D’Isaac Newton à Tchaïkovski, en passant par Léonard de Vinci et même Richard Cœur de Lion, « Il y a certes toujours eu des homos, mais c’est autre chose de les rendre visibles ».

Publié par Hocine Bouhadjera

Empereurs, rois, écrivains, intellectuels ou artistes…. De la Grèce classique à la Rome antique, puis le Moyen Âge, la Renaissance ou le XIXe siècle, les grandes figures homosexuelles sont « outées » par Álvaro J. Sanjuán.

Ce dernier a débuté un travail méthodique de redécouverte des personnalités « uraniennes » dès l’âge de neuf ans, à travers le compositeur russe Piotr Tchaïkovski. Au fil du temps, la liste s’allonge, jusqu’à devenir un blog en 2008, plus tard un podcast, et aujourd’hui un ouvrage publié chez l’éditeur, Plan B, en Espagne le 15 septembre dernier.

Pour son émission et ce livre, il s’est par ailleurs appuyé sur les différentes recherches d’universités américaines, anglaises ou françaises, menées à partir des années 1960 et 1970. Peu diffusées car trop scolaires, il a souhaité les vulgariser pour le plus grand nombre.

Pourquoi révéler leur homosexualité ?

« Une histoire séculaire de persécution nous précède », développe-t-il auprès d’El Diario, et d’ajouter : « Du IVe au XVIIIe siècle, il a existé des lois spécifiques réprimant ce qu’on appelait alors, la sodomie », dans des sociétés où les dogmes religieux s’imposaient dans des villes comme la Florence de la Renaissance, où « les amitiés particulières » étaient pratiquées dans des proportions élevées.

Face aux questionnements sur la nécessité ou non de révéler l’homosexualité de tous ces personnages, le professeur d’histoire de l’art répond par une autre interrogation : « S’il n’est pas capital de parler de l’homosexualité de Léonard de Vinci, pourquoi est-il crucial de discuter de l’hétérosexualité d’Henri VIII ? » Et de continuer : « Le nombre de femmes avec lesquelles il était est répété maintes et maintes fois et personne ne dit “qu’importe avec qui il a couché”. En outre être gay, c’est plus que coucher avec quelqu’un. »

De cette liste de noms découle une autre question : comment être assuré de cette homosexualité ? « Je dirais que c’est presque certain à 100 %. Les preuves sont claires et évidentes. Dans de nombreux cas, nous avons des lettres ou des témoignages de l’époque. Il s’agit de preuves circonstancielles, mais nous devons garder à l’esprit que personne n’aurait pu l’écrire explicitement, puisque qu’ils auraient risqué essentiellement la peine de mort. » Il ne nie pas en revanche la bisexualité éventuelle de certaines de ces figures.

D’Alexandre le Grand à George Washington

Álvaro J. Sanjuán est formel : l’homosexualité de Cervantes, Shakespeare, George Washington, Hans Christian Andersen, Michel-Ange ou Alexandre le Grand « a été gommée » par « l’historiographie traditionnelle ». Il développe : « Elle a toujours été effacée au moment où ils devenaient des personnalités importantes ou des personnages historiques. » Il cite l’exemple du petit-neveu de Michel-Ange qui avait décidé d’imprimer l’œuvre poétique de l’artiste avant de se rendre compte que le maître s’adressait aux hommes. Il a alors changé les terminaisons et accords pour transformer le masculin en féminin…

En outre, il rappelle les procès de Léonard de Vinci accusé avec plusieurs habitants de Florence, de sodomie, pour des raisons largement politiques, ou celui d’Oscar Wilde qui termina en prison. Newton a vécu de son côté 15 ans avec un homme, un autre professeur à l’université. Plus tard, il rencontre Nicolas Fatio, aussi scientifique, à qui il a envoyé plusieurs lettres lui proposant de résider avec lui.

Quant à Richard Cœur de Lion, plus surprenant, les chroniqueurs de son règne évoquent une flagellation en 1191 « pour un péché indiscutablement d’ordre sexuel », « probablement un accouplement avec les hommes », affirme Histoire Normandie. Néanmoins, en parallèle, le chroniqueur Roger de Hoveden prête au souverain « des ardeurs libidineuses » à l’encontre de femmes qu’il n’hésitait pas à enlever…

Au sujet du grand auteur de l’Espagne, Miguel de Cervantes, Álvaro J. Sanjuán explique : « Aujourd’hui, nous pouvons penser qu’il était homosexuel. Il évoluait dans des milieux homosexuels dans une époque où être un inverti signifiait être potentiellement exécuté. Ce serait donc étrange qu’un hétérosexuel mette sa vie en danger de la sorte. » En outre, jusqu’au XXe siècle, son ascendance juive a également été cachée.

L’un des plus importants guerriers de la France d’Ancien Régime, Le Grand Condé, était lui célèbre pour son homosexualité, jusqu’à être contraint par le roi Louix XIV lui-même, à épouser une femme. Virilité et hétérosexualité ne sont ainsi, historiquement, tout sauf liées.

À propos de La Recherche de Marcel Proust, juif et homosexuel, Antoine Compagnon nous avait confié il y a peu : « Il n’était pas question pour Proust de faire de son héros et narrateur un juif ou un inverti. Les choses ont changé depuis : il m’est arrivé de dire que pendant longtemps, il était lu, bien qu’il fut juif et homosexuel, et puis il est arrivé une période, à partir des années 70-80, où, au contraire, on s’est beaucoup intéressé à cette œuvre, parce qu’elle était celle d’un juif et d’un homosexuel. Les sensibilités évoluent et peuvent encore évoluer. »

Depuis la saison 2 de son podcast, Álvaro J. Sanjuán traite aussi des lesbiennes cachées de notre Histoire partagée.

 

[Illustration : Plan B – source : http://www.actualitte.com]

Escrita per Marcel Proust entre el 1908 i el 1922 i publicada originalment en set volums, en ‘A la recerca del temps perdut’ es relata, en primera persona, la vida d’un jove d’una família burgesa de París que vol ser escriptor, però sobretot és la història de la seva vocació. La narració, circular, comença al final de la història, en el moment en què el protagonista es converteix en escriptor i comença la redacció del llibre que el lector té entre les seves mans.

Un volum que busca ser l’escletxa d’entrada al món dels records d »A la recerca del temps perdut’ i revelar al lector del segle XXI una realitat que, en un joc de subtilesa inigualable, és més real que la pròpia experiència quotidiana, destinada a perdre’s en el temps.

Biografia de l’autor

Marcel Proust (París, 1871 – 1922) va créixer en una família benestant que li va permetre menar una vida còmoda i accedir als salons de renom. El 1896 va publicar ‘Els plaers i els dies’, un recull de poemes en prosa, retrats i narracions d’estil decadentista que pràcticament va passar desapercebut. A continuació va emprendre la redacció de la novel·la ‘Jean Santeuil’, que no va arribar a acabar i que es va publicar pòstumament. Poc després de la mort dels seus pares, la salut de l’escriptor, sempre molt afeblida per culpa de l’asma, va començar a deteriorar-se ràpidament. A partir d’aleshores va viure enclaustrat a casa, tancat de manera gairebé permanent en una habitació insonoritzada amb planxes de suro, i dedicat fins a l’extenuació a la redacció de la seva obra principal, ‘A la recerca del temps perdut’, que en molts aspectes és autobiogràfica.

Títol: A la recerca del temps perdut. Una tria
Autor: Marcel Proust
Editorial: Viena
Col·lecció: El Cercle de Viena
Pàgines: 296
ISBN: 978-8418908729

[Font: http://www.racocatala.cat]

Escrito por ANTONI PUIGVERD

 

La literatura catalana no pasa por sus mejores tiempos. Se editan, sí, muchos libros, algunos de ellos bastante buenos (junto con una enorme cantidad de libros prescindibles o directamente malos). Aparecen con regularidad voces nuevas e interesantes. No faltan las reflexiones críticas (como las que contiene el último ensayo de Valentí Puig: L’os de Cuvier). Pero algo falla. Es como si la literatura en lengua catalana se alzara sobre cimientos de cartón piedra. El público culto en catalán brilla por su ausencia. Se dice que las editoriales están en bancarrota. Las facultades de letras son estrictamente necrófilas. El IEC, que debería ser nuestra Academia, está literariamente (y casi lingüísticamente) desaparecido. Las instituciones están en perpetuo baño maría. No existe sociedad literaria. Las polémicas entre escritores, cuando se producen, son de bolsillo o se refieren al bolsillo. Son bastantes, es cierto, los admirables individuos que siguen dando la vida por un adjetivo o se pelean duramente con las musas por una historia verdadera. Pero el aire que se respira está viciado y flota en el ambiente aquella máxima con la que Monzó, hace ya algunos años, remató uno de sus artículos más realistas: « El último, que apague la luz ».

Bezsonoff habla con atropello y pasión, con un discurso lleno de referencias ideológicas y rebozado con aparato gestual

De vez en cuando, sin embargo, alguien abre una ventana y penetra un poco aire nuevo. No hace falta que llegue con un gran libro bajo el brazo: basta que venga cargado de excéntricas vitaminas. Vitamínica es, ciertamente, la presencia de Joan-Daniel Bezsonoff, cuyo apellido suscita, ya de por sí, curiosidad. ¿De dónde sale un escritor en catalán con este apellido ruso? De Perpiñán. Gracias a este nieto de un ruso blanco exiliado que sobrevivió en París como taxista, el lector de la Cataluña sureña descubre, maravillado, escenarios completamente imprevistos para unas novelas en lengua propia: Saigón, el Magreb o las trincheras de la Primera Guerra Mundial. De estas trincheras habla precisamente La revolta dels cornuts, novela que desarrolla también, con buen rigor documental, la vida barcelonesa de aquellos años, observada por las miradas de un refinado diplomático francés y de un joven oficial militar del Rosellón.

Conocí a Bezsonoff en la Llibreria 22 de Girona, durante la presentación de La guerra dels cornuts (ofició Vicenç Pagès, otro fabricante periférico de vitaminas). Tal como explicaba Jordi Puntí en las páginas del Quadern, « La guerra dels cornuts, sin ser extraordinaria, es una novela interesante y amena que destila una notable y muy curiosa expresividad. Expresividad que deriva, por una parte, de la gracia con que Bezsonoff manipula el catalán del Rosellón y, por otra, de su estilo sentencioso, que bebe de la mejor tradición francesa ». Traduzco, para que se hagan una idea, algunas de las sentencias que aparecen en boca de distintos personajes: « El onanismo es un humanismo ». « Si no hiciéramos más que lo razonable, todos seríamos santos; y la vida un infierno ». « La filosofía española es equiparable a la gastronomía de Londres ». « La guerra es la única aventura de nuestro tiempo ».

Bezsonoff no solo escribe de manera sentenciosa, también habla de esta forma. Y habla mucho, atropelladamente, con mezcla de pasión y razón, rellenando el discurso con todo tipo de referencias ideológicas y culturales, rebozándolo con gran aparato gestual. Maravillado ante este formidable parlanchín, decidí visitarlo en su Perpiñán para observarlo en su salsa. Me citó en un restaurante vietnamita, donde, según me dijo, comeríamos bien. Lo dijo un francés que escribe en catalán « por emmerder mon père »; quiero decir que la cena no respondió para nada al tópico refinamiento francés. Torrencialmente, sin parar de tragar, tan glotón como hablador, Bezsonoff empezó por la historia de su familia (en la que la sangre del ruso blanco exilado se mezcla en venas del Empordà y el Rosellón). Y siguió con las peleas de sus progenitores, su infancia en París con el padre, su juventud en Cannes con la madre, sus veranos en el Rosellón con los abuelos (de ahí el recuerdo de la lengua de los viejos como una especie de regresión infantil: « Escribo en catalán y regreso al líquido amniótico »). Me habló del arcaico cantante Luis Mariano (de cuya asociación es miembro). De sus estudios de filología hispánica y francesa en Niza. De su pasión por Cervantes, Luis de León y García Márquez perfectamente mezclados con Gérard de Nerval, Céline y Proust. De sus ilusiones: « Quisiera ser el Frank Sinatra de las letras catalanas: Una gran voz al alcance de todos ». De sus problemas: « ¿Cómo puedes escribir después de Tolstoi y Flaubert? Somos enanos a su lado ». Del teatro: « Este anacronismo tan encantador como el servicio militar ». De la importancia de afiliarse a un buen escritor menor (el suyo es Jean Dutourd, del que me recomienda Les horreurs de l’amour (un título que le parece un pleonasmo). De sus problemas con las mujeres: « Clio y Clito son los dos temas de mis novelas: la musa y el clítoris ». De la situación del catalán en Francia: « Un patués de lujo ». De su interés por escribir en este patués: « Es una lengua virgen: tengo la sensación de ser el primer hombre que la coloniza ». De sus aventuras en Valencia conversando sobre Ausiàs March con un taxista blavero. De su visión del mundo: « Todos somos el gabacho de alguien ». De su ideal político: « Vivir a la catalana bajo una Administración a la francesa ». De las costumbres españolas: « Hay dos tipos de españoles: el que llega tarde y el que llega muy tarde ». De su visión de Cataluña: « Es un zombi: tiene el sabor de un Estado pero no es un Estado, igual que el Canada Dry, la bebida que simulaba ser alcohólica. Eso es una ventaja para el escritor, aunque sea una desgracia para el país ». Idea que remata de manera deliciosamente ambigua: « Escribir en catalán es una prueba de orgullo extraordinaria ».

 

[Fuente: http://www.elpais.com]

 

 

 

Santiago Llach y Magdalena Cámpora, dos de los especialistas que participarán de las jornadas « Experiencia Proust » explican cómo la monumental obra del autor francés que murió el 18 de noviembre de 1922 arroja luz sobre las complejidades del presente. 

Marcel Proust murió el 18 de noviembre de 1922.

Publicado por CARLOS DANIEL ALETTO

Esta semana se conmemora el centenario de la muerte de Marcel Proust, fallecido en París el 18 de noviembre de 1922 y autor de « En busca del tiempo perdido », cuyos siete volúmenes, publicados entre 1913 y 1927, influyeron en todo un siglo de novelistas, filósofos y teóricos del mundo, como aseguran expertos que se reúnen estos días para explicar por qué hay que seguir leyendo al escritor francés.

Valentin Louis Georges Eugène Marcel Proust nació en una familia adinerada en París el 10 de julio de 1871 y su obra maestra, la extensa novela « En busca del tiempo perdido », en francés original « À la recherche du temps perdu », es una obra cumbre del siglo XX.

Del 14 al 19 de noviembre las jornadas « Experiencia Proust » recorrerán la vida y la obra del célebre autor francés, en la misma semana en que se conmemora el centenario de su muerte, pensadas para que mediante streamings y los cursos online tengan llegada a todo el país.

Las jornadas se organizan alrededor de su novela « En busca del tiempo perdido », en cuyo primer tomo -el más leído, « Por el camino de Swann »-, aparece la escena en la que el narrador moja la magdalena en el té y aparecen recuerdos de su infancia, una referencia que conocen incluso quienes no leyeron la novela. A partir de ese momento recupera el tiempo perdido.

¿Pero el tiempo perdido es aquel tiempo malgastado o es el tiempo que se olvidó en el pasado? « Ambos« , dice a Télam el escritor Santiago Llach, quien participará de la « Experiencia Proust »: « Por un lado es una investigación -la palabra ‘recherche’, en francés quiere decir busca, pero también investigación- en el tiempo pasado, en el tiempo perdido, una investigación sobre la memoria y quiénes somos a lo largo del tiempo ».

« Pero también puede pensarse que está ese matiz del tiempo derrochado, porque lo que cuenta la novela es la historia de alguien que quiere escribir una gran novela, a quien la frivolidad de la vida social en los salones y los amores tormentosos distraen de la tarea de la escritura. Esto por supuesto es lo que le pasó al propio Proust, que tuvo una juventud de ocio y derroche, y que ya enfermo se embarcó en la escritura de la novela, contrarreloj, intentando recuperar el tiempo perdido en los salones », determina el autor de « La raza » y « Crónicas canallas ».

La profesora de literatura francesa Magdalena Cámpora, quien también participará de las jornadas, ayuda a pensar cómo la obra de Proust permite pensar nuestro presente en sus complejidades y pobrezas.

« Su propuesta -destaca la especialista- coincide asombrosamente con los modos en que nos relacionamos y nos presentamos ante los otros, en los tiempos del algoritmo: primero, por el aparente solipsismo del yo, su encierro, su lugar central en la organización de la percepción del mundo -‘cada uno se siente el centro del teatro’, escribe Proust- y segundo, en la descripción que hace de las tramas sociales que nos contienen, donde es posible solo escuchar aquello que se quiere oír y donde la repetición y las máscaras son la regla de conducta, interacciones limitadas a un grupo que reproduce o dialoga con ideas que ya conocen. Del mismo modo funciona el algoritmo ».

Llach entusiasma a los lectores señalando que la aventura de leer a Proust es una de las más interesantes y desafiantes que puede emprender una persona: « Puede ser tarea de una vida, sobre todo porque -perdón, spoiler-, cuando uno la termina quiere volver a leerla. Para mí, leer a Proust es sobre todo un placer. El placer de la lectura (uno sobre el que el propio Proust teorizó) es un placer siempre extraño, complejo: un placer en contra de la vida, de la que la literatura siempre es un espejo deforme ».

« Si leer por ejemplo el ‘Ulises’ de Joyce, por citar otra obra mayúscula y difícil, es meterse en la selva con un machete dispuesto a que te devoren los mosquitos o las serpientes, leer a Proust es deslizarse sobre una pista de nieve, extensa pero placentera« , sostiene el poeta.

El manuscrito de En busca del tiempo perdido

El manuscrito de « En busca del tiempo perdido »

Para Cámpora, Proust es la absoluta puesta en tensión y contradicción de todo lo que el presente plantea, lo implosiona: « ‘En busca del tiempo perdido’ es un teatro de caretas y el relato marca siempre la distancia entre la persona que lleva tal nombre (lugar, profesión, estatus) en el mundo y los múltiples yo sucesivos que la constituyen y la modifican desde adentro, para luego ser olvidados ».

Y agrega: « Es exactamente lo contrario de las fórmulas que ordenan la expresión de la subjetividad en las redes -‘no importa cuándo leas esto’, ‘es todo lo que está bien’, etcétera- que mineralizan y moralizan la identidad ».

Cámpora que es doctora en Literatura Comparada por la Universidad Paris IV-Sorbonne con una tesis sobre causalidad ficcional en Borges y Rimbaud, también compara la literatura de Proust con la de otros escritores donde encuentra su influencia.

La investigadora explica que en Proust lo que hay son múltiples « yo de recambio » y un giro en busca de esos otros yo en el tiempo, que surgen de modo involuntario, con un olor, un gusto, una música y que solo el arte puede asir.

« Es ahí, desde los ojos vueltos hacia dentro, donde se da la comprensión y apertura hacia el mundo y donde se toca la vida verdadera; eso lo entendió bien uno de sus lectores más finos, Juan José Saer, y por eso es posible leer el principio de ‘El limonero real’: « Amanece y ya está con los ojos abiertos » como un efecto, una ramificación casi en clave fantástica y animal de esa famosa frase de ‘Un amor de Swann’: ‘Un hombre que duerme tiene en torno suyo el hilo de las horas, el orden de los años y los mundos' », indica Cámpora.

Para Llach « En busca del tiempo perdido » exige un esfuerzo del lector, pero « el premio es asistir al espectáculo de la escritura de la novela más ambiciosa de la historia, a la narración delicada, intensa, nerviosa, sublime de la formación de una sensibilidad y el funcionamiento de una sociedad. Lo vale ».

Para concluir, Cámpora relata que cuando le dieron el premio Goncourt, en 1919, Léon Daudet, uno de los jurados, dijo que Proust adelantaba cien años: « Mirado desde 2022, habría que decir más bien que somos nosotros los que atrasamos cien años respecto de Proust », concluye la profesora.

La agenda de las Jornadas

En la misma semana en que se conmemora el centenario de su muerte, desde este lunes y hasta el próximo sábado se realizarán las jornadas denominadas « Experiencia Proust », que recorrerán la vida y la obra del célebre autor francés en formato presencial y transmisión vía streaming con la participación de investigadores y escritores como Jean Paul Enthoven, Santiago Llach, Walter Romero, Magdalena Cámpora, Tirso Díaz Jares Rueda, Cecilia Szperling, Martín Buceta y Daniel Link, entre otros.

Organizado por la Secretaría de Relaciones Institucionales, Cultura y Comunicación de la UBA y el Rojas, en cooperación con la Alianza Francesa y el Instituto Francés, el ciclo ofrecerá experiencias performáticas, clases magistrales y charlas a cargo de especialistas transmitidas vía streaming a través de UBA WEB TV, presentaciones de la orquesta de la UBA Rector Ricardo Rojas, entrevistas, lecturas, la proyección de un documental, teatro y cursos a distancia.

Las clases magistrales en el Rojas serán gratuitas, con aforo limitado y cupo por orden de llegada. Hay cursos con inscripción previa. Las entradas para las funciones de cine estarán a la venta el día de la función mientras que las de la función de teatro estarán disponibles online durante la semana previa a la función.

En la programación se destacan las actividades en la Alianza Francesa, que comienzan este lunes a las 19 con la clase magistral « Marcel Proust, los celos y el amor », dictada por el reconocido escritor y editor francés Jean Paul Enthoven, quien acercará sus lecturas y libros publicados sobre Proust. Con entrada libre y gratuita.

El martes las actividades en el Centro Cultural Rojas comenzarán a las 18.30 con « ¿Por qué leer a Proust? Razones para perder el tiempo en el Himalaya de la literatura », del escritor argentino Santiago Llach. En esta clase el autor dará razones para embarcarse en una experiencia que parece ir contra esta época de distracción masiva. Será con entrada gratis, con aforo limitado y cupo por orden de llegada. También accesible vía streaming.

Ese mismo día a las 19.45 integrantes de la orquesta de la UBA Rector Ricardo Rojas presentarán un programa de obras musicales de autores contemporáneos a la obra de Proust y de los que el escritor reconoció su influencia, como Wagner, Debussy y otros.

A las 20.00 la clase magistral será « Proust, una introducción » , del doctor en Letras Walter Romero, la cual será un recorrido a modo de clase introductoria que acercará al público a los modos de leer a Proust e ingresar a su ciclo novelesco de la « Recherche » a partir de su reciente libro « Formas de leer a Proust. Una introducción a ‘En busca del tiempo perdido' » (Malba Literatura, 2022). La propuesta incluye revisitar en la escritura proustiana marcas de vida, temas nucleares, la originalidad de los procedimientos que su estilo impuso, su refinada estética y la manera en que esta obra célebre y su autor, a cien años de su fallecimiento se constituyen en texto y figura ineludibles de la literatura toda.  También será gratuito con cupo por orden de llegada y accesible vía streaming.

El miércoles a las 18.30 la clase magistral « Marcel y las novelas catedrales de Francia » estará a cargo de la investigadora independiente del Conicet y profesora titular de literatura francesa Magdalena Cámpora. El autor del siglo veinte ¿qué relación mantiene el novelista con las lecciones y « las reglas del arte » de la densa y larga tradición novelística en Francia?

El jueves a las 18.30 la clase magistral « ¡Proust ha resucitado! » será dictada por el doctor en filosofía Martín Buceta, quien planteará: ¿Se puede volver a la vida, resucitar, cuando se ha muerto hace cien años? La respuesta inmediata es: no. Sin embargo, Proust sugiere una idea inquietante sobre este problema que se cristaliza en su colosal « En busca del tiempo perdido ». La escritura proustiana y su obra máxima pueden ser consideradas desde una perspectiva filosófica. La obra pone en juego conceptos como tiempo, memoria, verdad, e inmortalidad del arte que nos invitan a pensar en una forma de pervivencia particular.

Buceta es autor de « Merleau-Ponty lector de Proust: lenguaje y verdad » (SB 2019) y « Camus, Sartre, Baricco y Proust. Filósofos escritores & escritores filósofos » (SB 2021).

A las 20.00 habrá una entrevista a Daniel Link realizada por Cecilia Szperling, en la cual el docente y ensayista examinará sus propias marcas en el libro de Proust para, al cotejarlas con las de la escritura de la poeta estadounidense Anne Carson, registrar un giro novedoso sobre « En busca del tiempo perdido ».

Todas las actividades se podrán ver en https://www.rojas.uba.ar/proust

[Fuente: http://www.telam.com.ar]

À l’occasion du centenaire de la disparition de Marcel Proust, voici trois rendez-vous à ne pas manquer pour mieux communier avec le célébrissime auteur d’ “À la recherche du temps perdu”.

Nous avons sélectionné trois évènements intéressants qui vous feront vibrer au son des mots de Marcel Proust, le 18 novembre !

Rendez-vous à la gare Saint Lazare pour une dictée

À vos claviers et vos stylos, plusieurs textes de l’écrivain, qui est l’un des plus étudiés, commentés et cités dans le monde entier, seront lus par Rachid Santaki et ses invités «  surprises  » . RDV sur la terrasse de la gare parisienne au départ des trains de 13 à 17h avec France Culture.

Une lecture intégrale du Temps retrouvé

Au Musée national Jean-Jacques Henner, assistez à la lecture du dernier tome d’À la recherche du temps perdu par le comédien Ivan Morane.

À la minute même où cela fera cent ans que Marcel Proust a rendu son dernier souffle, le 18 novembre à 16h, Ivan Morane débutera la lecture intégrale du Temps retrouvé. Cela représente 16h de lecture qui s’achèveront le dimanche 20 novembre à 16h.

L’exposition Marcel Proust gratuite à la BnF

Pour commémorer le centenaire de la mort de Marcel Proust dont elle conserve la quasi-totalité des manuscrits, la Bibliothèque nationale de France ouvrira gratuitement les portes de son exposition consacrée à la fabrique d’À la recherche du temps perdu.

Vendredi 18 novembre 2022, le public pourra découvrir gratuitement les quelque 370 pièces (manuscrits, tableaux, photos, objets, costumes) qui racontent l’histoire de ce chef-d’œuvre de la littérature universelle.

Et si vous voulez conserver un autre souvenir de l’écrivain, n’oubliez pas qu’un timbre à son effigie est disponible (lire notre article).

 

[Source : http://www.idboox.com]

C’est dans le très bel hôtel littéraire Le Swann à Paris, que le timbre à l’effigie de Marcel Proust a été dévoilé.

Lundi, quelques privilégiés ont assisté au dévoilement du timbre commémorant les 100 ans de la disparition de Marcel Proust.

À cette occasion, la Fondation La Poste et la Société des Amis de Marcel Proust ont donné les détails sur ce nouveau timbre qui plaira aux littéraires et aux philatélistes.

Le visage de l’écrivain (1871 – 1922), des aubépines symbole important dans l’œuvre À la recherche du temps perdu, composent ce très beau timbre créé et gravé en taille-douce par Sophie Beaujard.

D’une valeur de 1,65€, il pourra voyager en France et à l’étranger dès le 25 juillet 2022. 600 000 exemplaires ont été imprimés pour rendre hommage au centenaire de la disparition de Marcel Proust.

Si vous désirez l’obtenir en avant-première c’est possible. Ce timbre souvenir sera disponible les 22 et 23 juillet. Rendez-vous à la Maison des associations d’Illiers-Combray, au Carré d’encre à Paris et bien sûr à la poste de Cabourg.

Nous en profitons pour vous glisser quelques photos des petites merveilles illustrant Proust à voir à l’hôtel Le Swann. En 2023, La Poste éditera un timbre pour les 400 ans de Blaise Pascal.

 

[Source : http://www.idboox.com]

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Escrito por Mar Abad

Ilustración: Buba Viedma

Dicen que internet y la tecnología pueden llevar muy lejos. A lugares desconocidos, inimaginables incluso. Pero en un sentido físico, estrictamente físico, podría habernos encadenado a una silla. El ordenador, el coche, el ascensor, el segway… ¿Nos está convirtiendo la modernidad en una versión humana del pollo de jaula?

«Pienso en los sedentarios abstractos que se pasan la vida en un despacho, tecleando. Golpeteos de dedos en un teclado: conectados, como dicen. ¿A qué? A informaciones que varían de segundo en segundo, a flujos de imágenes y de cifras, a cuadros y tablas. Después del trabajo, toca el metro, el tren, la velocidad siempre, con la mirada fija esta vez en la pantalla del teléfono, y vuelta a pulsar teclas, y de nuevo el desfile de mensajes e imágenes», escribe Frédéric Gros. «Anochece ya cuando no han visto siquiera el día. Televisión: una pantalla más. ¿En qué dimensión viven entonces, sin levantar el polvo, sin contacto? ¿En qué espacio sin relieve, en qué tiempo en el que ni la lluvia ni el sol importan? Esas vidas, desligadas de los senderos y de los caminos, nos hacen olvidar nuestra condición: nada del desgaste de las estaciones y del tiempo parece existir».

El filósofo francés reclama la costumbre de caminar y vivir más despacio. Y lo hace en un libro titulado Andar, una filosofía, de Taurus Pensamiento. «Para ir más despacio no se ha encontrado nada mejor que andar. (…) ¿Quieren ir más rápido? Entonces no caminen, hagan otra cosa: rueden, deslícense, vuelen. No caminen. Caminando solo una hazaña importa: la intensidad del cielo, la belleza de los paisajes. Andar no es un deporte».

CAMINAR DA LIBERTAD

Andar es libertad. Implica «una desconexión provisional: me escapo de la red unos días, experimento en senderos desiertos lo que es estar fuera del sistema. Pero también se puede decir ‘romper’. A este respecto sería fácil encontrar llamadas a la transgresión y al ‘gran fuera’ en los escritos de Kerouac o Snyder: acabar con las convenciones estúpidas, la seguridad letárgica de las paredes, el tedio de lo idéntico, el desgaste de la repetición, la medrosidad de los pudientes y el odio al cambio. Hay que provocar partidas, transgresiones, alimentar al fin la locura y el sueño. La decisión de caminar (partir lejos, a alguna parte, intentar otra cosa) se entiende esta vez como la llamada de lo salvaje».

Al caminar todo pierde importancia. Todo, de algún modo, queda atrás, para el profesor de filosofía. La identidad de uno mismo, incluso, se disuelve en el camino. «Caminando se escapa a la idea misma de identidad, a la tentación de ser alguien, de tener un nombres y una historia. Ser alguien está bien en las veladas mundanas en las que cada uno habla de sí mismo o en la consulta del psicólogo. Pero ser alguien ¿no es una vez más una obligación social que encadena, una ficción estúpida que pesa sobre nuestros hombros?».

En un sentido político, «la marcha deja entrever un sueño: caminar como expresión del rechazo de una civilización corrupta, contaminada, alienante y miserable». El poeta Whitman hablaba de los vagabundos del Dharma, de su caminar con mochilas por viejos senderos del desierto, negándose a consumir todo lo que la industria produce y «trabajar para tener el privilegio de consumir toda esa mierda que en realidad no necesitan, como refrigeradores, aparatos de televisión, coches, coches nuevos y llamativos […], y porquería en general que siempre termina en el cubo de la basura una semana después».

Desde hace unos años parece que pensar y trabajar solo se puede hacer frente a un ordenador. Tumbarse en un sofá a pensar levanta sospechas. Deambular provoca recelos. También mirar al techo. También caminar. Pilvi Takala lo mostró en una instalación artística llamada The Trainee que expuso el Museo de Arte Contemporáneo Kiasma de Helsinki en 2008.

Un vídeo relataba esta historia: una joven pasó un mes en una oficina de Deloitte haciendo unas prácticas. En su mesa no había ordenador, ni papeles, ni nada. Los empleados la miraban con asombro y se hacían gestos entre sí como diciendo: ‘Esta mujer está loca’. Algún valiente le preguntó por fin qué hacía y ella dijo que estaba pensando. Los compañeros la miraron con más sorpresa aún. Definitivamente pensaron que la trainee era muy extraña.

Caminar, sin embargo, se ha utilizado durante siglos como una técnica para pensar. Lo hicieron Nietzsche, Rimbaud, Rousseau y Thoreau, entre otros. Kant, Marcel Proust o Walter Benjamin fueron grandes paseantes. Los peregrinos han caminado durante siglos para acercarse a su dios, y Gandhi lideró la marcha política más famosa de la historia. Lo cuenta, en detalle, Frédéric Gros en Andar, una filosofía.

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NIETZSCHE

Decía Friedrich Nietzsche (1844-1900) que «hay que sentarse lo menos posible: no creer en ningún pensamiento que no haya surgido al aire libre y estando nosotros en movimiento, en ningún pensamiento en cuya génesis no intervengan alegremente también los músculos. Todos los prejuicios proceden de los intestinos. Ya dije en una ocasión que la vida sedentaria constituye el auténtico pecado contra el espíritu».

El filósofo alemán pensaba que las morales sedentarias habían envenenado a la humanidad. «No somos de esos que solo rodeados de libros, inspirado por libros, llegan a pensar. Estamos acostumbrados a pensar al aire libre, caminando, saltando, subiendo, bailando, de preferencia en montañas solitarias o a la orilla del mar, donde hasta los caminos se ponen pensativos», escribió en La gaya ciencia.

Y así construyó su obra. Nietzsche no era caminante de ciudad. Era andante de naturaleza. En sus marchas por el bosque huía de sus infernales dolores de cabeza y buscaba ideas que no estaban atadas a nada. Nietzsche trabajaba caminando, según Gros. Caminaba solo y a veces hasta ocho horas al día. Andando escribió El paseante y su sombra. Andaba y redactaba a la vez lo que iba pensando en seis cuadernos pequeños.

Pero el hombre que quiso llegar más allá del bien y del mal acabó sentado en una silla de ruedas.

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RIMBAUD

Escapó andando hasta París, marchó a Bruselas, deambuló por Londres, atravesó los Alpes y hasta intentó llegar a Rusia. El poeta francés Arthur Rimbaud (1854-1891), cuando era muy joven, dijo que era «un peatón, nada más» y siguió andando el resto de su vida.

«A pie. Siempre a pie y midiendo con las ‘piernas sin rivales’ la amplitud de la tierra», escribe Gros. «Para caminar, para avanzar, hace falta ansia. Siempre se da en Rimbaud ese grito en el momento de la partida, esa alegría rabiosa (…). En las tripas, el dolor de estar aquí, la imposibilidad de quedarse quieto, de enterrarse vivo, de quedarse simplemente».

En 1891 su rodilla se inflama terriblemente. Hay que amputar y pierde la pierna para siempre. Rimbaud sigue haciendo planes con su futura prótesis, pero ya no volverá a caminar. El poeta que vio en la marcha una forma de huida, de dejar atrás y olvidarse de uno mismo y del mundo en cada paso, nunca paró. Ni en su lecho de muerte, donde dijo, como últimas palabras: «Deprisa, nos esperan».

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ROUSSEAU

El filósofo ginebrés (1712-1778) detestaba los escritorios. Pensar es, para Jean-Jacques Rousseau, una extensión de caminar. De los 17 a los 19 años anda sin cesar. Después verá los caminos en coche de caballos, con gran disgusto, según escribió en Las confesiones.

«Solo he viajado a pie en mis días de juventud, y siempre con delicia. Pronto los deberes, los asuntos y un equipaje que llevar me obligaron a dármelas de señor y a utilizar vehículos, a los que conmigo subían atormentadoras preocupaciones, apuros y molestias, mientras que antes en mis viajes no sentía otra cosa que el placer de caminar. Desde entonces no he sentido otra cosa que la necesidad de llegar».

Fue caminando por el bosque como Jean-Jacques Rousseau escribió su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. Andando descubrió al homo viator (hombre que camina), «el que no está desfigurado por la cultura, la educación y las artes; el de antes de los libros y los salones; el de antes de las sociedades y el trabajo». Entre los árboles busca Rousseau a ese primer hombre anterior a toda civilización, «saturado de cortesía e hipocresía, lleno de maldad y de envidia». Es su buen salvaje.

Pero la vida hace el paisaje gris y en sus últimos paseos no busca inspiración. Al contrario. «Los últimos paseos tienen la inmensa dulzura del desapego», escribe Gros. «Ya no hay nada que esperar, nada que aguardar. Vivir solamente, permitirse existir».

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THOREAU

El siglo XIX trajo las grandes producciones en masa y las explotaciones industriales. Los hombres empiezan a saquear la naturaleza. El filósofo Henry David Thoreau (1817-1862) se siente abrumado ante un capitalismo feroz y propone una nueva economía en la que «el coste de una cosa es la cantidad de vida que hay que dar a cambio de ella» (Walden, 1854).

«Es también una manera de distinguir el provecho del beneficio. ¿Qué provecho saco de una larga caminata por el bosque? El provecho es nulo: no se ha producido nada que pueda luego venderse, ni se ha realizado algún servicio social que pueda rentarme nada. A ese respecto, la marcha es desesperadamente inútil y estéril. En términos de economía tradicional, es tiempo perdido, malgastado, tiempo muerto, sin producción de riqueza. Y sin embargo para mí, para mi vida, no diría siquiera interior, sino total, absoluta, el beneficio es inmenso», explica Gros en su obra. «Vivir, en el sentido más profundo, es algo que nadie puede hacer por nosotros. En el trabajo puede sustituirnos alguien, pero no al caminar. Ese es el gran criterio».

El naturalista estadounidense medía el valor de las cosas en la calidad de las vivencias. Decía: «¿Cuánta vida pura pierdo cuando me esfuerzo en ganar más dinero? Lo que les cuesta a los ricos ser ricos: trabajo, preocupaciones, desvelos, no descansar nunca». Él, en cambio, no necesitaba posesiones. Le bastaba con hacer suyo lo que veía. Así lo sentía. Todo el bosque, todo el mundo, para él.

Cuán vano es sentarse a escribir cuando aún no te has levantado a vivir.
H.D. Thoreau
El diario (1837-1861)

 

 

[Fuente: http://www.yorokobu.es]

Su obra refleja el ambiente criollo en el que vivió, así como la temática humana heredada de autores europeos a los que admiraba: Pirandello, Proust o Unamuno. Marta Brunet fue diplomática y educadora, plasma sus recuerdos y vivencias en una obra poligráfica reconocida y premiada por la crítica posterior.

 

Escrito por PILAR ÚCAR VENTURA

Marta Brunet Cáraves​, nace en Chile en 1897, hija de madre española, recibe una educación en su propia casa, en la finca particular de sus padres, conservadores, inmersa en un ambiente rural y agrario que describirá a lo largo de su producción literaria. Precoz narradora y muy original en su estilo, comienza escribiendo teatro a los siete años y fantasea con la idea de un público animalario que observa lo que se representa en su función.

En sus años de adolescencia, emprende un viaje familiar que la llevará por diferentes países de Europa hasta recalar en España, en concreto en las regiones de Asturias y Cataluña para conocer a su familia materna. Tras la Primera Guerra Mundial, regresa a su país y comienza la publicación de cuentos, con el seudónimo de Miriam, hasta que se decide a hacerlo con su propio nombre en la novela Montaña Adentro (1923) que le valió ser aclamada por la crítica de su tiempo, aunque no exenta de polémica por parte de la sociedad más reaccionaria que veía atacados sus principales valores, al tratar el tema de la maternidad en soledad. Gabriela Mistral encomió el libro sin paliativos ni fisuras.

Con su madre enferma mental y después de morir su padre, se traslada a vivir a Santiago y se dedica a publicar artículos de cocina o quiromancia en periódicos como El Sur y La Nación, por ejemplo.

Destaca la precisión y minuciosidad en la técnica descriptiva que despliega para “pintar” tanto a sus criaturas literarias como paisajes y naturaleza que los envuelve.

Premiada y reconocida, continúa imparable su labor como escritora durante las siguientes décadas Reloj de Sol, La hermanita hormiga, Cuentos para Marisol entre otros títulos. Avanzan los años treinta y cuarenta…

Combina esta profesión con la de actriz y con posterioridad va a ejercer responsabilidades diplomáticas en Buenos Aires, Brasil y Montevideo, donde muere en 1967 el día en que incorporada a la Academia Nacional de Letras de Uruguay, impartía su discurso de agradecimiento al público: en aquel momento se desplomó, víctima de un ataque cerebral.

Algunos títulos famosos son Don Florisondo, Bestia dañina, María Rosa, flor de Quillén; la colección de cuentos Aguas Abajo. Recibió el Premio Nacional de Literatura en España en 1961, segunda mujer en obtener dicho galardón, después de Gabriela Mistral, amiga personal de la autora.

Su herencia literaria se destinó a la Universidad de Chile con el objeto de crear una beca para apoyar al Liceo de Niñas y al Liceo de niños de Chillán.

Hoy distintas escuelas e instituciones llevan su nombre en recuerdo de la labor educativa que desarrolló a lo largo de su vida.

 

[Fuente: http://www.todoliteratura.es]

 

La littérature c’est du cinéma ! François Truffaut montre en quoi les romans alimentent ses projets cinématographiques.

Écrit par Thierry PAQUOT

Critique, scénariste, dialoguiste, réalisateur, François Truffaut (1932-1984) est aussi un lecteur insatiable et un épistolier foisonnant, comme le démontre la correspondance que rassemble et commente, avec sérieux, Bernard Bastide.

Ces lettres classées par ordre chronologique sont passionnantes, justement parce que les destinataires changent au cours du temps selon les projets d’adaptation du cinéaste.

Correspondance avec des écrivains (1948-1984) François Truffaut, Bernard Bastide ((dir.)) 2022                   Gallimard                       528 pages

Il y a toutefois des continuités, comme dans ses échanges avec le père jésuite Jean Mambrino (1923-2012), poète et critique littéraire. Ils s’écrivent de 1955 à 1984, devenant de plus en plus familiers au fil des années (dans son dernier envoi, Truffaut écrit « Mon cher Jean » et non plus « Mon père »). La première lettre est d’un grand intérêt : Jean Mambrino y commente le film d’Alfred Hitchcock, Rear Window (Fenêtre sur cour), marquant son désaccord avec André Bazin et proposant une analyse philosophique remarquable, au point que François Truffaut, admiratif, lui demande l’autorisation de la publier dans les Cahiers (sans la phrase critique contre Bazin et signée des seules initiales du religieux). Ce qui fut fait. On ne peut citer ici l’intégralité de cette magnifique missive, mais l’on retiendra ce passage :

« C’est le monde victorien qui se prolonge dans une grande part du monde anglo-saxon d’aujourd’hui (et Hitch ne hait rien tant que ce monde-là). C’est le monde du masque et donc de la solitude de l’impossible communication. Or, ceci est le nœud de Rear Window basé non sur le couple, mais sur la solitude du couple (image essentielle de la relation humaine) lorsqu’il demeure sur le plan de l’apparence (et ceci détruit toute la critique de Bazin sur la superficialité de ces personnages, car précisément ils se meuvent à la surface de l’être). Et telle est la raison de l’importance du thème érotique dans le film : l’érotique est essentiellement une étreinte à la surface de l’être, une palpitation, la fascination de la chair, de l’immédiat, de l’apparence. C’est le lieu ontologique de la solitude. »

Passionnantes, ces lettres le sont aussi par les réponses des correspondants (malheureusement pas toujours conservées). C’est sa grand-mère maternelle, Geneviève de Monferrand, qui l’initie à la lecture, une lecture joyeuse, sans autre but que le plaisir de la découverte de situations romanesques, d’intrigues invraisemblables, d’univers inconnus. Jeune, Truffaut apprécie Balzac, Zola, plus tard Proust, mais il déteste Jules Verne, présenté alors comme un auteur pour enfants. Il lit et relit, développe son esprit critique, — ce qui, pour un jeune indiscipliné et fugueur, qui abandonne l’école très tôt, sort du schéma habituel. On peut donc apprendre à lire, à rédiger une critique, à adapter un roman au cinéma, sans être diplômé !

Sa filmographie témoigne de l’influence de la littérature, songeons à Tirez sur le pianisteJules et JimFahrenheit 451, La mariée était en noirLes Deux Anglaises et le continentLa Sirène du Mississipi… qui proviennent tous de romans. Écrire des lettres va de soi pour lui, au point où il invente le verbe « sévigner » : « Je sévigne, tu sévignes, nous sévignons », écrit-il à son copain Robert Lachenay en 1945.

Il existe cent vingt-deux boîtes d’archives regroupant des milliers de lettres. Certaines ont été publiées en 1988 : plus de cinq cents missives destinées à ses amis, sa famille et ses proches collaborateurs. D’autres correspondances sont parues, avec le pédagogue Fernand Deligny, l’historien du cinéma Claude Gauteur ou encore le cinéaste Claude Jutra. Ce volume rassemble les lettres échangées avec des romanciers, poètes, dramaturges et critiques et constitue un pan de l’histoire littéraire de l’après-guerre à l’arrivée au pouvoir de François Mitterrand. Les auteurs marquants sont Jean Cocteau, Jean Genet, Louise de Vilmorin, Jacques Audiberti, René-Jean Clot, Jean Hugo, Maurice Pons, Henri-Pierre Roché, Jean Cayrol, Ray Bradbury, Henri Miller…

François Truffaut, soutenu par André Bazin, devient critique de cinéma à Arts et surtout aux Cahiers du cinéma. C’est là qu’il commande à Jacques Audiberti (1899-1965) une chronique mensuelle subjective. Leurs lettres nous renseignent sur la manière de travailler aux Cahiers, la rémunération du pigiste, l’intervention de Truffaut sur le texte, les réactions d’Audiberti (qui demande que le taxi lui soit remboursé, ainsi que ses billets de cinéma, lorsqu’il ne reçoit pas une invitation pour la « première »). Au fil du temps, une amitié naît entre ces deux hommes d’une génération d’écart. Audiberti est gêné d’être qualifié de « maître » par le jeune cinéaste, dont il suit les premiers pas cinématographiques et qu’il félicite régulièrement.

Avec Henri-Pierre Roché, il s’agit principalement de l’adaptation de ses romans, Jules et Jim et Les Deux Anglaises et le continent, et l’on sent un réel attachement du plus ancien pour le plus jeune, qu’il sollicite pour aider son fils à débuter dans le cinéma.

Truffaut reçoit une lettre d’un certain Christian Bourgois, futur éditeur, qui, le 12 décembre 1956, lui écrit son plaisir de le lire :

« Vous n’êtes pour moi qu’une signature, mais elle paraphe de si belles colères, de si justes enthousiasmes, semaine après semaine depuis des mois que vous êtes un ami : je vous en prie, continuez à exprimer tout votre dégoût devant cette façon paresseuse et fade de critiquer, faire ou jouer des films. »

La même année, Jean Dutourd le félicite :

« Ce que vous écrivez de Madame Feuillère dans le dernier n° d’Arts m’a bien amusé. Il y a bien quinze ans que je pense que cette personne a la distinction d’une charcutière, et qu’elle joue faux. »

Truffaut précise que c’est Philippe Hériat, le romancier d’Au bon beurre, qui lui a indiqué cette critique, insatisfait qu’il est par l’adaptation de son roman.

En août 1960, Cocteau lui envoie un petit mot pour l’informer du mécontentement d’Aznavour : hier, dit-il, le chanteur « était consterné par un article lui faisant dire que Le Pianiste était médiocre, alors qu’il le trouve merveilleux (je le cite). Je t’embrasse. »

Il ajoute en post-scriptum :

« Peux-tu imaginer la situation atroce où Paulhan et Breton mettent le pauvre type qui devait me “remplacer” lorsque la NRF m’a donné mes huit jours. »

Cocteau allait être sacré « prince des poètes », mais Paulhan et Breton agissaient pour lui préférer Saint-John Perse.

Il y a donc aussi, dans ces échanges épistolaires, des anecdotes et des informations extracinéphiliques qui intéresseront les lectrices et les lecteurs de littérature. Ainsi, Jean-Paul Sartre, en 1970, remercie Truffaut de lui avoir offert une lettre de Flaubert où ce dernier indique son intention de consacrer un opéra à Verdi. Sartre rédige alors L’Idiot de la famille et cette lettre l’informe d’un détail qu’il ignorait. Il écrit :

« Bref, outre l’agrément presque sensuel à voir l’écriture de mon Gustave et à la posséder (cela me fait toujours étrange quand je me sens propriétaire), votre cadeau joint l’utile à l’agréable. Croyez que je ne la regarderai jamais sans penser à vous. Merci. Croyez, mon cher Truffaut, à ma vive sympathie. »

Les notes nous apprennent que Truffaut lisait Les Chemins de la liberté en 1950, que Jean Genet lui apportait en prison (où il était détenu pour désertion) plusieurs volumes des Situations et qu’en 1970, justement, il vendait La Cause du peuple dans la rue, en compagnie de Sartre et de Beauvoir.

Serge Rezvani, en septembre 1968, écrit à Truffaut que Baisers volés est un « merveilleux film […] certaines scènes sont d’une folie poignante et pourtant tout y est simple, familier. […] Vous vous penchez sur le miroir rose et quelque part des ombres vont et viennent, presque rien mais des ombres carnassières, ça, ça m’a beaucoup plu. »

Marguerite Duras lui demande s’il peut faire travailler son fils, photographe, tout en complétant sa requête d’un « C’est épatant Baisers volés ».

Fernand Deligny, depuis les Cévennes, lui présente « un gamin de douze ans qui n’a jamais dit un mot de toute sa vie. Il n’est ni sourd, ni muet, preste comme un chimpanzé. […] De crétin qu’il était à se balancer, à se jeter par terre, à se cogner la tête contre les murs, il est devenu une brave petite bête qui met la table, va chercher l’eau, fait la vaisselle, ne nous quitte pas. […] Je ne finirai pas de le décrire et d’en parler. Il est, en fait, mon maître à penser puisque je l’ai pris avec nous pour chercher ce que pourrait être un langage non verbal. »

Truffaut, lui répond qu’il comprend d’autant mieux ce garçon qu’il prépare L’Enfant sauvage, inspiré de sa lecture de « deux mémoires de Jean Itard sur Victor de l’Aveyron, rédigés au début des années 1800. » Il lui demande si Jean-Marie J. pourrait jouer le rôle de Victor ? Finalement, cela ne se fera pas.

Il y a dans ces lettres de nombreux projets qui tombent à l’eau, comme quoi le cinéma n’est pas un long fleuve tranquille. L’écriture du scénario, le casting, l’argent pour le tournage, tout cela n’est jamais facile et même si Truffaut a beaucoup tourné, ses envies dépassent ses possibilités. Il renonce à tourner Le Petit Roi, et l’écrit à son auteur, Milan Kundera, en 1977, car il vient d’apprendre que Coluche (« le fameux artiste de music-hall ») prépare un film sur le même sujet. Il conclut sa lettre en espérant, prochainement, faire quelque chose avec le romancier tchèque devenu français. Ce dernier lui répond qu’il ne croit pas envisageable une telle collaboration, car il a hâte de se remettre à écrire, ses cours en français à l’université de Rennes lui ayant pris plus de deux années.

Il y aurait tant à dire sur le contenu de ces lettres, que je ne peux qu’en conseiller la lecture. Celle-ci peut-être dans l’ordre chronologique de leur édition ou bien par grappillage. Certes, le lecteur se sent un peu voyeur, il découvre l’intimité des correspondants et les états d’âme du cinéaste, mais c’est pour la bonne cause : comprendre ce qui anime François Truffaut, sa manière de lire, sa façon d’imaginer l’adaptation d’un roman (ses échanges avec Ray Bradbury ou Jean Hugo sont exemplaires), sa sensibilité. Il comprend aussi que la vie est faite de rencontres et regrette que le SMS se soit si vite substitué à la lettre manuscrite…

 

[Source : http://www.nonfiction.fr]

En busca «del tiempo judío» de Marcel Proust

Cien años después de la muerte del literato francés Marcel Proust (1871-1922), una exposición en Madrid busca sus raíces judías y el impacto de esta cultura en su vida y en su escritura, junto al hecho de que tuviera que esconder sus orígenes, además de su orientación sexual.

La muestra “En busca del tiempo judío de Proust”, inaugurada en el Centro Sefarad-Israel de la capital española podrá visitarse hasta el próximo 30 de diciembre de manera gratuita, está formada por cuatro salas en las que se puede conocer el impacto de la cultura judía en la vida y obra del autor.

A lo largo de estas salas los visitantes podrán acercarse a la figura del autor, conocido por su novela autobiográfica En busca del tiempo perdido, así como a los personajes judíos de sus obras y también a personalidades españolas que se relacionaron con el francés.

En ellas encontrarán objetos de la época del autor, así como varias pinturas contemporáneas realizadas a propósito de la exposición, en la que los artistas reinterpretan la obra y la personalidad del escritor.

«Hemos decidido conmemorar los cien años de la muerte de Proust, uno de los genios universales del siglo XX, un escritor prolífico, que dedicó doce años a la redacción de En busca del tiempo perdido, donde se ve reflejado el peso del judaísmo en su obra», explica a EFE el director del Centro Sefarad-Israel, Jaime Moreno.

Según recuerda Moreno, el escritor introdujo varios personajes judíos en esta obra, algo que puede verse en la exposición, e incluso «se permitió la ironía de hablar de sus personajes a través del antisemitismo».

LOS SECRETOS DE PROUST

La profesora y comisaria de la exposición, Brigitte Leguen, destacó que los secretos y la necesidad de ocultar parte de su identidad marcaron la vida del novelista, quien, a través de sus personajes, «se declaró también homosexual».

«Mucha gente no conoce esta parte, Proust tiene un doble problema identitario, porque es homosexual y judío, y los dos lados estuvieron ocultos durante mucho tiempo, se declaró en la parte judía y a través de sus personajes al final declaró su homosexualidad. Con más dificultad, pero lo hizo también», considera.

La cuestión identitaria ocupa gran parte de la exposición, que tampoco se olvida del Caso Dreyfus, originado por una sentencia judicial considerada antisemita contra el capitán Alfred Dreyfus, de origen judío y que durante 12 años, de 1894 a 1906, conmocionó a la sociedad francesa.

«Este caso fue muy importante porque hizo tomar conciencia del problema judío que había en Francia, los intelectuales se tuvieron que posicionar y tomar partido y mucha gente que no se había declarado judía lo hizo para defender la causa, entre ellos Proust», explica.

En el análisis coincide Esther Bendahan, responsable del área de Cultura del centro, quien subraya que «una de las características principales» de la vida y la obra del francés «es el secreto»: «saber qué hay detrás de este tiempo perdido».

«Una de las claves es encontrar la dificultad de vivir una relación entre dos hombres o dos mujeres, era una preocupación muy evidente en su obra, en la cual se ve claramente, pero en su tiempo era muy difícil tener una vida abiertamente homosexual y se ve obligado a ocultarla», dice.

Algo que, según afirma, podría «equipararse» a lo que vivían muchos judíos en los años 20 del siglo pasado y posteriormente: «muchos vivían su judaísmo de manera oculta, algo que marcó la obra de Proust y su tiempo».

 

[Fuente: http://www.zendalibros.com]

Faleceu aos 70 anos por mor dunha afección pulmonar e deixa unha das obras máis sólidas e singulares das letras españolas

Javier Marías asinando unha das súas obras na Feira do Libro de Madrid

Escrito por MIGUEL LORENCI

O escritor, académico, articulista, tradutor, profesor e selecto editor Javier Marías faleceu na súa Madrid natal aos 70 anos. Levaba varias semanas loitando contra unha grave afección pulmonar que obrigou á súa hospitalización a mediados de agosto. Coa súa morte, as letras españolas perden a un dos seus grandes referentes, o noso escritor seica máis respectado e recoñecido internacionalmente, dono dunha obra tan sólida como persoal desenvolvida nunha vintena de títulos ao longo de medio século. «Pensar na posteridade é ridículo; é un concepto pasado», repetía Marías, que ten asegurado un lugar preeminente nos anais da literatura española do século XX. Shakespeariano ata a medula, era o único autor español contemporáneo incluído na colección Modern Classics do prestixioso selo inglés Penguin.

Eterno candidato ao premio Cervantes, que aseguraba estaba disposto a rexeitar -como rexeitou o Nacional de Narrativa no 2012, fixo nas quinielas do Nobel e multipremiado en Europa e Latinoamérica, a súa esixente ambición literaria foi o motor dunha carreira froito dunha temperá vocación. Vendeu máis de oito millóns de libros dunha obra traducida a medio centenar de idiomas e que se publica en case 60 países. O poeta John Ashbery comparou a súa prosa coa de Marcel Proust ou Henry James e J.M.Coetze e insistiu en que a Academia Sueca debía outorgarlle o galardón que xa ten o narrador surafricano.

Fillo do pensador, catedrático e académico Julián Marías, estudante brillante, precoz narrador e novo profesor, publicou a súa primeira novela, Os dominios do lobo, con só 19 anos. A última, Tomás Nevinson, apareceu hai dous anos. Pero Marías aseguraba que non se tiña «nin por un escritor profesional nin por un grafómano». «Escribín o que quixen», repetía o protagonista dunha carreira ascendente, balizada de recoñecementos, sostida co favor do público e o respecto da crítica dentro e fóra de casa.

Tradutor, profesor en Oxford e na Complutense de Madrid, era moi lido e especialmente admirado en Alemaña. Corazón tan branco, aparecido en 1992, foi o libro que lle cambiou a vida e a carreira. Con el rebentou o mercado cando catro anos máis tarde o pope da crítica alemá, Marcel Reich-Ranicki, púxoo polas nubes no seu programa de televisión e converteuno nun bestseller no seu país.

Insatisfeito

Pero Marías nunca estaba satisfeito dos seus logros. «Os meus libros parécenme unha porcallada mentres os escribo», declarou ao publicar Berta Illa, a súa penúltima novela, que, como sempre, anunciou como o seu adeus á narrativa.

Adoitaba recorrer a frases do seu loado Shakespeare para titular as súas novelas como Os namoramentos, que publicou en 2011, tras corenta anos de carreira. Era a décimo cuarta novela do titular da cadeira de brazos R na RAE, a primeira cunha voz feminina como narradora, e mereceu en 2012 o Premio Nacional de Narrativa outorgado polo Ministerio de Cultura, que Marías rexeitou. Foi elixida como mellor libro do ano por Babelia, recibiu o XIV Premio Que Ler e o internacional Giuseppe Tomasi dei Lampedusa. Foi finalista do National Book Critics Circle Award como mellor novela publicada nos Estados Unidos en 2013 e seleccionada por The New York Times entre as cen mellores obras de ficción de 2013.

Dixo entón que faría o mesmo de gañar o Cervantes, tras asegurar que o da Crítica, que obraba na súa poder «é un dos poucos premios dos que un pode estar seguro de que non interveñen nel factores extraliterarios, xa que os críticos españois non se van a deixar influír por nada ou ninguén». «¿Perdoaría que lle outorgasen o Cervantes?» expúxoselle. A pregunta debuxou un sorriso no rostro do polo común circunspecto escritor. «Deixei moi claro cando rexeitei o premio Nacional de Narrativa que non aceptaría máis premios dotados con diñeiro do Estado». «¿E quen pon o diñeiro no Cervantes?», repreguntó o académico. «O Estado», escoitou. «Pois aí ten a resposta; pero descoide que non mo darán» resolveu a cuestión auto excluíndose da carreira pola máxima distinción das letras hispanas.

Literato esixente onde os haxa, e alérxico á cursileza, lamentaba a superficialidade que non só afecta aos mozos, «que se contaxia e amplifica» nunha era dixital que nos fai retroceder en lugar de avanzar. «Ninguén le nada e o peor é que apenas se entende o que se le; critícanse os meus artigos sen ler os meus argumentos», lamentaba. «Non estou disposto a escribir novelas bobas, superficiais, con tontunas copiadas de autores americanos», dicía. Deixaba ese labor ás lexións de presentadores e famosos «que se creen capaces de crear unha novela por saber ler e escribir».

Refractario á tecnoloxía, usaba un móbil vetusto e escribía sempre a máquina. «¿Que fose do mundo se Goebbels tivese Twitter e Youtube?», preguntábase. E a resposta era aterradora. «O mundo sería nazi, se é que xa non o é. Os nazis terían gañado a guerra, seguro, se vemos o que lograron coa radio, a prensa e as películas de Leni Riefensthal», aventuraba. «Cada vez pénsase menos e funciónase con ideas recibidas e lugares comúns, e se non cuestionar as ideas recibidas, o panorama é terrible», lamentaba.

O seu non moi extensa bibliografía complétase con títulos como Travesía do horizonteO monarca do tempoO séculoO home sentimental (Premio Ennio Flaiano), Todas as almas (Premio Cidade de Barcelona), Corazón tan branco (Premio da Crítica, Prix l’Œil et a Lettre, IMPAC Dublin Literary Award), Mañá na batalla pensa en min (Premio Fastenrath, Rómulo Galegos, Prix Femina Étranger, Mondello dei Palermo), Negras costas do tempo; os tres volumes do teu rostro mañáFebre e lanza (Premio Salambó), Baile e soño, e Veleno e sombra e adeus e Así empeza o maloBertaIsla e Tomás Nevinson.

Gañou tamén o Premio Nacional de Tradución 1979 pola súa versión de Tristram ShandyVidas escritas e Miramientos reúne as súas descricións de escritores e os seus relatos están en Malaíndole e a antoloxía Contos únicos. Ademais de homenaxes a Faulkner e Nabokov, publicou dezaoito colecciones de artigos e ensaios.

O tradutor do «Tristram Shandy» e doutros autores ingleses

Ademais de escritor, Javier Marías tivo tamén unha faceta como tradutor, sobre todo ao principio da súa carreira. En 1978 traduciu nun só volume para Alfaguara A vida e as opinións do cabaleiro Tristram Shandy e Os sermóns de Mr. Yorick, de Laurence Sterne, alumno de Cervantes e unha das influencias máis queridas polo escritor madrileño. Con esas obras gañou o Premio Nacional de Tradución en 1979.

«A aquel que queira escribir, eu recomendaríalle que traducise. Eu notei na miña propia prosa máis flexibilidade e soltura despois de traducir. Notei o meu instrumento máis afinado que antes», dixo Marías.

Ademais da Sterne, traduciu ao tamén aos clásicos ingleses Thomas Browne e Thomas Hardy e a novelistas contemporáneos como Vladimir Nabokov e John Updike, e a poetas. Sempre traduciu do inglés, polo que se lle considerou o máis británico dos escritores en español.

Deixou a tradución porque, na súa opinión, é unha actividade que está demasiado preto da escritura, e temía unha influencia demasiado evidente das palabras doutros escritores.

 

[Imaxe: BENITO ORDÓÑEZ – fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

 

Roma desordenada. La ciudad y lo demás
Juan Claudio de Ramón
Siruela, 2022, 342 pp.
Escrito

En la época del turismo de masas se siguen escribiendo libros de viajes, quizás más que cuando el viaje era el privilegio de unos pocos y la mayoría solo lo imaginaba a través de un libro o de las escenas de una película. Muchas de esas obras, y no digamos las guías de todo tipo, no pasan de ser una abultada reseña de las impresiones del viajero, acaso no muy diferente de las que aparecen en las redes sociales. Pocas alcanzan la categoría de obra literaria, aunque para conseguirla no solo hace falta erudición sino, ante todo, estilo, cercanía, capacidad de suscitar en el lector impresiones, evocaciones y reflexiones que invitan a una lectura lenta y sabrosa, muy alejada de la inmediatez obligada de los best sellers veraniegos.

Entre estos libros está Roma desordenada. La ciudad y lo demás del escritor y diplomático Juan Claudio de Ramón, que estuvo destinado cuatro años en la capital italiana. Uno de los rasgos principales de esta obra es subrayada en el prólogo de Ignacio Peyró: es un libro de paseos más que de viajes. Lo ha escrito un residente de la Ciudad Eterna, que sabe muy bien que nunca podría abarcarla, ni en su cuerpo ni en su espíritu, aunque viviera en ella el resto de su vida. Su título nos indica que no es una obra para ser sistematizada y menos aún clasificada. Es de esos libros que, a mi juicio, tienen la cualidad de poder empezar su lectura en cualquier capítulo sin desmerecer nada. Los paseos se pueden programar, ciertamente, pero lo que no se puede programar es la memoria involuntaria, al estilo de Marcel Proust, esa presencia viva del pasado en el presente que para el escritor francés era una fuente de felicidad, y toda una religión estética. En este sentido me parece intuir que Juan Claudio de Ramón ha debido ser un lector habitual de Proust. Su Roma desordenada, con el paso de los años, podría estar destinada a ser una crónica particular del tiempo perdido y del tiempo recobrado. Nuevos y continuos ojos para paisajes con o sin figuras.

El libro es desbordante en temáticas o acaso habría que decir en rostros. A algunas de ellas me refiero a continuación, a sabiendas de que otras se quedan fuera y que, por lo general, las temáticas, y más aún los rostros, son difícilmente clasificables.

Un libro de lugares y cosas

Ni que decir tiene que este es un libro de lugares y cosas. Su autor asume aquello de est anima in rebus, que, por cierto, me parece muy proustiano. Tomemos como ejemplos las fuentes y los pinos. Las primeras, como dice nuestro autor, son oídas antes de que podamos ver la lograda combinación entre el agua y el mármol travertino. Son presentadas casi como un símbolo religioso, en la que la fe resulta ser una creencia fluctuante capaz de cortar las vías de agua de la incredulidad. Los pinos, cuyo número se calcula en ciento veinte mil, están inexorablemente vinculados a la historia de la Roma imperial, algo que movió al régimen de Mussolini a multiplicar estos árboles por toda la ciudad, aunque los expertos nos recuerdan que el pino romano procede en realidad de Asia Menor. Las profundas raíces de los pinos provocan más de una catástrofe, aunque en eso no solemos reparar los que los relacionamos con el poema sinfónico de Respighi, al que también alude Juan Claudio de Ramón.

Entre las múltiples ocupaciones del paseante romano está reflexionar sobre los lugares que en otro tiempo fueron famosos. Una muestra es la Via Veneto, cuya denominación completa es Vittorio Veneto, un éxito de las armas italianas en la Primera Guerra Mundial que no satisfizo al irredentismo de la inmediata posguerra. Fotodepredadores, pronto conocidos como paparazzi, estrellas del cine italiano y del norteamericano, pero, ante todo, un ambiente de indolencia, apatía y sedentarismo, como señala el autor. Una ociosidad perpetua en la que también tenía cabida un tipo de intelectual italiano, una persona culta incapaz de desprenderse de su pose irónica y de un escepticismo laico con el que pretendía situarse al margen del catolicismo y del marxismo. Acaso se pareciera un tanto al Petronio de la corte de Nerón, al menos al del Quo Vadis de Hollywood, el gran enemigo de todo lo que consideraba vulgaridad. Ese Petronio también debió de vivir su particular dolce vita. Pero lo cierto es que poco queda ya de la vieja Via Veneto y ni siquiera es fácil descubrir la huella de la fama efímera en los hoteles de lujo, tal y como atestigua el autor.

Por lo demás, Juan Claudio de Ramón pasea por lugares menos céntricos. Unas veces lo hace en bicicleta por la Via Appia, remoto origen de la autopista, aunque su finalidad más primaria fuera la de instrumento de la expansión militar romana. Otras veces camina a pie por el EUR, la ciudad que no fue, levantada por el fascismo italiano con la ambición de repetir la Roma imperial. Ese mismo régimen se llevó por delante la Roma medieval y proyectaba más tropelías urbanísticas. En cambio, la república italiana no ha aplicado al urbanismo fascista el consabido método de la memoria selectiva.

Cuando el arte se hace filosofía y la historia atraviesa el tiempo

Muchos alumnos de historia del arte siempre recordarán que esa asignatura les fue explicada con un método descriptivo muy atento a las formas y los materiales, pero que ignoraba la estética y el contexto cultural. Eso contribuyó a matar su sensibilidad. Un método ajeno por completo a este libro. El autor de Roma desordenada posee muchas cualidades para describir con soltura y amenidad la Roma artística, bien se trate del templete de Bramante, de la Fornarina de Rafael, de las controvertidas obras religiosas de Caravaggio, de los jardines romanos plasmados por Velázquez, de las arquitecturas rivales de Bernini y Borromini o de la ternura presente en algunas de las esculturas de Canova. Son todas ellas páginas de grata lectura, y que no nos obligan a caer en ese trivial culto a la religión del arte que inventó Johann Winckelmann, el alemán de la Ilustración que a partir de una escultura de Apolo trazó toda una serie de elucubraciones, perdurables durante siglos, y que hicieron de Grecia un supuesto paraíso perdido del arte. A partir de ahí surgió la estúpida idea, en acertada opinión de Juan Claudio de Ramón, de que el arte es el alma de los pueblos. En contraste, nuestro autor guarda sus simpatías para una sonrisa de terracota, la famosa sonrisa arcaica de los etruscos: «La historia del arte occidental consiste en borrar del rostro esa sonrisa que hoy nos parece boba y ficticia». Es un acertado comentario contra la artificiosidad y, en definitiva, contra la pérdida de la inocencia. En esa sonrisa, salpicada de una cierta melancolía, el autor de este libro encuentra nobleza e inteligencia. Todo lo contrario a ese dejar de sonreír y pretender hacerse el interesante, que algunos identifican con la madurez.

Por las páginas de Roma desordenada cruza también la historia, sin orden cronológico por supuesto. Leemos capítulos sobre la matanza de las Fosas Ardeatinas, la terrible represalia ordenada por Herbert Kappler en 1944, durante la ocupación alemana de Roma; sobre Garibaldi y la efímera república romana de 1848; sobre el saqueo de Roma en 1527 interpretado por muchos soldados de Carlos V como un castigo a una ciudad corrupta y libertina que necesitaba un fuego reparador; sobre la antigua Roma de Rómulo a Constantino pasando por Augusto y Nerón; o sobre la Roma de Pedro y Pablo de los que el autor resalta sus diferencias. Son unas páginas que nos invitan a profundizar en la historia de la Ciudad Eterna y en sus múltiples interpretaciones, a menudo opuestas entre sí. T.S. Eliot dijo que «Roma es el momento presente del pasado» y Juan Claudio de Ramón asegura que el tiempo no es un enemigo. Tampoco lo era para Proust, siempre deseoso de reencontrarse con él. Cabría añadir que en Roma la historia atraviesa el tiempo, salta a los ojos del paseante, pues el turista suele estar demasiado ocupado en otras cosas. Libros como el presente son una invitación a desplegar otros sentidos a través de Roma y su historia.

Paseos por la literatura y el cine

Tan solo algunos escritores, de los muchos que visitaron la Ciudad Eterna, aparecen en las páginas de esta obra, si bien todos ellos son mirados con gran simpatía por su autor. En primer lugar, Goethe, que procede de un norte rígido y brumoso, disfruta de Roma con los cinco sentidos y encuentra una magnífica fusión entre arte, naturaleza y vida. Más adelante, surgen dos escritores del siglo XIX. El primero es Chateaubriand, diplomático como el autor, que encontraba a Roma bella y triste a la vez, y que vive allí un amor romántico, del que hay recuerdo en la iglesia de San Luis de los franceses. El segundo es el poeta Gioachino Belli, funcionario de los Estados Pontificios y al mismo tiempo anticlerical, famoso por sus sonetos escritos en romanesco. Es el poeta del pueblo romano, un pueblo amante por tradición de la sátira. Dos escritores españoles del exilio republicano se encuentran también en el libro, María Zambrano y Rafael Alberti. La primera, de la que se resalta su amistad con el pintor Ramón Gaya, quizás comprendió a Roma, y la amó, mejor que el segundo. En el libro se describen además los escenarios urbanos en que vivieron.

En mi opinión el cine, italiano por supuesto, es de gran ayuda para disfrutar de este libro. En más de un momento se puede pensar en La gran belleza de Paolo Sorrentino, citada en varias ocasiones. Algunos críticos la destrozaron en su momento, sobre todo por no soportar su frecuente comparación con La dolce vita de Fellini. Por mi parte, pienso en esa película cuando Juan Claudio de Ramón nos relata su conversación con el príncipe Scipione Borghese, aunque esa charla daría para muchos otros paralelos literarios, cinematográficos o simplemente periodísticos. Urbanismo y paseos en motocicleta van de la mano de Caro diario de Nanni Moretti, película citada y en cierto modo vivida por el autor. No faltan alusiones a Pasolini, sobre todo el de las periferias romanas de sus primeras realizaciones. Se incluye además una referencia a una particular villa romana, la del profesor Mario Praz, presente en Confidencias de Visconti, visitada por el autor y con sorpresa final incluida. Sin embargo, no deja de ser significativo que en el último capítulo aparezca el escritor y guionista Ennio Flaiano, tan vinculado al cine italiano y en particular a La dolce vita. La playa de Fregene, próxima a Roma y frecuentada por Flaiano, es inseparable de unas perdurables imágenes en blanco y negro.

Quizás el autor haya querido trazar aquí una pincelada de melancolía, porque al final del capítulo nos anuncia que él y su familia tienen que regresar en una semana a España. Se podría afirmar que Roma desordenada es una invitación a volver a Roma, aunque no se haya estado físicamente allí. Roma, «la capital de mi mundo» según Juan Claudio de Ramón, es un sitio que siempre se añora, aunque haya otros lugares en que se puedan tener más y mejores comodidades. Por eso se entiende que uno de los proyectos, del autor y su familia, sea volver a Roma.

[Fuente: http://www.revistadelibros.com]

Épopée familiale sur trois générations, Variations de Paul, le nouveau roman de Pierre Ducrozet, après Le grand vertige, consacré à la crise écologique, fait de la musique du XXe siècle un personnage à part entière. L’importance accordée à la musique dans ce roman ambitieux incite à souligner ses limites et les problèmes que pose son usage de la musique.

Un marché aux puces à New York © CC2.0/Peter Burka


Pierre Ducrozet, Variations de Paul. Actes Sud, 464 p., 22,90 €


Écrit par Pierre Tenne

Paul n’est pas le personnage central de la famille Maleval. Il est le fils d’Antoine, qui a fui la violence et l’isolement de sa ferme pour trouver au lendemain de la Grande Guerre l’enseignement d’un élève de Debussy, avant d’être bouleversé par l’irruption du jazz dans la France des Années folles. Il est aussi le père de Chiara, née au commencement des années 1980, qui mixe en tant que DJ à Berlin, à Paris, ou en Corse. Né en 1947, Paul a échoué dans ses études à la Sorbonne pour découvrir ensemble les disques, le sexe, l’amour, le voyage, et se découvrir lui-même une vie dans la musique – la musique est un pays, un voyage, un train, un double de la vie, comme le répète le roman de Pierre Ducrozet. Le personnage principal de Variations de Paul, c’est plutôt la musique.

Cette mise en roman de la musique dirige la construction du livre en surface comme en profondeur. Les variations sont parfois souterraines, objet de leitmotivs qui construisent les images du récit au fur et à mesure de son déroulement, dans une logique presque wagnérienne. L’ouverture du roman décrit Paul écoutant un disque, son corps saisi et emporté, dans une succession rapide d’images et de sensations qu’on retrouvera incorporées par les personnages (fictifs ou non) tout au long du texte. Plus explicites, les incrustations de partitions au cours du récit traduisent l’incorporation du langage musical au sein de l’écriture, soulignant ainsi un projet littéraire et poétique tenu de bout en bout : la musique est d’abord vécue physiquement, à travers les corps des personnages (Paul est synesthète, les notes sont pour lui des formes et des couleurs ; Chiara, elle, les ressent à travers tous ses membres). Le corps du texte est pareillement traversé par la musique qui n’est donc pas à distance, décrite, écrite. La musique est le souffle, le rythme, le langage et les membres du texte comme de ses personnages.

Musiquer en écrivain plutôt qu’écrire sur la musique : ambition magnifique qui s’inscrit en partie en rupture avec de glorieux précédents romanesques (Balzac, Thomas Mann, Kerouac, Quignard ou Proust). Au-delà du désir poétique d’écrire ce que la musique fait au corps, la rupture consiste aussi à vouloir écrire sur une dimension moderne du fait musical, qui est le disque. Les incrustations de partitions sont de ce point de vue trompeuses en ce que l’essentiel de la musique apparaissant dans Variations de Paul est d’abord lié au disque : sa production (Paul devient producteur aux États-Unis pendant un certain temps), sa diffusion (il envoie des cassettes de musiques interdites à Berlin-Est), son écoute, son inscription dans une sociabilité et une histoire. Le livre trouve d’ailleurs ses principales limites dans son indécision entre la tentation épique, qui impose un grand sujet pour faire un grand roman sur la musique, et la possibilité fascinante du petit objet et de ses petites histoires de disques.

Variations de Paul affirme que les deux se confondent. L’écoute des disques renvoie souvent Paul et le roman à une étonnante préoccupation de ce que fut le XXe siècle : « Notre histoire et le siècle débutent là. Ce que tisse Claude Debussy depuis plus de vingt ans, de quatuor en préludes, de nocturnes en arabesques, ouvre un océan de possibilités pour tous les autres autour de lui. » Cette confusion entre les disques et la musique entraîne souvent le roman avec elle, en ôtant à l’écriture (virtuose et juste) comme à la construction sophistiquée du roman une partie des forces qu’elles recèlent. Cela tient en partie à un choix stylistique majeur fait par Pierre Ducrozet dans l’écriture de (ou sur) la musique, qui impose un léger détour contextuel.

Variations de Paul, de Pierre Ducrozet : une discothèque idéale

Pierre Ducrozet © Jean-Luc Bertini

La critique musicale écrite est un genre mineur sur le plan littéraire, y compris lorsqu’elle est maniée par des auteurs renommés (Romain Rolland, Boris Vian, Ralph Ellison). Souvent associée au journalisme, elle a cependant créé des façons d’écrire sur la musique qui ont leur tradition. Née au XVIIIe siècle, la critique des concerts se conçoit d’abord historiquement comme un compte rendu mondain et insiste sur les effets de la musique sur le public. Cette tradition survit aujourd’hui, les concerts étant l’objet de critiques soulignant ce que la musique fait aux corps, aux sens, aux âmes. L’apparition de la musique enregistrée et des disques produit une nouvelle forme de critique, en partie disjointe de la précédente, qui met en avant l’érudition et les renvois à d’autres disques, et repose stylistiquement sur une utilisation emphatique des adjectifs (Satie est naïf, Wagner hiératique, Beethoven épique, Miles Davis cool, Jimi Hendrix sexuel), des comparaisons ou, hélas trop souvent, d’un style vague et imprécis.

Pierre Ducrozet aborde la musique en fusionnant ces deux styles pour lier ensemble les sons, les corps et l’écriture. À ce stade, on pourrait ainsi lire le choix d’un personnage synesthète comme une mise en abîme des plus adroites de l’écriture musicale, puisque la critique musicale est historiquement et stylistiquement portée à la synesthésie – l’image et le sensible venant pallier l’ineffable du discours musical. Paul deviendrait alors le personnage du dire musical, incarnation romanesque des magazines qu’il lit, des discussions à propos de studios ou de concerts.

Cette interprétation généreuse est contredite par plusieurs indices, en premier lieu le recours fréquent à des vérités générales qui soulignent à quel point le roman rejette toujours au premier degré dans les corps et les images ce qu’il ne parvient pas à dire : « La musique nous parle du même pays que la mère. On écoute avec le bas-ventre, celui qui vibre depuis les premiers pas dans le monde, on écoute depuis l’arrachement d’une peau à l’autre. La musique – et c’est pour cela peut-être qu’elle est si souvent insoutenable, qu’on ne peut l’écouter sans retour, sans être entièrement renversé – vient du fond des artères et des viscères, on peut en parler, on peut l’analyser, mais elle est pure chair, elle est naissance, corps, emportements ; la musique nous donne accès au monde, enfin. La musique, c’est la mère ». Ainsi, le style et le personnage semblent fondus de force dans un même corps qui manque nécessairement de naturel, venant loger une langue « jeune et branchée » dans l’intimité parfois dramatique de Paul et de sa famille. Significativement, les passages les plus convaincants du roman sont ceux qui vont puiser dans l’imaginaire de la drogue et du psychédélisme : l’écoute de disques dans un état altéré de conscience apparaît ainsi, dans ce roman et ailleurs, comme une possibilité de dépassement des limites du discours et des corps face à la musique.

Variations de Paul, de Pierre Ducrozet : une discothèque idéale

Le roman s’émancipe de son aporie stylistique par le recours à des trouvailles qui auraient mérité d’être davantage développées, comme cette porosité des corps permise par l’écriture de l’écoute : Paul découvre sur disque Elvis Presley, devient littéralement le King, au studio de Sam Phillips à Memphis, au moment de son premier enregistrement. Le jeu des citations cachées peut aussi affirmer la tentation du palimpseste, mais parait plus souvent caractériser une esthétique du clin d’œil dont l’intérêt est parfois difficile à percevoir. Ainsi, Joe Dassin apparait au détour d’une phrase (« cette ville est un orchestre à mille cordes), bientôt rejoint par Bob Dylan. Ces clins d’œil, encore une fois partie intégrante d’une tradition stylistique de la critique musicale, permettent d’introduire un dernier commentaire qu’appelle Variations sur Paul, qui soulève des interrogations foisonnantes et complexes.

Les clins d’œil déjà évoqués, qui parsèment le roman, permettent d’en saisir la portée. Pour l’essentiel, ils sont aussi des clichés : les débuts d’Elvis, la mort de Theolonious Monk et de Charlie Parker dans la maison de la baronne Pannonica de Koenigswarter, les débuts du rap avec le « Rapper’s Delight » de Grandmaster Flash (qui est plutôt le premier titre de rap écouté au-delà des ghettos noirs de New York et des métropoles états-uniennes), etc. Variations de Paul survole cette histoire musicale du siècle dont il prétend faire l’épopée à travers des images d’Épinal qui interrogent, d’autant qu’elles débordent le seul aspect musical : née dans les années 1980, Chiara est forcément éprise de mangas à l’adolescence. Paul, revenu de tout, vieilli, voit sa geste se réaliser, entre autres, dans l’accession à la propriété. Invitant bientôt des amis eux aussi vieillissants à une orgie d’alcool et de « baise », on ne peut s’empêcher de se dire que les clichés qui tissent l’histoire du siècle, musicale ou non, emprisonnent les personnages dans des déterminismes assez frustes et une psychologie peu probante.

Les disques sont d’ailleurs des dates qui fonctionnent littéralement comme images d’Épinal : Chiara écoute Noir Désir parce qu’« elle aura toujours seize ans et elle vous emmerde », Aerosmith parce qu’« elle aura toujours un peu quatorze ans aussi ». Paul découvre à New York un jazz qui « semble végéter » après la mort de Coltrane, « et si Miles Davis et Ornette Coleman continuent à souffler, quelque chose est passé ». Le problème est que la vitalité du jazz new-yorkais dans les années 1970 est majeure – au-delà des grands noms, nombreux, on pense notamment au rôle des lofts squattés par des musiciens en mal de programmation [1]. Certaines erreurs factuelles bénignes soulignent ce sentiment de plonger dans une histoire superficielle : Paris 8 n’est plus à Vincennes mais à Saint-Denis quand Chiara s’y inscrit, et le narrateur de « L’orage » de Brassens n’est pas marchand de paratonnerres ; celui qui exerce ce métier, c’est le cocu.

Rien de grave, dira-t-on avec raison, mais tout cela permet de saisir dans quel imaginaire esthétique évolue le roman de Pierre Ducrozet. Tout cela fait bien signe vers un autre objet que la musique ou même que les disques : Variations de Paul peut très bien se lire comme le roman de la « Discothèque idéale », telle que les magazines ou certaines grandes enseignes culturelles en publient régulièrement, de façon à donner un écho grand public à la vente de disques – et de livres, Paul en achète de façon comparable. D’où l’utilisation au premier degré de questions oiseuses posées par les magazines musicaux, que les personnages incorporent : le jazz est-il mort ?  le rock, dix ans plus tard ? En tout cas, en 1979, la « décennie n’a pas encore commencé et Paul se sent déjà plus lourd que le temps. La musique le fatigue. Le rock le fatigue. Le punk l’écœure ». Les « variations » n’en sont pas car les thèmes musicaux doivent mourir : la musique progresse, chaque mouvement devant remplacer le précédent dans une idéologie implicite mais naïve du progrès musical. Les disques sont des dates qui existent pour dire qu’à tel âge, dans tel contexte, on doit écouter cela – on en vient à désirer que Chiara écoute Debussy ou Monk parce qu’elle a vingt ans et nous emmerde.

Variations de Paul, de Pierre Ducrozet : une discothèque idéale

Sur la Grand-Place de Bruxelles © CC2.0/Sagar

La question qu’on est en droit de se poser est ainsi celle du potentiel littéraire et romanesque d’une musique qu’on aborde par ce biais : peut-on faire un roman avec des unes de journaux et des discothèques idéales ? Cette question pourrait apparaître de bien peu d’importance, mais ce roman, publié par un éditeur important de livres consacrés à la musique, témoigne du fait que cette érudition vaste et superficielle, multipliant les références sans les approfondir, a pris une place forte dans nos imaginaires. Cela peut poser des problèmes plus immédiats, peut-être plus graves.

Le premier est le choix de proposer une playlist en lien avec le roman, les morceaux étant listés par ordre d’apparition. La liste, immense, confirme l’impression de discothèque idéale mais parait naturelle ici. Cependant, trois QR codes permettent au lecteur d’accéder directement aux titres sur Spotify, Deezer et Youtube. On est en droit de se demander de qui on se moque, lorsqu’un roman idéalisant à ce point la musique se permet de renvoyer ses lecteurs et lectrices vers des entreprises qui la dépossèdent de tout (par ailleurs, le patron de Spotify a investi 100 millions de dollars dans Helsing, une start-up allemande d’intelligence artificielle pour la défense). Surtout, ces entreprises encouragent particulièrement à la nostalgie et à la mythification des disques du passé… à la façon des Variations de Paul.

Le second problème apparait dans un passage où Paul découvre les musiques d’Inde, qui comme souvent sont caractérisées d’abord comme étant des râgas, de manière imprécise. Surtout, ces musiques n’ont pas dans le roman de musicien nommé, et seul Ravi Shankar apparaît dans la playlist. À l’inverse, tout le roman avance par grands noms de la musique occidentale, Ravel puis Satie, Elton John et Iggy Pop, les Beatles et Bérurier Noir, Jeff Mills et Bob Marley, avec quelques incursions de groupes plus confidentiels comme les musiciennes des Slits. Cet usage des grands noms pose un problème en soi, mais plus encore lorsqu’il sert l’anonymat de tous les autres et pas seulement des musiciens indiens. Dans une envolée du roman, Paul fait face à son siècle, « tous les morts abattus au combat, tranchés sur les batailles, tous les innocents aux membres brisés, […] les opposants, les juifs, les Tziganes, les civils, les résistants », etc. Toutes celles et tous ceux qui n’ont pas de noms, et auxquels le roman ne parvient pas, en définitive, à offrir la musique de leur siècle.


  1. On retrouve une partie de cette musique enregistrée par Alan Douglas dans la compilation Wildflowers: Loft Jazz New York 1976.

 

[Source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]

Somos muy hábiles al poner máscaras entre nosotros y los demás. Quizás esa sería otra razón para frecuentar las grandes novelas: en ellas tenemos la experiencia imposible de ver a los demás por dentro

Javier Marías y los traductores de la vida

 

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Por razones que no viene al caso explicar, he vuelto a leer en estos días Fiebre y lanza, el primero de los tres volúmenes en que se publicó una de las grandes novelas de lo que va del siglo: Tu rostro mañana, de Javier Marías. Lo había leído hace 20 años, tan pronto como se publicó, y me ha alarmado esta vez darme cuenta de lo mucho que ha cambiado el libro. Esto es cierto siempre de las buenas novelas, que reflejan lo que llevamos a ellas, y por lo tanto se transforman en la medida en que nos transformamos sus lectores; pero hay novelas que cambian más que otras, y habría que pensar algún día con detenimiento en las razones por las que esto ocurre. Tengo la impresión de que Dostoievski cambia más que Tolstói, por ejemplo, sobre todo cuando la primera lectura se hizo en la adolescencia; y me parece claro que Faulkner cambia más que Hemingway, aunque no sabría decir por qué. Pero, como diría ese Tristram Shandy que tanto le gusta a Marías, me estoy desviando.

Tu rostro mañana es tal vez la novela más exigente de Javier Marías, aunque solo sea por la intimidación o el desafío de sus 1.336 páginas, pero su exigencia es tanta como las satisfacciones que brinda, que son muchas y ocurren a muchos niveles. Los lectores recordarán seguramente la premisa de la novela: un español llamado Jacobo Deza —al que los demás a veces llaman Jacques y a veces Jaime y a veces Yago, y que los lectores de Marías habíamos conocido como narrador anónimo en Todas las almas— se ha separado de su mujer, se ha marchado de su casa en Madrid y ha vuelto a Inglaterra, a Londres y a Oxford, donde había vivido años atrás. Ahora trabaja en un edificio sin nombre para un grupo de gente misteriosa que tuvo o tiene una relación estrecha con el Servicio Secreto británico, y su tarea extraordinaria consiste en observar a los demás, observarlos con cuidado, y luego juzgar su carácter: juzgar si serían capaces de mentir, traicionar o incluso asesinar, y en qué circunstancias lo harían. Tiene, al parecer, un talento especial para esto: para fijarse en los otros y leerlos correctamente. En la novela como en la vida, se trata de un talento invaluable.

No sé de dónde me viene cierto gusto por las novelas que reflexionan, indirectamente, sobre lo que hacen las novelas. Tu rostro mañana pertenece a esta familia que comienza, como tantas otras cosas en el arte de la novela, con el Quijote. Son novelas en las cuales los personajes o las situaciones nos invitan a pensar en el funcionamiento de las novelas mismas: ficciones que son, también, una metáfora de la ficción. En el último tomo de En busca del tiempo perdido, el narrador, Marcel, llega a la conclusión de que “la verdadera vida, la vida por fin descubierta e iluminada, esa única vida, en consecuencia, que es vivida plenamente, es la literatura”. Y antes de que tengamos tiempo de recuperarnos del exceso (que para mí no lo es, pero eso es otro asunto), compara la vida que vivimos con un libro que está por escribirse. “Ese libro esencial”, dice entonces, “el único libro verdadero, un gran escritor no está obligado, en el sentido corriente del término, a inventarlo, pues ya existe dentro de cada uno de nosotros, sino a traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor”.

A mí, que durante tantos años felices en Barcelona me gané la vida traduciendo literatura, la idea del novelista como traductor de un libro que llevamos dentro me parece extrañamente justa, inexplicablemente satisfactoria. Y no puedo no pensar en las traducciones de Marías, que nos ha entregado versiones bellísimas de aquel Tristram Shandy que he recordado antes, así como de El espejo del mar, de Conrad, y de otras obras diversas que van desde Thomas Browne a Isak Dinesen.

Hace 11 años tuve con él una larga conversación acerca de, entre muchas otras cosas, el arte de la traducción y su relación con la escritura de novelas. “La del traductor es una tarea que se puede comparar con la del intérprete musical”, me dijo Marías. “Tiene muchas dificultades a la hora de interpretar una pieza, pero siempre tiene la partitura, sabe que la partitura no va a desaparecer. Así que me he dado cuenta de una cosa que me ayuda al escribir. Dado que yo soy un autor que no tiene un trazado de las novelas antes de empezar, sino que las averigua a medida que las hace, tener un primer borrador de una página, aunque sea escrito de cualquier manera, funciona como el texto original en las traducciones”.

He recordado esa conversación porque ahora, leyendo Tu rostro mañana tantos años después, me parece encontrar un eco en ella. Aunque tal vez sea más preciso hablar de un triángulo: un triángulo que va de la novela de Proust (el novelista como traductor del libro que llevamos dentro) a la conversación de hace 11 años (el novelista como traductor de sus propios borradores) a las páginas de Fiebre y lanza donde el narrador, ese Jacobo Deza, explica que su oficio consiste en “escuchar y fijarme e interpretar y contar”. En otra parte de la novela habla de sus “tareas de invención, llamadas interpretaciones o informes”, y, enseguida, de lo difícil que es no fiarse de nadie, ver a todos bajo la misma “luz suspicaz, recelosa, interpretativa”. Y he pensado que esta puede ser una de las razones por las que me gusta tanto la novela de Marías: porque pone en escena lo que hacemos constantemente los seres humanos, que no es otra cosa que esa interpretación constante: ese esfuerzo por leer a los otros y saber quiénes son en realidad, de qué serían capaces, cómo actuarán en determinadas circunstancias.

¿No es esta una de nuestras preocupaciones principales, todo el tiempo, en todas partes? Nuestra pareja, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, los políticos que nos lideran, las celebridades en cuyo frívolo destino perdemos tanto tiempo, las figuras públicas en las que invertimos tantas energías: ¿no nos gustaría siempre leerlos bien e interpretarlos con precisión? Bien lo sabe Jacobo Deza, cuyo padre sufrió durante la dictadura franquista una delación que trastornó gravemente su vida y estuvo a punto de arruinarla. El delator era un amigo íntimo, pero el padre no supo anticiparse a la traición. “¿Cómo era posible que mi padre no hubiera sospechado ni detectado nada?”, se pregunta Deza, que tiene en cambio el don de detectarlo todo: el don de ver con claridad a los otros. “¿Cómo puedo no conocer hoy tu rostro mañana, el que ya está o se fragua bajo la cara que enseñas o bajo la careta que llevas, y que me mostrarás tan solo cuando no lo espere?”

Sí, a todos nos gustaría contar con esa lucidez o esa clarividencia: muchos problemas nos evitaríamos en la vida diaria si las tuviéramos. Pero nunca es fácil mirar a los demás con la atención o la concentración suficientes para saber quiénes son en realidad, y la verdad es que somos muy hábiles a la hora de poner disfraces o máscaras entre nosotros y los demás: solo un desquiciado se presentaría ante este mundo tal cual es. Quizás esta sería otra razón para frecuentar las grandes novelas: en ellas tenemos la experiencia imposible de ver a los demás por dentro, de traducir sus vidas para mejor leerlas.

Juan Gabriel Vásquez es escritor. Su último libro es Los desacuerdos de paz (Alfaguara).

 

[Ilustración: SR. GARCÍA – fuente: http://www.elpais.com]

La música de brasileño es de una vastedad y una riqueza únicas; Diego Fischerman conversó con él sobre su medio siglo de trayectoria

Caetano Veloso

Escrito por Diego Fischerman 

Hace medio siglo apareció el disco Domingo, con el que inició la inigualable trayectoria del músico brasileño Caetano Veloso, una de las figuras más visibles de la revolución sonora ocurrida en el país sudamericano a partir de los sesenta. Todos hemos oído a Caetano, y sin embargo es difícil extraer íntegramente las consecuencias de una obra tan vasta, que se reinventa constantemente para hacer dialogar el pasado y el futuro.

“Contra todas las catequesis. Y contra todas las madres de los Gracos. / Solo me interesa lo que no es mío. Ley del hombre. Ley del antropófago”, escribió Oswald de Andrade en su Manifiesto antropófago, de 1928. Y Caetano Veloso, el antropófago (o el brasileño, tal vez sea lo mismo), después de haber devorado, y reescrito, a los Beatles, la bossa nova y el samba, al ie-ie-ie de Roberto Carlos, la psicodelia, la poesía concreta, las canciones de las radios de la infancia y hasta a la propia antropofagia, es alguien que, finalmente, se devora a sí mismo.

La apariencia –y en pocos como en Caetano Veloso las apariencias pueden ser más engañosas– es la de una decidida sencillez: apenas la crudeza de un trío de guitarra eléctrica, bajo y batería para acompañarlo. Sin embargo, nada tiene de sencillo lo que toca la Banda Cê, el grupo conformado por Pedro Sá en guitarra, Ricardo Dias Gomes en bajo y teclados y Marcelo Callado en batería, con el que Caetano se releyó en una trilogía ejemplar: (2006), Zii e Zie (2009) y Abraçaço (2012). Y mucho menos lo tienen las tensiones que se establecen entre la voz cristalina y ese sonido denso, hasta ominoso, que construye el trío. Si todo en Caetano es, de alguna manera, relectura, en este grupo que, hasta ahora, cierra una trayectoria de más de cuarenta discos y medio siglo de carrera, lo que se vuelve a mirar y se pone en escena nuevamente, con una potencia desmesurada, son los sesenta. El viaje a sí mismo, a su pasado, lo era también a un modelo de canción –el de “Coração Vagabundo” o “Atrás do Trio Elétrico”, por ejemplo– con el que construyó los cimientos de esa travesía. Literalmente detrás (o al lado) de un trío eléctrico.

Otro tipo de belleza

“Una luna oval de la Esso / conmueve e ilumina el beso / de los pobres tristes felices / corazones amantes de nuestro Brasil”, cantaba en “Paisagem Útil”, en su primer disco como solista absoluto, llamado, como él, Caetano Veloso –antes habían estado los fundantes Domingo, con Gal Costa, de 1967, y Veloso, Bethânia, Gil, del año siguiente. Treinta y dos años después, en Zii e Zie, la voz –casi la misma, una voz fuera del tiempo, eterna, podría pensarse– decía, como si se tratara de un ensayo (pero era una canción): “El hecho de que los americanos / no respeten los derechos humanos / en suelo cubano es demasiado fuerte / simbólicamente como para que me / sacuda. / La Base de Guantánamo / la base de la bahía de Guantánamo / Guantánamo”. Un beso iluminado por el cartel de una petrolera; el lirismo y el paisaje capitalista lado a lado. Del otro lado, la (extraña) poesía de un texto de astringente ascetismo. Y Caetano Veloso decía a este periodista: “En mi manera de componer canciones no hubo cambios notables a lo largo del tiempo. Aunque muchas veces, hoy en día, dejo intencionalmente de hacer cosas que a los 20 o a los 30 años hubiera querido lograr. Se fue desarrollando un cierto gusto por abandonar una solución melódica o armónica, una rima o una metáfora que me hubieran parecido bellas hace años. No es que ya no me parezcan bellas; es que ya no quiero aquel tipo de belleza”.

“En mi manera de componer canciones no hubo cambios notables a lo largo del tiempo. Aunque muchas veces, hoy en día, dejo intencionalmente de hacer cosas que a los 20 o a los 30 años hubiera querido lograr.” 

El trío (¿su trío final?) cuenta con una especie de cuarto elemento in absentia, su hijo Moreno, productor, junto a Sá, de los últimos discos: “Pedro Sá y Moreno son mis hijos –el último, biológicamente hablando, ninguno artísticamente: son hijos en la acepción familiera de la palabra”, explicaba en el folleto de . “Andan por los treinta: tienen una vivencia directa de los caminos que tomó el gusto musical en las últimas décadas e intervenciones personales notables en la orientación de esos caminos. Ricardo Dias Gomes y Marcelo Callado andan por los veinte. Fue Pedro quien sugirió títulos cuando escuchó mis temas y mis ideas. Y nuestra comunicación fue tan clara que en pocos minutos de ensayo las piezas estaban listas para grabar. Todas. Ni una sola se trabó. Todos traían ideas que llevaban las mías a las últimas y mejores consecuencias”.

Caetano contaba que el origen de este grupo había tenido que ver con una idea que tenía desde hace rato, la de trabajar con Sá, y que incluso, en un comienzo, ni siquiera pensó que este se convertiría en su proyecto principal. “Hay, además, un placer especial en tener la posibilidad de trabajar con mi hijo”, decía. “Y sobre todo si ese hijo es Moreno. Lo que hace con sus amigos es muy refinado e inteligente. Conmigo, ahora ha producido estos discos y sin conocer las canciones de antemano. En el estudio nadie es como él: sabio, firme y calmo, con un oído increíble para los sonidos y sus relaciones. Hoy miraba un DVD de un especial televisivo que hice con Jorge Ben a fines de los años setenta. Moreno aparece pequeñito cerca de mí mientras yo canto dos temas. Él camina alrededor mío, casi baila un poco, mira hacia mí. Son escenas que yo no veía desde hace casi treinta años. Es impresionante su naturalidad, su calma, su total despreocupación con el público, su confianza tranquila en mí (y yo no parezco darle atención). Era un ángel sencillo. Y sigue siéndolo”.

Naturalmente atrevidos

Caetano Veloso trabajó, a lo largo de un recorrido poblado también de búsquedas formales permanentes, con formaciones instrumentales muy diversas, desde chelo o guitarra solos hasta orquestas. Y con respecto a este trío afirmaba: “En el fondo está, para mí, la profundización de la pregunta sobre mis relaciones conscientes con el rock, que empezaron en 1966. Sí, porque las inconscientes han empezado diez años antes. Muchos de los cambios de sonido por los que pasó mi música han sido casi casuales. Pero otros han sido un esfuerzo de crear ejemplos de posibilidad de expresión para los músicos brasileños”. Esa expresión, eventualmente, está imbricada en un misterio brasileño: la naturalidad –¿mestiza?, ¿antropófaga?– con la que han sabido tratarse la popularidad y la vanguardia. Una naturalidad que Caetano ha encarnado como nadie, y que bien podría tener un primer momento áureo en Tropicalia ou Panis et Circensis, editado en 1968, esa especie de Sgt. Pepper bahiano donde, junto al grupo Os Mutantes, aparecían los arreglos del erudito –y vanguardista– Rogério Duprat.

“Sin embargo, me cuesta pensar de esa manera el caso brasileño”, desarrolla Caetano Veloso. “Sé que Brasil es original: somos una nación gigantesca, sudamericana, de habla portuguesa, con una población racialmente muy mezclada. Pero las relaciones de la vanguardia o la experimentación con la música popular no son una exclusividad brasileña. Gilberto Gil y yo empezamos con lo del tropicalismo cuando los Beatles ya habían hecho Revolver. Es verdad que la colaboración con los poetas concretos y los músicos de vanguardia de São Paulo (Duprat es el más importante, pero no se puede olvidar a Júlio Medaglia) fue particularmente intensa. Aun así, en otra parte estaban los arreglos de George Martin y las experimentaciones de Lennon. Y también estaba la osadía poética y tímbrica de Bob Dylan. De todos modos, nosotros veníamos de la bossa nova, que, con João Gilberto y Jobim, había hecho una revolución. Muchos de los temas eran verdaderas piezas de cámara. Podría decirse que fuimos naturalmente atrevidos”.

“Los movimientos surgen cuando son necesarios y posibles. No se puede pensar si hay ambiente para algo como un movimiento. Sólo aquellos que lo estarían tramando ahora podrían tener esa visión. Nosotros no podemos ver.”

Más integrado que apocalíptico, Caetano analiza con parsimonia el presente musical y la posibilidad de un nuevo movimiento con la potencia de lo que fue el tropicalismo: “Los movimientos surgen cuando son necesarios y posibles. No se puede pensar si hay ambiente para algo como un movimiento. Solo aquellos que lo estarían tramando ahora podrían tener esa visión. Nosotros no podemos ver. De todas maneras, parece que no es el caso: la creación musical está pulverizada. Pero es así para nosotros. Si hay alguien soñando un cambio en que todo esté involucrado, lo sabremos después. Pero desde ya, el hip hop ha sido un movimiento que cambió la cara de la música y de la industria cultural. Y hay cosas a las que se considera generalmente como expresiones bajas de la cultura, como el funk carioca o la música de carnaval de Bahía, que son movimientos espontáneos”. Afecto a las listas y enumeraciones, no le cuesta señalar a quienes lo han influido: “João Gilberto es alguien que me influyó con su música y que me enseñó con el contacto personal. Con Gilberto Gil aprendí todo lo que podía con solo mirarlo tocando la guitarra. Y Carlos Drummond de Andrade, João Cabral de Melo Neto, Clarice Lispector, Guimarães Rosa, Proust, Stendhal, F. Scott Fitzgerald, Fellini, Godard, Glauber Rocha, Rogério Duarte, José Agrippino de Paula, Augusto de Campos, Chet Baker, Miles Davis, Thelonious Monk, Luiz Gonzaga, Amália Rodrigues, Sílvio Caldas, Gardel, Orlando Silva, Henri Salvador, Thomas Mann, Robert Musil, Lorca, Fernando Pessoa, Sartre, Lévi-Strauss están entre los otros. Me formó mucha gente”.

Demasiado sentido

Los cincuenta años transcurridos desde Domingo marcan, también, una distancia entre una concepción del arte –y del artista– como un potente modificador de la realidad –así lo entendían hasta los dictadores, que les temían y los prohibían– y una suerte de cinismo blando, dentro del cual nadie se toma a sí mismo demasiado en serio. Y, también, el tránsito de polémicas muchas veces salvajes a una convivencia mucho más civilizada pero, también, despojada de grandes pasiones. Caetano Veloso recuerda “haber tenido un embate fuerte con Geraldo Vandré, a quien lo que hacíamos le parecía repugnante y que hacía un tipo de canción de protesta que me parecía aburrida. Aunque ‘Disparada’ sea una bella canción. Algunos amigos de la post-bossa nova de Río estaban tristes conmigo (y con Gilberto Gil) porque pensaban que habíamos traicionado un pacto tácito de desarrollar una versión con armonías sofisticadas del programa ‘nacional-popular’ de las izquierdas”. No todo era sí, sin embargo. “Con Chico [Buarque], por ejemplo, nunca nos dijimos nada malo. Aquellos eran tiempos de alta definición política y estética. No es así hoy. Bueno, hay sitios donde dicha definición es demasiado alta. Y, en realidad, hay ecos de ello por todas partes. La derecha religiosa americana propone decisiones radicales. Muchos movimientos islámicos también. Cuando empezamos con el tropicalismo queríamos diversidad. Pensábamos que el nuestro era un movimiento para acabar con todos los movimientos. No siento una falta de confrontaciones. En general no me parece que le falte sentido al mundo, sino que hay demasiado sentido en todo”.

“En general soy indiferente a los cambios de los medios tecnológicos y de los modos de producción. Sé que no es realista sentir así, pero vengo de un ambiente un tanto angelical. Creo que la música encuentra maneras de afirmarse cualquiera sea el panorama.”

Desde la temprana inseminación de pop inglés y norteamericano con folclores brasileños hasta proyectos cultísimos como Livro (1997), revisitas al kitsch a lo Manuel Puig, como en Fina Estampa (1994), pasando por las versiones de temas de los Beatles (cómo olvidar su maravillosa “Eleanor Rigby” incluida en Qualquer Coisa, de 1975), por el concretismo y por diversas aproximaciones al modernismo, el experimento y la vanguardia, la música de Caetano Veloso es de una vastedad y una riqueza únicas. Todo Caetano, la caja de cuarenta CDs que agrupó su discografía hasta 2002, era, en ese sentido, una señal. Más allá de cuestiones de mercado, había allí la idea de que cada uno de esos recorridos estéticos debía ser visto –escuchado– como un capítulo de una obra mayor. No era lo mismo, en todo caso, escuchar Tropicália que oírla como parte de una serie que incluye, entre otras cosas, Transa (1972), Estrangeiro (1979), Circuladô (1991) y Tropicália 2 (1993).

A lo largo de esa Obra constituida por obras, las reglas del mercado y de la circulación de la música han cambiado una y otra vez. “No sé si ahora hay un desarrollo mayor de la tecnología”, dice él. “En general soy indiferente a los cambios de los medios tecnológicos y de los modos de producción. Sé que no es realista sentir así, pero vengo de un ambiente un tanto angelical. Creo que la música encuentra maneras de afirmarse cualquiera sea el panorama. No obstante, aprovecho lo que tengo a mano. A mí me gusta poder buscar a John Cage o James Brown, a Schönberg o Noel Rosa, Camarón de la Isla o Webern en YouTube y a partir de encontrarlos a ellos descubrir a otros impensados. También me gusta que Babe, Terror, un muy original joven de São Paulo, haya surgido en Internet. Empiezo a saber utilizar GarageBand (mi hijo Zeca, de 17 años, trabaja con Live y Logic). Casi no gano dinero con derechos de autor ya. Me gustó el efecto exagerado del Auto-Tune cuando lo oí en una canción de Cher, hace años. Y aunque ya sea cansador, puede gustarme lo que hace Kanye West o Rihanna con ese tipo de aparato. Lo único que pienso es que la vida es así: compleja. Y que la música vive de esa complejidad, crece en ella, la espejea y la transmuta”.

 

[Fuente: http://www.latempestad.mx]

Escrito por  Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Estados Unidos y Canadá juegan un partido de lacrosse, juego indio, nativo americano, muy transformado por supuesto. Pasa el domingo, una y veintitrés de la tarde. Absoluto silencio. Cuando llegué a las cuatro de la mañana, el vecino de polera negra terminaba varias botellitas plásticas de bourbon de a dólar. Lo saludé pero era una bola de carne balbuceando letanías. No estoy ya a esta altura para escuchar borrachos. Dejé de escucharme a mí mismo en casos así. Y eso que no hablo mucho. Susurro tu nombre, mujer anónima, a tu oído. C’est un jour comme un autre, la Bardot canta y cuenta que John Lennon se amilanó ante ella. Supongo que quiso decir que hombría y arte cayeron como lluvia gota de una hoja de parra. Eva y Adán. Ella, la serpiente, sabia y adecuada. El otro, pobre, solo posee costillas. Goyesca imagen de un mísero cachondo corrido por las meretrices. La Biblia es una gran ironía, la burla de un colectivo, el retrato nada ambiguo de lo que somos.

Leo Ferré viva la anarquía, muy cerca de la Place de la République. En ella, debajo de aquella estatua, vivan también la revolución turcos y kurdos al unísono. Incluso cosecho un par de besos, masculinos, de “camaradas” que nunca conoceré. Será que parezco turco. “Igualito a mi tío Kostas”, me dicen en el Québec helado. Era París y mi pobreza me permitía baguettes y medio kilo de queso perforado. Cuscús que cuesta una moneda, diez por los diez marrones francos.

Escucho Brassens.

A mi lado Salvatore Siracusa y aquel grandote, obrero, cuyo nombre no recuerdo. Ambos de Senza patria, publicación ácrata italiana. Ha pasado la Internacional. Se recita a Verlaine en el teatro estrecho. Ferré, pelón y melenudo, paradójica cabeza. Qué puta voz. Cierro los ojos. A la mierda Bakunin y Malatesta. Tengo una nostalgia grande. La de Aniversario de Franz Werfel; la de Proust; la de Fournier en El gran Meaulnes. Pongo nombres para acompañarme, para que el escrito no quede solo, no en este abandono que guardo con fondo de Léo Ferré, vaya lujo.

Elke Kalkowski no quiere que imprima su nombre porque su hombre se irrita. Pues que el tipo se ponga un supositorio, que ni se le ocurra penetrar mi memoria porque va a incendiarse el culo. Escribo y no escribo lo que y no que me da la gana. Nunca fui tribal ni gregario. Raza, nacionalidad dejo de lado, y todo lo demás que me atribuya cualquier característica ante la sensual voz de la Birkin. Decía que de fondo Ferré, y yo totalmente estúpido, como mi vecino pero sin bourbon, atolondrado, drogado de falsa lírica. En lugar de estar en la farra de despedida con él, de gozar de su voz cascada, de saludes a la anarquía y al grande, y gran cornudo, Mijail, el de la finca de Premujino.

En lugar de eso, a cambio de la perdida voz de Léo Ferré camino por las vías del tren. Ménilmontant. Nanterre. ¿Gané algo arrastrando penas? Podía haber disfrutado de mucha gente buena; el hecho de ser anarquistas les daba algo de santidad. No hubiera sido la fama o la grandeza, esas viejas de negro y bolsa llena no me caben, sino la riqueza de una tarde de arte. Si se hacía o no se hacía la revolución, quién sabe. Georges Balkansky ya estaba anciano y era muy fino para el máuser. Su esposa llevaba una boina parisién y fumaba con boquilla. Federación Anarquista Búlgara en el exilio. Lo que el viento se llevó.

Franco, la Muerte. Grimau. Lorca.

Lo he escrito tantas veces. Pero se puede escribir lo mismo eternamente. ¿O no es la vida eso, la reconstrucción de la penuria? Calcetines rojos; camisa y pantalones negros. Zapatos también. Vive l’anarchie! ¡Vivas tú y viva tu madre! Vieja puta, pero que viva ¿qué hacer? Cualquier cosa porque sonrías, porque me dejes ver el naciente de tus senos y ya desmayado me pongas la cabeza sobre ellos enroscando mis cabellos en cafuné portugués y yo finja morir para verlos sudar quedo hasta que la punta de mi lengua bebe tu sal y te das cuenta que ni siquiera dormido estoy y menos muerto. Sal del mar de piel, de los volcanes impetuosos de tus tetas. Así vestía Léo Ferré aquella tarde. Buenos anarquistas ellos, sonreían, llegaba la era de las flores. Me abrazaban y besaban. Las mejillas de Siracusa de cuero forjado. Pero supongo que es natural entre hombres buenos. A pesar de que el maestro Bakunin aconsejaba librarnos del gobierno de los hombres “buenos y virtuosos”.

Mientras me alejo por los rieles de Ménilmontant, Ferré sigue de fondo. Recita a Baudelaire y no tengo un perro franco para comprar pan. En la casa en que me alojan veo en un rincón un fajo de libras esterlinas. La hermana del dueño acaba de regresar de Inglaterra. No lo toco. Podía, pero no. No por la moral de no robar que ratero he sido, de los pequeños pero ladrón al fin, sino porque a veces me atraganta la decencia. Bueno, Ferré murió hace creo diez años. Nevermore, nevermore gritan los cuervos en Denver. Nevermore nevermore parece que me hablan y miran desafiantes. He puesto la marcha de Radetzki, interpretada por la Luftwaffenmusikkorps. Es marcha que usan los prusianos chilenos en sus soberbios desfiles militares. Memorias de Joseph Roth, cómo no, de su bella mujer loca. La tristeza es el ajenjo que no bebemos pero igual nos mata. Tristeza andina de paja brava. Tristeza de los cachubes de Günther Grass, el negro bosque de Goldkrug. Viena del Prater en crepúsculo.

Reviso lomos de libros que jamás ya leeré. Quiero, pero el reloj de arena es inflexible. Busco para saber si el Yampol de Bashevis Singer es este de Ucrania en guerra. Seguro que sí. Polonia se extendía tanto al sur.

Hay en el análisis genético que me regaló mi hija Emily mucho misterio. Aparte del consabido y notorio porcentaje de un veintiocho por ciento indio, un sinfín de detalles habla de cosas inescrutables. De un dos por ciento ashkenazy ¿de dónde? Y pienso que en este ignoto ancestro está mucho de mi afición por el este. Mucha de mi melancolía. Yampol y Bar. Taganrog y Kamenyets.

Parece que el tren de las afueras de París, que me alejaba de Léo Ferré y de la rebelión, me ha arrastrado hasta el Bug. Paris canaille.

Pasan los días, pasan las horas, pasa el agua debajo del puente Mirabeau. Tiro piedras al Oise, tengo hambre. Mendigo diez francos y en un bar me compro un sándwich de jamón y una cerveza. Abren el baguette, untan mantequilla, jamón y papel alrededor. Rico. Digo a mis hijas emparedado de jamón estilo francés, sobrio, modesto, sabroso. En Norteamérica son barrocos, les caen verduras por los costados, chorrea la mostaza, queda mayonesa en las manos, el cilantro con tallos es difícil de mascar.

Léo Ferré y ahora dónde te encuentro. La sensatez me tomó cuarenta años y a tus calcetines rojos los devoraron los gusanos al terminar tu carne. Me pregunto si la voz es el espíritu. Deduzco que los mudos entonces carecen de alma. Busco en la Biblia el sarcasmo, la mujer de sal; el pretérito es rico pero la memoria salmuera. Y lo que busco es cal viva, piedra alumbre, sebo de víbora, grasa de coyote. Herboristas que preparan venenos, casi como el envenenador de Catalina de Médicis en La Reine Margot. No se suda agua pero sangre.

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[Imagen: Léo Ferré por Richard Bellia, 1985 – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

Antoine Gallimard

 

Escrito por Alejandro Luque

Más que un hombre de libros, a primera vista Antoine Gallimard (París, 1947) parece una figura cinematográfica. Tal vez un personaje de la nouvelle vague. Elegante, de ojos pequeños y vivos y con una sonrisa amable dibujada en el rostro, este editor que pasea tranquilamente por el hotel Barceló Renacimiento de Sevilla es el heredero de una editorial, Gallimard, que tiene ya un siglo y sigue estando a la cabeza del sector en Francia —junto a las poderosas Hachette y Editis— con más de cuarenta mil títulos. En su catálogo figuran desde los grandes nombres de la literatura francesa (Marcel ProustJules SupervielleAndré MalrauxAntoine de Saint-Exupéry) a un buen montón de premios Nobel de todo el mundo, incluidos algunos en español como Octavio Paz o Mario Vargas Llosa

Se dice que fue el favorito de su abuelo, el legendario Gaston Gallimard, fundador de la casa, pero lo cierto es que llegó a dirigir la empresa familiar después de sonadas disputas entre los herederos de aquel, hasta imponer la paz social. Invitado por las Converses de Formentor, Antoine Gallimard accede a conversar con Jot Down en un espacio reservado, inundado por el potente sol del mediodía sevillano. Comparece escoltado por Gustavo Guerrero, uno de sus hombres de confianza para el mundo hispano, que se limitará a apuntarle algún nombre. Y, a pesar del calor que pronto empezará a hacer en la sala, no se quita en ningún momento la chaqueta. 

Antes de empezar la entrevista, ¿hay alguna pregunta sobre su editorial que preferiría que no le hiciera?

Es una buena pregunta [deja una larga pausa]. Es a la vez una pregunta que me hago y que no me he hecho lo suficiente… Diría que, en mi vida, por amor a mi abuelo, a mi familia, he peleado para conservar la independencia de mi editorial familiar. Me ha gustado hacerla crecer para protegerme frente a las grandes potencias financieras, frente a los grandes grupos empresariales. He luchado por mantener esa editorial, y ha sido difícil a veces. Ahora mi madre me dice que tengo que retirarme, que hay que pensar en la siguiente generación. Esa sería una buena pregunta, pero me resulta difícil hacérmela…

Era la pregunta que tenía reservada para el final.

Es verdad que no es porque yo sea editor, mi padre lo era, mi abuelo lo era y montó esta editorial, pero un colega alemán, [Heinrich Maria] Ledig-Rowohlt, afirmaba que hacen falta al menos cuarenta años para convertirse en editor. Creo que, en efecto, se necesita tiempo. Porque hace falta que uno entienda su época, no necesariamente adaptarse a ella, pero sí seguirla, comprenderla. Y está bien coger siempre lo mejor de la generación anterior, comprender los fracasos, los éxitos… Es todo un bagaje. Está muy bien ser un joven editor loco, pero los viejos editores también tienen su calidad.

¿Cuál es la condición esencial para que una editorial perdure cien años?

Lo esencial es no ser víctima de las emociones. Saber casar de forma inteligente los libros exitosos y los fallidos, los que no tienen éxito. Tener pasión. Creer en el oficio. Cuando se publica a algún buen autor y no funciona en el mercado, hay que seguir publicándolo. Y eso es muy difícil hoy en día, cuando todo es tan precipitado. Una editorial publicaba a Faulkner durante años y no se vendía, hasta que empezó a tener éxito en Francia. Publicar a autores que no son necesariamente un éxito en el primer momento, pero que finalmente acaban leyéndose: de eso se trata. Creo que es cuestión de paciencia. Y de perseverancia. También de curiosidad.

¿Esa es otra clave, la curiosidad?

Es clave. Hay que leer revistas, leer más, ir al cine, ir al teatro, ver a los amigos y también a los enemigos.

Antoine Gallimard

Usted salvó una editorial que se hallaba en dificultades por un conflicto familiar. ¿Qué supo hacer usted que sus predecesores no supieron hacer?

Seguro que supieron hacer otras cosas… [reflexiona] Mi padre, la segunda generación, Claude Gallimard, estaba compitiendo con su primo, Michel Gallimard, que se mató junto a Camus en 1960. Creo que sufrió por esa competición. En la familia siempre hay cierta competición, y es verdad que eso hace sufrir. Al mismo tiempo… Es siempre complicado… Nada es fácil, nada es simple, sea una pelea familiar o entre amigos. Tal vez no se puedan evitar los conflictos. ¿Sabe lo que dice Lao-Tse? «Solo el ejército victorioso está triste por haber librado batalla». Yo he librado batallas con mi hermano. Me puso triste, prefería haberlo evitado. Me habría gustado más estar con los autores. Pensaba que mi editorial no debía seguir ese modelo del gran lobo que domina la distribución, los mercados, que está en todas partes, de la distribución al marketing. Yo tenía el idealismo o la inocencia de pensar que se pueden producir libros de calidad y tener éxito. Bien. No siempre. Se ven pequeñas editoriales que no han tenido éxito y que yo puedo reflotar, una editorial pequeña como P.O.L. Pienso que existe una cierta realidad y que al mismo tiempo no se debe ser demasiado prisionero de ella, que hay que hacer también cosas que acaben en fracaso. Los hombres de negocios deberían tener más fracasos de los que tienen hoy. El dinero hoy es, en exceso, la expresión de un éxito un poco vano… Es verdad, están los mercados, ¡los mercados! Hoy en Francia, creo que también en España, las librerías funcionan bien; en Francia hay nuevas librerías pequeñas. Este año han abierto sesenta. Es fantástico.

Usted se siente cercano a su abuelo, Gaston Gallimard. ¿Cuán a menudo se acuerda de él? ¿Qué rasgo de su personalidad evoca mejor?

Siempre tenía una sonrisa en los labios. Podía ser duro, podía montar en cólera, pero tenía humor. Era travieso, podía burlarse de la gente, se podía burlar de mí, que era muy joven, y al mismo tiempo era sensible al matiz, sensible a la personalidad, a la música que cada cual tocara… Tenía algo que hoy es mucho menos corriente: la capacidad para detectar que cada ser tiene su singularidad. No había redes sociales. Había combates políticos; le había marcado mucho en Francia el asunto Dreyfus, de eso me hablaba a menudo. A mí me marcó Mayo del 68, soy de esa generación. Me decía: «Tú hablas del 68, pero el asunto Dreyfus era igual de importante que el 68». Lo interesante es el momento en el que se rompe una sociedad, eso ocurrió en 1968, y con el asunto Dreyfus también. Y eso lo marcó.

¿Lo marcó también como editor?

Él tenía una enorme curiosidad. Él siempre me preguntaba qué leía, si leía a los de mi generación. Era el único que me lo preguntaba. Se pregunta poco a los jóvenes de veinte o veinticinco años qué leen. Hoy se lee menos. También es verdad que su época era muy literaria. Los escritores tenían una fama extraordinaria e influían en la vida política. Hoy lo que influye en la vida política son las redes sociales, ya no son los escritores, lamentablemente. Por eso es importante mantener revistas como Jot Down, pequeños contrafuegos. Pequeños contrafuegos, eso es. Me gusta mucho esa idea de pequeñas agrupaciones, pequeñas redes de resistencia que no dan su nombre. Todos tenemos necesidad unos de otros frente a la falta de educación, al analfabetismo funcional, esa ley del mercado que es demasiado fuerte. Y es un poco ridículo que lo diga yo, que hoy tengo una gran editorial exitosa. Pero puedo sufrir también bajo el mercado. Junto con Gustavo Guerrero, hemos elegido autores por lo que son, y no necesariamente pensando en el dinero. Cuando fichamos a Manuel Rivas o Javier Marías es porque realmente creemos en ellos. Cuando fichamos a Karina Sainz Borgo, también.

Incluso si un editor acierta mucho, siempre se recuerdan sus errores, ¿no? En el caso de Gallimard, cuando André Gide rechazó a Marcel Proust…

Voy a decir una cosa: cuando usted tiene cierta fama, es algo un poco pesado para los demás. La reputación no debe ocupar demasiado espacio: eso crea celos, envidias, y se vuelve insoportable. Es normal que pueda haber errores. Creo que la gran fuerza de la editorial no es haber cometido esos errores, sino haber sido capaz de corregirlos y de reconocerlos. Mi abuelo, Gaston, cuando se dio cuenta de que había rechazado En busca del tiempo perdido, se fue él mismo, con una carretilla, a buscar los ejemplares publicados por Marcel Proust a cuenta de autor, es decir, pagando el autor, en Grasset, los buscó y se los llevó a casa para destruirlos y editar el libro él mismo [risas]. Sí, sí, él mismo. Vale, hubo errores, pero la gran suerte de la editorial era poder corregirlos. Y a los colegas de la profesión no les gustaba la editorial Gallimard precisamente por tener esa fuerza, a la par que esa seducción, esa perseverancia para fichar a Giono, a André Malraux… Ficharon a mucha gente, también en el extranjero. Publicaron a Faulkner, por ejemplo. Claro que no están todos: no tuvimos a Beckett. Pero hoy en día, cuando tengo la oportunidad de adquirir editoriales pequeñas, compré Les Éditions de Minuit y metí a Beckett en la colección La Pléiade. Es un trabajo de no ser pretencioso, de modestia, de tomarse uno su tiempo para saber lo que hace. Hay que reflexionar juntos, con un juicio, con un gusto… Uno se puede equivocar en una cosa y acertar en otra. Hoy se mezcla todo eso, hay una precipitación. El inglés domina mucho hoy en día, y aplasta a las otras lenguas, el francés, el alemán, el italiano. Al español no, porque es la segunda lengua [mundial]. Yo intento evitar que el inglés esté en todas partes. En lugar de la concentración hay que ir a la literatura que sufre un poco, darle el sitio que se le puede ofrecer en difusión y distribución. Es un trabajo permanente.

Antoine Gallimard

Se dice que Gallimard monopolizaba los premios Goncourt. ¿Cree que su abuelo controlaba de veras el jurado?

[Risas] Sabe, creo que las redes de influencia de la época consistían en tener amigos, buenos amigos. Se hablaba de eso, se decía que había que poner fin a las redes de influencia, se acusaba de comprar al jurado, etcétera… Pero él hacía eso con su encanto. Había otras editoriales, como Grasset, que hacían mucho. También estaba el dinero. Conozco a un editor que le pagaba obras a alguien… [risas] Todo eso ha terminado, pero nada impide que haya amistades, relaciones interesadas o no, como todo en la vida. Pienso que la editorial publica mucho, se escoge bien, y es también un poco la herencia de este éxito. Respecto al premio, a nivel internacional es verdad que los jurados se han renovado, hay jurados populares. También los hay en Francia, de una radio, de la televisión, son todo jurados populares. Queda el Goncourt, que representa un gran éxito, porque se ha establecido así, pero a la vez también es una especie de símbolo, el hecho de que haya influencias a todos los niveles, quizá eso también contribuya a que sea el Goncourt. Porque no se trata de elegir un buen libro. La televisión está ahí, y no es todo tan simple. Hoy, las cosas son más claras. La influencia de los editores sigue ahí, pero mucho menos que antes.

De todas formas, su editorial acapara el mismo número de premios Nobel que de Goncourt. ¿También tiene comprada la Academia Sueca?

¿Ve? Ahí tampoco se puede decir, es imposible. Y este año, si yo fuera un poco más influyente, le habría dado el Nobel a Annie Ernaux.

Caerá el año que viene…

[Risas] Es terrible el Nobel, porque cuenta más que el Goncourt, es mundial. Michel Tournier se fue a vivir a Estocolmo para conseguirlo, para hacerle la corte al jurado. Octavio Paz lo consiguió, pero Carlos Fuentes no. Es terrible, todos los que no lo obtuvieron…

Hay cuarenta premios Nobel en el catálogo de Gallimard, ¿no?

Correcto, y con el Goncourt una cifra similar. Pero al mismo tiempo es terrible, porque se nos mira mal. Con el Nobel, vale, pero con el Goncourt es complicado, porque la editorial tiene demasiados autores que lo han recibido. Y hay quien dice: «Basta ya de Gallimard», «Gallimard y sus trucos, basta ya», «No queremos más Gallimard». Quizá me debería exiliar [risas].

¿Siente usted celos o envidia de otras editoriales? ¿Qué autores le habría gustado tener en el catálogo, sin conseguirlo?

Los celos y la envidia siempre son muy fuertes, sí, también en mi caso. Se dice a menudo que la primera generación crea, la segunda conserva y la tercera destruye la empresa. Yo soy la tercera generación, y no ha ocurrido. Y eso es insoportable para algunos. Debería haber ocurrido, y eso le molesta a mucha gente. De la cuarta generación ni hablamos [risas]. Creo que hay celos, pero, el día que yo ya no esté, la gente me echará un poquito de menos. Eso es lo que uno siempre quiere pensar, que empiecen a apreciarte entonces.

Pero estábamos hablando de autores…

Los autores que me habría gustado tener y que se nos han escapado: en su época era Beckett, no es mi generación, pero estoy muy contento de haberlo conseguido finalmente. Tengo un instrumento de seducción importante que es La Pléiade. Me habría gustado haber tenido a García Márquez, quizá a más latinoamericanos. Y contemporáneos… hay muchos. Nos gusta acompañar a los autores. Hemos acompañado a Mario Vargas Llosa toda su vida, a Octavio Paz, a Neruda. Me encanta Neruda, me habría gustado conocerlo mejor, un hombre y una obra tan fuerte. Pero los que me habría gustado tener y no hemos conseguido… En Francia sería Emmanuel Carrère, que está en P.O.L. Y Houellebecq, pero está en Flammarion [ambas editoriales compradas recientemente por Gallimard].

En el prólogo de la biografía de su abuelo escrita por Pierre Assouline, Rafael Conte, célebre crítico español, preguntaba por qué en La Pléiade no hay mucha literatura en español. Desde aquí hay mucho interés por la literatura francesa, pero no parece que sea algo mutuo, ¿no?

Están los latinoamericanos, está Borges, está Paz… Es que La Pléiade ha sido una colección que durante mucho tiempo se interesó más por las obras clásicas; contemporáneas, pero antiguas. No había, como hoy, una búsqueda del talento emergente.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Gallimard siguió una línea ambigua respecto a la ocupación alemana. ¿Cree que era la única manera posible de actuar?

No voy a juzgarlo, porque para juzgar hay que estar en esa misma situación. Su preocupación era que la editorial no cerrase y no colaborar con los alemanes. Publicaba libros alemanes, pero clásicos, no contemporáneos. En esa época no publicaba a Céline; era Denoël quien publicaba a Céline. Fichó a Céline en la posguerra, cuando Denoël dejó de hacerlo. Tenía miedo por su editorial, no quería que se la cerrasen. Tenía un colaborador, [Jean] Paulhan, que era conocido como miembro de la resistencia y él mismo publicaba a autores como Camus o Malraux, que no era algo obvio en esa época. Es verdad que la revista NRF la dirigía Drieu la Rochelle, y se puede pensar que eso era colaborar, pero nunca publicó textos hitlerianos o pronazis, para nada. Gallimard no estaba nada en ese bando, no colaboraba, protegía sobre todo su editorial, y publicaba, pese a todo, a Malraux y Camus, e incluso textos de Saint-Exupéry. Es complejo, pero el hecho de no cerrar su editorial no convierte a un editor en colaboracionista.

Antoine Gallimard

¿Qué libros favoritos tiene, hoy en día, la extrema derecha francesa? Es más: ¿leen?

La cultura en Francia no es el estandarte solo de la izquierda, también lo es de la derecha. Hoy en día, la izquierda y la derecha se borran un poco dando lugar más a una rivalidad entre comunidades, entre intelectuales, por las redes sociales, lo que moviliza a la gente son las historias alrededor del racismo, del sexismo, los trans, las redes LGBT… En mi época era más sobre el colonialismo, la salida de las colonias, el capitalismo salvaje, el comunismo excesivo, el colectivismo… Hoy existe menos esa frontera liberal/antiliberal, y más de temas que vienen especialmente de Estados Unidos, donde se considera que para traducir un poema de un black hay que ser black. No se puede traducir la biografía de Philip Roth porque el traductor habría cometido tocamientos sexuales a una chica… Es absurdo. Tal vez exista lo mismo en España con los autonomistas, independentistas o nacionalistas. Es una especie de mal contemporáneo que afecta a toda Europa, no solo Francia o España, y me parece muy peligroso porque inyecta mucha violencia en el debate sobre las diferencias ideológicas, la posición en la sociedad, su estilo de vida.

Usted tenía doce años cuando tuvo lugar la muerte trágica de su tío Michel con Albert Camus en accidente de coche, en 1960. ¿Cómo se ha recordado este hecho en su familia?

Camus era un trueno. Un terremoto. Albert Camus era muy cercano a mi familia, muy cercano a Gaston Gallimard, mi abuelo, de Michel, de Claude, quizá un poco más de Michel que de Claude. Fue una gran pérdida. Michel Gallimard, el editor, y el autor que se muere, Camus, eran esenciales para la editorial, porque representaban esa nueva generación, con una moralidad legendaria, un estilo maravilloso. Camus era a la vez editor y autor, llevaba a cuestas el peso de la empresa para darle la mayor fuerza intelectual posible, y tenía mucha carrera por delante, estaba cambiando, acababa de terminar El primer hombre. Fue sumamente triste, una tragedia. La editorial estuvo de luto durante años por esa desaparición trágica, de una manera tan brutal como ocurrió; era muy duro. Pero la editorial se recuperó, y hoy en día Camus es el autor más leído del catálogo, pero la tragedia sigue ahí y pensamos mucho en ella.

Es uno de los autores que todavía hablan al lector de hoy, ¿verdad?

Sí, a toda una generación, por su simplicidad, por esa especie de gran claridad que da a todo, llega a ligar la poesía, la moral, una filosofía, un realismo. Es una especie de triángulo filosófico, están los tres aspectos: la muerte, la vida, la esperanza. Se le lee mucho tanto en Francia como en el extranjero.

El debate sobre el colonialismo sigue siendo fuerte en Francia, ¿no?

Todavía, sí. En Francia, lamentablemente, tenemos un poco de retraso respecto a otros países para los temas sensibles. Los políticos hacen declaraciones, pero ¡cuánto ha hecho falta para que nos diéramos cuenta de la existencia de campos de concentración en Francia! Tardamos mucho más que Alemania. Hoy la herida argelina sigue abierta, hay excusas, hay que tener compasión con todo el mundo. Y vamos con retraso para reconocerlo. Francia se siente mal con su historia. Era más fácil la descolonización de Indochina. Marruecos y Túnez han tenido éxito, sin heridas especiales, pero Argelia, sí, eso sigue siendo muy fuerte. Es tan fuerte, que hasta Argelia ha tenido dificultad para construirse. Presos entre el yihadismo y los militares, tienen dificultad de encontrar un referente democrático, un camino.

¿Es Amazon el coco para los editores, el lobo feroz?

Amazon no es el lobo feroz, porque lobos feroces hay todo el tiempo, por todas partes. Para nosotros, el lobo es el analfabetismo, el analfabetismo funcional, la falta de lectura, la falta de curiosidad. El lobo es nuestra época, que es más peligrosa que Amazon. Amazon hace su trabajo, que es la distribución, y se ha convertido en el rey de la distribución, que es lo que controla. ¿Sabe? En Francia, la gente tenía miedo a la instalación del ferrocarril porque todo el mundo iba a coger el tren para comprar libros a París y no se venderían más libros en la provincia. Cuando llega la radio, la gente tiene miedo porque se dejará de leer. Cuando llega la televisión, tienen miedo a que ya no habrá ni radio ni libros. Cuando aparece lo digital, dicen que los libros en papel se habrán terminado. Hoy, todo eso nos hace sonreír, pero era un miedo real. Amazon es un lobo feroz, pero no será tan feroz si se le puede controlar. No hay que ir a cenar con él, hay que desconfiar, tener cuidado. Tenemos cuidado de controlar lo digital. Hay competencia, claro, es ley de vida, y hay que encontrar otro sistema para satisfacer a la gente, una distribución de librerías que les lleve libros a domicilio. Amazon es glotón, efectivamente se quiere comer todo, como un cocodrilo: la autoedición, la edición, están dispuestos a todo. Son muy fuertes, venden desde parafarmacia hasta pañales, todo. Es una especie de gran tienda general, pero no está especializada en libros. Las librerías deben modernizarse con el clic & collect. Durante el confinamiento, las librerías francesas no querían hacerlo, porque era peligroso, porque iba a ser caro. Amazon no duda en invertir mucho y en perder dinero con su circuito, y nosotros dudamos ante el clic & collect… Es realmente una pena. El clic & collect se expande, es evidente. La librería debe modernizarse si quiere resistir a Amazon. Pienso que la respuesta a Amazon es que se debe ser moderno y rápido, con una distribución rápida, siempre al servicio del cliente.

Llegamos a la última pregunta, la que le anuncié al principio. ¿Continuará otro siglo la saga Gallimard? ¿Hay futuros jefes para la editorial en la familia?

Eso es difícil de contestar porque, si eso se sabe desde antes, trae mala suerte. Yo tuve suerte, porque en mi familia somos cuatro, dos chicos y dos chicas, yo soy el tercero, y no estar necesariamente designado como sucesor era una verdadera suerte porque no atrae los celos, puedes hacer tu vida con tranquilidad y no tienes presión. Creo que hay que evitar la presión. Yo tengo cuatro hijas, la que quiera… [se encoge de hombros] Pero espero que todas amen esta editorial y estén orgullosas de su pasado, es como una cátedra, magnífica. Espero que haya una sucesión para la cuarta generación, pero si designo a alguien hoy, tengo la impresión, no tanto de firmar mi condena a muerte, pero quizá sí de colocar un peso sobre esta persona. Siempre he vivido la editorial como una especie de suerte, nunca me ha pesado. Sí hay que estar muy atento, y la siento siempre como un riesgo, entre grandes potencias, grandes concentraciones. Si designo hoy a alguien, tengo la impresión de tener que explicarlo a mis hermanos y hermanas. Una editorial no es un castillo en el campo, no es un palacio, no puedo decir: «Yo me quedo con el ala derecha, tú te quedas la izquierda». No funciona así, obviamente. Está La Pléiade, el libro de bolsillo, la literatura infantil y juvenil, que se vende muy bien, aunque no sean superventas. Las cosas se hacen como se tienen que hacer, y luego se verá. Es importante gestionar los problemas financieros, las donaciones, los impuestos. Todo eso lo puedo hacer y lo he hecho. Luego, la sucesión… [silencio]. No lo tengo decidido. Es complejo [risas].

Antoine Gallimard

 

[Fotos: Ángel L. Fernández – fuente: http://www.jotdown.es]