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Les prix et distinctions littéraires sont-ils compatibles avec toutes les convictions politiques ? En 1971, les membres de l’Académie suédoise, institution qui décerne le Prix Nobel de littérature, se posaient déjà la question. À l’idée de remettre la récompense au Chilien Pablo Neruda, un des membres évoquait, comme un obstacle, « la tendance communiste de plus en plus prégnante dans sa poésie ».

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Publié par Antoine Oury

L’entrée de Mario Vargas Llosa sous la Coupole, après son élection à l’Académie française, avait soulevé des interrogations : un soutien déclaré de candidats réactionnaires et d’extrême droite — doublé de soupçons d’évasion fiscale — pouvait-il « défendre la langue française » ?

L’habituelle question — faut-il séparer l’homme de l’œuvre ? – revient lorsque l’on évoque Roman Polanski ou Louis-Ferdinand Céline. Des membres de l’Académie suédoise se la posaient déjà au début des années 1970. Chargés de décerner le Prix Nobel de Littérature, qui consacre l’Œuvre d’un auteur, ils hésitaient en 1971 entre plusieurs personnalités : WH Auden, James Baldwin, Philip Larkin, Jorge Luis Borges, André Malraux — et une seule femme, Marie Under.

Pablo Neruda sera finalement le lauréat de cette année 1971, mais sa nomination fut précédée d’intenses débats, comme le révèlent des archives récemment rendues publiques en Suède. Kaj Schueler, journaliste, a eu accès à des documents qui retracent les discussions de cette année-là, au sein du comité derrière le Nobel de Littérature.

Les engagements et opinions politiques de Neruda y sont longuement évoqués, notamment par l’écrivain suédois Anders Österling (1884-1981), entré à l’Académie suédoise en 1919.

Les “hymnes à Staline” de Neruda

Österling salue ainsi le « pouvoir naturel de la poésie [de Neruda] ainsi que sa dynamique vitalité », mais s’inquiète de savoir si « la tendance communiste de plus en plus prégnante dans sa poésie est compatible avec l’esprit du Prix Nobel ».

Selon le testament du chimiste Alfred Nobel (1833-1896), à l’origine des récompenses qui portent son nom, les Prix Nobel sont décernés à des personnalités qui ont « fait la preuve d’un puissant idéal ». L’idéal communiste n’était visiblement pas du goût d’Österling, qui s’était aussi, par le passé, opposé au nihilisme de Samuel Beckett.

Dès 1963, plusieurs années avant le débat autour de l’élection de 1971, Österling avait manifesté des réserves vis-à-vis du candidat Neruda, notamment en raison de textes dédiés à Staline. « La pensée d’un écrivain — qu’il soit marxiste, syndicaliste, anarchiste ou autre — relève de sa liberté. Toutefois, Neruda est totalement engagé politiquement, que ce soit par ses hymnes à Staline ou ces autres travaux de propagande. Considérant ceci, j’ai des réserves sur sa candidature, sans toutefois la rejeter par avance », soulignait-il.

Chant à Stalingrad (1942) ou Nouveau chant d’amour à Stalingrad (1943) constituent des exemples de textes tournés vers Staline, qui jouit alors d’un prestige international en raison de la contribution de l’URSS à la défaite de l’Allemagne nazie, suite à la rupture du pacte germano-soviétique en 1941.

Soutien de Salvador Allende, président du Chili à partir de 1970 et jusqu’au coup d’État fasciste d’Augusto Pinochet, en 1973, Neruda avait trouvé la mort peu après cet événement, dans des circonstances encore floues. En 2017, il avait été révélé que son certificat de décès, qui mentionnait un cancer, était un faux, relançant les hypothèses autour d’un assassinat de l’auteur en raison de son soutien à Allende.

En 1971, Österling fut finalement convaincu par ses collègues, puisque Neruda devient cette année-là le second auteur chilien récompensé, après l’autrice Gabriela Mistral, en 1945.

 

[Photos : à gauche, Pablo Neruda en 1963 ; à droite, Anders Österling au début du XXe siècle – source : actualitte.com]

Los dictadores

Escrito por Mario Vargas LLosa

He renunciado a encontrar el periódico francés que publicó el texto de los cinco profesores que protestaron contra mi elección a la Academia Francesa, pero reconozco que esa protesta era legítima. No así, sin embargo, que, según los periódicos peruanos, esos profesores me tacharan de “pinochetista”. Nunca lo fui. El mismo día del golpe de Pinochet, en 1973, lo ataqué duramente en la televisión francesa y debo haber firmado, además, cerca de 20 manifiestos protestando contra los crímenes cometidos por la dictadura chilena, a la que incluso fui a criticar a Santiago de Chile y a solidarizarme con sus adversarios.

Tengo, desde niño, una aversión visceral contra todos los dictadores que han ensombrecido la historia política de América Latina e impedido que el sueño de Bolívar —una unidad continental a la manera de EE UU— se realizara.

Yo no tenía siquiera el uso de la razón, y ya en mi familia éramos enemigos de los dictadores. El dictador de turno en el Perú, el general Odría, había depuesto mediante un golpe militar al Dr. José Luis Bustamante y Rivero, pariente de mi abuelo materno.

Había en la familia un culto heroico por José Luis Bustamante y Rivero. Por lo elegante y bien hablado que era, como buen arequipeño, por lo bien que se vestía y el cuidado que tenía con las palabras que decía también, y con las erres arequipeñas que no podía pronunciar jamás ningún limeño. Yo lo había visto y hasta hablado con él, aquella vez que José Luis estaba de embajador del Perú en La Paz y había venido a alojarse en nuestra casa, en Cochabamba, donde mi abuelo era cónsul del Perú. Siempre recordaba la buena propina que había deslizado en mis manos cuando José Luis partió, con su sombrerito y sus anteojos que imponían tanto respeto como sus espléndidos discursos.

Él habría sido un lujo de presidente, aunque el patán de Odría, y sus tanques solo le permitieran ejercer la presidencia del Perú que había ganado en comicios legítimos tres de los cinco años para los que lo eligieron los peruanos.

Yo crecí odiando a Odría, como toda mi familia materna, y de ahí me venía el rechazo a esa especie horrenda: los dictadores que, en ese tiempo (ahora vuelven de nuevo), eran la peste de América Latina. Yo no había leído aún a Jan Valtin que sería mi primer guía político, pero ya detestaba a esos generales que se creían que la presidencia del país era lo que les correspondía luego del generalato y para eso, tenían los tanques.

Los dictadores me alejaron del partido comunista, en el que milité en el primer año de la Universidad de San Marcos, y de Cuba, pese a las muchas réplicas que recibí defendiendo las elecciones libres y el derecho de cada pueblo de elegir a sus gobernantes en comicios legítimos.

Ese ha sido un eterno malentendido con los militantes de la extrema izquierda: su convicción de que había dictadores “buenos”, como Stalin o Fidel Castro. Yo creo, y es una de las convicciones a la que he sido fiel en mi vida política, que todos los dictadores, sean de derechas o de izquierdas, son malísimos, autores de todos los atropellos y robos, y que los países que han alcanzado la civilización política no eligen a ningún dictador, sino permiten que el pueblo elija a sus presidentes en elecciones libres y auténticas.

Desde luego que los pueblos pueden equivocarse, como ha ocurrido en Venezuela o en Cuba, y elegir mal, errores que suelen traer nefastas consecuencias a sus pueblos y que demoran muchos años en corregirlas.

Los regímenes democráticos se pueden equivocar, y el ejemplo que acaban de dar los peruanos es más que suficiente. Los peruanos han elegido, y con mis propios votos, a muchos ladrones, creyéndoles honrados. Pero esos errores pueden corregirse a tiempo y se han corregido o se van a corregir en tanto que una dictadura es mucho más difícil de rectificar pues cuenta con esos convencidos de que la justicia social pasa por un régimen autoritario, aunque nunca se haya conseguido semejante demostración.

Por eso prefiero los regímenes democráticos a las dictaduras, de derechas o de izquierdas, que se confunden y confunden a sus víctimas. Las mediocres democracias son preferibles, aunque ellas acusen muchas deficiencias, entre las que prevalecen, en el mundo subdesarrollado sobre todo, las manos largas de los gobernantes elegidos o por elegir. Hay más ocasiones de mandarlos a la cárcel en esos regímenes débiles que en los solemnes y secretos que guardan sus vergüenzas para ciertas ocasiones. Y, como los ejemplos son innumerables, para cuando los dictadores ya estén muertos o enterrados.

La más mediocre democracia es preferible a la más perfecta dictadura, estén a la cabeza de ella Pinochet o Fidel Castro. Esta es mi divisa y por eso defiendo a las imperfectas democracias frente a todas las dictaduras sin excepción. Esta es una elección muy simple y quienes me juzgan políticamente deben tenerlo en cuenta sin equivocación.

Ahora acaba Chile de celebrar elecciones y no hay duda, para mí, en el momento presente, que el grueso de los electores chilenos ha cometido una grave equivocación. Chile ha sido, para los liberales del mundo entero, un ejemplo. Por eso nos ha sorprendido tanto la violencia de las manifestaciones en las que una muchedumbre quemó edificios y estaciones de metro. Nada parecía indicar que esta sería la respuesta popular a una economía ascendente, en la que todas las fuerzas políticas, sin excepción, parecían estar de acuerdo. Sin embargo, no era así, lo que sorprendió a todo el mundo. ¿Qué había ocurrido para que el país que parecía privilegiado en América Latina, mostrara una cara tan distinta y tan feroz? Yo apoyé a Kast, que me parecía representar una continuación sensata de la política económica que había llevado a Chile casi a alcanzar a ciertos países europeos y a distanciarse mucho del resto de América Latina. Pienso, por eso, que los chilenos, dándole la sólida victoria a Boric, se han equivocado. Pero su derecho a equivocarse debe ser tenido en cuenta y respetado. Algo debía de andar mal allí cuando Boric ha obtenido una victoria tan inequívoca y clara. Sobre todo, teniendo en cuenta, que las críticas de Boric han afectado a la política económica, en primer lugar, en lo que al electorado chileno parece haberle dado la razón. Es muy desconcertante, sin duda, que un país rechazara de manera tan evidente lo que parecía traerle beneficios múltiples. Pero así son las cosas de la vida política: algo tan inesperado y sorprendente como lo ocurrido en este país. En cualquier caso, esta nueva política, que corrige a la otra, debe ser puesta en marcha aunque tenga consecuencias muy negativas para el país que parecía crecer de manera sistemática en los últimos años. Ya tendrá tiempo Chile de corregir su error, si lo fue, y mantener los logros que alcanzó con la política que ahora ha rechazado.

Estas son mis convicciones. Puedo equivocarme, pero, en todo caso, mis errores responden a una idea que, me parece, es profundamente democrática: los pueblos tienen derecho a equivocarse. En una democracia, estos errores pueden ser rectificados y enmendados.

 

[Ilustración: FERNANDO VICENTE – fuente: http://www.elpais.com]

Un grupo de intelectuales franceses mostró el jueves (9.12.2021) su rechazo al ingreso del hispano-peruano Mario Vargas Llosa en la Academia Francesa de la lengua, a causa de sus tomas de posición política cercanas a la extrema derecha. En una tribuna publicada en el diario Libération, los firmantes expresan su « estupefacción » por la inclusión del nobel de Literatura de 2010 en el selecto grupo de « los inmortales », que deben velar por el lenguaje francés. « Esta decisión presenta graves problemas éticos », indican los cinco intelectuales, que recuerdan el reciente apoyo de Vargas Llosa al candidato de extrema derecha a la presidencia de Chile, José Antonio Kast, a quien definen como « nostálgico defensor de la dictadura militar de Pinochet ».

Señalan también su apoyo al actual presidente de Colombia, Iván Duque, que « acabó con los acuerdos de paz firmados en 2016 » con la guerrilla de las FARC y que disuelve manifestaciones « a disparo limpio ». Los firmantes también rememoran su apoyo a la candidata a la presidencia Keiko Fujimori en abril pasado, que no acepta el resultado de los comicios y niega la legitimidad del ganador, Pedro Castillo.

« Mancilla la imagen de Francia en América Latina »

Fujimori « hace campaña por la destitución del nuevo presidente. Grupos de ultraderecha atacan físicamente a personalidades políticas de centro izquierda y centro derecha. Algunos piden un golpe de Estado. Vargas Llosa ha jugado un papel activo en la llegada de este caos a Perú haciendo una campaña sin reservas en favor de Keiko Fujimori, a la que presenta como último obstáculo contra el comunismo », escriben. Finalmente, hacen notar que Vargas Llosa pidió en 1995 « enterrar el pasado » en Argentina, en referencia a los crímenes cometidos por la dictadura en ese país.

Los intelectuales apuntan su implicación en los llamados « Pandora papers », donde se reveló que tenía sociedades en paraísos fiscales para evadir impuestos. Los firmantes consideran que incluirlo en la Academia « mancilla la imagen de Francia en América Latina, donde sus posturas extremistas son bien conocidas y suscitan un fuerte rechazo ».

Su ingreso entre los defensores de la lengua « amenaza con legitimar posturas que pisotean los valores de la democracia a los que Francia quiere asociarse, como la libertad de expresión, la aceptación de resultados de sufragios y el derecho a defender causas sin arriesgarse a perder la vida », agregan. Los firmantes son el profesor universitario César Itier, la directora de investigaciones del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo (IRD) Evelyne Mesclier, la profesora de la Universidad de París Valérie Robin Azevedo, la investigadora Sylvie Taussig y el antropólogo Pablo del Valle.(efe)

 

[Fuente: http://www.dw.com]

 

Jeune académicien, l’écrivain Mario Vargas Llosa, Prix Nobel de littérature 2010, n’hésite pas à mettre sa notoriété au service de telle ou telle cause politique. Quelques mois après son soutien déclaré pour une candidate de la droite populiste au Pérou, Vargas Llosa s’affiche désormais aux côtés de José Antonio Kast, candidat de l’extrême droite au Chili qui se revendiquait héritier de la dictature de Pinochet…

Publié par Antoine Oury

Arrivé en tête du premier tour des élections présidentielles chiliennes, le 21 novembre dernier, José Antonio Kast, candidat de l’extrême droite, et son Parti républicain ont obtenu le soutien de Mario Vargas Llosa, déclaré au cours d’un entretien mené en visioconférence entre les deux hommes.

« Ce qui se passe au Chili est absolument fondamental pour toute l’Amérique latine », a souligné Mario Vargas Llosa auprès de son interlocuteur, rapporte La Tercera. « Les yeux de l’Amérique latine sont tournés vers le Chili. Il n’y a aucune autre alternative possible à une victoire aux élections. »

Poursuivant son analyse, Vargas Llosa assure qu’une victoire de José Antonio Kast permettrait « au Chili de reprendre la tête et de montrer ce qu’est le centre droit, la liberté, le soutien aux entrepreneurs, l’ouverture aux investissements étrangers ».

L’entretien, enregistré, est diffusé sur la chaîne YouTube officielle du candidat.

Du communisme à l’évasion fiscale

Communiste partisan de la révolution populaire au Pérou comme à Cuba dans sa jeunesse, Mario Vargas Llosa s’est rapidement détourné de ses convictions politiques pour se tourner vers un courant de pensée radicalement opposé, le libéralisme. D’abord motivé par la lutte contre les régimes autoritaires communistes d’Europe de l’Est, il embrasse finalement les théories économiques libérales.

Candidat aux élections présidentielles péruviennes de 1990, sous l’étiquette centre droit, Mario Vargas Llosa avait alors été battu au second tour par Alberto Fujimori. Il s’était alors exilé en Espagne, demandant quelques années plus tard la nationalité espagnole.

Depuis, il soutient régulièrement les candidats étiquetés à droite dans les élections sud-américaines. En mai dernier, il avait ainsi défendu la fille de son adversaire du passé, Keiko Fujimori, face au candidat de la gauche radicale, Pedro Castillo. Ce dernier a finalement remporté les élections, avec 50,13 % des voix.

Cette fois, pour les élections chiliennes, Mario Vargas Llosa affiche sa préférence pour Kast face à Gabriel Boric, représentant de la gauche radicale. Face à la flambée des prix et à un coût de la vie prohibitif, Kast, comme d’autres populistes de droite, semble avoir convaincu des électeurs, mais les réformes sociales de Boric séduisent également. À l’issue du premier tour, Kast a obtenu 27,91 % des voix et Boric 25,83 %.

Jeune académicien, Mario Vargas Llosa semble plutôt cohérent avec ses engagements, puisqu’il s’est récemment distingué par une citation dans l’affaire des Pandora Papers, pour un probable cas d’évasion fiscale…

 

[Photo : RAE, CC BY-NC-ND 2.0 – source : http://www.actualitte.com]

Gabriela Wiener (Lima, 1975) es una de las narradoras peruanas más propositivas, dueña de una pluma versátil. Ha exhibido la violencia de género, la discriminación y hurga en historias de sus ancestros —como es el caso de Huaco retrato, en donde escudriña la figura de Charles Wiener, su tatarabuelo, un saqueador de piezas prehispánicas—. En un primer momento recibió la invitación del Ministerio de Cultura de Perú para participar en la FIL de este año, pero luego la eliminaron de la lista de autores convocados. Si existe una palabra que define a su libro más reciente es “descolonización”.

 

Escrito por Mary Carmen Sánchez Ambriz

Descolonizar es una de las acciones más complejas que existen. Hay estudios, planes y hasta tratados para lograr esta encomienda, pero no siempre se obtienen buenos resultados. Gabriela Wiener tiene muy claro a dónde quiere llegar en esta exploración narrativa o cartografía de la memoria ancestral, álbum de familia, recorrido interior, viaje a la semilla, que es Huaco retrato (Penguin Random House, México, 2021).

Al parecer los hechos se dan de manera fortuita, la historia se presenta de una forma indescifrable, casi amorfa y se requiere de suma habilidad para exponer los hilos de un tapiz desdibujado, la tristeza de un pueblo violentado y las similitudes con la historia familiar. Gabriela Wiener es una peruana que lleva más de dos décadas viviendo en España, ejerce el periodismo y escribe libros de ensayo personal que colindan con la crónica. En México algunos de sus artículos pueden leerse en la Revista de la Universidad.

El apellido Wiener posee una historia de claroscuros. En París, el 9 de julio de 1875, se le confió a Charles Wiener, quien en esa época era profesor de alemán en un liceo parisino, una misión arqueológica y etnográfica en Perú y Bolivia. Dos años después, Wiener retornó como un intrépido explorador, repleto de honores y elogios que lo colocaron en un lugar privilegiado dentro de la sociedad científica. Lo veían como un talentoso expedicionario que vino a exhibir rasgos exóticos. En el Musée du Quai Branly es posible admirar una gran colección de arte no occidental de América, Asia, África y Oceanía. Charles Wiener trajo una gran cantidad de piezas de arte precolombino, figurillas antropomorfas y zoomorfas con miles de años de antigüedad. En la ficha correspondiente se lee: “Mission de M. Wiener”. ¿Héroe o villano?

La escritora rememora que Vargas Llosa en El hablador se refiere a Wiener como un explorador francés que en “1880 se encontró con dos cadáveres machiguenga, abandonados ritualmente en el río, a los que decapitó y agregó a su colección de curiosidades recolectadas en la selva peruana”.

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¿Qué es un huaquero? La palabra posee varias connotaciones. Gabriela Wiener explica que así le llaman en los Andes a los lugares sagrados que ahora son sitios arqueológicos. Los huaqueros eran un grupo de personas que invadían zonas arqueológicas para llevarse consigo objetos únicos, valiosos. “De ahí que huaquear sea una forma de violencia: convierte fragmentos de historia en propiedad privada para el atrezo y decoración de un ego. […] Wiener, sin ir más lejos, ha pasado a la posteridad no solo como estudioso, sino como ‘autor’ de esta colección de obras, borrando a sus autores reales y anónimos, arropado por la coartada de la ciencia y el dinero de un gobierno imperialista. En aquella época a mover un poco de tierra lo llamaban arqueología”.

A la narradora le provoca indignación cuando advierte, en medio de las vitrinas de piezas saqueadas, un espacio dedicado a la momia de un niño, pero la pieza solo se menciona y no aparece ahí. Se especula con la idea de un robo, una mudanza o una repatriación en todo caso. No obstante, reflexiona: “Si no fuera porque vengo de un territorio de desapariciones forzadas, en el que se desentierra pero sobre todo se entierra en la clandestinidad, tal vez esa tumba invisible detrás del cristal no me diría nada. Pero algo insiste dentro de mí, quizá porque ahí dice que el niño de la momia ausente era de la Costa Central, de Chancay, del departamento de Lima, la ciudad donde nací. Mi cabeza deambula entre pequeñas fosas imaginarias, cavadas en la superficie, encajo la pala en el hueco de la irrealidad y retiro el polvo”.

Hay cierto sector de la familia de los Wiener que cree que el nombre de Charles Wiener está relacionado con hazañas; sin embargo, su nieta lo ve como alguien fraudulento y mentiroso que quiso venir a imponer una visión racista, clasista y discriminatoria. Y cada vez es más fuerte el rumor en un sector del mundo académico: “Hay quien sostiene que Wiener es un farsante, un impostor”. Estas últimas palabras funcionan como un detonante o, acaso, como un presagio de lo que va a ocurrir en esta crónica-ensayo-guía de forasteros en encuentros y desencuentros sexuales.

Si su tatarabuelo Charles Wiener era un embustero que despojaba a los indígenas de sus pertenencias, incluso de uno de sus hijos como sucedió con el niño Juan, su padre hereda la actitud deshonesta de su ancestro. La escritora, angustiada por un cáncer terminal que aqueja a su padre, viaja a Lima a reunirse con su familia; ahí la esperan su madre y su hermana, con quienes se turna para aligerar la carga de cuidados y atenciones que requiere el enfermo. Cuando él se debate entre la vida y la muerte, ella ingresa a su computadora personal y descubre que su padre ha llevado una relación paralela a su matrimonio. Su padre usa un parche en el ojo, a modo de disfraz, en los momentos que está con la otra mujer con quien tiene una hija.

Para Gabriela Wiener es evidente el enredo: una mujer, su esposa, la madre de ella, quiere ser la amante del señor Wiener; la otra mujer, su amante, anhela ser la esposa. Y desde esa necesidad de roles, las dos asumen su papel en la vida de su compañero.

El día que falleció el señor Wiener sus cenizas se dividieron en tres porciones equivalentes: una para su esposa, otra para la amante y, la última parte, para la hija primogénita que reside al otro lado del Atlántico, la escritora.

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Existe otro significado de la palabra huaco y se refiere a una pieza de cerámica prehispánica, hecha a mano, de formas y estilos diversos. De estos objetos, indica la narradora, el más valioso es el huaco retrato o una especie de carné de identidad indígena. La cerámica favorita de Gabriela Wiener es la mochica, “capaz de hilar un retrato como un comic tridimensional de esculturas cuadro por cuadro. […] La especialidad de los moches son las esculturas de dioses degolladores y los huacos eróticos son su cine porno, el kamasutra andino”. Gabriela Wiener le muestra a Roci, su novia española, la serie de figurillas huacos de mujeres que “tragan penes más grandes que sus cuerpos, gozan a cuatro patas y paren niños”. La española cree ver a Gabriela en los rostros de las mujeres andinas de esa colección que trajo, a París, Charles Wiener en el siglo XIX.

Durante su estancia en Lima, descubre que la excusa perfecta de su padre siempre fue su salud, los problemas que debía solucionar y eso, de algún modo, hacía verosímiles sus ausencias. Entre este último argumento y su trabajo como periodista, se las arregló para llevar a cabo un estilo de vida con dos mujeres en la misma ciudad, dos familias.

La primogénita se encuentra con la otra mujer que no es su madre y conoce más de la vida oculta de su padre. No obstante, de manera inconsciente, ella sigue los pasos de su padre: la ruta hacia la infidelidad. Gabriela conoce a un chico y olvida lo mucho que está interesada en su relación poliamorosa —con Roci y Jaime en Madrid—, y sin pensarlo repite el patrón de conducta paterno. Aunque no se trata de una relación alterna, seria, Wiener actúa y luego se reprocha, en medio de la culpa y sentimientos encontrados. “Mientras más predico la sinceridad amorosa con los otros dos, más les miento”, confiesa. Siente que nunca ha estado más cerca de encarnar este verso de Sharon Olds: “Me he convertido en mi padre”.

La voz narrativa se sincera a cada paso y entonces la figura del señor Wiener ya no es juzgada con tanta severidad como antes. La carne es frágil. Así como la necesidad de tener sexo en Lima, a miles de kilómetros de Madrid. “Soy la versión posmoderna de mi padre”, exclama al tiempo que no deja de preguntarse cómo va a contarles que su corazón ya no está dividido en dos sino en tres. “El troll se alimenta de miedo y yo soy mi propio troll”.

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En Bolivia la palabra huaco remite a la hendidura que se hace en la tierra con el arado, es una fisura o grieta en la tierra para que la semilla germine. Es posible que esa connotación también haya sido considerada para elaborar este ejercicio de descolonización, de exploración en las raíces, en su propia tierra.

En la genealogía de la escritora están presentes los apellidos Wiener y Bravo. Los Wiener son mestizos que acostumbraban casarse con mujeres mestizas, blancas, con excepción del padre de Gabriela que desposó a una chola. Durante sus años de niña y adolescente, la ensayista quiso sentirse más Wiener que Bravo; sin embargo, cuando llegó a España le recordaron que el color marrón de su piel la acerca más a los indios del Perú, a los sudacas que miran con desprecio. También en Perú le dijeron que por su “color puerta” era más cercana a los Bravo que a los Wiener. El asunto racial queda acentuado en la historia. No solo cree necesario desmarcarse de la actitud de su tatarabuelo Charles Wierner, de los engaños de su padre, sino también de la manera en que los colonizadores les enseñaron a los indígenas a despreciar sus raíces, su color, su vida misma.

¿Cómo ser una mujer chola en Madrid? Con frecuencia le preguntan si conoce a otras mujeres sudacas para que hagan el aseo de una casa o la observan y piden referencias sobre ella para ver si pueden darle empleo como trabajadora del hogar, sin que ella lo solicite. En el parque la ven cuidando a alguno de sus hijos y creen que ella es la nana, no la madre de ellos. Y todo por su tono de piel, por esa herencia que le ocasiona que duden de su honorabilidad o que en el metro las personas sujeten sus bolsos, a manera de precaución, para evitar ser asaltados. Son los prejuicios con los que debe luchar día tras día, pero que —de forma ineludible—terminan por desvirtuar el amor propio.

Para aceptar sus señas de identidad ingresó a un taller de descolonización, en donde aprendió a asimilar sus raíces, su color de piel, sus olores, su cuerpo que no corresponde a los cánones de belleza impuestos por Occidente. Así como Juan Goytisolo se considera un meteco y ese rasgo de extranjería lo explota muy bien en su narrativa y en distintas urbes de Europa y África; Wiener, por su parte, se observa y asume como chola.

La literatura vista como reflejo nítido de una vida, de una deconstrucción sin estereotipos. Es la mujer que quiere desmarcarse del ultraje cometido por Charles Wiener. En este acertado ejercicio ostenta sólidas reflexiones sobre el colonialismo en diversos matices. Leerla es hallar ecos de aquel cuarto propio que proclamara Virginia Woolf, aires del feminismo poliamoroso de Simone de Beauvoir, de la manera de confeccionar el ensayo-crónica como Sergio González Rodríguez, del diletantismo de Oscar Wilde al amar a personas de su propio sexo, del feminismo posmoderno de Virginie Despentes y la manera de abordar la crónica con rasgos literarios como suele hacerlo Cristina Rivera Garza en varios de sus libros, ya sea que busque a Rulfo, a Revueltas, a sus abuelos o a su hermana Liliana.

Gabriela Wiener depositó las cenizas de su padre en Madrid, en un árbol que florece con hojas en forma de corazón. Su madre cree que cuando brotan las flores es porque su padre la protege y está con ella.

Es lamentable que Gabriela Wierner haya sido invitada y luego desinvitada a la FIL este año por parte del Ministerio de Cultura de Perú, porque es una de las voces con más fuerza narrativa de América Latina. Descolonizar es una de las acciones más complejas que existen y ella lo logra con óptimos resultados.

 

[Fuente: http://www.nexos.com.mx]

Sans trop de surprise, le candidat Mario Vargas Llosa aura attiré les votes des Académiciens. L’auteur péruvien naturalisé espagnol siègera au fauteuil 18, précédemment occupé par Michel Serres. La nouvelle a été annoncée par Álvaro Vargas Llosa, le fils aîné de l’écrivain.

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Publié par Antoine Oury

Mario Vargas Llosa devient donc le plus récent Académicien, après un vote sous la Coupole. Avant lui, Pascal Ory avait été élu en 2021, au fauteuil de François Weyergans.

Le fils aîné de Mario Vargas Llosa, Álvaro Vargas Llosa, s’est réservé l’annonce de la nouvelle, sur Twitter.

Rappelons que la nationalité française, pour siéger parmi les Immortels, n’est pas requise : l’Américain Julien Green, admis à l’Académie en 1971, en fut le premier membre étranger. D’autres auteurs, Joseph Kessel ou Eugène Ionesco, avaient obtenu la nationalité française avant leur élection.

L’âge de Vargas Llosa — 85 ans — a agité le petit milieu des amateurs de l’Académie, puisque cette dernière n’est pas censée accepter les candidatures des personnes âgées de plus de 75 ans.

L’implication de Mario Vargas Llosa dans les Pandora Papers, avec l’association de son nom à une société off-shore, n’aura pas non plus bouleversé les pronostics. L’intéressé avait démenti tous les documents portant malgré tout sa signature, assurant qu’il s’agissait de « faux ».

Face à la candidature de Mario Vargas Llosa, on trouvait un certain nombre d’habitués, à savoir Emmanuel Cruvelier, Michel Carassou, Yves-Denis Delaporte, Éric Dubois, Eduardo Pisani et Frédéric Vignale, mais aussi Jean-Yves Gerlat, George James Cliff, Nicolas Grenier et Carolina Steiner.

L’Académie compte désormais 6 femmes et 30 hommes, avec 5 fauteuils encore vacants, c’est-à-dire ceux occupés précédemment par Marc Fumaroli, Valéry Giscard d’Estaing, Jean-Loup Dabadie, Yves Pouliquen et Jean-Denis Bredin, décédé en septembre dernier.

 

[Photo : RAE, CC BY-NC-ND 2.0 – source : http://www.actualitte.com]

À la question récurrente « Pourquoi êtes-vous resté à Cuba ? », Leonardo Padura répond à chaque fois sans hésitation aucune : « Je reste ici parce c’est mon pays, je suis arrivé d’abord, avant le régime au pouvoir. Je suis cubain jusqu’à la moelle. Et cette réalité m’est indispensable pour écrire. » Poussière dans le vent, son nouveau roman, explore de manière obsédante ce dilemme douloureux auquel se trouve confronté le peuple cubain depuis plusieurs décennies : rester et s’exposer à la répression, la misère, à un avenir sans perspectives, ou bien partir et risquer de ne pas trouver un ancrage ailleurs, de se perdre dans l’anonymat et la solitude.

Leonardo Padura (2014)


Leonardo Padura, Poussière dans le vent. Trad. de l’espagnol (Cuba) par René Solis. Métailié, 640 p., 24,20 €

Écrit par Melina Balcázar

Ce dilemme une fois résumé, donnant aux vies racontées ici une dimension tragique, « toutes les raisons pour sortir de Cuba sont valables et toutes les raisons pour rester aussi ». Poussière dans le vent est peut-être l’un des livres les plus personnels de Padura, dans lequel sa vision du Cuba post-révolutionnaire s’exprime le plus clairement : « c’est un livre très viscéral, déclare-t-il dans un entretienj’y ai versé ce que j’avais à l’intérieur de moi non seulement par rapport à l’exil mais surtout par rapport au sort de ma génération, prise entre fidélité et trahison, sentiment d’appartenance et déracinement, ce déchirement de se séparer d’une partie de soi ».

D’où sans doute l’étendue et la complexité de Poussière dans le vent, comme une manière d’interroger, voire de conjurer le poids de cet exil sans fin : plus de six cents pages pour suivre le destin d’une vingtaine de personnages, réunis autour d’un groupe d’amis, le Clan. Née autour de 1959, année de l’arrivée au pouvoir de Fidel Castro, cette génération a grandi – comme Leonardo Padura – avec la révolution, et est passée de la confiance dans l’utopie d’un monde nouveau au désespoir et à la désillusion de son impuissance. Une « fatigue historique », comme il qualifie cet état d’esprit qui imprègne désormais l’île, pousse aujourd’hui les jeunes à la quitter. Une « hémorragie », même, que rien ne semble pouvoir arrêter et dont les conséquences seront lourdes, comme le laisse pressentir le roman. Car tous ces jeunes, la plupart diplômés, « se sont tirés de Cuba parce qu’ils ne supportaient plus de vivre dans un pays dont même Dieu ne sait pas quand la situation va s’arranger et d’où les gens se barrent même par les fenêtres parce que, là-bas, ils s’obstinent à arranger les choses avec ces mêmes solutions qui n’ont jamais fonctionné ».

L’exil traverse l’œuvre de Leonardo Padura, notamment dans Le roman de ma vie (2002), où le destin du poète José-Maria de Heredia le montre paradoxalement constitutif de la cubanía, donc inséparable de la lutte pour l’indépendance et la définition de l’âme cubaine. Mais c’est bien dans Poussière dans le vent qu’il aborde la question jusqu’à l’épuisement. Et pour cela il s’appuie sur de constants allers et retours entre présent et passé, une structure qu’il affectionne et qu’il a utilisée auparavant dans d’autres romans (L’homme qui aimait les chiensLa transparence du tempsHérétiques, la série consacrée au détective Mario Conde), manière de traiter l’Histoire qui s’impose comme l’une de ses obsessions. Padura s’efforce ainsi de mettre en évidence les faiblesses du récit historique, nourri de souvenirs forcément fragmentaires, sélectifs, instables. Son écriture cherche à s’opposer à la volonté d’effacement, par la mémoire officielle, de certains personnages ou évènements : « se souvenir sera toujours mieux qu’oublier, même si c’est un processus douloureux », affirme-t-il.

Dans Poussière dans le vent, deux dates articulent le récit, épisodes marquants où tout bascule pour les membres du Clan : 1990, année du trentième anniversaire de Clara, personnage central au sein du groupe, dernière occasion où ils seront tous réunis ; et 2016, date où leurs différents parcours dans l’exil se trouvent affectés par la révélation de secrets sur leur passé commun. À cet enchevêtrement temporel s’ajoute l’éclatement géographique propre à la diaspora que ce groupe d’amis finira par incarner : Miami, New York, Tacoma, Porto Rico, Madrid, Barcelone, Buenos Aires, Toulouse.

Une longue amitié de jeunesse lie en effet ces personnages, dont la mission de vie était d’être « l’illustration obéissante de l’Homme Nouveau, et donc d’aller au bout de leurs études – le diplôme universitaire – sans cesser de participer à des activités politiques, au travail volontaire, aux manifestations, pour être plus tard de bons professionnels dans leur domaine ». Mais la situation de plus en plus critique dans l’île, qui aboutira à la « Période spéciale » après la chute de l’Union soviétique, alors son principal soutien financier, et la lecture clandestine d’un ouvrage interdit à l’époque – 1984 de George Orwell – mineront leur foi dans le projet d’avenir prôné par le régime.

Poussière dans le vent, de Leonardo Padura : ce que brisa Cuba

La lecture de ce livre subversif est un de ces épisodes-clé dans l’histoire du groupe, tout comme le seront la disparition et la mort mystérieuses de deux de ses membres. Peu à peu, chacun d’eux quittera le pays. Seule Clara restera, fidèle à ses souvenirs et profondément attachée à la maison de son enfance, protagoniste isolée qui regarde le monde et à laquelle Padura dit qu’il s’identifie le plus. Cette mélancolie qui imprègne son œuvre, celle aussi du regard désabusé de son personnage Mario Conde, est encore plus intense ici.

Comme un écho à cette phrase qui ouvre Conversation à La Cathédrale de Mario Vargas Llosa (1969) – « À quel moment le Pérou avait-il été foutu ? » –, une question lancinante revient tout au long du roman : « Qu’est-ce qui leur était arrivé ? » À cette interrogation, chacun des personnages donnera une réponse différente. Leurs points de vue diffèrent sans cesse, multipliant les hypothèses et les explications sur la situation de leur pays. Chacun vit aussi l’exil à sa manière : insoutenable pour Irving, heureux pour Darío, maladif pour Elisa, sans espoir pour Lubia et Fabio… mais tous font le triste constat des effets néfastes de « tous les exils ».

Cette dense polyphonie, qui est une des grandes forces de Poussière dans le vent, sorte de comédie humaine cubaine, soulève une autre question : une réconciliation, après tant de haine et de souffrance cumulées, est-elle possible ? Leonardo Padura porte un regard extrêmement critique sur l’histoire du régime castriste et sur les changements qui se préparent, ce qui réfute d’ailleurs les accusations à son égard de complicité avec le pouvoir. Car le régime en place a fini par briser quelque chose de précieux : la solidarité, le désir de construire un projet commun, l’espoir dans un avenir meilleur. « Tous ceux qui le pouvaient volaient. Ceux qui avaient de l’argent achetaient. Ceux qui ne pouvaient ni voler ni avoir d’argent restaient dans la merde. Clara avait le cœur brisé en voyant ceux qui fouillaient dans les poubelles pour en tirer quelque chose, n’importe quoi, dans un pays où personne ne jetait rien qui ne soit déjà un vrai rebut. » Seule semble ainsi pouvoir subsister l’amitié – un sujet fort chez Leonardo Padura –, éclaircie dont l’énergie, la force politique potentielle, parvient encore à tisser des liens, au-delà des idéologies et des distances.

 

[Photo : Jean-Luc Bertini – source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]

El Partido Maorí de Nueva Zelanda anunció una campaña para cambiar el nombre del país por Aotearoa, su denominación en la lengua nativa.

Escrito por Pierre Dumas

Aunque parezcan hechas para durar eternamente, las fronteras de los países son movedizas, como sucede después de guerras y movimientos independentistas, pero lo más curioso es cuando cambian de nombre. Al igual que los humanos que los crearon, los países también están sujetos a la problemática de la identidad, muchas veces simplificada en los colores de una bandera. El caso más conocido es el de Holanda, que actualmente se llama Países Bajos, pero hay muchos otros casos. Como el pequeño país del sur africano que hasta hace poco era conocido como Swazilandia. Es una curiosidad geográfica, etnológica e histórica. Además de tener la población más homogénea del continente, es la última monarquía absolutista del mundo junto con la de Arabia Saudita. Es justamente este rey de poderes infinitos quien decidió rebautizar su país con el nombre que tenía antes de la tutela británica: Eswatini.

El controvertido rey Mswati III de Eswatini, previamente conocido como Swazilandia, impulsor del cambio

El controvertido rey Mswati III de Eswatini, previamente conocido como Swazilandia, impulsor del cambio. Gobierno de Eswatini

El curioso caso de la FYROM

Hasta antes de la pandemia, en 2019, era el nombre de un pequeño país del sur de los Balcanes. No había que buscar el significado en antiguos manuales de etimología eslava: se trataba en realidad de una abreviatura que reflejaba la traducción al inglés del acuerdo entre Grecia y ese territorio, surgido del colapso de la ex Yugoslavia. La Former Yugoslavian Republic of Macedonia es ahora la República de Macedonia del Norte. Ese nombre, que suele designar en los menús una mezcla de frutas o verduras, fue el eje de una seria disputa entre la nueva nación y su vecina del sur, para el cual Macedonia es históricamente una región de lengua y cultura griega y no podía designar entonces a un país de cultura y lengua eslava. Identidad, identidad… Para los griegos se trataba de un reclamo que tenía fundamentos arraigados en la Antigüedad misma, ya que uno de los griegos más importantes de todos los tiempos, Alejandro Magno, era macedonio. El acuerdo votado y ratificado por los parlamentos de los dos Estados vecinos le dio finalmente un verdadero nombre a la FYROM, pero deja bien en claro que si hay una Macedonia del Norte, existe otra en el sur, bien griega: es la región de Μακεδονία, cuya capital es Tesalónica. Allí se habla griego, mientras en el norte el idioma oficial es de origen eslavo y utiliza el alfabeto cirílico, al igual que en Serbia y en Bulgaria, dos países que integraron fragmentos de territorios de la histórica Macedonia.

Kosovo y Sudán del Sur: los niños del planeta

El caso de la ex FYROM es muy ilustrativo de la importancia de la identidad. Los europeos lo saben bien y a lo largo de los siglos pasados lucharon muchas veces por esa causa. La última de tales guerras ocurrió hace no tantos años, entre dos vecinos de Macedonia del Norte, cuando Serbia tuvo que separarse dolorosamente de Kosovo, una región mayoritariamente poblada por albaneses, pero a la que considera como la cuna de su gesta nacional. Kosovo es actualmente el Estado más joven de Europa, pero varios países se guardan de reconocerlo (como España, que tiene sus propios problemas internos de identidad, como lo demostró el intento de independencia catalán en 2017).

Peć, que también es conocida como Pejë, es una población que esta ubicada en el noroccidente de Kosovo, el Estado más joven de Europa

Peć, que también es conocida como Pejë, es una población que está ubicada en el noroccidente de Kosovo, el Estado más joven de Europa.

Kosovo no tiene todavía 15 años de existencia y ya parece grande al lado del Estado más joven del mundo: se trata del Sudán del Sur, que ganó su independencia hace solo diez años, luego de décadas de guerra civil contra el norte del país, de confesión musulmana. Las identidades étnicas se superpusieron a las religiosas dentro de una construcción política artificial heredada del periodo colonial, como ocurrió en la enorme mayoría de los países africanos. El conflicto entre los dos Sudán no está del todo resuelto y su frontera común es objeto de tensiones y reclamos.

Las fronteras en América Latina

Es una problemática bien conocida en América Latina, donde el problema de los límites surgió de nuevo hace algunas semanas entre la Argentina y Chile, y donde Perú y Ecuador pasaron de las amenazas a los actos en 1995, en un conflicto que el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa calificó de “absurdo”. El tema de las identidades está claro entre las naciones del continente, aunque el resto del mundo -que ve a las antiguas colonias españolas como una región muy homogénea- no siempre lo percibe de la misma manera. El derrumbe del imperio español engendró múltiples fronteras, frutos de la geografía más que de irredentismos o identidades lingüísticas. La identidad va siempre de la mano con el territorio, y los emperadores austríacos -aquellos de abundante pilosidad y miradas austeras- lo supieron bien. Su imperio, que era un melting pot mucho antes de que Estados Unidos inventara el término, vivió numerosas convulsiones identitarias que terminaron por hacerlo implosionar. Al igual que el español, generó muchas fronteras. Algunas correspondían a aspiraciones de pueblos y otras fueron compromisos como Yugoslavia -el país de los eslavos del sur- que a su vez también estallaría en varios pedazos, décadas más tarde.

Sudán del Sur es el país más joven del mundo luego de décadas de guerra civil contra el norte del país

Sudán del Sur es el país más joven del mundo luego de décadas de guerra civil contra el norte del país – BBC / Getty Images

Cuestiones de nombre

Hay momentos de la historia en los que hay que reimprimir mapas con mayor frecuencia. Así fue a principios de los años 50 y 60, con el fin de los imperios coloniales, y a principios del 1990 con el derrumbe del “segundo mundo”. El fin del comunismo en Europa reavivó viejas cuestiones identitarias. En algunos casos se trató de un divorcio de mutuo acuerdo, como ocurrió entre la República Checa y Eslovaquia, que se separaron como lo hacen las parejas amablemente distanciadas. Otras soluciones fueron mucho más sangrientas, como el final anunciado de Yugoslavia o el retiro del oso ruso de la pólvora del Cáucaso. En cada caso, se redibujaron mapas, se crearon nuevos Estados, se concretaron nuevos espacios para identidades reprimidas. Sus nombres fueron cuidadosamente elegidos, para que el mundo entero no tenga dudas sobre ellas. Hubo casos sencillos cuando solo había que recuperar denominaciones ya utilizadas en el pasado (fue el caso de las repúblicas bálticas) y hubo otros que generaron intensas negociaciones, como Macedonia del Norte. Y están también los que tuvieron la suerte de poder elegir entre varios nombres, como los sudaneses del sur, que tuvieron distintas opciones: entre ellas la República del Nilo, el Nuevo Sudán, Equatoria (en referencia a la antigua provincia colonial británica) o Kush (en recuerdo del antiguo reino faraónico del mismo nombre). Optaron al final por lo menos original, pero la más cercana a su verdadera identidad. Y lo mismo hicieron los rebeldes de la antigua colonia portuguesa de Timor, invadida por Indonesia y asimilada por la fuerza de manera brutal durante décadas. Al momento de conseguir por fin su independencia, bautizaron su flamante país Timor Leste, que quiere decir Timor Oriental en portugués. Con la única salvación que Timur ya quería decir esto en el idioma local. Este nuevo Estado es entonces algo así como el Este del Este…

Los cambios que se vienen

El acceso a la independencia generó muchos cambios de nombres, sin que haya necesariamente relación con un acontecimiento bélico. La mayor cantidad de emancipaciones tuvo lugar en los años 60, principalmente en África, Asia y el Pacífico. Pero esta ola de libertad llegó también a las Américas y uno de los países más jóvenes del hemisferio cambió de nombre para borrar huellas coloniales: se trata del actual Belice, la ex Honduras Británica. La mayor cantidad de cambios de denominación tuvo lugar en África en las décadas del 60 y del 70. Allá las cuestiones de identidad son más complejas que en el resto del mundo, ya que las fronteras fueron trazadas por las potencias coloniales sin tomar en cuenta las realidades étnicas y lingüísticas.

Alto Volta sorteó el problema con astucia y decidió hacerse llamar Burkina Faso, el país de los hombres íntegros, una cualidad que ponía de acuerdo a todos los integrantes de las más de 60 etnias distintas que conviven en ese país. El caso del Congo también es interesante. Al igual que Níger y Sudán, es un nombre compartido por un par de países distintos. En este caso había que hacer la diferencia entre el Congo-Brazzaville (por el nombre de su capital, una excolonia francesa) y el Congo belga. Este último se transformó en Zaire durante un poco más de un cuarto de siglo hasta cambiar nuevamente de nombre y de identidad, por razones ideológicas esta vez. Es la actual República Democrática del Congo.

Zaire se transformó en la actual República Democrática del Congo

Zaire se transformó en la actual República Democrática del Congo – Shutterstock

El mismo proceso hizo Camboya durante la macabra dictadura de los Khmers Rojos. Durante algunos años el país figuró en los mapas como Kampuchea Democrática, aunque tenía muy poco de democrático y rompió todos los récords de violencias y de muerte. Mientras tanto otros países también cambiaban, sin lechos de rosas, desde la antigua isla de Ceylan -que se reconvirtió en Sri Lanka– a Pakistán Oriental (Bangladesh) o la Birmania (Myanmar).

En Nueva Zelanda el Partido Maorí anunció una campaña para cambiar el nombre del país por Aotearoa, su denominación en la lengua nativa, que ya convive con la heredada del poder colonial

La lista de cambios de nombres no termina aquí.

En este mismo momento hay un par en gestación, por suerte de manera totalmente pacífica. Es el caso de las Islas Cook, un archipiélago de quince islas en el Pacífico Sur. Lleva el nombre del explorador y marino inglés James Cook y sus habitantes quieren adoptar un nombre más acorde con su identidad polinesia. Se llamó a una consulta popular y esta micronación está lanzada en un proceso de cambio que seguramente terminará con la adopción del nombre Avaiki Nui, que parece ser el que tiene el mayor consenso en la actualidad.

Holanda adoptó el nombre de Países Bajos para representar a todas las zonas del país

Holanda adoptó el nombre de Países Bajos para representar a todas las zonas del país. BBC

El mismo camino quieren iniciar algunos en Nueva Zelanda: hace pocos días, el Partido Maorí anunció una campaña para cambiar el nombre del país por Aotearoa, su denominación en la lengua nativa, que ya convive con la heredada del poder colonial. “Somos un país polinesio, somos Aotearoa”, dice el lema de la campaña, de resultado aún incierto.

El otro caso es el del país de los pólderes, de los tulipanes, de los molinos de viento, pero también de las grandes multinacionales y de las tecnologías de punta. Se lo conoce históricamente como Holanda, pero se trata solo del nombre de dos de sus provincias (Holanda del Norte y Holanda del Sur), donde se encuentran las ciudades de Ámsterdam, Róterdam y La Haya, entre otras. El Reino de Holanda fue creado por Napoleón y suplantó la República Bátava: sin embargo, desde el año 2020 el gobierno “holandés” decidió muy oficialmente poner fin a la confusión y no permitir más que una parte llame al conjunto. En las documentaciones oficiales y a nivel internacional, prefiere que se use de ahora en adelante Países Bajos, la traducción de Nederland en el idioma local. Una vez más se trata de identidad. Los vecinos de Frisia, de Brabante, de Limburgo o de Zelanda sentirán con alivio que a partir de ahora su país es mucho más inclusivo…

                      El escritor Javier Marías vuelve a las quinielas del Nobel. J.P, GANDUL

El escritor Javier Marías vuelve a las quinielas del Nobel.

El Premio Nobel de Literatura 2021 será anunciado el jueves y, al igual que el año pasado, el ganador o la ganadora recibirá el galardón en su país de residencia debido a la pandemia del coronavirus, según informó la Academia Sueca que entrega el máximo premio de la literatura. Según las casas de apuestas británicas, el principal candidato para ganar el Nobel es el escritor japonés Haruki Murakami. Muy cerca entre los candidatos están también otros escritores reconocidos, como la canadiense Margaret Atwood, o la poeta Anne Carson. También entre los favoritos aparece el keniata Ngugi wa Thiong’o.

Un poco más atrás entre los más apostados figuran otros autores de best sellers, como Don DeLillo, Joyce Carol Oates, Thomas Pynchon, y Michelle Houellebecq. Entre las escritoras que podrían sorprender aparecen Elena Ferrante, J.K. Rowling (autora de la saga Harry Potter), y dos artistas más vinculadas a la música: Joni Mitchell y Patti Smith. El último escritor hispanoamericano premiado fue Mario Vargas Llosa, en 2010. A tres días de la entrega del premio, por ahora aparecen pocos candidatos que escriban en español en las casas de apuestas. Solo figura el español Javier Marías. En las últimas ediciones se mencionó al escritor argentino César Aira como uno de los candidatos, pero hasta el momento su nombres no figura en las casas de apuestas.

 

[Foto:  J.P, GANDUL – fuente: http://www.diariodeleon.es]

 

Acaba de ser publicado El segundo sexo en el Río de la Plata (Marea, 2021), compilado por Mabel Bellucci y Mariana Smaldone. El libro aborda diferentes dimensiones del pensamiento de Simone Beauvoir y la recepción de su obra en la Argentina y en el Uruguay. A continuación, se anticipa el artículo presentado por la historiadora Graciela Sapriza durante la Jornada Académica en Homenaje a Simone de Beauvoir por los setenta años de la publicación de El segundo sexo, organizada por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad la República.

Escrito por Graciela Sapriza 

Este artículo revisa las lecturas de El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir y su impacto emancipador en jóvenes uruguayas -aún adolescentes- transformadas luego en activistas o revolucionarias. Creo que ellas; las militantes de las izquierdas de los sesenta fueron las protagonistas e impulsoras de la “retomada feminista” durante la transición de la dictadura a la democracia en el país (1985).

Estas lecturas tuvieron como escenario la “revuelta juvenil” del mayo francés, entendiendo este “mayo” como un referente mucho más amplio que el protagonizado por los estudiantes parisinos. En Occidente creció una importante oposición a las guerras imperialistas que se expandió en los campus universitarios y en los festivales de música a los que se sumaron el inconformismo del movimiento hippie y las manifestaciones pacifistas en Estados Unidos.

Las propuestas de transformación radical de los modos de producción se veían como inseparables de la emancipación de los cuerpos y de los placeres.  Esa conquista no pudo hacerse sin una transformación profunda de la sociedad, sumada a la aparición de la píldora anticonceptiva (1960) separando sexualidad y reproducción. Algunos analistas incluso definen el periodo como el de una “revolución sexual”.

Sin embargo, para muchas jóvenes, la experiencia de la “revuelta juvenil” fue frustrante.  La militancia no se tradujo en una mayor igualdad entre varones y mujeres. Esa desilusión motivó el cuestionamiento de las bases patriarcales de la cultura occidental como lo hizo Sulamith Firestone, en su Dialéctica del Sexo, y Kate Millett en Política Sexual. Ambos textos publicados en 1970. Estas reflexiones académicas propiciarán el surgimiento de la llamada “segunda ola” feminista que no tuvo eco en América Latina y el Caribe, presionada por otras urgencias en los años sesenta.

Los dos hechos marcantes en cambio fueron el impacto de la Revolución cubana (1959) y la transformación de la Iglesia católica a partir del Concilio Vaticano II (1962) y su adaptación al medio latinoamericano a través de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano celebrado en Medellín, Colombia, en 1968.

Algunos testimonios corroboran esta apreciación, Sonia Mosquera, militante del Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros (MLN-T) que sufrió 12 años de prisión, recreó sus inicios como activista:[1] “Yo empecé a militar en el año 67 o 68, en el movimiento estudiantil. Se trataba de una época donde había muchos estímulos exteriores que convocaban a una acción militante, que no solamente se daba en Uruguay sino a nivel de Latinoamérica, y que de pronto empezó como una marca muy importante la Revolución cubana”. En Sonia se sumó la formación católica, “Y, como que los valores cristianos creo que tuvieron que ver –mucho que ver-”. Ana María Araujo –también militante del MLN, que sufrió un prolongado exilio-, coincidió en que, “Los curas guerrilleros, Camilo Torres, todo un movimiento importantísimo teórico, en Brasil, sobre lo que después va a constituir la Teología de la Liberación. Esas fueron como mis primeras vivencias subjetivas de una futura militancia política”.

Señalamientos que se reiteran en muchas conversaciones mantenidas con actuales integrantes de distintos colectivos feministas y anteriores militantes izquierdistas, en la búsqueda de sus opiniones sobre el “desembarco” de El segundo sexo en sus vidas. Se iniciaban en la vida en un contexto efervescente y revolucionario.

Esta fue una época de profundos cambios, no solo en términos de movilización y polarización, sino cambios socioculturales, que impactaron directamente en los mandatos de género (de Giorgi, A.L.2018[2])

En Uruguay, un conjunto importante de mujeres ingresó a los distintos movimientos de izquierda, algunas en la guerrilla urbana, otras militaron en el Partido Comunista o en partidos políticos que pronto fueron ilegalizados en el marco de la vigencia de las “Medidas prontas de seguridad”. Para las mujeres jóvenes de clase media “la política estaba en la calle” -como expresó Lilian Celiberti en nuestra conversación-  y sobre todo en las movilizaciones estudiantiles que comenzaron en 1967 y 1968, reflejo del incremento de la matrícula femenina en la enseñanza media y superior. Muchas de ellas solo se dieron cuenta más tarde que ser « compañeras » de lucha no significaba la igualdad con los varones, aun cuando usaran armas. Se vieron tensionadas entre reconocerse como “subalternas” y verse como “otras” a través de la lectura del “Segundo Sexo”; y manifestar su compromiso con las luchas sociales y políticas presionándolas a postergar esas (consideradas por los dirigentes varones) “reivindicaciones menores” en pos de la promesa de la revolución con mayúsculas.

La biblioteca de una joven militante

Marta Valentini dice que su compromiso político, “vino por la vía de las lecturas, más allá de (otras) influencias”. Detallar cuáles fueron las preferidas por estas jóvenes devela una nutrida biblioteca. Una extensa lista que va desde los teóricos revolucionarios: Karl Marx, Federico Engels, Antonio Gramsci y Frantz Fanon, a los autores del “boom latinoamericano”, los del “realismo mágico”:  Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Mario Vargas Llosa. También los uruguayos Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, el joven Eduardo Galeano. Abundan poesías, obras de teatro, películas, canciones y otras producciones tales como el semanario Marcha citado en primer lugar. La biblioteca incluye autores universales: Fiodor Dostoievski, León Tolstoi, Herman Hesse, Romain Rolland, André Malraux y pocas menciones a Simone de Beauvoir y el Segundo Sexo. A los 16 años, Lilian Celiberti ingresó al Instituto Normal (Magisterio). ¡En esa época leyó a Jean-Paul Sartre y Albert Camus –y todos los escritores existencialistas-, ¡pero no a Simone de Beauvoir! Recién en 1980, en la cárcel de Punta de Rieles, cuando llegó una donación de dos mil libros gracias a la misión de la Cruz Roja, leyó a la autora francesa y quizá allí comenzó a ser feminista. Aunque contaba con el antecedente de sus tres años exiliada en la Italia efervescentemente feminista de los 70, la de las enormes manifestaciones de mujeres que conquistó las leyes del divorcio y la del aborto en el país sede del Vaticano.

Ivonne Trías, escritora, periodista y editora, recordó que una compañera de calabozo en el cuartel donde se encontraban prisioneras tenía ese libro y era el año 1972. Ella era una ávida lectora y conseguía textos en la biblioteca de la Casa de la Cultura de su barrio.

Asocio a Teresa con las dos activistas mencionadas anteriormente por su militancia anarquista (reitero que consulté pura y exclusivamente a feministas activas en la transición a la democracia). Ella parece ser la excepción, leyó el Segundo Sexo a los 19 y siente que le cambió la vida. El libro fue un regalo de una compañera de su padre que trabajaba en el diario El Día. Ese ejemplar que aún conserva fue editado por Psique en traducción de Pablo Palant en 1954 en Buenos Aires. Fue tal su impacto que inspiró el giro que dio su vida. Rompió con su novio y no se casó, se afilió a una agrupación trotskista, comenzó a participar en manifestaciones y ocupaciones de centros de estudio. Esas actividades la llevaron a ser una de las primeras jóvenes prisioneras políticas antes del golpe de Estado recluida en la Escuela de Enfermería “Carlos Nery”, donde sufrieron una represión hasta entonces desconocida en el país.

Estas mujeres jóvenes estaban apostando a un cambio, primero en la práctica, poniendo el cuerpo, aún sin poder ordenar tanto disgusto y desasosiego. Y todas pensaban que estaban en pie de igualdad con sus compañeros varones y “solo ya bastante vieja” Marta se dio cuenta de que “estaba equivocada”. Sin embargo, aún detrás del “mito de la igualdad”, incluso respaldándose en él para impulsarse, también sin cuestionarlo, se procesaban profundas transformaciones como lo expresa claramente Lilian Celiberti (2018),  “la militancia política, especialmente la que se da en las organizaciones armadas, fue para esa generación un modo de apropiación de “su tiempo” y produce una afirmación subjetiva radicalmente distinta de la de generaciones anteriores”.[3] La ruptura con los modelos tradicionales de mujer que se dio en esos años (para jóvenes de clase media al menos) resulta evidente.

El desencuentro entre los militantes varones y las mujeres, la verticalidad de las organizaciones armadas, todo se sumó para no dejar espacio para mayores cuestionamientos. Las discusiones se terminaban cuando se esgrimía el concepto de la “contradicción principal”, “me acuerdo de la frase que se nos repetía sistemáticamente… priorizar: la contradicción principal… la lucha por la liberación de la mujer vendrá después” ,relata Araujo, autora de “Tupamaras. Mujeres de Uruguay”, publicado en francés y ácidamente criticado por sus compañeros exiliados en 1977. El texto nunca fue traducido al español.

Los militantes políticos de izquierda vivieron la toma de conciencia feminista como algo “altamente peligroso”, dice la autora, y que “a las compañeras latinoamericanas que estábamos en ese momento en París nos costó enjuiciamiento por parte de la izquierda latinoamericana, y evidentemente, la imagen de las feministas en los años 75-76-77, éramos como las brujas de la película” (destacados míos).

El proceso que permitió la recuperación (parcial) de la democracia iniciado en 1980 (por el Plebiscito en el que triunfó el NO a la constitución propuesta por los dictadores) coincide con la aparición de grupos de mujeres inicialmente agrupadas en torno a la satisfacción de las necesidades básicas y a la defensa de los DDHH. Grupos que ambientaron el resurgimiento del feminismo en formato social y/o político partidario. La transición a la democracia (1984-85) puso a luz un nuevo movimiento feminista.

A lo largo del texto cité fragmentos de conversaciones que mantuve con mujeres a las que busqué expresamente por reunir las dos condiciones, haber pertenecido a organizaciones de izquierda y ser iniciadoras de grupos de mujeres que se volcaron a concientizar amas de casa, otras a denunciar la violencia de género, algunas centradas en los derechos sexuales y reproductivos o la comunicación feminista. Las consulté para orientar mis interrogantes acerca de cuanto contribuyó el terrorismo de Estado y la represión a toda forma de participación política en brindar un escenario propicio para el desarrollo de esta “segunda retomada” del feminismo. Y cuánto influyeron las lecturas adolescentes al inicio de sus prácticas revolucionarias y si estas se mantuvieron en reserva para aflorar en conciencia feminista después de esos largos años de experiencias dolorosas de prisiones, exilios y pérdidas.

Me interesó cerrar el artículo con la mención a esas reuniones -aparentemente lejanas de la “recepción” de El segundo sexo, aunque próximas, si consideramos su legado- porque induce a revisar las posiciones de las mujeres de izquierda radical frente a la subordinación de género, antes, durante y después de la dictadura cívico militar (1973-1985). Permite visualizar los cambios en concepciones y prácticas que produjo la represión, tomando en cuenta las vivencias de la cárcel y las resistencias cotidianas del “insilio” y luego la dura lucha que trajo aparejada el intento de conjugar feminismo y militancia de izquierda para someterla a la cruda luz (o visión) de los anhelos y las desilusiones que trajo aparejadas.

Notas:

[1] En este encuentro dieron testimonio cinco activistas de diferentes opciones políticas, diferentes experiencias: Marta Valentini y Antonia Yáñez del Partido Comunista del Uruguay (PCU), Sonia Mosquera del MLN-T, que sufrieron la cárcel por largos años, Ana María Araujo, exiliada en Francia, se desafilió del MLN, y Lilian Celiberti, militante de la ROE y luego del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP), pasó dos veces por la prisión, vivió tres años exiliada en Italia y, a su regreso, secuestro y nuevamente prisión.

[2] De Giorgi, A.L. (2018) Adiós Susanita. Trayectorias emancipadoras y relatos de las jóvenes del 68 uruguayo. Ponencia. Encuentro a 50 años del 68. Miradas e interpretaciones desde el sur. FHUCE. Montevideo.

[3] Celiberti, L. Disputas en los sentidos de la memoria. Cuerpo, sexualidad y derechos en la militancia de izquierda de los 70. Ponencia/ Fazendo Genero 2018 Florianópolis (inédito).

Graciela Sapriza es historiadora feminista. Directora del Centro Interdisciplinario de Estudios Uruguayos (CEIU). Se ha especializado en historia social e historia de la mujer, trabaja sobre memoria del pasado reciente (1973-1985).

 

[Fuente: http://www.sinpermiso.info]

De 27.09 a 3.10.2021

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O Festival de cinema Biarritz América Latina escolheu a rica e vibrante cultura do Peru como tema da sua 30a edição.

A gastronomia peruana é repleta e variada composta de produtos locais ritmada pela vitalidade da música alimentada de raízes crioulas e africanas. Quem já colocou os pés em uma peña conhece bem os ritmos poderosos da chicha! A reputação literária peruana, personificada pelas figuras de Mario Vargas Llosa ou de Alfredo Bryce Echenique e Alonso Cueto, é famosa e reconhecida na cena cultural mundial.

E o cinema? O cinema peruano brilhou, por vezes, nas telas, esporadicamente, até a virada dos anos 2000 e há uma década, estimulado pelas políticas públicas, o cinema peruano atravessa um período de grande dinamismo, marcado pela produção regional e pela eclosão de jovens cineastas.

Fenômeno recente, o cinema regional virou sinônimo de mudança graças em parte à democratização do digital e dos novos núcleos de produção, especialmente em Trujillo, Cusco e Arequipa, provocando a aparição de uma nova representação cinematográfica do país.

Com a apropriação destes novos espaços geográficos, soma-se a tomada de um presente que a época trágica do Sendero Luminoso deixou para trás. Não se trata de esquecer o passado, mas de filmar e colocar em perspectiva as repercussões atuais para que a memória se conjugue com remissão. Remissão dos sofrimentos e dos pecados. A necessidade de redenção parece grande.

Os filmes brasileiros estarão presentes nesta 30a do festival em competição nas categorias Documentário com Edna de Eryk Rocha e Curtas com Igual / Diferente / Ambas / Nenhuma realizado por Fernanda Pessoa & Adriana Barbosa.

Postado por Fatos e Fotos em brasilidade.canalblog.com

Herederos de una tradición polifónica, en la que caben Juan Rulfo, Juan José Saer y Clarice Lispector, seis jóvenes cuentistas reflexionan sobre el presente de un género potente, mutante y en plena ebullición

Escrito por RAQUEL GARZÓN

Cada noche alguien se regala un cuento antes de dormir. En América Latina, ese rito adquiere acentos nuevos. El realismo mágico y el fantástico de otros días fluyen hacia el gótico y lo extraño, devenidos lentes para explorar los vínculos, lo ambiguo y las violencias de un presente tormentoso. El cuento mira y se mira sin exotismo. Si hay costumbrismo, es tecno, y el corsé de los géneros no contiene el desborde de la imaginación, mientras las escritoras empiezan a tener un lugar largamente merecido.

El cuento latinoamericano ha vuelto a ser noticia. Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enriquez (Anagrama), 12 relatos sobre el terror que puede agazaparse en la vida diaria, fue finalista del Booker Internacional 2021, un escaparate de prestigio global. La reciente Vindictas (Páginas de Espuma), una antología de 20 cuentistas del siglo XX, iluminó el talento de autoras marginadas, cuestionando un canon predominantemente masculino. Cuentistas americanos integran también el segundo listado de menores de 35 años propuestos por la revista Granta como los mejores narradores jóvenes en español. En ellos destaca la editora Valerie Miles, se lee tanto la influencia de Roberto Bolaño como la de Sylvia Plath. Herederos de una tradición polifónica en la que caben Juan Rulfo y Clarice Lispector, Juan José Saer y Armonía Somers, ¿qué territorios sienten propios los jóvenes cuentistas latinoamericanos?

Arquitectura superpuesta

Descreen de las miradas generacionales, pero se leen sin falta. Reivindican la libertad de experimentar con diversos géneros (del suspense al new weird anglosajón) y no se encuadran en ninguno. Las traducciones les permiten frecuentar literaturas de otras latitudes como nunca antes. Mezclan y palpan como si a la oralidad de sus relatos quisieran sumar una textura inolvidable. Algunos usan el lenguaje inclusivo en sus obras y todos siguen con atención la literatura escrita por mujeres. Son activos en las redes sociales, que emplean para promocionar sus ficciones. Omnívoros, se nutren de las series, el cine, el teatro, los videojuegos y las historietas tanto como de los libros, y al narrar pueden incluir un código QR que remite a un concierto.

Aniela Rodríguez, José Ardila y Liliana Colanzi (Fotografía de Liliana Colanzi por José Nicolini)..

Aniela Rodríguez, José Ardila y Liliana Colanzi (fotografía de Liliana Colanzi por José Nicolini)

Chéjov, Borges y Mansfield no sucumbieron a la seducción de la novela, ¿pero puede un escritor consagrarse hoy escribiendo solo cuentos? “A los novelistas nunca les preguntan: ¿por qué escribes novela y no cuento o poesía? Va implícita la hegemonía de la novela ante la cual el cuento tiene que justificar su existencia”, define Liliana Colanzi (Bolivia, 1981), traducida a cinco idiomas. Su nombre es uno de los primeros que surgen al hablar de cuento latinoamericano actual. Autora premiada de cuatro libros de relatos, doctora en Literatura Comparada por la Universidad de Cornell y profesora de Literatura Latinoamericana en esa institución, en su escritura Colanzi explora y difumina los bordes del fantástico. Sus historias pueden situarse en Ithaca, París o Marte y convocar aparecidos, alienígenas, universos urbanos o rurales, leyendas o relatos del futuro con originalidad y acento propios. “Rara vez escojo un tema”, cuenta la autora de Nuestro mundo muerto (Eterna Cadencia). “Lo que persigo es una imagen o un ritmo, y el cuento se me va revelando a partir de allí. Mezclo elementos anacrónicos, fuera de lugar, con otros más contemporáneos y futuristas; me gusta pensar en mis cuentos como cholets, esa arquitectura tradicional boliviana donde se superponen componentes disímiles y hasta contradictorios”.

Colanzi: “A los novelistas nunca les preguntan por qué escriben novela y no cuento. La hegemonía va implícita”

Su poética abreva en las películas de Tarkovski y de Apichatpong Weerasethakul (“parecen emanaciones del inconsciente y están llenas de imágenes enigmáticas y hermosas”) y en escritores diversos como Rubem Fonseca, Denis Johnson, Rodolfo Fog­will, Felisberto Hernández y Silvina Ocampo, capaces de “reinventar constantemente lo que entendemos por cuento”. A ellos, dice Colanzi, vuelve siempre para robar cosas.

José Ardila (Colombia, 1985), uno de los autores propuestos por Granta, hace literatura con mirada extranjera en su propia tierra. “Nací en un pueblo en el Caribe, Chigorodó, y vivo hace casi 20 años en Medellín. Mis historias tienen que ver con la sensación de no pertenecer a esos lugares. Son historias sobre el pueblo que recuerdo, que odio y quiero, y sobre esta ciudad que me ha dado tanto y que aborrezco con frecuencia”, cuenta el autor de los relatos de Divagaciones en el interior de una ballena y Libro del tedio, en los que el humor y lo inesperado matizan vidas condenadas a la maldición del aburrimiento.

Ardila opina que hoy se escribe más cuento que nunca en América Latina por influencia de talleres y maestrías en escritura creativa. “De tan estudiado, se piensa que el cuento ya está inventado y es muy parecido al de la tradición estadounidense que viene de Hemingway y Carver: un cuento fundamentado en el silencio. Me gustan más los cuentos que se exceden, como los de Andrés Caicedo. Que fundamentan casi todo su valor no en lo que dejan de decir, sino en cómo dicen lo que dicen, aunque se desborden”, define. Mientras escribe su primera novela, sobre un farsante que monta un culto influenciado por religiones orientales, Ardila subraya las huellas del manga en su escritura. “Hay algo que hacen bien los japoneses en sus historietas y me gusta pensar que aprendo de eso: el ritmo y la estructura. Me aterra la idea de aburrir cuando me leen”.

La experimentación como ADN

La vitalidad del cuento latinoamericano le debe mucho a los festivales (Centroamérica Cuenta, Filba…), que incluso en pandemia ofrecen conversatorios de reflexión y laboratorios de escritura, y a las editoriales independientes, más sensibles a nuevas voces que los grandes grupos. Hace 22 años que el editor madrileño Juan Casamayor milita por esa causa desde Páginas de Espuma, un sello dedicado al cuento. A partir de su experiencia, alerta sobre la dificultad de englo­bar 19 literaturas tan diversas: “Hablar del ‘cuento latinoamericano’ es tan complejo como hacerlo de la ‘novela europea’. ¿Cuál? ¿La policiaca noruega? ¿La novela realista italiana? ¿De qué estamos hablando?”.

Con todo, hay cauces. La experimentación como ADN y dos grandes núcleos temáticos: argumentos que recogen la vida empobrecida y convulsa de las sociedades latinoamericanas —las obras de Antonio Ortuño, mexicano; de la ecuatoriana María Fernanda Ampuero y del brasileño Geovani Martins son casos elocuentes— y un registro de lo insólito que va desde el desasosiego y la inquietud hasta el terror y lo oscuro. “Hay un arco del gótico andino hasta el gótico mexicano. ¿Ese espacio es algo fantástico o se está alimentando de un acervo folclórico popular, elaborado artísticamente como hace Mónica Ojeda en Las voladoras?”, se pregunta Casamayor. A quienes alegan que el cuento no vende, el editor les responde con las 22 ediciones de Siete casas vacías, de la argentina Samanta Schweblin.

Downey: “Los cuentos son puro vértigo. Pueden contar una vida en dos páginas o dar vuelta el mundo en un párrafo”

Cada época metaboliza las influencias a su manera. Ricardo Piglia (Buenos Aires, 1941-2017) explicaba su entusiasmo por los escritores estadounidenses como una reacción frente al peso de Borges y Cortázar, “que hacían estragos” en los escritores de su generación. En junio, al cumplirse 35 años de la muerte del autor de El Aleph, Patricio Pron animaba, en cambio, a estudiar las huellas borgianas en el exitoso gótico latinoamericano actual. “No hay necesidad de matar al padre. Nadie quiere matar a Mario Vargas Llosa porque ya se lo lee como a un clásico”, explica Casamayor.

No todo es ciudad ni versiones de lo fantástico. Lo rural, su habla y su temporalidad regida por la naturaleza enmarcan las historias de Trucha panza arriba, de Rodrigo Fuentes (Guatemala, 1984). Esos siete cuentos inaugurales que siguen a Henrik, un noruego lidiando con la selva, el narco y las inclemencias de lo agreste, editados originalmente en 2017, le valieron al autor traducciones al inglés y al francés y ser elegido por el Hay Festival como uno de los escritores menores de 40 años que conviene no perder de vista. “Me interesan los personajes”, afirma Fuentes, cuyas criaturas cruzan de un cuento a otro, invitando a leerlos como una novela astillada. “Sucedió solo después de reunirlos y tras siete años de escritura”, ahonda. “Los lazos afectivos y formales subieron a la superficie, conectando universos singulares. Aunque los textos siempre mutan, siento que hubiera traicionado o falseado algo importante en la escritura al presentar este libro como una novela”.

Augusto Monterroso, por su rigor sin formalidad, y Angela Carter, sensual y terrorífica a la vez, son los escritores a los que vuelve. “Nunca he comulgado con la noción de Philip K. Dick de que el cuento se trata del crimen y la novela del criminal. Una primera refutación de esa idea fue la lectura de los cuentos de Onetti y de Rulfo”, define el autor, que trabaja como profesor universitario en Estados Unidos. Desarraigarse y trabajar en otro idioma son estaciones comunes para muchos latinoamericanos.

La violencia tatuó el segundo libro de Fuentes, que publicará Sophos este año: “Mapa en relieve es una novela que siempre quise escribir y que preferiría no haber vivido. Tiene que ver con los vínculos entre la historia política de Guatemala y mi familia; un centro de gravedad es el asesinato de mi abuelo en el 79”, anticipa.

Un género ‘outsider’

Cuentista más que narradora. Así se define Aniela Rodríguez (México, 1992), autora varias veces premiada por las historias de El confeccionador de deseos y El problema de los tres cuerpos (Minúscula). “Por muchos años, los cuentistas hemos sido abandonados a un espacio menor, considerados como el peldaño más bajo de la cadena alimentaria de la narrativa”, sostiene. “Escribo, leo y estudio cuento porque es un género outsider: la novela ocupa un lugar predominante en las mesas de novedades. Escribir y leer cuento es hacerle frente a una tradición narrativa hegemónica”.

Sus historias indagan en el abandono y las pérdidas. Pero también en problemáticas sociales como el narcotráfico, la brujería y la idolatría, en forma de religiosidad o de afición apasionada por una camiseta de fútbol. “Nunca he sido partidaria de los finales felices”, bromea Rodríguez. Y aunque reconoce estar muy influenciada por el género negro, el suspense y el terror, no se siente al 100% dentro de ellos. Entre sus referentes señala tanto a Juan Rulfo y Elena Garro como a António Lobo Antunes y a Rodrigo Fresán.

Rodrigo Fuentes, Paulina Flores y Tomás Downey (Fotografía de Paulina Flores por Mariola Guerrero).

Rodrigo Fuentes, Paulina Flores y Tomás Downey (fotografía de Paulina Flores por Mariola Guerrero)

Tomás Downey (Buenos Aires, 1984) estudió guion cinematográfico y cierta fiebre audiovisual alimenta la tensión de sus cuentos, que él encuadra en el fantástico en sentido amplio. “Los editores y los agentes siguen pidiendo novelas, así que asumo que deben vender más. Pero los cuentos son pura densidad, puro vértigo. Pueden contar una vida (y en paralelo, la historia de un país) en apenas dos páginas, como en Fumar abajo del agua, de Félix Bruzzone, o dar vuelta el mundo en un párrafo, como en cualquier microrrelato de Lydia Davis”, se entusiasma.

Acá el tiempo es otra cosa (Interzona), su primera colección de relatos, ganó el Premio del Fondo Nacional de las Artes y quedó finalista del Gabriel García Márquez. Con El lugar donde mueren los pájaros (Fiordo), su segundo libro que Paripé publicará en España, obtuvo una mención en el Premio Nacional de Cuentos. “El tema con el que termino enredado es la familia, o los vínculos, siempre por el lado de la ambigüedad. El objetivo es abordar algo conocido bajo una perspectiva nueva”, dice Downey. Escoge como referentes a contemporáneos, cuatro escritores argentinos que le hicieron sentir la literatura como algo posible: Samanta Schweblin, Luciano Lamberti, Mariana Enríquez y Federico Falco, finalista del Premio Herralde con Los llanos y un cuentista virtuoso, muy influido por Saer, convertido en editor de la colección de cuentos de Chai, una nueva editorial independiente de su Córdoba natal.

Trabajo concluido

Vida y literatura son un mismo frenesí para Paulina Flores (Chile, 1988), que hoy reside en Barcelona. “Aprendí a escribir escribiendo cuentos”, dice, y entiende que el género es ideal para una época en la que el tiempo apremia. “Era estudiante, trabajaba, vivía sola y las condiciones materiales fijaron la ruta a seguir, porque necesitaba terminar un texto, poder mostrarlo y recibir comentarios, o participar en algún concurso. Los cuentos daban la sensación de trabajo concluido. Cerrar un pequeño proceso creativo, saborear resultados y empezar otra vez es importante para mí; tengo problemas para manejar la frustración”, afirma.

Qué vergüenza, editado por Seix Barral y traducido a seis idiomas, corona un largo aprendizaje en el que sus influencias fueron narradoras anglosajonas: Flannery O’Connor, Carson McCullers, Lorrie Moore, Amy Hempel o Alice Munro. “Trabajé en él durante años, compartiendo textos con amigues cuando estudiaba literatura o participando en talleres”. Define estas historias como íntimas, de la vida cotidiana: “Hablan de pequeños momentos cuando las cosas cambian. La mayoría tiene como protagonistas a adolescentes y niñes. Hay un componente social que siempre me interesa desarrollar”. Esa mirada colectiva crece en Isla decepción, su primera novela, que se publicará en España en septiembre, inspirada en casos de marineros orientales fugados de los barcos-factoría que navegan por el estrecho de Magallanes.

Fugar, fluir, llevar a los lectores a otra parte. A diestro o siniestro, el cuento latinoamericano vale el viaje.

[Ilustración de Tute – fuente: http://www.elpais.com]

Escrito por MAURIZIO BAGATIN

“No hay puertas, hay espejos” – Octavio Paz

Me dejé guiar por el intenso aroma a cannabis hasta el bloque número 6, allí la tumba de Jim Morrison está siempre rodeada de rebeldes con sus causas generacionales, fumando y bebiendo todos los riders on the storm posibles; en la esquina Rodolphe Kreutzer sigue su sonata para violines dedicada a lo absoluto de Beethoven; el inigualable laberinto dedálico de Père Lachaise me atrae hacia el frente, en el bloque 17 todo el positivismo que generó Monsieur Teste está ahí, Auguste Comte firme, disciplinado y austero, dos ciencias abrazándose al infinito… y luego siguiendo a la derecha, un hilo de Ariadna sin fin conduce, no sin haber pensado a un nuevo invento, a una nueva forma de comunicación, hasta Claude Chappe, la ilusión óptica abrió caminos a Alexandre Dumas, y a la posibilidad de soborno de su Conde de Montecristo. Me doy la vuelta, los dramas abren sus cortinas, un Barbero de Sevilla ya está abofeteando al Bartolo de turno y -como un seguir dramático, un Fígaro ya se perfila en esposo- Beaumarchais está presente, sus comedias no caducan; Rossini, Minotauro permitiendo, sigue componiendo desde el bloque número 4, siguiendo tout droite desde la avenida principal veo dirigiendo el trafico al barón Hausmann, ya no hay salidas, la modernité parisina está en el alma de este laberinto, recorro a un fabulista, a Jean de La Fontaine, sueños fantásticos hasta el bloque 97 adonde Paul Éluard casi se excusa de haber adherido al comunismo, el surrealismo de este movimiento no podía ser artístico. Me perdí un rato, tal vez desde sus molinos Daudet extraña su Provenza natal y a su héroe Tartarín de Tarascón… el laberinto se hace un marasmo, Gay-Lussac mide el grado alcohólico de nuestras bebidas, Molière denuncia todos los hipocondriacos y Gustave Doré quiere grabar la Comedia Humana de Balzac, y él casi en plena soledad, desde el bloque 48, espía burgueses apresurados de ayer y turistas mochileros de hoy, deja abierto el camino a que sea Géricault en ofrecer una balsa de salvación y a Delacroix que la libertad nos guie…

En este laberinto, que no es lo de Creta y que ni Borges reconocería, si me introduzco siguiendo la Avenue Saint-Morys me encuentro justo frente a la Chapelle con Thiers, tres repúblicas francesas narradas siempre por los ganadores, si vuelto a la izquierda el fundador de Il Giorno, Cino del Duca me reconduce a las provincias italianas, a su Ascoli Piceno, y Gustave Caillebotte me deslumbra con sus cepilladores de parqué, realismo que solo Félix Nadar se permitió retratar en vivo así tan auténticamente. En el bloque 87 vibra aún el canto altísimo de María Callas, mientras el surrealismo de Max Ernst inspira a una Isadora Duncan encantadora, poesía de Esenin en un baile posmoderno sui generis; frente a ella Simone Signoret recita desde su cumbre, allí la acompaña su inseparable Yves Montand. De lejos, desde una esquina esquiva su descubridora, Edith Piaf, canta La vie en rose, Ícaro sin plumas ya no está aquí.

Moverse, entre árboles que han abandonado a su destino hojas multicolores, en otoño, mientras un Georges Bizet enamorado de su gitana y de las obsesiones de Nietzsche, se postula como un maudit suplicado por los dioses a recitar una poesía de Pallanda.

Y poesía es la de Apollinaire, casi solo en el bloque 86, poesía es el grito de Jules Vallès, que mira aquellos puntos de Seurat transformarse en imágenes llenas de colores y de nostalgias, nostalgias de una amante como fue María Walewska, amante de Napoleón Bonaparte. Me miro alrededor, Colette y sus gatos, sus amantes y sus elegantes extravagancias conspiran con el amor apasionado de un de Musset aún sofocado por George Sand. Lastricados caminos, Teseo irreconocible, Minos enclaustrado en su poder, Miguel Ángel Asturias con su presidente, y muy cerca el piano de Chopin -imaginando entre teclas el retorno de George Sand- que busca las sonatas de Kreutzer, laberínticas imaginaciones para un recital de Sarah Bernhardt en convulsa con el dandy por excelencia, Oscar Wilde, allá arriba hacia el Jardin de Souvenir.

Reencontré el tiempo, Marcel Proust con todas sus madeleine, haciendo introspecciones con su esnobismo tout court… y me reconduzco al camino -abandoné lo de Swann- y como en una alquimia me dejo seducir: academia de Ingres (del cual Degas no admitía discusiones) y encantos de Corot, la pureza y la originalidad al tramonto. ¿Cómo no intentar una evasión? Me dirijo lentamente hacia el bloque 96, busco un asiento y abro un cuaderno, en él me había anotado una de las rocambolescas aventuras de Amedeo Modigliani, el linaje de su familia alcanza al filósofo holandés del siglo XVII, Baruch Spinoza, y no encuentro la nota; en la tapa del cuaderno hay un epígrafe: “Todos sois una generación perdida”, es de Gertrude Stein, ella está en el bloque 94, no muy lejos de donde me encuentro, Scott Fitzgerald y Hemingway fueron icono de esta generación… París su alcoba en los años veinte.

Me duelen las piernas, mi aliento está en débito, aquí si no fumas Gauloises fumas Gitanes, en un tacho de basura hay botellas de Pernod y de pastis vacías, en otras rosas secas, rosas rojas escarlatas como el amor escandaloso de Raymond Radiguet, su presencia en el bloque 56 me tranquiliza aún más, una estremecedora Medea compuesta por Luigi Cherubini e interpretada por María Callas invade el bloque 11, armonía y pulcritud antes de dirigirme hacia el misterio: en el bloque 49 está Gérard de Nerval, todas las inquietudes del alma humana. Me alejo de ahí. Sully Proudhomme, el parnasiano que defendió a Dreyfus está, con su estética poética-filosófica, en el bloque 44. Me quedo un rato más y cruzando la Avenue Tranversale nº 1 alcanzo el bloque 52, tomando un callejón no tan ancho, Maurice Merleau-Ponty no admite exclusiones, toda su fenomenología de la percepción es una pincelada hacia el amor por el arte, por el amor a la belleza… así un toque poético de jazz del maestro Michel Petrucciani, cerca de Chopin reviven todas las melodías imaginada y forjada en su piano, soñando Nápoles y su Ellington… mientras el patafísico George Perec sigue inspirando escritores y cineastas.

Miro el reloj de una chica, pálida, triste y solitaria, sentada frente a mí, ya son las 5 de la tarde, es otoño, las nubes forman figuras de cuervos, de dragones, de animales imaginarios, no sé si Allan Kardek sigue aquí, del espiritista en la librería del cementerio podemos encontrar todos sus libros, pero no hay La fiesta del chivo de Vargas Llosa, Leónidas Trujillo está ahí muy cerca, y no muy lejos está el cuñado de Napoleón Bonaparte, aquel Joaquín Murat que fue rey de Nápoles, mientras su esposa se hizo nombrar duquesa de Lipona (el anagrama de Napoli, ciudad que la fulguró).

Me voy hacia la salida y el aroma a cannabis sigue envolviendo este laberinto sin soledades y con mucha vidas… me compro una guía para no perderme, en el caso volviera otra vez, con el hilo de Ariadna no me encontré muy bien, sigo mareado… y me marché hacia el Métro, otro increíble laberinto… del cual hablaremos luego, Minotauro permitiendo.

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[Imagen: Jerry Di Falco/Pere Lachaise Cemetery in Paris at Night, 2012 – fuente: sugieroleer.blogspot.com]

¿Por qué Mario Vargas Llosa y Keiko Fujimori son incapaces de entender el mundo indígena y andino que emerge con el triunfo del candidato rural Pedro Castillo? En la presente nota algunos analistas nos dan algunas luces.

Montaje de imagen en base a una pintura de Martín Chambi que circula en redes sociales.

El escritor Mario Vargas LLosa no entiende el mundo andino a diferencia de José María Arguedas que entendió « su profundidad, su sentimiento, su corazón ».

Así lo remarca la historiadora e investigadora social María Rostworowski en un fragmento de vídeo que es oportuno para ubicar los destemplados llamados del escritor a favor de Keiko Fujimori.

Esa desconexión para entender el Perú profundo emparenta a Vargas Llosa y Keiko Fujimori, unidos hoy en una cruzada contra el comunismo y la barbarie que para ellos representa Pedro Castillo Terrones.

En un mensaje apocalíptico, Vargas Llosa advirtió antes de las elecciones de segunda vuelta que si los peruanos eligen a Pedro Castillo « probablemente ya no haya más elecciones libres en la historia del país ».

Ello debido a que mientras la señora Fujimori Higuchi representa la libertad y el progreso, Pedro Castillo representaría la dictadura y el atraso.

Vargas Llosa cerró su apoyo a la campaña con un llamado “para salvar al país de la incompetencia, la censura y la pobreza que traería el comunismo”.

El desface político de Vargas Llosa

Fuente de la imagen: DW

El triunfo electoral del profesor rural y rondero Pedro Castillo Terrones significa una conmoción social para las élites sociales y políticas del país que han vivido de espaldas al Perú indígena, rural y excluido.

Si aún Pedro Castillo no puede ser oficialmente proclamado se debe a la tenaz oposición de sectores atávicos de la oligarquía de poder que se resiste a aceptar su derrota electoral.

El fujimorismo lidera esta resistencia y arrastra tras de sí a sectores disímiles, pero que hacen causa común contra el fantasma del comunismo y atizan los peores males para la sociedad.

En esta confrontación que divide al país resurge la idea sobre la irracionalidad del mundo andino y se ensayan una serie de afirmaciones que menoscaban la ciudadanía de la población indígena y rural.

La campaña de Fuerza Popular: « Respeta mi voto », no teme excluir miles de firmas de personas que probablemente no hayan reproducido su firma de manera exacta a los padrones de la RENIEC por la falta de costumbre.

Para quienes alientan la tesis fujimorista del fraude en mesa es totalmente legítimo que en una mesa electoral de Miami, en EE. UU., Castillo tengo 0 votos.

Sin embargo, del mismo modo y con igual énfasis, les resulta « imposible » e « indicio de fraude » que en una mesa de un remoto lugar andino o amazónico Keiko tenga 0 votos.

¿De donde surge este desfase epistemológico? ¿En qué factor reside que los valores y apreciación de los hechos sean tan opuestos y controvertidos? Sigamos la pista a Vargas Llosa.

El etnocentrismo de Vargas Llosa

La utopía arcaica / José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, ensayo de Mario Vargas Llosa. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica (1996).

Camilo Fernández Cozman estima que el concepto de modernidad de Mario Vargas Llosa « denota una perspectiva eurocentrista ».

Y agrega: « Su visión es fundamentalista y de evidente cariz autoritario porque es dogmática, ya que considera que el hombre occidental es superior al hombre andino, idea obviamente falsa ».

El antropólogo Rodrigo Montoya Rojas compara que mientras Vargas Llosa obtuvo su formación principalmente a través de « los libros, las ideas y los autores europeos », Arguedas la obtuvo de la vida.

Montoya cita la conferencia Literatura y política en América Latina que Vargas Llosa brindó en el Foro Político-Cultural de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania, el 8 de julio de 1986, en la que dijo:

« Yo quiero mucho a Europa. Yo en buena parte soy obra de Europa. Yo terminé mis estudios universitarios en Europa. Yo viví en Francia muchos años trabajando como periodista, trabajé como profesor universitario en Inglaterra y creo que buena parte de mi formación me la han dado los libros, las ideas y los autores europeos ».

Comparativamente, cita las palabras de Arguedas en el Encuentro de narradores, realizado en Arequipa, en 1965, en la que expresó: « Conozco el Perú a través de la vida ».

En un texto escrito hace más de 20 años Rodrigo Montoya desemboza al Vargas Llosa converso, acérrimo defensor del capitalismo e indiscutible conservador, cada vez más distanciado del Perú.

¿Dónde quedó el intelectual que no aceptó el orden existente de los años 60? Luego de haber sido un crítico del capitalismo ahora es uno de sus conversos defensores más calificados y oídos. La fuerza de su palabra se vuelca entera en la crítica implacable de toda propuesta de izquierda. En su gran viraje se ha convertido en un indiscutible conservador. Es un defensor del capitalismo en el mismo momento en el que desde dentro del capitalismo empiezan a verse los límites del neoliberalismo. El tiene la convicción absoluta que el capitalismo ya ganó la guerra contra la izquierda, pero el desempleo y la desigualdad en la distribución del ingreso siguen creciendo y no tienen solución dentro del modo de producción capitalista. Confunde MVLl, otra vez, sus deseos con la realidad; con el andar del tiempo crece también la distancia que lo separa del Perú.(2)

Notas:

(1) Camilo Fernández Cozman, en La utopía de Mario Vargas Llosa, en https://sisbib.unmsm.edu.pe/bibvirtual/Publicaciones/alma_mater/1997_n13-14/utopia.htm)

(2) Rodrigo Montoya, en Todas las sangres: ideal para el futuro del Perú, en: https://www.scielo.br/j/ea/a/G3pXjCt4n3mf9RDVPQbKW3f/?lang=es

[Fuente: http://www.servindi.org]

O escritor francés imponse a outras 32 candidaturas de vinte nacionalidades

Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère

Escrito por MIGUEL LORENCI

Emmanuel Carrère é o gañador do Premio Princesa de Asturias das Letras 2021, que fallou hoxe en Oviedo a súa XLI edición. A candidatura do narrador e cineasta francés impúxose entre as máis de trinta de vinte nacionalidades que optaban ao galardón, dotado con 50.000 euros e que distingue anualmente «o labor de cultivo e perfeccionamento da creación literaria en todos os seus xéneros»

Escritor, director de cine, guionista e crítico, Emmanuel Carrère (63 anos) estudou no Instituto de Estudos Políticos de París, a súa cidade natal, pero pronto comezou a interesarse polo mundo do cine, sobre o que escribiu críticas para revistas como Télérama. Tamén lle atraeron os ensaios e empezou a ler a autores como Werner Herzog.

Carrère logrou un gran éxito como narrador co adversario, novela da que el mesmo escribiu o guión para a súa adaptación cinematográfica. Ademais encargouse de dirixir as versións das súas novelas para o cine. Publicou este ano a autobiográfica novela Ioga e suma o Princesa de Asturias das letras a galardóns como o Renaudot, o Femina, a máxima distinción da FIL, a Feira Internacional do Libro de Guadalaxara ou o Duménil outorgado polo diario Le Monde.

A substitución de Anne Carson

Carrèrre toma a vez da ensaísta e profesora de cultura clásica canadense Anne Carson, gañadora no 2020, e das escritoras Siri Hustvedt e Fred Vargas, que se impuxeron no 2019 e o 2018. En edicións anteriores o premio recoñeceu a obra de intelectuais e escritores como Adam Zagajewski, John Banville, Antonio Muñoz Molina, Leonard Cohen, Paul Auster, Claudio Magris, Arthur Miller, Augusto Monterroso, Günter Grass, Philip Roth, Carlos Fuentes, Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa e Juan Rulfo, entre outros.

O director da Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado, presidiu o xurado que deliberó de forma telemática e do que formaron parte Fernando Rodríguez Lafuente, Xuan Bello, Branca Berasátegui, Anna Caballé, Gonzalo Celorio, José Luis García, Jordi Gracia, Lola Larumbe, Antonio Lucas, Carmen Millán, Rosa Navarro, Leonardo Padura, Laura Revolta, Carmen Riera , Iker Seisdedos, Jaime Siles, Diana Sorensen e Sergio Vila-Sanjuán.

A cerimonia de entrega dos galardóns, que o ano pasado tivo que trasladarse do Teatro Campoamor de Oviedo ao Hotel da Reconquista da capital asturiana para adaptarse a un formato máis reducido e sen público pola pandemia, celebrarase, como é tradicional, no mes de outubro e con presenza dos Reis. Quedan por fallarse os premios de Cooperación Internacional, o 16 de xuño; Investigación Científica e Técnica, 23 de xuño, e Concordia, o 30 de xuño.

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

No teman por los argentinos pablo amargo

Publicado por Enric González

Argentina nació el 9 de julio de 1816. Tiene solo doscientos cuatro años. En teoría, el trabajo de sus historiadores debería ser fácil: todo es relativamente reciente y se supone que los periódicos contaron lo que ocurrió cada día desde la fundación. Sin embargo, la historia argentina está llena de misterios. En los siguientes párrafos intentaremos arrojar algo de luz sobre este país enigmático. Teniendo en cuenta que hablamos de Argentina, lo más probable es que estos apuntes aumenten la confusión del lector.

(Como aclaración inicial, digamos que los argentinos suelen hablar de «la Argentina», con artículo. Pero no lo hacen como los franceses cuando se refieren a «la France». En «la Argentina», con mayúscula dudosa, argentina no es nombre sino adjetivo: República Argentina. El la señala que se omite el término República. Por simplificar, y quizá para figurar entre los primeros en las listas alfabéticas de países).

Un misterio de entrada: ¿dónde están los negros? Buenos Aires fue capital continental del esclavismo. Según el censo de 1778, los afroamericanos constituían casi un tercio de la población. En 1816, los afroamericanos componían casi dos tercios del ejército del general José San Martín, héroe de la independencia, y se sabe que lucharon con valentía y destreza. Hacia 1850 se estimaba que la población total rondaba las ochocientas mil personas, de las que cien mil eran «mulatos» y veinte mil eran «negros». A principios del siglo XX apenas quedaban negros. ¿Qué pasó? Unos dicen que se extinguieron en las guerras decimonónicas porque siempre los situaban en primera línea de combate. Otros dicen que se blanquearon poco a poco con matrimonios interraciales. La cosa no está clara. En cualquier caso, pese a este misterio y a la existencia de unos novecientos mil ciudadanos que se autodefinen como miembros de los pueblos originarios, Argentina se considera una sociedad «blanca».

Otros países latinoamericanos tratan de enlazar su historia moderna con la historia de las civilizaciones precolombinas. No es el caso de Argentina. Por recurrir a una vieja y manida frase, que utilizaba de vez en cuando Jorge Luis Borges, «los peruanos descienden de los incas, los mexicanos descienden de los aztecas y los argentinos descienden de los barcos». Argentina es realmente un país de inmigrantes.

Los argentinos piensan como italianos, gesticulan como italianos, se besan como italianos y actúan como italianos. También saludan a la italiana. Frente al seco «hola» español, ellos tienden a algo más florido, del tipo «hola, qué tal, cómo va» en su versión más escueta. Accidentalmente los argentinos se expresan en idioma español, aunque adaptado a la fonética de los distintos dialectos italianos: no es «ven», sino «vení»; no es «corre», sino «corré»; no se dice «vale», sino «dale» (por el «dai» italiano). Del viejo español queda, sin embargo, el elegante «vos». Por razones desconocidas —otro misterio—, incluso los argentinos más cultos ignoran las conjugaciones del subjuntivo. Quizá sea una herencia vasca.

Los apellidos de origen vasco figuran entre los más augustos de la sociedad argentina. Estaban en la cúspide de la oligarquía a principios del siglo XX, cuando en Francia empezó a utilizarse la frase «plus riche qu’un argentin» para referirse a alguien que tenía muchísimo dinero. En su libro sobre la familia Anchorena, el historiador Juan José Sebreli cuenta que «cuando viajaban a Europa llevaban en el barco a los criados, cocineros, niñeras, chóferes, como así también gallinas y vacas para tener huevos y leche fresca». Clara Cobo de Anchorena salía de casa con un cargamento de guantes, porque los tiraba al sacárselos. Fabián Gómez de Anchorena arrojaba al mar, después de cada comida, la vajilla de oro.

(En 1910, Argentina era el primer exportador mundial de trigo, maíz y carne).

«Un argentino es un italiano que habla español, se viste como un inglés y cree ser francés». No estoy muy de acuerdo. Omitiremos los chistes sobre la supuesta egolatría de los argentinos. Aunque vale la pena recordar el titular de un diario colombiano cuando Jorge Bergoglio fue elegido papa: «Argentino pero modesto». Según mi experiencia, los argentinos son cordiales, hospitalarios y, al menos de forma colectiva, muy autocríticos. Coinciden todos en que el país, como Perú en la novela de Mario Vargas Llosa, se jodió en algún momento. Difieren en la designación de los culpables. Para los «gorilas», la ruina llegó con Juan Domingo Perón. Los «peronchos» culpan a la oligarquía.

El término gorila tiene un origen delicioso. En la película Mogambo (1953), un rugido hacía que Grace Kelly se lanzara a los brazos de Clark Gable, y este la calmaba: «Tranquila, deben de ser los gorilas». En 1955, en Argentina se recuperó la frase para una canción publicitaria que decía: «Deben ser los gorilas, deben ser, que andarán por ahí». Corrían rumores de un plan secreto para derrocar a Perón y los peronistas empezaron a hablar de «los gorilas que andan por ahí». La palabra perduró.

Es indiscutible, en cualquier caso, que a mediados del siglo XX la economía argentina, antes rutilante, se estancó. Y luego decayó. Y siguió decayendo. En cuanto a la perenne crisis del peso, con sus correspondientes desastres políticos, mejor que sea un maestro como Tato Bores quien la explique: acudan aquí para entender un poco la cosa. Entenderán, como digo, poco —Argentina es siempre un misterio—, pero reirán bastante.

Quizá una de las claves del enigma argentino sea geográfica. Este es un país remoto, pegado a la Antártida —a los niños se les enseña que la Antártida, igual que las Malvinas, es argentina—, a doce horas de avión de Nueva York o de Madrid. Cuando todo queda tan lejos, pero uno quiere sentirse tan cerca, con una capital tan parisina y una agroindustria tan exportadora, el conflicto interno es casi inevitable. Hay en cada corazón argentino un velo de melancolía.

Más del cuarenta por ciento de los argentinos viven hoy en la pobreza. Sin embargo, el país se sabe rico. La primera impresión de los inmigrantes que llegaron a Argentina fue de asombro ante la riqueza que ofrecía una tierra fértil e inacabable. Eso se nota en la gastronomía local, que podría definirse como la ensoñación de un italiano hambriento. ¿Pizza? Sí, pero con toneladas de muzzarella (con u) y muchos ingredientes. ¿Escalope a la milanesa? Sí, pero recubierto de pizza, con un huevo encima y con patatas. ¿Azúcar? Ahí están el dulce de leche y los alfajores, deliciosos pero capaces de dejar a un no argentino en coma diabético. Curioso que, con tanto mar, en Argentina se ignore el pescado. Supongo que porque en Italia era comida de pobres. Por el contrario, como la carne en Europa siempre fue comida de ricos y aquí la había en abundancia, los inmigrantes europeos que descendían de los barcos decidieron ser ricos para siempre devorando eternamente bifes espléndidos y cantidades ingentes de asado.

Ya que hablamos de ello, el asado argentino constituye un rito inefable, una celebración de la amistad, una de las ceremonias más hermosas que se conocen. La alegría del asado no suele verse empañada por el abuso del alcohol. A diferencia de los españoles, y al igual que los italianos, los argentinos beben poco. Les gusta el excelente vino local, cosa lógica, y les gusta el Fernet, cosa no tan lógica. Consignemos la cuestión del mate en el apartado de las peculiaridades misteriosas.

Argentina tiene una de las mayores comunidades judías del mundo. Alguna relación tendrá este hecho con el alto nivel del humor sofisticado argentino. Y con la creatividad de su industria publicitaria. Y con su cine. Y con su teatro. O tal vez no. Tal vez, simplemente, el argentino necesita expresarse y ha aprendido a hacerlo bien.

Este país es grande y ha acogido gente de todas partes, demostrando que la convivencia no requiere necesariamente de eso que denominamos «corrección política». En el lenguaje de la calle, cualquier persona de ascendencia medio oriental es un «turco». Un europeo del este es un «ruso». Y un calvo es un «pelado», y un moreno es un «negro», y un gordo es un «gordo». Así, a lo bestia. Son apelativos cariñosos.

La sociedad argentina es en general instruida y uno avanza la hipótesis de que el nivel colectivo de inteligencia es bastante alto. No hace falta esgrimir listas de premios Nobel ni de escritores eximios ni de inventores brillantes, ni hace falta recordar que poseen tecnología nuclear propia. Eso lo sabe todo el mundo. Tampoco hace falta subrayar que solo un cerebro argentino es capaz de entender las normas de la competición futbolística local, distintas cada temporada y cada vez más complejas. Cuando uno habla de inteligencia se refiere más bien a la capacidad de crítica y disensión: en este país, todo, lo humano, lo divino y lo mediopensionista, se caracteriza por la «interna». Todo tiene dentro una discusión y un conflicto, y a eso se le llama «interna». Ni siquiera hay ídolos más o menos unánimes, salvo tal vez Carlos Gardel y Diego Maradona. Ni Messi, ni el papa, ni Borges: muchos abominan de esas figuras. No digamos de Perón.

En cuanto a Buenos Aires, que nos gusta tanto a los extranjeros —es una ciudad escasa en monumentos turísticos pero riquísima en paisajes, en librerías dignas de Londres y cafés que parecen rincones vieneses—, muchos argentinos la detestan. O eso dicen.

(A los argentinos del resto del país no les gusta ser confundidos con los porteños, los habitantes de Buenos Aires. Ocurre que cuesta distinguir entre la ciudad y la provincia de Buenos Aires por el crecimiento frenético de la urbe más allá del término municipal, y ocurre que la provincia de Buenos Aires acumula casi el cuarenta por ciento de la población argentina y más de la mitad de la riqueza, y ocurre, por tanto, que es fácil confundir la parte con el todo. Los extranjeros nos asombramos al descubrir que hay otras Argentinas más allá del fangoso Río de la Plata). El país es enorme y diverso.

Argentina posee un pasado brillante, aunque más remoto cada día que pasa. También cuenta con un futuro rutilante: cada argentino está convencido de que ha de llegar un tiempo glorioso en el que su país ocupará un puesto de honor en el mundo. Fíjense, por ejemplo, en que los políticos hablan en futuro y en que cada nuevo presidente cree inaugurar la historia nacional. Lo que falla, siempre, de forma inexorable, es el presente. El presente no tiene arreglo. Hasta que llegue el momento que ha de llegar, los argentinos que pueden hacerlo acumulan dólares —otro dato de rango paranormal: los argentinos esconden en los lugares más inverosímiles el diez por ciento de los billetes estadounidenses que circulan por el planeta, una millonada— y se las arreglan para ir tirando.

Argentina no solo está habituada a vivir al borde del abismo: cae en él con frecuencia. Pero luego remonta y en cuanto puede se asoma de nuevo al vacío. No teman por los argentinos. Nacieron para sobrevivir a cualquier catástrofe. Y cuando no sobreviven, resucitan. Ese talento constituye el misterio supremo.

 

[Ilustración: Pablo Amargo – fuente: http://www.jotdown.es]

 

« Diktadura nunca más » es un breve documental que tiene la enorme virtud de reunir los testimonios de personajes claves sobre la política peruana y el fujimorismo.

Producido por AmaruTv el documental desnuda de manera categórica lo que significa el fujimorismo para el Perú y la enorme amenaza que significa su retorno al gobierno, que en el caso particular de Fujimori, significa hacerse del poder.

El documental muestra de manera contundente la violación de la frágil democracia peruana y la forma cómo se instrumentaliza el poder para capturar las instituciones democráticas al servicio de una mafia corrupta.

El vídeo muestra a personajes diversos que confiesan su rechazo al fujimorismo pero que hoy han decidido darle su respaldo en nombre de la « democracia », como es el caso del escritor Mario Vargas Llosa.

Se trata de un producto audiovisual de enorme valor documental, social, político e histórico que aconsejamos compartir lo más ampliamente posible a fin que la ciudadanía incremente su memoria sociopolitica.

 

[Fuente: http://www.servindi.org]

Julio Cortázar na ponche da Ramallosa

Escrito por CARLOS G. REIGOSA

Ou gran escritor Julio Cortázar foi -e segue a ser- un membro moi destacado do boom literario latinoamericano. Non hai que cavilar moito para situalo nun entorno preferente no que destacaban Lezama Lima, Octavio Paz, Neruda, Carlos Fuentes e, por suposto, Jorge Luis Borges, ó que titulaba como «o noso mestre». Pero, dito isto sen asomo de dúbida, hai que engadir que a singularidade de Cortázar impoñía algunhas diferenzas que o distinguían dos demais e mesmo tamén do propio Borges.

Dito noutras palabras, Cortázar viu no símbolo clásico do Minotauro ó poeta, ó home libre e diferente, ó heterodoxo que escandalizaba ós demais, ó que buscaba o outro lado das cousas, ó creador que inventaba sen copiar, sen imitar, sen aterse a regras alleas. Se cadra porque -como lle dicían- era «demasiado fantástico» e descubrira que aquilo ó que lle chamaban fantástico «non estaba fóra do real». Polo contrario, dicía que era pura e profunda expresión do real. E neste vieiro foron medrando as súas obras máis singulares, as que o foron convertindo en «singularísimo».

Fóra da literatura, mantiña tamén unhas admiracións firmes por Gaudí e polo galego Luís Seoane, que aínda hoxe ten unha rúa dedicada en Bariloche. Débese dicir aquí que Cortázar tivo unha relación de gran proximidade e fondo agarimo por Galicia e polos galegos, que lle corresponderon cunha admiración incondicional. Foi así como este escritor sen igual e de amizades moi divididas (non amaba a todos os autores do boom) acabou escribindo unha obra sen igual, que segue en pé coma un faro mariño destinado a orientar e reencamiñar a lectores extraviados ou confundidos na diversidade do boom latinoamericano. Porque Cortázar sabía que non todo era xenial e indiscutible.

Tiven a sorte de coñecer a moitos deles, desde García Márquez a Onetti, pasando por Rulfo, Borges, Roa Bastos, Vargas Llosa ou Bryce Echenique. Pódense dexergar grandes diferenzas literarias nas súas obras, pero coido que un dos máis singulares foi o Cortázar de Rayuela, dono dun estilo en permanente superación, que non ten igual, aínda que poida ter superiores desde outras avaliacións. Percorreu Galicia en 1956 coa súa dona Aurora Bernárdez, filla de galegos, e morreu en París en 1984, ós 69 anos.

 

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

Carlos Saura lleva al teatro ‘La fiesta del Chivo’ con Juan Echanove en el papel del dictador dominicano

Juan Echanove, caracterizado como Rafael Trujillo.

Escrito por ROCÍO GARCÍA

¿Cómo un ser humano puede llegar a ser tan sádico y sanguinario?¿Qué le lleva a cometer las más grandes atrocidades con esa naturalidad, poniendo a la patria como excusa? Carlos Saura se hace una y otra vez las mismas preguntas cuando se enfrenta a La fiesta del Chivo, la novela de Mario Vargas Llosa que retrata la sanguinaria dictadura de Rafael Leónidas Trujillo (1891-1961) en la República Dominicana, y que ahora salta a la escena de la mano de Juan Echanove y Lucía Quintana, entre otros. Con adaptación de Natalio Grueso, La fiesta del Chivo es todo un viaje contra los silencios y a favor de la memoria. “Lo que me fascina es cómo se cuentan las barbaridades con absoluta tranquilidad, sin dramatismos. Trujillo fue un dictador, un perfecto sádico, que se creía Dios. La historia está repleta de este tipo de personajes que se creen iluminados y actúan con el pretexto de la patria. Ahí están los faraones y más cerca Hitler, Mussolini, Franco o Stalin”, asegura Carlos Saura.

A través del hilo conductor de una mujer dolorida y trágica, Urania Cabral, que regresa a la República Dominicana tras 35 años de ausencia, La fiesta del Chivo, escrita por el nobel Vargas Llosa en el año 2000 y a quien su propio autor ha definido como “la novela de todas las dictaduras”, se adentra en el terror del régimen del general Trujillo, que acabó asesinado en un atentado. Durante este viaje a la isla para visitar a su padre moribundo, uno de los próceres de la dictadura, se desvelará el secreto que esta mujer ha guardado celosamente. La función, con una escenografía muy sencilla, que juega con la proyección de algunas escenas reales de la República Dominicana y dibujos que ha realizado el propio Saura para la ocasión, se estrena este viernes en el Teatro Infanta Isabel, en Madrid.

A punto de cumplir 88 años, Carlos Saura no oculta el gozo que le produce su paso por la escena teatral tras una dedicación casi exclusiva al cine. Se estrenó con el clásico de Calderón El gran teatro del mundo en 2013 y el año pasado se enfrentó a otra de las obras cumbre de la literatura en español, El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez. “A ciertas edades, la ópera y el teatro son lugares mucho más confortables que el cine porque este requiere un esfuerzo muy grande. El teatro tiene la libertad enorme de contar todo sin contar nada, mezclando realidad e invención”, asegura el director, que está en fase de finalizar el montaje de una película en México.

Tanto Saura como los dos protagonistas de la obra, Juan Echanove, en el papel de Trujillo, y Lucía Quintana, como Urania Cabral, que trabajan por primera vez a sus órdenes, inciden en la importancia de una obra que denuncia el horror de las dictaduras en unos momentos en los que el ascenso de la extrema derecha se ha convertido en un fenómeno casi mundial. “Yo soy un hombre de izquierdas y lo de Vox me parece un espanto. Parece que pretenden un enfrentamiento civil como en el pasado”, asegura Saura, mientras Echanove se indigna por el “parque temático de la dictadura” que se ha instalado en el cementerio del Pardo, que acoge a “tantos malvados”, entre ellos al propio Trujillo y ahora a Franco. “La fiesta del Chivo es una advertencia clara frente a los salvadores de la patria. Los salvadores de la patria nunca han salvado a la patria. La patria la salvan los ciudadanos que se levantan por la mañana y no los dictadores”, añade Echanove.

Lucía Quintana pone el acento en la memoria colectiva que su personaje representa en la obra. “Una memoria sobre un pasado que no se debe olvidar para no regresar a él, y más con los tiempos que corren en España y en el mundo. El arma de Urania es la verdad en contraposición a los silencios de todas las atrocidades cometidas. Es la voz de los desaparecidos y silenciados. Y más la de las mujeres, ya que Trujillo fue un dictador sanguinario con todos, pero que usaba el sexo como arma de poder con las mujeres. Ella pone palabras a ese horror y ya se sabe que las palabras son muy liberadoras”.

 

VARGAS LLOSA: “UN MAGNÍFICO TRUJILLO”

Mario Vargas Llosa asistió la semana pasada a un ensayo teatral de su novela La fiesta del Chivo que, con adaptación de Natalio Grueso, dirige Carlos Saura. En declaraciones a este periódico, Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), premio Nobel de Literatura en 2010, aseguró sentirse feliz con la función que sube a escena al sanguinario dictador dominicano Leónidas Trujillo, que él noveló en La fiesta del Chivo. El autor resaltó la “magnífica y personal caracterización” que de Trujillo realiza el actor Juan Echanove. “Aparece como un ser arrogante, frío, irónico, muy difícil de caracterizar porque cambia constantemente de acuerdo a las oportunidades”, aseguró. Sobre la adaptación de Natalio Grueso, el escritor la calificó de “espléndida”. “Nunca creí que se pudiera adaptar una novela tan compleja como es La fiesta del Chivo a una obra teatral. Ha conseguido meter en una hora y media todos los hechos centrales de la novela”, añadió Vargas Llosa, quien alabó también el trabajo de su director, Carlos Saura —“es magnífico”—, y todo el elenco artístico. “Espero que guste al público”, concluyó.

[Foto: SERGIO PARRA – fuente: http://www.elpais.com]