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Tras casi una década sin publicar una novela, “el artefacto perfecto para entender nuestro mundo”, el escritor reflexiona en ‘La tierra de la gran promesa’ sobre los dramas pendientes del México pasado y contemporáneo, la compleja relación entre realidad y arte y la responsabilidad moral de los creadores

Juan Villoro. Foto: Sofía Grivas

“Mi generación estuvo enamorada de las utopías, de las grandes transformaciones. El socialismo, la democracia real, que no teníamos en México, el retorno a la naturaleza con el hipismo… pero treinta años después todo eso quedó en nada”, recuerda Juan Villoro (Ciudad de México, 1956), que ha prestado buena parte de su desencanto a Diego, el protagonista de su nueva novela tras casi una década. La tierra de la gran promesa narra la historia de un cineasta fracasado, marcado por el dramático incendio de la Cineteca de México de 1982, un caso irresuelto en el que ardieron más de 6.000 películas.

Reconvertido en documentalista de zonas de riesgo, la oportunidad de entrevistar en una casa de seguridad a un importante narcotraficante lo llevará a una realidad incontrolable, pues, como explica Villoro, “se convierte involuntariamente en vocero de otras personas, en cómplice de muchas cosas, y se encuentra en una encrucijada en la que ha perdido ya el control de lo que hace”. Exactamente lo que ocurre con los dramas que sufre el país azteca —la corrupción, el narcotráfico, la violencia…— que el escritor despliega uno por uno dando cuenta de la compleja maraña que los entrelaza y de lo difícil que es ponerles solución.

Pregunta. “En México, la ilusión siempre es más fuerte que la realidad”, escribe. ¿Por qué es su país “la tierra de la gran promesa” y por qué esta queda siempre incumplida?

Respuesta. Ese era el título de la película de Tarkovski que se exhibía en la Cineteca cuando ardió en llamas y me pareció muy propicio para hablar de una tierra donde las ilusiones se descarrilan y se incendian. En México se han prometido muchas veces transformaciones fundamentales, y los mexicanos, con enorme esperanza, nos hemos unido a ellas. Esperanzas deportivas, de que al fin la selección llegará a un quinto partido en el Mundial, o de bienestar económico, para que pueda haber mayor justicia social. Se ha inaugurado la modernidad una y otra vez y todo ha acabado en frustración. Esta novela es la crónica de un desencanto, pero también de una sigilosa resistencia, de lazos afectivos, comunitarios, culturales que permiten que la gente subsista y que todavía tenga algo que sigue siendo rebelde: la ilusión.

México es una tierra donde las ilusiones descarrilan y se incendian. Esta novela es la crónica de un desencanto, pero también de una sigilosa resistencia

P. Su protagonista repite en varios momentos que el arte se alimenta de las desgracias, ese mantra de que la felicidad no produce creatividad. ¿Realmente lo cree así?

R. En la película El tercer hombre Orson Welles se pregunta qué han dado al mundo la paz, la estabilidad y la prosperidad de Suiza. El reloj de cuco. En cambio, la corrupción, las intrigas y la violencia de Italia trajeron el Renacimiento. El arte generalmente prospera en situaciones complejas y dolorosas porque es una manera de compensar la realidad. Si el mundo fuera perfecto no necesitaríamos historias, las escribimos para soportar el peso de un mundo que está mal hecho. En esta medida, México es un país que nunca deja de surtir a un creador. El incendio de la Cineteca, que nunca se explicó, es una metáfora de esas situaciones que quedan abiertas, de esos fuegos que siguen calcinando cosas porque nunca se apagaron del todo, nunca se resolvieron.

Un compromiso rebelde

P. También reflexiona sobre la responsabilidad moral del artista. Si las novelas, el arte, reconstruyen la historia, algo muy notorio en América Latina, ¿cuál es este papel del creador?

R. Cada cual escoge una perspectiva para relacionarse con el mundo que tenemos. A mi juicio hay una doble responsabilidad. Por un lado, el arte es una manera de encontrar armonía y sentido en algo que no lo tiene. La realidad ocurre de manera abusiva, contradictoria, desagradable, y la literatura le puede dar un orden al caos. Y el otro aspecto tiene que ver con el placer. Se trata de crear belleza, de entender que incluso en el infierno hay algo que puede refutar los dolores y los quebrantos. En ese sentido, la literatura tiene un compromiso rebelde: procurar felicidad donde parecería que esta no tiene derecho a ocurrir.

P. Uno de esos infiernos que aborda la novela es el mundo del narcotráfico. ¿Es ya un modo de vida irrenunciable para mucha gente? ¿Qué motivaciones sociales lo impulsan?

El narcotráfico se ha incrustado plenamente en el tejido social mexicano. Los jóvenes se hacen sicarios porque no tienen alternativas

R. El narcotráfico se ha incrustado plenamente en el tejido social mexicano y es un fenómeno que tiene aristas culturales, políticas, económicas, religiosas, simbólicas… Fue un error cuando en 2006 el presidente Calderón declaró una guerra al narco, entendida exclusivamente como una campaña militar. Hay que entender que para muchos jóvenes no hay mejor opción real que pertenecer al crimen organizado. No se hacen sicarios porque un espíritu maligno haya poseído su alma, sino porque para un muchacho pobre que no tiene otras alternativas ingresar en esta vida es una oportunidad de tener dinero rápido, prestigio social, códigos compartidos…. Lo que debemos hacer para acabar con esto es crear alternativas. No entender a los narcotraficantes como gente llegada de otro planeta, sino como nuestros propios compatriotas, vecinos, amigos y familiares.

P. Justamente dice que “la realidad política depende de la construcción de narrativas”. ¿En esta era de fake news hemos olvidado el papel capital del lenguaje a la hora de representarnos el mundo?

R. Me parece muy importante entender que los políticos crean un discurso donde muchas veces es más importante la representación de la realidad que la realidad misma. En México, hace unos años el máximo encargado de la seguridad nacional, Genaro García Luna, actualmente encarcelado en Estados Unidos, creó montajes televisivos para simular que estaba impartiendo justicia. También es muy común que cuando se detiene a un capo, se le atribuyan a él todos los males, como vimos que pasó con el Chapo Guzmán, considerado como un criminal casi omnipotente. Es muy conveniente este tipo de chivo expiatorio.

El eterno retorno

Para combatir estos desmanes del poder, Villoro defiende el papel del periodismo para hallar la verdad, “que como decía Gramsci siempre es revolucionaria”, y por encima de todo la novela. “Este artefacto es uno de los mecanismos más eficaces para entender la complejidad de todas estas narrativas que se cruzan en nuestro día a día”, expone el escritor. “Es un mecanismo para dar sentido, confrontar y amalgamar todo tipo de relatos, todas esas tramas y visiones de la realidad que, sueltas y por separado, tratan de imponer un pensamiento único. Unirlas y explicarlas es lo único que nos puede hacer pensar de forma crítica”.

El arte prospera en situaciones dolorosas porque es una manera de compensar la realidad. Si el mundo fuera perfecto no existiría

De la amplia constelación de autores del español, Villoro destaca a unos cuantos “compañeros de generación”, como los argentinos Martín Caparrós, Leila GuerrieroHéctor Abad FaciolinceAlberto Barrera TyszkaEnrique SernaFabio MorabitoCarmen Boullosa… Pero se muestra muy entusiasmado con las nuevas voces femeninas —Samanta SchweblinMariana EnriquezLina MeruaneGuadalupe NettelSara Mesa…—, “porque su generación solamente ha conocido un mundo en crisis, no pasó por esa época en la que las utopías estaban en oferta, y saben que la tierra de la gran promesa no está en el futuro lejano, no es una arcadia inalcanzable, sino que es este mundo imperfecto y lleno de horror en el que podemos marcar una diferencia”, explica.

P. Confesaba hace poco que teme que la polarización política desemboque en un rebrote autoritario más sostenido. ¿Lo ve realmente posible?

R. El año pasado estuve con el decano del exilio español en México, Fernando Rodríguez Miaja, asistente de campo del general Miaja que defendió Madrid. Entonces tenía 103 años y una enorme lucidez. Decía que al escuchar a VOX oía cosas que le recordaban mucho a lo dicho poco antes de la Guerra Civil. Ciertas actitudes políticas que él consideraba irrepetibles volvían a ocurrir. El ser humano es un enamorado de las primeras oportunidades, rara vez piensa que está repitiendo errores antiguos. Una de las paradojas de los populismos recientes es que hacen las promesas que ya fracasaron en otro tiempo. Milan Kundera dice que vivimos en el planeta de la inexperiencia. Se vende como nuevo cosas que ya fracasaron en el pasado. Así que, ¿por qué no podría pasar una vez más?

Un optimista de la catástrofe

P. Recientemente escritores de varios países han tenido polémicas con sus gobiernos: los colombianos en la Feria del Libro, los peruanos en la FIL, el abominable caso de Nicaragua… ¿La cultura vuelve a ser un campo de batalla político en América Latina o nunca dejó de serlo realmente?

R. Aquí la cultura todavía tiene un peso social muy fuerte principalmente porque es un privilegio que detentan unos pocos. Es una paradoja que, en un país sin lectores un escritor se convierta en una suerte de profeta social. Se piensa que tenemos una esfera de cristal que puede actuar como un oráculo. Esto es un error, pero la cultura tiende a ser sobrevalorada en países donde no tiene un espacio propio suficientemente fuerte. Sería muy raro que en Estados Unidos o Europa un escritor fuera candidato a la presidencia. Son juzgados por sus libros, no por su representatividad social. En América Latina, mientras la cultura sea beneficio de unos pocos, servirá de talismán para discutir a través de ella problemas sociales muy importantes.

Como dice Kundera vivimos en el planeta de la inexperiencia. Los populismos triunfan hoy con promesas que ya fracasaron en el pasado

P. Chile, Colombia, Argentina…muchos países del continente están en procesos de cambio social. ¿Qué dos o tres reformas son las más urgentes para cumplir las promesas?

R. México tiene una desigualdad rampante, es uno de los países con mayor brecha entre ricos y pobres. Por ello, el principal combate es a la pobreza, porque si todo el país está en la precariedad es menos grave que si 14 millones de multimillonarios hacen agravio a todo el resto. Esta capa de ricos es muy fuerte, equivale al mercado interno de Suecia, pero a eso hay que agregarle también el de Pakistán… Y esta contradicción es inaceptable. Otra reforma urgente es erradicar la violencia, que ha convertido el simple hecho de salir a la calle en una circunstancia de alto riesgo. Después vendrían frenar la destrucción de la naturaleza y la discriminación de pueblos originarios y mujeres… La agenda de cambio es enorme y necesaria, pero soy un optimista de la catástrofe. Espero que de todas las convulsiones que estamos teniendo recientemente salga una esperanza.

[Foto: Sofía Grivas – fuente: http://www.elcultural.com]

Cumpleaños y consenso: sobre los setenta de Charly

Escrito por Abel Gilbert

Curiosa horizontalidad la que ha atravesado el onomástico número setenta de Charly García. En un país con tantos odios atravesados, el cumpleaños feliz pobló el aire de vibraciones órficas. Las fieras, domesticadas por una misma melodía. No la de cualquier canción: una que podemos saber todos, aunque entenderla de muchas y diferentes maneras. En esa mnemotecnia colectiva radica, si se quiere, la condición de figura patrimonial. Tela para cortar, ahí. Más allá del carácter casi institucional del festejo, más allá de las valoraciones artísticas (creo que existe un consenso general en que el grandísimo repertorio de Charly está comprendido entre 1972 y 1984) y aquello a lo que nos remite su voz (alguna vez diáfana, hace mucho tiempo rota, como nuestras actuales esperanzas), la conmemoración (con su contrapunto entre el CCK y el Colón larretista) habilita algunos pliegues para pensar su figura.

Aventuro una hipótesis, insinuada en otro texto: la música de Charly, nuestro héroe cultural durante la dictadura, se desdibuja de manera gradual pero sostenida a medida que transcurre la transición democrática. Después de Piano bar (1984) no es lo mismo. No es el mismo. David Foster Wallace presenta en La escoba del sistema una idea interesante de las transformaciones, que viene de perillas para comprender el giro garciano: “Cuando Greg Sampson se despertó una mañana tras un sueño intranquilo, descubrió que se había transformado en una estrella de rock”. Tiene campera con tachas y “una guitarra Fender con la correa fuertemente sujeta a sus hombros”. La metamorfosis de Charly en rock star después de los treinta años fue penosa y no ocurrió en una sola noche. El paso del piano, la matriz de su melos, a la guitarra eléctrica, resintió su proceso compositivo. La redundancia de sus canciones se sustituyó por un exceso de representación. Y, también, además de ir de la cama al living, García fue de la gesta a la ingesta, con el tópico de lo nasal inscrito en sus canciones: del “me cuido la nariz” en “Peluca telefónica” a “hay algo en tu nariz, que escondes muy bien”, de “Tuve tu amor”, hasta llegar a “Me salieron tres cabezas, por nariz tengo una mesa”, de “Cucamonga dance”.

Rock star, entonces. El hado de un ecosistema enclenque y sin redes. Las cosas no podían salir bien fuera de las sociedades opulentas. Esa condición nobiliaria se asienta en paraísos fiscales, no en un departamento de Palermo. En 2017, el periodista David Hepworth, uno de los presentadores de Live Aid en julio de 1985, publicó Uncommon People: The Rise and Fall of the Rock Stars, un libro que nos puede ayudar a comprender esa transición de la música al acontecimiento en García. Para Hepworth, las estrellas de esa naturaleza fueron producto de la Guerra Fría. Se terminaron, lánguidamente, con los cambios de la industria discográfica, en los años noventa (justo cuando Charly abraza la causa del divo absoluto a bordo de una limusina). Encarnaron una época en que la música era de difícil acceso, si se la compara con este presente de hiperabundancia. La pérdida de la música de su categoría de alteridad comenzó a tornar fuera de fase ciertas cualidades de ese tipo de ídolos: la fanfarronería y el desenfado, el carisma y la confianza en sí mismo, la tendencia a actuar por instinto y una forma particular de comportarse. Algunos de esos atributos pasaron al deporte y a la política (y esa es una explicación posible del momento empático entre García y Carlos Menem en 1999).

Las estrellas de rock, dice Hepworth, no solo vivían su propia vida. “También vivieron una vida en nuestro nombre. Vivían en nuestras cabezas”. Hacían cosas que su audiencia no se atrevería a hacer. “Si seguían actuando a los cincuenta y sesenta años, no era simplemente porque querían hacerlo. Es porque lo exigimos. Ser una estrella del rock, como me dijo Bruce Springsteen hace treinta años, retrasa la edad adulta y prolonga la adolescencia. Esto es precisamente lo que nos resultaba tan atractivo”. Hay una canción de Charly que podemos marcar como clivaje entre los dos Garcías, el que había levantado las banderas de una Música Popular Argentina, al estilo de la MPB brasileña, y el que empieza a mirarse en el espejo de Keith Richards. Esa bella canción, una de las últimas perlas, se llama “Suicida” y forma parte de Cómo conseguir chicas, de 1988. “Yo ya no miro atrás”, canta y, de repente, cita “Fé cega, faca amolada”, de Beto Guedes, canción que conocemos (y admiramos) por Milton Nascimento. “Ahora no pregunto a dónde va el camino”. Charly se despide por completo de aquel que había sido. Lo que vendrá es La hija de la lágrima (1994). El camino comenzaría a trazarse como en las rutas de las películas de David Lynch, pero para animar el living de Susana Giménez.

Hepworth compara al poder simbólico de los rock stars en su momento de esplendor con el de “los soberanos todopoderosos o los aristócratas terratenientes de antaño”. Su éxito significaba que ellos, y solo ellos, se sentaban en la cima de una pirámide de riqueza, estatus y poder. Podían decir cualquier cosa. Pensemos un momento en el camaleónico David Bowie. En setiembre de 1976 es entrevistado por Playboy. Cameron Crowe quiere saber si cree “firmemente” en el fascismo o es solo una “manipulación mediática”. Bowie responde de manera inquietante: “Y, sí, creo firmemente en el fascismo” y se muestra favorable a “acelerar el progreso de una tiranía de derechas, totalmente dictatorial, y acabar con ella lo antes posible”. Las estrellas del rock “también son fascistas. Adolf Hitler fue una de las primeras estrellas de rock”. Hitler “era tan bueno como Mick Jagger”. Un rock star anglosajón podía permitirse boutades (inaceptables en un país herido como este, el nuestro) y luego olvidarlas. Charly nunca cruzó esos límites. Su viraje fue de otro orden (épater le bourgeois o le progre?), siempre como trasfondo de una crisis social con distintos niveles de encubrimiento.

Se ha defendido al García de los noventa bajo el argumento de que se trató de una renuncia calculada a la forma canción que había codificado con inspirada artesanía. Su antigua poiesis, se dijo, carecía de sentido en la era del cinismo privatizador. Y por eso se autodestruyó para cuestionar el estatuto de lo bello y ocupar el centro de la escena sobre la base de cierto exceso performático. Su salto de un noveno piso puso en acto ese cambio. Pero García nunca quiso ser como el norteamericano Chris Burden, cuya reputación en los setenta creció después de dar a conocer Shoot. La acción consistió en colocarse frente a un asistente que le disparó a una distancia de cinco metros. La intención era que la bala rozara la parte superior de su brazo para que apenas brotara una gotita de sangre. La mano del tirador tembló y la bala del calibre 22 le atravesó la carne. En Transfixed, Burden se crucificó sobre un Volkswagen y tensó los límites del arte (del daño) corporal. David Bowie, siempre tan atento a las piruetas del arte contemporáneo, tomó nota de esas experiencias extremas. “Te diré quién eres si me clavas a mi coche”, cantaría Bowie en “Joe the Lion”, su canción de Heroes. Es evidente que Charly no cultivó ese tipo de prácticas. “No es la bala lo que te mata, es el agujero”, señalaría Laurie Anderson sobre Burden. Podríamos decir entonces sobre García “no fue el salto a la pileta sino su agujero negro y su insondable dolor”. Lo del rock star sería, si seguimos ese razonamiento, apenas una máscara. El escándalo tuvo en Charly un componente digital: el paso de la televisión analógica al cable. A mayor cantidad de canales, mayor necesidad de reproducir su cuerpo en llamas con los zócalos televisivos que resumían su pendiente. Lo suyo nunca podía ser aristocrático, ni siquiera dandismo: fue síntoma, dolor y metáfora diseminada de modo previral.

“La fama requiere toda clase de excesos. Me refiero a la fama de verdad, a un neón que te devora, no a ese renombre sombrío de los estadistas en declive o de los reyes timoratos. Me refiero a los largos viajes por el espacio gris. Me refiero al peligro, al borde mismo del vacío, a la circunstancia de un hombre que les infunde un terror erótico a los sueños de la república. Entiendan al hombre obligado a habitar esas regiones extremas, monstruoso y vulvar, humedecido por los recuerdos de la violación. Por mucho que esté medio loco, lo absorberá la locura total del público”. No es Charly el que reflexiona, pero podría explicarlo. La confesión pertenece a Bucky Wunderlick, el rock star de Great Jones Street, la novela de Don DeLillo con la que intentó documentar en 1973 el nadir de la contracultura norteamericana. A diferencia de García, el personaje de DeLillo quiere huir de la fama y su imagen de falso revolucionario. Se retira a un apartamento en Manhattan, pero queda capturado por las tenazas de Transparanoia, su propia compañía, cuyos activos se han diversificado en todos los renglones posibles de la economía. “Maximizar el potencial de crecimiento. Algún día entenderás esas cosas”, le explican. Bucky es contactado por un representante de la Comuna Happy Valley, quien le encomienda custodiar una droga que debilita los centros del lenguaje del cerebro. El roquero también perderá su capacidad de habla. La historia nos ofrece una analogía sugerente.

¿Quién escribirá nuestra novela sobre Charly? En Respiración artificial, Ricardo Piglia cita el “no se banca más” de “La grasa de las capitales” que vomita la radio, en 1979. El oyente/narrador confunde a propósito a Charly con Spinetta. Si ese año la figura del entonces líder de Serú Girán es la de un denunciante, cuando Fogwill la recupera, en Vivir afuera, una novela sobre los noventa, García es otro. Un auto atraviesa la ciudad. El chofer le cuenta al personaje “que habían internado a Charly y que un compañero suyo lo había llevado en ese mismo taxi, totalmente drogado, sostenido por los dos guardaespaldas”.

Entre esas dos novelas hay otra muy menor, pero curiosa. Historia de Teller fue escrita por Jorge Lanata en 1991. El entonces director de Página/12 intentó relatar el espiral decadente de una estrella de rock: no es argentina, sino norteamericana. Teller decide fraguar su muerte, harto de la popularidad, reaparece en Venecia con otro nombre, otro rostro, dinero y nada que hacer, salvo comenzar su nueva vida. Lanata quería por esos días pertenecer al campo de la literatura emergente: agradece por lo tanto las lecturas de Juan Forn, Rodrigo Fresán, Martín Caparrós, así como de Tomás Eloy Martínez y Osvaldo Soriano. Da sus gracias también a Fito Páez y Guillermo Kuitca por adentrarlo en el mundo del rock y la pintura. Todo un campo de los noventa. Babel y editorial Planeta. Hasta participaría en una película de Eliseo Subiela, recitando un poema. En su fallida novela, Lanata emplea variedades de técnicas, fruto de sus lecturas actualizadas, y deja al pasar marcas culturales: el disco de Teller se llama Faulkner Died Again. Está DeLillo, claro, pero a la vez su Teller tiene algo de Charly, que ese año había sido internado. El personaje protagoniza recitales escandalosos. No se baja los pantalones: orina a los periodistas. “¿Quién puede determinar el comienzo de un derrumbe? ¿En qué momento se abre la grieta?”. Teller no es consecuente con su escape. Tras su intento de fuga, vuelve al ruedo. El espectáculo lo reclama.

A Charly también. Corre el año 2000, el país marcha al desastre y Lanata, que había olvidado sus veleidades literarias, lo recibe en su programa televisivo. García le dice al anfitrión que Menem es su fan y Lanata, que todavía forma parte de la esfera progre, lo acicatea. “La música está arriba de la política, suponiendo que hagas arte”. A lo que el músico, entre la levedad y la lucidez, le responde con una pregunta: “¿Sabés lo que es el arte? Cagarte de frío”. Lanata duda de esa condición, conoce la doxa roquera, aquello que podía haberse dicho sobre el autor de “Raros peinados nuevos”, y le recrimina que se repitiera tanto, hasta copiarse. “Creo que te das cuenta”. Pero Charly lo sopapea: “Yo pienso que sos un pelotudo”. El video tiene millones de reproducciones en YouTube. Los usuarios celebran en el foro de la plataforma el carácter profético del ídolo y cómo desenmascaró al periodista trece años antes de que emprendiera su propia metamorfosis política. Ese Lanata del 2000 siente que la razón, aunque podía asistirlo, no alcanza para polemizar con el rock star. Entonces lo deja solo tocando un teclado que su dueño pintó de plateado. Esa es su prebenda. Mueca aristocrática de un país que ya no puede sostener la paridad del peso con el dólar (tener un rock star propio también era una fantasía de la convertibilidad económica). El 2001 argentino fue también el de Charly. Sería redimido por Palito Ortega. Y ese rescate tiene sus aristas simbólicas.

Señala Hepworth que los rock stars duraron en el universo anglosajón mucho más de lo que tenía derecho a esperar. “Perduraron porque, al igual que las de las grandes películas de vaqueros, se interpretaban a sí mismos y, al mismo tiempo, interpretaban a sus seguidores”. Como el vaquero, el caballero, el juglar errante, la corista, el ladrón con traje a rayas, el banquero con sombrero de copa, el pintor con su boina, la estrella de rock fue relegada “al armario de los estereotipos anacrónicos”. En la vida real se han visto eclipsados por las estrellas del hip hop, “que son tan descaradas que harían sonrojar al roquero más desvergonzado”. Esas conclusiones pueden ser también leídas en clave argentina. Cuando García volvió (en limusina) a los escenarios, el rock, con su escala de abolengo, se parecía más a un parque temático. Charly erigió el propio. Las fechas de entrada y salida a ese mundo García han sido, en casi medio siglo, muy distintas para cada generación, que, en una carrera de relevos, de abuelos a nietos, se fue pasando las canciones. Todavía se escuchan tonterías sobre su oído absoluto: no está de más recordar que Beethoven era sordo y que la capacidad de reconocer las frecuencias no es un don artístico.

Ninguna de estas líneas interpretativas, escritas por alguien que se educó en 1975 con Charly, formó parte de los discursos sobre sus setenta años. Lo mejor de él nos recuerda cuánta agua (y sangre) pasó debajo del puente de este país. “En un rincón, la ingenuidad de los grupos de rock del 2000 y las máquinas generadoras y reproductoras de estupidez; en el otro, nuestros viejos. González, Fogwill, Silvina Ocampo, Rivera, Nebbia, María Moreno, Spinetta y García”, escribe Páez en su novela de 2018, Los días de Kirchner. Y fue Fito el maestro de ceremonias de las dos veladas, de aquella que participó el homenajeado en el CCK (cantó a tientas, con su voz trémula y el teleprompter como ayuda memoria, eso de “yo que crecí con Videla”) y la de los oropeles del Gran Teatro. Al otro día se acabaron los consensos. En las pantallas de Canal 13, Lanata denunció que está en marcha un plan mapuche para reconquistar el territorio perdido durante las masacres del siglo XIX. “Indios al ataque”, se llamó el programa.

 

[Fuente: http://www.revistaotraparte.com]

Escrito por MARTÍN CAPARRÓS

La pregunta va y vuelve, se repite: las preguntas que importan siempre se repiten. Y sin embargo cuando me preguntan cuál sería la palabra más bonita de la lengua yo no contesto —por cobarde, supongo— pero suelo pensar que ojalá. La palabra ojalá es ilusión, suspiro de esperanza, ojos que se iluminan —y esos ecos. “Ojalá se te acabe la mirada constante, / la palabra precisa, la sonrisa perfecta. / Ojalá pase algo que te borre de pronto…”. A veces la palabra ojalá parece condenada a esa canción, un gran bolero, puro rencor enamorado, odio del bueno y del cubano. Pero está en tantos otros rincones, y en todos es destello.

La palabra ojalá es un revuelo de castellanos varios: un aire del desierto y esa jota. La jota de ojalá puede ser tan distinta según donde se diga, desde la gárgara rasposa de Castilla hasta la leve aspiración del caribeño, pasando por todas las gradaciones intermedias —y terminando, al sur del sur, en esa ojala que sale sin acento.

Ojalá es tan del sur: de esas partes donde se dice que las personas sienten más que piensan. Los ingleses y los franceses, tan aparentemente serios, no tienen una palabra equivalente. Recurren a expresiones banales: I wish, I hope, hopefully, j’espère, donde no hay un poder extraño que decide sino sujetos que pretenden. Los italianos y los portugueses, en cambio, tan agoreros como nosotros, sí dicen magari o tomara.

Y ojalá nos define pero, sobre todo, nos recuerda que no siempre fuimos lo que somos, lo que creemos que somos, eso que nos contaron. Ojalá, claro, es puro árabe: al principio fue law šá lláh, dice la Academia, que significaba “si Dios quiere”. Ojalá es pedir algo a esas fuerzas oscuras, rogar a quien se pueda. Es la idea de querer algo que quién sabe: lo contrario de creer que porque quieres algo lo vas a conseguir. Porque quieres algo puedes no conseguirlo, porque el mundo es demasiado complicado para estar seguro. Ojalá —decir ojalá— es una forma de decir la pequeñez de cada quien, la imposibilidad de controlar este caos de causas y efectos en que vivimos y sufrimos.

Pero no es fácil vivir con esa idea. Durante mucho tiempo el abismo era demasiado profundo para soportarlo y muchos, de puro susto, lo llamaban dios. Entonces, cuando alguien quería algo, se lo pedía a alguno de esos amos: quiera Alá. Ahora el mundo es más laico: la religión está cada vez más limitada a los más infelices, los que tienen más razones para esperar que el sinsentido en que viven tenga algún sentido, que un gran padre los saque del pantano. Muchos creemos que ya no le pedimos nada a un dios, y es casi cierto. Ahora nos parece que decir ojalá no es someter nuestros deseos a un padre todopoderoso sino a los azares, aun más poderosos pero menos malignos: decimos ojalá y, al decirlo, deseamos que haya suerte y las cosas sean como querríamos. El azar no tiene ideas, no tiene moral, no tiene sacerdotes, no pretende decirnos qué debemos hacer; solo nos lleva y trae con su desdén de siempre.

Lo curioso es que, en este mundo casi laico, al decir ojalá la lengua nos traiciona y le volvemos a rogar a un dios. Que no es, para más inri, ese que mandoneó a los hispanos durante los últimos cinco siglos sino otro, su primo y enemigo, tan mandón como el que sí lo hizo. Es “otro dios”, y es gracioso pensar en generaciones y generaciones de católicos férreos rogando al dios contrario, el dios de sus infieles. La lengua tiene esas formas de burlarse de quienes creen que la manejan.

Ojalá, entonces, es recochineo, y ojalá hubiera muchas palabras así: palabras que nos recuerdan que no hay pureza, que somos en la mezcla, que decimos mucho más que lo que creemos que decimos. Que hablar es entregarse a un sistema tanto más complejo, a sus azares; que uno nunca sabe del todo lo que dice: que hablar es, siempre, susurrar ojalá —y a ver qué pasa.

 

[Fuente: http://www.elpais.com]

 

Ñamérica

Martín Caparrós

Literatura Random House

Barcelona, 2021

675 páginas

¿De qué tamaño es el mundo?

El mundo es del tamaño de un rasgo que a alguien se le ocurrió escribir, un día, sobre la letra ‘n’ para sumar al alfabeto un sonido extraño. Todas las emociones caben en una punta de alfiler y cada emoción, sin embargo, llega a poseer la extensión de una galaxia. El mundo es del tamaño del factor común, pero también de cada suma de almas, que ha alcanzado proporciones siderales al añadirse siglos a los siglos. Eso sí, para intentar descifrar el tamaño del mundo nos valemos de un idioma, cuya idiosincrasia puede resumirse en la letra ‘ñ’. Por lo tanto, si queremos expresar el tamaño del mundo, lo mejor será acomodarnos a aquella parte del planeta con la que nos podemos entender sin trabas, sin segundos idiomas ni apreturas de traducción. Apenas hay nada en el resto del mundo que no se contenga en América Latina, por lo que recorrerla es atravesar todas las caras del poliedro. Y hacerlo compartiendo un idioma es evitar escollos, algún posible engaño, ir desnudo, afrontar la piel del mundo para conocer su alma.

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) vuelve a escribir una crónica extensa, en la que prefiere repetir ideas antes de que continuar con la selección, porque caminar sobre el mundo nos supone repetir siempre los mismos gestos, ver los mismos soles, encontrarnos con los mismos sentimientos, reiterar las mismas ideas mientras nos abrimos a ideas nuevas. Hemos dicho crónica y no sabemos si se corresponde al género, aunque pudiera tratarse de la palabra más cercana al espíritu de un libro poliédrico, como el mundo, y vehemente, como los que habitan el mundo. No hay solución de continuidad, esos artificios que igualan cualquier género a la novela, sino una fragmentación que se corresponde a la de la misma realidad que nos impacta con sensaciones. Ni siquiera el estilo está depurado según los cánones académicos, porque la reiteración y las cacofonías caracterizan mejor la percepción que nos sale al paso que la farsa de una prosa blanquísima o el exceso de estilo. Es posible que no nos hallemos frente a un libro tan compacto como El hambre, la obra maestra de Caparrós, pero sin duda nos enfrentamos a un texto en el que no nos faltarán hallazgos a los que enganchar la atención.

El libro alterna la experiencia personal, que fragua los pasajes más sugerentes y más potentes, con el ensayo. De los viajes surgen encuentros que hilan el tapiz de la América que habla castellano. Oímos a los protagonistas, que han sido altos cargos o han ejercido de taxista, muchos de ellos de avanzada edad, relatando cuál es el tamaño del mundo, que se ha visto, a la fuerza, reducido a la geografía más inmediata. En ocasiones, organiza estos encuentros a partir de las grandes ciudades -México, El Alto, Bogotá, Caracas, La Habana, Buenos Aires, Miami, Managua-, y en otras surgen como anécdotas que nos llevan a lo concreto cuando el centro de interés es otro: la violencia, la pobreza, las consecuencias de la colonización, etc. Es aquí cuando Caparrós nos azota con reflexiones, que por lo general están más dedicadas a generar dudas que a llevarnos a conclusiones. Caparrós no parece soportar bien las ideas con que ahora se construye el pensamiento, que se limitan a consignas de corto recorrido y se olvidan de atender al mundo de forma holística. Reniega de lugares comunes cuando habla sobre colonización, neocolonización y anticolonización, incluida la contemporánea, por ejemplo. Intentar averiguar si detrás de la denuncia existe una propuesta, nos lleva a acostarnos en la cama de un faquir. Lo que se pretende, en realidad, es fomentar la costumbre de cultivar un pensamiento propio. La revolución, como sostiene muchas de las religiones orientales, será personal o no será. No es poco, en un planeta que se está construyendo a base de idiomas reducidos a 280 caracteres, que pueden dar para sorprender con un ingenio, pero no para la reflexión sensata, profunda y de elaboración emocional. Se alejan, mucho, de algo que a falta de una palabra mejor llamaremos sabiduría.

 

Publicado por Ricardo Martínez Llorca 

[Fuente: tanaltoelsilencio.blogspot.com]

Caparrós explica en entrevista con Télam cómo en « Ñamérica » articuló el material de crónicas que escribió hace treinta años con textos nuevos y necesarios para pensar el presente de la región, advierte sobre la incapacidad de la época para resolver las grandes cuestiones con imaginación -dice que eso deriva en que « el futuro en vez de ser promesa sea amenaza »- y cuenta cómo a pesar de vivir en el exterior sigue de cerca el pulso de la Argentina.

El periodista y escritor Martín Caparrós.

El periodista y escritor Martín Caparrós

Publicado por Ana Clara Pérez Cotten

En el diálogo entre el análisis ensayístico y el registro más apegado a la realidad, el periodista y escritor Martín Caparrós logra en su último libro de crónicas, « Ñamérica », sacar una foto panorámica, atenta a los detalles, de Latinoamérica y, en ese ejercicio desbarata una serie de prejuicios y lugares comunes: « Creemos que somos una región de campos, un espacio rural, verde y natural, pero más del 80% de los ñamericanos vive en ciudades », sostiene.

Radicado en Madrid desde antes de la pandemia, Caparrós explica en entrevista con Télam cómo en « Ñamérica » articuló el material de crónicas que escribió hace treinta años con textos nuevos y necesarios para pensar el presente de la región, advierte sobre la incapacidad de la época para resolver las grandes cuestiones con imaginación -dice que eso deriva en que « el futuro en vez de ser promesa sea amenaza »- y cuenta cómo a pesar de vivir en el exterior sigue de cerca el pulso de la Argentina.

La biografía del autor elegida para la solapa de la edición de « Ñamérica » parece estar en sintonía con aquel concepto que reaparece en cada rincón del texto: los « ñamericanos » somos puros en la mezcla, no hay pureza.

Caparrós (1957) se licenció en Historia en París, vivió en Madrid, Nueva York y Barcelona. Fue periodista de gráfica, radio y televisión, tradujo a Voltaire, a Shakespeare y a Quevedo, recibió los premios Planeta y Herralde como escritor de ficción y publicó más de treinta libros en treinta países. Su mirada sobre Latinoamérica es, entonces, de gran angular, y para defenderla inventó una palabra: « Ñamérica », que agrupa en un mapa imaginario a los países latinoamericanos en los que se habla castellano y en los que se usa la letra ñ.

-Télam: El libro combina textos actuales con fragmentos que tomaste de crónicas que escribiste hace treinta años porque Latinoamérica es uno de los grandes temas de tu obra. Pero contás que fue durante un foro en El Salvador que decidiste que querías concretar un texto que hablara sobre la región. ¿Cómo fue ese momento?

-Martín Caparrós: No me suele pasar aquello de acordarme con claridad cómo se me ocurre la idea de hacer un libro porque más bien va decantando, pero en este caso sí pasó. Estaba en una reunión de periodistas en El Salvador y había muchos colegas de toda Latinoamérica que respondían sobre la cuestión de Latinoamérica. Veía que estaba por llegar mi turno, como quien espera que le llegue el turno de la muerte, y de pronto tenía que decir algo. Pensé que iba a decir los tres o cuatro lugares comunes a los que estaba acostumbrado y después me di cuenta de que era mejor tratar de pensar en serio qué somos porque llevábamos mucho tiempo instalados en una serie de clichés que responden a cuestiones que ya no son. Y fue muy raro porque fue de esas ideas que, una vez que se aparecen, resultan obvias; pensaba cómo no se me había ocurrido antes. Entonces, decidí empezar a trabajar, fue un proceso largo. Lo primero que hice fue leer una serie de textos para orientarme sobre cómo iba a encararlo. Y una de las cosas que descubrí en ese primer sobrevuelo es que -a pesar de que tenemos la idea de que somos una región de campos, un espacio rural y natural- ahora somos la región con más población urbana del mundo. Más del 80% de los ñamericanos vive en ciudades. Esa imagen un poco pastoril ya no nos representa. A partir de esa idea, decidí recorrer las ciudades más representativas para conocer un poco más.

Ñamérica, el último libro de crónicas de Martín Caparrós.

Ñamérica, el último libro de crónicas de Martín Caparrós.

T.:¿Cómo nace la palabra « Ñamérica »? En el análisis, también usás « Ñusa » ¿Por qué decidiste inventar un léxico?


M.C.:
Tiene que ver con una primera constatación que hice para entender y contar la región. Brasil desequilibra los datos porque es desproporcionado. Como Portugal no sabía cómo usar todo ese enorme territorio difícil, no lo ocupó y no lo subdividió. Brasil tiene más habitantes que 12 de los 19 países de la región y más territorio que la suma de los cinco países que le siguen en extensión. Los datos de Brasil influyen demasiado en la imagen que puede hacerse de la región. Y hablar otro idioma nos aleja, no nos leen, no los leemos. Entonces decidí trabajar sobre los 20 países que hablan un mismo idioma, es un fenómeno muy peculiar que no existe en ninguna parte del mundo. El otro día escribí para una columna que se va a publicar en El País que « Hispanoamérica » solo se dice por plata, quería encontrar un nombre más atractivo. Se me ocurrió « Ñamérica » porque la ñ es el estandarte del castellano y pensé que poner esa letra en el nombre les daba algo de esa identidad.

« Ñamérica » empieza con un texto desde el mercado de Chichicastenango, uno de los más típicos de Guatemala. « En las guías turísticas a las que accedía decía que allí `residía el espíritu de América Latina. Entonces dije: ‘Vamos: resultó ser que el espíritu solo trabajaba los jueves y domingos’. Pero era una forma de poner en escena el lugar común sobre América Latina, sobre una supuesta esencia, para trabajarlo y desmentirlo », cuenta Caparrós.

T.: En diferentes tramos retomás esta cuestión para insistir en que que la identidad es justamente la mezcla, que no creés en la existencia de una esencia aglutinadora. ¿Sabías esto antes de escribir el libro?

M.C.: Bueno, sí y no. Llegué a conceptualizarlo con el libro. Me llamó mucho la atención como está tan claro en Ñamérica que somos una mezcla, que no hay pureza sino que hay cuatro olas migratorias muy concretas. Y somos esa mezcla de una manera que ya es muy difícil separar. Por eso cuando desde algunos sectores se enarbola la bandera de la pureza de la sangre y origen, creo que ni vale la pena atender a eso. La potencia que tenemos los ñamericamos radica en que somos una gran amalgama. Estoy en contra de cualquier idea de pureza de sangre, sin importar quién lo reivindique.

T.: Al analizar el presente, advertís sobre cierta « tiranía de la identidad » y considerás que « los movimientos identitarios son parte de la imaginación de una época sin imaginación ». ¿Por qué abordás este fenómeno de época con esta lectura crítica?

M.C.: Me interesan más los proyectos que plantean la construcción de algo y no la conservación de lo que existe. Conservar lo que nos viene dado vale la pena si sirve para construir algo. Creo que nos falta la imaginación necesaria para imaginar un futuro. Entonces, el futuro en vez de ser promesa es amenaza. Hoy hay amenaza demográfica, ecológica y política. No sabemos todavía cómo serán nuestras esperanzas. Pero esto ni es una novedad, es algo que pasa cíclicamente a lo largo de la historia: hay épocas que ya decidieron cómo quisieran que fuera su futuro y trabajan para conseguirlo y hay épocas que todavía no.

T.: En la crónica de Buenos Aires, contás como varios de tus interlocutores celebraban que te hubieras ido del país, lo veían como una avivada. Viajaste mucho y en otras épocas de tu vida también viviste en el exterior. ¿Es la primera vez que te topás con estos comentarios?

M.C.: Sí, por eso lo subrayé en la crónica. Me impresionó mucho. En algún punto creo que tiene que ver con un elemento constitutivo que parecemos haber perdido: que somos el país del futuro, del mañana. Clemenceau fue el que dijo en el centenario que la Argentina era el país del mañana. « Pero el problema es que creo que va a seguir siéndolo siempre », acotó. Tuvo razón durante sesenta, setenta años, fue constitutivo de la idea que el país tenía de sí mismo. La noción de que la Argentina se iba a realizar en un mañana la empezamos a perder en 1976. Y creo que ya no la tenemos y es duro porque era nuestro eje. Que toda esa gente me dijera que hice bien en irme fue una constatación cruel de eso. En otro momento del libro, en el que hablo de migraciones, digo una cosa que es una obviedad pero que no había pensado antes: migrar es aceptar que en mi sociedad no voy a encontrar lo que quiero.

T.: Decidiste irte pero seguís contando al país. ¿Por qué?

M.C.:No lo sé.

T.: ¡Una idea para otro libro!

M.C.: No tengo la sensación de haberme ido. Vivo contento en España pero hasta la pandemia me pasaba la mitad del tiempo viajando y en un futuro cercano creo que eso volverá a pasar. Y sigo muy ligado a la Argentina a través de mis amigos, leyendo la prensa. Esto también podría ser vivir en Trenque Lauquen porque la circulación virtual te da otra conexión. Sigo siendo un argentino que vive en España: sigo sin adquirir el acento español, cosa que acá me reprochan. Por suerte no tengo nada claro para decir sobre el tema.

T.: En el último capítulo, « La peste », hacés un análisis sobre el impacto de la pandemia y también contás que te tentó la posibilidad de cambiar el libro, pero que finalmente te convenciste de dejarlo como estaba. ¿Cuál era la tentación?

M.C.: Pensé que el libro podía quedar fuera de registro por este tsunami que nos pasó por encima a todos. Y me convencí, en parte, porque me convenía convencerme. La pandemia desveló muchas cosas que estaban ocultas, que no queríamos mirar. No cambió nada radicalmente, simplemente lo puso al descubierto. La otra opción era ver cómo queda Ñamérica después de la pandemia pero hoy no existe algo como un « después de la pandemia », sería un planteo totalmente falso.

 

[Fuente: http://www.telam.com.ar]

Un pescador toma mate frente a la base naval argentina en Mar del Plata, el 21 de noviembre de 2017. Foto: Eitan Abramovich/Agence France-Presse — Getty Images

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Esa mujer no tendría que haberse metido con el mate. Los argentinos aceptan tanta crítica y tanta descalificación –pero que nadie joda con el mate–. Por eso, hace unos días, el exabrupto de esa mujer sacudió las famosas redes sociales como no se veía hacía tiempo.

Cinthia Solange Dhers es una cirujana de 53 años que le mandó a una amiga un audio de WhatsApp donde se quejaba de que los vecinos de su nuevo piso de Nordelta, un barrio cerrado pretencioso del Gran Buenos Aires, eran “bestias que no tienen educación, que gritan y toman mate como si estuvieran en la playa Bristol de Mar del Plata”. Y que hablan fuerte, que sueltan a sus perros, que contrarían su “estética moral”. Alguien filtró el audio y se volvió viral: unos días después millones de argentinos lo habían oído, burlado, condenado.

La reacción fue abrumadora. Los que argumentaban que no era justo escuchar y discutir un mensaje privado de WhatsApp no fueron escuchados: la jauría se lanzó al ataque. La intolerancia fue el arma más usada contra la intolerancia, la descalificación contra la descalificación y, de pronto, la célebre grieta argentina no fue política sino social: ya no se discutían posiciones partidarias sino costumbres personales, prácticas culturales, pertenencia económica. Pero nada habría sido tan grave si la señora no hubiera atacado nuestra idiosincrasia: somos, antes que nada, tomadores de mate. Lo hizo, y en un par de días asociaciones varias organizaron “mateadas” masivas en los lugares denostados; miles de personas las protagonizaron con ardor justiciero, vengador. La señora, condensada como “La Cheta de Nordelta”, se volvió la víctima propiciatoria de la gran ceremonia en que terminamos de consagrar la santidad del mate.

Ante el mate da igual ser argentino o ser gaucho o paraguayo o uruguayo

El mate es un fenómeno extraño. Lleva milenios en el sur de América del Sur: lo tomaban esos indios guaraníes que, después, los jesuitas pusieron a trabajar en su cosecha. Se difundió en esa región: Argentina, Paraguay, Uruguay, los bajos del Brasil y nada más. Quedan, en el mundo, muy pocas comidas –muy pocas costumbres– locales. La consigna ahora es globalización o muerte: lo que no se globaliza se disuelve en el aire de los tiempos.

La globalización es, sobre todo, el proceso de unificación cultural más extraordinario que la historia recuerda. Últimamente todos escuchamos la misma música, bebemos las mismas aguas con burbujas, comemos las mismas tortas de carne picada dentro de un pan blando, vestimos el mismo raro invento germano de dos tubos de tela unidos en una de las puntas. Por eso es tan extraordinario que una pequeña tribu persista en un rito que nadie más practica. A los habitantes de la cuenca del río Paraná nos gusta chupar un fierro calentito para que el agua que ponemos en un zapallo vaciado y agujereado salga con gusto a una yerba que le metemos dentro: un líquido amargo que nadie más entiende, un rito de compartir que no comparte nadie.

El mate es uno de esos escasos usos que contrarían la lógica capitalista: ni se expande ni muere sino todo lo contrario. Y claro que intentaron difundirlo. La yerba mate tiene todo lo que necesita un producto en estos días para crear su mito: una historia aborigen, un origen lejano y natural, propiedades orgánicas, un manto de misterio, el gusto transgresor. Pero nunca funcionó: quizá sea por su sabor difícil de integrar o su consumo en grupo –una misma bombilla para todos– que a muchos les da asquito. Y no por eso dejó de crecer en sus lugares.

Es un líquido amargo que nadie más entiende, un rito de compartir que no comparte nadie

En la Argentina, sin ir más lejos, se expandió tanto en las últimas décadas. Hace medio siglo solo lo tomaban los pobres urbanos y la gente de campo. En una novela sobre los años treinta que ha circulado poco, Todo por la patria, un aristócrata argentino –con perdón– dice que “es una plaga, una auténtica plaga. Y pretenden hacer de semejante brebaje la bebida patria. Pero ¡por Dios! Imagínese qué patria vamos a hacer con esa bebida”. Ahora, en cambio, se lo encuentra en todas las casas, todas las oficinas, todas las clases. Hace poco me preguntaron cuál era el mayor cambio que había visto en mis cuarenta años de periodismo y lo expliqué así: que cuando empecé todos los periodistas guardaban en el tercer cajón del escritorio una botella de ginebra; ahora, en cambio, todos guardan la yerba y el termo.

El mate se ha impuesto en todos los sectores: pobres y ricos lo toman. La diferencia principal es, como con tantas otras cosas, que unos lo hacen en público y otros en privado. A veces, los más pobres lo toman con azúcar, para que “llene más”. Y, en general, el hecho de que los más ricos lo aceptaran forma parte de una “plebeyización” general de sus costumbres: si hace treinta años entusiasmarse por el fútbol o bailar cumbia o tomar mate los ponía definitivamente out en la escena social, lo fueron adoptando y ahora lo hacen, como quien se apodera. Pero claro, dentro de un orden, que los vecinos de Nordelta, según la señora quejosa, habían quebrado, convirtiendo el ritual apropiado en “pura grasa”.

Aun así su ataque fue excesivo y puso en evidencia la fuerza de ese lugar común, el mate. El amargo de la yerba, el calor de la bombilla, el ruido de sorber y la costumbre de compartir lo vuelven entrañable. Y extrañable: pocas cosas más reconfortantes, para el rioplatense distante, que encontrarse allá lejos con alguien que le convide un mate, que lo identifique. Tanto que preferimos no recordar que en la provincia de Misiones, donde se cultiva el 60 por ciento de la yerba del mundo –unas 770.000 toneladas anuales–, los “tareferos” peones cosecheros suelen empezar a trabajar a los 4 años, no van a la escuela, no tienen agua potable ni letrinas, hacen jornadas de doce horas bajo el sol, viven en la pobreza, mueren jóvenes.

El mate define a quienes lo toman: somos pocos, somos caprichosos, nos permitimos esa pequeña diferencia. Pero también nos reúne y recoloca: ante el mate da igual ser argentino o ser gaucho o paraguayo o uruguayo. Es curioso cuando un rito viejo se carga las fronteras nuevas. Es curioso cuando una identidad cultural es atacada: no se deja, contesta, se defiende. La Argentina, que ha soportado y soporta tantas cosas, no permitió que una señora pretenciosa despreciara el mate.

 

Martín Caparrós es un periodista y novelista argentino. Sus libros más recientes son « El hambre » y « Echeverría ». Vive en España, es colaborador regular de The New York Times en Español y reconocido recientemente con el premio María Moors Cabot de periodismo 2017.

 

[Fuente: http://www.nytimes.com]

El fallecimiento del exfutbolista Diego Armando Maradona ha sacudido al planeta y ha dejado a Argentina en estado de shock. El Pibe de oro fue velado con honores de Estado en la Casa Rosada, la sede de gobierno del país, entre una pasión y desconsuelo desenfrenados que obligaron incluso a una intervención policial y a cambiar de ubicación y recortar el horario de la capilla ardiente. Una muestra de que el Pelusa era un mito viviente, a pesar de los excesos y polémicas de los últimos tiempos. Con la indispensable ayuda de los siguientes artículos intentaremos comprender la fuerza simbólica de un personaje que ya es parte de la nómina de los iconos nacionales contemporáneos de Argentina junto a Gardel, Evita y el Che Guevara.

Para acercanos a la insólita grandeza del personaje nada mejor que una elaborada radiografía de su trayectoria como la que nos propone Ignacio Pato en su artículo Maradona sin autoengañarnos en El Salto Diario. “Huérfanos de jugadores rebeldes como seguimos estando, quienes reconocemos en el fútbol una manifestación fundamental de la cultura popular sujeta a un contexto socioeconómico del que no escapa, acogimos a Maradona como si fuera un revolucionario”, sostiene.

“La trayectoria de Maradona puede ser también vista como una especie de cartografía del último medio siglo que excede a la persona”, añade.

John Carlin, uno de los periodistas y escritores que con mayor lucidez ha descrito a personajes de tanta trascendencia como Nelson Mandela, habla del astro argentino en Maradona, el inmortal publicado en La Vanguardia: « Maradona tenía no solo talento sino carisma. Carisma significa tener una colosal confianza en uno mismo. Maradona tenía más que cualquier otro deportista, vivo o muerto, y quizá más que nadie de su época en cualquier ámbito ».

“César siempre tenía un esclavo a su lado que le decía: Recuerda que eres humano, recuerda que eres humano. Con Maradona es al revés. Desde que tiene 12 años todo el mundo le dice: Recuerda que eres Dios, recuerda que eres Dios, dice Carlin que le explicó una vez Roberto Perfumo, excapitán de la selección argentina.

Al día siguiente de conocerse el fallecimiento de Maradona, el escritor y periodista Martín Caparrós y el entrenador Ángel Cappa, ambos argentinos de pura cepa, protagonizaron una deliciosa conversación en los micrófonos de la Cadena Ser española. Caparrós y Cappa desentrañaron con la emoción a flor de piel el ADN del much

acho criado en una misérrima barriada de Buenos Aires que se convierte en un imbatible referente popular.

« El sueño de cualquier chico argentino era ser Maradona, y solo él pudo », coincidieron.

Desde una saludable distancia geográfica y sentimental, Eduardo López, en su artículo Diego Armando Maradona: icono cultural, ‘musa’ de artistas, publicado en As México, recuerda, entre otros creadores que encontraron inspiración en la figura del futbolista, al extraordinario poeta y escritor uruguayo Mario Benedetti.

« Mario Benedetti, quien escribió Hoy tu tiempo es real, en presumible alabanza a Diego, sentenció, con sorna ateista y alabanza paralela, que el Gol del Siglo a Inglaterra en 1986 « es la única prueba fiable de la existencia de Dios », señala.

Y otra escritora relevante que se ha pronunciado sobre Maradona y el impacto de su muerte es la argentina Mariana Enríquez. En su artículo en Página/12 La muerte no es el fin alude a los constantes excesos del deportista en su vida privada, con su destructiva adición a las drogas y sus episodios de violencia de género.

“Diego sabía, en vida, que viviría después de la muerte y eso es demente y es inimaginable e incompatible con lo que entendemos como cotidiano; por eso no puede haber reproches, porque nadie sabe cómo es ser un mito viviente y vivir así. Nadie. Él tampoco », escribe.

Y también en Página/12, la periodista y futbolera feminista Natu Maderna aborda la espinosa, cuando no contradictoria, relación del feminismo argentino con el ídolo en el artículo Este loco amor por Maradona, actualizado de urgencia tras conocerse el deceso. Una reflexión que aborda la misteriosa transversalidad del fenómeno Maradona capaz de desbordar la propia idiosincrasia de un país, Argentina, en estado de shock.

“Mi conclusión es que ser maradoneana no es traicionar al feminismo. Soy feminista y soy maradoneana porque una cosa no quita la otra. Casi que creo, a esta altura del partido, que todo lo contrario, que ser una cosa, me hace ser la otra y se retroalimentan todo el tiempo”.

 

[Ilustraciones: Pedro Strukelj – fuente: http://www.americat.barcelona]

Escrito por Patricio Pron

Alan Pauls nació en Buenos Aires en 1959 y publicó su primer libro en 1987, El pudor del pornógrafo; le siguieron El coloquio (1990), Wasabi (1994) y El pasado, que ganó el Premio Herralde de Novela en 2003. Sin embargo, no fue si no hasta el ensayo La vida descalzo (2006) y las novelas Historia del llanto (2007) e Historia del pelo (2010) que Pauls, tras escribir sobre la lengua y el territorio de escritores argentinos de tanta importancia como Manuel Puig, Jorge Luis Borges, Roberto Arlt y Lucio Mansilla, encontró una lengua y un territorio propios, que ponen sus libros anteriores bajo una luz nueva.

No se trata, naturalmente, de que estos no fueran buenos (El coloquio es un excelente tour de forceWasabi es hilarante y El pasado, aunque irregular, es también una muy buena novela), sino más bien de que, vistos ahora, resultan esbozos de los que vendrían, pálidas imágenes de esos libros como sugirió en 2003 el prestigioso crítico argentino Daniel Link al sostener que El pasado era una novela que “indaga con tal intensidad los vericuetos y restos de una conciencia casi desquiciada, que vuelve las novelas anteriores pretextos o capítulos preparatorios de un libro por venir”.

Alan Pauls llegó a la literatura argentina como parte de una generación particularmente pródiga (Matilde Sánchez, Sergio Chejfec, Daniel Guebel, Sergio Bizzio, Rodrigo Fresán y Martín Caparrós eran sus autores más destacados), parte de la cual conformaba lo que el crítico alemán Roland Spiller caracterizó en La novela argentina de los años 80 (1991) como una “corriente  posmoderna”, cuya característica más saliente era “una posición de rechazo y negación de formas funcionalizadas y comercializadas” y, cabe agregar, de la hegemonía borgeana en la literatura argentina.

Al problema de qué hacer con el autor de Ficciones (problema al que se enfrenta tarde o temprano todo escritor argentino y al que Pauls dedicó un ensayo en 1996, El factor Borges) hay que sumarle también el que acarrea la presencia de César Aira, cuya obra, caracterizada por la libertad argumental y el rechazo a la corrección que ha presidido la literatura argentina y aún lo hace, supone para esta un enriquecimiento pero también la pérdida de un territorio muy amplio ya definitivamente airano en el que ningún escritor argentino ha sabido incurrir hasta ahora sin convertirse en un epígono. Pauls parece haber querido resolver la cuestión airana con Wasabi, una novela que intentaba responder a la pregunta de cómo contar una historia disparatada y de ribetes fantásticos sin caer en el campo gravitacional del autor de La liebre, y haberlo conseguido solo parcialmente.

Wasabi fue escrita casi diez años antes de El pasado pero solo fue editada por Anagrama dos años después de la publicación de esta novela. Si bien se trata de una estrategia recurrente en el marco de la recepción de la literatura latinoamericana en España, nadie ha escrito aún acerca de los efectos que este “desorden” puede producir en la recepción de sus autores por parte de los lectores españoles y de la eventual disposición de los propios autores a contribuir con este desorden por lo que tiene de liberador de las cronologías sedimentadas, por lo que ofrece de reescritura del pasado y por lo que propone de cara al futuro, un nuevo comienzo, ser otro.

Un ejemplo paradigmático en ese sentido es el de Ricardo Piglia, cuyos lectores españoles tienen que haber leído sus obras en el siguiente orden, producto de su rescate por Anagrama: Crítica y ficción (1986), Plata quemada (1997), Formas breves (1999), Respiración artificial (1980), Nombre falso (1975), La ciudad ausente (1992), El último lector (2005), La invasión (1967) y Prisión perpetua (1988). No pretendo aquí rechazar esta estrategia editorial para reivindicar que los libros sean leídos de modo “natural” o canónico, es decir, en el orden en que su autor los escribió y a la manera de testimonios de la transformación de sus gustos e intereses o simplemente de su pérdida de interés en la propia obra; por contra, me interesa destacar que este tipo de publicación desordenada puede arrojar efectos de lectura paradójicos y muy interesantes que obliguen a revisar las hipótesis de lectura de los países de origen de los autores “rescatados”.

Esto es precisamente lo que sucede en el caso de Alan Pauls y de Wasabi. Javier Rodríguez Marcos llamó a esta novela, en su reseña para el suplemento cultural Babelia del veinticinco de junio de 2005, “la prehistoria […] de un escritor que con el tiempo ha sabido sustituir el ingenio por la inteligencia”. Naturalmente, este juicio hubiera sido imposible de no haber sido antecedido por la publicación de El pasado. Y es que allí, en la historia del amor obsesivo y ridículamente patológico de Sofía y Rímini, Pauls llevaba a la perfección el estilo minucioso y reflexivo, de frases largas y elegantes, que había practicado tímidamente en sus libros anteriores y que a partir de allí sería una de las características más salientes de su obra. El estilo concentrado en sí mismo de su prosa (que el periodista argentino Ariel Schettini llamó en un artículo de 2005 una “atmósfera de extrañeza obsesionada”) era el vehículo al tiempo que la plasmación en el plano de la forma del carácter obsesivo y maniático de los personajes de lo que el autor llamó “una comedia romántica macabra» y que aquí llamaremos una comedia triste.

Aunque probablemente excesiva, El pasado resultaba una novela sorprendentemente eficaz en su pretensión de demostrar la magnitud devastadora y el peso formidable de un pasado que torna risible la pequeñez humana, pero también por la forma en que anunciaba la creación del territorio en el que se movería Pauls a partir de ese momento. El carácter acumulativo de su prosa y su búsqueda inalienable de la exactitud del decir conducían aquí a un exceso de realismo que desvirtuaba y renovaba las premisas del realismo en la literatura, algo que ya sucedía también, de forma más tímida, en Wasabi, donde la aparición del forúnculo que afligía al protagonista de la novela, y que este se trataba con un ungüento con sabor al condimento japonés del título, se integraba a una serie de hechos descabellados que recortaban todo un territorio ampliado dominado aún por el realismo pero interesado en la creación de un verosímil que no coincidía necesariamente con el del mundo extraliterario. Aun cuando Wasabi no respondía de forma plenamente satisfactoria a la pregunta de qué hacer con Aira, la novela apuntaba a la creación de este territorio Pauls, absolutamente propio y al margen de cualquier influencia, y señalaba también que en ese territorio el escritor argentino iba a permitírselo todo.

No son muchos los casos de escritores que se reinventan a sí mismos. El ejemplo más a mano de este fenómeno es el de aquellos que cambian de idioma, pero, el caso particular de los que, sin renegar de lo hecho anteriormente, se detienen y consideran su posición y comienzan de nuevo es relativamente infrecuente. Es lo que sucedió con Alan Pauls,  sin embargo.

Algo más de diez años después de Wasabi, la respuesta a la pregunta de cómo seguir, ya esbozada en El pasado, llegaría plenamente de la mano del extraordinario Historia del llanto. Allí Pauls reclamaba para sí algo más que un estilo: todo un territorio ficcional caracterizado por la confluencia de lo privado y lo público o, en otras palabras, por un acceso a lo social a través de la experiencia individual. Esta estrategia de acercamiento sesgado se justificaba allí por la necesidad de abordar un período tan convulso y aún traumático como lo que en Argentina es denotado (y más aún, connotado) con la expresión “los setenta”.

El protagonista de Historia del llanto era un niño obsesionado con los textos de la militancia revolucionaria argentina que, tras asistir por la televisión al golpe de Estado contra Salvador Allende, se descubría incapaz de llorar. El niño revisaba su vida y los fundamentos en los que esta se basaba y descubría una mezcla de elementos heterogéneos que son los materiales que caracterizaron una época: el progresismo de los padres, los cómics y la emergencia de un cierto tipo de lectura crítica de la cultura popular a la manera de Para leer al Pato Donald de Ariel Dorfman y Armand Mattelart (1971), la canción de protesta, la épica de la entrega y del sacrificio personal del guerrillero tal como esta fue transmitida por la literatura militante, la sensación de un tiempo inmóvil a la vez que potencialmente capaz de cambiar a cada momento. Estos materiales no escapan a quien sea hijo de militantes revolucionarios y adquiere para cada uno de ellos la forma de un problema o de una épica del origen, pero lo que importa aquí observar es que estos materiales, y particularmente su integración en un todo, son los grandes ausentes de las crónicas de la época y de los testimonios de quienes la vivieron.

En ese sentido, la novela de Pauls leía y reformulaba de manera productiva el auge del testimonio de la militancia revolucionaria en Argentina que iniciaron los tres tomos de la extraordinaria obra de Martín Caparrós y Eduardo Anguita La voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1978 (1997). El suyo era un acercamiento oblicuo: en Historia del llanto asistíamos al testimonio de alguien que no hizo nada, que no creyó en nada, que no contribuyó a lo que fue primero la salvación de un país y después su condenación y sin embargo –y contra lo que rezaba la contraportada de aquella edición– lo vio todo, filtrado por la imaginación infantil y por la indefensión que caracterizan a la infancia. El final del libro, en el que el niño comprendía a la manera de una epifanía personal e intransferible todo lo que sucedía, e intuía tal vez lo que iba a pasar, no solo era uno de los pasajes más conmovedores de la literatura argentina reciente; también liberaba a su autor y a los escritores por venir de un problema concerniente a todo lo que se escribe sobre la experiencia revolucionaria en Argentina: el de la legitimidad.

Historia del llanto reivindicaba para su autor y para los autores de su generación y de las que le siguen la posibilidad de practicar una escritura política que fuera también crítica con la militancia revolucionaria y que ésta sea aceptada como tal sin recurrir para ello a la legitimidad que, como en la literatura escrita por la generación anterior, emanaba del hecho de “haber estado allí”, de haber luchado y de haber perdido pero de haber sobrevivido y desear dejar testimonio. Al hacerlo, Historia del llanto resultaba un libro incómodo, pero su incomodidad era la que produce un libro cuando se enfrenta a las convenciones de su tiempo y las somete a su voluntad, ampliando el horizonte de posibilidades de lo que una literatura nacional puede ser en un momento histórico específico.

Aunque abriéndose al presente, sucede lo mismo en Historia del pelo, en el que Pauls vuelve a valerse de esta estrategia oblicua para narrar unos fragmentos de vida de unos personajes atravesados por la historia, el primero de los cuales, su protagonista, está obsesionado con su cabello y con las posibilidades que inaugura su posesión: “cortárselo mucho, poco, cortárselo rápido, dejárselo crecer, no cortárselo más, raparse, afeitarse la cabeza para siempre”. Aunque su interés en el cabello puede parecer una frivolidad no lo es, ya que “cada peluquería que no conoce y en la que se aventura es un peligro y una esperanza, una promesa y una trampa. Puede cometer un error y hundirse en el desastre, pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si da por fin con el genio que busca”.

En contra de toda estadística, esto es precisamente lo que sucede: el protagonista conoce a Celso, un peluquero paraguayo cuyo corte lo deja sin aliento; cuando, un mes después, pretende que vuelva a cortarle el cabello, Celso ha desaparecido, y el personaje comienza a perseguirlo por peluquerías, discotecas y sórdidas sesiones de shaving. Aquí Pauls incurre en un argumento que parece sacado de una de esas novelas breves y vertiginosas de César Aira; sin embargo, Pauls rescata a su novela del riesgo de adquirir un carácter epigonal incorporando una dimensión política: la obsesión por el cabello del protagonista se remonta a un período en el que este procuró dejarse una mata de cabello rizado, como hacían tantos miembros de las clases medias y altas que simpatizaban con la política revolucionaria.

En uno de los momentos más programáticos del libro, Pauls glosa precisamente esa vinculación –una vez más: nada frívola– entre politización y efervescencia capilar: “Lo primero que desaparece con la toma de conciencia es la gomina: el pelo resucita, se despereza, recupera movilidad. Después irrumpe el bigote, primero tímido, finito, casi policial, luego espeso y desafiante. Por fin, la rebelión total: pelo largo y en desorden, incluso sucio, estilo crencha, y bigotes, y barba, matas de pelo saliendo de los oídos, todo junto. Una molotov capilar ambulante”.

El fracaso del protagonista en obtener el cabello rizado que demostrara sus simpatías políticas es, extrapolado, el de la participación de las clases medias y altas en la política revolucionaria en Argentina, con sus proletarizaciones aceleradas e incompletas y su cesarismo; a partir de entonces, el protagonista de Historia del pelo arrastra sus dudas capilares como un síntoma. En algún momento, sin embargo, comprende qué cosa es para él el corte: “no exactamente una interrupción, la acción que limita, pone freno a un desorden y cierra de algún modo un pasado, sino un salto hacia adelante, un cálculo en el vacío, una especie de visión que ve un horizonte y alucina un rumbo que son invisibles para todos menos para uno”.

El protagonista quiere “cortar” con el desgarramiento que supone la materialidad misma y sin idealizaciones de la derrota revolucionaria en Argentina, y ese deseo de corte es compartido por otro personaje del libro a quien el narrador llama “el veterano de guerra”, un hijo de militantes revolucionarios que ha perdido a su padre y que, tras la muerte de su madre, abandona Francia y regresa a Argentina con un salvoconducto infalible: la peluca con la que Norma Arrostito, una de las fundadoras de Montoneros, participó del asesinato político que sirvió de espectacular carta de presentación de la organización armada. En Buenos Aires sobrevive trapicheando con drogas y recurriendo a la solidaridad de los antiguos compañeros de armas de sus padres. La suya es, como la del protagonista, una existencia a la deriva, marcada por la derrota y la pérdida; solo que en su caso, y a diferencia de lo que sucede con el protagonista, no hay posibilidad de sublimación alguna, en el sentido de que él lo debe todo, incluso su misma existencia a una época.

Sin embargo, “¿qué es la época? ¿A qué se reduce, cuánto dura una época sin mentir o evaporarse si no cristaliza en un nombre propio, un estilo personal, un cuerpo marcado por señas particulares y por huellas?”, se pregunta el narrador. Tanto Historia del pelo como Historia del llanto –y, presumiblemente, la tercera parte de esta trilogía, llamada Historia del dinero [2013]– procuran responder a esa pregunta, pero lo hacen sin ninguna pretensión de reconstrucción histórica, sin recurrir a referencias concretas e interesándose más por la deformación a la que la memoria somete a los hechos históricos que a su verdad como acontecimientos, abordando pues la época de manera sesgada y haciendo confluir lo público y lo político con lo íntimo y privado. Es necesario retrotraerse a los grandes libros de Enrique Fogwill de las décadas de 1980 y 1990 para encontrar un gesto similar en la literatura argentina, de allí su valor y su importancia. Allí donde Pauls regresa al pasado lo hace respondiendo a la pregunta que Daniel Link hacía en 2003, tras leer precisamente El pasado, acerca de cómo sería la obra futura de su autor. La respuesta está aquí: sutil, emocionante, extraordinariamente compleja al tiempo que ligera, importante, significativa, bella, útil.

 

[Foto: Magdalena Siedlecki – fuente: http://www.latempestad.mx]

El escritor y periodista argentino Martín Caparrós publica Sinfín, una distopía que afronta las consecuencias que supondría alcanzar la eternidad. Una crónica de un hecho incierto, que aún no ocurrió, narrada con absoluta agudeza y veracidad.

Escrito por MANUEL ÁLVAREZ

Qué: Libro (Random House)

Desde hace tiempo, Martín Caparrós es uno de los mejores cronistas del mundo. Sus libros como El hambre o El interior forman parte del canon que debería leer cualquier aspirante a cronista. También es, por cierto, un gran novelista, allí están Los living o La historia, para comprobarlo. Ahora en Sinfín confluyen los dos Caparrós, porque si bien es una ficción, no hay duda de ello, está escrita como una crónica. La ficción narrada como no ficción.

El libro cuenta la historia de Tsian –paraíso, en español–, el nombre que la gran Samar le puso al invento que vino a cambiar el mundo, un mundo que en 2070 convive con las guerras religiosas, corporativas y los nacionalismos. ¿Cuál es el invento? El mayor logro de la civilización: alcanzar la vida eterna, transformando así la vida, o, mejor, la muerte de millones de personas. Ahora, en torno a Tsian existe una mitología que es la que la narradora del libro intentará descifrar: su verdadera historia. Porque detrás de todo mito hay una historia oculta, y esta puede no ser muy agradable.

En este futuro no tan lejano, al mejor estilo Black Mirror, en el que, está claro, los chinos dominan el mundo, los cerebros se pueden transferir a computadoras y vivir eternamente, eternamente pero aisladamente, en una especie de casita, ya que esa es una condición del paraíso.

Caparrós, con mano maestra, con descripciones precisas, imagina un futuro que, vistos los intereses de multimillonarios como Musk o Bezos para que la vida continúe después de la muerte, parece posible. Allí está el gran logro del autor: la imaginación a partir de la realidad, es decir, la invención, que, según Herbert Quain, es la más alta felicidad que puede suministrar la literatura. Sinfín es la crónica, narrada con absoluta agudeza y veracidad, de un hecho incierto, que aun no ocurrió. Bienvenida sea la crónica futurista.

> Leer fragmento aquí

Martín Caparrós Sinfín

[Foto: Álvaro Delgado – fuente: http://www.zonadeobras.com]

Patricio Pron discute aquí la posibilidad de establecer un canon del cuento argentino, una de las grandes tradiciones de la literatura hispánica

Por PATRICIO PRON

No había terminado aún el siglo XX cuando la sección argentina de la editorial Alfaguara organizó en 1999 una encuesta entre setenta “críticos y escritores” para seleccionar el “mejor cuento argentino” del siglo; como recuerda Sergio Olguín en el prólogo al volumen, la lista estaba compuesta en su totalidad por obras de autores masculinos, aunque la encabezaba un relato breve con una mujer como protagonista, la Eva Perón de “Esa mujer”, el extraordinario cuento de Rodolfo Walsh.

Las listas, afirmó David Ives, son “antidemocráticas, discriminatorias y elitistas, y, para peor, a veces están impresas en una tipografía demasiado pequeña”. La de los “quince mejores cuentos argentinos del siglo XX” se presenta en un tamaño de letra relativamente grande y de fácil lectura, pero (leída en el presente) no parece escapar a los otros aspectos de la invectiva del dramaturgo estadounidense. Es, sobre todo (y en eso se parece a todas las listas de su tipo), un espejo en cuya superficie se refleja, a la manera de un rostro, el Zeitgeist del momento en que fue confeccionada: ningún relato escrito por una escritora, nada perteneciente a la producción literaria de minorías étnicas y/o de otro tipo, ningún aporte de las llamadas “literaturas regionales”, prácticamente ni un solo ejemplo de las literaturas de género (a excepción de “Vivir en la salina” de Elvio E. Gandolfo, un cuento de ciencia ficción) y un predominio claro de la literatura urbana y del fantástico rioplatense.

No se trata de que los relatos breves que conformaron la lista carezcan de calidad; los quince cuentos (“Esa mujer” de Walsh, “El Aleph” de Jorge Luis Borges, “Casa tomada” de Julio Cortázar, “Sombras sobre vidrio esmerilado” de Juan José Saer, “El jorobadito” de Roberto Arlt, “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Casares, “El matadero” de Esteban Echeverría, “A la deriva” de Horacio Quiroga, “La madre de Ernesto” de Abelardo Castillo, “Yzur” de Leopoldo Lugones, “El fiord” de Osvaldo Lamborghini, “Muchacha punk” de Rodolfo Enrique Fogwill, “Caballo en el salitral” de Antonio Di Benedetto, “Vivir en la salina” de Gandolfo y “Las actas del juicio” de Ricardo Piglia), con dos posibles excepciones (la de Castillo y la del relato de Piglia, que, en mi opinión, no es el mejor de su profusa y muy valiosa obra cuentística), son buenos y delimitan, en líneas generales, el territorio del consenso en torno a la práctica del cuento en Argentina. Pero si el género goza de una gran reputación en ese país no lo es en menor medida debido a que hubiese sido posible (también) escoger otros quince cuentos distintos sin que el nivel de la antología hubiera perdido calidad.

La confección de listas no carece de dificultades, y Olguín menciona algunas en el prólogo al volumen: varios participantes en la encuesta se votaron mutuamente, un autor se votó a sí mismo, varios incluyeron cuatro o cinco cuentos de Borges, hubo algunos que llamaron luego de enviar su voto para modificarlo, tres uruguayos se colaron en la votación y (lo que resulta todavía más desconcertante) uno de los “mejores cuentos argentinos del siglo XX”, “El matadero”, fue publicado en 1871.

Veinte años después de este último esfuerzo de importancia por establecer el canon del cuento argentino, es más que probable que este último tendría una apariencia ligeramente distinta si se lo llevara a cabo en el presente: por una parte, debido a las intervenciones que en los últimos años han abogado decididamente por la supresión de la “trinidad” del relato breve argentino (Borges, Cortázar, Arlt) y su reemplazo por otras (Walsh, Lamborghini, Fogwill, por ejemplo), así como la recuperación de las voces de Silvina Ocampo, Sara Gallardo e, incluso, Marta Lynch; por otra parte, debido a que la popularidad adquirida en los últimos años por las literaturas de género (el policial, por ejemplo, con Sergio Olguín y Claudia Piñeiro entre sus principales figuras, y el terror, con Mariana Enríquez como su cultora más importante), al igual que la reputación adquirida por la no ficción (Leila Guerriero, Cristián Alarcón, Martín Caparrós, Josefina Licitra, etcétera) han supuesto desplazamientos y reescrituras del canon concebidas para legitimar esa nueva popularidad mediante el establecimiento de antecedentes y padres (y madres) fundadores.

Una vez más (y esto ha resultado evidente en Argentina en los últimos veinte años, no solo en el ámbito de la literatura), la negociación del pasado común es la instancia en la que se dirime la legitimidad de ciertas prácticas del presente. ¿Qué ha sido el cuento argentino desde su fundación? ¿Quiénes fueron sus principales autores? ¿Cuáles los mejores cuentos? La respuesta a estas preguntas es, respectivamente: lo que es actualmente, los que han anticipado las tendencias del cuento contemporáneo, los que mejor representan algo que es percibido como el “suelo” sobre el que los cuentistas contemporáneos pisan (o pisamos), a veces, incluso, firmemente. Quizás haya llegado el momento (por fin) de dejar de lado los intentos de establecer cánones y listas “definitivas” para celebrar la diversidad y la proliferación de una literatura que invita a los lectores (también a los mexicanos) a perderse gozosamente en ella.

[Fuente: http://www.latempestad.mx]

Cada vez que se producía algún cataclismo extraordinario, su víctima intentaba volver a la vida que había perdido. Ya no será posible.

Una mujer en las calles de Granda el 2 de mayo. Foto: Jorge Guerrero/Agence France-Presse — Getty Images

Escrito por Martín Caparrós

Nunca pensé que escribiría estas palabras, pero aquí van: he aprendido a ser conservador. Todavía no digo que lo sea; digo que, tras huirle como a la peste toda mi vida, ahora entendí cómo podría serlo. Me ataca, lenta, arrolladora, la conciencia de que no vamos a vivir como vivíamos. Llevo días y días extrañando la vida que creo que perdí; días y días pensando en esas cosas que me gustaban de mi vida anterior al virus que seguramente no volverán —los viajes, la felicidad de mezclarse sin pegas con personas en mercados o estadios o manifestaciones, los encuentros y conversaciones impensados, el calor de un abrazo—. Días y días lamentando su desaparición tan probable; días y días imaginando cómo podría conservarlos.

Esa es, ahora entendí, la actitud entre melancólica y reactiva —reaccionaria— del conservador: sabe que algo se le escapa y se pregunta cómo podría conseguir que algo de ese algo no se fuera del todo o volviera de algún modo. Se suele pensar que los adultos se vuelven conservadores porque quieren vivir mejor. Creo que es un error: lo hacen, si lo hacen, porque creen que han vivido mejor: no, en mis tiempos… Eso es, creo, ser conserva, y me está dando. Porque ahora, parece, empieza la otra vida.

Ahora desescalamos: esa es la orden, al menos en España, donde estoy. Yo sabía que los escaladores escalaban y, una vez que habían llegado a la cumbre, bajaban o incluso descendían; nunca supe que desescalaran, pero nosotros sí lo haremos. No será fácil: no es lo mismo abrir que descerrar. Y si conseguimos desescalar lo suficiente llegaremos abajo de todo, muy abajo, al fondo, donde nos espera la nueva normalidad. Desescalar hacia la nueva normalidad es la consigna: el castellano sufre, las sociedades puede que también.

***

Era un clásico: cada vez que se producía algún cataclismo extraordinario, su víctima intentaba “volver a la normalidad”. Ya no; ahora vamos a ir, con suerte, hacia la “nueva normalidad”.

En Barcelona, el 4 de mayo. Foto: Nacho Doce/Reuters

Están inflados. Nunca gobiernos democráticos tuvieron tanta cancha para ejercer su poder: hace dos meses que les permitimos cualquier cosa porque estamos asustados por la enfermedad, por la muerte presente y prematura. Lo hacen, por supuesto, por nuestro bien; no hay razón más eficaz para hacerte obedecer que convencerte de que es “por tu bien”, y ahora estamos, con razón o sin ella, convencidos.

Así que todo lo que hicimos con nuestras vidas en estos meses no fue producto de un debate, de una decisión consultada y compartida: es lo que nuestros gobiernos, apoyados en el supuesto saber de ciertos científicos, nos dicen que hagamos. La democracia se suspende —por nuestro bien, faltaba más— y los poderes deciden sin más máscaras. No digo que esté bien o mal; digo que sería bueno tenerlo presente. Cuando se nos pase el susto, la inmovilidad del susto, habrá movidas, pedidos y pases de cuentas: terremotos políticos varios.

Y eso mismo que hacen los Estados lo hacen, en estos días, tantos ciudadanos, cuando sermonean a los “infractores”, los atacan, les lanzan desde sus ventanas el peso de sus mejores intenciones. Es el peligro de las causas justas o, peor, las buenas causas. Cuando tenemos una —cuando creemos que tenemos una—, ella lo justifica todo. Entonces podemos permitirnos todas esas conductas que en general reprimimos, porque la causa lo requiere. Ahora tenemos la mejor —o una de las mejores—: la conservación de la salud de la comunidad, la vida de la comunidad. Y, gracias a eso, miles de ciudadanos antes ¿respetuosos? ¿temerosos? ¿reprimidos? se transformaron en verdaderas arpías policiales, llenos de razón y sacrosanta cólera, que se dedican a decirles a los otros lo que deben hacer —y todo por la causa—. Si no diera asco daría risa. Y, sobre todo, si no cupiera la sospecha de que esa conducta llegó para quedarse: que el control mutuo “por la buena causa” será una de las bases de la nueva normalidad.

Nueve semanas. Ya van dos meses que nos despertamos cada mañana con las cifras de los muertos, las historias de los muertos, los ecos de los muertos: la muerte en la cabeza. Para una cultura que se dedica a ocultar la muerte es un fracaso extraordinario y habrá que ver cómo nos cambia. Hemos hecho todo lo que hemos hecho todos estos días por el miedo a la muerte, por la muerte. Ahora la sabemos, de esa manera física en que se saben pocas cosas. No está claro que podamos deshacernos de ella y volver a ser empecinados ignorantes. No está claro, en general, cómo seremos, pero la nueva normalidad incluirá una presencia de la muerte que hasta ahora supimos evitar.

Mientras, la pregunta del millón es si los Estados mantendrán algo de la fuerza que consiguieron en estas semanas. Todos —las grandes empresas, las pequeñas empresas, ciertos ricos, los pobres de todas las formas y colores— los necesitamos para sobrevivir en estos tiempos difíciles. Muchos —sobre todo los grandes capitales— intentarán desasirse cuando los tiempos se apacigüen. Pero ha quedado claro que en ciertas situaciones el famoso mercado no alcanza o no sirve. Y que hay momentos en que el destino de las personas se hace común, cuando alcanza con que unos pocos estén mal para que todos lo estemos; que hay males —las epidemias, la destrucción de la Tierra— que todavía no aprendieron a discriminar según fortunas. Esa sería la gran enseñanza que los más poderosos querrán olvidar: contradice las bases de su conducta, de sus ideas del mundo.

Y llegarán los cambios en la vida cotidiana, los que me volvían conservador. Los que podamos viviremos, sin duda, en un mundo más plano. La pantalla —la computadora que suele estar detrás— es un campo de concentración, un territorio concentrado. Ya cumple las funciones que hasta hace poco cumplían muchas herramientas distintas: el tocadiscos, la calculadora, el libro, el diario, el mercado, la radio, la televisión, el cine, el teléfono, la libreta, el naipe, el mapa, el correo y siguen firmas. En estos días incluyó también relaciones sociales y espectáculos que le escapaban, y trabajo, mucho trabajo. La tendencia existía, pero se aceleró. Lo sabemos: el teletrabajo llegó para quedarse, y habrá que ver cómo nos cambia.

Puede producir, entre otras cosas, ciudades menos congestionadas por personas yendo a sus empleos, pero también acabar con los negocios de tantos —bares, restoranes, transportes, roperías— que vivían de sus necesidades. Puede producir un uso más razonable de nuestro tiempo pero ya produce —dicen estudios recientes— un aumento del tiempo de trabajo. Puede reducir el control de los jefes cocoritos pero también dificulta la posibilidad de armar respuestas comunes de los trabajadores.

Y será un mundo mucho menos físico. Entre el avance de las relaciones digitales y el miedo a los demás nos tocaremos mucho menos. Los abrazos y los besos quedarán limitados a los muy cercanos, y a ver cuántos son los valientes que se atreven a darle la mano a un desconocido cuando se lo presenten. Nos miraremos con esa desconfianza que ya se encuentra en cualquier góndola, y ni siquiera nos veremos: viviremos en un mundo con muchas menos caras, con las caras hundidas detrás de esas máscaras que, por disimular, llamamos mascarillas. La sonrisa se volverá algo privado: un privilegio de interiores, como el pelo de las mujeres musulmanas.

Acapulco, en el estado mexicano de Guerrero, el 6 de mayo. Foto: Francisco Robles/Agence France-Presse — Getty Images

(Es curioso. Una de las características más destacadas del avance chino en el mundo era que tenía rasgos occidentales: lo llevaban adelante con costumbres y cosas y maneras y máquinas diseñadas de este lado, para vivir vidas parecidas a las “nuestras”, hechas de coches, rascacielos, vinos, teléfonos, bluyines. Lo que había triunfado no era Oriente sino un Occidente desplazado, con mano de obra más barata. Las mascarillas, que ellos usan desde hace mucho y ahora todos usaremos, serán, quizá, el primer gran rasgo oriental que se va a imponer en nuestro espacio: una marca de su poder en nuestras caras).

Un mundo empieza en estos días, y siempre es fácil encontrar belleza en el que se termina. En eso consiste esa tontería de ser conservador. Pero es cierto que, si todo sigue como parece, viviremos en un mundo con más miedos y controles. Un mundo con menos gestos, menos intercambio. Un mundo donde los extraños serán tanto más extraños.

Son solo algunas previsiones para los que todavía creemos que podemos prever algo. Hay millones —muchos millones— cuya previsión más insistente consiste en querer prever —y proveer— la comida de mañana. Mientras algunos teletrabajamos y nos dolemos por los viajes y los besos perdidos, millones clamarán, reclamarán, exigirán a gritos. Con ellos —y con la respuesta que reciban— se jugará la suerte de nuestros países. Entonces sí sabremos cómo será esa normalidad que anuncian nueva y que puede ser, en lo esencial, siempre la misma. O no, cómo saberlo. Hace tres meses no imaginábamos nada de lo que nos sucede: si esta lección no nos enseña la modestia, nunca nada podrá.

Martín Caparrós (@martin_caparros) es periodista y escritor. Sus libros más recientes son el ensayo Ahorita y la novela Sinfín, que transcurre en 2070.

[Fuente: http://www.nytimes.com]

«Sinfín», o novo libro do xornalista arxentino, é unha «ficción sen novela» de ton sombrío con escintileos de humor

Por LAURA MIYARA/X.F.

A nova novela Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), Sinfín (Alfaguara), sitúase no futuro próximo para falar do presente. Narrada en primeira persoa por unha xornalista, é unha crónica sobre o porvir da humanidade en ton sombrío e cínico que mantén os escintileos de humor que caracterizan a Caparrós.

Nun mundo azoutado por novas cruzadas relixiosas e controlado por corporacións que manipulan e estenden os límites da vida humana para quen poden pagalo, un invento dá un paso máis aló ao prometer a vida eterna. Trátase de Tsián (paraíso, en chinés), unha máquina á que millóns de persoas transfiren os seus cerebros para seguir existindo nun mundo virtual deseñado á súa medida. Neste contexto, unha relatora intentará revelar a historia do xurdimento de Tsián e o que se oculta detrás das súas promesas.

-O libro fala de como a relixión, a ciencia e a tecnoloxía moldean a nosa percepción da realidade. ¿Cre que a tecnoloxía substituíu á relixión en tanto paradigma ou dogma?

-A relixión é puro relato e ese relato produce efectos sobre a realidade. A ciencia e a técnica, en cambio, producen efectos pero non porque che convenzan de nada. Non se necesita que un crea para que eses efectos sexan reais. Pero as persoas poden substituír a fe que necesitan ter en algo. Deixar de depositala en deuses e substituíla por unha fe nos prodixios da técnica. Incluso podería pensar que a forma en que vivimos cambiou nestes días por un imperativo científico. A ciencia imponnos o que temos que facer. Neste caso, a corentena. Talvez noutros momentos unha enfermidade como o coronavirus producise a necesidade de procesións como forma de combatela. Hai lugares onde efectivamente a relixión está a perder peso e importancia, como Europa occidental, e hai lugares onde non. En América Latina a relixión católica está a perder peso pero o que a substitúe non é o racionalismo ou o ateísmo senón, si seica, a relixión evanxélica.

-En «Sinfín» o relato sobre a tecnoloxía ten máis peso que a tecnoloxía en si mesma e convértese en algo dogmático.

-Si, a vida despois da morte que a técnica promete en Sinfín é tan incomprobable como a vida despois da morte que promete a relixión desde fai dous mil anos.

-A versión oficial da creación de Tsián é outro relato, a MásBellaHistoria. ¿Cal cre que sexa a MásBellaHistoria do noso tempo?

-Case todos vivimos nun mundo fabricado por relatos. Por exemplo, o relato da patria, da nación. O feito de que Galicia sexa distinta de Portugal, por exemplo, cando Galicia é moito máis parecida a Portugal que ao País Vasco. Isto forma parte dun relato que se impuxo tan eficientemente que xa o pensamos como realidade, cando en verdade podería perfectamente non ser así.

-O mesmo pasa cos relatos ao redor da riqueza…

-O que a min máis me impresiona é o relato segundo o cal os ricos son necesarios e beneficiosos para a sociedade, porque supostamente dan traballo e producen efectos benéficos co seu diñeiro, cando en realidade usan o traballo de miles de persoas para facerse máis ricos aínda. E o feito de que alguén concentre esa cantidade de riqueza supón que hai moitos que non teñen suficiente.

-¿Inspirouse noutras obras que teñan predito o futuro?

-En realidade eu terminei Sinfín hai un ano e medio. Despois diso vin Years and Years, que fala tamén do futuro nun ton escuro. Algún episodio de Black Mirror tamén. Paréceme que hai unha movida de contar futuros e son sempre pouco auspiciosos. Creo que vivimos nunha época que ten medo do seu futuro e hai relatos que loxicamente o reflicten.

-¿Por que vemos así o futuro?

-É unha época que non conseguiu aínda construír unha idea de futuro desexable. Non temos un modelo de sociedade que quereriamos nun futuro próximo. Non desexamos o noso futuro porque non sabemos como queremos que sexa, entón temos máis medo que esperanza.

-¿Cre que Europa está nunha decadencia como sucede no libro e finalmente termine en mans de China e India?

-Si, Europa pasou os últimos 80 anos decaendo e sen dúbida China vai volver a ser o país máis poderoso. Desde o 1700 ao 2000 houbo certas confusións e deixou de selo, pero volverá selo como sempre e o mundo reordenarase. Europa segue sendo o lugar máis amable para vivir, pero non se canto durará iso.

Coas Tsián, as vidas despois da morte que expón Sinfín, individuais e desconectadas do mundo, os efectos sobre o mundo material son sociedades con comportamentos cada vez aínda máis individualistas.

-¿Cre que unha sociedade desexable tenda ao contrario, a comunidades máis abertas e unidas?

-Si, a grandes liñas, pero isto é demasiado vago como para concretalo nunha idea que nos sirva para traballar ata facela realidade. Por iso tememos ao futuro. Efectivamente, en Sinfín, o negocio que se propón é «ofrézoche a vida eterna pero a cambio dun illamento eterno». E isto resúltame curioso porque nestes días o que se expón é tamén iso. Ofrézoche vivir uns anos máis a cambio dunhas semanas de illamento. É un pouco ese negocio.

-Só que este illamento é por tempo limitado e con comunicación co exterior.

-Claro, pero o que gañamos tamén é por tempo limitado. É morrer máis adiante no canto de agora.

-Dáme curiosidade saber si no proceso de escribir «Sinfín» imaxinouse a si mesmo nese futuro hipotético. Si puidese elixir transferirse ao seu Tsián, ¿faríao?

-Supoño que si. Chegado o momento, prefiro a expectativa de que pase algo máis á certeza de que non hai máis nada.

-¿Temos a certeza de que non hai nada despois?

-Si. Eu teño a certeza, lamentablemente. Encantaríame non tela. Cando un se morre morre. Depende, hai xente que cre o contrario e eu envéxoa moito, pero creo que están totalmente equivocados. Encantaríame estar equivocado como se equivocan os católicos e demais, pero lamentablemente non podo.

-¿Que incluiría no seu Tsián?

-Das numerosas versións que fun inventando, á que máis próximo me sento é a do señor que di que quere que haxa algunha marxe de erro. Que as cousas saian mal de cando en vez, para que sexa máis real. Eu elixiría iso. Un sistema no que haxa posibilidade de erro para poder apreciar os momentos nos que un consegue o que desexa ou fai o que quere.

[Imaxe: ÁLVARO DELGADO – fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

En los encierros impuestos por el coronavirus hemos aprendido que el mundo no tiene volumen: confinados, solo sabemos lo que nos dicen otros. Pero también hemos entendido que dependemos de los demás, que el destino no es individual sino común.

Postal del coronavirus del 23 de marzo de 2020, en Bangkok, capital de Tailandia
foto: Mladen Antonov/Agence France-Presse — Getty Images

Escrito por Martín Caparrós

Era cierto: el mundo, al fin y al cabo, es plano. Ahora, tras tanta desmentida, lo sabemos. No tiene volumen, no se puede tocar, está todo en pantallas: televisores, computadoras, telefonitos varios. Nos dicen que es 3D porque solo tiene dos dimensiones. Este mundo plano es un relato permanente, historias que nos cuentan sobre nuestra historia. Ahora somos eso, somos esos.

Encerrados, solo sabemos lo que nos dicen otros. Dependemos de las redes y los medios. Nuestro barrio se ha transformado en un país lejano, que solo conocemos a través de ellos, nuestros corresponsales extranjeros. Es cierto que suele sucedernos pero, en general, mantenemos un pequeño porcentaje de experiencia propia, de mirada de primera mano; con el confinamiento lo perdimos. Y entonces nos queda esa caricatura del mundo que los medios ofrecen: lo que llama la atención, lo extra-ordinario. Eso es lo que miramos ahorita.

Nos dedicamos a recibir “información”: todo es drama, todo susto puro, todo virus. Veo en Twitter a “Tres clientas peleándose por un paquete de papel higiénico en un supermercado de Sídney” y casi extraño los tiempos primitivos en que jamás me habría enterado de que eso sucedió. El mundo plano es raro y duro, despojado del tedio confortable que llena nuestras vidas. “Las vidas están hechas de banalidad como los cuerpos están hechos de agua”, escribió un autor casi contemporáneo. Ahora todo lo espantoso se concentra en las pantallas —que nos cuentan un mundo muy distinto del que veíamos cuando también lo mirábamos con nuestros ojos propios—. Y nos aterra o nos deprime más, como si fuera necesario.

El mundo plano es un lugar totalitario, totalizado, copado por un todo. Vivimos vidas provisorias definidas por el virus: hablamos del virus y pensamos en el virus y los medios nos hablan del virus y el virus marca todo lo que hacemos: somos para el virus, por el virus. Es tan difícil hablar de cualquier otra cosa en estos días. También por eso el mundo se ha hecho plano. Y el miedo nos percute.

Con el miedo, el cuerpo volvió al centro de la escena: hacemos todo esto porque nuestros cuerpos peligran y debemos protegerlos. La Naturaleza ya no es nuestra víctima; es nuestra amenaza. El enemigo es físico —y nos hace físicos a todos—: el virus nos devuelve a nuestra condición de puros cuerpos.

Un trabajador estatal desinfecta una entrada del metro en Budapest, Hungría, el 25 de marzo – foto: Bernadett Szabo/Reuters

Se nos acabaron los relatos que ofrecen excusas y coartadas: encerramos nuestros cuerpos porque tememos por ellos. Lo que sea para salvarnos, para sobrevivir. Hemos vuelto a ser lo que fuimos hace muchos milenios, lo que somos en los momentos más extremos: unidades mínimas de supervivencia, individuos intentando subsistir. Te ponen frente a la inmediatez de la muerte y pierdes las formas. Vives simulando que eso está muy lejos; ahora no se puede. La vida está en otra parte; la muerte, aquí muy cerca.

Entonces nuestros cuerpos tienen que estar guardados protegidos escapados del espacio común, lo más lejos posible de cualquier otro cuerpo. Cada cuerpo debe defenderse de todos los demás. Cada uno por su propio bien, amenazado por los otros. Poncio Pilatos se lavó las manos para decir que él no quería tener nada que ver con esa historia; nosotros tenemos que lavárnoslas, nos dicen, repetida, frenéticamente, para pelarnos de cualquier relación con el mundo exterior. El rechazo del mundo —lo exterior como amenaza, una de las grandes tendencias de nuestro tiempo— ha encontrado su apogeo absoluto en el peligro del famoso virus. Y el enemigo está en todas partes y no se ve y uno mismo puede ser su refugio, su plataforma, su cabeza de puente. Nos piden desconfiar de todos y, sobre todo, de nosotros mismos.

Es raro vivir tan entregados al miedo. Es casi un alivio: eso es lo que hay, la amenaza está clara, todo el resto queda silenciado, solo hay que ocuparse de sobrevivir, seguir viviendo, seguir vivos, un objetivo simple. O eso nos dicen, nos decimos.

El mundo plano es frágil. Creíamos que este mundo hipertécnico que vamos inventando en los países ricos era invulnerable, pero un bichito mínimo lo puso en jaque casi mate. Es raro ver, en estos días, cómo se desmorona todo lo que pensábamos tan sólido: industrias, bancos, poderosos varios, nuestras vidas. Aunque eso, gracias a dios, no nos impide buscar respuestas en la técnica, la ciencia: seguir confiando en ellas. Ante la amenaza nos entregamos a la ciencia, que nos dice que no puede hacer gran cosa; más que nada fijarnos reglas de conducta. Sobre todo cuando sus recursos están limitados por decisiones políticas, que recortaron la extensión y eficacia de los sistemas de salud.

Otra guasa del virus es que nos obliga a confiar un poco en gobiernos en los que nunca confiamos. Hacemos —más o menos— lo que nos dicen, pero declaramos héroes a los portadores de la ciencia porque se arriesgan a aplicarla en condiciones complicadas. Necesitamos héroes. “Tristes las tierras que no tienen héroes”, le decían a Galileo Galilei en la obra de Bertolt Brecht. “Tristes las tierras que necesitan héroes”, contestaba.

Pero al menos no nos entregamos al pensamiento mágico. El mundo plano es curiosamente agnóstico. Si algo ha mostrado esta epidemia es el derrumbe del poder religioso: unas décadas atrás un miedo como este habría sido ocasión de innumerables misas, rogativas, procesiones para implorar a algún dios que nos salvara. Ahora no solo no las hay; las iglesias de Roma se cerraron.

El papa Francisco el 22 de marzo de 2020
foto: Alberto Pizzoli/Agence France-Presse — Getty Images

Y nos dicen que vivimos en guerra: la metáfora de la guerra está por todos lados. Si lo fuera, sería la ¿primera? guerra igualitaria: en su frente hay por lo menos tantas mujeres como hombres. Pero no lo es: en una guerra hay dos grupos que se creen con derechos y pelean por imponerlos; en esta solo hay, como en cualquier caricatura americana, buenos y malos, nosotros y los virus. Y en las guerras actuales no se puede estar a salvo en ningún lado, cualquier sitio puede ser bombardeado, la muerte está por todas partes, todos los momentos. Aquí, en cambio, te convencen de que en tu casa estás seguro, o casi: de que alcanza con no salir, con no mezclarte. Es, también, un privilegio de clase: muchos trabajadores no pueden permitírselo, necesitan ir a sus empleos. Esa es, si acaso, la guerra verdadera.

El mundo plano es, como el otro, desigual, injusto. Nos dicen que el virus nos iguala, que ha demostrado que todos somos iguales ante él, que todos tenemos que encerrarnos. Es verdad, pero es tan obvio que es distinto encerrarse con cinco más en dos cuartos escuetos oscuritos que tener una pieza para cada uno, su salón, su salón de la tele, su cocina supersport y, quién sabe, su jardín privado.

(El encierro nos pone en una situación tan desacostumbrada. Y los amigos y los medios se alarman y nos consuelan y protegen ante esta amenaza pavorosa: el tiempo libre. Lo sabíamos, pero estos días confirman brutalmente que la condición de nuestras vidas familiares, de nuestras vidas propias es que sean escasas, que haya muchas excusas para ejercerlas poco. Son días de estar desnudo; en muchos aspectos muy desnudo).

Y nos dicen que el virus ataca a todos por igual. Es cierto que, por ahora, ha atacado a los nuestros. Pero también es cierto que en los países ricos los de siempre, si se enferman, tienen pruebas inmediatas, cuidados especiales; los demás, apenas. Es feo decirlo ahora, en medio de dolores, pero esta vida amenazada es la normalidad de tantos sitios. Este tsunami de dolor y muerte es la normalidad de tantos sitios. Solo que, precisamente porque es normal, en ellos todo el resto sigue su camino. Solo que, en general, esos sitios están lejos de los nuestros.

Un hombre camina por los Campos Elíseos, en París, el 23 de marzo
foto: Philippe Lopez/Agence France-Presse — Getty Images

El COVID-19 todavía es una enfermedad un poco igualitaria, que no se encarniza, como casi todas las demás, con los más pobres; no como la tuberculosis, la malaria, el sida, el hambre. No lo hace porque no se extendió en países pobres; cuando lo haga, pronto, puede ser terrible. Y sigue siendo igualitaria, por ahora, porque no se han descubierto vacunas y remedios; cuando suceda se marcarán las diferencias entre los que pueden y no pueden acceder a ellos —y todo volverá a su triste cauce—.

Mientras tanto, el mundo plano se vuelve nacionalista, paranoico —que son casi sinónimos—. Décadas de intentos europeos de abrir fronteras, disolver diferencias, se deshicieron ante la amenaza: lo primero que hicieron sus Estados fue cerrarlas. El Estado-nación volvió a ser, sin mascarillas, la unidad básica: la tribu prevalece. La salud es nacional, la economía lo es, las medidas lo son, la posibilidad de definir destinos. La unidad de respuesta, la unidad de conteo: cuántos en Italia, qué decide Alemania. Algunos lo hacen más brutal que otros, cuando dejan, por ejemplo, de vender material sanitario a otros países con los cuales, un mes atrás, no tenían fronteras comerciales. La ficción de que los bienes son comunes se derrumba ante el retorno de las banderitas. El desafío es global; las respuestas, locales.

Aunque está claro que sería mucho más eficaz y salvaría muchas más vidas montar operaciones conjuntas, supranacionales y compartir lo que cada cual tiene —medicinas, personal, aparatos— con los que más lo necesitan en la confianza de que otros se lo van a compartir cuando lo necesiten. Pero no: las patrias.

El mundo plano está muy quieto: aterra por lo quieto. La mejor novela argentina —¿la mejor novela argentina?— del siglo XX, Zama, de Antonio Di Benedetto, está dedicada “a las víctimas de la espera”. Él no sabía, entonces, que nos la estaba dedicando a todos.

Es lo que somos, ahora: víctimas de la espera, millones que esperamos. Nos han dicho que esperemos: que nos encerremos y esperemos. Uno de los rasgos más curiosos de estos días es que hemos suspendido el futuro. No está mal: puro presente extraño. Intentamos vestirlo con todo tipo de otras cosas, alivianarlo con todas esas cosas, pero lo que hacemos, sin duda, es esperar. Lo raro es que no sabemos qué: el fin de esto, pero después quién sabe.

Algunos insisten en la metáfora del paréntesis: suponen o quieren suponer que cuando termine la epidemia, cuando dejemos de esperar, las cosas volverán lentamente a “ser como antes”. Que era un paréntesis: había un relato que estábamos contándonos, se interrumpió, lo retomamos. Creo que subestiman la fuerza de estas semanas, estos meses. Subestiman la potencia transformadora de haber palpado la fragilidad de todo, de haber vivido la detención de todo este sistema que suelen llamar capitalismo global. Y de haber visto, por supuesto, su incapacidad para lograr algo tan relativamente simple como salvar a unos miles de ciudadanos enfermados: el fracaso de sus elecciones.

No sé qué producirá pero, en medio del tedio, vale la pena preguntárselo, pensarlo: ¿cómo será el mundo cuando vuelva a ser redondo, cuando podamos tocarlo, cuando dejemos de pensar todo el tiempo en lavarnos las manos?

25 de marzo: el noveno día de cuarentena en París
foto: Stephane De Sakutin/Agence France-Presse — Getty Images

Hablan de paréntesis para no tener que aceptar lo obvio: que al final de la pandemia el mundo será otro. Es probable que haya, en el principio, una crisis social y económica brutal: millones y millones de personas sin ingresos, sin trabajos quizá, sin muchas esperanzas. Los Estados ricos ya tratan de contenerla con subsidios. En algunos, incluso, puede ser la ocasión para lanzar la famosa renta universal, esa manera de redistribución ante los cambios que esperábamos más graduales, más debidos a la mecanización y digitalización de nuestras producciones.

Pero los países más pobres no tendrán esas opciones. En América Latina la mitad de los trabajadores son “informales”: no tienen salarios fijos, no tienen garantías, viven de lo que pueden arañar con sus faenas de ocasión. Que ya dejaron de funcionar con las cuarentenas y tardarán mucho en retomar: millones y millones sin ingresos, con sus necesidades, hambre y furia. Si esto sigue así, sería raro que no hubiera estallidos, y nadie sabe adónde llevarán.

Cuando llegue la calma —si llega la calma—, habrá consecuencias de más largo plazo. La crisis ha realzado el papel de los Estados: mostrado cómo, pese a todo, hay momentos en que el Estado se vuelve indispensable. Y cómo estos Estados han sido socavados por ciertos partidos y ciertas ideas: el deterioro de la salud pública en los países ricos que la tuvieron mejor es un ejemplo claro. Es notable la cantidad de veces que Pedro Sánchez, jefe de gobierno español, jefe de un partido centrista, repitió, para sostener la pelea contra el virus, la fórmula “estado de bienestar”, que su partido, últimamente, proclamaba tan poco. Aunque siga sin mostrarse muy dispuesto a establecer una de sus bases: los impuestos progresivos necesarios para que los más ricos paguen proporcionalmente por ese bienestar.

El Estado tiene, como todo, muchas versiones: el peligro es que su necesidad en esta crisis lleve a muchos a pensar que debe ser más y más fuerte. Yuval Noah Harari teme que, al grito de la salud es lo primero, el susto nos lleve a permitir a nuestros gobiernos unos niveles de control nunca antes vistos.

Para compensar, quizás estos días en que vivimos con tanto menos nos convenzan de que podemos vivir con tanto menos: que la locura de la producción y el consumo siempre mayores, la fábula del crecimiento, nos desastra. Aunque habrá que ver, por supuesto, qué queda cuando el susto pase.

Un voluntario de la Cruz Roja le ofrece té a un indigente en Roma, el 25 de marzo foto: Andrew Medichini/Associated Press

En este mundo plano hemos aprendido lo que ya sabíamos: que todos dependemos de todos los demás. Los momentos fuertes de la historia son aquellos en que el destino no es individual sino común. O, mejor: esos momentos en que no hay forma de negar que el destino no es individual sino común.

Y que por eso habría que cuidar a los que nunca cuidamos. Hace 2500 años pasó algo que después llamaron “revolución hoplítica”. Ciertos griegos cambiaron las formas de la guerra: en esos nuevos pelotones formados en cuadrados, donde todos sostenían su escudo codo a codo, la defección de cualquiera mataba a todo el resto. Allí, por fin, cada hombre valía lo mismo que el de al lado; de esa conciencia, cuentan, nació la democracia. Ahora, en la lotería del contagio, también pasa: cualquier infectado puede joder a tantos, cada hombre vale lo mismo que otro. Parece obvio; es una idea que nuestros tiempos se empeñan en negar.

Ahora lo vemos. Quizá se hable, alguna vez, de la “revolución virósica”. En todo caso, cosas pasarán. Y será, como dicen, para alquilar balcones si no fuera, más bien, para salir a las calles.

Pero habrá también un efecto casi inevitable, una certeza: si nos pasó una vez puede pasarnos otra. Una pandemia así ya se ha vuelto posible: será parte de nuestros peores miedos. Sería tristísimo que influyera en nuestras vidas como influyó, por ejemplo, el 11 de septiembre: como otro modo de instalar el terror, la paranoia, los controles. Aunque no alcanzaría con temer solo a los virus espontáneos, a los diversos pangolines. Se pensaría, también, en los virus de laboratorio. El fantasma de la guerra o el terrorismo bacteriológico estará, sospecho, muy presente en el mundo que viene. Será, imagino, una epidemia horrible.

Martín Caparrós (@martin_caparros) es colaborador regular de The New York Times. Su ensayo más reciente es Ahorita.Su novela Sinfín, que se publicará en marzo de 2020, transcurre en 2070.

[Fuente: http://www.nytimes.com]

Es difícil entender la ola global de pánico causada por el coronavirus. La enfermedad ha puesto al desnudo la fragilidad de un mundo interconectado e interdependiente. Si acaso hay alguna lección, es que la globalización nos hace a todos vulnerables: estamos más cerca del caos de lo que los poderosos pensaban.

Transeúntes con mascarillas caminan en Pekín, la capital de China, el 8 de marzo de 2020.

Escrito por Martín Caparrós

Alguna vez recordaremos esos días en que el mundo se dividía en personas con mascarilla y sin mascarilla. Y nos reiremos y alguno dirá bueno, sí, pero no era lo mismo ponérselos para no contagiar que para no contagiarse, dos ideas tan distintas de la vida. Y otro se acordará de la sofisticación que habían alcanzado y las fortunas que hicieron sus fabricantes y la desesperación de los que no los conseguían y el increíble mercado negro de mascarillas y esas cosas. Y sonarán las carcajadas al revivir aquellas paranoias, cuando todo era amenaza y había que cuidarse de los besos, los pomos de las puertas, los apretones de manos, las manijas de los autobuses, las monedas y casi todo lo demás. Y entonces alguien, el pesado del grupo, se pondrá serio y preguntará si, pensándolo ahora, no lo ven increíble: “¿No es increíble que millones de personas de pronto tuvieran tanto miedo, que mostraran de repente ese egoísmo que siempre intentan ocultar, esta pulsión de protegerse, de desconfiar de todo, de temer todo lo exterior, de atribuirle propiedades tremebundas? La era de la mascarilla nos enseñó bastantes cosas”. Y Mirta o Antonio lo mirarán y le dirán hermano, eso seguro que lo traías escrito, ¿no?

Pero faltan unos años; ahora mismo el mundo está en modo desastre, incomprensible. La primera regla del columnismo apátrida dice que nunca digas que no entiendes. Y te explica que los lectores quieren que los ayudes a entender, no que les tires tu incomprensión por la cabeza. Pero yo no entiendo el coronavirus: denodadamente no lo entiendo.

Y ese tuit del actor español Eduardo Noriega terminó de hundirme en el pantano de la incomprensión. Decía que “si cada invierno nos informaran en tiempo real de los atendidos (490.000), hospitalizados (35.300), ingresados en UCI (2500) y fallecidos (6300) por gripe en España, viviríamos aterrorizados”. Las cifras me parecieron sorprendentes; busqué el informe del Centro de Nacional de Epidemiología del Ministerio de Sanidad español para la temporada 2018-19 y allí estaban, en la página 35, con toda claridad, los números citados. El año pasado se murieron de gripe en este Estado español 6300 personas. Con coronavirus, en este mes y medio, 36.

Seis mil trescientas muertes es un montón de muertos. Quizá los grandes medios, siempre quejosos, siempre atentos a estas cosas, descubran por fin su panacea: si empiezan a transmitir en directo cada nueva víctima de la gripe podrán —considerando que la temporada griposa dura menos de medio año— ofrecer unos 35 óbitos al día, un par por hora en las horas despiertas, un espectáculo incesante, un terror sin medida. Por ahora no lo entendieron y se limitan al coronavirus: treinta y tantos muertos en España, todos muy mayores.

En 1969, Adolfo Bioy Casares publicó una rara novela titulada Diario de la guerra del cerdo, donde grupos de jóvenes se dedicaban a matar viejos por las calles. Ahora el virus —que deberíamos llamar Bioy— hace lo propio: los muertos españoles, por ejemplo, tenían una media de edad de 85 años, mayor que la esperanza de vida del país, que está en 82,8. O sea: eran personas que, estadísticamente, ya habían vivido lo que deberían. Y casi todos lógicamente complicados, como esa señora de 99 años que tenía, dicen los diarios, algunas “patologías previas”.

Pero es fácil hablar de los medios. Si fueran los únicos promotores del pánico el mundo estaría un poco mejor. El problema es que todos, los gobiernos, los grandes grupos económicos, las industrias, los ciudadanos, se embarcaron en esta nave hacia ninguna parte. De pronto pareció como si nada en el mundo fuera más importante, como si nada escapara al poder de ese virus.

Y de verdad —disculpen— no lo entiendo. Busco más cifras: han muerto, al día de hoy, martes 10 de marzo, en todo el mundo, 4.284 personas por el coronavirus, de los cuales unos 3.000 eran ancianos chinos, y en 35 países de Europa no se ha muerto nadie y en toda África una persona, igual que en América Latina, un señor muy enfermo que llegaba de Italia a la Argentina. Pero se cancelan eventos y desplazamientos y encuentros y congresos y festivales varios, miles de empresas mandan a casa a sus trabajadores, cierran las fábricas y se rompen las cadenas productivas y el mundo pierde millones de millones de dólares/euros/yuanes en el derrumbe de sus bolsas y la baja de las materias primas y esos cierres y cancelaciones.

(En Madrid las autoridades acaban de cerrar las escuelas y universidades por quince días. Cientos de miles de padres no saben qué hacer con sus hijos; no pueden dejarlos en casa solos, no pueden dejar de trabajar. El virus no ha matado, en todo el mundo, a ningún niño).

Es muy difícil encontrar una justa proporción entre los efectos y las causas: con todo respeto, una enfermedad que en un par de meses produjo esta cantidad de víctimas no parece en condiciones de causar estos desastres. Y las bolsas de valores sin valor son un ejemplo claro: el miedo a los efectos económicos del virus provoca efectos económicos mucho peores que los que temían. Entonces sería interesante —necesario— pensar qué los causa.

Es difícil, casi imposible descubrirlo. Pero influye, sin duda, el viejo gusto del apocalipsis. Nos chiflan los apocalipsis: la sensación de que todo está a punto de saltar por los aires. Siempre tuvimos alguno en ejercicio, pero el último que conseguimos —el cambio climático— es una amenaza a tan largo plazo que hacía falta uno más inmediato. Y teníamos tantas ganas que nos armamos un apocalipsito con una gripe nueva y ambiciosa. Los apocalipsis son una tentación incesante de los hombres; son como las galerías del horror de los parques de diversiones y son, como ellas, inofensivos: su gran ventaja es que nunca se realizan. Si no, obviamente, no estaríamos aquí pensando tonterías.

(En Italia, las autoridades sanitarias prohibieron a los jugadores de fútbol que se tocaran al saludarse antes del partido. Después, cuando el árbitro pite, se rozarán, revolcarán, toquetearán tupido).

Entonces hay que considerar también el miedo a lo nuevo, a lo desconocido: la misma tara que les hace rechazar a los migrantes les hace temer a estos virus exóticos, ignotos. Y hay que considerar también la paranoia de las multitudes: “Si los gobiernos se preocupan tanto debe ser que hay algo que ellos saben y nosotros no, debe ser que esta enfermedad no es tan inocua como dicen, debe ser que, como siempre, nos ocultan la verdad”. Y hay que considerar también la paranoia de los enterados: “Si le dan tanta importancia a algo tan menor es que quieren distraernos con eso para esconder alguna otra cosa que no quieren que miremos o sepamos”.

Y hay que considerar también la paranoia de los varios poderes: da la impresión de que las empresas y los gobiernos se cubren por si acaso. Las empresas, para que sus empleados no los querellen si trabajando se contagian; los gobiernos, para que sus súbditos no les reprochen su inacción. Y entonces toman medidas duras que acrecientan el miedo y entonces sus súbditos más asustados les piden medidas más duras y entonces toman medidas más duras que acrecientan el miedo.

Y hay que considerar también esa fuerza rara que toma el pánico cuando se hace bola de nieve y arrasa todo porque consigue convertir cualquier cosa en una prueba más de su razón. Y entonces el cambio en conductas y discursos, la aparición de lo irracional, de lo ridículo, las precauciones más grotescas, la manera en que ahora tantos miran a cualquiera que tosa en un vagón de metro —por no hablar del pobre terrorista que estornuda—. Mascarillas a gogó.

(La malaria, por ejemplo, mata cada día unas veinte veces más personas que el coronavirus; la malaria, por supuesto, solo ataca en los países pobres).

Nada de esto, sin embargo, termina de justificar la sobrerreacción de los hombres frente al virus —y la factura increíble que pagarán por ella—. Pero creo que se pueden sacar, por ahora, de este episodio dos conclusiones provisorias: la interdependencia y la fragilidad de nuestro mundo.

No recuerdo otro hecho que haya mostrado tan claramente aquello de que si China se resfría el mundo estornuda. Esta vez no se resfrió: unos cuantos campesinos se comieron unos bichitos raros, se infectaron y el mundo tiene arcadas y no se recupera, y el cierre de unas fábricas asiáticas baja, digamos, la demanda del cobre chileno y su precio se cae y un pescador de Puerto Montt, en la punta del mundo, debe vender más baratos sus pescados y su familia come menos y putea en chileno por un cierre chino, y así en todo el planeta.

Tampoco recuerdo ninguno que haya desnudado tanto la debilidad de casi todo: estamos mucho más cerca que lo que creíamos del caos global. Tanto lío por un virus menor. Es sorprendente comprobar la fragilidad de todo eso que creíamos rocosamente sólido, cemento armado. En unos días los grandes y poderosos del mundo perdieron fortunas, la confianza de sus súbditos, el control de muchas situaciones. Los gobiernos, la gran banca, los petroleros altivos, los fabricantes de punta, los financistas recontraglobales, los que rigen y manejan el mundo, los que nos habían convencido de que nunca nada los desarmaría, deben estar asustados preguntándose si aprenderemos la lección y decidiremos desafiar, cual virus chino, sus poderes que ya no se ven tan poderosos.

Quizás esa sea, al fin y al cabo, la revelación de la era de la mascarilla.

[Foto: Roman Pilipey/EPA vía Shutterstock – fuente: http://www.nytimes.com]

Tapa de la novela Glosa, de Juan José Saer, traducido al italiano a través del programa SUR

Escrito por Cecilia Martínez 

No imaginaba la escritora Claudia Piñeiro que relatos como Tuya o Las viudas de los jueves despertarían un día la admiración de curiosas lectoras del mundo árabe. Tampoco Ariana Harwicz que su novela Matate, amor se convertiría en bestseller en Italia, ni el propio Roberto Arlt, quizás, que 80 años después de su muerte se posicionaría como uno de los argentinos más traducidos.

El libro de arena, de Jorge Luis Borges; Zama, de Antonio Di Benedetto, y La pesquisa, de Juan José Saer, se publicaron este año, respectivamente, en tailandés, albanés y búlgaro; y obras contemporáneas destacadas como El nervio óptico, de María Gainza, traducida a más de una decena de lenguas, puede leerse en nuevas ediciones en griego, sueco, inglés y francés.

Argentina destaca en la región por sus traducciones, canalizadas en su mayor parte por el Programa SUR del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, que cumple este año su décimo aniversario con más de 400 autores locales traducidos a 45 idiomas de cincuenta países y un total de unas 1.400 obras editadas en lenguas extranjeras.

Los autonautas de la cosmopista, de Julio Cortázar y Carol Dunlop, traducido al danes

El programa otorga subsidios máximos de 3.200 dólares para traducir textos a cualquier idioma y concede unas 150 ayudas cada año, solicitadas sobre todo por editores de fuera. Desde su puesta en marcha en 2009 como propuesta del Comité de la Argentina como invitada de honor a la Feria del Libro de Frankfurt, SUR -sobre cuya continuidad deberá pronunciarse el Gobierno entrante- invirtió más de 3,5 millones de dólares y en 2010 fue declarado política permanente de Estado.

El abanico de géneros, estilos y autores que abarca es de lo más variado: desde las obras de Borges, Sábato o Alfonsina Storni y títulos emblemáticos como FacundoRayuela u Operación Masacre, a lo más contemporáneo. Imaginarse a Borges leyéndose a sí mismo en croata o en hindi es una estampa que al propio escritor políglota y universal hubiese entretenido, al igual que entusiasma la de una Mafalda que ya despliega sus elocuencias en guaraní.

Una edición en guaraní de la obra de Quino fue publicada este año a través de la iniciativa de apoyo a las traducciones del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Alejandro Dujovne, investigador del CONICET y editor miembro del Comité de selección de SUR, recalca que los nombres apoyados por el programa y la creciente diversidad de lenguas a las que se traducen reflejan su relevancia. « Cortázar, Piglia, Borges, Piñeiro, Aira y Saer son los más solicitados por las editoriales extranjeras, pero también otros autores, muchos de ellos jóvenes que, en parte así, adquieren mayor presencia en la escena internacional ».

Sobre el mapa global de intercambios literarios e intelectuales, Dujovne aclara: « El inglés es la lengua dominante, con un 60% de las traducciones mundiales. Le siguen el francés y el alemán, con un 10% y, de lejos, el castellano. A eso le añadimos la posición muy secundaria que detenta Argentina respecto de España en términos editoriales. Ante estas asimetrías, un programa como SUR resulta fundamental ».

Si bien son escasos los datos sobre el volumen total de traducciones de obras argentinas, SUR representa la mayor ventana de proyección para los autores locales. Permite instalar a nombres de fuerte viabilidad comercial tanto como a producciones intelectuales de nichos específicos.

El museo de los sueños, de Miguel A. Semán, editado en francés

Entre los títulos traducidos en el último año, figura la poesía completa de Alejandra Pizarnik al portugués; Asedio a la modernidad, de Juan José Sebreli, al francés; Los invisibles, de Lucía Puenzo, al alemán; La mano del pintor, de María Luque, al portugués, y La ciudad ausente, de Ricardo Piglia, al húngaro.

Italia lidera, con diferencia, las traducciones de obras locales, con 194 títulos en diez años. Con la mitad, le siguen Francia y Alemania, además de Brasil, Bulgaria y Estados Unidos, con una media de medio centenar. Por detrás, República Checa, Reino Unido, Grecia, Israel y países de Europa del Este, entre otros.

¿Por qué es Italia el primero de la lista? Diego Lorenzo, funcionario y coordinador del programa, explica que interviene la afinidad cultural y un dinamismo propio del mercado italiano, « uno de los que más importa traducciones en Europa y que reacciona muy rápido a cuestiones sobre la ampliación de derechos civiles », señala. Como ejemplo, el caso de Yo nena, yo princesa, de Gabriela Mansilla, bestseller en ambos países.

Las cerca de 200 sedes diplomáticas argentinas del mundo y las ferias del libro son la ventanilla de promoción del programa ante editores y traductores a la hora de detectar interesados en publicar literatura nacional. En 2013, tras la presencia de Argentina en la Feria de Beijing se tradujeron en China obras de Samanta Schweblin, Bioy Casares y Eduardo Sacheri.

Versión griega de la obra Sin rumbo, de Eugenio Cambaceres

Sobre el particular intercambio con Europa del Este, Diego Lorenzo atribuye en parte la dinámica a un fenómeno global. « Cuanto más pequeño es un capital literario nacional, más literatura entra de afuera, y para ello aprovechan el programa. En casos como Bulgaria, Serbia o Macedonia, también hay afinidades en el público lector. Lo que gusta acá, gusta allá », matiza el funcionario. Con India, Corea del Sur, Malasia o Nigeria el trabajo diplomático es clave.

Otras traducciones se disparan cuando los derechos de autor pasan a dominio público. Tal es el caso modélico de Roberto Arlt, desde hace poco encaramado « dentro del ABC de la literatura argentina: Arlt, Borges y Cortázar, de gran demanda histórica ». El Ministerio no suele rechazar peticiones, aunque las ayudas varían.

La Cancillería destaca que existe un conocimiento internacional relevante de la literatura local. Como ejemplo, la reiterada petición de traducción de autores como Claudia Piñeiro para el mercado árabe.

La escritora recuerda su visita a El Cairo el año pasado. Al presentar sus libros frente a numerosas mujeres vestidas con atuendos tradicionales, la autora pensó: « ¿Cómo será para ellas leer Las viudas de los jueves o Tuya, que transcurren en una sociedad probablemente muy distinta a esta? ». La respuesta la sorprendió cuando las lectoras le confesaron que se sentían identificadas con ambos libros « debido al rol de la mujer en esos países y por cómo los poderosos se apropiaban de determinados lugares y manejos en la sociedad ». Este año, Piñeiro recibió una llamada del embajador argentino en Azerbaiyán para notificarle que tradujeron su libro Una suerte pequeña al idioma local. « Es casi imposible llegar a esos lugares y eso implica que te invitan a viajar y que empieza a circular el libro. SUR es fundamental para obras que de otro modo no se traducirían, ya que el costo de una traducción, sobre todo en tiradas chicas, es alto », señala.

La uruguaya, novela de Pedro Mairal, traducida al holandés

Por géneros, los subsidios se han destinado mayoritariamente a novelas (450), libros de poesía y cuentos (unos 100 en cada caso), obras de dramaturgia, antologías, historietas, ensayos, literatura infantil, biografías y, entre otros, a textos de investigación. Abarcan clásicos de los siglos XX y XXI, y la mayoría son escritos de autores vivos, entre los cuales algunos padecieron el exilio, como Juan Gelman o Martín Caparrós.

Julio Cortázar encabeza la lista de los más traducidos con 41 registros, seguido de Arlt (29), Piglia (28), Borges (25), Aira (22), Claudia Piñeiro (20), Saer, Walsh, Liniers, Sacheri, Bioy Casares, Ana María Shua, Rafael Spregeldburd, Samanta Schweblin y, entre otros, Alan Pauls.

Schweblin considera que SUR « es una ayuda enorme para la circulación de literatura argentina en el mundo, hace la diferencia ». En su caso, le ha permitido viajar a festivales de Inglaterra, República Checa, Italia, Serbia y otros destinos, donde « cada dos por tres » se encuentra con traducciones de argentinos financiadas a través de la iniciativa. « Por lo general son buenas traducciones y la curaduría con la que se hacen las elecciones de autores, traductores y editoriales es muy buena », remarca.

Ariana Harwicz, cuya obra Matate, amor se puede leer en 15 idiomas, coincide con Schweblin: « El programa es indispensable para los autores contemporáneos y decisivo cuando somos traducidos por editoriales pequeñas o emergentes. Mis experiencias han sido siempre interesantísimas. En muchos casos, como al hebreo o al inglés, la suerte de la traducción dependía del programa ». La autora ve « muy interesante lo que pasa con la literatura local en el exterior: es un género propio que se abre camino ».

Tapa y contratapa de una edición de El criador de gorilas, de Roberto Arlt, uno de los tres autores clásicos más traducidos junto a Jorge Luis Borges y Julio Cortázar.

De la difusión fuera de parte de la obra de Harwicz y de otros argentinos como Jorge Consiglio, Selva Almada, Luis Sagasti y Gabriela Cabezón Cámara, se encarga la editorial Charco Press, creada en Escocia en 2016. « La idea era llegar al mercado anglosajón con una idea renovada de la literatura latinoamericana de hoy », explica su fundadora Carolina Orloff. Sobre SUR, apunta: « El proceso de solicitud es impecable y representa uno de los subsidios a la traducción más importantes del mundo. Es crucial y funciona con total eficacia. Es el mejor programa de la región ».

El sello Tusquets del Grupo Planeta también aplaude la propuesta. « No existen casi programas de difusión de autores locales, por eso es de gran ayuda », valora la editora Paola Lucantis. En 2018, se tradujeron de este sello con SUR El que mueve las piezas, de Ariel Magnus, y Doble fondo, de Elsa Osorio, al portugués; Cría terminal, de Germán Maggiori, al francés; Los invisibles, de Lucía Puenzo, al alemán, y Dark, de Edgardo Cozarinsky, al macedonio.

Para el joven escritor Michel Nieva, cuya obra ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? se editó este año en búlgaro, también es « fundamental » el apoyo institucional para difundir la cultura argentina en países a los que difícilmente llegaría. « Me escribió un búlgaro especialista en ciencia ficción y literatura latinoamericana interesado en traducir mi libro y se contactó con el programa. Al libro le fue bastante bien allá, se presentó en la Feria del libro de Sofía y permitió difundir otras obras de literatura gauchesca a las que el texto hace alusión », señala el autor. « Casi todos los países preocupados por la cultura tienen planes similares », opina.

[Fuente: http://www.lanacion.com.ar]

« Emoticones » y « emojis » fueron elegidas por la Fundación del Español Urgente (Fundeu) como las palabras del año.

Elegidos recientemente como la palabra del año, los emojis y los emoticones forman parte del universo de recursos expresivos que surgieron para aportar agilidad y matices al aluvión de comunicaciones cada vez más veloces, según coinciden distintos lingüistas para quienes estas nuevas formas expresivas « enriquecen la comunicación », en tanto « agregan emocionalidad a las palabras » y vienen a amortiguar la « carencia » de gestualidad paraverbal » del lenguaje escrito.

En tiempos de mensajería febril que insta a mantener conversaciones simultáneas con decenas de personas o grupos al mismo tiempo, nada mejor que un único símbolo para condensar un estado de ánimo que antes requería de un conjunto considerable de palabras articuladas por una sintaxis legible: no fue tan ambicioso el plan de la empresa telefónica japonesa Docomo cuando en 1995 creó una versión precaria de estos símbolos como estrategia para incrementar su base de usuarios jóvenes, pero funcionó como el origen de esta herramienta.

Aunque originalmente el emoticón alude a los símbolos creados con signos de puntuación que suelen leerse inclinando la cabeza, y el emoji a las figuras en color con valor simbólico -como las caras que expresan miedo, fastidio o alegría-, hoy es habitual aludir indistintamente a « emoticones » para referirse a cualquiera de estas dos variantes, que acaban de ser ungidas por la Fundación del Español Urgente (Fundeu) como « palabra del año », el mismo lugar que antes ocuparon expresiones como escrache, selfi, refugiado, populismo o aporofobia.

El relevamiento realizado entre expertos de la lengua reconfirma la penetración decisiva que vienen teniendo estas nuevas herramientas en los intercambios a través de las redes, donde la palabra escrita a veces puede resultar insuficiente para expresar emociones o sensaciones momentáneas que los emoticones logran capturar y sugerir, con el plus de una universalidad que les permite ser decodificados por personas de distinta lengua o cultura.

« Puede que los emojis sean lo más cercano a un lenguaje universal que ha creado nunca la humanidad », deslizó el presidente de Fundéu, Mario Tascón, durante su intervención este año en el Congreso de las Academias de la Lengua en Sevilla, y esbozó de esta manera las expectativas y los retos que rodean a estos novedosos elementos que empiezan a ser tenidos en cuenta por los académicos, quienes ya trabajan en textos que despejarán dudas acerca de su utilización correcta.

¿Los emoticones y emojis son un elemento distorsivo que precariza las formas de expresión o su irrupción aporta algún tipo de complejidad beneficiosa? « El emoji no solo agrega emocionalidad a las palabras, sino también la pista para entender que la conversación se lleva a cabo en un escenario distendido, un escenario amigable. Desde mi punto de vista, me parece que enriquecen la comunicación », señala a Télam la lingüista Silvia Ramírez Gelbes, directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés.

« La escritura es un código distinto de la oralidad y, en ella, la emoción se manifiesta de modos que no tienen que ver con la entonación, por ejemplo. El discurso híbrido -que no otra cosa es el discurso en las pantallas de la computadora o de los móviles- repone la ausencia de entonación, de tono y, sobre todo de gesto que tiene la oralidad y los aplica a la escritura por distintos medios. Uno de esos medios es el emoji », explica.

Para Ramírez Gelbes, el emoji « funciona para reparar esa ‘carencia’ de gestualidad paraverbal, pero también para resaltar un componente central de la comunicación, que es la función interaccional, la función de establecer el vínculo entre el emisor y el destinatario ».

« Los emoticones tienen una capacidad comunicativa restringida y puntual, y no me parece que alcancen la dimensión de elementos distorsivos. Tampoco que exhiban una complejidad considerable, salvo la que surge de la eventual ambigüedad de alguno de ellos en relación con el texto o la situación a la que se refieren », analiza José Luis Moure, vicepresidente de la Academia Argentina de Letras, en diálogo con Télam.

Si es posible hablar de un empobrecimiento en el léxico de los hablantes -comparado con la « riqueza » léxica de hablantes de hace algunas décadas- Ramírez Gelbes sostiene que se trata de « una correlación (dos situaciones que se dan en simultáneo) y no una causalidad ».

« No creo que el empobrecimiento léxico sea causa de la aparición de los emojis ni que la aparición de los emojis sea la causa del empobrecimiento léxico », aclara esta doctora en Lingüística y profesora y licenciada en Letras por la UBA, autor también de libros como « Ortografiemos » y « El discurso híbrido. Formas de escribir en la web ».

La rápida extensión del uso de estas nuevas modalidades está emparentada con la velocidad que hoy adquieren los intercambios y al mismo tiempo con el hábito de sostener varias comunicaciones al mismo tiempo ¿La concisión que imponen los emojis multiplica las posibilidades del malentendido?

« En efecto, el emoticón nace en vinculación con formas de comunicación caracterizadas por la rapidez de su emisión y recepción; sustituye el tiempo que demandaría una formulación verbal por medio de piezas tomadas de un conjunto muy limitado de ideogramas, creado por los diseñadores de esos sistemas de comunicación, de los que se espera que cubran la mayor parte de las necesidades expresivas (estados de ánimo, juicios valorativos, etc.) de los usuarios », explica Moure.

En la última edición del Congreso de la Lengua realizada el año pasado en Córdoba, el escritor y periodista Martín Caparrós hizo una ponderación positiva de estos recursos bajo el argumento de que los emojis tienen la « ventaja » de la ambigüedad perfecta: « A mí cuando me mandan uno nunca entiendo qué coño me están queriendo decir. Y eso es buenísimo porque entonces puedo pensar que me están diciendo lo que yo quiero que me digan », alegó por entonces el autor de « Valfierno » y « El hambre ».

« Me parece que los malentendidos tienen que ver con la ambigüedad inherente a la comunicación: quienes participan de ella tienen, por así decirlo, imágenes mentales que solo coinciden parcialmente. Lo que sí creo que ocurre es que la codificación de los emojis es aún tan lábil que quien los interpreta puede ir por un camino bastante distinto del que intentó quien lo emitió. Pero es cierto que eso también pasa con las palabras muchas veces », indica Ramírez Gelbes.

« Claro que lo que uno puede querer entender es algo negativo y no positivo necesariamente, como dice Caparrós. Si, supongamos, el destinatario está enojado con el emisor y el emisor le mandó un emoji simpático, el destinatario puede interpretarlo como irónico, para confirmarse en su opinión previa. Pero, repito, eso no depende en sí de los emojis, sino, más vale, de la comunicación en tanto tal », destaca.

« Más allá de la esperable boutade de Martín Caparrós, y si bien la literatura (y la lingüística) saben desde hace mucho que el lenguaje conlleva en su esencia cierta ambigüedad, si en el marco de una comunicación por WhatsApp o Twitter, el receptor no entiende qué le quiere decir el emisor a través de un emoticón, hay un defecto más achacable a la situación, al conocimiento o a la intención de los protagonistas que al emoticón mismo », opina Moure.

« Naturalmente, los emoticones carecen de otros recursos desambiguantes como los movimientos, gestos y tono. Pero la ambigüedad o la imprecisión pueden manifestarse igualmente en una charla entre conocidos, y a veces con deliberación. ¿Cuán unívoco es un « Sí, claro », « Me alegro » o « ¡Qué suerte! » en una conversación común? ¿Diríamos que se trata en estos casos de un problema del lenguaje…? « , agrega el académico.

 

[Fuente: http://www.telam.com.ar]