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Antoine Gallimard

 

Escrito por Alejandro Luque

Más que un hombre de libros, a primera vista Antoine Gallimard (París, 1947) parece una figura cinematográfica. Tal vez un personaje de la nouvelle vague. Elegante, de ojos pequeños y vivos y con una sonrisa amable dibujada en el rostro, este editor que pasea tranquilamente por el hotel Barceló Renacimiento de Sevilla es el heredero de una editorial, Gallimard, que tiene ya un siglo y sigue estando a la cabeza del sector en Francia —junto a las poderosas Hachette y Editis— con más de cuarenta mil títulos. En su catálogo figuran desde los grandes nombres de la literatura francesa (Marcel ProustJules SupervielleAndré MalrauxAntoine de Saint-Exupéry) a un buen montón de premios Nobel de todo el mundo, incluidos algunos en español como Octavio Paz o Mario Vargas Llosa

Se dice que fue el favorito de su abuelo, el legendario Gaston Gallimard, fundador de la casa, pero lo cierto es que llegó a dirigir la empresa familiar después de sonadas disputas entre los herederos de aquel, hasta imponer la paz social. Invitado por las Converses de Formentor, Antoine Gallimard accede a conversar con Jot Down en un espacio reservado, inundado por el potente sol del mediodía sevillano. Comparece escoltado por Gustavo Guerrero, uno de sus hombres de confianza para el mundo hispano, que se limitará a apuntarle algún nombre. Y, a pesar del calor que pronto empezará a hacer en la sala, no se quita en ningún momento la chaqueta. 

Antes de empezar la entrevista, ¿hay alguna pregunta sobre su editorial que preferiría que no le hiciera?

Es una buena pregunta [deja una larga pausa]. Es a la vez una pregunta que me hago y que no me he hecho lo suficiente… Diría que, en mi vida, por amor a mi abuelo, a mi familia, he peleado para conservar la independencia de mi editorial familiar. Me ha gustado hacerla crecer para protegerme frente a las grandes potencias financieras, frente a los grandes grupos empresariales. He luchado por mantener esa editorial, y ha sido difícil a veces. Ahora mi madre me dice que tengo que retirarme, que hay que pensar en la siguiente generación. Esa sería una buena pregunta, pero me resulta difícil hacérmela…

Era la pregunta que tenía reservada para el final.

Es verdad que no es porque yo sea editor, mi padre lo era, mi abuelo lo era y montó esta editorial, pero un colega alemán, [Heinrich Maria] Ledig-Rowohlt, afirmaba que hacen falta al menos cuarenta años para convertirse en editor. Creo que, en efecto, se necesita tiempo. Porque hace falta que uno entienda su época, no necesariamente adaptarse a ella, pero sí seguirla, comprenderla. Y está bien coger siempre lo mejor de la generación anterior, comprender los fracasos, los éxitos… Es todo un bagaje. Está muy bien ser un joven editor loco, pero los viejos editores también tienen su calidad.

¿Cuál es la condición esencial para que una editorial perdure cien años?

Lo esencial es no ser víctima de las emociones. Saber casar de forma inteligente los libros exitosos y los fallidos, los que no tienen éxito. Tener pasión. Creer en el oficio. Cuando se publica a algún buen autor y no funciona en el mercado, hay que seguir publicándolo. Y eso es muy difícil hoy en día, cuando todo es tan precipitado. Una editorial publicaba a Faulkner durante años y no se vendía, hasta que empezó a tener éxito en Francia. Publicar a autores que no son necesariamente un éxito en el primer momento, pero que finalmente acaban leyéndose: de eso se trata. Creo que es cuestión de paciencia. Y de perseverancia. También de curiosidad.

¿Esa es otra clave, la curiosidad?

Es clave. Hay que leer revistas, leer más, ir al cine, ir al teatro, ver a los amigos y también a los enemigos.

Antoine Gallimard

Usted salvó una editorial que se hallaba en dificultades por un conflicto familiar. ¿Qué supo hacer usted que sus predecesores no supieron hacer?

Seguro que supieron hacer otras cosas… [reflexiona] Mi padre, la segunda generación, Claude Gallimard, estaba compitiendo con su primo, Michel Gallimard, que se mató junto a Camus en 1960. Creo que sufrió por esa competición. En la familia siempre hay cierta competición, y es verdad que eso hace sufrir. Al mismo tiempo… Es siempre complicado… Nada es fácil, nada es simple, sea una pelea familiar o entre amigos. Tal vez no se puedan evitar los conflictos. ¿Sabe lo que dice Lao-Tse? «Solo el ejército victorioso está triste por haber librado batalla». Yo he librado batallas con mi hermano. Me puso triste, prefería haberlo evitado. Me habría gustado más estar con los autores. Pensaba que mi editorial no debía seguir ese modelo del gran lobo que domina la distribución, los mercados, que está en todas partes, de la distribución al marketing. Yo tenía el idealismo o la inocencia de pensar que se pueden producir libros de calidad y tener éxito. Bien. No siempre. Se ven pequeñas editoriales que no han tenido éxito y que yo puedo reflotar, una editorial pequeña como P.O.L. Pienso que existe una cierta realidad y que al mismo tiempo no se debe ser demasiado prisionero de ella, que hay que hacer también cosas que acaben en fracaso. Los hombres de negocios deberían tener más fracasos de los que tienen hoy. El dinero hoy es, en exceso, la expresión de un éxito un poco vano… Es verdad, están los mercados, ¡los mercados! Hoy en Francia, creo que también en España, las librerías funcionan bien; en Francia hay nuevas librerías pequeñas. Este año han abierto sesenta. Es fantástico.

Usted se siente cercano a su abuelo, Gaston Gallimard. ¿Cuán a menudo se acuerda de él? ¿Qué rasgo de su personalidad evoca mejor?

Siempre tenía una sonrisa en los labios. Podía ser duro, podía montar en cólera, pero tenía humor. Era travieso, podía burlarse de la gente, se podía burlar de mí, que era muy joven, y al mismo tiempo era sensible al matiz, sensible a la personalidad, a la música que cada cual tocara… Tenía algo que hoy es mucho menos corriente: la capacidad para detectar que cada ser tiene su singularidad. No había redes sociales. Había combates políticos; le había marcado mucho en Francia el asunto Dreyfus, de eso me hablaba a menudo. A mí me marcó Mayo del 68, soy de esa generación. Me decía: «Tú hablas del 68, pero el asunto Dreyfus era igual de importante que el 68». Lo interesante es el momento en el que se rompe una sociedad, eso ocurrió en 1968, y con el asunto Dreyfus también. Y eso lo marcó.

¿Lo marcó también como editor?

Él tenía una enorme curiosidad. Él siempre me preguntaba qué leía, si leía a los de mi generación. Era el único que me lo preguntaba. Se pregunta poco a los jóvenes de veinte o veinticinco años qué leen. Hoy se lee menos. También es verdad que su época era muy literaria. Los escritores tenían una fama extraordinaria e influían en la vida política. Hoy lo que influye en la vida política son las redes sociales, ya no son los escritores, lamentablemente. Por eso es importante mantener revistas como Jot Down, pequeños contrafuegos. Pequeños contrafuegos, eso es. Me gusta mucho esa idea de pequeñas agrupaciones, pequeñas redes de resistencia que no dan su nombre. Todos tenemos necesidad unos de otros frente a la falta de educación, al analfabetismo funcional, esa ley del mercado que es demasiado fuerte. Y es un poco ridículo que lo diga yo, que hoy tengo una gran editorial exitosa. Pero puedo sufrir también bajo el mercado. Junto con Gustavo Guerrero, hemos elegido autores por lo que son, y no necesariamente pensando en el dinero. Cuando fichamos a Manuel Rivas o Javier Marías es porque realmente creemos en ellos. Cuando fichamos a Karina Sainz Borgo, también.

Incluso si un editor acierta mucho, siempre se recuerdan sus errores, ¿no? En el caso de Gallimard, cuando André Gide rechazó a Marcel Proust…

Voy a decir una cosa: cuando usted tiene cierta fama, es algo un poco pesado para los demás. La reputación no debe ocupar demasiado espacio: eso crea celos, envidias, y se vuelve insoportable. Es normal que pueda haber errores. Creo que la gran fuerza de la editorial no es haber cometido esos errores, sino haber sido capaz de corregirlos y de reconocerlos. Mi abuelo, Gaston, cuando se dio cuenta de que había rechazado En busca del tiempo perdido, se fue él mismo, con una carretilla, a buscar los ejemplares publicados por Marcel Proust a cuenta de autor, es decir, pagando el autor, en Grasset, los buscó y se los llevó a casa para destruirlos y editar el libro él mismo [risas]. Sí, sí, él mismo. Vale, hubo errores, pero la gran suerte de la editorial era poder corregirlos. Y a los colegas de la profesión no les gustaba la editorial Gallimard precisamente por tener esa fuerza, a la par que esa seducción, esa perseverancia para fichar a Giono, a André Malraux… Ficharon a mucha gente, también en el extranjero. Publicaron a Faulkner, por ejemplo. Claro que no están todos: no tuvimos a Beckett. Pero hoy en día, cuando tengo la oportunidad de adquirir editoriales pequeñas, compré Les Éditions de Minuit y metí a Beckett en la colección La Pléiade. Es un trabajo de no ser pretencioso, de modestia, de tomarse uno su tiempo para saber lo que hace. Hay que reflexionar juntos, con un juicio, con un gusto… Uno se puede equivocar en una cosa y acertar en otra. Hoy se mezcla todo eso, hay una precipitación. El inglés domina mucho hoy en día, y aplasta a las otras lenguas, el francés, el alemán, el italiano. Al español no, porque es la segunda lengua [mundial]. Yo intento evitar que el inglés esté en todas partes. En lugar de la concentración hay que ir a la literatura que sufre un poco, darle el sitio que se le puede ofrecer en difusión y distribución. Es un trabajo permanente.

Antoine Gallimard

Se dice que Gallimard monopolizaba los premios Goncourt. ¿Cree que su abuelo controlaba de veras el jurado?

[Risas] Sabe, creo que las redes de influencia de la época consistían en tener amigos, buenos amigos. Se hablaba de eso, se decía que había que poner fin a las redes de influencia, se acusaba de comprar al jurado, etcétera… Pero él hacía eso con su encanto. Había otras editoriales, como Grasset, que hacían mucho. También estaba el dinero. Conozco a un editor que le pagaba obras a alguien… [risas] Todo eso ha terminado, pero nada impide que haya amistades, relaciones interesadas o no, como todo en la vida. Pienso que la editorial publica mucho, se escoge bien, y es también un poco la herencia de este éxito. Respecto al premio, a nivel internacional es verdad que los jurados se han renovado, hay jurados populares. También los hay en Francia, de una radio, de la televisión, son todo jurados populares. Queda el Goncourt, que representa un gran éxito, porque se ha establecido así, pero a la vez también es una especie de símbolo, el hecho de que haya influencias a todos los niveles, quizá eso también contribuya a que sea el Goncourt. Porque no se trata de elegir un buen libro. La televisión está ahí, y no es todo tan simple. Hoy, las cosas son más claras. La influencia de los editores sigue ahí, pero mucho menos que antes.

De todas formas, su editorial acapara el mismo número de premios Nobel que de Goncourt. ¿También tiene comprada la Academia Sueca?

¿Ve? Ahí tampoco se puede decir, es imposible. Y este año, si yo fuera un poco más influyente, le habría dado el Nobel a Annie Ernaux.

Caerá el año que viene…

[Risas] Es terrible el Nobel, porque cuenta más que el Goncourt, es mundial. Michel Tournier se fue a vivir a Estocolmo para conseguirlo, para hacerle la corte al jurado. Octavio Paz lo consiguió, pero Carlos Fuentes no. Es terrible, todos los que no lo obtuvieron…

Hay cuarenta premios Nobel en el catálogo de Gallimard, ¿no?

Correcto, y con el Goncourt una cifra similar. Pero al mismo tiempo es terrible, porque se nos mira mal. Con el Nobel, vale, pero con el Goncourt es complicado, porque la editorial tiene demasiados autores que lo han recibido. Y hay quien dice: «Basta ya de Gallimard», «Gallimard y sus trucos, basta ya», «No queremos más Gallimard». Quizá me debería exiliar [risas].

¿Siente usted celos o envidia de otras editoriales? ¿Qué autores le habría gustado tener en el catálogo, sin conseguirlo?

Los celos y la envidia siempre son muy fuertes, sí, también en mi caso. Se dice a menudo que la primera generación crea, la segunda conserva y la tercera destruye la empresa. Yo soy la tercera generación, y no ha ocurrido. Y eso es insoportable para algunos. Debería haber ocurrido, y eso le molesta a mucha gente. De la cuarta generación ni hablamos [risas]. Creo que hay celos, pero, el día que yo ya no esté, la gente me echará un poquito de menos. Eso es lo que uno siempre quiere pensar, que empiecen a apreciarte entonces.

Pero estábamos hablando de autores…

Los autores que me habría gustado tener y que se nos han escapado: en su época era Beckett, no es mi generación, pero estoy muy contento de haberlo conseguido finalmente. Tengo un instrumento de seducción importante que es La Pléiade. Me habría gustado haber tenido a García Márquez, quizá a más latinoamericanos. Y contemporáneos… hay muchos. Nos gusta acompañar a los autores. Hemos acompañado a Mario Vargas Llosa toda su vida, a Octavio Paz, a Neruda. Me encanta Neruda, me habría gustado conocerlo mejor, un hombre y una obra tan fuerte. Pero los que me habría gustado tener y no hemos conseguido… En Francia sería Emmanuel Carrère, que está en P.O.L. Y Houellebecq, pero está en Flammarion [ambas editoriales compradas recientemente por Gallimard].

En el prólogo de la biografía de su abuelo escrita por Pierre Assouline, Rafael Conte, célebre crítico español, preguntaba por qué en La Pléiade no hay mucha literatura en español. Desde aquí hay mucho interés por la literatura francesa, pero no parece que sea algo mutuo, ¿no?

Están los latinoamericanos, está Borges, está Paz… Es que La Pléiade ha sido una colección que durante mucho tiempo se interesó más por las obras clásicas; contemporáneas, pero antiguas. No había, como hoy, una búsqueda del talento emergente.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Gallimard siguió una línea ambigua respecto a la ocupación alemana. ¿Cree que era la única manera posible de actuar?

No voy a juzgarlo, porque para juzgar hay que estar en esa misma situación. Su preocupación era que la editorial no cerrase y no colaborar con los alemanes. Publicaba libros alemanes, pero clásicos, no contemporáneos. En esa época no publicaba a Céline; era Denoël quien publicaba a Céline. Fichó a Céline en la posguerra, cuando Denoël dejó de hacerlo. Tenía miedo por su editorial, no quería que se la cerrasen. Tenía un colaborador, [Jean] Paulhan, que era conocido como miembro de la resistencia y él mismo publicaba a autores como Camus o Malraux, que no era algo obvio en esa época. Es verdad que la revista NRF la dirigía Drieu la Rochelle, y se puede pensar que eso era colaborar, pero nunca publicó textos hitlerianos o pronazis, para nada. Gallimard no estaba nada en ese bando, no colaboraba, protegía sobre todo su editorial, y publicaba, pese a todo, a Malraux y Camus, e incluso textos de Saint-Exupéry. Es complejo, pero el hecho de no cerrar su editorial no convierte a un editor en colaboracionista.

Antoine Gallimard

¿Qué libros favoritos tiene, hoy en día, la extrema derecha francesa? Es más: ¿leen?

La cultura en Francia no es el estandarte solo de la izquierda, también lo es de la derecha. Hoy en día, la izquierda y la derecha se borran un poco dando lugar más a una rivalidad entre comunidades, entre intelectuales, por las redes sociales, lo que moviliza a la gente son las historias alrededor del racismo, del sexismo, los trans, las redes LGBT… En mi época era más sobre el colonialismo, la salida de las colonias, el capitalismo salvaje, el comunismo excesivo, el colectivismo… Hoy existe menos esa frontera liberal/antiliberal, y más de temas que vienen especialmente de Estados Unidos, donde se considera que para traducir un poema de un black hay que ser black. No se puede traducir la biografía de Philip Roth porque el traductor habría cometido tocamientos sexuales a una chica… Es absurdo. Tal vez exista lo mismo en España con los autonomistas, independentistas o nacionalistas. Es una especie de mal contemporáneo que afecta a toda Europa, no solo Francia o España, y me parece muy peligroso porque inyecta mucha violencia en el debate sobre las diferencias ideológicas, la posición en la sociedad, su estilo de vida.

Usted tenía doce años cuando tuvo lugar la muerte trágica de su tío Michel con Albert Camus en accidente de coche, en 1960. ¿Cómo se ha recordado este hecho en su familia?

Camus era un trueno. Un terremoto. Albert Camus era muy cercano a mi familia, muy cercano a Gaston Gallimard, mi abuelo, de Michel, de Claude, quizá un poco más de Michel que de Claude. Fue una gran pérdida. Michel Gallimard, el editor, y el autor que se muere, Camus, eran esenciales para la editorial, porque representaban esa nueva generación, con una moralidad legendaria, un estilo maravilloso. Camus era a la vez editor y autor, llevaba a cuestas el peso de la empresa para darle la mayor fuerza intelectual posible, y tenía mucha carrera por delante, estaba cambiando, acababa de terminar El primer hombre. Fue sumamente triste, una tragedia. La editorial estuvo de luto durante años por esa desaparición trágica, de una manera tan brutal como ocurrió; era muy duro. Pero la editorial se recuperó, y hoy en día Camus es el autor más leído del catálogo, pero la tragedia sigue ahí y pensamos mucho en ella.

Es uno de los autores que todavía hablan al lector de hoy, ¿verdad?

Sí, a toda una generación, por su simplicidad, por esa especie de gran claridad que da a todo, llega a ligar la poesía, la moral, una filosofía, un realismo. Es una especie de triángulo filosófico, están los tres aspectos: la muerte, la vida, la esperanza. Se le lee mucho tanto en Francia como en el extranjero.

El debate sobre el colonialismo sigue siendo fuerte en Francia, ¿no?

Todavía, sí. En Francia, lamentablemente, tenemos un poco de retraso respecto a otros países para los temas sensibles. Los políticos hacen declaraciones, pero ¡cuánto ha hecho falta para que nos diéramos cuenta de la existencia de campos de concentración en Francia! Tardamos mucho más que Alemania. Hoy la herida argelina sigue abierta, hay excusas, hay que tener compasión con todo el mundo. Y vamos con retraso para reconocerlo. Francia se siente mal con su historia. Era más fácil la descolonización de Indochina. Marruecos y Túnez han tenido éxito, sin heridas especiales, pero Argelia, sí, eso sigue siendo muy fuerte. Es tan fuerte, que hasta Argelia ha tenido dificultad para construirse. Presos entre el yihadismo y los militares, tienen dificultad de encontrar un referente democrático, un camino.

¿Es Amazon el coco para los editores, el lobo feroz?

Amazon no es el lobo feroz, porque lobos feroces hay todo el tiempo, por todas partes. Para nosotros, el lobo es el analfabetismo, el analfabetismo funcional, la falta de lectura, la falta de curiosidad. El lobo es nuestra época, que es más peligrosa que Amazon. Amazon hace su trabajo, que es la distribución, y se ha convertido en el rey de la distribución, que es lo que controla. ¿Sabe? En Francia, la gente tenía miedo a la instalación del ferrocarril porque todo el mundo iba a coger el tren para comprar libros a París y no se venderían más libros en la provincia. Cuando llega la radio, la gente tiene miedo porque se dejará de leer. Cuando llega la televisión, tienen miedo a que ya no habrá ni radio ni libros. Cuando aparece lo digital, dicen que los libros en papel se habrán terminado. Hoy, todo eso nos hace sonreír, pero era un miedo real. Amazon es un lobo feroz, pero no será tan feroz si se le puede controlar. No hay que ir a cenar con él, hay que desconfiar, tener cuidado. Tenemos cuidado de controlar lo digital. Hay competencia, claro, es ley de vida, y hay que encontrar otro sistema para satisfacer a la gente, una distribución de librerías que les lleve libros a domicilio. Amazon es glotón, efectivamente se quiere comer todo, como un cocodrilo: la autoedición, la edición, están dispuestos a todo. Son muy fuertes, venden desde parafarmacia hasta pañales, todo. Es una especie de gran tienda general, pero no está especializada en libros. Las librerías deben modernizarse con el clic & collect. Durante el confinamiento, las librerías francesas no querían hacerlo, porque era peligroso, porque iba a ser caro. Amazon no duda en invertir mucho y en perder dinero con su circuito, y nosotros dudamos ante el clic & collect… Es realmente una pena. El clic & collect se expande, es evidente. La librería debe modernizarse si quiere resistir a Amazon. Pienso que la respuesta a Amazon es que se debe ser moderno y rápido, con una distribución rápida, siempre al servicio del cliente.

Llegamos a la última pregunta, la que le anuncié al principio. ¿Continuará otro siglo la saga Gallimard? ¿Hay futuros jefes para la editorial en la familia?

Eso es difícil de contestar porque, si eso se sabe desde antes, trae mala suerte. Yo tuve suerte, porque en mi familia somos cuatro, dos chicos y dos chicas, yo soy el tercero, y no estar necesariamente designado como sucesor era una verdadera suerte porque no atrae los celos, puedes hacer tu vida con tranquilidad y no tienes presión. Creo que hay que evitar la presión. Yo tengo cuatro hijas, la que quiera… [se encoge de hombros] Pero espero que todas amen esta editorial y estén orgullosas de su pasado, es como una cátedra, magnífica. Espero que haya una sucesión para la cuarta generación, pero si designo a alguien hoy, tengo la impresión, no tanto de firmar mi condena a muerte, pero quizá sí de colocar un peso sobre esta persona. Siempre he vivido la editorial como una especie de suerte, nunca me ha pesado. Sí hay que estar muy atento, y la siento siempre como un riesgo, entre grandes potencias, grandes concentraciones. Si designo hoy a alguien, tengo la impresión de tener que explicarlo a mis hermanos y hermanas. Una editorial no es un castillo en el campo, no es un palacio, no puedo decir: «Yo me quedo con el ala derecha, tú te quedas la izquierda». No funciona así, obviamente. Está La Pléiade, el libro de bolsillo, la literatura infantil y juvenil, que se vende muy bien, aunque no sean superventas. Las cosas se hacen como se tienen que hacer, y luego se verá. Es importante gestionar los problemas financieros, las donaciones, los impuestos. Todo eso lo puedo hacer y lo he hecho. Luego, la sucesión… [silencio]. No lo tengo decidido. Es complejo [risas].

Antoine Gallimard

 

[Fotos: Ángel L. Fernández – fuente: http://www.jotdown.es]

El provocador autor francés publica ‘Aniquilación’, un ‘thriller’ geopolítico plagado de espías y atentados, y una reflexión desolada sobre la familia, el amor y la muerte

Michel Houellebecq. Foto: Philippe Matsas / Editorial Flammarion

Michel Houellebecq

Escrito por Nuria Azancot

Publicado en Francia el 7 de enero pasado, Anéantir fue considerado de inmediato como el libro del año, aunque parte de la crítica gala advirtió de los trucos de la novela, de su manierismo y aspecto deslavazado, y de su engañosa sencillez. O sea, que estamos ante Michel Houellebecq (Saint-Pierre, isla de La Reunión, 1958) en estado puro, a vueltas una vez más con el caos, el amor y la muerte.

Pero dio igual: después de los tres años transcurridos tras el éxito de Serotonina (Anagrama, 2019), que la mayor estrella literaria europea volviera a la acción ya era el acontecimiento que lo justificaba todo. Que lo hiciera además con un aparente thriller que acaba derivando en una esperanzada reivindicación del amor, y que su protagonista, Paul Raison, fuese asesor de un futuro presidente muy parecido a Emmanuel Macron, actuó para los lectores como un imán.

Si a eso añadimos que el padre del protagonista, exresponsable de los servicios de inteligencia del país, ha sufrido un ictus y está en estado vegetativo, y que hasta el matrimonio de Paul está al borde de la disolución, encontraremos algunas de las razones que han seducido a los lectores galos y excitado la ansiedad de todos los letraheridos, ansiosos por embarcarse en las más de seiscientas páginas de la versión en castellano de la novela (la francesa, de lujo y editada por Flammarion, tiene setecientas treinta y seis).

Alérgico a las entrevistas desde hace años, Houellebecq es tan capaz de esconderse y huir del país para no responder ninguna pregunta sobre su obra como de plantarse una tarde de abril en Madrid y citarse de manera sorprendente con un periodista que le pidió tiempo atrás verse con él. El afortunado, Daniel Ramírez, de El Español, acabó compartiendo con el narrador empanadas de solomillo, pulpo a la gallega y confidencias tan controvertidas como siempre (“los franceses son tremendamente difíciles de comprender. Y lo digo yo, que soy francés”; “la democracia representativa no funciona en absoluto”; “la izquierda se ha suicidado”…).

En realidad, quien haya visto alguna de sus entrevistas en las redes comprende de inmediato el reto que supone mantener una charla fluida con Houellebecq: en todas se muestra tímido y desconfiado, aburrido también, sin que parezca importarle demasiado la fluidez de la conversación, la incomodidad del periodista o la coherencia de sus respuestas.

Los sueños y la ficción

Con todo, y a pesar su alergia a los medios, el 2 de enero, es decir, cinco días antes de que apareciera la novela, Michel, el esquivo, concedió una única y extensa entrevista a Jean Birnbaum, editor de Le Monde des Livres, en la que sobre todo le habló de sus sueños, de los que, por otra parte, la novela va sobrada. Como escribe Birnbaum, de hecho “su libro, un thriller político que se convierte en meditación metafísica, está lleno de sueños. Página tras página, nos adentramos en las aventuras oníricas del protagonista”, para señalar a continuación cómo eso, los sueños, estaban ya en otras novelas del escritor, como Las partículas elementales y Serotonina, pero no de forma tan sistemática.

La respuesta de Houellebecq es contundente: “A mí no me interesa demasiado Freud […], pero sí me apasionan los sueños, y me siento muy feliz por haber incluido tantos en Aniquilación. El sueño está en el origen de toda actividad ficcional. […] Escribo cuando me despierto. […] Tengo que escribir antes de bañarme; en general, en cuanto nos hemos lavado todo se acaba, ya no servimos para nada”.

El encuentro, que se desarrolló en el estudio donde escribió la novela, durará tres horas y transcurrirá, según el periodista, en un ambiente más alegre de lo esperado, con una botella de vino blanco que el novelista agita “como un sonajero” y entre volutas de humo, olor a nicotina y ceniceros atestados de las colillas de los cigarros que el autor apura sin descanso.

Le Monde, Houellebecq hace declaraciones tan sorprendentes como: “Soy una puta, escribo para obtener aplausos. No por dinero, sino para ser amada, admirada, así que no tomes la palabra puta de forma negativa”. Y una declaración aún más asombrosa, en la que, frente a la fascinación tan generalizada en la cultura europea por el mal y la transgresión, reivindica los valores positivos del ser humano en la narrativa: “Creo que la mejor literatura se hace con los mejores sentimientos”. A lo largo de la charla, comparten alegrías infantiles, historias soñadas, impulsos poéticos, para atrapar a los lectores ansiosos por conocer la última pirueta del que en Francia consideran una suerte de dandi insolente y reaccionario.

El cuñado francés

Tan idolatrado como detestado por sus opiniones, en las que se retrata como un populista misógino y xenófobo, en Francia se le ha llegado a tratar incluso de beauf, de “cuñado”, por proferir en sus escritos, ensayos y novelas un buen puñado de opiniones banales sobre todo con más audacia que rigor, solo por epatar, por molestar al lector. Así, fue capaz de elogiar a Donald Trump y el Brexit (“Lo único que lamenté es que, de nuevo, los ingleses se mostrasen más valientes que nosotros ante el Imperio”), de cuestionar la democracia y la Unión Europea, de atacar al feminismo y defender la prostitución, la homofobia o el machismo, y de burlarse de la ecología sostenible…

Y pese al personaje en que se ha convertido, a veces profeta, a veces bufón, ha recibido la Legión de Honor de manos del presidente Macron, y el premio Goncourt en 2010 por El mapa y el territorio, pero dice seguir precisando de los demás y de los personajes de sus novelas para comprenderse. “Cada ser humano es algo extraño en sí mismo, el mayor motivo de asombro. Si quiero conocerme a mí mismo, necesito los ojos de los demás”, le dijo al periodista de Le Monde, al que también le habló de la muerte en estos tiempos descreídos, de la necesidad de olvidar los arrepentimientos y de lo difícil que le resulta escribir una novela, “porque es un calvario físico, vivir mucho tiempo al lado de un personaje”.

Comparado con Honoré de BalzacAlbert CamusLouis-Ferdinand Céline y Georges Perec, que, por cierto, nada tienen que ver entre sí, en Houellebecq resulta desconcertante hasta su verdadero nombre, Michel Thomas, y que su seudónimo sea un homenaje a su abuela paterna, que fue quien lo crio porque sus padres, un instructor de esquí y una enfermera franco-argelina, se desentendieron de él para recorrer África en un Citroën. Ni siquiera su fecha de nacimiento es segura, ya que su madre decidió envejecer su partida de nacimiento dos años porque pensaba que tenía mucho talento, por lo que habría nacido en 1958 y no en el 56, como se creyó durante décadas.

Aunque se había anunciado que Aniquilación aparecería en España a finales de agosto, Anagrama lo lanza el próximo miércoles en un nuevo capítulo de esa complicidad que comenzó en 1994 con Ampliación del campo de batalla, su primera novela. Como desveló hace meses Jorge Herralde, su editor español, en una entrevista con El Cultural, en realidad él la publicó sin leerla, solo porque la editaba Maurice Nadeau en su exquisito sello.

“Sí, para mí que a un autor le publicara Nadeau significaba que era bueno por narices, así que cuando apostó por la primera novela de un desconocidísimo autor joven, hablé con él y la publiqué, y ahí empezó el caso de este escritor que es el más vendido de Francia, el más impertinente, el más reconsagrado”. Tras Ampliación vendría Las partículas elementales (1998, Anagrama 1999), que fue la novela que le consagró y que consolidó una carrera de éxitos constantes, lejos, eso sí, de cualquier aniquilación.

[Foto: Philippe Matsas / Editorial Flammarion – fuente: http://www.elespanol.com]

 

Voici comment se déroule la vie de l’Allemand. Pendant sa jeunesse, pendant son âge mur, I’Allemand travaille (généralement en Allemagne). Il est parfois au chômage, mais moins souvent que le Français. Les années passant, quoi qu’il en soit, l’Allemand atteint l’âge de la retraite; il a dorénavant le choix de son lieu de résidence. S’installe-t-il alors dans une fermette en Souabe- Dans une maison de la banlieue résidentielle de Munich- Parfois, mais en réalité de moins en moins. Une profonde mutation s’opère en l’Allemand âgé de cinquante-cinq à soixante ans. Comme la cigogne en hiver, comme le hippie d’âges plus anciens, comme l’Israélien adepte du Goa trance, l’Allemand sexagénaire part vers le Sud. On le retrouve en Espagne, souvent sur la côte entre Carthagène et Valence. Certains spécimens — d’un milieu socioculturel en général plus aise — ont été signalés aux Canaries ou à Madère.

Cette mutation profonde, existentielle, définitive, surprend peu l’entourage; elle a été préparée par de multiples séjours de vacances, rendue presque inévitable par l’achat d’un appartement. Ainsi l’Allemand vit, il profite de ses dernières belles années. Ce phénomène m’a été pour la première fois révélé en novembre 1992. Circulant en voiture un peu au nord d’Alicante, j’eus l’étrange idée de m’arrêter dans une mini-ville, qu’on pourrait par analogie qualifier de village; la mer était extrêmement proche. Ce village ne portait pas de nom; probablement n’avait-on pas eu le temps — aucune maison, visiblement, n’était antérieure à 1980. Il était environ dix-sept heures. Marchant par les rues désertes, j’ai d’abord constaté un curieux phénomène: les enseignes des magasins et des cafés, les menus des restaurants, tout était rédige en langue allemande. J’ai acheté quelques provisions, puis j’ai constaté que l’endroit commençait a s’animer. Une population de plus en plus dense se pressait dans les rues, dans les places, sur le front de mer; elle semblait animée d’un vif appétit de consommation. Des ménagères sortaient des résidences. Des moustachus se saluaient avec chaleur, et semblaient mettre au point les détails d’une soirée. L’homogénéité de cette population, d’abord frappante, devint peu à peu obsédante, et je dus vers dix-neuf heures me rendre à l’évidence: LA VILLE ÉTAlT ENTIÈREMENT PEUPLÉE DE RETRAITÉS ALLEMANDS. Structurellement, la vie de l’Allemand évoque donc d’assez près la vie du travailleur immigré. Soit un pays A, et un pays B. Le pays A est conçu comme un pays de travail; tout y est fonctionnel, ennuyeux et précis. Quant au pays B, on y passe son temps de loisir; ses vacances, sa retraite. On regrette d’en partir on aspire à y retourner. C’est dans le pays B qu’on noue de véritables amitiés, des amitiés profondes; c’est dans le pays B qu’on fait l’acquisition d’une résidence, résidence qu’on souhaite léguer à ses enfants. Le pays B est généralement situé plus au Sud.

Peut-on en conclure que l’Allemagne est devenue une région du monde où l’Allemand n’a plus envie de vivre, et dont il s’échappe dès que possible – Je crois qu’on peut le conclure. Son opinion sur son pays natal rejoint donc celle du Turc. Il n’y aucune réelle différence; il demeure, cependant, quelques ajustements de détail.

En général l’Allemand est doté d’une famille, composée d’un à deux enfants. Comme leurs parents à leur âge, ces enfants travaillent. Voici pour notre retraité l’occasion d’une micro-migration — très saisonnière, puisqu’elle se déroule pendant la période des fêtes, soit entre Noel et le jour de l’an. (ATTENTION: le phénomène décrit par la suite n’est pas observable pour le travailleur immigré proprement dit; les détails m’en ont été communiqués par Bertrand, serveur à la brasserie Le Méditerranée, de Narbonne.)

La route est longue entre Carthagène et Wuppertal, même à bord d’une puissante voiture. Le soir venu, il n’est donc pas rare que l’Allemand ressente la nécessite d’une étape; la région Languedoc-Roussillon, dotée de possibilités hôtelières modernes, offre une option satisfaisante. A ce stade, le plus dur est fait – le réseau autoroutier français reste, quoi qu’on en dise, supérieur au réseau espagnol. Gagné par une légère détente après le repas (huîtres de Bouzigues, supions à la provençale, petite bouillabaisse pour deux personnes en saison), l’Allemand s’épanche. parle alors de sa fille, qui travaille dans une galerie d’art à Düsseldorf; de son gendre informaticien; des problèmes de leur couple, et des solutions possibles. Il parle.

„Wer reitet so spät durch Nacht und Wind-

Es ist der Vater mit seinem Kind.“

Ce que dit l’Allemand, à cette heure et à ce stade, n’a plus beaucoup d’importance. Il se trouve de toute façon dans un pays intermédiaire, et peut laisser libre cours à ses pensées profondes, il en a. Plus tard, il dort; c’est probablement ce qu’il a de mieux à faire.

C’était notre rubrique: „La parité franc-marc, le modèle économique allemand“. Bonne nuit à tous.

 

[Source : « Rester vivant et autres textes » – Michel Houellebecq, 1991]

‘Tinta simpática’ vuelve al territorio Modiano a través de un detective que sigue el rastro de una mujer inasible y fantasmagórica

Patrick Modiano en su estudio.

 

Escrito por Iván Ortega

Hace un par de meses, al hablar sobre la aparición de Chevreuse, la última novela de Patrick Modiano aparecida en francés, Ignacio Vidal-Folch comentó: “¿Y qué quieren los seguidores de Modiano? Más de lo mismo”. Enrique Vila-Matas también ha comentado que este autor “finge escribir siempre el mismo libro”. El del francés es un arte de repetición, pero no suele haber agotamiento.

La repetición está contemplada en la poética de Modiano. No pocos de sus personajes están obsesionados con Nietzsche y el eterno retorno de lo mismo. Tinta simpática (2019), su segunda novela después del Nobel, y la más reciente aparecida en español, se interna de lleno en esta premisa. Es una expansión del territorio Modiano en la que reaparecen muchas de las obsesiones del autor: personas desaparecidas, detectives, París, falsas identidades, la fuga, registros incomprensibles en libretas, los poderes limitados del lenguaje, la inexactitud de la memoria.

De las múltiples obsesiones de Modiano, la que se apodera de este relato es una combinación entre los límites representativos de la escritura y la imprecisión de la memoria. La escritura funciona aquí como un rastro o una huella que provoca perplejidad, más que como una memoria subrogada. Los nombres registrados en una libreta parecen no decir nada, incluso, o sobre todo, a pesar de que fue nuestra propia mano la que los registró. La escritura marca ya la ausencia no solo del referente sino también de cualquier tipo de sentido. Conviene investigar, devolverle algo de sentido a ese nombre, aunque sea solo mediante especulaciones.

En Tinta simpática Jean Eyben, un detective primerizo, intenta dotar de sentido un nombre que le ha sido dado investigar: Noëlle Lefebvre. La acción comienza a mediados del siglo pasado. Existe la posibilidad de que ese ni siquiera sea el nombre verdadero de aquella mujer (“no solo había desaparecido de la noche a la mañana, sino que ni siquiera había nada seguro sobre su verdadera identidad”). Esta novela de detectives podría leerse como una investigación en la que terminan por dramatizarse algunas nociones saussureanas: no hay nada que una realmente al significado y al significante, más allá del uso consensuado de una palabra para referirse a algo.

El nombre de Noëlle Lefevre flota como algo completamente ajeno al personaje, que al aparecer finalmente ni siquiera llega a ser nombrada con esas dos palabras. Pero no solo la capacidad representativa del lenguaje hablado y del escrito parecen ponerse en cuestión, también la fotografía es un despropósito en esta novela. Incluso viendo fotos de Lefebvre el detective no puede estar seguro de reconocerla o incluso recordarla, años después. La tinta simpática del título, también conocida como tinta invisible, parece ser la metáfora ideal para hablar sobre la escritura como mecanismo de representación frágil e ineficiente. Esta percepción de la escritura, no obstante, es más melancólica que iconoclasta.

La novela se balancea entre la perplejidad del narrador ante su propia vida y la fragilidad e imprevisibilidad de la escritura y la memoria. Al inicio de En presencia de Schopenhauer, Michel Houellebecq dice, al recordar su primera aproximación a la obra del filósofo, que la memoria es más eficiente recordando lugares que fechas, pero ¿qué ocurre cuando el paso del tiempo, los cambios de intereses, el inevitable desarrollo urbano terminan por demoler todos aquellos lugares que nos fueron familiares? Desde el siglo XXI, Eyben intenta recuperar un lugar que ya no puede ver, a pesar de estar ahí mismo. El arte de Modiano se preocupa constantemente por todo aquello que parece poner en peligro la memoria pero que, justo por debilitarla y asediarla, parece darle importancia.

Quien quiera recordar debe ponerse en manos del olvido, de ese riesgo que es el olvido absoluto y de esa hermosa casualidad en que se convierte entonces el recuerdo”, dice Maurice Blanchot en el epígrafe de la novela. Para Modiano la memoria es el proceso activo de intentar rescatar aquello que podría perderse, más que algo fijo. Este proceso paradójico en el que se intenta recordar y registrar, al tiempo que se descree de la memoria y la escritura, crea un efecto de irrealidad, algo que invade constantemente a los personajes de Modiano. Incluso parece haber en estas novelas un cambio en la manera en la que se organiza el tiempo: el futuro es casi inexistente, el presente es intangible, pero el pasado lo domina todo y encima es impredecible. Es posible encontrar en otras novelas la misma frase que formula la duda: “Quizá lo soñé”, “pues no lo soñé”,“era la única prueba que tenía de que aquello no había sido un sueño”.

En Recuerdos durmientes (2017), la novela anterior a Tinta simpática y la primera del autor después de ganar el Nobel, el narrador incluso llega a creer que vive entre sueños y que, como ha aprendido en un libro esotérico, es posible aprender a dirigir la vigilia de la misma manera en la que se puede aprender a controlar los propios sueños. En esa lógica, algunos personajes nos parecen familiares pero ocultos tras una máscara nueva, viviendo una doble vida o renaciendo con nuevos nombres después de lograr sobrevivir a su pasado. La fuga es una constante en sus vidas. Louki, la figura central de En el café de la juventud perdida (2007), nos dice “No tengo más recuerdos buenos que los de huida o evasión”. Casi todas las fugas en Modiano son fugas de un pasado que parece siempre otra vida. Hay cambios de nombres, registros falsos o, como cantan los Magnetic Fields, “Shadows of echoes of memories”. No cualquier detective puede seguir la pista a una persona que no está segura de su propia existencia.

Patrick Modiano, Tinta simpática, trad. del francés de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama, Barcelona, 2022

 

[Foto: Ulf Andersen Aurimages – fuente: http://www.latempestad.mx]

Libros de Historia y Ciencias Humanas > Literatura > Teoría y crítica.  Estudios y ensayos de la Literatura Universal · Marcial Pons Librero

Escrito por EDUADO SUÁREZ FERNÁNDEZ-MIRANDA

Howard Phillips Lovecraft (Providence, 1890-1937) no solo “fue capaz de generar sucesores, sino que creó a sus predecesores, los levantó de sus tumbas justificándolos, como en el caso de su admirado Edgar Allan Poe”. Estas palabras de Jorge Luis Borges nos hablan de la importancia de un escritor que, desde su marginalidad, construyó un mundo extraordinario, plagado de horror y fantasía.

Michel Houellebecq, poeta, ensayista y novelista, señala que Lovecraft era un ejemplo para todos aquellos que desearan aprender a fracasar en la vida, y triunfar en su trabajo. Algo no siempre garantizado. El escritor francés, fascinado en su adolescencia -como muchos otros a esa edad- con el descubrimiento de la obra del maestro de Providence, escribió, en 1991, el ensayo H.P. Lovecraft. Contre le monde, contre la vie. Todavía no era Houellebecq ese escritor célebre y polémico que años más tarde escribiría Ampliación del campo de batalla (1994) o Las partículas elementales (1998). Sin embargo, ya daba muestra de ese universo desencantado, que será una de las señas de identidad en sus obras posteriores.

«Anagrama», dentro de Argumentos, una colección que vio la luz en 1969, y que recoge “los más significativos autores contemporáneos en varias disciplinas”, ha publicado H.P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida, recuperando la traducción que Encarna Castejón hiciera para la editorial «Siruela». El libro es un recorrido apasionante, y fuera de lo común, por la vida y la obra de uno de los grandes escritores del siglo XX.

Con una labor literaria marginada, y relegada a las revistas pulp durante su breve existencia, solo un pequeño grupo de fervientes seguidores fue capaz de apreciar, en esa época, lo que significaban los relatos extraños y fantásticos del escritor norteamericano. Libros como El horror de Dunwich o El caso de Dexter Ward, una de sus novelas más misteriosas, son buen ejemplo de esa literatura insólita. Solo tras la desaparición de Lovecraft, su obra empezó a darse a conocer, gracias a la labor recopilatoria de unos pocos acólitos incondicionales.

Houellebecq recuerda su primer contacto con la obra de Lovecraft: “Como impacto, fue de los fuertes. No sabía que la literatura podía hacer eso. Y, además, todavía no estoy seguro de que pueda. Hay algo en Lovecraft que no es del todo literario”. El escritor francés reconoce que escribió H.P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida, como si fuera una novela, una novela de un solo personaje, el cual “logró transformar su asco por la vida en una hostilidad activa”.

Stephen King, uno de los más fervientes admiradores de Lovecraft y su obra, recuerda, en el esclarecedor prólogo del libro, que “toda literatura, pero en particular la literatura de lo extraño y lo fantástico, es una cueva en la que tanto lectores como escritores se esconden de la vida”.

Joan Perucho fue el primero en hablar de Lovecraft en nuestro país, y el poeta Carlos Pujol, definía Amb la técnica de Lovecraft, ese relato-homenaje del escritor barcelonés, como “un universo turbador, extrañísimo, que no es reflejo inmediato del vivir, sino que, como indica su título, sale de la lectura. El horror descrito como presencia abominable que no se hace visible, del que solo tenemos testimonios esquivos e inconcretos, algo parecido a una corriente de aire, pero sólido y opaco que flota sobre la realidad”. Así es la literatura de Lovecraft.

Rafael Llopis, recientemente desaparecido, fue el gran introductor de Lovecraft en nuestro país. Reunió en Los mitos de Cthulhu un ciclo de narraciones de “horror cósmico ambientadas en mundos primigenios de caos y espanto”. Un libro legendario.

 

[Fuente: http://www.culturamas.es]

 

 

 

Les critiques ont livré deux lectures erronées d’«Anéantir», qui est sans doute le roman le plus bouleversant de l’auteur, et peut-être même son chef d’œuvre.

L'écrivain Michel Houellebecq.

Michel Houellebecq sort un nouveau et attendu roman : Anéantir

Écrit par Baptiste Rossi

À écouter quelques critiques, « Anéantir », le dernier livre de Michel Houellebecq serait un bréviaire de valeurs inactuelles, un opus misogyne, raciste, une illustration oblique et complaisante du grand-remplacement ou même un panégyrique béat de notre ministre de l’Économie et des finances.

D’autres, pas mieux clairvoyants, y voient un roman hésitant, tergiversant entre l’intrigue politique, le thriller d’anticipation, le livre sur la fin de vie, un feuilleton grossi à dessein, perdu dans une forme émolliente et diluée, où l’auteur digresserait sur notre époque.

Naturellement, Anéantir, qui est sans doute le roman le plus bouleversant de l’auteur, et, peut-être, son chef d’œuvre jusqu’à présent, n’est ni l’un ni l’autre. Ou plutôt, et c’est la machiavélique habileté de Houellebecq, il feint de prendre les atours de l’un puis de l’autre, avant de se cristalliser dans une élégie inoubliable, tremblante, ravageuse de son héros, un tombeau presque aussitôt effacé, qu’on ne termine, anéanti en effet, qu’en pleurant.

Pour résoudre le malentendu, il faut revenir à ce qui fait la singularité de Michel Houellebecq dans le paysage littéraire français. Notre écrivain national ne s’est pas contenté de publier des romans prophétiques ou divertissants. Simultanément à l’écriture propre de ses ouvrages, il a procédé à une analyse, presque sociologique, de la position de l’auteur contemporain, et, chose encore plus rare, il en a déduit un dispositif romanesque, et les deux se sont de plus en plus intriqués l’un à l’autre. Qu’une figure des lettres propose un art poétique n’est pas neuf ; les écrivains français se targuent quelquefois d’une idée de la littérature, de son état, de ses pouvoirs, de ses missions. Cependant le problème de la réception de leurs livres par le public a longtemps été l’angle mort de leurs cosmogonies, soit que la question ne se posât pas encore – pourquoi Baudelaire ou Proust se seraient-ils inquiétés de l’inattention du public pour la littérature à une époque d’une révérence si manifeste envers les œuvres de l’esprit ? – soit qu’ils ne l’envisageaient que comme une donnée, problématique, mais locale, de leur métier d’écrire. Le temps du soupçon, avait-on deviné dans les années 1950, faisant basculer la littérature dans une ère de modernité, c’est-à-dire, fondée sur un nouveau contrat de lecture, permettant de perpétuer la relation entre un lecteur et un roman, à peine recombinée, à peine rénovée par ce petit effort de lucidité malicieuse du Nouveau Roman.

Mais que faire face à la profonde indifférence du public et de l’époque pour la littérature ? Philip Roth (avec peut-être une mélancolie légèrement surjouée, et probablement inévitable à chaque génération au soir de sa vie) disait que le nombre de ce qui s’appelait, dans son adolescence, des lecteurs de romans pouvait désormais se compter à quelques centaines aux États-Unis. Partant, il en tirait la conclusion logique et tragique : il s’arrêtait d’écrire. Roth appartenait encore à la cohorte des écrivains de la modernité, qui avaient tenté de déjouer l’âge du soupçon par un génial retournement de la méfiance, pervertissant les rôles mêmes de l’auteur et du personnage ; il n’appréhendait qu’avec un persistant sentiment d’incompréhension l’ère post-moderne du tournant du siècle. Car à l’époque post-moderne, ce n’est pas tellement que la littérature suscite de l’incuriosité. En effet, jusqu’à preuve du contraire, les écrivains continuent de vendre des livres, et, dans une certaine mesure, on leur réserve des égards cérémonieux. Le drame vient de ce que la littérature n’est plus qu’un discours parmi d’autres ; parmi celui des médias, du grand bavardage contemporain et matérialisé par les réseaux sociaux, parmi n’importe quelle autre forme de pop culture, en miroir d’une perte généralisée de valeurs, dans un glissement effréné vers un relativisme ou un nihilisme qui advient au crépuscule des idoles.

Dès lors, quelques romanciers qui en ont eu le pressentiment ont tenté de subvertir ce discours ambiant et omnivore ; ils ont composé des œuvres où la télévision, le néant des magasines et la vacuité de la parole étaient combattus pied à pied, accueillis dans le dispositif romanesque pour être désamorcés ; ils sont eux-mêmes devenus des figures de la pop-culture, négociant une transaction léonine avec les forces de l’époque ; quelques fois, ils se prenaient eux-mêmes, dans une vertigineuse mise en abîme, comme sujets risibles de leur ingestion par le dispositif médiatique, ainsi de Bret Easton Ellis, pour ne citer que lui ; mais ce duel homérique étant fatalement vain, ils se sont soit recroquevillés, soit tus, soit sont revenus, avec une candeur retournée, à des formes plus classiques, acceptant leur défaite épuisée.

Il en est un, seulement, qui ne s’est pas résolu. Michel Houellebecq, dans son précédent chef d’œuvre, qui lui valut le Prix Goncourt, « La Carte et le Territoire », poussait jusqu’à l’absurde cette entreprise délibérée de subversion du discours médiatique, se mettant en scène, lui-même Michel Houellebecq auteur, aux côtés des figures des médias et de l’art contemporain, avec une autodérision insensée et littéralement suicidaire ; ce renversement des rapports de pouvoir, cet acquiescement feint à la domestication par les forces médiatiques provoquait un court-circuit tellurique dans le roman et de là, dans le champ de la littérature, pour parler comme un sociologue. Car contrairement à d’autres qui n’avaient eu le courage d’aller au bout de cet asservissement, Houellebecq, dans les yeux du public, devenait lui-même un personnage, un personnage faussement éteint, précaire, déchu ; il endossait de lui-même, avec un certain cran physique, la déchéance de la littérature, avec une rouerie dissimulée, mais surtout une absence d’effroi admirable. Il avait accepté, pour être lu, d’être le personnage de l’écrivain tel que l’époque pouvait le tolérer : prophétique mais timide, génial mais ironique, célèbre mais peu enviable, ne se prenant pas pour un héros mais pour un martyr.

C’est ce qui fomente le quiproquo entre des critiques qui prennent au premier degré ce que Houellebecq raconte dans « Anéantir » et l’ouvrage lui-même.

Certes Houellebecq fait mine de prendre à son compte tel ou tel élément de langage de l’universelle conversation ; l’époque étant à droite, il batifole parfois sur des lisières redoutables et risquées, ainsi dans son portrait du sympathique beau-frère FN du héros ou dans telle notation sur la composition sociale des villages du Beaujolais ; mais enfin, c’est aussi absurde de reprocher à Houellebecq de faire siens ses propos que d’accuser Flaubert de complaisance envers le lyrisme romantique. Houellebecq utilise les mêmes procédés que Flaubert, son aîné en ironie, et dans « Anéantir » c’est un jeu virtuose où les guillemets, les adverbes (au premier chef les si houellebecquien « quand même ») ou l’italique torturent notre langage. Il met en scène le discours commun, pour le regarder s’autodétruire ; comme tous les écrivains de 2022, prisonnier d’une langue devenue molle, envahissante, privée de substance, comme l’auteur de « Bouvard et Pécuchet » après Lamartine ou Victor Hugo, il doit bien se désincarcérer de cette gangue pour faire advenir sa parole propre. Quatre-vingts pour cent d’« Anéantir » n’est qu’une vaste et hilarante démolition de notre langue post-moderne où rien ne signifie rien, un ball-trap à livre ouvert de nos tics, de nos euphémismes, de nos circonlocutions. C’est parce que nous vivons une époque de dérision généralisée, y compris à l’égard de la littérature, que l’auteur d’« Anéantir » doit en passer par cette libération-là. Qu’il partage ou pas ces mots qu’il regarde se défaire en entomologiste n’a aucune importance. Lire Houellebecq non ironiquement est donc absurde ; mais c’est presque une manière d’hommage, tant son dispositif romanesque propose, à plat et fomenté du revers de la main, la collection complète de nos truismes ; encore une fois, on confond l’œuvre et son sujet, démêler l’un de l’autre n’a ni intérêt ni sens pratique.

Pourtant, une fois passée cette entreprise de démolition, cette opération Flaubert contre le langage, que faire ? Comment recréer de la valeur, une forme romanesque pure, les remparts du sarcasme, de l’ironie et de la vacuité désormais aussi génialement mis à terre ? Comment croire, aimer, ne pas sombrer dans le nihilisme, si Dieu, tous les dieux sont morts ? « Alors tout est permis ? », s’angoissait pour l’éternité Dimitri Karamazov. Cette question, Michel Houellebecq ne l’avait pas encore résolue ; et ses précédents romans ne parvenaient pas, ou ne tentaient d’ailleurs pas de s’y attaquer, à la fondation de valeurs nouvelles, soit que Houellebecq fût trop pessimiste sur la condition humaine, soit qu’il n’en éprouvât pas le désir, soit qu’il jugeât que le roman contemporain n’en avait le pouvoir.

La grandeur d’« Anéantir », intrinsèquement et après tous les livres de son auteur, réside dans cette tentative, très neuve et singulière, de vouloir sauver quelque chose du chaos risible de l’époque, après le saccage gourmand et infaillible de ses formes de langages antipoétiques. Dans « Anéantir », Houellebecq, avec une gravité croissante, s’astreint ce labeur de rédemption du langage dans un but ; il s’emploie à préserver la littérature car elle seule, avec l’amour, représente un refuge, fut-il grotesquement fragile, face à la mort. Dans un monde silencieux et nihiliste, il faut bien tenter l’impossible métier de vivre, et même de survivre ; et comme un héros dostoïevskien prisonnier d’une époque qui n’a plus de sens car dépourvue de sacré, Houellebecq en vient à une forme, presque mystique, de charité. Pour Houellebecq, ce trajet du cynique à l’idiot – au sens du romancier russe – n’est pas si illogique ; pour le lecteur, les cent dernières pages d’« Anéantir », une très inattendue ode au couple amoureux, se découvrent avec une puissance de déflagration émotionnelle inouïe. On n’avait pas eu la sensation, physique, de pleurer à la lecture d’un roman contemporain depuis peut-être « D’autres vies que la mienne », d’Emmanuel Carrère, que Houellebecq évoque d’ailleurs explicitement dans « Anéantir ». La comparaison avec Carrère est à cet égard lumineuse : l’auteur de « Limonov », confronté à la même aporie de l’absence de valeurs transcendantes et de la déchéance de la littérature, trouvait le salut, pour le roman, dans sa connexion directe avec le réel, gage d’authenticité, et subversion efficace de la défiance des lecteurs, afin de faire advenir l’émotion. Mais cette solution de l’hyperréalisme de Carrère n’a pas d’issue, par définition, pour le roman de fiction, et Carrère a lui-même expliqué les impasses métaphysiques et personnelles de ce pacte du diable avec le réel. Dans « Anéantir », Houellebecq, peintre des amours de Paul et Prudence, parvient à susciter les sanglots et le romanesque pur, mais sans cette caution du réel. Avec son dispositif si intelligent de caméléonisme ton sur ton sur l’époque, pour la détruire, l’anéantir, il sauve, non ses héros hélas, mais quelque chose du pouvoir de l’amour, et du pouvoir de la littérature, dernières valeurs humaines possibles contre l’anéantissement, quoi que fondés l’une et l’autre sur le mensonge. En soi, il commet, inspiré par les mêmes sentiments charitables que ses personnages, un don d’amour envers la littérature. C’est l’aspect le plus étonnant et le plus généreux du livre : sa propension à vouloir rescaper, non seulement ce roman-ci, mais tous les romans, et toute la littérature (en tout cas celle que Houellebecq estime digne d’être sauvée). Houellebecq, avec « Anéantir », construit l’Arche de Noé par laquelle la littérature peut s’échapper de l’époque, et il y embarque, avec un certain altruisme, des classiques et des contemporains, Carrère, Conan Doyle, Philippe Lançon, et même l’écrivain Bruno Le Maire, dont tous les livres, au-delà des anecdotes saint-simoniennes sur les coulisses de la politique, se posent la question de la valeur de la politique dans une époque qui ne l’écoute plus, et qui, comme la littérature, l’assigne à une fonction de divertissement.

Une dernière chose, enfin : c’est que discourir sur le Houellebecq ne sert évidemment à rien. Le propre des grands livres, c’est qu’ils se lisent sans sous-texte, et cette critique ne vaut pas mieux que n’importe quelle glose. Qu’il soit gouverné ou non par les intentions qu’on lui prête, Houellebecq est un romancier d’une habileté démoniaque ; que ses détours par la politique-fiction, le thriller d’espionnage, la chronique sociale sur les hospices des grabataires lui servent ou non d’arme poétique contre l’époque, il en résulte un livre passionnant, dévastateur, d’une fluidité très impressionnante, pour tout dire, impossible à reposer une fois commencé.

Où a-t-on lu meilleure description du microcosme si particulier des énarques en général et des technocrates de Bercy en particulier, entre suffisance et esprit de sacrifice, indifférence à l’idéologie et arraisonnement de leur existence sentimentale par les lois d’efficacité budgétaire ? Pourquoi Houellebecq, et pas un autre, est-il le seul romancier de 2022 à avoir deviné que c’était dans les EPHAD, ce gris paradis des amours séniles, que se jouait la quintessence de la condition occidentale ? Quel autre grand écrivain actuel peut-il dresser un portrait subtil et désillusionné de Cyril Hanouna, et figurer dans un couple sublime de lâchetés négociées, de désirs résurgents, d’accoutumance réciproque à la fadeur, la philosophie de la réincarnation de Schopenhauer ? A-t-on déjà lu un thriller aussi lucide et sagace sur les nouveaux extrémistes, ceux, mi-fondamentalistes, mi-écologistes, qui tiennent la vie pour la valeur suprême, quitte à tuer ceux qui la souillent ? Un éloge si poignant de la lecture contre la mort, de Sherlock Holmes pour déjouer l’énigme non du chien des Baskerville, mais des métastases généralisées d’un cancer irrémédiable ? Un résumé aussi abruptement brillant du lien entre un frère et une sœur, « à la fois indestructible et sans issue » si bien que « rien ne pourrait jamais l’interrompre ; mais rien ne pourrait jamais faire, non plus, que cette relation dépasse un certain degré d’intimité ; elle était en ce sens exactement l’inverse d’une relation conjugale » ? Et, depuis Céline, a-t-on traversé un aussi beau et sec voyage au bout de la nuit de l’homme occidental, de ses turpitudes cardio-vasculaires à ses bons sentiments risibles, où, comme avec Bardamu, l’amour, seul, permet à des caniches sans grandeur de frôler ce que le sentiment porte d’infini ?

Le génie de Houellebecq – et peut-être son drame – éclate dans « Anéantir ». Captif de son martyre de déchu de la littérature, il se voit contraint, jusqu’au titre d’apocalypse, d’endosser la déchéance d’un art devenu impossible et pourtant indispensable, celui d’aimer les livres et d’en écrire ; mais comme toutes les révélations sacrées, l’ouvrage compose un summum, une apothéose. L’amour et la littérature, deux fictions irrépressibles, sont nos seuls remèdes face à la mort – c’est la conclusion du livre, d’un optimisme qui étonne jusqu’à son auteur lui-même. Il est le premier surpris de cette conversion vers la charité, allant même à la réfréner, après les lignes finales éblouissantes d’émotion, dans ses remerciements prolixes : « Je viens par chance d’aboutir à une conclusion positive ; il est temps que je m’arrête ». Si le monde n’est rien d’autre que volonté et représentation, celui de Houellebecq, soudain, est devenu cette forme particulière de volonté désirante et de représentation parfois exaucée, qui s’appellent amour et littérature. Et cela, seulement, est une merveilleuse nouvelle, pour lui, sans doute, pour ses lecteurs – assurément.

 

[Source : http://www.laregledujeu.org]

La romancière argentine met en scène, avec un humour hors du commun, les petits travers d’écrivains réunis pour un festival littéraire. « La Montagne magique » en version grunge.

Pola Oloixarac. (Helena Insinger)

Écrit par Didier Jacob

L’élite mondiale de la littérature a rendez-vous au bord d’un fjord suédois. C’est pour un festival annuel, Meeting, qui se clôt chaque année par l’attribution convoitée du prix Basske-Wortz, l’un des plus prestigieux après le Nobel, et doté d’une somme rondelette pour son heureux lauréat. Parmi les prétendants, Philippe Laval concourt dans la catégorie français chauve. Un type assez déprimant qui tient l’échec, en art, pour le sommet du génie. On songe à Houellebecq, surtout lorsque Philippe suit Mona, une jolie romancière péruvienne qui vit en Californie, et lui sort son pitoyable engin dans les toilettes pour filles. Philippe est mal tombé, car Mona, qui mélange allègrement valium et vodka, n’est pas une petite nature.

Pola Oloixarac est-elle un peu Mona ? Remarquée pour son premier roman, « Les théories sauvages », cette romancière née à Buenos Aires en 1977 met en scène ici, avec un humour hors du commun, les petits travers de nos grands écrivains. On croise Franco, l’Italien « persuadé que le souvenir vintage de Marcello Mastroianni vibre dans son regard », et qui n’a de cesse de montrer sa supériorité au lit. Chrystos, un auteur macédonien publié chez Flammarion en France, envie Mona, éditée elle chez Gallimard. Sous le chapiteau où se tiennent les conférences, chacun y va de son bon mot (« Google est le contre-roman du roman humain »). Tous attendent Ragnar, le poète/prophète islandais dont le discours, à la fin du festival, ne manque pas de surprendre.

Un sens de l’observation unique

Les jours passent, la littérature s’ennuie. La vérité, c’est que nul ne s’en soucie vraiment, sauf Hava Pinkus, l’Israélienne. Les autres sont surtout branchés cul. Qui va finir dans le lit de qui ? Une question qui taraude Mona, dont le corps semble pourtant meurtri par une partie de jambes en l’air qui a mal tourné. Pola Oloixarac se branche sur la fréquence intime de son héroïne, s’insinuant dans son esprit tourmenté, tiraillé entre érotisme triomphant et féminisme solaire.

Même si le final du roman bascule dans un fantastique qui ne s’imposait peut-être pas, la fable satirique de Pola Oloixarac, menée tambour battant, et inspirée par des festivals auxquels elle a sans doute participé, témoigne d’un sens de l’observation unique. Le ton y est contemporain, lugubre et sarcastique. « Mona », c’est « la Montagne magique » en version grunge : la mort du monde s’y prépare tandis que, toujours satisfaits d’eux-mêmes, les écrivains continuent de pérorer sans fin.

Mona, par Pola Oloixarac, traduit de l’espagnol par Isabelle Gugnon, Seuil, 176 p., 19 euros.

[Photo : Helena Insinger – source : http://www.nouvelobs.com]

 

Écrit par Juan Asensio


460009218.jpgMichel Houellebecq dans la Zone.

Anéantir.jpgIl m’a fallu attendre la page 409 d’un roman qui en compte 730 (1) pour pouvoir lire, passablement médusé, presque choqué à vrai dire et n’en croyant tout simplement pas mes yeux, un propos qui pourrait ressembler, fût-ce de loin, à une vue non point tant originale qu’intéressante : «Dans son enfance déjà, les industries du divertissement avaient entrepris de recycler du vintage tout en proposant de nouveaux produits, sans les différencier clairement, si bien que toute idée de succession et de continuité historique s’était peu à peu perdue». Vous me direz que c’est là fort maigre pitance. Assurément, mais je n’ai sans doute pas besoin de vous rappeler que, lorsque l’on se met à la table de Michel Houellebecq, il ne faut pas exactement nourrir de grandes prétentions gastronomiques; estimons-nous heureux si l’on nous rassasie d’un verre d’eau pas fraîche et d’un quignon de pain rassis.
Je vois en tout cas dans ce passage, si typique du vernis sociologisant dont Houellebecq nappe son très court-bouillon, une métaphore du dernier roman de l’auteur qui, dans le même mouvement lui faisant perdre ses majuscules en première de couverture, semble, une fois pour toutes espérons-le, avoir dilué ses dernières traces d’écriture. Il me faut être prudent tout de même avec Houellebecq : après un roman comme Soumission, il eût été logique qu’il se rapproche, un peu plus encore, du christianisme, jusqu’à l’embrasser. Las ! Michel Houellebecq, décidément, en religion (le mot est certes trop fort; préférons-lui celui de spiritualité) est et restera très probablement un frôleur. Au moins, avec Anéantir, est-il parvenu à frôler la dissolution même si, comme tous les érotomanes, il lui a fallu étirer le plus longtemps possible (plus de 700 pages tout de même !) son plaisir qui, malheureusement pour nous ses lecteurs, n’a pas la décence de rester solitaire, de se cacher des regards. Michel Houellebecq est donc un frôleur paradoxal, un frôleur exhibitionniste, s’étalant dans les étals de la librairie la plus improbable de France.
Non pas, entendons-nous bien, que Houellebecq, et cela dès son tout premier roman, ait fait montre d’un style puissant ou tendu qui, ensuite, au fur et à mesure qu’il a égrené ses livres vendus à plusieurs centaines de milliers d’exemplaires, se serait distendu, relâché, appauvri : dès son premier texte écrit, qu’importe du reste qu’il s’agisse d’un essai ou de poèmes, d’un roman qui l’aura rendu célèbre, Michel Houellebecq n’a jamais possédé ce qu’il est convenu d’appeler une langue; toutefois et à tout le moins, elle donnait, dans certains romans comme La Possibilité d’une île, l’illusion d’une armature (l’illusion, pas davantage, sinon peut-être l’espoir d’un frémissement), s’appuyant sur une intrigue qui, vaille que vaille, ménageait quelques rebondissements.
Dans Anéantir, tout s’écroule, et, d’abord, l’intrigue, mélange improbable, si peu crédible qu’il ne semble même pas retenir l’attention de l’auteur, d’attentats hyper-sophistiqués agaçant la sagacité des espions, banales débandades au sein de couples ou bien, au contraire, reconquête de l’érection et, paraît-il, de l’amour, et ce n’est donc qu’une presse aux ordres ou alors parfaitement inculte, voire cynique puisqu’elle aurait eu l’idée (bonne, finalement) de ne pas lire ce qu’elle n’a pourtant pas craint de revêtir de ses habituels qualificatifs superfétatoires et parfaitement grotesques, qui a pu saluer cette bassine d’eau croupie dans laquelle Houellebecq a jeté quelques ingrédients n’étant pas vraiment de première fraîcheur.
Anéantir, pardon : anéantir, est donc moins le roman de la dissolution de toute chose, quitte à ce que cette dernière soit figurée par une langue elle-même appauvrie, réduite à l’essentiel comme le montre magnifiquement La Route de Cormac McCarthy, qu’un roman dissous : «bientôt les choses allaient reprendre leur cours, tout allait de nouveau se décomposer, se dissoudre» (p. 366), comme semble se dissoudre, au fil des pages, la capacité de l’auteur à entremêler les trames, organiser les strates, suggérer une profondeur cachée aux yeux des non-initiés puisque, après tout, nos personnages sont confrontés à de mystérieux attentats louchant vers l’ésotérisme.
Je dois bien confesser que Houellebecq me fascine : après tout, il n’est pas suffisamment sot pour ne pas savoir qu’il n’est pas un écrivain mais chacune des lignes qu’il a écrites, et elles commencent à être nombreuses, proclame l’évidence selon laquelle il s’obstine à chercher la clé magique qui lui permettra d’ouvrir la porte derrière laquelle se cache, comme le disait José Bergamín, le monstre du romanesque. Je ne suis du reste même pas certain que, si par chance il parvenait à la trouver, sa volonté serait suffisamment tendue pour lui permettre de l’introduire dans la magique serrure. L’impuissance de cet homme est ainsi non seulement pathétique mais tragique, car elle aura forgé son destin de romancier et même d’écrivain raté, non point jaloux du génie de plus grand que lui (et quel romancier n’est pas plus grand que Michel Houellebecq ?), mais recommençant à gravir, derechef, sans relâche, le minuscule escarpement que sa chétivité lui fait confondre avec quelque gigantesque flanc de mont himalayen. Je préfère encore, à l’écrivain raté prétentieux, dont le modèle et le surmodèle pourrait être le phraseur Yannick Haenel, l’écrivain raté modeste, dont Michel Houellebecq incarne à merveille le destin peu enviable. Une fois disparu, il sera aussitôt oublié, et d’abord de ses chers amis les journalistes, qu’il feint bien sûr de détester puisque ce sont eux qui l’ont fabriqué, tout étonnés, ensuite, qu’il ose faire une vilaine grimace de dégoût à leur approche ricanante, comme d’un hyène qui aurait reniflé, à des kilomètres à la ronde, les fragrances subtiles d’un vieux gnou en décomposition.
Huysmans-En rade.JPGMichel Houellebecq, de nouveau, puise allègrement dans Huysmans (En Rade, cette fois-ci) en accumulant la description des rêves faits par son personnage principal qui, comme dans le texte huysmansien, n’est jamais aussi heureux que lorsqu’il quitte Paris pour la campagne (et lui aussi, comme Jacques Marle, déchantera…), mais ce double emprunt est bien incapable de créer un véritable motif dans le tapis d’Anéantir, «d’entrelacer les fils de trame et les fils de chaîne» (p. 431), motif qui, au moins, aura semblé pouvoir être détaillé et recomposé, fil à fil, dans le moindre roman d’un des clones les plus efficients de l’auteur de l’Extension du domaine de la lutte tel qu’Aurélien Bellanger (2), ou même, à un niveau quand même plus élevé, d’un Maurice G. Dantec, et que dire de ceux d’un Raymond Abellio, que l’on songe par exemple à l’imposante et ambitieuse Fosse de Babel.
Michel Houellebecq, lui, ne peut rien, ne peut plus rien, si jamais, bien sûr, et c’est une supposition que nous aurions quelque mauvaise grâce à ne point lui avoir accordée, si jamais il a pu quelque chose, tout occupé qu’il est à recopier des pages de Wikipédia ou à broder des métaphores et des comparaisons d’une sidérante nullité, indignes d’un gamin de 5 ans dont on aurait dopé le cerveau avec une dose de sérotonine : «il se sentait comme une boîte de bière écrasée sous les pieds d’un hooligan britannique, ou comme un beefsteak abandonné dans le compartiment légumes d’un réfrigérateur bas de gamme, enfin il ne se sentait pas bien» (p. 367). Du reste, Houellebecq, dont tous les imbéciles de France se persuadent que, lui aussi, comme tant d’autres, les plus grands même, est capable de jouer sa petite musique, écrit comme un gamin ou plutôt un adolescent attardé; non, mieux que cela, un adulte qui se prêterait au jeu de paraître (mais pour quelle utilité si ce n’est celle de faire vendre ses livres ?) un adolescent, comme le montre tel tic verbal ridicule, l’usage d’enfin en guise ponctuation, de sous-entendu, de conjonction de coordination, de cheville, que sais-je encore, d’alpha et oméga stylistiques, ainsi que l’emploi tout aussi fautif, et surtout parfaitement insupportable, de «juste» : «enfin c’étaient des écolos…» (p. 424); «Enfin il y avait une sorte de logique…» (p. 425); «enfin il ne m’a pas dit grand-chose…»; «ce n’était pas Chambord ni Azay-le-Rideau, mais le niveau juste en dessous, pas Chenonceaux non plus, enfin ça lui était sorti de l’esprit mais ça allait revenir» (p. 436) et un bon millier d’autres occurrences dont une seule suffirait à brûler la rétine d’un écrivain public. Quelqu’un, au sein de Flammarion dont on aura vanté la capacité de relier plus de 700 pages sous une couverture cartonnée (dont la raison du choix nous est sans doute donnée à la page 481) et de reproduire quelques illustrations sans beaucoup d’intérêt, a-t-il pris la peine de relire ce texte pour oser dire à Michel Houellebecq qu’il écrit de plus en plus mal, et je ne parle pas là d’un quelconque style, mais de la plus élémentaire correction grammaticale ? J’en doute, les ragots étant nombreux et surtout constants qui nous rappellent que l’auteur d’Anéantir dispose, au sein de la vénérable maison d’édition, des coudées franches; enfin, c’est juste une remarque bien sûr.
Il est amusant de noter que la vieille chouette gersoise bientôt centenaire et toujours in-nocente, Renaud Camus, a salué le style de Michel Houellebecq (dans son Journal en ligne, daté du 17 janvier 2019), preuve irréfutable que ce sont toujours les écrivants qui reconnaissent les écrivants, quitte à leur donner de l’écrivain; voici donc ce qu’en écrit Camus : «Je ne comprends pas les gens qui trouvent que Michel Houellebecq n’a pas de style. Faut-il qu’ils manquent d’oreille ! Houellebecq a le style imperturbable, c’est bien différent — le style Buster Keaton, deadpan, pince-sans-rire, tongue-in-cheek. En fait c’est un des tons les plus difficiles à trouver et surtout à garder, à tenir sur la distance. Lui s’acquitte de cet exercice de haute voltige avec une virtuosité sans égale, qui forcément se doit de rester discrète, comme tout le reste : il y a là une contradiction dans les termes, cette maestria pataude, qui fait toute la tension de la phrase et de la page, page après page (je suis en train de lire Sérotonine). Un autre avantage, c’est un effet comique permanent. On connaissait l’Apocalypse en riant, voici la dépression planétaire à se tordre : plus c’est triste, plus c’est drôle; plus c’est désespéré et désespérant, plus on s’amuse.» Je ne sais pas trop ce que peut bien vouloir signifier, appliqué à Houellebecq, le style Buster Keaton, un impassible clown de génie qui, à tout le moins, faisait preuve d’une élégance décontractée inimaginable dans les situations les plus improbables, alors que Houellebecq, lui, son narrateur si l’on tient à tout prix à établir un distinguo qui n’est pas de mise, est le pauvre type à mine invariablement déconfite qui se prend systématiquement sur la tête, quel que soit l’itinéraire savant par lequel il effectue sa promenade quotidienne, le seau jeté depuis la fenêtre du premier étage, sans que l’on ose trop se demander ce qu’il contenait de visqueux et nauséabond.
Le personnage qui nous sert de guide, mille fois plus évanescent que le Virgile de Dante et surtout d’une langueur qui semble même paralyser ses facultés intellectuelles, remarque qu’il ne lui déplairait pas que l’objectif des terroristes consiste à «anéantir le monde tel qu’il le connaissait», «anéantir le monde moderne» (p. 316) qui, il est vrai, à ses yeux présente un assez morne spectacle philosophique, comme le prouve suffisamment cet éloquent passage : «Le monde humain lui apparut composé de petites boules de merde égotistes, non reliées, parfois les boules s’agitaient et copulaient à leur manière, chacune dans son registre, il s’ensuivait l’existence de nouvelles boules de merde, toutes petites celles-là» (p. 314). Ce n’est pas là, loin s’en faut, le seul carottage procédé dans le terreau pour le moins meuble et superficiel du fonds philosophique du narrateur, que l’on me permettra de confondre, comme toujours puisque Houellebecq est incapable de créer véritablement un être de papier, avec l’auteur : les dernières pages nous montrent une sensibilité tendue vers la contemplation du spectacle de la nature, plus d’une fois préféré au Dieu querelleur de l’Ancien Testament (cf. p. 225), comme si cet auteur, décidément plagiaire conscient ou pas, n’en finissait pas de rejouer l’enthousiasme naïf sinon crétin d’un Hugo ou d’un Zola ressentant, au milieu d’une nature plus franchement vierge, une religiosité immédiate, d’autres pages encore des vues pour le moins sommaires sinon ridicules sur le christianisme.
Pour tout dire, je crains que le pauvre Michel n’ait strictement rien compris au conséquent Joris-Karl, le premier rejouant sans cesse, depuis qu’il l’a découvert sur le tard pour l’opposer à Léon Bloy (mal lui en a pris !), le parcours de Des Esseintes et de son surgeon Durtal, sans toutefois jamais avancer d’un pouce. Cohérence d’une trajectoire remarquable chez Huysmans, telle que la figurent ses personnages principaux, et cohérence d’autant plus impressionnante qu’elle semble se nourrir du dialogue constant et exigeant que tissent les livres avec la vie, fût-elle chienne (vie de chien et non chienne de vie, préférera nuancer Bernanos) et, chez Houellebecq, hoquet et renvoi de bile diluée d’une goutte d’huile essentielle de Schopenhauer, que jamais les journalistes se pressant au chevet du moribond n’auraient l’idée de nettoyer, puisqu’ils constituent de fait leur nourriture. Houellebecq produira encore deux ou trois romans, pas plus espérons-le, où il ne fera, une fois de plus, que répéter, encore et encore, tout ce que Huysmans a détaillé par le menu dans À vau-l’eauEn ménage ou En rade (3), jetant même quelques coups d’œil vers En route mais sans oser s’aventurer beaucoup plus loin, et, alors, il devra bien finir par quitter ce monde pour se réincarner en renard ou putois, à moins que ce ne soit en singe à grimace, qu’il continuera de répéter les mêmes fadaises sur le christianisme qu’il préférera cependant toujours délaisser au profit de n’importe quelle fumeuse spiritualité, même s’il feint d’ironiser sur le tropisme que manifeste la femme de son personnage principal pour le si creux wiccanisme.
Dans Anéantir, comme dans le poème de William Butler Yeats, tout s’écroule et le centre ne peut se tenir et se retenir mais, malheureusement, nous ne voyons planer, au-dessus de «la planète [qui] est en train de mourir de froid » (p. 29) aucun faucon; de fait, même les colombes sont chassées d’un revers de la main, dans l’une des exclamations les plus ridicules qui soient, «What’s the fuck with the fucking doves ?» (p. 697).
Michel Houellebecq, dans ce massif pensum mou que les imbéciles seulement, peu importe qu’ils soient de bonne foi ou écrivent à la commande, auront confondu avec un roman tout au plus honnête, n’en finit pas de constater la sénescence de l’Occident (4) englué en réalité dans une «normativité quasi fasciste, qui avait peu à peu infecté les moindres recoins de la vie quotidienne» (p. 131), singulièrement celle de l’Europe, normativité qui était déjà un cliché à l’époque où l’autrement plus corrosif Philippe Muray s’épuisait à punaiser les vilaines bestioles grouillant dans la termitière à parois de verre du Camp du Bien. Il a raison bien sûr, les détails fourmillent, dans son roman, d’un tropisme fin-de-siècle (5) et nous partageons, à tout le moins, son mépris pour les hérauts du progrès à tout crin, même s’il est assez grotesque tout de même de faire de l’un de ses personnages principaux, Bruno Juge, ministre des Finances, un amateur éclairé de Musset qui, dans Rolla, tance les hommes remplis d’un peu de bourre ayant conduit la France vers un déclin inexorable, après s’être abondamment servis.
Notons au passage que les seuls moments réels de littérature sont, dans Anéantir, les mentions ou citations de Racine, Corneille, Pascal, ou de Musset encore, la phrase de Houellebecq s’étirant entre le morne enfilage de banalités qui auraient pu remplir 200 volumes de la taille d’Anéantir et quelques saillies humoristico-pornographiques où le narrateur se hisse à la hauteur de nain d’un Frédéric Beigbeder (cf. p. 165), voire s’emballe, de façon assez brouillonne, ce qui nous donne ce genre de passage mimant le brusque réveil d’un épileptique sortant d’une phase de catalepsie : «Pour ce qui est de la date de transfert, poursuivit-elle, ça se passait comme elle le souhaitait maintenant, cet entretien avec la famille, elle gérait tout à fait l’affaire, eh bien nous sommes lundi» (p. 191).
Nous aussi, comme l’éprouve le personnage principal, avons «l’impression d’un engourdissement, d’une chute immobile dans un espace abstrait» (p. 254), de ne nous déplacer que dans un faux décor dickien où se meuvent merveilleusement, selon Houellebecq, les journalistes (et apparentés), «monde un peu louche, en prise directe avec le mensonge, sans contact immédiat avec la matière, la réalité, ni avec une quelconque forme de travail» (p. 327) et, pour tout dire, nous aussi, nous encore bien davantage que les personnages du roman, sommes «immobiles dans l’attente d’une catastrophe, ou d’un miracle» (p. 476). Un miracle au détour d’une page de Michel Houellebecq ?
Las, car les dernières pages, une fois évacués la plupart des personnages, discrètement somme toute, comme il convient à des ectoplasmes (tels la sœur de Paul, assez peu crédible, et que dire de son frère Aurélien qui se suicidera en se pendant), une fois diluées les différentes intrigues (soit l’improbable chaîne attentats-services secrets-ésotérisme-élection présidentielle-déréliction des pères-consomption par le cancer de Paul), ne nous proposent aucun palliatif à cette dégringolade généralisée; je veux dire, bien davantage qu’un remède purement romanesque, que Paul semble trouver dans la lecture des aventures de Sherlock Holmes, un remède et même : la possibilité d’une rédemption, à tout le moins d’un sauvetage, qui relèverait de la langue, si dans le péril croît ce qui sauve selon la formidable parole du poète. Tout s’effondre «dans un gigantesque collapsus» (p. 540) moins nihiliste (Netchaïev (cf. p. 545), rendors-toi !,) que paresseux et, s’il est parfaitement vrai que la plupart des mots «ont perdu toute signification» (p. 557), nous en restons, pour notre part et comme Paul face au christianisme, aux prises avec l’impression «de quelque chose d’inabouti» (p. 595), avant de nous trouver précipités dans «le néant, un néant radical et définitif» (p. 631), comme s’il avait fallu à Michel Houellebecq, dans un geste de contre-création s’étirant symboliquement sur sept chapitres au lieu de sept jours, tout l’acharnement de sa faiblesse pour ne pas même réussir à entrevoir le jour ouvert dans le mur épais de la prison colossale, l’espoir d’un départ entre deux rangées de grands arbres battus par le vent, un matin de pure lumière : «Mettez en marche, Watson; il est temps de partir» (p. 693). On ne part pas, jamais, avec Michel Houellebecq; on ne reste même pas sans bouger, comme l’illustre, avec son douloureux génie, Malcolm Lowry dans Ultramarine, stase qui est toutefois l’occasion de lancer une sonde dans les profondeurs de l’âme humaine, non, avec Houellebecq, on dépérit, on pourrit sur place.
Vraiment ? N’y a-t-il, vraiment, on pourra dire que j’insiste, aucune échappatoire dans Anéantir, quelque trouée d’où il nous serait possible d’entrevoir un horizon dégagé ?
Une seule fois peut-être, une seule fois réellement, comme je l’avais noté pour La Possibilité d’une île, une seule et unique fois, réellement, véritablement, Michel Houellebecq aura entrevu ou cru voir l’ombre portée d’une victoire, tout au moins d’une parenthèse que les journalistes (et Houellebecq avec eux) diraient enchantée, une toute simple et banale minute de pure consolation, lorsque, évoquant les tableaux de Claude Gellée dit Le Lorrain, il affirme de l’art du grand peintre, effectivement somptueux, qu’il a installé «définitivement en l’homme l’enivrante tentation du départ vers un monde plus beau, où nos joies seraient complètes. Ce départ, poursuit-il, se passait généralement au coucher du soleil, mais ce n’était qu’un symbole, le moment véritable de ce départ était la mort. Ce soleil couchant n’était pas un adieu, la nuit serait brève et conduirait à une aube absolue, à la première aube de l’histoire du monde» (p. 701), aube derrière le reflet de laquelle courent, avec plus ou moins d’empressement, tous les personnages houellebecquiens.
Mais toute porte se referme dans anéantir, tout s’effrite, et je crois que nous pouvons et même : nous devons adresser à Michel Houellebecq, si formidablement apparié aux hommes creux qu’il n’aura cessé de figurer dans ses romans qu’il semble lui-même descendre, de livre en livre, une pente inexorable, la vicissitude du plongeon s’inscrivant sur son propre corps de plus en plus amoindri et comme perpétuellement souffrant, je crois donc que nous devons jeter à la face inexpressive de Houellebecq ces vers remarquables, qui bien évidemment ne sont pas de lui, car ils impliquent une tension rythmique, un effort de création dont notre poussif cacochyme est parfaitement incapable : «Dors-tu content, Houellebecq, et ton hideux sourire / Voltige-t-il encore sur tes os décharnés ? / Ton siècle était, dit-on, trop jeune pour te lire ; / Le nôtre doit te plaire, et tes hommes sont nés» (p. 709).
Au moins, Voltaire manifestait-il une inépuisable faculté de critiquer et moquer ce qu’il considérait comme les ennemis à exterminer plutôt qu’abattre de son époque alors que Houellebecq, chercheur d’idéal de pacotille, rétiaire en Bakélite qui n’a d’autre arme que la raillerie, chercheur stochastique de vagues pépites d’or qu’il ne cessera de croquer pour s’assurer de leur minérale qualité, insupportable paresseux qui nous serine la même ritournelle de l’amour déçu, de la vie insupportable et, finalement, d’un impossible retour à l’âge d’or, depuis sa première ligne publiée, paraît sur le point de s’évanouir au moindre courant d’air, comme un fétu de paille non plus jauni mais sur le point de se décomposer définitivement.
Qu’il s’évanouisse donc !, et que les journalistes, dépités pendant quelques minutes qu’ils passeront à amender quelque léger détail de leur insignifiante nécrologie rédigée depuis des lustres, se cherchent un nouvel écrivant à l’échine suffisamment souple pour que, se contorsionnant devant eux, il leur paraisse grand.

Notes
(1) Michel Houellebecq, Anéantir (Flammarion, 2022). Le livre, agréable en tant qu’objet, a été assez correctement relu, hormis, ici ou là, quelques fautes/erreurs typographiques (comme Moyen Âge et non «Moyen âge», Première Guerre mondiale Seconde Guerre mondiale et non «première» ou «seconde guerre mondiale», au temps pour moi et non «autant pour moi» (p. 320). Signalons encore quelques fâcheuses répétitions de termes au sein d’une même phrase ou à quelques mots d’écart (comme : «apprit… apprit…», p. 119; «on sentait… on sentait», p. 179; «bientôt… bientôt…», p. 312; «pas seulement sur le plan sentimental d’ailleurs, la réflexion et la vie sont tout simplement incompatibles. Ce n’était d’ailleurs pas seulement…», p. 74; «parfois… parfois…», p. 437; ou bien : «L’alcool est paradoxal : s’il permet parfois de dominer ses angoisses, de voir toutes choses dans un fallacieux halo optimiste, il a parfois au contraire pour effet…», p. 437; «juste… juste…», p. 441, etc.). Quelques fautes encore comme : «prévenir le personnel juste à temps pour qu’ils aient le temps de s’enfuir», p. 315 ou bien «tu ne m’as jamais appelée avant» (p. 672), puisque c’est la sœur de Paul qui parle.
(2) N’oublions pas, puisque nous parlons de clones plus ou moins évidents de Michel Houellebecq, l’une des plus émérites cacographes de langue française, Solange Bied-Charreton, dont nous avions évoqué tel navet, Les visages pâles. Nous pourrions encore mentionner le cas de Patrice Jean avec son Homme surnuméraire qui présente à tout le moins l’avantage de pouvoir être lu sans trop s’ennuyer.
(3) Me lavant les yeux d’Anéantir, je me suis plongé dans la relecture d’En rade, frappé par l’excellente préface qu’en propose Jean Borie (Gallimard, coll. Folio, 1984), évoquant plusieurs des thématiques chères à Huysmans. Chacune des lignes qui suivent s’appliquent ainsi à merveille, tout le monde pourra le constater sauf peut-être les journalistes, à l’auteur de Soumission ! Voyons par exemple ce que Jean Borie dit, dans un style que l’on n’oserait même plus espérer chez un de nos actuels préfaciers, de la condition du célibataire tel que Huysmans la conçoit : «La vie de tous les jours est, pour le célibataire, une insurrection d’ennuis. Il faut sans cesse refaire l’ordre, ce qui est épuisant. Les points chauds de cette émeute sont la rue, et, chez lui», chez lui où, d’ailleurs, «l’émeute se poursuit», «la cuisine, le cabinet de toilette, la chambre. Seuls, la table de travail, ses alentours immédiats, échappent à cette fatalité : les livres, les liasses de papiers ont beau se chevaucher, s’accumuler en pagaille, ils rayonnent l’ordre souverain de l’écriture», ces derniers propos ne s’appliquant de fait guère aux personnages de Houellebecq, qui ne sont pas vraiment des érudits, mais des paumés qui, parfois, découvrent ou redécouvrent quelques textes. poursuivons avec Jean Borie, écrivant : «Le chaos extérieur n’est que la traduction de ce qui se passe à l’intérieur, l’incessante revendication du corps célibataire, ce tumulte endocrinien, non pas un phénix, mais dix — érotiques, sentimentaux, gourmands — volière pépiante et incombustible, toujours le bec ouvert et braillant, toujours en secrétions et en délires — en excrétions aussi, impératives et convulsives — jamais apaisée, jamais contente. Le mariage, ce serait peut-être sortir du défi harassant des pis-aller, échapper à la contorsion permanente, à l’insurrection permanente, se retrouver avant 89, dans la tradition, dans la paix» (p. 21 de l’ouvrage cité, l’auteur souligne).
(4) Nous avons mentionné Huysmans, mais il faudrait aussi remarquer qu’Anne-Lise, la nièce du personnage principal, a entamé un doctorat sur Élémir Bourges et Hugues Rebell (cf. p. 89) ou que le père de ce même personnage principal a, lui, lu avec enthousiasme Joseph de Maistre, qualifié, même, comme étant «un de ses auteurs de chevet» (p. 227), Maistre que Paul avouera comprendre, alors même que, malade, il continuera de lire des auteurs tels que Taine, Renan, Toynbee ou Spengler (cf. p. 709).
(5) Houellebecq indique que «le ralentissement et l’immobilisation de l’Occident, préludes à son anéantissement, avaient été progressifs», les dés étant semble-t-il pipés, à ses yeux, dès les années 60 (cf. p. 161). Rien de bien nouveau, donc, nous savons bien que «l’Europe dans sa totalité [est] devenue une province lointaine, vieillissante, dépressive et légèrement ridicule des États-Unis d’Amérique» (p. 603), de même qu’il n’y a rien de bien nouveau non plus dans les nombreuses descriptions d’une France qui, depuis quelques décennies, s’est transformée «en une juxtaposition hasardeuse de conurbations et de déserts ruraux» (p. 237).

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[Photos de l’auteur – source : http://www.juanasensio.com]

Souvent présenté comme le plus grand romancier français de notre temps, Michel Houellebecq a son propre adjectif sans toutefois faire école.

Michel Houellebecq aux Dialogues sur l’Europe le 25 avril 2019 à Paris.

Écrit par Hugo Lallier

Édité par Diane Francès 

Début décembre 2021. Sous les dorures de l’amphithéâtre Richelieu de l’Université Paris-Sorbonne, appuyé par les rires d’un public acquis à sa cause, Michel Houellebecq disserte sur son œuvre: «Je suis en désaccord avec l’idée qu’il faut accepter le monde tel qu’il est. […] Je raconte le monde tel qu’il est mais je ne l’accepte pas.» L’auditoire savoure.

À l’occasion de la séance inaugurale d’un séminaire universitaire revenant sur l’héritage de l’écrivain, Houellebecq est sorti de sa retraite promotionnelle entamée quelques années plus tôt à la sortie de son dernier livre, Sérotonine. Il a accepté d’évoquer publiquement sa conception de la littérature juste avant la publication d’Anéantirune fiction politique de 736 pages où l’auteur de 65 ans traite de la question de la fin de vie.

Repère d’une époque

Depuis son premier roman L’extension du domaine de la lutte paru en 1994, Michel Houellebecq s’est imposé comme une voix singulière de la littérature française, traduite dans une quarantaine de langues, qui rythme le calendrier de publications et capte l’attention médiatique. On commente, analyse et critique ses romans à la lumière de l’actualité et des formules polémiques qui y figurent. «Je deviens une espèce de repère dans l’imaginaire d’une époque», constate-t-il enfoncé dans son fauteuil ancien. La presse littéraire a d’ailleurs inventé un mot pour faire de Michel Houellebecq une valeur de comparaison: houellebecquien.

«Plus ça va, plus on entend parler du terme houellebecquien, remarque Agathe Novak-Lechevalier, maîtresse de conférences à l’Université de Paris-Nanterre et autrice de Houellebecq, l’art de la consolation. Il est notamment employé par la critique pour décrire le travail d’autres écrivains.» Nombreux sont les primo-romanciers ou les auteurs installés s’essayant à un genre nouveau qui sont immédiatement comparés au prix Goncourt 2010. Lors de la rentrée littéraire de septembre, plusieurs romans comme ceux de Marin de Viry, L’Arche de mésalliance ou celui d’Abel Quentin, Le voyant d’Étampesont reçu l’étiquette.

«Je ne sais pas si on peut parler d’un type de roman houellebecquien. Cela renvoie davantage à une vision du monde», tranche la spécialiste lorsqu’il est question d’interroger l’influence de Michel Houellebecq sur la littérature contemporaine. Cette vision désenchantée, l’écrivain la décline au fil de ses romansDepuis près de trente ans, il pose un regard décapant voire cruel sur la société de consommation.

Retour au réel

Dans l’univers que dessinent les romans de l’auteur des Particules élémentaires s’installent les rayons de supermarché criards, l’autoroute, les tours des bureaux sinistres, les animateurs de télévision comme Julien Lepers ou Jean-Pierre Pernaut et les hommes politiques comme François Hollande ou Éric Zemmour. «Michel Houellebecq a participé à une forme de retour au réel dans la littérature contemporaine», note Caroline Julliot, maîtresse de conférences à Le Mans Université qui dirige l’ouvrage Misère de l’homme sans Dieu – Michel Houellebecq et la question de la foi avec sa consœur Agathe Novak-Lechevalier.

Influencé par des auteurs de science-fiction comme Maurice Georges Dantec ou Howard Phillips Lovecraft mais surtout par le roman réaliste du XIXe siècle, l’écrivain a toujours eu pour projet de représenter le monde contemporain et d’explorer les mouvements qui le chahutent. «L’ambition de Michel Houellebecq est de trouver les failles de la société et d’appuyer dessus», met en perspective Caroline Julliot.

De la sorte, Michel Houellebecq pousse le réalisme jusqu’à l’exacerbation et le met sous tension. À l’hiver 2015, Michel Houellebecq signe SoumissionL’intrigue débute à l’approche du scrutin présidentiel de 2022. Il y décrit une France où des affrontements identitaires éclatent et l’élection d’un président de la République issu d’un parti politique musulman s’impose comme un recours. Interrogé par un auditeur de l’antenne de France Inter sur la vraisemblance de cette projection le jour de la sortie du livre, le romancier détaillera: «Il faut beaucoup plus de temps, il faut plusieurs dizaines d’années. C’est un effet de concentration et de dramatisation classique.»

Anticipation

Michel Houellebecq est coutumier de l’anticipation proche. C’est peut-être là l’un des traits les plus caractéristiques de son œuvre. «Beaucoup de ses livres se déroulent quelques mois ou quelques années après la publication de ses romans. C’est une manière de parler du monde contemporain sans sombrer dans la chronique journalistique tout en s’éloignant de la science-fiction classique», détaille la spécialiste de l’écrivain, Agathe Novak-Lechevalier.

Émerge un réel flottant où se côtoient des personnages fictifs et des figures publiques. La frontière se brouille. «Il entretient la confusion comme s’il aimait être mal lu. Il donne la sensation d’être toujours sur une ligne de crête entre le réel et la fiction», remarque Caroline Julliot qui avait également questionné la place de la transgression dans l’œuvre de Michel Houellebecq dans Extension du domaine de la norme ou transgression de la transgression.

Cette promiscuité entre êtres de papier et protagonistes existants n’est pas nouvelle en littérature. «Il écrit comme au XIXe siècle, tranche Caroline Julliot. Il a une conception naturelle de la narration.» À l’inverse des tenants du Nouveau Roman, courant qui a agité la deuxième moitié du XXe siècle et visait à refonder la notion de personnage, Michel Houellebecq se coule dans le moule des auteurs classiques. «Pour lui, Balzac est le père de tout romancier», rappelle Agathe Novak-Lechevalier.

Bellanger, Messina et Duteurtre

L’auteur de Plateforme n’éprouve pas le désir d’être à l’origine d’innovations stylistiques. Il y a assez peu de formalités reconnaissables dans l’écriture de Michel Houellebecq. L’une d’entre elles a été largement reprise par Aurélien Bellanger, romancier qui revendique l’influence de Houellebecq sur son écriture: les digressions scientifiques. Lors de ses premiers romans, l’auteur d’Anéantir avait pris l’habitude de citer de longs passages informes de rapports scientifiques ou de s’inspirer de notices d’encyclopédies afin de renforcer l’effet bibliographique de son approche. Un procédé repris par Bellanger dans Le Grand Paris en 2017 et dans La théorie de l’information, en 2012. Ce dispositif avait d’ailleurs valu à Houellebecq, au début de sa carrière, le reproche d’une absence de style.

Si Aurélien Bellanger se réclame du sillon houellebecquien (il est d’ailleurs entré en littérature avec la publication en 2010 d’un essai à la gloire de son maître, Houellebecq, écrivain romantique), il n’est pas le seul. Depuis la publication de son premier titre, Faux départMarion Messina partage une correspondance privée avec Michel Houellebecq et a plusieurs fois fait part de sa joie d’être comparée à lui. Des auteurs plus confirmés comme Benoît Duteurtre ou Marin de Viry affichent leur proximité avec le romancier.

Mais tous les écrivains n’exhibent pas la paternité. «Michel Houellebecq vitrifie tellement les rentrées littéraires que les jeunes auteurs rechignent à se définir comme houellebecquiens», pointe Agathe Novak-Lechevalier. Le nom Houellebecq peut écraser. Les nouveaux romanciers en quête d’une identité propre craignent d’être enfermés dans l’ombre du mentor.

Dans le même temps, les sorties médiatiques de Michel Houellebecq peuvent froisser. «Michel Houellebecq ne fait pour l’heure pas école de manière revendiquée», relève Caroline Julliot. Le romancier a des adeptes, mais il n’a pas pour autant fondé de genre. Seul Houellebecq fait vraiment du Houellebecq et l’industrie du livre s’en satisfait.

 

[Photo : Lionel Bonaventure / AFP – source : http://www.slate.fr]

O polémico escritor publica en Francia a súa nova novela, «Anéantir», unha ficción política que lembra a «Submisión» con tinguiduras de thriller, melodrama e erotismo

Michel Houellebecq (á dereita) e Gérard Depardieu, na película «Thalasso» (2019) que dirixiu Guillaume Nicloux.

Escrito por BEATRIZ XUÍZ

A nova e esperada novela de Michel Houellebecq, o escritor máis lido e polémico de Francia e un dos máis seguidos en Europa, acaba de saír á venda no seu país. É unha ficción política titulada Anéantir (en español, destruír, aniquilar) que a editorial Anagrama publicará, en español e catalán, a finais de agosto en España.

A revista Lle Nouvel Observateur dixo hai tempo que Houellebecq era «a primeira estrela literaria desde [Jean-Paul] Sartre». E ségueo sendo. Cada novela súa convértese instantaneamente nun fenómeno literario. Os seus detractores afían os coitelos antes incluso de que chegue ás librerías. As feministas acúsanlle de misógino e a esquerda, de islamófobo e de racista. Os seus libros adoitan provocar apaixonados debates políticos.

Anéantir é, do mesmo xeito que Submisión (2015), unha novela de ficción política. Pero hai moito máis. Houellebecq mestura o thriller xeopolítico, o melodrama familiar e a novela erótica. Numerosos temas abórdanse baixo o seu novo título: as bambalinas do poder, o terrorismo, os grupúsculos radicais, a espionaxe, a enfermidade, a morte, o amor, a soidade, a eutanasia, o esoterismo, o islamismo, o nihilismo, o aparcadoiro dos anciáns en residencias, o malestar sexual do home contemporáneo e a crise do catolicismo e a sociedade occidental.

A pesar de que o libro ten 734 páxinas na súa edición francesa, non se fai pesado. Houellebecq, co seu pesimismo sen remedio e o seu humor sombrío, segue sendo Houellebecq e está en forma.

A novela trasládanos á campaña presidencial francesa do 2027. Emmanuel Macron, ao que non nomea pero pola descrición que fai do presidente está claro que é el, non se presenta á reelección, xa que a Constitución lle impide optar a un terceiro mandato. Pero ten un plan: pór a un presidente-monicreque, un coñecido presentador de televisión con ambicións políticas, mentres prepara o seu regreso no 2032 para outros dous mandatos.

O protagonista non é Macron, senón Paul Raison, de 47 anos, alto funcionario do Ministerio de Economía e Finanzas e brazo dereito de Bruno Juge, «o mellor ministro de Economía desde [Jean-Baptiste] Colbert», o ministro do rei de Francia Luis XIV. Bruno lembrará aos lectores franceses a outro Bruno: Bruno Lle Maire, actual ministro francés de Economía e amigo na vida real de Houellebecq.

Non parece que Anéantir vaia a crear as polémicas que suscitaron outras novelas súas. Pero o feito de que se publique na véspera das eleccións presidenciais en Francia (en abril) seguramente dará moito que falar. Nese 2027 imaxinado por Houellebecq, a esquerda apenas sobrevive, o ultra Éric Zemmour segue tendo admiradores e detractores e a extrema dereita pos Marine Le Pen segue sendo moi forte pero non logra alcanzar o Elíseo.

Musulmáns ao poder

En Submisión imaxinaba que no 2022 un partido musulmán gañaba as eleccións en Francia e impuña a sharía aos franceses, o que derivou en acusacións de islamofobia e de dar ás á extrema dereita. A novela saíu á venda en Francia xusto o mesmo día do atentado islamita contra a redacción da revista satírica Charlie Hebdo no que morreron 12 persoas. Houellebecq suspendeu a promoción. En Anéantir alude a ese ataque.

O autor, de 65 anos, deuse a coñecer grazas ao boca a boca en 1994 con Ampliación do campo de batalla, a súa estrea literaria. E converteuse nunha revelación coas partículas elementais (1998), un ataque frontal contra os protagonistas do 68 francés. Foi acusado de fomentar o turismo sexual cando publicou no 2001 Plataforma. Xulgado no 2002 por inxuria racial e incitación ao odio relixioso tras declarar na revista Lire que o Islam é «a relixión máis idiota do mundo» e moi perigosa, resultou absolto.

Gañou o prestixioso premio Goncourt no 2010 coa carta e o territorio, novela moi encomiada pola crítica, xeralmente moi dividida sobre a súa obra. No 2019 lanzou Serotonina, unha novela sobre antidepresivos, sexo e a decadencia da Europa actual. Nos seus 30 anos de carreira, Houellebecq casou tres veces, sacou un álbum experimental e actuou en tres películas, unha delas xunto a Gérard Depardieu, Thalasso (2019).

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

La editorial Flammarion ha publicado este viernes 7 de enero la octava novela de Michel Houellebecq, anéantir. Todo son rumores. ¿Novela realista, notas distópicas, trama de intriga política y, lo más sorprendente tal vez, una novela « positiva »? 

El escritor francés Michel Houellebecq.

El escritor francés Michel Houellebecq

Escrito por Sanz Irles

El 7 de enero la industria editorial francesa tiene su propia epifanía y lleva al mercado sus novedades, en medio de una atención mediática y social que muchos envidiamos.

La industria editorial francesa no es cualquier cosa; en 2020 vendió 422 millones de libros. ¡422 millones! Eso son muchos libros. Puestos en línea y promediando grosores, haría falta una estantería de 10.550 km; una estantería que empezara en Pontevedra y terminara en Osaka. Eso es como si cada francés se hubiera comprado 6,3 libros ese año, aunque, claro está, libros en francés se compran y se venden por todo el mundo, no solo en Francia o en la pomposona francofonía (más ruido que nueces, en realidad, pero subvencionada con largueza).

Este año sacan libro todos los jabatos y las tigresas de la literatura gala. La avalancha es de algo más de 500 nuevos títulos en pocos días: Éric Vuillard, Leïla Slimani, Pierre Lemaitre, Nicolas Mathieu, Frédéric Beigbeder, Philippe Besson, David Foenkinos, Pascal Quignard, Véronique Olmi, Nathalie Azoulai, Louise Erdrich y muchos más son los justos protagonistas de una gran fiesta de la literatura. Si hay una república que aún merezca ser llamada « de las letras », podría ser la República Francesa, (esa que condecoró al tío Alberto de Serrat).

La 8ª de HouellebecqPero no todo es alegría en el mundo editorial parisino, porque este año saca también novela, tres años después de Serotonina, Michel Houellebecq, que –como ya tengo leído en algún sitio– va a ser el árbol que no deja ver el bosque. En efecto, desde que se supo que estaba lista su nueva novela, todo el mundillo literario, y no solo en Francia, se puso como gallina que ve lombriz, en un clima de agitación y frenesí astutamente fomentado por la editorial, Flammarion, y por el propio autor, con secretismos, prohibiciones, susurros, pseudofiltraciones y con la difusión, tardía y controlada, de 600 ejemplares destinados a críticos de los medios de comunicación y gurús de la cultura. La queja –en voz baja y lastimera– de las demás editoriales y de sus autores es comprensible: Houellebecq acapara demasiada atención y empalidece sus novedades.

Que Houellebecq es la estrella es un hecho apodíctico. La Voix du Nord ha dicho que Houellebecq tiene « la grandeur » de un Balzac, y aunque la comparación no me parece la más lograda, la intención es clara. Para su octava novela, cuya primera tirada es de 300.000 ejemplares, Flammarion ha preparado un artefacto bellamente diseñado, con intervención muy directa del autor, yendo a un papel de buen gramaje, cinta señaladora y cubiertas duras de un blanco inmaculado con el título en letras rojas y todo en minúsculas:

anéantir

Me imagino que en español saldrá como « aniquilar ». Es la traducción más directa, también etimológicamente. Tanto néant (no-ser, ausencia de ser) como -niquil (nihil) remiten a « la nada ». No obstante hay que leer la novela entera antes de elegir una traducción para el título, porque si se trata de opciones, haberlas haylas.

Anéantir, por cierto –y es otra novedad chez Houellebecq– tiene 736 páginas. ¡Dimensiones tolstoianas! Yo me alegro. Al superar las quinientas páginas las buenas novelas adquieren una cualidad ulterior: enclaustrar al buen lector –incluso en los ratos en los que no esté leyendo– en un universo paralelo, autónomo y autosuficiente durante unos cuantos días o semanas y del que no puede salir. En realidad no quiere salir. Yo pago gustoso por ese cautiverio.

El caso es que Houellebecq no pasa inadvertido. Es polémico a sabiendas y a queriendas. Pero aunque sus provocaciones sean eficaces armas comerciales, también son una parte sustancial y jugosa de su literatura. Sus detractores son feroces y en muchos de ellos se detecta un asco sincero. Supongo que esos ascos se reparten, no sé en qué proporciones, entre su obra y su persona. Durante varios años de su vida, su apariencia física no era precisamente tranquilizadora: huesudo, semianoréxico, alambrado, casi disecado, harapiento sacamantecas, recordaba una broma de Woody Allen en Hannah y sus hermanas a propósito de unos rockeros que estuvo obligado a ver una tarde y de los que decía que tenían pinta de asesinar a sus madres; pero unos años antes solía aparecer en público como un hombrecito atildado y suave, con aires de monaguillo de Sigüenza o de camarerito de Cracovia.

Sus novelas, por otra parte, están hechas de temas ácidos y decididamente incómodos, y la forma de tratarlos es, en el mejor de los casos, corrosiva, cuando no emética tout court. Tal vez sus detractores abominen, sobre todo, de su tratamiento, ya directo, ya indirecto, de la religión en medio de una descarnada obscenidad, de una mundanidad queridamente profana y desacralizadora. Sin embargo la religión es algo que Houellebecq se toma muy en serio, algo que le importa, y en realidad lo que parece estar haciendo, a su retorcida manera, es tratar de presentarnos el horror de un mundo sin Dios y, justo por eso, de una humanidad perdida o « abandonada », en déréliction, como dramáticamente se dice en francés.

A fuer de extremo, el realismo de Houellebecq, fabricado con una esforzada (y por tanto falsa) ausencia de estilo, tiene con frecuencia efectos lisérgicos, oníricos, irreales y, por eso mismo, de dudosa « credibilidad », pero es rápidamente reconducido a un realismo más manejable, más familiar. Ese vaivén entre uno y otro es marca de la casa, de la peculiar relación que su literatura busca establecer con la verdad o, rizando el rizo un poco más, de la frontera que pueda haber entre la verdad de la vida y la verdad literaria, si es que aceptamos que tales cosas existan. No es rara, pues, su confesada devoción por el danés Hans Christian Andersen, en quien parece querer explorar la desdibujada frontera entre sueño y realidad, entre lo onírico y lo –digámoslo así– telúrico.

El valor novelístico de Houellebecq también le debe mucho a su fascinante capacidad de enlazar lo privado con lo público, lo individual e íntimo con lo colectivo, lo efímero y lo transcendente, y de saltar con facilidad pasmosa entre distintos géneros, dentro de una misma novela: el psicológico, el político, el policiaco, el pornográfico, el filosófico…

Mientras cuento los días que faltan para que me llegue de Francia mi ejemplar de anéantir, me llegan chivatazos: novela realista, notas distópicas, trama de intriga política y, lo más sorprendente tal vez, una novela « positiva », un deseo de proponer fórmulas morales para sobrevivir y para tener a raya el mal, para escapar a su fascinación, esa fascinación que para Houellebecq explica que tantos intelectuales franceses del siglo XX se hayan deshecho en elogios a sanguinarios asesinos como Mao, Pol Pot o Che Guevara, sin que se les haya exigido responsabilidades ni retractaciones ni excusas. Se han ido de rositas, con cara de yo-no-fui.

Una de las claves de su última novela debe de estar, con toda probabilidad, en sus recientes declaraciones a Jean Birnbaum en Le Monde, negándose a dar por bueno el archifamoso aserto de que con los mejores sentimientos se hace la peor literatura. Al contrario, dice Houellebecq, la buena literatura se hace con los buenos sentimientos. En boca suya suena rarísimo, pero estoy dispuesto a creer que ese ha sido el motor interior que ha puesto en marcha la escritura de anéantir. Apuesto doble contra sencillo a que será una lectura formidable.

Sanz Irles es escritor y traductor literario. Es también presidente del Consejo Asesor de IASP (International Association of Science Park and Areas of Innovation).

 

[Fuente: http://www.elespanol.com]

Les 736 pages du huitième roman de l’écrivain seront disponibles en librairie dès le 7 janvier.

Deux inspirations manifestes de Michel Houellebecq pour l'écriture d'Anéantir: Carrie-Anne Moss dans Matrix, et le ministre Bruno Le Maire. | Capture d'écran TheMatrixFan314 via YouTube (Carrie-Anne Moss), Lionel Bonaventure / AFP (Michel Houellebecq), Thomas Samson / AFP (Bruno Le Maire). Montage Slate.fr

Deux inspirations manifestes de Michel Houellebecq pour l’écriture d’Anéantir: Carrie-Anne Moss dans Matrix, et le ministre Bruno Le Maire. | Capture d’écran TheMatrixFan314 via YouTube (Carrie-Anne Moss), Lionel Bonaventure / AFP (Michel Houellebecq), Thomas Samson / AFP (Bruno Le Maire). Montage Slate.fr

Écrit par Thomas Deslogis 

Dans une rencontre avec Michel Houellebecq publiée par Le Monde, la seule accordée par l’auteur à l’occasion de la sortie d’Anéantir, on apprend que deux portraits ornaient le bureau sur lequel l’auteur a rédigé son huitième roman. Une photo de Bruno Le Maire et une autre de Carrie-Anne Moss, l’interprète de Trinity dans la saga Matrix.

Deux inspirations qu’on retrouve explicitement dans Anéantir, et qui reflètent le grand écart auquel on assiste le long de ces sept cents pages qui se présentent d’abord, brièvement, comme un polar d’espionnage, avant de se laisser complètement aller à leur nature houellebecquienne, dodelinant entre inspection acérée de l’intime et considérations générales sur l’état de la France et du monde.

Et c’est lorsque l’auteur se plonge dans ces considérations que, sans surprise au fond, l’aspect Matrix (et non marxiste…) du roman apparaît le plus clairement. Puisqu’à lire ces lignes, empreintes de nostalgies vaguement royalistes, une question s’impose: dans quelle réalité vit Michel Houellebecq?

Testament d’un monde

Dans la même que nous tous, et c’est cette évidence qui fonde finalement le plus grand intérêt d’Anéantir. Le point de vue qu’exprime l’auteur star de notre époque et de nos contrées est celui d’un homme dépassé par un monde qui change et qui s’interroge. Houellebecq, lui, semble moins se poser des questions qu’asséner des constats fielleux et laisser ses personnages s’enfoncer dans des destins tragiques qui lui semblent inévitables et causés, selon lui, par la société moderne, par les apparats du progrès, les glissements de valeurs ou encore la multiplication d’idéologies ultra spécifiques.

Le portrait du réel, du moins médiatique, est assez fidèle, érudit même. Ce qui gêne ou peut gêner, cependant, au fil des pages de ce roman au style par ailleurs sobre mais parfaitement fluide et maîtrisé, comme toujours chez Houellebecq, c’est l’amertume constante de l’auteur de 65 ans. Ce qu’il nomme plusieurs fois «décadence», le romancier semble en fait le résumer à la fin d’un monde où son espèce, son ethnie, son genre et sa classe sont au centre de tout.

Oui, l’homme blanc vieillissant, proche de divers hommes de pouvoir, intellectuel déconnecté du réel non médiatique (les différences de classe sont notamment traitées avec une négligence étonnante, ne s’apitoyer quasiment que sur des personnages bourgeois n’aidant certainement pas), oui, celui-là n’est peut-être plus l’avenir de l’Homme. Anéantir est le testament de ce passé-là.

La mort pour terrain d’entente

Un passé réactionnaire au possible et cependant bien présent, bien vivant, bien votant. Il serait bête, inconscient même, de l’ignorer. Qui plus est lorsque ce passé prend la forme d’un roman certes désuet dès sa sortie (les six derniers mois d’actualité politique invalident la plupart des projections du roman dont l’action se déroule en 2026-2027), mais dont le charme se trouve paradoxalement dans cet aspect immédiatement suranné qui fait office d’aveu involontaire.

Un témoignage historique, un document où la littérature, trop rarement peut-être, est capable de surgir et de terrasser à tout moment.

Qui plus est, encore, parce qu’au-delà de ses déambulations critiques, Houellebecq, après deux romans superficiels et loin de son niveau, retrouve ici les hauteurs qui ont été les siennes dans ses premiers romans.

La plupart de ses personnages, le principal en tête, sont profondément touchants, et les deux cents dernières pages, plus universelles que les précédentes, se relèvent aussi dignes que bouleversantes. Dix ans après La Carte et le Territoire, qui lui a valu le prix Goncourt, l’écrivain s’attaque de nouveau au sujet de la mort, mais d’une façon bien plus réaliste et incarnée. Des pages fortes, qui restent, voire qui aident.

Témoins les uns des autres

Anéantir n’est pas un roman quelconque. C’est, de bout en bout, un témoignage historique, un document où la littérature, trop rarement peut-être, est capable de surgir et de terrasser à tout moment.

Un livre dont la principale qualité s’exprimera assurément par ce double mouvement pas si paradoxal: il satisfera primitivement les défenseurs du vieux monde, les abrutira même, et fera réagir les autres tout en nourrissant leur connaissance de la psyché nostalgique, cette réalité souvent alternative, qui couve la plupart des débats actuels. En somme: un livre qui pourrait rendre plus intelligents ses opposants naturels. Signe d’un grand roman? D’un grand écrivain en tout cas, oui, sans nul doute.

 

Offert en avant-première à quelques-uns, piraté donc auréolé d’un parfum de scandale, le dernier roman de Michel Houellebecq est-il si sulfureux ? Anéantir, qui paraît le 7 janvier, met en scène une fratrie de trois adultes dans une situation apte à susciter de la tension et des questions graves : leur père est dans un coma profond dont il semble s’éveiller. Où ? Entre Paris, les Hauts-de-France et le Beaujolais. Quand ? En 2027, date de la prochaine élection présidentielle (n + 1), sur fond d’attentats. Action, lieu, temps : vous avez les principales cartes en main. Imaginez le malin génie Houellebecq tirant les ficelles : il est exercé, perçant, contempteur ; et il est encore plus ambitieux et plus mondial. Les amateurs se réjouiront ; les rétifs laisseront tomber.

Anéantir, de Michel Houellebecq : un humanisme résiduel

Michel Houellebecq lors d’une conférence en Argentine (2016) © Silvina Frydlewsky / Ministerio de Cultura de la Nación

Michel Houellebecq, Anéantir. Flammarion, 736 p., 26 €

Écrit par Cécile Dutheil de la Rochère

Un mot sur l’objet. Le livre est relié et agrémenté d’un élégant signet rouge qui tranche sur la blancheur de l’ensemble. C’est prétentieux, mais l’écrivain a le génie de la publicité et ses ventes le permettent. En vérité, le livre est vilain, il ressemble à une vieille édition de Ginette Mathiot, Je sais cuisiner. Coïncidence, Cécile, un des personnages, compense le chômage de son mari en créant Marmilyon.org, une petite entreprise qui propose de préparer des repas à domicile.

Cécile est surtout catholique et pratiquante. Des trois enfants, elle est celle qui croit : au réveil du coma de leur père, en Dieu, en la Résurrection. Elle n’est pas antipathique, un peu ravie de la crèche, pauvre, gentille, son créateur a peu d’estime pour elle. Elle vote Le Pen : aux yeux de Houellebecq, c’est une évidence, quand on est fille de l’Église, on vote à l’extrême droite. Ou est-ce que l’extrême droite n’est plus extrême ? Elle s’est enracinée dans le paysage, celui de la France et de la « force tranquille » qui se déployait, sereine, sur les affiches de campagne de Mitterrand en 1981.

Le monde entier sait que Michel Houellebecq est un sismographe expert des courants, des modes, des tendances et de leurs mille et une variations et retournements qui font dériver la France et l’Europe occidentale de-ci, de-là. Il anticipe, dit-on. C’est vrai, mais pas toujours. Il n’est pas non plus devin ni sage. Anéantir peut donner l’impression d’être un vaste pot-pourri de tout ce dont nous abreuvent les chaînes d’info en continu : tout y est, tout ce qui fait débat, qui heurte, qui choque, qui choqua, qui ne choque plus ou qui devrait choquer.

L’état des lieux tel qu’il apparaît dans Anéantir est extrêmement clair et parfaitement lisible. Le roman est excessivement signifiant. À trop relever les marques, les sigles, l’invasion des initiales (EHPAD, AVC, PMA, GPA, EVC-EPR), par exemple, il pourrait lui-même finir par devenir un panneau. Heureusement il n’y tombe pas, la sensibilité du romancier est trop aiguisée pour se laisser prendre au piège. Il n’empêche, préciser systématiquement que tel personnage déjeune dans un restaurant Courtepaille et émailler le roman de tics langagiers ridicules finit par affaiblir le propos. Trop de réalisme tue le réalisme. Mais un roman strictement réaliste est un roman mort, ce que n’est pas Anéantir.

Le livre vit, avance, abandonne des pistes, bifurque et surprend. Il est long, certes, et alors ? En dépit des virages et des impasses, son rythme est régulier, comme une autoroute, en cinquième vitesse. Quelques pauses sont néanmoins recommandées, vous pouvez même arrêter en route : « anéantir », dit le titre, alors pourquoi ne pas appliquer la méthode à la lecture du roman et tout jeter par-dessus bord ? Vous aurez raté les quelques sentiers de traverse qui donnent de l’épaisseur à ce livre.

Les premiers sont les rêves du personnage principal : Paul, énarque, fonctionnaire du ministère des Finances, moins minable que le héros houellebecquien habituel. Il doute, croit ne plus aimer et pourtant réapprend à aimer. Il a des angoisses, des passages à vide, des hallucinations qui bousculent la plaque photographique trop reconnaissable qu’offre le roman. Un léger onirisme colore le livre et lui évite de sombrer dans la satire et l’aigreur. La nature est présente, le ciel et ses couleurs, les arbres et leurs teintes vertes, rassérénantes, éternelles. Le romancier se risque à de simples descriptions de paysages qui tempèrent sa noirceur ; les personnages se déplacent sur le territoire et l’observent. Tout ce qu’ils voient ne se réduit pas à un vaste écran Internet ni télévisuel.

Curieusement, aucun des trois frères et sœur n’est célibataire, condition humaine fin-de-siècle type chez Houellebecq. Tous sont mariés, même s’ils ne sont pas toujours heureux. Qui l’est vraiment, après tout ? Des interrogations presque candides naissent : « Il y a encore une dizaine de jours il n’avait jamais touché Maryse, le contact de sa peau était complètement en dehors de son champ d’expériences ; et maintenant cette même peau lui était devenue indispensable ; comment expliquer cela ? »

Maryse est d’origine béninoise, la précision mérite d’être relevée et opposée à une autre : le fils d’Indy, personnage détesté par le romancier (une journaliste « conne » et bien-mal-pensante), est né d’une GPA et d’un père noir anonyme. Indy est pourtant mariée, mais c’est ainsi, assène Houellebecq, de son fils elle a voulu faire « un placard publicitaire ». Le romancier est là au moins aussi malveillant et vengeur que ce personnage féminin honni, Indy. Et il charge la barque, lourdement, très lourdement.

Anéantir, de Michel Houellebecq : un humanisme résiduel

Ministère de l’Économie et des Finances © Jean-Luc Bertini

Plus le roman avance, plus sa dimension apocalyptique et mondialisée est manifeste. Les trois frères et sœur semblent passer au second plan, plus ou moins effacés par les trois attentats qui scandent l’intrigue du livre : contre un porte-conteneurs chinois, contre une banque de sperme, contre un bateau de migrants – trois cibles plus que symboliques pour Houellebecq. Régulièrement, le récit penche vers le roman d’espionnage – hackers, darkweb, exterminateurs impossibles à identifier. Puis il redevient conforme à ce qui a fait la noire réputation de l’écrivain : une comédie de mœurs. Nouvelle surprise, des pages laissent penser qu’il s’agit d’un thriller politique. Puis ce fil s’effiloche lui aussi. Enfin, le livre s’achève comme un mélodrame.

Alors que reste-t-il de cette hésitation d’une piste à l’autre ? Un roman-métastase, qui élimine ses personnages les uns après les autres : Houellebecq les oublie, les abandonne à leur inanité, les suicide ou leur impose une maladie terminale. Il reste aussi un esprit nihiliste « jusqu’au trognon » : l’expression, peu gracieuse, est du romancier, caricaturiste et cousin de Reiser. Dans le roman, elle s’applique au politiquement correct, autre pot-pourri dans lequel Houellebecq balance tout, l’humanisme, « mou », dit-il ; une gauche en loques, la foi du charbonnier de Cécile, la joie, et cætera, et cætera.

Et la droite, l’extrême ? Houellebecq est ambigu, il peut sembler distant puisqu’il a même des « pétainistes vegan » dans sa hotte, mais il joue avec le feu, les braises qui couvent au moment même où il écrit et publie, et il en jouit. Et l’islam ? Le thème est peu présent. Sur une même page, il note deux choses : une mosquée à Belleville-en-Beaujolais, avec un « C’était étonnant » pour seul commentaire ; la « solidarité entre les générations » des Maghrébins qui répugnent à enfermer leurs aînés dans des Ehpad. Ailleurs il est plus désobligeant et ne peut s’empêcher de railler sous cape.

Là où il ne saurait ruser, c’est dans le style, plat comme une limande. Sa prose est normale en tous points, vecteur efficace d’action. Il use d’un passé simple de rigueur et de bon aloi. Il s’est affiné, dans la mesure où il a abandonné ses habits élimés de pornographe, même s’il reste des taches de gras. S’il dénonce ce qu’il appelle la « druckérisation » du monde et du langage, Houellebecq en est le fils consentant.

Finissons en lui donnant raison : l’humour, y compris sur sa propre survie, « fait partie des droits de l’homme en quelque sorte ». Il y a bien chez Houellebecq un humanisme que l’on dira « résiduel », adjectif heureux que nous lui volons. Lui-même parle de « christianisme résiduel » ou d’« une forme de vie étrange et résiduelle », comme si l’un ou l’autre, ou l’un et l’autre, en était la racine. Chez lui flottent de vagues restes d’altruisme, transportés par un vent toujours mauvais.

 

[Source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]

Comme Clint Eastwood, Michel Houellebecq est un moraliste. Comme lui, il se situe politiquement à droite. Comme lui encore, il tient un discours sur la société qui rencontre un très vaste public. Comme lui enfin, il choisit l’art du récit pour délivrer indirectement ce discours et présenter un monde complexe. C’est ce qui différencie Houellebecq de Zemmour. Certaines des positions de Houellebecq rejoignent celles de Zemmour, mais on ne pourrait pas dire d’Éric Zemmour qu’il est un Clint Eastwood français.

Anéantir, de Michel Houellebecq : un Clint Eastwood français

Michel Houellebecq (2004)

Michel Houellebecq, Anéantir. Flammarion, 736 p., 26 €

Écrit par Tiphaine Samoyault

Qu’est-ce qu’un auteur moraliste ? C’est à la fois un humaniste et un pessimiste. Il produit des généralités qui ne manquent pas de force. Il s’intéresse à la condition humaine, à ses traits de caractère, à ses mœurs, tout en pointant la difficulté pour chacun de tenir une conduite, ou tout simplement de vivre, dans un monde menacé de ruine et de disparition. Ainsi, Anéantir, comme Bird ou Impitoyable, inscrit des personnages dans une époque crépusculaire, une société sur le point de finir.

Humaniste, le moraliste pose la fin et l’anéantissement comme relevant de la responsabilité exclusive de l’humain. C’est sans doute la raison pour laquelle la légère dystopie réaliste que propose Houellebecq, plaçant l’action du livre dans la société française au tournant des années 2026 et 2027, ne mentionne jamais la pandémie de Covid-19. L’anéantissement ne peut être le fait que d’un geste humain programmé, il relève d’une action des individus. Il ne peut pas être ce mal organique – même s’il a des raisons environnementales et sociales – dont l’invisibilité et la force de frappe n’ont pas de coupables directs. Alors que pour les attentats informatiques, le torpillage de porte-conteneurs, les attaques en mer de bateaux de migrants, le saccage dans le Nord de l’Europe d’une banque de sperme, les responsables ont beau se cacher, on finira bien par les trouver, en déchiffrant leurs codes secrets et en découvrant l’idéologie – extrême – qui les anime. C’est un imaginaire complotiste, qui veut qu’un mal soit une faute et qu’un coupable puisse être nommé.

La maladie invisible est donc invisible dans le livre, et pourtant elle est partout. Le père du personnage principal se retrouvant en EHPAD très peu après le début du roman, un nombre important de pages est consacré aux malheurs et horreurs de ces institutions, aux maltraitances dont font l’objet aussi bien les résidents que les personnels soignants, malgré la présence de certains médecins ou infirmières au grand cœur qui continuent à se battre pour y maintenir un peu d’humanité (Clint Eastwood, encore). Cela rappelle des souvenirs. Une page particulièrement lyrique illustre bien la perspective du moraliste sur la situation ; le discours est tenu par un personnage secondaire qui se révèle être un maillon capital dans l’entreprise musclée de sauvetage du père d’une euthanasie programmée. Une mutation anthropologique fondamentale, y lit-on, s’est produite lorsque la culture ne s’est plus définie par la révérence aux anciens et au capital moral accumulé par eux au cours de leur vie. Accorder plus de valeur à la vie d’un enfant alors qu’il n’est encore rien et qu’on ne sait pas ce qu’il va devenir, c’est fonder un projet commun sur un futur incertain et c’est donc l’esprit du nihilisme. Voilà, en résumé, un argumentaire habité par les débats sur le tri des patients qui ont cours depuis deux ans.

Le décalage de six ans, d’une élection présidentielle – c’est aussi le sujet du livre –, permet ainsi d’inscrire le passé récent de façon directe ou indirecte et en tout cas d’en contrôler le récit. Effacer l’histoire est aussi une manière d’anéantir, on le sait par maints exemples, comme récemment la dissolution de l’association Memorial International par Vladimir Poutine en Russie. Mais la légère dystopie a aussi pour fonction d’installer encore plus définitivement la droite comme seul horizon de la politique française. Il ne reste plus de la gauche que des humanitaires dégoulinants ou des « gauche morale un peu vieux », des « intellos mainstream ». Même l’écologie est largement de droite, et de la droite la plus extrême puisque les mouvements écolo-fascistes sont ici largement documentés. C’est tout le spectre de la droite libérale à la droite radicale que l’on parcourt au fil du livre ; et si le milieu politique le plus largement décrit semble procéder d’un macronisme bon teint – le Bruno Juge, ministre des Finances, ayant beaucoup des traits de notre actuel Bruno Le Maire, son patronyme fictionnel le faisant simplement passer du municipal au judiciaire –, beaucoup d’autres obédiences de la droite actuelle sont précisément évoquées : le Rassemblement national, bien sûr, le zemmourisme, mais aussi le Bloc identitaire, les anarcho-primitivistes, la deep ecology

L’immobilisme politique – politique économique ultra-libérale, contrôle de l’immigration, renoncement aux directives européennes, violence ciblée et efficace, relégation de l’idée de progrès, hypertechnicité, hyperprésidentialisme – n’est que le reflet de la stase dans laquelle semble se tenir le monde en attendant le cataclysme final (« le gigantesque collapsus »), dont l’état végétatif du père puis l’agonie du fils sont l’allégorie. Les êtres, les pays, la terre entière, semblent être dans le couloir de la mort. Toutes les saisons présentent des couleurs qui paraissent un temps idéal pour mourir. La civilisation est immobilisée. Ce n’est pas la première fois que Michel Houellebecq se fait collapsologue et, à première vue, ce pessimisme n’est pas surprenant. Mais, dans le monde complexe que brosse son roman, à coups de réalités parallèles, de superpositions des plans du rêve et de la réalité (pas moins de treize rêves sont longuement racontés, principalement des rêves d’ascension ou de chute qui traduisent à la fois la quête spirituelle des personnages et la difficulté du mouvement dans un monde immobilisé), ce pessimisme n’est pas seul à être dit. Le roman défend aussi une thèse qui n’est pas seulement celle du collapsus.

L’art du récit est plus complexe que le discours politique, mais il est aussi plus retors : il offre quantité de recoins où se cacher, dans des situations ou des personnages, il permet d’affirmer tout en tenant les discours à distance. Bref, il peut manifester l’idéologie en ayant l’air de ne pas y toucher. Ainsi, le personnage principal, Paul Raison (ah, l’onomastique !), reste sceptique jusqu’au bout, bien qu’il entre en contact prolongé avec des personnages de croyants et qu’il se sente touché par eux. Sa sœur, vers qui va plutôt la sympathie de la narration, est une catholique pratiquante et convaincue ; le rapprochement avec elle conduit Paul à se rendre à plusieurs reprises dans des églises. Son mari a des liens rapprochés avec le Bloc identitaire, mais « il ne lui en tenait pas du tout rigueur ». Sa propre femme, Prudence, est végane et adepte du wicca, une « religion joyeuse », et elle croit en la réincarnation… Et ce sont ces croyant.e.s qui offrent au personnage principal des motifs de compassion et d’espoir et font de la religion – enfin, de certaines d’entre elles ! – un refuge et, pourquoi pas, un salut. Cela rappelle, dans le dispositif, l’art du roman d’Anatole France – un personnage principal de sceptique (Bergeret), humaniste moraliste, accablé par l’état du monde, assiégé de discours pourris ; mais chez France ce personnage reste impeccablement étanche à ces discours, et son scepticisme, qui en sort même renforcé, leur sert de paratonnerre et les disqualifie.

La religion offre aussi sa structure au monde fictionnel ; elle fournit le modèle des boucles temporelles qui s’insèrent dans la stase d’avant l’apocalypse. On est au présent dans la futur mais également dans le passé. Sur ce point, on est peut-être formellement plus proche de David Lynch que de Clint Eastwood, même si Houellebecq continue de donner à ces boucles un sens moral, ce que ne fait pas Lynch. Il y a de légères distorsions temporelles (quatre ans transformés en deux ans quelques pages plus loin, un événement qui n’a pas encore eu lieu après qu’il a déjà eu lieu au chapitre précédent), qui jettent un trouble et renforcent l’incertitude dans laquelle le monde est plongé à la suite d’attentats spectaculaires et non revendiqués, au point de n’avoir finalement qu’une explication satanique. La résurrection comme la réincarnation font aussi de la boucle une survie. Or l’équivalent idéologique de la boucle temporelle, c’est évidemment l’antiprogressisme. L’égalité, la confiance en la raison, l’espérance d’un progrès social, et même la démocratie, sont des valeurs auxquelles Houellebecq et son personnage ont renoncé. À la suite de Nietzsche, mais surtout de Joseph de Maistre, très présent à la fin du livre (en même temps que le roman policier historique dont le caractère conservateur n’est plus à démontrer), est posée la thèse d’une vérité des valeurs traditionnelles, prérévolutionnaires, qui sont aussi un retour.

C’est là que le roman atteint sa limite, qu’il cesse d’être complexe pour devenir idéologique et zemmourien d’une manière vraiment plate. Clint Eastwood ne se départit jamais de l’exigence de complexité qu’induit l’écriture de la fiction bien comprise, alors que Michel Houellebecq, si. Les femmes qui travaillent sont véganes ou frigides, mauvaises ou médiocres. En se rapprochant affectivement et sexuellement de Paul, Prudence se met pour la première fois de sa vie à faire la cuisine, demandant gentiment si elle n’a pas mis trop de clous de girofle dans la daube de bœuf, et elle renonce progressivement à travailler. Contrainte d’avoir un salaire après le chômage de son mari, Cécile, qui ne sait rien faire à part le ménage et la cuisine, dixit le texte, va devoir travailler pour les autres et quitter le seul soin de son foyer : c’est « une mauvaise utilisation des compétences », « un drame à tous les niveaux – culturel, économique, personnel ».

On pourrait multiplier les citations misogynes, essentialistes, visant à maintenir les femmes dans des rôles traditionnels. Le racisme fait « naturellement » partie du programme antiprogressiste. Il est loin d’être absent du livre, avec les remarques désobligeantes habituelles contre les musulmans, mais aussi, plus crûment encore, par une anecdote : la belle-sœur de Paul s’est fait inséminer par un donneur noir afin d’humilier son mari… Quant à l’amoureuse du frère, l’infirmière Maryse, c’est simplement « la petite Noire » ; et lorsque son amant la déshabille, il la complimente : « Tu n’es pas vraiment noire ». Il arrive que ces propos soient mis à distance, mais ils sont trop récurrents pour ne pas conforter la thèse principale d’un roman qui se veut la somme d’une époque en même temps que son reflet, d’ailleurs toujours parfaitement lisible. Un tel roman, avec son personnel fictionnel nombreux, ses références, ses descriptions, son sentimentalisme, ses clés, ses habiletés et ses ficelles, fait s’interroger sur le bien-fondé de toujours défendre le « grand roman », ou le « roman traditionnel », alors que le cas d’Anéantir montre que, au service de la représentation du contemporain pour lequel il n’est pas fait, ce roman ne sait que ressasser son contretemps, sa réaction.

[Source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]

Le 7 janvier paraîtra le huitième roman de l’écrivain. Politique, vie et mort : les thèmes du livre oraculaire de notre « écrivain mondial ».

L'écrivain Michel Houellebecq.

Michel Houellebecq sort un nouveau et attendu roman : Anéantir.

Écrit par Christine Bini

Le roman commence fin 2026. 2027 est une année présidentielle, le président ne peut pas se représenter, il est au pouvoir depuis deux mandats. Il aura occupé la magistrature suprême – Houellebecq emploie souvent cette expression – entre deux dates, 2017 et 2027, qui sont des nombres premiers. Dans les sphères ministérielles et administratives où se déroule une partie du roman, on trouve des Normaliens, ou des Enarques, pour penser ainsi, sur un mode en limite de pensée magique.

Nous sommes en 2027, et le monde est confronté à des attentats étranges, des pseudo-attentats dans un premier temps, des vidéos diffusées sur le net. Sur l’une d’elles, par exemple, on assiste à la décapitation – avec une guillotine – du ministre français des Finances, Bruno Juge. Ce dernier est bien vivant, la vidéo a été filmée avec des effets spéciaux impressionnants. Il y aura une gradation dans ces attentats, d’abord bidons, puis réels sans faire de victimes, puis cinq cents morts d’un coup. Toutes les polices du monde sont perplexes : il est impossible de comprendre les revendications des terroristes, ni leurs motivations, qui semblent contradictoires et peuvent être attribuées tout autant à l’extrême droite qu’à des écologistes radicaux, voire à d’autres groupes.

Voilà pour l’arrière-plan. Le roman est centré sur le personnage de Paul Raison, et sur sa famille. Paul est le plus proche collaborateur du ministre Bruno Juge, il fait office de chef de cabinet sans en avoir le titre. Lorsque le père de Paul Raison, Edouard, fait un AVC, toute la famille Raison se retrouve dans la maison de Villié-Morgon : la sœur de Paul, Cécile, et son époux Hervé ; le plus jeune frère, Aurélien, mariée à une peste parfaite, qui contraste avec les autres personnages féminins. Dans Anéantir, la part belle est faite à la bonté des femmes.

Le roman est de facture tout à fait classique, il est divisé en sept sections, qui forment trois mouvements : l’AVC du père, les conjectures sur les attentats politiques et la campagne électorale, la maladie de Paul. On pourrait dire : Houellebecq nous livre la trajectoire des derniers mois d’un quinquagénaire qui s’interroge sur la vie, la mort, l’amour, qui cite Pascal et Epicure, qui s’attendrit devant les posters de sa chambre d’ado – on trouve sur les murs, au-dessus du lit étroit, un poster de Kurt Cobain et une affiche de Matrix. On pourrait dire ça, et ce ne serait pas faux.

On en a l’habitude, Houellebecq nous surprend en évoquant, en passant, des figures marginales et parfois parfaitement oubliées de l’histoire littéraire ou politique. Ainsi, une des nièces de Paul Raison travaille-t-elle à la Sorbonne sur Elémir Bourges et Hugues Rebell. Ainsi évoque-t-on Theodore Kaczynski et, au détour d’un paragraphe, Maximine Portaz. Laissons le soin au lecteur de découvrir qui ils sont. Disons que nous nous attendons à être surpris, et un peu bousculés dans nos références culturelles. Mais là où Anéantir nous surprend le plus, c’est dans le déroulé de l’histoire. Le monde ne court pas à sa perte, tout au moins la France suit-elle une pente logique, stable dans le changement : le candidat à la présidentielle est une star de la TV, un certain Benjamin Sarfati ç’aurait pu être Hanouna si Houellebecq n’éliminait pas Baba d’un trait de plume ou de clavier. Enfin, c’est l’idée : faire élire un bateleur qui ne demande qu’à jouir sous les ors de le République, modifier la constitution pour éliminer le premier ministre, et instaurer un vrai régime présidentiel. Le ministre des Finances, Bruno Juge, l’ami de Paul Raison, deviendrait alors le vrai maître de la politique, sans être président. C’est ça, la post-démocratie : un président, quelques ministres mais pas trop, une assemblée nationale réduite, un sénat conservé. La France, donc, ne court pas à sa perte, dans le roman. Elle est au contraire redevenue une puissance économique de premier plan, grâce à Bruno Juge. Ce Bruno Juge est un personnage parfaitement travaillé, dans lequel on entrevoit Bruno Lemaire. Un solitaire, qui hante Bercy de nuit comme de jour, qui ne se nourrit que de pizzas et Caprice des Dieux. Un type concentré sur ses dossiers, brillant, apparemment terne. Il se révélera bon tribun durant la campagne. Il incarne l’homme politique intègre, et il découvre l’amour.

Il y a, dans Anéantir, une lenteur presque lénifiante, alors que ce qui se joue est rapide et brutal : la maladie, les attentats, la campagne électorale, et même l’exfiltration du père de Paul Raison, enfermé dans un EHPAD. La majeure partie de la narration met en scène Paul Raison et sa famille, et le lieu des réunions familiales est la maison du Haut-Beaujolais, dont Houellebecq nous offre le dessin méticuleux. « Il y avait trois maisons, de taille inégale, […] une étable et une vaste grange. » Sur le dessin, les bâtiments forment un ensemble fermé, à cinq côtés, qui correspond peu ou prou au pentagone que les terroristes – ceux qui diffusent les vidéos sur internet –  utilisent (ils y ajoutent aussi des cercles, pour faire bonne mesure et bonne figure). Le père de Paul Raison, ancien de la DGSI, s’est interrogé, avant son AVC, sur ces actes terroristes, et il n’a laissé qu’un mince dossier dans lequel on trouve la signature des terroristes, une page de code, et une gravure de Baphomet. Un jeune type mal fagoté mais affûté autant sur les lignes de code que sur les références diaboliques explique, avec sérieux, qu’à partir d’un pentagone on peut tracer un pentacle, que la signification de ce pentacle dépend de son orientation, etc. D’ailleurs, il n’y a qu’à tracer des points sur une carte – d’état major ? – et, voyez-vous, tout s’explique, ou du moins tout tend à prouver qu’il y a dans les attentats une certaine forme de logique et de signification. Anéantir n’est pas un roman à rebondissements. Anéantir n’est pas non plus un roman à compartiments. Ni même, sans doute, un roman symbolique. Houellebecq répartit simplement son propos sur le plan de la famille et sur celui de la politique. C’est la même chose. On ne comprend pas les motivations des terroristes, Paul Raison comprend à peine ce qui lui arrive et ce qui arrive aux siens. Son père est désormais muet, lui-même a mal aux dents (et ça va s’aggraver…), les mots ne passent pas, les lettres tracées autour des pentagones et des cercles de la signature des terroristes sont indéchiffrables. Une vie parallèle se développe dans les rêves, qui nous sont contés comme faisant partie intégrante de l’histoire. Ces rêves-là, parfois très réalistes, sont eux aussi indéchiffrables.

Anéantir, sous sa couverture cartonnée aux dimensions relevant du nombre d’or, au titre et aux noms propres sans majuscules, renferme une mélancolie romantique sans sursaut. Il n’y est en rien question de maintenant ou de maintenant + 1, d’ailleurs il n’y est même question de la crise sanitaire qui a secoué le premier mandat du président. Anéantir n’est pas un « moment » ou un « constat », c’est un livre entièrement centré sur lui-même qui ne regarde que la condition humaine, pratiquement hors contexte. En cela Michel Houellebecq, en amenant son personnage Paul Raison au seuil de la mort, semble-t-il nous offrir un roman apaisé. Pour reprendre la dernière phrase de Yourcenar dans L’œuvre au noir, on pourrait dire « et c’est aussi loin que l’on peut aller dans la fin de Paul Raison ».


Michel Houellebecq, Anéantir, éd. Flammarion, 7 janvier 2022, 736 p.

 

[Source : http://www.laregledujeu.org]

Un peu plus d’une semaine avant la publication (le 7 janvier) du nouveau roman de Michel Houellebecq chez Flammarion, la presse étrangère donne ses premières impressions. Parmi les surprises relevées, la présence d’un personnage inspiré par le ministre de l’Économie Bruno Le Maire.

L’écrivain français Michel Houellebecq (ici à San Sebastian, en Espagne, en septembre 2019) publiera son nouveau roman, Anéantir, le 7 janvier chez Flammarion.

Écrit par Delphine Veaudor

Dans le jargon journalistique, on appelle cela un “embargo” : l’interdiction de dévoiler les détails d’un livre – ou d’un film, ou d’un jeu vidéo, ou d’une série – avant une date donnée. Pour Anéantirle très attendu nouveau roman de Michel Houellebecq (à paraître le 7 janvier chez Flammarion), cette date avait été fixée au jeudi 30 décembre. Et comme en France, à peine dépassée l’heure de l’embargo, on a vu fleurir sur les sites de presse italienne, espagnole, belge ou encore suisse, les premiers comptes rendus de ce livre annoncé comme l’événement de la rentrée de janvier, si ce n’est de toute l’année 2022.

C’est qu’à 65 ans, Houellebecq est “l’un des écrivains français les plus célèbres au monde” et que ses romans (au nombre de huit en incluant Anéantir) n’ont “jamais laissé indifférent”, souligne Anais Ginori, la correspondante de La Repubblica à Paris. Pour son compatriote Raffaele Alberto Ventura, qui écrit dans le quotidien Domani, l’ampleur de l’œuvre de Michel Houellebecq va bien au-delà d’un effet de notoriété : pour ce philosophe, il est “le seul auteur capable d’imprimer sa marque sur ce quart de siècle. Comme en son temps Jean-Paul Sartre ou Goethe il y a deux cents ans”.

Le correspondant d’El País Marc Bassets a lui aussi reçu “les 734 pages les plus attendues du moment en librairie” (dont la traduction ne paraîtra en Espagne qu’en août 2022) et il le souligne : au fil des années, tant les livres que la personnalité de Michel Houellebecq lui ont valu d’être “loué pour sa capacité à disséquer les angoisses inavouées de notre civilisation et à prédire son déclin”. Un prophète désabusé des temps modernes, vont jusqu’à considérer certains.

Nombreux parmi ceux-là étaient persuadés que le nouvel Houellebecq résonnerait, en 2022, avec le climat qui entoure la candidature du polémiste d’extrême droite Eric Zemmour à l’élection présidentielle. Publié début 2019, Sérotonine ne contenait-il pas “les prémisses du mouvement des ‘gilets jaunes’ dans les pages narrant le blocage d’une autoroute par des agriculteurs en colère” ?, comme le rappelle Anais Ginori. Quant à Soumission, le roman dans lequel Michel Houellebecq imaginait l’élection en France d’un président issu d’un parti musulman, il était paru “le jour de l’attentat contre Charlie Hebdo – un attentat qu’évoque Anéantir à travers une référence à Philippe Lançon, un journaliste blessé ce jour-là”.

Photo : AFP / ANDER GILLENEA – lisez l’intégralité de cet article sur : http://www.courrierinternational.com]

De quoi Zemmour est-il le symptôme morbide ?

Écrit par Ugo Palheta

Face à la progression sondagière d’Éric Zemmour, certain-es sont enclin-es à gauche à penser qu’il n’y a là qu’une bulle médiatique et à faire le dos rond en attendant, ou en espérant, qu’elle explosera d’elle-même. On pourrait aussi se contenter d’y voir une énième manifestation de ce « pétainisme transcendantal » dont parlait Alain Badiou : une « forme historique de la conscience des gens, dans notre vieux pays fatigué, quand le sourd sentiment d’une crise, d’un péril, les fait s’abandonner aux propositions d’un aventurier qui leur promet sa protection et la restauration de l’ordre ancien ». Le problème, c’est que cette caractérisation développée par le philosophe à propos de Sarkozy pourrait s’appliquer à de nombreux hommes politiques qui posent en sauveurs, aussi bien à Macron qu’à Zemmour et Le Pen. Elle ne nous aide donc guère à saisir le sens spécifique de l’ascension résistible – du moins à ce stade – d’Éric Zemmour.

Notre point de vue, c’est qu’elle exprime certaines des grandes tendances de la politique française. Or, celles-ci préexistaient à Zemmour, ne sont pas près de disparaître (comme certains imaginaient que la progression de l’extrême droite avait été stoppée par les mauvais scores du FN/RN aux dernières élections régionales) et il nous faudra bien les affronter, quoi qu’il advienne de sa probable candidature à l’élection présidentielle. La transformation (en cours) du capital médiatique de Zemmour en capital politique pose toutefois de nouveaux problèmes – et crée de nouvelles menaces – comme on va le voir. Le succès qu’elle rencontre actuellement rappelle en outre – dans le contexte spécifique à la France – des dynamiques que l’on a vues à l’œuvre ces dernières années dans d’autres pays, en particulier les États-Unis et le Brésil, où des personnages aussi grotesques que dangereux (Trump et Bolsonaro) sont parvenus à bousculer les organisations de droite et à conquérir le pouvoir par la voie électorale.

On se propose donc ici de fournir quelques clés de lecture du « zemmourisme », étant entendu que – contrairement aux prétentions du « grand homme » et à ce qu’imaginent ses adorateurs – ce n’est pas dans sa personnalité, son esprit ou son talent qu’il faut chercher la source du succès sondagier que l’on observe actuellement. Au contraire, la nullité du personnage nous ramène en quelque sorte à l’énigme que Marx avait cherché à éclairer dans son 18 brumaire de Louis Napoléon Bonaparte : comment un être aussi médiocre peut-il occuper le devant de la scène médiatique et bousculer le jeu politique dans l’une des principales puissances capitalistes ? L’hypothèse défendue ici, c’est que Zemmour n’est que le nom privé d’un processus de fascisation et, en tant que tel, il doit d’abord être interrogé comme symptôme ou, pour reprendre l’expression de Gramsci, comme « symptôme morbide ».

Des médias asservis à la logique du profit

L’aspect le plus évident du problème, c’est que Zemmour est une construction médiatique. Celle-ci ne date pas de la constitution de l’empire Bolloré, qui a fait de l’idéologue – pourtant condamné deux fois pour incitation à la haine raciale – son principal produit d’appel sur la chaîne d’ « information » en continu CNews.

Rappelons qu’avant d’officier sur celle-ci, il fut lancé il y a près de 20 ans sur ITélé (il est vrai l’ancêtre de CNews), pour un débat quotidien qu’on imagine hautement conflictuel avec Christophe Barbier, puis surtout par Laurent Ruquier qui, en érigeant Zemmour en tête de gondole de son émission de grande écoute « On n’est pas couché », a joué dans cette affaire le rôle du docteur Frankenstein. Ruquier peut bien aujourd’hui regretter d’avoir contribué à créer le « phénomène Zemmour » ; il n’interroge pas les raisons pour lesquelles lui et la productrice de l’émission (Catherine Barma) ont choisi Zemmour et l’ont maintenu plusieurs années à l’antenne, à savoir la logique du buzz et de l’audimat à tout prix, donc du profit (empoché par la société de production de Barma et par Ruquier sous la forme de salaires mirobolants).

Il faudrait même faire remonter la fabrication du personnage médiatique à la publication du Premier sexe, manifeste masculiniste pour lequel Zemmour a pillé certaines « idées » développées avant lui par l’idéologue néofasciste Alain Soral, notamment concernant la « féminisation des sociétés » ou encore la « dévirilisation des hommes ». Livre dans lequel il affirmait l’infériorité congénitale des femmes et la nécessaire domination des hommes (d’ailleurs désirée secrètement par les femmes, selon la psychanalyse de comptoir que développent Zemmour et Soral).

On pourrait sans doute montrer que la publication de ce livre fut parfaitement et délibérément calibrée par Zemmour, moyennant outrances et provocations évidentes, pour favoriser une large appropriation médiatique. À l’aube des années 2000, Zemmour était un journaliste politique du Figaro encore assez obscur mais, en quête d’ascension sociale rapide, il a su jouer habilement le jeu médiatique – comme l’a montré Gérard Noiriel – et devenir ce qu’on nomme un « bon client » : clivant il est vrai mais on n’a rien sans rien…

Zemmour comme construction médiatique donc, et l’essentiel a été dit sur ce point par Pauline Perrenot pour Acrimed. Mais cela va plus loin : Zemmour est l’expression de l’anéantissement presque total du débat public à une époque où se sont pourtant multipliées les émission dites « de débat » mais où les conditions d’un véritable débat rationnel et pluraliste ne sont jamais (ou presque) réunies. Si nombre d’éditorialistes et d’hommes politiques peuvent s’exclamer bien haut que Zemmour représente une élévation du débat public, c’est que celui-ci est tombé si bas que quelques vagues références historiques (qui relèvent d’ailleurs davantage du « roman national » que de l’histoire à proprement parler), quelques chiffres généralement faux, et quelques citations apprises par cœur suffisent à faire d’un cuistre un « grand intellectuel ».

Il y a ici des tendances lourdes et anciennes : bien sûr la faiblesse du pluralisme politique et idéologique dans des médias privés (tous aux mains de milliardaires) et dans les médias publics ; mais aussi le fait que des éditocrates et des intellectuels médiatiques (BHL, Finkielkraut, Comte-Sponville, etc.), autrement dit des intellectuels devant intégralement leur renommée aux médias et non à une œuvre qui aurait été plébiscitée dans le champ intellectuel, définissent pour l’essentiel l’agenda médiatique (ce qui doit être débattu), en collaboration avec les partis dominants, et sont appelés dans les médias à dire le « vrai » concernant les transformations de la société française (marginalisant très largement les chercheurs/ses universitaires et les revues intellectuelles).

On fera remarquer également que le « phénomène Zemmour » fait exploser l’illusion selon laquelle les médias web et les réseaux sociaux auraient rendu caducs les médias dits traditionnels (presse écrite, télé et radio), ce qui nous épargnerait la nécessité de leur transformation radicale. Zemmour est un pur produit de ces médias traditionnels (Le Figaro et RTL notamment, et même France 2 pendant un temps), et l’on voit à travers son exemple qu’une grande partie de ce qui est promu, partagé et discuté sur les réseaux sociaux ou les médias web provient d’émissions de télévision et de radio, les « nouveaux médias » (déjà plus si nouveaux) jouant un rôle de caisse de résonance de ce point de vue.

Enfin, il faut insister sur le fait que si les sondages mesurent essentiellement à ce stade l’exposition médiatique des candidat·es (voire, dans le cas de Zemmour, de quelqu’un qui ne s’est pas encore déclaré candidat), ils constituent en quelque sorte une prophétie auto-réalisatrice : l’omniprésence médiatique de Zemmour lui permet de voir sa cote sondagière monter, et en retour cette montée le fait exister politiquement comme une possibilité tangible, le faisant encore progresser dans les sondages et justifiant après coup sa sur-médiatisation (d’autant que cette montée peut le faire apparaître comme le « vote utile » du « camp des patriotes », c’est-à-dire de l’extrême droite et de la droite extrêmisée). Dans tous les cas, la responsabilité des « grands » médias est ici maximale.

 

Une solution de rechange pour la bourgeoisie

Zemmour n’est pas qu’un artefact médiatique et sondagier ; il représente aussi pour certaines franges de la bourgeoisie une possible solution de rechange. Les patrons n’aiment pas l’incertitude, et ils ne mettent jamais tous leurs œufs dans le même panier. Aux États-Unis, la bourgeoisie finance – généralement selon les intérêts spécifiques de chacune de ses fractions – aussi bien le Parti républicain que le Parti démocrate (Clinton et Biden ont même reçu plus de fonds que Trump). De même, dans l’Allemagne des années 1930, les capitalistes allemands finançaient l’ensemble des partis de droite et d’extrême droite, dont les nazis.

Or, dans l’état de crise de représentation politique que connaît la France (qui signifie une rupture du lien entre représentants et représentés, manifestée par la disparition de ces partis politiques solidement implantés socialement que constituaient auparavant le Parti socialiste, la droite gaulliste ou encore le Parti communiste), les possédants cherchent à faire en sorte qu’existe une variété d’agents capables de défendre l’ordre social et de favoriser l’accumulation du capital, par tous les moyens nécessaires. Cela peut passer par le fait de favoriser l’émergence de figures qui appartiennent indéniablement aux classes possédantes et en défendent les intérêts, mais dont la réputation n’est pas entachée par l’appartenance à des partis discrédités.

Macron est l’un de ces agents, à l’évidence, et l’on sait de quelle mobilisation médiatique mais aussi patronale il a bénéficié en 2016-2017 et sans laquelle il n’aurait eu aucune chance de l’emporter. Au fil de son mandat, il s’est d’ailleurs affiché de plus en plus clairement comme l’incarnation politique du parti de l’Ordre, en particulier en réprimant férocement les mouvements sociaux (les Gilets jaunes surtout). Cela a impliqué pour lui de transformer profondément son électorat en attirant à lui des segments de la clientèle de la droite traditionnelle (qui avait voté Fillon) tout en conservant les segments les plus droitiers de l’ancien électorat PS. Cela a fonctionné jusqu’à maintenant, et rien n’indique pour l’instant que son pari sera perdu en 2022.

Le problème, c’est qu’en unifiant la droite décomplexée (de Darmanin et Blanquer) et la « droite complexée » (pour reprendre l’expression de Frédéric Lordon) de Collomb, Rugy ou Valls, Macron a aboli l’alternance gauche/droite qui avait si bien réussi à la bourgeoisie française depuis 1981 pour imposer les politiques néolibérales et éloigner toute perspective de rupture, dans un pays pourtant marqué par de larges contestations sociales et une aspiration forte à maintenir les conquêtes sociales d’après-guerre.

Et même si la bourgeoisie n’a fondamentalement rien à craindre du FN/RN (Marine Le Pen n’ayant cessé de lui donner des gages de bonne conduite économique pour attirer l’électorat de LR : remboursement de la dette publique, pas de sortie de l’euro, pas d’augmentation du SMIC, etc.), les grands patrons français n’ont jamais considéré le FN/RN comme un candidat sérieux à l’alternance, et encore moins comme « leur parti ». Pour Bolloré et d’autres secteurs de la classe possédante (Zemmour compte de plus en plus de soutiens du côté de grands patrons), celui-ci constitue donc une opportunité de faire émerger une solution de rechange à Macron qui ne soit pas associée au nom Le Pen (considéré comme trop sulfureux, donc davantage susceptible de susciter des mobilisations, donc de l’incertitude, etc.), même si l’actuel locataire de l’Élysée tient assurément encore la corde pour la majorité de la classe capitaliste française.

De ce point de vue Zemmour fait tout ce qu’il peut pour afficher une politique bourgeoise offensive qui ne diffère en rien de ce que propose LREM et LR : recul de l’âge de la retraite, baisse des impôts sur les bénéfices des sociétés, baisse des cotisations, etc. L’autre volet de sa politique « sociale », qui n’apparaît pas encore précisément, concernera évidemment les immigré·es puisque Zemmour dit d’ores et déjà qu’il financera les baisses de recettes fiscales en privant ces derniers de toute aide sociale, en supprimant l’AME, etc., ce qui ne se distingue nullement ici de ce qu’avance le FN/RN. Une fusion du néolibéralisme et du néofascisme en somme.

 

La montée d’un racisme conspiratoire

On a beaucoup dit ces vingt dernières années que la parole raciste s’était banalisée dans les médias dominants et parmi les « responsables » politiques. Cela paraît indéniable : les obsessions autoritaires, xénophobes et racistes de l’extrême droite, autour de l’insécurité, de l’islam et de l’immigration, ont pris dans les deux dernières décennies une place médiatico-politique qu’elles n’avaient pas auparavant, notamment concentrée autour de la question des quartiers dits « sensibles » à propos desquels est martelée la rhétorique néocoloniale – sinon celle des Croisades – de la « reconquête » (républicaine nous dit-on…).

La nouveauté des cinq dernières années, c’est l’apparition dans les « grands » médias – chaînes d’ « information » en continu et radios commerciales – d’une nuée de pseudo-journalistes d’extrême droite (issus de Valeurs actuelles, de Causeur, de L’Incorrect, etc.) et la présence quasi-permanente des porte-parole du FN/RN, aux côtés de vieux briscards de la droite réac et raciste (Rioufol, Thréard, etc.) qui, au contact de cette jeune garde, ne cessent de se radicaliser eux-mêmes. Cela est vrai dans les chaînes de Bolloré mais cela ne s’y réduit en aucune manière ; qu’on prenne le temps de visionner BFM ou LCI, ou qu’on ait en tête l’arrivée de Devecchio sur France Inter.

À cette évidente banalisation des discours autoritaires et racistes, favorisée par le pouvoir politique quand par la voix de ministres on part en guerre contre la « subversion migratoire », le « séparatisme » ou l’ « islamogauchisme », quand un ministre de l’Intérieur justifie une loi ciblant les musulman·es en se réclamant de propos antisémites tenus par Napoléon en 1806, ou encore quand un président de la République donne une interview exclusive à Valeurs actuelles (d’ailleurs récemment condamnée par la justice pour injure raciste), s’ajoute une radicalisation dont Zemmour est à la fois le vecteur et le produit. Deux exemples suffiront.

Dans les années 1980-90, la dénonciation du prétendu « racisme anti-Blancs » était uniquement le fait de Jean-Marie Le Pen et du FN. À partir des années 2000, certains idéologues – autour de Jacques Julliard, Pierre-André Taguieff ou Alain Finkielkraut – ont diffusé l’idée selon laquelle existerait, à côté d’autres formes de racisme (antisémitisme, racisme anti-Arabes, etc.), un tel « racisme anti-Blancs ». Il semble que nous soyons entrés dans une nouvelle étape : au « racisme anti-Blancs » comme forme de racisme parmi d’autres (ce qui n’avait déjà pas plus de sens que de parler de sexisme anti-hommes) a succédé l’idée que nous vivrions dans « un régime communautariste et racialiste anti-blanc, un apartheid inversé » (les mots sont de Michel Onfray)[1].

L’autre exemple, connecté au précédent, c’est celui de l’islamophobie. Si certain·es ont commencé dès les années 1980 mais surtout à partir du début des années 2000 – et si nombre d’idéologues et d’hommes ou de femmes politiques continuent – à dénoncer l’islam et les musulmans au prétexte qu’ils menaceraient le « vivre-ensemble » par leur « communautarisme » ou leur « séparatisme », on a vu se développer à partir de là une version beaucoup plus agressive de l’islamophobie, selon laquelle les musulmans aspireraient à soumettre la société française, à détruire la République, la France ou l’Occident (il y a des variantes), à dissoudre l’identité nationale ou civilisationnelle, etc.

Ce discours, autrefois confiné dans les marges (c’est-à-dire à l’extrême droite), s’est banalisé à tel point qu’un écrivain aussi central dans le champ littéraire français que Michel Houellebecq a pu en faire un livre à succès (intitulé Soumission), évidemment considéré comme salutaire et visionnaire par les islamophobes de tout poil (en France et ailleurs).

Rappelons que ce livre imaginait la victoire d’un candidat musulman lors de l’élection présidentielle de 2022, et la transformation consécutive de la France en République islamique. Étrange prédiction alors que toute une industrie médiatique et éditoriale de l’islamophobie s’est développée au cours des 20 dernières années en France et que les principaux candidats à la présidentielle de droite et d’extrême droite ne cessent de faire de la surenchère sur ce terrain depuis des mois. Rappelons que le livre de Houellebecq s’était vendu au bout d’un mois à près de 350 000 exemplaires, et il fut en tête des ventes en France, en Allemagne et en Italie (où on avait déjà vu les livres de Fallaci, violemment racistes, se vendre à plusieurs millions d’exemplaires !).

Ces mythes d’un complot islamique visant à soumettre l’Europe ne sont pas nouveaux. L’extrême droite s’en nourrit depuis les années 1970 : depuis le Camp des saints de Jean Raspail (l’un des livres favoris de Marine Le Pen), défendant un génocide préventif face à des non-Blancs soupçonnés de vouloir commettre un « génocide blanc », jusqu’à Renaud Camus et son « grand remplacement. Avec quelques différences, ils fonctionnent de manière similaire et jouent un rôle analogue aux mythologies antisémites du « complot juif mondial ». Il s’agit en réalité de deux variétés de racisme conspiratoire[2].

Dans un livre important publié récemment, Reza Zia-Ebrahimi a bien montré la fonction de cette forme de racisme : pour se préserver nous dit-on de la « guerre civile », du « délitement de la nation française », d’une « destruction de la civilisation occidentale/européenne », d’un « génocide blanc » (selon la variante choisie par tel ou tel courant d’extrême droite), il s’agirait d’employer préventivement les grands moyens, en rompant avec le « droit-de-l’hommisme » (donc en déshumanisant certaines populations considérées comme menaçantes) et en remettant en cause l’État de droit : non seulement stopper toute forme d’immigration en provenance du Sud global (supprimer une fois pour toutes le droit d’asile quand il concerne certains pays et certaines populations, abroger le droit au regroupement familial, etc.), refuser d’accorder des droits aux migrant·es qui sont ici (amplifiant ce qui est déjà à l’œuvre depuis des années), mais aussi « nettoyer les quartiers » (expression plusieurs fois utilisée par Zemmour) et engager une « remigration » (c’est-à-dire une déportation de masse).

Nul hasard si Zemmour a pu envisager explicitement la déportation de millions de musulman·es. Quand un journaliste italien lui demandait en 2014 si c’est bien ce qu’il suggérait, voici sa réponse : « Je sais, c’est irréaliste mais l’histoire est surprenante. Qui aurait dit en 1940 qu’un million de pieds-noirs, vingt ans plus tard, seraient partis d’Algérie pour revenir en France ? ». Mais cela n’a rien de surprenant puisque Zemmour considère les migrant·es venu·es du Sud global comme des voleurs, des violeurs et des assassins. Qu’on ne prétende pas d’ailleurs que Marine Le Pen n’irait pas aussi loin, puisque celle-ci pouvait affirmer en meeting en 2012 « Combien de Mohamed Merah dans les bateaux, les avions, qui chaque jour arrivent en France remplis d’immigrés ? Combien de Mohamed Merah parmi les enfants de ces immigrés non-assimilés ? ».

Il importe d’être aussi clair que possible sur ce point : la victoire politique de ce racisme conspiratoire nous amènerait à terme bien au-delà des discriminations systémiques que subissent d’ores et déjà les musulman·es en France, et au-delà même d’une institutionnalisation de ces discriminations. Ce qui se trouve au bout du chemin, c’est une vaste opération de nettoyage ethnique (dont l’histoire du XXe siècle a abondamment montré qu’elle pouvait prendre la forme d’une déportation de masse mais aussi de massacres à caractère génocidaire), ainsi qu’une répression tous azimuts de la gauche sociale et politique (dans toutes ses composantes, des plus radicales aux modérées), des mouvements antiracistes, féministes et LGBTQI+, dans la mesure où ces derniers constitueraient selon les néofascistes un « parti de l’étranger », complice de la destruction de la France, de l’Occident, des Blancs mais aussi des hommes.

Les attentats commis par des militants d’extrême droite – en particulier Breivik en 2011 contre des militant·es de la jeunesse socialiste de Norvège ou celui de Tarrant en 2019 contre des musulman·es en Nouvelle-Zélande (qui ont fait dans chaque cas plusieurs dizaines de morts), de même que les tentatives d’attentats d’extrême droite régulièrement déjoués en France ces dernières années – illustrent clairement où mène ce catastrophisme paranoïaque et raciste que constitue le conspirationnisme islamophobe, et quels en sont les cibles logiques.

 

Un backlash idéologique anti-égalitaire

On se rassure parfois à bon compte en imaginant que Zemmour et ses semblables n’incarneraient que le dernier sursaut d’un vieux monde en train de périr. On suit alors la pente d’un progressisme naïf selon lequel l’Humanité irait nécessairement – même de manière quelque peu chaotique – vers davantage d’égalité et de respect des droits humains fondamentaux.

C’est d’ailleurs ainsi que se campe l’idéologue néofasciste et que le perçoivent ses partisans, comme résistant à des forces immenses et au rouleau-compresseur d’une idéologie qui briserait les valeurs traditionnelles, les identités héritées et les hiérarchies « naturelles ». Il suffit pourtant de comparer la très faible présence de militant·es ou d’intellectuel·les antiracistes dans les « grands » médias et la place croissante qu’y occupent les idéologues d’extrême droite ou de la droite extrêmisée, pour mesurer à quel point ce récit est grotesque. Dans ce courant politique, on tend sans cesse à exagérer la puissance de l’adversaire pour mieux justifier une politique extrémiste de restauration ou, pour être plus précis, de contre-révolution.

Reste qu’il y a à l’évidence un élément de vérité ici : Zemmour apparaît bien en France comme la version la plus agressive d’une réaction de défense des privilèges – en particulier de genre et de race – face à la montée des idées et des mouvements féministes et antiracistes. Difficile par exemple de ne pas constater que l’intensification de l’islamophobie médiatico-politique depuis deux ans est consécutive à la plus importante manifestation – numériquement et politiquement – qui ait eu lieu en France au cours des vingt dernières années contre le racisme ciblant spécifiquement les musulman·es, à savoir la manifestation du 10 novembre 2019.

Dans la mesure où cette manifestation avait été appelée non seulement par des organisations musulmanes et de défense des musulman·es mais aussi par l’essentiel de la gauche sociale et politique, il s’agissait pour le pouvoir politique et l’extrême droite d’affaiblir le pôle autonome dont le Collectif contre l’islamophobie en France était le fer de lance (ce fut fait avec la dissolution sans aucun motif sérieux de cette organisation fin 2020) et de disqualifier cette gauche qui avait (enfin !) décidé de participer à une mobilisation contre l’islamophobie, en la traînant dans la boue des accusations de communautarisme mais aussi d’antisémitisme, de complicité avec le terrorisme, etc.[3].

De même, il n’est pas contradictoire de constater à la fois une progression du mouvement et des idées féministes, marquée en France par le succès des manifestations contre les violences sexistes et sexuelles mais aussi d’importants succès de librairie pour les publications féministes, et l’attrait que suscite un idéologue dont le masculinisme forcené est bien connu. Là encore, Zemmour est l’incarnation d’un backlash anti-égalitaire qui accompagne comme son ombre la quatrième vague féministe : en dénonçant une prétendue « tyrannie des minorités », il ne s’agit pas simplement pour lui et ses comparses de dissimuler le maintien des structures de la domination masculine mais de faire taire une bonne fois les mouvements qui déstabilisent l’ordre hétéro-patriarcal.

Les forces réactionnaires ne sont donc pas restées l’arme au pied face aux puissantes mobilisations féministes à l’échelle mondiale ou face à l’énorme mouvement, lui-aussi mondial, contre les violences policières à caractère raciste. Et l’on ne devrait pas considérer que la guerre culturelle qu’elles mènent ne constituerait qu’un soubresaut sans lendemains : elle a des visées d’anéantissement et ne s’arrêtera que si elle est stoppée. Doit-on rappeler qu’aussi bien dans le cas de l’antisémitisme que de celui de la suprématie blanche, c’est suite à des conquêtes démocratiques, précisément dans une logique de backlash et de ressentiment, que sont nés et se sont développés certaines des idéologies et certains des mouvements les plus violemment racistes et réactionnaires (en particulier aux États-Unis le Ku Klux Klan et en Allemagne le mouvement Völkisch dont les nazis sont l’un des prolongements) ?

La politique que Zemmour cherche à populariser ne se contente pas de dénoncer les théories (et les pratiques) antiracistes et féministes développées au cours des dernières décennies. Dans son viseur se trouve l’idée même d’égalité et de droits humains fondamentaux. Nul hasard si Zemmour cite régulièrement l’un des principaux idéologues contre-révolutionnaires de la fin du XVIIIe siècle et du début du XIXe siècle, Joseph de Maistre, notamment pour justifier son refus de toute forme d’universalisme au profit d’un nationalisme ethniciste (« Moi je suis comme Joseph de Maistre, je ne connais pas l’homme, je n’ai rencontré que des Italiens, des Français, des Anglais, etc. »).

Zemmour n’est donc pas seulement obsédé par Mai 68, ce fétiche qu’a tant agité l’ancien président Nicolas Sarkozy, mais par 1789 et la Révolution française, dont procéderait selon lui le déclin français. Cette obsession l’inscrit pleinement et indéniablement dans toute une tradition des anti-Lumières que l’historien du fascisme Zeev Sternhell a parfaitement identifiée et qui vise aussi bien l’universalisme abstrait propre à la modernité bourgeoise et à la démocratie libérale que l’humanisme révolutionnaire porté depuis le XIXe siècle par le mouvement ouvrier dans toutes ses composantes mais aussi la plupart des mouvements anticoloniaux de libération nationale. Doit-on rappeler que ce point de convergence entre les extrêmes droites fasciste et traditionnaliste avait été résumé par Goebbels quelques mois après l’arrivée au pouvoir des nazis, celui-ci affirmant que les nazis avaient « effacé 1789 de l’histoire » ?

 

L’extrémisation de la droite

Comme on l’a dit plus haut, la parole raciste n’a cessé de se banaliser au sein du personnel politique et dans les « grands » médias. La chose n’est pas nouvelle : Jacques Chirac avait pu être élu président de la République (en 1995) quelques années seulement après avoir disserté en plein meeting – à grands renforts de rires gras – sur « le bruit et l’odeur » des familles immigrées. De même un ancien président – Valéry Giscard d’Estaing pour ne pas le citer – pouvait en 1991 assimiler l’immigration à une « invasion » et proposer de substituer le « droit du sang » au « droit du sol » dans l’acquisition de la nationalité française.

Mais il est vrai que l’appel de Sarkozy à « décomplexer » la droite a amené celle-ci à aller plus loin et il a été entendue par ses troupes et d’omniprésents éditocrates : alors même que Chirac s’était fait élire en s’érigeant en rempart contre l’extrême droite, ce sont bien les « idées » et le langage de celle-ci qui ont infusé profondément au sein de la droite à partir de 2002, année qui a marqué l’arrivée de Sarkozy sur le devant de la scène politico-médiatique.

On a pris l’habitude à gauche de ne traiter que par l’ironie ou le mépris celui qui vient d’être condamné à un an de prison ferme par la justice pour le financement illégal de sa campagne de 2012. Il faut pourtant insister sur le fait que Sarkozy a été le principal acteur de l’extrémisation de la droite et l’on ne comprendrait rien au succès de Zemmour à droite, dans toutes ses franges (y compris le macronisme, sous l’autorité d’ailleurs de Macron lui-même dont on a appris récemment qu’il aurait commandé un rapport sur l’immigration à Zemmour), sans l’action de Sarkozy pendant dix années de vie politique durant lesquelles il fut en permanence au centre de l’attention (entre 2002 et 2012). Avant que Macron ne s’engage sur cette voie, Sarkozy a été le principal introducteur en France d’un populisme néolibéral-autoritaire qui se rapproche en grande partie du thatchérisme (tel qu’il fut analysé brillamment par Stuart Hall).

Il importe d’y insister parce qu’avec l’ascension de Zemmour sont sans doute en train de tomber les derniers obstacles qui s’opposaient à la synthèse politico-électorale entre une droite extrêmisée et une extrême droite avec laquelle la plupart des barons de la droite (et une partie au moins de son électorat) rechignait encore à faire alliance. Si Zemmour s’installe durablement devant LR et le FN/RN dans les sondages, il a toutes les chances de rafler des soutiens venant de ces deux organisations, et d’être en capacité dans un éventuel 2nd tour de cumuler les reports de voix de leurs électeurs·rices respectifs·ves. Ce n’est pas simplement que l’opportunisme est structurel chez des gens dont la politique est la profession ; c’est aussi que le terrain a été préparé par une dérive idéologique de la droite depuis deux décennies, ce qui nous renvoie au sarkozysme[4].

Si des philosophes pour médias peuvent appeler à tirer à balles réelles sur les Gilets jaunes ou confesser qu’ils voteraient plus volontiers pour Marine Le Pen que pour Jean-Luc Mélenchon (ce qui n’est pas pour surprendre quiconque a une connaissance de la faillite absolue d’une grande partie de l’intelligentsia durant l’entre-deux-guerres), si un porte-parole de LR peut tranquillement affirmer que les Blancs subiraient une « épuration ethnique » dans les quartiers populaires et d’immigration, ou encore si des parlementaires de droite peuvent appeler à la dissolution de l’UNEF, on voit mal ce qui pourrait conduire la droite à ne pas s’offrir corps et âme – c’est-à-dire organisationnellement et idéologiquement – à Zemmour.

Qu’on ne s’illusionne donc pas : dans un scénario cauchemardesque qui verrait l’élection de Zemmour, celui-ci n’aurait aucun mal à former un gouvernement composé de ténors de la droite et à rassembler une majorité parlementaire. Là encore, il n’y a pas de quoi surprendre quelqu’un qui connaît l’histoire des gouvernements fascistes au XXe siècle, ces derniers ayant toujours compté initialement plus de ministres de droite que d’extrême droite.

Il est vrai qu’une victoire électorale ne permet pas tout et que l’opposition de secteurs importants de l’État peut amener ces gouvernements à en rabattre sur leur programme ou leurs ambitions putschistes (qu’on pense aux tentatives de Trump de se maintenir au pouvoir). La présence à la tête de l’État d’un néofasciste ne lui donne pas nécessairement les moyens politiques de fasciser l’État, comme en témoigne – au moins pour l’instant – l’exemple de Bolsonaro au Brésil. Néanmoins, ce qui se joue dans les appareils répressifs depuis plusieurs années – les initiatives factieuses des syndicats de police, l’impunité dont jouissent les crimes policiers, comme les tribunes de militaires appelant à affronter les « hordes de banlieue » pour éviter le « délitement de la France » – signalent que des pans significatifs de l’État sont disposés à aller encore beaucoup plus loin dans une direction ultra-autoritaire et dans l’institutionnalisation du racisme.

*

Ignorer Zemmour n’est malheureusement pas une option pour les anticapitalistes et les mouvements sociaux. Si celui-ci est bien le produit de deux décennies au moins de transformations politiques et idéologiques, et en grande partie un monstre créé de toutes pièces par les médias dominants, il est à présent un acteur central de la fascisation, qu’il nous faut impérativement combattre en tant que tel. Reste que, comme dans le cas de Trump ou de Le Pen, le « tout sauf Zemmour » est une impasse.

On reviendra dans un prochain article sur quelques pistes politiques pour affronter le danger mais disons d’emblée que le néofascisme ne pourra être vaincu sans que se développent des bastions de résistance antifasciste dans le corps social, sans que s’unissent les mouvements d’émancipation autour d’objectifs tactiques atteignables, permettant d’obtenir des victoires (même partielles) et de reprendre confiance dans la lutte collective, sans que l’antiracisme politique imprègne bien davantage qu’actuellement le sens commun et les pratiques militantes, et sans qu’émerge une alternative de gauche capable d’engager une rupture politique avec le néolibéralisme autoritaire. La barre est haute, mais avons-nous d’autres choix que de relever le défi ?

*

Ugo Palheta est sociologue, maître de conférences à l’université de Lille et membre du Cresppa-CSU. Il est l’auteur de nombreux articles pour Contretempsde La Possibilité du fascisme (La Découverte, 2018) et, tout récemment avec Ludivine Bantigny, de Face à la menace fasciste (Textuel, 2021).

Notes

[1] On notera qu’à l’inverse, dans les médias dominants, quiconque tient un discours conséquent ciblant le racisme systémique que subissent immigré-es et descendant-es d’immigré-es extra-européen-nes se trouve instantanément l’objet d’accusations de développer une « pensée victimaire », voire de succomber à une forme de « racisme inversé ». D’autres mots ont d’ailleurs émergé qui, dans la bouche de celles et ceux qui les emploient, ont à peu près la même signification et surtout la même fonction (interdire tout débat à propos du racisme systémique) : « indigénisme », « décolonialisme », « intersectionnalisme », « wokisme ».

[2] Ces deux conspirationnismes peuvent d’ailleurs s’imbriquer chez certains idéologues et mouvements néofascistes, imaginant que ce sont les Juifs, à travers des figures comme George Soros, qui seraient les artisans en sous-main du « grand remplacement » ou du « génocide blanc » (notamment à travers la défense des droits des migrant·es). Reste que, dans les récits les plus populaires à l’extrême droite (mais aussi dans une partie des médias mainstream), les Juifs et la lutte contre l’antisémitisme sont généralement utilisés à l’appui des mythes de la domination mondiale de l’islam, celui-ci étant considéré comme une essence malfaisante, intangible et oppressive, intrinsèquement antisémite et fondamentalement intolérant.

[3] Alors que la gauche est si fréquemment accusée de complaisance avec l’antisémitisme, il est frappant de constater que Zemmour peut faire l’objet d’une hyper-médiatisation tout en n’ayant cessé de déployer une rhétorique négationniste consistant à absoudre Vichy, et en particulier Pétain, de sa responsabilité dans la déportation de dizaines de milliers de Juifs·ves (sans même parler de sa défense de l’idéologue antisémite Maurras et de bien d’autres déclarations).

[4] Le gaullisme n’a plus de réalité depuis longtemps : il n’existe plus que de manière fantomatique, comme une référence vide et il n’y a d’ailleurs pas vraiment de quoi le regretter. Néanmoins, il peut paraître ironique que les héritiers de ce mouvement né dans le combat contre la collaboration pétainiste soit à ce point attiré par un idéologue qui a fait de la défense de Pétain un élément cardinal de sa « pensée ». Il faut toute la reformulation de la présence de millions de musulman·es comme « occupation » (voire comme « colonisation à l’envers ») pour s’imaginer que cette politique serait en continuité avec l’appel du 18 juin…

 

 

[Source : http://www.contretemps.eu]

Asterix e o Grifón é a nova aventura do pequeno heroe galo, editada nun lanzamento simultáneo en dezasete linguas diferentes. O novo álbum incorpora, como é habitual, novas preocupacións que o manteñen en sintonía coa actualidade: a defensa do medio ambiente e o feminismo. 
Un fragmento de 'Astérix e o Grifón'.

Un fragmento de ‘Astérix e o Grifón’

Escrito por Manuel Xestoso

Sarmacia, ao sur da estepa rusa, é o novo destino de Astérix e, segundo explicaba un dos seus autores, Jean Yves Ferri, na presentación do novo volume da serie, o mais frío. Tamén é un lugar onde, para sorpresa do pequeno guerreiro galo, rachan algúns tópicos: as mulleres sármatas, por exemplo, son guerreiras nómades mentres que os homes viven coidando da aldea. O álbum púxose á venda este pasado xoves 21, de xeito simultáneo, en 17 países. A editorial Xerais participa deste lanzamento mundial coa versión en galego, que sae ao mercado en edición impresa e en formato electrónico.

Astérix e o Grifón é o primeiro volume da serie despois da morte do último dos autores orixinais, Albert Uderzo, falecido en marzo de 2020. É a quinta das aventuras dos galos asinada polo guionista Jean-Yves Ferri e o debuxante Didier Conrad, que até o de agora, foran asesorados por Uderzo.

“Creo que o máis destacábel das aventuras de Asterix é que sempre se manteñen fieis ao seu tempo, sempre introducen temas e personaxes de actualidade”, di Alejandro Tobar,

Alejandro Tobar, un dos tradutores da obra -xunto con Xavier Senín e Isabel Soto- confesa, porén, que non é quen de ver grandes diferenzas cos libros anteriores. “No debuxo, desde logo, eu non son capaz de detectar grandes disparidades. No guión, si que hai foros de seguidores nos que se bota de menos a figura de Uderzo”. En realidade, esa nostalxia xa abrollara en 1977, cando, despois da morte do guionista orixinal, René Goscinny, Uderzo, o debuxante, se fixo cargo tamén de escribir as historias dos álbums que seguiron.

Coma en todos os novos episodios da saga, hai algunhas novidades: “Por primeira vez se bota man dun ser ficticio como é o Grifón”, explica Tobar. “Mais creo que o máis destacábel das aventuras de Asterix é que sempre se manteñen fieis ao seu tempo, sempre introducen temas e personaxes de actualidade”.

A preocupación polo medio ambiente, as teorías da conspiración e o feminismo destacan no relato da nova aventura de Astérix, aínda que, como lembra Tobar, “xa a anterior aventura, A filla de Vercinxetórix, mostraba esa preocupación pola ruptura cos roles de xénero tradicionais. En xeral, os autores sempre están moi atentos ao que sucede no mundo para reflectilo en cada un dos álbums novos. Con aquel álbum anterior mesmo se falou dos paralelismos entre a protagonista e a activista medioambiental sueca Greta Thunberg ».

Mais existen marcas da casa que permanecen inalterábeis e que os seguidores recoñecerán inmediatamente, como os xogos tipográficos para caracterizar certas linguas ou, como lembra Tobar, « as referencias á propia actualidade francesa. Neste volume, por exemplo, fai unha aparición o polémico escritor Michel Houellebecq, e fanse alusións ao conflito que a multinacional Amazon mantén co goberno francés. Son cuestións que, cando traducimos, traballamos moito en colaboración coa propia editorial francesa, para que todo sexa intelixíbel para o lector galego”.

A primeira edición en galego de Astérix data de 1976, cando a libraría Arenas da Coruña iniciou a tradución de catro títulos da serie que contaban co valor engadido dun tradutor de luxo: Eduardo Blanco-Amor.

O longo camiño á normalización 

A primeira edición en galego de Astérix data de 1976, cando a libraría Arenas da Coruña iniciou a tradución de catro títulos da serie que contaban co valor engadido dun tradutor de luxo: Eduardo Blanco-Amor.

Porén, as edicións de Arenas cesarían en 1978 e o heroe galo non volvería a falar galego até 1992, cando un convenio entre Grijalbo (a editorial titular dos dereitos no Estado) e Galaxia permitiu que esta última editase 14 títulos até 1998.

Logo virían outros dez anos de silencio, durante os que Astérix mesmo chegou ao Parlamento de Galiza grazas a unha iniciativa do deputado do BNG Bieito Lobeira que reclamaba -seguindo o ronsel dunha recollida de sinaturas iniciada pola Mesa pola Normalización Lingüística cun importante seguimento- que se tivese en conta a demanda de pais e nais e de centros de ensino de exercer os seus dereitos lingüísticos na lectura das aventuras de Astérix.

Finalmente, en 2013, Xerais asinaba un acordo con Salvat para retomar a serie en galego. Desde entón, as novas aventuras de Astérix publícanse ao mesmo tempo que no resto do mundo: Astérix e os pictosO papiro do CésarAstérix en ItaliaA filla de Vercinxetórix e, agora, Astérix e o Grifón participaron dos lanzamentos mundiais con que se anuncian as periódicas chegadas dos personaxes galos ás librarías.

“É un factor de normalización moi importante”, apunta Tobar. “O lanzamento de cada unha das novas aventuras de Astérix é un dos acontecementos editoriais de máis relevancia no mundo, e que o galego estea presente é un sinal de que a nosa cultura posúe a vitalidade suficiente para manter o pulso da actualidade ».

 

[Imaxe: Xerais – fonte: http://www.nosdiario.gal]

Sairá á venda o 21 de outubro en 17 linguas.

 

Portada de 'Astérix tras a pegada da billa'. SALVAT

Portada de ‘Astérix tras a pegada da billa’. SALVAT

O polémico escritor francés Michel Houellebecq foi caricaturizado como un dos personaxes ‘malvados’ na nova entrega ‘Astérix tras a pegada da billa’, segundo confirmaron fontes da editorial Salvat.

O novo libro publicarase o 21 de outubro en 17 linguas e cunha tirada de 5 millóns de exemplares para todo o mundo, segundo informa Salvat, que recalca que en España se editará, como é xa habitual, en castelán, galego, catalán, eúscaro e asturiano.

Nesta historia, Houellebecq será Terrignotus, o xeógrafo de César e cabeza pensante desta expedición romana, presente nesta aventura por amor á ciencia. « Reclámannos caricaturas en cada álbum! Neste personaxe, estou seguro de que recoñeceredes a un gran escritor francés! », adiantaba Jean-Yves Ferri, un dos autores, sen desvelar o seu nome.

Ademais dalgunhas das viñetas, este luns desvelouse a portada de ‘Astérix tras a pegada da billa’, que relata o longo periplo que deciden emprender Astérix e Obélix, acompañados de Panorámix, tras a pista dun animal mítico nun remoto territorio.

Salvat anunciou que nesta nova edición non só contarán con caras xa coñecidas, senón que participarán novos personaxes.

 

 

[Imaxe: Europa Press – fonte: http://www.galiciaconfidencial.com]

 

 

 

                      El escritor Javier Marías vuelve a las quinielas del Nobel. J.P, GANDUL

El escritor Javier Marías vuelve a las quinielas del Nobel.

El Premio Nobel de Literatura 2021 será anunciado el jueves y, al igual que el año pasado, el ganador o la ganadora recibirá el galardón en su país de residencia debido a la pandemia del coronavirus, según informó la Academia Sueca que entrega el máximo premio de la literatura. Según las casas de apuestas británicas, el principal candidato para ganar el Nobel es el escritor japonés Haruki Murakami. Muy cerca entre los candidatos están también otros escritores reconocidos, como la canadiense Margaret Atwood, o la poeta Anne Carson. También entre los favoritos aparece el keniata Ngugi wa Thiong’o.

Un poco más atrás entre los más apostados figuran otros autores de best sellers, como Don DeLillo, Joyce Carol Oates, Thomas Pynchon, y Michelle Houellebecq. Entre las escritoras que podrían sorprender aparecen Elena Ferrante, J.K. Rowling (autora de la saga Harry Potter), y dos artistas más vinculadas a la música: Joni Mitchell y Patti Smith. El último escritor hispanoamericano premiado fue Mario Vargas Llosa, en 2010. A tres días de la entrega del premio, por ahora aparecen pocos candidatos que escriban en español en las casas de apuestas. Solo figura el español Javier Marías. En las últimas ediciones se mencionó al escritor argentino César Aira como uno de los candidatos, pero hasta el momento su nombres no figura en las casas de apuestas.

 

[Foto:  J.P, GANDUL – fuente: http://www.diariodeleon.es]