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Escrito por José Ernesto Nováez Guerrero 

Los cubanos vivimos la jornada del 11 de julio con asombro, tensión e incertidumbre. Lo que inició con una protesta en el municipio de San Antonio de los Baños, en la provincia de Artemisa, se extendió rápidamente por el país, llevando a que muchos saliéramos a las calles para defender proyectos de país muchas veces contrapuestos.

Entender los sucesos en toda su complejidad resulta fundamental para el futuro de la isla. Lo ocurrido evidencia fracturas y retos que es necesario, como pueblo, asumir y resolver para evitar escenarios de una mayor escalada de tensiones.

En primer lugar está la crisis económica y sanitaria generada por la pandemia del Covid-19 a escala mundial y que ha golpeado duramente a todas las economías, en especial a las más pobres. En Cuba, con una economía constantemente tensionada por el bloqueo de Estados Unidos y un subdesarrollo estructural que no ha sido posible superar, ese impacto se ha visto reforzado.

Como consecuencia, se ha creado un escenario de desabastecimiento, ajustes, distribución racionada de los bienes de consumo básicos, escasez de fármacos e irregularidad en los servicios, lo cual contribuye a complejizar de sobremanera el día a día del cubano común. Por si fuera poco, en semanas recientes ha habido una nueva ola de contagios sin precedentes en el país que ha congestionando los servicios sanitarios en casi toda la isla y llevando a nuevas medidas restrictivas en un intento de las autoridades por frenar el aluvión de nuevos casos.

Para entender el estallido del domingo 11, es preciso tener en cuenta la estrategia sostenida de subversión del orden interno en Cuba por parte del gobierno de Estados Unidos. Esta estrategia, que se remonta a los inicios de la Revolución, ha transitado por diversas fases, que incluyen el apoyo a la contrarrevolución armada interna en los primeros años de la década de los 60, los atentados y sabotajes contra infraestructuras de servicios o productivas, la introducción de virus y enfermedades, como la fiebre porcina y el dengue hemorrágico.

Con los años se ha ido acrecentando y perfeccionando el mecanismo de sanciones orientadas a ahogar cualquier vía de liquidez para la economía cubana. Estas medidas, cuyo carácter extraterritorial Cuba y la Asamblea General de Naciones Unidas han condenado en numerosas ocasiones, contribuyen a dificultar significativamente la dinámica interna del país, sirviendo como aliciente para crear insatisfacción social.

La irrupción de las redes sociales en la cotidianeidad de los cubanos aporta otro elemento a esta estrategia de subversión. Dichas redes son empresas privadas capitalistas con claros compromisos ideológicos con la élite mundial, son actores políticos de subversión probados en numerosos escenarios internacionales. Baste recordar su papel en las revoluciones de colores o en la llamada primavera árabe. En nuestro continente podemos destacar su función en el golpe de Estado en Bolivia en 2019.

El analista español Julián Macías Tovar demostró cómo se construyó y magnificó mediante bots la etiqueta SOSCuba, involucrando a famosos y logrando generar estados de opinión que promovieran la inestabilidad en el país. También se han usado intensivamente fake news y fotos y videos orientados a crear la matriz de que existe una gran inestabilidad interna y que la policía ha sido represiva. En esta campaña de asalto simbólico lo menos importante es la verdad, sino el rédito a corto plazo en materia de lograr acciones y reacciones en lo nacional e internacional.

En este sentido, se pretenden manipular los hechos recientes para colocar en la agenda política estadunidense el tema de una invasión militar “humanitaria”, apelando a un supuesto colapso interno.

Para los cubanos en la isla lo ocurrido el 11 de julio plantea retos y contradicciones que debemos resolver como sociedad para garantizar un desarrollo armónico. El más importante es cómo lograr mayor grado de democracia y participación popular sin fracturar la unidad nacional, que tan importante ha sido para enfrentar la agresión constante de EU. Y como extensión de este está el de cómo construir sólidos vínculos entre la nación y la emigración, de forma tal que esta última no acabe actuando como instigadora de la agresión y persecución en contra de su país natal.

Es preciso lograr una penetración social más profunda de las estructuras de participación y asistencia social creadas por la Revolución. Entre los manifestantes del 11 de julio contra la Revolución muchos sostenían posturas anexionistas, contra las que combatió José Martí, quien comprendió con total lucidez que tras esta postura política se ocultaban intereses expansionistas.

El combate contra el anexionismo, que tiene en la industria cultural miamense y los símbolos que esta fabrica sus emblemas vitales en la hora presente, es una de las tareas mayores. Pero este combate es también contra las formas ideológicas de dominación del gran capital.

Estas horas de dificultad no pueden hacernos olvidar las perspectivas que se abren para el país, sobre todo con la vacuna Abdala. Antes de finalizar agosto el gobierno estima tener inoculada a más de 60 por ciento de la gente, lo que augura un escenario de progresiva normalización de la vida en el país y de retorno del turismo, vital para la economía.

Además, alegra comprobar que Cuba nunca ha estado ni estará sola. Muchos países e infinidad de amigos de todo el mundo han alzado sus voces enérgicas en defensa de la isla rebelde.

Los que salimos a las calles el 11 de julio al grito de patria o muerte no llamábamos a dañar a nadie, expresábamos la convicción de defender con nuestra vida aquello en lo que creemos. A pesar de la imagen que desde los medios cartelizados y las redes sociales se ha intentado construir, los revolucionarios cubanos no somos violentos. En Cuba se ha dialoga incansablemente, pero la línea roja siempre será la defensa de la soberanía como obra colectiva de justicia social.

Un país que se construye permanentemente en el ejercicio constante de todos los cubanos, que se crece ante las dificultades, que avanza entre el escarnio y la mentira. Un pequeño archipiélago que tuvo el atrevimiento de construir un proceso social de los humildes, por los humildes y para los humildes. Por eso, por todas estas razones y por muchas más, Cuba por siempre defendida.

* Coordinador del capítulo cubano de la Red en Defensa de la Humanidad

 

[Fuente: http://www.jornada.com.mx]

 

En la novela « Y líbranos del mal », el peruano Santiago Roncagliolo aborda la historia de un joven que al sondear en su propia identidad descubre el oscuro pasado de su padre. « Me interesó, mucho más que el abuso, el tema del silencio », dice desde Barcelona, donde vive actualmente, el escritor, guionista y periodista, que ganó en 2006 el premio Alfaguara de novela por « Abril rojo ».

Roncagliolo es escritor, guionista y periodista y ganó en 2006 el premio Alfaguara de novela por « Abril rojo ».

Escrito por Claudia Lorenzón

En su última novela « Y líbranos del mal », el peruano Santiago Roncagliolo aborda la historia de un joven que al sondear en su propia identidad descubre el oscuro pasado de su padre, unido a abusos cometidos en una congregación religiosa y cubiertos con un manto de silencio durante décadas por la alta sociedad limeña.

Nacido en Brooklyn, Jimmy, que ha terminado sus estudios de nivel medio, decide viajar a Perú cuando su abuela Mama Tita se enferma y observa con sorpresa que su padre, Sebastián, se niega a regresar a Lima para cuidar a la madre.

A partir de ese viaje, el protagonista se enfrentará a los silencios que rodean a su padre que trabaja como administrador de la catedral de Brooklyn y lo precede una historia que ha estado oculta por años en relación a casos de pedofilia que empiezan a salir a la luz a partir de denuncias de algunas víctimas contra los responsables de una congregación religiosa.

La historia, que el autor desgrana con una excelente dosificación de la intriga, se referencia en los abusos cometidos en la congregación religiosa del Sodalicio de Vida Cristiana, una organización que surgió en 1971 en Perú para crear un ejército de jóvenes destinado a enfrentarse al movimiento progresista de la Teología de la Liberación.

« Me interesó, mucho más que el abuso, el tema del silencio », dice desde Barcelona, donde vive actualmente, el escritor, guionista y periodista, que ganó en 2006 el premio Alfaguara de novela por « Abril rojo », llevada al cine al igual que otra de sus obras, « Pudor ».

En 2010 fue elegido por la revista británica Granta como uno de los 22 mejores escritores en español menores de 35 años, y es autor además de « El amante uruguayo », texto que compone junto a « La cuarta espada » y « Memorias de una dama », una trilogía de historias reales sobre el siglo XX latinoamericano.

« Escribir libros permite discutir sobre estos temas para que los casos no queden enterrados en la oscuridad », declara Roncagliolo en diálogo con Télam acerca de esta obra publicada por Seix Barral.

– Télam: ¿Por qué surgió la necesidad la idea de escribir esta novela sobre el tema de los abusos en la congregación religiosa Sodalicio?

– Santiago Roncagliolo: Cuando se hicieron públicas las denuncias me sorprendió que mucha gente que yo conocía había estado cerca de eso. Eran hechos que habían ocurrido durante muchos años y nadie había dicho nada, ni siquiera la gente a la que le había ocurrido. De hecho, hubo gente que no sabía lo que había pasado hasta que lo vio en televisión, o personas cuyas parejas les dijeron que eso que habían vivido había sido un abuso. Me interesó, mucho más que el abuso, el tema del silencio.

El abuso es algo que comete contra ti alguien que dice que te quiere, que tú crees que te quiere. Ese amor se sustenta en una familia, en colegios, relaciones sociales, en clubes, en clases sociales, de manera que para que todo pudiera ocurrir era necesario que el silencio se extendiese por toda una clase social. Y quería escribir también porque creo que es una manera de luchar contra eso y romper el silencio. Hacer libros permite discutir sobre estos temas para que los casos no queden enterrados en la oscuridad.

"Escribir libros permite discutir sobre estos temas para que los casos no queden enterrados en la oscuridad", define el escritor.

« Escribir libros permite discutir sobre estos temas para que los casos no queden enterrados en la oscuridad », define el escritor.

– T.: El silencio al que hacés referencia está presente en lo no está dicho o descripto y que el lector tiene que llegar a desentrañar.

– S.R.: El juego que me interesaba proponer al lector es que también tuviera que navegar entre los silencios y decidiera qué ocurre detrás de las puertas y cuáles son exactamente las relaciones entre los personajes. Algunas lecturas que han hecho los lectores me sorprenden, pero son parte del juego. Los lectores terminan de escribir esta novela, y no todos escriben la misma, ni siquiera la que yo tenía en mente.

A mí me interesaba hablar de lo que interpretamos a través de los silencios de la sociedad, porque al final a los silencios los llenamos: las cosas que no se dicen se dan por sentadas, y creo que eso es lo que hace el lector con esta novela: da por sentada cosas que no le estoy diciendo.

También creo que con los silencios había una obligación de estilo porque trabajo con un tema escabroso y no quería ser amarillista o regodearme. Había escenas que no quería poner, y creo que esas escenas ocurren entre líneas.

– T: Este tipo de historias lleva a pensar en el precio que tiene ocultar un secreto tan tremendo, pero también el precio que tiene ir a fondo para desvelarlo, no?

– S.R: Los últimos años de vida de mi padre, quien falleció hace poco, nos pasamos sabiendo que ya había muchas cosas de las que no íbamos a hablar, nos perdonábamos cosas, fuese lo que fuese, porque si empezábamos a hablar iba a ser peor. Queríamos disculparnos porque sabíamos que eran los últimos años, entonces a veces los secretos son una necesidad social, de la convivencia, a todos los niveles. En Alemania está prohibido hablar sobre algunas cosas del Holocausto porque levantar el debate puede dañar la convivencia, tanto que es preferible callar. Todos tenemos pactos de silencio.

En Jimmy y su padre hay dos etapas: la primera en que va al Perú y empieza a sospechar que algo oscuro sucedió y luego, cuando vuelve hay en escena en la que está con su padre y no pueden hablar, saben que eso está en el aire pero no saben como llamar a las cosas. Eso es lo que me impactaba: cómo pueden ocurrir las cosas más terribles y no sabes cómo hablar ni pedir explicaciones. Ni siquiera sabes de qué pedir explicaciones. Si llegan a tener esa conversación, es como el monstruo de las peli de terror: la peli es buena hasta que no has visto al monstruo, si lo ves es una mierda. Y me interesaba mantener ese suspenso entre los dos, ese monstruo hasta el final, porque si aparece demasiado rápido, si conocemos la versión de Sebastián, seguramente que suena peor de lo que imaginamos.

– T: También la obra hace referencia a quienes emigran de sus países de origen para cambiar su pasado.

– S.R: La familia de Sebastián es una familia de migrantes mas bien típica, y el migrante, como yo también lo soy, tiene la oportunidad de borrar lo que no le gusta de su pasado y contarlo de una manera que se acomode más a lo que quiere ser, mientras que Mama Tita, madre de Sebastián, se queda viviendo con todo ese pasado, como un misterio, como si viviera en una cristalería en la que hay un elefante, y tiene que tratar de evitar que los platos y los vasos se estrellen contra el suelo. En cambio, el hijo de este migrante está existencialmente mutilado, hay una parte de él que no conoce. El pasado de tus padres es tu pasado también, y si se ha borrado tampoco sabes quien eres tú. Jimmy se esta volviendo adulto y no sabe qué quiere ser porque hay una parte que se ha borrado, hay referentes que le faltan. Tiene que cruzar el abismo entre las dos generaciones anteriores para completar su propia vida. Con su búsqueda Jimmy mata silencios y destroza los frágiles equilibrios entre generaciones y pone en riesgo a toda la familia.

– T.: Los abusos suceden en el colegio de una congregación de chicos de una clase social alta o acomodada. ¿Por qué?

– S.R: Estos abusos ocurren en las clases altas porque es mas difícil decir lo que está ocurriendo, porque si lo dices no solo vas a involucrar a la persona que te hace daño, sino al colegio que te puso en manos de que te hizo daño, a la familia que te puso en ese colegio, a los compañeros que creen que su infancia fue idílica. En mi colegio había un cura que nos tocaba y no creo que haya sido un hecho tan dramático como el que narro pero todos lo sabíamos, incluso nos hacíamos bromas. Muchos años después escribiendo temas en la prensa recuerdo haberlo mencionado, y me sorprendió la feroz reacción de mis compañeros, de gente que quería arrancarme la cabeza porque estaba destruyendo el sueño de su infancia perfecta, y entiendo por que es más duro denunciar para las victimas de esta clase social, porque es mas duro lo que hay en juego.

– T.: ¿Por que el padre de Jimmy elige ir a Estados Unidos?

– S.R.: La aspiración fuerte de los peruanos es ir a España o a Estados Unidos. En el caso de la novela, para Sebastián en Estados Unidos es mas fácil desaparecer: es un país más grande, se habla otro idioma, realmente es otra cultura. En la novela el personaje lo que quiere es desaparecer, borrarse. Y en Brooklyn está seguro, nadie le va a recordar quién fue.

Me pasa que cuando vuelvo a Perú y cuento mis historias de niñez, mi madre siempre me dice « no, así no fue ». Y lo cuenta ella y es un horror como lo cuenta. Cuando estás lejos, como me pasa a mí, puedes inventarlo todo de nuevo, pero si te quedas, si te vas encontrando con tu pasado, ya no hacerlo.

 

[Fuente: http://www.telam.com.ar]

Foram necessários quase 70 anos, entre o fim da II Guerra Mundial e 2014, para que se fizesse a reconstituição da história nunca contada da vida dos portugueses que trabalharam como escravos durante a II Guerra Mundial. « Seguramente, mais de 400 », diz Fernando Rosas, o historiador que coordena uma equipa de investigadores do Instituto de História Contemporânea da Universidade de Lisboa que, através de fotografias, objetos pessoais e documentos, resgatam a memória dos portugueses que se viram forçados a trabalhar para alimentar a máquina de guerra alemã.

Foto: Pedro Mesquita/RR

Foto: Pedro Mesquita/RR

Escrito por André Rodrigues

A partir deste domingo, a Casa do Território, em Famalicão, evoca a memória dos portugueses que foram sujeitos a trabalhos forçados durante a II Guerra Mundial nos campos de concentração da Alemanha nazi.

A exposição temporária “Trabalhadores Forçados Portugueses no III Reich” esteve patente pela primeira vez em 2017 no Centro Cultural de Belém, em Lisboa, já passou por Loulé e, após um ano de interrupção, por causa da pandemia da Covid-19, a exposição volta à estrada, desta vez, em Famalicão, onde serão exibidos aspetos inéditos sobre famalicenses cuja investigação revelou que também foram vítimas diretas do nazismo.

São fotografias, objetos pessoais e documentos reunidos por investigadores do Instituto de História Contemporânea da Faculdade de Ciências Sociais e Humanas da Universidade de Lisboa, coordenados por Fernando Rosas.

Em declarações à Renascença, o historiador reconhece que este é um assunto de que pouco se fala, porque “estamos a falar de uma memória que se perdeu, porque o regime do Estado Novo a tratou de ocultar a seguir à II Guerra Mundial, através da censura à imprensa”.

Fernando Rosas lembra que, na época, a postura do regime liderado por Salazar era de uma “propositada abstenção” de se meter no assunto das vítimas do nazismo, “o que deixou muita gente ir para os campos de concentração e não se fez nada. Nem para os tirar de lá, nem para impedir que eles fossem”.

No local errado à hora errada

Quando a II Guerra Mundial começou, em 1939, os cerca de 30 mil portugueses que estavam emigrados em França estavam longe de imaginar o que o destino lhes ia reservar.

Em maio de 1940, a ocupação alemã foi implacável e a capitulação das forças francesas humilhou o país ao ponto de ser instaurada uma administração francesa comandada pela cadeia hierárquica liderada por Hitler.

“Foi o governo colaboracionista do marechal Pétain” que fez um acordo com o sistema nazi de recrutamento de força de trabalho, “que tinha duas modalidades possíveis: num primeiro acordo, por cada prisioneiro de guerra libertado, a França cedia três trabalhadores aos alemães; num segundo acordo, mais rígido, instituiu-se o serviço de trabalho obrigatório, à semelhança do que acontecia para o serviço militar. O quê que os franceses faziam num e noutro caso? Para poupar os franceses, mandavam os emigrantes”, conta Fernando Rosas.

No levantamento de documentação para esta investigação, o historiador conta que foram encontradas diferentes categorias de portugueses que, de uma forma ou de outra, acabaram nas mãos do sistema concentracionário do III Reich.

“Na pesquisa que fizemos no Ministério dos Negócios Estrangeiros, havia várias cartas de mulheres a dizerem que os maridos tinham sido chamados à gendarmerie e tinham desaparecido”, conta.

Por outro lado, com a ocupação alemã, “houve portugueses que se incorporaram na resistência contra o ocupante e foram apanhados nas malhas da Gestapo e da polícia política e foram entregues nos campos”.

“Havia também os refugiados da Guerra Civil de Espanha” que se refugiaram no sul de França após a vitória franquista.

“Aquando da ocupação alemã, há uma parte deles que se alistou para trabalhar em serviços de mobilização francesa e houve outros que foram, mesmo detidos, e foram para o campo de Mauthausen, que é, por assim dizer, o campo dos prisioneiros latinos”.

Até os presos de delito comum eram considerados “mobilizáveis” para os trabalhos forçados nos campos de concentração, sobretudo a partir de 1942, o ano em que se iniciou a contagem decrescente para a derrota nazi, na sequência de sucessivas derrotas no Norte de África e a Leste e que, em 1944, culminaram com o desembarque norte-americano na Normandia.

O historiador Fernando Rosas. Foto: Joana Bourgard/RR

O historiador Fernando Rosas. Foto: Joana Bourgard/RR

Nos últimos anos do conflito, com a enorme mobilização de alemães para combater nas quatro frentes da guerra, calcula-se que, na Grande Alemanha e no conjunto da Europa ocupada, tenham sido mobilizados, pelo menos, 20 milhões de trabalhadores estrangeiros.

Fernando Rosas lembra que, “sem isso, não havia economia de guerra na Alemanha” e Hitler nunca teria conseguido aguentar a guerra até 1945.

O projeto de reconstituição da vida das vítimas portuguesas do nazismo arrancou em 2014 e a identificação dos portugueses que estiveram presos no campo de concentração de Mauthausen, na Áustria, foi apenas o primeiro passo.

Em cerca de cinco anos, foram identificados “cerca de 100 portugueses no trabalho escravo, quer em campos de concentração, quer como prisioneiros”, detalha Fernando Rosas, para quem o dado mais curioso foi o elevado número de prisioneiros de guerra.

O alfaiate famoso do Porto

“Identificámos qualquer coisa como 300 portugueses nos ‘Stalaggh’, que eram campos de concentração de prisioneiros de guerra. Eram portugueses que se tinham alistado na Legião Estrangeira ou em corpos militares de estrangeiros voluntários que a França organizou no início da guerra para a defesa do país.

Eram casados com francesas, tinham feito a vida lá e alistaram-se, ou por solidariedade ou como modo de vida, nas forças francesas, e foram apanhados pelos alemães com a derrota francesa”.

Contudo, nos ‘Stalaggh’, o regime era menos duro, ou, pelo menos, “não tinha aquela espantosa violência homicida dos campos de concentração”.

Os oficiais não trabalhavam e os prisioneiros recebiam uma pequena remuneração e podiam sair. Alguns até foram libertados antes da derrota da Alemanha.

Uma dessas histórias é a “um célebre costureiro do Porto que já se dedicava à alta-costura em França, casou com uma francesa, alistou-se na Legião Francesa, foi capturado e, no campo de concentração, começou a fazer fatos para as mulheres dos oficiais nazis, os quais o libertaram antes do fim da guerra e ele veio para a Portugal, onde abriu uma casa de alta-costura na Avenida da Boavista, no Porto, que, durante os anos 50 do século XX, tornou-se muito conhecida”.

Nesta fase do trabalho, os números “são conservadores”, mas Fernando Rosas admite que passaram, “seguramente, mais de 400 portugueses” pelo sistema concentracionário nazi.

E ali morreram. A lista de mortos ainda também é provisória, mas, até agora, “encontramos mais de 20 portugueses que morreram nos campos de concentração e cujos nomes não deixam dúvida”.

O fim do mundo. O início do outro

O objetivo das exposições sobre os “trabalhadores forçados portugueses no III Reich” é reunir um conjunto de histórias e aspetos que a sociedade portuguesa desconhece, na sua larga maioria.

Um desconhecimento ainda mais flagrante entre os jovens em idade escolar para quem a II Guerra Mundial é um acontecimento muito distante no tempo e que cuja abordagem é excessivamente centrada na perseguição nazi aos judeus e a outras minorias.

Para Fernando Rosas, “a II Guerra Mundial é, só, o fim do mundo e o início do outro e a matança industrializada, que eu espero que nunca mais se repita, não deixa ninguém indiferente, e é preciso que os nossos jovens saibam que isto aconteceu. E a melhor maneira de evitar que isso algum dia se possa repetir é saber que aconteceu e como aconteceu, tomando contacto com essa experiência absolutamente marcante do século XX e da nossa História contemporânea em geral”.

Daí que, para o investigador que coordena o grupo de trabalho do IHC que estuda a vida dos portugueses que sofreram atrocidades às mãos do regime nazi, “este trabalho não é só mandar as exposições aos sítios. É mandar a exposição, fazer palestras nas escolas, sensibilizar os professores e, se possível, obter o apoio da câmara para deslocar os alunos aos campos de concentração. É uma experiência única na vida deles, porque ficamos perante o clímax da barbárie e da resistência. É esse trabalho que vamos, agora, fazer em Famalicão”.

A exposição “Trabalhadores forçados portugueses no III Reich e os Famalicenses no Sistema Concentracionário Nazi » abre portas este domingo às 14h30 e estará patente até ao dia 19 de dezembro, na Casa do Território, em Famalicão.

 

[Fonte: rr.sapo.pt]

¿Está conectada la migración peruana en Alemania con la historia y secuelas de las estructuras coloniales alemanas en el Perú? ¿Qué llevó a mi bisabuelo alemán, Otto Elsner, a migrar al Perú? ¿También vivieron en el país muchos otros alemanes alrededor de 1925 o anteriormente? ¿Cómo vivían? 

Ferdinand Wieland en su hacienda “Constancia”, en Huancavelica, centro oeste del Perú. | Foto (detalle): Patricia Wieland Conroy

Escrito por Helga Elsner Torres

Busco cuestionar la historiografía dominante del pasado y actual mediante la genealogía y el intercambio de material de archivo con peruanas y peruanos descendientes de alemanes que actualmente residen en Berlín.

En este proyecto de arte y archivo, financiado por el Senado de Cultura y Europa, crearé obras de arte con el material recibido. Estas a su vez servirán como punto de partida para discusiones sobre las olas migratorias poscoloniales en la actual Berlín.

Dibujo de un pasaporte alemán de la ruta Bremen-Lima. | Fuente: Helga Elsner Torres

La migración alemana al Perú sucedió desde la mitad del siglo XIX y se intensificó en la primera mitad del siglo XX. En ese entonces, existían dos formas de salir de Alemania hacia Perú. Una, era a través de Bremen. Debido a la cantidad de salidas que hubo por las facilidades que el gobierno peruano les otorgó a los alemanes, se crearon más puertos en Perú que permitían la llegada directa desde Bremen.

Desenho baseado em peça publicitária da Hamburg-Südamerikanische Dampfschifffahrts-Gesellschaft para a rota Hamburgo-Brasil, no ano de 1910.

Dibujo basado en una publicidad de Hamburg-Südamerikanische Dampfschifffahrts-Gesellschaft para la ruta Hamburgo-Brasil, año 1910. | Fuente: Helga Elsner Torres

La otra vía era a través de Hamburgo, con varias escalas. Primero en Brasil, luego bordeando Cabo de Hornos y finalmente en Chile hasta llegar a Perú. La publicidad era muy colorida y mostraba principalmente a Suramérica como un lugar exótico, con gran diversidad natural y riquezas aún no descubiertas.

Otto Elsner (descendente peruano) em sua visita à Alemanha, Colônia.

Otto Elsner (descendiente peruano) en su visita a Alemania, Colonia. | Fuente: familia Elsner

El proyecto ¿De dónde vienes (realmente)? comienza con la búsqueda de archivos y documentos oficiales familiares. 1996 fue el año en el que mi abuelo, hijo de alemán, viaja por primera y única vez a Europa con pasaporte peruano y visa de turista.

Slide fotográfico antigo do ano 1956. Registro familiar em Huaraz, capital do departamento de Ancash e residência principal de meu avô, Otto Elsner. Autor desconhecido. 

Diapositiva fotográfica antigua del año 1956. Registro familiar en Huaraz, capital del departamento de Ancash y residencia principal de mi abuelo Otto Elsner. Autor desconocido. | Fuente: familia Elsner

Durante el proyecto se comparten fotos familiares y se escuchan relatos, mitos de migración, archivos, cartas y cualquier objeto material o idea que nos haga reconstruir una historia de estos antepasados.

Obituário do jornal de Bremen do ano 1918, onde são mencionados os negócios de Gildemeister no Peru e no Chile.

Obituario del Periódico de Bremen del año 1918, donde se mencionan los negocios de Gildemeister en Perú y Chile. | Die MAUS Bremen: Gesellschaft für Familienforschung e. V.

Aunque Perú no fue una colonia alemana, se llevaron a cabo estructuras coloniales que solían colocar a los alemanes en una convivencia privilegiada con la élite política en el Perú de la época. Esa es la historia de muchos comerciantes alemanes que, con la exportación de materias primas y productos nativos, pudieron hacer crecer rápidamente su capital e inversiones, adquirir inmensas extensiones de tierras (principalmente en la costa central y norte de Perú, así como en la selva) y tener cada vez más propiedades, para luego formar poderosos e influyentes grupos económicos. Tal es el caso de la familia Gildemeister de Bremen con la exportación y venta de salitre y la producción de azúcar.

Habitação de um trabalhador alemão no distrito 3 de outubro, próximo à fazenda Casa Grande da família Gildemeister, Peru.

Vivienda de un trabajador alemán en el distrito “3 de octubre” cercano a la Hacienda “Casa Grande” de la familia Gildemeister, Perú. | Fuente: Helga Elsner Torres

Esta familia trajo durante su época de mayor apogeo y crecimiento a cada vez más empleados alemanes, entre ellos administradores y técnicos agrícolas, a trabajar en el Perú. Principalmente su extensa hacienda “Casa Grande”, en el norte del país, recibió más alemanes.

Sus centros de producción (denominados haciendas) se extendieron a lo largo de la extensa y productiva costa norte y en el centro de Perú. Una de estas era la Hacienda Barbacay, en Huarmey, donde fue contratado mi bisabuelo.

Manteiga Luxus, produzida na fazenda Constancia, com uma embalagem disponível em espanhol, inglês e alemão. 

Mantequilla “Luxus”, producida en la hacienda “Constancia”, con un empaque disponible en español, inglés y alemán. Fuente: Patricia Wieland Conroy

A través de esta investigación y el intercambio de información, se da cuenta de los privilegios que los migrantes alemanes tenían en el país: a algunos el gobierno peruano les prometió propiedades por emigrar al Perú, oferta que no siempre cumplió; los más acomodados tenían sus propias haciendas y puertos exclusivos para exportar; otros se dedicaban a la agricultura y ayudaban a otros alemanes a coleccionar objetos que pudieran resultar escasos o difíciles de encontrar en su país de origen como cerámicas, textiles y fardos funerarios precolombinos, entre otros.

Enrique Böttger, fundador de Oxapampa e dono de uma propriedade no distrito de Chontabamba. Autor desconhecido. 

Enrique Böttger, fundador de Oxapampa y dueño de un fundo en el distrito de Chontabamba. Autor desconocido. | Fuente: Janeth Schipper Böttger

Enrique Böttger, fundador de Oxapampa y dueño de un fundo en el distrito de Chontabamba, intercambiaba objetos que traía de Alemania, por ejemplo, espejos, con indígenas de la comunidad “Amuesha”, quienes a cambio les entregaban sus pinturas o les enseñaban las técnicas de cultivo de la yuca. Enrique emigró a Perú junto con su hermano, Pablo, pero este último se quedo en Yanachaga. Actualmente esta localidad en la selva central de Perú tiene una importante presencia de descendientes de colonos alemanes.

Desenho baseado em uma fotografia da família Böttger em sua propriedade em Yanachaga, no distrito de Huancabamba, no centro do Peru. Na fotografia original estavam presentes Pablo Böttger Treu, sua esposa Mina Nissen e sua família. Autor desconhecido. 

Dibujo basado en una fotografía de la familia Böttger en su fundo de Yanachaga, en el distrito de Huancabamba, en el centro del Perú. En la fotografía original estaban Pablo Böttger Treu, su esposa Mina Nissen y su familia. Autor desconocido. | Fuente: Helga Elsner Torres

¿Qué los motivó a migrar al Perú? Si bien muchos emigrantes venían de una Alemania empobrecida buscando un horizonte mejor, otros pudieron establecerse rápida y definitivamente debido a los ingentes recursos naturales y extensas áreas de territorio no pobladas y a las facilidades que les daba el gobierno peruano para quedarse en el país.

Desenho baseado em uma fotografia familiar pertencente à família Cossio Tidow. Ulrich Tidow e seus pais, Hans e Therese Tidow, na Campina de Arequipa, no sul do Peru. Hans Tidow trabalhou na Cervejaria Alemã Günther & Tidow S.A. 

Dibujo basado en una fotografía familiar propiedad de la familia Cossio Tidow. Ulrich Tidow y padres, Hans y Therese Tidow, en la Campiña de Arequipa, al sur del Perú. Hans Tidow trabajó en la Cervecería Alemana Günther y Tidow S.A. | Fuente: Helga Elsner Torres

Muchos solo se unían familiarmente a otros alemanes de manera oficial, tenían descendientes que eran criados bajo reglas alemanas y frecuentaban exclusivamente esos círculos. Algunos tenían familias paralelas con peruanas.

Ferdinand Wieland em sua fazenda Constancia, em La Libertad, norte do Peru. 

Ferdinand Wieland en su hacienda “Constancia”, en Huancavelica, centro oeste del Perú. | Fuente: Patricia Wieland Conroy

Sin embargo, aunque menos frecuente, algunos alemanes también entablaron relaciones duraderas y familiares con peruanas y peruanos.

A fazenda Constancia, em La Libertad, no norte do Peru.

La hacienda “Constancia”, en Huancavelica, centro oeste del Perú. | Fuente: Patricia Wieland Conroy

Varias generaciones nacieron y crecieron en las haciendas propiedad de los primeros emigrantes alemanes.

Las seis hermanas Schipper Böttger en Prenzlauer Berg, Berlín. | Fuente: familia Schipper Böttger

Hoy, tras varias décadas, esos descendientes han decidido regresar a Alemania, por razones diferentes, pero la búsqueda es la misma: nuevas oportunidades. Generalmente lo hacen por las facilidades para realizar estudios superiores o mejorar su calidad de vida en un lugar más estable que el Perú actual.

Marlene Gildemeister na Coluna da Vitória em Berlim.

Marlene Gildemeister en la columna de la Victoria en Berlín. | Fuente: Marlene Gildemeister

Es así como hoy vemos una migración postcolonial en un país que en su momento fue una fuerza colonial y que acumuló recursos. Es esta una razón obvia para las olas de migración contemporáneas hacia Alemania y Europa, en general.

Visto alemão de Helga Elsner Torres. 

Visado para Alemania de Helga Elsner Torres. | Fuente: Helga Elsner Torres

¿Son igualmente justas estas posibilidades de migración? ¿Es decir, de peruanas y peruanos a Alemania? Y, ¿están las secuelas del colonialismo relacionadas con los movimientos migratorios contemporáneos entre Alemania y Perú? Abordaré estas y otras preguntas de manera artística y personal desde este 5 de noviembre en una exposición en el KulturMarktHalle e.V. en Berlín.

Algunos descendientes de alemanes se enfrentan a la problemática de que, al no conocer ni poder demostrar su origen, no cuentan con un pasaporte alemán y están condicionados, como cualquier migrante no europeo en Alemania, a solicitar títulos de residencia temporales.

[Fuente: http://www.goethe.de]

En famille d’accueil, les violences subies par les enfants placés sont souvent d’ordre psychologique (dévalorisation, dénigrement, manque d’affection). Shutterstock

 

 

Écrit par Isabelle Lacroix

Sociologue, Chercheuse associée INJEP; Laboratoire Printemps-Université Versailles-Saint-Quentin/Paris-Saclay, Université de Versailles Saint-Quentin-en-Yvelines (UVSQ) – Université Paris-Saclay

Isabelle Frechon

Socio-démographe, chargée de recherche CNRS, Université de Versailles Saint-Quentin-en-Yvelines (UVSQ) – Université Paris-Saclay

Pascale Dietrich

Chargée de recherche, Institut National d’Études Démographiques (INED)

Sarra Chaieb

Chercheuse en sociologie, Université Sorbonne Paris Nord

En 2018, 187 000 mineurs et jeunes majeurs étaient pris en charge par les services de l’Aide sociale à l’enfance. Leur placement est motivé par la nécessité de les protéger de la violence familiale ou de pallier la défaillance ou l’absence des parents. Dans le cadre d’une recherche sur l’accès à l’autonomie de ces jeunes, nous avons mené des entretiens auprès d’une centaine d’entre eux dans la période qui suit leur sortie de placement.

Lors de ces échanges, environ un jeune sur trois a évoqué de façon spontanée des faits s’apparentant à de la violence lors du placement. À partir d’un document de travail publié par l’INED, nous proposons de dresser un état des lieux de cette violence en tentant d’analyser les rapports sociaux conduisant à ces situations.

Les témoignages laissent apparaître deux grandes familles de violences : les violences survenant dans les interactions personnelles que les jeunes ont au quotidien, et celles qui sont liées aux politiques publiques et au fonctionnement de l’institution.

En famille d’accueil et en foyer

Certaines violences se logent dans les interactions des jeunes enquêtés avec les acteurs institutionnels ou leurs pairs, c’est-à-dire les autres jeunes placés.

Elles sont les plus faciles à repérer car elles mettent en jeu un acteur clairement identifiable : un membre de la famille d’accueil, un autre jeune, un éducateur, etc. Elles s’expriment le plus fortement dans le huis clos des familles d’accueil, configurations qui rendent difficiles l’expression de la souffrance et la dénonciation de la situation.

La violence est plus souvent psychologique (dévalorisation, dénigrement, manque d’affection…) que physique et peut s’exercer durant de longues années. Parfois, les familles d’accueil font sentir aux jeunes qu’elles ne les prennent en charge que pour des raisons financières.

Ceux qui sont issus de l’immigration doivent quant à eux affronter des discriminations et des propos racistes. Les mauvais traitements peuvent aussi s’apparenter à des pratiques d’exploitation, comme en témoigne Rosie :

« On se lève à 7 heures du matin. On commence à faire le ménage, on fait, on était comme des servantes quoi. […] Elle était là à donner des ordres “Faites cela, faites ceci, faites ça !” Le matin on déjeunait pas, à midi, on attendait le reste de ses enfants pour manger. Quand il pleuvait, elle nous mettait dehors. […] Sur le canapé, on n’a pas le droit de s’asseoir dessus, on passait toute la journée debout. »

Quel que soit le type de violence subie, la principale difficulté aux yeux des jeunes réside dans l’impossibilité d’exprimer les problèmes. Émilie a eu une très mauvaise expérience dans une famille d’accueil. Selon elle, « tout se passait mal dans la deuxième famille d’accueil » sans qu’elle n’ait jamais l’occasion d’exprimer les problèmes :

« Je n’ai eu qu’une visite en l’espace de 5 ans, c’est pas normal […] C’est comme si j’avais été abandonnée […] Je n’avais pas de lieux pour parler de ce qui n’allait pas. »

Le foyer, lieu d’accueil privilégié de l’adolescence, est quant à lui davantage la scène d’une agressivité au quotidien entre jeunes pris en charge.

Cette cohabitation avec la violence ordinaire peut être mal vécue mais, pour la plupart des enquêtés, tant qu’ils ne se sentent pas directement visés, que l’équipe éducative réussit à contenir les débordements et qu’ils sont parvenus à faire leur place en ayant construit des relations suffisamment fortes avec un groupe de pairs, la vie en collectivité leur laisse plutôt de bons souvenirs.

Les scènes de violences sont relativisées au regard de leur parcours antérieur, déjà fortement empreint de violence, ou mises en balance avec les moments positifs.

Relevons que parmi toutes ces souffrances, la parole autour des violences sexuelles commise lors d’un placement reste encore très difficile à aborder et peine à être entendue. Que les auteurs soient des professionnels, conjoints de professionnels ou jeunes pairs, les victimes se heurtent systématiquement à un défaut de reconnaissance qui conduit à un manque de soutien dans les démarches pour porter plainte.

Du placement à la majorité

Un autre type de violences résulte d’agents dits « de seconde ligne » (juges des enfants, inspecteurs de l’enfance et référents ASE) et donc moins identifiables par les jeunes. Ces acteurs exercent dans le cadre contraignant des politiques publiques dont les orientations ont des conséquences directes sur l’existence des jeunes. Plusieurs moments apparaissent particulièrement propices à la naissance d’une souffrance.

Tout d’abord, l’entrée en placement lorsque l’enfant n’a pas été associé aux décisions qui le concernent. Certains jeunes témoignent du choc du premier placement et des répercussions sur la suite de leur prise en charge, comme Jessica :

« Sur le coup c’est très difficile, hein. À 6 ans quand on vient vous chercher, que c’est pas prévu, on vous emmène dans un endroit que vous connaissez pas, avec des gens que vous connaissez pas… […] Le seul souvenir que j’ai, c’est de dire à ma mère : « maman on m’amène en prison ». »

La sortie de l’Aide sociale à l’enfance constitue également un moment particulièrement sensible. Dans un contexte de restriction budgétaire, les travailleurs sociaux sont incités à pousser les jeunes à quitter rapidement l’ASE.

Cette situation est à l’origine d’une grande anxiété chez les jeunes qui savent qu’ils devront quitter la structure qui les héberge à leur majorité (ou à 21 ans dans le meilleur des cas) et qui redoutent de se retrouver à la rue. Ils vivent alors la perspective de la sortie de l’ASE comme une « expulsion programmée ».

En particulier, le passage à la majorité marque une rupture dans la prise en charge puisque celle-ci cesse d’être un droit dans le cadre d’un éventuel contrat jeune majeur – ceux qui sont engagés dans une démarche d’insertion (études, formation professionnelle, recherche d’emploi…) peuvent demander la prolongation de l’aide en adhérant à un « projet » visant à les rendre autonomes au plus vite. Nadjela, qui était en foyer de jeunes travailleurs avant sa sortie, témoigne de la violence du tournant qu’implique le passage à la majorité :

« Quand tu deviens majeur, couteau dans le dos. C’est tout. Quand t’es mineur, c’est joli, et quand tu deviens majeur tout est moche. Mineur c’est beau et majeur c’est la catastrophe. Il y a plus d’obligation. Ils te le disent hein ! “Dix-huit ans, t’as plus d’obligation, on n’est pas obligé de te garder, on peut te mettre à la rue. T’es considéré comme majeur en France”. Ah, ils te le disent : “T’es considéré comme majeur, t’es dehors. »

Cette pression à la sortie peut aboutir à des mises à la porte aux conséquences désastreuses pour les jeunes qui ne disposent pas d’un entourage pour les accueillir.

Manque d’espaces d’expression

La violence institutionnelle forme donc un continuum allant de violences graves à d’autres moins visibles, en apparence mineures, mais qui n’en sont pas moins à l’origine de ruptures et de douleurs. Cette violence subie entre les murs de l’institution se cumule aux autres formes de violences vécues fréquemment par les jeunes placés : violences familiales, violences entre jeunes dans les quartiers et violences « sociales » (précarité économique, discriminations, épisodes à la rue…).

Parfois, les violences sont le fait des acteurs institutionnels dits « de première ligne » (familles d’accueil, éducateurs), parfois elles relèvent de tensions entre pairs et parfois encore elles sont la conséquence d’une organisation liée aux décisions d’acteurs de « seconde ligne » (décideurs politiques, juges, acteurs administratifs…).

Ces trois niveaux sont enchevêtrés et les violences entre individus sont indirectement le produit de défauts organisationnels : le manque de suivi ou de contrôle des lieux de placement est par exemple en cause. Ainsi, une partie de la violence tient à des politiques publiques trop peu ambitieuses et restrictives sur le plan budgétaire.

Tout en construisant une politique de prévention des violences institutionnelles plus efficace, il est essentiel de donner aux jeunes placés des possibilités d’expression. La violence la plus difficile à endurer est celle qui se heurte à des portes fermées, sans partage ni reconnaissance par un tiers, ou sans aucune réponse adéquate à celle-ci.

 

[Source : http://www.theconversation.com]

La inteligencia artificial se ha hecho vegana: los sabores se combinan según lo que dicta un algoritmo. ¿Comer carne pero no animales es el futuro inmediato?

 

Escrito por Soledad Barruti

-No te preocupes por mi comida, mamá, ya pedí Rappi.

El asunto empezó a los pocos días de declararse el confinamiento preventivo y obligatorio por Covid 19 mientras mi hijo empezaba a transitar su último año de escuela secundaria. Primero fue una propuesta tímida y espaciada. No sabría decir cuándo se instaló como norma, pero en algún momento de la cuarentena cada dos o tres días tocaba el timbre de casa algún chico en bicicleta cargando el mochilón térmico de donde salía una bolsita de papel madera manchada de aceite.

En estos meses eternos de insomnio y clases por zoom, la comida de llegada rápida fue para Benjamín lo que para muchos: respiro, espacio de fuga, estímulo de dopamina para elevar los centros neurálgicos del placer que la pandemia aplastó. Mi hijo pidió en un año más de cien hamburguesas, y llegó así al promedio colectivo nacional (que aún sigue en franco crecimiento).

Dos medallones de carne de 150 gramos cheddar liquid, cuatro fetas de panceta, cebolla crispy, papas fritas, bol de barbacoa.

Dos medallones de carne de 250 gramos, dos fetas de panceta, dos fetas de cheddar, cebolla morada, pepinos agridulces, ketchup y mostaza, papas fritas.

Medallón 350 gramos, queso cheddar, fideos moñito, panceta crispy y papas.

Cuatro medallones, queso cheddar, pepinos, lechuga morada, pan brioche untado en manteca.

« Hamburguesas caseras », las define él, convencido como tantos de que hay un salto cuántico entre la comida de los locales McDonalds y la de bares donde la carne es amasada por un humano del otro lado del mostrador, los panes tienen gusto a pan y las lechugas no parecieran de plástico.

« Hamburguesas Gourmet », « de autor », « fast good » las celebran afamados cocineros que saben que la propuesta de carne molida, redonda pastilla, decorada con cosas y sellada entre dos panes, nunca fue una moda (y menos pasajera). Declaradas cancerígenas como el plutonio y el cigarrillo por la OMS en 2015, las hamburguesas son desde los años 50 punta de lanza de un sistema económico arrollador, puro símbolo y síntoma. Un modo de ser y de vincularse, un modo de desear y de pensar, una ideología que consumen y encarnan incluso quienes detestan las ideologías: un poderoso acto político y agrícola.

Las hamburguesas somos nosotros: comedores voraces de esa combinación perfecta de grasas (carne, quesos, panceta, papas, aderezos) con sal (que exprime las papilas gustativas exaltando los sabores) y azúcar (que se cuela de la carne dorada, de los caramelizados, del kétchup, de los panes). Una combinación que nos hace adictos y nos destruye. Somos comensales que engullen y digieren combos sin identidad que comandan la misma orden que reciben: inmediatez, homogeneización, ningún cuestionamiento, ni siquiera hoy que estamos a un tris del colapso colectivo.

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Una vaca pesa unos 500 kilos. Quitando su cuero, mucha de su grasa, sus órganos y huesos le quedan unos 150 kilos de carne para picar. Son entre cuatro mil y 600 hamburguesas, dependiendo si el productor es McDonalds o uno de esos nuevos generosos hamburgueseros que sirven medallones de 250 gramos. Se necesitan muchas vacasunas mil millones se engordan por año- para un antojo global carnista comandado por Estados Unidos, donde se comen 50 mil millones de hamburguesas al año. Un gusto mundial que, si dejamos, se espera crezca un 75 por ciento hasta 2050.

Pasando por alto la vida y muerte violenta de esos rumiantes, los daños colaterales de este gusto puntual incluyen selvas destruidas, bosques talados y humedales prendidos fuego para que crezca aquello que comerán las vacas: pastos o granos regados con venenos. Muchos gases de efecto invernadero: tantos que si las vacas conformaran un país serían el tercer emisor del mundo. Toneladas de agua potable: 15 mil litros por kilo de carne. Suelos desiertos. Plagas como esta que nos tiene encerrados, zoonosis que salen como maldición apocalíptica cuando la naturaleza queda rota y otros males provocados por el uso demencial de antibióticos que hace esa industria. Migraciones forzadas de comunidades enteras que no pueden vivir sin selva ni bosques ni agua ni suelos y se van ya enfermos a la periferia marginal que les depara la vida urbana. Un reguero de muerte con tantas plantas y animales en su haber que tiene un nombre que suena a estreno de Hollywood: La Sexta Extinción.

Un drama tan grave y cercano que pone en duda la posibilidad de salud y adultez de mi propio hijo. Pero él, adolescente, no está pensándolo de ese modo y menos en pandemia. Tampoco lo piensan muchos que han dejado de comer carne. Ni hacia ahí se orientan las fuerzas de la ciencia o de quienes tienen el poder que podría cambiarlo todo.

¿Un mundo sin hamburguesas? De eso nada.

De Bill Gates a Jeff Bezos, de Silicon Valley a Harvard, de la ONU a la organización animalista PETA, todos parecen estar trabajando por la misma misión: el futuro será con ellas o no será.

***

Entonces acá estoy, un martes a las 9 am dentro del corazón de un laboratorio. Voy vestida con tres trajes blancos de distintos grosores, superpuestos y cerrados para cubrir mi cuerpo completo hasta formar una capa hermética. Uso un barbijo n95 que me aprieta la cara como un bozal, anteojos de plástico que se empañan con el barbijo aunque la respiración es tan dificultosa que la visión es lo de menos. También un par de guantes de latex largos, una cofia que me sujeta el pelo y una escafandra de tela que cierra por encima. Mi imagen es una postal que parece tomada los primeros días de Covid en Wuhan.

Ponerme todo esto significó pasar por tres salas selladas al vacío con diferencia de presión para evitar la circulación de aire. Una fuerza que vuelve a las puertas pesadas y un poco también al cuerpo. Además, aprender movimientos precisos para pasar de una sala a la otra, colocarme cada mameluco en banquitos de transición y no tocar más que lo imprescindible. Dar un paso en falso, dejar un pelo suelto, un fragmento de piel sin tapar o una partícula que salga de mi cuerpo, podría ser fatal. No para mí ni para los dos científicos que me guían -la bióloga Laura Correa y el bioquímico Diego Dominici- sino para la carne en formación que ahora tengo enfrente: pequeños aros blanquecinos y gelatinosos flotando en un líquido violeta encerrados en una caja Petri (un recipiente de cristal que se usa en los laboratorios para preservar la esterilidad).

Lo que veo, me dicen, es el futuro próximo. Carne (casi) sin cuerpos ni talas ni matanza. Células que forman tejidos que pueden ser amasados entre sí y adicionados con cosas hasta volverse parecidos a la carne molida.

« Come carne no animales », decía un folleto en la mesa de entrada de este lugar llamado Craveri, un laboratorio al que llegué para intentar comprender de qué se trata esta propuesta más ¿provocativa? ¿ambiciosa? ¿delirante? de la ciencia para una humanidad que camina hacia el abismo pero no desea cambiar el menú.

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El laboratorio está en una calle tranquila del barrio de Caballito en la ciudad de Buenos Aires, y desde hace 25 años se dedica a la ingeniería de tejidos: cultivos in vitro para tratar enfermedades humanas. Si necesitas un trasplante de epitelio corneal, cartílago o piel, aquí es donde pueden tomar una muestra y fabricar el pedacito que falta. Y en poco tiempo, si todo va bien, puede que sea acá también a donde vengan a abastecerse de carne los locales de hamburguesas.

Laura Correa es bióloga y dirige el área de bioingeniería del laboratorio que ahora, centrado en este proyecto, tiene por nombre BIFE. Una mujer de 43 años vegetariana desde los 15, locuaz y simpática. Diego Dominici, su compañero de equipo, es dos años menor, tampoco come carne porque no come nada que no se animaría a obtener por sus propios medios y está convencido de que para salir del atolladero apocalíptico hay que activar la imaginación, aventurarse. Laura, Diego y un pequeño equipo que no llega a ocho personas comparten desde hace cinco años el mismo trip: este universo intenso de la carne cultivada; y esta sala de aire inmaculado sin ventanas ni olor, con luces blancas, una pequeña mesada, microscopios, dos heladeras y dos máquinas para reproducir las condiciones que necesitan las células para formar un músculo. O sea, un lugar ocupado por máquinas que reemplazan a un cuerpo: el de un novillo vivo del cual extrajeron las muestras.

-Las biopsias se hacen en un campo ganadero en Tandil (provincia de Buenos Aires) -dice Diego acercándome un tubo de ensayo con un cubo de carne oscura adentro-.

-¿Cómo se extraen?

-Utilizamos un novillito para el que todo esto es muy poco traumático. Se lo seda para poder tumbarlo y en una escisión muy chiquita los veterinarios sacan la muestra, lo suturan, y él sigue con su vida normal.

-¿Lo puedo ver?

-Claro -dice y abre un cuaderno de notas escritas a mano, una especie de diario del proyecto, y tres fotos del novillo en cuestión-.

Es un animal negro, « macho castrado raza cruza Aberdeen Angus de un año ». Se lo ve parado y sostenido con una soga, después tumbado y medio tieso, con cuatro campos quirúrgicos marcados sobre el lomo. De ahí se tomarán las muestras: pedazos de animal « del tamaño de un caramelo Halls », dice Diego.

-Esta muestra que sacaron acá es un poco más grande. Con la mitad de esto podríamos arreglarnos, dice volviendo al tubo y pienso en los veterinarios aprendiendo a elegir a un animal sano que no va a ir al matadero para cortarle cachitos que terminarán reproduciendo carne.

En cada biopsia, Diego busca extraer las células, ubicarlas en una estructura determinada, nutrirlas y guiarlas para que sigan haciendo lo que creen que están haciendo: reparar una lesión en el cuerpo del que eran parte. Así las células trabajan en las placas Petri como si estuvieran cerrando una herida: se multiplican, se agrupan, se dividen, dibujan líneas, arman fibras y de repente, voilá: carne.

Suena sencillo, no lo es.

Las células son frágiles y demandantes. Se reproducen rápido pero no tan rápido como una bacteria, por eso toda la instalación estéril de este laboratorio que, entre otras cosas, cuesta millones. Una vez aisladas, son alojadas en un biorreactor; una caja de metal que ofrece las condiciones de vida necesarias. « Acá siempre hay 37 grados, un porcentaje de dióxido de carbono de 5 por ciento y humedad saturada », dice Diego, y abre la puerta del sofisticado aparato de metal donde viven miles de células distribuidas en seis cajas Petri con forma de botella aplastada.

Las células no son visibles sin microscopio pero ahí están, sumergidas en el líquido rojo que las contiene y transporta. El alimento que les proporciona lo que un cuerpo animal necesita es sangre: Suero fetal bovino extraído en los frigoríficos cada vez que -se supone sin querer ni saber porqué se supone que está prohibido- en el establecimiento matan a una vaca preñada. Entonces extraen al feto « accidental » que deben chequear esté muerto y con una punción cardíaca extraen de ese cuerpo la sangre que puedan. Esa sangre es filtrada e industrializada con glucosa, proteínas, vitaminas, oligoelementos, hormonas y factores de crecimiento. El producto -suero fetal- se vende a más de cien dólares por litro para una cantidad enorme de propósitos: vacunas, reactivos, cosmética y ahora, también -círculo perfecto- la industria de la carne.

Aunque hay búsquedas para evitar el suero fetal bovino (« nuestra intención es comenzar a testear formulaciones que lo reemplacen », dice Laura) y otras para saltearse las biopsias a novillos castrados, las ofertas con las que la carne de cultivo seduce hoy no son tanto los ingredientes originales sino el tiempo y el espacio. Quitar a la carne de la naturaleza y pasarla a un laboratorio para su crecimiento artificial, aseguran quienes la promueven, dejaría a millones de animales en paz y permitiría devolverle el lugar a los bosques, contener el calentamiento global.

La clave está en la gracia natural de la biología: su persistencia. Las células sanas tienen la capacidad de dividirse exponencialmente hasta que envejecen y entonces dejan de reproducirse. La tarea de los científicos consiste en acompañarlas durante ese camino, guiarlas, nutrirlas y separarlas para que el proceso vuelva a empezar. Si la tecnología los acompaña, eso podría dar mucha carne.

-Seis mil hamburguesas a partir de una sola muestra -dice Diego abriendo sus grandes ojos negros como un chico ilusionado-.

-¿Tantas?

-Claro. Nosotros al conocimiento científico lo tenemos -se suma Laura con tal seguridad que convence-. Lo que nos falta es desarrollo tecnológico para llevarlo a cabo.

Más biorreactores. O sea más espacio y energía. Tanta energía que algunos estudios comparativos objetan que la carne de cultivo pueda significar menos emisión de gases de efecto invernadero. Y, finalmente, más dinero, lo que deviene en otro vicio de época: el patentamiento de técnicas y servicios y la privatización, en este caso de la carne, por un par de compañías en el mundo (tal vez incluso una sola). Una versión superior a la agricultura sin agricultores que piensa actualmente el agronegocio transgénico: un sistema alimentario cyborg.

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Pero lo cierto es que si bien ese otro mundo es posible, para que la carne cultivada descolle aún falta: las máquinas que tengo enfrente, solitas no pueden hacer más que un par de medallones. Ni estas ni las máquinas activas que existen hoy en todo el planeta. « Si se toma toda la capacidad biofarmacéutica del mundo trabajando al máximo, alcanzaría para alimentar solo a la Capital Federal de Argentina », dice Diego sin perder el brillo onírico, a pesar de que está diciendo tres millones de personas en un mundo que va a los nueve mil millones mañana.

***

La primera hamburguesa de carne cultivada fue anunciada en 2013 por el profesor de fisiología vascular Mark Post, de la universidad Maastricht, Holanda. Costó 300 mil dólares, fue cocinada por el chef Richard McGeown y probada por el investigador Josh Schonwald y la crítica Hanni Rützler. « Le falta jugo y grasa, pero la consistencia es perfecta. Sabe a carne », dijo Rützler. El evento fue celebrado por activistas reconocidos en el mundo del veganismo como Paul Shapiro, fundador de la organización Compasión antes que Matanza (Compassion over Killing), luego escribiría un libro en el cual presenta a la carne cultivada como la tan ansiada liberación animal. Clean Meat fue publicado en 2019 y prologado por otro vegano célebre, el historiador Iuval Harari.

Algunos años antes, en 2008, la organización animalista PETA ofrecía un millón de dólares a algún grupo científico que fuera capaz de desarrollar algo parecido a la carne cultivada. Hoy existen 40 investigaciones formales en curso con inversores como Sergey Brin, uno de los fundadores de Google; Richard Branson, CEO del conglomerado Virgin; y los gigantes de la carne Tyson Foods y Smithfields. Se realizan congresos anuales donde se han presentado ensayos con canguros, ratones y peces, porque todo lo que tenga células se puede cultivar. Hay carne hecha de células extraídas de plumas y de embriones. Hay también planes para desarrollar un cultivo madre que pueda durar por siempre a partir de células cancerosas que, al contrario de las células sanas, tienen la capacidad de inmortalizarse.

-Esas líneas de investigación que nos alejan cada vez más de lo animal son muy interesantes -dice Laura-. No para el mercado, pero sí, por ejemplo, para la exploración espacial donde no podrían ir con un animal vivo para tomar muestras, pero sí con un cultivo inmortalizado.

La escucho y, aunque entiendo las palabras, llego a un punto en el cual no puedo imaginar ese futuro ni tampoco dimensionar este presente rarísimo en el cual ya existe una carne cultivada que se puede comprar: pollo.

En diciembre de 2020 un restaurante en Singapur -el primer país en tomar el desarrollo como seguro y apto para el consumo humano- empezó a ofrecer nuggets salidos íntegramente de un laboratorio.

-¿Por qué siempre son elaborados?

-Porque desarrollar un bife es más complejo -explica Laura-. En las salchichas, los nuggets, las hamburguesas y los saborizantes tienen un efecto primordial. Por eso, como primera estrategia funcionan muy bien.

-¿Las comerían?, pregunto a los dos científicos.

-Yo creo que esa no es la pregunta -responde Diego-. La carne cultivada no se plantea como una alternativa para los que ya no estamos comiendo carne. Lo que busca es disminuirla entre quienes quieren seguirla comiendo. El cambio real es ese.

El investigador es consciente de que todavía existen muchos obstáculos a superar para que eso ocurra, pero también vive satisfecho porque en eso anda. Sus misiones primordiales ahora son encontrar sustitutos para la sangre y las estructuras que guíen a las células, desarrollar más tejidos. « La carne tiene tejido muscular, adiposo, conectivo, nervioso, vascular: todos aportan al sabor, la textura, la consistencia. Si queremos emular la carne tenemos que poder cultivar esos elementos, y lograr una buena receta que tiente comensales. »

-Este año todo se demoró por la pandemia, pero ya hice unas pruebas -dice Diego-. Fui a la cocina, le pedí al cocinero un poco de aceite y especias para ver cómo se comportaba: si se achicaba, si cambiaba el color, la consistencia…

-¿Y?

-No lo pude comer porque no te podés comer tu experimento, pero olía a rotisería.

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***

– ¿Comerías hamburguesas de carne cultivada?-, le pregunto a mi hijo.

– Si son ricas, why not.

– Por ahí te parece raro comer algo que crece en un laboratorio.

– No tengo ni idea dónde crece el queso cheddar.

Tiene razón. Hace rato que nadie sabe de dónde viene nada, hace rato que tampoco importa.

La industria explica sus creaciones con publicidad, el Estado autoriza y un tendal de expertos lo avala con intención o por omisión. Además, un buen combo de hamburguesas funciona para inhibir cualquier impulso de indagar: solo con pensar ese alimento se activan intensamente en el cerebro las zonas de recompensa que llevan del deseo al me gusta y del me gusta al quiero más. Una cascada de reacciones químicas tan reconfortantes como para volvernos dependientes. Al resto lo hace esta modernidad con sus animales que no valen nada, sus bosques fundidos, sus Rappi a granel: suprimiendo los obstáculos que van del quiero al puedo y formando a millones de paladares con grasa, azúcar y artificio, acostumbrándonos a placeres instantáneos a los que luego no resulta fácil renunciar.

En ese contexto surgen las propuestas que consisten en invertir cerebros y fortunas para desarrollar tecnologías que sirvan para cambiar el origen sin perder el objeto de deseo.

Mientras la idea de carne sin animales aún tiene que esperar y resolver algunos dilemas éticos, económicos y técnicos, la inteligencia artificial ya se ha hecho vegana. Lo demuestra cocinando medallones con ingredientes surgidos de plantas para Burger King y otros locales donde también compra mi hijo.

Según la consultora Nielsen, solo en Estados Unidos ese tipo de productos aumentó un 42 por ciento entre 2016 y 2019, mientras que las carnes apenas un 1 por ciento. En América Latina la moda comenzó tímida con leches de semillas, pero en los últimos dos años un promedio del 10 por ciento de la población de nuestros países se veganizó. Tanto se aceleró el proceso que en 2021 una compañía de alimentos chilena plant based cotizará en Wall Street: NotCo.

– Me gustaría que conocieras la experiencia porque una cosa es hablar y otra probarlas -me sugirió del otro lado del zoom Mauricio Alonso, el referente argentino de la transnacional chilena-. Un hombre de 39 años y hablar pausado que hace un mes fue padre por segunda vez y hace tres años dejaba su puesto de ejecutivo en Danone para aventurarse en esta empresa que lo ha hecho pensar como nunca en plantas, hasta hacerse un 95 por ciento vegetariano.

– ¿Decís que pida un menú por Rappi?, le pregunto y me enlista los restaurantes de Buenos Aires que venden sus hamburguesas.

Entonces decido hacer algo que no hago nunca: pedir sin preguntar ni investigar demasiado, sin leer la lista de ingredientes de lo que voy a comer.

-Vos sabés que a mí lo vegano no me gusta -me anticipó Benjamín, que ya está un poco acostumbrado a ser parte de mis experimentos y sus fracasos. Consensuamos: la suya será convencional y la mía la de carne vegetal, queso de almendras y mayonesa vegana con papas-.

Un chico agitado en bicicleta saca de su mochilón la bolsa de papel que trae las dos cajas adentro. Cerradas en papel aluminio y con las papas fritas incluidas, una hamburguesa es carne y la otra vegana, pero se ven iguales: rellenas, gigantes, deliciosas.

En esta parte debo contar que adoro comer carne. Me gustan todos los cortes y sobre todo las costillas bien jugosas. Las hamburguesas no son mi plato favorito pero me declaro no inmune a su poder de seducción: si las tengo enfrente se me hace agua la boca. Si desde hace un tiempo las evito igual que a los asados es porque tengo demasiada información. Vi los campos, estuve en los corrales, sentí el dolor de esos animales, olí el miedo y la mierda. Me gusta la carne pero ya no puedo comerla. ¿La propuesta de NotCo? Que la tecnología me dé lo que la naturaleza ya no puede.

Mi hamburguesa huele a carne tanto como la de Benjamín, aunque el aspecto de la mía es distinto: más entera, más naranja, más sólida. Le pido que pruebe primero la vegana. Le da un mordisco gigante, enseguida otro más y finalmente su veredicto: « Mirá, prefiero la de carne, pero si me invitás a comer a un restaurante vegano y me das esto, le entro feliz ».

Pruebo yo. Es tierna y consistente como la carne; tiene el efecto parrilla y la grasa y el jugo de una hamburguesa complejizada por los aderezos, el pan, el queso que sobresale, esa combinación imbatible agridulce con grasa.

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Agua, proteína texturizada de arveja, aceite de coco, aceite de girasol alto oleico, fibra de bambú, proteína aislada de arveja, sal, proteína aislada de arroz, cacao alcalino en polvo, proteína aislada de chía, espinaca en polvo, aromatizantes, metilcelulosa, colorante rojo remolacha; aceite de girasol, agua, almidón, vinagre, azúcar, sal, harina de garbanzo, jugo de limón concentrado, mostaza, ajo en polvo, pimienta blanca, aromatizantes naturales, goma xantana, ácido cítrico y etileno diamina tetra acetato. Veintinueve ingredientes sin contar los del pan, el queso de almendras y las papas fritas que acompañan, ingredientes que desconozco porque lamentablemente los locales de comida no incluyen lista de ingredientes.

Mi hamburguesa ultraprocesada sin carne y mayonesa ultraprocesada sin huevos son un tetris de sustancias derivadas de plantas, de la matriz principal a cada uno de sus aditivos. (Salvo el muy polémico antioxidante etileno diamina tetra acetato que agregan a la mayonesa y se obtiene por síntesis del formaldehído, etilendiamina y el cianuro de sodio; una sustancia que debería incluir lista de contraindicaciones al menos para niños o embarazadas). Productos que jamás podría replicar en mi cocina ni sé bien qué efecto tienen en mi organismo porque ningún alimento puede compararse con alguna de sus partes aisladas. Quien las diseñó fue Giuseppe: un algoritmo que debe su nombre a Giuseppe Arcimboldo, el pintor milanés que creaba rostros ensamblando plantas y frutas.

Giuseppe el algoritmo tiene un archivo de cientos de plantas que analiza no según sus cualidades culinarias sino molecularmente, buscando aquellas sustancias que puedan emular las texturas, aromas, colores y sabores de la carne (o de la mayonesa, o de la leche, o del pescado). Decodifica arvejas, repollo, chía, pero lo que obtiene no son necesariamente alimentos sino más bien estímulos que combinados entre sí pueden actuar sobre nuestra percepción con la eficacia de convencernos de que comemos algo que en realidad no es.

« La comida son adn, arn, carbohidratos, proteínas, grasas. Entre especies hay más similitudes que diferencias, pero lo que da la diferencia y hace a la identidad del alimento es el desafío a romper: se busca que el cerebro ante la sustitución no note las diferencias », dice uno de sus creadores, Pablo Zamora, en un capítulo de la serie digital La Era IA, producido por Google y conducida por Robert Downey Jr.

La primera empresa en mostrar esto fue Impossible Foods, que se metió a explorar carne hasta que descubrió heme, la molécula que le da sabor. Una molécula que curiosamente no es exclusiva de la carne sino que se encuentra en todas las criaturas del planeta. Con ese descubrimiento lanzó en 2011 la primera de estas creaciones, Impossible Burguer. Un medallón ultraprocesado que sangra soja, leghemoglobina de soja transgénica y otros 20 ingredientes amasados en un laboratorio.

NotCo llegó unos años más tarde de la mano de tres muchachos chilenos de veintipico de años que estudiaban en algunas de las universidades más famosas de Estados Unidos (Berkeley, Stanford y Harvard). Pablo Zamora, Matías Muchnik y Karim Pichara; un genetista, un experto en finanzas y un ingeniero. « ¿Cómo puede ser que entre tantos avances que hay en exploración espacial nuestra comida siga siendo igual? », se preguntaban mientras soñaban con su startup -emprendimiento prometedor y tecnológico- al cual no tardó en llegarle la inversión: 30 millones de dólares de Jeff Bezos, el fundador del gigante mundial Amazon.

« Yo jamás me había planteado estas cosas pero tienen todo el sentido: alimentar una vaca dos años para matarla y comerla es un absurdo y un gastadero », me dice Mauricio, el argentino de NotCo del otro lado del zoom. « El futuro está acá », dice también mientras me explica que la misión de Not Co es crecer, posicionarse y enseñar.

« El 92 por ciento de quienes consumen nuestros productos no son veganos ni vegetarianos », dicen también en NotCo mientras caminan por la puerta grande que abren junto a compañías como Sweet Earth de Nestlé o Pure Farm Land del productor de carnes Smithfields. Porque la industria Plant Based, como les gusta llamarse, no viene a dar una batalla de opuestos con la industria carnica sino a sumarse: usar sus inversiones, plantas procesadoras, canales de distribución, góndolas y restaurantes.

« Venimos a cambiar a la industria desde adentro », resume Mauricio.

Una apuesta que aún no fue probada. De hecho, cuanto más grandes se vuelven estas marcas más propensas se muestran a hacer lo contrario: cambiar sus principios para encajar en ese mercado de gigantes. Impossible Burguer comenzó utilizando fuentes de producción orgánica y unos años más tarde se volvía promotor de los organismos genéticamente modificados porque dicen: « Necesitamos reemplazar 10, 12 libras de productos animales para lograr nuestra misión. 10 libras no salvarán al mundo. Ser una empresa alimentaria de éxito no es suficiente. Incluso ser la empresa de alimentos más exitosa de la historia no es suficiente. Necesitamos crecer exponencialmente, duplicando la escala cada año durante los próximos 15 años. Eso significa no solo aumentar la escala de nuestro impacto y nuestro negocio todos los años, sino escalar cada vez más rápido cada año. Lo que se siente grande ahora, en 5 años o incluso en 10 años, se verá diminuto » .

Producir mucho de una sola cosa  -vacas, soja, o arvejas- y ultraprocesarlas lleva inevitablemente a forzar a la naturaleza que son animales, son plantas, somos nosotros. Todos los problemas que nos acorralan surgen de ese paradigma de simplificar, homogeneizar e industrializar el campo y la alimentación: los monocultivos tóxicos, las granjas-fábrica, el cambio climático, el empobrecimiento rural y el hacinamiento urbano. Y finalmente el boom de cosas comestibles hechas siempre de lo mismo y maquilladas para que se vean distinto, los « alimentos » que nos enferman.

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***

Esta es una historia larguísima aún con final abierto y algunas ideas sueltas, pienso mientras pongo al horno un par de medallones de garbanzo que me regalaron unos amigos. Ellos aprovecharon la crisis pandémica para armar Sazón Comiditas Veganas, un emprendimiento de hamburguesas de legumbres preparadas con ingredientes agroecológicos comprados a productores familiares. Aunque no tiene nada que ver con una experiencia hamburguesa, son deliciosas y seguramente me caerán mejor que la que comí anoche. Además podré compartirla con mi hija de casi tres años que aún no probó ningún comestible ultraprocesado y entonces es una niña que disfruta de la comida con un placer sin dilemas, honesto, simple y concreto. 

¿Qué es comer? ¿Qué función cumple ese acto más allá de la nutrición y del sabor que nos lleva de las narices?  

Comer es conectar y vincularse con un territorio, sus plantas, sus animales, las personas, su historia. Una historia que puede ser de crueldad y extinción masiva con mataderos o experimentos millonarios, o puede ser algo muy distinto: una historia de reconexión y de amor. 

Cuando empezaba la pandemia entrevisté a la científica y líder ambiental Vandana Shiva: Hablamos del mundo por venir, de la necesidad de reparación, de cómo eso puede darse. Hablamos también de estas hamburguesas imposibles.  

Imposible Burger -me dijo Vandana Shiva- es una hamburguesa artificial creada en un laboratorio mediante plantas salidas de monocultivos tóxicos, o sea, tratadas con violencia, que para su producción violentan campesinos, mariposas y abejas, y animales que por supuesto ya no viven en torno a esos cultivos. Esa hamburguesa de soja que parece carne sangrienta es una mentira. Y hay algo que se llama verdad: no se puede pregonar una idea de alimentación no violenta partiendo de esos alimentos, de esa relación mentirosa con la tierra y con el propio cuerpo. Tal vez quien come esas invenciones crea que llegó a algo mejor pero solo porque permanece ciega a todo el horror que decidió no ver. Y así comiendo la hamburguesa, como un adicto a la heroína, será llevado por este sistema hacia otro nivel más oscuro y difícil del que salir, con un costo altísimo para la tierra en su totalidad y para sí mismo”. 

Estamos al borde de la extinción masiva por la imposición de un sabor absoluto  -llamémoslo hamburguesas, o mejor llamémoslo capitalismo- que no puede convivir con otros. Al mundo se lo quedan y comen una y otra vez los mismos: el agronegocio de vacas y soja, el de Bill Gates y Jeff Bezos, el de los laboratorios a donde quienes tienen el conocimiento para cultivar la tierra, guardar semillas, o cocinar con comida de verdad solo pueden entrar como personal de limpieza.  

Pocas cosas resultan más fascinantes que esta misión llamada futuro. Sin embargo hasta ahora ha resultado en costosas apuestas que, en su mejor versión, la evidencia proyecta como paliativos temporales para un planeta que está hecho añicos. Alternativas tan fantasiosas como creer que nuestra civilización puede seguir siendo parte de esta destructiva bacanal carnista y que haya futuro. Comamos sobre todo plantas pero diversas, frescas, cosechadas y elaboradas por personas con las culturas alimentarias como guía. Ese plan, sostenido por millones de agricultores desde hace diez mil años, es descartado por poco sofisticado por un poder enamorado de Silicon Valley. Sin embargo es el que sigue sosteniendo lo mejor de nuestro sistema alimentario: su biodiversidad, sus sabores reales y esa conexión con la naturaleza que necesitamos recuperar antes de que sea demasiado tarde.

Esta investigación es parte del especial Carne publicado en Bocado.lat

 

[Fuente: http://www.revistaanfibia.com]

En esta crónica la autora explora, a partir de una mirada extranjera y desde sus propias experiencias, una de las dimensiones más íntimas y dolorosas del racismo: cómo es que la belleza le pertenece a unos cuantos y por qué unos solo son dignos de admirarla desde lejos, pero no de poseerla. Iulia Hau entreteje el racismo mexicano con el de su país de origen, Rumania, y nos recuerda que el racismo en México sigue presente en nuestra sociedad, evidenciando que el mestizaje no es más que un mito.

 

Escrito por Iulia Hau

Estoy en México desde hace más de un año y no me canso de ser tratada como si fuera un personaje de sangre azul, solo porque soy de Rumania. No de Francia, ni de Suecia, ni tampoco de Alemania. Para la gente de aquí no hay diferencia entre el Este y el Oeste de Europa. En el viejo continente, por otro lado, las cosas son diferentes. Las migraciones masivas de Polonia, Bulgaria, Eslovaquia y otros países, pero sobre todo de Rumania (la nación que tiene la quinta diáspora más extensa del mundo, en relación al número su población) hacia el occidente europeo han causado olas extensas de odio y prejuicio. Pero estas diferencias no han cruzado aún el Atlántico. Para la mayoría de los mexicanos, todo lo que viene de Europa debe ser educado, hermoso y con gustos finos. Es más, cuanto menos saben de un país europeo, más piensan que debe ser muy sofisticado y aristocrático. El tener la piel blanca, el hablar un español con acento desconocido y ser más alta que el promedio nacional me hace sujeto de atención y buen trato. Me tomó dos años darme cuenta de que esta admiración viene con un reverso de la medalla: allá donde el blanco es elogiado, inevitablemente el no-blanco se topa con un rechazo profundo.

Ciudad de México: dividida entre blancos y… todos los tonos de moreno

A cada paso, cada día, puedo notar la segregación basada en el color de la piel. Descubrí que en las zonas marginales, pobres y peligrosas de la capital te topas con rasgos faciales y corporales indígenas, mientras que, en las colonias ricas, coquetas y seguras, desfilan mayoritariamente mexicanos con apariencia europea. Las diferencias son tan evidentes que si no fuera por los vendedores callejeros que vocean sus productos de manera inconfundible, tendría serias dudas de si aún me encuentro en el mismo país.

De hecho, el departamento en donde vivo está ubicado en una zona que corresponde más bien a la primera categoría de colonias: vivo en la colonia Obrera. La renta es barata, la casa es espaciosa y en media hora caminando estoy en el glamuroso centro de la ciudad. Es cierto, nunca vuelvo a casa sola después de la puesta del sol y nunca hago excepciones a esta regla —conozco ya a algunas personas que han sido atracadas por aquí, a la luz tenue de las farolas—.

Al fin de cuentas, estoy contenta con el lugar donde vivo, lo que no puedo decir sobre las miradas contrariadas de los mexicanos. Simplemente no encaja con lo que ellos saben sobre colonias y colores de piel. Incluso, un amigo me lo dijo a la cara: “No me esperaba jamás que tú vivieras en La Obrera. Podría jurar que habías rentado en la Condesa o La Roma”.

¿Este? Se parece al albañil que me pintó la casa

La primera vez que me pasó esto pensé que era una excepción y que, simplemente, no teníamos gustos similares y punto. La segunda vez, lo atribuí todo a una casualidad inexplicable. Pero a medida que la historia se repetía, empecé a acostumbrarme a la idea y, por pura diversión, sacaba mi teléfono y buscaba la foto del chico mexicano que conocí hace más de un año. Al saber de antemano cuál iba a ser la reacción de cualquier mexicana a la que le mostrara la foto, nunca lo hacía antes de hacer una exhaustiva presentación de la corta historia de amor entre nosotros, del delirio que me abarcaba cada vez que lo miraba, cuando notaba la intensidad del negro de su pelo, su dureza, la belleza de su piel como la miel y sus dientes blancos perfectos.

Así pues, contaba yo sobre José Manuel con la pasión que suelo poner al relatar mis historias de amor. Mis amigas mexicanas, románticas incurables por naturaleza, se llenaban de emoción con las palabras que salían de mi boca. Así que, cuando llegaba el momento de la revelación, con la olla casi hirviendo, la decepción instantánea al ver el rostro de José Manuel estaba garantizada.

 —¿Es él?

Sus respuestas se extendían en una amplia escala. Por un lado, el amable, algunas me decían: Puedes conocer mexicanos más guapos. Por otro, el desdeñoso, otras me soltaban: ¿Este? Se parece al albañil que me pintó la casa.

Recuerdo una noche de buen humor en un hostal mexicano —probablemente el hostal más acogedor que jamás haya conocido—, bebiendo una Corona con limón y rodeada de buen ambiente. Allí conocí a una mujer mexicana, en sus treintas, con un humor abrumador. Le conté la historia, le mostré la foto y esperé su reacción. Lo que recibí a cambio fue una avalancha de bromas que despertaban alrededor de la mesa carcajadas que sacudían la tierra, y yo sería una hipócrita si no reconociera que reía con los demás comensales. Claro que lo hacía, y con mucho ánimo. Las bromas irrumpían de su boca como la lava de un volcán, y todas servían a una causa única: evocar la semejanza entre José Manuel y la categoría social no calificada, empleada sobre todo en construcciones.

Era muy ingenua en aquel entonces. No me daba cuenta de la cara pérfida del racismo mexicano que se presentaba ante mí sin el más mínimo pudor. Pensaba que esta discrepancia de gustos entre yo y todas las mexicanas con las que entablé una amistad se debía a una banalidad. Pensaba que yo me moría por José Manuel por el simple hecho de que su herencia física de mestizo y sus rasgos indígenas eran plenamente diferentes de todo lo que había conocido antes. Por otro lado, pensaba yo, la nariz aplastada, los ojos de un marrón puro, los labios gruesos, las pestañas largas y derechas y la cara redonda, sin pómulos evidenciados, habían de ser rasgos muy comunes en México y, por ende, indignas de interés especial por parte de sus compatriotas.

¡Falso! La causa del instituto que llevaba a mis conocidas a rechazar a José Manuel a primera vista no era lo común de sus rasgos, sino la asociación inmediata con una clase social menos privilegiada. De acuerdo al destino impuesto por la apariencia, en los ojos de sus compatriotas, José Manuel no podría llegar jamás a ser un intelectual o un director, porque estaba condenado a ser asociado siempre con un albañil, un obrero, cuyo ser no podía ser objeto de una pasión ferviente de mi parte.

No tarde mucho en darme cuenta de que, para mis amigas mexicanas, lo que más se acercaba a la verdadera belleza era la piel blanca, los ojos de color claro y una altura imponente. O sea, todo lo que no era José Manuel.

 —Mexicanos guapos —decían, en broma pero no en broma—, ¡en Guadalajara!

El beneficio de la duda como privilegio

Con el tiempo, llegué a darme cuenta de que el fenómeno al que me enfrentaba era la mentalidad colonial: una actitud internalizada, ciega a la sucesión de las generaciones, que se manifiesta por la convicción de que los valores culturales del colonizador son, de manera incuestionable, superiores a los propios.

Pero al clima no le importan estos disparates humanos. En una de las tardes preciosas de agosto en la Ciudad de México, a la que no se le puede pedir más. Una de las tardes en las que, si te apetece llevar jeans y sudadera, puedes. Si se te antoja traer una chamarra ligera de mezclilla, adelante. Si prefieres un vestido veraniego, no lo dudes. Mi hermana y yo fuimos a pasear, cogidas del brazo, por la Colonia Roma, el barrio más cool de la capital de México. Mientras me froto la barbilla, me pregunto, ¿quién habrá difundido con tanto éxito el rumor de que México es un lugar peligroso? Y la confianza que antes tenía en el mundo empieza a quebrantarse al ver que pueden existir rumores como este. Nada huele a peligro aquí, en esta zona elegante, atiborrada de casas y villas suntuosas que compiten entre sí al exponer sus arquitecturas góticas, art nouveauart déco o de influencia árabe.

En la colonia Roma abundan los bares, las terrazas con aire europeo y la gente que disfruta de un trago en ellas luce atuendos modernos. También se pueden ver tiendas de antigüedades, librerías, boutiques y los carros que pasan son tan lujosos como sus “mercados”, que en realidad están en construcciones modernas que contrastan con los puestos ubicados en cualquier otro rincón de México, con techos de celofán y paredes de tela de rafia. Las glorietas tienen fuentes esculpidas que parecen traídas de Italia y estatuas enormes. Se podría fácilmente confundir este lugar con cualquier barrio coqueto ubicado en el viejo continente, si no estuvieran los boleros con sus sillas rojas, altas –como tronos–, desde donde invitan a los transeúntes. Otro distintivo son los vendedores ambulantes y sus sonidos tan fuertes, impregnados en esta urbe colosal. Ah, y si no estuvieran las tiendas Oxxo, claro –con sus colores tan llamativos–, y porque no puedes cruzar dos esquinas sin que una de estas tienditas se te aparezca.

La anécdota justamente se desenvuelve en un Oxxo. Todo comenzó cuando mi hermana quiso comprar una botella de agua para no pasar sed durante la noche. Así que entramos alegres al establecimiento. Todo era diversión y falta de preocupaciones, como dos hermanas que se ven después de más de un año y medio. Recuerdo que nos daba risa el efecto que producía la estatura de mi hermana, de un metro ochenta, en un país en donde la altura media es de un metro sesenta. Pagaría por revivir ese momento, por verlo como si estuviera en el cine disfrutando de una comedia, esos ojos grandes, como globos de cumpleaños, al ver a mi hermana.

Es un tipo de asombro mezclado con admiración que –aunque me gustaría atribuirlo únicamente a la gran altura de mi hermana–, sé que no se debe solo a eso, sino al hecho de que venimos del otro lado del Atlántico.

Sabíamos que muchos ojos nos miraban, pero poco nos importó. Me dirigí hacia la nevera que tenía botellas de agua, agarré una y seguí dando vueltas entre los estantes, en un intento de averiguar qué podría faltarnos para el desayuno de la mañana siguiente. Y cuando estás tan distraído como estaba yo aquella tarde, es posible que se te olvide que llevas una botella de agua bajo el hombro —y que tire la primera piedra el que nunca ha sido culpable de semejante omisión—. Mi hermana no se adentró en los pasillos, me esperó en la entrada del Oxxo, y seguía con su mirada mi camino, y fue así como se dio cuenta de que debí haber pagado por la botella de agua. Cosa que no hice. Se me olvidó.

—¿No vas a pagar por el agua? —me preguntó desconcertada.

Al girar la cabeza, descubrí al chico que estaba detrás de la caja, cuya expresión, al ver que regresaba a cumplir mi deber cívico, cambiaba de tensión a alivio, acompañado de una sonrisa servicial.

—Ese muchacho no se atrevió a decirte que debías pagar el agua— me advirtió mi hermana.

—¿Qué quieres decir? —le pregunté confundida.

—Vi cómo te miraba cuando salías. No conseguía decidirse entre decirte algo o no.

Solo me queda especular que el cajero del Oxxo sintió vergüenza de pararme para que pagara el agua, por miedo a que su justa solicitud pudiera ser percibida como inadecuada, que pudiera decir algo malo sobre él, cuando en realidad la que casi roba soy yo. Mi falta de atención podría ser fácilmente pasada por alto, al fin y al cabo soy de Europa y por lo tanto, puedo tener el privilegio del beneficio de la duda.

El mito del mestizaje

Cuanto más pienso en todo esto, más me sorprende cómo esta desigualdad, asentada por todas partes, desde la arquitectura hasta el cuerpo, se siguió perpetuando a través de los siglos. Esta fuerte polarización se encuentra en todas partes, empezando por el mito del mestizaje, con el cual la idea del Estado mexicano ha sido creada, a partir de la supuesta unión entre los conquistadores y los conquistados. Utilicé la palabra mito por lo que veo yo a través de mis ojos extranjeros. Creo que por el simple hecho de ser de Europa, a pesar de venir de un país que pertenece a una región que no goza de buena fama allá, me da un estatus privilegiado en México que no podría existir si el mestizaje verdaderamente hubiera ocurrido.

En mi país, por ejemplo, el desdén nacional está dirigido principalmente hacia la población romaní –mejor conocida como gitana. Más que desdén, se trata de un odio general hacia una población que, hace tan solo un poco más de un siglo, se logró liberar de la esclavitud y que, por culpa del desprecio injustificado hacia ellos, no consigue realmente integrarse y salir de la pobreza. Pero pocos rumanos conocen la verdadera cara de la historia. En la escuela no se nos dice nada sobre los oscuros y largos siglos de opresión hacia los gitanos. La hostilidad se enseña de padres a hijos y muy pocas veces es cuestionada.

Desafortunadamente, el racismo sigue siendo parte de la sociedad y de la mentalidad humana. La creencia de que el Oeste es mejor se sigue perpetuando desenfrenadamente. Seguimos pensando que algunos son superiores a otros y que otros no les llegan ni al tobillo a los dioses. Seguimos calificando como alta cultura la de algunos y como folklore la de otros. Seguimos reproduciendo la idea de que a algunos les pertenece la belleza y los otros solo son dignos de admirarla desde lejos. ¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que estas convicciones nos sigan separando? ¿Dejaremos, acaso, que el peso del pasado le gane a las demandas del presente?

Iulia Hau
Es periodista y traductora rumana. Ha publicado artículos en National GeographicViceLazy WomenHotnews y la puedes encontrar en Instagram o en Medium.

 

[Ilustración: Jorge Cejudo – fuente: http://www.nexos.com.mx]

 

Gran emoción y sobrecogimiento me ha producido el encontrar en las redes, una bella serie de pinturas de la pintora uruguaya Angelina de la Quintana, con el sugerente título Historias del Café Sorocabana. La armonía dinámica del conjunto visual, referido a los años 1960, lleva a reflexionar sobre la artista, su cosmovisión y el tema del conjunto pictórico, permitiendo echar rienda suelta a la imaginación histórica y cultural y acercarnos así, a uno de los sitios que concentró a gran parte de la intelectualidad bohemia de Montevideo a mediados del siglo pasado.

Escrito por Cristina Retta

Dedico este texto al público en general y, en especial,

a las jóvenes generaciones, sobre todo a los hijos de

uruguayos de la diáspora que, como mis hijos, visitan

Uruguay, pero desconocen el brillante legado cultural

que nuestra sociedad ha sabido ofrecer a mediados del

pasado siglo y cuyos destellos se prolongan hasta hoy.

C. R.

Una artista de dos mundos

Tuve oportunidad de conocer personalmente a Angelina de la Quintana (Montevideo, 1935) en Viena, hace pocos años, a raíz de un evento organizado por el Foro Viena-Montevideo en el marco de actividades de uruguayos de la diáspora. En aquel momento no imaginé la dimensión de su producción, ya que, con la sencillez que la caracteriza, Angelina solo mencionó que era pintora y que tenía desde hace años su atelier en esa capital; también, que viajaba todos los años a Montevideo, su ciudad natal. “Como sabrás por tu propia experiencia –me dijo-, como muchos de los uruguayos que emigramos, vivo dividida. Estuve muchos años aquí, en Viena, con mi atelier, con mi familia, pero no puedo dejar de sentir el Uruguay donde nací, me formé y donde tengo amigos hasta hoy”. En aquel momento mencionó que había integrado el Taller Torres García, pero no entramos en el tema.

Poco tiempo después, en marzo de 2019, mes conmemorativo de la Mujer, se inauguraba en el Museo Gurvich de Montevideo una exposición llamada Tres Pintoras: Linda Kohen y Angelina de la Quintana en homenaje a Eva Olivetti. Las tres artistas fueron amigas de juventud y tenían en común el haberse nutrido del legado pictórico de la escuela Torres García,[1] en cuyo taller coincidieron en las décadas de 1940 y 1950.

Los inicios en Uruguay 

Los encuentros de aquella época lejana generaron, sin duda, mutuas influencias e intercambios, no solo racionales y teóricos, sino fundamentalmente vivenciales. En varias entrevistas, se la puede escuchar a Angelina de la Quintana referirse a aquellos tiempos y asegurar que lejos de teorizar sobre sus trabajos, lo que compartía con sus compañeras artistas era la experiencia y el efecto del momento creativo, junto al clima de respeto y afecto que las unía.

Sus inicios en la pintura fueron muy tempranos, a los 11 años, en la ciudad donde se crió, San José, junto al profesor y consagrado plástico Dumas Oroño.[2] Algo más tarde, tras la muerte de su padre, Angelina se trasladó con su madre y hermanas a Montevideo. Es el propio Dumas Oroño quien la impulsó a integrar el círculo Torres García (1951), donde nuestra artista encontró el ambiente propicio para continuar con el desarrollo de su camino en la expresión pictórica, camino que transita hasta la actualidad. Fueron sus orientadores Augusto y Horacio Torres (hijos de Joaquín), Julio Alpuy,[3] Josep Collel[4] y José Gurvich.[5]

Al principio, en sus trabajos, es notoria la influencia del “constructivismo torresgarciano”, pero, con el correr de los años, y en las sucesivas etapas de su vida, Angelina encontró una técnica y una estética que le son propias, aunque siempre conservando cierta impronta del constructivismo. Ella misma admite que en su obra la han inspirado también figuras como Georges Braque (Francia, 1882–1963), José Victoriano González-Pérez (Juan Gris; España, 1887 – Francia, 1927), Albert Ràfols Casamada (Barcelona, 1923 – Barcelona, 2009), Antoni Tàpies (Barcelona, 1923 – Barcelona, 2012), entre otros.

Conviene señalar que en esta nota, más que hacer un tipo de crítica de la estética en sí, nos interesa resaltar el aspecto comprometido de su obra, lo que se manifiesta en la elección de ciertos temas, al igual que en el hecho de haber establecido puentes permanentes entre el Uruguay natal y su tierra de adopción, Austria.

La emigración, un compromiso

El destino me ha llevado a Europa”, dice Angelina en una de las entrevistas que se le realizaron en Montevideo entre 2019 y 2020, a raíz de la muestra Tres Pintoras…homenaje a Eva Olivetti: “tuve que salir repentinamente de Uruguay en 1973 con mis cuatro hijos; no estaba premeditado”.[6] Como miles de casos en el Uruguay de aquella época, la artista se trasladó al país de origen de su esposo, el arquitecto Alfredo Rudich,[7] donde la familia podía contar con un clima de mayor seguridad social y económica. Una estadía que se pensaba sería de dos o tres años, terminó siendo una expatriación de décadas: tras nueve meses de vivir en Alemania, la familia tuvo que mudarse a Barcelona, donde pasaron cuatro años, hasta que finalmente llegó la mudanza definitiva a Viena.

En todo momento, la artista internalizó las diferentes etapas que el flujo de la vida la llevó a transitar, y la emigración pasa a ser tema vital y expresivo a lo largo de su producción. El tema de los emigrantes, que ha conocido en experiencia propia, la sensibiliza de forma especial respecto a la gran problemática que actualmente se vive en Europa y en general, a nivel global. Varias de sus obras recientes toman este tema para abordarlo desde diferentes perspectivas. “Me preocupa que esta tragedia se banalice; al verla resaltada en forma permanente, termina siendo aceptada como algo normal, cuando en verdad, detrás de toda situación de emigración hay infinidad de angustias y miles de historias individuales”.[8]

En verdad, el tema de la emigración cala hondo en la vasta obra de la artista y merecería un tratamiento aparte, lo que trasciende el propósito de esta nota. Como simple destaque de este leitmotiv en su producción, digamos que desde composiciones lejanas en el tiempo, Angelina se ha detenido en temas del puerto, puerta abierta al río-mar y a lo exterior, en una concepción más figurativa-descriptiva al principio, para llegar a pinturas más recientes (2018) dentro de una estética mucho más abstracta y simbólica. En un lienzo que la artista muestra en la entrevista citada en Montevideo, se observa un mar nocturno donde la luz parece querer concentrarse en la soledad de una embarcación. El destino migrante del ser aparece puesto de relieve con todas sus angustias e incertidumbres.

También las multitudes que aparecen en muchas de sus composiciones más recientes hablan de ese movimiento que convoca el acto de migrar, sea voluntario o no -no lo sabemos-. Antes de llegar a concebir un cuadro sobre el tema migraciones, “esas multitudes indefinidas con destino desconocido”, hay todo un trabajo previo, casi intuitivo que la artista llama “dibujos meditativos”. “Cuando estoy en Austria, y es invierno, con los días muy cortos, me dejo llevar intuitivamente con un automatismo del que surgen estos esbozos”.[9] A partir de esas secuencias, sin pensarlo, se concibe una nueva obra, que contempla en sí todas esas energías previas sugeridas por los “dibujos meditativos”.

Hace siete décadas: un café singular

En los años 1960-1970, mencionar “el Sorocabana” tenía una connotación mucho más amplia que la de un simple café. Hablamos del Sorocabana de la Plaza Cagancha, porque también había otros cafés con el mismo nombre, aunque no con el mismo espíritu.

En realidad, este Café del “quilómetro cero de Montevideo”, como se le llamaba a esa zona, fue ganando su reputación de antro cultural y bohemio a través de los años. Como bien lo describe Alejandro Michelena en su interesante libro “Gran café del Centro: crónica del Sorocabana”,[10] el Café tuvo su época brillante en los años 40 del siglo pasado.

Su ubicación, en una esquina estratégica y privilegiada, vecino al Instituto Normal Superior, al Ateneo de Montevideo, en cuyos bajos funcionaba el Taller Torres García, era pasaje obligado del grueso de la intelectualidad montevideana de la época. Parte de la llamada “generación del 45” se daba cita allí, alrededor de sus mesitas redondas de mármol blanco y pies de hierro bruñido estilo art nouveau. Los habitués iban, no por la calidad del café en sí (que al parecer no era de los mejores), sino por el ambiente, por lo que aportaban aquellas reuniones.

“[…] Allí se pudo ver a Laura de Arce, Ofelia Machado Bonet, Carlos Castelucci y Santiago Minetti, que formaban parte del muy vareliano cuerpo docente que capacitaba a los futuros maestros. Aunque las muchas alumnas y algunos alumnos del instituto preferían tener cerca en el café a Reina Reyes, una profesora más sintonizada con los aires renovadores de ese momento, o al maestro Julio Castro -más allá de sus funciones, un socrático maestro de vida-, hombre de Marcha preocupado desde entonces por el destino de nuestra desgarrada Latinoamérica (a quien la dictadura de los setenta iba a detener y desaparecer)”.[11]

En fin, son muchos los nombres de uruguayos famosos que frecuentaban ese Café, centro de intercambio de ideas y discusiones de índole variada. No se trataba solo de gente vinculada a la literatura o profesores de renombre, sino que también concurrían médicos y gente de teatro. Fue también lugar de reunión de los exiliados españoles relacionados con la cultura, como José Bergantín (catedrático de la Facultad de Humanidades), y poetas como Rafael Alberti, residente en Argentina.

Las famosas tertulias sorcabanescas reunían tanto a los refugiados peronistas como al socialista argentino Alfredo Palacios, así como también a peruanos, como, por ejemplo, Víctor Raúl Haya de la Torre, exiliado a causa de la dictadura de Odría.[12] Según Michelena, en los 40 coincidieron allí también alguna vez figuras políticas nacionales como Luis Batlle y Luis Alberto de Herrera, así como el socialista Emilio Frugoni. Aunque agrega este autor, que estos tres políticos eran en realidad más fieles a cafés más antiguos como el Montevideo, el Tupí Viejo y el Yrigoyen de la calle 25 de Mayo.

Sin duda, Angelina de la Quintana lo conocía muy bien, en especial dada su cercanía con el Taller Torres García, en tertulias con artistas y personas de la cultura en general. La serie de óleos con esa temática es de los años 1960; en uno de los lienzos se lee claramente: “1967”. Fueron hechos en diferentes momentos, tal y como se desprende de las diferencias, en especial, relativas a la gama de tonos. La atmósfera de época aparece insinuada en las vestimentas y poses de los personajes sugeridos en las composiciones. No hemos tenido el privilegio de ver los originales ni tampoco toda la serie. Sin embargo, estos tres que han sido difundidos en las redes y que aparecen en esta nota, han servido de acicate para transportarnos a una época de gran efervescencia cultural e intelectual de un Montevideo muy diferente del actual, y acercarnos a facetas poco conocidas de esta artista, importante representante de nuestra pintura. Sus obras más recientes relativas al tema migración y que hemos simplemente nombrado al pasar, merecen sin duda una reflexión detallada, desde ángulos diversos, que quedará como asignatura pendiente.

[1]  Joaquín Torres García (Montevideo, 1874 – Montevideo, 1949). De nacionalidad uruguayo-española, fue pintor, escultor, profesor y teórico del arte. Vivió en Uruguay su infancia y adolescencia, y a inicios de 1891 se trasladó con su familia a Barcelona, donde ingresó a la Academia de Bellas Artes. A principios del siglo XX, ya contaba con un reconocimiento como pintor y muralista (Salón de París). Fue colaborador de Antoni Gaudí y su corriente modernista en la ejecución de una serie de vidrieras para la Catedral de Palma de Mallorca y la Sagrada Familia (1903-1904). Ejecutó múltiples trabajos artísticos en importantes ciudades europeas de aquella época, y fue definiendo su estilo abstracto-geométrico que derivaría en el constructivismo. En 1920, se trasladó por unos años a Nueva York, junto a su familia. De regreso a Europa, en 1928, fundó con Piet Mondrian (París) el grupo Crecle et Carré, aunque se alejó del mismo poco tiempo después. En 1934, Torrres García decidió volver al Uruguay e introducir las vanguardias europeas que lo habían cautivado en las diversas instancias de su trayectoria artística. Entre 1942 y 1943, se estableció el Taller Torres García, que formó a un importante grupo de artistas uruguayos, y que continuó abierto tras su muerte (1949), hasta 1967. De su obra teórica, Universalismo constructivo, publicada en 1944, es fundamental para entender su visión del arte. (Fuentes: www.museothyssen.orgwww.wikipedia.orgwww.torresgarcia.org.uy).

[2]  Dumas Oroño (Tacuarembó, Uruguay, 1921 – Montevideo, 2005). Reconocido artista plástico, gestor cultural y docente. Su obra artística integra pintura, escultura, grabado, cerámica, muralismo, diseño de joyas, etcétera. Recibió el Premio Figari en 2004. Formó parte de las primeras generaciones de artistas que integraron el Taller Torres García (Escuela del Sur).

[3] Julio Alpuy (Cerro Chato, Uruguay, 1919 – Nueva York, 2009). Uno de los grandes exponentes del Taller Torres García. Emigró a Estados Unidos en 1961.

[4] Josep Collel (Vich, España, 1920 – Montevideo, 2011). Emigró a Uruguay en 1950, ingresando en el Taller Torres García como alumno de Julio Alpuy. Además de pintor, fue destacado ceramista, maestro en la técnica del esmaltado sobre cobre.

[5] José Gurvich (Lituania, 1927 – Nueva York, 1974). Uno de los principales representantes del Taller Torres García luego de la muerte del maestro.

[6] Programa Angelina de la Quintana, El Monitor Plástico, 30.03.2019.

[7] Alfredo Rudich, arquitecto, había emigrado a Uruguay en 1938 debido a las persecuciones nazis en Europa.

[8] Programa Angelina de la QuintanaOp. cit..

[9] Ibid.

[10] Michelena, Alejandro (2003). Gran Café del Centro: crónica del Sorocabana. Montevideo: Ed. Cal y Canto.

[11] Michelena, A. Op.cit.. Capítulo: El Café Sorocabana en su esplendor: años 40.

[12] Ibid.

 

 

[Fuente: http://www.vadenuevo.com.uy]

Dans un éditorial surprenant, Aluf Benn, fils du poète juif Aryeh Sivan et rédacteur en chef de Ha’Aretz, évoque le rôle de son père dans l’expulsion des Palestiniens en 1948. Selon lui, la société israélienne doit cesser d’avoir peur de parler de la Nakba, cet exil forcé des Palestiniens. Un article à retrouver dans notre hors-série “Moyen-Orient. Les nouveau maîtres du jeu”, actuellement en vente.

Entre 1947 et 1948, durant la Nakba, “la catastrophe”en arabe, près de 770 000 Palestiniens auraient quitté leur foyer.

 

Ma ville de Ramat Hasharon [fondée en 1923 dans la banlieue de Tel-Aviv] est flanquée par deux installations militaires. Quand j’étais enfant, on les appelait “l’usine” et “le camp”. Aujourd’hui, on les appelle “le complexe des Ta’as”, en utilisant l’acronyme hébreu des IMI, les Industries militaires israéliennes, et “l’unité 8 200”, en référence à un célèbre service de renseignements.

Enfant, ma mère me parlait parfois des anciens habitants [arabes] de ces terres. À l’est se trouvait Abou Kishk, là où se dressent aujourd’hui les IMI ainsi que le quartier résidentiel de Morasha. À l’ouest, près de la côte, se dressait le village de Jalil, lequel a légué son nom à Glilot, un échangeur autoroutier et un quartier de la ville voisine de Herzliya.

Ma mère se souvenait d’Abou Kishk comme d’un endroit sinistre avec des chiens menaçants. En revanche, le village de Jalil, entre autres grâce à son riche cheikh qui conduisait une voiture américaine, était considéré comme un exemple de bon voisinage entre Arabes et Juifs. Son cheikh conduisait des voitures américaines et entretenait de bonnes relations avec mon grand-père.

Une explication bien pratique

C’est bien des années plus tard que je découvris comment ce double voisinage prit soudain fin, en lisant une interview d’Eliyahou Binyamini, un membre de l’” aristocratie” juive locale, par ailleurs fils du premier maire de Ramat Hasharon. Quand la guerre d’indépendance [d’Israël] éclata en décembre 1947, “les Arabes du voisinage se massèrent dans la cour de mon père”, expliquait ainsi Eliyahou Binyamini au journaliste Yoav Karni.

Nous leur donnâmes des véhicules et ils s’enfuirent. Dans d’autres endroits des environs, les Arabes se sont fait botter le cul, comme à Sheikh Mounis [aujourd’hui Ramat Aviv, un quartier du nord de Tel-Aviv], par exemple”.

Eliyahou Binyamini tenait néanmoins à rappeler que le cheikh d’Abou Kishk et ses fellahin [paysans] avaient été encouragés par le Haut-Comité arabe [exécutif palestinien] à quitter leurs maisons pendant quelques semaines, le temps de revenir en vainqueurs avec les armées arabes. Mais les Arabes avaient perdu et le cheikh, seul membre de son clan autorisé à rester en Israël, mourut abandonné et ruiné quelques années plus tard, à Lod, municipalité située au sud de

[…]

[Photo : AKG-IMAGES / PICTURES FROM HISTORY – lisez l’intégralité de cet article sur http://www.haaretz.com/israel-news/jewish-israelis-should-stop-being-afraid-of-the-nakba-1.9761766%5D

Só quatro vacinas aceites como prova para emigrantes entrarem em Portugal

Os portugueses residentes no estrangeiro que queiram entrar em Portugal apresentando prova de vacinação contra a covid-19 apenas o poderão fazer se tiverem recebido uma das quatro vacinas aprovadas pela Comissão Europeia, se testarem negativo ou comprovarem recuperação.

De acordo com fonte oficial da Direção Geral da Saúde (DGS), para as pessoas que queiram viajar para Portugal terem o certificado de vacinação covid da União Europeia (UE) aceite terão de ter recebido as vacinas aprovadas pela Comissão Europeia, de acordo com a recomendação da Agência Europeia de Medicamentos.

Estas vacinas, que estão a ser administradas em Portugal e na maioria dos Estados-membros da UE, são a BioNTech-Pfizer, a Moderna, a AstraZeneca e a Janssen.

Isso significa que os portugueses que tenham recebido outras vacinas nos países onde residem, como a Sinopharm ou a Sinovac (chinesas), Sputnik (russa), Covaxin (indiana), Epivaccorona (russa) ou a Soberana (cubana), entre outras, e que queiram entrar em Portugal mediante prova de vacinação, não o poderão fazer.

Estes portugueses poderão, no entanto, entrar em Portugal mediante a apresentação de um certificado de recuperação, no caso de já ter contraído a infeção.

Segundo a DGS, as pessoas recuperadas da covid-19, titulares de um certificado válido, emitido entre os 11º e o 180º dia, após a realização de teste laboratorial (positivo), que confirmou o diagnóstico de infeção por SARS-CoV-2, poderão entrar em Portugal.

Outra possibilidade de entrar em Portugal é apresentando um certificado de teste com resultado negativo.

Os testes que estão a ser aceites são o de amplificação de ácidos nucleicos (TAAN) para detetar a presença de RNA de SARS-CoV-2, cuja amostra tenha sido colhida nas 72 horas anteriores à entrada em território nacional, e o teste rápido de antigénio (TRAg), de uso profissional, cuja amostra tenha sido colhida nas 48 horas antes da entrada em Portugal.

 

 

[Fonte: http://www.mundoportugues.pt]

O filólogo galego-portugués faleceu o pasado luns tras unha vida dedicada ao ensino da lingua galega na ‘quinta provincia’.

Higinio Martínez Estévez naceu e morreu en Bos Aires, pero levou Galicia alí por onde pasou. Filólogo galego-portugués de profesión, faleceu o pasado luns 21 na capital da quinta provincia galega, a cidade bonaerense, logo de ter dedicado unha vida ao estudo e divulgación da lingua e cultura galega, labor que desenvolveu maioritariamente ao outro lado do Atlántico e que serviu tamén como un punto de encontro do galeguismo emigrado nas últimas décadas do século XX.

Naceu nos días despois da Guerra Civil, por 1940, pero non foi ata uns anos máis tarde cando, nunha viaxe á terra –os pais eran naturais de Santa María de Oia, no Val Miñor–, viviu unha experiencia que “o marcaría para sempre”, en palabras de Lois Pérez, un dos seus ex-alumnos na Asociación do Idioma Galego, institución que Martínez Estévez fundaría nos anos 70 e arredor da cal impartiría os seus famosos cursos de galego-portugués.

As aulas, ditadas no Centro Galego de Bos Aires, eran un auténtico acontecemento para os mozos –e non tan mozos– que alí se achegaban os sábados á tarde. “Aqueles sábados de aprendizaxe eran case sagrados para os vellos e novos galeguistas”, lembra este ex-alumno. Nas aulas do Centro Galego cabía o debate sobre a lingua, a poesía existencialista e a “Galiza idealizada” do profesor, cuxas explicacións se vían entretecidas con intervencións nacionalistas de algún que outro alumno.

DITADURA DE VIDELA

“Recordo o apaixonantes que eran as súas clases dos sábados”, lembra Lois Pérez. “A parte de ensinar  galego, aquelas clases convertéronse nun punto de reunión dos nacionalistas galegos. Transcorría por eses anos a  ditadura de  Videla.  Tras un cambio na directiva do Centro, Higinio queda sen local para ditar as clases. Recordo que lle xestionei que as dera na Federación de Sociedades Galegas, onde eu era o secretario do Ateneo Curros Enríquez xunto a Moncho Portas, Marta Tárela, Antón Santa Marina, etc.”, apunta.

O falecemento do profesor Martínez Estévez deixa consternado ao movemento galego na quinta provincia. Lorena Lores, secretaria da Federación de Sociedades Galegas, quixo destacar, ao fío do pasamento, a “tremenda perda para a colectividade galega na Arxentina. Cumpriu unha misión histórica debuxando a lingua e a cultura galega.”

 

Les proches des enfants disparus à leur arrivée dans les années 50 réclament uniquement que la vérité soit faite et refusent les 162 millions de shekels promis par le cabinet

Les Israéliens manifestent lors de la journée de commémoration de l’Affaire des enfants yéménites à Jérusalem, le 31 juillet 2019. (Photo : Yonatan Sindel/Flash90)

Mardi, nombre de familles d’immigrants qui disent que leurs enfants et leurs frères et sœurs ont été enlevés dans les années 1950, demandent que le gouvernement ouvre les documents classés confidentiels liés à l’affaire des enfants yéménites, et considèrent le plan de compensation récemment annoncé comme une tentative de mise à silence.

Les familles se sont mobilisées le jour qui a suivi l’annonce du gouvernement d’allouer 162 million NIS à titre de compensation.

Mille familles d’immigrants, principalement originaires du Yémen, mais aussi des Balkans, d’Afrique du Nord et autres pays du Moyen Orient, affirment que leurs enfants ont été kidnappés dans les hôpitaux dans les premières années d’Israël. Ils auraient été destinés à l’adoption, y compris à l’étranger.

Au niveau officiel, on explique que les enfants sont morts des suites de soins médicaux. Les familles n’y croient pas et affirment que les enfants ont été donnés à des couples stériles, originaires d’Europe. Bien que les enquêtes précédentes aient démenti les enlèvements massifs, ces suspicions ont fait long feu, aggravant encore plus la fracture entre les Juifs européens et ceux d’origine orientale.

Les Israéliens manifestent lors de la journée de commémoration de l’Affaire des enfants yéménites à Jérusalem, le 31 juillet 2019. (Photo : Yonatan Sindel/Flash90)

Bien que lundi, l’État ait exprimé ses regrets et sa compréhension des souffrances vécues par les familles, il n’y a eu jusqu’à ce jour aucune excuse officielle sur cette affaire qui demeure hautement sensible et controversée dans la société israélienne.

Yona Iraqi Hacohen, une femme âgée de 77 ans dont les frères et sœurs ont disparu, déclare au site Walla news : « Les enfants ne sont pas morts. Et si c’est le cas, où ont-ils été enterrés ? »

“Cet argent est pour nous faire taire. Voilà ce que je pense. Où sont-ils passés durant toutes ces années. Je suis en colère car mes parents ne sont plus parmi nous, et j’ai promis de ne jamais renoncer jusqu’à ma mort », dit-elle.

L’absence d’excuses officielles a été critiquée par ceux qui ont soutenu ces familles touchées. Le plan a éludé les réponses aux questions des familles, tant sur la disparition des enfants, que les plaintes vis-à-vis des responsables de cette affaire.

Les familles affirment que les enfants ont été enlevés par des autorités qui n’ont jamais fait la lumière sur leur sort. Elles considèrent que cette affaire reflète la politique de l’époque et ne concerne en aucune manière des cas isolés.

Michael Sharabi critique les compensations et précise que ce n’est pas l’objectif de la protestation. Il avait été dit à sa mère à l’époque que son nourrisson était mort. « Nous n’avons jamais parlé de dédommagement financier. Nous demandons la vérité.”

Le Premier ministre Benjamin Netanyahu à Jérusalem, le 6 janvier 2021. (Photo : Marc Israel Sellem/Pool via AP)

Le Premier ministre Benjamin Netanyahu a déclaré lundi que « le temps était venu pour les familles dont les bébés avaient été enlevés, de recevoir de l’État, reconnaissance et compensation du gouvernement israélien. »

Tout en reconnaissant que les dédommagements « n’atténueront pas les terribles souffrances endurées par les familles », Netanyahu espère que cette décision apportera « le minimum de confort qu’elles méritent. »

Il a également demandé au ministère de l’Éducation que cette affaire soit inscrite dans les livres d’histoire en Israël.

Selon les termes du plan, les familles recevront 150 000 NIS pour chaque enfant dont la mort avait été déclarée à l’époque. La somme de 200 000 NIS sera donnée pour chaque enfant dont on ignore le destin.

Au total, le gouvernement allouera 162 million NIS dans le cadre du plan de compensation.

Seules les familles dont les cas ont déjà été examinés par les trois comités de l’État mis en place ces dernières années pour enquêter sur le sujet pourront être retenues. Les demandes devront être effectuées entre le 1er juin et le 30 novembre 2021.

Un comité sera alors créé pour organiser les allocations compensatoires.

Une famille juive yéménite se rend dans un camp de réfugiés mis en place par le Joint Distribution Committee, près d’Aden. (Photo : GPO/domaine public)

1 050 familles seraient concernées selon le site Ynet. Il leur sera alors demandé d’écrire une déclaration affirmant qu’ils ne porteront pas plainte dans le futur et qu’ils entérinent la fin de toute action judiciaire.

La proposition intégrera la déclaration selon laquelle « le gouvernement d’Israël regrette les événements qui se sont déroulés dans les premières années de l’État et reconnaît la souffrance des familles ».

« Le plan financier n’a pas le pouvoir de répondre aux souffrances des familles ». « Mais l’État d’Israël espère que cela permettra de participer au processus de réhabilitation et à la blessure sociale qui a imprégné la société israélienne. »

Ce plan a été élaboré en réponse à différentes poursuites engagées par les familles.

Au début de l’année, l’État a avancé que certains cas étaient prescrits. La Cour suprême n’a pas donné son avis sur le sujet.

Après la création de l’État d’Israël en 1948, les immigrants venant de pays arabophones du Moyen Orient et d’Afrique du nord avaient été envoyés dans des camps de transit insalubres et furent ignorés par les européens et les Ashkénazes du parti travailliste. Cette expérience douloureuse a contribué à apporter du soutien au parti Likud dirigé aujourd’hui par Benjamin Netanyahu.

Yona Josef, née au Yémen, montre une photographie des années 1940 d’elle et de son père au Yémen, dans leur ville de Raanana. Sa sœur Saada a disparu après quelques heures passées dans un dispensaire. Il a été dit à la famille qu’elle était morte mais aucune dépouille n’a jamais été restituée. Photo datant du 11 juillet 2016. (Photo : AP Photo/Ariel Schalit, File)

Parmi les immigrants, se trouvaient plus de 50 000 Juifs yéménites, le plus souvent pauvres et issus de familles nombreuses. Au milieu du chaos de leur exil, certains enfants sont morts, tandis que d’autres ont été séparés de leurs parents.

Certains affirment que la réalité est bien plus sinistre. L’organisation d’une adoption par la capture d’enfants au profit de familles ashkénazes, s’appuyait sur l’idée qu’elles pourraient leur offrir une vie meilleure.

Plus tard, les soupçons se sont renforcés lorsque certaines familles ont reçu par la poste des papiers d’incorporation militaire pour leurs enfants prétendument morts. Grâce aux tests ADN, on a pu découvrir quelques cas qui confirment que certains enfants adoptés sont nés dans des familles yéménites à qui il avait été dit que leur enfant était mort.

Trois commissions de haut niveau ont rejeté les allégations, affirmant que la plupart des enfants étaient morts des suites de maladie dans les camps d’immigration. En 2001, un rapport a souligné qu’il était peut-être possible qu’il y ait eu des adoptions à l’initiative de travailleurs sociaux individuels. Mais qu’il ne s’agit en aucun cas d’une conspiration nationale. Au nom de la protection de la vie privée, il a été ordonné que les témoignages recueillis soient scellés pendant 70 ans.

Amram, l’une des principales organisations à but non lucratif soutenant les familles, a déclaré lundi dans un communiqué que le plan du gouvernement « était une étape qui ne répond que partiellement et de manière inappropriée et incomplète aux demandes ».

« Il manque un point essentiel, explique Amram, des excuses officielles de l’État ».

« Il est à noter que cette décision a été prise sans aucun dialogue avec les familles ni avec les associations compétentes. Ce qui rend impossible le processus de réparation ».

Le groupe parle de « défaillances substantielles ». En effet, seules les familles s’étant adressées aux comités peuvent réclamer des indemnisations ce qui constitue de fait des exclusions arbitraires pour les autres. »

Il a donc été demandé au gouvernement de trouver une solution plus exhaustive. Ainsi « de nombreuses familles ne se sont pas adressées aux comités, pour toutes sortes de raisons, y compris la méfiance envers les institutions ».

Enfants yéménites arrivés en Israël grâce à l’opération Tapis volant, devant un avion d’Alaska Airlines. (Photo : AJM)

Les revendications portent aussi sur la manière dont de nombreux immigrants juifs du monde musulman ont été marginalisés et négligés lorsqu’Israël était sous contrôle d’une élite ashkénaze.

[Source : http://www.timesofisrael.com]

Organizadores:

Universidad Autónoma de Chihuahua; Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (MÉXICO); Universidad de Playa Ancha, Valparaíso (CHILE), Centro de Investigación Iberoamericano de Maguncia-Germersheim /Leipzig (CIIA, Alemania)

Tipo de actividad: Congreso, jornada, encuentro
Fecha límite de solicitud: Lunes, 6 septiembre de 2021
Descripción: 

La Universidad Autónoma de Chihuahua, la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (MÉXICO), la Universidad de Playa Ancha (Valparaíso, Chile) y el Centro de Investigación Iberoamericano de Maguncia-Germersheim /Leipzig (CIIA, Alemania) celebran este coloquio del 28 al 30 de octubre de 2021 en Chihuahua (México).

Ejes temáticos:

1. Significaciones desde lo local y lo global: Visitaciones/Revisitaciones al norte mexicano: exotismos
y postexotismos;

2. Geopoéticas norteño-mexicanas: espacio y `fronteras´ (nacionales, estatales y culturales);

3. Subjetividades norteñas: `fronterizas´, `transfronterizas´, `nómadas´ e `híbridas´;

4. Canon y contracanon: `cartografías´, `catalogación/descatalogación´ (obras, autorxs y receptorxs);

5. Ética, cuerpo/biopoderes/necropoderes y violencias: proyectos ético-políticos de la crítica cultural contemporánea para intervenir los fenómenos de las distintas violencias en el México actual;

6. Imagologías etnoculturales. `Marcos Culturales´ norteño-mexicanos: tensiones y experiencias entre las ideas de lo alto/bajo y centro/periferia;

7. Hibridaciones/Intermedia/Transmedia. Negociaciones: `alta cultura´/ `cultura popular´/ `cultura de masas´ (lo fantástico, ciencia ficción, horror, novela gráfica, cómic, redes sociales, series, memes, filmes/documentales/cortometrajes, videojuegos, performance, pintura, arquitectura, escultura, música, body art, diseño gráfico, espacios urbanos, graffiti);

8. Estudios de género: feminismos, transfeminismos, estudios queer, estudios trans*, masculinidades/nuevas masculinidades;

9. Colonialismo, poscolonialismo y decolonialismo: importancias o urgencias de continuar pensando el norte mexicano desde estas categorías;

10. Migrantes, migraciones y diásporas: emergencias, `precaridades´, historización/deshistorización;

11. Pandemias, pospandemias. Salud/Enfermedad: “esa frontera”;

12. `Eco-crítica´ en el norte de México: usurpaciones, apropiaciones, expropiaciones, territorialidades. Sustentabilidad, recursos naturales y sus relaciones con la crítica cultural;

13. Criminalización, singularidades, prisión, manicomios, etc.;

14. Cuerpos y corporalidades.

Ciudad: Chihuahua
País: México
Fecha de inicio: Jueves, 28 de octubre de 2021
Fecha de finalización: Sábado, 30 de octubre de 2021

Dirección postal completa:

Facultad de Filosofía y Letras, Rúa de las Humanidades S/N, Ciudad Universitaria, 31203 Chihuahua, Chih. México

Teléfono 1:  +526144279173
Teléfono 2:  +526143428461
Correo electrónico: literaturaculturanortedemexico@gmail.com
Página de Internet:  https://sites.google.com/view/literaturayculturadelnorte
Materias de especialidad: 

Cibercultura, Cine y audiovisuales, Estudios culturales, Literatura contemporáneaLiteratura contemporánea, Literatura del siglo XX, Literatura del siglo XXI, Literatura hispanoamericana, Narrativa, Narrativa gráfica, Narrativa transmedia, Poesía, Teatro y artes escénicas, Teoría de la literatura

Redes sociales Facebook: https://www.facebook.com/LitCultNortMex/
  Twitter:  @LitCultNortMex
Fuente de información:  Grupo de investigación Literatura y Cultura del Norte de México UACH
Observaciones:

Las propuestas podrán ser individuales o de mesa y deberán enviarse hasta el 06 de septiembre de 2021 al correo: literaturaculturanortedemexico@gmail.com. El comité organizador confirmará su recibido e informará antes del 24 septiembre de 2021 su aceptación o no aceptación.

*Nombrar los archivos adjuntos con apellido del autor (a) /coordinador (a) y `coloquionorte´, por ejemplo: “Acuña-coloquionorte.pdf”.

Los resúmenes no excederán las 300 palabras. Letra times new roman, tamaño 12 a doble interlineado. Se adjuntarán en un archivo en formato PDF con:

– Nombre

– Título de la ponencia

– Correo electrónico

– Filiación institucional

– Eje temático seleccionado

MESAS: (se conformarán de tres a cinco integrantes)

– Adjuntar en un archivo en formato PDF

– Título y resumen de la mesa

– Nombre y datos del coordinador

– Los resúmenes individuales de cada participante con los requisitos ya señalados arriba.

DESARROLLO DE LAS PRESENTACIONES:

La extensión de las ponencias será de 10 cuartillas en letra times new roman tamaño 12 a doble interlineado.

MODALIDAD DEL EVENTO:

El desarrollo de la actual pandemia por COVID-19 nos obliga a continuar con la modalidad virtual y con la posibilidad de desarrollar una parte de las presentaciones en modo presencial limitado. Informaremos de esto último con el tiempo adecuado y con detalles más precisos.

COSTOS:
– Ponentes extranjeros: 70.00 USD

– Ponentes nacionales: $800.00 pesos

ORGANIZACIÓN:
Facultad de Filosofía y Letras a través de la Secretaría de Investigación y Posgrado

Grupo de Investigación: Literatura y Cultura en el Norte de México (LICUNOME)

COMITÉ ORGANIZADOR:

Mónica Torres Torija (UACH/Literatura y Cultura en el Norte de México)

Felipe Saavedra (Universidad Iberoamericana/Literatura y Cultura en el Norte de México)

Vladimir Guerrero (UACH/Literatura y Cultura en el Norte de México)

 

[Fuente: hispanismo.cervantes.es]

 

Escrito p

“No entienden muy bien quién es abuelo, quién tío, quién bisabuelo; las viejas etiquetas les deben parecer espesas e imprecisas”, afirma el narrador de Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet. El hombre —que resucita en el cuerpo de una mujer tras flotar durante setenta años en el mundo virtual donde habitan millones de conciencias— dice en otro momento sobre los jóvenes: “Son la última generación; en adelante no habrá generaciones sino multiplicaciones”.

A través de la ficción especulativa —y por momentos absurda— el escritor interviene en la discusión actual sobre la identidad, la memoria o la tecnología. Estrategias parecidas encontramos en libros de Marcelo Cohen, Samanta Schweblin, Edmundo Paz Soldán, Fernanda Trías, Rita Indiana, Alberto Chimal, Gabriela Alemán, Juan Cárdenas, J. P. Zooey o Liliana Colanzi. Han proliferado los relatos y novelas de autores latinoamericanos que fabulan realidades alternativas o futuras, casi siempre con intención irónica, política y queer.

La ciencia ficción más heterodoxa se ha vuelto medular en la literatura de América Latina. Especialmente castigada por la pandemia, con la migración siempre en el horizonte y víctima de una polarización política que cada día se vuelve más extrema, la región está encontrando en su literatura los futuros que sus políticos son incapaces de imaginar. Las nuevas mitologías, que los lectores sin duda necesitan, son construidas por los escritores mediante la hibridación de las cosmovisiones indígenas con las maestras del feminismo, de la tecnología con el humor, del ensayo con la ciencia ficción.

Tras un canon que —desde Juan Rulfo o Gabriel García Márquez hasta Roberto Bolaño o Elena Poniatowska— exploró sobre todo el pasado o el presente, han llegado nuevas generaciones que incluyen en sus intereses también el porvenir. Si los autores del Boom latinoamericano tradujeron al español los hallazgos técnicos de William Faulkner o Ernest Hemingway, los escritores nacidos en las últimas cuatro décadas del siglo pasado versionan las ideas y las propuestas de Ursula K. Le Guin o Donna Haraway. Encuentran otros modelos inesperados en las artes conceptuales y las narrativas digitales. Los une la voluntad de sacudir los géneros, sexuales y textuales: quienes no se sitúan directamente en una posición feminista, se mueven en el ámbito de lo queer; y todos remezclan imaginarios muy diversos.

En muchos de ellos la migración aparece como una pregunta clave y dolorosa. En el relato “Hermano ciervo”—del libro Tierra fresca de su tumba, de Giovanna Rivero—, por ejemplo, la protagonista estudia el género fantástico y su novio, la clonación de los camélidos. Ambos sienten que sus familiares, en un país lejano, se han convertido en otras personas, al tiempo que ellos mismos también sufrían una mutación. Para sobrevivir en Estados Unidos, él se somete a experimentos médicos que lo convierten en “sujeto prospectivo”, con abundantes extracciones sanguíneas. Cuando llega a la fase X, la última, con “ese tipo de registro que usaban los de la serie Expediente X”, a ella le obligan a ponerse un traje antibacterial para su despedida.

La lectura política es obvia: a cambio de ayudarles a progresar intelectualmente, el imperio les chupa la sangre. Pero no lo es tanto la interpretación en términos genéricos. Mientras su novio dona su cuerpo, en vida y por entregas, a la ciencia ficción, la narradora estudia la carta astral de su hermano muerto o asiste a la muerte de un animal salvaje. Dos fuerzas chocan en ese relato: el poder de lo antiguo y el de lo contemporáneo. De su síntesis, parece decirnos, depende la suerte de lo que vendrá.

“Lo que hay aquí, en esta antología, es un intento por contribuir, desde la incomodidad con el presente, con algunos hilos que puedan entrelazarse y tejerse para hacer otros mundos”, escribe la artista y escritora mexicana Verónica Gerber Bicecci en el prólogo a En una orilla brumosa. Se trata de un volumen colectivo de relatos y ensayos que se apropian de ciertos recursos de la ciencia ficción para imaginar un catálogo de futuros que no se parecen a los del cine y la televisión, que no persiguen el espectáculo sino la especulación. El lenguaje sigue siendo la mejor herramienta para diseñar escenarios alternativos.

Aunque todo escritor está por naturaleza interesado en la tradición y en la memoria, este inicio de siglo señala una progresiva atención de la literatura latinoamericana hacia lo porvenir. Ese giro importante del foco de interés, del pasado y el presente hacia la proyección de futuros, puede deberse a motivos históricos. Los autores del Boom, contemporáneos del Che Guevara o de Salvador Allende, vivieron las revoluciones de Latinoamérica. Los de hoy han sufrido las consecuencias de que fueran neutralizadas por las dictaduras o condenadas por sus propios líderes a una lenta autodestrucción. La literatura ocupa ese lugar vacío —el de los proyectos colectivos del mañana— y lo convierte en un poderoso generador estético y filosófico.

Aunque predomine en estos momentos la distopía (sanitaria y política en Allá afuera hay monstruos, de Paz Soldán, o Mugre rosa, de Trías; tecnológica en Kentukis, de Schweblin; ecológica en El ojo de Bambi, de Gerber Bicecci), muchos de los autores de las nuevas generaciones, después de décadas de desilusión, han sido testigos en los últimos años de algunos mensajes de esperanza. Desde las movilizaciones masivas, de norte a sur, a favor de la despenalización del aborto o del matrimonio igualitario, hasta el cambio constitucional en Chile. Podríamos estar en un punto de inflexión entre las ruinas y el optimismo.

¿Será la tercera década del siglo XXI la década de la tensión entre los últimos estertores de los relatos distópicos y nuevas formas literarias de la utopía? Para poder responder a esa pregunta, seguiremos leyendo. Con la conciencia de que el futuro no está escrito. Y que todo un continente permanece abierto a la historia y a la imaginación.

Jorge Carrión (@jorgecarrion21) es escritor y director del máster en Creación Literaria de la UPF-BSM. Sus últimos libros publicados son Contra Amazon y Lo viral. Es el autor del pódcast Solaris, ensayos sonoros.

[Foto: Federico Rios Escobar – fuente: http://www.nytimes.com]

 

 

 

Hai unhas semanas, cando visitaba o Arquivo Histórico Provincial de Lugo topei dun modo totalmente casual, un testamento do ano 1862,  redactado ante notario, nunha casa de Santalla, en Ribeira de Piquín, en Lugo.

O testador era Pedro Vispalia, “hijo de Juan Vispalia y Manuela Méndez Pisón, natural del pueblo de Buzet, tierra conocida de la Baja Navarra correspondiente al departamento de Pau, en los Bajos Pirineos del imperio de Francia”dicía o documento. Pedro era castrador.

Este era o segundo castrador da mesma orixe, co que daba en pouco tempo.

Uns días antes, atopei tamén dunha forma casual no Arquivo Diocesano de Lugo, a partida de defunción dun home falecido en Monforte de Lemos en 1809, que dixo ser castrador.  E isto nun tempo, en que Galicia loitaba por se desfacer das tropas napoleónicas.

O seu nome completo era Francisco Arrateig, “hijo de Juan Arrateig y Catalina de Gora, vecinos de Santa María de Escote, provincia de Aspa, obispado de Loron, departamento de los Bajos Pirineos”, segundo declarou ás persoas que o asistiron, no seu derradeiro suspiro.

Despois dunha pequena investigación descubrin que ámbolos dous homes procedían do departamento francés, hoxe coñecido como os Pirineos Atlánticos. O primeiro era de Buziet e o segundo de Escot.  Os dous eran bearneses, como a salsa!

Esta rexión non só deu ó mundo a súa coñecida salsa. Tamén foi exportadora durante séculos de castradores, que desempeñaban o seu oficio con habelencia en toda a península. Así que, estes homes que normalmente anunciaban a súa chegada cun chifre, viñan de lonxe.

No libro “Les Crestadous” publicado en 1994 por René Arripe contan moito desta sorprendente historia dos castradores do Val de Ossau, nas terras de España e Portugal. E nos listados, que o autor elaborou con moita paciencia, podemos atopar a varios Bispalie e tamén Arrateig, que traballaron en lugares indeterminados da península.

As migracións destes profesionais eran estacionais, aínda que algúns acabaron por quedar nos lugares, onde traballaban. Co tempo, adaptaron os seus nomes á fala local e mudaron o seu acento. Espazaron as  súas visitas ós seus lugares de nacemento e ós poucos esqueceron as montañas e vales, de onde tiñan partido.

Así debeu de ocorrer cos descendentes de Pedro Vispalia, nado Pierre Bispalie, fillo de Jean Bispalie e Jeanne Marie Pissou. Grazas ó seu testamento, sabemos que o pai de Pierre, castrador de profesión, falece en Meira en 1837.

Pierre herda o oficio e casa cunha local en Xermar, Cospeito. Cando falece lega ó seu fillo Manuel unha egua pinta e á súa filla Josefa unha torda preñada. Aínda que o testamento non o di, é probable que Manuel tamén herdase o oficio, que pasaba de pais a fillos ou de tíos a sobriños. E así ata chegar a Serafín, tataraneto de Jean e bisneto de Pierre.

Serafín, alcumado “O Vispalia” será o derradeiro capador da Chaira lucense. Foi o derradeiro en herdar non só o oficio senón tamén o monopolio sobre unha ampla zoa, que ía desde Guitiriz a Outeiro de Rei e desde Friol a Terras de Meira.

A historia deste personaxe emblemático está recollida en “Os Vilares, lareira de soños”, escrito por Pas Veres. Ben! Este libro que recolle e preserva a memoria colectiva da parroquia de Os Vilares, en Guitiriz, dedica un pequeno capítulo a Serafín. Tiña que ser así! Á fin e ó cabo “O Vispalia” era como un trapeiro dos Vilares, só que os seus antepasados viñan de lonxe.

Con todo, nada se fala no libro das raíces bearnesas do “Vispalia”. Conta a autora, que nas conversas que mantivo coa familia de Serafín, algo falaron de Francia. Era algo así como un eco lonxano, que dicía: “Nous sommes hongreurs”.   

Pero, lembraban realmente, que as súas raíces están en Buziet, nun lugar do prepirineo francés que está en no camiño do Piamonte, a só tres etapas de distancia do mítico Saint-Jean-Pied-de-Port? Saberían acaso que Vispalia era a versión deturpada do apelido Bispalie?

Definitivamente, Vispalia é un apelido exótico. E tamén é máis que probable que as persoas con ese apelido, que hoxe vivan en Galicia teñan algo que ver con ese primeiro Pierre que hai uns 200 anos casou en Xermar!

[ Do blog Bisagras de Papel ]

L’une des définitions du mot “génération” insiste sur l’homogénéité de destin que traduit le fait d’être né une année plutôt qu’une autre.(Photo de classe vers 1920/1930 – Photographe David et Vallois – Lycée Voltaire, Paris° Wikimedia Commons

Écrit par Angéline Escafré-Dublet

Maîtresse de conférences en science politique, Université Lumière Lyon 2

et Lionel Kesztenbaum

Chercheur, Institut National d’Études Démographiques (INED)

 

Baby-boomers, millennials, génération Z… Les termes se multiplient pour identifier des groupes au sein des sociétés occidentales et désigner des ensembles d’individus du même âge qui partageraient des pratiques et expériences communes, distinctes de celles et de ceux qui les ont précédés.

On peut penser que ce regain d’intérêt récent pour l’idée de générations, dans le monde scientifique comme dans le grand public, tient, au moins en partie, au contexte socio-économique du tournant du XXIe siècle où se trouve battue en brèche l’idée implicite d’une amélioration du niveau de vie entre parents et enfants (de « génération en génération », comme on dit).

Depuis le dernier quart du XXe siècle, l’entrée des jeunes sur le marché du travail, morcelée, incertaine, déstabilise l’ensemble du cycle de vie, conduisant à des difficultés pour se loger, fonder une famille, construire une carrière professionnelle, etc.

Pourtant cette grille de lecture par « générations » est loin de faire consensus, ce qui tient autant au terme lui-même – semi-savant, il est couramment employé par scientifiques et profanes – qu’à sa polysémie : l’idée de génération peut désigner un âge de la vie (autour du passage à l’âge adulte généralement), une cohorte de naissance (l’ensemble des personnes nées la même année), les membres, souvent les descendants, d’une même famille, enfin l’écart temporel entre parents et enfants, notamment dans l’étude des phénomènes migratoires.

Revenir sur ces différents sens et leurs usages permet de situer les débats actuels sur l’existence de différentes générations, mais également de remettre en perspective l’idée d’une « génération Covid » qui a émergé récemment.

Fêtes de conscrits

L’idée de génération renvoie à (au moins) deux visions distinctes et quasi antagonistes du passage du temps. La première insiste sur l’homogénéité de destin que traduit le fait d’être né une année plutôt qu’une autre, ce que les démographes qualifient de cohorte.

Un exemple emblématique, superbement illustré et analysé par Michel Bozon (Les Conscrits), est l’organisation en classes de conscrits qui a rythmé la vie des communautés villageoises françaises durant la majeure partie des deux derniers siècles.

Nés la même année, les jeunes hommes (et les jeunes femmes lorsqu’apparaissent, au XXe siècle, les conscrites) préparent ensemble le moment du tirage au sort (au XIXe siècle) ou du conseil de révision (au XXe siècle) en reproduisant rites et coutumes établies avant eux et qu’ils perpétuent, faisant du service militaire une cérémonie de passage à l’âge adulte.

Après le service lui-même, apparaissent les amicales, associations de conscrits composées d’individus nés la même année et habitant le village ou la ville, fondées quand ils ont 19 ans et s’éteignant à la mort du dernier survivant,

« elles suivent toutes le même cycle d’activité : à leurs débuts, elles organisent surtout des bals et des activités sportives, puis, avec l’âge mûr, elles se consacrent davantage aux voyages organisés, aux banquets, aux parties de boules et de cartes. » (Bozon, p. 38).

Aujourd’hui, l’entrée sur le marché du travail a remplacé le passage au service militaire mais l’idée reste la même : l’entrée dans la vie adulte, moment décisif à plus d’un titre, est à la fois un déterminant puissant de la trajectoire ultérieure et déterminé fortement par la date où elle a lieu (donc, lié, peu ou prou, à l’année de naissance).

Se « faire une place »

Il faut noter que cette première définition, qui insiste sur l’homogénéité de destin, renvoie autant à l’idée de continuité et de transmission, (comme dans le cas des conscrits) qu’à celle de rupture, qu’elle soit sociétale, « les baby-boomers », politique, la « génération Mitterrand » ou technique, « la génération des digital natives ».

C’est particulièrement clair lorsque l’on s’écarte du monde social pour d’autres univers, par exemple le monde de l’art ou de la politique, où le concept de génération est une forme de présentation de soi qui traduit la nécessité pour les nouveaux entrants de se démarquer de leurs aînés, symboliquement et littéralement : il leur faut se « faire une place » dans un milieu déjà bien structuré.

On le voit par exemple au sein du mouvement féministe, où l’affirmation d’une « troisième vague » dans les années 1990 a pu symboliser la nécessité de se démarquer des militantes du Mouvement de libération des femmes des années 1970 ; ou parmi les militants antiracistes des années 1980, où la notion de seconde génération de l’immigration n’est pas tant une manière de se distinguer de ses parents que d’affirmer un nouveau combat contre les discriminations.

On le voit également dans le monde de l’art, où la thèse récente d’Élisa Capdevila montre comment les artistes américains des années 1960 à Paris (Niki de Saint Phalle, Phil Glass, etc.) se sont distingués des autres artistes américains venus se former auprès des maîtres de l’École de Paris qu’étaient Picasso, Matisse ou Brancusi, en s’affirmant comme une avant-garde artistique made in USA.

Dans une seconde acceptation, la notion de génération permet d’opérer un lien entre événement historique et expérience des individus. On passe alors de la dimension démographique (la cohorte) à la dimension historique : le fait de se situer collectivement par rapport à un événement majeur. On parle de « génération du feu », pour ceux qui ont combattu pendant la guerre de 14-18 ; de « génération Mai 1968 », pour ceux qui se sont mobilisés pendant ces événements.

Le sociologue allemand Karl Mannheim a théorisé cette notion en 1928 dans son célèbre ouvrage, Le problème des générations (traduit en français en 1990, réédité en 2011). Il distingue la situation générationnelle (le fait d’être né au même moment) de l’unité générationnelle (le fait d’avoir conscience de faire l’expérience commune d’un événement).

Ce qui est important pour Mannheim est que l’identité de génération est pensée comme telle par les acteurs : ils ont conscience d’appartenir à une génération (de même que Karl Marx insiste sur la naissance de la conscience de classe ouvrière au XIXe siècle). C’est en cela que l’on peut parler d’une génération Covid à la lecture des nombreux témoignages de jeunes gens ayant le sentiment de faire partie d’une génération sacrifiée ou « meurtrie ».

Un groupe homogène ?

Cependant, qui dit expérience commune, ne dit pas homogénéité du groupe. C’est pourquoi Jean‑François Sirinelli évoque « la pluralité des générations 68 » pour distinguer les presque trentenaires nés pendant la guerre qui en fournirent les cadres du mouvement des baby-boomers, ces « piétons de 68 » pour qui mai 68 constitua l’événement politique fondateur. Enfin, seulement 12,25 % des Français ont accédé au Bac en 1966, et la jeunesse étudiante est donc sûrement la partie émergée de l’iceberg.

En définitive, le mot génération est aussi bien utilisé pour souligner les ressemblances que les différences, ce qui le rend à la fois utile et complexe : dans certains cas, il permet d’insister sur les formes que prennent les différentes étapes de la vie et la façon dont certaines générations les vivent plus difficilement que d’autres ; dans d’autres, ce sont les mécanismes d’appartenance à une génération qui sont mis en lumière et la façon dont un même événement historique s’ancre dans l’esprit de ceux qui le vivent.

Ces différentes acceptations du mot génération partagent pourtant des éléments – au-delà bien entendu de l’idée principale d’un « destin commun » – dont le principal est l’effet d’homogénéisation, qui accentue les liens entre ceux qui partagent une date de naissance ou le vécu d’un événement et minimise, voire masque totalement, les différences, tout particulièrement sociales, entre eux.

À ce titre, la situation des jeunes frappés par la crise provoquée par la Covid illustre parfaitement l’ambiguïté et les difficultés de maniement du concept de génération. D’un côté, le mot permet d’insister sur les différences entre groupes d’âge au moment de la crise : l’impact est très différent en fonction du moment de la vie où chacun se situe. De l’autre côté, on va mettre en avant les fortes variations dans le vécu de la crise au sein d’une même génération (par exemple les plus jeunes), selon leur position dans la société : milieu social, lieu de vie à la campagne ou en ville, type d’emploi exercé, etc.

Au final, le concept de génération traduit une réalité aussi bien qu’il contribue à la créer. Surtout, dans des sociétés occidentales de plus en plus diverses mais aussi de plus en plus polarisées – socialement, économiquement, politiquement – il tend à écraser les différences pour fournir une grille de lecture simple des rapports sociaux. Utile, donc, mais à utiliser avec modération.

 

[Source : http://www.theconversation.com]

 

Escrito por Olmedo Beluche

A la memoria de Humberto Tito Prado 

La gran victoria electoral de Pedro Castillo en Perú, pese a las campañas de temor “al comunismo” lanzadas por los medios de comunicación y los partidos de la burguesía, constituye la evidencia de que los pueblos de América Latina desean un cambio urgente frente a tanta miseria, violencia y muerte que está dejando este capitalismo agónico del siglo XXI, exacerbado por la pandemia de la COVID-19.

La heroica revolución popular y democrática que se está produciendo en Colombia, contra uno de los más repugnantes regímenes fascistoides del continente, es otra evidencia más que anuncia la aurora de un nuevo día. En Colombia se ha caído la careta pseudodemocrática de un régimen oligárquico, antidemocrático, asesino, paraco, que mata por decenas cada año líderes sindicales, comunales, indígenas, ecologistas, para beneficio de una oligarquía repugnante lacaya de Estados Unidos y la principal exportadora de cocaína del mundo.

El pueblo y la juventud colombianos se han levantado contra la pobreza, el desempleo, la migración forzada, la represión y las corruptas instituciones políticas que los gobiernan, resistiendo a pecho descubierto en los bloqueos de las carreteras las balas asesinas de la policía junto a las de los paramilitares aupados por el gobierno Duque-Uribe.

La juventud chilena también nos muestra el camino hacia un nuevo amanecer al derrotar con la movilización constante la vergonzosa constitución heredada de la dictadura de Pinochet, que fuera sostenida por más de dos décadas por una alianza de socialdemócratas y liberales. Se acabó. El pueblo chileno no solo ha logrado instalar una Asamblea Constituyente, sino que ha electo para que le represente una camada de activistas, feministas, ecologistas y de izquierda, repudiando a los partidos tradicionales.

Los pueblos originarios del continente también se han puesto en marcha arrancando importantes victorias políticas contra las oligarquías neoliberales y racistas. En Bolivia, su movilización fue decisiva para la derrota de la dictadura de la señora Añez. En Ecuador, hace dos años derrotaron un plan neoliberal de Lenin Moreno, y acaban de presentar una candidatura presidencia propia con capacidad de disputar electoralmente el poder.

En Brasil han salido decenas de miles de personas a las calles en todas sus ciudades para decir contundentemente un fuera a Bolsonaro y su régimen. En todas partes, pese a la pandemia, nuestros pueblos latinoamericanos se movilizan contra un sistema capitalista cada vez más inhumano, que se aprovecha de la pandemia de la COVID-19 para aumentar la explotación y la miseria, que desconoce los derechos laborales conquistados en décadas de luchas, que impone reformas fiscales regresivas para cargar sobre las espaldas populares el peso de la crisis mientras la burguesía permanece exonerada, que recorta los presupuestos sociales a educación y salud pública, cuando más se necesitan, en cambio sostienen el pago de pública la deuda a bancos y bonistas.

Ante este cuadro general de barbarie capitalista, pero sobre todo de lucha denodada de los pueblos, alguien ha dicho recientemente: “Es la hora de la izquierda”. Sí, pero tiene que ser la hora de UNA NUEVA IZQUIERDA.

Tiene que ser una propuesta política capaz de estar a la altura de los retos que el momento demanda. Esa izquierda no puede estar representada por el grotesco régimen nicaragüense, que cada vez más parece sacado de una novela de García Márquez, Roa Bastos o Miguel Ángel Asturias, y que usurpa el nombre de lo que fue la gloriosa Revolución Sandinista.

Esa nueva izquierda no puede estar representada por la triste caricatura en que se ha convertido el Proceso Bolivariano que dirigió Hugo Chávez que, mientras se chacharea de socialismo, las sanciones norteamericanas solo sirven para degradar los derechos de la clase trabajadora, empezando por el salario, mientras se sigue enriquecimiento la burguesía oficialista y de “oposición” que se hermanan en la corrupción que ahoga a ese pueblo.

Debe surgir una nueva izquierda que no se quede en los límites del “progresismo” incapaz de pasar de administrador del capitalismo, tratando de apagar el fuego social con medidas “redistributivas” basadas en una pobre política de “transferencias”, financiadas con más préstamos o con exportaciones de materias primas, sin atreverse a tocar los intereses del capitalismo nacional y extranjero.

Pero también esta Nueva Izquierda debe tener la virtud de superar el ultraizquierdismo y la autoproclamación, y ser capaz de acompañar la experiencia de los pueblos con las diversas direcciones políticas, dialogando con las masas, celebrando sus pequeños triunfos democráticos y económicos, pues la revolución no tiene etapas, pero la conciencia de la gente sí.

Debe ser una Nueva Izquierda que asuma un programa que levante sin temor las demandas de todos los oprimidos para unir sus luchas hacia una nueva sociedad bajo los principios de la democracia popular, el multiculturalismo, la libertad, los derechos de las naciones originarias, de la cultura afrodescendiente, de las mujeres, de los colectivos LGBTi, contra el extractivismo, por respeto a la naturaleza, los derechos de la clase trabajadora y el socialismo.

Olmedo Beluche es sociólogo y analista político panameño, profesor de la Universidad de Panamá y militante del Partido Alternativa Popular.

 

 

[Fuente: http://www.sinpermiso.info]

Pasaporte analógico con sellos de migraciones de Uruguay y Argentina

Escrito por MARÍA PAZ CANALES

Si bien las devastadoras consecuencias económicas y sociales que ha traído para la población el extendido período de pandemia son el aliciente para que los gobiernos busquen en este tipo de instrumentos una herramienta para “premiar” el comportamiento de la ciudadanía responsable que ha cumplido con su deber de inmunización, hay un problema severo en esta estrategia desde la perspectiva de la comunicación del riesgo primero, y luego respecto del ejercicio de derechos fundamentales.

A inicios de mayo, la prensa anunciaba que seis países de América Latina y el Caribe, entre ellos Chile, estaban desarrollando una iniciativa para impulsar proyectos que incentiven la transformación digital de la salud en la región y cuya primera iniciativa sería el desarrollo de un certificado de vacunación digital e interoperable para Covid-19. Se trataría de una iniciativa patrocinada por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), alineados con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS)

La digitalización del expediente médico es un proceso en curso en muchos países de la región, entre ellos Chile. En los últimos años ha sido conducido de la mano de evaluaciones de cómo implementarse en una forma que proteja la seguridad y la privacidad de los datos de salud, y que no impacte negativamente el ejercicio de otros derechos fundamentales. La pregunta aún sin respuesta es si el anuncio sobre certificaciones digitales interoperables de vacunación en la región va a satisfacer tales estándares y cómo. Los riesgos de avanzar en certificaciones de vacunación e inmunidad digital o pases de movilidad se extienden a la inadecuada comunicación de riesgo y al impacto en el ejercicio de derechos.

Los certificados de vacunación tienen dos propósitos principales: generar un registro que facilite la continuación de las prestaciones de salud para la persona que ha recibido un tratamiento de inmunización, y entregar información acerca del tipo de inmunización recibida para hacer seguimiento a sus resultados o validez. A nivel mundial existe una larga historia de programas de inmunización que en el último siglo se han desarrollado sin problemas, entregando la información a sus beneficiarios en papel.

Todo evento de prestación de salud requiere del acceso a datos personales y datos sensibles que se configuran a partir de la prestación de salud recibida. Tales datos normalmente residen en la ficha médica, a la cual solo la paciente y sus prestadores de salud tienen acceso, y no son consignados en forma detallada en las certificaciones recibidas, que solo contemplan la información mínima para identificar a la paciente y su evento de inmunización. La digitalización de los certificados de vacunación va acompañada de un aumento de la cantidad de datos recogidos e incrementa la posibilidad de generar eventos de acceso no autorizado a esa información para propósitos que pueden ser completamente distintos a los originales, es decir, información de continuación de prestaciones de salud y prueba de inmunización. Creado el antecedente digital, y al forzar a la población a circular con esta información en sus dispositivos digitales, el riesgo de pérdida de control, derivado de usos no relacionados al tratamiento de salud, se extiende exponencialmente.

Los pases de movilidad proponen un caso de uso tanto más problemático, ya que intentan asociar a un episodio (o varios) de inmunización a un diferencial en cuanto a las posibilidad de ejercer la libertad de movimiento sin restricciones, en comparación de aquella limitada para las personas no inmunizadas. Los pases de movilidad se basan en una inferencia de riesgo menor de infección y contagio basado en el episodio de inmunización. Para que esa inferencia sea sólida, debe sostenerse en evidencia científica de cuál es el nivel de disminución de riesgo de contagio y de propagación del virus que la inmunización genera. En Chile, la Universidad de Chile ha indicado que ese riesgo se sitúa en el 56,5% como promedio para las vacunas en actual utilización en Chile. Mientras, el Ministerio de Salud declara que la vacuna SINOVAC (con la que mayoritariamente ha sido inmunizada la población nacional) tiene 67% de efectividad para prevenir Covid-19 sintomático. Es decir, incluso en la cifra más optimista, 3 de cada 10 personas vacunadas aún se encuentran en riesgo de contraer y transmitir COVID-19.

Avanzando en la trilogía, los pasaportes de inmunidad buscan generar un grado de certeza que permita la circulación de la población y la reactivación de las actividades económicas y sociales, incluso en el tránsito internacional. Su emisión depende de la existencia de métodos de medición de los grados de inmunidad desarrollada por la población frente a una enfermedad infectocontagiosa. Su objetivo es precisamente discriminar entre aquellos que cuentan con inmunidad y quienes carecen de ella, asignando consecuencias de movilidad y oportunidades de empleo a esa clasificación. Así, buscan imponer una restricción artificial sobre quién puede participar en actividades sociales y económicas, y quién no. Es por ello que las expertas llaman la atención acerca del riesgo de que los pasaportes de inmunidad creen un incentivo perverso para que las personas busquen infectarse, especialmente las más vulnerables, que no pueden permitirse un período de exclusión de la fuerza laboral, agravando las desigualdades sociales preexistentes. La OMS expresó en 2020 su preocupación por el desarrollo de pasaportes de inmunidad, advirtiendo la información insuficiente acerca del desarrollo de anticuerpos para el SARS-CoV-2, con los riesgos de errónea clasificación de los niveles de inmunidad de la población que ello podría implicar. En la actualización provista en mayo de 2021, la OMS vuelve a repetir que la evidencia sobre la respuesta inmune y su duración respecto de la infección de Covid-19 o su inmunización no se encuentra suficientemente comprendida a la fecha, con lo cual la correlación de su efecto de protección no puede ser aún establecida.

Para evitar las críticas internacionales a que han sido sujetos los pasaportes de inmunización, como el renombrado pase verde de la Unión Europea, en Chile las autoridades han optado por la nomenclatura de “pase de movilidad” que como vimos más arriba se encuentra sujeto a las mismas incertidumbres en la comunicación de riesgo que los pasaportes de inmunidad: ambos hacen inferencia hasta ahora no asentadas en evidencia científica de nivel de riesgo de contraer y contagiar el SARS-CoV-2.

Problema con la comunicación de riesgo

Tal como lo ha destacado el European Data Protection Board (EDPB) al emitir su opinión sobre la propuesta de certificado verde para la Unión Europea, “parece haber poca evidencia científica que respalde el hecho de que haber recibido una vacuna COVID-19 (o haberse recuperado de COVID-19) otorga inmunidad y por cuánto tiempo dura. Por lo tanto, el Certificado Verde Digital debe entenderse simplemente como una prueba verificable de una solicitud o historial médico fáctico con sello de tiempo que facilitará la libre circulación de los ciudadanos de la UE debido a su formato común en todos los Estados miembros. Sin embargo, advertimos derivar conclusiones sobre inmunidad o contagio, ya que una opinión científica consolidada aún está pendiente”.

Por su parte, el Ada Lovelace Institut ha advertido que los pasaportes digitales no deben implementarse mientras se desconoce tanto sobre COVID-19, particularmente el efecto de diferentes vacunas (y regímenes de vacunación) sobre la transmisión, la duración de la protección y la generalización de esos efectos. En otras palabras, el pasaporte de vacunación se basa en la premisa de que el estado de “vacunada” dice algo sobre el riesgo que una persona representa para otros, no simplemente el riesgo que cada persona enfrenta de contagiarse. “En la actualidad, el estado de vacunación no ofrece evidencia clara o concluyente sobre el riesgo de un individuo para otros a través de la transmisión. El estado de vacunación nunca puede ofrecer evidencia absolutamente concluyente del riesgo de un individuo para otros (o su propio riesgo), ya que ninguna vacuna será 100% efectiva para el 100% de los receptores”.

La consecuencia más grave sobre este error en la comunicación de riesgo, el incremento en la circulación del virus y el aumento en el nivel de contagios consecuente, fue denunciada en Chile por el Colegio Médico y un número relevante de Asociaciones Médicas al realizarse el anuncio de despliegue del pase de movilidad por el gobierno de Chile. Dos semanas luego de su implementación, la evidencia del aumento de casos a nivel nacional, con alrededor de 50 mil casos activos, parece respaldar que un relajamiento de la movilidad no se justifica ni siquiera con un programa de vacunación exitoso.

No se trata de poner en cuestión la utilidad de las vacunas que indudablemente reducen el riesgo de contraer la enfermedad o de presentar sus síntomas más severos. El cuestionamiento a los pases de movilidad o certificaciones de inmunidad no tiene nada que ver con la defensa al “derecho a no vacunarse” que algunos individuos han intentado enarbolar, de lo que se trata es de entregar información adecuada a la población que evite el relajamiento de las medidas sanitarias de distanciamiento social, uso de mascarillas e higiene de manos que siguen siendo esenciales para contener la pandemia.

Tristemente, aquí nos encontramos no solo frente a un problema de oportunidad que ha sido el ángulo enfatizado desde la comunidad científica, sino que, junto a la falta de certeza científica acerca de la predicción de riesgo que acompaña a la inmunización, se sitúa un problema social relacionado con cómo los pases de movilidad, los certificados de vacunación digital o los certificados de inmunidad pueden terminar transformándose en instrumentos de discriminación en el ejercicio de derechos, cuyos impactos negativos se extiendan a los ya dolorosos efectos económicos y sociales que afectan a sectores más vulnerables.

Discriminación en el ejercicio de derechos

No es casualidad que al inicio de la pandemia la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), a través de su Resolución 1/20 “Pandemia y Derechos Humanos en las Américas”, recomendó a los Estados de la región “adoptar de manera inmediata e interseccional el enfoque de derechos humanos en toda estrategia, política o medida estatal dirigida a enfrentar la pandemia del COVID-19 y sus consecuencias, incluyendo los planes para la recuperación social y económica que se formulen. Estas deben estar apegadas al respeto irrestricto de los estándares interamericanos e internacionales en materia de derechos humanos, en el marco de su universalidad, interdependencia, indivisibilidad y transversalidad, particularmente de los DESCA”.

Desde un punto de vista individual, un pase de movilidad registra datos de salud privados, ¿cómo se protege esta información? ¿Cómo se previene el riesgo de fraude o falsificación? ¿Cómo se previenen violaciones de la privacidad? Desde un punto de vista social, la adopción de pases de movilidad tiene impactos concretos en el ejercicio de la libre circulación, el derecho a reunión e incluso sus impactos pueden extenderse al acceso a las oportunidades de empleo. Estos pasaportes no deberían resultar en una herramienta de control social que restrinja la movilidad de la población en contextos de disidencia política o en una herramienta adicional para imponer restricciones abusivas a la migración, por nombrar solo algunos de los potenciales impactos negativos de estas implementaciones.

La creación de un pase de movilidad genera una indudable tentación para las empresas de condicionar el acceso a oportunidades de empleo a la titularidad de estos, en el marco de una campaña de vacunación que aún no alcanza la universalidad y, repetimos, cuyas condiciones de duración de inmunidad no se encuentra científicamente determinada aún. Un uso de este tipo tendrá consecuencias indudables de discriminación, pero también desafíos logísticos en torno a cómo se realizan las verificaciones de los pases y cómo se vigila que continúe la adopción de otras prevenciones sanitarias como el distanciamiento social y uso de mascarillas. El pase de movilidad puede fomentar una falsa sensación de seguridad, ya sea en su titular o en otras personas (como su empleador) y aumentar, en lugar de disminuir, los comportamientos de riesgo. Existe vasta experiencia previa desde la normativa de protección de los derechos de los trabajadores acerca de los riesgos de permitir decisiones de empleo atendidas a condiciones de salud, o de riesgos de salud derivados de condiciones de trabajo inadecuadas. Y esa experiencia será útil para calibrar los derechos en juego.

Otra forma palpable de discriminación que presentan las certificaciones de vacunación e inmunidad o los pases de movilidad digital está precisamente asociada a su carácter digital. Nuevamente, sin condiciones de conectividad universal a internet aseguradas para la población general, habilidades digitales limitadas en algunos segmentos o baja disponibilidad de dispositivos inteligentes, grupos de la población con acceso limitado a la tecnología por cualquiera de estos factores quedarán excluidas de su uso.

Estos riesgos fueron claramente anotados además en una recomendación específica emitida el año pasado por la CIDH en su Resolución 4/20 sobre los “derechos humanos de las personas con Covid-19”: “los Estados deben abstenerse de utilizar los datos sobre el estado de salud de las personas con COVID-19 para expedir certificaciones de inmunización que generen una diferencia de trato injustificada en el disfrute y ejercicio de otros derechos”.

Entonces avanzando un paso más en el análisis de necesidad, proporcionalidad y legalidad que exigen los estándares interamericanos de derechos humanos, ¿cuál es el marco de legalidad que acompaña al pase de movilidad en Chile? Sin una ley de protección de datos personales actualizada, con pocas certezas de como se manejan los datos de comisaría virtual y la opaca implementación de CoronApp previamente criticada por Derechos Digitales, la política pública desplegada tampoco ha sido acompañada de ningún tipo de certeza acerca de cómo los datos que son recogidos para generar el certificado digital serán procesados, accedidos (y por quién) o cómo será limitado su uso para otros fines.

Por último, las certificaciones de vacunación e inmunidad digital o los pases de movilidad pueden ser una distracción tentadora. Su desarrollo implica costos de oportunidad importantes desde una perspectiva de recursos públicos, lo que implica dejar de usar esos mismos recursos en otras intervenciones. Sin embargo, su utilidad específica para la pandemia se encuentra temporalmente limitada, ya que es esperable que con los programas de vacunación y la circulación del virus se alcance más temprano que tarde la inmunidad de grupo. ¿Vale la pena sacrificar derechos y libertades si una vez que haya inmunidad colectiva estos instrumentos de discriminación no tendrán sentido sanitario? ¿Qué haremos entonces con estas infraestructuras de control puestas en marcha? ¿Serán ellas desmanteladas? ¿Cómo aseguramos que los datos por ellas recogidas no sean extendidos a otros usos secundarios de control social?

 

[Fuente: http://www.derechosdigitales.org]

O que elas escondem e também legitimam.

 

Escrito por GUSTAVO CAPONI*

As descabidas declarações que o presidente da República Argentina fez sobre a composição étnica da sociedade argentina, em comparação com a de outras nações da América Latina, já foram justamente impugnadas e merecidamente ridicularizadas pela imprensa internacional, aí incluída grande parte da imprensa argentina. A condenação e o escárnio, além disso, teve um amplo e compreensível eco nas redes sociais.

Alberto Fernández não deve poder deixar de arrepender-se pelo dito; prometendo-se aprender a pensar antes de falar. Mas eu acredito que segue sendo pertinente examinar que é o que realmente tiveram de ruim essas declarações e a quem foi que elas realmente ofenderam. Porque, para falar a verdade, ser descendente dos habitantes originários deste continente, sejam eles povos do mato, dos sertões, dos altiplanos, das montanhas, ou dos pampas, não tem absolutamente nada de ruim nem de vergonhoso. Como tampouco tem nada de ruim ser descendente desses africanos que aqui chegaram depois de serem arrancados de suas selvas, savanas e desertos. Nada há de desonroso nisso; como tampouco há nenhum mérito em ser descendente de italianos, de alemães, de árabes, de armênios, de poloneses, de coreanos ou de japoneses. Por outra parte, dizer que os brasileiros vêm da selva não é mais que um alarde de ignorância histórico-geográfica.

Todavia, ao recordar a lenda de que ‘os argentinos descendem dos navios’, embora seja para mencioná-la como se ela fosse ‘um pouco exagerada’, Fernández menosprezou a condição de argentinos da maioria de seus compatriotas. Uma maioria cuja filiação remete, preponderantemente, aos habitantes originários da América; e que, em não poucos casos, também remete aos afrodescendentes que muito se mestiçaram com essa maioria indígena e mestiça. Esse é o aspecto mais imperdoável da sua infeliz e penosa tentativa de adular servilmente ao representante de um país europeu do qual ele espera os sempre ansiados ‘investimentos produtivos’; esses mesmos investimentos que nunca chegam e que, se chegam, em geral o fazem para aprofundar o atraso. É claro, por outra parte, que, em uma ocasião como essa, Fernández poderia ter mencionado os velhos e estreitos vínculos culturais que existem entre Espanha e Argentina.

Em sua triste pantomima, Fernández pretendeu citar a Octavio Paz; quem, ironizando sobre as pretensões de muitos portenhos, disse alguma vez que, enquanto os mexicanos descendem dos astecas e os peruanos dos incas, os argentinos descendem dos navios. Mas, em realidade, o que ele estava citando era a letra de ‘Llegamos de los barcos‘: uma imperdoável canção composta por Litto Nebbia; um músico popular, de larga e irregular trajetória, do qual o presidente seria amigo pessoal. É nessa canção que se pode escutar: “Los brasileros salen de la selva // los mexicanos vienen de los indios // Pero nosotros, los argentinos, llegamos de los barcos”. E, ao repetir isso, o presidente dos argentinos não somente reproduzia um erro gramatical, porque ‘llegamos de los barcos’ não é castelhano correto; senão que, além disso, ele repetia uma velha zonzeira argentina à qual, sem querer, Octavio Paz deu sua expressão canônica: “os argentinos descendem dos navios”. Quer dizer: os argentinos levaram a sério a fina ironia do mexicano; e passaram a usá-la para expressar um mito muito enraizado na cultura rio-platense: aludo à fábula de que somos, maioritariamente, descendentes de imigrantes europeus. E digo que é uma fábula, ou um mito, sem maiores pretensões de rigor etnográfico: o que eu quero dizer é que se trata de uma simples mentira sobre cuja função ideológica se há de precaver.

É verdade que, na Argentina, a imigração europeia, que se começou a dar na segunda metade do século XIX e se manteve com ritmos desiguais por quase cem anos, foi um fenômeno de magnitude muito particular. Teve proporções que não se deram em nenhum dos outros países da América Latina; e o efeito disso se fez mais notório pela relativa escassez de população indígena, negra e crioula que havia nas regiões às quais chegariam essas multidões vindas da Itália, da Espanha, da Suíça, da França, da Alemanha, da Irlanda, da Polônia e de outros países europeus. Sem excluir, além disso, a importantes contingentes de sírio-libaneses que, em um início, chegavam com passaportes do império turco. Porém, não obstante a intensidade dessa imigração, e malgrado o tamanho relativamente pequeno da população indígena, crioula e negra com a qual ela se ia topar, o fato é que é falso que a Argentina seja um país de população preponderantemente europeia. Possivelmente com a exceção de Uruguai, a proporção total da população de origem europeia que se dá na Argentina é certamente maior do que em qualquer outro país da América Latina; porém, mesmo assim, não chega a ser maioritária.

Isso é assim por dois motivos: a natalidade dos descendentes de imigrantes europeus sempre foi menor que a natalidade da população indígena, crioula e mestiça; e, além disso, há que considerar que a Argentina nunca deixou de ser receptora de imigrantes de outros países da América do Sul. E este contingente populacional, pelo geral, provinha de setores sociais marginados em seus países de origem, nos quais predominam o indígena e o mestiço. Isso ocorreu durante o período das grandes imigrações europeias; mas também continuou ocorrendo, e de forma muito sustentada, quando a imigração europeia começou a perder impulso. E, no que tange a isso, pouca diferença fizeram alguns fatos que costumam citar muitos argentinos que, pretendendo não ser racistas, ainda gostam de alimentar a zonzeira de que somos ‘europeus no exílio’. Refiro-me, concretamente, à afirmação de que a população indígena, mestiça, mulata e negra teria sido objeto de políticas de extermínio que explicariam seu suposto desaparecimento.

É frequente lembrar, com efeito, o fato, inegável, de que, no século XIX, índios, mestiços, negros e mulatos foram carne de canhão na guerra da independência, nas muitas guerras civis, na guerra com o Brasil e na campanha contra o Paraguai. E a isso se acrescentam as campanhas contra os índios das regiões pampianas, patagônicas e chaquenhas; que, certamente, merecem o qualificativo de ‘genocidas’. Sem esquecer, por outro lado, o descaso que as primeiras políticas de saúde pública tiveram para com esses setores da população que sempre estiveram marginalizados. Contudo, por real que todo isso seja, o impacto populacional efetivo desses fatos citados pelos denunciadores da ‘história maldita do branqueamento argentino’, foi, de longe, muito menor do que os que esses ‘denunciadores’ parecem querer supor. Essa população continuou crescendo, nutrindo sempre esses setores mais pobres da sociedade nos que descendentes de indígenas, crioulos pobres e negros se misturaram sem excluir os imigrantes e descendentes de imigrantes europeus com os que se foram relacionando. Não dá para dizer: ‘Sinto-o muito, essa população de pele escura deixou de existir, ou se reduziu muito; e agora quase todos somos descendentes de imigrantes de ultramar’. Isso é definitivamente falso.

Para comprová-lo nem sequer é necessário viajar ao ‘interior’ do país: alcança com afastar-se alguns quilômetros do centro de cidades como Buenos Aires, Rosário ou Córdoba. Aí se constatará o que também se poderia inferir vendo a fisionomia daqueles que se apinham no transporte público que, ao fim de cada dia, leva-os desde esses centros nos que trabalham até os subúrbios, muitas vezes miseráveis, nos que em geral vivem. Valendo o mesmo para a fisionomia da maioria dos que, no final do ano, lotam os terminais de ônibus de larga distância, e em alguns casos as estações de trem, para ir visitar suas famílias nas diferentes províncias das que eles provêm. Poder-se-ia ver, com efeito, que a maior parte dos argentinos não têm feições muito diferentes daquelas que também têm a maior parte dos paraguaios, chilenos, colombianos, peruanos, mexicanos, etc. Quer dizer: os argentinos de feições que remetem a filiações italianas, galegas, polonesas, irlandesas, etc., são muitos; mas não chegam a ser maioria.

O estrangeiro que visitar os bairros nobres de Buenos Aires pode não ver isso com claridade. Mas, se esse visitante olhar o rosto da mulher que limpa os banheiros do restaurante ou do aeroporto, do lavador de taças que trabalha atrás do mostrador da pizzaria, da arrumadeira do hotel, ou das ‘chicas’ que acompanham nas suas compras às ‘senhoras’ da Recoleta, ele poderá começar a entrever outra coisa. Algo que, dito seja de passagem, tampouco é muito fácil de inferir conhecendo a maior parte daqueles argentinos que veraneiam em Florianópolis ou que visitam Miami, Paris ou Barcelona: seja para turismo, ou para participar de diferentes atividades vinculadas como suas profissões. Aí quase não se verá a esses argentinos cujos rostos remetem a uma filiação distinta da europeia. Mas isso não se deve a que esses argentinos não existam ou sejam poucos: esses argentinos não costumam ser vistos nesses lugares e situações porque, em geral, eles são pobres; e são pobres porque na Argentina funciona um apartheid racial que não é muito mais permeável que esse que no Brasil marginaliza a negros e mulatos.

Na Argentina, a correlação, inversamente proporcional, entre feições indígenas mais ou menos pronunciadas, e a possibilidade de acesso efetivo a bens e direitos, segue um patrão tão estrito e regular como o que se dá o Brasil quando se correlaciona a possibilidade desse acesso a bens e direitos, com fisionomias que mostrem alguma ascendência africana. Isto, em ambos os casos, tem a ver tanto com a facilidade de colocação no mercado de trabalho, e nas melhores posições relativas dentro dele, quanto com o tratamento recebido por parte das forças policiais ou de qualquer outro representante do poder estatal. Aí incluído profissionais de saúde, assistentes sociais e docentes. Mas tudo isso também pode chegar a afetar o acesso a diferentes espaços de sociabilidade, como shopping centers, salões de baile, bares, clubes, etc. No Brasil, entretanto, o problema é reconhecido; e esse racismo, tenaz e recorrente, assume-se, às vezes com hipocrisia, como um problema a ser superado. Na Argentina, em troca, esse problema nunca é reconhecido.

A cultura e a sociedade argentinas estão atravessadas por um racismo permanentemente enunciado, mas frequentemente denegado; e essa denegação inclui alguns mecanismos de fuga ou desvio da questão que é imprescindível evitar. Não pode ser que quando se discute o racismo na sociedade argentina se insista em recordar aquilo de que os imigrantes italianos foram desprezados por uma oligarquia que preferia a imigração da Europa do norte; e é inadmissível que, por insistir em manter em pauta assuntos tão trilhados, ignore-se a nítida racialização da desigualdade que se registra ao considerar todos os aspectos relevantes da vida social: renda, educação, profissões, habitação, perseguição policial, saúde, etc. E tampouco pode ser que esse racismo estrutural, que afeta a um setor maioritário da população, seja reduzido ao problema real, e urgente, dos povos originários, ou à discriminação dos imigrantes de países limítrofes.

A criminalização das lutas mapuches na Patagonia, a marginalização dos tobas nas favelas de Rosário ou o extermínio passivo dos witchis no Chaco constituem realidades terríveis que merecem ser enfrentadas com independência de qualquer outro problema. Valendo o mesmo para a estigmatização e perseguição dos imigrantes de diferentes países sul-americanos e, agora, também africanos. Porém, é necessário não deixar de ver que todas essas situações não deixam de ser manifestações de um apartheid racial mais amplo e que abrange muito mais que isso; alcançando, como venho dizendo, a uma maioria dos argentinos. Um apartheid maciço, de dimensões quase sul-africanas, que também é um apartheid geográfico; e, ao qual, atitudes como a do presidente Fernández ajudam a esconder, mas também a legitimar. Eis aí a cruel função ideológica da zonzeira “os argentinos descendem dos navios”.

*Gustavo Caponi é professor titular do Departamento de Filosofia da UFSC.

 

[Fonte: http://www.aterraeredonda.com.br]

 

En una reunión con el primer ministro español, el presidente Alberto Fernández repitió el viejo adagio sobre el nacimiento de esta nación: “los argentinos descendemos de los barcos”. Nuestro país es uno de los pocos de la región que construyó un imaginario blanco y europeo. El mito sigue vigente pese a las voces de lo no blanco, lo indígena, lo afro, lo mestizo y lo moreno que se las arreglan para plantear disidencias, abrir debates y construir narrativas de unidad que giren en torno a la mezcla.

Foto del cacique Foyel tomada durante su cautiverio en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

Escrito por Ezequiel Adamovsky

El video copó los noticieros, interrumpió conversaciones y llenó de memes las redes sociales. Una frase de Alberto Fernández mostró las ambivalencias y tensiones del perfil étnico-racial de la Argentina. El presidente se permitió repetir en un discurso el viejo adagio sobre los argentinos que “descienden de los barcos”. Y lo hizo en una de sus formulaciones más desagradables. Frente al primer ministro español, buscando fortalecer lazos de fraternidad, dijo: “los mexicanos salieron de los indios, los brasileros salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos, y eran barcos que venían de allí, de Europa, y así construimos nuestra sociedad”. Nada menos. La formulación no es nueva en boca de mandatarios: Macri había dicho algo parecido, también el contexto de buscar capitales y alianzas comerciales con el Viejo Continente. Lo de Fernández es un buen recordatorio de que el mito de la Argentina blanca y europea nos habita a todos. Aunque suela tenerlo más a flor de piel, no es un problema sólo de la derecha. Los peronistas están lejos de ser inmunes al respecto.

Es probable que, puestos a reflexionar un momento, ni Fernández ni Macri puedan o quieran sostener sus afirmaciones. El primero ya se disculpó por Twitter, pero es posible que incluso el segundo reconozca, si se lo cuestionamos, que este país no estuvo hecho solamente por inmigrantes europeos y, por tanto, que no les pertenece prioritariamente a sus descendientes. Porque eso es lo que la frase lleva implícito: que en la Argentina puede haber gente de otros orígenes, claro, pero que los verdadera y prioritariamente argentinos son los de ascendencia europea. Los demás son invitados o argentinos de segunda.  

El hecho de que esa visión salga de sus labios es síntoma de que el presupuesto sigue teniendo un lugar dominante en nuestra sociedad. No hacen falta análisis demasiado sutiles para constatarlo. Nuestra prensa está repleta de alusiones francamente racistas sobre “conurbanos africanizados”, dirigentes a los que se nombra “caciques” para desacreditarlos, conflictos por tierras en los que se enfrenta algún pueblo originario con “la gente” o “los vecinos”. Para no mencionar los insultos contra “los negros” que se permiten con total impunidad periodistas, algunos dirigentes y miles de personas en las cloacas de las redes sociales.

Argentina es uno de los poquísimos países latinoamericanos cuyas élites propusieron visiones del “nosotros” nacional que lo imaginaban exclusivamente blanco y europeo. La mayor parte de sus equivalentes en la región plantearon narrativas de unidad que giraron en torno de la mezcla. Se imaginaron como naciones “mestizas” (como México), “democracias raciales” (Brasil), “trigueñas” (Puerto Rico) o “café con leche” (Venezuela). El Estado argentino eligió, en cambio, proclamar que su población era blanca y europea y que toda mezcla posible había quedado sepultada bajo la portentosa inmigración de ultramar de fines del siglo XIX. Hay que decir, sin embargo, que fue siempre una idea que generó dudas y ansiedades. Las tenía Sarmiento cuando escribió Conflictos y armonías de razas en América (1883):   

“¿Somos europeos? — ¡Tantas caras cobrizas nos desmienten!

¿Somos indígenas? — Sonrisas de desdén de nuestras blondas damas nos dan acaso la única respuesta.

¿Mixtos? — Nadie quiere serlo, y hay millares que ni americanos ni argentinos querrían ser llamados.

¿Somos Nación? — Nación sin amalgama de materiales acumulados, sin ajuste ni cimiento?

¿Argentinos? — Hasta dónde y desde cuándo, bueno es darse cuenta de ello”. 

Pocos años después, intelectuales como José Ingenieros, en su caso de ideas bien progresistas, afirmaron que la amalgama que Sarmiento sospechaba incompleta estaba ya concluida y que se había formado ya una “raza argentina” que era perfectamente blanca y europea. Buena parte de la sociedad eligió creer en ese mito. Las personas cuyas ancestrías o aspectos físicos no se correspondían con ese ideal fueron empujadas a la invisibilidad, a los márgenes de la nación.

Foto de una de las familias de los caciques mapuches tomada durante su cautiverio en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

La realidad de su existencia, sin embargo, continuó ejerciendo presión sobre nuestra sociedad. De muchas maneras, la presencia de lo no blanco, la existencia de lo indígena, de lo afro, de lo mestizo, de lo moreno, se las arregló para plantear sus disidencias. Fue una presencia espectral en la cultura oficial, pero bien real en la demografía y en la cultura popular durante todo el siglo XX. A veces atravesó la barrera de lo enunciable y consiguió hacerse sentir en el terreno político, pero fueron las menos.  

Las cosas en este terreno vienen cambiando aceleradamente desde 2001. Entre los numerosos efectos de la profunda crisis de entonces, uno no menor fue que minó la solidez de los discursos blanqueadores. Cada año desde entonces hemos visto una progresiva conciencia, en los debates públicos, acerca del profundo racismo estructural que existe en el país y de la inadecuación del mito de la Argentina blanca y europea respecto de nuestra realidad como nación.  

En la última década, el activismo afrodescendientede pueblos originarios y “marrón” se ganó un lugar de creciente importancia en una agenda pública también nutrida por muchas otras iniciativas antirracistas del movimiento feminista y de otros movimientos sociales, de colectivos políticos y de académicos. El Estado argentino comenzó a dotarse de políticas que, por primera vez, están orientadas de manera explícita a combatir el racismo y a visibilizar la presencia de lo no blanco como parte insoslayable de una nación de raigambres y colores múltiples. Esos avances, como es de esperar, están acompañados de reacciones de sectores sociales que no desean ver sus privilegios cuestionados. La colisión de esos dos impulsos es inevitable. 

Paradójicamente, desde la asunción de Alberto Fernández –el mismo que acaba de pronunciar esa frase infortunada e inaceptable– las políticas antirracistas ganaron un lugar que no habían tenido previamente. Por dar algunos ejemplos, se plasmaron en la creación de la Dirección Nacional de Equidad Étnico Racial, Migrantes y Refugiados (conducida por un referente afroargentino, Carlos Álvarez), de una Comisión Nacional para el Reconocimiento Histórico de la Comunidad Afroargentina y de una serie de campañas específicas del INADI. 

Mientras se viralizaba el video, el Ministerio de Trabajo daba inicio a un inédito “Taller sobre perspectiva étnico-racial para sindicatos“. La irónica coincidencia temporal es ilustrativa del momento en el que vivimos. Aunque esté en retroceso, el mito de la Argentina blanca y europea sigue siendo poderoso. Tanto como para hablar por las bocas más inesperadas.

Foto del cacique Sayweke tomada durante su cautiverio en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

 

[Fuente: http://www.revistaanfibia.com]