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Entre los muchos beneficios del consumo moderado de vino, los estudios científicos señalan propiedades como la prevención del deterioro cognitivo asociado a la edad, la depresión y la ansiedad.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), para prevenir el desarrollo de enfermedades crónicas degenerativas incluidas aquellas que afectan a la función cognitiva es importante mantener un estilo de vida saludable desde edades tempranas, prestando especial atención a la alimentación y el ejercicio físico. Por ello, está tomando cada vez más importancia nuestra dieta mediterránea que promueve un equilibrio en nuestra forma de comer y beber, relacionarnos y movernos. En este sentido, el vino forma parte de esta pirámide en un consumo siempre moderado. Su dimensión cultural e histórica y su factor socializador supone un elemento a tener en cuenta en cuanto a la salud mental ya que se asocia a momentos de relax para disfrutar en compañía.

En lo que corresponde al vino, además, se ha demostrado en numerosos estudios que su consumo moderado tiene factores beneficiosos asociados para la salud por ser fuente de compuestos fenólicos. En palabras del doctor Ramón Estruch, coordinador científico y responsable de portavocía de la Fundación para la Investigación del Vino y la Nutrición (FIVIN), miembro del Servicio de Medicina Interna del Hospital Clínic de Barcelona, del Centro de Investigación Biomédica en Red del Instituto de Salud Carlos III (Madrid) y uno de los mayores impulsores de la Dieta Mediterránea: « Estos compuestos tienen propiedades bioactivas que también se han relacionado con la neuroprotección ». A nivel cognitivo, su consumo moderado se ha relacionado con un menor riesgo de demencia y depresión[1] y se piensa que este tipo de compuestos podrían prevenir el avance del deterioro cognitivo asociado a la edad. Por este motivo, el consumo moderado de vino dentro de un contexto de Dieta Mediterránea « tendría un efecto positivo en la función cognitiva ».

Las propiedades beneficiosas del resveratrol según la ciencia

Estudios científicos avalan que otro componente de la uva con propiedades beneficiosas para la salud es el resveratrol, que destaca su capacidad antiinflamatoria y para reducir el estrés oxidativo. Asimismo, otros estudios con animales han demostrado que el resveratrol impide la actividad de moléculas altamente oxidantes, que dañan regiones claves del cerebro, como el hipocampo. Otros mecanismos que pueden utilizar el resveratrol para proteger la salud cognitiva son la regulación de la sirtuina 2, una proteína que, en pocas palabras, es esencial para regular el metabolismo de la célula ya que controla su expresión genética2.

Además, el resveratrol se ha asociado con un efecto positivo en la depresión y la ansiedad, ya que puede aumentar la cantidad de AMPc en el cerebro. Esta molécula, que se hidroliza por la enzima fosfodiesterasa 4, tiene una función clave en la comunicación celular. Los investigadores proponen, según estudios hechos en animales, que el resveratrol impide el funcionamiento de la fosfodiesterasa 4, lo que explicaría los efectos antidepresivos que produce (reducción de la ansiedad y de comportamientos asociados a la depresión)3.

Con el incremento de la esperanza de vida poblacional, ha aumentado la aparición de enfermedades crónicas degenerativas y cognitivas. Su impacto a nivel individual y social hace que deban tenerse cada vez en más consideración, por lo cual es importante fomentar una dieta equilibrada y hábitos de vida saludable que ayuden a prevenirlas. Los beneficios de la dieta mediterránea, declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2010, son reconocidos por numerosos expertos y es indudable su vinculación con nuestra cultura y tradición.

Desde FIVIN se recuerda que aunque numerosos estudios han demostrado los beneficios para la salud del consumo moderado de vino, la mayoría de los investigadores advierten que ello no es suficiente motivo para que alguien que no bebe comience a hacerlo por motivos de salud. De hecho, la recomendación general de los científicos suele ser preventiva, advirtiendo que los beneficios para la salud del vino en un estudio en particular no garantizan que los no bebedores o abstemios deban comenzar a disfrutar de una copa al día para mejorar su salud. Cualquier estudio sobre el vino y la salud no reemplaza el consejo médico de un profesional. Las personas, independientemente de si padecen cualquier enfermedad, deben consultar con su médico antes de tomar decisiones sobre el consumo de alcohol por su salud.

La Ciencia del Vino y la Salud

Para ampliar estas y otras informaciones, la Fundación para la Investigación del Vino y la Nutrición (FIVIN) cuenta con La Ciencia del Vino y la Salud, una plataforma de referencia científica que busca aclarar los mensajes contradictorios que están surgiendo en los últimos años en torno al vino y la nutrición y ofrecer información contrastada y sujeta a rigor científico.

El sector vitivinícola lleva años trabajando en pro de la transparencia a la hora de comunicar los efectos del vino sobre la salud, ayudando a la sociedad a comprender y advertir de las graves consecuencias de un consumo excesivo, las limitaciones en determinados momentos y los posibles beneficios de la moderación en el consumo de vino que la ciencia está descubriendo.

[Fuente: http://www.vinetur.com]

La visibilité médiatique ne concerne et ne réjouit que ceux pour qui l’apparence est le tout, et la valeur ne se mesure pas au nombre de ceux qui suivent son ombre.

La modestie concerne le rapport de soi à soi, avant de définir une certaine façon de se situer par rapport aux autres. | Tusik Only via Unsplash

La modestie concerne le rapport de soi à soi, avant de définir une certaine façon de se situer par rapport aux autres. | Tusik Only via Unsplash

Écrit par Charles Hadji 

Peut-on prôner la modestie dans une société où domine la concurrence? Le néolibéralisme triomphant privilégie la performance. Pour réussir, il faut être plus performant que les autres. Et les réseaux sociaux, sur lesquels les jeunes sont si présents, incitent beaucoup à la mise en scène de soi. Comment l’éducation pourrait-elle, dans un tel contexte, se proposer de valoriser la modestie?

En prônant la modestie, ne condamne-t-on pas ceux qu’on éduque à rester éternellement en retrait, voire à devenir d’éternels losers? Y aurait-il, en 2021, quelque chose à gagner, à part quelques quolibets, en étant modeste? À l’heure où un philosophe comme Michael Sandel interroge «la tyrannie du mérite» qui figerait et légitimerait la répartition des places dans la société, créant une forme d’hybris chez les gagnants du système, retour sur les enseignements de quelques grands philosophes.

Un sens de la «juste mesure»

La modestie n’est pas absence d’ambition, mais refus de l’excès. On pourrait la définir comme la retenue dans l’appréciation de soi. Elle concerne le rapport de soi à soi, avant de définir une certaine façon de se situer par rapport aux autres. Ne pas se prétendre, et d’abord ne pas se croire meilleur, ou plus fort, que ce que l’on est. Être modeste, c’est avoir le sens de la «juste mesure».

Étymologiquement, modestie signifie précisément «mesure» et «modération». Au sens qu’Aristote donne à ce terme dans son Éthique à Nicomaque, la modestie est une vertu, «consistant en une médiété entre deux vices, l’un par excès et l’autre par défaut»; «Le vice a pour caractéristiques l’excès et le défaut, et la vertu la médiété.» La «médiété» est la «juste mesure».

Aristote en propose des figures concrètes: «l’homme prudent», autrement dit le sage, saura faire preuve de «magnanimité», juste milieu entre la vanité et l’humilité. Ou encore de «véracité», juste milieu entre la vantardise et la dépréciation de soi.

Descartes fait le même éloge de la modération dans la première règle de sa «morale par provision», qui invite à se gouverner «en toute chose suivant les opinions les plus modérées et les plus éloignées de l’excès, qui fussent communément reçues en pratique par les mieux censées de ceux avec lesquels j’aurais à vivre»; «tout excès ayant coutume d’être mauvais», le plus utile est de suivre les opinions les plus modérées, qui sont vraisemblablement les meilleures.»

La modestie, au sens de mesure et de modération, est ainsi une attitude vertueuse qui offre un gain significatif pour la gouvernance de sa vie, à la fois en matière d’éthique et d’efficacité pratique.

Une exigence de lucidité

La modestie n’est pas faiblesse. Elle n’est pas résignation, mais lucidité. C’est un effort de lucidité qui se traduit par le refus de la prétention et de la vanité. En ce sens, la mort de Socrate donne une leçon de force.

Pour Alain, dans ses Éléments de philosophie, Socrate est le modèle de la modestie du sage. Selon le témoignage de Platon (Apologie de Socrate), pour répondre au réquisitoire de ses accusateurs, Socrate commence par évoquer un paradoxe. Il avait «conscience de n’être sage ni peu ni prou», alors que, selon l’oracle de Delphes, personne n’était plus sage que lui.

La Mort de Socrate par Jacques-Louis David. | Alonso de Mendoza via Wikimedia Commons

Cela permet de définir «une sagesse purement humaine» (un savoir qui se rapporte à l’être humain), que possèdent ceux qui ont compris que le vrai sage est celui qui n’a pas la prétention de l’être. Beaucoup d’hommes semblent sages à beaucoup d’autres, et surtout à eux-mêmes, alors qu’ils ne le sont point. Le faux sage «croit savoir quelque chose, alors qu’il ne sait rien, tandis que moi, si je ne sais pas, je ne crois pas non plus savoir».

La modestie délivre de l’illusion (de la «prétention») de l’excellence (de son «auto-excellence»), qui obscurcit l’esprit de «bon nombre de gens qui croient savoir quelque chose et qui ne savent rien ou peu de choses», comme Platon le fait dire à Socrate. Elle conditionne la progression dans la connaissance de soi, de l’être humain, et de l’univers.

La modestie comme orgueil des justes

La fierté de Socrate avait frappé toutes les personnes assistant à son procès. Un certain orgueil pourrait-il donc faire bon ménage avec la modestie? Certes, la modestie est un signe de lucidité quant à ses limites. Mais elle est avant tout le refus de la tyrannie du paraître. Le modeste est celui qui privilégie la consistance de l’être, plutôt que la facticité du paraître.

Certes encore, la coupure entre être et paraître a quelque chose d’artificiel! Chacun n’est en premier lieu que ce que son corps donne à voir. Comme le dit Paul Valéry (fragments du Narcisse), «Toi seul, ô mon corps, mon cher corps, Je t’aime, unique objet qui me défend des morts».

Mais personne ne se réduit à ses apparences. Et surtout pas aux apparences sociales. On le sait depuis Pascal: la «grandeur d’établissement» ne mérite qu’un «respect d’établissement». La visibilité médiatique ne concerne et ne réjouit que ceux pour qui l’apparence est le tout, et la valeur ne se mesure pas au nombre de ceux qui suivent son ombre (aussi grande fût-elle).

Il faut entendre ici la voix lumineuse de Pascal, pour qui l’orgueil trouve sa vraie place dans «l’ordre de la charité». La «concupiscence de la chair» est bonne pour «les riches, les rois», qui ont pour objet le corps; la concupiscence spirituelle, pour les curieux et savants, qui ont pour objet l’esprit. L’orgueil proprement dit, enfin, appartient aux sages, qui ont pour objet la justice, lit-on dans ses Pensées: «Ce n’est pas qu’on ne puisse être glorieux pour les biens ou pour les connaissances, mais ce n’est pas le lieu de l’orgueil. Le lieu propre à la superbe est la sagesse.»

Oui, l’homme modeste est celui qui est capable d’éprouver, quel que soit son espace d’action et de réussite (comme père, professeur, compagnon, ami, artisan, acteur social, écrivain, astronome, ou encore chercheur en physique), l’orgueil d’avoir en tout et toujours recherché la justice, et tenté de se hausser à l’ordre de la «vraie charité». À l’égal des saints, à qui, selon Pascal, Dieu seul suffit.

Pour Pascal, on le sait, la sagesse n’est visible qu’aux «yeux du cœur». C’est cette visibilité que recherchera celui qui aura compris en quel sens la modestie est le couronnement d’une éducation humaine réussie.

 

[Source : http://www.slate.fr]

 

 

 

En su flamante ensayo, el autor de Ciencias morales toma la resonancia explícita de la teoría de Trotski para trazar un recorrido crítico por la literatura argentina. Menciona a Héctor Libertella, Ricardo Piglia, César Aira y Juan José Becerra. Y a la hora de referirse a Borges señala que en su obra « hay una dimensión de lo nacional y popular mucho más consistente que lo que pudo haber sido su posicionamiento político ».

 (Fuente: Rafael Yohai)

Escrito por Silvina Friera

El final, el último capítulo del libro, puede ser otro posible principio. Una anécdota despliega la potencia de un tema que interpela. Algo nuevo irrumpió cuando se estrenó en París, en mayo de 1917, el ballet Parade, de Jean Cocteau, con música de Eric Satie, decorados y vestuarios de Pablo Picasso y dirección de Diaghilev. Todos fueron silbados y abucheados. Muchos años después, poco antes de su muerte, Cocteau, artista clave en el surrealismo y el dadaísmo, recuerda ese momento en que surgió lo que no se esperaba y explica: “A la gente le gusta reconocer, no aventurarse. Reconocer es mucho más cómodo y autohalagador”. En La vanguardia permanente (Paidós), Martin Kohan toma la resonancia explícita de la teoría de León Trotski para trazar un recorrido crítico por la literatura argentina, en la que encuentra una “vanguardia moderada” en los años 20 (el grupo reunido en la revista Martín Fierro), las varias vanguardias encabezadas por Héctor Libertella y Ricardo Piglia o la “vanguardia sin épica” en la literatura de César Aira.

La bandera de Boca se despliega como el fondo principal que elige el escritor, fanático xeneize, en la entrevista por Zoom con Página/12. “La pandemia agravó algo que ya estaba formulado en términos de un futuro más corto. Cuando se dice visibilidad diez kilómetros, había diez kilómetros de visibilidad histórica en las sociedades que tenían una idea de lo que podía llegar a pasar en el futuro. En esa especie de ecuación entre utopías políticas y pragmatismo, ya venía ganando el pragmatismo, que supone un futuro muy corto. Veníamos con una visibilidad reducida por niebla. Ahora con la pandemia nadie puede decir sensatamente qué va a pasar a nivel colectivo e individual en un mes”, plantea Kohan, autor de las novelas Dos veces junio, Museo de la revolución, Ciencias morales (Premio Herralde de Novela en 2007) y Bahía Blanca, entre otras.

Sin que sea de manera explícita, en “La vanguardia permanente” pareciera que planteás que hay “tres vanguardias” en la literatura argentina: Ricardo Piglia, César Aira y Juan José Becerra. ¿Estás de acuerdo con esta interpretación?

-Estoy de acuerdo, pero agregaría a Libertella. Habría cuatro alternativas a uno de los problemas nucleares que se condensaría en esta idea: cómo generar lo nuevo, cómo escribir lo nuevo, cuando lo nuevo ya ocurrió. En Libertella está la dislocación de la disposición entre tradición-novedad, reformulando el imaginario de la novedad, una reformulación de los imaginarios de la vanguardia puestos en fricción no ya con la tradición, sino con lo antiguo. Libertella hace chocar lo más nuevo con lo más antiguo y pone la vanguardia en el ámbito de lo rupestre. En Piglia tenemos otra alternativa que es la idea de pensar las vanguardias como un efecto de lectura y por lo tanto que la lectura produzca vanguardia donde en principio no se había formulado como tal. Toda literatura está disponible para que alguna lectura la constituya en vanguardia, como hace Piglia con (Juan José) Saer, (Manuel) Puig y (Rodolfo) Walsh. Lo de Aira es distinto porque es uno de los autores más atentos a la aparición de las vanguardias radicales. Aira vuelve sobre Duchamp, no solo en sus textos ensayísticos, sino en algunas de sus ficciones. Aira produjo algo nuevo en tiempos en los que nada nuevo parecía posible y en uno de los puntos más sensibles de lo nuevo, que es desconcertar cuando aparece una literatura y no se sabe bien qué hacer. A cuarenta años de su primer libro, todavía hay algo desconcertante en Aira. En el caso de Becerra, más que volver sobre un legado de vanguardia y buscar una reactualización opera por la negación: apunta a tomar los elementos que fueron puestos para domesticar a las vanguardias y los contrarresta paródicamente.

-¿El paradigma de la vanguardia moderada sería Borges?

-Sí, definitivamente. Borges produjo lo nuevo; hay novedad en sus textos de los años 40 y produjo un efecto de desconcierto cuando publicó “Pierre Menard, autor del Quijote” en la revista Sur. Ocurre la pregunta: ¿Qué es esto?, como fórmula del desconcierto, que ahora me doy cuenta de que es la pregunta que hizo (Ezequiel) Martínez Estrada para hablar del peronismo porque estoy pensando mucho y escribiendo sobre el antiperonismo. “Pierre Menard” produce lo nuevo: ¿esto qué es? ¿es un ensayo? ¿es un cuento? Borges es una figura clave para entender la moderación de la vanguardia de los años 20, porque él está ligado al grupo martinfierrista, es el que le aporta y le importa, vía España, el ultraísmo. Es la figura recurrente del “viajero importador” que parte de (Esteban) Echeverría, que vuelve de París y trae el romanticismo. Borges vuelve de Europa y trae el ultraísmo. Borges produce lo nuevo en el género cuento, que es un género mucho más tradicional que el teatro, que la novela o la poesía. Borges piensa la tradición desde “El escritor argentino y la tradición” hasta los textos sobre la gauchesca. Reescribir la tradición es establecerla como tradición y al mismo tiempo es usar la tradición para producir novedad. Borges fija la tradición, la renueva, obstruye el experimentalismo de lo nuevo, produce lo nuevo. Borges hace todo.

En Borges se da una paradoja porque desde la literatura representa una vanguardia moderada, pero sus intervenciones políticas, su antiperonismo, es más radical y visceral, ¿no?

-Lo que pasa es que también hay que historizar las posiciones políticas de Borges. Eventualmente para nuestra sorpresa, Borges escribió un poema saludando la revolución rusa. El Borges que modera la vanguardia no es el Borges por el que estás preguntando, ese Borges viene después. Borges podría haber sido peronista en el sentido de su yrigoyenismo, que incluso es una clave del conflicto por el que se termina disolviendo y cerrando la revista Martín Fierro. Borges tiene en ese momento una posición muy próxima al yrigoyenismo. Ya sabemos que la secuencia Yrigoyen-Perón que propone el peronismo no es la secuencia que Borges va a seguir. Efectivamente, Borges se radicaliza hacia una posición más reaccionaria por el antiperonismo, lo cual lo llevó a saludar un golpe de Estado porque le resultaba suficiente que hubiese sido un factor para quitar al peronismo del poder. En principio, para Borges, era la única variable: con el peronismo o contra el peronismo. Que es un poco lo que estamos viviendo ahora también y me parece la gran victoria del peronismo.

-¿A qué te referís?

-El antiperonismo es un factor fundamental para la consistencia y la vigencia del peronismo. El peronismo produce el antiperonismo y, en alguna medida, es producido por el antiperonismo. Se da un circuito de retroalimentación que solamente se podría desarmar, como lo pensaron algunos de los integrantes del grupo Contorno, si se supera la dicotomía. Superación es superación; no es ni neutralidad ni exterioridad ni el medio porque estar en el medio es estar en la dicotomía. Hay que superar la dicotomía para pensar una instancia que esté por fuera del dispositivo porque el antiperonismo es parte del dispositivo peronista y de hecho lo retroalimenta. Si el peronismo no contara con el antiperonismo lo inventaría. Si es que no lo inventa cada tanto porque lo precisa y porque mantiene los conflictos en un terreno funcional al peronismo. Poder pensar en una instancia que permita la superación dialéctica de la dicotomía y alcanzar una terceridad hoy no parece posible. En mi caso, tristemente hay que decir que me señalan como K o como anti K; las posiciones que uno pueda tener parece que no cobran entidad por fuera de esos términos. O solo cobran entidad en una supuesta tibieza intermedia, lo cual todavía te mantiene en la dicotomía. La dicotomía se supera radicalizando los términos de la contradicción, no morigerándolos. En el caso de Borges, fue paradójicamente una radicalidad conservadora, pero no hay que subsumir una obra por las posiciones que el escritor pueda haber asumido. En la literatura de Borges hay una dimensión de lo nacional y popular mucho más consistente que lo que pudo haber sido su posicionamiento político.

El peronismo planteó una tercera vía o posición: ni yanquis ni marxistas, peronistas. El propio peronismo se presenta o intenta hacerlo como una superación de la dicotomía.

-El peronismo se propone como esa terceridad y mirado desde el peronismo funciona en tiempos de la bipolaridad de la guerra fría. Pero desde una perspectiva marxista la disposición cambia: el peronismo pasa a ser una resolución complementaria bajo el formato del estado de bienestar respecto de los ciclos de la explotación capitalista. No hay ninguna terceridad. En estos ciclos que se dan en los distintos sistemas de explotación capitalista hay períodos de virulencia de libre mercado, con las consecuencias que eso tiene una y otra vez, y ciclos de reparación de daños en los períodos de estado de bienestar. Pero desde una perspectiva marxista es una dinámica interna a la perpetuación de la dominación capitalista. La terceridad es una instancia de superación de las diferentes inflexiones que la explotación en el capitalismo puede llegar a cobrar para plantear una crítica a ese mismo orden social. No estoy diciendo que sean lo mismo. No comparto esos momentos en que la izquierda dice “son lo mismo”. No son lo mismo; pueden ser muy diferentes. Las perspectivas de transformación social significaban futuro pero hoy significan pasado. Uno plantea esta cuestión e inmediatamente se activa una recapitulación de lo que pasó en la Unión Soviética o con la revolución cubana. ¿Qué pasa con la idea misma de revolución que en lugar de situarnos en una perspectiva de futuro nos pone a mirar hacia atrás? Vivimos tiempos muy conservadores y la cortedad del futuro tiene que con la imposibilidad de imaginar un futuro que sea sustancialmente distinto del presente.

Desde el título del libro se percibe tu simpatía hacia el trotskismo, ¿no?

-Mis amigos peronistas me preguntan: ¿qué pasó? (risas). Mi primer voto, en l985, fue al peronismo. ¿Qué pasó después? Y yo les digo: las lecturas me han llevado al marxismo. Hay una trampa por la cual no es posible no ser peronista sin ser antiperonista, como parece imposible no ser kirchnerista sin ser tomado como antikirchnerista. Si no rezás los términos de los antikirchneristas, te toman como kirchnerista automáticamente. De este modo quedamos entrampados en una dicotomía que no nos satisface por reductiva. No es un problema que la grieta divida a los argentinos porque yo no estoy a favor de la unidad de los argentinos. El problema es si esos son los términos de las contradicciones fundamentales o no.

-La unidad de todos los argentinos es una utopía un poco ingenua…

-Yo no creo que sea deseable la unidad. Hay sectores de la sociedad argentina con los que la unidad no solo no es posible, sino que no quisiera estar ahí. ¿Por qué el explotado se uniría a su explotador? ¿A quién le conviene esa unión? Es obvio, ¿no?

Dilemas de una dicotomía

A Martín Kohan le gusta aventurarse por las aguas del antiperonismo. Quizá sea el “tema” de su próximo libro de ensayos. Hace poco leyó Ayer fue San Perón, libro de Raúl Damonte Taborda (el padre de Copi), que es una de las dos « biblias » del antiperonismo. El otro es ¿Qué es esto?, de Martínez Estrada. “Yo no asumo una posición peronista porque no es mi posición política, pero quiero ver cómo contrarrestar críticamente el antiperonismo, sin hacer de eso una posición de afirmación del peronismo, para romper esta dicotomía que se retroalimenta. Vamos a ver qué resulta”, dice el escritor. “¿No les viene bárbaro a los peronistas escuchar a Fernando Iglesias diciendo barrabasadas? Yo, que no soy peronista, me siento más cerca del peronismo cuando escucho a Iglesias. Como nunca me sentí tan cerca del kirchnerismo como en el 2009. Alejandro Dolina dice que se hizo peronista cuando vio quiénes eran los que odiaban al peronismo. Los enemigos del peronismo son mis enemigos. Pero el peronismo no es suficiente para contrarrestar a esos enemigos”, aclara Kohan.

 

[Imagen: Rafael Yohai – fuente: ww.pagina12.com.ar]

A etimologia nossa de cada dia

Escrito por Eduardo Affonso

Cu” vem de “culus”, que não é especificamente o ânus, mas inclui a região carnuda a ele adjacente, as nádegas. E “eco” é o mesmo de “ecologia”, “ecossistema”: o habitat, o domicílio.  Logo, cueca é, literalmente, “a casa do cu”.

“Cu”, nesse sentido de “o traseiro”, deu também origem a “recuar” (retroceder, andar para trás), “acuar” (encurralar), “cueiro” (pano que envolve o bebê da cintura para baixo) e “culatra” (o fundo do cano da arma de fogo). Lembrando que “encurralar” não tem nada a ver com o isso: deriva de “curral” (que tanto pode ser o lugar de guardar o gado quanto os carros – no caso, as bigas romanas).

Bunda” não vem do latim, mas do quimbundo “mbunda” (ou “muna”) e quer dizer bunda mesmo (e também quadris). Não tem nenhuma relação com “abundância”, que vem do latim “abundare” (“ab” = fora + “unda” = onda), ou seja o que transborda, que existe em grande quantidade, como as ondas no mar.

Nádega” é que vem do latim “natica”, mas não significa nada além de nádega mesmo.

Poupança” tem origem mais interessante, a mesma de “apalpar”: o latim “palpare”. Para saber se podia gastar, a pessoa apalpava a bolsa de moedas – daí “poupar” no sentido de “economizar”, “gastar com moderação”.

Propina” é de origem grega, formada por “pro” = a favor + “pinein” = beber. Ou seja, a boa e velha “cervejinha”, um trocado para se beber alguma coisa. (“Gorjeta” tem origem parecida: vem de “gurguis” = garganta, que também deu origem a gárgula, gargarejo, gargalo, gargalhada; gorjeta era uma propina para “molhar a garganta”). “Suborno” tem a ver com o ato de, furtivamente (“sub”), enfeitar (“ornar”) alguém, presenteando disfarçadamente.

“Corrupção” vem do latim  “corrumpere“ (destruir, estragar), que, por sua vez, deriva de “rumpere” (romper, quebrar, arrebentar).

Centrão” vem de “centro” – do latim “centrum” (a ponta seca do compasso), que, por sua vez, tinha vindo do grego “kentron” (ferrão, objeto pontiagudo”).

Supõe-se que “Chico” venha do latim “ciccus”, a membrana entre os grãos da romã”, uma coisa pequena, sem valor. Em espanhol, “chico” quer dizer “pequeno” (e, por extensão, “menino, criança”). No Brasil, “Chico” é o hipocorístico (apelido carinhoso) para Francisco – possivelmente tendo-se originado desse “cisco” no final do nome, o que nos leva de volta ao “ciccus” do latim.

Já “Rodrigues” é um patronímico (literalmente, “nome do pai”), significando “filho de Rodrigo” (assim como Fernandes é “filho de Fernando”, Gonçalves é “filho de Gonçalo” etc). Rodrigo, por sua vez, tem origem germânica – e em todos os saites de nomes de bebês (ou seja, fontes não muito confiáveis) consta que signifique “príncipe poderoso”.

Dinheiro” tem sua raiz na expressão latina “denarius nummus”, depois abreviada para “denarius” (a moeda de prata que valia dez moedas de cobre, chamadas “asses”).  “Ass”, em inglês, quer dizer “burro” (o animal e/ou a pessoa burra), mas também o traseiro, o cu – e aí voltamos ao início deste texto sem pé nem cabeça que tentou juntar coisas nada a ver umas com as outras: cueca, propina, dinheiro, bunda, Chico, Rodrigues, corrupção, cu e centrão.

Faltou a palavra “fezes”, do latim “faex” = excremento.  Mas aí era ir muito fundo no tema.

 

 

[Fonte: http://www.eduardoaffonso.com]

Con motivo del Día Mundial del Corazón, celebrado este martes, 29 de septiembre, queremos recordar cómo el consumo moderado y responsable de vino puede reducir el riesgo de sufrir un infarto de miocardio o un accidente vascular cerebral, tanto en hombres como en mujeres.

Por un lado, hay que recordar que la enfermedad cardiovascular es la principal causa de muerte, y puede estar originada por múltiples factores, desde el tabaquismo a la diabetes pasando por la presión arterial alta o la obesidad.

Por el otro, no hay que olvidar que el vino es uno de los alimentos esenciales de nuestra cultura mediterránea y nuestra gastronomía. Y que, su consumo en el marco de una alimentación y un estilo de vida saludable aporta grandes beneficios al organismo.

Se ha observado, a través de múltiples investigaciones internacionales, que « el efecto de los consumidores ligeros (<5 g de alcohol/día) y moderados (5-15 g de alcohol/día) de vino frente a la mortalidad cardiovascular es de una reducción del 38% de la mortalidad por todas las causas. Además, los consumidores de vino moderado (>15-70 g alcohol/día) muestran una reducción del 30% y del 70%, respectivamente, en la incidencia de eventos cardiovasculares », afirma el Dr. Ramón Estruch, del Departamento de Medicina del Hospital Clínico de Barcelona.

Los polifenoles pueden contribuir a proteger contra enfermedades cardiovasculares

Este año 2020, un estudio elaborado conjuntamente por la Anglia Ruskin University de Reino Unido, el Medical University de Viena (Austria), la North-West University (Sudáfrica) y el George Institute for Global Health de Sydney (Australia) destaca, por primera vez, los efectos beneficiosos del vino frente al resto de bebidas alcohólicas en la disminución del riesgo de cardiopatía isquémica[1] (1). Y es que el vino se destaca de otras bebidas por su contenido en polifenoles, entre ellos, el resveratrol, que lo convierten en una opción llena de propiedades saludables.

Además, los polifenoles presentes en el vino pueden contribuir a proteger contra enfermedades cardiovasculares, sobre todo las cardíacas. La capacidad antioxidante del vino aumenta el colesterol saludable para el corazón y mantienen el sistema inmune fuerte. Este tipo de colesterol bueno (HDL) ayuda a prevenir la acumulación de placas en las arterias, lo que también puede contribuir a evitar ataques cardíacos y accidentes cardiovasculares.

Otro tipo de polifenoles son los taninos que provienen de la piel y de las pepitas de la uva, aportando propiedades astringentes y antiinflamatorias que actúan contras los radicales libres. Los taninos están muy presentes en la maceración del vino tinto y en los vinos blancos fermentados en barrica.

Los beneficios que aportan los polifenoles del vino en la salud vascular han quedado demostrados científicamente por un metaanálisis —que incluyó a 37 estudios sobre humanos– elaborado por la University of Birmingham (Reino Unido), el Garvan Institute of Medical Research de Darlinghurst (Australia) y del St. Vincent’s Clinical School de Sydney (Australia). Este estudio concluye que los polifenoles del vino ayudan a mejorar la presión arterial sistólica. Un resultado muy relevante, ya que la presión sistólica elevada se asocia a la hipertensión y a enfermedades coronarias [2].

El vino como estilo de vida saludable

En España, al igual que en otros países mediterráneos con la misma tradición, el consumo de vino está asociado a aspectos sociales, a unas pautas de consumo moderado, siempre en combinación con comida y en un ambiente de socialización. En la actualidad, los consumidores se decantan por el vino como parte de un estilo de vida saludable, sostenible y de saber disfrutar de la vida, que contribuyen también positivamente a la salud.

Aunque numerosos estudios han demostrado los beneficios para la salud del consumo moderado de vino, la mayoría de los investigadores advierten que ello no es suficiente motivo para que alguien que no bebe comience a hacerlo por motivos de salud. De hecho, la recomendación general de los científicos suele ser preventiva, advirtiendo que los beneficios para la salud del vino en un estudio en particular no garantiza que los no bebedores o abstemios deban comenzar a disfrutar de una copa al día para mejorar su salud.

Por último, es importante señalar que cualquier estudio sobre el vino y la salud no reemplaza el consejo médico de un profesional. Las personas, independientemente de si padecen cualquier enfermedad, deben consultar con su médico antes de tomar decisiones sobre el consumo de alcohol por su salud.

 

[Fuente: http://www.vinetur.com]

 

Una misma realidad se puede transmitir de diferente manera en función de los vocablos que la nombren

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, a la izquierda, y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, el 21 de julio en Bruselas.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Cuatro miembros de la UE (Países Bajos, Suecia, Austria y Dinamarca) son partidarios de un gasto comunitario bajo, para contribuir poco a él, y se han autodenominado “países frugales, después de que el Financial Times les aplicara ese generoso adjetivo.

El término “frugal” se había empleado antes en referencia a los presupuestos nacionales de contención. Y lo usó Xavier Vidal-Folch, con mayor antelación aún, en varios artículos de EL PAÍS. Por ejemplo, el 5 de mayo de 2016: “La política suele ir con retraso en frugalidad, ese ahorro de costes inútiles o prescindibles, corrientes o burocráticos, a no confundir con la austeridad excesiva que castiga la inversión y los servicios sociales”.

Ha nacido así un uso positivo de “frugal” y “frugalidad” opuesto al negativo de “austero” y “austeridad”, términos éstos que fueron manipulados en la anterior crisis: la austeridad verdadera se la aplica cada cual, no se impone a otros; y consiste en vivir con lo necesario, no con menos de lo necesario. Nos colocaron “austeridad” en vez de “empobrecimiento” y “miseria”.

El caso es que el diario británico acuñó hace poco la locución the frugal four (los cuatro frugales) para referirse a esos miembros de la UE. Y ellos están encantados con el adjetivo. Claro.

“Frugal” significa, en español y en inglés, “parco en comer y en beber”. Procede de frugalis, en latín, que a su vez viene de frux, frugis: fruto de la tierra. Es decir, se llamó frugal a quien se limitaba a comer lo que nacía de los árboles y los campos, y prescindía de la carne y del pescado.

De eso derivó un sentido figurado que ya usaban los romanos: frugalitas equivalía a “moderación, prudencia, sobriedad”; metáfora fosilizada que nosotros también aplicamos y que se halla igualmente en el inglés frugally: “económicamente, sencillamente, en pequeñas cantidades”.

Así que tenemos cuatro países frugales. Y si ellos son frugales, ¿qué somos los demás? Al repetir acríticamente ese adjetivo, el periodismo español trabaja a favor de parte. O sea, a favor de la parte contraria. Porque se sobrentiende que los frugales están a un lado y que al otro se han situado los carnívoros, los comilones, los glotones, los derrochadores. O sea, nosotros: España, Polonia, Portugal, Grecia, Rumania, Hungría, Bulgaria, República Checa, Eslovaquia, Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Chipre y Malta; los llamados “países de la cohesión”, partidarios de un presupuesto expansivo; los que pretendían paliar la coronacrisis mediante un mayor gasto público de la UE (que los “frugales” lograron reducir).

Pero los frugales son en realidad los ricos. O, como ha escrito Lluís Bassets, los ricos que se hacen los pobres para evitar las transferencias a los más necesitados.

Una misma realidad se transmite de diferente manera en función de los vocablos que la nombren. Podemos censurar al perseverante por su “obstinación” o alabarlo por su “tenacidad”. Sólo el punto de vista distingue entre el oportuno y el oportunista, entre el halago y la adulación, entre la dulzura y el empalago, entre el generoso y el manirroto.

Y cuestión de punto de vista sería también escoger entre “los cuatro frugales” y su anverso negativo: “los cuatro tacaños”.

[Foto: STEPHANIE LECOCQ – fuente : http://www.elpais.com]

Les chercheuses et les chercheurs qui contribuent chaque jour à alimenter notre média en partageant leurs connaissances et leurs analyses éclairées jouent un rôle de premier plan pendant cette période si particulière. En leur compagnie, commençons à penser la vie post-crise, à nous outiller pour interroger les causes et les effets de la pandémie, et préparons-nous à inventer, ensemble, le monde d’après.

Pour aborder la crise actuelle, l’humilité est de mise. 

Écrit par Laurent Bibard

Professeur en management, titulaire de la chaire Edgar Morin de la complexité, ESSEC

Il y a deux raisons essentielles pour lesquelles Camus nous est indispensable pour sortir de la crise. La première concerne un extrait de La Peste qui fait l’objet d’une abondante diffusion sur les réseaux sociaux. La deuxième, moins aperçue, est précieuse si l’on veut apprendre de Camus à vivre autrement. Ces deux raisons ont un socle commun, celui des évidences de notre temps, qui est le temps du triomphe du capitalisme depuis l’effondrement du bloc soviétique (le « communisme » chinois est loin d’être communiste au sens propre).

Le capitalisme partage, avec le marxisme et avec les idéologies les plus extrêmes de notre temps – c’est-à-dire ici des deux derniers siècles de l’histoire du monde –, le goût des « perfections », et de ce qui est total, au sommet absolu des possibles. Il suffit pour s’en convaincre d’avoir à l’esprit des expressions comme « rationalité pure et parfaite », ou « maximisation du profit ou de la satisfaction » en théorie économique, ou encore sur les plans à la fois théorique et pratique « zéro stocks », « zéro délai », » zéro risque », « zéro défaut » ; enfin de manière générale de « contrôle » et de « transparence », via des processus de « reporting » systématiques.

Dans le monde de la gestion, le fantasme de perfection revient au fantasme de trouver la recette miracle, qui garantirait la prospérité des entreprises, voire du monde entier – nonobstant la compétition de plus en plus âpre que tout le monde s’impose à cet effet.

Cet « extrémisme » des attentes, des présuppositions et des attitudes est profondément problématique, car il alimente de manière pernicieuse, déniée, et peu visible, des jugements tout aussi extrêmes de tous contre tous. Nous pourrions aller, sans nous en apercevoir, vers une guerre radicale de tous contre tous, que le système économique et financier mondial nourrit abondamment.

Ne pas aggraver la crise : éviter tout esprit d’accusation

C’est sur ce premier point que Camus est en effet d’abord indispensable. Camus n’accuse jamais personne : il observe, comprend, imagine. Dans La Peste, il fait observer ceci au début de la maladie, citation abondamment diffusée ces derniers temps sur les réseaux sociaux :

« Personne n’avait encore accepté réellement la maladie. La plupart étaient surtout sensibles à ce qui dérangeait leurs habitudes ou atteignait leurs intérêts. […] Leur première réaction, par exemple, fut d’incriminer l’administration. »

Deux leçons sont à retenir pour nous dans cette citation : sur le déni d’abord, sur les accusations ensuite.

Sur le déni

Il est d’abord humain – « trop humain », dirait Nietzsche –, de nier lorsqu’elle apparaît, une catastrophe aussi radicale qu’une épidémie, et qui plus est une pandémie. Il est « normal » de ne pas vouloir voir une telle chose, car nous avons tous besoin de simplicité et d’évidences pour conduire notre vie au quotidien. C’est par la répétition de gestes ordinaires connus, bien appris, qui marchent bien, évidents, que nos vies nous sont à la fois possibles et supportables. Nous sommes toutes et tous pris tôt ou tard dans ce que nous pourrions appeler nos « zones de confort ». Et c’est vital.

Il importe, pour bien mesurer ce qui est en jeu, d’observer ce qui fait nos zones de confort, avant même nos lâchetés, nos intérêts, et nos entêtements. Font partie de nos zones de confort la langue que l’on parle, la manière dont nous sommes en relation avec les autres, la manière dont nous nous alimentons, nos réflexes lorsqu’il s’agit de prendre une douche ou de se faire un café, etc. C’est ce quotidien le plus ordinaire qui fait nos zones de confort. Et bien évidemment, cela s’étend au domaine du travail lorsque l’on a la chance d’avoir un emploi. Autrement dit, nous ne pouvons pas ne pas adosser nos vies quotidiennes à toutes sortes de manières de faire les choses, et d’« évidences », s’il s’agit de vivre. Et nous nous accrochons à nos habitudes et à nos intérêts immédiats lorsque nous en pressentons la vulnérabilité. Le désarroi vient précisément lorsque les évidences deviennent impossibles, lorsque « tout devient un combat », comme dit Cabrel.

Si tout nous devient un combat, y compris par exemple de marcher debout comme cela nous est venu normalement dès la prime enfance, alors la vie est impossible, et peut survenir jusqu’à la folie. Il arrive en psychiatrie de rencontrer des patients dont l’altération des évidences va jusqu’à l’oubli de la marche debout.

C’est pourtant là précisément le deuxième aspect de notre humanité : nous sommes tous capables de mettre en question toutes nos évidences, et sans devenir fous. Nous sommes tous capables d’interroger nos zones de confort et de prendre du recul par rapport à ce qu’elles représentent. Autrement dit, nous sommes tous capables de douter, et d’accepter de constater que ce qui nous était certitude, adossement, repos, disparaît sous nos pieds. C’est cela l’humanité au sens fort : être capable de douter, de prendre du recul, et de découvrir que la manière de vivre que nous avions eue n’était en fait peut-être pas si bonne que cela, voire mauvaise, et soudain plus viable. Nous sommes tous capables de cet écart par rapport à nos intérêts les plus habituels, les plus convenus, et de recommencer à vivre, en mettant sur le métier d’autres manières de vivre.

Camus sait ces deux aspects de notre humanité, tendue entre zones de confort et interrogation. Et rien n’est entrepris dans sa littérature pour y juger qui que ce soit. Il n’est jamais pour lui question d’accuser mais d’accompagner les hommes dans leurs faiblesses, tendrement, presque paternellement, vers le dépassement de leur déroute, aussi absurde que soit le monde. On trouve chez Camus du christianisme, ce que le Christ sur le point de mourir demande à son père : « Pardonne-leur, ils ne savent pas ce qu’ils font ». L’équivalent de cette demande dans le monde grec se trouve exprimé par Socrate : « Nul n’est méchant volontairement ». Camus est très proche de bien des attitudes et des postures anciennes que nous gagnons à réentendre.

Sur les accusations

Soulignons précisément ce deuxième point de la citation de Camus : « Leur première réaction, par exemple, fut d’incriminer l’administration. » Camus anticipe ce que nous avons vécu ou ce que nous sommes en train de vivre, qu’il est vital de ne pas intensifier. Ce qui est fondamental dans cette observation, est l’inconséquence en quoi consiste toute accusation lorsque l’on est au pied du mur, quand l’urgence est de répondre à la question de savoir comment l’on va sortir de la crise. Dans ce passage de La Peste, l’on est encore dans un contexte de déni. Tant que le déni domine, le sentiment de l’urgence à agir n’est pas, comme on vient de le voir, le premier qu’on éprouve. Il n’en demeure pas moins qu’en temps de crise, l’essentiel n’est pas de trouver des coupables pour « expliquer » ce qui arrive, mais d’identifier les problèmes en les priorisant et de tout faire pour les résoudre, et traverser la crise avec le moins de pertes possibles. À tous égards, notamment la perte du sens de ce que nous faisons.

Nous retrouvons ici le problème de la « perfection », ou de l’extrémisme des attentes par quoi nous avons commencé. L’origine du mot « accusation » est révélatrice des enjeux que draine ce terme : « ac-cuser » revient à « trouver la cause » de quelque chose. Autrement dit, accuser c’est expliquer, « déplier » le réel pour identifier comment est advenu tel ou tel événement. Un monde qui cherche la perfection, qui exige et présuppose la perfection en tout, est un monde où aucune place n’est laissée à l’hésitation, à l’erreur, à la véritable recherche de solutions au cœur des circonstances, sur le fond de l’ignorance irréductible à une situation nouvelle. Si l’on croit que tout un chacun est censé tout savoir et tout pouvoir au sujet de ce dont il ou elle est responsable – quel que soit le niveau de ces responsabilités –, alors ne pas réussir devient une faute voire un scandale. Un monde qui présuppose que la perfection est à la fois possible et réelle, est un monde d’accusations dans tous les sens, où tout le monde est coupable d’imperfection.

Évidemment en particulier, bien que non exclusivement, l’« administration », ou celles et ceux qui sont censés garantir la sécurité et la paix civiles. Il ne s’agit pas ici de dire que l’administration qui est la nôtre en France fait tout bien. Il s’agit de ne pas perdre de temps à l’incriminer, pour se consacrer au plus urgent et au plus important : si nous voulons traverser la crise sanitaire avec le moins de dégâts possibles, et qu’elle ne devienne pas une crise économique, sociale et politique mondiale, infiniment plus grave que la crise sanitaire elle-même déjà gravissime, alors il est de la responsabilité de chacune et chacun d’orienter notre regard, solidairement, en direction de son dépassement. Outre les urgences sanitaires en tant que telles, l’urgence est de cesser de regarder les poutres dans les yeux des voisins, et de redéfinir sans cesse ensemble le métier de vivre.

Enraciner notre futur à partir de là où nous sommes

Le caractère délétère de la culture de la perfection apparaît également lorsque l’on considère le rapport actuel du monde économique aux « innovations ». En remarquant qu’il n’y a rien de plus banal à notre époque que de vouloir se différencier en « innovant » – en particulier grâce aux « progrès » que permettent les nouvelles technologies, on peut remarquer également que le « changement » voire les « transformations » sont de plus en plus abordées en pratique sur la base d’un effort pour faire « table rase » du passé dans les organisations. La vectorisation du monde économique en direction du futur est autrement dit de plus en plus unilatérale, et tout se passe la plupart du temps comme si aucune compétence préalable n’existait, comme s’il fallait tout inventer à nouveaux frais, comme si notre passé ne nous était absolument de rien.

Une telle posture largement dominante dans le monde économique est profondément problématique à plusieurs titres, dont le moindre n’est pas de faire éprouver aux travailleurs, aux employés, aux équipes des organisations – qu’elles soient publiques ou privées – un sentiment de nullité radical. Car s’il fallait vraiment tout changer, et totalement, pour s’orienter en direction d’un avenir meilleur, ce serait donc que ce qui était fait jusqu’ici n’avait absolument aucune valeur et aucun sens.

Outre l’effet dévastateur en termes de motivation et de reconnaissance des personnes et des compétences, cette posture recèle en puissance des conséquences catastrophiques. Ce qui est en train de se jouer au niveau mondial serait le passage à un « monde » fondamentalement structuré par la puissance incontestablement dominante des technologies, « monde » tour à tour souhaité, fantasmé, craint, et systématiquement réputé inéluctable. Or, derrière le caractère inéluctable de l’essor exponentiel des nouvelles technologies se nicherait de manière plus ou moins cachée la disparition de l’humanité tout court. L’extrémisme revendiqué du transhumanisme radical rêve délibérément à un point singulier du temps où à la fois l’intelligence artificielle deviendrait supérieure à l’humaine, et où l’humanité vaincrait la mort.

Plus pernicieux encore peut-être, car plus généralisé, est le rêve au quotidien de l’inféodation de nos sociétés aux technologies comme « évidemment » supérieures aux humains, sur le fond de l’oubli que ce sont des femmes et des hommes qui inventent et fabriquent ces dites technologies tous domaines confondus. Est en jeu soit la disparition de l’humanité telle que nous la connaissons jusqu’ici, soit son inféodation définitive aux technologies qu’elle invente et fabrique.

C’est ici que Camus est de nouveau indispensable. En écrivant L’homme révolté, qu’il publie en 1951, et qu’il attribue au même cycle d’œuvres que La Peste, Camus est l’un des tout premiers intellectuels, si ce n’est le tout premier, à identifier les proximités entre les révolutions communiste et nazie. L’argument central du livre consiste à observer que dès que nous humains, rêvons à quelque « solution finale » que ce soit, lorsque nous nous mettons en demeure de rendre le rêve réel, nous provoquons l’exact inverse, que Camus appelle les « terrorismes d’État ».

Ceci, qu’il s’agisse de l’horreur délibérée d’un rêve de « pureté et de perfection » comme le rêve de faire régner pour jamais une « race » aryenne supposée supérieure à toutes les autres, ou, et il est profondément douloureux de le constater, qu’il s’agisse du rêve de supprimer définitivement la domination de l’homme par l’homme comme le dit le très grand humaniste Karl Marx, laquelle suppression a abouti entre autres aux camps staliniens que Camus pressentait, et à des régimes comme celui de Pol Pot dont malheureusement son livre anticipait l’horreur. Or, qu’ont eu de commun les révolutions du XXe siècle, si ce n’est de rêver de faire « table rase » du passé, pour créer un monde définitivement meilleur, enfin débarrassé de toute scorie, de toute imperfection, de toute « erreur » et de tout mal – quel que soit le contenu que l’on donne au « mal » en question.

Il en est exactement de même dans le monde où nous vivons, de manière cependant encore plus radicale et pernicieuse. Car c’est au creux même de ce que nous tenons pour du « progrès », et éminemment celui des nouvelles technologies, au cœur de notre approbation fondamentale pour un monde meilleur voire parfait, d’où la mort même serait exclue, que se loge la posture qui présuppose que ce qui a été jusqu’ici n’a aucune valeur pour l’humanité en route vers son futur, et qu’il faut œuvrer à une « solution finale » de tous les problèmes pourtant déjà vécus, affrontés, résolus ou surpassées par des femmes et des hommes. Or, cette « solution finale » qui ne dit pas son nom consiste en effet à éliminer l’humanité telle qu’elle fut jusqu’ici au profit d’une « post-humanité » nouvelle, idéalement pure et parfaite. La différence fondamentale entre l’idéologie nazie et cette perspective, est qu’à ce compte, ce serait l’humanité entière qui serait non conforme et qu’il faudrait supprimer pour accéder enfin à un bonheur pur et total.

Ce qu’il y a d’infiniment dangereux dans cette révolution supplémentaire en cours est d’une part qu’elle se joue avec le consentement croissant d’une humanité manquant de l’éducation nécessaire pour prendre distance avec la fascination provoquée par les nouvelles technologies. D’autre part, parce qu’étant le fait d’une société et d’une économie mondialisée, une telle révolution conduirait si on la laisse se faire, à un terrorisme qui ne serait plus un terrorisme d’État, encore localisé et contre lequel l’on pourrait lutter, mais à un terrorisme mondial d’entreprises privées plus puissantes que tous les États du monde. Un terrorisme mondial qu’il serait impossible de fuir. Nous serions alors très proches de la plus grande des tyrannies pressentie par les anciens et en particulier Platon, lorsqu’ils mettent en garde contre le volontarisme s’agissant de politique (voir par exemple La république, fin du Livre IX).

Camus, très proche dans son diagnostic de cette prudence des anciens Grecs, plaide pour une posture fondamentalement humaine de « révolte » permanente, au cœur de l’inachèvement irréductible de toute chose. Adopter une telle posture faite d’humilité, d’écoute et d’essais, plutôt que d’orgueil, de certitude et d’efficacité en direction d’on ne sait quoi, reviendrait à vivre de nouveau ce que furent tempérance et modération pour les Grecs. On peut supposer si ce n’est espérer qu’au travers même de son horreur, la crise du coronavirus nous réapprenne une telle posture.

[Source : http://www.theconversation.com]

Escrito por Paloma Torres

La actualidad literaria es tal vez menos determinante que la novedad política o la sociológica. Solo por su actualidad, los hechos políticos o las corrientes sociológicas definen el momento histórico en el que se producen; configuran el mundo en su preciso instante. Sin embargo, en contra de lo que pueda parecer al publicarse tantos libros y al merecer las novedades la constante atención de los medios, la actualidad literaria no tiene tanto interés por sí sola, sino que de esa actualidad únicamente importan aquellos libros que la trascienden, que, conteniendo o no los rasgos imperantes de su tiempo, serán perdurables. Pueden reflejar, obviar o denunciar el momento presente, pero no son libros de moda (incluso aunque se pongan de moda o lo estén, trascienden también este éxito). La obra de un buen escritor va más allá de las imposiciones estilísticas y temáticas de una determinada estética contemporánea. Responde a una sensibilidad particular y a veces el autor ha de asumir incluso consecuencias negativas (o aparentemente negativas) por mantener esa fidelidad a su personal juicio.

El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, hoy considerado uno de los mayores cuentistas del siglo XX, mantuvo esta fidelidad y eso le supuso un reconocimiento tardío. Fue fiel a su propia sensibilidad artística en medio de un contexto que anunciaba cosas distintas y escribió una obra perdurable, resistente a su propio tiempo y a toda época, lo que le convierte en un clásico. Su obra es inagotable como las grandes obras: puede releerse una y otra vez. En ella hay precisión, exactitud en la expresión, belleza, ironía, humor, sencillez y ternura.

De los muchos rasgos que pueden destacarse de este escritor, hay uno que parece revelador porque se puede aplicar a muchas facetas de Ribeyro y le define de una manera transversal. Es la discreción, entendiendo lo discreto como aquello que, según el diccionario, es sin exceso, reservado o mesurado.

De todos los personajes de los cuentos de Ribeyro, muchos conmueven al lector de una manera frontal e intensa por la crudeza de su historia, como sucede, por ejemplo, con los dos niños protagonistas de ‘Los gallinazos sin plumas’, que son maltratados por su abuelo don Santos y que cada día acuden al vertedero para buscar comida con la que alimentar al cerdo Pascual. O en el caso del minero huaripampino Sixto Molina, del cuento ‘El chaco’, con su trágica muerte violenta, que ocurre en medio de la lluvia y le deja el cuerpo atravesado por las balas –escribe Ribeyro– “como un colador”. O don Leandro, en ‘Al pie del acantilado’, que es obligado a construir su casa más allá de la ciudad, al fondo del barranco, e incluso de allí le echan.

Pero, junto a estos, hay otra clase de personajes, muy abundantes en la obra de Ribeyro, y que son tal vez los más intensamente propios de Ribeyro. Son los discretos, los que no se distinguen ni tan siquiera por su extrema condición ni por la crueldad de su destino, y que conmueven al lector precisamente por su moderación, por su medianía, por su vulgaridad, por su medido dramatismo; porque no son, ni tan siquiera, estrictos antihéroes.

Por ejemplo, Matías Palomino, en ‘El profesor suplente’, que es cobrador y recibe de pronto la visita de un amigo que le invita a dar una clase de Historia. Él ve al fin la oportunidad de “desempolvar su inteligencia en desuso” y demostrar su valor. Llega diez minutos antes a dar su clase, pero en ese breve tiempo de espera le asalta la duda y en su mente se confunden las ideas y los conceptos. Se mira en el reflejo de un escaparate y ve su imagen de hombre vencido y frustrado, y cuando se le acerca el guardia para preguntarle si él es el nuevo profesor de Historia, Matías responde con violencia que no, que él es cobrador. Vuelve a su casa sin haber conseguido impartir la clase y toma conciencia de su frustración. Al ver en los ojos de su mujer, escribe Ribeyro, “por primera vez, una llama de invencible orgullo inclinó con violencia la cabeza y se echó desoladamente a llorar”. O Angustias, la protagonista de ‘Los españoles’, que vive en una pensión en Lavapiés y es invitada por su novio a un baile que puede cambiar su destino y suponer para ella el comienzo de un futuro mejor. Todos en la pensión le ayudan a arreglarse y aportan algo para su vestido. Las prostitutas Paloma y Dolli la preparan como si fuera una reina y Angustias resplandece de felicidad. Sin embargo, en el último momento, con la mano ya en el picaporte de la puerta de salida, exclama: “¡Que no voy!”. “¡Que no voy, que no voy, que no voy, que no voy!…”. Y así, citando el final del cuento, “por orgullo, así su renuncia le costara la vida, no fue”.

O Arístides, en ‘Una aventura nocturna’, que es la historia de un hombre fracasado y solo que un día decide aventurarse a dar un paseo por un barrio desconocido, y allí encuentra a una mujer sola en un bar y, de pronto, ve la excitante posibilidad de tener una aventura con una mujer desconocida, pero su esperanza termina en desilusión. Hay otro cuento que merece atención, ya que muestra de una manera magistral la transformación de la sociedad peruana en la década de 1950, y el desplazamiento de la tradicional aristocracia en favor de una nueva clase burguesa y empresaria, titulado ‘El marqués y los gavilanes’. El aristócrata don Diego Santos de Molina, que se niega a aceptar los nuevos tiempos, ve cómo su mesa reservada en el hotel Bolívar, en la que acostumbra a leer cada día el ABC y el Times, ha sido ocupada por el advenedizo don Fernando Gavilán y Aliaga. El protagonista, entrañable en su desmedida resistencia, dedicará su vida, y se volverá loco, en el intento de combatirle. Son estos y muchos otros los ejemplos de personajes discretos de Ribeyro.

El propio Ribeyro contestó, en una entrevista, que todos sus cuentos tratan sobre una decepción. ¿Y acaso no es profundamente humana la decepción? Y no una decepción grandilocuente, sino una sin mucho impacto en las cosas ni en las personas, que ni siquiera ha sido antecedida por una lucha especialmente dramática. Sufrir un chasco es algo sin duda muy humano y cuando su dramatismo no es muy exacerbado, cuando el chasco es discreto como los anteriores, es algo difícil de traslucir en la literatura. Ribeyro es un maestro en la escritura de la decepción discreta. Por la verdad que contienen estas decepciones y por todo lo que la vida misma pueda tener de decepción, el lector se adhiere a estos personajes discretos de una manera singular, tal vez el impacto sentimental del cuento no es una sacudida, como en los primeros citados, pero tiene largo alcance, queda en la memoria y en el corazón, y retrata al lector universal en sus angustias y en sus miedos discretos y no heroicos, que no responden a importantes historias.

La discreción no solo caracteriza a los personajes de Ribeyro y los asuntos cotidianos de sus cuentos. Es un rasgo que define la concepción de fondo que el escritor tiene de la literatura, su estilo y sus intereses.

En primer lugar, Ribeyro es un autor de espíritu discreto. Como han señalado muchos de sus críticos, su fama fue tardía, su carácter extremadamente tímido, concedió no demasiadas entrevistas y se expuso poco a la adulación y a la propaganda[1]. El reconocimiento que Ribeyro vivió durante los últimos años y la atención creciente que hoy merece no invalida de ningún modo este trasfondo de espíritu discreto.

Además, Ribeyro optó por el cuento. Escribió novela, teatro, crítica y textos autobiográficos, pero fue el cuento el género al que dedicó sus más numerosas páginas publicadas. Y el cuento, en sí mismo, es un género discreto, breve, tradicionalmente considerado de menor alcance que la novela.

Como se señala con frecuencia, su opción por el cuento se produjo en un momento de auge de la novela, y esta decisión le apartó temporalmente de la fama. En una entrevista concedida en 1981 a Elsa Arana Freire y Miguel Enesco, titulada, de manera expresiva, “Individualista feroz y… anacrónico”, Ribeyro comenta que el cuento tuvo relevancia en el desarrollo de la narrativa hispanoamericana de la década de 1950, pero que “los autores del boom estaban solicitados en tanto que novelistas y yo más que nada era cuentista, y no hubo un boom del cuento. Claro que he escrito novelas, pero ellas no tenían un carácter novedoso, impactante como las de los grandes autores del boom”.

El cuento es el género al que Ribeyro dedica la mayor parte de su obra publicada. Ribeyro se califica a sí mismo como un hombre vehemente, como un corredor “de cien metros lisos”:

“Escribí cuentos porque personalmente tengo alguna dificultad para construcciones muy grandes y de mucha envergadura y además no poseo la capacidad de hacer proyectos a largo plazo. […] Evidentemente para escribir una novela hay que tener una gran confianza en el porvenir”.

Se encuentra cómodo en la poética que sugiere el fragmento, adecuado para representar un instante simbólico que queda expresado en la brevedad del cuento.

En tercer lugar, Ribeyro tiene un estilo clásico y directo. Se recuerda a menudo que era llamado “el último escritor del siglo XIX”. Ribeyro acepta que la afectación que, según escribió, es connatural a la escritura (ya que es un medio derivado de expresarse), pero no traspasa el umbral hacia esa doble afectación, hacia lo que él llama “afectación en segunda potencia”[2]. Ribeyro apostó por la frase sencilla. Esta elección contribuyó igualmente a que su fama fuera tardía. Ribeyro optó por este estilo en un momento histórico en el que lo que triunfaba era justamente lo contrario: la exploración formal, el requiebro, el adorno.

Entre las noticias que aparecieron en la prensa española en 1983, año en el que coinciden la publicación de su novela Crónica de San Gabriel y del libro de cuentos La juventud en la otra ribera y un viaje de Ribeyro a España, se publica un artículo en el diario El País, el 3 de mayo, firmado por las iniciales J. F. B. y titulado significativamente ‘El escritor peruano Ribeyro se aleja de la épica narrativa de otros autores’. Allí se rescatan estas declaraciones del autor:

“Algunos han creado la ficción de que Latinoamérica es un continente barroco y que por lo tanto tiene que expresarse de una forma barroca. No dudo que puedan ser barrocas determinadas zonas de Centroamérica o el Caribe, pero pienso que hay sitio para un arte limpio, directo, en el que no predominen las formas sobre la función”.

Ribeyro abandona su manera directa y clásica de narrar en muy pocos relatos. Por ejemplo, en el cuento polifónico ‘Fénix’, en que se alternan las voces en primera persona de los miembros de un circo; en ‘Carrusel’, en que se enlazan varias historias diferentes que desembocan en la primera y logran un efecto circular, o en ‘Las cosas andan mal, Carmelo Rosa’, un texto escrito en segunda persona del singular en el que se le anuncia al protagonista un destino aciago y que está confeccionado como una sola e ininterrumpida frase sin otra puntuación que el punto y final. Tal vez estos cuentos que significativamente se alejan del característico tono de Ribeyro mantienen la corrección exacta del autor y momentos que delatan el genio del cuento, pero pierden la intensidad de sus dramas cotidianos sin alardes técnicos.

Por último, como se verá, los finales de los cuentos señalan también la discreción de Ribeyro.

La discreción, esta discreción que revelarán sus finales, unida al espíritu discreto del autor, a la elección del cuento, que es en sí mismo un género discreto, y a su estilo poco afectado, se relaciona con la singular independencia que Ribeyro mostró respecto al tiempo en que vivió. Eligió la frase sencilla en un momento en el que triunfaba la experimentación formal y escogió el cuento en un momento de esplendor de la novela.

Según Ribeyro, todo seguimiento exhaustivo de la moda culmina irremediablemente en el Museo de Antigüedades y la clave para lograr una novedad literaria no está en la innovación técnica, sino en la actitud narrativa. En una de las cartas que Ribeyro envió a su agente alemán, Wolfgang A. Luchting, y que han sido publicadas por primera vez en México por la Universidad Veracruzana, se define a sí mismo como “salvajemente subjetivo” y en el curso de una breve frase muy conocida sobre sus cuentos sorprende la rotundidad (puesto que insiste en ello en un espacio de pocas líneas) con la que Ribeyro acentúa su “propia sensibilidad”, el modo en que selecciona aquello que “a su juicio” merece la pena ser contado:

“Mis cuentos, espejo de mi vida, pero también del mundo que me tocó vivir, en especial el de mi infancia y juventud, que intenté captar y representar en lo que a mi juicio, y de acuerdo con mi propia sensibilidad, lo merecía: oscuros habitantes limeños y sus ilusiones frustradas, escenas de la vida familiar, Miraflores, el mar y los arenales, combates perdidos, militares, borrachines, escritores, hacendados, matones y maleantes, locos, putas, profesores, burócratas”.

Ribeyro mantuvo esta fidelidad a aquello que “a su juicio” merecía ser contado, no fue un escritor de moda, y eso le supuso un reconocimiento tardío.

Al decir que Ribeyro fue fiel a su propia sensibilidad artística en medio de un contexto que anunciaba cosas distintas, no nos referimos, como diría Unamuno, a “una absurda consecuencia doctrinal”, sino a una que admite, en la expresión del autor, los diferentes periodos de una vida mental “con las íntimas contradicciones a ello inherentes” (Unamuno, 1964). La fidelidad de Ribeyro a su propia sensibilidad artística no fue un voluntario heroísmo que un hombre escéptico como Ribeyro jamás habría pretendido, sino el resultado de una honesta lucha interior y exterior no exenta de vacilaciones (como se puede ver en sus diarios), de la que finalmente resultó una consistencia.

De la perseverancia en su atención a algunas pocas cosas del mundo y de la sinceridad al decirlas tal y como él las veía, se construye el argumento sólido que define su obra literaria. De los rasgos que marcan la obra de este escritor peruano que merece la pena ser leído, uno es la discreción.

Esta discreción se verá también iluminada por el estudio del final, que intenta encontrar alguna conclusión de carácter general en una cuentística que se resiste a ser sistematizada por la crítica. Cualquier intento de ordenamiento y unificación de la obra de Ribeyro se encontrará con barreras, barreras que muestran con rebeldía la magnífica independencia de la literatura respecto de los afanes de la crítica.

Con una claridad sorprendente y elocuente, el análisis de los finales de los cuentos de Ribeyro conduce la mirada del lector hacia un lugar insospechado. El análisis del final revela la insistencia con la que el narrador subraya, en las últimas líneas, la toma de conciencia del personaje. Significativamente el narrador no detiene su relato al advertir las consecuencias externas del acontecimiento de los cuentos, de naturaleza diversa, sino que reserva el cierre para del cuento para atender a sus consecuencias en la interioridad del personaje. Escribe “unas líneas más” en las que aflora este segundo nivel de lectura del texto que, sin la debida atención al final, puede pasar inadvertido.

El cierre guía la atención del lector hacia un subrayado de la conciencia del personaje, dotando de un sentido nuevo a lo leído antes, pues el lector comprueba cómo en los diversos relatos varía la naturaleza del acontecimiento contado –un banquete fallido (‘El banquete’), una excursión de dos chicas jóvenes de clase social diferente a la playa (‘Un domingo cualquiera’), la muerte del padre (‘Página de un diario’), la ruptura de un espejo (‘El ropero, los viejos y la muerte’)–, pero su repercusión en el personaje es recurrentemente la misma: la preponderancia de la toma de conciencia, el movimiento de la atención del lector hacia la trama transcurrida en el interior del personaje.

Comprende entonces el lector aquello que Ribeyro ha querido secretamente contar: no tanto que un banquete falla, sino que don Fernando Pasamano conoce su estrepitoso fracaso; no tanto la excursión que evidencia los contrastes entre las dos protagonistas, sino el hecho de que Nelly termina comprendiendo que no volverá a ser invitada; no tanto que el padre muere, sino que el hijo se da cuenta de que se ha convertido en su padre; y no tanto que un espejo que simboliza el pasado se rompe, sino que el padre de los Ribeyro comprende que morirá pronto.

Este segundo nivel de lectura que emerge en el final nos llevará a señalar la toma de conciencia por parte del personaje como una línea maestra de la obra de Ribeyro.

En la naturaleza de la toma de conciencia del personaje, que aflora en el cierre de sus cuentos, nos encontraremos con la lúcida frontera que el autor repetidamente les marca a sus personajes, dejando así constancia de su manera de entender el mundo.

La toma de conciencia por parte del personaje que vertebra los finales de Ribeyro tiene una intensidad discreta. Una intensidad discreta en el sentido de que, una vez esta se produce, los cuentos se terminan. Queda entonces referida al ámbito de la interioridad del personaje y es un descubrimiento amargo después del cual el cuento termina, sin que esta toma de conciencia haya mostrado poder transformador del mundo externo, de su funcionamiento, de sus opresiones.

Es este factor el que nos conduce a conectar el final de los cuentos de Ribeyro con su escepticismo vital, pues demuestra la falta de confianza en que estos momentos “epifánicos” que narran los cuentos tengan una influencia en el entorno del personaje, que permanece inalterable e inalcanzable para su razón y su acción. Se pone en cuestión la capacidad transformadora de la toma de conciencia, que, como hemos advertido, es discreta, cotidiana, sencilla, íntima y, desde un punto de vista práctico, inútil.

Según nuestro estudio, el límite que Ribeyro señala con profunda insistencia en sus finales es la toma de conciencia por parte del personaje. El final de Ribeyro apunta y encarna el escepticismo que es trasfondo de su poética. La toma de conciencia, frontera subrayada hábilmente por el narrador en las últimas líneas de la mayoría de sus relatos, da cuenta del carácter de la obra de este autor de cuidados finales.

En una entrevista, Irene Cabrejos de Kossuth le señala a Ribeyro el hecho de que en muchos de sus cuentos se produce el mismo proceso dialéctico: “el personaje sufre la irrupción temporal de una circunstancia imprevista y azarosa, opuesta a su rutina habitual, que en realidad no transforma su vida, ya que todo vuelve a ser como antes, pero que le hace cobrar una nueva conciencia de sí”.

Ribeyro responde con una consideración que apoya la centralidad de la toma de conciencia por parte del personaje, que el final ha dejado al descubierto con claridad:

“Yo no había pensado en esa interpretación, pero me parece válida, se puede sostener, se puede justificar. En muchos de los cuentos, en un momento dado, los personajes salen de su vida rutinaria y entran en una circunstancia particular que hace que su vida cambie, que dé un vuelco. Qué digo yo, por ejemplo, en el cuento ‘Una aventura nocturna’, en que el protagonista una noche baja a un café donde hay una señora que está sola y entra ahí. Esto podría interpretarse como una circunstancia que le proporcionaría una aventura inesperada, importante para él, porque es un hombre muy solo. Al final no pasa nada, pero la aventura frustrada lo marca de alguna forma”.

En uno de los cuentos más emblemáticos de Ribeyro, ‘Silvio en El Rosedal’ (París, 29 de agosto de 1976), considerado un retrato de la filosofía de su autor, el personaje protagonista, que trabaja en una ferretería limeña, hereda una hacienda en el valle de Tarma, llamada El Rosedal. Al trasladarse allí descubre que tras la casa había un maravilloso rosedal, donde las rosas de todos los colores iban floreciendo a lo largo del año. Al cabo del tiempo, descubre que las rosas han sido plantadas en un orden determinado. Obsesionado con encontrar el sentido de este orden, desde ese momento “No tuvo ojos más que para el rosedal, todo el resto no existía para él”. El cuento narra los muchos y variados intentos del personaje por descubrir el orden del rosedal, de las formas construidas por las rosas. Y termina así:

“Silvio trató otra vez de distinguir los viejos signos, pero no veía sino confusión y desorden, un caprichoso arabesco de tintes, líneas y corolas. En ese jardín no había enigma ni misiva, ni en su vida tampoco. Aún intentó una nueva fórmula que improvisó en el instante: las letras que alguna vez creyó encontrar correspondían correlativamente a los números y sumando estos daban su edad, cincuenta años, la edad en que tal vez debía morir. Pero esta hipótesis no le pareció ni cierta ni falsa y la acogió con la mayor indiferencia. Y al hacerlo se sintió sereno, soberano. Los fuegos artificiales habían cesado. El baile se reanudó entre vítores, aplausos y canciones. Era una noche espléndida. Levantando su violín, lo encajó contra su mandíbula y empezó a tocar para nadie, en medio del estruendo. Para nadie. Y tuvo la certeza de que nunca lo había hecho mejor”.

De aquella empresa obstinada emprendida al inicio del cuento, y que ha marcado todo su desarrollo, ¿qué ha quedado? ¿Qué ha quedado de aquellas ansias de sentido, de aquella búsqueda de un orden definitivo en el jardín de rosas?

El final en la obra de Ribeyro marca una frontera a los personajes en sus afanes por desenvolverse en el mundo. Y esta frontera es, también, discreta. El personaje comprende que en el jardín no hay “orden ni misiva, ni en su vida tampoco”. Deja de lado su búsqueda, se desprende de sus intenciones amorosas por su prima Rosana, que también han ocupado sus desvelos a lo largo del cuento y, al final: ¿qué le queda? El violín y una toma de conciencia por parte del personaje (que comprendió, se dio cuenta, que tuvo la certeza de que nunca lo había hecho mejor). El personaje toma conciencia y es una toma de conciencia discreta, que no altera el mundo. Se produce e inmediatamente después llega el punto y final.

El cuento termina de una manera no concluyente en relación con la tarea que se ha planteado al inicio y a la que el personaje ha dedicado todo el relato. Hay un acento final en la afectividad del personaje. No se da un juicio ni un veredicto, y esto conecta con el espíritu escéptico de Ribeyro y, en última instancia, con su concepción no totalizante de la literatura. Pues, según Ribeyro, la tarea de la literatura no es explicar globalmente la realidad. Esa es tarea de la filosofía.

La toma de conciencia por parte del personaje, que emerge en las últimas líneas, retrata, de este particular modo, los cuentos imperecederos de La palabra del mudo, y en algo responde a aquella pregunta general que el lector se hace después de sorprenderse ante sus finales: ¿Qué cuentan los cuentos de Ribeyro?

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Este texto forma parte del libro El final invisible. Qué cuentan los cuentos de Julio Ramón Ribeyro, fruto de una anterior tesis doctoral y recientemente publicado en Lima por la editorial de la Universidad Ricardo Palma. Estas páginas reproducen, con algunos añadidos, la participación en la mesa redonda desarrollada en Casa de América, Madrid, el 8 de abril de 2019, titulada La palabra de Ribeyro.

[1] En la presentación a Asedios a Julio Ramón Ribeyro, volumen que compila una serie de artículos acerca de distintos aspectos de la obra del autor, Ismael P. Márquez y César Ferreira destacan el desapego (quizá incluso el rechazo) del escritor a la notoriedad fácil y a la adulación gratuita (cfr. Ferreira y Márquez, 1996: 18).

[2] Ribeyro (1975): “Literatura es afectación. Quien ha escogido para expresarse un medio derivado, la escritura, y no uno natural, la palabra, debe obedecer a las reglas del juego. De allí que toda tentativa para dar la impresión de no ser afectado –monólogo interior, escritura automática, lenguaje coloquial– constituye a la postre una afectación en segunda potencia” (120).

[Fuente: http://www.fronterad.com]

Es conocido, que el vino consumido con moderación aporta numerosos beneficios a nuestra salud. Pero ¿sabías que también es rico en minerales esenciales para nuestras salud?

Escrito por ANA GÓMEZ

Litio: es un regulador del sistema nervioso y está contenido en los mariscos, las patatas, en algunos pescados y en el vino.

Calcio: es el elemento mineral más abundante en nuestro organismo, ya que forma parte importante del esqueleto y los dientes. Supone alrededor del 2% del peso corporal. Las funciones del calcio son: a) esqueléticas y b) reguladoras. La principal fuente de calcio son los lácteos. Pero también podemos encontrarlo en verduras de hoja verde, frutas, legumbres y en el vino.

Hierro: es fundamental para producir hemoglobina y mioglobina, proteínas encargadas de transportar el oxígeno en nuestro cuerpo. También es esencial en la elaboración de hormonas. Encontramos este mineral en las carnes, los mariscos y en menor cantidad en las legumbres, espinacas o nueces. Cómo no, también en una copa de vino.

Magnesio: es un mineral esencial para el correcto funcionamiento del organismo. Alrededor del 60% de magnesio en el cuerpo se encuentra en los huesos, mientras que el resto se encuentra en los músculos, los tejidos blandos y fluidos, incluyendo sangre. Algunas de sus propiedades para la salud son las siguientes: reduce la presión arterial, disminuye el estrés y tiene efectos antiinflamatorios. Podemos obtenerlo en hortalizas, frutos secos, leguminosas (productos con soja) y cereales. También tiene magnesio una copa de vino.

Zinc: es necesario para que el sistema de defensa del cuerpo (sistema inmunitario) funcione apropiadamente. Participa en la división y el crecimiento de las células, al igual que en la cicatrización de heridas y en el metabolismo de los carbohidratos. El zinc también es necesario para los sentidos del olfato y del gusto. Podemos encontrarlo en los huevos, arroz. chocolate negro y en el vino.

Yodo: es un mineral primordial para el funcionamiento de nuestro organismo. Ya que se encarga de producir hormonas tiroideas, interviene en los procesos neuromusculares, facilita el crecimiento y mejora la agilidad mental, entre otras propiedades. Lo podemos encontrar en alimentos que vienen del mar, como pescados, mariscos y algas y en la sal. También está en pequeñas concentraciones en el vino.

Sodio: nuestros músculos y sistema nervioso lo necesitan para funcionar correctamente. Tiene un papel fundamental en el metabolismo, la absorción de nutrientes y el impulso nervioso en la contracción muscular. También tiene un papel fundamental en la función renal. El sodio lo encontramos en las conservas, las aceitunas, el pan y cómo no, en el vino.

Potasio: el potasio es uno de los minerales más implicados en el funcionamiento de nuestro cuerpo (cumple un papel bioquímico vital en el interior de las células). Su deficiencia puede provocar problemas de corazón. Lo podemos encontrar en casi todos los alimentos, especialmente en los de origen vegetal.

Aquí podéis ver las concentraciones de algunos de los minerales en vino blanco y vino tinto:

Un motivo más para disfrutar de una copa de vino de vez en cuando.

Recuerda beber con moderación.

¡Salud!

[Fuente: http://www.vinetur.com]

Lundi de Pâques à La Baule pendant le confinement. Sébastien Salom-Gomis / AFP

Écrit par Xavier Pavie

Philosophe, professeur à l’ESSEC, directeur académique du programme Grande Ecole à Singapour et directeur du centre iMagination, ESSEC

Quand le monde fait face à une réalité qui le dépasse, quand la vie des êtres humains est en jeu, les questions d’ordre philosophique refont surface. C’est « l’étonnement qui poussa comme aujourd’hui, les premiers penseurs aux spéculations philosophiques », disait Aristote.

La période de peur, de panique et d’angoisse que nous traversons oblige à remettre la pensée au centre de notre quotidien. Et le questionnement qui en résulte est l’essence de la philosophie qui, depuis au moins 2500 ans, interroge le monde.

Nous sommes confrontés à l’expérience inédite de devoir bouleverser totalement, pour un temps indéterminé, des pratiques journalières jusque-là guidées par la perspective du productivisme et de l’efficacité. Du jour au lendemain, nous sommes contraints de réinventer un quotidien où il n’y a plus de moyen de produire, de participer au processus actif de la société.

Règles de vie

En confinement, nous pourrions relire des penseurs comme Thoreau, parti au XIXe siècle s’isoler dans les bois, sans aucun lien avec le monde des « actifs » ; ou encore Pétrarque qui rejoint au XIVe siècle l’ermitage du Vaucluse et décrit dans La vie solitaire, son expérience de s’isoler du monde pour méditer, philosopher, écrire de la poésie. Pétrarque oppose ainsi à la société productiviste une vie solaire et contemplative.

La différence avec la situation présente est que notre confinement, nous ne l’avons pas choisi, et que donc cela nous effraie. Cette crainte résonne d’autant plus fortement qu’elle pose des questions existentielles. Nous entendons en effet que certaines choses sont dites essentielles et d’autres non essentielles.

Une majorité d’individus s’entendent dire que ce qui nourrit leur quotidien, ce pourquoi ils se lèvent le matin, l’endroit qu’ils fréquentent une grande partie de leur vie n’est finalement pas essentiel. Ce qui devient important est de se demander si l’on va avoir suffisamment à manger et demeurer en bonne santé.

Se rendre compte de la futilité de notre existence n’est pas sans amertume et c’est pourquoi nous avons pu observer des résistants aux premières heures du confinement, résistance qui a fait place à la panique, au chacun pour soi : stocker des aliments, des produits ménagers, partir se réfugier loin des villes…

Il est vrai que l’autonomie de nos comportements, dans le sens de la responsabilité envers les autres n’est pas facile à trouver parce qu’encore une fois, ce n’est pas dans nos habitudes. Dans notre vie quotidienne, nous suivons les réflexes d’un comportement acquis. Il faut donc changer les règles de notre vie de tous les jours, restaurer un rythme de vie. Il faut accepter qu’en confinement, notre vie ne peut être aussi plaisante qu’en temps ordinaire, qu’on ne peut pas faire ce que l’on veut mais ce que l’on peut.

Métro La Chapelle à Paris, 27 mars 2020. Joël Saget/AFP

Il y a une forme d’obligation à vivre en autonomie. Pour Kant, l’autonomie signifie définir seul ses propres règles de vie et de morale. Cela réclame de mettre à distance ses passions, ses peurs, ses sentiments, faire un calcul rationnel des intérêts collectifs en se disciplinant. Un travail sur soi qui est inédit et plutôt angoissant, puisque l’individu et ses intérêts priment souvent sur le reste.

Penser collectif, agir individuellement

Il est à noter que cette situation s’établit à la fois sur le plan individuel et collectif et l’on note en quoi il y a un fort partage social des émotions dans les communautés. Les réseaux sociaux deviennent ainsi le déversoir de nos peurs tout autant que de nos amusements. Dans la panique ambiante on partage et on rediffuse sans cesse, un flux d’informations continu, qui nous écrase et nous empêche de penser, de prendre du recul. Il n’y a plus de distance entre ce qui est en train de se passer et le moi en tant qu’individu.

Pour les philosophes il ne s’agit pas de paniquer, il s’agit de comprendre et réussir à se comporter en tant qu’individu dans la société. Et dans le cas actuel, il y a ce paradoxe entre le repli sur soi et la solidarité. D’un point de vue quotidien et conceptuel c’est très intéressant.

On nous dit d’être solidaires mais cela ne fonctionne que si nous avons des comportements individuels, par exemple se laver les mains, se protéger, être confiné. Nous devons faire bloc ensemble comme le répètent les gouvernants, mais cela ne peut passer que par des comportements individuels. La philosophie de Kant peut encore une fois nous donner des pistes sur ce travail paradoxal, que cette crise nous force à effectuer sur nous-mêmes : nous devons nous isoler, nous replier sur nous-mêmes pour, justement, protéger l’autre.

En quelques jours, nous apprenons que chacun de nous est peut-être une bombe à retardement, puisque nous pouvons être porteurs de la maladie et la transmettre. Il y a un aspect sacrificiel, un don inconditionnel et gratuit de soi, au fait de rester à la maison sans aucun contact, sinon virtuel, avec autrui.

Un « comment vivre » antique

Le but de la philosophie dans l’antiquité est de répondre au comment vivre. Nous sommes torturés par des passions telles que la quête du pouvoir, la recherche de l’argent, la peur, l’angoisse, la vieillesse, la maladie, la trahison, la mort. Comment vivre malgré tout cela ?

Trois écoles philosophiques y répondent : les stoïciens, les épicuriens et les cyniques. Ces écoles développent des « exercices spirituels » pour combattre ces maux, une pratique destinée à transformer, en soi-même ou chez les autres, la manière de vivre, de voir les choses.

Si les stoïciens sont les plus pertinents pour la crise actuelle, c’est parce qu’ils ont développé une philosophie de l’acceptation. La plus grande phrase d’Épictète : « il y a des choses qui dépendent de nous et il y a des choses qui n’en dépendent pas » est très éclairante. Ce qui ne dépend pas de moi est le contexte, ce virus devenu pandémique. Ce qui dépend de moi est la distanciation sociale, les règles d’hygiène, le respect de soi (prendre soin de soi) si l’on veut prendre soin des autres.

Les stoïciens ont quatre vertus cardinales que l’on peut mettre en perspective avec le contexte.

  • La première est la sagesse, c’est savoir accueillir ce qui se passe avec calme et sérénité. Ne pas chercher un coupable et ne pas céder à la panique.
  • La deuxième dimension est la justice, c’est savoir interagir avec les autres, éduquer, montrer l’exemple, respecter les consignes.
  • Le troisième axe est la modération. Il s’agit de ne pas céder à la panique de l’achat, contrôler ses impulsions, modérer ses plaisirs, ne pas chercher à partir, à acheter ce qui n’est pas nécessaire.
  • La quatrième dimension est le courage de prendre des décisions qui ne sont pas plaisantes, décider ce qui est bon pour le bien commun.

Travail sur soi

Nous n’avons pas vraiment appris des dernières épidémies (SARS, H1N1…) ni même adapté nos modes de vie en termes d’hygiène, équipement en masques, etc. Cette fois-ci peut être aurons-nous la destruction en vue de la création d’un monde plus responsable et solidaire.

Dès les premiers temps du confinement, il y a eu des réflexes de solidarité spontanés, des personnes font les courses pour leurs voisins âgés, affaiblis ou en situation de précarité. Que restera-t-il de tout cela à la sortie du confinement ? Tirerons-nous les leçons de ce mode de vie un peu forcé mais qui nous pousse à nous responsabiliser vis-à-vis des autres ?

Indéniablement, ce que nous devons retenir au-delà de la crise est le travail sur soi. Il s’agit d’un autre apprentissage qui nous vient de Pascal qui disait que « le malheur des hommes est de ne pas savoir rester ou demeurer seul en repos dans sa chambre ». Pourquoi ? Parce qu’on a envie d’être en voyage, en déplacement professionnel, de fréquenter des amis, de se réunir pour dîner, de partir en vacances à droite à gauche.

Tout cela n’est-il pas finalement que superficialité ? N’est-il pas l’occasion d’apprendre à travailler sur soi et être capable de vivre en compagnie de soi-même ? N’est-ce pas l’occasion de réinstaurer un espace de pensées individuel et collectif qui semble nous manquer depuis quelques semaines ?

Cet article a été écrit avec Karl Brozek, professeur de philosophie à Nantes.

[Source : http://www.theconversation.com]

La convivialité se réinvente

Écrit par Kilien Stengel

Enseignant spécialiste des discours gastronomiques et alimentaires, chercheur associé, Université de Tours

et par Jean-Jacques Boutaud

Professeur en Sciences de l’information et de la communication, Université de Bourgogne

D’ordinaire, il est de bon ton et de bon goût d’évoquer la table, la cuisine, la convivialité, définie à l’origine par Brillat-Savarin, dans la relation au partage alimentaire et au plaisir de table. Des signes de vie, de bien-être, sous toutes les formes livrées à nos besoins, nos moyens, nos désirs de commensalité.

Que valent ces questions en temps de confinement, dans le huis clos du quotidien et un espace mental envahi par le risque épidémique ? La seule évocation de la convivialité garde-t-elle un sens dans un tel contexte d’insécurité, de vulnérabilité, à ce point coupé des réalités habituelles ? Comment imaginer, avec de telles contraintes précisément, un vivre ensemble privé de toute forme de convivialité ?

Besoin de communiquer

Dans la prolifération des images et des messages mis en circulation, disons-le virale, tant le besoin de communiquer compense l’isolement, le constat est frappant : le confinement se prête, manifestement, à l’initiative et l’inventivité dans les formes de convivialité. Pour rendre supportable et si possible agréable le vivre ensemble du confinement, on observe le rôle primordial de tous ces moments réinventés, revisités autour de l’alimentaire, des gestes culinaires, des attentes gourmandes.

Cette convivialité se manifeste de façon très variée. Elle procède à la fois de la rationalité et du principe de plaisir, d’une saine gestion du vivre ensemble et du bonheur régressif de tremper ses petites madeleines dans des instants partagés, même par écrans interposés. Cyril Lignac l’érige en principe et concept de sa nouvelle émission sur M6, « Tous en cuisine » : de chez lui, le chef prépare 2 recettes faciles à réaliser, en direct et en duplex, avec chaque soir des téléspectateurs de différentes régions et une personnalité médiatique pour pimenter l’ensemble.

L’apprentissage des gestes peut se passer de médias pour redécouvrir simplement le plaisir de cuisiner en famille, avec les enfants ou selon l’envie des uns et des autres, de prendre l’initiative d’une préparation. Si possible, du simple, du sain, du sympa car l’heure est à la gestion des stocks, des restes, avec le concours de tous pour comprendre et s’adapter à cette situation inédite.

Aux enfants de mettre la main à la pâte et à la famille de s’entendre pour la répartition des tâches, au besoin en créant du rituel : mettre la table à heures fixes, respecter des horaires de sociabilité partagée, pour ne pas ajouter de l’atomisation interne à la coupure avec le monde extérieur. La table plutôt que les tablettes. Le P’Tit Libé pour sa part proposait dans son tuto juniors du 1 avril, une recette pour faire un gâteau en forme de poisson. Et tant d’autres activités, souvent liées à la cuisine, pour ne pas tourner en rond comme dans un bocal.

Réinventer la convivialité

En vase clos, dans sa durée, cette nouvelle convivialité bien réglée, régulée, voire ritualisée, permet de reprendre la main sur une situation aléatoire, livrée au fatum d’une pandémie. Elle ne favorise pas moins des temps de partage jusqu’ici gommés par l’accélération du quotidien, avec des répertoires individualisés mais désynchronisés au sein des familles. À défaut de lien étendu en société, la convivialité confinée se donne de nouveaux repères autour des pratiques alimentaires.

Beaucoup témoignent du temps retrouvé, de la transmission familiale autour des saveurs. Pour exemple, ces recettes sorties des tiroirs et des grimoires de famille, ou pêchées sur les sites, les blogs où s’échangent, en un tournemain, astuces et bons plans culinaires, ces délicieux petits délits d’initiés, à partager sans tarder.

La convivialité en confinement offre toutes ces nuances, avec sa mise en ordre et sa régulation et, par équilibre, ses moments de respiration contre l’ennui et les tensions, ses purs instants de décompression. L’apéro, terme déjà convivial dans son abréviation, se rafraîchit et se dévergonde avec les technologies branchées. Pensons à ces Whats’Apéros, SkypApéros, CoronApéros sur Instagram, bans bourguignons connectés, comme signes délectables d’un lâcher-prise… sans modération pour célébrer le lien social. Les moments de partage prennent aussi la forme d’« apéro business digital », challengés par le nombre croissant, exponentiel, d’acteurs en ligne, avides de ces mises en scène improvisées. Cette vague de l’apéro en ligne est devenue virale. Les Japonais la baptisent « on-nomi » (#onnomi), traduisons : « online drinking », boire en ligne.

Difficile alors de se limiter à de simples « FaceTime », avec l’intimité du face-à-face. L’envie démange de voir plus grand, à renforts d’applis et de stratégies d’amplification. Avec le risque pour l’organisateur de voir la situation lui échapper. Ainsi cette mère de famille très vite dépassée par son apéro-live : un compteur Facebook qui s’affole, très vite 180 internautes connectés et 4400 vues. L’injection soudaine de tenir son public en ligne plus d’une heure, avec les chorégraphies de sa fille à ses côtés. L’administration de Facebook finit par interrompre brutalement la soirée, sous prétexte que la musique était diffusée à un public élargi, sans droits acquis. Un exemple parmi tant d’autres de dérive de l’anthropique, versant humain, dans l’entropique, niveau désorganisation, quand le besoin de communiquer se laisse déborder par le surinvestissement des ressources en ligne et le besoin de mises en scène délurées de soi.

Dans ce contexte inédit, troublé et troublant, l’ordre de priorité des informations redistribue les cartes des sujets dignes d’intérêt, avec une grille de lecture constamment soumise à la réalité du confinement. Un bon tuyau pour varier la cuisine ou s’occuper utilement vaut désormais de l’or, pour échapper un temps à l’inflation des SMS et vidéos gag, rivalisant de mauvais goût, tant est fort le besoin de relâchement libéré de toute culpabilité.

Certes, la définition extensive de la convivialité déborde l’univers du repas et du partage alimentaire à table, pour colorer toute forme du mieux vivre ensemble : les activités ludiques, physiques, musicales, créatives ; les partages d’information ; des moyens d’organisation concertés, y compris entre voisins. Tous les soirs, à 20 heures, même le bruit des casseroles tinte désormais d’une note conviviale, dans le confinement de cette foule sentimentale.

[Photo : AFP / Nicolas Tucat – source : http://www.theconversation.com]

Les librairies sont fermées pendant le confinement. On aurait pu les considérer comme des commerces essentiels, déplore notre directrice de la rédaction.

Écrit par Elisabeth Lévy

« Lisez, cultivez-vous, retrouvez le sens de l’essentiel ». C’est l’excellent conseil que le président de la République nous a donné le 16 mars. Nombre de penseurs et de personnalités, métamorphosés en conseils en confinement, enfoncent le clou : cette drôle de guerre où l’arrière est mobilisé à ne rien faire doit être l’occasion de se reconnecter avec les vraies valeurs et le sens de la vie. «Si le coronavirus épargne l’intégrité de notre organisme, écrit Sylvain Tesson, il révélera la solidité de notre âme ».

En attendant cette épreuve de vérité, le confinement a au moins un avantage. Les Français ont le temps de lire. Je ne doute donc pas que beaucoup de mes concitoyens aient donc déjà commencé à lire la Recherche du temps perdu, à apprendre le chinois ou à rédiger leurs mémoires. 

France Culture: silence radio

Le problème c’est que cette invitation à la lecture et à la culture peut figurer dans la longue liste des injonctions contradictoires des princes qui nous gouvernent. Après « votez et restez chez vous », « lisez mais les librairies sont fermées ». Et on peut ajouter « cultivez-vous mais nous fermons France Culture ». En effet, dès le début du confinement, la chaîne publique a fermé boutique, comme son cahier des charges l’autorise – sans pour autant l’imposer. Comprenne qui pourra. Au moment où le secours de France Culture nous serait bien utile pour comprendre ce qui nous arrive, silence radio. Or, pardon pour cette considération mesquine, mais le contribuable la finance, qu’elle émette ou pas. Sans vouloir brusquer les journalistes et animateurs de la station (dont beaucoup sont sans doute frustrés d’être réduits à l’inactivité), on comprend mal que leurs fidèles auditeurs soient mis au régime sec (voire, horresco referens, au régime France Inter, ceci est une blague). Alors que tous les médias de France continuent à fonctionner en dépit des difficultés, la direction de Radio France a pris une décision pour le moins curieuse. 

Mais revenons aux librairies que l’exécutif ne considère pas comme des commerces essentiels, comme si l’homme se nourrissait seulement de pain. Toutefois, Bruno Le Maire, qui se soucie à la fois de l’élévation de ses concitoyens et de l’avenir économique du secteur de l’édition, a suggéré le 18 mars que certaines librairies restent ouvertes à condition de garantir le respect des mesures barrières comme dans les commerces de bouche. Eh bien, ce sont les libraires eux-mêmes qui ne veulent pas faire partie de la deuxième ligne définie par Emmanuel Macron.

Amazon réduit la voilure

Solveig Touzé, libraire à Rennes, déclare à Ouest France que « le livre n’est pas un produit de première nécessité » comme l’alimentation et les médicaments. Samuel Chauveau, patron d’une librairie de BD au Mans, renchérit, demandant en outre au gouvernement de faire cesser la concurrence déloyale d’Amazon et de la grande distribution. En somme, protégez-nous et que les lecteurs se débrouillent. 

Y a-t-il un lien de cause à effet ? En tout cas, dans la foulée Amazon a interrompu ou fortement ralenti ses livraisons pour les produits non indispensables. Désormais, pas de liseuse, pas de bouquin. J’ai une pensée pour cette délicieuse vieille dame enfermée chez elle qui, n’ayant plus rien à lire, confie qu’elle est en train de s’abrutir. Promis, elle en trouvera bientôt sous son paillasson. 

Netflix rafle le temps de cerveau disponible

On me dira que la plupart des Français ont des problèmes beaucoup plus sérieux. On dirait pourtant que, pour pas mal d’entre nous, la connexion à l’essentiel consiste surtout à se connecter à Netflix, voire à YouPorn ou Pornhub. Qui ont décidé d’accompagner leurs clients dans cette période difficile. Gratuit en Italie jusqu’au 3 avril, Pornhub offre une semaine de connexion aux internautes français. 

Résultat, les connexions à ces sites, comme à toutes les plates-formes diffusant du streaming, ont explosé, compliquant souvent la tâche des télé-travailleurs qui ne disposent plus d’assez de bande passante. Le Canard Enchaîné a révélé que ce phénomène amusait beaucoup les plus jeunes membres du gouvernement qui piapiatent sur leur boucle Telegram. « Si tu youpornes à 22h30, ça ne gêne personne », précise l’une d’eux. Selon l’Express, ces jacasseries numériques n’ont pas amusé Emmanuel Macron.

Quant au président de la Fédération française des télécoms, il nous appelle dans le JDD à la « responsabilité numérique » car « nous entrons dans une ère de discipline sociale ». Vous avez compris : mieux vaut consommer avec modération. Sinon, je vous fiche mon billet qu’en plus du reste, vous serez privés de Youporn. 

[Photo : Pixabay – source : http://www.causeur.fr]

« Je suis un homme tout à fait ordinaire, un simple passant de l’existence, un observateur, un témoin » écrit Marc Lumbroso dans son livre Itinéraire d’un Juif français ordinaire.

Écrit par Maya Nahum

Ordinaire ? Sans doute. Et c’est peut-être cela qui fait l’intérêt de ce livre : l’histoire d’un homme ordinaire du siècle dernier, devenu un témoin inquiet de la France du XXIe siècle, empêtrée dans des communautaristes étouffants, ces « identités meurtrières » que déplorait Amin Maalouf il y a déjà 20 ans.

Car ce sont ses propres identités multiples, ouvertes et joyeuses dont traite essentiellement Marc Lumbroso et du temps où il était facile d’être un homme, un Français, un juif, sans peur et sans reproches.

C’est fini. « Les juifs français, comme moi, ne sont pas seulement tristes ; ils sont inquiets pour eux-mêmes et pour la France ».

On n’est pourtant pas dans le 9-3 mais dans le XVIe arrondissement de Paris où vit Marc Lumbroso et dont il est maire adjoint. Chef d’entreprise et ancien président du B’nai B’rith France, si lui a peur, il y a de quoi s’alarmer. D’autant qu’il est « Homme de modération et de nuances » comme l’écrit son maire, Claude Goasguen dans la préface du livre.

Marc Lumbroso est né à Tunis en 1943. La Tunisie est alors sous protectorat français. Musulmans, Maltais, Siciliens, Sardes, Français – dont beaucoup de Corses -, Juifs y vivent côte à côte.

La communauté juive est double, d’une part les Touansas, dont la présence, antérieure à la conquête arabe, remonte aux Phéniciens, d’autre part les Granas, les juifs chassés d’Espagne et du Portugal en 1492 et qui se réfugièrent en Italie (Le mot Grana vient de la déformation de Livourne, Ligourna, donnant Grana).

Cette distinction entre Touansas et Granas était profonde. Les premiers considérant les autres comme des presque goys, les seconds regardant de haut les Touansas, trop orientaux et pas assez occidentaux pour eux.

C’était il y a fort longtemps bien sûr ! Mais cet antagonisme a donné lieu à des récits et blagues qui se racontent encore dans les familles. Les Lumbroso sont Grana de Livourne justement. Ils sont viscéralement attachés à la France. Sans doute parlent-ils italien ? Le jeune Marc fréquente un collège jésuite qui fut son « apprentissage de l’universalité… » et où il ne s’est jamais senti autant Français, écrit-il, c’est là qu’il approche le monde chrétien.

Il rencontre l’Hachomer Hatzaïr, la Jeune garde, un mouvement scout juif dont le but est d’envoyer les enfants vivre en Terre Sainte. Il ne fera pas son alya mais devient sioniste à tout jamais.

Il perd sa mère très jeune et rêve de France où il part après le bac pour faire ses études. Il y rencontre une jeune polonaise, juive, qui deviendra sa femme et la mère de ses enfants.

Marc Lumbroso vit Mai 68 comme étudiant, en couple avec Annette. Politiquement il se sent plutôt « centre droit », très opposé aux valeurs de droite. Un humaniste pour le progrès social, mais aux antipodes de la pensée marxiste. Modéré et nuancé.

1969 : Seize mois de service militaire. Il est vite affecté au TGPE (Tableau général des propriétés de l’État). Il n’y connaît rien mais se voit chargé de la mise à jour des ouvrages appartenant à l’armée de terre. L’expérience de l’armée le rend « plus républicain et patriote que jamais, fier d’être Français, et soulagé d’avoir été reconnu comme tel en dépit de [s]es différences de juif d’Afrique du Nord », écrit-il. Ses identités se portent bien.

Marc Lumbroso va trouver chez les francs-maçons du Grand Orient de France un écho à ses valeurs : « un chemin initiatique sur fonds de solidarité et de fraternité… mais chez les êtres humains le sentiment de fraternité n’est pas naturel ». Lucide, il cite Caïn. « Je ne suis pas le gardien de mon frère ».

Marc Lumbroso finira par choisir le B’nai Brith, « les Fils de l’Alliance », association juive équivalente des francs-maçons et il en deviendra le président.

À la Mairie du XVIe, il s’occupe du logement, avec compassion et rigueur. Il veut aider les gens en détresse. Pendant son mandat, il rencontre huit à dix mille personnes en demande de logement. Et en tant que maire adjoint, il marie. Même des personnes du même sexe ou une transsexuelle. Pour lui ce n’est pas plus insolite qu’un vieillard qui épouse une jeunette, comme ces couples de circonstance pour obtenir la nationalité française… Marc Lumbroso ne juge pas. La pluralité des identités. Sa crainte vient d’ailleurs, de « l’identité obsessionnelle ». De ces islamistes qui hurlent leur haine antisémite, mais aussi de l’extrême droite qui reprend du pouvoir, ou des « gilets jaunes » qu’il considère comme un soulèvement identitaire des plus démunis.

Ces extrémistes de tous bords sont un danger pour les juifs de France, qui voient ressurgir les vieux clichés : le juif riche, le juif partout, le juif tueur d’enfants (palestiniens bien sûr). Quelques pages du livre parlent de Dieu et de Spinoza, dont il se sent proche, retracent l’histoire de la Palestine et de la création de l’État d’Israël, d’autres pages parlent de laïcité, qu’il défend bec et ongles, Marc Lumbroso est cultivé. Il se dit agnostique.

Il faut lire l’Itinéraire d’un Juif français ordinaire comme on se balade en forêt, on peut revenir sur ses pas, s’attarder sur une page comme sur un arbre, repartir vers une autre clairière. Tout ici est nuances et modération, ce qui calme en ces temps de certitudes folles.

Itinéraire d’un Juif français ordinaire

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