Archives des articles tagués Patrick Modiano
‘Una librería en Berlín’ es el relato autobiográfico de una judía polaca durante el Holocausto, redescubierto en 2010 y reeditado ahora con prólogo de Patrick Modiano
 

Ventanas de una imprenta judía destrozada tras la ‘Noche de los cristales rotos’, en 1938 en Berlín. 


Escrito por ÁLEX VICENTE 
 
El único libro que firmó Françoise Frenkel llevaba 70 años extraviado. Reapareció en un mercadillo de Niza en 2010, cuando fue encontrado por un bibliófilo intrigado por su sobria portada y su enigmático título: Rien où poser la tête (Ningún sitio donde reclinar la cabeza). Al abrirlo, descubrió el testimonio de una judía polaca, fundadora de la primera librería francesa de Berlín en 1921, que cruzó el continente escapando a la persecución de los nazis. De la capital alemana a París, y de ahí hasta Niza, desde donde logrará cruzar la frontera con Suiza tras dos intentos fallidos. Seis años después de ese descubrimiento, llega a las librerías traducido como Una librería en Berlín (Seix Barral), tras haberse convertido en uno de los fenómenos del año pasado en Francia.
Frenkel murió en enero de 1975. No dejó ningún rastro tras ella, salvo un puñado de documentos: su partida de nacimiento, su firma en el registro de la frontera suiza, un expediente de indemnización por los bienes que le embargaron los nazis. Estaban encerrados en un baúl que contenía un abrigo de piel de nutria, una gabardina negra, dos vestidos de punto, un paraguas, dos pares de zapatos y dos máquinas de escribir. Eso es todo lo que se sabe de ella. A día de hoy, no se ha encontrado ninguna fotografía de la autora. “¿En realidad hace falta saber más? No lo creo”, pregunta y contesta Patrick Modiano, Nobel de Literatura en 2014 y gran experto en los días de la ocupación nazi, en el prólogo del libro. “La gran singularidad de Una librería en Berlín es justamente que no podamos identificar a su autora de una manera precisa”, añade Modiano. Françoise Frenkel podría ser uno de los personajes del novelista, siempre con el rostro empañado por la niebla de la memoria.
La autora concluyó el manuscrito de Una librería en Berlín en 1944 a la orilla del Lago de los Cuatro Cantones, en el corazón de Suiza, donde la extinta editorial Jeheber lo publicaría un año más tarde. Sintiéndose, por fin, a salvo, Frenkel tomó la pluma para reflejar su experiencia. Pero lo hizo con una inhabitual contención. Más que una denuncia de la persecución y la vida en la clandestinidad a lo largo de su periplo, la obra está pensada como un homenaje “a los hombres de buena voluntad y valentía inagotable” que lograron “resistir hasta el final”. La escritora dejó los pasajes más traumáticos de su existencia al margen de sus páginas. Frenkel se esfuerza en subrayar la generosidad de los extraños. Insinúa los comportamientos mezquinos con un irónico desdén. El nombre de su marido, Simon Rachenstein, deportado a Auschwitz en 1942, ni siquiera aparece mencionado.

Documento de François Frenkel, autora del libro ‘Una librería en Berlín’, de un guardamuebles de París de 1940.

También es un relato sobre su pasión por la literatura, que sintió desde una edad muy temprana, cuando Frenkel “podía pasar las horas muertas hojeando un libro con imágenes o un gran volumen ilustrado”. Su librería, La Maison du Livre, fue algo parecido a un templo. Frenkel la define incluso como su “razón de ser”. Por ella pasaron André Gide, Apollinaire o Colette. En la Alemania francófoba de después del Tratado de Versalles, ese espacio se convirtió en un lugar “de olvido y desahogo, donde uno respiraba libremente”. Frenkel también firma una carta de amor a la cultura francesa y los valores universalistas con los que sigue asociada. Su auténtico nombre de pila era Frymeta, que convirtió en Françoise por el apego que sentía por su patria imaginaria.
Una librería en Berlín, que ya ha sido traducido a siete idiomas, volvió a la vida gracias al esfuerzo de Thomas Simonnet, de la editorial Gallimard —donde es editor de L’Arbalète, colección histórica donde publicaron Sartre y Jean Genet— y Frédéric Maria, consultor editorial para la francesa P.O.L. y la española Acantilado. “Varias editoriales se interesaron por él, pero algunas aspiraban a introducir cambios. Yo me negué a tocar el manuscrito”, afirma el segundo. Solo alguna expresión en desuso ha sido modificada para favorecer su comprensión. Maria también se encargó de seguir la pista a Frenkel para verificar la autenticidad del texto y recabar una serie de documentos históricos que aparecen publicados al final del libro.
Para Maria, el valor de este texto es incalculable. “Frenkel nunca dice explícitamente que es judía, pero se erige en portavoz de ese pueblo que busca la tierra prometida”, asegura sobre esta desconocida escritora. Puede que descubrir las páginas legadas por una mujer sobre la que no existía una sola referencia en Internet hasta 2010 no hagan más que intensificar la experiencia de la lectura. “Prefiero no conocer el rostro de Frenkel, ni las peripecias de su vida tras la guerra, ni la fecha de su muerte”, afirma Modiano en su prefacio. “De ese modo, su libro será siempre para mí la carta de una desconocida, olvidada en la lista de correos desde hace una eternidad y que parece que recibes por error, aunque tal vez eras, en realidad, su destinatario”.

LITERATURA RESUCITADA

Los testimonios sobre la Segunda Guerra Mundial cotizan al alza en el mercado literario, cada vez más atraído por los manuscritos inéditos y los libros redescubiertos. Antes que Françoise Frenkel estuvo Irène Nemirovsky y su Suite francesa, novela inconclusa de un millar de páginas que fue encontrada en una vieja maleta por sus hijas. Sería publicada en 2004 con un éxito apoteósico: hoy supera los 3 millones de ejemplares vendidos en el mundo, con adaptación hollywoodiense incluida. Por su parte, Anagrama editó en 2008 el Diario de Hélène Berr, el cuaderno autobiográfico firmado por una estudiante judía en la Sorbona, también prologado por Patrick Modiano.
Además, durante la década pasada se reeditó Una mujer en Berlín, el relato anónimo de una joven alemana entre los escombros de la capital alemana en 1945, al que parece referirse el título español de la obra de Frenkel. La editorial francesa prefirió ceñirse al original para evitar acusaciones de oportunismo. “Hemos sido particularmente transparentes y escrupulosos”, sostiene el editor Thomas Simonnet, que justifica esta reedición por “la importancia del libro como documento histórico, pero también su valor literario”. El estilo de Frenkel, límpido pero incisivo, distingue a una autora rigurosa y capaz de dar con algo muy difícil para todo escritor: la distancia precisa respecto a su propia historia.
 
 
 
[Foto: LIBRARY OF CONGRESS COURTESY EVERETT COLLECTION / CORDON PRESS – fuente: WWW.elpais.com]

À l’occasion du centenaire de la naissance d’Hélène Berr et de l’anniversaire de l’insurrection du ghetto de Varsovie, un hommage collectif nous invite à relire son extraordinaire journal.

Écrit par Myriam ANISSIMOV

Fin avril 1944, peu de jours avant la libération du camp de Bergen Belsen par l’armée britannique, Hélène Berr, étudiante et musicienne brillante, issue d’une famille de la grande bourgeoisie juive, depuis longtemps assimilée, incapable de se lever pour répondre à l’appel, y a été battue à mort, à l’âge de vingt-quatre ans.

Hélène Berr aurait eu 100 ans, le 27 mars 2021. Elle est l’auteur d’un extraordinaire Journal, commencé en 1942. Elle étudiait alors la littérature anglaise à la Sorbonne, et préparait l’agrégation.

Elle avait confié son Journal, ainsi que son violon, à Andrée Bardiau, cuisinière et femme de confiance de la famille, peu avant son arrestation, le 8 mars 1944. Au lendemain de la guerre, Andrée Bardiau remit le Journal à Jacques Berr, frère d’Hélène, qui avait pu trouver asile dans le Sud-Ouest de la France.

Transférée avec ses parents, Antoinette et Raymond Berr, au camp de Drancy, elle fut déportée à Birkenau par le convoi n°70, le 27 mars 1944.

Sélectionnée pour le convoi affrété depuis Auschwitz le 31 octobre 1944, avec 401 femmes, elle arrive au camp de Bergen-Belsen le 3 novembre 1944. Dans le même convoi se trouvent Ginettte Kolinka, Anne Frank et sa sœur Margot.

Un témoignage exceptionnel

Se souvenir d’Hélène Berr. Une célébration collective
Mariette Job (dir.), Karine Baranès-Bénichou (dir.)
2021
Fayard
308 pages

Hélène Berr avait dédié le Journal à son fiancé, Jean Morawiecki qui partageait avec elle l’amour de la musique classique. Leur première rencontre avait eu lieu autour des derniers Quatuors de Beethoven, à la Maison des Lettres. Le Journal lui avait été remis, ainsi que l’avait souhaité Hélène au moment de son arrestation.

Jean Morawiecki rejoignit les Forces Françaises Libres du général de Gaulle, et devint diplomate après la Seconde Guerre mondiale. Il conserva le Journal pendant 50 ans, jusqu’à ce que Mariette Job retrouve sa trace grâce au ministère des Affaires étrangères. Ils se rencontrèrent le 25 décembre 1992. Le 18 avril 1994, Morawiecki lui confirma son intention de lui léguer le Journal.

« Au début de ce mois, nous avons de nouveau parlé du Journal d’Hélène. Je vous avais alors fait part du désir de vous laisser le manuscrit. Il échappera ainsi au risque de disparaître avec moi, et la main qui l’a écrit continueront de vivre dans l’émotion de ceux qui liront l’original. »

Le Journal est un témoignage d’une grande importance, le seul en France de cette nature. Un texte d’une tenue littéraire et intellectuelle exceptionnelles.

Mais il est intéressant également sur le plan historique, comme nous le verrons.

Le manuscrit, partiellement retranscrit, puis remis à Jean Morawiecki, a finalement été déposé et exposé au Mémorial de la Shoah en 2002. Le texte définitif en vue de sa publication, a été établi par Mariette Job. Il a paru en 2008 aux Éditions Tallandier, avec une préface de Patrick Modiano. Traduit en 27 langues, il occupe une place particulière dans la galaxie des manuscrits rédigés par les Juifs pendant les années durant lesquelles s’est perpétré le génocide, dans l’indifférence du monde entier.

Paraît aujourd’hui pour célébrer le centenaire de la naissance d’Hélène Berr, un ouvrage collectif, sous la direction de Mariette Job et Karine Baranès-Bénichou, aux Éditions Fayard. Il contient une vingtaine de contributions. Mentionnons celles de Boris Cyrulnik, survivant de la Shoah et neuropsychiatre, et de Haïm Korsia, grand rabbin de France.

Avant d’évoquer le Journal d’Hélène Berr, sa brève jeunesse et sa famille, il convient de le situer dans la galaxie des témoignages, écrits, manuscrits découverts après la chute du IIIe Reich.

L’histoire de la Shoah écrite par ses victimes

On a souvent entendu dire que « les Juifs se sont laissés conduire dans les chambres à gaz, comme des moutons à l’abattoir ». Cette affirmation fausse et insultante est démentie par la somme de récits que les Juifs ont écrits et tenté de préserver, pendant que s’achevait leur anéantissement en Europe : cette extermination que « le grand Reich de mille ans » espérait totale. Himmler et Eichmann firent de leur mieux pour y parvenir, même pendant la débâcle des armées allemandes sur tout le théâtre des opérations. Au cours de l’été 1944, ils envoyèrent dans les crématoires d’Auschwitz-Birkenau, en convois prioritaires, 450 000 Juifs hongrois, qui avaient été jusqu’alors épargnés.

Tout devrait donc continuer jusqu’à l’assassinat du dernier Juif. Tout devrait cependant et, si illusoirement, demeurer secret. C’est ce qu’avaient prévu Heydrich, Himmler, Eichmann, les donneurs d’ordres et metteurs en œuvre de la Solution finale, planifiée à la Conférence de Wannsee le 20 janvier 1942.

Le 4 octobre 1943, Himmler prononça à Poznan, un discours, devenu célèbre, dans lequel il se félicitait de l’anéantissement des Juifs, dans ces termes : « Je voudrais parler des Juifs, de l’extermination du peuple juif. C’est facile à dire. “Le peuple juif sera exterminé”, dit chaque membre du parti, c’est clair dans notre programme : “élimination des Juifs”. Extermination : nous le ferons. […] C’est une page de notre histoire qui n’a jamais été écrite et ne le sera jamais […] Nous avions le droit moral, nous avions le devoir envers notre peuple, de détruire ce peuple… »

Himmler se trompait. L’histoire de la Shoah a bien été écrite, en grande partie par les Juifs eux-mêmes, partout où ils se trouvaient dans les territoires de l’Europe occupés par le IIIe Reich.

De nombreux témoignages ont été recueillis auprès des survivants, tandis que l’Armée rouge progressait vers Berlin. Puis, au lendemain de la guerre, de nombreux manuscrits ont été mis au jour, jusque dans les cendres des crématoires de Birkenau.

Ces chroniques sont de nature très différente, selon que les scribes aient vécu en Europe occidentale ou bien en Europe orientale, où les nazis passèrent immédiatement à l’extermination. Que ce soit au cours des fusillades de masse perpétrées par les Einsatzgruppen dans les États Baltes, en Ukraine et en Biélorussie (un million et demi de Juifs assassinés. Les zones où ils vivaient sont déclarées Judenrein – « propres de Juifs »), dans les chambres à gaz, au moyen du Zyklon B, comme à Auschwitz et Majdanek, avec le monoxyde carbone pur, ou les gaz d’échappement de camions spécialement transformés : (Gaswagen Magirus-Deutz), à Chelmno, ou encore en injectant les gaz d’échappement du moteur Diesel d’un tank, à Treblinka, Belzec et Sobibor.

En Europe occidentale, avec la collaboration du pouvoir politique en place, comme ce fut le cas en France, sous le gouvernement de Vichy, les nazis, dépouillèrent les Juifs de leurs biens, en firent des parias, les concentrèrent dans des camps de concentration et de transit dans toute la France, pour finalement les livrer, femmes et enfants compris, aux nazis qui les acheminèrent vers les centres de mise à mort. Un point important. Les premières rafles de Juifs en France concernèrent d’abord les étrangers. Les Juifs qui avaient été émancipés en 1792 par la Constituante, se figuraient être à l’abri des arrestations, bien qu’ils fussent eux aussi soumis au Statut portant sur les Juifs.

Les premiers témoignages ont été rédigés en yiddish, en polonais, en hébreu, en russe en Europe orientale (Lituanie, Lettonie, Estonie, Gouvernement général, Protectorat de Bohême-Moravie). Certains ont été publiés dans les mois de l’immédiat après-guerre, mais n’ont connu aucune publicité. D’autres ensembles de témoignages collectés dans le cadre du Livre noir par Vassili Grossman et Ilia Ehrenbourg, ont failli ne jamais paraître, car Staline avait ordonné la destruction des épreuves et des plombs, à la veille de sa mise sous presse. Ehrenburg avait réussi à mettre les matériaux à l’abri au Musée juif de Wilno, tandis que Grossman avait dissimulé le seul jeu d’épreuves existant dans son bureau.

Il est impossible dans ce cadre, de donner un nom à tous les témoins qui ont espéré avertir le monde, dit civilisé, qui les avait soit abandonnés, soit livrés aux assassins. Rappelons qu’aucun pays n’accepta de laisser aborder des paquebots délabrés, chargés de Juifs errant sur les mers, en quête d’un refuge. Les Anglais détenant le Mandat sur la Palestine, pour ne point indisposer les Arabes, incarcéraient les Juifs dans des camps à Chypre. Mais il arrivât que le navire fût coulé, avec tous ses passagers.

Les plus importants ensembles de textes ont été écrits en Pologne, où vivait la communauté juive la plus nombreuse (trois millions et demi de Juifs), et où les Allemands, pragmatiques, avaient construit les quatre centres de mise à mort.

Au mois d’avril 1943, pendant l’insurrection du ghetto de Varsovie, le jeune Mordechai Anielewicz, membre de l’Hashomer Hatsaïr – la Jeune Garde – prit le commandement en chef de l’Organisation Juive de combat (yiddishe kampf organizatsie), réunissant toutes les tendances : L’Union militaire juive du Bétar et le Bund). Il se suicidera le 8 mai avec sa compagne Mira Furchrer, dans son Bunker assiégé par les SS de Jürgen Stoop, au numéro18 rue Mila. Il écrit :

« Il est impossible de décrire avec des mots ce que nous avons traversé. Ce qui est arrivé a dépassé nos rêves les plus fous. Par deux fois, les Allemands ont été contraints de se retirer du ghetto… Le rêve de ma vie est devenu réalité. La défense dans le ghetto est maintenant un fait. La résistance et la revanche juives armées sont à l’œuvre à présent. J’ai été témoin du combat héroïque et glorieux des combattants juifs. »

L’insurrection du ghetto de Varsovie ne fut pas le seul exploit témoignant de la survie spirituelle des Juifs, avec des moyens dérisoires, pendant la Shoah, dans les territoires de l’Europe de l’Est, occupée par les nazis. Outre la révolte dans les camps d’extermination de Treblinka (août 1943) et de Sobibor (octobre 1944), la résistance exista dans les forêts, les ghettos, notamment à Wilno (la ville faisait alors partie de la Pologne), d’où un groupe de jeunes Juifs, dirigés par le poète Aba Kovner, fondateur de la Fareynnikte Partizaner Organiziatsye (Organisation des Partisans unis), quitta la ville par les égouts, afin de former des unités de combat dans les forêts de Biélorussie. Le grand poète Avrom Sutzkever et Aba Kovner, qui allait fonder le Kibbutz Lohamei haghettaot (Kibboutz des combattants des ghettos), ont également combattu et survécu.

La constitution de groupes armés par les Juifs ne fut pas leur seule réponse à la mise en œuvre de la « Solution finale ». Une importante presse clandestine circula. Les Juifs établirent, spécialement à Varsovie, sous la direction de l’historien Emmanuel Ringelblum, et de son équipe de l’Institut scientifique juif (le YIVO, fondé en 1925, à Wilno), une chronique historique et sociologique de la vie des 500 000 Juifs, face à la Catastrophe, en train d’advenir. Des manuscrits, scellés dans six boîtes en métal, furent déterrés dans les ruines du ghetto, au mois de septembre 1946. Puis, au mois de décembre 1950, deux bidons de lait furent exhumés au 68 de la rue Nowolipki. Ils sont exposés au Musée Historique juif de Varsovie.

Jusqu’au seuil de leur assassinat, nombre de Juifs, témoignèrent également à titre individuel, en rédigeant un Journal. Ce fut le cas d’Adam Czernaikow, président du Judenrat (Conseil Juif, institué par les nazis) du ghetto de Varsovie. Il commença à écrire son Journal le 6 juillet 1939, après avoir reçu l’ordre de dresser les listes de Juifs contraints de se rendre sur l’Umschlagplatz, en vue de leur déportation massive vers les centres de mise à mort. Il avala une capsule de cyanure, le 23 juillet 1942, après avoir écrit une lettre à son épouse pour justifier son geste.

Les Juifs écrivirent jusqu’au sein des Sonderkommanods des crématoires d’Auschwitz-Birkenau, où furent mis à jour les « Rouleaux d’Auschwitz », rédigés en yiddish, et enfouis dans le sol du crématoire III. Les premiers documents furent exhumés par Szlama Dragon, survivant de l’insurrection du Crématoire III, qui assista la Commission d’enquête de l’Armée soviétique le 5 février 1945. Il raconta que 451 Juifs des Sonderkommandos avaient été abattus par les SS, le même jour.

Le premier manuscrit dont l’auteur est Leib Langufus, fut découvert. Puis, au mois Le 17 octobre 1962, le carnet de Zelman Lewental fut exhumé. Le troisième rédacteur s’appelait Zalman Gradowski.

Szlama Dragon avait été témoin, dans la salle de déshabillage de la chambre à gaz, d’un acte d’héroïsme inouï de la part de Francziska Mann, une jeune danseuse très connue en Pologne. Refusant de se dévêtir, elle se jeta sur le SS Josef Schilliger, lui arracha son arme et le tua sur le coup, elle tira ensuite sur le SS Wilhelm Emmerich, le blessant à la cuisse, avant d’être abattue. Szlama et son frère Abraham Dragon survécurent miraculeusement à la liquidation des Sonderkommandos, à l’évacuation d’Auschwitz, à la marche de la mort. Il s’installa en Israël après la guerre. Le témoignage des frères Dragon a été retranscrit par Gidon Greif sous le titre : We wept Without Tears : Testimonies of the Jewish Sonderkommando from Auschwitz, et publié en 2005 par les Presses de l’Université de Yale.

Les trois rédacteurs des « Rouleaux d’Auschwitz » n’ont pas survécu. Les documents retrouvés en fort mauvais état, ont pu partiellement être déchiffrés. La première édition a été réalisée par Ber Mark (sous une forme contestable), sous le titre Des Voix dans la nuit. Une nouvelle traduction, fidèle, a été publiée, par le Mémorial de la Shoah en 2005, sous le titre Des Voix sous la cendre.

« Que celui qui trouvera ce document sache qu’il est en possession d’un important matériel historique » répétée en quatre langues – polonaise, russe, française et allemande – avec l’intention évidente d’être immédiatement compréhensible pour la personne qui en ferait la découverte. »

Les auteurs de ces manuscrits n’espéraient pas la compassion d’éventuels lecteurs ou du monde dit civilisé qui les avaient abandonnés, mais la vengeance, comme les Juifs du Neuvième Fort de Kovno, qui ont gravé avec leurs ongles, sur les murs de leurs geôles, avant d’être fusillés : « Yid’n Nikome ! » : Juifs, Vengez-vous ! La réponse des Juifs devait être d’ordre politique.

Le Journal d’Hélène Berr

Journal. 1942-1944
Hélène Berr
Tallandier
304 pages

Voilà une des questions que soulève des Écrits comme celui d’Hetty Hillesum, Vie ? ou Théâtre ?, le récit de sa vie en images, de Charlotte Salomon, et le Journal d’Hélène Berr. Ce qui rassemble ces œuvres est que leurs auteurs étaient des femmes, vivant dans des pays démocratiques, modernes, prospère et culturellement raffinés. Les formes de violence pratiquées contre les Juifs en Pologne, en Roumanie, en Hongrie, leur étaient inconnues.

Toute trace apparente de leur éventuelle judéité était invisible. Même Etty Hillesum et Charlotte Salomon, qui étaient plus âgées qu’Hélène Berr, ne prirent pas la décision de fuir, ou de tenter de fuir. Elles disposaient de moyens matériels que n’avaient pas nombre de Juifs étrangers très pauvres, qui gagnèrent la résistance armée, la clandestinité, ou réussirent à fuir.

Que dire alors de la famille Berr ? Que dire des Juifs français, tels qu’ils se pensaient, qu’ils se voyaient ; ils respectèrent la légalité fasciste des lois de Vichy, cousirent l’étoile juive sur leur vêtement, et sortirent ainsi dans la rue ?

Antoinette et Raymond Berr, les parents d’Hélène, étaient issus de famille implantées depuis des siècles en France. Moïse Berr, né en 1740 à Krautergersheim dans le Bas-Rhin, avait adopté le nom de famille « Berr » à Raon l’Étape le 13 septembre 1808. Ce devait être parce que quelqu’un de proche devait s’appeler en hébreu Dov. Antoinette, née Rodrigues-Ely, était originaire de la communauté juive de Bayonne et, avant l’Expulsion des Juifs du Portugal, de Lisbonne. La fratrie comptait cinq enfants. Seule Denise, la mère de Mariette Job, habitait encore 5, avenue Elisée Reclus, avec ses parents. Elle épousa François Job le 12 août 1943.

Hélène Berr avait réussi ses deux baccalauréats en 1937, avec la mention « très bien ». Elle obtint ensuite son diplôme d’études supérieures de langue et de littérature anglaise et un mémoire sur l’interprétation de l’histoire romaine dans les pièces de Shakespeare. Toujours avec la mention « très bien ». Au mois d’octobre 1942, elle avait déposé un projet de doctorat consacré à l’influence de l’inspiration hellénique sur le poète John Keats. Elle ne put préparer le concours de l’agrégation en vertu de la législation antisémite du gouvernement de Vichy.

Elle commence donc à rédiger son journal intime le 7 avril 1942. Elle a 21 ans. Depuis son enfance, elle a du style : concis, spirituel, imagé, élégant.

Cette jeune fille vit dans un milieu privilégié. Son père, polytechnicien, dirige les Usines Kuhlman, la plus grande firme de produits chimiques française. Elle est une bonne violoniste, fait de la musique de chambre, passe les vacances en famille dans leur villa d’Aubergenville.

Rien ne semblait devoir obscurcir le destin des Juifs qui avaient reçu de l’Assemblée nationale la pleine égalité de leurs droits le 27 septembre 1791, sous certaines conditions, ainsi que l’avait dit dans son discours, prononcé au parlement, Stanislas de Clermont Tonnerre (assassiné à Paris en 1792) : « Il faut tout refuser aux Juifs comme nation et tout accorder aux Juifs comme individus. »

Les choses avaient semblé se gâter lorsque l’Empereur Napoléon avait réuni une assemblée de notables juifs pour leur poser des questions retorses qui les sommaient de choisir entre la loyauté envers l’État et l’observance du judaïsme. N’étant pas satisfait des réponses obtenues, Napoléon convoqua à Paris, en 1806, un grand Sanhédrin de rabbins, venus de tout l’Empire. Ces derniers devaient confirmer que les Juifs ne se considéraient pas comme une nation.

Quoi qu’il en soit, les idées de la Wissenschaft des Judentums, la Science du judaïsme, avaient gagné le monde intellectuel juif en France, avec Arsène Darmesteter (1846-1888). Les Juifs sont devenus des citoyens de confession juive. Cela n’apaisa pas les antisémites. L’Affaire Dreyfus va diviser les Français pendant des années. Puis, tout semble se calmer. Les Juifs de France connaissent une ascension sociale spectaculaire.

Entre les deux guerres mondiales, les Juifs émigrent massivement hors de ce qui fut la zone de Résidence de l’Empire russe, à la suite d’une vague de pogroms d’une ampleur inouïe qui feront 150 000 morts. Les Juifs de Pologne arrivent en France. Ils sont pauvres et s’installent dans des taudis entre Belleville et la République. Leurs activités politiques et culturelles sont importantes. Ils ne sont pas du tout appréciés par leurs coreligionnaires, que les Français désignent comme des israélites, des Français de confession juive.

Lorsque les premières mesures du statut portant sur les Juifs sont mises en œuvre, au mois d’octobre 1940, le père d’Hélène en est exempté, eu égard aux fonctions de direction qu’il occupe dans la firme Kuhlman.

Les Juifs sont éliminés de l’espace public. Le premier choc pour la famille et pour Hélène est donc l’obligation de porter l’étoile jaune, cousue bien visible, en haut et à gauche, sur la poitrine, de monter dans le dernier wagon du métro, de faire ses courses à des heures spéciales, à ne plus être autorisés à travailler, à subir la spoliation des biens. Hélène ne peut passer l’agrégation d’anglais, Vichy révoque la citoyenneté de 500 000 juifs naturalisés depuis 1927.

Le 8 juin 1942, Hélène Berr sort pour la première fois dans la rue, avec son étoile jaune, elle écrit dans son Journal :

« Mon Dieu, je ne croyais pas que ce serait si dur. J’ai eu beaucoup de courage toute la journée. J’ai porté la tête haute, et j’ai si bien regardé les gens en face qu’ils détournaient les yeux. Mais c’est dur. D’ailleurs, la majorité des gens ne regarde pas. Le plus pénible, c’est de rencontrer d’autres gens qui l’ont. Ce matin, je suis partie avec Maman. Deux gosses dans la rue nous ont montrées du doigt en disant : « Hein ? T’as vu ? Juif. » »

Beaucoup de Juifs étrangers n’ont pas porté l’étoile jaune, certains ont fui vers la zone libre et tenté de se cacher à la campagne, d’autres sont entrés dans les groupes armés de la MOI (groupes armés des Juifs étrangers, proches du Parti communiste), ont abattu des soldats allemands dans les rues de Lyon et de Paris, on fait sauter des trains, ou comme Romain Gary, Raymond Aron ont rejoint les Forces françaises libres du général de Gaulle.

L’Aufklärung de Moses Mendelssohn (1729-1786), en Allemagne, nommée en France Wissenschaft des Judentums − la science du judaïsme − dans le but de transformer le judaïsme en une religion moderne et rationnelle, fit oublier aux Juifs de vieille souche de France, que s’ils considéraient être si peu juifs, les antisémites ne les avaient pas oubliés.

Hélène, elle-même, ne l’a pas compris. L’idée du sionisme lui était fortement étrangère. Mais on peut se demander comment la famille qui disposait des moyens matériels suffisants, n’a pas songé à franchir la ligne de démarcation, puis de tenter de passer en Suisse. Du côté d’Annemasse, il y avait des passeurs.

Et même avant que les choses fussent devenues très difficiles à réaliser, pourquoi, après les premières rafles, ne pas avoir pris la décision de quitter Paris ? Pourquoi était-ce inconcevable ?

Pourquoi ne pas se diriger vers l’Espagne, vers le Portugal, ou simplement gagner Marseille où nombre d’artistes et d’intellectuels juifs ayant fui l’Autriche et l’Allemagne, ont finalement trouvé l’aide qui leur permit de gagner les États-Unis. Il est vrai que tout le monde n’a pas eu la chance de rencontrer le journaliste américain Varian Fry (1907-1967), fondateur de l’Emergency Rescue Committee qui sauva plusieurs milliers de Juifs et de résistants antifascistes en les aidant à quitter l’Europe, souvent via le Portugal, à l’époque neutre.

Le 8 mars 1944 à 7 heures 30, les policiers français arrêtèrent Hélène et ses parents. Conduits à Drancy, ils furent déportés au camp d’extermination de Birkenau le 27 mars 1944 par le convoi n°70. Le père d’Hélène fut assassiné au camp de Buna Monowitz, le complexe chimique qui faisait partie d’Auschwitz, parce qu’il était atteint d’un phlegmon au genou. Cela se pratiquait par une piqûre de phénol dans le cœur, injectée par un médecin. La mère d’Hélène fut gazée à Birkenau le 30 avril 1944.

Pourquoi les Berr sont-ils rentrés dormir chez eux ? Pourquoi se sont-ils conformés aux lois criminelles du maréchal Pétain ? C’est précisément en lisant le Journal d’Hélène Berr qu’on peut arriver à se figurer comment les Juifs français, devenus de fervents patriotes, ne pouvaient concevoir ce qui leur arrivait. Comment une jeune fille très pure, aussi intelligente, aussi cultivée, heureuse, aussi avertie qu’Hélène Berr, par crainte d’être lâche, par peur d’abandonner les enfants, déjà entre les mains de leurs bourreaux, est tombée dans le piège tendu par Vichy et les nazis.

Pour prolonger :

Le très beau documentaire de Jérôme Prieur : Hélène Berr, Une jeune fille dans Paris occupé, 2013.

Shlomo Venezia, un Juif italien, lui aussi survivant du Sonderkommando a publié son témoignage intitulé Sonderkommando, recueilli par Béatrice Prasquier et l’historien Marcello Pezzeti (Albin Michel, 2007). Fiilip Müller qui s’était caché dans une des cheminées du crématoire a publié un récit : Trois ans dans une chambre à gaz à Auschwitz. (Pygmalion, 1997).

On peut aujourd’hui lire une vaste littérature de récits, journaux qui ont été traduits en français.

Je suis le dernier Juif –Treblinka 1943-1944 de Chil Reichman, traduit du yiddish par Gilles Rozier et préfacé par Annette Wiewiorka, a paru en 2011 au Livre de Poche.

Journal du ghetto de Lodz 1939-1943, par David Sierakowiak, Editions du Rocher.

Du fond de l’abîme. Journal du ghetto de Varsovie. Hillel Seidman, Pocket 2002. Traduit de l’hébreu et du yiddish par Nathan Weinstock, accompagné par une documentation commentée par Georges Bensoussan et Micheline Weinstock.

Journal du ghetto, de Janusz Korczak, ce médecin et pédagogue qui avait fondé un orphelinat géré par les enfants dans le ghetto de Varsovie. Il aurait pu sauver sa vie. Quand il reçut l’ordre de livrer les enfants, il les accompagna sur l’Umschlagplatz, et mourut avec eux dans la chambre à gaz de Treblinka. (Pavillons Poche Robert Laffont, 2016).

Plus tardivement, après la guerre, un certain nombre de manuscrits furent retrouvés, notamment en Pologne, dans les ruines des ghettos. Tel Le Manuscrit retrouvé de Simha Guterman, découvert scellé dans une bouteille sous un escalier, à Radom.

 

[Source : http://www.nonfiction.fr]

Escrito por MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

No lo puedo recordar con precisión, pero la primera vez que vi el nombre de Errazuriz fue en las páginas de Blaise Cendrars a propósito de Madame Errazuriz, en realidad Eugenia Huici de Errazuriz, la chilena nacida boliviana que fue la mecenas de escritores y pintores en el París de la vanguardias, hasta muy tarde. Fue muy retratada por Boldini, Sargent, Madrazo… Una vida de novela. Lo único que no me gusta de ella es que fuera la madre del minimalismo… valga la broma, las urracas tenemos nuestro corazoncito.

Patético ese encuentro, en su residencia fabulosa de La Mimosseraie de Biarritz, sobre la Côte des Basques, con Blaise Cendrars mientras a lo lejos se escuchaban los estampidos de la guerra y al final ardía Irún, en septiembre de 1936. Pero todo esto lo fui sabiendo después de tropezarme con el panteón de Errazuriz en el Pére-Lachaise parisino. Que esa familia de la aristocracia chilena fuera originaria de Arizkun, en el valle navarro de Baztan, solo lo supe en el 2003, por boca de Marcos Errazuriz, Robinson Crusoe de la isla de Juan Fernández, que se quedó asombrado de que yo viviera en ese valle y me dijo que su papa había venido acá en peregrinación, a ver la casa que aparece en la fotografía, el solar originario de los Errazuriz, algo que por lo visto ha sido habitual en gente de esa conocida familia chilena.

En la casa viven ahora unos buenos amigos.

Desde entonces he vuelto muchas veces a Cendrars y a Madame Errazuriz, de quien hay varias biografías novelescas, como la hay de Micaela Cousiño Quiñones de León, también chilena y no sé si «algo parientes», sobrina del que fuera embajador de los alzados (Burgos) en el París de 1936 y director de sus servicios secretos —Baroja le llamaba «nuestro embajador»—, junto con el conde de los Andes, Bertran i Musitu, y Cía, y esposa de Enrique de Orleans, conde de Paris —que pasó la guerra mundial y la Ocupación en una casa de Pamplona que estaba pared con pared de aquella en la que Baroja pasó años de su infancia y adolescencia—, y no sé si hija del millonario que se pasó un año buscando el tesoro de la isla de Juan Fernández y hasta fletó un barco, el Serva la Bari, que había sido propiedad de unos ricachones navarros, los Goizueta, para llevarse el tesoro…

Ah, sí, podíamos meter en la novela cómo se desperdigaron diversas joyas gótica del palacio gallego de Castrelos, que yo vi, asombrado, en anticuarios y chamarileros de Bayona y Biarritz, y de paso pondríamos entre bastidores y alcobas al jugador de tenis Jean Borotra, le basque bondissant, pero no soy ni Modiano ni Evelyn Waugh ni Ciryl Connolly ni ninguna de las hermanas Mitford, y ahora mismo siento hacia esos mundos novelescos de ricos el mismo reparo y extrañeza que sentía Chesterton.

El artículo tiene errores de detalle, pero en lo fundamental retrata bien a «la boliviana».

[Fuente: vivirdebuenagana.wordpress.com]

Anunci sobre la desaparició de Dora Bruder, publicat al diari Paris-Soir el 31 de desembre de 1941.

Escrit per Jordi Martín Lloret

Patrick Modiano va néixer el 30 de juliol de 1945, poc més d’un mes abans de la fi de la Segona Guerra Mundial. Per això crida l’atenció que les seves tres primeres novel·les tractin sobre l’Ocupació, un període que ell no va poder viure en persona. Place de l’Étoile (1968), ambientada al París dels anys quaranta, té un títol amb un doble sentit, per l’estrella de David que les autoritats imposaven als jueus per anar pel carrer i per la plaça situada en un dels nuclis del col·laboracionisme. Les altres dues novel·les que formen la «trilogia de l’Ocupació» eren La ronde de nuit (1969) i Les boulevards de ceinture (1972).

L’obra de Modiano es caracteritza per una recerca recurrent a través del passat i de la història, fins al punt que molts crítics li han retret que durant tota la seva trajectòria no hagi fet res més que reescriure la mateixa novel·la. Per descomptat, això és una exageració i no té gaire solta: quin autor compromès amb la literatura no reescriu en cada obra sobre els temes que l’obsessionen?

Ara bé, dins de la producció de Modiano, Dora Bruder és una excepció, potser perquè no hi ha cap obra seva que tingui el grau d’hibridesa que exhibeix sense complexos aquesta barreja de novel·la i dietari d’una recerca. L’autor pren un punt d’origen concret i personal: l’anunci trobat en un diari vell és el retrat borrós d’una noia de setze anys, de família jueva, desapareguda a París l’any 1941. A partir d’aquest text breu, tan precís com telegràfic, Modiano arma un palimpsest literari en què se superposen records personals, formularis, informes, cartes i textos administratius de diverses menes, en un vaivé constant entre el 31 de desembre de 1941, la data de publicació de l’anunci, i el 1997, vuit anys després que ell l’hagués trobat remenant diaris vells. Per això no podia ser més oportú, sense voler, el títol de la secció del París-Soir que oferia l’anunci: «D’ahir a avui».

De seguida ens adonem que Dora Bruder és una novel·la de doble lectura: d’una banda, hi llegim la història reconstruïda d’una adolescent jueva durant els mesos que van precedir la seva desaparició definitiva, a Auschwitz; i de l’altra, Modiano explica el relat verídic d’una investigació, la del narrador, esquitxada de records personals. L’autor fins i tot ens confessa que ja havia fet un primer intent de rescatar del passat la Dora Bruder, en la novel·la Voyage de noces (1990), com una manera «de dilucidar o endevinar alguna cosa d’ella, un lloc per on havia passat, un detall de la seva vida».

La narració és discontínua, necessàriament, com un trencaclosques en el qual van encaixant les peces-dades que Modiano troba pel camí de la investigació. Els espais que queden buits els omple amb hipòtesis (ficció) i amb records personals (no-ficció). Això posa de manifest magistralment les deficiències de la memòria i la impossibilitat de recuperar del tot el passat, al mateix temps que fa palès el gran poder cicatritzador de la literatura. L’escriptor trepitja els escenaris en què es movien la Dora Bruder i els seus pares i es confon entre els personatges reals de l’època, perquè Modiano no tan sols rescata de l’oblit la Dora Bruder, sinó també altres vides amenaçades, amb noms i cognoms, com les de les companyes detingudes amb la Dora al camp de Les Tourelles: Claudette Bloch, Josette Delimal, Tamara Isserlis, Ida Levine, una tal Hena i Annette Zelman.

També resulta interessant el repàs que fa l’autor, al llarg d’una desena de pàgines, d’uns quants escriptors francesos i alemanys que van viure i escriure durant la Segona Guerra Mundial, és a dir, abans que ell naixés: «Molts amics que no he conegut van desaparèixer el 1945, l’any del meu naixement.» Hi destaca el cas de Roger Gilbert-Lecomte, que «va morir del tètanus el 31 de desembre de 1943 a l’hospital Broussais, als trenta-sis anys d’edat», és a dir, que va morir just dos anys després que es publiqués l’anunci de la desaparició de la Dora Bruder.

I en la galeria dels personatges d’aquest fresc exhumatori, tampoc no hi falten les ombres sinistres, els soldats, la policia, els funcionaris de l’amnèsia (com ara l’encarregat del Registre Civil de l’ajuntament del dotzè districte, que es nega a donar a l’autor una còpia de la partida de naixement de la Dora Bruder) o alguns dels inspectors que van participar en la persecució dels jueus durant l’Ocupació: Permilleux, François, Schweblin, Koerperich, Cougoule…

Modiano fa sentir veus que havien callat i els ofereix, a través de la ficció novel·lesca, l’oportunitat de renéixer. D’aquesta manera, ressuscita els oblidats de la memòria. Introduint en el text literari fragments de biografies i de cartes, l’autor dona als desapareguts una segona vida. Dos exemples punyents: d’una banda, les cartes adreçades al prefecte de la policia en què familiars de desapareguts demanaven informació; i de l’altra, la reproducció de l’última carta d’un tal Robert Tartakovsky, deportat amb el mateix comboi que les companyes de la Dora a Les Tourelles.

Però potser el personatge que brilla amb més força i amb més recurrència entre tots els que desfilen per les pàgines de Dora Bruder és el del pare de l’autor. Llegim que el seu progenitor li havia explicat com una nit de febrer de 1942 l’havien detingut durant una batuda, i que en el furgó cel·lular que el portava a la comissaria també hi havia una noia d’uns divuit anys. I llavors Modiano confessa: «Potser vaig voler que es creuessin, el pare i ella, aquell hivern de 1942.»

Un altre tret distintiu d’aquesta novel·la és que, a diferència d’altres obres literàries sobre la xoà, com les de Primo Levi o Jorge Semprún, Dora Bruder no és un relat sobre l’experiència al camp de concentració, perquè s’acaba amb la deportació a Alemanya de la Dora i l’Ernest Bruder el 18 de setembre de 1942. L’autor no va trobar cap document que permetés saber si pare i filla van sobreviure a Auschwitz o si van morir més endavant. Per tant, doncs, se centra en l’abans, en l’angoixa de la persecució, i no pas en el durant o en el després.

Rescatar la Dora Bruder, trobar-la, equival a rescatar de l’oblit uns fets, unes persones, una època. Per això Dora Bruder, la novel·la, és un paradigma de la literatura. Gràcies a Modiano, la noia desapareguda i els seus pares deixen de ser ombres i noms d’un passat fosc i es converteixen en persones de carn i ossos, amb uns cors que bategaven. A la ressenya que va publicar a Le Monde des livres el 4 d’abril de 1997, Pierre Lepape va escriure que Modiano «s’hi erigeix en guardià de la memòria. Per aconseguir el seu propòsit, el guardià de la memòria ha de vèncer un gegant col·lectiu: el guardià de l’oblit. Així, doncs, Dora Bruder és també el relat d’un combat desigual: el d’un home sol, un escriptor, contra la burocràcia de l’amnèsia».

Anem llegint Dora Bruder i anem pouant dades, dates, noms de persones, de carrers, de camps de concentració, i quan per fi enfilem el tram final de la novel·la, ens adonem que l’autor no tan sols ha complert el seu «deure de memòria», segons l’expressió de Primo Levi, sinó que també ens ha fet partícips d’un misteri que ningú no podrà desentranyar mai: no se sabrà mai què va fer la Dora Bruder durant les seves fugides. I aquest «pobre secret preciós» que res ni ningú no li haurà pogut robar serà per sempre la seva resistència, la seva petita victòria.


Jordi Martín Lloret (Barcelona, ​​1972) és traductor literari de l’anglès i del francès al català i al castellà. És llicenciat en traducció i interpretació per la Universitat Autònoma de Barcelona (1997) i té el diploma de postgrau en edició per l’Institut de Formació Contínua de la Universitat Pompeu Fabra (2001). Des de 1999, es dedica professionalment a la traducció de narrativa i d’assaig. Ha traduït del francès obres d’Emmanuel Carrère, Philippe Claudel, Antoine Compagnon, Mathias Enard, Romain Gary, Laurent Gaudé, Hakan Günday, Eugène Ionesco, Maylis de Kerangal, Laurent Seksik, Joann Sfar i Boris Vian, entre d’altres.

 

[Font: http://www.mozaika.es]

Escrito por David Aliaga

En una cafetería de Barcelona, mi rabino me explicó que había un autor francés –he sido incapaz de comprobar si se trata de Sartre, como creo recordar quizá porque el rav llevaba una biografía de Sartre en el bolsillo de su abrigo aquella tarde– que escribió que era judío aquél a quienes los antisemitas reconocían como tal. A efectos trágicos, la afirmación resulta amargamente certera. Sin embargo, en términos religiosos la cuestión sobre la judeidad de una persona es una de las mayores controversias en el seno del pueblo de Israel. Resumiendo mucho, según el movimiento ortodoxo (que no para todos y cada uno de los ortodoxos), solo es judío el nacido de un vientre judío y el converso certificado por un beit din ortodoxo; los movimientos reformista y masortí reconocen entre sí la autoridad de sus tribunales rabínicos, y también que una persona pueda ser judía de nacimiento aunque su madre no lo sea, si su padre lo es.

A pesar de que existe el debate, desde el punto de vista religioso, las interpretaciones de la halajá a las que se atienen las diversas corrientes del judaísmo están más o menos claras. Sin embargo, a la práctica, se complica. ¿Es judío el hijo de una judía que no ha sido educado en dicha tradición, que no acude a la sinagoga, que come cerdo y que no celebra Yom Kipur? ¿Serían judíos los nietos de esta persona? ¿Es judía la hija de un judío y una católica que ha estudiado la Torá, ha celebrado su bat mitzvá y se siente judía? ¿Es el judaísmo una religión, una designación étnica, una nacionalidad…? Y, sobre todo, ¿qué implica ser judío para el individuo?

En cada caso, estas preguntas dejan de ser materia de legislación religiosa para convertirse en una problemática identitaria íntima. En el ámbito literario, la obra de algunos de los autores más brillantes del último siglo se ha articulado como respuesta a la pregunta sobre la identidad (¿quién soy?) y las implicaciones de la condición judía sobre la autodefinición. Estados Unidos ha sido especialmente prolífico alumbrando escritores cuyos libros dialogan con la cuestión judía: Bernard Mallamud, Saul Bellow, Cynthia Ozick, Philip Roth, Jonathan Safran Foer, Nicole Krauss, Shalom Auslander… Tanto es así que desde hace décadas sus obras se estudian en una rama específica de los estudios literarios que se ocupa de la llamada Jewish American Fiction.

Durante muchos años el corpus de los estudios de literatura judía se había dado por sentado. Si un autor era judío en términos genéricos y escribía desde una perspectiva judía o sobre temas judíos, formaba parte de la nómina de escritores a estudiar. Sin embargo, en los últimos años, brillantes académicos como Benjamin Schreier (The Impossible Jew) han puesto en duda la facilidad para definir el corpus de la Jewish American Fiction. Si resulta complicado definir en qué consiste ser judío, si dicha pregunta tiene tantas respuestas posibles como individuos que se la formulen, designar a un creador como escritor judío tiene que ser bastante complicado. Más todavía cuando algunos de los autores judíos –de una forma u otra– más estudiados y valorados por la crítica rechazan la etiqueta. Cynthia Ozick, que ha escrito sobre el Holocausto y el trauma posterior, sobre el gólem, sobre el yídish…, rechazaba que su obra fuese “judía” en la entrevista que le realicé para el número 385 de Quimera. Por más que aborde temas y motivos judíos, que acuda a los servicios de la sinagoga ortodoxa de New Rochelle o que suela escribirme para felicitarme Pésaj y Janucá: “en cuanto a la escritura, el judaísmo no es y no ha sido nunca mi tema. No soy una rabina o una teóloga, ni siquiera una filósofa. No tengo capacidad para desempeñar esos oficios y, en dicho sentido, no soy una escritora judía, es decir, una escritora de libros judíos”.

En la Europa posterior a la Shoah, una de las obras más sugerentes en lo que se refiere al cruce entre la indagación por la identidad y la condición judía es la del autor francés Patrick Modiano. Es cierto que sus novelas buscan reconstruir un pasado personal absolutamente fragmentado (“Escribo para saber quién soy, para encontrar una identidad”), al tiempo que descorre los velos de silencio con los que Francia cubrió la complicidad o connivencia de buena parte de sus habitantes durante la ocupación alemana. Pero ni el rompecabezas identitario de Modiano ni su denuncia de los crímenes de los colaboracionistas pueden disociarse de las ramas sefardíes de su árbol genealógico si aspiramos a una comprensión esférica de su narrativa. Resulta complicado pensar que el autor nacido en Boulogne-Billancourt escribiese desde la postura en la que escribe, de no ser hijo de quien es.

El padre del premio Nobel, Albert Modiano, provenía de una familia de judíos italianos instalados en Salónica y emigrados a París. Durante la ocupación francesa sobrevivió escapando de las redadas de la Gestapo al tiempo que se acercaba a los nazis para comerciar con productos de estraperlo. De la misma forma que la ausencia de su madre, la actriz belga Louise Colpijn, se refleja en sus novelas en forma de niños desatendidos que se aburren en los camerinos de un cabaret, en el apartamento de una cupletista venida a menos, de infancias extrañas y provisionales…, las zonas oscuras de la biografía de su padre se erigen como imponentes columnas, recias preguntas sobre el papel de los franceses –de un judío francés– durante el nazismo.

Agosto de 1941. La policía francesa registra la identidad de los judíos en los territorios ocupados por el ejército alemán. (Autor desconocido – Deutsches Bundesarchiv/Wikimedia Commons)

En Dora Bruder (1997), Modiano confesó que la escritura de su primera novela, El lugar de la estrella (1968), obedecía al impulso de responder a la tradición novelística antisemita que se había desarrollado en Francia durante mucho tiempo. Servía como reparación a la conducta de compatriotas que, como su propio padre sefardí, contribuyeron, obtuvieron beneficios o miraron hacia otra parte cuando la nación señalaba al pueblo de Jacob. Precisamente esas dos novelas, junto con Libro de familia (1977), nos ofrecen un tríptico sobre el diálogo que el autor mantiene con la cuestión identitaria judía: tres obras muy distintas en lo formal, pero que además de compartir la denuncia, la melancolía y la búsqueda identitaria que atraviesa la bibliografía completa de Modiano, están cosidas entre sí por la cuestión judía.

El lugar de la estrella es un texto experimental, dolorosamente paródico e irreverente, que se inscribe en el contexto de surgimiento del debate sobre el papel de Francia en el Holocausto que el gaullismo había silenciado. Modiano se incorpora a la escena literaria con su primera novela en el año en que los jóvenes parisinos se echaron a la calle gritando, entre otras consignas, “¡Todos somos judíos alemanes!”, en solidaridad con Daniel Cohn-Bendit, un joven judío francoalemán que había participado en la ocupación de la Sorbona en el mes de mayo, y al que el gobierno francés prohibió la entrada en el país durante una década. Modiano ofrece a través de Raphaël Schlemilovitch un retrato cubista de lo que suponía para los jóvenes judíos franceses de mayo del 68 ser judíos en la Francia posterior al régimen de Vichy. El protagonista es una parodia histriónica de los argumentos judeófobos de autores como Louis Ferdinand Céline que, como Modiano escribe en Dora Bruder, descubrió en las estanterías de su padre. Schlemilovitch ridiculiza la simplificación negativa del antisemitismo –“ese monstruo imaginario (…) con su nariz torcida y sus garras (…) culpable de todo mal y culpable de todo delito”– en su aspiración a ser un judío “auténtico”. Pero, a través de sus contradicciones y de su evolución, expone también la complejidad de la construcción identitaria a la que tuvieron que enfrentarse miles de sefardíes y askenazíes galos en un contexto adverso, el relato que tuvieron que componer sobre sí mismos en respuesta al encuentro con el otro.

Casi treinta años después, en Dora Bruder, el francés nos confiesa el impulso que lo movió a escribir su primera novela y, a través de las implicaciones que supone la escritura de la novela, comprendemos que existe una voluntad de reparación por parte de Modiano. Es una enmienda que debió comenzar necesariamente con la denuncia de quienes perpetraron los crímenes y que en muchos casos vivían discretamente reinsertados en la democracia francesa, pero que debía completarse rescatando del olvido a todas las víctimas a través de una de ellas. Como si justificase haberse demorado en otros libros hasta encontrar a su más célebre protagonista, escribe: “Lleva tiempo conseguir que salga a la luz lo que ha sido borrado”.

Dora Bruder es el nombre de una niña desaparecida que el escritor francés lee en un periódico de 1941. Sus padres, desesperados, publican el aviso a pesar de que suponga exponerse a la policía de asuntos judíos que, como constata Modiano, existió en Francia, en la calle Greffulhe de París. Y Modiano, décadas después, retoma la búsqueda con la intuición, sino con la certeza, de a dónde lo conducirá. A través de los archivos, de documentación judicial, el narrador reconstruye el camino que llevó a Dora desde París hasta Auschwitz, y, al tiempo que le concede a la pequeña judía la dignidad de la memoria, reconstruye los edificios en los que operaban la burocracia colaboracionista y la policía xenófoba, derrumbados o reformados por la política municipal, sea como fuere, borrados del relato histórico falaz que Francia se había explicado a sí misma.

Dora Bruder comunica la idea de que la ocultación de los crímenes equivale al olvido de las víctimas. “Quedan pistas en los registros pero se ignora dónde están escondidos y qué guardianes los vigilan y si querrán enseñárnoslos. O tal vez, simplemente han olvidado que esos registros existen”. Febril y desbocada en El lugar de la estrella, la voz narradora de Modiano se apacigua con el paso de las novelas, y a finales de la década de 1990, nos encontramos a un narrador mucho más reflexivo, casi contagiado del laconismo burocrático del material administrativo que convierte en literatura. El cambio de tono y la mayor claridad en la sintaxis y en las imágenes bien podrían estar relacionados con el propósito distinto de las obras. Mientras que con su primera novela, Modiano derrumbaba un muro de silencio y lanzaba su literatura contra los criminales que habían quedado impunes, en Dora Bruder acomete con el sosiego del arquitecto un ejercicio de reconstrucción. En su opera prima construye una ficción excesiva, hiperbólica, para combatir el engaño de la Historia en el que se dio cobijo a los miserables; en la obra de 1997, caídas las máscaras, coloca a quienes las vestían frente a la certeza de lo notarial y recupera los rostros que tras la guerra se habían sacrificado a la restauración de la convivencia.

Entre el ejercicio de reparación y la denuncia airada, Libro de familia se presenta como un conjunto de relatos en los que el narrador trata de reconstruir su identidad a partir de los recuerdos que le sobrevienen en el momento de inscribir a su hija en un libro de familia, algo que a él, como judío, como a tantos judíos, se le había negado. En el caso del narrador, la burocracia solo sirve para emborronar su pasado porque el padre judío se vio obligado a firmar con un nombre falso su certificado de matrimonio. Existe también en esta obra una reparación simbolizada en el libro de familia. El documento legal representa la fijación de los orígenes de su hija, la certeza de unas raíces siempre difusas en los narradores modianescos que, como el autor, son hijos de padres ausentes o que ofrecen relatos incompletos de sí mismos. Pero la inscripción en un registro estatal de una familia con apellido judío implica también el fin de una forma de discriminación de Estado.

Esta preocupación por el lugar de los judíos en la sociedad francesa; los condicionantes que la judeidad de los padres de la ficción modianesca implican en la identidad de sus hijos, y el origen sefardí de Modiano parecen legitimar la pregunta sobre la posibilidad de incorporar al de Boulogne-Billancourt en el canon de la literatura judía europea. Aun cuando el autor pueda no considerarse judío o rechazar la etiqueta académica, novelas como Dora Bruder o Libro de familia evidencian una preocupación por las implicaciones de sus raíces familiares. Desde luego, uno puede intuir que, si el padre de Modiano no hubiese sido sefardí, la escritura del francés hubiese sido distinta. Con independencia del autor, y recuperando una expresión de Schreier, al menos tres de sus obras parecen afirmarse judías a sí mismas, lo judío emerge en el texto.

Si Patrick Modiano escribe “para encontrar una identidad”, entonces lo hebraico forma parte de ella aunque solo sea en forma de interrogante. A diferencia de autores norteamericanos, que han conocido la normalización de lo judío en su entorno y que escriben sobre una sociedad en la que lo judío forma parte de lo colectivo nacional, no existe un judaísmo casual ni ornamental en Modiano (ni lo existe apenas en la literatura contemporánea europea, salvo en novelitas que se apropian de lo cabalístico o lo sefardí como adorno mistérico o exótico). Lo hebreo se manifiesta a través de su preocupación por su propia responsabilidad y la de su país hacia los judíos, y de qué manera eso condiciona el hombre que es y su escritura. La respuesta que encontramos en sus textos es la de una identificación sin fisuras con quienes padecieron el nazismo y la ocupación, el compromiso de reparar una conducta que fue también la de ese padre sefardí colaboracionista.

Adicionalmente, como en la literatura memorialística de los judíos europeos que se vieron expulsados de sus hogares, que vieron a sus familiares morir en los campos, la del premio Nobel es una narrativa marcada por la necesidad de reconstrucción y reparación, y se constituye como un ejercicio de memoria y de denuncia. Afirmar que Modiano es un escritor judío o que sus libros son literatura judía resulta tan problemático como afirmar que existe una literatura judía. Y sin embargo, El lugar de la estrella, Libro de familia y Dora Bruder evidencian que sus raíces sefardíes tienen un peso específico en el diálogo que el autor sostiene con la pregunta fundamental de su obra: ¿quién es Patrick Modiano?


David Aliaga (L’Hospitalet de Llobregat, 1989) es escritor y editor. Licenciado en Periodismo por la UAB y máster en Humanidades por la UOC, actualmente prepara su tesis doctoral en el marco del programa de Teoría de la literatura de la UAB. Ha escrito sobre la cuestión identitaria judía en la literatura para revistas como Quimera Avispero, y es autor de los libros de relatos Inercia gris (2013), Y no me llamaré más Jacob (2016) y El año nuevo de los árboles (2018), así como de la novela breve Hielo (2014).

 

[Fuente: http://www.mozaika.es]

 

 

Patrick Modiano queda atrapat per la notícia de la desaparició de la noia jueva en un París ocupat pels nazis

Patrick Modiano

Escrit per Teresa Costa-Gramunt

L’impacte de la lectura de Dora Bruder (Angle Editorial), de Patrick Modiano –Premi Nobel de Literatura 2014-, no us abandonarà en molts dies, i potser mai. Impecablement traduïda per Jordi Martín Lloret, els qui conegueu una mica París i els seus carrers respirareu el mateix aire, i sentireu el mateix neguit, de l’escriptor quan els resseguia, obsessionat, buscant dades d’una noia desapareguda: Dora Bruder.

Un fet desencadena la investigació i l’escriptura del llibre Dora Bruder: la troballa d’un anunci publicat en plena ocupació nazi el dia 31 de desembre de 1941 al diari Paris-Soir: «Es busca una noia, Dora Bruder, 15 anys, 1,55 m, cara ovalada, ulls gris marró (…) Enviar qualsevol informació al Sr. i la Sra. Bruder, boulevard Ornano, 41, París». Patrick Modiano queda atrapat per la notícia de la desaparició de la noia en un barri que ell coneixia pam a pam perquè aquells carrers eren els carrers de la seva infantesa. I és així com la recerca de dades sobre la noia desapareguda queda trenada amb la narració de fets dolorosos de la seva pròpia biografia. Escrivint la recerca de Dora Bruder escriu també la seva. Una biografia doble per entendre i entendre’s fins on això és possible, perquè la recerca d’un mateix mai no s’acaba.

La lluita contra l’oblit a nivell històric és, però, el fil principal del relat Dora Bruder. Al cap de nou mesos d’intensos treballs, el narrador acabarà descobrint que el nom de la jove figura en una llista de deportats a Auschwitz. Dora Bruder, de família jueva, era ciutadana francesa, però això no li va servir de res a l’hora de ser internada en diverses instal·lacions casernàries abans de ser enviada al seu destí final decidit per la màquina de matar a l’engròs que va ser el nazisme.

La història de Dora Bruder està magníficament explicada per Patrick Modiano (es diu que aquest llibre és una de les seves millors obres), hi brilla el seu estil, tan diàfan que, no obstant això, mostra una història tan trista, tan fosca. Cada vegada que al text es llegeix el nom de Dora Bruder ve a ser una manera de donar vida a qui de forma tan salvatge i absurda li va ser arravatada. I és també una manera testimonial d’omplir els buits i oblits interessats per part de la societat francesa que va col·laborar a perseguir els jueus que vivien a França, també els que hi havien nascut, fent fitxes de les seves detencions, com les que va trobant pel camí de recerca de Dora Bruder Patrick Modiano, i que incorpora al seu text perquè mai no s’oblidi que ‘allò’ va passar: «Annette Zelman, jueva, nascuda a Nancy el 6 d’octubre de 1921. Francesa: detinguda el 23 de maig de 1942. Tancada a la presó preventiva de la Prefectura de policia del 23 de maig al 10 de juny, enviada al camp de Les Tourelles el 10 de juny [aquí podia haver-se trobat amb Dora Bruder, que també hi va ser], traslladada a Alemanya el 22 de juny…». La descripció tan precisa, tan formal, tan mecànica, fa feredat. En aquests llocs hi havia ànima?, no pot deixar de preguntar-se qui llegeix Dora Bruder, de Patrick Modiano.

Paris | The Holocaust Encyclopedia

Paris | The Holocaust Encyclopedia

Uns pares denuncien la desaparició d’una filla, i al cap de poc ells també desapareixen pel fet d’haver-se posat en evidència, «com si l’hivern d’aquell any separés les persones, n’enterbolís i n’esborrés els itineraris, fins al punt de fer planar el dubte sobre la seva existència. I no hi ha cap sortida. Fins i tot els que s’han d’encarregar de buscar-te i de trobar-te obren fitxes per fer-te desaparèixer més bé després, definitivament», escriu Modiano, que camina sense descans pels carrers del París, investiga i escriu la vida imaginada de Dora Bruder amb la base de les dades reals, i es fica dins la psicologia de la noia que ha fugit en la pell de la seva pròpia joventut, projectant les seves passes i el que podia haver fet durant tot el temps en què no va ser trobada i després capturada. Però aquest «és el seu secret, un pobre secret preciós per als botxins, les ordenances, les autoritats dites de l’ocupació, la presó preventiva, les casernes, els camps, la Història, el temps –tot el que t’embruta i et destrueix- no li hauran pogut robar».

«Cal molt de temps perquè torni a sortir a la llum allò que ha estat esborrat», escriu Patrick Modiano. No surten a la llum totes les històries personals com la de la malaguanyada Dora Bruder, però els fets de la vida col·lectiva sí que surten a la llum. I perquè no s’oblidi, diu l’escriptor: «He escrit aquestes pàgines el novembre de 1996». Llegides el novembre de 2020, aquestes pàgines continuen sent com un kaddish, una oració per salvar l’ànima col·lectiva.

 

[Font: http://www.nuvol.com]

Le romancier et traducteur israélien Yehoshua Kenaz, collaborateur du quotidien Haaretz, est décédé ce lundi 12 octobre à l’âge de 83 ans, des suites du coronavirus, a indiqué le journal israélien. Traduit en France aux éditions Actes Sud, Stock et Gallimard, Yehoshua Kenaz avait lui-même traduit un grand nombre de classiques de la littérature française en hébreu.

Écrit par Antoine Oury

Pour Haaretz, il était « l’un des grands de la littérature hébraïque » : l’écrivain Yehoshua Kenaz, né en 1937, est mort à l’âge de 83 ans des suites du Covid-19. Après son service militaire, Yehoshua Kenaz s’était spécialisé dans la littérature française à l’université de la Sorbonne, poursuivant ensuite ses études à l’université hébraïque de Jérusalem.

Cette sensibilité pour la culture française le conduisit à traduire de nombreux textes d’auteurs classiques en hébreu, dont Honoré de Balzac, Gustave Flaubert ou encore Stendhal, mais aussi des œuvres plus modernes, notamment des textes d’André Gide, de François Mauriac ou de Patrick Modiano.

« Israël est la maison et la France est le monde », soulignait Kenaz à propos de son attachement pour l’Hexagone, où il écrivait la plupart de ses textes. Il publie ses premières nouvelles en 1960, dans différents journaux et autres revues littéraires. L’un de ses textes marquants, Infiltration, paru en 2003 en français dans une traduction de Rosie Pinhas-Delpuech aux éditions Stock, est considéré comme un chef-d’œuvre de la littérature hébraïque moderne.

Plusieurs de ses œuvres ont été traduites en français par Rosie Pinhas-Delpuech, notamment La Grande Femme des rêves (Actes Sud) et Chair sauvage (Actes Sud), ou Sylvie Cohen, comme Vers les chats (Gallimard) et Retour des amours perdues (Stock).

Yehoshua Kenaz a travaillé pendant près de trois décennies pour Haaretz, chargé de ses suppléments culture et littérature.

[Source : http://www.actualitte.com]

El premi Nobel concedit a l’escriptor austríac ha revifat la traducció al català de les seves obres

Escrit per Marta Pera Cucurell

Peter Handke, nascut a Griffen el 1942, és un autor polèmic i prolífic, amb una vuitantena d’obres publicades entre novel·la, assaig, teatre, poesia, diaris, reportatges i guió ─recordem que és el guionista de Der Himmel über Berlin (El cel sobre Berlín) de Wim Wenders. També ha dirigit quatre pel·lícules, ha fet d’actor, i és traductor, de l’eslovè (Gustav Januš, Florjan Lipuš), del francès (Marguerite Duras, René Char, Patrick Modiano, Jean Genet), de l’anglès (Walker Percy, Shakespeare), de Sòfocles, Èsquil, Eurípides… a l’alemany. Actualment viu a Chaville, als afores de París.

La seva mare pertanyia a la minoria eslovena de Caríntia i el pare, que amb prou feines va conèixer, era un soldat alemany, extreballador d’una caixa d’estalvis. Handke va abandonar la carrera de Dret per dedicar-se exclusivament a la literatura, primer amb peces teatrals com Insults al públic, 1966, estrenada a Barcelona el 1988, en traducció de Carme Serrallonga. Aquesta obra el defineix com a autor experimental i ja es veu que és un esperit provocador.

Quan comença a escriure, Handke és crític amb els escriptors austríacs i alemanys que el precedeixen. «Veig una impotència descripitiva com a norma, en la literatura alemanya contemporània», diu.

Abans del Nobel va rebre uns quants premis, tot i que no va voler els diners dels Premis Ibsen i Büchner, i va renunciar al Premi Heinrich Heine.

En català se’n van publicar mitja dotzena de novel·les entre el 1974 i el 1991 (La por del porter davant del penal, Edicions 62, en traducció de Joan Fontcuberta, Benvinguda al consell d’administració, Laia, en traducció de Feliu Formosa, Cavalcada sobre el llac de Constança, Edicions del Mall, en traducció de Lluís SolàEl venedor ambulant, Laia, en traducció de Joan Leita, Tarda d’un escriptor, La Magrana, en traducció de Judith Vilar, L’absència, La Magrana, en traducció de  Lourdes Bigorra. Durant aquests anys també es van portar a l’escenari unes quantes peces teatrals més (Autoacusació, Pronòstic…), traduïdes per Carme Serrallonga. Després, durant vint-i-tres anys no es tradueix res al català de Peter Handke, fins al 2014, en què Raig Verd publica La gran caiguda.

Quan comença a escriure, Handke és crític amb els escriptors austríacs i alemanys que el precedeixen. «Veig una impotència descripitiva com a norma, en la literatura alemanya contemporània», diu, i la seva escriptura és cada vegada més densa, molt rica i detallista, amb visions quasi cinematogràfiques.

Del seu llibre La por del porter davant del penal (Die Angst des Tormanns beim Elfmeter, 1970) el director Wim Wenders, en va fer una pel·lícula. En aquest llibre, publicat ja en català el 1974, i reeditat per Edicions 62 el 2019, trobem el primer Handke experimentant a la recerca d’una prosa adequada al que vol expressar: una mena d’escriptura automàtica molt mesurada que reflecteix el pensament turbulent de Bloch, el protagonista. La metàfora del títol ens remet a la solitud, la desubicació de la persona en la societat, el desarrelament de l’individu, la culpa i la busca de redempció, temes que Handke sempre tractarà. Hi ha la por de la persona que ha d’afrontar sola les conseqüències dels seus actes i la profunda crisi existencial que continuarem trobant en els seus llibres posteriors. Torna a col·laborar amb Wenders com a guionista i, més endavant, el mateix Handke dirigeix una pel·lícula de la seva novel·la Die linkshändige Frau(La dona esquerrana).

La mare de Peter Handke se suïcida el 1971, quan ell té 30 anys. Arran d’aquest fet, escriu Infelicitat perfecta (Wünschloses Unglück), publicat en català per L’Avenç (2019), en traducció de Marta Pera, llibre clau per conèixer Peter Handke. Més d’un crític afirma que és el seu millor llibre. Amb aquesta obra ens endinsem en els orígens de l’autor i hi esmenta el seu pare, a qui només va veure un parell de vegades. A partir de la notícia del suïcidi de la seva mare, l’autor/narrador torna a casa i, per una necessitat sorgida d’una «ira impotent», fa un esforç per escriure sobre la seva mare. Es planteja fins a quin punt és fictícia qualsevol narració, des del moment que l’escrivim. Brega amb la possibilitat o impossibilitat de prendre distància, i hi trobem una sèrie de consideracions minucioses al volant de l’escriptura. El llibre és el relat de la vida d’una dona d’origen molt humil, de la minoria eslovena de Caríntia, que sap que «no arribarà a ser mai res». La coneixem en la infantesa, l’adolescència, la joventut, la guerra, l’amor. Es casa amb un home que li fa fàstic, després por i finalment només li inspira menyspreu; un home alcohòlic que li pega i a qui no pot dir res. És la història d’una dona que porta la vergonya «incrustada» al cos i que viu en un racó de món allunyat de la «vida» de les grans ciutats; una dona que descobreix que li agrada aprendre (i llegir bona literatura!), però les circumstàncies de la vida la van apagant.

El títol d’aquest llibre planteja un joc de paraules dels que tant li agraden a Peter Handke i que tant fan patir els traductors: Wunschloses Unglück és una expressió construïda a base de capgirar l’ordre i el significat d’una locució corrent en alemany (pràctica habitual en la prosa de Handke) que literalment es podria traduir per «desgràcia sense desig/sense esma/sense ganes de res». Handke parteix de l’expressió wunschloses glücklich, que literalment vol dir «feliç sense desig», però que a la pràctica significa «immensament feliç», «pletòricament feliç», «feliç a més no poder». Un lector alemany capta a primer cop d’ull la transgressió del joc de paraules i entén que aquesta expressió artificial expressa una tristesa profunda, desganada, desil·lusionada. Aquestes transgressions de frases fetes són abundants als llibres de Handke, i el traductor sempre ha de prendre una opció entre la literalitat o mantenir el joc, ja que difícilment trobarà una solució equivalent en la seva llengua.

Peter Handke, autor de La por del porter davant del penal

El 1986 publica Poema a la durada, Cafè Central 2015, un poema llarg, una reflexió sobre la vivència del temps, a partir del concepte de «durada» de Henri Bergson. La durada bergsoniana és inexpressable i incomunicable: si la formulem amb llenguatge la convertim en temps. Handke la tradueix al llenguatge poètic, enfilant una sèrie d’imatges organitzades en un poema. Aquí l’autor ens mostra la seva cara més íntima, quasi mística, i ens convida a viure el «temps» d’una manera profunda, en una mena de comunió. Mitjançant una sèrie d’imatges, de records i de la intuïció, Handke ens endinsa en aquesta «durada», aprehesa pel jo íntim, que no té res a veure amb un èxtasi fora del temps ni amb el temps que mesuren els rellotges. És una mena de condensació poètica de les reflexions molt personals sobre el temps que trobem escampades en tota la seva obra, on els espais tenen molt més protagonisme. És un llibre bell, de consciència i de camí, com tants de Handke, escriptor que camina, pels paisatges d’Europa, per les perifèries, pels pobles, pel seu jardí.

Handke també és un escriptor prolífic i minuciós de notes i dietaris, tot i que no en tenim cap en català.

Handke també és un escriptor prolífic i minuciós de notes i dietaris, tot i que no en tenim cap en català. El 2010 publica El dictat de la nitNavona, 2020,  en traducció de Carlota Gurt, unes notes preses entre el son i la vigília que venen a ser com el revers d’un dietari. És un llibre oníric i poètic, fet de paraules que l’autor ha somiat: un recull de frases misterioses, inquietants, absurdes, divertides, ridícules, realistes, fragments de converses inconnexes o corrents. Frases que per si soles potser no tenen sentit, però, com sempre en Handke, fan reflexionar sobre el sentit de tenir sentit.

El 2011 publica La gran caigudaRaig Verd 2014, en traducció de Marta Pera, la narració de la caminada que fa un home ─un actor─, durant un dia, des de la perifèria fins al centre d’una ciutat, on li han de fer un homenatge i on s’ha de trobar amb «la dona». No és una novel·la, ens diu l’autor, «no crec en la novel·la, sinó en el que és èpic; el relat que ve de lluny i es balanceja cap a la llunyania».

És un llibre simbòlic ─ja ho anuncia el títol─, i pel camí ─a més de prendre una decisió important─, l’actor troba coses al·legòriques (la clariana, els llindars…) i personatges que, més que persones, són «tipus» («el polític», «el corredor de borsa», «el caçador de bolets»…) del «teatre del món». En aquesta caminada no hi ha solució de continuïtat entre bosc i ciutat, entre natura i civilització, entre soledat i comunitat, entre inconscient i consciència, entre silenci i paraula, però sí transicions. A més, la narració és plena de detalls quotidians, coses molt concretes, i, alhora, de filosofia i abstracció, i de poesia. En aquesta obra fragmentària i al mateix temps àvida d’unitat, també hi trobem el Handke anotador del moment, el dietarista. L’escriptura de Handke és creativa i dura, basada en la solidesa del substantiu ─pocs adjectius; verbs, només els imprescindibles─, i, com sempre, exploradora i experimentadora: un esforç de sinceritat per buscar la precisió, sovint al servei d’expressar la incomunicació, el fracàs social (els sense sostre, els que viuen als marges, els joves que no tornaran mai a la «comunitat»), la soledat, la culpa, la salvació, la vida, la mort i, sobretot, la incertesa de les aparences. Handke abomina de l’escriptura psicològica, però sempre ens porta cap endins, d’ell i nostre.

Explorant el sentit de les paraules, l’autor es qüestiona el procés de donar nom a les coses, dubta de la capacitat del llenguatge per ser objectiu i, així i tot, busca l’objectivitat.

És evident, en l’escriptura de Handke l’esforç de precisió ─qualitat que sovint és una de les obsessions dels traductors─, no només per trobar la paraula més adequada, sinó també la forma del discurs més adequada, i de vegades es força el llenguatge fins al punt que sona estrany. Explorant el sentit de les paraules, l’autor es qüestiona el procés de donar nom a les coses, dubta de la capacitat del llenguatge per ser objectiu i, així i tot, busca l’objectivitat. Aquest afany de precisió, de sospesar matisos i connotacions, obliga l’escriptor i el traductor al treball minuciós d’ajustar la punteria per allunyar-se el mínim de la diana.

Alhora, hi ha un «tant se val» lèxic: un atleta porta al braç «un velocímetre –o el que sigui—», un borsista compra una «acció-o-com-se’n-digui». Precisió, sí, però encara més important que la paraula exacta és el que es vol simbolitzar. El protagonista està en un procés d’«oblit», que també és oblit –voluntari—del llenguatge. Sovint  trobem la descripció d’una cosa i tot seguit: «o potser només era la seva manera de percebre-ho»,  «era això o potser allò o el que fos…»

Paradoxalment, l’austeritat, el to filosòfic, abstracte, introspectiu, no sembla pronunciat des de la torre de marfil on l’autor va afirmar, el 1972, que ell vivia. En aquest llibre sembla provenir de molt més avall, de terra, del sòl del bosc o del carrer, dels detalls més insignificants. Hi trobem frases fetes, locucions populars, expressions molt de la terra, de la infantesa, que ens mantenen en contacte amb la llengua més col·loquial. I també sempre les referències culturals a cineastes, polítics, escriptors, músics, personatges d’obres literàries, jocs infantils…

L’autor s’ho qüestiona tot, fins i tot el llenguatge amb què s’ho qüestiona tot. Aquest estil concret i alhora abstracte, simple i també complex, sovint produeix una estranyesa en el text original i a l’hora de traduir-lo sempre hi ha un risc. Es tracta d’aconseguir que el text traduït mantingui cert grau d’estranyesa, però que sigui comprensible ─tant comprensible com l’original. Arriba un moment, en el procés de traduir, en què es mira el bosc, el bosc alemany, el bosc català, més que els arbres, que sempre tenen fulles i fruits diferents, i l’objectiu és que la sensació del bosc sigui semblant, la mateixa ombra, la mateixa espessor, i que el lector s’hi pugui perdre i deambular-hi, amb tot el plaer i tots els riscos.

«La meva última epopeia», ens diu l’autor de La lladre de fruitapublicada el 2017, i en català a Alianzael 2020, en traducció d’Anna Montané i Kàtia Pago. Un altre llibre de camí, d’observació, de recerca. El narrador, que es reivindica com a imprescindible i viu a la badia de ningú, ens porta a fer una excursió amb Alexia, la protagonista il·legal, estrangera a tot arreu, «sense un accent autòcton d’enlloc», que en algun moment potser s’ha tornat fantasma, durant tres dies a l’interior del país. L’Europa actual és un territori de guerra, desigualtats, pobresa, solitud. Indigents desvalguts, immigrants desesperats, pares i fills que no s’entenen, parelles sense comunicació. Com sempre, Handke ens fa dubtar del que tenim per certeses. Com passa a La gran caiguda, l’interior cap on anem és l’interior de la ment, el nostre interior, el interior de la morada, l’ànima. Tot el llibre és ple de referències literàries ─a altres autors─, cinematogràfiques, musicals, pictòriques…, i també d’al·lusions als propis llibres. També hi ha els jocs, les reflexions i l’exploració amb el llenguatge, i amb el punt de vista narratiu. Hi retrobem els temes handkians de la culpa, la salvació, l’oblit, els intersticis, els llindars, els temps sagrats, els moments intermedis, la natura, les perifèries, les màquines tocadiscos, la unió mística entre home i dona. Una pelegrina que va a contracorrent, un fugida del món cap al centre d’un mateix, un trajecte en una mena d’intermedi on no passa res, on no es pot anar de pressa.

En aquesta excursió continuem trobant el «tant se val» lèxic («fos el que fos», «o com se’n digui», «o el que fos»). L’autor, irònicament, no per el temps amb explicacions que ja podem trobar a internet, i ens hi remet, ell que encara escriu amb llapis ─i s’entreté en l’acció de fer punta al llapis.

Peter Handke és una persona incòmoda, i ha suscitat el vell tema de si es pot no estar d’acord amb la postura política, ideològica o vital d’un escriptor, i fins i tot condemnar-la, però no desqualificar-ne l’obra literària, com passa amb tants autors.

Alexia és una caminant que no vol tenir res a veure amb cap Estat i que només vol actuar amb els altres que ara són al món. El món: «la història d’un triangle amorós entre un mateix, la natura i els altres». Els protagonistes de Handke, fugitius del temps, herois de la Fugida, que viuen al caire de l’abisme i són ells mateixos l’abisme, no «creixen» amb la narració, sinó que busquen la pròpia dissolució, i estan, aparentment, cada vegada més extraviats.

Per a molts, Peter Handke és una persona incòmoda, i ha suscitat el vell tema de si es pot no estar d’acord amb la postura política, ideològica o vital d’un escriptor, i fins i tot condemnar-la, però no desqualificar-ne l’obra literària, com passa amb tants autors. El mateix Handke ens dona una resposta: ell no creu que s’hagi de separar el creador de la seva ideologia. «L’escriptura no és independent de la posició política. La persona que escriu és, per una banda, un creador sensible i, per l’altra, un ésser polític. Vivim en una realitat concreta i així hem de ser». I ni tan sols disculpa pecats de joventut, com els d’escriptors que de joves van flirtejar amb el nazisme. Per a alguns, Handke ha fet apologia dels crims comesos en nom del nacionalisme serbi ─cosa que ell nega─, i per a altres és un intel·lectual que es va atrevir a lluitar contra la demonització dels serbis com a únics culpables de les guerres de l’antiga Iugoslàvia. Al seus textos sobre la guerra dels Balcans, i en especial al llibre Unter Tränen fragend Preguntando entre lágrimas, amb prefaci i traducció de Cecilia Dreymüller, editat per Tres Molins─, descriu aquest procés i aclareix els motius del seu comportament. Handke es va atrevir a dir que es cometien atrocitats en tots els bàndols, i que el Tribunal de la Haia també hauria de jutjar l’OTAN. I, sobretot, denunciava la manera unívoca de mostrar un conflicte que estava atiat per Alemanya, França, Anglaterra i Rússia. A França, on ell vivia, hi havia pau ─explica─, la gent passejava pels bulevards com si el seu país no estigués en guerra, mentre els avions francesos bombardejaven els Balcans, i Handke s’adonava que la guerra en realitat era en tots els països que la feien, encara que els carrers i les places es veiessin pacífics i la gent, atipada d’informacions i de «relats»,  fes com si no passés res. Handke afirma que no es disculparà mai per fer literatura, que els seus llibres defensen la pau i la justícia i que no entén com el poden identificar amb crims de guerra. El llenguatge de Handke és el contrari del llenguatge periodístic, i l’autor es queixava que el lector estava obcecat pel que li deien els mitjans de comunicació que, segons ell, era propaganda sense informació o propaganda disfressada de superinformació, segons el bàndol. El llenguatge dels periodistes i dels que condemnen per endavant és l’únic que compta, es lamenta Handke, com ja feia Josep Pla: «Si avui hi ha alguna cosa tan demagògica com la política són els diaris, ara en mans de gent rica i poderosa que saben perfectament què fan i per què ho fan».

Llegint els seus assaigs i les seves novel·les podem conèixer qui hi ha darrere del Handke públic, provocador, capaç d’etzibar un estirabot i l’endemà retractar-se’n. S’han declarat a favor del dret a la dissidència de Handke diferents intel·lectuals, com Elfriede Jelinek, Robert Menasse, Wim Wenders, Ulla Unseld-Berkewitz, editora de Suhrkamp, i el cineasta serbi Emir Kusturica.

Handke continua, com al principi, escrivint sense fer concessions al lector que vol una lectura fàcil, que no el pertorbi. «En algun moment vaig decidir que tot és estrany i tot és nou i tot està per descobrir.» Escriu perquè dubta de les certeses, i ens fa dubtar. Autor que sempre se situa als marges i explora els intersticis, la solitud ─«No us queixeu d’estar sols, estigueu més sols encara»─, la incomunicació, les indefinides fronteres entre realitat i ficció. «Per esbrinar la veritat s’han de contradir les persones», va dir Heine. Handke diu que busca la veritat i tant dir-ho com fer-ho comporta un risc. Si el voleu conèixer, camineu pels pobles, llegiu-lo.

 

Marta Pera Cucurell és traductora de Peter Handke

 

[Font: http://www.nuvol.com]

Patrick Modiano Premio Nobel – 2014 (Boulogne-Billancourt, Francia, 1945)

Novelista francés, de familia sefaradí. Su padre, Albert Modiano (Salónica / Grecia), era descendiente de una familia de judíos italianos que se habían instalado en Salónica, desde donde emigraron a París. Su madre era la actriz belga Louisa Colpijn, también conocida como Louisa Colpeyn.
La infancia de Modiano estuvo marcada por las continuas ausencias de su padre, empresario que hacía frecuentes viajes al extranjero, y de su madre, con frecuencia en gira. Esto hizo que se uniera más a su único hermano, Rudy. La muerte del hermano (a quien dedicaría después todas sus obras publicadas entre 1967 y 1982) supuso el final de la infancia del futuro escritor.
Estudió en la École du Montcel, en Jouy-en-Josas, en el Collège Saint-Joseph de Thônes en Haute-Savoie, y en el Liceo Enrique IV de París. Durante su permanencia en este último centro educativo, recibió clases particulares de geometría del escritor Raymond Queneau, que era amigo de su madre. Terminó su bachillerato en Annecy, pero no inició estudios superiores. Su encuentro con Queneau, miembro fundador del Oulipo y autor de Zazie en el metro, fue crucial para su posterior carrera literaria. Modiano publicó su primera novela, El lugar de la estrella, en 1968 con la Editorial Gallimard, tras haber leído su manuscrito a Raymond Queneau. Desde ese momento se dedicó únicamente a la escritura.
patrick_modiano_escritorioEl 12 de septiembre de 1970 Modiano se casó con Dominique Zerhfuss, nacida en Túnez. Queneau actuó como testigo en la boda. El matrimonio ha tenido dos hijas, Zina (1970), cuyo registro oficial describe en Libro de familia, y Marie (1978).
Destacado autor de su generación, con Pascal Quignard, Pierre Michon o Le Clézio, ha llevado como ellos una vida muy independiente y encerrada en su trabajo.
Ganador del Gran Premio de la Novela de la Academia Francesa (1972), Premio Goncourt (1978), y el 9 de octubre de 2014 recibe el Premio Nobel de Literatura.
Publicó su primera novela, El Lugar de la estrella, en 1968. Una constante en la obra de Modiano es la ambientación de sus obras en la época de la ocupación alemana de Francia, durante la II Guerra Mundial. Las tres primeras novelas de Modiano, desde El lugar de la estrella (1968), La ronda de noche (1969), y Los bulevares periféricos (1972) han sido consideradas una especie de trilogía sobre la ocupación. La Place de l’Étoile, traducida al español como El lugar de la estrella, está narrada en primera persona por un judío colaboracionista, Raphaël Schlemilovitch, y mezcla personajes ficticios con otros que existieron realmente. Su siguiente novela, La ronda de noche (1969), está narrada por un agente doble que trabaja para la Gestapo y la Resistencia. Los bulevares periféricos (1972), introduce el tema, de la búsqueda del padre. En 1975 publica Villa Triste, ambientada a comienzos de la década de 1960, en la que el narrador se refugia en una ciudad balnearia francesa, en la frontera con Suiza para evitar ser reclutado y enviado a Argelia, viviendo en dicho lugar una historia de amor con una actriz. Esta novela fue llevada al cine por Patrice Leconte (El perfume de Yvonne, 1994). El Libro de familia (1977), más que una novela es una colección de relatos breves con contenido autobiográfico. En 1978 publica la novela Calle de las Tiendas Oscuras, dedicada a su padre, y cuya acción se desarrolla a mediados de los 60, con un protagonista amnésico que intenta averiguar su propia identidad. Esta novela fue galardonada ese mismo año con el Premio Goncourt.
Varias de sus obras han sido llevadas al cine, igualmente ha participado en el guión de otras, y en el año 2000 fue miembro del jurado en el Festival de Cannes. Su obra literaria es extensa, habiéndose publicado alguna de ellas, en castellano.

[Fuente: wikipedia.org / sefardies.es]

Una pesquisa de sesgo detectivesco lleva al escritor francés Patrick Modiano a sumergirse en la vida de una chica judía de 15 años que desaparece sin dejar rastros de un internado de monjas y es identificada luego en una lista de deportados del campo de exterminio de Auschwitz, un recorrido dramático y polisémico que el Nobel de Literatura retrata en la novela Dora Bruder.

Escrito por Julieta Grosso
« Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 metros, rostro ovalado, ojos gris marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París », decía el pequeño anuncio publicado el 31 de diciembre de 1941 en el diario Paris Soir.

Cuarenta años después, el aviso llega fortuitamente a manos del escritor, que resignifica su propósito original y decide emprender una meticulosa investigación para averiguar qué ocurrió con la joven y su familia.
La indagación sobre el destino de Dora, que se despliega por archivos policiales, entrevistas a vecinos del barrio y vigilia por las calles, deja una constatación funesta: el detective Modiano descubre enseguida que la chica era de origen judío y que tras escaparse de casa fue detenida por la policí­a colaboracionista y deportada a Auschwitz, donde murió.
A partir de esta precariedad biográfica, Modiano construye una arquitectura narrativa que hace de la carencia una virtud y aprovecha la ausencia de certidumbre para bosquejar su obsesión en torno a la memoria: « Si yo hubiera vivido en el siglo XIX habrí­a escrito novelas rurales: largas novelas redondas y completas. Pero en esta época todo es fragmentario, y las grandes ciudades favorecen eso, el anonimato, que el rastro de las personas se pierda », sostiene en una entrevista concedida hace unos años al diario El País.
« También es verdad que yo siempre he estado impresionado por las desapariciones, por las ausencias. Por eso me fascinan las viejas guí­as de teléfonos en las que aparecen los nombres de los abonados, porque de un año al otro hay gente que desaparece, que se va », acota en ese mismo reportaje.
La pesquisa que inicia el escritor se puede leer como un ejercicio en el que a medida que toma contacto con el destino de Dora va delineando zonas difusas de su propia infancia -el autor de « La calle de las tiendas oscuras » se reconoce en muchos de los espacios que transita la chica- y reflexiona sobre el peso que adquieren las huellas que una persona deja sobre las demás: cómo este sustrato se convierte en el único registro perdurable una vez que la vida termina.
Ante la muerte -expone Modiano- uno sobrevive en la memoria de quienes ha conocido a través de matices y rasgos que retornan desfigurados por la naturaleza errática del recuerdo. Cuando estos referentes también mueren, entonces habremos desaparecido para siempre.
El escritor trabaja sobre las simetrías entre la casa del bulevar Ornano donde vive la familia Bruder y los paseos de su niñez de la mano de su padre por ese miso paisaje que vincula la desaparición de Dora con la de ese niño que también se ha volatilizado por efecto del paso del tiempo.
La historia avanza en paralelo sobre otro núcleo, el mismo que reviste entre los argumentos de la Academia Sueca para otorgarle el Nobel de Literatura: las marcas del dolor y la violencia en una sociedad -la europea- que soportó durante años la pesadilla nazi.
Dora Bruder, que acaba de lanzar Seix Barral en sintonía con otras obras que empezarán a saldar la omisión de Modiano en las librerías locales, compendia el sufrimiento de toda una época reinterpretado desde la perspectiva actual y al mismo tiempo la peripecia del escritor que trata de recobrar la verdad y se interpela sobre sus alcances.
El narrador va en busca de Dora mientras se interroga sobre las formas de reconstruir una biografía, sobre las diversas maneras de contar una vida y los mecanismos de la ficción -que sin funcionar necesariamente como una tergiversación- permiten llenar los vacíos y sumarle densidad a las conjeturas.
« Nunca sabré cómo pasaba los dí­as, dónde se escondía, en compañí­a de quién estuvo durante los primeros meses de su primera fuga y durante las semanas de primavera en que se escapó de nuevo. Ese es su secreto. Un modesto y precioso secreto que los verdugos, las ordenanzas, las autoridades llamadas de ocupación, la prisión preventiva, la Historia, el tiempo -todo lo que nos ensucia y destruye- no pudieron robarle », escribe Modiano.

 

[Fuente: www.telam.com.ar]

Para ponerle el broche final a esta sección tan longeva, operativa desde la fundación de Efe Eme en 1998, acudimos a Javier de Diego Romero y su análisis de La question, cima artística de Françoise Hardy e integrante incuestionable del canon discográfico del pop francés.

Françoise Hardy
La question
SONOPRESSE, 1971


Autor: Javier De Diego Romero

1971 fue, bien puede sostenerse, el año más deslumbrante de la historia del pop galo, el más pródigo en obras maestras. Hablamos, para empezar, del año de Histoire de Melody Nelson, de Serge Gainsbourg, un fascinante ciclo de canciones inspirado en la novela de Nabokov Lolita, donde el legado clásico de Debussy y Fauré convive con asombrosa naturalidad con el latido del funk contemporáneo. No menos brillante es Polnareff’s, pop psicodélico de altos vuelos, un álbum deliciosamente excesivo y ampuloso que mostró a Michel Polnareff en la plenitud de sus facultades creativas. Y fue también, en fin, el año de La question, el trabajo con el que Françoise Hardy terminó de decir adiós a su época de ídolo yeyé, su gran disco de afirmación artística, el que muchos consideran (consideramos) como el pináculo de sus casi seis decenios de trayectoria.

Todo comenzó a cambiar en la carrera de la cantante parisina a la altura de 1967, un lustro después de aparecer en escena con la memorable “Tous les garçons et les filles”. Deseosa de tomar el control de sus finanzas, creó su propia compañía de producción, Asparagus, para disgusto de Vogue, su casa de discos. Las incesantes giras la agotaban, le dejaban el ánimo por los suelos, y en 1968 decidió abandonarlas, lo que agriaría más aún sus relaciones con la discográfica. Hardy terminó rompiendo amarras con Vogue y firmando por Sonopresse, sello en el que publicaría, además de La questionSoleil (1970) y Et si je m’en vais avant toi (1972). Por otro lado, después de verse obligada a liquidar Asparagus de resultas del conflicto con Vogue, en 1970 fundó una nueva productora, Hypopotam: salvaguardar su libertad artística se había convertido en su máxima prioridad. Hardy mostraba así, en fin, un carácter independiente y díscolo difícil de imaginar en la chica yeyé que había encandilado al mundo en los años anteriores. Una actitud de la cual también se distanciaría, por lo demás, en virtud de sus crecientes inquietudes literarias: empezó a leer a Proust, Céline e Ionesco; en el elepé Comment te dire adieu? (1968) versionó a Leonard Cohen (“Suzanne”) y a Phil Ochs (“There but for fortune”, adaptada al francés como “Où va la chance?”); el novelista Patrick Modiano —por entonces en sus comienzos; en 2014 sería galardonado con el Nobel— le escribió la letra de varias canciones.

Reivindicarse como artista

A inicios de la década de los setenta, a Françoise Hardy se le antojaba fundamental reivindicarse como artista, aunque ello implicara —como de hecho ocurriría— que su repercusión comercial fuera mucho menor que la que había logrado con el contagioso pop de pitiminí de sus años en Vogue. Un propósito que consiguió sobradamente con La question, para el que contó con una aliada singular: Valeniza Zagni da Silva, de nombre artístico Tuca, una cantante y guitarrista brasileña que le había maravillado en una de sus actuaciones en el restaurante parisino La Feijoada. Fue en el otoño de 1970, poco después de regresar del Festival Internacional de la Canción de Río de Janeiro, al que había sido invitada como miembro del jurado, cuando le propuso grabar un disco juntas. Un disco que incorporara los sonidos dulces y lánguidos de la bossa nova, en los que había profundizado durante su estancia en Río, y que Tuca moldeaba con primor; sonidos que, ciertamente, parecen hechos a medida para la más melancólica de las chansonnières. A diferencia del ritmo vertiginoso que le habían impuesto en sus álbumes previos, Hardy pudo trabajar con calma en el material que le ofreció la brasileña: ensayó todos los temas con ella a diario durante un mes antes de entrar en el estudio. Allí se les unirían Guy Pedersen, un avezado contrabajista de jazz; y Francis Moze, bajista del grupo de rock progresivo Magma. Interpretados por la Orquesta de París, los arreglos de cuerda son obra de Raymond Donnez —que posteriormente descollaría como una de las grandes figuras del eurodisco— y de la propia Tuca. En el apartado literario encontramos a Hardy como firmante de casi la mitad de los textos, y a un puñado de letristas de renombre en la escena local, entre los que sobresale Frank Gérald.

Atmósferas espaciosas de iluminación tenue, guitarras acústicas que se mecen al compás de la brisa carioca, esbeltas orquestaciones que envuelven tersamente, la voz aterciopelada y susurrante de Hardy. Estamos ante un disco austero, intimista, pero no tan sereno como podría parecer. Lo subraya Keren Ann, una de las más brillantes herederas de Hardy en el siglo XXI: «Es un álbum de ambiente reposado, pero que expresa un verdadero tormento». El tormento que comportaba la relación sentimental de Françoise con el cantante Jacques Dutronc, su «pregunta sin respuesta», como canta en “La question”, el amado elusivo, inaprensible, de quien espera incesantemente una señal. Acerca de esta espera versan, además del tema titular, la tierna y encantadora “Même sous la pluie”, la canción de Tuca que condujo a la parisina a querer colaborar con ella; “Si mi caballero”, un tema de aroma medieval en el que la interacción entre el piano y la guitarra acústica musica a la perfección la acendrada melancolía de la cantante; y “Bâti mon nid”, la más vivaz y pegadiza del lote. La narradora de “Mer” llega a fantasear con la posibilidad de suicidarse ahogándose en el mar, un mar tan inquietante como acogedor, que imaginamos con nitidez merced al flujo y reflujo de las cuerdas. En La question el amor aflige y puede causar la propia destrucción, pero, al mismo tiempo, también redime, tensión que evocan subyugadoramente las cuerdas agitadas, febriles, de “Viens”, un arreglo soberbio que bien podría haber dibujado la batuta del gran Jean-Claude Vannier.

La question alberga un tema compuesto en solitario por Hardy, “Doigts”, el placer sensual sublimado en menos de dos minutos de gloria bendita. Pero si quieren derretirse por completo, escúchenla tararear y gemir en el éxtasis plácido de “Chanson d’O”, así titulada en referencia a la célebre novela de Dominique Aury Historia de O.

Nostalgia y ciencia ficción

Alejada de la temática amorosa predominante en el elepé, “La maison” trajo de vuelta a la Hardy nostálgica que años atrás había cantado “Ma jeunesse fout le camp” (“Mi juventud se desvanece”) y “La maison où j’ai grandi” (“La casa en la que crecí”). Es con la segunda con la que entronca más directamente esta hermosa pieza, en la que Françoise alterna las partes cantadas con el spoken word. Su protagonista ensueña con tristeza el hogar de su infancia, que ha marchitado tanto como él mismo, sus puertas perladas se han ajado con el tiempo, el paraíso originario al que daban acceso se ha perdido para siempre: saudade de alta costura. En “Le martien”, folk onírico reminiscente de “Space oddity” (David Bowie) y “Starsailor” (Tim Buckley), Hardy encarna a una chica de vida gris que, admirada y anhelante, contempla cómo un extraterrestre desciende del cielo para pedirle la mano y rescatarla del tedio; su particular incursión en la ciencia ficción, la cual, en los años subsiguientes al alunizaje del Apolo 11, invadía la música popular, del glam de Ziggy Stardust al afrofuturismo de George Clinton, pasando por las fantasías espaciales del rock progresivo.

Qué mejor manera de dar cierre a un disco tan ensoñador como La question que con un corte titulado “Rêve” (“Sueño”), versión de “A transa”, un tema del cantante brasileño Taiguara. Hardy sustituyó el texto original de esta canción de ingrávida belleza por uno propio, cuatro versos que encapsulan ese doble rostro del amor romántico al que aludíamos anteriormente: «Me maravillas como un sueño / que por fin se ha hecho realidad, / y me haces daño como un sueño / del que pronto tendré que despertar». Se corre así la cortina de un álbum magnífico, un fecundo maridaje de chanson y bossa nova que descubrió a una intérprete madura y consumada y, en fin, a una artista dispuesta a seguir a su musa a dondequiera que la llevara, ajena a las consideraciones comerciales. Imprescindible.

[Fuente: http://www.efeeme.com]

Le Prix Nobel de Littérature de 2014, célébré pour son « art de la mémoire », nous entraîne dans une enquête dévoilant une épure de son art poétique.

Écrit par Anne COUDREUSE

Encre sympathique
Patrick Modiano
03 octobre 2019
Gallimard
144 pages

Patrick Modiano, dans ce vingt-neuvième roman, imagine la quête de Jean Eyben, vingt ans à peine, qui se voit confier par l’agence du détective Hutte, le « dossier » d’une dénommée Noëlle Lefebvre qui lui pose problème : « Non seulement elle avait disparu d’un jour à l’autre, mais on n’était même pas sûr de sa véritable identité. » Quand le narrateur, quelques mois plus tard, quitte ce travail, qu’il avait pris comme une initiation à la carrière d’écrivain car il combine enquête, intuition et discrétion et conduit à s’introduire dans la vie des autres, il emporte avec lui la chemise bleu ciel qui contient une simple fiche, « en souvenir ».

Dans la brume de la mémoire

L’enquête nous conduit au guichet disparu de la poste restante de la rue de la Convention, au Dancing de la Marine quai de Grenelle, près du magasin Lancel de la place de l’Opéra où Noëlle aurait travaillé avant de s’installer à Rome. Il y a aussi le château de Chêne-Moreau en Sologne qui rappelle, dans cet univers onirique et incertain, celui du Grand Meaulnes. On croise des témoins, sans réussir à savoir s’ils sont fiables : Gérard Mourade, un comédien qui porte « une veste de mouton retourné », Georges Brainos, patron de cinéma bruxellois, Roger Behaviour ou plutôt Béavioure. Modiano nous enchante avec son art d’énumérer les patronymes à la fois proches et étranges comme Loulou Alauzet ou Pimpin Lavorel. Il ne s’agit pas vraiment d’une quête du passé, dans cette recherche qui hante le narrateur pendant trente ans, car les époques se superposent, et l’ordre chronologique importe peu. « Le présent et le passé se mêlent l’un à l’autre dans une sorte de transparence, et chaque instant que j’ai vécu dans ma jeunesse m’apparaît, détaché de tout, dans un présent éternel. »

Le tiroir à double-fond

Dans l’appartement de la rue Vaugelas que Roger et Noëlle ont habité, le narrateur ouvre le tiroir d’une table de nuit et trouve dans le double-fond un carnet cartonné où figurent des noms et des adresses énigmatiques notés par la jeune femme, et cette phrase inachevée, à la date du 28 juin : « Si j’avais su… » C’est dans un dictionnaire que l’apprenti écrivain cherche l’explication de son geste : « Et pour comprendre mon geste de ce soir-là, je consulte un dictionnaire en ce moment même. « Intuition : forme de connaissance immédiate qui ne recourt pas au raisonnement. » » C’est dans ce même dictionnaire qu’il cherchera plus tard la définition de l’encre sympathique, quand il aura l’impression que des annotations apparaissent dans l’agenda, absentes lors de sa première lecture : « Encre qui, incolore quand on l’emploie, noircit à l’action d’une substance indéterminée. » Mais sympathie retrouve aussi dans le roman son sens étymologique quand il s’agit pour le lecteur de partager l’éternel chagrin de l’enfance et les errances d’un narrateur qui marche en équilibre entre le présent et le passé, l’oubli et la mémoire, les êtres et leurs fantômes. Ce personnage qui devient écrivain sous nos yeux, fait le récit de ses investigations passées, sur un cahier Clairefontaine, dont la pagination correspond à celle du livre que nous sommes en train de lire, ce qui produit un effet vertigineux. Il utilise un autre réseau métaphorique pour désigner le travail de la mémoire et de l’écriture : « C’est dans cette espèce de chambre noire de la solitude qu’il faut que je voie vivre mes livres avant de les écrire. »

On ne lâche pas ce roman envoûtant, d’une grande mélancolie et plein de fausses pistes, qui conduit son lecteur dans les méandres d’une mémoire maladive dans laquelle chacun peut se lire et se relire pour que s’éclaire la phrase de Maurice Blanchot dans Le Livre à venir (1959) placée en exergue de cette œuvre magnifique : « Qui veut se souvenir doit se confier à l’oubli, à ce risque qu’est l’oubli absolu et à ce beau hasard que devient alors le souvenir. »

[Source : http://www.nonfiction.fr]