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Por Mohorte / Magnet

Un mensaje de la embajada española en Turquía fue suficiente para desatar la tormenta: « Keridos amigos i amigas de la Komunidad Sefaradi. Para mi es una grande onor i un privilejio de pueder adresarme a vozotros en una data tan importante komo la de oy ». La confusa grafía generó toda suerte de chanzas y preguntas. ¿Habían abrazado las instituciones públicas la venerable lengua « hoygan », la variante castellana del badspellingen el que la ortografía de cada palabra se retuerce con propósitos cómicos?

No. Había abrazado el judeoespanyol.

La explicación. Ante el revuelo montado la propia embajada se vio en la obligación de aclararlo poco después: « Hoy hemos celebrado en Turquía el día del judeoespanyol, la lengua de la comunidad sefardí, y nuestro embajador se ha dirigido a ella en su lengua ». En efecto, no se trataba de una burda equivocación ortográfica, sino de un idioma que ha pervivido en los márgenes durante más de cinco siglos, y cuyo origen se remonta a la comunidad de judíos ibérica expulsada de los reinos cristianos en 1492.

La marcha. La expulsión de los judíos es uno de los episodios más controvertidos de la historia de España y ha rellenado toneladas de páginas en la historiografía. Reducido a su interpretación más simple, el interés de los reyes católicos por homogeneizar sus estados en la recta final del siglo XV condujo a una persecución sostenida de la comunidad judía en la península, largamente asentada, concluida en o bien conversiones forzosas o bien el exilio para quien se negara a abandonar su fe.

Se calcula que unos 100.000 judíos abandonaron España en 1492. Fue el último episodio de un largo historial de antisemitismo y fricciones con las poblaciones cristianas dominantes que encuentra en los pogromos y exterminios de 1391 su episodio más negro y funesto.

El contexto. La ascendencia de la población hebrea en los territorios ibéricos se remontaba siglos atrás. La monarquía española no fue una excepción en su persecución de los judíos. Si acaso llegó más tarde. Francia había concluido su proceso de expulsión en 1394; Inglaterra había emitido su edicto mucho antes, en 1290; Austria institucionaliza su persecución y exilio forzoso en 1421; y una miríada de estados centroeuropeos hacen lo propio durante el siglo XV, punto culminante de las desavenencias cultivadas durante años por los cristianos europeos.

En el exilio, judeoespanyol. Sobre los porqués también hay infinidad de análisis y estudios. La baja Edad Media supone un cambio en las actitudes (políticas, sociales, económicas) de Europa occidental, disparando los episodios de antisemitismo y las persecuciones hacia los judíos. Lo que nos interesa para el caso que nos ocupa es el arrastre que aquellos judíos hicieron con sus costumbres, hábitos, prácticas culturales e idiomas. La población hebrea española era… Tan española como la cristiana. Y cuando se marcharon (forzosamente) se llevaron su cultura con ellos.

Entre ella, la lengua. El judeoespanyol.

Un romance. Si las palabras escritas por la embajada nos resultan tan familiares, si bien impactantes, es porque el judeoespanyol es una lengua romance. Una derivación del latín vulgar que adaptó los dejes de la comunidad hebrea (con sus formas, acentos y variedad léxica). Hoy su esqueleto más básico se compone del castellano antiguo hablado en la España peninsular de la Edad Media, complementado por una miríada de particularidades deudoras del turco y de varias lenguas semíticas (entre ellas, obvio, el hebreo). Un proceso calcado al del yiddish, lengua germánica.

Las lenguas que pueblan hoy la península y que todos conocemos (español, catalán, gallego, portugués; a sumar al asturiano y al aragonés, hoy en peligro) no son las únicas que lo hicieron en el pasado. El judeoespanyol corrió mejor suerte que el mozárabe, el idioma de los cristianos residentes en territorios musulmanes extinto, en parte por el exilio y por la más compleja asimilación de la población hebrea. Durante siglos, los judíos sefardíes mantuvieron viva su lengua, siempre en los márgenes de los estados, a menudo perseguidos, lejos de los centros de poder.

A día de hoy. La perseverancia del judeoespanyol quinientos años después sólo puede ser motivo de admiración y respeto. Es parte de la cultura española. Hoy cuenta con 500.000 hablantes, la mayoría de ellos residentes en Israel. Es allí donde en diciembre se inauguró la Real Academia del judeoespanyol, auspiciada por la RAE, cuyo reconocimiento de la lengua se remonta a 2015. Otras comunidades numerosas se cuentan en Turquía, Marruecos o Bosnia-Herzegovina, donde tiene cuenta con cierto reconocimiento oficial. Testigos todos ellos de la larga diáspora sefardí.

España lleva cierto tiempo reparando el calamitoso (a nivel humano, pero también social y económico) edicto de expulsión de 1492. Desde principios del siglo XX los judíos sefardíes cuentan con la posibilidad de compaginar su nacionalidad con la española sin mayores trabas. Y de ahí los mensajes de la embajada española en Turquía. Mensajes que contribuyen a mantener viva una lengua siempre al borde de la extinción (cuenta con su propia placa en Auschwitz) y siempre superviviente.

[Fuente: magnet.xataka.com]

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Escrito por por Carmen Lago y Peix. L

Los prejuzgamos nadando en la abundancia, fríos, serios, poco sociables y hasta aburridos. Vale, el estilo de vida mediterráneo tiene muchas bondades, pero convendría limpiarse la mirada y abrir la mente para descubrir que países como Noruega, Dinamarca, Suecia y Finlandia son envidiables no solo por sus economías y sus sistemas educativos, sino también por figurar sistemáticamente en el ranking de países más felices del mundo.

¿En qué consiste esa felicidad y cómo la alcanzan? Con un producto interior bruto que ya lo quisiéramos, sí, pero también con una apacible filosofía de vida condensada, a veces, en una sola palabra para la que no tenemos traducción. Hagamos un repaso por algunas de ellas.

Kos

lagom y otras palabras nórdicas

Esta palabra noruega representa, en solo tres letras, algo tan enorme como la felicidad que se experimenta cuando te sientes seguro, recogido, cómodo. Es la versión noruega del hygge, que se podría traducir como lo acogedor, lo confortable. Pero, a diferencia de la palabra danesa, el kos no se refiere tanto a un espacio físico que nos proporcione ese bienestar (el calor del fuego en invierno, una taza de café caliente cuando hace frío…), que también, sino a las relaciones humanas: una conversación interminable entre risas con amigos, un paseo tranquilo con tu pareja, una comida familiar… Es decir, algo así como pasar un buen rato.

Pyt

Si el hygge no llega o el kos se frustra, pyt, que dirían los daneses. Algo así como déjalo, no pasa nada, sigue adelante. Un hakuna matata de pelo rubio que suena en el alma como una palmada de ánimo, de consuelo, de sigue andando, que esto no es nada. Pyt fue elegida la palabra favorita de los daneses en 2018 en un concurso que organiza la Asociación de Bibliotecas de Dinamarca. Toda una invitación a tomarse la vida con calma y un recordatorio de que las cosas podrían ser peores.

Sisu

Asumido lo del pyt, toca tirar de sisu. En Finlandia es la palabra que usan para hablar de fuerza, de perseverancia, de eso que te nace en las entrañas y que te empuja a realizar cosas que jamás pensaste que podrías hacer. De coraje, en definitiva. Un artículo publicado en el New York Times en 1940 aseguraba que esta palabra de difícil traducción expresa lo que es el alma de Finlandia. La escritora finlandesa Joanna Nylund explica en su libro Sisu: The Finnish Art of Courage (Sisu: El arte finlandés del coraje), publicado en 2018, que es «una forma de pensar orientada a la acción».

Uitwaaien, friluftsliv y gökotta

Si hay algo que tienen en abundancia los países nórdicos es naturaleza. Normal que buena parte de su felicidad, de su bienestar y de su equilibrio esté ligado a disfrutar de ella.

Uitwaaien es una palabra holandesa que significa algo así como tomar una bocanada de aire fresco. Con ella hacen referencia a realizar actividades al aire libre para despejar la mente, dejar que el viento borre las angustias y el estrés de la cabeza, y conseguir relajarse. Una caminata, un paseo por la playa en días de viento, salir a montar en bici… Lo que cada uno quiera, pero fuera, en la calle.

A eso mismo hace referencia la enrevesada friluftsliv, palabra escandinava que usan suecos, noruegos y daneses que significa vida al aire libre. El primero en popularizarla fue el dramaturgo y poeta noruego Henrik Ibsen en su obra Casa de muñecas. Con ese término hacía alusión a la importancia de pasar tiempo en lugares remotos para el bienestar físico y espiritual, y los nórdicos, muy disciplinados todos ellos, lo ponen en práctica, aunque fuera caigan Filomena y todas sus primas juntas. Y a juzgar por lo bien que les sienta, va a ser cuestión de salir del gimnasio e ir a que nos dé el aire.

Los suecos hasta le ponen hora a esa actividad al aire libre y usan la palabra gökotta, cuyo significado literal es levantarse muy temprano para salir a escuchar el canto de los pájaros, para poner en práctica la filosofía de meditar, hacer ejercicio físico al aire libre… En definitiva, todo aquello que te permita alcanzar ese bienestar que tanto necesitas, pero fuera de las cuatro paredes de tu casa.

Lagom

Ni mucho ni poco, a eso hace referencia esta palabra sueca. Para los habitantes de Suecia, la felicidad está en encontrar la justa medida de las cosas, en el equilibrio. En coger de la vida solo lo que necesitas, sin excesos ni escaseces. Vivir rodeado de miles de cosas ¿de qué sirve si con dos o tres basta? Pero tampoco carecer de ellas. Y quien dice cosas dice sentimientos, pasiones, experiencias… Si algo deberíamos haber aprendido de la pandemia es esto, ser felices con la mitad de lo que creíamos necesitar. Los suecos llevan toda la vida practicando el lagom y mira lo bien que les va. Es hora de hacerles caso.

Kalsarikännit

Saber desconectar de una jornada de trabajo intensa no es fácil. Unos hacen ejercicio, otros leen, los hay que cocinan o leen un libro o se ponen su serie favorita… Pero en Finlandia optan por el kalsarikännit, o lo que es lo mismo, tomarse una copa o una cerveza solos en su casa y en ropa interior. Ojo, que decimos una, no una garrafa. ¿Hay algo más placentero que la libertad de quedarte en bragas en tu hogar para hacer lo que te dé la gana y sin dar explicaciones? Pues eso.

Fika

Algo más saludable (o mejor visto desde lo políticamente correcto) es lo del fika sueco. Es todo un ritual que ayuda a los curritos de ese país a desconectar durante la jornada laboral. Lo de la hora del bocadillo en España, pero con charlita de por medio, nada de tomarte el café frente al teclado o entre reunión y reunión. Y todos sabemos los efectos terapéuticos que tiene una buena conversación entre compañeros. No todo va a ser producir, producir y producir.

 

[Fuente: http://www.yorokobu.es]

Une adoption plénière

Cérémonie d’accueil dans la citoyenneté française, au salon d’honneur de la préfecture de Cergy (Val-d’Oise), 30 octobre 2003.

En France, le vivre-ensemble pacifique des différences est nécessaire, mais pas suffisant. Le projet français est plus ambitieux : il attend du nouveau venu que, dans la sphère publique, il devienne un Français comme les autochtones. En échange, il reçoit une appartenance qui n’interdit ni les croyances personnelles ni le respect de ses ancêtres.

Avec l’universalisme et la laïcité, l’assimilation est une singularité française. Ensemble, ces trois notions forment comme un triptyque : ils sont les trois volets d’un même retable. Un retable qu’on dira républicain, en précisant toutefois que si la lettre est républicaine, l’esprit, lui, est éminemment français. L’assimilation fleure bon la IIIe République, mais la passion de l’unité et du commun qui l’inspire renvoie à la longue histoire de la France.

L’assimilation à la française est un principe chancelant

De ces trois piliers, tous branlants aujourd’hui, l’assimilation est le plus chancelant. Elle fait figure, et depuis plus longtemps que les deux autres, de mal-aimée.

L’assimilation est la forme proprement française de l’intégration des immigrés, des nouveaux venus par les hasards et souvent les commotions de l’Histoire. Pour comprendre cette spécificité, il faut avoir à l’esprit quelques données historiques. « Chaque peuple qui a atteint un certain degré de développement, notait l’historien Werner Jaeger, dans son magistral ouvrage Paideiaa le souci de se continuer dans son être propre, de sauvegarder ses traits physiques, intellectuels et moraux. » Si bien que tout pays est bousculé et même mis au défi par l’arrivée d’individus qui ne sont pas sans bagages, mais porteurs d’habitudes, de codes, de modes de vie et de pensée autres que ceux du pays d’accueil ; autres, c’est-à-dire étrangers, voire contraires au pays où ils s’établissent. La question prend cependant un tour particulièrement brûlant dans un pays comme la France qui s’est ingéniée tout au long de son histoire à faire de l’un avec du multiple, qui, « si elle a de la peine à être une, ne saurait se résigner à être plusieurs » (Fernand Braudel), bref une France qui a la passion du monde commun. La France se singularise en effet (jusqu’à quand ?) par sa répugnance à voir les éléments qui la composent « superposés comme l’huile et l’eau dans un verre », pour reprendre l’image d’Ernest Renan. C’est pourquoi nous tenons la bride aux communautés, pourquoi nous refusons la fragmentation de la France en une mosaïque de communautés vivant chacune à son heure, suivant son calendrier, ses costumes et ses coutumes, pourquoi aussi l’« archipellisation » nous est non seulement une douleur, mais une offense.

Le Petit Journal, mars 1896. © Bianchetti/Leemage

Le Petit Journal, mars 1896. Bianchetti/Leemage

Une France qui se distingue aussi par son entente de la vie, par ses mœurs, ces lois non écrites qui confèrent à un pays sa physionomie propre, et où longtemps, l’économie n’a pas eu le premier ni le dernier mot.

Une autre donnée historique mérite d’être prise en considération. Si nous avons fait le choix de l’assimilation, c’est assurément que nous cultivons la passion du commun et que nous sommes jaloux de notre mode de vie, mais c’est aussi que, plus que tout autre pays, la France se sait fragile, périssable, bref mortelle. Elle n’a pas attendu la Première Guerre mondiale pour en être instruite. La fracture de 1789 et le pathos révolutionnaire de la table rase lui ont enseigné cette vulnérabilité. D’où l’instauration de mécanismes qui lui garantissent une certaine persévérance dans l’être. L’assimilation est l’un d’entre eux. Elle est une assurance prise contre la nouveauté et ses potentialités destructrices, dont l’immigré est porteur. Comme l’est, soit dit en passant, le nouveau venu par naissance, qui, s’il n’apprend pas à connaître et à aimer la civilisation dans laquelle il est introduit en naissant, menace de défaire ce que ses ancêtres ont fait de singulier et de précieux. C’est un faux humanisme, disait Merleau-Ponty, que celui qui nie que l’altérité soit une question.

On comprend mieux dès lors que là où les autres pays peuvent se contenter d’une simple coexistence, pourvu qu’elle soit pacifique, d’un vivre-ensemble dans ses différences, et de l’insertion du nouveau venu dans la vie économique, la France, elle, poursuit un dessein autrement ambitieux : elle demande au nouveau venu de se fondre dans le creuset français. Elle attend de lui qu’il ait le souci, le scrupule même, de devenir, dans la sphère publique, un Français comme les autres, c’est-à-dire comme les autochtones.

L’assimilation, le mot dit la chose : il ne suffit pas au nouveau venu de respecter la culture du pays dans lequel il entre, il lui faut se l’approprier, faire sienne l’histoire, unique, que raconte notre pays, apprendre les notes et les harmoniques qui composent la partition que nos ancêtres ont arrangée, interprétée et nous lèguent. L’assimilation proclame la préséance de l’identité nationale sur les identités particulières, elle affirme sans trembler l’essentielle asymétrie entre la société d’accueil et le nouveau venu. Immigrer, comme naître, c’est entrer dans un monde qui était là antérieurement à l’individu, cette antériorité oblige. Un monde, c’est-à-dire une communauté historiquement constituée, une collectivité sédimentée, cimentée par des siècles de civilisation commune, un « vieux peuple chargé d’expériences » (Bernanos). Si l’identité de la France est bien narrative, si elle n’est pas figée dans quelque essence et éternité que ce soit, elle n’est pas non plus un palimpseste.

L’assimilation n’est pas une punition, c’est une offrande

L’assimilation repose sur une conception qu’on pourrait dire épique du peuple et de la patrie. Il s’agit d’entraîner tous les membres de la nation dans une histoire commune. Elle s’ancre dans une conception non ethnique de la nation. La France, disait l’historien Jacques Bainville, c’est « mieux qu’une race, c’est une nation ». Ce qui cimente le peuple français, ce sont des souvenirs, le souvenir des actes et des accomplissements de ceux qui ont fait la France, la langue dont le secret perce et rayonne dans sa littérature, longtemps, du temps de l’apprentissage par cœur, des poèmes, des textes en prose. Qui que vous soyez, d’où que vous veniez, dit en substance l’assimilation, vous pouvez devenir Français pourvu que vous ayez la volonté et le désir d’apprendre notre histoire, de la comprendre et de l’aimer. Et cette proposition est possible parce que, être français ce n’est pas seulement avoir du sang français qui coule dans ses veines, parce que, pour être français, il ne suffit pas de se donner la peine de naître. Il faut donner des gages de son aspiration à maintenir vivant un héritage, et le maintenir vivant non en le visitant et éventuellement le goûtant en touriste, mais en trempant sa plume dans l’encrier et en en continuant l’esprit, et non la seule lettre.

La France attend de l’étranger qu’il transmue cette substance en sa moelle propre, et substantifique.

[Photo : FREDERICK FLORIN / AFP – lisez l’intégralité de ce billet sur http://www.causeur.fr]

Bajo nuevo sello editorial, el periodista acaba de editar « La música del Perro », un libro que reúne sus columnas semanales de El Cohete a la Luna, donde conjuga el ritual de la escritura y el amor por la música.

Los rituales conjuntos de la escritura y la música en un nuevo libro de Horacio Verbitsky.

Los rituales conjuntos de la escritura y la música en un nuevo libro de Horacio Verbitsky.

Escrito por Emilia Racciatti

El periodista Horacio Verbitsky advierte que no es « un musicólogo, ni un especialista », se define « apenas » como « un oyente, un aficionado » que siempre acepta sugerencias y, desde ese rol, cuenta que se propuso hacer « una extensión de un placer privado » y crear el espacio semanal de columnas que ahora reunió en el libro « La música del Perro ».

En el prólogo de la obra, la médica y escritora Mónica Müller lo presenta como « un omnívoro musical » con quien compartió un largometraje personal que comenzó en 1993 y en el que el periodista se dispuso a invitarla a un camino de formación musical que hoy, cuando las bandas de sonido de sus vidas « tomaron trayectorias divergentes », sigue disfrutando.

Su excompañera escribe el prólogo y en las páginas que siguen la faceta musical de Verbitsky continúa acercando al lector a su mundo más personal: su familia y sus amigos aparecen a lo largo de estas columnas que se animó a escribir en El Cohete a la Luna, el medio que armó en los últimos años y reconoce como un espacio en el que ejerce su libertad de manera integral.

El director de "El Cohete a la Luna" acaba de sellar un acuerdo con una nueva editorial después de años en Sudamericana.

El director de « El Cohete a la Luna » acaba de sellar un acuerdo con una nueva editorial después de años en Sudamericana.

El director de « El Cohete a la Luna » acaba de sellar un acuerdo con una nueva editorial después de años en Sudamericana.

Editado por Las Cuarenta, el libro funciona como un artefacto que establece un vínculo directo con ese universo que recomienda su autor, ya que en cada columna hay un código QR que convoca a musicalizar esas palabras con Tony Bennett, Joan Baez o el Cuchi Leguizamón, entre muchos otros intérpretes que inspiran a uno de los periodistas más importantes de la Argentina.

-Télam: ¿Cómo fue la decisión de seleccionar las columnas?
-Horacio Verbitsky: 
No hubo un plan maestro muy estricto. El orden cronológico no tenía sentido porque se fueron publicando a medida que iban ocurriendo los hechos y me sugerían la música que escuchaba. Por ejemplo, la última columna fue « Georgia on My Mind », en un momento en el que el control del Senado de Estados Unidos está pendiente de la elección de dos senadores en el estado de Georgia, pero eso tiene sentido en el momento que se publica. En un libro que se publica mucho tiempo después esas diferencias cronológicas carecen de sentido. Así que preferí que fuera una agrupación por géneros: jazz, tango, música clásica. Está ordenado de ese modo. Como dice el hermoso prólogo de Mónica Müller, soy un omnívoro musical, devoro todo. Ése es el criterio.

-T: ¿Cómo fue cambiando tu forma de escuchar música y ese ritual al momento de escribir?
-HV:
Cuando empecé a trabajar en periodismo se escribía en una máquina con cinta, de ahí se mandaba a un taller. Cuando empecé a escuchar música eran discos de pasta, no existían los larga duración de 33 RPM, eso fue evolucionando y yo junto con esos cambios tecnológicos. Empiezo a seleccionar la música antes de escribir, la escucho durante la semana y la sigo escuchando mientras escribo la nota. Si comparás las primeras entregas con las actuales, estas son mucho más elaboradas. El Cohete ha ido evolucionando, mucha de la música que escucho ahora es vía streaming y muchos de los datos son aportados por el ‘Dr. Google’. Hoy podemos escuchar prácticamente todo lo que se grabó desde que existen los métodos de registro del sonido como si se hubiera grabado ayer. En otra época había que recorrer disquerías y conocer lugares secretos donde hubiera cosas que salieran de la lógica inmediata del mercado. Por ejemplo, las suites para cello solo de Bach fueron grabadas por Pablo Casals en 1935, conozco la mayoría de las versiones posteriores y la suya es insuperable. Hoy está disponible en dos clicks. Cuando las escuché por primera vez fue una odisea conseguirla. Tengo la clarísima sensación de vivir una era privilegiada, la gozo y trato de que la gocen mis lectores. Trato de compartir este júbilo y esta alegría. Esta época tiene bastantes calamidades, me parece apropiado gozar también de sus prodigios y este es uno de ellos.

-T: ¿Cómo es el intercambio con los lectores?
-HV:
Me impresiona mucho porque esto fue una diversión, una extensión de un placer privado que pensé que iba a llegar a un núcleo muy reducido y, para mi sorpresa, son miles los que la siguen. La nota de la música siempre está entre las 10 más leídas y es una sorpresa muy grata, incluso me han planteado la posibilidad de hacer una publicación expresamente musical. No me da el tiempo, pero no me parece una mala idea.

La editorial Las Cuarenta está en proceso de reedición de los libros de Verbitsky.

La editorial Las Cuarenta está en proceso de reedición de los libros de Verbitsky.

-T: ¿Qué lugar ocupaba la música en tu infancia?
-HV:
Mi padre era muy melómano, la colección de discos era suya y muy curiosa para una casa de clase media baja en la provincia de Buenos Aires en la década de 1940. Incluía desde los conciertos de Bach para violín a óperas de Mozart, la obra sinfónica de Schubert y mucho tango. Mi madre tocaba tangos en el piano. Así se formó mi oído y mi gusto por la música. Cuando me dieron el billete de 10 pesos para pagar la luz, me detuve en una casa de discos frente a la estación de tren y me compré uno de Salgán. Después nos cortaron la luz. Para que me durmiera me ponían el quinteto de Schubert y, cuando ya estaba dormido o me semidespertaba, sonaban los tangos de Troilo, Demare y un fuera de serie como Pantaleón. Mi primera nota fue una entrevista a él para una revista del colegio cuando tenía 15 años. Una de las notas del libro dice que la felicidad es Bach y es porque tenía tíos con los que solía pasar los fines de semana y de día íbamos a la plaza, jugábamos y después del baño, me acostaban y empezaban a sonar los conciertos de Bach para violín. Ese es mi primer recuerdo de la felicidad.

-T: En el libro hay distintas estrategias para acercar gustos musicales: Müller reconoce tu perseverancia y en cambio con uno de tus hijos, que escuchaba casi exclusivamente a Luca Prodan, te propusiste no insistir y resultó un amante del tango.
-HV:
 Ella dice con mucho humor que me propuse educar a una Galatea sorda. Es muy conmovedor su prólogo. Es una escritora descomunal. Por otro lado, creo que si a un hijo le decís lo que tiene que escuchar, es muy probable que te mande a la mierda o te haga sentir que sos un viejo choto. Además, si tiene otro gusto, que lo tenga. En cuestión de música, de arte, lo único que importa es que te dé placer, no hay escuelas, no hay teorías. Si te gusta eso, gozalo. Fue notable cómo, a medida que pasaron los años, empezó a escuchar tango y hoy es fanático.

-T: Hay una cantante argentina que citás varias veces: Lidia Borda.
-HV:
 Es una cantante maravillosa y una persona exquisita. Hizo un tema de Hoagy Carmichael que se llama « La paso muy bien sin vos », que es la historia de una pareja que se separó y él dice « estoy fenómeno sin vos, salvo cuando… » y detalla momentos en los que recuerda y le da tristeza y melancolía. Me caí de culo escuchándola; entonces, esa semana hice una selección de versiones de ese tema. La del propio Carmichael, la de Nina Simone, la de Sinatra, la de Tony Bennet y la de Lidia Borda. Me atreví a sugerirle que hiciera un disco de jazz y a Daniel Godfrid, su compañero musical y sentimental, que hiciera un disco de piano solo con el nombre « Demare toca el piano » porque somos admiradores de Lucio Demare. Tuve el privilegio de conocerlo porque era amigo del hermano, Lucas, el director de cine, ya que empecé en periodismo como crítico de cine. Es el autor de Malena. La letra dice « Malena canta el tango », entonces Demare toca el piano. Como verás, se trata de pasarla bien; para sufrir hay otras cosas.

-T: Liliana Herrero está no solo como intérprete sino que también aparece recomendándote música.
-HV:
Es una gran cantante y una gran persona, le pedí que me hiciera sugerencias. No soy un musicólogo, ni un especialista; soy apenas un oyente, un aficionado, de modo que siempre acepto sugerencias. Hay gente que me hace sugerencias y después se ofende porque no las uso, pero es cuestión de gustos. Otras veces las tomo y desarrollo. No soy un crítico que dice lo que es bueno o malo; soy apenas un aficionado. Trato de no escribir sobre lo que no me gusta. A veces, se cuela alguna cosa.

 

[Fuente: http://www.telam.com.ar]

L’histoire judéo-marocaine enseignée en arabe à l’école primaire au Maroc: la communauté juive américaine applaudit

Depuis la rentrée scolaire, un nouveau cours en arabe dédié à l’histoire et la culture judéo-marocaine a fait son apparition dans un manuel scolaire. Une nouveauté, inédite de par le monde, applaudie par les Marocains de toutes confessions, au Maroc et par delà les frontières du Royaume.

Malcom Hoenlein, vice-président exécutif de la Conférence des présidents des principales organisations juives américaines, et Jason Gubernamm, directeur exécutif de la fédération sépharade américaine, ont salué, dans un communiqué publié le 12 novembre, l’initiative prise par le Maroc d’intégrer à son cursus scolaire l’enseignement de la culture judéo-marocaine.

Ces deux leaders de la communauté juive qui œuvrent de longue date aux côtés du Maroc, voient ainsi dans le nouveau cours en arabe intégré au programme scolaire dès l’école primaire et qui traite de l’histoire judéo-marocaine, «la dernière action active de Sa Majesté le Roi Mohammed VI pour perpétuer l’héritage judéo-marocain en tant que partie intégrante de l’identité marocaine», mais aussi «l’engagement durable du Roi à reconnaître un passé pluraliste et à en assurer la continuité dans l’avenir».

De l’avis de Malcom Hoenlein et Jason Gubernamm, «au cœur de cet effort se trouve l’amélioration de la compréhension et la promotion du lien entre musulmans et juifs ».

Et de poursuivre dans ce même communiqué que «l’antisémitisme, comme Sa Majesté l’a sagement écrit aux Nations Unies, n’est pas exclusivement un problème pour le peuple juif. L’antisémitisme représente plutôt la maladie d’une société déchirée par l’échec, l’insuffisance et l’incapacité de coexister».

Ainsi, «faire en sorte que les étudiants marocains découvrent l’intégralité de leur fière histoire de tolérance, incluant le philosémitisme marocain, est un vaccin contre l’extrémisme».

Enfin, les deux signataires de ce communiqué voient comme «un fait révélateur (…) d’une véritable expression des valeurs marocaines» la discrétion médiatique qui a entouré le lancement du programme scolaire, «sans incitation extérieure ni fanfare dans la presse occidentale».

Et d’espérer «que d’autres pays prendront note et imiteront l’exemple exceptionnel du Roi Mohammed VI».

Au Maroc, même engouement

L’association Mimouna, qui entend depuis sa création en 2007 célébrer la diversité du Royaume en préservant le patrimoine judéo-marocain, n’a pas manqué de saluer cette initiative marocaine.

«Après presque quatorze ans de travail acharné, de détermination et de persévérance, le judaïsme marocain a enfin réussi à rejoindre le système éducatif marocain», applaudit ainsi l’association marocaine dans un post publié sur Facebook.

Un manuel inédit

S’agissant du cours dont il est question, l’association Mimouna explique que celui-ci «est dispensé à l’école primaire, se concentre sur la composante culturelle hébraïque/juive inscrite dans la constitution, la visite royale historique à Bayt Dhakira, et un bref aperçu de l’histoire des juifs marocains».

En effet, intégré depuis la rentrée scolaire 2020/2021 dans un manuel de sociologie, le cours est proposé aux élèves de 6e année du cycle primaire, dans le cadre d’un chapitre sur «le Maroc à l’époque des Alaouites» qui traite notamment du sultan Muhammad bin Abdullah, fondateur de la ville d’Essaouira, précise de son côté le journal en ligne Hespress.

Dans ce manuel, qui fait la part belle aux coutumes et traditions judéo-marocaines, on cite également la Constitution marocaine qui mentionne, dans son préambule, que la composante hébraïque est considérée comme l’un des affluents de l’identité nationale.

Enfin «Bayt dakira» (la Maison de la Mémoire) inaugurée par le Roi Mohammed VI en janvier 2020 est présentée comme «un endroit historique», à la fois culturel et spirituel, dont la fonction première est de préserver et valoriser la mémoire juive marocaine.

Autre lieu emblématique du Maroc juif mis également en avant dans ce manuel, le musée du judaïsme marocain, à Casablanca, créé en 1997.

 

 

[Source : http://www.lepetitjournalmarocain.com]

 

 

 - © Edgar Fonck

Écrit par Anne-Françoise Counet

Israël est un pays bilingue. Dans les faits, cependant, l’hébreu domine assez largement. L’hébreu et l’arabe sont les deux seules langues officielles. L’affichage se fait dans ces deux langues et dans le secteur commercial, parfois aussi en anglais, russe ou français. Au parlement, les députés peuvent s’exprimer dans la langue de leur choix mais il n’y a de traduction automatique que de l’arabe vers l’hébreu. Dans l’administration, l’hébreu reste la langue la plus utilisée bien que la plupart des documents soient, en principe, publiés en deux langues. Dans les tribunaux, on utilise l’hébreu. Il est toutefois possible de s’exprimer en arabe ou en anglais.

Société multilingue

Au niveau de l’enseignement, il existe deux systèmes éducatifs différents. Dans le système arabe, les cours se donnent en arabe classique (à la maison, les enfants parlent l’arabe palestinien) et les élèves apprennent, à partir de la 3ème année primaire, l’hébreu comme langue seconde et ensuite, l’anglais comme langue étrangère. Dans le système juif, les enfants doivent apprendre au moins une langue étrangère. L’anglais est obligatoire et en fonction des écoles, l’arabe et/ou le français sont proposés comme autre langue étrangère.

La francophonie en Israël est importante. Le pays comprendrait entre 850.000 et 1.000.000 de francophones, soit environ 10% de la population. Il s’agit principalement de Juifs d’origine d’Afrique du Nord, arrivés en Israël dans les années 50-60, de francophiles venus de l’Europe de l’est après la chute du Mur et plus récemment de Juifs ayant quitté la France ou d’autres pays francophones suite aux attentats islamistes et à la montée de l’antisémitisme. Les Français sont de loin les plus nombreux (environ 150.000 personnes). Un bon nombre d’entre eux se regroupent dans certaines villes comme Netanya, au nord de Tel-Aviv où l’on compte près d’un habitant sur trois. Ils ont leurs commerces, activités culturelles, médecins, … en français car, souvent à la retraite, ces immigrants ont du mal à apprendre l’hébreu.

Malgré ce grand nombre de francophones et le soutien de la France, Israël n’est pas membre de l’Organisation internationale de la Francophonie. Les raisons ne sont pas d’ordre linguistique (de nombreux pays membres de l’OIF comptent bien moins de personnes parlant le français) mais plutôt d’origine politique.

Soutien de la France

Le dispositif culturel et linguistique mis en place par la France est particulièrement développé. Cinq établissements scolaires offrent un cursus conforme au système français. L’Institut culturel français possède cinq antennes dans tout le pays ainsi que plusieurs en territoires palestiniens, ce qui multiplie les offres de cours et d’activités culturelles. Le réseau des associations FLAM permet aux enfants franco-israéliens scolarisés en hébreu de maintenir leurs compétences en français. Serge Borg, attaché de coopération éducative et linguistique de l’Ambassade de France épingle quelques initiatives : la Semaine de la langue française organisée en synergie avec 15 autres ambassades de pays membres de la Francophonie, le travail de promotion du français réalisé par le Groupe des Ambassadeurs Francophones, le projet Saison-Croisée France-Israël (moments d’échanges privilégiés entre artistes, intellectuels, scientifiques et entrepreneurs), sans compter le soutien à la promotion du français en collaboration avec les universités et les professeurs de français du secondaire. La France a également investi dans la recherche avec la création en 1952 du Centre de Recherche Français à Jérusalem (CRFJ). Sa vocation initiale était la recherche archéologique avant de s’élargir à des disciplines des sciences humaines, selon trois axes  : - archéologie, - histoire, traditions, mémoire, - sociétés et cultures d’Israël et Palestine. Le CRFJ possède une très intéressante chaine Youtube.

Enseignement secondaire

Si le français n’est pas la première langue étrangère étudiée, le nombre d’apprenants est en progression de 15% ces cinq dernières années explique Doris Ovadia, inspectrice générale de français au ministère de l’Éducation israélien. Et c’est sans aucun doute grâce au dynamisme de cette ancienne professeure épaulée par une équipe d’enseignants motivés, regroupés au sein de l’Association des professeurs de français israéliens (APFI). Les élèves sont attirés par des activités originales et variées : – soirées théâtre entre Israéliens et olims (immigrants juifs français) ; – journées du cinéma français ; – projets sur des thèmes spécifiques comme le sauvetage des enfants juifs en France pendant la Shoah avec projection de films, conférences et témoignages en direct ; – concours de recettes de pâtisseries en capsules-vidéo dont le vainqueur aura la chance de se retrouver aux côtés du chef pâtissier de l’ambassade ; – concours culturels type « questions pour un champion » avec à la clé des voyages en France.

Le nombre de francophones de langue maternelle étant élevé (10% environ), le recrutement de professeurs de français ne pose pas vraiment de problèmes. Il y a par contre, assez peu de candidats pour apprendre le français en tant que langue étrangère. Ceux qui choisissent le français, le font par goût pour la culture mais pas à des fins professionnelles. Il y a assez de candidats sur le marché du travail qui ont les diplômes requis et parlent le français à la maison.

 

 

 

Enseignement universitaire

Dans les universités, le nombre d’étudiants de français diminue pour les raisons qu’on vient d’évoquer. À l’université religieuse Bar-Ilan, «  en 25 ans, les effectifs ont été divisés par trois, au niveau du nombre de professeurs et d’étudiants mais les chiffres restent stables depuis quelques années   », précise le professeur Gary Mole, directeur du département de culture française. Deux filières sont proposées : – la filière culture française, avec des cours dispensés en hébreu puis en français, quand le niveau de langue est suffisant ; – la filière de français, destinée aux étudiants francophones et à ceux qui ont passé le bac en français. Ces filières offrent des débouchés professionnels en traduction, communication ou journalisme. Quant aux doctorants, la plupart partent à l’étranger. Selon Gary Mole, il serait intéressant de penser à développer un troisième programme destiné à ceux qui parlent le français à la maison qui sont très bons à l’oral mais ont des lacunes pour s’exprimer par écrit. Notons que cet établissement scolaire tourné vers la francophonie possède une bibliothèque riche de plus de 35.000 ouvrages en français, la plus grande du Moyen-Orient.

L’université de Tel-Aviv a ouvert un département de français dans les années soixante grâce aux excellentes relations qu’entretenaient Israël et la France. Actuellement, la situation est moins favorable. L’université ne propose plus qu’un programme de français qui compte entre 60 et 80 étudiants. Ce programme consiste en 3 années de licence plus éventuellement 2 années de maitrise. Le français doit être associé à une autre discipline telle que l’histoire, par exemple. Comme à l’université Bar Ilan, ce cursus attire aussi des adultes à la retraite, en élèves libres. Comme l’explique Nadine Kuperty-Tsur, directrice du programme, des projets sont développés en collaboration avec d’autres universités francophones, comme en Côte d’Ivoire. Plus rien depuis quelques années, avec la Belgique mais Wallonie Bruxelles International continue à financer un abonnement au portail CAIRN. Cette importante base de données regroupe un ensemble de revues de sciences humaines et sociales en français. « Cette ouverture vers une autre culture est essentielle pour notre université plus orientée vers la culture américaine », souligne la directrice.

Les jeunes qui s’installent en Israël peuvent être accompagnés dans leur projet d’alya (« montée » au sens religieux, c’est-à-dire l’immigration pour un Juif vers Israël) par le Centre national des étudiants francophones (CNEF) dirigé par Sam Kadosh. « Nous aidons principalement les étudiants à connaitre le système israélien, qui est différent du système français. » Pour ces jeunes, choisir de vivre en Israël est une démarche qui demande de la persévérance puisqu’ils doivent apprendre l’hébreu et faire deux ans de service militaire quand ils obtiennent la citoyenneté.

Médias

Au niveau de la presse, pas de journaux en français dans les kiosques mais quelques titres en version électronique comme la parution française de « Times of Israël  » ou « le Monde juif  ». Plusieurs revues sont publiées en français  : « Le P’tit Hebdo  », les mensuels «  Mosaïques  » et « Israël magazine » ou la revue culturelle annuelle « À la Page ». Sans oublier la revue « Continuum », créée il y a près de vingt ans, entre autres, par Marlena Braester, écrivaine et poétesse d’origine roumaine. « Nous voulions faire entendre la voix des écrivains israéliens francophones, mais aussi des écrivains israéliens de langue hébraïque ou arabe, en traduction, ainsi que des auteurs français en traduction hébraïque.  » La revue présente chaque année au Salon de la revue à Paris, est distribuée à Paris et même en Belgique. Enfin, la radio et télévision nationales proposent quelques heures d’informations en français par jour. i24News, chaine d’informations internationales en continu, qui diffuse ses programmes en anglais, en arabe et en français, a lancé sa chaine TV en Israël en 2018, doublée d’un portail internet.

Les francophiles amateurs de littérature ne sont pas en reste. La libraire « Le Foyer » à Tel-Aviv et la librairie «  Vice Versa » à Jérusalem proposent livres et revues en français ainsi que club de lecture ou rencontres avec des écrivains, avec une véritable envie de faire rayonner la culture française. La dynamique nouvelle propriétaire de Vice Versa, Nathalie Hirschsprung, ne manque pas d’idées pour mettre en valeur les sorties littéraires.

 

 

 

[Photos : Edgar Fonck – Source : http://www.agora-francophone.org]

En el centenario del nacimiento de uno de los escritores uruguayos más relevantes del siglo XX El Observador recorrió algunos sitios que inspiraron su obra y formaron parte de su vida

Escrito por Carla Colman y Silvana Fernández

Montevideo y Benedetti. Benedetti y Montevideo. Casi como un binomio inseparable, las calles de la ciudad guardan historias del escritor y su obra. A cien años de su nacimiento es posible recorrer la capital a través de su mirada.

“Aunque nacido en una ciudad del interior vivo en Montevideo desde los 4 años, como mis personajes soy un montevideano de clase media”. Conferencia en la Universidad de Alicante, España. 

Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia nació en Paso de los Toros, la ciudad de Tacuarembó donde sus padres se enamoraron, el 14 de setiembre de 1920. Brenno Benedetti era químico y enólogo, mientras que Matilde Farrugia se desempeñaba como modista. Cuatro años más tarde la familia se traslada a Montevideo, se instala primero en Colón y finalmente en el barrio de Capurro, donde comenzará el romance entre el futuro best seller y la capital.

Fundación Mario Benedetti

Capurro

« La casa de la calle Capurro tenía un olor extraño. Según mi padre, olía a jazmines; según mi madre, a ratones. Es probable que ese conflicto haya desorganizado mi capacidad olfativa por varios lustros, durante los cuales no podía distinguir entre el perfume a violetas y el olor a azafrán, o entre la emanación de la cebolla y el vaho de las inhalaciones. En conexión con esa casa tengo además dos recuerdos fundamentales: uno, el Parque Capurro, y otro, la cancha de fútbol del Club Lito, que quedaba a tres cuadras. En aquella época, el Parque Capurro era como una escenografía montada para una película de bandidos, con rocas artificiales, semicavernas, caminitos tortuosos y con yuyos, una maravilla en fin ». (La Borra del Café). 

Eitan Abramovich\AFP

Hortensia Campanella es la presidenta de la Fundación Mario Benedetti, pero además fue su amiga y biógrafa. Cuenta que la infancia del escritor en Capurro fue un período que « recordó muchísimo » y considera que probablemente haya sido el barrio en el que se sintió más feliz: « A pesar de la situación económica nada floreciente, fue una época feliz en Mario ».

El Parque Capurro fue el escenario de aventuras infantiles y descubrimientos sorprendentes. Como el día en que los niños del barrio vieron asombrados el sobrevuelo del dirigible alemán Graf Zeppelin sobre la silueta del centro montevideano. « Solo un tiempo después Mario empezó a ir al Colegio Alemán y a familiarizarse con lo que era la ciencia y la cultura alemana. Pero esa fue una instancia casi como mágica », explica Campanella.

Ciudad Vieja

« Estoy convencido de que en horas de oficina la ciudad es otra. Yo conozco el Montevideo de los hombres a horario, los que entran a las ocho y media y salen a las doce, los que regresan a las dos y media y se van definitivamente a las siete. Con esos rostros crispados y sudorosos, con esos pasos urgentes y tropezados; con esos somos viejos conocidos. Pero está la otra ciudad […] la de los viejos que toman el ómnibus hasta la Aduana y regresan luego sin bajarse, reduciendo su módica farra a la sola mirada reconfortante con que recorren la Ciudad Vieja de sus nostalgias »(La Tregua)

Raúl Martínez / EFE

Un oficinista sale de su trabajo a la hora del almuerzo y camina varias cuadras entre las callecitas de Ciudad Vieja. Se sienta en un bar y pide un café, mientras escribe páginas y más páginas que pretende publicar a costo propio. ¿Te lo imaginás? Ese es Mario Benedetti.

Publicó más de 80 libros y fue traducido a más de 25 lenguas. Benedetti no termina con La TreguaMontevideanos y Poemas de la oficina. Campanella destaca la labor de la obra del escritor como un ejemplo para los jóvenes. Lo retrata como un hombre que se construyó a sí mismo, con una base de talento, pero también con una gran medida de perseverancia y trabajo. Mario fue escritor, taquígrafo, periodista, ensayista y crítico; pero también empleado de la tienda de repuestos para automóviles Will Smith, la inmobiliaria Piria y la Contaduría General de la Nación. Al contrario de lo que muchos piensan, no fue empleado del Correo Uruguayo.

El Centro de Montevideo tiene que ver con un ámbito en el cual vivió y se movió. De hecho, su novela más exitosa y por la que consiguió proyección internacional, La Tregua, fue escrita en el Café Sorocabana.

Federico Anfitti / EFE

En la entrada del café hay una mesa que se mantiene desocupada. Sobre ella hay un ejemplar de la novela y el rumor de que ese era el lugar predilecto del escritor. « La Tregua, esa ‘pequeña lovestory’ como la llamó Onetti, una historia de amor que ha llegado a China, Finlandia, Italia a Siria y que sigue conmoviendo », comenta su biógrafa y explica que hay algo en la novela que llega a tocar una fibra muy humana, que traspasa fronteras y lenguas. « Mi idea es que aquí están los sentimientos y valores que los seres humanos atesoramos, los conflictos, y por eso es que llega a tantos lugares en ámbitos tan lejanos de este Montevideo donde se escribió, es leída y querida », explica.

Campanella explica que cuando Benedetti empezó a escribir la Ciudad Vieja era muy diferente. « Había muchísimas librerías, estaba Marcha en la Plaza Matriz y había mucho movimiento intelectual; estos cafés eran lugares de reunión. Era una Ciudad Vieja muy viva », recuerda. Es que las calles de la ciudad luego de la puerta de la Ciudadela albergaron durante décadas a la intelectualidad montevideana y están en la vida de Mario pero también en su obra, es el escenario de sus personajes y es parte de la idiosincrasia de sus protagonistas. Montevideanos de clase media como los que veía pasar frente a la ventana del café. « Él constantemente hace alusiones enmarcadas en ese sentimiento de nostalgia que él experimenta desde el exilio acerca de su ciudad », dice Campanella, quien lo conoció en España durante ese período.

Federico Anfitti / EFE

El Café Brasilero era otro de los puntos de encuentro entre los intelectuales de la época. « Iba para encontrarse o con Galeano o con otros escritores. Son espacios tradicionales que nos llevan a ámbitos literarios que están en el espíritu y en el fondo de la cultura uruguaya », dice Campanella e imagina a Mario sentado en la primera mesa del bar sobre la izquierda, la que da a la calle. « La gente lo vería y entraría a hablar con él », comenta y pinta de esa manera parte de la personalidad de Benedetti. Un hombre abierto al intercambio.

Silvana Fernández

Mario Benedetti es sin dudas una de las plumas más destacadas del siglo XX, perteneciente a ese grupo selecto de intelectuales entre las calles de Montevideo. Pero, a diferencia de otros escritores de su época, quería llegar directamente al lector cotidiano. Benedetti se veía, por sobre todas las cosas, poeta. « Escribió cuentos, novelas, crítica literaria, humor, periodismo, crítica cinematográfica, pero sobre todo se consideraba poeta y lo decía. Consideraba además, que la poesía era el mejor instrumento que tenía él para comunicarse con la gente, que era su principal obsesión: comunicarse con el lector. Él quería estar en un contacto directo, transparente, inmediato con la gente », explica Campanella.

La biógrafa de Benedetti hace una distinción. No por ser llano y directo, el mensaje de la poesía de Benedetti carece de contenido. « En mi opinión, si uno empieza a examinar la poesía de Benedetti, en muchos casos puede ir ahondando como en distintas capas. Hay una inmediata, que todos sabemos que está hablando de Montevideo cuando dice Ciudad en que no existo, pero hay otra capa en que ya hay un mensaje espiritual, filosófico, hasta político. Pero metido por debajo de palabras llanas ».

 

[Fuente: http://www.elobservador.com.uy]

Una nota sobre Correo literario, de W. Szymborska

Escrita por PAULA ANDREA MARÍN C. 

He escrito por casualidad veinte poemas. Me gustaría verlos publicados”… Desgraciadamente, tenía razón el gran Pasteur cuando dijo que el azar solo favorecía a los espíritus preparados. Las musas le pillaron a usted en paños menores, espiritualmente hablando.―Wisława Szymborska

Desde 1953 y hasta 1981, la poeta polaca Wisława Szymborska (1923-2012), Premio Nobel de Literatura en 1996, hizo parte de la revista semanal Zycie literackie (Vida Literaria). A finales de 1960, aparece una nueva sección en la revista: Correo Literario. Szymborska era una de las encargadas de esta sección, en la que se respondían las solicitudes de publicación de poemas y de cuentos. Este libro da a conocer algunas de las respuestas de Szymborska a los autores de los textos que llegaban a la revista, desde 1960 y hasta el año 1981. El libro fue publicado por primera vez en el año 2000; Nǿrdica lo publicó en español 18 años después.

Compré el libro, sobre todo, por un recuerdo: la revista colombiana El Malpensante publicó una traducción de algunos apartados de esa edición publicada en el 2000, muy poco tiempo después de su aparición y yo, asidua lectora de la revista por entonces, los leí. Tenía cerca de mi escritorio, escrito sobre un papel a manera de post-it, unos apartados:

Piense usted en la vida como en una extraordinaria aventura que le está sucediendo.

La juventud es verdaderamente un período muy duro de la vida. Y si a las vicisitudes de la juventud se les une la ambición de escribir, entonces sí que hay que estar en forma para poder con todo. A ese estar en forma contribuyen la perseverancia, el esfuerzo, las lecturas, la capacidad de observación, una cierta distancia con respecto a uno mismo, la empatía, el espíritu crítico, el sentido del humor y el firme convencimiento de que el mundo se merece seguir existiendo, y con más felicidad que hasta ahora. ―Correo literario

Esos apartados son un « manual de vida » a los que vuelvo una y otra vez. Me he preguntado muchas veces si considero mi vida y el mundo así, y son otras tantas las que no he podido hacerlo. Sigo intentando.

Después de leer las respuestas de Szymborska, queda una certeza: para escribir se debe contar con una aptitud innata (el talento) que se debe desarrollar hasta convertirla en una práctica. Como se debe tener para casi cualquier oficio que se quiera desempeñar bien, el talento se presenta como una condición fundamental. Pero la pregunta sobre el talento pesa más cuando se desea consagrar la vida a la escritura (o a las artes) que cuando se desea desarrollar otras vocaciones. Los discursos más terapéuticos hablan acerca de que si haces lo que te gusta no necesitas reconocimiento, pero no es cierto; siempre hace falta y más cuando se es escritor (a menos que tengas el ego más grande del mundo): si no te publican, si no vendes, si no hablan de ti, si no escriben sobre ti, si no te invitan a eventos, si no te entrevistan, si no ganas premios, si no te hacen homenajes, no existes como escritor, no hay legitimación de tu talento. Es el infierno del escritor(a): los otros, aquello externo que no depende directamente de él (ella), pero que determina su forma de ser reconocido como escritor y en la que será o no recordado por su obra. La pregunta, la duda eterna de quien escribe: ¿Tengo talento? La respuesta llega, primero, de los amigos, o de aquellos lectores en los que se confía tanto como para dejarles ver lo que se escribe, pero si la respuesta que se recibe no confirma ese talento o lo pone en duda, y si nunca se recibe algún tipo de respuesta que haga pensar en que lo que se hace vale la pena para alguien, la escritura empieza a perder sentido. Se escribe para alguien; es una mentira pensar que se escribe solo para uno mismo. Se escribe también para ser leído.

Cada escritor debe encontrar sus respuestas: qué tipo de escritor quiere ser (¿profesional o vocacional?), qué tipo de relación establecerá con su escritura y con el “infierno” de la vida literaria, del circuito de reconocimientos a los que quiera acceder. Cada respuesta tiene un precio, cada respuesta lleva a ganar algo y a perder otro tanto. Alguien que no creía en mi talento para escribir decía que así a una persona le dijeran que no tenía talento, si su vocación de escritor era firme, seguiría escribiendo, pero no es tan cierto: el escritor necesita reconocimiento. La vida literaria está diseñada para que exista la necesidad de ese reconocimiento (grande, mediano o pequeño), imprescindible para tener un lugar en el limitado podio de la consagración literaria.

En cada una de las cartas de Correo literario, Szymborska ofrece una serie de consejos a los poetas y narradores; los extraigo para quienes siguen escribiendo, a pesar de todas las dudas:

  1. “Primero, debería preocuparse por saber si tiene algo que decir… Eso ningún truco formal lo puede ocultar” ―Correo literario.
  2.  Conocer el lenguaje y las corrientes literarias de la época para no ser anticuado en la escritura.
  3.  “Ninguna clase magistral, por mucha atención que uno ponga, puede ayudar a crear talento. En el mejor de los casos puede ayudar a ese talento, en caso de que ya exista, claro” ―Correo literario.
  4. “Hay que… leer revistas literarias [y libros, por supuesto]. Asistir a encuentros literarios. Escuchar debates” ―Correo literario.
  5. “Un escritor se forma en su interior, en el corazón y en la cabeza: gracias a una innata… predisposición a abstraerse, a vivir de forma emocional las cosas más pequeñas, a asombrarse incluso ante aquello que a los demás les parece normal” ―Correo literario.
  6. “Un poeta lírico suele escribir ante todo sobre sí mismo. Que los poemas resulten interesantes para otras personas dependerá de la personalidad del autor, de las dimensiones de su universo personal” ―Correo literario.
  7. “La poesía, aunque trate temas tan manidos como el asombro frente a la primavera o la tristeza otoñal, lo tiene que hacer todo el tiempo como si fuera la primera vez, realizando nuevos descubrimientos líricos. En caso contrario, ¿no es suficiente con lo que ya se ha escrito?” ―Correo literario.
  8. “Tratar el poema como si fuera una escultura y esforzarse un poco hasta que el pensamiento adquiriera una forma definitiva e irrepetible” ―Correo literario.
  9. “Es mejor una única metáfora relacionada orgánicamente con la idea inicial del poema que mil quinientas parcheadas a posteriori” ―Correo literario.
  10. Sobriedad y precisión con el uso de los adjetivos.
  11. No usar palabras grandilocuentes como patria, verdad, libertad y justicia, si no van acompañadas de una reflexión muy particular.
  12. Evitar las imágenes manidas y banalizadas, y los lugares comunes.
  13. No antisentimentalismo (por aburrido), pero tampoco sentimentalismo extremo: “Bombini enloqueció realmente de amor, mientras que Petrarca consiguió conservar el equilibrio emocional necesario para inventar bellas metáforas” ―Correo literario.
  14. Corregir lo que “inspiran las musas”, quienes pueden llegar a ser unas histéricas.
  15. “El talento narrativo consiste en la capacidad de meterse en la piel de otro, en la habilidad de convertirse en la imaginación en alguien absolutamente distinto” ―Correo literario.

Con ironía y a veces sarcasmo, Szymborska afronta la difícil tarea de decirle a un escritor si debe o no seguir escribiendo, si tiene o no tiene talento para ello. Pero distingue entre los jóvenes que apenas dan sus primeros pasos en la escritura y aquellos otros cuyo debut es tardío: “Una cosa es corregir los errores de un bailarín que por primera vez saca a la pista a la literatura para bailar un tango apasionado, y otra, muy distinta, encontrarnos con un bailarín que lleva años machacando los pies de su pareja de baile” Correo literario. De unos y de otros se esperan cosas distintas y se les otorgan más o menos posibilidades.

Szymborska también insiste en la consciencia del escritor para entender cuál es el público de sus textos; se refiere a aquellos que escriben poemas o cuentos y son aplaudidos cuando los leen en las reuniones familiares o de amigos: “El poema sí que ha dejado huella, claro que sí, ha emocionado a todos los interesados, así que ha conseguido plenamente su objetivo. Cuando sí que se va a echar a perder, es cuando acabe sobre el escritorio de alguna redacción” Correo literario. No dimensionar (de manera apenas aproximada, claro) quién o quiénes son los destinatarios de aquello que se escribe, puede llevar a desilusiones y rotundos fracasos económicos. ¿Debo publicar?, ¿en dónde?, ¿quiénes son mis posibles o más o menos reales lectores? A la mayoría de los escritores (y editores) no le gusta hacerse estas preguntas, pero son fundamentales, sobre todo, para evitar innecesarios duelos en esta competencia cada vez mayor por alcanzar la atención del cada vez más esquivo lector.

Correo literario no escapa del todo de los lugares comunes sobre la creación literaria, pero resulta muy útil leerlo para asentar los pies en la tierra de la escritura: allí donde hay que pensar una y otra y otra vez en lo que se desea escribir, y en donde hay que corregir una y otra y otra vez antes de darlo por terminado.

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Wisława Szymborska. Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor. Madrid: Nǿrdica Libros, 2018.

 

[Fuente: http://www.revistacoronica.com]

Gracias quiero dar al divino
Laberinto de los efectos y de las causas
Por la diversidad de las criaturas
Que forman este singular universo,
Por la razón, que no cesará de soñar
Con un plano del laberinto,
Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,
Por el amor, que nos deja ver a los otros
Como los ve la divinidad,
Por el firme diamante y el agua suelta,
Por el álgebra, palacio de precisos cristales,
Por las místicas monedas de Ángel Silesio,
Por Schopenhauer,
Que acaso descifró el universo,
Por el fulgor del fuego
Que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo,
Por la caoba, el cedro y el sándalo,
Por el pan y la sal,
Por el misterio de la rosa
Que prodiga color y que no lo ve,
Por ciertas vísperas y días de 1955,
Por los duros troperos que en la llanura
Arrean los animales y el alba,
Por la mañana en Montevideo,
Por el arte de la amistad,
Por el último día de Sócrates,
Por las palabras que en un crepúsculo se dijeron
De una cruz a otra cruz,
Por aquel sueño del Islam que abarco
Mil noches y una noche,
Por aquel otro sueño del infierno,
De la torre del fuego que purifica
Y de las esferas gloriosas,
Por Swedenborg,
Que conversaba con los ángeles en las calles de Londres,
Por los ríos secretos e inmemoriales
Que convergen en mí,
Por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria,
Por la espada y el arpa de los sajones,
Por el mar, que es un desierto resplandeciente
Y una cifra de cosas que no sabemos
Y un epitafio de los vikings,
Por la música verbal de Inglaterra,
Por la música verbal de Alemania,
Por el oro, que relumbra en los versos,
Por el épico invierno,
Por el nombre de un libro que no he leído:
Gesta Dei per Francos,
Por Verlaine, inocente como los pájaros,
Por el prisma de cristal y la pesa de bronce,
Por las rayas del tigre,
Por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan,
Por la mañana en Texas,
Por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral
Y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos,
Por Séneca y Lucano, de Córdoba,
Que antes del español escribieron
Toda la literatura española,
Por el geométrico y bizarro ajedrez,
Por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce,
Por el olor medicinal de los eucaliptos,
Por el lenguaje, que puede simular la sabiduría,
Por el olvido, que anula o modifica el pasado,
Por la costumbre,
Que nos repite y nos confirma como un espejo,
Por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio,
Por la noche, su tiniebla y su astronomía.
Por el valor y la felicidad de los otros,
Por la patria, sentida en los jazmines
O en una vieja espada,
Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,
Por el hecho de que el poema es inagotable
Y se confunde con la suma de las criaturas
Y no llegará jamás al último verso
Y varía según los hombres,
Por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos
Por morir tan despacio,
Por los minutos que preceden al sueño,
Por el sueño y la muerte,
Esos dos tesoros ocultos,
Por los íntimos dones que no enumero,
Por la música, misteriosa forma del tiempo.

 

In: El otro, el mismo (1964)

 

Una severa impugnación de ‘Tierra negra con alas’, la monumental antología de la poesía vanguardista latinoamericana de Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla.

Escrito por Mario Campaña (*)

La finalidad de una publicación de poemas debiera ser la experiencia poética, ese trance singular en que la contemplación del poema nos agita y transforma. Desafortunadamente, no es ese el cometido de Tierra negra con alas, un libro de 825 poemas en castellano, portugués y francés correspondientes a 190 escritores de veinte países latinoamericanos. Sus autores se muestran menos interesados en la poesía que en la narrativa, por chocante que parezca, tal como se observa en el prólogo y especialmente en las notas biobliográficas, que lo condicionan todo. Los autores declaran que su pretensión ha sido « mostrar que el espíritu de la vanguardia alcanzó América Latina de arriba abajo »: una meta de cartógrafos o historiadores.

La vanguardia, en sus versiones más combativas y conscientes, fue sobre todo un intento de destruir la burguesa institucionalidad de la poesía

« Hay una manera de empezar, muchacho, para los que pretendan no equivocarse en sus deliberaciones. Conviene saber de qué trata la deliberación. De lo contrario, forzosamente, nos equivocaremos »: así alecciona Sócrates a Fedro en uno de los diálogos platónicos. Aunque estamos lejos de tener concordia acerca de lo que fue la vanguardia poética, los responsables de Tierra negra con alas no declaran el concepto y el marco dentro de los cuales operan: apenas los aluden. Quizá por ello mismo terminan obliterando la poesía, como hemos dicho, en beneficio de la anécdota y la narrativa, que indisponen la lectura. Y posiblemente sea esa también la causa de que la selección parezca idiosincrática: ¿por qué es vanguardista Omar Estrella y no lo es Ricardo Molinari? ¿Porqué cabe Martín Adán, pero no Macedonio Fernández? ¿Y a cuento de qué constan en la antología Marcos Fingerit, Arturo Cambours o Carlos Gómez Cornejo entre otros poetas de versos burocráticos, pero no Leopoldo Marechal, el poeta de los « pájaros rabiosamente musicales » y figura protagónica de la vanguardia argentina?

Renuentes a la definición y a la crítica literaria, los autores confían en la descripción, y entienden que: 1) la vanguardia fue « una época más que un movimiento estético » que produjo la « poesía nueva »; 2) las lenguas de la vanguardia son el castellano, el portugués y el francés en tanto segunda lengua; 3) se reconoce en ella una « apuesta por la poesía social »; 4) en la configuración de la vanguardia real tienen gran importancia los « poetas menores » y « los movimientos episódicos »; 5) el movimiento vanguardista va de « 1916 a los años treinta ».

La información acumulada por los autores es asombrosa. Merece reconocimiento una investigación tan vasta y sui generis, todo un desafío a la tradición de las antologías, que se ha definido siempre por la combinación de ανθοσ, ‘flor’, y λογειν, ‘recoger’: ανθολογια: ‘colección de flores’, entre los griegos, o florilegium, entre los latinos. Desde una lógica empírica, con los llamados poetas menores el libro contribuye al conocimiento de la época: por Tierra negra sabemos un poco más sobre cómo fue la vanguardia latinoamericana, aunque solo sea cuantitativamente.

Pero la vanguardia, en sus versiones más combativas y conscientes, fue sobre todo un intento de destruir la burguesa institucionalidad de la poesía, entendida como un muro que separaba la poesía de los ciudadanos, sus potenciales lectores. Así se entienden, por ejemplo, las acciones estridentistas y el gesto de Braulio Arenas de subir al estrado en que recitaba Neruda, arrancarle los poemas de las manos y romperlos en pedazos.

Para entrar directamente a la ‘deliberación’ mencionada por Sócrates, apuntamos aquí algunos comentarios sobre los presupuestos de Tierra negra recién resumidos:

1. No puede decirse que la vanguardia fuera una época, porque el período que va de 1916 a « los años treinta » no fue solo vanguardista. En 1921, en Lima, ante un auditorio repleto, se coronaba con laurel al famoso José Santos Chocano, llamado « El poeta de América ». De 1916 hasta los años treinta son los tres primeros libros de Juana de Ibarbourou, y prácticamente todos los de Alfonsina Storni, publicados entre 1916 y 1938, y de 1924 es el importante La isla de los cantos, de María Eugenia Vaz Ferreira, así como Desolación (1922) y Tala (1938), de Gabriela Mistral, en Chile; de 1922 hasta los años treinta son los libros de Enriqueta Arvelo Larriva, en Venezuela; y de los años veinte y treinta son muchos de los libros de Enrique González Martínez, de México, a quien Pedro Henríquez Ureña llamó « uno de los siete dioses mayores de la lírica mexicana ». Tampoco en Europa la vanguardia poética fue « una época ». En 1920 Paul Valéry dio a conocer La poesía pura, que resultó muy influyente en España y América Latina; y en 1922 Rilke publicó Las elegías del Duino. Y, obviamente, la nueva poesía europea no empieza con las vanguardias. Baudelaire y Mallarmé son incomparablemente más innovadores que cualquier poema del siglo XX, y ningún libro vanguardista es más dinamitero que Las flores del malUna temporada en el infierno Los Cantos de Maldoror.

Poetas en lenguas originarias existen desde antes de la invasión española (sor Juana llegó a escribir en náhualt); hay literatura en inglés en el Caribe

2. Es un error sostener, como hacen los autores implícitamente, que las lenguas literarias de América Latina sean el castellano, el francés y el portugués. Poetas en lenguas originarias existen desde antes de la invasión española (sor Juana llegó a escribir en náhualt); hay literatura en inglés en el Caribe, por ejemplo en Trinidad (la tierra de Naipaul) y en Santa Lucía, la de Derek Walcott: dos premios Nobel. Y poetas en lengua francesa maternal existen en el Caribe y las Guayanas: ¿por qué los editores han excluido dos libros excepcionales: Pigments, de 1937, de Leon Damas, de Las Guayanas; y Cahierd’un retour au pays natal, de 1939 en la primera edición y 1949 en la definitiva, de Aimé Césaire, de Martinica? El Cahier es uno de los libros mayores de la poesía latinoamericana de todos los tiempos. Es inexplicable.

3. Que la vanguardia fue social es una idea que empieza a repetirse preocupantemente en España. Lo suscriben Bonilla y Bonet en este libro, y en un artículo reciente Carmen Alemany afirma que « en los años veinte los intelectuales pusieron su arte [la poesía] al servicio de la revolución para condenar las injusticias y los desequilibrios económicos », y que « en no pocas ocasiones » en la vanguardia poética prevaleció lo político y lo social sobre lo estético. Son afirmaciones ideológicas, no verificables. Tierra negra con alas las desmiente. Aparte del estridentismo de México, el negrismo de Centroamérica y el Caribe, el indigenismo de Perú (ni en Bolivia ni en Ecuador se produjo poesía indigenista), y cierta vanguardia brasileña, especialmente las de Jorge de Lima y Pau Brasil y Oswald de Andrade, nada hay en estos 825 poemas que respalde esas atribuciones sobre lo social y lo político, que no afectan a la vanguardia de modo predominante. La vanguardia intervino más en el seno de la poética y la cultura.

4. ¿Cabe, en verdad, una gradación entre poetas menores y mayores? Lo veremos en los poemas. Por la meta anunciada se puede sospechar que los poetas menores son aquí una especie de yacimiento para la exploración narrativa que rezuma por las páginas de Tierra negra con alas.

5. Los dos límites cronológicos son harto problemáticos. Es muy discutible que 1915 o 1916 puedan ser fijados como años de inicio de la vanguardia, y no solo porque es difícil admitir que El cencerro de cristal, de Ricardo Guiraldes (1915), sea un libro vanguardista, sino además porque un año antes, en 1914, Vicente Huidobro ya había dado un salto magnífico con tres obras que empiezan a preconizar con innegable originalidad la vanguardia continental: las crónicas de Pasando y pasando, los « salmos », poemas en prosa, ensayos y parábolas de Las pagadas ocultas, y el irrebatible Non serviam, una obra de primer orden. Es insoportable que Juan Bonilla afirme que Huidobro había llegado al Non serviam « a la manera de los que aciertan una quiniela el lunes por la mañana, una vez que se han disputado todos los partidos ». Para descartar esa sarcástica pero vana afirmación hay que leer las desafiantes crónicas de Pasando y pasando, de 1914, donde Huidobro declara: « en literatura me gusta todo lo que es innovación », « odio todos los ruidos de cadenas que atan », « amo todas las bizarrías y gestos de rebelión ». Non serviam es el fruto genuino de un proceso de deliberación poética y racional de un joven que aún tardaría dos años en viajar a Europa y entrar en contacto con la vanguardia internacional. Los intentos de Bonilla de restar mérito a Huidobro son impotentes. Lo dejó dicho Cansinos Assens: « Su venida a Madrid [de Huidobro] fue el único acontecimiento literario del año [1918], porque con él pasaron por nuestro medio las últimas tendencias estéticas del extranjero […] Huidobro nos traía primicias completamente nuevas, nombres nuevos, obras nuevas; un ultramodernismo […] Huidobro trajo el verbo nuevo ». El mismo Guillermo de Torre sostuvo que « de la boca de Huidobro oí algunos de los primeros nombres verdaderos que iban a definir la época amaneciente […] Allí, o por mediación de este, conocí a algunos artistas extranjeros […] Allí [con Huidobro o en casa de Huidobro] se incubó originariamente el óvulo ultraísta ». En 1916 Huidobro publicó (la existencia de esa edición está testimoniada por Braulio Arenas y René de Costa, que tuvieron ejemplares en sus manos) y en 1918 reeditó su libro El espejo de agua, piedra maestra del creacionismo, magníficamente presentado en el mencionado Non serviam de 1914. No se puede minimizar a Huidobro ni negar su influencia; está en los orígenes del ultraísmo español y por tanto en la génesis del Borges vanguardista.

No se puede minimizar a Huidobro ni negar su influencia; está en los orígenes del ultraísmo español y por tanto en la génesis del Borges vanguardista

Y es problemático el otro extremo cronológico. « Los años treinta » es un límite convencional, desmentido por la propia antología, que incluye siete poemas del mexicano Emilio Uribe Romo del libro Jacaranda, de 1940, y varios poemas del peruano César Moro publicados en los años cuarenta y cincuenta: ‘Adresseauxtroisregnes’ pertenece a Le chateau de Grisou, de 1943; ‘Lettred’amour’, es de 1944; ‘Discours’, de Pierre de Soleil, fue escrito entre 1944 y 1946; ‘Le jeu predestiné’, de Amour à mort, es de 1957. En realidad, Tierra negra con alas pone los pies en los años cuarenta y más allá. Pero tanto Bonilla y Bonet como Alemany eluden la cuarta década y sostienen que es recién en los años cincuenta y sesenta que la vanguardia renace. Sin embargo, no hubo ninguna solución de continuidad de la vanguardia en los años cuarenta, durante los cuales la nueva poesía, la poesía moderna, cobró en Latinoamérica un nuevo impulso. Según Octavio Paz, en los años cuarenta tuvo lugar una transformación no menos profunda que la de los años veinte. En el mismo sentido se expresan autoridades como José Olivio Jiménez y Enrique Anderson Imbert. En 1938 hacen su aparición los surrealistas chilenos del grupo Mandrágora, que entre ese año y 1943 publicaron la revista del mismo nombre, y ese mismo año 1943 apareció LeitMotiv, en que publicarían Breton, Péret, Césaire y otros grandes nombres surrealistas. De los cuarenta son muchos libros renovadores: El mundo y su doble (1940) y La mujer mnemotécnica (1941), de Braulio Arenas; Enemigo Rumor, 1941, de José Lezama Lima; Reinos, 1945, de Jorge Eduardo Eielson; Las cosas y el delirio y Pasiones terrestres, 1941 y 1946, respectivamente, de Enrique Molina; Espacio, me has vencido, 1946, de César Dávila Andrade; Contra la muerte, 1948, de Gonzalo Rojas; Libertad bajo palabra, 1949, de Octavio Paz; o En la calzada de Jesús del Monte, 1949, de Eliseo Diego, son libros que dan pasos adelante en el proyecto poético modernizador de las letras latinoamericanas. Más productivo hubiera sido explorar la postulación de una vanguardia enteramente viva hasta los años ochenta, que aun hoy, en pocos pero significativos poetas, como Eduardo Milán y José Ángel Cuevas, mantiene su vigor.

Y bien: después de examinar los 825 poemas ofrecidos se puede confirmar lo que ya anotamos al comienzo: la poesía no es una prioridad de Tierra negra con alas, un libro que se puede ver como una enorme composición figurativa, más cerca de la patchwork que del mosaico, donde la poesía tiene que ser buscada con perseverancia entre numerosos retazos de otro orden. Se la encuentra, sin duda, pero en pequeñas dosis: en nombres ya conocidos y en unos cuantos poetas felizmente redescubiertos por esta antología: toda la vanguardia uruguaya, pero especialmente el entrañable Alfredo Mario Ferreiro, y Vicente Basso Maglio, y Álvaro Guillot Muñoz; e Hilda Mundy (Bolivia), Hugo Mayo (Ecuador), Domingo Moreno Jiménez (República Dominicana), Alfredo Brandán (Argentina) y pocos más.

Excelente pero poca, muy poca poesía, en 825 poemas y 927 páginas.

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Tierra negra con alas. Antología de la poesía vanguardista latinoamericana, edición de Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla, Fundación Juan Manuel Lara, 2019.

 

(*) Mario Campaña. Nacido en Guayaquil (Ecuador) en 1959, es poeta y ensayista, colaborador en revistas y suplementos literarios de Ecuador, Venezuela, México, Argentina, Estados Unidos, Francia y España, dirige la revista de cultura latinoamericana Guaraguao, pero reside en Barcelona desde 1992.

 

 

[Fuente: http://www.bitacora.com.uy]

Escrito por Paloma Torres

La actualidad literaria es tal vez menos determinante que la novedad política o la sociológica. Solo por su actualidad, los hechos políticos o las corrientes sociológicas definen el momento histórico en el que se producen; configuran el mundo en su preciso instante. Sin embargo, en contra de lo que pueda parecer al publicarse tantos libros y al merecer las novedades la constante atención de los medios, la actualidad literaria no tiene tanto interés por sí sola, sino que de esa actualidad únicamente importan aquellos libros que la trascienden, que, conteniendo o no los rasgos imperantes de su tiempo, serán perdurables. Pueden reflejar, obviar o denunciar el momento presente, pero no son libros de moda (incluso aunque se pongan de moda o lo estén, trascienden también este éxito). La obra de un buen escritor va más allá de las imposiciones estilísticas y temáticas de una determinada estética contemporánea. Responde a una sensibilidad particular y a veces el autor ha de asumir incluso consecuencias negativas (o aparentemente negativas) por mantener esa fidelidad a su personal juicio.

El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, hoy considerado uno de los mayores cuentistas del siglo XX, mantuvo esta fidelidad y eso le supuso un reconocimiento tardío. Fue fiel a su propia sensibilidad artística en medio de un contexto que anunciaba cosas distintas y escribió una obra perdurable, resistente a su propio tiempo y a toda época, lo que le convierte en un clásico. Su obra es inagotable como las grandes obras: puede releerse una y otra vez. En ella hay precisión, exactitud en la expresión, belleza, ironía, humor, sencillez y ternura.

De los muchos rasgos que pueden destacarse de este escritor, hay uno que parece revelador porque se puede aplicar a muchas facetas de Ribeyro y le define de una manera transversal. Es la discreción, entendiendo lo discreto como aquello que, según el diccionario, es sin exceso, reservado o mesurado.

De todos los personajes de los cuentos de Ribeyro, muchos conmueven al lector de una manera frontal e intensa por la crudeza de su historia, como sucede, por ejemplo, con los dos niños protagonistas de ‘Los gallinazos sin plumas’, que son maltratados por su abuelo don Santos y que cada día acuden al vertedero para buscar comida con la que alimentar al cerdo Pascual. O en el caso del minero huaripampino Sixto Molina, del cuento ‘El chaco’, con su trágica muerte violenta, que ocurre en medio de la lluvia y le deja el cuerpo atravesado por las balas –escribe Ribeyro– “como un colador”. O don Leandro, en ‘Al pie del acantilado’, que es obligado a construir su casa más allá de la ciudad, al fondo del barranco, e incluso de allí le echan.

Pero, junto a estos, hay otra clase de personajes, muy abundantes en la obra de Ribeyro, y que son tal vez los más intensamente propios de Ribeyro. Son los discretos, los que no se distinguen ni tan siquiera por su extrema condición ni por la crueldad de su destino, y que conmueven al lector precisamente por su moderación, por su medianía, por su vulgaridad, por su medido dramatismo; porque no son, ni tan siquiera, estrictos antihéroes.

Por ejemplo, Matías Palomino, en ‘El profesor suplente’, que es cobrador y recibe de pronto la visita de un amigo que le invita a dar una clase de Historia. Él ve al fin la oportunidad de “desempolvar su inteligencia en desuso” y demostrar su valor. Llega diez minutos antes a dar su clase, pero en ese breve tiempo de espera le asalta la duda y en su mente se confunden las ideas y los conceptos. Se mira en el reflejo de un escaparate y ve su imagen de hombre vencido y frustrado, y cuando se le acerca el guardia para preguntarle si él es el nuevo profesor de Historia, Matías responde con violencia que no, que él es cobrador. Vuelve a su casa sin haber conseguido impartir la clase y toma conciencia de su frustración. Al ver en los ojos de su mujer, escribe Ribeyro, “por primera vez, una llama de invencible orgullo inclinó con violencia la cabeza y se echó desoladamente a llorar”. O Angustias, la protagonista de ‘Los españoles’, que vive en una pensión en Lavapiés y es invitada por su novio a un baile que puede cambiar su destino y suponer para ella el comienzo de un futuro mejor. Todos en la pensión le ayudan a arreglarse y aportan algo para su vestido. Las prostitutas Paloma y Dolli la preparan como si fuera una reina y Angustias resplandece de felicidad. Sin embargo, en el último momento, con la mano ya en el picaporte de la puerta de salida, exclama: “¡Que no voy!”. “¡Que no voy, que no voy, que no voy, que no voy!…”. Y así, citando el final del cuento, “por orgullo, así su renuncia le costara la vida, no fue”.

O Arístides, en ‘Una aventura nocturna’, que es la historia de un hombre fracasado y solo que un día decide aventurarse a dar un paseo por un barrio desconocido, y allí encuentra a una mujer sola en un bar y, de pronto, ve la excitante posibilidad de tener una aventura con una mujer desconocida, pero su esperanza termina en desilusión. Hay otro cuento que merece atención, ya que muestra de una manera magistral la transformación de la sociedad peruana en la década de 1950, y el desplazamiento de la tradicional aristocracia en favor de una nueva clase burguesa y empresaria, titulado ‘El marqués y los gavilanes’. El aristócrata don Diego Santos de Molina, que se niega a aceptar los nuevos tiempos, ve cómo su mesa reservada en el hotel Bolívar, en la que acostumbra a leer cada día el ABC y el Times, ha sido ocupada por el advenedizo don Fernando Gavilán y Aliaga. El protagonista, entrañable en su desmedida resistencia, dedicará su vida, y se volverá loco, en el intento de combatirle. Son estos y muchos otros los ejemplos de personajes discretos de Ribeyro.

El propio Ribeyro contestó, en una entrevista, que todos sus cuentos tratan sobre una decepción. ¿Y acaso no es profundamente humana la decepción? Y no una decepción grandilocuente, sino una sin mucho impacto en las cosas ni en las personas, que ni siquiera ha sido antecedida por una lucha especialmente dramática. Sufrir un chasco es algo sin duda muy humano y cuando su dramatismo no es muy exacerbado, cuando el chasco es discreto como los anteriores, es algo difícil de traslucir en la literatura. Ribeyro es un maestro en la escritura de la decepción discreta. Por la verdad que contienen estas decepciones y por todo lo que la vida misma pueda tener de decepción, el lector se adhiere a estos personajes discretos de una manera singular, tal vez el impacto sentimental del cuento no es una sacudida, como en los primeros citados, pero tiene largo alcance, queda en la memoria y en el corazón, y retrata al lector universal en sus angustias y en sus miedos discretos y no heroicos, que no responden a importantes historias.

La discreción no solo caracteriza a los personajes de Ribeyro y los asuntos cotidianos de sus cuentos. Es un rasgo que define la concepción de fondo que el escritor tiene de la literatura, su estilo y sus intereses.

En primer lugar, Ribeyro es un autor de espíritu discreto. Como han señalado muchos de sus críticos, su fama fue tardía, su carácter extremadamente tímido, concedió no demasiadas entrevistas y se expuso poco a la adulación y a la propaganda[1]. El reconocimiento que Ribeyro vivió durante los últimos años y la atención creciente que hoy merece no invalida de ningún modo este trasfondo de espíritu discreto.

Además, Ribeyro optó por el cuento. Escribió novela, teatro, crítica y textos autobiográficos, pero fue el cuento el género al que dedicó sus más numerosas páginas publicadas. Y el cuento, en sí mismo, es un género discreto, breve, tradicionalmente considerado de menor alcance que la novela.

Como se señala con frecuencia, su opción por el cuento se produjo en un momento de auge de la novela, y esta decisión le apartó temporalmente de la fama. En una entrevista concedida en 1981 a Elsa Arana Freire y Miguel Enesco, titulada, de manera expresiva, “Individualista feroz y… anacrónico”, Ribeyro comenta que el cuento tuvo relevancia en el desarrollo de la narrativa hispanoamericana de la década de 1950, pero que “los autores del boom estaban solicitados en tanto que novelistas y yo más que nada era cuentista, y no hubo un boom del cuento. Claro que he escrito novelas, pero ellas no tenían un carácter novedoso, impactante como las de los grandes autores del boom”.

El cuento es el género al que Ribeyro dedica la mayor parte de su obra publicada. Ribeyro se califica a sí mismo como un hombre vehemente, como un corredor “de cien metros lisos”:

“Escribí cuentos porque personalmente tengo alguna dificultad para construcciones muy grandes y de mucha envergadura y además no poseo la capacidad de hacer proyectos a largo plazo. […] Evidentemente para escribir una novela hay que tener una gran confianza en el porvenir”.

Se encuentra cómodo en la poética que sugiere el fragmento, adecuado para representar un instante simbólico que queda expresado en la brevedad del cuento.

En tercer lugar, Ribeyro tiene un estilo clásico y directo. Se recuerda a menudo que era llamado “el último escritor del siglo XIX”. Ribeyro acepta que la afectación que, según escribió, es connatural a la escritura (ya que es un medio derivado de expresarse), pero no traspasa el umbral hacia esa doble afectación, hacia lo que él llama “afectación en segunda potencia”[2]. Ribeyro apostó por la frase sencilla. Esta elección contribuyó igualmente a que su fama fuera tardía. Ribeyro optó por este estilo en un momento histórico en el que lo que triunfaba era justamente lo contrario: la exploración formal, el requiebro, el adorno.

Entre las noticias que aparecieron en la prensa española en 1983, año en el que coinciden la publicación de su novela Crónica de San Gabriel y del libro de cuentos La juventud en la otra ribera y un viaje de Ribeyro a España, se publica un artículo en el diario El País, el 3 de mayo, firmado por las iniciales J. F. B. y titulado significativamente ‘El escritor peruano Ribeyro se aleja de la épica narrativa de otros autores’. Allí se rescatan estas declaraciones del autor:

“Algunos han creado la ficción de que Latinoamérica es un continente barroco y que por lo tanto tiene que expresarse de una forma barroca. No dudo que puedan ser barrocas determinadas zonas de Centroamérica o el Caribe, pero pienso que hay sitio para un arte limpio, directo, en el que no predominen las formas sobre la función”.

Ribeyro abandona su manera directa y clásica de narrar en muy pocos relatos. Por ejemplo, en el cuento polifónico ‘Fénix’, en que se alternan las voces en primera persona de los miembros de un circo; en ‘Carrusel’, en que se enlazan varias historias diferentes que desembocan en la primera y logran un efecto circular, o en ‘Las cosas andan mal, Carmelo Rosa’, un texto escrito en segunda persona del singular en el que se le anuncia al protagonista un destino aciago y que está confeccionado como una sola e ininterrumpida frase sin otra puntuación que el punto y final. Tal vez estos cuentos que significativamente se alejan del característico tono de Ribeyro mantienen la corrección exacta del autor y momentos que delatan el genio del cuento, pero pierden la intensidad de sus dramas cotidianos sin alardes técnicos.

Por último, como se verá, los finales de los cuentos señalan también la discreción de Ribeyro.

La discreción, esta discreción que revelarán sus finales, unida al espíritu discreto del autor, a la elección del cuento, que es en sí mismo un género discreto, y a su estilo poco afectado, se relaciona con la singular independencia que Ribeyro mostró respecto al tiempo en que vivió. Eligió la frase sencilla en un momento en el que triunfaba la experimentación formal y escogió el cuento en un momento de esplendor de la novela.

Según Ribeyro, todo seguimiento exhaustivo de la moda culmina irremediablemente en el Museo de Antigüedades y la clave para lograr una novedad literaria no está en la innovación técnica, sino en la actitud narrativa. En una de las cartas que Ribeyro envió a su agente alemán, Wolfgang A. Luchting, y que han sido publicadas por primera vez en México por la Universidad Veracruzana, se define a sí mismo como “salvajemente subjetivo” y en el curso de una breve frase muy conocida sobre sus cuentos sorprende la rotundidad (puesto que insiste en ello en un espacio de pocas líneas) con la que Ribeyro acentúa su “propia sensibilidad”, el modo en que selecciona aquello que “a su juicio” merece la pena ser contado:

“Mis cuentos, espejo de mi vida, pero también del mundo que me tocó vivir, en especial el de mi infancia y juventud, que intenté captar y representar en lo que a mi juicio, y de acuerdo con mi propia sensibilidad, lo merecía: oscuros habitantes limeños y sus ilusiones frustradas, escenas de la vida familiar, Miraflores, el mar y los arenales, combates perdidos, militares, borrachines, escritores, hacendados, matones y maleantes, locos, putas, profesores, burócratas”.

Ribeyro mantuvo esta fidelidad a aquello que “a su juicio” merecía ser contado, no fue un escritor de moda, y eso le supuso un reconocimiento tardío.

Al decir que Ribeyro fue fiel a su propia sensibilidad artística en medio de un contexto que anunciaba cosas distintas, no nos referimos, como diría Unamuno, a “una absurda consecuencia doctrinal”, sino a una que admite, en la expresión del autor, los diferentes periodos de una vida mental “con las íntimas contradicciones a ello inherentes” (Unamuno, 1964). La fidelidad de Ribeyro a su propia sensibilidad artística no fue un voluntario heroísmo que un hombre escéptico como Ribeyro jamás habría pretendido, sino el resultado de una honesta lucha interior y exterior no exenta de vacilaciones (como se puede ver en sus diarios), de la que finalmente resultó una consistencia.

De la perseverancia en su atención a algunas pocas cosas del mundo y de la sinceridad al decirlas tal y como él las veía, se construye el argumento sólido que define su obra literaria. De los rasgos que marcan la obra de este escritor peruano que merece la pena ser leído, uno es la discreción.

Esta discreción se verá también iluminada por el estudio del final, que intenta encontrar alguna conclusión de carácter general en una cuentística que se resiste a ser sistematizada por la crítica. Cualquier intento de ordenamiento y unificación de la obra de Ribeyro se encontrará con barreras, barreras que muestran con rebeldía la magnífica independencia de la literatura respecto de los afanes de la crítica.

Con una claridad sorprendente y elocuente, el análisis de los finales de los cuentos de Ribeyro conduce la mirada del lector hacia un lugar insospechado. El análisis del final revela la insistencia con la que el narrador subraya, en las últimas líneas, la toma de conciencia del personaje. Significativamente el narrador no detiene su relato al advertir las consecuencias externas del acontecimiento de los cuentos, de naturaleza diversa, sino que reserva el cierre para del cuento para atender a sus consecuencias en la interioridad del personaje. Escribe “unas líneas más” en las que aflora este segundo nivel de lectura del texto que, sin la debida atención al final, puede pasar inadvertido.

El cierre guía la atención del lector hacia un subrayado de la conciencia del personaje, dotando de un sentido nuevo a lo leído antes, pues el lector comprueba cómo en los diversos relatos varía la naturaleza del acontecimiento contado –un banquete fallido (‘El banquete’), una excursión de dos chicas jóvenes de clase social diferente a la playa (‘Un domingo cualquiera’), la muerte del padre (‘Página de un diario’), la ruptura de un espejo (‘El ropero, los viejos y la muerte’)–, pero su repercusión en el personaje es recurrentemente la misma: la preponderancia de la toma de conciencia, el movimiento de la atención del lector hacia la trama transcurrida en el interior del personaje.

Comprende entonces el lector aquello que Ribeyro ha querido secretamente contar: no tanto que un banquete falla, sino que don Fernando Pasamano conoce su estrepitoso fracaso; no tanto la excursión que evidencia los contrastes entre las dos protagonistas, sino el hecho de que Nelly termina comprendiendo que no volverá a ser invitada; no tanto que el padre muere, sino que el hijo se da cuenta de que se ha convertido en su padre; y no tanto que un espejo que simboliza el pasado se rompe, sino que el padre de los Ribeyro comprende que morirá pronto.

Este segundo nivel de lectura que emerge en el final nos llevará a señalar la toma de conciencia por parte del personaje como una línea maestra de la obra de Ribeyro.

En la naturaleza de la toma de conciencia del personaje, que aflora en el cierre de sus cuentos, nos encontraremos con la lúcida frontera que el autor repetidamente les marca a sus personajes, dejando así constancia de su manera de entender el mundo.

La toma de conciencia por parte del personaje que vertebra los finales de Ribeyro tiene una intensidad discreta. Una intensidad discreta en el sentido de que, una vez esta se produce, los cuentos se terminan. Queda entonces referida al ámbito de la interioridad del personaje y es un descubrimiento amargo después del cual el cuento termina, sin que esta toma de conciencia haya mostrado poder transformador del mundo externo, de su funcionamiento, de sus opresiones.

Es este factor el que nos conduce a conectar el final de los cuentos de Ribeyro con su escepticismo vital, pues demuestra la falta de confianza en que estos momentos “epifánicos” que narran los cuentos tengan una influencia en el entorno del personaje, que permanece inalterable e inalcanzable para su razón y su acción. Se pone en cuestión la capacidad transformadora de la toma de conciencia, que, como hemos advertido, es discreta, cotidiana, sencilla, íntima y, desde un punto de vista práctico, inútil.

Según nuestro estudio, el límite que Ribeyro señala con profunda insistencia en sus finales es la toma de conciencia por parte del personaje. El final de Ribeyro apunta y encarna el escepticismo que es trasfondo de su poética. La toma de conciencia, frontera subrayada hábilmente por el narrador en las últimas líneas de la mayoría de sus relatos, da cuenta del carácter de la obra de este autor de cuidados finales.

En una entrevista, Irene Cabrejos de Kossuth le señala a Ribeyro el hecho de que en muchos de sus cuentos se produce el mismo proceso dialéctico: “el personaje sufre la irrupción temporal de una circunstancia imprevista y azarosa, opuesta a su rutina habitual, que en realidad no transforma su vida, ya que todo vuelve a ser como antes, pero que le hace cobrar una nueva conciencia de sí”.

Ribeyro responde con una consideración que apoya la centralidad de la toma de conciencia por parte del personaje, que el final ha dejado al descubierto con claridad:

“Yo no había pensado en esa interpretación, pero me parece válida, se puede sostener, se puede justificar. En muchos de los cuentos, en un momento dado, los personajes salen de su vida rutinaria y entran en una circunstancia particular que hace que su vida cambie, que dé un vuelco. Qué digo yo, por ejemplo, en el cuento ‘Una aventura nocturna’, en que el protagonista una noche baja a un café donde hay una señora que está sola y entra ahí. Esto podría interpretarse como una circunstancia que le proporcionaría una aventura inesperada, importante para él, porque es un hombre muy solo. Al final no pasa nada, pero la aventura frustrada lo marca de alguna forma”.

En uno de los cuentos más emblemáticos de Ribeyro, ‘Silvio en El Rosedal’ (París, 29 de agosto de 1976), considerado un retrato de la filosofía de su autor, el personaje protagonista, que trabaja en una ferretería limeña, hereda una hacienda en el valle de Tarma, llamada El Rosedal. Al trasladarse allí descubre que tras la casa había un maravilloso rosedal, donde las rosas de todos los colores iban floreciendo a lo largo del año. Al cabo del tiempo, descubre que las rosas han sido plantadas en un orden determinado. Obsesionado con encontrar el sentido de este orden, desde ese momento “No tuvo ojos más que para el rosedal, todo el resto no existía para él”. El cuento narra los muchos y variados intentos del personaje por descubrir el orden del rosedal, de las formas construidas por las rosas. Y termina así:

“Silvio trató otra vez de distinguir los viejos signos, pero no veía sino confusión y desorden, un caprichoso arabesco de tintes, líneas y corolas. En ese jardín no había enigma ni misiva, ni en su vida tampoco. Aún intentó una nueva fórmula que improvisó en el instante: las letras que alguna vez creyó encontrar correspondían correlativamente a los números y sumando estos daban su edad, cincuenta años, la edad en que tal vez debía morir. Pero esta hipótesis no le pareció ni cierta ni falsa y la acogió con la mayor indiferencia. Y al hacerlo se sintió sereno, soberano. Los fuegos artificiales habían cesado. El baile se reanudó entre vítores, aplausos y canciones. Era una noche espléndida. Levantando su violín, lo encajó contra su mandíbula y empezó a tocar para nadie, en medio del estruendo. Para nadie. Y tuvo la certeza de que nunca lo había hecho mejor”.

De aquella empresa obstinada emprendida al inicio del cuento, y que ha marcado todo su desarrollo, ¿qué ha quedado? ¿Qué ha quedado de aquellas ansias de sentido, de aquella búsqueda de un orden definitivo en el jardín de rosas?

El final en la obra de Ribeyro marca una frontera a los personajes en sus afanes por desenvolverse en el mundo. Y esta frontera es, también, discreta. El personaje comprende que en el jardín no hay “orden ni misiva, ni en su vida tampoco”. Deja de lado su búsqueda, se desprende de sus intenciones amorosas por su prima Rosana, que también han ocupado sus desvelos a lo largo del cuento y, al final: ¿qué le queda? El violín y una toma de conciencia por parte del personaje (que comprendió, se dio cuenta, que tuvo la certeza de que nunca lo había hecho mejor). El personaje toma conciencia y es una toma de conciencia discreta, que no altera el mundo. Se produce e inmediatamente después llega el punto y final.

El cuento termina de una manera no concluyente en relación con la tarea que se ha planteado al inicio y a la que el personaje ha dedicado todo el relato. Hay un acento final en la afectividad del personaje. No se da un juicio ni un veredicto, y esto conecta con el espíritu escéptico de Ribeyro y, en última instancia, con su concepción no totalizante de la literatura. Pues, según Ribeyro, la tarea de la literatura no es explicar globalmente la realidad. Esa es tarea de la filosofía.

La toma de conciencia por parte del personaje, que emerge en las últimas líneas, retrata, de este particular modo, los cuentos imperecederos de La palabra del mudo, y en algo responde a aquella pregunta general que el lector se hace después de sorprenderse ante sus finales: ¿Qué cuentan los cuentos de Ribeyro?

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Este texto forma parte del libro El final invisible. Qué cuentan los cuentos de Julio Ramón Ribeyro, fruto de una anterior tesis doctoral y recientemente publicado en Lima por la editorial de la Universidad Ricardo Palma. Estas páginas reproducen, con algunos añadidos, la participación en la mesa redonda desarrollada en Casa de América, Madrid, el 8 de abril de 2019, titulada La palabra de Ribeyro.

[1] En la presentación a Asedios a Julio Ramón Ribeyro, volumen que compila una serie de artículos acerca de distintos aspectos de la obra del autor, Ismael P. Márquez y César Ferreira destacan el desapego (quizá incluso el rechazo) del escritor a la notoriedad fácil y a la adulación gratuita (cfr. Ferreira y Márquez, 1996: 18).

[2] Ribeyro (1975): “Literatura es afectación. Quien ha escogido para expresarse un medio derivado, la escritura, y no uno natural, la palabra, debe obedecer a las reglas del juego. De allí que toda tentativa para dar la impresión de no ser afectado –monólogo interior, escritura automática, lenguaje coloquial– constituye a la postre una afectación en segunda potencia” (120).

[Fuente: http://www.fronterad.com]

En septiembre próximo se cumplirá el centenario del nacimiento del uruguayo Mario Benedetti

Escrito por Daniel Gigena

El próximo 14 de septiembre se cumplirán cien años del poeta, narrador y periodista montevideano Mario Benedetti , « ciudadano ilustre » de la ciudad de Buenos Aires, donde vivió algunos años durante su juventud y, en la agitada década de 1970, como exiliado político. Benedetti es un autor muy reconocido en la Argentina. Sus poemas, cuentos y novelas formaron parte de la « educación sentimental » de muchos lectores, su novela La tregua (1960) fue llevada al cine por Sergio Renán en 1974 y artistas como Nacha Guevara y Alberto Favero musicalizaron sus poesías.

En ocasión del 11º aniversario de la muerte del autor de Próximo prójimo Letras de emergencia , que se conmemoró el pasado 17 de mayo, la Fundación Mario Benedetti, presidida por la escritora Hortensia Campanella, organizó un homenaje audiovisual al escritor. Debido a la pandemia de coronavirus, se encontró un modo ideal de honrar la memoria del escritor: leyendo su obra. Con la cooperación de José Miguel Onaindia, gestor cultural argentino residente en Uruguay, se invitó a un gran elenco de artistas hispanoamericanos como las argentinas Cristina Banegas y Andrea Bonelli, las chilenas Delfina Guzmán y Mariel Bravo (abuela y nieta), y los uruguayos Alfonso Tort y César Troncoso, entre otros, a leer cuentos de Benedetti.

En la página web de la Fundación Mario Benedetti están disponibles varias videolecturas . « La respuesta de los convocados ha sido emocionante -dice Campanella-. Inmediata, unánime, y queremos expresar nuestra gratitud a los participantes ». Cada tres o cuatro días se irán sumando nuevas videolecturas, moduladas por la voces de la actriz Isabel Ordaz y el exbailarín y director del Ballet del Sodre Igor Yebra, ambos españoles; los actores uruguayos Jenny Galván, Rogelio Gracia y Mané Pérez, y el actor argentino Juan Gil Navarro , que leerá « Todos los días son domingo ». El proyecto de la Fundación seguirá abierto durante 2020. 

Para Onaindia, la literatura de Benedetti atraviesa tiempo y territorios. « Es un escritor leído y admirado en todo el mundo y una figura fundamental de la cultura iberoamericana. Sus textos inspiraron obras audiovisuales y escénicas, su poesía fue convertida en canción. Llegar con sus cuentos en la voz de destacados artistas nos pareció el mejor modo de acompañarnos en estos tiempos de obligatorio retiro ». Crítica social, melancolía y poesía de la vida cotidiana son algunos de los atributos de la escritura benedittiana. 

Entre los relatos elegidos figuran « La noche de los feos », « El otro yo », « Los pocillos », « Corazonada », « El sexo de los ángeles » y el minicuento « El hombre que aprendió a ladrar », leído por Guzmán (actriz elegida por Raoul Ruiz y Claudio di Girólamo, entre otros cineastas), donde un hombre enamorado de su mascota se perfecciona en el idioma canino. « Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: ‘La verdad es que ladro por no llorar’. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación ».

[Foto: AFP – fuente: http://www.lanacion.com.ar]

Pocas veces dos actores en la cumbre de su extraordinaria belleza -Elizabeth Taylor y Montgomery Clift- han destilado tanta pasión y deseo. Esa belleza se extiende de forma trágica a toda la película, ‘Un lugar en el sol’, una maravilla filmada en 1951 por George Stevens que traemos hoy a esta sección, en la que Antonio Bazaga persigue nutrir el fin de semana de obras maestras de la historia del cine.

Escrito por Antonio Bazaga

Entre la idea y el hecho existe un verdadero abismo, entre el deseo y el hecho, ¿dónde está la culpa? A veces, la culpa está en la belleza, o en el sueño de poseerla. Destruirse y destruir buscando una ambición, esa maldita ilusión que es la esperanza de poseer un lugar en el sol.

Y ese mismo es el título de la segunda versión -sería demasiado injusto llamarlo remake– que Hollywood desarrollaría para las pantallas cinematográficas de la extensa novela de Theodore Dreiser, An American Tragedy (1925), adaptada en 1951 por el maestro George Stevens y los guionistas Michael Wilson y Harry Brown bajo el más bello título de Un lugar en el sol (A place in the sun).

Con la cabezonería que caracterizaba al director norteamericano, apodado por sus más allegados como “el indio” debido a su perseverancia y su carácter inflexible, y a una lucha titánica contra viento y marea -léase productores, mayors cinematográficas etc…-, Stevens consiguió realizar, tumbando todos los obstáculos, una de las películas más hermosas, cuidada hasta el extremo en todos los aspectos, de la historia del cine.

Porque la belleza forma parte intrínseca de este relato negro, dramático, durísimo en ocasiones y que destila sin embargo hermosura y elegancia por los cuatro costados, sobre una historia (basada en hechos reales como la novela de Dreiser) trágica y dolorosa. La historia de un crimen acaecido en los años veinte y que Stevens y sus guionistas sitúan en los años 50, años de posguerra y de una extraña liberalidad para lo que Estados Unidos tenía acostumbrado por aquel entonces.

Un relato sobre los deseos y la pasión de un hombre, George Eastman (Montgomery Clift) advenedizo inteligente y tortuoso escalador social, abducido por el influjo del eterno “sueño americano” hasta el extremo de despeñarse en su subida, sin consuelo, arrollado por la atroz idea de la muerte, con tal de deshacerse del obstáculo antes utilizado interesada y egoístamente, sin remordimiento, de la nada extraordinaria y corriente Alice Tripp (Shelley Winters), que lo aleja de conseguir lo tanto ansiado: el dinero, la posición social y la mujer bella, Angela Vickers (Elizabeth Taylor), de la que además se ha enamorado perdidamente, ¿quién no?

El horror de este deseo podría parecerles indigno de la más mínima lindeza, pero en manos de G. Stevens, si bien es verdad que enfoca el poder de la historia sobre la apasionada relación amorosa de los dos jóvenes hermosos, resulta de una belleza abrasadora, casi haciéndonos sentir culpables de que sus planes puedan ser entorpecidos y aniquilados, no importa por quien. Y es que pocas veces dos actores en la cumbre de su belleza, nada desdeñable, como las de Taylor y Clift, han destilado tanta pasión y deseo casi solo con sus ojos, y eso que es en blanco y negro. Pero ¿para qué explicarlo si la mera presencia de sus nombres ya eriza la piel? Para que esto aún sea más apoteósico, el director saca de sus protagonistas una verdad y una corporeidad que casi te desploma, con una de las planificaciones más elegantes que el cine haya dado hasta ahora, jugando con las sombras en los momentos precisos, dejando a la cámara que observe e indague por sí sola y ofreciendo los primeros planos, los fundidos y sobre todos ellos los encadenados más precisos y preciosos de la cinematografía mundial.

La música de Franz Waxman es un eslabón más en lo sinuoso y estilizado de esta película, incluidos los momentos en que la vida real del americano medio hace presencia, realidad capitaneada por una soberbia Shelley Winters, que consigue componer todas y cada una de las sensaciones que el personaje pueda ofrecer, para, aun siendo la gran víctima de este desgraciado terceto, comprender cómo podemos llegar a ser de despreciables y egoístas ante el enamoramiento, pero también ante la ambición y el deseo.

Los matices con los que juega Stevens, ninguno innecesario, tejen una tela emocional entre los tres personajes y con aquello que les rodea y aquello que cada uno anhela, los deseos, los -desde una perspectiva distinta- de los jóvenes amantes en algún lugar por encima del estrecho cielo del pobre juguete roto.

Yo que ustedes no me la perdería, o volvería a ella; no lo duden, háganme ese favor.

Para los curiosos: la primera versión cinematográfica de esta historia fue filmada en 1931 por Josef Von Sternberg y protagonizada por Sylvia Sidney, Phillips Holmes y Frances Dee, An American Tragedy.

[Fuente: http://www.elasombrario.com]

Es una generación que defiende una actitud conciliatoria en la evolución del género. No practica transgresiones que desembocan en el nihilismo. Su originalidad arraiga en el legado de las leyendas; en el cante, en el baile y en la guitarra. Son artistas nacidos en los 80 y están en la plenitud de su carrera. Algunos de sus principales representantes, Ana Morales (que actúa este viernes en el ciclo Flamenco Real), Rocío Márquez, Dani de Morón, Sara Calero, Marco Flores, Rocío Molina, David Coria y La Tremendita, hablan de las claves de su mutación

Rosario la Tremendita. Foto: Remedios Malvarez

Escrito por JOSÉ MARÍA VELÁZQUEZ–GAZTELU

La cantaora Rosario la Tremendita (Sevilla, 1984) se ha rapado la mitad de la cabeza, luce un inquietante piercing en el labio inferior, toca la guitarra, el bajo eléctrico y la percusión. Nacida en uno de los barrios de más solera flamenca, Triana, es hija del cantaor José el Tremendo, sobrina nieta de la cantaora La Gandinga y bisnieta de la también cantaora Enriqueta la Pescaera. Se autodefine de esta manera: “Flamenca por tradición, autora por vocación, artista por amor. Lo jondo es congénito. La inquietud, adquirida”. A esta filiación de urgencia podemos añadir el texto de presentación de su segundo disco, Fatum (2013), donde escribe: “[…] el pasado como motor del progreso; ritmos y melodías clásicos inmersos en ecosistemas sonoros contemporáneos; texturas que definen nuestro tiempo y contextualizan un arte centenario”. En su última grabación, Delirium Tremens (2017), incorpora trombón, piano, guitarra eléctrica, trompeta, contrabajo y batería como sustento estructural para el acompañamiento de serranas, soleares, zambras o bulerías. El término valiente es el mantra que Rosario repite incansable como si le faltara el aliento para sostener sus argumentaciones: “Creo que por lo que se nos ha transmitido, lo que hemos estudiado y la labor de los maestros, nuestra generación es muy valiente al percibir que el flamenco necesita de un lenguaje actual, que esté en movimiento. La base de mi generación es que, con sentido de la responsabilidad, hemos mirado hacia atrás para poder seguir adelante con valentía”.

La Tremendita pertenece a ese conjunto de artistas nacidos en la década de los 80 que acaba de consolidar su presencia definitivamente en el universo flamenco y ha alcanzado ya un considerable prestigio en los coliseos internacionales. Y aunque la diversidad es una de sus características más reseñables –lo que enriquece los resultados artísticos del grupo–, sin embargo existen elementos comunes que los relacionan más allá de los aspectos coyunturales que sobrevuelan en la superficie y que, por otro lado, no dejan ver el bosque de una generación creativa, equipada de profundas conexiones con la herencia que recibieron, y dueña de una decidida disposición a descubrir las claves de unos sonidos propios y de aportar originales configuraciones expresivas. Como nos demuestra la historia, el flamenco es al fin y al cabo una vieja tradición en continuo proceso evolutivo.

Sara Calero. Foto: Carmen Hace. Dani de Morón. Foto: Toni Blanco

Camarón y Talega como alimento

“La nuestra es una generación muy viva y consciente de lo que han hecho los que nos han precedido. En todos mis compañeros percibo la necesidad de buscar un lenguaje, siempre teniendo en cuenta el legado de los maestros. Pero, sobre todo, es una generación muy preparada, donde establecemos un continuo diálogo acerca del flamenco que nos une”, afirma el guitarrista Dani de Morón, nacido en Sevilla en 1981, aunque vivió desde siempre en la localidad de Morón de la Frontera, tierra de larga tradición guitarrística, donde se formó. “Yo tenía tatuada a fuego la música de Diego del Gastor, el gran maestro de la guitarra, que ha creado escuela y es el emblema y referencia musical de ese territorio, pero también seguía las lecciones de otro maestro, Manolo Morilla, fiel a la línea que marcaron Niño Ricardo y Sabicas. Para tocar la guitarra flamenca no es necesario haber nacido en un sitio concreto, pero sí es verdad que si se nace en Jerez, en Morón, en Córdoba o en Cádiz, pues naturalmente es más fácil que te caiga el instrumento en las manos”. Después, en 2004, Dani de Morón recibió la llamada de Paco de Lucía para que lo acompañase como segunda guitarra en la gira del disco Cositas buenas por diferentes países, entre ellos Canadá y Estados Unidos. Pero antes ya se había producido una serie de mudanzas –su primer disco se llama Cambio de sentido– que alteraron la dirección tomada por el guitarrista. Era la época en la que se valoraba, por encima de cualquier otra consideración, la ejecución deslumbrante, los trémolos infinitos o llevar a cabo seis picados de infarto en un tiempo que sobrepasaba las posibilidades de la capacidad humana. “Si hago un análisis musical de mi generación, debo manifestar que el disco Luzia, de Paco de Lucía, supuso un descubrimiento. Fue una especie de principio básico para nosotros, ya que ahí se abandona esa obsesión por anteponer la técnica a la transmisión y se inaugura otra forma de contar las cosas. Por entonces, se estimaba en alto grado la pirueta circense y se había olvidado que la música tiene que comunicar, tiene que emocionar”.

Rosario la Tremendita, que desde niña se curtió en los tablaos y en las peñas, que ha cantado para grandes del baile, como Andrés Marín, Rafaela Carrasco y Belén Maya, que ofrece conciertos como solista en los más acreditados festivales, que ha sido nominada en varias ocasiones a los Latin Grammy, considera no obstante que fue en el seno familiar donde descubrió el cante y, al mismo tiempo, la libertad. “Me mostraron los conocimientos pero también el actuar sin ataduras, y esa es la primera referencia que tengo. Luego, para mí ha sido vital sentir todas esas voces que me han llenado: La Niña de los Peines, Tomás Pavón, Pepe Pinto, Caracol, Talega, Camarón o Morente. Necesito escucharlos y el día que no lo hago, lo noto. Es como si me faltara el alimento”. No concibe el concepto de rompimiento ni el rechazo frontal con el pasado, contingencia desde la que inicia un desarrollo donde van implícitas las transformaciones. “Para desestructurar algo tienes que saber muy bien cuáles son los cimientos. No solo en el flamenco sino en cualquier manifestación artística es fundamental una sólida base de los sistemas clásicos”.

David Coria. Foto: Jean Luis Duvert. Rocío Molina. Foto: Simone Fratini

Con quien ha recorrido los teatros del mundo La Tremendita es con Rocío Molina (Torre del Mar, Málaga, 1983), compartiendo cartel, en calidad de cantaora o de directora musical, en espectáculos tan significativos como Vinática, Bosque Ardora, Cuando las piedras vuelen, Oro Viejo, Por el decir de la gente y Afectos. “Investigo y trabajo con el fin de descubrir una técnica propia que me traslade a ese estado de libertad que es la improvisación. Busco los extremos para conseguir emociones inéditas y conquistar otra magnitud”, explicaba Rocío Molina a El Cultural cuando estrenó un espectáculo sin título donde llevaba su cuerpo hasta la extenuación. “Quiero saber qué existe al otro lado del agotamiento”, decía entonces. Molina, con una potente capacidad de transmisión, ha roto los moldes del espacio escénico y de la gestualidad en la danza para crear un mundo donde la sublimación de los sentidos alcanza una gran dimensión artística.

Si en el cante es ahora cuando se están descubriendo inexploradas posibilidades interpretativas, en el baile desde hace tiempo se vienen dando pasos importantes que han forjado distintos criterios estéticos y estilísticos, cambiando no solo la imagen de las nociones dancísticas sino de la puesta en escena y de todo el entramado que rodea a esta disciplina. Ana Morales (Barcelona, 1981), una de las máximas representantes de esta generación, estudió en el Conservatorio Superior de Danza de esa ciudad y terminó de formarse en Sevilla, en la Compañía Andaluza de Danza, en la que más tarde se integró. Interviene este viernes en el ciclo Flamenco Real, que se celebra en el Salón de Baile del Teatro Real. Morales ofrecerá una versión reducida de Una mirada lenta: “Es un espectáculo que hice en un momento en el que intentaba darle importancia a la conciencia del movimiento, a la relación que había entre las claves de las pausadas cadencias en las bailaoras de la antigua escuela sevillana, que hoy podemos decir que representan la tradición, y ubicarlas en mi personal lectura”.

Marco Flores. Foto: Javier Fergo. Ana Morales. Foto: Óscar Romero

Conquistar los sentidos

Sara Calero (Madrid, 1983) propone para el 14 de febrero una adaptación de Petisa loca con pasajes nuevos acomodados a ese recinto singular, y David Coria (Sevilla, 1983), que acaba de estrenar en el Chaillot de París ¡Fandango!, acerca de los controvertidos tópicos de nuestro país, también estará –21 de febrero– en Flamenco Real con Suite, después de haber triunfado en el Festival de Jerez el año pasado con Anónimo, “donde seis artistas en escena dan rienda suelta a sus corporalidades y juegan a existir libres en el movimiento, intentando conquistar los sentidos de los espectadores y hacerlos partícipes de ese ser anónimo”. Para Marco Flores (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1981), que inauguró este ciclo, “las propuestas son especiales, con un formato minimalista y desnudo. El reto se produce cuando cualquier bailaor tiene que hacer algo distinto de su repertorio habitual. Y en este caso, por tratarse de dimensiones reducidas, donde no existen artilugios, luminotecnia ni tantos efectos que te arropen, llegas a una conexión con el público más directa”.

“Pienso que somos –añade Morales– una generación bastante lógica porque intentamos situarnos en la época que estamos viviendo, revisitamos lo anterior e intentamos visualizar el futuro con bastante respeto. Hay un abanico muy amplio, una gran diversidad y, por otro lado, tenemos una actitud bastante comprometida”. Coincide con la cantaora Rocío Márquez (Huelva, 1985): “Definiría mi generación de este modo: convivencia en la diversidad. Estamos en un momento en el que nos representa la amplitud, la riqueza que encontramos en metales de voz muy variados; podemos detectar actitudes tradicionales junto a otras rupturistas, y todo ello cohabita en el mismo marco”. Ana Morales trabaja en lo que ella llama la contemporaneidad, intentando sentir el flamenco desde las vivencias que surgen como revelaciones, una especie de conocimiento empírico captado al instante. “Siempre vamos hacia delante, el flamenco tiene que estar vivo, y ese es un compromiso que tenemos, pero no me manifiesto desde una actitud rompedora, sino que mi baile procede de una visión contemporánea”.

Rocío Márquez. Foto: José Antonio Fernández

Rocío Márquez reflexiona sobre el flamenco de hoy teniendo en cuenta los condicionantes que perfilan a su generación: “El arrancar de cimientos tradicionales para buscar un lenguaje propio es mi desafío, pero se trata de un punto de partida, nunca de un fin. Me parece muy positivo que seamos una generación estudiosa y sólidamente formada, pero todo, al final, viene dado por las circunstancias. En la etapa anterior, con tres o cuatro cantes se hacían carreras maravillosas y te convertías en una gran figura; hoy tenemos que esforzarnos en poseer un amplísimo repertorio, todo va muy de prisa, muy rápido en un contexto globalizado. Tenemos que estar planteando proyectos nuevos y propuestas diferentes cada poco tiempo. Son las exigencias del mundo que vivimos”.

Sara Calero, que se tituló con matrícula de honor en el Conservatorio Superior de Danza de Madrid y fue primera bailarina del Ballet Nacional de España, dice que la gente de su edad es “un eslabón entre la forma de concebir un baile flamenco teatral y de diseño dramático, y el criterio predominante de ahora mismo, que es un modo de baile muy técnico y virtuoso, de mucha dificultad. Jamás he buscado alejarme de los maestros. Al final, la evolución es producto de un empeño auténtico, que profundice en la esencia de la danza que vas moldeando hasta que aparezca tu lenguaje como consecuencia de una reflexión interior y la perseverancia en el esfuerzo corporal”.

[Fuente: http://www.elcultural.com]

Por Roger Tunque

Bikut Toribio Sanchium, joven escritor awajún, acaba de presentar su poemario “Retorno a la nada”. Se trata de una obra poética que reúne pasajes de la vida personal del autor a través de dos grandes episodios: “Del amor de algún tiempo” y “El silencio a gritos”. Consciente de los problemas que enfrenta la humanidad, a través de sus escritos, Toribio también pone en debate el tema de la deforestación, el machismo, los prejuicios sociales y la batalla de un pueblo por buscar sacudirse de la opresión que pretende apoderarse de la vida natural desde una visión occidental.

El poemario fue presentado el 9 de abril en la Casa de la Literatura Peruana y contó con los comentarios del escritor, poeta y periodista especialista en la Amazonía peruana, Roger Rumrrill, y del crítico cultural y literario, investigador interdisciplinario y docente universitario, Arturo Sulca Muñoz.

“Yo me imagino que un reto para cualquier joven awajún presentar un libro”, resaltó Rumrrill. Asimismo, el especialista amazónico hizo referencia al origen mitológico del nombre del joven autor. Así, Rumrrill sostiene que Bikut, de acuerdo con la cosmología awajún, significa “sabio”. “Es un pensador que ha elaborado las normas, las leyes que gobiernan nuestra cultura. Es un reto llamarse Bikut”, reflexiona.

Sobre el libro, Rumrrill afirma que, en un primer momento pensó que, por el título, se trataba de un texto nihilista, que “negaba todo”. “Es un título realmente provocador. ¿A dónde conduce? A nada. Sin embargo, es un libro que inaugura una poesía de la interculturalidad”, refiere. Del mismo modo, el especialista agrega que “Retorno a la nada” es un retorno al pasado, pero un “un pasado doloroso. Al pasado de la infancia, al pasado del olvido, al racismo, al círculo vicioso”.

“Es un poemario que es reflejo de la desculturización de los pueblos indígenas en la actualidad. Para escribir este libro, el autor se ha ‘desnudado’. En el poemario está su alma”, acota.

Roger Rumrrill afirma que aunque en el poemario no hay ninguna alusión a la lengua awajún o wampis, salvo a algunos dioses portadores de las buenas noticias como el picaflor (jempue) o la paloma (yámpits), la interculturalidad está presente en el dolor, la exasperación ya que, Bikut escribe es español, pero “su pensamiento, su sentir, su secreto está hurgando en una realidad absolutamente dolorosa”.

“Es un libro muy crítico, es un poemario desgarrador que busca una respuesta a la crisis de los pueblos indígenas, a la crisis de la cultura peruana, la crisis que vive este país”, sostiene.

Por su parte, Arturo Sulca resaltó que “los poemas de la primera parte del libro, antes que con un sentimiento de amor, tienen que ver con el lazo con el otro. Con un intento de sostener algún tipo de vínculo con el otro. Eso que denominamos amor es, en el fondo, una suerte de relación posible e imposible con el otro”.

“En la segunda parte, en ‘El silencio a gritos’, viene un poco más de lo relativo al título del libro porque de manera insistente aparece la muerte, evidentemente como una marca del tiempo. Hay una tensión con respecto al tiempo. Por un lado, el tiempo haciéndonos recordar a los humanos siempre que somos mortales”, resalta Sulca.

Asimismo, el crítico literario sostiene que el poemario finaliza con una interpelación a los lectores en un intento de encausar los caminos para alcanzar los ideales utópicos que fundan la Modernidad: libertad, igualdad, fraternidad.

Por su parte, el joven poeta dedicó el momento para recordar y agradecer a las personas que le ayudaron a lograr su sueño de escritor.

“Ha sido un camino largo, arduo, duro y lleno de sacrificio y perseverancia. Ha sido el más hermoso mundo que he vivido. Y claro, lo hermoso también está lleno de lágrimas”, contó emocionado.

Dato:

De acuerdo con el Censo Nacional 2017 del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), el 25 por ciento de la población peruana se autoidentificó como quechua, aimara, shawi, ashaninka, awajun, shipibo konibo, indígena de la Amazonía o parte de otro pueblo indígena u originario. De ellos, el 0,2 por ciento (cerca de 38000 personas) se identificó como awajún.

[Fuente: http://www.culturamir.com]