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Considerado uno de los grandes narradores americanos del siglo XX, una nueva biografía indaga en su lado oscuro, sus miedos y su relación con las mujeres

El escritor Philip Roth

Escrito por MAITE NIETO

La directora Isabel Coixet, que dirigió Elegy, una película basada en una obra de Philip Roth ya contó en El País Semanal en noviembre de 2019, algunas peculiaridades sobre su encuentro con el escritor en los meses previos al rodaje. En aquella entrevista que mantuvieron en el estudio anexo a su magnífica casa en el Estado de Nueva York no faltaron los elogios sentidos de la realizadora hacia el escritor. Eran sinceros, pero Coixet explicó que también los había ensayado porque los agentes del que ha sido considerado como uno de los grandes narradores americanos del siglo XX le habían advertido que no escatimara elogios y que no se le ocurriera alabar a otro escritor en su presencia.

Coixet escribió entonces sobre el autor estadounidense: “Me leíste tu libro. Tres veces. Te parabas en algún párrafo que te gustaba especialmente y me decías: ‘¿No es esto magnífico?’. (…) Siempre te detenías en la escena cuando Consuela, la protagonista de El animal moribundo, le mordía la polla al profesor Kepesh. Hacías un ruido extraño con los dientes, me mirabas como esperando que me escandalizara. Me preguntabas cómo iba a rodar esa escena”.

En unas cuantas frases se retrataban la grandeza y los abismos de un escritor que además de eso era persona y cultivaba lados oscuros. Ahora, casi tres años después de su muerte, ocurrida en mayo de 2018, una nueva biografía que verá la luz el 6 de abril incide en esas otras aristas de Roth que van más allá de libros como El lamento de Portnoy o la trilogía formada por Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista (1998) y La mancha humana (2000). La nueva biografía, firmada por Blake Bailey, Philip Roth: The Biography, ha recibido elogiosas críticas de periódicos británicos como The Times y hace que este medio plantee la pregunta de si ha habido alguna vez algún escritor en la historia de las letras americanas más sexualizado que Roth. Y la respuesta del diario británico es contundente: “Roth hace que John Updike y Saul Bellow parezcan recatados”.

El libro cuenta que el primer día que el escritor visitó Londres en 1958 fue a ver la piedra Rosetta y los mármoles de Elgin en el Museo Británico y después encaminó sus pasos hacia el Soho para buscar los servicios de una prostituta. También que cuando dio clases en la Universidad de Pennsylvania los estudiantes que se inscribieron tarde en su seminario, donde había un exceso de solicitudes, terminaron siendo valorados para la selección tanto por su aspecto físico como por sus dotes intelectuales. Otro detalle sobre su personalidad se deja entrever al relatar que durante su larga relación con la actriz Claire Bloom, con quien terminó casándose en 1990 y de quien se separó en 1994, Roth le dijo en un determinado momento que debido a sus problemas cardíacos su relación debería ser casta a partir de aquel momento. Pero que en realidad él no pudo aceptar la impotencia como condición permanente en su vida, dejó de tomar todos los betabloqueantes y mantenía relaciones sexuales con al menos dos mujeres, pero le ocultaba su decisión a quien era su pareja.

Philip Roth y Claire Bloom en su casa de Connecticut en1983.

Philip Roth y Claire Bloom en su casa de Connecticut en1983. MAGNUM

Blake Bailey también señala en su biografía que Roth disfrutaba ejerciendo el papel de Pigmalión con sus amigas, indicándoles qué leer, cómo hablar o comportarse y que a medida que él fue envejeciendo sus amantes se volvían cada vez más jóvenes. Llegó a vanagloriarse de sus conquistas con frases como “yo tenía 40 y ella 19”, cuando recordaba la aventura que tuvo con una de sus estudiantes de la Universidad de Pennsylvania. Un patrón que se repitió con la escritora Lisa Halliday, que se convirtió en su amante cuando él tenía 69 años y ella 25. Se conocieron cuando ella trabajaba en la agencia literaria Wylie, y era la responsable de los asuntos del escritor, y cuando su relación se acabó se convirtió en una amistad a prueba de bombas. De hecho en la primera novela de Hallyday, Asimetría, una de sus partes narra la aventura entre una joven (Alice) que trabaja en el mundo editorial y un afamado autor, eterno aspirante al Nobel (Ezra Blazer), y Roth se mostró encantado con la publicación.

Según su biógrafo, a Roth en la vida privada o se le amaba o se le odiaba. Por ejemplo Mia Farrow, con quien tuvo un breve romance, le defendió a capa y espada. Como lo hicieron muchas de sus amantes que terminaron por convertirse en amigas. Pero no ocurrió lo mismo con las dos mujeres que fueron sus esposas, que en distintos momentos hicieron públicos espeluznantes relatos de dos matrimonios realmente desastrosos.

Su primera mujer fue Maggio Martinson. Él mantuvo que estaba intentando romper con ella en 1959 cuando le engañó diciendo que estaba embarazada. Roth consintió en casarse siempre y cuando abortara. Se divorciaron en 1963 después de cuatro años que calificaron de “histriónicamente infelices”. La relación con su segunda esposa, Claire Bloom, duró 14 años y cuando llegó el divorcio en 1993 él la acusó de “trato cruel e inhumano”. Ella contó su versión en 1996 en unas memorias centradas en su relación que fueron muy poco halagadoras para Roth, Leaving a Doll’s House (Abandonando una casa de muñecas). Le retrató como egoísta, manipulador, vicioso, adúltero y un misógino que retrataba en sus obras a las mujeres como manipuladoras o sumisas y muy pocas veces creíbles. Una visión, que según los críticos, mejoró en sus últimas novelas, aunque en ellas nunca menguó su obsesión por el ego masculino.

La vida de Philip Roth transcurrió así, en lucha: peleó por ser considerado un novelista serio y no un fanático del sexo ―temática presente en muchos de sus libros―, luchó contra sus críticos, sus exesposas y contra su propia decadencia física. También contra el miedo de no ser capaz de escribir la siguiente novela. E incluso luchó por engrandecer su imagen contrarrestando críticas con entrevistas pactadas o indicando a biógrafos con qué viejos amigos suyos debían hablar con preguntas que él mismo preparaba. No consiguió el Nobel de Literatura pero sí ser considerado uno de los grandes escritores del siglo XX. Las dudas sobre su calidad como persona o sobre los miedos que le atenazaban quedaron para la esfera privada.

 

[Fuente: http://www.elpais.com]

Se existise un premio chamado Reino da Galiza, eu habíalle dar o meu voto ao autor de ‘Némese’

Escrito por SUSO DE TORO

Alá vai o Ray Bradbury, escritor e guionista. As súas Crónicas marcianas (hai tradución ao galego) son unhas narracións dun lirismo comparábel ao d’<CF1001>O Principiño; tan líricas, máis duras. Oxalá leve canda si a proporción de recoñecemento que lle corresponde pola súa obra literaria. Porque diso se trata cando despedimos a un escritor, non é?

E diso trata o Premio Príncipe de Asturias ao escritor norteamericano Philip Roth, un recoñecemento. Non sei se ese galardón será tan importante como nos din os medios de comunicación españois ou se será propaganda entusiasta para consumo interno da institución monárquica. Tanto ten, o premio ha estar ben dotado economicamente e o autor acudirá a recibilo puntualmente, que todos temos facturas a pagar. Non sei se ese premio merece a Philip Roth, mais estou certo de que Roth merece ese e calquera outro premio literario, pois é un escritor de talento, esforzado e valente.

Un escritor xudeu. Corresponde chamarlle “escritor xudeu” a alguén? Depende. As máis das veces corresponde, pois é unha identidade moi poderosa. En calquera caso, Philip Roth éo, na súa maneira particular. Sábese pertencer a unha comunidade humana, non por elección propia, non de modo conformista, mais aceptando á fin a evidencia de que ser xudeu marca o seu destino. A súa relación co xudaísmo é problemática para el e problematizadora para boa parte dos xudeus. Sobre todo para aqueles que desexan existir como comunidade, e por iso un e outros mantiveron sempre relacións tensas. O caso é que para comprender ao Roth escritor hai que aceptar que é un escritor antropoloxicamente xudeu emparentado con outros escritores e intelectuais xudeus da Europa de antes do fascismo e da Norteamérica actual. Os xudeus israelitas entendo que son doutro xeito e son outra historia.

Un escritor medio xudeu e marcado por esa orixe, J.D. Salinger, escribiu un libro que educa desde hai décadas a millóns de adolescentes norteamericanos, The Catcher in the rye (hai tradución ao galego). Roth escribiu anos despois un libro que tamén foi un éxito, Portnoy’s complaint (non temos tradución ao galego) e que é como o reverso salvaxe daquelas outras andanzas dun adolescente confuso. O libro de Roth é a longa imprecación dun adolescente neurótico, un pranto existencial que se prolongou na súa obra até chegar aos últimos libros, nos que aquela sexualidade furiosa deu paso ás doenzas e ofensas da vellez.

Sempre lúcido, sempre destemido a procurar algo tan temíbel como esa cousa que chaman “a verdade”. E por iso perturbador. A patria e a identidade toda dos personaxes de Roth, esa galería de máscaras que foron dar na máscara final dun vello doente, é o corpo: da sexualidade á enfermidade. Un existencialismo bizarro, unha desesperación tan masculina. Non é preciso que diga que se existise un premio chamado Reino da Galiza e me preguntasen, eu habíalle dar o meu voto.

[Fonte: http://www.elpais.com]

 

 

El legado de Philip Roth, conformado por decenas de textos, son parte de la identidad literaria estadounidense del siglo XX. Estos son algunos de los más importantes

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Goodbye, Columbus (1959)

Este es el primer libro publicado por Roth. Tiene, además de la novela que le da el título, otras cinco historias cortas. Se ambientan en New Jersey, escenario frecuentemente usado por el escritor. Son historias irreverentes, provocadoras, sexuales; a pesar de ser su opera prima, su identidad ya se puede leer en las páginas. Estos cinco relatos hablan, con críticas pero también reconocimientos, sobre la identidad judía en la clase media de Estados Unidos de mitad de siglo.

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El mal de Portnoy (1969)

Alexander Portnoy está en sesión con su psicoanalista. El monólogo, que pretende encontrar la raíz de sus problemas, trata de los conflictos que un joven judío que aún no se ha casado y tiene una naturaleza sexual despierta y punzante. Es un retrato irónico y divertido de las tradiciones y psicología de la comunidad judío estadounidense, y del desmoronamiento del sueño americano.

El teatro de Sabbath (1995)

Mickey Sabbath es un titiritero acabado que se regodea en su estatus de “viejo sucio”. Cuando Drenka, su amante de muchos años, muere de una forma terrible, Sabbath entra en una retrospectiva que lo empuja a evaluar lo que ha hecho en su vida.

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Trilogía Americana: Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista (1998), La mancha humana (2000)

En este tercio de libros, el alter ego de Roth, Nathan Zuckerman, guía la narrativa, mientras transcribe audios de conversaciones que mantuvo con, o acerca de, personas fallecidas, que se convierten en el núcleo de la historia que el narrador contará.

En esta trilogía se puede percibir el minucioso y preciso trabajo que Philip Roth hacía en sus novelas. Los cambios de tiempo narrativo y manejo de los personajes reflejan una realidad contemporánea, mientras se sumerge en una ficción tremendamente entretenida.

Estos trabajos le merecieron un premio Pulitzer por Pastoral americana y la adaptación de La mancha humana a cine, por el director Robert Benton, protagonizada por Anthony Hopkins y Nicole Kidman.

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La conjura contra América (2004)

Esta es una novela de historia alternativa en la que cuentan los Estados Unidos de los años 40, si en vez de Franklin D. Roosevelt el presidente hubiera sido Charles Lindbergh. En esta, el autor utiliza recuerdos de su niñez para construir un mundo paralelo que parece terroríficamente plausible. Se cuenta la historia de la familia Roth, que atraviesa una sarta de vicisitudes conforme se va aceptando más el antisemitismo en la vida estadounidense y en las familias de origen judío, que son perseguidas de diversas formas.

 

 

[Fuente: http://www.gatopardo.com]

Écrit par Jonas Follonier

Un petit livre incontournable que Portnoy et son complexe, roman de 1969 ayant valu à l’Américain Philip Roth sa sulfureuse notoriété. L’auteur avait déjà publié un recueil de nouvelles dix ans plus tôt, Goodbye, Columbus, qui n’avait pas obtenu le succès. Néanmoins, les thèmes obsessionnels de Roth étaient déjà présents, à commencer bien sûr par la judéité. Obsessionnel, cet écrivain l’est assurément, comme tous les génies. Imaginez un Tarantino qui ne fût pas obsessionnel, de même qu’un Proust, un Polnareff, un Flaubert ou un Kubrick. Et il est une obsession qui parcourt tout Portnoy et son complexe: celle du sexe.

La folie de la branlette

Trois des six chapitres portent un titre évocateur: «La branlette», «Fou de la chatte» et «La forme la plus courante de la dégradation dans la vie érotique». Portnoy et son complexe est souvent résumé et même réduit, à tort, au récit de la manie masturbatoire. Mais il serait tout autant malhonnête de ne pas reconnaître qu’il s’agit d’une dimension importante du roman. D’ailleurs, qu’est-ce que le complexe de Portnoy? Un «trouble caractérisé par une perpétuelle tension entre de vives pulsions d’ordre éthique et altrusite et d’irrésistibles exigences sexuelles, souvent de tendance perverse», comme nous l’indique la définition qui précède le récit. Il est amusant de noter que les exigences ne sont pas d’ordre moral, mais sexuel, tandis que ce sont les pulsions qui sont d’ordre éthique. Cette perversion se trouve au cœur du roman, non sans une profonde ironie. Tout est là: les fixations sont par définition insatisfaites.

Si l’ouvrage est si intéressant, c’est qu’il ne ressemble à nul autre pareil. Et qu’il est la première véritable occurence de Philip Roth tel qu’on l’aborde aujourd’hui, qu’il marque par ailleurs l’affirmation de son style, inclassable. «Je m’arrache à mon pantalon et j’empoigne furieusement ce bélier délabré qui me donne accès à la liberté, ma pine adolescente, alors même que ma mère commence à appeler de l’autre côté de la porte de la salle de bain. ‘‘Alors cette fois, ne tire pas la chasse. Tu m’entends, Alex? Il faut que je voie ce qu’il y a dans cette cuvette!’’» La trame comique de ce passage, fil rouge de toute une partie du roman, voire de sa totalité, est le quiproquo entre les envies masturbatoires du jeune narrateur et ses soi-disant maux de ventre que lui soupçonne sa mère. D’autant plus que le père est constipé.

Un récit touchant, poignant, ébranlant, jouissif

Toute la beauté du roman – car le roman est non seulement drôle, mais il est aussi beau – ainsi que sa profondeur résident dans l’ambiance du récit. Comme il y a une Stendhalie pour Stendhal, nous pourrions parle d’une «Rothanie», ou de quelque chose de la sorte. Les romans de Philip Roth – je me permets de généraliser pour la petite piochée de livres que j’ai lue et la lecture des articles de mes collègues – c’est ce je-ne-sais-quoi de tendre dans le quotidien d’un jeune Juif dans l’Amérique des années cinquante.

A lire aussi: Pastorale américaine, un ouvrage qui dit tout

«Doctor Spielvogel, accuser ne soulage en rien – accuser, c’est encore être malade, bien sûr, bien sûr – mais néanmoins, qu’avaient-ils donc ces parents juifs, qu’avaient-ils pour être capables de nous faire croire, à nous petits garçons juifs, que nous étions d’une part des princes, uniques comme la licorne, géniaux et brillants comme personne ne fut jamais brillant et beau dans toute l’histoire de l’enfance – jeunes sauveurs et pures perfections d’une part, et de tels petits merdeux, turbulents, incapables, étourdis, ineptes, égoïstes, de tels petits ingrats de l’autre!»

Ce n’est pas nouveau, seule la peinture d’une identité particulière nous permet d’accéder à l’universel. Philip Roth est touchant parce que son personnage est touchant et que le Juif est touchant et que l’être humain est touchant et que moi-même, en fin de compte, et avec beaucoup d’imagination, je suis touchant. L’art de la touche, c’est l’art de Roth.

 

[Photo : Loris S. Musumeci – source : http://www.leregardlibre.com]

 

 

La muerte del gran escritor estadunidense Philip Roth nos obliga a revisitar una buena cantidad de materiales audiovisuales en torno a su vida y su obra. Incluyendo adaptaciones —no siempre bien logradas— de sus novelas al cine, documentales y entrevistas reveladoras, la siguiente lista es un mínimo repaso para acercarse, fuera de sus libros, a uno de los mejores escritores del siglo XX.

Dos horas con Philip Roth

Philip Roth Unleashed (Sarah Aspinall, 2014)

 

La BBC británica es uno de los mejores ejemplos de que la inversión pública en cultura puede dar frutos sustanciosos. Este documental de la serie “Imagine”, dividido en dos partes y transmitido en 2014, lo confirma, aunque su título sea un poco tramposo: unleashed (“desatado”) como si Philip Roth fuera alguien a quien se debe dar “rienda suelta” para dejarlo hablar con absoluta comodidad. Pero aquí el asunto se debe a más a la disponibilidad del afamado escritor, quien antes no hubiera dedicado tanto tiempo a una larga entrevista, por estar sumido en sus ocupaciones creativas. Por eso el documental es un retrato fidedigno, conversado y bien punteado por el autor, apoyado en materiales de archivo y con la participación, entre otros, de Edna O’Brien y de Salman Rushdie. A ratos, el protagonismo de su entrevistador, Alan Yentob, es excesivo. Divierte de cualquier manera ver la habilidad de Roth para contestar o voltear las preguntas sin perder la sinceridad. Para Roth, la libertad verbal y la honestidad expresiva de su escritura recuperan su infancia en Newark. A partir de ahí, la experiencia vivida se convierte en la forma más provocadoramente bella y descarnada del arte.


El documental más valioso: Philip Roth a sus sesenta años

Philip Roth (Arena) (1993)

Tal vez antes de ver el documental anterior, los lectores de Roth deberían interesarse en este episodio de la serie “Arena”, filmado con motivo de sus sesenta años y de la publicación de Operation Shylock. Es un encuentro mucho más sucinto con el autor y una abierta discusión sobre sus aspectos más controversiales, como las acusaciones de antisemita que recibió por parte de la comunidad judía estadunidense. Además de las declaraciones de Roth, aparecen académicos, críticos, las opiniones negativas de Gershom Sholem y la defensa de Saul Bellow, amigos y familiares del escritor, entre otros. Dentro de las series de la BBC y entre las muchas entrevistas con Roth, el diálogo del 2003 con David Remnick, editor desde hace años de The New Yorker, también es muy recomendable.


Cinco adaptaciones

Son muchas las adaptaciones de obras de Philip Roth al cine. Muy pocas se le acercan a la calidad de sus novelas, a pesar de sus esfuerzos actorales y del reto que representan para directores y guionistas. Las siguientes son algunas de las más recientes.


La mancha humana

(The Human Stain, dir: Robert Benton, 2003)

Anthony Hopkins, Nicole Kidman y Ed Harris protagonizan este thriller, adaptado de la novella homónima de Roth, publicada en el 2000. El pasado del profesor Coleman Silk (Hopkins) y su verdadera identidad racial afloran poco a poco luego de conocer al escritor Nathan Zuckerman (Gary Sinise) y a una mujer que ama, Faunia Farley (Kidman), que también tiene un pasado opaco. La película no sube de 6,3 sobre 10 en Imdb y 57 puntos en el promedio de Metacritic (entre reseñas positivas y negativas).


La elegida

(Elegy, dir: Isabel Coixet, 2008)

Basada en la novela corta The Dying Animal (El animal moribundo) de 2001, esta película también pertenece a lo que algunos han llamado la “ficción académica”. David Kepesh (Ben Kingsley) es un carismático profesor de Literatura en Columbia, paradigma del hombre liberado y bien asentado en su masculinidad. La trama está basada en la historia de su seducción a una estudiante irresistible de 24 años, Consuela (Penélope Cruz). Rating: 66 en Metacritic y 6,8 en Imdb.


The Last Act

(dir: Barry Levinson, 2014)

Esta comedia pone literalmente en escena a Simon Axler (Al Pacino), un actor de teatro veterano de Broadway, entrado en su séptima década, al que rapta un día la quijotesca locura: esa dificultad para pisar los límites del escenario y distinguir con claridad entre la realidad y la ficción. Se trata de una adaptación de la novela The Humbling (La humillación) de 2009. Tiene un rating bajísimo a pesar de la envolvente figura de Al Pacino: 59 en Metacritic y 5,6 en Imdb.


El fin del sueño americano

(American pastoral, dir: Ewan McGregor, 2016)

Ewan McGregor, Jennyfer Connoly y Dakota Fanning integran un elenco prometedor para esta adaptación de una de las novelas más exitosas y conocidas de Roth, merecedora del Pulitzer en 1997: Pastoral americana. El debut de McGregor como director es en este rubro un estrepitoso fracaso. Tiene el rating más bajo entre todos los intentos de adaptación que hemos recabado: 43 en Metacritic, 6,1 en Imdb y 4,8/10 en Rotten tomatoes.


Indignación

(Indignation, dir: James Schamus, 2016)

Para muchos, esta es de las pocas adaptaciones de Philip Roth más o menos bien logradas (adaptación de una novela homónima publicada en 2009). Logra transmitir ese vértigo polémico de la identidad judía estadunidense, la imbatible ironía ante la realidad y las relaciones sexuales, la impudicia a toda máquina, la neurosis sin fracturas de sus protagonistas, tan características de Roth. Ambientada en 1951, un adolescente judío de Newark, Marcus Messner (Logan Lerman), alterego de Roth, es recompensado por sus aptitudes literarias con una beca para estudiar en la escuela cristina de Winsburg College. En ese momento, descubrirá el mundo, la sexualidad y los conflictivos confines de sus orígenes identitarios. Con un reparto menos conocido y brilloso, tiene el rating más alto de toda esta lista:78 en Metacritic y 6,8 en Imdb.

 

[Fuente: http://www.nexos.com.mx]

Escrito por ARIEL GONZÁLEZ JIMÉNEZ

En su Antología del cuento norteamericano, Richard Ford incluye un trabajo de Philip Roth que forma parte de su libro Goodbye Columbus, la obra que le abrió camino al autor fallecido el pasado miércoles. Se trata de un cuento de una gran profundidad y sencillez (dos materias que en literatura, por suerte, pueden campear unidas), donde un jovencito judío gusta de llevar la contra al rabino en el curso previo a la Bar Mitzvah (esa ceremonia judaica por la que todo hombre debe pasar a los 13 años, precisamente para asumir que ha dejado atrás la niñez).

El protagonista, Ozzie Freedman, cuestiona al rabino del modo más inocente, que es el que siempre resulta más provocador para todas las ortodoxias: “La primera vez había querido saber cómo podía el rabino Binder llamar a los judíos ‘el pueblo elegido’ si la Declaración de Independencia aseguraba que todos los hombres habían sido creados iguales”.

Son preguntas que sacan constantemente de quicio al rabino Binder, hasta que se genera una auténtica crisis. El relato se llama “La conversión de los judíos”, y no les diré más de qué va porque corro el riesgo de espoilearlos (como se dice ahora), lo cual sería una lástima porque el cuento no tiene desperdicio.

Lo que sí diré es que este texto prefigura uno de los grandes filones temáticos en la obra de Roth: el universo judaico, sus ritos, costumbres y representaciones más trascendentes, así como el humorístico, puntilloso y mordaz tratamiento que recibe por parte del que fuera una de las voces literarias más grandes del siglo XX estadunidense.

Su visión de lo judío significó en su obra una suerte de ejercicio crítico y liberador que no abandonaría nunca; le valdría incluso el desprecio de su comunidad y aun de escritores —bueno, también patriarcas del judaísmo— como Gershom Scholem, quien dijo que El lamento de Portnoy era la obra que habían estado esperando todos los enemigos de los judíos.

Lamentablemente para Scholem, había sido escrita no por un palestino ni por un nazi ni por un antisemita, sino por un judío. ¿Eso es posible? La verdadera literatura, emprendida como un ejercicio de absoluta libertad, confirma que sí. El lamento de Portnoy es el monólogo sincero (duro y humorístico, según se vea) que un tipo llamado Alexander Portnoy realiza frente a su psicoanalista, relatándole todas sus lujurias y frustraciones sexuales. Obviamente, toda la perversidad de la obra no encontró ninguna tolerancia entre la ortodoxia judía, si bien sirvió para catapultar su fama literaria.

Pero luego de que esta novela fuera estigmatizada por la comunidad judía, vinieron algunas chicas radicales a poner el ojo a la supuesta misoginia en esta y otras obras de Roth. Estas furibundas lectoras empezaron a encontrar toda clase de vicios y pecados que delataban cuando menos su misoginia, al punto de que llegó a hablarse del “complejo de vagina dentada” que, según estas doctas mujeres, estaba presente en la novelística de Roth.

Ahora, ya bien muerto, no faltaron en las redes sociales las (¿feministas?) que volvieron al tema de la misoginia de Roth, intentando patear sus restos como si se tratara de un bestial acosador o infame violador. Por suerte, uno de sus biógrafos salió a defenderlo recordando que en su lecho de muerte contó con la presencia de al menos cinco de sus exmujeres —porque eso sí, hay que reconocer que el señor Roth era un conquistador.

Por eso me encuentro que ya desde antes de su muerte algunas fanáticas lo incluían entre los escritores-machos que hay que denunciar y, supongo, dejar de leer y, en cuanto sea posible, prohibir sus libros. Vean esta joyita que me encontré en internet: “Pensemos en David Foster Wallace y los personajes que pueblan sus novelas, sí, pero también en Philip Roth, en Michel Houellebecq, en Normal Mailer, en Frédéric Beigbeder, en John Fante, en Martin Amis, en Elias Cannetti o en Charles Bukowski.

“Es decir, pensemos en una literatura rabiosamente cipotuda (sic), narcisistícamente fálica, que ya no erige su misoginia estructural en concepciones científicas, filosóficas o teológicas, sino de una literatura que se atrinchera en el reverso, en el negativo fotográfico de la aversión a lo femenino: en la crisis de lo macho, en la sobreexposición de unos miedos hasta ahora indecibles, en la problematización del sexo y las emociones, en la desconstrucción del propio privilegio”.

Quizás algo de eso tomó en cuenta la Academia Sueca para nunca darle el Nobel a Roth. La institución, tan políticamente correcta, ha sido incapaz en infinidad de ocasiones de defender la literatura por encima de lo ideológico y lo político. Pero que no se lo hayan dado a Roth demuestra que toda una generación de titanes de las letras que tampoco lo recibieron ni lo recibirán (John Updike y Norman Mailer, ya muertos, o los vivos Cormac McCarthy, Don de Lillo o Thomas Pynchon), simplemente no han estado en el radar de una Academia que quizás por eso está hoy en franca bancarrota.

 

[Fuente: http://www.milenio.com]

 

Si una cosa no farà la literatura, és canviar el món.

L’escriptor Philip Roth

Escrit per Roser Casamayor

L’altre dia vaig llegir un article d’Eudald Espluga publicat fa un parell d’anys sobre per què ens agraden els escriptors masclistes. Però de fet l’article acaba responent per què ho són, no per què ens agraden. Diu que la tragèdia de la virilitat ferida per la desconstrucció del privilegi propi els ofereix a segons quins escriptors una sortida dramàtica i victimista en la literatura; també que són portadors d’una espècie de “misogínia feminista” (això ho diu Despentes de Houellebecq), que en el fons des d’aquest menyspreu hi ha una celebració del sexe femení. Perdoneu, però a mi això últim no em cola. Sobretot, que l’article acabi dient que existeixi aquest tipus de literatura fa que ens preguntem el perquè de tot plegat. I que això ja de per si és bo.

Sincerament, crec que tot plegat té més a veure simplement amb el primer punt que detectava l’article. Jo no afirmaré rotundament que els protagonistes mascles de RothFoster Wallace o Houellebecq siguin misògins, però sí masclistes. Molt masclistes. D’un masclisme ranci, autoinculpador i profundament narcisista. Crec que aquí tenim la clau de volta de tot plegat: la culpabilitat i el narcisisme. Per què llegim aquests autors, doncs?

Fem un exercici de sinceritat, va: en el fons, no ens enamoren els homes conscients, intel·ligents i que reconeixen amb culpabilitat el masclisme que professen? No ens fa llàstima, dones del segle XXI (però que ens hem socialitzat entenent que havíem de ser comprensives, generoses, amables, servicials), aquell pobre mascle al llit, desemparat i masclista? No ens traiem el vestit de superheroïnes que ens havíem posat, de dones fortes i apoderades, per fer-li una moixaina? (En cap cas no estic parlant de situacions de violència, vull que quedi MOLT CLAR). Doncs què ens estranya que fem el mateix amb els llibres d’aquests grans autors? Perquè aquí discrepo clarament amb l’article que us he citat abans: si bé és cert que hi ha autoparòdia i ironia, això no impedeix que no hi hagi un masclisme latent molt fort en aquestes obres. La consciència no esborra el crim.

Així que, acceptem-ho, quan llegim Roth o Houellebecq o Foster Wallace ens traiem la disfressa (o era la pell?) i acceptem que el protagonista sigui un gran imbècil, i que digui coses com:

“―No ho sé, potser és veritat, dec ser una mena de masclista. En realitat, mai no m’he convençut que sigui una bona idea que les dones puguin votar, fer els mateixos estudis que els homes, accedir a les mateixes professions, etc. En fi, ens hi hem acostumat, però, en el fons, és una bona idea?” (també de Submissió).

O:

La mitad de las mujeres… Es una tipología más común de lo que parece entre las chicas con estudios de por aquí. No quieras saber qué clase de festival era ni por qué estábamos allí los tres, créeme. Agarraré el toro político por los cuernos y confesaré que la clasifiqué como objetivo de una noche, y que mi interés por ella se debía por completo al hecho de que era guapa. Sexualmente atractiva, sexy. […] qué aprovechado se siente uno cuando es tan fácil conseguir que este tipo de mujeres te considere un alma caritativa” (d’Entrevistas breves con Hombres repulsivos, de Foster Wallace).

No ho sé, a mi m’agraden aquests autors. M’agraden pel seu estil excessiu, pel domini del llenguatge excepcional, per l’autoparòdia profundament intel·ligent, per l’esgotament del llenguatge per neurosi, perquè estructuren les seves obres de manera que cada frase acabi posant la pedra exacta al lloc exacte perquè es construeixi un palauet (masclista, però un puto palauet, acceptem-ho!). També m’agrada que facin visibles estructures que sembla que tinguem superades, però que en el fons ens tornen a un lloc confortable, una espècie de zona de confort de merda (injusta, incòmoda, contra la qual lluitem, però que no deixa de ser de confort, siguem sinceres!). I també perquè escriuen coses com “També vostè necessita que li facin veure l’infantilisme que hi ha en el fet d’aparellar-se? I tant, que és infantil. La vida de família ho és, avui dia més que mai, quan cobra sentit gràcies als infants. La vida de parella i la vida de família fan treure tot el que hi ha d’infantil en tothom que en forma part” (L’animal moribund, de Philip Roth).

I no em fa res reconèixer-ho. Ho reconec, ho reconec, ho reconec: Roth s’abaixa els pantalons davant meu i accepto que els seus personatges siguin uns cabrons, uns infantils i uns narcisistes. I què hi farem? Ens flagel·larem perquè ens agradin aquests autors? Perquè ens resultin provocadors, n’admirem el domini lingüístic, ens facin sentir còmodes i incòmodes alhora i ens facin riure?

Em sembla que simplement hem de seguir lluitant perquè el punt de retorn i comoditat no sigui més aquest. Però la lluita es fa als carrers, senyores, no en els llibres de ficció: si una cosa no farà la literatura, és canviar el món. Així que estiguem aguait per detectar totes les formes de violència masclista que tenim pel nostre voltant diàriament, exigim als nostres polítics que estiguin a l’altura del moment històric, sortim al carrer quan toqui, però sobretot no ens culpabilitzem també nosaltres, que no cal crear més monstres. I llegim, sobretot: llegim Woolf, Despentes, Churchill, Srbljanovic i Liddell; llegim Rodoreda, Català, Solà i Marçal; llegim Lispector, Pizarnik, Plath i Dickinson; i llegim també les germanes Brönte, llegim-ho tot, i gaudim-ho, i sapiguem què estem fent, i siguem felices en temps de confinament.

 

[Font: http://www.nuvol.com]

 

David Foster Wallace, Philip Roth, Michel Houellebecq… ¿son sus libros dramitas masculinos para hombres? ¿la misoginia que desprenden sus personajes impide una lectura feminista de la crisis del macho?

Escrito por Eudald Espluga

Este septiembre se cumplirán 10 años del suicidio del escritor que todos los hombres blancos heterosexuales con ambiciones intelectuales recomiendan: David Foster Wallace. Una efeméride que nos obliga a retomar la pregunta que Deirdre Coyle lanzaba en su artículo « Los hombres me recomiendan David Foster Wallace »: ¿por qué los lectores del autor de Entrevistas breves con hombres repulsivos tienden a ser hombres repulsivos? Y que nos invita, además, a añadirle otra pregunta que quizá sea incluso más perturbadora: ¿por qué nos gustan tanto los hombres repulsivos?

Pensemos en David Foster Wallace y los personajes que pueblan sus novelas, sí, pero también en Philip Roth, en Michel Houellebecq, en Normal Mailer, en Frédéric Beigbeder, en John Fante, en Martin Amis, en Elias Cannetti o en Charles Bukowski.

Es decir, pensemos en una literatura rabiosamente cipotuda, narcisistícamente fálica, que ya no erige su misoginia estructural en concepciones científicas, filosóficas o teológicas, sino de una literatura que se atrinchera en el reverso, en el negativo fotográfico de la aversión a lo femenino: en la crisis de lo macho, en la sobreexposición de unos miedos hasta ahora indecibles, en la problematización del sexo y las emociones, en la desconstrucción del propio privilegio.

I.

¿Por qué nos gustan los capullos?

« La novela contemporánea heteromasculina considerada ‘seria’ es una Historia de Mí apenas velada, tan vorazmente consuntiva como todo el patriarcado. Mientras que el héroe/antihéroes es explícitamente el autor, todos los demás son reducidos a « personajes ». […] Cuando las mujeres intentamos penetrar esta falsedad presuntosa dando nombres porque nuestros « yoes » cambian según conocemos otros « yoes », nos llaman zorras, difamadoras, pornógrafas y aficionadas. « ¿Por qué estás tan enfadada? », me dijo él. »

Lo que acabamos de leer es una de las muchas ideas que podemos encontrar en Amo a Dick, de Chris Kraus, una novela dedicada a escenificar esta pasión cultural por la hombría crepuscular, por la representación artística de la virilidad herida.

En el libro, Chris se enamora de Dick —con el doble sentido de « polla » y « capullo »—. Es decir, se enamora de un vaquero-escultor, un macho sensible y exitoso, tan autosatisfecho con su poderío sexual como naif en sus profundas reflexiones. Por supuesto, el libro es una gran burla. Es un sarcasmo doloroso e íntimo, porque su trasfondo es trágico: ¿por qué amamos a los capullos? ¿por qué incluso en su declive la masculinidad está divinizada y su lamento deviene un elegía que debemos escuchar con posado grave? ¿Por qué no escribimos columnas pidiendo que los escritores hablen de temas universales en vez de insistir en su propio ser hombres, siempre en tono plañidero, furibundo y ofendido?

II.

Dramitas de hombres…¿para hombres?

Representar literariamente la misoginia no te convierte en un misógino y, sin embargo, ¿hasta qué punto la crisis de la masculinidad como tópico literario no termina justificando la misoginia como un mecanismo de autodefensa natural y comprensible?

Esto es lo que sugería Mayca Castro Rodríguez en un artículo en el que se ocupa de la imposibilidad de empatizar con lo que llama « dramitas masculinos ». Castro apunta al hecho que « la tragedia de la virilidad crepuscular » ofrece una salida dramática y victimista a una serie de problemas que los hombres se siguen negando a afrontar. Además, les permite presentar esta masculinidad herida con tintes trágicos, darle dimensión épica y dotarla de un aura especial que casi nos mueve a la compasión.

Pero ¿es realmente así? ¿Los dramitas de hombres son solo para hombres? ¿Entrevistas breves para hombres repulsivos es un libro con el que gozan solamente a los hombres repulsivos? ¿No podemos identificarnos con los capullos?

Pensemos en estos versos de Michel Houellebecq:

« Los hombres solo quieren que les coman el rabo.

Tantas horas al día como sea posible.

Tantas chicas bonitas como sea posible.

Fuera de eso, les interesan las cuestiones técnicas.

¿Ha quedado lo bastante claro? »

¿Se puede empatizar con alguien que escribe con la polla sin ser un machote como Dick?

Virginie Despentes cree que sí. En el caso de Houellebecq, cuando le preguntamos si lo consideraba un autor misógino o machista, apuntaba: « lo considero como alguien que desarrolla un discurso de superodio a las mujeres, cosa que es increíble porque cuando lo conoces no es así. Pero también lo considero como el autor de la crítica del machismo de la masculinidad. Su masculinidad es una masculinidad que es enferma y débil. Si lo piensas, es uno de los autores más críticos. No creo que tenga cariño por su discurso de odio a las mujeres, es más bien el síntoma de una masculinidad blanca que no puede ir más allá. Yo creo que deja a sus lectores que piensen lo que quieran, pero en el fondo sabe que el machismo no es bueno. Pienso que es mejor persona [risas]. Se nota en su poesía, donde es más suave. No lo veo como el típico machista, o como Philip Roth: aquí sí tenemos al auténtico macho ».

La autora de Vernon Subutex asume la existencia de una gradación: una obra misógina puede no ser machista si contiene suficiente ironía y autoparodia, si el odio a las mujeres resulta lo bastante incómodo.

III.

Misoginia… ¿feminista?

Pensemos, por último, en Divorcio en el aire, de Gonzalo Torné. El personaje de Joan-Marc es una recreación hiperrealista de cierta misoginia intelectualizada y blanqueada por la descripción antropológica de la diferencia entre los géneros. Sin embargo, a la diarrea verbal y filosófica del protagonista se opone la estructura de la novela, que permite al lector gozar de la distancia y la repulsión que exigía Despentes:

« -Mira, los chicos nos hacemos los hombres antes de serlo, sacamos pecho, marcamos paquete, nos desabrochamos el segundo botón de la camisa, porque esperamos que eso os impresione; os hacemos reír, y eso está bien, pero nunca nos habéis creído, somos incapaces de sostener la interpretación. Jugamos a ser el sexo fuerte, pero ahí nos tienes, temblando de emoción ante esos organismos que transportan los elementos indispensables para organizar un paraíso en la Tierra. Ninguna de vosotras entendéis desde vuestro desarrollo gradual lo que supone la detonación a los doce, a los trece, a los catorce de esas bombas de testosterona que queman brazos enteros de neuronas hasta la raíz, que impulsan al vello crecer por todo el cuerpo, que te cambian las facciones a tirones, estamos puestos aquí, entre las sensaciones, para plantar la semilla en el surco carnal y asegurar el relevo. ¿Entiendes?

-No. »

La rubrica a esta idea la podríamos encontrar en la interpretación feminista del mismo Philip Roth, alguien que no solo es tildado de misógino por Despentes, sino también por Lionel Shiver — »los personajes femeninos de Roth no son ni de lejos tan completos como los masculinos; muchas veces las mujeres no son más que un montón de cuerpos o, si son exmujeres, errores andantes »—, por Vivian Gornick —la misoginia de Roth es « lava saliendo de un volcán »— e incluso para el mismo David Foster Wallace, quien lo llegó a etiquetar como uno de los tres « Grandes Machos Narcisistas ». Pero en contra de todos ellos, Raina Lipsitz, en un artículo para Salon, llega a defender que lejos de demonizar a las mujeres por su naturaleza, las novelas de Roth —con su juego de espejos e ironía canalla— son en realidad una celebración del sexo femenino.

En el fondo, este era el desafío que nos lanzaba una novela como Amo a Dick. Preguntarnos: ¿podemos darle la razón a quienes creen que las literaturas de David Foster Wallace, Michel Houellebecq o Philip Roth son solo dramitas de hombres para hombres y aun así disfrutarlos y resignificarlos en clave feminista? ¿Podemos hablar de buena literatura misógina, como parecía sugerir Despentes?

No hay una única respuesta. Ambas interpretaciones no son excluyentes. Pero está claro que por lo menos se trata de una pregunta productiva, que problematiza nuestros prejuicios y que nos obliga a reflexionar sobre aquello que nos gusta —aunque sepamos que no debería gustarnos— y a preguntarnos qué es lo que hace que nos guste.

 

[Fuente: http://www.playgrounddo.com]

 

 

 

—Te las pintas solo para ser el primero en abrir esa bocaza —dijo Itzie—. ¿Por qué te pasas el tiempo abriendo esa bocaza?

—No fui yo quien sacó el tema —dijo Ozzie—. De veras que no.

—¿Y a ti qué te viene ni te va Jesucristo, ya que estamos?

—Yo no saqué el tema de Jesucristo. Fue él. Ni siquiera sé de qué estaba hablando. Jesús es una figura histórica, decía una y otra vez. Jesús es una figura histórica.

Ozzie imitaba la monumental voz del rabino Binder.

—Jesús fue una persona de carne y hueso, que vivió igual que nosotros vivimos ahora —prosiguió Ozzie—. Eso fue lo que dijo Binder…

—¿Ah, sí? ¿Y qué? ¿Qué más te da a ti que existiera o dejara de existir? ¡Ahí tienes lo que consigues abriendo esa bocaza!

Itzie Lieberman era partidario de mantener la boca cerrada, sobre todo cuando se trataba de contestar a las preguntas de Ozzie Freedman. La señora Freedman ya había tenido que ir dos veces a ver al rabino Binder, por las preguntas de Ozzie, y ese miércoles a las cuatro y media de la tarde sería la tercera vez. Itzie prefería que su madre no tuviese motivo para salir de la cocina: lo suyo eran las sutilezas de tapadillo, como gestos, expresiones de la cara, gruñidos y otros ruidos de corral, menos delicados.

—Era una persona de carne y hueso, Jesús, pero ni por el forro era Dios, y nosotros no creemos que lo fuera.

Lentamente, Ozzie le iba explicando a Itzie, que la tarde anterior había faltado a la Escuela Hebrea, la postura del rabino Binder.

—Los católicos —dijo Itzie, poniendo toda su buena voluntad— creen en Jesucristo, creen que es Dios.

Itzie Lieberman utilizaba «católicos» en toda la extensión de la palabra, incluyendo a los protestantes.

Ozzie acogió la observación de Itzie con un levísimo meneo de la cabeza, como si hubiera sido una nota a pie de página; y prosiguió:

—Su madre fue María, y su padre seguramente se llamaba José. Pero el Nuevo Testamento dice que su verdadero padre fue Dios.

—¿Su verdadero padre?

—Sí —dijo Ozzie—, ahí está lo gordo: se supone que su padre es Dios.

—Qué chorrada.

—Eso es lo que dice el rabino Binder, que es imposible…

—Pues claro que es imposible. Todo eso es una pura chorrada. Para tener un hijo hay que echar un polvo —teologizó Itzie—. María tuvo que echar un polvo.

—Eso es lo que dice Binder: «El único modo de que una mujer conciba un hijo es teniendo contacto carnal con un hombre».

—¿Dijo eso, Ozz?

Por el momento, dio la impresión de que Itzie había dejado de lado la cuestión teológica.

—¿Dijo eso, contacto carnal?

Una sonrisa despreciativa se formó en la mitad inferior del rostro de Itzie, como una especie de bigote encarnado.

—Y vosotros ¿qué hicisteis, Ozz, os echasteis a reír, o algo así?

—Yo levanté la mano.

—¿Ah, sí? ¿Para decir qué?

—Entonces fue cuando hice la pregunta.

A Itzie se le iluminó la cara.

—¿Sobre qué le preguntaste, sobre el contacto carnal?

—No, le pregunté sobre Dios, que cómo era que podía crear el mundo en seis días, y a todos los animales y los peces y la luz en seis días… Sobre todo, la luz, eso es lo que siempre me impresiona más, que fuera capaz de hacer la luz. Hacer a los peces y a los animales, pase…

—No solo pasa, está muy bien.

La valoración de Itzie era sincera y carecía de imaginación: como si Dios hubiera echado la bola fuera del campo al primer intento.

—Pero lo de hacer la luz… Bueno, cuando lo piensas, es muchísimo —dijo Ozzie—. Total, que le pregunté a Binder cómo era que si de verdad pudo hacer todo eso en seis días, y si pudo sacarse de la manga esos seis días, así, por las buenas, ¿por qué luego no podía hacer que una mujer tuviese un hijo sin contacto carnal?

—¿Le dijiste “contacto carnal” a Binder, Ozz?

—Sí.

—¿Allí mismo, en clase?

—Sí.

Itzie se dio una palmada en la sien.

—Quiero decir, bromas aparte —dijo Ozzie—, eso no sería nada. Después de lo otro, eso no sería nada.

Itzie reflexionó un momento.

—¿Qué dijo Binder?

—Se puso de nuevo a explicarnos que Jesús era una figura histórica y que vivió igual que tú y que yo, pero que no era Dios. O sea que yo le dije que sí, que eso estaba claro. Lo que yo quería saber era otra cosa.

Lo que Ozzie quería saber siempre era otra cosa. La primera vez quiso saber cómo era que el rabino Binder llamaba «Pueblo Elegido» a los judíos, siendo así que la Declaración de la Independencia proclamaba que todos los hombres fueron creados iguales. El rabino Binder trató de hacerle ver la diferencia entre la igualdad política y la legitimidad espiritual, pero lo que Ozzie quería saber, poniendo en ello toda su vehemencia, era otra cosa. Esa fue la primera vez que su madre tuvo que ir.

Luego ocurrió el accidente de aviación. Cincuenta y ocho personas perecieron en un accidente de aviación, en La Guardia. Repasando la lista de fallecidos que venía en el periódico, su madre había descubierto entre ellos ocho nombres judíos (a su abuela le salían nueve, pero era porque contaba Miller como judío): por esas ocho personas fue por lo que dijo que el accidente había sido «una tragedia». Durante el coloquio del miércoles siguiente, Ozzie llamó la atención del rabino Binder sobre el hecho de que «algunos de sus parientes» siempre estuvieran fijándose en los nombres judíos. El rabino Binder estaba ya explicando la unidad cultural y otros detalles cuando Ozzie se levantó de su asiento y dijo que lo que él quería saber era otra cosa. El rabino Binder le ordenó que se sentara y fue entonces cuando Ozzie gritó que a él lo que le habría gustado era que los cincuenta y ocho hubieran sido judíos. Esa fue la segunda vez que su madre tuvo que ir.

—Y él dale que te pego con que Jesús es una figura histórica, o sea que le seguí preguntando. En serio, Itz, lo que él pretendía era hacerme quedar como un tonto.

—¿Y al final qué hizo?

—Al final se puso a gritarme que lo hacía aposta, lo de ser un bobo y un listillo, y que mi madre fuera a verlo, y que era la última vez. Y que nunca iba a hacer el bar mitzvah si en su mano estaba impedirlo. Luego, Itz, luego se pone a hablar con esa voz como de estatua, cavernosa, muy lentamente, y me dice que más me vale pensármelo bien antes de decir nada del Señor. Me dijo que me fuera a su despacho a pensarlo —Ozzie inclinó el cuerpo hacia Itzie—. Y, mira, lo estuve pensando una hora entera, y ahora estoy convencido de que sí, de que Dios pudo hacerlo.

Ozzie había pensado confesarle el pecado a su madre tan pronto como ella volviera del trabajo a casa. Pero era un viernes por la noche del mes de noviembre, ya había oscurecido y cuando la señora Freedman entró por la puerta arrojó el abrigo, le dio un beso en la cara a Ozzie y se acercó a la mesa de la cocina a encender las tres velas amarillas, dos por el Sabbat y una por el padre de Ozzie.

Cuando encendía las velas, su madre se iba acercando los brazos lentamente, arrastrándolos por el aire, como para persuadir a quienes aún no estuviesen totalmente persuadidos. Y los ojos se le ponían vidriosos por efecto de las lágrimas. Ozzie recordaba que con su padre aún vivo también se le ponían los ojos así, luego cabía deducir que el hecho no tenía nada que ver con la muerte. Con lo que tenía que ver era con el encendido de las velas.

Cuando estaba acercando la llama de la cerilla a la mecha apagada de un velón de sabbat, dio en sonar el teléfono, y Ozzie, que estaba a dos palmos del aparato, levantó el auricular y se lo llevó al pecho, para amortiguar el sonido. Cuando su madre estaba encendiendo las velas no debía producirse ningún ruido, en opinión de Ozzie; hasta la respiración había que controlar, si ello era posible. Ozzie mantuvo el auricular contra el pecho y se quedó mirando mientras su madre arrastraba hacia sí lo que quiera que estuviese arrastrando, y se dio cuenta de que a él también se le ponían vidriosos los ojos. Su madre era una pingüino redonda, cansada, con el pelo gris, cuya piel, también gris, empezaba a experimentar el tirón de la gravedad y el peso de su propia historia. Ni siquiera cuando se ponía de tiros largos llegaba a parecer una persona elegida por Dios. Pero cuando encendía las velas sí parecía algo todavía mejor que eso: una mujer a quien en ese momento le constaba que Dios podía hacerlo todo.

Transcurridos unos misteriosos minutos, dio por concluida su tarea. Ozzie colgó el teléfono y se acercó a la mesa de la cocina, donde su madre empezaba a poner la mesa para la cena de cuatro platos del sabbat. Le dijo que tendría que ir a ver al rabino Binder el miércoles a las cuatro y media, y luego le explicó por qué. Por primera vez en todos los años de su vida en común, su madre le cruzó la cara a Ozzie de un bofetón.

Ozzie se pasó llorando toda la parte de la cena que ocuparon el picadillo de hígado y la sopa de pollo; para lo demás no le llegó el apetito.

El miércoles, en la mayor de las tres aulas que había en el sótano de la sinagoga, el rabino Marvin Binder —un hombre de treinta años, alto, apuesto, ancho de hombros, con un pelo muy espeso, muy fibroso y muy negro—, se sacó el reloj del bolsillo y pudo ver que eran las cuatro en punto. Al fondo del aula, Yakov Blotnik, el viejo conserje de setenta y un años, pulía despaciosamente la amplia ventana, murmurando para sí mismo, ajeno a que fuesen las cuatro o las seis de la tarde, del lunes o del miércoles. Para casi todos los alumnos, los murmullos de Yakov Blotnik, junto con su barba castaña y rizosa, su nariz de guadaña y los dos gatos negros que siempre iban pisándole los talones, lo convertían en objeto de admiración, extranjero, reliquia, que unas veces les daba miedo y otras trataban con muy poco respeto. A Ozzie, el murmullo siempre le había parecido una oración curiosa y monótona; lo que la hacía curiosa era que el viejo Blotnik llevaba con esos mismos murmullos desde hacía muchos años, lo cual hacía sospechar a Ozzie que se había aprendido de memoria las plegarias y se había olvidado de Dios.

—Es hora del coloquio —dijo el rabino Binder. Tenéis libertad plena para hablar del tema judío que queráis: religión, familia, política, deportes…

Hubo silencio. Era una tarde ventosa y nublada de noviembre y no parecía posible que alguna vez hubiera existido o pudiera existir una cosa llamada béisbol. De modo que esa semana nadie dijo nada de Hank Greenberg, héroe del pasado, lo cual limitó considerablemente el coloquio.

Y el maltrato psicológico que Ozzie Freedman acababa de recibir del rabino Binder había impuesto sus limitaciones. Cuando le tocó a Ozzie leer en voz alta el libro hebreo, el rabino le preguntó enfurruñado que por qué no leía más deprisa. No progresaba nada. Ozzie dijo que sí podía leer más deprisa, pero que si lo hacía no iba a entender lo que estaba leyendo, con toda seguridad. No obstante, cuando el rabino insistió en lo mismo Ozzie lo intentó, dando muestras de un gran talento, pero se detuvo en mitad de un párrafo muy largo y afirmó que no entendía una sola palabra de lo que estaba leyendo, y retomó su ritmo cansino. Entonces vino el maltrato psicológico.

De manera que cuando llegó el coloquio ninguno de los alumnos se sentía precisamente libre. La invitación del rabino solo obtuvo una respuesta: el murmullo del viejo y débil Blotnik.

—¿No hay ningún tema que queráis tratar? —volvió a preguntar el rabino Binder, mirando su reloj—. ¿Preguntas, comentarios?

Se oyó un leve gañido procedente de la tercera fila. El rabino solicitó a Ozzie que se pusiera en pie y permitiera participar de sus ideas a los demás alumnos.

Ozzie se puso en pie.

—Se me ha olvidado —dijo, y volvió a sentarse.

El rabino Binder avanzó un puesto en dirección a Ozzie y se apoyó en el borde del pupitre. Era el pupitre de Itzie, y el cuerpo del rabino, a distancia de puñalada de su rostro, hizo que el chico se pusiera en situación de alerta sedente.

—Ponte de nuevo en pie, Oscar —dijo el rabino Binder con toda calma—, y trata de poner orden en tus ideas.

Ozzie se puso en pie. Todos sus compañeros se volvieron en sus asientos para mirar, y él se rascó la frente de modo poco convincente.

—No encuentro nada en que poner orden —comunicó, y volvió a dejarse caer.

—¡Levántate!

El rabino adelantó su posición del pupitre de Itzie a otro situado directamente delante de Ozzie. Cuando tuvo de espaldas al rabino, Itzie le hizo burla situando su pulgar, con los demás dedos bien abiertos, en la punta de la nariz, y ello despertó un pequeño revuelo en el aula. El rabino Binder estaba tan concentrado en bajarle los humos a Ozzie de una vez para siempre que no estaba para fijarse en risitas.

—Ponte en pie, Oscar. ¿De qué trata tu pregunta?

Ozzie se sacó una palabra de la manga. La que más a mano encontró:

—Religión.

—Ah, ¿ahora sí te acuerdas?

—Sí.

—¿Cuál es la pregunta?

Sintiéndose atrapado, Ozzie soltó lo primero que se le vino a la cabeza:

—¿Qué razón hay para que Dios no pueda hacer todo lo que quiera hacer?

Mientras el rabino Binder preparaba su respuesta, una respuesta definitiva, a un metro de él, detrás, Itzie alzó un dedo de la mano izquierda, señaló significativamente la espalda del rabino e hizo que la casa se viniera abajo.

Binder se dio la vuelta rápidamente, para ver qué pasaba, y, en medio de la conmoción, Ozzie le gritó a sus espaldas lo que podía haberle gritado a la cara. Fue un sonido alto y monótono, con el timbre de algo que llevaba por lo menos seis días almacenado.

—¡Usted qué sabe! ¡Usted no sabe absolutamente nada de Dios!

El rabino se volvió de nuevo hacia Ozzie.

—¿Qué?

—Usted no sabe… Usted no…

—¡Pide perdón, Oscar, pide perdón!

Era una amenaza.

—Usted no sabe…

La mano del rabino Binder sacudió la mejilla de Ozzie. Puede que su única intención fuera cerrarle la boca, pero Ozzie se agachó un poco, y la palmada fue a darle de lleno en la nariz.

De la nariz de Ozzie brotó un breve chorro de sangre roja, que fue a parar a la pechera de su camisa.

Al momento se impuso la confusión. Ozzie chilló «¡Hijoputa, hijoputa!», y se lanzó a la puerta del aula. El rabino Binder dio un paso atrás, como si la sangre hubiera empezado a fluirle violentamente en dirección contraria, y luego proyectó el cuerpo hacia delante, sin ninguna gracia, y salió disparado por la puerta, en pos de Ozzie. Todos los alumnos siguieron su enorme espalda azul, y antes de que el viejo Blotnik tuviera tiempo de apartar los ojos de su ventana, el aula quedó vacía, y todo el mundo subía a toda velocidad los tres tramos de escalera que llevaban al tejado.

Si cupiese comparar la luz del día con la vida humana; el amanecer con el nacimiento; el anochecer —la caída por el borde— con la muerte; en tal caso, cuando Ozzie Freedman se escurría por la trampilla del techo de la sinagoga, coceando como un potranco contra las manos extendidas del rabino Binder, en ese momento mismo, el día tenía cincuenta años. Por regla general, los cincuenta o cincuenta y cinco reflejan con precisión la edad de las sonochadas de noviembre, porque en dicho mes, durante dichas horas, la percepción que tenemos de la luz deja de hacerse visual para trocarse en auditiva: la luz se pone a emitir ruidos secos mientras se va. De hecho, cuando Ozzie cerró la trampilla en la cara del rabino Binder, el penetrante ruido del pestillo habría podido, por un momento, confundirse con el sonido del gris más oscuro que acababa de latir con fuerza por todo el cielo.

Ozzie se arrodilló con todo su peso encima de la trampilla: estaba seguro de que en cualquier momento el rabino Binder conseguiría abrirla a fuerza de empujar con el hombro, haciendo astillas la madera y catapultándolo a él hacia el cielo. Pero la puerta no se movió, y de debajo solo le llegaba un ruido de pasos, fuerte al principio, atenuado luego, como cuando van alejándose los truenos.

Una pregunta le pasó por la cabeza: «¿Esto puede estar pasándome a mí?». Para un chico de trece años que acababa de llamar hijoputa a su máxima autoridad religiosa, por dos veces, no era que la pregunta no viniese a cuento. De hecho, se la iba planteando en un tono cada vez más alto: «¿A mí, a mí?», hasta que se dio cuenta de que ya no estaba de rodillas, sino corriendo hacia el borde del tejado, con los ojos llorándole y la garganta gritándole y los brazos volándole en todas direcciones, como si no le pertenecieran.

—¿Puede ser a mí? Es a MÍ MÍ MÍ MÍ. Tiene que ser a mí… pero ¿es a mí?

Es la pregunta que debe de hacerse un ladrón cuando fractura su primera ventana, y, según dicen, también la duda que se plantean los novios ante el altar.

En los cinco brutales segundos que tardó el cuerpo de Ozzie en llevarlo hasta el borde del tejado, la capacidad de autoanálisis empezó a volvérsele un tanto borrosa. Mirando a la calle, quedó confundido en cuanto a la pregunta subyacente: ¿fui yo, soy-yo-quien-ha-llamado-hijoputa-a-Binder? O ¿soy-yo-quien-anda-revoloteando-por-el-tejado? No obstante, lo que vio abajo lo concertó todo, porque en toda acción hay un momento en que ser uno mismo o cualquier otra persona se convierte en cuestión académica. El ladrón se mete el dinero en los bolsillos y sale pitando por la ventana. El novio firma por dos en el libro de registro del hotel. Y el chico del tejado se encuentra con una calle llena de gente mirándolo con la boca abierta, el cuello torcido hacia atrás, los rostros levantados, como si fuera el techo del planetario Hayden. De pronto, no hay duda: eres tú.

—¡Oscar! ¡Oscar Freedman!

Una voz se alzó en el centro de la muchedumbre, una voz que, si hubiera podido verse, habría tenido el aspecto de algo escrito en un pergamino.

—¡Oscar Freedman! ¡Baja de ahí inmediatamente!

El rabino Binder lo señalaba con el brazo alzado y rígido; y al final de ese brazo un dedo lo apuntaba amenazadoramente. Era la actitud de un dictador, pero no de un dictador cualquiera —sus ojos lo decían todo—, sino de un dictador a quien su ayuda de cámara acaba de escupirle en plena cara.

Ozzie no contestó. Solo miró al rabino Binder durante un pestañeo. Lo que hicieron sus ojos, en cambio, fue ponerse a encajar unas con otras las piezas del mundo de ahí abajo, a distinguir entre personas y sitios, amigos y enemigos, participantes y espectadores. En pequeños agrupamientos angulosos, como en estrella, sus amigos permanecían en torno al rabino Binder, que seguía señalándolo. La punta superior de una estrella no integrada por ángeles, sino por cinco adolescentes, era Itzie. Qué mundo aquel, con las estrellas abajo, con el rabino Binder abajo… Ozzie, que un momento antes había sido incapaz de controlar su propio cuerpo, empezó a percibir el significado de la palabra control: percibió Paz y percibió Poder.

—Oscar Freedman, voy a contar hasta tres.

Pocos dictadores conceden tres a sus súbditos para que hagan algo; pero, como de costumbre, eso era lo único que parecía el rabino Binder: un dictador.

—¿Estás preparado, Oscar?

Oscar asintió con la cabeza, aunque no habría bajado por nada del mundo —ni del inferior ni del celestial en que acababa de entrar—, así le diera un millón de dólares el rabino Binder.

—Pues muy bien —dijo el rabino Binder.

Se pasó la mano por la negra cabellera de Sansón, como si ese hubiera sido el gesto requerido para cantar el primer número. Luego, trazando con la otra mano un círculo en la pequeña porción de cielo que lo rodeaba, habló:

—¡Uno!

No hubo trueno. Al contrario: en ese momento, como si «uno» hubiera sido la indicación que esperaba para intervenir, apareció en la escalinata de la sinagoga la persona menos atronadora del mundo. Más que salir por la puerta de la sinagoga, se asomó, inclinándose hacia la naciente oscuridad. Se agarró al pomo de la puerta con una mano y miró al tejado.

—Oy!

La vieja sesera de Yakov Blotnik andaba un poco renqueante, como con muletas, y el hombre no pudo llegar a ninguna conclusión muy exacta con respecto a qué podía estar haciendo aquel chico en el tejado, pero sí comprendió que no era nada bueno, es decir: que no era nada bueno para los judíos. Porque Yakov Blotnik tenía la vida seccionada en dos mitades muy simples: las cosas que eran buenas para los judíos y las cosas que no eran buenas para los judíos.

Se dio un golpecito en la chupada mejilla con la mano libre.

—Oy, Gut!

Y luego, con toda la rapidez que le era posible, bajó la cabeza y se quedó mirando a los que estaban en la calle. Ahí estaba el rabino Binder (como quien participa en una subasta con solo tres dólares en el bolsillo, acababa de lanzar un trémulo «¡Dos!»); estaban los chicos de la escuela; y eso era todo. Por el momento, la cosa no era demasiado mala para los judíos. Pero el chico tenía que bajar inmediatamente, antes de que lo viera alguien. Problema: ¿cómo bajar al chico del tejado?

Todo el que ha tenido alguna vez un gato y el gato se le ha subido al tejado sabe cómo bajarlo. Hay que llamar a los bomberos. O primero hay que llamar a la centralita y pedir que nos pongan con el parque de bomberos. A continuación viene el chirrido de los frenos y el ruido de las campanas y los gritos dando órdenes. Y el gato deja de estar en el tejado. Pues eso mismo hay que hacer cuando es un chico el que se ha subido al tejado.

Es decir: hay que hacer lo mismo cuando se es Yakov Blotnik y se ha sido dueño de un gato que se subió al tejado.

Cuando llegaron las máquinas —cuatro, nada menos—, el rabino Binder ya le había contado cuatro veces hasta tres a Ozzie. El coche de bomberos grande tomó la curva a buena velocidad y uno de los bomberos se bajó en marcha y se precipitó con la cabeza por delante hacia la boca de riego amarilla situada delante de la sinagoga. Utilizando una llave enorme, se puso a desenroscar la toma principal. El rabino Binder se le acercó corriendo y le tiró del hombro.

—¡No hay ningún fuego!

El bombero farfulló algo por encima del hombro y, acaloradamente, siguió desenroscando.

—¡Oiga, que no hay fuego, que no hay fuego! —gritaba Binder.

Cuando el bombero volvió a farfullar algo, el rabino le agarró la cara con ambas manos y lo hizo mirar al tejado.

Desde el punto de vista de Ozzie, fue como si el rabino hubiera intentado descorcharle la cabeza al bombero, para separársela del cuerpo. Se le escapó la risa viendo la estampa que componían: era un retrato familiar: el rabino con su solideo negro, el bombero con su gorro rojo y la boca de fuego con la cabeza descubierta, mirándolos a ambos desde su baja estatura, como el hermano pequeño. Ozzie, desde el borde del tejado, hizo un saludo con la mano, dirigido a aquel cuadro, mofándose de ellos; al hacerlo, se le resbaló el pie derecho hacia delante. El rabino Binder se cubrió los ojos con las manos.

Los bomberos trabajan deprisa. Aún no había recuperado Ozzie el equilibrio cuando ya habían desplegado delante de la sinagoga, sobre el verde césped, una red grande, redonda, amarilla. Los bomberos que la sujetaban se quedaron mirando a Ozzie con sus rostros sin expresión, pero adustos.

Uno de los bomberos volvió la cabeza en dirección al rabino Binder.

—¿Qué le pasa a ese chico? ¿Está chiflado?

El rabino Binder se despegó las manos de los ojos, lenta, dolorosamente, como esparadrapo. Luego comprobó: nada en la acera, ningún boquete en la red.

—¿Va a tirarse, o qué? —gritó el bombero.

Con una voz nada estatuaria, el rabino Binder contestó al fin:

—Sí, sí, creo que sí… Con eso ha amenazado.

¿Amenazado? Hombre, el motivo de que Ozzie estuviera en el tejado, lo recordaba muy bien, era escapar; ni por un momento se le había pasado por la cabeza tirarse. Echó a correr en plan huida; y, la verdad, si estaba en el tejado era porque lo habían ido acorralando en esa dirección, no porque él hubiera querido.

—¿Cómo se llama, el chico?

—Freedman —contestó el rabino—. Oscar Freedman.

El bombero miró a Ozzie.

—Y tú ¿qué dices, Oscar? ¿Vas a saltar, o qué?

Ozzie no contestó. Francamente, la cuestión acababa de planteársele.

—Mira, Oscar, si vas a saltar, salta. Si no vas a saltar, no saltes. Pero no nos hagas perder el tiempo.

Ozzie miró al bombero y luego al rabino Binder. Quería verlo taparse los ojos otra vez.

—Voy a saltar.

Y a continuación echó una carrerita por el borde del tejado hasta llegar a la esquina, donde no había red debajo, y empezó a darse palmadas en los costados, a la altura de los bolsillos, subiendo y bajando las manos en el aire. Empezó a gritar como una especie de motor: «Uiiiiiiiii, uiiiiiiiii», asomando medio cuerpo por el borde. Los bomberos fueron corriendo a cubrir el suelo con la red. El rabino Binder farfulló unas cuantas palabras dirigidas a Alguien y se tapó los ojos. Todo ocurría muy deprisa, como a saltos, como en una película muda. La gente, que había acudido con los coches de bomberos, lanzó un prolongado grito, ooooooh, aaaaaah, como de estar mirando fuegos artificiales. Con la excitación, nadie hacía demasiado caso de la gente, excepción hecha, claro está, de Yakov Blotnik, que seguía aferrado al pomo de la puerta, como colgando de él, contando cabezas. «Fier und tsvansik… finf und tsvansik… Oy, Gut!». No fue así cuando el gato.

El rabino Binder echó un vistazo por entre los dedos, para comprobar de nuevo la acera y la red. Vacías ambas. Pero ahí estaba Ozzie, corriendo hacia la esquina opuesta. Los bomberos corrían con él, pero no conseguían situarse debajo. En cuanto quisiera, Ozzie podría tirarse del tejado y estrellarse contra la acera, y a los bomberos, cuando llegasen, la red no iba a servirles más que para cubrir los restos.

—Uiiiiiiiii, uiiiiiiiii…

—¡Eh, Oscar! —gritó el bombero a quien aún quedaba aliento—. ¿A qué estamos jugando?

—Uiiiiiiiii, uiiiiiiiii…

—¡Oscar!

Pero ya había arrancado hacia la esquina opuesta, moviendo las alas con mucho empeño. El rabino Binder no podía aguantar más: los coches de bomberos surgidos como por ensalmo, el joven suicida aullador, la red. Cayó de hinojos, agotado, y con las manos unidas en el pecho, como una pequeña cúpula, suplicó:

—Oscar, para ya. Oscar, no saltes. Baja, por favor… No saltes, por favor.

Y más allá de la multitud, una voz única, una voz joven, le gritó una palabra única al muchacho del tejado:

—¡Salta!

Era Itzie. Ozzie dejó de aletear por un momento.

—¡Adelante, Ozz, salta!

Itzie rompió la estrella cuya punta ocupaba y, valientemente, llevado por una inspiración no de graciosillo, sino de verdadero discípulo, se apartó de los demás.

—¡Salta, Ozz, salta!

Aún de hinojos, aún con las manos entrelazadas, el rabino Binder torció el cuerpo hacia atrás. Miró a Itzie y luego, sufriendo muchísimo, a Ozzie.

—¡OSCAR, NO SALTES! ¡POR FAVOR, NO SALTES!… Por favor, por favor…

—¡Salta!

Esta vez no era Itzie, sino otra punta de la estrella. Cuando llegó la señora Freedman a su cita de las cuatro y media con el rabino Binder, todo aquel cielo bocabajo le estaba pidiendo a Ozzie, a voz en cuello, que saltara, y el rabino Binder había dejado de pedirle que no lo hiciera: derramaba sus lágrimas en la pequeña cúpula de sus manos.

Como cabía haber supuesto de antemano, a la señora Freedman no se le ocurrió nada que explicase la presencia de su hijo en el techo. De modo que lo preguntó.

—Ozzie, mi niño, ¿qué estás haciendo? ¿Qué ocurre, mi niño?

Ozzie cesó en su uiiiiiiiii y redujo su aleteo a una velocidad de crucero, como hacen los buenos pájaros con viento suave; pero no contestó. Su figura se recortaba contra el cielo nuboso y oscureciente —los ruidos secos de la luz se habían hecho más rápidos, como si hubieran puesto una marcha más corta—, y el chico aleteaba con suavidad, sin apartar la vista de aquel bultito de mujer que era su madre.

—¿Qué estás haciendo, Ozzie?

Se volvió hacia el rabino Binder y se le acercó tanto que solo un hilillo de crepúsculo separaba el estómago de la mujer de los hombros de él.

—¿Qué está haciendo mi niño?

El rabino Binder la miró boquiabierto, pero también se mantuvo en silencio. Lo único que se movía era la cúpula de sus manos, de atrás hacia delante, como un pulso débil.

—¡Rabino, hágalo bajar! ¡Va a matarse! ¡Es mi único hijo, hágalo usted bajar!

—No puedo —dijo el rabino Binder—, no puedo.

Y volvió su hermosa cabeza en dirección a la multitud de muchachitos que tenía detrás.

—Son ellos. Óigalos a ellos.

Y fue entonces cuando la señora Freedman percibió por primera vez la presencia de aquella multitud, y sus gritos.

—Su hijo lo está haciendo por ellos. A mí no va a escucharme. Son ellos.

El rabino Binder hablaba como si estuviera en trance.

—¿Por ellos?

—Sí.

—¿Por qué por ellos?

—Quieren que…

La señora Freedman alzó los dos brazos como si fuera a dirigir la orquesta del cielo.

—¡Lo está haciendo por ellos!

Y luego, en un gesto más antiguo que las pirámides, más antiguo que los profetas y los diluvios, se palmeó los costados con ambas manos, dejándolas caer.

—¡Me ha salido mártir! ¡Mire! —levantó la cabeza hacia el tejado; Ozzie seguía aleteando suavemente—¡. ¡Mi mártir!

—¡Oscar, baja, por favor! —gruñó el rabino Binder.

En un tono de voz sorprendentemente controlado, la señora Freedman se dirigió al chico del tejado:

—Baja, Ozzie, baja. No hagas el mártir, mi niño.

Como en una letanía, el rabino Binder repitió sus palabras:

—No hagas el mártir, mi niño, no hagas el mártir.

—¡Adelante, Ozz, hazte un Martin! —era Itzie.

Y el coro de voces, en su totalidad, se unió a la solicitud de martirio, fuera ello lo que fuese.

—¡Hazte un Martin, hazte un Martin!

Por alguna razón, cuando está uno en lo alto de un tejado, cuanto más oscuro se hace, menos se oye. Lo único que entendía Ozzie era que dos grupos querían cosas distintas: sus amigos exponían con gracia y musicalidad lo que querían; su madre y el rabino canturreaban en tono equilibrado lo que no querían. En la voz del rabino no se detectaban lágrimas, ahora, y en la de su madre tampoco.

La enorme red miraba a Ozzie como un ojo ciego.

El cielo, grande y nublado, presionaba hacia abajo. Visto desde la posición de Ozzie, parecía una lámina de cartón corrugado. De pronto, viendo ese cielo insolidario, Ozzie percibió en toda su rareza lo que aquella gente, lo que sus amigos, estaban pidiéndole: querían que saltase, que se matara; lo estaban cantando en ese mismo momento, y se sentían felices. Y había algo aún más raro: el rabino Binder estaba de rodillas, temblando. Si en este momento cabía preguntarse algo, ya no era «¿Está pasándome a mí?», sino «¿Está pasándonos a nosotros?».

Resultaba que lo de estar en el tejado era una cosa seria. Si saltaba, ¿dejarían de cantar para ponerse a bailar? ¿Sí? ¿Qué se detendría por el hecho de saltar? Ozzie deseó con todas sus ganas poder abrir el cielo, hundir las manos en su interior y extraer el sol; y el sol, como una moneda, traería estampado por una cara SALTA y por la otra NO SALTES.

Las rodillas de Ozzie se balanceaban y se encorvaban como disponiéndose para una zambullida. Los brazos se le tensaron, se le retesaron, se le quedaron helados, desde los hombros a las yemas de los dedos. Tuvo la impresión de que cada parte de su cuerpo iba a votar a favor o en contra de que se matara; y cada una de ellas lo haría con independencia del propio Ozzie.

La luz bajó una muesca más, y la nueva oscuridad, como una mordaza, mandó callar a los amigos que cantaban esto y a la madre y el rabino que cantaban aquello.

Ozzie interrumpió el recuento de votos y, en un tono de voz curiosamente alto, como quien habla sin tener preparada la garganta, habló:

—Mamá.

—Sí, Oscar.

—Mamá, ponte de rodillas, como el rabino Binder.

—Oscar…

—Ponte de rodillas —dijo el chico—, o me tiro.

Ozzie oyó un gimoteo, luego un crujido rápido, y cuando miró hacia abajo, en el lugar que antes ocupaba su madre vio la parte de arriba de una cabeza y un círculo de falda alrededor, debajo. Su madre se había puesto de rodillas al lado del rabino Binder.

Ozzie volvió a hablar.

—Todo el mundo de rodillas.

Le llegó el ruido de todo el mundo al arrodillarse.

Ozzie miró en torno. Indicó con una mano la entrada de la sinagoga.

—¡Que se arrodille él también!

Hubo un ruido, pero no de arrodillarse, sino de ropa rozando un cuerpo. Ozzie oyó al rabino Binder decir en un áspero susurro: «… se va a matar, si no», y cuando volvió a mirar ahí estaba Yakov Blotnik, desprendido ya del pomo de la puerta y, por primera vez en su vida, puesto de rodillas, como hacen los gentiles cuando rezan.

En cuanto a los bomberos… Bueno, pues no resulta tan difícil como parece lo de sujetar una red estando de rodillas.

Ozzie volvió a mirar en derredor; y a continuación se dirigió al rabino Binder.

—Rabino.

—Sí, Oscar.

—Rabino Binder, ¿cree usted en Dios?

—Sí.

—¿Cree usted que Dios todo lo puede?

Ozzie asomó la cabeza a la oscuridad.

—¿Todo? —repitió.

—Oscar, yo creo…

—Dígame que lo cree, que cree que Dios todo lo puede.

Hubo un segundo de vacilación. Luego:

—Dios todo lo puede.

—Dígame que Dios puede hacer un niño sin contacto carnal.

—Sí puede.

—¡Dígalo!

—Dios —reconoció el rabino Binder— puede hacer un niño sin contacto carnal.

—Dímelo tú, mamá.

—Dios puede hacer un niño sin contacto carnal —dijo su madre.

—Haz que me lo diga él.

No cabía duda de a quién se refería.

Al cabo de unos pocos segundos, Ozzie oyó una voz cómica y vieja diciéndole algo relativo a Dios a la creciente oscuridad.

A continuación se lo hizo decir a todo el mundo. Y luego les hizo decir que creían en Jesucristo, primero uno por uno, luego todos a la vez.

Terminada la catequesis, empezó la noche. Desde la calle dio la impresión auditiva de que el chico del tejado acababa de lanzar un suspiro.

—¿Ozzie? —osó hablar una voz de mujer—. ¿Vas a bajar ya?

No hubo respuesta, pero la mujer quedó esperando, y cuando por fin se oyó una voz, fue en tono débil y lloriqueante, más cansada que la de un anciano que viene de tocar las campanas.

—Mamá, lo comprendes, no debes pegarme. Él tampoco debe pegarme. No debéis pegarme por cosas de Dios, mamá. Nunca hay que pegar a nadie por cosas de Dios.

—Ozzie, haz el favor de bajar.

—Promételo, prométeme que nunca vas a pegarle a nadie por cosas de Dios.

Solo se lo había pedido a su madre, pero, por alguna razón, todos los genuflexos de la calle prometieron que nunca pegarían a nadie por cosas de Dios.

Se hizo de nuevo el silencio.

—Ahora ya puedo bajar, mamá —dijo por fin el chico del tejado. Miró en ambas direcciones, como si fuera a cruzar la calle.

—Ahora bajo.

Y lo hizo, en pleno centro de la red amarilla que resplandecía al borde de la noche, igual que un halo demasiado grande.

[Extraído de señorbreve.com/cuentos-judios]

El 19 de marzo de 1933 nacía el afamado y polémico escritor judío estadounidense Philip Milton Roth, en Newark, Nueva Jersey, quien a lo largo de su carrera literaria obtuvo múltiples premios.

Segundo hijo de una familia emigrada a principios de la década del 30 a los Estados Unidos, se crió en el barrio Weequahic de su ciudad natal, en donde realizó sus estudios primarios y secundarios para luego estudiar en la universidad de Bucknell, donde obtuvo el grado B.A. en Inglés, comenzó un doctorado en Filosofía, que nunca terminó, y realizó un posgrado en la Universidad de Chicago, donde obtuvo una maestría en Literatura Inglesa.Tiempo después comenzó una larga carrera docente enseñando escritura creativa en las universidades de Iowa y Princenton, para luego ser profesor de Literatura Comparada en la universidad de Pensilvania, hasta retirarse de la docencia en 1992.

Prolífero escritor, publicó más de treinta textos, en su gran mayoría novelas y memorias: Los hechos (1988) y Patrimonio: una historia verdadera (1991), además de innumerables ensayos, los que junto a entrevistas que le realizaron y discurso que pronunciara, se publicaron bajo el título ¿Por qué escribir? Ensayos, entrevistas y discursos (1960-2013), luego de su fallecimiento.

El primer libro que publicó: Goodbye, Columbus, que contiene cinco cuentos cortos y una novela breve, ganó el prestigioso National Book Award en 1960; pero su gran éxito lo constituye la novela Portnoy’s Complaint (1969), que al ser traducida al castellano se la denominó El lamento de Portnoy, en la que el personaje central Alexander Portnoy, en un largo monólogo le cuenta a su psiquiatra que vive atormentado por su obsesión sexual, y los remordimientos que esto le causa, al igual que considerar que los mismos son el resultado de haber tenido una madre judía, por demás posesiva. La crítica pondera esta novela y las ventas superan los 400.000 ejemplares.

Si por Goodbye, Columbus y Portnoy’s Complaint se lo critica por la manera en que trata los problemas de la integración de los judíos estadounidenses a la sociedad en la que viven, se lo llegó a acusar de antijudío y/o antisemita cuando publica Trilogía Americana integrada por Pastoral americana (1997), galardonada con el premio Pulitzer. Me casé con un comunista (1998), recibiendo Ambassador Book Award of the English Speaking Union; y La mancha humana (2000), por el que obtuvo el WH Smith Literary Award, al año siguiente. Debido a esas acusaciones, en gran parte a los reportajes que le hicieron posteriormente, debió justificar su visión crítica a la manera en que los judíos se integraron a la sociedad estadounidense.

En el 2004 Roth vuelve a sorprender a sus admiradores y a la crítica literaria por La conjura contra América, novela ucrónica (ucronía: reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos) en la que el héroe de aviación estadounidense Charles Lindbergh gana la presidencia al derrotar a Franklin D. Roosevelt y firma un acuerdo con Hitler; por la que obtiene el premio Sidewise en el 2005 y el premio W.H. Smith Literary Award por el mejor libro del año, convirtiendo a Roth en el primer escritor en ganarlo dos veces en los cuarenta y seis años de historia de dicho premio.

Varias de sus obras fueron adaptadas al cine, destacándose Goodbye, Columbus (1969); Portnoy’s Complaint (1972), La mancha humana (2001) y Pastoral americana (2019).

A lo largo de su brillante carrera literaria, recibió decenas de premios, siendo los últimos el Príncipe de Asturias de las Letras, otorgado por el gobierno de España en el 2012, y el Comandante de la Legión de Honor, otorgado por Francia en el 2013, por su aporte a la literatura contemporánea.

Philip Milton Roth falleció en un hospital de Manhattan, Nueva York, a los 85 años a causa de una insuficiencia cardíaca el 22 de mayo de 2018.

[Fuente: http://www.diariojudio.com]

Escrito por Joseph Hodara

Al tomar vuelo el racionalismo europeo en los siglos XVIII y XIX el ser judío encaró un espinoso dilema: continuar el apego a su primaria identidad y a las fuentes que la modelan o adherir al nuevo orbe cultural que considera a Dios una inteligente invención humana que  fecunda las artes aunque apenas se hospeda en la disciplinada Razón.

Conforme a este predicamento algunas comunidades judías resolvieron preservar la fe y los hábitos difundidos desde el Sinaí hasta los textos talmúdicos. Otras alentaron el prudente ingreso a la amplia sociedad sin renunciar a nuevas prácticas seculares. Y también se conocieron aquellas que radicalmente se alejaron de ambas actitudes con el fin de redefinir la añeja y divina Otredad con mandamientos dictados ya por un alto líder, ya en algún escenario social.

Cuentos y novelas de Isaac Bashevis Singer envuelven estos tres escenarios. Y en ellos se despliegan como páginas sagradas sin eludir interrogantes que abrieron con dilatada libertad las olas del progreso y la gestación de nuevas ilusiones. Y en todos sus textos sumó una irrefrenable sensualidad alimentada por un sostenido amor al cuerpo femenino.

Nació en Radmizin, una aldea cercana a Varsovia entre 1902 y 1904. La fecha caprichosamente cambió conforme a los trajines de su vida.  » Lealtad, ascetismo, severidad » habrían sido los principios que modelaron su infancia según el puntual retrato de Florence Noiville en su lúcida biografía. Hijo y nieto de rabinos, Bashevis puso interrogantes a predicamentos religiosos tradicionales, y sobre los generosos hombros de su hermano mayor se alejó al fin de los sagrados textos.

Sus primeras incursiones con F. Dovstoyevski, Th. Mann, S. Zweig, K. Hamsun y otros le condujeron a inquietos lugares que se sumaron a su indeclinable pasión por lo femenino. Impulsos que se ampliarán hasta el fin de sus días. Sus dos hermanos – Israel y Esther – también llenan no pocas y meritorias páginas, pero no alcanzaron los ecos que merecieron las suyas.

Isaac Bashevis Singer, cronista de un mundo desaparecido | El Cultural

Entre la tormenta bélica y el silencio de Dios

En las calles del guetto polaco tembló la noticia: el aspirante al trono austrohúngaro asesinado en Bosnia. Ocurrió en los primeros meses de 1914.  De aquí las llamas se multiplicaron en Europa e hicieron hervir revoluciones, muertes y dictaduras. Un año después los alemanes invaden Varsovia; polacos y rusos se rinden. Isaac recuerda el gris murmullo de su padre: « Leer hoy las noticias es tragar veneno en el desayuno… »La familia resuelve abandonar la capital y aislarse en una aldea alejada de un nervioso mundo donde las variedades del comunismo y del sionismo abruman la escena. Y en el nuevo rincón Bashevis se asoma a otras páginas: M. Mojer Sfarim, Shalom Aleijem, Bialik, Chernijovsky. Y a las de Spinoza en particular con sus laicos teoremas que perturban y entusiasman.

Desde la temprana adolescencia cultiva el cuerpo y la imagen de la mujer. Inesquivable ardor encendido al espiar a su hermano Yehoshua cuando pintaba y esculpía. Recuerda: « Ver los pechos desnudos de las adolescentes me estremeció… Pensaba que solo las madres con hijos los tenían… »  Imágenes que afiebrarán sus instintos hasta el último minuto.

Retorno a Varsovia

Al frisar los 18 años y dejando atrás el seminario rabínico, Isaac regresa a Varsovia. Su hermano Israel prefiere alejarse de Europa con su esposa e hijos y llega a Nueva York. Bien pronto él gana celebridad con textos en yidish que colman escenarios y páginas. Y no descansa para atraer a su hermano a esta bulliciosa ciudad. Generosa actitud y respaldo que Isaac apenas agradece. Confiesa: « Solo tengo solo dos dioses:  mujeres y literatura… » Y en verdad, lo demás le fue ajeno. En 1935 abandona Polonia y cruza el océano a través de Alemania y Francia hasta llegar por fin a América.

Isaac Bashevis Singer | Library of America

Edén en la Tierra

En los años treinta del pasado siglo, amplias olas de migrantes  arriban a New York desde múltiples rincones del mundo. Frescas y embriagantes ilusiones los abruman. A semejanza de no pocos de ellos, Isaac acierta a superar las filosas preguntas en el puerto y se integra a los tres millones de judíos que moran en la ciudad. Con dilatada y habitual generosidad su hermano Israel lo recibe y lo ayuda. Actitud que no merece reconocimiento alguno de su parte.

Con su apoyo Bashevis empieza a escribir notas en el Forward, un periódico neoyorquino en yidish que entonces ofrecía refugio y trabajo a no pocos. La redacción de una nota semanal le reporta un modesto ingreso. Israel publica un tercer libro – Los hermanos ashkenazim – que multiplica su nombre al lado de celebrados escritores del país. En negro contraste, el aislamiento, la depresión y la esterilidad creativa abruman en aquellos días las horas de Isaac.

Un amor imprevisible

En 1937, el accidental encuentro con Alma redefinió su vida. Mujer mesurada y elegante, educada en Alemania y madre de dos hijos, ella apenas acierta a descifrar una palabra en yidish. Al toparse con Isaac escribe: « Es joven, delgado, rubio, casi calvo…Con ojos azules que algo buscaban…Y escuché que escribía un libro… » Desde ese momento Alma se convierte en rehén de sus deseos pagando un alto precio: el abandono de su esposo y sus dos hijos. Isaac se aventura en un matrimonio sin informar al solícito hermano.

Nuevos rumbos

Las noticias que llegan desde Europa – de Varsovia en particular – inquietan a Bashevis. La persecución y la muerte de más de dos millones de judíos que habitaban Polonia, el fracaso de la revuelta del guetto en 1943, la desaparición de su madre: episodios que ennegrecen su ánimo. Por añadidura, apenas atina a encontrar creativos canales de expresión. Su pasado muere y el presente apenas alumbra cuando acontece un vuelco inesperado: el fallecimiento de su generoso hermano que apenas frisaba los cincuenta años. Al saber de Sobibor y Auschwitz su corazón se rindió. Volúmenes como Los hermanos ashkenazi, Acero y bronce – además de no pocas piezas teatrales – le habían concedido amplio nombre. Su muerte libera a Isaac. Y desde aquí empieza a colmar páginas hasta dar nacimiento a su celebrada Familia Mushkat, que pinta sus ajetreos para sobrevivir en un inhóspito entorno.  Pocos años después se conoce también la versión en inglés al lado del yidish que es, a su juicio, el idioma más rico del mundo.  Y para parir y adelantar sus obras rompe nudos con no pocos: con la religión, con Polonia e incluso con su hijo que vive lejos en algún kibutz.

Isaac Bashevis Singer's portraits – Image Gallery | Gallery | Culture.pl

Conquista América

Dos escritores norteamericanos – Grinberg y Howe – se familiarizan con sus relatos en yidish. Para difundirlos, ambos buscan un puntual traductor al inglés que al fin encuentran en Saúl Bellow, ya entonces celebrado escritor. Bellow arma una brillante traducción que le concede a Bashevis amplio nombre y celebridad.

Y desde entonces se multiplican sus páginas. Un texto que mereció desiguales versiones es El espejo. Aquí la joven Tzirl se interroga … »¿Existe Dios? ¿Es en verdad piadoso?  ¿Creó el mundo? ¿Vendrá el Mesías? ¿Tocará Eliahu la trompeta en el monte de los Olivos? ¿Superará Dios a Satanás ?…En mi íntimo corazón soy atea… Todo es vacío, desorden, la nada… Pero tal vez la justicia despuntará al final de los días… » Un abrumador monólogo.

Con lentos pero resueltos pasos Bashevis se presenta también en inglés. Un tránsito difícil que otros – Nabokov y Kundera- conocieron a avanzada edad. Cambiar idiomas implica en verdad una radical mudanza de los labios y de los nervios que nos gobiernan.

Nace un escritor

En sus primeros pasos la esposa Alma aporta a Bashevis el principal ingreso. Insiste: « Soy un escritor judío y por accidente resido en USA… » En el andar del tiempo sus páginas se multiplican en obras como Beit HadinHasatánEn la corte de mi padre, que despliegan las luces y sombras de la vivencia diaspórica.  Escribe también para niños.

En 1970 recibe un primer premio literario que le abre la ruta hacia el privilegiado recinto de escritores como Faulkner, Bellow, Roth. Cuenta ya con bien escogidas mecanógrafas que también lo satisfacen en la intimidad. Y a menudo no atina a autodefinirse: « Soy un cerdo« … ¿un chiste? … Nadie le responde.

Apenas unas palabras

Su hijo Israel le pide un encuentro después de 25 años de mutuo silencio. Al desembarcar en Nueva York apunta: « Entre el gentío que esperaba me pareció ubicarlo… Me miró atentamente con frenadaemoción. Me llamó por mi nombre de niño… Nos estrechamos las manos en silencio… » Entonces Israel supo que Bashevis estaba casado, y más tarde concluirá: « No tengo lugar en mi padre… no tiene tiempo ni dinero… » Un helado vacío que los días y el tiempo apenas corregirán. Para Isaac, una red familiar implicaba estricta y severa prisión.

El Nobel

El premio que injustamente le fue negado a no pocos – a un Borges entre otros- distinguió sin embargo a Bashevis. Corría el año 1978. Y Dévora, su leal traductora y chofer que a veces endulzaba su cuerpo, le comunica la recepción del Nobel. Él pensaba que con la alta distinción que Agnón recibiera en 1966 se habría agotado la cuota a los escritores judíos. Pero múltiples llamadas telefónicas – incluso del presidente Carter en horas del Yom Kipur- le desmienten. Y como era de esperar, no pocos de sus colegas se sienten lastimados por la elección de la Academia sueca.

En diciembre de 1978 Bashevis se presenta en el multitudinario y celebrado escenario. Sus primeras frases son en yidish, idioma radicalmente extraño para la amplia audiencia. Nunca antes un escritor en este idioma había merecido el premio. Y de aquí transitó  al inglés para aludir a sus fuentes creadoras. Desde entonces sus libros y las compensaciones se multiplican, y algunas de sus páginas incluso merecen la traducción al polaco.

Biography — Isaac Bashevis Singer

La memoria se adormece

Octogenario y vegetariano, Bashevis preserva un cuidadoso orden del día matizado por caminatas y el vegetariano comer. Cuando un periodista del New York Times le pregunta: « ¿Quién es judío? », responde: « Todo quien tiene dificultades para dormir y no deja dormir a nadie… » Y en cuanto al yidish, se cuestiona: « ¿Por qué en Israel no lo hablan? ¿Olvidan que es el idioma del guetto, de las cámaras de gas, del teatro? ¿Por qué avergonzarnos? … » Al parecer, ignoraba la existencia de cátedras universitarias en este país y de no pocos grupos amantes del idioma. Postura que no le impide confesar que « Gogol influyó en mí mucho más que Scholem Aleijem… »

Al final su memoria quiebra y los nervios crispan. Su fiel secretaria Dévora lo abandona. En páginas que ulteriormente escribe lo recuerda: « A veces atento y cordial, y, a veces, lastima y ofende… » Por su lado, Bashevis se aleja del mundo sin olvidar que … « nunca fui un buen esposo…« 

Su hijo pidió que sea enterrado en Israel. La esposa Alma se opuso. Y los restos de ella duermen muy cerca de Bashevis. En su tumba se inscribió un pasajero error ya corregido:  » noble «  en lugar de (premio) Noble…

Los archivos de la Universidad de Texas en Austin, EEUU, almacenan testimonios de sus pasos y páginas. Cuando estuve allí por algún trabajo o pretexto visité los últimos refugios de Bellow, Roth, Shtein y Einstein, personajes que dejaron trozos de su quehacer. Bashevis convive con ellos.

Él pensaba que fue « una letra más en el infinito texto de Dios… »  ¿Expresión ajustada? ¿Desborde del ego? La respuesta depende del juicio del lector.

Ławeczka Isaaca Bashevisa Singera w Biłgoraju – Wikipedia, wolna encyklopedia

 

[Fuente: http://www.diariojudio.com]

« Philip Roth, sans complexe » (2011) est un documentaire de William Karel et Livia Manera. Un portrait de l’écrivain juif américain septuagénaire interviewé à son domicile à New York et dans sa maison dans la forêt du Connecticut, peu avant la publication du Rabaissement (Gallimard).  Le 18 février 2021 à 18h30, dans le cadre des « Jeudis d’Hebraica, le rendez-vous culturel en ligne », Maurice Lugassy donnera la visioconférence « Philippe Roth , un auteur complexe« . Participation libre.

L’écrivain américain Philip Roth

Publié par Véronique Chemla

« Philip Roth nous a quittés le 22 mai 2018. Sa méfiance à l’égard des micros était proverbiale. Pourtant, face à William Karel et Livia Manera, le grand écrivain américain (« Indignation », « La tache », etc) avait accepté de retracer le chemin de sa vie et de son œuvre. Un portrait exclusif réalisé en 2010 lors de la sortie de son roman « Le rabaissement ».

La création littéraire – « Je ne me vois pas arrêter d’écrire. Quand je n’écris pas, je suis dépressif, anxieux. Écrire me tient à distance de la dépression » -, sa famille, sa judéité, le sexe, l’amour, la psychanalyse, la politique, la renommée, les États-Unis, la mort…

Le romancier légendaire Philip Roth (1933-2018) les évoque avec bonne volonté en révélant ses archives personnelles : photographies, lettres, manuscrits, etc. Et lit des extraits de ses œuvres.

En contre-point, ses amis, telle l’actrice Mia Farrow, une des premiers lecteurs à qui il confie ses manuscrits achevés après un à trois ans d’écriture pour solliciter des avis, s’expriment.

Quand Philip Roth prévient ses parents du futur succès de l’un de ses romans, ses parents l’écoutent attentivement, puis s’éloignent. Sa mère éclate en sanglots et confie à son mari : « Mon fils a la folie des grandeurs ! »

S’il a des inhibitions, Philip Roth refuse l’autocensure et se libère en écrivant.

« Un style américain » satirique

Philip Roth est né en 1933 à Newark dans une famille juive originaire de Galicie ayant immigré aux États-Unis à la charnière des XIXe-XXe siècles.

Professeur de littérature à l’université de Chicago, il s’installe dans les années 1960 à New York. Parallèlement à son activité de romancier, il enseigne notamment à Princeton, et dirige une collection chez l’éditeur Penguin. Il fait découvrir au public américain des écrivains d’Europe de l’Est, tel Bruno Schulz.

Goodbye, Columbus (1960) et surtout le best-seller Portnoy et son complexe (Portnoy’s Complaint, 1969) le rendent célèbre dans le monde entier. Nombre de lecteurs identifient le héros à son auteur. Cet auteur se défend aussi de ressembler à Kepesh, « séducteur compulsif », ou à Nathan Zuckerman (Pastorale américaine, Prix Pulitzer en 1998).

« D’ordinaire, il fuit les entretiens, et le laconisme de ses réponses fait désormais partie de sa légende. En septembre 2010, Philip Roth a pourtant reçu William Karel et la journaliste Livia Manera pour une interview au long cours. Quelque douze heures d’une conversation à bâtons rompus où l’auteur de Pastorale américaine, inlassable entomologiste de son pays, se raconte avec fluidité, analysant le processus de sa propre création littéraire. L’occasion de constater, comme il le rappelle avec force, que ses avatars de papier (de Portnoy, qui lui a valu la célébrité, à Kepesh, le séducteur compulsif, en passant par les différents âges de Nathan Zuckerman) ne sont pas ses alter ego ».

« Dans ce portrait intime et entier, l’écrivain ouvre ses archives personnelles – photos, lettres et manuscrits. Il fait même exceptionnellement la lecture d’extraits de ses romans, lui, le candidat à l’amnésie, qui ne veut jamais se souvenir que du prochain. Et s’il se qualifie finalement face à la caméra de « pauvre vieux type qui va bientôt mourir et dont tout le monde se fout », la conclusion ressemble davantage à de la coquetterie qu’à du désespoir. Avec le renfort de quelques proches amis, dont Mia Farrow, sa voisine du Connecticut, l’écrivain a parcouru à nouveau le chemin de sa vie et de son œuvre, de son enfance à la traversée du siècle, de Newark à New York, de Good bye, Columbus (1960) à Nemesis (2010) – son dernier-né ».

Le  5 novembre 2018, à partir de 19h30, le Centre Culturel André Neher (CCAN) de Nantes proposera l’apéro-livre « Roth, un juif américain intranquille« . « Philip Roth a quitté son monde mais pas celui de ses lecteurs. L’apéro-livre proposera un échange « d’impressions de lecture »  inspirées par l’un ou l’autre roman du grand écrivain juif américain. Même les non-lecteurs de Roth sont conviés à cet Apéro-Livre pour boire, comme les autres, bonnes paroles et liquides agréables. Sera plus particulièrement évoquée « la trilogie américaine » : La Pastorale américaine, J’ai épousé un communiste et (inévitablement) La Tache. Mais n’importe quel autre de ses livres lus pourra nourrir l’échange. Jean-Pierre Hanel  et Stanislas Mahé  se font un plaisir d’animer ensemble cette rencontre littéraire. Vite ! À vos livres ! »

Le 18 février 2021 à 18h30, dans le cadre des « Jeudis d’Hebraica, le rendez-vous culturel en ligne », Maurice Lugassy donnera la visioconférence « Philippe Roth , un auteur complexe« . Participation libre. Les vidéos des visioconférences sont sur Youtube.

« Philip Roth, sans complexe » de William Karel et Livia Manera

France, 2011, 52 minutes

Diffusions sur Arte les 19 septembre 2011 à 22 h 05,  22 septembre 2011 à 16 h 05,  2 octobre 2011 à 5 h, 27 mai 2018 à 17 h 40

Visuels : © François Reumon

Article publié le 19 septembre 2011, puis les 27 mai et 5 novembre 2018.

[Source : http://www.veroniquechemla.info]

Adrien Bosc, fondateur des Éditions du Sous-sol, publie une nouvelle traduction de trois romans du romancier canadien Mordecai Richler.

Écri par Myriam ANISSIMOV

Le célèbre écrivain canadien Mordecai Richler, né le 27 janvier 1931 à Montréal, était le fils de Moses Richler et de Leah, la fille du rabbin hassidique Judah Yudel Rosenberg, auteur de nombreux traités talmudiques et d’un récit sur le Maharal de Prague qui, avec son Golem, avait déjoué la machination du prêtre Tadish pour convertir au christianisme la fille d’un négociant en vin de la ville.

Le monde selon Barney
Mordecai Richler
2018
Editions du sous-sol
560 pages

Une histoire familiale de la Russie au Canada

Moses et Léa avaient été unis en 1922 dans le cadre d’un shidoukh, c’est-à-dire un mariage arrangé, alors qu’ils ne s’aimaient pas. Pire, Léa méprisait son mari parce qu’il était ignorant des choses de l’esprit.

L’ainé de treize frères et sœurs, Moses, avait grandi au sein d’une modeste famille orthodoxe. Homme timide et réservé, il exerçait le métier de ferrailleur comme son père Shmariyahu, qui avait émigré de Russie.

Dans le galetas sans eau chaude de la rue Saint Urbain, où vivait le petit Mordecai, on parlait yiddish et un anglais improbable, qu’on appelle broken english. Le dimanche après-midi, ses oncles paternels étudiaient le Talmud autour de la table familiale sous la direction de Shmariyahu l’irascible patriarche, qui l’avait un jour traité de sahbbes goy et d’apikoïres  mécréant − devant toute la famille parce qu’il ne portait pas sa kippa et prenait le bus pendant le shabbatEt pour cause ! Il était devenu membre de l’organisation de jeunesse sioniste socialiste, Habonim − les bâtisseurs. Le désigner à l’opprobre n’avait pas suffi à Shmariyahu qui avait attrapé son petit-fils par l’oreille, l’avait frappé à coup de ceinture, avant de le jeter hors de sa maison. Lorsqu’il mourut en 1947, la mère de Mordecai insista pour qu’il se rende à ses obsèques. Quand il entra dans la salle à manger où la famille était réunie autour du cercueil, son oncle Joe l’attira dans un coin pour lui dire : « Ainsi te voilà ! Tu as hâté sa mort. Pendant les mois pendant lesquels il était malade, tu ne lui as jamais adressé la parole ! » « Je n’ai pas provoqué sa mort, répondit Mordecai. »

« Eh bien, poursuivit Oncle Joe, saches que tu es la première personne citée dans son testament. Il a écrit que tu es un mauvais Juif, et qu’il t’interdit de toucher son cercueil, ou même de l’approcher. »

En se rendant au local des Habonim qui se trouvait rue Jeanne Mance, Mordecai et ses copains passaient devant la maison du terrible Shmariyahu, en train de prendre l’air sur son balcon.

Dans son récit autobiographique intitulé This Year in Jerusalem, Richler raconte que sa mère lui avait dit qu’un de ses grands oncles s’était écrasé un testicule à l’aide d’un marteau de forgeron afin d’échapper à la conscription décrétée par le tsar Nicolas 1er. Pendant son règne (1825-1855), les petits garçons juifs de la Zone de Résidence obligatoire étaient arrachés à leur famille dès l’âge de douze ans, convertis à l’orthodoxie, puis incorporés dans l’armée du tsar pendant vingt-cinq ans, au terme desquels ils n’étaient pas autorisés à retourner dans leur shtetl natal. En quelque sorte assignés à résidence, on les appelait les « cantonistes ».

En 1899, au lendemain du pogrom de Jassy, en Roumanie, organisé par le chef de la police locale, les jeunes Juifs de la ville traversèrent l’Europe à pied, et embarquèrent pour l’Amérique dans le port de Hambourg. En marchant, sac au dos, ils chantaient en yiddish.

Geyt, yiddelekh, in der vayter velt;

In Kanade vet ir fardinen gelt.

Va, petit Juif à travers le vaste monde ;

Tu pourras gagner ta vie au Canada.

Un représentant canadien de l’École du roman juif américain

Solomon Gursky
Mordecai Richler
2017
Editions du sous-sol
640 pages

Le yiddish, parlé par les grands-parents et les parents, s’est infiltré dans l’anglais des écrivains de l’École du roman juif américain. Henry Roth (L’Or de la terre promise. À la merci d’un courant violent. Un Rocher sur l’Hudson), Saül Bellow (The Dangling Man, Les Aventures d’Augie March, Herzog), lui aussi né dans le quartier juif de Montréal, Bernard Malamud (Le Commis, L’Homme de Kiev, Les Portraits de Fiedelmann), Cynthia Ozick (La Galaxie cannibale, Le Rabbin de Stockholm), Norman Mailer (Les Nus et les Morts, Le Chant du bourreau), Jerome Charyn (Marylin la Dingue, Isaac le flic de Brooklyn) et, bien sûr, l’œuvre entière de Philip Roth, ami et complice de Mordecai Richler, qui appartient lui aussi à la génération de grands écrivains, fondateurs du roman juif américain. Le vent du Nobel ne risquait pas de souffler dans les voiles de l’œuvre de Mordecai Richler, récemment rééditée en français dans une nouvelle traduction aux Éditions du Sous-Sol, fondées par Adrien Bosc, car rien n’était politiquement correct dans ses dix romans provocateurs, exubérants. Hilarants.

Sa méchanceté littéraire, ses ruminations, son humour dévastateur, entretiennent, au-delà de la langue et des continents, des liens secrets avec celle du génial Autrichien Thomas Bernhard.

Ses personnages frustes, libidineux, avides, sont presque tous nés à Montréal, le plus souvent dans le quartier de Mile End, où s’entassent les Juifs émigrés de Russie et de Pologne. Dans les appartements insalubres de « la belle Province », on manque notamment de toilettes, de salles de bain, et surtout d’eau chaude, alors que le rude hiver dure de longs mois. Crasse, promiscuité, vermine, lutte pour la survie, sont, jour après jour, le lot des habitants de la rue Saint Urbain, le Combray de Mordecai Richler. Sur le « temps perdu » de son enfance et de son adolescence, son regard d’écrivain est féroce, sardonique.

Au terme de plus de vingt années passées en Europe, il est cependant revenu, en 1972, vers la source de sa création car il ne voyait pas d’inspiration possible hors des rives des grands lacs, des forêts et du quartier de misère où il avait passé une enfance et une adolescence chaotiques, en digne épigone de David Copperfield.

Un détour européen

Richler n’était pas un bon élève dans son modeste collège de Baron Bing. Il abandonna à dix-huit ans des études d’histoire et de lettres commencées à Sir George Williams College, une université de second ordre car, à Mac Gill où il aurait voulu étudier, les Juifs étaient soumis à un strict numerus clausus. Mentionnons que l’accès aux hôtels, aux restaurants chics, aux clubs, était également interdit aux citoyens juifs du Canada. No Jews Allowed ! Restricted Clientele. Étudiant turbulent, Mordecai fut stigmatisé à cause des articles qu’il écrivait pour dénoncer l’antisémitisme dans le journal du College.

Après le divorce de ses parents, Richler resta à la garde de sa mère et travailla l’été avec elle. Elle avait fondé, sur les rives d’un lac, le Rosenberg’s Kakeside Inn, un hôtel-restaurant pour les Juifs de Montréal. Il y jouait aussi bien le rôle de maître d’hôtel que de femme de chambre.

À ce propos, ajoutons que le divorce ou guèt de ses parents fut rocambolesque. Pour obtenir ce fameux guèt, Léa prétendit fallacieusement qu’elle s’était mariée sans l’autorisation de son père, alors qu’elle était mineure. Le mariage religieux fut formellement annulé mais, selon la Halakha, la loi juive, il faisait d’Avrum et de Mordecai, ses deux fils, des mamzers, c’est-à-dire des bâtards ! Une condition lourde de conséquences. Si la séparation de ses parents affecta grandement Mordecai, sa condition de mamzer le laissa indifférent, car il était devenu totalement athée.

Richler fuit Montréal pour rouler sa bosse en Espagne, en France, en Angleterre. Il fuit aussi sa mère : elle entretient une liaison avec un de ses clients, qui vient déjeuner chaque jour avec quelques autres, dans sa pauvre cuisine de Montréal. Julius Frankel, un réfugié venu d’Europe, a tout pour séduire l’ex-Madame Richler. C’est un homme plus jeune qu’elle, sophistiqué et cultivé. Il prétend avoir été chanteur d’opéra. Mordecai qui n’a que quatorze ans, se réveille une nuit et les surprend en pleine passion dans le lit proche du sien. Il n’y avait qu’une seule chambre dans l’appartement. La mère et son fils échangeront à ce sujet des lettres acrimonieuses.

Le jeune Richler est ce qu’on appelle en yiddish un Azes ponem. Un impertinent. Un provocateur, au temps de son adolescence. Il s’entend désormais bien avec son père qui les emmène, son frère Avrum et lui, à la fin du shabbat, manger dans un restaurant yiddish, puis au cinéma. Il adore le strip-tease qui précède le film.

Se figurant d’abord en artiste-peintre, il se cherche comme le héros de son quatrième roman L’Apprentissage de Duddy Kravitz, publié à Londres, en 1959, un grand succès, au terme de dix années de galère. Ses premiers manuscrits, d’abord refusés par les grandes maisons, sont finalement publiés par le petit éditeur André Deutsch, quasiment sans avance sur droits. Ainsi en est-il pour The Acrobats, paru alors qu’il n’a que vingt-quatre ans, et Son of a Smaller Hero, son second roman. Richler n’est encore qu’un très jeune écrivain prometteur et confidentiel. André Deutsch, qui a pris le risque d’éditer un inconnu, lui écrit toutefois qu’il est davantage impressionné par son talent de  « futur écrivain » que par son roman. Mordecai accepte d’ailleurs de remanier son livre, et surtout d’effectuer les coupes importantes demandées par Deustch.

Ayant renoncé à des études universitaires médiocres, Richler, révolté contre son pays qui le traitait en citoyen de seconde zone, obtint finalement une bourse lui permettant de gagner le vieux continent.

Son père qui ne s’était pas opposé à sa vocation d’écrivain, lui envoyait tous les mois de quoi ne pas mourir de faim, après qu’il eût débarqué quelques semaines avant son vingtième anniversaire du paquebot Franconia, à bord duquel il avait rencontré Douglas Cohen. Voyageant en troisième classe, ils avaient gagné chacun 100$ au poker.

Mordecai vivait de l’air du temps à Paris, Ibiza, Londres, dans le Var, persuadé qu’à Montréal, il ne resterait qu’un petit Juif, tout juste capable d’arracher à la société un destin un peu meilleur que celui de Moses, son père, cet homme doux et timide, qu’il aimait tendrement. Un être effacé, méprisé et abandonné par son épouse, qui se figurait lui être infiniment supérieure parce qu’elle lisait des livres, parce qu’elle était la fille d’un rabbin célèbre. Mordecai la détestera jusqu’au jour de sa mort, refusant même d’assister à ses obsèques. En revanche, quand il était enfant, il rendait fréquemment visite à son autre zeyde, le grand-père qui bricolait dans un improbable jardinet cerné de palissades, en lui répétant que celui qui était incapable de posséder le plus modeste lopin de terre n’était pas un mensch  un homme.

En Europe, il connut des hauts et des bas. À Ibiza, il loua une villa de trois pièces avec cuisinière. « Mordy », nageait, écrivait, jouait aux échecs et buvait beaucoup. Il faisait la fête tous les soirs avec son ami William Weintraub. « Cette nuit, écrit-il à son ami qui vient de quitter l’île, j’ai dîné avec Rosita, la propriétaire du bordel, et fuckey-fuckey jusqu’au matin… » A cours d’argent, Mordy quitte Ibiza pour Barcelone, puis pour Tourette-sur-Loup. Des jeunes filles libres traversent sa vie. Il est question d’Helen, une belle Suédoise.

Richler vit une année en France dans les villages de l’arrière-pays niçois et à Paris, avant de gagner l’Angleterre où il va se fixer pendant deux décennies. Chambres de bonne, hôtels pouilleux à Paris. À la même époque, c’est aussi le cas de Serge Moscovici, de Paul Celan, d’Isaac Chiva. D’autres émigrés juifs, venus de Roumanie ; ils ne se rencontreront pas.

Quand il ne fait pas la fête, et il ne s’en prive pas, Richler travaille d’arrache-pied et apprend sur le motif l’art d’écrire. Il n’est encore qu’un inconnu attablé au Sélect, à la Rotonde, à la Coupole, au Dôme, au café de Flore, au Mabillon, qui entre à la Librairie de la Hune, qui observe, écoute et se gausse du snobisme des coteries parisiennes. Ses descriptions des artistes et des intellectuels de Saint-Germain-des-Prés et de Montparnasse n’ont pas pris une ride.

Il rencontre une jolie fille, Cathy Boudreau, un sacré tempérament, qu’il épouse malgré les menaces de son père, déterminé à prendre le deuil de son fils, sur le point d’unir son destin funeste à une shiksè  une goy. Dans une lettre adressée à son fils à la veille de son mariage, Moses Richer l’avertit que ce sera la dernière, s’il ne renonce pas à Cathy. Le mariage houleux, célébré 28 août 1954, durera quatre ans de dèche, sans domicile fixe.

Lorsque, bien des années plus tard, père et fils eurent fait la paix, Mordecai dit à Moses qui avait réellement observé la shiva, c’est-à-dire fait le deuil de son fils : « Papa, tu as épousé une fille de rabbin, et ça n’a pas marché. »

En 1953, Mordecai passe quelques mois à Montréal mais prend bientôt la mer à bord d’un exécrable paquebot de la Cunard. À sa grande surprise, il y retrouve Cathy qui a acheté son billet sans l’en avoir prévenu. The Acrobats parait en avril 1954 à Londres, alors qu’ils habitent à l’Hôtel de France à Paris. Les critiques sont plutôt tièdes.

Le début d’une carrière de romancier

L’Apprentissage de Duddy Kravitz
Mordecai Richler
2017
Editions du sous-sol
416 pages

Dans les romans, comme dans la vie de Richler, on boit plus que de raison du whisky MacAllan, on fume le cigare, on joue au billard, aux échecs, on fait l’amour dans une suite de grand hôtel, parfois dans des taudis improbables à Paris et à Londres, mais aussi dans de vieilles masures, dans l’arrière-pays de Nice et de Menton.

Ce sont les dix années qui précèdent la gloire, les gros contrats, la collaboration avec le cinéma et la télévision. Et c’est précisément quand L’Apprentissage de Duddy Kravitz et Le Monde selon Barney lui apportèrent la reconnaissance et la fortune, que Richler rencontra Florence Mann, la seule femme aimée. Tous deux étaient, chacun de son côté, sur le point d’envisager le divorce d’avec leur conjoint. Florence vivait seule avec Daniel son fils de trois ans, qui était né de son union avec le cinéaste Stanley Mann. Mordecai et Florence s’installèrent à Kingston Hill dans le Surrey.

Richler commença aussi à travailler avec le cinéaste Jack Clayton pour son film Room a the Top. Puis, ce fut la fortune et la grande vie. L’écrivain partit avec Florence pour travailler à Rome sur son roman Cocksure.

Née à Montréal en 1929, Florence avait été adoptée par une famille, alors qu’elle n’était encore qu’un nourrisson. Les Wood avaient déjà adopté deux autres enfants. Sa mère adoptive semble avoir été hypocondriaque, et l’enfance de la petite fille, assez malheureuse.

Florence avait été mannequin pour Dior et pour Sassoon. Elle commençait une carrière de comédienne au cinéma et à la télévision. Belle, élégante, raffinée, cultivée, courtisée, on la reconnait dans plusieurs romans, telle une apparition qui provoque un cataclysme amoureux pour l’homme qui soudain l’aperçoit. Elle est tout le contraire de Mordecai dont les manières sont plutôt rugueuses et l’humeur ombrageuse.

Dans le roman éponyme, Barney découvre, parmi les invités, l’envoutante Miriam au cours de la réception donnée le soir de son mariage au Ritz Carlton de New York. Trahissant aussitôt son épouse, il va la laisser tomber pour séduire Miriam, comme Mordecai a rejeté brutalement Cathy pour conquérir Florence.

« La pluie de reproches s’est poursuivie, mais je n’écoutais plus, car j’avais aperçu Miriam, assiégée par de nouveaux admirateurs, et je me suis avancé vers elle en souriant d’un air béat, comme le dernier des imbéciles. La salle de bal s’étant mise à tanguer, je me suis amariné, puis j’ai vogué vers elle et chassé les courtisans en agitant un cigare dont le bout rougeoyant menaçait de les harponner.

“ Nous n’avons pas été présentés.

-Impardonnable négligence de ma part. Vous êtes le marié. Mazel Tov.

-Ouais. Si on veut.

-Je pense que vous feriez mieux de vous asseoir, a-t-elle dit en me guidant vers la chaise la plus proche.

-Vous aussi, alors.

-Un instant seulement. Il se fait tard. Je dois comprendre que vous êtes dans le milieu de la télévision ?

-Productions totalement inutiles.

-Vous êtes dur.

-C’est le nom de ma société.

-Sans blague ?”

“-Je vais souvent à Toronto. Accepteriez-vous de manger avec moi un soir ?

-Je ne crois pas.

-J’insiste.

-Ce serait une mauvaise idée”, a-t-elle répondu en tentant de s’esquiver.

Mais je l’ai retenue par le coude.

“-Dans ma poche de veston, j’ai deux billets pour Paris. Départ demain. Venez avec moi.

-On prend quand même le temps de dire au revoir à votre nouvelle épouse ?

-Vous êtes la plus belle femme que j’ai vue de ma vie. ”…

Et, mon Dieu, ce petit sourire, je l’avais bien mérité. Oh, la fossette de sa joue ? Ces yeux bleus à vous damner. Ces épaules dénudées. »

« Je suis amoureux, Boogie, ai-je dit. Pour la première fois de ma vie, je suis vraiment, gravement, irrévocablement amoureux. »

Barney quitte donc son épouse le soir de ses noces et fonce à la Gare Windsor. Il monte dans un train en partance pour Toronto, et y trouve Miriam en train de lire Goodbye Columbus de son ami Philip Roth.

Nous ne dévoilons pas la suite, aux nombreuses péripéties. À ceci près qu’on reconnait Florence sous les traits de Miriam.

La vie avec Florence

Richler et Florence s’épousèrent à Montréal. Florence était enceinte de neuf mois de leur premier fils. Ils eurent trois autres enfants.

En 1961, Richler obtint une bourse de la Fondation Guggenheim. Cela venait à point nommé. Il était broke. Il devait vivre au moins six mois aux États-Unis. Il se partagea entre New York (Long Island) et Londres (Hampstead), puis l’encore plus chic Haversotck Hill. À Londres, Richler dîne souvent avec son ami Philip Roth. Ils font des concours d’obscénités. Les dames qui participent aux agapes sont choquées, mais Florence regarde son mari avec indulgence, comme s’il était un adolescent voulant épater la galerie.

En 1968, Richler remporte un grand succès avec Cocksure qui entretient des liens très obscènes avec le Portnoy de Roth. Il reçoit le prix du gouverneur général, mais est banni de certaines librairies en Irlande, en Nouvelle-Zélande, en Australie et même en Angleterre. Lily Richler, la tante de Mordecai, lut le livre et, dégoutée, le jeta à la poubelle.

Mordecai ne remettait jamais un manuscrit à son éditeur, sans que sa femme l’eût lu, critiqué et approuvé. À Londres, où il habita vingt ans avec Florence et ses cinq enfants, il travaillait pour la télévision et le cinéma afin d’assurer son train de vie, car l’avance sur droits d’Andre Deustch pour son second roman Son of a Smaller Hero se monta à 275£. Après quoi, Richler se vit offrir 1000$ US pour Duddy Kravitz, qui allait lui apporter un immense succès, des traductions dans le monde entier et la fortune. En 1957, Nathan Cohen consacra un article important à Richler dans le Tamarack Review.

Pendant ses vingt années à Londres, Richler écrivit outre ses romans, des scénarios, des dramatiques pour la télévision et le cinéma, généreusement payés et qu’il méprisait. Son roman Duddy Kravtiz fut adapté au cinéma. Hollywood le paya fort cher pour remanier le travail des autres. Seul l’appât du gain le faisait s’abaisser à gâcher sa plume pour un art qu’il ne jugeait rien moins que mineur. Et quitter Florence pour quelques semaines le mettait au désespoir.

Quand il était obligé de s’absenter pour donner des conférences, ou travailler dans un studio sur un scénario grassement payé, il lui téléphonait plusieurs fois par jour. Il vérifiait à tout moment qu’on la traitait avec la plus grande considération. Malgré l’amour qu’il lui portait, il lui imposa le mode de vie sans lequel il ne pouvait écrire. Ils retournèrent définitivement au Canada en 1972, habitèrent à Montréal, à Toronto. Puis, Richler réalisa son rêve : vivre au bord du lac Mephremagog qui apparait notamment dans son dernier roman Solomon Gurksy.

Elle n’aimait pas du tout la campagne. Mais Mordedai avait besoin de retourner vivre au Canada, y acheter une grande maison au bord du lac Mephremagog, y passer une grande partie de l’année, rester le plus clair de son temps enfermé dans son bureau à travailler, à fumer et à boire du Mac Allan, tout en déléguant à Florence la charge de la maison et de l’éducation de leurs enfants.

Il accepta d’enseigner à la Carleton University à Ottawa, deux jours par semaine.

On ne sait pourquoi, Richler acceptait parfois un déjeuner ou une conférence dont il n’avait aucune envie. Aussitôt arrivé, il se montrait grossier, agressif, et même ignoble. Une fois qu’une dame à la tribune, prenait un temps inconsidéré à le présenter au public, quand son tour vint enfin, se tournant vers elle, il déclara : « Madame la présidente, avec une langue comme la vôtre, vous devriez tailler des pipes. ». Il ne dit rien d’autre et quitta la scène.

En 1997, il reçut le Giller Prize pour Le Monde selon Barney.

Même quand il tomba gravement malade, quand on diagnostiqua un cancer du rein qui récidiva et développa des métastases dans tout son organisme, il ne renonça jamais complètement à fumer et à boire. Et il en mourut. Florence supporta avec élégance son caractère difficile, et son refus de renoncer à boire et à fumer. Comme Cathy avant elle, elle apprit à lui préparer les recettes de cuisine yiddish dont il ne pouvait aussi se passer.

Une fin à l’image du reste de sa vie

Richler avait juré de forcer les portes du destin qui l’ont fait naître dans la rue juive de Saint Urbain.

Satiriste féroce, Richler a subi aussi bien les foudres des membres de la communauté juive originaire d’Europe orientale au sein de laquelle il était né, que celles des Québécois francophones, nationalistes et antisémites. Il a fait feu de tout bois, avec un sens du grotesque qui les faisait tous fulminer. Ils le haïssaient. À la manière de Gogol, il décrivait les hommes, grossissant le trait à la limite du fantastique.

On tenta de l’intimider, de le faire taire, de le forcer à se repentir. Mais ce n’était pas un homme qui se laissait terroriser par les terroristes. Ainsi, lorsque dans les dernières semaines de sa vie, alors qu’il était hospitalisé à Montréal pour son cancer en phase terminale, il refusa d’être transféré dans un autre établissement, afin, selon les dires de la direction, de le protéger. En fait, tout le monde était assez lâche pour vouloir se débarrasser de lui, plutôt que d’affronter ses contempteurs qui se réjouissaient de sa mort prochaine.

Ainsi donc, le grand Mordecai Richler, fumeur et buveur impénitent, mourut à la veille de ses soixante-dix ans, laissant une œuvre prolifique.

Richler mourut riche. Mais avant de mourir, il vendit la maison qu’il possédait à Londres et offrit le profit de sa vente à Florence. Puis il fit venir ses enfants et leur dit qu’il n’y aurait pas d’héritage et que chaque génération devait construire sa vie. Il offrit à chacun quelques dizaines de milliers de dollars et ce fut tout.

Se souvenant que son zeyde, son grand-père lui disait qu’un homme qui ne possédait pas un morceau de terre, n’était rien, il achètera des maisons et des appartements à Londres, et après son retour au Canada, à Montréal, dont il ne pouvait se détacher parce que sa ville était le terreau de son œuvre. Il s’installa sur les bords du lac Méphrémagog pour achever le grand roman épopée Salomon Gursky. Une immense mosaïque de récits transfigurés qui racontent d’une certaine manière l’histoire des distillateurs Bronfman, mais aussi l’épopée de la colonisation du Canada. Pas de manière réaliste. Comme si cette histoire était vue avec les lunettes d’un Mel Brooks, dans laquelle les Inuits convertis par un Juif fou et trafiquant d’alcool, ayant vécu plusieurs vies dans le vaste monde, mais aussi dans le temps, voyaient en lui le Messie, et se mettaient à porter le talit, la kippa et les tsitsits.

 

 

[Source : http://www.nonfiction.fr]

Escrito por David Aliaga

En una cafetería de Barcelona, mi rabino me explicó que había un autor francés –he sido incapaz de comprobar si se trata de Sartre, como creo recordar quizá porque el rav llevaba una biografía de Sartre en el bolsillo de su abrigo aquella tarde– que escribió que era judío aquél a quienes los antisemitas reconocían como tal. A efectos trágicos, la afirmación resulta amargamente certera. Sin embargo, en términos religiosos la cuestión sobre la judeidad de una persona es una de las mayores controversias en el seno del pueblo de Israel. Resumiendo mucho, según el movimiento ortodoxo (que no para todos y cada uno de los ortodoxos), solo es judío el nacido de un vientre judío y el converso certificado por un beit din ortodoxo; los movimientos reformista y masortí reconocen entre sí la autoridad de sus tribunales rabínicos, y también que una persona pueda ser judía de nacimiento aunque su madre no lo sea, si su padre lo es.

A pesar de que existe el debate, desde el punto de vista religioso, las interpretaciones de la halajá a las que se atienen las diversas corrientes del judaísmo están más o menos claras. Sin embargo, a la práctica, se complica. ¿Es judío el hijo de una judía que no ha sido educado en dicha tradición, que no acude a la sinagoga, que come cerdo y que no celebra Yom Kipur? ¿Serían judíos los nietos de esta persona? ¿Es judía la hija de un judío y una católica que ha estudiado la Torá, ha celebrado su bat mitzvá y se siente judía? ¿Es el judaísmo una religión, una designación étnica, una nacionalidad…? Y, sobre todo, ¿qué implica ser judío para el individuo?

En cada caso, estas preguntas dejan de ser materia de legislación religiosa para convertirse en una problemática identitaria íntima. En el ámbito literario, la obra de algunos de los autores más brillantes del último siglo se ha articulado como respuesta a la pregunta sobre la identidad (¿quién soy?) y las implicaciones de la condición judía sobre la autodefinición. Estados Unidos ha sido especialmente prolífico alumbrando escritores cuyos libros dialogan con la cuestión judía: Bernard Mallamud, Saul Bellow, Cynthia Ozick, Philip Roth, Jonathan Safran Foer, Nicole Krauss, Shalom Auslander… Tanto es así que desde hace décadas sus obras se estudian en una rama específica de los estudios literarios que se ocupa de la llamada Jewish American Fiction.

Durante muchos años el corpus de los estudios de literatura judía se había dado por sentado. Si un autor era judío en términos genéricos y escribía desde una perspectiva judía o sobre temas judíos, formaba parte de la nómina de escritores a estudiar. Sin embargo, en los últimos años, brillantes académicos como Benjamin Schreier (The Impossible Jew) han puesto en duda la facilidad para definir el corpus de la Jewish American Fiction. Si resulta complicado definir en qué consiste ser judío, si dicha pregunta tiene tantas respuestas posibles como individuos que se la formulen, designar a un creador como escritor judío tiene que ser bastante complicado. Más todavía cuando algunos de los autores judíos –de una forma u otra– más estudiados y valorados por la crítica rechazan la etiqueta. Cynthia Ozick, que ha escrito sobre el Holocausto y el trauma posterior, sobre el gólem, sobre el yídish…, rechazaba que su obra fuese “judía” en la entrevista que le realicé para el número 385 de Quimera. Por más que aborde temas y motivos judíos, que acuda a los servicios de la sinagoga ortodoxa de New Rochelle o que suela escribirme para felicitarme Pésaj y Janucá: “en cuanto a la escritura, el judaísmo no es y no ha sido nunca mi tema. No soy una rabina o una teóloga, ni siquiera una filósofa. No tengo capacidad para desempeñar esos oficios y, en dicho sentido, no soy una escritora judía, es decir, una escritora de libros judíos”.

En la Europa posterior a la Shoah, una de las obras más sugerentes en lo que se refiere al cruce entre la indagación por la identidad y la condición judía es la del autor francés Patrick Modiano. Es cierto que sus novelas buscan reconstruir un pasado personal absolutamente fragmentado (“Escribo para saber quién soy, para encontrar una identidad”), al tiempo que descorre los velos de silencio con los que Francia cubrió la complicidad o connivencia de buena parte de sus habitantes durante la ocupación alemana. Pero ni el rompecabezas identitario de Modiano ni su denuncia de los crímenes de los colaboracionistas pueden disociarse de las ramas sefardíes de su árbol genealógico si aspiramos a una comprensión esférica de su narrativa. Resulta complicado pensar que el autor nacido en Boulogne-Billancourt escribiese desde la postura en la que escribe, de no ser hijo de quien es.

El padre del premio Nobel, Albert Modiano, provenía de una familia de judíos italianos instalados en Salónica y emigrados a París. Durante la ocupación francesa sobrevivió escapando de las redadas de la Gestapo al tiempo que se acercaba a los nazis para comerciar con productos de estraperlo. De la misma forma que la ausencia de su madre, la actriz belga Louise Colpijn, se refleja en sus novelas en forma de niños desatendidos que se aburren en los camerinos de un cabaret, en el apartamento de una cupletista venida a menos, de infancias extrañas y provisionales…, las zonas oscuras de la biografía de su padre se erigen como imponentes columnas, recias preguntas sobre el papel de los franceses –de un judío francés– durante el nazismo.

Agosto de 1941. La policía francesa registra la identidad de los judíos en los territorios ocupados por el ejército alemán. (Autor desconocido – Deutsches Bundesarchiv/Wikimedia Commons)

En Dora Bruder (1997), Modiano confesó que la escritura de su primera novela, El lugar de la estrella (1968), obedecía al impulso de responder a la tradición novelística antisemita que se había desarrollado en Francia durante mucho tiempo. Servía como reparación a la conducta de compatriotas que, como su propio padre sefardí, contribuyeron, obtuvieron beneficios o miraron hacia otra parte cuando la nación señalaba al pueblo de Jacob. Precisamente esas dos novelas, junto con Libro de familia (1977), nos ofrecen un tríptico sobre el diálogo que el autor mantiene con la cuestión identitaria judía: tres obras muy distintas en lo formal, pero que además de compartir la denuncia, la melancolía y la búsqueda identitaria que atraviesa la bibliografía completa de Modiano, están cosidas entre sí por la cuestión judía.

El lugar de la estrella es un texto experimental, dolorosamente paródico e irreverente, que se inscribe en el contexto de surgimiento del debate sobre el papel de Francia en el Holocausto que el gaullismo había silenciado. Modiano se incorpora a la escena literaria con su primera novela en el año en que los jóvenes parisinos se echaron a la calle gritando, entre otras consignas, “¡Todos somos judíos alemanes!”, en solidaridad con Daniel Cohn-Bendit, un joven judío francoalemán que había participado en la ocupación de la Sorbona en el mes de mayo, y al que el gobierno francés prohibió la entrada en el país durante una década. Modiano ofrece a través de Raphaël Schlemilovitch un retrato cubista de lo que suponía para los jóvenes judíos franceses de mayo del 68 ser judíos en la Francia posterior al régimen de Vichy. El protagonista es una parodia histriónica de los argumentos judeófobos de autores como Louis Ferdinand Céline que, como Modiano escribe en Dora Bruder, descubrió en las estanterías de su padre. Schlemilovitch ridiculiza la simplificación negativa del antisemitismo –“ese monstruo imaginario (…) con su nariz torcida y sus garras (…) culpable de todo mal y culpable de todo delito”– en su aspiración a ser un judío “auténtico”. Pero, a través de sus contradicciones y de su evolución, expone también la complejidad de la construcción identitaria a la que tuvieron que enfrentarse miles de sefardíes y askenazíes galos en un contexto adverso, el relato que tuvieron que componer sobre sí mismos en respuesta al encuentro con el otro.

Casi treinta años después, en Dora Bruder, el francés nos confiesa el impulso que lo movió a escribir su primera novela y, a través de las implicaciones que supone la escritura de la novela, comprendemos que existe una voluntad de reparación por parte de Modiano. Es una enmienda que debió comenzar necesariamente con la denuncia de quienes perpetraron los crímenes y que en muchos casos vivían discretamente reinsertados en la democracia francesa, pero que debía completarse rescatando del olvido a todas las víctimas a través de una de ellas. Como si justificase haberse demorado en otros libros hasta encontrar a su más célebre protagonista, escribe: “Lleva tiempo conseguir que salga a la luz lo que ha sido borrado”.

Dora Bruder es el nombre de una niña desaparecida que el escritor francés lee en un periódico de 1941. Sus padres, desesperados, publican el aviso a pesar de que suponga exponerse a la policía de asuntos judíos que, como constata Modiano, existió en Francia, en la calle Greffulhe de París. Y Modiano, décadas después, retoma la búsqueda con la intuición, sino con la certeza, de a dónde lo conducirá. A través de los archivos, de documentación judicial, el narrador reconstruye el camino que llevó a Dora desde París hasta Auschwitz, y, al tiempo que le concede a la pequeña judía la dignidad de la memoria, reconstruye los edificios en los que operaban la burocracia colaboracionista y la policía xenófoba, derrumbados o reformados por la política municipal, sea como fuere, borrados del relato histórico falaz que Francia se había explicado a sí misma.

Dora Bruder comunica la idea de que la ocultación de los crímenes equivale al olvido de las víctimas. “Quedan pistas en los registros pero se ignora dónde están escondidos y qué guardianes los vigilan y si querrán enseñárnoslos. O tal vez, simplemente han olvidado que esos registros existen”. Febril y desbocada en El lugar de la estrella, la voz narradora de Modiano se apacigua con el paso de las novelas, y a finales de la década de 1990, nos encontramos a un narrador mucho más reflexivo, casi contagiado del laconismo burocrático del material administrativo que convierte en literatura. El cambio de tono y la mayor claridad en la sintaxis y en las imágenes bien podrían estar relacionados con el propósito distinto de las obras. Mientras que con su primera novela, Modiano derrumbaba un muro de silencio y lanzaba su literatura contra los criminales que habían quedado impunes, en Dora Bruder acomete con el sosiego del arquitecto un ejercicio de reconstrucción. En su opera prima construye una ficción excesiva, hiperbólica, para combatir el engaño de la Historia en el que se dio cobijo a los miserables; en la obra de 1997, caídas las máscaras, coloca a quienes las vestían frente a la certeza de lo notarial y recupera los rostros que tras la guerra se habían sacrificado a la restauración de la convivencia.

Entre el ejercicio de reparación y la denuncia airada, Libro de familia se presenta como un conjunto de relatos en los que el narrador trata de reconstruir su identidad a partir de los recuerdos que le sobrevienen en el momento de inscribir a su hija en un libro de familia, algo que a él, como judío, como a tantos judíos, se le había negado. En el caso del narrador, la burocracia solo sirve para emborronar su pasado porque el padre judío se vio obligado a firmar con un nombre falso su certificado de matrimonio. Existe también en esta obra una reparación simbolizada en el libro de familia. El documento legal representa la fijación de los orígenes de su hija, la certeza de unas raíces siempre difusas en los narradores modianescos que, como el autor, son hijos de padres ausentes o que ofrecen relatos incompletos de sí mismos. Pero la inscripción en un registro estatal de una familia con apellido judío implica también el fin de una forma de discriminación de Estado.

Esta preocupación por el lugar de los judíos en la sociedad francesa; los condicionantes que la judeidad de los padres de la ficción modianesca implican en la identidad de sus hijos, y el origen sefardí de Modiano parecen legitimar la pregunta sobre la posibilidad de incorporar al de Boulogne-Billancourt en el canon de la literatura judía europea. Aun cuando el autor pueda no considerarse judío o rechazar la etiqueta académica, novelas como Dora Bruder o Libro de familia evidencian una preocupación por las implicaciones de sus raíces familiares. Desde luego, uno puede intuir que, si el padre de Modiano no hubiese sido sefardí, la escritura del francés hubiese sido distinta. Con independencia del autor, y recuperando una expresión de Schreier, al menos tres de sus obras parecen afirmarse judías a sí mismas, lo judío emerge en el texto.

Si Patrick Modiano escribe “para encontrar una identidad”, entonces lo hebraico forma parte de ella aunque solo sea en forma de interrogante. A diferencia de autores norteamericanos, que han conocido la normalización de lo judío en su entorno y que escriben sobre una sociedad en la que lo judío forma parte de lo colectivo nacional, no existe un judaísmo casual ni ornamental en Modiano (ni lo existe apenas en la literatura contemporánea europea, salvo en novelitas que se apropian de lo cabalístico o lo sefardí como adorno mistérico o exótico). Lo hebreo se manifiesta a través de su preocupación por su propia responsabilidad y la de su país hacia los judíos, y de qué manera eso condiciona el hombre que es y su escritura. La respuesta que encontramos en sus textos es la de una identificación sin fisuras con quienes padecieron el nazismo y la ocupación, el compromiso de reparar una conducta que fue también la de ese padre sefardí colaboracionista.

Adicionalmente, como en la literatura memorialística de los judíos europeos que se vieron expulsados de sus hogares, que vieron a sus familiares morir en los campos, la del premio Nobel es una narrativa marcada por la necesidad de reconstrucción y reparación, y se constituye como un ejercicio de memoria y de denuncia. Afirmar que Modiano es un escritor judío o que sus libros son literatura judía resulta tan problemático como afirmar que existe una literatura judía. Y sin embargo, El lugar de la estrella, Libro de familia y Dora Bruder evidencian que sus raíces sefardíes tienen un peso específico en el diálogo que el autor sostiene con la pregunta fundamental de su obra: ¿quién es Patrick Modiano?


David Aliaga (L’Hospitalet de Llobregat, 1989) es escritor y editor. Licenciado en Periodismo por la UAB y máster en Humanidades por la UOC, actualmente prepara su tesis doctoral en el marco del programa de Teoría de la literatura de la UAB. Ha escrito sobre la cuestión identitaria judía en la literatura para revistas como Quimera Avispero, y es autor de los libros de relatos Inercia gris (2013), Y no me llamaré más Jacob (2016) y El año nuevo de los árboles (2018), así como de la novela breve Hielo (2014).

 

[Fuente: http://www.mozaika.es]

 

 

Récemment, le premier ministre du Canada Justin Trudeau a déclaré publiquement que, selon lui, « la liberté d’expression n’est pas sans limites ». Il s’agirait de toujours bien réfléchir si ce que l’on dit est potentiellement blessant pour des personnes. Conception ô combien curieuse d’un droit pourtant rudimentaire pour tout esprit libéral! Curieuse au sens d’étrange, mais pas curieuse au sens d’étonnante: les communautaristes ne sont pas à un délire près.

La réaction du monde politique français face à la décapitation de Samuel Paty ne s’était pas fait attendre, unanime sur la nécessité de rappeler coûte que coûte que la liberté d’expression inclut la possibilité de blasphémer et que la France doit défendre sa laïcité – c’est un minimum, disons. La réaction de Justin Trudeau, elle, était arrivée bien plus tard : il lui avait fallu onze jours et une motion déposée par le Bloc québécois pour qu’il daignât prendre la parole. Déjà critiqué pour cette lenteur quasi coupable, voilà que le chef du Parti libéral du Canada s’est encore un peu plus enfoncé dans l’ambiguïté lors d’une conférence de presse le 30 octobre dernier avec cette réponse à une question portant sur le droit de caricaturer :

« La liberté d’expression n’est pas sans limites. […] Nous nous devons d’agir avec respect pour les autres et de chercher à ne pas blesser de façon arbitraire ou inutile ceux avec qui nous sommes en train de partager une société et une planète »a estimé l’homme d’État se considérant comme un libéral progressiste. Or, s’il y a une ligne politique que suit cette déclaration, c’est celle du communautarisme et non du libéralisme. Ce n’est plus l’individu, quel qu’il soit, qui a des droits inaliénables, tels que celui de s’exprimer : ce sont les communautés qui ont des droits « à la reconnaissance », « au respect », nous disent les nouvelles forces de progrès à la mode Trudeau. Après tout, est-ce bien grave ? La liberté d’entreprendre n’est-elle pas la plus importante ? Le libéral ne pourrait-il pas s’accommoder d’une invitation à quelques dessinateurs laïcards de modérer leurs gribouillages ?

Ce serait là ne rien comprendre à l’essence de la liberté. Celle-ci se mesure aux détails autant que le diable s’y cache. Et le grand penseur libéral Alexis de Tocqueville, dans De la démocratie en Amérique (1840), avait déjà prophétisé une époque où l’on oublierait ce fait fondamental : « Après avoir pris ainsi tour à tour dans ses puissantes mains chaque individu, et l’avoir pétri à sa guise, le souverain étend ses bras sur la société tout entière ; il en couvre la surface d’un réseau de petites règles compliquées, minutieuses et uniformes, à travers lesquelles les esprits les plus originaux et les âmes les plus vigoureuses ne sauraient se faire jour pour dépasser la foule ; il ne brise pas les volontés, mais il les amollit, les plie et les dirige ; il force rarement d’agir, mais il s’oppose sans cesse à ce qu’on agisse ; il ne détruit point, il empêche de naître ; il ne tyrannise point, il gêne, il comprime, il énerve, il éteint, il hébète, et il réduit enfin chaque nation à n’être plus qu’un troupeau d’animaux timides et industrieux, dont le gouvernement est le berger. »

Plus récemment, dans les colonnes du Regard Libre, l’historien tout aussi libéral Olivier Meuwly s’inquiétait du fait qu’effectivement, les « droits à » (droits dits « positifs », prisés par les gauchistes) prennent peu à peu le dessus sur les « droits de » (droits dits « négatifs ») : « […] pour la droite qui est globalement libérale, hormis les héritiers de la droite catholique conservatrice, les droits de l’homme sont ceux de la Révolution française et américaine. Il semble fondamental d’avoir des droits supérieurs protégeant les libertés individuelles. » Les nouveaux « droits » qui ne sont pas des libertés individuelles constituent donc un risque couru par la liberté de chacun au nom de l’égalitarisme. Le communautarisme n’en est qu’une variante. Il est paradoxal que cette manière non-occidentale de concevoir la société ait séduit des nations qui avaient fortement contribué à forger l’idée libérale, à savoir les pays anglo-saxons.

L’universalisme, dans lequel nous pouvons trouver les germes aussi bien de la laïcité à la française – dont on parle sûrement un peu trop, car ce n’est pas vraiment le sujet – que des droits naturels de tout être humain et, sur le plan institutionnel, de l’État de droit de nos nations occidentales, défend une conception opposée à celle du communautarisme dans lequel le Canada est empêtré. Il n’y a aucune limite à la liberté d’expression ; l’autocensure est injustifiable. Tout individu est libre de ses opinions, y compris provocatrices, y compris moqueuses. Pour reprendre les mots de la philosophe Simone Weil, qui – c’est le moins qu’on puisse dire – n’était pas une réactionnaire, «la liberté d’expression totale, illimitée, pour toute opinion quelle qu’elle soit, sans aucune restriction ni réserve, est un besoin absolu pour l’intelligence» (L’Enracinement, 1949). Il en va de l’esprit de débat autant que du principe fondamental de liberté, d’ailleurs.

Cela étant, précisons qu’évidemment, il existe des codes sur la manière de nous adresser aux autres. Mais ces codes ne sont pas politiques, ils relèvent des manières, de la civilité, de l’éducation. Précisons aussi qu’évidemment, nuire à autrui, porter atteinte à son prochain, à son intégrité, n’est pas tolérable. Cela, nous le tenons en Occident de notre tradition judéo-chrétienne qui fonde la distinction entre la personne et ses croyances ou ses actes. C’est dans cette tradition culturelle que s’est bâtie au fil des siècles notre tradition politique moderne, donnant naissance aux droits universels de l’homme et du citoyen.

Or justement, s’attaquer au prophète dans un journal ou dans un dessin, c’est s’attaquer à une croyance, voire à l’instrumentalisation de cette croyance : c’est donc un droit, et même en quelque sorte un devoir si l’on part du principe que pour faire usage de son intelligence, il faut analyser, critiquer. Les Lumières, c’est la raison, donc la critique. L’israélo-suisse Carlo Strenger va jusqu’à dire le « mépris civilisé » dans un ouvrage portant cette expression comme titre (2015) : « Une culture du mépris civilisé se fonde […] sur la volonté de faire valoir ce mode de pensée avec toutes les conséquences que cela entraîne – tel est le principe qui permet de se forger une opinion responsable. » Lumières versus bien-pensance.

En ramenant la question des caricatures à une « communauté » qui serait « stigmatisée », Trudeau – en a-t-il seulement conscience ? – tombe dans le piège des terroristes. L’air de rien, pour des raisons soi-disant vertueuses et bien plus raisonnablement par clientélisme électoral, le donneur de leçons du Canada met dans le même panier musulmans et islamistes et confond musulmans et islam, comme si aucun musulman n’était capable de se dissocier de l’idée que le blasphème mérite une punition. Alors même que les Trudeau nous bassinent avec le « pas d’amalgame », ce sont eux qui se retrouvent à appeler de leurs vœux la fidélité demandée par les islamistes aux musulmans envers leur prétendue « communauté ». Ce sont eux qui renforcent la terreur déclaration après déclaration, loi après loi, sottise après sottise. À l’inverse, la justesse d’un Emmanuel Macron – « en France, il n’y a qu’une seule communauté, la communauté nationale » – en ressort plus fortement.

Justin Trudeau, pour le dire crûment, n’est pas Charlie. Or, être Charlie n’a jamais consisté à préférer leur humour à l’ironie d’un Philip Roth. Tout ce que le bon sens demande, c’est d’accepter qu’on puisse encore parler, dessiner, vivre librement dans notre coin du monde. Et comme l’a bien relevé le journaliste Konrad Yakabuski dans le quotidien canadien Le Devoir, le fait que le premier ministre soit revenu depuis sur ses déclarations, en assurant qu’il ne condamnait pas les caricatures de Charlie Hebdo, ne change rien à l’affaire. Car « le mal [est] fait. Si ça lui a pris deux semaines pour préciser sa pensée sur la liberté d’expression, c’est parce qu’il n’y tient pas tant que cela. » En réalité, le fait que Trudeau ait précisé deux semaines plus tard qu’il ne condamnait pas les caricatures est un geste qui devrait même nous glacer : cela nous montre justement qu’il devait le préciser. Pour s’en convaincre lui-même ?

 

[ Photo : Wikimedia CC BY 3.0 – source : http://www.leregardlibre.com]

Elle est la «voix française» de Philip Roth, John Irving ou Jonathan Coe. Lauréate 2020 de la bourse de traduction Gilbert Musy, Josée Kamoun donne jeudi une conférence sur «1984» de George Orwell à la Fondation Jan Michalski

 

Écrit par Jean-François Schwab

C’est une star dans le milieu de la traduction littéraire, métier qu’elle exerce depuis plus de trente-cinq ans. Licenciée d’anthropologie sociale et docteure en littérature sur les romans de Henry James, elle a depuis traduit de l’anglais au français une cinquantaine d’ouvrages, des romans, des nouvelles, mais aussi des essais et un peu de poésie. Josée Kamoun, c’est notamment la voix française de Philip Roth, John Irving, Richard Ford et Jonathan Coe. On lui doit aussi la traduction de La Fascination de l’étang de Virginia Woolf ou encore de nouvelles traductions de Sur la route de Jack Kerouac et de 1984 de George Orwell.

Josée Kamoun est la lauréate 2020 de la bourse de traduction du Programme Gilbert Musy, décernée par le Centre de traduction littéraire (CTL) de l’Université de Lausanne. Le prix est assorti d’une résidence de deux mois au château de Lavigny (VD) où elle nous reçoit et où elle s’est consacrée à la traduction du dernier recueil de nouvelles de Richard Ford (Sorry for Your Trouble, 2020), d’un article de celui-ci sur la présidentielle américaine et de Testament of Youth de l’écrivaine britannique Vera Brittain. Elle y a aussi préparé trois séminaires dispensés au Centre de traduction littéraire de Lausanne sur la traduction du rythme dans la prose. Nous sommes dans la quiétude du grand salon du château de Lavigny, le lac et les montagnes sont à la fenêtre.

Vous venez de traduire une tribune de Richard Ford. Que dit-elle en substance sur les années Trump?
Ce n’est pas un réquisitoire contre Donald Trump. Le ton n’est pas pamphlétaire mais grave, inquiet, avec un fond de mélancolie. Au-delà de la critique du président actuel, il s’agit surtout d’une réflexion sur la fracture de l’Amérique. Richard Ford s’interroge sur l’avenir de la démocratie aux États-Unis, sur cette récurrence d’élections présidentielles très serrées où la moitié du pays qui n’a «pas gagné» exige de nouvelles élections… Pour Richard Ford, la situation actuelle va bien au-delà de Donald Trump qui n’est qu’un symptôme.

Qu’est-ce qui vous motive dans le métier de traduire?
La curiosité du monde, la libido au sens large. C’est aussi le fait de pouvoir être plusieurs personnes à la fois. Le traducteur est comme un comédien. Ma vie s’en trouve augmentée de manière considérable. Plus il y a de distance entre ce que je traduis et moi, plus il y a évidemment de difficultés et sans doute de marges d’erreur de ma part, mais plus il y a aussi d’excitation, forcément.

Un exemple de ce décalage?

Je l’ai ressenti fortement en traduisant Philip Roth. J’étais Roth et je n’étais pas Roth – je ne parle pas ici de son génie –, je me reconnaissais dans Roth et à la fois pas du tout. Cette espèce de conflit attisait le désir de traduire. J’aime traduire les livres difficiles, comme Les Faits de Roth, dont la difficulté technique est redoutable. Quand un livre est dense et énigmatique, et c’est vraiment ceux que je préfère, vous avez l’impression de traverser des strates, de descendre au fond d’un fleuve.

Est-ce que le regard sur la traduction a changé depuis vos débuts?
Quand j’ai commencé, les traducteurs étaient perçus comme des traîtres. Nous devions nous faire tout petits, voire transparents. Comme si nous étions des témoins gênants que l’on aurait volontiers éliminés. Longtemps, en France, la traduction a été perçue de façon très académique, dans une conception issue de la version des langues anciennes. Et puis sont arrivés le postmodernisme, la mondialisation culturelle, l’anglais comme espéranto et enfin ce que j’appelle l’ère de «l’altérophilie».

C’est-à-dire?

Nous sommes dans une période qui aime et célèbre l’Autre. L’époque est devenue extrêmement curieuse des autres textes et des textes des autres. Depuis une dizaine d’années, de traîtres, les traducteurs sont devenus des passeurs.

Et qu’est-ce qui n’aurait pas changé dans la pratique du métier?
Le fait que nous sommes toujours aussi mal payés. Je gagne entre 10 et 12 euros de l’heure, après les prélèvements mais avant les impôts.

Avez-vous encore le trac avant de vous lancer?
Bien sûr. Les traducteurs sont des obsessionnels et des ressasseurs. Aucune traduction n’est définitive. Avant chaque traduction, vous n’êtes jamais sûr d’y arriver. Si on entreprend quand même la chose, c’est qu’on a la conviction profonde que ce que l’on aura manqué, d’autres traducteurs le réussiront après nous. Ma manière de ne pas culpabiliser ou de ne pas me décourager, c’est de sans cesse me rappeler que d’autres traducteurs viendront après moi. C’est capital. D’autres sont venus avant moi. La traduction est un chœur. L’œuvre ne connaît pas de dernière demeure.

Comment traduire le rythme d’une langue? Est-ce possible?
Traduire le rythme est ce qui vous dope le plus. Cela suppose de lire l’original et la traduction à haute voix. Le français est particulièrement décourageant sur ce point.

Pourquoi?

En français, c’est toujours la dernière syllabe vocale qui est accentuée, ce n’est pas très dansant. Au contraire de l’anglais qui est plus percutant, où l’on n’entend parfois qu’une seule syllabe sur trois. En français, il faut ruser en installant des ralentissements et des accélérations, par exemple sur la longueur d’un mot. Il faut introduire des contrastes et des modulations. Mais il faut d’abord ressentir ce rythme dans votre tête et dans votre corps.

Effectuez-vous beaucoup de recherches en amont d’une traduction?
C’est très variable, mais dans l’ensemble, oui. Depuis internet, on va plus loin et plus vite. Avant, il fallait vraiment faire une enquête. Quand j’ai commencé à traduire John Irving, qui est aussi un lutteur, j’ai très vite atterri à la Fédération française de lutte pour poser toutes sortes de questions. On se met parfois aussi dans l’ambiance du livre. Une fois, j’ai loué un studio au bord de la mer parce que le roman évoquait le bruit très caractéristique de l’eau sur les galets. Et pour Sur la route de Jack Kerouac, je tenais à entendre ses enregistrements où il s’accompagne au piano en lisant son texte. Peut-être est-ce une attitude magique, peut-être que cela ne sert à rien objectivement, mais cela fait partie des fantasmes qui me portent.

Quels rapports de travail entretenez-vous avec les auteurs?
On s’écrit beaucoup et on se voit parfois. Je les sollicite surtout pour des références culturelles. Ils sont très patients et répondent à loisir à mes questions. En revanche, ce que vous n’êtes pas sûr d’avoir bien compris en tant que lecteur, il n’est pas certain que vous le demandiez à l’auteur car celui-ci a peut-être fait son possible pour que vous ne le compreniez pas si bien que cela du premier coup. Il ne faut pas trop les agacer là-dessus.

Quels sont les livres que vous avez traduits et qui vous ont le plus marqué?
Les Faits de Philip Roth, Canada de Richard Ford et Sur la route de Jack Kerouac.

L’écrivain que vous rêveriez encore de traduire?
Cormac McCarthy. Pour le génie de l’écriture, la prose incantatoire… Et là, j’aurais clairement le trac, car la barre serait très haute, son traducteur actuel étant remarquable.


«Voyages en dystopie autour de «1984» de George Orwell», avec Josée Kamoun (le 22 octobre), conférence, table ronde et lecture: les 22 et 23 octobre à la Fondation Jan Michalski, Montricher. http://www.fondation-janmichalski.com

 

[Photo : Josée Kamoun – source : http://www.letemps.ch]

Hay escritores que escriben una y otra vez la misma novela. Philip Roth no es solo uno de ellos, es el que ha hecho de la repetición de la misma fórmula magistral una de las características de su genio. El esquema es siempre el mismo: un muchacho judío americano debe alejarse de las seguridades de su mundo y del seno de su madre, para arrojarse en brazos de la terrible amenaza gentil: la mujer gentil inquietante e impredecible que pondrá su mundo (y el nuestro) patas arriba. Ese era el argumento de « El lamento de Portnoy » que lanzó a Roth a la fama y también el de « La visita al maestro », « Indignación », « Mi vida como hombre ».
En « El animal moribundo », la edad empieza a definirse como otro de los ejes, recurrentes de Philip Roth, el paso del tiempo y la memoria como infierno particular. Una memoria que es repetir todas las vidas como un modo de repetir la historia.
Roth nos cuenta las preocupaciones concretas de un sector muy concreto de la sociedad en un espacio de tiempo insignificante a veces, y las eleva a preocupaciones universales que afectan al mundo entero.
En esta transformación de lo ilimitado en infinito, se une a Hemingway y a Faulkner. Y en la repetición de su mundo limitado para convertirlo en ilimitado, hace verdadero el adagio de la escritura creativa: no importa repetir, si se repite lo que importa.
Y lo que le importa a Roth es el tiempo y la muerte, que es lo mismo que decir que habla siempre de la soledad y de la vida. La soledad en compañía de otros que es la condena más terrible. La soledad en el amor que es el último castigo del pecador más terrible. Ese que decía San Agustín, que no peca porque no puede.
Por eso, todas sus novelas desde « Me casé con un comunista » a « Elegy » son una única novela y al mismo tiempo son siempre una novedad, una sorpresa.
Eterno candidato al Premio Nobel, la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras no habrá sido una sorpresa para el escritor más premiado de los modernos Estados Unidos.
Un escritor acosado por la muerte, en novelas como « El animal moribundo » o « Sale el espectro » y que la vence a través de la inteligencia. Philip Roth ejerce la autoironía como el último refugio contra el fin de todas las cosas. En « Indignación », Roth convierte la memoria en el infierno, el infierno de recordar vidas infelices en el que parecen consistir todas sus novelas.
Y contra ese recordar frustraciones como infierno, el lenguaje: el placer del lenguaje laborioso y culto se configura como el Paraíso de Roth en un mundo en el que la familia sobreprotectora es una metáfora de un estado a la vez omnipresente e impotente.
La madre judía sobreprotectora de « El lamento de Portnoy » se une al padre sobreprotector de « Indignación » en una galería de personajes conmovedores, porque todos los hemos conocido alguna vez. Personajes que pueden haber sido nuestros vecinos y que ahora son los héroes de estas novelas de anti-héroe.
Roth es el verdadero protagonista travestido en tantos nombres de estas novelas que hurgan en la culpa y la conciencia como si fueran estercoleros de los que el autor siempre es capaz de extraer algo valioso. Entre las toneladas de basura de la ciudad perdida de las palabras, aparecen una y otra vez tesoros ocultos: de conocimiento, de intuición.
Son atisbos del mundo que Roth va creando en la cara oscura de cada novela. Ese mundo de sombras que nos permite adivinar la luz y que acaba de valerle al autor un Premio Príncipe de Asturias.
Porque lo escrito siempre pesa más que lo escrito: en la obra de Philip Roth y en la verdadera literatura.
Por Eugenia Rico
[Fuente: http://www.clubcultura.com]