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Publié par CLAUDIOFZA

Patrick Modiano, Encre sympathique. Editions Gallimard, 144 pages, 16 euros.

Il y a très peu de romanciers vivants dont j’achète les livres les yeux fermés, dès leur parution. Avant, il y avait Philip Roth, Milan Kundera… Philip Roth a arrêté de publier en septembre 2012. Pire, il est mort le 22 mai 2018. Milan Kundera a 90 ans et sa dernière publication date de 2014. Il reste le Prix Nobel de Littérature 2014 qui a publié le 3 octobre son 29ème roman ou récit. Je l’ai acheté à la Librairie Compagnie comme souvent et je l’ai lu une semaine plus tard.

Pour commencer, il y a une très belle épigraphe de Maurice Blanchot, tirée du Livre à venir (1959): «Qui veut se souvenir doit se confier à l’oubli, à ce risque qu’est l’oubli absolu, et à ce beau hasard que devient alors le souvenir.».

Jean Eyben, le narrateur du livre, est, à 20 ans un jeune employé de l’agence de détectives Hutte. Il part sur les traces d’une jeune femme, Noëlle Lefebvre, d’abord à Paris, dans le XVème arrondissement, plus tard du côté d’Annecy, enfin à Rome. Elle a disparu du jour au lendemain. Les autres personnages sont, eux aussi, tout à fait ordinaires.

Comme dans ses autres livres, les aspects autobiographiques sont bien présents. L’auteur évoque son adolescence terrible. De septembre 1960 à juin 1962, sa famille l’a éloigné en le confiant aux pères du collège-lycée Saint-Joseph (Thônes), en Haute-Savoie, prison où il attrape la gale dans un linge rarement changé et éprouve avec ses camarades paysans la solidarité de la faim. Il a raconté tout cela dans son autobiographie, Pedigree, publiée en 2005.

À la page 110, on passe de Paris à Rome. Le «je» se transforme en «il». Ce basculement narratif indique le moment où tout se dévoile. La fin est ouverte: «Demain, ce serait elle qui parlerait la première. Elle lui expliquerait tout.» Le «happy end» ressemble plutôt à un point d’interrogation.

Comme tous ses autres romans, celui-ci est traversé par le thème de l’absence, de la survie des personnes disparues et l’espoir de retrouver un jour ceux qu’on a perdus dans le passé. Ses détracteurs disent qu’il écrit toujours le même roman. Peu m’importe.

«C’est dans cette espèce de chambre noire de la solitude qu’il faut que je voie vivre mes livres avant de les écrire.»

“Il y a des blancs dans une vie, mais parfois ce qu’on appelle un refrain. Pendant des périodes plus ou moins longues, vous ne l’entendez pas, et puis, un jour, il revient à l’improviste quand vous êtes seul et que rien autour ne peut vous distraire. Il revient, comme les paroles d’une chanson enfantine qui exerce encore son magnétisme”.

« Il suffisait que cette pensée me visite quelques heures, ou même quelques minutes, pour qu’elle ait son importance. Dans le tracé assez rectiligne de ma vie, elle était une question demeurée sans réponse. Et si je continue à écrire ce livre, c’est uniquement dans l’espoir, peut-être chimérique, de trouver une réponse. Je me demande : Faut-il vraiment trouver une réponse? J’ai peur qu’une fois que vous avez toutes les réponses votre vie se referme sur vous comme un piège, dans le bruit que font les clés des cellules de prison. Ne serait-il pas préférable de laisser autour de soi des terrains vagues où l’on puisse s’échapper?»

 

[Photo : Maurice Rougemont – source : http://www.lesvraisvoyageurs.com]

Antoine Gallimard

 

Escrito por Alejandro Luque

Más que un hombre de libros, a primera vista Antoine Gallimard (París, 1947) parece una figura cinematográfica. Tal vez un personaje de la nouvelle vague. Elegante, de ojos pequeños y vivos y con una sonrisa amable dibujada en el rostro, este editor que pasea tranquilamente por el hotel Barceló Renacimiento de Sevilla es el heredero de una editorial, Gallimard, que tiene ya un siglo y sigue estando a la cabeza del sector en Francia —junto a las poderosas Hachette y Editis— con más de cuarenta mil títulos. En su catálogo figuran desde los grandes nombres de la literatura francesa (Marcel ProustJules SupervielleAndré MalrauxAntoine de Saint-Exupéry) a un buen montón de premios Nobel de todo el mundo, incluidos algunos en español como Octavio Paz o Mario Vargas Llosa

Se dice que fue el favorito de su abuelo, el legendario Gaston Gallimard, fundador de la casa, pero lo cierto es que llegó a dirigir la empresa familiar después de sonadas disputas entre los herederos de aquel, hasta imponer la paz social. Invitado por las Converses de Formentor, Antoine Gallimard accede a conversar con Jot Down en un espacio reservado, inundado por el potente sol del mediodía sevillano. Comparece escoltado por Gustavo Guerrero, uno de sus hombres de confianza para el mundo hispano, que se limitará a apuntarle algún nombre. Y, a pesar del calor que pronto empezará a hacer en la sala, no se quita en ningún momento la chaqueta. 

Antes de empezar la entrevista, ¿hay alguna pregunta sobre su editorial que preferiría que no le hiciera?

Es una buena pregunta [deja una larga pausa]. Es a la vez una pregunta que me hago y que no me he hecho lo suficiente… Diría que, en mi vida, por amor a mi abuelo, a mi familia, he peleado para conservar la independencia de mi editorial familiar. Me ha gustado hacerla crecer para protegerme frente a las grandes potencias financieras, frente a los grandes grupos empresariales. He luchado por mantener esa editorial, y ha sido difícil a veces. Ahora mi madre me dice que tengo que retirarme, que hay que pensar en la siguiente generación. Esa sería una buena pregunta, pero me resulta difícil hacérmela…

Era la pregunta que tenía reservada para el final.

Es verdad que no es porque yo sea editor, mi padre lo era, mi abuelo lo era y montó esta editorial, pero un colega alemán, [Heinrich Maria] Ledig-Rowohlt, afirmaba que hacen falta al menos cuarenta años para convertirse en editor. Creo que, en efecto, se necesita tiempo. Porque hace falta que uno entienda su época, no necesariamente adaptarse a ella, pero sí seguirla, comprenderla. Y está bien coger siempre lo mejor de la generación anterior, comprender los fracasos, los éxitos… Es todo un bagaje. Está muy bien ser un joven editor loco, pero los viejos editores también tienen su calidad.

¿Cuál es la condición esencial para que una editorial perdure cien años?

Lo esencial es no ser víctima de las emociones. Saber casar de forma inteligente los libros exitosos y los fallidos, los que no tienen éxito. Tener pasión. Creer en el oficio. Cuando se publica a algún buen autor y no funciona en el mercado, hay que seguir publicándolo. Y eso es muy difícil hoy en día, cuando todo es tan precipitado. Una editorial publicaba a Faulkner durante años y no se vendía, hasta que empezó a tener éxito en Francia. Publicar a autores que no son necesariamente un éxito en el primer momento, pero que finalmente acaban leyéndose: de eso se trata. Creo que es cuestión de paciencia. Y de perseverancia. También de curiosidad.

¿Esa es otra clave, la curiosidad?

Es clave. Hay que leer revistas, leer más, ir al cine, ir al teatro, ver a los amigos y también a los enemigos.

Antoine Gallimard

Usted salvó una editorial que se hallaba en dificultades por un conflicto familiar. ¿Qué supo hacer usted que sus predecesores no supieron hacer?

Seguro que supieron hacer otras cosas… [reflexiona] Mi padre, la segunda generación, Claude Gallimard, estaba compitiendo con su primo, Michel Gallimard, que se mató junto a Camus en 1960. Creo que sufrió por esa competición. En la familia siempre hay cierta competición, y es verdad que eso hace sufrir. Al mismo tiempo… Es siempre complicado… Nada es fácil, nada es simple, sea una pelea familiar o entre amigos. Tal vez no se puedan evitar los conflictos. ¿Sabe lo que dice Lao-Tse? «Solo el ejército victorioso está triste por haber librado batalla». Yo he librado batallas con mi hermano. Me puso triste, prefería haberlo evitado. Me habría gustado más estar con los autores. Pensaba que mi editorial no debía seguir ese modelo del gran lobo que domina la distribución, los mercados, que está en todas partes, de la distribución al marketing. Yo tenía el idealismo o la inocencia de pensar que se pueden producir libros de calidad y tener éxito. Bien. No siempre. Se ven pequeñas editoriales que no han tenido éxito y que yo puedo reflotar, una editorial pequeña como P.O.L. Pienso que existe una cierta realidad y que al mismo tiempo no se debe ser demasiado prisionero de ella, que hay que hacer también cosas que acaben en fracaso. Los hombres de negocios deberían tener más fracasos de los que tienen hoy. El dinero hoy es, en exceso, la expresión de un éxito un poco vano… Es verdad, están los mercados, ¡los mercados! Hoy en Francia, creo que también en España, las librerías funcionan bien; en Francia hay nuevas librerías pequeñas. Este año han abierto sesenta. Es fantástico.

Usted se siente cercano a su abuelo, Gaston Gallimard. ¿Cuán a menudo se acuerda de él? ¿Qué rasgo de su personalidad evoca mejor?

Siempre tenía una sonrisa en los labios. Podía ser duro, podía montar en cólera, pero tenía humor. Era travieso, podía burlarse de la gente, se podía burlar de mí, que era muy joven, y al mismo tiempo era sensible al matiz, sensible a la personalidad, a la música que cada cual tocara… Tenía algo que hoy es mucho menos corriente: la capacidad para detectar que cada ser tiene su singularidad. No había redes sociales. Había combates políticos; le había marcado mucho en Francia el asunto Dreyfus, de eso me hablaba a menudo. A mí me marcó Mayo del 68, soy de esa generación. Me decía: «Tú hablas del 68, pero el asunto Dreyfus era igual de importante que el 68». Lo interesante es el momento en el que se rompe una sociedad, eso ocurrió en 1968, y con el asunto Dreyfus también. Y eso lo marcó.

¿Lo marcó también como editor?

Él tenía una enorme curiosidad. Él siempre me preguntaba qué leía, si leía a los de mi generación. Era el único que me lo preguntaba. Se pregunta poco a los jóvenes de veinte o veinticinco años qué leen. Hoy se lee menos. También es verdad que su época era muy literaria. Los escritores tenían una fama extraordinaria e influían en la vida política. Hoy lo que influye en la vida política son las redes sociales, ya no son los escritores, lamentablemente. Por eso es importante mantener revistas como Jot Down, pequeños contrafuegos. Pequeños contrafuegos, eso es. Me gusta mucho esa idea de pequeñas agrupaciones, pequeñas redes de resistencia que no dan su nombre. Todos tenemos necesidad unos de otros frente a la falta de educación, al analfabetismo funcional, esa ley del mercado que es demasiado fuerte. Y es un poco ridículo que lo diga yo, que hoy tengo una gran editorial exitosa. Pero puedo sufrir también bajo el mercado. Junto con Gustavo Guerrero, hemos elegido autores por lo que son, y no necesariamente pensando en el dinero. Cuando fichamos a Manuel Rivas o Javier Marías es porque realmente creemos en ellos. Cuando fichamos a Karina Sainz Borgo, también.

Incluso si un editor acierta mucho, siempre se recuerdan sus errores, ¿no? En el caso de Gallimard, cuando André Gide rechazó a Marcel Proust…

Voy a decir una cosa: cuando usted tiene cierta fama, es algo un poco pesado para los demás. La reputación no debe ocupar demasiado espacio: eso crea celos, envidias, y se vuelve insoportable. Es normal que pueda haber errores. Creo que la gran fuerza de la editorial no es haber cometido esos errores, sino haber sido capaz de corregirlos y de reconocerlos. Mi abuelo, Gaston, cuando se dio cuenta de que había rechazado En busca del tiempo perdido, se fue él mismo, con una carretilla, a buscar los ejemplares publicados por Marcel Proust a cuenta de autor, es decir, pagando el autor, en Grasset, los buscó y se los llevó a casa para destruirlos y editar el libro él mismo [risas]. Sí, sí, él mismo. Vale, hubo errores, pero la gran suerte de la editorial era poder corregirlos. Y a los colegas de la profesión no les gustaba la editorial Gallimard precisamente por tener esa fuerza, a la par que esa seducción, esa perseverancia para fichar a Giono, a André Malraux… Ficharon a mucha gente, también en el extranjero. Publicaron a Faulkner, por ejemplo. Claro que no están todos: no tuvimos a Beckett. Pero hoy en día, cuando tengo la oportunidad de adquirir editoriales pequeñas, compré Les Éditions de Minuit y metí a Beckett en la colección La Pléiade. Es un trabajo de no ser pretencioso, de modestia, de tomarse uno su tiempo para saber lo que hace. Hay que reflexionar juntos, con un juicio, con un gusto… Uno se puede equivocar en una cosa y acertar en otra. Hoy se mezcla todo eso, hay una precipitación. El inglés domina mucho hoy en día, y aplasta a las otras lenguas, el francés, el alemán, el italiano. Al español no, porque es la segunda lengua [mundial]. Yo intento evitar que el inglés esté en todas partes. En lugar de la concentración hay que ir a la literatura que sufre un poco, darle el sitio que se le puede ofrecer en difusión y distribución. Es un trabajo permanente.

Antoine Gallimard

Se dice que Gallimard monopolizaba los premios Goncourt. ¿Cree que su abuelo controlaba de veras el jurado?

[Risas] Sabe, creo que las redes de influencia de la época consistían en tener amigos, buenos amigos. Se hablaba de eso, se decía que había que poner fin a las redes de influencia, se acusaba de comprar al jurado, etcétera… Pero él hacía eso con su encanto. Había otras editoriales, como Grasset, que hacían mucho. También estaba el dinero. Conozco a un editor que le pagaba obras a alguien… [risas] Todo eso ha terminado, pero nada impide que haya amistades, relaciones interesadas o no, como todo en la vida. Pienso que la editorial publica mucho, se escoge bien, y es también un poco la herencia de este éxito. Respecto al premio, a nivel internacional es verdad que los jurados se han renovado, hay jurados populares. También los hay en Francia, de una radio, de la televisión, son todo jurados populares. Queda el Goncourt, que representa un gran éxito, porque se ha establecido así, pero a la vez también es una especie de símbolo, el hecho de que haya influencias a todos los niveles, quizá eso también contribuya a que sea el Goncourt. Porque no se trata de elegir un buen libro. La televisión está ahí, y no es todo tan simple. Hoy, las cosas son más claras. La influencia de los editores sigue ahí, pero mucho menos que antes.

De todas formas, su editorial acapara el mismo número de premios Nobel que de Goncourt. ¿También tiene comprada la Academia Sueca?

¿Ve? Ahí tampoco se puede decir, es imposible. Y este año, si yo fuera un poco más influyente, le habría dado el Nobel a Annie Ernaux.

Caerá el año que viene…

[Risas] Es terrible el Nobel, porque cuenta más que el Goncourt, es mundial. Michel Tournier se fue a vivir a Estocolmo para conseguirlo, para hacerle la corte al jurado. Octavio Paz lo consiguió, pero Carlos Fuentes no. Es terrible, todos los que no lo obtuvieron…

Hay cuarenta premios Nobel en el catálogo de Gallimard, ¿no?

Correcto, y con el Goncourt una cifra similar. Pero al mismo tiempo es terrible, porque se nos mira mal. Con el Nobel, vale, pero con el Goncourt es complicado, porque la editorial tiene demasiados autores que lo han recibido. Y hay quien dice: «Basta ya de Gallimard», «Gallimard y sus trucos, basta ya», «No queremos más Gallimard». Quizá me debería exiliar [risas].

¿Siente usted celos o envidia de otras editoriales? ¿Qué autores le habría gustado tener en el catálogo, sin conseguirlo?

Los celos y la envidia siempre son muy fuertes, sí, también en mi caso. Se dice a menudo que la primera generación crea, la segunda conserva y la tercera destruye la empresa. Yo soy la tercera generación, y no ha ocurrido. Y eso es insoportable para algunos. Debería haber ocurrido, y eso le molesta a mucha gente. De la cuarta generación ni hablamos [risas]. Creo que hay celos, pero, el día que yo ya no esté, la gente me echará un poquito de menos. Eso es lo que uno siempre quiere pensar, que empiecen a apreciarte entonces.

Pero estábamos hablando de autores…

Los autores que me habría gustado tener y que se nos han escapado: en su época era Beckett, no es mi generación, pero estoy muy contento de haberlo conseguido finalmente. Tengo un instrumento de seducción importante que es La Pléiade. Me habría gustado haber tenido a García Márquez, quizá a más latinoamericanos. Y contemporáneos… hay muchos. Nos gusta acompañar a los autores. Hemos acompañado a Mario Vargas Llosa toda su vida, a Octavio Paz, a Neruda. Me encanta Neruda, me habría gustado conocerlo mejor, un hombre y una obra tan fuerte. Pero los que me habría gustado tener y no hemos conseguido… En Francia sería Emmanuel Carrère, que está en P.O.L. Y Houellebecq, pero está en Flammarion [ambas editoriales compradas recientemente por Gallimard].

En el prólogo de la biografía de su abuelo escrita por Pierre Assouline, Rafael Conte, célebre crítico español, preguntaba por qué en La Pléiade no hay mucha literatura en español. Desde aquí hay mucho interés por la literatura francesa, pero no parece que sea algo mutuo, ¿no?

Están los latinoamericanos, está Borges, está Paz… Es que La Pléiade ha sido una colección que durante mucho tiempo se interesó más por las obras clásicas; contemporáneas, pero antiguas. No había, como hoy, una búsqueda del talento emergente.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Gallimard siguió una línea ambigua respecto a la ocupación alemana. ¿Cree que era la única manera posible de actuar?

No voy a juzgarlo, porque para juzgar hay que estar en esa misma situación. Su preocupación era que la editorial no cerrase y no colaborar con los alemanes. Publicaba libros alemanes, pero clásicos, no contemporáneos. En esa época no publicaba a Céline; era Denoël quien publicaba a Céline. Fichó a Céline en la posguerra, cuando Denoël dejó de hacerlo. Tenía miedo por su editorial, no quería que se la cerrasen. Tenía un colaborador, [Jean] Paulhan, que era conocido como miembro de la resistencia y él mismo publicaba a autores como Camus o Malraux, que no era algo obvio en esa época. Es verdad que la revista NRF la dirigía Drieu la Rochelle, y se puede pensar que eso era colaborar, pero nunca publicó textos hitlerianos o pronazis, para nada. Gallimard no estaba nada en ese bando, no colaboraba, protegía sobre todo su editorial, y publicaba, pese a todo, a Malraux y Camus, e incluso textos de Saint-Exupéry. Es complejo, pero el hecho de no cerrar su editorial no convierte a un editor en colaboracionista.

Antoine Gallimard

¿Qué libros favoritos tiene, hoy en día, la extrema derecha francesa? Es más: ¿leen?

La cultura en Francia no es el estandarte solo de la izquierda, también lo es de la derecha. Hoy en día, la izquierda y la derecha se borran un poco dando lugar más a una rivalidad entre comunidades, entre intelectuales, por las redes sociales, lo que moviliza a la gente son las historias alrededor del racismo, del sexismo, los trans, las redes LGBT… En mi época era más sobre el colonialismo, la salida de las colonias, el capitalismo salvaje, el comunismo excesivo, el colectivismo… Hoy existe menos esa frontera liberal/antiliberal, y más de temas que vienen especialmente de Estados Unidos, donde se considera que para traducir un poema de un black hay que ser black. No se puede traducir la biografía de Philip Roth porque el traductor habría cometido tocamientos sexuales a una chica… Es absurdo. Tal vez exista lo mismo en España con los autonomistas, independentistas o nacionalistas. Es una especie de mal contemporáneo que afecta a toda Europa, no solo Francia o España, y me parece muy peligroso porque inyecta mucha violencia en el debate sobre las diferencias ideológicas, la posición en la sociedad, su estilo de vida.

Usted tenía doce años cuando tuvo lugar la muerte trágica de su tío Michel con Albert Camus en accidente de coche, en 1960. ¿Cómo se ha recordado este hecho en su familia?

Camus era un trueno. Un terremoto. Albert Camus era muy cercano a mi familia, muy cercano a Gaston Gallimard, mi abuelo, de Michel, de Claude, quizá un poco más de Michel que de Claude. Fue una gran pérdida. Michel Gallimard, el editor, y el autor que se muere, Camus, eran esenciales para la editorial, porque representaban esa nueva generación, con una moralidad legendaria, un estilo maravilloso. Camus era a la vez editor y autor, llevaba a cuestas el peso de la empresa para darle la mayor fuerza intelectual posible, y tenía mucha carrera por delante, estaba cambiando, acababa de terminar El primer hombre. Fue sumamente triste, una tragedia. La editorial estuvo de luto durante años por esa desaparición trágica, de una manera tan brutal como ocurrió; era muy duro. Pero la editorial se recuperó, y hoy en día Camus es el autor más leído del catálogo, pero la tragedia sigue ahí y pensamos mucho en ella.

Es uno de los autores que todavía hablan al lector de hoy, ¿verdad?

Sí, a toda una generación, por su simplicidad, por esa especie de gran claridad que da a todo, llega a ligar la poesía, la moral, una filosofía, un realismo. Es una especie de triángulo filosófico, están los tres aspectos: la muerte, la vida, la esperanza. Se le lee mucho tanto en Francia como en el extranjero.

El debate sobre el colonialismo sigue siendo fuerte en Francia, ¿no?

Todavía, sí. En Francia, lamentablemente, tenemos un poco de retraso respecto a otros países para los temas sensibles. Los políticos hacen declaraciones, pero ¡cuánto ha hecho falta para que nos diéramos cuenta de la existencia de campos de concentración en Francia! Tardamos mucho más que Alemania. Hoy la herida argelina sigue abierta, hay excusas, hay que tener compasión con todo el mundo. Y vamos con retraso para reconocerlo. Francia se siente mal con su historia. Era más fácil la descolonización de Indochina. Marruecos y Túnez han tenido éxito, sin heridas especiales, pero Argelia, sí, eso sigue siendo muy fuerte. Es tan fuerte, que hasta Argelia ha tenido dificultad para construirse. Presos entre el yihadismo y los militares, tienen dificultad de encontrar un referente democrático, un camino.

¿Es Amazon el coco para los editores, el lobo feroz?

Amazon no es el lobo feroz, porque lobos feroces hay todo el tiempo, por todas partes. Para nosotros, el lobo es el analfabetismo, el analfabetismo funcional, la falta de lectura, la falta de curiosidad. El lobo es nuestra época, que es más peligrosa que Amazon. Amazon hace su trabajo, que es la distribución, y se ha convertido en el rey de la distribución, que es lo que controla. ¿Sabe? En Francia, la gente tenía miedo a la instalación del ferrocarril porque todo el mundo iba a coger el tren para comprar libros a París y no se venderían más libros en la provincia. Cuando llega la radio, la gente tiene miedo porque se dejará de leer. Cuando llega la televisión, tienen miedo a que ya no habrá ni radio ni libros. Cuando aparece lo digital, dicen que los libros en papel se habrán terminado. Hoy, todo eso nos hace sonreír, pero era un miedo real. Amazon es un lobo feroz, pero no será tan feroz si se le puede controlar. No hay que ir a cenar con él, hay que desconfiar, tener cuidado. Tenemos cuidado de controlar lo digital. Hay competencia, claro, es ley de vida, y hay que encontrar otro sistema para satisfacer a la gente, una distribución de librerías que les lleve libros a domicilio. Amazon es glotón, efectivamente se quiere comer todo, como un cocodrilo: la autoedición, la edición, están dispuestos a todo. Son muy fuertes, venden desde parafarmacia hasta pañales, todo. Es una especie de gran tienda general, pero no está especializada en libros. Las librerías deben modernizarse con el clic & collect. Durante el confinamiento, las librerías francesas no querían hacerlo, porque era peligroso, porque iba a ser caro. Amazon no duda en invertir mucho y en perder dinero con su circuito, y nosotros dudamos ante el clic & collect… Es realmente una pena. El clic & collect se expande, es evidente. La librería debe modernizarse si quiere resistir a Amazon. Pienso que la respuesta a Amazon es que se debe ser moderno y rápido, con una distribución rápida, siempre al servicio del cliente.

Llegamos a la última pregunta, la que le anuncié al principio. ¿Continuará otro siglo la saga Gallimard? ¿Hay futuros jefes para la editorial en la familia?

Eso es difícil de contestar porque, si eso se sabe desde antes, trae mala suerte. Yo tuve suerte, porque en mi familia somos cuatro, dos chicos y dos chicas, yo soy el tercero, y no estar necesariamente designado como sucesor era una verdadera suerte porque no atrae los celos, puedes hacer tu vida con tranquilidad y no tienes presión. Creo que hay que evitar la presión. Yo tengo cuatro hijas, la que quiera… [se encoge de hombros] Pero espero que todas amen esta editorial y estén orgullosas de su pasado, es como una cátedra, magnífica. Espero que haya una sucesión para la cuarta generación, pero si designo a alguien hoy, tengo la impresión, no tanto de firmar mi condena a muerte, pero quizá sí de colocar un peso sobre esta persona. Siempre he vivido la editorial como una especie de suerte, nunca me ha pesado. Sí hay que estar muy atento, y la siento siempre como un riesgo, entre grandes potencias, grandes concentraciones. Si designo hoy a alguien, tengo la impresión de tener que explicarlo a mis hermanos y hermanas. Una editorial no es un castillo en el campo, no es un palacio, no puedo decir: «Yo me quedo con el ala derecha, tú te quedas la izquierda». No funciona así, obviamente. Está La Pléiade, el libro de bolsillo, la literatura infantil y juvenil, que se vende muy bien, aunque no sean superventas. Las cosas se hacen como se tienen que hacer, y luego se verá. Es importante gestionar los problemas financieros, las donaciones, los impuestos. Todo eso lo puedo hacer y lo he hecho. Luego, la sucesión… [silencio]. No lo tengo decidido. Es complejo [risas].

Antoine Gallimard

 

[Fotos: Ángel L. Fernández – fuente: http://www.jotdown.es]

Philip Roth. Una biografía, de Blake Bailey

La figura del escritor ha encontrado pocas encarnaciones tan emblemáticas como en Philip Roth. Tras pasar años estudiando a fondo su archivo personal, Blake Bailey realizó entrevistas a amigos, amantes y colegas, y mantuvo conversaciones de una franqueza asombrosa con el propio Roth.

Esta biografía recorre la vida del autor, desde su infancia, en un entorno judío de clase media-baja, hasta la cumbre de su fama. Analiza el peso que su desastroso primer matrimonio tuvo en su carrera, su labor en beneficio de colegas disidentes del otro lado del Telón de Acero, su rivalidad con amigos como John Updike o William Styron y su tumultuosa vida amorosa, en especial su relación con Claire Bloom.

Un texto honesto y documentado a conciencia que rastrea el recorrido de un maestro de la novela tan amado como cuestionado, pero imprescindible para la literatura contemporánea.

Zenda adelanta un fragmento de Philip Roth. Una biografía (Debate).

***

El 23 de octubre de 2005 se celebró en Newark el día de Philip Roth. Dos autobuses llenos de admiradores emprendieron el Tour Philip Roth, deteniéndose en algunos lugares evocadores —Washington Park, la biblioteca pública, o el instituto de Weequahic— en los que los pasajeros fueron leyendo por turnos pasajes pertinentes tomados de las obras de Roth. Finalmente, el grupo bajó de los autobuses ante la casa en la que el autor pasara su niñez, en el 81 de Summit Avenue, y se puso a vitorearlo entusiasmado cuando el propio Roth llegó en un automóvil. «¡Y ahora suba usted aquí y deme un beso!», dijo la señora Roberta Harrington, la actual propietaria de la casa, a quien Roth tuvo a su lado durante el resto del día. El alcalde, Sharpe James, al que Roth adoraba (un alcalde de gran ciudad con toda la fanfarria y las artimañas propias del cargo), pronunció unas cuantas palabras antes de que Roth descorriera la cortinilla negra que cubría la placa conmemorativa colocada en su antigua casa. «Esta fue la primera casa de la infancia de Philip Roth, uno de los escritores mas grandes de Estados Unidos de los siglos XX y XXI». A continuación, Roth y la multitud allí reunida cruzaron la calle y se dirigieron a la esquina de Summit y Keer Avenue, que según un letrero verde proclamaba en letras blancas ahora se llamaba Philip Roth Plaza.

Luego se celebró una recepción en la sede de la biblioteca pública en Osborne Terrace, la que Roth frecuentara durante su infancia, y el alcalde subió al estrado y se situó ante el atril: «Y ahora, chicos de Weequahic, no creáis que los chicos del South Side hemos aprendido a leer», dijo a Roth, aludiendo al instituto mayoritariamente frecuentado por negros al que el había asistido más o menos por la misma época en la que Roth estudiaba en el de Weequahic. Y a continuación el alcalde leyó (maravillosamente) un pasaje de La contravida:

«Cuando eres de New Jersey», fue la respuesta, «escribes treinta libros y ganas el Premio Nobel, y vives lo suficiente como para tener el pelo blanco y cumplir los noventa y cinco, es altamente improbable, pero no imposible, que cuando ya estés muerto le pongan tu nombre a una zona de ocio de la autopista de Jersey. De modo que sí, que puede que te sigan recordando cuando ya llevas muchos años muerto, pero serán sobre todo los niños pequeños quienes digan tu nombre, desde el asiento trasero del coche, echándose hacia delante y pidiéndoles a sus padres que paren, por favor, que paren en Zuckerman, que se están haciendo pipí. Para un novelista de New Jersey, esa es la máxima inmortalidad a que puede aspirar».

Por último, tomo la palabra Roth: «Hoy Newark es para mí Estocolmo, y esta placa es mi premio. Ningún otro reconocimiento que me concedieran en cualquier lugar de la tierra podría alegrarme tanto. Eso es todo lo que tengo que decir». Unos días antes, su amigo Harold Pinter había ganado el Premio Nobel.

«El señor Roth es un escritor cuyo arte y cuya fuerza son mayores que su grandísima reputación», había escrito ocho anos antes el eminente crítico Frank Kermode, tras leer Pastoral americana, la novela acerca de la decadencia de Newark y la perdida de la inocencia estadounidense durante los años sesenta, que llegaría a ganar el Premio Pulitzer. Es posible que Kermode pensara en una novela anterior, situada también en Newark, en la que seguía basándose en buena medida la reputación de Roth: El mal de Portnoy, su gran éxito de ventas de 1969 acerca de un muchacho judío obsesionado con su madre y siempre detrás de chicas shikses, que se masturba con un pedazo de carne de hígado («follarme la cena de mi mismísima familia»). Gran parte de lo que luego escribiría Roth seria una reacción a la mortificante fama que le proporcionó este libro: la percepción generalizada de que había escrito una confesión personal en vez de una novela, por no hablar de la percepción que se impuso entre los miembros del establishment judío, para quienes Roth era un propagandista semejante a Goebbels y Streicher. El gran filósofo israelí Gershom Scholem llegó incluso a sugerir que Portnoy desencadenaría una especie de segundo Holocausto.

Dado el carácter magistral de toda su obra —treinta y un libros—, Roth llegaría seriamente a desear no haber publicado Portnoy. «Habría podido tener una carrera bastante seria sin ella y esquivar de paso un autentico bombardeo de mierda y de insultos»: acusaciones de autodesprecio judío, de misoginia y de falta de seriedad en general. «Yo había escrito ese libro que hablaba de sexo y de pajas y tal, así que me había convertido en una especie de payaso o de puto artista. Pero luego finalmente los tumbé. ¡Cabrones!»

***

Roth fue uno de los últimos representantes de una generación de novelistas heroicamente ambiciosos que incluía a amigos y a rivales ocasionales como John Updike, Don DeLillo y William Styron (vecino suyo en el condado de Litchfield, Connecticut), y cabría afirmar que su obra es la que tiene las mayores posibilidades de perdurar. En 2006, The New York Times Book Review sondeó la opinión de unos doscientos «escritores, críticos, editores y otros expertos en literatura» y les pidió que identificaran «la mejor obra americana de ficción publicada en los últimos veinticinco años». Seis de los veintidós libros seleccionados para elaborar la lista final habían sido escritos por Roth: La contravida, Operación Shylock, El teatro de Sabbath, Pastoral americana, La mancha humana y La conjura contra América. «Si hubiéramos preguntado por el mejor escritor de ficción de los últimos veinticinco años —decía A. O. Scott en el artículo que acompañaba la lista—, [Roth] habría ganado».

Por supuesto, la carrera de Roth se extendía mas allá de los últimos veinticinco años de la encuesta, empezando por Goodbye, Columbus, de 1959, obra por la que gano el National Book Award a los veintiséis anos. Su tercera novela, El mal de Portnoy, estuvo en 1998 en la lista de las cien mejores novelas en lengua inglesa del siglo XX confeccionada por la editorial Modern Library, mientras que Pastoral americana fue posteriormente incluida, junto con Portnoy, en la lista de las cien mejores novelas publicada en 2005 por la revista Time. Durante sus cincuenta y cinco años de carrera, la evolución de Roth como escritor fue asombrosa por su versatilidad: después de la hábil sátira de sus primeros relatos reunidos en Goodbye, Columbus, pasó a escribir dos sombrías novelas realistas (Deudas y dolores y Cuando ella era buena), cuyas principales influencias eran, respectivamente, Henry James y Flaubert, curioso aprendizaje teniendo en cuenta la estrafalaria farsa de la época de Portnoy que llegaría a continuación (Nuestra pandilla, La gran novela americana), el surrealismo kafkiano de El pecho, el virtuosismo cómico de la serie de Zuckerman (La visita al maestro, Zuckerman desencadenado, La lección de anatomía y La orgía de Praga), el elaborado artificio de metaficción de La contravida y de Operación Shylock, y finalmente la síntesis de todas sus dotes en la magistral trilogía americana, esencialmente trágica: Pastoral americana, Me casé con un comunista y La mancha humana. Durante la ultima década de su carrera, Roth siguió produciendo novelas —casi una al año— en las que exploraba aspectos profundos de la mortalidad y del destino. En conjunto, su obra constituye «la imagen mas fiel que poseemos de la manera de vivir que tenemos ahora», como dijo el poeta Mark Strand en su intervención durante la ceremonia de la concesión a Roth de la Medalla de Oro de la Academia Americana de las Artes y las Letras en 2001.

Roth deploraba el malentendido según el cual el era un escritor esencialmente autobiográfico que sacaba provecho estético del asunto usando alter egos parecidos a él entre los que figuraba un personaje recurrente llamado Philip Roth. A decir verdad, unas novelas eran mas autobiográficas que otras, pero el propio Roth era una figura demasiado proteica para ser identificada con un personaje en particular, y en realidad se sabe muy poco acerca de la vida real en la que supuestamente se basaría una obra tan vasta. Algunos aspectos de la confusión en este sentido resultaban en extremo bochornosos para el autor. «No soy “Alexander Portnoy” como tampoco soy el “Philip Roth” del libro de Claire [Bloom]», comento a propósito del calumnioso libro de memorias de la actriz, Adiós a una casa de muñecas, publicado en 1996. De no ser por Portnoy, pensaba Roth, su exesposa «no se habría atrevido nunca a perpetrar» una visión tan descaradamente opuesta a la persona «disciplinada, constante y responsable» que él consideraba que había sido siempre.

Desde luego así es como era retratado Roth en Las furias, la novela póstuma en clave de Janet Hobhouse, entre cuyos personajes hay un famoso escritor llamado Jack modelado a partir de Roth. La escritora había tenido una aventura con él a mediados de los años setenta —vivían en el mismo edificio, cerca del Metropolitan Museum— y el retrato que hace de Roth quizá sea el más equilibrado de un hombre que, pese a ser un personaje conocidísimo, permaneció en gran medida lejos de la vista del público. Aunque la narradora expone los aspectos mas convencionales del encanto de Jack/Roth («No era solo la rapidez de su mente, sino también la picardía, el deseo de saltar, de lanzarse, de mover la muñeca, de mantener el juego en marcha», se siente seducida sobre todo por sus «hábitos monacales», por la forma en la que «organizaba su existencia alrededor de las dos páginas diarias que se proponía escribir». «Yo pensaba con anhelo en la vida del hombre reservado y casi ascético que vivía dos pisos mas abajo: la lectura concienzuda de las revistas literarias en el crepúsculo, el susurro del correo extranjero en un profundo silencio jamesiano».

Por lo que pueda valer, Roth se veía a sí mismo como la antítesis del antisemita o el misógino, y desde luego tenia muy poca paciencia con las categorías reduccionistas de un tipo u otro. Su estilo de vida «monacal», por ejemplo: «Mi fama de “retraído” —decía en una carta a un amigo—, siempre ha sido una idiotez». Lo que quería decir era, en esencia, que le gustaba estar «dichosamente» ocupado con su trabajo en algún entorno rural, y no dedicarse a «chismorrear acerca de [sí] mismo con gente de Nueva York o a aparecer en programas nocturnos de televisión». De hecho, a menudo estuvo intensamente comprometido con el mundo, viajando en repetidas ocasiones a Praga durante los años setenta y entablando amistad con escritores disidentes como Milan Kundera y Ludvik Vaculik, cuyos libros promocionó en Occidente a través de la colección Writers from the Other Europe que editó a lo largo de muchos años para Penguin. Además, durante la relación que mantuvo con Claire Bloom, dividió su tiempo entre Londres, Nueva York y Connecticut, pasando asimismo algunas semanas en Israel para investigar ciertos aspectos de La contravida y Operación Shylock, o, unos anos después, viajando a cualquier otro sitio para aprender acerca de la fabricación de guantes, la taxidermia o el trabajo de sepulturero; en una ocasión, incluso, emprendió una gira de lecturas de su libro de memorias Patrimonio, para saber al menos de qué iba aquello. Pero la mayor parte de su carrera fue más o menos como la describe Hobhouse: las mañanas las pasaba sentado incansablemente ante su escritorio y las noches en compañía de alguna mujer; de ser por él, los dos leyendo. «¿Qué habría tenido que hacer, si no, para no ser etiquetado de retraído? —comentó—. ¿Pasar todas las noches en Elaine’s?».

Es verdad que Roth llego a tener una vida amorosa exuberante, de la que no dudó en hablar «en una especie de amable ensoñación», de la misma forma en la que el Dr. Johnson recordaba a Hodge, su gato favorito. Una faceta esencial de Roth sería el hecho de seguir siendo el querido hijo de Herman y Bess —«un buen muchacho agradable, analítico, cariñosamente manipulador», tal como se describe en tono reprensivo su alter ego Zuckerman en Los hechos —cuya probidad era tal que se casó con dos mujeres desastrosamente incompatibles, entre otras cosas porque las dos querían desesperadamente que lo hiciera (y todo ello tras negarse a hacerlo con otras parejas más compatibles). Y mientras tanto se rebelaba constantemente contra su propia rectitud, tal como diría la definición clínica del «Mal de Portnoy»: «Trastorno en que los impulsos altruistas y morales se experimentan con mucha intensidad, pero se hallan en perpetua guerra con el deseo sexual mas extremado y, en ocasiones, perverso». Una vez más, Portnoy es uno de los personajes menos autobiográficos de toda una galería entre los que cabría incluir a Zuckerman, Kepesh y Tarnopol, pero cada personaje lleva una dualidad aparejada. En cuanto al propio Roth, su mayor deseo fue siempre estar al servicio de su genio, aunque en medio de las intensas distracciones de una naturaleza ardientemente carnal. «Philip dijo en cierta ocasión algo acerca de Willy, el marido de Colette —comentó su amiga Judith Thurman—. Hablando del fin de siecle, de aquel mundo de erotismo, dijo: “¡Que maravilloso era! Andaban por ahí alborotados veinticuatro horas al día”. Alborotados sexualmente. Imagina que tuvieras oído musical, de modo que estas ahí, en la calle, y el taxi es do menor y el autobús es sol mayor, y tú oyes todas esas cosas, y las traduces en vibración sexual».

***

Junto con autores como Willa Cather, William Faulkner y Saul Bellow, Roth fue galardonado con la máxima distinción concedida por la Academia de las Artes y las Letras, la Medalla de Oro, en la categoría de narrativa, un año después de que terminara su trilogía americana. Al año siguiente, en 2002, en la ceremonia de los National Book Awards, Roth recibió la Medalla a la Contribución Distinguida a las Letras Americanas y aprovecho la ocasión para corregir «un pequeño malentendido recurrente»: «Nunca me he considerado, ni por un momento, ni un escritor judío americano ni un escritor americano judío —escribió para la intervención cuidadosamente preparada que pronunció en el acto de aceptación del galardón—, lo mismo que tampoco me imagino que Theodore Dreiser o Ernest Hemingway o John Cheever se consideraran a sí mismos escritores cristianos americanos ni escritores americanos cristianos». Susan Rogers, su principal compañera por aquel entonces, recordaría que Roth estuvo dos o tres meses antes de la ceremonia trabajando en aquel discurso, y que se lo leyó en voz alta «al menos seis veces».

Después de la publicación de la trilogía americana —que algunos han llamado la serie «Carta a Estocolmo»—, se llegó a un consenso según el cual Roth destaca por encima de los demás novelistas de su época. Estocolmo, sin embargo, siguió inconmovible. «El niño que hay en mí esta encantado —había dicho Bellow a propósito de los premios en general y del Premio Nobel en particular—. El adulto que hay en mí se muestra escéptico». Roth hizo suyo el comentario y aun así no podía dejar de pensar en la diferencia mas notable entre su carrera y la de Bellow, especialmente después de que la viuda de este último le regalara el sombrero de copa que su marido había llevado en Estocolmo, que en adelante Philip Roth tendría expuesto en su piso encima de un altavoz del tocadiscos (una vez le preguntaron si le venía bien de talla: «No, mi cabeza no puede llenar el sombrero de Saul —dijo—. Él es mucho mejor escritor»). Ya al final de la vida, Roth iría paseando (muy despacito) desde su piso del Upper West Side hasta el Museo de Historia Natural, deteniéndose, tanto a la ida como a la vuelta, casi en todos los bancos que encontraba por el camino, incluido el que había en los jardines del museo junto a una columna de color rosa en la que aparecían relacionados los estadounidenses que habían ganado el Premio Nobel. «En realidad es bastante fea, ¿no te parece?», comentó un amigo cierto día. «Sí —contesto Roth—, y se pone más fea cada año que pasa». «En cualquier caso, ¿para qué la ponen ahí?», replicó su amigo. «Para fastidiarme», dijo Roth riendo.

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Autor: Blake Bailey

Título: Philip Roth. Una biografía

Editorial: Debate

Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro

 

 

[Fuente: http://www.zendalibros.com]

En la voluminosa biografía del escritor estadounidense que llegó a las librerías argentinas, Blake Bailey, aborda cómo Roth luchó contra sus críticos, sus exesposas y contra varias enfermedades para dar testimonio de hasta qué punto la obra puede decir tanto más que una vida.

Escritor estadounidense Philip Roth 19332018

Escritor estadounidense Philip Roth (1933-2018)

Escrito por ANA CLARA PÉREZ COTTEN

La voluminosa biografía del escritor estadounidense Philip Roth (1933-2018) llegó a las librerías argentinas después de varias idas y vueltas en torno a su publicación, que incluyeron la retirada de la venta por acusaciones de acoso sexual contra su autor, Blake Bailey, quien en el libro de casi mil páginas aborda cómo el creador de « Pastoral americana » y « La conjura de América”, artífice de 31 libros aunque el Nobel le fue esquivo, luchó contra sus críticos, sus exesposas y contra varias enfermedades para dar testimonio de hasta qué punto la obra puede decir tanto más que una vida.

Con el valor documental de haber tenido acceso a fotos familiares, actas universitarias, contratos editoriales y cartas, la posibilidad de haber mantenido largas charlas con el autor y el análisis literario de una obra monumental, Bailey construye la biografía de Roth y cuenta desde su crianza en Weequahic, un barrio casi íntegramente judío de Newark, Nueva Jersey, durante los años 30 y 40, las aventuras con sus alumnas en la universidad de Iowa o Pennsylvania y/o su vínculo con la nueva camada de escritores como Nicole Klauss, Jonathan Lethem o Zadie Smith.

¿Qué tipo de decisión toma un escritor cuando elige, en el último tramo de su vida, a su biógrafo? “No quiero que rehabilite usted mi persona. Haga solo que resulte interesante”, le dijo Roth a su biógrafo, quien incluyó el pedido como primera línea del libro, en un intento de dejar en claro desde el comienzo qué tipo de indagación desplegó. La elección del biógrafo fue meditada por Roth como cualquiera de sus otras elecciones literarias. Bailey es autor de las biografías de Cheever, Richard Yates y Charles Jackson. Finalista del Pulitzer y beneficiado con la beca Guggenheim, cuenta con una nutrida estantería de reconocimientos: el premio de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, el National Book Critics Circle Award y el máximo galardón que otorga la Sociedad de Historiadores de su país.

A Roth le interesaba mucho el destino de su biografía. En 1988 publicó su primera memoria, “Los hechos”, y tres años más tarde, “Patrimonio”, el libro en el que retoma el final de su padre. Primero se la encomendó a su amigo Ross Miller, pero en 2006, en pleno trabajo, se pelearon y la empresa fracasó. Retomó el asunto en 2009, cuando anunció que se retiraba de la literatura con una cita del boxeador Joe Louis: “Hice lo mejor que pude con lo que tenía”. De Bailey le gustaba su trabajo con la vida de Cheever y le dio, además de libertad, acceso a sus archivos, sus contactos y a largas sesiones de conversación. “Roth sabía que una biografía sobre su figura sería inevitable, y que estaría repleta de detalles sobre su vida, muchas veces poco convencional, vida privada. Por lo tanto, estaba resignado. Lo que él buscaba, por encima de todo, era precisión y perspectiva—es decir, que su biógrafo pusiera el énfasis necesario en todos los aspectos de su vida y de su obra, cada uno en su justa medida”, contó Bailey sobre su rol y el texto que escribió. Y durante aquella gran empresa, su relación fue “a veces complicada pero raramente desdichada”.

Como si fuera una de esas licencias que a veces se toma la buena literatura, la biografía de Roth, autor de historias cargadas de sarcasmo, humor y melancolía en las que abordó con intensidad la sexualidad y la muerte, tuvo desde su lanzamiento un derrotero digno del mismo universo que construyó.

La carrera profesional de Bailey, llena de reconocimientos, tambaleó cuando horas después de que la biografía llegara a la lista de los libros más vendidos del New York Times: la editorial W. W. Norton & Company decidió detener la publicación, la distribución y la promoción del libro luego de que se multiplicaran las denuncias por acoso y abuso contra Bailey.

Roth public su primera memoria Los hechos en 1988

Roth publicó su primera memoria, “Los hechos”, en 1988.

Según las acusaciones, Bailey (Oklahoma, 1963), habría agredido sexualmente a dos mujeres y, además, se habría comportado de forma inadecuada con varias estudiantes de secundaria cuando era profesor de secundaria en 1990. En aquel momento, en un correo electrónico enviado a la agencia de noticias AFP, el biógrafo negó las acusaciones al considerarlas « categóricamente falsas y calumniosas ». Al mes, el libro fue publicado por la editorial Skyhorse, con experiencia en la publicación de obras de autores denostados, tal como lo hizo el año pasado con la edición de la autobiografía de Woody Allen, « A propósito de nada », que inicialmente iba a publicar el sello Hachette en Estados Unidos, aunque desistió luego de las acusaciones de abuso sexual. Un año después de aquella “cancelación”, Penguin Random House publica el libro en Argentina.

A finales de los noventa, cuando Roth terminó su “Trilogía americana” de novelas, los críticos se referían a los tomos como “Carta a Estocolmo”, en referencia a la ciudad donde todos los años se otorga el Nobel de Literatura, un premio que le era esquivo al que muchos consideraban el mejor escritor estadounidense. Pero la Academia se mantuvo en su decisión. Bailey cuenta como el octogenario escritor, ya en los últimos días de su vida, caminaba de forma rutinaria entre su departamento en el Upper West Side de Nueva York hasta el Museo de Historia Natural, y hacía paradas para descansar en todos los bancos que encontraba. Uno de ellos estaba en los jardines del museo al lado de una estatua de color rosa en la que figuraban los nombres de todos los estadounidenses que habían ganado el premio de la academia sueca. « En realidad, la estatua es bastante fea, ¿no te parece? », le dijo cierto día un amigo. « Sí —contestó Roth—, y se pone más fea cada año que pasa ». « ¿Para qué la ponen ahí. No tiene sentido », le respondió su amigo. « Para fastidiarme », se rió Roth quién, según su biógrafo, no haber ganado el Nobel le molestaba más de lo que admitía en público.

Según BaileyRoth -sí ganador de Pulitzer, el Booker, el Príncipe de Asturias y otros como el Faulkner, el Hemingway o el Nabokov– tenía su teoría sobre por qué aquella “Carta a Estocolmo” nunca llegaba alrededor de la publicación de dos obras: el andamiaje políticamente incorrecto de “El lamento de Portnoy” y “Adiós a una casa de muñecas”, el libro de memorias que escribió su segunda esposa, la actriz Claire Bloom, quien lo acusó de “misógino maquiavélico”. “La literatura no es un concurso de belleza moral”, le dijo el gran narrador estadounidense al periodista.

Bailey dedica largos tramos del libro a matizar aquella teoría que sostiene que la obra de Roth era autobiográfica y, con eje en “El lamento de Portnoy”, exhibe los tramos que el autor tomó de su vida y cómo los “camufló” y alteró con dinámicas exclusivamente literarias. Las novelas eran “generadas por la interacción entre mi historia de ficción anterior, mi historia personal reciente mal diferida, las circunstancias de mi vida inmediata y los libros que había estado leyendo y sobre los que había estado dando clase”, según Roth.

El biógrafo no ahorra detalles sobre los chismes del mundillo de la crítica ni se priva de contar cómo el autor buscó acercarse a Nicole Kidman y a Penélope Cruz, pero asume con responsabilidad la misión de dar cuenta de por qué Roth fue “el gran escritor norteamericano del siglo XX” y “uno de los últimos representantes de una generación de novelistas heroicamente ambiciosos que incluía a amigos y rivales ocasionales como John Updike, Don Delillo y William Styron”.

Entonces, Bailey aborda el realismo de sus primeras obras cuando se inspiraba en Henry James, Flaubert, el humor negro y la farsa descarada de Portnoy, la sátira de su mítico Nathan Zuckerman, la experimentación posmoderna “La contravida”’ y la magistral “Trilogía americana” que reúne “Pastoral americana”, “Me casé con un comunista » y “La mancha humana”, de quien el poeta Mark Strand dijo que enseña “la imagen más real que tenemos de la forma en que vivimos ahora”.

Roth murió el 22 de mayo de 2018 a los 85 años. Hacia el final del libro, Bailey reconstruye el funeral, el último lunes de mayo de aquel año, un Día de los Caídos, en el cementerio de Bard College, cerca de la tumba de Hannah Arendt. Allí los seres queridos del novelista leyeron pasajes de sus novelas. “Sí, estamos solos, profundamente solos, y siempre nos aguarda una capa de soledad todavía más profunda”, leyó un niño de un ejemplar de « Pastoral americana » para homenajear al gran escritor norteamericano.

[Fuente: http://www.telam.com.ar]

Isaac Bashevis Singer, premio Nobel de Literatura en 1978, elabora una tierna sátira del modo de vida de su comunidad en el Nueva York de mediados del siglo XX

El escritor Isaac Bashevis Singer posa para un retrato en una librería hebrea, en 1968 en Nueva York.

Pero Hertz Mínsker es un seductor que atrae a cuanta mujer aparece en su horizonte sexual y salta de una a otra o compagina a varias, y todo ello le crea una mala conciencia muy problemática. Convive con Bronie, una mujer polaca, muy bella, aunque muy trastornada por haber dejado a su familia en el gueto de Varsovia bajo el horror nazi. Tiene una relación apasionada con Minne, la mujer de Morris Kalitser, su protector, y vive con Bronie en una habitación del piso de Bessie Kimmel, señora dedicada al espiritismo, con la que colabora a regañadientes; en una seance, conoce a Miriam, el “espíritu” que se aparece en las sesiones, a la que también seducirá Hertz. La situación cambia cuando Morris descubre que Hertz se acuesta con Minne. Morris se fustiga, decide curar su dolor con la religión y rechaza a los amantes, y Hertz queda sin su apoyo económico y de rebote afecta a las varias relaciones femeninas que Hertz acumula; es un hombre que no puede resistirse a la atracción de las mujeres con las que se cruza.

El verdadero asunto de la novela es un retrato del desarraigo y la culpa que afecta a todos por igual en una historia llena de pecadores conturbados

Pero Singer, un gran creador de vidas, muestra por debajo de la desopilante narración un fondo dramático que lo templa hacia una clara sátira del modo de ser de la comunidad judía en todos sus personajes (muchos más de los mencionados) haciendo brotar en la historia una tierna calidad humana que sitúa admirablemente al lector entre la risa y la compasión. En realidad, el verdadero asunto de la novela es un retrato del desarraigo y la culpa que afecta a todos por igual en una historia llena de pecadores conturbados. Las entradas y salidas de personajes, el suspense grotesco y la finura del humor los filmaría a placer un Billy Wilder recordando su origen centroeuropeo.

Isaac es un escritor realista que domina como nadie el entramado narrativo. Entrecruza las historias con una potencia narrativa excepcional. El abanico de protagonistas y secundarios es apabullante, insuperable. Los escritores judíos se distinguen por su dominio de la oralidad, que es lo que los convierte en narradores natos. No hay libro de Singer que no muestre la calidad de un contador de historias, de un maestro de la creación de personajes y de la sugerente complejidad que reside en el corazón humano.

Portada de 'El seductor', de Isaac Bashevis Singer.

El seductor
Autor: Isaac Bashevis Singer

Traducción: Rhoda Henelde y Jacob Abecasís

Editorial: Acantilado, 2022

Formato: tapa blanda (336 páginas, 22 euros)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[Foto: DAVID ATTIE (GETTY IMAGES) – fuente: http://www.elpais.com]

Les critiques ont livré deux lectures erronées d’«Anéantir», qui est sans doute le roman le plus bouleversant de l’auteur, et peut-être même son chef d’œuvre.

L'écrivain Michel Houellebecq.

Michel Houellebecq sort un nouveau et attendu roman : Anéantir

Écrit par Baptiste Rossi

À écouter quelques critiques, « Anéantir », le dernier livre de Michel Houellebecq serait un bréviaire de valeurs inactuelles, un opus misogyne, raciste, une illustration oblique et complaisante du grand-remplacement ou même un panégyrique béat de notre ministre de l’Économie et des finances.

D’autres, pas mieux clairvoyants, y voient un roman hésitant, tergiversant entre l’intrigue politique, le thriller d’anticipation, le livre sur la fin de vie, un feuilleton grossi à dessein, perdu dans une forme émolliente et diluée, où l’auteur digresserait sur notre époque.

Naturellement, Anéantir, qui est sans doute le roman le plus bouleversant de l’auteur, et, peut-être, son chef d’œuvre jusqu’à présent, n’est ni l’un ni l’autre. Ou plutôt, et c’est la machiavélique habileté de Houellebecq, il feint de prendre les atours de l’un puis de l’autre, avant de se cristalliser dans une élégie inoubliable, tremblante, ravageuse de son héros, un tombeau presque aussitôt effacé, qu’on ne termine, anéanti en effet, qu’en pleurant.

Pour résoudre le malentendu, il faut revenir à ce qui fait la singularité de Michel Houellebecq dans le paysage littéraire français. Notre écrivain national ne s’est pas contenté de publier des romans prophétiques ou divertissants. Simultanément à l’écriture propre de ses ouvrages, il a procédé à une analyse, presque sociologique, de la position de l’auteur contemporain, et, chose encore plus rare, il en a déduit un dispositif romanesque, et les deux se sont de plus en plus intriqués l’un à l’autre. Qu’une figure des lettres propose un art poétique n’est pas neuf ; les écrivains français se targuent quelquefois d’une idée de la littérature, de son état, de ses pouvoirs, de ses missions. Cependant le problème de la réception de leurs livres par le public a longtemps été l’angle mort de leurs cosmogonies, soit que la question ne se posât pas encore – pourquoi Baudelaire ou Proust se seraient-ils inquiétés de l’inattention du public pour la littérature à une époque d’une révérence si manifeste envers les œuvres de l’esprit ? – soit qu’ils ne l’envisageaient que comme une donnée, problématique, mais locale, de leur métier d’écrire. Le temps du soupçon, avait-on deviné dans les années 1950, faisant basculer la littérature dans une ère de modernité, c’est-à-dire, fondée sur un nouveau contrat de lecture, permettant de perpétuer la relation entre un lecteur et un roman, à peine recombinée, à peine rénovée par ce petit effort de lucidité malicieuse du Nouveau Roman.

Mais que faire face à la profonde indifférence du public et de l’époque pour la littérature ? Philip Roth (avec peut-être une mélancolie légèrement surjouée, et probablement inévitable à chaque génération au soir de sa vie) disait que le nombre de ce qui s’appelait, dans son adolescence, des lecteurs de romans pouvait désormais se compter à quelques centaines aux États-Unis. Partant, il en tirait la conclusion logique et tragique : il s’arrêtait d’écrire. Roth appartenait encore à la cohorte des écrivains de la modernité, qui avaient tenté de déjouer l’âge du soupçon par un génial retournement de la méfiance, pervertissant les rôles mêmes de l’auteur et du personnage ; il n’appréhendait qu’avec un persistant sentiment d’incompréhension l’ère post-moderne du tournant du siècle. Car à l’époque post-moderne, ce n’est pas tellement que la littérature suscite de l’incuriosité. En effet, jusqu’à preuve du contraire, les écrivains continuent de vendre des livres, et, dans une certaine mesure, on leur réserve des égards cérémonieux. Le drame vient de ce que la littérature n’est plus qu’un discours parmi d’autres ; parmi celui des médias, du grand bavardage contemporain et matérialisé par les réseaux sociaux, parmi n’importe quelle autre forme de pop culture, en miroir d’une perte généralisée de valeurs, dans un glissement effréné vers un relativisme ou un nihilisme qui advient au crépuscule des idoles.

Dès lors, quelques romanciers qui en ont eu le pressentiment ont tenté de subvertir ce discours ambiant et omnivore ; ils ont composé des œuvres où la télévision, le néant des magasines et la vacuité de la parole étaient combattus pied à pied, accueillis dans le dispositif romanesque pour être désamorcés ; ils sont eux-mêmes devenus des figures de la pop-culture, négociant une transaction léonine avec les forces de l’époque ; quelques fois, ils se prenaient eux-mêmes, dans une vertigineuse mise en abîme, comme sujets risibles de leur ingestion par le dispositif médiatique, ainsi de Bret Easton Ellis, pour ne citer que lui ; mais ce duel homérique étant fatalement vain, ils se sont soit recroquevillés, soit tus, soit sont revenus, avec une candeur retournée, à des formes plus classiques, acceptant leur défaite épuisée.

Il en est un, seulement, qui ne s’est pas résolu. Michel Houellebecq, dans son précédent chef d’œuvre, qui lui valut le Prix Goncourt, « La Carte et le Territoire », poussait jusqu’à l’absurde cette entreprise délibérée de subversion du discours médiatique, se mettant en scène, lui-même Michel Houellebecq auteur, aux côtés des figures des médias et de l’art contemporain, avec une autodérision insensée et littéralement suicidaire ; ce renversement des rapports de pouvoir, cet acquiescement feint à la domestication par les forces médiatiques provoquait un court-circuit tellurique dans le roman et de là, dans le champ de la littérature, pour parler comme un sociologue. Car contrairement à d’autres qui n’avaient eu le courage d’aller au bout de cet asservissement, Houellebecq, dans les yeux du public, devenait lui-même un personnage, un personnage faussement éteint, précaire, déchu ; il endossait de lui-même, avec un certain cran physique, la déchéance de la littérature, avec une rouerie dissimulée, mais surtout une absence d’effroi admirable. Il avait accepté, pour être lu, d’être le personnage de l’écrivain tel que l’époque pouvait le tolérer : prophétique mais timide, génial mais ironique, célèbre mais peu enviable, ne se prenant pas pour un héros mais pour un martyr.

C’est ce qui fomente le quiproquo entre des critiques qui prennent au premier degré ce que Houellebecq raconte dans « Anéantir » et l’ouvrage lui-même.

Certes Houellebecq fait mine de prendre à son compte tel ou tel élément de langage de l’universelle conversation ; l’époque étant à droite, il batifole parfois sur des lisières redoutables et risquées, ainsi dans son portrait du sympathique beau-frère FN du héros ou dans telle notation sur la composition sociale des villages du Beaujolais ; mais enfin, c’est aussi absurde de reprocher à Houellebecq de faire siens ses propos que d’accuser Flaubert de complaisance envers le lyrisme romantique. Houellebecq utilise les mêmes procédés que Flaubert, son aîné en ironie, et dans « Anéantir » c’est un jeu virtuose où les guillemets, les adverbes (au premier chef les si houellebecquien « quand même ») ou l’italique torturent notre langage. Il met en scène le discours commun, pour le regarder s’autodétruire ; comme tous les écrivains de 2022, prisonnier d’une langue devenue molle, envahissante, privée de substance, comme l’auteur de « Bouvard et Pécuchet » après Lamartine ou Victor Hugo, il doit bien se désincarcérer de cette gangue pour faire advenir sa parole propre. Quatre-vingts pour cent d’« Anéantir » n’est qu’une vaste et hilarante démolition de notre langue post-moderne où rien ne signifie rien, un ball-trap à livre ouvert de nos tics, de nos euphémismes, de nos circonlocutions. C’est parce que nous vivons une époque de dérision généralisée, y compris à l’égard de la littérature, que l’auteur d’« Anéantir » doit en passer par cette libération-là. Qu’il partage ou pas ces mots qu’il regarde se défaire en entomologiste n’a aucune importance. Lire Houellebecq non ironiquement est donc absurde ; mais c’est presque une manière d’hommage, tant son dispositif romanesque propose, à plat et fomenté du revers de la main, la collection complète de nos truismes ; encore une fois, on confond l’œuvre et son sujet, démêler l’un de l’autre n’a ni intérêt ni sens pratique.

Pourtant, une fois passée cette entreprise de démolition, cette opération Flaubert contre le langage, que faire ? Comment recréer de la valeur, une forme romanesque pure, les remparts du sarcasme, de l’ironie et de la vacuité désormais aussi génialement mis à terre ? Comment croire, aimer, ne pas sombrer dans le nihilisme, si Dieu, tous les dieux sont morts ? « Alors tout est permis ? », s’angoissait pour l’éternité Dimitri Karamazov. Cette question, Michel Houellebecq ne l’avait pas encore résolue ; et ses précédents romans ne parvenaient pas, ou ne tentaient d’ailleurs pas de s’y attaquer, à la fondation de valeurs nouvelles, soit que Houellebecq fût trop pessimiste sur la condition humaine, soit qu’il n’en éprouvât pas le désir, soit qu’il jugeât que le roman contemporain n’en avait le pouvoir.

La grandeur d’« Anéantir », intrinsèquement et après tous les livres de son auteur, réside dans cette tentative, très neuve et singulière, de vouloir sauver quelque chose du chaos risible de l’époque, après le saccage gourmand et infaillible de ses formes de langages antipoétiques. Dans « Anéantir », Houellebecq, avec une gravité croissante, s’astreint ce labeur de rédemption du langage dans un but ; il s’emploie à préserver la littérature car elle seule, avec l’amour, représente un refuge, fut-il grotesquement fragile, face à la mort. Dans un monde silencieux et nihiliste, il faut bien tenter l’impossible métier de vivre, et même de survivre ; et comme un héros dostoïevskien prisonnier d’une époque qui n’a plus de sens car dépourvue de sacré, Houellebecq en vient à une forme, presque mystique, de charité. Pour Houellebecq, ce trajet du cynique à l’idiot – au sens du romancier russe – n’est pas si illogique ; pour le lecteur, les cent dernières pages d’« Anéantir », une très inattendue ode au couple amoureux, se découvrent avec une puissance de déflagration émotionnelle inouïe. On n’avait pas eu la sensation, physique, de pleurer à la lecture d’un roman contemporain depuis peut-être « D’autres vies que la mienne », d’Emmanuel Carrère, que Houellebecq évoque d’ailleurs explicitement dans « Anéantir ». La comparaison avec Carrère est à cet égard lumineuse : l’auteur de « Limonov », confronté à la même aporie de l’absence de valeurs transcendantes et de la déchéance de la littérature, trouvait le salut, pour le roman, dans sa connexion directe avec le réel, gage d’authenticité, et subversion efficace de la défiance des lecteurs, afin de faire advenir l’émotion. Mais cette solution de l’hyperréalisme de Carrère n’a pas d’issue, par définition, pour le roman de fiction, et Carrère a lui-même expliqué les impasses métaphysiques et personnelles de ce pacte du diable avec le réel. Dans « Anéantir », Houellebecq, peintre des amours de Paul et Prudence, parvient à susciter les sanglots et le romanesque pur, mais sans cette caution du réel. Avec son dispositif si intelligent de caméléonisme ton sur ton sur l’époque, pour la détruire, l’anéantir, il sauve, non ses héros hélas, mais quelque chose du pouvoir de l’amour, et du pouvoir de la littérature, dernières valeurs humaines possibles contre l’anéantissement, quoi que fondés l’une et l’autre sur le mensonge. En soi, il commet, inspiré par les mêmes sentiments charitables que ses personnages, un don d’amour envers la littérature. C’est l’aspect le plus étonnant et le plus généreux du livre : sa propension à vouloir rescaper, non seulement ce roman-ci, mais tous les romans, et toute la littérature (en tout cas celle que Houellebecq estime digne d’être sauvée). Houellebecq, avec « Anéantir », construit l’Arche de Noé par laquelle la littérature peut s’échapper de l’époque, et il y embarque, avec un certain altruisme, des classiques et des contemporains, Carrère, Conan Doyle, Philippe Lançon, et même l’écrivain Bruno Le Maire, dont tous les livres, au-delà des anecdotes saint-simoniennes sur les coulisses de la politique, se posent la question de la valeur de la politique dans une époque qui ne l’écoute plus, et qui, comme la littérature, l’assigne à une fonction de divertissement.

Une dernière chose, enfin : c’est que discourir sur le Houellebecq ne sert évidemment à rien. Le propre des grands livres, c’est qu’ils se lisent sans sous-texte, et cette critique ne vaut pas mieux que n’importe quelle glose. Qu’il soit gouverné ou non par les intentions qu’on lui prête, Houellebecq est un romancier d’une habileté démoniaque ; que ses détours par la politique-fiction, le thriller d’espionnage, la chronique sociale sur les hospices des grabataires lui servent ou non d’arme poétique contre l’époque, il en résulte un livre passionnant, dévastateur, d’une fluidité très impressionnante, pour tout dire, impossible à reposer une fois commencé.

Où a-t-on lu meilleure description du microcosme si particulier des énarques en général et des technocrates de Bercy en particulier, entre suffisance et esprit de sacrifice, indifférence à l’idéologie et arraisonnement de leur existence sentimentale par les lois d’efficacité budgétaire ? Pourquoi Houellebecq, et pas un autre, est-il le seul romancier de 2022 à avoir deviné que c’était dans les EPHAD, ce gris paradis des amours séniles, que se jouait la quintessence de la condition occidentale ? Quel autre grand écrivain actuel peut-il dresser un portrait subtil et désillusionné de Cyril Hanouna, et figurer dans un couple sublime de lâchetés négociées, de désirs résurgents, d’accoutumance réciproque à la fadeur, la philosophie de la réincarnation de Schopenhauer ? A-t-on déjà lu un thriller aussi lucide et sagace sur les nouveaux extrémistes, ceux, mi-fondamentalistes, mi-écologistes, qui tiennent la vie pour la valeur suprême, quitte à tuer ceux qui la souillent ? Un éloge si poignant de la lecture contre la mort, de Sherlock Holmes pour déjouer l’énigme non du chien des Baskerville, mais des métastases généralisées d’un cancer irrémédiable ? Un résumé aussi abruptement brillant du lien entre un frère et une sœur, « à la fois indestructible et sans issue » si bien que « rien ne pourrait jamais l’interrompre ; mais rien ne pourrait jamais faire, non plus, que cette relation dépasse un certain degré d’intimité ; elle était en ce sens exactement l’inverse d’une relation conjugale » ? Et, depuis Céline, a-t-on traversé un aussi beau et sec voyage au bout de la nuit de l’homme occidental, de ses turpitudes cardio-vasculaires à ses bons sentiments risibles, où, comme avec Bardamu, l’amour, seul, permet à des caniches sans grandeur de frôler ce que le sentiment porte d’infini ?

Le génie de Houellebecq – et peut-être son drame – éclate dans « Anéantir ». Captif de son martyre de déchu de la littérature, il se voit contraint, jusqu’au titre d’apocalypse, d’endosser la déchéance d’un art devenu impossible et pourtant indispensable, celui d’aimer les livres et d’en écrire ; mais comme toutes les révélations sacrées, l’ouvrage compose un summum, une apothéose. L’amour et la littérature, deux fictions irrépressibles, sont nos seuls remèdes face à la mort – c’est la conclusion du livre, d’un optimisme qui étonne jusqu’à son auteur lui-même. Il est le premier surpris de cette conversion vers la charité, allant même à la réfréner, après les lignes finales éblouissantes d’émotion, dans ses remerciements prolixes : « Je viens par chance d’aboutir à une conclusion positive ; il est temps que je m’arrête ». Si le monde n’est rien d’autre que volonté et représentation, celui de Houellebecq, soudain, est devenu cette forme particulière de volonté désirante et de représentation parfois exaucée, qui s’appellent amour et littérature. Et cela, seulement, est une merveilleuse nouvelle, pour lui, sans doute, pour ses lecteurs – assurément.

 

[Source : http://www.laregledujeu.org]

Tromperie Écrit par Josué Morel

On évoquait, lors du dernier Festival de Cannes, le goût du cinéma d’auteur international en général, et français en particulier, pour l’autofiction. Ce film-ci ressemble même à une autofiction au carré : Desplechin adapte Tromperie de Philip Roth, sans qu’on ait l’impression d’un dépaysement géographique ou linguistique (Bruno Podalydès incarne pourtant le romancier américain, et Léa Seydoux son amante britannique). Et pour cause : non seulement le jeu de Podalydès n’est pas sans évoquer celui de Mathieu Amalric, acteur fétiche du cinéaste (notamment dans les scènes de colère, où le mimétisme saute aux yeux), mais de surcroît son personnage tient des propos qui, on le sait, sont aussi ceux du cinéaste – notamment la confusion entre antisionisme et antisémitisme, et la défense mordicus d’Israël. C’est la part la plus gênante de cet exercice, qui culmine dans une scène imaginaire de procès en misogynie, et une défense pro domo de Desplechin, dont on devine qu’il a été marqué par les critiques à cet endroit lors de la sortie de Roubaix, une lumière. Embarrassante scène où, lorsque la procureure prend la parole, le cinéaste cadre Podalydès en lui coupant la tête, pour bien souligner que cette parole féministe n’est pas sans castrer le créateur.

Passons. Le film vaut un peu mieux que ces séquences qui ne lui font guère honneur, lorsqu’il se concentre sur l’intimité partagée d’un couple et la circulation des affects comme terreau de l’écriture. Très resserré, le film dépasse ces écueils par l’attention qu’il porte à ses acteurs – en particulier le visage d’Emmanuelle Devos, qui joue une ex-amante atteinte d’un cancer, et celui de Léa Seydoux, que le cinéaste inonde de lumière et de couleurs, dans une perspective hautement fétichiste.

Reste que les derniers films de Desplechin donnent la curieuse impression d’un tâtonnement, pour sortir de la forme romanesque qui a fait le succès du cinéaste dans les années 2000. Le passage par une esthétique plus modeste ne va pas sans distiller un parfum de crise, comme le révèle un détail amusant, mais révélateur d’un complexe d’infériorité que Despleschin entretient à l’égard de Kechiche, auquel il disait « penser tous les jours » dans un entretien accordé à Libération à propos de Roubaix, une lumière : au détour d’une conversation, le personnage de Seydoux évoque les tendances légèrement exhibitionnistes qu’elle avait dans sa jeunesse, et les « cheveux bleus » qu’alors elle arborait.

[…] [Lisez l’intégralité de cet article sur http://www.critikat.com]  
Romans, poésie, bandes dessinées (BD), littérature jeunesse… Dans toute sa variété, exprimée en diverses langues – hébreu, arabe -, parfois politisée en étant souvent ancrée à gauche, représentée par des figures célèbres, la littérature israélienne a conquis un public croissant en France, au-delà des rangs de la communauté juive française. Arte diffusera le 5 novembre 2021, dans le cadre de « Invitation au voyage » (Stadt Land Kunst), « Israël, la maison de Shaï Agnon » (Israel, Heimat von Samuel Agnon).
 


Publié par Véronique Chemla

 
La littérature israélienne présente des spécificités : elle a précédé la refondation de l’État d’Israël et s’exprime essentiellement en hébreu, langue liturgique, « langue sacrée » dont la résurrection à la charnière des XIXe et XXe siècles, en langue parlée, moderne, vernaculaire a résulté de l’initiative du lexicographe, philologue et journaliste, Eliézer Ben Yehoudah (1858-1922).
Shaï Agnon
Arte diffusera le 5 novembre 2021, dans le cadre de « Invitation au voyage » (Stadt Land Kunst), « Israël, la maison de Shaï Agnon » (Israel, Heimat von Samuel Agnon).

Né en Galicie alors dans l’empire austro-hongrois (aujourd’hui en Ukraine), violoniste, Shaï Agnon (1888-1970) est un romancier – La Dot des fiancées, Le Chien Balak (1945), Les Contes de Jérusalem (1959) – et poète distingué, avec la poétesse Nelly Sachs, par le Prix Nobel de littérature (1966). Il a écrit en yiddish et en hébreu. En 1908, durant la Seconde Aliyah, il se rend en Eretz Israël, alors dans l’empire ottoman. Quatre ans plus tard, il s’installe à Berlin. Vers 1924, il décide, avec son épouse Esther, de retourner en Palestine mandataire. Il reçoit le Prix Bialik (1934 et 1950) et le Prix Israël (1954 et 1958).

« C’est un lieu où se cristallisent les croyances religieuses et les aspirations politiques depuis des millénaires. La terre d’Israël a attiré les marchands autant que les poètes qui l’ont regardée d’abord de loin, avant de l’occuper. L’écrivain juif Shaï Agnon est le témoin emblématique de ce peuple qui retrouve un chez-soi après plus de 2 000 ans de diaspora. Toute son œuvre en est l’héritière. »
Colloque
Le 7 avril 2002, la littérature israélienne était présentée lors d’un colloque important organisé au Sénat par le B’naï B’rith de Paris-Ile-de-France. Sous le haut patronage de l’ambassadeur d’Israël, alors S.E. Elie Barnavi, ce colloque avait abordé deux sujets : la traduction et la littérature, miroir de la société. Des lectures avaient ponctué cette journée aux intervenants prestigieux et close par le Grand Rabbin René-Samuel Sirat, professeur à l’INALCO.« La littérature israélienne présente une double spécificité. D’une part, elle s’enracine dans une société sioniste et nouvelle, principalement composée d’immigrés. D’autre part, elle s’exprime dans une langue qui a connu une véritable renaissance à la fin du XIXe siècle, après avoir été pendant près de deux millénaires seulement une langue de prière », annonce Michèle Rotman, présidente de la Commission culture du B’nai B’rith francilien.Écrite dans une langue ancienne et récente, la littérature israélienne reflète une société complexe née d’un projet politique et religieux : et qui reflète ses mutations : de l’héroïsme des pionniers au réalisme des anti-héros les plus contemporains.

C’est à ses traductrices, médiateurs indispensables pour le grand public, que ce colloque a consacré sa première table-ronde. La présidence en était confiée à Mireille Hadas-Lebel, professeur émérite à la Sorbonne. Étaient invitées : Sylvie Cohen, introductrice de l’œuvre d’Amoz Oz, et Laurence Sendrowicz, traductrice de Hanokh Levin, « figure majeure du théâtre israélien contemporain ». Arlette Pierrot évoqua « Shulamit Hareven, une Levantine ». Madeleine Neige présenta l’œuvre de David Shahar. C’est au double titre de traductrice et de responsable de la collection Lettres hébraïques (Actes Sud) qu’était intervenue Rosie Pinhas-Delpuech : « Une écriture de la subversion entre classiques (Yaacov Shabtaï, Yehoshua Kenaz) et modernes (Alona Kimhi, Etgar Keret) ».

Cette littérature est diverse par les générations, tempéraments, genres et styles.

D’une société israélienne dépeinte dans ses mutations, émergeait une triple thématique : « la guerre, le kibboutz et la souffrance millénaire du peuple juif. Au fil des œuvres, on ressent qu’Israël est un lieu de confrontation permanente ». Apparaît aussi une société marquée de clivages : « jeunes/vieux, immigrants/Sabras et Juifs/Arabes ». Ses tensions semblaient d’autant plus aiguës que tout évolue très vite : les composantes démographiques, les phases économiques, les alternances politiques, l’essor urbain, les modes de vie, etc.

C’est Lily Permuter, maître de conférences à l’INALCO, qui anima les débats de l’après-midi. Ariane Bendavid, maître de conférences à la Sorbonne, traita du passage « de la littérature hébraïque à la littérature israélienne : déclin d’un idéal », Myriam Feldhendler, chargée de cours à l’INALCO, de « l’évolution de la mentalité israélienne » et Ephraïm Riveline, professeur des Universités, de « l’évolution du thème de l’exil et de la rédemption ». Michèle Tauber, agrégée d’hébreu, centra son intervention sur « Aharon Appelfeld ou les langues juives à travers le siècle ».

La poésie n’était pas oubliée. Poète et traductrice de poésie, Dory Manor décrivit « la poésie hébraïque des années 90 », et Masha Itzhaki, maître de conférences à l’INALCO, « le dialogue avec la Bible ».

Pour mieux rendre sensible cette littérature, la comédienne Mady Mantelin-Chouraqui a lu des passages d’œuvres de deux grandes figures : A.B. Yehoshua et David Grossman.

« La littérature israélienne est moins traduite en France que dans d’autres pays européens. Mon but est d’en donner le goût et de la faire mieux connaître. Puisse ce colloque donner aux libraires l’envie de commander plus de livres dans leurs maigres rayons sur Israël, aux éditeurs de continuer à faire traduire et connaître de jeunes écrivains et à nous d’en apprécier la profondeur et la beauté », espérait Michèle Rotman, présidente de la Commission culture dudit B’naï B’rith.

Vœu en partie réalisé : le colloque était déjà complet avant son ouverture.

Un secteur éditorial dynamique

Selon des statistiques extérieures de la Centrale de l’Édition et du Syndicat national de l’édition (SNE), « pour les échanges de droits avec Israël (en prenant en compte exclusivement l’hébreu comme langue de publication) en 2004, 2005 et 2006 au total 157 titres ont été cédés par une trentaine d’éditeurs français et 20 titres achetés par 8 éditeurs français. Dans la répartition par domaine de ces échanges, la littérature est la plus représentée (81 titres), suivie des sciences humaines et sociales (46 titres), puis des domaines jeunesse/BD (32 titres), actualités, documents, biographies (13 titres), érudition, religion (5 titres) ».

Environ « 35 millions de livres sont vendus chaque année en Israël. Le chiffre d’affaires de l’édition israélienne s’élevait à deux milliards de shekels en 2006 (soit environ 360 millions d’euros). Cependant, avec 6 866 titres publiés en 2006 – dont 5 900 en hébreu, 528 en anglais, 196 en russe et 133 en arabe –, le secteur souffre de surproduction pour un petit pays qui ne compte que 6,8 millions d’habitants. Les tirages moyens s’en ressentent, qui ne dépassent guère les 2 000 exemplaires pour une nouveauté en fiction, dont la durée de vie sur l’étagère d’une librairie est de courte durée. Un seuil de 5 000 ventes en fiction est suffisant pour apparaître dans les listes des meilleures ventes, quand ce chiffre était d’au moins 20 000 il y a quelques années  ».

« Spécificité de l’édition israélienne, 24% des livres produits sont des textes religieux (livres de prières, etc.), qui ne sont pas forcément commercialisés ou distribués par les canaux de vente habituels. La moitié des livres produits en Israël est éditée par des structures qui ne sont pas des maisons d’édition et 18% le sont par des associations, des instituts, des musées. 17% des livres sont publiés à compte d’auteur, 9% par des institutions gouvernementales et 5% par des institutions éducatives ».

« Le secteur éditorial traditionnel se caractérise par sa concentration : trois groupes éditoriaux se partagent plus de la moitié de la production. Deux d’entre eux se sont récemment associés aux deux plus grandes chaînes de librairies du pays, qui elles-mêmes détiennent près de 60% de parts de marché. Ce phénomène de concentration se retrouve également dans les partenariats entre grands éditeurs généralistes et petites maisons d’édition, qui permettent à ces dernières de réduire leurs coûts de fabrication, de distribution et de promotion. On recense 1 452 maisons d’édition en Israël (dont un tiers d’éditeurs religieux). Pour 996 d’entre elles, l’édition est l’activité principale ; et, pour les autres, c’est une activité secondaire… »

« Les trois grands pôles éditoriaux généralistes israéliens sont : le groupe Kinneret Zmora-Bitan Dvir, associé à la chaîne de librairies Tzomet Sefarim ; la maison d’édition Keter Sefarim, associée à la chaîne de librairies Steimatzky ; et la maison d’édition Yédiot Sefarim, qui appartient au grand quotidien, Yédiot Aharonot… effet, le livre est un produit cher en Israël : son prix moyen en littérature est d’environ 80 shekels (14,4 euros), et de 50 shekels (9 euros) pour un livre de jeunesse. Pourtant, et c’est là tout le paradoxe de la situation israélienne actuelle, l’immense majorité des livres (y compris, et même surtout, les nouveautés) est vendue en promotion… Le marché des traductions en Israël est dynamique, mais le nombre de publications d’ouvrages traduits du français reste bien en deçà de celui des ouvrages traduits de l’anglais ».

Salon du Livre 2008

En 2008, année des 60 ans de la refondation de l’État d’Israël, celui-ci était pays invité d’honneur du Salon du Livre (14-19 mars), désormais rebaptisé Livre Paris, et de la Foire du Livre de Turin.

Président de l’Union des écrivains palestiniens, Taha al-Moutawakel s’est indigné de ce choix à Paris. Une opposition partagée par l’Union des écrivains égyptiens, l’Organisation islamique de l’éducation, des sciences et de la culture (ISESCO) à Rabat, Yasmina Khadra, romancier et directeur du Centre culturel algérien à Paris, et Tariq Ramadan. Ce qui s’est traduit par quatre stands de la Tunisie, de l’Algérie, du Maroc et du Liban demeurés vides. Mais des professionnels du livre du monde arabe étaient venus, ainsi que les écrivains algériens Boualem Sansal ou Maïssa Bey.

Des Israéliens, tels Ilan Pappe et Benny Ziffer, se sont joints à ces appels au boycott.

Ministre des Affaires étrangères, Bernard Kouchner a jugé « extrêmement regrettable » la décision du Liban de boycotter cet événement culturel.

Malgré les appels au boycott, plus de 25 000 livres israéliens avaient été achetés et quarante auteurs de fiction étaient présents au stand israélien.

Mais, le Salon avait du être évacué un dimanche après-midi en raison d’une alerte à la bombe.

En 2011, le Prix Médicis Étranger a été remis à « Une femme fuyant l’annonce » (Seuil) de David Grossman. L’écrivain israélien » y dresse le portrait d’une femme qui évite son propre foyer, de peur qu’on lui annonce la mort de son fils, parti à la guerre. L’auteur de « Voir ci-dessous amour » y transfigure la perte du sien, tué pendant la campagne libanaise de 2006 ».

Le 6 février 2017, à 19 h, à l’initiative du Département Aliyah et Intégration de la Mairie de Tel Aviv, la littérature israélienne a été évoquée à Tel Aviv, dans le cadre de « 68 ans de melting pot culturel », par Gaby Levin, directrice de la Fondation Recanati, critique littéraire, et La bohème, troupe de théâtre qui interprétera des textes israéliens traduits en français : « la visite de la maison de Bialik, la conférence de Gaby Levin et l’incontournable lecture et interprétation de textes israéliens traduits en français par les acteurs de la troupe La Bohème ».

« Créé en 2016, le festival Lettres d’Israël est proposé par le service culturel de l’ambassade d’Israël en France ». Du 8 au 18 septembre 2017, « le meilleur de la littérature israélienne » se dévoile à Paris ! Après le succès de sa première édition, le festival Lettres d’Israël prend de l’ampleur, avec une programmation enrichie : rencontres, conversations, lectures, théâtre, auteurs majeurs et découvertes… La soirée d’inauguration a eu lieu le 11 septembre 2017 à la Société des Gens de Lettres, autour des écrivaines Zeruya Shalev et Orly Castel-Bloom ».

« David Grossman, récompensé en juin par le prestigieux Man Booker International Prize, David Grossman sera l’invité du théâtre national de La Colline lors de trois soirées exceptionnelles. Zeruya Shalev, lauréate du Prix Femina étranger en 2014, présentera son dernier roman Douleur (Gallimard) à la Maison de la Poésie, et évoquera la condition d’écrivaine avec Orly Castel-Bloom ».

« La Maison de la Poésie accueillera également les écrivains Raphaël Jerusalmy, auteur du superbe Évacuation (Actes Sud, 2017), Ayelet Gundar-Goshen, de retour à Paris pour son second roman Réveiller les lions (Presses de la Cité, 2017), salué par le Guardian et le New York Times, et Meir Shalev, l’un des auteurs israéliens les plus importants de sa génération, dont le dernier roman Un fusil, une vache, un arbre et une femme (Gallimard) paraît à la rentrée ».

« L’auteure Iris Argaman et l’illustrateur Avi Ofer présenteront au Mémorial de la Shoah L’ourson de Fred, ouvrage pour la jeunesse dont le Théâtre des Mathurins proposera une lecture théâtrale ».

« Enfin, le Centre national du livre accueillera la romancière Dorit Rabinyan, dont le troisième roman Sous la même étoile (Les escales, 2017) est devenu un best-seller en Israël ».

Ronit Matalon

La romancière Ronit Matalon (1959-2017), figure importante de la littérature israélienne contemporaine, est décédée le 28 décembre 2017 à l’âge de 58 ans des suites d’un cancer. Elle était née en 1959 en Israël dans une famille originaire d’Égypte. Journaliste, elle avait couvert Gaza, la Judée et la Samarie de 1986 à 1993 pour le quotidien Haaretz.

Elle « dénonçait dans les médias l’occupation des territoires » disputés. « Féministe », elle avait été la cible de critiques en Israël quand, en janvier 2016, elle avait affirmé vivre « sous un régime d’apartheid » dans un entretien au Monde. « Le pire attentat à la mémoire de la Shoah qu’on puisse commettre, c’est de l’utiliser pour justifier les actes les plus immoraux, comme les bombardements de Beyrouth ou de Gaza, où l’on a tué des femmes, des enfants», avait-elle également expliqué« .

Ronit Matalon avait débuté sa carrière littéraire en écrivant pour la jeunesse. Elle avait été distinguée notamment par « le prix Bernstein en 2009 pour son septième roman, Le Bruit de nos pas, l’histoire très largement inspirée par sa vie d’une famille de juifs égyptiens qui s’installe dans une banlieue pauvre de Tel-Aviv dans les années 1960. Elle-même expliquait être «une Séfarade qui s’en est sortie». Le Bruit de nos pas a été traduit en français en 2012 (Stock) et fut récompensé du prix Alberto-Benveniste ».

« Son dernier livre, paru en 2016, And the Bride Closed the Door (inédit en français) raconte comment, dans l’Israël de nos jours, une jeune femme se trouve à refuser de quitter sa chambre le jour de son mariage. L’occasion pour l’auteur de dépeindre toute une galerie de personnages, du fiancé et aux parents de l’héroïne, sur le ton de la farce. Son œuvre est notamment traduite en anglais et en français et est enseignée depuis 2014 dans le cadre du baccalauréat israélien de lettres. Le chef de l’État israélien Reuven Rivlin a déploré dans un communiqué la disparition d’une «auteure merveilleuse dont la voix originale et déterminée a contribué à la culture israélienne».

Aharon Appelfeld
Aharon Appelfeld (1932-2018) était un romancier et poète israélien majeur. Ce survivant de la Shoah écrivait en hébreu. Il était né à Jadova, près de Czernowitz (alors en Roumanie). Dans tous ses livres (une quarantaine, dont Histoire d’une vie, L’Héritage nu, La Chambre de Marianna), il raconte sa vie et celle de son peuple, une histoire d’amour et de ténèbres, d’exode et de sagesse.

« Avec des milliers d’autres réfugiés, Aharon Appelfeld « a débarqué sur les plages de Tel-Aviv, en 1946. Il avait quatorze ans et, derrière lui, un passé chargé de ténèbres. Né en Bucovine (province rattachée alors à la Roumanie), dans une famille juive assimilée, le jeune garçon fut envoyé dans un ghetto, puis déporté dans un camp de concentration de Transnistrie d’où il s’évada en 1942 ».

Il « avait dix ans et se retrouvait seul au monde. Il se réfugia dans les forêts ukrainiennes où, trois ans durant, jusqu’à l’arrivée de l’Armée rouge, il survécut comme il put, en compagnie d’autres gamins, de marginaux et de prostituées. «J’étais blond et je pouvais facilement passer pour un petit Ukrainien. Je me taisais. Je n’avais plus de langue», écrira-t-il avec cette sobriété qui caractérise une œuvre écrite en hébreu et aujourd’hui riche d’une trentaine de titres traduits dans le monde entier.

Dans L’Héritage nu (L’Olivier, 2006), série de conférences sur une «enfance prise dans la Shoah», il reviendra sur ces mois décisifs: «Ainsi, sans nos parents, sur les terres de l’ennemi, isolés de l’humanité, nous grandîmes comme des animaux: dans la peur qui nous soumettait et nous opprimait. L’instinct de vie fut notre guide et nous lui obéîmes. Là, dans les bois et dans les villages, nous sentîmes le secret de notre judaïté.»

« Écrivain du silence et de l’indicible, écrivain «écartelé, déplacé, dépossédé, déraciné» – pour reprendre les mots de son ami Philip Roth – Aharon Appelfeld raconta une première fois, en 1983, dans Tsili (Seuil, 2004 et «Points»), cet épisode de sa vie. Mais c’est une jeune fille qu’il choisira alors de mettre en scène, comme si la distance avec son expérience lui permettait de mieux capturer les images du passé, de restituer la peur d’alors, la cruauté de son sort l’incompréhension ».

« Quelques années plus tard, dans Histoire d’une vie, en 1999 (L’Olivier, 2004, prix Médicis étranger la même année), «fragments de mémoire et de contemplation» plutôt qu’autobiographie, terme que l’écrivain récuse, Aharon Appelfeld reviendra sur sa rencontre avec Maria, femme de mauvaise vie qui accepta de l’héberger et de le nourrir en échange de son travail. Même si le comportement de cette jeune femme était pour le moins déroutant – elle passait, en un instant, du rire aux larmes, de la douceur d’une mère aux insultes les pires – le romancier, cinquante ans plus tard, n’aura rien oublié de leur histoire commune ».

« En 2008, avec La Chambre de Mariana (paru en Israël deux ans plus tôt), il reprend cette histoire mais en donne une autre version, à la fois plus sombre – Hugo, l’enfant rescapé, passe les trois quarts du livre enfermé dans un réduit pour échapper à la traque des nazis et de leurs alliés – et plus sensuelle, dans la mesure où Mariana, autre prostituée, lui apprend, peu à peu, à découvrir le monde fascinant des femmes. Comme dans les précédentes versions de son histoire, Appelfeld décrit la peur de l’enfant, non plus livré à lui-même, mais ici à la merci des autres, enfermé qu’il est dans un réduit glacial. Une prison dans laquelle épier les bruits devient, pour lui, aussi essentiel que la nourriture et l’eau que Mariana lui apporte une fois son «travail» terminé ».

« Dans ces périodes où la maison close résonne des cris des filles, des insultes des clients, des disputes et des bagarres, des gémissements de plaisir et de douleur, Hugo laisse parfois son attention filer. Comme les gens enfermés trop longtemps, il perd la notion du temps et s’échappe en lui-même. Et c’est à ce moment que les êtres qui lui sont chers choisissent d’apparaître. Et entre son père, sa mère, ses amis et lui, un dialogue, apaisé ou agressif, s’instaure. Hugo interroge ces fantômes sur ce qu’ils deviennent, sur leur avenir commun. Il essaie de trouver sur leurs visages une lueur d’espoir ».

« Au-dehors, les alliés des nazis chassent le Juif pour toucher la récompense promise. Au-dedans, Mariana exaspère de plus en plus les autres pensionnaires et la «patronne» par son comportement rebelle et pas assez docile avec les clients. Elle n’en a cure, trouvant en Hugo, qu’elle appelle son «chéri», son «joli», son «petit chien préféré», sa seule source de réconfort. Et de véritable amour. Un amour qui, au départ, s’apparente à celui d’une mère pour son fils, et puis, au fil du temps, ressemble à celui que partagent une initiatrice et un jeune garçon innocent, fasciné par ses charmes et sa sensualité ».

« Comme dans l’histoire d’amour de Tsili et Marek dans Tsili, celle d’Hugo et de Mariana ne pourra survivre au rouleau compresseur de l’histoire, au goût des hommes pour la violence, la vengeance, le carnage. À l’heure de la libération, les fantômes de ses parents et amis disparaîtront de la vie d’Hugo. «Tu ne dois plus les attendre», dit une réfugiée au garçon qui l’interroge. «Ceux qui ne sont pas rentrés ne rentreront pas.» Ne restera plus qu’à grandir, à avancer sans avoir le droit de poser des questions. «L’incapacité de traduire notre expérience et le sentiment de culpabilité s’associèrent pour créer le silence», écrira Appelfeld dans L’Héritage nu« .

« De ce silence, lui et d’autres, de la même génération, comme le Roumain Norman Manea ou le Hongrois Imre Kertész (dont Actes Sud vient de publier Le Dossier K., passionnante autobiographie), tireront des œuvres majeures ».

Aharon Appelfeld  a été distingué par des prix littéraires, dont le prix Israël en 1983 et le prix Médicis étranger en 2004. Il est mort le 4 janvier 2018 à Petah Tikva en Israël.

Le 13 février 2018, de 19 h 30 à 21 h, le Musée d’art et d’histoire du Judaïsme (mahJ) et Les éditions de l’Olivier rendront hommage dans son auditorium à Aharon Appelfeld. Avec la participation de Valérie Zenatti, sa traductrice, Michèle Tauber, maître de conférence en littérature et en langue hébraïque à Paris 3 – Sorbonne Nouvelle et Olivier Cohen, son éditeur. Rencontre modérée par Nicolas Weill, journaliste au « Monde des livres ». Lectures par Eric Génovèse, de la Comédie française, avec Sonia Wieder-Atherton au violoncelle. « Je m’appelle Aharon Appelfeld, je suis né en 1932 à Czernowitz ( Bucovine). Aujourd’hui, je vis à Menasseret Zion, à côté de Jérusalem. Je n’écris pas un livre. J’écris une saga du peuple juif. J’écris sur cent ans de solitude juive. » Quand la guerre éclate, sa famille est envoyée dans un ghetto. En 1940, sa mère est tuée, son père et lui sont déportés et séparés. À l’automne 1942, Aharon Appelfeld s’évade du camp. Il a dix ans. Il erre dans la forêt ukrainienne pendant trois ans, « seul, recueilli par les marginaux, les voleurs et les prostituées », se faisant passer pour un enfant Ukrainien et se taisant pour ne pas se trahir. « Je n’avais plus de langue », dira-t-il. À la fin de la guerre, il émigre en Palestine. Auteur de plus d’une quarantaine de romans et nouvelles, Aharon Appelfeld est aujourd’hui traduit dans le monde entier. Depuis la publication de Histoire d’une vie (prix Medicis étranger, 2004) jusqu’à sa mort, en janvier 2018, sa renommée en France n’a cessé de croître. Des jours d’une stupéfiante clarté (éditions de l’Olivier, janvier 2018), est le dernier roman d’Aharon Appelfeld, traduit en français par Valérie Zenatti ».

Haïm Gouri

Haïm Gouri (1923-2018), écrivain, poète et cinéaste israélien est décédé à l’âge de 94 ans le 31 janvier 2018. « L’auteur de La Cage de verre, le journal du procès Eichmannétait considéré comme une figure historique de l’État hébreu. Francophile, il a traduit Baudelaire, Rimbaud ou Apollinaire et a reçu l’insigne de chevalier de l’ordre des Arts et des lettres en 2011″.

Il était célèbre aussi pour ses œuvres sur la Shoah. Le président israélien Reuven Rivlin a déploré la mort «du poète national, un homme qui était à la fois un combattant et un intellectuel». »Figure historique d’Israël, Haïm Gouri avait couvert pour le quotidien du parti travailliste, Lamerhav, le procès du criminel nazi Adolf Eichmann, jugé en Israël et condamné à mort en 1961. Il en avait tiré un livre, La Cage de verre, traduit dans plusieurs langues et qui avait contribué à sa notoriété à l’étranger. Cinéaste documentariste, il avait aussi tourné plusieurs films consacrés à la Shoah ».

Haïm Gouri « est né à Tel-Aviv dans une famille politisée. Son père Israël Gouri était l’un des fondateurs du Mapaï, le parti du premier ministre israélien David Ben Gourion, et député de 1948 à 1965. Après la Shoah, il est envoyé en Europe pour aider les réfugiés juifs à immigrer en Palestine mandataire. Il sera combattant lors de la première guerre israélo-arabe de 1948 puis en 1967 comme officier de réserve pendant la guerre des Six jours ».

« Ayant publié plus de vingt livres, dont plusieurs recueils de poèmes, il était connu dans son pays comme le poète de la création de l’État d’Israël. Il était aussi l’auteur de chansons populaires, devenues des classiques apprises dans les écoles. Lauréat de nombreuses récompenses dont le prestigieux Prix d’Israël en 1988, Haïm Gouri, qui était proche de l’ancien premier ministre israélien Yitzhak Rabin assassiné en 1995, plaidait pour la paix avec les Palestiniens. Le premier ministre Benjamin Netanyahu a estimé que ses poèmes étaient «une partie du patrimoine de l’État d’Israël».

« Francophile, Haïm Gouri avait vécu un temps en France et étudié à la Sorbonne. Il avait traduit en hébreu les grands poètes français, notamment Baudelaire, Rimbaud et Apollinaire mais aussi des romans de Pagnol et Claudel. Le ministère de la Culture l’avait nommé, en 2011, chevalier de l’ordre des Arts et des lettres, le qualifiant «d’homme de paix, âme vivante de l’histoire d’Israël et amoureux de la langue française».

David Grossman
David Grossman est né en 1954 à Jérusalem. Après des études de philosophies, il travaille comme journaliste. Il est l’auteur de romans, d’essais, de livres pour la jeunesse. Son fils Uri est mort à l’été 2006 lors de la guerre d’Israël contre le mouvement terroriste Hezbollah au Liban.David Grossman fustige régulièrement la politique du gouvernement israélien en alléguant une « occupation » des territoires disputés. En juin 2017, David Grossman a été lauréat du prestigieux Man Booker International Prize pour son livre Un cheval entre dans un bar.David Grossman a été distingué par le Prix Israël de Littérature 2018.« Des mots pour le dire – Israël vu par ses écrivains » 

Dans le cadre du Festival du cinéma israélien, « Des mots pour le dire – Israël vu par ses écrivains » (52 minutes), documentaire de Blanche Finger et William Karel, a été projeté le 15 mars 2018 au Majestic Passy. « 70 ans après la création de l’État hébreu, 10 écrivains israéliens emblématiques dressent un état des lieux de leur pays : ses valeurs, ses craintes, ses contradictions. Ces hommes et ces femmes de lettres puisent leur inspiration dans le climat de tension permanente dans lequel ils vivent. Leurs œuvres se font l’écho de toutes les problématiques rencontrées par leur pays : le poids du passé, le projet sioniste, les Palestiniens, la religion, l’armée, les tensions sociales, les fractures territoriales…. Un portrait original et subjectif d’Israël, où la littérature permet de comprendre la géopolitique. La projections sera suivie d’une séance de questions-réponses avec les réalisateurs ».

Lettres d’Israël 2018

Dans le cadre de la Saison croisée France Israël, la 3e édition du festival « Lettres d’Israël 2018 » se déroule du 2 au 18 octobre 2018. C’est « une manifestation annuelle proposant le meilleur de la littérature israélienne à Paris, Strasbourg, Lille et Aix-en-Provence. » Le festival Lettres d’Israël est proposé par le service culturel de l’ambassade d’Israël en France.

Le 15 octobre 2018, à 19 h 30, à l’hôtel de Massa, la Société des gens de lettres (SDGDL) accueillera la conférence « Israël en vers et en prose – Rachel« . « Une évocation de la poétesse Rachel avec Martine Gozlan et Bernard Grasset, suivie d’un échange avec les poètes Shimon Adaf et Eliaz Cohen. Rencontre animée par Dory Manor, poète. Variations musicales de Michèle Tauber. »

Le 16 octobre 2018, à 20 h, le Centre communautaire de Paris-Espace culture et universitaire juif d’Europe (ECUJE) accueillera une soirée intitulée « Poésie israélienne : l’héritage de Bialik« . Une « rencontre avec Shimon Adaf (recueil de poésie, Éditions Caractères), Dory Manor, Eliaz Cohen et Ariane Bendavid en dialogue avec Esther Leneman. Père de la poésie hébraïque contemporaine, Haim Nahman Bialik a modelé la littérature israélienne. Quel est son impact sur la jeune poésie israélienne ? Pour y répondre, la journaliste Esther Leneman recevra les poètes israéliens Dory Manor, Shimon Adaf, Eliaz Cohen et Ariane Bendavid, auteure de « Haim Nahman Bialik, la prière égarée ». Séance dédicace et cocktail en fin de soirée.

Le 17 octobre 2018, à 19 h, la Maison de la poésie accueillera la rencontre « Les avant-gardes de la BD : Rutu Modan, Yirmi Pinkus & Florent Ruppert« . « Rencontre animée par Didier Pasamonik. « Au tournant des années 2000, le collectif Actus Tragicus développe en Israël une bande dessinée innovante, hors des sentiers battus de l’édition commerciale. Quelques années plus tôt en France, la maison d’édition L’Association était créée autour de J.C. Menu, Lewis Trondheim et David B., devenant rapidement la figure de proue de la bande dessinée alternative française. Rencontre entre les bédéistes israéliens Rutu Modan et Yirmi Pinkus, fondateurs d’Actus Tragicus et l’auteur de l’Association Florent Ruppert, qui forme avec son complice Jérôme Mulot un duo phare de la jeune garde de la bande dessinée française contemporaine. En savoir plus – À lire – Rutu Modan, Exit wounds et La propriété, trad. par Rosie Pinhas-Delpuech, Actes Sud, 2014 – Yirmi Pinkus, Le grand cabaret du professeur Fabrikant, trad. par Laurence Sendrowicz, Grasset, 2013 – Florent Ruppert & Jérôme Mulot, Soirée d’un faune, L’Association, 2018.

Puis à 21 h, la Maison de la poésie accueillera « B.D. : Israël rêvé / Israël réel – Asaf Hanuka, Camille de Toledo & Denis Charbit ». Rencontre animée par Didier Pasamonik. « Dans son roman graphique Herzl, illustré par Alexander Pavlenko, l’écrivain français Camille de Toledo mène son héros sur les traces de Theodor Herzl, le père du mouvement sioniste, dont le projet d’un État juif donnera naissance à Israël en 1948. 70 ans plus tard, l’auteur de bande dessinée israélien Asaf Hanuka croque son quotidien de père de famille angoissé dans la série KO à Tel-Aviv, mêlant humour grinçant et réalisme aigu. Regards croisés sur l’Israël d’hier et d’aujourd’hui, en compagnie de l’historien et politologue israélien Denis Charbit. À  lire – Asaf Hanuka, KO à Tel-Aviv 3, trad. par Dominique Rotermund, Steinkis, 2016 – Camille de Toledo et Alexander Pavlenko, Herzl, Denoël, 2018.

70 ans de littérature
L’Institut Elie Wiesel / Campus Valde Marne propose, à la Maison de la Culture Juive de Nogent, le cycle de conférences « 70 ans de littérature israélienne, quatre œuvres, quatre écrivains » avec Michèle TAUBER, Maître de conférences en littérature israélienne. Université Paris 8. Quatre séances de 2 h, de 19 h 30 à 21 h 30, les mercredis 9, 16, 23 et 30 janvier 2019.
« 1 – Méir SHALEV (1948)
Quel meilleur auteur choisir pour ouvrir ce voyage dans la littérature israélienne de la « génération de l’État » que Méir Shalev né en 1948 au moshav Nahallal (lieu de naissance de Moshé Dayan) ?
Toute son œuvre de fiction évoque l’odyssée familiale sur la terre d’Israël par le truchement de l’imagination et de la fiction. Les époques se chevauchent depuis l’arrivée des pionniers russes de la deuxième aliya (première décennie du XXè siècle) jusqu’à nos jours, mais il ne s’agit nullement de romans historiques. Humour et fantastique se conjuguent joyeusement dans tous les romans, l’auteur n’hésitant pas à mêler le tragique au comique. Chaque épopée familiale, qui n’est « chaque fois ni tout à fait la même, ni tout à fait une autre » est chaleureuse, drôle, teintée de nostalgie, de tendresse et de dérision. La mémoire joue un rôle central, mais elle est toujours entrelacée à l’imagination.
BIBLIOGRAPHIE
Les romans sont tous publiés en livre de Poche – Folio – Gallimard
Que la terre se souvienne, Le baiser d’Esaü, Fontanelle, Pour l’amour de Judith, La meilleure façon de grandir, Le pigeon-voyageur, Un fusil, une vache, un arbre et une femme, Ma grand-mère russe et son aspirateur américain, Ma Bible est une autre Bible.
2 – Ronit MATALON (1959-2017)
Dans son roman le plus autobiographique, le premier traduit en français par Rosie Pinhas-Delpuech, Le Bruit de nos pas (Stock «Cosmopolite», 2012), Ronit Matalon raconte le huis-clos d’une famille d’immigrés juifs égyptiens dans les « camps de transit » d’une lointaine banlieue de Tel-Aviv, parmi les ronces et le sable, bien après le terminus du bus. Tout est vu à hauteur d’enfant, et donc sans jugement politique, sociologique ou psychologique, pour montrer les difficultés d’intégration en Israël d’une famille juive égyptienne.
Ronit Matalon, l’une des voix féminines les plus marquantes de sa génération, disparue prématurément en décembre dernier, est connue pour sa liberté de ton et son écriture informelle. Elle fait également partie des écrivains mizrahim, orientaux, qui retrouvent ces dernières années une légitimité dans le sérail des écrivains israéliens.
BIBLIOGRAPHIE
Les romans sont publiés chez Stock et Actes Sud
Le bruit de nos pas, de face sur la photo
La mariée a fermé la porte (à paraître)
La fille du café : nouvelle (Anthologie de nouvelles israéliennes contemporaines, Gallimard, 1998)
Légitimité dans le sérail des écrivains israéliens.
3 – Aharon APPELFELD (1932-2018)
Figure majeure de la littérature israélienne contemporaine, Aharon Appelfeld se situe toutefois hors du sérail des écrivains qui dépeignent les états d’âme d’une société israélienne en mutation permanente. Appelfeld, lui, s’attache à retracer le vécu du judaïsme européen d’Europe centrale tout au long du XXème siècle. La quête de la mémoire occupe une place prépondérante dans son œuvre où sont évoquées des enfances idylliques à jamais perdues, des périodes troublées de l’assimilation ou des survies précaires après la Shoah. Dans un hébreu qu’il acquiert à l’âge de quatorze ans, Appelfeld forge des langages universels : selon lui, « l’Art, et l’Art seulement peut-être, est capable d’endiguer la banalisation et de lutter contre la perte de signification de la Shoah. […] La littérature doit obéir à un impératif : traiter de l’individu, un individu auquel son père et sa mère ont donné un nom, ont parlé une langue, ont donné leur amour et leur foi. Par sa nature même, l’Art défie constamment le processus d’anonymat auquel chaque individu est réduit. »
BIBLIOGRAPHIE
Toute l’œuvre d’Aharon Appelfeld traduite en français est publiée aux Éditions de l’Olivier et dans la collection Points Seuil, à l’exception d’Adam et Thomas (Étions l’École des Loisirs).
4 – Yehuda AMIHAÏ (1924-2000)
Celui que l’on nomme « le poète de Jérusalem » publie son premier recueil de poésie en 1955, intitulé « Aujourd’hui et autres jours », puis son second en 1958. Il a été tenté par des nouvelles, des pièces de théâtre et surtout le roman avec Ni de maintenant, ni d’ici, dès 1963, mais la reconnaissance populaire le place d’emblée parmi les grands poètes de sa génération. Il fait partie d’une vague de poètes radicalement différente de l’art poétique de l’entre-deux-guerres, perpétuant la rigueur et les codes d’expression imposés à la fin du XIXè siècle.
Son œuvre prend souvent l’aspect d’une célébration d’êtres aimés empreinte d’une douce tristesse ou d’une joie indéfinissable. Elle excelle à esquisser à travers des motifs triviaux de la vie quotidienne, la douceur de vivre en Israël, la banalité d’une situation réelle (la guerre vécue et ses stigmates sont bien réels, contrairement à une perception virtuelle d’une pensée onirique) et particulièrement à Jérusalem. L’écrivain parvient à rester naturel et spontané, presque naïf, tout en distillant l’ironie, l’absence de complaisance et tout en laissant paraître en ultime dévoilement son érudition littéraire.
BIBLIOGRAPHIE
Perdu dans la grâce, Gallimard
Poèmes, Actes Sud
Poèmes de Jérusalem (édition bilingue), Éditions de l’Éclat
Anthologie personnelle, Actes Sud
Les morts de mon père et autres nouvelles, Éditions de l’Éclat
Début, fin, début, (édition bilingue), Éditions de l’Éclat ».
Lettres d’Israël 2019

La 4e édition de Lettres d’Israël se déroulera du 15 au 24 septembre 2019. Une manifestation proposée par le Service culturel de l’ambassade d’Israël en France.

15 septembre 2019 : lecture musicale d’Amos Oz au mahJ.

16 septembre 2019 : soirée du polar israélien au Centre national du livre.

18 septembre 2019 à 20 h :  « Michal Ben-Naftali et Valérie Zenatti – « Écrire en présence des absents » à la Maison de la Poésie.

Modératrice : Rosie Pinhas Delpuech. « Deux auteures, deux langues, deux personnages disparus, une même histoire de la Shoah mise en perspective. Les échos entre L’Enigme d’Elsa Weiss de Michal Ben-Naftali et Dans le faisceau des vivants de Valérie Zenatti sont si multiples que le dialogue entre les deux écrivaines bilingues s’imposait. Elles l’ont accepté avec joie.
À lire – Valérie Zenatti, Dans le faisceau des vivants, éd. de L’Olivier, 2019.
Michal Ben-Naftali, L’Énigme Elsa Weiss, trad. de l’hébreu par Rosie Pinhas Delpuech, Actes Sud, 2019.
France, 2021, 14 min
Sur Arte le 5 novembre 2021 à 05 h
Sur arte.tv du 29/10/2021 au 03/01/2022
Cet article a été publié en une version concise par Actualité juive, et sur ce blog le 6 février 2017, puis les 18 septembre 2017, 11 février et 17 octobre 2018, 17 septembre 2019.

[Source : http://www.veroniquechemla.info]

C’était «l’éléphant dans la pièce». Bernard Henri Lévy met les pieds dans le plat. Et Éric Zemmour perd ses nerfs.

Portait d'Éric Zemmour s'exprime entouré par des journalistes.

Éric Zemmour à Toulon, le 17 septembre 2021.

 

Écrit par Bernard-Henri Lévy

Chacun y pense.

Mais personne ne semble décider à en parler.

Zemmour est juif.

Et, parmi les questions posées par sa candidature, il y a ce qu’elle implique quant au destin de l’être juif en France.

La matière est délicate.

Et je ne voudrais pas qu’elle dissuade de s’interroger : ni sur ce que le phénomène révèle d’un système politique à bout de souffle ; ni sur l’atomisation par le pugiliste de ce qui reste, en France, de droite républicaine ; ni sur le remake en gestation du fameux « appel des 43 » qui siphonna, en 1974, l’électorat de Chaban-Delmas et qui permettrait de faire main basse, en 2021, sur le trésor de guerre des Républicains ; ni, enfin, sur les idées qu’il brasse, les infamies qu’il profère ou la piteuse idée de la France qu’il promeut quand il affirme qu’elle n’a « rien à faire » du sort des femmes afghanes, qu’elle « ne saura jamais » la vérité sur l’affaire Dreyfus ou qu’elle réprouve les petits anges assassinés par Mohamed Merah dont les parents ont « inhumé les os » à Jérusalem.

Sur chacune de ces vilenies, je m’exprimerai si nécessaire.

Et, ayant eu l’occasion d’en débattre quand il n’était encore, comme le premier Mussolini, qu’un journaliste ivre de lui-même, je connais assez ses ficelles pour y revenir, le moment venu, si la bulle tarde à se dégonfler.

Aujourd’hui, c’est cette autre question que je veux poser.

Celle de ce que M. Zemmour fait, qu’il le veuille ou non, au nom juif.

Et je souhaite y réfléchir posément, froidement.

On notera, si l’on est optimiste, que c’est l’électorat, non de Mme Pécresse, mais de Mme Le Pen qu’il a commencé par atomiser et que cela, quarante ans après l’apparition du Front national, n’est pas forcément une mauvaise chose.

On trouvera plaisante, si on a l’humeur à sourire, l’ironie, la ruse ou le piège de l’Histoire qui font que la vieille extrême droite antisémite se donne un champion répondant à un type d’homme qui n’était pas précisément son genre.

Peut-être se trouvera-t-il même des amateurs de romanesque pour s’émerveiller qu’une fable pareille, il n’y avait, pour l’inventer, qu’un Philip Roth (celui d’Opération Shylock) ou un Romain Gary (celui qui, dans La Danse de Gengis Cohn, imaginait un ancien nazi habité, ventriloqué, dibboukisé par un petit juif rescapé de la Shoah).

Il y aura, à l’inverse, les pessimistes qui, voyant cet homme chevaucher les pires obsessions de l’ultra-droite, craindront que cette identification n’alimente, en réaction, un antisémitisme d’ultra-gauche qui ne demandait qu’à prospérer et dont il sera d’ailleurs, lui, Zemmour, l’une des victimes.

Et sans doute y aura-t-il, un jour, des historiens pour voir dans cette affaire un cas extrême de la mécanique décrite par Hannah Arendt : on vit bien des « israélites » si éperdument épris de francité qu’ils en nourrirent, comme le Bloch de Proust, une définitive honte de soi ! des juifs allemands ressortant du placard leur casque à pointe de la guerre de 14 quand les nazis vinrent, en 1933, les chercher pour les mener au Lager ! pourquoi pas un Zemmour dont les parents furent, comme les miens, déchus de leur nationalité par Vichy et qui vocifère sur les plateaux que Pétain les a protégés ?

Mais la question la plus brûlante est encore ailleurs.

J’observe sa rage à embrasser la rhétorique barrésienne et maurrassienne la plus criminelle comme s’il voulait arracher les yeux de la synagogue sur le fronton martyrisé de Notre-Dame.

Je regarde sa façon de s’engager dans la zone marécageuse, fangeuse, du fascisme français et, tantôt d’y barboter comme un poisson dans l’eau, tantôt d’y caracoler comme un Bonaparte de carnaval au pont d’Arcole.

Je le vois piétiner tout ce qui, dans le legs juif à la France, relève de la morale, de la responsabilité pour autrui ou de cet ancien et beau geste qui dessina, jadis, la lumineuse figure de l’étranger sur la terre et qui devrait nous inspirer dans notre hospitalité face aux migrants.

Et il y a, dans cette transgression, quelque chose qui glace les sangs.

Je l’ai dit, il y a cinq ans, aux juifs américains tentés par le trumpisme : faire alliance avec cela, abdiquer son jugement devant tant de vulgarité, s’incliner face à un mauvais berger qui ne respectait que la puissance, l’argent, les stucs et les ors de ses palais, pouvait s’apparenter à un suicide.

Eh bien je le dis aux juifs de France tentés de se reconnaître dans le simplisme funeste d’Éric Zemmour : cette hubris nationaliste et raciste, cette cruauté, ce renoncement à la générosité juive, à la fragilité juive, à l’humanité et à l’étrangeté juives, cette ignorance, non des fiches de lecture dont il s’est gavé, mais de la vraie science, inscrite en lettres de sang dans les mémoires familiales et qui implique une réserve face aux tornades de l’Histoire et aux jets d’acide de la persécution, tout cela est une offense au nom juif que tout juif porte en lui tant qu’il ne s’en est pas explicitement déchargé.

M. Zemmour n’est certes pas le premier à donner à penser que l’on puisse être juif et ultrapopuliste.

Et il restera toujours, heureusement, des juifs d’affirmation pour lui opposer que choisir entre Claudel et le Talmud, Claudel ne l’eût pas souhaité.

Reste que l’ampleur de la vague, l’engouement, l’obscure jubilation à voir cet homme, non seulement profaner son nom, mais devenir le porte-glaive de ce que l’espérance juive a combattu depuis des millénaires, est d’une obscénité insupportable.

Désastre politique en vue.

Mais aussi péril en la demeure métaphysique qui abrite, depuis la nuit des temps, un peu du sens de l’humain et de la France.

 

[Photo : Eric Gaillard/REUTERS – source : http://www.laregledujeu.org]

Katharina Volckmer, Allemande habitant Londres, vient de signer son premier roman, Jewish Cock (« la bite juive »). Écrit en anglais, il a été découvert par Grasset, qui l’a fait traduire et en détient les droits mondiaux. Ce court texte prend la forme d’un monologue, où la narratrice adresse une confession à son gynécologue, en attendant la greffe d’un pénis circoncis. Des échos de Portnoy et son complexe de Philip Roth ? Dans le cabinet du docteur Seligman, la haine de soi germanique remplace celle du Juif, tout comme des termes yiddish cèdent la place à une autre langue, si proche étymologiquement, reflet de la force d’attraction entre deux peuples liés par la violence de l’Histoire. Début septembre, à Paris, EaN a pu s’entretenir avec cette romancière transgressive et drôle.

Katharina Volckmer, Jewish Cock. Trad. de l’anglais par Pierre Demarty. Grasset, 200 p., 18,50 €

Propos recueillis par Steven Sampson

Pourriez-vous nous raconter la genèse de ce roman ?

La voix m’est apparue, je l’ai suivie. Depuis longtemps j’échangeais avec un éditeur français [Katharina Volckmer travaille dans une agence littéraire], Joachim Schnerf, sa maison a décidé d’acheter les droits. On attendait que le livre soit publié exclusivement en français. Puis on a trouvé un éditeur anglais pour la version originale.

Le texte s’appelait alors Jewish Cock ?

Oui. Cela correspond à l’ambiance. Pour les éditions anglophones, on l’a modifié (The Appointment, sous-titré « The Story of a Cock » en Angleterre et « The Story of a Jewish Cock » en Amérique). Qu’en France il porte un titre étranger souligne le fait que je n’écris pas dans ma langue maternelle. Les Russes l’ont intitulé Jewish Cock en russe, tandis qu’en Italie il s’appelle Un cazzo ebreo. Évidemment, les Allemands n’ont pas voulu faire la même chose.

Vous l’avez écrit en anglais. Quel est votre rapport à l’allemand ?

C’était plus authentique pour moi en anglais : cela fait quinze ans que j’habite au Royaume-Uni, c’est ma langue de tous les jours, j’aurais trouvé ça vieillot d’écrire en allemand. À l’étranger, on perd sa langue maternelle, les détails s’échappent, l’allemand est devenu pour moi un langage privé que j’emploie avec des proches mais rarement dans un contexte officiel. Aussi m’intéressé-je aux continuités du fascisme qu’on voit bien ces derniers temps dans le langage avec la résurgence de l’AfD, parti fasciste qui ravive des termes douteux. Pourtant, au Royaume-Uni, il est considéré comme branché d’utiliser des mots germaniques, par exemple « That’s up my Strasse » (variante de « that’s up my alley », i.e. c’est mon truc), ou Zeitgeist. Dans le Guardian, on remarque ce phénomène, c’est amusant. Et puis il y a une obsession pour Berlin, les gens y vont et en reviennent avec quelques miettes. Berlin est devenue tendance, on célèbre l’idée d’un nouveau peuple allemand, issu de Berlin, ouvert et fun.

Le profil de la narratrice ressemble au vôtre.

Elle habite au Royaume-Uni depuis longtemps et a envie de s’ouvrir à des sujets dont elle ne pouvait parler avant. Je m’intéresse à l’identité, notamment celle du corps, qu’on étiquette comme mâle ou femelle, allemand ou français ou américain. La narratrice se confie à un médecin, il comprend son corps, elle peut s’exprimer plus librement. Elle traverse une foule d’émotions, il s’agit d’un voyage vers sa propre vulnérabilité : au début, elle est dans la provocation afin d’explorer les limites du regard de l’Autre. Pour un Allemand, c’est énorme de pouvoir discuter si ouvertement avec un Juif, normalement on ne se le permet pas. On a peur d’offenser, ou d’être obligé de parler de soi.

Elle attend que le gynécologue modifie son corps.

Il ne s’agit pas d’un mémoire trans, il y a un élément absurde. Au fond, c’est sa manière à elle de vouloir cesser d’être allemande, envie partagée par beaucoup de ses compatriotes. C’est une identité compliquée, on en est toujours un peu embarrassé, à l’étranger nous sommes gênés lorsque nous nous rencontrons, préférant maintenir l’illusion qu’on n’est plus très allemand.

Vous écrivez : « Un Juif vivant, c’est quelque chose de diablement excitant pour un Allemand. » D’où vient cette excitation philosémite ?

Cela peut paraître bizarre, mais ce passé a créé un lien. Et on ne peut dissocier les deux cultures. Je suis gênée que les Allemands n’aient jamais fait le deuil des Juifs en tant qu’ils sont leurs compatriotes. À Babi Yar, en Ukraine, j’ai vu le monument soviétique controversé où l’on fait abstraction de la judéité des victimes (présentées comme de simples citoyens soviétiques) ; je pense que cet élément-là manque dans le discours allemand : le Juif reste l’Autre.

Sinon, on ne peut expliquer la Shoah.

Oui, mais on n’a pas réussi à dire qu’ils faisaient partie de notre peuple, de notre culture. Sans eux, on ne peut évoquer ni la littérature, ni la musique ni la peinture allemande. Ils font partie de nous, pourtant on n’arrive pas à faire ce pas.

Ce mélange se trouve-t-il dans le personnage de K, juif et amant de la narratrice ?

C’est un clin d’œil et un hommage à Kafka ; K figure une certaine tristesse, celle de l’incapacité d’être la personne qu’on veut être. Leur relation s’arrête lorsqu’elle se rend compte qu’elle ne souhaite pas être femme, tandis qu’avec lui elle serait obligée de rester dans son corps femelle.

K serait-il une figure corporelle ?

Il est peintre. Lui et la narratrice peignent l’un sur l’autre. J’adore réfléchir sur les couleurs, l’art m’inspire, j’aime l’idée de peindre sur un corps. K utilise le violet, couleur du deuil et de la tristesse dans certaines cultures.

Leur rencontre est vive et charnelle.

Ils se rencontrent dans des toilettes publiques, elle investit des espaces mâles, donc elle le croise pour la première fois dans un WC, ils ont un rapport sexuel aléatoire. Je songe parfois aux toilettes collectives et à ce qu’elles représentent : c’est un espace d’intimité publique. Que se passe-t-il lorsqu’une femme entre dans un WC pour hommes, ou l’inverse ? Ce geste mineur provoque une réaction forte.

Elle pratique une fellation sur cet inconnu. Je songe à Melissa Broder et à Lionel Shriver, chacune montrant l’importance du corps dans la culture contemporaine.

Le corps féminin est très policé, on a une image concrète de ce à quoi il devrait ressembler, il y a une pression constante d’être belle et baisable. Certaines femmes commencent à repousser cette idée, à se libérer des contraintes. Le corps féminin est un champ de bataille. Il est assujetti à une violence inouïe. Imaginez ce que ça serait si une femme pouvait faire un jogging tranquillement à minuit, en se sentant en sécurité. Les femmes gardent toujours à l’esprit l’éventualité d’un danger.

Avez-vous été influencée par d’autres œuvres abordant ce thème ?

En ce qui concerne la peinture corporelle, il y a une scène fantastique dans La végétarienne de Han Kang. Sinon, j’admire Thomas Bernhard. On a comparé mon livre à Portnoy et son complexe : j’en suis flattée. C’est l’un des rares livres qui m’ont fait rire à gorge déployée. Certains le trouvent vulgaire, mais je crois que l’humour, s’il est réussi, demeure le meilleur moyen d’atteindre le public. Je pense au film La mort de Staline : en sortant du cinéma, je me sentais mal, je l’ai trouvé affreux, mais efficace, il faisait vraiment ressentir l’horreur.

Jewish Cock : entretien avec Katharina Volckmer

Pourquoi vous êtes-vous installée à Londres ?

Je suis partie étudier la littérature allemande et anglaise à Queen Mary, puis je suis allée à Oxford faire une thèse sur Jakob Wassermann, un écrivain juif allemand contemporain de Thomas Mann, très connu de son vivant. Elle s’intitule Society and its Outsiders in the Novels of Jakob Wassermann et porte sur les femmes, les enfants et les homosexuels dans sa fiction. Je m’interroge sur le fait que certains écrivains sont oubliés. Wassermann a publié un essai puissant sur son identité : Mein Weg als Deutscher und Jude.

Votre livre semble porter l’empreinte de la psychanalyse.

J’ai beaucoup lu Freud, l’idée du flux de conscience vient de lui, mais l’ironie de mon roman, c’est que l’héroïne ne se livre pas à un psychanalyste : elle préfère s’adresser à quelqu’un qui comprend son corps. Avant, elle avait été obligée de voir un psy, cela n’a pas bien marché, elle était trop timide, pas prête à parler ouvertement. Le docteur Seligman est juif, c’est pourquoi elle le trouve mieux placé pour la comprendre.

Son patronyme évoque le Dr Spielvogel de Philip Roth.

En allemand, son nom veut dire « chanceux » ou « heureux ». Et si on parle de quelqu’un qui est mort récemment, on dit « Gott hab ihn selig » (paix à son âme). Apparemment, il y a un film célèbre avec Louis de Funès où le rabbin porte ce nom.

À part Freud, un autre Autrichien présent ici s’appelle Adolf Hitler. Pourquoi la narratrice aime-t-elle imaginer la moustache du Führer en train de chatouiller ses parties intimes ?

Le Hitler sexy, les gens sont fascinés par cette figure, chez lui il y a un étrange élément érotique dont je voulais me moquer. Même au Royaume-Uni, on est obsédé, on se cache derrière Hitler. Dans des documentaires allemands, on entend des phrases genre « Hitler a envahi la Pologne », comme s’il l’avait fait tout seul. C’est important de le ridiculiser, au lieu de le mettre sur un piédestal. Certains hommes affichent un fétichisme érotique bizarre à travers des coiffures nazies et des uniformes Hugo Boss. Au risque de gêner, peut-être faut-il explorer ces strates de conscience.

La narratrice achète son pénis avec de l’argent venant de son arrière-grand-père, chef de gare de la dernière station avant Auschwitz.

C’est important d’un point de vue symbolique, de nombreux Allemands ont de tels ancêtres, qu’on prétend n’avoir été que des rouages dans la machine. Cet incident renvoie aussi à Auslöschung (Extinction), roman de Thomas Bernhard, où l’héritier d’un argent nazi finit par le donner à un organisme juif.

Avez-vous pu discuter de cette époque avec des aïeux ?

Ma grand-mère paternelle, encore vivante, est née en 1930, à Amberg, en Bavière, près de Nürnberg et de Fürth, le site de la plus ancienne yeshiva en Allemagne. Ces villes avaient d’importantes populations juives. Je n’en reviens pas que ma grand-mère ait pu être témoin de ces événements, du moment où les Juifs ont dû porter l’étoile jaune, ce qui les a rendus de moins en moins visibles : avant d’être déportés, ils étaient comme des ombres dans la rue. Elle a aussi vu la destruction de la synagogue. Elle représente mon dernier lien à cette époque, c’est difficile d’imaginer à quoi l’Allemagne ressemblait, c’était un autre pays, où il y avait encore une population juive. J’ai du mal à concevoir le quotidien, c’est rarement bien fait dans les films sur la Shoah ou sur la guerre.

En France, on le voit dans certains films, notamment ceux de Jérôme Prieur.

En tant que russophile, vous devez connaître Dix-sept moments de printemps. Il s’agit de l’histoire d’un espion soviétique basé en Allemagne pendant la guerre. Mes collègues russes m’ont dit que, lorsque le film passait à la télévision, les rues étaient vides. Je crois que les Russes ont été plus aptes à dépeindre l’horreur, du fait qu’ils avaient vécu une expérience similaire.

Vous écrivez que les Allemands à Londres doivent faire croire qu’ils ont lu « toute l’œuvre de ce putain de Max Sebald ».

Il est beaucoup plus populaire en Grande Bretagne qu’en Allemagne, les gens qui l’ont connu l’appelaient « Max ». J’aime son travail, en particulier Austerlitz, ainsi que la conférence qu’il a donnée où il parle de Dresde, Luftkrieg und Literatur (De la destruction comme élément de l’histoire naturelle), qui a été pour moi une source d’inspiration. Il n’aurait pas pu l’écrire s’il était resté en Allemagne, il a pris du recul, aucun Allemand ne se serait permis de réfléchir comme lui.

Vous êtes dure pour vos compatriotes, décrivant leur « étrange silence allemand que j’en suis venue à redouter plus que tout au monde. Cette façon de faire semblant que tout a disparu sous les ruines ». Est-ce lié à l’architecture ? À ce propos, la narratrice dit : « Notre perspective sera toujours quelque chose qui a été ratissé à mort et qui relève plutôt du béton. »

Lorsque Notre-Dame brûlait, une collègue française était en larmes. J’ai demandé à des amis allemands s’il existait un monument chez nous dont la destruction pourrait déclencher une telle réaction : tout le monde a dit non. Cela n’existe pas en Allemagne, le pays a été rasé. Ensuite on a bâti une autre architecture, à laquelle il est difficile de s’attacher. Cela crée un sentiment d’étrangeté, un silence maladroit, qu’on n’arrive pas à exprimer sur le plan individuel, même si on a conscience d’une culpabilité abstraite et collective, qu’on trouve dans le mot Vergagenheitsbewältigung (fait d’assumer son passé), que je trouve problématique : il ne devrait pas s’agir d’une case qu’on peut cocher, d’une tâche qu’on accomplit pour en être débarrassé. Les gens deviennent suffisants, chacun estime qu’il a fait plus que son voisin en matière de « travail de mémoire » [en français dans l’entretien].

Cela induit des situations loufoques : je pense au cours de musique raconté dans le roman.

C’est une anecdote autobiographique. En Allemagne, on ne doit pas chanter en allemand, les nazis ont cassé la langue. Alors qu’en France on a des radios qui ne mettent que de la musique française, c’est inconcevable chez nous. Dans mon cours de musique, lorsque j’avais douze ans, on chantait toutes sortes de chansons, dont Hava Nagila. C’était absurde.

 

 

[Photo : Jean-Luc Bertini – source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]

A los 85 años se fue Philip Roth, un escritor fundamental para la historia de la literatura mundial. Porque queremos volver a escucharlo –y a leerlo– rescatamos este encuentro cara a cara de 2012, cuando se editó en nuestro país “La contravida”, su novela de 1986. En esta charla imperdible, el ganador del Pullitzer hace un balance de toda el agua y los libros que corrieron debajo del puente.

Publicado por Nelly Kaprièlian

En estos últimos veinticinco años, Philip Roth publicó algunas de sus principales novelas (La contravidaPastoral americanaLa mancha humana…), terminó la serie “Nathan Zuckerman” que había empezado en 1979 al condenar en Sale el espectro a su alter ego a una enfermedad, y condensó su obra en un puñado de novelas cortas obsesionadas por la enfermedad y la muerte (El animal moribundoElegía). En estos veinticinco años, Philip Roth envejeció volviéndose cada vez más prolífico. En veinticinco años, también, se volvió –por mérito propio y por el fallecimiento de varios de sus contemporáneos y “hermanos mayores”– el escritor estadounidense vivo más importante, el único quizás del que cada libro (más o menos uno por año) es esperado con la misma impaciencia, la misma curiosidad, el mismo deseo.

ENTREVISTA> Hace poco más de veinticinco años publicaste La contravida, una de tus novelas más importantes, en la que cada capítulo contradice al anterior, cuestionando la “verdad” de lo narrado. ¿Qué cambió para vos con ese libro?
Philip Roth:
 Fue una ruptura en relación con mis libros anteriores. Ese texto abrió el camino para todas las novelas que siguieron, le volvió a dar energía a mi trabajo. Tenía finalmente un esquema más amplio, debido a la forma en que la acción transcurría en varios lugares, de Londres a Nueva York. Desde un punto de vista técnico, me volví más libre, y mi prosa, más suculenta. De alguna forma permitió que existieran mis novelas de los años noventa, como Operación Shylock y El teatro de Sabbath. Aunque los temas son completamente distintos, mi forma de escribir cambió, las frases se volvieron más recargadas. En cuanto a La contravida y sus capítulos que contradicen el destino de un personaje del capítulo anterior, no sé por qué procedí así… Cuando pasó, desde el segundo capítulo, me gustó tanto que escribí el resto del libro de ese modo.

¿No teorizás sobre tu trabajo?
No, no tengo ese talento. Además, no me interesa.

¿Por qué empezaste a ponerte en escena en algunos de tus libros?
Cuando me hice aparecer en Patrimonio. Una historia verdadera, por ejemplo, fue porque se trata de un libro sobre la muerte de mi padre, sobre mi familia; no es un libro de ficción. Entonces me parece normal aparecer en él en tanto que yo mismo. En Engaño, el tema es el adulterio, y me preguntaba sobre la forma de aportar algo nuevo a un tema que ya no choca a nadie. Entonces quise hacer que ese tema fuera “incómodo”, restituirlo tal como lo es para mí… Entonces ningún personaje tiene nombre, excepto yo. Me inspiré en escritores europeos, como Gombrowicz, que hace aparecer a un tal Witold en Pornografía y lo hace ser un voyeur, para ampliar la decadencia moral. La situación moral del libro me indica si debo aparecer o no. En La conjura contra América la idea consistía en cambiar la historia de los Estados Unidos: Roosevelt pierde las elecciones y gana un tipo de extrema derecha. Iba a cambiar algo, pero ¿para quién? Pensé: para mi familia que es judía. Por un lado, todo era inventado, y para equilibrar eso, se fundaba en una cierta realidad. También me introduje en Operación Shylock por cuestiones metodológicas, ya que el método es todo. Hay que preguntarse “¿Cómo contar una historia?”. Esto tiene que ser nuevo cada vez. Y si no lo es a los ojos de los demás, lo tiene que ser al menos para mí.

Es interesante que cuando salió Operación Shylock sembraste la duda en las entrevistas, al negar que el Philip Roth del libro te representara, y luego afirmaste que trabajaste mucho para el Mossad, como tu personaje…
Dije que sí cuando me preguntaron si había realmente trabajado para el Mossad porque era igual de fácil que decir que no, ¡pero mucho más divertido! (risas) Necesitamos divertirnos en la vida, si no ¿de qué serviría todo esto?

¿Te divertís al escribir?
Rara vez. Salvo algunas pocas excepciones, cada uno de mis libros fue un calvario. Hay oficios muy pesados, ¡y escribir es uno de esos! Si el libro no te agota al escribirlo, entonces dudo de su calidad. Por ejemplo, Patrimonio. Una historia verdadera: lo escribí a medida que avanzaba la enfermedad de mi padre. Lo veía todos los días y estaba tan movilizado al final del día que no quería ver a mis amigos, ni mirar un partido de baseball, ni nada. Lo único que podía hacer era escribir, pero sin saber que estaba haciendo un libro… Entonces no lo concebí en el dolor, pero tampoco en la felicidad. El libro que más me divirtió, con el que todavía me río, es El teatro de Sabbath, en el que pongo en escena a un personaje desprovisto del sentimiento de vergüenza y que blasfema contra la gente decente.

¿Hay escenas que te gustan escribir más que otras?
Sí, y son las escenas a las que nadie les presta atención. Como en Me casé con un comunista, cuando mi personaje va a ver a un taxidermista. Me encantó consultar a uno para mi libro. Lo que más me gusta es escribir escenas que requieran asesoría profesional. En Indignación, el hijo de un carnicero le cuenta a una chica la forma en la que se entrega la carne… Creo que la gente pasa mucho tiempo pensando en cosas tan cotidianas. En Elegía, el padre tiene una joyería. Me encantó ir a una joyería, pretendiendo que quería comprar un anillo de compromiso para mi novia.

¿Con los años te resulta más fácil encarar las escenas de sexo?
Siguen siendo difíciles, ya que no tienen que ser vulgares pero tampoco muy tiernas o muy estetizadas. Al principio, era muy reflexivo: en mis dos primeros libros, por ejemplo, Goodbye, Columbus y Deudas y dolores, las escenas de sexo se desarrollaban en la oscuridad. Con el tiempo, me fui dando mucha más libertad, particularmente en El mal de Portnoy, ya que el libro se sitúa en lo de un psicoanalista, ahí donde no se censura el lenguaje, allí donde uno no tiene vergüenza. Eso me dio la libertad de ser obsceno, gráfico en mis descripciones. No lo retomé después, salvo para El teatro de Sabbath, ya que ese libro me lo permitió. No es una decisión personal, sino el tema o el personaje del libro que legitima tal o cual método.

En La humillación pones en escena a un actor. ¿Ves la vida como un juego de roles?
¡Pero todos interpretamos un montón de roles! Interpretamos roles diferentes con nuestros amigos, nuestros colegas, nuestra familia, nuestros amores. Somos muy flexibles. Nosotros, la gente ordinaria, somos muy buenos actores. Si en la mesa, cenando, una mujer le declara a su marido que descubrió que él la engaña al registrar los bolsillos de su saco, van a ver cómo se vuelve un excelente actor. La gente común está muy dotada para la mentira.

En La contravida empezaste a hablar de un tema que se volvería central en tu narrativa: la enfermedad, el riesgo de la impotencia, ¿Pensás que una vida sin sexo sería invivible?
No, es vivible, de hecho es el caso de mucha gente. Puede ser triste –o no. En Sale el espectro, eso vuelve loco a Nathan Zuckerman, ya que ve a esa joven que desea sin poder hacerle el amor. Todo lo que sé es que la gente vive muy mal el hecho de estar excluida del sexo. Se siente frustrada, triste, enojada…

Cerca de cumplir ochenta años, ¿qué aprendiste de la vida?
Que voy a odiar abandonarla… No es que todo haya sido color de rosa, pero nada es tan apasionante como el estado de conciencia. Fui educado continuamente, una y otra vez en mi vida por los sucesos, por las personas. Aprendí dándome golpes. La verdad nos llega a los golpes. Lo más absurdo es que creemos que la lección va a ser útil para la próxima experiencia, pero nunca es así, ya que cada vez las cosas son diferentes… Si hubiera una vida después de la muerte y me preguntaran “¿Qué querés ser ahora?”, respondería “Cualquier cosa menos escritor”.

¿No exagerás un poco?
Sí, puede ser. Lo cierto es que me gustaría tener el mismo estatus, pero no ser escritor: fue muy arduo. Cuando empezás tenés que extraer tu mejor libro de las tonterías que escribís: un trabajo muy difícil. Solo al escribir aprendés qué tipo de escritor sos. Por ejemplo, no sabía que podía ser gracioso por escrito en mis primeros tres libros. Era un joven serio que quería ser un escritor serio. Solo con El mal de Portnoy supe que podía abrir mi campo de escritura a la comedia.

Con el tiempo, ¿comprendiste qué tipo de escritor eras?
Soy el escritor que escribió Nemesis, mi última novela. Es todo lo que sé. Olvidé los libros anteriores. Toda mi concentración para terminar un libro se volatiliza desde que lo termino. Cuando comienzo una novela nueva seis meses después, debo recomenzar desde cero. Cuando emprendo mi jornada, no sé cómo va a ser…

La conjura contra América está ambientada en la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué no en una historia más reciente?
Era un niño durante la Segunda Guerra Mundial, lo que tuvo un enorme efecto en mí. Mi padre me hablaba mucho de la guerra, me fascinaba. Aprendí la magia de los grandes líderes como Roosevelt, que fue un gran héroe y un protector. Mis padres lo votaban, era un dios en casa. Estábamos muy imbuidos en la idea de una unidad estadounidense, lo que nunca había pasado antes. Para un niño, la guerra era un horror; pero también me sentía un gran patriota. Y ganamos. De adulto, leí muchísimo sobre la guerra. Todo eso está en mi bagaje, por eso elegí escribir sobre ese tema, así como sobre el antisemitismo, muy presente en los Estados Unidos de los años treinta.

Muchos escritores estadounidenses escribieron sobre el 11 de septiembre. Vos no. ¿No es uno de los hechos más importantes de los últimos veinticinco años?
Sí, claro. Estaba en mi casa cuando pasó. No tenía ninguna idea en ese entonces de la forma en que ese hecho iba a cambiar todo. Me acuerdo de que estaba enojado, tocado por el patriotismo, enseguida fui al Ground Zero… Luego no fui nunca más. Ese hecho fue horrible, primero por la cantidad de muertes que provocó, luego por lo que vino después. Nos dio a Bush: sin el 11 de septiembre, jamás habría sido reelecto para un segundo mandato. Bush envenenó el sistema estadounidense, y es Obama el que está pagando por lo que él le hizo a la economía del país. La crisis empezó dos meses antes de la elección de Obama. Lo que dejó Bush es un desastre, un problema insoluble. Quizás Obama no sea reelegido por eso.

¿Cuáles son los otros hechos que más te marcaron en estos veinticinco años?
Ya no me acuerdo. Trabajaba. No tenía tiempo para mirar otras cosas.

Sin embargo te interesó el affaire Bill Clinton-Monica Lewinsky.
Claro, porque había de todo en ese affaire: la presidencia estaba amenazada, y los adversarios de Clinton intentaron usar eso en contra suyo.

¿Estás al tanto de lo que pasa en política?
Leo los diarios, miro las noticias, pero eso es todo. Solo escribo. Y cuando no lo logro, me quedo enganchado en la computadora o voy a pasear. Pero la mayor parte del tiempo, me obligo a quedarme frente a mi texto. Me encanta esa tortura (risas).

414 páginas. Traducción de Ramón Buenaventura

[Entrevista publicada junio de 2012 en Los Inrockuptibles – reproducida en medium.com]

 

Como demuestra la reciente censura a la biografía de Philip Roth, la intolerancia no es menos grave porque se ejerza en nombre de una causa noble

De izquierda a derecha, los tres ganadores del Premio Nacional de Literatura, Robert Lowell, Richard Ellmann y Philip Roth, en Nueva York, el 24 de marzo de 1960.

Escrito por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

En los últimos años de su vida, absuelto por decisión propia de la urgencia de escribir, Philip Roth aprendió a disfrutar de algo que no había conocido nunca, el simple placer de no hacer nada. En su casa de campo, que había sido durante casi medio siglo el monasterio de su dedicación disciplinaria a la literatura, ahora se quedaba mirando el paisaje por la ventana, los pájaros que cruzaban el cielo, escuchando largamente la lluvia o el viento en las hojas de esos árboles monumentales de América. En su biografía recién publicada y recién prohibida, Blake Bailey se recrea en contar esa época penúltima, antes de la devastación final de las enfermedades, en la que el novelista que jamás se había concedido a sí mismo un día de tregua —ni se lo había concedido al mundo— acepta la vejez, y adquiere un poco de sosiego.

También el lector de la biografía agradece esos momentos de respiro. Contar la vida entera de Philip Roth debió de ser casi tan extenuante para su biógrafo como lo fue vivirla para el novelista. Borges hablaba de la fascinación de los biógrafos por los cambios de domicilio de sus protagonistas. A Blake Bailey, autor de una biografía admirable de John Cheever, los cambios de domicilio de Philip Roth le parecen tan absorbentes como sus múltiples cambios de pareja, de editorial, de agente literario, pero tampoco deja pasar las etapas en los itinerarios de sus viajes, y en ocasiones hasta de los sucesivos medios de transporte público que el biografiado utiliza para ir de un sitio a otro.

Roth tuvo desde muy joven una ambición obsesiva por imponer su nombre en el rango más alto de la novela americana y una seguridad inflexible y muy competitiva sobre el lugar que le correspondía. Esa soberbia innata le fue muy valiosa para hacer frente a los ataques feroces que fueron desde el principio la otra cara de su éxito. Con 26 años, y con su primer libro, Goodbye, Columbus, ganó el National Book Award; también se convirtió en objeto de escándalo para el judaísmo religioso de Estados Unidos, por el sarcasmo y la desvergüenza con que contaba las vidas de personajes judíos. Un rabino prominente se interrogaba con escándalo: “¿Qué se está haciendo para silenciar a este hombre?”. La comicidad impúdica, la franca y hasta grosera celebración de la sexualidad masculina, que tanto indignaba a los judíos piadosos, alcanzó el paroxismo en Portnoy’s Complaint. El esperpento de las aventuras masturbatorias y los sueños de promiscuidad de un adolescente de clase media judía de Nueva Jersey sedujo a millones de lectores con la novedad de su descaro, con un torrente verbal que liberaba la prosa de toda formalidad expresiva. De la noche a la mañana Philip Roth era célebre y rico, en una medida hasta entonces inimaginable para él.

En los departamentos de Literatura de las universidades estadounidenses el grado de libertad de pensamiento es más o menos equivalente al de China durante la Revolución Cultural

También despertaba el malentendido de la identificación entre el novelista y el narrador de la novela, y una marejada todavía más amenazadora de invectivas. El gran erudito judío Gershom Scholem, antiguo amigo en Berlín de Walter Benjamin, llegó a asegurar en un artículo incendiario que un libro como Portnoy’s Complaint podía favorecer “un nuevo Holocausto”. Roth se vio comparado a Joseph Goebbels y a Julius Streicher, uno más entre los instigadores del antisemitismo y la persecución de los judíos. Que él mismo lo fuera hacía más grave su delito.

Era una época de ruptura de límites en la literatura, y también en la vida privada. La generación de Philip Roth es más o menos la de Norman Mailer y John Updike, novelistas que escribieron ficciones de explícita sexualidad que tenían mucho de confesiones personales y de crónicas del cambio de costumbres de aquellos años. La libertad llegó mucho antes que la igualdad. Hombres como Mailer, Updike y Roth podían aprovechar la multiplicación de las oportunidades ofrecidas por el brillo del éxito y por la desaparición de los tabúes sexuales, y al mismo tiempo seguir ejerciendo una antigua supremacía masculina. El atractivo de la transgresión, visto ahora retrospectivamente, queda malogrado por la evidencia exhibicionista de una masculinidad concentrada en sí misma, donde la mujer es al mismo tiempo una presencia sobre todo carnal y una sombra.

A Blake Bailey se le acusó de mostrar una cierta simpatía, o al menos una falta de distancia crítica, hacia los rasgos de comportamiento masculino menos atractivos de su personaje, reliquias ahora de una época y de unas actitudes hacia las mujeres que de pronto se han quedado muy lejos. Pero a continuación surgieron contra él acusaciones mucho más graves, de abuso sexual y hasta de violación, y entonces ocurrieron tres cosas: la primera, que el acusado, por el mero hecho de serlo, se convirtió en culpable; la segunda, que la biografía de Roth empezó a ser leída policialmente en busca de pruebas que confirmaran su culpabilidad; la tercera, que la editorial del libro, W. W. Norton, lo retiró de la circulación, en un acto de censura que ha despertado en los medios literarios y periodísticos de Estados Unidos mucha menos indignación de la que debería.

Andrea Aguilar ha escrito aquí que las editoriales estadounidenses tienen pánico a las demandas judiciales y a los linchamientos masivos en las redes y ahora incluyen cláusulas de “moralidad” en los contratos con los autores. Con sus limitaciones, sus defectos y sus excesos, la biografía de Roth de Blake Bailey es un documento de primera calidad para comprender la vida y la obra de un autor y la época a la que pertenece, tan cercana a la nuestra y ya tan distinta de ella. Fijarse en esas diferencias, y en el modo en que cambian los valores, y en que cada escritor refleja su tiempo, es su cautivo, se rebela contra él, nos ayuda también a reflexionar sobre nuestro presente y nuestras propias actitudes, a preguntarnos cuántas de las que ahora nos parecen naturales se volverán inaceptables para quienes vengan después. La censura y la intolerancia no son menos graves porque aseguren ejercerse en nombre de una causa noble. En los departamentos de Literatura de las universidades estadounidenses el grado de libertad de pensamiento es más o menos equivalente al de China durante la Revolución Cultural, y el de libertad de expresión no muy superior al de Corea del Norte. En nombre de la memoria de los judíos perseguidos y exterminados, aquel rabino exigía que se le callara la boca a Philip Roth. No hay causa justa que haga legítima la censura o que permita dejar a alguien sin el amparo de la presunción de inocencia.

 

[Foto: 041154 / AP – fuente: http://www.elpais.com]

Cette 74e édition montre les hommes sous leur côté sombre à travers des récits d’artistes toxiques, de virilité douloureuse et de personnages masculins violents ou décevants.  

Dans Titane, Palme d’or 2021, le personnage en apparence viril de Vincent Lindon lutte avec ses émotions et son corps vieillissant. Mais alors que le film plonge dans un univers de plus en plus masculin, il devient aussi de plus en plus froid et oppressant. | Capture d’écran Diaphana Distribution via YouTube

Écrit par Anaïs Bordages

Il doit y avoir quelque chose dans l’air: si l’on devait résumer très grossièrement le Festival de Cannes 2021, on pourrait dire qu’il s’agissait de l’édition «men are trash». Lors du dernier festival en 2019, on avait noté et salué la multiplication d’œuvres plus focalisées que jamais sur l’expérience féminine. Cette année, le Festival de Cannes a une nouvelle fois brillé par la diversité de ses récits initiatiques féminins, avec des films comme Robuste,Rien à foutre, ou Compartiment n°6(qui a remporté le Grand Prix du jury, voir le palmarès complet de la compétition).

Mais une autre tendance semble clairement se dégager de la sélection: une remise en question, parfois brillante, d’autres fois moins aboutie, du rôle des hommes dans la culture et dans la société.

Artistes toxiques

Le premier constat, c’est une multitude de films centrés autour de créateurs masculins, en proie aux doutes sur la valeur de leur art, et la toxicité de leurs comportements. En ouverture du festival, Leos Carax, également primé, nous interrogeait avec Annette sur la séparation entre l’œuvre et l’artiste.

Cette sombre comédie musicale suit un humoriste charmant et subversif, qui cache en fait un comportement violent avec les femmes. En créant la confusion entre le personnage d’Adam Driver et le sien, Leos Carax semble lui-même se questionner sur son image d’enfant maudit, et sur sa responsabilité en tant qu’artiste –«C’est ma vision de (…) ce que le cinéma met en scène, condamne, pardonne… les films étant faits en grande majorité par des hommes», avait-il observé pendant la conférence de presse.

Le Genoud’Ahed,film israélien de Nadav Lapid (récompensé lui aussi), présente quant à lui un réalisateur antipathique, dévoré par la colère contre son pays. Après avoir passé une bonne partie du film à mansplainer la vie à une jeune femme qui l’admire, il la manipule et doit faire face à la vindicte populaire. Dans Tromperie d’Arnaud Desplechin, adapté d’un livre de Philip RothDenis Podalydès incarne un auteur arrogant qui puise son inspiration dans les conversations qu’il partage avec sa maîtresse (Léa Seydoux). Dans une séquence qui semble déconnectée du reste de l’intrigue, l’homme se retrouve jugé au tribunal pour ses écrits sexistes, et se défend en râlant que «ce n’est pas parce que j’écris sur une femme, que j’écris sur toutes les femmes».

On retrouve une scène similaire dans Julie (en 12 chapitres), charmante comédie romantique du Norvégien Joachim Trier, où l’un des personnages masculins est dessinateur de BD graveleuses. Sa plus grande réussite? Avoir créé «un des trous de balle les plus iconiques» de la pop culture. Dans une séquence un peu maladroite, l’homme se retrouve sur un plateau de télévision, à débattre du supposé sexisme de son œuvre avec deux présentatrices qui lui sont hostiles, et semble à deux doigts de se plaindre qu’on ne peut plus rien dire. Dans une autre scène, l’héroïne du film (dont l’actrice a reçu le prix d’interprétation) se demande s’il est possible d’être féministe et d’apprécier «la fellation à l’ère #MeToo»,illustrant un peu plus les ruminations du cinéaste sur l’époque actuelle.

Hommes décevants

Cannes 2021, c’était aussi l’édition des hommes décevants. Toujours dans Julie (en 12 chapitres), le personnage éponyme tombe sous le charme d’un jeune homme tendre et rassurant. Mais au fil de leur relation, Julie commence à s’ennuyer et à nourrir un certain ressentiment envers lui. Cependant, le film s’intéresse moins aux défauts des hommes avec lesquels Julie se met en couple, et plutôt à son profil d’anti-héroïne, trentenaire, paumée et indécise.

«Avec “L’Histoire de ma femme”, j’invite tous les hommes tendres et honnêtes à rafraîchir et à réinventer leurs méthodes.»

Ildikó Enyedi, cinéaste

Dans Bergman Island, Mia Hansen-Løve s’inspire de sa propre relation avec le réalisateur Olivier Assayas pour raconter le déséquilibre entre un couple de cinéastes, incarnés par Vicky Krieps et Tim Roth. Elle est plus jeune que son mari, et manque d’assurance. Lui est célèbre, très charmant, et ne lui offre aucun soutien. Pour renforcer un peu plus le thème, Mia Hansen-Løve nous livre un récit dans le récit: en parallèle de l’histoire d’amour entre les deux cinéastes, on plonge dans le film conçu par l’héroïne. On y découvre une romance désenchantée entre Mia Wasikowska et Anders Danielsen Lie –qui jouait aussi le dessinateur dans Julie (en 12 chapitres), preuve que les échos entre les œuvres sont plus nombreux que jamais cette année à Cannes.

Les amours déçues sont aussi centrales dans Olympiades de Jacques Audiard, avec un personnage masculin qui ne sait pas se montrer à la hauteur de l’affection que sa colocataire lui porte… Mais aussi et surtout dans L’Histoire de ma femme, un film que la réalisatrice Ildikó Enyedi dit avoir abordé d’un point de vue masculin. On y suit un capitaine de navire effacé et de plus en plus jaloux de sa femme (incarnée par Léa Seydoux). «Avec ce film, j’invite tous les hommes tendres et honnêtes à rafraîchir et à réinventer leurs méthodes», affirmé la cinéaste, même si le récit lui-même aurait sans doute mérité un peu plus de fraîcheur.

Quand ce ne sont pas les amants qui nous laissent tomber, ce sont les pères. Dans Flag Day de Sean Penn, l’acteur et réalisateur incarne un charmant criminel qui ne parvient jamais à être à la hauteur pour sa fille.

Culture du viol et masculinité nocive

Enfin, on a aussi croisé à Cannes de nombreux récits qui explorent une certaine violence masculine et font la peau à la culture du viol. Dans le puissant Rehana Maryam Noor, premier film du Bangladesh à être sélectionné à Cannes, une prof de fac de médecine vient en aide à une étudiante violée par un enseignant –et paiera un lourd tribut pour avoir osé le dénoncer.

On suit aussi un personnage toxique dans Red Rocket de Sean Baker (qui avait auparavant réalisé Tangerine et The Florida Project). Superbement incarné par Simon Rex, Mikey est un ancien acteur porno d’abord très attachant. Mais plus le film progresse, plus il révèle une personnalité détestable, obnubilé par sa survie et son propre succès au détriment de tous ceux qui l’entourent. Situé dans l’Amérique de Trump, le film explore la dégringolade du rêve américain, rongé par le narcissisme et la violence désinvolte.

Julia Ducournau souligne que la virilité est un piège tendu à la fois aux femmes et aux hommes en les aliénant.

Mais la proposition la plus forte sur la question du genre (et peut-être la plus forte, tout court, du festival), c’est Titane de Julia Ducournau, Palme d’or de cette 74e édition. Dans ce drame fantastique, l’héroïne se transforme progressivement en personnage a-genre, adoptant une identité masculine tout en cachant une grossesse inquiétante et surnaturelle. À travers les injections de testostérone (chez le personnage de Vincent Lindon), le binding ou les scènes de sexe entre lesbiennes, Titane explore clairement l’identité queer.

Mais elle souligne aussi que la virilité est un piège tendu à la fois aux femmes et aux hommes en les aliénant. Alors que le film plonge dans un univers de plus en plus masculin, il devient aussi de plus en plus froid et oppressant. Dans une scène remarquable, un groupe de jeunes pompiers se défoulent sur une musique assourdissante, traduisant toute la tristesse d’une masculinité qui ne sait s’exprimer autrement que par la violence. Lorsque Alexia/Adrien, sans cheveux ni sourcils, et en tenue de pompier, se met à danser de manière lascive, renversant la scène d’ouverture où elle se déhanchait superbement en lingerie, c’est l’absurdité de la sexualisation féminine à outrance qui est soulignée. Que les partisans du #NotAllMen se rassurent: le festival nous a malgré tout offert une poignée d’hommes honorables et bouleversants.

C’est notamment toute la problématique d’Un Héros (primé), nouveau film d’Asghar Farhadi dans lequel un personnage masculin tente coûte que coûte de conserver son honneur. Dans Titane, le personnage en apparence viriliste de Vincent Lindon lutte avec ses émotions et son corps vieillissant. Dans La FracturePio Marmaï crève l’écran en «gilet jaune» rustre mais généreux, qui vient sans cesse au secours des autres personnages et se bat pour conserver son travail. Et dans Compartiment n°6, Iouri Borissov incarne un jeune Russe qui, derrière ses airs de voyous, révèle une vulnérabilité touchante, et accompagne l’héroïne du film dans un voyage initiatique plein de tendresse. À Cannes, 2021 aura été l’année de la déconstruction: du genre, du sexe, et même des vaches. Le résultat, c’est un cinéma riche et divers, qui signale son grand retour après plus d’un an d’arrêt imposé.

 

[Source : http://www.slate.fr]

3.700 libros, de un total de 7.000 que el gran escritor donó a su ciudad natal, Newark, en Nueva Jersey, se acaban de hacer accesibles al público. Ficción, historia, biografía, poesía, drama, crítica literaria y cultural, sociología y psicología son algunos de los géneros y disciplinas que abarca la PRPL, su legado como lector

La Biblioteca Personal de Philip Roth abrió al público en el segundo piso de la Biblioteca Pública de Newark.

Philip Roth donó a la Biblioteca Pública de la ciudad donde nació, Newark, Nueva Jersey, su colección de libros, algunos apuntes y tres máquinas de escribir: unos 7.000 volúmenes que reunió desde 1950 hasta poco antes de su muerte en 2018. La institución organizó, y acaba de abrir al público, la Biblioteca Personal de Philip Roth (PRPL), ubicada en el segundo piso del edificio principal.

Anotaciones de puño y letra en “El proceso”, de Franz Kafka.

“Muchos libros llevan los comentarios, las notas y los subrayados de puño y letra de Roth”, presentó el sitio de la colección, “y estarán accesibles para estudiarlos y para mirarlos”. Ficción, historia, biografía, poesía, drama, crítica literaria y cultural, sociología y psicología son algunos de los géneros y disciplinas que abarca la PRPL, “acumulados durante décadas por alguien que fue un estudioso de su época, un ser de su tiempo y, desde luego, un colaborador líder en su cultura”. Es, de algún modo, parte de la obra de Roth: su legado como lector.

Entre los volúmenes hay muchos dedicados por sus autores de Philip Roth, como este de Samuel Beckett.

Los libros llegaron desde su apartamento en el Upper West Side de la ciudad de Nueva York y desde su casa en las afueras, en WarrenConnecticut. Su organización fue obra de la bibliotecaria Nadine Sergejeff, quien encontró “tesoros”, según The New York Times.

Roth guardaba notas en hojas sueltas dentro de los libros, como estas que se hallaron en un volumen de cuatro obras de Antón Chéjov.

Además de las anotaciones, que muchas veces parecen conversaciones imaginarias de Roth con otros escritores, en los libros se hallaron cartas, muchas veces de la correspondencia de Roth con los autores de los volúmenes, mensajes, listas de compras, itinerarios de viajes, flores secas y envoltorios de dulces a modo de señaladores.

Anotaciones manuscritas en la sobrecubierta de « History Wars ».

“Él realmente usaba su biblioteca”, dijo Rosemary Steinbaum, a una de las administradoras de la Biblioteca Pública de Newark al periódico. “Realmente convivía con ella y la usaba”. La PRPL quiere ofrecer “una oportunidad para familiarizarse con las obras intelectuales y de imaginación que alimentaron su mente y su trabajo junto con los libros que le sirvieron de referencia y fuente para muchas de sus novelas”, según el sitio.

La colección que Roth donó a la biblioteca de su ciudad natal incluye también originales.

Es posible que el escándalo que siguió a la publicación de la biografía de Roth de Blake Bailey aumente el interés de los visitantes: en abril de 2021, mientras el libro trepaba en las listas de bestsellers, comenzaron polémicas sobre los aspectos más controvertidos de la vida de Roth, como sus relaciones de uso y descarte con las mujeres, y de repente surgieron varias acusaciones contra el biógrafo por comportamientos impropios con menores y por la violación de dos mujeres. Philip Roth, The Biography fue retirado de circulación por Norton, y poco después relanzado por Skyhorse.

Anotaciones de puño y letra en una copia de « Anna Kerenina », de Lev Tolstoi.

Accesibles al público, y con el interés especial de atraer a estudiantes, hay unos 3.700 volúmenes, entre ellos los cuatro tomos de una historia de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, varias ediciones de El proceso, de Franz Kafka, y hasta una copia anotada de Increíbles Apps para iPhone para Dummies.

Una curiosidad: « Lamento de Portnoy » dedicado a sus padres, acaso los más escandalizados con la novela.

“La PRPL brinda un hogar a los libros reunidos durante la vida entera de un famoso hijo de Newark que, tras recibir todos los premios literarios de importancia en los Estados Unidos y otros en Francia, España y el Reino Unido, y tras recibir más de una docena de doctorados honoris causa de distinguidas universidades estadounidenses, es reconocido universalmente entre los escritores de ficción más eminentes de su país en su tiempo, la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI”, resumió la institución.

Una de las tres máquinas de escribir, en este caso una portátil, que Philip Roth usó y donó a la Biblioteca Pública de Newark.

[Fotos: PRPL – fuente: http://www.infobae.com]

 

 

O escritor francés imponse a outras 32 candidaturas de vinte nacionalidades

Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère

Escrito por MIGUEL LORENCI

Emmanuel Carrère é o gañador do Premio Princesa de Asturias das Letras 2021, que fallou hoxe en Oviedo a súa XLI edición. A candidatura do narrador e cineasta francés impúxose entre as máis de trinta de vinte nacionalidades que optaban ao galardón, dotado con 50.000 euros e que distingue anualmente «o labor de cultivo e perfeccionamento da creación literaria en todos os seus xéneros»

Escritor, director de cine, guionista e crítico, Emmanuel Carrère (63 anos) estudou no Instituto de Estudos Políticos de París, a súa cidade natal, pero pronto comezou a interesarse polo mundo do cine, sobre o que escribiu críticas para revistas como Télérama. Tamén lle atraeron os ensaios e empezou a ler a autores como Werner Herzog.

Carrère logrou un gran éxito como narrador co adversario, novela da que el mesmo escribiu o guión para a súa adaptación cinematográfica. Ademais encargouse de dirixir as versións das súas novelas para o cine. Publicou este ano a autobiográfica novela Ioga e suma o Princesa de Asturias das letras a galardóns como o Renaudot, o Femina, a máxima distinción da FIL, a Feira Internacional do Libro de Guadalaxara ou o Duménil outorgado polo diario Le Monde.

A substitución de Anne Carson

Carrèrre toma a vez da ensaísta e profesora de cultura clásica canadense Anne Carson, gañadora no 2020, e das escritoras Siri Hustvedt e Fred Vargas, que se impuxeron no 2019 e o 2018. En edicións anteriores o premio recoñeceu a obra de intelectuais e escritores como Adam Zagajewski, John Banville, Antonio Muñoz Molina, Leonard Cohen, Paul Auster, Claudio Magris, Arthur Miller, Augusto Monterroso, Günter Grass, Philip Roth, Carlos Fuentes, Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa e Juan Rulfo, entre outros.

O director da Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado, presidiu o xurado que deliberó de forma telemática e do que formaron parte Fernando Rodríguez Lafuente, Xuan Bello, Branca Berasátegui, Anna Caballé, Gonzalo Celorio, José Luis García, Jordi Gracia, Lola Larumbe, Antonio Lucas, Carmen Millán, Rosa Navarro, Leonardo Padura, Laura Revolta, Carmen Riera , Iker Seisdedos, Jaime Siles, Diana Sorensen e Sergio Vila-Sanjuán.

A cerimonia de entrega dos galardóns, que o ano pasado tivo que trasladarse do Teatro Campoamor de Oviedo ao Hotel da Reconquista da capital asturiana para adaptarse a un formato máis reducido e sen público pola pandemia, celebrarase, como é tradicional, no mes de outubro e con presenza dos Reis. Quedan por fallarse os premios de Cooperación Internacional, o 16 de xuño; Investigación Científica e Técnica, 23 de xuño, e Concordia, o 30 de xuño.

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]