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No teman por los argentinos pablo amargo

Publicado por Enric González

Argentina nació el 9 de julio de 1816. Tiene solo doscientos cuatro años. En teoría, el trabajo de sus historiadores debería ser fácil: todo es relativamente reciente y se supone que los periódicos contaron lo que ocurrió cada día desde la fundación. Sin embargo, la historia argentina está llena de misterios. En los siguientes párrafos intentaremos arrojar algo de luz sobre este país enigmático. Teniendo en cuenta que hablamos de Argentina, lo más probable es que estos apuntes aumenten la confusión del lector.

(Como aclaración inicial, digamos que los argentinos suelen hablar de «la Argentina», con artículo. Pero no lo hacen como los franceses cuando se refieren a «la France». En «la Argentina», con mayúscula dudosa, argentina no es nombre sino adjetivo: República Argentina. El la señala que se omite el término República. Por simplificar, y quizá para figurar entre los primeros en las listas alfabéticas de países).

Un misterio de entrada: ¿dónde están los negros? Buenos Aires fue capital continental del esclavismo. Según el censo de 1778, los afroamericanos constituían casi un tercio de la población. En 1816, los afroamericanos componían casi dos tercios del ejército del general José San Martín, héroe de la independencia, y se sabe que lucharon con valentía y destreza. Hacia 1850 se estimaba que la población total rondaba las ochocientas mil personas, de las que cien mil eran «mulatos» y veinte mil eran «negros». A principios del siglo XX apenas quedaban negros. ¿Qué pasó? Unos dicen que se extinguieron en las guerras decimonónicas porque siempre los situaban en primera línea de combate. Otros dicen que se blanquearon poco a poco con matrimonios interraciales. La cosa no está clara. En cualquier caso, pese a este misterio y a la existencia de unos novecientos mil ciudadanos que se autodefinen como miembros de los pueblos originarios, Argentina se considera una sociedad «blanca».

Otros países latinoamericanos tratan de enlazar su historia moderna con la historia de las civilizaciones precolombinas. No es el caso de Argentina. Por recurrir a una vieja y manida frase, que utilizaba de vez en cuando Jorge Luis Borges, «los peruanos descienden de los incas, los mexicanos descienden de los aztecas y los argentinos descienden de los barcos». Argentina es realmente un país de inmigrantes.

Los argentinos piensan como italianos, gesticulan como italianos, se besan como italianos y actúan como italianos. También saludan a la italiana. Frente al seco «hola» español, ellos tienden a algo más florido, del tipo «hola, qué tal, cómo va» en su versión más escueta. Accidentalmente los argentinos se expresan en idioma español, aunque adaptado a la fonética de los distintos dialectos italianos: no es «ven», sino «vení»; no es «corre», sino «corré»; no se dice «vale», sino «dale» (por el «dai» italiano). Del viejo español queda, sin embargo, el elegante «vos». Por razones desconocidas —otro misterio—, incluso los argentinos más cultos ignoran las conjugaciones del subjuntivo. Quizá sea una herencia vasca.

Los apellidos de origen vasco figuran entre los más augustos de la sociedad argentina. Estaban en la cúspide de la oligarquía a principios del siglo XX, cuando en Francia empezó a utilizarse la frase «plus riche qu’un argentin» para referirse a alguien que tenía muchísimo dinero. En su libro sobre la familia Anchorena, el historiador Juan José Sebreli cuenta que «cuando viajaban a Europa llevaban en el barco a los criados, cocineros, niñeras, chóferes, como así también gallinas y vacas para tener huevos y leche fresca». Clara Cobo de Anchorena salía de casa con un cargamento de guantes, porque los tiraba al sacárselos. Fabián Gómez de Anchorena arrojaba al mar, después de cada comida, la vajilla de oro.

(En 1910, Argentina era el primer exportador mundial de trigo, maíz y carne).

«Un argentino es un italiano que habla español, se viste como un inglés y cree ser francés». No estoy muy de acuerdo. Omitiremos los chistes sobre la supuesta egolatría de los argentinos. Aunque vale la pena recordar el titular de un diario colombiano cuando Jorge Bergoglio fue elegido papa: «Argentino pero modesto». Según mi experiencia, los argentinos son cordiales, hospitalarios y, al menos de forma colectiva, muy autocríticos. Coinciden todos en que el país, como Perú en la novela de Mario Vargas Llosa, se jodió en algún momento. Difieren en la designación de los culpables. Para los «gorilas», la ruina llegó con Juan Domingo Perón. Los «peronchos» culpan a la oligarquía.

El término gorila tiene un origen delicioso. En la película Mogambo (1953), un rugido hacía que Grace Kelly se lanzara a los brazos de Clark Gable, y este la calmaba: «Tranquila, deben de ser los gorilas». En 1955, en Argentina se recuperó la frase para una canción publicitaria que decía: «Deben ser los gorilas, deben ser, que andarán por ahí». Corrían rumores de un plan secreto para derrocar a Perón y los peronistas empezaron a hablar de «los gorilas que andan por ahí». La palabra perduró.

Es indiscutible, en cualquier caso, que a mediados del siglo XX la economía argentina, antes rutilante, se estancó. Y luego decayó. Y siguió decayendo. En cuanto a la perenne crisis del peso, con sus correspondientes desastres políticos, mejor que sea un maestro como Tato Bores quien la explique: acudan aquí para entender un poco la cosa. Entenderán, como digo, poco —Argentina es siempre un misterio—, pero reirán bastante.

Quizá una de las claves del enigma argentino sea geográfica. Este es un país remoto, pegado a la Antártida —a los niños se les enseña que la Antártida, igual que las Malvinas, es argentina—, a doce horas de avión de Nueva York o de Madrid. Cuando todo queda tan lejos, pero uno quiere sentirse tan cerca, con una capital tan parisina y una agroindustria tan exportadora, el conflicto interno es casi inevitable. Hay en cada corazón argentino un velo de melancolía.

Más del cuarenta por ciento de los argentinos viven hoy en la pobreza. Sin embargo, el país se sabe rico. La primera impresión de los inmigrantes que llegaron a Argentina fue de asombro ante la riqueza que ofrecía una tierra fértil e inacabable. Eso se nota en la gastronomía local, que podría definirse como la ensoñación de un italiano hambriento. ¿Pizza? Sí, pero con toneladas de muzzarella (con u) y muchos ingredientes. ¿Escalope a la milanesa? Sí, pero recubierto de pizza, con un huevo encima y con patatas. ¿Azúcar? Ahí están el dulce de leche y los alfajores, deliciosos pero capaces de dejar a un no argentino en coma diabético. Curioso que, con tanto mar, en Argentina se ignore el pescado. Supongo que porque en Italia era comida de pobres. Por el contrario, como la carne en Europa siempre fue comida de ricos y aquí la había en abundancia, los inmigrantes europeos que descendían de los barcos decidieron ser ricos para siempre devorando eternamente bifes espléndidos y cantidades ingentes de asado.

Ya que hablamos de ello, el asado argentino constituye un rito inefable, una celebración de la amistad, una de las ceremonias más hermosas que se conocen. La alegría del asado no suele verse empañada por el abuso del alcohol. A diferencia de los españoles, y al igual que los italianos, los argentinos beben poco. Les gusta el excelente vino local, cosa lógica, y les gusta el Fernet, cosa no tan lógica. Consignemos la cuestión del mate en el apartado de las peculiaridades misteriosas.

Argentina tiene una de las mayores comunidades judías del mundo. Alguna relación tendrá este hecho con el alto nivel del humor sofisticado argentino. Y con la creatividad de su industria publicitaria. Y con su cine. Y con su teatro. O tal vez no. Tal vez, simplemente, el argentino necesita expresarse y ha aprendido a hacerlo bien.

Este país es grande y ha acogido gente de todas partes, demostrando que la convivencia no requiere necesariamente de eso que denominamos «corrección política». En el lenguaje de la calle, cualquier persona de ascendencia medio oriental es un «turco». Un europeo del este es un «ruso». Y un calvo es un «pelado», y un moreno es un «negro», y un gordo es un «gordo». Así, a lo bestia. Son apelativos cariñosos.

La sociedad argentina es en general instruida y uno avanza la hipótesis de que el nivel colectivo de inteligencia es bastante alto. No hace falta esgrimir listas de premios Nobel ni de escritores eximios ni de inventores brillantes, ni hace falta recordar que poseen tecnología nuclear propia. Eso lo sabe todo el mundo. Tampoco hace falta subrayar que solo un cerebro argentino es capaz de entender las normas de la competición futbolística local, distintas cada temporada y cada vez más complejas. Cuando uno habla de inteligencia se refiere más bien a la capacidad de crítica y disensión: en este país, todo, lo humano, lo divino y lo mediopensionista, se caracteriza por la «interna». Todo tiene dentro una discusión y un conflicto, y a eso se le llama «interna». Ni siquiera hay ídolos más o menos unánimes, salvo tal vez Carlos Gardel y Diego Maradona. Ni Messi, ni el papa, ni Borges: muchos abominan de esas figuras. No digamos de Perón.

En cuanto a Buenos Aires, que nos gusta tanto a los extranjeros —es una ciudad escasa en monumentos turísticos pero riquísima en paisajes, en librerías dignas de Londres y cafés que parecen rincones vieneses—, muchos argentinos la detestan. O eso dicen.

(A los argentinos del resto del país no les gusta ser confundidos con los porteños, los habitantes de Buenos Aires. Ocurre que cuesta distinguir entre la ciudad y la provincia de Buenos Aires por el crecimiento frenético de la urbe más allá del término municipal, y ocurre que la provincia de Buenos Aires acumula casi el cuarenta por ciento de la población argentina y más de la mitad de la riqueza, y ocurre, por tanto, que es fácil confundir la parte con el todo. Los extranjeros nos asombramos al descubrir que hay otras Argentinas más allá del fangoso Río de la Plata). El país es enorme y diverso.

Argentina posee un pasado brillante, aunque más remoto cada día que pasa. También cuenta con un futuro rutilante: cada argentino está convencido de que ha de llegar un tiempo glorioso en el que su país ocupará un puesto de honor en el mundo. Fíjense, por ejemplo, en que los políticos hablan en futuro y en que cada nuevo presidente cree inaugurar la historia nacional. Lo que falla, siempre, de forma inexorable, es el presente. El presente no tiene arreglo. Hasta que llegue el momento que ha de llegar, los argentinos que pueden hacerlo acumulan dólares —otro dato de rango paranormal: los argentinos esconden en los lugares más inverosímiles el diez por ciento de los billetes estadounidenses que circulan por el planeta, una millonada— y se las arreglan para ir tirando.

Argentina no solo está habituada a vivir al borde del abismo: cae en él con frecuencia. Pero luego remonta y en cuanto puede se asoma de nuevo al vacío. No teman por los argentinos. Nacieron para sobrevivir a cualquier catástrofe. Y cuando no sobreviven, resucitan. Ese talento constituye el misterio supremo.

 

[Ilustración: Pablo Amargo – fuente: http://www.jotdown.es]

Con 4 siglos de historia, abrió sus puertas cuando reinaba en España Carlos II; y desde entonces, han pasado por el trono 15 reyes y cuatro dinastías: Austria, Bonaparte, Saboya y Borbón

Escrito por MANUEL RIVERA

En el número 40 de la céntrica calle sevillana de Gerona nos encontramos con un antiguo edificio de 3 plantas de altura. Hablamos de ‘El Rinconcillo’, el bar más antiguo de España que abrió sus puertas oficialmente en 1670, y extraoficialmente en 1633, ya que existen documentos y un libro que datan la apertura de esta taberna sevillana 37 años antes de la fecha oficial. Además es el cuarto bar más antiguo de Europa.

Se trata de un bar que mantiene la esencia de las antiguas casas de comidas o tabernas sevillanas. Con sus 375 m2, repartidos entre las tres plantas, tiene una capacidad para 120 comensales.

Los hermanos Javier y Carlos de Rueda son los actuales propietarios de El Rinconcillo y representan a la séptima generación al frente de este negocio, aunque no fueron sus fundadores. Esta familia, originaria de Cantabria, compró la taberna en el año 1860.

El Rinconcillo atesora además una decoración ancestral que se mantiene intacta desde hace siglos y que, casi como un museo, atrapa a los visitantes que se adentran entre las paredes de esta joya de la historia.

Espacios señoriales, un mostrador de caoba, barricas transformadas en velador típicamente andaluz, mesas de mármol con sillas de madera andaluza y enea natural, lámparas de forja, vistosos ventanales, estanterías labradas y repletas de antiguas botellas, patio de luces, suelo de loza de Tarifa, paredes de ladrillo vista árabe y azulejos del siglo XVII, XVIII y XIX, son ya todo un clásico de este folclórico bar.

Sus actuales propietarios han recibido ofertas de compra de Madrid, Barcelona, Londres, París y EE.UU., sin embargo los hermanos Rueda tienen claro que su bar no está en venta.

Con más de 350 años de historia, por este bar han pasado políticos de todos los colores, escritores, deportistas o artistas de todo tipo. Todavía hoy se siguen organizando eventos con diferentes temáticas, entre los que se incluyen catas de vinos. Asimismo, el bar puede verse en escenas de numerosas películas, como ‘Sangre y arena’, o como marco de anuncios publicitarios.

La especialidad de esta taberna son las deliciosas tapas con historia sevillana, herencia de la cocina tradicional andaluza-mozárabe, que cautivan paladares de todo el mundo. Con todo, dispone de una amplia carta que va desde las comidas caseras, hasta las carnes y las ya mencionadas tapas, pasando por los tradicionales fritos, las chacinas o las tortillas, sin olvidarnos de los postres de la casa.

Y, como no podía ser de otro modo en un establecimiento de esta solera, la bebida reina en El Rinconcillo es el vino. La taberna dispone de una vasta gama de vinos, principalmente españoles. Podemos encontrar tintos, blancos, rosados, espumosos y generosos procedentes de diferentes denominaciones de origen de todo el territorio nacional. Además, cuenta con una buena selección de vinos andaluces: tintos de diferentes regiones de Andalucía, finos y manzanillas, amontillados, olorosos, palo cortado o pedro ximénez no faltan en la carta.

 

[Fuente: http://www.vinetur.com]

Mein Kampf est un best-seller dès sa publication en Allemagne, en 1925, durant la République de Weimar. Un livre antisémite où Hitler annonçait sa diplomatie belliqueuse – guerre contre la France et l’Union soviétique, annexion de l’Autriche – et la politique qu’il mènera (1933-1945) : régime totalitaire, eugénisme, lois raciales, destruction des Juifs. Le 1er janvier 2016, Mein Kampf est entré dans le domaine public. De son enquête sur l’histoire de Mein Kampf (Mon combat) d’Adolf Hitler, Antoine Vitkine a tiré un essai passionnant Mein Kampf, histoire d’un livre (2009) et un documentaire remarquable Mein Kampf, c’était écrit (2008). Le 2 juin 2021, Fayard a publié une nouvelle traduction de ce livre sous le titre «  « Historiciser le mal, une édition critique de « Mein Kampf », assorti de notes et de textes critiques l’éclairant et vendu par commande.
Publié par Véronique Chemla

C’est une enquête passionnante, et inédite pour sa partie postérieure à 1945, que nous livre Antoine Vitkine, journaliste et réalisateur de documentaires, notamment de « Ronald Reagan, l’enfance d’un chef » (2009).

De son documentaire passionnant Mein Kampf, c’était écritAntoine Vitkine a tiré son essai Mein Kamf, histoire d’un livre dans lequel il retrace la naissance en 1924, le succès planétaire et à ce jour et le destin de ce pamphlet allemand antisémite appelant à la destruction des Juifs.

Un but mis en œuvre par le IIIe Reich du führer Hitler lors de la Shoah.

Un best-seller de la haine antisémite

Le documentariste retrace la trajectoire méconnue du livre écrit en 1924 par Hitler, « le chef d’un parti ultranationaliste et raciste, adepte de la violence, tribun populiste », et une équipe hétéroclite dans la cellule de la prison de Landsberg, petite ville de Bavière, après la tentative ratée de putsch de la Brasserie ou putsch de Munich (8 novembre 1923) contre la jeune démocratie allemande. Un livre publié par Eher-Verlag.

Exsudant l’obsession haineuse des Juifs, ce livre politique à l’idéologie radicale, « une conspiration en plein jour » (Alexandre Koyré), rend millionnaire Hitler et le consacre comme führer d’un parti nationaliste raciste.

Son succès – environ 290 000 exemplaires vendus dès avant 1933 année de l’avènement du nazisme en Allemagne – est lié aux difficultés politiques et économiques de l’Allemagne de Weimar, dans une population choquée par la défaite militaire en 1918. Hitler « formule un vrai projet politique dément… Il appelle à la destruction des Juifs » rendus responsables de tous les échecs de l’Allemagne et des siens.

Si des intellectuels manifestent une rare clairvoyance, des églises, partis politiques et syndicats privilégient des lectures ciblées, sans vue d’ensemble, s’en désintéressent, le sous-estiment ou se perdent en spéculations : Hitler fera-t-il ce qu’il a écrit ?

De 1925 à 1945, Mein Kampf est diffusé à 12,45 millions d’exemplaires en Allemagne, soit un foyer sur deux – remis aux jeunes mariés par les mairies, son achat conseillé aux bibliothèques publiques et aux fonctionnaires, cité dans les manuels scolaires, distribué par les usines Krupp aux bons ouvriers – et à des centaines de milliers dans une vingtaine de pays, dont ceux du monde musulman. Et traduit en 16 langues.

« Le film explique bien qu’il a été plus lu qu’on ne le pensait jusqu’à maintenant. Il permet de distinguer entre lire et comprendre d’une part, et entre comprendre et être capable de prévoir ce qu’il allait se passer d’autre part », déclare Antoine Vitkine en avril 2008. Et de montrer un film de propagande, des annonces publicitaires promouvant ce livre édité aussi en… braille pour une diffusion la plus large possible.

Les passages sur la politique étrangère sont censurés par l’éditeur munichois négociant les traductions, dont celles en français (1934) et en arabe (1934).

Dès 1934, Fernand Sorlot, un éditeur farouchement anti-allemand et proche de l’extrême droite maurrassienne, publie une première traduction sans en avoir les droits », par les Nouvelles éditions latines. Son but : « alerter l’opinion française sur les visées revanchardes du nouveau chancelier allemand (son antisémitisme virulent ne suscitant, lui, aucun émoi particulier). Aussitôt, Hitler attaque l’éditeur pour violation du droit d’auteur et gagne son procès. Derrière cette bataille juridique se cache une réalité politique et militaire : l’Allemagne n’est pas encore prête à faire la guerre et il ne faut pas dresser trop tôt les Français contre elle.

L’entreprise de séduction se poursuivra avec la publication, à la fin des années 1930, d’un « faux » Mein Kampf prônant la paix et totalement expurgé des passages antifrançais. Lorsque les véritables intentions d’Hitler se révéleront, en 1939, il sera trop tard ».

Après les accords de Munich (30 septembre 1938), à l’initiative des milieux nazis français, Fayard édite une version sans les passages hostile aux Français dans une version intitulée Ma doctrine. La LICA (Ligue internationale contre l’antisémitisme) diffuse 5 000 exemplaires de Mon Combat, donc dans sa version intégrale (700 pages), notamment auprès des parlementaires français. Un livre inscrit sur la première liste Otto des ouvrages interdits à la vente.

Parmi les lecteurs de la version intégrale en anglais commercialisée en 1939 : Roosevelt, Staline, Churchill, Charles de Gaulle, Eugenio Pacelli, futur pape Pie XII, et David Ben Gourion.

Mein Kampf est évoqué dans la propagande des Alliés en faveur de l’effort de guerre, et présenté comme preuve à charge contre les Nazis par le tribunal de Nuremberg (1945-1946).

Le livre d’Antoine Vitkine est parcouru par deux questions : Mein Kampf aurait-il pu – dû – prévenir le monde de la menace qu’Hitler faisait courir à l’humanité ? Les idées du livre sont-elles encore vivantes ?

Mein Kampf, histoire d’un livre montre le rôle de cet ouvrage dans l’accès au pouvoir d’Hitler, pourquoi tout son programme annoncé n’a pas constitué l’avertissement empêchant toute l’horreur à venir, pourquoi Hitler a tenté de dissimuler son livre et fait publier un faux en France.

Antoine Vitkine en tire sept conclusions : ne pas « sous-estimer les projets politiques fanatiques et violents » ; ne pas voir la réalité contemporaine au travers du prisme des années 1930 ; l’inaction des autorités politiques ne tient pas à la méconnaissance du livre, mais au manque de volonté ; le nazisme a utilisé les failles et faiblesses de la démocratie ; ce livre est le « trait d’union entre Auschwitz et l’antisémitisme européen ». Mein Kampf nie la démocratie, les libertés et principes fondamentaux, et mieux vaut le décoder que l’interdire car il « contient en lui son antidote ».

Diffusion internationale

L’enquête d’Antoine Vitkine mène du Paris d’avant-guerre aux librairies turques modernes, via les milieux néo-nazis.

Mein Kampf se vend dans le monde, notamment en France (jugement en 1979 imposant d’inclure un texte avertissant des crimes commis au nom du livre) et au Japon sous la forme d’un manga Waga Toso par East Press (2009), avec des résonances différentes (Inde), et est consultable sur Internet. En mars 2012, il a été publié pour la première fois en albanais par la maison d’édition Belina H, en « avertissement pour les générations futures, pour que de telles folies ne se répètent plus ». à noter : ce pamphlet aurait été distribué en Corée du Nord à l’initiative du dictateur Kim Jong-un.

Dédicacé par Hitler à Georg Maurer, un exemplaire d’une des premières éditions (1925) de Mein Kampf a été vendu, le 13 août 2009, à Ludlow, dans l’ouest de l’Angleterre, pour 21 000 livres (24 000 euros).

Mein Kampf a été en vente en 2013 à la Maison de la presse de Berck-sur-mer (Pas-de-Calais). Celle-ci a cessé de le vendre le 27 juin 2013 en raison de la campagne menée notamment par la Ligue des droits de l’homme.

En août 2013, Facebook a listé Mein Kampf à un internaute du Territoire de Belfort parmi les livres suggérés lors d’une recherche sur Philippe Kerr. Facebook a décidé de retirer ce livre de ses recommandations.

Selon Vocativ, ce livre remporterait un succès dans sa version e-book, sur Amazon et sur iTunes (12e et 15e rang). Selon une étude publiée en janvier 2014, les deux facteurs explicatifs de ce succès sont « la crise économique et le goût de l’interdit« .

Le 27 février 2014, deux exemplaires de Mein Kampf, signés par l’auteur, dédicacés en 1925 et 1926 à Josef Bauer, qui avait participé à la tentative de putsch à Munich (1923) et estimés 25 000 dollars, ont été vendus  pour environ 65 000 dollars par la maison d’enchères Nate D. Sanders Auctions à Los Angeles (États-Unis).

Après l’indignation du CRIF (Conseil représentatif des institutions juives de France) et du BNVCA à la mi-avril 2014, et à l’initiative d’Aurélie Filippetti, ministre de la Culture, et du Conseil des ventes volontaires (CVV), « établissement d’utilité publique créé en 2000, autorité de régulation du secteur des ventes publiques veillant au respect de la réglementation et doté d’un pouvoir disciplinaire sur les opérateurs  », la vente prévue le 26 avril 2014 à Paris d’une quarantaine d’objets nazis, dont certains revêtus de la croix gammée, ayant appartenu à Hitler et Goering avait été annulée.

La maison d’enchères Pierre Bergé & associés avait prévu de mettre en vente, le 16 mai 2014, à la salle Drouot, un exemplaire de Mein Kampf  daté de 1925, illustré par un portrait d’Hitler, appartenant à la collection de Philippe Zoummeroff, industriel retraité, et estimé entre 3 000 euros et 4 000 euros.

Le 6 mai 2014, le BNVCA (Bureau national de vigilance contre l’antisémitisme) avait exhorté cette maison d’enchères à retirer cet exemplaire présenté dans le catalogue « comme s’il s’agissait d’un objet d’art, écrit par un poète ou un membre de l’Académie française », alors qu’« Hitler est avant tout un criminel contre l’humanité, un assassin ».

Le 7 mai 2014, ce collectionneur et la maison d’enchères Pierre Bergé & associés ont renoncé  à vendre cet exemplaire.

Le CVV a considéré que la vente aux enchères « ne serait pas le cadre approprié » de cet ouvrage « sensible ». « Ce n’est pas la même chose de vendre aux enchères publiques ou de gré à gré à un musée historique. Dans le premier cas, on ne sait pas si l’on vend à des historiens, des scientifiques ou des dingues », a déclaré Catherine Chadelat, présidente du CVV au Figaro.

Âgé de 84 ans, « converti au catholicisme en 1940, Philippe Zoummeroff est né juif… d’un père tchétchène pêcheur de perles et d’une mère « fantastique ». Mécène, il est membre de l’Association française de criminologie et administrateur de la Bibliothèque nationale de France (BNF). Le 12 mai 2014, il a déclaré au Figaro : « On a tort d’interdire la vente aux enchères de Mein Kampf. Pierre Bergé a affirmé qu’il ne comprenait pas que ce livre mythique ait été retiré, étant donné que c’est une preuve de ce qu’était déjà Hitler en 1925 et, par conséquent, de tout ce qui pouvait advenir au peuple juif. Le maréchal Lyautey lui-même avait déclaré : “ Il faudrait que tous les Français lisent Mein Kampf, pour montrer l’horreur ! ” C’est un plaidoyer monstrueux que personne ne devrait ignorer. Cela appartient à l’histoire. Mais on trouve Mein Kampf partout! Il y en a dix éditions à la Fnac. Celui de ma collection est en allemand. On me dit que je cultive l’atroce. Mais je le fais pour le combattre! Vous ne pouvez pas combattre ce que vous ne connaissez pas ».

Vice-présidente de Sotheby’s, Anne Heilbronn s’est indignée de la polémique qui entache la vente aux enchères du collectionneur Philippe Zoummeroff,  » humaniste… dont l’honnêteté morale ne peut absolument pas être remise en cause. C’est dans cette démarche du souvenir et du témoignage qu’il a collectionné les pires traces de l’histoire, afin d’en comprendre ou d’en prévenir les répétitions. C’est dans cette optique que Mein Kampf figure dans sa collection comme le texte fondateur du plus grand crime contre l’humanité ».

Droits d’auteur

Diffusé ce 27 juin 2014 par Channel 5The Hunt for Hitler’s Missing Millions, documentaire britannique de Virginia Quinn, évalue la fortune d’Hitler à plus de cinq milliards de dollars (environ 3,7 milliards d’euros). Un trésor secret amassé grâce aux revenus issus des droits d’auteur sur Mein Kampf – Hitler percevait des royalties sur chaque exemplaire du livre remis gratuitement aux couples venant de se marier – et sur son image imprimée par exemple sur les timbres allemands, ses apparitions et discours rémunérés et son refus bien avant son accession au pouvoir en janvier 1933 de payer les impôts. La documentariste a interviewé Herman Rothman, Juif allemand ayant servi lors de la Seconde Guerre mondiale dans les services de renseignements britannique. Après le suicide d’Hitler dans son bunker berlinois le 29 avril 1945, l’unité de contre-espionnage d’Herman Rothman a repéré un homme en vêtements civils qu’elle a suspecté être un Nazi en fuite tant il marchait rapidement. Un des collègues de Rothman, qui était tailleur dans la vie civile, a détecté une coupe inhabituelle dans la veste de cet individu et qui s’est avérée contenir un document de sept pages constituant le testament et les dernières volontés d’Hitler. Rothman put traduire immédiatement ce document composé de deux sections : la première était une diatribe contre les Juifs les rendant responsables du déclenchement du conflit, la seconde tentait vainement de dissimuler l’étendue de la richesse d’Hitler, investisseur cupide, avisé et bien conseillé.

Le gouvernement de Bavière détient les droits d’auteur de Mein Kampf et avait interdit de nouvelles publications. Les droits d’auteur tombant dans le domaine public en 2015Mein Kampf pourra alors être librement réédité.

En 2009, une édition critique était prévue en Allemagne, avec l’accord du Conseil central des Juifs allemands (CCJA) et du Land de Bavière. Une édition qui a suscité une polémique.

« L’annonce d’une édition critique de l’unique livre publié par Hitler, à condition qu’elle soit établie par les meilleurs spécialistes internationaux de l’hitlérisme, doit être reçue comme une bonne nouvelle. Sur un épisode d’une telle importance dans l’histoire du XXe siècle, sur cette catastrophe sans précédent, on ne saurait plus longtemps considérer que l’ignorance est un argument, ni que le savoir approximatif est suffisant », a écrit l’historien Pierre-André Taguieff, en septembre 2009.

Le 25 janvier 2012, un tribunal de Munich a interdit la publication d’extraits du livre, assortis de commentaires et d’analyses scientifiques, par revue Zeitungszeugen [Journaux témoins] éditée par l’éditeur britannique Peter McGee. Une interdiction confirmée en appel en mars 2012 au motif que le « projet servirait les écrits du dictateur ».

« La presse s’est récemment faite l’écho de la possibilité que Mein Kampf se retrouve en libre-service dans les librairies romandes… Mein Kampf serait ainsi traité comme une banale production littéraire. Chacun s’accordera sur le fait que tel n’est pas le cas… Certains libraires opteraient aujourd’hui pour le mercantilisme, au détriment du sens de la responsabilité et de l’éthique. Interrogé par Le Matin, le directeur d’une enseigne de librairies suisses déclare : « si le débit est important, j’incite à le vendre. Le livre est là en tant qu’objet commercial », estimant parallèlement que le lecteur est adulte. Contrairement à cette analyse quelque peu simpliste, il est bon de rappeler que tous les lecteurs ne sont pas adultes. Ainsi, confronter de jeunes enfants ou adolescents à un tel ouvrage sans accompagnement est parfaitement irresponsable », écrit le 17 avril 2012 la CICAD (Coordination intercommunautaire contre l’antisémitisme et la diffamation) inquiète de l’absence de « restriction » et « d’encadrement ».

Et de proposer « trois mesures d’accompagnement aux libraires qui désirent diffuser cet ouvrage :

–    ajouter une signalétique indiquant que le contenu de l’ouvrage incite à la haine, au crime et à la discrimination raciale ;

–   indiquer une limite d’âge sur chaque exemplaire et contrôler l’âge des jeunes acquéreurs. Cette limite serait déterminée par la CDIP (Conférence des directeurs cantonaux de l’instruction publique), organe qui coordonne au plan national les actions des cantons dans les domaines de l’éducation et de la culture ;

–  remettre systématiquement à chaque acquéreur un exemplaire de la brochure « Auschwitz », éditée par la CICAD en 2004 et dont la rédactrice, Sabine ZEITOUN, historienne spécialisée sur la Seconde Guerre mondiale… La CICAD mettra gracieusement à disposition des libraires les exemplaires nécessaires ».

La CICAD conclut : « Ces recommandations [visent à] contribuer à la prévention du racisme et d’éviter de favoriser la diffusion de la haine. Le livre n’est pas une simple marchandise ni le libraire un simple marchand ! »

Le 24 avril 2012, l’État de Bavière a annoncé que Mein Kampf sera prochainement réédité en une version commentée.

Les 15 et 18 décembre, 5 janvier, 3 et 12 mai 2016, Arte diffusa « Mein Kampf », manifeste de la haine (« Mein Kampf ». Das Gefährliche Buch), documentaire biaisé de Manfred Oldenburg. Un documentaire qui débute par les migrants, l’hostilité qu’ils suscitent, puis cite Hitler sur la haine des étrangers. Aberrant.

« Le 1er janvier 2016, près de soixante et onze ans après la mort d’Adolf Hitler, Mein Kampf tombera dans le domaine public. Faut-il pour autant republier ce « texte fondateur » du nazisme ? Rédigé en prison à la suite du putsch manqué de 1923, le « texte fondateur » du nazisme, à la fois autobiographie, manifeste et programme politique, expose sur plus de 700 pages l’esprit de revanche, la haine obsessionnelle des juifs et la volonté d’expansion de son auteur ».

« Depuis 1946, le ministère des Finances de Bavière, qui en détenait les droits d’auteur, avait empêché la publication du pamphlet. Dans une Europe où s’exacerbent les crispations identitaires et la xénophobie, le dilemme est réel : Mein Kampf demeure-t-il dangereux ? Faut-il interdire sa publication au motif d’incitation à la haine raciale, comme le voudraient certains représentants de la communauté juive, ou en diffuser une édition commentée, qui en déconstruirait l’idéologie mortifère ? À l’heure d’Internet, le texte est facilement accessible, et une interdiction pourrait avoir l’effet inverse de celui escompté. Depuis 2012, une équipe d’historiens allemands planche sur cette réédition hautement sensible. Ce documentaire explore l’histoire de la diffusion de l’ouvrage, en Allemagne comme en France, des questions que soulève ce pamphlet tristement célèbre, objet de controverses et de fantasmes, et se penche sur son contenu encore mal connu, pour dissiper certains des mythes et des tabous qui l’entourent ».

L’École de droit de Sciences Po a organisé la conférence-débat « Mein Kampf, le droit d’auteur en moins : un dilemme de liberté d’expression« , le 18 février 2014, de 19 h 15 à 20 h 30 à l’amphithéâtre A. Caquot, en s’interrogeant : « Quelle(s) attitude(s) adopter face à des ouvrages antidémocratiques, racistes, incitant à la violence ? Quel droit d’auteur pour la haine ? Quelle liberté d’expression pour l’appel au crime ? » Il est curieux que soient absents du texte de présentation les termes « antisémitisme » et « génocide ».

En juillet 2014, The New York Times a publié des articles relatifs à cette republication.

Le 1er janvier 2016, Mein Kampf est entré dans le domaine public, et a été réédité en Allemagne. Le 30 janvier 1980, la Cour d’appel de Paris avait imposé que l’éditeur le publiant y intègre un avertissement sur les horreurs commises en application du livre. Le 7 mai 2015, Libération a publié une tribune sur la nécessité d’un tel avertissement. Le Conseil central des Juifs allemands a donné son accord pour cette republication accompagnée de notes.

Les éditions Fayard envisagent de publier une édition commentée. Le Conseil central des Juifs allemands a donné son accord.

Un succès dans des pays musulmans

Dans son essai, Antoine Vitkine évoque l’accueil de Mein Kampf dans le monde musulman dans les années 1930 et 1940, mais peu l’attrait pour l’antisémitisme de Mein Kampf et sa diffusion après guerre par les Nazis abrités par les pays arabes ou/et musulmans.

Mein Kampf est un « bréviaire grand public » en Turquie. Ce bréviaire nazi rallie aussi les islamistes qui prisent son antisémitisme.

« Il faut comprendre ce qui se joue derrière le succès de Mein Kampf dans le monde arabe. Dans le monde arabe, c’est ancien, puisque c’est le Grand Mufti Husseini qui dans les années 1930 publie la première traduction d’extraits de Mein Kampf », a déclaré Antoine Vitkine en avril 2008.

Et d’expliquer : « Il y a deux raisons principales qui expliquent la présence de Mein Kampf dans le monde arabe. D’abord c’est un contre-symbole adressé à l’Occident, c’est le symbole de ce que l’Occident rejette et c’est donc un moyen de rejeter l’Occident. La deuxième raison c’est que c’est le symbole de l’extermination des Juifs par les nazis, et que de la part d’opinions publiques foncièrement hostiles à Israël, c’est une manière, sans doute provocatrice, de se situer par rapport à Israël. Mais je dois dire que j’ai été très surpris quand même.

Je ne le raconte pas dans le film, mais je suis allé en Turquie cet été, et je me suis rendu compte que ceux qui achetaient Mein Kampf ne le faisaient pas uniquement par provocation. Dans de nombreux cas le livre était vraiment lu, peut-être pas intégralement, mais il était compris, son message était entendu. Une autre raison qui fait que Mein Kampf a du succès en Turquie, c’est que c’est un symbole ultra-nationaliste : « tout pour sa patrie, sa race ». Le message ultra-nationaliste très agressif qui fait qu’on se définit contre le reste du monde, cela peut séduire. Le monde musulman est aujourd’hui traversé par cette tentation de repli identitaire, et évidemment dans ce contexte là, Mein Kampf et l’idéologie national-socialiste constituent un modèle. Voilà, cela ne veut pas dire forcément qu’on adhère à tout et qu’on veut exterminer les Juifs, mais le modèle ultra-nationaliste existe toujours. En Russie, la logique est la même. L’idéologie contenue dans Mein Kampf a une part intemporelle, et c’est pour ça que s’intéresser à Mein Kampf aujourd’hui, c’est s’intéresser au monde actuel ».

En 2011, un megastore Virgin au Qatar l’a bien placé en tête de gondole comme livre recommandé par cette enseigne.

La même année, ce livre était aussi en vente au Bahreïn.

Le 30 août 2013, un exemplaire du livre traduit en arabe était posé dans la vitrine de la librairie en face de la Grande Poste d’Alger, au centre de la ville.

En novembre 2013, le Salon des livres à Sharjah (Émirats arabes unis), organisé par le Département de la Culture et de l’Information du gouvernement émirati, a proposé, du 6 au 16 novembre 2013, à la vente Mein Kampf, entre autres livres antisémites. Ce livre était classé dans la rubrique « Connaissance générale ».

Le 24e Salon international du livre d’Abu Dhabi (30 avril-5 mai 2014), dont le « partenaire culturel » est le département d’Etat américain, a présenté notamment Mein Kampf.

Écrivain égypto-allemand, Hamed Abdel-Samad a déclaré le 21 mars 2016 : « Quand j’étudiais au Caire, deux des livres les plus populaires que je lisais dans les bibliothèques et dans les rues étaient Mein Kampf de Hitler, qui était interdit en Allemagne à cause de son racisme, et Les Protocoles des Sages de Sion, qui est un faux. Sans même vérifier, nous l’acceptons comme un fait historique. C’est l’un des premiers livres à avoir été traduit en arabe à l’époque moderne. Il est honteux qu’avant de traduire Kant, Spinoza, Descartes, Rousseau, John Locke, ou David Hume, les maîtres des Lumières, nous avons traduit le faux intitulé Les Protocoles des Sages de Sion, afin de l’utiliser comme carburant à notre haine des Juifs. Savez-vous quand Les Protocoles ont été traduits en arabe ? En 1929 – avant que l’État d’Israël a été créé et avant que quiconque ait pensé à cela… Cette haine [des Juifs] nous empoisonne ».

Le 19 juin 2018, à 20 h 15, l’Institut d’études du judaïsme à Bruxelles (Belgique) proposa la conférence de clôture de l’année académique « Mein Kampf, une nouvelle édition critique« , conférence de Florent Brayard, directeur de recherche au CNRS. « Responsable du projet français d’édition de Mein Kampf, Florent Brayard abordera l’épineuse question de savoir pour quelles raisons il conviendrait de rééditer ce texte ».

Tatouage du chauffeur de Flixbus
Le 12 juillet 2019, un internaute a twitté la photographie prise par un de ses amis, passager d’un bus de la société Flixbus. Ce cliché représentait l’avant-bras du chauffeur du véhicule. Y était tatoué en caractères gothiques « Mein Kampf ». Ce twitt a suscité l’indignation.

Les internautes ont interrogé la société de bus : « Comment se fait-il qu’un de vos chauffeurs FlixBus puisse porter un tatouage pareil ? Est-ce compatible avec les valeurs de votre entreprise? »

Dans un premier temps, l’opérateur de transport a twitté le 13 juillet 2019 : « Veuillez noter que FlixBus est fier d’être une multinationale dotée d’une équipe multinationale et que des chauffeurs de tous les secteurs culturels travaillent pour nous. Nous n’acceptons donc aucune discrimination d’origine ou de religion envers nos clients ou nos employés », expliquait vendredi la compagnie dans un tweet ».

Contacté par Le Figaro, Flixbus a annoncé que le chauffeur en question avait été suspendu le 13 juillet 2019 : « FlixBus fait appel à des sous-traitants locaux pour l’ensemble de ses voyages et il s’avère que le chauffeur – qui porte en effet ce tatouage – était bien au volant d’un de nos autocars vendredi pour un trajet Toulouse-Milan. En ce sens, nous avons contacté notre partenaire et nous avons pris des mesures pour que cet autocariste soit suspendu et qu’il ne puisse plus rouler avec nous ». Le chauffeur « a été suspendu à son arrivée à Bergame. « L’Agence France Presse (AFP) précise que le chauffeur est d’origine italienne et qu’il est employé par une entreprise italienne ».

« L’entreprise allemande confirme au Figaro une « réponse maladroite ». « Nous avons mal communiqué et nous nous en excusons, nous voulions simplement rappeler que Flixbus était contre toutes formes de racisme ».

« Mein Kampf, une farce »
« Mein Kampf, une farce » est une pièce de théâtre écrite en 1987 à Vienne par le dramaturge, scénariste et metteur en scène George Tabori (1914-2007).

« Un théâtre de Constance (Allemagne) produisant Mein Kampf, une farce noire et grinçante du Hongrois George Tabori en référence au pamphlet d’Adolf Hitler, a promis une entrée gratuite à qui porterait une croix gammée. À ceux qui achèteraient leur billet, « nous (…) proposons de porter une étoile de David dans l’enceinte du théâtre en signe de solidarité avec les victimes de la barbarie nationale-socialiste (nazie) », écrivent les responsables du théâtre sur leur site internet. lls affirment vouloir montrer ainsi à quel point l’homme est facile à corrompre. Mais la Société germano-israélienne dans la région du lac de Constance et la Société pour la coopération judéo-chrétienne ont appelé au boycott. Plusieurs plaintes ont été déposées en Allemagne, a indiqué un porte-parole du parquet, le 17 avril 2018. La justice examine ces plaintes, a ajouté le porte-parole. La justice doit toutefois examiner dans quelle mesure cela peut relever de la liberté de création artistique. Le port de la croix gammée, symbole du nazisme, est prohibé dans l’espace public en Allemagne. »

« Né en Hongrie en 1914 dans une famille d’intellectuels juifs, György Tábori est envoyé par son père en apprentissage à Berlin en 1932 et 1933. Il émigre à Londres en 1935 pour rejoindre son frère aîné. Il adopte alors la nationalité britannique, devient journaliste à la BBC et traducteur ; d’abord correspondant de guerre en Bulgarie et en Turquie, il s’engage dans l’armée britannique en 1941 et est affecté au Proche-Orient, où il écrit son premier roman. En 1943, il rentre à Londres et travaille de nouveau à la BBC. Ses parents sont déportés, seule sa mère survit ».

« En 1945, il est invité à Hollywood, son roman ayant attiré l’attention des studios, et s’installe aux États-Unis. Il signe des scénarios de films, notamment pour Alfred Hitchcock (La Loi du silence), Anton Litvak (Le Voyage), Joseph Losey (Cérémonie secrète, seul script qu’il revendique). En dehors de son activité de scénariste qui ne le satisfait pas, point de vue littéraire, il publie des romans. Il fréquente les plus grandes stars hollywoodiennes (Charlie Chaplin, Greta Garbo…) et les intellectuels allemands en exil. Assistant de Charles Laughton en 1947, il fait la rencontre décisive de Bertolt Brecht qu’il traduit pour la scène américaine. « 

« Ensuite, il s’installe à New York avec sa deuxième épouse, l’actrice Viveca Lindfors. Pendant plus de dix ans, il l’accompagne à ses cours de l’ « Actors Studio » et observe la méthode de travail de Lee Strasberg. De 1952 à 1966, ses premières pièces sont montées aux États-Unis et à Londres : « Flight to Egypt » (mise en scène Elia Kazan), « The Emperor’s Clothes » (Harold Cluman) « Brouhaha » (Peter Hall). Il passe à la mise en scène par hasard pour remplacer un metteur en scène malade, et monte Mademoiselle Julie de Strindberg. Puis, avec Gene Frankel, il monte « Brecht on Brecht », « The Nigger Lovers », et avec Martin Fried, « The Cannibals » (1968), Pinkville (1970), deux pièces qu’il est invité à présenter aussi à Berlin en 1969 et 1971. Inscrit sur la liste noire du sénateur McCarthy, il continue ses activités de traducteur, traduisant notamment « Andorra », de Max Frisch. Il quitte définitivement les États-Unis pour l’Allemagne en 1971, où il travaille pour la télévision et la radio, tout en poursuivant ses activités d’auteur et de metteur en scène de théâtre (Clowns, Tübingen, 1972). En 1975, il fonde à Brême un laboratoire de théâtre alternatif, le « Bremer Theaterlabor », avec lequel il crée « Sigmunds Freude » (Les Joies de Sigmund, 1975), « Talkshow » (1976), « Hungerkünstler » (Artistes de la faim, 1977) d’après Kafka, un spectacle dans lequel les acteurs se livrent à un jeûne de quarante-deux jours et qui entraîne la fermeture du lieu par les autorités. Il continue ailleurs à mettre en scène ses propres pièces : « Mutters Courage » (Le Courage de ma mère, Munich, 1979, adapté au cinéma en 1995), « Der Voyeur » (Le Voyeur, Berlin, 1982), « Jubiläum » (Jubilé, Bochum, 1983), « Peepshow » (Bochum, 1984), ainsi que des oeuvres d’Euripide, Brecht, Beckett, Gertrude Stein, Harald Mueller, Herbert Achternusch et Shakespeare, en Allemagne puis en Autriche. Il s’installe à Vienne en 1986 et dirige jusqu’en 1990 le « Theater Der Kreis ». Il crée « Mein Kampf » (Farce) (1987, adapté au cinéma en 2009), « Masada » (Graz, 1988), « Weisman und Rotgesicht » (Ein jüdischer Western), « Weisman et Copperface » (Un western yiddish, 1990). Claus Peymann l’appelle alors à mettre en scène régulièrement au « Burgtheater » de Vienne : « Die Goldberg-Variationen » (Les Variations Goldberg, Vienne, 1991), « Nathans Tod » (La Mort de Nathan, 1991), « Babylon Blues » (Vienne, 1991), « Requiem für einen Spion » (Requiem pour un espion, Vienne, 1993), « Die Ballade vom Wiener Schnitzel » (La Ballade de l’escalope viennoise, Vienne, 1996). « 

« En 2000, il le suit à Berlin pour intégrer la nouvelle équipe du « Berliner ». Ensemble qui présente, à l’occasion de sa réouverture, « Die Brecht Akte » (Les Dossiers Brecht), de et par Tabori (inspiré de Brecht on Brecht). Il continue à mettre en scène d’autres auteurs (En attendant Godot, 2006). Sa dernière pièce, « Gesegnete Mahlzeit » (Bon appétit), y est créée en 2007, quelques semaines avant sa mort. En France, ont été montées « Brouhaha » par Jacques Fabbri, au Théâtre de la Renaissance (1961), « L’Ami des nègres » par Antoine Bourseiller, au Théâtre du Poche-Montparnasse (1965), « Mein Kampf » par Jorge Lavelli, au Théâtre national de la Colline (1993), puis par Agathe Alexis, au Festival d’Avignon (2002), « Weisman et Copperface » par Jacques Connort, au Studio de la Comédie-Française (1995), « Les Variations Goldberg » par Daniel Benoin, au Théâtre national de Chaillot (1998) et « Le Courage de ma mère » par Claude Yersin, au Nouveau Théâtre d’Angers (2000). En Belgique, ont été montées « Mein Kampf » par Henri Ronse (1993) et par David Strosberg (au Théâtre Varia, 2009), « Le Courage de ma mère » (1995) et « Weisman et Copperface » (1996) par Philippe van Kessel au Théâtre National de la Communauté française de Belgique. En Suisse, Frédéric Polier a monté « Mein Kampf » (2007). George Tabori a obtenu de nombreux prix, dont, en 1992, le prix Georg Büchner de l’Académie allemande. À côté de ses activités théâtrales, il a continué à écrire des récits, des nouvelles, des romans, et a travaillé régulièrement pour les radios et les télévisions allemandes jusqu’à la fin de sa vie. Mélange de comique féroce et de dénonciation de tous les faux-semblants de la bonne conscience, son oeuvre théâtrale explore la question de l’autre. »

« George Tabori, comme beaucoup d’auteurs, glisse des souvenirs, des anecdotes personnelles dans ses récits. Tabori incère également pas mal de références, d’allégories à d’autres auteurs et à leurs oeuvres dans ses textes. Le but premier est d’aider le comédien dans sa composition de personnage. Prenons un exemple concret, le personnage de « Gretchen », jeune fille orpheline issue de la haute bourgeoisie qui, pour survivre, se prostitue. C’est en réalité une référence au personnage de « Else » du roman « Mademoiselle Else » d’Arthur Schnitzle. La comédienne interprétant « Gretchen » a d’ailleurs lu ce roman en préambule à sa composition de personnage. Vient ensuite un autre élément auquel Tabori aime souvent faire appel, il s’agit de l’histoire avec un grand H. Dans toutes ses pièces, il glisse régulièrement des références historiques afin de guider le spectateur dans le temps ou alors de le perdre volontairement. Dans notre cas, il s’agit de le guider à travers cette période trouble et chargées de crises que sont les années 1920. Dans une autre de ses pièces, sur laquelle nous travaillons actuellement, les repères historiques se succèdent anachroniquement dans le but de perdre le spectateur dans un dédale d’idées et d’illustrer ainsi la folie des personnages. Enfin, Tabori aime faire appel aux stéréotypes que la propagande nazie a largement diffusés à l’encontre des juifs. Ces derniers sont exacerbés, poussés à l’extrême, ils en deviennent totalement risibles et sont détruits par les rires du public. Ces ersatz venus du passés perdent leur sens péjoratif et ne deviennent plus qu’une raison de rire dans cette farce générale. L’analyse du texte est un élément très important quand on s’attaque à une pièce de Tabori. Cette dernière permet de mieux comprendre les idées de l’auteur, les messages à transmettre au public et les intentions vraies des personnages. Ces textes, bien qu’empreints d’humour, sont de véritables témoignages du passé et de ce que peut être la nature humaine dans ce qu’elle est de meilleure comme de pire. »

« Il traite l’histoire avec une dose d’humour féroce. Pour lui, rire ne veut pas dire oublier, rire pour l’auteur c’est exorciser l’horreur et renouer avec le monde. Le rire chez Tabori est une réponse à la question « comment parler d’événement si terrible ? » Pour cela, il fait de l’histoire une fable, une fable cruelle où des hommes préfèrent désespérément la vie (même si cela implique le pire) à la mort. Dans cette fable cruelle, via des chemins plus drôles et plus fallacieux les uns que les autres, il veut démontrer que l’amour est le chemin à suivre, si dur soit-il à arpenter. Nous avons toujours besoin de rire, si tragique soit notre destinée. Cette conception de l’humour qui tire son fondement dans l’humour juif et la culture yddish ou le rire, l’autodérision et la farce, occupe une place très importante. Tout ce qui est proposé peut être illustré par une seule phrase de la pièce que voici, en guise de conclusion : « Puisque ça finit mal qu’au moins ça soit drôle » Schlomo Herzl Acte V 6 ».

Le Festival off d’Avignon 2019 (5-28 juillet 2019) proposa « Mein Kampf, une farce« , écrite en 1987 à Vienne par le dramaturge George Tabori (1914-2007), dans une mise en scène de Kim Langlois et Dominique Jacques. Création Festival 2018. « Mein Kampf, une farce » est « un spectacle drôle et déroutant. Utopique et cruellement réaliste, cette fable dépeint le jeune Hitler comme un clown, un enfant gâté qui est encore dans les jupes de sa mère. Mais c’est surtout l’histoire d’un juif qui aurait rêvé changer le destin de l’humanité, c’est l’histoire d’un juif qui voulait croire que l’amour pouvait tout sauver…Il ne s’agît donc pas de faire l’apologie de l’idéologie nazie mais de la détruire avec amour et humour. »

« Cette pièce relate l’expérience vécue par le jeune Adolf Hitler dans un asile de nuit pour sans-abri. Moustachu tel un tartare et colérique tel un enfant gâté, il débarque à Vienne avec son carton à dessin sous le bras. Tout ce qui l’obsède est d’entrer à l’Académie des Beaux-Arts. Mais en attendant, il faut bien se loger… Et le voilà descendu dans un asile pour clochards dans lequel il va devoir cohabiter avec deux Juifs. C’est dans ce bouge que réside Schlomo Hertzl, colporteur de bibles et de kamasutras. Le brave Schlomo va prendre Hitler sous son aile protectrice, va se mêler de son éducation et finira même par l’aimer, oui ! Jusqu’à l’arracher des griffes de la mort ! Aimer son ennemi ? Comme soi-même ? Vous plaisantez !? »

« Cette brillante pièce met en exergue l’amour plutôt que la haine dans laquelle il est si facile de tomber et démontre qu’il n’est pas plus difficile « de s’aimer les uns les autres comme je vous aime ».

« Il ne s’agît donc pas de faire l’apologie de l’idéologie nazie mais de la détruire avec amour et humour. Ici, le jeune Hitler est dépeint comme un clown, un enfant qui est encore dans les jupes de sa mère et à qui l’on doit encore torcher le cul. De cette façon, nous discréditons toute forme d’extrémisme. Un humour parfois grinçant, certes, mais un scénario rempli de poésie. »

« Cette pièce pourrait éveiller (ou réveiller) les consciences et mettre en garde tout en apportant au public un moment de franche rigolade. » (Citations du dossier de presse)

Réédité par Fayard

Le 2 juin 2021, Fayard a publié une nouvelle traduction, par Olivier Mannoni, de ce livre sous le titre  » « Historiciser le mal, une édition critique de « Mein Kampf », assorti de notes et de textes critiques l’éclairant et vendu par commande. Un ouvrage de 847 pages.

Du 17 au 27 juillet 2019 à 22 h 45. Relâche le 28 juillet 2019
Au Verbe fou
« Mein Kampf, une farce », de George Tabori

95, rue des infirmières. 84000 Avignon
Tél. : 00 33 (0)490 85 29 90
1 h 15
Metteuse en scène : Kim Langlois
Metteur en scène : Dominique Jacques

Distribution: Kim Langlois, Dominique Jacques, Guillaume Martin et Benoît Servotte.

Interprètes : Kim Langlois, Guillaume Martin, Dominique Jacques, Benoît Servotte

Régisseur : Dominique Leruth

Antoine Vitkine, Mein Kampf, histoire d’un livre. Ed. Flammarion Lettres, coll. EnQête, 2009. 350 pages. 21 euros. ISBN : 978-2081210516

Mein Kampf, c’était écrit d’Antoine Vitkine

France, 2008, 56 minutes, Arte F

Diffusions le :

–  3 avril 2012 à 23 h 40 par Arte ;

– 23 janvier 2014 à 15 h 20 et 26 janvier 2014 à 12 h 45 par Toute l’Histoire


Visuels de haut en bas : © DR

La prison de Landsberg hier et aujourd’hui

Mein Kampf de Hitler

Publicité pour Mein Kampf de Hitler
© Heinrich Hoffmann

Cet article est la version détaillée d’un article commandé par L’Arche. Il a été modifié le 6 mai 2016.
Il a été republié le :
– 17 avril 2012 et le 25 août 2012 à l’approche de la diffusion par Arte, les 27 et 29 août 2012, de Mein Kampf-George Tabori d’Urs Odermatt, le 27 août 2013, le 24 novembre 2013 et les :
– 12 janvier, 15 février, 8 mai et 27 juin 2014, 14 mai et 4 novembre 2015, 3 mai 2016, 19 juin 2018, 25 juillet 2019.
[Source : http://www.veroniquechemla.info]

Des godes aux plugs anaux en acier, de nombreux objets sexuels sont notamment fabriqués sur place dans le pays.

En façade, les entreprises suivent en effet des activités bien plus classiques. | Gwen Mamanoleas via Unsplash

En façade, les entreprises suivent en effet des activités bien plus classiques.

Repéré par Robin Tutenges 

Pas de magasin physique, des ventes en ligne, via les réseaux sociaux ou grâce au bouche-à-oreille, le commerce des jouets et objets sexuels au Pakistan se veut discret. Et pour cause, leur fabrication et leur vente sont interdites. Un marché noir s’est pourtant secrètement structuré, rapporte dans une enquête le média Vice USA.

En matière de sex-toys, c’est à Sialkot, une ville du nord du pays, que tout se passe. Dans la région et même dans le monde, Sialkot est surtout connue pour produire des instruments chirurgicaux en acier ainsi que des ballons de football en cuir. Et c’est justement ce savoir-faire dans le cuir et l’acier qui a poussé certains habitants de la ville à se lancer dans la confection et la vente d’objets destinés aux plaisirs sexuels.

Godes ou plug anal en acier, tenue ou accessoire en cuir: les petits fabricants et commerçants ne manquent pas d’imagination. Il faut dire que les bénéfices promis sont alléchants. Selon le média américain, ces commerçants peuvent même atteindre des revenus mensuels 5 à 10 fois supérieurs au revenu moyen du pays. Même son de cloche chez The Economiste qui, dans une enquête de 2017, expliquait qu’une petite entreprise pakistanaise pouvait faire jusqu’à 200% de bénéfice sur un corset ou un uniforme de policier pervers en cuir, contre seulement 25% sur des vestes et des gants classiques -son activité d’origine.

En façade, les entreprises suivent en effet des activités bien plus classiques, au point que certains des ouvriers ne savent même pas quel type de produit ils confectionnent en cachette. «C’est juste un autre morceau de métal pour eux», explique à The Economiste un chef d’entreprise pakistanais, en regardant ses employés lisser des tubes en acier, pensant fabriquer des instruments chirurgicaux. Ce sont en fait des godes.

Risque de prison

L’on pouvait s’y attendre, dans un pays tel que la République islamique du Pakistan, qui reste très conservateur, vendre des boules de geisha ou des cages à pénis cadenassables n’est pas très bien vu.

La fabrication, la vente, la publicité et l’achat de ce type d’objet sexuel est même passible d’une amende et d’une peine d’emprisonnement de trois mois, en vertu de la loi sur les objets obscènes, ajoute Vice. Un jeune étudiant avait notamment été arrêté en 2017 pour en avoir vendu.

Tout se passe donc en ligne, pour le commerce local comme pour les ventes à l’international. Des plateformes comme Alibaba et Amazon permettent de faire prospérer les affaires. Mais, là encore, la discrétion et la prudence sont de mise: de faux clients passeraient également des commandes pour, ensuite, se faire un malin plaisir à livrer le vendeur à la police. Une tout autre façon de prendre son pied.

[Photo : Gwen Mamanoleas via Unsplash – source : http://www.slate.fr]

O americano elevou a canción popular e colocouna no lugar da alta cultura para sempre

BOB DYLAN EN UNA IMAGEN TOMADA EN EL AÑO 2012 EN EL FESTIVAL DE BENICASSIM

BOB DYLAN NUNHA IMAXE TOMADA NO ANO 2012, NO FESTIVAL DE BENICASSIM. DOMENECH CASTELLO

Escrito por JAVIER BECERRA

O rock n’ roll era unha emoción primaria de liberación ata que alguén lle puxo cerebro e fíxoo pensar. Foi Bob Dylan. Logrou que esa linguaxe xuvenil que bruaba cousas como «auambabuluba balambambú» convertésese no soporte de historias que transcendían á urxencia e o frenesí adolescente. O artista escribira no anuario da súa escola que desexaba ser como Little Richard. Pero, realmente, tomou o alarido sexual daquel, o rebozó de literatura e, quitándolle parte do roll, construíu as bases mestras do rock moderno.

A secuencia completa pódese ver nos álbums Bringing It All Back Home (1965), Highway 61 Revisited (1965) e Blonde on Blonde (1966), un tríptico maxistral no que o folk acústico se ensamblou no rock eléctrico e a nova linguaxe pop coa fina poesía. Aí atópase un dos picos da música popular, dunha transcendencia inabarcable que o alaga case todo. Converteu aquel son menor que fixo tremer o mundo en algo definitivamente maior, que quedou nel eternamente.

O protagonista, Robert Allen Zimmerman (o de Dylan vén do poeta Dylan Thomas ao que, di, apenas lera) cumpre mañá 80 anos. E, lonxe de ter que mirar desde a decadencia á grandeza daqueles dous anos nos que modelou o chamado «son do mercurio salvaxe», faino desde un presente de relevancia excepcional.

Despois da resurrección noventera da man de discos tan espléndidos como Time Out of Mind (1997), chegou Modern Times (2006). Sorprendeu a todos. Arrulados por xoias como When The Deal Goes Down, os seus seguidores non reprimían o entusiasmo. Vían aí, talvez, o último gran disco de Dylan. Algúns incluso sinalaban que se trataba o seu mellor álbum desde Blood On The Tracks (1975). O músico cumpría entón 65 anos. En lugar de xubilarse, entregaba un dos álbums do ano e seguía con esa aventura na que leva enrolado desde 1988: o Neverending Tour. Tocar e tocar ata o final.

O instinto indomable como guía

Nas dúas últimas décadas Dylan foi revalorizado como mito vivente. O seu arquivo infinito de descartes se expolia constantemente. É obxecto de todo tipo de documentais e estudos, incluído o primeiro volume da súa autobiografía Crónicas. E as novas xeracións penétranse no seu catálogo como quen descobre a pedra roseta do rock. Mentres tanto, el fixo directamente o que lle deu a gana, abrazado a unha liberdade radical allea a dogmas. Como sempre.

Se no pasado pasou de ser o profeta do folk a unha estrela de rock con lentes de sol, para logo desaparecer e, máis tarde, terminar facendo rock cristián, no século XXI ocorreu o mesmo. A súa imaxe do 66 apareceu en algo tan pouco roquero como a publicidade do banco ING. Tamén se coou nun anuncio da firma de lencería Victoria ‘s Secret, rodeado de modelos en bikini. Mentres, a máquina monetaria non parou, vendendo todos os dereitos das súas cancións a Universal por 300 millóns de dólares. E, como non, gañou o suspirado Premio Nobel de Literatura no 2016, que non foi a recoller.

Mentres todo iso ocorría seguiu tocando e gravando sen parar. Co seu particular estilo, á marxe de todo. En directo, masaxeando folk, rock e blues con engurras e voz rouca. En estudo, con discos na liña de Modern Times Together Through Life (2009), Tempest (2012)- e caprichos que só el se pode permitir, como tres álbums dedicados aos estándares americanos –Shadows in The Night (2015), Fallen Angels (2016) e o triplo Triplicate (2017) que incluso aos moi fans custoulles seguir.

Cando todo apuntaba ao intranscendente, chegou a sorpresa. En pleno confinamento edítase Murder Most Foul. Unha elixía de 17 minutos polo asasinato de J. F. Kennedy cantada en spoken-word que asombrou á comunidade roquera.

Naqueles tempos estraños, apareceu como outro experimento musical dos moitos que florecían. Tratábase do adianto de Rough and Rowdy Ways (2020), un álbum excepcional con praza entre os dez mellores títulos do artista. Con clima lúgubre, espectros de soul, linguaxe pre-rock, toques de jazz e alma folk, mostraba a un artista que aos 79 anos atopábase tan inspirado como para que a critica mundial caese en bloque, unha vez máis aos seus pés. Agora cumpre 80 e, visto o visto, xa ninguén se atreve a dicir que este será o seu último gran traballo.

As anécdotas moitas veces non deixaron ver o bosque musical dos seus concertos en Galicia

Non saúda. Non deixa que entren os fotógrafos de prensa. Non permite que o graven en vivo para emitir nas pantallas. Ordena aos gardas de seguridade que impidan facer fotografías ao público. Unha perita en doce para os titulares polémicos e as crónicas que obvian o musical. O avinagrado carácter de Dylan deixou as súas actuacións galegas no terreo da anécdota. Ou directamente o surrealista, como aquel episodio delirante do 2008 no que o Concello da Coruña refugou a súa contratación porque, segundo o concelleiro de Turismo, tocaba de costas, non saudaba ao público e só interpretaba cancións pouco coñecidas.

Foi precisamente na Coruña onde o músico debutou en chan galego. Non falou moito, é certo, pero tocou de fronte e regou á audiencia con clásicos como All Along The Watchtower, Just Like A Woman, Mr. Tambourine Man e Maggie’s Farm, entre outras. Era 1993 e o concerto enmarcábase dentro do mítico Festival dos Mil Anos celebrado no Estadio de Riazor xunto a outros mitos como The Kinks, Robert Plant, Jerry Le Lewis ou Chuck Berry ou Wilson Pickett.

Imágen de su concierto en Santiago en el 2019 en la que Dylan impidió el trabajo normal de los fotografos de prensa

Imaxe do seu concerto en Santiago no 2019, no que Dylan impediu o traballo normal dos fotógrafos de prensa. PACO RODRÍGUEZ

Volvería en 1999 ao Multiusos do Sar de Santiago. Para moitos dos seus seguidores esa foi a mellor actuación de Dylan na comunidade, trenzando un robusto ton blues. Empezou en acústico con The Times They Are A-Changin’ e terminou en eléctrico con Like a Rolling Stone. Na súa seguinte parada galega repetiría Compostela. Esta vez no Monte do Gozo no 2004 dentro doutro macrofestival xunto a Lou Reed, Massive Attack e Iggy Pop.

Dúas paradas no século XXI

No século XXI Dylan ofreceu dous concertos en Galicia. Primeiro no Ifevi de Vigo, no ano 2008, cun formato moi parecido ao que seguía usando ata o parón da pandemia. Despois en Santiago, no 2019 e de novo no Multiusos do Sar con todo vendido. En ambos os casos podíase ver ao Dylan crepuscular, revisando clásicos, retorcéndoos e traéndoos ao presente. No último birlo, ademais, creou unha atmosfera de teatro doutra época, sen máquinas na música e sen móbiles entre o público. Ao final, terminouse por darlle a razón na súa obsesión contra as cámaras. A ansiedade de capturalo todo que xeran estas acabaría por botar por terra a experiencia.

Catro visións desde a música galega

SÉS, XOEL LÓPEZ, ANDRES SUÁREZ Y ANXELA BALTAR (BALA)

SÉS, XOEL LÓPEZ, ANDRES SUÁREZ E ANXELA BALTAR (BALA)

SÉS: «Para min Bob Dylan é o exemplo dun cantor, dunha persoa que colle a realidade e a canta. Moitas veces se toma cantar por afinar ou entoar. El levou a canción ao xénero literario que é. Se ti queres cantar tes que consumir literatura. El é un exemplo de excelencia e ten categoría de mito. Actualmente so están el e Silvio Rodríguez».

Xoel López:  «Para min foi unha influencia brutal, sobre todo a nivel lírico e de concepto de canción. Era capaz de expresar algo moi concreto dun modo poético. A parte que máis me toca é a folkie, da primeira época. É unha peza fundamental no movemento pop que revolucionou o mundo. Achegouse a el, cambiouno e afectou en todas partes».

Andrés Suárez: «O que máis admiro de Dylan é a súa liberdade. Négome a chamalo valentía. Ao meu modo de ver e por máis que lle a pesar dalgúns, fixo o que lle deu a gana cando lle deu a gana. Do eléctrico ao folk sen selo. O grotesco sería ter preguntado. Faltaría máis. Non habería mestría sen liberdade. Oda ao seu premio».

Anxela Baltar (Bala): «Dylan chegou a min a través dos meus pais, como Pink Floyd, The Beatles ou Jimi Hendrix. A súa figura chámame moito a atención. Polo intensa que foi a súa vida, polo multidisciplinar da súa carreira e, sobre todo, polo cambio que fixo do folk á guitarra eléctrica nos sesenta. Todo a pesar das críticas e paus que caeron».

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

Compre nuestro producto ‘prémium’, sea abonado ‘prémium’, usted ha sido elegido usuario ‘prémium’. ¿Qué puede ir mal?

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Las empresas ofrecen a sus clientes productos “premium”, palabra que no figura en el diccionario académico y cuyo uso ha experimentado un ascenso vertiginoso en español durante los últimos años, según se aprecia en la gráfica que ofrece el visor Ngram, de Google (una información con carencia de datos concretos pero aun así útil). Este aumento se debe seguramente a su proliferación en el mundo de los negocios, sola o en compañía de otras, casi siempre a partir de construcciones en inglés: premium (prima, bonus), installment premium (prima a plazos), return premium (prima de devolución), bond premium (prima de fianza), reinsurance premium (prima de reaseguro), premium-rate (máxima tarifa), premium deal (oferta extraordinaria).

A partir de esa influencia anglosajona se han formado locuciones nuevas que han venido a sustituir a las precedentes. Antes se decía “de alta gama” o “de primera clase”, “de lujo”, “superior”, “prioritario”, “privilegiado”, “para clientes oro”… Ahora nos ofrecen “canales [de televisión] premium”, ser “abonado premium”, “cliente premium”, comprar un “producto premium”, formar parte de un “segmento premium”…, incluso se anuncian “accesorios de cocina premium”.

Este adjetivo se oye en dos versiones en España: hay quien lo pronuncia prímium y quien prefiere prémium. En el primer caso se reproduce la palabra tal cual se usa en inglés. Pero quienes atisban en el término su origen latino eligen prémium (que debería llevar tilde, igual que “acuárium”, “álbum”, “critérium” o “péplum”).

Las vueltas que ha dado este vocablo hasta llegar a la economía actual y a las ofertas comerciales.

En la lengua de Roma se escribía praemium, y significaba “prerrogativa”, “ventaja”, “beneficio”, “premio”, “recompensa”. De aquel étimo latino deriva la palabra castellana “premio”, que significa más o menos lo mismo que su antecesora: recompensa, galardón, remuneración por algún mérito…, además de la cantidad que se gana en un sorteo. Y también “prima” (en el sentido no parental), que el español tomó del francés prime con un significado muy similar (tal vez idéntico) a “premio”: la prima se concede como recompensa. Por tanto, viene a coincidir con lo que ahora nos plantean en la publicidad, ya se trate de una suscripción televisiva o de un gimnasio: será usted premiado si acepta nuestra oferta.

Y sí, podemos elegir la pronunciación más afín a nuestro genio del idioma; es decir, la más próxima al latín: prémium. Pero aun así se estará empleando un anglicismo, pues el término nos llega desde el inglés. Por tanto, se trata de un latinismo en inglés y de un anglicismo en español. No pasa nada, no es grave si eso sirve para algo.

Pero ¿sirve para algo? Sí: a menudo sirve como anzuelo de incautos.

Compre nuestro producto prémium, sea un abonado prémium, lo hemos identificado a usted como usuario prémium. ¿Qué puede ir mal cuando nos regalan los oídos?: Esta palabra nos invita a imaginarnos clientes escogidos, la crema de la sociedad, la cúspide de los mortales… y, ojo, a relajar la guardia como consumidores, porque la adulación siempre ablanda el ánimo. A veces resultará que verdaderamente somos tan prémium para la compañía como nos habían dicho, y que por eso no consienten que nos demos de baja. El camino de rosas que hallamos al entrar se convierte en laberinto para salir. Habrá que tener las orejas tiesas, por si acaso. Aquellas famosas “acciones preferentes” se habrían llamado ahora “acciones prémium”.

[Imagen: PAVLO GONCHAR / SOPA / LIGHTROCKET / GETTY IMAGES – fuente: http://www.elpais.com]

Más educación nutricional, menos accidentes en el súper.

La presencia de semáforos nutricionales y el uso de aplicaciones para leer etiquetas alimentarias evidencian la complejidad que entraña comprar comida en ciertos espacios.

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Escrito por Laura Caorsi

En un lineal del supermercado, entre las cajas de cereales y galletas, hay juguetes que se ofrecen a los niños y que están a la altura de sus ojos. En otro, a la altura de los tuyos, hay snacks de maíz, arroz o patata con aroma a albahaca, a jamón o a mantequilla. Habías ido a comprar comida, pero de pronto estás eligiendo fragancias. El súper como perfumería. El súper como juguetería. El súper como paseo y como espacio de novedad. El súper como acto festivo y lugar de ocio familiar. Como ciudad de tentaciones en la que es muy fácil distraerse.

Manejarse en el supermercado se parece mucho a conducir por la ciudad: el ritmo del tráfico y la cantidad de estímulos que compiten por nuestra atención nos obligan a procesar mucha información en poco tiempo, a tomar decisiones con rapidez y a interpretar -con mayor o menor acierto- la infinidad de señales que aparecen en el camino. La diferencia es que para conducir un coche recibimos educación vial, mientras que a hacer la compra vamos confiados y expuestos.

Elegir alimentos en las grandes superficies se ha transformado en un acto complejo, muy diferente a la experiencia que nos ofrece una tienda tradicional. Esa complejidad puede apreciarse, por ejemplo, en las múltiples versiones que hay para un mismo producto, pero sobre todo se puede ver en las nuevas herramientas e instrumentos que utilizamos para comprenderlas compararlas entre sí, desde etiquetas nutricionales con advertencias o colores hasta aplicaciones para decodificarlas con el móvil. El calibre de las soluciones es un indicador del tamaño de los problemas, y un buen ejemplo de esto lo encontramos en la industria automotriz.

Del Ford T a las etiquetas de los procesados

El primer semáforo del mundo se instaló en Londres en 1868, pero su uso se popularizó en Estados Unidos en la década de 1910. La expansión de los semáforos coincidió con el auge del Ford T, el primer coche asequible de la historia para las clases trabajadoras. Ese coche, del que se vendieron más de 15 millones de unidades, fue un hito del diseño industrial y lo cambió todo para siempre: desde el concepto de producción en cadena hasta el aspecto de las ciudades y el movimiento de la población. La fabricación de vehículos barata y veloz modificó también el ritmo de vida en las calles, el tráfico, la frecuencia de los accidentes y la movilidad. Generó un problema que antes no existía y, con él, su consecuencia inmediata: la necesidad de poner orden en el caos.

Con los ‘semáforos’ nutricionales ocurrió algo parecido. Antes de 1989, no había. Y no había porque no eran necesarios. Sin embargo, la oferta masiva de productos procesados baratos, sabrosos, poco saludables y en formatos cada vez más grandes alteró por completo el panorama. Aumentó la variedad (y, con ella, nuestras dudas) e incrementó las tasas de obesidad, cuya prevalencia se ha triplicado desde 1975. Así, aunque los primeros modelos de etiquetado nutricional frontal se adoptaron antes del año 2000, su expansión se disparó en el siglo XXI, coincidiendo con el auge de la industria alimentaria.

Los semáforos -nutricionales o callejeros- son instrumentos pensados para ordenar un entorno dinámico y complejo. Pueden funcionar mejor o peor, estar más o menos visibles. Pueden tener defectos de fábrica o sustituirse por otros más modernos. Pero, más allá de sus mecanismos, de su funcionamiento concreto, es su presencia la que evidencia la complejidad. No hay semáforos nutricionales en las fruterías, del mismo modo que no hay semáforos de tráfico en los pequeños pueblos.

Del GPS al traductor nutricional 

Manejarse en el supermercado se parece mucho a conducir por la ciudad, sobre todo cuando la ciudad es desconocida y necesitamos orientarnos. La cartografía y los sistemas de navegación siempre han sido útiles para movernos en lugares que no controlamos o en vías con mucho tráfico donde todo pasa muy deprisa y no sabemos cuál es la decisión óptima para llegar a destino. En los viajes, esa labor la cumplen los mapas impresos, los dispositivos de GPS o nuestros teléfonos inteligentes.

En el supermercado también usamos mapas y guías. Las listas de la compra que hacemos en casa desempeñan esta función: nos sirven para trazarnos una ruta, seguir un orden concreto, no olvidarnos de nada y evitar algunos desvíos. Pero ahora tenemos más herramientas a nuestra disposición, como las apps nutricionales que escanean el etiquetado de los productos y nos muestran si son saludables o no.

Con más de diez millones de usuarios en apenas cuatro años de existencia, Yuka es la aplicación que lidera el mercado de la traducción nutricional. Le siguen otras, como My Real Food u Open FoodFacts, con un millón de usuarios cada una; El Coco, con cien mil; e Infood, con unos diez mil usuarios. Las aplicaciones nutricionales son herramientas de navegación y, más allá de su eficacia o de su grado de fiabilidad, su existencia y su éxito nos están contando lo vertiginoso y complejo que se ha vuelto elegir alimentos en ciertos espacios. Si las usamos es porque desconocemos el camino, porque tememos perdernos o porque nos sentimos perdidos.

El asunto abre un debate. Por un lado, podríamos sostener que estas apps ayudan a las personas a tomar mejores decisiones y que, por tanto, son una herramienta de poder al alcance de los usuarios. Por otro, podríamos afirmar lo contrario: que nos vuelven más dependientes y vulnerables, ya que delegamos la decisión y el manejo de la información en un sistema externo; un sistema que puede ser útil, pero que no fomenta nuestro aprendizaje.

¿Necesitamos hacer un curso para comprar alimentos cotidianos? El contexto y los especialistas sugieren que sí, que la educación nutricional es clave para tomar mejores decisiones, ya que la decisión última de compra es nuestra. Ahora bien, tampoco es justo depositar toda la responsabilidad en el consumidor; no vale culpar a las personas de su mala alimentación (y sus nefastas consecuencias) por no saber manejarse con soltura en un entorno obesogénico ni estar preparadas para distinguir entre publicidad e información.

Elegir alimentos en un contexto complejo, donde los envases muestran y esconden datos a conveniencia, es un acto de alto consumo energético: requiere tiempo, organización, reflexión… unos recursos que, muchas veces, nos faltan. La vorágine que nos arrastra muestra que toda acción tiene unos costes y que, cuando los costes son elevados, tendemos a delegar los esfuerzos. El sistema nos lo pone en bandeja.

Con todo, no hay que perder de vista que, una vez hecho el trabajo de comprensión y aprendizaje, la fricción y la incertidumbre se reducen, igual que cuando aprendes el camino de regreso a casa o dónde están los cruces peligrosos. En ese sentido, la educación nutricional es como la educación vial: ayuda a cometer menos imprudencias, a ganar seguridad y a reconocer y denunciar las temeridades ajenas, como las que cometen algunas empresas. Cuando el entorno es agresivo, aprender a defenderse es vital.

 

 

[Fuente: http://www.bitacora.com.uy]

el sueño de la razón adjetivos malos

Detalle de «El sueño de la razón produce monstruos», grabado n.º 43 de los Caprichos de Goya.

Publicado por Carlo Frabetti

En un artículo anterior, «Los poetas malos», intenté mostrar la manera y la medida en que los recursos básicos de la poesía —la metáfora, la metonimia, la antonomasia, la hipérbole, la lítote, el pleonasmo…— son utilizados perversamente por la publicidad y la propaganda —política o de otra índole— para generar, con ayuda de los medios audiovisuales, nuevas formas metalingüísticas de confusión y seducción. Y releyendo el artículo he detectado una laguna importante: no hablo en él de los adjetivos.

La buena adjetivación es fundamental en la poesía y, análogamente, la adjetivación mala —en ambos sentidos del término— es consustancial a la poesía espuria, tanto a la deliberada como a la involuntaria: la deliberada de publicistas y políticos, y la que involuntariamente producimos —o reproducimos— al hablar (como aquel personaje de Molière que hablaba en prosa sin saberlo, a menudo hablamos en verso sin darnos cuenta). Y la utilización sistemática —y sistémica— de adjetivos malos contribuye de forma significativa a corromper el lenguaje, y por ende las mentes.

Veamos, a continuación, algunos ejemplos de adjetivos malos consolidados por el uso:

El papa bueno

Los católicos no parecen darse cuenta de que llamar a Francisco —como antaño a Juan XXIII— «el papa bueno» equivale a decir, por omisión, que los demás papas no son buenos. Podemos referirnos a Juan Pablo II como «el papa polaco» porque hasta ahora no ha habido ningún otro, y quienes llamaban a Benedicto XVI «el pastor alemán» puede que fueran irreverentes, pero no imprecisos, pues, aunque hubo otros seis papas alemanes, del penúltimo hace casi mil años; pero llamar, por ejemplo, al tristemente célebre Pío XII «el papa italiano» no tendría ningún sentido, puesto que doscientos diecisiete de los doscientos sesenta y seis papas habidos hasta ahora han sido italianos.

O bien en dos mil años de catolicismo solo ha habido un par de papas buenos, o el apelativo cariñoso dedicado a Francisco es un agravio comparativo, y él debería ser el primero en rechazarlo.

Fundamentalismo religioso

Y ya que hemos topado con la Iglesia, consideremos el equívoco pleonasmo «fundamentalismo religioso», que da a entender que la religión puede no ser fundamentalista, e incluso que en su mejor versión no lo es, cuando, por definición, la religión —cualquiera de ellas— se basa en dogmas incuestionables, es decir, en fundamentos inamovibles. Cabría aducir que la expresión tiene una justificación histórica, pues originariamente se utilizó el término «fundamentalismo» para designar un movimiento cristiano, surgido en Estados Unidos a principios del siglo XX, que propugnaba la interpretación literal de la Biblia y era intolerante con respeto a otras versiones del cristianismo. Pero eso solo significa que el pleonasmo malo lleva más de cien años instalado en el discurso ético y político.

El fundamentalismo siempre es religioso, en un sentido amplio del adjetivo, y la religión siempre es fundamentalista, en el sentido más literal.

Dogma de fe

En este caso se trata de un genitivo que cumple la función de un adjetivo inexistente, pues la fe es la única de las tres virtudes teologales que carece de un adjetivo propio, análogo a «esperanzado» o a «caritativo», relativos, respectivamente, a la esperanza y a la caridad («fidedigno», literalmente «digno de fe», no sirve, pues en realidad el adjetivo central es «digno» y, por tanto, el sustantivo de referencia no es «fe» sino «dignidad»). Como «feérico» ya está pillado, tal vez se podría llenar la laguna recurriendo al latín, con términos como «fideico» o «fidésico».

De nuevo un pleonasmo equívoco, pues sugiere la posibilidad de que algunos dogmas puedan ser aceptados sin un acto de fe ciega, a la vez que intenta revestir el dogmatismo de un aura virtuosa.

Pensamiento único

A esta engañosa y difundida expresión le dediqué recientemente un artículo, «Reivindicación del pensamiento único: la cantante calva y la paloma de Kant», por lo que me limitaré a repetir que el pensamiento, literalmente entendido como la potencia y el acto de pensar, como la herramienta y la tarea cognoscitiva de los seres racionales, es básicamente único. Por eso, cuando su objeto está bien definido y claramente delimitado, el resultado del pensamiento también es único: solo hay una física, plenamente aceptada por todos los científicos del mundo, por más que los especialistas puedan discutir sobre determinadas cuestiones aún por dilucidar o sobre las implicaciones filosóficas de la mecánica cuántica; y aunque se suele hablar de distintas geometrías en apariencia incompatibles (la euclidiana y las no euclidianas), no son más que ramas divergentes, pero de ningún modo contradictorias, sino complementarias, de un mismo tronco matemático.

Cabría pensar que, aplicado al pensamiento, el adjetivo «único» solo es malo en el sentido de incorrecto; pero también lo es en el sentido ético del término, como intento demostrar —o cuando menos mostrar— en el artículo antes citado.

Agresión homófoba

Los fóbicos no agreden, sino que huyen del objeto de su fobia. El temor mórbido característico de las fobias no tiene que ver, en principio, con el desprecio o el odio. Tener vértigo (acrofobia) no significa detestar las torres o las montañas, y un animalista puede temer a los perros (cinofobia). En todo caso, habría que llamar «homofobia» al miedo a los homosexuales, si tal cosa existiera; el odio y el desprecio no son fóbicos, sino ideológicos.

La mal llamada homofobia es, entre otras cosas, una forma solapada de misoginia: no hay que olvidar que lo que hizo que la homosexualidad se considerara el «pecado nefando» fue, sobre todo, el hecho de que un hombre se «rebajara» a hacer de mujer.

Ganadería ecológica

A no ser que hablemos de las vacas sagradas indias y del aprovechamiento ocasional de la leche que les sobra, «ganadería ecológica» es un oxímoron, puesto que no hay nada tan antiecológico como la producción de carne para el consumo alimentario. Producir un kilo de proteína animal supone el gasto —el desmesurado despilfarro— de unos diez kilos de proteína vegetal y de hasta dieciocho mil litros de agua. El carnivorismo humano es una de las principales causas de la deforestación, el cambio climático, la contaminación de los acuíferos, la pérdida de biodiversidad y las catástrofes sanitarias, desde el mal llamado «mal de las vacas locas» (los locos son quienes se comen a las vacas) hasta la pandemia de covid-19.

Otros adjetivos aplicados a la ganadería en un intento de dignificar una práctica atroz, como «sostenible», «responsable» o «respetuosa», son aún peores. El único adjetivo adecuado para «ganadería» es «aberrante», y ha de ir delante, pues es un epíteto.

Estilo de vida americano

No hay un estilo de vida americano (el tan cacareado american way of life), del mismo modo que no hay un estilo de vida africano o asiático. Hay, en todo caso, un estilo de vida estadounidense (o de los WASP: blancos, anglosajones y protestantes, para ser más preciso), uno de cuyos rasgos es la prepotencia lingüística. Identificar «americano» con «estadounidense» es una sinécdoque abusiva que fomenta el jingoísmo yanqui y relega a una posición subsidiaria a las demás naciones y pueblos de América.

El «sueño americano» es el sueño de la razón, que, como nos recuerda Goya, produce monstruos imposibles.

Adjetivos malos

Para terminar (de momento), un poco de autocrítica: «malo» es un mal adjetivo para «adjetivo», valga el trabalenguas. Habría que hablar, más bien, de adjetivos inadecuados, equívocos, tendenciosos… Pero este artículo parte de otro —«Los poetas malos»— que, a su vez, remite a una frase de Neruda: «Todos los poetas son buenos, incluso los malos», y a dos pasos de distancia de la cita inicial, el sentido irónico/poético del adjetivo de «adjetivo» se pierde por el camino, por lo que conviene intentar recuperarlo mediante una breve aclaración. Como esta.

Continúa aquí (por lo que invito a mis amables lectoras/es a proponer otros adjetivos malos a incluir en la lista)

 

[Fuente: http://www.jotdown.es]

Fotografía: Jesús Martínez (CC BY 2.0)

 

Publicado por Carlo Frabetti

Todos los poetas son
malos, hasta los buenos; su canción
es canto de sirena
que confunde, seduce y encadena
tu pobre corazón.

Decía Neruda que todos los poetas son buenos, incluso los malos. Pero no tuvo en cuenta que casi toda la poesía contemporánea es mala —en ambos sentidos del término— desde el momento en que solo una mínima fracción de la producción poética está en los libros y las aulas de poesía: la mayor parte la encontramos (o nos encuentra ella por más que intentemos evitarla) en las letras de las canciones, en los discursos de los políticos y, sobre todo, en la publicidad.

Por poesía publicitaria no hay que entender los ingenuos eslóganes y jingles de los anuncios de antaño (como la famosa canción del Cola Cao), sino los elaborados productos audiovisuales que infestan la televisión desde hace medio siglo y amenazan con colonizar internet, si no lo han hecho ya. Salta a la vista —nunca mejor dicho— que los spots publicitarios son poemas, y sin embargo no nos damos cuenta, a no ser que nos paremos a analizar sus mecanismos de seducción; estamos tan habituados a su insidioso metalenguaje que, al igual —o más bien al contrario— que el burgués gentilhombre de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo, no nos percatamos de que nos hablan en verso. Solo que los versos ya no son única ni principalmente frases, sino sobre todo imágenes y efectos sonoros; pero las armas de la poesía de siempre están ahí, más afiladas que nunca: la metáfora, la metonimia, la antonomasia, la hipérbole… Sobre todo, la hipérbole, porque en publicidad el tamaño importa, y mucho. Los anuncios siempre nos ofrecen lo más grande, en sentido literal o figurado, y a menudo se agigantan ellos mismos para enfatizar metonímicamente la magnitud de su oferta. Es el caso de las enormes vallas publicitarias que proliferan en ciudades y carreteras. Como el toro de Osborne.

En principio, la popular silueta podría representar a cualquier toro y servir de emblema a muy diversas causas (podría ser, por ejemplo, el logotipo de una organización ecologista, como el panda de Adena); pero al ser negra y estar ligada a la marca Osborne, es inevitable identificarla con el toro de lidia y, por ende, con la tauromaquia. No es sorprendente, por tanto, que se haya convertido en tótem y blasón del españolismo más retrógrado.

No hay más que entrar en cualquier tienda de souvenirs para comprobar que el torero y la bailaora siguen siendo los «topiconos» de la masculinidad y la femineidad carpetovetónicas. Y por una perversa metonimia, el toro se identifica con la tauromaquia, es decir, con su verdugo. Una metonimia tan perversa como la utilización del término «taurófilo» como sinónimo de aficionado a las corridas, que es como llamar «amantes de las mujeres» a los violadores o «bibliófilos» a los quemadores de libros.

La consabida bandera española con el toro de Osborne en el lugar del escudo es un poema visual digno de un Brossa. Con la particularidad de que lo que para Brossa habría sido una denuncia irónica del carpetovetonismo más cerril, para muchos se ha convertido en expresión cabal del orgullo patrio. Y no se puede negar que es el adecuado emblema de quienes lo eligen: el símbolo de la infame «fiesta nacional» sobre la mutilada bandera impuesta por Franco.

La pizarra tauriforme

Afortunadamente, la poesía visual no es privativa de la publicidad, la propaganda política y los descerebrados que llaman cultura a la tortura. El toro de Osborne es una gran pizarra vacía que pide a gritos ser llenada por algo que neutralice o cuestione su atrocidad paradigmática, y así se ha hecho en numerosas ocasiones. Veamos algunos ejemplos:

En 2017, el grafitero SAM3 pintó sobre un toro de Osborne próximo a la ciudad alicantina de Santa Pola el toro del Guernica de Picasso. El propio artista explicó así su intervención: «El monstruo de la guerra fue retratado en 1937 y Guernica es solo uno de sus nombres, le gusta pastar donde hay inocentes y desarmados. Tauromaquia de cobardes».

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Foto: DP

En 2005, el artista catalán Javier Figueredo cambió de sexo al toro de Casar de Cáceres, pintándole grandes manchas blancas, como de vaca suiza, y añadiéndole unas ubres sonrosadas. Según declaró, Figueredo pretendía denunciar la falta de igualdad entre géneros, y fue condenado por su osadía a dos días de arresto domiciliario.

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Foto: DP

En la misma línea de impugnación de la lógica heteropatriarcal, en 2011 el toro de Osborne de la Algaida mallorquina apareció una mañana sin testículos e iluminado con los colores del arco iris. Huelga decir que se procedió rápidamente a remascularlo y repintarlo de negro.

El toro ha sido pintado con la bandera gay
Foto: DP

Todos los poetas son malos, hasta los buenos, en unas circunstancias —en unas manos— capaces de convertir su ambigüedad (la polisemia es consustancial a la poesía) en confusión y su poder de seducción en vandalismo emocional. En determinadas circunstancias —en determinadas manos— la admirable Cabalgata de las valquirias de Wagner puede incitar a invadir Polonia o jalear a genocidas ebrios de napalm. Pero el proceso es reversible. Un buen diseño, como el del toro de Osborne, puede convertirse en emblema del españolismo más casposo; pero podemos borrar de la pizarra tauriforme las connotaciones espurias, devolverle su pureza icónica y convertirla en soporte de nuevos mensajes. O en inspiración para nuevos iconos: grandes siluetas de animales en peligro de extinción, por ejemplo, que nos adviertan, como negros agujeros en el paisaje, de que estamos carcomiendo la naturaleza de forma irreparable.

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[Fuente: http://www.jotdown.es]

La European Right to Repair Campaign, Halte a l’Obsolescence Programme i eReuse exposen iniciatives i demandes per augmentar la durabilitat dels productes electrònics al Mobile Social Congress.

"Dena doing repairs on her phone" de dam (CC BY 2.0) Font: Dam (CC BY 2.0)

Escrit per Carla Fajardo

Reparar els nostres dispositius electrònics, reutilitzar-los i exigir a les empreses un compromís contra l’obsolescència programada, abans de recórrer al reciclatge. El Mobile Social Congress organitzat per Setem recorda quins mecanismes tenim les organitzacions i la ciutadania per allargar la vida dels productes electrònics, que tenen un impacte en el medi ambient i en la situació de les persones treballadores als països d’extracció de minerals i de fabricació.

A la llarga, la reparació pot estalviar al consumidor uns 200 euros depenent del dispositiu, diu Chloé Mikolajczak, de European Right to Repair Campaign. Nascuda el 2019, la coalició d’organitzacions europees que lluiten pel dret a la reparació compta amb la participació de xarxes de reparació, persones reparadores professionals, ONGs i diversitat de membres.

Consideren que els productes han de ser dissenyats perquè durin i siguin reemplaçats quan sigui necessari de tal manera que permetin desmuntar i reparar els seus components. Mikolajczak assenyala el preu com una de les principals barreres de la reparació: « No té sentit reparar quan te’n pots comprar un de nou ». Per això, treballen en un fons de reparació per retallar despeses amb aportacions de les organitzacions col·laboradores.

Demanen que es reguli i s’abordi la reparació des de la política europea, que ho està començant a tractar des de l’ecodesign. « Sobretot la dels softwares que impedeixen reparar molts productes », explica.

D’altra banda, Laetitia Vasseur, de Halte a l’Obsolescence Programme (HOP), ha explicat que hi ha diversos tipus d’obsolescència programada, que qualifica de « crim jurídic »:

  • Tècnica. Per exemple, quan el xip de la impressora ens diu que no hi ha tinta encara que en quedi.
  • Software. Per exemple, quan et descarregues un nou sistema operatiu que detecta que un ‘software’ no està fet per la pròpia empresa o no pots actualitzar-lo.
  • Cultural i psicològica. És la que exerceix la pressió social de la publicitat, que ens transmet el missatge que « encara que funcioni ja no està de moda ». En aquest sentit, Vasseur reclama més control: « Té un discurs global d’economia circular, però diu que compris cada vegada més. La incitació al consumisme no és compatible amb un futur sostenible« .

HOP ha portat als tribunals Apple i Epson per aquest tipus de pràctiques i treballa en un índex de reparabilitat i durabilitat per incentivar la transparència de les empreses i donar detalls de sostenibilitat a les persones consumidores. « Per què no sabem les hores que hem passat davant de l’ordinador o els cicles que hem fet amb la rentadora? Aquesta transparència ens ajudaria a fer un millor manteniment dels productes », diu Vasseur.

A Catalunya, també volem saber quants anys poden durar els nostres dispositius. EReuse aplega entitats locals que treballen per donar una segona vida als dispositius, forma part de la campanya del dret a decidir i lluiten contra l’obsolescència programada. Està formada per centres federats de reparació com Solidança o Andròmines, que treballen a través d’una aplicació de programari lliure que monitoreja el trajecte dels productes.

David Franquesa, participant de l’organització, comença la ponència amb una imatge de la nau espacial Orion de la NASA que va utilitzar una tecnologia que va durar dotze anys basada en la fiabilitat. « Per què no veiem el planeta com una nau espacial on utilitzem els nostres finits recursos infinites vegades? », es pregunta Franquesa, després d’haver comprovat amb dades que les persones consumidores valorem més la durabilitat que les noves funcionalitats.

Per saber quan duraran els nostres dispositius investiga la durabilitat dels productes que s’han utilitzat fins ara a través d’observacions de les persones consumidores. L’objectiu és un etiquetatge que doni informació a les persones consumidores per tal que puguin premiar fabricants que en el passat han fet productes mes durables.

« Fins ara les dades ens parlaven del processador, el futur són etiquetes d’impacte: si s’ha reutilitzat, la qualitat, els materials que s’han fet servir i, ¿per què no? La durabilitat », afirma, i afegeix: « Això pot generar un canvi sistèmic ».

 

 

[Foto: CC BY 2.0 – font: http://www.xarxanet.org]

Enganam-se os que creem que suas vidas não serão expostas – e por isso admitem a vigilância na rede. Novo livro mostra como a captura em massa dos dados pessoais manipula a democracia, as economias e as próprias escolhas pessoais

O capitalismo de vigilância precisa ser reconhecido
como uma força profundamente antidemocrática.”1

Shoshana Zuboff

Escrito por Ladislau Dowbor

A invasão da privacidade é hoje avassaladora, mas as pessoas em geral ainda estão pouco informadas ou indiferentes. Na rotina e monotonia do nosso cotidiano, nos pequenos embates da vida, a quem interessará bisbilhotar o que conosco acontece? A realidade é que interessa, e muito. A pessoa comum vai sentir de repente o impacto das informações pessoais apropriadas por diversos sistemas ao buscar um emprego, ao abrir uma conta ou um crediário, ao pedir um visto, ao contratar um seguro ou um plano de saúde, ao tentar proteger-se de ataques online e bullying cibernético. E ainda poderá constatar que pagou mais caro, numa compra online, do que outras pessoas pagaram, simplesmente porque o algoritmo constatou que o produto lhe é mais necessário, e que provavelmente estará disposta a desembolsar mais: chamam isso de discriminação de preço. A informação detalhada sobre a nossa pessoa, com nome, endereço e detalhes íntimos, na mão de poderosas instituições ou simplesmente de irresponsáveis, pode afetar profundamente as nossas vidas. E o sistema não esquece. Qualquer imagem comprometedora da alguma bobagem de juventude ficará gravada no nosso perfil para sempre.

O primeiro ponto é que as tecnologias tornaram a invasão da privacidade simples e barata. Na era da informática, ter informações detalhadas sobre milhões de pessoas não representa nenhum problema técnico. Os algoritmos permitem o tratamento e cruzamento de dados de tal maneira que se torna fácil para agentes interessados, sejam governos, empresas ou organizações criminosas, individualizar as informações para focar apenas uma pessoa, ou uma família, ou um grupo de trabalhadores de uma empresa, ou um tipo de doente e assim por diante.

A invasão de privacidade pode igualmente ter caráter estratégico nas áreas política e econômica. A NSA gravar conversas privadas de Angela Merkel ou Dilma Rousseff constitui um instrumento de política internacional — inclusive permite repassar as informações para outras instituições interessadas de outros países, pequenos favores que se fazem. Acessar as conversas internas de governos antes de reuniões internacionais, para conhecer de antemão as propostas que virão à mesa em reuniões internacionais, constitui uma vantagem estratégica que provocou protestos de países da União Europeia. Invadir os computadores da Petrobrás para ter acesso aos dados sigilosos sobre reservas do Pré-Sal configura espionagem política e industrial com impactos evidentes. Não é apenas a privacidade individual e pessoal que está em jogo.

Por trás desse acelerado processo de transformação está, naturalmente, a tecnologia. Os avanços são absolutamente impressionantes, e as transformações ultrapassam radicalmente em ritmo os lentos passos da legislação, da regulamentação, da própria mudança cultural. Os envelopes podiam ser fechados e lacrados, os dossiês podiam ser guardados em cofres, as portas de uma reunião podiam ser trancadas, as fotos íntimas ou simplesmente familiares dormiam na paz dos álbuns. Hoje tudo são sinais magnéticos, informações imateriais acessíveis por toda parte e passíveis de serem armazenadas, tratados com tecnologias de Big Data, analisados por meio de algoritmos, transmitidos para todas as partes do planeta em instantes. As técnicas de reconhecimento facial por meio de câmeras instaladas nas ruas de numerosas cidades já estão causando indignação. O próprio George Orwell não imaginaria o que o Big Brother de 1984 poderia ser, que dirá com as tecnologias de 2020.

O processo é profundamente assimétrico. Enquanto indivíduos, somos radicalmente vulneráveis. Mas os gigantes que manejam o sistema, seja em níveis governamentais (como por exemplo a NSA nos Estados Unidos ou a GCHQ na Grã-Bretanha, por onde passa o essencial dos fluxos de informação do mundo), seja em gigantes da informação como Facebook, Alphabet (Google), Microsoft, Apple, Amazon, Verizon e poucos mais constituem, para o comum dos mortais, caixas pretas. A não ser em momentos de raros vazamentos heroicos como os arquivos revelados por Edward Snowden, ou as iniciativas de Julian Assange, a população em geral não tem ideia do que acontece com as informações, e encontra-se na realidade impotente. Só conhecerá a extensão do problema justamente, como vimos, quando for pedir um emprego, um visto e assim por diante.

Em grande parte, somos nós mesmos que alimentamos essas cadeias de informação, através das nossas conversas online, dos arquivos que guardamos nos nossos computadores, das inúmeras mensagens e fotos nas mídias sociais, dos likes que traçam o nosso perfil, de cada informação comercial quando pagamos com o cartão de crédito, de cada medicamento que adquirimos na farmácia, dos nossos registros nos hospitais. Hoje nada escapa, tudo deixa rastros que, uma vez cruzados, servem aos mais variados fins de instituições que estão acima de nós, e sobre as quais nossas informações são praticamente nulas.

Não há como não ver também os lados positivos da maior abertura de informações e de uma maior transparência. Com a pandemia do covid-19, ficamos impressionados com a capacidade dos algoritmos, que, ao identificarem uma pessoa contaminada, reconstituem em poucos minutos todos os contatos, locais, pessoas que o doente visitou, e criam uma bolha de quarentena de todos em situação de risco. As tecnologias de reconhecimento facial inclusive permitem localizar as pessoas até em lugares públicos.

Nos países nórdicos, as declarações de impostos são abertas e acessíveis, o que reduz radicalmente a dimensão da corrupção. As conversas gravadas e divulgadas pelo Intercept, demonstrando a deformação profunda dos procedimentos jurídicos no quadro da Lava-Jato, permitem evidenciar as manipulações. O acesso aos arquivos hospitalares e registros dos doentes permite realizar análises mais profundas sobre a eficácia de diversos tipos de tratamentos. A Amazon analisa as minhas compras de livros e me sugere obras de perfil semelhante.

Mas é isso que eu quero? A transparência maior nos países escandinavos leva os capitais a migrarem para paraísos fiscais, o Deep Mind da Google admitiu uso ilegal de informações pessoais de doentes nos hospitais britânicos, o fato de a Amazon empurrar-me livros semelhantes tende a trancar-me numa bolha de repetição de opiniões parecidas. O uso de informações individualizadas para fins eleitorais, tanto na eleição do Trump, como no Brexit da Inglaterra, e evidentemente no Brasil, levou a uma deformação profunda do processo eleitoral. O escândalo do Cambridge Analytica permite hoje entender a profundidade e amplitude do processo, e a ameaça que isso representa para a democracia. O reconhecimento facial em lugares públicos veio para ficar, com milhões de câmeras.

Imaginamos sempre, com otimismo, sociedades em que o uso das nossas informações seria de certa forma controlado e regulamentado. Não é mais o mundo em que vivemos. Há uns tempos em Tunis, encontrei-me com jovens que tinham participado da Primavera Árabe, tendo conseguido, inclusive com ampla comunicação pelas redes sociais, mobilizar-se para derrubar a ditadura. Voltando a vê-los alguns anos depois, com novo governo forte, relataram que hoje o regime tem todas as informações das redes, dos organizadores, das amizades, inclusive com o conteúdo das mensagens trocadas. Devemos pensar não só o que fazem com as nossas informações, mas também o que poderão fazer.

Na realidade, a explosão mundial de acesso às informações e de invasão de privacidade ainda anda à procura tanto das respostas técnicas, com criptografia, antivírus e semelhantes, como de um sistema de regulação, de codificação de limites. É um mundo novo que se descortina, com oportunidades e ameaças. Por enquanto, claramente, quem está ganhando são as ameaças.

Nesta sociedade vigiada para a qual avançamos a passos largos, entender as dinâmicas torna-se muito importante, inclusive para acompanhar os novos marcos legais que estão sendo desenhados para proteger-nos.

Neste pequeno livro, tentamos abordar alguns temas-chave, resultado de uma pesquisa que realizamos no quadro da pós-graduação em Administração da PUC de São Paulo, com o apoio de pesquisadores da USP. Não é um texto de grandes complexidades, mas que dará sim ao leitor uma dimensão básica dos aspectos técnicos e jurídicos, formas de proteger-se, a evolução das principais tendências, as novas legislações protetivas.

Waldir Mafra apresenta a dimensão geral do desafio, a privacidade como direito humano, inclusive inscrito na nossa Constituição: “São invioláveis a intimidade, a vida privada, a honra e a imagem das pessoas, assegurado o direito a indenização pelo dano material ou moral decorrente de sua violação.” (Art. 5º) Mas o que a Constituição proíbe, as tecnologias permitem, e em escala impressionante. O desequilíbrio é claro.

O capítulo de Vicente Argentino está centrado na evolução da base de regulamentação com a qual as sociedades buscam proteger-se, restabelecendo um certo equilíbrio entre os gigantes da informação e a nossa fragilidade individual. É essencial a definição do que constituem “dados pessoais”, e os limites da invasão. A análise da legislação recente nos EUA, na União Europeia e no Brasil mostra as dificuldades de controlarem-se plataformas mundiais com leis locais. Este capítulo interessará em particular a empresas que se terão de adaptar ao novo marco regulatório.

O trabalho de Pedro Kelson apresenta em termos simples os principais mecanismos de invasão da privacidade e manipulação dos dados, com uso de psicometria, análise de Big Data, publicidade segmentada e semelhantes. Fica explícita a visão de Inacio Ramonet, de que mais eficiente do que os cassetetes e jatos d’água das forças de segurança são as novas armas de vigilância, que permitem identificar as lideranças de grupos não hegemônicos e tirá-las de campo antecipadamente. Os diversos mecanismos utilizados em diferentes países dão ao leitor a dimensão dos desafios.

Arlindo Rodrigues discute os riscos envolvidos na perda do controle sobre as informações pessoais da sociedade civil e as ferramentas utilizadas nessa apropriação indébita pelas corporações e pelo Estado. Elenca desde as ferramentas de vigilância massiva até a formação de “bolhas” de opinião política. Detalha também as inúmeras atividades por meio das quais inadvertidamente alimentamos os bancos de dados que irão permitir desde sistemas individualizados de influência até ataques pessoais como o cyberbullying.

José Roberto de Mello Franco Júnior entra mais profundamente nas dimensões técnicas de como nos podemos proteger da invasão, quando somos todos os dias submetidos a uma barganha: qualquer produto que acessamos online nos sugere que o autorizemos a instalar cookies e a disponibilizar informações. Na falta de opções, e precisando avançar no que pesquisamos, não temos opção senão dar o nosso acordo, inclusive confirmando que “lemos e estamos de acordo” com o que o clique significa. Quem é que alguma vez leu as dezenas de páginas que definiriam com o quê estamos de acordo? Mas no essencial, o capítulo de José Roberto detalha as diversas formas de protegermo-nos, desde o elementar para amadores, até o sofisticado para quem se quer proteger de forma mais rigorosa. Links para as principais ferramentas de proteção darão ao leitor, seja pessoa física ou empresa, instrumentos práticos para defender-se.

Bruno Bioni e Rafael Zanatta fecham o volume com um estudo acadêmico, em profundidade, das transformações em curso na área do que é hoje a batalha mundial em torno da economia da informação. Apoiam-se inclusive no recente aporte fundamental de Shoshana Zuboff, sobre a sociedade vigiada. Revisando as discussões nos Estados Unidos, na União Europeia e no Brasil, inclusive sobre a nossa recente Lei Geral de Proteção de Dados Pessoais, os autores fornecem-nos um instrumental particularmente rico para aprofundar as pesquisas, com notas e links para os principais documentos internacionais.

No conjunto, visamos com o presente livro dar ao leitor instrumentos práticos, ou ferramentas, para situar-se neste campo essencial da economia da informação, que traz novos desafios e também novas ameaças. O que não podemos é deixar de entender do que se trata. Bibliografias muito ricas no final de cada capítulo asseguram que o presente texto constitui inclusive um ótimo instrumento para avançar para pesquisas ulteriores, segundo o interesse do leitor. Como os diversos autores tiveram acesso aos trabalhos uns dos outros, além das discussões em grupo, acreditamos colocar nas mãos da comunidade de interessados um texto coerente e articulado. Boa leitura.

1“Surveillance capitalism must be recokoned as a profundly antidemocratic social force” – Shoshana Zuboff, The Age of Surveillance Capitalism, Public Affairs, New York, 2019, p. 515

 

El inefable músico uruguayo reunió sus temas para un álbum divergente, con el que pretende alentar sus piezas instrumentales.

El debut en público de Maslíah fue en 1974 con un concierto de Haendel como solista de órgano.

Escrito por Luciano Lahiteau

Las dos composiciones tienen ya algunos años, pero reunidas en estas Últimas canciones, “Coral” y “Agua con gusto” parecen un manifiesto para la despedida. Llevan inscripto lo dificultoso que puede ser encontrar palabras para la música, y los laberintos líricos en que nos puede sumergir el lenguaje.

Desde Montevideo, donde acaba de retomar su agenda de conciertos, Leo Maslíah recuerda que “Coral” apareció a mediados de los 90 en la voz de Carlos Aguirre, y que es una de esas canciones “donde la letra habla de la música”. “Agua con gusto”, en cambio, es una composición del guitarrista español Chema Saiz (uno de sus partenaires en el álbum, como Riki Musso, María Bentancur y Elena Ciavaglia, entre otros) con letra suya que se adelantó a los tiempos: ya antes de su estreno en el Café Berlín de Madrid, en 2017, había tenido su grabación a distancia y video en YouTube, el formato al que nos acostumbramos en tiempos de distanciamiento social.

Las Últimas canciones se registraron en los estudios particulares de Maslíah y sus invitados durante 2020, y se publican casi en simultáneo con otras tres placas del músico uruguayo: Jazz, como solista, En Trío con Tato Bolognini y Marco Messina, y Electroacústico, con grabaciones encontradas e inéditas. Apenas antes, en 2019, había publicado dos álbumes de solo piano: Cine mudo Leo Maslíah toca Bach.

Últimas canciones comienza con el bolero “Una mirada más” y termina con la fábula de infelicidad conyugal de “Septiminio y Octogenia”, como si la parábola resumiera los vaivenes de Maslíah con su propio repertorio de canciones, y la variedad y vastedad de su espectro musical. E incluye dos piezas flamantes. “La filosa Oda a Bertolt Brecht”, una no muy velada crítica al escándalo político por las coimas de la empresa brasileña Odebrecht en clave de balada. Y “Afloja”, otro eslabón en la dinastía de hits desconocidos de Maslíah: una historia de amor no correspondido entre las góndolas de un supermercado, en medio de la paranoia y la sociedad de control que impuso el covid-19. “Afloja ese barbijo, que te quiero besar”, parece escuchar una y otra vez el personaje de la canción, para quien el erotismo se ha convertido en un atentado contra la sanidad.

–Este disco se presenta como tu último álbum de canciones. ¿Por qué?

–Quiero trabajar un poco en contra del sesgo que a lo largo de décadas impusieron los medios a la imagen pública de mi trabajo musical. Dentro de lo que compuse, la proporción entre canciones y música instrumental es demasiado diferente de lo que, en general, creen quienes me escucharon.

–Traés al repertorio a escritores como Esther de Cáceres y el Conde de Lautréamont. ¿Qué te incitó a musicalizarlos?

–Lo de “últimas canciones” no implica que sean todas de mi autoría en letra y música. Además, lo de musicalizar textos de otros autores fue algo que hice mucho a lo largo de los años. Por desgracia, la gente no mira mucho de quién son las cosas y muchas veces atribuye las autorías a los intérpretes. Esther de Cáceres es una gran poeta uruguaya que descubrí hace pocos años y la lectura de su poema me sugirió música inmediatamente. Y “Viejo océano” es un aria de mi ópera Maldoror, basada en los Cantos de Ducasse, compuesta en 1998 y que se estrenó en el Teatro Colón de Buenos Aires en 2003.

–En “Comercial”, el adelanto del disco, hablás de la imposibilidad de escapar a las lógicas del mercado. ¿Cómo te llevás con la necesidad de tener que promocionarte?

–”Comercial” fue compuesta en los 90, pero la última parte de la letra la reformé ahora, al grabarla, incorporando nuevas formas de la publicidad. Creo que me manejo bien con la autopromoción, salvo que me gustaría poder usar en otras cosas el tiempo que insume.

–En Instagram incursionaste en los memes. ¿Qué te gusta de ese lenguaje?

–Quizá no piense en base a la conceptualización que implican esos términos. “Meme” para mí es lo que leí en El gen egoísta de Richard Dawkins, una especie de gen inmaterial, ideológico, que tiene la posibilidad de replicarse usando a los seres humanos como vehículo. La acepción en boga es un tremendo empobrecimiento del concepto, análogo al uso pauperizado que impusieron las productoras publicitarias al término “estética” y que tristemente luego se extendió a la producción teatral, cinematográfica y demás.

–Últimas canciones es parte de un proceso más amplio en el que es creciente tu vuelco a la música clásica. ¿Qué tienen los clásicos para decirnos de esta época?

–Mi debut en público fue tocando un concierto de Haendel, en 1974, pero mi interés por la música abarca desde siempre muchas áreas. Este año voy a realizar una gira dentro del Uruguay con un repertorio principalmente formado por obras de compositores uruguayos “impopulares” del siglo XX. Creo que la idea de que existe un género llamado “música clásica” es errónea.

–Tu lírica y tu estilo de canto son señas de identidad inconfundibles. ¿Qué significa para vos relegarlas en esta nueva etapa, donde privilegias las piezas instrumentales y la interpretación de los clásicos?

–No hay nada relegado. Las canciones están más que antes a disposición de quien quiera escucharlas y una buena parte de lo demás también.

–¿Qué valor le das al canto dentro de tu obra?

–No sé qué valor asignarle, pero el hecho de que mucha gente me haya escuchado sin percibir su sentido musical me llevó a querer tocar, por lo menos en vivo, solo para gente sensible. Cuando alguien en las redes, antes de algún concierto, me pregunta si es solo música o si también voy a cantar, le contesto “no vayas”.

–¿Qué pensás escribir de aquí en más?

–Escribí bastante narrativa, teatro y poesía a lo largo de los años, y sigo en ello. Si me surgen ideas de canciones las haré, solo que no en vivo.

–Estamos en una época de mucha autocensura. ¿Qué desafíos aparecen en este presente para la creación artística?

–Es una época que combina la ampliación de las posibilidades de la democracia con la restricción del lenguaje y del pensamiento que podría dar un cauce promisorio a esa ampliación. No sé qué saldrá de ese cóctel.

–Estás volviendo a los escenarios. ¿Qué esperás de esta nueva concepción de los conciertos en vivo?

–No me puedo olvidar de los gráficos que circulaban estos últimos meses mostrando las distintas distancias que hay que guardar para preservarse del contagio según se trate de situaciones de espectáculo, de medios de transporte, etc. No puede esperarse sino un aumento de la esquizofrenia social. Aquello de Quino de que todos los hombres son iguales pero algunos son más iguales que otros amplificado y multiplicado en distintos órdenes de la vida.

 

[Fuente: http://www.clarin.com]

Imaginemos un retrato de Alfredo Stroessner; ahora imaginemos que alguien le pinta los labios, le dibuja pestañas, le agrega dos cuernitos en la cabeza. Esa intervención, que trabaja sobre una imagen u objeto del mundo existente, vuelve a la imagen del dictador una figura pop.

Escrito por Derian Passaglia

Como el posmodernismo y el relativismo, como Michael Jackson, como Lady Gaga, como Manuel Puig, como una publicidad de cerveza, una película de Tarantino, una serie sobre la reina de Inglaterra, la reina de Inglaterra, un perro de la calle sin una pata, mate cocido con leche, Pampita, Moria Casan, Cristiano Ronaldo, Vladimir Putin, Steve Jobs, una canción de los BTS, Instagram, Mark Zukerberg, milanesas a caballo con papas fritas con cheddar y panceta, un shopping, una bailarina en una cajita musical, un pintauñas, una camisa con la cara de Sandro, el proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, Tom Cruise, en fin, cualquier cosa pareciera que puede ser pop, cualquier elemento mediatizado podría ser llamado pop.

Leí el libro El “pop art” de Oscar Masotta. Es chiquito, apenas pasa las cien páginas. Lo compré hace años en una de las librerías de los alrededores de la facultad de Filosofía y Letras en la calle Puán. Me gusta la tapa, que reproduce esa tipografía jipi de los años sesenta a colores, las letras están redondeadas, son sinuosas, adelgazan y engordan, tiene una onda a la tapa del disco Yellow Submarine de Los Beatles. Hibernó en la biblioteca todo este tiempo y recién lo agarré ahora por azar, por curiosidad y por deseo, las tres leyes que me guían como lector. Masotta es muy intelectual y se nota en la manera en que plantea su teoría del pop influenciado por las teorías francesas postestructuralistas.

Andy Warhol inventó en la década de los sesenta la forma del arte actual, a través de una instalación de las famosas sopas Campbell’s. El arte actual se sigue entendiendo como instalación, aunque en realidad no es un invento de Warhol, sino de Duchamps, lo que Warhol le agregó a las instalaciones fue lo pop. Para Masotta, el arte pop es un signo que problematiza la imagen con la referencia de su objeto real. Al sacar las sopas Campbell’s del supermercado y llevarlas a un museo, Warhol hace solamente un movimiento. Pero en este movimiento está la clave del arte pop, porque las sopas dejan de tener la función propia, utilitaria, para las que fueron creadas. En el museo, las sopas Campbell’s se transforman en arte, y este parece ser un problema para el arte pop en general, ya que este mismo movimiento podría hacerse con cualquier otro objeto del mundo y lo único que cambiaría sería el contenido. El arte pop parece intervenir sobre el mundo tal cual como está pensado, con sus discursos, sus formas, sus ideologías y medios. Imaginemos un retrato de Alfredo Stroessner; ahora imaginemos que alguien le pinta los labios, le dibuja pestañas, le agrega dos cuernitos en la cabeza. Esa intervención, que trabaja sobre una imagen u objeto del mundo existente, vuelve a la imagen del dictador una figura pop.

El signo señala, y en el caso del arte pop, señala al objeto mismo. Para Masotta, el pop no informa sobre la realidad, informa sobre los discursos que mediatiza la realidad. Lo único que en realidad puede informarnos es que la realidad es una construcción, nos pone delante la realidad para que la veamos en su forma, vacía el contenido, ya no importan las sopas, importa la marca, importa que esa marca es una marca de sopas, y que esas sopas se venden en los supermercados, que pertenece a una multinacional que comercializa un determinado producto. La imagen que muestra el arte pop está cargada de otros discursos.

Después Masotta dice que el objeto, en el arte pop, va hacia el hombre, y no al revés. Esto me gustó, porque es como que el hombre no puede hacer nada ante ese objeto, la realidad se presenta ante él, no hay agencia, está constituido por las cosas que pasan afuera, en el mundo. También dice que es un arte de la redundancia y que hay un rechazo radical a la metáfora, el arte pop es literal, nombra la cosa con su mismo nombre en la realidad. Y esta cita: “en cuanto al arte pop, había que decir que constituye, junto al surrealismo, el segundo gran movimiento estético del siglo XX que ha puesto el acento en la subjetividad descentrada”. Parece ser un arte del objeto que hace preguntarse al propio sujeto por su lugar en el mundo.

No me gusta cuando Masotta habla de que el arte pop hace una crítica a todo realismo del objeto. La crítica la hace Masotta, no el arte. Pensar que el arte es crítico, cualquier que sea, es pensarlo bajo la lógica del realismo, y es justamente el lugar del que Masotta quiere sacar al pop. La crítica en el arte es cosa de la crítica, no del artista, porque la crítica usa paradigmas viejos de la representación clásica, donde se imagina que un objeto del arte refleja un objeto de la vida. Habría que eliminar directamente la categoría del realismo para hablar de arte pop, dejarla afuera. Y es más: habría que olvidarse ya del realismo, que es cosa del siglo XIX, de burgueses y aristócratas, de un mundo que ya no existe. El arte pop transforma un objeto del mundo en fantasía, nos divierte, nos hace reír y llorar, emociona; crítica hacen los periodistas.

El pop saca de contexto los objetos y los pone a funcionar en otros. Para que sean considerados “pop” deben ser objetos de consumo, productos que sirven para satisfacer necesidades. Hace poco vi la foto de una obra de Ai Weiwei, un artista chino, que había impreso en un jarrón de la dinastía Han el logo de Coca Cola. Me seduce cuando el pop se cruza con el barroco. Pablo Katchadjian intervino “El Aleph”, el cuento más famoso de Borges, lo engordó agregándole más de tres mil palabras y lo publicó con el título de El Aleph engordado. Tal vez lo que habría que pensar es lo pop del arte, ¿finalmente todo objeto de consumo es popular?

[Ilustración: página Las chicas Superestronistas de Facebbok – fuente: http://www.eltrueno.com.py]

 

Escrito por Saúl López Noriega

La decisión de las plataformas de internet de cerrar las cuentas de Donald Trump desató un torbellino que no cesa. Después de pronunciar un infame discurso, el pasado 6 de enero, en el que incitó a sus militantes a la toma del Capitolio, las principales redes sociales suspendieron las cuentas del entonces presidente estadunidense; a los pocos días, las cancelaron de manera definitiva. Twitter recién aseguró que esta decisión es irreversible inclusive si Trump volviese a competir por la presidencia en 2024.1

Aun en ese escenario, el presidente de aquel país contó con una considerable batería de recursos: conferencias de prensa, entrevistas, exposición en cadena nacional. Sin embargo, Trump quedó expulsado de la esfera digital, esa arena de comunicación clave que usó como trampolín político a la presidencia de su país y como trinchera para apuntalar su autoritario estilo de gobernar. Perdió, pues, uno de los principales sustratos de su poder: la posibilidad de comunicarse, libre de cualquier mediación, con sus simpatizantes; así como la oportunidad de hilvanar, sin edición alguna, su extremista y pendenciera narrativa política.

En respuesta, la discusión académica, que se viene dando desde hace varios años en diferentes puntos del planeta, sobre si es necesario regular las redes sociales, se azuzó todavía más. ¿Se trató, en efecto, de un acto de censura? ¿Por qué cancelar sus cuentas una vez que perdió la reelección, si desde la campaña de 2016 los mensajes de Trump en redes sociales violaban las reglas de la mayoría de estas? ¿Por qué no cerrar también las cuentas de redes sociales de otros gobernantes que atacan a la disidencia y a los periodistas de sus países, tales como el primer ministro de India, Narendra Modi, y el presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte?

La consecuencia más relevante de este evento es que la evidencia del enorme poder de las plataformas de internet para moldear las conversaciones de las personas sobre sus temas de interés, sobre las noticias registradas por los medios de comunicación tradicionales y sobre los mensajes directos de sus gobernantes, salió de la capilla de los especialistas para situarse en el centro del debate público y, en este sentido, en las agendas de diversos mandatarios alrededor del mundo. Angela Merkel consideró que se trataba de una decisión de menos problemática; mientras que López Obrador, si bien condenó el uso de las redes sociales para incitar a la violencia, apuntó que se trataba de una afrenta a la libertad de expresión, un flagrante acto de censura.2

Este episodio encapsula, por lo menos, cuatro preguntas medulares del debate alrededor de las plataformas de internet y su relación con una sociedad democrática. ¿Quién determina qué expresión puede circular? ¿A partir de qué rasero normativo se toma esta decisión? ¿Cuáles deben ser las características del procedimiento para someter a escrutinio las expresiones? ¿De dónde proviene su legitimidad para realizar esta tarea?

Desde la segunda mitad del siglo XX, cuando menos, en la mayoría de los países occidentales la libertad de expresión operó en un sistema legal público, anclada a una estructura estatal diseñada a partir de valores constitucionales y potenciada por un amplio abanico de tratados internacionales y de leyes que detallaban figuras clave como difamación, privacidad, discurso de odio y, por supuesto, que tasaban a su vez los daños y consecuencias legales de ciertas expresiones. Los responsables últimos de resolver los conflictos en torno a este derecho han sido los jueces. Ellos son los encargados, a partir de procedimientos propios del litigio constitucional, sea al interior de cada Estado o en tribunales internacionales, de definir los límites y alcances de esta libertad.

En el mundo en línea, por su parte, quienes deciden qué expresión puede circular son, en primera instancia, algoritmos diseñados por estas redes sociales para aprender, a partir de gigantescas bases de datos, a discernir qué contenido eliminar en las plataformas; luego, cuando ciertas expresiones escapan a estas herramientas tecnológicas, porque su significado es dinámico y contextual, empleados de estas plataformas se encargan de definir la suerte del contenido a partir de los estándares comunitarios propios de cada red social. Estas reglas no están atadas a ninguna norma constitucional ni tratado internacional, se trata de pautas que las plataformas digitales ajustan de manera constante en función de sus intereses comerciales, el tipo de comunidad que quieren crear y los problemas que se presentan en torno a qué expresión deben permitir. Cada usuario suscribe estas reglas al momento de abrir una cuenta en redes como Facebook, Twitter o Instagram. Por último, el procedimiento para solicitar que se elimine —o se restablezca— cierto contenido, aunque es distinto en cada plataforma, tiende a ser opaco, discrecional e inequitativo. Un ejemplo: las figuras públicas o celebridades a menudo pueden dirigirse de manera directa con personal de una red como Facebook para disputar sus decisiones sobre algún contenido, mientras que los usuarios comunes carecen de estas ventajas a pesar de que sufran acciones similares por parte de las plataformas.

En el fondo, el surgimiento de los intermediarios en línea implica una nueva lógica de la expresión en la historia de la humanidad y del conocimiento. Y, por ello, estas plataformas ofrecen una respuesta inédita a una pregunta también de enorme importancia para una sociedad democrática: cómo identificar qué información es relevante y cómo distribuirla sin caer en errores, prejuicios o manipulación.3

Son varios los resortes que definen este complejo mundo de la expresión en línea. Un aspecto imprescindible, por ejemplo, es el abaratamiento del costo de la expresión que, a su vez, ha tenido como consecuencia un exceso sin precedentes de esta; de ahí la necesidad de complejos sistemas de moderación de contenido a gran escala —con los costos para la expresión que esto implica aun en escenarios de reducidos márgenes de error. Otro elemento es el modelo de negocios de estas plataformas que consiste en monitorear a sus usuarios, enviarles como anzuelo un contenido personalizado, modificar y manipular su comportamiento para que interactúen cada vez más y, por último, vender esa atención a la industria de la publicidad. Hay que mencionar que esta dinámica tiene un enorme impacto en cómo y con qué potencia se distribuye el contenido de una plataforma entre sus usuarios, propiciando, entre otros, un efecto de burbuja informativa.

Un asunto más relevante todavía, para justificar que una eventual regulación por parte de los Estados sea en sus respectivos ámbitos o en un esfuerzo conjunto a través de instrumentos internacionales, es que mientras este mundo en línea se posiciona a gran velocidad como el espacio por antonomasia de la expresión pública, irónicamente no se trata en sentido estricto de un espacio público. Al menos no como son los sistemas educativos públicos o las administraciones gubernamentales, ni tampoco en el sentido de que estén abiertos al público como lo están parques, calles y banquetas.4 Las plataformas de internet son fundamentalmente propiedad privada. Es más: internet es una red que está integrada por diversas capas, aunque la mayoría de nosotros únicamente conocemos la última de estas: Google, Facebook, Instagram y un larguísimo etcétera. Debajo de estas aplicaciones existe una infraestructura de varios estratos que conforman a esta red.5 Salvo algunas excepciones, el edificio tecnológico que hace posible internet es propiedad privada sujeta a una regulación estatal menor.

Al respecto, una respuesta común es que esa es la naturaleza de internet: un espacio libre de interferencias y controles, ajeno a regulaciones estatales. Sin embargo, si bien es cierto que el diseño inicial de internet partía de una arquitectura inédita de protocolos abiertos encaminada a establecer una red libre y global, este diseño tecnológico estaba abierto a un diverso abanico de opciones para su desarrollo. En la década de los noventa, impulsado por la administración del presidente Clinton,6 se apostó por un esquema de libre mercado a ultranza y, como apuntamos, que generara riqueza a partir de la extracción de datos de los usuarios.7

Se trata, para no pocos, del pecado original de internet.8 O, más bien, del modelo por el que se apostó para exprimir la capacidad de esta infraestructura tecnológica, y que se ha vuelto dominante en el mundo occidental. Una de las consecuencias de seguir este esquema fue precisamente el ascenso de las plataformas de internet como intermediarias clave para conectar un amplísimo universo de intereses alrededor del mundo. El desarrollo ha sido tan abrumador que, contrario a la idílica estampa de imaginar internet como un jardín de la libertad, lo que tenemos ahora es más bien un poder marcado por dos características: una enorme concentración y, al mismo tiempo, amplias ramificaciones al grado de incidir en prácticamente cada una de las esferas de lo social. Es decir, en un puñado de plataformas digitales, junto con las aplicaciones que gravitan alrededor de sus programas gratuitos para su desarrollo, se concentra buena parte del internet occidental. Esto significa que hoy ya existe una regulación de internet: la que trazan y hacen cumplir las plataformas privadas. Por supuesto, tampoco es deseable un internet atado a una raíz autoritaria como la del Estado chino. Pero entre este y el modelo de Silicon Valley caben un sinfín de grados y matices de enorme utilidad para repensar la plataformización de internet.

El ascenso de estos nuevos poderes privados globales, atados a muy pocas y delgadas correas de responsabilidad frente a la estructura estatal, pero a su vez con una incidencia decisiva en el discurso público contemporáneo, tiene un claro tufo feudal. Es cierto: hablar de una vuelta al sistema feudal puede sonar exagerado, si se imagina que este estadio es propio de sociedades primitivas y en constante conflicto. Pero si, más bien, se entiende como un espacio en el que las decisiones que afectan a las personas no se toman con su participación ni de manera pública, es decir, si se trata de una dinámica de sometimiento en el que un reducido grupo de personas cambia la situación normativa del resto de la población a través de la acción privada y unilateral, entonces, una refeudalización no es descabellada o, por lo menos, no depende del desarrollo económico, cultural ni tecnológico de una sociedad.9

Facebook, por ejemplo, a finales del año pasado, echó a andar uno de sus experimentos más ambiciosos: su Consejo Asesor de Contenidos (Oversight Board for Content Decisions), cuyo principal propósito consiste en seleccionar y revisar un determinado número de las apelaciones de los usuarios de esta plataforma de internet respecto a sus decisiones de contenido. Es decir, es la última instancia en el interior de esta empresa para dirimir conflictos relacionados con sus estándares comunitarios y las expresiones que circulan en ella, a partir de lo que suben sus más de 2000 millones de usuarios alrededor del mundo. En los últimos meses, esta especie de Corte Suprema de Facebook ha emitido sus primeros fallos y se espera que en estas fechas decida si la cancelación de la cuenta de Trump en esta plataforma fue atinada y, en su caso, si debe ser definitiva.

Desde que empezó a gestarse este consejo, como es fácil de imaginar, se han esgrimido críticas respecto a si sus integrantes cuentan con garantías adecuadas para asegurar su autonomía o si su diseño es adecuado para abordar los eventuales daños de esta plataforma al sistema de expresión. No obstante, como bien apunta la académica Kate Klonic, probablemente quien mejor entiende la operación del sistema de moderación de contenidos de este intermediario en línea, hay que tener presente un debate previo y que gire en torno al hecho de tener un tribunal mundial privado que define derechos públicos —como la libertad de expresión— para una plataforma corporativa e independiente. Se trata, según Klonic, de una nueva era, un punto de inflexión hacia una inédita y permanente estructura de poder de estas empresas de tecnología. Un poder que no se había visto antes, en el que estas empresas trasnacionales ejercen un control inédito de la infraestructura de las comunicaciones y expresiones alrededor del mundo.10

¿Cuál es, en este sentido, la legitimación de Facebook para adoptar e imponer ciertas decisiones que cambian la situación normativa —derechos y deberes— de quienes conversan en el mundo en línea? ¿Por qué un tribunal privado, sin ninguna responsabilidad democrática, está definiendo los límites y alcances de aspectos indispensables para la dinámica democrática como la libertad de expresión y el poder de comunicación de los gobernantes? Ese es el centro del debate, y que implica una reedición de una vieja y central preocupación del pensamiento demócrata liberal: ¿cómo evitar la fusión entre verdad, información y poder en tiempos de internet?

Saúl López Noriega es profesor e investigador de tiempo completo del CIDE.


1 “Twitter says Trump ban is permanent –even if he runs for office again”, The Guardian, 10 de febrero de 2021.

2 López Noriega, S. “Donald Trump’s Chief Follower in Mexico Is Outraged at Twitter”, Slate – Future Tense, 19 de enero de 2021.

3 Gillespie, T. “The Relevance of Algorithms” en Media Technologies: Essays on Communication, Materiality, and Society, Boczkowski, P. J., y otroseds., The MIT Press, Nueva York, 2014, pp. 167-194.

4 Citron, D. K., y Richards, N. M. “Four Principles for Digital Expression (You Won’t Believe #3!)”, Washington University Law Review, Vol. 95, Issue 6, 2018, pp. 1353-1387.

5 Blum, A. Tubes. A journey to the Center of the Internet, HarperCollins, Nueva York, 2012. Solum, L. B., y Chung, M. “The Layers Principle: Internet Architecture and the Law”, Notre Dame Law Review, Volume 79, Issue 3, 2004, pp. 815-947.

6 Goldsmith, J. “The Failure of Internet Freedom”, en Emerging Threats, Knight First Amendment Institute at Columbia University, 2018.

7 Zuboff, S. The age of surveillance capitalism. The fight for a human future at the new frontier of power, PublicAffairs, Estados Unidos, 2019.

8 Zuckerman, E. “The Internet’s Original Sin. It’s not too late to ditch the ad-based business model and build a better web”, The Atlantic, 14 de agosto de 2014,

9 Cfr. Cordelli, Ch. The Privatized State, Princeton University Press, Estados Unidos, 2020, p. 72.

10 Klonic, K. “Watching Over the Facebook Oversight Board”, The Markup, 30 de enero de 2021.

 

[Ilustración: Víctor Solís – fuente: http://www.nexos.com.mx]

Postales sobre el racismo desde el Perú (2017-2019)

Lo bueno, lo malo y lo cholo Postales sobre el racismo desde el Perú (2017-2019)

Escrito por Marco Avilés

No hay problema que nos defina mejor en América Latina que el racismo. Desde los insultos que sazonan el día a día de nuestras calles hasta los diseños urbanos que segregan los barrios en nuestras ciudades, las viejas divisiones coloniales conviven con formas modernas de gobernar y de tratarnos basadas en la superioridad de «lo blanco». Somos casi tan expertos en leernos la piel, el cabello y los apellidos como en negarlo de inmediato. La vida cotidiana está hecha de esa contradicción.

I. Una policía que controla el tráfico de la avenida Javier Prado, en San Isidro, un barrio adinerado de Lima, se para delante de una camioneta a punto de voltear a la izquierda en la misma esquina en que un cartel lo prohíbe. La policía le indica con la mano a la conductora que siga de largo, pero la conductora no le hace caso y acelera hacia la agente. La policía retrocede por el golpe pero se mantiene en el lugar, con una rara convicción que parece reunir experiencia y amor propio. La conductora vuelve a acelerar y su camioneta empuja otra vez a la autoridad. El juego de fuerza, camioneta de lujo empujando a policía chola, se repite una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces… y ahora hay gritos que se pierden en esa noche en que miles de personas intentan regresar a su casa después del trabajo. Pasan conductores al lado, peatones, ciclistas y nadie se detiene. Nadie se exalta salvo alguien que registra la escena desde su coche.

II. Los ingenieros de apellido Colque Huamancuri y Bresciani Camogliano envían sus hojas de vida a una empresa para competir por el mismo puesto. ¿A quién llaman los reclutadores para la entrevista de trabajo? Un equipo de investigadores de la Universidad del Pacífico realizó este experimento para medir la influencia del racismo en el proceso de contratación de personal en empresas privadas. La investigación se llama «Discriminación laboral en Lima: el rol de la belleza, la raza y el sexo» y para realizarla crearon unas 5.000 hojas de vida ficticias y las enviaron a compañías que buscaban empleados. Los postulantes de apellidos de origen europeo y tez blanca que postulaban a puestos profesionales recibieron 120% más de respuestas positivas que los postulantes de tez marrón y apellidos indígenas. Es decir, cuando las compañías buscan profesionales, prefieren con mayor frecuencia a las personas blancas que a las cholas.

¿Qué ocurre cuando una persona blanca y una chola compiten para un puesto de obrero? Según el informe, ambos candidatos reciben similar atención. ¿Cómo se entiende esto? La investigación no revela nada que los peruanos y peruanas no sepamos por experiencia propia. En su libro Profesionales afroperuan@s en Lima: un drama anunciado, la antropóloga Liuba Kogan entrevista a un reclutador que confiesa cuán específicos suelen ser sus clientes cuando buscan cubrir puestos de alta gerencia: «En otra empresa también de un grupo importante económico, el gerente de admisión me dijo ‘por favor, también estamos en una empresa privada y ya tú sabes’, me dijo. Acá tienen que estar mujeres del grupo, específicamente que no quiero ninguna brownie»1.La peruana es una economía pujante que se levanta sobre estas arenas movedizas.

III. Un antiguo comentarista deportivo local describió al futbolista afroecuatoriano Felipe Caicedo comparándolo con un «cocodrilo». Caicedo se enteró del insulto y dijo que sus abogados podrían enjuiciar al comentarista por racista. El cómico Jorge Benavides, célebre en el Perú por ejercer el blackface y el brownface, anunció que preparaba un programa dedicado al caso Caicedo. Para animar la espera del programa, colgó una foto de la imitación. En ella, Caicedo era representado por un hombre bañado en pintura negra cuyos labios postizos eran tan grandes y rojos como salchichas.

Los diarios rebotaron la noticia y también el malestar que la imagen produjo en parte del público. El «humor» de Benavides suele ser tan tóxico que en lugar de hacer reír, enfada. El Ministerio de Cultura dijo en un comunicado: «En el mes de la cultura afroperuana, lamentamos que se sigan representando a las y los afroperuanos a través de imágenes que refuerzan estereotipos y prejuicios raciales». Cuando llegó el día señalado, la secuencia anunciada no salió en el programa. Ni Benavides ni el canal de televisión informaron la razón, y actuaron como si nada hubiese ocurrido. El incidente se diluyó dejando la misma sensación vaga y extraña que deja el tabú en las conversaciones familiares.

IV. El famoso cocinero Gastón Acurio pasea por la Feria del Libro cuando un grupo de niñas de escuela lo detiene para pedirle una foto. Las chicas sonríen y se tapan los ojos con los dedos de una mano haciendo una v. Cuando Acurio postea la imagen en Facebook, se desencadena una lluvia ácida de insultos contra las niñas: «Pirañitas», «Lacras», «Futuras madres adolescentes». La violencia crece como una bola de nieve. «¿Por qué no traen a otras niñas más decentes?», se pregunta alguien. «Seguro no tienen dinero para comprar libros». ¿Qué leen esos comentaristas en la imagen? ¿Qué los lleva a pensar que las chicas son pobres? Las niñas no son blancas. Son cholas, indígenas, mestizas, de piel marrón. Un dato significativo que, para cierta mentalidad, parece haber cruzado las fronteras del orden social. Las niñas marrones no están en su barriada peligrosa, ni en el cerro denunciando que les falta agua, ni están clamando por ayuda ante cámaras tras un desastre natural. Están en la Feria del Libro, ese templo exclusivo del ocio y del ascenso, abrazando al cocinero estrella.

V. Esta mañana fui a la radio, me acerqué a la caseta del vigilante y entonces se produjo el siguiente diálogo:
—¿A dónde va?
—A Ampliación de Noticias.
—¿DNI?
Alcancé mi documento por la ranura de la ventanilla. El vigilante leyó y tomó nota.
—¿A quién está trayendo?
—A nadie.

El hombre asumía que quizá yo era parte de la comitiva de un dignatario o asesor de prensa de alguna persona importante, y que había llegado temprano para esperar a mi jefe. Quien ha ido alguna vez a la radio o a la tele sabe que las cosas son más o menos así: los entrevistados importantes son precedidos por edecanes, guardaespaldas, secretarios. Como nadie me precedía, quizá yo debía ser el empleado. Era lógico.

—¿Entonces adónde dijo que va?
—A Ampliación de Noticias.
—Para qué, ¿ah?
—Para una entrevista. Yo soy el entrevistado.

El hombre arrugó la frente, extrañado, y preguntó como si dudara de todo lo que le había dicho:
—¿Y sobre qué va a ser la entrevista?
—Sobre racismo —le dije mirándolo de cholo a cholo.

En un país lleno de problemas graves, el intercambio resulta tan insignificante que parece más bien una muestra de susceptibilidad de mi parte. Pero la insignificancia acumulada ya no es tan insignificante. Y quizá de eso se tratan estas notas.

VI. La mujer que me maquilló antes de la entrevista en la tele observó la tapa de mi libro (No soy tu cholo) con curiosidad. Tenía unos veintipocos años, el cabello negro brillante y los ojos adornados con lápiz plateado.
—¿De qué trata? —preguntó.
—Sobre racismo y por qué ya no tengo vergüenza de reconocerme cholo.
—Ahhh.
La mujer se quedó en silencio, bajó los brazos y sonrió para sí misma.
—¿Te han discriminado?
—Uyyy. Todo el tiempo.

Vivía en Villa María del Triunfo, distrito de inmigrantes del sur de los Andes, y todos los días tomaba el tren para llegar a su trabajo en San Isidro, el corazón de la Lima empresarial. Hacía poco, una mujer que ella definió como «blanca» le dijo «No me toques, chola». Un clásico. Se quedó en silencio un rato más y tras tomar una bocanada de aire me contó que lo que la enfadaba en realidad era lo que le ocurría a su hermanita de 12 años. Cada vez que van al mercado del barrio una vendedora le dice a la niña: «Negra. Negra fea». No la detienen las llamadas de atención. «Negra. Negra fea», insiste la vendedora.

¿Sabía ella que la violencia racial es un delito?, pensé. Técnicamente, la hermana mayor podría traer a la policía y enfrentar a la agresora. Quizá, si grabase la agresión, la evidencia podría servir para que la autoridad detuviera a la mujer racista. Pero sonaba a ciencia ficción. La mujer terminó de echarme polvo blanco en el rostro y, en tanto tardaban en llamarme desde el set, nos quedamos charlando un ratito más sobre ese zumbido común («negra, negra fea», «cholo, cholo de mierda», «chuncho, chuncho salvaje») que acompaña el día a día de millones de personas.

VII. El director del Fondo Editorial del Congreso, Ricardo Vásquez Kunze, propone que el Estado deje de ofrecer sus servicios en lenguas originarias y que lo haga solo en castellano, pues de otra manera se pone en riesgo la unidad del país. «Si todos saben y hablan castellano la integración fluye con mayor facilidad que si incentivamos que los servicios públicos se brinden en las lenguas originarias de cada colectividad. Por el contrario, no existirá ningún incentivo para aprender el castellano –nuestra lengua integradora nacional– si los shipibos, los aymaras o los asháninkas se acostumbran a recibir los servicios del Estado peruano en su propio idioma».

«Se acostumbran», dice, desde la comodidad de su puesto burocrático, en Lima. El Perú tiene 47 lenguas, 47 acervos culturales, 47 fuentes de riqueza. ¿En qué mentalidad tener más puede ser peor que tener menos? El otro día acompañé a un amigo mexicano al hospital de un pueblo de Maine, Estados Unidos. Él habla mixteco, una lengua originaria de Oaxaca. Cuando entró a la sala de emergencia, las enfermeras averiguaron cuál era su lengua y se contactaron con un intérprete vía online. Ese hospital de pueblo estaba capacitado para brindar servicios en unas 200 lenguas. No importa si hablas español, francés, mixteco o abenaki: igual te van a atender. Ese pequeño detalle se llama equidad. Todos merecemos los mismos derechos sin importar origen, idioma, religión, sexo. ¿Por qué no podemos aspirar a lo mismo en el Perú?

Lo que dice Vásquez Kunze solo importa en tanto es funcionario público, y en tanto sus imaginaciones podrían llegar a ser políticas públicas. Por suerte, su manifiesto nazi nace desfasado la misma semana en que la crítica internacional celebra Wiñaypacha, la película en aymara del director Óscar Catacora, y el mismo día en que, por una linda coincidencia, el cantante Liberato Kani me comparte un tema suyo en quechua y español.

VIII. Las encuestadoras Apoyo y Datum publican sus resultados sobre los intelectuales con más poder en el Perú. Tres hombres blancos de más de 70 años encabezan las listas. Mario Vargas Llosa, Hernando de Soto, Julio Cotler. No hay mujeres. No hay indígenas. No hay personas afroperuanas. La librería Crisol prepara una conferencia sobre literatura con cinco panelistas, el espacio suficiente para imaginar una diversidad de voces y experiencias y géneros. Pero los cinco invitados son blancos y varones. No hay mujeres. No hay indígenas. No hay afroperuanas.

El diario El Comercio celebra los diez años de su suplemento económico, «Día 1», y les pide comentarios a cuatro caballeros blancos del zodiaco empresarial más uno de origen asiático, como esfuerzo por diversificar. No hay mujeres. No hay indígenas. No hay afroperuanas.

IX. Un estudiante de la Universidad de Lima, una de las más caras del país, entra a clases y comprueba, como si hubiese despertado en una película de horror, que muchos de sus compañeros son cholos. «Mucha gente confundió la uni2 con la de Lima», escribe en Facebook. «Mi salón parece un museo lleno de huacos». Enseguida sus compañeros celebran la broma en la misma frecuencia.

En el juego neoliberal de las fantasías, la educación pública es entendida como parte del infierno de las clases bajas. La universidad privada, por el contrario, no es universidad sino un tipo de club: el centro de reunión al que acudes para confirmar tu identidad de clase. Y en este juego de las apariencias, educarse, aprender, entender no es necesariamente parte del modelo de negocio.

X. Un periodista de América Televisión recorre las calles con la difícil tarea de auscultar a las inmigrantes venezolanas que encuentra en su camino. «Si algo hay que agradecerle a Nicolás Maduro», dice ante cámaras, al presentar su reportaje, y a continuación se agacha para medirle el trasero a una inmigrante venezolana. «111 [centímetros], muchachos», añade. «Gracias, Nicolás».

Esta semana la Thomson Reuters Foundation explicó con estadísticas que Lima es la quinta ciudad en el mundo más peligrosa para ser mujer. Como para ilustrar el porqué, el conductor de un programa de Radio Planeta aconsejó a su audiencia de caballeros qué hacer cuando una chica no nos hace caso: «Si la flaquita no quiere», explicó, «la pepeas y listo». Es decir, le pones una pastilla en el trago y procedes a violarla.

XI. Gladys Tejeda creció corriendo para no llegar tarde a clases, en los Andes peruanos, y ahora es uno de los seres humanos más resistentes del planeta. Es chola, maestra de profesión y su dieta de ganadora incluye maca, máchica y chuño.

De niña corría un kilómetro y medio para ir a la escuela, en Junín, como tantos niños de las montañas que los peruanos de ciudad ven, vemos, desde las ventanillas de los carros cuando atravesamos ese país «lejano» de donde venimos los cholos. La fortaleza de Gladys no es solo física. Cuando eres pobre, la vida te entrena sin tu permiso. La paradoja es peligrosa. Las desventajas pueden destruir tu talento o cultivarlo.

Gladys ganó su primera competencia a los 11 años y le entregó el premio (50 soles) a su mamá. 20 años más tarde, esa misma niña ha ganado la maratón de México por segunda vez y ahora le dedica el triunfo al Perú, ese país rarísimo donde los cholos todavía somos vistos con sospecha o desdén, y que a pesar de ello, o quizá por eso, produce incansablemente cholos y cholas universales (de Garcilaso a Vallejo, a Yma Súmac, a Tejeda). La paradoja es que muchas veces se van. Y Gladys también lo ha pensado.

XII. El entrenador de la selección peruana de atletismo de montaña, José Luis Chauca, ofrece una entrevista en vivo, cuando una mujer que no está en el cuadro comienza a gritarle como si Chauca fuese el sirviente que se ha distraído de regreso de un mandado:—¡José Luis, ven acá!

El entrenador intenta ignorarla, pero la mujer insiste.—Ya, un ratito —le dice Chauca.

No es suficiente.—¡¡¡Ven acáa!!! —grita la mujer.

La reportera, confundida, interviene:—Ya viene, ya viene —dice por decir algo. Pero tampoco es suficiente.
—¡Ya! ¡¡¡José Luissss!!!Es el momento en que uno teme que lo peor (si es que hay algo peor) ocurrirá: que la mujer entrará en escena y agarrará a golpes al entrenador.
—Vaya, vaya —le dice la reportera.

Chauca sale del cuadro corriendo. La cámara registra la amonestación que le suelta la mujer que hace un rato gritaba:
—Oye, si yo te llamo, tú vienes. Anda a buscar la mochila de Karina.

La reportera mira la escena a la distancia y se dirige a la cámara:
—Es la señora Letts y lo ha gritado al pobre José Luis. Se lo llevaron.

La «señora Letts» es Marita Letts, funcionaria de la Federación de Atletismo, y a quien maratonistas como Gladys Tejeda han denunciado en público por su violencia y abierto racismo. El abuso feudal como clima laboral en el Perú contemporáneo. La relación patrón-siervo que sigue vigente.

XIII. En enero de 2016, un vigilante de supermercados Wong se acercó a una clienta que salía de la tienda sin pagar unos productos. La mujer lo negó y le empezó a gritar, llena de cólera: «¿De qué cerro te has bajado, serrano? ¿Qué me puede importar a mí un vulgar portero, un portero de Wong?, por eso te quedarás como portero toda tu vida»3. El vigilante permaneció inmóvil, como en shock. La hija de la agresora se puso a llorar en la vereda.

La clienta había trazado con sabiduría la frontera mental que separa al Perú: quienes se piensan «blancos» están a un lado y son intocables; los cholos están del otro lado, en distintas formas de subordinación. Según la gramática de las castas, el vigilante marrón no tiene derecho alguno a dirigirle la palabra a la clienta «blanca». La furia de esta mujer no es irracional. Responde a su educación de casta superior.

Resulta simbólico que el incidente ocurriese en Wong, un supermercado que a través de su publicidad alienta esa ficción. La mayoría de sus anuncios parecen frescos de la vida cotidiana en algún país de fantasía, donde la gente solo es blanca y donde los cholos, mestizos, negros y más hemos sido eliminados durante alguna guerra étnica que desconocemos o vía Photoshop. En las publicidades de Wong, papá y mamá son blancos; mi hermanito recién nacido es blanco; el abuelo y la abuela son blancos; incluso mis muñecas son blancas. Hace unos días, Wong publicó un aviso que saludaba a la familia peruana para celebrar las fiestas patrias. Como era lógico, todos en la imagen eran blancos. Muchas personas se quejaron en las redes sociales usando palabras como: «racista», «discriminación», «Escandinavia». Lo complicado es que Wong conoce bien a sus clientes reales, que para nada se parecen a los modelos de la publicidad. En junio de 2017, el supermercado lanzó una campaña sobre la amabilidad de sus trabajadores y publicó en Facebook fotos de las personas que compran en sus tiendas. Si los modelos de las publicidades de Wong son repetitivamente blancos, sus clientes son cholos y cholas de todos los colores. ¿Cómo se explica esta contradicción? ¿Los principales consumidores de la publicidad racista son las mismas personas racializadas?

Los publicistas explican con un realismo brutal que la piel blanca es aspiracional en nuestro país, y no dicen nada nuevo. La utopía del blanqueamiento, como definió a este juego el sociólogo Gonzalo Portocarrero, es una institución colonial que floreció durante la República. La idea de que, bajo diferentes estrategias (incluido el matrimonio), una persona negra o indígena puede volverse blanca y así, parte de la elite o casta superior. «Hay que mejorar la raza», decía una tía cuando los chicos de la familia salíamos de fiesta. Lo cual no exculpa en nada que Wong sea una empresa guiada por principios nazis.

XIV. Una manera de medir la extraña prosperidad de Lima podría ser calculando la cantidad de dinero que sus habitantes invertimos o desperdiciamos en enrejar nuestra ciudad. Los limeños somos arañas expertas en cubrir con hierro forjado nuestras propiedades: enrejamos nuestros buzones de electricidad, nuestras puertas, nuestras casas, nuestras calles, nuestros barrios. Algunos alcaldes han comenzado a enrejar árboles, quién sabe si para protegerlos de los ladrones o para que no se escapen de la ciudad.

Lima es una ciudad de barrotes y de tranqueras, de murallas y de fronteras endiabladas que nos separan o que, para ser honestos, solo resaltan nuestra división4. Esto no es normal. O es normal a la limeña5. En lugar de enfrentar de manera colectiva las profundas heridas de una larga posguerra que ya dura casi dos décadas, preferimos pelear de manera individual contra un problema cuya solución aparenta estar al alcance: la inseguridad. ¿Somos tan «ricos» o tan «ladrones» que queremos robarnos unos a otros? Se salva el que se enreja primero. El Estado también sigue este mandamiento. El Palacio de Gobierno y el Congreso lucen gruesos barrotes pintados de negro. Lo extraño es que los ladrones trabajan dentro.

Las rejas de Lima llamaron la atención de un reportero de guerra acostumbrado a escenarios hostiles como Damasco o Bagdad. «He vuelto a un país donde la clase media para arriba vive detrás de rejas y alambre de púas electrificadas», dijo el periodista Jon Lee Anderson con una mezcla de pena y espanto, en 20156. La Lima que él recordaba, la de los años 70, era una ciudad donde se podía caminar sin necesidad de mostrar el DNI al vigilante de cada cuadra, en cada reja. ¿Qué nos pasó? ¿En qué momento la ciudad que pudimos ser se convirtió en la ciudad que somos ahora?

Las rejas son señales de desconfianza, de miedo, de odio. Son la materialización arquitectónica de lo que pensamos y sentimos y padecemos: racismo, clasismo y una mentalidad tribal o de casta que nos convence de que un conjunto de aldeas separadas pueden llamarse ciudad. En Lima, enrejamos y amurallamos todos: los ricos del distrito de La Molina levantan una muralla para separarse de los pobres del distrito de Ate. Levantan rejas las nuevas clases medias de La Perla para separarse de sus vecinos de clase baja de Ciudad del Pescador. Levantan rejas los pobres, que, en su pobreza, saben distinguir al que tiene menos del que tiene aún menos, como ocurre en la calle Tacaymano, donde viví, en San Juan de Lurigancho. Las rejas que encarcelan el barrio de mi infancia son el principal cambio urbanístico ocurrido en dos décadas. El parque del barrio no tiene más árboles, pero sí rejas.

En su crónica para el podcast Radio Ambulante7, el escritor Juan Manuel Robles cuenta la historia de un joven suizo que se mudó a Lima, a inicios de la década de 1970, cuando la ciudad era más o menos transitable, y decidió hacer lo que solo un loco haría: un mapa de calles. El suizo se llama Oliver Perrotet y solo compartiré este fragmento de su historia:

[Dice el presentador:] Solo faltaba imprimirla [la guía de calles], y para esto [Perrotet] necesitaba dinero. Salió a las calles de nuevo, ahora a tocar puertas de empresas. Les ofrecía anuncios publicitarios en el mapa. Y ahí, pues, el hecho de ser extranjero lo ayudó bastante.

[Dice Perrotet:] Como gringo no tenía realmente restricciones: «Pase señor», ¿no? Aunque tenía yo barba y pelo largo. Pero quizás tal vez por eso, ¿no? Era un personaje un poco fuera de lo común, ¿no?, y que infundía respeto.

Ser gringo, blanco, era una llave que le abría puertas en una sociedad que considera que lo blanco es «serio», «importante», «formal». En esos años 70, Lima era una ciudad más pequeña, con menos cholos, con menos barriadas, con menos rejas, pero su espíritu era obviamente racista.

Los años pasaron. El país se volvió un caos. El adolescente Juan Manuel Robles, que había pasado su infancia en Bolivia, regresó a Lima a inicios de los años 90, en plena época del terrorismo y Fujimori y Montesinos. Los adultos leían los diarios y decían que la economía mejoraba. Eran años de privatización y de liberalización. Los diarios informaban que las combis asesinas (ese símbolo de la descomposición neoliberal del transporte público) comenzaban a matar a tantas personas como Sendero Luminoso y el Ejército juntos. Esta nueva violencia parecía menos importante acaso porque no tenía ideología. Eso creíamos. El caos urbano ayuda a distraer a los ciudadanos mientras las autoridades roban.

Dice el presentador: «Juan Manuel volvió a vivir a la casa de una tía, en un barrio llamado Corpac, de clase media, en el distrito de San Isidro. Y para él, Lima era una ciudad de límites: ‘No cruces esta avenida’, ‘No pares en esa esquina’, ‘No entres a ese barrio’». Son el tipo de indicaciones que te da la gente que te quiere, y lo hacen para protegerte. Total, Lima estaba saliendo de años de violencia. Pero, al hacerlo, creaban una cárcel casi involuntaria…Juan Manuel: «Y en la mente de un niño es… es realmente poderoso ese límite, ¿no? Es un límite que te paraliza, como dices: ‘¡No!’».

Escuché esta historia mientras conducía, en Maine, entre bosques y lagunas: un paraíso sin mucha gente o un purgatorio sin transporte público. Y extrañé algo que casi ya no extrañaba de Lima. Extrañé ese futuro maravilloso que pudimos construir y que no construimos.

¿Será que esa Lima está oculta en algún lado, en algún mapa perdido, acaso en aquel plano de calles que trazó Perrotet en los años 70? ¿Cómo podemos buscar y recuperar esa ciudad? ¿Será que para lograrlo tenemos que comenzar a desmontar todas las rejas que nos hemos echado encima?

XV. Conoces a una chica linda y educada pero se apellida Quispe. ¿Qué haces? Respuesta: todo lo que quieras, pero jamás la llevas a tu casa. Y menos se la presentas a tus padres. La página de Facebook mas naki pa’ tu kentucky publicó un meme que de inmediato generó una abierta batalla campal en la red, entre quienes calificaban la imagen de racista y entre quienes la defendían8.En medio del caos en que suelen derivar las discusiones en Facebook, los comentarios del post eran una delicia para la interpretación.

Un comentarista llamado Sebastian Barth decía: «Había un comentario de un broder apellidado Siucho o algo así… El broder era todo un marroncito y se creía blanquito… qué pendejo».

René Dominguez añadía, por su parte: «Trata de quedar bien pero se avergüenza de su apellido, típico de serranos».

Luis Salgado: «Yo sé que quizás en un momento tenga jefes quispes, mamani, condori, choquehuanca, yupanqui, pero es lo que es, luego yo seré su patrón». Y así. Chicos muy jóvenes explicando con claridad lo que científicos sociales tardan tesis enteras en describir.

Pero no hay que ir a las redes sociales para corroborar el racismo en nuestros países. Basta ver la televisión o los gabinetes de ministros o recordar anécdotas escolares o los chistes familiares. Si algo describe el racismo en el Perú, es esa mentalidad piramidal que todos tratamos de escalar como podemos para llegar a esa puntita de privilegio donde habitan los «blancos», la casta superior, modelo de éxito y belleza. Lo blanco no es una piel sino una forma de ser en la sociedad: una manera de pensar y de pensar a los demás desde el poder tentador y la dulce hegemonía. En cada sociedad, lo blanco adquiere indicadores específicos: apellidos determinados, fenotipos ligados a los grupos hegemónicos, a sus historias y a sus negociaciones y sus mestizajes, distanciamiento social de grupos minorizados. Es por eso que el Domínguez del comentario que cité arriba puede «serranear» a Amancio (apellido andino). Y Salgado puede imaginarse patrón de «Yupanqui» (apellido indígena). Domínguez y Salgado no tienen la piel clara, pero actúan como blancos; al menos hasta que llega un comentarista que se apellida Barth y que tiene piel clara (al menos en el videojuego de Facebook) y, por tanto, la autoridad cromática para recordarle a Castro que su nombre es «cagón» y «pa concha» su apellido «es Castro» (un apellido común en comparación con Barth). Nadie insulta «racialmente» a Barth. Este es el privilegio del «blanco». El «blanco» es inmune, el no color, un agente libre de «impureza racial». Los sucios son los otros, los «marroncitos», los «negritos». Aprendemos esta gramática en la casa, el barrio, la escuela, sin ser tan conscientes de que la aprendemos. Por eso Barth sabe que está arriba de Castro, y Castro lo acepta callado pero sabe que, al menos, está arriba de Choquehuanca, y, claro, de Quispe.

Intentamos levantar países sobre esta inestabilidad.

XVI. «¿Qué te gusta de ser blanco?», le preguntó el facilitador de un taller sobre antirracismo a un auditorio mayoritariamente blanco en Maine. Luego hizo lo mismo con quienes se identificaban como negros, asiáticos y latinos.

Las personas levantaban la mano y comentaban en voz alta, mientras el facilitador tomaba notas en un papelógrafo. Las personas blancas respondieron:

—Me gusta ser parte de la cultura mayoritaria.—No noto mi blancura.—No estoy especialmente preocupado por mi seguridad.
—Soy escuchado.—Mis hijos no son señalados.
—Beneficios financieros.
—Estoy representado en la publicidad.
—No tengo que pensar sobre ser blanco.
—Los estándares reflejan mi imagen.

A la misma pregunta, las personas que se identificaban como negras respondieron:
—Mi estilo.
—Mi comunidad.
—La cultura del abrazo.
—Mis raíces africanas.
—Mis curvas.
—La música.

Las personas de origen asiático, a su turno, reconocieron sus idiomas, su espiritualidad. Las personas latinas destacaron la lealtad, el colectivismo, la cultura del almuerzo, la salsa, la diversidad. Y así.

El instructor compartió las respuestas para que todos pudiéramos verlas. Entonces se generó una ronda de comentarios. Quedaba claro que los blancos estaban orgullosos o, por lo menos, cómodos con su poder. Muchos en este grupo preguntaron por qué las personas blancas no habían destacado valores o características culturales. ¿Por qué las personas blancas no estaban orgullosas de su comida o de eso que una persona de la India llamó «espiritualidad»?

«Yo soy irlandés», dijo un participante. «Quiero decir de origen irlandés. Pero cuando me preguntan en situaciones oficiales, nunca lo recuerdo. Digo que soy blanco».

Una mujer blanca con el cabello negro dijo que ella, en su niñez en Nueva York, había sido catalogada como irlandesa negra. Pero de eso había pasado medio siglo. Ahora aceptaba que la definieran como blanca nomás. El instructor habló de sus raíces alemanas y de cómo estas se habían diluido en un sistema que clasifica y agrupa a las personas por el color de la piel.

El concepto «blanco», en EE.UU., impide que las personas que se piensan blancas exploren y reconozcan su propia diversidad. El concepto blanco las aplana de una manera similar a como ideas tales como negro o marrón lo hacen con otros grupos, pero con una diferencia crucial: el sistema «blanquea» al blanco para que este se concentre en su poder. Para que administre la pirámide ejerciendo presión hacia abajo. La aplanadora te concede poder a cambio de que olvides de dónde vienes, o de que lo recuerdes vagamente, como un asunto que definía a tus abuelos pero no a ti.

Pasé dos días en este taller sobre racismo, a fines de 2017, y no podía dejar de pensar en el Perú. En un momento de la conversación, cuando las personas blancas lucían muy conmovidas al analizar cómo operaba en ellas el racismo, comenté para el grupo que EE.UU. era un país racista igual que el mío. Pero había una diferencia notable. «Ustedes están discutiendo sobre esto», les dije. «En el Perú, un diálogo así es imposible en este momento». Ciencia ficción. La gente me miró con cara de no creerme: «¿De verdad allá no hablan de esto? ¿Entonces de qué hablan cuando hablan de racismo en América Latina?».

Hay varias maneras de enfocar el racismo, al menos dentro de la discusión pública y mainstream de los medios de comunicación. La más popular es aquella que entiende que el racismo es una especie de enfermedad que ataca a unos individuos y no a otros. Como cuando el señor grita «negro de mierda» en la calle. Y todos nos indignamos ante el video compartido en redes sociales y encendemos la hoguera para quemar al maldito. Luego quizá alguna institución del Estado emite un comunicado que condena la violencia y, en el mejor de los casos, un congresista recordará que hay una ley que castiga este tipo de hechos.

El racismo más difícil de exponer y de discutir es el estructural porque es, en apariencia, invisible, aunque está en la esencia misma de nuestro sistema. El racismo les da forma a nuestra economía, a la política, a la literatura, a la moda, al sexo, al amor. El racismo te dice con quién casarte y con quién no. A quién respetar y a quién no. El capitalismo es racista y el racismo es capitalista, y nuestras instituciones dentro de este sistema nos modulan según nuestra piel, nuestro origen, nuestra historia, nuestro género. Esta dimensión del racismo es más compleja de desentrañar porque exige que te mires en el espejo, que asumas responsabilidad y también una actitud abierta para aprender. Aprender para actuar.

 

 

[Fuente: http://www.nuso.org]

Charles Baudelaire mort le 31 août 1867, il y a 150 ans, publiait le 25 juin 1857 Les Fleurs du Mal. Objet de scandale dès sa parution, le livre suscita le déchaînement de la presse notamment un virulent article paru dans nos colonnes.

 

Écrit par Marie-Aude Bonniel 
« L’odieux y coudoie l’ignoble; le repoussant s’y allie à l’infect », fustige Gustave Bourdin dans Le Figaro du 5 juillet 1857. Quelques jours auparavant, le 25 juin 1857 paraît un petit recueil de vers signé par Charles Baudelaire, poète peu connu du grand public. À cette époque, Baudelaire est connu et apprécié pour ses critiques d’art et ses traductions de livres d’Edgar Poe. La publication de ses poèmes est attendue depuis fort longtemps.
C’est son ami Auguste Poulet-Malassis, « Coco mal perché », comme le surnommait ses proches, qui édite le livre à plus de 1.000 exemplaires. La tâche n’a pas été commode : Baudelaire passe son temps à corriger les épreuves. Finalement, les poèmes sont répartis en 5 sections (Spleen et IdéalLe VinFleurs du MalRévolte et La Mort). Intitulé Les Fleurs du Mal, la presse s’enflamme et dénonce l’immoralité du livre de Baudelaire.

L’IDOLE EST POURRIE

Le 12 juillet 1857, un nouvel article du Figaro renchérit celui de Gustave Bourdin : il dénonce la « putridité » du livre. « Toutes ces horreurs de charnier étalées à froid, ces abîmes d’immondices fouillés à deux mains et les manches retroussées, devaient moisir dans un tiroir maudit. Mais on croyait au génie de M. Baudelaire, il fallait exposer l’idole longtemps cachée à la vénération des fidèles. Et voilà, qu’au grand jour l’aigle s’est transformé en mouche, l’idole est pourrie et les adorateurs fuient en se bouchant le nez », vitupère le journaliste Jules Habans.
Rappelons le contexte : nous sommes en plein Second Empire sous le régime autoritaire de Napoléon III. Les auteurs y sont régulièrement victimes de la censure. L’écrivain, Gustave Flaubert, au début de l’année 1857, connait un retentissant procès littéraire pour son Madame Bovary .

LES FOUDRES DE LA JUSTICE

Ces critiques assurent malgré tout une notoriété à Charles Baudelaire, mais le conduisent surtout devant la justice. En vain, il tente de faire intervenir ses amis Théophile Gautier, Mérimée ou Barbey d’Aurevilly. Le 16 juillet 1857, la justice saisit Les Fleurs du Mal et Baudelaire et son associé Poulet-Malassis sont poursuivis pour outrage à la moralité.
Le 20 août 1857, le procureur impérial Ernest Pinard condamne le livre « pour outrage à la morale publique et aux bonnes mœurs », Baudelaire et son éditeur doivent payer de lourdes amendes. L’ouvrage est mutilé de six pièces : Les BijouxLe LéthéÀ celle qui est trop gaieFemmes damnéesLesbos, et Les métamorphoses du Vampire.
Une nouvelle édition augmentée de 35 poèmes sera publiée en 1861. Baudelaire remanie son œuvre, en rendant l’architecture du livre plus cohérente. Poulet-Massalis risque un tirage clandestin : il est puni d’une condamnation nouvelle. Ensuite personne n’ose les réimprimer. Pourtant en 1907, nous rapporte Le Figaro du 25 décembre 1924 : « Un imprimeur débutant M. Crès s’enhardit à donner une édition des Fleurs du Mal, comprenant les pièces interdites. Qu’allait faire le Parquet ? Ignorance réelle ou simulée. Il ne bougea pas ».
Le jugement ne fut révisé que le 31 mai 1949 : sous l’impulsion de la Société des Gens de Lettres, un procès devant la Cour de Cassation réhabilite Charles Baudelaire et ses éditeurs.
Malgré tous ces débats envenimés autour des Fleurs du Mal, cela n’interdit pas au Figaro de « s’enrichir » d’un nouveau collaborateur très distingué quelques années plus tard. Dans son édition du 26 novembre 1863, c’est le même Gustave Bourdin qui annonce: « M. Charles Baudelaire est un poète et un critique que nous avons, à diverses reprises, combattu sous ses deux espèces mais nous l’avons souvent dit, et nous ne nous lasserons pas de le répéter, nous ouvrons la porte à tous ceux qui ont du talent, sans engager nos opinions personnelles, ni enchaîner l’indépendance de nos rédacteurs anciens ou nouveaux. Le Peintre de la vie moderne, étude de haute critique, très curieuse, très fouillée et très originale, fera trois feuilletons ; le rez-de-chaussée de notre journal est ordinairement consacré à des romans ou à des nouvelles, et si nous dérogeons pour cette fois à nos habitudes, c’est avec la persuasion que les lecteurs ne s’en plaindront pas ». Le feuilleton sera publié dans Le Figaro du 26, 29 novembre et 3 décembre 1863.

Extrait de la Une du <i>Figaro</i> du 26 novembre 1863: le premier épisode du feuilleton «Le peintre de la vie moderne» signé Charles Baudelaire. ©RetroNews source BnF.

Redécouvrons les deux articles acerbes du Figaro au moment de la parution des Fleurs du Mal en 1857:

En partenariat avec RetroNews le site de presse de la BNF
Article paru dans Le Figaro du 5 juillet 1857
CECI ET CELA
C’est aujourd’hui le tour des Fleurs du mal, de M. Charles Baudelaire, et des Lettres.
M. Charles Baudelaire est, depuis une quinzaine d’années, un poète immense pour un petit cercle d’individus dont la vanité, en le saluant Dieu ou à peu près, faisait une assez bonne spéculation ; ils se reconnaissaient inférieurs à lui, c’est vrai mais en même temps, ils se proclamaient supérieurs à tous les gens qui niaient ce messie. Il fallait entendre ces messieurs apprécier les génies à qui nous avons voué notre culte et notre admiration Hugo était un cancre, Béranger un cuistre, Alfred de Musset un idiot, et madame Sand une folle. Lassailly avait bien dit : Christ va-nu-pieds, Mahomet vagabond et Napoléon crétin.- Mais on ne choisit ni ses amis ni ses admirateurs, et il serait par trop injuste d’imputer à M. Baudelaire des extravagances qui ont dû plus d’une fois lui faire lever les épaules. Il n’a eu qu’un tort à nos yeux, celui de rester trop longtemps inédit. Il n’avait encore publié qu’un compte rendu de Salon très vanté par les docteurs en esthétique, et une traduction d’Edgar Poe. Depuis trois fois cinq ans, on attendait donc ce volume de poésies on l’a attendu si longtemps, qu’il pourrait arriver quelque chose de semblable à ce qui se produit quand un dîner tarde trop à être servi ceux qui étaient les plus affamés sont les plus vite repus : l’heure de leur estomac est passée.
Il n’en est pas de même de votre serviteur. Pendant que les convives attendaient avec une si vive impatience, il dînait ailleurs tranquillement et sainement, et il arrivait l’estomac bien garni pour juger seulement du coup d’œil. Ce serait à recommencer que j’en ferais autant.
J’ai lu le volume, je n’ai pas de jugement à prononcer, pas d’arrêt a rendre, mais voici mon opinion que je n’ai la prétention d’imposer à personne.
« Il y a des moments où l’on doute de l’état mental de M. Baudelaire. »
Gustave Bourdin
On ne vit jamais gâter si follement d’aussi brillantes qualités. Il y a des moments où l’on doute de l’état mental de M. Baudelaire ; il y en a où l’on n’en doute plus :- c’est, la plupart du temps, la répétition monotone et préméditée des -mêmes mots, des mêmes pensées. -L’odieux y coudoie l’ignoble ;- le repoussant s’y allie à l’infect. Jamais on ne vit mordre et même mâcher autant de seins dans si peu de pages ; jamais on n’assista à une semblable revue de démons, de fœtus, de diables, de chloroses, de chats et de vermine. Ce livre est un hôpital ouvert à toutes les démences de l’esprit, à toutes les putridités du cœur ; encore si c’était pour les guérir, mais elles sont incurables. Un vers de M. Baudelaire résume admirablement sa manière ; pourquoi n’en a-t-il pas fait l’épigraphe des Fleurs du mal ?
Je suis un cimetière abhorré de la lune.
Et au milieu de tout cela, quatre pièces, Le Reniement de Saint Pierre, puis Lesbos, et deux qui ont pour titre les Femmes damnées, quatre chefs d’œuvre de la passion, d’art et de la poésie ; mais on peut le dire, mais on peut le dire, il le faut, on le doit : si l’on comprend qu’à vingt ans l’imagination d’un poète puisse se laisser entraîner à traiter de semblables sujets, rien ne peut justifier un homme de plus de trente d’avoir donné la publicité du livre à de semblables monstruosités.
Par Gustave Bourdin

Article paru dans Le Figaro du 12 juillet 1857
Semaine Littéraire
Avec M. Charles Baudelaire, c’est de cauchemar qu’il faut parler. Les Fleurs du mal, qu’il vient de publier, sont destinées, suivant lui, à chasser l’ennui « qui rêve d’échafauds en fumant son houka ». Mais l’auteur n’a pas pris garde qu’il remplaçait le bâillement par la nausée.
« Tout ce qui n’est pas hideux y est incompréhensible, tout ce que l’on comprend est putride. »
Jules Habans
Lorsqu’on ferme le livre après l’avoir lu tout entier comme je viens de le faire, il reste dans l’esprit une grande tristesse et une horrible fatigue. Tout ce qui n’est pas hideux y est incompréhensible, tout ce que l’on comprend est putride, suivant la parole de l’auteur.
J’en excepterai pourtant les cinq dernières strophes de la pièce intitulée Bénédiction, Élévation et Don Juan aux Enfers. De tout le reste, en vérité, je n’en donnerais pas un piment et je n’aime pas le poivre !
Toutes ces horreurs de charnier étalées à froid, ces abîmes d’immondices fouillés à deux mains et les manches retroussées, devaient moisir dans un tiroir maudit. Maison croyait au génie de M. Baudelaire, il fallait exposer l’idole longtemps cachée à la vénération des fidèles. Et voilà, qu’au grand jour l’aigle s’est transformé en mouche, l’idole est pourrie et les adorateurs fuient en se bouchant le nez.
Il en coûte assez cher de jouer au grand homme à huis clos, et de ne savoir pas à propos brûler ces élucubrations martelées à froid dans la rage de l’impuissance. On en arrive à se faire prendre au mot lorsqu’on dit :
Moi, mon âme est fêlée, et lorsqu’en ses ennuis
Elle veut de ses chants peupler l’air froid des nuits,
Il arrive souvent que sa voix affaiblie
Semble le râle épais d’un blessé qu’on oublie,
Au bord d’un lac de sang, sous un grand tas de morts,
Et qui meurt ! SANS BOUGER, DANS D’IMMENSES EFFORTS !
Comme c’est vrai, tout cela! et comme je donne raison à M. Baudelaire, lorsqu’il se juge ainsi!
Allons! un Requiem par là-dessus, et qu’on n’en parle plus.
Par J. Habans

[Source : www.lefigaro.fr]

A representação do Brasil em caricaturas

Escrito por MARCOS SILVA*

A tese Jeca Tatu a rigor, de Flavio Pessoa, dedicada a versões caricaturais daquele personagem, é marcada por grande carga informativa e empírica, boa documentação de época e bibliografia de peso, muitas vezes resenhada. Realizada no campo de Artes Visuais, evidencia domínio e zelo técnico na análise de imagens[i]. O título anuncia a metamorfose do personagem literário de Monteiro Lobato em figura caricatural de produção coletiva na imprensa carioca, segunda e terceira décadas do século XX.

Pessoa salienta que a presença do personagem Zé Povo nessa imprensa, anterior ao Jeca Tatu como representação caricatural do Brasil, diminuiu desde fins da segunda década do século XX. Seria conveniente discutir mais esse encolhimento no contexto da aparição do Jeca Tatu literário e de mudanças no debate político brasileiro da época, inclusive considerando o primeiro pós-guerra, suas diferenças em relação ao caipira anterior em diferentes linguagens (Teatro, Literatura etc.). Se o Zé Povo remetia a regime republicano e direitos políticos, Jeca Tatu evocava mais pobreza e atraso técnico, o que é sintomático depois da Revolução Russa e dos rearranjos do capitalismo mundial.

Uma especificidade histórica do Jeca Tatu lobateano em relação ao caipira de antes é seu afastamento face à explicação racial. Monteiro Lobato disse mesmo que Jeca e bandeirantes pertenciam à mesma raça. Mas a alegoria da República, nessas revistas, era uma mulher loura num país racista, de grande população negra e mestiça.

O impacto daquela criação literária foi muito forte, a ponto de ser citado em discurso no Senado por Ruy Barbosa em 1919.  Sua presença na cultura brasileira tem sido prolongada, da propaganda do Biotônico Fontoura a filmes de Mazzaropi e citações indiretas em personagens televisivos, passando por uma paródia na canção “Jeca Total”, de Gilberto Gil, de 1975.

O personagem caricatural Jeca Tatu dialogou com temas como Política, Futebol, Carnaval (como no desenho de J. Carlos “Os três poderes que nos regem”, Careta; Rio de Janeiro: Kosmos, XIV [698], 5 nov 1921), quando poderes constitucionais foram parodiados a seu redor. Apareceu também como animal de tração da Política, de forma similar ao anterior Zé Povo, vítima e sofredor (“O povo acima de tudo”, de J. Carlos, Careta, XV [709], 21 jan 1922 ; “Atrelado aos varais”, de J. Carlos, Careta, XIV [701], 26 nov 1921). São questões significativas, que não podem ser reduzidas a um lugar fixo para os personagens envolvidos, convidando a pensar mais sobre Política como disputa.

Quando Jeca surge lendo jornal de cabeça para baixo, no contexto das comemorações do centenário da Independência, além do significado literal da imagem (nada lê, deve ser analfabeto), vale salientar que o personagem parecia alheio ao que se comemorava, excluído da nação, verdadeiro mundo de ponta-cabeça (“Um ano de regozijo”, de J. Carlos, Careta, XV [708], 14 jan 1922). Noutro momento, os presidentes de Portugal e Argentina olham com desdém para o povo brasileiro; vale lembrar que o Brasil, na imagem, não é representado por seu governante, há uma espécie de hierarquia entre países e postos desses personagens (“Imagina só se eu não fosse anarfabeto”, de Belmonte, Careta, XV [746], 7 out 1922). E o Jeca rural, diante do Cardoso urbano (representação de classe média; “A descendência de Jó”, de J. Carlos, O Malho, Rio de Janeiro: Pimenta de Mello, XXIV [1198], 29 ago 1925) transfere a racionalidade para o urbano e aquela classe. Apesar disso, diante de uma posterior comemoração fraca do 7 de setembro, Jeca e Cardoso parecem em confraternização como imagens do Brasil (“Era uma vez”, de J. Carlos, O Malho, Rio de Janeiro: Pimenta de Mello, XXIII [1148], 13 set 1924).

A tese de Flavio emprega as duvidosas noções históricas de “Primeira República” e “Revolução de 30”, criticadas por Carlos Alberto Vesentini e Edgar de Decca já em 1978[ii]. Em sentido similar, fala em “governo provisório pós-revolução”, o que remete ao marco “Revolução de 30”. E o desenhista paraguaio Andrés Guevara foi mais associado aos anos 30 do século XX, dentro daquela periodização convencional, embora atuasse no Brasil desde a década anterior, conforme discutido por Flavio.

O uso de expressões como “inequívoco avanço”, “sinal de progresso” e “grande avanço” evidencia uma visão linear da História, carente de crítica. O mesmo procedimento se observa em “relativa liberdade”: se é relativa, não é liberdade…

Flavio fala, a respeito de seu personagem principal, em conformismo e papel social coadjuvante; valeria a pena considerar como Jeca Tatu foi tornado coadjuvante; reclamar e se declarar vítima não são apenas atos de conformismo. Diante de críticas da tese a racismos presentes em caricaturas, seria bom incluir no debate escritores brasileiros da época, como o próprio Monteiro Lobato, Paulo Prado e Mario de Andrade, que esboçaram a superação daquele argumento racial desde fins dos anos 10 e na década seguinte do século passado[iii]. Há pluralidade social e racial no Zé Povo[iv], antecessor caricatural do Jeca Tatu em alguns aspectos, um Zé Povo não apenas “urbano, bem aprumado, vestindo terno e chapéu Panamá ou de palhinha e aba rígida”, também emissor de queixas contra descaso do governo em relação a moradia e educação.

A tese de Pessoa entende haver uma hegemonia política ruralista nas três primeiras décadas republicanas do Brasil. Cabe lembrar, com Warren Dean, que cafeicultores investiam também em finanças, transporte e indústria, donde aquela hegemonia abranger diferentes campos econômicos[v]. Em sentido similar, Pessoa considera existir uma moderna comunicação de massa no Brasil da época estudada, cabendo enfatizar a diversidade desse universo, que incluía literatos tão diferentes entre si quanto Euclides da Cunha, Lima Barreto, Olavo Bilac e Monteiro Lobato. Em sentido semelhante, Flávio cita Nicolau Sevcenko, para quem o trabalho de literatos na imprensa daquele tempo “eliminou ou reduziu drasticamente o tempo livre necessário para a contemplação literária.”[vi]. Faz falta discutir o que é essa contemplação no mercado capitalista, lembrar que grandes nomes da Literatura brasileira publicaram em periódicos – Machado de Assis, Euclides da Cunha, Lima Barreto e outros[vii].

Ao apontar a Exposição Nacional de 1908 como uma referência para balanços culturais e artísticos sobre o Brasil, Flávio deixou de comentar que o evento comemorou o centenário da abertura dos portos (e a monarquia…), evidenciando que nem todos os intelectuais defendiam república igualitária. E a passagem do pioneiro caricaturista Ângelo Agostini, de editor independente a colaborador em periódicos editados por outros, possui forte carga simbólica na História da imprensa brasileira[viii].

Definir a expansão do desenho impresso no jornalismo e as massas, portanto, exige identificar mais esses tópicos no Brasil, país marcado, então, por limites em urbanização, transporte e alfabetização. A independência da caricatura em relação ao Estado precisa ser demonstrada além das posturas de estudiosos que realçam poder crítico do gênero[ix]. É bom lembrar que os caricaturistas formavam um núcleo de fazedores de imagens e interpretações, formadores de opinião, editados por terceiros.

Ao indicar transgressão pelo riso, é necessário salientar a existência de humores muito conservadores, como os filmes nazistas que compararam judeus a ratos, além de grande parte do humor televisivo contra pobres, homens impotentes, mulheres feias. As tensões entre desenhistas e editores fazem lembrar que caricaturistas eram (e são, até hoje!) submetidos à edição geral dos periódicos. E ao identificar riso a desordem, faz-se necessário tomar cuidado com idealizações, uma vez que existiram e existem censuras dos editores de periódicos, além de desenhistas conservadores. Um importante quadrinista posterior ao tempo estudado por Flávio, Henfil, para publicar livremente, optou por edições independentes e irregulares em periodização da revista Fradim.[x]

Pessoa aponta simplificação na linguagem caricatural (composição, cenário). Talvez seja melhor falar em outras modalidades de ser complexo visualmente, através de sínteses e paródias, como se observa num exemplo de Guevara, que a tese comenta, evocando o cubismo (“O Sr. Assis Brasil promete arrasar o Governo, na Câmara”, de Andrés Guevara, O Malho, Rio de Janeiro: Pimenta de Mello, XXVII [1342], 2 jun 1928). Uma capa (sem título, de Calixto Cordeiro, O Malho, Rio de Janeiro: Editora O Malho, II [38], 6 de junho de 1903) é um desenho como fazer em ato, Zé Povo pinta em muro o nome da revista, como se o Povo a fizesse.

O uso por Flávio de expressões como “sistema econômico subdesenvolvido e dependente”, “primeiro mundo”, “problemas estruturais do país” e “complexo de vira-latas” convida a pensar sobre riscos de anacronismo e indagar se faziam parte do vocabulário do período estudado ou exigem mediações em seu emprego.

O problema do caráter nacional, discutido em diferentes momentos do estudo, faz lembrar, por oposição, Macunaíma, “herói sem nenhum caráter” (o livro de Mario de Andrade é de1928), para realçar que aquele traço é invenção, não um dado.

Há uma referência, a partir de Isabel Lustosa[xi],  a Calixto, Raul e J. Carlos como caricatura genuinamente brasileira, critério que merece ser discutido: embora nascidos na Europa, os anteriores Ângelo Agostini e Henrique Fleiuss eram o quê, em seus personagens e temas?

Ao comentar o Campeonato sul-americano de futebol (sem título, de Belmonte, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, XV [749], 28 out 1922), cabe observar que o esporte dos desdentados (pobres) ali exposto parece dominar a Academia Brasileira de Letras (elite), pisa em textos e sugere estar mudando de classe social ou expressa vontade de pertencimento social que o caricaturista preferia, tornando-se popular.

J. Carlos usa a expressão “Não quero saber mais dela” num desenho de capa, retomando lema de um samba de Francisco Alves e Rosa Negra, gravado em 1928 (“Nunca mais”, de J. Carlos, O Malho, Rio de Janeiro: Pimenta de Mello, XXVI [1297], 23 jul 1927), o que pode evocar diálogos entre tais linguagens – a canção pode ser anterior à gravação ou os compositores podem ter usado uma mesma referência de linguagem[xii]. E os estereótipos em caricaturas sobre negros merecem ser comparados a favelas e negros diferenciados na pintura de Lasar Segall, Tarsila do Amaral e Di Cavalcanti, com datas de produção plástica e sua divulgação nacional.

Flavio fala do humor como dotado de vestígios históricos complementares, noção duvidosa a partir de sua própria pesquisa, dedicada a questões que não são encontradas noutros documentos de época, só estão nesse potencial riso. Evocando a noção de seriedade, contraposta ao riso, caberia a Flávio Pessoa retomar o artigo de Luís Felipe Baeta Neves sobre ideologia da seriedade[xiii].

A comparação do importante desenhista Andrés Guevara a Henfil é adequada e poderia incluir o também excelente Antonio Nássara, provocadores visuais que são, preservadas as diferenças históricas entre eles.

Flavio faz menção a Herman Lima junto com historiadores mais recentes. Sempre é bom lembrar que o clássico trabalho de Lima é mais propriamente jornalístico e arquivístico, sem qualquer demérito.

A milésima edição de Careta traz uma autoimagem editorial como publicação alheia a disputas políticas (“O número mil”.  Careta, Rio de Janeiro, Kosmos, XX [1000], 20 ago1927). Entendo que a cobertura da Revolta da Chibata (1910), por exemplo, revela intensa tomada de partido da revista contra os revoltosos.

Uma fala de Raul Pederneiras, ao rejeitar trocadilhos, sugere certo desprezo pela linguagem popular, apesar de sua plaqueta Geringonça carioca, dedicada a esse universo.[xiv] Certamente, nosso olhar sobre tal campo de linguagem, depois dos ensaios de Mario de Andrade e Câmara Cascudo e da literatura de Guimarães Rosa, que remetem a uma erudição popular, é muito diferente daquele, será melhor tratar Pederneiras como fonte documental problematizável que idealizar seus pontos de vista[xv].

A atribuição de fala iletrada ao caipira nessas caricaturas convida a pensar sobre outras facetas do personagem, que também é dotado de astúcia, questão que Flavio aborda mais para o final de sua tese. Vale lembrar que Mario de Andrade pensou no projeto de um dicionário do português brasileiro, que não chegou a concretizar.

Pessoa realça relações entre linguagem teatral e humor gráfico, com ênfase em cenografia e textos, produzidos por alguns caricaturistas.  É possível identificar esses laços também no uso de expressões faciais e corporais pelas imagens de humor. Sobre a diversidade racial no teatro brasileiro da época, vale recordar que o livro de Ruy Fausto sobre o Rio de Janeiro nos anos ‘20 do século passado, citado por Flavio, menciona teatro de revista negro nessa década.

Personagens pobres de J. Carlos são caracterizados por fala errada, índice de ignorância. Daí, Pessoa concluir que esse humor era discurso voltado às camadas socialmente privilegiadas, argumento que mereceria maior demonstração no contexto de práticas de leitura desse grupo, que incluía publicações estrangeiras. A perspectiva desse humor corresponde a interesses de tais camadas sociais mas a produção cultural pode introduzir tensões nesses quadros, como se observa, dentre outros, em Machado de Assis[xvi].

Falar em crises nacionalistas de intelectuais pode sugerir generalizações; é um critério válido para autores como Euclides da Cunha e Lima Barreto, mas improvável no que diz respeito à maioria de escritores e demais artistas do período estudado. No mesmo sentido, o critério de mudanças na periferia do capitalismo requer nuances, levando em conta recepções socialmente diferenciadas.

Quando os caricaturistas falam de República, monarquia e risco de retrocesso, não parecem incluir o problema da escravidão. A referência a república imperial (“A Imperial República”, de J. Carlos, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, XIII [615], 3 abr 1920) é explícita como antigermanismo mas também pode ser lida como menção ao Brasil.

Sobre a mulher no DF, foi mais frequente naquelas revistas manter os limites de elite e classe média urbanas. O homem velho na praia aparece como fraco e sem coragem, a mulher é gorda e dependente (sem título, de J. Carlos, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, XII [631], 24 jul 1920). A moça que quer namorado rico (“Tableau!”, de J. Carlos, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, XIII [613], 20 mar 1920) sugere uma relação sem romantismo, destituída de amor ou metamorfoseando esse sentimento em pecúnia.

Nas referências a racismo do século XIX, cabe lembrar nuances no século XX, em autores como Lima Barreto e Manoel Bomfim, abordados por Flávio, faltando acompanhar debates sobre esse último autor[xvii]. Mesmo Sylvio Romero e Euclides da Cunha merecem revisão[xviii]. O lombrosiano Nina Rodrigues, por exemplo, se opunha à destruição de terreiros de candomblé.

Ao mencionar Gilberto Freyre e o idealizante conceito de harmonia entre raças, seria possível estabelecer paralelos com o multirracial Macunaíma (nasce preto e fica branco) e a intencional bagunça racial brasileira estabelecida na narrativa.

A imagem de propaganda com espancamento de menino negro (“A asneira do moleque Benjamin”, de Loureiro, O Malho, Rio de Janeiro: Pimenta de Mello, XVIII [883], 16 ago 1919), publicada oito anos depois da Revolta contra a Chibata, naturaliza a violência contra negros, prática que ocorre até o século XXI, inclusive em instituições ligadas ao Estado, como o Instituto Palmares de hoje. O racismo em imagens de J. Carlos, que é um excelente desenhista de humor, merece ser debatido como um grave problema não só dele, mas também de editores e público. E o negro que é, simultaneamente, acusado e culpabilizado em delegacia (“O inquérito”, de J. Carlos, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, VIII [390], 11 dez 1915) parece um homem grande, forte, bruto, como se esses traços já o culpabilizassem.

Embora Flavio fale em “relativa ausência ou escassez de representações da música popular na produção caricatural do momento”, Mônica Velloso (citada na tese) registra desenhos de Raul Pederneiras sobre música em diferentes bairros cariocas e negros aparecem no meio popular[xix].

Ao falar de visão, pelas caricaturas, “compartilhada pelos grupos sociais dominantes, seja das indústrias que produzem, seja dos leitores que consomem”, falta destacar que estamos diante de poderes diferentes e que os fruidores daquelas imagens não eram tão somente dos referidos grupos.

Quando comenta imagem do jornalista negro Francisco José Gomes Guimarães (Vagalume), Flavio destaca que ele não foi “representado de forma estereotipada como eram tratados os personagens negros na caricatura” (“Tipos populares”, de Calixto Cordeiro, O Malho, Rio de Janeiro: Editora o Malho, III [83], 16 abr 1904). Mãos e pés daquele homem, todavia, foram intencionalmente deformados como muito grandes.

O tema de música e dança populares presentes em festas domésticas, a partir de citação de Elias Saliba (“quando o viam nas ruas acabavam chamando a polícia”), abriga certa oposição entre família e rua, como se quem dançasse em público não fosse família.[xx] O fato de serem cantadas e bailadas nas casas brasileiras pelas “sinhazinhas e sinhás”, nas palavras de Bastos Tigre, seria “um fruto proibido saboreado à socapa, num despertar gostoso dos instintos da raça” – proibido ma non troppo… A presença de música e dança da pobre Cidade Nova em espaços ricos do Distrito Federal poderia beneficiar-se com a leitura do romance Numa e a ninfa, de Lima Barreto, parcialmente ambientado naquele bairro, com um morador dele (Lucrécio Barba de Bode) frequentando perifericamente salões de elite. Lima Barreto, noutro romance (Triste fim de Policarpo Quaresma), apresentou o personagem central, homem de classe média, tomando aulas de violão com o mulato Ricardo Coração dos Outros[xxi].

Cabe salientar que as roupas de um senhor que tira a “cozinheira” (ambos negros) para dançar parecem largas e desajustadas (“A cozinheira no baile”, de J. Carlos, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, XIII [639], 18 set 1920), o que sugere imitação mal-acabada da elite por pobres e remediados, com a mulher identificada por trabalho humilde. O assinalado refinamento musical do choro, com execução e circulação em meios populares e de elite, indica circularidade entre classes e níveis culturais hierarquizados noutros aspectos, questão teórica discutida por Carlo Ginzburg a partir de Mikhail Bakhtin.[xxii] A evocação do último autor é muito adequada, cabendo salientar que seu alvo foi o sagrado medieval e renascentista, situação diferente do Brasil no início do século XX.

Um grupo de negros, noutro salão de festas (“‘Choro’ ao treze de maio”, de Augusto Rocha, O Malho, Rio de Janeiro: Editora O Malho, IV [191], 12 maio 1906), indica nível de fala junto com ascensão social e abolição comemorada, mas também provocadora de choro (música/tristeza). E os negros músicos designados como “Chocolate” (“Poetas de chocolate”, de J. Carlos, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, IX [429], 9 set 1916),) mesclam estereótipo facial a certa valorização – doçura, coisa boa – na semana de edição após o 7 de setembro.

Na comparação entre carnaval de salão e carnaval de rua, valeria a pena relembrar situação semelhante no Jorge Amado de Tenda dos milagres.[xxiii] As velhas tradições do carnaval de rua do século XIX foram designadas como “resíduo de um tempo que deveria ser esquecido” mas tiveram continuidade. Vale ressaltar que não eram tradições espontâneas e sim produções culturais próprias. O carnaval popular, em João do Rio, foi descrito como fogo, possível metáfora erótica. E os cordões carnavalescos incluíram cobras e outros elementos da cultura africana no Brasil. Seria bom reproduzir as citadas pinturas de Rodolfo Chambelland e Timotheo da Costa sobre carnaval.

Uma grande colombina, com pequeno pierrô na mão (“O sonho de Colombina”, de J. Carlos, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, XV [714], 25 fev 1922), sugere que desejo e poder da mulher são maiores que os correspondentes masculinos. Noutra cena de carnaval (“Desempregada”, capa de J. Carlos, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, XV [714], 25 fev 1922), a vergonha figura como desempregada e sem uso. Nesse contexto, as mulheres aparecem mais que os homens, possível voyeurismo machista. O carnaval surge descrito na tese como válvula de escape e alienação. Carnaval e República são representados através de personagens brancos (“sem título, capa de Alfredo Storni, O Malho, Rio de Janeiro: Editora O Malho, XIII [597], 21 fev 1914), o que merece mais comentários por se referir a uma festa tão negra no Brasil.

O público em estádios de futebol é frequentemente composto, em caricaturas, por homens e mulheres de elite (“Foot-ball”, de J. Carlos, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, X [473], 14 jul 1917), o que pode ser uma idealização diante de um futebol popular já existente. Um homem negro surge com mulheres, mesclando sedução a linguagem de futebol (“Torcedores”, de J. Carlos, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, XII [568], 10 maio 1919), três dias antes da comemoração da Abolição.

Para Flávio, “Ainda que se reserve um forte viés crítico sobre a política, esta recai sobre uma entidade abstrata, sem rosto ou identificações precisas”. É uma importante análise, que pode ser desdobrada na consideração sobre metamorfoses daquele viés crítico em situações históricas específicas.

Sérgio Buarque de Hollanda, como outros autores, foi submetido por Pessoa a crivo crítico, faltando salientar que ele trabalhou com o conceito weberiano de ideal-tipo. É duvidoso que Buarque de Hollanda considerasse panoramas imutáveis, como se observa no capítulo “Nossa revolução” e noutras partes de Raízes do Brasil.[xxiv]

O Jeca Tatu de pés descalços (“Cenas do interior”, de Alfredo Storni, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, XVI [761], 29 jan 1923) faz lembrar a escravidão, quando os cativos eram proibidos de usarem calçados. Nessa mesma imagem, uma égua esquelética é usada como imagem da situação financeira do Brasil, estabelecendo certo paradoxo do riso: Deus pode ser brasileiro, conforme fala de Jeca ali, mas o Brasil está muito mal!

As relações entre Estado e os pobres (“Pontos de vista”, de J. Carlos, O Malho, Rio de Janeiro: Pimenta de Mello, XXIV [1187], 13 jun 1925) situam os últimos como universo dos fracos, faltando caracterizar mais na tese quem seriam esses portadores de fraqueza. O objeto de repressão, nesse caso, é um menino pobre e pequeno, dimensão simbólica de os fracos serem os menores socialmente.

Sobre o retorno dos restos mortais dos antigos monarcas para o Brasil (“Os despojos imperiais”, de J. Carlos, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, XIII [631], 24 jul 1920), há uma certa ambiguidade da caricatura sobre quem seriam os mortos que governavam ou não o Brasil – aqueles do Império ou os então atuais presidentes?

A capa que sugere Fúrias prendendo Zé Povo (“Sete de setembro”, de Calixto Cordeiro, O Malho, Rio de Janeiro: Editora O Malho, XVI [782], 8 set 1917) é uma alegoria trágica, transformada em caricatura, simultaneidade de gêneros frequente nessas revistas. Cabe lembrar que a autoria do “Hino da Independência“, entoada nessa imagem, é atribuída a Pedro I, o que pode estar associado a argumentos monarquistas. E noutra imagem sobre o centenário da Independência (“O Centenário”, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, XIV [667], 2 abr 1921), há um personagem alegórico meio velho, meio bebê, soma de carências diante de grandiosas obras de reurbanização anunciadas.

Articulado ao voto de cabresto, o eleitor é identificado também como Zé Besta e Zé Burro (“As próximas eleições… ‘de cabresto’”, de Alfredo Storni, Careta, Rio de Janeiro: Kosmos, XX [974], 9 fev 1927), sequência verbal que evoca Zé Povo. Nesses termos, ele é associado a burrice e trabalho pesado de carga, representado como um jumento e vítima dos outros – a Soberania, trajada como República, e um político.

É muito bom evocar Darcy Ribeiro a salientar lutas do povo[xxv]; falta comentar que ele realça derrotas do mesmo povo, mantendo-se próximo daquela representação derrotada de Zé Povo e do Jeca Tatu.

Sobre as relações entre Zé Povo, Monarquia e República (sem título, de Crispim Amaral, O Malho, Rio de Janeiro: Editora O Malho, I [2], 27 set 1902), seria estimulante dialogar com discussões historiográficas a respeito de monarquistas após o fim do Império[xxvi]. Noutra imagem, Zé Povo surge com Venceslau Braz e parece pedir para ser montado como se fosse cavalo (“Lição de equitação”, de Alfredo Storni, O Malho, Rio de Janeiro: Editora O Malho, XIII [613], 13 jun 1914), ato de aparente servidão voluntária[xxvii].

Na relação entre Jeca e Festa pela República (“Toca o hino”, de J. Carlos, Careta, Rio de Janeiro: Pimenta de Mello, XXII [1065], 17 nov 1928), foi esboçada uma crítica ao regime na fala daquele personagem: “Desgraça pouca é ‘bobage’.”. E Jeca Tatu, descalço, novamente diante de Washington Luís (“Sem competidores”, de J. Carlos, O Malho, Rio de Janeiro: Pimenta de Mello, XXVII [1224], 27 fev 1928), sugere fraude na política republicana. No convívio entre Jeca e personagens que representam Portugal, Inglaterra e Estados Unidos (“Tudo descoberto”, de J. Carlos, O Malho, Rio de Janeiro: Pimenta de Mello, XXVII [1338], 5 maio 1928), a seminudez do personagem evoca um contexto de sua exploração pelos outros.

No final de sua pesquisa, Flavio indica desenho de humor mais recente (capa, sem título, de Mario Alberto, Lance, Rio de Janeiro, XVIII, 15 jun 2014 – http://lancenet.com.br/charges/), onde o Gigante Brasil acorda e é designado como ajudante de decoração para a Copa do Mundo daquele ano. Ele poderia lembrar que, depois, parcelas do gigante participaram da derrubada da presidenta Dilma Roussef, com direito a elogio ao torturador Brilhante Ustra no Congresso e ditaduras Michel Temer e Jair Bolsonaro na sequência. O gigante encolheu como coadjuvante de ditaduras medíocres.

Mas isso é problema para outra pesquisa sobre política, riso e caricatura.[xxviii]

*Marcos Silva é professor do Departamento de História da FFLCH-USP.

Notas


[i] PESSOA, Flavio Mota de Lacerda. Jeca Tatu a rigor – Representações do povo brasileiro na Careta e n’O Malho. Tese de Doutoramento em Artes Visuais, defendida na EBA/UFRJ. Rio de Janeiro: digitada, 26 de março de 2021.

[ii] VESENTINI, Carlos e DE DECCA, Edgar. “A revolução do vencedor”. Contraponto. Rio de Janeiro: Centro de Estudos Noel Nütels, I (2): 60/69, nov 1976.

[iii] MONTEIRO LOBATO, José Bento. Urupês. São Paulo: Brasiliense, 1980 (1ª ed.: 1918).

PRADO, Paulo. Retrato do BrasilSão Paulo: Cia. das Letras, 1997 (1ª ed.: 1928).

ANDRADE, Mário. Macunaíma – O herói sem nenhum caráter. São Paulo: Martins, 1972 (1ª ed.: 1928).

[iv] SILVA, Marcos. Caricata República – Zé Povo e o Brasil. São Paulo: CNPq/Marco Zero, 1990.

O livro retoma:

IDEM. Humor e Política na Imprensa – Os Olhos de Zé Povo Fon-Fon, 1907/1910). Dissertação de Mestrado em História Social, defendida na FFLCH/USP. São Paulo: digitado, 1981.

[v] DEAN, Warren. A industrialização de São Paulo. Tradução de Octávio Mendes Cajado. São Paulo: Difusão Europeia do Livro/EDUSP, 1971.

[vi] SEVCENKO, Nicolau. Literatura como missão. São Paulo: Brasiliense, 1983.

[vii] Há bons comentários sobre diferentes estratégias literárias naquela imprensa brasileira em:

SANTOS, Poliana dos. O povo e o paraíso dos abastados – Rio de Janeiro, 1900/1920 – Crônicas e outros escritos de Lima Barreto e João do Rio. Tese de Doutoramento em História Social, defendida na FFLCH/USP. São Paulo: digitado, 2018.

[viii] SODRÉ, Nelson Werneck. História da Imprensa no Brasil. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira, 1966.

MARINGONI, Gilberto. Ângelo Agostini – A Imprensa Ilustrada da Corte à Capital Federal (1864/1910)São Paulo: Devir Livraria, 2011.

[ix] STAMBOWSKY, Marissa. Belmonte: caricaturas dos anos 1920. Rio de Janeiro: FGV, 2019.

BURKE Peter. Testemunha ocular: o uso de imagens como evidência histórica. São Paulo: Edusp, 2017.

GOMBRICH, E. H. “O arsenal do cartunista”, in: Meditações sobre um cavalinho de pau e outros ensaios sobre a Teoria da ArteTradução de Geraldo Gerson de Souza. São Paulo: Edusp, 1999, pp 127/142.

A tese de Pessoa não indica os ensaios pioneiros e clássicos de Monteiro Lobato, Gonzaga Duque e Max Fleiuss sobre caricatura no Brasil nem o artigo de E. Duprèel, do final dos anos 20 do século passado, que fala em riso de recepção e riso de rejeição.

MONTEIRO LOBATO, José Bento. “A caricatura no Brasil”, in: Ideias de Jeca Tatu. São Paulo: Brasiliense, 1959, pp 3/21 (1ª ed.: 1919).

DUQUE, Gonzaga. Contemporâneos – Pintores e escultores. Rio de Janeiro, Typografia Benedito de Souza, 1929.

FLEIUSS, Max. “A caricatura no Brasil”. Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro. Rio de Janeiro, IHGB, 80: 584/609, 1915.

DUPREÈL, E. “Le problème sociologique du rire”. Revue Philosophique de la France et de l’ Étranger. Paris: F. Alcan, 106: 213/260, set/out 1928.

[x] SILVA, Marcos. Rir das ditaduras – Os dentes de Henfil (Fradim, 1971/1980)São Paulo: Intermeios/USP-Programa de Pós-Graduação em História Social, 2018.

O livro retoma:

IDEM. Rir das ditaduras – Os dentes de Henfil – Ensaios sobre os Fradim (1970/1980). Tese de Livre-Docência em Metodologia da História, defendida na FFLCH/USP. São Paulo: digitado, 2000.

[xi] LUSTOSA, Isabel. “Humor e política na Primeira República”. Revista USP. São Paulo: USP, 3, 53/64, set/nov 1989.

[xii] Não quero saber mais dela.(samba)… 1928 .. Francisco Alves …

http://www.youtube.com › watch

Esse refrão foi retomado noutro samba de Arlindo Cruz e Sombrinha, gravado, dentre outros intérpretes, por Beth Carvalho.

Beth Carvalho – Não Quero Saber Mais Dela – YouTube

http://www.youtube.com › watch. Consultado dia 20 mar 2021.

Ruy Castro aponta Alves como comprador de sambas alheios.

CASTRO, Ruy. Metrópole à beira-mar – O Rio moderno dos anos 20. São    Paulo: Cia. das Letras, 2019.

SILVA, Marcos. “Metrópole à beira-mar – O Rio moderno dos anos 20”. Resenha do livro Metrópole à beira-mar, edição citada. A Terra é redonda. São Paulo, 4 fev 2021 aterraeredonda.com.br › metropole-a-beira-mar-o-rio-…

[xiii] NEVES, Luís Felipe Baeta. “A ideologia da seriedade e o paradoxo do coringa”. Revista de Cultura Vozes. Petrópolis, Vozes, 5 (68): 35/41, 1974.

[xiv] PEDERNEIRAS, Raul. Geringonça carioca: verbetes para um dicionário da gíria. Rio de Janeiro: Oficinas Gráficas do Jornal do Brasil, 1922.

[xv] ANDRADE, Mário de. Música de feitiçaria no Brasil. São Paulo: Martins, 1963.

CÂMARA CASCUDO, Luís da. Cinco livros do povo. Rio de Janeiro: José Olímpio, 1953.

GUIMARÃES ROSA, João. Grande Sertão: Veredas. São Paulo: Cia. das Letras, 2019 (1ª ed.: 1956).

[xvi] MACHADO DE ASSIS, José Maria. Memórias póstumas de Brás Cubas. Rio de Janeiro: Nova Aguilar, 1996 (1ª ed.: 1880).

[xvii] SILVA, José Maria de Oliveira. Da Revolução à Educação – Radicalismo republicano em Manoel Bomfim. Dissertação de Mestrado em História Social, defendida na FFLCH/USP. São Paulo: digitado, 1991.

[xviii] BECHELLI, Ricardo. Metamorfoses na interpretação do Brasil – Tensões no paradigma racista. Tese de Doutoramento em História Social, defendida na FFLCH/USP. São Paulo: digitado, 2009.

[xix] VELLOSO, Mônica. Modernismo no Rio de Janeiro: turunas e quixotes. Rio de Janeiro: Editora FGV, 1996.

[xx] SALIBA, Elias. Raízes do Rio: a representação humorística na história brasileira: da Belle Époque aos primeiros tempos do rádio. São Paulo: Cia das Letras, 2002.

[xxi] LIMA BARRETO, Afonso Henriques. Numa e a ninfa. São Paulo: Brasiliense, 1956 (1ª ed.: 1915).

IDEM. Triste fim de Policarpo Quaresma. São Paulo: Brasiliense, 1956 (1ª ed.: 1911).

[xxii] GINZBURG, Carlo. O queijo e os vermes. Tradução de Renata Sammer. São Paulo: Cia. das Letras, 2006.

BAKHTIN, Mikhail. Cultura popular na Idade Média e no Renascimento. O contexto de François Rabelais. Tradução de Yara Frateschi Vieira. São Paulo: Hucitec, 2008.

[xxiii] AMADO, Jorge. Tenda dos Milagres. São Paulo: Cia. das Letras, 2006 (1ª ed.: 1969).

[xxiv] BUARQUE DE HOLLANDA, Sergio. Raízes do Brasil; São Paulo: Cia das Letras, 1995 (1ª ed.: 1936).

[xxv] RIBEIRO, Darcy. O povo brasileiro: a formação e o sentido do Brasil. São Paulo: Global, 2005.

[xxvi] JANOTTI, Maria de Lourdes Mônaco. Os subversivos da República. São Paulo: Brasiliense, 1986.

SILVA, Eduardo. Dom Obá II d’África, o Príncipe do Povo. São Paulo: Cia. das Letras, 1997.

[xxvii] Dificilmente, brasileiros tinham acesso ao texto de La Boétie no período estudado por Flavio mas sempre é bom ler esse clássico para, a partir de contextos diferentes, refletir sobre sua problemática.

LA BOÉTIE, Étienne. Discurso sobre a servidão voluntária. Tradução de Laymert Garcia dos Santos. Posfácios de Laymert Garcia dos Santos, Claude Lefort e Marilena Chaui. São Paulo: Brasiliense, 1982.

[xxviii]

 

 

[Fonte: http://www.aterraeredonda.com.br]

Le Canal Saint-Martin

Des personnes au bord du Canal Saint-Martin, à Paris, le 21 février 2021. Anne-Christine Poujoulat/AFP

 

Écrit par Michelle Lecolle

Linguiste, Université de Lorraine

Organisation de la vie publique, projets de loi en débat, problèmes écologiques : tout nous ramène à la question collective et sociale – au politique en définitive. Chaque jour, les mots que nous utilisons parlent aussi de ce qui fait que nous (humains) vivons en société et comment.

Lien social, solidarité et « vivre ensemble », « communs », regroupement, identité et altérité, inclusion et exclusion, ségrégation, classification et hiérarchie : au sein des sociétés, ces questions sont omniprésentes, dans nos pratiques, nos réflexions et les discours auxquels nous sommes confrontés, que ce soit dans notre vie quotidienne ou dans les médias.

Ainsi avec la publicité : par exemple, sur les quais du métro parisien en 2021, cette opposition seul/ensemble, appuyée par l’opposition (choc) entre les photos, dans laquelle le deuxième terme (ensemble) est valorisé.

Affiche dans le métro de la Fondation Abbé Pierre. Photo : M. Lecolle

Ou, dans l’affiche suivante, où l’addition d’individualités (« je », « tu ») ouvre vers un autre possible, avec un pluriel (« ils »), lui aussi positif.

Sur le plan de la langue, le français offre un large éventail de formes linguistiques traitant plus ou moins directement de la vie en société.

Affiche dans la rue, « Je donne, tu donnes, ils nagent ». Photo : M. Lecolle

Parmi ces dernières, les noms supposés désigner le collectif – les noms de groupes humains. Aussi usuels et communs soient-ils, ces noms présentent des propriétés spécifiques sur les plans sémantique et rhétorique, opposant et parfois associant la cohésion et la dispersion, le singulier et le multiple, l’identique et le différent.

Vie et relations en société : lexique, grammaire, expressions

Dans le champ du lexique et de la phraséologie, on trouve plusieurs expressions se rapportant aux relations et structurations sociales : tout d’abord, le mot ensemble – adverbe (être ensemble), déterminant (l’ensemble des gens), nom (créer un ensemble).

Ensuite, plusieurs expressions portent sur la constitution elle-même de groupes : constituer, créer un groupe, un mouvement, une association ; fonder une famille, une communauté, une confrérie, un mouvement ; sur le regroupement : se regrouper en associationêtre, se retrouver en famille(mettre) en commun ou encore (escroquerie) en bande organisée.

La référence à la vie sociale est également présente dans des mots composés et des locutions : intérêt généralbien communbien publiccontrat socialcorps constituécorps socialle « vivre ensemble » ; (avoir) l’esprit d’équipefaire équipefaire société.

Des noms de groupes

Le français, comme de nombreuses autres langues, possède des noms qui, avec une forme au singulier, désignent un groupe, c’est-à-dire une pluralité d’individus isolables mais similaires à certains égards (forêtbouquetbétailhordeargumentairefamillejeunesse).

On les nomme des « noms collectifs », et ils intéressent le grammairien et le linguiste, à plusieurs titres : à cause de la discordance entre la forme (singulier) et le sens (pluriel) et ses conséquences sur l’accord grammatical, sur les jeux de mots qu’elle rend possibles ; à cause du flou attaché à certains d’entre eux (quelles sont les limites d’une forêt, d’une foule, d’une multitude ?) ; à cause aussi des modes d’appréhension différenciés qu’ils permettent (appréhension globale comme un groupe constitué, ou pointant vers les individus), comme ce qui apparait dans la comparaison des deux titres suivants (la jeunesseles jeunes) :

« Manuel Valls a annoncé hier différentes mesures. La jeunesse a été écoutée. » (titre, Direct Matin, 12 avril 2016)

« Le gouvernement sort le grand jeu pour tenter d’apaiser les jeunes. » (titre, Médiapart, 11 avril 2016)

Ou dans cet extrait d’une interview de la philosophe Catherine Larrère (l’humanité/les hommes) :

« Aux XVIIIe ou XIXe siècles, l’humanité était encore une abstraction ; aujourd’hui, c’est devenu une réalité : tous les hommes sont sur le même bateau. Ils sont condamnés à l’intérêt général ! »

Se regrouper autour d’un « faire »

Parmi les noms collectifs, certains désignent spécifiquement des humains : les « noms collectifs humains » par exemple : peuplepopulationmouvement ou encore arméecommunautéassociationcomitégouvernementhumanité.

Ils renvoient, en particulier, à des modes ou objectifs de regroupement, à des relations humaines, à des identités communes, réelles ou supposées.

La société se structure par le biais de l’activité humaine (loisirs, travail) ; dans ce cadre, le regroupement des individus se base sur un « faire ». D’une manière générale, beaucoup de noms d’humains relèvent du « faire » (par exemple, pour les individus, les noms de professions et de statuts sociaux) ; mais, pour les noms collectifs humains, il s’agit plutôt d’un « faire ensemble ».

Voici quelques exemples : compagnieconseilcorporationsyndicatpartigangbandejuryrédactionstafforchestrechoraleéquipeexpéditionassociation

L’observation montre qu’ils ne se répartissent pas harmonieusement sur les réalités à nommer, mais présentent des zones de condensation voire des redondances lexicales, et aussi des manques.

En effet, ils sont plus ou moins nombreux et diversifiés selon les types de milieux et de regroupements sociaux (famille, école, monde du travail, monde politique, justice, religion, loisirs), mais particulièrement abondants dans certains domaines comme l’armée ou l’Église (détachementbataillongarnisonlégionrégimentbrigadepatrouille ; conclavecongrégationsynode, et quelques autres).

Dans le cadre des sociétés humaines, les relations entre humains peuvent être de solidarité ou de filiation, d’amitié, ou encore de hiérarchie, de division ou de conflit. Certains noms collectifs humains sont fondés sur ces relations. En voici quelques-uns : cellulecommunautéconfrériecouplefratriefamilleguildecoterieliguevoisinage.

À partir de ceci, plus spécifiquement encore, certains, comme cellulecouplefamille allient les traits d’/unité interne/du groupe et de/partie d’un tout/, participant d’une structuration de la société.

Le fractionnement en parties peut également relever de l’antagonisme, ce qu’illustrent plusieurs noms collectifs : factionclansectefront.

Un lien entre l’appartenance au groupe et l’identité des membres

D’autres noms collectifs humains posent un lien entre l’appartenance au groupe et l’identité entre les membres du groupe (« être comme » – d’un certain point de vue) : fratriegénérationpublicsociété civileopinion (publique).

Cette identité dessine une appartenance à une même classe (au sens logique) : paysanneriehumanitéjeunessepatronatmagistrature, ou, de manière plus lâche, une appartenance à un même groupe : faire partie d’un orchestre, c’est être musicien, et un orchestre est constitué d’éléments semblables en ce qu’ils sont musiciens.

Musiciens de l’orchestre de Paris qui jouent au Musée d’Orsay le 26 mars 2021. Photo : Stephane de Sakutin/AFP

D’une autre manière, faire partie de la droite, de la gauche, c’est être de droite, de gauche. Et l’opinion publique, comme nom collectif, désigne un ensemble fondé sur une appartenance de ses éléments à… l’opinion publique.

Flou, double sens et problèmes d’identification

On terminera par une illustration succincte de faits d’ambiguïté avec les noms collectifs humains.

D’un point de vue sémantique, ceux-ci présentent, on l’a vu, une prédisposition au flou, mais aussi aux phénomènes de double sens, et ceci en particulier à cause de leur structuration en double niveau (celui du groupe et celui des éléments) évoquée plus haut, à quoi s’ajoute souvent la polysémie (propriété pour un mot d’avoir plusieurs sens, différents mais liés entre eux).

Ainsi dans l’exemple suivant :

« Les voix du peuple : l’espace public sonore au XVIIIᵉ »

Ce titre réfère à un entretien de l’historienne Arlette Farge, 23 mai 2012, à propos de l’ouvrage Essai pour une histoire des voix au XVIIIe siècle (Bayard, 2009). Ici, peuple a deux acceptions possibles : « classe populaire » ou « totalité des individus composant une nation », et les voix peut s’interpréter comme « distribué » sur chaque membre du peuple, ou se rapporter au groupe.

L’exemple suivant (avec société) présente le même type d’ambiguïté (qualification des individus ou du groupe), à quoi s’associe la pratique professionnelle (recours aux statistiques, moyennes) de l’énonciateur – chercheur en sciences sociales.

« On a une société vieille. » (France Culture, 20 mars 2006)

C’est, avec société aussi, de cette même ambiguïté que joue le titre de l’ouvrage de Pierre Le Goff La société malade (paru chez Stock en 2021) ; si l’auteur explique bien dans le descriptif que c’est de la société en tant que telle qu’il est question (« je voudrais montrer en quoi cette crise sanitaire est révélatrice d’un état problématique de notre société »), le lecteur ne peut pas ne pas envisager, en temps de pandémie, la maladie des individus, membres de la société.

Un dernier exemple avec le nom opposition, tiré d’une chronique politique radiophonique, illustrera la difficulté, pour peu qu’on y regarde de près, à circonscrire le référent d’un nom collectif humain (l’opposition) :

« Renseignement pris auprès du gouvernement et de l’opposition, un consensus semble se dégager autour d’un report de quelques mois, un report au mois de juin. » (France Culture, novembre 2020, à propos des élections départementales et régionales, 2021)

Alors que, avec le gouvernement, on sait parfaitement de qui il est question, l’opposition ne reçoit pas la même interprétation : étant donné la pratique journalistique, étant donné aussi le caractère composite de ladite opposition (qui comprend des groupes de tendances diverses, de la droite à la gauche jusqu’à la France Insoumise), la désignation peut valoir pour la totalité ou pour une partie, jugée représentative – et dans ce cas, laquelle ? La question n’est pourtant pas anodine. Parce que routinisée, la pratique de désignation du tout pour la partie n’est ici sans doute pas consciente, et c’est bien l’observation des noms collectifs qui permet de la déceler.

Les groupes humains présentent une réalité composite sur le plan politique et social. Mais la réalité n’en est pas moins riche et complexe sur le plan linguistique, celui des noms collectifs humains. Au-delà de la simple désignation de groupes humains, ceux-ci, comme outils lexicaux et discursifs, interrogent le rapport du groupe aux sous-groupes et à l’individu, et participent de la représentation de ces groupes, voire de leur constitution – langagière.

 

 

[Source : http://www.theconversation.com]

Quando as fórmulas infantis chegaram, nos anos 60, a empresa não sabia o que fazer com o leite condensado, até então indicado para bebês. Foi então que decidiu “reler” os doces brasileiros, forjando uma relação de afeto com as donas de casa

Escrito por Luisa Coelho e João Peres

“É um mea culpa aqui que eu vou conversar com São Pedro quando chegar a hora.” Débora Fontenelle carrega um sabor agridoce. Três décadas de trabalho à frente do Centro Nestlé de Economia Doméstica trazem boas recordações, mas um sentimento de culpa que volta a todo instante. Um período de ideias simples, porém geniais, que moldaram para sempre a culinária brasileira.

Pudim de leite, beijinho, papo de anjo: o trabalho da corporação suíça foi tão habilidoso que, hoje, a versão “tradicional” dos nossos principais doces é feita com leite condensado. Ou melhor, com Leite Moça. O Prêmio Top of Mind, do jornal Folha de S. Paulo, pergunta todo santo ano: “Qual a primeira marca que vem à cabeça?”. A Nestlé ficou em primeiro lugar em dez anos, num total de 27 edições, disputando cabeça a cabeça com Omo e Coca-Cola.

O Brasil é o maior consumidor de leite condensado do mundo. De acordo com dados da própria empresa divulgados em 2020, são sete latas de Leite Moça por segundo, o que dá 220 milhões de latas por ano. É mais ou menos uma lata por brasileiro. Isso sem contabilizar as outras marcas.

O país sempre teve predileção pelos doces, o que se explica pela abundância de açúcar graças às imensas plantações dos tempos das colônias. Quando chegou ao Brasil, na segunda metade do século 19, a Nestlé encontrou um campo fértil por onde avançar. O leite condensado, recém-criado para alimentar soldados nas trincheiras, precisava seduzir novos consumidores.

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O leite condensado chegou ao país com nome gringo. Milkmaid era difícil de pronunciar e, então, a turma apontava para a moça da lata e pedia o leite da moça. Em 1921, quando a Nestlé abriu uma primeira fábrica por aqui, em Araras, no interior de São Paulo, adotou de vez esse nome.

Nesses tempos, a corporação já ensaiava aquilo que faria à perfeição nas décadas seguintes: tocar o terror. “Seria capaz de arriscar a vida de seu filhinho sentando-o na janela de um arranha-céu? Certamente que não! Entretanto, dando-lhe leite de procedência duvidosa, está pondo-o em perigo da mesma forma”, diz um de muitos anúncios.

A Nestlé, pelo menos a Nestlé do Brasil, talvez tenha sido a empresa mais habilidosa na exploração dos medos surgidos da urbanização e do discurso científico. A ideia de que uma alimentação industrial é superior e de que existe um corpo constantemente em risco (especialmente o corpo do bebê) foi nutrida com carinho e dinheiro.

Para isso, a corporação ensaiou uma relação direta com as consumidoras: cupons para receber produtos gratuitamente, cartilhas que ensinavam sobre essa admirável vida urbana e livretos de receitas começaram a tornar-se uma prática. Em 1942 foi criado o Serviço de Colaboração Familiar, ao lado de uma invenção que, vista hoje, é realmente vanguardista: a elaboração de uma personagem, Ruth Beatriz, que dava conselhos às mães sobre a alimentação dos bebês.

Um bode na sala

“O caderno de receita era assim toda a vida emocional que a mulher podia ter”, diz Débora Fontenelle, nutricionista que hoje tem 83 anos. Poderia ser apenas mais uma pessoa aposentada com suas recordações da juventude, mas o irônico da história é que Fontenelle é a pessoa que mudou para sempre a vida do caderno de receitas. Também não deixa de ser irônico que o início do trabalho dela marque também o fim dos tempos mais glamourosos do caderno.

“Era ali que a dona de casa anotava a receita que ela fazia. Ao mesmo tempo contava que naquele dia o marido não tinha falado com ela ou que a tinha tratado mal. Tinha toda uma parte de emoção da mulher, mas muito fechado.”

Como explicar quem é Débora? A primeira coisa a saber é que é uma pessoa central numa mudança enorme na vida de muitos brasileiros. A segunda é que ela é estranhamente desconhecida do público em geral. Nós sabemos muito sobre doces. Todo brasileiro conhece o pudim de leite (condensado) que ela inventou. Mas Débora é uma desconhecida.

Há quatro ou cinco anos queríamos entender como a Nestlé havia assumido o papel de educadora das brasileiras. Encontrar Débora, no final de 2020, foi como encontrar o mapa do tesouro.

Em 1959, ela estava no final do curso de graduação na Faculdade de Saúde Pública da Universidade de São Paulo quando um professor a indicou para uma vaga na corporação. “Eu perguntei para ele por que tinha sido eu. Não achava que tinha o perfil. Ele respondeu: ‘Ah, porque você tem umas perguntas muito loucas’.”

No lugar de vacas suíças, ela se deparou com um bode na sala: as recém-criadas fórmulas infantis prontas para consumo. Se a empresa esperava lucrar horrores ao desestimular ainda mais o aleitamento materno, de outro lado projetava uma redução grande nas vendas de leite condensado. E, então, tudo mudou.

Quando se propõe que o Estado crie políticas públicas para promover a alimentação saudável – e, em particular, quando se propõe restringir a publicidade direcionada a crianças –, as empresas alegam que simplesmente atendem a demandas da sociedade. Dizem que elas não criaram nenhum hábito. Não moldaram nossas atitudes. Não influenciaram nossa conduta.

A maneira como a Nestlé reescreveu a doçaria brasileira joga tudo isso por terra. Em coquetéis, tapiocas, doces, saladas de frutas: o Leite Moça e suas imitações se inscreveram como um amálgama capaz de conectar quaisquer ingredientes. Uma estranha liga que, com uma quantidade hedionda de açúcar, torna agradável qualquer preparação.

Durante as eleições de 2018, Jair Bolsonaro acrescentou uma camada de estranheza – entre tantas outras – quando apareceu no maior telejornal do país comendo pão com leite condensado. Ficamos pensando qual terá sido a reação dos diretores da Nestlé: ganharam mais uma receita? Odiaram ter a imagem tão doce associada a essa indócil criatura?

Uma dissertação de mestrado apresentada em 2010 à Faculdade de Filosofia, Letras e Ciências Humanas da USP concentra-se sobre a transmissão do conhecimento culinário no Brasil do século 20 e dá especial atenção para o caso de sucesso da Nestlé. A autora, Débora Santos de Souza Oliveira, conta que Débora Fontenelle visitou cursos de culinária Brasil afora e constatou que nem 10% das receitas eram feitas com Leite Moça.

A Nestlé começou um trabalho de persuasão das professoras de culinária, enviando receitas, materiais, cursos e produtos. Mais ou menos como hoje em dia as marcas fazem com influencers. Segundo a dissertação de Oliveira, as vendas de Leite Moça cresceram 25% entre 1960 e 1962.

A gente olhou os dados da Organização das Nações Unidas para a Alimentação e a Agricultura (FAO). Em 1961, o Brasil produzia 16 mil toneladas de leite condensado por ano. Uma década mais tarde, era o dobro. E em 2018 foram 64 mil toneladas, ou quatro vezes mais em relação ao início do trabalho de Débora Fontenelle. Hoje, a empresa diz que 70% das receitas de doces no Brasil levam leite condensado, uma informação difícil de ser checada.

Um ombro amigo

Mulheres urbanas de classe média: esse era o público-alvo da Nestlé nos anos 1960 e 1970. “Antes (da urbanização do país) você tinha elite e população à beira da miséria”, recorda Débora Oliveira, a autora da dissertação. “A partir do momento em que se começa a formar a classe média, vários estratos, e o Brasil torna-se mais urbano, vem essa noção de identidade e de me diferenciar de quem está abaixo. De dizer: ‘Oba, eu sou elite’. Então, se eu sou elite, não vou comer comida de fazenda, não vou comer farofa, farofa é comida de pobre.”

Uma elite que, no entanto, já não tinha escravos nem dinheiro para manter uma trupe de serviçais. A Nestlé entendeu perfeitamente essa janela histórica de oportunidades:

  • Essas mulheres continuavam a sofrer uma enorme pressão para serem donas de casa exemplares;
  • Elas queriam ou precisavam começar a trabalhar fora de casa, mesmo que em ocupações mal remuneradas e de meio período;
  • As receitas das mães não eram tão úteis, porque demandavam um tempo de que já não dispunham;
  • Elas queriam diferenciar-se das classes baixas, o que passava por aceitar e valorizar elementos “modernos” da vida urbana.

Doces brasileiros de verdade foi um dos primeiros livros lançados depois da formação do Centro Nestlé de Economia Doméstica – a publicação não traz a data de impressão. Logo na contracapa do volume havia uma mensagem clara: os doces brasileiros de verdade eram feitos com Leite Moça. “E foi a hora que a gente entrou na cozinha para substituir aqueles bons doces brasileiros”, recorda Débora Fontenelle. “A gente viu toda aquela complexidade das caldas e tudo isso podia ser substituído pelo leite condensado.”

A doçaria brasileira tem alguns elementos centrais, em parte herança das tradições portuguesas: açúcar, ovos, coco e leite. A Nestlé poderia ter reescrito as receitas sem reescrever as histórias. Mas, então, talvez ela não tivesse se inscrito de vez no imaginário nacional.

Um trecho do livro dizia:

Sinhazinha mostrava ser prendada ao retirar do forno a assadeira com um bolo perfumado, ou do tacho uma irresistível cocada de colher. Mas acontece que ela gastava tanto tempo ao redor do fogão que acabava perdendo o bem amado.

Em Doces brasileiros de verdade, a empresa testa um discurso que depois incorporou em definitivo. Para essa mulher aflita, a Nestlé oferece um reforço dos piores medos, mostrando como era sofrida a vida das sinhás nos tempos da fazenda. É para o Brasil do século 19 que se aponta: um Brasil escravista. E, entre a sinhá e a escrava, a empresa, que mirava nas consumidoras de classe média, não teve dúvidas: abraçou a classe alta como protagonista.

Acabou aí o sonho de amor da moça do Solar. Nunca mais quis ver o namorado, que voltou à Corte sem entender o que havia acontecido. Jamais veio a saber que, para Sinhazinha, preparar o doce perfeito era como preparar a própria vida, a própria felicidade.

O resumo da ópera é: você é uma herdeira das sinhás, mas não precisa sofrer tanto quanto elas. Basta usar os produtos da Nestlé. “Como se transferissem para a empresa a imagem de uma amiga, de uma professora que está muito perto, orientando essas tarefas”, conta Débora Oliveira.

Uma enorme rede social – e bem antes do Facebook

Olhando hoje, a gente só consegue oferecer uma expressão para aquilo que foi feito na segunda metade do século passado: a criação de uma enorme rede social. Sim, porque a Nestlé distribuía muitos livros e livretos, reescrevia receitas, mas acima de tudo criava articulação entre as donas de casa. Milhares de cartas eram enviadas todos os meses, e repassadas por meio de uma rede que se foi criando.

Muito antes que o Facebook, a fabricante do Leite Moça teve acesso a informações valiosas sobre as aflições das mulheres e o que poderia ser feito para lucrar em cima disso. “Então ela formou toda uma geração de mulheres divulgando receitas em embalagens ou em folhetos que iam para a casa dessas pessoas, as quais ligavam para o Centro Nestlé para pedir receita e ela mandava, ela formou todo o contingente”, conta a pesquisadora.

São pequenas sacadas que valem fortunas. Colocar uma receita no rótulo. Criar um serviço de atendimento (primeiro por carta, depois por telefone). Escrever livros de receitas que se vão tornando impecáveis sob o ponto de vista gráfico.

“Os livros de receita eram muito poucos, muito poucos”, recorda Débora Fontenelle, ex-Centro Nestlé. “Tinha a Dona Benta, mas eram receitas nas quais nem sempre as mulheres acreditavam. A coisa começa a mudar apelando para a praticidade e para a imagem. E a Nestlé também foi pioneira nos primeiros fotógrafos, que se vão esforçando e começando a pegar o caminho.”

Antes, as receitas podiam ser uma espécie de segredo familiar, um traço típico de uma cidade, uma recordação dos tempos dos avós, um retrato cultural. Mas agora as donas de casa estavam mais abertas a compartilhar receitas, e a Nestlé soube estimular isso como ninguém.

Cartas podiam ser enviadas gratuitamente ao pioneiro serviço de atendimento ao consumidor. E havia um mural de receitas no qual dúvidas e soluções eram trocadas entre as mulheres – de novo, algo muito à frente de um mural de Facebook. “Nos anos 80, a gente tinha um movimento de 20 mil, 30 mil cartas por mês, e vinha carta do Brasil inteiro”, recorda Fontenelle.

A corporação conseguia manter-se sempre atualizada sobre os desejos e as aflições das consumidoras, criando produtos e receitas sob demanda para o espírito de cada época. “Eu vi isso em cidades do Nordeste. Em pequenas cidades de repente aquela receita pegava uma fúria danada de divulgação, através de uma única mulher que tinha pedido a receita pela carta.”

Entre tantas correspondências, a gente separou uma que tem o poder de sintetizar o que era o Centro Nestlé de Economia Doméstica:

Sou a Joelma Costa Lima e tenho 12 anos. Minha tia, Francineide, faz tortas e bolos para fora e foi assim que juntou as embalagens para a promoção Nestlé 80 Anos e agora o Show do Milhão. Ela vende cachorro-quente e o carteiro até chorou quando foi entregar o telegrama dizendo que ela ganhou uma casa e viu onde a gente morava. Os vizinhos ficaram na maior alegria e agora todos a chamam de « a mulher da Nestlé ». Com o dinheiro, ela comprou três casas, uma para ela, uma para minha mãe e outra para meu irmão. São muito pequenas, mas, para quem não tinha nada, são três palácios.

A todo momento da conversa, quando Débora Fontenelle começava a fazer um balanço desse período da Nestlé, trazia à tona sentimentos contraditórios, como se houvesse uma luta interna. Ela se recordou de um encontro com Carlos Alberto Dória, pesquisador sobre culturas alimentares.

“Quando nós nos conhecemos, ele disse: ‘Eu queria conhecer você porque você foi a assassina do doce brasileiro de antigamente. E você sabe o que você fez?’”, ela conta. “E eu dei um suspiro e disse: ‘É, eu sei, e eu vou pagar no inferno por esse preço de ter transformado, de ter matado, de ter popularizado uma versão assim do doce.”

A fala de Débora nesses momentos assumia um tom vacilante. Ela ia e voltava: o que fez foi bom, mas teve consequências ruins. E o que fez teve consequências ruins, mas foi importante. Quando mencionou a saudade do beijinho tradicional, que tinha uma casquinha, nós nos perguntamos: mas que beijinho era esse? Se você jogar no Google a expressão “receita de beijinho tradicional”, todos os primeiros resultados trarão a receita com leite condensado.

Para a Nestlé, sentimento de culpa não existe. Hoje, a corporação mima influenciadores digitais com muitos brindes. Lança livros de receita virtuais e impressos. E mantém uma equipe própria de cozinheiros que escreve e reescreve a doçaria brasileira para garantir que o Leite Moça siga reinando. Os bebês, claro, nunca foram esquecidos: hoje, a corporação promove biscoitos – ou melhor, NutriSnacks – com a sugestiva mensagem de que “A natureza sabe o melhor”. A menos que a natureza tenha produzido banana em pó, a Nestlé está mentindo de novo. Mas quem se importa?

 

[Fonte: http://www.ojoioeotrigo.com.br]