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Terry Eagleton firma un estudio desigual sobre la naturaleza del humor, que describe como mecanismo de alivio, gesto de superioridad y aceptación de la incongruencia vital

Terry Eagleton, eminencia de los estudios literarios, en 2018.

Terry Eagleton, eminencia de los estudios literarios, en 2018.

Escrito por Ramón del Castillo

Este libro de Terry Eagleton se esperaba. Otros colegas suyos habían escrito cosas parecidas: Simon Critchley, Sobre el humor; Slavoj Žižek, Mis chistes, mi filosofía, y Alenka Zupančič, Sobre la comedia, así que el suyo tenía que caer antes o después. En obras previas ya dio vueltas a la diferencia entre la comedia y la tragedia o a la relación entre absurdo e historia, y, sí, contó más de un chiste. Para ser un libro de un marxista, menciona a Marx una sola vez y, curiosamente, no para recordar aquello de que la historia ocurre dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. En el segundo capítulo, Hegel, Marx y Brecht saltan a escena, pero en el conjunto del libro el espíritu marxista opera con discreción. El absurdo de Beckett, que tanto le ha interesado, tiene menos cabida de la esperada, mientras que la teoría del carnaval de Bajtín tiene más de la deseada. Las tesis de Henri Bergson están excelentemente explicadas, pero un poco simplificadas. La teoría del humor de Freud aparece inevitablemente y acierta al darle una interpretación holgada, no solo sexual, a la idea de represión.

Aclaremos que Humor no es un libro sobre el humor, sino sobre ciertas teorías del humor. El lector no encontrará ideas sobre la actual stand-up comedy, la censura y la corrección política, el humor cínico en el capitalismo delirante o la gilipollez en la era Trump. Pedirle a Eagleton un análisis de los vídeos de gatitos que nos hacen troncharnos de risa sería como pedir a un influencer un comentario sobre las ironías de Laurence Sterne. Alude de pasada a una docena de comediantes (entre ellos, Stewart Lee y Frankie Howerd), pero no analiza sus diferentes estilos y lógicas. Las referencias básicas de este viejo izquierdista tan socarrón siguen siendo la prosa, la poesía, el teatro, la filosofía y la crítica literaria. A diferencia de Žižek, nunca ha hablado de cine, pero ¿es posible comprender el humor de los últimos cien años sin tener en cuenta ese arte de masas? Sí que alude a varios comediantes y sugiere que hacen reír no solo porque sus chistes sean buenos, sino porque han encarnado “un estilo de vida, una forma de ver el mundo o una personalidad excéntrica”. Es así, pero entonces, ¿por qué no profundizar más en ese talante? ¿Qué piensa el autor de la tasa de suicidio entre humoristas y comediantes?

Piénsese en esos humoristas geniales y delirantes cuya explicación de un chiste puede ser un chiste mejor que el explicado

Pero Eagleton es brillante, claro, y el libro arranca muy bien. “El humor y el análisis del humor pueden coexistir perfectamente. Entender cómo funciona un chiste no tiene por qué arruinarlo, del mismo modo que entender cómo funciona un poema no lo estropea”, escribe. Totalmente cierto y, si no, piénsese en esos humoristas geniales y delirantes cuya explicación de un chiste puede ser un chiste mejor que el explicado. La buena noticia es que Eagleton conoce muy bien un montón de teorías del humor y la mala es que les da vueltas a todas. Se desentiende de las teorías científicas, “llenas de gráficos, tablas, diagramas, estadísticas e informes sobre experimentos”, y se centra en las que, dice, pueden estar plagadas de discrepancias, pero resultar muy productivas, “igual que una foto borrosa de alguien puede ser más útil que no tener ninguna”. Por momentos, uno hasta diría que a Eagleton no le importa resultar cómico al estilo de Tristram Shandy: “A causa (…) de la necesidad de no dejar absolutamente nada sin contar (…) en su preocupación —paródicamente amable y sentimental— por no engañar a sus lectores organizando su relato y editándolo, Tristram consigue, con un sadismo apenas disimulado, sumirlos en la más profunda confusión”. Eagleton no vuelve loco al lector, pero le acaba mareando. Como ha dicho un crítico, a veces parece atrapado por la lógica de rueda de hámster del humor: argumenta en un sentido de la rueda, pero inmediatamente gira hacia el opuesto. Quizás esa es la gracia de la dialéctica. Como Eagleton mismo también recuerda, Brecht dijo que nadie sin sentido del humor podría comprenderla.

Quien no haya leído muchos libros sobre humor debe leer este, porque gracias a él leerá muchos otros

Quien no haya leído muchos libros sobre humor debe leer este, porque gracias a él leerá muchos otros. Quien haya leído muchos debe leer este libro porque quizás volverá a leerlos de otra forma. El libro conecta bien distintas expresiones del fenómeno (risa, chiste, sarcasmo, ironía, comedia) y es más interesante en los primeros capítulos, donde analiza tres conocidas teorías del humor: como mecanismo de alivio o descarga, como gesto de superioridad y como aceptación de la incongruencia. Es sumamente hábil desmontando la segunda teoría y acaba proponiendo una combinación de la teoría de la descarga y de la incongruencia. En ese punto del libro deja claro que le gusta especialmente la perspectiva de William Hazlitt (por cierto, el segundo capítulo, ‘Scoffers and mockers’, se traduce como ‘Zumbones y burlones’, pero no hacía falta recurrir a un término tan poco utilizado y habría valido ‘Mofas y burlas’). En el cuarto (‘Humor e historia’), Eagleton se remonta, como en La función de la crítica y en La estética como ideología, hasta la Ilustración, y narra la historia del buen humor y el ingenio como ingrediente de la ideología burguesa de la cortesía y la sociabilidad. Desfilan por su crónica Hobbes, Swift y Shaftesbury, entre otros, y se nota que le gusta Hutcheson. En el quinto, en cambio, inserta un comentario demasiado largo sobre Comedians, de Trevor Griffiths, y no lo conecta bien con la parte final dedicada a Bajtín y el carnaval, un concepto que resulta algo anticuado para entender las variedades contemporáneas de sátira y parodia. La alusión final al carácter carnavalesco del cristianismo se queda corta y habría requerido más desarrollo, solo que ello le hubiera metido en una discusión de teología con Žižek que quizás no le apetecía. La discusión sobre el cuerpo, lo plebeyo y lo grotesco también merecía una actualización, pero Eagleton despide su libro dejando el asunto abierto, escondiéndose entre un seto del jardín en el que se ha metido, igual que Homer Simpson en un meme muy popular.

portada 'Humor' , TERRY EAGLETON, EDITORIAL TAURUS, PENGUIN RANDOM HOUSE.

Humor

Autor: Terry Eagleton. Traducción de Mariano Peyrou

Editorial: Taurus, 2021

Formato: 216 páginas, 17,90 euros

 

[Foto: Paul Musso – fuente: http://www.elpais.com]

Paranaländer escribe sobre el libro “Descripción histórica de la antigua provincia del Paraguay” (1957, Ediciones Nizza, Asunción), de Mariano Antonio Molas, y nos deja algunas estampas de la época descritas por el prócer estando en prisión.

Por Paranaländer

“Descripción histórica de la antigua provincia del Paraguay” (1957, Ediciones Nizza, Asunción) de Mariano Antonio Molas. Reza tercera edición en su portadilla porque la primera la publicó el argentino Carranza en La Revista de Buenos Aires en 1965 y luego en forma de libro en 1868. Tiene prefacio y notas del poeta (suponemos no sea un homónimo) Oscar Ferreiro, que trata de enmendar las inexactitudes proporteñistas que han tenido las ediciones anteriores. Este libro es un tour de force para los trabajos de temas históricos vidriosos. No solo porque el autor Molas escribió la obra estando preso por el Dr. Francia, que ya le da toda una pátina controversial a su escrito, sino porque la primera edición se realiza en Argentina en momentos en que el Paraguay está enfrascado en la Guerra de la Triple Alianza. Un dato: en su prefacio de 1865, Carranza cuenta que fragmentos del libro fueron adelantados en el panfleto antilopizta “El grito paraguayo”, donde era columnista el protolegionario Recalde, quien había conseguido una copia del original conservado en el archivo del Instituto Histórico y Geográfico del Brasil. Es más, en una de sus notas Carranza tiene el tupé de desautorizar al propio autor, de forma ingüeroviable, cuando este da como cerebro de la revolución del 15 de mayo a Francia (que debemos creer sea fiel a la verdad, pues qué sentido tendría que su enemigo mintiera en tal sentido), el editor antepone otro nombre, argentino en este caso, a tal puesto dirigencial en vez de Francia.

Más allá de este largo preliminar contextual y aclaratorio necesarios, el libro, escrito por un preso de los calabozos del Dr. Francia, es muy ameno y entretenido, tiene momentos incluso literarios, por su fantasía y sátira humorística.

Como se prohibían las importaciones, no había barajas, cuyo juego era el único entretenimiento en la aldea francista, aburrida y kaigue, entonces se les ocurrió a los paraguayos destruir libros del Convento para fabricarlas, coloreándolas luego con uruku. Esto me recordó el cuento de Gabo, “En este pueblo no hay ladrones”, donde un malnacido roba las únicas bolas de billar dejando al pueblo sin diversión.

Carranza no entiende al ciudadano paraguayo cuando llora la muerte del Dictador. Ni se le ocurre que sus enemigos eran los hombres de posición y bienes y no el pueblo llano.

Molas, un liberal decimonónico a la porteña, muestra sus colmillos cuando echa en cara al Dictador no seguir el ejemplo de Buenos Aires -que exterminó a los indios de las pampas- y emprender otro exterminio contra los indios bárbaros del Chaco.

Pinta al Dictador Supremo en algunas anécdotas como un personaje beckettiano, quien en su afán de controlar las importaciones las echa todo a perder, o queriendo dar mejoras al obispo, lo termina empujando a la muerte y a la destrucción de la catedral. Muerte por envenenamiento que niega Wisner, por otra parte.

Y ni hablar del affaire yatebu, que, según nuestro autor encarcelado, durante el cual el Supremo mandó diezmar el ganado vacuno contagiado de las estancias del Estado sino la de todos sus enemigos y odiados vecinos, en una paranoia al yatebu demencial, de tal modo que dejó a la provincia sin vacas que faenar y, de paso, en la calle a sus antaño ricos estancieros de la campaña. La plaga del yatebu después derivó en el bicho colorado que atacó a los caballos.

Malvado, monstruo, invasión para auxiliar a los paraguayos, toda la caterva de calumnias contra el Paraguay que se repetirán contra los López ya aparece aquí contra Francia.

También nos baraja las opciones de la nacionalidad del padre del Supremo, carioca, portugués de Porto o francés.

O que su hermana Petrona Regalada vivía de dar clases a las niñas.

Y, por último, compara a Francia con el Pigmalión de Fenelon y con Maquiavelo.

 

 

[Fuente: http://www.eltrueno.com.py]

Depuis plusieurs années, Bruno Dray s’attache à découvrir les similitudes entre la langue hébraïque et diverses langues européennes. Le français, bien sûr, mais aussi l’anglais, l’allemand, l’italien, l’espagnol et même le russe. En suivant les conseils du célèbre linguiste Claude Hagège, qui considère, pour sa part, que « les communautés juives ont truffé d’emprunts hébraïques les pays où elles ont été reçues », il tisse sa toile et nous propose régulièrement ses découvertes. En montrant ce que les langues européennes doivent à l’hébreu, il considère qu’il peut, à sa manière, tout en nous édifiant, lutter contre l’antisémitisme.

Dans ce petit livre, on va de surprise en surprise. C’est ainsi qu’au fil des pages, on apprend qu’un lien peut être établi entre l’hébreu PARACHA, section hebdomadaire du Pentateuque et APHÉRÈSE qui renvoie à « ôter, enlever ». Ou encore que des corrélations consonantiques existent entre le verbe anglais TO CUT, et les vocables hébraïques KITA (section) et QATAN (court), le SÉCATEUR et le COUTEAU (en hébreu SAQIN).

Autres exemples : Le SAVON, en allemand SEIFE et l’hébreu ZEFET, résine ou encore ZIV, couler.

Le français GAMELLE peut être rapproché de l’hébreu GAMOUL, sevrer. Le prénom CATHERINE fait penser à l’hébreu QETORET, encens et JORDAN c’est, bien sûr, YARDEN, le Jourdain. Quant à CHOCHANA, la rose, on la retrouve tout simplement dans SUZANNE.

Bruno Dray n’hésite pas à rapprocher la GIBOULÉE de YAVAL, le fleuve, SOVIET et SOVIÉTIQUE de l’hébreu CHEVET qui signifie tribu, BACHELIER du verbe BACHAL, amener à maturité, l’arabe KHÔL de l’hébreu KAKHHOL, bleu, MINUTER de MANA, compter et de MINYAN, le quorum pour certaines prières.

L’adjectif français PETIT renvoie à l’hébreu PETI, simplicité, naïveté, QEREN à COURONNE, HERSE à HARACH, labourer. GALERIE c’est GALIL, cylindre, cercle et la fameuse région d’Israël Galilée et, pourquoi pas, GALGAL, la roue.

Bruno Dray, en fin d’ouvrage, laisse la place à un confrère, André Gagnoud, qui, de son côté, propose des accointances originales : l’allemand ICH (Je) avec l’hébreu ICH (homme), l’allemand KOMMEN, venir avec l’hébreu ANI KAM, je me lève, et, cerise sur le gâteau qui plaira aux Bretons : KÉNAVO, c’est KEN, AVO, en hébreu, Oui, je viendrai. Bon sang, mais c’est bien sûr !

Original et sympathique.

Jean-Pierre Allali

(*) Éditions Valensin. David Reinharc. Décembre 2020. 80 pages. 12,50 €.

[Source : http://www.crif.org]

Em livro provocador, a obra do revolucionário peruano em diálogo com esquerdas. Morto aos 35, criativo e profundo, ele destoou dos marxistas ortodoxos – mas também dos que viam a tradição dos povos originários como congelada e imutável

Escrito por Ruy Braga

Enquanto escrevo esta apresentação, a eleição presidencial peruana de 2021 segue indefinida, mesmo após a apuração de todas as urnas do país. Pedro Castillo obteve uma estreita vantagem de 44 mil votos sobre Keiko Fujimori e deve ser declarado vencedor assim que a justiça eleitoral peruana julgar os recursos impetrados pela candidata da extrema-direita. É impossível não ver na provável vitória eleitoral de Castillo, um professor e líder sindical com fortes laços indígenas à frente de um partido político que combina educação popular, ativismo sindical e auto-organização indígena, o espectro do mais original pensador marxista latino-americano: José Carlos Mariátegui.

Afinal, Mariátegui foi o maior defensor da articulação entre o radicalismo político derivado das análises marxistas com a linguagem dos movimentos populares e indígenas da América Latina. E nove décadas após sua morte, o partido-movimento Perú Libre recupera as tarefas emancipatórias legadas por Mariátegui aos trabalhadores peruanos ao derrotar o velho projeto autoritário, colonialista e extrativista sintetizado na candidatura de Keiko Fujimori. Não parece despropositado observar na atual conjuntura político-eleitoral peruana o anúncio de um novo momento para a América Latina: as forças do progresso tendem a triunfar, ainda que tenham que superar a encarniçada resistência dos acólitos reacionários representantes da política de espoliação neoliberal.

Exatamente por se tratar de uma disputa tão importante para o futuro de nosso subcontinente é que necessitamos compreender as ideias que balizam parte significativa da esquerda peruana e, ainda hoje, alimentam o imaginário de ativistas sociais, sindicalistas, trabalhadores e comunidades tradicionais em diferentes contextos nacionais: o comunalismo ayllu enraizado nas tradições de resistência e luta das comunidades indígenas andinas que, a despeito do genocídio colonial imposto pelos europeus, jamais deixaram de reinventar suas próprias tradições rebeldes, tanto no campo quanto nas cidades. Mariátegui foi quem melhor compreendeu a força dessa tradição de luta contra o Estado colonial antes e depois do ciclo de independências políticas que varreu a América Latina do século XIX.

Criador do jornal socialista “Amauta” – “sábio” em quíchua, língua do império inca –, órgão cultural que marcou toda uma geração de intelectuais e ativistas políticos nos anos 1920 e 1930, além de secretário-geral do Partido Socialista Peruano, Mariátegui morreu com apenas 35 anos, porém, ainda assim, deixou uma marca indelével no pensamento radical latino-americano. Atento tanto às rebeldias locais, indígenas, estudantis e trabalhistas, quanto aos levantes europeus, ele soube sintetizar as dimensões universal e particular da emancipação humana em um projeto político singular cuja força se alimentava da combinação de movimentos populares regionais com a teoria revolucionária marxista, conhecido como “socialismo indo-americano”.

Esquematicamente, trata-se de uma síntese apoiada na aposta de que as lutas de classes modernas seriam bem recebidas por formas culturais pré-modernas, isto é, “protocomunistas” existentes nos Andes. Nesse sentido, a comunidade ayllu, que havia resistido ativamente à mercantilização capitalista impulsionada pela colonização, seria o embrião de um movimento socialista capaz de transformar sociedades de castas neocoloniais em verdadeiros Estados nacionais independentes. Isso só aconteceria quando o comunalismo ayllu e socialismo europeu se aliassem em uma atividade revolucionária de massas capaz de unificar povos indígenas e trabalhadores organizados por meio de um projeto político, capaz de articular as escalas local, nacional e internacional.

Ou seja, Mariátegui almejou “formar” uma nação recorrendo a uma espécie de desvio internacionalista por meio do qual incontáveis comunidades indígenas espalhadas por diferentes partes da América Latina superariam os limites dos atuais Estados nacionais unificando-se ao redor de um projeto voltado para o futuro do subcontinente e não mais sufocado por seu passado colonial. Em outras palavras, o marxismo romântico e decolonial de Mariátegui não essencializou a cultura ameríndia pré-colonial – de resto, tarefa levada a cabo pelos próprios colonizadores a fim de reproduzir as bases de sua dominação. Ao contrário, ele procurou desnaturalizar os fundamentos de nossa subordinação pós-colonial por meio de uma síntese politicamente internacionalista que se enraíza, por isso mesmo, nas tradições locais e nacionais.

De uma certa maneira, o livro de Deni Alfaro Rubbo, “O labirinto periférico: aventuras de Mariátegui na América Latina”, moveu-se impulsionado por essa dialética entre o local, o nacional e o internacional posta pelo marxismo mariateguiano. Até onde eu sei, trata-se do primeiro estudo sistemático sobre a recepção da obra de José Carlos Mariátegui nas ciências sociais latino-americanas. Tendo por base uma refinada pesquisa teórica e documental desenhada para compreender a circulação e a apropriação das ideias do marxista peruano em nosso subcontinente, o livro de Deni amparou-se em um vasto material empírico abarcando desde entrevistas com militantes, intelectuais e editores diretamente ligados ao legado de Mariátegui, além de notável esforço de consulta de acervos públicos e arquivos particulares em diversos países. Entre esses acervos e bibliotecas vale destacar a Casa Museo José Carlos Mariátegui em Lima, a Bibliothèque Nationale de France (BNF) em Paris e a Casa de las Américas em Havana. No Brasil, Deni debruçou-se sobre o Fundo Florestan Fernandes (FFF) da Universidade Federal de São Carlos (UFSCar), além do Memorial Darcy Ribeiro da Universidade de Brasília (UnB) e do Centro de Documentação e Memória (Cedem) da Universidade Estadual Paulista (Unesp).

É dispensável dizer que a investigação desse conjunto de coleções, acervos e fontes espalhados por América Latina e França permitiu que o livro adquirisse uma riqueza ímpar em termos de precisão e profundidade, tornando seu enfoque marcadamente inovador no campo de estudos mariateguianos. Deni afirma que a combinação entre um esforço editorial hercúleo levado adiante pelos familiares de Mariátegui e determinadas circunstâncias sociopolíticas e culturais vividas no Peru e na América Latina viabilizou a construção de redes de circulação internacional, espalhando as ideias do marxista peruano. Assim, aos poucos, uma imagem heterodoxa de Mariátegui como um dos principais referenciais de reconstrução do marxismo latino-americano emergiu em flagrante contraste tanto em relação às teses dualistas e desenvolvimentistas que marcaram historicamente a esquerda em nosso subcontinente, quanto em relação às teorias culturalistas que essencializam os povos tradicionais atualizando o mito do “bom selvagem”.

Explorando a dialética entre o local, o nacional e o internacional, um dos pontos fortes desse livro é, sem dúvidas, a minuciosa análise do processo de difusão, em especial a partir dos anos 1960, da obra de Mariátegui por diferentes conjunturas políticas e realidades nacionais, as tais “aventuras latino-americanas” referidas no subtítulo. Além das apropriações ideológicas realizadas por órgãos estatais e organizações políticas peruanas, Deni estuda a apropriação de Mariátegui por duas figuras-chave do marxismo latino-americano: o peruano Aníbal Quijano e o argentino José Aricó.

Ademais, Deni demonstra como o campo de estudos “decoloniais” na América Latina, em especial o Grupo Modernidade/Colonialidade, apropriou-se de Mariátegui por meio da “crítica ao eurocentrismo”. Finalmente, o livro examina a recepção de Mariátegui no Brasil com base em um mapeamento de seus leitores: intelectuais, exilados e militantes de organizações partidárias. Trata-se de uma espécie de arqueologia das ciências sociais no país, com especial destaque para Florestan Fernandes e Michael Löwy. Assim, percebemos como o autor dos “Sete ensaios de interpretação da realidade peruana”, a despeito de raramente referir-se ao Brasil, influenciou intérpretes decisivos de nossa sociedade. Por tudo isso, tenho certeza de que o livro de Deni Alfaro Rubbo irá satisfazer a todos aqueles que buscam compreender e transformar a atual encruzilhada latino-americano. Afinal, o labirinto periférico continua tão desafiador nos dias correntes quanto nos tempos de Mariátegui.

O labirinto periférico: aventuras de Mariategui na América Latina, de Deni Alfaro Rubbo, publicado pela Autonomia Literária, parceira de Outras Palavras.

[Retrato: Bruno Portuguez Nolasco – fonte: http://www.outraspalavras.net]

Comentário sobre o livro “Los asaltantes del cielo” do escritor argentino, recém-falecido

Escrito por GABRIEL COHN*

Dentre as muitas coisas que os fascinavam nas aulas do mestre argentino por quem sentiam uma grande simpatia, os estudantes que nos anos 1980 assistiam a seus cursos na Escola Livre de Sociologia e Política de São Paulo (livre porque, existindo desde antes da Universidade de São Paulo e dos órgãos federal do Ministério da Educação, que imporiam normas e regras a todas as instituições de nível superior no país, cultivava o orgulho de seguir sua própria orientação) se recordariam muitos anos depois de uma que constituía experiência singular.

Com Horacio González exercitavam um método inventado por ele, o método Leopold Bloom, que consiste em “caminhar, observar, rememorar”. A principal característica do Método Leopold Bloom é que não é um método, proclamava seu inventor, pouco antes de levar seus estudantes, literalmente, para as ruas, onde se dispersavam pelas esquinas e esconderijos da cidade, recolhendo impressões de todas as maneiras e por todos os meios. Guardo até hoje (esperando o momento de oferecê-lo finalmente a Horacio) um volume dos resultados de um dia de aplicação desse não método, em que a Chicago de Robert Park se mesclava com a Dublin de James Joyce num jogo de travessas alusões que no fundo remetiam a outra relação, esta sim mais séria, que dava sentido ao trabalho de Horacio em seu exílio brasileiro: Buenos Aires e São Paulo, duas referências com grande carga afetiva.

No meu entender, faz parte da grandeza de Horacio não ter vacilado um instante sobre a primazia entre essas suas duas cidades queridas: tão logo foi possível suspender o exílio que o havia trazido ao Brasil, agiu em nome de um compromisso que superava tudo o que seus amigos e colegas paulistas poderiam oferecer-lhe, e retornou à Argentina, seu lugar no mundo, que merecia e exigia retomar em novos termos a antiga militância política e cultural.

E quanto trabalho acumulou nesses anos de volta para casa! Não satisfeito com sua decisiva presença na brilhante equipe responsável por um empreendimento de real envergadura como é a revista El Ojo Mocho, Horacio publicou nesse período uma importante sequência de livros. Livros que são relidos com prazer após uma década, como La ética picaresca, de 1994 (com o subtítulo “secreto”: Pretexto y tragedia en el origen de la política), cuja fonte, já um tanto remota, é a tese com que havia conquistado o título de doutor em Sociologia pela USP, num caso raro em que todos achavam que ele devia ser doutor, menos ele mesmo, refratário como sempre foi ao rotineiro jogo das instituições.

Resultado ocasional de um mero trabalho acadêmico? Não: a referência de fundo no livro (seria interessante examinar até que ponto já presente na tese) é, como revela Horacio ao leitor desprevenido, a política argentina, “ainda que talvez não se note”. Aí está Horacio inteiro, e gostaria de insistir sobre isto. Existe um núcleo duro nos escritos de Horacio: a Argentina, em todas suas formas e metamorfoses. (Será muito indiscreto lembrar que há uma interlocutora constante, a quem são dedicados livro após livro, que ela retribui com lindíssimas canções?).

Todavia, a luxuriante proliferação de referências e de ideias que aparecem como uma conversa (o modelo horaciano da produção intelectual, a “simples conversa amável e generosa da amizade”, segundo a expressão de um autor que Horacio aprecia) exige um tipo particular de disciplina na leitura, para que se evite uma dupla perda: a que consiste em se perder nesta rede de referências cruzadas e deixar escapar o núcleo do argumento, e a perda maior que consiste em renunciar à experiência de acompanhar os fios das digressões, aparentemente erráticas, mas que se revelam adiante essenciais ao argumento.

Ou então, esse livro extraordinário que é Restos pampeanos. Ciencia, ensayo y política en la cultura argentina del siglo XX, onde leva adiante, em grande estilo, a recuperação do debate sobre a condição história argentina, por meio de um filão tão caro a Horacio como é a figura pública do intelectual. Ou também, em seguida, Retórica y locura. Para una teoría de la cultura argentina, quatro conferências parisienses proferidas por esse portenho empedernido, e uma mais (“Sobre la idea de la muerte en Argentina”) que, para a alegria de seus amigos brasileiros, pronunciou em São Paulo, depois de ter examinado na USP a notável tese de doutorado de Eduardo Rinesi, cujas afinidades horacianas já se revelam em seu título: Política e tragédia.

Nesse livro, as alusões não são mais joguetes como nas suas aulas paulistas, se bem tudo seja alusivo, sinuoso e sutil, como sempre. Estamos diante nada menos do que reflexões orientadas para uma teoria da cultura argentina, coisa que, à distância do exílio, não lhe teria ocorrido fazer. O retorno para a Argentina já vinha provocando o que se poderia chamar de “paradoxo do compromisso”. Pois é justamente quando a distância física no exílio, com tudo o que ela implica de desgaste pessoal, é substituída pela proximidade física e pela exigência de refletir e tomar partido, que se torna possível o afastamento, que é condição para a crítica.

Entre esses dois livros, há que se destacar um ensaio mais ambicioso, La crisálida. Metamorfosis y dialéctica. Neste ponto, suspeito, abre-se uma nova etapa da produção intelectual de Horacio. Por sorte posso usar as velhas desculpas e dizer que não é este o lugar, ou que não há espaço suficiente, ou que falta o tempo necessário para desenvolver aqui a questão, e limitar-me a deixá-la assinalada.

A ideia é que o tema da metamorfose explicita uma antiga linha de preocupações de Horacio, e o faz num registro novo e mais forte, que projeta para uma nova dimensão (na realidade, para duas, já que é a tensa relação entre a metamorfose, esse processo sempre impulsionado por referências extrínsecas, e a dialética, regido por um dinamismo intrínseco, o que está em jogo) seu grande tema no período do exílio, que é o do movimento, do trajeto, do percorrido – uma ideia que não cessa de emergir, mas que agora aparece como sublimada.

Metamorfoses e dialética são discutidas nesse livro como formas de pensamento, numa mudança de foco a partir do registro mais “sociológico” anterior, que concentrava o olhar nos intelectuais e em suas situações, para o registro “filosófico” das formas de pensar como objeto de uma reflexão que, sem embargo, não esquece o social e o político. Um passo a mais, enfim, no grande projeto, jamais enunciado com todas as letras (exceto no subtítulo levemente irônico de Retórica y locura), de produzir uma teoria política da cultura argentina, projeto para o qual contribuem experiências como a da notável revista cultural  El Ojo Mocho, e agora a da Biblioteca Nacional, como igualmente os livros mais “monográficos” de Horacio, como El filósofo cesante, sobre Macedonio Fernández, ou Política y locura, sobre Roberto Arlt.

Falei dos livros de teor mais monográfico. Os três que estão reunidos neste volume, sobre Camus, sobre Marx e sobre a Comuna de Paris, têm essa característica. Entre Marx e a Comuna de Paris é possível estabelecer uma clara continuidade temática (ainda que Horacio não seja “marxista” ao ler a Comuna). Junto a eles está aqui Camus, que constitui um antigo desafio para Horacio (como lembramos quando tivemos a sorte de ouvi-lo falar a respeito no pequeno e simpático teatro Ágora, em São Paulo). Há algo de desdobramento da “ética picaresca” (e uma pitada do “método Leopold Bloom”) em tudo isso.

A questão elementar da mobilidade e de suas contrariedades é projetada para grandes cenários históricos nos casos de Marx e da Comuna, e para uma trajetória existencial ao se falar de Camus. Os percursos que Horácio acompanha com delicada minúcia não são lineares: parecem-se mais a meandros entrecortados por desfiladeiros onde as diferentes correntes convergem e produzem diversas transfigurações (para usar o termo que ele mesmo utiliza ao final de sua análise da Comuna), transfigurações que por sua vez incidem sobre o próprio espaço histórico onde ocorre a ação, mudando ou fixando o rosto dos personagens, estreitando ou dilatando o tempo dos acontecimentos.

Claro que nisso já está presente o grande tema da metamorfose e de seu par, a dialética. E está presente também a ideia, que orienta a brilhante construção “cinematográfica” do livro sobre Camus, de que os percursos lineares (neste caso, o do automóvel que transporta Camus ao longo de um tempo escandido hora a hora) conduzem ao desastre, pois prefiguram mais que transfiguram: provocam um destino, como escreve Horacio em outro contexto. É essa visão que lhe permite, no livro sobre Marx, uma fina análise de O 18 Brumário, onde se restitui seu verdadeiro significado àquela célebre frase, de aparência ortodoxamente historicista, segundo a qual “os homens fazem sua história, mas…”, revelando que esse significado reside na ideia, inteiramente não historicista-conservadora, da opressão do pretérito sobre a mente dos que tentam traçar seus próprios caminhos.

Por todas essas razões, a edição em espanhol destes três pequenos livros reunidos neste volume constitui uma importante contribuição para o conhecimento da obra de Horacio González, ao permitir o acesso ao leitor argentino de algumas das peças mais importantes de sua atividade nos anos de exílio paulista, quando seu próprio caminho se definia.

*Gabriel Cohn é professor emérito da FFLCH- USP. Autor, entre outros livros, de Weber, Frankfurt (Azougue).

Referência


Horacio González. Los asaltantes del cielo: politica y emancipación. Buenos Aires, Editorial Gorla, 2006, 180 págs.

 

[Fonte: http://www.aterraeredonda.com.br]

Los relatos de Manuel Arroyo-Stephens en ‘Mexicana’ evocan la pasión del editor por el país en el que pasó muchos años

Puesto con tejidos mexicanos en un mercado de Ciudad de México.

Puesto con tejidos mexicanos en un mercado de Ciudad de México.

Escrito por ANDREA AGUILAR

Mexicana se abre con un aterrizaje alucinado y febril en el DF, una llegada agitada, pero sin prisa, en la que las tardes discurren eternas y tranquilas entre tequila y tequila, con descubrimientos y encuentros tan dispares que tienen todo el sentido, con corridos y excéntricos personajes que colocan al narrador en su sitio. Y ese lugar no parece ser exactamente el que él habría elegido, sino el que le corresponde como español trasplantado en México. En el primero de los cinco relatos que componen este libro breve, intenso y bello se habla de Valle Inclán, hay referencias al exilio republicano, y se convoca a los fantasmas de una procesión que incluye a pintores y artistas, fotógrafos de nota roja que llegan antes que nadie al lugar del crimen, y misteriosas mujeres que callan y calman. Hay un eco familiar y una mirada nueva sobre un mundo tan cercano y lejano que tiene algo de sueño.

Este no es un libro de viajes, ni unas memorias, ni un álbum de recuerdos, no es una colección de excentricidades y curiosidades. Y sin embargo Manuel Arroyo-Stephens reunió en estas páginas sus muchos viajes por México, evocó la pasión que vivió con ese país y dio forma a algunos de sus recuerdos, sin perder de vista lo maravillosa y rabiosamente extrañas que pueden ser las cosas, y sin esconder su gusto por romper, cuando fuera preciso, algunos o todos los moldes. Se habla de un día de tanto calor que hasta la luna, cuando finalmente salió, “parecía cansada”, y del mar se subraya que “siempre recuerda a la muerte” y “su inmensidad es pretenciosa, resulta excesiva”. Hay un tono poético en estas páginas, tan sincero y elegante, tan ajeno a lo absurdamente barroco como el propio autor. El exquisito editor, fallecido el pasado mes de agosto, fundó el sello Turner; su pasión por los toros le llevó a ser apoderado de un matador y su fascinación por Chavela Vargas a lanzarse de promotor musical. Un trasunto de la historia con Chavela está en Mexicana, como también el velatorio de José Alfredo Jiménez, y la muerte, ahogado en el Pacífico, de Manuel Ulacia Altolaguirre. “Una muerte hermosa y significativa al menos para un poeta”, escribe Arroyo-Stephens.

Hay tragedia y hay amor en este libro, y una sensación de estar caminando al filo, de peligro ineludible que casi se palpa mientras se lee. Así, la casa que el narrador se construye en una playa en Guerrero está junto a un manglar con lagartos. “En México el peligro no suele estar en la superficie, donde todo es amable”, advierte, y su inteligente mirada muestra sin dramatismo la violencia y cómo llega por esas carreteras de asfalto y palpita cerca, respirando casi en tu nuca.

Escritor tardío, tras el libelo que publicó como anónimo, Contra los franceses, Arroyo-Stephens sacó en 2015 Pisando ceniza, un libro en el que hilaba historias biográficas, transformadas en forma de relatos. Formalmente, aquel libro fue más osado, las estrofas de ese poema no encajaban con un mismo ritmo. En Mexicana, en pleno dominio de sus facultades como narrador apasionante, Arroyo-Stephens avanza desde el descubrimiento hacia la marcha definitiva, confesando a medida que el amor va creciendo que es pudor ese “hacer y sentir como si no se hiciese ni se sintiese nada”. No se trata de una canción de enamorado con México, pero hay en estas páginas editadas póstumamente mucho de bolero y corrido. Tan sentido, tan lindo.

MEXICANA

Manuel Arroyo-Stephens
Acantilado, 2021
106 páginas

 

 

[Foto: BJANKA KADIC / ALAMY STOCK PHOTO – fuente: http://www.elpais.com]

Escrito por Raúl A. Cuello

Nos refiere Bioy Casares en su monumental Borges que, exactamente el sábado 3 de octubre de 1953, su amigo reconocía la llamativa “superstición de los alemanes por Goethe; de cómo se maravillan ante cualquier dicho de Goethe”. Cabe aclarar que Hugo von Hofmannsthal (Viena, 1874-1929) fue un hombre que perteneció al Imperio Austrohúngaro y, dado que la gravitación de Goethe es tan determinante en El libro de los amigos (“Goethe es, o debería ser, el lugar geométrico […] respecto del mundo, no un ‘punto de vista’, sino un punto merced al cual todos los demás puntos se convierten en figuras”), podemos ampliar la observación de Borges en torno al autor de Fausto y decir que la devoción hacia él permea los países de habla germánica en su conjunto.

De hecho (y así lo indica Pablo Gianera en su entretenido prólogo), el título Libro de los amigos iba a ser utilizado como nombre para el décimo tercer libro que ocuparía el cuarto lugar de Diván de Oriente y Occidente, libro de Goethe. Ya se reconoce de entrada el goce de las influencias. Pero el libro de Hofmannsthal no es un homenaje a Goethe, sino que trabaja a partir de la acumulación y la hibridación; en él se suceden reflexiones, aforismos y otras formas breves del pensamiento más variado de autores y personajes como Joseph de Maistre, Platón, Novalis, Napoleón, Schopenhauer, Jacob Wasserman, Balzac y muchos más, a los que se va entretejiendo junto a consideraciones éticas y formales del mismo Hofmannsthal.

Quien haya leído alguna vez la Tetralogía de Markson (también conocida como The Notecard Quartet), los Apuntes (1992-1993) de Elias Canetti o los Aforismos de Zürau de Kafka encontrará en El libro de los amigos un justo denominador común, ya que discurre o, mejor dicho, se entromete en los tópicos caros al alma humana (“El espíritu es realidad aniquilada. Aquello que se ausenta a sí mismo de la realidad, no es espíritu”), al origen de la estética (“Lo que se llama ‘plasticidad’ en la representación poética, es decir, la auténtica puesta en forma, tiene su raíz en la justicia”) e incluso al terreno del retruécano filosófico (“La mayoría de los hombres no sienten, creen que sienten; no creen, creen que creen”).

En cada página pareciera haber un hilo conductor, un hilo temático que va tensando invisiblemente los pensamientos foráneos y propios. Se parece a la traducción: no importa qué es de otro y qué es de Hofmannsthal; en el arco del cerebro a la página, la mano conjuga ambas sin saber (o quizás intuyendo) que a veces, en un otro, hay algo más propio a la identidad de uno que aquello que anida en uno mismo. De lo distinto en lo indistinto (un texto, una página manuscrita, etcétera), de sus formas y sus valores, de la esperanza humana, de aquello que solo pertenece a la república de las ideas, trata este libro que anticipa nuestro presente (¿de qué, si no, está hecho el fragmentario pensamiento contemporáneo?), aunque su punto débil se halla en la impericia para transcribir (del francés) algunas de las frases más determinantes que el autor de la celebrada Carta de Lord Chandos fue acumulando en su cuaderno. No obstante, también el error puede pensarse como un fenómeno productivo: a partir de él, nuevas capas de sentido tal vez vengan para confundirse en el destilado, aportando algún otro atributo sensorial al paladar del lector.

 

Hugo von Hofmannsthal, El libro de los amigos, traducción y prólogo de Pablo Gianera, La Tercera Editora, 2020, 148 págs.

 

[Fuente: http://www.revistaotraparte.com]

L’editorial Errata Naturae acaba de publicar la novel·la “Sofia Petrovna”, un llibre que m’ha commogut i que m’alegra poder recomanar als lectors de Mozaika. L’autora n’és l’escriptora russa Lidia Chukóvskaia (Sant Petersburg 1907 – Moscou 1996).

Escrit per Noemí París

Si bé no es tracta d’una autora ni tampoc d’una història pròpiament jueves, el que sí és cert és que Lidia Chukóvskaia va estar casada amb Matvéi Bronstein, un físic teòric jueu pioner en el desenvolupament de les teories quàntiques i de gravitació. A Matvéi Bronstein el van arrestar el 1937 i va ser executat el 1938 durant la gran purga stalinista, un destí que, per altra banda, varen sofrir molts jueus russos d’aquella època.

Aquesta experiència, l’execució del seu marit, molt probablement va inspirar Lidia Chukóvskaia a l’hora d’escriure aquesta novel·la, en la qual s’hi troben molts paral·lelismes entre la història de la protagonista i la de la pròpia autora.

El llibre, ambientat en el Leningrad de mitjans dels anys 30, narra la història de la Sofia Petrovna, una vídua, bona dona i ingènua, que creu cegament en el Partit i que es guanya la vida exercint com a cap de mecanògrafes en una editorial soviètica en la que gaudeix de l’estima dels seus companys i superiors.

La dissort l’aclapara quan un bon dia rep la notícia que el Kolia, el seu fill, un jove i prometedor enginyer, ha estat condemnat. No hi ha res que justifiqui aquesta detenció i la Sofia, perplexa, comença el seu llarg periple, una lluita aferrissada per esbrinar què ha pogut passar, per conèixer el parador del seu fill i per obtenir una cita per poder explicar que tot deu haver estat fruit d’un terrible malentès: el seu fill, com ella mateixa, sempre va ser un comunista exemplar, amant de la revolució i del Partit, plenament compromès amb el règim stalinista.

Serà una lluita esgotadora que la durà a suportar nombroses i inacabables cues en el fred hivernal, a presentar-se davant d’infinitat de finestretes darrera les quals trobarà sempre un funcionari apàtic i malcarat. El suplici més gran, però, és el turment de la ignorància, la manca absoluta de notícies del seu fill.

La resposta que rep és sempre la mateixa: en Kolia ha estat condemnat a deu anys de treballs forçats sense dret a correspondència. El que la Sofia Petrovna no sap, de la mateixa manera que no ho sabia l’autora Lidia Chukóskaia quan es referia al seu marit, és que l’eufemisme “sense dret a correspondència” no volia dir altra cosa que “condemnat a mort”.

Fotografia de l’autora, Lidia Chukóvskaia, i el seu marit, Matvéi Bonstein, físic teòric jueu, pioner en el desenvolupament de les teories quàntiques i de gravitació i autor de diversos llibres infantils de divulgació científica, que va ser executat per règim stalinista l’any 1938.

Fotografia de l’autora, Lidia Chukóvskaia, i el seu marit, Matvéi Bonstein, físic teòric jueu, pioner en el desenvolupament de les teories quàntiques i de gravitació i autor de diversos llibres infantils de divulgació científica, que va ser executat per règim stalinista l’any 1938.

A mesura que avança la història assistim al creixent esfondrament moral i vital d’una persona sobre la qual ha caigut el pes de la monstruosa i arbitrària injustícia stalinista.

En la novel·la hi trobem alguns elements que ja trobàvem en “Una cambra i mitja”, el llibre del poeta jueu Joseph Brodsky que ja us vaig recomanar fa unes setmanes, una obra memorialística on l’autor recordava la seva infantesa viscuda a la Rússia stalinista. El llibre de Lidia Chukóskaia té el mèrit, però, que no va ser escrit des de la memòria sinó que l’autora va escriure tot allò quan estava passant, secretament, durant l’hivern de 1939-1940.

Malgrat la tristesa que comporta la lectura d’aquest llibre, el cert és una història molt bonica, molt ben escrita, d’una gran sensibilitat i qualitat literària.

Aquí teniu l’enllaç a l’editorial per si voleu obtenir més informació sobre el llibre o sobre Lidia Chukóvskaia qui, per cert, durant els anys 70 va escriure diverses cartes en defensa de Joseph Brodsky, raó per la qual va perdre el dret de publicar a la Unió Soviètica.

 

[Font: http://www.mozaika.es]

 

 

Escrito por Juan F. Comperatore

La aspiración de libertad, en música como en cualquier otra disciplina artística, radica, si no en desbaratar el marco de referencia, al menos en ampliar sus horizontes. Esa búsqueda, que en primer término es negativa en tanto cuestiona la tradición, al mismo tiempo debe sostenerse en nuevos principios constructivos. La libertad, claro, no está exenta de restricciones, y en la puja entre una y otra, quien no quiere conformarse con acatar lo heredado debe establecer sus propias reglas. Esto viene a cuento de Free Jazz, del musicólogo y saxofonista alemán Ekkehard Jost, que aporta elementos consistentes para discernir en el flujo sonoro algo más que el zafarrancho cacofónico que le achacaban sus detractores en la década del sesenta. La doble condición de especialista y practicante distingue la labor de Jost de otras aproximaciones que en mayor medida suelen capturar el fenómeno sociocultural relegando a un segundo plano los aspectos estrictamente musicales. Un caso ejemplar es Black Music, de LeRoi Jones, si bien no deja de ser un complemento necesario para comprender un movimiento que cruzó fronteras artísticas con el fin de acompañar reivindicaciones de las minorías afroamericanas. Jost, en cambio, ofrece apenas unas pinceladas de contexto social y biográfico para luego desarrollar lo que él llama “retratos de estilo” de los principales exponentes del género, concibiendo el estilo no como algo cristalizado sino en tanto resto de un proceso paulatino de experimentación que conlleva marchas y contramarchas. Un detalle no menor es que el libro que ahora edita Letra Sudaca junto con ICM tuvo su primera aparición en 1975, cuando la agitación sensitiva y la controversia en torno al free jazz seguían aún presentes.

“Al principio de toda pieza de free jazz”, escribió George Perec, “cada músico está al borde del abismo: no hay nada detrás de él, salvo el sistema del que reniega”. Con la particularidad de que cada cual lo hace de una manera diferente. Dado que la variedad estilística y formal es inmanente a su propuesta, resulta difícil delinear características generales del movimiento sin reducir su heterogeneidad; de ahí el recurso de los retratos en movimiento de Ornette Coleman, John Coltrane, Cecil Taylor, Charles Mingus, Don Cherry, Archie Shepp, Albert Ayler, Sun Ra y los músicos de Chicago agrupados en la A.A.C.M. y el Art Ensamble. Lejos de calcar su análisis sobre las declaraciones de los músicos, Jost recurre a una variedad de métodos analíticos (gráficos electroacústicos, representaciones visuales de eventos sonoros y transcripción de extractos musicales) para sostener sus argumentos. Tanto es así que, incluso en las contadas ocasiones en que se trasluce el gusto personal (particularmente notable cuando se ocupa de Ayler), este queda rápidamente opacado por la variedad de ejemplos. Además de analizar el abandono de la armonía funcional en aras de la exploración melódica, la renuncia al santo patrono del swing, el pasaje del ritmo a los impulsos de energía, o el concepto interactivo de improvisación a partir de cadenas de motivos; Jost también aclara algunos de los supuestos erróneos que rodean al movimiento, tales como la falta de organización formal o conciencia arquitectónica.

No cabe duda de que el free jazz implicó un desbarajuste de la dirección cuyas consecuencias fueron similares a las que produjeron Pollock en pintura o el Finnegans Wake en literatura. Esos efectos se traducen en un empuje sin precedente de los límites estéticos hasta el punto de arribar a un callejón de donde solo puede salirse mediante un repliegue en busca de un nuevo comienzo. Para entonces ya nadie puede reclamar la inocencia.

Ekkehard Jost, Free Jazz. Estudios críticos sobre el jazz de la década del sesenta, traducción de Omar Grandoso, Letra Sudaca / ICM, 2021, 308 págs.

 

[Fuente: http://www.revistaotraparte.com]

Écrit par Jean-Pierre Allali 

Abraham Isaac haCohen Kook, premier Grand rabbin ashkénaze en Terre d’Israël, est né le 8 septembre 1865 à Grïva, aujourd’hui en Lettonie. Il est mort à Jérusalem le 1er septembre 1935. Ce grand talmudiste et kabbaliste, qui n’a pas eu le bonheur de connaître l’État juif indépendant qu’il appelait de ses vœux, aura été un grand décisionnaire. Ses écrits sont peu connus en France. C’est pourquoi la publication de ce petit ouvrage du maître sur la vision juive du régime alimentaire végétarien, assorti de nombreux commentaires, est une excellente nouvelle.

S’il ne fut pas lui-même absolument végétarien (il mangeait un peu de poulet à chabbat !), le rav Kook considérait dans son analyse qu’à la fin des temps, l’homme qui, à sa création, n’avait pas vocation à manger de la viande, retrouvera le véganisme en même temps que l’ère messianique. Car quand il est dit : « Ils domineront les poissons de la mer et les oiseaux du ciel ainsi que tout être vivant qui se meut sur le sol » (Genèse 1-28), il ne s’agit en rien de l’instauration d’une tyrannie de l’homme sur la nature et sur le monde animal. En effet, la compassion de Dieu s’étend à toutes les créatures dans un monde bâti sur la bonté. Et quand Dieu, après l’épisode du Déluge, concèdera finalement à l’homme de manger des animaux, tout un ensemble de garde-fous seront édictés. Qu’on pense par exemple aux indications concernant l’abattage rituel, la « chéhita », destiné à minimiser la souffrance animale, à la mitsva de recouvrir le sang : « Recouvrir le sang des bêtes et de la volaille est une sorte de protestation divine contre la permission de manger de la viande », à l‘interdiction de consommer certaines espèces, l’interdiction de tuer un animal domestique et ses petits le même jour, le commandement d’attendre le huitième jour avant de séparer le jeune de sa mère, celui d’éloigner du nid la mère oiseau quand on lui prend son petit. Ou encore l’interdiction de la graisse, de la « névéla » (cadavres) et de la « téréfa » (chair d’animaux blessés ou déchiquetés), celle du mélange carné-lacté et même l’interdiction du « chaâtnez », mélange de laine et de lin.

Dans le futur idéal à venir, « La vache paîtra avec l’ourse, leurs petits dormiront ensemble. Et le lion, comme le bœuf mangera du fourrage. Le nourrisson jouera sur le trou de la vipère et l’enfant mettra sa main dans l’antre du serpent ».

Bref, comme le dit le Rav Jonathan Rubenstein, « Le végétarisme du Rav Kook s’intègre à sa vision messianique, plus large, faite d’unité et d’harmonie ».

Un livre d’espoir en un futur meilleur pour le Juifs et pour toute l’humanité. Étonnant. À découvrir !!

 

(*) Ouvrage édité par David Cohen. Éditions L’Age d’Homme. Juin 2020. Préface à l’édition française par Jonathan Rubenstein. Introduction à l’édition française par David Chauvet. Introduction à l’édition anglaise par Jonathan Rubenstein. Suivi de « Les enseignements végétariens du Rav Kook » par Richard H. Schwartz, et David Sears. 208 pages. 12 €.

 

 

[Source : http://www.crif.org]

Paranaländer reseña el libro «Narcótics» (2018, Twisted Spoon Press), del escritor multifacético Stanislaw Ignacy Witkiewicz (1885-1939), escritor, filósofo, pintor y fotógrafo polaco. En esta obra, Witkiewicz desarrolla su experiencia con el consumo de drogas y los efectos de estas en su producción artística.

Stanislaw Ignacy Witkiewicz (Varsovia 1885-Jeziory 1939), conocido también como Witkacy, a lo largo de sus 54 años escribió novelas, obras de teatro, ensayos filosóficos, pintó retratos, sacó fotos, filmó un cortometraje, viajó con Malinowski a Ceilán y Nueva Guinea…No fue reconocido durante su vida, consideradas ridículas sus obras, tratado como loco, tampoco durante el largo régimen comunista hasta que Kantor lo puso de nuevo en escena en 1956. Entonces el régimen quiso congraciarse y perpetró su inhumación fallida en un ejercicio de bluff grotesco.

Hoy les presentamos una obra originalmente de 1930 reeditada en inglés, “Narcóticos” (2018 Twisted Spoon Press). Son escritos sobre sus experiencias con drogas, a las cuales nunca fue adicto (salvo a la nicotina y el alcohol), supervisados por amigos médicos, para analizar -como lo hicieran también Ernst Jünger o Huxley- los efectos que cada una de las drogas (peyote, ecodal, harmina, cocaína, éter, morfina) tenían sobre su cuerpo y su producción artística. Muchos retratos al pastel -que pintó en su empresa de retratos fundada en 1925 exclusivamente por motivos económicos- tienen indicaciones de la droga que usó para pintarlas. Algunas en combinación con alcohol.

“Demasiado cansado para seguir anotando mis visiones”: la esposa de Witkacy, Jadwiga, conocida como Nina (1893-1968), registró inicialmente las visiones que estaba dictando a medida que se le ocurrían. El punto donde ella se detiene y él mismo comienza a grabarlos es más evidente en el manuscrito sin editar, pero parece ser alrededor de la medianoche. Uno de los antepasados ​​de su esposa sería Zygmunt Unrug (1676-1732), un noble polaco que se desempeñó como chambelán real y embajador en el Reino de Prusia, y luego fue acusado de blasfemia. El apellido de soltera de la esposa de Witkacy era Jadwiga Unrug; se casaron el 30 de mayo de 1923.

“Quería comenzar esta “pequeña obra” de una vez por todas, para justificarme a mí mismo mi propia existencia. ¿No es esta la raíz de toda la «creatividad»?”

“He tomado cocaína sobrio solo dos veces en mi vida, e inmediatamente intenté ahogar la sustancia desagradable en la bebida. Otras ocasiones para tomar esta droga (que nunca he ocultado, firmando dibujos ejecutados bajo su influencia con “Co”) fueron siempre en conjunción con poderosas juergas à la manière rusa. Nunca he sido un adicto a la morfina, a la que tuve extraña reacción (una vez tuve una inyección mínima y apenas escapé con vida). Tampoco he sido un adicto al éter, como resultado de una desconfianza fundamental en el éter, que no me ha impedido probarlo varias veces, inhalándolo después de beber vodka. Los dibujos, por supuesto, eran bastante interesantes, y la sensación de la desaparición del mundo y del cuerpo y luego del «aislamiento metafísico en un vasto páramo» fue divertido, pero de alguna manera nunca hizo mucho por mí”.

“Una cosa más: podría imaginarse que estoy escribiendo este libro como una forma de autopromoción. Al contrario, algunos de los contenidos de este libro solo mancharán mi reputación. Su principal objetivo es salvar a las generaciones futuras de los dos más monstruosos estupefacientes, el tabaco y el alcohol”.

“Los narcóticos «blancos» de grado superior son tomados por la élite de la humanidad -esta es la aristocracia del narcotismo- y por lo tanto no son tan siniestros como los intoxicantes democráticos, grises, mucho más peligrosos que todos pueden consumir con impunidad”.

“Mi método es puramente psicológico. Mi intención es llamar la atención sobre las repercusiones mentales de estos venenos, cuyos efectos cualquier novato puede observar germinar mucho antes de que se consuma por completo. No voy a romper algunos huevos (de gallina) ante sus ojos y arrojarlos en alcohol puro para mostrar cómo las claras se coagulan en contacto con el «líquido transparente» (como recuerdo que el príncipe Giedroyć lo demostró una vez). No mostraré diapositivas de los pulmones llenos de hollín y el corazón distendido de un fumador, ni el hígado marchito de un bebedor, ni el estómago de un adicto a la cocaína, reducido al tamaño de un puño de niño”.

“Espero mostrarte los pequeños cambios mentales que finalmente llevan a una personalidad a volverse completamente alterada, espiritualmente desfigurada, desprovista de Geist (la palabra polaca para «espíritu», duch, no transmite la gama del Geist alemán y el esprit francés: habilidad, chispa, destello, impulso, etc.), poder creativo y un esfuerzo hacia lo Desconocido, que requiere coraje y una actitud despreocupada que son sistemáticamente pulverizados por una odiosa adicción”.

“Dado que mi «creatividad de forma libre» no ha sido más que «silbar a Dixie», al pedo, me di cuenta de que mis experimentos de escritura no eran útiles para la nación y la sociedad, y por eso he decidido compartir mis puntos de vista sobre los narcóticos con el público en general. Empiezo con el lugar más común, el tabaco, y concluyo con quizás el más extraño, el peyote. Esta es mi modesta contribución para ayudar a las fuerzas del bien a luchar contra los enemigos más diabólicos de la humanidad, fuera de la guerra, la pobreza y la enfermedad. Como la intención de este trabajo es poner al descubierto verdades amargas, podría terminar siendo recibido con el mismo tono humorístico o negativo que mi estética, filosofía, trabajos para el escenario, retratos esenciales, composiciones antiguas, etc. – un «producto de forma libre». Por la presente declaro que escribo con total seriedad y que finalmente busco producir algo útil”.

“En la actualidad soy un tipo de mediana edad de modales bastante apacibles que ya no sueña con “escapadas” extravagantes – solo sueño con poner fin a esta vida, de la que no me he arrepentido, a pesar de todas sus catástrofes y fracasos. Solo quisiera señalar que esta «pequeña obra» es muy personal y, por lo tanto, póstuma, por así decirlo”.

“Visité Ceilán y Australia antes de la guerra, y también tuve la oportunidad de ver fotografías de templos mexicanos, pero nada explica la precisión de mi visión, infinitamente más real y precisa que los recuerdos de cosas vistas momentos antes”.

[Fuente: http://www.eltrueno.com.py]

Une histoire sociale et culturelle de la magie dans le monde arabe médiéval

 

Écrit par Florian BESSON

Comme l’auteur le souligne dans son introduction, l’Orient, tel qu’il est ré-imaginé par l’Occident à partir du XVIIIe siècle, est une terre de magie : de Baudelaire à Disney en passant par Lovecraft, de nombreuses œuvres mettent en scènes lampes, génies, grimoires oubliés et cités mystérieuses enfouies dans le sable. Mais comment la magie est-elle pensée et pratiquée en terre d’Islam au Moyen Âge ?

La sorcière et le faux prophète

La magie en terre d’islam au Moyen Âge –  Jean-Charles Coulon 2017                      Comité des travaux historiques et scientifiques (CTHS)         350 pages

Le terme arabe que l’on traduit par magie est sihr. Dans le Coran, il désigne les techniques employées par des anges déchus pour diviser des époux. Son participe actif (sâhir, magicien) qualifie quant à lui les magiciens de Pharaon qui transforment leurs bâtons en serpents pour défier Moïse. Ou du moins, qui donnent l’impression de l’avoir fait, car la magie est avant tout la science des illusions, l’art de faire croire. D’où une place assez ambivalente dans les textes littéraires. Plusieurs figures semblent exprimer un rejet, voire une condamnation de la magie : sont décrits comme des magiciens des faux prophètes et des rebelles, des sorcières, des suppôts du diable. Un hadith prescrit de tuer les sorciers. Mais, dans le même temps, des pratiques magiques sont associées à de grandes figures de l’islam, notamment Salomon, très tôt décrit comme le maître des djinns, ces esprits du feu qui donneront le mot « génie ».

L’invention d’une magie savante

L’auteur en vient ensuite à aborder la construction d’une magie savante, qui intègre les héritages grecs et indiens. Dans la Bagdad abbasside du IXe siècle, la Maison de la Sagesse (bayt al-Hikma) accueille scientifiques, médecins, traducteurs, alchimistes. La magie participe pleinement de ce paysage intellectuel et est l’une des composantes du savoir de l’époque. La culture indienne nourrit notamment les connaissances astrologiques, mais aussi un ensemble de pratiques incantatoires ; des Grecs, et notamment de la tradition pythagoricienne, les auteurs musulmans reprennent les jeux sur les nombres, dotés d’une signification symbolique. Ils reprennent également un ensemble de figures plus ou moins historiques, vues comme de grands magiciens, tels Hermès Trismégiste, Balînâs, maître des talismans (version arabe d’Apollonius de Tyane), Aristote ou Platon.

Comme le rappelle finement Jean-Charles Coulon dans ce qui fait partie des meilleures pages de l’ouvrage, la magie est alors totalement liée à la médecine. Les pratiques incantatoires visant à exorciser les personnes possédées par des djinns sont ainsi pleinement vues comme des pratiques médicales. Il n’existe au fond pas de réelle différence, du point de vue épistémologique, entre le fait de prescrire une tisane de plantes pour guérir d’une maladie et le fait de dessiner un carré magique sur la cuisse d’une femme en train d’accoucher pour garantir une naissance paisible : dans les deux cas, il s’agit bien de trouver un moyen matériel d’agir sur le corps humain, en exploitant une connaissance poussée des lois naturelles qui gouvernent le cosmos. Il y a donc une grande perméabilité entre deux domaines que nous serions aujourd’hui prompts à opposer. L’auteur rappelle dès lors qu’il est anachronique de distinguer magie et médecine en fonction des critères de validité scientifique contemporains : pour les auteurs médiévaux, un talisman apposé sur une porte pour chasser les maladies d’une ville a la même force opératoire qu’une cure alimentaire ou qu’un remède à base de plantes.

La magie apparaît alors comme une discipline qui naît du croisement d’autres branches du savoir : la médecine, on l’a dit, la pharmacologie, la minéralogie, mais aussi les mathématiques, la cryptologie, l’astrologie, la chimie et l’alchimie (elle-même une discipline pleinement scientifique malgré son caractère ésotérique). Se cristallisent progressivement entre le IXe et le XIe siècle des corpus magiques, nourris par les écrits de grands auteurs : Ja’far al-Sadiq, Jabir ibn Hayyan, ibn Wahsiyya, traducteur d’ouvrages nabatéens, etc. Au fil de ces textes, la magie ne cesse d’évoluer, comme un objet particulièrement mouvant. En fonction des auteurs, l’utilisation des poisons peut en faire partie, tandis que d’autres en détachent l’art des talismans. Certains distinguent une magie vraie et une magie fausse, produisant uniquement des illusions ; d’autres une magie interdite et une magie licite (halal), reposant sur l’invocation de Dieu. Et l’on retrouve toujours cette imbrication entre plusieurs disciplines : ibn Washiyya propose ainsi plusieurs magies permettant de tuer des souris, soit avec des poisons, soit avec un tambour orienté vers Saturne dont le son tuera immédiatement tous les rongeurs qui l’entendent. D’autres auteurs rappellent que l’éloquence, capable de changer un ennemi en ami, est une puissante magie ; tout comme l’amour et la haine, à mêmes de changer l’âme des hommes. L’étude de la magie est en tout cas une véritable discipline scientifique, dont la légitimité est clairement revendiquée par plusieurs auteurs, notamment al-Razi : il en propose même une légitimation religieuse, en soulignant que la connaissance de la magie est nécessaire pour faire la différence entre magie et miracles, et donc pour reconnaître les prophètes.

La magie des lettres

Dans le même temps se développe également une exégèse mystique et ésotérique du texte coranique, en lien avec le soufisme. Ce courant nourrit la mise en place d’une magie des lettres, qui, à la différence de la précédente, ne se présente plus comme l’héritière du savoir antique des Grecs, des Égyptiens ou des Chaldéens mais comme une science proprement islamique. Celle-ci trouve son apogée chez al-Bûnî, savant andalou mort vers 1225. Parmi ses nombreuses œuvres, l’une des plus influentes est Le soleil de la connaissance. Al-Bûnî y propose une nouvelle vision de la magie, désormais vue comme la science des lettres, des mots et des noms : les noms de Dieu, très nombreux, sont vus comme les clefs de secrets mystiques permettant de progresser spirituellement ; chaque lettre est associée à une saison et à plusieurs éléments astrologiques, leur combinaison permettant de réaliser des effets sur le monde.

 

Dans les deux derniers chapitres, l’auteur revient sur la postérité mouvementée d’al-Bûnî, tantôt loué comme un grand savant et tantôt critiqué comme un mystique obscur, voire comme un adorateur du diable.

La magie et les raisons humaines

L’ouvrage, parfois un peu touffu, est très bien écrit, intelligent, richement documenté. Un glossaire, une riche bibliographie finale ainsi qu’un index très utile complètent l’ouvrage. Les deux annexes finales sont un peu moins convaincantes et on ne voit pas très bien pourquoi elles n’ont pas tout simplement été intégrées au texte en lui-même. Un seul petit manque : on aurait aimé une comparaison approfondie avec d’autres magies médiévales, en particulier la magie occidentale, bien étudiée depuis quelques années par Julien Véronèse ou Nicolas Weill-Parot, la magie juive – les pages sur la magie des lettres font irrésistiblement penser à la Kabbale – mais pourquoi pas également la magie indienne, chinoise, voire les pratiques magiques du monde turco-mongol des steppes. S’il est tout à fait évident que, comme l’auteur le rappelle à la fin de la deuxième annexe, précisément consacrée à l’historiographie de la magie, les différences majeures entre l’Occident et l’Orient empêchent de transposer au second des modèles d’analyses élaborés pour le premier, reste qu’une telle approche comparatiste aurait permis de mettre en contexte la magie du monde musulman, mais également d’en dégager toute l’originalité. L’auteur a du reste bien conscience de cette limite : en conclusion, il propose de revenir dans des travaux ultérieurs sur les magies antiques, en particulier l’égyptienne, et sur leurs réinterprétations dans le monde musulman médiéval.

Pour focalisé qu’il soit sur le Dar al-Islam, l’ouvrage n’en reste pas moins utile pour repenser l’histoire de la magie. L’auteur réussit à en faire une histoire culturelle, en soulignant l’évolution permanente des savoirs et de leurs hiérarchisations au fil des siècles. Cette évolution a des conséquences sociales : la promotion de la magie des lettres répond ainsi étroitement à la diffusion du soufisme, qui elle-même a pour conséquence de faire des mystiques les nouvelles incarnations de l’autorité savante, au détriment des érudits (ouléma). L’histoire culturelle du savoir magique devient alors également une histoire sociale des savants magiciens. Tout l’intérêt du livre est là, dans ce dialogue constamment maintenu entre les savoirs et les pouvoirs.

En outre, comme le souligne le fait qu’elle soit imbriquée avec la médecine ou l’astrologie, travailler sur la magie permet d’étudier d’autres modes de rationalité, d’autres chaînes de causalité, qui forcent à se défaire des perceptions contemporaines. Il serait trop facile de rejeter ces pratiques dans un obscurantisme médiéval : l’auteur ressuscite au contraire une époque dans laquelle ne pas croire à la magie était vu comme une preuve d’ignorance, tandis que l’élite lettrée, cultivée et nourrie des textes antiques, se vantait fièrement de maîtriser les secrets de la sagesse magique. Ainsi pensée, la magie n’est pas une discipline occulte et complexe, reléguée dans le flou des superstitions, mais au contraire une voie d’accès lumineuse vers la façon dont une société donnée pense le monde et la place que l’homme y occupe.

 

[Source : http://www.nonfiction.fr]

Enganam-se os que creem que suas vidas não serão expostas – e por isso admitem a vigilância na rede. Novo livro mostra como a captura em massa dos dados pessoais manipula a democracia, as economias e as próprias escolhas pessoais

O capitalismo de vigilância precisa ser reconhecido
como uma força profundamente antidemocrática.”1

Shoshana Zuboff

Escrito por Ladislau Dowbor

A invasão da privacidade é hoje avassaladora, mas as pessoas em geral ainda estão pouco informadas ou indiferentes. Na rotina e monotonia do nosso cotidiano, nos pequenos embates da vida, a quem interessará bisbilhotar o que conosco acontece? A realidade é que interessa, e muito. A pessoa comum vai sentir de repente o impacto das informações pessoais apropriadas por diversos sistemas ao buscar um emprego, ao abrir uma conta ou um crediário, ao pedir um visto, ao contratar um seguro ou um plano de saúde, ao tentar proteger-se de ataques online e bullying cibernético. E ainda poderá constatar que pagou mais caro, numa compra online, do que outras pessoas pagaram, simplesmente porque o algoritmo constatou que o produto lhe é mais necessário, e que provavelmente estará disposta a desembolsar mais: chamam isso de discriminação de preço. A informação detalhada sobre a nossa pessoa, com nome, endereço e detalhes íntimos, na mão de poderosas instituições ou simplesmente de irresponsáveis, pode afetar profundamente as nossas vidas. E o sistema não esquece. Qualquer imagem comprometedora da alguma bobagem de juventude ficará gravada no nosso perfil para sempre.

O primeiro ponto é que as tecnologias tornaram a invasão da privacidade simples e barata. Na era da informática, ter informações detalhadas sobre milhões de pessoas não representa nenhum problema técnico. Os algoritmos permitem o tratamento e cruzamento de dados de tal maneira que se torna fácil para agentes interessados, sejam governos, empresas ou organizações criminosas, individualizar as informações para focar apenas uma pessoa, ou uma família, ou um grupo de trabalhadores de uma empresa, ou um tipo de doente e assim por diante.

A invasão de privacidade pode igualmente ter caráter estratégico nas áreas política e econômica. A NSA gravar conversas privadas de Angela Merkel ou Dilma Rousseff constitui um instrumento de política internacional — inclusive permite repassar as informações para outras instituições interessadas de outros países, pequenos favores que se fazem. Acessar as conversas internas de governos antes de reuniões internacionais, para conhecer de antemão as propostas que virão à mesa em reuniões internacionais, constitui uma vantagem estratégica que provocou protestos de países da União Europeia. Invadir os computadores da Petrobrás para ter acesso aos dados sigilosos sobre reservas do Pré-Sal configura espionagem política e industrial com impactos evidentes. Não é apenas a privacidade individual e pessoal que está em jogo.

Por trás desse acelerado processo de transformação está, naturalmente, a tecnologia. Os avanços são absolutamente impressionantes, e as transformações ultrapassam radicalmente em ritmo os lentos passos da legislação, da regulamentação, da própria mudança cultural. Os envelopes podiam ser fechados e lacrados, os dossiês podiam ser guardados em cofres, as portas de uma reunião podiam ser trancadas, as fotos íntimas ou simplesmente familiares dormiam na paz dos álbuns. Hoje tudo são sinais magnéticos, informações imateriais acessíveis por toda parte e passíveis de serem armazenadas, tratados com tecnologias de Big Data, analisados por meio de algoritmos, transmitidos para todas as partes do planeta em instantes. As técnicas de reconhecimento facial por meio de câmeras instaladas nas ruas de numerosas cidades já estão causando indignação. O próprio George Orwell não imaginaria o que o Big Brother de 1984 poderia ser, que dirá com as tecnologias de 2020.

O processo é profundamente assimétrico. Enquanto indivíduos, somos radicalmente vulneráveis. Mas os gigantes que manejam o sistema, seja em níveis governamentais (como por exemplo a NSA nos Estados Unidos ou a GCHQ na Grã-Bretanha, por onde passa o essencial dos fluxos de informação do mundo), seja em gigantes da informação como Facebook, Alphabet (Google), Microsoft, Apple, Amazon, Verizon e poucos mais constituem, para o comum dos mortais, caixas pretas. A não ser em momentos de raros vazamentos heroicos como os arquivos revelados por Edward Snowden, ou as iniciativas de Julian Assange, a população em geral não tem ideia do que acontece com as informações, e encontra-se na realidade impotente. Só conhecerá a extensão do problema justamente, como vimos, quando for pedir um emprego, um visto e assim por diante.

Em grande parte, somos nós mesmos que alimentamos essas cadeias de informação, através das nossas conversas online, dos arquivos que guardamos nos nossos computadores, das inúmeras mensagens e fotos nas mídias sociais, dos likes que traçam o nosso perfil, de cada informação comercial quando pagamos com o cartão de crédito, de cada medicamento que adquirimos na farmácia, dos nossos registros nos hospitais. Hoje nada escapa, tudo deixa rastros que, uma vez cruzados, servem aos mais variados fins de instituições que estão acima de nós, e sobre as quais nossas informações são praticamente nulas.

Não há como não ver também os lados positivos da maior abertura de informações e de uma maior transparência. Com a pandemia do covid-19, ficamos impressionados com a capacidade dos algoritmos, que, ao identificarem uma pessoa contaminada, reconstituem em poucos minutos todos os contatos, locais, pessoas que o doente visitou, e criam uma bolha de quarentena de todos em situação de risco. As tecnologias de reconhecimento facial inclusive permitem localizar as pessoas até em lugares públicos.

Nos países nórdicos, as declarações de impostos são abertas e acessíveis, o que reduz radicalmente a dimensão da corrupção. As conversas gravadas e divulgadas pelo Intercept, demonstrando a deformação profunda dos procedimentos jurídicos no quadro da Lava-Jato, permitem evidenciar as manipulações. O acesso aos arquivos hospitalares e registros dos doentes permite realizar análises mais profundas sobre a eficácia de diversos tipos de tratamentos. A Amazon analisa as minhas compras de livros e me sugere obras de perfil semelhante.

Mas é isso que eu quero? A transparência maior nos países escandinavos leva os capitais a migrarem para paraísos fiscais, o Deep Mind da Google admitiu uso ilegal de informações pessoais de doentes nos hospitais britânicos, o fato de a Amazon empurrar-me livros semelhantes tende a trancar-me numa bolha de repetição de opiniões parecidas. O uso de informações individualizadas para fins eleitorais, tanto na eleição do Trump, como no Brexit da Inglaterra, e evidentemente no Brasil, levou a uma deformação profunda do processo eleitoral. O escândalo do Cambridge Analytica permite hoje entender a profundidade e amplitude do processo, e a ameaça que isso representa para a democracia. O reconhecimento facial em lugares públicos veio para ficar, com milhões de câmeras.

Imaginamos sempre, com otimismo, sociedades em que o uso das nossas informações seria de certa forma controlado e regulamentado. Não é mais o mundo em que vivemos. Há uns tempos em Tunis, encontrei-me com jovens que tinham participado da Primavera Árabe, tendo conseguido, inclusive com ampla comunicação pelas redes sociais, mobilizar-se para derrubar a ditadura. Voltando a vê-los alguns anos depois, com novo governo forte, relataram que hoje o regime tem todas as informações das redes, dos organizadores, das amizades, inclusive com o conteúdo das mensagens trocadas. Devemos pensar não só o que fazem com as nossas informações, mas também o que poderão fazer.

Na realidade, a explosão mundial de acesso às informações e de invasão de privacidade ainda anda à procura tanto das respostas técnicas, com criptografia, antivírus e semelhantes, como de um sistema de regulação, de codificação de limites. É um mundo novo que se descortina, com oportunidades e ameaças. Por enquanto, claramente, quem está ganhando são as ameaças.

Nesta sociedade vigiada para a qual avançamos a passos largos, entender as dinâmicas torna-se muito importante, inclusive para acompanhar os novos marcos legais que estão sendo desenhados para proteger-nos.

Neste pequeno livro, tentamos abordar alguns temas-chave, resultado de uma pesquisa que realizamos no quadro da pós-graduação em Administração da PUC de São Paulo, com o apoio de pesquisadores da USP. Não é um texto de grandes complexidades, mas que dará sim ao leitor uma dimensão básica dos aspectos técnicos e jurídicos, formas de proteger-se, a evolução das principais tendências, as novas legislações protetivas.

Waldir Mafra apresenta a dimensão geral do desafio, a privacidade como direito humano, inclusive inscrito na nossa Constituição: “São invioláveis a intimidade, a vida privada, a honra e a imagem das pessoas, assegurado o direito a indenização pelo dano material ou moral decorrente de sua violação.” (Art. 5º) Mas o que a Constituição proíbe, as tecnologias permitem, e em escala impressionante. O desequilíbrio é claro.

O capítulo de Vicente Argentino está centrado na evolução da base de regulamentação com a qual as sociedades buscam proteger-se, restabelecendo um certo equilíbrio entre os gigantes da informação e a nossa fragilidade individual. É essencial a definição do que constituem “dados pessoais”, e os limites da invasão. A análise da legislação recente nos EUA, na União Europeia e no Brasil mostra as dificuldades de controlarem-se plataformas mundiais com leis locais. Este capítulo interessará em particular a empresas que se terão de adaptar ao novo marco regulatório.

O trabalho de Pedro Kelson apresenta em termos simples os principais mecanismos de invasão da privacidade e manipulação dos dados, com uso de psicometria, análise de Big Data, publicidade segmentada e semelhantes. Fica explícita a visão de Inacio Ramonet, de que mais eficiente do que os cassetetes e jatos d’água das forças de segurança são as novas armas de vigilância, que permitem identificar as lideranças de grupos não hegemônicos e tirá-las de campo antecipadamente. Os diversos mecanismos utilizados em diferentes países dão ao leitor a dimensão dos desafios.

Arlindo Rodrigues discute os riscos envolvidos na perda do controle sobre as informações pessoais da sociedade civil e as ferramentas utilizadas nessa apropriação indébita pelas corporações e pelo Estado. Elenca desde as ferramentas de vigilância massiva até a formação de “bolhas” de opinião política. Detalha também as inúmeras atividades por meio das quais inadvertidamente alimentamos os bancos de dados que irão permitir desde sistemas individualizados de influência até ataques pessoais como o cyberbullying.

José Roberto de Mello Franco Júnior entra mais profundamente nas dimensões técnicas de como nos podemos proteger da invasão, quando somos todos os dias submetidos a uma barganha: qualquer produto que acessamos online nos sugere que o autorizemos a instalar cookies e a disponibilizar informações. Na falta de opções, e precisando avançar no que pesquisamos, não temos opção senão dar o nosso acordo, inclusive confirmando que “lemos e estamos de acordo” com o que o clique significa. Quem é que alguma vez leu as dezenas de páginas que definiriam com o quê estamos de acordo? Mas no essencial, o capítulo de José Roberto detalha as diversas formas de protegermo-nos, desde o elementar para amadores, até o sofisticado para quem se quer proteger de forma mais rigorosa. Links para as principais ferramentas de proteção darão ao leitor, seja pessoa física ou empresa, instrumentos práticos para defender-se.

Bruno Bioni e Rafael Zanatta fecham o volume com um estudo acadêmico, em profundidade, das transformações em curso na área do que é hoje a batalha mundial em torno da economia da informação. Apoiam-se inclusive no recente aporte fundamental de Shoshana Zuboff, sobre a sociedade vigiada. Revisando as discussões nos Estados Unidos, na União Europeia e no Brasil, inclusive sobre a nossa recente Lei Geral de Proteção de Dados Pessoais, os autores fornecem-nos um instrumental particularmente rico para aprofundar as pesquisas, com notas e links para os principais documentos internacionais.

No conjunto, visamos com o presente livro dar ao leitor instrumentos práticos, ou ferramentas, para situar-se neste campo essencial da economia da informação, que traz novos desafios e também novas ameaças. O que não podemos é deixar de entender do que se trata. Bibliografias muito ricas no final de cada capítulo asseguram que o presente texto constitui inclusive um ótimo instrumento para avançar para pesquisas ulteriores, segundo o interesse do leitor. Como os diversos autores tiveram acesso aos trabalhos uns dos outros, além das discussões em grupo, acreditamos colocar nas mãos da comunidade de interessados um texto coerente e articulado. Boa leitura.

1“Surveillance capitalism must be recokoned as a profundly antidemocratic social force” – Shoshana Zuboff, The Age of Surveillance Capitalism, Public Affairs, New York, 2019, p. 515

 

… et sur son pays, l’amour et le concept de bonheur conjugal. Ce n’est plus de la littérature, c’est du tir aux pigeons.

Dag Solstad en 2010

Écrit par Didier Jacob

Écrire un roman pour en finir avec l’art du roman. Dag Solstad n’est pas le premier à avoir essayé de tordre le cou au genre majeur. Mais Solstad, qui est né en Norvège en 1941, possède sur Cervantès, Flaubert ou Robbe-Grillet au moins un avantage. Il vient du Nord. C’est un bûcheron. Un as de la cognée. Son héros en prend d’ailleurs plein la poire. Écrivain sans œuvre, Singer est un trentenaire dépourvu d’ambition. Il a passé plusieurs années à tenter de peaufiner une même et unique phrase. Quand il a fini par se faire à l’idée qu’il n’y en aurait pas une seconde, il a postulé pour un poste de bibliothécaire dans la pitoyable cité de Notodden, dont Solstad ne cesse de souligner le caractère lugubre et reculé.

Singer est un Bartleby qui « préférerait ne pas » – ne pas avoir de vie sociale, ne pas avoir de vie tout court. Sera-t-il plus heureux au milieu de nulle part ? Avant de le laisser expérimenter les joies de la vie de province, Dag Solstad ne manque pas de s’acharner contre lui. Ainsi relate-t-il en détail un épisode peu glorieux de l’enfance de Singer, comme pour mieux l’acculer, comme pour l’empêcher à tout jamais de remonter la pente.

Pas de salut possible

On ne sera pas surpris, en avançant dans cette monumentale entreprise de démolition littéraire, de découvrir que Singer n’est pas le seul à dérouiller. Car Dag Solstad, dont l’auteure Sophie Divry rappelle, en introduction, qu’il est l’un des plus grands écrivains norvégiens contemporains (il a de nombreux romans, pièces et essais à son actif), s’en prend aussi à son pays, qu’il réduit en bouillie tel Thomas Bernhard s’essuyant les pieds sur sa patrie autrichienne. D’ailleurs, tant qu’on y est, l’auteur de « Honte et Dignité » (paru en France aux Allusifs) dynamite aussi l’amour, cette fable, et l’absurde concept de bonheur conjugal. Ce n’est plus de la littérature, c’est du tir aux pigeons.

Et Singer, que devient-il dans tout ça ? Il se marie, figurez-vous, avec Merete, une jeune céramiste, mère d’une petite Isabella. L’amour le fait douter, un temps, de sa capacité à bien rater son existence. Sauf que Merete meurt dans un accident de voiture et Singer doit élever, seul, sa belle-fille. Une nouvelle vie se dessine, à Oslo cette fois, mais Solstad, rassurez-vous, veille au grain. Pour Singer, il n’y a pas de salut possible. Seul l’attend, jusqu’à la fin, jusqu’au vertige, comme s’il ne pouvait manquer d’en être le héros, le navrant spectacle de sa déchéance et de sa médiocrité.

T. Singer, par Dag Solstad, traduit du norvégien par Jean-Baptiste Coursaud, Notabilia, 320 p., 19 euros.

 

 

[Photo : ULF ANDERSEN / Aurimages via AFP – source : http://www.nouvelobs.com]

Gabriel Byrne à une projection de « Hérédité » le 5 juin 2018 à New York.

Écrit par François Forestier

Son village est devenu un parking, sa maison a disparu, ses voisins se sont dissous, et les nuages, qui évoquaient autrefois « des chameaux ou le visage de Dieu », ne ressemblent plus à rien. Il n’y a que des fantômes, dans « Walking with ghosts », étrange livre de Gabriel Byrne, acteur, poète, paumé, où celui-ci rassemble ses souvenirs d’Irlande, ses impressions du temps passé, ses clichés de tournages de films, ses regrets, surtout ses regrets. Notre homme a une sacrée plume, trempée dans l’encre de la nostalgie, aiguisée au tranchet de l’humour bluesy, et il est difficile de réconcilier l’interprète de « Usual Suspects » et cet auteur, dont le style est né dans les rues de Dublin, dans la cour du boucher et dans les cauchemars (« celui-ci découpait les bad boys et les transformait en pâtée pour chiens : graisse, os, organes, tout »). Mais, dans les années 1950, le gamin a un ange gardien, agenouillé sur le linoléum froid près du lit, qui le protège de ses ailes, la nuit…

L’école sentait l’œuf pourri, les désosseurs tuaient des animaux pour en faire des grains de chapelets, les fusillés hantaient les abords des tavernes, et Jésus, crucifié, nu, mais avec une couche-culotte, saignait là où les clous avaient pénétré. L’Irlande baignait dans le péché, la Guinness, la haine des Anglais.

« La première fois que je suis arrivé à Hollywood, il y avait des carpes koi, des buissons de flamboyants, Richard Harris en polo de rugby et en pantalon souillé de pisse ».

Gianni Versace sollicite Gabriel Byrne pour un défilé de mode. De Dublin à Hollywood, une galaxie à traverser. John Boorman engage Byrne pour « Excalibur » : « Savez-vous monter à cheval ? » Non, mais Byrne dit oui (évidemment). Il se retrouve à galoper avec des acteurs, en cuirasse authentique (pesant une tonne). Pas de braguette. Il faut se soulager en selle (avec des grimaces de satisfaction), sous les cuissardes de ferraille, sur une selle trempée. Du coup, notre homme prend des leçons d’équitation, accompagné par une Américaine sympathique, qui avoue n’avoir jamais porté de chaussures dans son enfance. Au retour, le maître de manège demande : « Ça a été, avec Ava ? » C’est le nom du cheval ? « Non. La dame, c’était Ava Gardner ».

« Ne vois-tu pas la terreur qui me consume ? »

Garbriel Byrne joue dans « Wagner », feuilleton international avec Richard Burton, John Gielgud, Laurence Olivier. « J’ai dix répliques dans six pays », écrit-il. Il aperçoit Olivier, 76 ans, qui marmonne, seul, dans un couloir, n’ose l’aborder, intimidé par l’aura du « plus grand acteur du monde ». Puis, enhardi, il lui demande l’heure, faute de mieux. L’autre, rogue : « Achetez-vous une montre, mon vieux ! ». Quelques jours plus tard, un petit mot : « Excuses, j’ai été brusque mais je n’arrivais pas à mémoriser mes répliques dans ma vieille caboche. J’ai repensé à votre question, quant à l’heure. J’y pense souvent, à vrai dire, maintenant. Laissez un plus grand esprit que moi vous répondre… » Laurence Olivier cite le sonnet 60 de Shakespeare (« Comme les vagues se jettent sur les galets de la plage, nos minutes se précipitent vers leur fin… ») Et conclut : « Affectueusement, Larry ».

Byrne songe à sa grand-mère qui a vu des gens manger de l’herbe pendant la Grande Famine, à sa fiancée de jeunesse (« Les chansons que vous aimez quand vous êtes jeunes briseront votre cœur quand vous serez vieux »), à ses péchés sans pardon, à l’odeur de laine mouillée et de cire fondue dans les églises. Persuadé qu’il n’y a pas de rédemption pour le succès, il s’enferme dans une chambre d’hôtel, seul, lors du Festival de Cannes 1995. Envahi par les ténèbres, il prie le Père, auquel il ne croit pas. Il prie quand même :

« Aie pitié de mon égarement. Ne laisse pas mes jours se dissoudre dans d’autres jours. Je me défais. Ne vois-tu pas la terreur qui me consume ? Je suis épuisé par l’acte de vivre, usé par la plus simple tâche ».

Tout le passé remonte. Violé par les prêtres de son enfance, enfant de chœur voleur de vin de messe, tenté par le séminaire dans son adolescence, plombier, trafiquant, laveur de vaisselle, monsieur-pipi dans un grand hôtel, alcoolique persuadé que la vie éternelle est pire que la vie terrestre, Byrne est devenu acteur par hasard : « Mon premier rôle devant une caméra a été d’être un buveur dans une boîte de travelos… » Il a joué dans « Miller’s Crossing », « Dead Man », « Ennemi d’État », « La Guerre des Mondes », « En analyse ». Il a eu le nez cassé (trois fois), l’âme aussi (mille fois). Il est athée, mais lit la Bible. Et trimballe ses fantômes bien-aimés sur les bords de la Liffey, de la Seine ou du Tibre. Son livre est formidable, empreint d’une poésie terreuse et obsédante. S’il y a une rédemption pour lui, elle est dans ces pages, dans cette brûlante leçon des ténèbres.

Walking with Ghosts, A Memoir, par Gabriel Byrne, Picador, 198 p., 16,99 £

[Photo : Andy Kropa/AP/SIPA – source : http://www.nouvelobs.com]

Escrito por Arturo Ruiz Mautino

Nadie nos objetará pretender que la consideración de los clásicos suponga para nosotros un desafío y una necesidad. Después de todo, el mundo que ahora habitamos nos obliga a pensar cotidianamente en el tiempo como recurso precioso y a recordar que es él el horizonte último de los más o menos sutiles proyectos de revisión de nuestros monumentos literarios. ¿Quedará quien dude de que en semejante contexto las categorías habitualmente sospechosas de “canon” y de “clásico” demandan una nueva y peculiar comparecencia ante el tribunal de las fantasmagorías críticas? ¿Sobre todo hoy, cuando es fácil intuir, con el respaldo de modelos predictivos del más variado rigor geocientífico, el ocaso material de aquella inmortalidad por el arte en la que ya nadie cree pero que nadie olvida?

Me he encontrado pensando en estas cosas motivado por Medio siglo con Borges. La colección de Mario Vargas Llosa, publicada por Alfaguara en la primera mitad de 2020, reúne textos heterogéneos donde la figura de Borges precipita casi todas las modalidades del elogio. Que quien examina la obra del clásico, quien evalúa su contribución a una literatura y a una época, sea autor de algunas de las novelas más ambiciosas en español del siglo pasado configura una situación singular, si bien no para la obra de Vargas Llosa (autor también, como se recordará, de García Márquez: historia de un deicidio y de El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti), sí al menos para la borgeología de los años recientes.

El libro de Vargas Llosa vio la luz en un momento atravesado por ansiedades parecidas a aquellas que le hicieron decir a Derrida en los ochenta que la literatura se corresponde de forma magnífica con los periodos de catástrofe global, puesto que es tan frágil o precaria como lo es su archivo. El filósofo de El Biar juzgó que la literatura no podría reconstituirse tras un evento de destrucción total: no existe como referente externo al proceso de archivarla. Su “radical precariedad y la forma radical de su historicidad” ―decía Derrida― dan cuenta de un afirmarse ontológico anclado a la conciencia de su finitud. Se dirá que entre los ochenta y hoy no solo han mutado las amenazas, que el desastre climático amerita tanta certidumbre como podamos albergar y que la pragmática del archivo ha modificado sus atributos en virtud de Internet y sus nuevas materialidades. Sea todo eso cierto. Lo que no deja de volver es una experiencia de la finitud que imprime rigores específicos al acto de leer un clásico, de releerlo, o de hacer pública, como ha hecho Vargas Llosa, esa relectura. Será ya no solo la buena fe, sino también cierta esperanza, la que nos asegure que con esta publicación adviene una ética para estos tiempos.

¿Una ética sobre qué? Concedamos que la alianza entre el problema del tiempo ―en su dimensión más íntimamente metafísica y en aquella más trivial relativa a la cronología de las publicaciones― y la cuestión de los clásicos constituye un punto de partida razonable. En la obra de Borges, una instancia de ese encuentro la establecen los dos ensayos que publicó con el título de “Sobre los clásicos”: el primero, en un número de Sur de finales de 1941; el segundo, también en Sur, a principios de 1966. Este último es el más conocido, ya que la tercera edición de Otras inquisiciones lo incluyó como texto final, de donde procede la curiosidad de hallar un ensayo de los sesenta en un libro que se suele fechar hacia 1952. Los veinticinco años significaron para Borges un cambio radical en sus opiniones sobre lo clásico. En 1941, Borges proponía una definición de corte esencialista: clásico es aquel libro que reúne el mayor número de saberes o que invita a su descubrimiento y goce. Con ese criterio admitió a Goethe y excluyó al Quijote. El Borges de 1966 no tuvo reparos en decir que “clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y una misteriosa lealtad”. Entre una y otra posición, quiero decir, entre la intransigencia de definir lo clásico de una vez y para siempre y el relativismo de los usos continuados, se abre un espectro donde puede instalarse la ética de lo clásico, de su lectura y de su relectura, que inspira Medio siglo con Borges.

Es también en ese espectro donde cobran sentido algunas interrogantes que Vargas Llosa hubo de enfrentar. Trivial es recordar que escribir sobre Borges supone abrazar cierto tipo de coraje respecto a la novedad de lo que se afirma. Medio siglo con Borges, al prescindir del diálogo con la crítica, al favorecer el testimonio personal y el parte de creador, pone a sus lectores en una situación particular. Rápidamente se tiene la impresión de que los textos reunidos proponen un juego con el tiempo al que ampara la idea de que, siendo la obra de Borges tan inagotable como el más absoluto de los clásicos, toda proposición sobre sus cuentos, ensayos, poemas o figura pública puede sostenerse a sí misma sin temor al lugar común ni a la imprecisión filológica.

¿Una ética que reivindique la relación entre el sujeto lector y el clásico? ¿Una ética del hallazgo que persiste a través de las décadas? Podría ser, sobre todo si se observa que Vargas Llosa, puesto a elegir entre la definición intransigente del Borges de 1941 y la apertura a la historia del Borges de 1966, opta por una vía intermedia, deudora del lector que no deja de maravillarse y del clásico que, por definición, no deja de proveer.

Pasemos a las razones de esa maravilla. Medio siglo con Borges inicia con un poema ―llamémoslo así― biográfico que sintetiza los juicios que atraviesan el libro. En la tradición de Lucrecio, se contenta con transmitir cierta información, con lo que corre el riesgo de que sus lectores se pregunten, con alguna perplejidad, si la prosa no hubiese sido mejor canal para versos como los siguientes: “Hechas las sumas / y las restas: / el escritor más sutil y elegante / de su tiempo. / Y, / probablemente, / esa rareza: / una buena persona”. Al poema le sigue “Medio siglo con Borges”, que plantea una relación antitética que devendrá leitmotiv: Borges del lado de lo metafísico en lo filosófico y de lo fantástico en lo literario, es decir, en las antípodas de un Vargas Llosa que se figura “novelista intoxicado de realidad y fascinado por la historia que va haciéndose a nuestro alrededor y por la pasada, que gravita todavía con fuerza sobre la actualidad”. El libro multiplica instancias de oposición como aquella: la novela como el género que mejor aprehende el caos de la vida, en oposición al cuento borgiano, que se le aparece a Vargas Llosa como un género infatuado con un ideal de perfección que bordea la inhumanidad; la literatura en español antes de Borges, lastrada por una tendencia patológica a lo barroco, en oposición a la literatura en español que la influencia de la obra borgiana hace posible, habiendo en ella “siempre un plano conceptual y lógico que prevalece sobre todos los otros y del que los demás son siempre servidores”; el provincialismo de la literatura latinoamericana anterior a Borges, el cual, prolongando una de las narrativas usuales del boom, da paso en algún momento del siglo XX ―es decir, del siglo de Borges― a la aventura cosmopolita. Que inscripciones de este pensamiento antinómico aparezcan en el centro de textos de temática sensiblemente disímil, tales como “Las ficciones de Borges” (conferencia de 1987), “Borges en París” (nota sobre la celebración del centenario de Borges en el París de 1999) y “Borges entre señoras” (nota sobre los Textos cautivos, en la que Vargas Llosa curiosamente señala que “una de las rarezas de estos textos es que Borges se ha leído de principio a fin los textos que reseña”), da fe de un raro persistir, simulacro de la soñada coherencia.

Juzgar la colección de Vargas Llosa por la validez de sus valoraciones críticas corresponderá a los especialistas en materia borgiana. He preferido destacar una actitud en la práctica del elogio y el testimonio personal que la buena fortuna podría hacer digna de una ética lectora para un momento de crisis: la del yo que se afirma en la entrevista, la anécdota y el desarrollo de la propia obra vigorizada por el contacto con el clásico. De forma inevitable, este ejercicio interroga el sentido de la herencia Borges, y lo hace de un modo que solo el examen concienzudo de nuestro pasado, de nuestros clásicos y nuestros otros clásicos, puede disputar.

 

[Fuente: http://www.revistaotraparte.com]