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El pasado día 25 nos dejó Bertrand Tavernier, uno de los últimos clásicos del cine francés. El cineasta, nacido en Lyon en 1941, tenía 79 años. Su filmografía, diversa en temas y estilos, refleja como pocas la influencia del cine estadounidense y su adaptación a una escritura propia y profundamente personal.

Escrito por Eulàlia Iglesias

La ópera prima de Bertrand Tavernier (1941-2021), “El relojero de Saint Paul” (1974), tuvo algo de contramanifiesto. Nacido en Lyon en 1941, la formación del francés se ajusta a las dinámicas del bullicioso ecosistema cinéfilo que floreció en el París de posguerra. Funda con algunos colegas un cineclub, el Nickelodeon, destinado a recuperar películas estadounidenses, y escribe como crítico en diferentes revistas. Es la única figura significativa que colabora tanto en ‘Cahiers du cinéma’ como en ‘Positif’, las dos publicaciones que polarizan los debates de la época. Acaba asociado a la segunda cabecera, pero destaca como la firma más cahierista de ‘Positif’ por su defensa del cine norteamericano. Y al mismo tiempo, para su puesta de largo tras la cámara, contrata como guionistas a Jean Aurenche y Pierre Bost, los dos escritores que se habían convertido dentro del ámbito de influencia de la nouvelle vague en el epónimo de esa cierta tendencia del cine francés contra la que cargaba François Truffaut en su famoso artículo de 1963.

Tanto en su escritura como en su práctica fílmica, Tavernier se sitúa en una tercera vía. Su filmografía se distancia del anhelo de modernidad de parte del cine francés de los 60 y los 70 para resituarse en una tradición narrativa de raíz literaria. Pero también está atravesada como pocas por las influencias del cine de género estadounidense y la fascinación por la cultura afroamericana. Celebra, por ejemplo, esa tradición francesa (y belga) de acoger y reivindicar el jazz en “Alrededor de la medianoche” (1986), que brindó a Herbie Hancock un Óscar a la mejor banda sonora, y recorre junto a Robert Parrish el sur de Estados Unidos en el documental “Mississippi Blues” (1983). Además de sus peculiares incursiones en el polar, como su ópera prima o esa variante del género de época y rural que es “El juez y el asesino” (1976), en los años posteriores ofrece títulos marcados por una reconexión a la vida desde un tono entre la nostalgia y la ligereza renoiriana, como “Un domingo en el campo” (1984), “Daddy Nostalgie” (1990), la última película que protagoniza Dirk Bogarde como ese padre ausente con el que se reconcilia el personaje de Jane Birkin, o incluso un homenaje en femenino al cine de aventuras (y a la figura de Riccardo Freda), “La hija de D’Artagnan” (1994).

Tradición narrativa de raíz literaria. Foto: George Wilhelm (Getty Images)

Tradición narrativa de raíz literaria. Foto: George Wilhelm (Getty Images)

Junto a estos filmes de contornos luminosos, el cine de Tavernier también presenta títulos más sombríos en los que, ya sea desde una mirada histórica o desde una perspectiva actual, plasma un sentimiento de desolación respecto al devenir de la sociedad contemporánea. En sus bellísimas aproximaciones a la Primera Guerra Mundial, “La vida y nada más” (1989) y “Capitán Conan” (1996), se interna en el conflicto bélico desde una escala humanista que le permite recoger el dolor causado por la batalla. “Ley 627” (1992) anticipa “The Wire” en su manera de despojarse de las inercias del policíaco clásico para ofrecer una inmersión realista en el funcionamiento de una brigada antidroga que acaba proyectando una denuncia estructural del sistema. Y en “La carnaza” (1995) perfila un retrato de esa juventud de fin de siglo atrapada en su fascinación nihilista por la Norteamérica del consumismo.

En “Hoy empieza todo” (1999) se adentra en el cine social con puro acento francés. Aquí, el profesor protagonista no pretende convertirse en esa figura mesiánica que consigue convertir o salvar a sus alumnos, sino que actúa como un agitador que nos recuerda que la enseñanza es una cuestión de estado clave para garantizar la igualdad de derechos y el bienestar de los menores. Con “Salvoconducto” (2002) se mete de lleno en el cometido incómodo e insólito de calibrar el papel de la industria del cine francés durante la ocupación nazi, en un drama que, sin embargo, resulta en exceso convencional en su reivindicación de los profesionales que trabajaron en ese difícil contexto. En uno de sus últimos títulos, el southern noir “En el centro de la tormenta” (2009), regresa desde la ficción a ese sur norteamericano por el que ha transitado de otras formas. “Las películas de mi vida” (2016) constituye su más que oportuno testamento, un recorrido propio por el cine francés que marcó su trayectoria vital y profesional. ∎

El recuerdo empieza hoy


La muerte en directo 
(1980)
Actriz habitual de Claude Sautet, uno de esos directores fuera de la órbita cahierista reivindicados por Tavernier, Romy Schneider se confirma como la intérprete más conmovedora del cine europeo en este insólito filme en torno a una mujer que se deja filmar en sus últimos días de vida. El francés anticipa la tendencia de convertir en entretenimiento la intimidad de los individuos en este cruce entre la ciencia ficción y el melodrama que se despliega a ritmo de thriller, dejando a su paso un rastro de profunda amargura.

1280 almas (1981)
En una de las mejores traslaciones de una novela a la gran pantalla, Tavernier trasplanta la novela homónima de Jim Thompson de la Norteamérica profunda cargada de inercias racistas al Senegal ocupado por los franceses. Philippe Noiret, actor fetiche de su carrera, da vida al policía que convierte su mediocridad en la mejor coartada para cometer impunemente una serie de crímenes. El director mantiene el trasfondo de humor oscuro en este retrato de la sofocante podredumbre ética que preside la vida cotidiana de la Francia colonial.

Capitán Conan (1996)
En las postrimerías de la Primera Guerra Mundial, el capitán Conan (un enérgico Philippe Torreton) encarna a una estirpe a punto de desvanecerse, la del hombre que encuentra en la batalla su razón de ser, enfrentado tanto a las élites militares como a un ejército funcionarial, y que esgrime a la vez un férreo código ético. Tavernier sitúa a sus personajes en esa tierra de nadie de los conflictos remanentes tras un armisticio para poner en evidencia los desajustes propios de una guerra, y cierra su filme con uno de los epílogos más desoladores, en su trágica normalidad, del cine bélico.

Las películas de mi vida (2016)
En la introducción a su voluminoso repaso a “50 años de cine norteamericano” (1991; coescrito con Jean-Pierre Coursodon), Tavernier aboga por una práctica crítica que mantenga “la apertura de espíritu” y “un eclecticismo más sereno”, frente a las tendencias dogmáticas de otras épocas. Esta predisposición se hace patente en “Las películas de mi vida”, esas memorias cinéfilas que cierran su filmografía y tienen mucho de recuperación de buena parte del cine francés denostado por la política de los autores. Aunque el filme arranca con otro de esos cineastas amados igualmente por ‘Cahiers’, Jacques Becker, cuya obra Tavernier resume de la mejor forma posible como un cine de la “decencia ordinaria”.

L’écrivain-reporter, auteur de 80 livres, est célébré par deux volumes de la Pléiade, qui en reprennent une vingtaine, et par un Album très bien illustré.

Écrit par Anne COUDREUSE

Romans et récits (2 tomes)
Joseph Kessel
Gallimard

Joseph Kessel (1898-1979) n’aimait pas son prénom et se faisait appeler « Jef ». Serge Linkès, maître de conférence à La Rochelle où se situe le très riche Fonds Kessel, fait figurer, en exergue de son Introduction aux deux volumes, un extrait d’un entretien donné par l’écrivain à L’Express en 1969 : « Qui êtes-vous, monsieur Kessel ? Un journaliste ? Un romancier ? Un académicien ? Un aventurier ? Ou un mythe ?

– Je ne sais pas. »

Absent de tous les manuels de littérature, il a pourtant marqué son temps et incarne, avec Albert Londres, le mythe du reporter « au cœur des années trente », pour reprendre en partie le titre de l’essai que Myriam Boucharenc a consacré à cette figure. Il eut bien du mal à être reconnu comme écrivain, cantonné qu’il fut au populaire et au reportage. Même si dès 1922, sous la protection de Gaston Gallimard lui-même, il publie à la NRF La Steppe rouge, Gide, Rivière et Paulhan manifestent certaines réserves. Quand il est élu à l’Académie française quarante ans plus tard, il doit affronter le dédain de Jean Guitton ou Jean Rostand, selon qui « il n’est qu’un journaliste, un reporter ». Kessel ne tient pas compte de ces attaques provenant de « gens intellectualisés à l’extrême », goûtant ce qui relève de « la recherche formelle hermétique ».

Pour sa part, il croit « qu’une belle et simple histoire d’action, d’aventure, de violence ou d’amour, contée avec foi, a autant de valeur et de pouvoir – dans le domaine de l’art. Et que ce n’est pas céder à la facilité, chercher à plaire au public, que de l’écrire. » Son dernier roman, Les Cavaliers, inspiré par la tradition ancestrale afghane du bouzkachi, paraît en 1967, l’année où Claude Simon reçoit le prix Médicis pour Histoire, où Michel Butor publie Portrait de l’artiste en jeune singe et Jean Ricardou Problèmes du nouveau roman. Mais Kessel donne toute sa force à cette « écriture de l’aventure », quand il s’agirait plutôt, pour le Nouveau Roman de s’intéresser à « l’aventure d’une écriture », comme le rappelle Philippe Baudorre dans sa passionnante notice.

Recyclage et réemploi

Dans ce qu’il appelle « le système Kessel », Serge Linkès insiste sur l’importance du réemploi, notion qu’il préfère à celle de recyclage, utilisée par certains critiques : « elle suppose qu’un nombre significatif d’éléments utilisés dans une œuvre soient réutilisés sous une autre forme après un ou plusieurs processus de transformation. » C’est ainsi que « Chez les Sinn Feiners. L’Irlande révolutionnaire », reportage donné à La Liberté en 1920 sert de point de départ à la nouvelle Mary de Cork (1925). De même les reportages dans l’Allemagne de 1932 sont à l’origine de La Passante du Sans-Souci (1936), dans lequel l’héroïne, Elsa Wiener, exilée à Paris, est dévastée par l’enferment de son mari Michel dans un camp, à cause de ses idées politiques.

Album Kessel
Gilles Heuré
2020
Gallimard
256 pages

Il arrive que la chaîne qui mène de l’article au recueil d’articles sous forme de livre, transformé plus tard en roman ne s’arrête pas là et que le roman fasse lui-même l’objet d’une transformation audiovisuelle. On se souvient de l’adaptation cinématographique de ce roman par Jacques Rouffio, sorti en salle le 14 avril 1982, qui fournira à Romy Schneider son dernier rôle, comme le rappelle Marie-Astrid Charlier dans sa notice très informée. L’Équipage, grand succès littéraire de 1923, connut trois adaptations cinématographiques (1928, 1935, 1937), et même une version télévisée (1978). Ce processus se trouve quelque peu bouleversé dans les années 1950. Kessel publie dans France Soir en décembre 1957 un reportage intitulé « J’ai fait tourner le fils de Gengis Khan » ; dans le même temps, il tourne avec Pierre Schoendoerffer et Raoul Coutard La Passe du Diable et c’est seulement dix ans plus tard qu’il achève le roman inspiré du même reportage : Les Cavaliers.

Le travail de réemploi repose sur un processus de littérarisation fondée à la fois sur la stylisation littéraire et la fictionnalisation. L’auteur opère également une sélection parmi les éléments qui ont composé le reportage. Dans Fortune carrée (1932), il ne subsiste que quelques traces de l’enquête sur la traite des esclaves en mer Rouge développées dans Marché d’esclave (articles parus dans Le Matin en 1930, repris sous forme de livre en 1933). L’épisode concernant l’administrateur du parc d’Amboseli et sa famille n’occupe que peu de pages dans La Piste fauve (1954) et sera au cœur du roman Le Lion (1958), l’une des meilleures ventes de la librairie française. Selon Serge Linkès, « une même réalité semble faire naître des projets distincts, associant reportage et roman, et que l’auteur conçoit de façon plus ou moins simultanée, sans pour autant les rédiger en même temps. »

Un humanisme fondé sur la fraternité et l’expérience vécue

La dimension romanesque de l’œuvre de Kessel, qui maîtrise l’art du récit, avec sa composition, son découpage, ses ellipses, ses personnages héroïques autant qu’énigmatiques, repose la plupart du temps sur l’expérience vécue, comme pour son premier roman, publié à vingt-cinq ans, L’Équipage où le personnage de Gabriel Thélis rend hommage à Thélis Vachon, jeune capitaine rencontré en décembre 1918 dans l’escadrille S-39, basée sur le terrain d’aviation de Jonchery, près de Reims, et mort en mission. C’est avec ce roman que se forge véritablement le mythe de l’aviateur moderne. On peut déjà y repérer certaines des grandes constantes de son œuvre, et reconnaître d’emblée « la patte de l’écrivain à venir » : « réflexion sur l’héroïsme, quête de l’amour et de la fraternité, talent de conteur, c’est-à-dire art du récit et de la construction dramatique. »

Ce roman se fonde secrètement sur un drame intime : le suicide de son frère cadet Lazare, surnommé Lola, en août 1920 ; Lazare avait pris pour maîtresse celle de Jef, ce qu’il découvrit lors d’une permission à l’automne 1917. Thierry Ozwald conclut ainsi sa belle notice : « Roman endeuillé, travail du deuil, L’Équipage explore donc les arcanes de cette relation fusionnelle. Il s’interroge, autrement dit, sur la nature de ce que Jean vit comme une véritable commotion névrotique, à savoir la trahison du frère, et sur ce que peuvent être les affres du mimétisme familial. Son roman, bien qu’il soit dédié à Sandi, dont il venait d’apprendre la maladie, est certainement avant tout le livre de Lola. »

L’expérience intime est déterminante pour Kessel, comme le montre notamment le personnage de Marc Oetilié dans Les Captifs, roman publié 1926 qui a pour cadre un sanatorium inspiré à l’auteur par celui de Leysin où il a accompagné sa femme Sandi, atteinte de tuberculose. Les deux guerres mondiales sont décisives dans son parcours. Le 14 juillet 1919, le Journal des Débats lui confie son premier reportage digne de ce nom, sur le « Défilé de la victoire », première commémoration de la Fête nationale après la victoire contre l’Allemagne. Il s’engage dans la Résistance dès 1941 au sein du réseau Carte pour lequel il effectue, entre autres, des missions de transport de fonds et d’armes sous le nom de « Joseph Pascal ».

Il entre dans les Forces françaises libres en 1943 et rencontre le général de Gaulle qui lui suggère d’écrire un livre sur la Résistance : ce sera L’Armée des ombres : « rédigé à Londres et publié dès 1943, dans le feu de l’action et de l’actualité, spécialement diffusé et mis en avant par les réseaux de la France libre jusqu’à la Libération, ce texte est le premier à mettre directement en scène la Résistance intérieure française en actes, à partir de faits avérés et de personnages réels, alors même qu’elle doit rester couverte par la clandestinité, et qu’une répression effroyable ne cesse de s’abattre sur elle », commente Yvan Daniel, qui montre que la métaphore nocturne initiée alors constituera comme « un invariant dans la création littéraire aussi bien que cinématographique consacrée à cette période ».

C’est aussi Kessel qui écrit, avec son neveu Maurice Druon, Le Chant des partisans au Ashdown Park Hotel près de Londres, sur une musique d’Anna Marly ; Germaine Sablon, arrivée en Angleterre en février, en sera la première interprète.

La vie comme un roman

La vie de Kessel, né en Argentine de parents juifs d’origines russe et lituanienne, est un véritable roman qui exalte la culture française, alors qu’il n’obtient cette nationalité qu’en 1922. De son enfance à Orenbourg, il garde le goût de la Russie, jusque dans ses clichés les plus vrais. Il a arpenté les continents et fut un « témoin parmi les hommes », pour reprendre le titre qu’il donna à l’édition intégrale, en six volumes, de ses reportages, en 1956.

On ne peut qu’espérer l’édition prochaine, avec un appareil de notes aussi riche et suggestif, des quatre volumes du roman autobiographique Le Tour du malheur, paru en 1950, que Kessel considérait comme son chef-d’œuvre, mais dont la réception critique fut mitigée, ce qui l’affecta beaucoup. Pour ce livre, Gaston Gallimard lui avait versé trois millions de francs, « le plus gros contrat que j’aie signé », précise l’éditeur dans la lettre accompagnant le chèque en mars 1949. Le 8 novembre de la même année, Kessel est promu au grade d’officier de la Légion d’honneur au titre de l’Éducation nationale, ce qui ne manque pas de saveur, quand on sait qu’il refusa la carrière d’enseignant de russe que ses parents envisageaient pour lui, dès mai 1919, et préféra reprendre sa place au Journal des débats, où il était entré dès 1915.

C’est donc une véritable aventure de lecture que proposent ces deux volumes et cet Album, en remettant à sa juste place d’écrivain un auteur dont la vie fut aussi celle d’un héros de notre temps.

 

 

[Source : http://www.nonfiction.fr]

Depuis sa création en 1903 le Bistrot La Renaissance a bien vieilli : murs jaunis et patinés par la fumée de cigarettes, peintures craquelées, vitres embuées… Il sent bon les années 30, avec son style Art Déco, ses colonnades baroques et ses fresques de paysages.

Pas étonnant donc, qu’il ait tapé dans l’œil des plus grands cinéastes comme Claude Zidi (Les Ripoux) ou Quentin Tarantino (Inglorious Basterds) pour servir de décor à plus d’une vingtaine de films.

En plus de Zidi et Tarantino, Michel Deville y a posé sa caméra en 1974 pour le Mouton Enragé, tout comme Claude Chabrol pour le Sang des Autres en 1984. Claude Miller, Alexandre Jardin, Pierre Salvadori… s’ajoutent notamment à la liste des réalisateurs ayant retenu ce bistrot comme cadre pour des scènes de leurs films. Évidemment, les plus grands acteurs de cinéma ont du coup poussé les portes de la Renaissance : Romy Schneider, Jean-Louis Trintignant, Jane Birkin, Jean-Pierre Cassel, Philippe Noiret, Sophie Marceau, Daniel Auteuil…

Pourtant c’est une brasserie plutôt discrète et pas grand monde n’est au courant de ses aventures cinématographiques. Le secret est bien gardé derrière les rideaux en dentelle, qui furent d’ailleurs posés pour Inglorious Basterds et qui, depuis, sont restés (rappelez-vous cette fameuse scène où Mélanie Laurent se fait séduire par Daniel Bruhl). Ici, on reçoit une clientèle de quartier, et on essaye de conserver le côté frenchy. Vous pourrez y déguster : œufs à la coque, entrecôte, côte de cochon, bœuf bourguignon, blanquette maison…

Infos pratiques :

Bistrot La Renaissance
112, rue Championnet – Paris 18

Voici quelques films cultes qui ont été tournés dans le bistrot La Renaissance :

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Le Mouton enragé (1974) de Michel Deville. Jane Birkin et Jean-Louis Trintignant

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Le Mouton enragé (1974) de Michel Deville avec Jane Birkin

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Le Mouton enragé (1974) de Michel Deville avec Jean-Louis Trintignant et Jean-Pierre Cassel

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Les Ripoux (1984) de Claude Zidi avec Philippe Noiret et Thierry Lhermitte

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Les Ripoux (1984) de Claude Zidi avec Philippe Noiret et Thierry Lhermitte

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Les Ripoux (1984) de Claude Zidi

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Le sang des autres (1984) de Claude Chabrol avec Jodie Foster

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Fanfan (1993) de Alexandre Jardin avec Sophie Marceau et Vincent Pérez

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Après vous (2004) de Pierre Salvadori avec Sandrine Kiberlain, José Garcia et Daniel Auteuil

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Après vous (2004) de Pierre Salvadori avec José Garcia

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Inglorious Basterds (2009) de Quentin Tarantino avec Mélanie Laurent

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Inglorious Basterds (2009) de Quentin Tarantino avec Mélanie Laurent

 

 

[Source : http://www.pariszigzag.fr]

Jeff : on appelait ainsi Joseph Kessel. Ça sonne bref, ça claque. Jeff aimait la nuit, la fête, la dépense, et le monde, les autres. Reporter et romancier, il voulait donner à voir et à sentir par les mots. Homme engagé, il n’hésite pas en 1940 ; dès 1932, en Allemagne, il a compris ce qui arrivait à l’Europe. Les deux tomes de la Pléiade, l’album conçu par Gilles Heuré qui les accompagne et quelques autres livres donnent à connaître ou à redécouvrir un homme en mouvement dont la devise dit tout : « Plus long le chemin, plus riches ses promesses ».

Joseph Kessel, Romans et récits. Édition publiée sous la direction de Serge Linkès. Gallimard, coll. « Bibliothèque de la Pléiade », 2 vol., 1 968 et 1 808 p., 68 et 67 €

Gilles Heuré, Album Kessel. Gallimard, 256 p.

Joseph Kessel, Hollywood, ville mirage. Éditions du Sonneur, 128 p., 15,50 €

Écrit par Norbert Czarny

Jeff, qui traine des nuits entières dans les boites de Montmartre, qui fait la fête avec ses amis tsiganes, déplaira à certains messieurs quand il entrera à l’Académie française, qui plus est pour prendre le fauteuil vacant du duc de La Force. Mauriac, amusé, apprécie l’entrée du lion dans la bergerie. On lira dans l’album de la Pléiade le superbe discours du nouvel entrant, évoquant les « lumières de la France ».

Kessel, comme Romain Gary, comme bien des « métèques », est de ceux qui ont aimé la France sans compter, et ont pour certains rejoint De Gaulle en 1940, quand personne ne pensait Résistance. Il a rédigé Le chant des partisans avec son neveu Maurice Druon, écrit L’armée des ombres, l’un des romans les plus justes sur l’expérience de la clandestinité, du combat secret et anonyme, transfiguré par le film de Jean-Pierre Melville, et Le bataillon du ciel, d’abord un scénario de film, puis un roman.

Kessel est né en Argentine dans une famille de Juifs russes. Sa vraie terre natale est cependant la Russie, celle des cosaques, de Tolstoï et Dostoïevski. Ces deux écrivains sont ses modèles : il a, pour schématiser, l’humanisme de l’un, le goût des monstres de l’autre. Sa Russie est la petite ville d’Orenbourg où il passe son enfance. L’album conçu par Gilles Heuré la montre en photos. Il la quitte pour Paris, puis Nice ; elle ne le quitte jamais. Son anticommunisme (ou plutôt son hostilité au totalitarisme) est essentiellement lié à ce qu’il perçoit d’emblée : le nouveau pouvoir s’incarne très vite dans la puissante Tchéka, la police politique. Comme l’écrit Francis Lacassin, il en veut au « serpent qui a pris possession du paradis de son enfance et qui a détruit sa Russie ».

Joseph Kessel à Londres (1942-1943). Au mur, un portrait du général de Gaulle. Collection particulière. Photo : Frédéric Hanoteau  – Éditions Gallimard

Les convictions de Kessel s’expriment très tôt dans ses écrits de jeunesse. Avant d’être publié chez Gallimard, il écrit pour le vénérable Journal des débats. Puis paraissent La steppe rougeMakhno et sa juive, longue nouvelle qu’on trouvera dans le premier tome de la Pléiade. C’est un récit qui fait et fera encore débat ou polémique, parce que l’anarchiste ukrainien y apparait comme une brute sanguinaire antisémite et sous son vrai nom. Retenons le talent du conteur, qui se manifeste déjà pleinement. « Conteur » : le mot sonne comme un reproche chez certains critiques du temps. C’est plutôt un compliment, et, pour situer Kessel sur le plan mondial qui lui convient, on peut songer à Isaac Babel, celui de Cavalerie rouge par exemple, ou bien à Twain ou à Conrad. Reporter et conteur, Babel et lui auraient pu se rencontrer. Le 11 novembre 1918, Kessel part pour la Sibérie, tour du monde passant par les États-Unis. En ces années de guerre civile, il rencontre quelques monstres qui le fascineront toujours.

Mais l’expérience fondatrice, pour lui comme pour beaucoup d’autres, a eu lieu : c’est la guerre de 14. Comme Blaise Cendrars, Moïse Kisling ou Guillaume Apollinaire, nés ailleurs, il s’engage très tôt. À tout juste seize ans, il est d’abord infirmier à Nice. Puis il risque sa vie comme observateur à bord d’un avion. De cette expérience naitra en 1923 L’équipage, roman de la fraternité entre les aviateurs, dont on trouvera l’écho dans les trois films qui en sont tirés, comme dans La grande illusion, de Renoir, parce que le lien entre Boieldieu et Rauffenstein nait de cette chevalerie-là, la dernière qui existe, au milieu des carnages des tranchées. Et puis, hasard amusant, il se lie avec Roland Toutain, l’aviateur de La règle du jeu.

L’aviation, donc. Kessel écrit Vent de sable, quand Saint-Exupéry relate l’épopée de l’Aéropostale. Tous deux sont amis de Mermoz, dont Kessel écrit la première biographie. L’avion fait partie de ces promesses de l’époque. Il symbolise l’aventure, modifie la perception que nous avons de la distance, de l’espace, et il incarne bien sûr la puissance de la technique.

Les épreuves personnelles que connait l’écrivain le forment et le forgent. Kessel n’est pas seulement un fêtard et un baroudeur. C’est un homme complexe dont les contradictions s’expriment grâce à la transposition romanesque. Ainsi lira-t-on Belle de jour, roman ambigu que Buñuel métamorphose sur l’écran, ou La passante du Sans-Souci, inspiré par son voyage dans l’Allemagne pré-hitlérienne, également adapté au cinéma, dernier film d’une Romy Schneider au bout du rouleau. Kessel entretient des relations très fortes avec ses frères, et le suicide de Lazare au début des années 1920 le marque. Puis Sandi, sa première épouse, est enfermée dans un sanatorium où elle meurt de la tuberculose. Un roman relatera cette expérience, Les captifs.

L’escadrille S39 posant devant un Salmson 2A2, en 1918. Kessel est debout, le troisième à partir de la gauche. Service historique de la Défense, Vincennes.

Mettons sur le compte de cette complexité ou ambiguïté quelques fréquentations que nous ne pourrions comprendre autrement, en nos temps simplificateurs, réducteurs, volontiers anachroniques. Ses premiers reportages dans l’Irlande traversée par la guerre civile, en 1920, il les fait avec Henri Béraud. Dans les années 1930, il fonde avec Horace de Carbuccia et Georges Suarez le journal pamphlétaire et très droitier Gringoire. Il fréquente le préfet Chiappe et Stavisky, rencontré en 1932 : il explique comment ils se sont connus dans « L’empire d’Alexandre », paru dans Marianne, le journal dirigé par Emmanuel Berl. Toutes ces fréquentations, il les assume de façon innocente. Mais il rompra avec Béraud, Carbuccia et Suarez, qui seront collabos dès 1940 et dont les journaux ont viré à l’extrême droite dès le milieu des années 1930.

Kessel ne s’intéresse guère au contexte politique français. Son échelle est autre. Il ne se trompe pas quand la guerre civile éclate en Espagne et pas davantage, on l’a dit, quand les nazis envahissent la France et quand Pétain collabore. Après la guerre, il écrira, pour l’essentiel, dans le France-Soir de Pierre Lazareff, et contribuera à sa collection « L’air du temps » aux éditions Gallimard, pour La piste fauveLa vallée des rubis et trois autres « reportages littéraires ».

Faut-il ranger Kessel sur une étagère en particulier ? Surtout pas ! Romancier, reporter, conteur, il est tout cela à la fois, et tout le temps. Guitton et Rostand, autres opposants à son entrée à l’Académie française, disaient de lui : « il n’est qu’un journaliste, un reporter ». Outre que la restriction est des plus méprisantes, elle fait bien peu de cas de son talent de romancier, de son intention qui s’exprime par exemple dans Fortune carrée ou Les cavaliers. L’échec critique du premier livre l’affecte ; le second, longuement mûri, est sans doute son ultime chef-d’œuvre, en 1967.

Kessel passe sans cesse du reportage au roman, selon un principe de réemploi que Serge Linkès, maitre d’œuvre de cette belle édition, résume en deux termes : stylisation et fictionnalisation. Si le reportage doit pour le journaliste « informer, convaincre, émouvoir », l’œuvre romanesque exige un autre travail, davantage porté sur le style. On a qualifié Vent de sable de « roman d’aventures réel ». L’expression vaut pour bien des ouvrages.

Joseph Kessel lors d’une séance de dédicace dans une librairie Flammarion (années 1920). Photographie d’Henri Manuel – Éditions Flammarion

Le récit Hong-Kong et Macao illustre bien la manière de Kessel. C’est d’abord un grand reportage auquel se mêle le reportage social, l’investigation, sans oublier une dimension poétique puisque rêve et réalité sont étroitement imbriqués. Kessel ou plutôt son narrateur (les deux se ressemblent souvent) voyage dans les deux villes au milieu des années 1950. Il découvre un univers dantesque, une sorte d’enfer au milieu duquel émergent quelques figures singulières. Harry Ling, son guide à Hong Kong, et Manoel, qui le mène dans Macao, lui racontent, l’un la vie de Jardine ou de Aw Boon Haw, l’inventeur du baume du tigre, l’autre celle de Monsieur Fu, qui tous ont fait fortune dans ces cités désormais chinoises. Une femme fait fortune en développant, par anticipation, la gestation pour autrui. Une autre se perdra d’amour pour un certain Enrico. Kessel joue du récit dans le récit ; l’art du conteur y est souverain. Si le lecteur joue le jeu du romanesque, il est conquis. Quant aux fameux casinos de Macao, qu’on aille voir ce qu’il en est. Après tout, c’est bien là l’art du feuilletonnage.

Kessel appartient pleinement à cet art de la « littérature industrielle » né au XIXe siècle, qui atteint son apogée dans l’entre-deux-guerres. Il vit de sa plume et gagne très bien sa vie. Il qualifie ses notes de frais d’« appui financier et moral nécessaire ». Il bénéficie de gros tirages et la mise en page de ses articles joue beaucoup sur le sensationnel, avec gros titres attirants ou aguicheurs, goût de l’exotisme ou du stéréotype parfois discutable ou douteux. Son style journalistique n’est pas celui qui prévaut aujourd’hui : il use de phrases souvent longues, multiplie les adjectifs, apprécie les images, les métaphores poétiques.

Cette presse populaire pratique ce que Theodor Adorno et Walter Benjamin appellent de façon péjorative « le pacte sériel », cette technique du « à suivre », qui privilégie l’émotion, les effets d’attente, négligeant donc la réflexion. « Le style, c’est un organisme à crémaillère » : la phrase est de Kessel, et Hitchcock dialoguant avec Truffaut l’emploiera pour ses films. Chaque paragraphe, comme chaque plan, apporte sa « dose » de tension, chaque chapitre – ou séquence – ajoute au précédent. Une autre formule pourrait résumer la vision du métier ou l’éthique de Kessel : « Tu as de la chance de voir ce qui n’est pas donné à tant d’autres. Tu es là à cause d’eux et pour eux. Tu dois leur rendre choses, décors et gens, comme tu les as toi-même reçus. » Précisons : à travers un regard sur les plus humbles, comme chez son maitre Tolstoï.

Manuscrit du « Chant des partisans ».
Musée de la Légion d’honneur et des ordres de chevalerie, Paris

Mais Kessel ne se réduit pas aux stratégies de ses patrons. Il a un modèle, Albert Londres, il est le contemporain du Gide du Voyage au Congo, qui dénonce l’exploitation coloniale ; Marchés d’esclaves met en lumière ce qui se passe dans cette zone encore méconnue, entre l’Afrique et l’Asie qu’Henry de Monfreid ne cesse d’arpenter. La piste fauve, en 1955, n’est pas plus tendre avec les occupants anglais du Kenya, lors de la révolte des Mau-Maus. De là à dénoncer les crimes qu’elle commet…

Son art du réemploi fait parfois de lui un précurseur. Ainsi, entre La passe du diable en 1955 et Les cavaliers en 1967, il passe du film au roman. Le film annonce un mouvement qui se développera dans les années 1960. Pierre Schoendoerffer, futur réalisateur de La 317e section, et Raoul Coutard, le chef opérateur de Godard, l’accompagnent. Quant au roman, il sera adapté pour l’écran par John Frankenheimer. Le réemploi vaut plutôt dans un autre sens : reportage chez les Unterwelt de l’Allemagne pré-nazie puis Passante du Sans-Souci ou Marchés d’esclaves évoquant Henry de Monfreid, qui devient Mordhom dans Fortune carrée. Les ressemblances sont nombreuses, voire les reprises de passages ou de chapitres, le style fait le reste, et donc l’essentiel.

En exergue à sa préface, Serge Linkès cite un extrait d’entretien avec un journaliste de L’Express, en 1969 : « Qui êtes-vous Monsieur Kessel ? Un journaliste ? Un romancier ? Un académicien ? Un aventurier ?  Ou un mythe ? – Je ne sais pas », répond Kessel.

Quel Kessel privilégier ou préférer ? On pourrait dire tous. J’ose m’engager, en excluant le Kessel pour la classe de collège. Je n’ai jamais été attiré par « Le petit âne blanc », que l’on trouvera dans Au Grand Socco, ou par Le lion. En revanche, je recommande vivement Une balle perdue que l’on trouvait en édition jeunesse et qui nous éclaire sur la Catalogne des années 1930 (et d’aujourd’hui). J’apprécie l’auteur de Belle de jour mais peut-être pour Catherine Deneuve et Michel Piccoli. La passante du Sans-Souci rappelle l’atmosphère des romans durs de Simenon et c’est un gage de qualité. Makhno et sa juive, nouvelle éminemment polémique, est une réécriture moderne du récit biblique mettant en scène Esther et le roi Assuérus. Hollywood ville miracle, que rééditent les éditions du Sonneur, démonte le mythe hollywoodien. Mais si je ne conservais qu’un seul texte de Kessel, ce serait son éloquent pied de nez à monsieur Pierre Gaxotte, dans son discours de réception à l’Académie française. C’est le Kessel qu’on peut chanter, parmi bien des « étrangers ».

 

[Source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]