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Jitomate, aguacate, calabaza, vainilla, frijol, amaranto, elíxires de agave: no cabe duda de que el legado mesoamericano a la gastronomía global es, por decir lo menos, extraordinario. Pero quizás el mayor de los tesoros alimenticios de origen mexicano sea el maíz. Estamos hablando del monocultivo más vasto del planeta; un mar de mazorcas variopintas que inunda el mercado de los alimentos.

Escrito por Andrés Cota Hiriart

Jitomate, aguacate, calabaza, vainilla, frijol, amaranto, elíxires de agave: no cabe duda de que el legado mesoamericano a la gastronomía global es, por decir lo menos, extraordinario. Pero quizás el mayor de los tesoros alimenticios de origen mexicano sea el maíz, Zea mays, cuya domesticación a partir del teocintle (Euchlaena mexicana Schrod, su ancestro de ocurrencia natural) se remonta a hace nueve mil años. Al menos, ese es el consenso actual, aunque su origen pudiera ser aun más remoto; ya lo dirá el registro fósil. Lo seguro es que el maíz ha probado ser trascendente no solo para las culturas mesoamericanas —que, nutriéndose de sus granos, fundaron imperios emblemáticos: olmecas, mexicas, mayas, zapotecas, mixtecos y demás naciones que adoraban una deidad particular asociada a esta planta: Cintéotl, Yum Kaax, Pitao Cozobi— sino para la humanidad en toda la extensión del término, ya que, con el transcurrir de los siglos, el oro de los pastos estaría destinado a consagrarse como el alimento de mayor relevancia a escala mundial.

Así como es imposible comprender la evolución temprana de nuestra especie sin la innovación tecnológica aplicada a cocinar los alimentos —y la cascada de complejidad nutricional y asimilación energética para el organismo que conlleva este proceso—, lo es también evocar la cuna de la civilización, cualquiera que esta sea, sin traer a cuento la agricultura y los granos primordiales. Si bien somos primates de naturaleza predominantemente omnívora, con un gusto marcado por la carne, la verdad es que el grueso de nuestros apetitos y demandas energéticas no podría satisfacerse sin los componentes de origen vegetal en nuestras dietas. Sin los tubérculos, las nueces, los brotes, las frutas, las legumbres, los azúcares y los aceites pero, sobre todo, sin los cereales, sencillamente no estaríamos donde estamos. No se puede concebir el desarrollo moderno sin los aportes nutrimentales que trajo consigo la revolución agroindustrial.

Si es cierto que somos lo que comemos, entonces, fundamentalmente, somos lo que sembramos. De acuerdo con estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas de la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), aproximadamente 90% del consumo energético alimenticio a nivel mundial proviene de los cultivos y, de este cuantioso margen, dos terceras partes provienen solo de tres cereales: el maíz, el arroz y el trigo, que constituyen el alimento base para unos 4 mil 500 millones de personas.

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Maíz palomero de la región otomí de San Bartolo Morelos, en Estado de México.

No hay otra forma de decirlo: más que ningún otro factor, las plantas nos han hecho quienes somos. Y entre la amplia diversidad botánica, los pastos o gramíneas son el grupo que ha desempeñado el papel más determinante en nuestra historia, puesto que en gran medida la humanidad entera se sustenta de ellas. La mayor parte de la dieta de los seres humanos contemporáneos se obtiene de las gramíneas, tanto en forma directa (granos de cereales y sus derivados, como harinas y aceites) como indirecta (carne, leche y huevos, que provienen del ganado y las aves de corral que se alimentan de forrajes y granos, significativamente constituidos por maíz). Y es que, al menos en su origen, las grandes civilizaciones de la antigüedad se erigieron sobre los cereales (el maíz, el arroz, el trigo, la avena, la cebada, el centeno, etcétera), que no son más que pastos modificados, domesticados a lo largo de generaciones, por medio de la selección artificial para obtener cada vez más granos de sus espigas.

O, cuando menos, ese es el discurso que solemos favorecer: que nosotros amansamos a los pastos y no al revés. Aunque cabe cuestionarse: ¿quién domesticó realmente a quién?, ¿el animal pensante a las plantas que comenzó a cultivar a mansalva? o ¿fueron ellas las que nos subyugaron a nosotros? Porque los que cambiamos de forma drástica (para bien y para mal) a raíz de la relación de interdependencia que comenzó a fraguarse entre el Homo sapiens y sus cultivos fuimos nosotros o, mejor dicho, nuestros antepasados, quienes pasaron de llevar un estilo de vida nómada, de cazadores-recolectores, con una dieta sumamente variada y compleja, a una vida sedentaria y dependiente por completo de esas contadas especies de plantas de las que nos empezamos a valer. Este compromiso de exclusividad probaría ser de por vida.

Desde esta perspectiva, ¿no podría ser que, como propone Michael Pollan en The Botany of Desire: A Plant’s-Eye View, la agricultura fuera el resultado de una manipulación gestada por los pastos y los cereales para propagarse, de la mano del mono consciente, por el mundo?; ¿qué mejor estrategia para traspasar las limitantes intrínsecas de un organismo sésil y con alcances de dispersión relativamente modestos que manipular al humano incauto y, gracias a sus cuidados y esmero, multiplicarse de manera exponencial y alcanzar todos los resquicios fértiles del planeta? Hasta donde sabemos, las plantas carecen de intenciones concretas, por lo que tendría que haber sido un proceso no premeditado; sin embargo, con agenda o sin ella, los cereales se vieron altamente beneficiados en términos evolutivos a partir de su relación con el ser humano y emigraron de sus sitios de origen particulares para abarcar el mundo entero.

El asunto es que, a cambio de unos cuantos nutrientes esenciales, los humanos estuvimos dispuestos a hacer lo que fuera necesario por nuestros pastos. Sin detenernos a pensar en las consecuencias ecológicas, allanamos estepas, drenamos mantos acuíferos, rociamos los terrenos con herbicidas, insecticidas y abonos, nos esclavizamos con devoción al trabajo de la tierra y deforestamos porciones inmensas del globo terráqueo para convertirlas en campos de cultivo. Y quizás no exista mejor ejemplo de esta saga desenfrenada que lo acontecido con el maíz desde sus albores.

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Para preservar y promover el maíz nativo y el consumo de sus derivados, se celebra el concurso de La Mazorca más Grande del Mundo cada año en Jala, Nayarit, con ejemplares de hasta 50 centímetros de largo.

Actualmente, el maíz constituye el principal producto agrícola a nivel mundial. Desde hace varias décadas, su producción y demanda son mayores que las de cualquier otro cereal (o, en realidad, de cualquier otro alimento). Su producción anual hoy en día rebasa los mil cien millones de toneladas en grano; esta cantidad se cultiva en 1 620 000 km² (digamos que sería equivalente a México, si le sustrajéramos la superficie correspondiente al estado de Chihuahua). Estamos hablando del monocultivo más vasto del planeta; un mar de mazorcas variopintas que inunda el mercado de los alimentos. Los jarabes que provienen del maíz, con alto contenido de fructosa, se enlistan como endulzante de buena parte de la oferta en el extenso catálogo de productos ultraprocesados; múltiples empresas codician sus almidones y aceites; y sus etanoles se han consolidado como biocarburantes en el lucrativo negocio de las energías renovables. Sin ir más lejos, en 2018, el valor de la exportación del maíz alcanzó los 33 mil 900 millones de dólares.

No es de extrañar entonces que los dos mayores productores de maíz a nivel mundial sean las superpotencias, Estados Unidos y China, que amasan cerca de 60% de la producción total, ni que Monsanto, Dupont y otras transnacionales ambicionen controlar fracciones cada vez más grandes del mercado con su biotecnología feroz, sus transgénicos homogéneos y patentados que ponen en riesgo, de paso, a la variedades nativas de maíz que aún se cultivan en diversas regiones de México y Centroamérica, y que representan la seguridad alimentaria de decenas de millones de habitantes que viven debajo del margen de la pobreza.

En cuanto a México, las cosas no marchan nada bien, a pesar de ocupar el séptimo puesto en el índice de mayores productores. La nación que legó este glorioso alimento al mundo también se destaca como el segundo mayor importador de sus granos; la precarización laboral, no obstante, engulle al campo mexicano. Recientemente, el gobierno federal anunció que el maíz transgénico y los agroquímicos como el glifosato se eliminarán de forma paulatina del campo mexicano, hasta su desaparición completa en 2024, con el propósito de contribuir a la seguridad y a la soberanía alimentarias, y como medida especial de protección al maíz nativo, la milpa, la riqueza biocultural, las comunidades campesinas, el patrimonio gastronómico y la salud. Falta ver que se logre.

 

[Fotos: César Rodríguez – fuente: http://www.gatopardo.com]

¿Qué significa ser venezolano hoy día? ¿Qué nos identifica? ¿Somos tanto lo que dejamos atrás como lo que absorbemos en nuestros periplos y en los destinos que nos acogen? ¿Cómo entra la noción de mestizaje en una cultura de por sí híbrida, cuando se esparce para dejarse impregnar por otros contextos e historias que le son ajenos? ¿Cómo se está narrando la experiencia de un exilio masivo, el venezolano, en espacios como los medios de comunicación o la academia? ¿Cómo la narran los artistas?

Faride Mereb, Bound (2020), 300 reproducciones de pasaportes venezolanos hechos a mano por la artista, enviados por correo para confirmar un archivo digital de memorias del exilio venezolano.

Escrito por Alejandra Villasmil

“El mestizaje es un concepto profundamente arraigado en la psique colectiva venezolana para describir la asimilación y adquiere un significado distinto cuando el hogar es un lugar nuevo”, dicen Fabiola R. Delgado y ​Faride Mereb, curadoras del proyecto Notions of Exile, en el que junto a artistas visuales, académicos, escritores, arquitectos y activistas venezolanos y de la diáspora se valen de documentación de archivo, fotografías, pinturas, dibujos, videos y performances para considerar aquellas preguntas.

El proyecto explora la influencia cultural de la mayor crisis de refugiados registrada en las Américas, la migración forzada de seis millones de venezolanos desde su tierra natal, utilizando como provocaciones las historias de exilio y migración del escritor, humorista y periodista venezolano Aquiles Nazoa (1920-1976), en particular, su libro Vida Privada de las Muñecas de Trapo, publicado por primera vez en 1975. El libro se inspira en Ariadna, vecina de Nazoa en El Guarataro (Caracas), quien solía fabricar muñecas de trapo con los restos que recogía de su trabajo como costurera para dárselas a los niños del barrio.

Presentado por Washington Project for the Arts (WPA), una plataforma para proyectos colaborativos y experimentales organizados por artistas, Notions of Exile se desarrolló de forma virtual entre el 23 de enero y el 15 de marzo de 2021, a través de charlas, experiencias, lecturas de libros, una exhibición y proyecciones de videos y cortometrajes, en los que participaron Génesis Alayón​,​ Leonardo Almao, Miguel Braceli​,​ Deborah Castillo,Alexander Chaparro, Gabriela García,​ Mercedes Golip​,​ Samoel González​,​ Franklin Hurtado, ​Diana López​, Henry Rueda​, ​Henry Solórzano, Ugo Ulive,​ Graciela Yáñez Vicentini y​ Luis Moreno Villamediana.

Faride Mereb hizo un trabajo editorial participativo, Bound, que consiste en 300 reproducciones de pasaportes venezolanos hechos a mano y enviados por correo, con la idea de que el receptor cuente allí en esas páginas sus historias. Las intervenciones resultantes de esta obra de arte colaborativa, que explora las vastas historias de identidad, migración, ascendencia y legados de muchas personas, conformarán un archivo digital.

Conversé con ella y Fabiola R. Delgado, ambas venezolanas residentes en Estados Unidos, sobre cómo construyeron este “puente virtual” para el cruce de experiencias migratorias, un paisaje mental y vivencial -a veces inhóspito, a veces esperanzador-, poblado de reflexiones, recuerdos y aprendizajes, de los testimonios de quienes se quedan y de quienes se han ido.

Samoel González, fotografías que sirven como material de apoyo del nuevo libro «Vida Privada de Las Muñecas de Trapo», de Faride Mereb. Parte de «Notions of Exile», 2021.

Alejandra Villasmil: No deja de ser impresionante que, después de tantos años de emigración forzada, por razones político-económicas, sigamos siendo testigos de una suerte de indolencia generalizada respecto a lo que esto significa para Venezuela como país, y para los que han salido, algunos dejando sus familias atrás. Esta noción de exilio que ustedes abordan busca poner en foco, o enmarcar, la gravedad del asunto, pues estamos hablando de una crisis de refugiados. ¿Pueden contar brevemente sobre la idea central del proyecto, desde sus propias experiencias como migrantes venezolanas, y la de los participantes que forman parte de esta masiva diáspora venezolana?

Fabiola R. Delgado: Nuestra idea fundamental es presentar un proceso de mezcla, confluencia, mostrar la hibridación que ocurre cuando al vernos desplazados, colocamos resistencia y asimilación en los dos platillos de la balanza de nuestra identidad. Lo interesante es que el tema nace del libro de Aquiles Nazoa Vida Privada de las Muñecas de Trapo y la estupenda publicación por parte de Faride, quien investiga y reedita este libro en inglés como The Private Life of Rag Dolls, y hace del ejemplar tanto una obra literaria como una obra de arte.

El candor de las historias incluidas, el significado que tienen con respecto a su contexto político y social (por ejemplo, las muñecas en las que se inspiró Nazoa eran hechas por su vecina, Ariadna, con los harapos que restaban de su trabajo como costurera) fue muy importante para reforzar nuestra meta de mostrar un lado ingenioso y creador del venezolano, más que las imágenes re-traumatizantes que vemos a diario en noticias, redes sociales, y recuentos de nuestros familiares y amigos que aún se encuentran en el país.

Es imposible ocultar lo que está pasando en Venezuela desde hace unos 20 años: 6 millones de venezolanos han huido del régimen actual por necesidad. Es la crisis de refugiados más grande registrada en las Américas. Venezuela fue una vez el destino de quienes buscaban una vida mejor (rica en petróleo y clima cálido) y los tantos que escapaban de guerras en Europa, dictaduras en Suramérica, incluso acogiendo barcos llenos de refugiados sobrevivientes del Holocausto cuando otros países no les permitían su entrada, y ahora somos nosotros quienes nos vemos forzados a huir. Muchos son los hijos, nietos, o bisnietos de quienes escaparon una vez, y ahora les toca probar su linaje y regresar de donde partieron sus ancestros. Sin embargo, el desplazamiento forzado ha hecho que nos re-imaginemos nuestra identidad, y nuestra relación con un país que nos hiere y al mismo tiempo nos inspira y llena de alegría recordar.

Como migrante, y en lo personal como perseguida política, esta particularidad me hace reflexionar en todo lo que se construye con lo que queda. Verse en la obligación de salir de tu tierra por tu seguridad es una historia compartida por millones alrededor del mundo, y aún, cada quien crea algo nuevo con “los harapos” que nos restaron. La resiliencia del migrante es algo que me asombra y admiro, porque al igual que Ariadna en Venezuela haciendo muñecas para dárselas a niños del barrio, son muchísimas las historias de quienes no solo crean nuevas oportunidades para ellos mismos, sino para quienes vienen de relevo. Es un abrir de puertas continuo para el que sigue.

 

AV: Les cuento una anécdota personal: yo tenía en mi casa en Caracas una edición de Vida Privada de las Muñecas de Trapo, un libro que miraba mucho cuando era chiquita. Me detenía más bien en las imágenes. Es interesante la historia tan hermosa que hay detrás, y que ahora miro con otros ojos con la distancia del tiempo, desde mi condición de emigrante venezolana. ¿Podrían precisar cómo Notions of Exile se articula en torno a la obra y pensamiento de Aquiles Nazoa?

FRD: Como mencionaba antes, las motivaciones e inspiración de Nazoa para sus cuentos en Vida Privada de las Muñecas de Trapo me llamó mucho la atención y, por supuesto, el legado de Aquiles es infinitamente grandioso: desde aportes a la literatura y valor por la cultura venezolana, hasta llamados a la responsabilidad de nuestras instituciones, valiéndose de su humor para fomentar el pensamiento crítico en sus lectores.

Faride ya había estado trabajando en un proyecto investigativo sobre Aquiles y su obra, y tras su exposición en el Center for Book Arts en Nueva York, decidimos expandir el proyecto no solo geográficamente (de Nueva York a Washington DC), sino en colaboración, invitando a otros artistas venezolanos -dentro y fuera del país- a usar el libro como base para discutir las inquietudes relacionadas a nuestra identidad compartida. Es importante destacar que Aquiles fue también un exiliado político, y por eso, las preguntas que nos hicimos al comienzo de nuestra propuesta fueron: ¿Cómo puede un libro de historias de fantasía, generar discusiones sobre las experiencias de la migración forzada? ¿Quién cuenta las historias de los exiliados de hoy, y cómo? El libro fue el cimiento, y entre los artistas y contribuidores, logramos construir algo mucho más grande con nuestros “trapos”.

Faride Mereb: Aquiles Nazoa para mí representa uno de los aspectos más importantes de la venezolanidad, que además de abordar temas de la periferia o el “margen”, narra de una manera muy bella temas tanto sociales como cotidianos, lo familiar, y en mi caso hasta lo autobiográfico. Mi meta con el proyecto era enseñar a través de las muñecas no solo un documento importante de lo material sino simbólicamente del declive del país. Hablar de Venezuela es muchas veces meter el dedo en una herida abierta, tanto para los que están dentro como fuera del país. Mi interés está en conseguir nuevas maneras de abordar estos temas desde lo personal y sobre todo desde lo archivístico.

En 2018, Diana López colaboró con Daniel Ceballos, agrónomo y político venezolano, electo alcalde de San Cristóbal en 2013, quien estuvo injustamente encarcelado durante cuatro años (2014 – 2018) por su disidencia contra el régimen de Nicolás Maduro. Durante su encarcelamiento, Diana visitó a Daniel, le dio lecciones de arte y lo animó a pintar. Tras su liberación, decidieron trabajar juntos en la instalación «Lubyanka, o pintando con el lado derecho del cerebro». Para ello, Ceballos pintó retratos de 13 disidentes presos junto con él en El Helicoide (recinto improvisado para encarcelar a presos políticos) en Caracas, incluyendo un autorretrato.

AV: En su propuesta introducen el “mestizaje” como un concepto profundamente arraigado en la psique colectiva venezolana para describir la asimilación, pero que adquiere un significado distinto cuando el hogar es un lugar nuevo. ¿Podrían comentar sobre esto?

FRD: No creo conocer a ningún venezolano que alguna vez no haya mostrado su orgullo por el proceso de mestizaje que nos identifica. Históricamente se nos ha inculcado que somos “café con leche” (un término que estamos cansadas de oír) como una forma de crear patriotismo basado en una supuesta igualdad racial, sin hablar de la erradicación sistemática de nuestras poblaciones indígenas y negras durante y después de la conquista, y la exclusión de las historias de sus sobrevivientes en la historia contemporánea. Yo por mi parte soy descendiente de indígenas: mis abuelos y bisabuelos pertenecían a la etnia wayuú, de lo que hoy es el estado Zulia, y forzaron la asimilación a mi mamá, quien nunca aprendió la lengua, para evitar discriminación. Entonces esta “mezcla” viene con mucha negación y encubrimiento; sin embargo, soy producto de ella.

Ahora muchos nos vemos fuera de nuestro lugar de origen, y afrontamos una realidad en la que luchamos por preservar nuestra identidad nacional y cultural, o por asimilarnos a una nueva sociedad y cultura. Ambas luchas son por la supervivencia. La hibridación aparece como una tercera salida, una opción creativa que nos hace flexibles y nos permite integrarnos al nuevo territorio sin despegarnos del recuerdo, pero adaptándonos al entorno. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando no encuentras tu comida típica y la reproduces con los ingredientes que hallas en el nuevo lugar. El mestizaje para el exiliado se convierte en un modo de generar una narrativa que incluya nuestro pasado y se ajuste al nuevo marco, usando los frutos y las herramientas de allá y de acá. No es único de los venezolanos, sino una estrategia en alguna medida de todos los exiliados.

AV: Faride, uno de los proyectos que conforman Notions of Exile es tu libro de artista Bound. Acá hay varios asuntos que me llaman la atención, uno de ellos es el de la identidad y el desplazamiento hechos libro, además de lo que ha venido a representar el pasaporte para un venezolano, de las trabas y altos costos que implican su emisión por parte del régimen venezolano. Por otro lado, me parece un gesto poético y político muy potente, porque das la posibilidad de imaginar, de manera lúdica, una “salida”. Estos pasaportes, ¿están destinados solo a venezolanos o tienen un destino más amplio, culturalmente hablando? ¿Ves la posibilidad de que esta obra, que implica una “falsificación” de documentos oficiales -aunque sabemos que estricto rigor no lo es-, pueda ser censurada por el gobierno venezolano?

FM: No es solo una reproducción de un pasaporte, es de hecho mi primer pasaporte. Este ha sido un tema constante en mi trabajo relacionado a la identidad y cómo nos vemos y nos ve el otro. El pasaporte tangiblemente más allá de ser un documento, es un libro. Como en un inicio, en la historia de los impresos y particularmente del libro, solo un grupo privilegiado tenía acceso a la alfabetización. La historia se repite esta vez con el caso de los pasaportes que, además de tener un costo excesivo, no hay garantía de obtener. Este trabajo es una burla y una denuncia, sí. Pero también es una instancia colectiva para narrar nuestras experiencias como migrantes dentro y fuera del país y documentar las experiencias. Me interesa más allá de lo material, y lo llamativo de la exactitud de la reproducción, que sea una excusa material para tratar temas complejos, y sobre todo para comprender mejor mi descontento, y en mi propio proceso migratorio sentirme acompañada. Es una manera de construir la historia desde lo particular.

En Venezuela está prohibida la reproducción de documentos de identidad, incluso con fines artísticos. Las solicitudes que he recibido desde allá las he marcado aparte para buscar la manera de hacer una alternativa virtual o con alguna distinción material/formal que me permita poder enviarlas sin conflictos. Me interesa también continuar el proyecto a largo plazo, seguir haciendo pasaportes y que sea evidente que esto no es con fin comercial, los pasaportes no se venden, y que esto es solo el comienzo de este proyecto.

FRD: La sugerencia que se les hace a los participantes al momento de “solicitar” un pasaporte en el programa Bound es precisamente que la historia de la humanidad es una historia de migración (voluntaria o forzada). Los humanos de la era glacial pasando por el estrecho de Bering; las líneas de viaje por mar entre los nativos del Caribe, las expediciones de conquista europea; el secuestro de africanos que fueron esclavizados en tierras robadas; las crisis mundiales de refugiados por crisis políticas, desastres naturales, persecución religiosa o basadas en género. También migraciones por matrimonio, por emprendimiento, por educación, porque se quiso y ya… La humanidad es testigo y testimonio de desplazamientos constantes, sean naturales o coaccionados. Estos pasaportes vienen a ser un alivio para las historias que no han tenido una plataforma para ser compartidas y, ya que las intervenciones son únicas para cada creador, se convierten también en un espacio libre y seguro para la memoria.


“Perreras” es una serie de pinturas de Génesis Alayón que registran las rutinas de desplazamiento y movilidad en la Venezuela actual, en donde la colectividad se ve en la necesidad de improvisar frágiles e inestables estructuras en las cuales movilizarse como única solución ante el colapso de los sistemas de transporte público.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

AV: Entre los programas de Notions of Exile está, por ejemplo, la Arepera Virtual de Mercedes Golip, que trae a la mesa la idea de mestizaje al estar pensada como un expendio de un plato típico venezolano, la arepa, hecha con productos comprados o etiquetados culturalmente como estadounidenses. Es interesante además la tensión que se crea entre un debate sobre El Helicoide, por ejemplo, y el ciclo de cortos que registran una mirada cándida de la caótica Caracas. Es como mostrar las dos caras de una misma moneda…

FRD: Sin duda es mostrar dos facetas de una ciudad tan compleja y ejemplar como lo es Caracas. Tenemos la fortuna de contar con Alexander Chaparro y Henry Solórzano, expertos en el cine experimental venezolano, cuya experiencia con el formato de cine-foro en Venezuela y en Estados Unidos fue muy importante para cocrear este programa, el cual incluye filmes de Henry, Gabriela García y Ugo Ulive. Trabajar con filmes nos presentó la oportunidad única de jugar con la memoria de las cosas y conmovernos por lo corriente, lo cotidiano. Un elemento destacable es el tiempo transcurrido entre el filme más antiguo y el más reciente; la diferencia entre los años de producción hace eco de los cambios sociales ocurridos en el entremedio, y evidencia quizás una nueva forma de ver del venezolano, o el intento por recobrar lo que se dio por sentado alguna vez: “la normalidad”.

Al mismo tiempo, entre los cortometrajes mostrados y la charla presentada por el arquitecto Henry Rueda sobre El Helicoide (un edificio masivo, incompleto y que, a pesar de ocupar múltiples oficinas durante su historia, hoy se utiliza como una cárcel improvisada para presos políticos), coexisten las imágenes de la ciudad de Caracas como el lienzo y la obra. Un proyecto arquitectónico envidiable como lo fue El Helicoide de la Roca Tarpeya se asemeja a un proyecto de país que no ha logrado culminarse. Karmático es el mismo topónimo “Roca Tarpeya”, nombre del lugar de ejecución de asesinos y traidores en la antigua Roma, y nombre de la colina sobre la cual reposa esta notoria e infame construcción y, sin embargo, forma parte del paisaje y vocabulario caraqueño.

AV: Para finalizar, ¿podrían comentar sobre algunos de los trabajos de artistas visuales que presentes en Notions of Exile? ¿En qué basó esta selección?

«Geopolitical Games» (2020), de Miguel Braceli, es un proyecto participativo para realzar la diversidad y la unidad en el contexto de un año electoral, los movimientos por la justicia social y la creciente polarización en los Estados Unidos. En el Capítulo de Charlotte (EEUU), el performance se desarrolla con inmigrantes latinoamericanos jugando un juego de pelota en el Palacio de Justicia del condado de Mecklenburg, en Carolina del Norte.

FRD: El tema de la hibridación y el movimiento estuvo presente no solo como concepto para los creadores, sino también para las prácticas presentadas. Yo no soy artista, trabajo con curaduría y en especial con programas públicos para instituciones, por lo que nos pareció importante jugar con las expectativas de una exhibición tradicional, donde hay obras en un espacio físico, y agregar todos estos elementos de participación de las audiencias. ¡Aún no sé cómo logramos convencer a WPA de incluir a 18 artistas/colaboradores en este proyecto! Pero creo que una de las razones por la cual fuimos tan ambiciosas fue por las restricciones creadas por la pandemia de COVID-19. Fue un poco agridulce pensar en no poder hacer una exposición en vivo, de no poder tener una apertura e interacciones en persona; sin embargo, esas mismas restricciones nos permitieron repensar la estructura del proyecto, y muchos programas se hicieron no solo posibles pero necesarios. Ejemplo de eso fue la conversación Exile and “Insile”, con Leonardo Almao, quien se encuentra en Venezuela, y quien discutió con Faride las complicaciones de estar atrapado tanto dentro como fuera de tu país.

En cuanto a las obras que se exhiben, contamos con fotografías (Samoel González), video de canal doble (Miguel Braceli), pintura (Génesis Alayón), instalación (Diana López), y foto-archivo (Faride Mereb), cuyos temas guardan relación entre la gente y el territorio que ocupan, tanto físicamente como el espacio de la memoria. Los retratos de las muñecas y de Nazoa nos recuerdan cómo era la vida en Venezuela antes, mientras las perreras registran las precarias rutinas del desplazamiento en la Venezuela actual. La libertad de movimiento se encuentra plasmada tanto en los Juegos Geopolíticos de Braceli, en quienes en su registro lanzan una pelota de lado a lado, como en el encierro de disidentes políticos injustamente encarcelados. Este hilo conector del movimiento nos invita a una reflexión sobre nuestra identidad nacional, y a reimaginarla en el contexto de un país líquido, derramado por todo el mundo.


Fabiola R. Delgado es una abogada venezolana especializada en derechos humanos, convertida en curadora independiente, consultora creativa y especialista en programas en el Museo Hirshhorn (Washington DC). Como gerente regional de Amnistía Internacional en Venezuela, su activismo resultó demasiado peligroso, lo que la obligó a mudarse a Estados Unidos, donde actualmente busca asilo político, y se dedica a buscar justicia a través de expresiones artísticas y culturales. Se dedica a crear proyectos que inviten a la reflexión desde diferentes perspectivas, o destaquen historias ignoradas y olvidadas. Ha trabajado con la Institución Smithsonian, la Embajada de España, Times Square Arts, The Center for Book Arts, MacArthur Fellow Mel Chin y la Casa Blanca durante el periodo de Obama.

Faride Mereb es artista, diseñadora de libros, docente, investigadora y fundadora de Ediciones Letra Muerta. Es profesora visitante en la Universidad de Columbia (Nueva York), donde se dedica a explorar la hibridación de América del Norte y del Sur a través de la historia de impresión de libros.

 

[Fuente: http://www.artishockrevista.com]

La Bund, attaché à la promotion et à la défense du yiddish et résolument antisioniste, a dû répondre après-guerre à la création de l’État d’Israël
Écrit par David FUKS
L’ouvrage de David Slucki The International Jewish Labor Bund after 1945 : Towards a global history (Rudgers University press, 2012) traite du Bund après la Seconde Guerre mondiale qui a décimé la civilisation ashkénaze, le judaïsme européen et fait disparaître le prolétariat juif auquel ce syndicat-parti s’adressait. Il est issu de sa thèse de doctorat en histoire soutenue à l’Université de Monach en Australie. Les travaux de cet universitaire australien d’abord assistant professor à l’Université de Monach puis au département d’études juives du College of Charleston en Caroline du sud, portent sur la culture yiddish envisagée sous l’angle politique et culturel. Il anime par ailleurs un site consacré à l’historiographie du Bund (« bundism.net ») qui dresse l’inventaire des parutions scientifiques ayant trait à ce parti et à son idéologie.

Bundisme, sionisme et antisionisme

Le Bund polonais se dissout le 16 janvier 1949 lors du Congrès de Wroclaw. Ses représentants appellent leurs membres à rejoindre le parti communiste polonais. Pour autant, l’activité du Bund a perduré dans une vingtaine de pays d’Europe, aux États-Unis, au Canada, dans certains États d’Amérique latine, en Australie mais également en Israël.
Slucki qualifie d’« étrange mission » la transformation du Bund polonais en un mouvement transnational présent dans une douzaine de pays. De fait, sa perspective est double : le Comité de coordination mondial du Bund, d’une part, et les ramifications locales de l’organisation (en Europe de l’Est, en France, aux États-Unis, en Australie et en Israël), d’autre part. Cette mutation est également idéologique. Car de minoritaire, le sionisme devient après-guerre l’option politique dominante ce qui conduit le Bund à réviser profondément sa conception de la « nation juive » (Klal Israël). Ce processus difficile produit non seulement de violentes controverses mais remet profondément en question le socle idéologique du parti.
Dans son introduction, Slucki revient sur l’historiographie du Bund après-guerre. Il reproche notamment aux historiens Daniel Blatman et Yosef Gorny d’ignorer les ramifications locales du Bund et d’expliquer sa disparition par celle du yiddish et son incapacité à remettre en question ses présupposés doctrinaux. L’étude de Slucki vient nuancer ce constat. Au-delà, il n’existait aucune étude d’ensemble de l’évolution du Bund après-guerre. La plupart des ouvrages sur le Bund et le mouvement ouvrier juif concluent son histoire avec l’invasion de la Pologne comme ceux de Nathan Weinstock et Henri Minczeles, à s’en tenir aux auteurs francophones. Daniel Blatman dans son ouvrage Notre liberté et la vôtre retrace l’histoire du Bund jusqu’en 1949, année de la dissolution du Bund polonais qui serait aussi une « tombée de rideau ». Pourtant, avec la disparition du centre polonais, le mouvement s’est mué en une organisation mondiale dont les branches réunies en un Comité de coordination mondial tiennent congrès dans tel ou tel pays — Comité de coordination et non organisation mondiale sur le modèle sioniste. Les rapports de l’organisation avec le sionisme et Israël — non synonymes pour le Bund — sont une autre zone aveugle de l’historiographie que Slucki contribue à éclairer en se basant sur les résolutions prises par les branches locales du Bund, les tribunes et articles parus dans ses organes de presse de 1944 à la fin des années 1950.
Slucki décrit minutieusement les étapes qui ont conduit le Bund à « reconsidérer sa position ». Plutôt qu’un revirement radical, ce sont en fait des inflexions successives, des infléchissements qui se sont heurtés à des résistances internes d’une part, et ont divisé profondément le mouvement d’autre part. Au-delà, il interroge la postérité de l’antisionisme d’un point de vue juif dans ce nouveau contexte. Daniel Blatman écrit que les dirigeants du Bund « espéraient qu’en unifiant toutes les forces socialistes juives et refusant de considérer le sionisme comme la seule réponse possible au problème juif, ils pourraient éviter, au moins en partie, la disparition du Bund »  .
David Slucki entreprend une archéologie de ce nouveau combat devenu, pour la majeure partie du monde juif, résolument à contretemps.
C’est l’adjectif « complexe » qui, sous sa plume, qualifie le plus souvent les relations entre le Bund et Israël. Ces relations sont marquées par une « tension » permanente entre la doykayt (« hereness », i.e. lutte sur place ou vie en diaspora parmi les nations) et la reconnaissance de la place d’Israël au sein du monde juif. C’est in situ, en Israël, que cette tension a été la plus vive. Le Bund en Israël présente la situation la plus « complexe » sinon paradoxale puisque antisioniste et hostile à l’État au sein duquel il est implanté. L’impact de cette expérience singulière aurait été « considérable » dans le débat qui agite en permanence le Bund sur la question du sionisme.
Si la querelle entre les deux idéologies est ancienne, le contexte de l’après-guerre renverse le rapport de force jusque là favorable au bundisme et provoque sa division sur l’attitude à adopter face au sionisme. Une activité militante sur le sol israélien contribue à infléchir son antisionisme traditionnel. 
Bundisme et sionisme sont deux idéologies nées en Europe la même année, en 1897, qui incarnent de manière concurrente et différente l’idée d’un renouveau national juif dans la société moderne avec pour point de convergence l’idée de « nation juive » entendue comme la communauté de destin de tous les Juifs religieux ou non en Israël ou en diaspora.
L’ « algemeyner yidisher arbeter bund in Lite, Poyln un Rusland » (Union Générale des Travailleurs Juifs de Lituanie, de Pologne et de Russie) communément appelée « Bund », était le principal parti des travailleurs juifs dans l’Empire Russe puis en Pologne jusqu’à la Seconde Guerre mondiale. Son idéologie a progressivement intégré la notion d’autonomie nationale-culturelle  empruntée aux austro-marxistes Otto Bauer et Karl Renner. Il s’agit d’une conception « nationalitaire » dissociant nation et territoire. En conséquence, le Bund aspirait à participer à la Deuxième Internationale en tant que membre de la délégation russe et rejetait toutes les solutions extraterritoriales proposées par les autres partis ouvriers notamment sionistes et sejmistes.
Lors de la révolution de 1905, trois fractions se forment à partir de l’Organisation sioniste (Z.O.) : les Sionistes Socialistes, le Parti Socialiste-Sioniste (SERP) dont les membres sont appelés « sejmistes » et le parti ouvrier social-démocrate juif « Poale Sion » (Les travailleurs de Sion). Ceux-ci se concentrent sur les revendications territoriales. Ber Borochov souhaitait un changement de condition radicale des conditions de production dans la vie juive qu’il conditionnait à l’obtention d’un territoire propre où les Juifs pouraient prendre en charge l’appareil productif de manière normale et autonome. L’émigration devait se concentrer en Palestine. Cette région se prêtait mieux à une autonomie territoriale et politique car différente en tout point des pays traditionnels d’émigration.
En 1901, le 4e Congrès du Bund débouche sur une condamnation de principe très ferme de l’idéologie sioniste. Le sionisme est présenté comme un adversaire nationaliste dont le but est de détourner les travailleurs juifs de la lutte des classes, d’une part, et de les isoler des travailleurs non-juifs, d’autre part. Cette idéologie conduirait en réalité une politique « bourgeoise » sous le masque du socialisme. Il est, par conséquent, le pire ennemi du prolétariat juif organisé. Au sionisme, le Bund oppose un « patriotisme de la Galout ». Par ailleurs, le Bund redoutait les difficultés qui devaient surgir en Palestine : « ceux qui devraient être expropriés ne se laisseraient sans doute pas faire les bras croisés » prédisait le bundiste Balakan en 1905. De leur côté, les sionistes reprochaient aux bundistes de réduire la question nationale à une question culturelle et, surtout, linguistique. Pour Ber Borochov, le Bund ne s’en tenait qu’aux conséquences et non aux causes de l’oppression.
Le Bund et les différents courants sionistes de gauche s’opposent constamment jusqu’à la Seconde Guerre mondiale. Le conflit qui n’est pas seulement doctrinal, prend part dans la rue où il s’agit d’emporter l’adhésion de millions de Juifs. Il en est de même entre les deux guerres. Si le succès politique des sionistes est incontestable (ils disposent de 32 députés au parlement de Varsovie sur 47 députés juifs), leur division croissante (entre laïques et religieux, gauche et droite) permet au Bund de conserver une hégémonie politique. Les premières années de la Seconde Guerre mondiale n’ont d’ailleurs pas contribué à assouplir les positions respectives ni remédier à l’antagonisme, bien au contraire. 
Nouveau contexte d’après-guerre et renversement des rapports de force 
Sans disparaître, le modèle diasporique compose désormais avec un foyer juif en Palestine puis Israël dont la population croit rapidement avec l’afflux de réfugiés, personnes déplacées (Displaced Persons) en provenance d’Europe centrale et orientale. En outre, la popularité du sionisme grandit jusqu’à s’imposer désormais à beaucoup comme une solution sinon une évidence. Lyvik Hodes, militant et journaliste devenu le principal théoricien de la jeunesse bundiste, distingue quatre mouvements : le bundisme et le sionisme, tous deux séculiers et issus de la modernité, puis l’orthodoxie et l’assimilation. Il admet que le bundisme est le seul des quatre à ne pas rencontrer le succès tandis que le sionisme connaît désormais le plus fort engouement.
Au sortir de la guerre, le Bund hérite de décennies d’opposition radicale au sionisme, et cette position reste partagée par la plupart de ses membres. L’attachement des bundistes au socialisme et à la doykayt n’a pas faibli tout comme l’antisionisme. Mais ce conflit devient purement intellectuel et trouve essentiellement à s’exprimer dans la presse, à l’exception notable d’Israël où se développe dans les années 1950 une communauté yiddishophone qui milite également sur le terrain.
Peu avant la victoire des alliés, une polémique virulente entre bundistes et sionistes éclate dans les colonnes de Yiddish kempfer, l’organe des sionistes socialistes new-yorkais. Le Bund est attaqué sur trois fronts : il est invité à reconnaître la réalisation de l’idéal socialiste en Palestine ainsi que son échec à apporter une solution rationnelle au particularisme juif et à contrer la position sioniste selon laquelle une nation ne peut exister sans un territoire propre sur lequel se concentrer.
La réponse d’Emanuel Nowogrodski, secrétaire de la représentation américaine du Bund polonais en exil, repose sur une distinction entre la communauté juive, celle installée en Palestine par exemple, et le sionisme comme idéologie. Cette distinction, ou plutôt disjonction, ne cessera d’être affirmée par les instances du Bund dans les années suivantes et à compter de la proclamation de l’État hébreu.
Les critiques du sionisme trouvent pleinement à s’exprimer après-guerre notamment dans Unzer Tsayt sous la plume de Hodes. David Slucki le qualifie d’ailleurs de porte-parole officieux du mouvement sur la question du sionisme. Il rédige une série d’articles sur l’importance de la doykayt et de la diaspora dans la « résurrection » du monde juif.
La tâche que le Bund s’assigne est de changer les conditions de vie de l’humanité au sein de laquelle vivent les Juifs en considérant que l’existence diasporique et les échanges avec leur entourage ont représenté une richesse. Hodes estime que la création d’un État en Palestine n’a pas besoin de se fonder sur la doctrine sioniste. Et si tel était le cas, cela aurait pour effet mécanique d’affaiblir la culture juive et la diaspora d’une part, et de conduire à une guerre perpétuelle avec les voisins arabes, d’autre part. Hodes affiche tout autant son scepticisme sur l’engouement des Juifs de diaspora plutôt enclins, selon lui, à émigrer aux États-Unis. En 1947, il stigmatise au 22e Congrès du Bund le « désespoir » exploité par le sionisme et ses promesses de « rédemption ».
Le Bund à New York adopte une résolution, confirmée à la fin de 1948, condamnant le plan de partition. Préférence est donnée à un État binational ou une solution fédérative garantissant une égalité de droits entre Juifs et arabes. La même année, Emanuel Sherer propose tantôt d’approfondir la solution fédérative qui favoriserait une autonomie territoriale et culturelle tantôt de considérer qu’il n’entre pas dans les attributions du Bund de reconnaître Israël.
D’autres arguments d’ordre géostratégique sont avancés par la suite : la crainte d’une « guerre perpétuelle » certes, mais aussi celle de voir le sort des Juifs suspendu au droit de veto de l’URSS qui gagnerait dans la région une influence qu’elle n’avait pas. La prétention des sionistes de bâtir un État juif « quelqu’en soit le prix » est l’argument mobilisé en dernière analyse. 
Des militants divisés, des positions désormais nuancées 
Le débat s’intensifie et, si la position officielle ne varie pas lorsque la création de l’Etat d’Israël est proclamée en mai 1948, la deuxième conférence du Bund à New York cette même année fait apparaître une minorité à la fois anti-sioniste et pro-israélienne. Un compromis précaire est trouvé qui repose sur une volonté de rapprochement entre le Bund et les Juifs israéliens tout en rejetant l’agenda sioniste.
La question divise les rangs du Bund. Ainsi, Pinchas Schwarz, militant de longue date et secrétaire exécutif du YIVO (Institute for Jewish Research), invite le Bund à réviser sa position à l’égard du sionisme. La « question clé » est moins la reconnaissance d’un État, fait désormais accompli, que la nature des liens avec Israël. En fait, le Bund craint que le rejet de l’État juif ne l’isole auprès de la diaspora. Cet État apparaît même au fil des débats comme un moyen de remédier à la question des personnes déplacées.
La priorité est d’apporter une solution pratique au Yichuv non de réactiver le conflit d’avant-guerre compte tenu de l’absence de forces progressistes dans le monde arabe. La question immédiate est celle des relations à entretenir avec le Yichuv. La question se pose avec une particulière acuité car la promotion de l’hébreu se réalise au dépend du yiddish considéré comme la langue du juif diasporique (goles yid) dégénéré aux points de vue spirituel, national et moral.
Libmann Hersch, démographe spécialisé dans les migrations juives, qui dirige la tendance minoritaire, accepte l’État juif même s’il est « construit sur un volcan » et « entouré d’une mer d’hostilité » à condition qu’il repose sur des principes démocratiques et le règne de la Justice. Ses positions s’expriment à travers deux articles importants. « Notre dispute historique avec le sionisme » examine l’inflexion de cette querelle au regard de la Shoah. Il condamne l’exclusivisme du sionisme qui n’accepte de destin que « là-bas » dans la négation de la diaspora et soutient que la condition juive peut exister à la fois « ici » et « là-bas ». Ce clivage révèle, selon lui, deux conceptions du judaïsme. L’une fondée sur le « peuple », celle du Bund, l’autre sur « la terre », celle du sionisme. En somme, le conflit opposerait la théorie du « peuple-monde », car les Juifs sont un peuple « exilitique » selon Sherer, à celle du peuple-État, « Eretz Ysroel » versus « Folk Israël ». En conséquence, Hersch propose de reconnaître la légitimité du sionisme s’il renonce à nier la diaspora. Car toute amputation de la diaspora heurte le corps du peuple juif dans son entier selon Hersch. En tout état de cause, le Bund ne devrait pas, selon lui, se proclamer ennemi d’Israël.
La conférence de 1955 se heurte encore à la difficulté de dissocier l’État juif du sionisme. Elle débouche sur la consécration de la notion de « peuple-monde » et la condamnation de la création d’Israël. Surtout, alors que 6% des Juifs vivent en Israël, celui-ci menace de s’ériger en porte-parole du judaïsme mondial. Le « totalitarisme hébraïque » qui régnerait sur le Yichuv est dénoncé de plus fort. Pour Y.Y. Trunk, qui réaffirme le principe de la doykayt, le centre de gravité du monde juif se déplacera vers les États-Unis.
Le problème des réfugiés palestiniens se superpose avec celui des personnes déplacées pressés par l’agence juive de rejoindre Israël, les réfractaires étant qualifiés de « traîtres ». Pinchas Schwartz avance même que les Israéliens seraient devenus « oppresseurs » car guidés par une conception étroite de leur sécurité. Mais l’impasse des relations entre Israël et ses voisins arabes fragilise la doctrine de l’État binationale proposée au mieux par le Bund y compris après la création d’Israël. 
Un nœud gordien : être juif antisioniste en Israël 
Un autre élément de complication tient au développement du Bund en Israël. Des dizaines de bundistes ont gagné le Yichuv dans les premières années de la guerre longeant la mer Caspienne comme soldats de l’armée polonaises parmi lesquels Hershl Himmerlfarb représentant du Bund au Conseil de Varsovie avant-guerre. Leur situation est toutefois précaire, temporaire et ils se perçoivent comme des réfugiés en attente de regagner leur pays dès que possible. Clandestin jusqu’en 1951, le Bund israélien occupe une position minoritaire et contestataire, celui d’un « ennemi intérieur », qui s’exprime via son journal Lebns-Fragn (« Questions de vie »). Ce bimensuel en yiddish est publié à compter de mai 1951. Isachar Artuski en est le fondateur et Ben-Zion Tsalevitsh le directeur de la publication. Il fait le lien entre activisme politique et culturel, ce qui est une constante du Bund. Le nombre de ses lecteurs est évalué à 2000 en 1959. C’est le domicile du militant Itke Tsalevich sur Basel Street à Tel Aviv qui de facto sert de local. Il devient une véritable bibliothèque yiddish et un centre d’où sont expédiés des colis pour les militants prisonniers des camps soviétiques.
Comment dépasser le paradoxe de la présence bundiste en Israël ? Le Bund doit-il rejoindre la Histadrut, principal syndicat de travailleurs israéliens ? Comment doit-il affronter la relégation et l’interdiction du yiddish ? Telles sont les questions qui se posent à la Conférence de mai 1952 lors de laquelle le parti réaffirme son opposition au sionisme décrit comme une promesse rédemption trompeuse d’une part, et sa volonté d’un État démocratique bâtit sur les principes d’égalité et de justice sociale, d’autre part.
Considérés et se considérants comme hérétiques en Israël, les bundistes essaient toutefois de prendre part à l’édification du projet national. Cet état de fait contribue à modifier la perception du Comité mondial du Bund sur la situation en Israël. La disjonction État juif/sionisme est une ligne constante qui peut conduire un bundiste argentin, Pinie Wald, à soutenir que l’existence de l’État juif n’est pas la réalisation du sionisme. L’implantation du Bund favorise les visites de dirigeants, militants, et développent leurs affinités. Ceux-ci constatent de visu les réalisations du jeune État et, tout en continuant à rejeter le « sionisme », révisent quelque peu leur jugement. Ainsi, en 1947, Libmann Hersch rapporte de fortes impressions de sa visite notamment des réalisations des kibbutzniks ou du développement de l’Université hébraïque de Jérusalem. Il en est de même du leader bundiste Emmanuel Patt qui, en 1954, se dit impressionné par la vitalité de l’identité juive et du socialisme dans la jeunesse. La distribution de Lebsn-Fragn dans le monde entier (New York, Melbourne, Mexico etc.) favorise l’infléchissement de sa position.
À la deuxième Conférence de 1954, les circonstances conduisent à l’apparition d’une tendance minoritaire qui estime que l’opposition au sionisme a vécu, et que les énergies doivent se concentrer sur des tâches prioritaires. La fin de la querelle contre le sionisme apparaît comme la condition de la préservation de l’État. Cette situation objective interroge sa base idéologique. La position « dedans dehors » des bundistes israéliens n’apparaît plus tenable pour certains, conscients d’être partie intégrante de cet État et soucieux de son bien être. Leur position singulière est « non-sioniste » plutôt qu’antisioniste d’autant que la situation du yiddish s’améliore avec l’arrivée de réfugiés yiddishophones. Artuski la qualifie de « favorable » même si la création d’une chaire à l’Université hébraïque de Jérusalem en 1959 suscite une certaine méfiance de l’organisation.
Le combat devient essentiellement culturel à mesure que l’organisation s’enracine : une classe de yiddish est ouverte à Tel-Aviv puis à Haïfa et Beer-Shev’a. Le gouvernement s’était opposé à la parution de Lebns-Fragn qui grâce à l’obstination d’Artuski paraît légalement. Lors des élections de 1959, le Bund se présente sous sa propre bannière et souhaite attirer l’attention sur son programme qui repose sur trois piliers : l’égalité entre tous les citoyens, le renforcement des liens culturels avec la diaspora, une feuille de route pour des négociation en vue de la paix. Le succès est faible mais des soupçons de fraude entachent le scrutin.  Dans le même temps, des membres rejoignent les autres partis par pragmatisme.
Si les années 1950 marquent l’apogée du Bund en Israël, celui-ci se résume à une poignée d’activistes énergiques au premier rang desquels Artuski. Son journal qui paraît sans interruption jusqu’en 2014, est sa plus grande réalisation et réussite. Cela a été rendu possible grâce à la théorie selon laquelle la doykayt est possible et souhaitable même dans un État juif.
Lors de la Conférence mondiale de 1955 à Montréal, le Bund admet pour la première fois qu’Israël peut jouer un « rôle positif » dans la vie juive. Ce rapprochement est lent et graduel. Toute une palette de positions s’expriment. L’historien Jacob Sholem Hertz incarne une voie médiane et pragmatique selon laquelle Israël doit être jugée en fonction de ses actes et non d’un point de vue théorique. Les résolutions de la Conférence condamnent toutefois la prétention du sionisme à faire d’Israël le foyer de tout le peuple juif, appelle à l’égalité des droits, une « paix juste » avec les Arabes, car c’est une « question de vie ou de mort » pour les Israéliens, et encourage le respect et le développement du yiddish.
L’étude de Slucki qui s’achève au mitan des années 1950 permet de constater que la position du Bund n’a pas été figée, monolithique mais a évolué en tenant compte des circonstances. Elle témoigne d’une méfiance à l’égard de la solution étatique renforcée par la découverte de l’ampleur du génocide. C’est une raison importante, encore largement ignorée, de la prévention du Bund à l’égard du sionisme. 
Curieusement, l’ouvrage n’aborde pas les dernières années du Bund en Israël qui tient son 7e Congrès en 1985 lors duquel l’attachement au « bien être d’Israël » est réaffirmé. Ce faisant, il laisse un sentiment d’inachevé. Quelques représentants de la jeune génération israélienne se sont récemment intéressés à ces outsiders devenus objet d’une curiosité et d’un intérêt qui n’est pas sans lien avec la nostalgie du yiddishland et la quête des racines. Ainsi, dans Bunda’im (« Les Bundistes »)un documentaire réalisé en 2013, le réalisateur israélien Eran Torbiner est allé à la rencontre de vieux militants du Bund qui ont poursuivi leur combat politique en Israël.
Il aurait été certainement pertinent d’interroger la postérité de l’antisionisme juif en Israël et le legs de la doctrine bundiste. Pour Yosef Gorny, il consiste essentiellement dans la lutte contre l’assimilation et l’opposition au « colonialisme sioniste » (sic). D’autant plus que le bundisme est souvent mobilisé dans la critique contemporaine du sionisme, parfois aussi de manière décontextualisée et instrumentale. Dans quelle mesure l’ « Israeli Socialist Organisation » connue sous le nom de son organe de presse « Matzpen » (« La boussole ») fondée en 1962 peut-elle se rattacher à cette tradition ? Dans les années 1960, et singulièrement après la Guerre des Six Jours alors que le Bund proclame son attachement à l’existence et à la sécurité d’Israël, le Matzpen allie un radicalisme de gauche (communistes expulsé du Maki, trotskistes et anarchistes) à un antisionisme théorique et pratique. À compter de cette période, ses revendications portent essentiellement sur la reconnaissance du « droit au retour » des Arabes et à l’autodétermination fondée sur le postulat de l’essence colonialiste et impérialiste du sionisme. Cette critique du sionisme peut-elle revendiquer l’héritage bundiste ? S’en réclamait-elle explicitement d’ailleurs ? Il y aurait certainement matière à dresser une généalogie précise pour mesurer la portée exacte de l’héritage bundiste.
 
Titre du livre : The International Jewish Labor Bund after 1945. Toward a global history
Auteur : David Slucki
Éditeur : Rutgers University Press
Date de publication : 25/10/16
N° ISBN : 9780813551685
 

[Source : www.nonfiction.fr]

Arrecian las críticas contra la novela de Jeanine Cummins, señalada de alargar la cadena de prejuicios contra la comunidad latina

Escrito por PABLO FERRI

En las primeras páginas de American Dirt figura un diálogo entre los dos protagonistas, Lydia, en sus treintas, y Luca, su hijo, que aún no ha cumplido los diez años. Un grupo de narcos acaba de asesinar a toda su familia en Acapulco, su papá y esposo incluido. Deben huir y hacerlo rápido. En la huida, el niño pregunta que a dónde van. « No se, mijo. Ya veremos. Será una aventura », dice Lydia. Luca contesta: « ¿Cómo en las películas? ». Y ella cierra: « Sí, mijo. Igual que en las películas ».

American Dirt se ha convertido en el primer fenómeno editorial de 2020, aunque por razones distintas a las que planeaban sus patrocinadores. La industria pretendía que la novela se convirtiera en el relato de violencia y migración de la era Donald Trump. En el relato con mayúsculas, un referente, un texto que conmoviera, que triunfara allá donde habían fracasado el periodismo o la fotografía. La campaña mediática de la editorial Macmillan, dueña de los derechos, había sido fastuosa. Hollywood se había hecho con los derechos para adaptarla al cine. Grandes nombres de los medios y la literatura la habían respaldado.

Pero entonces, los latinos empezaron a leer la novela. La editorial había presentado American Dirt como alta literatura, así que las lecturas fueron igualmente elevadas. Escritores, críticos y periodistas, sobre todo de ascendencia mexicana y centroamericana, se lanzaron contra ella. Aparecía de nuevo el problema de la representación, de cómo escritores y cineastas blancos del norte del río Bravo retratan el sur y cuales son sus consecuencias.

El diálogo de la huida del principio condensa parte de las críticas contra American Dirt, que arrasaron el texto como un tsunami, señalando principalmente su falta de verosimilitud, pero también los estereotipos y la velada condescendencia que destilan sus páginas. Las críticas arreciaron y apuntaron igualmente a la autora, Jeanine Cummins y a la editorial. Hace unos días, Flatiron Books, filial de Macmillan, anunció que cancelaba la gira de presentación del libro, citando motivos de seguridad. De las 40 presentaciones programadas, solo cumplieron con cinco.

Las fallas de la novela en la representación de la migración o la violencia más allá de la frontera sur de Estados Unidos no descubren un fenómeno nuevo. Ya existía. Sobre todo en Hollywood. Desde la saga de Sicario, películas protagonizadas por Josh Brolin y Benicio del Toro, hasta una de las últimas que rodó Clint Eastwood, La Mulaque cuenta la historia de un veterano de guerra que transporta droga para un cartel mexicano.

La agilidad de la narración o la calidad fotográfica de estas cintas nunca han sido objeto de crítica. De hecho la primera fue celebrada por medios a ambos lados del océano Atlántico. Otra cosa es la manera en que cuentan el mundo. En La Mula, por ejemplo, México aparece como una mezcla de lujo y violencia, la casa del capo del cartel y la sangrienta sucesión del mismo capo que inicia con su asesinato. Todo contado desde la profunda moralidad del personaje que encarna Eastwood.

Agotada la trama de Vietnam, trillada la de la Segunda Guerra Mundial, la frontera sur de Estados Unidos emerge como imaginario perfecto para decenas de producciones. Un imaginario que suele acotarse a la violencia y el narco. Y que favorece de alguna forma la idea que tienen Trump y su gobierno del país vecino. La última de John Rambo, Rambo: Last Blood, es el ejemplo perfecto. En la cinta, Rambo vive en su rancho en Arizona con una amiga mexicana y su nieta. La nieta, huérfana, descubre que su padre, a quien creía muerto, vive y está en México. Ella va a buscarlo y en la búsqueda, un cartel la secuestra para prostituirla. Rambo va en su busca y el cartel, como advertencia, le da unos palos. Rambo vuelve a su rancho, se recupera y… empieza la venganza.

Más allá de que los jefes narco sean dos actores españoles -uno de ellos Oscar Jaenada, que está por agotar los papeles de villano mexicano, después de Hernán Cortés y el padre de Luis Miguel-, la trama plantea que todo lo que hay al sur de la frontera es tierra del diablo y que solo hombres duros como John Rambo pueden hacerle frente. El muro del Trump parece así lo mínimo que el Gobierno puede hacer.

El desencuentro entre realidad y ficción trasciende a México y Centroamérica. El año pasado, Netflix estrenó Triple Frontera, que cuenta la historia de un grupo de militares de élite estadounidenses que decide robarle decenas de millones de dólares a un narco sudamericano. La acción transcurre entre la selva y la cordillera de Los Andes. El sur del continente queda reducido a un grupo de narcos al más puro estilo Pablo Escobar. O mejor dicho, a lo que películas y series anteriores han explicado de Pablo Escobar y su organización. La cinta ni siquiera explica en qué triple frontera transcurre la acción: ¿Paraguay, Brasil y Argentina? ¿Brasil, Colombia y Perú? ¿Brasil, Perú y Bolivia?

Sin ser Rambo, las páginas de American Dirt destilan una falta de verosimilitud parecida. Las críticas a la autora por apropiarse de una historia que no es suya -¿qué hace una mujer blanca, vendiendo una novela sobre narco y migración por más de un millón de dólares?, se han preguntado muchos estas semanas- han dado paso a señalamientos que tienen que ver directamente con el contenido y su estrategia de venta. ¿Por qué quiso la editorial vender que esta era LA novela sobre migración?

Cummins ha tratado de lidiar con las críticas, aunque sus intervenciones reflejan cierta desconexión con lo que trata de enfrentar. En una entrevista con María Hinojosa en el podcast Latino USA, de la radio pública estadounidense, Cummins, que apenas ha hablado desde que empezó el affaire, se decía « decepcionada por el tono de la conversación » y « confundida » por las críticas. Argumentó que nunca quiso « explotar los traumas de nadie ». Hinojosa le preguntaba por su pasado en la industria editorial -Cummins trabajó diez años en Penguin Books– y si acaso ese pasado no le había ayudado para saber qué quería la industria y cómo lo quería. Ella lo negaba. Insistía en que quiso evitar el punto de vista de los migrantes, con el que no se sentía cómoda. Pero repitió que decidió adoptarlo, primero, porque sus otros intentos habían fracasado, y segundo, porque su padre había muerto justo antes de la elección de Trump en 2016 y eso posibilitó, de alguna forma, que dejara de lado sus reticencias.

 

[Foto: AFP – fuente: http://www.elpais.com]

Le gouvernement a présenté mardi la nouvelle carte nationale d’identité qui sera mise en circulation dès le mois d’août, pour respecter la législation européenne, un document présenté comme « plus sécurisé » grâce à la biométrie et destiné à mieux lutter contre la fraude.

« C’est un objet plus protecteur de nos droits et plus sécurisé. Elle est plus pratique, avec un format moderne, robuste, inclusive, elle s’adapte au quotidien et à la réalité de la vie actuelle des Français », a déclaré la ministre déléguée à la Citoyenneté Marlène, Schiappa.

De la taille d’une carte bancaire, un format « harmonisé avec celui des autres pays de l’Union européenne », cette nouvelle carte, baptisée « CNIe » et faite en polycarbonate et inscriptions laser est produite depuis mardi sur le site d’IN Groupe (ex-Imprimerie nationale) à Flers-en-Escrebieux, près de Douai (Nord).

« Cette volonté de modernisation s’inscrit dans un cadre européen, l’ensemble des États membres de l’Union européenne s’étant engagés, par un règlement du Parlement européen et du Conseil de l’Europe, à mettre en circulation un nouveau format de cartes d’identité au plus tard le 2 août 2021 », souligne le ministère de l’Intérieur dans un communiqué.

Outre l’état-civil du titulaire, la nouvelle carte contiendra ses données biométriques, comme deux empreintes digitales et des éléments en relief pour les mal-voyants. Les usagers ont également la possibilité d’indiquer deux adresses au verso pour les enfants en résidence alternée chez leurs parents.

Pensée pour mieux lutter contre l’usurpation d’identité, la carte – facultative – intègre une série de technologies comme un dispositif holographique de nouvelle génération, une puce sécurisée et une signature électronique, ajoute le texte qui assure que la protection des données personnelles sera garantie.

Le document, qui remplacera le titre actuel en circulation depuis 1995, sera déployé progressivement dès les prochains jours dans des départements « pilotes » – Oise, Seine-Maritime et Réunion – avant d’être généralisé à toute la France à compter du 2 août. Il sera valable 10 ans.

« C’est un objet plus protecteur de nos droits et plus sécurisé. Elle est plus pratique, avec un format moderne, robuste, inclusive, elle s’adapte au quotidien et à la réalité de la vie actuelle des Français », a déclaré la ministre déléguée à la Citoyenneté, Marlène Schiappa, lors d’une conférence de presse à l’issue d’une visite sur le site de Flers-en-Escrebieux.

Interrogée sur les inquiétudes liées aux données personnelles, elle a tenu à « rassurer » : « il n’y a dans cette puce sécurisée que les empreintes digitales et la photo, et seules les autorités publiques y ont accès (…) C’est très normé, juridiquement et techniquement », a-t-elle assuré.

« L’usage de cette nouvelle carte nationale d’identité reste inchangé » et la carte peut « également servir de titre de voyage, certains États (UE et hors UE) l’acceptant au même titre que le passeport », rappelle le ministère.

« Lorsqu’on reçoit les données, les titres repartent de chez nous en quatre jours à 100%, en 24 heures pour les plus rapides », a précisé à la presse Didier Trutt, PDG d’IN Groupe, précisant que le site aurait une capacité de production entre 6 et 9 millions de titres par an.

Chaque année, plus de 33.000 Français sont victimes d’usurpations d’identité. En 2020, près de 9.000 personnes porteuses de faux papiers ont été interceptées, selon le ministère de l’Intérieur.

 

[Photo : IAN LANGSDON – source : http://www.euractiv.fr]

Segons el ministre, retolar les carretes en valencià « pot comportar distraccions”.

El valencià està exclòs de la retolació dels senyals de trànsit de les autovies A-31, A-7, AP-7 o A-70 que transiten per les comarques del sud del País Valencià i també circumval·len la ciutat d’Alacant.

Aquesta situació va en contra de la normativa que obliga al Ministeri de transports, titular de les vies, a complir amb el bilingüisme i incloure també el valencià.

Davant d’aquesta discriminació flagrant, Esquerra Republicana del País Valencià a l’Alacantí, a través de la diputada catalana Marta Rosiqué, va adreçar una preguntar escrita a la Direcció General de Carreteres del Ministeri de Foment, on demanaven explicacions de per què apareixien rètols només en castellà en aquestes carreteres alacantines.

La resposta de ministre titular, el torrentí José Luis Ábalos, obvia qualsevol propòsit d’esmena i justifica aquesta situació de desigualtat amb un seguit d’arguments que insulten la intel·ligència: « s’ha de tenir en compte que una de les característiques de la senyalització vertical de carreteres és que ha de ser senzilla d’interpretar i assimilar pels usuaris. Un excés d’informació per haver-hi inclòs massa text pot comportar distraccions als conductors que acabin resultant en accident. Aquest fet és necessari tenir-lo en compte especialment en les circumval·lacions de les grans ciutats, en les que habitualment hi ha molts destins a senyalitzar. Així mateix, una elevada quantitat d’informació podria comportar uns cartells de mida excessiva -i així mateix, reduir la mida de la lletra dificulta la seva percepció ».

Ábalos remarca al final de la seva contestació, la intenció de mantenir aquest greuge amb un « la Direcció General de Carreteres seguirà senyalitzant les seves carretes utilitzant, tal com recull la reglamentació vigent, tots els idiomes oficials del territori sempre que això sigui possible. Quan per motius de seguretat o constructius això no sigui factible, es tractarà d’aplicar criteris equilibrats ».

La rèplica d’ERC al País Valencià
Des d’Esquerra, es considera que la resposta donada pel govern espanyol « és un insult en tota regla als valencianoparlants de l’Alacantí i del País Valencià. Un insult més greu si atenem que el titular del Ministeri és el torrentí José Luis Ábalos, qui demostra un nul interès per vetllar pel bon ús de la llengua i per fer complir la normativa vigent ».

Arran d’aquesta resposta, els republicans han denunciat la greu situació que pateix el sud del país en protecció lingüística des de fa anys. A parer del seu president al País Valencià, Josep Barberà, aquesta desprotecció « hauria de fer que totes les administracions, locals, autonòmica i estatal, posaren més mitjans i esforços en la protecció del valencià en aquestes comarques. En canvi veiem com se segrega i es justifica el castellà. Ningú pot equivocar-se per llegir aeroport o recinte firal en valencià. Aquesta resposta només vol dir que els importem un rave, també a Ábalos ».

Escola Valenciana presenta una queixa oficial

La resposta d’Ábalos ha portat Escola Valencia a presentar una queixa a l’Oficina de Drets Lingüístics de la Generalitat, al Síndic de Greuges i al Ministeri de Transports, Mobilitat i Agenda Urbana”, a qui demana que “deixe de donar excuses i aplique l’oficialitat del valencià a tota la senyalització valenciana”.

L’entitat ha recordat que la Constitució Espanyola diu que “Les altres llengües espanyoles seran també oficials en les respectives Comunitats Autònomes d’acord amb els seus Estatuts”.

La resposta d’Ábalos

 

[Foto: Esquerra Republicana del País Valencià – font: http://www.racocatala.cat]

O acórdão do Tribunal Constitucional revelado esta segunda-feira é uma vitória táctica e ao mesmo tempo uma derrota estratégica para os que se opõem à eutanásia.

Escrito por

Os deputados que aprovaram a descriminalização da antecipação da morte medicamente assistida vão ter pela frente a dura tarefa de determinar com precisão cirúrgica o que é uma “lesão definitiva de gravidade extrema”. Porém, vão podê-lo fazer num quadro de segurança muito maior do que quando aprovaram a lei que esta segunda-feira foi chumbada pelo Tribunal Constitucional (TC) – porque, numa clara jogada de antecipação que põe termo a um debate longo e de conclusões incertas, os juízes do TC disseram de uma vez por todas que a “inviolabilidade da vida humana” consagrada no texto fundamental não é um muro intransponível à vontade soberana dos representantes da nação. Mais, fizeram questão de esclarecer, sem que ninguém o tivesse perguntado de forma explícita, que “o direito à vida não pode transfigurar-se num dever de viver em qualquer circunstância”.

Pode por isso afirmar-se que o acórdão do tribunal revelado esta segunda-feira é uma vitória táctica e ao mesmo tempo uma derrota estratégica para os que se opõem à eutanásia. Das várias questões suscitadas pelo pedido de fiscalização do presidente da República sobre o “carácter excessivamente indeterminado” das justificações para a eutanásia, apenas uma acabou por ser acolhida pelos juízes. O “sofrimento intolerável”, outra condição para a morte medicamente assistida que entrou no rol das dúvidas de Marcelo Rebelo de Sousa, é, na opinião dos juízes “determinável” por médicos e outros especialistas. O que está agora em causa são detalhes. Complexos, sem dúvida, e polémicos, de certeza – mas detalhes. A descriminalização da eutanásia tornou-se uma questão de tempo.

 

[Fonte: http://www.publico.pt]

 

 

A obsolescência programada produz milhões de toneladas de lixo eletrônico por ano e submete usuários às corporações tecnológicas. Em vários lugares, surgem os “cafés de conserto”, que se insurgem contra o desperdício e a dependência

Lote de computadores em uma lata de lixo

Consertar é uma forma de ajudar o meio ambiente.

Escrito por Peter Yeung, na BBC Brasil

“Hmm”, murmura Bruno Mottis, enquanto aperta os olhos atrás dos óculos. “Você derramou água nele? Ou colocou mais de um quilo de peso em cima? A fiação interna parece ter fritado ou desconectado de alguma maneira”, explica.

Mottis, um técnico voluntário, vira de ponta cabeça a balança de cozinha vermelha (decorada com a frase “keep calm and make jam“, ou “fique calmo e faça geleia”) e inspeciona sua placa de circuito com um detector de voltagem portátil.

“Pode ter molhado quando eu a estava limpando”, responde Imene, uma parisiense que participa de um workshop de conserto em um prédio público no nono arrondissement da capital francesa.

“Espero que dê para consertar, para não ter que comprar outra. Se tiver que comprar, eventualmente haverá outro problema e terei que comprar outra. É um ciclo vicioso”, reclama.

Paris é o lar de uma dúzia dessas oficinas ou “cafés de conserto”, iniciativas mensais gratuitas que permitem aos moradores locais consertar utensílios domésticos e eletrônicos com a ajuda e o conselho de voluntários entusiasmados.

Inspiradas na iniciativa lançada pela jornalista Martine Postma em Amsterdã em 2009, centenas de oficinas semelhantes operam em toda a Europa.

“Somos uma sociedade de desperdício e consumo excessivo”, explica Emmanuel Vallée, organizador do Repair Café Paris, que, desde o seu lançamento, em maio de 2019, costuma atrair cerca de 25 pessoas por evento, incluindo algumas que participam online.

“Jogamos fora coisas que não necessariamente precisaríamos jogar”, lamenta.

Martine Postma

Martine Postma foi a pioneira dos cafés de conserto na Holanda, inspirando iniciativas semelhantes em toda a Europa.

Para Vallée e técnicos como ele, há muito trabalho a ser feito.

O mundo produziu cerca de 45 milhões de toneladas de lixo eletrônico em 2016, quando consumidores e empresas jogaram fora smartphones, computadores e eletrodomésticos avaliados em US$ 62,5 bilhões.

E apenas 20% de todo esse equipamento é reciclado de maneira adequada.

Na Europa, onde o problema é particularmente grave, os pesquisadores estimam que somente de algo entre 12% e 15% dos telefones celulares são reciclados de forma apropriada, apesar de cerca de 90% da população possuir um.

E a previsão é de que o lixo eletrônico, que muitas vezes é enviado ilegalmente do Ocidente para enormes aterros tóxicos em países como Filipinas, Gana, Nigéria e China, deve chegar a mais de 52 milhões de toneladas até o fim de 2021 — e dobrar de volume até 2050, se tornando o tipo de lixo doméstico que mais cresce no mundo.

O impacto ambiental varia de emissões gigantescas de carbono à contaminação de fontes de água e de cadeias de abastecimento de alimentos.

Mas, com os consertos, uma parte significativa desse desperdício poderia ser evitada.

Café de conserto em Paris

Cafés de conserto, como este em Paris em 2014, oferecem às pessoas a oportunidade de aprender como consertar seus próprios dispositivos e eletrodomésticos quebrados.

De acordo com um estudo da Agência Francesa de Meio Ambiente e Gestão de Energia, apenas 40% das avarias eletrônicas são consertadas na França.

As pesquisas, no entanto, indicam que quase dois terços dos europeus preferem consertar seus produtos do que comprar novos.

É por isso que as autoridades francesas acreditam que, assim como a balança da cozinha de Imene, o sistema atual não funciona e precisa ser reparado.

Em um esforço para reduzir essa enorme quantidade de resíduos evitáveis, a Assembleia Nacional Francesa votou no ano passado para instituir um índice de classificação de “reparabilidade” para eletrodomésticos como máquinas de lavar, cortadores de grama, televisores e smartphones.

Ao fazer isso, o governo francês espera aumentar a taxa de conserto de dispositivos eletrônicos em 60% em cinco anos.

Medidas de eficiência energética

A lei francesa exige o uso de um sistema de classificação de reparabilidade do produto semelhante ao que já é usado para medir a eficiência energética.

As regras entraram em vigor em janeiro e exigem que os fabricantes coloquem classificações em seus produtos — algo semelhante ao sistema de classificação de eficiência energética que já está amplamente implementado.

Elas são calculadas com base em cinco critérios: facilidade de conserto, preço das peças de reposição, disponibilidade de peças de reposição, disponibilidade de documentação para conserto e uma medida final que varia dependendo do tipo de dispositivo.

Depois do primeiro ano, uma multa de até 15 mil euros será imposta aos produtores, distribuidores e vendedores que não cumprirem a medida.

O projeto de lei também prevê um índice de “durabilidade”, a partir de 2024, que levará em conta novos critérios como confiabilidade e robustez do produto.

“Queremos limitar o consumo dos recursos naturais do mundo”, explica Véronique Riotton, deputada francesa que foi relatora da legislação.

“Todo mundo está preocupado. O objetivo é melhorar o mercado de consertos, e espero que esse índice deixe o consumidor mais consciente em relação a esta crise ecológica”, afirma.

O esquema de classificação foi apresentado como o primeiro do tipo no mundo, preparando o terreno para que outros países sigam essa tendência.

A expectativa é de que o sistema francês dê início a uma corrida entre as empresas para melhorar a “reparabilidade” dos produtos.

Telefone sendo jogado no lixo

Na Europa, apenas algo entre 12% e 15% dos telefones celulares são reciclados de maneira adequada.

Os ativistas acreditam que as medidas vão permitir que um número maior de pessoas, assim como partes interessadas, como oficinas de conserto, realizem os trabalhos, o que pode levar a uma maior aceitação do ato de consertar.

“O conserto não está no topo da lista de prioridades da indústria [eletrônica]”, diz Maarten Depypere, engenheiro de políticas de reparos da iFixit Europe, empresa privada que produz avaliações de reparabilidade de produtos.

“Mas a França realmente levou os consumidores em consideração com essa lei. É uma solução muito equilibrada, que acho que vai gerar mais concorrência entre as empresas. Acredito que todos os países deveriam adotá-la”, afirma.

Os estudos preliminares sugerem que o aumento dos consertos pode ter um grande impacto.

Uma análise do Escritório Europeu de Meio Ambiente (EEB, na sigla em inglês), uma rede de organizações ambientais na Europa, concluiu que estender a vida útil de todas as máquinas de lavar, laptops, aspiradores de pó e smartphones na União Europeia em um ano economizaria quatro milhões de toneladas de dióxido de carbono anualmente até 2030, o equivalente a tirar dois milhões de carros de circulação das estradas todos os anos.

No entanto, os ativistas veem uma falha grave no índice de reparabilidade da França: o fato de que a avaliação será feita pelos próprios fabricantes, e não por um órgão independente.

“Obviamente, há um risco de parcialidade se os fabricantes fizerem sua própria classificação”, afirma Jean-Pierre Schweitzer, responsável pelas políticas de produtos e economia circular da EEB.

“Mas esse é o primeiro selo nacional do gênero. Mostra que a questão do conserto tem se tornado cada vez mais importante. Não precisamos ser luditas [referência ao movimento ocorrido na Inglaterra no século 19 que reuniu trabalhadores da indústria contrários aos avanços tecnológicos em curso]. Trata-se de reinventar como usamos a tecnologia”, explica.

De acordo com Schweitzer, vários avanços políticos recentes refletem o apoio ao que tem sido chamado de “direito de consertar” dos consumidores.

Em dezembro de 2019, a União Europeia adotou seus primeiros requisitos de design ecológico para eletrodomésticos, como geladeiras, máquinas de lavar, iluminação e telas.

Homem em usina de reciclagem de eletrônicos

Muitos países não possuem sistemas de reciclagem adequados.

Isso foi seguido pelo Acordo Verde da União Europeia e pelo novo Plano de Ação da Economia Circular, com o compromisso explícito de explorar o “direito de consertar”.

Desde então, a Comissão Europeia lançou processos de consulta que analisaram conjuntos mais amplos de produtos, como tecidos, móveis e pilhas.

Mais recentemente, em novembro, o Parlamento Europeu aprovou um relatório a favor do estabelecimento de regras mais rígidas sobre o “direito de consertar”.

Também há avanços a nível nacional.

Na Áustria, o governo reduziu pela metade o IVA (imposto sobre valor agregado) sobre certos consertos para 10%, e vários estados introduziram um sistema de vouchers de até 100 euros para financiar os reparos.

Na Hungria, o governo estendeu o período de garantia de certos eletrodomésticos para até três anos.

Além disso, a Austrália divulgou um relatório sobre o “direito de consertar”, e as conclusões devem ser apresentadas em breve, enquanto alguns estados dos EUA têm o direito de consertar em vigor há uma década, embora seja focado sobretudo em veículos.

Esses avanços também vão exigir mudanças significativas na forma como os fabricantes de bens de consumo operam atualmente e nos produtos que eles produzem, diz Chloe Mikolajczak da campanha Right to Repair, uma coalizão de 40 organizações em 15 países europeus.

Muitos fones de ouvido sem fio, observa ela, não podem ser desmontados, tampouco consertados; uma vez que as baterias se esgotam, precisam ser descartadas; enquanto os smartphones estão cada vez mais complexos com várias câmeras, o que os torna mais difíceis de consertar.

iPhone

A Apple é uma das empresas acusadas de reduzir intencionalmente a durabilidade de seus produtos.

As atualizações de software são parte dessa reparabilidade, acrescenta Mikolajczak, e os fabricantes precisarão manter os dispositivos mais antigos.

No entanto, nem sempre é o caso.

A fabricante de alto-falantes Sonos foi criticada em 2019 por um recurso de software que tornava os dispositivos mais antigos inutilizáveis.

E a Apple gerou polêmica ao reduzir intencionalmente a capacidade de computação dos iPhones mais antigos em uma prática conhecida como “obsolescência programada”.

A DigitalEurope, órgão da indústria de tecnologia digital que representa empresas como Amazon, Apple e Google, recusou-se a comentar o assunto quando contatada pela BBC Future Planet.

Mas um porta-voz fez referência a um posicionamento oficial da DigitalEurope, que observa que os seus “membros há muito tempo abriram caminho para o avanço ambiental” e que “enfatiza a necessidade de garantir requisitos equilibrados” para o direito de consertar.

O documento exige que as regras sobre o direito de consertar sejam “proporcionais, viáveis, rentáveis e respeitem o sigilo comercial” e defende que “os fabricantes devem continuar a optar por um serviço profissional por meio de uma rede de parceiros técnicos certificados, que, segundo eles, são preferíveis a técnicos externos por questões de qualidade, de segurança, comerciais e ambientais.

“Não acreditamos que esses argumentos se sustentem”, diz Mikolajczak, no entanto.

“Não há razão para pensar que consertos de terceiros resultariam em danos. E, se as empresas concorrentes realmente quisessem olhar dentro dos dispositivos da concorrência, não precisariam de um técnico terceirizado para fazer isso. Essas restrições apenas tornam mais difícil e mais caro para os consumidores consertar os dispositivos”, acrescenta.

Café de conserto

Nos cafés de conserto, todos os tipos de aparelhos são consertados: de máquinas de costura a brinquedos, telefones e computadores.

Para quem vai aos cafés de conserto de Paris, a realidade dos reparos é completamente diferente.

As conversas animadas, o cheiro de bolo recém saído do forno e o barulho das ferramentas tomam conta da sala, que conta com cerca de uma dúzia de estações de conserto ocupadas pelos participantes.

“Me disseram que não poderia ser consertado”, diz Caroline, mostrando o parecer do fabricante atestando que sua máquina de costura de 20 anos é irreparável.

“Mas identificamos o problema em questão de minutos. As coisas funcionam melhor quando resolvemos o problema com nossas próprias mãos.”

[Fonte: http://www.outraspalavras.net]

Cette fois, c’est quasi-officiel : le projet de musée dans l’ancienne maison du musicien et compositeur Serge Gainsbourg au 5 bis rue de Verneuil se concrétise ! Selon Paris Match, la nouvelle institution devrait ouvrir aux alentours du mois d’octobre 2021 et, au plus tard, à la fin de l’année, ce qui permettrait de célébrer à temps les 30 ans de la disparition du chanteur.

Maison de Gainsbourg : des travaux de rénovation et d’agrandissement sont en cours

Interrogée au micro de Jack en octobre dernier, Jane Birkin, qui fut la compagne du chanteur pendant une douzaine d’années, confirmait déjà cette information. “Je pense que Charlotte va ouvrir le (sic) rue de Verneuil, rien n’a changé depuis le jour de sa mort”, expliquait-elle alors. Avant de poursuivre : “Les objets sont intacts, on dirait qu’il vient juste d’aller se coucher. Ça fait 30 ans que Charlotte s’occupe de tout, du chauffage, etc. C’est une enfant prodigue, elle a tout préservé comme dans La belle aux bois dormants. […] C’était compliqué de laisser tout en l’état pour le public, en plus c’est très petit donc très compliqué à transformer en musée. C’était un travail assez solitaire mais je pense qu’elle a trouvé des solutions.

L’étroitesse du 5 bis rue de Verneuil rend en effet difficile le respect des consignes de sécurité ET la conservation du lieu tel qu’il a été laissé par Serge Gainsbourg en mars 1991.

Pour résoudre cette difficulté, Charlotte Gainsbourg a acheté des locaux (un ancien garage,) qui serviraient de billetterie juste en face du 5 bis. Elle a également crée une « société d’exploitation de l’annexe de l’hôtel particulier de Serge Gainsbourg » et obtenu un permis de construire en décembre dernier pour transformer les locaux en musée.

La rénovation de la verrière de la cour, la création d’un ascenseur pour les personnes à mobilité réduite, la mise à niveau des planchers et un agrandissement sont prévus. Pour le reste, rien n’a été touché :  les lieux ont été préservés, Charlotte Gainsbourg ayant même conservé des mégots de Serge dans les cendriers. On a hâte de pouvoir découvrir tout ça !

 

[Source : http://www.pariszigzag.fr]

Avec sa série Téhéran, Israël a pour la première fois ouvert une fenêtre sur la société iranienne. Mais, vue à travers le prisme d’une agente du Mossad, elle ne pouvait offrir qu’une image déformée. Plus grave, elle passe totalement à côté de la communauté juive iranienne et de sa longue histoire.

Écrit par LIOR B. STERNFELD 

La série télévisée à succès Téhéran du réalisateur de Fauda Moshe Zonder a brisé de nombreux tabous en Israël. C’est la première fois qu’une production israélienne grand public comprend autant de personnages parlant le persan, et la première fois qu’une intrigue se déroule au Proche-Orient, en dehors d’Israël ou des territoires occupés. Ainsi s’est ouverte une fenêtre sur un pays où les Israéliens ne peuvent pas voyager et dont la représentation est totalement négative : exagération de la menace, mise en scène de l’animosité entre Israël et l’Iran, caricature souvent raciste des juifs iraniens. Diffusée internationalement sur Apple TV+, cette série fissure un peu cette image démoniaque et élargit la gamme des représentations de ce pays.

On peut toutefois se demander si la meilleure façon de comprendre les Iraniens (ou les Arabes) est de passer par des séries du type Téhéran ou Fauda. Qu’est-ce que le téléspectateur apprend sur l’Iran en regardant une série dont le héros est un espion israélien envoyé à Téhéran, même si ce personnage lui permet de s’identifier ? Passer par le Mossad condamne à voir l’Iran à travers une grille de lecture sécuritaire.

D’énormes ressources ont été investies dans cette production : transformation des rues d’Athènes pour représenter Téhéran, acteurs ayant appris un excellent persan, costumes et décors réalistes. Si le spectacle n’aspire qu’à être un divertissement, il aura atteint son but. On aurait pu espérer que cette débauche de moyens aiderait le public à mieux appréhender la réalité iranienne. Mais c’est une occasion manquée. Imaginez qu’au lieu de planter le décor d’un conflit alimenté par la désinformation et la propagande, la série avait décidé de se concentrer sur le sort de la deuxième plus nombreuse communauté juive du Proche-Orient en dehors d’Israël, qui vit dans un pays constamment présenté comme l’ennemi juré d’Israël, une communauté qui, jusqu’en 1979, comptait entre 80 000 et 100 000 femmes et hommes, et qui a participé activement à la révolution de 1978-1979 !

UNE HISTOIRE VIEILLE DE 2 700 ANS

L’histoire juive iranienne est présente dans l’intrigue, mais de manière stéréotypée. Tamar, l’espionne du Mossad, est d’origine iranienne, ayant quitté très jeune ce pays pour Israël avec sa famille. Plusieurs scènes avec Mordechaï (le père de Tamar) et Yael (son officier traitant du Mossad) reflètent leur nostalgie ardente, comme celle de l’héroïne, pour l’Iran et leur ressentiment envers la République islamique liée au fait que la révolution a « volé » leur pays.

Le seul juif iranien montré dans la série est une juive. La tante de Tamar doit cacher son identité à son entourage, ce qui laisse croire qu’il est impossible d’être juif en Iran. Au grand désarroi de nombreux juifs iraniens, au moment où Tamar sort de nulle part et demande de l’aide à sa tante, celle-ci, dont le mari musulman occupe un poste élevé dans le système judiciaire, finit par accepter de l’aider. Une telle vision ne peut que renforcer l’accusation de « double loyauté » contre les juifs iraniens.

Le téléspectateur ne saura jamais que l’Iran et surtout Téhéran ont une communauté juive importante qui fait face à d’innombrables obstacles, mais qui est partie intégrante du pays et de la société. Téhéran passe à côté de leur situation et de leur histoire récente fascinante, qui permet également d’expliquer pourquoi elle reste si importante, même en 2020.

L’histoire de la communauté juive iranienne sur cette terre remonte à 2 700 ans. Au XXe siècle, elle a connu une transformation radicale de son statut juridique et social. La révolution constitutionnelle (1906-1911) a fait passer les juifs (comme tous les autres Iraniens) du statut de sujets impériaux à celui de citoyens, et comme les autres minorités religieuses (Arméniens, Assyriens et zoroastriens), ils ont obtenu une représentation permanente au Majlis (Parlement) nouvellement créé. Environ une décennie plus tard, le sionisme est apparu en Iran, et les juifs y ont répondu de manière contradictoire, de la préparation à l’émigration — très minoritaire — au rejet du sionisme perçu comme les détournant de leur lutte pour leurs droits en Iran, avec entre les deux, toute la palette des réactions possibles.

COMMUNISTES ET SYMPATHISANTS D’ISRAËL

Vingt ans plus tard, pendant la Seconde Guerre mondiale, de nouvelles libertés politiques ont été accordées dans l’Iran occupé par les armées britannique et soviétique. En réponse à l’antisémitisme et aux groupes soutenus par les nazis, les juifs iraniens ont trouvé un foyer politique dans le nouveau parti communiste, le parti Toudeh, créé en 1941. Un témoin m’a raconté1 qu’il a rejoint le parti au début des années 1940 à l’âge de 16 ans, non pas à cause du marxisme, dont il ne connaissait rien à l’époque, mais parce que l’antisémitisme en était absent, à une époque où il était prégnant dans la société, notamment du fait de la propagande nazie. Le parti défendait la justice sociale et l’antiracisme, plus que la lutte des classes ou le marxisme dogmatique. Et pour les juifs iraniens, il offrait quelque chose de plus que l’appartenance politique : il leur permettait de concilier des identités multiples, en tant qu’Iraniens communistes et sympathisants d’Israël, puisque la Toudeh travaillait avec les communistes israéliens (juifs et Arabes) et soutenait les relations entre les deux pays (l’URSS avait soutenu Israël, y compris militairement, lors de sa création).

Dans les années 1950 et 1960, les juifs iraniens ont connu une ascension sociale sans précédent. Néanmoins, beaucoup sont restés actifs dans les organisations de gauche, un phénomène que l’on retrouve dans les partis communistes d’autres pays de la région comme le Maroc, l’Égypte et l’Irak.

Les juifs sont devenus beaucoup plus visibles dans la sphère publique. La construction de la nation par le chah et ses projets d’unification de la nation ont eu des conséquences imprévues. Les juifs iraniens se sont sentis plus en sécurité dans la société. Dans les années 1960 à 1970, outre la mobilité sociale, ils ont surmonté les barrières sociales et juridiques qui empêchaient les générations précédentes de réaliser leur potentiel et d’exercer leurs droits. L’un des résultats a été la gratitude envers le chah pour avoir permis ce processus. Un autre résultat, plus inattendu, a été qu’ils ne se considéraient plus exclusivement comme une minorité religieuse. Ils ont vécu la vie quotidienne en Iran comme leurs compatriotes non juifs.

UNE DÉLÉGATION AUPRÈS DE KHOMEINY

Et en ce sens, l’engagement politique se dégageait de l’appartenance à une communauté, et se diversifiait comme dans le reste de la société. Le spectre allait des fidèles du chah aux dissidents radicaux, avec toutes les nuances intermédiaires, y compris une grande partie ayant des sympathies pour les deux parties. Dans les années 1970, lorsque les tensions politiques ont atteint un sommet, certains juifs ont continué à soutenir le chah, mais la jeune génération a ressenti le besoin de protester, en tant qu’Iraniens, contre la dictature brutale. Ils ont rejoint des organisations et des mouvements très divers, mais dont l’objectif politique ultime était de mettre fin au régime du chah.

Plusieurs épisodes témoignent de cet ancrage. Fin 1978, une petite délégation de la communauté juive s’est rendue à Paris auprès de l’ayatollah Ruhollah Khomeiny, le leader de la révolution. Cette rencontre visait à s’assurer que les juifs iraniens ne seraient pas considérés comme des ennemis de la révolution, mais plutôt comme ses partisans.

AUX CÔTÉS DE LA RÉVOLUTION

L’hôpital juif a contribué de manière active aux événements. Alors que les autres hôpitaux d’État de la capitale ont été contraints de dénoncer et de remettre les manifestants aux mains de la tristement célèbre police secrète, la Savak, l’hôpital juif a utilisé ses privilèges pour protéger les manifestants, et a même coordonné les opérations de sauvetage avec l’ayatollah Sayyid Mahmoud Taleghani, le représentant de Khomeiny en Iran. Pour les responsables, il s’agissait d’accomplir la mitzvah biblique « aime ton prochain comme toi-même ». Ils se sont inscrits dans l’histoire de la révolution, et ils en ont fait partie. Les juifs n’ont pas tous soutenu la révolution, mais ils se sont sentis obligés de faire quelque chose pour leurs compatriotes. Ils y ont participé non pas forcés, mais convaincus d’une mission d’une communauté juive établie et sûre d’elle-même.

À côté de l’hôpital juif, se trouvait une synagogue où un groupe de révolutionnaires — certains actifs dans les mouvements nationalistes et d’autres au sein du parti communiste — mobilisaient leurs compatriotes juifs pour manifester aux côtés des autres Iraniens. Il y a eu des conflits, bien sûr, dont l’un tient à la diversité des positions. Mais nous devons retenir que de nombreux juifs iraniens ont défilé dans les rues durant cette période, car ils se sentaient partie prenante de leur société et qu’ils ne pouvaient rester en marge d’un mouvement qui secouait le pays.

En témoignent les mémoires de Roya Hakakian2, poétesse et écrivaine américano-iranienne qui raconte l’histoire de sa famille juive iranienne de la classe moyenne urbaine à Téhéran. Dans l’une des scènes, elle décrit son enthousiasme, non pas pour Khomeiny ou la perspective d’une République islamique, mais pour ce mouvement révolutionnaire qui était sur le point de renverser un dictateur : « J’ai appartenu à la révolution. À la rage qui m’a saisie. Elle allait me guider comme personne d’autre ne le pouvait, me guider comme personne d’autre n’avait su le faire. Et pour être la fille de la révolution, j’étais prête à l’imiter de toutes les manières possibles. »

Comme c’est souvent le cas, la révolution a finalement dévoré ses propres enfants, aussi bien les non-juifs que les juifs dont le nombre a diminué de manière drastique dans les années qui ont suivi. Une vague d’émigration a amené des centaines de milliers d’Iraniens en Europe, aux États-Unis et au Canada principalement. La plupart d’entre eux appartenaient à la classe moyenne et à la classe moyenne supérieure des villes. Comme les juifs étaient surreprésentés parmi eux, cette vague a affecté la communauté juive plus que les autres.

Mais l’histoire juive en Iran ne s’est pas terminée en 1979. Une longue période de chaos utopique a suivi, durant laquelle les possibilités de changement semblaient multiples, celle où l’un des chefs de la communauté, Aziz Daneshrad Gabay était membre du comité constitutionnel post-révolutionnaire. On peut également rappeler la fin tragique de Habib Elghanian, un philanthrope et industriel juif, un autre dirigeant de la communauté qui a été exécuté dans un procès truqué en mai 1979. Il était accusé d’espionnage pour le compte d’Israël et de propagation de la corruption sur terre. Ou évoquer le sort d’Edna Sabet, une jeune femme juive membre de l’organisation clandestine Peykar, une scission de gauche des Moudjahidines3 entrée en conflit avec le régime ; elle sera exécutée en 1982. Il faudrait aussi, pour avoir une vision plus claire de cette période, évoquer le rôle d’Israël dans le renforcement du régime dictatorial du chah, dans la formation et l’armement de la Savak.

À l’issue de la première décennie post-révolutionnaire, la communauté juive comptait pourtant encore quelque 35 000 personnes qui sont restées sur place malgré la révolution, la guerre avec l’Irak (1980-1988), l’hostilité contre Israël, les éruptions antisémites occasionnelles (principalement attisées par les partisans de la ligne dure, en particulier durant la présidence de Mahmoud Ahmadinejad, qui s’est gagné une réputation mondiale en niant l’Holocauste).

Toute cette histoire est fascinante et dépasse l’imagination d’une série comme Téhéran. Elle est un appel à tous ceux intéressés à comprendre la révolution iranienne, au-delà d’une vision simpliste qui la réduit à la destruction d’un Iran libéral et à la contrainte pour les juifs soit de devenir sionistes soit de se convertir à l’islam (ou devenir des « cryptojuifs »). Une telle approche ajouterait des connaissances inestimables en Israël sur un ancien allié devenu un ennemi et que nous persistons à enfermer dans une boîte à énigmes au lieu d’apprendre à le connaître.

Lior B. Sternfeld est professeur associé d’histoire et d’études juives à Pennsylvania State University, auteur de Between Iran and Zion. Jewish Histories of Twentieth Century, Stanford University Press, 2019.

[Source : http://www.orientxxi.inf]

 

Resulta preocupante que nos últimos ano varias persoas tiveran que afrontar procedementos penais por facer crítica, denuncia ou humor sobre a relixión, a monarquía, Carrero Blanco, ETA… E aínda máis preocupante resulta comprobar que a xente de esquerdas parece querer utilizar eses mesmos instrumentos, precisamente, para defender a liberdade.

Escrito por Celia Balboa

1 Por que a vía penal? Ante todo temos que partir de que o dereito penal, a grandes liñas, é un sector do ordenamento xurídico que inclúe ese conxunto de normas que tipifican as condutas consideradas delituosas, establecendo o seu castigo no caso de as contravir. Estamos a falar dese conxunto de normas das que se dota unha comunidade para garantir a súa convivencia e protección, pero tamén a protección do Estado mesmo e os seus órganos de goberno. É un instrumento de control social en todos os sentidos. E isto é algo que a esquerda parece esquecer ás veces.

Tamén cabe destacar que un dos principios inspiradores do dereito penal é que debe ser a ultima ratio, é dicir, a sanción punitiva penal debe ser o último ao que acudir para reparar ou sancionar. Por iso, e para garantir a seguridade xurídica, a redacción da norma penal debe ser clara e precisa, sen ambigüidades nin imprecisións que permitan interpretacións diversas. Igualmente o principio de intervención mínima debe entenderse dentro dun contexto social cambiante que pode descriminalizar certos actos, porque o ben xurídico protexido deixa de ser importante, pero que tamén pode pasar a criminalizar outros pola mutación deses valores.

2 Por que é tan importante a tipificación delituosa? Á marxe do estritamente xurídico, hai que salientar outro papel importante da norma penal: a contribución na creación dos valores que deben inspirar a convivencia ou as liberdades sociais —a tipificación dos delitos e a súa pena conforman o universo do permitido e do prohibido— por iso o Código Penal soe ser un bo indicador da liberdade e democracia dunha sociedade.

Por exemplo, unha das maiores loitas do movemento feminista foi lograr a tipificación penal da violencia de xénero. O avance neste sentido é innegable. Creo que hoxe ninguén pode permitirse publicamente dicir frivolidades sobre a violencia de xénero sen facerse merecedor do rexeitamento público, cando menos. E iso é un avance moi valioso. Cuestión distinta é se o instrumento penal é o único axeitado.

3 Como se crea un ambiente favorable á lexislación máis represiva? Cando acontecen condenas como as que acabamos de coñecer: Pablo Hasél, os tuits de Casandra, de César Strawberry, a denuncia en relación ao cartel de entroido da Coruña, etc… Cómpre reflexionar: quen e en que contexto se promulgou a norma que sanciona? Cal é o ben xurídico que protexe? Que valor social configura?

Por iso convén analizar as grandes reformas do Código Penal que se fixeron a partir do ano 2000. Ese ano, coincidindo coa segunda lexislatura de José María Aznar, desa volta con maioría absoluta, e dentro do que se deu en chamar «novas formas de loita contra ETA e a súa contorna», o Código Penal sofre unha importante modificación coa Lei 7/2000, texto ambiguo e de difícil comprensión onde os haxa, que dá entrada a determinados delitos cualificando como actos terroristas condutas antes tipificadas como lesións, danos ou estragos, máis ou menos graves, sempre que se produzan co ánimo de «subverter» a orde constitucional, alterando a denominada «paz social». O problema reside en que debemos entender por «paz social» ou «orde constitucional». Acaso con semellantes expresións ambiguas e grandilocuentes non se busca en realidade a criminalización da protesta social?

4 Que pasa co denominado enaltecemento do terrorismo? Esa reforma, acolle esta figura agravada que, se pode entender, contribúe a buscar unha represión innecesaria, máxime cando xa existía o delito de apoloxía do terrorismo ou o de inxurias graves na protección da honra, por exemplo, das vítimas do terrorismo.

No ano 2015, na primeira lexislatura con maioría absoluta de Rajoy, unha nova reforma do Código Penal concede a entrada no noso dereito á denominada prisión permanente revisable, unha pena que é a introdución da cadea perpetua. Ese mesmo ano apróbase a nova Lei de Seguridade Cidadá e, por último, refórmase a Lei de Axuizamento Criminal concedendo ao Ministerio Fiscal moitas máis facultades para intervir na duración dos procesos. En definitiva: un trípode que como xa se denunciara podía resultar moi perigoso.

5 Cal foi o resultado desa reforma? Condenas limitando a liberdade de expresión e manifestación, constantes limitacións que pretenden xustificarse por supostos «valores e esixencias sociais», por exemplo: loita contra o terrorismo, mantemento da seguridade e orde pública, mantemento das Institucións, respecto a sentimentos relixiosos.

A agravación da norma penal permite esa censura ou limitación á liberdade de expresión, cando no fondo non e máis que a imposición dunhas normas que transgriden as liberdades e dereitos fundamentais das persoas. Normativa máis propia de Estados autoritarios que conculcan a liberdade e a crítica en favor dun suposto interese xeral.

6 Que pasa cos delitos contra os sentimentos relixiosos? Os delitos contra os sentimentos relixiosos xa estaban regulados no Código Penal do ano 1973. Naquela redacción o artigo 209 recollía o delito de escarnio a unha confesión relixiosa ou a aldraxe aos seus dogmas ou ritos, con pena agravada se se facía en acto ou lugar de culto.

Case que a mesma tipificación do delito se mantivo no Código Penal do año 1995, mais parece esquecerse que non foi ata o ano 1988 cando se derrogou o denominado delito de blasfemia que, tipificado no artigo 239, sancionaba a blasfemia por escrito e con publicidade.

Polo tanto, non pode dicirse que os sentimentos e as prácticas relixiosas non estivesen protexidas. Por que agora esta criminalización de determinas protestas que non buscan a aldraxe senón a denuncia? Tan só se pode explicar dentro deste clima represivo que estamos a vivir. Unha situación realmente triste se pensamos que unha das mellores características da cultura europea clásica foi ser quen de facer mofa e rir dos seus propios deuses.

7 Como é a redacción do delito de odio? Os chamados delitos de odio son especialmente perturbadores dentro do Código Penal. Xa o do ano 1995 recoñecía os denominados delitos de odio no artigo 510, recollendo e sancionando a provocación á discriminación, odio ou violencia por motivos racistas antisemitas ou referentes á ideoloxía, relixión, etnia ou raza, orientación sexual, etc. Castigaba igualmente a información inxuriosa sobre grupos ou asociacións. A reforma do ano 2015 introduce un novo texto pouco claro que pode levar a non saber realmente se o que se di é delito. Recolle e penaliza condutas non vinculadas nin á causación dun mal, nin á creación dun perigo. Tal e como está redactado o texto, poderá acusarse de delito de odio a expresión de ideas ou opinións contrarias ao sistema de valores do grupo acusador, e esa é unha deriva moi perigosa.

Opinións homófobas, sexistas, racistas, de supremacía, etc, deben confrontarse no debate público coa crítica constante, deben vencerse coa educación e dentro da liberdade, nunca mediante a prohibición ou a censura. A democracia obriga á tolerancia e á liberdade. Como dicía Noam Chomsky: «Se non cremos na liberdade de expresión para a xente que desprezamos, non cremos na liberdade de expresión».

 

[Fonte: http://www.luzes.gal]

 

 

 

Basée à Dole, dans le Jura, l’entreprise Ÿnsect a le vent en poupe : c’est le leader mondial du secteur de l’élevage d’insectes. Sébastien Bozon / AFP

Écrit par Christophe Lavelle

Chercheur en biophysique moléculaire, épigénétique et alimentation, CNRS UMR 7196, Inserm U1154, Muséum national d’histoire naturelle (MNHN)

En janvier, l’Autorité européenne de sécurité des aliments (EFSA) a rendu publique sa première évaluation de produits alimentaires dérivés d’insectes. Ses experts ont évalué la pertinence et la sécurité de la consommation des larves séchées du ténébrion meunier (Tenebrio molitor), plus connues sous le nom de vers de farine en raison de leur goût pour les farines de céréales.

La consommation d’insectes est également au cœur de La Nuée, film français du réalisateur Just Philippot. L’histoire est celle d’une agricultrice, mère célibataire avec deux enfants à charge, qui décide de se lancer dans l’élevage d’insectes, ou entomoculture. Mais tout ne se passe pas de la meilleure des façons, et le scénario bascule rapidement dans le fantastique, sur fond d’attaque de nuées de sauterelles devenues carnivores… Si sa sortie se fait attendre, crise sanitaire oblige, cette œuvre a déjà fait parler d’elle : sélectionnée pour la Semaine de la critique du festival de Cannes 2020, elle s’est vue décerner à la fois le prix de la critique et le prix du public au 28ᵉ festival du film fantastique de Gérardmer.

L’occasion de s’interroger : l’entomoculture peut-elle constituer une solution durable pour assurer la sécurité alimentaire de l’humanité ? ?

Plus de deux milliards de personnes consomment déjà des insectes

Un homme attrape des insectes destinés à la consommation sur un stand de marché.

À Bangkok, en Thaïlande, consommer des insectes n’a rien d’exceptionnel. Pornchai Kittiwongsakul/AFP

Les conclusions de l’évaluation de l’EFSA sont claires : la consommation du « nouvel aliment » que constituent les larves de Tenebrio molitor est sûre. Cependant, les experts soulignent que les personnes présentant des allergies aux crustacés ou aux acariens pourraient être également sensibles aux préparations à base de vers de farine.

Une nouvelle qui n’en est pas une pour certains de nos semblables : dans divers endroits de la planète, les insectes constituent déjà une ressource alimentaire. Nombreux sont celles et ceux qui, en Asie, Amérique latine ou Asie, se nourrissent traditionnellement d’insectes. Criquets, fourmis, scarabées, adultes ou au stade larvaire… Quelques 2 000 espèces font ainsi le régal de 2 milliards d’individus.

Cette consommation d’insectes, ou entomophagie, a cependant du mal à émerger dans les autres régions du monde, où elle rebute car ne correspond à aucune pratique culturelle. Dans nos sociétés aseptisées et urbanisées, les insectes sont en effet avant tout considérés comme des nuisibles, sales et peu ragoutants, porteurs de maladie plus que source de gourmandise.

Si les mentalités s’avèrent impossible à faire évoluer, faudra-t-il pour autant abandonner l’idée d’élever des insectes pour l’alimentation ? Pas forcément.

Élever des insectes pour nourrir les animaux

Donner à manger des insectes aux animaux que nous élevons : voilà déjà une piste plus prometteuse et acceptable par les Occidentaux que nous sommes. En effet, on estime que d’ici 10 ans, la demande en protéines animales sera au moins 50 % plus élevée qu’elle ne l’était il y a 10 ans. Or la production de viande et de poisson est gourmande en ressources, notamment en protéines, qu’il faut trouver à grand renfort de culture intensive de soja (pour nourrir le bétail) ou pêche intensive de poissons qui sont réduits en farine pour nourrir… les poissons d’élevage (25 % de la pêche mondiale est destinée à l’aquaculture, avec les conséquences que l’on observe déjà sur l’épuisement des ressources halieutiques).

La solution de trouver ces protéines dans les insectes semble donc opportune. Robustes, peu gourmands en ressources (ils peuvent se nourrir de divers déchets animaux ou végétaux), les insectes fournissent de la biomasse (protéines, mais aussi lipides et chitines, des molécules de la famille des glucides qui constituent leurs carapaces) à faible coût environnemental.

Des vers de farine, les larves du coléoptère Tenebrio molitor. Pengo / Wikimedia Commons, CC BY 

Mais ce n’est pas tout… car les insectes, par leurs déjections, procurent une matière riche en azote utilisables pour faire des engrais naturels qui viendront nourrir les cultures. Attention cependant : les végétaux ainsi produits, comme tous ceux qui font appel à des engrais d’origine animale (lisier, fumier et autre) ne sont pas à strictement parler pas « vegan », car reposant sur un apport d’azote issu d’un élevage animal.

Un marché en croissance

Aujourd’hui, des fermes à insectes se développent donc, et le leader mondial est français : il s’agit de l’entreprise Ynsect, qui a récemment levé plus de 400 millions de dollars. Elle ouvrira d’ici un an la plus grande ferme verticale au monde où seront produits plus de 100 000 tonnes par an sur 40 000m2, à partir d’une seule espèce, le ver de farine.

Élevage de criquets destinés à la consommation dans une ferme laboratoire de l’Université nationale du Laos à Vientiane.

Élevage de criquets destinés à la consommation dans une ferme laboratoire de l’Université nationale du Laos à Vientiane. Hoang Dinh Nam/AFP

Ailleurs, d’autres misent plutôt sur les criquets : en Thaïlande, 20 000 élevages de crickets domestiques produisent, en moyenne, 7 500 tonnes d’insectes par an, destinés à la fois à la consommation personnelle et à la vente. Aux États-Unis, quelques sociétés s’essaie à améliorer le goût ou les propriétés nutritives de ces insectes en espérant convaincre les consommateurs. Selon certaines projections, le marché mondial des insectes comestibles, pourrait atteindre 8 milliards de dollars et un volume de 730 000 tonnes en 2030.

De la science à la science-fiction

Ces nouveaux élevages doivent-ils faire peur ? Pourrait-on imaginer des multitudes de criquets s’échappant et attaquant l’homme, comme le suggère le film La Nuée, non sans évoquer Les Oiseaux d’Hitchcock ? Non, et pour une raison simple : les criquets sont strictement herbivores !

En outre, quand bien même ils adopteraient le régime carnivore de leurs cousines sauterelles, les mandibules de ces insectes sont trop peu puissantes pour nous causer de sérieuses blessures, voire pour seulement entamer notre peau.

Toutefois, les criquets n’ont pas besoin de muter en mangeurs de chair pour faire de nombreuses victimes humaines : les nuées de criquets pèlerins, qui ravagent les cultures d’Afrique de l’Est, font peser sur des milliers de personnes la menace de la famine, et cela de manière bien réelle.

 

[Source : http://www.theconversation.com]

Páradais, la nueva novela de Fernanda Melchor, afianza un estilo magnético, incómodo y vertiginoso. El siguiente ensayo ofrece un escrutinio fino tanto de las causas sociales y políticas como de las marcas estéticas que crean la llamada “poética de lo horrísono” de Melchor. Una definición precisa para el momento actual de México y su literatura.

Escrito por Patricia Córdova

Es improbable que de una sociedad sumergida en una creciente ola de terror emerja una literatura edificante. También es improbable que el auge de temas y tonos literarios del siglo pasado se mantenga en una época en que las fuerzas oscuras de la descomposición parecen inundarlo todo. Con la tercera novela de Fernanda Melchor, Páradais (2021), se puede identificar una poética que sacude al canon literario y propicia una lectura fascinante e incómoda para el lector, porque lo arrebata del área de placer que otorga la iluminación intelectual de un argumento, y lo lleva a la exposición de una voz delirante, violenta y auténtica que narra lo que sucede ya no solo en zonas aisladas de México, sino —cada día más— en repetidas poblaciones.

Locus abominabilis

En contraste con el renacentista locus amoenusPáradais se inaugura con un locus abominabilis. El espacio que Melchor despliega es verde, oliente a salmuera, a ramajes descompuestos en las orillas del río Jamapa. El espacio de manglares y vegetación apabullante, en Progreso, Veracruz, cobra viscosidad cuando a la escena entran un par de adolescentes que, no obstante su muy distinta condición social, se unen por su afición al alcohol, pero sobre todo por su frustración ante un futuro y una sociedad que los expele. Polo, un jardinero pobre de dieciséis años, encargado del área residencial Páradais, trabaja forzado por su madre y atormentado por una joven embarazada que vive con ellos. En tanto, Franco Andrade, rubio, gordo y rico, vive en Páradais con sus abuelos y está obsesionado sexualmente con una atractiva vecina, madre de familia. El locus abominabilis, al que Fernanda Melchor da forma, cobra fuerza con un lenguaje que se encabalga con palabras procaces que el lector atribuye al desconcierto y odio de los personajes; su ritmo es vertiginoso a golpe de eliminar párrafos, quitar puntos y construir una sintaxis de permanentes conjunciones. El efecto es una voz delirante y resentida que cuenta de manera indirecta y libre lo que pasa en el interior y exterior de los personajes.

El aspersor prosístico de Melchor rocía de manera permanente el rencor atávico de quienes han sido desposeídos por siglos, de quienes han sobrevivido esculpidos con el odio de los padres a los hijos, de los hombres a las mujeres, de las mujeres a las mujeres, de los blancos a los prietos, de estos a los otros, de los ricos a los pobres y viceversa. Para lograrlo, la autora articula prodigiosamente no solo el lenguaje procaz, sino la lengua mexicana con toda su diversidad idiomática. Una lengua que, con una fuerza centrífuga, arropa una tradición verbal popular, pero también culta.

El lenguaje melchoriano

La oralidad y la literatura son una pareja vieja y recurrente. Aunque, como sucede en cualquier arte, la diferencia reside en la manera en que se entretejen. Existen voces narrativas que simulan contar la historia a un compañero de celda, o a un viejo conocido. Otras voces pretenden contar a su terapeuta lo vivido; o a un confesor, o a una amiga. La voz de Páradais no compromete la imagen que el narrador quiere dar a un interlocutor específico, a quien lo escucha, o a quien lo lee. A través del discurso indirecto libre la narración parece desnudarse para dar lugar a los giros más incómodos de la imagen de los personajes, de los acontecimientos. La narración parece ser un relato que se dice en voz alta, a veces con desesperación, o con aversión. Con este tono el lector tiene la sensación de escuchar enredos cuya autoridad se rehace en la intriga y buen montaje de la trama, en la verosimilitud de los hechos y en el final equilibrio que el lenguaje recupera. La variedad idiomática de la que Fernanda Melchor hace gala incluye un registro amplio y culto.

Desde Temporada de huracanes (2017), Fernanda Melchor sorprendió por la combinación inesperada de eufonía, lenguaje procaz y vocablos cultos. En Páradais lo hace nuevamente. Los mexicanismos abundan: chamaco, escuincle, deshuesadero, mocharse, pepenchas, a huevo, chelas, chanza, enchinchosa, chocomilero, jamás de los jamaces, cachar (por sorprender), aguantar vara, prieto, chupe, cuija. Al igual que palabras de uso juvenil, como: bato, mamador, cagón, bisne, papirri, papirriqui papirrín, dar viada, suripanta, pedo, empedarse (por embriagarse), chaquetearse (por masturbarse)También aparecen creaciones léxicas sin registro como aguancharse por aguantarse, morbosear por ver con morbo, o achuchones, probablemente por abrazos. Metáforas para referirse al acto sexual como: chingársela, bombeársela, castigarla, ensartarla (a la mujer); para matar como: mandar a guisar; para beber una cerveza: empujarse una caguama; para ponerse fuerte: ponerse méndigo. Una variedad de palabras de uso coloquial: jeta, zape, tarascada, mequetrefe, faramalludo, cháchara.

Esta diversidad léxica, sin embargo, logra su particular sabor melchoriano porque, además de insertarse —como ya mencioné— en una sintaxis fluida sin puntos y sin párrafos, también la acompañan palabras cultas por su origen, de uso poco común en el habla cotidiana, tales como: espadaña, cauce, regazo, parterre, arriate, convitecarrillón, tintinar, retozar, tectónico, entre muchas otras.

La poética de lo horrísono

Varios son los elementos con los que Melchor logra una estética narrativa que marca gran parte de la expresión artística y literaria del siglo XXI.

En el aspecto realista, la novela acoge de manera bastante convincente la historia de un joven llamado Milton secuestrado y reclutado por el crimen organizado, por aquellos —eufemismo para referirse a los trabajadores de la industria criminal y que simboliza el miedo y distancia que la comunidad quiere establecer con ellos. Milton es un joven trabajador en un deshuesadero y es feliz. Sin embargo, un día lo sorprenden, lo someten a una tortura extrema y finalmente lo ponen a prueba para participar como asesino y criminal para un grupo liderado por “la licenciada”, una joven veinteañera cuya autoridad somete implacablemente a un grupo que recluta jóvenes para asaltar, traficar y asesinar. La comunidad en la que vive Polo está controlada por estos jóvenes. Las oportunidades de trabajo digno son nulas para el común del pueblo. Asimismo, las relaciones familiares están impregnadas de promiscuidad y humillaciones. Los insultos y sometimiento de las mujeres de la casa se sobrepone. En contraste, los ricos viven en cotos protegidos, gozan de todas las facilidades y se caracterizan por ser rubios e indolentes hacia la pobreza de sus alrededores.

El conflicto socieconómico y moral está envuelto en la atmósfera tropical y frondosa de Progreso y el río Jamapa que desemboca en Boca del río. Su contraste es el pasto tipo inglés del coto Páradais. En sus cotidianos traslados a su trabajo, Polo pasa por la casona de La condesa sangrienta, una casa colonial y abandonada que puede verse a la orilla del río. El terror de Polo se alimenta de las creencias de los alrededores que atribuyen a su antigua dueña un poder perverso y diabólico. La presencia de la casa nos recuerda la crónica “La casa del estero” (recogida en Aquí no es Miami) y la vivienda de la Bruja en Temporada de huracanes. La combinación del terror criminal, que caracteriza al control de las mafias del territorio mexicano, con el terror fantástico de la casona y la leyenda esparcida; la violencia de una voz narrativa que combina el insulto, el rencor y el odio; conforman una estética de lo horrísono. Su propósito es visibilizar un conflicto creciente: no solo alude a los grupos desfavorecidos económicamente, sino a quienes viven en su pequeño paraíso en el que finalmente irrumpe el crimen. Polo y Andrade de dieciséis y quince, o catorce años, cometen un crimen que resuena más allá de la imposibilidad de la vida de sus víctimas. El ambiente sofocante de la marisma es también el estupor de los individuos desposeídos de la esperanza. En la narrativa de Melchor el agua se estanca, amenaza con su aparente tranquilidad, atrapa con sus disimuladas corrientes y ramajes ocultos. Lluvias incontenibles y ríos desbordados obligan al refugio en las azoteas, tal como sucede en el Luto humano de José Revueltas.

La poética de lo horrísono da visibilidad a grupos sociales marginados y a conflictos desbordados ante el fracaso nacional de la gobernanza, de la seguridad y de un proyecto social competitivo e inclusivo.

En Vida precaria. El poder del duelo y la violencia (2004), Judith Butler, expone la pérdida de la autoridad moral de los intelectuales. Para la autora norteamericana, una manera de recuperar lo perdido es dar visibilidad a los grupos marginales, a los desposeídos. Fernanda Melchor tiene el mérito no solo de dar visibilidad a los marginados. Su narrativa expone un conflicto que amenaza con disolver toda posibilidad de paz y dignidad en México. Y es tan efectiva porque lo hace literariamente: el estruendo se suspende en la página y la ficción permite imaginar la tragedia moral que, en el día a día, olvidamos.

• Fernanda Melchor, Páradais, México, Literatura Random House, febrero 2021, 160 p.

Patricia Córdova es profesora-investigadora de lingüística hispánica y directora de la División de Estudios Históricos y Humanos de la Universidad de Guadalajara.

 

[Ilustración: Estelí Meza – fuente: http://www.nexos.com.mx]

A cidade de São Paulo tem 6.000 estudantes de outros países matriculados.

Escrito por Agência Mural

Este texto é de autoria de Lucas Veloso. É publicado aqui via parceria de conteúdo entre o Global Voices e a Agência Mural [1].

Em uma casa de dois cômodos, em Guaianases, na periferia de São Paulo, vive a nigeriana Amaka Anele, 6, com dois irmãos e os pais. Estudante do primeiro ano do ensino fundamental na maior cidade do Brasil, com a pandemia do novo coronavírus, ela está há cerca de nove meses longe da escola. “É ruim ficar só aqui”, diz a menina, referindo-se à casa.

Sem telefone celular ou computador para acompanhar as atividades online da escola, Amaka passa os dias em brincadeiras com os irmãos e sem nenhum contato com a escola em que estuda há três anos no bairro. Com a mudança na rotina, ela sente falta da sala de aula. “Lá eu tenho meus colegas. Cadê eles?”, questiona.

Segundo os pais, desde o dia 16 de março, quando as aulas de escolas públicas e particulares de São Paulo foram suspensas por decreto do governo do estado, devido à pandemia, a menina está sem acompanhamento da escola. Além de ficar sem aulas, a medida também a deixou sem a alimentação que recebia gratuitamente na escola.

No mesmo bairro de Amaka, outros relatos de pais e mães nascidos em outros países dão conta da ausência do poder público frente à população migrante em meio à pandemia.

Zuri Bintu, 7, aluna do segundo ano do ensino fundamental na rede municipal, também moradora da região, ficou sem aulas e sem acesso aos conteúdos, porque na sua casa não há computadores e os dois celulares ficam os pais angolanos, que precisam para trabalhar e falar com a família no país de origem. “Não tem a professora e nem lição com os meus amigos”, diz.

Desde o começo da pandemia, a situação das aulas nas periferias têm sido um problema por conta da falta de infraestrutura e dos problemas para conseguir acesso à internet [2].

Por enquanto, ainda não há previsão sobre como vai funcionar a educação em 2021. Em novembro, as aulas voltaram na rede estadual de forma optativa, mas, com a nova alta de casos de coronavírus, poucos compareceram. O governo do estado anunciou que o retorno será na primeira semana de fevereiro [3], mas há incertezas sobre a possibilidade de volta presencial.

Na zona leste de São Paulo, entre os imigrantes, 59% dos estudantes são bolivianos, 10% haitianos, 8% angolanos e 5% venezuelanos, segundo a Secretaria Estadual de Educação. No caso de Guaianases, bairro de maioria de migrantes negros, a situação tem outros agravantes e segue preocupante.

Desde maio, por exemplo, um decreto publicado pelo governo de São Paulo tornou obrigatório o uso geral e obrigatório das máscaras, mas a falta de dinheiro impede que essa parcela da população acesse o item básico de proteção nas ruas do bairro — o desemprego impede o acesso aos itens. As máscaras costumam custar R$ 5 (menos de US$ 1), o que parece pouco, mas é caro para quem vive com muito pouco.

Duas ruas depois da casa de Amaka mora o haitiano Ronal Joseph, 46. Ele trabalha com atendimento ao público na Pinacoteca do Estado de São Paulo, no bairro da Luz, região central da cidade. Além disso, ele é estudante de Direito e tenta fazer as aulas por meio do celular já que não tem computador para ajudar na tarefa, durante a pandemia.

Pai de três meninas, uma de 14, outra de 2 anos e uma com 10 meses, Ronal está em isolamento social desde março, saindo apenas para trabalhar, e relata que no primeiro momento ficou assustado com a pandemia.

Além do receio da saúde das pessoas ao seu redor, ele conta que tem medo da situação no Haiti, onde ainda vive parte da sua família, como a mãe e os irmãos. Oficialmente, 236 pessoas [4] morreram no país caribenho, enquanto só na cidade de São Paulo, são cerca de 16 mil [5] em 2020.

Outro desafio é a rotina das filhas. As meninas não conseguem acompanhar os estudos em casa, por só ter um computador, utilizado pelo pai, e pela qualidade da internet, e ficam tristes por não irem às escolas e nem à igreja. 

Apesar disso, ele relata que a vida não parou para quem veio do Haiti e vive como imigrante. “Conversei com alguns haitianos que estão trabalhando. Muitos de nós, haitianos, são pedreiros [6], ajudantes de obras e da construção civil”, comenta ele, lembrando a atividade que foi considerada como serviço essencial e não parou.

Nas periferias, mesmo quando a restrição de atividades econômicas foi maior devido à curva de casos, boa parte da população seguiu nas ruas para manter alguma renda. É o caso de boa parte dos moradores do bairro de Ronal. A escolha de morar em Guaianases, que possui 54,6% da população composta por negros [7], teve muito a ver também com custo de vida.

O distrito é um pequeno retrato de São Paulo. Atualmente, o município possui cerca de 6.000 estudantes estrangeiros, sendo a maioria imigrantes bolivianos e haitianos. Os números tendem a ser maiores, pois há moradores que não estão regularizados.

Países do continente africano e da América Latina são a origem da maioria dos imigrantes.

Do Haiti, os imigrantes chegaram ao bairro depois do terremoto que devastou o país e deixou entre 220 mil e 300 mil mortos e mais de 300 mil feridos [8] em janeiro de 2010.

No caso dos venezuelanos, eles cruzam as fronteiras dos dois países, partindo de Santa Elena de Uiarén para entrar em solo brasileiro em Pacaraima, cidade no norte de Roraima. Com algumas peças de roupas, documentos e poucos objetos pessoais, fugiam da crise política instaurada após a morte de Hugo Chávez [9], em março de 2013.

Esse novo contingente de moradores driblou dificuldades e conseguiu manter-se por meio de apoio e também do trabalho informal. Porém, a situação piorou desde o começo da crise sanitária quando a economia [10] foi impactada e moradores das periferias sentiram o agravamento do desemprego [11]. O único apoio foi o auxílio emergencial [12], valor pago pelo governo brasileiro para autônomos e desempregados se mantivessem durante a pandemia, inferior a um salário mínimo.

“O fato de estarem menos inseridos na sociedade cria dificuldade para entender os acontecimentos. Por exemplo, entender o auxílio emergencial [13] de R$ 600, desde a burocracia com os documentos”, afirma Sidarta Borges Martins, 44, diretor financeiro do Adus, Instituto de Reintegração do Refugiado, [14] que oferece aos refugiados aulas de português, inserção no mercado de trabalho e orientação jurídica.

Para ele, a inclusão digital também não chegou para essa parcela da população, o que excluiu crianças e adolescentes das atividades remotas. “Muitos imigrantes têm celulares, mas não são de última geração. Outros nunca tiveram computador, sobretudo os que vieram da África”, acrescenta. “Essas crianças longe da escola vão ter impacto para o resto da vida”, relata.

Lei 13.684 [15], de junho de 2018, trata da assistência emergencial para imigrantes que vieram para o Brasil por conta de crise humanitária. Ela garante, entre outras coisas, a inviolabilidade do direito à vida, à liberdade, à igualdade, à segurança e à propriedade, além de direitos e liberdades civis, sociais, culturais e econômicos para os imigrantes no país.

Na região de Itaquera e Guaianases, onde Reinaldo Andrade*, 45, dá aulas em duas escolas, as dificuldades dos alunos com a aprendizagem remota é vista no cotidiano, desde março. Há meses, o professor não mantém contato com os alunos que são imigrantes, por falta de estrutura. A maioria dos estudantes, diz ele, vive em ocupações, onde a internet não chega.

A falta de internet e auxílio público, as crianças imigrantes não acessaram o ensino na pandemia.

“As dificuldades encontradas por eles [imigrantes] se parecem com as dificuldades enfrentadas pelos estudantes pretos”, afirma o professor. “Esse é um fato que faz com que esses alunos não tenham contato com a gente e nem com aquelas atividades que nós estamos realizando na pandemia”.

Questionada sobre o número de acessos nas plataformas de ensino e quais os materiais disponibilizados para que crianças migrantes pudessem acompanhar as aulas, a Secretaria Municipal de Educação (SME) respondeu que traduziu parte dos cadernos pedagógicos para três idiomas: inglês, espanhol e francês, com o objetivo de atender os estudantes da rede municipal de ensino e suas famílias.

De acordo com a prefeitura, a iniciativa é voltada aos alunos que estão em processo de alfabetização na língua portuguesa. Ao todo, cerca de 150 professores se mobilizaram e fizeram as traduções de forma voluntária. Os cadernos estão disponíveis também no Portal SME [16] para que as atividades sejam desenvolvidas em casa, deixando o material acessível durante o período de distanciamento social.

 

Ilustrações: Magno Borges/Agência Mural

Artigo publicado em Global Voices em Português: http://pt.globalvoices.org
URL do artigo: https://pt.globalvoices.org/2021/01/27/nas-periferias-de-sao-paulo-criancas-imigrantes-ficam-sem-acesso-a-escola-durante-pandemia/

URLs nesta postagem:

[1] Agência Mural: https://www.agenciamural.org.br/especiais/criancas-imigrantes-pandemia-sp/

[2] falta de infraestrutura e dos problemas para conseguir acesso à internet: https://www.agenciamural.org.br/professores-relatam-falta-de-alunos-internet-lenta-e-confusao-com-aulas-a-distancia/

[3] primeira semana de fevereiro: https://g1.globo.com/sp/sao-paulo/noticia/2020/11/03/rede-estadual-de-ensino-de-sp-tera-ferias-em-janeiro-retorno-das-aulas-deve-ocorrer-na-1a-semana-de-fevereiro-de-2021-diz-secretario.ghtml

[4] 236 pessoas: https://g.co/kgs/qUinbe

[5] cerca de 16 mil: https://g1.globo.com/sp/sao-paulo/noticia/2021/01/01/cidade-de-sp-tem-mais-de-6-mil-mortes-suspeita-de-covid-19-em-2020.ghtml

[6] pedreiros: https://www.agenciamural.org.br/apos-perda-de-renda-na-pandemia-pedreiros-tem-retomada-lenta-nas-periferias/

[7] 54,6% da população composta por negros: https://www.prefeitura.sp.gov.br/cidade/secretarias/upload/igualdade_racial/arquivos/Relatorio_Final_Virtual.pdf

[8] 220 mil e 300 mil mortos e mais de 300 mil feridos: https://edition.cnn.com/2013/12/12/world/haiti-earthquake-fast-facts/index.html

[9] morte de Hugo Chávez: https://globalvoices.org/specialcoverage/2013-special-coverage/death-of-hugo-chavez/

[10] economia: https://www.agenciamural.org.br/category/noticias/economia/

[11] do desemprego: https://www.agenciamural.org.br/medo-de-desemprego-perda-de-renda-e-de-direitos-marcam-dia-do-trabalho-nas-periferias/

[12] auxílio emergencial: https://www.caixa.gov.br/auxilio/PAGINAS/DEFAULT2.ASPX

[13] auxílio emergencial: https://www.agenciamural.org.br/apos-mudancas-veja-como-ficou-o-auxilio-emergencial-de-r-300/

[14] Adus, Instituto de Reintegração do Refugiado,: https://www.adus.org.br/

[15] Lei 13.684: http://www.planalto.gov.br/ccivil_03/_ato2015-2018/2018/Lei/L13684.htm

[16] Portal SME: https://educacao.sme.prefeitura.sp.gov.br/

Avalanche de prazeres fúteis oferecidos pelo sistema é cada vez mais enfadonha. Mas alternativa seriam o sacrifício e o puritanismo? Ou acenar com o tempo livre, o fim do trabalho alienado e novas relações com a natureza e a sensualidade?

Por mais que aceitemos que somos responsáveis pelas mudanças climáticas, recusamo-nos a ver a oportunidade que elas oferecem para criar modos de vida que sejam melhores para o meio ambiente e mais agradáveis para nós. Isso não só é verdade para pessoas comuns, como também para economistas e outros “especialistas” que levam o aquecimento global muito a sério, mas que não conseguem pensar para além das soluções técnicas que podem nos permitir continuar com nossos modos de vida atuais. A maioria dos políticos e líderes empresariais parece igualmente incapaz de pensar “fora da caixa” do consumismo.

Obcecados como são pelo crescimento econômico e o PIB, não convidam a população e os eleitores a pensar em novas ideias de progresso e prosperidade, e ficam mais do que felizes com os publicitários mantendo o monopólio da imagem e da representação do prazer e de uma “vida boa”.

Até os críticos do capitalismo à esquerda têm-se preocupado mais com as desigualdades de acesso e distribuição que o sistema do que com as maneiras como nos confina a modos de vida orientados pelo mercado. A militância socialista e a atividade sindical no Ocidente têm sido amplamente limitadas à proteção da renda e dos direitos dos empregados dentro das estruturas já existentes do capital globalizado — e pouco fazem para desafiar, muito menos transformar, a dinâmica de “trabalhar e gastar” das culturas mais abastadas.

Mesmo quando a esquerda aborda questões relacionadas à necessidade e ao consumo de forma mais direta, ela tende a defender narrativas de uma “vida simples” para a realização humana, em vez de pensar de forma mais inspiradora nas complexidades e potencialidades do prazer humano, e nas direções barrocamente enriquecedoras que elas poderiam adquirir em uma sociedade pós-capitalista.

Mas a presunção, em todo o espectro político, de que o consumo mais sustentável sempre envolverá sacrifícios, em vez de melhorar o bem-estar, precisa ser enfrentada.

A nossa “vida boa”, hoje é reconhecida como uma das principais causas de estresse e de problemas de saúde. É uma vida muito barulhenta, poluente e desperdiçadora. Nossas rotinas de trabalho e prioridades comerciais forçaram as pessoas a direcionar todas as suas forças para a busca por empregos e carreiras. Muitos, durante a maior parte de suas vidas, começam seus dias em engarrafamentos ou sofrendo outras formas de desconforto causadas pelo trânsito. E passam grande parte do resto delas colados na tela do computador, muitas vezes envolvidos em tarefas entorpecentes.

Grande parte da atividade produtiva em nossas vidas é projetada para aprisionar o tempo na criação de uma cultura material de contínua melhoria da casa, expansão urbana, rotatividade de produção cada vez mais rápida e obsolescência programada. Em outras palavras, excluindo formas de realização humana mais dignas, duradouras ou fascinantes. Nosso sistema atual também lucra enormemente com a venda de bens e serviços para os quais temos muito pouco tempo ou espaço (aqui entra o papel dos setores de fast food, lazer e terapia, ou as academias onde pagamos para caminhar numa esteira porque a ditadura do carro tornou a caminhada em outros lugares impossível ou muito desagradável).

Os movimentos verdes são rejeitados e vistos por alguns como estraga-prazeres, como se estivessem empenhados em nos levar de volta à Idade da Pedra. Mas a “abundância” dos dias de hoje, contaminada por trabalho, escassez de tempo e excesso de lixo, é em muitos aspectos puritana e ofensiva para com a sensualidade. Muito disso nem corresponde a um desejo inato nosso de trabalhar constantemente e consumir mais. Se assim fosse, os bilhões gastos em publicidade e preparação de crianças para uma vida de consumo dificilmente seriam necessários.

Um número cada vez maior de pessoas vem percebendo isso e descobrindo, após refletir, que a vida não se reduz a “trabalhar e gastar”. Desencantados com seu estilo de vida estressante, elas começam a revisar ideias sobre o que mais valorizam e desejam. O fato de ansiarmos outra vida com a qual sentiríamos mais prazer é corroborado por uma pesquisa recente que mostra que mais riqueza não nos torna necessariamente mais felizes, e sugere que há algo inerentemente autodestrutivo na busca incessante pelo consumo.

É verdade que as pesquisa precisam ser analisadas com cautela. O que relatamos sobre nosso grau de satisfação nem sempre é o melhor guia sobre como realmente nos estamos saindo. E nem sempre a falta de correlação relatada entre uma renda mais alta e maior satisfação com a vida significa que um consumo maior não melhore o bem-estar. Isso ocorre porque os padrões que usamos para avaliar nosso nível de satisfação podem tornar-se mais exigentes à medida em que nossa experiência de vida muda com o aumento da renda.

Experiência e educação podem melhorar nosso senso de liberdade e potencial pessoal justamente ao gerar descontentamento com nossa situação de vida existente. À medida que aprendemos uma nova habilidade, frequentemente criamos novas formas de frustração e exigências sobre nós mesmos (quanto melhores nos tornamos em um determinado esporte ou tocando um instrumento musical, mais conscientes estaremos daquilo que faz falta em nosso desempenho).

O que deveria, então, ser considerado na estimativa da “boa vida” — a intensidade de seus momentos de prazer mais raros ou seu nível geral de contentamento? A fuga da dor e da dificuldade ou sua superação bem-sucedida? E quem está na melhor posição para decidir se o bem-estar pessoal aumentou: seria inteiramente uma questão de relato pessoal ou aberto a uma avaliação mais objetiva?

Há muito que essas questões estão no centro dos debates, entre a abordagem utilitarista e a aristotélica, para refletir sobre o bem-estar. Enquanto a ênfase da primeira está no prazer e em sua quantificação (deve contar, na estimativa da felicidade, o número de prazeres experimentados ou dores evitadas), o foco aristotélico baseia-se no curso geral de uma vida (o que você foi capaz de fazer com ela — tomando em conta,  portanto, as capacidades, funções e realizações, ao invés de sentimentos mais imediatos de gratificação).

Em defesa de sua posição, os aristotélicos argumentarão que as pessoas nem sempre são os melhores juízes de seu próprio bem-estar e que muito prazer imediato pode também ser obtido com um comportamento autodestrutivo. Além disso, se proibirmos quaisquer avaliações objetivas da “vida boa”, também seremos privados de motivos para criticar formas egoístas e ambientalmente agressivas da busca pelo prazer. Também foi afirmado, de forma relacionada, que uma “felicidade” concebida ou medida em termos de sentimentos subjetivos desestimularia o desenvolvimento do senso de cidadania e solidariedade intergeracional — que é essencial para o bem-estar social e ambiental.

No entanto, a abordagem mais utilitarista não precisa excluir as formas de prazer com orientação cidadã, que vêm com o consumo responsável para com os outros e o meio ambiente. Afinal, o prazer de muitas atividades, como andar de bicicleta, inclui tanto os prazeres sensuais pessoais mais imediatos, quanto aqueles que vêm do fato de não contribuir para o perigo e a poluição do transporte automotivo. Além disso, é difícil, em última análise, legitimar reivindicações sobre o bem-estar de alguém sem alguma medida de endosso da pessoa em questão.

Há, então, uma tensão nas discussões sobre o hedonismo e “boa vida”, entre o privilégio utilitarista do prazer experimentado e o viés mais objetivo da tradição aristotélica. Enquanto o primeiro corre o risco de ignorar os componentes mais objetivos da “boa vida” e da “boa sociedade”, o último faz justiça a esses pilares, mas corre o risco de superestimar, ou até mesmo de preferir o conhecimento superior de “especialistas” por sobre os próprios indivíduos.

Mas aceitar a complexidade de avaliar as afirmações sobre a qualidade de vida e a satisfação pessoal é uma coisa. Negar que haja hoje evidências da natureza autodestrutiva do consumo em constante expansão seria outra bastante diferente. De fato, é consenso de ambos os lados do debate hedonista que a felicidade não reside no acúmulo infinito de coisas. E embora não tenha — e nem possa — a aspiração de resolver as questões filosóficas dessa área, a perspectiva hedonista alternativa destaca as narrativas sobre prazer e bem-estar que estão implícitas nas formas emergentes de insatisfação com a cultura afluente. Assim, busca abrir uma ótica pós-consumista sobre a “boa vida”, que pode se conectar com os sentimentos dos consumidores no aqui e agora.

O “hedonismo alternativo” nesse sentido tenta evitar moralizar a questão do que as pessoas deveriam precisar ou querer (apesar de ser verdade que esses dois não podem ser evitados ao mesmo tempo…), enquanto se relaciona com novas respostas de anticonsumismo. Seu principal interesse, assim, (evocando um conceito do crítico cultural Raymond Williams) é em uma “estrutura de sentimentos” em ascensão, que é ao mesmo tempo perturbada por formas de consumo que antes eram tidas como certas, ciente de antigos prazeres perdidos, e sensível pela primeira vez ao convite a uma nova forma de viver.

Com o aquecimento do planeta, precisamos construir uma resposta que apele para essa “estrutura de sentimentos”. Seu apoio irá desafiar o estrangulamento da ética de trabalho no modo de vida ocidental, será um esforço para alcançar uma ordem socioeconômica na qual trabalho e renda sejam distribuídos de maneira mais justa, em que a coparentalidade e que o trabalho doméstico compartilhados sejam regra, e na qual todos tenham os meios e o tempo para formas sustentáveis de atividades e melhorias de vida.

Se fizéssemos a mudança para uma economia de trabalho menos intensiva, ela iria reduzir o ritmo em que as pessoas, os bens e as informações têm que ser entregues ou transmitidas, e o impacto nas fontes de atrito e nas emissões de carbono seriam de grande impacto para todos. Poderíamos recuperar tempo para nossa vida pessoal e familiar. Diminuiríamos as viagens diárias e adotaríamos maneiras mais saudáveis de deslocamento, como as caminhadas, a bicicleta e os barcos. Supermercados e compras online seriam substituídos por um ressurgimento do varejo de rua, evitando a síndrome da “cidade clone” e dando força às comunidades locais, de maneira que poderíamos reduzir o crime e adotar novas formas de convívio e troca intergeracional.

Tudo isso transformaria a vida rural e urbana, especialmente para as crianças, e proporcionaria mais espaço para a reflexão, além de oportunidades para experiências sensoriais negadas pela rotina atormentada e isolada de trabalho e deslocamento. E os custos para isso acontecer seriam insignificantes em relação aos representados pela organização atual, especialmente se as despesas médicas pudessem ser substituídas por uma saúde pública de mais qualidade, com menos acidentes.

Há, é claro, algumas vantagens e prazeres que teríamos de sacrificar em uma economia de baixo carbono: confortos de vários tipos; algumas das excitações de uma vida acelerada; a facilidade de que dispúnhamos até recentemente das viagens ao exterior. Mas o conforto constante pode tanto satisfazer quanto entorpecer os apetites. A inventividade conseguirá certamente criar uma série de emoções mais ecológicas. Mesmo viagens a lugares distantes nem sempre cumprem sua promessa de oferecer experiências raras, e o ritmo diferente das férias perto de casa também pode ser fonte de formas inesperadas de encantamentos e escape da vida banal.

A mudança para um modo de vida pós-consumismo traz uma perspectiva chocante, dada a estrutura da existência moderna e a subordinação das economias nacionais ao sistema globalizado. Além disso, é irrealista supor que podemos continuar com as taxas atuais de expansão de produção, trabalho e consumo material do último século, para não falar das últimas décadas. Tecnologias mais verdes ajudarão a conter o aquecimento global.

Mas a adoção de alternativas ao crescimento econômico tem que se tornar uma preocupação central no planejamento e na criação de políticas — não ser ignorada ou desprezada, como se fosse uma fantasia impraticável. Além disso, em abalos climáticos ou financeiros, somados a um grande cinismo em relação aos comprometimentos dos governos com o aquecimento global, mais honestidade a respeito desse assunto pode também gerar mais cooperação e respeito de parte do eleitorado — especialmente se for acompanhado de imaginação sobre as singularidades de viver em uma sociedade sustentável. Essas ideias transformadas de “vida boa” podem também ser projetos que os países menos desenvolvidos terão, se quiserem reconsiderar as convenções e objetivos de seu próprio “desenvolvimento”, e evitar algumas das consequências mais indesejáveis do modelo dominante.

Meu argumento sobre o hedonismo alternativo é frequentemente rejeitado e taxado de utópico. Mas há algo bem irrealista na projeção de futuro focada nos “negócios, como sempre”. E dada a urgência atual de políticas de prosperidade que dissociem prazer e realização de consumo de uso intenso de recursos, é importante evitar suposições fantasiosas sobre o que seriam formas globalmente sustentáveis de indústria e estilo de vida. Nós não podemos, é claro, defender acesso igualitário e universal à riqueza e ao estilo de vida ocidental. A demanda por pleno emprego, o fim da austeridade e a segurança econômica para todos devem estar ligadas a demandas de expansão do tempo livre, da diminuição de ritmo da economia e do estabelecimento de uma ordem baseada em uma forma de consumo material essencialmente reprodutiva. A reconceitualização de “progresso” segundo  essas linhas deve oferecer as bases em que nos apoiaremos para pensar sobre arranjos de trabalho e instituições políticas para um futuro socialmente justo e viável.

[Imagem: María Berrio – fonte: outraspalavras.net]

Escrito por Enrique Dans

Hace tres meses que tomé la decisión de cambiar de navegador: abandoné el más popular del mundoChrome, y pasé a Brave, mucho más minoritario (habitualmente incluido en el capítulo de «otros» en las estimaciones), desarrollado sobre el mismo núcleo de código abierto, Chromium, pero de gestión completamente independiente.

La razón fundamental para el cambio fue el interés por reducir mi dependencia de Google, las incomodidades que me generaba la interacción de Chrome con algunas de las extensiones que utilizo para tratar de preservar mi privacidad, y sobre todo, mis dudas con respecto a la evolución del navegador y a los planes de futuro que para él parece estar preparando Google.

El resultado del cambio no puede ser más exitoso: en los tres meses que llevo utilizándolo, mis problemas de compatibilidad con determinadas páginas han desaparecido, no veo ni un solo anuncio en ningún sitio, la carga de páginas es sensiblemente más rápida, y el consumo de recursos de mi máquina, muy inferior. Durante los tres meses que llevo analizándolo, en ningún momento me he encontrado a Brave en la lista de programas que consumen más recursos, una lista que Chrome, habitualmente, siempre encabezaba.

Primera precaución: esto no es un análisis del funcionamiento de Brave para un usuario, digamos, «normal». Mis características como usuario son bastante especiales: dependo bastante de algunas extensiones, lo que impide que pueda plantearme utilizar, por ejemplo, un navegador como Safari. Además, utilizo mi navegador muchas horas cada día, lo que hace que el consumo de recursos sea una preocupación: lo mantengo abierto en todo momento con una serie de páginas cargadas y fijadas en todo momento. Un ahorro de décimas de segundo en la carga, cuando te pasas buena parte del día utilizando el navegador, acaba siendo un tiempo significativo.

Por último, no he probado ninguna de las prestaciones adicionales que Brave ofrece para administrar publicidad específica y ganar dinero con ello, o para gestionar monederos de criptomonedas. A mi navegador le pido que me muestre páginas lo antes posible, que me bloquee elementos que atentan contra mi privacidad, que no me muestre anuncios y pocas cosas más. Por tanto, cero interés en esos elementos. Mi impresión tras tres meses de uso es que esos elementos están ahí para quien los encuentre interesantes, pero si no los quieres utilizar, no afectan en absoluto ni a la seguridad, ni a la confianza que el navegador me genera. Simplemente desconecté esas opciones nada más entrar, y no he vuelto a saber de ellas. Su existencia, sobre todo la de Brave Rewards – publicidad administrada por Brave y reparto de ingresos con el usuario – ha podido asustar a muchos que la han podido estimar como excesivamente agresiva, pero la realidad es que si no la activas específicamente, simplemente, no la ves jamás.

Es importante saber que, además de cambiar a Brave, aproveché para cambiar de bloqueador de publicidad (pasé de AdBlock a Ghostery) y para intentar cambiar de buscador a DuckDuckGo, con resultados desiguales. El paso a Ghostery no ha podido ser mejor: la publicidad, simplemente, ha desaparecido de mi vista completamente, lo que supone un ahorro considerable de tiempo, de molestias y de atención. Ha desaparecido incluso dentro de Google, de YouTube o de Gmail. Simplemente, mi experiencia de la web no incluye ya publicidad: me he olvidado de que existe.

DuckDuckGo, en cambio, me ha resultado un buscador objetivamente peor que Google, lo que me lleva a tener que hacer algunas búsquedas ocasionales en Google con relativa frecuencia, sobre todo aquellas que tienen que ver con imágenes, pero también algunas otras. Mi decisión ha sido, por el momento, seguir manteniendo DuckDuckGo como motor de búsqueda por defecto, pero tanto para imágenes como para algunas búsquedas termino utilizando los !Bangs, sobre todo !g o !gi, para pasar mi búsqueda directamente a Google o a Google Images sin necesidad de volverla a teclear.

Otro de los cambios verdaderamente interesantes que he encontrado es el bloqueo sistemático de las cookies de terceros: en Brave, como en Safari o en Firefox, el estado del navegador por defecto es el de no aceptar cookies de terceras partes, con la posibilidad de hacer clic al final de la barra de direcciones para optar por bloquear también todas las cookies. Además, Brave bloquea sistemáticamente rastreadores, anuncios, scripts y fingerprinting.

Bloquear estos elementos ha supuesto una diferencia verdaderamente significativa con respecto a Chrome, que es el único de los grandes navegadores que aún acepta cookies de terceros (y que las seguirá aceptando hasta 2022). Además, aunque los planes de Google para Chrome incluyen dejar de aceptar esas cookies, a cambio, como corresponde a una compañía que obtiene la mayoría de sus ingresos de la publicidad, pretende generar todo un ecosistema, potencialmente problemático desde el punto de vista de la legislación antimonopolio, en torno a la llamada Federated Learning of Cohorts o FLoC, que permita segmentar a los usuarios en función de sus intereses. Una práctica marginalmente mejor que la identificación de mi identidad como tal, pero con lo que, simplemente, digo sin encontrarme a gusto, y más si se desarrolla a partir de un dominio del mercado como el que Chrome tiene a día de hoy.

El resultado del experimento, por tanto, ha sido netamente positivo: navegación más rápida, con menor consumo de recursos, sin publicidad y con posibilidad de seguir utilizando todos los plugins que considero importantes en mi día a día. En estos tres meses, no he abierto Chrome para nada: cuando quiero utilizar un segundo navegador, cosa que necesito hacer a menudo para ver la publicidad en una página, para obtener una experiencia sin login o para manejar cuentas alternativas, abro Safari o Firefox. Y decididamente, hasta nuevo aviso, me quedo con Brave.

 

[Fuente: http://www.enriquedans.com]

Es fácil culpar a los ciudadanos y ciudadanas por la rapidez con la que entregamos nuestros datos a cambio de un poco de comodidad. Pero lo cierto es que estamos jugando con cartas marcadas: pretender que sea la ciudadanía quien cargue con el peso de la desigualdad económica y social que implica proteger sus datos.

Escrito por MARIANNE DÍAZ

Hace pocos días se hizo público que los exámenes médicos y la información de salud de miles de personas habían sido expuestos debido a fallas de seguridad de los prestadores chilenos de servicios médicos RedSalud y Bupa. Sin embargo, el manejo de la noticia vino dado con un enfoque de peso en los datos de salud de diputados, senadores y otras autoridades, como si esta información sensible fuera la que originara la gravedad del fallo.

A principios de la pandemia mundial por COVID-19 se publicó la información georreferenciada de personas que habían dado positivo al test de diagnóstico de la enfermedad; el medio responsable señaló que no los había publicado con detalle “para evitar peleas entre vecinos o actos de discriminación”. 

Este nivel de indolencia y lassez-faire en el manejo de la información privada es endémica: basta prestar atención por cinco segundos para notar cómo en América Latina nuestros números de identificación personal (llámese cédula, RUT, carnet o como prefieran) están esparcidos por las bases de datos más diversas, públicas, privadas, gubernamentales, bancarias y de retail, que se los intercambian como fichas de bingo. En Venezuela, a más inri del sistema de vigilancia omnipresente, el propio gobierno ha inventado mecanismos de phishing para obtener datos sobre la conducta política de sus ciudadanos.

Es fácil en este punto culpar a los ciudadanos por la facilidad con la que estamos dispuestos a entregar nuestros datos a cambio de un poco de comodidad, a dar nuestro número de identificación para obtener un descuento o a iniciar sesión con nuestra cuenta de Google para evitar crear una nueva contraseña.

Lo cierto es que estamos jugando con cartas marcadas: pretender que sea el ciudadano el que cargue con el peso de la desigualdad económica y social que implica proteger sus datos. Perderse ese descuento que puede, hacer una diferencia a fin de mes; o tener el tiempo y el conocimiento necesario para comprender cuál es el trasfondo de usar una red social en lugar de otra menos privada. Eso es trasladar responsabilidades a quien menos debería acarrear con ellas.

Si nuestros propios gobiernos no son capaces de enfrentar el problema de la protección de los datos personales con la seriedad que merece, si manejan bases de datos centralizadas e inseguras que son vulnerables ante cualquier ataque y tampoco toman las medidas necesarias para sancionar a las empresas privadas que llevan a cabo las mismas prácticas, entonces de nada vale que nos pongamos el sombrero de papel aluminio y nos alejemos de la vida en sociedad.

¿Tendrá sentido que —de aquí a una década o quizás antes— tengamos que inventar nuevos mecanismos de verificación porque los patrones de nuestras huellas digitales se han perdido en una tras otra filtración de datos y ahora se requieren para hacer trámites bancarios, para comprar cosas, para entrar a nuestra casa o para desbloquear nuestro teléfono?

¿Valdrá la pena llorar sobre la leche derramada una vez que nuestra privacidad haya sido vulnerada hasta el punto de no retorno? ¿O quienes no tienen “nada que ocultar” publicarán finalmente la contraseña de su cuenta bancaria?

Hasta que no comprendamos la gravedad de un problema que nos afecta a todos y todas, no solo a diputados y ministros, nuestros datos personales seguirán siendo fichas de intercambio en un juego en el que la casa siempre gana.

 

 

[Fuente: http://www.derechosdigitales.org]

Les anniversaires, en 2009, du début de la Seconde Guerre mondiale et de la chute du mur de Berlin ont attisé la « bataille des mémoires ». Le communisme, le rôle de l’Union soviétique, le génocide nazi et ses complicités constituent le cœur des dernières « révisions ».

Quand l'Europe collaborait

Écrit par Jean-Marie Chauvier

Quand l’Europe collaborait

Certaines institutions européennes, tels le Conseil de l’Europe et le Parlement européen, assimilent désormais nazisme, stalinisme et communisme. Les médias jugent Hitler et Staline coresponsables de la guerre en raison de leur pacte de non-agression signé en 1939 et de ses clauses secrètes. La Pologne insiste particulièrement sur le massacre de ses officiers opéré par les Soviétiques à Katyn en 1940.

En réaction, la Russie renvoie l’Occident et la Pologne à leurs propres compromissions. Elle s’indigne qu’agresseurs et agressés soient placés sur le même pied. Les ex-Soviétiques se sentent injuriés : ils ont payé de 26 millions de vies humaines et des combats les plus durs la « victoire sur le fascisme ».

À grands coups d’instituts et de musées vitupérant les « occupations soviétiques » et les horreurs bolcheviques, les nouveaux États baltes et l’Ukraine sous la présidence de Viktor Iouchtchenko ont mis en chantier des « mémoires nationales » qui valorisent les « résistances patriotiques » des années 1941-1945. Ainsi honorent-ils l’Organisation des nationalistes ukrainiens (OUN), qui lutta contre l’Armée rouge et dont les principaux chefs s’engagèrent dans la collaboration avec l’Allemagne nazie.

Célébrations, défilés, hommages et constructions de monuments se succèdent. En Lettonie et en Estonie, ils sont voués aux anciens SS ; en Ukraine, aux vétérans de la division (Waffen SS) Galichina (Galizien) et de l’Armée des insurgés (OUN-UPA), pourtant accusée, entre autres crimes, du génocide des Polonais de Volhynie. En Roumanie, c’est la mémoire du dictateur fasciste Ion Antonescu qu’on « restaure » ; en Pologne, les anciens des Brigades internationales en Espagne se voient traités de « criminels ».

Ce « révisionnisme » s’imposerait aisément s’il n’y avait eu le génocide des Juifs. Or les nazis et leurs alliés combattaient le « judéobolchevisme » : l’antibolchevisme a bonne presse, mais pas le judéocide. Certains persistent néanmoins à dénoncer les « crimes juifs » du régime soviétique. En 2009, par exemple, les services de sécurité ukrainiens (SBU) publient une liste de « responsables de la famine de 1932-1933 » (Holodomor) dont les noms sont principalement juifs. Kiev comme Riga prennent toutefois garde que leurs politiques mémorielles ne versent pas dans le négationnisme. Mieux : en coopération avec Israël, les autorités commémorent l’ Holocauste. Mais comment dissimuler que, parmi les « patriotes » réhabilités, figurent des acteurs du génocide ?

L’Allemagne n’est pas en reste : négation de la résistance antinazie communiste, effacement des traces de l’ex-République démocratique allemande (RDA), consensus compassionnel autour de « toutes les victimes de la guerre ». En contrepoint, ce sont aussi des historiens allemands qui produisent les recherches récentes les plus pointues sur l’extermination perpétrée par les nazis à l’Est.

Y aurait-il « choc des mémoires » entre l’Est et un Ouest que certains prétendent frappé « d’hypermnésie des crimes nazis et d’amnésie des crimes communistes » ? Les Occidentaux ont été, de 1917 à nos jours, dûment formés à la détestation du communisme. Curieusement, les peuples de l’Est, censés l’avoir vécu, s’en font des représentations moins univoques qu’à l’Ouest, ainsi qu’en témoignent les études d’opinion dans les sociétés « postcommunistes ». Certains tabous demeurent. Ainsi, la participation au génocide nazi d’États, d’armées, de populations des « pays de l’Est » demeure une page d’histoire méconnue, volontiers occultée, à l’heure où l’Europe s’unifie.

La soif de savoir ne semble pas le moteur des « nouvelles identités » nationales et européennes. Des objectifs géopolitiques transparaissent : les « nouveaux grands récits » tendent à redéfinir les frontières, les appartenances « civilisationnelles ». Les actes « mémoriels » s’accompagnent de demandes de réparations à la Russie actuelle : la Lettonie exige 666 millions de dollars au titre de l’« occupation soviétique ».

Dans un tel climat de « guerre froide des mémoires », les politiques de « gestion du passé » paraissent moins destinées à connaître l’histoire qu’à l’instrumentaliser.

Bibliographie :

Yves Durand, Le Nouvel Ordre européen nazi, 1938-1945, Complexe, Bruxelles, 1990

Sandrine Kott et Martine Mespoulet (sous la dir. de), Le Postcommunisme dans l’histoire, Éditions de l’Université de Bruxelles, Bruxelles, 2006

Annie Lacroix-Riz, Le Vatican, l’Europe et le Reich. De la Première Guerre mondiale à la guerre froide, Armand Colin, Paris, 2007 (1996)

Lionel Richard, Suites et séquelles de l’Allemagne nazie, Syllepse, Paris, 2005

Dominique Vidal, Les Historiens allemands relisent la Shoah, Complexe, 2002

 

[Cartographie : Philippe Rekacewicz et Cécile Marin avec le concours de Dario Ingiusto et d’Agnès Stienne – source : http://www.monde-diplomatique.fr]

IMAGE: CommonPass

Escrito por Enrique Dans

El trabajo llevado a cabo por la Vaccination Credential Initiative, una coalición formada por compañías tecnológicas y de salud, en torno al desarrollo de un pasaporte de vacunación, se apunta cada vez más como una de las necesidades más claras de cara a recuperar una actividad económica y una movilidad razonable. El pasaporte sería un documento electrónico en una app (con posibilidad de generar una copia impresa con un código QR para su verificación) que ofrecería, de forma relativamente sencilla, validez y garantías adecuadas para probar que una persona ha sido inmunizada contra COVID-19.

El documento, equivalente a la Yellow Card (International Certificate of Vaccination or Prophylaxis) que se utiliza para poder viajar a países que exigen la vacuna de la fiebre amarilla, sería necesario para actividades que van desde los viajes hasta el trabajo, el estudio o el acceso a eventos de todo tipo, recogería con los protocolos de seguridad y confidencialidad adecuados y vinculado con la identidad de la persona todos los detalles correspondientes a su situación de inmunización: tipo de vacuna, dosis o fecha de inoculación, asegurando así que el registro se llevase a cabo con un modelo estándar para las organizaciones que administran vacunas COVID-19, de manera que las credenciales puedan estar disponibles en un formato digital accesible e interoperable.

La respuesta de la Vaccination Credential Initiative se corresponde con las intenciones de algunas aerolíneas y países de exigir certificados de vacunación, con la dificultad que supone poder aceptar certificados de múltiples países y evitar la aparición de un mercado negro de falsificaciones. La idea es crear un registro digital confiable, rastreable, verificable y universalmente reconocido por todos los países del estado de vacunación, para permitir que las personas regresen de manera segura al trabajo, la escuela, los eventos y los viajes.

La posibilidad de crear pasaportes de inmunidad fue criticada al principio de la pandemia por algunos científicosanalistas y por la Organización Mundial de la Salud debido a las numerosas incertidumbres que existían con respecto a la inmunidad. Sin embargo, todo indica que las críticas se restringían a lo que suponía adoptar esas medidas demasiado temprano: ahora, tras la comprobación de que las vacunas aprobadas ofrecen unos niveles de protección adecuados, las críticas se centran más en aspectos relacionados con la exclusión de quienes decidan no vacunarse, en el sentido de la preocupación ética que puede suponer no ofrecer libertad con respecto a si vacunarse o no. Algunos hablan del supuesto precedente que supone exigir una vacuna para viajar, cuando en realidad ese tipo de certificados se llevan exigiendo desde hace varias décadas.

Las aerolíneas, como compañías privadas que son, pueden perfectamente tomar la decisión de exigir una prueba de vacunación del mismo modo que ahora, en muchos casos, exigen una prueba analítica PCR, y los países también pueden considerarlo un requisito para atravesar sus fronteras. El problema que se presenta ante esto es que, en muchos casos, la demostración de haber pasado un test es simplemente un papel con un sello, que ofrece posibilidades de falsificación sumamente sencillas. Portar ese tipo de documentos a un registro electrónico centralizado se presenta, a estas alturas, como una simple cuestión de sentido común. La pregunta, por supuesto, es hasta qué punto está el mundo preparado para desarrollar y aceptar una iniciativa verdaderamente global para una necesidad como esta, y si no terminaremos, como en el caso de las apps de trazabilidad, haciendo el ridículo con cientos de iniciativas aisladas y no interoperables entre sí.

Otras decisiones, como exigir esos certificados para acudir al trabajo, para entrar en un campus o en un espectáculo, dependerán de la legislación de cada país, pero deberían acomodarse a la imperiosa necesidad de evitar crear reservorios naturales para el virus: con millones de vacunas ya administradas en todo el mundo, mantener preocupaciones sobre su seguridad o argumentar supuestas preocupaciones en el largo plazo suena cada vez más a negacionismo o a excusa. Si quieres vivir en sociedad, deberías tener que probar que no estás dispuesto a convertirte, de forma irresponsable, en un peligro para ella.

¿Hasta qué límite debe proteger una sociedad a aquellos que están dispuestos a convertirse en un vector de contagio de una enfermedad peligrosa? Si nadie se rasga las vestiduras porque le exijan un certificado de vacunación para la fiebre amarilla cuando viaja a determinados países, ¿por qué debería hacerlo con respecto a una enfermedad que ha provocado una pandemia que ha causado la muerte de más de dos millones de personas?

 

[Fuente: http://www.enriquedans.com]