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Escrito por Rafael Narbona

Nunca había pensado en mis primeros veinticinco años de vida desde el punto de vista de la gastronomía. Pasé ese tiempo en el barrio de Argüelles, una zona de Madrid bendecida por el Parque del Oeste y con vistas a la Casa de Campo. Miguel Delibes decía que era «un hombre de fidelidades». Yo podría decir que soy «un hombre de manías». Una de mis manías es la nostalgia. Miro constantemente hacia atrás. No aborrezco el presente, pero nada me produce más satisfacción que recordar. Vuelvo una y otra vez a los escenarios de mi niñez y adolescencia. En el barrio de Argüelles, acontecieron algunas de mis experiencias más queridas: mis primeros tebeos, mis primeros indios de plástico, mis primeros helados, mis primeros libros de Jules Verne y Enid Blyton, mis primeros álbumes de Tintín. En la esquina de Rosales y Marqués de Urquijo se hallaba la heladería Bruin, donde preparaban helados de todos los sabores acompañados de crujientes barquillos. Yo sentía debilidad por los helados de fresa, chocolate y yogur. Sin embargo, no soportaba los helados de coco. A veces pedía uno de vainilla, pero siempre me arrepentía. El sabor a fresa me recordaba el mundo de Disney, con sus delicias y sus perversiones. El chocolate me hacía pensar en Moulinsart, con Tintín y Haddock contemplando el jardín desde un salón salpicado de adornos marineros, como anclas, catalejos, brújulas, sextantes y veleros en miniatura. El yogurt me traía a la mente las aventuras de los Cinco, siempre en busca de tesoros escondidos. La lectura de El gourmet solitario, del ilustrador Jirō Taniguchi y el guionista Masayuki Kusumi, ha desencadenado en mi memoria un efecto parecido al de la magdalena de Proust, si bien el proceso ha sido distinto, pues algo desconocido ha rescatado viejos recuerdos adormecidos. Por primera vez, me he asomado a mi juventud desde la perspectiva de los sabores, comprendiendo que hay una conexión directa entre el cerebro, taller de las ideas, y el estómago, inesperado laboratorio de recuerdos.

Publicado en Tokio en 1997, El gourmet solitario narra las peripecias del joven comerciante Goro Inokashira en distintos restaurantes, bares y comedores de Japón. El «manga gastronómico» es un género consolidado en el ámbito nipón. Aunque su exportación parece complicada, la obra de Jirō Taniguchi y Masayuki Kusumi triunfó en Occidente, lo cual propició una segunda parte, Paseos de un gourmet solitario, aparecida en 2015. Joven y atlético, Goro muestra un apetito casi insaciable y una curiosidad sin límites. Entre una venta y otra, busca lugares donde comer en solitario. Cada plato es un motivo de alegría. Casi nunca se siente decepcionado. Su trabajo le lleva a toda clase de locales y restaurantes. Vende productos para clientes con cierto poder adquisitivo, pero en ningún momento sabemos qué tipo de género maneja. Siempre vestido de traje, parece un ejecutivo. Tímido y reservado, cultiva la cortesía, pero no tolera los abusos. En dos ocasiones se cruza con jefes que maltratan y humillan a sus empleados. Les recrimina su actitud sin adoptar un comportamiento desafiante, pero en ambos casos provoca sin buscarlo una reacción violenta. Sus conocimientos de artes marciales, adquiridos con su abuelo, le sacarán del apuro, revelando su maestría como luchador. De rostro agraciado y cuerpo musculoso, Goro no es un intelectual ni un poeta, pero posee una enorme sensibilidad para captar atmósferas y sabores, comprendiendo que no son meras notas de color, sino el reflejo de una determinada concepción de la existencia. Se siente cómodo en cualquier ambiente. Le resulta indiferente que ocupen las mesas obreros, estudiantes, hombres de negocios o familias con niños. Solo le causan malestar los gritos y los malos modales. Con debilidad por los dulces, no tolera el alcohol, si bien se plantea que el sabor de una cerveza podría ser un buen complemento para algunos platos. Le agrada indistintamente lo tradicional y lo moderno, la cocina japonesa y la occidental. A veces experimenta la sensación de deambular por un sueño. Se entretiene, especulando sobre las vidas de los que comen cerca de él. En una ocasión pide yakimanju (bollos fritos) en la prefectura de Gunma. Poco antes ha recordado el final de una de sus relaciones sentimentales. Su negativa a instalarse en París frustró su idilio con una actriz. Todo insinúa que Goro no quiere comprometerse y que no le molesta pasear por la vida solo. Sin embargo, no es insensible. Advierte el dolor del hombre que le atiende en la prefectura de Gunma, obligado a ocuparse del negocio sin la ayuda de su mujer, gravemente enferma. Cuando se marcha, se pregunta qué será de su vida dentro de cinco o diez años. En esas fechas, su mujer habrá muerto y él se quedará solo.

Goro aprovecha un viaje en tren para comer shumai (bolitas de carne picada y otros ingredientes envueltas en una fina lámina de masa), pero la cosa se complica al extenderse el olor por todo el vagón. Su incomodidad se agudiza cuando una mujer le pide que apague el cigarrillo que había reservado para después del postre. Comer es una ceremonia que puede malograrse con facilidad. En la región industrial de Keihin, las fábricas crean un telón de fondo que no favorece los placeres del paladar. En cambio, en la isla de Enoshima el paisaje infunde serenidad, estimulando el apetito. Goro mira por la ventana del restaurante donde ha comido y se deja llevar por la nostalgia, mientras unos milanos negros sobrevuelan el mar.

Jirō Taniguchi y Masayuki Kusumi introducen lo extraordinario en lo ordinario y sencillo. Para Goro, comer en su apartamento frente al ordenador puede ser tan gratificante como observar el vuelo de una gaviota. La azotea de unos grandes almacenes, aparentemente impersonal, se convierte en un oasis para los sentidos gracias a los árboles plantados en gigantescas macetas. Sus hojas sombrean las mesas de los restaurantes y los bancos donde descansan los paseantes. Goro compra un pequeño cactus, recordando las palabras de un escritor: «Los cactus habitan desiertos donde no habita el hombre. Por eso, si contemplas en solitario un cactus bajo la fría luz de la Luna, sientes la tristeza del desierto y tus preocupaciones se disipan». Goro incorpora el cactus a su apartamento de soltero, cuyas luces fulguran a altas horas de la noche, indicando que permanece despierto mientras la ciudad duerme.

El gourmet solitario finaliza en un lugar insólito. Goro se cae de espaldas mientras mueve sus mercancías en un almacén, rompiéndose varias costillas. Hospitalizado, descubre el placer de una dieta austera. El menú es sencillo, pero no vulgar: arroz blanco, rodaballo cocido en salsa de soja, sopa y verduras. Las noches son particularmente tristes. Algunos pacientes gimen, incapaces de dormir. Otros, echan de menos algo de compañía. Aunque comparte habitación, Goro no habla con su compañero, oculto por una cortina de plástico. Su melancolía se difumina con el desayuno, cuando puede improvisar una combinación insólita: plátano y leche.

Paseos de un gourmet solitario, que saldría a la luz casi veinte años después, prolonga el deambular de Goro por restaurantes, bares y locales. Esta vez prueba suerte con las cocinas de otros países. Sin moverse de Japón, degusta platos de Perú, Corea, Italia, tomándose ciertas libertades, como echar tabasco en una pizza. Durante uno de sus viajes, camina por unas enormes dunas encajonadas entre el mar y el cielo. Esa noche sueña con su padre difunto, al que solo vemos de espaldas, con un sombrero y una cartera. Goro le observa con expresión de asombro. Solo es un niño que se siente muy afortunado por estar en compañía de su padre. Goro es feliz en «locales medio vacíos al atardecer». Discreto y atento, se adapta con facilidad a los menús, celebrando cada sabor. Los paseos gastronómicos finalizan en París. Gracias a los signos y un inglés rudimentario, pide un estofado, cuscús, kebab, sopa con fideos y un cuarto de limón. En el último capítulo no pasa nada extraordinario, quizás porque lo ordinario ya es suficiente acontecimiento. Al igual que la mayoría de sus semejantes, Goro se deja llevar por la vida. No intenta imponer un rumbo, pues tal vez sabe que el azar se encarga de alterar nuestras expectativas, cobrándose peajes inesperados.

La línea clara de Jirō Taniguchi y el guion minimalista de Masayuki Kusumi crean una atmósfera de ensueño donde la fantasía, lejos de ser una ruidosa irrupción, se infiltra poco a poco en la trama de lo real, alumbrando un universo de un lirismo sencillo y casi imperceptible.  Jiro Taniguchi combina el blanco, el negro y el gris. Su trazo, preciso y elegante, recrea el Japón moderno, con su mezcla de rascacielos y santuarios sintoístas. Las viñetas son pequeñas ventanas a una realidad bulliciosa y cambiante. Taniguchi nos transmite con eficacia olores y sabores. Comer nunca parece banal. Un restaurante no es un lugar de paso, sino un espacio para sentir el tacto del presente y la huella del pasado. Goro no es poeta ni filósofo, pero su forma de vagabundear por las calles alberga un latido lírico y una mirada profunda. El arte de Taniguchi revela una notable deuda con el lenguaje cinematográfico. Sus panorámicas parecen extraídas de un film de Yasujirō Ozu, donde se funden intuición, tiempo e imagen. Su forma de abordar a los personajes evidencia una asombrosa clarividencia visual. Taniguchi capta lo esencial con encuadres nada efectistas. No pretende asombrar, sino ahondar. Masayuki Kusumi se ajusta muy bien a esta estética, mostrando un Japón que se ha alejado del pathos del crisantemo y la espada. En cierto sentido, Jirō Taniguchi y Masayuki Kusumi despliegan un universo similar al de Murakami, donde la influencia occidental ha propagado los mismos conflictos que afligen a europeos y norteamericanos: aislamiento, anomia, desarraigo, nihilismo. Pero también el apego al instante, único absoluto asequible, y el amor por los placeres sencillos. 

Yo nunca recorrí el barrio de Argüelles con una perspectiva gastronómica. Comí en sus restaurantes, sin utilizar otro criterio que la cercanía, el precio y la comodidad. Mi pasión por el cine me llevó muchas veces al VIPS de la Plaza de los Cubos. Un sándwich y un batido de yogur con arándanos colmaban las demandas de mi paladar. No me importa reconocer que aprecio los VIPS, pero he de señalar que mi estima ha disminuido desde que no venden libros, prensa y música. Destino final de algunas ediciones descatalogadas, sus expositores llegaron a incluir auténticas joyas por precios irrisorios, como la Historia de la Filosofía de François Chàtelet y los Clásicos Alfaguara (Pascal, Descartes, Maquiavelo, Jacob Böhme, Christopher Marlowe, Rousseau, Diderot, Kant). Durante mis años de estudiante universitario, pasé muchas horas en una cafetería que hacía esquina entre Princesa y Altamirano. Era un lugar austero con un mobiliario impersonal. Cuando llovía, los camareros arrojaban serrín al suelo. Aún recuerdo su mirada de consternación por nuestras raquíticas consumiciones. A veces, ocupábamos una mesa durante una tarde entera, sin hacer otro gasto que un triste café. Quizás debería volver al barrio de Argüelles, explorando esos restaurantes y cafeterías donde transcurrió buena parte de mi juventud. Por desgracia, algunos se han convertido en tiendas de moda, regalos o telefonía. Quizás una de las lecciones que te enseña la edad es que nada permanece, salvo los recuerdos. Gracias al gourmet solitario de Taniguchi y Kusumi he recuperado algunos fragmentos del ayer. Creo que todos los nostálgicos disfrutarán de esta novela gráfica, donde la comida no es mero tributo a la biología, sino una puerta abierta a los recuerdos.

[Fuente: http://www.revistadelibros.com]

Après une expérience traumatisante au sein d’une ONG dans un camp de réfugiés somaliens au Kenya, Edmundo, la main autant mutilée que l’est son âme, est revenu trouver refuge dans la maison familiale dans le Largo do Corpo Santo à Lisbonne.

Publié par Mimiche 

Là, il retrouve, certes, son père Manuel et sa tante Tatiana qui ont toujours habité dans cette belle et grande maison, de longue date posée en institution familiale par le grand père Jeronimo. Mais il y retrouve aussi ses frères et sœur que des indélicatesses de la vie ont conduits, chacun de son côté, à réviser à la baisse leur train de vie, pour des raisons diverses.

Venu avec sa femme et ses enfants, il y a Alexandre. Cet ingénieur pourtant brillant a repris les rênes de l’entreprise familiale, mais ses choix techniques n’ont pas trouvé les soutiens politiques escomptés pour assurer le succès de ce projet, conçu avec leur père pour relancer l’activité de leurs bateaux désormais cloués à quai. Sans autre solution de développement. Alors que les dernières économies de l’entreprise ont été englouties dans des travaux coûteux de réaménagement.

Accompagnée de son jeune fils, il y a Charlotte qui s’est séparée de ce mari certainement épousé par dépit après la rupture brutale avec son « coup de foudre ». Avec celui que, au Ministère, la famille Galeano rendait responsable de l’échec politique de leur projet pour remettre à flot l’entreprise familiale. Après une histoire intense qui avait commencé par une rencontre de hasard sur la plage, s’était poursuivie par une rencontre échevelée et qui s’était donc brutalement terminée à l’issue d’une folle équipée automobile

Il y avait Silvio, revenu avec toutes ses affaires encore rangées dans des malles après avoir vendu toute sa vie : de la maison jusqu’au bateau ! Et qui doit maintenant se résoudre à se défaire de son cheval car il n’a plus les moyens de l’entretenir, alors qu’un lien affectif indéfectible et viscéral le lie à lui.

Enfin il y a João Vasco dont la compagne est enceinte et qui voudrait bien récupérer les pièces occupées par la vieille tante Tatiana qui, malgré ses handicaps, n’entend pas laisser ainsi la place, enfermée qu’elle est dans le souvenir d’un amour perdu qui n’a jamais laissé la place pour une autre histoire.

Et, malgré la ruine de la famille Galeano, autrefois florissante, malgré l’effondrement moral du père caché sous une toujours forte force de caractère, Edmundo est sous l’emprise d’une obsession. Il sait, il sent, il veut écrire un livre. Un livre définitif qui va ouvrir un avenir nouveau pour l’Humanité. Un livre qui n’aura pas d’égal. Un livre qui sera le point d’orgue du chant humain commencé par l’Iliade. Un livre ! LE livre ! Qui lui brûle les doigts. Qui effacera tout le reste. Une somme ? Une Œuvre. L’Œuvre définitive !

Nous voilà partis en plongée profonde dans le labyrinthe des sentiments individuels des membres d’une famille qui subissent, selon le prisme de leurs propres soucis et de leurs préoccupations, les affres de renoncements violents dans leur quotidien.

Les rues et le soleil de Lisbonne sont loin d’avoir la capacité ou les pouvoirs d’un baume puissant qui permettrait à chacun de trouver le calme, l’équilibre, la sérénité nécessaires pour traverser ces moments de doute que la vie sème devant les pas de chacun.

Chacun tente de les aborder avec ses forces, ses faiblesses, ses capacités à trouver des expédients ou à ouvrir des fenêtres d’espoir, du plus futile au plus insensé. Avec ses points d’appui, ses béquilles ; ses restes de capacité à rêver ou à croire, ses doutes, ses certitudes, ses renoncements.

Lidia Jorge passe de l’un à l’autre de ses personnages, donnant ainsi à chacun l’opportunité de successivement se raconter, s’expliquer, se justifier, se souvenir, se projeter. Ces points de vue individuels qui auraient pu devenir une cacophonie d’où rien ne serait jamais sorti finissent pourtant par dessiner, avec une jolie maîtrise, des trajectoires qui convergent : tout prend sa place, sa forme, sa cohérence. Même si ce n’est pas sans difficulté.

Chacun a son livre à écrire, au propre ou au figuré. Chacun cherche son histoire, ses mots, ses solutions, le titre qu’il veut mettre sur la couverture de son ouvrage tout en souffrant mille fois de ne savoir se satisfaire de ce qu’il imagine, décide, rêve ou choisit. Et, comme toujours, il y a souvent loin du rêve à la réalité.

[ Premières pages ] Lidia Jorge – Estuaire

Chacun, dans son registre, reste seul devant sa page blanche, incapable de porter une réelle attention aux autres parce que trop préoccupé par ses propres démons. Parce que, de toutes façons, les autres ne peuvent pas non plus avoir conscience de l’infinie complexité des « mystères inexplicables » qui existent « au fond du cœur humain », en prendre la mesure, en tirer des conclusions satisfaisantes. C’est déjà si difficile de le faire pour soi.

J’ai trouvé dans ce livre une analyse très fine des personnages centraux, et, même si j’avoue qu’il n’est pas d’un optimisme débordant, tout un éventail de réponses que chacun peut se donner, adapter ou encore négocier pour résister aux efforts que fait la vie pour nous déstabiliser. Est-ce la ville de Lisbonne ou la très belle écriture de Lidia Jorge qui auraient cette capacité à dédramatiser les situations et les problèmes, à adoucir les traits, à répandre un véritable apaisement, à prodiguer une sérénité face au trouble ?

Lidia Jorge, trad. portugais Marie Hélène Piwnik – Estuaire – Métailié – 9791022608893 – 19€

[Source : http://www.actualitte.com]

Lundi de Pâques à La Baule pendant le confinement. Sébastien Salom-Gomis / AFP

Écrit par Xavier Pavie

Philosophe, professeur à l’ESSEC, directeur académique du programme Grande Ecole à Singapour et directeur du centre iMagination, ESSEC

Quand le monde fait face à une réalité qui le dépasse, quand la vie des êtres humains est en jeu, les questions d’ordre philosophique refont surface. C’est « l’étonnement qui poussa comme aujourd’hui, les premiers penseurs aux spéculations philosophiques », disait Aristote.

La période de peur, de panique et d’angoisse que nous traversons oblige à remettre la pensée au centre de notre quotidien. Et le questionnement qui en résulte est l’essence de la philosophie qui, depuis au moins 2500 ans, interroge le monde.

Nous sommes confrontés à l’expérience inédite de devoir bouleverser totalement, pour un temps indéterminé, des pratiques journalières jusque-là guidées par la perspective du productivisme et de l’efficacité. Du jour au lendemain, nous sommes contraints de réinventer un quotidien où il n’y a plus de moyen de produire, de participer au processus actif de la société.

Règles de vie

En confinement, nous pourrions relire des penseurs comme Thoreau, parti au XIXe siècle s’isoler dans les bois, sans aucun lien avec le monde des « actifs » ; ou encore Pétrarque qui rejoint au XIVe siècle l’ermitage du Vaucluse et décrit dans La vie solitaire, son expérience de s’isoler du monde pour méditer, philosopher, écrire de la poésie. Pétrarque oppose ainsi à la société productiviste une vie solaire et contemplative.

La différence avec la situation présente est que notre confinement, nous ne l’avons pas choisi, et que donc cela nous effraie. Cette crainte résonne d’autant plus fortement qu’elle pose des questions existentielles. Nous entendons en effet que certaines choses sont dites essentielles et d’autres non essentielles.

Une majorité d’individus s’entendent dire que ce qui nourrit leur quotidien, ce pourquoi ils se lèvent le matin, l’endroit qu’ils fréquentent une grande partie de leur vie n’est finalement pas essentiel. Ce qui devient important est de se demander si l’on va avoir suffisamment à manger et demeurer en bonne santé.

Se rendre compte de la futilité de notre existence n’est pas sans amertume et c’est pourquoi nous avons pu observer des résistants aux premières heures du confinement, résistance qui a fait place à la panique, au chacun pour soi : stocker des aliments, des produits ménagers, partir se réfugier loin des villes…

Il est vrai que l’autonomie de nos comportements, dans le sens de la responsabilité envers les autres n’est pas facile à trouver parce qu’encore une fois, ce n’est pas dans nos habitudes. Dans notre vie quotidienne, nous suivons les réflexes d’un comportement acquis. Il faut donc changer les règles de notre vie de tous les jours, restaurer un rythme de vie. Il faut accepter qu’en confinement, notre vie ne peut être aussi plaisante qu’en temps ordinaire, qu’on ne peut pas faire ce que l’on veut mais ce que l’on peut.

Métro La Chapelle à Paris, 27 mars 2020. Joël Saget/AFP

Il y a une forme d’obligation à vivre en autonomie. Pour Kant, l’autonomie signifie définir seul ses propres règles de vie et de morale. Cela réclame de mettre à distance ses passions, ses peurs, ses sentiments, faire un calcul rationnel des intérêts collectifs en se disciplinant. Un travail sur soi qui est inédit et plutôt angoissant, puisque l’individu et ses intérêts priment souvent sur le reste.

Penser collectif, agir individuellement

Il est à noter que cette situation s’établit à la fois sur le plan individuel et collectif et l’on note en quoi il y a un fort partage social des émotions dans les communautés. Les réseaux sociaux deviennent ainsi le déversoir de nos peurs tout autant que de nos amusements. Dans la panique ambiante on partage et on rediffuse sans cesse, un flux d’informations continu, qui nous écrase et nous empêche de penser, de prendre du recul. Il n’y a plus de distance entre ce qui est en train de se passer et le moi en tant qu’individu.

Pour les philosophes il ne s’agit pas de paniquer, il s’agit de comprendre et réussir à se comporter en tant qu’individu dans la société. Et dans le cas actuel, il y a ce paradoxe entre le repli sur soi et la solidarité. D’un point de vue quotidien et conceptuel c’est très intéressant.

On nous dit d’être solidaires mais cela ne fonctionne que si nous avons des comportements individuels, par exemple se laver les mains, se protéger, être confiné. Nous devons faire bloc ensemble comme le répètent les gouvernants, mais cela ne peut passer que par des comportements individuels. La philosophie de Kant peut encore une fois nous donner des pistes sur ce travail paradoxal, que cette crise nous force à effectuer sur nous-mêmes : nous devons nous isoler, nous replier sur nous-mêmes pour, justement, protéger l’autre.

En quelques jours, nous apprenons que chacun de nous est peut-être une bombe à retardement, puisque nous pouvons être porteurs de la maladie et la transmettre. Il y a un aspect sacrificiel, un don inconditionnel et gratuit de soi, au fait de rester à la maison sans aucun contact, sinon virtuel, avec autrui.

Un « comment vivre » antique

Le but de la philosophie dans l’antiquité est de répondre au comment vivre. Nous sommes torturés par des passions telles que la quête du pouvoir, la recherche de l’argent, la peur, l’angoisse, la vieillesse, la maladie, la trahison, la mort. Comment vivre malgré tout cela ?

Trois écoles philosophiques y répondent : les stoïciens, les épicuriens et les cyniques. Ces écoles développent des « exercices spirituels » pour combattre ces maux, une pratique destinée à transformer, en soi-même ou chez les autres, la manière de vivre, de voir les choses.

Si les stoïciens sont les plus pertinents pour la crise actuelle, c’est parce qu’ils ont développé une philosophie de l’acceptation. La plus grande phrase d’Épictète : « il y a des choses qui dépendent de nous et il y a des choses qui n’en dépendent pas » est très éclairante. Ce qui ne dépend pas de moi est le contexte, ce virus devenu pandémique. Ce qui dépend de moi est la distanciation sociale, les règles d’hygiène, le respect de soi (prendre soin de soi) si l’on veut prendre soin des autres.

Les stoïciens ont quatre vertus cardinales que l’on peut mettre en perspective avec le contexte.

  • La première est la sagesse, c’est savoir accueillir ce qui se passe avec calme et sérénité. Ne pas chercher un coupable et ne pas céder à la panique.
  • La deuxième dimension est la justice, c’est savoir interagir avec les autres, éduquer, montrer l’exemple, respecter les consignes.
  • Le troisième axe est la modération. Il s’agit de ne pas céder à la panique de l’achat, contrôler ses impulsions, modérer ses plaisirs, ne pas chercher à partir, à acheter ce qui n’est pas nécessaire.
  • La quatrième dimension est le courage de prendre des décisions qui ne sont pas plaisantes, décider ce qui est bon pour le bien commun.

Travail sur soi

Nous n’avons pas vraiment appris des dernières épidémies (SARS, H1N1…) ni même adapté nos modes de vie en termes d’hygiène, équipement en masques, etc. Cette fois-ci peut être aurons-nous la destruction en vue de la création d’un monde plus responsable et solidaire.

Dès les premiers temps du confinement, il y a eu des réflexes de solidarité spontanés, des personnes font les courses pour leurs voisins âgés, affaiblis ou en situation de précarité. Que restera-t-il de tout cela à la sortie du confinement ? Tirerons-nous les leçons de ce mode de vie un peu forcé mais qui nous pousse à nous responsabiliser vis-à-vis des autres ?

Indéniablement, ce que nous devons retenir au-delà de la crise est le travail sur soi. Il s’agit d’un autre apprentissage qui nous vient de Pascal qui disait que « le malheur des hommes est de ne pas savoir rester ou demeurer seul en repos dans sa chambre ». Pourquoi ? Parce qu’on a envie d’être en voyage, en déplacement professionnel, de fréquenter des amis, de se réunir pour dîner, de partir en vacances à droite à gauche.

Tout cela n’est-il pas finalement que superficialité ? N’est-il pas l’occasion d’apprendre à travailler sur soi et être capable de vivre en compagnie de soi-même ? N’est-ce pas l’occasion de réinstaurer un espace de pensées individuel et collectif qui semble nous manquer depuis quelques semaines ?

Cet article a été écrit avec Karl Brozek, professeur de philosophie à Nantes.

[Source : http://www.theconversation.com]

Quaderns Crema ha reunit quatre narracions breus de l’autor a ‘Una boda a Lió’

Escrit per Gerard E. Mur

Quan va morir Jaume Vallcorba, en la revisió de la seva labor editorial, la premsa va coincidir a recordar com el fundador de Quaderns Crema i Acantilado havia recuperat de l’oblit l’obra de Stefan Zweig. Entre el llegat en català que deixava Vallcorba brillava amb força l’edició d’una dotzena d’obres de l’escriptor austríac; obres publicades per Quaderns Crema (en castellà, amb Acantilado, el nombre de publicacions de l’autor de Nit fantàstica va ser notablement superior). El rescat català de Zweig va començar el 1996 amb la publicació de la novel·la breu Vint-i-quatre hores en la vida d’una dona, traduïda pel mateix Vallcorba. Seguiren després títols com ara Carta d’una desconegudaNovel·la d’escacsEl món d’ahir –un èxit fulgurant–, Secret candent o Montaigne.

El cas és que la mort de Vallcorba no va frenar el compromís de l’editorial amb Zweig. Des del 2014, periòdicament, Quaderns Crema ha seguit oferint al lector català peces exclusives de la seva bibliografia. Fa uns anys ens van arribar Clarissa i Por (totes dues traduïdes per Joan Fontcuberta, un dels nostres millors traductors d’alemany, mort el 2018). El febrer passat va aparèixer una nova obra de Zweig: es tracta d’Una boda a Lió, un recull de quatre relats que pren el títol d’un d’ells. Aquest cop, la traducció la signa Tiana Puig.

Una boda a Lió és el primer relat del recull, el principal i el més llarg; publicat el 1927. Zweig hi narra el casament de dos joves durant el període de la Revolució Francesa que coneixem com ‘le Terreur’ o el Terror jacobí. La boda té lloc en un escenari del tot insòlit, tràgic: el soterrani de l’ajuntament de Lió, habilitat com a presó. El marc històric de la trama, que ocupa les primeres pàgines del relat, és imprescindible per entendre el comportament dels personatges. BarèreCouthonRobespierreCollot d’Herbois i el sanguinari Fouché (de qui Zweig en va escriure una biografia: Fouché. Retrat d’un home polític) desfilen per aquest primer tram de la història.

Ells són, de fet, els creadors del marc ambiental del relat. Zweig només ha de plasmar –amb una prosa neta i detallista; rica en recursos– l’horror que van abonar amb discursos i decrets. En aquest cas, l’horror es concreta en la destrucció de la ciutat de Lió, la “traïdora ciutat de Lió”, segons els jacobins (“Lió ja no existeix”, resa un decret promulgat per Barère). Tot això és ambient. La ficció compareix tot just després de la presentació del marc històric, al soterrani del consistori, on els nuvis es retroben inesperadament, a les portes de la mort. La demolició dels edificis i l’execució dels sentenciats avança a una velocitat “estrepitosa”. “Comptades eren les vegades que”, a les presons, “un cos escalfava el mateix jaç de palla més d’una nit”.

En aquest soterrani de l’ajuntament, es deixa veure l’habilitat de Zweig per dominar l’escenari, que descriu amb precisió i manipula amb destresa. El lector coneix, de mica en mica, aquesta “estança freda” i el narrador, alhora, marca els moviments dels personatges. És considerablement senzill projectar l’acció. És senzill, per exemple, quan els joves es retroben i es fonen en una abraçada i “la resta de presoners […] s’anaven apropant tímidament a la parella”. La prosa de Zweig permet veure com aquest grup de condemnats es desplaça cautelosament, com un bloc de núvols. Aquesta activació real de la imaginació és una flama que es manté encesa durant gairebé tot el relat (també en els altres).

La culminació d’aquesta habilitat arriba durant la celebració de les noces. Zweig contempla tots els elements de la cerimònia (l’acomodament de l’espai –cadires, una taula, espelmes, un crucifix de ferro i una corona de flors–, la confessió prèvia a la l’enllaç, la santa unió i fins i tot la nit de noces: “La placidesa d’una darrera nit de noces en la intimitat”) i els disposa en una escena de gran claredat visual. Oficia l’enllaç un “capellà rebel de Toló”, vestit amb “roba de pagès”. Zweig arma un relat de profunditat escenogràfica, amb decisions coreogràfiques gairebé (l’escriptor va publicar tres peces teatrals; Jeremiah (1917) és la més coneguda).

El comportament és l’altre focus d’atenció de l’escriptor. El comportament individual de cada nuvi i el comportament col·lectiu de la resta de presoners. Són dues forces que es retroalimenten: s’estimulen les reaccions compassadament. L’acceptació de la mort imminent, “la por d’allò desconegut”, la “freda hostilitat” dels presoners davant dels condemnats que se sumen al grup, la incredulitat dels nuvis davant la seva trobada (feia temps havien perdut l’esperança de retrobar-se) o l’abstracció que suposa l’enllaç (“tothom va oblidar el seu esdevenidor”) són alguns dels focus anímics treballats per Zweig, que només gosa creuar ficció i història en una escena sensacional on Fouché té el seu moment de perversitat. El relat es tanca l’endemà de la boda: acaba allà on ha d’acabar.

Els altres tres relats –més breus– mantenen el mateix estil delicat i assossegat però el to canvia notablement. Són relats on l’acció es manté més o menys activa però el fons i una certa part de la forma els converteixen en textos parabòlics, reflexius. Una fina base moralista lliga els tres relats. El camí (1902) és una història que bascula entre la fe, la il·lusió frustrada i la determinació. Un jove travessa la comarca on viu –Judea– per arribar a Jerusalem i veure el rostre del Redemptor. Durant el camí, les forces flaquegen i l’assoliment de la comesa s’allunya. La voluntat trontolla, però el jove arriba finalment a la ciutat santa. El gir en la part final és magnífic. I és el perfilament de la pregona fe del protagonista el que fa tan gustós aquest final.

Un home que no s’oblida és una història senzilla. Consisteix en la narració de la vida d’un home que viu al dia amb “serenitat i confiança”. El secret d’aquesta vida és la modèstia i “l’amabilitat sincera”, que li permeten “seure a qualsevol taula”. Zweig ens detalla aquesta elecció de vida a través d’un narrador que no acaba de comprendre una actitud tan tranquil·la, una realitat tan pacífica i aparentment desinteressada (la trama no és del tot llisa). Dos solitaris (1901) és el relat de tancament. Zweig hi aborda concisament la “comprensió profunda” que uneix els marginats, l’agermanament que impulsa l’abandó. En aquests dos últims relats hi batega la ferma convicció pacifista de l’escriptor. A Dos solitaris, una obra de joventut, podem dir que el pacifisme s’endevina. Un home que no s’oblida és una narració publicada pòstumament.

La lectura d’Una boda a Lió amb prou feines és un sospir –una vuitantena de pàgines–, però el rastre que deixa és el d’una obra mesurada i perdurable.

[Font: http://www.nuvol.com]

En la vida y la obra de Luis Eduardo Aute hay amor, humor, amistad, erotismo, arte y compromiso político. Talento, oficio y serendipia. Escritor, compositor musical, intérprete, pintor, dibujante y cineasta. Todo eso, y puede que algo más, colma la vida y la obra de un hombre excepcional. Hay sitio para todo en el documental que se estrena mañana: Aute Retrato. La libertad de ser uno mismo dirigido por Gaizka Urresti, que además lo coproduce junto a Oihana Olea, recogiendo los testimonios de tantos buenos amigos, imágenes de archivo que muestran al protagonista a lo largo de su carrera, y escenas del concierto ‘Ánimo Animal’, donde 20 compañeros de vida cantan sus canciones. ‘Las cuatro y diez’, ‘Cine, cine’, ‘Al Alba’, ‘Rosas en el mar’, ‘Una de dos’, ‘Anda’, ‘La Belleza’…

Una expresiva imagen de Luis Eduardo Aute en la playa.

Escrito por Sol Alonso

Forges, Ana Belén, Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez, Borja Casani, Jorge Drexler, Joan Manuel Serrat, Dani Martín, Marwan, Rozalén, Pedro Guerra, Rosa León, Massiel, Miguel Munárriz, Palmira Márquez, Azucena Rodríguez, Antonio Escohotado, Suburbano, Miguel Poveda, Gonzalo García Pelayo… hablan del querido amigo, sin olvidar la emocionante intervención de su hijo Miki Aute, que nos pone al día, obviamente conmovido. “Lo pasamos bien ahora con mi padre en casa”, explicando sin detalles de más que el artista, aunque no recuperado al cien por cien de su dolencia, acepta la vida que le toca nunca con resignación, palabra imposible de asociar a un tipo tan inquieto, pero sí con franca serenidad. Luis Eduardo Aute frenó casi en seco en 2016 por culpa de un infarto que le costó dos meses de coma, y las secuelas inevitables cuando terminó el ensoñamiento.

La película presenta el retrato de un artista que gustó de rematar con los pinceles la imagen que le devolvía el espejo. Una terapia, declaradamente suya, que le ahorró minutas de psiquiatra y sus amigos han copiado con éxito, convalidando muchas horas, muchas noches, de amistad de la buena. “La casa de Aute era la casa de todos”, recuerdan Borja Casani y Antonio Escohotado.

“Reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo”. En la obra de este incansable creador que recoge deliciosamente este documental, todo resulta extraordinario, cotidiano y abundante. ¡Qué manera de fumar! Tanto que, a la hora de escribir sobre el artista que componía letras y poesías, cantaba, una vez superado su pánico escénico, pintaba, dibujaba y se acercaba al cine como autor, es imposible saber qué fue primero. Algo parecido le sucedió a Gaizka Urresti, guionista y director de la película cuya fecha de estreno coincide con el 76 cumpleaños del protagonista, nacido justo un 13 de septiembre.

En uno de los momentos del documental es el propio Aute quien confiesa cómo, a pesar de sus recursos infinitos, él también se ha sentido bloqueado ante el papel en blanco. En ese instante terco en que las notas musicales se resisten a nacer, acude a la poesía. Y, cuando resulta que el verso también remolonea, es hora de alertar al garabato. “Es uno de los momentos que mejor definen la grandeza de Aute como artista”, explica Marwan, admirando esa virtud. Pero ¿qué hace un cantautor madrileño de origen palestino nacido en 1979 cantando una canción de Aute en el concierto? “Me tocó Siento que te estoy perdiendo. ¡Qué disfrute! A pesar de salir al escenario justo después de Ana Belén, menudo papel”, recuerda entre risas. “De Aute hemos bebido todos. De sus canciones y su oficio. Es una referencia, un maestro. Yo le considero un renacentista, un poeta que se acerca al público gracias a la música, aplicando coherencia a todo lo que hace”.

Las canciones de arte cobran vida de repente y con facilidad. Imposible escucharlas sin imaginar la escena, sin ver la cara de sus protagonistas. ¿Acaso cada tema no es sí una micropelícula?

Ejemplo fácil: Pasaba por allí. El hombre enamorado camina cerca de lo que más desea fingiendo que todo aquello es azar. Seguramente es tarde, los bares han cerrado y la cabina telefónica está rota o brilla por su ausencia. A los nacidos con el cambio de siglo les costará imaginar a un paseante solitario, sin un teléfono cerca, pero a Luis Eduardo Aute (Manila, Filipinas 1943) la incomunicación pretecnológica le vino al pelo para presentarse sin llamar, gesto impensable en nuestros días.

En 2015, tras muchos años de amistad, Gaizka Urresti es quien propone a Aute la realización de este documental. “Al principio se resistió con una firme negativa. No es que la idea le pareciera mala, pero no creía merecerlo. Eduardo siempre ha huido de los focos, de hecho ha confesado un pánico escénico que le impedía subir al escenario. Hasta 1977 no fue capaz de cantar ante el público”, cuenta Urresti. “Es verdad que yo tuve que trabajar mucho el ¿por dónde empiezo? Al final, el hilo conductor es la voz poética. Todo en él es poesía, la música, el cine, su pintura y naturalmente sus versos”, concluye el director.

De ser los amigos la moneda que mide la fortuna personal, Eduardo, como le llaman todos ellos, puede presumir de una cuenta corriente saneada. Sean los que sean, parecen un millón o más, como cantó Roberto Carlos. Juntos al grito de guerra, Ánimo Animal. Muchos de los participantes en el documental Aute Retrato, proyecto que arrancaba justo un año antes del accidente cardiaco del artista, se reunían en Madrid el pasado diciembre, para hacer aún más suyas las canciones de Aute. Algunos como Massiel, Ana Belén o, cómo no, Rosa León las cantaban por enésima vez. Otros acudieron a una cita casi a ciegas con final más que feliz. “El concierto me ayudó mucho a vertebrar el guion y la edición de la película”, comenta el director.

Aute también trabajó para los niños. Es el propio Aute quien confiesa en unas imágenes de archivo que por los artistas no han de pasar los años. Clásico síndrome de Peter Pan, del que Aute ni puede ni se quiere zafar. “El artista es un niño que se niega a crecer y quiere seguir jugando”.

Instalarse eternamente en la inocencia para seguir mirando al mar, o invertir las leyes de la naturaleza hasta alterar los biorritmos de los girasoles y conseguir que la planta le dé la espalda al sol, levantando su cabeza digna hacia el satélite más blanco. Alargando la noche, una de las costumbres favoritas del artista.

“Todo tiene su contrario, o casi todo, menos el girasol. Existen los girasoles, pero no los GIRALUNAS”, dice el arranque de ese libro infantil basado en una canción del mismo nombre.

Los médicos hablaron de un infarto, pero ¿y si hubiera sido el propio Aute quien mandara órdenes a su corazón para no seguir creciendo?

‘Aute Retrato’ se estrena en cines el viernes, 13 de septiembre

El mítico disco doble ‘Entre amigos’ de 1983. Un trabajo que Luis Eduardo Aute grabó en directo con la colaboración
de algunos de sus mejores camaradas como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Serrat o Teddy Bautista.

[Fuente: www.elasombrario.com]

Désormais basé à Paris, sa ville d’adoption depuis son arrivée en 2017 et son succès retentissant à la Nouvelle Star, l’auteur et compositeur vénézuélien Yadam Andrès semble enfin avoir trouvé – après quelques désillusions – sa voie.

Ayant quitté un pays en pleine crise et laissé derrière lui une mère et un frère, il ne lui manque plus à présent que de les avoir auprès de lui, pour enfin goûter à des sentiments qu’il n’a que trop rarement ressenti, la paix, la sérénité et la plénitude. 

SafePlace est son premier EP, il exprime à travers 5 chansons autobiographiques émouvantes et touchantes, ses colères et ses peines mais aussi l’espoir de connaître un avenir plus radieux.

Avec sa pop mélancolique et aérienne, teintée d’electronica immersive et accrocheuse, sa voix douce, fragile et gorgée d’émotions, le tout jeune Yadam s’inscrit dans la lignée de ces artistes incontournables tels que le britannique James Blake… À suivre!

Publié par HiKo

[Source : les-chroniques-de-hiko.blogspot.com/ ]

Surnommé « The Man in Black », Johnny Cash (1932-2003) était un chanteur, auteur-compositeur, guitariste et acteur américain populaire, qui a excellé dans la musique country, tout en élargissant son registre au rock ‘n’ roll, rockabilly, blues, folk et gospel. Ce chrétien Born-again s’était rendu à plusieurs reprises en Israël. Arte diffusera le 22 mars 2020 « Walk the Line » de James Mangold, puis « Johnny Cash: Behind Prison Walls » de Dick Carson.

Publié par Véronique Chemla

Surnommé « The Man in Black » (L’homme en noir), Johnny Cash  (1932-2003) est né dans une famille nombreuse pauvre en Arkansas. Son enfance laborieuse dans les champs de coton le familiarise avec les gospels, le folk et la country. Adolescent, il chante à la radio.
Il s’engage dans l’US Air Force, et démobilisé en 1954 s’établit au Texas. Il se marie avec Vivian Liberto. Le couple a quatre filles, et divorce en 1966. 
En 1955, le premier disque de Johnny Cash pour Sun Records. Un succès estimable.
Deux ans plus tard, Johnny Cash signe avec Columbia Records.
Comme acteur, il apparaît dans Five Minutes to Live, ou Door-to-door Maniac, et dans un épisode de la série télévisée Columbo, Le Chant du cygne (Swan Song), avec Peter Falk. Il joue aussi dans un épisode de La Petite maison dans la prairie, dans Nord et Sud, le Muppet Show Dr Quinn, femme médecin.
Johnny Cash se remarie en 1968 avec la chanteuse June Carter. Tous deux enregistrent la chanson Jackson, qui remporte le Grammy Awards du Meilleur duo et ont un fils en 1970.
Après une baisse des ventes de ses disques, il enregistre pour le label American Recordings de Rick Rubin. Ses reprises de chansons d’auteurs américains suscitent l’engouement du public.
Familier des locataires de la Maison Blanche (Richard Nixon, Jimmy Carter), ce baryton a vendu 90 millions d’albums durant sa carrière d’un demi-siècle.

Une carrière menée avec son impresario, Saul Holiff, un Canadien juif qui avait débuté dans le prêt-à-porter. Et rythmée par des hits : « Ring of Fire », « I Walk The Line » to « Big River », « Jackson », « A Boy Named Sue »…
Chrétien Born-again, Johnny Cash avait vaincu en 1968 ses addictions à l’alcool, aux amphétamines et à la drogue.
Il s’était engagé en faveur des conditions de vie des prisonniers pour lesquels ils chantaient.
De 1969 à 1971, il anime son émission télévisée, The Johnny Cash Show sur ABC. Il y reçoit Ray Charles, Eric Clapton, Kris Kristofferson et Bob Dylan.
Johnny Cash s’est rendu en Israël à cinq reprises, de 1966 au milieu des années 1990, avec son épouse June Carter et leurs enfants. Il a enregistré des albums inspirés par la Terre Sainte et réalisé des films sur ses visites dans des lieux bibliques. Il s’était fait baptiser dans le Jourdain. Sa spiritualité éclaire le film « The Gospel Road » qu’il produit et coécrit sur la vie de Jésus. 
« Walk the Line »

« Walk the Line » est un biopic réalisé par James Mangold.« La vie tourmentée de l’icône Johnny Cash, entre flamboyance musicale et descentes aux enfers… Réalisé par James Mangold, un biopic habité avec Joaquin Phoenix et Reese Witherspoon. »
« Fin des années 1930, dans l’Arkansas. L’enfance de J.R. Cash aurait pu se dérouler dans l’insouciance, passée à aider ses parents agriculteurs dans les champs de coton, si un drame ne l’avait marqué à jamais : la perte de son frère aîné, et chéri, dans un accident de scierie dont leur père lui impute une part de la responsabilité. C’est à l’armée qu’il commence à composer, par désœuvrement. À sa sortie, il s’essaie comme VRP avec un insuccès notoire, qui compromet la sérénité de son jeune ménage. À Memphis, il passe une audition pour Sun Records, label de rock monté par le jeune Sam Philips. Le producteur est catégorique : Cash doit interpréter, non pas les standards d’inspiration gospel qu’il a l’habitude de chanter, mais ses propres compositions, plus rock’n’roll et proches de la vie des gens. En 1956 et 1957, ses singles Folsom Prison Blues et I Walk the Line rencontrent le succès. La vie de celui qui s’appelle dorénavant Johnny Cash change : il part en tournées incessantes, au grand dam de son épouse… »

« Because you’re mine, I walk the line » (« Parce que tu es mienne, je file droit ») : toute l’histoire de Johnny Cash tient dans l’écart (ou plutôt les écarts) entre cette déclaration d’intention, chantée de sa voix chaude et profonde dans son morceau le plus connu, et la réalité de sa vie privée. Dépendances diverses (drogues et alcool), infidélités et instabilité permanente : le chemin accidenté de ce croyant fervent s’apparente à une quête perpétuelle de rédemption. La musique et l’amour constitueront donc les phares de « l’homme en noir », ce que raconte avec une belle amplitude ce biopic qui a permis au public européen de mieux connaître l’icône américaine. Succession de scènes marquantes, Walk the Line trouve son équilibre entre la magie hypnotique des concerts (filmés en immersion avec les musiciens), la descente aux enfers du chanteur et sa passion éperdue, longtemps contrariée par le destin, pour June Carter. Les compositions de Joaquin Phoenix (fiévreux et habité comme jamais) et Reese Witherspoon (irrésistible frondeuse) permettent au film multiprimé de James Mangold de dépasser le genre (la reconstitution hollywoodienne) pour toucher à l’universel des histoires d’amour. »
Le film a été distingué par de nombreuses récompenses : Prix de la meilleure actrice (Reese Witherspoon), lors des New York Film Critics Circle Awards 2005, Oscar de la meilleure actrice pour Reese Witherspoon, Prix de la meilleure actrice (Reese Witherspoon) et de la meilleure bande originale de film, lors des Broadcast Film Critics Association Awards 2006, Golden Globe du meilleur film musical, meilleur acteur (Joaquin Phoenix) et meilleure actrice (Reese Witherspoon) en 2006.
« Johnny Cash: Behind Prison Walls »

Arte diffusera le 22 mars 2020 « Johnny Cash: Behind Prison Walls » de Dick Carson. « Après les prisons de Folsom et San Quentin, Johnny Cash chante devant des détenus, à Nashville, en 1976. Entouré d’invités, dont Linda Ronstadt, il s’y révèle une fois de plus magistral. »
« Lorsqu’il était jeune, Johnny Cash passa une nuit en prison pour avoir… cueilli des fleurs dans le jardin d’une grand-mère. Malgré ce casier plutôt léger, « l’homme en noir » eut tout au long de sa carrière l’image d’un ex-taulard sublime et romantique, dur à cuire à la sensibilité à fleur de peau. Les concerts qu’il donna dans les prisons américaines (Folsom en 1968 et San Quentin un an plus tard), immortalisés par des albums live devenus cultes, agrémentèrent sa légende d’une aura sulfureuse – et permirent aussi à sa carrière de rebondir, en s’attachant l’estime des amateurs de country, de folk comme de rock. »
« En 1976, l’icône à la voix caverneuse force à nouveau le verrou carcéral et se produit devant es détenus du pénitencier Tennessee de Nashville. Un tour de chant flamboyant qui lui permet de dérouler quelques-uns de ses plus fameux titres (dont « Folsom Prison Blues », « Hey Porter » ou « Wreck of the Old 97 ») devant ce si particulier – et attentif – public. L’originalité de ce show, en comparaison avec les précédents, consiste en la présence d’invités avec lesquels Johnny Cash partage l’affiche : la folk-rockeuse Linda Ronstadt pour quelques reprises, le guitariste de bluegrass Roy Clark, et, plus surprenant, l’humoriste Foster Brooks, « l’ivrogne le plus célèbre du show-business ». Un plateau de choix pour un moment de fraternité unique. »

« Walk the Line » de James Mangold

États-Unis, 2005, 128 minutes

Auteur : Johnny Cash

Scénario : Gill Dennis, James Mangold, Johnny Cash

Production : Twentieth Century Fox

Producteur/-trice : James Keach, Cathy Konrad

Image : Phedon Papamichael

Montage : Michael McCusker

Musique : T Bone BurnettAvec Joaquin Phoenix, Reese Witherspoon, Ginnifer Goodwin, Robert Patrick, Dallas Roberts

Sur Arte le 22 mars 2020 à 20 h 55


« Johnny Cash: Behind Prison Walls » de Dick Carson

États-Unis, 1976, 50 minutes

Production : Jim Owens Productions

Avec Johnny Cash

Sur Arte le 22 mars 2020 à 23 h 10

Disponible du 22/03/2020 au 20/04/2020

Les citations sur les films sont d’Arte.

[Source : http://www.veroniquechemla.info]

Écrit par Jean Lacroix

Richard STRAUSS (1864-1949) : Vier lezte LiederMädchenblumen op. 23, Drei Lieder der Ophelia op. 67 et treize autres Lieder. Diana Damrau, soprano ; Symphonieorchester des Bayerischen Rundfunks, direction Mariss Jansons ; Helmut Deutsch, piano. 2020. Livret en anglais, français et allemand. Textes des lieder avec traductions en anglais et en français. 73.21. Erato 0190295303464.

Ce n’est pas sans émotion que l’on découvre ce CD, car on y retrouve le chef d’orchestre Mariss Jansons, disparu à Saint-Pétersbourg il y a à peine trois mois, le 30 novembre dernier. L’œuvre qu’il dirige revêt dans ce contexte un aspect symbolique, puisqu’il s’agit d’une partition de Richard Strauss parmi les plus sublimes qu’il ait composées, les poignants Vier letzte Lieder qui retentissent comme un adieu au monde, achevés en 1948, l’année avant son décès le 8 septembre 1949. Après bien d’autres, c’est la soprano Diana Damrau qui en est l’interprète, elle qui a incarné avec un magnifique talent des personnages des opéras du maître, comme Sophie, Zerbinette, ou la moins connue Hélène d’Egypte. Le testament spirituel et musical de Richard Strauss n’a pas de résonance religieuse, il se présente comme une aspiration à la sérénité à travers un choix de trois beaux textes de Hermann Hesse et de l’inoubliable Im Abendrot d’Eichendorff. Évoquons d’abord l’orchestre : Jansons inscrit ces lieder dans un contexte contemplatif, d’une grande élévation de pensée et de cœur, avec des inflexions et des nuances d’une fragilité caressante, mais aussi dans un déchirement permanent ; l’apogée, c’est Im Abendrot dont l’infinie délicatesse ouvre sur l’éternité. On est aux portes de l’infini, dans une extase absolue ; on ne peut que s’incliner devant une telle prestation, d’une totale sincérité. 

Diana Damrau se coule dans cette atmosphère respectueuse dès le premier lied, Frühling, dont elle cisèle le rayonnement grâce une ligne vocale équilibrée. September lui permet d’entrer elle aussi dans un univers de contemplation au sein duquel la beauté de son timbre s’épanouit, animé par les couleurs chatoyantes de l’apparition de l’automne. Vient ensuite l’impuissante lassitude qu’exprime si bien Diana Damrau dans Beim Schlafengehen et le déchirement, laissant le sommeil envahir l’âme ; le violon solo d’Anton Barakhovsky, tout aussi déchirant, frôle l’abîme, entre la douleur et le repos qui appelle la mort. Dans Im Abendrot, qui est en fait le premier des quatre lieder composés par Strauss, la cantatrice rejoint l’extase que Jansons porte au plus haut de la sublimation et de la béatitude, laissant peu à peu sa voix s’estomper dans cette dernière question : « Ist dies etwa der Tod ? » (« Est-ce peut-être ceci la mort ? ») qui trouve son épilogue dans l’ineffable accord de mi bémol. Ce postlude agit sur l’auditeur comme un apaisement magique. On pourra avancer le fait que Diana Damrau, que l’on sent de bout en bout frémissante, ne maîtrise pas assez certains aigus et qu’un vibrato un peu trop présent dérange la ligne du chant ; c’est vrai, mais comment résister à la profondeur de ce moment troublant ?

Le programme se poursuit par une série de lieder avec piano, celui-ci étant confié à Helmut Deutsch dont on connaît les capacités de partenariat avec les voix. Un malaise apparaît : plongé dans l’infinitude d’Im Abendrot, il faudrait idéalement suspendre l’écoute un instant. Car on éprouve du mal à entendre le son du clavier lorsque Deutsch entame Malven (« Mauves »), l’ultime lied composé par Richard Strauss à l’intention de Maria Jeritza qu’il avait adorée dans Ariane à Naxos et Die Frau ohne Schatten. La cantatrice austro-tchèque conserva pour elle le manuscrit qui ne connut la scène qu’en 1985, trois ans après le décès de Jeritza. Ici, cette évocation d’un jardin de fleurs « soufflées doucement dans le vent » fait un contraste presque trop « idyllique » avec les Vier letzte Lieder. On aurait préféré, en prolongation du cycle crépusculaire, entendre tout de suite Morgen, qui est encore soutenu par Jansons et l’orchestre et enregistré à la même date, mais est rejeté en toute fin de CD, après la partie chant-piano. Il est en effet question dans ce dernier texte du « silence muet du bonheur », ce qui aurait ajouté à l’intensité du contenu. Placé en bout de course, avec ses accents hors du temps, on n’a qu’une envie : l’annexer à la question d’éternité posée dans Im Abendrot. N’en serait-il pas une réponse ?

Les lieder avec piano sélectionnés comptent maintes réussites, comme les Mädchenblumen de 1889, aux allusives suggestions sur les jeunes filles en fleur, ou les Lieder der Ophelia de 1918, qui évoquent la folie de l’héroïne. Diana Damrau, tout à fait en phase dans la tendresse ou la démence, et Helmut Deutsch qui la suit comme son ombre, sont très complices, tout comme ils le sont dans quatre lieder extraits de l’Opus 10 de 1885 où il est question d’intemporalité ou de climat nocturne, mais où la satire joue aussi un rôle. On admirera l’un des Fünf Lieder de l’opus 39 de 1898, Befreit (« Libéré »), qui parle de bonheur dans de grandes envolées lyriques. À chaque fois, Diana Damrau déploie sa science de l’articulation, les nuances de la langue qu’elle énonce avec souplesse, tendresse ou ironie. La plupart du temps, on l’écoute avec ravissement, même si là aussi, le vibrato dérange de-ci de-là. 

L’’impact émotionnel de ce CD est réel ; mais la connivence Damrau-Jansons est à ce point vibrante que le reste du programme, avec Deutsch, se place un cran en-dessous. C’est pourquoi, malgré toutes les beautés que l’on reçoit avec reconnaissance, la note globale attribuée à l’interprétation comporte une minime restriction. Vraiment minime…

Son : 9.   Livret : 9.  Répertoire : 10  Interprétation : 9  

[Source : http://www.crescendo-magazine.be]

El grup català torna, amb el seu quart disc, a la seva atmosfera més nítida i personal

Escrit per Aleix Costa

Un vaixell de paper o potser un avió. A l’aigua, a l’aire, entre els núvols o enmig un raig de sol. La natura i els cinc sentits tenyeixen “0001”, el nou disc de Blaumut en què el quintet torna, si és que havia marxat mai, als orígens més intangibles i identificables del seu ADN. Catorze cançons que ressegueixen l’essència més pura del que ens envolta amb unes lletres incommensurablement cuidades, com sempre, de Xavi de la Iglesia; que en aquest cas també a traçat les il·lustracions d’aquest nou àlbum.

Escrit en una primera persona que interpel·la el plural més universal, el text serà reivindicació de pausa, reflexió i serenitat, sense oblidar el dolor, la pèrdua i la tempesta. Viure no és només enamorar-se, i és que (potser) no cal referenciar els grans tòpics vitals per escriure cançons vitalistes. Potser n’hi ha prou en saber escriure l’olor de pa, aprendre a viatjar sobre la línia més corba del fum del cafè o respirar dins una cançó.

Com si de la cronologia discogràfica del grup es tractés el recorregut comença amb un Ara, aquí, present que deixa molt clar que el passat potser només cal mirar-lo per saber que hem existit i que ens surt més a compte dir el que sentim, i dir tan sols allò que podem sentir. Sentir De veritat, un single en majúscules; corda fregada -segell Blaumut– sobre un compàs marcadíssim que ens farà respirar a càmera lenta. És hivern però el menjador de casa pot ser un racó perfecte per sumar-nos al cor final i els seus nananananarana.

Tot i confessar-nos que no som perfectes i tenim el que sabem […] i no, no passa res la perfecció és quasi assolida en cada una de les peces que se’ns presenten com un viatge -explicitat en la mateixa portada del disc- cap al nostre interior, de la nostra raó fins nostre cor, i a l’inrevés. Cada cançó té una textura pròpia i la transversalitat emocional i sensitiva de cada una d’elles és realçada per uns arranjaments i producció que empasten amb una resultant successió d’emocions potentíssima. Defugint del so electrònic incorporat a Equilibri (Musica Global, 2017) ens trobem davant un treball que germina molt a prop d’El primer arbre del bosc (autoeditat, 2015). Despullar les partitures fa que tot plegat sigui tan suau com estimulant alhora.

Ens n’hem oblidat que formem part de la pluja, l’herba, el solet i el mar, i la ciutat s’enfonsa. Els versos se n’encarregaran de recordar-nos que som terrícoles, que morim, que tenim sentiments, que no som pas binaris i que malgrat tot seguim respirant, fins que arriba Epíleg, una peça que actua com a tal. Abans d’endinsar-nos en una mena de tram final, com si haguéssim orbitat la Terra durant deu cançons, la repetició melòdica del piano marca el camí d’un reverb que ens fa entrar a l’atmosfera dins una càpsula pressuritzada que fricciona l’oxigen caduc de l’aire. I renaixem. Renaixem a través de la Poesia lenta esperant un Eclipsi que ens ho fa entendre tot, que culmina, juntament amb una pseudoinstrumental La Platja un disc que és viatge.

Aterratge efectuat, som a casa. L’imaginari de Xavi de la Iglesia és una cremallera que descorda cada una de les emocions amagades dins el nostre jo més diminut. Juga amb cada una de les lletres com si fossin gotes d’aigua regalimant pels terrats. Fregades, picades, cantades, arpegiades. Cauen a poc a poc, algunes sincopades, algunes enmig del silenci, altres dins el compàs més nítid que han habitat mai. I és que potser el secret de Blaumut és saber transformar la matèria més viva, en cançons.

[Foto: Diego Conti – font: http://www.nuvol.com]

Publié par Olivier Roland

Récemment, quelqu’un m’a confié qu’il est généralement frustré lorsqu’il se sent débordé. Cela l’amène à se renfermer sur lui-même ou s’en prendre à quelqu’un.

«C’est une chose contre laquelle j’ai lutté presque toute ma vie. Aujourd’hui encore, une situation s’est produite. J’aurais pu rester serein et rationnel, mais la sérénité et la rationalité ont fait place à la frustration et à la colère. Je me demande quelles habitudes je peux adopter en lieu et place pour éviter de tomber dans des accès de colère».

Certains d’entre nous sont probablement habitués à cela. Nous sommes surchargés, et puis dans la frustration et la colère nous nous en prenons peut-être à quelqu’un.

Les choses se passent de cette façon parce que nous espérons que tout soit calme, bien organisé, simple, stable et sous contrôle. Cependant, le monde ne s’aligne pas sur cet espoir car il est chaotique, désordonné, en constante évolution, jamais stable et sans fondement. Nous sommes donc frustrés, en colère contre les autres et nous ressentons de l’anxiété.

Alors, comment faire face à la frustration qui en résulte ? Comment adopter l’habitude de la sérénité ?

Je vais partager avec vous une série de pratiques que vous pouvez transformer en habitudes. Lorsque vous remarquez que vous êtes frustré, au lieu de vous déchainer, faites ce qui suit.

Si vous vous entrainez comme il se doit, chaque fois que vous sentez que vous êtes frustré, vous remarquerez un changement dans votre attitude qui sera plus portée vers la sérénité.

La première pratique consiste à discerner comment vous réagissez le plus tôt possible, et à changer en refusant de céder à cette habitude. Lorsque vous remarquez que vous êtes frustré et que vous vous sentez surchargé, notez la forte envie de retourner à votre habitude (se renfermer sur soi-même ou se déchainer), et faites une pause au lieu de vous laisser aller.

La pratique suivante consiste à écouter ce que votre corps exprime. Encore une fois, faites une pause, et respirez. Focalisez votre attention sur votre corps et remarquez les sensations de frustration et de débordement. Conservez ces sensations. Faites preuve de curiosité envers elles. Remarquez à quel point l’envie de vous déchainer est forte et appréciez cette forte sensation au lieu de réagir sur cette base.

Ouvrez-vous à elle, détendez-vous, soyez avec cette sensation. Aimez ce sentiment si vous le pouvez, ou au moins faites preuve de compassion vis-à-vis de ce sentiment. Une fois que vous vous entrainez de cette façon, vous vous sentirez de plus en plus à l’aise avec la frustration. Mieux, vous n’aurez aucunement besoin de soulager ce sentiment en vous déchainant sur autrui. Vous avez maintenant plus d’espace pour vous calmer et faire le prochain exercice.

La troisième pratique consiste à utiliser ce nouvel espace pour se connecter à l’autre personne. Maintenant, je comprends que vous soyez peut-être en colère contre cette personne ; et donc vous connecter à elle est la dernière chose que vous avez envie de faire. Vous lui fermez votre cœur, parce que vous pensez qu’elle est la cause du problème. Le problème, c’est votre cœur fermé. Essayez de ne pas céder à cette rancœur et ouvrez-vous un tant soit peu. Il s’agit d’une pratique difficile, mais transformatrice.

la sérénité

À partir de là, remarquez l’autre personne — elle agit comme elle le fait parce qu’elle ressent elle-même une sorte de douleur. Peut-être qu’elle ne se sent pas en sécurité, qu’elle est anxieuse, inquiète pour l’avenir. Peut-être qu’elle est blessée par quelque chose que vous avez fait et qu’elle est elle-même frustrée. Eh bien, si tel est la situation, vous pouvez le comprendre ! Vous ressentez en effet la même chose. Vous êtes tous les deux connectés.

Peut-être avez-vous réagi à la frustration de l’autre par votre propre frustration. Maintenant vous souffrez au même titre. Vous êtes connectés. Laissez cette situation vous ouvrir à l’autre, vous aider à le comprendre d’une manière plus humaine. L’autre personne n’est pas le problème, elle souffre tout comme vous. Vous êtes dans le même bateau. Il s’agit maintenant de trouver comment vous pouvez travailler ensemble.

La pratique finale consiste à essayer de trouver une réponse appropriée, pleine d’amour et de compassion (même si vous êtes frustré au départ). Vous avez de l’empathie pour l’autre personne, mais vous devez maintenant agir. Il n’est pas toujours facile de savoir ce qu’il faut faire, mais tout au moins, vous ne réagissez pas dans un état de colère ; un état qui donne lieu à des réactions inappropriées comme le fait de s’en prendre à quelqu’un.

Alors, dans ces conditions, que peut-on considérer comme une réponse appropriée, pleine d’amour et de compassion ? Cela dépend vraiment de la situation. Voici quelques exemples :

  • L’autre personne traverse une période difficile. Vous l’aidez donc à se calmer, à écouter ses frustrations, à faire preuve d’empathie et de compassion et vous trouvez ensemble une solution.
  • L’autre personne a agi de façon déplacée, mais n’était peut-être pas consciente de l’effet que cela a eu sur vous. Vous vous adressez donc à elle une fois que vous vous êtes calmé et vous lui en parlez avec compassion. Vous lui faites part des conséquences de ses actions sur vous et lui suggérez calmement ce qu’elle peut faire à l’avenir.
  • L’autre personne n’est pas prête à engager un dialogue sur fond de compassion et veut agir comme une imbécile. Vous ne pouvez pas lui parler calmement, parce qu’elle ne veut pas céder. Dans ce cas, vous pourriez faire appel à une tierce personne pour agir comme intermédiaire, par exemple un conseiller de couple ou un responsable de votre lieu de travail.
  • L’autre personne est agressive. Vous comprenez la douleur qu’elle doit ressentir pour agir de la sorte. Cependant, vous vous retirez de la situation pour vous protéger du danger. Vous essayez de l’aider à obtenir l’assistance dont elle a besoin tout en restant ferme par rapport aux limites que vous vous êtes fixées.

Comme vous pouvez le constater, il existe de nombreuses possibilités — beaucoup plus que ce que je peux énumérer ici. En effet, ce ne sont là que quelques exemples pour montrer que vous pouvez trouver une réponse pleine d’amour et appropriée à la situation si vous agissez par compassion et dans la sérénité (même si vous êtes frustré au départ).

En fin de compte, cela nécessite beaucoup de pratique. Toutefois, il est énormément plus utile de faire ces pratiques que de s’en prendre à quelqu’un, ce qui nuit non seulement à l’autre personne, mais également à vous.

Article original écrit par Léo Babauta

[Source : habitudes-zen.net]

La sérotonine contribue à la régulation des émotions, ce qui lui vaut d’être parfois qualifiée un peu rapidement par certains d’« hormone du bonheur ».

« Docteur, je dois manquer de sérotonine ! »

J’ai entendu cette phrase des dizaines de fois au cours de mes consultations de psychiatre, et la sortie du dernier livre de Michel Houellebecq, intitulé « Sérotonine » risque fort d’amplifier le phénomène. Le narrateur y dompte en effet son mal de vivre à grands coups de « Captorix », un antidépresseur imaginaire qui stimule la sécrétion de… sérotonine, évidemment.

Suffirait-il donc d’ingérer la bonne dose de ce neurotransmetteur, parfois aussi appelé « hormone du bonheur », pour être heureux et reléguer mal-être ou dépression au rayon des mauvais souvenirs ? Les choses ne sont pas si simples.

Les limites des analogies

Je ne sais jamais très bien quoi répondre à ces patients qui se disent en manque de sérotonine. Une partie de notre travail de psychiatre consiste à expliquer comment fonctionnent les médicaments que nous prescrivons, afin que les patients puissent se les approprier, et surtout accepter de les prendre quand nous le pensons utile. Ce n’est jamais aisé, car les psychotropes font toujours un peu peur. Les idées reçues sont tellement nombreuses dans ce domaine qu’il est indispensable de dédramatiser voire de déculpabiliser (« si je prends un antidépresseur, c’est que je suis fou »).


Alors, nous multiplions les arguments scientifiques, à grand renfort de jolis dessins de cerveau et de synapses multicolores, très simplifiées évidemment.

Et souvent, nous finissons par sortir l’argument-massue : l’analogie avec d’autres maladies mieux connues, aux traitements mieux acceptés. « Quand on est diabétique, on prend de l’insuline puisqu’on en manque, et tout le monde trouve ça normal ». Sous-entendu : si vous êtes déprimé ou anxieux, c’est que vous manquez de sérotonine, donc il suffit d’en prendre un peu pour aller mieux.

La dépression serait juste liée à un problème de quantité de cette hormone du bien-être, rien à voir donc avec une quelconque fragilité psychologique, passez au garage pour remettre à niveau et circulez ! C’est un professeur de médecine qui vous le dit. « Finalement, ce qui compte, c’est que le patient le prenne, ce fichu antidépresseur. Quand il sera guéri de sa dépression, il sera content et peu importe que mes arguments soient simplistes voire abusifs ! ».

À cet instant, mon surmoi de psychiatre biberonné à la transparence et à la vérité-due-au-patient (formalisée par la fameuse loi Kouchner, le serment d’Hippocrate, les comités d’éthique, etc.) sort le carton jaune anti- #FakeMed. Et menace d’expulser du terrain le bon petit soldat de l’éducation thérapeutique qui a appris qu’il fallait simplifier l’information pour qu’elle soit compréhensible, quitte à flirter avec la ligne rouge de la pseudoscience.

En éthique médicale, on appelle ce déchirement intérieur un « conflit de valeur », lequel peut vite déboucher sur un conflit névrotique quand on a quelques prédispositions à la culpabilité hippocratique. Car, s’il fallait être vraiment honnête (et, rassurez-vous, je le suis le plus souvent…), nous dirions avant tout à nos patients que le mécanisme d’action de nos médicaments reste aujourd’hui très mystérieux, que les causes réelles de la dépression sont encore largement inconnues, en tout cas très multiples et complexes, et que la sérotonine n’est sûrement pas l’hormone du bonheur.

Mais quand on sait qu’au moins la moitié de l’effet d’un traitement vient du pouvoir de conviction du médecin qui vous le prescrit, ce qui concourt grandement à l’effet placebo, ce type de déclaration d’ignorance risque de ne pas être très productif…

Et la sérotonine dans tout ça ?

En l’état actuel de la science, voici ce que l’on peut affirmer avec certitude sur la sérotonine :

1. Il est impossible de doser la sérotonine pour en déduire un risque de dépression ou refléter un état psychologique.
Les officines qui le prétendent, et facturent très cher des dosages complètement inutiles, se livrent à de réelles pratiques frauduleuses. La grande majorité de cette substance se trouve dans le tube digestif et le sang, sans aucune influence sur les neurones. Si on voulait vraiment connaître le « niveau » de votre sérotonine cérébrale, il faudrait en doser certains dérivés dans le liquide céphalo-rachidien, c’est-à-dire vous faire une ponction lombaire… Par ailleurs, ce taux ne renseigne quasiment en rien sur l’activité réelle de la sérotonine dans vos neurones, ce qui nous amène au point suivant.

2. L’action de la sérotonine ne dépend pas uniquement de sa quantité brute dans le cerveau.
La sérotonine peut produire des effets quasiment inverses selon la zone cérébrale où elle se trouve, car elle module l’activité de multiples systèmes et pour cela se fixe sur des récepteurs très nombreux (il en existe au moins 13 identifiés à ce jour) et très différents dans leurs réactivités et leurs rôles). Surtout, la sérotonine est produite en permanence par des neurones spécialisés. C’est plus sa vitesse de production et de recyclage qui compte que sa quantité totale à un temps T.

3. Les effets de la sérotonine dépendent de nombreux paramètres.
À ce premier niveau de complexité se superpose un second, car les effets de la sérotonine dépendent aussi de l’état d’une multitude d’autres systèmes, et notamment de l’état des autres neurotransmetteurs, en particulier la dopamine, qu’elle vient en général freiner. Un taux de sérotonine à un moment donné ne veut rien dire si on ne connaît pas cet état général, lequel se modifie en permanence, générant une complexité d’interactions infinies.

4. La sérotonine ne régule pas uniquement les émotions.
L’effet de la sérotonine sur les émotions est indiscutable. Il s’explique par la présence de ses récepteurs dans des structures clés comme le système limbique (le cerveau émotionnel) et l’amygdale en particulier, des structures cérébrales très impliquées dans les réactions de peur et d’anxiété notamment. La sérotonine a aussi de très nombreux autres effets : sur la régulation de la température, du sommeil, de la sexualité, de l’alimentation, etc. Agir sur cette molécule peut donc modifier un grand nombre de fonctions de l’organisme, pour le meilleur (dans la dépression, plusieurs de ces systèmes sont effectivement altérés) mais aussi pour le pire (effets secondaires).

5. La sérotonine intervient dans la dépression et de nombreux autres troubles psychiques.
Bien que souvent indirects (car provenant de travaux menés chez l’animal ou d’études très partielles chez l’être humain), de nombreux indices confirment aujourd’hui l’implication des systèmes sérotoninergiques dans les dépressions ainsi que dans beaucoup d’autres troubles psychiques, comme les troubles anxieux ou certains troubles de la personnalité. Plusieurs gènes contrôlant le recyclage de la sérotonine semblent conférer une vulnérabilité à différents troubles émotionnels ou comportementaux. Cet impact est toutefois faible et difficile à interpréter. Mais, surtout, les effets thérapeutiques des antidépresseurs favorisant l’action de la sérotonine, connus depuis plus de 50 ans, plaident fortement en faveur de l’implication de cette molécule dans les mécanismes de la dépression et de l’anxiété.

Il faut toutefois se souvenir que les systèmes neurobiologiques mis en cause sont complexes : les effets de la sérotonine entrent forcément en interaction avec les multiples autres facteurs en cause dans la souffrance psychique (personnalité, événements de vie, stress quotidien, représentation de soi et du monde, etc.).

Au-delà de ces faits avérés, des hypothèses, crédibles mais encore théoriques à ce jour, peuvent expliquer les effets des antidépresseurs.

Restaurer les capacités d’autoréparation

L’un des rôles principaux de la sérotonine est de stabiliser et de protéger l’organisme contre le désordre intérieur et les comportements à risque. De manière imagée, elle favorise le calme et la stabilité, pour contrebalancer les effets d’autres systèmes qui visent à se défendre contre les dangers extérieurs (réactions de peur et pulsions impulsives ou agressives) et à se motiver pour agir pour notre survie (système de la dopamine qui favorise l’action coûte que coûte…).

La sérotonine atténue les émotions défensives les plus douloureuses que sont notamment la peur et la tristesse. Sans toutefois les faire disparaître complètement, ces réglages étant toujours subtils et autorégulés en permanence.

En phase dépressive ou en cas d’anxiété pathologique comme dans le trouble panique ou les TOC (troubles obsessionnels compulsifs), l’organisme est en mode d’hypersensibilité émotionnelle et de détection des problèmes, de manière exagérée et surtout constante car échappant aux régulations normales. Ceci peut entraîner une cascade de réactions inappropriées, comme le repli sur soi, des pensées négatives, le dérèglement des systèmes du sommeil ou de l’appétit, etc.


La plupart des antidépresseurs renforcent les effets de la sérotonine, en stabilisant sa production, et surtout en limitant sa destruction (il serait inutile d’administrer directement de la sérotonine, qui n’accéderait pas au cerveau). En renforçant les effets naturels de ce neurotransmetteur apaisant, on rétablit probablement la balance des émotions et des modes de pensée vers une polarité moins négative, ce qui réduit la douleur morale et ses effets secondaires. L’organisme et l’esprit retrouvent ainsi sans doute plus de sérénité et de clairvoyance, restaurant les capacités d’auto-réparation qui existent chez les êtres humains.

Ce renforcement n’est pas immédiat : il prend au moins quinze jours, car de nombreuses réactions et contre-réactions d’adaptation des récepteurs se mettent en place au début du traitement. Cela peut expliquer que les antidépresseurs n’améliorent pas immédiatement les symptômes, et que certains effets secondaires présents dans les premiers jours d’un traitement disparaissent ensuite.

La sérotonine, une ressource pour retrouver l’équilibre intérieur

Qu’on les nomme résilience, coping (adaptation) ou force de caractère, nous avons tous des capacités de gestion de l’adversité. Nous les mettons en œuvre le plus souvent sans même nous en apercevoir. Pour traiter une dépression, il faut activer ces aptitudes. Cela peut se faire grâce à une aide psychologique ou à une psychothérapie, toujours essentielle pour donner du sens aux épisodes traversés et faciliter la cicatrisation et la prévention, mais aussi par la prise d’un antidépresseur qui va agir sur la sérotonine.

Ce traitement est indispensable quand le désespoir est à son comble, pouvant conduire à des idées ou à des actes suicidaires, et quand la dépression empêche tout simplement de penser, en raison de la fatigue physique et morale, rendant de ce fait illusoire tout travail de psychothérapie. Mais il est également très utile pour réduire la douleur morale propre à toute dépression sévère.

Il ne consiste toutefois pas à « rendre heureux » par un dopage artificiel, mais seulement à réduire le déséquilibre émotionnel anormal lié à la pathologie. Un antidépresseur bien prescrit ne rend pas euphorique, et n’a aucun intérêt chez une personne non déprimée. Il rétablit juste un équilibre naturel, et redonne ainsi au patient plus de liberté de penser et d’agir sereinement selon sa propre volonté.

La sérotonine est l’une des ressources mobilisables pour retrouver cet équilibre intérieur. Ce n’est pas l’hormone du bonheur, et c’est très bien comme cela !


Pour aller plus loin : Antoine Pelissolo (2017), « Vous êtes votre meilleur psy ! », Flammarion.

[Image: Kinga Cichewicz/Unsplash – source : http://www.theconversation.com]

Jean-Louis Aubert publie Refuge, un double album de vingt-deux chansons. Dans cette somme, on retrouve la patte de ce bonhomme attachant, qui a repris la route en solo après l’épisode des Insus – la reformation du groupe Téléphone, sans Corine.

jean-louis-aubert

Avec son allure d’éternel adolescent et son visage marqué de rides profondes, Jean-Louis Aubert nous évoquerait presque Mick Jagger. Mais à la différence du chanteur des Rolling Stones, qui remplit toujours les stades avec son groupe, le Français poursuit depuis près de 35 ans maintenant une riche carrière solo. Presque aussi fournie que celle de Téléphone, qu’il a reformé avec Louis Bertignac et Richard Kolinka sous le nom des Insus, cette carrière a surtout été marquée par le succès. Si bien qu’Aubert semble être ce vieil ami de la famille qui viendrait vous chanter ses chansons.

Cette impression est celle qu’on a eu en le voyant en concert au printemps dernier, lors de la tournée acoustique qui a précédé la parution son nouvel album. Elle se confirme à l’écoute de ce Refuge, où l’on retrouve le chanteur inchangé ou presque, avec ses textes qui parlent de sa part d’enfance (Ne m’enferme pas), d’amour (Bien sûr, Aussi loin, Où je vis), de rupture (Où me tourner, Tu vas l’aimer), et tout simplement de ce que c’est que la vie. « Ne cherche pas refuge ailleurs / Sois une île pour toi-même« , dit le refrain de la chanson-titre.

Une écriture simple

Alors bien sûr, on pourra trouver ces mots naïfs mais la simplicité est partie intégrante de cette écriture. Et qu’importe si certaines ballades sont un peu trop chargées en bons sentiments car c’est toujours un moment agréable de retrouver cet homme attachant, qui semble s’acheminer assez sûrement vers une vie de papy rockeur. Un peu comme ces choses dont on connaît d’avance la saveur, ces vingt-deux morceaux donnent l’impression de vous serrer dans les bras et de vous réconforter.

Du côté des arrangements, on aura bien noté la présence d’un peu d’électronique mais le tout reste très sobre. Les climats de clavier et quelques machines complètent les guitares et le piano, sans qu’il n’y ait de grande folie esthétique. L’impression de sérénité donnée par la pochette semble bien coller à ce double disque qui nous livre un Jean-Louis Aubert toujours un peu rêveur. Un chanteur qu’on aura plaisir à retrouver sur scène, puisqu’il est comme chez lui dans cet exercice.

« Tant que je pourrai continuer / Je crierai / Au grand vide de l’éternité / Encore…Encore… « , dit-il aussi. Cela sonne bel et bien comme une déclaration d’intention.

Jean-Louis Aubert Refuge (Parlophone) 2019
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Écrit par Bastien Brun

[Source : http://www.rfi.fr]