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La revista L’Obs se dio a la tarea detectivesca de visitar el pueblo tunecino de Sidi Bou Saïd, donde presuntamente Foucault habría cometido actos de pedofilia. Esto es lo que una corresponsal del magazín francés se encontró durante su viaje a Túnez para reunir pruebas, hallar testigos, entrevistar exalumnos, vecinos y conocidos del filósofo.

Callejón en Sidi Bou Saïd en Túnez, Kassus, 2006. Fuente: Wikimedia, con licencia CC BY-SA 3.0

Marzo y abril, un mes más cruel que el otro, serán ahora recordados como los de la “cancelación” —palabra, sin duda, de vistosos tintes fascistoides— del filósofo estrella de Francia. Las acusaciones de Guy Sorman en su contra, difundidas el día 9 en televisión y reiteradas el 28 en una entrevista con el británico y conservador Sunday Times, nos llenaron de espanto: “Confieso haberlo visto comprándose niños en Túnez […] Les daba cita en el cementerio de Sidi Bou Saïd, en el claro de luna, y los violaba recostados sobre las tumbas”. El peso lapidario de estas declaraciones coincide con la publicación del tomo IV de la Historia de la sexualidad, Les aveux de la chair, en las que el filósofo estudia la concepción del deseo en San Agustín, entre otros. Mientras tanto, en Túnez prospera el anatema contra Foucault. Conservadores e islamistas se regodean en la condena. El diario árabe de Londres, Al-Qods al-Arabi, hace un llamado a “desacralizar a los filósofos”. En otra entrevista, esta vez con la revista francesa L’Obs el 31 de marzo, Sorman vuelve a la carga, pero cambia una fecha: sus recuerdos no son de un verano en 1969, sino de 1970; varios niños corren detrás de Foucault en una calle y lo saludan; él les tira moneditas y cita a algunos para esa noche en el cementerio. A la fecha, Sorman sigue sin aportar pruebas ni testigos que sustenten su escandalosa confesión, salvo por su expareja de entonces, Chantal Charpentier, quien dice recordar al tropel de niños corriendo detrás de Foucault, pero no sus propuestas indecorosas. También cita como fuente a un efebo de Foucault, “un joven Mohamed, muy guapo, de unos 17 o 18 años”, quien les habría contado los episodios ominosos del cementerio. Ante tanta invectiva, Marie Lemonnier de la revista L’Obs se dio a la tarea detectivesca de visitar el pueblo costero de Sidi Bou Saïd, reunir testigos, exalumnos, vecinos, etcétera.

Orientalismo en la era hippie

Bañadas por el sol, casas bajas de muros encalados serpentean por una ladera. Postigos, celosías y puertas de madera azulean al calor marino. Patios interiores, fuentes, cúpulas blancas. Frente a ellas las aguas del Mediterráneo: el golfo de Túnez y de la mítica Cartago. Refugio de morábitos abierto al horizonte que ya había seducido a Lamartine, Chateaubriand, Flaubert y Colette, así es el poblado de Sidi Bou Saïd, 19 km al norte de la capital tunecina, donde se instala Michel Foucault en 1966. Acaba de publicar Las palabras y las cosas. Es el filósofo con más talento de su generación. Decide huir de la plácida pero monótona ciudad de Clermont-Ferrand, donde tiene la cátedra de psicología, y acepta la de filosofía como profesor invitado en la Université de Tunis. “Quería tener con el mar una relación inmediata, absoluta, sin civilización”, escribe en ese entonces Foucault. “Era la estrella del campus. No me perdía ninguna de sus clases. Llegábamos a ser hasta 200 ahí apretujados”, recuerda uno de sus exalumnos, entrevistado por L’Obs. Otro de sus estudiantes de entonces, el lingüista Hammadi Sammoud, declara: “Foucault nos hizo descubrir la nueva crítica, fue un motor y un mentor para nosotros, un profesor que nunca era avaro con su tiempo ni con sus conocimientos, que continuaba las clases en los pasillos y venía a discutir con nosotros al Shiling, el café del mirador”. La afluencia de estudiantes y curiosos a las sesiones públicas que da Foucault los viernes por la tarde incluye hasta al secretario de economía Ahmed Ben Salah, uno de los pesos pesados del régimen de Bourguiba (1957-1987).

Pero, ¿qué nos dice todo esto sobre los crímenes pedófilos en Sidi Bou? Poco, salvo que el poblado tenía fama en ese entonces de liberal, cosmopolita, abierto al turismo sexual y tolerante de la homosexualidad. La vecina de Foucault en ese paraíso oriental, Tanya Matthews, fue famosa, además de por ser periodista de la BBC local, por sus affaires libidinales con jóvenes efebos. Eran los sesenta, aquí y en China. Otra joven de la época, Michèle Bancilhon, evoca sus escapadas nocturnas al cementerio de la infamia, acceso por una escalinata tras una puerta diminuta, al que nunca llevó a Foucault, pero en alguna ocasión sí subió ahí con Raymond Aron. Un lugar propenso a los relatos fantasmagóricos, que iluminaba la luna y en el que se había fisurado una tumba dejando entrever un esqueleto.

En una casa aledaña al cementerio Hamadi Moutaadi fue cocinero y sirviente de Foucault. Hoy insiste en que el filósofo era disciplinado, atento y cortés: “Cuando yo llegaba a las 8 am, él ya estaba escribiendo, rodeado de libros. Siempre fue carismático y me hablaba de ‘usted’ con mucho respeto. Siempre estaba solo, excepto viernes y sábados por la tarde en que grupitos de estudiantes, a menudo dos muchachas y tres muchachos, lo venían a visitar. Me sorprenden mucho las acusaciones. No solo no corresponde a nada que yo haya atestiguado, sino que me parece odioso atacar a un muerto, ¡alguien que no puede defenderse! Y es una ofensa para los niños de Sidi Bou Saïd. El pueblo tenía unas 700 u 800 almas en esa época, y nadie lo vio tener ese tipo de comportamiento con ellos.” “Violar a un niño, ¡y además en la tumba de un cementerio!, eso le hubiera costado un linchamiento”, afirma uno de los pilares de la comunidad, Abdallah Mellah, también entrevistado por L’Obs. Para otro vecino, el camino que llevaba al cementerio era lugar de cita para algunos amantes furtivos, pero “violar niños de noche en las tumbas, eso es imposible. Nuestros cementerios tienen vigilancia y a los niños los encierran sus padres de noche en casa”.

Más filósofos de la destrucción

Las pesquisas de la periodista de L’Obs conducen a un callejón sin salida. Ninguna prueba fidedigna. El último argumento en defensa de Foucault se relaciona inevitablemente con el 68. Praga, París, México… y Túnez. Ya en nuestras tierras el “gorila” Díaz Ordaz —ese era su apodo, con todo respeto— había acusado a los modernos “filósofos de la destrucción” que azuzaban a los revoltosos. Herbert Marcuse estaba en boga y en boca de todos: la alienación del individuo lo acerca a sus pulsiones de muerte y a renunciar al amor y a la libertad; Eros y Thanatos comprimidos en el infierno tecnológico e industrial.

“[Para mí] no fue mayo del 68 en Francia, sino marzo del 68 en un país del tercer mundo”, le contestó alguna vez Foucault al propio Marcuse cuando el alemán le reprochaba dónde estaba cuando se levantaron las barricadas. En la universidad de Túnez, Foucault tiene gran cercanía con un grupo de jóvenes críticos, creadores y animadores de la revista althusseriana-marxista Perspectivas (1963). La fuerza represiva se abate sobre ellos mientras crecen las protestas durante la primavera del 68. Mohamed Salah Fliss, uno de sus miembros, sufre torturas con picanas eléctricas, al igual que el resto de los líderes del movimiento. Purga ocho años de cárcel. Ante la ola contestataria, la casita de Foucault en Sidi Bou Saïd se vuelve centro de reuniones clandestinas; se imprimen panfletos en un mimeógrafo que tiene escondido, a salvo de registros policiales y aduaneros. Su Peugeot deportivo le permite escabullirse hasta el centro con los libelos y sus autores. Su casa sirve también de guarida a algunos líderes perseguidos como Ahmed Ben Othman. Por supuesto, el gobierno de Bourguiba no deja que este otro “filósofo de la destrucción” campe a sus anchas. Le intervienen la línea telefónica. Un misterioso vagabundo se instala afuera de su casa. Le revisan la correspondencia “por seguridad”. Una noche incluso sufre una sorpresiva golpiza. Al día siguiente, un ministro lo invita a una reunión. “Foucault estaba seguro de que el ministro quería comprobar que habían hecho bien el trabajo”, cuenta el sociólogo Daniel Defert. Y agrega: “Pueden ver que si hubiera habido el más mínimo affaire de pedofilia el gobierno lo hubiera usado de inmediato en su contra para correrlo del país”. Foucault vuelve efectivamente a Francia en octubre del 68. La mayor parte de sus estudiantes tunecinos están en la cárcel. La experiencia en la ciudad magrebí desencadena su interés en crear el Grupo de Información sobre Prisiones (GIP) en 1971, lo cual se traduce nada menos que en Vigilar y castigar (1975). Mucho más interesante y fecunda es esta parte de la historia que aquella de las acusaciones improbables, que, por cierto, Sorman atenuó hace poco, reconociendo que el orientalismo de Foucault lo impresionaba más que su “efebofilia”.

[Fuentes: L’Obs (6/05/21), The Times – publicado en http://www.nexos.com.mx]

Estrea a película «Poliamor para principiantes», última comedia de Fernando Colomo

Elejalde quedó desencantado de la dirección cinematográfica y dice que prefiere ser solo actor

Elejalde quedou desencantado da dirección cinematográfica e di que prefire ser só actor.

Escrito por OSKAR BELATEGUI

Karra Elejalde (Vitoria, 1960) non para. Rodou en Colombia a película A mirada de Lucía, onde Imanol Uribe regresa ao asasinato do teólogo xesuíta Ignacio Ellacuría, ten por estrear a serie de Alejandro Amenábar A fortuna e roda estes días en Bilbao A vida pai, unha comedia na que encarna a un cociñeiro sen memoria: «Ten algo que ver co que está a vivir o meu amá, que conta xa noventa e pico anos», anota o actor.

Este venres estrea nos cines Poliamor para principiantes, unha comedia de Fernando Colomo na que encarna ao pai e xestor dun rapaz youtuber, enfrontado ás novas formas de relacionarnos no sexo coa va esperanza de alegrar a súa vida conxugal. «¿Que idade tiñamos nós nos tempos do destape?», pregúntase. «Nin en casa nin na escola explicáronnos nada, estabamos máis saídos que unha paraguaia», evoca divertido.

-¿Isto do poliamor non é vivir en comuna?

-Non, o poliamor na película é un subterfuxio para falar das relacións humanas, de como se deteriora o sexual a pesar de que se manteña o amor. Aínda que non o creas, hai unha chea de mandamentos que hai que cumprir para ser poliamoroso. Eu non o practico, pero estou a favor, porque me parece máis honesto pactar as cousas que andar con segredos pondo cornos. No amor e na sexualidade, todo é viable se é consentido.

-A película ironiza respecto das identidades sexuais e ás novas nomenclaturas: cis, hetero, bi, trans, xénero fluído, intergénero…

-Eu, que tiven fillos, o que menos entendo é a relación de cocrianza dos fillos, fáiseme costa arriba. Os rapaces de agora posúen moita máis información da que tiñamos nós. Hoxe o ser humano ten máis asumido que caiban todo este tipo de cousas sen chamalas perversións.

-Teñen Internet.

-Si, e non saen de aí. Cando o meu amá montábame no tren vasconavarro, falabas co de en fronte aínda que non o coñeceses. Eu collo o tren de Molins de Rei a Barcelona e todos están pegados ao puto móbil. Estamos a chegar a unha incomunicación e a unha involución tremendas.

-¿Se a súa filla lle sae «youtuber» daríalle un desgusto?

-Non especialmente, pero intentaría reconducila. Está moi ben iso de ser pai e ser o mellor amigo do teu fillo. Pero cando xa ten unha idade tes que ser só pai.

-Os actores pagan a peaxe de estar nas redes sociais para que os chamen. Non é o seu caso.

-Eu preguntáballo a Dani Rovira facendo Oito apelidos vascos. Contestábame que, con moitos seguidores, fas unha obra de teatro e tes garantido o público. Eu non teño Facebook, Twitter nin Instagram. Nin os quero ter. Nunca como agora nos habemos autocensurado tanto por medo. Tes que andar pisando ovos, coa arroba todo o intre. Eu non necesito seguidores, a xente xa me segue pola rúa. Cheguei tarde a este mundo. Son un inútil que ten que recorrer á súa muller e a súa filla. Non me dá vergoña recoñecelo.

-Pasaron máis de 30 anos de «Vacas», «Ás de bolboreta», «Acción mutante». ¿Que balance fai da súa carreira?

-Eu estudei electricidade, era electricista. Era moi chistoso, moi chirigotas, e na mili coñecín a un tío que traballaba no grupo de teatro gasteiztarra A Farándula. Eu nunca xamais pensei en ser actor. De neno quería ser cura ou pelotari. Os xesuítas ensinábanche filminas de como vivían no Orinoco, e dicíalle á amá, que non era precisamente de bicar pías bautismais, que quería ser cura. «¡Douche unha hostia!», contestábame. «Cura non che deixo, pero pelotari si». Ser actor xurdiu de casualidade.

-Ata se animou a dirixir dúas longametraxes: «Ano mariano» e «Torapia».

-O meu último proxecto foi sabotado, a partir de aí quitáronlleme as ganas. Ademais, creo que me desenvolvo mellor como actor. E sáeme mellor economicamente: traballas oito semanas de actor e da outra xeito gañas o mesmo en dous anos dedicado full estafe a unha película. Non me sae a conta, son moitos máis os sufrimentos que as satisfaccións.

– ¿Aínda lle gusta a súa profesión?

-Teño a sorte de vivila con paixón. Un día ten 24 horas. Oito dórmelas e das 16 restantes, a metade prostitúesche para vivir dignamente as outras oito. Recordo ao meu aitá escoitando o Carrusel deportivo e dicindo con enorme pesar: «Mañá, a traballar». Eu gozo traballando, do proceso da miña prostitución.

«O meu espiñita cravada é non ter podido dedicar ao Athletic o Goya polo papel de Unamuno»

Karra Elejalde soporta a pandemia do coronavirus. Está, sen dubidalo, a favor da vacinación e apela ao sentido común xeneral da poboación. El espera confiado a segunda dose de AstraZeneca, e cre que os beneficios da inmunización ofrecen pouco espazo á discusión.

-Teño 60 anos, xa me vacinaron coa primeira de AstraZeneca, non se cando nos van dar a segunda. Non son deses terraplanistas que non han ir á praia para ver que o horizonte é curvo. Que fagan contas de cantos sufriron trombos coa vacina, animo a que sexamos lóxicos e teñamos paciencia. Tamén a que non confundan liberdade con tomarse unha cana. Pola liberdade habémosnos/habémonos dado de hostias cos grises, pola liberdade de expresión, de abortar, a eutanasia, un salario mellor. Non pola enganosa liberdade de tomarche unha cañita, que me parece patético.

-¿Vai ser todo diferente agora?

-Eu son moi afagador, moi de agarrar e dar bicos. Tiven que facer un enorme esforzo para non tocar. Vivo case no monte e, é verdade, o confinamento foi máis levadío que para o que vive no cuarto B. Hai persoas que non saben vivir en soidade, que carecen de afeccións. Pois o tes fodido. A xente ten que valorar o importante que foi a cultura neste tempo. O cine e as series contribuíron a paliar o sufrimento. Quero crer que no medio ano volveremos á normalidade.

-Estes días roda «A vida pai» en Bilbao, unha comedia de cociñeiros.

-Si, adoro Bilbao. Estiven nomeado ao Goya por encarnar a un ilustre e controvertido bilbaíno, Miguel de Unamuno, en Mentres dure a guerra. O meu espiñita cravada é non ter podido dedicar aquel Goya á cidade de Bilbao, a Josu Urrutia, que entón era o presidente do Athletic, a todo o persoal sen exclusión e á afección. ¡Aúpa Athletic!

 

 

[Imaxe: ANXO MANSO – fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

Una nota sobre Regreso a Reims, de Didier Eribon

 

Escrito por Paula Andrea Marín C. 

El campo de los posibles… está estrechamente circunscrito a la posición de clase… Hay que pasar, como me sucedió a mí, del otro lado de la línea demarcatoria para escapar a la implacable lógica de lo que se da por sentado y para percibir la terrible injusticia de esta distribución desigual de oportunidades y posibles… Se trata de romper con las categorías incorporadas de la percepción y los marcos instituidos del significado y, en consecuencia, con la inercia social de la que dichas categorías y marcos son vectores, con el fin de generar una nueva mirada del mundo y, de esa manera, abrir nuevas perspectivas políticas. 

Las clases desfavorecidas creen estar accediendo a las posiciones de donde antes se las excluía, pero para cuando acceden a ellas, dichas posiciones ya han perdido el lugar y el valor que tenían en un estadio anterior del sistema… La distancia entre dominantes y dominados sigue intacta.

―Didier Eribon, Regreso a Reims.

Didier Eribon (Reims, Francia, 1953), filósofo, sociólogo, ensayista y periodista, publicó en 2009 Regreso a Reims, traducido y editado en español por Libros del Zorzal (Buenos Aires) en 2015. Eribon es ampliamente conocido en Francia y en Estados Unidos por sus estudios sobre disidentes y minorías sexuales, específicamente, las relacionadas con la homosexualidad masculina (en español, sus libros han sido traducidos y editados, sobre todo, por Anagrama). Le debo a alguien que me conoce bien el encuentro con este libro, alguien que sabe de mi obsesión por las relaciones entre clase social y trayectorias individuales, por aquello que algunos llaman la sociedad del “mérito” y sus muchos techos de cristal, pero también alguien que conoce mi amor por la obra de Annie Ernaux y de Pierre Bourdieu, ambos, como Eribon, originarios de provincias francesas diferentes a París; Ernaux y Eribon, además, se consideran deudores y herederos de la obra de Bourdieu.

Con una mezcla de escritura autobiográfica y de análisis sociológico, Eribon, hijo de un obrero y de una empleada doméstica, reconstruye su trayectoria socioprofesional (en el ámbito de las humanidades) en Regreso a Reims, a partir de un viaje a visitar a su madre, tras la muerte del padre y de décadas de no verlos. Desde ese momento y con una pregunta en mente: “¿Cómo podemos manejar nuestra relación con una historia que nos avergüenza?”, Eribon comienza a interrogar a su madre sobre sus orígenes sociales y rehace la historia de su familia, desde sus bisabuelos hasta él y sus hermanos. Como con Ernaux, me une a Eribon la procedencia de una familia que, hasta mi generación, no había podido acceder a la educación universitaria (y no todos hemos podido acceder, de hecho). Aunque, a primera vista, esta situación pueda verse como un triunfo del progreso social y de la democracia, siguiendo a Bourdieu en Las estrategias de la reproducción social, Eribon enfatiza en la ilusión de la educación como una vía para “salir adelante” y mejorar la posición social, una ilusión que deja por fuera el hecho de que para que esto sea realmente posible hacen falta dos formas de capital, además del académico: el social (unido al económico) y el cultural (que se desprende del social).

Si bien las sociedades occidentales han avanzado en el acceso a la educación gratuita (relativamente) y obligatoria de la mayoría de la población, el acceso al capital social y cultural sigue siendo el mayor obstáculo para que la educación sea, tal como lo preconizan los programas de gobierno, la manera para salir de la pobreza y la forma como todos contamos con las mismas oportunidades para ascender en la escala social. Se trata, a partir de ese punto –nos dicen-, del mérito, del talento propio; quien no logre sus objetivos será porque no cuenta con ese talento. Mentira, dicen Eribon y Bourdieu: las brechas sociales, la desigualdad se sigue reproduciendo porque los ricos de cuna (llamémoslos así, de una vez y distingámoslos de los “nuevos ricos”) siguen teniendo un capital social (contactos efectivos, en primer lugar, entre familiares) y cultural (conocimientos y experiencias directas con las artes y con las ciencias) que nunca podrá ser alcanzado por la mayoría de la población, y es así porque esa es una marca de distinción a la que no piensan renunciar tan fácilmente.

Asimismo, no es igual educarse en una escuela pública o en una privada; tampoco estudiar una carrera en una universidad de provincias o en una de la capital y, entre las de este lugar también hay diferencias. Ni qué decir de los que logran educarse fuera del país en comparación con los que hacen todo su recorrido académico en instituciones nacionales. Para tus “pares”, tus “colegas”, los datos de tu formación académica te ubican inmediatamente en un punto del plano social, te ponen más o menos cerca de ellos, te hacen parte de algo o te dejan por fuera de ello. En este sentido, avanzar en la escala social, llegar a un estrato superior que el de tus padres (en jerga colombiana: pasar del estrato 0 al 2 o del 2 al 4) es toda una osadía. Eribon debió dejar sus estudios de doctorado en filosofía porque no tenía cómo pagar su manutención para dedicarse a su tesis y porque aprobar los exámenes para convertirse en profesor nombrado en un liceo era una tarea casi imposible. Su “salvación” fueron los vínculos sociales que tenía en el ambiente gay parisino que frecuentaba y gracias al cual conoció a alguien que lo contactó -los benditos contactos- con el editor de un gran (y el “gran” es importante aquí, lo sabemos) periódico (¿Cuántas veces hemos escuchado o vivido variaciones de esta misma historia?). A partir de allí –y sumado al talento de Eribon como escritor e intelectual- se “da a conocer” (se hace visible, reconocible) en el medio y comienza su “carrera”.

Al igual que Ernaux en sus novelas, Eribon rememora su pasado como algo demasiado lejano ya de su presente, cuando ambos viven en medio de cierto estatus social más alto que el de sus padres; ciertamente, eso los hace sentir, por un lado, como traidores de su clase social o de su grupo familiar y, por otro, vergüenza de su origen social humilde: cambian los gustos, la forma de vestir, la forma de entretenerse, la forma de hablar y hasta de pensar, y esas diferencias crean una distancia que, en la mayoría de los casos, se vuelve insalvable. La escritura en estos dos autores franceses se convierte en una manera de mirar de frente la vergüenza. En el caso de Eribon, esa vergüenza, además, está marcada por la dificultad que representa reconocerse como parte de una minoría sexual. Ya La vida de Adèle, esa película maravillosa de Abdellatif Kechiche, nos explicó en qué consiste esa dificultad: entre más alta sea la clase social a la que perteneces (y más capital cultural posea), menos difícil será que tu familia y tu grupo social acepten tu disidencia sexual. Adèle se siente perdida porque aunque quiera vivir su homosexualidad y realizar su vocación artística, su sentido de pertenencia a una clase social se lo impide; cree que a lo que mínimamente puede aspirar es a ser profesora en un jardín de infantes y a conformarse con los novios que pueda conocer en su trabajo. Su expareja (otra mujer de una clase social alta-adinerada y relacionada con artistas reconocidos), en cambio, puede realizarse como artista y vivir su homosexualidad abiertamente. Esto, sin embargo, no elimina la violencia que conlleva ser diferente en una sociedad que siempre tiende a condenar lo que se sale de lo “normal” ni la sensación de vulnerabilidad permanente, pero evidencia que la situación no es igual para todos los que pertenecen a esas minorías y que, como a Eribon, alejarse de una clase social pobre permite vivir un poco más tranquilamente la homosexualidad (sin que desaparezcan, claro, todas las dificultades).

En mi memoria, guardo el recuerdo del día exacto en el que me di cuenta de la clase social a la que pertenecía y de los obstáculos que tendría en el camino para desarrollar mi vocación intelectual: como la mayoría de niños de mi generación, vi durante casi diez años seguidos (comenzando a mis nueve) Los Simpson; sentía –y mi hermano me lo recordaba- que yo era Lisa –y él Bart- y que mis padres eran Marge (en un papel más tradicional) y Homero (no teníamos una Maggi porque mi papá decidió hacerse la vasectomía). En uno de los capítulos, Lisa va a la casa de un niño rico, con capital social y cultural; en un momento y luego de hacerle unas preguntas, el padre del niño le hace saber a Lisa que no posee los conocimientos suficientes (el suficiente capital cultural) que la habilitarían para ser considerada parte de esa casa y la humilla por esto; pese a su inteligencia, Lisa sabe que algo le hará falta siempre y que no hay modo de solventarlo (esto, a su vez, genera la compulsión de siempre estar demostrando que se es apto). Los museos, las bibliotecas, las librerías, el teatro, la ópera, los conciertos de música con alto estatus cultural no están al alcance de todos; aunque muchas de estas experiencias se ofrezcan de manera gratuita, hace falta algo más para que la mayoría de la gente se sienta convocada por ellas, sienta que puede acceder a ellas, comprenderlas, disfrutarlas y, lo más difícil de todo: hablar de ellas, sentirse con la autoridad de hablar sobre ellas y de tener un lugar legítimo (y un grupo) para hacerlo. Al igual que Lisa, intenté y sigo intentando solventar ese capital cultural que no tuve ni por educación ni por conocimiento directo, a través de los libros y de convertir esas experiencias, a fuerza de voluntad, en algo propio, en algo a lo que tenía derecho (también, claro, porque me sentía identificada con ellas). Pero siempre hay alguien que te hacer recordar la falta: conoces la Mona Lisa, pero nunca has ido al Louvre; sabes quién es Henry James, pero nunca lo has leído en inglés.

En este punto, Eribon introduce una reflexión absolutamente pertinente: el creciente aumento de la desconexión entre el discurso político de la izquierda y las clases pobres y, consecuentemente, el acercamiento de estas a los movimientos de derecha. La mayoría de quienes construyen esos discursos de izquierda provienen de clases sociales humildes que han alcanzado cierto avance en la escala social, pero si lo que plantean Eribon y Ernaux es cierto, estos mismos ideólogos se avergüenzan de su origen social y eso produciría que sus discursos hagan sentir excluidos a aquellos que, en primer lugar, deberían sentirse interpelados, porque no entienden del todo sus términos; además, estos discursos han eliminado la lucha entre ricos y pobres, “la violencia desnuda de la explotación” como dice Eribon, e introdujeron palabras como “modernización” y “sujeto autónomo”, que claramente desplazan las luchas por la solidaridad y la redistribución de la riqueza. Esto es aprovechado por los ideólogos de la derecha quienes, a través de sus discursos populistas basados en prejuicios, hacen sentir incluidas a las clases humildes; de allí que el discurso xenófobo contra los inmigrantes, los valores tradicionales o la “seguridad” se inocule tan fácilmente en la mayoría de las personas y decida su voto en las urnas.

De dientes para afuera, el origen humilde se convierte para los intelectuales de izquierda en un motivo de orgullo, pero en la intimidad, produce vergüenza, algo de lo que quisieran deshacerse. Si eres intelectual o académico, es políticamente correcto ser de izquierda, pero al revisarse los discursos, los pensamientos, las acciones, las formas de relacionarse, especialmente con la familia, aparece la contradicción, la realidad de lo que sucede: hemos caído en la trampa y vemos la pobreza como una enfermedad de la que hay que alejarse y no como parte de un sistema opresivo; se nos olvida que lo que hay allí es la más pura explotación de unos sobre otros, adquirimos la “máscara blanca” y negamos nuestras “pieles negras”, no por voluntad, no como un acto consciente, sino por la inercia del sistema social que, sin querer, alimentamos, aunque nuestra necesidad sea legítima: apartarnos de un medio que asfixia nuestras ansias de otro tipo de realidad, de vida, de alternativas para la realización de nuestra vocación, conservar los pocos privilegios que hemos alcanzado con tanto esfuerzo. Es allí donde la derecha gana o donde la izquierda se vuelve reaccionaria.

¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo ayudar a transformar ese “orden” milenario? Primero, manteniendo, como dice Eribon citando a Foucault, una “indocilidad reflexiva” que nos permita recrear una distancia irónica frente al funcionamiento social, para encontrar más fácilmente las grietas y hacerlas más grandes o crear otras. Segundo, convirtiendo la vergüenza en orgullo, un orgullo que desafíe los mecanismos más profundos de la “normalidad” social, de esa maquinaria que se ha vuelto inercia, que se ha naturalizado en nuestra consciencia y que nos ha robado la sensación de sentirnos dignos. Termino con una frase de Sartre, de su libro sobre Genet, citada también por Eribon: “Lo importante no es lo que hacemos de nosotros, sino lo que hacemos nosotros mismos con lo que hicieron de nosotros”. Regreso a Reims invita a hacer la siempre necesaria vuelta al pasado familiar para entender por quiénes hemos sido habitados, pero también para comprender que podemos elegir otras presencias a las que tenemos pleno derecho, sin perder de vista que somos una red, un colectivo y que, pese a que hay suficientes recursos para todos, deberíamos plantearnos siempre si aquello que anhelamos no es otra forma de seguir alimentando el sistema que intentamos cambiar.

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  • Didier Eribon. Regreso a Reims. Trad. Georgina Fraser. Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2017.

 

[Fuente: http://www.revistacoronica.com]

Tahar Ben Jelloun recuerda en este texto la llamada que, siendo él un joven de 30 años, recibió de un autor consagrado de 64, volcado en la militancia política, cansado de la literatura y de su propia imagen de maldito. Aquel día nació una amistad a la que el autor marroquí ha dedicado un libro, ‘Jean Genet, mentiroso sublime’, que esta semana llega a las librerías de la mano de la editorial Huerga & Fierro

Jean Genet, en Chicago en 1968. LEE FRIEDLANDER / FRAENKEL GALLERY, SAN FRANCISCO

Escrito por TAHAR BEN JELLOUN 

Blanca escarlata, la voz de Jean Genet. El recuerdo de una voz tiene un color; la de Genet tenía algo de luminoso y al mismo tiempo de juguetona. Todavía la oigo. Voz trabajada por el tabaco, un poco ronca, casi femenina, pero una voz sonriente. Con el tiempo se volvió gruesa, calma y siempre presente, urgente. Escribirá en Un cautivo enamorado: “Como todas las voces, la mía está falsificada, y si no se adivinan las falsificaciones ningún lector es consciente de su naturaleza”.

Yo estaba lejos de advertir sus efectos especiales. Había cierta constancia en aquella voz, un tono que variaba poco. Nunca hablaba en voz alta y, hasta cuando estaba enojado, solo expresaba su exasperación con palabras escogidas. Era natural en él. Pero cuando escribía oía su voz interior, que debía ser diferente de la que utilizaba en público. A veces murmuraba o recalcaba ciertas palabras para hacer sentir mejor su importancia. Las acompañaba con gestos precisos como si dibujara caras y expresiones corporales. La voz de la falsedad. La voz de la verdad. La voz correcta. Pasaba de una a otra sin previo aviso. Procedía, ingenuamente, de un modo tan burdo que producía risa. Mentir es hacer piruetas. Él estaría de acuerdo con lo que decía Cavafis: “La verdad solo pertenece a los vencedores”, y añadía: “La verdad no es suficiente, pero el poeta da testimonio incluso de lo que no ha visto”. Genet no se reconocía “en el hilo de las evidencias” (René Char); lejos de ello, todo le parecía complejo y desconfiaba de todo y de todos salvo de los que amaba. Pasaba así de un exceso a otro y no le incomodaba. Era el hombre de la palabra dada, palabra que daba muy raramente. Del resto, firma, contrato, promesa, le daba por burlarse y reírse.

En ningún momento sentí que su voz era “falsa”, salvo cuando imitaba a la gente. Más de 40 años después, aún la conservo claramente en la memoria. La escucho, regreso al pasado y vuelvo a ver aquella mañana soleada de primavera, el 5 de mayo de 1974; yo tenía treinta años y él la edad que yo tengo hoy, cuando escribo estas líneas: 64 años. Mucho más que sus escritos, a los que vuelvo a menudo, es su voz la que más me acompaña. Para mí era la voz de un hombre verdadero, no la de un mentiroso, de un embustero, de un jugador o de un comediante. Sobre todo no la de un santo.

Me habló por teléfono, y me esforcé en representármelo. Había solo visto una foto suya con los Black Panthers en América. Me acordaba de su nariz de boxeador y de su cabeza calva. No estaba seguro de reconocerlo si me lo encontrara por la calle. Había oído hablar de él cuando se posicionó en favor de los prisioneros negros en América. Fue en julio de 1969, en el Festival Panamericano de Argel. Unos hombres venían de caminar por la luna, y nosotros, incrédulos, preferíamos la compañía de los militantes negros con Angela Davis a la cabeza. Fue allí cuando oí por primera vez el nombre de Genet en boca de Jean Sénac, poeta francés que se hizo argelino, asesinado en 1973 en Argel porque era homosexual, porque era rebelde, porque molestaba a un régimen militar duro y alérgico a la poesía, al pensamiento libre, a la imaginación creadora.

“Me llamo Jean Genet, usted no me conoce, pero yo sí, lo he leído y me gustaría quedar con usted… ¿Está libre para comer?”. Me dije: resulta gracioso, el mundo al revés. ¡Un mito de las letras francesas que me invita a mí! No me lo podía creer. Estaba vagamente al corriente de sus bromas, de sus polémicas, de sus escándalos y de sus obras prohibidas. Cuando estaba escribiendo mi primera novela, Harrouda, entre 1970 y 1972, descubrí el Diario del ladrón, que un amigo me había recomendado. “Léelo, habla de Tánger, un Tánger que ni tú ni yo conocimos”. Efectivamente, me quedé sorprendido y al mismo tiempo me intrigó lo que aquel hombre relataba de su viaje de Barcelona a Tánger. Aquella lectura me conmocionó, pero fue una conmoción saludable, formidable.

“Me llamo Jean Genet, usted no me conoce, pero yo sí, lo he leído y me gustaría quedar con usted… ¿Está libre para comer?”. Me dije: resulta gracioso, el mundo al revés. ¡Un mito de las letras francesas que me invita a mí!

¡Jean Genet quería conocerme! ¡Por supuesto que estaba libre! Lo habría anulado todo para aceptar su invitación. Fue la única vez en que me habló de usted. El tuteo era en él inmediato, salvo con las personas que quería tener a distancia.

Yo sabía que había leído Harrouda, aparecida en 1973, en Maurice Nadeau. Había hablado de ella en una emisión de France Culture. Su intervención se publicó en L’Humanité. Un amigo librero de la Rue de Rennes me lo comunicó algunos días después, pero demasiado tarde para encontrar el diario en los kioscos. Me dijo que Genet se metió con Sartre. “Harrouda de Tahar Ben Jelloun, Une vie d’Algérien de Ahmed, Le Cheval dans la ville de Pelégri, Le Champ des oliviers de Nabile Farès ―había declarado Genet el 2 de mayo de 1974― son los libros que uno tendría que leer para conocer la miseria de los emigrantes, su soledad y sus desdichas, que son también las nuestras. […] Es necesario que hable, y volveré a hablar de estas voces más lúcidas que lastimeras, ya que nuestros intelectuales, a los que todavía se les llama estúpidamente pensadores, escurren el bulto; los que supuestamente son los mejores se callan; uno de los más generosos, Jean-Paul Sartre, parece haber cometido un error y complacerse en el mismo. No se atreve a pronunciar una palabra, una palabra que podría ayudar a esas voces de Tahar Ben Jelloun y Ahmed. Pero Sartre ya no es el pensador de nadie, salvo de una pintoresca banda ya desbandada”.

Estas palabras me habían en un principio sorprendido, pues eran inexactas: mi novela no trataba de la miseria de los inmigrantes, sino de la historia de un niño que descubre la sexualidad entre las ciudades de Fez y Tánger. Genet solo había retenido la figura de la madre del niño y la de aquella anciana prostituta convertida en mendiga que los niños apodaban “Harrouda”. A la espera de leer todo el artículo, me dije “he de darle las gracias” y envié una carta bastante banal a Gallimard con mi dirección en el dorso del sobre: “Maison de la Norvège, Cité Universitaire, boulevard Jourdan, Paris XIV”.

Estaba muy lejos de imaginar que me respondería y no podía adivinar que elegiría telefonearme. En la Ciudad universitaria no teníamos teléfono en las habitaciones, solo una campana para avisarnos. Había entonces que bajar a recepción para atender la llamada. Yo estaba en pijama y, mientras me vestía, solo me invadía un temor: que el comunicante no hubiera ya colgado.

Me llamaban raramente. Debían de ser, pensé, mis padres o mi hermano seguramente de paso por París. Cuando tomé el auricular, su primera frase salió de una vez. Ni una sola vacilación, ni el más mínimo silencio entre las palabras. Como aprendida de memoria, como recitada por un comediante sin derecho a equivocarse: “Me llamo Jean Genet…”.

Me pidió que nos encontráramos en el restaurante L’Européen, frente a la Gare de Lyon. Tomé el metro con la emoción de ir a conocer al escritor con el que nunca hubiera esperado encontrarme un día. Pero he aquí que, perturbado por la invitación, me equivoco de estación y me encuentro en la Gare du Nord. Bajé de nuevo al metro volviendo a pensar en las páginas del Diario del ladrón, un libro que me había dejado noqueado por su virulencia, su crueldad y su audacia. Me acordaba de los escupitajos, de los piojos y de las palabrotas: “Los piojos nos habitaban. Proporcionaban tal animación a nuestras ropas, tal presencia, que, al desaparecer, parecía que estaban muertas. Nos gustaba saber, y sentir, pulular las bestias translúcidas que, sin ser domesticadas, eran tan buenas con nosotros que el piojo de otro nos asqueaba. Las cazábamos, pero con la esperanza de que en el día hubieran nacido las liendres. Con nuestras uñas las aplastábamos sin asco y sin odio”.

Se me había quedado este pasaje en la memoria porque me regresaba con precisión a aquellas noches pasadas en el campo disciplinario del ejército cazando chinches (cuando uno los aplasta, desprenden un olor insoportable) y piojos que se ocultaban en las sábanas, ya que nuestras cabezas eran sistemáticamente rasuradas cada dos días.

Tahar ben Jelloun, novelista e intelectual, premio Goncourt.

Tahar ben Jelloun, novelista e intelectual, premio Goncourt. BERNARDO PÉREZ

Después de haber atravesado todo París en metro, llegué finalmente con mucho retraso. Era un día particularmente soleado, Genet estaba en la acera, con un libro en la mano. Me sorprendió el rosa fresco de sus mejillas, un rosa caramelo. Un bebé risueño, pequeño de talla, camisa de un blanco relumbrante, pantalón beige no muy limpio, gastado chaquetón de gamuza, restos de nicotina en los dedos. Fumaba cigarrillos Panter, el humo olía fatal. Al entrar en el restaurante, creí que hacía bien diciéndole que admiraba su obra. Sin enfadarse, me dijo: “No me vuelvas a hablar nunca más de mis libros; escribí para salir de prisión, no para salvar a la sociedad; he salvado mi piel aplicándome como un buen escolar, ya lo sabes, eso es todo”.

Me quedé sorprendido, un poco desconcertado, sin saber cómo reparar la metedura de pata. Me había hecho ciertas ilusiones y pensaba que un gran escritor no hablaría así de su obra. Era el lado ingenuo de mis inicios en la literatura. Pero confieso que esta reacción violenta, sorprendente, me ayudó enormemente en mi vida y en mi trabajo. Era la primera vez que me encontraba con un escritor que no soportaba que se mencionara delante de él su obra. Resultaba muy raro. Le pregunté por qué. Me miró y me dijo: “¿Qué es lo importante, un hombre o una obra?”. Puso ante mí la obra que tenía en la mano, un libro en árabe. Me dijo: “Son Las mil y una noches, estaría bien que las tradujeras”. Le respondí que ya había buenas traducciones de aquel libro. No insistió y comenzó a hablarme con más detenimiento: “Vengo de Palestina y, al final, de Jordania y de los campos palestinos. La policía jordana me arrestó y luego me expulsó. Yo hablaba del Septiembre Negro, de la responsabilidad del pequeño rey; en pocas palabras, no fui bienvenido. En fin, tienes que saber que es horrible lo que he visto; sí, horrible, la gente tiene que saber lo que pasa allí. He visto a niños deshidratados, a madres implorar al cielo, a combatientes salir al alba a luchar contra el ocupante; he visto tales cosas que he escrito un texto que me ha pedido Arafat. Ha sido traducido al árabe. No lo tengo, pero me gustaría mucho pasártelo para que me dijeras si está bien traducido, ¿comprendes?, para los palestinos. Las palabras han de ser precisas, sin contrasentidos, es importante”.

Pidió una caña y puré. El camarero le dijo: “Puré, ¿con qué?, ¿carne, pescado?”. “Carne picada”. Me dijo: “En París, no se puede comer un plato de puré. Apenas me quedan dientes, de modo que no puedo masticar la carne, me alimento de puré; pero es necesario que pida carne, o no hay puré. Aunque, tú, toma lo que te apetezca. Eres mi invitado”. Durante el resto de la comida, en ningún momento habló de Harrouda ni de su intervención en France Culture; me habló de los campos palestinos, de Hamza, un combatiente palestino que había conocido, de la madre de Hamza, de los niños que jugaban con balones pinchados, de las polvaredas, de la falta de agua, de la dignidad de las mujeres. Insistió sobre este último punto y luego me dijo: “Hay que hacer algo, es necesario que los europeos sepan lo que pasa allí; les prometí que les ayudaría informando a la gente. El otro día recibí una carta de Claude Mauriac de Le Figaro, me pedía escribir algo sobre ya no sé qué y me daba una página entera, le telefoneé proponiéndole contar mi viaje a Palestina. Marcó un tiempo de espera y luego me dijo: “¡No, lo que te pido es una página literaria!”. Pero ¡yo no tengo nada que ver con eso, con la literatura! Lo que yo quiero es dar testimonio, ¡denunciar! ¡La literatura! ¡Menuda patraña!”.

Creí que hacía bien diciéndole que admiraba su obra. Sin enfadarse, me dijo: “No me vuelvas a hablar nunca más de mis libros; escribí para salir de prisión, no para salvar a la sociedad; he salvado mi piel aplicándome como un buen escolar, ya lo sabes, eso es todo”.

Hablando lentamente, como si dictara un texto aprendido de memoria, me dijo una frase parecida a la que ahora leo al principio de Un cautivo enamorado: “En Palestina, más que en otros lugares, me pareció que las mujeres poseían una cualidad más que los hombres. Por muy bravo, valiente, atento con los demás, todo hombre está limitado por sus propias verdades. A las suyas, las mujeres, por otra parte no admitidas en las bases pero responsables de los trabajos del campo, añaden a todas estas una dimensión que parece implicar una risa inmensa”.

Me di cuenta de que, para él, era de las mujeres palestinas de quienes deberíamos hablar con prioridad si tuviéramos que hacer algo juntos. Era incluso la razón secreta de aquella comida. No me decepcionó; al contrario, aquello me estimuló. Yo mismo estaba bastante comprometido con los palestinos en París y acababa de perder a un amigo, a Mahmoud Hamchari, asesinado en su casa al explotarle su teléfono. Los servicios secretos israelíes procedían de ese modo, en aquel tiempo, cuando querían eliminar a tal o a cuál representante de Palestina en Europa. Yo había escrito un poema en su memoria, que se convirtió en un cartel que distribuían los simpatizantes belgas de la causa palestina.

Jean Genet en la playa de Cannes, durante el festival de cine de 1957.

Jean Genet en la playa de Cannes, durante el festival de cine de 1957. GEORGES DUDOGNON / ALBUM

Le propuse de inmediato a Genet encargarme de escribir un artículo sobre el asunto en Le Monde, donde justamente había comenzado a colaborar. Me miró aturdido y luego me dijo: “No creo que quieran publicar algo que vaya a enojar a sus amigos israelíes”. Estaba convencido, y lo estuvo el resto de su vida, de que los medios franceses estaban “bajo la férula de los sionistas”…

Al día siguiente de nuestro encuentro, visité a Pierre Viansson-Ponté, el redactor jefe de Le Monde, para el que debía escribir en aquel diario desde que me lo presentara mi amigo François Bott. Viansson me aconsejó que me viera con Claude Julien, que dirigía Le Monde diplomatique. Lo que hice inmediatamente. Julien era un hombre elegante, cortés y atraído por los demás. Me dijo: “Eso me interesa mucho; le reservo la última página del mes de julio, es muy leída; espero su escrito”.

Comenzó luego un verdadero taller de trabajo con Genet. Venía casi a diario a mi cuarto de la Maison de la Norvège y me hablaba. Yo tomaba notas. Cuando no conseguía imaginarme los lugares, cogía él un bolígrafo y me dibujaba el campo con unos trazos. Quería ser preciso, exacto, y repetía varias veces la misma frase. Yo escribía casi bajo su dictado. Él me releía luego; con un bolígrafo rojo, tachaba las frases que no le gustaban. Venía a durar aquello unas dos horas. Todo lo contrario del Monde des livres, que me había enseñado a ser rápido pidiéndome a veces un obituario justo antes del cierre. Yo sabía trabajar con urgencia. Había hecho ya reportajes y enviaba mis artículos por telex porque la actualidad no espera. Lo que no le impedía al gran Jacques Fauvert, director de Le Monde en aquel tiempo, repetir: “Una información ha de verificarse más de una vez antes de ser publicada, incluso si hemos de aparecer después de los demás”. Eran otros tiempos, otras exigencias.

Me di cuenta de que, para él, era de las mujeres palestinas de quienes deberíamos hablar con prioridad si tuviéramos que hacer algo juntos. Era incluso la razón secreta de aquella comida.

Ya no me acuerdo cuántas mañanas y tardes trabajamos, Genet y yo, aquel texto. Una mañana muy temprano, él se levantaba a las seis, me llamó simplemente para cambiar una palabra. Me dijo: “¿Sabes?, se trata de los palestinos, hombres y mujeres sin patria; no podemos además maltratarlos con palabras incorrectas o impropias, se merecen nuestras mejores palabras; es por lo que hemos de ser precisos, muy precisos, y no dejar ninguna deficiencia o ambigüedad en el texto”. Debí teclear el artículo una decena de veces en mi vieja máquina de escribir. Él lo releía con un bolígrafo Bic rojo en la mano; subrayaba ciertos pasajes, escribía en el margen, tachaba algunas de sus propias palabras, leía en voz alta y luego me lo devolvía para que lo volviera a teclear. Yo ya no era a sus ojos un periodista, sino un cómplice al que le encargaba transmitir un mensaje. Estaba apasionado, decidido a hacer lo que fuera para dar testimonio de todo lo que había visto allí y de las condiciones inhumanas en las que vivían los refugiados palestinos. Se tomaba su papel tan en serio que había perdido el sentido del humor. Estaba serio, impaciente y, cuando hacía una pausa, despotricaba contra la prensa francesa que daba la espalda a la desgracia de aquel pueblo.

Debí teclear el artículo una decena de veces. Él lo releía con un bolígrafo rojo en la mano; subrayaba, escribía en el margen, tachaba, leía en voz alta y luego me lo devolvía para que lo volviera a teclear. Yo ya no era a sus ojos un periodista, sino un cómplice al que le encargaba transmitir un mensaje.

Terminado por fin el artículo, tras innumerables revisiones y correcciones, Genet puso una condición sine qua non para su publicación: Azzedine Kalak, el representante de la OLP en París, debía darme su autorización. Y aquí se encontraban ya reunidos en torno al texto, en mi pequeñísima habitación de la Ciudad universitaria: Jean Genet, Azzedine Kalak y Mahmoud Darwich, que, de paso por París, se nos había unido. Yo leía en francés y, seguidamente, traducía al árabe para Azzedine Kalak y Mahmoud Darwich. Estaban orgullosos y conmovidos por toda la atención que les prestaba Genet. Mahmoud lo conocía ya un poco, se habían conocido en Ammán. Iniciamos una conversación entre nosotros cuatro, en una mezcla de francés y árabe. Genet se lo tomaba todo tan en serio que llegó a parecernos un poco demasiado meticuloso, demasiado riguroso, lo que hizo incluso sonreír a Azzedine y a Mahmoud, en particular a este último, dotado de un gran sentido del humor. Frente a ellos, Genet se encontraba totalmente desprovisto del mismo. Pero conservo de aquel encuentro el recuerdo de un general buen humor y de una relación muy fraternal. ¿Cómo podía imaginar entonces que Azzedine Kalak sería asesinado cuatro años después, en aquella misma ciudad y probablemente por los servicios secretos iraquíes? Genet idealizaba sin duda a los palestinos y su causa, pero sabía lo que hacía; no era aquel su primer combate, y su lucha junto con los negros americanos le había enseñado que uno debía ser muy exigente y estar muy vigilante si quería ganar la partida.

Le llevé el escrito a Claude Julien, quien me dijo que estaba muy contento de publicar un texto inspirado por Jean Genet y su lucha en favor de la causa palestina. El artículo apareció en el número de julio de 1974. Tuve muy pocas reacciones a su contenido; en compensación, mis amigos no dejaban de repetirme que frecuentaba a quien ellos consideraban un enorme escritor. Por más que rectificara y dijera que el Genet que conocía era más un militante que un escritor, no dejaban de repetirme que la suerte me sonreía. “No solamente ha escrito sobre ti ―me dijo uno de ellos―, sino que ahora escribe contigo”. Más tarde comprendí hasta qué punto era Genet quien elegía siempre a las personas que frecuentaba y no al revés. Era ilocalizable, inasequible, fuera de alcance. Cuando nos veíamos, hacía todo lo posible por evitar a los que llamaba los “latosos”, una categoría que englobaba a los agentes del fisco como a los antiguos conocidos que esperaban retomar el contacto con él. En cuanto a la amistad, era intratable.

Traducción de Pedro Gandía Buleo.

‘Jean Genet, mentiroso sublime’. Tahar Ben Jelloun. Traducción de Pedro Gandía Buleo. Huerga & Fierro, 2021. 184 páginas. 16 euros. Se publica el 15 de abril.

 

[Fuente: http://www.elpais.com/babelia%5D

Escrito por Rafael Narbona

«Hay que ser un héroe para no seguir la moralidad de tu tiempo», escribió Michel Foucault. ¿Se trata de una reflexión autobiográfica o una declaración filosófica? Foucault fue una de las primeras víctimas ilustres del SIDA. Falleció en 1984 en París, con cincuenta y ocho años. Desde entonces, se le ha acusado de perverso, pedófilo, sadomasoquista. Sinceramente, su vida privada no me interesa y no seré yo quien emita un juicio condenatorio. Cada uno es muy libre de organizar su vida sexual como le parezca, siempre y cuando no lesione derechos ajenos. Los juicios moralistas son insoportablemente miserables. Si, además, se realizan sobre un difunto, incurren en la obscenidad. Foucault me parece un embaucador, pero no por sus pasiones íntimas, sino por sus ideas, tan equivocadas y dañinas como las de Sartre, un sofista con un indudable genio para la polémica y la argumentación. El autor de Las palabras y las cosas también era un hábil urdidor de hipótesis. ¿En qué consistía su pensamiento?

Foucault escribió sobre sexualidad, psiquiatría, sociología, instituciones penitenciarias, literatura, medicina. Desde su punto de vista, el saber no es simple erudición, sino una mirada penetrante que destruye mitos y prejuicios, invitando al ser humano a recuperar la inocencia de la niñez, cuando la conciencia -«una vidriera superficial»- aún no se ha convertido en la cárcel del pensamiento. Foucault sostenía que hay una profundidad oculta donde discurren las motivaciones reales de nuestra vida psíquica. Esa convicción le empujó a escribir tres obras sobre la aparición de la psiquiatría en el mundo occidental: Enfermedad mental y psicologíaHistoria de la locura en la edad clásica y Nacimiento de la clínica. El loco ha ocupado el lugar del leproso. En el siglo XVIII, aparecen los primeros manicomios, cuya función es esencialmente represiva. No se busca curar, sino apartar, segregar, excluir. No es casual que en esas mismas fechas surjan las primeras escuelas obligatorias y las prisiones mejoren sus métodos de vigilancia mediante el panóptico, una estructura arquitectónica ideada por el filósofo utilitarista Jeremy Bentham. Gracias al panóptico, es posible vigilar a todos los reclusos desde una torre central, sin que ellos puedan advertirlo: «Las cárceles, los hospitales y las escuelas presentan similitudes porque sirven para la intención primera de la civilización: la coacción». La tarima del maestro y la torre de vigilancia provocan una poderosa intimidación, actuando como un gigantesco ojo que capta y escruta cualquier movimiento. La sensación es tan abrumadora que se interioriza y automatiza la sumisión, reprimiendo cualquier gesto o idea que cuestione el orden establecido. En el caso del enfermo mental, la coacción es más compleja, pues su mente es particularmente rebelde. Por eso, se recurre a supuestas terapias con un alto grado de violencia física y psíquica. Además, se asocia la locura al crimen, el libertinaje y la inmoralidad. El objetivo último no es tan solo alienar al enfermo mental de la sociedad, sino recluir en manicomios a rebeldes, extravagantes e inadaptados. Las reflexiones de Foucault servirán de apoyo a la antipsiquiatría, proporcionando argumentos psicológicos, filosóficos e históricos para cuestionar la psiquiatría tradicional.

Para Foucault, el manicomio y la enseñanza reglada no existirían sin un discurso dominante. El poder necesita controlar las ideas, monopolizar el saber, imponer su visión del ser humano y la realidad. El poder real no se ejerce solo desde las instituciones. El filósofo francés habla de «microfísica del poder» para explicar que el poder configura aspectos básicos de nuestra vida cotidiana, indicándonos cómo debemos vivir nuestra sexualidad, qué podemos comer o cuál es la forma correcta de vestirse. A partir del siglo XVIII, se invoca la Razón para radicalizar el sacramento católico de la confesión, convirtiendo la minuciosa expiación de los pecados en una experiencia terrorífica. Al igual que el panóptico, el confesionario somete al individuo violando su intimidad. «En Occidente –escribe Foucault- el hombre se ha convertido en una bestia de confesión». Se bendice el sexo reproductivo, pero se persigue implacablemente a «la mujer histérica, el niño masturbador y el adulto perverso». El deseo sexual de las mujeres se interpreta como un desarreglo neurótico. La exploración del propio cuerpo se prohíbe de forma tajante, especialmente durante la pubertad. Las fantasías sexuales se consideran aberrantes, pues incumplen la expectativa de procrear.

En Las palabras y las cosas, Foucault sustituye el concepto de época por el de episteme. Cada etapa histórica se desarrolla de acuerdo con un paradigma o modelo. El pensador francés divide la historia de la humanidad en tres epistemes: renacentista, clásica, moderna. Cada una representa una ruptura con la mentalidad anterior. Nuestra época se caracteriza –entre otras cosas-  por la medicalización del comportamiento humano. La medicina no cura, sino que vigila, clasifica y castiga. Al igual que el maestro o el policía, el médico ejerce una estrecha vigilancia sobre el individuo, reprimiendo cualquier conducta que se desvíe de la norma. Los manicomios no son centros de salud mental, sino espacios de reclusión con diferentes tipos de castigo: electrochoque, camisas de fuerza, internamiento indefinido, un arsenal farmacológico que colapsa la mente y el cuerpo. Michel Foucault llama «bipolítica» a la alianza entre la medicina y el poder: «El control de la sociedad sobre los individuos no solo se efectúa mediante la conciencia, sino también en el cuerpo y con el cuerpo. El cuerpo es una entidad biopolítica, la medicina es una estrategia política». La sobremedicación y la psiquiatriazación del comportamiento son mecanismos para desactivar cualquier forma de resistencia o rebeldía.

¿Es cierto que la psiquiatría no busca curar, sino apartar, segregar, excluir, y que la medicina se ha aliado con el poder político para controlarnos y narcotizarnos, anulando nuestro espíritu crítico mediante la sobremedicación? Casi da vergüenza responder a esta pregunta, pues no parece una tesis filosófica, sino una hipótesis extravagante gestada en un blog sobre conspiraciones y tramas ocultas. Las enfermedades mentales son reales y, gracias a los psicofármacos, el pronóstico de patologías como la esquizofrenia y la psicosis maníaco-depresiva ha mejorado sensiblemente. En cuanto a la alianza entre los médicos y el poder político, quizás hubo algo de eso en la Alemania nazi, pero actualmente nadie puede tomarse esta acusación en serio. No parece menos insensato afirmar que la cárcel, la escuela y los hospitales desempeñan una función similar, «normalizando» a los ciudadanos mediante la coacción. Es un argumento con la misma consistencia que la teoría de que la covid-19 es un invento de Bill Gates para dominar el mundo. Tampoco creo que se haya declarado la guerra a la mujer histérica, el niño masturbador y el adulto perverso. Salvo en el caso de la última figura, los prejuicios se diluyeron hace mucho tiempo. Es cierto que pervive el machismo, pero las mujeres cada vez gozan de más influencia, desempeñando las más altas responsabilidades en la política, la economía, la ciencia, el derecho, la medicina, la educación, el periodismo y las actividades creativas, como la literatura, el arte o el cine. En cuanto al adulto perverso, puede consumar todas sus fantasías, excepto cuando atentan contra los derechos de los demás, especialmente si son menores. Si queremos encontrar sistemas políticos que ejercen una coacción que no discrimina entre público y privado, el cuerpo y la mente tendremos que hacerlo en regímenes enemistados con la democracia occidental, como la Corea del Norte de Kim Jong-un, donde se han prohibido los comentarios sarcásticos sobre el gobierno, el alcohol los días de diario, las decadentes películas extranjeras, los jeans, la publicidad comercial (no la ideológica, que salpica muros, carteles y escaparates), internet, los piercings.

En Occidente, el ser humano ya no es un animal confesante, sino un animal autocomplaciente. Se ha perdido la costumbre de hacer examen de conciencia. La búsqueda del placer inmediato ha inhibido los escrúpulos. El sentido de culpabilidad, necesario para superar los errores, se ha esfumado, pues se estima que conspira contra la libertad. Se olvida que no experimentar remordimientos no constituye una victoria moral, sino un retroceso hacia la irresponsabilidad infantil, donde el otro solo es un estorbo. Para Foucault, las normas de la sociedad burguesa nacen de un error: creer que la verdad existe. La verdad es una invención, no un valor objetivo e independiente, y siempre está al servicio del poder dominante. El filósofo francés pasa por alto una objeción elemental. Si no hay verdad, si solo se suceden las interpretaciones y las expresiones de poder, ¿cómo demostrar la validez de cualquier argumento? Foucault habla como un profeta, siguiendo la estela de Nietzsche, no como un pensador o un científico.

Es indiscutible que los locos siguen sufriendo un injusto estigma social, pero describir sus delirios como una visión alternativa constituye una frivolidad. Solo el que conoce la enfermedad mental por los libros puede atreverse a sostener algo así. Los delirios no son interpretaciones, sino distorsiones de la realidad que desarticulan al individuo, colapsando su libertad y destruyendo su proyecto vital. Para Foucault, el cuerdo es el verdadero alienado, pues ha interiorizado la represión imperante. Afortunadamente han surgido disidentes, mentes de gran clarividencia, como las de Sade, Nietzsche y Artaud. Sus transgresiones son gestos de rebeldía. ¿Se refiere Foucault al gabinete de Sade, donde los cuerpos son humillados, degradados y martirizados? Cagar en la boca de una doncella, una de las grandes pasiones del divino marqués, ¿constituye un gesto liberador? Foucault responsabiliza a la burguesía de todos los males y presume que solo hay un camino para instaurar una sociedad nueva: «la supresión radical del aparato judicial, de todo lo que pueda reintroducir el aparato penal». Hay que erradicar los tribunales y los procesos judiciales. Foucault no explica cómo se protegería entonces la vida, la propiedad o la libertad. ¿Cree que un cambio político puede extirpar definitivamente los impulsos antisociales? ¿Piensa en el advenimiento de un paraíso donde no habrá crímenes, robos, violaciones ni abusos, porque imperarán nuevos valores? No hace falta ser una autoridad en política o historia para señalar que Foucault habla como un visionario o un adolescente.

Cuando enfermó de SIDA, el filósofo francés ingresó discretamente en el Hospital de la Pitié-Salpêtrière, que había sido un psiquiátrico. Allí, lejos de «normalizarlo» mediante la coacción, le atendieron con respeto y humanidad. Como señala Roger Scruton en Pensadores de la nueva izquierda, le asaltó la realidad y «maduró». El embaucador, el mago que seducía con las palabras, fue desenmascarado por la enfermedad, que le obligó a reconocer que pese a sus imperfecciones, «la única cosa que tenemos precisamente es la normalidad», tal como señala Scruton. El médico, el juez, el maestro, no son nuestros verdugos, sino los que nos cuidan, nos protegen y nos enseñan.

 

 

[Fuente: http://www.revistadelibros.com]

Le chef bordelais Abdellah Mouzaoui, patron de la pâtisserie « Le cœur d’Alger » prépare des gâteaux pour la période de Ramadan, ici en mai 2018. Mehdi Fedouach/AFP

Écrit par Marie-Claire Willems

Sociologue, Université Paris Nanterre – Université Paris Lumières

Cette année 2021, le jeûne du mois de ramadan a débuté le 13 avril. Il est sans précédent pour les musulman·e·s car, comme tout à chacun·e, il est nécessaire pour la seconde fois de s’adapter aux exigences du confinement dû à la crise sanitaire.

Mais, dans ces conditions singulières, comment vivre ce ramadan ? La réponse n’est pas simple puisqu’elle dépend aussi de la manière dont est investi ce mois et du sens donné à son identité musulmane.

S’agit-il d’une ethnicité ? D’une confession ? Des deux à la fois ? Mes recherches se proposent d’analyser les divers types de catégorisation de soi en tant que musulman·e·s. En effet, la manière dont on s’identifie agit sur le sens donné aux pratiques.

Un partage de souvenirs et de pratiques

D’un point de vue sociologique, on peut remarquer que la foi en Dieu n’est pas toujours le seul leitmotiv pour se dire musulman·e·s. Plus qu’une pratique religieuse, le ramadan représente pour certain·e·s un partage, des odeurs et mets particuliers, des souvenirs d’enfance, des rencontres avec la famille et les ami·e·s.

Les traditions varient certes selon les origines, mais elles se fondent toutes sur le rassemblement des proches. Si certain·e·s musulman·e·s, comme les converti·e·s à l’islam, sont habitué·e·s à des pratiques plus solitaires, d’autres vivent ces regroupements festifs depuis l’enfance.

Pour elles et eux, le ramadan n’est pas uniquement en rapport avec la religion.

On peut alors se questionner sur l’identité musulmane : si elle n’est pas affiliée à une foi, à quoi d’autre peut-elle l’être ?

Penser l’ethnicité

Mes recherches, conduites en Île-de-France et à Bordeaux de 2010 à 2017, par le biais d’une centaine d’entretiens, de questionnaires à visée qualitative et d’observations participantes, montrent qu’être musulman·e reste associé à l’enfance, à une naissance et un héritage. Néanmoins, au-delà de la socialisation familiale, nous pouvons analyser l’identité musulmane à partir de deux autres points de vue que sont les phénomènes de migration et les processus d’ethnicisation.

Dans ce cas, les discours sur les origines et le récit migratoire servent aussi à considérer les catégorisations de soi.

Malgré un lien distancé à l’islam, et parfois un athéisme revendiqué comme tel par des enquêté·e·s, certain·e·s expliquent leur volonté de continuer à se dire et se ressentir musulman·e·s.

L’identité relève alors d’une affiliation à « la figure historique du musulman » marquée par la migration des territoires anciennement colonisés vers la France.

Pour elles et eux, il s’agit surtout de s’inscrire dans une mémoire collective partagée. En effet, cesser de se dire musulman·e·s ne signifie pas seulement ne plus se réclamer d’une religion. De manière implicite, c’est aussi couper avec son histoire.

Le contexte français doit donc être davantage souligné puisqu’il pose des questions issues du rapport entre minorités et majorité qui n’ont pas lieu d’exister dans des pays à majorité musulmane.

Quel est le poids de la stigmatisation et des discriminations pour un individu qui « quitte » sa religion et par la même façon son appartenance à une minorité ? En considérant que les individus font partie d’un groupe minoritaire et minorisé en France, il est ainsi possible de s’interroger sur le passage d’une appartenance à une autre.

C’est pourquoi, même si l’identité musulmane est parfois vécue comme une assignation par les individus, elle peut aussi être revendiquée comme une fierté et un don. Malgré le lien distancé à l’islam, certain·e·s enquêté·e·s l’associent à de la mémoire collective partagée, à l’histoire douloureuse du groupe d’affiliation comme aux différents souvenirs culturels et familiaux.

Être musulman·e·s, est-ce être « arabe » ?

Lors de notre rencontre, un des enquêtés explique que le qualificatif « musulman » est aujourd’hui synonyme d’« arabe » en France (à comprendre au sens de cultures maghrébines), autant dans la manière dont sont catégorisé·e·s les musulman·e·s que dans celle dont ils et elles se catégorisent eux-mêmes.

« Est-ce que c’est parce que t’es d’origine arabe que tu dis “je suis musulman” ? Forcément ça joue quand même, quand t’es un Arabe, t’es un musulman, on peut faire l’effort de détacher la religion de l’origine, mais c’est dur, car c’est aussi comme ça. »

Un autre, qui se déclare musulman athée, fait également cette même déduction :

« T’es un Arabe, t’es d’origine musulmane, c’est un tout, ça va avec. Je te mets au défi de trouver des personnes lambda qui vont te dire on peut être musulman et de différentes origines. C’est un tout, c’est un amalgame. On va pas chercher le pourquoi du comment, c’est comme ça. »

Malgré la grande multiplicité d’ascendances possibles des musulman·e·s, l’origine ethnico-nationale, le plus souvent arabe, semble marquer l’appartenance et participe à construire des critères précis de l’identité musulmane.

Dans le cas présent, elle passe par l’affiliation à un groupe possédant une langue, une culture, une origine et une coutume communes et ne se limite pas à une religion partagée. Par exemple, certain·e·s expliquent la place significative qu’ont pris leurs prénoms et noms de famille à consonance arabe sans que ne soit considéré leur éventuel (non) attachement à l’islam.

L’identité musulmane dépasse ainsi la simple appartenance religieuse ; elle prend racine autant dans les normes transmises durant la socialisation primaire que dans la manière dont les individus se sentent identifiés par les autres en tant que musulman·e·s.

Une famille musulmane rompt le jeûne le soir durant la période de ramadan, le 24 avril 2020 à Paris. Thomas Coex/AFP

On doit néanmoins souligner un paradoxe. Bien que la catégorie « musulman » ne constitue pas un groupe national objectif comme le serait la France ou l’Algérie, bien qu’elle n’évoque pas non plus les mêmes représentations ethnico-culturelles qu’« être Kabyle » ou « être Soninké » en France, la catégorisation de musulman·e·s semble résulter de processus d’ethnicisation identiques, c’est-à-dire de réduire les individus à une seule ethnicité.

C’est appartenir à un « nous » dont les frontières ne sont pas que religieuses. Elles sont aussi construites par l’histoire et les diverses généralisations séparant les musulman·e·s des non-musulman·e·s.

Dieu comme unique condition

Pour ceux et celles qui s’abstiennent de boire, de manger et de sexualité du lever au coucher du soleil, et qui tentent durant ce mois d’avoir un meilleur comportement comme une pratique religieuse plus intense, le confinement ne présente finalement pas de grandes différences avec les autres années.

Plusieurs musulman·e·s formulent aujourd’hui ce point de vue, donnant alors un sens exclusivement religieux au ramadan. Seules les prières rituelles de la nuit (Tarawih), voulant que le Coran soit récité chacun des jours du mois, et la prière de l’Aïd, ne seront pas accomplies à la mosquée.

Pour certain·e·s, c’est un changement considérable, pour d’autres, cela peut être fait à la maison. Le confinement aura eu bien plus d’impacts sur les individus vulnérables, celles et ceux qui trouvent dans les associations confessionnelles ou les lieux de culte de quoi se restaurer, rencontrer, discuter et parfois prier au chaud avec d’autres fidèles. Pour ces personnes qui n’ont pas de familles ou de lieux où être accueillis, ce ramadan a été plus difficile que les années précédentes.

Une bénévole de l’association « La Table Ouverte » prépare des paniers repas pour les personnes dans le besoin ou isolées afin qu’elles puissent célébrer ramadan, Paris, XVIIIᵉ arrondissement. Thomas Samson/AFP

Contrairement aux analyses précédente, l’identité musulmane n’a pas toujours été associée à une origine, une culture, une ethnicité (ou l’ensemble à la fois) durant l’enquête. Pour certain·e·s, être musulman·e·s, c’est d’abord croire en Dieu et en l’islam quelle que soit l’origine ethnico-culturelle, nationale, et la condition sociale. Ils et elles présentent alors une identité musulmane avant tout religieuse.

Un enquêté mentionne que « le sang et la foi n’ont rien à voir l’un et l’autre » pour expliquer qu’il différencie son appartenance religieuse de son origine. Pour lui :

« être musulman, c’est pratiquer l’Islam, croire en Allah et en son Prophète et ce n’est pas une origine ; l’origine c’est plutôt le pays d’où l’on vient. »

Dans ce cas, l’identité musulmane est décrite comme une quête de sens et se fonde sur le concept coranique de muslim, traduction du terme musulman en arabe, signifiant littéralement être de celles et ceux qui s’en remettent ou qui se soumettent à Dieu. Cette interprétation est courante lors de l’enquête, principalement dans les lieux de culte, les associations cultuelles, les librairies confessionnelles, les centres de formation sur l’islam et les groupes de converti·e·s à l’islam.

La culture et l’origine musulmane « n’existent pas »

Pour elles et eux, l’expression de « culture musulmane » n’a aucun sens puisqu’être musulman·e·s, c’est uniquement appartenir à une religion, l’islam.

Les fidèles expliquent alors que cette expression signifie implicitement une « culture arabe ». On retrouve ici l’amalgame entre « être musulman·e·s » et « être arabe » excluant la multiplicité d’origines possibles.

Dans le cas présent, la culture est toujours considérée d’essence humaine, donc perçue comme non obligatoire. Si nous revenons à l’exemple du ramadan, les différents mets traditionnels, chants, salutations singulières, rassemblements familiaux, voire programmes télévisés spécifiques ou préparations de gâteaux sont présentés comme faisant partie de pratiques culturelles. À l’inverse, les normes tirées du Coran et des certaines traditions prophétiques appartiennent au culte.

Interprétées comme d’essence divine, elles sont considérées comme obligatoires pour tou.tes croyant·e·s et pratiquant·e·s. Ce sont les prières, le bon comportement, se prévaloir des pêchés, la méditation des versets coraniques en plus des actes rituels réalisés quotidiennement dans l’année. Ainsi, les représentations sur la culture (donc ce qui est changeant) et sur le culte (donc ce qui est immuable) sont clairement différenciées par les individus. Tout peut changer sauf ce qui est perçu comme d’essence divine, parfois même la pratique d’un ramadan dont l’objectif serait uniquement culturel est critiquée par les individus mobilisant une identité musulmane exclusivement confessionnelle.

Vers un islam universel ?

« On peut être Arabe et chrétien comme les Coptes. Les Arabes ne sont pas toujours musulmans. Et moi, j’suis bien musulman et pas de culture arabe ! On peut parler de croyance musulmane et non pas de “ culture ”, tous les Arabes ne sont pas des musulmans et tous les musulmans ne sont pas Arabes ! L’islam est une religion pas une culture. »

Dans les propos de cet enquêté, on observe une séparation entre la culture et la religion. Cette dernière est présente dans de nombreux témoignages et agit sur l’émergence d’une nouvelle interprétation de l’islam en France.

                                                                                                                                   « Nous, Français musulmans » (Arte, volet 1).

Présenté comme un monothéisme suffisamment universel, désethnicisé, l’islam peut s’adapter à toutes cultures, toutes origines et tout espace/temps. Lorsque l’identité musulmane relève uniquement d’une religion, elle est automatiquement distinguée d’une culture, arabe le plus souvent. Elle peut très bien exister et avoir de l’importance pour les fidèles, mais n’est pas pour autant motrice de l’identification.

Pour certain·e·s enquêté·e·s, il faut choisir en conscience d’être musulman·e·s, que l’on soit ou non socialisé·e enfant dans l’islam. Faire le ramadan se situe dans ce même choix en conscience, qui ne peut être subi ou imposé.

Il existe aujourd’hui nombre de possibilités de s’identifier en tant que musulman·e·s et tout autant d’investir le ramadan.

Certain·e·s vont critiquer un ramadan accompli sans foi ou sans rituels religieux en rappelant la tradition prophétique, précisant qu’ils n’obtiendront du jeûne que la faim et la soif.

D’autres, au contraire, souhaitent s’extraire de cette exigence religieuse, tout en continuant à vivre un ramadan uniquement culturel et familial. Pour bien d’autres encore, les traditions religieuses et culturelles s’assemblent au point qu’elles ne peuvent être dissociables, alors qu’à l’inverse, l’expérience des converti·e·s à l’islam continue de les questionner.

[Source : http://www.theconversation.com]

Theodor Kallifatides nos brinda en « Lo pasado no es un sueño » otro libro magistral, para deleite de los que ya conocen su obra y de los que todavía tienen la suerte de poder descubrirla.

Escrito por EVARISTO AGUADO

«Tenía ocho años cuando mi abuelo me tomó de la mano y no la soltó hasta que encontramos a mis padres en Atenas. Quién sabe qué podría haber pasado si me hubiera quedado en el pueblo. Era 1946. Principios de la primavera de 1946. Los almendros florecían uno al lado del otro y el campo estaba en su esplendor.»

Así empieza la novela más autobiográfica de Theodor Kallifatides y una de las más apreciadas por sus cientos de miles de lectores. Una semana antes de que Kallifatides huyera del pueblo, un grupo de fascistas con armas en la mano había obligado a toda la gente a reunirse en el cementerio. Allí se quedaron jóvenes y viejos aterrorizados mientras su infame capo los llamaba lentamente a uno tras otro para finalmente seleccionar a algunos hombres que se llevó con él. Sus cuerpos nunca fueron encontrados.

Con su característica sencillez y humanidad, Theodor Kallifatides nos narra su vida desde que abandona su pueblo natal hasta que retorna a él para recibir el homenaje de sus vecinos convertido ya en un escritor consagrado. Así descubrimos la infancia y la adolescencia en la Atenas gobernada por regímenes autoritarios, el nacimiento de la conciencia política y de clase, el descubrimiento de la sexualidad y el amor, el exilio a Suecia, la sorprendente capacidad para rehacer allí su vida laboral y formar una familia, y su trayectoria como escritor en la lengua de acogida, el sueco.

Theodor Kallifatides ha publicado más de cuarenta libros de ficción, ensayo y poesía traducidos a varios idiomas. Nació en Grecia en 1938 e inmigró a Suecia el 1964, donde empezó́ su carrera literaria. Ha traducido del sueco al griego a grandes autores como Ingmar Bergman y August Strindberg, así como del griego al sueco a Giannis Ritsos o Mikis Theodorakis.

Ha recibido muchos premios por su trabajo tanto en Grecia como en Suecia, país en el que reside actualmente. Galaxia Gutenberg publicó en 2019 su obra Otra vida por vivir, que ha merecido el Premio Cálamo «Extraordinario 2019». En 2020, se han publicado las obras El asedio de Troya y Madres e hijos, en este mismo sello.

 

[Fuente: http://www.todoliteratura.es]

 

Se existise un premio chamado Reino da Galiza, eu habíalle dar o meu voto ao autor de ‘Némese’

Escrito por SUSO DE TORO

Alá vai o Ray Bradbury, escritor e guionista. As súas Crónicas marcianas (hai tradución ao galego) son unhas narracións dun lirismo comparábel ao d’<CF1001>O Principiño; tan líricas, máis duras. Oxalá leve canda si a proporción de recoñecemento que lle corresponde pola súa obra literaria. Porque diso se trata cando despedimos a un escritor, non é?

E diso trata o Premio Príncipe de Asturias ao escritor norteamericano Philip Roth, un recoñecemento. Non sei se ese galardón será tan importante como nos din os medios de comunicación españois ou se será propaganda entusiasta para consumo interno da institución monárquica. Tanto ten, o premio ha estar ben dotado economicamente e o autor acudirá a recibilo puntualmente, que todos temos facturas a pagar. Non sei se ese premio merece a Philip Roth, mais estou certo de que Roth merece ese e calquera outro premio literario, pois é un escritor de talento, esforzado e valente.

Un escritor xudeu. Corresponde chamarlle “escritor xudeu” a alguén? Depende. As máis das veces corresponde, pois é unha identidade moi poderosa. En calquera caso, Philip Roth éo, na súa maneira particular. Sábese pertencer a unha comunidade humana, non por elección propia, non de modo conformista, mais aceptando á fin a evidencia de que ser xudeu marca o seu destino. A súa relación co xudaísmo é problemática para el e problematizadora para boa parte dos xudeus. Sobre todo para aqueles que desexan existir como comunidade, e por iso un e outros mantiveron sempre relacións tensas. O caso é que para comprender ao Roth escritor hai que aceptar que é un escritor antropoloxicamente xudeu emparentado con outros escritores e intelectuais xudeus da Europa de antes do fascismo e da Norteamérica actual. Os xudeus israelitas entendo que son doutro xeito e son outra historia.

Un escritor medio xudeu e marcado por esa orixe, J.D. Salinger, escribiu un libro que educa desde hai décadas a millóns de adolescentes norteamericanos, The Catcher in the rye (hai tradución ao galego). Roth escribiu anos despois un libro que tamén foi un éxito, Portnoy’s complaint (non temos tradución ao galego) e que é como o reverso salvaxe daquelas outras andanzas dun adolescente confuso. O libro de Roth é a longa imprecación dun adolescente neurótico, un pranto existencial que se prolongou na súa obra até chegar aos últimos libros, nos que aquela sexualidade furiosa deu paso ás doenzas e ofensas da vellez.

Sempre lúcido, sempre destemido a procurar algo tan temíbel como esa cousa que chaman “a verdade”. E por iso perturbador. A patria e a identidade toda dos personaxes de Roth, esa galería de máscaras que foron dar na máscara final dun vello doente, é o corpo: da sexualidade á enfermidade. Un existencialismo bizarro, unha desesperación tan masculina. Non é preciso que diga que se existise un premio chamado Reino da Galiza e me preguntasen, eu habíalle dar o meu voto.

[Fonte: http://www.elpais.com]

 

 

La demanda a Xavier Marabout fue realizada el 8 de marzo en un tribunal francés en Rennes por la empresa Moulinsart -que gestiona los derechos del personaje de Hergé-, por « aprovecharse de la reputación de un personaje para sumergirlo en un universo erótico, que no tiene nada que ver con el humor ».

La demanda comenzó formalmente en 2017 por "falsificación" y "ataque al derecho moral" y el juicio tendrá lugar en mayo.

La demanda comenzó formalmente en 2017 por « falsificación » y « ataque al derecho moral » y el juicio tendrá lugar en mayo.

Los herederos del creador de Tintín demandarán al artista francés Xavier Marabout, al que acusan de utilizar al célebre personaje para su beneficio con obras intervenidas en las que se muestra al joven protagonista de la historieta en versión « erotizada » e inserto en un cuadro de Edward Hopper, siendo que el belga Hergé no caricaturizó mujeres y que al mismo tiempo se infringen derechos de autor.
La demanda fue realizada el pasado 8 de marzo en un tribunal francés en Rennes por la empresa Moulinsart -que gestiona los derechos del personaje de Hergé-, por « aprovecharse de la reputación de un personaje para sumergirlo en un universo erótico, que no tiene nada que ver con el humor », según el periódico The Guardian.

Por otro lado, acusan a Marabout de reproducir el mundo de Tintín sin tener el consentimiento para ello, y aclaran que Hergé (1907-1983) eligió no caricaturizar a las mujeres, « porque consideró que rara vez son elementos cómicos », según el letrado de Moulinsart.

La empresa reclama una indemnización de 12.500 euros, a la vez que destaca lo irrisorio del monto ante la comercialización de la tapa del cómic « Lotus Azul », que fue vendido en 3,2 millones de euros en enero pasado, una suma récord para este tipo de obra.

La demanda comenzó formalmente en 2017 por « falsificación » y « ataque al derecho moral » y el juicio tendrá lugar en mayo de este año.

En el cuadro « Taxi pour noctambules » (2014) de Xavier Marabout, este artista bretón recrea « Noctámbulos » (1942), del estadounidense Edward Hopper (1882-1967) -el artista perteneciente al nuevo realismo que reflejó la soledad del hombre contemporáneo- con un Tintín romántico acompañado por una sensual mujer.

En esta serie el célebre reportero aparece pintado en distintas situaciones en obras que a su vez remiten a las de Hopper: en « Road and Houses » rascándose la cabeza mientras saluda a una mujer en un coche, con aspecto disgustado en una versión de « Cape Cod Evening (1939), y besando a una chica en un en la recreación de « Queensborough Bridge » (1913).
Con la técnica de mashups aplicada a sus cuadros, Marabout « toma prestados los cómics de su infancia y la pintura de los grandes maestros » para desarrollar una obra « paródica omnipresente », según se describe en su página web.

Sobre la serie dedicada a Hergé – Hopper, implementa la mirada voyeurista del pintor estadounidense para imaginar una vida sentimental y tumultuosa para Tintín, « porque, francamente, el universo de Hergé es terriblemente viril y las mujeres están completamente ausentes », según asegura Marabout a The Guardian.

El cuestionado artista sostiene que su trabajo se hace eco en la idea del historiador Christian Jacob sobre que « no hay transmisión cultural sin reapropiación ». Y aclara al medio británico que defiende su derecho a la parodia « que forma parte de la libertad de expresión », lo que « es un derecho fundamental en nuestra democracia », mientras espera que la justicia le dé la razón, aunque manifiesta su « preocupación porque atravesamos un periodo difícil en el que las libertades disminuyen cada día ».

Para su abogado, los cuadros son una parodia y se trata de un « conflicto entre los derechos de autor y la libertad de expresión y creación », a la vez que se pregunta sobre el derecho del artista a « preguntarse por la vida sexual de Tintin » y sobre « la libertad artística ».

[Fuente: http://www.telam.com.ar]

La muerte del gran escritor estadunidense Philip Roth nos obliga a revisitar una buena cantidad de materiales audiovisuales en torno a su vida y su obra. Incluyendo adaptaciones —no siempre bien logradas— de sus novelas al cine, documentales y entrevistas reveladoras, la siguiente lista es un mínimo repaso para acercarse, fuera de sus libros, a uno de los mejores escritores del siglo XX.

Dos horas con Philip Roth

Philip Roth Unleashed (Sarah Aspinall, 2014)

 

La BBC británica es uno de los mejores ejemplos de que la inversión pública en cultura puede dar frutos sustanciosos. Este documental de la serie “Imagine”, dividido en dos partes y transmitido en 2014, lo confirma, aunque su título sea un poco tramposo: unleashed (“desatado”) como si Philip Roth fuera alguien a quien se debe dar “rienda suelta” para dejarlo hablar con absoluta comodidad. Pero aquí el asunto se debe a más a la disponibilidad del afamado escritor, quien antes no hubiera dedicado tanto tiempo a una larga entrevista, por estar sumido en sus ocupaciones creativas. Por eso el documental es un retrato fidedigno, conversado y bien punteado por el autor, apoyado en materiales de archivo y con la participación, entre otros, de Edna O’Brien y de Salman Rushdie. A ratos, el protagonismo de su entrevistador, Alan Yentob, es excesivo. Divierte de cualquier manera ver la habilidad de Roth para contestar o voltear las preguntas sin perder la sinceridad. Para Roth, la libertad verbal y la honestidad expresiva de su escritura recuperan su infancia en Newark. A partir de ahí, la experiencia vivida se convierte en la forma más provocadoramente bella y descarnada del arte.


El documental más valioso: Philip Roth a sus sesenta años

Philip Roth (Arena) (1993)

Tal vez antes de ver el documental anterior, los lectores de Roth deberían interesarse en este episodio de la serie “Arena”, filmado con motivo de sus sesenta años y de la publicación de Operation Shylock. Es un encuentro mucho más sucinto con el autor y una abierta discusión sobre sus aspectos más controversiales, como las acusaciones de antisemita que recibió por parte de la comunidad judía estadunidense. Además de las declaraciones de Roth, aparecen académicos, críticos, las opiniones negativas de Gershom Sholem y la defensa de Saul Bellow, amigos y familiares del escritor, entre otros. Dentro de las series de la BBC y entre las muchas entrevistas con Roth, el diálogo del 2003 con David Remnick, editor desde hace años de The New Yorker, también es muy recomendable.


Cinco adaptaciones

Son muchas las adaptaciones de obras de Philip Roth al cine. Muy pocas se le acercan a la calidad de sus novelas, a pesar de sus esfuerzos actorales y del reto que representan para directores y guionistas. Las siguientes son algunas de las más recientes.


La mancha humana

(The Human Stain, dir: Robert Benton, 2003)

Anthony Hopkins, Nicole Kidman y Ed Harris protagonizan este thriller, adaptado de la novella homónima de Roth, publicada en el 2000. El pasado del profesor Coleman Silk (Hopkins) y su verdadera identidad racial afloran poco a poco luego de conocer al escritor Nathan Zuckerman (Gary Sinise) y a una mujer que ama, Faunia Farley (Kidman), que también tiene un pasado opaco. La película no sube de 6,3 sobre 10 en Imdb y 57 puntos en el promedio de Metacritic (entre reseñas positivas y negativas).


La elegida

(Elegy, dir: Isabel Coixet, 2008)

Basada en la novela corta The Dying Animal (El animal moribundo) de 2001, esta película también pertenece a lo que algunos han llamado la “ficción académica”. David Kepesh (Ben Kingsley) es un carismático profesor de Literatura en Columbia, paradigma del hombre liberado y bien asentado en su masculinidad. La trama está basada en la historia de su seducción a una estudiante irresistible de 24 años, Consuela (Penélope Cruz). Rating: 66 en Metacritic y 6,8 en Imdb.


The Last Act

(dir: Barry Levinson, 2014)

Esta comedia pone literalmente en escena a Simon Axler (Al Pacino), un actor de teatro veterano de Broadway, entrado en su séptima década, al que rapta un día la quijotesca locura: esa dificultad para pisar los límites del escenario y distinguir con claridad entre la realidad y la ficción. Se trata de una adaptación de la novela The Humbling (La humillación) de 2009. Tiene un rating bajísimo a pesar de la envolvente figura de Al Pacino: 59 en Metacritic y 5,6 en Imdb.


El fin del sueño americano

(American pastoral, dir: Ewan McGregor, 2016)

Ewan McGregor, Jennyfer Connoly y Dakota Fanning integran un elenco prometedor para esta adaptación de una de las novelas más exitosas y conocidas de Roth, merecedora del Pulitzer en 1997: Pastoral americana. El debut de McGregor como director es en este rubro un estrepitoso fracaso. Tiene el rating más bajo entre todos los intentos de adaptación que hemos recabado: 43 en Metacritic, 6,1 en Imdb y 4,8/10 en Rotten tomatoes.


Indignación

(Indignation, dir: James Schamus, 2016)

Para muchos, esta es de las pocas adaptaciones de Philip Roth más o menos bien logradas (adaptación de una novela homónima publicada en 2009). Logra transmitir ese vértigo polémico de la identidad judía estadunidense, la imbatible ironía ante la realidad y las relaciones sexuales, la impudicia a toda máquina, la neurosis sin fracturas de sus protagonistas, tan características de Roth. Ambientada en 1951, un adolescente judío de Newark, Marcus Messner (Logan Lerman), alterego de Roth, es recompensado por sus aptitudes literarias con una beca para estudiar en la escuela cristina de Winsburg College. En ese momento, descubrirá el mundo, la sexualidad y los conflictivos confines de sus orígenes identitarios. Con un reparto menos conocido y brilloso, tiene el rating más alto de toda esta lista:78 en Metacritic y 6,8 en Imdb.

 

[Fuente: http://www.nexos.com.mx]

La Casa de Cultura acull l’exposició ‘Identitats vàlides’ d’Isaac Flores, que reivindica la normalitat que la comunitat trans

Goliarda Parda a la seva habitació, 2020

Escrit per Jaume Cotrina

La dinovena edició del premi Joves Fotògraf(e)s de Catalunya, organitzat per INSPAI, l’espai d’imatge de la Diputació de Girona, ha distingit l’artista Isaac Flores, que mostrarà la seva obra en una exposició itinerant que comença el seu recorregut a la Casa de la Cultura de Girona.

Isaac Flores ha sigut el guanyador del premi amb l’obra Identitats vàlides, que posa el focus en la comunitat queer de Barcelona. El mateix autor assenyala que el projecte neix de forma espontània quan comença a endur-se la seva càmera a les seves sortides nocturnes pel barri del Raval i de l’Eixample –concretament la zona més coneguda com a “Gaixample”– de Barcelona. Les seves fotografies comencen el 2018 i s’estenen fins a l’any 2020.

Fer Flores, la decisió de posar l’atenció en la comunitat LGTBIQ+ va més enllà del potencial visual que pugui amagar. Darrere d’ella, hi ha una intenció plenament ferma de reivindicar la normalitat que la comunitat exigeix i mereix. En aquesta tessitura, el fotògraf va posar de manifest dades absolutament demolidores de l’estigmatització de la comunitat trans: el 85% de les persones trans es troba a l’atur, i no són gaire llunyans els delictes d’odi i les agressions que reben els seus integrants solament per la seva legítima dissidència contra la normativitat exclusiva de gènere que regeix la societat de la majoria de països del món. De fet, encertadament, Flores assenyala que la seva exposició encara seria impossible de veure en 72 països d’arreu del món, i en algun d’ells, tant l’autor com les persones que fotografia, podrien estar perseguides per penes de presó i, fins i tot, de mort. Tinguem present que no és fins a l’any 2018 que l’OMS elimina la transsexualitat de la llista de malalties mentals.

Sèrie de La Fernanda & La Fanny amb mantellina i peineta; Barcelona, 2020

D’altra banda, l’exposició ofereix un conjunt de tècniques fotogràfiques diverses (digital, analògic i Polaroid) on mostra diferents dimensions de la vida d’aquestes persones: des de fotografies fetes en camerinos on es preparen per fer drag, a imatges de situacions més íntimes a les cases dels models. L’ampli espectre de visibilització al que aconsegueix accedir Isaac Flores demostra la seva immersió en un col·lectiu que, tot i estigmatitzat per la idea de ser un col·lectiu que gaudeix de la provocació, ha de buscar espais segurs on exposar-se lliurement sense témer per la seva integritat física. El que mostra sobretot l’obra de Flores és la intimitat d’aquestes persones que, lluny de necessitar un escenari–en el cas de les drag concretament­–, practiquen la seva llibertat de gènere per a ells mateixos i no per cap mena de desig de provocar ni d’interpel·lar a ningú més. Per ells, el seu gènere és completament natural i el seu únic reclam és que sigui igualment natural i respectat per la resta de gent a la qual se li respecta la identitat sexual. Realment, l’única diferència entre els primers i els segons és que uns compten amb el suport de les institucions públiques i els altres no, i és aquí on neix la desigualtat.

Les diferents maneres de viure la sexualitat personal no hauria d’estar subjecte a cap agent extern a la persona, i ningú hauria de témer les conseqüències de la seva possible elecció al respecte. El col·lectiu LGTBIQ+ realment només inclou totes les maneres possibles d’identitats afectives, sexuals i de gènere i la intenció de l’exposició és visibilitzar totes aquestes possibles identitats. Tanmateix, la voluntat de visibilitzar no és autoconcloent, es visibilitza per normalitzar, per escurçar la distància social entre el col·lectiu i aquells que no el comprenen, per sensibilitzar un entorn que, des del seu naixement, els ha estat hostil. I perquè en un futur ja no calgui parlar de dissidència sexual, sinó simplement de diversitat sexual.

La mostra serà a la sala d’exposicions de la Casa de Cultura de Girona fins al 16 d’abril i es podrà veure a diferents festivals de Catalunya com Imaginària (Castelló de la Plana), Festival OFF (Perpinyà), Fine Art (Igualada), Festival Mirades (Torroella de Montgrí), Biennal Olot Fotografia, la Biennal de Fotografia Xavier Miserachs i el Festival Mitgeres (Valls), entre d’altres. Flores també ha recollit les seves fotografies al llibre Barcelona se muere.

[Fotos: Isaac Flores – font: http://www.nuvol.com]

La literatura té sexe? Podem parlar d’una literatura femenina, o exclusivament femenina?  Hi ha diferències entre la literatura escrita per homes o per dones? Interrogants que molt sovint ens plantegem i que són de difícil resposta.

Escrit per Marta Castillón

Un fet indiscutible i evident és que la poesia, al llarg de la  història, pràcticament sempre ha girat a l’entorn del masculí hegemònic. Malgrat això, les dones han lluitat per no tenir un paper secundari i han parlat amb una veu pròpia reflectint la realitat des de la seva pròpia perspectiva. I en la història de la poesia hebrea moderna aquest fet no és una excepció i des de Rakhel Bluvstein a les poetesses més contemporànies, com Agui Mixol o Tal Nitzan, totes han cercat tenir un lloc i una veu poètica pròpia, definida i personal.

Rakhel Bluvstein (Viatka, 1890 – Tel Aviv, 1931) – amb el Renaixement de la literatura moderna hebrea («Etkhia»), que s’inicia cap a finals del segle XIX i culmina amb la figura de Eliezer Ben Iehuda, qui desacralitza i transforma l’hebreu en una eina de plena comunicació, destaca la figura de la poeta Rakhel Bluvstein.

Coneguda simplement com Rakhel, la poeta, simbolitza el prototipus de khaluts (pionera) influïda per les idees sionistes d’AD Gordon («la religió del treball»), la salvació del poble jueu només vindria gràcies al seu esforç.

La seva lírica intimista és un mirall de les seves experiències vitals que van des del cant al renaixement d’Erets Israel, passant per la seva connexió amb el llac del Quineret (mar de Galilea) als sentiments de solitud i malenconia en sentir la mort molt propera a causa de la tuberculosi que va contraure. Una poesia molt personal que recull les seves vivències i que s’aproxima bastant el que després esdevindrà la poesia de l’experiència. Una poesia, d’altra banda, que sembla acostar-se a l’avantguardisme artístic i literari que tot just començava a néixer a l’Europa de la primera meitat del segle XX, tot experimentant amb el vers trencat i deixant que un sol mot formi un vers, jugant amb els signes de puntuació o fent el·lipsis gramaticals.

Tot i tenir una part de la seva obra escrita en rus, el gruix més important de la seva lírica és en hebreu. Es conserven un total de cent quaranta-quatre poemes escrits entre el 1920 i el 1931, després de fer alià. Aquests poemes estan distribuïts ens els següents poemaris: Safiah (Espigues deixades, 1927), Minegued (Des de lluny, 1930), Nebó (1932, publicat pòstumament).

Estèril

Si tingués un fill meu! Nen petitó.

Rínxols negres i espavilat.

Li agafaria la maneta i passejaríem lentament

pels caminois del parc.

Nen.

Petitó.

 

Uri, li diria, Uri meu!

Suau i clar, és aquest nom tan breu.

Fragment lluminós.

El meu nen bru.

“Uri”, li diria!

Lea i Rakhel

Lea Goldberg (Prússia 1911- Jerusalem 1970) – en el període d’entreguerres la poesia comença a deixar de banda les actituds romàntiques dels pioners per reflectir una realitat més dura i crua. En aquests anys hi ha un grup de poetes molt diversos però que tenen uns denominadors comuns com la recerca de noves formes estilístiques i el treball virtuós amb l’hebreu.

Lea Goldberg, poeta i traductora, és la poeta més reconeguda d’aquesta etapa poètica coneguda com a «poesia modernista» («modernista», en el sentit de modern). La seva lírica ja deixa de banda els temes i motius jueus clàssics per esdevenir més intimista i plasmar les qüestions existencials que l’angoixaven. Va escriure sobre el pas del temps, l’amor, la mort, la naturalesa, la creació artística, etc.

Un volum destacable de la seva obra literària l’ocupa la narrativa infantil i la novel·la. Quant a poesia, va escriure prop de 16 poemaris, entre els quals destaquen Tabaot Aixan (Anells de fum, 1935), Barak baboquer (La llum del matí, 1955), Im halaila haze (Amb aquesta nit, 1964) o At telkhi basadé (Caminaràs en els camps, 1989. Edició pòstuma).

No és el mar el que està entre nosaltres,

no és l’abisme el que està entre nosaltres,

no és el temps el que està entre nosaltres

som nosaltres els qui estem entre nosaltres.

Dàlia Ravikovitx (Ramat Gan 1936 -Tel Aviv 2005) – amb  la poetessa i escriptora Dàlia Ravikovitx ens situen en l’escenari de la nova lírica israeliana que va començar a ocupar el seu espai en la segona meitat de la dècada del cinquanta.

Molt probablement Dàlia Ravikovitx va ser l’única dona que va destacar entre els poetes homes de la seva generació i va imprimir en la seva obra un segell molt personal: uns versos plens de confessions autobiogràfiques (es va casar a només 18 anys i al cap de tres mesos es divorciava; la seva vida sentimental fou molt agitada) i fortament connectats amb la infantesa (el seu pare va morir quan era ben petita a causa d’un accident de cotxe).

Ravikovitx ja no escrivia sobre la història nacional d’Israel sinó sobre l’individu, sobretot sobre l’amor i les passions que desperta.

El primer llibre de poemes de Ravikovitx va ser Ahavat hatapuakh (Amor a la poma), li van seguir Khoref caixé (Un hivern dur) i  Hasefer haxlixí (El tercer llibre). En tots ells va utilitzar un hebreu refinat i amb constants referències a la Bíblia, que no li va treure claredat a la seva producció. Va escriure un total de 10 reculls de poesia i també va escriure prosa i literatura infantil, així mateix també va destacar com a traductora a l’hebreu (fou ella qui va traduir a l’hebreu els llibres de Mary Poppins).

Els seus poemes transmeten un ventall de sentiments que van des de l’amor, a la soledat, la por, la fragilitat, l’enyor… Per això ha estat definida com “la poetessa de l’amor i del dolor”.

Molts dels seus poemes han estat musicats i han esdevingut cançons veritablement populars a Israel.

El 2005 Dàlia Ravikovitx fou trobada morta a casa seva.

La seva poesia ha estat traduïda a més de 23 llengües.

Leah Goldberg – 1946

 

Volar significa que els plecs de l’aire

et porten, com l’amor.

Algú vola, algú aterra

 i és aleshores quan esdevé la sorpresa:

hi ha qui vola amb el vent a favor

i tanmateix es perd, bruscament, prematurament.

 

 

 

 

Zelda (Iekaterinoslav 1914 – 1984 Jerusalem) – Zelda Mixkovski va néixer a Iekaterinoslav, Imperi Rus, actualment Ucraïna, el 1914, coneguda simplement com a Zelda, va abandonar la Unió Soviètica amb només onze anys per fer alià a Israel. Va ser mestra d’escola i tingué com a alumne Amos Oz, qui la recorda en una de les seves novel·les més conegudes, Una història d’amor i de foscor.

En vida va publicar sis volums de poesia. La majoria de les seves poesies foren publicades primer en revistes i suplements culturals i més tardanament editades en llibres: Pnai (Temps lliure, 1967), Ha Carmel hainiré (El carmel invisible, 1971), Al tirkhak (No t’allunyis, 1974), Ha lo har ha lo eix (Però si una muntanya, però si un foc, 1977), Ha xoni ha marhiv (La meravellosa diferència, 1981) i Xe nivdelú mikol merkhak (Més enllà de qualsevol distància, 1984). El 1985 s’edità la seva obra completa: Xirei Zelda (Poesies de Zelda).

En l’obra poètica de Zelda s’hi veu clarament reflectida l’educació religiosa que va rebre –néta i besnéta de rabins, va ser educada en un entorn familiar hassídic-, però al mateix temps es respira l’obertura que la va caracteritzar.

La poesia de Zelda, difícilment classificable, fluctua entre dos ponts literaris i culturals: els textos sagrats i la literatura russa. Tota la seva vida va respectar els preceptes religiosos.

Enceneu espelmes

beveu vi,

El xabat recull lentament

el sol ponent.

El xabat arriba lent

duent a la seva mà la rosa del firmament.

Iona Wallach (Quiriat Ono 1944- Tel Aviv 1985) – Iona Wallach ha estat una de les poetesses més controvertides i revolucionàries amb què compta la història de la literatura israeliana contemporània. Amb el seu esperit blasfem, lluità amb les paraules contra les convencions i les repressions de l’època que li va tocar viure. Els seus versos van ser un cop de puny a la cara més conservadora de la societat israeliana i a tot allò que havia estat institucionalitzat per ella.

Per a Iona Wallach, Tel Aviv era el món, el seu món (no va viatjar mai fora d’Israel i era monolingüe). Freqüentava cafès i tertúlies literàries amb altres poetes avantguardistes com Iacov Xabtai, Roni Someck, Meir Wieseltier, entre d’altres, coneguts com els poetes del cercle de Tel Aviv i que conformen una nova generació de poetes sorgida després de la creació de l’Estat d’Israel, anomenada “la Generació de l’Estat” o “la Nova Onada”. Aquesta nova generació de poetes deixa de banda poetitzar l’èpica del somni sionista, del retorn dels jueus a Erets Israel, per poetitzar el seu jo més íntim i la quotidianitat.  Beuen de la cultura pop, del cinema, del rock, de l’art modern, especialment del nord-americà… per tal de crear una poesia en hebreu radicalment nova, intel·lectualtrencadora i amb una gran èxit de públic lector.

Iona Wallach es declarava obertament bisexual. Per a ella la bisexualitat tenia per objectiu l’assoliment d’una sexualitat plena i total i una forma de desdibuixar les diferències entre els sexes (“la dona home i l’home dona”). En aquest sentit és capaç d’alternar en els seus poemes les formes masculines i femenines, indistintament, per tal de referir-se a ella mateixa.

De Wallach s’han publicat els següents poemaris. Devarim (Coses,1966), Xnei ganim (Dos jardins, 1969), Xira (Poesia, 1976) , Or pere (Llum salvatge, 1983), Tsurot (Formes, 1985), Mofa (Espectacle, 1985), Ratsiti ioter (Jo en volia més), Xirim akharonim (Últims poemes, 2007) i L’inconscient s’obre com un ventall, antologia poètica publicada pòstumament el 1992.

va cap a la botiga de queviures

va cap a la farmàcia

pensa què pot robar

què val la pena agafar

Dr en moral

Dr en filosofia

sap el que és dolent

què és prohibit

què és permès

Tal Nitzan – nascuda a Haifa, de pares d’origen argentí, és, a més de poeta, editora i una de les traductores més prestigioses de literatura hispana a l’hebreu, amb més de 80 obres traduïdes. Va estudiar literatura hispanoamericana a la Universitat Hebrea de Jerusalem.

La poesia de Tal Nitzan bascula entre l’expressió d’un món quotidià i íntim a la crítica més àcida d’un sistema de vida aparentment còmode, però insatisfactori.

En aquest sentit, un gruix important de la seva obra poètica és el reflex nítid del seu compromís a favor de la pau, del rol de la dona o de la denúncia de les desigualtats socials, sempre amb un objectiu: que els seus versos siguin capaços d’obrir espais mentals i emocionals que generin dubtes, crítica i, fins i tot, rebel·lia.

A banda d’una novel·la i narrativa infantil, ha publicat sis poemaris: Domèstica (2002), Una tarda ordinària (2006), Café Soleil Bleu (2007), La primera en oblidar (2009), El mateix núvol dues vegades (2012) i Al pati intern (bilingüe, hebreu-anglès), publicat el 2015.

Quan la nit es clou sobre un coll que mai no fou besat

no hi ha remei: en cada ofec

de cada gola només hi ha una cura,

mira, simplement, aquest és el punt.

De Rakhel, la poeta, considerada la primera poeta jueva de l’època moderna, passant per Tal Nitzan, una de les més contemporànies, i sense oblidar altres noms rellevants en la poesia hebrea escrita per dones com Xulamit Hareven, Tirtza Atar, Nurit Zarji, Agui Mixol, Lea Aini, Gabriela Avigur, Diti Ronen, entre d’altres, totes elles han construït una part significativa de la història de la literatura israeliana moderna en hebreu.

* Nota de l’autora: els versos que es reprodueixen han estat traduïts de l’hebreu al català per la pròpia autora: Marta Castillon i Andreu.

[Font: http://www.mozaika.es]

En étudiant des femmes ayant vécu sous l’habit masculin, Clovis Maillet interroge la construction des identités et offre une perspective stimulante sur l’histoire du genre.

Écrit par Justine AUDEBRAND

Historien médiéviste, Clovis Maillet a soutenu en 2010 une thèse sur la parenté des saints d’après Jacques de Voragine et les manuscrits enluminés de la Légende Dorée. Il raconte avoir découvert lors de ses recherches l’existence de personnes assignées femmes à la naissance, qui ont vécu une partie de leur vie sous un habit masculin. Il reprend ce dossier dans Les Genres fluides pour en proposer une lecture innovante, qui montre que le Moyen Âge connaît les problématiques de transidentité. Il propose cependant de se départir de l’idée que le genre est binaire pour montrer que les parcours individuels de certaines saintes peuvent osciller entre féminin et masculin.

Jeanne d’Arc, ni sainte ni transgenre

Les genres fluides. De Jeanne d’Arc aux saintes trans                      Clovis Maillet              2020                       Arkhé                        240 pages

Clovis Maillet propose un parcours régressif, qui part du contemporain pour remonter aux premiers temps du christianisme afin de se défaire d’une « fausse familiarité » avec le sujet. Le point de départ de la réflexion s’appuie donc sur les réinterprétations contemporaines de Jeanne d’Arc. Sainte depuis 1920 pour l’Église catholique, figure clé de la mythologie d’extrême-droite, elle a été réinterprétée par des militants queers comme première personne transgenre de l’histoire. Jeanne d’Arc a aussi été une icône pour la gauche anticléricale du XIXe siècle, pour le Parti communiste français et pour les suffragettes. Toutes ces récupérations, à l’exception de celle des militants queers, insistent sur la féminité de Jeanne. Mais la question de l’identité de Jeanne est beaucoup plus complexe au Moyen Âge : à son procès, elle ne prétend jamais être un homme, mais bien une femme qui porte l’habit masculin. Il existe à la même époque d’autres femmes guerrières habillées en hommes : le cas Jeanne d’Arc n’est donc en réalité pas aussi extraordinaire. Les penseurs de la fin du Moyen Âge reconnaissent même plusieurs situations dans lesquelles il est admis de porter un vêtement du sexe opposé. Au théâtre ou dans la prostitution, des hommes peuvent s’habiller en femmes. À l’inverse, des femmes peuvent revêtir des vêtements masculins par nécessité, pour voyager ou échapper au viol par exemple, ou par sainteté, pour dépasser leur condition. Si Jeanne est comparée, après sa mort, à une sainte pour la réhabiliter, elle n’est en réalité ni sainte au sens médiéval, ni transgenre au sens contemporain.

Du féminin au masculin

Partir de Jeanne d’Arc permet à Clovis Maillet d’évoquer le parcours d’autres femmes ayant vécu sous une identité masculine. Il peut s’agir de personnages fictifs comme Silence, héros/héroïne du Roman de Silence, ou bien réels, à l’instar de Joseph, un moine de Schönau mort en 1188 mais qui est né femme. Au contraire de Jeanne d’Arc, qui reste femme, certains apparaissent comme de véritables hommes transgenres.

L’immense majorité des personnes ayant vécu sous une identité de genre qui n’est pas la leur au Moyen Âge sont nées femmes et considérées socialement comme des hommes. Le parcours inverse, s’il existe, est beaucoup moins valorisé car le masculin constitue un idéal : des femmes peuvent accéder à la sainteté en accédant à la masculinité, mais l’inverse n’est pas possible. Devenir homme suppose toutefois de renoncer à toute forme de sexualité, selon l’idée antique et médiévale que les femmes sont plus portées que les hommes à l’amour et à la luxure. Silence redevient donc une femme quand elle se marie. Les autres saintes vivent une vie de moine et sont donc, par définition, contraintes à l’abstinence. Ce qui compte finalement pour ces personnages, ce n’est pas tellement le changement de genre, mais le fait de se conformer à une morale sexuelle perçue comme masculine. « Une femme peut vivre comme un homme si elle en a la force et la volonté, la faiblesse morale lui rendra la tâche bien plus difficile qu’à une personne créée homme par Dieu, mais la prouesse n’en sera que plus remarquable. » Pour de nombreux moines du Moyen Âge, notamment dans le mouvement cistercien, la femme qui agit comme un homme peut être un idéal car elle dépasse sa condition.

L’ambivalence des sources

Les textes et les images du Moyen Âge ne savent parfois pas comment qualifier ces personnages qui transgressent les normes de genre. Dans les textes, les auteurs parlent de Joseph, né femme, la plupart du temps au masculin, sauf quand ses compagnons découvrent après sa mort qu’il a un corps de femme. Si l’auteur du Roman de Silence parle de lui au masculin, il insiste toutefois dans sa description sur la féminité de certains de ses traits.

La description des personnages transgenres dépend aussi de la période considérée. Aux premiers temps du christianisme, il y a semble-t-il un véritable attrait des fidèles pour les pratiques ascétiques refusant la binarité de genre, notamment de la part des femmes. Cela engendre des tensions dans l’Église, qui peine à concilier cette injonction à renoncer à la chair avec la nécessité de faire croître démographiquement le nombre des fidèles. Les penseurs ecclésiastiques montrent ensuite un regain d’intérêt pour ces figures ambivalentes à partir du XIIe siècle. L’iconographie d’Eugène/Eugénie, sainte et moine du IIIe siècle, montre bien ces évolutions : il/elle apparaît comme un personnage féminin au début du Moyen Âge, puis comme un personnage masculin entre les Xe et XIIIe siècles, avant une nouvelle féminisation à la fin du Moyen Âge. Cette période voit se renforcer la binarité de genre, dans tous les domaines : l’apparition de vêtements clairement différents pour les hommes et les femmes au début du XIVe siècle constitue un symptôme de cette évolution.

La « binarité non-binaire » du Moyen Âge

Clovis Maillet utilise enfin, pour analyser ces figures de saintes transgenres, les concepts des études de genre et du militantisme transgenre. Il montre par exemple l’importance dans ces récits du changement de nom ou bien du passing, qui désigne la capacité d’un individu à passer pour une personne du genre auquel il s’identifie. Ces éléments sont des moments fondateurs dans l’identité de l’individu transgenre. Toutefois, là où le propos est vraiment pertinent, c’est qu’il ne raisonne justement pas en termes d’identité. Dans notre société, l’identité individuelle est essentielle, notamment sur le plan du genre (on est homme ou femme, homosexuel ou hétérosexuel), mais cela ne fonctionne pas au Moyen Âge. Le genre au Moyen Âge n’apparaît pas tant comme une identité que comme une construction dynamique, comme une négociation entre les individus. Ce qui compte n’est pas tant ce que l’on est mais la manière dont on est perçu par la société. Le propos permet ainsi de se départir de la catégorisation binaire du genre qui est la nôtre. Le monde médiéval est binaire : il y a deux pôles, le masculin, positif, et le féminin, négatif. Mais les individus peuvent passer d’un pôle à l’autre et les identités sexuées ne sont pas immuables. Dans la « binarité non-binaire » du Moyen Âge, une femme peut être perçue comme un homme sans que cela ne soit une transgression fondamentale.

Clovis Maillet, sans prétendre répondre à toutes les questions posées par les saintes transgenres, montre par une étude particulièrement fine que l’on peut acclimater des notions que l’on pense contemporaines à la société médiévale. Si la transition n’est pas forcément définitive au Moyen Âge, les personnes nées femmes peuvent abandonner dans certains cas leur genre de naissance et devenir des hommes transgenres, acceptés comme tels par la société.

 

[Source : http://www.nonfiction.fr]

L’écrivain et éditeur René de Ceccatty réagit à l’affaire de la traduction d’Amanda Gorman aux Pays-Bas en s’opposant à toute forme de critères idéologiques.

Rene de Ceccatty, traducteur, ecrivain, editeur au Seuil

René de Ceccatty, traducteur, écrivain, éditeur au Seuil

Propos recueillis par Valérie Marin La Meslée

Il est à la fois écrivain (Mes années japonaises, paru au Mercure de France en 2019), traducteur, de l’italien (Dante, Pasolini) et du japonais, et éditeur aux éditions du Seuil. Cette fois, il répond à nos questions au sujet de la polémique née aux Pays-Bas à propos de la traduction par Marieke Lucas Rijneveld – devenue l’an dernier, à 29 ans, la plus jeune lauréate du prix international Booker pour son premier roman (Qui sème le vent, traduit en français par Daniel Cunin aux éditions Buchet-Chastel) – du recueil d’Amanda Gorman – poétesse choisie par Joe Biden pour son investiture – à la demande de l’éditeur néerlandais Meulenhoff. Face au tollé qu’a suscité la nouvelle, et notamment l’article d’une journaliste et militante noire, Janice Deul, disant qu’une personne noire aurait dû être choisie pour ce faire, Marieke Lucas Rijneveld a renoncé et doit s’exprimer sur cette affaire sous la forme d’un poème à paraître cette fin de semaine.

Le Point : Quelle a été votre première réaction à cette polémique ?

René de Ceccatty : L’idée qu’il faille être noir pour traduire un Noir est terrifiante. Cette bienséance, ce politiquement correct qui envahit tous les domaines de la culture font perdre la tête aux gens ! Ni l’orientation sexuelle, ni l’origine de la personne, ni sa couleur de peau, ni son genre ne lui donnent une compétence ou une incompétence, c’est totalement absurde. Ce sont des critères d’ordre idéologique qui n’ont pas leur place dans la traduction.

Récemment s’est posée la question de traduire le poème de Derek Walcott « Omeros ». J’ai eu le sentiment que le traducteur devait avoir, certes, une connaissance du contexte antillais-américain, mais surtout être en mesure de trouver l’équivalent linguistique français des Antilles. À partir de là, je suis convaincu de la nécessité que le traducteur soit à l’aise, et très inventif, dans l’équivalent français du créole antillais américain. Est-il pour autant obligatoire que ce soit un Antillais métis qui traduise Walcott, lui-même antillais et métis ? Non. Certes, des poètes, qui connaissent bien la langue antillaise de Patrick Chamoiseau, ou de poètes haïtiens, pourraient, par leur approche de la langue créolisée, en sentir plus facilement les nuances. Mais il n’est pas question d’origine ou de couleur de peau. Un Blanc européen peut avoir cette connaissance livresque, culturelle, par affinité, ou pour avoir vécu dans le pays. Ce qui est fondamental dans la traduction, c’est l’apprentissage par des lectures. Est-ce que cela peut suffire, pour traduire un poète africain, d’être de son pays ou d’y avoir vécu ? Non, ce qui compte, au-delà de l’expérience de rites culturels, c’est la connaissance de la culture, la compétence et la sensibilité littéraire.

Dans quelle mesure l’argument d’une connaissance du « spokenword  », de la poésie orale des slameurs, peut être à considérer dans ce débat ?

L’oralité est un autre problème auquel j’ai moi-même été confronté en traduisant Pasolini. J’ai su reconnaître mes limites quand il s’est agi de retraduire des romans comme Ragazzi di vita (Les Ragazzi) ou Una vita violenta. Le langage de « banlieue » n’est pas du tout normé, et pose déjà un problème dans la restitution orale de l’italien. En français, la traduction dans un style argotique de la « série noire » était très artificielle (pour les premières traductions de ces deux romans). Pasolini n’en était pas satisfait. Mais quand on m’a proposé de les retraduire, j’ai reconnu que je n’y arrivais pas, je n’avais pas en moi l’équivalent français de cette oralité. Le traducteur doit avoir cette connaissance, sentir immédiatement en français, et sans doute par son expérience personnelle, l’équivalent de cette oralité.

On a justement argué, comme critère de traduction d’Amanda Gorman, de la communauté d’expérience vécue d’une Noire. Qu’en pensez-vous ?

Il est impossible d’avoir une expérience vécue analogue à celle de l’auteur que l’on traduit. Cela veut dire qu’un lecteur qui n’a jamais connu ce que l’auteur a connu ne comprendrait pas ce qu’il écrit ? À quoi sert un livre sinon à faire découvrir, partager, connaître une expérience que le lecteur n’a jamais eue ? Sinon on ne lirait que ce qu’on connaît ! Non. Un traducteur peut être un passeur supplémentaire dans ce processus s’il a les instruments suffisants en termes d’intellect, de technique. Quand on me propose une traduction, je me demande toujours si je suis prêt à me plonger dans cet univers qui n’est pas entièrement le mien. Ainsi, récemment, on m’a demandé de traduire un texte interlope, qui se passe à Rome. Mais j’ai refusé cette proposition parce que je n’arrivais pas à trouver cette langue-là, faite de beaucoup de citations de réseaux sociaux, de Twitter, d’Instagram, et pour moi qui n’y suis pas naturellement plongé, j’ai senti que ce serait artificiel. On se pose constamment la question : est-on prêt à passer quatre mois dans un univers qui ne vous est pas naturel ? Il faut trouver cet équilibre entre un univers nécessairement nouveau pour soi, mais dont on se sent un ambassadeur possible, c’est beaucoup une question d’intuition.

Pensez-vous que la traductrice choisie a trop facilement jeté l’éponge face aux attaques ?

Un traducteur est toujours angoissé, il se pose toujours des questions, alors, s’il sent une pression autour de lui, comment va-t-il résister au fait qu’on pense qu’il n’est pas la bonne personne pour ce faire ?

Certains critères manqueraient-ils au milieu de l’édition pour choisir un traducteur de textes issus de la diversité ?

J’ai toujours été sensible, en éditant des auteurs comme Patrick Chamoiseau ou en faisant des recensions de l’œuvre Édouard Glissant, à l’ouverture d’un catalogue et d’habitudes de lecture. Et les éditions du Seuil ont confié la direction de la collection poésie à Alain Mabanckou, dont les premiers textes parus sont ceux de poètes noirs, d’un poète haïtien de facture assez classique comme Louis-Philippe Dalembert aux textes d’un slameur comme Souleymane Diamanka. Faut-il pour autant parler de démagogie ? Comme du geste de Biden en choisissant Amanda Gorman ? Toutes les voix doivent s’exprimer, mais l’opportunisme venu de la bien-pensance de la diversité n’est pas une chose entièrement sincère. Que quelqu’un appartienne à une population déshéritée qui n’a pas eu voix au chapitre ne lui donne pas la compétence nécessaire pour parler au nom d’une communauté, ce n’est pas forcément la bonne personne. Un intellectuel parle souvent au nom des autres et pas toujours avec une parfaite compétence, mais, encore une fois, ce n’est pas l’origine qui peut le déterminer. Alors, que dirait-on de la légitimité d’un Claude Lévi-Strauss ou du cinéaste Jean Rouch ? De disciplines comme l’anthropologie ? L’ethnologie ? Dans mon travail d’éditeur, je découvre des personnalités et des expériences dont je n’avais pas connaissance jusque-là, mais que je suis capable de comprendre. Pour la traduction, c’est la même chose dans les limites que je disais tout à l’heure. La poésie réclame certainement des affinités particulièrement pointues, mais sûrement pas idéologiques.

Comment donner davantage de visibilité à ceux qui s’en sentent privés ?

Entrer dans le domaine des quotas est très dangereux en matière d’édition ou en matière intellectuelle tout court. Mes critères demeurent les mêmes, quel que soit l’écrivain, et pareillement pour la traduction : surtout ne pas prendre le risque de se soumettre à des critères qui relèvent de l’idéologie. En poésie, il se peut que le rapport naturel au slam ou au rap donne une compétence véritable, bien entendu. Et que cette affaire soit l’occasion pour un certain nombre qui se sentent écartés par une dite race blanche dominante de se poser la question, sans doute, mais il ne faut pas qu’elle soit la première question que l’on se pose, que cela devienne un argument politique et donc nécessairement simplificateur. Pour moi, forcer la note est toujours terrible. Comme dans le domaine de la sexualité : réduire la littérature homosexuelle à un lobby ? Seul un homosexuel comprendrait un livre écrit par un homosexuel ou parlant d’homosexualité ? On en arrive à une totale absurdité et à une ghettoïsation des sensibilités. La grande littérature ne souffre aucune détermination.

[Photo : Francesca Mantovani – source : http://www.lepoint.fr]

Antropóloga examina estratégias de grupos fundamentalistas para negar a pandemia. Mas vê crescente fissura na base evangélica antes ligada ao bolsonarismo, e identifica segmentos com bandeiras progressistas e em defesa da vacina

Jacqueline Moraes Teixeira, em entrevista a João Vitor Santos, no IHU Online

Quem pesquisa os segmentos evangélicos insiste em destacar que não se trata de uma massa homogênica e compacta, mas sim grupos com diferentes perspectivas e nuances. É o caso da antropóloga Jacqueline Moraes Teixeira que, nesse ano de 2020, percebeu ainda mais essas distinções com relação a experiência da pandemia e todos os desdobramentos políticos frente ao governo de Jair Bolsonaro. Olhando para a Igreja Universal, seu objeto de estudo e que também tem grande representatividade no segmento, reconhece um apoio mais coeso a posturas do governo. No entanto, aponta que tal apoio começa a revelar fissuras nesse ano pandêmico. “Tenho percebido que, pela primeira vez, desde janeiro de 2019, essa aliança entre Bolsonaro e esse núcleo específico de apoio do seu governo — Igreja Universal do Reino de Deus —, começa a dar sinais de um enfraquecimento”, observa, em entrevista concedida via áudios de WhatsApp enviados ao Instituto Humanitas Unisinos – IHU.

Para Jacqueline, tais fissuras tem relação com o resultado eleitoral de candidatos apoiados por Bolsonaro e também pelo fim de grandes mandatos, como o de Marcelo Crivella no Rio de Janeiro. “Então, assim se configura uma necessidade para garantir boas alianças políticas para manter uma boa performance no Legislativo e uma aliança crescente para produzir, realmente, os acessos ao Executivo”, analisa.

Além disso, outros segmentos descolaram do governo nos temas da pandemia e passaram a defender as orientações de cientistas e da própria Organização Mundial da Saúde – OMS. Segundo a pesquisadora, é interessante ainda observar o discurso de quem ainda seguiu com o governo, como a Universal. Mais uma vez reducionismos não cabem, pois não se trata simplesmente de negacionismo científico. “O que se produzia e se circulava o tempo todo eram outras correntes científicas que diziam coisas distintas dos estudos e das pesquisas divulgadas pela OMS e outras instituições importantes e que realmente estavam fazendo todo o processo de saúde sanitária durante a pandemia”, observa.

Jacqueline chama atenção para uma ideia de fraude e perseguição que transcende a ideia de negar a realidade. Para ela, “é válido refletir como essa sensação de fraude, de adulteração, que é algo fundamental que vai construir todo esse processo que resulta na invasão do Capitólio nos Estados Unidos, também está muito forte e esteve fortemente presente no Brasil durante todo esse período de pandemia, em que teremos o tempo todo uma desconfiança em relação aos dados produzidos pelas instituições científicas”.

Por fim, ainda analisa outra pauta de 2020 entre o segmento evangélico: o antirracismo. Recuperando outros estudos, a pesquisadora comprova que esse é um tema presente em setores evangélicos há tempos e que ainda foi intensificado em 2020. “Esses movimentos se configuram e se apresentam publicamente como ‘evangélicos progressistas’, que não apenas têm formado associações importantes de evangélicos contrários ao governo Bolsonaro, mas que têm produzido posições relevantes para pensar a democracia e a relação entre religião e Estado laico sob outros termos. Como são grupos que também têm pensado a questão racial a partir de uma relação com os movimentos e com o feminismo negro”, destaca.

Jacqueline Teixeira (foto: arquivo pessoal)

Jacqueline Moraes Teixeira é doutora em Antropologia Social na Universidade de São Paulo – USP, onde também obteve o título de mestre. Possui graduação em Ciências Sociais pela USP e graduação em Teologia pela Universidade Presbiteriana Mackenzie. É pesquisadora do Centro Brasileiro de Análise e Planejamento – Cebrap, realizando pesquisas na área de gênero, sexualidade e religião. Ainda atua no Laboratório do Núcleo de Antropologia Urbana da USP – NAU, onde desenvolve pesquisas sobre religiosidade em contextos urbanos, e no Núcleo dos Marcadores Sociais da Diferença da USP – Numas. Atualmente é professora substituta no Departamento de Filosofia da Educação e Ciências da Educação da Faculdade de Educação da USP, professora credenciada no Programa de Pós-Graduação em Educação (PPGE-USP) e realiza estágio de pós-doutorado no Programa de Pós-Graduação em Antropologia Social (PPGAS-USP).

Confira a entrevista

A invasão ao Capitólio, nos Estados Unidos, escancarou as reações da chamada extrema-direita, ou nova direita, às instituições constitucionais e a própria democracia. Que relações podemos estabelecer com esse episódio e a associações de grupos religiosos a essas perspectivas políticas, tendo em vista, especialmente, o cenário brasileiro?

Apesar de a gente perceber a presença de grupos religiosos na invasão, com faixas de apoio a Donald Trump e mesmo com as cruzes em homenagem a Ku Klux Klan, (considerando que a cruz sempre foi um símbolo importante para grupos supremacistas brancos), acredito que seja fundamental pensarmos no papel de determinadas lideranças religiosas no apoio ao Trump e a crença de que as eleições presidenciais tinham sido fraudadas. É possível destacar duas lideranças religiosas de alcance nacional, o primeiro deles é Franklin Graham, filho de Billy Graham, um dos mais importantes evangelistas do século XX. Desde a eleição, Graham tornou-se “conhecido, acima de tudo, como o aliado evangélico mais vociferante” de Trump. Ele se opôs fortemente ao processo de impeachment, chamando-o de “inquisição injusta”. Em uma entrevista de 21 de novembro de 2020, Graham sugeriu que a oposição a Trump era obra de um “poder demoníaco”. Em dezembro, quando a revista Christianity Today, fundada por seu pai, Billy Graham, publicou um editorial chamando Trump de “profundamente imoral” e apoiando sua destituição do cargo, Franklin Graham respondeu dizendo que seu pai também votou em Trump.

As postagens constantes de apoio a Trump e de questionamento do resultado das eleições presenciais, e declarações de defesa da própria posição de Trump em relação a invasão do Capitólio resultou em várias manifestações contrárias a Graham, com a produção de uma petição para que ele seja afastado do cargo que ocupa junto a uma associação de ação humanitária.

Não estou tentando estabelecer uma relação direta de causalidade entre as posições publicas dos religiosos que citei aqui e a invasão ou a violência ocorrida no Capitólio, o que estou pensando na verdade é que o modo como posições públicas podem funcionar como produtoras de justificativas éticas para ativismos que representam risco à democracia.

Quando eu escolhi fazer referência à relação entre o Franklin Graham e o Donald Trump, bem como pensar as declarações dele e as afirmações publicadas nas suas redes sociais — redes que são seguidas por milhões de pessoas —, de que as eleições nos Estados Unidos tinham de fato sido adulteradas, considerei que essa relação entre Trump e Graham pode, de alguma maneira, nos ajudar a pensar uma série de questões que relacionam e produzem uma imagem do que se vem configurando como uma extrema-direita ou nova direita no Brasil. E pensando a relação que essa imagem se vai constituindo com determinadas lideranças religiosas. Nesse caso específico, algumas lideranças evangélicas.

Em primeiro lugar, é importante considerar a relevância do evangelista Billy Graham, ou Graham pai, para a configuração das imagens de multidões e ocupações públicas relacionadas ao segmento evangélico no Brasil. Isso porque as suas visitas e cruzadas evangelísticas ocorridas no país, entre os anos 1960 e 1970, produziram, por exemplo, a ocupação de praças, do estádio do Maracanã, no Rio de Janeiro, e do Pacaembu, em São Paulo, fazendo com que de alguma maneira se constituíssem as primeiras imagens das denominações evangélicas relacionadas às grandes multidões. A escolha do Graham pai em fundar uma missão evangelística com característica interdenominacional fez com que suas mensagens circulassem pelo Brasil, tanto por denominações que compõem o que entendemos por protestantismo histórico, como por denominações pentecostais e neopentecostais.

Nesse sentido, além de inspirar os enquadramentos para os primeiros programas televisivos evangélicos, por exemplo, e de suscitar as primeiras relações significativas de visibilidade entre ritos evangélicos e equipamentos públicos fundamentais, o Billy Graham (ou Graham pai) também inspirou o modelo de ação política tendo atuado como conselheiro religioso direto, de ao menos quatro presidentes nos Estados Unidos.

Avivamento de igrejas

No ano de 2018, o nome do Billy Graham voltou a circular com força no Brasil em decorrência de sua morte e, nesse período, foi muito comum a circulação em redes sociais e plataformas de notícias gospel uma profecia que foi dita por um outro evangelista, cujo livros e mensagens também circulam pelo Brasil, Benny Hinn, dizia que o ano da morte do Billy Graham e a morte em si serviriam como um sinal para que as igrejas evangélicas se reunissem num grande avivamento. 2018, esse mesmo ano, foi o ano de eleição de Jair Bolsonaro e, lembro bem, acompanhando grupos de WhatsApp das pesquisas que realizo, que era muito comum ver uma vinculação entre a votação do Bolsonaro como uma resposta a esse avivamento, que seria fruto desse sinal enviado por Deus, totalmente atrelado ao Billy Graham, que teria sido um “grande homem de Deus”.

É interessante pensarmos como o Bolsonaro, que tem esse perfil que não parece aceitar conselho de ninguém, se encaixou de alguma maneira nesse imaginário desse estadista ou político que se sentaria à mesa com seus pastores conselheiros e que receberia conselhos de como guiar o país e uma nação que estaria totalmente salvaguardada debaixo do poder de Deus.

A invasão do Capitólio e cenário brasileiro

É válido refletir como essa sensação de fraude, de adulteração, que é algo fundamental que vai construir todo esse processo que resulta na invasão do Capitólio nos Estados Unidos, também está muito forte e esteve fortemente presente no Brasil durante todo esse período de pandemia, quando assistimos o tempo todo uma desconfiança em relação aos dados produzidos pelas instituições científicas, uma desconfiança em relação às mortes e às políticas sanitárias de isolamento social. Consequentemente, sempre há a necessidade de se pensar e se olhar para essa figura central que estaria o tempo todo sendo foco de uma série de conspirações.

Esse, de alguma maneira, seria o jogo que constrói todo o processo e o engajamento dentro das linguagens produzidas pelo governo de Jair Bolsonaro e, de alguma maneira, o modo como isso também constrói as imagens desses movimentos, que se passam a configurar e entender-se como movimentos de direta e de extrema-direita no Brasil.

Você pesquisa há algum tempo essa incidência da religião, especialmente de evangélicos, no espectro político e na vida urbana. Em que medida a experiência mundial da pandemia reconfigura essas relações? E, em específico no caso do Brasil, como a você apreende isso?

Se pensarmos essa relação entre igrejas evangélicas, vida urbana e cenário político nacional durante a pandemia, a primeira coisa que podemos apreender é que a pandemia produziu uma mudança significativa, quase que como uma alteração ontológica de uma paisagem. Isso porque a pandemia exigiu que as igrejas evangélicas, principalmente — pensando no que eu já disse sobre o Billy Graham —, se defrontassem com a necessidade de reconstruir sua imagem pública de religião das multidões, a medida em que grandes multidões ou grandes ajuntamentos deixam de ser permitidos.

Isso trouxe a necessidade de se recalcular e produzir novas imagens sobre essa forma pública de religiosidade. Esse processo vai alcanças desde as igrejas e denominações que aderem muito rapidamente às políticas sanitárias de isolamento social, e realmente deixam de fazer seus cultos mesmo antes disso se tornar de fato foco de decreto, até as igrejas e denominações evangélicas que se recusaram a parar de funcionar e que de fato assumiram de modo mais direto a necessidade de reconfigurar esse enquadramento, de religião de multidão.

Refiro-me a isso pensando na Igreja Universal do Reino de Deus — IURD, que é a denominação neopentecostal que estudo há mais de dez anos, e o modo como durante todo esse período de pandemia a IURD se posicionou contrária as políticas sanitárias de isolamento assumindo para si o compromisso de reconfigurar enquadramentos e atualizar as imagens capazes de manter a experiência pública da multidão, e isso se deu logo no inicio da pandemia, quando a igreja orientou para que as pessoas se organizassem para cumprir alguns horários de culto, ajoelhadas nas ruas próximas a algum templo da IURD, mantendo um metro de distancia entre uma e outra. Essas imagens circularam pelas redes sociais da igreja, pelos grupos de whatsapp e foram foco de reportagens na Record. Isso trazia a ideia de uma religiosidade cuja possibilidade de realização depende sempre de sua capacidade de produzir figuras públicas, de uma corporeidade cuja expressão religiosa depende sempre das condições para se produzir formas de ajuntamentos públicos. Essas imagens foram fundamentais para se sustentar, ainda no primeiro trimestre de pandemia no Brasil, a defesa de que igrejas deviam ser reconhecidas como serviços essenciais para garantir a realização de cultos e outras atividades presenciais.

Também foi importante para fortalecer pautas como o uso de medidas preventivas e profiláticas ao Covid 19, fortalecendo a distribuição de alguns medicamentos que compunham o chamado “tratamento precoce” isso tanto em igrejas evangélicas como em fundações e associações de confissão católica. Esse princípio de uma religiosidade que só se realiza mediante a suas possibilidades de ocupar, de produzir imagens de ajuntamento público podem ser recuperadas também se pensarmos nas manifestações intituladas: “Evangélicos contra o isolamento social” ocorridas em 1 de junho de 2020, em várias cidades do Maranhão, em protesto contra as medidas de lockdown defendidas pelo governador do Estado, além de exibir bíblias e de cantar hinos que falavam sobre o Exército de Cristo, os manifestantes queimaram máscaras e frascos de álcool gel em praça pública. Essas imagens foram importantes na construção de uma cortina de desconfiança em relação a medidas sanitárias e mesmo, do número de mortes durante a pandemia, o que garantiu, ampla circulação das críticas de desconfianças apontadas pelo próprio Jair Bolsonaro.

Discursos negacionistas?

Esse processo também vai constituir-se por uma série de discursos que passamos a entender como discursos negacionistas, mas olhando a partir dos dados que coletei durante esse período de pandemia, principalmente os dados circulados pela Igreja Universal, não se tratava de uma política negacionista, mas fundamentalmente de uma disputa por discursos científicos. O que se produzia e se circulava o tempo todo eram outras correntes científicas que diziam coisas distintas dos estudos e das pesquisas divulgadas pela Organização Mundial da Saúde — OMS e outras instituições importantes e que realmente estavam a frente de todo o trabalho de articulação de medidas sanitária durante a pandemia.

Essa disputa traz novamente à tona essa relação significativa entre Estados Unidos e Brasil, na medida em que vários desses institutos de pesquisa e várias dessas pesquisas tinham sido produzidas em universidades privadas norte-americanas, que são reconhecidas como importantes laboratórios produtores e formadores de cientistas e acadêmicos de uma chamada direita política ou de um pensamento conservador.

Ainda sobre a pandemia, sua experiência escarnou uma crise ambiental, uma imensa desigualdade e gerou um assombroso desemprego. De que forma esses grupos (político-religiosos, se dá para chamar assim) têm reagido a essas consequências da grande crise pandêmica?

É preciso ressaltar o quão segmentado e difuso são os evangélicos e, consequentemente, o quanto, de alguma maneira, quando estamos pensando em respostas, ou possíveis soluções ou possibilidade de gestão dessa grande crise pandêmica em que continuamos mergulhados, estamos falando de uma infinidade de respostas, de inúmeras possibilidades e, portanto, de vinculações políticas que também resultam de várias dessas práticas e posições.

Nesse sentido, podemos pensar que determinados grupos de lideranças e denominações evangélicas permaneceram mais próximos das pautas e do modo como o governo Bolsonaro vem lidando com a pandemia. Esse engajamento com a narrativa do governo acerca da pandemia, desenvolvida, sobretudo, no âmbito do Executivo Federal, se dá para algumas lideranças evangélicas pela defesa da garantia da manutenção do funcionamento dos serviços considerados não essenciais, assegurando a manutenção de postos de trabalho, justificativa que esteve muito presente na adesão das lideranças e nas posturas públicas da Igreja Universal contra o endurecimento das medidas de distanciamento social.

Por outro lado, existem outros grupos e lideranças evangélicas que pensam a questão da pandemia sob outros termos e, assim, vêm apresentando posturas de distanciamento em relação às práticas difundidas pelo governo Bolsonaro. Um exemplo que posso citar aqui é o modo como várias denominações e lideranças evangélicas têm feito questão de produzir posicionamentos públicos favoráveis à vacina, têm explicitado que a crise provocada pelo covid-19 seja enfrentada com soluções científicas cabíveis – e o que tem suscitado posicionamentos públicos contra o tratamento precoce, que foi difundido não apenas pelo presidente Bolsonaro, mas também pelo ministro da Saúde, Eduardo Pazzuelo e que continua sendo foco de investimento do Ministério da Saúde em 2021, quando ainda enfrentamos altos índices de infecção e de óbito.

Todas essas posições vão configurando ora um processo de identificação e ainda engajamento com questões relacionadas ao governo Bolsonaro, ora distanciamentos e engajamentos de lutas que tentam, cada vez mais, traduzirem-se em pedidos de impeachment.

Acerca disso, é importante falarmos sobre o documento que foi assinado em protocolado em 26-01-2021, reunindo assinatura de várias associações importantes católicas e evangélicas. Pelo menos 300 lideranças católicas e evangélicas assinaram uma carta pedindo o impeachment de Bolsonaro, o documento sustentou a denúncia de inúmeras negligências e crimes cometidos durante a pandemia, desde políticas públicas em saúde que não foram implementadas, até ações de negligência que causaram mortes e que resultaram também na crise oxigênio vivida em Manaus em janeiro.

Como você analisa os apoios da base religiosa ao governo Bolsonaro atualmente? Que movimentos foram possíveis detectar desde o início da pandemia?

É importante destacar que quando estamos pensando em uma base religiosa para o governo Bolsonaro, e uma base que tem sua substancialidade muito configurada pela participação evangélica, é difícil imaginar as estabilidades dessa base pensando numa aliança política constituída por um grupo que é tão fragmentário. Isso porque ao falar de evangélicos estamos falando sempre de inúmeras denominações, de lideranças distintas, de formas de interpretações bíblicas, de vinculações teológicas específicas — Teologia da Prosperidade, Teologia da Missão Integral e Teologia da Guerra.

Portanto, é sempre muito difícil pensarmos no conteúdo dessa base religiosa do governo Bolsonaro e é importante reconhecermos que a estabilidade de uma base religiosa, que depende significativamente dessa capacidade de engajar e de produzir imagens públicas de ajuntamento, é muito mais um efeito do que de fato de algo possível e factível de se observar nas relações e nas alianças políticas estabelecidas com o governo Bolsonaro. Nesse sentido, estamos o tempo todo olhando para disputas, para novas alianças, para todo um devir de processos políticos que se estão configurando dentro desse efeito que nos permite pensar e visualizar o que seria essa base religiosa dentro do governo Bolsonaro.

O fim do Auxílio Emergencial, o aumento dos índices de infecção por covid-19, o aumento das mortes, a crise no norte do país protagonizada pela cidade de Manaus e a falta de vacinas no momento em que vários países do mundo estão vacinando com muito mais velocidade, tudo isso, logo no início de 2021, tem demonstrado que algumas coisas estão movimentando-se dentro dessa rede de apoio ao governo Jair Bolsonaro por parte de algumas lideranças evangélicas. E quero ressaltar que não estou falando de um apoio geral e homogêneo, ou seja, desse efeito que nos faz pensar numa base religiosa, mas de um enfraquecimento nos engajamentos pró-Bolsonaro, nas relações de apoio dentro de grupos que já o apoiavam e que foram fundamentais para sua eleição no final de 2018.

Igreja Universal e governo: uma relação em crise?

Eu gosto sempre de falar na Igreja Universal, porque se formos embarcar de fato nessa ideia da base religiosa como um efeito, a IURD é fundamental. Vamos voltar um pouco para a relação entre a Universal e o governo Bolsonaro durante todo este período de pandemia, quando chamo atenção para esse ponto, não estou pensando apenas nas atividades e redes sociais da Igreja, mas no modo como isso também produz outros desdobramentos de mídia na medida em que repercute em temáticas abordadas por jornais e programas da Rede Record.

Considerando esses meios de observação podemos dizer que durante a pandemia a IURD demonstrou e usou sua rede para produzir engajamento com as posturas e apostas do governo Bolsonaro, ao fechar um discurso governamental de enfraquecimentos de medidas sanitárias em nome das pautas relacionadas à economia, apostar na retórica da perseguição religiosa e de que havia uma conspiração cujo foco era produzir um pânico social frente a uma doença que poderia ser controlada com tratamento profilático — publicando na Folha Universal, suando seus programas televisivos e as pautas jornalísticas da mídia aberta para divulgar pesquisas científicas favoráveis ao uso da cloroquina.

Durante o ano de 2020 a Igreja Universal, de várias maneiras, fez questão de realmente manter e demonstrar sua coesão e sua importância como base religiosa dentro do governo Bolsonaro. Porém, considerando o atual cenário nesse início de 2021 e os resultados das eleições municipais no final de 2020, quando a figura de Bolsonaro não garantiu engajamento suficiente para eleger candidatos a prefeitura em nenhum grande município do país, teve também a demora de Bolsonaro em manifestar seu apoio a campanha de Marcelo Crivella para a reeleição no Rio de Janeiro. Sem dúvida a derrota de Crivella afeta a relação política entre Jair Bolsonaro e a Universal, derrota política acrescida da prisão e do impedimento para concluir o mandato faltando apenas três dias para a posse de Eduardo Paes.

Se tem um aprendizado importante que as lideranças religiosas que ajudam a compor uma base religiosa de direita no Brasil é que representatividade e engajamento em pautas e candidaturas ao Legislativo e ao Executivo Federal dependem do sucesso e da possibilidade de capilaridade pelos legislativos e executivos de instâncias municipais, tal pedagogia de agenciamento político se tornou muito contundente, por exemplo, na defesa e tramitação de projetos sobre Ideologia de Gênero e Escola sem Partido em esferas municipais garantindo centralidade e visibilidade para essas pautas no governo federal. Isso traz a necessidade de garantirem-se boas alianças políticas capazes de manter uma boa performance no Legislativo e uma aliança crescente para produzir, realmente, os acessos ao Executivo.

Nesse sentido,— considerando esse resultado ruim relacionado ao Bolsonaro nas eleições municipais, o fim do Auxílio Emergencial e toda essa crise que vem com o ocorrido em Manaus, com o aumento dos casos de covid-19 e de mortes, e que vem, na verdade, com a ausência de uma política para pensar a vacina —, tenho percebido que, pela primeira vez, desde janeiro de 2019, essa aliança entre Bolsonaro e esse núcleo específico de apoio ao seu governo — protagonizado em grande medida pela Igreja Universal do Reino de Deus —, começa a dar sinais de um enfraquecimento. Teremos que ver como isso vai continuar e configurar-se no decorrer do ano de 2021. E se esse movimento terá forças para enfraquecer Bolsonaro em 2022.

Nesse ano de 2020, a pauta do racismo voltou à tona. Quais foram as reações entre os grupos evangélicos a essa pauta? Como isso vem sendo – ou passou a ser – discutido nesses grupos?

A pauta racial foi muito forte durante o ano de 2020, isso porque o processo todo provocado pela pandemia escancarou ainda mais as desigualdades que atravessam nossa experiência nacional. Considerando a dimensão racial, essa desigualdade foi escancarada a partir da divulgação do aumento das mortes de pessoas negras, mortes por conta do aumento da violência policial, da violência de gênero e da violência doméstica enfrentada por essa população, e mortes por conta da própria covid-19 — em números a covid-19 é muito mais letal entre pessoas negras do que em pessoas brancas, exatamente porque a população negra é muito mais vulnerável por estar mais exposta ao vírus e ter menos acesso a equipamentos de saúde.

Esse processo promoveu uma série de movimentos sociais e de importantes e significativas manifestações. Tivemos protestos, tanto nos Estados Unidos em decorrência do assassinato de George Floyd, como no Brasil em decorrência do assassinato de vários adolescentes que foram vitimados por operações policiais nas favelas do Rio de Janeiro. Dentre as milhares de mortes provocadas por violência do Estado ou pelo racismo estrutural, vale lembrar que a gente fechou o ano de 2020 com a morte trágica do João Alberto Freitas no Carrefour de Porto Alegre.

Todo esse processo resulta, consequentemente, em algumas respostas contundentes vindas do segmento evangélico e por parte de grupos evangélicos. Por isso, é valioso destacar, por exemplo, as pesquisas superatuais de Vitor Medeiros e da Simony dos Anjos, desenvolvidas na USP, e de Cleiton Rocha e João Pedro Araujo, ambos da UFRGS, que têm estudado movimentos sociais de populações negras protagonizados por evangélicos, que vêm lutando pela denúncia do genocídio da população negra, denunciando os processos e as dimensões colonialistas que existem dentro da tradição cristã e que marcam a própria constituição da fé do protestantismo no Brasil e das denominações evangélicas.

Evangélicos progressistas

Esses movimentos se configuram e se apresentam publicamente como “evangélicos progressistas”, que não apenas têm formado associações importantes de evangélicos contrários ao governo Bolsonaro, mas que têm produzido posições relevantes para pensar a democracia e a relação entre religião e Estado laico sob outros termos. Como são grupos que também têm pensado a questão racial a partir de uma relação com os movimentos e com o feminismo negro, há uma aliança importante com as teorias feministas e uma aliança significativa com as populações LGBTIQA+. Portanto, é um movimento que se constitui em meio à necessidade de se pensar numa relação com todos os grupos que estariam sendo os maiores vulnerabilizados ou foco de produção de discursos violentos por parte desse outro grupo entendido como extrema direita ou mesmo nova direita.

Esse movimento negro evangélico não surgiu em 2020, ele é bem mais antigo. Temos pesquisas importantes produzidas por exemplo pelo Pr. Marco Davi, que é um pastor Batista e um dos fundadores do movimento negro evangélico, também pela pesquisa de doutorado do Prof. Dr. Rosenilton Oliveira, atualmente professor da Faculdade de Educação da Universidade de São Paulo — USP. Isso nos mostra o quanto esses grupos já se mobilizavam pensando questões relacionadas às cotas étnicos-raciais e para pensar a necessidade de se construir uma aproximação a uma Teologia Negra.

Dentro desse movimento, por exemplo, temos o Rio de Janeiro como lugar de destaque e nomes que hoje são nacional e internacionalmente conhecidos, como Ronilso Pacheco, que é o teólogo mais importante que temos hoje no Brasil pensando Teologia Negra, Jackson Augusto, que é idealizador da página Afrocrente, e Fabíola Oliveira. Assim, essa tipo de resposta já existe dentro do segmento evangélico, mas é perceptível seu crescimento à medida em que essa mobilização cara na história do movimento negro nacional vai ganhando outros espaços. É fundamental dizer e lembrar que a maior parte da população evangélica brasileira se autodeclara negra.

Teologia antirracista

É essencial compreendermos que, por mais que haja na história do movimento evangélico brasileiro a predominância de vinculações teológicas comuns as trazidas pelos protestantismo norte-americano que defendia a segregação territorial e supremacia branca, algo que se encaixou ao imaginário das políticas de embranquecimento do Estado brasileiro permitindo a produção de dimensões éticas capazes de dar materialidade a projetos políticos tais como o mito da democracia racial ideia de democracia racial. Esses movimentos sociais e teológicos de resistência nos permite enxergar como se dão os engajamentos as pautas raciais entre pessoas evangélicas e como é possível pensar uma teologia antirracista.

Falamos agora de seus estudos mais recentes, envolvendo a ministra Damares e a agenda de Direitos Humanos promovida por movimentos religiosos de direita. Os conselhos tutelares são como que laboratórios políticos para candidatos e partidos. Como você analisa a incidência de candidatos evangélicos nessa eleição para conselheiros? O que isso revela sobre a política e sobre a ascensão de religiosos no campo político?

O último processo de eleição para conselheiros tutelares, em 2019, teve muita visibilidade na mídia, pois discutia-se uma instrumentalização muito significativa por parte de pessoas evangélicas com candidaturas para ocupar esses cargos de conselheiros e conselheiras. Apesar de, na época, isso ser muito visibilizado como grande novidade, e mesmo como algo atrelado a Damares Alves e a eleição de Jair Bolsonaro, para quem pesquisa a presença de evangélicos no cenário político nacional (aqui posso citar pesquisadoras/res que foram fundamentais para minha formação em pesquisa nessa temática, como Paula Montero, Maria das Dores Campos Machado, Joanildo Burity, Ricardo Mariano, Ronaldo Almeida e Christina Vital) esse processo de ocupação que evangélicos vão fazendo na política vem ocorrendo com mais força desde a redemocratização do país, que vai marcar o ingresso majoritário de pentecostais na política, logo esse movimento não foi uma novidade desse último pleito eleitoral. O fato é que para se compreender tais dinâmicas, as quais chamo de pedagogias eleitorais, me parece fundamental olhar para a ocupação majoritária de evangélicos em conselhos tutelares, algo que acontece praticamente desde a fundação do conselho tutelar com a promulgação do Estatuto da Criança e do Adolescente, nos anos 90.

A Igreja Universal é, sem dúvida, a igreja que desenvolve estratégias mais contundentes nesse sentido. Essa ocupação pode ser pensada como um exercício, um espaço de aprendizado sobre a infância e sobre o léxico burocrático capaz de garantir que se trabalhe junto a máquina do Estado, seja em trabalhos de assessoria parlamentar, seja como parlamentar. Percebi que os conselhos tutelares propiciam uma experiência de iniciação política para pessoas evangélicas sem qualquer histórico de serviço público ou participação política, funcionando assim como, um laboratório em que se pode pensar, treinar, testar algumas pedagogias eleitorais, produzindo formas de ocupação evangélica na política. Para termos uma ideia, na cidade de São Paulo, no ano de 2019, acredita-se que 53% dos conselheiros/as que foram eleitos são ligados a denominações pentecostais, a maioria deles ligados à Igreja Universal do Reino de Deus.

Pautas da infância, a direita e valores conservadores

A construção de uma pauta política sobre a infância a partir dos conselhos tutelares acaba somando-se a um conjunto de pautas que têm constituído a imagem pública dessa relação entre políticos de direita e uma direita religiosa. Tais políticas estariam essencialmente vinculadas à proteção de uma espécie de sexualização precoce da infância, que desloca a luta por direitos humanos protagonizada pelos movimentos feministas e LGBTQIA+ a noção de um pânico moral. Esse não é um processo inaugurado no Brasil, mas é um processo que vamos perceber com muita força nos Estados Unidos ainda no final dos anos 1970, início dos anos 1980, com os movimentos antipornografia, na epidemia da AIDS com a associação da homossexualidade à pedofilia. Algo também presente nas políticas e publicações do Vaticano e que vão sendo organizados e entendidos a partir da ideia de ideologia de gênero. Me parece que a infância se torna um lugar de disputa, que as pautas de proteção contra as formas de violência infantil permite que esse sujeito religioso atualize suas relações com o Estado, apresentando a religião como um saber capaz de conferir direito de proteger um sujeito de direito.

Essa relação entre conselho tutelar e movimentos de políticas conservadores para a infância ficou muito evidente em 2020, por causa daquela triste história da menina de 10 anos que residia no Espírito Santo e que foi vítima de estupro por parte de um tio e engravidou. A gravidez, que tinha o direito de ser interrompida por lei, tornou-se foco de uma disputa envolvendo, não apenas os conselheiros tutelares da cidade, mas também assessores de gabinete da ministra Damares e uma série de influencers digitais de direita que produzem uma mobilização na internet contra o a realização de um aborto totalmente assegurado por lei.

O desfecho dessa história é bem conhecido, sem encontrar quem realizasse o procedimento no estado de residência da vítima, foi preciso levá-la para Pernambuco, para o mesmo hospital que em 2008 uma outra criança vítima de estupro, que também estava grávida, conseguiu a realização do aborto legal. Na porta do hospital um grupo ativista militou contra a realização do procedimento de fronte a outra manifestação que buscava garantir que o direito da criança violentada fosse preservado.

Assim, é possível pensar que os conselhos tutelares funcionam como uma tecnologia eleitoral e como uma tecnologia de aprendizado político, logo, é um lugar importante do exercício das pedagogias eleitorais, isso pelas características dos conselhos, um órgão de proteção e garantia de direitos que é municipalizado, um espaço importante para garantir capilaridade a algumas pautas políticas. Essas relações se estabelecem não apenas no âmbito dos conselhos, mas também com as câmaras municipais, e por sua vez, com outras câmaras estaduais. Assim, os conselhos tutelares se tornam um primeiro lugar no exercício de aprendizado sobre política, e têm, cada vez mais, encontrado um nicho específico no cenário Executivo Federal, na medida em que o ministério da Damares, o Ministério da Mulher, da Família e dos Direitos Humanos tem-se colocado como lugar específico de busca, formação e auxílio para conselheiros tutelares de todo o Brasil — essa é uma das agendas da Secretaria da Criança e do Adolescente no atual Ministério.

 

En 2019, tandis que le Maroc commémorait le vingtième anniversaire de la mort de l’écrivain Paul Bowles, qui aura passé la plus grande partie de sa vie à Tanger, Hisham Aidi se demandait comment cet Américain raffiné en était venu à développer des liens si forts avec son pays. Et comment il est aujourd’hui «vendu» à l’Occident comme figure nostalgique du mythe d’un Tanger cosmopolite et artistique sur lequel plane toujours un fort soupçon d’orientalisme.

Paul Bowles à Tanger, en 1989

Au milieu des années 1990, j’avais pour habitude d’organiser des promenades littéraires dans « le Tanger de Paul Bowles » pour des amis ou des pèlerins littéraires en visite des États-Unis. Nous nous rencontrions à Madame Porte, le célèbre salon de thé du centre-ville où, en 1948, Jane Bowles et Tennessee Williams avaient passé de nombreux après-midi pluvieux à écrire. Cet endroit, qui grouillait d’espions italiens et allemands pendant la Seconde Guerre mondiale, est mentionné dans Après toi le déluge, le roman exquis de Paul sur le Tanger des années 1950. De là, nous marchions jusqu’à Paradise, le bar également légendaire où Jane aurait un soir retiré la perruque qu’elle portait dans les dernières années de sa vie, et se serait déshabillée. Puis, nous nous baladions jusqu’à l’hôtel Muniria, où Jack Kerouac et Allen Ginsberg résidèrent, et où à l’étage, dans la chambre n° 9, William Burroughs écrivit Le Festin nu. De là, nous traversions le boulevard jusqu’au Café de Paris, repaire de Jean Genet.

LA VILLE DES ÉCRIVAINS

Ensuite, nous tournions à droite et descendions vers l’Hôtel Villa de France, où Henri Matisse peignit La Fenêtre à Tanger en 1912, et où Gertrude Stein et Alice B. Toklas avaient séjourné dans les années 1920 dans la chambre n° 35 de Matisse. Plus bas dans la médina se trouvait le minuscule Café Raqassa, où le romancier Mohamed Choukri avait pour coutume de se lover sur la banquette de la table du coin et y lire le journal tous les matins. Puis quinze minutes de marche à l’ouest jusqu’à Merkala, la plage au pied de la « Montagne anglaise », avant d’arpenter un chemin escarpé jusqu’au lieu où Bowles loua une maison pour la première fois en 1931. Perché au sommet des falaises se trouve le bungalow où il écrivit son dernier roman, La Jungle rouge (1966). Enfin, en descendant la colline jusqu’au sanctuaire d’Ibn Battuta — le grand explorateur et natif le plus connu de Tanger — nous terminions par un dîner au restaurant de mon grand-père Hamadi : fondé en 1951, il demeure à ce jour le restaurant le plus ancien de la ville.

Depuis cette époque, j’ai essayé de ne pas trop songer à l’ombre que Paul Bowles laissa planer sur Tanger, mais les commémorations de cette année — le 20e anniversaire de sa mort et le 70e de la publication de Un Thé au Sahara — m’ont rendu la tâche difficile. À Tanger, des célébrations pour marquer ce « chef-d’œuvre existentiel » sont en cours, notamment de flamboyantes réceptions et autres bals masqués. Et ainsi, je me retrouve à demander comment cet écrivain américain raffiné en est venu à développer des liens si forts avec le Maroc, et comment il fut érigé ces dernières années à la fois en figure de la nostalgie et de la discorde.

Longtemps un refuge pour nombres d’écrivains espagnols et français, Tanger voit arriver les premiers auteurs américains à la fin du XIXe siècle : Mark Twain en route pour Jérusalem s’y arrêta en 1867, les peintres Louis Comfort Tiffany en 1870 et Henry Ossawa Tanner en 1912, et Edith Wharton en 1917. En 1931, lors de la première visite de Bowles, les artistes américains ayant trouvé résidence à Tanger étaient alors principalement noirs : Claude McKay, Anita Reynolds, Juice Wilson, Joséphine Baker. Ces Afro-Américains sont arrivés au Maroc via Paris, où ils avaient formé une importante communauté au lendemain de la Première Guerre mondiale, lorsque la renaissance de Harlem se propagea en France. À son arrivée, Bowles commença à fréquenter Claude McKay et Anita Reynolds. Tout comme les autres Américains, il avait également découvert l’Afrique du Nord à travers la France. Au lycée, il avait lu Marcel Proust, le comte de Lautréamont et André Gide — les récits de ce dernier, en particulier de ses voyages et de ses rendez-vous sulfureux en Algérie et en Tunisie, avaient fait apparaître l’Afrique du Nord dans l’imagination adolescente de Bowles.

Bowles s’installa à Tanger en 1947 et y vécut jusqu’à sa mort en novembre 1999. C’est là qu’il se sentait le plus libre, loin des contraintes de la vie bourgeoise américaine et de l’hystérie de la guerre froide. « Chaque jour passé de ce côté-ci de l’Atlantique, écrivait-il en 1933, était un jour de plus hors de prison ».

LA PÉRIODE DE L’APRÈS-GUERRE

Les puissances européennes et la monarchie marocaine se disputaient depuis longtemps le contrôle de Tanger. En novembre 1912, l’Espagne et la France négocièrent un traité qui divisa le Maroc, transformant leurs sphères d’influence en protectorats officiels. Le statut de Tanger fut négocié séparément et, en décembre 1923, la France, l’Espagne et le Royaume-Uni signèrent le protocole de Tanger à Paris, créant une nouvelle administration et plaçant la ville au centre d’une zone internationale de près de 400 km2 supervisée par un comité de neuf puissances occidentales. La ville était désormais dirigée par un tribunal qui comprenait des juges français, espagnols et britanniques, ainsi que le mendoub, le représentant du sultan marocain. C’est cette période internationale de l’après-guerre, de 1923 à 1956, qui façonna l’image de Tanger comme port franc, paradis fiscal et lieu international d’intrigues et d’excès (le Maroc obtint son indépendance de l’Espagne et de la France en 1956, mais Tanger conserva une partie de son statut spécial jusqu’en 1960).

Lorsque Bowles revint à Tanger en juillet 1947, la zone était encore au centre des machinations des grandes puissances, mais était également devenue un centre d’attention du mouvement anticolonial au Maroc. Les nationalistes marocains faisaient jouer les États-Unis et l’Orient arabe l’un contre l’autre, mais en se penchant tout de même du côté de la Ligue arabe. Dans ses reportages pour les magazines The Nation et Harper’s, entre autres publications, Bowles fit la chronique des dernières années de la zone internationale, rendant compte des luttes intestines entre dirigeants marocains, de l’impact de la guerre d’Algérie sur Tanger et de la manière dont le nationalisme façonnait la culture musicale. Il plaida contre le virage du Maroc vers l’Orient — vers le Mouvement des pays non alignés — et appela les États-Unis à intervenir. Dans sa fiction, il explora la rencontre de l’Amérique avec « l’esprit primitif », ainsi qu’il le décrivait à ses lecteurs.

Son premier roman, Le Thé au Sahara, raconte l’histoire d’un Américain qui fuit la modernité abrutissante de New York et erre à travers le désert algérien, avant de ne se détériorer psychologiquement. Publié à l’automne 1949, le roman est vite devenu un best-seller et fit de Bowles un nom reconnu. S’ensuivirent trois autres romans et plusieurs autres nouvelles avec Tanger comme toile de fond.

Le Thé au Sahara fut rapidement hissé au rang de culte, en particulier parmi le mouvement grandissant des Beats qui se tournait toujours plus vers le Proche et l’Extrême-Orient en recherche d’inspiration. Bowles n’a pas créé à lui seul le « mythe de Tanger », mais il a définitivement contribué à lui donner une respectabilité littéraire, un style et une audience américains. Très vite, des poètes et des écrivains new-yorkais commencèrent à affluer vers l’« interzone » — le surnom attribué par Burroughs à la Tanger coloniale — à la recherche d’un espace de conscience altérée et de libération, infusé de sexe et de drogue. Au début des années 1950, Burroughs, Ginsberg, Kerouac, Bryon Gysin, Tennessee Williams, Truman Capote et Susan Sontag gravitaient tous autour de ce « portail vers l’inconnu » que serait Tanger, baptisé ainsi par un auteur. Il en est de même pour les écrivains européens comme Jean Genet, Juan Goytisolo et Joe Orton, mais l’influence de Bowles ne se limitait pas à la communauté littéraire. Dans les décennies qui ont suivi, ses enregistrements et sa promotion de la musique marocaine ont attiré de nombreux producteurs et artistes tels que Patti Smith ou encore les Rolling Stones.

Un des grands paradoxes de la contribution de Paul Bowles est qu’il cessa d’écrire des romans sitôt que la ville de Tanger devint partie intégrante du Maroc en 1959. Au cours des années 1960 et 1970, il se concentra davantage à enregistrer et traduire le darija (dialecte arabe marocain) et retranscrire les récits des hommes qu’il rencontrait dans les cafés de Tanger. Au moment de sa mort, en 1999, l’idée de Tanger comme d’un lieu de découverte de soi était devenue sens commun en Occident et dans le monde arabe, et Bowles fut érigé en géant de la littérature américaine, malgré des décennies de silence.

« ORIENTALISME » ? »

Le 24 mai 1993, je frappai à la porte de l’appartement de Paul Bowles à l’Itesa, son immeuble. (Lui et Jane vivaient dans ce bâtiment depuis le début des années 1960. À l’image de leur mariage non conventionnel, Paul résidait au cinquième étage et Jane vivait quant à elle au quatrième, jusqu’à ce que sa santé mentale se détériore et qu’elle décède en 1973). Je suis arrivé ce jour-là avec une copie de ma thèse de premier cycle, intitulée Paul Bowles est-il orientaliste ?. Abdelouahid, son chauffeur, me fit entrer.

Bowles était allongé dans son lit, une serviette coincée dans son col, se préparant à boire son thé de l’après-midi. Je me présentai comme un local, un Tanjaoui, même si j’étais alors un jeune homme de 20 ans étudiant aux États-Unis. Il s’excusa de ne pouvoir parler beaucoup, car il venait de subir une opération dentaire. Nous pûmes cependant nous entretenir pendant vingt minutes, pendant qu’il sirotait son thé dans un bol à l’aide d’une paille et grignotait une tranche de fromage Gouda, sur la façon dont Tanger changeait, sur la manière dont même sa langue vernaculaire hispano-arabe colorée — un type de créole parlé principalement par les femmes locales — était en train de disparaître.

Je lui demandai si je pouvais prendre une photo avec lui. « Bien sûr » sourit-il faiblement. « J’ai peur de ressembler à un chat après la chirurgie ».

Je lui remis une copie de ma thèse. Il leva les yeux de la page de titre : « ‟Orientalisme” ? – C’est un terme négatif, n’est-ce pas ? » La fausse naïveté, j’apprendrais plus tard, faisait partie intégrante de sa personnalité. Il me dit de revenir le lendemain.

Le jour suivant, il se sentait mieux. « Eh bien, dit-il en se redressant, vous n’avez pas dit que j’étais innocent, mais vous m’avez jugé non coupable ». Dans ma dissertation, j’avais parcouru ses romans et ses nouvelles en analysant en particulier ses représentations du Maroc, et conclu que bien que tous les tropes de la tradition orientaliste — exotisme, intemporalité, barbarie — y figuraient, Bowles devait néanmoins être épargné. Bowles, ai-je soutenu, « use et détourne [les thèmes orientalistes] avec une telle ironie, qu’il en démontre essentiellement leur absurdité ». Il « cherche à étudier les Marocains en tant que peuple, et non en tant que vestiges d’un passé primitif ».

L’Américain était satisfait de mon verdict. J’étais, a-t-il dit, le premier chercheur marocain — originaire de Tanger de surcroît — à le défendre. Il ajouta sa signature sous l’imprimé de mon nom (il y a quelques semaines, un frisson me parcourut l’échine en tombant sur cette même fameuse copie que je lui avais remise — bien que désormais jaunie et tâchée de café — dans les archives de la Collection Paul Bowles de l’Université de Delaware). Plus tard, la thèse a été intégrée à une collection intitulée Writing Tangier (Écrire Tanger) (2004). Je vois encore parfois des citations dans des dissertations d’étudiants au sujet de Paul Bowles, lesquelles soulignent qu’un Tanjawi (Tangérois), au moins, ne l’aurait pas considéré comme un orientaliste.

« ARRÊTE, POURQUOI TU LE DÉFENDS ? »

J’avais commencé à organiser mes balades littéraires de Tanger ce mois juin. Trois mois plus tard, lorsque je suis arrivé à Columbia en tant que jeune doctorant, j’obtins un rendez-vous avec Edward Said lui-même pour partager avec lui mes réflexions quant aux raisons qui font que Bowles serait la grande exception. Je fus brusquement ramené à la raison.

« Bowles ? C’est le pire », a déclaré Said en balayant mon propos d’un revers de la main. Je mentionnai « The Delicate Prey », une courte nouvelle de Bowles. Said m’interrompit : « Oui, l’histoire du linguiste… » Alors que j’essayai de poursuivre mon argument, Said leva la main : « Arrête, pourquoi tu le défends ? Arrête ».

J’ai continué à rendre visite à Paul Bowles régulièrement au cours des cinq années suivantes. Lui et moi bavardions — sur les études supérieures, sur New York, sur le déclin de Tanger, etc.

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LA MÉDINA, INSPIRANTE ET PAUVRE

La mémoire collective de Tanger est empreinte de nostalgie et centrée autour de la médina, la vieille ville. La médina, nous disaient les anciens, était autrefois l’épicentre du monde islamique : c’est depuis le port où la médina rencontre la mer, que Tariq Ibn Ziyad avait mis les voiles et conquis l’Espagne en 711. Après la chute de Grenade en 1492, c’est dans la médina de Tanger que les juifs et les morisques ont trouvé refuge, s’installant dans ses ruelles, préservant la mosaïque culturelle de l’Espagne islamique. De nos professeurs d’école de français et d’espagnol, nous avons également appris que la médina avait inspiré des chefs-d’œuvre de l’art occidental, dont le tableau d’Eugène Delacroix, Les Fanatiques de Tanger, peint après avoir vu des membres de la confrérie issawa danser dans la rue Es Siaghine. Le Zoco Chico, la place au bas de la médina, fut sacré espace littéraire. Tennessee Williams écrivit Camino Real au Café Fuentes, tandis que de l’autre côté de la place, William Burroughs a fait du Café central, que Genet fréquentait également, le modèle du Meet Café, avec sa clientèle de proxénètes et d’arnaqueurs, que l’on peut découvrir dans A Naked Lunch.

Pourtant, la misère économique et la répression politique des années 1980 et 1990 font qu’il est difficile de croire que la médina ait pu constituer un jour un espace libre. La plupart des habitants n’avaient jamais entendu parler de ces écrivains célèbres. Je n’ai personnellement entendu parler de Bowles que lorsque, en 1988, une équipe de tournage de Bernardo Bertolucci a commencé à travailler devant notre restaurant familial à l’entrée de la Kasbah sur l’adaptation de Le Thé au Sahara. Adolescents, nous nous demandions quelles vérités contenaient les livres de l’Interzone, et si Tanger avait en effet été mieux nanti sous la domination occidentale, comme les nostalgiques locaux et étrangers semblaient le laisser entendre. L’intégration progressive de Tanger au Maroc, dès la fin de 1959, déclencha un lent déclin économique et politique qui s’étalera sur plusieurs décennies. Cette année-là, un soulèvement éclata contre la monarchie, alors que le parti nationaliste arabe Istiqlal et l’armée tentaient de prendre le contrôle du Rif, la région au nord du pays autrefois sous domination espagnole. Le prince héritier réprima la rébellion. Plus tard, devenu roi, Hassan II, le petit souverain s’est montré vindicatif, privant la région d’investissements et de services. La version que nous apprenions à l’école était que la monarchie avait libéré le nord de l’oppression coloniale. Mais quelle libération le régime (makhzen) a-t-il véritablement apporté ? Après l’indépendance, alors que l’intelligentsia locale commençait à se former à Tanger, beaucoup en sont venus à considérer le corpus littéraire américain sur le Tanger des années 1950 comme un témoignage précieux d’un âge d’or perdu.

Lorsque je suis arrivé aux États-Unis, j’ai tenu à lire les auteurs américains qui avaient écrit sur l’Interzone de Tanger. Outre Bowles, j’ai été intrigué par les beats, en particulier les anciens élèves de l’université Columbia — Kerouac, Ginsberg, Lucien Carr —, étudiants de Lionel Trilling et fans d’Arthur Rimbaud. Ils avaient en quelque sorte cartographié Greenwich Village sur Tanger, transformant ainsi le boulevard Pasteur en « Bleecker Street de l’Afrique du Nord ». Or même en tant qu’étudiant en deuxième année d’université, je réalisai bientôt que leurs écrits portaient davantage sur l’Amérique maccarthyste étriquée qu’ils cherchaient à fuir que sur le Maroc en tant que tel.

UN MÉPRIS SOUVERAIN POUR LES « INDIGÈNES »

Le style de vie frivole et épicurien que ces écrivains menaient — passant d’une séance de fumage de haschisch aux bals masqués — ne me choquait pas. Les soirées extravagantes avec danseurs, acrobates et charmeurs de serpents organisées par des expatriés dans de luxueuses maisons flanquées à la colline connue sous le nom de « Montagne anglaise » à la périphérie de la ville, font partie du décor de Tanger. Ces mêmes expatriés oisifs qui se décrivaient comme « tangerines » et appelaient leurs servantes « la fatima » et leurs chauffeurs « el mohamito ». Il était même gratifiant de voir que Tanger, tout comme Berlin, joua un rôle important dans le lancement d’un mouvement littéraire gay – d’une certaine manière en avance sur l’Occident, en ayant le doigt sur le « pouls pronostique du monde », comme le disait William Burroughs.

Mais le plus surprenant était que, tandis que ces écrivains se délectaient des plaisirs de la ville, à l’exception des Bowles, ils n’aimaient pas vraiment Tanger. Les beats affichaient un mépris souverain à l’égard des indigènes, décrivant invariablement les Marocains comme « rakish » ou « raffish » (débauchés). Capote trouvait Tanger trop étranger, décrivant les hommes comme des « barbares bruyants » et les femmes comme des « paquets de linge anonymes ». Il alerta des amis à New York sur « l’odeur de l’Arabe ». Burroughs qualifia quant à lui les habitants de « groupe d’Ay-rabs » (bougnules) et en 1958, il déclara : « Tanger est finie. Les chiens arabes sont parmi nous ».

Paul et Jane Bowles, de par leur véritable intérêt intellectuel pour l’histoire et la culture populaire de Tanger, se démarquaient du reste de la communauté des expatriés. Dans des essais écrits pour la presse américaine, Paul Bowles retraça l’histoire de la médina du début des années 1930 à l’indépendance. Il y raconta notamment comment la répression du sultan contre les pratiques soufies (« la grande purge puritaine ») dans le centre du Maroc se propagea au nord du pays. Les nationalistes d’Istiqlal avaient spécifiquement ciblé le Zoco Chico comme un lieu de perdition. Les bars près des mosquées furent fermés, d’autres furent exhortés à ne pas servir les musulmans. Les femmes surprises dans des bars se firent raser la tête et les sourcils.

CRITIQUE DU NATIONALISME ARABE

Dans cette atmosphère, la défense de Bowles des Amazighs ou Berbères s’avérait audacieusement transgressive. La culture marocaine « n’est pas principalement arabe, mais berbère », insistait-il – face aux nationalistes arabes qui agissaient comme s’ils estimaient que « les Berbères n’avaient point de culture », et qui tentaient alors d’entraîner le pays dans la Ligue arabe. « L’opinion générale est que la population autochtone doit à tout prix être arabisée pour pouvoir bénéficier des avantages de l’indépendance », observa-t-il, acerbe. « Personne ne semble avoir songé à la possibilité d’un Maroc berbère indépendant. En fait, le simple fait de mentionner les Berbères revient à être qualifié de réactionnaire pro-Français. Aujourd’hui, devenir moderne signifie vraisemblablement devenir égyptien ».

Lire ces mots dans ma chambre de dortoir en Pennsylvanie durant l’hiver 1992 était à la fois passionnant et effrayant. En tant que Marocains — en particulier ceux d’entre nous issus de la région berbère du nord — nous avions grandi dans un climat de peur, et je n’avais alors jamais entendu ni lu qui que ce soit critiquer publiquement le nationalisme arabe, ni même parler si ouvertement de l’animosité de l’arrière-pays marocain envers Fès, la ville de l’intérieur, considérée comme le siège du régime. Entendre cet écrivain américain excorier ouvertement l’élite dirigeante marocaine pour sa cruauté et ses magouilles avait quelque chose de tout à fait grisant.

Bowles contribua à faire de Tanger un contrepoids à tout cela. Grâce à son influence, trois revues littéraires de langue anglaise y ont été lancées : Antaeus, Gnaoua et Zero. Mais surtout, Bowles m’aidait à réfléchir sur ma propre identité : pour un Maroc pris en étau entre les hégémonies occidentale et arabe, y avait-il une alternative ? Dans quelle direction la population berbère du Maroc devait-elle se tourner ? Bowles m’incitait à penser au-delà du binarisme « occidental » versus « arabe ».

En arrivant à New York, j’ai vite découvert une scène culturelle marocaine animée qui s’était formée autour d’Allen Ginsberg, le poète Ira Cohen, Ellen Stewart, fondatrice du Théâtre La Mama, et ses protégés ; le peintre Ahmed Yacoubi et le metteur en scène marocain Hassan Wakrim, lequel avait fondé dans les années 1970 le groupe de théâtre et ballet marocain berbère. À La Mama et dans les cafés du Village, des écrivains marocains comme le romancier Tahar Ben Jelloun présentèrent leur travail à Cohen, Ginsberg et aux autres Beats. Tous ces personnages s’étaient rencontrés à Tanger à travers Bowles.

***

UNE « LITTÉRATURE MAROCAINE » SANS HISTOIRE

La critique marocaine à l’encontre de Bowles commença à prendre forme au début des années 1970. Ses premiers critiques étaient le philosophe Abdallah Laroui et Tahar Ben Jelloun, qui tous deux réprimandèrent l’auteur américain pour avoir promu une image du pays comme une terre primitive, où sexe et drogue ne connaissent aucune limite. Laroui également fustigea la bourgeoisie marocaine pour avoir gobé et reproduit la représentation « folklorique » du Maroc de Bowles. Ben Jelloun, dans ses écrits en 1972, accusa l’Américain de dénigrer le patrimoine littéraire de la nation. Bowles, au milieu des années 1960, avait commencé à traduire les mémoires et récits de jeunes analphabètes fauchés de Tanger (bien qu’il ne puisse pas lire l’arabe, Bowles comprenait le dialecte darija). Les plus connus d’entre eux étaient A Life Full of Holes de Larbi Layachi (1966), récit d’un petit voleur, gigolo et prostitué masculin, de ses déboires avec la police et de ses combines avec les touristes (le livre a été adapté en film par la BBC) Look and Move On (1967), les périples de Mohamed Mrabet, un arnaqueur et caddie de golf qui travaillait pour un couple américain ; et l’ouvrage le plus fameux, Le pain nu (1972) de Mohamed Choukri, un récit autobiographique de son voyage du Rif à Tanger, de son enfance dans les rues de la zone internationale et de sa profession d’instituteur, qu’il raconta en détail à Bowles en espagnol.

Ces livres étaient commercialisés en Occident comme de la « littérature marocaine » et pour beaucoup dans le monde anglophone, il s’agissait de leur première incursion dans le monde littéraire et culturel marocain. Mais selon les critiques de Bowles, les entretiens avec les arnaqueurs de rue et autres proxénètes ont eu pour effet d’effacer toute une tradition littéraire antérieure qui avait vu des écrivains marocains publiés en français et en espagnol depuis les années 1930, sans parler des siècles précédents de poésie et autres écrits en arabe. Il fallait obtenir justice d’une certaine manière en tenant Bowles pour responsable : il n’avait en fait aucunement envie d’apprendre à lire l’arabe (« je n’avais ni le temps ni l’envie ») et s’avérait franchement méprisant de ce patrimoine. « Dans un pays comme [le Maroc], écrit-il, la production littéraire écrite est bien sûr négligeable. Mais d’un autre côté, les Marocains font preuve d’un remarquable sens du rythme, très évolué, qui se manifeste dans les arts jumeaux de la musique et de la danse ».

À Tanger, cependant, Laroui et Ben Jelloun passaient plutôt pour des étrangers aux agendas particuliers. Laroui, en tant que conseiller du roi, se trouvait être un ardent défenseur de l’arabisation. Les Tangérois estimaient que son attaque contre Bowles s’inscrivait dans une nouvelle tentative de l’élite nationaliste arabe de maîtriser la « ville du péché ». Ben Jelloun quant à lui souffrait également d’une relation compliquée avec Tanger. Fils d’un marchand, un Fassi (originaire de Fès) qui s’était installé à Tanger au début des années 1960, il avait fréquenté le lycée français et était considéré comme faisant partie de la nouvelle classe supérieure francophone fassie — comprenant les familles Alaoui, Alami, Ben Jelloun, Berrada, Omrani et Tazi — qui s’était étendue à travers le pays au moment du départ des Français et arrogé des postes de responsabilité au sein du gouvernement. Comme Laroui, Ben Jelloun ne parlait ni l’une ni l’autre des deux langues locales communes du nord – l’espagnol et le tarifit (la langue berbère). Un des paradoxes des travaux de Ben Jelloun, en particulier, était que sa plume présentait souvent les mêmes tropes de mysticisme, de violence et de déviance sexuelle qu’il dénonçait pourtant dans le travail de Bowles. Pour sa part, l’écrivain américain qualifiait ses détracteurs marocains de « marxistes confirmés ».

L’élite littéraire de Tanger était aux côtés de Bowles. Sa réputation dans la ville était à bien des égards liée à celle de l’imperium américain : tant que l’Amérique était vue comme un ami politique, Bowles serait considéré favorablement. Sans grande surprise, après la guerre du Golfe de 1990 et la sortie du film de Bertolucci Le Thé au Sahara la même année, d’autres articles ont commencé à paraître à travers le Proche-Orient, critiquant les représentations du Maroc de Bowles, l’accusant de racisme et d’orientalisme. Au début, les écrivains de Tanger vinrent à sa rescousse, le louant pour son intérêt et son amour de Tanger et pour avoir soutenu la culture indigène du Rif. Même si je ne m’en rendais pas pleinement compte à l’époque, je faisais moi-même partie de cette tendance : défendre Bowles contre les nationalistes arabes qui essayaient de le démolir et de nous imposer leurs préférences politiques. Dans ses dernières interviews, lorsqu’on lui demandait s’il était un « orientaliste », Bowles me citait souvent, notant qu’un universitaire né à Tanger, et maintenant établi aux États-Unis, avait estimé qu’il ne l’était pas.

Mais la solidarité ne dura pas. Deux livres, en particulier, ont suscité une réévaluation : la publication de In Touch : The Letters of Paul Bowles (1994) aggrava un conflit de longue date avec Choukri, et en 1997, le collaborateur et protégé le plus célèbre de Bowles publia Paul Bowles and the Isolation of Tanger. Bien qu’il reconnaisse les contributions de Bowles à la culture tanjaouie, sans oublier l’appui déterminant de Bowles sans qui la publication de l’histoire de Choukri n’aurait pas été possible, l’ouvrage prend à partie l’Américain pour sa nostalgie d’un Maroc arriéré datant d’une époque coloniale oppressive et pour avoir suggéré que les histoires qu’il entendait dans les cafés constituaient les débuts de la littérature marocaine moderne. La phrase qui a cependant eu un effet retentissant était la suivante : « Paul Bowles aime le Maroc, mais n’aime pas réellement les Marocains ». Choukri disposait de solides preuves.

Au fil des décennies, Bowles a fait d’innombrables remarques désobligeantes, qualifiant les Marocains de « puérils », « purement prédateurs » et « essentiellement barbares ». Il a également affirmé que les musulmans visaient la domination du monde par « l’épée et la bombe ».

HIÉRARCHIE DES RACES

Pourtant, la vision que Bowles avait des Marocains était plus complexe que cela et il ne les voyait pas tous sous le même jour. Il sympathisait avec les Amazighs, qu’il considérait comme les premiers habitants de l’Afrique du Nord, un peuple farouchement indépendant et seulement « partiellement islamisé ». Cette affection reposait néanmoins sur quelques idées troublantes de la hiérarchie raciale. Bowles fut profondément influencé par l’« hypothèse hamitique », une théorie anthropologique de la fin du XIXe siècle selon laquelle presque tout ce qui avait de la valeur en Afrique était importé par les Hamites, une branche de la race caucasienne jugée supérieure aux peuples négroïdes. Les Berbères, quel que soit leur teint réel — même les Touaregs à la peau foncée — étaient donc pour Bowles essentiellement une « race méditerranéenne » blanche. L’hypothèse traverse une grande partie de ses écrits de voyage : alors que les Arabes étaient plus civilisés que les « Berbères infiniment moins évolués », ces derniers étaient à leur tour supérieurs aux « nègres ».

Cette théorie influença même sa critique musicale. D’après lui, la musique andalouse (arabe) est « pleine de dignité, jamais primitive », tandis que « la mélodie berbère est bien sûr tout à fait primitive, une sorte de musique des grottes, beaucoup plus sombre et basique, je pense, que la musique nègre ». Dans la hiérarchie idiosyncrasique de Bowles, c’est la musique berbère qui traduit la véritable identité africaine du Maroc – et cette essence culturelle est menacée par les Arabes et leur musique. La collection Music of Morocco récemment publiée reflète ce parti pris, donnant foi à l’affirmation de Choukri selon laquelle Bowles a délibérément déformé la culture locale en faisant valoir sa vision personnelle du Maroc.

Plus le temps passait, plus je vivais en Amérique, et plus je remarquais à quel point Bowles avait façonné la compréhension populaire du Maroc. Je ne parviens même plus à compter le nombre de soirées ou réunions auxquelles j’ai assisté où, en apprenant que j’étais de Tanger, quelqu’un se mettait à citer : « Vous me dites que vous allez à Fès. Maintenant, si vous dites que vous allez à Fès, cela signifie que vous n’allez pas à Fès. Pourquoi m’avoir menti, vous qui êtes mon ami ? » Cette fad

se était censée être basée sur un proverbe marocain, mais il s’agissait en fait d’une bêtise que Bowles lui-même citait souvent, en ce qu’elle offrait ostensiblement une fenêtre sur l’esprit marocain. J’ai commencé à réaliser que le penchant de Bowles pour les Berbères et son aversion pour les Arabes était, à bien des égards, le reflet de la politique coloniale française. Bien qu’il fût tout à fait conscient de la violence de l’impérialisme français, il en appréciait néanmoins l’aménagement — « le bon vieux style de vie, facile et ouvertement colonial du Maroc » — et dès les années 1950, Bowles commença à déplorer le déclin du « Tanger colonial ». Avant tout, il croyait en la zone internationale, estimant que son « anarchie » et « son absence d’intervention bureaucratique » en faisaient une expérience politique extraordinaire. Mais ces libertés, qui ont attiré nombre des beats, étaient en fait le privilège des Européens et Américains — des privilèges généralement inconnus des habitants musulmans et juifs de la ville.

TOURISME SEXUEL CHEZ LES « PRIMITIFS »

Et qu’est-ce que cela signifiait que Bowles ait refusé de s’engager avec les intellectuels marocains, prétextant que « la pensée n’est pas un terme que l’on peut employer en rapport avec le Maroc » ? Les vagabonds de rue constituaient souvent son seul contact avec la société marocaine et lui fournissaient du matériel pour ses écrits. « Il faut des conflits, des frictions pour écrire sur un sujet, sinon personne ne le lira ». Il admit même avoir souvent délibérément fomenté des « conflits » en juxtaposant un natif « primitif » à un environnement civilisé. En 1931, par exemple, Bowles acheta la liberté d’Abdelkader (Cadour), un jeune de quinze ans apprenti dans un motel français à Marrakech ; la propriétaire accepta la transaction, mais demanda à Bowles de ne pas abuser sexuellement du garçon. Lorsque Bowles l’emmena ensuite à Paris, le jeune commit un faux pas culturel après l’autre, pensant par exemple que la gelée sur les brioches était du sang coagulé. Bowles, ravi de ces travers, emmena Cadour dîner avec Gertrude Stein et Alice Toklas. L’idole de Bowles, André Gide, séduisit le garçon, le ramenant à son appartement pour 50 francs. « Mon pauvre Arabe, écrivit Bowles, dont j’ai pris soin de Marrakech à ici, en passant par l’Espagne pour qu’il finisse par rencontrer ce scélérat [Gide] l’autre jour dans la rue, qui l’invite chez lui, où il lui offre robes de soie, djellabas, etc. Heureusement, l’enfant naïf oublia les cadeaux quand il partit. Mais le scandale sévit ! »

S’ensuivirent bien d’autres comportements de ce type. En 1947, Bowles rencontra Ahmed Yacoubi, 16 ans, à Fès, et de la même manière que pour Cadour, plaça le « garçon arabe complètement analphabète et à l’esprit médiéval » dans des situations culturelles inconfortables. En 1952, il poussa son jeu encore plus loin : « Je lâcherais Ahmed Yacoubi, de la médina de Fès, en plein milieu de l’Inde et j’observerais ce qui se passerait ». Les exemples de ce type de manigance abondent. Lorsque le romancier américain Alfred Chester se rendit à Tanger, Bowles le mit en relation, pour rire, avec Dris, un voyou du quartier qui avait agressé plusieurs hommes européens.

En 1972, Tahar Ben Jelloun accusa publiquement Bowles (et les Beats) d’exploiter les jeunes analphabètes vulnérables de Tanger, non seulement artistiquement, mais aussi sexuellement. Choukri en 1997 se fera l’écho de cette accusation, affirmant que Bowles souffrait d’une maladie sexuelle. Ces allégations devinrent toujours plus courantes sitôt que Farrar, Straus et Giroux publièrent les correspondances de Bowles en 1994, même si ce dernier s’était montré réticent à cette publication. Le volume comprenait des lettres dans lesquelles il décrivait les garçons avec lesquels il couchait, allant même jusqu’à se vanter du sexe bon marché en Algérie : « Où, dans ce pays [en Amérique], puis-je avoir 35 ou 40 personnes, et ne jamais risquer de les revoir ? Pourtant, en Algérie, c’est en fait le taux moyen ». (Dans ses correspondances, il rappela qu’il « n’avait jamais eu de relations sexuelles sans payer » et qu’il considérait le fait de payer pour des relations sexuelles comme une forme de « propriété »).

Ces lettres forment le cœur du cas de Choukri dans le livre qui rompit avec Bowles. Bien qu’elles aient simplement prêté foi aux rumeurs qui circulaient depuis longtemps à Tanger, Choukri et d’autres écrivains tanjaouis n’en étaient pas moins choqués. La critique littéraire au Maroc ajouta ainsi son soutien à l’effort fourni par les militants des droits humains pour mener une campagne contre le tourisme sexuel et la prostitution infantile. Même si Bowles avait toujours fait meilleure figure et jouissait d’une meilleure réputation que les beats — contrairement, par exemple, aux vantardises assumées de Burroughs concernant l’achat de « saletés pré-pubères » ou encore de Ginsberg, qui se targuait de « payer de jeunes garçons » pour du sexe — il devenait de plus en plus difficile de prendre sa défense. Venant de celui qui avait qualifié les Marocains de « purement prédateurs », son propre comportement semblait désormais de plus en plus grotesque.

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MOUVEMENTS DES DROITS CIVIQUES ET ANTICOLONIALISME

En 1993, je me suis installé à Harlem. Plus je passais de temps à la bibliothèque du centre culturel noir Schomburg, plus je découvrais une littérature américaine alternative sur Tanger. Je fis notamment la découverte des mémoires de Claude McKay A Long Way from Home racontant son séjour à Tanger à la fin des années 1920, où il termina son roman Banjo ; mais aussi le journal intime de l’actrice Anita Reynold narrant la vie dans l’Interzone dans les années 1930 ; ou encore les lettres de Joséphine Baker, où elle parle du tournage de La princesse Tam Tam (1935) dans la zone internationale, et des enregistrements de jazz produits par des musiciens afro-américains vivant à Tanger. Même s’ils rêvaient tous à leur manière d’une « mère Afrique », les écrivains afro-américains ne considéraient pas Tanger comme un bordel, ni ses habitants comme des primitifs devant être ménagés ou civilisés. La plupart écrivirent et créèrent des œuvres d’art en solidarité avec la population locale privée de ses droits, faisant ainsi le lien entre lutte pour les droits civiques et mouvements anticoloniaux d’Afrique du Nord.

La différence entre les récits des Afro-Américains et ceux des Américains blancs ne peut être plus explicite que dans l’antipathie entre Bowles et McKay. Trotskiste, McKay craignait que Bowles ne le dénonce pour ses tendances de gauche aux autorités britanniques et françaises de l’Interzone. Bowles disait de McKay : « Son moi intérieur a dix ans. C’est pourquoi il est si heureux là-bas, année après année avec les Arabes ».

En 1998, armé de cette nouvelle connaissance, et ressentant le besoin pressant de réviser mes précédents tours de la ville, je commençai donc à organiser des promenades dans le « Tanger noir ». Nous nous rencontrions au Cinéma Mauritanie, le théâtre où Joséphine Baker avait donné plusieurs représentations, jusqu’à son dernier spectacle là-bas en 1970. Elle vécut dans la zone internationale, avant de rejoindre les forces de libération françaises pendant la guerre, et eut ensuite une liaison avec le vice-calife du Maroc espagnol. Au premier étage du Cinéma Mauritanie, le pianiste Randy Weston avait autrefois ouvert African Rhythms, un spot musical qui attira Max Roach et Ahmed Jamal. Ensuite, nous descendions au café Fat Black Pussycat où le poète Ted Joans, l’un des rares écrivains noirs du mouvement beat, jouait de la trompette et « soufflait » des poèmes de jazz.

Puis, nous poursuivions avec la visite de la Galerie Delacroix, où Joans organisa un hommage de quatre heures à son mentor Langston Hughes, et y fit lire les vers du défunt poète en arabe, anglais, français et espagnol (en 1927, Hughes avait visité Tanger et écrit un beau poème sur les voyages et les désirs non partagés : « Je pensais que c’était Tanger que je voulais »). Nous nous rendions ensuite au majestueux Teatro Cervantes construit en 1913, où Weston avait organisé en juin 1972 (relancé en 2002), le premier festival panafricain de jazz au Maroc, lequel amena Dexter Gordon, Odetta, Billy Harper et Pucho et les Latin Soul Brothers à Tanger. Notre dernier arrêt était l’hôtel Chellah, où, selon la légende locale, le penseur anticolonial martiniquais Frantz Fanon aurait passé la nuit du 3 juillet 1959, à cause d’un accident de voiture à la frontière maroco-algérienne qui aurait vraisemblablement été l’œuvre de La Main rouge, le groupe paramilitaire dirigé par les services de renseignement français pour assassiner les principaux partisans de l’indépendance algérienne. Fanon aurait été transporté à Rome le lendemain avec un passeport marocain.

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LE ROMANCIER ET LE ROYAUME

Paul Bowles et le roi Hassan II sont tous deux décédés en 1999, à quelques mois d’intervalle. Le romancier et le tyran qui avaient dominé Tanger depuis des générations avaient plus en commun que ne l’aurait admis l’un ou l’autre – et cela explique en partie le respect dont jouit encore Bowles dans le Maroc officiel. Certes, Bowles détestait la religion, tandis qu’Hassan II prétendait être le « Commandeur des fidèles » et mobilisait l’islam politique pour contrer les mouvements berbères.

Bowles était un libertaire (plus que, comme on le pense souvent, un anarchiste), tandis que les services de sécurité de Hassan II s’immisçaient dans les aspects les plus intimes de la vie privée des gens. Pourtant, tous deux partageaient un mépris pour la politique de gauche et du tiers-monde. Tous deux détestaient le panarabisme et aimaient la culture berbère tant que celle-ci demeurait strictement « folklorique » et apolitique. Ils pensaient chacun que les Marocains étaient congénitalement mal adaptés à la démocratie. Comme le dit Bowles, « la démocratie est un mot vide pour le Marocain moyen ; en effet, par son tempérament et ses conditions, il est plus enclin au totalitarisme ». Et peut-être plus significatif encore, Bowles et le monarque célébraient tous deux un Maroc « primitif », mystique, illettré et libre, partageant un intérêt particulier pour les rythmes enivrants des Berbères. Pas étonnant que le roi Hassan II, qui expulsa du pays de nombreux critiques — intellectuels arabes, journalistes français et professeurs américains tous confondus — n’ait jamais embêté Bowles.

Pourtant, deux décennies après sa mort, Bowles est devenu aujourd’hui à la mode parmi l’élite politique marocaine, qui a adopté la vision du pays dépeinte par le « sage de Tanger », comme l’appelait le Washington Post. Quasiment aucun festival ou conférence sur la musique ne peut avoir lieu aujourd’hui sans que le nom de Bowles soit mentionné et que sa contribution à la préservation des trésors musicaux du Maroc à travers ses écrits et enregistrements ne soit considérée comme une validation des prouesses culturelles du pays. Le ministère de la culture, qui avait pratiquement bloqué son projet d’enregistrement en 1959, publia un remarquable essai en 2009 à l’occasion du dixième anniversaire de sa mort, défendant Bowles contre les critiques des intellectuels nationalistes marocains, soulignant comment celui-ci avait prévenu de façon prémonitoire des menaces que la modernisation ferait peser sur la culture marocaine et le paysage physique. Les porte-paroles du gouvernement tel que Hespress diffusent des articles flatteurs sur « l’Américain qui aimait le Maroc ».

Le Maroc que Bowles a surnommé « terre de magie » est précisément celui que le ministère du Tourisme cherche à vendre à l’Occident. En outre, son accent sur l’essence « africaine » du Maroc convient particulièrement bien au récent virage géopolitique du pays et à sa réintégration à l’Union africaine. À l’époque du déclin colonial, Bowles pensait qu’un Maroc indépendant serait coincé entre ce qu’il appelait dérisoirement deux « civilisations » — l’Occident et la civilisation arabo-islamique. Mais malgré toutes ses réticences à l’égard de la modernité occidentale, il pensait tout de même que le Maroc, en tant que pays africain, ferait mieux de se rattacher à l’Occident. C’est désormais la position que défend un important segment de l’élite dirigeante marocaine.

L’opposition à la réhabilitation de Bowles reste néanmoins forte, considérant son influence comme symptomatique de la corruption et de la vassalité culturelle du Maroc. Le fait que le régime marocain célèbre le folklore berbère et l’œuvre d’un romancier qui soutenait une « République berbère indépendante » alors même qu’il emprisonne des militants berbères à travers le pays, est la preuve de la fraude et de la mauvaise foi de ce régime. À cet égard, la renommée dont Bowles jouit encore suggère à quel point les choses ont finalement peu changé dans le royaume depuis l’ère coloniale, avec un régime autoritaire et un ordre social répressif largement intacts.

En octobre 2000, Joseph McPhillips, résident américain de longue date de Tanger, exécuteur testamentaire des biens personnels de Bowles et mon professeur d’anglais au secondaire, m’invita à un prestigieux mémorial en hommage à l’écrivain au 92nd Street Y à Manhattan. Même si une part de moi voulait rencontrer Debra Winger (du film Le Thé au Sahara), je ne pouvais me résoudre à y assister. J’avais cessé depuis un an mes balades culturelles à Tanger, et je me sentais plus qu’embarrassé par ma jeune et naïve défense de Bowles. D’une certaine façon, et bien malgré elle, mes visites guidées avaient également contribué à soutenir l’image, soigneusement entretenue par le régime répressif, d’un royaume tolérant et amusant. Même en déplaçant l’accent sur les écrivains afro-américains et latino-américains qui avaient résidé à Tanger et qui s’étaient montrés plus sympathiques à l’égard de mon pays et de mon peuple, cela ne résolvait pas le problème : au final, même leur art n’échappait pas aux distorsions orientalistes. Plus largement, je me demandais pourquoi l’intérêt était constamment porté sur la pensée et les expériences des expatriés au Maroc.

Quant au travail de Bowles, j’en étais venu à réaliser qu’il reflétait mal le Maroc et l’Amérique. Certes, il avait eu le mérite d’attirer l’attention sur l’effacement de l’histoire berbère et fait des enregistrements musicaux dont la valeur est inestimable, mais la décolonisation était censée avoir démantelé les représentations coloniales. Au lieu de cela, le régime marocain a validé, voire même institutionnalisé les représentations du Maroc d’après Paul Bowles.

Pendant de nombreuses années après sa mort, j’ai décidé que la meilleure façon pour moi de ne pas nourrir le « mythe de Tanger » était de ne pas écrire davantage sur Paul Bowles. Et donc, quand j’observais, décontenancé, certains commentateurs occidentaux dans l’ère post-11 septembre qui redécouvraient le romancier comme une sorte de guide pour comprendre l’islam, je me mordais la langue. Pourtant, le mythe persiste. Et aujourd’hui, une nouvelle génération d’écrivains marocains — parmi eux des laïcs, des militants berbères, des critiques de musique et des panafricanistes — revendique Bowles comme allié. Et ainsi, je me retrouve donc à écrire sur Bowles, une fois de plus.

 

[Photo : Antonin Kratochvil/VII/Corbis – source : http://www.orientxxi.info]

Félicien Rops est un artiste majeur du XIX ème siècle. Se moquant ouvertement du puritanisme de son époque et mettant en lumière l’hypocrisie de toute une génération, il fait partie des artistes les plus sulfureux. Qui était donc cet artiste controversé et comment procédait-il pour imposer ses propres idées ?

Félicien Rops

Félicien Rops est un artiste belge ayant de multiples cordes à son arc. Né à Namur en 1833 dans une famille de bourgeois, il se passionne par les arts et plus particulièrement pour la peinture, le dessin et la gravure. A l’abri du besoin grâce à la fortune de sa famille, il peut se concentrer sur ses études et suivre des cours de peinture en parallèle. En 1849, son père décède et il se retrouve alors sous la tutelle de son cousin Alphonse. L’entente entre ces deux-là n’est vraiment pas au beau fixe. Rops ne supporte pas les attitudes de ce bourgeois et rêve alors de liberté. Très vite, il quittera Namur en 1851 pour aller à Bruxelles où il entrera dans différents cercles d’artistes. Il y rencontre du beau monde notamment dans les cercles littéraires.

Il commence sa carrière en réalisant des caricatures pour de petits journaux. Celles-ci sont scandaleuses mais participent à son succès. Il réalise ensuite de nombreuses illustrations. Il est aussi très présent dans la vie artistique de Bruxelles puisqu’il fait partie de nombreuses associations tout au long de sa carrière.

En 1857, il épouse Charlotte Polet de Faveaux, la fille d’un juge. Leur mariage bat grandement de l’aile à cause des infidélités répétées de l’artiste. Félicien Rops est un homme faible fasse à la beauté des femmes, et cette faiblesse masculine sera très souvent abordée dans ses œuvres.

Ayant rencontré de nombreux artistes au cour de sa carrière dont l’écrivain Alfred Delveau avec qui il a collaboré plusieurs fois, il part à Paris poursuivre sa vie dans les années 60. Paris aura toujours été un refuge pour les artistes. La capitale française permettait une liberté qui n’était sans doute pas possible ailleurs. Rops s’est créé une réputation des plus sulfureuses. Ses œuvres étaient parfois sévèrement jugées. N’oublions pas que nous nous trouvons au XIXème siècle, à une époque encore très catholique et puritaine. L’artiste, étouffé par un milieu bourgeois qu’il considère hypocrite souhaite montrer l’envers du décors.

 

Se détachant énormément des canons de beauté académiques, des déesses, des muses et des allégories en tout genre, Félicien Rops va représenter dans ses œuvres des femmes très modernes. Parfois habillées de manière bourgeoise, il les représente dominantes. L’artiste est considéré comme étant un symboliste, ses œuvres doivent donc être décortiquées !

Il réalise à plusieurs reprise « La Dame au Pantin« . Les femmes dans ces œuvres sont toutes puissantes. Les pantins, grotesques et désarticulés, symbolisent les hommes. Ceux-ci seraient complètement assujettis devant le pouvoir de séduction des femmes. C’est quelque chose que Rops vit lui-même puisqu’il est très sensible aux charmes de ces dames malgré le fait qu’il soit marié et ait donc promis fidélité.

La version de 1877 est pour moi la plus intéressante ! On y trouve de nombreux symboles et références ! D’abord, on peut voir cette femme tenant fermement un pantin dans son poing levé qui symbolise clairement sa toute puissance. Dans sa main gauche, elle tient fermement un couteau, symbole phallique ultime. Celui-ci est ensanglanté. La femme est clairement celle qui domine. Des pièces d’or tombent du pantin et rappelle fortement le tableau de Danaé de Chantron réalisé plus tard en 1891. Chantron s’est-il peut-être inspiré de Rops pour symboliser la cupidité ? Ces pièces d’or font rappellent la vénalité.

Félicien Rops a souvent fait référence à la prostitution à Paris et aux courtisanes donc j’imagine que les pièces d’or peuvent aussi très bien faire référence à ces échanges tarifés. On retrouve aussi aux pieds de cette femme un petit cupidon tourné en ridicule et habillé en bouffon. On le reconnait grâce à ses deux ailes. À la place de son arc et ses flèches, il tient une espèce de sceptre avec un crâne, symbole de la mort… La vasque aussi est très intéressante puisque l’on y distingue l’arbre de la connaissance et le serpent de la tentation.

Le symboliste aborde ici tout ce qu’il déteste en réalité c’est-à-dire l’hypocrisie de la religion et du puritanisme de son époque. Les bourgeois faisant tout pour apparaitre en public comme lisses et bien sous tout rapport sont pourtant ceux qui entretiennent des relations scandaleuses avec des femmes qui ne sont pourtant pas leur épouse. Toute la symbolique du pantin est aussi très intéressante puisque pour Rops, l’homme est la marionnette de la femme, elle peut en faire ce qu’elle souhaite mais la femme elle, est la marionnette du diable… Encore une fois, la femme est rattachée au vice et à la tentation. Elle est celle qui détourne les hommes de leur droit chemin.

Dans les coulisses, Félicien Rops, 1878

Dans les coulisses, 1878-1880

Félicien Rops a de nombreuses fois représenté ces relations entre homme et femme. Ici, dans cette œuvre, on se trouve sans doute dans les coulisses d’une pièce de théâtre. On sait très bien que les actrices de théâtre ainsi que les danseuses d’Opéra à Paris ne gagnaient vraiment pas bien leur vie. Pour subvenir à leur besoin, elles se prostituaient très souvent. Les bourgeois d’ailleurs qui allaient au théâtre ou à l’Opéra y allaient la plupart du temps juste pour se trouver une courtisane. C’est quelque chose que Edgar Degas a abordé de nombreuses fois, de même pour Henri de Toulouse-Lautrec. N’hésitez pas à regarder plus précisément les tableaux de Degas car vous y verrez souvent, caché au fond de la scène, un homme regardant les petites danseuses… Il n’est pas là juste pour regarder.

Face à un public délicat, Rops n’hésite donc pas à montrer justement, ce qu’il se cache en coulisse ! Les titres de ses œuvres sont d’ailleurs souvent très importants et en disent longs, ils ne sont jamais choisis au hasard.

Pornocratès, Félicien Rops, 1878

Pornocratès, Félicien Rops, 1878

Pornocratès est sans doute l’œuvre la plus connue de l’artiste. On y voit une femme nue, seulement chaussée et gantée. Ses yeux sont bandés et elle se laisse guidée par un cochon. Trois chérubins, souvent représentés dans l’art avec Vénus, la déesse de l’amour et de la beauté, fuient la scène, horrifiés. La femme piétine une frise où l’on y voit plusieurs représentations d’art comme la sculpture, la musique, la poésie et la peinture. Celles-ci se lamentent. Ces représentations symbolisent l’art classique et académique. Rops décide une nouvelle fois d’enterrer symboliquement le passé afin de montrer la modernité. Le cochon ici pourrait symboliser deux choses. Dans un premier temps, l’homme, qui serait tenu en laisse par la femme et dominé. Puis dans un second temps, on peut penser que la femme se laisserait simplement guider par ses instincts, son propre désir. Le cochon souvent associé à quelque chose de sale serait une nouvelle fois pour Rops une manière de montrer que la sexualité et l’érotisme ne sont pas sales puisqu’ils font parties de la vie et que c’est quelque chose de naturel.

La Tentation de Saint Antoine, Félicien Rops, 1878

La Tentation de Saint Antoine, Félicien Rops, 1878

En 1884, le Groupe des Vingt, un cercle artistique bruxellois dont fait partie Félicien Rops, organise une exposition. La Tentation de Saint Antoine réalisée des années plus tôt y est alors exposée et là, c’est le SCANDALE. Rops connu pour son côté sulfureux dépasse pour certains les limites puisqu’il blasphème ouvertement. Ici, il tourne en ridicule la religion. On y voit Saint Antoine, interrompu dans sa réflexion par une vision presque diabolique. Le Christ, est remplacé par une rousse incendiaire complètement nue offerte au regard du saint. derrière elle se trouve le diable et des chérubins tout droit venus des enfers les accompagnent. Un cochon est aussi présent et symbolise une nouvelle fois les instincts humains. À travers ce pastel, Félicien Rops remet en question la religion et ses préceptes en affirmant que la sexualisé ne peut être refoulée puisqu’elle fait partie intégrante des Hommes. Même le plus saint des saints ne peut nier cela…

La Chanson de Cherubin, Felicien Rops, 1878-1881

La Chanson de Cherubin, 1878-1881

Félicien Rops est donc un artiste plus que sulfureux. Ne reculant pas devant son envie de choquer mais surtout devant son envie de mettre en lumière l’hypocrisie de tous ces bourgeois bien pensants, il n’hésite pas à aller aussi contre un style artistique bien défini. Antiacadémique, il fait preuve d’une certaine modernité. Il s’inspire pourtant énormément de l’histoire des arts, c’est un homme très cultivé et connu pour avoir une très bonne mémoire. Il reprend très souvent les codes de grands maitres dans ses tableaux surement parfois pour les tourner en ridicule d’ailleurs. L’artiste décède en 1898 dans sa demeure en Essonne. Jusqu’à la fin de sa vie, il continuera de dessiner et de peindre.

Son travail ne résume bien évidemment pas à ces œuvres vues ici plus haut mais j’ai décidé de me pencher sur l’image donnée aux femmes.

 

[Source : http://www.unebrevehistoiredart.com]

Claus Drexel signe un nouveau documentaire d’immersion sociologique, humaniste et intime, en donnant la parole aux prostituées transsexuelles du Bois de Boulogne

Critique : Au cœur du bois

Écrit par Fabien Lemercier

« Nous avons tous notre destin, et si on nait avec un sort contraire, on n’en aura jamais de meilleur. » Au bord d’un lac où nagent paisiblement canards et cygnes, dans la lumière mordorée se reflétant sur les feuilles d’automne, une femme chante O fado de cada um. Nous sommes à la lisière de Paris, dans le Bois de Boulogne, et c’est là que le cinéaste allemand Claus Drexel (qui vit et travaille en France) a décidé de filmer dans son style documentaire caractéristique (en plan frontal, avec une caméra fixe à hauteur de celles qui lui racontent leurs existences) une galerie de personnalités des marges : les prostituées, travesties ou transsexuelles, qui ont fait du Bois leur seconde maison et de leur métier (souvent exercé, mais pas toujours, au terme de pénibles tribulations) un espace où règnent les règles d’une tribu plutôt solidaire. Un cinéma vérité de portraits très intimes, mêlant fierté et désespoir, et plongeant en profondeur sous la surface de la vulnérabilité qui fait de Au cœur du bois, dévoilé en première mondiale en compétition nationale au FIPADOC (en ligne cette semaine) le digne successeur de Au bord du monde [+] (sélection cannoise de l’ACID à Cannes 2013) et America [+] (nominé au César 2019 du meilleur documentaire).

Geneviève, Floria, Isidro, Judith, Juliette, Kimberley, Luciana, Lydia, Mélina, Mylène, Florence, Paola, Pirina, Prya, Raquel, Vicky, Yohanni, Samantha : enchâssés dans le film par un montage alterné très fluide et entrecoupés de très beaux plans atmosphériques du Bois (de jour comme de nuit, signés par le talentueux directeur de la photographie Sylvain Leser), les récits composent peu à peu un tableau très révélateur et intensément humain de l’exercice de la prostitution : pourquoi on est arrivé là (du Pérou, du Portugal, des Antilles, du Brésil, de la ZAD de Notre-Dame-des-Landes ou d’ailleurs, d’un job de vendeuse ou dans une maison de retraite), comment on trouve sa place dans cette communauté particulière, comment on exerce son activité (dans une camionnette, sous une tente ou derrière un arbre), qui sont les clients, quels sont les risques, le sensations, les gains, l’historique des lieux, les changements administratifs, la vie privée en dehors, etc. ?

Se dessinent des caractères très différents (des fantasmes ludiques à l’orgueil professionnel, de la tristesse poignante au sacrifice pour le reste de la famille, de l’errance cabossée à la déconnexion sensorielle) que relie souvent un point commun très puissant qui n’est pas sans lien avec leur présence au Bois : la transsexualité. Un désir d’être autre que le genre dans lequel elles sont nées ayant suscité un rapport conflictuel à une société éprise de normalité (« c’est la vie, il faut s’accepter comme on est et se battre ») et généré une relation ultrapersonnelle à leur propres corps.

Des silhouettes et des visages que Claus Drexel filme et interroge avec bienveillance mais sans complaisance, laissant émerger naturellement tous les profonds et forts courants émotionnels dissimulées sous la très épaisse carapace du dur quotidien de ces belles d’un Bois qui semble leur appartenir (ne passent épisodiquement dans le cadre que des chevaux de cours d’équitation et quelques policiers à vélo, sans oublier bien sûr les voitures des clients) comme des personnages à la fois hors normes et infiniment humains peuplant un monde à mi-chemin entre la modernité tranchante et le conte flottant hors du temps.

Produit par Daisy Day Films, Au cœur du bois sera distribué en France par Nour Films. Les ventes internationales sont pilotées par The Party Film Sales.

[Source : http://www.cineuropa.org]