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El hecho de que el escritor austriaco fuera un ‘best seller’ leído por las mujeres de mi familia me lo proscribió durante décadas

El escritor austriaco Stefan Zweif

Escrito por Beatriz Sarlo

Fui una niña muy presumida. Había decidido que, cuando me llegara el tiempo, no leería a los autores cuyos libros circulaban entre mi madre y mis tías, a quienes planeaba superar en conocimiento y buen gusto. En aquella década del cincuenta, Stefan Zweig, con Veinticuatro horas en la vida de una mujer, era un long seller desde los años veinte. Por eso, sin echarle ni una mirada, mi resolución consistía en no leerlo. Pasaron décadas y mi inclinación por las vanguardias hizo que me olvidara por completo de Stefan Zweig. Sus años de incesante circulación por librerías habían pasado.

Todo comenzó con la lectura de Die Welt von Gestern (El mundo de ayer), donde Zweig entrelaza la autobiografía con la crónica de la ciudad donde transcurrieron su infancia y juventud. El cruce de los dos géneros es equilibrado: ni demasiada subjetividad, ni demasiada crónica de costumbres, sino una mezcla exacta que permite ver de qué modo un escenario como el de Viena a comienzos del siglo XX marca la vida de un hombre y el destino del arte europeo, antes de que la persecución de los judíos se ensañara contra ese grupo decisivo en la renovación de la literatura y la música. Zweig define así la influencia vienesa: “Nunca antes de modo tan intenso, afortunado y fructífero, salvo en la España del siglo XV”.

Durante años creí tener un conocimiento aceptable de la Viena fin de siglo y me jactaba de una pregunta que me había formulado la dueña de una pensión cercana al Ring en mi primera visita a la ciudad: “¿Todos los argentinos saben tanto de Viena?”. Leyendo a Stefan Zweig, 30 años después, me doy cuenta de que era bastante considerable lo que ignoraba. Acá sobreviene un interrogante fatal: ¿y si no hubiera leído, si bien tardíamente, a Stefan Zweig? Interrogante que puede ser ampliado: ¿sobre cuántos escritores sigo ejerciendo mi ignorancia?

Vuelvo al comienzo: el hecho de que Stefan Zweig fuera un best seller leído por las mujeres de mi familia mientras pasábamos las vacaciones en las sierras cordobesas me lo proscribió durante décadas. Si ellas lo habían leído, no parecía urgente ni necesario que yo lo leyera. Tuve suerte, porque Arthur Schnitzler me condujo a Stefan Zweig. Como nadie antes había leído a Schnitzler en mi familia, este vienés me pareció libre de sospechas.

La casualidad es un gran programa de lectura: en busca de las obras teatrales de Schnitzler fui a una librería alemana que queda en un piso de la ciudad donde vivo. La librería es amable en su relativo desorden alfabético y los pocos visitantes pueden desordenarla sin problemas. Ejerciendo ese derecho, me encontré con tres libros de Stefan Zweig: el ya citado, un pequeño tomito sobre Freud y la Schachnovelle, que no tenía como propósito leer, pero que compré guiada por esas órdenes ciegas que llegan quién sabe de dónde. Hay traducción al español (Novela de ajedrez, por Manuel Lobo), pero Zweig en español me recordaría al Zweig que yo había omitido. Por lo tanto, me llevé la edición alemana, que tenía la ventaja de ser más barata.

La Schachnovelle es la última de Stefan Zweig y, si se me permite el adjetivo aplicado a un autor al que generalmente no se condecora de ese modo, la más extremista. Dos hombres enlazados en una secuencia de partidas de ajedrez, a bordo de un transatlántico que va de Nueva York a Buenos Aires. Toda la novela es un incesante movimiento de piezas sobre el tablero. Parece imposible que esta competencia entre un gran ajedrecista y quien sueña vencerlo se vuelva apasionante para alguien como yo, que apenas conoce el nombre de los trebejos.

El tercio final de la novela es, sencillamente, una partida. Y, sin embargo, el suspenso que rodea un juego completamente racional prueba que todo puede contarse como apasionada lucha de subjetividades y también lucha de clases, ya que uno de los contendientes es de oscuro origen campesino y el otro de la aristocracia vienesa. La vida ha cambiado a ambos, pero no tanto como para que, en el momento en que se acerca el jaque mate, no se agiten las sombras de las diferencias entre aristocracia y bajo pueblo. Tanto fuego donde, antes de que se moviera la primera pieza, hubo tanta racionalidad y tan refinada cortesía fin de siglo.

Llegué tarde a Stefan Zweig, y todo porque lo leían mi madre y sus hermanas. Demasiado tiempo estuvo ausente de mi tablero de Viena, la ciudad cuya cultura creí conocer casi como la de Buenos Aires. Se vive descubriendo tales equivocaciones.

 

[Fuente: http://www.elpais.com]

Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita
Orlando Figes
Traducción al español de María Serrano
Taurus, 2020

Escrito por Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz

Ivan Turguénev (1818-1883) fue, dentro de los escritores rusos del siglo XIX, el más europeo o, dicho en negativo, el menos eslavo. Tanto por creencias como también por la vida, pues se alejó del eslavismo, aproximándose a Occidente. De hecho, murió en la comuna de Bougival, Francia. Nada que ver, por tanto, con sus contemporáneos, un Fiódor Dostoyevski (1821-1881), un León Tolstói (1828-1910) o un Nikolái Gógol (1809-1852).

De Louis Viardot (1800-1883) hay que recordar que se trató de un escritor francés al que se le califica -no sin razón- como hispanista. De hecho, fue nombrado miembro de la Real Academia Española.

Pauline García (1821-1910), cantante de ópera y compositora, la tercera en discordia, era hija del tenor Manuel García y de la soprano Joaquina Briones. Por tanto, hermana de María, la que se casó con François-Eugene Malibrán, dando lugar a que la conozcamos con ese apellido. Pauline, por su parte, matrimonió con el citado Louis Viardot y de ahí que sea conocida como Pauline Viardot.

Los tres -Turgénev, Viardot y Pauline- formaron en efecto un trío, en todos los sentidos del término. Y lo que hace este libro es situarlos como protagonistas de la historia europea en el periodo que, por poner fechas concretas, transcurre entre 1850 y 1870.

El trabajo de Figes -historiador británico, nacionalizado alemán en 2017, bien conocido sobre todo por sus estudios sobre Rusia y que ha dado lugar a varias reseñas en esta misma revista- ha sido muy celebrado. Y con toda la razón. El autor es, si se quiere emplear un calificativo convencional, un historiador de la cultura, que, a lo largo de más de quinientas páginas, emplea como hilo conductor el debate entre lo universal -el cosmopolitismo, el internacionalismo, lo que hoy llamaríamos la globalización- y lo particular: los nacionalismos, para entendernos, o, dicho con palabras actuales, las identidades, singularmente en su vertiente territorial. Pero, sobre el telón de fondo de ese dilema eterno, Orlando Figes, que se ubica claramente en pro del primero de los polos, hace especial hincapié en lo que aportó la tecnología: el ferrocarril -el medio de transporte que cambió la vida, porque sirvió para arrimar puntos hasta entonces muy lejanos- y también los modos de reproducción del arte, tanto el sonido -la ópera- como la imagen -el grabado-. Y, por encima de todo, la impresión de libros.

En suma, es en esa época cuando nace el turismo y más en concreto el turismo cultural. Y también, por supuesto, la moda de los casinos, tan vinculada al juego.

Aunque los tres protagonistas del libro -casi una novela- viajaron mucho, su centro de operaciones fue París o su entorno, el París del segundo imperio y de la exposición universal de 1855 (como réplica de la de Londres de 1851). La ciudad de Haussmann, en efecto. Y por las páginas del texto desfila todo el que significa algo: Brahms, Berlioz, Gounod, Víctor Hugo, George Sand, Rossini, Offenbach, Saint-Saëns, Flaubert, Bizet y Wagner, por citar solo a unos cuantos, a su vez entreverados por vínculos de todo tipo. Una verdadera pandilla, si se quiere explicar con esa palabra tan coloquial. El autor ha optado -otra decisión discutible pero probablemente acertada- por otorgar el protagonismo a segundones -los tres citados al inicio-, pero sin prescindir de las estrellas, como las que se acaban de mencionar. El resultado es un crisol de personajes que hace que el lector tenga que estar con un bolígrafo en la mano para que no se escape ningún detalle.

Puestos a buscar lo que con palabras de Stefan Zweig llamaríamos los momentos estelares, quizá pudiera ponerse el foco en las escenas por así decir más intimistas: el encuentro, nada plácido, entre Turgénev y Dostoyevski en Baden Baden en 1867 -páginas 352 a 356- y también las confidencias de Flaubert -un Flaubert ya en decadencia- en páginas 436 a 440. Pero sin que esa selección -arbitraria, como cualquier otra- puede dar lugar a equívoco, porque lo que de verdad vale es el conjunto y no las piezas sueltas.

El libro no concluye con la batalla de Sedan, del famoso 2 de septiembre de 1870, pero sí considera esa fecha como un hito -para mal- en la historia europea, la historia de las mentalidades, si es que se quiere hablar así. Lo que vino más tarde -la pintura impresionista y las exposiciones de París en 1878 y 1889, gloria y prez de la Tercera República, por ejemplo- pudo ser por supuesto brillantísimo, pero la batalla, ¡ay!, se había decantado del lado malo. Bien puede decirse que, casi ciento cincuenta años más tarde, no hemos salido del agujero.

Aunque, como suele suceder, no sin que en esos últimos treinta años del siglo, sucedieran -y Figes se detiene a relatarlas- cosas dignas de mención, como la aprobación de normas internacionales, como en Convenio de Berna de 1886, para proteger los derechos de autor. Lo que se llevaba anhelando tanto tiempo: una buena normativa forma parte del progreso tecnológico. Es el software.

La obra, se insiste, ha recibido muchos comentarios, casi siempre elogiosos. Y con justicia. Suele decirse -recientemente por Rafael Núñez Florencio en esta misma Revista, sin ir más lejos- que no hay nada tan cambiante como el pasado. Es una manifestación sin duda sarcástica, justificada -en España y no solo- en las manipulaciones a las que la historia se ve sometida con los propósitos innobles que están a la vista de todos. Del libro no puede afirmarse, por supuesto, que sea neutral ni que parta de premisas indiscutibles -siempre que se le pone una fecha precisa a algo tan continuo como la historia se está entrando en un terreno pantanoso-, pero sí se debe reconocer que Orlando Figes ha hecho un esfuerzo descomunal. Primero, en recoger cientos, miles de datos: sobre personas, sobre obras musicales o literarias, sobre ciudades y sobre casi cualquier detalle. Y segundo, porque un empeño tan ambicioso, y por ende tan arriesgado, ha terminado arrojando un resultado no ya bueno sino espectacular, aunque solo sea por el enorme goce que proporciona a los lectores. No es un libro para una tarde. La lectura se toma muchas horas, pero al acabar tiene uno la impresión de que se le ha abierto el apetito de saber y que le gustaría haber seguido.

Típico libro para regalar. Seguro que queda uno muy bien.

Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz es catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Politécnica de Madrid.

 

 

[Fuente: http://www.revistadelibros.com]

 

Le café, lieu de socialisation entre la synagogue, les institutions communautaires et l’espace privé domestique, a été, selon Shachar Pinsker, le vecteur de la modernité dans la culture juive. L’auteur montre que, du milieu du XIXe siècle à celui du XXe, le café a correspondu à la « route de la soie » de la modernité juive. Chemin faisant, d’Odessa à Tel Aviv-Jaffa, Pinsker livre une histoire culturelle du café en puisant ses sources dans un impressionnant répertoire de guides des villes de l’époque, de même que dans la littérature dans toutes les langues vernaculaires. Entre mythe et réalité, le café a contribué à la construction de l’imaginaire juif qui entoure les villes parcourues.

La rue Nalewski vers 1906

Shachar M. Pinsker, A Rich Brew. How Cafés Created Modern Jewish Culture [1]. New York University Press,  370 p., 22 $

Écrit par Sonia Combe

Si le rôle du café dans l’introduction de la modernité ne s’applique pas qu’à la culture juive, il est certain qu’il fut déterminant pour répandre la Haskala (les Lumières) dans les milieux juifs d’Europe centrale et orientale. L’absence des cafés parisiens dans le corpus des villes étudiées par Pinsker s’explique en raison du fait que Paris ne fut jamais une « ville juive », comparée à Odessa, Varsovie, Vienne, Berlin, New York et, enfin, Tel Aviv-Jaffa.

Pinsker s’inspire du concept de « route de la soie » (dû au géographe Ferdinand von Richthofen qui l’énonça en 1877 à propos du commerce avec la Chine) comme « métaphore spatiale » pour décrire l’interconnexion de la modernité avec les cafés qui se développent au cours de l’urbanisation de l’Europe de l’Est. Les Juifs auraient été immédiatement attirés par ce qu’ils appelaient « la taverne sans vin ». C’est dans cette institution, en laquelle Jürgen Habermas vit l’exemple-type de la sphère publique de la culture bourgeoise, qu’ils trouvèrent une alternative à la maison et aux centres communautaires. C’est dans ce lieu, où ils purent se mêler à des non-Juifs, que commença pour eux le processus d’intégration et d’acculturation. La presse juive, en yiddish, en hébreu ou dans l’idiome local, y naquit et y trouva ses lecteurs.

Odessa, « la ville du péché »

Pinsker démarre son tour d’horizon à Odessa, la ville des Luftmenschen décrits par Isaac Babel, qui ne travaillent pas et passent leur temps à prier et à mendier d’un café à l’autre pour nourrir leur famille. Confinés dans ce lieu reculé de l’empire russe, les Juifs du port franc d’Odessa y subissaient moins de restrictions que dans la « zone de résidence » où ils étaient assignés. Parmi eux, venus de Lemberg, des shtetl de Pologne ou de Vilna/Vilnius, nombre de Maskilim (adeptes de la Haskala). À la fin du XIXe siècle, la population juive y est estimée à 138 935 personnes. Odessa est déjà comparée à Paris « en raison de ses cafés colorés et joyeux, de leurs terrasses accueillantes ou de simples tables placées à l’ombre, sous les acacias ». C’est à Odessa  que vit le jour en 1860 le premier périodique juif en russe, Rassvet (« L’aube »). En 1894, Odessa compte 55 cafés. Les plus célèbres répertoriés dans les guides pour voyageurs sont le Zambrini que fréquente Tchekhov, le Fanconi, le Robina et le café Libmann dont le propriétaire est juif. Centre de la Haskala, Odessa abrite un temps un cercle d’intellectuels connus sous le nom de « Sages d’Odessa » qui ne savent comment réagir à l’attrait de leurs coreligionnaires pour les cafés dans « la ville du péché ». C’est surtout dans le Fanconi que se retrouvent les Maskilim. Arrivé de Kiev en 1891, l’écrivain en yiddish le plus célèbre, Scholem Aleichem, en fait le décor de nombre de ses nouvelles, tout comme plus tard Isaac Babel dans ses Contes d’Odessa.

Le café fut aussi un lieu de tensions lorsque l’antisémitisme se fit plus virulent après l’assassinat, en 1881, du tsar Alexandre II, puis à la suite du pogrome de la Moldavanka, quartier périphérique juif de la ville, en 1905. Plutôt épargnée en revanche par la violence révolutionnaire, Odessa passa neuf fois entre les mains des « Blancs » puis des « Rouges » et put apparaître entre 1917 et 1919 comme le lieu d’une renaissance de la vie culturelle juive. La mise au pas de cette dernière par la Yevsektsya (section juive du Parti bolchevique) après la Révolution, lorsque toutes les marques du particularisme juif doivent être éradiquées, contraint l’élite du judaïsme à quitter la ville pour Berlin, Paris ou l’Amérique. Babel fut le dernier à évoquer l’arôme des cafés d’Odessa, contribuant au mythe qui se perpétue aujourd’hui, quelque part au sud de Brooklyn [2].

Varsovie, « métropole juive »

Lorsque les nazis envahissent la Pologne en 1939, avec 375 000 Juifs, soit le tiers de sa population, Varsovie était bien davantage encore qu’Odessa une « métropole juive ». À la fin du XIXe siècle, le processus de sécularisation des Juifs, de même que le déclin économique des shtetl, ont pour conséquence la migration vers Varsovie à l’industrialisation de laquelle les Juifs prennent une part importante. Dans le quartier de Nalewski, les premiers cafés ne sont pas des espaces aussi larges qu’à Odessa, plutôt des salles, comme le café Scholem, situées dans les arrière-cours. On y trouve aussi le « café sioniste », rue Dzielna, dont le propriétaire est connu sous le nom du « Juif tranquille » et qui, comme le Scholem, est niché au fond d’une arrière-cour. Il faut dire qu’il fait plus froid à Varsovie qu’à Odessa. Le café le plus célèbre de la rue Nalewski sera le Kotik’s, ouvert peu avant la fin du XIXe siècle, qui devint rapidement le lieu de rencontre des intellectuels et activistes juifs. Il présente l’avantage de disposer d’un large éventail de journaux en différentes langues et aussi d’un téléphone. On y parle autant du sionisme que du socialisme et des affaires locales. Les bundistes (socialistes juifs non sionistes) et les sionistes s’y affrontent. On y publie des brochures politiques distribuées gratuitement aux consommateurs. L’âge d’or de la culture du café à Varsovie est l’entre-deux-guerres et les Juifs en sont une figure centrale. Les cafés Ziemianska et Tlomackie 13 sont tous deux fréquentés par les poètes et écrivains, ainsi Isaac Bashevis Singer qui fit son entrée en littérature yiddish au Tlomackie appelé « Der shrayber Klub » (le club des écrivains), tandis que Julian Tuwin, qui n’écrivit qu’en polonais, préfère le Ziemianska. Il y profère ses violentes attaques contre le judaïsme traditionnel dont il est issu, tout en revendiquant ses origines [3].

La relation entre les Juifs et le café s’acheva dans le ghetto. Dans cette antichambre des camps d’extermination au cœur de Varsovie, il ne fut plus question de refaire le monde mais de s’étourdir. Du moins pour ceux qui en avaient les moyens, les autres, soit la majorité, mourant à la porte de ces lieux de « plaisir ». Le pianiste Wladyslaw Szpilman écrivit dans ses mémoires, adaptés par Roman Polanski au cinéma (Le pianiste), que c’est dans le café Sztuka du ghetto qu’il perdit deux de ses illusions : la première concernait la solidarité juive ; la seconde, la prétendue oreille musicale des Juifs.

Vienne, « la ville des mythes qui fonctionnent »

Quoique figurant depuis 2011 dans la liste du patrimoine culturel immatériel de l’UNESCO, les cafés viennois sont loin d’être uniques. Les inscrire dans la culture autrichienne masque, dit Pinsker, le caractère transnational du café, de même que ses origines puisées dans les cafés orientaux (turcs et arméniens). Cela masquerait aussi le rôle des Juifs dans la culture du café à Vienne dans la période la plus emblématique (de 1880 à 1930). À son retour de New York en 1959, Friedrich Torberg (Kantor-Berg à l’origine) écrit dans son Traité sur le café viennois que Vienne est « la ville des mythes qui fonctionnent ». Au fait de l’interaction entre mythe et réalité qui soutient l’image de toute ville, Torberg pense que c’est à Vienne que les légendes perdurent le plus, le café viennois en étant l’illustration par excellence.

Au tournant du XIXe siècle, la capitale de l’empire des Habsbourg prend son essor et, avec elle, la communauté juive. Si sa présence remonte au XIIe siècle, la voie de son émancipation résultera de l’acte de tolérance de l’empereur Joseph II prononcé en 1782. À la fin du XVIIIe siècle, de même que Lemberg et Berlin, Vienne devient un centre de la Haskala. Comme à Berlin, le café a, en ce début du XIXe siècle, le salon pour rival. Tenu par des femmes de lettres, souvent d’origine juive, le salon n’offrait pas les mêmes opportunités de rencontres que le café, lequel joua un rôle décisif en 1948, lors du « Printemps des peuples ». Tandis qu’Adolf Fischhof plaide pour la liberté de la presse, Moritz Hartmann et Ignaz Kuranda publient des articles réclamant l’émancipation des Juifs. Lorsque, en 1867, la monarchie des Habsbourg devient l’Empire austro-hongrois, les Juifs (de sexe masculin) se voient accorder les mêmes droits civiques, politiques et religieux. En 1900, ils constituent 10 % de la population (147 000 personnes). À ce moment-là, Vienne n’a pas moins d’un millier de cafés fortement investis par les Juifs. Les deux les plus connus sont le Griensteidl et, surtout, le Central. Immortalisé par le satiriste Karl Kraus, le Griensteidl fut remplacé par le Central, fondé en 1876 et encore en activité aujourd’hui. Avant la révolution de 1917, les émigrés russes s’y retrouvent et Lev Davidovitch Bronstein, alias Trotsky, est un des ses habitués. On connaît l’anecdote à son sujet. Lorsqu’on avertit le ministre austro-hongrois des Affaires étrangères que la Première Guerre mondiale pourrait avoir pour conséquence une révolution en Russie, il aurait ironisé : « Avec à sa tête ce monsieur Bronstein assis dans le café Central ? »

Le Café Griensteidl, 1897, par Carl von Zamboni

 

Dans la Vienne fin-de-siècle, le lien entre les cafés et la culture juive est omniprésent. Né à Vienne en 1862 de parents juifs émigrés de Hongrie, Arthur Schnitzler préfère rencontrer ses amis à l’extérieur de l’université, « en terrain neutre », disait-il, c’est-à-dire au Central : il y lit la presse des heures durant, joue aux dominos ou au billard, ou encore aux échecs. Le Central est un home spirituel. Schnitzler prétendait se sentir comme à la maison dans l’« atmosphère de café ». Les cafés finirent par être identifiés comme des « lieux juifs », au point qu’ils furent sporadiquement attaqués par les antisémites (rappelons que Vienne élut en 1897 un maire antisémite, Karl Lueger). Quoique appréciant sa Gemütlichkeit [4], Theodor Herzl, le père du sionisme, estimait que le café illustrait la stagnation de la vieille Europe. Il représentait une impasse pour les Juifs émancipés et acculturés, raison pour laquelle il fallait quitter Vienne et aller se ressourcer en Palestine, terre des ancêtres. Cela n’empêcha pas Joseph Roth, émigré de Lemberg, de fréquenter les cafés de la rue Tabor, dans le quartier juif de Leopoldstadt. Le « cercle philosophique » de Kurt Gödel et Wittgenstein campa dans le café Arkaden, moins connu que le Central, mais dont les habitués étaient majoritairement juifs. Les Juifs auraient ainsi participé au magnétisme que Vienne et ses cafés exerça avant la fin de l’empire. Que serait devenue la ville sans les Juifs ? C’est ce qu’imagina Hugo Bettauer, dans son roman La ville sans Juifs (1922) : une ville morte ! Plus de vie culturelle, les cafés seraient redevenus des tavernes où l’on ne discuterait plus, où l’on n’échangerait plus d’idées, on s’y saoulerait et c’est tout. Au point que (dans le roman), Vienne rappellera ses Juifs…

Berlin, « plaque tournante des intellectuels juifs »

C’est de Berlin, où résidait la figure centrale de la Haskala, Moses Mendelssohn, que partit le mouvement, et plus précisément du café « érudit » Gelehrtes Kaffeehouse, une exception dans une ville qui ne connut l’établissement de cafés qu’un demi-siècle plus tard, la législation prussienne ayant limité la consommation du breuvage. Les Juifs berlinois semblent avoir été à l’avant-garde de leur établissement dans la ville. Le café réputé juif « Philipp Falk’s Kaffeehaus » se trouvait dans la rue où résida Moses Mendelssohn jusqu’à sa mort, Spandauerstrasse. Au début du XIXe siècle, le salon était encore le lieu de socialisation principal où Juifs et non-Juifs pouvaient se rencontrer. Henriette Herz, Rahel Levin-Varhangen et Dorothea Mendelssohn-Schlegl en étaient les hôtesses, mais si les salons continuèrent à exister tout au long du XIXe siècle, ils furent vite supplantés par les cafés dont la fréquentation était essentiellement masculine. Investis par les Juifs, ils durent subir la propagande antisémite qui conseillait à toute personne qui avait « l’odorat fin et l’oreille sensible » de les éviter.

Tandis que la population berlinoise connait un accroissement fulgurant entre 1880 et 1910 – elle passe d’un à deux millions d’habitants –, parallèlement la population juive va presque quadrupler (de 36 000 à 144 000). Le café Bauer, qui offre le plus large éventail de la presse, sert à Hirsch Hildesheimer pour faire sa sélection d’articles qu’il édite ensuite dans Die jüdische Presse. Au tournant du siècle, le café associé au modernisme et au mouvement naissant de l’expressionnisme est le Café des Westens, qui ouvre sur l’artère prestigieuse du Kurfürstendamm. Moins élégant que le Bauer, il est plus actif comme lieu de diffusion des idées d’émancipation. L’artiste juif et critique littéraire Herwarth Walden y établit son association « pour les arts » qui rassemble tous ceux qui sont intéressés par l’expressionnisme. Walden fut un temps le mari de la poétesse Else Lasker-Schüler, rare figure féminine à fréquenter les cafés. C’est dans le café Monopol qu’Itamar Ben Avi, fils d’Eliezer Ben Yehuda [5], venu faire ses études à Berlin, dit s’être trouvé le plus à l’aise : non seulement il pouvait rencontrer des intellectuels juifs et non juifs de tous les pays d’Europe, mais y lire la presse tout en ne consommant qu’un seul café. De fait, le Monopol passait pour un café sioniste. Lorsqu’il se rendit à Berlin en 1912, Shmuel Yosef Agnon y rencontra la plupart des intellectuels juifs allemands. Il en fera le centre de son roman Ad Henna qui se situe pendant la Première Guerre mondiale.

Vint ensuite le temps du Romanisches Café, lieu emblématique du monde intellectuel de la république de Weimar. Le fréquentèrent Franz Werfel, Kurt Tucholsky, Stefan Zweig, Alfred Döblin, Bertolt Brecht, Walter Benjamin, Joseph Roth, Otto Dix et même Billy Wilder. Autant de personnes qui allaient bientôt fuir l’Allemagne nazie. Nahum Goldmann écrira plus tard que chaque groupe y avait sa table : les yiddishisants, les bundistes et les sionistes s’interpellaient et polémiquaient d’une table à l’autre. Avant même que Hitler arrive au pouvoir, le Romanisches Café, « plaque tournante  des intellectuels juifs », est la cible des nazis. Le jour de Rosh Hashanah, en septembre 1931, le café est attaqué aux cris de « mort aux Juifs ». Après 1933, le café perd ses clients et son atmosphère. Il disparaitra sous les bombardements en 1943. Le café sera l’institution la plus regrettée par les futurs émigrés. C’est ce que Pinsker s’efforce de démontrer dans les deux dernières villes où il en recherchera les traces. Que ce soit à New York ou à Tel Aviv-Jaffa, les Juifs européens tenteront d’en exporter le modèle.

New York, « le club du pauvre »

Bien que l’établissement des cafés new-yorkais soit largement redevable aux émigrés arrivés dans le « Nouveau Monde » au cours du XIXe siècle, l’institution existait auparavant : quand la ville fut cédée à l’Angleterre par la Hollande, les Anglais y avaient installé leurs cafés, ou plutôt leurs pubs et clubs. Mais c’est avec l’arrivée des immigrants européens, entre 1830 et 1840, notamment celle de Juifs fuyant les pogromes d’Europe centrale, qu’apparut le café, « le club du pauvre », selon le critique James Hunecker. Le East Side Café, situé dans le Lower East Side, accueille les Juifs séculiers et bientôt révolutionnaires. C’est le lieu d’intervention de l’anarchiste Emma Goldmann. Il n’a guère la Gemütlichkeit du café viennois. Ici, le café reçut le nom de Kibitzarnya, terme yiddish russifié, soit l’endroit où l’on regarde par-dessus l’épaule d’un autre, où l’on se mêle d’une partie de cartes ou d’échecs sans y être convié. Dans l’une de ses nouvelles, Scholem Aleichem, qui émigra aux États-Unis, décrit la Kibitzarnya comme « une sorte de club où un cercle de l’intelligentsia se rassemble, parle littérature, théâtre et politique […]. On peut y avoir une vraie discussion, rapporter des ragots, dire du mal des uns et des autres ».

Brooklyn (2008). Photo : Jean-Luc Bertini

À New York, pour les écrivains juifs du début du XXe siècle, les cafés de l’East Side sont le lieu d’échanges productifs comme celui d’une indolence léthargique. Ouvert 24 h sur 24, le café Scholem est le lieu d’affrontements entre anciens et jeunes poètes yiddishisants. C’est dans la littérature de ces derniers qu’on trouve aujourd’hui les dernières traces importées du café européen avec sa fonction intégrative pour les Juifs à la recherche d’un pays où faire souche. À l’angle de la 12e rue et de la Second Ave, appelée le Broadway juif, vint s’installer le café Royal qui attira les célébrités également non juives, ainsi le poète russe Sergei Iessenine et sa femme, la danseuse Isadora Duncan. Même Charlie Chaplin lui fit l’honneur de sa visite. Le Royal ne fut guère du goût cependant d’Isaac Bashevis Singer, qui était parvenu à quitter la Pologne en 1935 : comparés aux habitués des cafés de Varsovie, ses clients lui semblèrent dépourvus de qualités intellectuelles et artistiques. Pourtant, c’est vers le Royal que convergeront les réfugiés de l’Allemagne nazie. En 1952, il fermera ses portes et sera remplacé par un pressing. À cette époque, Bashevis Singer pouvait continuer à écrire en yiddish comme il ne cessera de le faire, mais l’anglais l’avait remplacé comme langue vernaculaire du Royal.

Tel Aviv-Jaffa, la bataille linguistique

Tous les sionistes arrivés en Palestine ne partageaient pas l’idéal de la vie agricole et communautaire dans un kibboutz. Des citadins dans l’âme fréquentèrent dans un premier temps les cafés arabes de Jaffa, port où vivaient à la fin du XIXe siècle environ 30 000 Juifs ashkénazes et sépharades. Il ne fallut guère de temps aux nouveaux immigrants pour créer leurs propres établissements. Le premier café « hébreu » ouvre ses portes en 1905 : le Levanon. C’est dans ce lieu que serait née l’idée de bâtir Tel Aviv, en bordure de Jaffa. Peu après, des immigrés allemands ouvrirent le café Lorenz où l’on parlait toutes les langues de la Palestine : arabe, allemand, yiddish et hébreu, avant que commence la bataille linguistique. Les étudiants du lycée hébreu allèrent jusqu’à interrompre les conversations et représentations autres qu’en hébreu, jetant des pierres sur les consommateurs. La violence en défense de l’hébreu redoublera avec l’afflux des Juifs allemands. Elle se déroule boulevard Rothschild ou rue Herzl, à Tel Aviv. Le poète Bialik s’entretient au café Casino (qui n’a de casino que le nom) avec les commerçants juifs et arabes auxquels il raconte des anecdotes de son enfance à Odessa. Arthur Koestler, qui trouve Tel Aviv provinciale et sans humour, se réfugie au Café hongrois, repaire de la bohème locale. Les cafés leur font oublier qu’ils sont « en Asie », comme ils le disent alors.

À l’angle de la rue Ben Yehuda et de la rue Allenby, le Ginati, fondé en 1936, devint le refuge presque exclusif des immigrants allemands, un endroit sans lequel, dit le poète Segalovitsh, ils auraient pu se suicider, tant leur besoin de communiquer était grand. Le café changea de fonction à la vitesse des événements. À la mort de ses deux habitués, les poètes Leah Goldberg et Nathan Alterman en 1970, le célèbre café Kassit n’aurait plus continué à fonctionner que comme l’ombre de lui-même : les gens qui y venaient ignoraient qu’ils s’asseyaient là même où Goldberg et Alterman s’étaient assis avant eux et ignoraient jusqu’à leurs noms. Relique du temps passé, le Kassit n’avait plus lieu d’être le vecteur de la culture juive comme jadis, à Berlin, le Romanisches Café. Aharon Appelfeld, qui se souvient du sentiment de re-connaissance qu’il éprouva lorsque, à l’âge de 23 ans, il pénétra dans le Café Peter de la German Colony à Jérusalem (« à peine avais-je poussé la porte, je reconnus les habitués, c’étaient mes oncles, mes cousins »), notera plus tard que le café européen n’existe plus : ce ne sont plus que de grands espaces bruyants et bondés qui n’invitent pas à s’asseoir et à s’attarder et que l’on veut quitter au plus vite.

Ainsi s’est achevée la lente disparition du café, en lequel Appelfeld avait vu une institution culturelle. Toute tentative de le faire revivre, comme à New York, Orchard street par exemple, au début du XXIe siècle, s’est soldée par un échec. Le café a été remplacé par ces « cafés virtuels » que sont les réseaux sociaux. Et si l’on va au Starbucks, cela peut être pour ne pas être seul, mais pas pour y débattre comme au Kotik’s à Varsovie ou au Central à Vienne. Générateur de nostalgie chez des gens qui ne l’ont pas connu, le café ne survit plus aujourd’hui que dans l’imaginaire du monde juif d’hier.


  1. « Un riche breuvage. Comment les cafés ont contribué à la formation de la culture juive moderne ».
  2. Brighton Beach, quartier encore russe et juif de Brooklyn, est souvent appelé Little Odessa. Voir le film éponyme de James Gray (1994).
  3. Tuwim émigra aux États-Unis, mais rentra en Pologne après la guerre pour y construire le socialisme. Il y mourut en 1953.
  4. Ce mot, qui signifie à la fois « accueillant » et « confortable », fait partie des célèbres intraduisibles de la langue allemande. C’est sans doute un peu pédant de le souligner, mais ça n’est pas tout à fait faux. Qui connaît l’atmosphère du café traditionnel, qui existe encore à Berlin, à Vienne ou à Budapest, fera la différence avec le café parisien – pour ne rien dire du café new-yorkais où la Gemütlichkeit manque cruellement.
  5. L’hébreu, comme langue parlée, est l’œuvre d’Eliezer Ben Yehouda (1858-1922).

Cuentos

Isaac Bashevis Singer

 
LUMEN, Abril 2018

Una antología de cuarenta y siete relatos seleccionados por el autor, el gran representante de la literatura yiddish, que incluye sus cuentos más célebres.

«Me resulta difícil decir por qué elegí los cuarenta y siete cuentos de esta colección, seleccionados entre más de un centenar. Como le ocurriría a un padre del Oriente contemplando su harén llenos de mujeres y niños, los quiero a todos», comentaba Singer cuando dio a la imprenta este volumen. Razón no le faltaba porque su universo literario es muy peculiar, casi privado, pero se convierte en universal en cuanto topamos con los deseos y las dudas infinitamente humanas de sus personajes.

Desde la primera página, un abanico de tiempos y lugares se abre para el lector: veremos a hombres cansados que han conocido a Kafka y a Stefan Zweig deambular por los bares de Varsovia, pidiendo dinero prestado y dando consejos, a ancianos asomados a un balcón en Miami que de pronto despiertan a un nuevo amor, y a mujeres con las palabras atragantadas de tanto querer olvidar.

Conoceremos las tierras de Polonia y sus campesinos, para luego caminar por las calles de Nueva York, y sin embargo, después de tanto viaje, lo que se va a quedar es el talento de Singer para contar ese destilado de melancolía y orgullo que nuestros propios exilios imponen porque, bien mirado, todos algún día tuvimos que irnos de la vida que era nuestra.

«Todos jugamos al ajedrez con el destino como contrincante… Sabemos que no podemos ganar, pero algo nos impulsa a presentar batalla.»
I.B. Singer

En este volumen se recogen cuarenta y siete cuentos de la producción del autor, elegidos por el propio Singer entre más de un centenar de textos. El volumen reúne los relatos publicados en la clásica recopilaciónGimpel, el tonto de 1957, y los títulos publicados hasta 1881.

Reseñas:
«Los cuentos de Isaac Bashevis Singer son como ningún otro cuento escrito hasta ahora: plenos de imaginación, evocativos y originales.»
New York Herald Tribune
«Un narrador como ningún otro.» 
Saturday Review
«Hace cuarenta años elegí como inspirador a Knut Hamsun; si tuviese hoy que volver a empezar tomaría como inspirador a Singer. Todo lo que hace es perfecto.» 
Henry Miller

 

[Fuente: http://www.culturamas.es]

Escrito por Joseph Hodara

Al tomar vuelo el racionalismo europeo en los siglos XVIII y XIX el ser judío encaró un espinoso dilema: continuar el apego a su primaria identidad y a las fuentes que la modelan o adherir al nuevo orbe cultural que considera a Dios una inteligente invención humana que  fecunda las artes aunque apenas se hospeda en la disciplinada Razón.

Conforme a este predicamento algunas comunidades judías resolvieron preservar la fe y los hábitos difundidos desde el Sinaí hasta los textos talmúdicos. Otras alentaron el prudente ingreso a la amplia sociedad sin renunciar a nuevas prácticas seculares. Y también se conocieron aquellas que radicalmente se alejaron de ambas actitudes con el fin de redefinir la añeja y divina Otredad con mandamientos dictados ya por un alto líder, ya en algún escenario social.

Cuentos y novelas de Isaac Bashevis Singer envuelven estos tres escenarios. Y en ellos se despliegan como páginas sagradas sin eludir interrogantes que abrieron con dilatada libertad las olas del progreso y la gestación de nuevas ilusiones. Y en todos sus textos sumó una irrefrenable sensualidad alimentada por un sostenido amor al cuerpo femenino.

Nació en Radmizin, una aldea cercana a Varsovia entre 1902 y 1904. La fecha caprichosamente cambió conforme a los trajines de su vida.  » Lealtad, ascetismo, severidad » habrían sido los principios que modelaron su infancia según el puntual retrato de Florence Noiville en su lúcida biografía. Hijo y nieto de rabinos, Bashevis puso interrogantes a predicamentos religiosos tradicionales, y sobre los generosos hombros de su hermano mayor se alejó al fin de los sagrados textos.

Sus primeras incursiones con F. Dovstoyevski, Th. Mann, S. Zweig, K. Hamsun y otros le condujeron a inquietos lugares que se sumaron a su indeclinable pasión por lo femenino. Impulsos que se ampliarán hasta el fin de sus días. Sus dos hermanos – Israel y Esther – también llenan no pocas y meritorias páginas, pero no alcanzaron los ecos que merecieron las suyas.

Isaac Bashevis Singer, cronista de un mundo desaparecido | El Cultural

Entre la tormenta bélica y el silencio de Dios

En las calles del guetto polaco tembló la noticia: el aspirante al trono austrohúngaro asesinado en Bosnia. Ocurrió en los primeros meses de 1914.  De aquí las llamas se multiplicaron en Europa e hicieron hervir revoluciones, muertes y dictaduras. Un año después los alemanes invaden Varsovia; polacos y rusos se rinden. Isaac recuerda el gris murmullo de su padre: « Leer hoy las noticias es tragar veneno en el desayuno… »La familia resuelve abandonar la capital y aislarse en una aldea alejada de un nervioso mundo donde las variedades del comunismo y del sionismo abruman la escena. Y en el nuevo rincón Bashevis se asoma a otras páginas: M. Mojer Sfarim, Shalom Aleijem, Bialik, Chernijovsky. Y a las de Spinoza en particular con sus laicos teoremas que perturban y entusiasman.

Desde la temprana adolescencia cultiva el cuerpo y la imagen de la mujer. Inesquivable ardor encendido al espiar a su hermano Yehoshua cuando pintaba y esculpía. Recuerda: « Ver los pechos desnudos de las adolescentes me estremeció… Pensaba que solo las madres con hijos los tenían… »  Imágenes que afiebrarán sus instintos hasta el último minuto.

Retorno a Varsovia

Al frisar los 18 años y dejando atrás el seminario rabínico, Isaac regresa a Varsovia. Su hermano Israel prefiere alejarse de Europa con su esposa e hijos y llega a Nueva York. Bien pronto él gana celebridad con textos en yidish que colman escenarios y páginas. Y no descansa para atraer a su hermano a esta bulliciosa ciudad. Generosa actitud y respaldo que Isaac apenas agradece. Confiesa: « Solo tengo solo dos dioses:  mujeres y literatura… » Y en verdad, lo demás le fue ajeno. En 1935 abandona Polonia y cruza el océano a través de Alemania y Francia hasta llegar por fin a América.

Isaac Bashevis Singer | Library of America

Edén en la Tierra

En los años treinta del pasado siglo, amplias olas de migrantes  arriban a New York desde múltiples rincones del mundo. Frescas y embriagantes ilusiones los abruman. A semejanza de no pocos de ellos, Isaac acierta a superar las filosas preguntas en el puerto y se integra a los tres millones de judíos que moran en la ciudad. Con dilatada y habitual generosidad su hermano Israel lo recibe y lo ayuda. Actitud que no merece reconocimiento alguno de su parte.

Con su apoyo Bashevis empieza a escribir notas en el Forward, un periódico neoyorquino en yidish que entonces ofrecía refugio y trabajo a no pocos. La redacción de una nota semanal le reporta un modesto ingreso. Israel publica un tercer libro – Los hermanos ashkenazim – que multiplica su nombre al lado de celebrados escritores del país. En negro contraste, el aislamiento, la depresión y la esterilidad creativa abruman en aquellos días las horas de Isaac.

Un amor imprevisible

En 1937, el accidental encuentro con Alma redefinió su vida. Mujer mesurada y elegante, educada en Alemania y madre de dos hijos, ella apenas acierta a descifrar una palabra en yidish. Al toparse con Isaac escribe: « Es joven, delgado, rubio, casi calvo…Con ojos azules que algo buscaban…Y escuché que escribía un libro… » Desde ese momento Alma se convierte en rehén de sus deseos pagando un alto precio: el abandono de su esposo y sus dos hijos. Isaac se aventura en un matrimonio sin informar al solícito hermano.

Nuevos rumbos

Las noticias que llegan desde Europa – de Varsovia en particular – inquietan a Bashevis. La persecución y la muerte de más de dos millones de judíos que habitaban Polonia, el fracaso de la revuelta del guetto en 1943, la desaparición de su madre: episodios que ennegrecen su ánimo. Por añadidura, apenas atina a encontrar creativos canales de expresión. Su pasado muere y el presente apenas alumbra cuando acontece un vuelco inesperado: el fallecimiento de su generoso hermano que apenas frisaba los cincuenta años. Al saber de Sobibor y Auschwitz su corazón se rindió. Volúmenes como Los hermanos ashkenazi, Acero y bronce – además de no pocas piezas teatrales – le habían concedido amplio nombre. Su muerte libera a Isaac. Y desde aquí empieza a colmar páginas hasta dar nacimiento a su celebrada Familia Mushkat, que pinta sus ajetreos para sobrevivir en un inhóspito entorno.  Pocos años después se conoce también la versión en inglés al lado del yidish que es, a su juicio, el idioma más rico del mundo.  Y para parir y adelantar sus obras rompe nudos con no pocos: con la religión, con Polonia e incluso con su hijo que vive lejos en algún kibutz.

Isaac Bashevis Singer's portraits – Image Gallery | Gallery | Culture.pl

Conquista América

Dos escritores norteamericanos – Grinberg y Howe – se familiarizan con sus relatos en yidish. Para difundirlos, ambos buscan un puntual traductor al inglés que al fin encuentran en Saúl Bellow, ya entonces celebrado escritor. Bellow arma una brillante traducción que le concede a Bashevis amplio nombre y celebridad.

Y desde entonces se multiplican sus páginas. Un texto que mereció desiguales versiones es El espejo. Aquí la joven Tzirl se interroga … »¿Existe Dios? ¿Es en verdad piadoso?  ¿Creó el mundo? ¿Vendrá el Mesías? ¿Tocará Eliahu la trompeta en el monte de los Olivos? ¿Superará Dios a Satanás ?…En mi íntimo corazón soy atea… Todo es vacío, desorden, la nada… Pero tal vez la justicia despuntará al final de los días… » Un abrumador monólogo.

Con lentos pero resueltos pasos Bashevis se presenta también en inglés. Un tránsito difícil que otros – Nabokov y Kundera- conocieron a avanzada edad. Cambiar idiomas implica en verdad una radical mudanza de los labios y de los nervios que nos gobiernan.

Nace un escritor

En sus primeros pasos la esposa Alma aporta a Bashevis el principal ingreso. Insiste: « Soy un escritor judío y por accidente resido en USA… » En el andar del tiempo sus páginas se multiplican en obras como Beit HadinHasatánEn la corte de mi padre, que despliegan las luces y sombras de la vivencia diaspórica.  Escribe también para niños.

En 1970 recibe un primer premio literario que le abre la ruta hacia el privilegiado recinto de escritores como Faulkner, Bellow, Roth. Cuenta ya con bien escogidas mecanógrafas que también lo satisfacen en la intimidad. Y a menudo no atina a autodefinirse: « Soy un cerdo« … ¿un chiste? … Nadie le responde.

Apenas unas palabras

Su hijo Israel le pide un encuentro después de 25 años de mutuo silencio. Al desembarcar en Nueva York apunta: « Entre el gentío que esperaba me pareció ubicarlo… Me miró atentamente con frenadaemoción. Me llamó por mi nombre de niño… Nos estrechamos las manos en silencio… » Entonces Israel supo que Bashevis estaba casado, y más tarde concluirá: « No tengo lugar en mi padre… no tiene tiempo ni dinero… » Un helado vacío que los días y el tiempo apenas corregirán. Para Isaac, una red familiar implicaba estricta y severa prisión.

El Nobel

El premio que injustamente le fue negado a no pocos – a un Borges entre otros- distinguió sin embargo a Bashevis. Corría el año 1978. Y Dévora, su leal traductora y chofer que a veces endulzaba su cuerpo, le comunica la recepción del Nobel. Él pensaba que con la alta distinción que Agnón recibiera en 1966 se habría agotado la cuota a los escritores judíos. Pero múltiples llamadas telefónicas – incluso del presidente Carter en horas del Yom Kipur- le desmienten. Y como era de esperar, no pocos de sus colegas se sienten lastimados por la elección de la Academia sueca.

En diciembre de 1978 Bashevis se presenta en el multitudinario y celebrado escenario. Sus primeras frases son en yidish, idioma radicalmente extraño para la amplia audiencia. Nunca antes un escritor en este idioma había merecido el premio. Y de aquí transitó  al inglés para aludir a sus fuentes creadoras. Desde entonces sus libros y las compensaciones se multiplican, y algunas de sus páginas incluso merecen la traducción al polaco.

Biography — Isaac Bashevis Singer

La memoria se adormece

Octogenario y vegetariano, Bashevis preserva un cuidadoso orden del día matizado por caminatas y el vegetariano comer. Cuando un periodista del New York Times le pregunta: « ¿Quién es judío? », responde: « Todo quien tiene dificultades para dormir y no deja dormir a nadie… » Y en cuanto al yidish, se cuestiona: « ¿Por qué en Israel no lo hablan? ¿Olvidan que es el idioma del guetto, de las cámaras de gas, del teatro? ¿Por qué avergonzarnos? … » Al parecer, ignoraba la existencia de cátedras universitarias en este país y de no pocos grupos amantes del idioma. Postura que no le impide confesar que « Gogol influyó en mí mucho más que Scholem Aleijem… »

Al final su memoria quiebra y los nervios crispan. Su fiel secretaria Dévora lo abandona. En páginas que ulteriormente escribe lo recuerda: « A veces atento y cordial, y, a veces, lastima y ofende… » Por su lado, Bashevis se aleja del mundo sin olvidar que … « nunca fui un buen esposo…« 

Su hijo pidió que sea enterrado en Israel. La esposa Alma se opuso. Y los restos de ella duermen muy cerca de Bashevis. En su tumba se inscribió un pasajero error ya corregido:  » noble «  en lugar de (premio) Noble…

Los archivos de la Universidad de Texas en Austin, EEUU, almacenan testimonios de sus pasos y páginas. Cuando estuve allí por algún trabajo o pretexto visité los últimos refugios de Bellow, Roth, Shtein y Einstein, personajes que dejaron trozos de su quehacer. Bashevis convive con ellos.

Él pensaba que fue « una letra más en el infinito texto de Dios… »  ¿Expresión ajustada? ¿Desborde del ego? La respuesta depende del juicio del lector.

Ławeczka Isaaca Bashevisa Singera w Biłgoraju – Wikipedia, wolna encyklopedia

 

[Fuente: http://www.diariojudio.com]

L’écrivain Stefan Zweig (1881-1942

Écrit par Roland Jaccard

Rien n’est plus simple, ni plus naturel que de mourir. Certains paniquent à l’idée qu’ils vont quitter la scène. D’autres voient dans la mort une remise de peine. Mais elle permettra à chacun de rompre avec la monotonie du quotidien. Voilà qui est au moins à porter à son crédit. C’est ce que je me disais en lisant la première page d’un texte prémonitoire de mon cher Stefan Zweig : L’uniformisation du monde, publié en édition bilingue par les Éditions Allia. Outre son intérêt intrinsèque, il présente un double avantage. Son prix d’abord : 3 euros. Et son nombre de pages : 43. Ce qui est bref et bon est deux fois bon : on ne le répétera jamais assez.

L'écrivain Roland Jaccard Photographe : Hannah Assouline

L’écrivain Roland Jaccard – photographe : Hannah Assoline

La monotonie du monde

En 1926, voici ce qu’écrit Stefan Zweig : « Malgré tout le bonheur que m’a procuré, à titre personnel, chaque voyage entrepris ces dernières années, une impression tenace s’est imprimée dans mon esprit : une horreur silencieuse devant la monotonie du monde. » Tout est dit. Celui qui n’a pas ressenti cela vient sans doute d’une planète étrangère et je crains fort de n’avoir pas grand-chose à lui dire. Je le laisserai donc s’émerveiller tout en étant excédé – mais je n’en laisserai rien paraître – par la joie qu’il éprouve à découvrir partout et toujours du neuf, là où je ne vois qu’une morne répétition.

Il est vrai qu’il y a chez nos contemporains, comme l’écrit encore Zweig, un appétit féroce pour la monotonie, appétit conforté par la mondialisation. Paradoxalement, lui qui fut et qui reste un des auteurs les plus lus dans le monde entier, avait le sentiment que tout ce qu’il écrivait n’était qu’un bout de papier lancé contre un ouragan. « À vrai dire, note-t-il encore, au moment où l’humanité s’ennuie toujours davantage et devient de plus en plus monotone, il ne lui arrive rien d’autre que ce qu’elle désire au plus profond d’elle-même. »

La fuite en nous-mêmes

La plupart des humains n’ont pas conscience d’être devenus des particules. Ils se jettent dans l’esclavage et tout appel à l’individualisme n’est qu’arrogance et prétention. Il ne nous reste qu’un recours, un unique recours : la fuite, la fuite en nous-même. Ne se révélera-t-elle pas, elle aussi, vaine, comme en témoigne le suicide de Stefan Zweig, après une ultime partie d’échecs. L’appel des ténèbres, si typiquement viennois, ne l’a pas épargné. Nul ne peut dire s’il faut s’en réjouir ou le déplorer.

[Source : http://www.causeur.fr]

Arte diffusera le 2 février 2021 « Vienne avant la nuit » (Wien vor der Nacht), film réalisé par Robert Bober. Auteur de plus de cent films, « l’écrivain et réalisateur Robert Bober arpente Vienne sur les traces de son arrière-grand-père juif. Une émouvante quête identitaire doublée d’un portrait, nourri de littérature, de la métropole autrichienne avant le nazisme ».

Publié par Véronique Chemla

« Documentariste (Récits d’Ellis Island, coréalisé avec Georges Perec) et écrivain français, Robert Bober » naît en 1931 à Berlin, en Allemagne. En août 1933, sa famille juive fuit le nazisme et s’installe en France.
En juillet 1942, elle échappe à la rafle du Vél d’Hiv. Robert Bober arrête sa scolarité après le certificat d’études primaires, et à 16 ans débute son apprentissage comme tailleur. Un métier qu’il abandonne à l’âge de 22 ans.
Il s’oriente alors vers la poterie et élabore des projets thérapeutiques pour des enfants malades, orphelins traumatisés, désocialisés depuis la guerre.

Autre tournant décisif : dans les années 1950, Robert Bober rencontre François Truffaut qui le choisit comme assistant pour Les Quatre Cents coups (1959), Tirez sur le pianiste (1960), Jules et Jim (1962).

En 1967, Robert Bober réalise Cholem Aleichem, un écrivain de langue yiddish, son premier documentaire, pour l’ORTF.
Sa filmographie évoque l’après-guerre, les effets de la Shoah, son histoire familiale de réfugié juif allemand – La génération d’après (1971) et Réfugié provenant d’Allemagne, apatride d’origine polonaise (1976)- et l’affaire Dreyfus.
Dans les années 1980, Robert Bober et le journaliste Pierre Dumayet conjuguent leur talent pour des documentaires (ReLectures pour tous) sur des écrivains – Marcel Proust, Paul Valéry, Gustave Flaubert, Raymond Queneau, Georges Perec… – et peintres : Van Gogh, Alechinsky.

C’est en 1979 que Robert Bober réalise, avec Georges Perec, son documentaire le plus célèbre : Récits d’Ellis Island (INA, 1979). La première partie, Traces, est centrée sur l’arrivée des émigrés de 1892 à 1924 à Ellis Island. La seconde, Mémoire, se focalise à New York, sur les émigrants juifs et italiens dont Ellis Island a été la porte d’entrée aux États-Unis.

En 1999, les éditions P.O.L ont publié Récits d’Ellis Island, histoires d’errance et d’espoirde Georges Perec et Robert Bober « De 1892 à 1924, près de seize millions d’émigrants en provenance d’Europe sont passés par Ellis Island, un îlot de quelques hectares où avait été aménagé un centre de transit, tout près de la statue de la Liberté, à New York. Parce qu’ils se sentaient directement concernés par ce que fut ce gigantesque exil, Georges Perec et Robert Bober ont dans un film, Récits d’Ellis Island, histoires d’errance et d’espoir, décrit ce qui restait alors de ce lieu unique, et recueilli les traces de plus en plus rares qui demeurent dans la mémoire de ceux qui, au début du siècle, ont accompli ce voyage sans retour. Notre livre se compose de trois grandes parties. La première restitue, à travers une visite à Ellis Island et à l’aide de textes et de documents, ce que fut la vie quotidienne sur ce que certains appelèrent « l’île des larmes ». Dans la deuxième, « Description d’un chemin », Georges Perec évoque sa relation personnelle avec les thèmes de la dispersion et de l’identité. La troisième, « Mémoires », reprend les témoignages d’hommes et de femmes qui, enfants, sont passés par Ellis Island et racontent leur attente, leur espoir, leurs rêves, leur insertion dans la vie américaine. »

Publié en 1993, Quoi de neuf sur la guerre ?, premier roman de Robert Bober, est distingué en 1994 par le Prix du Livre Inter. L’intrigue se déroule dans un atelier de confection pour femmes de la rue de Turenne, dans un quartier alors populaire du Marais où habitaient de nombreux Juifs. « Quoi de neuf sur la guerre ? En principe rien, puisqu’elle est finie. Nous sommes en 1945-1946, dans un atelier de confection pour dames de la rue de Turenne, à Paris. Il y a là M. Albert, le patron, et sa femme, Léa. Leurs enfants, Raphaël et Betty. Léon, le presseur. Les mécaniciens, Maurice, rescapé d’Auschwitz, et Charles, dont la femme et les enfants ne sont pas revenus. Et les finisseuses, Mme Paulette, Mme Andrée, Jacqueline. Et il y a l’histoire de leurs relations et de leur prétention au bonheur. Dans l’atelier de M. Albert, on ne parle pas vraiment de la guerre. On tourne seulement autour même si parfois, sans prévenir, elle fait irruption. Alors les rires et les larmes se heurtent sans que l’on sache jamais qui l’emporte. Alors, « ceux qui ont une idée juste de la vie » proposent simplement un café ou un verre de thé avec, au fond, un peu de confiture de fraises. 1981-1982. Le journal intime de Raphaël, alors qu’en France progressent les activités antisémites. Trente-cinq ans après, quoi de neuf sur la guerre ? Rien de neuf sur la guerre. Parce que, comme le disait M. Albert en 1945 : « Les larmes c’est le seul stock qui ne s’épuise jamais. »

Dans Berg et Beck (1999), Robert Bober relate la vie d’enfants juifs, rescapés de la Shoah, et devant survivre sans leurs parents déportés et assassinés dans les camps nazis. « Berg a vingt ans. Beck en a onze. Un jour pourtant ils avaient le même âge. Ils habitaient la même rue, allaient dans la même école. Le matin du 8 juin 1942, ils se sont attendus pour y arriver ensemble. Une étoile jaune était cousue sur le côté gauche de leur poitrine. Quelques semaines plus tard, Beck fut arrêté avec ses parents. Parce qu’on ne parla plus de lui, Beck ne manqua à personne. Et on oublia sa voix et son visage. en 1952, Berg devient éducateur dans une maison d’enfants de déportés « avec la tâche insurmontable de leur apporter une consolation » et où pourtant parce qu’il y a le jazz et les Marx Brothers, la bicyclette et les cerfs-volants, il y aura aussi des instants de joie, des moments de vie volés. Et c’est dans ce lieu que Berg retraverse toutes ces années qui l’ont séparé de Beck. De Beck trop tôt, trop vite en allé. Il lui écrit alors des lettres qui, bien sûr, ne sont pas faites pour être lues, mais pour « garder intacts nos onze ans puisque c’est l’âge que tu as gardé » et « que ce n’est pas parce que tu ne répondras pas que l’histoire va devoir se passer de toi ».

Robert Bober a été distingué par le Grand prix (1991) de la Société civile des auteurs multimédia (SCAM) pour l’ensemble de son œuvre.
Film-essai
« Vienne avant la nuit » (Wien vor der Nacht), est un film réalisé par Robert Bober. Auteur de plus de cent films, « l’écrivain et réalisateur Robert Bober arpente Vienne sur les traces de son arrière-grand-père juif. Une émouvante quête identitaire doublée d’un portrait, nourri de littérature, de la métropole autrichienne avant le nazisme ».
Robert Bober « n’a pas connu son arrière-grand-père maternel, mort en 1929, deux ans avant sa naissance ».
« Ce lointain aïeul, ferblantier dont il a conservé deux somptueux chandeliers, n’a pourtant cessé d’éveiller en lui le besoin d’éclairer ses origines, de remonter le fil d’une transmission nimbée de flou ».
Étayée de photographies familiales, cette « (en)quête identitaire a conduit le réalisateur à Vienne, sur les traces de son ancêtre ». Robert Bober en a tiré un documentaire sorti en France en 2017 et un livre publié par les éditions P.O.L.
Né en 1853, Wolf Leib Fränkel a quitté son shtetl polonais la cinquantaine venue, à la poursuite du rêve américain ».
En 1904, « refoulé à Ellis Island, il a posé ses valises dans Leopoldstadt, le quartier juif de la capitale autrichienne, à son retour d’exil avorté ».
« De la grande roue du Prater à la Heldenplatz, où Hitler proclama l’Anschluss en mars 1938, du fameux Café Central aux allées du Zentralfriedhof, le cimetière déserté où repose le patriarche, sous les herbes folles et le regard des biches, ce voyage dans le temps ravive les écrits et les destinées des grands auteurs juifs viennois – de naissance ou de passage – du début du XXe siècle : Stefan Zweig, Arthur Schnitzler, Joseph Roth… »
La « littérature, l’histoire et l’imaginaire viennent ainsi combler les brèches d’une mémoire fragmentaire, pour dessiner le double portrait mélancolique de cet arrière-grand-père – dont la vie défile, en gravures, par la fenêtre d’un train inspiré de l’adaptation par Max Ophüls de Lettre d’une inconnue de Zweig – et de la Vienne trépidante de la Belle Époque, avant que les ténèbres nazies n’engloutissent son cosmopolitisme. Et, avec lui, la majorité des visages réunis autour de Wolf Leib Fränkel sur la photo de famille prise à l’occasion de ses 75 ans ».
Le Festival international du film d’histoire à Pessac a projeté le 23 novembre 2018 à 19 h 30.

CITATIONS DE ROBERT BOBER
« Les larmes, c’est le seul stock qui ne s’épuise jamais. » (Quoi de neuf sur la guerre ?, P.O.L)
« Le passé, ce passé-là surtout, a besoin de notre mémoire et les morts de notre fidélité. »
« Venu de Pologne et arrivé à Ellis Island le 8 juin 1904, Wolf Leib Fränkel, mon arrière-grand-père fut refoulé en raison d’un trachome. Retraversant la vieille Europe, il décida de s’arrêter à Vienne, en Autriche, où il reprit sa profession de ferblantier. C’est là qu’il mourra. En 1929. Né deux ans après, je ne l’ai donc pas connu. Pourtant, j’ai le sentiment que quelque chose de lui m’a été transmis. Il fut l’exact contemporain de Stefan Zweig, d’Arthur Schnitzler, de Joseph Roth, de Franz Werfel, de Sigmund Freud, ces auteurs qu’il m’a semblé en les lisant retrouver quelque chose de ce qui me relie à ma propre histoire et qui, comme mon arrière-grand-père, allaient m’accompagner dans la recherche et l’affirmation de mon identité ».
« Au commencement, il y avait Wolf Leib Fränkel, mon arrière-grand-père.
Après, sont venus Max Ophuls et Martin Buber.
Et Joseph Roth, Arthur Schnitzler, Stefan Zweig, Franz Kafka, d’autres encore.
Bien plus tard, Georges Perec, Thomas Bernhard, Paul Celan.
Entre-temps, il y a eu la montée du national-socialisme.
Avant, bien avant, Menahem-Mendel de Kotzk disait que ne manquer de rien était la pire des malédictions.
Mais lorsque le monde s’obscurcit, pensait Wolf Leib Fränkel, est-ce mieux ? »
« Vienne avant la nuit » par Robert Bober 
Allemagne, France, Autriche, Les Films du Poisson, avec le soutien de la Fondation pour la Mémoire de la Shoah, 2016, 1 h 20
Sur Arte les 17 avril 2018 à 0 h 25, 26 avril 2018 à 2 h 35,  2 février 2021 à 02 h 15
Au Festival international du film d’histoire à Pessac le 23 novembre 2018 à 19 h 30
Les citations sont d’Arte. Cet article a été publié le 15 avril 2018, puis le 24 novembre 2018.

[Source : http://www.veroniquechemla.info]

La Fundación Banco Santander publica ‘De mujer a mujer’, una antología que reúne varias cartas que mujeres exiliadas como Maruja Mallo, Zenobia Camprubí, Ana María Sagi o María Zambrano enviaron a la Nobel. Un ejercicio de indagación filológica y un firme compromiso con la memoria histórica de nuestra tierra

Gabriela Mistral

Escrito por BEGOÑA MÉNDEZ

De mujer a mujer es uno de esos libros que se filtra lento y que no hace ruido porque está hecho con los materiales más íntimos de las historias pequeñas: palabras de mujeres susurradas apenas. Palabras que coinciden en decir la experiencia del destierro y las heridas de guerra. Epístolas de la vida cotidiana que al ser reunidas y excelentemente editadas revelan su magnífica importancia. Porque De mujer a mujer no es solo un precioso ejercicio de indagación filológica. Esta recopilación de escrituras personales, recogidas en el nuevo volumen de la colección Cuadernos de Obra Fundamental de la Fundación Banco Santander, supone también un firme compromiso con la memoria histórica de nuestra tierra.

Y digo tierra sin equivocarme. Porque es cierto que estos escritos fueron perpetrados en el interior solitario de alguna casa prestada, pero cruzaron Europa y el océano Atlántico. México y Colombia, Chile y Puerto Rico, Cuba, Estados Unidos, Francia o Italia fueron los lugares desde los que estas intelectuales republicanas intentaron remedar sus antiguos hogares y compartir sus preocupaciones. Y tal vez porque, como escribiera Mistral “no hay novelista capaz de contar lo que está pasando en el mundo”, estas cartas austeras son un testimonio exacto para comprender de qué modo la Guerra Civil (y de rebote, la II Guerra Mundial) convirtió en un secarral desamparado la cultura de este país y precarizó las vidas, siempre provisorias, de quienes la habían cultivado.

Las cartas configuran una geografía del desgarro en la que el Atlántico no es una frontera infranqueable sino una vía que une. Y digo esto con franca envidia, impresionada por las conexiones fértiles y los intercambios constantes entre Europa y América, pero también, y esto me parece necesario recordarlo, lazos fecundos y amistades hermosas entre escritores que escribieron en su lengua catalana y escritores que lo hicieron en su lengua castellana. Por eso Gabriela Mistral (1889-1957), piedra angular de tantas vidas en el exilio, ayudó del mismo modo al poeta Josep Carner a huir de España que al hijo de la diplomática Teresa Díez-Canedo a escapar de Francia. Los versos de Mistral fueron igualmente queridos por María Zambrano o Zenobia Camprubí que por Francesca Prat i Barri o Ana María Sagi quien, en 1946, le pidió una colaboración para la revista Per Catalunya, una publicación que había nacido en Niza en 1945. Estas autoras, junto a María Enciso, Margarita Nelken, Victoria KentMaruja Mallo y María de Unamuno configuran la nómina de las intelectuales convocadas en De mujer a mujer.

Sus manuscritos, en su mayor parte exhumados de la Biblioteca Nacional de Chile, documentan sus luchas por sostener sus vidas acomodadas, en ocasiones muy venidas a menos; atestiguan vagabundeos por los mapas del exilio en busca de universidades donde enseñar, revistas con las que colaborar, editoriales donde publicar, casas en las que habitar. Y siempre, la poeta, diplomática y Premio Nobel Gabriela Mistral el centro del tapiz. Tejedoras todas ellas de una red invisible de apoyos y de acompañamiento. Porque en un ambiente inestable y tomado por el espíritu bélico, ellas optaron por socorrerse en lo mundano y por compartir sus lutos. Estas cartas sencillas están cargadas de afectos muy hondos. Notas y postales modestas que otorgan a la expresión “lo privado es político” toda su fuerza: en el intercambio epistolar con Gabriela Mistral, estas mujeres encontraron el encaje perfecto entre la expresión dolida de sus desarraigos y la denuncia política; entre el lamento por la pérdida y la firme voluntad de construir puentes entre los exiliados.

Los duelos de estas mujeres son heridas abiertas en los cuerpos y en la patria. Voy a confesarles algo: abomino de la noción de patria o, mejor, repudio todas las violencias ejercidas en su nombre. Pero aquí está usada de un modo conmovedor y que, con toda probabilidad, constituye su sentido más verdadero. Si el escritor chileno Roberto Bolaño afirmó que su patria eran sus hijos y su biblioteca, para estas autoras, intensamente politizadas y cultivadas, la patria no fue nunca un lugar funesto donde gestar odios o cultivar enemistades. Muy al contrario, fue el nombre que le dieron a su vocación de justicia y fue el nombre que le dieron al amor que derramaron sobre las tierras y las gentes que las acogieron.

Carta de Gabriela Mistral a Margarita Nelken. Foto: Archivo Histórico Nacional

Patria fueron las ciudades y los países donde vivieron, los colegios en los que enseñaron, las escuelas que fundaron, los textos que tradujeron, los poemas que publicaron, los libros que se regalaron. De algún modo siento que no hubo para ellas más patria que las palabras escritas y la necesidad de dar amor y de recibir cariño: “Me paso las horas metida en mi cuarto en compañía de mis libros, pero estos no bastan, hacen falta personas de carne y hueso con quienes comunicarse, aunque sea para reñir algunas veces”, escribió María de Unamuno. Corría el año 1956. Gabriela Mistral, con la vista muy deteriorada y el corazón muy frágil, moriría en Nueva York un año más tarde.

Como espejos de un caleidoscopio, las epístolas figuran otras formas de acercarnos a nuestra historia: de la estricta dieta que Zenobia le preparaba a un Juan Ramón Jiménez cada vez más deprimido, al dolor indecible de Margarita Nelken por su hijo muerto en el frente a los 22 años, pasando por la convicción de María Zambrano de que España es “nuestra hoguera”, estos registros de vida revelan que la Guerra Civil no fue solo un acontecimiento político, sino también un terrible suceso interior que afectó muy hondo en las almas de quienes la sufrieron.

Termino con una instantánea, que en realidad son dos. Una imagen que se desdobla y se abre para recordar cómo cristaliza la historia en los cuerpos que la viven. Petrópolis. 1942. Stefan Zweig se suicida junto a su esposa Lotte, abrumados por el avance del nazismo. Petrópolis. 1943. Yin Yin, el sobrino predilecto de Mistral muere. “Me lo suicidaron”, le escribió a su amiga Margarita Nelken. Tres palabras que sirven para comprender por qué De mujer a mujer es un libro importante. Y es que todo discurso íntimo lleva consigo las marcas que la historia inscribe en las vidas particulares. Estas cartas ponen de manifiesto que es imposible desvincular una experiencia interior de su tiempo histórico y que nada de lo que ocurre a nuestro alrededor debería resultarnos ajeno. También nos recuerdan la necesidad de tramar redes de palabras y de afectos para estar menos solos y soportar mejor el mundo.

 

[Fuente: http://www.elcultural.com]

A « A propòsit de Hannah Arendt » trobem l’anàlisi d’Anna Masó sobre Arendt i la qüestió jueva

Hannah Arendt

Escrit per Joan Burdeus

Hannah Arendt no li va agradar El món d’ahir, la popularíssima autobiografia de l’escriptor Stefan Zweig. El desacord emana de la qüestió jueva: Zweig va ser un jueu benestant que va aprofitar la fortuna per abandonar l’empresa familiar i dedicar-se a la intel·lectualitat apolítica des de la torre d’ivori. Zweig insistia a definir-se com “un austríac més” o un cosmopolita, explícitament desinteressat per la seva condició de jueu, i va esmerçar les forces dels seus escrits a lamentar la pèrdua de la dignitat i l’honor quan el món burgès que l’havia agombolat es va esmicolar amb l’auge del totalitarisme. Arendt va dedicar bona part de la seva obra a criticar aquesta tendència del poble jueu a l’autoexclusió: sigui en la subordinació del gueto o en l’evasió de l’elit, segons Arendt, calia desvetllar els jueus que es dissociaven de la implicació amb el poder polític i les injustícies econòmiques del món que els envoltava. En aquesta lluita per drets concrets, Arendt va arribar a la conclusió que el risc més gran era oblidar la identitat i la història pròpies o, dit amb el tancament el seu comentari sobre Zweig, “Si t’ataquen com a jueu, has de respondre com a jueu”.

Aquesta idea es descabdella a A propòsit de Hannah Arendt (Edicions de la Universitat de Barcelona), un recull d’assajos d’Anna Masó Monclús (1948-2020), doctora en Filosofia i professora d’ensenyament secundari pionera al nostre país en la investigació sobre la figura d’Arendt quan la pensadora jueva encara no gaudia del reconeixement que ha assolit avui. Això que podria ser un punt feble acaba sent el més fort perquè el llibre, que serveix d’homenatge a la trajectòria de la filòsofa catalana traspassada enguany, es desempallega dels encorsetaments arendtians que han emergit amb l’estudi més sistemàtic de l’acadèmia actual i ens ofereix la lectura més primerenca, personal i intuïtiva de Masó. Potser per això, encara que mai es mencionin explícitament al text, és impossible llegir-lo sense fer associacions entre l’estudi d’Arendt sobre la qüestió jueva i el compromís de Masó en la lluita pel feminisme i els drets nacionals. El text de Masó converteix Arendt en una caixa d’eines d’utilitat immediata.

Però quina és “la qüestió jueva”? Amb la propagació dels principis de la Il·lustració i la Revolució Francesa que propugnaven la separació entre religió i política, molts jueus arreu d’Europa van guanyar llibertats polítiques que els convertien en ciutadans de ple dret davant la llei. Però com ens va ensenyar un jueu com Kafka, una cosa és el l’aparell jurídic i l’altra és la realitat, o sigui que l’antisemitisme no va desaparèixer, sinó que es va transformar. A diferència del vell odi entre comunitats aïllades, l’antisemitisme modern neix de les tensions entre jueus i gentils vivint cada cop més junts. Karl Marx va ser un dels primers pensadors a confrontar el malestar: segons el filòsof, era evident que la llibertat jurídica no va eliminar la coerció en els espais semiprivats de la societat civil, en els quals, de fet, l’odi als jueus es va intensificar. Evidentment, per al pare del comunisme, el problema era el conflicte de classes amagat sota la falsa llibertat de la societat capitalista, i les tensions no desapareixerien fins que no desapareixés l’opressió econòmica inherent a l’estat, de la qual l’antisemistisme era una fugida convenient per desviar l’atenció sobre la veritable causa material. En un altre sentit, sionistes com ara Theodor Herzl defensaven en el mateix segle XIX que l’única manera d’assolir la llibertat era amb la creació d’un estat jueu independent. Com bé sabem, el nazisme es van construir sobre una altra “solució” a la qüestió jueva.

Arendt va beure molt de l’anàlisi de Marx però, malgrat compartir l’ideal de justícia del marxisme, mai va acceptar la seva expressió més doctrinària, com una ciència capaç d’explicar adequadament tots els conflictes socials i polítics de la història de la humanitat des del reduccionisme econòmic. Per Arendt, és essencial preservar la tensió permanent i concreta de la vida política d’interpretacions massa materialistes o massa idealistes. Masó ho resumeix molt bé quan diu que l’opinió d’Arendt, expressada en termes generals, és que “qualsevol ésser humà o qualsevol poble que d’una manera o d’una altra nega la seva realitat o la seva història i es retira d’ella de forma permanent per construir el seu propi món o buscar-ne un de millor a qualsevol altra part, sempre corre el greu risc d’engendrar monstres”. Contra l’apoliticisme cosmopolita de Zweig però sense caure en l’utopisme marxista, Arendt va defensar l’honor del pària: “el jueu emancipat ha de despertar-se a la presa de consciència de la seva posició i, conscient d’ella, s’ha de convertir en un rebel contra ella, el defensor d’un poble oprimit. La seva lluita per la llibertat forma part del que tots els oprimits d’Europa han de lliurar per aconseguir l’alliberament nacional i social”.

 

[Font: http://www.nuvol.com]

Sergio Nudelstejer, notable ensayista y crítico literario | Diario Judío  México

Sergio Nudelstejer Befeler fue un ensayista y crítico literario, estudioso de la vasta obra de Isaac Bashevis Singer y galardonado con diversos premios por sus libros dedicados a Franz Kafka, Jorge Luis Borges, Albert Einstein, Elias Canetti y Stefan Zweig.

Nacido en Varsovia, Polonia, el 24 de febrero de 1924, llegó a México a los tres años de edad y obtuvo la nacionalidad mexicana en 1952. Fue galardonado en 1991 con el Premio Nacional de Periodismo Cultural.

El último libro de Nudelstejer, miembro honorario del Seminario de Cultura Mexicana, se titula Narrativa latinoamericana: una selección contemporánea, en el que Aglaé Margali lo define como «un ciudadano del mundo, poseedor de una vasta cultura donde se entremezclan voces de distintas latitudes, ya que su origen polaco y mexicano, universal, quizá su sello más particular, sea precisamente, esa identidad pluricultural, cuyo sincretismo desemboca en una percepción humanista que potencia su visión lúcida del mundo contemporáneo».

La labor periodística de Nudelstejer abarcó más de 50 años, en los que mostró especial interés por la divulgación de la cultura, los valores humanos y la literatura, mediante la biografía, las antologías de textos y la crítica literaria.

No solo se abocó a autores conocidos en México, como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar o Gabriel García Márquez, también escribió sobre escritores poco divulgados o difícilmente accesibles por la carencia de traducciones, como en su momento lo hiciera con Milan Kundera, Naguib Mahfouz, Kenzaburo Oé o Susanna Tamaro.

Entre las obras de Nudelstejer Befeler figuran Los espías de Dios, en la cual reúne 30 ensayos sobre novelistas, casi todos extranjeros. Las voces perdurables, libro dedicado a los escritores latinoamericanos, como Jorge Amado, Clarice Lispector y João Guimaraes Rosa.

Sergio Nudelstejer tradujo y editó obras de importantes autores de la cultura y la literatura judías, como son los casos de Martin Buber e Isaac León Péretz. Asimismo, desarrolló una relevante labor en defensa de los derechos humanos.

Sergio Nudelstejer falleció en México el 28 de enero de 2010 a la edad de 86 años.

[Fuente: http://www.diariojudio.com]

Caminar puede servir para llegar al lugar deseado, pero también, ejercicio que cada vez se está abandonando más, para reconocernos en el espacio que habitamos, para pensar.

Madrid Arturo Soria
Escrito por Carlos Madrid

En el libro Alicia en el País de las Maravillas hay un momento en el que el Gato de Cheshire le da un consejo a Alicia para poder salir de la madriguera: “Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente”. Un consejo que podemos recoger los sobrevivientes de este siglo XXI y retorcerlo hasta sacarle nuevos significados. Porque caminar puede servir para llegar al lugar deseado, pero también, ejercicio que cada vez se está abandonando más, para reconocernos en el espacio que habitamos, para pensar.

Bajo esta segunda concepción, son múltiples los pensadores y las pensadoras que le han dedicado horas. Tanto para ejercerlo como para reflexionar sobre su papel en nuestro día a día. Y es que, como dice el filósofo y escritor Santiago Alba Rico, “hasta hace algunas décadas andar era lo normal; hoy es una prescripción médica o una disciplina saludable”. Por ello, en sus artículos en diferentes medios y en alguno de sus libros, como Ser o no ser (Un cuerpo) (Seix Barral, 2017), el pensador ha dedicado muchas palabras a mostrar las cualidades de este arte.

“Andar, como defiende Rebecca Solnit, es importante como reivindicación del sujeto que tiene derecho a estar en el espacio público. Que la calle no es una concesión, sino que nos pertenece”, argumenta Anna María Iglesia

Una forma de interactuar con lo que nos rodea que también comparte la periodista Anna María Iglesia, quien realizó su tesis doctoral sobre paseantes y publicó el año pasado La revolución de las flâneuses (WunderKammer). Para ella, la importancia de caminar reside en la ocupación del espacio público, en mostrarse a la sociedad. “Para mí, el andar, como defiende Rebecca Solnit, es importante como reivindicación del sujeto que tiene derecho a estar en el espacio público. Que la calle no es una concesión, sino que nos pertenece”, argumenta.

Anna María Iglesia estuvo cinco años escribiendo una tesis sobre paseantes, dejando el género femenino de lado. Entonces, llegó un momento en el que se preguntó dónde estaban las mujeres que también habían ocupado la calle esos años. Y remendó el olvido con el libro. “Hay que preguntarse dónde está la mujer en el espacio público, por qué no se le permite estar en la calle, por qué se entiende que una mujer de la calle es una prostituta. Esta última asociación ya tiene connotaciones de que la mujer no debería estar en la calle y menos a determinadas horas. Rescatar a estas mujeres implica poner en valor la lucha de la mujer para autolegitimarse en el espacio público”, defiende.

Cuando el espacio-tiempo se alinea con el pensamiento

Porque caminar, muy contrario a la percepción que tenemos hoy en día, sirve en gran medida para pensar. Se trata de un momento en el que el espacio-tiempo se alinea con el pensamiento, con una mirada que observa. “Pensar y mirar son actividades milagrosas, indispensables para la supervivencia humana. Pensar y mirar, sobre todo, son experiencias cada vez más excepcionales. Para eso, como dice Stevenson, hay que pasear sin prisas y en libertad, sin la disciplina de un rumbo fijo, pasando del interior al exterior, de la meditación al mundo”, apunta Alba Rico. En definitiva, pasear como un medio de apertura hacia el exterior.

Por su parte, Anna María Iglesia se alinea con la idea de caminar de Rousseau, que decía que para él pensar implicaba salir a pasear: “Hay toda una corriente literaria y filosófica que sigue esta línea, que entiende el caminar como una forma de pensar, de bajar el ritmo, de abstraerse de una determinada ocupación. el caminar tiene un punto de ocioso, no es productivo. Además, se trata de un acto que abandona toda la lógica productiva en la que estamos todos inmersos para ser útiles”.

Un estado al que llegamos cuando rebajamos la velocidad de nuestros cuerpos, y por lo tanto, de nuestros cerebros. Algo que no es posible bajo la velocidad de nuestras máquinas, como decía Zweig en el siglo pasado. “No caminamos a la velocidad de un cuerpo; ni pensamos a la velocidad de un cerebro. Eso implica que dejemos a un lado todas las experiencias indisociables de esas velocidades antropométricas: las ceremonias, el cortejo amoroso, la compra en pequeños comercios, en general las esperas, incluida, por ejemplo, la de la maternidad, cada vez más incompatible con los ritmos productivos y los flujos de imágenes de las nuevas tecnologías”, sostiene el filósofo.

“La velocidad es el sujeto que preside nuestras vidas, convertidas ahora en un medio y, a veces, en un obstáculo para la velocidad”, afirma Santiago Alba Rico

Unos ritmos vitales que Alba Rico cree que nos han atropellado y que han hecho que la velocidad haya dejado de ser un medio, para transformarse en un sujeto. “La velocidad es el sujeto que preside nuestras vidas, convertidas ahora en un medio y, a veces, en un obstáculo para la velocidad. La velocidad acelera nuestros cuerpos y, si no podemos ir al ritmo que ella impone, nos deja atrás o prescinde de nosotros. El cuerpo mismo es una antigualla que se interpone en nuestro camino”, finaliza.

De esta forma, esa velocidad fijada en nuestro día a día por el capitalismo, es la que nos ha prohibido cosas tan sencillas como el aburrimiento, la atención, la espera. También el caminar, olvidado por tratarse de un acto que no es productivo y, por lo tanto, inútil según las lógicas capitalistas. “Nuestro tiempo se ha enfocado para ser productivo o consumista. El tiempo del ocio, entendido como un tiempo para salir de las lógicas de mercado, se ha reducido al mínimo. El filósofo coreano Byung-Chul Han dice algo así: que hemos pasado de la época en la que nos imponían un cierto trabajo, a nosotros que nos imponemos una producción. Esto hace que en la sociedad en la que estamos, el tiempo para lo inútil haya desaparecido por completo”, defiende Anna María Iglesia.

Recuperar el caminar

Entonces, ¿no hay forma de recuperar el caminar? “Ahora lo veo difícil, pero estamos encerrados en el capitalismo en unas lógicas de producción que son difíciles de romper. Tenemos que ser conscientes en cada momento de todo lo que nos rodea y de cómo nos afecta. De todo lo que consumimos, y no me refiero solo al comprar, sino también a los discursos, mensajes, lugares, de todo lo que nos imponen. Cuando tomemos conciencia de todo eso, podremos cambiar”, explica la periodista.

El filósofo y escritor, por su parte, opina que hemos perdido la experiencia, que ahora se ha convertido en un sabotaje premeditado de la máquina de la velocidad. Un hecho que se ha consumado porque “el que pasea, si se quiere, pasea fuera de los circuitos de la funcionalidad capitalista. Para pasear hace falta tiempo, que no tenemos; ganas, confiscadas por el entretenimiento industrial; y un espacio favorable en un universo tomado por los coches”.

Sin embargo, sí que deja una puerta para la esperanza: esto es, ejerciendo el paseo. Aunque tiene que conllevar una serie de cambios. “Lo que implica como condición la transformación de nuestra economía y nuestra sociedad. Y ese es un paseo largo y difícil. Entre tanto, podemos intentar a ratos apearnos del cuerpo abstracto general velocísimo y regresar al antiguo y original, al individual, que es el que garantiza los vínculos: con el mundo y con los otros cuerpos”. Y finaliza: “Que suelen ser un coñazo, pero sin los cuales no hay aprendizaje ni placer ni profundidad ni futuro”.

Num tempo irrefletido, percorrer as ruas sem pressa ou objetivo utilitário é resistência real. Nega o produzir sem cessar. Reivindica a cidade-espaço público. E reintroduz o pensar-olhar; o abrir-se ao mundo sem a mediação dos mercados

Escrito por Carlos Madrid

No livro Alice no País das Maravilhas, há um momento em que o Gato Risonho dá um conselho a Alice para poder sair da toca: “Sempre chegarás a alguma parte se caminhas o suficiente”. É uma frase podemos, os sobreviventes deste século XXI, recolher e retorcer, até tirar dela novos significados. Porque caminhar pode servir para chegar ao lugar desejado, mas também – exercícios que se abandona cada vez mais – para nos reconhecer no espaço que habitamos. Para pensar.

Sob esta segunda concepção, são muitos os pensadores que dedicam horas a tal ato. Tanto para exercê-lo quanto para refletir sobre seu papel em nosso dia a dia. É que, como diz o filósofo e escritor Santiago Alba Rico, “até há algumas décadas, andar era o normal; hoje, é uma prescrição médica ou um ato de disciplina saudável”. Por isso, em seus artigos em diferentes publicações e em alguns de seus livros, como Ser o no ser (Un cuerpo)o pensador dedicou muitas palavras a descrever a qualidade desta arte.

Esta forma de interagir com o que nos rodeia é compartilhada pela jornalista Anna Maria Iglesia. Sua tese de doutoramento, publicada no ano passado, trata dos praticantes de passeios e chama-se La revolución de las “flâneuses”. Para a autora, a importância de caminhar reside na ocupação do espaço público, em mostrar-se para a sociedade. “Para mim, o andar, como defende Rebecca Solnit, é importante como reivindicação do sujeito que tem direito a estar no espaço público. Significa que a rua rua não é uma concessão, mas nos pertence”, argumenta.

Anna Maria Iglesia passou cinco anos escrevendo uma tese sobre os que passeiam, deixando o gênero feminino de lado. Então, chegou um momento que se perguntou onde estavam as mulheres que também ocuparam as ruas nos últimos anos. Reparou o esquecimento com o livro. “É preciso que nos perguntemos onde está a mulher no espaço público; por que não se permite estar na rua/ por que se entende que uma mulher da rua é uma prostituta. Esta última associação já tem conotações de que a mulher não deveria estar na rua, menos ainda a certas horas. Resgatar estas mulheres implica valorizar a luta da mulher para autolegitimar-se no espaço público”, argumenta.

Quando o espaço-tempo alinha-se com o pensamento

Porque caminhar, muito ao contrário à percepção que temos hoje, serve em grande medida para pensar. Trata-se de um momento em que o espaço-tempo alinha-se com o pensamento, com um olhar que observa. “Pensar e olhar são atividades milagrosas, indispensáveis para a sobrevivência humana. Pensar e olhar, sobretudo, são experiências cada vez mais excepcionais. Por isso, como diz Stevenson, é preciso passear sem pressa e em liberdade, sem a disciplina de um rumo fixo, passando do interior ao exterior, da meditação ao mundo”, aponta Alba Rico. Em definitivo, passear como um modo de abertura ao externo.

De sua parte, Anna Maria Iglesia alinha-se com a ideia de caminhar de Roussou, que dizia que para si pensar implicava sair a um passeio. “Há toda uma corrente literária e filosófica que segue esta linha, que entende o caminhar como forma de pensar, de baixar o ritmo, de abstrair-se de uma determinada ocupação. O caminhar tem algo de ocioso, não é produtivo. Trata-se de um ato que abandona a lógica produtiva em que estamos todos imersos para ser úteis”.

É, portanto, um estado a que chegamos quando reduzimos a velocidade de nossos corpos e, portanto, de nossos cérebros. Algo que não é possível na velocidade de nossas máquinas, como dizia Stefan Zweig no século passado. “Não caminhamos na velocidade de um corpo; nem pensamos na velocidade de um cérebro. Isso implica que deixemos de lado todas as experiências indissociáveis destas velocidades antropométricas: as cerimônias, o cortejo amoroso, a compra em pequenos comércios, as esperas em geral, incluída, por exemplo, a da maternidade, cada vez mais incompatível com os ritmos produtivos e os fluxos de imagens das novas tecnologias”, afirmou o filósofo.

Os novos ritmos vitais, crê Alba Rico, nos atropelaram e fizeram com que a velocidade deixasse de ser um meio, para se transformar em sujeito. “A velocidade é o sujeito que preside nossas vidas, convertidas agora em meio e, às vezes, em obstáculos para a velocidade. A velocidade acelera nossos corpos e, se não podemos ir ao ritmo que ela impõe, nos deixa para trás ou prescinde de nós. O próprio corpo torna-se uma velharia que se interpõe em nosso caminho”, finaliza.

Desta forma, a velocidade fixada em nosso dia a dia pelo capitalismo é a que nos proibiu coisas tão simples como o aborrecimento, a atenção, a espera. Também o caminhar é esquecido por se tratar de um ato não produtivo – e, portanto, inútil, segundo as lógicas capitalistas. “Nosso tempo está voltado para sermos produtivos ou consumistas. O tempo do ócio, entendido como um tempo para sair das lógicas do mercado, reduziu-se ao mínimo. O filósofo coreano Byung-Chul Han diz algo assim: passamos da época em que nos impunham um certo trabalho: somos nós agora que nos impomos uma produção. Isso faz que na sociedade em que estamos o tempo para o inútil tenha desaparecido por completo”, defende Anna Maria Iglesia.

Recuperar o caminhar

Se é assim, não há meios de recuperar o caminhar? “Agora vejo que é difícil, mas estamos aprisionados, no capitalismo, em lógicas de produção difíceis de romper. Precisamos ser conscientes, em cada momento, de tudo o que nos rodeia e de como nos afeta. De tudo o que consumimos – e não me refiro apenas a comprar, mas também aos discursos, mensagens, lugares, de tudo o que nos impõem. Quando tomarmos consciência de tudo isso, poderemos mudar”, julga a jornalista.

Já Alba Rico opina que perdemos a experiência, agora convertida numa sabotagem premeditada da máquina da velocidade. Algo que se consumou porque “o que passeia, se o deseja, passeia fora dos circuitos da funcionalidade capitalista. Para passear é preciso tempo, que não temos; vontades, confiscadas pelo entretenimento industrial; e um espaço favorável, num universo tomado pelos automóveis.

Ainda assim, há uma fresta para a esperança. Ela está em exercer o passeio – o que leva a uma série de mudanças. “Elas exigem, como condição, que nossa sociedade e nossa economia se transformem. E este é um passeio longo e difícil. Enquanto isso, podemos tentar, às vezes, abandonar o corpo abstrato geral velocíssimo e regressar ao antigo, original e singular – o que garante os vínculos: com o mundo e com outros corpos”. O filósofo finaliza: “Que podem às vezes ser insuportáveis, mas sem os quais não há aprendizagem, nem prazer em profundidade, futuro”.

 

[Imagem: Cristiano Mascaro – fonte: http://www.outraspalavras.net]

Les Editions Bartillat publient des textes inédits en français de l’écrivain autrichien, hanté par la dérive de son continent dans l’entre-deux-guerres. Depuis son exil outre-Atlantique, il ose encore croire à la mesure face au bruit et à la fureur

Stefan Zweig au travail sur un manuscrit, vers 1930.

Écrit par Samuel Brussell

Les réflexions de Stefan Zweig recueillies dans ce livre sur son époque – le monde de l’entre-deux-guerres –, sur la situation de l’Europe, sur le sens de la politique sont – hélas! – d’une actualité criante: l’incertitude et la fragilité d’un monde qui fait peu de cas de la tradition humaniste suscitent l’angoisse chez les pauvres mortels. Zweig convainc son lecteur par la force du doute qui l’habite, à la différence des «combattants militants» qui, s’ils peuvent avoir parfois une part de raison, assomment vite par l’emphase de leurs discours. Il est plus proche d’un Joseph Roth, reporter poète, que d’un Egon Erwin Kisch – «reporter enragé».

La solidité de sa pensée tient à l’équilibre de son scepticisme. Et c’est dans des pages aussi variées que celles sur Marie Stuart ou sur Erasme, comme le note Jacques Le Rider, à qui l’on doit cette lumineuse traduction, que transparaît l’esprit de Stefan Zweig. «De tout temps, la politique a été la science de l’absurdité […] opposée aux solutions simples, naturelles et raisonnables», écrit Zweig dans son Marie Stuart. Il y a chez l’Autrichien une méfiance, voire un dégoût caractérisés à l’égard de la politique.

L’apolitisme, un idéal

Dans l’un de ses articles, publié à l’occasion du vingtième anniversaire de la révolution russe, Le Verdict de l’Histoire, n’écrit-il pas: «Je suis convaincu que l’histoire, dans cent ans et peut-être dans cinquante ans déjà, une fois que les rideaux de fumée de la propagande et de la contre-propagande se seront dissipés et qu’une perspective complètement apolitique sera rendue à nouveau possible…»

On pressent que l’apolitisme est chez lui un idéal afin de garder raison. Ce n’est pas un hasard si l’exemple d’Erasme – l’un de ses héros – vient naturellement aux lèvres de Zweig dans son entretien avec André Rousseaux en 1934: «Aujourd’hui, se confie l’écrivain au journaliste de Candide, l’Europe est broyée entre le fascisme et la démocratie. Au temps d’Erasme, du fait de Luther, le protestantisme et le catholicisme mettaient en pièces l’Église, ce dernier État européen. Il n’y avait pas de choix pour l’individu. Il devait se prononcer. Mais Erasme haïssait l’exagération de part et d’autre; il détestait le fanatisme d’où qu’il vînt. Aujourd’hui, conclut-il, un homme comme Erasme, ce premier Européen, cet ami passionné de la paix, serait on ne peut plus nécessaire.» Son interlocuteur, Rousseaux, voit en lui «un Européen en détresse, mais un Européen qui n’a pas perdu la foi».

Parlant, lors d’une conférence de presse tenue en 1935 dans les bureaux de son éditeur à New York, de son projet de revue, Zweig exaspère certains journalistes américains présents en se refusant à condamner ouvertement le régime national-socialiste allemand, de crainte que ses propos pussent être interprétés contre l’Allemagne elle-même. Généreuse prudence de la part de Zweig de ne pas renoncer à son amour de la grande Allemagne qu’il a tant chérie, un amour partagé; de son refus de voir condamnée l’Allemagne tout entière.

Refus de la haine

Henry Levy, dans le Daily Jewish Bulletin, donne le ton des sentiments philosophiques de l’écrivain en citant ses propos d’alors: «Les intellectuels ne devraient pas prétendre à diriger les affaires du monde parce que c’est une trop grande responsabilité et qu’aucun intellectuel, dans l’histoire universelle, n’a jamais eu l’outillage qu’il faut à un dirigeant populaire.» Le refus de la violence et de la haine du Viennois universel se manifeste dans cette déclaration: «Je ne peux écrire que des choses positives: je suis incapable d’attaquer. Toute mon énergie poétique provient de choses positives. Je ne peux pas écrire à partir d’un sentiment de haine; mais je ne peux pas non plus écrire sans perspectives.»

L’un des textes les plus beaux, les plus émouvants, les plus éclairants sur la personnalité bienveillante de Zweig est l’hommage qu’il écrivit à la mort de son compatriote et ami, l’écrivain Joseph Roth qui, à la fin de sa vie, se convertit au catholicisme et au légitimisme par fidélité aux Habsbourg. La voix de Zweig fait ici un étrange écho à L’Autodafé de l’esprit de Roth: «Nous ne savons pas encore clairement, même à l’heure actuelle (1939), quel est le sens intime de notre tâche. Peut-être n’avons-nous, en tenant ce bastion, qu’à dissimuler au monde le fait que […] la littérature a subi à l’intérieur de l’Allemagne la plus déplorable défaite de l’histoire et qu’elle est en train de disparaître complètement de l’horizon européen. Mais peut-être […] n’avons-nous qu’à tenir ce bastion jusqu’à ce que […] le peuple allemand et sa littérature aient retrouvé la liberté, et qu’ils forment à nouveau une unité créatrice au service de l’esprit.»

C’est une voix implorant la sagesse et la mesure que l’on entend, une voix qui donne la parole à tous les témoins raisonnables de l’histoire. Et peu importe ses faiblesses ou ses erreurs occasionnelles: elles valident l’honnêteté d’un écrivain dont la parole nous est aujourd’hui infiniment proche.


Stefan Zweig

L’Esprit européen en exil. Essais, discours, entretiens, 1933-1942
Édition établie par Jacques Le Rider et Clemens Renoldner
Traduction de l’allemand par Jacques Le Rider
Bartillat, 416 p.

 

 

 

[Photo : Three Lions/Hulton Archive/Getty Images – source : http://www.letemps.ch]

Viena Edicions publica ‘L’amor d’Erika Ewald’, una novel·la curta de Stefan Zweig.

Stefan Zweig

Escrit per Teresa Costa-Gramunt

En la novel·la curta L’amor d’Erika Ewald, d’Stefan Zweig (Viena, 1881 – Petròpolis, Brasil, 1942) en la traducció de Clara Formosa i publicada en la col·lecció Petits Plaers de Viena, hi trobem totes les qualitats de la narrativa d’Zweig, el gran escriptor centreeuropeu de móns perduts, també de l’amor com un camí d’espiritualitat que alhora que estilitza els sentiments els exalta, de la mateixa manera que la merla canta al final del dia, quan es fa fosc, perquè creu que és el final.

Stefan Zweig és un mestre a l’hora de narrar la psicologia dels seus personatges, la personalitat profunda que es manifesta a través dels estats d’ànim. Zweig és també un mestre en la descripció d’aquells moments en què es tiben totes les cordes de l’ànima, com en aquesta nouvelle en la qual llegim la història de la jove Erika Ewald i la seva experiència de l’amor al qual de cap manera, i instintivament se n’aparta, no ha de tocar cap forma de barroeria que malmeti el que gairebé es diria que la noia viu com un sagrament. Tot i que, sensible i intel·ligent, s’adona dels instants de perill, i en aquesta novel·la n’hi ha uns quants i molt ben dibuixats per la ploma d’Zweig, la seva finesa espiritual li impedeix de caure-hi, i no pas perquè en alguna hora no en senti la temptació. Però, ¿com podria sobreviure torçat de mala manera en la seva ànima sensible un amor com el que ella experimenta?

Cal situar-nos a l’època descrita a L’amor d’Erika Ewald, és clar, i en l’ambient d’una determinada cultura que ha arribat a un cim de refinament. Som a la Viena de principis de segle (la novel·la va ser publicada l’any 1904) i les noies viuen en la contradicció del que senten i el que en societat poden mostrar, si bé com es desprèn del relat d’Zweig, i que d’alguna manera podem reconèixer en la nostra experiència si l’hem tingut, hi ha altres maneres, genuïnes, particulars, d’experimentar l’amor que per a l’enamorat d’Erika és únicament primari, per no dir utilitari, tot i venir d’un famós violinista que amb el seu art transporta a un altre món: el món real d’Erika, una jove pianista que sent la música, sobretot la romàntica de Chopin, com és de creure que senten aquells que són capaços de copsar la música de les esferes.

Amb art, i triant amb cura les paraules, Stefan Zweig descriu el moment del xoc, el despertar d’Erika a la realitat de l’amor que se li ofereix, tan diferent del que ella sent: «De cop i volta va ser conscient de la profunda naturalesa del dolor del seu amor, que tremolava sota el desengany, com sota els assots d’un càstig. Tot el que havia passat, ho recordaria sempre. La sensualitat de l’home assassinava el seu tendre amor de noia i les seves temences més sagrades. La felicitat, suspesa en la foscor com núvols resplendents crepusculars, s’havia fet miques, i la nit començava a créixer, negra i pesant, amb una quietud amenaçadora, desoladora, i un silenci despietat…».

Però aquest moment de mort de l’ànima passa si abans no s’estavella o cau en un precipici. Temps a venir, el record de l’amor malmès fins i tot pot ser acaronat com s’acarona les galtes d’un infant de la família, o una escultura preciosa. El deseiximent i la pau van arribant a poc a poc, «als seus pensaments no hi havia gens de rancúnia». I és que una ànima bella, com hauria escrit Goethe, no és capaç de generar mals sentiments per molt de temps.

 

 

[Font: http://www.nuvol.com]

O escritor e jornalista, falecido em julho aos 96 anos, é autor do «Dicionário amoroso do Brasil» que tira a máscara da democracia racial

Escrito por Leneide Duarte-Plon 
O Brasil de Gilles Lapouge é um país de contrastes. Cruel e cordial. Que valoriza a pele branca mas quer parecer o paraíso da miscigenação, um país sem racismo. Em 2011, o jornalista e escritor lançou, em Paris, aos 85 anos, com grande sucesso de crítica, o «Dictionnaire amoureux du Brésil», (editora Plon, 659 páginas). Bernard Pivot, um dos mais respeitados críticos franceses, não poupou elogios: «Entre os quase cinquenta dicionários amorosos, esse é o mais exótico, o mais romanesco, o mais encantador, o mais cativante, em suma, o melhor».

Os 70 verbetes são variados e surpreendentes. Vão de abelhas a Aleijadinho, passando por Jorge Amado, Claude Lévi-Strauss, pau-brasil, saudade, chuva de Belém, Proust nas favelas, peles, pecado da carne, Palmares até chegar a Verger, Pierre. Obviamente, há uma entrada «São Paulo» e outra «Capitais: Salvador, Rio e Brasília».

Lapouge observa sem « parti pris » um país fascinante. O distanciamento crítico do autor permite assertivas duras e sem condescendência. Mas isso não significa frieza, indiferença. Gilles era fascinado pelo Brasil.

Na entrevista exclusiva que fiz com o escritor, em 2011, para a revista Carta Capital, no restaurante Le Sélect, em Montparnasse, e que continuou em seu escritório-biblioteca, Lapouge fez uma declaração de amor ao Brasil, que conhecia há 60 anos:

«É um país que adoro. Claro que há coisas que detesto no Brasil, mas aqui também há e muito mais. O Brasil me deu tudo, não somente meu metier, não apenas o conhecimento do país, ele me inventou».

Antes de começar a ler a entrevista, convido o leitor a entrar em contato com o escritor premiado que também foi Gilles Lapouge, no verbete Cruauté (crueldade) que traduzi, assim como os dois outros no fim da entrevista:

Cruauté (crueldade)

«Tanto pior para Stefan Zweig e os adeptos da «cordialidade». O Brasil é um país violento. Em assassinatos, não tem rival. Ele produz mais mortes por balas, facas ou facões do que qualquer outro país. Ele mata por atacado ou a varejo e, de bom grado, por acaso. A leitura do livro de Paulo Lins, Cidade de Deus, dá náusea. (…)

O Rio de Janeiro aparece no alto desses hit-parades. O Rio assassina desde a manhã até a noite, vinte e três cadáveres em média por dia, mas as outras cidades não fazem por menos. São Paulo a iguala, muitas vezes a supera. Bahia de Todos os Santos, Campinas ou mesmo Porto Alegre matam. Em Recife, os jornalistas de polícia, enojados pela litania de sangue, colocaram no coração da cidade, na Rua Joaquim Nabuco, um pêndulo gigante que não dá a hora mas o número de assassinatos, como se o tempo, nessas cidades fosse medido não pelo movimento do cosmos ou pelas taxas do dólar ou do yuan, mas pelo dos massacres. Nas favelas, jovens com ar embrutecido passeiam com seus cães. Todos são armadas. O destino deles ziguezagueia entre a prisão, a droga e o cemitério.» (P. 187)

A seguir, a conversa com Lapouge, que foi articulista do jornal O Estado de São Paulo, em Paris, por mais de 50 anos:

LDP: Você descobriu o Brasil há 60 anos. Seu «Dictionnaire amoureux du Brésil» é muito crítico mas ao mesmo tempo justo, critica diversos aspectos do país e elogia outros. Foi difícil escolher os verbetes e decidir o tom ?

Gilles Lapouge: Para os verbetes, me guiei pela regra dos dicionários da coleção. Acho que fui o mais fiel, pois o dicionário amoroso não deve ser exaustivo, deve apresentar o que se aprecia ou não, sem regras pré-fixadas. Não fiz nenhum plano prévio, vinha ao escritório, pensava no Brasil e escrevia.

LDP: O distanciamento critico é um tanto difícil, não?

Gilles Lapouge: Sou muito crítico quanto ao problema da violência, mas mesmo o mais patriota dos brasileiros não pode negar que o Brasil é um país muito violento, às vezes. Equilibro essa crítica com um verbete sobre a cordialidade. Poderia ter feito um só e dizer «eles são cordiais mas cruéis». Preferi fazer dois artigos que são como duas peças de um díptico: é preciso ler um e outro. O brasileiro é muito cruel por muitas razões (históricas, sociológicas etc), e formidavelmente acolhedor, terno.

LDP: São dois verbetes muito justos, que revelam o fino observador. Em «cordialidade», você desmonta o mito do «homem cordial» de Sérgio Buarque de Holanda, demonstrando «porque Stefan Zweig não compreendeu nada do Brasil». O brasileiro não seria um povo esquizofrênico, entre a cordialidade e a crueldade?

Gilles Lapouge: Não sei se esquizofrênico, há uma conotação de doente na palavra, acho que não é isso. O que é terrível no Brasil, mas fascinante também, é que ele me parece, às vezes, para além do princípio de contradição, isto é, os brasileiros são capazes de ser ao mesmo tempo cruéis, felizmente não com frequência, e muito gentis. Mas mesmo as pessoas cruéis no Brasil podem ser gentis de certa forma. O que acho bastante fora do comum. Aqui na França temos os marginais, pessoas terríveis, e temos as pessoas gentis. Mas são separados. No Brasil, existe uma espécie de mistura muito especial, os contrários podem coabitar e, neste caso, especialmente.

LDP: Sobre Lévi-Strauss você diz: «O Brasil foi a chance de Lévi-Strauss, a porta de entrada de seu destino». Isso é válido para você também, não?

Gilles Lapouge: Exatamente. Meu destino foi o Brasil e não somente pelo tempo que vivo com ele, mas pelo que o Brasil me trouxe como inteligência, gentileza. É um país que adoro. Você diz que há um tom crítico no dicionário, mas é porque amo o Brasil. Penso que os brasileiros entendem isso. Claro que há coisas que detesto no Brasil, mas aqui há muito mais. O Brasil me deu tudo, não somente meu metier, não apenas o conhecimento do país, ele me inventou.

LDP: Sobre Lévi-Strauss você escreve: «Um dia ela me confessou que era polígamo, mas por causa das leis francesas, em vez de juntar todas as mulheres no mesmo momento, ele as desfiava ao longo do tempo, «como as pérolas de um colar». Você revela um Lévi-Strauss dom Juan com um colar no lugar da famosa lista?

Gilles Lapouge: Ele não tinha nenhum ar de dom Juan quando o víamos. Deve ter sido interessante quando jovem, mas não era um Dominique Strauss-Kahn na maneira de agir. Era frio, um pouco irônico. Ele se interessava pelas mulheres, teve quatro mulheres, é bastante. Sua primeira mulher era conhecida por ser bastante feminina, muito interessada pelos homens. Pelo menos foi a lembrança que ela deixou nas pessoas que fizeram a expedição de Mato Grosso. Era uma mulher que gostava de despertar interesse.

LéviStrauss não era muito simpático, mas também não era antipático. Era frio, com uma inteligência um tanto inquietante de tão perfeita. Era mais inteligente que sensível. Tinha um discurso bem organizado. Ouvia uma pergunta, qualquer que fosse, refletia alguns segundos e a resposta caía como uma guilhotina, implacável, perfeita. Não havia erro, ele não tinha dúvidas também. Ele sabia.

LDP: Você escreve: «Amei muito tempo o Brasil e ainda o amo… Ele dizia que era o paraíso mas era um paraíso estranho, formado com injustiças, miséria e sombras». Para um francês de esquerda, as desigualdades são a coisa mais chocante no Brasil?

Gilles Lapouge: Claro. Elas são talvez mais visíveis, serão mais terríveis que em outros países ? Não sei. Na França, por exemplo, as desigualdades são abomináveis. Mas acho que são mais escondidas aqui, porque as pessoas são muito hipócritas, não existe talvez uma exibição tão insolente das fortunas. Aqui, eles estão dentro de castelos, escondidos dentro de florestas e tudo é um pouco assim, meio dissimulado. No Brasil, eles se exibem, até porque se vive mais no exterior, as pessoas ricas são vaidosas, têm orgulho de mostrar que têm dinheiro. Aqui também, mas um pouco menos.

LDP: Mas há no Brasil um abismo muito maior entre ricos e pobres…

Gilles Lapouge: Há um abismo muito maior, imagino que por razões históricas. A França e a Europa em geral fizeram uma redistribuição de rendas que data de um século e meio. Tivemos tempo, portanto, aqui e na Alemanha, por exemplo. São países ricos há muito mais tempo. O Brasil está tornando-se um país muito menos pobre, mas é recente.

LDP: Os ricos brasileiros são exibicionistas?

Gilles Lapouge: Eles são muito exibicionistas, eles se mostram. Mas talvez o clima explique, tudo é mais vivido do lado de fora.

LDP: Eles não têm consciência pesada ao exibir a riqueza…

Gilles Lapouge: De forma alguma. Eles não têm consciência pesada, simplesmente obedecem a pulsões. Por isso é que o pobre Stefan Zweig me parece ter sido muito ingênuo porque viu as pessoas na rua muito gentis. Eles são gentis no Brasil, enquanto aqui são mais rudes. Mesmo numa metrópole como São Paulo, as pessoas param para lhe responder, prestam atenção. Os negros e os brancos vivem juntos, então o pobre Stefan Zweig não entendeu nada, pensou que era a verdade do Brasil, mas era apenas a vitrine. Temos de ser indulgentes com ele, estava idoso, depois se suicidou…

LDP: Zweig não teve tempo de conhecer bem o país…

Gilles Lapouge: Quando Bernanos foi ao Brasil, durante a guerra, se instalou no interior de Minas, com camponeses, depois em Barbacena, com o povo, trabalhou, se comunicou. O outro era um judeu muito europeu, muito assimilado e que adorava os Habsbourg. Adorava a Áustria, muito justamente, pois Hitler tinha destruído o império. Mas para onde ele vai? Para Petrópolis, a cidade dos Habsbourg, a cidade de Pedro II. Ele não viajou, Pedro II é um Habsbourg pela linhagem dos Bragança.

LDP: Você diz que Zweig não entendeu nada do Brasil. Você escreve: «O Brasil é conhecido por ser um dos únicos lugares do mundo com a receita para que os homens de todas as cores se amem em vez de se odiarem. Essa reputação é um blefe. O cândido Stefan Zweig acreditou que o racismo acabava misteriosamente na fronteira do Brasil». O Brasil construiu o mito de uma «democracia racial» ou foi o olhar míope de pessoas como Zweig que espalhou essa lenda?

Gilles Lapouge: O Brasil gosta de se ver assim e como ele tem o segredo de parecer assim, o racismo é menos visível lá. Me irrita ouvir que os outros países são racistas e o Brasil não.

LDP: Os brasileiros não conseguem assumir que são racistas…

Gilles Lapouge: Existe uma espécie de jeito brasileiro para não parecer racista, mesmo sendo. Isso é ruim. Eles não são piores que os outros. Dizer que os americanos são racistas e os brasileiros não são é inexato. Alguém observou que o racismo mais evidente dos americanos permitiu que uma contrassociedade se desenvolvesse nos Estados Unidos com negros que se tornam presidente da República, chefe do Estado-Maior como Colin Powell, grandes advogados. No Brasil é mais raro… Os obstáculos não são visíveis, mas no fundo são mais perigosos, perniciosos. Acho que existe um gênio português da mestiçagem. Fiquei impressionado em Moçambique. Era a mesma coisa, antes do fim do salazarismo. Eles se abraçavam. Negros, brancos, mulatos, todos eram amigos, como no Brasil. Mas na realidade, os brancos eram os colonizadores, estavam no topo da pirâmide e os negros não tinham acesso nunca. Penso que é o gênio português cujo resultado me parece muitas vezes pernicioso, mas é um gênio de bondade, de certa forma.

LDP: Você se mostra impressionado com as 136 cores de pele recenseadas no Brasil. O verbete «peau» é delicioso… Na França qualquer estatística étnica é formalmente proibida. Como você vê essas cores de pele?

Gilles Lapouge: Isso é incrível. Foi um órgão oficial, o IBGE, que recenseou 136 cores de pele! Descobrimos 12 cores de negro, com brancos de todas as nuances e a cor «em vias de se tornar branco», o que mostra que evidentemente o ideal é ser branco. E o mais incrível, a «cor de burro quando foge». Isso mostra um desejo de verdade e ao mesmo tempo, uma total confusão. É um país maravilhoso com muitas nuances de cor, mas daí a catalogar as cores… Não vejo o interesso senão para mostrar a pele branca como objeto de todos os desejos. É terrível pôr as pessoas em categorias, em vez de dissolvê-las.

LDP: De Jorge Amado, de quem você foi amigo, você diz que ele era pouco considerado por intelectuais do Rio e de São Paulo e reproduz trecho da crítica entusiasta feita por Albert Camus do livro «Bahia de todos os Santos» (Jubiabá). Como ele vivia a glória e a esnobação de certo meio intelectual brasileiro?

Gilles Lapouge: Costumava vê-lo na Bahia e em Paris, onde ele comprou um apartamento no pior bairro, Bercy, o mais frio, o mais americano. Perguntei-lhe o motivo e ele disse que foi de propósito pois era o contrário da Bahia, onde ele não podia andar sem ser parado nas ruas. Em Paris, ele dizia, ninguém o reconhecia e ele era obrigado a trabalhar. Conhecia bem Paris, tinha sido exilado e não queria viver no Quartier Latin para não encontrar turistas brasileiros nem se distrair em bairros que conhecia bem. Ele tinha a glória e acho que não se importava com o respeito dos intelectuais brasileiros. Ele dizia: «Tenho horror de falar de literatura, o que me interessa é a vida».

LDP: Você viajou muito pelo Brasil, pela Amazônia, Nordeste. Quando se lê o verbete «São Paulo», nota-se que você a prefere ao Rio, «cidade desfigurada e deteriorada» pois «o empilhamento das misérias nas favelas fez do Rio de Janeiro uma das cidades mais perigosas do mundo». Pode comentar?

Gilles Lapouge: São Paulo é minha cidade. Eu me apropriei de São Paulo. Os franceses não gostam de São Paulo, eu a amo.

LDP: Você acha que alguém pode se apropriar de São Paulo? Ela não escapa sempre, não é fugidia com seu gigantismo?

Gilles Lapouge: Mesmo excetuando-se a violência que agravou o caso do Rio, sempre preferi São Paulo porque é uma cidade de grande imaginação, de trabalho, de paixões fortes, enquanto o Rio para mim é uma cidade unicamente de sensualidade, de prazeres, de preguiça, de boas tiradas. Eles são engraçados… Tenho a impressão de que o Rio é uma cidade que dorme e adormece as pessoas. Eu me sinto adormecer quando estou no Rio. Evidentemente, há Copacabana, as moças, tudo isso é interessante, mas aquelas moças não me interessam…

LDP: Copacabana tornou-se vulgar. Mas o Rio tem Leblon, Ipanema…

Gilles Lapouge: Não faço um julgamento global. O que me comove no Rio é a decadência. Essa espécie de cidade que está, não morrendo, mas esgotando-se um pouco desde que deixou de ser a capital. O que me agrada é o lado decadente do Rio. Isso me dá tesão.

LDP: E o que mais lhe agrada em São Paulo?

Gilles Lapouge: A energia. A inteligência. É uma das cidades mais inteligentes que conheço. O Rio também é uma cidade inteligente porque existe a ironia, uma espécie de ironia decadente, um pouco cética. Mas prefiro a inteligência forte do inventor, do engenheiro, do poeta. Fico muito contente de saber que o único francófono que ama São Paulo é o poeta Blaise Cendrars, que cito em dois poemas sobre São Paulo. Estou em boa companhia.

VERBETES DO “DICIONÁRIO AMOROSO DO BRASIL”

Amado, Jorge

«A partir de 1948, Amado passa longas temporadas em Paris (…) e se torna a coqueluche dos escritores e artistas comunistas, Pablo Picasso, Paul Éluard, Louis Aragon, Georges Sadoul. O casal Joliot-Curie torna-se amigo de Zélia e Jorge. Mas Jorge e a maravilhosa Zélia se divertem também nas boates da Rive Gauche, admiram Miles Davis, Duke Ellington e Louis Armstrong. Cada vez que um amigo sul-americano tem problemas com a polícia, Jorge e Zelia correm na casa de Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir ou François Mauriac e conseguem uma intervenção em favor de Pablo Neruda, Asturias, Alfredo Varela, Guillen». (P. 36)

Péché de chair (pecado da carne)

«Os portugueses suprimiram um pecado. Um dos mais irritantes. Tendo aportado na Terra de Vera Cruz, em 1500, eles decidiram que o pecado da carne não existia no hemisfério sul. Como essa reforma é agradável mas surpreendente a ponto de ser incrível, eles despenderam grande energia para torná-la válida, entregando-se a trabalhos práticos. Os soldados, os colonos, os padres consagraram suas noites, madrugadas e tardes a confirmar que de fato as leis da moral se transformavam na «passagem da linha do Equador». Caspar Van Barleus, capitão de Maurício de Nassau, o governador de Recife no tempo da ocupação holandesa (1630-1654), resumiu o caso: «Ultra aequinoctialem non peccavi». Os portugueses dizem: «Pecado aquém do mar dos Sargassos, candura além». (P. 511)

Leneide Duarte-Plon é coautora, com Clarisse Meireles, de «Um homem torturado, nos passos de frei Tito de Alencar» (Editora Civilização Brasileira, 2014). Em 2016, pela mesma editora, a autora lançou «A tortura como arma de guerra-Da Argélia ao Brasil: Como os militares franceses exportaram os esquadrões da morte e o terrorismo de Estado». Ambos foram finalistas do Prêmio Jabuti. O segundo foi também finalista do Prêmio Biblioteca Nacional.

[Foto: Jerôme/Mathilde Garro Lapouge – fonte: http://www.cartamaior.com.br]

Os artigos do escritor vienés son un canto de amor á literatura

Retrato do escritor vienés Stefan Zweig. Á dereita, portada da edición de Cantil de «Encontros con libros».

Por H.J.P.

É sempre un pracer ler a Stefan Zweig (1881-1942). A súa prosa é un manxar delicioso, máis aló do que aborda, sexa biografía, novela, ensaio… Esa verdade é incuestionable nos textos que compila o estudoso Knut Beck en Encontros con libros -apuntas e prólogos-, xa que cada peza é un canto de amor á literatura.

Zweig zumega paixón, sensibilidade, intelixencia, coñecemento e capacidade de relación e todo multiplica a súa harmonía nestas reflexións porque el, sinxelamente, adora as historias.

Balzac, Joseph Roth, Flaubert, Goethe, Joyce, Rilke son algunhas das estacións deste belo percorrido.

Pero aínda máis gozoso móstrase o autor vienés cando non trata casos concretos, como ocorre no libro como acceso ao mundoO libro como imaxe do mundo e sobre todo Regresar aos contos, un artigo que celebraría o mitólogo Joseph Campbell.

Tras enumerar distintos lugares e culturas do planeta, Zweig conclúe: «Cada un destes pobos ten os seus propios deuses; as linguas non teñen nada que ver unha con outra, nin sequera proceden dun tronco común; o ceo baixo o que viven, a terra que pisan, a forma e a cor do seu corpo non poden ser máis distintos, pero o conto que lles infunde alento é o mesmo en todas partes». En fin, unha viaxe marabillosa.

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

BIOGRAPHIE – « Au commencement étaient les épices ». Ainsi débute le premier chapitre de cette biographie de Magellan écrite par Stefan Zweig en 1938 !

Écrit par Mimiche

Et, effectivement, dès l’expansion de l’empire romain, les contacts commerciaux avec le Moyen Orient ont permis à Rome d’accéder aux épices de cet Extrême-Orient encore inconnu, mais d’où provenaient déjà ces condiments par l’intermédiaire des commerçants arabes.

Une fringale avait alors progressivement envahi l’Occident au point que ces produits (poivre, camphre, aromates et onguents divers) atteignaient des prix pharaoniques sur les tables des consommateurs pour la plus grande richesse de tous les intermédiaires qui, par mer et par terre, en assuraient le convoyage tout au long d’un périple long et dangereux qui attisait, évidemment, toutes les convoitises.

Et justifiait les tentatives de l’Occident de chercher, et finalement trouver, en contournant la corne de l’Afrique, une voie maritime qui permettrait de s’affranchir de ces intermédiaires gourmands sinon cupides !

C’est dans cette aventure vers l’Inde que le petit pays qu’était le Portugal va se créer un empire, après avoir fait tomber la croyance d’alors selon laquelle l’Afrique aurait touché au pôle et était, de ce fait, incontournable par le sud : la voie maritime découverte par les marins portugais en fournissait le démenti et ouvrait un accès libéré vers les épices de l’Orient.

Pendant ce temps, l’Espagne, avec notamment Christophe Colomb, cherchait une voie par l’Ouest pour contrebalancer celle que le Portugal avait trouvée vers l’Est.

L’inévitable guerre entre les deux monarchies sera opportunément écartée par une intervention papale qui répartira le globe entre l’une et l’autre avec une « ligne de démarcation » tracée arbitrairement au milieu de cet Atlantique, qui n’a pas encore dévoilé tous les secrets géographiques de la future Amérique du Sud.

C’est dans ce contexte politico-commercial que le jeune gentilhomme portugais Fernão de Magelhãn, embarqué dans l’une de ces expéditions portugaises, va contribuer, pour le compte de son roi Manoel, à divers actes de bravoure permettant d’asseoir cette domination portugaise sur cet Orient dont les richesses sont immenses et font tant d’envieux…

Mais, lors du retour de Fernão de Magelhãn au Portugal après des années de bons et loyaux services à sa couronne, le roi Manoel, encouragé en cela par tous ceux que le caractère rugueux de l’encore jeune explorateur-navigateur-soldat indispose autant que par la jalousie qu’il provoque, n’aura aucune reconnaissance pour les actes héroïques et de fidélité de ce dernier, refusant de porter foi et crédits au projet ambitieux de « faire le tour de la terre en allant de l’Est vers l’Ouest ». Jusqu’à le libérer de toute obligation envers la couronne du Portugal. Et ainsi de lui laisser toute liberté pour proposer ses services à la couronne d’Espagne dont le roi Carlos Ier, futur Charles Quint, verra tout l’intérêt dans la course aux épices et aux comptoirs des Moluques !

Le 10 août 1519, celui que le futur reconnaîtra sous le nom de Magellan quitte Séville à la tête d’une petite flotte de 5 navires rafistolés (le Santiago, le San Antonio, le Conception, le Victoria qui seul reviendra à son point de départ, le Trinidad vaisseau amiral) pour un périple invraisemblable, et incroyable pour l’époque, dont il ne verra pourtant pas l’aboutissement victorieux même si, de fait, il aura réellement et entièrement effectué un tour du monde.

[ Premières pages ] Stefan Zweig – Magellan 

Magnifique biographie que celle-là ! Certes romancée puisque, de l’aveu même de l’auteur, trop de documents ont été perdus (probablement détruits, volontairement ou pas) pour que l’histoire n’ait pas nécessité quelque imagination fertile entre les quelques certitudes fournies par les Archives.

Mais l’exercice est remarquablement mené : l’exploit est soigneusement accompagné, pas à pas, au long d’un voyage où la trempe du caractère de l’Amiral ne manque jamais d’être mise en avant autant que son calme, sa prévoyance, son méthodisme, sa rigueur, son obstination, sa prudence ou sa force mentale indubitablement.

Ce livre se lit comme un conte, un simple roman d’aventures. Il coule, d’épisode en épisode, ponctué par les temps forts de ce périple où l’impossible le disputait à l’impensable. La faim, la soif, les mutineries et autres rebellions, les éléments en furie, l’incertitude, … : rien n’a arrêté l’amiral de la flotte et l’Histoire. Rien n’a pu empêcher de montrer que la terre était ronde et qu’une voie navigable existait qui permettait de faire le tour complet.

C’est la force de ce livre de nous guider dans le sillage d’une destinée hors du commun tracée dans la force d’une conviction. Un de ces traits de génie qui font que l’Homme est capable de grandes choses (même s’il est malheureusement capable aussi des pires qui soient !).

Des pages de lecture d’une puissance évocatrice magistrale. Un plaisir sans cesse renouvelé qui plonge le lecteur, enchanté, au plus fort de cette Odyssée.

Stefan Zweig, trad. Alzir Hella – Magellan – Le livre de poche – 9782253161875– 7.30 €

 

 

[Source : http://www.actualitte.com]

¿Desaparecerá el fetichismo que generan los textos firmados a mano cuando la práctica totalidad de los autores escribe a ordenador y sus frases ya nunca son definitivas, sino algo que puede ser inmediatamente borrado?

El manuscrito original de 'El retrato de Dorian Gray', de Oscar Wilde.

El manuscrito original de ‘El retrato de Dorian Gray’, de Oscar Wilde. SP BOOKS / MORGAN LIBRARY

El manuscrito y el cuaderno de notas son objetos que se prestan a la veneración, ya pertenezcan a escritores o a artistas plásticos. La emoción que nos produce tener a poca distancia la letra manuscrita de Galdós o de Virginia Woolf en cartas y borradores, y más aún los dibujitos de Lorca o los garabatos con los que Dostoievski emborronaba a su capricho las hojas donde escribía sus obras, es el motor que incita a seguir exponiéndolos. De ahí el éxito de espacios como la Morgan Library de Nueva York, consagrada a exhibir manuscritos, tanto de sus fondos – allí se conservan los originales de la Canción de Navidad de Dickens y de El paraíso perdido de John Milton– como de otras colecciones, por ejemplo la del historiador brasileño Pedro Corrêa do Lago. En la misma línea, el libro La magia del manuscrito (Taschen, 2019) recopila numerosas muestras del amplísimo archivo del coleccionista brasileño, que incluye documentos de Kafka, Mary Shelley y Emily Dickinson. Su obsesión por atesorar páginas escritas a mano surgió en su infancia, aspecto que lo vincula estrechamente con el escritor Stefan Zweig, también un fetichista de los manuscritos desde joven.

Para muchos, aceptar que en este siglo convulso en que vivimos van a generarse pocos manuscritos de los que después amarillean con encanto produce cierta decepción rayana en la melancolía. Quizá por eso ya se veneran sus primos hermanos, los en su día novedosos mecanoscritos, que se exponen sin complejos en muestras actuales como la dedicada a los vampiros en el CaixaForum de Madrid. Entre fragmentos, carteles de películas, libros y fotografías acerca de estos seres de colmillos afilados nos topamos con páginas del guion original de Nosferatu (1922) de Murnau y del film El baile de los vampiros de Roman Polanski (1967). El hecho de que estén escritos a máquina los convierte en encantadoramente añejos, y su atractivo queda aún más acentuado por las anotaciones y tachaduras a mano a cargo de los propios autores.

El profesor Matthew G. Kirschenbaum firmó en 2016 'Track Changes', una historia literaria de los procesadores de texto.

El profesor Matthew G. Kirschenbaum firmó en 2016 ‘Track Changes’, una historia literaria de los procesadores de texto.

Pero la historia del documento no termina con el arrinconamiento de la máquina de escribir: para abordar su nueva materialidad y repensar su esencia en la era digital tenemos a estudiosos como Matthew Kirschebaum, profesor de la Universidad de Maryland, que en 2016 publicó Track Changes (Harvard University Press), una historia literaria de los procesadores de texto. Tal como cuenta en el prólogo, antes de escribir el libro, Kirschebaum ya sabía que el primer autor en entregar un manuscrito mecanografiado a un editor fue Mark Twain en 1883; se trataba de su libro de memorias La vida en el Mississippi y fue tecleado íntegramente en una Remington. Por tanto, la principal búsqueda que guió al autor de Track Changes durante la escritura de su ensayo fue dar con la primera novela escrita con un procesador de textos y así reconstruir parte de la historia del libro y la escritura durante el siglo XX. Y la halló: es Bomber, obra del autor británico Len Deighton, quien la escribió entre 1968 y 1970 con el procesador de textos de un ordenador IBM que pesaba 90 kilos.

La emoción que sentía el Kirschenbaum niño desde su cuarto al pensar que sus escritores contemporáneos favoritos estaban, al igual que él, luchando por aprender el funcionamiento de su primer ordenador Apple y de su procesador de textos recién estrenado fue otra de las motivaciones para escribir este ensayo, lleno de anécdotas lleno de anécdotas y datos curiosos sobre las vicisitudes de escribir a ordenador.

Sobre la nueva materialidad de la escritura también se ha escrito en castellano. Un buen ejemplo es el ensayo del escritor argentino Sergio Chejfec titulado Últimas noticias de la escritura (Jekyll and Jill, 2015). A pesar de los radicales cambios sufridos en los manuscritos durante las últimas décadas, Chejfec detecta una paradoja en la organización textual de la escritura digital, y es que « sigue siendo básicamente la misma que en el pasado: la palabra, la línea, el párrafo, la página ». Asimismo, a lo largo del ensayo, Chefjec da fe de la fascinación que ejerce todavía hoy sobre nosotros la escritura a mano al recordar una exposición de manuscritos de Proust a la que acudió en 2013 con motivo del centenario de la publicación de Por el camino de Swann. Fue precisamente en las salas de la Morgan Library donde el escritor reparó en que los asistentes « buscaban una verdad que se pusiera de manifiesto instantáneamente, como consecuencia de la cercanía física tanto de la letra original como de los objetos manipulados por Proust », y también en que, ante un manuscrito expuesto, siempre tiene lugar « una lucha entre mirar y leer ».

Manuscrito original en el que Marqués de Sade escribió el borrador de su novela ‘Los 120 días de Sodoma’, en el Museo de Cartas y Manuscritos de París. CHRISTOPHE ENA (AP)

Otros textos que, a medio camino entre la escritura autobiográfica y la ficción, reflexionan acerca de los cambios vividos entre la escritura manuscrita y la computerizada (es decir, acerca de la irremediable pérdida del documento conclusivo en forma de manuscrito sobre papel), son los del uruguayo Mario Levrero y el chileno Alejandro Zambra. En La novela luminosa, fechada en el año 2000, Levrero expresa en forma de entradas de diario los quebraderos de cabeza que le causa el procesador de textos que emplea para escribir: « El corrector de este Word 2000 tiene unas características insólitas; por más que intenté dominarlo, me resulta imposible. No reconoce ciertas palabras relativas al sexo, como por ejemplo pene, que recién apareció como desconocida cuando activé el corrector para esta página antes de guardarla ». En cambio, en El discurso vacío, la obsesión de Levrero se centra en un proyecto autoimpuesto: el de mejorar su caligrafía para así desarrollar otros aspectos de su carácter: « Trataré de conseguir un tipo de escritura continua, « sin levantar el lápiz » en mitad de las palabras, con lo que creo poder conseguir una mejora en la atención y en la continuidad de mi pensamiento, hoy por hoy bastante dispersas ». Lo paradójico es que los lectores solamente podemos acceder a sus disquisiciones desde la letra impresa o digital de cualquier de las ediciones de esta obra, y en ningún caso desde la que él generó a mano.

Zambra, por su parte, concluye su ensayo autobiográfico Cuaderno, archivo, libro, incluido en el volumen Tema libre (Anagrama, 2019), con la siguiente reflexión: « Hay un hecho central: debido a los computadores, el texto es cada vez menos definitivo. Una frase es hoy, más que nunca, algo que puede ser borrado”. Así que a partir de ahora solamente nos quedarán los mecanoscritos de autores como Javier Marías, Will Self o Don DeLillo, que, reacios a ese fácil borrado de frases, siguen negándose a escribir su obra empleando un procesador de textos.

[Fuente: http://www.elpais.com]

Escrito por Juan Pablo Plata

Publico en esta ocasión algunos apartes de mi poemario Metaliterario, amoroso y final.

Para Pablo Emilio Figueroa. El hombre que quebró una librería y definió mi vocación.
Para Andrea Cote Botero. Allá en sus puertos y praderas del fin del mundo.

El mal de las fronteras

Dicen que fueron las últimas palabras escritas por Antonio Machado:
«Estos días azules y este sol de la infancia.»
No hay en ellas una última voluntad
de apetito llena que repetiría el gozo
de lo más amado o deleitoso
que en la vida mísera conoció.
No hay premonición.
Solo mirada en lontananza y para dentro del alma,
para encontrar en el astro leonado los días de chico que ya se le han ido.
Era un vez más la impresión de la vista
y su memoria sensible con el color,
cerca de la frontera de sus toros, del antiguo Al-Ándalus dejado atrás,
pero con los ojos puestos en otro lado donde los Gallos son todos rojos.
Pienso a ratos en Stefan Zweig inmolándose en Brasil.
Con grandes plazos recuerdo a Walter Benjamin matándose en España,
pero siempre y muy seguido, veo a Machado,
que ha cruzado a Francia,
A salvo,
Solo para morir.

Como si estuviera en el Hospital Bombarda de Lisboa

(Dedicado a António Lobo Antunes)

Tengo un imán para los desequilibrados
sembrado en el centro de mi ternura.
de vez en cuando vienen a mí muchachos dementes para ser oídos, consolados y les hablo.
A veces quieren que hable, pero callo,
para verlos.

Un clinicazo, me dice uno, me fui de clinicazo pero ya estoy libre. ¡Yompite Vanidu!, ¡El murciélago es el espíritu santo del demonio!, me dice otro, como dijo Vila-Matas.
Hablan como Joaquín Font habla con la finada Laura Damián y como él habla de los lectores y de
los escritores desesperados en los ​Detectives salvajes​ de Roberto Bolaño.

A ratos, como si estuviera de turno en el Hospital Bombarda de Lisboa. Recibo en mis horas y espacios, como un facultativo,
una avalancha de tocados, duchados en el río de la evasión,
hechos para el lindo juego de desvariar (en el Kaliyuga).

Los desequilibrados tienen una ternura sembrada en el centro de su imán.
No sé si sea para mí.

¿Un sueño literario lúcido?

Soñé que había dos venados alados metidos en tu corazón ligero.
Comían plantas flotantes frente al mar con gracia montesa,
empinándose en la magia fulgurante de sus tensos muslos áureos.
Susurro títulos de libros no leídos cuando duermo mal o algo va mal.
Eso dicen quienes me vigilan y lo acusan a mis enfermedades literarias.
Afortunado que sea así.
Tengo mis propias teorías:
La ensoñación es la filigrana de la inconsciencia despierta.
La duermevela no ahonda en el dormir.
La vigilia tornasolada puede ir a parar
a un sueño literario lúcido con venados
que después voy a en escribir en poema.

Bandada

Por favor: conserven al hombre de neón que hace singladura en un mar de neón sobre un bote negro.
Escribir sobre la imposibilidad de escribir y padecer enfermedades literarias es su destino.
Protejan a este ser. Anda sin bandada. Va resoluto y sin legión.
Muchas formas de filantropía alimentan su cuerpo. Otras lo menguan.
Las artes alimentan su alma. Pero también la esquilman como al cuerpo con una lezna de carey supernatural. Así vive el hombre de luz gaseosa.
En este poema el problema del cielo está en tus manos y pródiga debes repartirlo a los demás. Conserven al hombre de neón, por favor.
Dicen que hay mucha creatividad contemporánea anclada en el Sur.
Pero yo veo que las obras vienen de todo lado.
El hombre de neón tiene un refugio del mundanal ruido para escribir. No es urbano.
Es una cámara secreta de la escritura rural construida pensando en Robert Walser.
A la redonda de nuestras vidas todo escribe…
El hombre de neón pide tiento de artista. Uno firme.
Metaliterario, amoroso y final es él.
Así es.
Va sin bandada el hombre de neón sobre un bote negro escribiendo literatura sobre la vida y sobre la literatura. Sin bandada anda el hombre de neón.
No se sabe cuándo baja de su nave, pero, sí, que fuera de ella no escribe.
Por favor: conserven al hombre de neón. Consérvenlo sin bandada.

Le hubiera encantado a Nicanor Parra:

Derechos humanos: 26 personas tienen la misma riqueza que casi la mitad de la humanidad.
Esta es la fortuna de unos y la desgracias de otros.
Todo escribe en el universo.
Si está buscando el tiempo: responda bien las preguntas esenciales. No se haga el que no.
Imagine usted bandas sonoras alternativas. Retírese del cine. No vuelva nunca si quiere y vaya a vivir.
Reciba segura y anticipadamente su caso imposible resuelto. Ya verá.
No ilusionó, cumplió, años. Ni eso.
Su protección es fundamental para mayores de 18 años. Hay que proteger al mundo de los mayores de 18.
Crece hueco entre dos locos. Un puente se tarda en construir.
Libro abierto de la memoria. Pintura cerrada del recuerdo.
Es mejor terminar de hablar de sociedad, consumo, política y religión en secreto.
No te metas en problemas.
¿Hasta cuándo vas a mirar solo una vida en una foto tan buena como esa con espantos?
Le hubiera encantado a Nicanor Parra. Tenlo por seguro.

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Juan Pablo Plata. 

Seudónimo Jean Paul Silver. Enfermo del mal de Montano y del mal de Boswell. Libros: Antología Umpalá (Sic Editorial, 2006), Señales de ruta (Arango Editores, 2008 y 2012 ebook) y El corazón habitado. Últimos cuentos de amor en Colombia (Algaida, 2010). Arqueo de los días. Antología personal de periodismo (Uniediciones, 2018). Obtuvo un MFA en Escritura Creativa de la Universidad de Texas en El Paso en diciembre de 2019.

[Ilustración: Chuleta Prieto – fuente: http://www.revistacoronica.com]