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Con la publicación de los ‘Diarios’ del escritor, el lector español dispone por primera vez de un testimonio crucial para comprender un período dramático de la historia de Europa

Stefan Zweig

 

Stefan Zweig se ha convertido en el símbolo de la Europa tolerante e ilustrada que intentó destruir el nazismo. Durante décadas, se le consideró un biógrafo elegante y un novelista menor. Con buen criterio, su nombre se situó por debajo de Thomas MannRobert Musil o Franz Kafka, pero en los últimos años se ha rescatado y revaluado su obra, especialmente en España, donde la editorial Acantilado ha realizado una extraordinaria labor con nuevas y rigurosas traducciones. El mundo de ayer, sus memorias, se ha convertido en un éxito de ventas y en un ejercicio de memoria colectiva. El continente que alumbró la Enciclopedia, la física de Newton, la poesía de Rilke y la democracia liberal sucumbió a la tentación totalitaria, encendiendo hogueras donde —como ya advirtió Heine— ardieron, en primer lugar, libros y, poco después, seres humanos.

Zweig no fue un intelectual beligerante. A diferencia de los hermanos MannÖdön von Horváth o Bertolt Brecht, se abstuvo de condenar el nazismo en sus inicios. Ni siquiera la prohibición de sus libros en Alemania, ni la experiencia del exilio, lograron que abandonara su silencio. Cuando en su gira por América del Sur le instaron a que condenara el nazismo, respondió: “Nunca hablaré contra Alemania, el intelectual debe permanecer cerca de sus libros, no está preparado para lo que requiere el liderazgo popular”.

Zweig comprendería tardíamente su error, cuando la caída de Singapur en manos del imperio japonés le hizo creer que el totalitarismo se extendería por todo el planeta. El 22 de febrero de 1942 se suicidó en Petrópolis, Brasil, acompañado por su segunda esposa. En su nota de despedida, escribió: “Saludo a todos mis amigos… Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí. Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra”.

La publicación de estos Diarios de Zweig en la excelente traducción de Teresa Ruiz Rosas constituye un verdadero acontecimiento editorial. El lector español dispone por primera vez de un testimonio crucial para comprender un período particularmente dramático de la historia de Europa. Los Diarios abarcan del 10 de septiembre de 1912 hasta el 19 de junio de 1940, cuando el escritor parte hacia el exilio, hundido en sombríos pensamientos. Como sostiene Mauricio Wiesenthal en su prólogo, son más interesantes hoy que cuando se escribieron. Aún contemplamos con perplejidad cómo Europa dilapidó la herencia de Erasmo y Montaigne, permitiendo que el odio sepultara el ideal de libertad, igualdad y fraternidad acuñado por la Revolución francesa. Mientras los sabios se ocultaban, los demagogos escalaban hasta lo más alto, despertando el fervor de unas masas fanatizadas.

Al margen de su extraordinaria calidad literaria, los ‘Diarios’ de Zweig son una elocuente lección de historia y moral

Zweig no observa la realidad desde su escritorio. Viaja por París, Londres, Nueva York, Suiza, Brasil. A veces por placer; otras, por necesidad. En esos lugares, se encuentra con los grandes intelectuales y artistas de la época: Richard StraussRomain Rolland, Rilke, Hofmannsthal, Alma MahlerSchnitzlerFreud… Zweig es pudoroso. Protege su intimidad, escamoteándonos las zonas en penumbra donde tal vez laten deseos reprimidos. A diferencia de otros diaristas, no transige con el exhibicionismo o la indiscreción. Prefiere la alusión al dato desnudo, lo entrevisto a lo explícito, lo difuso a lo descarnado. Sabemos que se sentía atraído por la bohemia, pero nunca fue un maldito ni un inadaptado.

El escritor comienza sus anotaciones hablándonos de un diario perdido y de su propósito de escribir otro para que sus recuerdos no se borren o difuminen. Desde la primera línea, admite su timidez y pesimismo. Le gustaría educar su voluntad, pero se ha resignado a vivir en la atonía. Escribe a ratos sueltos, venciendo la apatía y la pereza. Es curioso que un autor tan prolífico se atribuya estos rasgos.

Aunque no es un escritor beligerante en cuestiones políticas, cuando estalla la guerra se avergüenza de vivir en su mundo, rodeado de libros y lejos del frente. Contempla con tristeza lo que sucede, incapaz de identificarse con el ardor bélico de sus compatriotas. Se escribe con Rolland, hallando consuelo en sus convicciones pacifistas. Visita a Hugo Wolf, herido en una pierna y escucha consternado el horror que se vive en el campo de batalla. Los soldados están desmoralizados. Solo los oficiales siguen hipnotizados por la épica de la guerra. Zweig nos narra los acontecimientos de la contienda con una mezcla de lucidez y escepticismo. Todo le parece irreal y absurdo. Solo reconoce una causa: la lucha por la dignidad del ser humano. Al principio de la guerra, se plantea alistarse. Al final, es un hombre desengañado que detesta el heroísmo de cartón piedra.

Lee a Shakespeare, Dostoyevski, TolstóiGuerra y paz le parece “un evangelio para nuestro tiempo”. Su obra está impregnada de humanismo y verdad. Destinado al Archivo de Guerra, se libra del frente por su mala salud. Zweig siempre escribe de forma elegante y precisa, pero sin caer en la retórica. Su sencillez y limpieza transmite sinceridad. No está pensando en el porvenir de sus Diarios como obra literaria, sino en la necesidad de expresar sus emociones. Durante los “felices veinte”, vive con angustia la posibilidad de un nuevo conflicto bélico: “Las generaciones futuras deberán aprender cómo hemos vivido todos estos años, esperando cada día un nuevo cataclismo. No hay mañana que no abramos el periódico con un ligero temor”.

Elegante y preciso, Zweig no piensa en la posteridad de sus Diarios, sino en la necesidad de expresar sus emociones

Poco antes de la Segunda Guerra Mundial, viaja a Brasil. El clima húmedo y caluroso le parece insufrible para un europeo y se conmueve ante el espectáculo de una calle llena de prostitutas, expuestas en escaparates como mercancías: “Qué teatro al servicio del placer inmediato más banal y cruel”. Cuando el 1 de septiembre de 1939 Alemania invade Polonia, Zweig apunta: “Hoy es el día en que ha empezado la mayor catástrofe de la humanidad”. No se equivoca. Escribe desde Bath, en el suroeste de Inglaterra. No domina bien el inglés y eso le atormenta, pues limita su capacidad de comunicación.

Pronostica que la guerra causará la caída del capitalismo. Es sorprendente que apenas aluda al sufrimiento de los judíos, pese a serlo él también. Escéptico en materia religiosa, nunca ha pensado demasiado en el estigma de pertenecer a la “raza maldita”. Sostiene que el nazismo es la “ideología de los resentidos”, la hora de la venganza de los mediocres. Admite que se está desmoronando: “Nunca había sido tan pesimista, jamás había tenido tan pocas esperanzas”.

Cuando llega la noticia de que la cruz gamada ondea en la Torre Eiffel, la desesperanza se convierte en desesperación: “Tengo casi 59 años y los próximos serán espantosos, ¿qué sentido tiene soportar todas estas humillaciones?”. El nombramiento de Petain como jefe de Estado ahonda su angustia: “Ya no hay salvación, Europa está acabada, nuestro mundo se desmorona. Definitivamente, ahora somos apátridas”. Antes de partir a América, su desolación es infinita: “Se ha perdido Francia, reducida a escombros por siglos, el país más cautivador de Europa, ¿para quién escribiré, para qué viviré?”.

Al margen de su extraordinaria calidad literaria, los Diarios de Stefan Zweig son una elocuente lección de historia y moral. Nos muestran que la civilización no es una conquista irreversible, sino un logro precario. Europa siempre será el continente de la Shoah. La chimenea de Auschwitz sigue proyectando su sombra, recordándonos el potencial destructor de las ideologías. Ahora que han vuelto los viejos demonios del nacionalismo y el racismo, leer a Zweig ya no es una elección estética, sino un gesto de compromiso con los valores humanistas de la Europa democrática e ilustrada.

 

[Fuente: http://www.elcultural.com]

El espectador (Apuntes, 1991-2001)

Imre Kertész

Traducción de Adan Kovacsics

Editorial Acantilado

Barcelona 2021     233 páginas

 

IMRE KERTESZ EN LA ANTESALA DEL ADIÓS

 

Escrito por Iñigo Linaje

Recuerdo la lectura de La última posada, el diario de Imre Kertesz publicado póstumamente por Acantilado en 2016, como uno de los testamentos literarios más desoladores y descarnados que he leído los últimos años. De todos es sabido que el Nobel húngaro estuvo prisionero -en su adolescencia- en el campo de concentración de Auswchitz, experiencia que determinará su vida y su obra y de la que dará testimonio en un libro terrible: Sin destino.

La editorial Acantilado, que editó hace años Diario de la galera, fechado entre 1961 y 1991, acaba de publicar ahora el tomo central de su particular trilogía diarística bajo el título El espectador, que recoge los apuntes del autor durante los años noventa del siglo pasado. Así, este diario toma el testigo del primero y precede al último, donde expone con una desesperación y crudeza terribles los estertores de su acabamiento y su adiós definitivo en 2016.

Kertesz no tarda en fijar su particular poética existencial en estas páginas: “Escribo para salvar y rescatar nuestras almas de la fatalidad espiritual que crea la política, la economía y la ideología que las sostiene”. Una visión de la realidad marcada por sus vivencias juveniles que, no obstante, cualquiera podría suscribir al vislumbrar nuestra historia reciente. Pero sus notas de diario trascienden lo histórico o el ámbito social para inmiscuirse también en su intimidad. De esta manera, el autor consigna lecturas de Wittgenstein y Thomas Mann, anota reflexiones puntuales y atiende las lecciones de su compatriota Sandor Marai: que no pase un solo día sin leer unas líneas de Tolstoi o escuchar una pieza de Bach.

El diario se activa y toma vigor hacia la mitad del volumen, coincidiendo con la enfermedad y posterior muerte de su mujer, un acontecimiento que enfrenta a Kertesz a ver el itinerario de su vida desde una perspectiva aún más angustiosa: la de una soledad radical y dolorosa. “Quien no ha sido feliz no sabe morir”, escribirá esos días en algunas de las notas más amargas del diario.

Entre reflexiones sobre la actualidad de su país, remembranzas de un pasado siempre presente y lecturas discurren las últimas páginas de El espectador, donde Kertesz confiesa su último deseo: terminar los proyectos literarios emprendidos. Algo que tomará cuerpo en las devastadoras anotaciones incluidas en La última posada, que, acaso, anticipan estas palabras: “El hombre cree que su vida tiene sentido porque es el único ser capaz de concebir el sinsentido de la vida”.

 

 

[Fuente: http://www.culturamas.es]

Mercedes Monmany aborda no seu ensaio «Sen tempo para o adeus» os éxodos literarios do século XX

Mercedes Monmany

Escrito por Xesús Fraga

«Dicir adeus é unha arte difícil e amargo que estes últimos anos habemos tido a ocasión de aprender sen apenas un respiro». As palabras do gran narrador vienés Stefan Zweig, quen coñeceu ben o exilio e pronunciounas no funeral doutro autor tocado polo desterro, Joseph Roth, anticipan a lectura de Sen tempo para o adeus (ensaio editado polo selo Galaxia Gutenberg). Trátase dun volume no que a crítica literaria e escritora Mercedes Monmany (Barcelona, 1957) cartografía a ampla e diversa nómina de autores que se viron forzados a cruzar fronteiras como «exiliados e devorados pola historia», en expresión doutra das presenzas maiores do libro, a pensadora malagueña María Zambrano.

Combinando alento narrativo e a precisión do xornalismo, Monmany propón unha lectura do século XX a través das experiencias duns nomes indispensables para entender a experiencia da dor e o desarraigamento convertidos en alta literatura.

O nazismo

A Zweig e Roth súmanse Thomas Mann e Alfred Döblin, Cesare Pavese e Natalia Ginzburg, Vladimir Nabokov e Adam Zagajewski, Antonio Machado, Robert Musil, Dubravka Ugresic, Walter Benjamin, Marisa Madieri, Yorgos Seferis e Manuel Chaves Nogueiras. Uns escapaban do nazismo -Klaus Mann, outra figura imprescindible na configuración deste libro, contabilizou ao redor de 3.000 os autores que fuxiron de Alemaña tras a toma de poder de Adolf Hitler no ano 1933-, outros do estalinismo ou dunha guerra civil.

Algúns cambiaron de lingua literaria, como Nabokov -«O meu feliz expatriación comezou practicamente o día do meu nacemento»: outra cita que preside Sen tempo para o adeus– e outros non puideron volver ao seu país de orixe, nalgún caso, porque xa non existía: as fronteiras, nomes e estados mudaran en apenas uns anos.

Coa publicación deste volume, Mercedes Monmany segue unha liña temática que xa transitara en Por as fronteiras de Europa e Xa sabes que volverei. Nas súas páxinas queda patente o seu interese e profundo coñecemento das literaturas centroeuropeas, pero a mirada é plural e abarcadora: nas súas páxinas conviven a comunidade xudía de Nova York, James Joyce en Trieste e Max Aub en México, ata chegar a José Anxo Valente e Winfried Georg Sebald.

 

[Imaxe: EDUARDO PEREZ – fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

Escrito por AMAIA TORRES 

En 1956 se publicó la correspondencia que mantuvieron Virginia Woolf y Lytton Strachey durante 25 años, interrumpida por la muerte de él. Buena parte de los textos fueron censurados por el marido de ella y el hermano de él, para no herir sensibilidades. Ahora, podemos leer en español por primera vez las cartas íntegras y otras inéditas descubiertas en años recientes. Una joya de la literatura. Un duelo literario de primera categoría entre dos genios que reflexionan sobre literatura, la sociedad y la vida cotidiana.

Virginia Woolf (1882-1941) fue una de las renovadoras de la literatura moderna que encarnó como nadie la conciencia femenina. Una de las voces más destacadas del siglo XX y colocada en el mismo pedestal que James Joyce o Thomas Mann. Lytton Strachey (1880-1932) fue el gran innovador de la biografía. Llevó a cabo una nueva manera de escribir el género, destacando la personalidad del personaje y diseccionando las costumbres victorianas. Su obra maestra y la más representativa en este género fue La reina victoria (Queen Victoria, 1921).

La relación entre Virginia y Lytton comenzó en casa de ella, centro de reunión del Círculo de Bloomsbury al que ambos pertenecían. Un conocido grupo de los más brillantes intelectuales británicos de la época. Intelectuales de diferentes disciplinas pero pertenecientes a los mismos círculos y clase social, que se caracterizaban por la crítica a la moral victoriana. Precisamente, el tema y los comentarios en muchas de las cartas que intercambiaron Lytton y Virginia giran en torno a la crítica a una sociedad anticuada para sus mentes. 

Virginia Woolf y Strachey sin censura

600 libros desde que te conocí compila las cartas que intercambiaron entre 1908 y 1931, donde hablan de sentimientos y la vida cotidiana. Lo divino y lo humano. El tiempo y la literatura. Reflejan opiniones sobre sus propias obras y las ajenas, y critican con audaz ironía y sarcasmo a sus contemporáneos. Estas misivas reflejan la amistad y complicidad de dos genios de la literatura, de dos mentes brillantes. No siempre benévolas pero sí divertidas, que van por delante de su sociedad, su moral y costumbres.

Si bien algunas cartas tienen menos interés por sí solas, en su conjunto revelan la estrecha relación entre ambos escritores, el tono en el que se comunicaban o sus estados de ánimo. Hastío y tristeza. En otras, sarcasmo o ironía como un juego de niños. Y espacio para la seriedad y el intercambio de consejos.

La ironía no esconde una crítica mordaz, que en la primera publicación de estas cartas (Letters, 1956) debió de censurarse. Sus editores Leonard Woolf, marido de Virginia, y James Strachey, hermano de Lytton, suprimieron nombres e incluso párrafos enteros para no herir las sensibilidades de personas que aún estaban vivas. Algunas de sus víctimas fueron nombres de primera línea como el economista John Maynard Keynes, el también escritor T.S. Eliot, E. M. Foster, Dora Carrington, Roger Fry, Duncan Grant, Clive Bell o Bertrand Russell.

Las cartas de Woolf y Strachey son textos de sumo interés y valor, incluso con la censura. Aumenta ese valor la versión íntegra, y por primera vez en español, sin tacha alguna. Incluyendo además cartas inéditas que se descubrieron en años recientes, y nuevas notas ampliando las originales de sus editores. Un excelente trabajo de documentación de Jus Ediciones y la traducción de Socorro Giménez, indagando en la correspondencia completa de Virginia Woolf editada por Nigel Nicolson y en la de Lytton Strachey editada por Paul Levy. Además de la edición francesa de estas cartas elaborada por Lionel Leforestier.

600 libros desde que te conocí vuelve a despertar interés por la obra de Virginia Woolf (si es que en algún momento se disipó) y redescubre a Lytton Strachey a nuevo público. Un modo de recuperar el legado de estos dos genios a través del género que tanto idolatraban.

«Las cartas son el único género realmente satisfactorio». ―Lytton Strachey.
«La vida se desintegraría sin cartas». ―Virginia Woolf.

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De AMANECEMETRÓPOLIS, 26/02/2018

[Imagen: Woolf y Strachey en 1923 – fuente: sugieroleer.blogspot.com]

Thomas Mann. Foto: Bundesarchiv Bild. (CC)

Publicado por Luis Sanz Irles

En la relectura de La montaña mágica, en la que ando maravillándome estos días, me he topado con una imagen de las que te echa el alto de inmediato, por su salvaje frescura y por su eficacia descriptiva. También me admiró su originalidad, que luego resultó no ser tal.

Los sitúo:

Capítulo V, subcapítulo Humaniora, (pg. 330 en la edición de Edhasa, 2005. Traducción de Isabel García Adánez.

Los lectores ya sabemos que Hans Castorp se ha enamorado trepidantemente de Clavdia Chauchat, una rusa que anuncia sus apariciones con estrepitosos portazos que irritan sobremanera a Hans (hasta que dejan de hacerlo, claro). Madame Chauchat, joven, pese a ser Madame, nos ha sido descrita fragmentariamente, a lo largo de muchas páginas, con una maestría narrativa sobresaliente, sobre todo por la estupenda gradación con la que nos van llegando esas noticias. Cuando se produce la escena de la que voy a ocuparme, de Clavdia Chauchat tenemos ya un largo rosario de datos y comentarios, que van entremezclando el retrato físico y el psicológico (o más pedantemente, la prosopografía y la etopeya. ¡Qué le vamos a hacer!). Sabemos, por ejemplo, que:

  • es maleducada;
  • de cabello rubio rojizo;
  • con manos no muy femeninas;
  • dedos cortos que no conocen la manicura;
  • modales horribles y se deja caer en la silla como un fardo.

Pero también hemos venido a saber que:

  • parece una gatita contoneándose hacia su plato de leche;
  • es una delicia contemplarla;
  • tiene un gracioso hoyuelo en la mejilla;
  • es lánguida, enferma y con ojos de tártara;
  • es de mediana estatura;
  • tiene andares de gata y ojos de tártara (sí, se insiste en felinos y tártaros al hablar de ella).

El lector con cierta experiencia no puede no advertir cómo las descripciones de la rusa se van deslizando, poco a poco, casi sibilinamente, de las negativas a las favorables, acompañando el paulatino pero fatal encantamiento que sufre Hans Castorp. Esa sutil evolución de sus sentimientos es otro alarde de la maestría novelística de Thomas Mann, que nos deja con la boca abierta.

Cuando se produce la escena en cuestión, Castorp ya está hechizado, es presa de un enamoramiento febril, pero no tenemos noticias de que sea correspondido por Clavdia. Sí sabemos, no obstante, que siente celos de una supuesta intimidad que ella podría estar teniendo con el Dr. Behrens, pues ha tenido noticia de que lo visita con cierta frecuencia en sus aposentos privados. El motivo de esas visitas parece ser el retrato que el médico, pintor aficionado, está haciendo de la dama. Naturalmente Hans no sabe si esa es la razón verdadera o un vil ocultamiento de otra verdad más dolorosa y lúbrica.

Movido por los celos y la necesidad de saber (¿qué amante celoso no necesita saber?), Hans consigue con astucia que Behrens lo invite a ver sus cuadros y nada más entrar ve, en efecto, colgado en una pared, un retrato de su amada. El retrato es malo, con poco o ningún parecido, apenas digno de un pintor aficionado en baja forma, pero la reconoce y se emociona: ¡ella está allí!

Hans dialoga con el médico —cuyos méritos pictóricos elogia sin comedimiento ni rubor, con el fin de sonsacarle cuanto pueda acerca de su relación con Madame Chauchat—, y en ese diálogo llegamos a una parte en la que hablan, precisamente, del supuesto parecido del retrato con la modelo y de las dificultades técnicas de captar ese parecido, y entonces leemos este sorprendente fragmento:

«Parece fácil captar su esencia, con esos pómulos tan marcados y esos ojos que parecen dos puñaladas en un tomate». (Trad. Isabel García Adánez).

¡Dos puñaladas en un tomate!

Como dije antes, esta comparación me hizo frenar en seco. ¿Puñaladas? ¿Tomates?

El insólito símil me produjo, instantáneamente, dos reacciones simultáneas y casi opuestas: por un lado, ya lo he dicho, me admiraron su frescura hortelana, su audacia y su brillo descriptivo. Antes de llegar a este punto se nos había hablado con cierta insistencia de los ojos «tártaros» de Clavdia, ojos, pues, asiáticos, esteparios de alguna manera, exóticos sin duda, diferentes de los ojos europeos, pero no se nos había dado ninguna descripción más o menos anatómica y precisa de ellos; solo nos cabía suponerlos rasgados y tal vez con los párpados poco visibles.

El símil con el que se atreve la traductora resulta, con esos antecedentes, eficacísimo, pues enseguida podemos «ver» el corte que el cuchillo hace en la piel fina, pero dura, del suculento fruto, y asociarlo con unos ojos rasgando un rostro terso. Eso, claro, siempre que el puñal (¡un puñal!) esté afilado y el tomate no demasiado maduro, pues entonces no habría un sutil corte, sino un brutal despanzurramiento. («Despanzurrar», por cierto, ¡un verbo con un par!). El símil, como se ve, no funciona incondicionalmente; deben cumplirse ciertas condiciones.

La otra reacción, en paralelo, fue la de dudar de que se tratase de un símil de Thomas Mann. No me parecía su tono, no me sonaba centroeuropeo. Esa puñalada y esos tomates me hacían pensar en algo más mediterráneo y también más teatral (My name is Iñigo Montoya. You killed my father. Prepare to die) de modo que no hubo más remedio que ir al original.

He aquí lo que dice Mann:

«Man denkt, sie muß leicht zu erwischen sein, mit ihren hyperboreischen Jochbeinen und den Augen, wie aufgesprungene Schnitte in Hefegebäck».

Sospecha confirmada: Mann no apuñala tomates. El símil original no pertenece al ámbito hortofrutícola, sino al de la panadería, a las masas y las levaduras, a las artesas y los hornos.

Hay, además, otra cosa significativa en la traducción de García Adánez: la eliminación de ese característico «hiperbóreos» con el que adjetiva los pómulos. De entre todas las traducciones que he cotejado, es la única que lo hace, y me parece una decisión desafortunada. No sé qué razones haya tenido la traductora para tomarla, aunque puede aventurarse que «hiperbóreos» le pareciera superfluo o poco claro para el lector hispanohablante, y haya preferido traducírnoslo a su vez con «pómulos marcados». Sin embargo, la elección de Mann fue esa adjetivación tan particular y característica y no creo que sea función del traductor convertirla en papilla para lectores supuestamente desdentados. Como lector habría preferido que no se me hurtase la decisión del escritor en este caso.

thomas mann
CC.

Volvamos a los ojos

El tuitero Fernando Ramos, al comentar este asunto, me hizo llegar la traducción de Mario Verdaguer (Plaza y Janés, 1962), que dice así:

«Uno cree fácil cogerla con sus pómulos hiperbóreos y con sus ojos que son hendiduras en un pastel».

La versión de Verdaguer (y prefiero no demorarme ahora en ese «cogerla») está más próxima al original, pero esto no es ningún mérito de por sí, y comparar los ojos con hendiduras en un pastel nos dice poco de ellos; no nos invita a imaginarnos esos ojos. ¿Qué pastel? ¿Grande, pequeño? ¿Qué hendiduras? Y más aún ¿Qué son exactamente  —y cómo— «hendiduras de pastel»? ¿De verdad que los pasteles tienen «hendiduras»? El esfuerzo de literalidad no rinde frutos literarios. No hay ni asomo de la repentina fulguración con que nos sorprenden y hechizan, en un luminoso instante, los tomates acuchillados de García Adánez.

El asunto de la originalidad

Azahara Palomeque, desde su lejanía americana, me avisa por Twitter de que esa comparación se la tenía oída de niña a su abuelo cordobés, para quien los ojos de Juanito Valderrama (gran patrón de los emigrantes de ayer, hoy y mañana) también eran puñalás en un tomate. Me añade que solo se la oyó a su abuelo y a nadie más, pero me pareció demasiada casualidad y me puso en guardia. El avezado lector y escritor José Antonio Montano, andaluz también, me dijo que la tenía muy oída y una busca en Google resolvió la duda: hay montones de ejemplos de puñaladas en tomates. Por eso podemos creer que la traductora ya conocía la plástica expresión: la recordó, le pareció estupenda —como me lo parece a mí— y la rescató para para su traducción. Volveremos a esta decisión, pero antes comparemos.

Traducciones a lenguas europeas

En francés he mirado dos traducciones. La de Maurice Betz es esta:

«On la croit facile à attraper avec ses pommettes hyperboréennes et avec ses yeux, qui sont des crevasses dans une pâtisserie».

Vemos que se respeta, comme il faut, el hyperboréennes, pero también vemos las hendiduras del pastel, y en realidad podemos sospechar que Verdaguer se remitió a la versión de Betz para este fragmento. Por su parte, la más reciente traducción de Claire de Oliveira nos propone:

«On se dit que cette femme doit être facile à saisir, avec ses pommettes hyperboréennes et ses yeux, qui sont comme des entailles dans de la pâte levée».

Esta segunda me parece más cumplida. El entaille nos lleva a un corte, algo que muchos lectores imaginarán como más fino y sutil que una hendidura. Aquí es mucho más fácil imaginarse esos famosos cortes que los reposteros le hacen a la masa fermentada por la levadura antes de meterla en el horno, en cruz, en diagonal o en formas caprichosas. Quien haya preparado masas para hornear entenderá cómo son esos sutiles cortes que luego se abren lentamente y por sí solos, un poco más. Mann transmite eso con precisión, mediante un aufgesprungene que muchos traductores dejan de lado.

El danés Ulrich Horst Petersen respeta lo hiperbóreo de los pómulos, el ámbito de las panaderías y el carácter de los cortes en la masa fermentada.

«Man tror, det må være let at få fat på med sine hyperboreiske kindben og med øjne som opsprungne snit i hævet brød».

La traducción al neerlandés de Hans Driessen tampoco nos depara sorpresas. Siguen lo hiperbóreo, los cortes, los panes y las levaduras:

«Je denkt dat je het makkelijk kun treffen, met die hyperboreïshce jukbeenderen en die ogen als opengesprongen sneden in een gistbrood».

En italiano, Ervino Porcar propone:

«Sembra facile coglierlo, con quegli zigomi iperborei e quegli occhi come spacchi in una pasta lievitata». 

La elección de spacchi me resulta poco precisa, porque puede ser «cortes», pero también «roturas», «rasgaduras», «abolladuras» e via dicendo. Adolece de la relativa imprecisión que le atribuyo a «hendiduras».

En portugués tengo la traducción de Herbert Caro:

«A gente imagina que deve ser fácil apanhá-la, com seus zigomas hiperbóreos e aqueles olhos rasgados como riscas na casca de um pão».

Aquí el traductor sencillamente no se fía, ora de la eficacia (la credibilidad, casi) del símil, ora de la capacidad imaginativa de sus lectores, y opta por explicar el asunto, eliminando cualquier espacio para la duda, lo que consigue recordándonos de que los ojos eran, en efecto, rasgados.

Por último, la traducción inglesa de Helen Lowe Porter compara los ojos tártaros con las grietas o, más violentamente, rajas, en una barra de pan, solo que con loaf parece referirse al pan ya horneado y no a la masa fermentada en la que se realizan los cortes antes de meterla en el horno (igual que hace la traducción al portugués al hablar de casca):

«You might think she would be easy to capture, with those hyperborean cheek-bones, and eyes like cracks in a loaf of bread».

A modo de resumen, tenemos lo siguiente:

  • Todas las traducciones cotejadas respetan la caracterización de los ojos de Madame Chauchat como «hiperbóreos», excepto García Adánez, que prefiere masticárnoslo más con sus «pómulos marcados».
  • Todas se ciñen también al ámbito de la panadería para traducir el símil sobre los ojos, excepto —de nuevo— García Adánez.
  • Solo las traducciones a lenguas muy próximas al alemán (la holandesa y la danesa) han respetado la descripción de esos cortes o hendiduras o grietas en la masa fermentada como aufgesprungene, que ofrece también una variada gama de opciones (por ejemplo la idea de una erupción volcánica que abre un nuevo cráter para que salga la lava). Las demás traducciones, incluida la inglesa, han optado por suprimirla.
  • La imagen elegida por García Adánez ye estaba «hecha» y forma parte del acervo popular de algunas regiones o comarcas.

Hace poco me ocupé en Lapsus calami de otra comparación de Mann, hecha con elefantes y grúas portuarias, donde explicaba algunas nociones teóricas sobre metáforas, que vuelvo a necesitar para explicar mi cauta predilección por la traducción de Isabel García Adánez. Aunque son conceptos que se aplican sobre todo a las metáforas, explican también el funcionamiento de los símiles.

Tenor, vehículo, fundamento y tensión

En el original de Thomas Mann, el término real (a veces los retóricos lo llaman el tenor) del símil son los ojos, mientras que el vehículo o término imaginario son los cortes en la masa del pan. Con qué naturalidad, fluidez y creatividad se llega al término real a bordo del vehículo, está en función del fundamento del símil (el grado de proximidad entre ambos términos) y de su tensión (que es lo contrario del fundamento, o sea, su lejanía).

Nótese que la diferencia entre un símil y una metáfora está en que en la última solo aparece el vehículo, el término imaginario, pero no el término real al que tenemos que llegar, mientras que en el símil están ambos términos a la vista del lector. Por eso la metáfora añade un grado de dificultad al símil, ya que el lector no solo debe entender por qué razones lo que leen es un vehículo para llegar a otra cosa que no leen, sino que antes deben darse cuenta de que las palabras que acaban de leer no valen por sí mismas, sino que se refieren a algo que no se ve. También se entiende ahora que los símiles soporten una tensión mayor que las metáforas entre sus dos términos: al estar presentes ambos, la mitad del trabajo interpretativo del lector ya está hecha.

En el caso que tratamos, García Adánez es la única que recurre a un vehículo distinto del original, y de los panes pasa a los tomates, así que está permitido preguntarse por qué.

Como no tengo el gusto de conocerla ni he hablado con ella, solo puedo ponerme a imaginar cosas, y se me ocurren dos explicaciones. La primera es que le haya parecido que el vehículo de Mann —los cortes en la masa—, no guarda una relación suficientemente equilibrada con el término real, y que podría ser aceptable usar otro vehículo para que esa relación fuese más eficaz.

Para entender mejor el asunto, hagamos el ejercicio de convertir en metáfora el símil de las dos traducciones españolas.

En la de Verdaguer esta operación daría algo como:

«Uno cree fácil cogerla con sus pómulos hiperbóreos y con esas hendiduras de pastel».

O incluso, para facilitarlo más:

«Uno cree fácil cogerla con sus pómulos hiperbóreos y con esas hendiduras de pastel en su rostro».

No sé a ustedes, pero me parece que esta metáfora, si la consideramos aisladamente, tiene una gran tensión, y el viaje desde hendiduras de pastel a ojos es harto caprichoso; las hendiduras de pastel podrían ser también, por ejemplo, unos supuestos hoyuelos en las mejillas, o unas indeseables arrugas. Esta explicación, no obstante, no pretende enmendarle la plana a Mann y ni siquiera a la traducción de Verdaguer, ya que a esta metáfora se llegaría en la novela tras varias alusiones al rostro y ojos de Madame Chauchat. Habiendo sido advertidos del carácter tártaro de sus ojos, esas hendiduras se harían más inteligibles: la tensión de la metáfora habría disminuido; su fundamento, aumentado.

Convirtamos ahora en metáfora el símil de García Adánez. Para hacerlo hay que retorcerlo algo, ya que sería muy raro hablar de «puñaladas en un tomate en su rostro», de modo que nos saldría algo como esto:

«Parece fácil captar su esencia, con esos pómulos tan marcados y esos dos tomates apuñalados en su rostro».

Convendrán conmigo en que si el símil «ojos que parecen dos puñaladas en un tomate» es atrevido y chocante, transformado así en metáfora los ojos ya no son los cortes en la piel del tomate, sino que son los tomates mismos: sencillamente chusco y rechazable sin mayor análisis. En este caso la tensión de la comparación expresada con una metáfora es excesiva y no funciona, pero expresada con un símil, sí.

Dejemos ahora de lado el asunto de las metáforas y vayamos al símil, que es lo que encontramos en el original de Mann.

Los cortes, cortes son, ya en una masa panadera, ya en un tomate. Por eso no creo que rebajar la tensión del símil haya sido la razón de la traductora para alejarse del obrador de Mann, de manera que, descartada esta hipótesis, me adhiero más a la segunda. A saber: enfrentada al símil original, le vino a la memoria la superferolítica imagen de los tomates acuchillados y no se resistió: la tentación fue muy fuerte.

En otras palabras, la decisión de Isabel García Adánez fue, sobre todo, de naturaleza estética y estilística. Fue también audaz, como ya he señalado, y la audacia tiene su precio. En este caso el precio es el de un cierto derrame —o desparrame— cultural (porque sería excesivo hablar de una operación de aculturación). En efecto, el símil de Mann está hecho de domesticidad, de hogar, de cocinas con aromas a harinas y levaduras y con el calor del horno listo para cocer. Hay una amabilidad casera, hogareña, en esa imagen, que desaparece ante la de alguien asestando una puñalada a un tomate, el frío y dramático acero violando el fruto rojo, como roja es la sangre; violencia en la cocina, que venga la policía. Hay una carga dramática, mediterránea, de tragedia griega, en ese apuñalamiento de un fruto tan propio de la Europa meridional. Comprendo que a muchos lectores le parezca excesivo y piensen que la traductora ha ido demasiado lejos.

Admito la acusación porque la entiendo, pero me inclino por la indulgencia en este caso; todo lo más me avendría a un cariñoso reproche. La traducción de García Adánez, con su carga dramática y pasional, es un chorro de originalidad y frescura que produce alegría literaria, estética, en cualquier lector que aprecie estos arranques de valentía y genio. No obstante, el tuitero Marcial Delgado, que admira la labor de esta traductora, de la que ha leído otros trabajos, añade una preocupación a su reproche: «Entiendo el símil buscado por la traductora, pero el salto al tomate me parece excesivo. Lo peor es no saber cuántos saltos más de este tipo estarán escondidos en la traducción y no advertiremos».

Esa sospecha, estimado Marcial, hay que tenerla siempre cuando se leen traducciones, ¿o es que cree que la bobadita italiana sobre los traductores carece de todo fundamento?

Así pues, a pesar del dolor que nos causa García Adánez arrancándonos tan violentamente de las coordenadas culturales centroeuropeas en el símil de Mann, aplaudo el desparpajo y la brillantez de sus puñaladas tomateras.

 

 

[Fuente: http://www.jotdown.es]

Dans « The Most Beautiful Boy In The World », Kristina Lindström et Kristian Petri reviennent sur le parcours de Björn Andrésen, l’acteur de « Mort à Venise » à qui Visconti a tout enlevé en lui confiant ce rôle. L’histoire tristement banale d’un adolescent arrivé au sommet, pour qui la chute a été brutale.

Bjorn Andresen

Publié par Margaux Vanwetswinkel

4 000 dollars. C’est la somme qu’a touché Björn Andrésen pour son rôle de Tadzio dans Mort à Venise de Luchino Visconti. Un maigre butin pour celui qui a payé toute sa vie le prix d’être un enfant-star. Dans The Most Beautiful Boy in the World, les réalisateurs suédois Kristina Lindström et Kristian Petri reviennent sur le destin du « plus beau garçon du monde », dont la vie a changé du jour au lendemain.

Tout commence en 1970. Après plusieurs mois de recherche, le cinéaste italien Visconti a trouvé le Tadzio de son adaptation de Mort à Venise de Thomas Mann. C’est à Stockholm qu’il découvre ce garçon aux faux airs de statue grecque, semblable à la description que l’écrivain faisait de son personnage. Sur les images du casting, on voit un jeune homme torse nu (à la demande du cinéaste), qui arpente la pièce sous les directives de Visconti. Son visage angélique dissimule à peine sa gêne.

Björn Andrésen a 15 ans. Il est orphelin et habite chez sa grand-mère. C’est pour elle qu’il a accepté ce rôle, sans savoir vraiment de quoi il en retourne. Les propos du film, sur le désir, les amours interdits, lui passent par-dessus de la tête, il ne parle pas la langue, et Visconti lui donne des indications telles qu’« avance », « recule », « souris », « éloigne-toi ». C’est tout.

Le basculement opère au moment de la projection du film à Cannes. « J’avais tout juste 16 ans, Visconti et l’équipe m’ont emmené dans une boîte gay. Presque toute l’équipe était gay. Le serveur du club m’a mis très mal à l’aise. Ils me regardaient tous, impitoyables, comme un morceau de viande. » Si Andrésen précise que le réalisateur avait explicitement interdit à l’équipe de s’approcher de lui, cette scène n’est malheureusement que le début de ce à quoi ressemblera sa vie. Il est désormais un fantasme ambulant, un « objet sexuel », coincé à tout jamais dans le rôle de « plus beau garçon du monde ».

« Il a l’impression d’avoir été exploité par un réalisateur [Visconti] », racontent au Screendaily les cinéastes suédois qui retracent sa carrière, à qui l’acteur a confié : « Ce film a détruit ma vie. » Après sa projection (à Londres, la reine Élisabeth et la princesse Anne iront le voir), l’acteur est embarqué dans un tourbillon : le voilà parti au Japon, où il devient une véritable star.

Chansons, publicités… Andrésen est la coqueluche occidentale du moment. Au point où il inspire de nombreux créateurs de mangas, qui reproduisent son visage à l’infini. Il vit même avec la peur qu’on lui coupe les cheveux pour lui voler ses boucles blondes.

C’en est trop pour ce gamin jeté en pâture dans le monde des adultes. La chute sera brutale. Il disparaît, se retranche dans son coin, tombe en dépression, boit, fait un peu de musique, et puis quelques apparitions par-ci, par-là. « Il a l’impression d’être un échec. Il avait l’ambition d’être musicien », rapportent Kristina Lindström et Kristian Petri.

À soixante ans passés, Björn Andrésen vit encore avec ses démons. Si on l’a vu dans Midsommar, il a gardé profil bas, traumatisé par son succès et toute l’attention dont il a été l’objet.  « Je suis le plus vieil enfant du monde », disait-il à Libération en 2005. Désormais, ses cheveux sont blancs, sa maigreur inquiétante. Dans ses yeux demeurent pourtant les traces de l’enfant qu’il a été.

 

[Photos : John Springer Collection/CORBIS/Corbis via Getty Images – source : http://www.vanityfair.fr]

 

 

Escrito por Joseph Hodara

Al tomar vuelo el racionalismo europeo en los siglos XVIII y XIX el ser judío encaró un espinoso dilema: continuar el apego a su primaria identidad y a las fuentes que la modelan o adherir al nuevo orbe cultural que considera a Dios una inteligente invención humana que  fecunda las artes aunque apenas se hospeda en la disciplinada Razón.

Conforme a este predicamento algunas comunidades judías resolvieron preservar la fe y los hábitos difundidos desde el Sinaí hasta los textos talmúdicos. Otras alentaron el prudente ingreso a la amplia sociedad sin renunciar a nuevas prácticas seculares. Y también se conocieron aquellas que radicalmente se alejaron de ambas actitudes con el fin de redefinir la añeja y divina Otredad con mandamientos dictados ya por un alto líder, ya en algún escenario social.

Cuentos y novelas de Isaac Bashevis Singer envuelven estos tres escenarios. Y en ellos se despliegan como páginas sagradas sin eludir interrogantes que abrieron con dilatada libertad las olas del progreso y la gestación de nuevas ilusiones. Y en todos sus textos sumó una irrefrenable sensualidad alimentada por un sostenido amor al cuerpo femenino.

Nació en Radmizin, una aldea cercana a Varsovia entre 1902 y 1904. La fecha caprichosamente cambió conforme a los trajines de su vida.  » Lealtad, ascetismo, severidad » habrían sido los principios que modelaron su infancia según el puntual retrato de Florence Noiville en su lúcida biografía. Hijo y nieto de rabinos, Bashevis puso interrogantes a predicamentos religiosos tradicionales, y sobre los generosos hombros de su hermano mayor se alejó al fin de los sagrados textos.

Sus primeras incursiones con F. Dovstoyevski, Th. Mann, S. Zweig, K. Hamsun y otros le condujeron a inquietos lugares que se sumaron a su indeclinable pasión por lo femenino. Impulsos que se ampliarán hasta el fin de sus días. Sus dos hermanos – Israel y Esther – también llenan no pocas y meritorias páginas, pero no alcanzaron los ecos que merecieron las suyas.

Isaac Bashevis Singer, cronista de un mundo desaparecido | El Cultural

Entre la tormenta bélica y el silencio de Dios

En las calles del guetto polaco tembló la noticia: el aspirante al trono austrohúngaro asesinado en Bosnia. Ocurrió en los primeros meses de 1914.  De aquí las llamas se multiplicaron en Europa e hicieron hervir revoluciones, muertes y dictaduras. Un año después los alemanes invaden Varsovia; polacos y rusos se rinden. Isaac recuerda el gris murmullo de su padre: « Leer hoy las noticias es tragar veneno en el desayuno… »La familia resuelve abandonar la capital y aislarse en una aldea alejada de un nervioso mundo donde las variedades del comunismo y del sionismo abruman la escena. Y en el nuevo rincón Bashevis se asoma a otras páginas: M. Mojer Sfarim, Shalom Aleijem, Bialik, Chernijovsky. Y a las de Spinoza en particular con sus laicos teoremas que perturban y entusiasman.

Desde la temprana adolescencia cultiva el cuerpo y la imagen de la mujer. Inesquivable ardor encendido al espiar a su hermano Yehoshua cuando pintaba y esculpía. Recuerda: « Ver los pechos desnudos de las adolescentes me estremeció… Pensaba que solo las madres con hijos los tenían… »  Imágenes que afiebrarán sus instintos hasta el último minuto.

Retorno a Varsovia

Al frisar los 18 años y dejando atrás el seminario rabínico, Isaac regresa a Varsovia. Su hermano Israel prefiere alejarse de Europa con su esposa e hijos y llega a Nueva York. Bien pronto él gana celebridad con textos en yidish que colman escenarios y páginas. Y no descansa para atraer a su hermano a esta bulliciosa ciudad. Generosa actitud y respaldo que Isaac apenas agradece. Confiesa: « Solo tengo solo dos dioses:  mujeres y literatura… » Y en verdad, lo demás le fue ajeno. En 1935 abandona Polonia y cruza el océano a través de Alemania y Francia hasta llegar por fin a América.

Isaac Bashevis Singer | Library of America

Edén en la Tierra

En los años treinta del pasado siglo, amplias olas de migrantes  arriban a New York desde múltiples rincones del mundo. Frescas y embriagantes ilusiones los abruman. A semejanza de no pocos de ellos, Isaac acierta a superar las filosas preguntas en el puerto y se integra a los tres millones de judíos que moran en la ciudad. Con dilatada y habitual generosidad su hermano Israel lo recibe y lo ayuda. Actitud que no merece reconocimiento alguno de su parte.

Con su apoyo Bashevis empieza a escribir notas en el Forward, un periódico neoyorquino en yidish que entonces ofrecía refugio y trabajo a no pocos. La redacción de una nota semanal le reporta un modesto ingreso. Israel publica un tercer libro – Los hermanos ashkenazim – que multiplica su nombre al lado de celebrados escritores del país. En negro contraste, el aislamiento, la depresión y la esterilidad creativa abruman en aquellos días las horas de Isaac.

Un amor imprevisible

En 1937, el accidental encuentro con Alma redefinió su vida. Mujer mesurada y elegante, educada en Alemania y madre de dos hijos, ella apenas acierta a descifrar una palabra en yidish. Al toparse con Isaac escribe: « Es joven, delgado, rubio, casi calvo…Con ojos azules que algo buscaban…Y escuché que escribía un libro… » Desde ese momento Alma se convierte en rehén de sus deseos pagando un alto precio: el abandono de su esposo y sus dos hijos. Isaac se aventura en un matrimonio sin informar al solícito hermano.

Nuevos rumbos

Las noticias que llegan desde Europa – de Varsovia en particular – inquietan a Bashevis. La persecución y la muerte de más de dos millones de judíos que habitaban Polonia, el fracaso de la revuelta del guetto en 1943, la desaparición de su madre: episodios que ennegrecen su ánimo. Por añadidura, apenas atina a encontrar creativos canales de expresión. Su pasado muere y el presente apenas alumbra cuando acontece un vuelco inesperado: el fallecimiento de su generoso hermano que apenas frisaba los cincuenta años. Al saber de Sobibor y Auschwitz su corazón se rindió. Volúmenes como Los hermanos ashkenazi, Acero y bronce – además de no pocas piezas teatrales – le habían concedido amplio nombre. Su muerte libera a Isaac. Y desde aquí empieza a colmar páginas hasta dar nacimiento a su celebrada Familia Mushkat, que pinta sus ajetreos para sobrevivir en un inhóspito entorno.  Pocos años después se conoce también la versión en inglés al lado del yidish que es, a su juicio, el idioma más rico del mundo.  Y para parir y adelantar sus obras rompe nudos con no pocos: con la religión, con Polonia e incluso con su hijo que vive lejos en algún kibutz.

Isaac Bashevis Singer's portraits – Image Gallery | Gallery | Culture.pl

Conquista América

Dos escritores norteamericanos – Grinberg y Howe – se familiarizan con sus relatos en yidish. Para difundirlos, ambos buscan un puntual traductor al inglés que al fin encuentran en Saúl Bellow, ya entonces celebrado escritor. Bellow arma una brillante traducción que le concede a Bashevis amplio nombre y celebridad.

Y desde entonces se multiplican sus páginas. Un texto que mereció desiguales versiones es El espejo. Aquí la joven Tzirl se interroga … »¿Existe Dios? ¿Es en verdad piadoso?  ¿Creó el mundo? ¿Vendrá el Mesías? ¿Tocará Eliahu la trompeta en el monte de los Olivos? ¿Superará Dios a Satanás ?…En mi íntimo corazón soy atea… Todo es vacío, desorden, la nada… Pero tal vez la justicia despuntará al final de los días… » Un abrumador monólogo.

Con lentos pero resueltos pasos Bashevis se presenta también en inglés. Un tránsito difícil que otros – Nabokov y Kundera- conocieron a avanzada edad. Cambiar idiomas implica en verdad una radical mudanza de los labios y de los nervios que nos gobiernan.

Nace un escritor

En sus primeros pasos la esposa Alma aporta a Bashevis el principal ingreso. Insiste: « Soy un escritor judío y por accidente resido en USA… » En el andar del tiempo sus páginas se multiplican en obras como Beit HadinHasatánEn la corte de mi padre, que despliegan las luces y sombras de la vivencia diaspórica.  Escribe también para niños.

En 1970 recibe un primer premio literario que le abre la ruta hacia el privilegiado recinto de escritores como Faulkner, Bellow, Roth. Cuenta ya con bien escogidas mecanógrafas que también lo satisfacen en la intimidad. Y a menudo no atina a autodefinirse: « Soy un cerdo« … ¿un chiste? … Nadie le responde.

Apenas unas palabras

Su hijo Israel le pide un encuentro después de 25 años de mutuo silencio. Al desembarcar en Nueva York apunta: « Entre el gentío que esperaba me pareció ubicarlo… Me miró atentamente con frenadaemoción. Me llamó por mi nombre de niño… Nos estrechamos las manos en silencio… » Entonces Israel supo que Bashevis estaba casado, y más tarde concluirá: « No tengo lugar en mi padre… no tiene tiempo ni dinero… » Un helado vacío que los días y el tiempo apenas corregirán. Para Isaac, una red familiar implicaba estricta y severa prisión.

El Nobel

El premio que injustamente le fue negado a no pocos – a un Borges entre otros- distinguió sin embargo a Bashevis. Corría el año 1978. Y Dévora, su leal traductora y chofer que a veces endulzaba su cuerpo, le comunica la recepción del Nobel. Él pensaba que con la alta distinción que Agnón recibiera en 1966 se habría agotado la cuota a los escritores judíos. Pero múltiples llamadas telefónicas – incluso del presidente Carter en horas del Yom Kipur- le desmienten. Y como era de esperar, no pocos de sus colegas se sienten lastimados por la elección de la Academia sueca.

En diciembre de 1978 Bashevis se presenta en el multitudinario y celebrado escenario. Sus primeras frases son en yidish, idioma radicalmente extraño para la amplia audiencia. Nunca antes un escritor en este idioma había merecido el premio. Y de aquí transitó  al inglés para aludir a sus fuentes creadoras. Desde entonces sus libros y las compensaciones se multiplican, y algunas de sus páginas incluso merecen la traducción al polaco.

Biography — Isaac Bashevis Singer

La memoria se adormece

Octogenario y vegetariano, Bashevis preserva un cuidadoso orden del día matizado por caminatas y el vegetariano comer. Cuando un periodista del New York Times le pregunta: « ¿Quién es judío? », responde: « Todo quien tiene dificultades para dormir y no deja dormir a nadie… » Y en cuanto al yidish, se cuestiona: « ¿Por qué en Israel no lo hablan? ¿Olvidan que es el idioma del guetto, de las cámaras de gas, del teatro? ¿Por qué avergonzarnos? … » Al parecer, ignoraba la existencia de cátedras universitarias en este país y de no pocos grupos amantes del idioma. Postura que no le impide confesar que « Gogol influyó en mí mucho más que Scholem Aleijem… »

Al final su memoria quiebra y los nervios crispan. Su fiel secretaria Dévora lo abandona. En páginas que ulteriormente escribe lo recuerda: « A veces atento y cordial, y, a veces, lastima y ofende… » Por su lado, Bashevis se aleja del mundo sin olvidar que … « nunca fui un buen esposo…« 

Su hijo pidió que sea enterrado en Israel. La esposa Alma se opuso. Y los restos de ella duermen muy cerca de Bashevis. En su tumba se inscribió un pasajero error ya corregido:  » noble «  en lugar de (premio) Noble…

Los archivos de la Universidad de Texas en Austin, EEUU, almacenan testimonios de sus pasos y páginas. Cuando estuve allí por algún trabajo o pretexto visité los últimos refugios de Bellow, Roth, Shtein y Einstein, personajes que dejaron trozos de su quehacer. Bashevis convive con ellos.

Él pensaba que fue « una letra más en el infinito texto de Dios… »  ¿Expresión ajustada? ¿Desborde del ego? La respuesta depende del juicio del lector.

Ławeczka Isaaca Bashevisa Singera w Biłgoraju – Wikipedia, wolna encyklopedia

 

[Fuente: http://www.diariojudio.com]

La historia de la familia Buddenbrooks cumple 120 años y los lectores siguen celebrándola. En esta nueva visita a la novela de Thomas Mann salen al paso las obsesiones del escritor alemán y las pifias cometidas en cierta traducción.

Escrito por Ricardo Bada

El Premio Nobel de Literatura 1929 fue concedido a Thomas Mann “principalmente por su gran novela Buddenbrooks, que ha obtenido un reconocimiento cada vez mayor como una de las obras clásicas de la literatura contemporánea”. Fue la segunda vez que la Academia Sueca aludió en la fundamentación del premio a una obra concreta: la primera tuvo lugar en 1920, cuando acordaron otorgar el galardón a Knut Hamsun “por su obra monumental, Bendición de la tierra”. Thomas Mann describió entonces a Hamsun como un descendiente de Nietzsche y Dostoievski, añadiendo que nunca se había concedido el Premio Nobel a una persona más merecidamente.

En cuanto a la novela de Mann, se publicó el 26 de febrero de 1901, hace pues ahora 120 años, con subtítulo que suele olvidarse: Buddenbrooks. Verfall einer Familie [Buddenbrooks. Decadencia de una familia], y sin más ni más pasó a formar parte del canon de la literatura universal. El subtítulo es en realidad un understatement, porque lo que Mann narra con una precisión de neurocirujano, a sus nada más que 25 años, un mes y doce días, es la decadencia de la burguesía, o para ser más exactos, de la clase media alta, encarnada en esa familia de Lübeck, los Buddenbrooks.

Yo leí la edición de Janés de Buddenbrooks, en su colección Manantial que no cesa (que conservo y es un tesoro), en Sevilla, 1958; devoré sus 660 páginas de apretada tipografía en menos de tres tardes, tras las horas pasadas en la Universidad, donde estudiaba Leyes. Quedé atónito pensando en la edad del autor. Luego, en Alemania, y ya sabiendo alemán, la volví a leer en el original, y entretanto sabía mucho más acerca de ella. Que el editor, Samuel Fischer, al recibir el abultado manuscrito le escribió a Mann diciéndole que la aceptaba a condición de que la redujese a la mitad. Mann se negó en redondo y tuvo la suerte de contar a su favor con el consejo de lectura de la editorial. Fischer cedió, la publicó en dos volúmenes, y aunque hubo un principio algo reticente, a partir de la segunda edición empezó a venderse como chicles a la puerta de una escuela. Cuando le conceden el Nobel a Mann la edición en alemán y en los idiomas a que ya había sido traducida llegaba a los 185 000 ejemplares, y al lanzarse la edición de bolsillo, en diciembre de 1930, se había superado la barrera del millón. Al celebrarse el centenario de su publicación, en el 2001, llevaba vendidos más de 10 millones de ejemplares.

Uno de sus primeros reseñistas fue nadie menos que Rilke, quien escribió que Mann, al intentar ponerse a escribir un esbozo autobiográfico, “se vio en la necesidad de relatar la vida de cuatro generaciones. Lleva su tiempo, hay que tener tiempo para la secuencia tranquila y natural de estos acontecimientos, precisamente porque nada en el libro parece estar ahí para el lector”. Thomas Mann nos presenta un fresco que comienza en 1835 y termina en el 1900, cuando pone fin a su manuscrito. La historia de los Buddenbrooks contada con una lupa de microscopio y que nos hace vivir paso a paso el derrumbe de una familia patricia de Lübeck, desde la prosperidad hasta el despojo de su fortuna, y la reacción de la sociedad hanseática frente a tal infortunio, una reacción que no podía ser otra sino la sorna y aquello que los alemanes llaman schadenfreude, la alegría por el mal ajeno. Un réquiem alemán como el de Brahms, en toda regla.

***

Los países no monárquicos disponen de sus propias dinastías. Con toda seguridad, para los Estados Unidos es la familia Kennedy. Con toda seguridad, para los griegos es la familia Onassis. Con toda seguridad, para los alemanes no es otra que la familia de Thomas Mann.

Además de su hermano Heinrich, el autor de la novela Professor Unrat (que llevada al cine se tituló El ángel azul y consagró internacionalmente a Marlene Dietrich), los seis hijos de Thomas Mann se dedicaron de un modo u otro a escribir o investigar: Erika, Klaus, Golo, Monika, Elisabeth y Michael. Hasta la viuda de Thomas Mann, Katja, si bien no escribió, sí dictó sus Memorias.

Pero no es eso tan solo lo que los convierte en la dinastía alemana del siglo XX, sino el hecho de que sus destinos encierran tal cantidad de telenovela que todavía hoy nos dejan boquiabiertos. Se trata, como lo definió un periodista alemán, “de un clan de suicidas, drogadictos y pederastas, todos muy ingeniosos y bien educados, y todos terriblemente infelices (a excepción de la esposa de Thomas, Katja, y de su tercera hija, Elisabeth)”.

El mismo periodista añade que el éxito mantenido y la siempre viva actualidad de la gran novela de Thomas Mann, Buddenbrooks, radica en que “esta novela vivida es hoy tan atractiva e inteligible porque en su ambiente burgués ya se ensayó y preludió todo aquello que muy poco después de la muerte de Thomas Mann sería cotidiano en las comunas del mundo occidental, para consumistas pequeñoburgueses: sexo y drogas y rock & roll”.

Y una cosa es absolutamente cierta: con Thomas Mann tenemos el caso del único escritor que estuvo a punto de ganar dos veces el Premio Nobel de Literatura. Porque ganar dos veces el Premio Nobel ya lo había conseguido antes que él Madame Curie: el de Física en 1903 y el de Química en 1911. Y luego de la muerte de Thomas Mann ha habido otro doblemente galardonado: Linus C. Pauling obtuvo el de Química en 1954 y el de la Paz en 1962. Pero alguien que lograse dos Nobel, y del mismo cuño, y ése además el de Literatura, no hubo nunca. Thomas Mann estuvo a punto de serlo, pero como dijo alguien, antes de que se lo concedieran por segunda vez se murió por primera vez.

Por otra parte, también es un caso extremo el de Thomas Mann en el sentido de que ha tenido dos carreras literarias diametralmente distintas. La una cuando vivo, la otra cuando muerto: casi como el Cid. Y esta segunda carrera se inicia cuando se publican póstumamente sus Diarios, que son una auténtica joya de la literatura memorialística y uno de los descensos más vertiginosos a los abismos del alma humana. Nadie contaba con ellos, Thomas Mann había caído ya casi en el olvido, y de repente, ¡qué conmoción, la publicación de sus Diarios! Otra persona distinta de la que creíamos conocer, otra mirada, otras pisadas.

***

A título personal diré que mi relación con Buddenbrooks ha sido muy fecunda, es posiblemente la novela a la cual dediqué la mayor atención a lo largo de toda mi vida de lector impenitente.

Allá por 1980, la emisora en la cual me desempeñaba, la Deutsche Welle (la BBC alemana), y Radio Madrid de la cadena S. E. R. decidieron coproducir en español una radionovela basada en un texto original alemán. En la reunión de pauta propuse Buddenbrooks y la propuesta se aceptó de manera unánime. Es más, me encargaron el manuscrito de la radionovela, y puse manos a la obra. Había que convertir aquellas 660 páginas en 65 capítulos de media hora cada uno, para emitir en 13 semanas, de lunes a viernes, debiendo acabar “en punta” los capítulos terminados en 5 o 0, a fin de mantener despierta la atención del oyente durante el fin de semana.

Tengo a la mano el ejemplar sobre el que trabajé y constato que llegué a capitular hasta la página 386, final de la Séptima Parte. Esa relectura a fondo, para la adaptación, escudriñando hasta el último rincón su arquitectura, elevó mi admiración a un grado superlativo, y aunque el proyecto finalmente no se llevó a cabo, me hizo releer de nuevo el original, que me dejó atónito. Tanta perfección es rara de encontrar en una ópera prima de esas dimensiones épicas.

Eso además de que leyéndola por primera vez, hace ya más de sesenta años, me despertó de un modo irreprimible una de mis pasiones más acendradas. Sepan por qué. En la página 57 de esa edición española que manejo, “tres o cuatro amiguitas tiran del cordón de la campanilla con todas sus fuerzas, y cuando aparece la vieja, Tony pregunta con simulada afabilidad si viven allí el señor y la señora Spucknapf, y luego echan a correr con gran alboroto”. El lector español se preguntará por qué, y en su curiosidad llegará al extremo de consultar un diccionario bilingüe, el cual le ilustrará acerca de que “spucknapf”, en alemán, significa “escupidera”. Con lo cual queda entendida la estúpida y cruel broma de las amiguitas.

Pero sigamos leyendo. Solo dos páginas más adelante nos enteramos de que “el Pastor Hirte consideraba el colmo de la felicidad la coincidencia entre su profesión y su nombre”. Y aquí, el traiductor se consideró obligado a añadir una nota en la que explica que “Hirte”, en alemán, significa pastor. Es decir, que en una frase cuya enunciación nos está diciendo bien claro que en alemán “Hirte” significa pastor, el traiductor nos lo aclara a pie de página, pero dos páginas más atrás, donde nada permite adivinar la razón de que unas niñas echen a correr alborozadas luego de haberle preguntado a una viejecita si en su casa vive el matrimonio Spucknapf, el mismo traiductor no nos aclaró nada. ¡Pues qué bien!… Ese fue el momento en que nació mi irredimible pasión cinegética por la jungla de la traducción.

Entretanto, el lector avisado habrá ya descubierto que cada vez que me refiero a esta obra maestra de Thomas Mann la nombro llamándola Buddenbrooks y no Los Buddenbrook, como se la conoce comúnmente en nuestro idioma. Tengo mis razones para ello, en las cuales me asiste una autoridad tan indiscutible como es la del propio autor.

Ocurre que en 1950 un aristócrata escandinavo, el barón Buddenbrock, le escribió a Thomas Mann interesándose por saber de dónde había sacado el patronímico de su novela, y si existía alguna conexión entre su familia y la del libro. Y Mann le contestó desde Suiza lo que sigue: “Mi novela juvenil se titula Buddenbrooks y no Los Buddenbrooks. Este artículo solo se lo antepondría a un apellido noble, no a uno burgués”. Y luego le dice que Buddenbrook significa “páramo de tierras bajas” y que recuerda haber leído acerca de un barón von Buddenbrook (no Buddenbrock) en una novela de Theodor Fontane, posiblemente El Stechlin, pero que Buddenbrook, sin el “von”, se encuentra en los ambientes burgueses de la Baja Alemania. Así de sutil y de escrupuloso era Thomas Mann. Créanme si les digo que vale la pena [re]leerlo.

 

Ricardo Bada es escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

‘El espectador’ reúne parte de los diarios de Imre Kertész en los que el escritor húngaro analiza hasta extremos torturantes asuntos como el Holocausto o la literatura

Escrito por JOSÉ MARÍA GUELBENZU

La figura de Imre Kertész es emblemática del destino de un escritor europeo del pasado siglo. Nacido en 1929, fue enviado al campo de exterminio de Ausch­witz a los 15 años. Era hijo de una modesta familia judía afincada en Hungría. De Auschwitz pasó a Buchenwald. Su historia como prisionero resulta cercana a la vivencia de otro inquilino de este último campo de su misma edad: Jorge Semprún. En 1975 escribió la que es hoy considerada como una de las mejores novelas sobre el Holocausto: Sin destino, que pasó sin pena ni gloria. Tras la liberación, apenas tuvo tiempo de disfrutar de la libertad: el régimen prosoviético instalado en Hungría tras la guerra le clasificó como un intelectual burgués decadente, un “enemigo del pueblo”, haciéndole la vida muy dura. Sobrevivió como pudo, dedicado a trabajos menores. Después de los setenta consiguió una cierta nombradía como traductor, pero siguió siendo un marginado; su primera novela, como hemos dicho, apenas tuvo resonancia en los círculos literarios de su país. Vivió con su primera esposa, Albina Vas, en un piso minúsculo donde escribió, además de Sin destino, otras dos grandes novelas: El fracaso y Kaddish por el hijo no nacido (1988 y 1990). Tras la caída del muro de Berlín, comenzó a ser reconocido y participar de la vida cultural húngara; su obra, boicoteada hasta entonces, empezó a saltar fronteras. Por fin, la concesión del Nobel en 2002 lo sacó del desconocimiento en todo el mundo. Otra historia más de persecución por el funcionariado del totalitarismo comunista, pero esta vez con final feliz.

El espectador reúne los textos de su Diario (tres volúmenes) escritos entre 1991 y 2001. Se encuadra entre medias de Diario de la galera y La última posada, los otros dos (todos en Acantilado, igual que el resto de su obra). La figura de Kertész es la de un resistente, pero en este libro que comentamos es ya un autor reconocido en el extranjero, su ostracismo ha terminado. Una de las dos únicas entradas fechadas se corresponde con el 3 de octubre de 1995, la muerte de Albina, su primera mujer: “Hace 42 años”, escribe, “ella puso su vida en mis manos… Se lleva consigo la mayor parte de mi vida, en la que comenzó y se hizo realidad mi creación y en la que, viviendo en un matrimonio desdichado, nos amamos muchísimo”. La otra entrada (mayo de 1995) muestra el dolor y la culpa: “Mi arte como una tragedia para ella. Mi insuficiencia como ser humano. El oficio de carcelero como metáfora. Cuando la ingresé en el hospital”. Después llega Magda, su segunda esposa, como un regalo del destino para ayudarle a expiar su sentido de culpa.

Son muchos los asuntos que le ocupan en el libro. El análisis y el auto­análisis llegan a extremos torturantes. Destacan la reunificación alemana, la caída del Muro, la vocación y la literatura. Habla, por ejemplo, de ciertos “autores civilizados”, occidentales —Camus y Thomas Mann entre otros—, cuyo oficio de escritor desprende cierto sabor amargo “como un aroma bien amaestrado, que no es acerbo, no es cicuta, sino un agradable Campari”.

Tema recurrente es Auschwitz. Rebatiendo la pregunta de Adorno, dice: “Hacer arte de Auschwitz supone el reto más serio para cualquier artista, y pienso en Beethoven, o en Tolstói, o en Rembrandt, seguro que ninguno de ellos habría sido capaz de resistirse a semejante desafío”. Y asunto sustancial de su pensamiento es la idea de que Auschwitz no es algo exclusivo de los judíos, como tantos han pretendido: concierne a toda la humanidad, porque la víctima es la humanidad. Seguir enumerando es como leer el libro, y eso es lo que recomiendo fervorosamente al lector: por interés cultural e histórico, por obligación intelectual, por el conocimiento de la opresión de los regímenes totalitarios, por la necesidad de preguntarse por el sentido de la vida y de la muerte.

El espectador

Autor: Imre Kertész

Traducción: Adan Kovacsics
Editorial: Acantilado, 2021

Formato: Rústica. 240 páginas. 18 euros

[Fuente: http://www.elpais.com]

Hommage au poète et traducteur suisse, décédé le 24 février 2021 à 95 ans.

Écrit par CLAUDIOFZA

Il est né le 30 juin 1925 à Moudon, petite ville du canton de Vaud, en Suisse romande. Il vivait à Grignan dans la Drôme depuis 1953 avec sa femme peintre, Anne-Marie Haesler. Il a traduit Goethe, Friedrich Hölderlin (Hypérion), Giacomo Leopardi (Canti), Robert Musil (L’Homme sans qualités), Rainer Maria Rilke (Elégies de Duino), Thomas Mann (La Mort à Venise), Ingeborg Bachmann (Malina) Giuseppe Ungaretti (Vie d’un homme, Poésie 1914-1970), Carlo Cassola (La Coupe de bois), Luis de Góngora (Les solitudes), Ossip Mandelstam (Simple promesse), mais aussi l’Odyssée d’Homère en vers de quatorze syllabes. Il a consacré beaucoup de d’énergie à la traduction, cette « transaction secrète ». Il a reçu le Grand Prix national de traduction en 1987.

On peut se reporter à ses Œuvres publiées dans la Pléiade de son vivant en 2014.

L’ignorant apparaît sur ce blog le 12 janvier 2019. Il faut aussi relire Que la fin nous illumine.

L’ignorant

Plus je vieillis et plus je croîs en ignorance,
plus j’ai vécu, moins je possède et moins je règne.
Tout ce que j’ai, c’est un espace tour à tour
enneigé ou brillant, mais jamais habité.
Où est le donateur, le guide, le gardien ?
Je me tiens dans ma chambre et d’abord je me tais
(le silence entre en serviteur mettre un peu d’ordre),
et j’attends qu’un à un les mensonges s’écartent :
que reste-t-il ? que reste-t-il à ce mourant
qui l’empêche si bien de mourir ? Quelle force
le fait encor parler entre ses quatre murs ?
Pourrais-je le savoir, moi l’ignare et l’inquiet ?
Mais je l’entends vraiment qui parle, et sa parole
pénètre avec le jour, encore que bien vague :

«Comme le feu, l’amour n’établit sa clarté
que sur la faute et la beauté des bois en cendres… »

L’ignorant, poèmes 1952-1956. Éditions Gallimard, 1957.

Que la fin nous illumine

Sombre ennemi qui nous combats et nous resserres,
laisse-moi, dans le peu de jours que je détiens,
vouer ma faiblesse et ma force à la lumière :
et que je sois changé en éclair à la fin.

Moins il y a d’avidité et de faconde
en nos propos, mieux on les néglige pour voir
jusque dans leur hésitation briller le monde
entre le matin ivre et la légèreté du soir.

Moins nos larmes apparaîtront brouillant nos yeux
et nos personnes par la crainte garrottées,
plus les regards iront s’éclaircissant et mieux
les égarés verront les portes enterrées.

L’effacement soit ma façon de resplendir,
la pauvreté surcharge de fruits notre table,
la mort, prochaine ou vague selon son désir,
soit l’aliment de la lumière inépuisable.

L’ignorant, poèmes 1952-1956. Éditions Gallimard, 1957.

Philippe Jaccottet : “La certitude est la chose au monde qui m’est la plus étrangère”

On peut réécouter cette émission de France Culture du 21 février 2014.

https://www.franceculture.fr/emissions/du-jour-au-lendemain/philippe-jaccottet

[Source : http://www.lesvraisvoyageurs.com]

Lee aquí « España », el inédito del escritor alemán sobre nuestra Guerra Civil incluido en el volumen ‘La guerra de España: reconciliar a los vivos y los muertos’ (Arpa), de Jean-Pierre Barou

Todos los grandes crímenes de este mundo se cometen en nombre de los intereses, que no tienen escrúpulos en sus «acciones». Esto es lo que estamos viendo en estos momentos en España. ¿Quién podría ocupar el papel de oponer las reivindicaciones de la conciencia a todos esos intereses, que no dejan de ser mezquinos aunque se pongan una máscara solemne, si no el poeta, el hombre de juicio libre? Él es quien debe alzar la voz y protestar contra un método que sitúa al crimen en la base de la política, violando todos los sentimientos humanos.

No existe desprecio más fácil que aquel con que se cubre al «poeta que baja al ruedo político». En el fondo, son los intereses los que hablan en estos términos. No quieren una vigilancia que pueda enturbiar sus acciones, e invitan al intelectual a recluirse amablemente en «lo espiritual». A cambio, se le permite considerar la política como algo indigno de su atención. ¿No debe percibir él sin duda que ese falso honor es una recompensa por su complicidad con los intereses a través de su abstención? En nuestro tiempo, retirarse a una torre de marfil carece de sentido. Es imposible no darse cuenta de ello en los tiempos que corren.

De hecho, la democracia se concreta en cada uno de nosotros, pues la política se ha convertido en el asunto de todo el mundo. Nadie puede escapar a ella, pues la presión inmediata que ejerce sobre cada individuo es demasiado fuerte. ¿No es cierto que el hombre al que oímos decir, como aún sucede, «A mí no me interesa la política», nos parece un ser «chapado a la antigua»? Un punto de vista como este no solo nos parece egoísta e irreal, sino además una falsedad bastante estúpida. No es tanto una prueba de ignorancia como de una indiferencia moral. El orden político y social forma parte de la totalidad humana, y esta es una realidad innegable. Solo es un aspecto del problema y del deber humanos, pero nadie puede ignorarlo sin pecar por ello contra la humanidad que intenta privilegiar frente a la política en el ámbito de lo esencial. Sin embargo, lo esencial, de lo que todo depende, es el orden político y social, porque el problema humano se plantea en nuestro tiempo con gravedad mortal en la política. ¿Cómo podría el poeta abstraerse, él, cuya naturaleza y cuyo destino lo han colocado en el lugar más expuesto de la historia de la humanidad? Al referirme a la gravedad «mortal» que reviste la cuestión política en nuestro tiempo, he querido expresar que todo hombre, y en particular el poeta, debe salvar su mente —o, ¿por qué no emplear el término religioso?—, salvar su alma. El poeta incapaz ante el problema humano, planteado en forma política, no solo es un traidor a la causa del espíritu en beneficio del bando de los intereses, sino que también es un hombre perdido. Su pérdida es ineluctable. Perderá su fuerza creadora, su talento, y no será capaz de hacer algo duradero de nuevo. Incluso su obra anterior, aunque no estuviera marcada por esta falta, si era buena, dejará de serlo. No significará ya nada a ojos de los hombres. Esta es mi convicción profunda, y hay ejemplos que la confirman.

Quizá me pregunten qué entiendo por «espíritu» o por «intereses». Pues bien, lo espiritual, considerado desde el punto de vista político y social, es la aspiración de los pueblos a mejorar sus condiciones de vida, a hacerlas más justas y felices, mejor adaptadas a la dignidad humana. Lo espiritual es la aprobación de ese deseo por parte de los hombres de buena voluntad.

Los intereses saben que un cambio semejante reduciría algunas de sus ventajas y privilegios. En consecuencia, intentan impedir tal evolución por todos los medios, incluido el crimen, o al menos detenerla por un tiempo, porque lo hacen sabiendo que convertirla en un imposible está fuera de su alcance. El bando de los intereses está interviniendo en España y la destruye con una falta de pudor desconocida hasta la fecha.

En realidad, lo que viene sucediendo en ese país desde hace meses constituye el escándalo más inmundo de la historia humana. ¿Pero es que el mundo no se da cuenta? Me temo que no, porque los intereses asesinos no saben hacer nada mejor que volver al mundo estúpido, ocultar su verdadero carácter. El otro día me llegó esta información desde el lugar más sombrío de Europa: Alemania. «¿Quién habría podido imaginar que, cayendo del cielo azul, los Rojos de España fueran capaces de tales horrores?». ¡Los Rojos! ¡Cayendo del cielo azul!

Todo el mundo sabe lo poco revolucionarias que eran las reformas del Frente Popular español, esa alianza de republicanos y socialistas sellada por una victoria electoral decisiva y legítima.

¿Es que ya no tenemos corazón? ¿Ni razón? ¿Queremos que el bando de los intereses nos arrebate los últimos restos de buen juicio y de libre pensamiento cayendo en la trampa que montan con tanta destreza? De hecho, ocultan los instintos más bajos bajo la máscara de ideas de cultura, de Dios, de orden y de patria. Un pueblo que vive bajo el yugo de una explotación de las más reaccionarias desea una existencia más clara, más humana, un orden social que cree que le permitirá ser más digno de su propia humanidad. Para este pueblo la libertad y el progreso no son aún nociones roídas por la ironía y el escepticismo. Cree en ellas como los valores más altos y dignos de su esfuerzo. Incluso ve en ellas las condiciones de su honor como nación. Este pueblo se ha proporcionado un gobierno que se propone remediar —procediendo con prudencia y teniendo en cuenta las circunstancias particulares— los abusos más indignantes. ¿Qué sucede a continuación? Estalla una rebelión de generales al servicio de las antiguas potencias explotadoras, estalla con la complicidad del extranjero. La rebelión fracasa, está a punto de perder, y entonces los gobiernos extranjeros, enemigos de la libertad, acuden en su ayuda y, a cambio de promesas de ventajas económicas en caso de victoria, proporcionan a los insurgentes dinero, hombres y material de guerra. Gracias a estos alimentos, la lucha sangrienta prosigue, engendrando en ambos bandos una crueldad cada día más implacable. Contra el pueblo que lucha desesperadamente por su libertad y sus derechos humanos, se lleva a la batalla a tropas de sus propias colonias. Los bombarderos extranjeros destruyen las ciudades, asesinan a los niños. Y todos esos se hacen llamar «nacionales». Esos crímenes que claman al cielo se llevan a cabo en nombre de Dios, del orden y de la belleza. Si las cosas hubiesen sucedido conforme a los deseos de la prensa de los intereses, hace tiempo que la capital del país debía haber caído y las «bandas marxistas» debían haber sido vencidas. Pero la capital, medio destruida, aún se mantiene en pie, al menos en el momento en que estas líneas se escriben, y las «bandas rojas», según el nombre que prefiere la prensa de los intereses, es decir, el pueblo español, defienden su vida y los valores en los que cree con una valentía sobrehumana, una valentía en la que los más embrutecidos escuderos de los intereses deberían encontrar la materia de reflexión que podría llevarlos a descubrir las fuerzas morales que están en juego.

El derecho de los pueblos a definirse a sí mismos goza hoy en el mundo del mayor respeto oficial. Incluso nuestras dictaduras y Estados totalitarios se emplean a fondo en hacernos creer que tienen entre el 90 y el 98 % del pueblo de su lado. Pues bien, si una cosa está clara, es la siguiente: los oficiales rebeldes sublevados contra la República española no tienen al pueblo con ellos. Y por el momento no pueden cambiar ese punto. De entrada, están obligados a crear la posibilidad de cambiar esa información con la ayuda de árabes y de soldados extranjeros. Si bien no podemos decir con exactitud qué es lo que quiere el pueblo español, sí podemos decir lo que no quiere: la dictadura del general Franco. La cuestión es que los gobiernos europeos, interesados en ver morir la libertad, han reconocido el poder de ese rebelde como el único legal, y esto en plena Guerra Civil, esa guerra que aún continúa gracias a su apoyo, si es que no la han provocado ellos. Ellos, que en sus países muestran en todo lo relativo a la alta traición cierta dureza —es lo mínimo que podemos decir—, apoyan a un hombre que entrega su propio país al extranjero. Ellos, que se hacen llamar «nacionalistas», ponen todo en marcha para llevar al poder a un partisano que no se preocupa en absoluto por la independencia del país, siempre que él consiga abatir la libertad y los derechos humanos. Este general declara que prefiere la muerte de dos tercios del pueblo español antes que ver reinar al marxismo, es decir, antes de contemplar la llegada de un orden mejor, más justo y humano.

Dejando de lado cualquier sentimiento de humanidad: ¿es esto nacional? ¿Qué partido tiene más derecho a hacerse llamar nacional? Me llamarán bolchevique, pero no puedo no pronunciarme en favor del derecho en el conflicto entre el derecho y la fuerza.

[Foto: Bundesarchiv Bild. CC – fuente: http://www.elcultural.com]

Escrito por Mouzar Benedito

“Odiai-vos uns aos outros”, parece ser o lema de um pessoal que se diz cristão e se sente dono da bola hoje em dia. É um tipo de cristianismo que não dá a outra face, dá o primeiro murro. E se for referir-se a contatos entre países, a tendência é adaptar a frase para “guerreai-vos uns aos outros”.

Assim, dá para supor que o poderoso líder brasileiro só está esperando Joe Biden tomar posse como presidente da gringolândia para declarar formalmente guerra àquele paiseco do norte, né? Um paiseco que vai ser esmagado pela nova potência do sul, que já está armazenando pólvora e talvez, usando a desculpa da covid-19, nem faça comemorações com espetáculos de fogos de artifício na virada do Ano Novo, porque a pólvora que seria usada nelas terá melhor serventia. Teremos, até começar a pauleira, um Brasil sem foguetes, traques ou busca-pés. Será que a pólvora das milícias cariocas também vai ser economizada?

O grande líder brancaleônico usa muita saliva, mas como se fosse pólvora. Não para conversas amigáveis, só para ofensas, ameaças e fanfarrices. Mas já fala no fim dela, saliva. E ela acabando, pólvora nos gringos! Viva! O fim está próximo (acreditam muitos dessa tendência que se diz cristã), então abreviemos. Vamos logo com isso!

Bom… Coletei umas frases por aí, começando por três grandes inspiradores desse pessoal, Goebbels, Mussolini e Hitler. Depois vem uma variedade de pensamentos sobre a guerra. Vejamos:

Joseph Goebbels: “Para convencer o povo a adentrar na guerra, basta fazê-lo acreditar que está sendo atacando”.

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Mussolini: “Estas guerras, ousaria dizer, estimulam de certo modo a economia das nações”.

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Adolf Hitler: “É sempre mais difícil lutar contra a fé do que lutar contra a inteligência”.

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Winston Churchill: “Se Hitler invadisse o inferno, eu cogitaria uma aliança com o demônio”.

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Maquiavel: “Os homens, quando não são forçados a lutar por necessidade, lutam por ambição”.

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Isaac Asimov: “A violência é o último recurso do incompetente”.

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Eu: “Há situações em que rico é que não vai pra frente. Na guerra, por exemplo”.

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Sartre: “Quando os ricos fazem a guerra, são os pobres que morrem”.

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Agatha Christie: “Fomos deixados com o sentimento horrível agora de que a Guerra nada resolveu, que ganhar uma é tão desastroso quanto a perder”.

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Pablo Neruda: “Os poetas odeiam o ódio e fazem guerra à guerra”.

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Virginia Wolf: “Podemos ajudá-los a prevenir a guerra não repetindo suas palavras e seguindo seus métodos, mas encontrando novas palavras e criando novos métodos”.

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Henfil: “Enquanto os sábios pensam sem certeza, os idiotas atacam de surpresa”.

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Sun Tzu: “A suprema arte da guerra é derrotar o inimigo sem lutar”.

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Charles Chaplin: “Se matamos uma pessoa, somos assassinos. Se matamos milhões de homens, somos heróis”.

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George Orwell: “Toda guerra, quando chega ou antes de chegar, é representada não como uma guerra, mas como um ato de autodefesa contra um maníaco homicida”.

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Orwell, de novo: “Toda propaganda de guerra, toda a gritaria, as mentiras e o ódio vêm invariavelmente das pessoas que não estão lutando”.

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Mao Tsé-tung: “A política é uma guerra sem derramamento de sangue; a guerra é uma política com derramamento de sangue”.

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Einstein: “Não sei com que armas a III Guerra será lutada, mas a IV será com paus e pedras”.

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Einstein, de novo: “A força sempre atrai os homens de baixa moralidade”.

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Santos Dumont (quando começaram usar aviões na guerra): “Criei um aparelho para unir a humanidade, não para a destruir”.

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Mark Twain: “Deus criou a guerra para que os americanos aprendessem geografia”.

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Julio Ribeiro: “Crítica e luta são as duas forças que podem levantar países decadentes e corruptos”.

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Ditado popular: “Guerra e amores: por um prazer, cem dores”.

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Miguel Couto: “No fundo de todas as guerras, obras dos homens, o que existe é a cobiça de riquezas ou glórias, mas sempre a cobiça”.

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Marquês de Maricá: “A ciência médica ensina a curar os doentes, a arte da guerra a matar os sãos”.

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Hipócrates: “A guerra é a melhor escola do cirurgião”.

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Vitor Caruso: “A humanidade é sanguinária. Todas as nações têm o seu Ministério da Guerra; nenhuma, o Ministério da Paz”.

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Quentin Crisp: “A guerra entre os sexos é a única em que ambos os lados dormem regularmente com o inimigo”.

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Oppenheimer (que chefiou o Projeto Manhattan, criador da bomba atômica): “Agora eu me torno a morte, o destruidor de mundos”.

* * *

Guerra Junqueiro: “O povo, coitado, é soberano como fora Jesus para beber o fel, para morrer na cruz, para pagar impostos, para morrer na guerra”.

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Hannah Arendt: “A guerra tornou-se um luxo acessível apenas às nações pobres”.

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Tom Stoppard: “A guerra é o capitalismo sem luvas”.

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Arnold Toynbee: “Às guerras de religião se seguiram, depois de uma brevíssima trégua, as guerras das nacionalidades: e em nosso mundo ocidental moderno, o espírito dos fanatismos religioso e nacional constitui evidentemente uma mesma e só paixão maligna”.

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Napoleão Bonaparte: “Guerras religiosas são, basicamente, pessoas se matando para decidirem quem tem o melhor imaginário”.

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Napoleão Bonaparte, de novo: “O exército é uma multidão que obedece”.

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Peter Ustinov: “Os generais são um caso fascinante de desenvolvimento retardado. Afinal, aos cinco anos todos queremos ser generais”.

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Almirante Thompson: “O marinheiro está sempre em luta. Não precisa estar em guerra com outra nação”.

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Isabel Allende: “A guerra é obra de arte dos militares, a coroação da sua formação, a insígnia dourada da sua profissão. Não foram criados para brilhar na paz”.

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Che Guevara: “A farda modela o corpo e atrofia a mente”.

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George Bernard Shaw: “Nunca espere nada de um soldado que pensa”.

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Georges Clemenceau: “A guerra é um negócio muito sério para ser deixada por conta dos generais”.

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Clemenceau, de novo: “Fazer a guerra é mais fácil do que fazer a paz”.

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Golda Meir: “Um líder que não hesita antes de mandar seu país à guerra não está pronto para ser um líder”.

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Jorge Luis Borges (sobre a Guerra das Malvinas): “Uma guerra entre dois carecas por causa de um pente”.

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Mia Couto: “Em tempos de guerra, filhos são um peso que atrapalha muito”.

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James Joyce: “Paz e guerra dependem da digestão de algum fulano”.

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Abbie Hoffman: “Sou a favor do canibalismo compulsório. Se as pessoas fossem obrigadas a comer o que matam, não haveria mais guerras”.

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John Lennon: “Não esperem me ver atrás de barricadas, a menos que elas sejam de flores”.

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Karl Kraus: “A guerra, a princípio, é a esperança de que a gente vai se dar bem; em seguida, é a expectativa de que o outro vai se ferrar; depois, a satisfação de ver que o outro não se deu bem; e finalmente, a surpresa de ver que todo mundo se ferrou”.

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Thomas Mann: “A guerra é a saída covarde para os problemas da paz”.

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Eduardo Galeano: “No manicômio global, entre um senhor que julga ser Maomé e outro que acredita ser Buffalo Bill, entre o terrorismo dos atentados e o terrorismo de guerras, a violência está nos arruinando”.

* * *

Barão de Itararé: “A guerra é uma coisa tão absurda e incompreensível que, quando se registra um combate de amplas proporções, até as ‘baixas’ são altas”.

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Bezerra da Silva: “Todo dinheiro gasto pela humanidade comprando armas para a guerra que só traz dor daria para matar a fome de todo povo sofredor”.

* * *

Josué de Castro: “Fome e guerra não obedecem a qualquer lei natural, são criações humanas”.

* * *

Ernest Heminway:

“Quem estará nas trincheiras a teu lado?

⸺ E isso importa?

⸺ Mais do que a própria guerra”.

* * *

Otto von Bismarck: “Nunca se mente tanto como antes das eleições, durante uma guerra e depois de uma caçada”.

* * *

Ditado popular: “Em tempo de guerra, mentiras por mar e por terra”.

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Ésquilo: “Na guerra, a verdade é a primeira vítima”.

* * *

Clarice Lispector: “Eu sou o meu próprio espelho. E vivo de achados e perdidos. É o que me salva. Estou metida numa guerra invisível entre perigos. Quem vence? Eu sempre perco”.

* * *

Voltaire: “Os homens corromperam um pouco a natureza, pois não nasceram lobos, e tornaram-se lobos. Deus não lhes deu nem canhões nem baionetas, e eles fabricaram baionetas e canhões para se aniquilarem”.

* * *

Thomas Hobbes: “O homem é o lobo do homem, em guerra de todos contra todos”.

* * *

Madame Du Barry: “Numa sociedade de lobos, é preciso aprender a uivar”.

* * *

Ninon de l’Encios (cortesão francesa do século XVII): “O amor é como a guerra: fácil de começar e muito difícil de terminar”.

* * *

Gandhi: “Uma pessoa que não está em paz consigo mesma é uma pessoa que está em guerra com o mundo inteiro”.

* * *

Heródoto: “Em tempos de paz, os filhos sepultam os pais; em tempo de guerra, os pais sepultam os filhos”.

* * *

Frederico, o Grande: “Quando um monarca deseja a guerra, começa-a muito simplesmente, quite com sua consciência, porque sempre tem qualquer homem da lei cheio de gravidade, para demonstrar por A + B que o direito estava ao seu lado”.

* * *

Baruch Spinoza: “Paz não é a ausência de guerra; é um estado mental, na disposição para a benevolência, confiança e gestos”.

* * *

Sólon: “A igualdade não gera guerras”.

* * *

Ziggy Marley: “Quando todos os homens houverem dado as mãos, não existirão mãos para segurar armas”.

Trecho de uma música de Juca Chaves, da época em que o governo Juscelino comprou um porta-aviões de segunda mão, a que deu o nome de Minas Gerais: 

O Brasil já vai à guerra
Comprou porta-aviões
Um viva pra Inglaterra
De 82 milhões…
Mas que ladrões…

Em 2002 o Minas Gerais foi posto em leilão internacional e vendido por 2 milhões de dólares… transformado em sucata.

***

Mouzar Benedito, jornalista, nasceu em Nova Resende (MG) em 1946, o quinto entre dez filhos de um barbeiro. Trabalhou em vários jornais alternativos (Versus, Pasquim, Em Tempo, Movimento, Jornal dos Bairros – MG, Brasil Mulher). Estudou Geografia na USP e Jornalismo na Cásper Líbero, em São Paulo. É autor de muitos livros, dentre os quais, publicados pela Boitempo, Ousar Lutar (2000), em coautoria com José Roberto Rezende, Pequena enciclopédia sanitária (1996), Meneghetti – O gato dos telhados (2010, Coleção Pauliceia) e Chegou a tua vez, moleque! (2017, e-book). Colabora com o Blog da Boitempo mensalmente, às terças.

 

[Fonte: blogdaboitempo.com.br]

Escrito por Cecilia Dreymüller

Era la estrella rutilante del Berlín literario antes de la Primera Guerra Mundial, el imán del Café des Westens para escritores, pintores y editores. La adoraba gente tan diversa como Karl Kraus, Franz Werfel y Paul Klee; Thomas Mann y su hermano Heinrich Mann, igual que Hugo von Hofmannsthal mantuvieron una larga correspondencia con ella. Para Georg Trakl, Franz Marc o Alfred Kubin directamente representaba la esencia de su revolución cultural, el expresionismo, que como movimiento recibió decisivos impulsos de su obra literaria y pictórica.

La poesía de Else Lasker-Schüler tuvo un impacto en la sociedad alemana de la época guillermina que hoy parece inimaginable. Aunque el nazismo haya intentado borrar su recuerdo de la faz de la tierra, no cabe duda de que contribuyó decisivamente al gran cambio de la imagen de la mujer que se produjo en Alemania a principios del siglo XX a favor de su emancipación y su participación en todos los ámbitos de la sociedad. Else Lasker-Schüler levantó contra el orden burgués un orden poético en el que la mujer creaba su propio lenguaje, su propia imagen y su propio deseo amoroso. Y ya con su primer libro cruzó esa frontera, de la que no hay vuelta atrás, como cuando se cruza la laguna que separa el mundo de los vivos y los muertos. Por eso lo llamó Estigia.

Antes, sin embargo, tuvo que salir del rígido marco de la existencia burguesa que había llevado hasta sus treinta años: la de hija de familia judía acomodada, nacida en 1869 en Elberfeld, y casada con un médico literato. Rompió con ella con un aparentemente ingenuo juego de disfraces que empezó con ropajes extravagantes, pantalones y pelo corto, y acabó en un manifiesto literario.

En Estigia establece un reino artificial, la ciudad de Tebas y sus provincias, donde rige una jerarquía de valores en la que el amor ocupa el primer puesto. Es un concepto de amor que nada tiene de individual ni de convencional. Parte de un estado natural original -de ahí las metáforas del Edén y del principio del mundo- e implica una dimensión cósmica: a Dios y su creación, a la familia, los amantes y amigos, al cuerpo como instrumento de placer. Hasta en su último poemario, Mi piano azul de 1943, la poeta se mantiene fiel a este ideal que en su boca siempre adquiere un alto tono de rebeldía y de lucha humanitaria: «La vida eterna para aquel que de amor sabe decir mucho / ¡El hombre en el amor solo puede resucitar! ¡El odio encierra!, por muy alto que llamee su antorcha.»

Lasker-Schüler representa las transmutaciones fantásticas en su vida como el papel que le corresponde al poeta. Firma sus cartas con pseudónimos exóticos, preferentemente Tino de Bagdad o Yusuf de Tebas, pero también con Jaguar Azul o Jefe indio. Y no solamente a sí misma transforma así en otra o en otro, sino también a sus amigos y conocidos artistas les da, como muestra de respeto y afecto, nuevos nombres o títulos honoríficos: Gottfried Benn se convierte en “Giselher”; Max Brod es el “Príncipe Abba Graham de Praga”; Karl Kraus el “duque de Viena”; al poeta Richard Dehmel se dirige como “Cuñado Árbol de Roble”. Para su futuro marido, Herwarth Walden, el fundador de la revista Der Sturm, incluso inventa el nombre que él adopta luego en la vida civil.

Naturalmente, su decisión por la máscara es malentendida y ridiculizada por sus contemporáneos. Gottfried Benn la describe vestida «de extravagantes faldones o pantalones, imposibles casullas», y, como añade con condescendencia disimulada de admiración, «cargada de sortijas de criada»: «No se podía, ni entonces ni más tarde, salir con ella a la calle, sin que todo el mundo se parara y la siguiera con la mirada». Admiraba Benn, en cambio, que su amiga no admitía la separación entre vida y arte, desde la firme determinación de no adaptarse ni al rol de la mujer burguesa, ni a la imagen tópica de la judía. En su semblanza de los años cincuenta finalmente reconoce a Else Lasker-Schüler como «la más grande poeta que Alemania tuvo jamás»: «Exponía su pasión desenfrenada, desde el punto de vista burgués, sin moral y sin pudor. Dicho de otra manera: se tomaba la magnífica y desconsiderada libertad de disponer de sí misma por su cuenta, sin la cual, como es sabido, el arte no existe.»

La exigencia absoluta hacia el arte tenía un precio muy alto. Else Lasker-Schüler se expone como pocos a la exclusión social y a la penuria económica. La determinación y el valor con los que defiende su principio de la libertad definitiva del artista son ejemplares. Se enfrenta, ora con su humor certero, ora con hiriente cinismo a los ataques verbales y a la difamación de los que es víctima, cada vez más a partir de mediados de los años veinte. Con el auge de los nacionalsocialistas, se la persigue y ataca en público, y aunque la sexagenaria poeta siempre responda con firmeza y se defienda incluso físicamente, es consciente de su impotencia. En abril 1933 tiene que huir a Zúrich y, al serle denegado los permisos de trabajo y residencia por parte del gobierno suizo, emprende en 1939 un viaje a Israel, donde muere en 1945, empobrecida y sola.

El movimiento feminista de los años 70 redescubrió la obra de Else Lasker-Schüler, tras décadas de omisión de los cánones y manuales de literatura. Una amplia bibliografía, que incluye nada menos que cinco grandes estudios biográficos, la ha reconocido desde entonces no solo como una de las mujeres más extraordinarias del siglo XX, en cuyo destino judío enraíza su polifacética obra, sino también como una de las poetas más importantes de la literatura en lengua alemana.


Cecilia Dreymüller (Nohn, Alemania, 1962) es doctora en filología. Es también crítica literaria, traductora y editora especializada en literatura alemana. Es colaboradora habitual de Babelia, El País. En 2018 fundó la editorial Tresmolins. Vive en Barcelona y trabaja en el Goethe Institut. Entre sus publicaciones se encuentran Los labios de la luna: Poesía española escrita por mujeres entre 1950 y 1990 (Wilhelmsfeld, 1996), Incisiones: Panorama crítico de la narrativa alemana después de 1945 (Galaxia Gutenberg, 2008), Confluencias. Antología de la mejor narrativa actual en lengua alemana (Alpha Decay, 2014) y Handke y España (Alianza, 2017).

 

 

 

 

[Fuente: http://www.mozaika.es]

« Venise et son ghetto » (Venedig und das Ghetto) est un documentaire réalisé par Klaus T. Steindl. « Le destin, marqué par les drames et la répression, mais aussi le brassage culturel, de la communauté juive de Venise, qui fut reléguée dans le premier ghetto de l’histoire ». Le 21 novembre 2020, Arte diffusera, dans le cadre d' »Invitation au voyage », « Venise. Derrière les palais, le ghetto juif« .
 
 
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« Destination prisée des touristes et des amoureux du monde entier, Venise recèle un passé méconnu, moins romantique mais d’autant plus fascinant : l’histoire de sa communauté juive ». 
 
« En mars 1516, la République de Venise décide de tolérer en ses murs les Juifs, qui ont longtemps été exclus de la ville ». 
 
Ils « sont alors relégués dans un quartier où ils vivent à l’écart du reste de la population ». 
 
 
« C’est au bord de la lagune, dans l’actuel quartier de Cannaregio, que se développe le premier ghetto de l’histoire, que les habitants ont interdiction de quitter la nuit venue ». Non, le premier ghetto a été créé à Genève.
 
« Puisant ses racines dans une fonderie (getto en vénitien) qui occupait les lieux autrefois, le mot « ghetto » va dès lors s’imposer comme un synonyme de résidence forcée, mais également d’exclusion et de persécution ».
 
Cinq siècles d’échanges
 
« Pour autant, l’histoire du ghetto de Venise ne se résume pas à la relégation des Juifs ». 
 
« Devenu aujourd’hui un quartier résidentiel apprécié pour sa qualité de vie, il reflète cinq siècles d’échanges entre ses habitants marchands et le monde extérieur ». 
 
« Il témoigne aussi d’une immigration importante qui en a fait un lieu cosmopolite et vivant ». 
 
« Si les Juifs vénitiens se sont installés aux quatre coins de la ville depuis le démantèlement du ghetto par Napoléon, qui leur octroya le statut de citoyens à part entière, le Cannaregio demeure au cœur de l’identité religieuse de toute une communauté ».

 

Le 20 septembre 2017 à 7 h 37, Toute l’Histoire diffusa Le Ghetto de Venise. Une histoire des Juifs de Venise, d’Emanuela Giordano. « À l’occasion du 500ème anniversaire du premier ghetto juif au monde, celui de Venise, un adolescent américain retourne sur les traces de ses origines et de la communauté hébraïque de la Cité de Doges. Au travers de ses rencontres et de ses pérégrinations, il nous  fait traverser le temps et revivre tous les us et coutumes d’une communauté qui a façonné la ville et son art de vivre ».

Les 27 octobre 2019 à 18 h et 2 novembre 2019 à 11 hHistoire diffusa, dans la série « Des monuments et des hommes », « Italie – Les synagogues du ghetto de Venise« , documentaire réalisé par Célia Lowenstein et Lysianne Lemercier. « Venise est considérée comme l’une des villes les plus belles et romantiques au monde. Mais pour les Juifs, Venise est avant tout le premier ghetto du monde. Le long des canaux, Saul Bassi, professeur de littérature, nous raconte l’histoire mouvementé de ses ancêtres fuyant les pogroms d’Allemagne pour venir fonder une communauté, construire des synagogues, et apprendre à vivre ensemble, en respectant des règles strictes. Nous assistons à une cérémonie de Bar Mitzvah à l’intérieur de l’une des cinq synagogues du ghetto, dirigée par le rabbi Scialom Bahbout, chef rabbin de Venise. Il vit et travaille aujourd’hui dans ce ghetto et se promet de maintenir cette vivacité de la culture juive et de l’apporter aux générations futures. »

Le 21 novembre 2020, Arte diffusera, dans le cadre d' »Invitation au voyage » (Stadt Land Kunst), « Venise. Derrière les palais, le ghetto juif » (VenedigDas jüdische Ghetto). « La cité des Doges à travers trois reportages : La vie à Venise de Thomas Mann – Derrière les palais, le ghetto juif – À Murano, attention les yeux ! » de Fabrice Michelin.
« La vie à Venise de Thomas Mann »
« Entre splendeurs et mélancolie, la cité des Doges n’a cessé de fasciner les artistes, à l’instar de l’écrivain allemand Thomas Mann. Sa nouvelle La mort à Venise, portée à l’écran par Visconti, lui a été inspirée par son séjour dans la ville au printemps 1911. »
« Venise, derrière les palais, le ghetto juif « 
« C’est à Venise qu’est né il y a cinq cents ans le premier ghetto juif d’Europe. Des hommes et des femmes arrivés de toute la Méditerranée et du nord de l’Europe furent assignés dans des maisons inhabituellement hautes pour la ville. »
« À Murano, attention les yeux »
« Les touristes de passage à Venise se pressent à Murano pour admirer les maisons bariolées et découvrir l’une des spécialités de l’île, le verre. Sans ce matériau, un accessoire de mode lumineux n’aurait jamais vu le jour… »
France, 2019, 38 min
Sur Arte le 21 novembre 2020 à 16 h 25
Disponible du 14/11/2020 au 19/01/2021
 
 
« Italie – Les synagogues du ghetto de Venise » par Célia Lowenstein et Lysianne Lemercier 
ZED, France, 2018
Auteurs : Véronique Legendre, Célia Lowenstein, Bruno Victor Pujebet, Bruno Ulmer, Delphine Cohen, Alexis Barbier-Bouvet, Serge Turquier, Frédéric Lossignol, Lysianne Lemercier, Cécile Husson, Aurélie Saillard et Marie Baget.


« Venise et son ghetto » par Klaus T. Steindl
2016, 90 min
Sur Arte le 27 mai 2017 à 20 h 50
 
Visuels :
La poète vénitienne juive Sara Copia Sullam avec un philosophe juif (reconstitution)
© Helmut Wimmer
 
Synagogue dans le ghetto de Venise
La vie quotidienne dans le ghetto
La place centrale du Ghetto de Venise
© Klaus Steindl
 
 Cet article a été publié le 26 mai 2017, puis les 19 septembre 2017 et 28 octobre 2019.
 
[Source : http://www.veroniquechemla.info]

O novo Premio Nacional á Obra dun Tradutor verteu ao galego a Andersen, os Grimm e os cómics de Astérix, entre outros

Xavier Senín, no centro, nun acto na compaña de Xabier P. DoCampo (esquerda) e Carlos Lema

Xavier Senín, no centro, nun acto na compaña de Xabier P. DoCampo (esquerda) e Carlos Lema.

 

Escrito por XESÚS FRAGA

Clásicos como Miguel de Cervantes, Andersen, os irmáns Grimm, Daudet e George Sand, xunto con contemporáneos como Juan Farias, Daniel Pennac e Joan Manuel Gisbert, entre moitos outros, están dispoñibles en galego grazas ao traballo, en solitario ou en colaboración con outras persoas, de Xavier Senín (Pontecesures, 1949). Un labor calado que se remonta varias décadas e que onte foi recoñecido co Premio Nacional á Obra dun Tradutor, dotado con 20.000 euros e que concede o Ministerio de Cultura.

Senín considera a tradución como un elemento básico para calquera lingua e, no caso do galego, unha utilísima ferramenta normalizadora. «Ao meu xuízo, é unha parte fundamental para calquera lingua, pero para nós é fundamental ter as ferramentas para normalizar, e unha delas, dende logo, é a tradución», explica. «Para a lingua en si e para o benestar do cidadán, para ter acceso a outras linguas e contribuír ao seu desenvolvemento como persoas. Os tradutores poñemos un grauciño de area a iso. Hoxe en Galicia hai moitos e moi bos tradutores e xa veredes como vai haber moitos máis que han levar premios nacionais», engade.

-Pero a situación era distinta cando vostede empezou. Case non había literatura traducida ao galego, estaba case todo por facer, e dá a impresión de que todo ese labor está algo agochado…

-Acábalo de explicar perfectamente, porque iso hai moita xente que non o sabe. Hai moitos anos, no 75, no 76, no 77, non había quen traducise. Había moi pouca xente. Empecei con esta guerra por profesores e amigos meus. Antón Santamarina, Constantino García, Guillermo Rojo, Carlos Casares, Alfredo Conde, Valentín Arias, que é o que máis traduciu de todos nós, con moitísima diferenza: no ano 85 contaba Xulián Maure que a metade dos libros traducidos os traducía Valentín! Tiñamos que estar un pouco en todo: dando clases de galego aos profesores de EXB, que non estaban formados, traducir…

-Lembra ao que contaba Agustín Fernández Paz, que un dos motivos polos que empezou a escribir para rapaces é que non tiña demasiados textos literarios en galego para traballar con eles…

-Claro. Agora mesmo, a miña muller acaba de dicirme: «Hai dúas persoas que se ían aledar moitísimo e non están con nós, que son Agustín e Xabier», Xabier Docampo. Efectivamente, eu vivín iso con eles. É que non había. Fíxate a vida de Agustín, escribindo todo o tempo, e Xabier, xa non digo nada, en cincuenta cousas.

-Aí están tamén as historias de Astérix que traduciu…

-Co Astérix empezamos tarde, creo que no 2009. Houbera no Parlamento unha proposta do Bloque, non lembro agora quen fora, que me perdoe, que había que traducir ao Astérix ao galego, que se estaba traducindo ao catalán. Aprobárono e puxéronse en contacto coa editorial que o facía naquel momento ao castelán e o catalán, que era Bruño. Alí había unha persoa que se chama Trini Marull, que agora está xubilada, e que me coñecía a min. Falei con Valentín Arias e con Isabel Soto e empezamos a traducir e o primeiro que fixemos foi Ou libro de ouro, que nese momento se traducía a todas as linguas. Para nós, como tradutores, e creo que tamén para o galego, aquilo foi moi importante. E, o que é a vida, agora tamén o traducimos ao castelán, ademais do galego. Valentín morreu, logo quedamos Isabel e mais eu, e agora somos Isabel, Alejandro Tobar e mais eu. E seguimos nesta guerra.

-Como conseguen esa naturalidade, que soe tan ben en galego?

-Aí recorres a un pouco de todo. Goscinny, aínda que agora son outros dous, Jean-Yves Ferri e Didier Conrad, xogaba moitísimo coas palabras, gustáballe moito. Pero el facíao en francés e os demais tiñamos que amañarnos! Por exemplo, os nomes. Aos franceses dinlles cousas, pero a nós, nada. Que nos di a nós Obelix? Obelisco, pode ser. Asterix? Un asterisco. Pero Abraracurcix? Non nos di nada. Así que temos que facer os xogos noutros sitios ou con outras palabras. Agora hai máis facilidades, temos Internet, do que tiñamos ao principio. Por exemplo, as cancións. En Ou menhir de ouro aparece un concurso de bardos de varias tribos e hai que adaptar as súas intervencións. En galego, en vez de poñer «Para vir a xunta min, para vir a xunta a min» [canta], puxemos «Para vir ao meu menhir» [ri]. É traballoso, pero cando acabas nunca quedas plenamente convencido, eu polo menos. Sempre penso que Goscinny que era un xenio. Nós pretendemos achegarnos.

García Adánez, recoñecida pola súa versión da Nobel Herta Müller

Isabel García Adánez foi galardoada co Premio Nacional á Mellor Tradución por Sempre a mesma neve e sempre o mesmo tío (Siruela), de Herta Müller. O xurado propuxo a obra de García Adánez «porque resolve con excelencia os múltiples e variados retos de tradución que expón a obra de Herta Müller». Entre eses retos, a diversidade de xéneros literarios, o rigor filolóxico, a documentación exhaustiva, o manexo de citas e, moi especialmente, a reprodución de estilos entre os que sobresae a tradución de poesía experimental. «Usa unha linguaxe moi especial, cheo de metáforas, e hai que coñecer moi ben todo o transfundo, aínda que no meu caso é o quinto libro seu que traducín. A diferenza é que aquí recolle textos doutros autores e descríbeos e comenta, e ás veces unha atopábase con que había que traducir un poema experimental», recoñeceu onte a tradutora.

García Adánez é profesora da Universidade Complutense de Madrid e doutora en Filoloxía Alemá. Traduciu a autores como Joseph Roth, Heinrich Heine e Arthur Schnitzler, entre outros. Ademais, traduciu en teatro e obras audiovisuais, como na película Goodbye, Lenin! No ano 2006 foi Premio Esther Benítez á mellor tradución pola montaña máxica de Thomas Mann.

Situación complicada

A tradutora lamenta que, no caso dos tradutores, a situación é «complicada» debido ás baixas tarifas que cobran polo seu labor. «No trato ao autor, a cousa mellorou, pero non así nas condicións económicas. Seguen sendo as mesmas tarifas de hai 15 anos. Pero creo que isto é algo que lle pasa a toda a cultura en xeral, que nunca está no primeiro plano», critica.

 

[Imaxe: MONICA IRAGO – fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

Darío Villanueva aborda a relación entre palabra e imaxe na obra de Valle-Inclán, Cela e o «Quixote»

Fernando Rey, como Don Quijote, y Alfredo Landa en el papel de Sancho Panza

Fernando Rey, como Don Quixote, e Alfredo Landa no papel de Sancho Bandullo.

Por XESÚS FRAGA

A relación entre cine e literatura, entre imaxe e palabra, é central no Quixote antes do cinema: filmoliteratura (Visor), un volume no que Darío Villanueva (Vilalba, 1950) reúne e reelabora unha decena de textos seus sobre esas frutíferas retroalimentaciones entre ambas as artes, ademais de examinar a cinefilia de autores como Valle-Inclán e Pardo Bazán.

O volume ábrese cun texto que bebe do discurso de ingreso de Villanueva na RAE e que dá título ao volume. O Quixote antes do cinema é un achegamento á gran novela de Cervantes desde a premisa de que resiste a comparación coas obras de Shakespeare á hora de calibrar a presenza nas súas páxinas de elementos do que se chamou «precinema», é dicir, estruturas e recursos narrativos posto en xogo polo cine pero que xa se achan en obras literarias moito anteriores aos irmáns Lumière. Villanueva examina como Cervantes saca partido á vista e ao oído, nun libro esencialmente dialógico, e que, como o cine, busca estimular a «admiración e alegría» do receptor.

Como corresponde ao comparatista que é, Villanueva desprega unha trama de referencias cruzadas que achegan profundidade ao seu discurso e argumentos, que vai desde adaptacións shakesperianas de Olivier e Branagh e os ensaios de Harold Bloom á primeira escena cinematográfica tomada do Quixote e datada en 1898.

De igual modo, o capítulo Valle-Inclán e o cine pon o foco nos elementos narrativos e dramatúrgicos da obra do escritor galego que deixaron pegada no cine, como a fragmentación ou o esperpento e a escritura de guión cinematográfico que case é Luces de bohemia. Tamén se detén na cinefilia de Val, a cal non lle impedía exercer a crítica: a súa aversión ao «mal gusto ianqui» tería podido asinala hoxe día sen apenas modificar a súa postura.

Esa cinefilia do autor é propio dun momento en que a afección polas películas prendeu nos ambientes culturais, como ilustra o Cine Club da Residencia de Estudantes. Xa en 1915 Emilia Pardo Bazán escribira que o cinematógrafo «chegou á perfección».

Camilo José Cela, coa adaptación, entre outras cuestións, que Ricardo Franco fixo da familia de Pascual Duarte e unha análise das narrativas literaria e fílmica na colmea, tamén fai a súa aparición no libro, do mesmo xeito que Thomas Mann, Visconti e Roman Polanski.

 

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.e]

 

 

 

Escrito por Isabel-Clara Lorda Vidal

Ciudades fantasma, calles desiertas, delfines surcando los canales de Venecia, las aguas de ríos y mares más cristalinas que nunca, el aire de las grandes urbes de repente respirable. Solo que apenas hemos podido salir a la calle para disfrutar de esta súbita eclosión de silencio, de paz, de regeneración de la naturaleza. Es esta una calma tensa, desasosegante. Pero imaginemos, no dejemos nunca de imaginar.

Si ahora fuéramos libres, en esta extraña primavera sin antecedentes, y la pesadilla que vivimos fuera una ficción, pasearíamos por las calles de las ciudades solo por el placer de caminar, tomaríamos un café en una terraza escuchando el canto de los pájaros; en lugar de sortear multitudes y vehículos, nos sentaríamos en un banco de la plaza a hablar con un amigo o a leer un libro, los niños jugarían libres en la calle, circularíamos en bicicleta por la ciudad sin temor a ser atropellados o a respirar gases tóxicos; visitaríamos, sin hacer colas interminables, los museos, o tomaríamos el sol en la playa sin más ruido que el rumor de las olas.

Hoy un virus maligno ha detenido el mundo. Pero sabemos que existen otros virus, no necesariamente físicos o informáticos, que nos acechan y nos destruyen. Aquí queremos detenernos en una plaga, también pandémica, aparentemente más benigna que la del virus que hoy asola el mundo, pero de efectos no poco devastadores, y que sin embargo hoy muchos echan de menos, como es comprensible, porque es el sustento de millones de personas y supone el motor económico de un sinnúmero de países: el turismo de masas. Sobre esta plaga precisamente nos invita a reflexionar Gran Hotel Europa, la gran novela de Ilja Leonard Pfeijffer, escritor holandés residente en Italia, publicada por De Arbeiderspers en 2018. La obra ha cosechado un gran éxito de crítica y de público en los Países Bajos, y el año próximo Acantilado tiene prevista su publicación en español, en traducción de Gonzalo Fernández.

El fenómeno del turismo de masas como materia literaria no es nuevo y ha sido objeto de varios estudios académicos. El concepto en sí, “turismo de masas”, se relaciona estrechamente con la capacidad de viajar de la clase media, que aumenta exponencialmente en las últimas décadas del siglo pasado, y posee sin duda una connotación negativa: algunos lo han calificado incluso de “undécima plaga bíblica” por su potencia destructora de los modos de vida autóctonos y del medio ambiente. Por otro lado, su significado es ambiguo: a veces no se refiere tanto al número de turistas sino al mencionado impacto negativo que el turismo desbocado puede causar en el ámbito local y en el espacio natural. Particularmente en España, uno de los países europeos de mayor afluencia turística desde la década de los 60 del pasado siglo, en especial del llamado turismo “de costa y playa” (el de las ciudades será posterior) destacan algunas novelas que se hacen eco de esta problemática, como Antagonía (1981), de Luis Goytisolo; El Tercer Reich (1989), de Roberto Bolaño, y la más reciente, Crematorio (2007), de Rafael Chirbes, según expone Antonio Herrería Fernández en su trabajo Turismo y novela: el espacio turístico de la costa en la novela española contemporánea. A juicio de este investigador, “la importancia de estas novelas radica en su habilidad para anticiparse y abordar de modo crítico los sentimientos colectivos respecto al turismo de masas”. Y, en efecto, así es cómo la literatura aborda esta plaga de nuestros días: mediante la formulación estética de un sentimiento colectivo de inquietud que invita a la reflexión y que cuestiona un modelo de turismo depredador que, paradójicamente, acaba por destruir precisamente aquello que atrae a la gente.

Pero volvamos a Grand Hotel Europa, una obra extensa de más de 500 páginas, que en realidad es una amalgama de ficción y ensayo, una novela de ideas con numerosas historias intercaladas que toca muchos y variados asuntos, una obra densa pero amena, no exenta de ironía y de planteamientos que rozan en ocasiones la incorrección política. El hilo argumental es la historia del protagonista, Ilja, alter ego del propio autor, un escritor holandés de éxito que se instala por tiempo indefinido en el antiguo y decadente Hotel Europa después de sufrir una crisis personal como consecuencia de la ruptura con su pareja, Clio, una historiadora del arte italiana, experta en Caravaggio, con la que ha vivido una apasionada historia de amor. Ilja se recluye en el hotel, de ubicación indeterminada, que pronto se revelará como alegoría de una Europa decadente y nostálgica de su pasado, para reconstruir en su escritura, a modo de terapia, su relación con Clio, a quien conoce en Génova y con quien se instala a vivir en Venecia. Durante su estancia en el hotel, mientras escribe y reconstruye su vida pasada, el escritor conoce a diversos clientes del hotel –algunos de ellos personajes entrañables, otros hilarantes–, que le darán pie a reflexionar sobre numerosos asuntos: la inmigración, el contraste entre la Europa del norte y del sur, las diferencias culturales entre europeos y norteamericanos, el individualismo frente al sentimiento de pertenencia a la comunidad, y, en especial, el turismo de masas y la decadencia de Europa como potencia política, militar y económica y su reconversión en parque temático del mundo. Uno de los proyectos del protagonista es el de escribir el guion para un documental sobre el fenómeno del turismo de masas, que en alusión a la célebre novela de García Márquez, pretende titular El amor en los tiempos del turismo de masas, estableciendo así una conexión entre su propia experiencia sentimental y el fenómeno del turismo de masas en Venecia, la ciudad en que vivió su gran amor con Clio, nombre, por cierto, que remite a una de las musas de la mitología griega. La intertextualidad está, en efecto, muy presente en esta magna obra en la que abundan las referencias, algunas explícitas, otras menos evidentes, a diversas obras literarias, como por ejemplo: La montaña mágica de Thomas Mann (el retiro en un hotel); El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad (el descenso personal a los infiernos), o La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa (la trivialización de la cultura).

Pero centrémonos en el tema que nos ocupa: ¿cómo presenta el autor en esta gran novela el problema del turismo de masas? Si bien lo focaliza en Venecia, lo extiende también a otros lugares del mundo, en especial a su propio país: el centro de Ámsterdam es ya impracticable por la invasión turística y por los precios elevados de las viviendas debido en gran parte al alquiler turístico fomentado por Airbnb; y el pintoresco pueblo de Giethoorn se ha convertido en un jardín de recreo para cientos de miles de chinos que a veces confunden los buzones de las casas particulares con papeleras. Es hilarante la escena en que un vecino del pueblo se encuentra un pañal de bebé sucio en su buzón. Pero el autor nos lleva también a otros lugares, mientras prepara el documental que pretende describir los efectos del turismo sobre la vida local: Génova, Cinque Terre, Malta, Skopie; y no faltan referencias a la India y a algunos países latinoamericanos y africanos. Por cierto, el proyecto del documental, en el que colaboran personas de varias nacionalidades europeas, acabará fracasando, en clara alusión a otro de los temas que preocupa al autor: la fragmentación de Europa y la dificultad de alcanzar acuerdos entre las naciones que integran el continente en declive.

Ilja Leonard Pfeijffer analiza muy a fondo el fenómeno del turismo de masas en esta obra, con frecuencia en forma ensayística y mediante diálogos entre el autor y otros personajes, y recurriendo no pocas veces al humor. Poco podría imaginar el escritor holandés cuando escribió su libro hace un par de años que la paradoja, que tanto abunda en su descripción de este fenómeno, se impondría de forma brutal con la pandemia de la Covid-19. En palabras de Paolo Costa, quien fue durante unos años alcalde de Venecia: “La paradoja es que el coronavirus ha llegado para resolver un problema que imaginábamos creciente, para liberar Venecia del monocultivo del turismo”.  Precisamente, la gran paradoja del turismo masivo –que destruye todo lo que atrae–, es un fenómeno que, en toda su tragedia, a Pfeijffer le resulta fascinante desde un punto de vista “filosófico” y que además suscita otros temas igualmente interesantes desde esta perspectiva, como la relación entre realidad y ficción. Sabemos que lo que más detestan ciertos tipos de turistas es ser tomados por turistas; muchos de nosotros habremos sentido alguna vez esa embarazosa sensación. El autor/narrador nos arranca de nuevo una sonrisa con su hilarante descripción de los turistas según su vestimenta y comportamiento, y de sí mismo cuando de joven viajaba por el mundo intentando no ser confundido con el típico turista armado de cámara y mapa, y menos aún, con sus compatriotas holandeses, que activaban en él los resortes de la vergüenza ajena. Recuerda Pfeijffer en este contexto la famosa paradoja de Epiménedes: todos los cretenses mienten, dijo un cretense. De la misma manera, cuando viajamos por el extranjero, afirmamos que todos los turistas son terribles e intentamos disimular nuestra vergonzosa condición. Y, por si no bastara con la paradoja anterior, los turistas que detestan a otros turistas viajan sin embargo tras el rastro de esos otros turistas, pues no quieren perderse las maravillosas experiencias de las que estos alardean en sus redes sociales y, sobre todo, quieren ir a los lugares donde estos otros turistas han evitado a otros turistas. Muchos de ellos, en especial aquellos que visitan destinos exóticos, fomentados por los vuelos de bajo coste, tienen cada vez menos valor o fantasía para realizar sus propios descubrimientos, porque sus vacaciones suelen ser breves, necesitan sacar el máximo partido de su tiempo (con el consecuente estrés), no quieren riesgos y por lo tanto siguen los caminos trillados: buscan destinos maravillosos ya “certificados”. A pesar de que la mayoría de turistas visita los mismos sitios (publicitados por webs y redes sociales), a estos turistas les gusta verse a sí mismos como “viajeros” (categoría que consideran superior a la de turista) y su mayor ilusión es vivir experiencias que llaman “auténticas” y que luego publicarán en sus redes sociales, porque esa experiencia única define su identidad. Antes las vacaciones eran un periodo de descanso, ahora, para muchos, son la manera de crear un perfil propio. Lo que eres se define por los selfies que te haces, y cuanto más exótico el lugar, más especial eres y más puntos acumulas para remarcar tu personalidad y ganar popularidad entre tus friends. Entramos aquí en el terreno del autoengaño, nos advierte el autor; nos creamos ficciones que nos creemos, porque así damos sentido a nuestras vidas, aunque sea de forma artificial. ¿Por qué queremos ver la Mona Lisa en un museo invadido por turistas que apenas nos permiten ver el cuadro? Según Pfeijffer, no es por la belleza del cuadro, ya que existen obras de Leonardo da Vinci aún más bellas, sino por la experiencia de ver en la realidad una obra famosa, a pesar de que en una reproducción se apreciaría mucho mejor. En el fondo, no es la obra en sí misma lo que buscamos, sino la sensación de proximidad, la experiencia única que nos proporciona un relato, preferentemente sellado con un selfie. Indica Pfeijffer que la autenticidad es una construcción; para ser realmente quienes queremos ser, debemos tornarnos en caricaturas de nosotros mismos, e invoca en este sentido a Píndaro y Nietzsche.

El fenómeno del turismo de masas es pues, en palabras del autor, “la polarización extrema del concepto cada vez más problemático de la autenticidad”. La paradoja se impone de nuevo: la autenticidad queda destruida por los buscadores de la autenticidad. Y no solo esto, como los empresarios turísticos conocen bien este anhelo de los viajeros, construyen todo tipo de apariencias de autenticidad. Así, señala Pfeijffer, en Las Vegas se reconstruyó el Canal Grande de Venecia; en Tianducheng (China), se hizo una réplica del centro de París para turistas, con torre Eiffel incluida; en Shanghái existe una copia hecha a tamaño natural del pueblo holandés de Giethoorn; en África, algunos avispados montan orfanatos falsos para complacer el ansia de autenticidad de los turistas y su necesidad de hacer el bien; en Manila, Río de Janeiro o Johannesburgo se practica el llamado slum tourism, o turismo de favelas, que ofrece experiencias autocalificadas como auténticas, en que se recorren zonas degradadas de las ciudades, presentadas como pobres pero felices. En Venecia podemos comprar máscaras de carnaval “auténticas” fabricadas en China. De este modo se torna cada vez más tenue la línea que separa la realidad de la ficción, los hechos del fake, el mundo real del mundo virtual.  Este juego entre la realidad y la apariencia se manifiesta también en aspectos triviales, aunque en el fondo bastante significativos, como es la vestimenta del turista. Con gran dosis de humor, el autor nos recuerda que mientras que los turistas ricos visten de cualquier manera, los camareros, los porteros de los hoteles de lujo, los vigilantes de museo y otros empleados son los que hoy en día visten con formalidad. En cierto momento de nuestra historia más reciente, las clases sociales intercambiaron sus prendas. Otra paradoja: la clase social más acomodada se reconoce porque se permite tener un aspecto lo más descuidado posible, en especial durante sus vacaciones. Si bien están orgullosos de sus salarios y de su posición social, el mayor símbolo de estatus son las chanclas y las bermudas. Si te encuentras a alguien vestido así en la oficina de una multinacional, nos señala el autor, ya sabes que el es el pez gordo que puede permitirse ese aspecto. Por otra parte, el turista medio expone sus sonrosadas carnes en lugares no siempre apropiados para ello y ensucia las ciudades históricas del viejo continente con “un gusto horrible”.

El deterioro de la imagen del turista arquetípico ha hecho que abunden cada vez más aquellos que huyen de esta etiqueta y se autoproclaman, no sin orgullo, “viajeros”, en especial los que recorren países lejanos y exóticos, y que presumen de que el viaje les enriquece, porque les confronta consigo mismos y porque entran en contacto con la población local. En realidad, según Pfeijffer, estas personas son aventureros hedonistas que practican el escapismo para desconectar de sus problemas y no pensar. Su huida es, en el fondo, egoísta. Los contactos que se establecen con la población local suelen ser superficiales, pues una interacción más profunda requiere tiempo y esfuerzo; su adicción al extrañamiento les impulsa a viajar de continuo y les mantiene al margen de todo; su propia sensación de libertad la encuentran más interesante que vivir cerca de las personas queridas de su entorno. Además, la obsesión por no parecer turistas hace que muchos de estos viajeros se desvíen de los circuitos turísticos normales, que son los que están preparados para recibir turismo. Otra manifiesta paradoja: con la idea de que están haciendo el bien con su forma alternativa de viajar estos viajeros no se dan cuenta del efecto negativo que sus viajes, supuestamente “auténticos”, pueden ocasionar, empezando por la contaminación que causan los numerosos vuelos de larga distancia. Y es que el viajero que se aprovecha de la hospitalidad de un miembro de alguna localidad perdida de un país tercermundista, de la que luego contará estupendas historias, no se da cuenta de que esa hospitalidad no es mutua. El viajero toma, pero en realidad no ofrece nada. En las zonas turísticas está desigualdad se neutraliza con las transacciones económicas, pero fuera de estas zonas la asimetría es brutal. A veces incluso los viajes confirman los prejuicios en lugar de combatirlos, pues el viajero suele ir en busca de las imágenes más tópicas. En realidad, señala Pfeijffer, también estos viajeros son turistas que están de vacaciones, aunque estas sean más largas, pues durante este tiempo carecen de obligaciones. En el fondo, también ellos solo buscan lo externo, por mucho que se imaginen el viaje como metáfora del crecimiento espiritual. Así pues, la antonimia, frecuentemente invocada, entre los conceptos “turista” y “viajero” queda en gran parte diluida con estas reflexiones.

Por otra parte, mientras Europa estimula el turismo, cierra sus puertas a la inmigración, otro de los asuntos que Pfeijffer desarrolla extensamente en esta obra dando voz al botones del hotel, Abdul, inmigrante de origen árabe, cuya dura historia de refugiado, como se revelará en cierto momento de la novela, presenta curiosas coincidencias con la Eneida de Virgilio. El turismo contrasta incómodamente con otras formas de migración que son consecuencia de la globalización y que consideramos problemáticas. Mientras abrimos nuestras fronteras y somos hospitalarios con los extranjeros que acuden a gastar su dinero, queremos cerrarlas para los extranjeros que vienen a ganarse la vida. Otra paradoja, sí, aunque mucho más dramática. Ambas formas de migración interfieren entre sí de un modo, cuando menos, desagradable: los turistas en el mar Mediterráneo nadan en una fosa común. Y mientras tanto los occidentales viajan a modo de diversión y con toda naturalidad a países a los que privamos del derecho a viajar a Occidente, practicando una especie de “turismo de desgracia” que pone de manifiesto la injusticia de la desigualdad económica.

Al margen del ya tradicional turismo de costa y playa, el de ciudades ha aumentado exponencialmente en las últimas décadas. Una ciudad entregada al turismo vende su alma, afirma el autor, que conoce bien los estragos que el dinero fácil ocasiona en Venecia o en su propia ciudad, Ámsterdam, donde florecen los negocios pintorescos y las tiendas de queso en las que a ningún holandés se le ocurriría comprar queso. El turismo es un negocio que beneficia a muchos, sí, pero al mismo tiempo ocasiona importantes gastos a las administraciones; además, gran parte del dinero que se genera con esta industria no se reinvierte en el negocio, sino que acaba en manos de grandes empresas, mientras que los trabajadores reciben salarios temporales miserables. El turismo de masas es un fenómeno históricamente muy reciente, lo que tal vez explica que no estamos aún preparados para hacerle frente, pero, y esto es una cuestión central de esta magna novela de ideas, el turismo es solo el síntoma de algo mucho más profundo y serio: el problema de la decadencia europea. Pfeijffer, que es especialista en filología clásica, y conoce bien la historia y cultura europeas, ofrece en esta obra una imagen bastante desoladora de nuestro continente “viejo y cansado”, anclado en viejos tiempos y presa fácil de los mensajes nostálgicos del populismo de derechas, fuertemente nacionalista, que atribuye el declive a la pérdida de valores judeocristianos por la presión de la islamización de Europa como consecuencia de la inmigración. Muy al contrario, señala Pfeijffer, la esperanza para Europa está en la integración, la federalización y la unidad, sin olvidar que los inmigrantes son un obsequio para el viejo continente en lugar de una amenaza. Y es que hay que tener presente que, desde el punto de vista económico, y también militar, Europa ha sido definitivamente superada por las potencias mundiales de Asia y América, nuestros bienes de uso diario se fabrican en China o en India, y gran parte de nuestra economía depende del turismo (como se está viendo, de forma trágica, en estos terribles días de la Covid-19).

Nuestra civilización, nacida en Atenas y Jerusalén, fruto de la razón y de la revelación, se ahoga en su propia historia, concluye Pfeijffer. La identidad europea está atrapada en el pasado, y, a falta de alternativas, este pasado se vende en el mercado globalizado. Para evitar la venta de los cascos históricos de nuestras ciudades, las administraciones deben tener la potestad de intervenir en el espacio público en que los particulares, por intereses lucrativos, se rinden al mal gusto de un tipo de turismo no precisamente de calidad. Desde su profundo amor por la cultura europea, Pfeijffer aboga por la necesidad de concienciar a la gente de que el turismo de masas, tal como se presenta hoy, no hay que estimularlo, sino combatirlo, y fomentar formas alternativas más sostenibles y respetuosas con el entorno local y con el medio ambiente. Hoy, en estos días de sufrimiento para el sector turístico devastado por la pandemia, y del que dependen tantísimas personas (sabemos que en España genera más del 12% del Productor Interior Bruto), las ideas que Pfeijffer expone en Gran Hotel Europa pueden servir de estímulo para repensar un modelo de turismo que no solo ha destrozado las costas sino que ha convertido los centros históricos de las más bellas ciudades europeas en grandes decorados –llenos de restaurantes, hoteles, pisos turísticos y tiendas para turistas–, que los residentes se ven forzados a abandonar; un turismo masificado que, como hoy adviertan ya muchas voces, provoca grandes daños sociales, estructurales y medioambientales. Hoy, más que nunca, en este desolado receso que nos ha impuesto un maléfico virus que sin embargo (oh, paradoja) nos invita a soñar en un mundo mejor, somos conscientes de que hay que buscar alternativas a este modelo de turismo que nos da de comer a la vez que nos mata. De lo contrario corremos el riesgo de que toda Europa se convierta en una gran Venecia: un inmenso parque temático. De esto ya advirtió en 2012 el director de cine italiano Andreas Pichler con su documental El síndrome de Venecia, en que relata cómo la Serenissima se ha convertido en una ciudad fantasma, abandonada por los venecianos, donde todo está al servicio del turismo que llega al puerto en monstruosos cruceros contaminantes. Cees Nooteboom, otro escritor holandés, de reconocido prestigio, acaba de escribir un ensayo dedicado precisamente a Venecia (Venecia. El león, la ciudad y el agua, que publicará este otoño Ediciones Siruela, en traducción mía), un canto a la belleza de esta ciudad que tanto ama, un recorrido apasionado por su arte, sus iglesias, sus monumentos, sus mercados y su cementerio, en ese tono reflexivo y poético tan propio de Nooteboom, pero al mismo tiempo un lamento, una elegía por la lenta agonía de esta singular ciudad acuática, que al igual que Ámsterdam, ha vendido su alma. Amor y muerte unidos, no hay mayor paradoja.

 

[Fuente: http://www.fronterad.com]

 

 

Escrito por MIGUEL CANO

Convertido en paradigma de toda una sociedad y una forma de ver el mundo, tanto por su vida cosmopolita como por su trágica muerte –que la caída del nazismo apenas tres años después hizo aún más grotesca e inútil–, Stefan Zweig (1881-1942) es hoy reconocido, tras un periodo de olvido, como un intelectual de primer orden, un gran escritor y un profeta visionario que elaboró uno de los más bellos cantos de cisne de toda una civilización. Pero además de su copiosa obra como escritor–que incluye novelas, poemas, relatos, biografías, obras de teatro–, el austriaco destacó como un agudo y crítico lector que sintió la difusión de la literatura como un compromiso ineludible al que dio rienda suelta desde revistas, periódicos, prólogos de libros e incluso colecciones editoriales.

La editorial Acantilado, que prácticamente desde su fundación se ha dedicado a reeditar sus extensas obras completas, alcanzando ya casi los 40 volúmenes publica ahora Encuentros con libros, una selección de estos textos heterogéneos, eruditos, sagaces e incisivos, que abarca cuatro décadas, desde comienzos de siglo hasta casi el año de su muerte. Como señala el experto en su obra y editor del volumen Knut Beck, Zweig era «un lector impaciente y temperamental inclinado desde muy joven a tomar posición frente a los libros que leía».

Algo que le llevó a implicarse plenamente en el descubrimiento, difusión, traducción y publicación de autores contemporáneos y clásicos, en lengua alemana o extranjeros, y en multitud de proyectos editoriales tan enjundiosos como efímeros, como una biblioteca de clásicos en ediciones de bolsillo o una colección internacional de autores contemporáneos que publicarían en exclusiva para lectores bajo demanda. 

Pero más que un recopilatorio de críticas, de las que hay brillantes ejemplos como las dedicadas a la poesía de Goethe, la recepción en Alemania de las obras de Balzac, Flaubert, Whitman o Joyce, y el análisis, nunca complaciente ni obvio, de contemporáneos y amigos como Joseph Roth o Thomas Mann, lo que ofrece este volumen es un acceso a la compleja y edificante visión que Zweig concedía al libro y a la literatura.

Punta de lanza de una élite que hizo de la cultura, una cultura destilada durante generaciones, su manera de posicionarse en el mundo, el escritor se muestra incapaz de comprender la vida en ausencia de la lectura, una idea que solo se le ocurre tras conocer a un joven analfabeto, como explica en el ensayo “El libro como acceso al mundo”.

«Meterme en la cabeza de un europeo que jamás ha leído un libro es tan imposible como lograr que un sordo se haga una idea de lo maravillosa que es la música», sentencia Zweig tras constatar que no le es posible imaginar su propia vida sin libros, pues en ese contexto «lo que percibía como mi yo, mi identidad, se disolvió sin remedio». 

Encuentros con libros
Stefan Zweig
Traducción de Roberto Bravo de la Varga. Acantilado. Barcelona, 2020. 272 páginas. 22 €

[Fuente: http://www.elcultural.com]

Télam dialogó con el escritor chileno, un reconocido activista de los derechos humanos que en sus novelas nunca descuida la historia, las reivindicaciones, ni la actualidad del mundo.


 
Escrito por Carlos Daniel Aletto

En « Allegro », la nueva novela de Ariel Dorfman, se entrecruzan las biografías reales de personajes, fundamentalmente las vidas de músicos como Mozart, Händel, Bach, K. F Abel y la del « cirujano de ojos » John Taylor, entrelazadas en una ingeniosa trama que se vale de la ficción para sacar provecho de la porosidad de las historias personales y de los grandes huecos que deja el relato del siglo XVIII.

En esta novela policial publicada por el Fondo de Cultura Económica, donde el detective es el pequeño Mozart, aparece magistralmente trabajada la interrelación de la música y la literatura, un cruce de dos semiosis que Dorfman ya ha elaborado en varias de sus obras, especialmente en su pieza « La muerte y la doncella », la historia de una víctima y su torturador donde resulta clave la música de Franz Schubert. En « Allegro » esto llega a un punto altísimo, incluso con una sorpresa final y reveladora a partir del pliego que le entrega una de las hijas de Bach a Mozart.

El lector se convierte también en un detective, ya que tiene que seguir las huellas de los datos de la música y los hechos históricos que en este caso Mozart -el narrador- menciona o le toca vivir, y que sin duda el escritor ha investigado con profundidad y sembrado astutamente durante el relato, para que el lector pueda hacer su propia pesquisa y cotejarla con el caso resuelto al final de la novela.

« Allegro » es una obra refinada, escrita por Dorfman (Buenos Aires, 1942), dramaturgo y novelista, quien vivió en Chile, llegando a ser colaborador del gobierno de Salvador Allende, y luego del golpe de Pinochet se debió exiliar en EEUU, donde hoy reside. Su obra es muy amplia, pero se destaca el libro « Para leer al Pato Donald » (1971), escrita junto a Armand Mattelart, en la que se analiza las historietas cómicas publicadas por Walt Disney. « Moros en la costa » (1973), « La última aventura del Llanero solitario » (1982), « Máscara » (1988) y « Konfidentz » (1995) son algunos de sus libros fundamentales.

– Télam: ¿Cómo surgió la idea de convertir al pequeño Mozart en un detective?
– Ariel Dorfman: 
Me encanta el género policial y siempre estoy atento a situaciones que me permitan que algún personaje que me ronda tenga que resolver un misterio. Así, en mi libro « Viudas », aparecen cadáveres en un río sin saber de dónde vienen ni con qué intenciones. En « Konfidenz » una mujer ha sido convocada a París por su prometido, un hombre que no concurre a la cita, forzándola a rastrear las razones de su desaparición. En « La Nana y el Iceberg », alguien está amenazando con volar el iceberg que el gobierno chileno he decidido llevar a Sevilla en 1992 para demostrar (¡qué delirio!) cuán modernos y « cool » son, y un joven debe desentrañar quién está detrás de esa conspiración, si quiere perder la virginidad.

En mi próxima novela, « Apariciones », que también sale este año, las fotos de un adolescente son invadidas por el rostro de alguien que proviene de un pueblo originario. Encontrar la identidad de ese invasor es cosa de vida o muerte. ¿Y Mozart? Cuando me topé con la historia del doctor charlatán John Taylor, que fue acusado de cegar a Bach y a Haendel, me acordé de que el pequeño Wolfgang había pasado un buen tiempo en Londres, donde nada más natural que el hijo de ese Taylor se le acercara para pedirle que limpiara el nombre de su padre, especialmente debido a que el imberbe Mozart era discípulo y amigo de Johan Christian Bach, hijo del compositor de las « Variaciones Goldberg ». Deliciosamente incestuoso.

«Me encanta el género policial y siempre estoy atento a situaciones que me permitan que algún personaje que me ronda tenga que resolver un misterio(A»

– T.: ¿El lector de « Allegro » -sobre todo el no melómano- se convierte también en un detective?
-A.D: Todo lector sabio es un detective literario, tanto en novelas cultas o en aquellas que carecen de referencias manifiestas a fenómenos artísticos o históricos, porque siempre hay guiños hacia la tradición estética en que esas obras están insertas. Claro que hay novelas como « Allegro » que incitan particularmente a los lectores para que sigan las huellas que el autor fue trazando, a preguntarse cuánto hay de fehaciente y documental en lo que escribe y cuánto ha inventado. Me pone feliz, por ejemplo, que aparezcan en « Allegro » el insigne músico Abel, así como Susana Bach, y que se conozca y celebre la presencia de estos dos personajes reales, injustamente ninguneados por la posteridad. Tal vez por eso conjeturé entre ellos una relación erótica pasajera que es clave para el desenlace de la obra, una revelación que va a salvar a Mozart y ayudarle a desentrañar la maraña de los decesos de Bach y Haendel. Le toca al lector ahondar en los archivos y la bibliografía (como lo hice yo) para adivinar cómo esa escena, y tantas otras, deriva de la historia documentada a la vez que de mi imaginación febril.  

– T.: ¿ »Allegro » es tu gran homenaje a la música del siglo XVIII?
– AD:
 Desde que tengo uso de razón -y por ahí antes- quise ser músico. Cuando me di cuenta de que no tenía dedos para ese piano (ni para ningún otro instrumento parecido), me dediqué a musicalizar palabras y contar historias, tratando de que las cadencias de mi prosa y versos aproximaran las notas de un quinteto, una sinfonía, una sonata. Siempre, sin embargo, me quedó el bichito de la música como vocación y tuve la suerte de colaborar con una serie de compositores, en dos libretos de ópera, una cantata y también una musical (con Eric Woolfson, del Alan Parsons Project). ¡Tal vez preparándome para hacer dupla con un compositor muerto como Mozart! Mi entusiasmo por la música no significa que no entienda que sus efectos pueden, a veces, ser negativos. Los himnos y marchas se usan para espolear a la gente a la guerra, por ejemplo. Ya Thomas Mann, en el « Doctor Faustus » observaba la relación entre la música y la muerte, la música y lo demoníaco. Y ahí está el cuarteto de Schubert que tocaba algún doctor para atormentar y seducir a una mujer prisionera que estaba a su merced. Concebí « Allegro », en gran medida, para redimir a la música como algo que nos acerca a la divinidad (pese a ser ateo), aquello que nos recuerda y anticipa el paraíso que entre todos podríamos forjar si nos pusiéramos a vivir con la belleza que el arte encarna y promete. « Todo es canto », en efecto, o podría serlo.

– T: La fuerza de « todo es canto » es tan intensa como la shakesperiana « el resto es silencio » ¿Esta frase es la clave de toda la novela?
-A.D: 
Creo que sí. Cuando uno escribe, nunca sabe qué descubrimientos irán apareciendo por el camino, sorpresas que deparan los personajes, modalidades en el lenguaje, frases determinadas que resumen todo el trayecto anterior. Y como yo mismo no sé lo que vendrá, espero que esa sensación de ir excavando el futuro a medida que se va develando ayude al lector a que participe, que pierda el aliento junto conmigo o se maraville de que todo pueda ser canto: lectores, Mozart y este Ariel unidos en busca de un sentido. Esa frase, « todo es canto », alcanza mayor resonancia por tratarse de músicos ante la muerte y también de una sociedad que se derrumba ante las injusticias. 


 [Fuente: http://www.telam.com.ar]