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Páez describe a García, y dice que Charly nos enseña que se pueden seguir inventando maravillas en un mundo que se degrada. Su arte se fuga de los cánones de la música de confort de la globalización. Funda una mística, como hacen los grandes. Nos intima a ser más inteligentes y volver a redescubrir el sentido. Fragmento de Diario de Viaje (Planeta).

 

Escrito por Fito Páez

Charly García es un niño envuelto en cuerpo de hombre; los ojos pícaros, la actitud maldita, la destreza del pensamiento y esa fabulosa capacidad para que todas las fuerzas jueguen a su favor. El don de la música es su látigo implacable y como todo gran artista no presta atención más que a sus sentimientos.

Canción para mi muerte” ya contenía la idea de la tragedia. Un flaco entendiendo con esos acordes, que podrían ser de Haydn, el sentido del mundo. “Confesiones de invierno” es su primer intento de incorporar la gran orquesta. Gustavo Beytelman escribe y dirige con maestría arreglos que harían historia, y Charly se siente como pez en el agua. Alguien que se anima en los comienzos de los 70 a jugar en estos terrenos sin ningún complejo. Él sabía de qué se trataba porque el piano le daba esa dimensión. Expandir los acordes en “Cuando yo me empiece a quedar solo” no era que se podía jugar a la Europa y al tango. Era también fundar una nueva forma del tango con todos sus elementos melódicos, armónicos y rítmicos. Nebbia y Spinetta están en una dirección similar. Pero ahora estamos con él, que reinventa la música argentina y así una pieza fundamental para pensar la música popular y el tiempo.

Tendré los ojos muy lejos 

Un cigarrillo en la boca 

El pecho dentro de un hueco 

Una gata media loca. 

 

Un escenario vacío 

Un libro muerto de penas 

Un dibujo destruido 

Y la caridad ajena.

 

Un televisor inútil, 

eléctrica compañía 

La radio a todo volumen, 

y una prisión que no es mía. 

 

Una vejez sin temores 

Una vida reposada 

Ventanas muy afiladas 

Y una cama tan inmóvil. 

 

Y un montón de diarios apilados 

Y una flor cuidando mi pasado 

Y un millón de voces que me gritan 

Y un millón de manos que me aplauden 

Y el fantasma tuyo, sobre todo… 

Cuando yo me empiece a quedar solo.

« Cuando ya me empiece a quedar solo », Confesiones de invierno (1973), Sui Generis.

Es el relato de un hombre que triunfa en la vida y se queda solo con esa historia de amor, vaya uno a saber de qué tipo, pero de amor al fin, porque lo nombra fantasma y convive con él a partir de un momento determinado, a partir del cual se transforma en su conciencia melancólica. Ese fantasma, que para cada uno de nosotros significará algo especial que nos une de alguna manera al mundo que no fue el que deseamos enteramente. Ese fantasma puede ser algo que perdimos y no lo hubiéramos querido perder o nosotros mismos vueltos esos fantasmas, que nos impidieron ser más felices y así menos plenos.

Acordes que podrían ser de Haydn, Dylan o Piazzolla. Letras que podrían ser de Mann, Puig o García Márquez. Climas con un aire a Kubrick. Pianos, mellotrones, minimoogs, clavinets. Del conservatorio a la viola: un arte salvaje todavía es posible.

Como siempre, García es poderoso a la hora de la verdad. Poder resumir en una canción una historia de este tipo es una tarea inusual. Mientras Mann se toma setecientos y pico de páginas para contar lo suyo en La montaña mágica, García se toma cinco minutos. Los dos están hablando del tiempo.

Estamos en la Argentina, 1974.

“Pequeñas anécdotas de las instituciones” marca el comienzo de una nueva y personalísima etapa en la música popular contemporánea en castellano. Charly se mete con los mellotrones, los minimoogs, los clavinets y entonces alguien nos enseña que se puede seguir inventando maravillas en un mundo que se va degradando. Estamos en el 75, y ya comenzaban a aparecer los desaparecidos. García va para adelante, se carga los muertos, pero también las ganas de vivir. Adelanta la aguja en un país que solo busca anestesia e inventa La Máquina de Hacer Pájaros, un grupo en consonancia con las tendencias sofisticadas del momento, más único.

En los 70, juega con nuevos sonidos sin complejos. Durante la dictadura, se carga a los muertos pero también las ganas de vivir. En los 80 todo pasa por él: Charly es Buenos Aires.

Único porque la uniquidad la daba él tirando el minimoog al piso, bailando en un país que no lo hacía, juntando a los Beatles con Genesis, arrancando un concierto en Rosario con una rosa en la boca y las piernas repartidas entre los teclados en V.

Provocando. ¡Ojo! Charly es algo.

El segundo de La Máquina nos regala “Ruta perdedora” y “No te dejes desanimar”, canciones que ya querríamos haber hecho. Después se monta Serú Girán, el máximo refinamiento dentro del rock popular escuchado en la Argentina. Después, y eso habla bien de la gente aquí, tuvieron éxito. Las canciones eran “Alicia en el país”, “Eiti Leda”, “Cuánto tiempo más llevará”, “Seminare”, “La grasa de las capitales”, “A los jóvenes de ayer”, “Encuentro con el diablo”, “Peperina”, “No llores por mí, Argentina”.

El mundo necesita arrinconar al que se anima a más porque pone todo en peligro, como si no lo estuviera ya.

Llega en el 82 Yendo de la cama al living, álbum bisagra. Nada volverá a ser lo mismo en la canción popular argentina, otra vez. Vuelve a reinventar todo. Piazzola, Dylan, la falopa, Lennon, la imposibilidad de ser diferente sin ser condenado en una plaza, Willy Iturry, la viola muteada con delay corto, el tambor fuerte, el conservatorio europeo… Pareciera estar diciéndonos: “Me duermo con todos ustedes porque yo ya lo sé”. Puig y García Márquez como telón de fondo.

Después vino Modern clics, la música del futuro. Kubrick y la exactitud.

En los 80 se movía Charly, intentando centrar la escena. Todo pasaba por él. El centro del mundo estaba en Buenos Aires y él era Buenos Aires. El bar Einstein, La Esquina del Sol, Cemento, El Parakultural, su casa. A los únicos a los que no les asustaba la cocaína eran a él, a Fogwill y a Symms.

Charly nos enseña que se puede seguir inventando maravillas en un mundo que se va degradando.

Después vendrían Parte de la religión y Cómo conseguir chicas, joyas argentinas modernas. La hija de la lágrima es un disco extraño, piedra fundacional del futuro del siglo treinta y nueve. Un álbum hecho de pequeños retazos, aparentemente inconexos, que desafían al oyente desprevenido a perderse durante una hora en un caos que asustó a seguidores y crítica porque Charly, ahora sí, se había vuelto loco y esto era lo que todos habían estado buscando durante tantos años.

Foto: Guido Adler

El mundo necesita arrinconar al que se anima a más porque pone todo en peligro, como si no lo estuviera ya. García estaba aburrido de los acordes, del cuatro por cuatro, del desarrollo de la canción, de los timbres de los sintetizadores y ahora iba por más. Desarma la forma de composición convencional y se encierra en un estudio con sus demos caseros, películas y CD favoritos a inventar una forma nueva con su ya conocida audacia. Todos, casi sin excepción, se horrorizaron. La máquina de matar estaba lista otra vez, buscando esa perfección pequeñoburguesa. Charly ya no era material de consumo en los hogares argentinos, su música molestaba y agredía. Había perdido la canción, decían.

Pero su arte trasciende y se sitúa fuera de los cánones de la música de confort para un mundo globalizado. Se vuelve más específico y original. Busca el error casi como un místico. Funda una mística, como todos los grandes artistas. Nos hace repensar el sentido de un arte salvaje, todavía posible. Un arte vivo, que destile odio y humor, pasión y amor, y que nos intime a ser más inteligentes y volver a descubrir el mundo en el que vivimos. Yo no sé quién podría ufanarse de eso aquí. Mientras tanto, García era el falopero más grande de la historia argentina, como si eso no significara algo. Su carrera estaba “acabada” y eso era bueno “aquí”, porque correspondía con nuestra más noble y enloquecida tradición de intentar construir todo otra vez sobre lo recién destruido por nosotros mismos, intentando así refundar el mundo, como si esto fuera posible.

Esta idea volvería loco a cualquiera. A Charly jamás, pienso, mientras llegamos en un micro viejo y destartalado a Capilla del Monte a tocar algunas de sus canciones.

2004

 

[Arte: María Elizagaray Estrada – fuente: http://www.revistaanfibia.com]

 

O secretario xeral de Cultura fai balance do traballo realizado neste eido nos actos da celebración da efeméride que se celebra hoxe

Beneficiáronse 120 empresas editoras desta liña de apoio coa que tamén se impulsa tanto a internacionalización da literatura galega como a promoción da lectura en galego de obras da literatura universal

No marco da efeméride, o Goberno autonómico participa hoxe en obradoiros internacionais, simposios e entregas de premios para promover este día

A Xunta conmemora hoxe o Día Internacional da Tradución a través da participación en diferentes iniciativas, como simposios, obradoiros e entregas de premios, co acto central na actividade Contigo na distancia, promovida pola Asociación Galega de Profesionais da Tradución e a Interpretación (AGPTI) en colaboración co Goberno galego, no que participa o secretario xeral de Cultura, Anxo M. Lorenzo.

No marco desta efeméride, Anxo M. Lorenzo, recorda a aposta do Goberno autonómico co sector da tradución, para o que a Xunta destinou preto de 3M€ desde a súa posta en marcha para este eido de xeito específico, hai 15 anos. Así, neste tempo, beneficiáronse un total de 120 empresas editoriais, tanto galegas como de fóra da comunidade, que editaron 1.196 proxectos.

O representante da Consellería de Cultura, Educación e Universidade apunta, neste sentido, a importancia desta liña de apoio tanto para a internacionalización da literatura galega, ao promover a súa tradución a outros idiomas, como para incentivar a lectura e edición en galego de obras procedentes doutras linguas. “Contribuímos a que a nosa literatura teña tamén unha saída cara ao exterior, o que implica unha maior visibilidade do libro galego e a apertura de novos públicos e mercados”, indica.

En cifras, durante este tempo, a Xunta facilitou 350 traducións de obras publicadas en galego a outras linguas, como o inglés, portugués, francés, italiano, alemán, ou finés, entre outras. Tamén se promoveu a tradución ao galego de máis de 800 obras orixinariamente publicadas noutras linguas, algo que, como engade, “tamén favorece que a cidadanía teña acceso ás obras da literatura universal en galego”.

Anxo M. Lorenzo afonda, ademais, na importancia deste apoio desde o punto de vista empresarial, xa que estas axudas están a contribuír a que as empresas editoras podan cubrir unha parte importante dos gastos derivados da tradución e da edición, “apoiando a profesionalización da actividade editora en Galicia”, engadiu.

Simposios e conversas

No marco do Día Internacional da Tradución a Xunta participa en actos como a apertura do XVIII Simposio O Libro e a Lectura, organizado polo Consello da Cultura Galega. Baixo o título Libros pola diversidade, afóndase na edición de contidos para a inclusión.

O simposio contou coa intervención da presidenta da Asociación de Familias de Menores Trans de Galicia (ARELAS), Cristina Palacios, responsable da conferencia de apertura. O panel de experiencias, Contidos Diversos, correu a cargo de representantes da Asociación BATA e de Kalandraka Editora, de docentes e dunha pedagoga. Tamén participan representantes da Consellería de Cultura, Educación e Universidade, de Hércules de Ediciones e da Editorial Galaxia; mentres que a conferencia de clausura estivo a cargo do filósofo, docente e escritor José Miguel Valle.

Ademais, celébrase Contigo na distancia, no Auditorio Neira Vilas da Biblioteca de Galicia, que reúne a dous tradutores galegos, Samuel Solleiro e Roi Vidal Ponte, nunha conversa sobre o día a día do seu labor, a relación co texto e cos seus códigos, a distancia e a proximidade coa autora ou co autor. Ambos conversarán sobre un traballo que ten como obxecto levar dunha lingua á outra as palabras, os matices, e os sensos que cohabitan en cada texto e cos que nos achegamos á voz da persoa que escribe. Samuel Solleiro e Roi Vidal Ponte artellan a conversa a partir das súas traducións máis recentes: Noite fiel e virtuosa de Louise Glück en galego no caso de Solleiro e Doentes de Roberto Vidal Bolaño —pai do tradutor— en castelán no caso de Vidal Ponte.

Tradución poética

Continuando coas conmemoracións, preséntase a décima edición do Obradoiro Internacional de Tradución Poética con barqueira e remador, que conta co apoio da Xunta. Trátase dunha iniciativa que se celebrará do 18 ao 23 de outubro na Illa de San Simón. Participarán seis persoas procedentes de diversos países e realizarán unha tradución colectiva, presencial e recíproca aos idiomas representados, que nesta edición serán o galego, o grego, o eslovaco, o flamengo e o albanés. Participarán a galega María Lado, o asturiano Pablo Texón, a grega Katerina Iliopoulou,o albanés Arian Leka, a eslovaca Maria Ferenčuhova e o belga Tom van de Voorde.

Ao remate, cada participante dará a coñecer os resultados en revistas especializadas, magazines literarios ou publicacións colectivas, completando o círculo dun proxecto singular que contribúe á divulgación dun xénero referencial como a poesía. Froito da X edición do Obradoiro publicarase un libro que recolle os poemas que produzan durante o período de dito obradoiro.

Recoñecemento a Laureano Araujo en Cambados

Pola súa parte, o secretario xeral de Política Lingüística, Valentín García, participou en Cambados na entrega do Premio Plácido Castro de Tradución, un galardón co que a fundación homónima, a Asociación Galega de Profesionais da Tradución e a Interpretación e o Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional (IGADI), en colaboración coa Xunta de Galicia, destacan a calidade das traducións ao galego dos clásicos da literatura universal, ao tempo que contribúen ao proceso de normalización do galego e enriquecen o universo literario engrosándoo con grandes obras escritas noutras linguas.

Na 19ª edición do Premio Plácido Castro, cuxa entrega de premios tivo que aprazarse por mor da pandemia, o galardoado é Laureano Araujo pola súa tradución de Schlumpf, Erwin: Homicidio, obra do escritor suízo Friedrich Glauser. Formado en Dereito e Ciencia Política, ademais de poeta, Araujo (Berna, 1964) é profesor de alemán no ensino secundario e xa ten traducido a autores como Joseph Roth, Heinrich Böll, Thoman Mann ou Stefan Zweig. O premio consistiu nun diploma acreditativo, unha peza escultórica, obra de Xaquín Chaves, deseñada expresamente para o certame e 2.000€.

[Fonte: http://www.lingua.gal]

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Escrito por Sergio Monsalve

Suecia, 2021, 93′
Dirigida por Kristina Lindström, Kristian Petri
Con intervenciones de Björn Andrésen

Doble muerte. En Venecia

Festival de Cannes, 1971. En medio del estreno de Muerte en Venecia, su director Luchino Visconti proclama  a su joven protagonista, Björn Andrésen, como “el chico más bello del mundo”. Desde entonces, el filme cambia la vida del adolescente que encarnó al legendario Tadzio, en la adaptación de la novela de Thomas Mann, cuya versión italiana cautivó al público y dividió a la crítica.

Un sector la consideró una obra maestra automática. Otros denostaron su mirada decadente, autobiográfica y babosa, que representaba el deseo del autor con vapores, sudores y redundancias operáticas, por cortesía del actor Dirk Bogarde, al compás de Mahler. Un resumen del kitsch, del qualité modernista, que circulaba por aquel entonces en Europa, tras el declive de las vanguardias de la posguerra.

A la distancia, Muerte en Venecia describe el fin de una era, el cierre de un ciclo, el eclipse de una generación que se consagró antes en los cincuenta y sesenta, topándose con un recambio que ya venía anunciado el propio Visconti en “El gatopardo”.

Luego, los chicos del baby boom tomarían el control de la industria, mientras sus antecesores resentirían el golpe, declarando egocéntricamente la muerte del cine, que en realidad era la de ellos y de su etapa.

Internamente el séptimo arte atravesaba por una de sus crisis, una de sus fases de transición y Muerte en Venecia”ocuparía un escenario de conflicto, donde se cobraron algunas víctimas, se elaboraron duelos y surgieron mártires que todavía reclaman un derecho a réplica, desde una contemporaneidad revisionista, altamente problemática.

No en balde, la revista Perro Blanco lleva tiempo debatiendo sobre la deriva actual del género documental, sobre la manía de corregir y cancelar el pasado, a partir de una memoria herida, bajo la influencia de la nueva corrección política.

En tal sentido, despierta preocupación que se pretenda condenar la creación libre de un autor en el pretérito, de una película clásica, de un largometraje de otro tiempo, al ponerlo a dialogar forzada y maniqueamente con las ideas circunstanciales del presente.

Hay un cierto cine progresista, de circulación en festivales, que se dedica a reconstruir los horrores del vano ayer, con un sentido del morbo que se disfraza de campaña reivindicativa.

Todo ello se activa y detona con el lanzamiento de The most beautiful boy in the world, el documental que fascinó al público de Sundance y que hoy nos llega por servicio de streaming, narrando la fragilidad existencial y la depresión del actor Björn Andrésen en el milenio, después de conquistar al globo como Tadzio en el siglo XX. 

Hablamos de un metarréquiem del cine, que recurre a procedimientos de contraste entre la realidad vigente del hombre en ruinas y el espacio prometedor del casting de Muerte en Venecia, cuando los productores y creadores visualizaban sus sueños, a costa de los futuros traumas de sus figurantes.

En años recientes, el propio documental ha buscado sembrar su conciencia culposa, acerca del tema, con propuestas como Showbiz Kids, relatando las angustias y tragedias de las estrellas prematuras que devoró el monstruo de Hollywood Babilonia.

Son trabajos al límite del exorcismo, del sadfishing y de la autoindulgencia, ilustrando la compasión de los egos trastocados por la industria, muchos con razón y juicio, algunos participando del juego para recibir un pago y apostar a que se consume el mito del segundo aire. Val, que me gustó por su excentricidad naïf, tiene bastantes elementos y condimentos de la receta que he señalado.

The most beautiful boy in the world transita por la misma vereda, pero tiene más enfermedad de importancia, más conciencia de su dominio técnico y de su reflexión histórica, inspirándose en Visconti y el cine sueco.

El filme encontró un sujeto con el que plantear un auténtico ejercicio de crítica contra ciertos mecanismos del cine, como lo puede ser la explotación laboral de la infancia y de la pubertad, sin anticipar las consecuencias o evitar los daños colaterales.

Björn Andrésen expresa una objeción válida respecto a su papel en Muerte en Venecia, al sentirse deshumanizado y cosificado, al circunscribirle un aura de perfección estética que le abriría puertas en la publicidad y los medios de comunicación, pero que lo convertiría en un estereotipo con fecha de caducidad.

Björn Andrésen luce irreconocible en el tiempo presente, ocultándose en un look de hippie, de anciano ahora prematuro que está al borde del paro y la indigencia.

Una doble muerte en Venecia se va urdiendo en el documental, dejando que la fotografía, en un impecable formato de alta definición, capture la vejez que anticipa el réquiem, el funeral, el cementerio de las luminarias que consumimos en la pantalla.

Melancólica y nostálgica, la película persevera y se impone por una energía, por una cuestión motora, por una mezcla de sonido e imagen que solo emana del cine.

Así que vean The most beautiful boy in the world para aproximarse a una conversación íntima que funciona como terapia colectiva.

 

[Fuente: http://www.perroblanco.net]

Dans leur documentaire sur la star de Mort à Venise, Björn Andrésen, Kristina Lindström et Kristian Petri racontent une histoire de beauté et d’objectification

Écrit par Vladan Petkovic

Les réalisateurs suédois Kristina Lindström (connue pour ses documentaires biographiques, notamment Astrid Lindgren et Palme [+]) et Kristian Petri (auteur du récent L163, sur le tournage très difficile des Communiants de Bergman) se sont associés autour d’un projet de rêve pour tout cinéphile : The Most Beautiful Boy in the World [+]. Il s’agit d’un documentaire sur Björn Andrésen, le jeune Suédois qui a incarné Tadzio dans le légendaire Mort à Venise de Luchino Visconti. Il vient d’être présenté en première mondiale dans la compétition World Cinema Documentary au Festival du film de Sundance.

En 1970, Visconti parcourait l’Europe à la recherche du garçon qui incarnerait la beauté parfaite que Thomas Mann décrivait dans son ouvrage fondateur. Une riche et impressionnante sélection d’archives montre le grand cinéaste (imposant, aristocratique, communiste et ouvertement homosexuel tout à la fois) et le jeune acteur pendant le casting et le tournage, à la première mondiale à Londres et lors de la conférence de presse au Festival de Cannes, où le réalisateur mentionne dans un commentaire que la beauté du garçon commence déjà de décliner.

Après l’expérience de ce film, Björn semble avoir laissé son image de beau garçon le faire virevolter aux quatre coins du monde. Au Japon, il est devenu le modèle du personnage principal du manga Lady Oscar. Il a vécu à Paris un an aux crochets d’un riche admirateur gay. Tout cela l’a amené à devenir une sorte d’icône gay.

Mais cela l’a également amené à se détacher de son environnement. Quand on le découvre tel qu’il est aujourd’hui, le visage creusé, les cheveux longs, des menaces d’expulsion de son appartement de Stockholm pesant sur lui, tout en entendant les témoignages de nombreuses personnes qui l’ont connu dans sa vie antérieure, ou tandis qu’on fait la rencontre de son actuelle petite-amie, une fille plus jeune qui ne craint pas de dire ce qu’elle pense, on a l’impression qu’il est déconnecté de tout, y compris de lui-même.

Les auteurs du film ont clairement eu grand soin de ne pas fragiliser encore davantage l’esprit de cet homme, à qui la célébrité a coûté très, très cher. « Ce film a détruit ma vie », dit-il, tout en admettant qu’il lui a aussi beaucoup apporté. À cause de tout cela, le documentaire est conçu de façon très libre, jamais linéaire, ni chronologique, et il introduit beaucoup plus d’ambiguïtés qu’il n’offre d’informations nouvelles ou de réponses définitives.

Le film, quoiqu’il se penche en premier lieu sur la psychologie de son sujet et sa vie personnelle rude et mouvementée (de la mort de sa mère quand il était enfant aux tragédies de sa vie d’adulte, ici abordées sans être entièrement développées), s’intéresse à la question de l’objectification et à l’idée selon laquelle trouver une image parfaite signifie souvent la détruire. Le moment de l’audition où Visconti demande au jeune garçon d’enlever sa chemise, et l’expression de malaise visible sur le visage de ce dernier tandis qu’il essaie de sourire en retour, en dit bien long sur le sujet, particulièrement sur les similarités et les différences de perception et d’acceptabilité sociale entre aujourd’hui et il y a 50 ans.

En guise de contrepoint aux images d’archives, lumineuses, Lindström et Petri font bon usage de la photographie, sombre et atmosphérique, d’Erik Vallsten, qui capture l’insaisissabilité éthérée de Björn alors qu’il revisite le Grand Hôtel des Bains de Venise, et les endroits où il avait l’habitude de sortir à Tokyo et à Paris. En combinant ces images à un travail de design sonore minutieux et une bande originale inquiétante par la compositrice et chanteuse vedette suédoise Anna von Hausswolff, les auteurs aboutissent à un documentaire dont l’ambiance se rapproche souvent du registre du film d’horreur psychologique, une impression qui n’est certainement pas très éloignée de ce que leur personnage (qui a récemment joué dans Midsommar d’Ari Aster) a souvent ressenti.

The Most Beautiful Boy in the World a été produit par la société suédoise Mantaray Film. La distribution du film à l’international est assurée par Films Boutique.

 

[Source : http://www.cineuropa.org]

Katharina Volckmer, Allemande habitant Londres, vient de signer son premier roman, Jewish Cock (« la bite juive »). Écrit en anglais, il a été découvert par Grasset, qui l’a fait traduire et en détient les droits mondiaux. Ce court texte prend la forme d’un monologue, où la narratrice adresse une confession à son gynécologue, en attendant la greffe d’un pénis circoncis. Des échos de Portnoy et son complexe de Philip Roth ? Dans le cabinet du docteur Seligman, la haine de soi germanique remplace celle du Juif, tout comme des termes yiddish cèdent la place à une autre langue, si proche étymologiquement, reflet de la force d’attraction entre deux peuples liés par la violence de l’Histoire. Début septembre, à Paris, EaN a pu s’entretenir avec cette romancière transgressive et drôle.

Katharina Volckmer, Jewish Cock. Trad. de l’anglais par Pierre Demarty. Grasset, 200 p., 18,50 €

Propos recueillis par Steven Sampson

Pourriez-vous nous raconter la genèse de ce roman ?

La voix m’est apparue, je l’ai suivie. Depuis longtemps j’échangeais avec un éditeur français [Katharina Volckmer travaille dans une agence littéraire], Joachim Schnerf, sa maison a décidé d’acheter les droits. On attendait que le livre soit publié exclusivement en français. Puis on a trouvé un éditeur anglais pour la version originale.

Le texte s’appelait alors Jewish Cock ?

Oui. Cela correspond à l’ambiance. Pour les éditions anglophones, on l’a modifié (The Appointment, sous-titré « The Story of a Cock » en Angleterre et « The Story of a Jewish Cock » en Amérique). Qu’en France il porte un titre étranger souligne le fait que je n’écris pas dans ma langue maternelle. Les Russes l’ont intitulé Jewish Cock en russe, tandis qu’en Italie il s’appelle Un cazzo ebreo. Évidemment, les Allemands n’ont pas voulu faire la même chose.

Vous l’avez écrit en anglais. Quel est votre rapport à l’allemand ?

C’était plus authentique pour moi en anglais : cela fait quinze ans que j’habite au Royaume-Uni, c’est ma langue de tous les jours, j’aurais trouvé ça vieillot d’écrire en allemand. À l’étranger, on perd sa langue maternelle, les détails s’échappent, l’allemand est devenu pour moi un langage privé que j’emploie avec des proches mais rarement dans un contexte officiel. Aussi m’intéressé-je aux continuités du fascisme qu’on voit bien ces derniers temps dans le langage avec la résurgence de l’AfD, parti fasciste qui ravive des termes douteux. Pourtant, au Royaume-Uni, il est considéré comme branché d’utiliser des mots germaniques, par exemple « That’s up my Strasse » (variante de « that’s up my alley », i.e. c’est mon truc), ou Zeitgeist. Dans le Guardian, on remarque ce phénomène, c’est amusant. Et puis il y a une obsession pour Berlin, les gens y vont et en reviennent avec quelques miettes. Berlin est devenue tendance, on célèbre l’idée d’un nouveau peuple allemand, issu de Berlin, ouvert et fun.

Le profil de la narratrice ressemble au vôtre.

Elle habite au Royaume-Uni depuis longtemps et a envie de s’ouvrir à des sujets dont elle ne pouvait parler avant. Je m’intéresse à l’identité, notamment celle du corps, qu’on étiquette comme mâle ou femelle, allemand ou français ou américain. La narratrice se confie à un médecin, il comprend son corps, elle peut s’exprimer plus librement. Elle traverse une foule d’émotions, il s’agit d’un voyage vers sa propre vulnérabilité : au début, elle est dans la provocation afin d’explorer les limites du regard de l’Autre. Pour un Allemand, c’est énorme de pouvoir discuter si ouvertement avec un Juif, normalement on ne se le permet pas. On a peur d’offenser, ou d’être obligé de parler de soi.

Elle attend que le gynécologue modifie son corps.

Il ne s’agit pas d’un mémoire trans, il y a un élément absurde. Au fond, c’est sa manière à elle de vouloir cesser d’être allemande, envie partagée par beaucoup de ses compatriotes. C’est une identité compliquée, on en est toujours un peu embarrassé, à l’étranger nous sommes gênés lorsque nous nous rencontrons, préférant maintenir l’illusion qu’on n’est plus très allemand.

Vous écrivez : « Un Juif vivant, c’est quelque chose de diablement excitant pour un Allemand. » D’où vient cette excitation philosémite ?

Cela peut paraître bizarre, mais ce passé a créé un lien. Et on ne peut dissocier les deux cultures. Je suis gênée que les Allemands n’aient jamais fait le deuil des Juifs en tant qu’ils sont leurs compatriotes. À Babi Yar, en Ukraine, j’ai vu le monument soviétique controversé où l’on fait abstraction de la judéité des victimes (présentées comme de simples citoyens soviétiques) ; je pense que cet élément-là manque dans le discours allemand : le Juif reste l’Autre.

Sinon, on ne peut expliquer la Shoah.

Oui, mais on n’a pas réussi à dire qu’ils faisaient partie de notre peuple, de notre culture. Sans eux, on ne peut évoquer ni la littérature, ni la musique ni la peinture allemande. Ils font partie de nous, pourtant on n’arrive pas à faire ce pas.

Ce mélange se trouve-t-il dans le personnage de K, juif et amant de la narratrice ?

C’est un clin d’œil et un hommage à Kafka ; K figure une certaine tristesse, celle de l’incapacité d’être la personne qu’on veut être. Leur relation s’arrête lorsqu’elle se rend compte qu’elle ne souhaite pas être femme, tandis qu’avec lui elle serait obligée de rester dans son corps femelle.

K serait-il une figure corporelle ?

Il est peintre. Lui et la narratrice peignent l’un sur l’autre. J’adore réfléchir sur les couleurs, l’art m’inspire, j’aime l’idée de peindre sur un corps. K utilise le violet, couleur du deuil et de la tristesse dans certaines cultures.

Leur rencontre est vive et charnelle.

Ils se rencontrent dans des toilettes publiques, elle investit des espaces mâles, donc elle le croise pour la première fois dans un WC, ils ont un rapport sexuel aléatoire. Je songe parfois aux toilettes collectives et à ce qu’elles représentent : c’est un espace d’intimité publique. Que se passe-t-il lorsqu’une femme entre dans un WC pour hommes, ou l’inverse ? Ce geste mineur provoque une réaction forte.

Elle pratique une fellation sur cet inconnu. Je songe à Melissa Broder et à Lionel Shriver, chacune montrant l’importance du corps dans la culture contemporaine.

Le corps féminin est très policé, on a une image concrète de ce à quoi il devrait ressembler, il y a une pression constante d’être belle et baisable. Certaines femmes commencent à repousser cette idée, à se libérer des contraintes. Le corps féminin est un champ de bataille. Il est assujetti à une violence inouïe. Imaginez ce que ça serait si une femme pouvait faire un jogging tranquillement à minuit, en se sentant en sécurité. Les femmes gardent toujours à l’esprit l’éventualité d’un danger.

Avez-vous été influencée par d’autres œuvres abordant ce thème ?

En ce qui concerne la peinture corporelle, il y a une scène fantastique dans La végétarienne de Han Kang. Sinon, j’admire Thomas Bernhard. On a comparé mon livre à Portnoy et son complexe : j’en suis flattée. C’est l’un des rares livres qui m’ont fait rire à gorge déployée. Certains le trouvent vulgaire, mais je crois que l’humour, s’il est réussi, demeure le meilleur moyen d’atteindre le public. Je pense au film La mort de Staline : en sortant du cinéma, je me sentais mal, je l’ai trouvé affreux, mais efficace, il faisait vraiment ressentir l’horreur.

Jewish Cock : entretien avec Katharina Volckmer

Pourquoi vous êtes-vous installée à Londres ?

Je suis partie étudier la littérature allemande et anglaise à Queen Mary, puis je suis allée à Oxford faire une thèse sur Jakob Wassermann, un écrivain juif allemand contemporain de Thomas Mann, très connu de son vivant. Elle s’intitule Society and its Outsiders in the Novels of Jakob Wassermann et porte sur les femmes, les enfants et les homosexuels dans sa fiction. Je m’interroge sur le fait que certains écrivains sont oubliés. Wassermann a publié un essai puissant sur son identité : Mein Weg als Deutscher und Jude.

Votre livre semble porter l’empreinte de la psychanalyse.

J’ai beaucoup lu Freud, l’idée du flux de conscience vient de lui, mais l’ironie de mon roman, c’est que l’héroïne ne se livre pas à un psychanalyste : elle préfère s’adresser à quelqu’un qui comprend son corps. Avant, elle avait été obligée de voir un psy, cela n’a pas bien marché, elle était trop timide, pas prête à parler ouvertement. Le docteur Seligman est juif, c’est pourquoi elle le trouve mieux placé pour la comprendre.

Son patronyme évoque le Dr Spielvogel de Philip Roth.

En allemand, son nom veut dire « chanceux » ou « heureux ». Et si on parle de quelqu’un qui est mort récemment, on dit « Gott hab ihn selig » (paix à son âme). Apparemment, il y a un film célèbre avec Louis de Funès où le rabbin porte ce nom.

À part Freud, un autre Autrichien présent ici s’appelle Adolf Hitler. Pourquoi la narratrice aime-t-elle imaginer la moustache du Führer en train de chatouiller ses parties intimes ?

Le Hitler sexy, les gens sont fascinés par cette figure, chez lui il y a un étrange élément érotique dont je voulais me moquer. Même au Royaume-Uni, on est obsédé, on se cache derrière Hitler. Dans des documentaires allemands, on entend des phrases genre « Hitler a envahi la Pologne », comme s’il l’avait fait tout seul. C’est important de le ridiculiser, au lieu de le mettre sur un piédestal. Certains hommes affichent un fétichisme érotique bizarre à travers des coiffures nazies et des uniformes Hugo Boss. Au risque de gêner, peut-être faut-il explorer ces strates de conscience.

La narratrice achète son pénis avec de l’argent venant de son arrière-grand-père, chef de gare de la dernière station avant Auschwitz.

C’est important d’un point de vue symbolique, de nombreux Allemands ont de tels ancêtres, qu’on prétend n’avoir été que des rouages dans la machine. Cet incident renvoie aussi à Auslöschung (Extinction), roman de Thomas Bernhard, où l’héritier d’un argent nazi finit par le donner à un organisme juif.

Avez-vous pu discuter de cette époque avec des aïeux ?

Ma grand-mère paternelle, encore vivante, est née en 1930, à Amberg, en Bavière, près de Nürnberg et de Fürth, le site de la plus ancienne yeshiva en Allemagne. Ces villes avaient d’importantes populations juives. Je n’en reviens pas que ma grand-mère ait pu être témoin de ces événements, du moment où les Juifs ont dû porter l’étoile jaune, ce qui les a rendus de moins en moins visibles : avant d’être déportés, ils étaient comme des ombres dans la rue. Elle a aussi vu la destruction de la synagogue. Elle représente mon dernier lien à cette époque, c’est difficile d’imaginer à quoi l’Allemagne ressemblait, c’était un autre pays, où il y avait encore une population juive. J’ai du mal à concevoir le quotidien, c’est rarement bien fait dans les films sur la Shoah ou sur la guerre.

En France, on le voit dans certains films, notamment ceux de Jérôme Prieur.

En tant que russophile, vous devez connaître Dix-sept moments de printemps. Il s’agit de l’histoire d’un espion soviétique basé en Allemagne pendant la guerre. Mes collègues russes m’ont dit que, lorsque le film passait à la télévision, les rues étaient vides. Je crois que les Russes ont été plus aptes à dépeindre l’horreur, du fait qu’ils avaient vécu une expérience similaire.

Vous écrivez que les Allemands à Londres doivent faire croire qu’ils ont lu « toute l’œuvre de ce putain de Max Sebald ».

Il est beaucoup plus populaire en Grande Bretagne qu’en Allemagne, les gens qui l’ont connu l’appelaient « Max ». J’aime son travail, en particulier Austerlitz, ainsi que la conférence qu’il a donnée où il parle de Dresde, Luftkrieg und Literatur (De la destruction comme élément de l’histoire naturelle), qui a été pour moi une source d’inspiration. Il n’aurait pas pu l’écrire s’il était resté en Allemagne, il a pris du recul, aucun Allemand ne se serait permis de réfléchir comme lui.

Vous êtes dure pour vos compatriotes, décrivant leur « étrange silence allemand que j’en suis venue à redouter plus que tout au monde. Cette façon de faire semblant que tout a disparu sous les ruines ». Est-ce lié à l’architecture ? À ce propos, la narratrice dit : « Notre perspective sera toujours quelque chose qui a été ratissé à mort et qui relève plutôt du béton. »

Lorsque Notre-Dame brûlait, une collègue française était en larmes. J’ai demandé à des amis allemands s’il existait un monument chez nous dont la destruction pourrait déclencher une telle réaction : tout le monde a dit non. Cela n’existe pas en Allemagne, le pays a été rasé. Ensuite on a bâti une autre architecture, à laquelle il est difficile de s’attacher. Cela crée un sentiment d’étrangeté, un silence maladroit, qu’on n’arrive pas à exprimer sur le plan individuel, même si on a conscience d’une culpabilité abstraite et collective, qu’on trouve dans le mot Vergagenheitsbewältigung (fait d’assumer son passé), que je trouve problématique : il ne devrait pas s’agir d’une case qu’on peut cocher, d’une tâche qu’on accomplit pour en être débarrassé. Les gens deviennent suffisants, chacun estime qu’il a fait plus que son voisin en matière de « travail de mémoire » [en français dans l’entretien].

Cela induit des situations loufoques : je pense au cours de musique raconté dans le roman.

C’est une anecdote autobiographique. En Allemagne, on ne doit pas chanter en allemand, les nazis ont cassé la langue. Alors qu’en France on a des radios qui ne mettent que de la musique française, c’est inconcevable chez nous. Dans mon cours de musique, lorsque j’avais douze ans, on chantait toutes sortes de chansons, dont Hava Nagila. C’était absurde.

 

 

[Photo : Jean-Luc Bertini – source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]

Sous le signe des poissons, de Melissa Broder, actualise la nouvelle de Thomas Mann : le regard ardent est celui de la narratrice, Lucy, sensible au charme de Theo, homme-sirène vivant au large de Venice Beach. Cru et drôle, ce roman reflète le parti pris de vulgarité de Broder pour dépeindre un monde sans frontières ni limites.

Sous le signe des poissons, de Melissa Broder : mort à Venice Beach

 

Melissa Broder, Sous le signe des poissons. Trad. de l’anglais (États-Unis) par Marguerite Capelle. Christian Bourgois, 448 p., 23 €


Écrit par Steven Sampson

Venice Beach, imitation américaine de la Cité des Doges, n’a de cette dernière qu’une poignée de canaux, creusés au début du XXe siècle par un promoteur immobilier. À part cela, la ville, située près de l’aéroport de Los Angeles, se distingue par ses arcades aux couleurs pastel et son mélange surprenant de clochards, de hippies et de milliardaires. Son ambiance décontractée et malsaine a servi de décor pour La soif du mal d’Orson Welles et, plus récemment, pour la série Californication. Comme sa cousine italienne, Venice Beach semble évoquer une gloire perdue, une volupté putride et mortifère.

Melissa Broder s’en est emparée pour chanter son propre hymne à la sexualité. Créatrice de So Sad Todaycompte Twitter et recueil d’articles, Broder a pour habitude de mettre en scène ses ébats avec de nombreux partenaires, lesbiennes et hétérosexuels (généralement rencontrés sur Internet), où sont exposés tous les orifices et toutes les sécrétions corporelles. Ici, c’est à son alter ego Lucy de reprendre le flambeau, ce qu’elle fait avec la même franchise et la même frénésie.

C’est par l’intermédiaire du vagin que Broder opère une inversion profonde des valeurs judéo-chrétiennes. Si, historiquement, on était censé sublimer les pulsions – Gustav von Aschenbach, le héros de Thomas Mann, transposait ses élans en créations fictionnelles, préférant l’absence à la réalité du bel adolescent aperçu au Lido –, aujourd’hui ce sont les émotions qu’on canalise, en les transformant en glaires, en sperme et en excréments. Inversion mal assumée, voire reniée : autant le titre du compte Twitter de Broder laisse croire qu’il s’agit d’une confession rousseauiste, autant il s’agit en fait d’un récit épidermique, où tout est dans l’immédiateté. Broder fait sien le propos de Valéry : « Ce qu’il y a de plus profond en l’homme, c’est la peau. »

Le roman s’ouvre alors sur une proclamation en bonne et due forme du ressenti de la narratrice, pour virer sans ambages vers une discussion sur les odeurs et les selles : « Je n’étais plus toute seule [1] et en même temps si. J’avais Dominic, le foxhound diabétique de ma sœur. Il me suivait de pièce en pièce pour s’affaler sur mes genoux, inconscient de son poids. J’aimais l’odeur de viande de son haleine, fétide à son insu. J’aimais la tiédeur de son gros ventre, cette façon primaire de s’accroupir pour faire sa crotte. C’était tellement intime de ramasser ses gigantesques merdes, de gros paquets tout chauds. Voilà comment faire bon usage de mon amour, voilà l’homme qu’il me faut, voilà la voie à suivre, me disais-je. »

L’incipit est drôle, encore plus lorsqu’il s’avérera prémonitoire : chez Broder, l’amour sera scatologique ou ne sera pas. Comme elle l’a dit lors de notre entretien : « Je crois qu’on ne chie pas assez en littérature. » Le foxhound, porteur d’un prénom divin – Dominic veut dire « offert au Seigneur » –, incarne la divinité au même titre que Theo, homme-sirène aperçu quelques jours plus tard depuis la plage, lors d’une des sorties nocturnes à la surface de l’eau : ce sont les objets d’une passion absolue et animale.

Les sirènes, hommes ou femmes, sont-elles dotées d’organes génitaux ? On peut compter sur Melissa Broder pour éclaircir ce genre de mystère ! Alors que dans le film Splash, par exemple, les accouplements entre Tom Hanks et Darryl Hannah n’ont été possibles qu’après une période d’assèchement, qui permettait la perte provisoire des nageoires, Broder contourne cet écueil d’une autre manière, en octroyant à Theo une queue masculine, tout en préservant plus bas celle du poisson, nécessaire à la locomotion marine.

Sous le signe des poissons, de Melissa Broder : mort à Venice Beach

Melissa Broder

Situer la frontière natatoire n’est pas anodin, la question des limites est essentielle. Dans notre interview, Broder avoue son mal-être physique : « J’adore parler du corps, mais y vivre est moins confortable. » Sa narratrice partage son malaise, accablée par un sentiment de vide, elle cherche un refuge dans les mots – depuis neuf ans, elle rédige une thèse sur les blancs chez Sappho – et dans les corps. Ceux-ci incarnent-ils la seule vérité ? La peau – écaillée ou non –  marque-t-elle le début et la fin de l’existence ? En apercevant une piétonne sur Abbot Kinney Boulevard, Lucy le croit : « Mais, au fond, je savais que tout revenait à son short. Toutes les réponses résidaient dans la courbe de ce cul – toutes les peurs, toutes les inconnues, tous les néants condensés et éclipsés par la courbe d’un cul. Qui tenait sa place, au milieu de tout ça. Qui se contentait d’exister, comme s’il était facile de vivre. La courbe de ce cul n’avait pas vraiment besoin de faire quoi que ce soit, mais elle menait la danse. La courbe de ce cul était le point de départ et l’aboutissement de tout dialogue. »

Vive le regard lesbien ! En Amérique, un écrivain hétérosexuel n’a plus le droit de tenir un tel propos. D’ailleurs, Lucy rêve d’être un homme, d’avoir « une bite à moi ». Faute de quoi elle couche avec des hommes(-poissons). Avec un faible pour le cunnilingus, déclencheur d’un déluge : elle aime jouir dans la bouche de son partenaire. Asperger un amant, est-ce une manière de le sanctifier, de le diviniser, pour le rendre homme-sirène ?

Que dirait Thomas Mann ? Comme Melissa Broder nous l’a confié, Mort à Venise fait partie des trois livres qui l’ont influencée pendant la rédaction du roman – avec L’enfant perdue d’Elena Ferrante et Le professeur et la sirène de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Y a-t-il quelque chose d’italien dans ce texte ? Si c’est le cas, c’est Venise filtrée par une sensibilité américaine. Les seuls canaux ici sont corporels, et la narratrice cherche à les boucher. Dans le pays du vide, a-t-elle le choix ? Lorsqu’on a gommé l’Histoire, tels les effacements chez Sappho, y a-t-il une autre histoire à raconter que celle du corps ?


  1. « Lonely », dans la version originale, évoque spécifiquement un sentiment de solitude.

 

[Photo : Petra Collins – source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]

Irmgard Keun fut, dans les années 1930, une figure proéminente de la littérature allemande. Mais elle fut aussi à l’origine d’une histoire de disparition, qui lui a permis de vivre dans l’obscurité jusqu’aux années 1970. Poussée à l’exil à cause des thèmes jugés par les nazis « anti-allemands » de son travail, Keun aurait mis fin à ses jours en août 1940, d’après des propos rapportés par un journal britannique…

Publié par Valentine Costantini

Son premier roman fut traduit en français en 1933, sous le titre Gilgi découvre la vie. Suivra La jeune fille en soie artificielle (Gallimard, 1934), traduit en français par Clara Malraux. Ce récit prend la forme d’un journal, écrit par la narratrice, Doris, une jeune fille de dix-huit ans. En 1982, une nouvelle traduction de Dominique Autrand permet aux éditions Balland de republier ce roman en 1982. Aujourd’hui, les éditions du Typhon proposent le travail de Keun sous un nouveau titre : Une vie étincelante.

Résumé de l’éditeur :

Il n’y a qu’une ville à la taille de l’énergie de Doris : Berlin ! Fuyant la ville moyenne où elle végète, Doris, séduisante et séductrice, part à la conquête de la Babylone des années 30. Un objectif en tête : devenir une vedette. Elle plonge alors dans un univers éclatant et éclaté : le champagne coule à flot comme les êtres à pic dans la misère. Artistes, mondains, miséreux se lancent à corps perdu dans un dernier tour de piste avant le désastre qui s’annonce en Europe. Ne pouvant compter que sur elle-même, Doris va tout vivre au risque d’être emportée par ce torrent.

Texte féministe avant l’heure, Irmgard Keun crée un personnage qui résiste à toute assignation.

Romancière reconnue, Irmgard Keun s’était vue condamnée par le gouvernement nazi, qui jugeait que ses romans — qui traitaient de sujets comme l’indépendance des femmes — étaient « anti-allemands ».

« Elle les méprisait », a expliqué Michael Hofmann, traducteur anglais de plusieurs de ses romans, pour décrire les sentiments de Keun envers les nazis. « Pour elle, c’étaient des idiots déguisés en uniformes qui criaient et piétinaient dans tous les sens. »

En 1933, la confiscation de son travail par la Gestapo la priva de revenus : elle fuit alors l’Allemagne, pour exister entre la France et les Pays-Bas. Elle rejoignit par la même occasion d’autres écrivains allemands en exil, comme Thomas Mann, Stefan Zweig et Joseph Roth. Elle continua d’écrire et de publier, sans pour autant atteindre son lectorat allemand comme par le passé.

Disparaître sans laisser de trace

Le traducteur Michael Hofmann a produit deux versions récentes en anglais des romans de Keun, sans pour autant tout savoir de la romancière. « Les faits biographiques précis sur Keun sont très minces », a-t-il avoué. « Nous savons que Keun est née à Berlin en 1905 et a commencé sa vie professionnelle en tant qu’actrice vers 1921. »

Irmgard Keun aura vécu dans l’obscurité jusqu’aux années 1970, lorsque ses livres ont été redécouverts par une nouvelle génération de lecteurs allemands. À cette époque, nombre d’entre eux cherchaient à construire une identité nationale en opposition à un sombre passé. Aujourd’hui, de récentes traductions et rééditions présentent les œuvres de cette romancière à un public plus conséquent.

« Elle était encore en Hollande, en 1940, et son suicide a été annoncé dans un journal britannique », a raconté Hofmann. « D’une manière ou d’une autre, elle en a profité, a obtenu de faux papiers et est retournée chez ses parents juste de l’autre côté de la frontière, à Cologne. »

À l’heure actuelle, il est encore impossible de déterminer si Keun avait créé cette histoire de toute pièce en collaboration avec un éditeur, ou si tout ceci n’avait été qu’une erreur dont elle aurait profité. Keun — devenue Charlotte Tralow, son nom de plume — parvint alors à retourner en Allemagne, avec la publication de Tendre Ferdinand (publié en 1983 par Balland, avec une traduction de Yves Jambert), son dernier roman.

Écrit en 1950, ce roman suit un soldat enrôlé qui revient à Cologne d’un camp de prisonniers de guerre, luttant à s’habituer à sa vie d’après-guerre. Ce récit offre un aperçu du pays en reconstruction, d’un peuple privé de l’essentiel, au milieu des débris.

Keun, à travers le personnage de Ferdinand, aura avoué : « Ce n’est pas si facile d’écrire une histoire d’amour dans l’Allemagne d’aujourd’hui. Il y a des lois strictes. »

via Smithsonian Magazine et Liberation

 

[Photo : ullstein bild / Getty Images – source : http://www.actualitte.com]

Un documental dispoñible en Filmin percorre a particular vida de Björn Andrésen, o actor que aos 15 anos encarnou a Tadzio en «Morte en Venecia»

Por I. CORTÉS

«Camiña, para, vírache e sorrí». Apenas cinco palabras utilizou Luchino Visconti para dirixir a Björn Andrésen, por entón un rapaz de quince anos, incapaz de adiviñar que o Tadzio ao que ía dar vida en Morte en Venecia, a película coa que o cineasta italiano adaptaba unha novela curta de Thomas Mann, cambiaría a súa vida para sempre. Porque aquel adolescente louro, de ollos grises, figura estilizada e con aspecto andróxino, ía converterse no obxecto de desexo do compositor Gustav von Aschenbach e, polo tanto, en toda unha icona de beleza masculina e un mito adorado ao redor do mundo.

Un documental titulado O mozo máis belo do mundo, dispoñible en Filmin, no marco do Atlàntida Filme Fest, percorre a particular vida de Andrésen, de 66 anos. Dirixido polos suecos Kristina Lindström e Kristian Petri, a cinta desvela como toda aquela atención esaxerada acabou pasándolle factura e como durante todos estes anos tivo que lidar cos seus demos interiores e con diversas desgrazas que sacudiron a súa vida.

Arrinca a longametraxe coa proba á que o mozo, cuxa maior ambición era ser músico, presentouse en 1970, incitado pola súa manipuladora avoa. O director, abertamente gai, viaxara por Hungría, PoloniaFinlandia e Rusia tratando de dar co rostro que buscaba para a película. Sen éxito, recalou en Estocolmo. E conta a directora do casting que cando o rapaz entrou pola porta «todo o corpo de Visconti activouse». Non o vemos porque a cámara só ten ollos para un mozo de quince anos tímido, ao que lle fan desfilar e sorrir, e cuxo rostro mostra perplexidade cando lle piden que se quite a camiseta. Non deixaron nin un milímetro da súa pel sen fotografar e o cineasta, que acuñou pronto a etiqueta de «o mozo máis belo do mundo», fai mofa diso nas roldas de prensa.

A secuencia incomoda, pero só cando un ve en que situación vive agora Björn Andrésen alcanza a ver as consecuencias de toda aquela sobreexposición. De longa melena gris e copiosa barba, Andrésen vive nun apartamento en Estocolmo que parece o último refuxio dun indixente. A cociña supura graxa e a súa noiva Jessica afánase en limpar ata o último recuncho, consciente de que os veciños e a caseira puxeron o berro no ceo. «Non merecía vivir como un home», laméntase o actor, que recentemente apareceu na exquisita Midsommar, de Ari Aster.

Cunhas imaxes de arquivo reveladoras -filmounas a propia avoa de Andrésen, que acompañou ao actor durante a rodaxe cunha Super 8 e incluso tivo un pequeno papel diante das cámaras-, o documental debulla como foi unha rodaxe no que Visconti asegurouse de que todo o equipo fose gai e prohibiu que «ninguén mirase a Tadzio aos ollos».

Cando se estreou en Cannes, lembra Andrésen, «comezou o circo». Tiña 16 anos e ao seu redor pululaba «un enxame de muricegos, admirábanme, absorbíanme e iso non pode ser unha boa base para a túa autoestima», se sincera. Coa película xa acabada, lembra que o levaron a un club gai e aquilo pareceulle o inferno. «Estaba todo cheo de miradas viciosas, sentía que me facían mamadas coa mente. Bebín todo o que caeu nas miñas mans só para acalalo e non lembro como cheguei a casa».

O documental leva ao seu protagonista a Xapón, onde tivo unha fugaz carreira como artista pop en xaponés, ademais de servir de inspiración a artistas de manga como Riyoko Ikeda. Pero tamén profunda na complicada relación coa súa filla, a desaparición da súa nai ou como lidou coa morte do seu propio fillo, nunha noite de excesos.

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

 

 

Con la publicación de los ‘Diarios’ del escritor, el lector español dispone por primera vez de un testimonio crucial para comprender un período dramático de la historia de Europa

Stefan Zweig

 

Stefan Zweig se ha convertido en el símbolo de la Europa tolerante e ilustrada que intentó destruir el nazismo. Durante décadas, se le consideró un biógrafo elegante y un novelista menor. Con buen criterio, su nombre se situó por debajo de Thomas MannRobert Musil o Franz Kafka, pero en los últimos años se ha rescatado y revaluado su obra, especialmente en España, donde la editorial Acantilado ha realizado una extraordinaria labor con nuevas y rigurosas traducciones. El mundo de ayer, sus memorias, se ha convertido en un éxito de ventas y en un ejercicio de memoria colectiva. El continente que alumbró la Enciclopedia, la física de Newton, la poesía de Rilke y la democracia liberal sucumbió a la tentación totalitaria, encendiendo hogueras donde —como ya advirtió Heine— ardieron, en primer lugar, libros y, poco después, seres humanos.

Zweig no fue un intelectual beligerante. A diferencia de los hermanos MannÖdön von Horváth o Bertolt Brecht, se abstuvo de condenar el nazismo en sus inicios. Ni siquiera la prohibición de sus libros en Alemania, ni la experiencia del exilio, lograron que abandonara su silencio. Cuando en su gira por América del Sur le instaron a que condenara el nazismo, respondió: “Nunca hablaré contra Alemania, el intelectual debe permanecer cerca de sus libros, no está preparado para lo que requiere el liderazgo popular”.

Zweig comprendería tardíamente su error, cuando la caída de Singapur en manos del imperio japonés le hizo creer que el totalitarismo se extendería por todo el planeta. El 22 de febrero de 1942 se suicidó en Petrópolis, Brasil, acompañado por su segunda esposa. En su nota de despedida, escribió: “Saludo a todos mis amigos… Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí. Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra”.

La publicación de estos Diarios de Zweig en la excelente traducción de Teresa Ruiz Rosas constituye un verdadero acontecimiento editorial. El lector español dispone por primera vez de un testimonio crucial para comprender un período particularmente dramático de la historia de Europa. Los Diarios abarcan del 10 de septiembre de 1912 hasta el 19 de junio de 1940, cuando el escritor parte hacia el exilio, hundido en sombríos pensamientos. Como sostiene Mauricio Wiesenthal en su prólogo, son más interesantes hoy que cuando se escribieron. Aún contemplamos con perplejidad cómo Europa dilapidó la herencia de Erasmo y Montaigne, permitiendo que el odio sepultara el ideal de libertad, igualdad y fraternidad acuñado por la Revolución francesa. Mientras los sabios se ocultaban, los demagogos escalaban hasta lo más alto, despertando el fervor de unas masas fanatizadas.

Al margen de su extraordinaria calidad literaria, los ‘Diarios’ de Zweig son una elocuente lección de historia y moral

Zweig no observa la realidad desde su escritorio. Viaja por París, Londres, Nueva York, Suiza, Brasil. A veces por placer; otras, por necesidad. En esos lugares, se encuentra con los grandes intelectuales y artistas de la época: Richard StraussRomain Rolland, Rilke, Hofmannsthal, Alma MahlerSchnitzlerFreud… Zweig es pudoroso. Protege su intimidad, escamoteándonos las zonas en penumbra donde tal vez laten deseos reprimidos. A diferencia de otros diaristas, no transige con el exhibicionismo o la indiscreción. Prefiere la alusión al dato desnudo, lo entrevisto a lo explícito, lo difuso a lo descarnado. Sabemos que se sentía atraído por la bohemia, pero nunca fue un maldito ni un inadaptado.

El escritor comienza sus anotaciones hablándonos de un diario perdido y de su propósito de escribir otro para que sus recuerdos no se borren o difuminen. Desde la primera línea, admite su timidez y pesimismo. Le gustaría educar su voluntad, pero se ha resignado a vivir en la atonía. Escribe a ratos sueltos, venciendo la apatía y la pereza. Es curioso que un autor tan prolífico se atribuya estos rasgos.

Aunque no es un escritor beligerante en cuestiones políticas, cuando estalla la guerra se avergüenza de vivir en su mundo, rodeado de libros y lejos del frente. Contempla con tristeza lo que sucede, incapaz de identificarse con el ardor bélico de sus compatriotas. Se escribe con Rolland, hallando consuelo en sus convicciones pacifistas. Visita a Hugo Wolf, herido en una pierna y escucha consternado el horror que se vive en el campo de batalla. Los soldados están desmoralizados. Solo los oficiales siguen hipnotizados por la épica de la guerra. Zweig nos narra los acontecimientos de la contienda con una mezcla de lucidez y escepticismo. Todo le parece irreal y absurdo. Solo reconoce una causa: la lucha por la dignidad del ser humano. Al principio de la guerra, se plantea alistarse. Al final, es un hombre desengañado que detesta el heroísmo de cartón piedra.

Lee a Shakespeare, Dostoyevski, TolstóiGuerra y paz le parece “un evangelio para nuestro tiempo”. Su obra está impregnada de humanismo y verdad. Destinado al Archivo de Guerra, se libra del frente por su mala salud. Zweig siempre escribe de forma elegante y precisa, pero sin caer en la retórica. Su sencillez y limpieza transmite sinceridad. No está pensando en el porvenir de sus Diarios como obra literaria, sino en la necesidad de expresar sus emociones. Durante los “felices veinte”, vive con angustia la posibilidad de un nuevo conflicto bélico: “Las generaciones futuras deberán aprender cómo hemos vivido todos estos años, esperando cada día un nuevo cataclismo. No hay mañana que no abramos el periódico con un ligero temor”.

Elegante y preciso, Zweig no piensa en la posteridad de sus Diarios, sino en la necesidad de expresar sus emociones

Poco antes de la Segunda Guerra Mundial, viaja a Brasil. El clima húmedo y caluroso le parece insufrible para un europeo y se conmueve ante el espectáculo de una calle llena de prostitutas, expuestas en escaparates como mercancías: “Qué teatro al servicio del placer inmediato más banal y cruel”. Cuando el 1 de septiembre de 1939 Alemania invade Polonia, Zweig apunta: “Hoy es el día en que ha empezado la mayor catástrofe de la humanidad”. No se equivoca. Escribe desde Bath, en el suroeste de Inglaterra. No domina bien el inglés y eso le atormenta, pues limita su capacidad de comunicación.

Pronostica que la guerra causará la caída del capitalismo. Es sorprendente que apenas aluda al sufrimiento de los judíos, pese a serlo él también. Escéptico en materia religiosa, nunca ha pensado demasiado en el estigma de pertenecer a la “raza maldita”. Sostiene que el nazismo es la “ideología de los resentidos”, la hora de la venganza de los mediocres. Admite que se está desmoronando: “Nunca había sido tan pesimista, jamás había tenido tan pocas esperanzas”.

Cuando llega la noticia de que la cruz gamada ondea en la Torre Eiffel, la desesperanza se convierte en desesperación: “Tengo casi 59 años y los próximos serán espantosos, ¿qué sentido tiene soportar todas estas humillaciones?”. El nombramiento de Petain como jefe de Estado ahonda su angustia: “Ya no hay salvación, Europa está acabada, nuestro mundo se desmorona. Definitivamente, ahora somos apátridas”. Antes de partir a América, su desolación es infinita: “Se ha perdido Francia, reducida a escombros por siglos, el país más cautivador de Europa, ¿para quién escribiré, para qué viviré?”.

Al margen de su extraordinaria calidad literaria, los Diarios de Stefan Zweig son una elocuente lección de historia y moral. Nos muestran que la civilización no es una conquista irreversible, sino un logro precario. Europa siempre será el continente de la Shoah. La chimenea de Auschwitz sigue proyectando su sombra, recordándonos el potencial destructor de las ideologías. Ahora que han vuelto los viejos demonios del nacionalismo y el racismo, leer a Zweig ya no es una elección estética, sino un gesto de compromiso con los valores humanistas de la Europa democrática e ilustrada.

 

[Fuente: http://www.elcultural.com]

El espectador (Apuntes, 1991-2001)

Imre Kertész

Traducción de Adan Kovacsics

Editorial Acantilado

Barcelona 2021     233 páginas

 

IMRE KERTESZ EN LA ANTESALA DEL ADIÓS

 

Escrito por Iñigo Linaje

Recuerdo la lectura de La última posada, el diario de Imre Kertesz publicado póstumamente por Acantilado en 2016, como uno de los testamentos literarios más desoladores y descarnados que he leído los últimos años. De todos es sabido que el Nobel húngaro estuvo prisionero -en su adolescencia- en el campo de concentración de Auswchitz, experiencia que determinará su vida y su obra y de la que dará testimonio en un libro terrible: Sin destino.

La editorial Acantilado, que editó hace años Diario de la galera, fechado entre 1961 y 1991, acaba de publicar ahora el tomo central de su particular trilogía diarística bajo el título El espectador, que recoge los apuntes del autor durante los años noventa del siglo pasado. Así, este diario toma el testigo del primero y precede al último, donde expone con una desesperación y crudeza terribles los estertores de su acabamiento y su adiós definitivo en 2016.

Kertesz no tarda en fijar su particular poética existencial en estas páginas: “Escribo para salvar y rescatar nuestras almas de la fatalidad espiritual que crea la política, la economía y la ideología que las sostiene”. Una visión de la realidad marcada por sus vivencias juveniles que, no obstante, cualquiera podría suscribir al vislumbrar nuestra historia reciente. Pero sus notas de diario trascienden lo histórico o el ámbito social para inmiscuirse también en su intimidad. De esta manera, el autor consigna lecturas de Wittgenstein y Thomas Mann, anota reflexiones puntuales y atiende las lecciones de su compatriota Sandor Marai: que no pase un solo día sin leer unas líneas de Tolstoi o escuchar una pieza de Bach.

El diario se activa y toma vigor hacia la mitad del volumen, coincidiendo con la enfermedad y posterior muerte de su mujer, un acontecimiento que enfrenta a Kertesz a ver el itinerario de su vida desde una perspectiva aún más angustiosa: la de una soledad radical y dolorosa. “Quien no ha sido feliz no sabe morir”, escribirá esos días en algunas de las notas más amargas del diario.

Entre reflexiones sobre la actualidad de su país, remembranzas de un pasado siempre presente y lecturas discurren las últimas páginas de El espectador, donde Kertesz confiesa su último deseo: terminar los proyectos literarios emprendidos. Algo que tomará cuerpo en las devastadoras anotaciones incluidas en La última posada, que, acaso, anticipan estas palabras: “El hombre cree que su vida tiene sentido porque es el único ser capaz de concebir el sinsentido de la vida”.

 

 

[Fuente: http://www.culturamas.es]

Mercedes Monmany aborda no seu ensaio «Sen tempo para o adeus» os éxodos literarios do século XX

Mercedes Monmany

Escrito por Xesús Fraga

«Dicir adeus é unha arte difícil e amargo que estes últimos anos habemos tido a ocasión de aprender sen apenas un respiro». As palabras do gran narrador vienés Stefan Zweig, quen coñeceu ben o exilio e pronunciounas no funeral doutro autor tocado polo desterro, Joseph Roth, anticipan a lectura de Sen tempo para o adeus (ensaio editado polo selo Galaxia Gutenberg). Trátase dun volume no que a crítica literaria e escritora Mercedes Monmany (Barcelona, 1957) cartografía a ampla e diversa nómina de autores que se viron forzados a cruzar fronteiras como «exiliados e devorados pola historia», en expresión doutra das presenzas maiores do libro, a pensadora malagueña María Zambrano.

Combinando alento narrativo e a precisión do xornalismo, Monmany propón unha lectura do século XX a través das experiencias duns nomes indispensables para entender a experiencia da dor e o desarraigamento convertidos en alta literatura.

O nazismo

A Zweig e Roth súmanse Thomas Mann e Alfred Döblin, Cesare Pavese e Natalia Ginzburg, Vladimir Nabokov e Adam Zagajewski, Antonio Machado, Robert Musil, Dubravka Ugresic, Walter Benjamin, Marisa Madieri, Yorgos Seferis e Manuel Chaves Nogueiras. Uns escapaban do nazismo -Klaus Mann, outra figura imprescindible na configuración deste libro, contabilizou ao redor de 3.000 os autores que fuxiron de Alemaña tras a toma de poder de Adolf Hitler no ano 1933-, outros do estalinismo ou dunha guerra civil.

Algúns cambiaron de lingua literaria, como Nabokov -«O meu feliz expatriación comezou practicamente o día do meu nacemento»: outra cita que preside Sen tempo para o adeus– e outros non puideron volver ao seu país de orixe, nalgún caso, porque xa non existía: as fronteiras, nomes e estados mudaran en apenas uns anos.

Coa publicación deste volume, Mercedes Monmany segue unha liña temática que xa transitara en Por as fronteiras de Europa e Xa sabes que volverei. Nas súas páxinas queda patente o seu interese e profundo coñecemento das literaturas centroeuropeas, pero a mirada é plural e abarcadora: nas súas páxinas conviven a comunidade xudía de Nova York, James Joyce en Trieste e Max Aub en México, ata chegar a José Anxo Valente e Winfried Georg Sebald.

 

[Imaxe: EDUARDO PEREZ – fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

Escrito por AMAIA TORRES 

En 1956 se publicó la correspondencia que mantuvieron Virginia Woolf y Lytton Strachey durante 25 años, interrumpida por la muerte de él. Buena parte de los textos fueron censurados por el marido de ella y el hermano de él, para no herir sensibilidades. Ahora, podemos leer en español por primera vez las cartas íntegras y otras inéditas descubiertas en años recientes. Una joya de la literatura. Un duelo literario de primera categoría entre dos genios que reflexionan sobre literatura, la sociedad y la vida cotidiana.

Virginia Woolf (1882-1941) fue una de las renovadoras de la literatura moderna que encarnó como nadie la conciencia femenina. Una de las voces más destacadas del siglo XX y colocada en el mismo pedestal que James Joyce o Thomas Mann. Lytton Strachey (1880-1932) fue el gran innovador de la biografía. Llevó a cabo una nueva manera de escribir el género, destacando la personalidad del personaje y diseccionando las costumbres victorianas. Su obra maestra y la más representativa en este género fue La reina victoria (Queen Victoria, 1921).

La relación entre Virginia y Lytton comenzó en casa de ella, centro de reunión del Círculo de Bloomsbury al que ambos pertenecían. Un conocido grupo de los más brillantes intelectuales británicos de la época. Intelectuales de diferentes disciplinas pero pertenecientes a los mismos círculos y clase social, que se caracterizaban por la crítica a la moral victoriana. Precisamente, el tema y los comentarios en muchas de las cartas que intercambiaron Lytton y Virginia giran en torno a la crítica a una sociedad anticuada para sus mentes. 

Virginia Woolf y Strachey sin censura

600 libros desde que te conocí compila las cartas que intercambiaron entre 1908 y 1931, donde hablan de sentimientos y la vida cotidiana. Lo divino y lo humano. El tiempo y la literatura. Reflejan opiniones sobre sus propias obras y las ajenas, y critican con audaz ironía y sarcasmo a sus contemporáneos. Estas misivas reflejan la amistad y complicidad de dos genios de la literatura, de dos mentes brillantes. No siempre benévolas pero sí divertidas, que van por delante de su sociedad, su moral y costumbres.

Si bien algunas cartas tienen menos interés por sí solas, en su conjunto revelan la estrecha relación entre ambos escritores, el tono en el que se comunicaban o sus estados de ánimo. Hastío y tristeza. En otras, sarcasmo o ironía como un juego de niños. Y espacio para la seriedad y el intercambio de consejos.

La ironía no esconde una crítica mordaz, que en la primera publicación de estas cartas (Letters, 1956) debió de censurarse. Sus editores Leonard Woolf, marido de Virginia, y James Strachey, hermano de Lytton, suprimieron nombres e incluso párrafos enteros para no herir las sensibilidades de personas que aún estaban vivas. Algunas de sus víctimas fueron nombres de primera línea como el economista John Maynard Keynes, el también escritor T.S. Eliot, E. M. Foster, Dora Carrington, Roger Fry, Duncan Grant, Clive Bell o Bertrand Russell.

Las cartas de Woolf y Strachey son textos de sumo interés y valor, incluso con la censura. Aumenta ese valor la versión íntegra, y por primera vez en español, sin tacha alguna. Incluyendo además cartas inéditas que se descubrieron en años recientes, y nuevas notas ampliando las originales de sus editores. Un excelente trabajo de documentación de Jus Ediciones y la traducción de Socorro Giménez, indagando en la correspondencia completa de Virginia Woolf editada por Nigel Nicolson y en la de Lytton Strachey editada por Paul Levy. Además de la edición francesa de estas cartas elaborada por Lionel Leforestier.

600 libros desde que te conocí vuelve a despertar interés por la obra de Virginia Woolf (si es que en algún momento se disipó) y redescubre a Lytton Strachey a nuevo público. Un modo de recuperar el legado de estos dos genios a través del género que tanto idolatraban.

«Las cartas son el único género realmente satisfactorio». ―Lytton Strachey.
«La vida se desintegraría sin cartas». ―Virginia Woolf.

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De AMANECEMETRÓPOLIS, 26/02/2018

[Imagen: Woolf y Strachey en 1923 – fuente: sugieroleer.blogspot.com]

Thomas Mann. Foto: Bundesarchiv Bild. (CC)

Publicado por Luis Sanz Irles

En la relectura de La montaña mágica, en la que ando maravillándome estos días, me he topado con una imagen de las que te echa el alto de inmediato, por su salvaje frescura y por su eficacia descriptiva. También me admiró su originalidad, que luego resultó no ser tal.

Los sitúo:

Capítulo V, subcapítulo Humaniora, (pg. 330 en la edición de Edhasa, 2005. Traducción de Isabel García Adánez.

Los lectores ya sabemos que Hans Castorp se ha enamorado trepidantemente de Clavdia Chauchat, una rusa que anuncia sus apariciones con estrepitosos portazos que irritan sobremanera a Hans (hasta que dejan de hacerlo, claro). Madame Chauchat, joven, pese a ser Madame, nos ha sido descrita fragmentariamente, a lo largo de muchas páginas, con una maestría narrativa sobresaliente, sobre todo por la estupenda gradación con la que nos van llegando esas noticias. Cuando se produce la escena de la que voy a ocuparme, de Clavdia Chauchat tenemos ya un largo rosario de datos y comentarios, que van entremezclando el retrato físico y el psicológico (o más pedantemente, la prosopografía y la etopeya. ¡Qué le vamos a hacer!). Sabemos, por ejemplo, que:

  • es maleducada;
  • de cabello rubio rojizo;
  • con manos no muy femeninas;
  • dedos cortos que no conocen la manicura;
  • modales horribles y se deja caer en la silla como un fardo.

Pero también hemos venido a saber que:

  • parece una gatita contoneándose hacia su plato de leche;
  • es una delicia contemplarla;
  • tiene un gracioso hoyuelo en la mejilla;
  • es lánguida, enferma y con ojos de tártara;
  • es de mediana estatura;
  • tiene andares de gata y ojos de tártara (sí, se insiste en felinos y tártaros al hablar de ella).

El lector con cierta experiencia no puede no advertir cómo las descripciones de la rusa se van deslizando, poco a poco, casi sibilinamente, de las negativas a las favorables, acompañando el paulatino pero fatal encantamiento que sufre Hans Castorp. Esa sutil evolución de sus sentimientos es otro alarde de la maestría novelística de Thomas Mann, que nos deja con la boca abierta.

Cuando se produce la escena en cuestión, Castorp ya está hechizado, es presa de un enamoramiento febril, pero no tenemos noticias de que sea correspondido por Clavdia. Sí sabemos, no obstante, que siente celos de una supuesta intimidad que ella podría estar teniendo con el Dr. Behrens, pues ha tenido noticia de que lo visita con cierta frecuencia en sus aposentos privados. El motivo de esas visitas parece ser el retrato que el médico, pintor aficionado, está haciendo de la dama. Naturalmente Hans no sabe si esa es la razón verdadera o un vil ocultamiento de otra verdad más dolorosa y lúbrica.

Movido por los celos y la necesidad de saber (¿qué amante celoso no necesita saber?), Hans consigue con astucia que Behrens lo invite a ver sus cuadros y nada más entrar ve, en efecto, colgado en una pared, un retrato de su amada. El retrato es malo, con poco o ningún parecido, apenas digno de un pintor aficionado en baja forma, pero la reconoce y se emociona: ¡ella está allí!

Hans dialoga con el médico —cuyos méritos pictóricos elogia sin comedimiento ni rubor, con el fin de sonsacarle cuanto pueda acerca de su relación con Madame Chauchat—, y en ese diálogo llegamos a una parte en la que hablan, precisamente, del supuesto parecido del retrato con la modelo y de las dificultades técnicas de captar ese parecido, y entonces leemos este sorprendente fragmento:

«Parece fácil captar su esencia, con esos pómulos tan marcados y esos ojos que parecen dos puñaladas en un tomate». (Trad. Isabel García Adánez).

¡Dos puñaladas en un tomate!

Como dije antes, esta comparación me hizo frenar en seco. ¿Puñaladas? ¿Tomates?

El insólito símil me produjo, instantáneamente, dos reacciones simultáneas y casi opuestas: por un lado, ya lo he dicho, me admiraron su frescura hortelana, su audacia y su brillo descriptivo. Antes de llegar a este punto se nos había hablado con cierta insistencia de los ojos «tártaros» de Clavdia, ojos, pues, asiáticos, esteparios de alguna manera, exóticos sin duda, diferentes de los ojos europeos, pero no se nos había dado ninguna descripción más o menos anatómica y precisa de ellos; solo nos cabía suponerlos rasgados y tal vez con los párpados poco visibles.

El símil con el que se atreve la traductora resulta, con esos antecedentes, eficacísimo, pues enseguida podemos «ver» el corte que el cuchillo hace en la piel fina, pero dura, del suculento fruto, y asociarlo con unos ojos rasgando un rostro terso. Eso, claro, siempre que el puñal (¡un puñal!) esté afilado y el tomate no demasiado maduro, pues entonces no habría un sutil corte, sino un brutal despanzurramiento. («Despanzurrar», por cierto, ¡un verbo con un par!). El símil, como se ve, no funciona incondicionalmente; deben cumplirse ciertas condiciones.

La otra reacción, en paralelo, fue la de dudar de que se tratase de un símil de Thomas Mann. No me parecía su tono, no me sonaba centroeuropeo. Esa puñalada y esos tomates me hacían pensar en algo más mediterráneo y también más teatral (My name is Iñigo Montoya. You killed my father. Prepare to die) de modo que no hubo más remedio que ir al original.

He aquí lo que dice Mann:

«Man denkt, sie muß leicht zu erwischen sein, mit ihren hyperboreischen Jochbeinen und den Augen, wie aufgesprungene Schnitte in Hefegebäck».

Sospecha confirmada: Mann no apuñala tomates. El símil original no pertenece al ámbito hortofrutícola, sino al de la panadería, a las masas y las levaduras, a las artesas y los hornos.

Hay, además, otra cosa significativa en la traducción de García Adánez: la eliminación de ese característico «hiperbóreos» con el que adjetiva los pómulos. De entre todas las traducciones que he cotejado, es la única que lo hace, y me parece una decisión desafortunada. No sé qué razones haya tenido la traductora para tomarla, aunque puede aventurarse que «hiperbóreos» le pareciera superfluo o poco claro para el lector hispanohablante, y haya preferido traducírnoslo a su vez con «pómulos marcados». Sin embargo, la elección de Mann fue esa adjetivación tan particular y característica y no creo que sea función del traductor convertirla en papilla para lectores supuestamente desdentados. Como lector habría preferido que no se me hurtase la decisión del escritor en este caso.

thomas mann
CC.

Volvamos a los ojos

El tuitero Fernando Ramos, al comentar este asunto, me hizo llegar la traducción de Mario Verdaguer (Plaza y Janés, 1962), que dice así:

«Uno cree fácil cogerla con sus pómulos hiperbóreos y con sus ojos que son hendiduras en un pastel».

La versión de Verdaguer (y prefiero no demorarme ahora en ese «cogerla») está más próxima al original, pero esto no es ningún mérito de por sí, y comparar los ojos con hendiduras en un pastel nos dice poco de ellos; no nos invita a imaginarnos esos ojos. ¿Qué pastel? ¿Grande, pequeño? ¿Qué hendiduras? Y más aún ¿Qué son exactamente  —y cómo— «hendiduras de pastel»? ¿De verdad que los pasteles tienen «hendiduras»? El esfuerzo de literalidad no rinde frutos literarios. No hay ni asomo de la repentina fulguración con que nos sorprenden y hechizan, en un luminoso instante, los tomates acuchillados de García Adánez.

El asunto de la originalidad

Azahara Palomeque, desde su lejanía americana, me avisa por Twitter de que esa comparación se la tenía oída de niña a su abuelo cordobés, para quien los ojos de Juanito Valderrama (gran patrón de los emigrantes de ayer, hoy y mañana) también eran puñalás en un tomate. Me añade que solo se la oyó a su abuelo y a nadie más, pero me pareció demasiada casualidad y me puso en guardia. El avezado lector y escritor José Antonio Montano, andaluz también, me dijo que la tenía muy oída y una busca en Google resolvió la duda: hay montones de ejemplos de puñaladas en tomates. Por eso podemos creer que la traductora ya conocía la plástica expresión: la recordó, le pareció estupenda —como me lo parece a mí— y la rescató para para su traducción. Volveremos a esta decisión, pero antes comparemos.

Traducciones a lenguas europeas

En francés he mirado dos traducciones. La de Maurice Betz es esta:

«On la croit facile à attraper avec ses pommettes hyperboréennes et avec ses yeux, qui sont des crevasses dans une pâtisserie».

Vemos que se respeta, comme il faut, el hyperboréennes, pero también vemos las hendiduras del pastel, y en realidad podemos sospechar que Verdaguer se remitió a la versión de Betz para este fragmento. Por su parte, la más reciente traducción de Claire de Oliveira nos propone:

«On se dit que cette femme doit être facile à saisir, avec ses pommettes hyperboréennes et ses yeux, qui sont comme des entailles dans de la pâte levée».

Esta segunda me parece más cumplida. El entaille nos lleva a un corte, algo que muchos lectores imaginarán como más fino y sutil que una hendidura. Aquí es mucho más fácil imaginarse esos famosos cortes que los reposteros le hacen a la masa fermentada por la levadura antes de meterla en el horno, en cruz, en diagonal o en formas caprichosas. Quien haya preparado masas para hornear entenderá cómo son esos sutiles cortes que luego se abren lentamente y por sí solos, un poco más. Mann transmite eso con precisión, mediante un aufgesprungene que muchos traductores dejan de lado.

El danés Ulrich Horst Petersen respeta lo hiperbóreo de los pómulos, el ámbito de las panaderías y el carácter de los cortes en la masa fermentada.

«Man tror, det må være let at få fat på med sine hyperboreiske kindben og med øjne som opsprungne snit i hævet brød».

La traducción al neerlandés de Hans Driessen tampoco nos depara sorpresas. Siguen lo hiperbóreo, los cortes, los panes y las levaduras:

«Je denkt dat je het makkelijk kun treffen, met die hyperboreïshce jukbeenderen en die ogen als opengesprongen sneden in een gistbrood».

En italiano, Ervino Porcar propone:

«Sembra facile coglierlo, con quegli zigomi iperborei e quegli occhi come spacchi in una pasta lievitata». 

La elección de spacchi me resulta poco precisa, porque puede ser «cortes», pero también «roturas», «rasgaduras», «abolladuras» e via dicendo. Adolece de la relativa imprecisión que le atribuyo a «hendiduras».

En portugués tengo la traducción de Herbert Caro:

«A gente imagina que deve ser fácil apanhá-la, com seus zigomas hiperbóreos e aqueles olhos rasgados como riscas na casca de um pão».

Aquí el traductor sencillamente no se fía, ora de la eficacia (la credibilidad, casi) del símil, ora de la capacidad imaginativa de sus lectores, y opta por explicar el asunto, eliminando cualquier espacio para la duda, lo que consigue recordándonos de que los ojos eran, en efecto, rasgados.

Por último, la traducción inglesa de Helen Lowe Porter compara los ojos tártaros con las grietas o, más violentamente, rajas, en una barra de pan, solo que con loaf parece referirse al pan ya horneado y no a la masa fermentada en la que se realizan los cortes antes de meterla en el horno (igual que hace la traducción al portugués al hablar de casca):

«You might think she would be easy to capture, with those hyperborean cheek-bones, and eyes like cracks in a loaf of bread».

A modo de resumen, tenemos lo siguiente:

  • Todas las traducciones cotejadas respetan la caracterización de los ojos de Madame Chauchat como «hiperbóreos», excepto García Adánez, que prefiere masticárnoslo más con sus «pómulos marcados».
  • Todas se ciñen también al ámbito de la panadería para traducir el símil sobre los ojos, excepto —de nuevo— García Adánez.
  • Solo las traducciones a lenguas muy próximas al alemán (la holandesa y la danesa) han respetado la descripción de esos cortes o hendiduras o grietas en la masa fermentada como aufgesprungene, que ofrece también una variada gama de opciones (por ejemplo la idea de una erupción volcánica que abre un nuevo cráter para que salga la lava). Las demás traducciones, incluida la inglesa, han optado por suprimirla.
  • La imagen elegida por García Adánez ye estaba «hecha» y forma parte del acervo popular de algunas regiones o comarcas.

Hace poco me ocupé en Lapsus calami de otra comparación de Mann, hecha con elefantes y grúas portuarias, donde explicaba algunas nociones teóricas sobre metáforas, que vuelvo a necesitar para explicar mi cauta predilección por la traducción de Isabel García Adánez. Aunque son conceptos que se aplican sobre todo a las metáforas, explican también el funcionamiento de los símiles.

Tenor, vehículo, fundamento y tensión

En el original de Thomas Mann, el término real (a veces los retóricos lo llaman el tenor) del símil son los ojos, mientras que el vehículo o término imaginario son los cortes en la masa del pan. Con qué naturalidad, fluidez y creatividad se llega al término real a bordo del vehículo, está en función del fundamento del símil (el grado de proximidad entre ambos términos) y de su tensión (que es lo contrario del fundamento, o sea, su lejanía).

Nótese que la diferencia entre un símil y una metáfora está en que en la última solo aparece el vehículo, el término imaginario, pero no el término real al que tenemos que llegar, mientras que en el símil están ambos términos a la vista del lector. Por eso la metáfora añade un grado de dificultad al símil, ya que el lector no solo debe entender por qué razones lo que leen es un vehículo para llegar a otra cosa que no leen, sino que antes deben darse cuenta de que las palabras que acaban de leer no valen por sí mismas, sino que se refieren a algo que no se ve. También se entiende ahora que los símiles soporten una tensión mayor que las metáforas entre sus dos términos: al estar presentes ambos, la mitad del trabajo interpretativo del lector ya está hecha.

En el caso que tratamos, García Adánez es la única que recurre a un vehículo distinto del original, y de los panes pasa a los tomates, así que está permitido preguntarse por qué.

Como no tengo el gusto de conocerla ni he hablado con ella, solo puedo ponerme a imaginar cosas, y se me ocurren dos explicaciones. La primera es que le haya parecido que el vehículo de Mann —los cortes en la masa—, no guarda una relación suficientemente equilibrada con el término real, y que podría ser aceptable usar otro vehículo para que esa relación fuese más eficaz.

Para entender mejor el asunto, hagamos el ejercicio de convertir en metáfora el símil de las dos traducciones españolas.

En la de Verdaguer esta operación daría algo como:

«Uno cree fácil cogerla con sus pómulos hiperbóreos y con esas hendiduras de pastel».

O incluso, para facilitarlo más:

«Uno cree fácil cogerla con sus pómulos hiperbóreos y con esas hendiduras de pastel en su rostro».

No sé a ustedes, pero me parece que esta metáfora, si la consideramos aisladamente, tiene una gran tensión, y el viaje desde hendiduras de pastel a ojos es harto caprichoso; las hendiduras de pastel podrían ser también, por ejemplo, unos supuestos hoyuelos en las mejillas, o unas indeseables arrugas. Esta explicación, no obstante, no pretende enmendarle la plana a Mann y ni siquiera a la traducción de Verdaguer, ya que a esta metáfora se llegaría en la novela tras varias alusiones al rostro y ojos de Madame Chauchat. Habiendo sido advertidos del carácter tártaro de sus ojos, esas hendiduras se harían más inteligibles: la tensión de la metáfora habría disminuido; su fundamento, aumentado.

Convirtamos ahora en metáfora el símil de García Adánez. Para hacerlo hay que retorcerlo algo, ya que sería muy raro hablar de «puñaladas en un tomate en su rostro», de modo que nos saldría algo como esto:

«Parece fácil captar su esencia, con esos pómulos tan marcados y esos dos tomates apuñalados en su rostro».

Convendrán conmigo en que si el símil «ojos que parecen dos puñaladas en un tomate» es atrevido y chocante, transformado así en metáfora los ojos ya no son los cortes en la piel del tomate, sino que son los tomates mismos: sencillamente chusco y rechazable sin mayor análisis. En este caso la tensión de la comparación expresada con una metáfora es excesiva y no funciona, pero expresada con un símil, sí.

Dejemos ahora de lado el asunto de las metáforas y vayamos al símil, que es lo que encontramos en el original de Mann.

Los cortes, cortes son, ya en una masa panadera, ya en un tomate. Por eso no creo que rebajar la tensión del símil haya sido la razón de la traductora para alejarse del obrador de Mann, de manera que, descartada esta hipótesis, me adhiero más a la segunda. A saber: enfrentada al símil original, le vino a la memoria la superferolítica imagen de los tomates acuchillados y no se resistió: la tentación fue muy fuerte.

En otras palabras, la decisión de Isabel García Adánez fue, sobre todo, de naturaleza estética y estilística. Fue también audaz, como ya he señalado, y la audacia tiene su precio. En este caso el precio es el de un cierto derrame —o desparrame— cultural (porque sería excesivo hablar de una operación de aculturación). En efecto, el símil de Mann está hecho de domesticidad, de hogar, de cocinas con aromas a harinas y levaduras y con el calor del horno listo para cocer. Hay una amabilidad casera, hogareña, en esa imagen, que desaparece ante la de alguien asestando una puñalada a un tomate, el frío y dramático acero violando el fruto rojo, como roja es la sangre; violencia en la cocina, que venga la policía. Hay una carga dramática, mediterránea, de tragedia griega, en ese apuñalamiento de un fruto tan propio de la Europa meridional. Comprendo que a muchos lectores le parezca excesivo y piensen que la traductora ha ido demasiado lejos.

Admito la acusación porque la entiendo, pero me inclino por la indulgencia en este caso; todo lo más me avendría a un cariñoso reproche. La traducción de García Adánez, con su carga dramática y pasional, es un chorro de originalidad y frescura que produce alegría literaria, estética, en cualquier lector que aprecie estos arranques de valentía y genio. No obstante, el tuitero Marcial Delgado, que admira la labor de esta traductora, de la que ha leído otros trabajos, añade una preocupación a su reproche: «Entiendo el símil buscado por la traductora, pero el salto al tomate me parece excesivo. Lo peor es no saber cuántos saltos más de este tipo estarán escondidos en la traducción y no advertiremos».

Esa sospecha, estimado Marcial, hay que tenerla siempre cuando se leen traducciones, ¿o es que cree que la bobadita italiana sobre los traductores carece de todo fundamento?

Así pues, a pesar del dolor que nos causa García Adánez arrancándonos tan violentamente de las coordenadas culturales centroeuropeas en el símil de Mann, aplaudo el desparpajo y la brillantez de sus puñaladas tomateras.

 

 

[Fuente: http://www.jotdown.es]

Dans « The Most Beautiful Boy In The World », Kristina Lindström et Kristian Petri reviennent sur le parcours de Björn Andrésen, l’acteur de « Mort à Venise » à qui Visconti a tout enlevé en lui confiant ce rôle. L’histoire tristement banale d’un adolescent arrivé au sommet, pour qui la chute a été brutale.

Bjorn Andresen

Publié par Margaux Vanwetswinkel

4 000 dollars. C’est la somme qu’a touché Björn Andrésen pour son rôle de Tadzio dans Mort à Venise de Luchino Visconti. Un maigre butin pour celui qui a payé toute sa vie le prix d’être un enfant-star. Dans The Most Beautiful Boy in the World, les réalisateurs suédois Kristina Lindström et Kristian Petri reviennent sur le destin du « plus beau garçon du monde », dont la vie a changé du jour au lendemain.

Tout commence en 1970. Après plusieurs mois de recherche, le cinéaste italien Visconti a trouvé le Tadzio de son adaptation de Mort à Venise de Thomas Mann. C’est à Stockholm qu’il découvre ce garçon aux faux airs de statue grecque, semblable à la description que l’écrivain faisait de son personnage. Sur les images du casting, on voit un jeune homme torse nu (à la demande du cinéaste), qui arpente la pièce sous les directives de Visconti. Son visage angélique dissimule à peine sa gêne.

Björn Andrésen a 15 ans. Il est orphelin et habite chez sa grand-mère. C’est pour elle qu’il a accepté ce rôle, sans savoir vraiment de quoi il en retourne. Les propos du film, sur le désir, les amours interdits, lui passent par-dessus de la tête, il ne parle pas la langue, et Visconti lui donne des indications telles qu’« avance », « recule », « souris », « éloigne-toi ». C’est tout.

Le basculement opère au moment de la projection du film à Cannes. « J’avais tout juste 16 ans, Visconti et l’équipe m’ont emmené dans une boîte gay. Presque toute l’équipe était gay. Le serveur du club m’a mis très mal à l’aise. Ils me regardaient tous, impitoyables, comme un morceau de viande. » Si Andrésen précise que le réalisateur avait explicitement interdit à l’équipe de s’approcher de lui, cette scène n’est malheureusement que le début de ce à quoi ressemblera sa vie. Il est désormais un fantasme ambulant, un « objet sexuel », coincé à tout jamais dans le rôle de « plus beau garçon du monde ».

« Il a l’impression d’avoir été exploité par un réalisateur [Visconti] », racontent au Screendaily les cinéastes suédois qui retracent sa carrière, à qui l’acteur a confié : « Ce film a détruit ma vie. » Après sa projection (à Londres, la reine Élisabeth et la princesse Anne iront le voir), l’acteur est embarqué dans un tourbillon : le voilà parti au Japon, où il devient une véritable star.

Chansons, publicités… Andrésen est la coqueluche occidentale du moment. Au point où il inspire de nombreux créateurs de mangas, qui reproduisent son visage à l’infini. Il vit même avec la peur qu’on lui coupe les cheveux pour lui voler ses boucles blondes.

C’en est trop pour ce gamin jeté en pâture dans le monde des adultes. La chute sera brutale. Il disparaît, se retranche dans son coin, tombe en dépression, boit, fait un peu de musique, et puis quelques apparitions par-ci, par-là. « Il a l’impression d’être un échec. Il avait l’ambition d’être musicien », rapportent Kristina Lindström et Kristian Petri.

À soixante ans passés, Björn Andrésen vit encore avec ses démons. Si on l’a vu dans Midsommar, il a gardé profil bas, traumatisé par son succès et toute l’attention dont il a été l’objet.  « Je suis le plus vieil enfant du monde », disait-il à Libération en 2005. Désormais, ses cheveux sont blancs, sa maigreur inquiétante. Dans ses yeux demeurent pourtant les traces de l’enfant qu’il a été.

 

[Photos : John Springer Collection/CORBIS/Corbis via Getty Images – source : http://www.vanityfair.fr]

 

 

Escrito por Joseph Hodara

Al tomar vuelo el racionalismo europeo en los siglos XVIII y XIX el ser judío encaró un espinoso dilema: continuar el apego a su primaria identidad y a las fuentes que la modelan o adherir al nuevo orbe cultural que considera a Dios una inteligente invención humana que  fecunda las artes aunque apenas se hospeda en la disciplinada Razón.

Conforme a este predicamento algunas comunidades judías resolvieron preservar la fe y los hábitos difundidos desde el Sinaí hasta los textos talmúdicos. Otras alentaron el prudente ingreso a la amplia sociedad sin renunciar a nuevas prácticas seculares. Y también se conocieron aquellas que radicalmente se alejaron de ambas actitudes con el fin de redefinir la añeja y divina Otredad con mandamientos dictados ya por un alto líder, ya en algún escenario social.

Cuentos y novelas de Isaac Bashevis Singer envuelven estos tres escenarios. Y en ellos se despliegan como páginas sagradas sin eludir interrogantes que abrieron con dilatada libertad las olas del progreso y la gestación de nuevas ilusiones. Y en todos sus textos sumó una irrefrenable sensualidad alimentada por un sostenido amor al cuerpo femenino.

Nació en Radmizin, una aldea cercana a Varsovia entre 1902 y 1904. La fecha caprichosamente cambió conforme a los trajines de su vida.  » Lealtad, ascetismo, severidad » habrían sido los principios que modelaron su infancia según el puntual retrato de Florence Noiville en su lúcida biografía. Hijo y nieto de rabinos, Bashevis puso interrogantes a predicamentos religiosos tradicionales, y sobre los generosos hombros de su hermano mayor se alejó al fin de los sagrados textos.

Sus primeras incursiones con F. Dovstoyevski, Th. Mann, S. Zweig, K. Hamsun y otros le condujeron a inquietos lugares que se sumaron a su indeclinable pasión por lo femenino. Impulsos que se ampliarán hasta el fin de sus días. Sus dos hermanos – Israel y Esther – también llenan no pocas y meritorias páginas, pero no alcanzaron los ecos que merecieron las suyas.

Isaac Bashevis Singer, cronista de un mundo desaparecido | El Cultural

Entre la tormenta bélica y el silencio de Dios

En las calles del guetto polaco tembló la noticia: el aspirante al trono austrohúngaro asesinado en Bosnia. Ocurrió en los primeros meses de 1914.  De aquí las llamas se multiplicaron en Europa e hicieron hervir revoluciones, muertes y dictaduras. Un año después los alemanes invaden Varsovia; polacos y rusos se rinden. Isaac recuerda el gris murmullo de su padre: « Leer hoy las noticias es tragar veneno en el desayuno… »La familia resuelve abandonar la capital y aislarse en una aldea alejada de un nervioso mundo donde las variedades del comunismo y del sionismo abruman la escena. Y en el nuevo rincón Bashevis se asoma a otras páginas: M. Mojer Sfarim, Shalom Aleijem, Bialik, Chernijovsky. Y a las de Spinoza en particular con sus laicos teoremas que perturban y entusiasman.

Desde la temprana adolescencia cultiva el cuerpo y la imagen de la mujer. Inesquivable ardor encendido al espiar a su hermano Yehoshua cuando pintaba y esculpía. Recuerda: « Ver los pechos desnudos de las adolescentes me estremeció… Pensaba que solo las madres con hijos los tenían… »  Imágenes que afiebrarán sus instintos hasta el último minuto.

Retorno a Varsovia

Al frisar los 18 años y dejando atrás el seminario rabínico, Isaac regresa a Varsovia. Su hermano Israel prefiere alejarse de Europa con su esposa e hijos y llega a Nueva York. Bien pronto él gana celebridad con textos en yidish que colman escenarios y páginas. Y no descansa para atraer a su hermano a esta bulliciosa ciudad. Generosa actitud y respaldo que Isaac apenas agradece. Confiesa: « Solo tengo solo dos dioses:  mujeres y literatura… » Y en verdad, lo demás le fue ajeno. En 1935 abandona Polonia y cruza el océano a través de Alemania y Francia hasta llegar por fin a América.

Isaac Bashevis Singer | Library of America

Edén en la Tierra

En los años treinta del pasado siglo, amplias olas de migrantes  arriban a New York desde múltiples rincones del mundo. Frescas y embriagantes ilusiones los abruman. A semejanza de no pocos de ellos, Isaac acierta a superar las filosas preguntas en el puerto y se integra a los tres millones de judíos que moran en la ciudad. Con dilatada y habitual generosidad su hermano Israel lo recibe y lo ayuda. Actitud que no merece reconocimiento alguno de su parte.

Con su apoyo Bashevis empieza a escribir notas en el Forward, un periódico neoyorquino en yidish que entonces ofrecía refugio y trabajo a no pocos. La redacción de una nota semanal le reporta un modesto ingreso. Israel publica un tercer libro – Los hermanos ashkenazim – que multiplica su nombre al lado de celebrados escritores del país. En negro contraste, el aislamiento, la depresión y la esterilidad creativa abruman en aquellos días las horas de Isaac.

Un amor imprevisible

En 1937, el accidental encuentro con Alma redefinió su vida. Mujer mesurada y elegante, educada en Alemania y madre de dos hijos, ella apenas acierta a descifrar una palabra en yidish. Al toparse con Isaac escribe: « Es joven, delgado, rubio, casi calvo…Con ojos azules que algo buscaban…Y escuché que escribía un libro… » Desde ese momento Alma se convierte en rehén de sus deseos pagando un alto precio: el abandono de su esposo y sus dos hijos. Isaac se aventura en un matrimonio sin informar al solícito hermano.

Nuevos rumbos

Las noticias que llegan desde Europa – de Varsovia en particular – inquietan a Bashevis. La persecución y la muerte de más de dos millones de judíos que habitaban Polonia, el fracaso de la revuelta del guetto en 1943, la desaparición de su madre: episodios que ennegrecen su ánimo. Por añadidura, apenas atina a encontrar creativos canales de expresión. Su pasado muere y el presente apenas alumbra cuando acontece un vuelco inesperado: el fallecimiento de su generoso hermano que apenas frisaba los cincuenta años. Al saber de Sobibor y Auschwitz su corazón se rindió. Volúmenes como Los hermanos ashkenazi, Acero y bronce – además de no pocas piezas teatrales – le habían concedido amplio nombre. Su muerte libera a Isaac. Y desde aquí empieza a colmar páginas hasta dar nacimiento a su celebrada Familia Mushkat, que pinta sus ajetreos para sobrevivir en un inhóspito entorno.  Pocos años después se conoce también la versión en inglés al lado del yidish que es, a su juicio, el idioma más rico del mundo.  Y para parir y adelantar sus obras rompe nudos con no pocos: con la religión, con Polonia e incluso con su hijo que vive lejos en algún kibutz.

Isaac Bashevis Singer's portraits – Image Gallery | Gallery | Culture.pl

Conquista América

Dos escritores norteamericanos – Grinberg y Howe – se familiarizan con sus relatos en yidish. Para difundirlos, ambos buscan un puntual traductor al inglés que al fin encuentran en Saúl Bellow, ya entonces celebrado escritor. Bellow arma una brillante traducción que le concede a Bashevis amplio nombre y celebridad.

Y desde entonces se multiplican sus páginas. Un texto que mereció desiguales versiones es El espejo. Aquí la joven Tzirl se interroga … »¿Existe Dios? ¿Es en verdad piadoso?  ¿Creó el mundo? ¿Vendrá el Mesías? ¿Tocará Eliahu la trompeta en el monte de los Olivos? ¿Superará Dios a Satanás ?…En mi íntimo corazón soy atea… Todo es vacío, desorden, la nada… Pero tal vez la justicia despuntará al final de los días… » Un abrumador monólogo.

Con lentos pero resueltos pasos Bashevis se presenta también en inglés. Un tránsito difícil que otros – Nabokov y Kundera- conocieron a avanzada edad. Cambiar idiomas implica en verdad una radical mudanza de los labios y de los nervios que nos gobiernan.

Nace un escritor

En sus primeros pasos la esposa Alma aporta a Bashevis el principal ingreso. Insiste: « Soy un escritor judío y por accidente resido en USA… » En el andar del tiempo sus páginas se multiplican en obras como Beit HadinHasatánEn la corte de mi padre, que despliegan las luces y sombras de la vivencia diaspórica.  Escribe también para niños.

En 1970 recibe un primer premio literario que le abre la ruta hacia el privilegiado recinto de escritores como Faulkner, Bellow, Roth. Cuenta ya con bien escogidas mecanógrafas que también lo satisfacen en la intimidad. Y a menudo no atina a autodefinirse: « Soy un cerdo« … ¿un chiste? … Nadie le responde.

Apenas unas palabras

Su hijo Israel le pide un encuentro después de 25 años de mutuo silencio. Al desembarcar en Nueva York apunta: « Entre el gentío que esperaba me pareció ubicarlo… Me miró atentamente con frenadaemoción. Me llamó por mi nombre de niño… Nos estrechamos las manos en silencio… » Entonces Israel supo que Bashevis estaba casado, y más tarde concluirá: « No tengo lugar en mi padre… no tiene tiempo ni dinero… » Un helado vacío que los días y el tiempo apenas corregirán. Para Isaac, una red familiar implicaba estricta y severa prisión.

El Nobel

El premio que injustamente le fue negado a no pocos – a un Borges entre otros- distinguió sin embargo a Bashevis. Corría el año 1978. Y Dévora, su leal traductora y chofer que a veces endulzaba su cuerpo, le comunica la recepción del Nobel. Él pensaba que con la alta distinción que Agnón recibiera en 1966 se habría agotado la cuota a los escritores judíos. Pero múltiples llamadas telefónicas – incluso del presidente Carter en horas del Yom Kipur- le desmienten. Y como era de esperar, no pocos de sus colegas se sienten lastimados por la elección de la Academia sueca.

En diciembre de 1978 Bashevis se presenta en el multitudinario y celebrado escenario. Sus primeras frases son en yidish, idioma radicalmente extraño para la amplia audiencia. Nunca antes un escritor en este idioma había merecido el premio. Y de aquí transitó  al inglés para aludir a sus fuentes creadoras. Desde entonces sus libros y las compensaciones se multiplican, y algunas de sus páginas incluso merecen la traducción al polaco.

Biography — Isaac Bashevis Singer

La memoria se adormece

Octogenario y vegetariano, Bashevis preserva un cuidadoso orden del día matizado por caminatas y el vegetariano comer. Cuando un periodista del New York Times le pregunta: « ¿Quién es judío? », responde: « Todo quien tiene dificultades para dormir y no deja dormir a nadie… » Y en cuanto al yidish, se cuestiona: « ¿Por qué en Israel no lo hablan? ¿Olvidan que es el idioma del guetto, de las cámaras de gas, del teatro? ¿Por qué avergonzarnos? … » Al parecer, ignoraba la existencia de cátedras universitarias en este país y de no pocos grupos amantes del idioma. Postura que no le impide confesar que « Gogol influyó en mí mucho más que Scholem Aleijem… »

Al final su memoria quiebra y los nervios crispan. Su fiel secretaria Dévora lo abandona. En páginas que ulteriormente escribe lo recuerda: « A veces atento y cordial, y, a veces, lastima y ofende… » Por su lado, Bashevis se aleja del mundo sin olvidar que … « nunca fui un buen esposo…« 

Su hijo pidió que sea enterrado en Israel. La esposa Alma se opuso. Y los restos de ella duermen muy cerca de Bashevis. En su tumba se inscribió un pasajero error ya corregido:  » noble «  en lugar de (premio) Noble…

Los archivos de la Universidad de Texas en Austin, EEUU, almacenan testimonios de sus pasos y páginas. Cuando estuve allí por algún trabajo o pretexto visité los últimos refugios de Bellow, Roth, Shtein y Einstein, personajes que dejaron trozos de su quehacer. Bashevis convive con ellos.

Él pensaba que fue « una letra más en el infinito texto de Dios… »  ¿Expresión ajustada? ¿Desborde del ego? La respuesta depende del juicio del lector.

Ławeczka Isaaca Bashevisa Singera w Biłgoraju – Wikipedia, wolna encyklopedia

 

[Fuente: http://www.diariojudio.com]

La historia de la familia Buddenbrooks cumple 120 años y los lectores siguen celebrándola. En esta nueva visita a la novela de Thomas Mann salen al paso las obsesiones del escritor alemán y las pifias cometidas en cierta traducción.

Escrito por Ricardo Bada

El Premio Nobel de Literatura 1929 fue concedido a Thomas Mann “principalmente por su gran novela Buddenbrooks, que ha obtenido un reconocimiento cada vez mayor como una de las obras clásicas de la literatura contemporánea”. Fue la segunda vez que la Academia Sueca aludió en la fundamentación del premio a una obra concreta: la primera tuvo lugar en 1920, cuando acordaron otorgar el galardón a Knut Hamsun “por su obra monumental, Bendición de la tierra”. Thomas Mann describió entonces a Hamsun como un descendiente de Nietzsche y Dostoievski, añadiendo que nunca se había concedido el Premio Nobel a una persona más merecidamente.

En cuanto a la novela de Mann, se publicó el 26 de febrero de 1901, hace pues ahora 120 años, con subtítulo que suele olvidarse: Buddenbrooks. Verfall einer Familie [Buddenbrooks. Decadencia de una familia], y sin más ni más pasó a formar parte del canon de la literatura universal. El subtítulo es en realidad un understatement, porque lo que Mann narra con una precisión de neurocirujano, a sus nada más que 25 años, un mes y doce días, es la decadencia de la burguesía, o para ser más exactos, de la clase media alta, encarnada en esa familia de Lübeck, los Buddenbrooks.

Yo leí la edición de Janés de Buddenbrooks, en su colección Manantial que no cesa (que conservo y es un tesoro), en Sevilla, 1958; devoré sus 660 páginas de apretada tipografía en menos de tres tardes, tras las horas pasadas en la Universidad, donde estudiaba Leyes. Quedé atónito pensando en la edad del autor. Luego, en Alemania, y ya sabiendo alemán, la volví a leer en el original, y entretanto sabía mucho más acerca de ella. Que el editor, Samuel Fischer, al recibir el abultado manuscrito le escribió a Mann diciéndole que la aceptaba a condición de que la redujese a la mitad. Mann se negó en redondo y tuvo la suerte de contar a su favor con el consejo de lectura de la editorial. Fischer cedió, la publicó en dos volúmenes, y aunque hubo un principio algo reticente, a partir de la segunda edición empezó a venderse como chicles a la puerta de una escuela. Cuando le conceden el Nobel a Mann la edición en alemán y en los idiomas a que ya había sido traducida llegaba a los 185 000 ejemplares, y al lanzarse la edición de bolsillo, en diciembre de 1930, se había superado la barrera del millón. Al celebrarse el centenario de su publicación, en el 2001, llevaba vendidos más de 10 millones de ejemplares.

Uno de sus primeros reseñistas fue nadie menos que Rilke, quien escribió que Mann, al intentar ponerse a escribir un esbozo autobiográfico, “se vio en la necesidad de relatar la vida de cuatro generaciones. Lleva su tiempo, hay que tener tiempo para la secuencia tranquila y natural de estos acontecimientos, precisamente porque nada en el libro parece estar ahí para el lector”. Thomas Mann nos presenta un fresco que comienza en 1835 y termina en el 1900, cuando pone fin a su manuscrito. La historia de los Buddenbrooks contada con una lupa de microscopio y que nos hace vivir paso a paso el derrumbe de una familia patricia de Lübeck, desde la prosperidad hasta el despojo de su fortuna, y la reacción de la sociedad hanseática frente a tal infortunio, una reacción que no podía ser otra sino la sorna y aquello que los alemanes llaman schadenfreude, la alegría por el mal ajeno. Un réquiem alemán como el de Brahms, en toda regla.

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Los países no monárquicos disponen de sus propias dinastías. Con toda seguridad, para los Estados Unidos es la familia Kennedy. Con toda seguridad, para los griegos es la familia Onassis. Con toda seguridad, para los alemanes no es otra que la familia de Thomas Mann.

Además de su hermano Heinrich, el autor de la novela Professor Unrat (que llevada al cine se tituló El ángel azul y consagró internacionalmente a Marlene Dietrich), los seis hijos de Thomas Mann se dedicaron de un modo u otro a escribir o investigar: Erika, Klaus, Golo, Monika, Elisabeth y Michael. Hasta la viuda de Thomas Mann, Katja, si bien no escribió, sí dictó sus Memorias.

Pero no es eso tan solo lo que los convierte en la dinastía alemana del siglo XX, sino el hecho de que sus destinos encierran tal cantidad de telenovela que todavía hoy nos dejan boquiabiertos. Se trata, como lo definió un periodista alemán, “de un clan de suicidas, drogadictos y pederastas, todos muy ingeniosos y bien educados, y todos terriblemente infelices (a excepción de la esposa de Thomas, Katja, y de su tercera hija, Elisabeth)”.

El mismo periodista añade que el éxito mantenido y la siempre viva actualidad de la gran novela de Thomas Mann, Buddenbrooks, radica en que “esta novela vivida es hoy tan atractiva e inteligible porque en su ambiente burgués ya se ensayó y preludió todo aquello que muy poco después de la muerte de Thomas Mann sería cotidiano en las comunas del mundo occidental, para consumistas pequeñoburgueses: sexo y drogas y rock & roll”.

Y una cosa es absolutamente cierta: con Thomas Mann tenemos el caso del único escritor que estuvo a punto de ganar dos veces el Premio Nobel de Literatura. Porque ganar dos veces el Premio Nobel ya lo había conseguido antes que él Madame Curie: el de Física en 1903 y el de Química en 1911. Y luego de la muerte de Thomas Mann ha habido otro doblemente galardonado: Linus C. Pauling obtuvo el de Química en 1954 y el de la Paz en 1962. Pero alguien que lograse dos Nobel, y del mismo cuño, y ése además el de Literatura, no hubo nunca. Thomas Mann estuvo a punto de serlo, pero como dijo alguien, antes de que se lo concedieran por segunda vez se murió por primera vez.

Por otra parte, también es un caso extremo el de Thomas Mann en el sentido de que ha tenido dos carreras literarias diametralmente distintas. La una cuando vivo, la otra cuando muerto: casi como el Cid. Y esta segunda carrera se inicia cuando se publican póstumamente sus Diarios, que son una auténtica joya de la literatura memorialística y uno de los descensos más vertiginosos a los abismos del alma humana. Nadie contaba con ellos, Thomas Mann había caído ya casi en el olvido, y de repente, ¡qué conmoción, la publicación de sus Diarios! Otra persona distinta de la que creíamos conocer, otra mirada, otras pisadas.

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A título personal diré que mi relación con Buddenbrooks ha sido muy fecunda, es posiblemente la novela a la cual dediqué la mayor atención a lo largo de toda mi vida de lector impenitente.

Allá por 1980, la emisora en la cual me desempeñaba, la Deutsche Welle (la BBC alemana), y Radio Madrid de la cadena S. E. R. decidieron coproducir en español una radionovela basada en un texto original alemán. En la reunión de pauta propuse Buddenbrooks y la propuesta se aceptó de manera unánime. Es más, me encargaron el manuscrito de la radionovela, y puse manos a la obra. Había que convertir aquellas 660 páginas en 65 capítulos de media hora cada uno, para emitir en 13 semanas, de lunes a viernes, debiendo acabar “en punta” los capítulos terminados en 5 o 0, a fin de mantener despierta la atención del oyente durante el fin de semana.

Tengo a la mano el ejemplar sobre el que trabajé y constato que llegué a capitular hasta la página 386, final de la Séptima Parte. Esa relectura a fondo, para la adaptación, escudriñando hasta el último rincón su arquitectura, elevó mi admiración a un grado superlativo, y aunque el proyecto finalmente no se llevó a cabo, me hizo releer de nuevo el original, que me dejó atónito. Tanta perfección es rara de encontrar en una ópera prima de esas dimensiones épicas.

Eso además de que leyéndola por primera vez, hace ya más de sesenta años, me despertó de un modo irreprimible una de mis pasiones más acendradas. Sepan por qué. En la página 57 de esa edición española que manejo, “tres o cuatro amiguitas tiran del cordón de la campanilla con todas sus fuerzas, y cuando aparece la vieja, Tony pregunta con simulada afabilidad si viven allí el señor y la señora Spucknapf, y luego echan a correr con gran alboroto”. El lector español se preguntará por qué, y en su curiosidad llegará al extremo de consultar un diccionario bilingüe, el cual le ilustrará acerca de que “spucknapf”, en alemán, significa “escupidera”. Con lo cual queda entendida la estúpida y cruel broma de las amiguitas.

Pero sigamos leyendo. Solo dos páginas más adelante nos enteramos de que “el Pastor Hirte consideraba el colmo de la felicidad la coincidencia entre su profesión y su nombre”. Y aquí, el traiductor se consideró obligado a añadir una nota en la que explica que “Hirte”, en alemán, significa pastor. Es decir, que en una frase cuya enunciación nos está diciendo bien claro que en alemán “Hirte” significa pastor, el traiductor nos lo aclara a pie de página, pero dos páginas más atrás, donde nada permite adivinar la razón de que unas niñas echen a correr alborozadas luego de haberle preguntado a una viejecita si en su casa vive el matrimonio Spucknapf, el mismo traiductor no nos aclaró nada. ¡Pues qué bien!… Ese fue el momento en que nació mi irredimible pasión cinegética por la jungla de la traducción.

Entretanto, el lector avisado habrá ya descubierto que cada vez que me refiero a esta obra maestra de Thomas Mann la nombro llamándola Buddenbrooks y no Los Buddenbrook, como se la conoce comúnmente en nuestro idioma. Tengo mis razones para ello, en las cuales me asiste una autoridad tan indiscutible como es la del propio autor.

Ocurre que en 1950 un aristócrata escandinavo, el barón Buddenbrock, le escribió a Thomas Mann interesándose por saber de dónde había sacado el patronímico de su novela, y si existía alguna conexión entre su familia y la del libro. Y Mann le contestó desde Suiza lo que sigue: “Mi novela juvenil se titula Buddenbrooks y no Los Buddenbrooks. Este artículo solo se lo antepondría a un apellido noble, no a uno burgués”. Y luego le dice que Buddenbrook significa “páramo de tierras bajas” y que recuerda haber leído acerca de un barón von Buddenbrook (no Buddenbrock) en una novela de Theodor Fontane, posiblemente El Stechlin, pero que Buddenbrook, sin el “von”, se encuentra en los ambientes burgueses de la Baja Alemania. Así de sutil y de escrupuloso era Thomas Mann. Créanme si les digo que vale la pena [re]leerlo.

 

Ricardo Bada es escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

‘El espectador’ reúne parte de los diarios de Imre Kertész en los que el escritor húngaro analiza hasta extremos torturantes asuntos como el Holocausto o la literatura

Escrito por JOSÉ MARÍA GUELBENZU

La figura de Imre Kertész es emblemática del destino de un escritor europeo del pasado siglo. Nacido en 1929, fue enviado al campo de exterminio de Ausch­witz a los 15 años. Era hijo de una modesta familia judía afincada en Hungría. De Auschwitz pasó a Buchenwald. Su historia como prisionero resulta cercana a la vivencia de otro inquilino de este último campo de su misma edad: Jorge Semprún. En 1975 escribió la que es hoy considerada como una de las mejores novelas sobre el Holocausto: Sin destino, que pasó sin pena ni gloria. Tras la liberación, apenas tuvo tiempo de disfrutar de la libertad: el régimen prosoviético instalado en Hungría tras la guerra le clasificó como un intelectual burgués decadente, un “enemigo del pueblo”, haciéndole la vida muy dura. Sobrevivió como pudo, dedicado a trabajos menores. Después de los setenta consiguió una cierta nombradía como traductor, pero siguió siendo un marginado; su primera novela, como hemos dicho, apenas tuvo resonancia en los círculos literarios de su país. Vivió con su primera esposa, Albina Vas, en un piso minúsculo donde escribió, además de Sin destino, otras dos grandes novelas: El fracaso y Kaddish por el hijo no nacido (1988 y 1990). Tras la caída del muro de Berlín, comenzó a ser reconocido y participar de la vida cultural húngara; su obra, boicoteada hasta entonces, empezó a saltar fronteras. Por fin, la concesión del Nobel en 2002 lo sacó del desconocimiento en todo el mundo. Otra historia más de persecución por el funcionariado del totalitarismo comunista, pero esta vez con final feliz.

El espectador reúne los textos de su Diario (tres volúmenes) escritos entre 1991 y 2001. Se encuadra entre medias de Diario de la galera y La última posada, los otros dos (todos en Acantilado, igual que el resto de su obra). La figura de Kertész es la de un resistente, pero en este libro que comentamos es ya un autor reconocido en el extranjero, su ostracismo ha terminado. Una de las dos únicas entradas fechadas se corresponde con el 3 de octubre de 1995, la muerte de Albina, su primera mujer: “Hace 42 años”, escribe, “ella puso su vida en mis manos… Se lleva consigo la mayor parte de mi vida, en la que comenzó y se hizo realidad mi creación y en la que, viviendo en un matrimonio desdichado, nos amamos muchísimo”. La otra entrada (mayo de 1995) muestra el dolor y la culpa: “Mi arte como una tragedia para ella. Mi insuficiencia como ser humano. El oficio de carcelero como metáfora. Cuando la ingresé en el hospital”. Después llega Magda, su segunda esposa, como un regalo del destino para ayudarle a expiar su sentido de culpa.

Son muchos los asuntos que le ocupan en el libro. El análisis y el auto­análisis llegan a extremos torturantes. Destacan la reunificación alemana, la caída del Muro, la vocación y la literatura. Habla, por ejemplo, de ciertos “autores civilizados”, occidentales —Camus y Thomas Mann entre otros—, cuyo oficio de escritor desprende cierto sabor amargo “como un aroma bien amaestrado, que no es acerbo, no es cicuta, sino un agradable Campari”.

Tema recurrente es Auschwitz. Rebatiendo la pregunta de Adorno, dice: “Hacer arte de Auschwitz supone el reto más serio para cualquier artista, y pienso en Beethoven, o en Tolstói, o en Rembrandt, seguro que ninguno de ellos habría sido capaz de resistirse a semejante desafío”. Y asunto sustancial de su pensamiento es la idea de que Auschwitz no es algo exclusivo de los judíos, como tantos han pretendido: concierne a toda la humanidad, porque la víctima es la humanidad. Seguir enumerando es como leer el libro, y eso es lo que recomiendo fervorosamente al lector: por interés cultural e histórico, por obligación intelectual, por el conocimiento de la opresión de los regímenes totalitarios, por la necesidad de preguntarse por el sentido de la vida y de la muerte.

El espectador

Autor: Imre Kertész

Traducción: Adan Kovacsics
Editorial: Acantilado, 2021

Formato: Rústica. 240 páginas. 18 euros

[Fuente: http://www.elpais.com]

Hommage au poète et traducteur suisse, décédé le 24 février 2021 à 95 ans.

Écrit par CLAUDIOFZA

Il est né le 30 juin 1925 à Moudon, petite ville du canton de Vaud, en Suisse romande. Il vivait à Grignan dans la Drôme depuis 1953 avec sa femme peintre, Anne-Marie Haesler. Il a traduit Goethe, Friedrich Hölderlin (Hypérion), Giacomo Leopardi (Canti), Robert Musil (L’Homme sans qualités), Rainer Maria Rilke (Elégies de Duino), Thomas Mann (La Mort à Venise), Ingeborg Bachmann (Malina) Giuseppe Ungaretti (Vie d’un homme, Poésie 1914-1970), Carlo Cassola (La Coupe de bois), Luis de Góngora (Les solitudes), Ossip Mandelstam (Simple promesse), mais aussi l’Odyssée d’Homère en vers de quatorze syllabes. Il a consacré beaucoup de d’énergie à la traduction, cette « transaction secrète ». Il a reçu le Grand Prix national de traduction en 1987.

On peut se reporter à ses Œuvres publiées dans la Pléiade de son vivant en 2014.

L’ignorant apparaît sur ce blog le 12 janvier 2019. Il faut aussi relire Que la fin nous illumine.

L’ignorant

Plus je vieillis et plus je croîs en ignorance,
plus j’ai vécu, moins je possède et moins je règne.
Tout ce que j’ai, c’est un espace tour à tour
enneigé ou brillant, mais jamais habité.
Où est le donateur, le guide, le gardien ?
Je me tiens dans ma chambre et d’abord je me tais
(le silence entre en serviteur mettre un peu d’ordre),
et j’attends qu’un à un les mensonges s’écartent :
que reste-t-il ? que reste-t-il à ce mourant
qui l’empêche si bien de mourir ? Quelle force
le fait encor parler entre ses quatre murs ?
Pourrais-je le savoir, moi l’ignare et l’inquiet ?
Mais je l’entends vraiment qui parle, et sa parole
pénètre avec le jour, encore que bien vague :

«Comme le feu, l’amour n’établit sa clarté
que sur la faute et la beauté des bois en cendres… »

L’ignorant, poèmes 1952-1956. Éditions Gallimard, 1957.

Que la fin nous illumine

Sombre ennemi qui nous combats et nous resserres,
laisse-moi, dans le peu de jours que je détiens,
vouer ma faiblesse et ma force à la lumière :
et que je sois changé en éclair à la fin.

Moins il y a d’avidité et de faconde
en nos propos, mieux on les néglige pour voir
jusque dans leur hésitation briller le monde
entre le matin ivre et la légèreté du soir.

Moins nos larmes apparaîtront brouillant nos yeux
et nos personnes par la crainte garrottées,
plus les regards iront s’éclaircissant et mieux
les égarés verront les portes enterrées.

L’effacement soit ma façon de resplendir,
la pauvreté surcharge de fruits notre table,
la mort, prochaine ou vague selon son désir,
soit l’aliment de la lumière inépuisable.

L’ignorant, poèmes 1952-1956. Éditions Gallimard, 1957.

Philippe Jaccottet : “La certitude est la chose au monde qui m’est la plus étrangère”

On peut réécouter cette émission de France Culture du 21 février 2014.

https://www.franceculture.fr/emissions/du-jour-au-lendemain/philippe-jaccottet

[Source : http://www.lesvraisvoyageurs.com]

Lee aquí « España », el inédito del escritor alemán sobre nuestra Guerra Civil incluido en el volumen ‘La guerra de España: reconciliar a los vivos y los muertos’ (Arpa), de Jean-Pierre Barou

Todos los grandes crímenes de este mundo se cometen en nombre de los intereses, que no tienen escrúpulos en sus «acciones». Esto es lo que estamos viendo en estos momentos en España. ¿Quién podría ocupar el papel de oponer las reivindicaciones de la conciencia a todos esos intereses, que no dejan de ser mezquinos aunque se pongan una máscara solemne, si no el poeta, el hombre de juicio libre? Él es quien debe alzar la voz y protestar contra un método que sitúa al crimen en la base de la política, violando todos los sentimientos humanos.

No existe desprecio más fácil que aquel con que se cubre al «poeta que baja al ruedo político». En el fondo, son los intereses los que hablan en estos términos. No quieren una vigilancia que pueda enturbiar sus acciones, e invitan al intelectual a recluirse amablemente en «lo espiritual». A cambio, se le permite considerar la política como algo indigno de su atención. ¿No debe percibir él sin duda que ese falso honor es una recompensa por su complicidad con los intereses a través de su abstención? En nuestro tiempo, retirarse a una torre de marfil carece de sentido. Es imposible no darse cuenta de ello en los tiempos que corren.

De hecho, la democracia se concreta en cada uno de nosotros, pues la política se ha convertido en el asunto de todo el mundo. Nadie puede escapar a ella, pues la presión inmediata que ejerce sobre cada individuo es demasiado fuerte. ¿No es cierto que el hombre al que oímos decir, como aún sucede, «A mí no me interesa la política», nos parece un ser «chapado a la antigua»? Un punto de vista como este no solo nos parece egoísta e irreal, sino además una falsedad bastante estúpida. No es tanto una prueba de ignorancia como de una indiferencia moral. El orden político y social forma parte de la totalidad humana, y esta es una realidad innegable. Solo es un aspecto del problema y del deber humanos, pero nadie puede ignorarlo sin pecar por ello contra la humanidad que intenta privilegiar frente a la política en el ámbito de lo esencial. Sin embargo, lo esencial, de lo que todo depende, es el orden político y social, porque el problema humano se plantea en nuestro tiempo con gravedad mortal en la política. ¿Cómo podría el poeta abstraerse, él, cuya naturaleza y cuyo destino lo han colocado en el lugar más expuesto de la historia de la humanidad? Al referirme a la gravedad «mortal» que reviste la cuestión política en nuestro tiempo, he querido expresar que todo hombre, y en particular el poeta, debe salvar su mente —o, ¿por qué no emplear el término religioso?—, salvar su alma. El poeta incapaz ante el problema humano, planteado en forma política, no solo es un traidor a la causa del espíritu en beneficio del bando de los intereses, sino que también es un hombre perdido. Su pérdida es ineluctable. Perderá su fuerza creadora, su talento, y no será capaz de hacer algo duradero de nuevo. Incluso su obra anterior, aunque no estuviera marcada por esta falta, si era buena, dejará de serlo. No significará ya nada a ojos de los hombres. Esta es mi convicción profunda, y hay ejemplos que la confirman.

Quizá me pregunten qué entiendo por «espíritu» o por «intereses». Pues bien, lo espiritual, considerado desde el punto de vista político y social, es la aspiración de los pueblos a mejorar sus condiciones de vida, a hacerlas más justas y felices, mejor adaptadas a la dignidad humana. Lo espiritual es la aprobación de ese deseo por parte de los hombres de buena voluntad.

Los intereses saben que un cambio semejante reduciría algunas de sus ventajas y privilegios. En consecuencia, intentan impedir tal evolución por todos los medios, incluido el crimen, o al menos detenerla por un tiempo, porque lo hacen sabiendo que convertirla en un imposible está fuera de su alcance. El bando de los intereses está interviniendo en España y la destruye con una falta de pudor desconocida hasta la fecha.

En realidad, lo que viene sucediendo en ese país desde hace meses constituye el escándalo más inmundo de la historia humana. ¿Pero es que el mundo no se da cuenta? Me temo que no, porque los intereses asesinos no saben hacer nada mejor que volver al mundo estúpido, ocultar su verdadero carácter. El otro día me llegó esta información desde el lugar más sombrío de Europa: Alemania. «¿Quién habría podido imaginar que, cayendo del cielo azul, los Rojos de España fueran capaces de tales horrores?». ¡Los Rojos! ¡Cayendo del cielo azul!

Todo el mundo sabe lo poco revolucionarias que eran las reformas del Frente Popular español, esa alianza de republicanos y socialistas sellada por una victoria electoral decisiva y legítima.

¿Es que ya no tenemos corazón? ¿Ni razón? ¿Queremos que el bando de los intereses nos arrebate los últimos restos de buen juicio y de libre pensamiento cayendo en la trampa que montan con tanta destreza? De hecho, ocultan los instintos más bajos bajo la máscara de ideas de cultura, de Dios, de orden y de patria. Un pueblo que vive bajo el yugo de una explotación de las más reaccionarias desea una existencia más clara, más humana, un orden social que cree que le permitirá ser más digno de su propia humanidad. Para este pueblo la libertad y el progreso no son aún nociones roídas por la ironía y el escepticismo. Cree en ellas como los valores más altos y dignos de su esfuerzo. Incluso ve en ellas las condiciones de su honor como nación. Este pueblo se ha proporcionado un gobierno que se propone remediar —procediendo con prudencia y teniendo en cuenta las circunstancias particulares— los abusos más indignantes. ¿Qué sucede a continuación? Estalla una rebelión de generales al servicio de las antiguas potencias explotadoras, estalla con la complicidad del extranjero. La rebelión fracasa, está a punto de perder, y entonces los gobiernos extranjeros, enemigos de la libertad, acuden en su ayuda y, a cambio de promesas de ventajas económicas en caso de victoria, proporcionan a los insurgentes dinero, hombres y material de guerra. Gracias a estos alimentos, la lucha sangrienta prosigue, engendrando en ambos bandos una crueldad cada día más implacable. Contra el pueblo que lucha desesperadamente por su libertad y sus derechos humanos, se lleva a la batalla a tropas de sus propias colonias. Los bombarderos extranjeros destruyen las ciudades, asesinan a los niños. Y todos esos se hacen llamar «nacionales». Esos crímenes que claman al cielo se llevan a cabo en nombre de Dios, del orden y de la belleza. Si las cosas hubiesen sucedido conforme a los deseos de la prensa de los intereses, hace tiempo que la capital del país debía haber caído y las «bandas marxistas» debían haber sido vencidas. Pero la capital, medio destruida, aún se mantiene en pie, al menos en el momento en que estas líneas se escriben, y las «bandas rojas», según el nombre que prefiere la prensa de los intereses, es decir, el pueblo español, defienden su vida y los valores en los que cree con una valentía sobrehumana, una valentía en la que los más embrutecidos escuderos de los intereses deberían encontrar la materia de reflexión que podría llevarlos a descubrir las fuerzas morales que están en juego.

El derecho de los pueblos a definirse a sí mismos goza hoy en el mundo del mayor respeto oficial. Incluso nuestras dictaduras y Estados totalitarios se emplean a fondo en hacernos creer que tienen entre el 90 y el 98 % del pueblo de su lado. Pues bien, si una cosa está clara, es la siguiente: los oficiales rebeldes sublevados contra la República española no tienen al pueblo con ellos. Y por el momento no pueden cambiar ese punto. De entrada, están obligados a crear la posibilidad de cambiar esa información con la ayuda de árabes y de soldados extranjeros. Si bien no podemos decir con exactitud qué es lo que quiere el pueblo español, sí podemos decir lo que no quiere: la dictadura del general Franco. La cuestión es que los gobiernos europeos, interesados en ver morir la libertad, han reconocido el poder de ese rebelde como el único legal, y esto en plena Guerra Civil, esa guerra que aún continúa gracias a su apoyo, si es que no la han provocado ellos. Ellos, que en sus países muestran en todo lo relativo a la alta traición cierta dureza —es lo mínimo que podemos decir—, apoyan a un hombre que entrega su propio país al extranjero. Ellos, que se hacen llamar «nacionalistas», ponen todo en marcha para llevar al poder a un partisano que no se preocupa en absoluto por la independencia del país, siempre que él consiga abatir la libertad y los derechos humanos. Este general declara que prefiere la muerte de dos tercios del pueblo español antes que ver reinar al marxismo, es decir, antes de contemplar la llegada de un orden mejor, más justo y humano.

Dejando de lado cualquier sentimiento de humanidad: ¿es esto nacional? ¿Qué partido tiene más derecho a hacerse llamar nacional? Me llamarán bolchevique, pero no puedo no pronunciarme en favor del derecho en el conflicto entre el derecho y la fuerza.

[Foto: Bundesarchiv Bild. CC – fuente: http://www.elcultural.com]