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Dans Un Vélo contre la barbarie nazie (éd. Armand Colin), le journaliste italien Alberto Toscano revient sur l’incroyable destin de Gino Bartali, ce grand coureur cycliste ayant remporté de nombreuses courses, mais ayant aussi, au péril de sa vie, sauvé plusieurs centaines de Juifs italiens pendant la Seconde Guerre mondiale.
 
Livre préfacé par Marek Halter. Rencontre animée par Jean-Marc Finn. Italie 1943. Des personnes de bonne volonté disent « non » à la barbarie nazi-fasciste des persécutions raciales et des déportations. Parmi elles, Gino Bartali, un célèbre cycliste, refuse cette compromission au nom de ses idéaux et de sa foi catholique. Alberto Toscano nous fait partager l’incroyable destin de ce grand sportif, et revivre les moments dramatiques de l’Italie et de l’Europe au XXe siècle. Bartali a été à la fois un homme merveilleusement simple et un champion capable de s’engager pour les valeurs auxquelles il croyait. Par son courage et sa détermination, il a permis le sauvetage de plusieurs centaines de Juifs persécutés par les nazis.
« Il faut lire le texte d’Alberto Toscano. Il se lit comme une aventure et, de surcroît, restitue une page qui manquait au si passionnant et si actuel livre de la vie. » MAREK HALTER
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Les amateurs de la « petite reine » connaissent Gino Bartali (1914-200), ce cycliste italien dont la carrière fut marquée par sa rivalité avec Fausto Copi. En revanche, ils ont longtemps ignoré que ce vainqueur de deux Tours de France (1938 et 1948), trois Giro (1936, 1937 et 1946) et neuf grandes classiques, s’est également illustré en sauvant la vie de 800 Juifs pendant la Deuxième Guerre mondiale.
Fervent catholique, « Gino le Pieux » est très proche du cardinal Elia Dalla Costa qui n’a pas hésité à mobiliser le clergé pour sauver des Juifs de la déportation pendant la Seconde Guerre mondiale, dans le cadre du réseau créé par le rabbin Nathan Cassuto (arrêté et déporté à Auschwitz-Birkenau). Suite à l’occupation de l’Italie par l’Allemagne en septembre 1943, Gino Bartali rejoint ce réseau où, grâce à sa couverture idéale de coureur cycliste, il devient passeur et va jouer un rôle important dans le sauvetage des Juifs.
Connu pour les longues distances d’entraînement qu’il parcourt à vélo, Gino Bartali va ainsi faire passer des faux documents destinés aux Juifs et dissimulés dans le cadre de son vélo. En cas d’arrestation et de fouilles, Gino Bartali s’appuie sur son statut de cycliste professionnel : il demande que l’on ne touche pas sa bicyclette, calibrée au millimètre près pour atteindre une vitesse optimale. « Dans la même journée, il faisait parfois 200 kilomètres à l’aller, et 200 kilomètres au retour.  Et ces faux papiers permettaient à des Juifs, réfugiés dans des couvents, de retrouver la liberté, sous une fausse identité », précise Alberto Toscano.
Il garde ses récits pour lui
Après la guerre, Gino Bartali ne parlera pas de ses actes de résistance. « Le bien », disait-il, « on ne le fait pas pour le crier sur les toits ». Estimant que cette histoire lui appartient, il refuse que ses actes de résistance soient médiatisés. « Il a toujours dit que cela devait rester dans sa mémoire à lui, qu’il ne voulait pas se glorifier du sacrifice des autres. Parce que d’autres personnes avaient perdu la vie, à la suite de leur engagement dans le même réseau. Il voulait garder ces récits pour lui. Il a toujours affirmé qu’il ne voulait être populaire que pour ses exploits sportifs. Et que le reste était gravé dans son cœur », raconte Alberto Toscano. L’essentiel de ses actes de bravoure et de son courage demeure donc méconnu pendant de nombreuses années. Mais grâce à la détermination de Sara Corcos, la sœur du rabbin Cassuto, l’héroïsme et le courage de ce sportif ne relèveront plus du secret. Travaillant au Centre de documentation juive contemporaine de Milan, Sara Corcos a pris contact avec Gino Bartali, mais ce dernier lui a signifié qu’il n’accorde aucune interview. Ce n’est que lorsqu’elle lui révèle son lien de parenté avec le rabbin Cassuto qu’il accepte de témoigner… à condition de ne pas être enregistré.
En 2013, Gino Bartali est enfin reconnu (à titre posthume) Juste parmi les Nations par Yad Vashem et en mai 2018, lorsque le départ du Giro est donné à Jérusalem, il est fait « Citoyen d’honneur de l’État d’Israël ».
 
[Source : http://www.cclj.be]

Escrito por CARLOS CRESPO FLORES

El eucalipto es una especie forestal que recorre la novela MUERTA CIUDAD VIVA[1], de Claudio Ferrufino; acompaña al protagonista en su recorrido etilo-erótico por la ciudad y valle de Cochabamba.

Introducida en el país a fines del siglo XIX desde Australia durante el auge minero, se ha adaptado a los ecosistemas del país, más allá de los impactos ambientales que provoca, sobre la humedad y fertilidad del suelo. El eucalipto (Eucalyptus L’Hér) es definido por la Guía de Árboles de Bolivia[2], como

“Árboles grandes o arbustos, con corteza exfoliante que se desprende en láminas; hojas alternas o subopuestas, lanceoladas o falcadas y asimétricas, glabras rara vez pilosas, pecioladas o subsésiles, generalmente con puntos translúcidos. Flores pequeñas en umbelas o cabezuelas, a veces en panículas axilares, pediceladas o subsésiles; el cáliz lobulado caliptriforme, con una tapa o capuchón que resulta de la unión de pétalos y sépalos. Fruto un pixidio. Género australiano y de la región malaya, con más de 1000 especies” (Killeen, García & Beck, 1993:581).

Las formas de sus hojas y proximidad con el poeta, reafirman a Ron Loewisohn su conexión con esta especie:

Aquí están los eucaliptos

con sus hojas que gotean;

en la luz gris azulada de la madrugada

están juntos en la arboleda

como

nueve hermanos de pelo oscuro y piel suave

hermanos. -Parecen así (extrañamente)

relacionados conmigo.[3]

En Bolivia, son tres las especies cultivadas mas importantes, de ellas, en Cochabamba se planta la E. camaldulensis Dehnh (Killeen, García & Beck, 1993:581), y a lo largo del siglo XX ha formado parte del escenario paisajístico valluno. Es altamente probable que el escritor Claudio Ferrufino disfrutaba de esta especie.

Para el protagonista de Muerta ciudad viva, su “espíritu rural, primigenio, campesino” está conectado con el eucalipto, su “susurro” y su “aroma”; de ahí que busque su “sombra, cuando tiene problemas, depresión o ansias” (112). El fresco olor mentolado del eucalipto seduce a Claudio, a través de su personaje. En un viaje a Oruro, por tren, atravesando “parajes memorables…, a pesar de las ventanillas cerradas, el aroma de eucalipto llenaba los dos vagones de que se componía la máquina” (53). En otra escena, luego de una violenta pelea de borrachera, toma un taxi, para hallarse “echado entre eucaliptos, a la vera de la senda de tierra cerca del canal grande de riego. El sol agrada. La sombra acoge. Las hojas de eucalipto silban una monótona pero sublime canción. Y las pepitas de molle rojo alrededor hablan de asuntos dulces de infancia” (14). La asociación de este árbol mirtáceo, con el placer y el bucolismo valluno, es evidente.

En uno de los recorridos hacia su casa, camina “al lado de las canchas auxiliares de fútbol”, donde solía jugar, “antes de encontrar las preferencias del trago y del culo” (140). El lugar “olía a eucalipto”, provocándole una “extraña sensación”. Efectivamente, en la década del 60’-70’s’ hubo un arbolado en los límites de este espacio deportivo conexo al stadium departamental, donde el eucalipto destacaba.

Otro momento de incursión en bicicleta al entorno rural valluno, por el camino de Condebamba: visualiza “eucaliptos jóvenes, de tonos grises, (que) lucen gotitas de rocío” (109). La juventud del arbolado que observa Claudio evidencia la posibilidad que sean rebrotes. No olvidar que el negocio de los “callapos” se extendió luego de la reforma agraria, talando árboles de eucalipto para troncas y leña, que luego rebrotan.

De una de sus amadas, Eszter, recuerda que olía a eucalipto (116)[4], y esta lo compara con un eucalipto (113). En el periodo retratado por la novela (principios de los 80’s), el arbolado de eucalipto en el campus universitario de San Simón era importante, particularmente entre las facultades de Derecho y Humanidades, del cual hoy quedan algunos individuos. El estudiante apasionado busca a Eszter, atraviesa “los eucaliptos de cincuenta metros (que) guardan unas aves extrañas en sus copos” (83); parecen zancudas, aquellas que visitan también la laguna Alalay como parte de su escala migratoria. Más aún, cuando se entera que ha fallecido Eszter, para recordarla, toma el micro hacia Tiquipaya; por las faldas de la cordillera, sospecho, recorre lugares que habían visitado. Y, por supuesto, están ahí los eucaliptos, “que se inclinaban hacia la izquierda”, debido al “soplo (que) bajaba de una quebrada casi al frente” (121).

Con Silvia, otra novia, están en el río de Chocaya, desnudos, dentro “el agua fría”. El joven realiza un acto pagano religioso: “remojé ramitas de eucalipto azul para utilizarlas como hisopo. Yo te bendigo, coito” (131).

Similar a un cazador vigilante de su presa, el majestuoso árbol le sirve al protagonista como lugar de acecho: “miro a Frances Mallotto desubicado desde un eucalipto. Lo hago al sorber cerveza amarga, calculando los pasos para intentar el ataque” (86). En determinado momento deja “el refugio del eucalipto” para “encararla” (86).

La conjunción eucalipto, molle, agua, es distintiva del paisaje valluno; es con esta vista donde el erotismo fluye: “copulan a orillas de un río seco, apoyados en un molle, con un arroyo corriendo por la espalda, mitad metidos en el agua, entre eucaliptos que bordean una herradura…” (149).

El eucalipto es parte de la fiesta rural en el valle. No solo como leña en la fabricación de la chicha, sino también en la habilitación del espacio festivo. En un matrimonio al cual asiste con sus amigos, observa que “se habían cortado jóvenes eucaliptos para las columnatas que sostendrían la carpa… (para) albergar a doscientas personas” (174).

En su periodo de caída en el alcoholismo y desdicha, el héroe trágico de la novela, visita a un amigo, quien le pagaba tragos de cuando en cuando”, para platicar sobre “los compañeros comunes, de Abel, de situaciones como la del Jallalla. Aires de eucalipto…” (188). Buscando a una de las novias, que había huido luego de una violenta trifulca, “bajaba y entraba a los bosquecillos de eucalipto, a los huertos frutales llamándola” (185). Aun en sus momentos de alucinación alcohólica, el eucalipto se halla presente: “bajé, desmonté cerros y esquivé árboles de tara que se veían solitarios entre molles y eucaliptos” (168). Ahí, el eucalipto se torna sombrío: “las hojas afiladas de los eucaliptos dan la sensación de árboles con cientos de puñales colgantes” (66).

En la última escena de la novela, convertido en aparapita, vemos que se prepara “con agua hirviente y metanol, con raspaditos de naranja, un trago” (206), mientras “los eucaliptos se despiden dialogando con la brisa (y) los pájaros lo hacen con barullo. No voy todavía a dormir” (206).

[1] Ferrufino, Claudio (2013) Muerta ciudad viva. Santa Cruz: Editorial El País. 206 pp.

[2] Killeen, Timothy J., García E., Emilia & Beck, Stephan G. (1993) Guía de arboles de Bolivia. La Paz: Editorial del Instituto de Ecología. 958 pp.

[3] Loewisohn, Ron (1968), “The eucaliptus trees”. En Poetry. Vol. 112. No 2. Pp. 105-106. Traducción libre: C.C.

[4] El protagonista imagina a Eszter que “se reclina en un cuadro de maja boliviana, en marco de eucaliptos y buses achacosos…” (201).

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[De INMEDIACIONES – reproducido en sugieroleer.blogspot.com]

Lo ciclisme ocupa una plaça totjorn que mai importanta dins lo païsatge esportiu francés, e sus lo territòri occitan, ont avèm de mai en mai de corsas de nivèl mondial. Es una realitat, lo sud de l’estat francés es conegut dins lo mond del ciclisme, en Euròpa e dins lo Mond, portat per mai d’un massís montanhòl, coma o veirem mai tard. Aquel territòri es d’alhors tanben una tèrra de campions del ciclisme que son coneguts internacionalament.

Escrich per Hugo Trocellier

Las diferentas corsas

Abans de parlar de las diferentas corsas presentas sul territòri occitan, cal far una pichòta remembrança de cossí se debana lo ciclisme al nivèl mondial. Es desseparat en tres categorias ; las corsas World Tour son las corsas mai complicadas e reservadas a las còlas las melhoras. Retrobam aprèp las corsas UCI Proseries e enfin las corsas Europe Tour.

Lo territòri occitan es present dins caduna de las tres categorias, çò que mòstra plan son importància dins lo ciclisme mondial.

Comencem per las corsas Europe tour, que son las mai presentas. Es lo grand prèmi de ciclisme La Marselhesa que comença l’annada, en general fin genièr, puèi es l’Estela de BessejaTorn de Gard a la debuta de febrièr. Una corsa importanta al nivèl europèu es lo Mont Ventoux Dénivelé challenge qu’atira en general los grands ciclistas per se mesurar a las pendas del mont Ventor. Un autre torn important es la Rota d’Occitània que partirà ongan de Sant Africa e arribarà quatre jorns puèi a Rocamador. Podèm retrobar d’autras corsas Europe tour que se debanan sul territòri occitan mas mens importantas, e donc an mens de mediatizacion, coma lo Torn d’En.

Al nivèl UCI Proseries, las rotas occitanas son tanben plan representadas amb tres corsas, la Faun Ardeche classic que, coma son nom o indica, se debana en Ardecha, la Royal Bernard Drome classic e la mai importanta, lo Torn de Provença, qu’aguèt luòc en febrièr e ont ganhèt Ivan Sosa, ciclista d’esquipa INÈOS. Ongan, lo Torn de Provença aguèt una granda exposicion amb mai que mai la preséncia de Bernal, Alaphilippe (campion del Mond) e Sosa. Son d’alhors eles que finiguèron sul podium. L’edicion 2021 foguèt marcada per una ascension del mont Ventor, gigant del ciclisme mondial.

Tanben, retrobam lo territòri occitan al nivèl World Tour dins tres corsas, lo París-Niça amb tres estapas sus sèt, lo Criterium del Daufinat que partirà de Soire e qu’arribarà a Les Gets dins los Alps. E enfin lo territòri occitan ocupa una plaça fòrça importanta dins la corsa considerada per d’unes coma la corsa mai complicada, lo Torn de França. Cada annada dempuèi sa creacion, lo torn de França met un punt d’onor a passar per lo Massís central, los Alps e los Pirenèus. Son aquestes massisses qu’an fach la reputacion del Torn e del territòri occitan, de tèrras rufas amb mai d’un còl, coma o anam veire.

Tres massisses importants

L’importància del territòri occitan dins lo mond del ciclisme s’explica vertadièrament gràcias als diferents massisses montanhoses. Podèm clarament definir tres massisses importants, los Alps, lo Massís Central e los Pirenèus. An fach la reputacion e la legenda de las rotas occitanas ont avèm agut l’escasença de veire de corsas e d’estapas mai espectaculosas las unas que las autras. Retrobam de còls que pòdon èstre a mai de 2000 mètres d’altitud.

Del costat dels Pirenèus, podèm comptar una quinzenat de còls importants. Lo mai important, lo mai conegut, lo que fa somiar los ciclistas amators e professionals es ben evidentament lo legendari còl del Tormalet que culmina a 2115 mètres. Lo Tormalet a fach sa legenda amb lo torn de França e sas arribadas a sa cima que foguèron a cada còp espectaclosas. D’autres còls an tanben fach la reputacion de Pirenèus, coma per exemple lo còl de Pèira Sorda (1569 m), lo pòrt de Balès (1755 m) o encara lo còl de Palhèras (2001 m).

Los Alps son lo segond massís important del territòri occitan, subrondan tanben de còls e d’istòrias que son dintradas dins la memòria collectiva. Lo còl qu’es mai representatiu dels Alps es per ieu l’Alp d’Ueis ont visquèrem (coma franceses), de moments de jòia (coma la victòria de Thibaut Pinot en 2015) e de moments de tristesa (es a l’Alp d’Ueis que Thomas Voekcler pèrd lo malhòt jaune en 2011). Retrobam tanben dins los Alps lo còl de Galibier (2642 m), lo mont Ventor (1910 m) o encara lo còl d’Iseran (2770 m). Totes aqueles noms an un grand resson dins lo mond del ciclisme internacional e permeton donc de metre endavant lo territòri occitan.

Lo Massís Central es diferent dels Alps e dels Pirenèus, retrobam pas de grands còls a 2000 mètres mas, es un territòri ont es fòrça complicat de trobar de rota plata. Es un platèl a environ 1000-1500 mètres, e ont avèm pas un mètre planièr (i a totjorn un desnivèl positiu o negatiu).

Los ciclistas occitans

Per acabar, parlarem dels diferents ciclistas que son originaris del territòri occitan. A l’ora d’ara dins l’escabòt i a mai d’un ciclista, mai o mens coneguts que son nascuts sus las rotas occitanas. Retrobam Romain Bardet, originari de Briude, Rémi Cavagna, de Clarmont-Ferrand, o encara Pierre Latour, del departament de Droma.

D’autres ciclistas mai ancians faguèron somiar los franceses, coma Laurent Jalabert de Tarn, Nicolas Portal de Gers o encara Pierrik Fedrigo d’Òlt e Garona. Podèm donc dire que lo territòri occitan a vist nàisser de campions, que sián d’esprintaires o d’escalaires. Aquela granda preséncia es subretot deguda a la preséncia, coma o avèm ja vist, dels tres massisses. An una vertadièra influéncia e permeton als joves de començar lo ciclisme dins de bonas condicions.

Per conclure, podèm dire que lo territòri occitan jòga un vertadièr ròtle dins lo ciclisme mondial. Lo territòri s’apièja sus tres pilars, los Alps, los Pirenèus e lo Massís Central. Es una vertadièra riquesa pel territòri occitan que deuriá èstre mesa mai endavant, a travèrs d’una visibilitat mai granda del ciclisme. Es un espòrt qu’ensaja de se promòure mas i a encara dins lo cap de mai d’una persona l’imatge de ciclistas dopats. Pensi qu’i a un vertadièr trabalh de far per los dirigents del ciclisme per melhorar l’imatge d’aquel espòrt e motivar los enfants a far de ciclisme.

 

Hugo Trocellier nasquèt en Marjarida en l’an 2000. Comencèt l’occitan en opcion al collègi fins al licèu, e après lo bachelierat anèt viure a Montpelhièr. Actualament, es en licéncia d’occitan a l’Universitat Pau Valèri de Montpelhièr amb l’objectiu de venir regent dins las escòlas bilinguas.

 

[Imatge: dendoktoor – poblejat dins http://www.jornalet.com]

La notable película de la belga Delphine Lehericey combina su potencia artística con un relato íntimo de un drama rural acontecido en medio de un desastre ambiental

Imagen de ‘El horizonte’.

Escrito por Javier Ocaña

No pocas películas han hablado de la amenaza de un cataclismo universal para relatar el fin de un mundo mucho más pequeño pero no menos relevante: el individual, el personal. Con La última ola (Peter Weir, 1977) y Take Shelter (Jeff Nichols, 2011) como posibles paradigmas, y con Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999) en una línea apocalíptica coral, esas historias estaban plagadas de bruscas granizadas en verano, de lluvias negras, de tornados, tsunamis, malos augurios y aguaceros de ranas, pero también de calamidades mentales, de hundimientos íntimos.

Siempre desde el punto de vista del crío, de su mirada esquiva, airada e incomprendida, Lehericey filma a una familia que se desploma por culpa de, simplemente, la vida: de un amor adúltero oculto, del cotilleo de las pequeñas comunidades, de la dureza del trabajo, del resquemor violento, del encuentro con el complejo sexo adolescente. El drama irrumpe con fiereza, entre gallinas que estiran la pata ahogadas por el sudor, pero contrastando con unas características formales de exultante colorido artístico: una preciosa luz de tonos amarillentos, una especialísima banda sonora de Nicolas Rabaeus, entre la electrónica, la abstracción y el rock sinfónico de la época en la que se desarrolla la historia, que otorga al mismo tiempo una atmósfera de inquietud y una claridad tonal.

Y, sin embargo, allá al fondo, hay un horizonte, físico y metafórico, que en estos días de peste real contemporánea adquiere una categoría superior. Una nueva etapa vital, la de la asunción de que la vida no es como nos la habían pintado, la de la brisa y la calma. Un desenlace que, acudiendo de nuevo a la música, pero esta vez diegética, desde dentro, y en un estilo radicalmente distinto, la directora marca con una pieza universal: la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Antonín Dvorák.

[Fuente: http://www.elpais.com]

 

Samuel Beckett

Samuel Beckett, 1964

Publicado por Marcos Pereda

John Wisden lo llaman «la pequeña maravilla». El jugador más polivalente de su época, dicen. Debuta en primera categoría con el Sussex, condado del que es natural, cuando tiene solo diecinueve años, en 1845. Después defendió los colores del Country Club de Kent y del Middlesex. Nada menos que ciento ochenta y siete partidos al más alto nivel, con un promedio superior a los diez wickets por encuentro. Todos coinciden en que es una pena su pronta retirada, a unos tiernos treinta y siete años. Por reuma, además, cosa poco dada a romances, para qué engañarnos.

Claro que John Wisden jugaba al críquet, y tampoco es la actividad más frenética que uno pueda echarse a la cara.

Si hoy nos acordamos de este Wisden es porque desde 1864 decidió lanzar anualmente su Wisden Cricketers’ Almanack. Básicamente la Biblia del críquet, para entendernos. Récords, estadísticas, resultados, reglas, algunas crónicas poco polémicas y biografías de los mejores jugadores. Actualizado año a año, hasta nuestros días. Trabajo minucioso, ya ven, un poco como contar granos de arena en la playa. Solo para aventureros, en definitiva.

Claro que, a veces, te encuentras con curiosidades. Uno tiene que rebuscar, no se crean, pero acaban apareciendo. Como la ficha de Samuel Beckett, nacido el 13 de abril de 1906 en Foxrock (Dublín), que jugó para la Dublin University y era zurdo con el bate y zurdo-medio a la hora de lanzar.

Sí, amigos, nuestro muy nihilista autor, el mago del absurdo y el humor negro (o grotesco, o visionario, depende de a quién pregunten ustedes) fue deportista de alto nivel. O lo que sean los que juegan al críquet, vaya. Y así sale en los libros. En los que no van sobre literatura, se entiende. Acompáñenos y se lo contaremos.

Ah, le advertimos que por aquí van a ir apareciendo también gigantes, gafotas, lores y un par de escritores norteamericanos dándose de hostias mientras Francis Scott Fitzgerald hace de árbitro. La vida misma.

Ese muchacho de gafas que juega al críquet

Tiene el pelo corto, de color claro. Orejas que sobresalen y ponen el rostro entre paréntesis. Ceño fruncido, ojos de mar enmarcados por unas gafas redonditas. Gorra blanca con un escudo en el centro. Cara de devolver todas las hostias que alguien (más grande, más loco) quiera darle.

Es una foto de Samuel Beckett. En el colegio, en el Portora Royal School de Enniskillen. Allí es donde empezó a jugar al críquet, y posa, orgulloso, con el uniforme del equipo. Un más que correcto competidor que seguirá volcado en este saludable pasatiempo durante su paso por el Trinity College de la universidad dublinesa. Jugará sendos partidos en los años 1925 y 1926. Ambos contra Northamptonshire, por aquello de la rivalidad. Dos derrotas, por cierto. Un total de treinta y cinco carreras en cuatro entradas. Defensor aceptable, correoso, combativo. Eso sí, en esos encuentros no consiguió ningún wicket (que, al parecer, es algo muy importante en este deporte, además del abrazable, pero a la larga nefasto ewok que encuentran Han Solo y la princesa Leia en El retorno del Jedi).

Lo cierto es que el pequeño Samuel ya tenía fama por aquel entonces. Destacaba en los deportes. Récords aquí y allá. Nadando, corriendo. En diferentes equipos. Ah, en todos destacaba por su agresividad, por su mala baba. El chico de las mejores notas era, también, el rival más fiero cuando se ponía los pantalones cortos. Toda una estrella del trash talking, de la competitividad extrema.

Por cierto, la entrada de Beckett en el Wisden Cricketers’ Almanack que citamos antes contiene un error. Las iniciales de Samuel Barclay aparecen como «S. V.», un claro ejemplo de que el manejo errático de la «b» y la «v» no es algo propio de los mileniales.

Ya ven, gana un Nobel de literatura para esto…

Beckett más allá del críquet (y la literatura)

Hay más, no se vayan a pensar. Más al margen del críquet, digo. Que, oigan, a mí eso de las pelotitas, los bates que parecen remos-de-los-de-golpe-de-remo y los uniformes blancos me parece de lo más atractivo. Frenético, incluso. Pero aquí hemos venido a jugar, ¿no? A fracasar más veces, a fracasar mejor.

Frase de deportista, esa. De las que se ponen en alguna red social después de subir los datos de tu último entrenamiento. Vean, vean, mens sana in corpore sano. En fin, da un poco de repelús, algo así como lamer un sofá con tapicería de fieltro. Ustedes me entienden. Y Samuel seguramente también, porque el tipo era un aficionado de los buenos. Le gustaba la confrontación, el contacto, ese sudor entre viril y homoerótico que se nos pone a veces mientras nos quedamos sin resuello. La palabra, la palabra es lo único que tenemos.

Beckett practicó igualmente rugby. Tiempos del College, claro. Era bueno, no se crean, titular en el equipo principal del centro. Y un aficionado furibundo del XV del Trébol. Mientras duraba el Cinco Naciones Samuel Beckett no aceptaba plan alguno para los sábados por la tarde, concentradito en el «Amhrán na bhFiann» y esas cosas. Cuenta, además, que su francofilia encontraba allí el límite natural: jamás pudo apoyar a los galos frente a la selección de su país natal. Ah, y también le dio a ratos al boxeo, que es una cosa como muy de escritor. ¿Quieren un ejemplo gratis? Aún resuenan ecos del mejor combate literario que viesen jamás los tiempos. Nada menos que un Ernest Hemingway vs. Mosley Callaghan, con Francis Scott Fitzgerald de árbitro. Fue en París, y el muy testosterónico Ernest besó la lona (en realidad la alfombra de su salón, porque aquello fue un poco improvisado) ante la mirada ausente de un Scott pelín despistado (y ebrio). Ya ven, la cosa venía de atrás.

¿Más? Natación, claro. Tenis y golf, dos clásicos si habías nacido en esas islas tan locas que hay entre Francia e Islandia. Y ver fútbol, aunque aquí no exhibiese la pasión de un Camus o un Quiroga. En fin, que estaba hecho todo un connaisseur, uno de esos muchachos sanotes que se apoltrona durante el fin de semana zapeando entre diferentes versiones de tipos congestionados con la piel brillante. Un poco como su vecino del quinto, vaya, no mire para otro lado, no…

Y después tenemos la conexión más deliciosa. Una de esas historias que hay que contar como te las cuentan, aunque sepas que igual no sucedieron exactamente así. De las de se non è vero. Tan sorprendente. Tan, sí, simbólica.

Samuel Beckett vive en Ussy-sur-Marne, un pueblecito de apenas seiscientos habitantes situado a medio centenar de kilómetros de París. Se mudó allí en 1953, después del estreno de su Esperando a Godot, y ese sitio tan aparentemente anodino será hogar hasta su muerte. En esa misma localidad moran los Roussimoff, un clan de inmigrantes (de procedencia búlgara y polaca). Boris, el cabeza de familia, tiene cierta relación con Beckett, porque ha sido él quien se encargó de buscarle los terrenos adecuados en Ussy-sur-Marne mientras el escritor estaba planeando la mudanza.

Los Roussimoff tienen cinco hijos, pero hay uno que destaca por encima de todos. Se llama André René, pero todos lo conocen como «Dedé». Un chico tímido, buen estudiante, que ama las matemáticas y los números. Y grande, muy grande. Enorme. Gigantesco. Dedé mide casi dos metros con apenas doce añitos. Un Hércules, un Maciste. Solo que aquello es un pequeño pueblo de la Île-de-France, y él únicamente un niño, así que el tema da más problemas que alegrías. Los mayores, claro, en la escuela. No hay sillas de su tamaño, tiene que escribir siempre encorvado. Hasta para ir tiene dificultades, porque su corpachón es tan grande que no entra, literalmente, en el autobús escolar. Así que todos los días camina mientras sus compañeros, esos pequeñajos, llegan cómodamente al colegio.

Cuentan que una mañana el irlandés extraño lo vio mojándose en una cuneta, avanzando a grandes zancadas con sus piernas de ogro bueno. Era el antipático invierno del norte de Francia y al recién llegado le dio pena aquel chaval. Así que, aprovechando que su coche era una especie de convertible, un Citroën 2 CV de esos que casi parecen una furgoneta, invitó al chico a subirse. Yo te llevaré a la escuela, tú eres Dedé, ¿no?, el hijo de Boris. Y el otro, apocado, sonríe. Así cada día. Para que no te mojes.

¿Y de qué hablabas allí con un futuro premio Nobel de literatura, André? ¿Del sentido último de la existencia, de la vida, de sus próximas obras?

André, ya mayor, rostro de Fezzik patilludo, rizos espesos en su pelo negro, sonreía y acababa soltando una carcajada. «De críquet. El señor Beckett solo me hablaba de críquet». Y volvía a reír.

Aquel Dedé siguió creciendo. Más, y más, y más. Hasta que un día decidió que su tamaño iba a ser su trabajo. Y entró en el negocio del wrestling. Pasó a la historia como André el Gigante, un mito de estas cosas, un generador inagotable de leyendas. Ah, también participó en La princesa prometida, sí, sí, aquella película de «Me llamo Íñigo Montoya, tú mataste», etcétera. Ya ven, un icono sentado en el coche junto a otro. A veces la realidad nos regala las mejores historias.

Sobre todo, si las decoramos un poco. Porque, aunque ustedes escuchen la versión (detalle arriba o abajo) en un montón de libros, artículos y hasta documentales sobre André el Gigante, lo cierto es que no es del todo verdad. Lo contaba, años después de su muerte, Antoine Roussimoff, el hermano de Dedé. Que en Ussy-sur-Marne no había siquiera autobús escolar, por lo que todos los niños iban caminando hasta el colegio. Apenas dos kilómetros y medio, vaya. Y que a veces algunos vecinos sí paraban sus vehículos y llevaban niños hasta allí. Beckett entre ellos, claro. Pero lo hacía con todos, depende del día, no solo con André. A mí también me llevó, recordaba Antoine, y también a mis hermanas, no había ninguna relación especial con Dedé. Solo que él mismo se encargaba de alimentar la leyenda. Porque le encantaban las historias, disfrutaba con ellas y esta era de las mejores.

Además, la imagen resultaba tan evocadora… el viejo sabio, el joven enorme y bueno. En un coche perfectamente reconocible. Hablando de críquet…

Esperando a Godot (que tarda porque viene en bicicleta)

¿Saben ustedes por qué esperamos a Godot? Pues porque llega tarde.

Parece un chiste, ese donde aparece el acto de cruzar la carretera y un cadáver de bebé (no pienso explicárselo, porque paso de que cierren esta honrada revista cultural), pero igual no lo es. Porque, pásmense, Godot existió de verdad. Y venía en bici, así que tardaba. No es broma, no.

O, al menos, no del todo. La leyenda oficial nos dice que un día Beckett estaba paseando por París (o por otra villa francesa, depende de qué versión lea usted) y se encontró con una enorme multitud apostada al borde de la acera. El irlandés, intrigado, preguntó en voz bajita. Qué hacen ustedes. Oh, estamos esperando a Godot, le contestaron, es el ciclista más veterano del Tour de Francia, y aún no viene… Queremos aplaudirle. Los hay que añaden otro punto: Godot siempre, siempre, llega el último. Así que ir a ver las carreras es, sobre todo, esperar a Godot…

Suena bien, pero tiene un pequeño problema. Que jamás existió ningún ciclista que se apellidase Godot y corriera el Tour de Francia. Agua. ¿Y algo parecido? No necesariamente con esa grafía, pero sí que suene de forma similar. Ojo, que igual tenemos aquí la respuesta.

En El centauro cartesiano (léanlo, merece mucho la pena) Hugh Kenner cuenta lo que le dijo Beckett sobre este asunto: «Un ciclista veterano, calvo, un aficionado, siempre presente en carreras de pueblo e incluso en el campeonato nacional francés. Se llamaba Christian, apellido Godeau. Lo que, por supuesto, suena muy parecido a Godot». Perfecto, tenemos a nuestro culpable: Christian Godeau. Asunto cerrado. Solo que no es tan fácil, no podía serlo con Beckett, ¿verdad?

No existe ningún Christian Godeau. Sí hay, en la misma época, un Roger Godeau. Nos vale, ¿no? Incluso era calvo, lo que nos cuadra con la descripción de Samuel. Pero este Roger nunca participó en el Tour de Francia, ni siquiera era muy conocido en las carreras de ruta. Su territorio fue la pista, los velódromos. Y aquí nos llega la última vuelta de tuerca. La más rebuscada, quizá, pero oigan… hablamos de todo un premio Nobel.

Godeau se hizo grande, adquirió fama y dinero, corriendo en el Vélodrome d’Hiver de París. El mismo que utilizaron los nazis en la tragedia conocida como la rafle. Julio de 1942. Casi veinticinco mil personas (judíos, gitanos, homosexuales, izquierdistas, disidentes varios) encerrados en aquel lugar, sin agua ni comida. Cadáveres en las esquinas, olor a mierda y podredumbre. Cada poco, trenes que salen llevándose a un puñado de ellos. En dirección a los campos de Drancy, Pithiviers o Beaune-la-Rolande, y después a Auschwitz. Eso era, también, el Vel d’Hiv. Eso, quizá, es lo que quiso esconder Beckett tras el nombre «Godot». El recuerdo. La sinrazón. Una cierta forma de existencialismo abismal y absurdo. En bicicleta, además.

Aquí estamos. Seguimos esperando.

 

[Fotografía: Getty. – fuente: http://www.jotdown.es]

Paris aposta nas duas rodas como a chave da futura mobilidade urbana. Pandemia vem acelerando construção de centenas de quilômetros de vias exclusivas, e o número de ciclistas aumentou 62% em dois anos

Dezenas de pessoas pedalam pela ciclovia da rua de Rivoli, uma das ruas mais centrais de Paris. GONZALO FUENTES/REUTERS

 

Escrito por Silvia Ayuso

A menos que caia um temporal, todas as quartas e sábados, uma dezena de futuros ciclistas pedala com mais ou menos resolução pelo campus da Cidade Universitária Internacional, no sudeste de Paris. São adultos de todas as idades determinados a aprender a montar ou a melhorar a sua técnica. E cada vez o número é maior. “Houve um boom no último ano”, disse Louis Staritzeky, que há uma década ensina a andar de bicicleta na capital francesa. Também observou uma evolução dos alunos: chegam cada vez mais pessoas que “não se sentem muito seguras na bicicleta”, mas que estão dispostas a dominá-la para fazer dela o seu meio de transporte habitual. Como Milène Jarmelus, uma mulher na casa dos 40 anos que quer trocar o bonde pela bicicleta para ir trabalhar, um conceito que até já tem uma palavra própria em francês, vélotaf, uma combinação de bicicleta (vélo) e trabalho (taf). E há outra palavra para a revolução do ciclismo em Paris: vélorrution. A prefeitura municipal construiu centenas de quilômetros de ciclovias nos últimos anos (170 quilômetros em 2020) e o resultado é espetacular: o número de pessoas que se deslocam de bicicleta aumentou 62% em dois anos. E a pandemia de coranavírus acelera essa transformação dos hábitos pessoais e da cidade.

As buzinadas e o som de freadas repentinas que chegam do périph, o cinturão periférico de 35 quilômetros que circunda o centro da capital francesa, fazem Jarmelus e os demais alunos lembrarem que estão investindo em uma alternativa saudável e ecológica ao carro poluente. Mas também que é importante dominar a bicicleta se a pessoa quiser entrar na selva que ainda continua sendo o trânsito parisiense. E isso, considerando que para quem está em duas rodas as coisas melhoraram inegavelmente nos últimos anos na Cidade das Luzes. E continuarão a melhorar.

A equipe da prefeita socialista Anne Hidalgo fixou como meta 2025 para completar sua vélorrution, como a revista L’Obs chamou as medidas, em um trocadilho entre bicicleta e revolução: criar uma densa rede de ciclovias na Paris intramuros, com conexões abundantes com a periferia, para que os pedais se tornem uma verdadeira alternativa de transporte.

Via exclusiva temporária aberta na cidade durante a pandemia, em uma imagem de maio de 2020. NurPhoto via Getty Images

Muito já foi feito, embora ainda haja muitas tarefas pendentes tanto em termos de ciclovias como de estacionamentos, algo fundamental em uma cidade onde o furto de bicicletas está na ordem do dia. “O medo de furto é o último freio para quem quer andar de bicicleta”, diz Paul Martichoux, presidente da 12.5, uma start-up que transforma vagas de garagem vazias em estacionamento de bicicletas. Desde o início do ano, também é obrigatório marcar as bicicletas novas com um “número exclusivo” —para as usadas, o regulamento entrará em vigor em julho—, de modo que sejam facilmente identificáveis em caso de furto.

A pandemia, paradoxalmente, transformou-se no melhor aliado deste ambicioso projeto que se vai impondo em uma cidade rendida durante décadas ao poluidor e barulhento tráfego convencional. “A crise foi um acelerador”, reconhece o secretário dos transportes de Paris, David Belliard.

O político, também responsável pela transformação do espaço público, está convencido de que a revolução da bicicleta já está em andamento e que é imparável. “Será feito conosco ou sem nós, porque as pessoas querem usar a bicicleta”, afirma. Ciclista há duas décadas, diz que “há muitos sinais, como a explosão da venda de bicicletas, que demonstram que algo está acontecendo”. Entre 2018 e 2019, o uso de bicicletas em Paris aumentou 49%. Apesar dos confinamentos da pandemia, entre 2019 e 2020 o uso continuou crescendo mais 13%, segundo a prefeitura.

O crescimento na opção por bicicletas na pandemia pode ser um fenômeno mundial. A cidade de São Paulo, por exemplo, teve um aumento de 66% nas vendas de bicicleta em 2020 em relação a 2019, de acordo com a Associação Brasileira do Setor de Bicicletas (Aliança Bike) —no país, a alta foi de 50%. Como mostra reportagem do G1, que revelou os números, especialistas e ciclistas apontam que a diminuição do trânsito com as medidas de restrição pode ter deixado os moradores mais seguros para andarem nas ruas de bicicleta, que também se tornou uma forma de evitar a aglomeração no transporte público e de praticar atividade física com distanciamento.

Em Paris, o Vélib, o serviço municipal de aluguel de bicicletas urbanas, atingiu em setembro do ano passado os 400.000 usuários. O Vélib, que permite alugar por seis meses uma bicicleta elétrica para os que têm dúvidas em comprar uma própria —para o que Paris dá ajudas de até 500 euros (3.400 reais)—, tinha na mesma data 13.000 auxiliados. Até os supermercados estão lançando a entrega em domicílio de bicicleta e as oficinas de conserto não dão conta do trabalho, principalmente desde o lançamento no ano passado de um programa nacional de 50 euros (340 reais) de ajuda para reparar velhas bicicletas. Um número menos positivo, mas que também demonstra o boom dos pedais é o aumento de 36% dos acidentes de bicicleta: em 2020, 919 ciclistas ficaram feridos com 8 mortos em Paris, contra 680 em 2019 (quatro deles mortos).

Um ciclista pedala pelo bairro de Trocadero, perto da Torre Eiffel, em Paris. FRANCK FIFE/AFP

Há dois momentos essenciais na vélorrution parisiense. O primeiro foi a longa greve do transporte público em dezembro de 2019. Os protestos pela reforma das aposentadorias do presidente, Emmanuel Macron, paralisaram o metrô e os ônibus da capital durante mais de 40 dias. Nesse momento começaram a encher —e até a ficar estreitas— as ciclovias recém-ampliadas meses antes, pelas eleições municipais de 2020 em que Hidalgo foi reeleita. Depois veio a pandemia e o medo de usar um transporte público lotado.

Ao final do primeiro confinamento, em maio de 2020, os parisienses descobriram as coronapistas, vias exclusivas temporárias que ampliavam enormemente o espaço às bicicletas em uma cidade onde circular pedalando continua sendo, frequentemente, um esporte de risco. Atualmente são 170 quilômetros na capital e seus arredores, marcados com sinalizações temporárias, mas que a equipe de Hidalgo pretende tornar permanentes. Além disso, há planos para criar uma rede de mais de 600 quilômetros de ciclovias na região parisiense. Até mesmo o Governo central apoia a transição às duas rodas em Paris e no restante da França: o primeiro-ministro, Jean Castex, prometeu no verão passado um “plano de bicicleta muito ambicioso”. Em janeiro, foram acrescentados mais cem milhões de euros (678 milhões de reais) aos 350 milhões (2,3 bilhões de reais) previstos no plano inicial, apresentado em 2018, e que tem como objetivo fazer com que até 2024 9% dos deslocamentos no país sejam feitos de bicicleta (contra os 3% atuais).

Um caminho complicado

O caminho não tem sido fácil. Hidalgo chegou à prefeitura com o objetivo de reduzir o tráfego de veículos a motor, mas suas medidas encontraram uma forte oposição: como transformar em espaços para pedestres as margens do Sena antes dedicadas ao trânsito, que acabou nos tribunais. “Há 20 e até 30 anos estamos em uma batalha contra os carros, e cada vez há oposições extremamente fortes que se acabam por apagar, porque percebem, por exemplo, que as áreas de pedestres não matam o comércio; justamente o contrário”, diz Belliard.

Com as bicicletas não está sendo mais simples. O historiador Frédéric Héran, autor de Retour de la byciclette (O retorno da bicicleta), lembrou na L’Obs que na França, que tem uma indústria automobilística importante, “os industriais conseguiram convencer os franceses de que a bicicleta era algo reservado ao lazer e ao esporte”. Isso se junta à limitação do espaço de circulação provocado pelas coronapistas. Até hoje, muitos motoristas se lembram de todos os antepassados da prefeita e sua equipe quando se formam formidáveis congestionamentos nas entradas e saídas da cidade, onde os carros viram como seu espaço fica reduzido às vezes somente a uma pista, para favorecer os ônibus, que têm uma própria, e as bicicletas, que ganham outra. Será preciso fazer alguns ajustes, reconhecem os responsáveis, mas não há volta atrás.

“Não fazemos uma política de promover as bicicletas porque adoramos andar de bicicleta, e sim porque temos um problema importante de mudança climática e de crise sanitária: coronavírus e poluição, tudo é um pacote e um contexto que nos exige usar modos de mobilidade menos poluidores e que nos permitam reconquistar o espaço, tirar concreto e colocar mais natureza”, diz Belliard.

[Fonte: http://www.elpais.com]

 

 

Nico en 1984

Publicado por Ignacio Julià

I

«Ya no volveré a acostarme con judíos», soltó con infinita displicencia la rubia Nico al entrar Lou Reed en la Factory —estudio y razón social del artista pop Andy Warhol— dispuesto a ensayar junto a ella y The Velvet Underground. Lou la había saludado con un «hola»; ella, como solía, tardó unos infinitamente dilatados segundos de silencio en soltar su carga de profundidad. Así pasaba página, una vez más, en una larga lista de amantes que, hasta la fecha, 1966, había incluido a John CaleBob DylanBrian Jones o Alain Delon, de quien tuvo un hijo nunca reconocido, y continuaría en el futuro con Jim MorrisonLeonard CohenIggy Pop, a quien enseñó la práctica del cunilingo, y su alma gemela durante años, el cineasta Philippe Garrel. Era de la opinión de que, al llegar a un lugar, basta conocer a algunos miembros ilustres para conquistarlo.

Christa Päffgen (Colonia, 1938) quedó huérfana al morir su padre en un campo de concentración. El final de la guerra la contempla junto a su madre en el sector estadounidense de Berlín. Llamada a ser modelo por su esbelto físico —un metro setenta y ocho centímetros de altivez— y su rostro cincelado en mármol teutón, en un viaje de trabajo a Ibiza, el fotógrafo contratado la bautizará Nico, por un hombre del que está perdidamente enamorado. En España será inmortalizada por el fotógrafo Leopoldo Pomés y aparecerá en la publicidad del brandi jerezano Terry. Antes había debutado en el cine italiano, formando parte en 1960 del elenco coral de La dolce vita de Fellini. Tres años después rueda en París Strip-Tease, curiosa inmersión en la vida bohemia con música de Serge Gainsbourg y Juliette Gréco.

En 1965, graba en Londres su primer single, auspiciado por el mánager de los Rolling StonesAndrew Loog Oldham, que pasa sin pena ni gloria. No importa, ella ya está volando rumbo a Nueva York, donde Andy Warhol, a quien ha conocido en París, insistirá, para fastidio del cuarteto, en que sea la vocalista de los Velvets. Apadrinados por Warhol, Lou Reed y John Cale, deben aceptarla en el seno del grupo, aunque insistirán en mofarse de su profunda voz y su germánica pronunciación, haciéndole todas las trastadas posibles —desconectarle el micrófono, por ejemplo— durante las sesiones de grabación o en las actuaciones del espectáculo multimedia ideado por Warhol, el estroboscópico The Exploding Plastic Inevitable. Ella no se inmuta y su presencia dará un toque de chic glacial a uno de los clásicos de la música pop, The Velvet Underground & Nico, publicado en 1967.

Con Warhol forma una sólida pareja, inefable en la sesión fotográfica en la que ella es Batman y él Robin. Congenian al verse reflejados el uno en el otro: ambos acarrean un aura que camufla a la persona real, ambos se expresan en su propia e intransferible jerga, repleta de brillantes obviedades, frívolos embustes. Aparece en sus filmes, especialmente en Chelsea Girls (1966), y al despedir los Velvets a su vocalista invitada —cuya voz había sido comparada a «un ordenador IBM con el acento de la Garbo»— ella inicia carrera en solitario actuando acompañada a la guitarra, según la noche, por Lou Reed, Sterling MorrisonTim Buckley o un jovencísimo Jackson Browne. El anuncio en el semanario Village Voice promete: «La diosa lunar celebra ceremonias nocturnas en el club Steve Paul’s Scene».

Un primer álbum, Chelsea Girl (1967), distorsiona la inflexible personalidad de la nombrada Miss Pop 1966, vistiéndola como cualquier otra cantautora de la época, con trasfondo orquestal. Poco después hace el descubrimiento musical de su vida al comprarle a un hippy un órgano hindú —no un armonio, como siempre repetía— y plasmar en él sus primeras canciones. Aconsejada por el propagador del free jazz Ornette Coleman, quien le explica los manejos de su sistema «harmelodics», Nico invierte la convención del teclado —los graves se pulsan a la izquierda, la melodía a la derecha—, y al hacerlo da con un sonido ululante, hierático, lúgubre, sexy por omisión. Decía ella del trasto, activado con un pedal, que era como una orquesta.

En septiembre de 1968, un nuevo contrato con el sello Elektra, hogar de folkies e inclasificables, envía a Los Ángeles a Nico y a John Cale, arreglista y único instrumentista junto a la impávida nibelunga en unas sesiones plagadas por la heroína. Cale levanta un decorado tridimensional hecho de viola eléctrica, piano, bajo, guitarra o glockenspiel alrededor de la voz y el solemne instrumento. La transmutación de una vida intoxicada a una inédita y singular expresión artística hace de The Marble Index, álbum que ella comparaba a una película sin imágenes, una experiencia única. Nos recuerda también que jamás revisitará tan altas cotas y se irá perdiendo en la indigna existencia de la heroína. «Tenía esa capacidad para crear drama allí donde fuera —ha explicado Cale—. Convirtió su vida en un escenario. Era algo instintivo, parte de ella misma, pero podía hacer de ello una ventaja. Su verdadero talento fue, sin duda, la determinación».

Sin esa tozuda defensa de la propia enajenación, del yo impermeable al mundo exterior, no se manifiestan obras como The Marble Index, que invito encarecidamente al lector a descubrir o revisitar. Si se supera la gélida antesala que es «Lawns of Dawns», uno se ve arrastrado a una dimensión de absortos paisajes, belleza fantasmal y ecos de una distópica calamidad. En esa otra dimensión, que es la de una artista comprometida únicamente con su instinto poético, se vislumbran las rojizas llanuras sin vida de Marte o la agónica Alemania bombardeada hasta la ruina total, viéndose uno atrapado en angustioso tormento o elevado a una inédita percepción sensorial. «No One Is There» y su candor trovadoresco, la maternal «Ari’s Song», dedicada a su hijo, «Facing the Wind» y su inmersión en la nada mas absoluta, el perfil histórico sui generis «Julius Caesar (Memento Hodie)» y la inolvidable «Frozen Warnings» transcurren con cadencias ajenas al tiempo real, conduciéndonos hacia una chirriante conclusión, la sobrecogedora «Evening of Light».

II

«Yo era la única hippy en el grupo. Visto una túnica y llevo un fular alrededor del cuello: fui la primera y soy la última hippy», me dijo Nico —que en los sesenta aborrecía a los hippies— en agosto de 1978, a su paso por Barcelona para actuar en el histórico festival Canet Rock, donde fue echada del escenario por celebrar una de sus «misas rock», como bromeaban sus detractores. Descendió llorosa y se encerró en su caravana a meterse un pico. Era la Nico yonqui que atravesaría los años ochenta en una brumosa odisea de cambalaches en busca de la próxima dosis y ensimismadas grabaciones, viviendo más del mito que de una música obviamente minoritaria.

Noches antes habíamos cenado juntos, con su pareja Philippe Garrel, en los alrededores de la Plaça Reial, en una de cuyas pensiones se habían instalado. Y, aunque al principio se mostró distante, de una impostada frialdad acorde con la leyenda, a la que empecé a mentar a Lou Reed y mostré mi entusiasmo de fan veinteañero por los Velvets, su vidriosa mirada se iluminó y brotaron mil y una historias sobre los plateados días neoyorquinos. Recuerdo que, mientras paseábamos hacia las Ramblas tras habernos tomado unas copas, sacó del bolso una pequeña fotografía en blanco y negro de sus días con Warhol y la banda, uno de aquellos severos retratos grupales que, en una época que ni siquiera imaginaba la actual saturación icónica de lo virtual, tuvieron tanto impacto en la conciencia colectiva del rock como las canciones.

Nico había conocido a Garrel, hijo del afamado actor Maurice Garrel, en París, cuando este iniciaba una trayectoria como cineasta inclasificable que sigue activa. Lo llevó a Nueva York y le presentó a Warhol, que visionó enmudecido su película El lecho de la virgen (1970). De regreso en París, no solo comparten una vida de austeridad bohemia y marginalidad artística, se hunden abrazados en los abismos de la heroína. Recuerdo haber visitado a Garrel en París para entrevistarlo, un año antes de su visita barcelonesa, y quedar pasmado por la miseria que presidía su señorial domicilio, que imaginé decimonónica propiedad familiar legada al hijo pródigo. Totalmente vacío y de amplísimas estancias, en el centro de un salón se erguía un montículo de cenizas producto de alguna fogata donde habían crepitado restos del mobiliario para combatir el inclemente invierno parisino.

En la habitación de Nico, ausente en aquel momento, había solo un catre y un viejo colchón, una caja a modo de mesita de noche con un cirio y, en la pared, el título de una película de Philippe, L’enfant secret (1979). «Las velas convierten la luz en estrellas», afirma ella, citada por Richard Witts en la biografía Nico: The Life and Times of an Icon (1993). «Toda habitación es un universo. Desde él veo el mundo a distancia, microscópico. Las velas son mis estrellas».

En Europa había grabado otro álbum supervisado por Cale, Desertshore (1970), cuya portada muestra una imagen de la más deslumbrante película de Garrel, La cicatriz interior, una serie de hipnóticos, dramáticos retablos en movimiento, planos secuencia rodados en exteriores de Islandia, Egipto y Nuevo México. Los arreglos y la producción de Cale conjuran aspereza y ternura en «Janitor of Lunacy» —inspirada en Brian Jones—, la siniestra y lacerada por la viola «Abschied», o en «Afraid», versionada por Antony en sus conciertos, reflejando asimismo los lazos familiares rotos en «My Only Child» —su amado Ari, que es ya la viva imagen de un joven Delon— y la añoranza materna en «Mutterlein». La medieval «All That Is My Own» cerraba un álbum quizás más accesible, igualmente estremecedor. Tras haberse ganado la vida como modelo, actriz y cantante, Nico deviene creadora insobornable, habitante de mundos que solo ella transita, fuera de su época o de cualquier otra. Una elegía por los vencidos años sesenta.

«Siempre eres lo que es tu arte, ni siquiera vale la pena discutir la faceta personal», me espetó durante nuestra charla. Hoy la frase suena a excusa perfecta para lo que vino a continuación, en los años ochenta: su destierro al Manchester posindustrial retratado por Joy Division, donde es acogida como madrina gótica y suprema oficiante de la liturgia de la hipodérmica y los opiáceos. Allí, la respaldarán en sus actuaciones y giras jóvenes músicos; llegan intimidados por la leyenda, pronto padecen la incomunicación con la diva, que olvida letras y orden del repertorio. Ella habita su leyenda apócrifa, adulada por figuras clónicas que la siguen a todas partes, le remiten luctuosos poemas y hacen murmurantes llamadas de madrugada.

De esta época son sus dos últimas obras reseñables. El proyecto iniciado como antología de héroes históricos, Drama of Exile (1981), incluye los temas «Gengis Khan» o «Henry Hudson», siguiendo la idea original, pero también las memorables «One More Chance» o «Sixty-Forty», además de versiones de Lou Reed («I’m Waiting for the Man») y David Bowie («Heroes», por supuesto). Camera Obscura (1983), última grabación con John Cale —a quien no perdonó las mezclas del álbum The End (1973), donde grabó el tema homónimo de The Doors y epató cantando el infame himno «Deutschland über Alles»—, abre las ventanas a un universo sonoro en que Nico parece invitada más que protagonista. Resaltan en su última declaración «My Heart Is Empty», «Das Lied vom einsamen Mädchen» o una afín versión de «My Funny Valentine», clásica balada que parece compuesta en diferido pensando en ella.

III

«Nunca miró atrás», me dijo John Cale, sentado a la mesa de un restaurante italiano en el Village, en el verano de 1988. «“Disfruta de tu hija, John, la vida sigue”, me decía… Una persona asombrosa. Alguien que era mandona y a la vez una señora. Debería haber dejado la bicicleta. No sales a pasear en bici bajo el sol de una tarde de verano en Ibiza, ¿verdad? Especialmente envuelta en esos ropajes tan ajustados». Nico había fallecido semanas antes en Ibiza —a donde había ido para tratar de estabilizar la recuperada relación con su hijo Ari— al sufrir un ictus mientras pedaleaba desde la casa que había alquilado rumbo a la ciudad para pillar marihuana. Llevada por un taxista al único hospital que aceptó ingresarla pese a ser extranjera, se le diagnosticó una simple insolación. Murió al día siguiente, desatendida. Contaba cuarenta y nueve años.

Se iba una mujer irrepetible, un ser sin verdaderos amigos, egoísta y al tiempo víctima de egoísmos ajenos, un espíritu fascinado por las tinieblas y la muerte, un lienzo en blanco en quien Warhol, Reed o Garrel proyectaron sus deseos e invenciones, una madre que —dicen— calmaba a su bebé con heroína y le inyectó su primera dosis a los veintidós años. Arquetípico producto de su época, atraída por la brujería del mismo modo que le atraían The Anarchist Cookbook o el Kama Sutra, fue la arquetípica «progre» ataviada con túnica y botas, en el sentido bohemio más que político, pues por sus intempestivas declaraciones la acusaron de filonazi, racista y antisemita. «Soy una nazi secreta —me dijo—. Porque mi padre nunca aprendió a ser un nazi y quise saber cómo era serlo».

Nico jamás se plegó a las convenciones sociales ni a las expectativas ajenas, hasta el punto de que no abrió una cuenta corriente hasta un año antes de su muerte, quizás para recuperar totalmente al hijo abandonado, a quien habían criado los abuelos paternos. Una artista, en definitiva, que —parafraseando a Warhol— siempre que veía aproximarse el éxito se iba por la tangente ofreciendo su más siniestra o árida visión artística. Heredera de Edgar Allan Poe o Lord Tennyson y admiradora de Lenny Bruce; oyente de Stravinski y Carl Orff, más que de Lennon y McCartney. Solía decir que los años setenta no habían ocurrido, que los sesenta saltaron directamente a los ochenta. Cosas de la toxicomanía, también de la idiosincrasia.

«No sé si estaba tomando algo —respondió Cale a mi pregunta—. Creo que intentaba dejarlo. Pero yo no estaba cerca cuando aparecía el terror, ya sabes. Había estado junto a ella cuando de repente la situación se desbocaba. Si las cosas se ponían feas, temía no recuperarse. Cuando empezaban a derrumbarse las paredes, se enfurecía con cualquiera que estuviese cerca. Tenías que andarte con cuidado».

La hermosa criatura que detestaba el cuerpo y el rostro adjudicados por la naturaleza mentía más que hablaba, siempre engrandeciendo su pasado, sus flirteos con figuras mitológicas. Dylan escribió «I’ll Keep It with Mine» para ella y Jim Morrison la animó a crear letras a partir de sus sueños. «Nos complementamos, tenemos mucho en común musicalmente hablando. Es el que más me influyó», me confesó. Lou Reed le cedió «I’ll Be Your Mirror», «Femme Fatale» y la majestuosa «All Tomorrow’s Parties», tonadas por la que se la recordará, aunque ninguna tratase de ella sino de otras mujeres en la estela warholiana. Kevin Ayers, otro que desperdició su genio, le dedicó una canción. La tituló «Decadence». Sabía de lo que hablaba.

«La razón por la que todavía no me he pegado un tiro es porque sé que soy única», alardeaba en 1978. Diez años después ya solo era una figura trágica. Esa voz grave, monótona, sepulcral, y aun así frágil. Un espectro de otro mundo que pasó brevemente por el nuestro.

 

 

[Foto: Getty – fuente: http://www.jotdown.es]

Escrit per Enric H. March

Gino Bartali

Mentre el Mundial de Futbol deixa anar el darrer alè pels camps brasilers, la serp multicolor, els esforçats de la ruta, vetllen les migdiades de centenars de milers d’afeccionats al ciclisme que esperen, any rere any, que el Tour de França els regali un heroi. Així com el rugbi és el triomf de l’esforç col·lectiu, el ciclisme ho és de les gestes individuals: les escapades quilomètriques, els esprints, el triomf agònic de l’alta muntanya, els descensos on hi deixen la vida… El ciclisme és l’únic esport on els herois encara són possibles. Bartali, un dels mites italians d’aquest esport, n’és un exemple dins i fora de la competició, quan el feixisme i el nazisme controlaven les carreteres i les vides de mitja Europa.

Gino Bartali (1914-2000) va ser un dels mites del ciclisme i de l’esport italià durant tres dècades. Va guanyar tres Giros (1936, 1937 i 1940) i dos Tours, el del 1938 i el del 1948, amb set etapes, 10 anys més tard i amb la Guerra Mundial enmig. Catòlic i, diuen, que de dretes, Mussolini el va convertir en estendard del Partit Feixista.

El seu gran rival va ser Fausto Coppi (1919-1961), guanyador de cinc Giros (1940, 1947, 1949, 1952 i 1953), dos Tours (1949 i 1952) i un Mundial (1953). Agnòstic i, diuen, que d’esquerres, va ser el rostre esportiu del Partit Comunista. La sempre dividida Itàlia va convertir els dos ciclistes en icones de les seves desavinences, i la rivalitat de Coppi i Bartali va adquirir ressons polítics. Però aquests enfrontaments a la carretera i a la cosmogonia italiana tenien també un caràcter personal que les llegendes atribueixen a qüestions de faldilles, i on sembla que hi estaven implicades les dones dels dos esportistes. Coppi tenia llarga experiència buscant caliu en llits aliens. Aquesta rivalitat va durar fins el Tour de 1952, en què una ampolla d’aigua va unir les mans dels dos ciclistes pujant el Galibier. La fotografia va quedar per a la història, sense que ningú es posi d’acord sobre qui va calmar la set de qui.

Bartali i Coppi, 1952.

Bartali i Coppi, 1952

Els mites, tal i com ens arriben, poc tenen a veure amb la realitat; i la realitat poc té a veure amb el que percebem o ens fan percebre. Per les raons que siguin, el Coppi d’esquerres no va saber imposar el seu esperit i va acabar lluitant per la Itàlia feixista a Àfrica, allistat a la Divisione Ravenna, on va ser fet presoner pels anglesos i alliberat el 1945. Però això no li van tenir en compte els seus seguidors dels anys 50 ni el PCI de Togliatti (sabrem mai si va estar implicat en l’assassinat de Nin?).

I d’altra banda, el Bartali que els catòlics havien convertit en estampeta de culte amagava un secret que no va sortir a la llum fins que el 2003 els fills de Giorgio Nissim, activista antifeixista d’origen jueu, lluitador per als drets dels infants i delegat del DELASEM (Delegazione per l’Assistenza degli Emigranti Ebrei), van descobrir en els diaris del seu pare que Bartali utilitzava la seva bicicleta per fer de correu clandestí.

Ningú s’imaginava que en aquells anys foscos Bartali, un dels símbols del Partit Feixista de Mussolini, era en realitat un dels personatges clau d’una organització dedicada a salvar la vida dels jueus italians que havien de ser deportats als camps d’extermini nazis. En plena guerra, Gino Bartali seguia entrenant per les carreteres de la Toscana o d’Úmbria. Ningú podia suposar que en el quadre de la bicicleta o sota el seu seient transportava documents i passaports.

Bartali no despertava sospites tot i que la guerra impedia qualsevol competició i resultava estrany veure algú entrenant en aquell ambient. Corria amb roba on es podia llegir el seu nom, la qual cosa li permetia recórrer quilòmetres rebent les salutacions efusives dels soldats italians, per a qui era un autèntic ídol. I quan una patrulla alemanya el detenia la resposta era senzilla: “Segueixo treballant per a les carreres que vinguin després”. I el deixaven marxar. Els exèrcits s’havien acostumat a veure passar Bartali d’un costat a un altre amb la seva bicicleta, pujant i baixant muntanyes, canviant contínuament de ruta. Era el correu perfecte.

La xarxa organitzada per Giorgio Nissim, amb la col·laboració dels partisans i d’alguns monestirs, es dedicava a elaborar els passaports destinats a salvar la vida de centenars de jueus, i Bartali els transportava jugant-se la vida en aquells viatges per carreteres que coneixia com ningú. Durant 1943 i 1944 el corredor toscà, el “monjo” Bartali (com era conegut després de salvar miraculosament la vida en un accident de bicicleta), es va dedicar a aquesta missió sense que ningú el descobrís.

Bartali, llegenda del ciclisme de muntanya.

Bartali, llegenda del ciclisme de muntanya

Va acabar la guerra i aquells entrenaments quilomètrics encara li van valer per a la seva carrera esportiva perquè amb 32 anys va poder guanyar un altre cop el Giro (1946) i el 1948, amb 34, el Tour de França en una demostració colossal a la muntanya i imposant-se en set etapes d’aquella edició. Era el premi que es mereixia aquell home que va salvar la vida de 800 jueus jugant-se la seva.

 

[Font: http://www.mozaika.es]

El escritor chileno Rafael Gumucio publica La piel del mundo, una serie de lúcidas y originales crónicas citadinas en Nueva York, Puerto Príncipe, Madrid y Barcelona.

Escrito por MANUEL ÁLVAREZ

Qué: libro (Random House)

Si hay algo que Rafael Gumucio sabe hacer bien es escribir no ficción, incluso hasta cuando hace ficción, como lo fue su última e hilarante novela: El galán imperfecto. Ahora, con el aval que le da el género de la crónica, Gumucio vuelve a ponerse en el centro, con sus reflexiones y, sobre todo, con su mirada como protagonista. Porque ese es el gran logro de La piel del mundo, que nosotros, lectores, veamos a través de Gumucio.

El libro entonces muestra la mirada de un cronista certero, que, como buen turista («el turista se equivoca mucho menos que el viajero sobre la naturaleza de las cosas que visita», dirá), mira con detalle la ciudad que visita. Pero no solo a la ciudad y a sus habitantes, también viajando, de esto se da cuenta el cronista, uno se conoce más a uno mismo.

Es, a su vez, el libro de un extranjero (¿no es un escritor un extranjero?) que busca mimetizarse en los lugares que le toca vivir (sea Estados Unidos, Haití o España), por más que esos años, que ese tiempo que le toca vivir afuera, como un inmigrante, no sea tan extenso. Quizás en esa fragmentación, en esas bocanadas de aire para el escritor en las que intenta aprender inglés, ser rico en un pueblo pobre o triunfar con la escritura, está la clave de la narración.

Al final, a modo de epílogo, Gumucio narra su estadía en la Nueva York pandémica de 2020, colapsada por un virus que él al principio desestimó, en donde por un accidente en la bicicleta en los Hamptons, en el que se rompe ambas muñecas, termina en un hospital saturado por pacientes de Covid. Lo que se dice un correlato.

La piel del mundo es un libro ingenioso que permite conocer la piel de un escritor, es decir, su singularidad.

Rafael Gumucio (Santiago de Chile, 1970) es escritor y guionista. Ha publicado el libro de relatos Invierno en la torre (1995) y la autobiografía Memorias prematuras (1999). A su vez, publicó las novelas Comedia nupcial (2002), La deuda (2009), Milagro en Haití (2015) y El galán (2018).

Rafael Gumucio La piel del mundo

 

[Foto: Andrés Figueroa – fuente: http://www.zonadeobras.com]

 

Gino Bartali

Orson Welles y Gino Bartali, 1950. Fotografía: Corbis

Publicado por Marcos Pereda

Risultato

El hombre que mira por la ventana aquel 14 de julio de 1948 se siente viejo. Tiene solo treinta y tres años, cumplirá treinta y cuatro en unos días, pero le pesan demasiadas cosas. Allí, en la habitación 112 del Hotel Carlton, Cannes, Gino Bartali nota que su tiempo ha pasado. Quedó atrás, se lo llevó la guerra. Como su hermano, como su hijo recién nacido.

Como los recuerdos.

Llueve más allá de los cristales. Mañana es la etapa reina del Tour de Francia. Pero ya nada importa. Quizá una pequeña victoria, un tributo menor. Va Gino séptimo de la general, a más de veinte minutos del líder. Louison Bobet, tan joven, tan sonriente, tan moderno. A su lado el transalpino parece un incunable que se puede romper si no lo tratas con delicadeza.

Entonces, una llamada. Monsieur Bartali, teléfono. Y la historia cambia. Está cambiando.

Gino, soy Alcide.

Sucede a setecientos kilómetros al sur de Cannes. En Roma. Hace calor en la ciudad del papa y las mamme. Dentro de la Cámara de los Diputados la sensación es directamente asfixiante. Sudor y gritos. Violencia soterrada. Se discute sobre las (muchas) armas que aún hay en las casas después de la Segunda Guerra Mundial. Ánimos encrespados, insultos. Las once y media de la mañana. Un descanso.

Palmiro Togliatti mete un dedo entre su brillante piel y el almidonado cuello de la camisa. Tiene irritada la garganta, erizados los nervios. Togliatti es el líder del Partido Comunista Italiano, el más potente de toda Europa occidental. Algunos piensan que será hegemónico dentro de no mucho. Togliatti es carismático, socarrón, un punto de intelligentsia atractiva. Pero ahora, sobre todo, está cansado. Agotado. Salgamos a tomar el aire, le dice a su correligionaria Nilde Jotti (secreta amante… o no tan secreta, que esto es Roma, amigos). Es más, comamos un helado, uno de Giolitti, sí, me encantan, de pistacchio, por favor. Apenas cien metros separan al Palazzo Montecitorio de la que, dicen, es la más antigua heladería de Roma. Togliatti jamás recorrerá esa distancia. Un joven llamado Antonio Pallante descarga cuatro tiros sobre su cuerpo. Pallante lleva un ejemplar de Mein Kampf en su mochila. Togliatti empieza a desangrarse en el suelo.

Gino, soy yo, Alcide.

Toda Italia queda conmocionada por la noticia. Y algunos se organizan. Las heridas de la Segunda Guerra Mundial (que en la Bota también fue guerra civil), los excesos del fascismo… tan cerca las historias. Una sola chispa y el país explota. Arden las sedes de los principales partidos, las cárceles abren milagrosamente sus puertas, los mineros de Abbadia San Salvatore cortan las comunicaciones, en Pisa un fascista (camisa negra, pelo de brillantina) dispara a caballo sobre la muchedumbre. El caos. Tan cerca del final. Y Alcide hace la llamada.

Alcide es Alcide de Gasperi, un democristiano presidente del Consejo de Ministros de Italia. Y llama a Gino Bartali. Su amigo. Pero (solo) un ciclista. Y le pide, por favor, que haga algo. Mañana, después de la jornada de descanso. Algo. Gino, ¿podrías ganar el Tour? Eso seguro que calma los ánimos. Sí, ya sabes, los éxitos, las fiestas. ¿Lo harás, Gino? ¿Ganarás por la paz de Italia? Jamás sobre los hombros de un deportista se depositó tal responsabilidad. Y Bartali, ontología del héroe, acepta.

Esto cuenta la leyenda, que es tanto como decir la verdad que todos creen. La popular, pues. Hay quienes niegan la llamada. Es el caso del historiador británico John Foot. ¿Cómo habría de gastar Alcide de Gasperi sus comunicaciones, su tiempo, en algo tan aparentemente naif? No, es una construcción posterior, una narrativa ideal que se fue articulando a lo largo de los años, mientras se buscaba un modelo de «hombre bueno católico» para enorgullecerse. Italia, el país de las historias. La patria de todos los mitos.

Hubiera o no llamada, Gino Bartali se comportó como si el destino de todos pesara en sus piernas. Y emprendió un milagro. El hombre cansado volvió a ser joven, Europa tornó a tiempos antes de Torch, antes de Weserübung. No hay Auschwitz, no hay Cassino. Bartali vuela, devora las pendientes de la trilogía clásica alpina (Allos, Vars, Izoard) en un día inolvidable. En mitad de una tormenta alucinante, en un julio dibujado por el mismo Doré. Y las imágenes, los iconos. El Bartali furioso que desfallece cerca de la cima del Izoard, en plena Casse Déserte. La temida pájara que va a echar por tierra el esfuerzo de todo el día. Y entonces una figura que aparece en mitad de la cellisca. Que le ofrece un plátano para calmar su hambre infinita. Vestida de negro. Extemporánea.

A más de dos mil metros de altitud Gino Bartali recibe fruta de un sacerdote católico.

Al final del descenso, en Briançon, Bartali gana la etapa. Por los altavoces suena Tosca, de Puccini. Se impondrá también en las dos siguientes (ambas con una meteorología de Asgard que regala estampas de ciclistas desprovistos de la razón, agrediendo a espectadores o acunando a invisibles niños en una cuneta helada) y conquistará el Tour de Francia. Como si fuera importante.

No, lo trascendental ya ha ocurrido. Porque ese 15 de julio de 1948 Italia se consume entre gritos. Pero son de alborozo por la victoria de Gino, del viejo Gino, de Ginettaccio. Todos, camisas rojas y negras por igual, celebran la resurrección del héroe añejo. Lo que parecía un conflicto abierto queda en nada. Nos lo dice la leyenda, la misma que hace palidecer (avergonzada, tímida) la realidad. Gino Bartali ha salvado cientos de vidas. Una vez más. Si ellos supieran, piensa Gino.

Si ellos supieran.

(Ah, Togliatti se recuperó del atentado y siguió liderando el Partido Comunista Italiano hasta 1964).

Approccio

Hubo un tiempo en el cual el Viejo Gino era, solamente, Gino Bartali. Un joven ilusionado, un ciclista con todo el futuro por delante. Seguramente el mejor que nadie había visto hasta entonces, seguramente el llamado a amasar un palmarés jamás soñado. Imbatible cuesta arriba, duro como el pedernal, con una capacidad agonística inigualable. El hombre que todo lo puede.

L’uomo di ferro.

Y dime, Gino, ¿de dónde sacas esa fuerza?

De la Virgen. Ella es misericordiosa, ella me bendice cada mañana, ella hace que no me lastime en la carretera, que la batalla contra mis rivales sea en buena lid, limpia y deportiva. La Virgen me guía.

Sí, Gino Bartali hace gala de sus creencias. Va a misa, habla de Dios en todos sus discursos, agradece a la Madre, al sacerdote de su parroquia. Muchos, en Italia, lo ven como la voz de tantos. Otros miran con recelo. Tiempo de fascismo, de simbología pagana, de hombres nuevos, confianza en el futuro, motores, bombas y aviones. A Mussolini no le agradan todas esas menciones a la Virgen. Demasiado afeminado, dice. Un buen fascista gana por sí mismo, porque es el más perfecto de los seres, no porque reciba ayuda externa. Y encima ciclista, que esos sí que son maricones, con los pantaloncitos ajustados, con la maglia rosa del Giro, que hay que ser poco macho para distinguir al mejor de algo con una prenda de ese color. No, al duce no le agradaba la bicicleta. Él prefería el boxeo, el fútbol, la lucha. Epítome de virilidad, vaya.

Solo que…

Solo que Gino Bartali gana. Su fama va creciendo, se ha convertido en uno de los rostros de esa Italia cada vez más aislada. Uno de esos que se podían pasear por el extranjero, porque era exitoso, porque era amable. Así que Mussolini traga. Si Bartali hace continuas referencias a su hermano Giulio (también ciclista, fallecido solo nueve días después de que Gino ganase su primer Giro) «que me guía desde el cielo»… bueno, pues se mira a otro lado. Al fin y al cabo, hace flamear la bandera del país en las competiciones más importantes, ¿no?

En Francia, por ejemplo. Porque el fascio quería domeñar a los galos. Deportivamente, al menos, lo demás ya se irá viendo, que somos jóvenes y tenemos todo el futuro por delante. Así que el plan está claro. Mandemos a este tipo irreductible, a este competidor sobrehumano, al Tour. Y allí, con los mejores medios, que demuestre cuál es la cima de la civilización occidental. Nosotros. Cazzo.

La primera intentona se produce en 1937, y marcha a las mil maravillas. Gino Bartali deja a todo el mundo boquiabierto en el Galibier, el viejo puerto, el preferido de Desgrange. Allí, camino de Grenoble, sentencia la carrera con una exhibición legendaria. «Bartali nunca podrá ser alcanzado», publica L’Auto, el periódico organizador de la carrera.

Solo veinticuatro horas más tarde los ciclistas descienden vertiginosamente por los asfixiantes senderos alpinos. A la entrada de un puente sobre el furioso Colau, Giulio Rossiéquipier de Gino, resbala y va al suelo. Bartali lo esquiva, choca con el pretil, sale volando, cae en las gélidas aguas del torrente. Tendrá que ser Camusso, otro italiano, el que se lance para salvar la vida de un Gino conmocionado, casi inconsciente, hundiéndose sin remedio. Tiritando, maillot amarillo cruzado de sangre roja y deshielo, vuelve a subirse a la bicicleta. Totalmente mudo, atemorizado de haber visto tan cerca la muerte. Llega a meta, pero abandona dos días más tarde, cuando ya ha perdido un mundo con los mejores. Obligado, dicen, por la Federación Italiana. No podemos permitir que nuestro hombre salga derrotado a ojos del mundo.

Y lo otro.

Lo otro.

Después de su caída, aún tembloroso, Gino Bartali habla con la prensa. «Le agradezco su ayuda a la Virgen, sin ella me habría matado». Eso no gusta a los dirigentes. Mejor nos volvemos, que se van a pensar en Europa que somos unos meapilas…

Al año siguiente Bartali reincide. Y entonces sí, entonces es totalmente incontenible. Gana con casi veinte minutos sobre el segundo. Pese a estar enfermo, pese a concluir la carrera meando sangre, pese a volverse literalmente loco a causa de las anfetaminas en la gran etapa pirenaica («allí arriba», gritaba, «allí arriba me esperan», y daba golpes en su pecho). Durante el discurso del campeón, París alegre en laureles y fastos, Gino dedica su victoria a todos los italianos, a Nuestro Señor Jesucristo, a la Santa Madre, a su hermano muerto, a su entrenador, a quienes lo han ayudado desde niño. Ni una palabra a Mussolini, a la gloriosa civilización fascista que ha hecho posible todo aquello. Es la mayor de las provocaciones, pese a no haber sido pronunciada. Los periódicos transalpinos introducen algunas palabras adicionales, por aquello de la corrección política.

La vuelta a su país es casi anónima. Apesadumbrada. Parece que hubiera perdido dignidad en lugar de ganar gloria. Que no haya ni una sola muestra de exaltación, decretan los jerarcas. Al menos hasta que nos alabe. Pero esa no va a llegar, Bartali es hombre fiel a sus ideas. Así que el nueve de agosto de 1938, ni dos semanas desde que se coronó en el Hexágono, la Ufficio Stampa (la oficina de prensa del Gobierno) envía un boletín secreto a todos los medios de comunicación país. De allí en adelante los periódicos solamente podrán hablar de Bartali en su faceta de deportista. Ninguna referencia a su vida como civil, como ser humano.

El fascismo, que nunca había podido domeñar la férrea voluntad de Gino, lo acaba de convertir en un proscrito.

Nodo

Hola, Gino, soy Elia… ¿te importaría venir al Palazzo esta tarde?

La vida de Bartali gira alrededor de llamadas telefónicas. En la paz, para que no haya guerra. En la guerra, para que no exista barbarie. Aún más. Justo entre los justos, acabarán diciendo de él.

Pasa Bartali la Segunda Guerra Mundial en su Florencia natal. Allí, otoño de 1943, recibe el requerimiento de Elia. Su amigo. Elia Dalla Costa. Cardenal, arzobispo de Florencia. Se tienen que ver. En el Palacio Arzobispal, el maravilloso edificio renacentista de piedra amarilla. Gino, claro, acude. Lo recibe Giacomo Meneghello, sacerdote alto y de pelo blanquísimo. Vamos, señor Bartali, su excelencia espera.

Dalla Costa tiene setenta y un años, es enjuto, muy delgado, ojos penetrantes de quien ha visto de todo. Desde el principio se mostró crítico con el fascismo, cuentan que durante la visita que hizo Hitler a Florencia en 1938 Dalla Costa se negó a abrir la entrada principal de una iglesia que el Führer quería visitar, obligando al del bigotito y al duce a entrar por una modesta puerta lateral. Además, se ausentó llamativamente de todos los actos oficiales, faltó en cada una de las fotos, no presentó respetos más que a su Dios.

Hablemos, Gino, dice Elia. Hablemos. Necesito un hombre con tu temple, también uno con tu fe. Necesito alguien a quien pueda pedir algo que no pediría a nadie si no fuese absolutamente necesario. Necesito, Gino, contarte acerca de los judíos florentinos.

La historia que Dalla Costa narra a Bartali es trágica. Conocida. El Manifesto della Razza. Los transalpinos tienen raíces «arias, nórdicas y heroicas». Esa es la postura oficial del régimen desde 1938. «Es momento de que los italianos se proclamen abiertamente racistas». Una declaración de guerra antes de la guerra, que se intensificará, claro, durante la guerra. Para los judíos, también para gitanos, homosexuales, protestantes. Eso lo sabes, Gino. Yo te propongo que salvemos a algunos de esos hombres inocentes. Los judíos florentinos forman parte de esa Delasem (Delegazione per l’assistenza agli emigranti ebrei) que ayuda a conseguir una salida discreta del país. Un viaje a otras tierras. Menos amenazadoras. Más amigables. Una organización, claro, ilegal. La idea es proporcionar algo más de tiempo hasta que los amenazados puedan alcanzar Génova y, desde allí, zarpar a puertos seguros. Y para eso necesitamos tu ayuda, Gino. Alguien que pueda recorrer largas distancias en bicicleta, que conozca a la perfección las carreteras de la zona. Llevarás mensajes, documentación. De un enlace a otro. Desde Florencia hasta Asís. No te voy a engañar, Gino, si te interceptan los fascistas o los nazis… bueno, ya sabes. Estás en paz con Dios, eso seguro.

Gino reflexiona. Dalla Costa no lo sabe, pero él mismo está ya comprometido con la causa. De su hogar aparta siempre varias raciones de pan, de grano, huevos, leche o legumbres para llevarlas, en secreto, a un piso clandestino. Allí se esconden los Goldenberg, amigos de infancia. Hambre sobre hambre. Bartali acepta, claro.

Bartali vuelve a aceptar.

Lo que sigue es un viaje alucinante a través de las montañas toscanas, de esas carreteras blancas que tornan barro níveo cuando llueve. Uno repetido varias veces. Con papeles dentro de los tubos de su bici. En las tijas, en el cuadro, el manillar. Apenas pesan nada, pero cuanto pesan es todo. Bartali es un ídolo, los soldados le piden autógrafos, hablar con él, pero si algo fuese mal… En una ocasión deja la bicicleta aparcada a la entrada de un café. A unos pocos metros cae una bomba. La imagen de hierros retorcidos, de documentos acusatorios flotando en el aire, le llega a Gino con un estremecer. Jamás volverá a separarse de su máquina. Otra vez cae preso de la Banda Caritá, un grupo paramilitar que se ocupa de retorcer carnes y voluntades en Toscana. Lo encierran en la llamada Villa Triste, donde los gritos rompen la noche y los suelos tienen manchas de color pardo. Gino se prepara para morir, y solo la intercesión de un antiguo ciclista, compañero suyo y ahora lugarteniente del cruel Mario Caritá, evita la tragedia. Su ánimo, con todo, no se quebró.

Eso nunca.

Cuentan que unos ochocientos judíos le deben la vida a este hombre. Nunca quiso contar esta historia. Pudor, modestia quizá. Solo se supo una vez muerto. Hoy es reconocido como Justo entre las Naciones.

 

[Fuente: http://www.jotdown.es]

O narrador arxentino deixou disposta a reunión e a edición nun só tomo dos seus relatos

Piglia dejó preparada la edición de «Cuentos completos» poco antes de morir. En la imagen, el escritor, retratado en mayo del 2015 en su casa de Buenos Aires

Piglia deixou preparada a edición de «Contos completos» pouco antes de morrer. Na imaxe, o escritor, retratado en maio del 2015 na súa casa de Buenos Aires.

 

Escrito por HÉCTOR J. PORTO

O escritor arxentino Ricardo Piglia (Adrogué, 1941-Buenos Aires, 2017) traballou nos seus textos ata o último alento, cando a grave enfermidade que padecía, ELA (esclerose lateral amiotrófica, que lle diagnosticaron no 2014), venceuno e inhabilitou totalmente ata causarlle a morte. Para entón, cun tesón admirable, ordenara aqueles 327 cadernos de tapas de hule negro -gardados en corenta caixas de cartón- que contiñan as anotacións diarísticas que iniciara con apenas 16 anos, alá por 1957. Desta forma, deixou listos os tres volumes dos diarios de Emilio Renzi, aínda que non chegou a ver como se completaba a súa publicación. Ultimou case dun modo milagroso os contos policíacos que integran o tomo Os casos do comisario Croce, como el mesmo explicaba na anotación final datada en marzo do 2016, coa soa, afanosa e lenta contribución do músculo óptico: «Compuxen este libro usando o Tobii, un hardware que permite escribir coa mirada. En realidade parece unha máquina telépata. O interesado lector poderá comprobar se o meu estilo sufriu modificacións», desafiaba non sen certo humor. As pescudas do kantiano funcionario afloraron cando a enfermidade lle paralizou o corpo de xeito implacable, polo que resulta aínda máis sorprendente a súa frescura e a súa puxanza narrativa.

Nese laborioso frenesí revisou e organizou a edición dos seus relatos coa idea en mente da futura publicación dun volume que reunise os seus Contos completos, que o selo Anagrama leva agora ás librerías, respectando o plan deixado polo escritor. Esta reunión -que compendia máis de cincuenta anos de creación- é un verdadeiro e amplo retrato literario de Piglia, despois de que a narrativa breve abarca a súa traxectoria, desde a súa primeira colección de relatos, aparecida en 1967 (despois revisada e estendida con novas incorporacións), ata as súas últimas producións, escritas ás portas da morte, como a mencionada Os casos do comisario Croce, que rescataba ao personaxe que perfilara en Blanco nocturno (2010), aínda que xa o imaxinou tres anos antes. Era toda unha volta de porca ao xénero policíaco que Piglia tanto amou -e marcou a súa obra-. Entre ambas as mouteiras, o volume Nomee falso -que inclúe unha homenaxe ao seu querido Roberto Arlt e o que é tido por moitos como un dos seus mellores relatos-, as dúas narracións máis longas de Prisión perpetua e Contos morais.

En realidade, tanto o detective Croce como o xornalista Emilio Renzi [alter ego do autor, bautizado co seu segundo nome e o seu segundo apelido] reforzan esa concepción que tiña Piglia do relato -e incluso da narración, en xeral- vinculada á pescuda e, directamente, ao xénero policial, entendido este de un xeito híbrido e moi flexible. Conecta co modelo da novela negra, dicía, como unha investigación que avanza cara atrás: «As historias vanse desenvolvendo a medida que un se interna no pasado», explicaba a Enrique Clemente nunha entrevista concedida a La Voz e publicada o 18 de setembro do 2010.

Problemas de forma

O relato é tamén un elemento fundamental na bóveda da literatura de Piglia. Sempre se sentiu cómodo, non só porque a súa idea de escritura enraíza no seu admirado Borges, senón tamén porque a esixencia de concisión -e as limitacións que iso impón- é connatural ao seu estilo medido e o seu esmero no trato á palabra. «As restricións son sempre produtivas porque expoñen problemas de forma. Non creo nas poéticas espontáneas, como a escritura automática dos surrealistas ou os rush da prosa de Jack Kerouac e a Beat Generation», argue nunha das charlas recollidas no libro A forma inicial. Conversacións en Princeton (Sexto Piso, 2015). Nesa mesma entrevista, ao lembrarlle aquilo que dicía Julio Cortázar sobre que escribir un conto era como andar en bicicleta, que se se mantén a velocidade o equilibrio é moi fácil pero que se a perdes vasche ao chan, e preguntado por se se expuña algunhas regras esenciais á hora de traballar, o autor de Prata queimada apunta: «A velocidade do relato, a marcha, é esencial. A clave para min é o ton, certa música da prosa, que fai avanzar a historia e defínea. Cando ese ton non está, non hai nada. Aí xógase toda a diferenza entre redactar e escribir», resolvía.

Está sobre o tapete tamén que Piglia supere o sambenito de ser un escritor para escritores que segue pesando sobre el, como sobre os seus adorados Arlt, Faulkner, Joyce ou Thomas Bernhard.

«Facer aparecer artificialmente algo que estaba oculto»

A Piglia gustáballe xogar coa idea de que un autor non mellora necesariamente coa idade, apuntábao no prólogo á edición da invasión do 2007. No epílogo aos relatos de Croce antes mencionado, volve un pouco sobre esta posibilidade de progresión tras explicar que o realizou axudándose do Tobii: «Os meus outros libros escribinos a man ou a máquina (cunha Olivetti Lettera 22 que aínda conservo). A partir de 1990 usei unha computadora Macintosh. Sempre me interesou saber se os instrumentos técnicos deixaban a súa marca na literatura».

Máis aló da provocadora idea, esta reunión dos relatos facilita unha visión panorámica que si mostra unha evolución no Piglia contista, ademais do puro goce da súa amplitude de espectro, algo que pode argumentarse na riqueza das súas raíces, trabadas na obra de Macedonio Fernández, Roberto Arlt e Borges, ademais de Hemingway e Faulkner, e que se miran no espello de Juan José Saer. Ao seu amigo Saer precisamente dicíalle nunha das conversacións recollidas en Por un relato futuro (Anagrama) que a súa poética «rexeita que existan contidos que poidan quedar excluídos a priori do material narrativo». Como na novela, o conto pode aparecer contaminado pola recensión, o ensaio, a autobiografía, a crítica, o soño, a reflexión… Non hai fronteiras.

No seu libro Formas breves, conclúe así a peza Tese sobre o conto: «O conto constrúese para facer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce a busca sempre renovada dunha experiencia única que nos permita ver, baixo a superficie opaca da vida, unha verdade secreta. ‘‘A visión instantánea que nos fai descubrir o descoñecido, non nunha afastada terra incógnita, senón no corazón mesmo do inmediato », dicía Rimbaud. Esa iluminación profana converteuse na forma do conto», afirmaba fermosamente Piglia.

 

[Imaxe: ALEJANDRA LÓPEZ – fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

Avalanche de prazeres fúteis oferecidos pelo sistema é cada vez mais enfadonha. Mas alternativa seriam o sacrifício e o puritanismo? Ou acenar com o tempo livre, o fim do trabalho alienado e novas relações com a natureza e a sensualidade?

Por mais que aceitemos que somos responsáveis pelas mudanças climáticas, recusamo-nos a ver a oportunidade que elas oferecem para criar modos de vida que sejam melhores para o meio ambiente e mais agradáveis para nós. Isso não só é verdade para pessoas comuns, como também para economistas e outros “especialistas” que levam o aquecimento global muito a sério, mas que não conseguem pensar para além das soluções técnicas que podem nos permitir continuar com nossos modos de vida atuais. A maioria dos políticos e líderes empresariais parece igualmente incapaz de pensar “fora da caixa” do consumismo.

Obcecados como são pelo crescimento econômico e o PIB, não convidam a população e os eleitores a pensar em novas ideias de progresso e prosperidade, e ficam mais do que felizes com os publicitários mantendo o monopólio da imagem e da representação do prazer e de uma “vida boa”.

Até os críticos do capitalismo à esquerda têm-se preocupado mais com as desigualdades de acesso e distribuição que o sistema do que com as maneiras como nos confina a modos de vida orientados pelo mercado. A militância socialista e a atividade sindical no Ocidente têm sido amplamente limitadas à proteção da renda e dos direitos dos empregados dentro das estruturas já existentes do capital globalizado — e pouco fazem para desafiar, muito menos transformar, a dinâmica de “trabalhar e gastar” das culturas mais abastadas.

Mesmo quando a esquerda aborda questões relacionadas à necessidade e ao consumo de forma mais direta, ela tende a defender narrativas de uma “vida simples” para a realização humana, em vez de pensar de forma mais inspiradora nas complexidades e potencialidades do prazer humano, e nas direções barrocamente enriquecedoras que elas poderiam adquirir em uma sociedade pós-capitalista.

Mas a presunção, em todo o espectro político, de que o consumo mais sustentável sempre envolverá sacrifícios, em vez de melhorar o bem-estar, precisa ser enfrentada.

A nossa “vida boa”, hoje é reconhecida como uma das principais causas de estresse e de problemas de saúde. É uma vida muito barulhenta, poluente e desperdiçadora. Nossas rotinas de trabalho e prioridades comerciais forçaram as pessoas a direcionar todas as suas forças para a busca por empregos e carreiras. Muitos, durante a maior parte de suas vidas, começam seus dias em engarrafamentos ou sofrendo outras formas de desconforto causadas pelo trânsito. E passam grande parte do resto delas colados na tela do computador, muitas vezes envolvidos em tarefas entorpecentes.

Grande parte da atividade produtiva em nossas vidas é projetada para aprisionar o tempo na criação de uma cultura material de contínua melhoria da casa, expansão urbana, rotatividade de produção cada vez mais rápida e obsolescência programada. Em outras palavras, excluindo formas de realização humana mais dignas, duradouras ou fascinantes. Nosso sistema atual também lucra enormemente com a venda de bens e serviços para os quais temos muito pouco tempo ou espaço (aqui entra o papel dos setores de fast food, lazer e terapia, ou as academias onde pagamos para caminhar numa esteira porque a ditadura do carro tornou a caminhada em outros lugares impossível ou muito desagradável).

Os movimentos verdes são rejeitados e vistos por alguns como estraga-prazeres, como se estivessem empenhados em nos levar de volta à Idade da Pedra. Mas a “abundância” dos dias de hoje, contaminada por trabalho, escassez de tempo e excesso de lixo, é em muitos aspectos puritana e ofensiva para com a sensualidade. Muito disso nem corresponde a um desejo inato nosso de trabalhar constantemente e consumir mais. Se assim fosse, os bilhões gastos em publicidade e preparação de crianças para uma vida de consumo dificilmente seriam necessários.

Um número cada vez maior de pessoas vem percebendo isso e descobrindo, após refletir, que a vida não se reduz a “trabalhar e gastar”. Desencantados com seu estilo de vida estressante, elas começam a revisar ideias sobre o que mais valorizam e desejam. O fato de ansiarmos outra vida com a qual sentiríamos mais prazer é corroborado por uma pesquisa recente que mostra que mais riqueza não nos torna necessariamente mais felizes, e sugere que há algo inerentemente autodestrutivo na busca incessante pelo consumo.

É verdade que as pesquisa precisam ser analisadas com cautela. O que relatamos sobre nosso grau de satisfação nem sempre é o melhor guia sobre como realmente nos estamos saindo. E nem sempre a falta de correlação relatada entre uma renda mais alta e maior satisfação com a vida significa que um consumo maior não melhore o bem-estar. Isso ocorre porque os padrões que usamos para avaliar nosso nível de satisfação podem tornar-se mais exigentes à medida em que nossa experiência de vida muda com o aumento da renda.

Experiência e educação podem melhorar nosso senso de liberdade e potencial pessoal justamente ao gerar descontentamento com nossa situação de vida existente. À medida que aprendemos uma nova habilidade, frequentemente criamos novas formas de frustração e exigências sobre nós mesmos (quanto melhores nos tornamos em um determinado esporte ou tocando um instrumento musical, mais conscientes estaremos daquilo que faz falta em nosso desempenho).

O que deveria, então, ser considerado na estimativa da “boa vida” — a intensidade de seus momentos de prazer mais raros ou seu nível geral de contentamento? A fuga da dor e da dificuldade ou sua superação bem-sucedida? E quem está na melhor posição para decidir se o bem-estar pessoal aumentou: seria inteiramente uma questão de relato pessoal ou aberto a uma avaliação mais objetiva?

Há muito que essas questões estão no centro dos debates, entre a abordagem utilitarista e a aristotélica, para refletir sobre o bem-estar. Enquanto a ênfase da primeira está no prazer e em sua quantificação (deve contar, na estimativa da felicidade, o número de prazeres experimentados ou dores evitadas), o foco aristotélico baseia-se no curso geral de uma vida (o que você foi capaz de fazer com ela — tomando em conta,  portanto, as capacidades, funções e realizações, ao invés de sentimentos mais imediatos de gratificação).

Em defesa de sua posição, os aristotélicos argumentarão que as pessoas nem sempre são os melhores juízes de seu próprio bem-estar e que muito prazer imediato pode também ser obtido com um comportamento autodestrutivo. Além disso, se proibirmos quaisquer avaliações objetivas da “vida boa”, também seremos privados de motivos para criticar formas egoístas e ambientalmente agressivas da busca pelo prazer. Também foi afirmado, de forma relacionada, que uma “felicidade” concebida ou medida em termos de sentimentos subjetivos desestimularia o desenvolvimento do senso de cidadania e solidariedade intergeracional — que é essencial para o bem-estar social e ambiental.

No entanto, a abordagem mais utilitarista não precisa excluir as formas de prazer com orientação cidadã, que vêm com o consumo responsável para com os outros e o meio ambiente. Afinal, o prazer de muitas atividades, como andar de bicicleta, inclui tanto os prazeres sensuais pessoais mais imediatos, quanto aqueles que vêm do fato de não contribuir para o perigo e a poluição do transporte automotivo. Além disso, é difícil, em última análise, legitimar reivindicações sobre o bem-estar de alguém sem alguma medida de endosso da pessoa em questão.

Há, então, uma tensão nas discussões sobre o hedonismo e “boa vida”, entre o privilégio utilitarista do prazer experimentado e o viés mais objetivo da tradição aristotélica. Enquanto o primeiro corre o risco de ignorar os componentes mais objetivos da “boa vida” e da “boa sociedade”, o último faz justiça a esses pilares, mas corre o risco de superestimar, ou até mesmo de preferir o conhecimento superior de “especialistas” por sobre os próprios indivíduos.

Mas aceitar a complexidade de avaliar as afirmações sobre a qualidade de vida e a satisfação pessoal é uma coisa. Negar que haja hoje evidências da natureza autodestrutiva do consumo em constante expansão seria outra bastante diferente. De fato, é consenso de ambos os lados do debate hedonista que a felicidade não reside no acúmulo infinito de coisas. E embora não tenha — e nem possa — a aspiração de resolver as questões filosóficas dessa área, a perspectiva hedonista alternativa destaca as narrativas sobre prazer e bem-estar que estão implícitas nas formas emergentes de insatisfação com a cultura afluente. Assim, busca abrir uma ótica pós-consumista sobre a “boa vida”, que pode se conectar com os sentimentos dos consumidores no aqui e agora.

O “hedonismo alternativo” nesse sentido tenta evitar moralizar a questão do que as pessoas deveriam precisar ou querer (apesar de ser verdade que esses dois não podem ser evitados ao mesmo tempo…), enquanto se relaciona com novas respostas de anticonsumismo. Seu principal interesse, assim, (evocando um conceito do crítico cultural Raymond Williams) é em uma “estrutura de sentimentos” em ascensão, que é ao mesmo tempo perturbada por formas de consumo que antes eram tidas como certas, ciente de antigos prazeres perdidos, e sensível pela primeira vez ao convite a uma nova forma de viver.

Com o aquecimento do planeta, precisamos construir uma resposta que apele para essa “estrutura de sentimentos”. Seu apoio irá desafiar o estrangulamento da ética de trabalho no modo de vida ocidental, será um esforço para alcançar uma ordem socioeconômica na qual trabalho e renda sejam distribuídos de maneira mais justa, em que a coparentalidade e que o trabalho doméstico compartilhados sejam regra, e na qual todos tenham os meios e o tempo para formas sustentáveis de atividades e melhorias de vida.

Se fizéssemos a mudança para uma economia de trabalho menos intensiva, ela iria reduzir o ritmo em que as pessoas, os bens e as informações têm que ser entregues ou transmitidas, e o impacto nas fontes de atrito e nas emissões de carbono seriam de grande impacto para todos. Poderíamos recuperar tempo para nossa vida pessoal e familiar. Diminuiríamos as viagens diárias e adotaríamos maneiras mais saudáveis de deslocamento, como as caminhadas, a bicicleta e os barcos. Supermercados e compras online seriam substituídos por um ressurgimento do varejo de rua, evitando a síndrome da “cidade clone” e dando força às comunidades locais, de maneira que poderíamos reduzir o crime e adotar novas formas de convívio e troca intergeracional.

Tudo isso transformaria a vida rural e urbana, especialmente para as crianças, e proporcionaria mais espaço para a reflexão, além de oportunidades para experiências sensoriais negadas pela rotina atormentada e isolada de trabalho e deslocamento. E os custos para isso acontecer seriam insignificantes em relação aos representados pela organização atual, especialmente se as despesas médicas pudessem ser substituídas por uma saúde pública de mais qualidade, com menos acidentes.

Há, é claro, algumas vantagens e prazeres que teríamos de sacrificar em uma economia de baixo carbono: confortos de vários tipos; algumas das excitações de uma vida acelerada; a facilidade de que dispúnhamos até recentemente das viagens ao exterior. Mas o conforto constante pode tanto satisfazer quanto entorpecer os apetites. A inventividade conseguirá certamente criar uma série de emoções mais ecológicas. Mesmo viagens a lugares distantes nem sempre cumprem sua promessa de oferecer experiências raras, e o ritmo diferente das férias perto de casa também pode ser fonte de formas inesperadas de encantamentos e escape da vida banal.

A mudança para um modo de vida pós-consumismo traz uma perspectiva chocante, dada a estrutura da existência moderna e a subordinação das economias nacionais ao sistema globalizado. Além disso, é irrealista supor que podemos continuar com as taxas atuais de expansão de produção, trabalho e consumo material do último século, para não falar das últimas décadas. Tecnologias mais verdes ajudarão a conter o aquecimento global.

Mas a adoção de alternativas ao crescimento econômico tem que se tornar uma preocupação central no planejamento e na criação de políticas — não ser ignorada ou desprezada, como se fosse uma fantasia impraticável. Além disso, em abalos climáticos ou financeiros, somados a um grande cinismo em relação aos comprometimentos dos governos com o aquecimento global, mais honestidade a respeito desse assunto pode também gerar mais cooperação e respeito de parte do eleitorado — especialmente se for acompanhado de imaginação sobre as singularidades de viver em uma sociedade sustentável. Essas ideias transformadas de “vida boa” podem também ser projetos que os países menos desenvolvidos terão, se quiserem reconsiderar as convenções e objetivos de seu próprio “desenvolvimento”, e evitar algumas das consequências mais indesejáveis do modelo dominante.

Meu argumento sobre o hedonismo alternativo é frequentemente rejeitado e taxado de utópico. Mas há algo bem irrealista na projeção de futuro focada nos “negócios, como sempre”. E dada a urgência atual de políticas de prosperidade que dissociem prazer e realização de consumo de uso intenso de recursos, é importante evitar suposições fantasiosas sobre o que seriam formas globalmente sustentáveis de indústria e estilo de vida. Nós não podemos, é claro, defender acesso igualitário e universal à riqueza e ao estilo de vida ocidental. A demanda por pleno emprego, o fim da austeridade e a segurança econômica para todos devem estar ligadas a demandas de expansão do tempo livre, da diminuição de ritmo da economia e do estabelecimento de uma ordem baseada em uma forma de consumo material essencialmente reprodutiva. A reconceitualização de “progresso” segundo  essas linhas deve oferecer as bases em que nos apoiaremos para pensar sobre arranjos de trabalho e instituições políticas para um futuro socialmente justo e viável.

[Imagem: María Berrio – fonte: outraspalavras.net]

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Escrito por por Carmen Lago y Peix. L

Los prejuzgamos nadando en la abundancia, fríos, serios, poco sociables y hasta aburridos. Vale, el estilo de vida mediterráneo tiene muchas bondades, pero convendría limpiarse la mirada y abrir la mente para descubrir que países como Noruega, Dinamarca, Suecia y Finlandia son envidiables no solo por sus economías y sus sistemas educativos, sino también por figurar sistemáticamente en el ranking de países más felices del mundo.

¿En qué consiste esa felicidad y cómo la alcanzan? Con un producto interior bruto que ya lo quisiéramos, sí, pero también con una apacible filosofía de vida condensada, a veces, en una sola palabra para la que no tenemos traducción. Hagamos un repaso por algunas de ellas.

Kos

lagom y otras palabras nórdicas

Esta palabra noruega representa, en solo tres letras, algo tan enorme como la felicidad que se experimenta cuando te sientes seguro, recogido, cómodo. Es la versión noruega del hygge, que se podría traducir como lo acogedor, lo confortable. Pero, a diferencia de la palabra danesa, el kos no se refiere tanto a un espacio físico que nos proporcione ese bienestar (el calor del fuego en invierno, una taza de café caliente cuando hace frío…), que también, sino a las relaciones humanas: una conversación interminable entre risas con amigos, un paseo tranquilo con tu pareja, una comida familiar… Es decir, algo así como pasar un buen rato.

Pyt

Si el hygge no llega o el kos se frustra, pyt, que dirían los daneses. Algo así como déjalo, no pasa nada, sigue adelante. Un hakuna matata de pelo rubio que suena en el alma como una palmada de ánimo, de consuelo, de sigue andando, que esto no es nada. Pyt fue elegida la palabra favorita de los daneses en 2018 en un concurso que organiza la Asociación de Bibliotecas de Dinamarca. Toda una invitación a tomarse la vida con calma y un recordatorio de que las cosas podrían ser peores.

Sisu

Asumido lo del pyt, toca tirar de sisu. En Finlandia es la palabra que usan para hablar de fuerza, de perseverancia, de eso que te nace en las entrañas y que te empuja a realizar cosas que jamás pensaste que podrías hacer. De coraje, en definitiva. Un artículo publicado en el New York Times en 1940 aseguraba que esta palabra de difícil traducción expresa lo que es el alma de Finlandia. La escritora finlandesa Joanna Nylund explica en su libro Sisu: The Finnish Art of Courage (Sisu: El arte finlandés del coraje), publicado en 2018, que es «una forma de pensar orientada a la acción».

Uitwaaien, friluftsliv y gökotta

Si hay algo que tienen en abundancia los países nórdicos es naturaleza. Normal que buena parte de su felicidad, de su bienestar y de su equilibrio esté ligado a disfrutar de ella.

Uitwaaien es una palabra holandesa que significa algo así como tomar una bocanada de aire fresco. Con ella hacen referencia a realizar actividades al aire libre para despejar la mente, dejar que el viento borre las angustias y el estrés de la cabeza, y conseguir relajarse. Una caminata, un paseo por la playa en días de viento, salir a montar en bici… Lo que cada uno quiera, pero fuera, en la calle.

A eso mismo hace referencia la enrevesada friluftsliv, palabra escandinava que usan suecos, noruegos y daneses que significa vida al aire libre. El primero en popularizarla fue el dramaturgo y poeta noruego Henrik Ibsen en su obra Casa de muñecas. Con ese término hacía alusión a la importancia de pasar tiempo en lugares remotos para el bienestar físico y espiritual, y los nórdicos, muy disciplinados todos ellos, lo ponen en práctica, aunque fuera caigan Filomena y todas sus primas juntas. Y a juzgar por lo bien que les sienta, va a ser cuestión de salir del gimnasio e ir a que nos dé el aire.

Los suecos hasta le ponen hora a esa actividad al aire libre y usan la palabra gökotta, cuyo significado literal es levantarse muy temprano para salir a escuchar el canto de los pájaros, para poner en práctica la filosofía de meditar, hacer ejercicio físico al aire libre… En definitiva, todo aquello que te permita alcanzar ese bienestar que tanto necesitas, pero fuera de las cuatro paredes de tu casa.

Lagom

Ni mucho ni poco, a eso hace referencia esta palabra sueca. Para los habitantes de Suecia, la felicidad está en encontrar la justa medida de las cosas, en el equilibrio. En coger de la vida solo lo que necesitas, sin excesos ni escaseces. Vivir rodeado de miles de cosas ¿de qué sirve si con dos o tres basta? Pero tampoco carecer de ellas. Y quien dice cosas dice sentimientos, pasiones, experiencias… Si algo deberíamos haber aprendido de la pandemia es esto, ser felices con la mitad de lo que creíamos necesitar. Los suecos llevan toda la vida practicando el lagom y mira lo bien que les va. Es hora de hacerles caso.

Kalsarikännit

Saber desconectar de una jornada de trabajo intensa no es fácil. Unos hacen ejercicio, otros leen, los hay que cocinan o leen un libro o se ponen su serie favorita… Pero en Finlandia optan por el kalsarikännit, o lo que es lo mismo, tomarse una copa o una cerveza solos en su casa y en ropa interior. Ojo, que decimos una, no una garrafa. ¿Hay algo más placentero que la libertad de quedarte en bragas en tu hogar para hacer lo que te dé la gana y sin dar explicaciones? Pues eso.

Fika

Algo más saludable (o mejor visto desde lo políticamente correcto) es lo del fika sueco. Es todo un ritual que ayuda a los curritos de ese país a desconectar durante la jornada laboral. Lo de la hora del bocadillo en España, pero con charlita de por medio, nada de tomarte el café frente al teclado o entre reunión y reunión. Y todos sabemos los efectos terapéuticos que tiene una buena conversación entre compañeros. No todo va a ser producir, producir y producir.

 

[Fuente: http://www.yorokobu.es]

Escrito por Alexandra Lucas Coelho

1. A duas portas da minha há lâmpadas de Casablanca, taças de Essaouira, bules, tapetes, sobretudo peles (cor de pele, carmim, esmeralda, laranja, azul-real), porque tudo o mais são trabalhos de longe e as peles o ofício do meu vizinho. De resto, esse longe fica muito perto deste extremo da Europa onde agosto tem um vento atlântico mas a forma de guardar o interior é mediterrânea.

2. Há oito anos que eu não vinha ao Algarve. O meu vizinho estava a coser uma sandália quando entrei no bazar dele (metade loja, metade oficina, mas bazar é o que está escrito no toldo). Falou-me em português com sotaque, não pensei que fosse marroquino, não tinha cara de árabe. Claro que não tinha cara de árabe porque era berbere, foi a primeira coisa que disse quando perguntei de onde vinha, sou berbere, só depois acrescentou que era de Casablanca. Perguntei se viviam muitos marroquinos aqui, e ele enumerou, um, dois, três, quatro, depois explicou, o meu sobrinho, a mulher dele e os dois filhos. Tudo porque certa noite lá em Marrocos conheceu um português daqui. Mas se calhar Portugal já lhe estava no sangue, sugeriu, contando como desde criança se sentia tão bem em Mazagão, entre os vestígios portugueses. Dizer Mazagão (em berbere) no lugar de El Jadida (em árabe) faz parte da corte. Todo o mercador é uma xerazade cosendo-nos na sua história. É ou era? Alguém ainda viaja para o Norte de África este verão? O medo vai só da Tunísia a Luxor ou começa logo em Casablanca?

Todo o mercador é uma xerazade cosendo-nos na sua história. É ou era? Alguém ainda viaja para o Norte de África este verão? 
3. Na véspera de conhecer o meu vizinho eu jantara com amigos no Barrocal, interior o bastante para brilharem estrelas, lua finíssima, alguém disse que aquele era o concelho de Portugal com mais moradores estrangeiros, e depois alguém falou nesse novo turismo de massa, o que antes enchia resorts na Tunísia, na Líbia. Só conheço os dois extremos do Norte de África, então não imagino bem os ex-resorts na Líbia, onde o mais difícil agora não é chegar e sim partir. Nessa tarde mesmo eu lera sobre os magrebinos, talvez berberes, torturados e mortos por traficantes e outras gangues líbias antes de chegarem à tortura e morte no Mediterrâneo.
4. Quando foi a última vez que esteve em Marrocos, perguntei ao meu vizinho, há três meses, respondeu. Percorre várias cidades, vem com tudo às costas, metais, loiças, tecidos, mas só trabalho bom, disse, sem deixar de coser. Nesse momento entrou uma rapariga com as sandálias que lhe comprara dias antes, ele cumprimentou-a em francês como se fosse uma velha amiga, ela disse-lhe em francês que tinha os pés frágeis, descalçou uma sandália, mostrou-lhe a ferida no dedo grande, ele exclamou, oh, vamos resolver isso, e trabalhou o couro para o alargar. Depois um rapaz encostou a bicicleta à porta, entrou, pôs em cima do balcão uma bolsa de couro escurecida do uso, disse-lhe que aquela bolsa era dali mesmo, mas agora queria uma correia para a usar a tiracolo, então o meu vizinho agarrou na fita métrica, mediu o rapaz do pescoço ao quadril, o rapaz perguntou se a alça seria cosida, ele disse, deixe isso comigo, amigo, o rapaz sorriu, e o orçamento, ele disse, depois vemos, marcou a entrega para dois dias depois, apertou-lhe a mão, e quando o rapaz saiu é que o meu vizinho contou como chegou aqui.
5. Primeiro saiu de Casablanca para Bagdad. Era a arabização em Marrocos, ele ia fazer o último ano do liceu em árabe, o árabe de Bagdad tinha uma reputação, meses depois começou a guerra Irão-Iraque, então ficou retido no racionamento da guerra. O segundo país em que morou foi França: Marselha, Avignon, Perpignan, a fazer o que calhava para ganhar dinheiro, porteiro, homem-a-dias. Segue-se uma longa temporada de Alemanha, uma mulher alemã, arredores de Frankfurt. E pelo meio aquela noite em Chefchaouen, um homem à chuva, português, daqui mesmo, abrigou-o, tomaram chá. Anos depois, a sua mulher alemã veio com uma bolsa para Lisboa e ele foi aprender português na Universidade Nova. Fazendo contas aos anos, é possível que nos tenhamos cruzado no pátio da faculdade.
6. Só faltava a cidade-natal do português à chuva, esta onde estamos e o vento se divide em pelo menos dois, ensinou-me entretanto um pescador (há o vento frio do Atlântico, que neste meio de agosto soprou a sessenta quilómetros por hora, e há o vento quente marroquino, o do deserto, de que ainda estou à espera). Quando o meu vizinho aqui pôs o pé achou que podia ficar, e isso já foi há tempo bastante para parte da família também ter vindo. Hoje mora por trás do bazar, o que quer dizer que sai de casa às nove para estar às nove no trabalho, o que não tem preço, diz. Fala berbere, árabe, francês, inglês, alemão e português, não mencionou espanhol, mas aposto que também. Enquanto entravam e saíam turistas ouvi-o dizer, há que aproveitar só as partes boas, ou então, não há experiência má, ou então, a religião é uma coisa íntima. No caso dele, no fim das frases por vezes diz, se deus quiser, assim em português.
7. Só depois de tudo isto falámos do “Estado Islâmico”, que acabava de decapitar o arqueólogo octogenário responsável por Palmira. Não falámos sobre isso, o arqueólogo, Palmira, mas sobre o “Estado Islâmico” em geral. O meu vizinho acha que o “Estado Islâmico” é uma criação de quem o armou, porque o mundo não é realmente governado pelos governos e sim por poderes paralelos, como o mercado de armas. E como explicar os voluntários vindos de todo o mundo, perguntei, lavagem cerebral, respondeu, porque as pessoas são fracas, vejo todos os dias aqui como é fácil manipulá-las, em meia hora vão atrás de alguém. E, talvez porque eu continuava em silêncio, repetiu, as pessoas são fracas.
8. Na manhã seguinte, passei a cumprimentar, disse-lhe que o meu trabalho era escrever, perguntei se podia escrever sobre ele sem dizer o nome. Ele disse que sim. Depois, na manhã seguinte a essa chamou-me quando lhe acenei da rua, e quando entrei escreveu no cartão o seu email para que lhe mandasse o que ia escrever antes de publicar. Já sabia o meu nome completo, e onde escrevia, tinha amigos, tudo se sabe, disse. Portanto, a última frase desta crónica, enquanto o sino toca entre os pinheiros, é para dizer que ela será mostrada ao vizinho.

 

 

[Fonte: http://www.publico.pt]

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El mes pasado hablábamos de la importancia del deporte en la literatura y el arte vanguardistas, que coinciden con la gran eclosión de las competiciones modernas y ven en el ejercicio físico y la competición amateur o profesional una suma de buena parte de sus ideales estéticos y vitales: dinamismo, juventud, fuerza, velocidad, pujanza, tensión, determinación, arrojo, victoria y, en el fondo, un símbolo de un difuso vitalismo nietzscheano en parte festivo y en parte trágico. Ya vimos con algunos ejemplos hasta qué punto la fascinación por el deporte marca a la vanguardia, bien como tema de sus obras, bien como un elemento lateral pero presente para sugerir con una imagen o una comparación alguno de esos valores. Son pocos los autores vanguardistas, en definitiva, en los que no aparece en algún momento aunque sea una fugaz referencia deportiva.

Así ocurre, por ejemplo, en el jayanesco Ulises de James Joyce, compendio entre otras cosas de estampas del Dublín de 1904 por el muy vanguardista procedimiento, que aparece también, sin ir más lejos, en Luces de bohemia, de deambular por toda una ciudad (otro polo de fascinación para la vanguardia) en un único día para mostrar sus múltiples aspectos simultáneos a la manera, en cierto modo, de un cuadro cubista. Hay en el Ulises, por tanto, una muestra razonablemente completa de todo lo que ocurre en un día en una gran urbe moderna: desayuno, oficinas, enseñanza, entierros, prostitución, infidelidades, borracheras, acaloradas y cerriles discusiones políticas en una taberna cualquiera, anuncios publicitarios… y deporte, por supuesto. Diría, sin embargo, que en este caso el deporte es sometido al mismo proceso desmitificador y descendente que todo en esta obra, desde el lejano modelo odiseico, y aparece más como manifestación del absurdo existencial que también siente la vanguardia (de nuevo Valle-Inclán, Buñuel, Huidobro) que como esperanza en el triunfo del enérgico vitalismo del atleta. Comprobémoslo en algunos ejemplos.

La primera referencia deportiva, salvo error u omisión, aparece al final del capítulo quinto, cuando Leopold Bloom se dirige a unos baños en una hora libre después de asistir al funeral de un amigo o más bien conocido muerto repentinamente. A punto de entrar en el edificio, similar a una mezquita, Bloom repara en un cartel publicitario (“Mira, hoy deportes en el College”) que representa “un ciclista encorvado como una pescadilla”, en una imagen que lo dice absolutamente todo, tanto del anuncio (“horriblemente malo”) como del ciclismo, foco que se diría de alienación, de animalización, de postración y tumefacción cuando no de muerte. (Porque hay que suponer que se habla de una pescadilla expuesta para la venta en una pescadería, ya que no creo que en el mar naden encorvadas sobre sí mismas ni mordiéndose la cola). En fin, el deporte está en todas partes (“deportes, deportes, deportes”), de modo que no es de extrañar que, viendo el tiempo espléndido de este jueves 16 de junio, Leopold Bloom piense que es “tiempo para jugar al cricket”, o más bien para “sentarse por ahí bajo grandes sombrillas” y disfrutar de la placidez más del espectador que del deportista. Pero de nuevo aparece la sombra absurda y desmitificadora: “Sin embargo, el capitán Buller rompió una ventana en el club de la calle Kildare con un golpe que iba a square leg”.

El deporte aparece satirizado en otros pasajes de la obra en los que se incide en lo que tiene de absurdo, en su carencia de sentido. Por ejemplo, en el alucinado y demencial capítulo 15, “el sabio de Irlanda […] Mananaan MacLir, barbada figura”, que sostiene en la mano derecha una bomba de bicicleta “golpea con la bomba de bicicleta la langosta que tiene en la mano izquierda”. Hay también una especie de carrera fúnebre: “Tom Rochford, el ganador, en camisa y calzón de atleta, llega a la cabeza de la carrera de vallas hándicap nacional y salta al vacío. Le sigue un pelotón de corredores y saltadores, que saltan desde el borde, en actitudes frenéticas”. Visto con este enfoque, el deporte mismo puede convertirse en un elemento no ya ridículo sino ridiculizador, en un elemento para la desmitificación, al modo de los famosos espejos del callejón del Gato. Ese es el efecto que produce ver nada menos que a Alfred Lord Tennyson “con chaqueta de sport con la bandera británica y pantalones de cricket”, atuendo que muy difícilmente combina con su “cabeza descubierta” y su “barba fluyente” en una yuxtaposición que crea una especie de monstruo grotesco resultado de situar a un poeta laureado de la época victoriana en el caótico Dublín de principios del siglo XX.

En otros casos se trata el deporte como una actividad esencialmente violenta, muy lejos desde luego del fair play y la actitud caballerosa que se suponen inherentes a los deportes británicos. Sin salir del capítulo 15, Martha, al parecer deshonrada por Bloom le amenaza con denunciarle a su hermano, “defensa del equipo Bective de rugby” si no “lava [su] honor”. (Recordemos aquí al Jugador de Rugby de Así que pasen cinco años de Lorca, con la función argumental exactamente opuesta, pero que funciona también como amenaza para el protagonista de la obra).

Sin duda, el boxeo es, sobre cualquier otro, el deporte presentado como más violento, muy lejano a ningún noble arte y más bien hampesco: “Me has hallado en malas compañías”, le dice una ninfa a Bloom, “bailarinas de patas por alto, juerguistas domingueros, boxeadores, generales famosos, actores inmorales de pantomima en mallas ajustadas”. Hay, incluso, interpolada en el capítulo 12, una crónica de un combate que en parte imita (y parodia) el tono admirativo y heroico del periodismo deportivo (“Aun estando en desventaja por falta de peso, el corderillo predilecto de Dublín lo compensó con su habilidad superlativa en el arte pugilístico”, “el gladiador irlandés contraatacó disparando un directo muy bien apuntado a la mandíbula de Bennet”, “le levantó con un gancho con la izquierda, con enérgico trabajo sobre el cuerpo”) y en parte sugiere con ciertas pinceladas la brutalidad extravagante y vulgar del boxeo (“el artillero se trabajaba a fondo la nariz del predilecto, y Myler salía con cara de groggy”, “después de un vivo intercambio de cortesías en que un seco uppercut del militar sacó abundante sangre a la boca de su adversario…”) o sugiere incluso la alienación de la masa que suele provocar el entusiasmo de la hinchada y su tendencia a la explosión violenta: “el muchacho de Santry fue declarado vencedor entre los frenéticos clamores del público, que irrumpió entre las cuerdas del ring y casi le linchó de entusiasmo”.

Por eso probablemente se ridiculiza la pasión nacionalista por los deportes tradicionales irlandeses como un elemento de cohesión identitaria: “Conque allá que arrancaron con el deporte irlandés y los juegos anglófilos como el tenis, y lo del hockey irlandés y el lanzamiento de peso y el sabor de la tierruca y edificar una nación una vez más y todo eso”. O, en la retórica hinchada y orgullosa del nacionalismo: “Una interesantísima discusión tuvo lugar […] sobre el resurgimiento de los antiguos deportes irlandeses y la importancia de la cultura física, tal como se entendía en la antigua Roma y en la antigua Irlanda, para el desarrollo de la raza” en la que se exaltan “los antiguos deportes y pasatiempos faélicos […] en cuanto que apropiados para revivir las mejores tradiciones de energía y fuerza viril que nos han transmitido las épocas antiguas”. Ningún comentario puede ser más expresivo que el contraste entre el deporte tal y como lo ven Joyce o Bloom y el programa deportivo nacionalista.

Hay, en cambio, otro tipo de posibilidades para el deporte. En el capítulo 17, penúltimo de la obra, al volver a casa de madrugada después de todo su largo día de peregrinación por Dublín, Bloom hace recuento de la jornada y, de hecho, de su vida en general. Como buen pequeñoburgués, tiene una “definitiva ambición” cuyo logro supondría para él la redención de las miserias y estrecheces de su vida gris de oficinista: un cómodo retiro campestre con tiempo libre para el desarrollo de una amplia serie de aficiones: “fotografía instantánea, estudio comparativo de las religiones, folklore relativo a diversas prácticas amatorias y supersticiosas, contemplación de las constelaciones celestes”. Serían ideales también algunos “recreos más ligeros”, como “ciclismo en calzadas horizontales bien pavimentadas, ascenso de cuestas de moderada altura, natación en agua dulce apartada” o, sencillamente, y dicho con el tono científico y pedantesco del capítulo, “perambulación vespertina o circumprocesión ecuestre”. Toda una variada panoplia de ocupaciones deportivas de las que, a estas alturas de la novela y después de todo lo anterior, se hace difícil saber qué pensar: ¿debería ser este el verdadero espíritu, moderado y puramente recreativo, del deporte? ¿Es más bien una ironía? ¿Es un índice de la pusilanimidad de Bloom, que desecha de antemano cualquier mínima dificultad en el esfuerzo y termina conformándose con sosegados paseos a pie o a caballo?

En fin, no pretendemos resolver aquí ese problema. Nos contentamos sencillamente con recoger algunas de las menciones al deporte de la magna obra de Joyce como ejemplo, por una parte, de su enorme presencia en la literatura vanguardista y, por otra, de una visión negativa y desmitificadora del deporte como uno de tantos componentes grotescos y enajenantes de la moderna vida urbana.

 

[Fuente: http://www.culturamas.es]

México sufre un rebrote del coronavirus mientras el uso de las mascarillas se ha convertido en un tema controversial: el mandatario parece empeñado en supeditar la emergencia a una batalla política.

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, en octubre.

Escrito por Alberto Barrera Tyszka

Todas las mañanas monto bicicleta cerca de mi casa, en una zona de Ciudad de México donde hay varios museos y un parque con caminerías. Con el transcurso de la pandemia, a medida que las estadísticas siguen empeorando en México, he ido perdiendo también la tolerancia: cada vez tengo más ganas de golpear al prójimo.

Avanzo por un carril especial que, con mucha frecuencia, indica en el suelo que se trata de una vía exclusiva para ciclistas. De pronto, debo apartarme porque casi choco con alguien que viene trotando en dirección contraria. Va sin cubrebocas y con la quijada en alto, jadeando pero muy orondo. Él me mira desafiante y yo lo miro como si solo fuera un festival de gotículas a quien repentinamente deseo arrollar.

Es insólito que, en un país con una de las letalidades más altas del planeta por la pandemia, el uso de las mascarillas se haya convertido en un tema controversial. Sin duda, la actitud del presidente ha sido fundamental en este proceso. Andrés Manuel López Obrador (AMLO) parece empeñado en supeditar la emergencia a una pequeña batalla con sus adversarios. Pero más que un problema político ya es un dilema ético: ¿A cuántos mexicanos podría salvar si decidiera aparecer públicamente con cubrebocas?

A principios de diciembre, AMLO volvió a repetir que “el cubrebocas no es indispensable”. Es la posición que ha sostenido el gobierno mexicano desde el comienzo de la crisis de salud. Tanto el presidente como el doctor Hugo López-Gatell, vocero oficial del Estado para la respuesta a la pandemia, no suelen usar mascarilla en sus apariciones públicas y, en distintas ocasiones, han expresado dudas o relativizado su probable eficacia. En agosto, al reaccionar frente a un partido de la oposición que pretendía intentar obligarlo legalmente a usar mascarilla, AMLO sentenció: “Usaré tapabocas cuando no haya corrupción”, hundiendo de esta manera el debate en la marea estereotipada de la polarización política.

Hace un mes, también, cuando un diputado de Morena, su partido, se vio envuelto en una controversia al negarse a usar cubrebocas en una reunión en el Instituto Nacional Electoral, el presidente salió en su defensa, reiterando que “lo más importante es la libertad”.

Este ha sido punto central en su planteamiento y en su estrategia: no ordenar ni imponer reglamentaciones o sanciones excesivas sino, más bien, apelar a la conciencia y a la responsabilidad de la ciudadanía ante la emergencia. “No soy partidario de medidas coercitivas, como las prohibiciones o el toque de queda”, dijo AMLO hace una semana. Es algo que en teoría, suena muy bien, que parece ideal. Pero, después de nueve meses y más de 112.000 fallecimientos, habría que preguntarse si esa política de responsabilidad ciudadana es realmente eficaz.

México se encuentra entre los diez países con mayor letalidad del coronavirus en el mundo. Y ahora, con el llamado “repunte”, los contagios siguen en aumento, las defunciones no disminuyen, el impacto sobre la salud y sobre la economía del país continúa siendo devastador. AMLO ha lanzado públicamente un “decálogo”, invitando a la población a extremar la prevención y el cuidado. Entre esas medidas, no aparece el uso de cubrebocas. Pareciera que se trata de un punto de honor, de un tema donde el presidente no está dispuesto a ceder.

Pero también puede ser percibido y ponderado como un letal caprichito. Como una terquedad incomprensible. Es como si, en la década de los ochenta, cuando empezaba a propagarse el sida, algún líder insistiera en poner en entredicho la conveniencia de usar condón, apelando a que todavía no estaba demostrado que el uso del preservativo sirviera realmente para evitar los contagios. En cualquier emergencia, sobran los matices. Aunque parezca obvio —y al mismo tiempo sorprendente—, en México es necesario despolitizar el cubrebocas.

Hay suficientes estudios que demuestran que el uso de mascarillas representa una alternativa eficiente ante la propagación de la COVID19. “Entre los especialistas en salud pública, existe una aprobación casi unánime de las disposiciones sobre el uso universal de cubrebocas para defender a la población del virus y frenar la pandemia”, se argumenta en un informe reciente sobre su uso. Entre no hacer nada y ponerse una posible protección frente al virus, la discusión no tiene que ver con la libertad sino con la responsabilidad. “Protegerte a ti mismo y a los otros de esta enfermedad mortal —dice Monica Gandhi, especialista en enfermedades infecciosas— es tan simple como cubrir los dos agujeros en la cara que arrojan el virus”.

Más allá de los irresponsables que corren sin mascarillas en los parques, y a pesar de la coyuntura, AMLO tiene un amplio margen de seguidores y una aprobación popular saludable: según una consulta reciente, goza del 64 por ciento de aprobación y más de la mitad de los consultados aprueba su respuesta ante la pandemia. El presidente sigue siendo un modelo, un ejemplo que comunica un modo de estar en la vida, una manera de reaccionar frente a la realidad. Solo la semana pasada, México registró 4156 fallecimientos y 72.609 nuevos casos.

AMLO tiene, por supuesto, la libertad de elegir. Puede elegir entre jugar a la polarización, manteniendo una batalla contra sus adversarios, o tratar de enfrentar la tragedia con todos los recursos posibles.

 

 

Alberto Barrera Tyszka es escritor. Su libro más reciente es la novela Mujeres que matan.
[Foto: Marco Ugarte/Associated Presss – fuente: http://www.nytimes.com]

Cines y teatros languidecen. Lo único que resplandece son esas meninas que multiplican su espanto por aceras y plazas

Presentación de la exposición urbana 'Meninas Madrid Gallery', en abril de 2018.

Presentación de la exposición urbana ‘Meninas Madrid Gallery’, en abril de 2018.

Escrito por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

No todos los acontecimientos culturales han sufrido los efectos destructivos de la pandemia. Acabo de enterarme de que se está levantando en la ya atroz plaza de Colón una menina gigante que medirá 10 metros de altura y pesará 1.300 kilos, una estructura de aluminio “decorada con lentejuelas y bolas de plata acompañadas de diamantes de plástico translúcido, creación del reconocido diseñador de moda Andrés Sardá”, según asegura no sin entusiasmo un comunicado del Ayuntamiento. Madrid es una ciudad en la que abundan los museos excepcionales y en la que viven y trabajan artistas de mucho talento, pero sus instituciones municipales y regionales llevan muchos años concentrándose en la propagación del horror. Aún me acuerdo de la chispeante estatua de La Violetera que estuvo plantada en la esquina de Alcalá con la Gran Vía, infamando con su vacua cursilería la memoria de una bella canción, y a diario tengo la desdicha de cruzar la duradera pesadilla de la plaza de Felipe II, en la que se logró la hazaña de cubrir un aparcamiento subterráneo con un espacio tan baldío como otro aparcamiento. La plaza de Felipe II hay que atravesarla sin levantar la vista del suelo, a fin de no encontrarse con esa especie de dolmen inexplicable y esa escultura que demuestran que las parodias y las falsificaciones más baratas de Dalí las perpetró el propio Dalí. Aunque quizás el dolmen daliniano tenga la ventaja de distraer los ojos de la fachada del antes llamado Palacio de los Deportes, ahora bautizado en un idioma extraño como WiZink Center.

Pero aquí no acaban los peligros visuales, porque si uno huye de Felipe II puede encontrarse, en la esquina de Goya y Alcalá, un pavoroso cabezón de don Francisco de Goya, que, a diferencia de Dalí, no tuvo culpa de nada. Es un cabezón que conjuga la estética de la rotonda de tráfico y una propensión escultórica a lo mostrenco que al menos desde el Valle de los Caídos ha sido muy cultivada por esa derecha mesetaria que gobierna Madrid. Los teatros y los cines languidecen en este desastre sanitario que no acaba, y que las autoridades regionales hacen todo lo posible por agravar con su mezcla tóxica de chulería y de incompetencia, las salas de música no levantan cabeza, las librerías resisten como pueden, las pocas galerías de arte que aún quedan sobreviven de milagro: en medio de esta desolación, lo único que resplandece y prolifera, invulnerable a la crisis, son esas meninas que multiplican su espanto por las aceras y las plazas como zombis o replicantes, como clones degenerados de un modelo que inventó hace ya muchos años Manolo Valdés. Es como en esas películas en que una sustancia o una criatura híbrida creada en un laboratorio escapa de él y se multiplica sin control, y amenaza con invadir una ciudad entera, un planeta. Las meninas como hongos enormes de alegres colores nos acechan en cualquier esquina de Madrid, y un público antes sobre todo turístico y ahora local se abraza a ellas o las elige como fondo para sus selfis, añadiendo así su propia creatividad a la de los diversos artistas y celebridades que han contribuido a personalizarlas, como es apropiado decir ahora. Las autoridades municipales participaron con entusiasmo visible en la presentación de la campaña, y, no contentas con repetir y ampliar el despliegue de los últimos años, han completado lo que ellos llamarán sin duda su “apuesta cultural” con esa nueva menina gigantesca, la de los 10 metros, las 37.000 bombillas, las lentejuelas y bolas de plata acompañadas de diamantes de plástico translúcido.

Belicismo ideológico

La plaza de Colón es sin duda el sitio adecuado, y no solo por la inmensa bandera que ya ondea allí desde los tiempos patrióticos de José María Aznar, ni por la querencia que la derecha y la extrema derecha llevan mostrando hacia ella como escenario de su belicismo ideológico. La plaza de Castilla logra un grado semejante de espanto urbano, con su boca de túnel, su monumento franquista a Calvo Sotelo, la aguja monumental del arquitecto Calatrava, las dos torres inclinadas que despiertan tantos recuerdos entrañables de la economía del pelotazo financiero. La plaza de Castilla es un espacio urbano tan depravado como la de Colón, igual de hostil a la escala y a la presencia humana. Pero esta última está en el corazón mismo de la ciudad, y en su gran vacío tiranizado por el tráfico se levantaron hasta finales de los sesenta hermosos edificios condenados a la piqueta por la codicia y la ignorancia, por una barbarie municipal que desdichadamente no terminó con la dictadura: en esa plaza, a un lado de la calle de Génova, estuvo el palacio de Medinaceli; al otro, la casa donde vivió muchos años Pérez Galdós, justo donde están ahora esas torres coronadas por una especie de montera como de Miami Beach.

Madrid está llena de gente disconforme, inventiva, moderna, cultivada, activista: pero su destino cívico es el de un derechismo rancio volcado en la promoción del ladrillo y del coche privado, en un oscurantismo que tiene su traducción estética en la vulgaridad, y su consigna política, en la beligerancia contra las nuevas expectativas de vitalidad urbana y empeño ambiental que están cobrando forma en otras capitales de Europa y de América, y en la misma España. En todas ellas la pandemia ha acelerado la adopción de formas de movilidad saludables y sostenibles, de espacios propicios para los caminantes, de carriles bien conectados y seguros para los ciclistas. En Londres, en París, en Bogotá, los gobiernos municipales son núcleos activos de debate y puesta en práctica de ideas sobre un modelo de ciudad habitable, gestionada con la participación vecinal, rescatada del sometimiento a los intereses de los especuladores y de los fabricantes de coches privados, empeñada en políticas ambientales que mitiguen en lo posible el cambio climático o, al menos, a estas alturas, ayuden a sobreponerse a sus peores efectos. Me he movido en bicicleta por unas cuantas ciudades, incluida Nueva York, y ninguna es tan peligrosa y tan hostil para los ciclistas como Madrid. Circular en bicicleta, como ir a pie, es cada vez más una afirmación política: un activismo concreto en la humanización de la ciudad. Quizás por eso el Ayuntamiento hace lo posible por sabotearlo. No hacía ninguna falta el suplicio añadido de las meninas como zombis, de la menina gigante y luminosa alzándose en la noche como en una de esas pesadillas que se han vuelto tan frecuentes con la pandemia.

 

 

[Foto: ULY MARTIN – fuente: http://www.elpais.com]

Captura de pantalla de la presentació del Lèxic de ciclisme

 

Ahir dijous 5 de novembre es va presentar el lèxic A rodar. Lèxic de ciclisme. Pedalem en català!, elaborat pel Centre de Normalització Lingüística del Vallès Oriental i l’Ajuntament de Caldes de Montbui, conjuntament amb el TERMCAT.

L’acte va ser presidit per l’alcalde de Caldes, Isidre Pineda, i la directora general de Política Lingüística i presidenta del Consorci per a la Normalització Lingüística, Ester Franquesa, i també hi va participar el director del TERMCAT, Jordi Bover.

El lèxic forma part d’una col·lecció amb dos lèxics anteriors, Cinc contra cinc, que feia referència al futbol sala, i De cap a l’aiguaque contenia mots de la natació.

El lèxic inclou una història central que incorpora termes de l’àmbit del ciclisme que no necessiten definició, perquè s’entenen pel context, un glossari amb 55 entrades amb les corresponents definicions i una il·lustració d’una bicicleta amb el nom de cadascuna de les parts. Han participat també en l’elaboració d’aquest vocabulari membres d’Esport Ciclista Calderí, Club Ciclista de Sant Celoni, Club Ciclista Mollet i Club Ciclista Plana Lladó.

Els termes inclosos en aquest lèxic es poden consultar també des del Cercaterm.

Vegeu més informació en aquest enllaç.

[Foto: CPNL – font: http://www.termcat.cat]

Le Club s’est associé avec 16 autres organismes pour publier une tribune rappelant que « le vélo est plus que jamais un «geste barrière» à ne pas négliger pour améliorer la qualité de l’air, limiter la pandémie et surtout faciliter le (ou les) déconfinement(s) à venir ».

Le vélo se présente encore davantage comme une solution déclarent les acteurs de la mobilité, du sport et de l’environnement : « la pandémie nous a collectivement fait prendre conscience des carences de notre politique de prévention santé. Or, il n’y a pas de meilleure prévention primaire qu’une activité physique quotidienne, comme la pratique régulière du vélo. Et les coûts de santé évités par ces nouvelles pratiques dégageront de vraies marges de manœuvre financières… ».

Les signataires : l’archipel Alofa Tuvalu, Association Française pour le développement des Véloroutes et Voies Vertes de France (AF3V), les Boîtes à Vélo France, le Club des villes et territoires cyclables, la Fédération française de cyclisme (FFC), la Fédération française de cyclotourisme (FFVélo), la Fédération française des usagers de la bicyclette (FUB), la Fédération Nationale des Usagers des Transports (FNAUT), la Fondation Nicolas Hulot pour la nature et l’homme (FNH), France nature environnement, Greenpeace France, les Moniteurs cyclistes français (MCF), la Mountain bikers foundation, le Réseau action climat France, UNION sport & cycle, Vélo & Territoires, Virage énergie,

Retrouvez l’intégralité de la tribune ici.

 

 

[Source : http://www.villes-cyclables.org]

Piétons masqués

Écrit par Fabrice Raffin

Maître de Conférence à l’Université de Picardie Jules Verne et chercheur au laboratoire Habiter le Monde, Auteurs fondateurs The Conversation France

 

Le 5 octobre 2020, durant un interview concernant la SNCF, le Premier ministre masqué, Jean Castex, est filmé plein cadre, face caméra. Il explique combien le moment est important à de nombreux égards. Son attitude, ses signes de tête, ses mouvements du corps rythment parfaitement son discours. Il faut donc un certain temps au cameraman pour se rendre compte qu’en fait, il ne filme pas la personne qui parle ! Il s’est trompé ! Il a été trompé par l’attitude du Premier ministre, par le masque. Instant de panique : en plein discours il est obligé de changer de cadrage, de rabrouer un confrère photographe pour filmer celui qui parle réellement, le président de la SNCF.

Situation gênante pour les uns, qui atteste de l’incompétence du journaliste pour les autres, mais par ricochet, de celle du Premier ministre et de son équipe qui n’ont pas anticipés cette situation, laquelle finit par ridiculiser publiquement tout les participants et dont on ne manqua pas bien sûr de se moquer abondamment dans les médias.

Sous le regard des autres

Notre vie quotidienne se passe ainsi sous le regard des autres. Pour analyser ces rencontres avec nos congénères, le sociologue Erving Goffman part de l’idée qu’il y a toujours quelque danger à croiser quelqu’un, surtout un inconnu. Au-delà du risque d’agression physique, il a surtout montré qu’il existe un risque social bien plus important dans ces relations, celui de ne pas être à la hauteur de la situation, de ne pas être pris pour celui que l’on voudrait être, le risque de perdre la face et son amour propre. Une situation sociale consiste ainsi toujours à gérer collectivement ces risques.

Pour ne pas commettre d’impair, nous nous référons constamment aux cadres de l’interaction : l’endroit où l’on se trouve qui dicte déjà la manière de bien s’y tenir, les attitudes des uns ou des autres, qui nous confortent dans l’idée de l’endroit où l’on se trouve et à qui on a affaire, les vêtements des participants, leurs accessoires, leurs attitudes qui attestent qu’on ne se trompe pas et qu’il nous faut nous aussi nous tenir d’une certaine manière en fonction du rôle que nous voulons tenir. Dans toutes ces situations, le visage et ses expressions constituent un repère central et lorsqu’il est caché pour moitié par un masque, la situation se complique !

Repères troublés

Couvrir le corps, même en partie, le cacher c’est augmenter la menace, le risque de mésinterprétation des intentions de l’autre, la mésentente, le risque de perdre la face. La première information que donne la bouche est de savoir qui parle. Avec l’obligation du port du masque, sur ce point, les situations de quiproquo se sont multipliées : en réunion de travail, en cours, beaucoup d’entre nous connaissent régulièrement l’impossibilité d’identifier qui parle.

Plus largement, toutes les relations sociales se sont modifiées, parce qu’une part des intentions de nos interlocuteurs, que chacun fait passer par des mimiques autour de la bouche ou des messages attenants, le maquillage, une barbe, ont disparu. Un mot sans rictus perd ainsi une large part de son sens. L’origine d’une parole devient difficile à identifier et la situation dérape : un étudiant me pose une question, je lui réponds avec engagement, argumente, et je conclus : « Vous êtes d’accord ? », et lui de me répondre : « Mais monsieur, c’est pas moi qui posais la question ». Je m’adressais à la mauvaise personne, silence gêné.

Lorsque l’on perd ainsi la face en public, E. Goffman a analysé combien l’assistance se lance dans ce qu’il appelle des échanges réparateurs : un trait d’humour pour dédramatiser, faire comme si de rien n’était et continuer la conversation, s’excuser. De ce point de vue également, le masque prive d’une arme de réparation majeure des interactions sociales : le sourire.

Vers une nouvelle norme ?

Dans le monde social, ce qui est anormal un jour le devient un autre et inversement. Et peu d’entre nous auraient parié, il y a encore un an, que l’interaction sociale masquée deviendrait la norme généralisée.

Le port du masque est devenu à ce point normal que pour beaucoup, il se présente désormais comme une ressource sociale. Si le port du masque altère certaines parties de nos relations, il ne faudra donc pas dramatiser, mais plutôt une fois de plus, souligner la capacité d’adaptation des Humains que nous sommes.

La disparition du bas du visage brouille nos repères, mais ne pas montrer sa bouche expose moins socialement. Ce fait réduit le danger social pour ceux, peu sûrs des manières de se tenir et de réagir en public (les timides, qui sont souvent ceux dont le statut social est incertain) peuvent désormais se taire sans risque. Parce que ne rien dire ne suffit pas lorsque nos mimiques trahissent ce que l’on pense vraiment, mais là point de mimiques, la maîtrise du regard suffit. Et de fait, les interactions sociales se concentrent beaucoup plus désormais sur le haut du visage, les regards.

Richard Sennett analysait, il y a longtemps déjà, la prédominance du regard sur la parole et l’ouïe dans les sociétés urbaines. Le masque amplifie encore le phénomène, jusqu’à ce qu’on pourrait appelé le paradoxe de l’autruche : certains se sentant tellement cachés par le bout de tissus, qu’ils s’octroient le droit de lancer des regards appuyés dans les lieux publics, sans vraiment s’en rendre compte, hommes comme femmes. On se regarde plus aujourd’hui et souvent, avec insistance.

Le regard au centre des interactions sociales devient objet d’attention, surtout pour les femmes, qui font des efforts, une fois encore de manière inégalitaire par rapport aux hommes. Des accessoires comme les lunettes, les caquettes deviennent également objets d’une attention accrue et dialoguent avec le masque.

Le bout de tissu devient lui-même un enjeu de communication : le garder neutre ou en faire un objet de mode lorsque nous l’affublons de signes, de symboles. Objet signifiant au cœur de la relation à autrui, il devient ainsi objet identitaire, support de distinction. Ses usages sociaux se multiplient : symbole de générosité lorsqu’il est offert aux personnels soignants, il est aussi devenu rapidement objet de commerce.

Finalement, on ne vit pas si mal avec le masque, on en deviendrait même à l’aise : bailler en public, ne pas se raser, il tient chaud en hiver, il règle même des problèmes d’haleine : « C’est vrai que j’oublie souvent de l’enlever maintenant, même quand je fais du vélo », me dit une étudiante.

On pourra alors s’interroger sur un retour à la normale, ou plutôt, à la normalité sans masque. Parce que non seulement, on est à l’aise avec le masque, chacun ayant fait ses choix, accordant l’objet à l’image qu’il veut donner, ayant des masques différents pour des situations différentes. Mais aussi, parce que le masque s’accorde bien à l’idéologie hygiéniste croissante depuis le XIXe siècle, voulant contrôler la nature, la maladie et qui renvoie au tabou occidental de la mort. Un hygiénisme voulant protéger la vie, mais qui s’avère mortifère. Un hygiénisme, qui, quoi que l’on fasse, ne change pas ce fait : un humain, même masqué, reste mortel.

 

[Photo : Ludovic Marin/AFP – source : http://www.theconversation.com]