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Escrito por Walter Gonzalves

La literatura necesita de la soledad, del silencio y de la complicidad; por sobre todo la necesita la literatura erótica que cuenta con el prodigioso poder de exaltar los sentidos haciendo aflorar los sentimientos y la excitación. ¿Dónde se encuentra su esencia, donde aquello que nos atrapa y a lo cual como lectores nos entregamos? Aventuro que la fuerza de la misma no esta en mencionar escenas sexuales, sino en la creación de la magnífica tensión entre el sujeto y su objeto de deseo, que debe ser capaz de producir el escritor para que suene una melodía cautivadora que nos lleve a esa escena culmine, a ese glorioso paraíso para luego caer.
Frases cargadas de placer, descripciones, posiciones, aromas y metáforas que hacen de esta tensión erótica algo único y del sexo algo más que una mera unión transitoria de dos cuerpos.
«Sin erotismo no hay gran literatura», sostiene Mario Vargas Llosa, pero ¿hay literatura puramente erótica? El escritor peruano sostiene que lo que hay es erotismo en grandes obras literarias. Una literatura especializada en erotismo y que no integre lo erótico dentro de un contexto vital es una literatura muy pobre. Un texto literario es más rico en la medida en que integra más niveles de experiencia. Si dentro de ese contexto el erotismo juega un papel primordial, se puede hablar verdaderamente de literatura erótica. Sin embargo, hay que recordar que muchos autores, entre ellos Jorge Luis Borges, no han dado al erotismo un papel central y han hecho gran literatura. Sin embargo, esta última digresión pertenece al terreno hedónico de cada lector: de gustibus non est disputandum (de gustos no se discute) y -como diría Rodolfo Fogwill- a lo que puede, y no lo que quiere, hacer cada escritor– sino todos serian Cervantes o Proust, declara con una breve sonrisa el escritor argentino.
Algo que suele suceder es la confusión entre literatura erótica y pornografía ¿Cuál es la frontera? Vargas Llosa reflexiona que la frontera solo se puede definir en términos estéticos. Toda literatura que se refiere al placer sexual y que alcanza un determinado coeficiente estético puede ser llamada literatura erótica. Si se queda por debajo de ese mínimo que da categoría de obra artística a un texto, es pornografía. El erotismo es un enriquecimiento del acto sexual y de todo lo que lo rodea gracias a la cultura, gracias a la forma estética. Lo erótico consiste en dotar al acto sexual de un decorado, de una teatralidad para, sin escamotear el placer y el sexo, añadirle una dimensión artística.
Hoy el eje es el erotismo, así que, estimado lector, lo invito a que se recluya en el silencio, siga la premisa de Oscar Wilde «la mejor manera de librarme de la tentación es caer en ella», colóquese al abrigo de una tenue luz y deleite su paladar literario con algunos escritos y poemas que despertaran  sus pasiones e instintos. En palabras de Octavio Paz, «en todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: la imaginación».
“Guarda silencio cuando no tengas nada que decir, cuando la pasión genuina te mueva, di lo que tengas que decir, y dilo caliente”.
-D.H. Lawrence
“Al mismo tiempo la otra mano separó suavemente sus piernas y comenzó a subir el viejo camino que tantas veces había recorrido en la oscuridad”.
-Edith Wharton
“Mi opinión en lo que se refiere al placer es que hay que emplear todos los sentidos”.
-Marqués de Sade
“Si hubiera dicho que su abrazo iba más allá del abrazo, tanto que al final se confundían sus contornos, tanto que nuestra carne desaparecía, tanto que perdíamos nuestra respiración devorados ella y yo por la misma boca sangrienta e insaciable”.
-Mircea Eliade
“… experimentar una vez más este instante trémulo, tenerle, conocerle y dejarle irse, como un pájaro cautivo que sentimos palpitar bajo nuestros dedos antes de liberarle en el aire claro. “¡Ahora, si! ¡Oh Dios mío!”, le oí exclamar al segundo de su vuelo”.
-John McGahem
“Y cuando sintió una mano que se deslizaba por entre las bragas bordadas de encaje, justo para desnudar sus riñones con precisión –pero tiernamente, con reverencia-, la idea que se le vino a la cabeza es que estaba muy contenta de estar en Inglaterra y de aprender las costumbres británicas”.
-Helen Zhavi
“Dejé caer mi pelo sedoso sobre mis hombros y abrí mis muslos hacía mi amante… los cielos de invierno son fríos y bajos, con fuertes vientos y granizo helado. Pero cuando hacemos el amor debajo de nuestra colcha, hacemos tres meses de verano”.
-Tzu Yeh
“Vamos a darnos indiscriminadamente a todo lo que sugieren nuestras pasiones y siempre seremos felices. La conciencia no es la voz de la naturaleza, sino solo la voz de los prejuicios…”
-Marqués de Sade
“El orgasmo es el gran comedor de palabras. Solo permite el gemido, el aullido, la expresión infrahumana, pero no la palabra”.
-Valerie Tasso
POEMAS
“Revelaciones”
Alejandra Pizarnik
En la noche a tu lado
las palabras son claves, son llaves.
El deseo es rey.
Que tu cuerpo sea siempre
un amado espacio de revelaciones.
“Moderna”
Alfonsina Storni
Yo danzaré en la alfombra de verdura,
ten pronto el vino en el cristal sonoro,
nos beberemos el licor de oro
celebrando la noche y su frescura.
Yo danzaré como tierra pura,
como la tierra yo seré un tesoro,
y en darme pura no hallaré desdoro,
que darse es una forma de la Altura.
Yo danzaré para que todo olvides
y habré de darte la embriaguez que pides
hasta que Venus pase por los cielos.
Más algo acaso te será escondido,
que pagana de un siglo empobrecido
no dejaré caer todos los velos.
“Oración”
Juan Gelman
Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar…
Desgárrame.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Árdeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Báñeme tu saliva el paladar.
Estés en mí como está la madera en el palito.
Que ya no puedo así, con esta sed
quemándome.
Con esta sed quemándome.
La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.
“Marabunta”
Alberto Ruy-Sánchez
Cuando te miro
me crece
un ejército de hormigas.
Avanza rumoroso por mis manos.
Me estira la piel.
Se anuncia, no me deja.
Desde mis piernas respiran
un aire diminuto, entrecortado.
Desde el fondo
de mi vientre
presienten la obscuridad
más húmeda
del tuyo.
Como un sol negro
las hipnotizas.
Te huelo y
mis hormigas
se trastornan,
se tambalean.
Te toco
¿o sueño que te toco?
y corren enloquecidas.
Desde el fondo
de mi sangre
apresuradas,
sueñan
que hunden sus dientes
en tu carne,
y en la mordida sienten
tu parpadeo.
Crece en el aire
la anchura palpitante
de labios largos
entre tus piernas,
enrojecidos.
Tu más bella flor
carnívora
saborea sin cesar
el paso tenaz
demorado y repetido
de todas mis hormigas.
Adentro
te descubro
hecha de hormigas negras
desquiciadas,
tan necias como las mías.
En el espejo doble
de hambre y sed
y sed y hambre
que ilusamente llamamos
nuestros cuerpos,
tus hormigas y las mías,
se topan boca a boca.
Se reconocen o se imitan,
se devoran o se extravían
confundidas
entre tantas hormigas
tan mordidas.

 

Te necesito, maldito, lo único que quiero es tenerte en medio de mí
Por Michelle Félix
Te necesito, maldito. Lo único que quiero es tenerte junto a mí, o mejor dicho: en medio de mí.
No, no te extraño con aires románticos y melancólicos, te deseo y me urge tener tus dedos entre mis piernas. Me mojo entre los recuerdos de las noches, madrugadas, mañanas y tardes en las que nos quitamos el frío y sofocamos el lugar con el calor del amor corporal.
Ahora te necesito aquí, curándome la ansiedad y besándome los rincones que la luz no conoce. Quiero que nos aprendamos el Kamasutra, que perdamos tiempo practicando sus poses para terminar con el misionero, en el que puedo observar tu sonrisa perversa ahogado en placer.
Estoy desesperada por ver tus pupilas dilatándose al tocar mis pechos y a tu miembro creciendo con cada movimiento. Quiero ver tus dientes mordiendo tus labios y a tus ojos borrachos, luchando por mantenerse abiertos para mirar mi cuerpo, mientras te excitas con cada sollozo.  No aguanto las ganas de tener tu lengua sometiéndose a mis deseos y llevándome hasta el cielo. Quiero tenerte en cualquier lugar, un elevador, una cama, el salón de clases, en medio del parque, donde sea que pueda saciar mis ganas y dejar de ser una dama.
Vamos a complacernos, a dejarnos guiar por nuestros deseos más salvajes y terminar juntos, tocando el paraíso sin remordimiento alguno después de haber pecado.
Te reto a imaginarme una vez más volviéndome tuya, a recordar la sensación de nuestros cuerpos convertidos en uno y no querer tenerme ahí, en medio de ti.
Si te has quedado con ganas de más te recomiendo los siguientes libros:
  • Las puertas del paraíso: antología del relato erótico, por Alberto Manguel
Este es el primero y esencial que marcaría para transitar luego la literatura erótica con mayor profundidad. La presente antología, seleccionada por Alberto Manguel, reúne relatos de autores tan prestigiosos como Harold Brodkey, Robert Coover, Yasunari Kawabata, Ian McEwan, Adolf Muschg o Anaïs Nin -entre otros-, que ofrecen a nuestra sensibilidad distintas llaves para franquear las que Blake llamara LAS PUERTAS DEL PARAÍSO.
  • Historia del ojo
Es uno de los grandes clásicos de la literatura erótica. Georges Bataille relata cómo la joven Simone, protagonista de la novela, transgrede todas las normas del comportamiento sexual. Se convierte en la encarnación, por una parte, del deseo inconsciente y, por otra, del pecado, de lo prohibido y del placer y de la muerte. La primera edición, clandestina, se publicó en el año 1928 bajo el seudónimo de Lord Auch. Después de varias ediciones limitadas recién en 1967, se publicaría con el nombre de Bataille y su tirada sería masiva.
  • Lolita
Con prosa apasionada y poética, Vladimir Navokov narra la historia de la relación amorosa entre un hombre maduro y una niña. A pesar del potencial escabroso del tema, con enorme talento Nabokov logra un relato -publicado en 1928- exquisitamente erótico. Humbert Humbert, de 40 años, relata con detalle su atracción y su romance con Lolita, de 12. Humbert vierte en la púber todas sus ilusiones y fantasías sexuales, y se casa con la madre solo para estar cerca de la joven. Cuando la madre muere comienza una relación aún más perversa.
  • El rapto de la bella durmiente
En los 80 Anne Rice escribió bajo seudónimo una trilogía erótica sobre la Bella Durmiente, ahora reeditada, muy lejos del cuento de hadas y en clave francamente erótica. Aquí el príncipe esclaviza sexualmente a una Bella que ya despierta desnuda de su hechizo.
  • Lace
“¿Cuál de vosotras tres zorras es mi madre?”, dice la novela de Shirley Conran, un superventas que rompió moldes en los años 80. Publicitada como “el libro que toda madre escondería a su hija”, la historia narra cómo una actriz del porno, abandonada al nacer, reúne a tres amigas para averiguar cuál de ellas es su progenitora.
  • Historia de O
Otro clásico del género. Polémica por desenmarañar los secretos del BDSM (Bondage, Disciplina y Dominación, Sumisión y Sadismo, Masoquismo), la novela de la francesa de Anne Desclos (1907-1998) -firmó el libro como Pauline Reáge y fue conocida como Dominique Aury-, fue una  revolución en la Francia moralista de los 50. Prohibida durante años, cuenta la historia de una fotógrafa de modas que se embarca en el mundo de la perversión sexual por amor.
  • Claudine en la escuela
Sidonie Gabrielle Colette (1873-1954) se vengó de su marido adúltero bailando en el Music Hall parisino, apostó a las aventuras con otras mujeres y defendió los placeres carnales femeninos. La famosa escritora creó una de las mejores series de la erótica literaria: Claudine. Azotainas entre colegialas, profesoras que flirtean con alumnas y amantes desesperados. Un clásico.
  • Delta de Venus
La literatura erótica no sería lo que es sin Anaïs Nin (1903-1977), amante de Henry Miller e hija del pianista y compositor español Joaquín Nin. Compañera de batallas de los surrealistas, sus relatos ahondan en tabús como el lesbianismo o el adulterio.
  • Por siempre Ámbar
La estadounidense Kathleen Winsor (1919-2003) fue ridiculizada por la crítica y amada por el público. Su novela desgrana el libertinaje sexual de la corte del rey Carlos II de Inglaterra durante el siglo XVII. Narra y registra 70 referencias a encuentros sexuales, 39 embarazos ilegítimos y siete abortos. Fue prohibida durante años.
  • El amante de lady Chatterley
Considerada una de las obras maestras del erotismo, la novela de D.H. Lawrence fue publicada por primera vez en 1928 en Florencia (Italia), con el consiguiente escándalo. Fue tachada de escandalosa y pecaminosa y, obviamente, se prohibió. Recién en 1959 volvió a publicarse. Llena de referencias de carácter sexual, narra la historia de Connie, una joven casada con un aristócrata parapléjico, que mantiene relaciones con el guardabosque de la propiedad de su marido. Aunque sus encuentros sexuales son descritos con toda suerte de detalles, lo realmente “escandaloso” es que indaga en el psiquismo femenino al descubrir que el sexo, y el placer, es una magnífica herramienta en el camino del autodescubrimiento, de la identidad y de la independencia.
Claro que esto es solo una breve recomendación, no podría dejar de mencionar rápidamente a « Pajaritos» de Anaïs Nin, «Callate niña» de Rodolfo Naró, «Elogio de la madrastra» de Vargas Llosa, «Los noventa días de Genevieve” de Lucinda Carrington, La trilogía del affaire de Blackstone, etc.
Una curiosidad…
“Solo para adultos” y “Insatiable: Porn: A Love Story” escritos por la actriz porno Asa Akira, una joven norteamericana de ascendencia oriental que desde siempre se ha sentido atraída por el sexo sin tabúes A lo largo de dieciocho relatos interconectados, Asa nos cuenta diferentes aspectos de la vida de una actriz del cine para adultos ¿qué se esconde tras esos rodajes? ¿Qué sucede cuando el director da la orden de rodar? ¿Cómo se compagina esa vida íntimamente pública con una relación de pareja? ¿Con una familia? ¿Con los deseos de ser madre?
En mi modesta opinión estos libros son solo una curiosidad, una mera cuestión pintoresca para pasar el momento.
¿Cuál libro ha sido tu favorito? ¿Hay alguno que recomendarías que no está mencionado? Para finalizar esta nota una frase del escritor Julio Cortázar, hasta la próxima nota…

[Fuente: www.culturamas.es]

Lire en été

Alice McDermott

 

Écrit par Jérôme Leroy

Lire en été : au hasard des bouquinistes, des bibliothèques des maisons de vacances, des librairies, le plaisir dilettante des découvertes et des relectures, sans souci de l’époque ou du genre.

Parfois quarante pages suffisent. Elles suffisent pour rendre compte de toute une existence dans sa complexité, ses contradictions, ses bonheurs, le scintillement des moments qu’on n’oublie plus, des images qui nous accompagnent jusqu’à la fin. C’est la magie de la nouvelle, pour qui sait s’en servir car sa brièveté est inversement proportionnelle à sa difficulté. C’est la magie de Jamais assez d’Alice McDermott qui vient de sortir dans la collection « La nonpareille » des Editions de la Table Ronde.

On connaît trop de nouvelles qui ne sont qu’un manque de souffle et de nouvellistes qui se rêvaient marathoniens et ne sont même pas de bons sprinteurs. Les nouvelles les plus difficiles ne sont pas non plus forcément celles qui reposent sut une chute, un « twist » comme on dit au cinéma, ce qui est le cas de la plupart des auteurs de nouvelles fantastiques ou noires. Hemingway ou Morand, Katherine Mansfield ou Nabokov ont ainsi su, à l’occasion, faire de la nouvelle un simple moment, un simple croquis d’atmosphère, sans la recherche d’un effet particulier ou extraordinaire. L’antithèse magnifique de ces nouvellistes, par exemple, ce pourrait être Edgar Poe, qui précisément utilise ses Nouvelles extraordinaires pour nous faire atteindre un point de non retour dans la peur et même la terreur, – que l’on songe au décidément indépassable « Portait ovale ».

Une gourmande

S’il y a un point de non retour dans Jamais assez d’Alice Mc Dermott, c’est celui du temps. Il avance inéluctablement pour l’héroïne qui ne sera jamais nommée sans doute parce que pour un observateur un peu superficiel sa vie est celle de tout le monde. C’est vrai, mais le talent d’Alice Mc Dermott, c’est finalement celui de Flaubert dans sa nouvelle Un cœur simple : comprendre que la vie apparemment la plus ordinaire est évidemment unique, irréductible par sa singularité. Autant la Félicité d’Un cœur simple était marquée par un destin morne, un abrutissement lent et un désir d’aimer toujours refoulé, autant l’héroïne d’Alice Mc Dermott est au contraire illuminée par une authentique disposition au bonheur, à la joie de vivre et à une sensualité protéiforme et innocente qui nous donne envie de la connaître et dont on sait qu’on ne l’oubliera plus.

On peut penser qu’elle est petite fille au moment de la Seconde Guerre mondiale quand commence Jamais assez et qu’elle nonagénaire quand on la laisse dans son appartement finir un dernier pot de glace devant la télé. Car la glace aura été la grande passion de sa vie, le fil conducteur sucré d’une vie gourmande et heureuse. Alice Mc Dermott procède par ellipses subtiles pour nous faire passer de la gamine qui est chargée de rapporter les coupes dans la cuisine après le dîner familial du dimanche soir à la jeune adolescente avec son « problème de canapé » puisqu’on la retrouve trop souvent avec des garçons qui la lutinent, puis à la mère de famille nombreuse, heureuse en ménage et enfin à la veuve surveillée par ses enfants et ses petits enfants à cause de cette gourmandise qui ne la quitte pas.

Aptitude au plaisir

Alice Mc Dermott, née en 1953, couverte des prix les plus prestigieux aux États-Unis et prix Femina étranger en 2018 pour La Neuvième heure, a réussi une manière d’exploit qui est une introduction idéale à son œuvre. Son personnage nous a fait penser à cette anecdote de Stendhal qui raconte dans son journal comment une belle milanaise à la Scala, dégustant à l’entracte un sorbet, s’exclama : « Quel dommage que ce ne soit pas un péché ! », ce qui finalement n’étonne pas de cette romancière qui ne fait pas mystère de son catholicisme, même critique.

Son personnage, dans Jamais assez nous rappelle aussi que l’aptitude au plaisir est une grâce et une manière de célébrer la création, loin de tous les puritanismes : « Pêche, fraises et vanille. La valeur sûre. Brownie, noix de pécan caramélisées, menthe-pépites de chocolat. Quatre-vingt dix ans passés, et malgré tout, encore maintenant, la dernière chose qu’elle ressent à la fin de chaque journée, c’est son envie d’enrouler les jambes autour de lui, autour de quelqu’un. »

Jamais assez d’Alice McDermott (La Table Ronde, collection La nonpareille, traduction de Cécile Arnaud)

Jamais assez

Price: 4,00 €

4 used & new available from 1,00 €

 

[Photo : JOEL SAGET / AFP – source : http://www.causeur.fr]

 

El erotismo no es tema de pocos autores. Aunque generalmente se piense en el marqués de Sade como el autor por antonomasia de este género, desde siempre, el hombre, y por ende los autores, han explorado las relaciones carnales. El deseo, la atracción, los encuentros incestuosos, y la pasión son tema recurrente y de interés, por lo que en la historia de la literatura se encuentran infinidad de obras que le dedican tributo al erotismo.
 
El Amante, de Marguerite Duras (1864)
Marguerite Duras (1914-1996) se volvió con El Amante en una de las autoras más solicitadas por todos los públicos. Con la novela recibió además, en noviembre de 1984 el prestigioso Premio Goncourt.
Esta es una narración autobiográfica, ambientada en la Indochina colonial, en la que la autora relata una intensa historia de amor entre una adolescente de origen francés de 15 años, y un rico comerciante chino de 26, siendo ella la adolescente en cuestión. El Amante contagió de pasión a muchos, sobre todo a mujeres, por la sinceridad que derrama en las hojas la autora al exponer su intimidad y sexualidad en una compleja relación que fue fruto de un encuentro fortuito entre Marguerite Duras y Leo, el comerciante chino, mientras ambos cruzaban el río Mekong en un transbordador, lo que desencadenó en esta trama sexual.
el-amante
Jin Ping Mei, de El Erudito de las carcajadas
«La mujer se deshizo de sus vestidos. Ximen Qing la acarició con su mirada y observó que en su pubis no había ni un solo pelo; era claro y fragante…»
Esta es una de las novelas más representativas de la literatura china. Su autor es anónimo, y se el conoce como El Erudito de las Carcajadas. Tampoco se conoce la fecha exacta en la que fue escrita, pero diversos testimonios hacen que se le pueda situar más o menos a finales del siglo XVI.
Esta novela pone de manifiesto la corrupción de la época, además de tener escenas sexuales muy explícitas; llama la atención por tratar de ser una novela moralizante, mientras retrata la vida de un hombre sin escrúpulos.
Algo que resulta muy atractivo es el poder asomarse al modo de vida de la China clásica; poder recorrer sus estancias, muebles, vestidos, peinados y comidas que decoran el fondo de esta historia.
las mejores novelas erotica
En brazos de la mujer madura, de Stephen Vizinczey (1966)
“Este libro está dirigido a los hombres jóvenes y dedicados a las mujeres maduras; y la relación entre unos y otras es mi propuesta”.
Considerada como un clásico contemporáneo de la literatura erótica, desde el año 1956 ha vendido más de tres millones de ejemplares. Se trata de un falso relato autobiográfico lleno de humor y erudición, imaginación y erotismo, que habla de las primeras relaciones, del amor y el desamor.
El libro empieza con esta frase de Benjamín Franklin: “En todos vuestros amores, debéis preferir a las mujeres mayores antes que a las jóvenes… porque poseen más conocimiento del mundo”. Partiendo de esto, la novela relata cómo Andrés Vajda, un joven nacido en el año del ascenso de Hitler, desde muy joven se ha sentido atraído hacia las mujeres maduras. Una mujer en sus cuarenta, inicia a este adolescente en el mundo de la sexualidad.
mejores novelas eroticas 8
Juliette o las prosperidades del vicio, de el marqués de Sade, 1801
También llamada Juliette o el vicio ampliamente recompensado, es una novela del Marqués de Sade, publicada en 1976; es una de las obras más importantes e influyentes del autor. Alphonse-François de Sade fue considerado un demente, y fue censurado por sus temas eróticos, políticos, religiosos y sociales que inundan sus obras.  En Juliette, una niña de 14 años vive en un convento tras quedar huérfana, lugar en el que queda expuesta a prácticas sexuales diversas, como orgías entre los clérigos, las monjas y novicias, en un ambiente sumamente macabro.
“El vicio divierte y la virtud cansa”, afirma Juliette, quien se entrega al vicio y al crimen, pues los considera medios para obtener placer.
las mejores novelas eroticas2
El amante de Lady Chatterley, de David Herbert Lawrence (1928)
En su época, esta novela causó gran escándalo en una sociedad puritana del Reino Unido, tanto así, que fue censurada debido a las relaciones sexuales tan explícitas que se describen. Constanza, está casada con un hombre de la clase alta, quien quedó parapléjico a raíz de una lesión de guerra. A su vez, la protagonista mantiene un romance con Oliver Mellors, el guardabosque de la mansión familiar.
«Su voluntad parecía haberla abandonado por completo. Entonces algo despertó en ella. Mientras él la penetraba, surgió una sensación extraña y emocionante en forma de descargas intensas como campanadas…»
las mejores novelas eroticas3
Diario de un viejo loco, de Junichiro Tanizaki, 1961
Esta novela es el diario de Utsugi, un hombre de setenta y siete años, que a causa de una enfermedad tiene los días contados. En el diario, Utsugi relata que está enamorado de la joven esposa de su hijo y de sus pies, objetos de deseo con los que tiene una obsesión enfermiza. Ella es la única razón que le mantiene con vida, y ella se aprovecha de esta relación incestuosa para obtener regalos extravagantes y lujosos mientras mantiene la excitación de su suegro.
«Poco a poco, mi boca fue resbalando hacia el tobillo. Para mi sorpresa ella no dijo nada, me dejó hacer. Mi lengua llegó al empeine, y de allí a la punta del dedo gordo. Arrodillándome, me metí en la boca los tres primeros dedos…»
las mejores novelas eroticas5
Ada o el ardor, de Vladimir Nabokov 1969
Publicada después de una de las novelas más conocidas, Lolita, esta es posiblemente la más importante de las obras del autor ruso, y la que él prefería. Ada o el ardor refleja una imaginación desbordada que acompaña nuevamente a una historia de incesto. Se trata de dos hermanos que creían ser primos y se enamoran. Entre ellos se da una relación apasionada y sexual.
mejores novelas eroticas 6
El jardín del Edén, de Ernest Hemingway (1986)
Este libro se publicó veinticinco años después de la muerte del autor. En él, vemos a un Hemingway interesado en la relación entre el amor, la vida y el arte. Se trata de un atípico triángulo amoroso; el protagonista David Bourne y su mujer Catherine son una pareja de recién casados que disfrutan de unas vacaciones en La Camarga. Catherine introduce a la relación a Marita, una joven sensual con la que los dos iniciarán un viaje de excesos, de exploraciones sexuales y placer.
mejores novelas eroticas 7
Sexus, de Henry Miller (1949)
El libro más famoso de este autor es Trópico de Cáncer, celebre por sus descripciones sexuales, detalladas y francas, considerada además como una de las obras maestras de la literatura del siglo XX. Sexus no se queda atrás. En ella, el protagonista tras un encuentro casual con una joven bailarina, iniciará una relación ardiente y devastadora de siete años.
Entre partes oscuras, tristezas y abortos, se encuentran también en la novela escenas de sexo llenas de orgasmos, envuelta de reflexiones sobre la vida y la literatura.
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[Fuente: www.culturamas.es]

El sector del libro celebrará su gran día el 23 de julio de 2020 una de las ediciones más especiales de los últimos 90 años.

El sector del libro celebrará su gran jornada, el Día del Libro, el próximo 23 de julio, tres meses después de la fecha habitual, a causa de la pandemia de la Covid-19. Durante esa jornada, los lectores tendrán la oportunidad de disfrutar de múltiples actividades organizadas en las librerías y beneficiarse de hasta un diez por ciento de descuento por la compra de libros, según ha informado la Federación de Gremio de Editores de España (FGEE).

El Día Internacional del Libro, es una conmemoración celebrada cada 23 de abril a nivel mundial con el objetivo de fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor. Se trata de un día simbólico para la literatura mundial, ya que ese día, en 1616, se supone que fallecieron: Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega.

La fecha también coincide con el nacimiento o la muerte de otros autores prominentes, como Maurice Druon, Haldor K. Laxness, Vladimir Nabokov, Josep Pla, Manuel Mejía Vallejo y William Wordsworth. El Día Internacional del Libro se creó en honor a estos autores fallecidos.

 

[Fuente: blog.cervantesvirtual.com]

La corrección política condiciona el catálogo de muchos sellos, que tratan de encauzar la ficción con criterios morales ajenos a la literatura

Hace dos días, un escritor prestigioso, oculto al final de un pasillo en su escritorio de una calle popular en París (popular, ese eufemismo) contó algo para lo que pidió total discreción sobre su identidad, su editorial y su libro, antes de la salida. Así que esta nota será sobre autores, editoriales y editores camuflados, enmascarados, qué problema habrá, a tono con la época. Ese escritor, escritor X, contó que hizo diez versiones del libro que saldrá pronto, y que en cada versión lo que tuvo que hacer es atenuar, bajarle el tono a la discusión sobre ese asunto ideológico de turno, racismo, antisemitismo, inmigrantes, da igual, todos los temas están sometidos al mismo esquema. Después, el editor, un hombre muy culto, y refinado (y de izquierda),  increpó varias de las frases, conceptos y títulos que habían quedado a pesar de esas diez versiones anteriores. Esto, ¿hace falta?, aquello otro, ¿te parece, no despertará  rencores, odios, no avivará tensiones? Como un cirujano incansable, sádico sobre el cuerpo de un paciente ya sin fuerzas, obstinado en extirpar un órgano, el editor corrige, ¿pero qué corrige? Corrige con la mente de un alto mando pensando en sus adversarios y también en sus superiores o en el partido, corrige para negociar.  Si la historia terminara ahí, se podría hacer la biografía de todo lo que el libro publicado podría haber sido yendo hacia atrás, desmontando el camino de las correcciones y versiones. O en búsqueda del libro perdido. Pero no termina ahí, falta la lectura del abogado. Por contrato los abogados leen la versión final del manuscrito y auscultan qué palabra, qué giro, qué metáfora, qué uso indebido es susceptible de querella judicial, y en ese caso, la detectan, como perros de elite en las estaciones de tren en el verano europeo. Acto seguido el autor debe corregir lo señalado, caso contrario, el editor no imprime el libro, y el libro no sale. Así de simple.

¿Cuáles son las concesiones que debe hacer un escritor profesional en esta época? ¿Qué demagogias, qué agenda, qué ideología debe sostener, disimular o adherir? ¿Serán todavía más duras en el mundo d´après?

En 1959, Carlos Correas publica en la revista del Centro de estudiantes de la facultad de filosofía y letras de Buenos Aires el inolvidable cuento: ‘La narración de la Historia’. Correas tenía 28 años. El cuento es un cuento de amor, pero fue leído entonces solo por su “contenido homosexual”; algo que también es justo, de hecho fue “el primer” cuento que presentaba en Argentina un encuentro erótico entre dos hombres. Un fiscal sometió a Correas a un proceso judicial del cual fue condenado a seis meses de prisión en suspenso. Y también hubo condenas para el editor de la revista. Eso a Correas le costó más de veinte años de silencio, un silencio autoimpuesto, hecho de culpa, desconcierto y miedo. Volvió a publicar recién en 1984. Pero no hubo ninguna concesión, ningún “arrepentimiento”, y el cuento quedó así para siempre, hasta que lo rescatara, primero Ricardo Piglia para una antología, y después, ya con la muerte de Correas, fuera una pieza fundamental de ese autor maldito y extraordinario, que reunía dosis parejas de Sartre y Genet. Entonces, ¿tal vez los escritores –y los editores– deban escribir y editar lo que deban y después atenerse a las consecuencias con valentía? Eso hizo Correas, pero también eso hizo, lo sabemos, Nabokov, Flaubert o Baudelaire.

Pero volviendo al presente. En otro lugar de Francia, con una autora latinoamericana que llamaremos para no ser querellados, autora X2, se escucha la misma historia: sus novelas no entran en determinados catálogos porque su personaje femenino goza con su torturador o tiene inclinaciones fascistoides o, francamente, es un personaje no ecologista. Catálogos enteros, editoriales como paquetes ideológicos donde de lo que se trata en verdad, es de que el libro, el diseño del libro, la escritura, el autor (y el lector) se sometan a un corset, a un corral político. No importa si ese personaje histórico es Evita, Mata Hari o Dolores Ibárruri, tienen que entrar en la lógica del mercado, perdón, tiene que obedecer al catálogo, a su diseño político. Así que, si alguna de esas mujeres fue una espía, estuvo casada con un fascista o apoyó crímenes comunistas, habrá que ver si pueden entrar, si pasarán, parafraseando a Ibárruri.

La masiva y elegante plataforma Mubi nos avisa cuáles escenas en las películas de James Bond hoy estarían prohibidas. Es curiosa la lectura, porque en realidad lo que habría que destacar es “cómo han cambiado los tiempos” o incluso, cómo han mejorado para algunas injusticias o inequidades. No que la mejora sea el avance de tal o cual represión o prohibición. Pero quizá se trate de un tiempo donde la cultura, como en el Medioevo, vuelve a apostar por la represión y la propaganda. La Historia no conoce progresos y sabemos que lo que ayer fue tragedia mañana será farsa. Que lo que hoy es escándalo mañana será mainstream, y lo que fue vanguardia será demodé o el centro mismo del canon. Hoy las buenas conciencias leerán entonces textos reprimidos, infames y candorosos. Textos que digan lo que ya se dice, lo que se quiere escuchar, sin disidencias ni contradicciones, textos celebratorios del discurso de época. Y si bien desde siempre los autores han enfrentado procesos por sus escritos, este será quizás el siglo donde no hará falta alguna, pueden descansar los jueces. La autocensura ha ganado terreno, el síndrome SMA: síndrome del miedo adquirido. Lo dijo en confianza un agente literario, el año que viene postcrisis del Covid, las editoriales, ¿todas?, las independientes, las más combativas, las más osadas, las más pro diversidad cultural, pro defensa de las culturas minoritarias, todas solo querrán best-sellers, lecturas sobre la arena. Best-sellers o nada. Aunque esos best-sellers estén disfrazados, como lo anuncian varios editores y editoras, de libros revolucionarios y transgresores. Varios autores ya venden sus libros como historias con pandemia, ecología y feminismo incluido. Porque como siempre el as de espadas sirve al as de oro, y todas las consignas morales progresistas, oh casualidad, tributan al ideario de las diferentes industrias reconvirtiéndose.

Ariana Harwicz y Edgardo Scott son escritores argentinos.

[Fuente: http://www.elpais.com]

La cultura es lo que somos, una lucha permanente entre valores y, por lo tanto, permite el descubrimiento de lo humano, en todo lo que tiene de podrido y de vibrante, de sucio y de bello.

Escrito por Francisco Louça (*)

HBO ha eliminado de su catálogo la película “Lo que el viento se llevó », que Victor Fleming realizó en 1939 y que fue recibida con entusiasmo (ocho Oscar). Mejor si la vuelve a poner a disposición del público. No es posible ni deseable que semejante obra desaparezca del espacio público, por la sencilla razón de que nuestra cultura y nuestra historia están hechas de esto mismo, de monumentos grandiosos y de momentos siniestros, de brillantez y de vergüenza. Solo reconoceremos nuestro mundo si percibimos todas sus voces.

Los sótanos de la historia

En el contexto norteamericano marcado por el asesinato de George Floyd y el mayor movimiento de protesta antirracista desde 1968, HBO ha reaccionado a la presión contra la exhibición de objetos culturales que podrían interpretarse como promotores de la violencia racial. En este caso, una película que glorifica a la Confederación del Sur y que naturaliza la sociedad esclavista. Ha actuado por miedo y retirado la película. John Ridley, el autor del guion de « Doce años de esclavitud » (2013, tres Oscar), ha planteado la cuestión, pero no sugiere censuras: « Déjenme ser claro: no creo en la censura. No creo que ‘Lo que el viento se llevó’ deba relegarse a un sótano en Burbank. Solo pido que, después de permitir que pase un período de tiempo respetuoso, la película se recupere en la plataforma HBO junto con otras películas que brinden una imagen más amplia y completa de lo que realmente fueron la esclavitud y la Confederación ».

No sé si esa solución u otra responden a la pregunta esencial. El punto es que esta película es un himno al racismo y debe ser vista. Pero estoy de acuerdo con Ridley en que la censura no es aceptable. Es mejor saber que esconderse. La película de 1915 de Griffith « El nacimiento de una nación » debe estar disponible por la misma razón: es una pieza de la historia del cine y de una época en que la élite estadounidense glorificó al Ku Klux Klan (incluso hoy en día algunos de sus jefes parecen apoyar a Trump). Lo mismo puede decirse de tantos otras.

Las fronteras de la censura

Habrá quienes celebren la decisión de HBO. Solo por su corta visión, la censura convertirá a estas personas en sus próximos objetivos y es mejor que lo sepan. Pero hay razones mayores para negarse rotundamente a ver la cultura como una narrativa ilustrada que se dirige hacia un cielo sin mácula. La cultura es lo que somos, una lucha permanente entre valores y, por lo tanto, permite el descubrimiento de lo humano, en todo lo que tiene de podrido y de vibrante, de sucio y de bello. Si alguien puede reclamar el derecho a limitar el espacio público según su propio código, recordemos los antecedentes, desde las hogueras de la Inquisición hasta la destrucción de libros y del « arte degenerado » en la Alemania de Hitler, o también el Índice soviético. ¿Cuál es entonces la frontera de la censura? En algunos casos, la razón para rechazar un discurso estético puede parecer más obvia, pero siempre es un error. Leni Riefenstahl, en « El triunfo de la voluntad », ¿estetizó la propaganda nazi? Sí. Nabokov, en « Lolita », ¿romantizó el abuso de menores? Sí. Pero pregúntese ahora si Bertolucci, en « El último tango en París », o incluso Almodóvar, en « Habla con ella », ¿no trivializaron de alguna manera la violación? Pues sí. En cualquier caso, deberíamos poder leer esos libros y ver esas películas.

Todas son obras controvertidas, que exaltan o, al menos, toleran actos que ahora se consideran delito. Sin embargo, son productos culturales sorprendentes y nuestras vidas no estarán protegidas de la exposición al racismo, la pedofilia y la violación de la autodeterminación sexual, si es por la censura. Por el contrario, debemos conocer la cultura tal como es y ha sido, y situarla en su época. Solo así encontraremos en nosotros mismos la radicalidad del ser humano y su voz humanista.

(*) Economista y activista del Bloco de Esquerda de Portugal, es miembro del Consejo de Estado. 

[Fuente: Expresso – traducción: G. Buster – reproducido en http://www.sinpermiso.info]

David King s’occupe de tout, de Joshua Cohen, raconte les déboires du propriétaire d’un business, Moving Kings, dans la métropole new-yorkaise. La vie de ce quinquagénaire originaire du New Jersey bascule lorsqu’il embauche un cousin et un camarade de celui-ci, tous deux récemment démobilisés après leur service militaire en Israël. EaN a pu s’entretenir par courriel avec l’auteur culte pendant son confinement chez lui à Brooklyn. Nous l’avons interrogé sur son roman, sa carrière, son New Jersey natal et sa vision de la littérature, à l’aune de notre lecture de ses articles rassemblés dans le recueil Attention(inédit en français).

Joshua Cohen, David King s’occupe de tout. Trad. de l’anglais (États-Unis) par Stéphane Vanderhaeghe. Grasset, 336 p., 20,90 €

Propos recueillis par Steven Sampson 

Joshua Cohen, ancien correspondant du Jewish Daily Forward en Europe et autrefois critique littéraire au magazine Harper’s, est célébré aux États-Unis pour ses articles, ses nouvelles et ses romans, dont deux pavés, Witz et Book of Numbers. Jeune, beau, prolifique, polyglotte et cosmopolite – il travaille entre Berlin, Israël et Brooklyn –, s’il se suicidait aujourd’hui (on ne le souhaite pas), il pourrait devenir le prochain David Foster Wallace.

David King s’occupe de tout, son deuxième roman traduit en français, a pour héros un homme autodestructeur. Sa vie est un enfer, le reflet de ce qu’il crée pour ses femmes, sa fille et ses clients : Moving Kings, son business (et le titre original du roman), fournit non seulement des services de déménagement et d’entreposage, mais confisque les biens des clients endettés. C’est donc une sale affaire que rejoignent les deux anciens soldats israéliens, impatients d’oublier la Cisjordanie, mais occupés de nouveau à occuper.

Quelle a été la genèse de ce roman ?

À l’origine, je voulais décrire des Israéliens dans le monde, suivre une unité entière pendant leur année à l’étranger, à la fin de leur service. Certains d’entre eux iraient en Asie, d’autres en Europe, d’autres encore en Afrique, etc. L’ampleur de cette dispersion aurait constitué une légère exagération. Après que j’ai travaillé sur ce schéma, les soldats que j’avais amenés en Amérique ont pris le dessus. L’histoire de la littérature juive est celle de la diaspora : je me suis dit qu’il était temps de décrire celle d’Israël, ces garçons qui partent de leur propre gré, et dont certains ne reviennent jamais.

Vous êtes américain et vous écrivez en anglais. Pourquoi parler des Israéliens ? Pour quel public ?

Pour qui j’écris ? Je n’en sais rien. Probablement pour les morts. Je crois que j’écris soit pour eux, soit pour la phrase elle-même : pour plaire à la phrase. Lorsque celle-ci est satisfaite, le paragraphe l’est aussi. Et ensuite la page, des pages, et le monde.

Cela me rappelle le personnage d’E. I. Lonoff dans L’écrivain fantôme de Philip Roth. On demandait souvent à Roth s’il se considérait comme un écrivain juif américain. Et vous ?

Je ne me soucie pas de cela, de cette idée d’Américains ou de Juifs : l’obligation de définir et de codifier les contours de leurs littératures respectives est ridicule. Imaginez si on posait ces questions sur quelque chose qui compte vraiment, par exemple la nourriture. Ce que j’appelle les « French fries » sont-elles vraiment françaises ? Un hamburger vient-il de Hambourg? Un frankfurter de Francfort ? Doivent-ils être préparés et consommés uniquement par des Hambourgeois et des Francfortois ? Je ne me suis jamais préoccupé de la race, de l’ethnie, de la religion, du genre ou de l’orientation sexuelle d’un chef. Les gens feraient mieux de consommer la littérature – même de manger cru un livre – plutôt que d’interroger l’identité d’un auteur.

La première phrase de votre roman a une sonorité biblique : « Vous les reconnaîtrez à leurs véhicules… ». Par cet incipit, s’inscrit-il dans la tradition juive ?

Ce livre fait partie de la tradition juive de la même manière que la source de cette citation, l’évangile selon saint Matthieu : « C’est à leurs fruits que vous les reconnaîtrez. » Le christianisme et le judaïsme font-ils une seule religion ? Jésus était-il sioniste ? Ma réponse : oui, le christianisme et le judaïsme sont la même religion, comme le Maroc, l’Algérie, la Tunisie et la Libye sont essentiellement le même pays que la France.

Ce roman a-t-il été influencé par votre enfance et votre adolescence dans le New Jersey ? Que pensez-vous d’autres représentations littéraires ou cinématographiques de cet État ?

C’est la rive de l’autre côté du fleuve, la terre non promise. Mais j’insiste sur le fait que je suis du sud : Atlantic City, le Jersey Shore. En termes new-jerseyesques, c’est le plus éloigné possible. C’est là où l’influence de la ville s’écroule dans le sable, vaincue par la mer. Cette partie de l’état a été négligée par la littérature – on la voit dans Atlantic City de Louis Malle, oui, et dans The King of Marvin Gardens de Bob Rafelson, mais pas en littérature. Je crois que l’isolement de l’endroit s’oppose au langage : l’Atlantique emporte le langage et nous interdit de réfléchir, de narrer, d’élaborer des intrigues.

Dans Woody et les robots de Woody Allen, le héros dit : « Je crois qu’il y a de l’intelligence dans l’Univers, excepté dans certaines parties du New Jersey. » Votre portrait de cet état, ici et dans Attention, a quelque chose d’infernal. Et puis ce roman s’achève dans un incendie.

Je ne crois pas à l’enfer. Et je n’arrive pas à imaginer ce à quoi je ne crois pas. À mes yeux, l’eschatologie se résume à une fuite – de haut niveau – devant la réalité. Le New Jersey que je décris est celui que je connais, il n’est pas dépourvu de qualités rédemptrices. Walt Whitman était un enfant du New Jersey, ainsi qu’Allen Ginsberg. Quant à Atlantic City, pendant presque deux décennies, l’été, Johnny Hodges et Wild Bill Davis jouaient régulièrement chez Grace’s Little Belmont sur la Kentucky Avenue. Là où Johnny Hodges et Wild Bill Davis jouent, on est sûr de ne pas être en enfer.

David King a grandi dans le New Jersey. A-t-il été éduqué comme vous, dans une « académie hébraïque » avant d’aller dans un lycée public ?

Jusqu’à ma bar mitzvah, j’étais à la Hebrew Academy du comté d’Atlantic. Anecdote amusante : les écoles à Atlantic City étaient si mauvaises – ou considérées comme telles par les riches – que la jeune Ivanka Trump a fait l’école maternelle chez nous. Cela serait-il à l’origine de son philosémitisme ? On faisait une demi-journée d’études juives – TanachMishnaGemara – et une demi-journée pour le reste. L’idéologie était sioniste, orthodoxe. Il fallait porter la kippa et éviter les filles. Je m’attirais pas mal d’ennuis. L’éducation de David King est moins formelle, c’est celle d’une génération plus ancienne : le fondement est essentiellement yiddish, alors que le mien est hébraïque. Chaque vendredi, il fallait écrire une lettre à Gorbatchev en lui demandant de libérer les Juifs soviétiques, pour qu’ils puissent émigrer en Israël : « Cher Gorbatchev, laissez mon peuple partir ! »

Comment voyez-vous ce déplacement du yiddish vers l’hébreu ?

David King est de la génération de mes parents, mais américain. Yoav et Uri sont plus proches de mon âge, mais israéliens. Je suis entre les deux, et c’est un endroit puissant pour l’écriture, qui me permet de les faire converser, de jouer le rôle du traducteur.

Vous avez étudié la composition musicale au conservatoire. Book of Numbers et Witz se lisent comme de longs poèmes. Votre vocation repose-t-elle sur la musique ?

Enfant, j’étais très musicien, passion approfondie par des études formelles, oui, avant mon effondrement mental, émotionnel et psychologique. Ce qui me reste de cette époque est un attachement pour le contrepoint, la polyphonie vocale, ainsi qu’un intérêt un peu abstrait pour la manière dont l’art peut structurer le temps. Cela dit, je me suis toujours méfié de la musique, même si je ne l’ai pas avoué avant de l’abandonner. Pour sa capacité de nous inonder d’émotion, de nous influencer jusqu’à tuer la pensée. Je suis trop sensible à cela : j’ai trop envie de « me rendre ».

Vous vous rendez moins dans ce roman, non ?

Chaque livre a ses exigences propres. Certains demandent de l’ampleur, d’autres de la concision. Ce qui importe, ce qui relève de la musique, c’est d’écouter ce que demande le matériau.

Book of Numbers et Moving Kings concernent des business, thème généralement absent dans la fiction contemporaine, selon Chris Kraus. Êtes-vous d’accord ?

J’aime le travail, c’est quelque chose d’important. Comment on fabrique, comment on gagne sa vie, la fierté ou la honte qui va avec, les familles alternatives dans lesquelles on s’emmêle. Le travail est une partie importante de la vie, c’est alarmant de constater à quel point sa présence est rare dans les romans. Le lecteur cherche-t-il à lui échapper ? Les écrivains ont-ils peu d’expérience du travail ? Ou est-ce qu’ils ne conçoivent pas leurs propres efforts comme du travail ? C’est mon cas, quand ça avance bien.

Y a-t-il une différence entre le travail en général et celui de l’écrivain ?

Je comprends que certains lecteurs s’intéressent au travail du romancier et qu’ils se dirigent donc vers l’autofiction. Pour ma part, je m’intéresse à d’autres métiers : lire sur les difficultés qu’il y a à enchaîner des mots m’ennuie à mourir (c’est quelque chose que j’ai essayé de transmettre et de ridiculiser dans Book of Numbers). En revanche, je suis capable de lire à l’infini sur des médecins, des avocats, des gantiers, des cordonniers, des charpentiers, des soldats, des membres du clergé, et, enfin, sur n’importe qui travaillant avec des chevaux.

En même temps, vous êtes fasciné par les mots, dont ceux de l’hébreu. Ce texte est-il un roman israélien écrit en anglais ?

Le casting est global, donc je dirais que c’est un roman new-yorkais. Alors que les New-Yorkais trouveraient peut-être que c’est un livre du New Jersey. Il y a des thèmes juifs, mais l’écriture est celle de la langue de la Bible du roi Jacques et de Monty Python. Le monde est suffisamment compliqué sans ajouter des étiquettes.

Pourtant, vous écrivez : « Mais les soldats […] n’étaient pas juifs, ou pas seulement juifs, – ils étaient, avant toute chose, israéliens ». Quelle différence entre le Juif et l’Israélien ?

Je laisserai cette question aux rabbins, qui ont tendance à répondre horriblement. Encore une fois, je ne crois pas aux étiquettes, mais plutôt au narcissisme des petites différences – ce qui explique pourquoi je ne m’« identifierais » pas comme freudien. Toute la vie est une lutte entre les identités qu’on revendique pour soi et celles qu’on nous impose. Ensuite on meurt. Mais les autres continuent pour l’éternité.

Selon le critique Harold Bloom, mort en 2019, Book of Numbers est l’un des quatre meilleurs romans juifs américains : « David King s’occupe de tout est un livre fort et plutôt blessant, ce qui aide à le valider. Book of Numbers est d’une puissance bouleversante. »

Bloom a été très gentil, et s’il a été blessé par ce roman, c’est parce qu’il y a trouvé certaines vérités : le judaïsme dans lequel il a grandi devenait méconnaissable. Cela dit, le judaïsme n’était qu’un cas limite, parce que toute la culture de sa jeunesse devenait méconnaissable. C’était un homme qui respirait la littérature ; pendant les dernières décennies de sa vie, il sentait que le philistinisme contre lequel il s’était toujours battu avait pris le dessus. Les nécrologies horribles qu’il a eues le confirment : on s’est moqué de lui, on l’a tourné en dérision, on l’a sorti comme les poubelles. Mais c’était un ange.

En quoi le judaïsme est-il un « cas limite » ? Quel a été le judaïsme de Harold Bloom ?

Bloom croyait que la politique avait saboté la tradition : contre les beautés de celle-ci, on épinglait les péchés du passé. Les Juifs, par ailleurs, n’ont jamais réagi comme ça, pas de manière sérieuse : ma grand-mère, bien que toute sa famille ait été assassinée par les nazis, aimait toujours la culture allemande. Je me sens plus à l’aise en parlant pour ma grand-mère que pour Bloom, donc je me limiterai à dire qu’ils ont partagé l’idée que l’assimilation pouvait être une force corrosive, si l’identité majoritaire prétendait remplacer, plutôt qu’accompagner, celles des minorités. Ma grand-mère pensait ceci de l’Allemagne : on a fait sentir au Juif qu’il devait quitter le judaïsme afin de devenir pleinement allemand. Et Bloom pensait ceci de l’Amérique : on a fait sentir au Juif qu’il devait quitter le judaïsme afin de devenir pleinement américain.

Quelles sont les manifestations contemporaines de ce « philistinisme » ?

Ouvrir votre fenêtre, sortir votre tête : voilà.

Vivian Gornick affirme que le roman juif américain est mort, parce qu’il dépendait d’un sentiment d’exclusion maintenant dépassé. Cela expliquerait-il le changement d’ambiance, du yiddish vers l’hébreu ?

Vivian Gornick, qui, la dernière fois que je l’ai vérifié, était plus vivante que sa conception du roman, ne se sent-elle pas exclue ? Pour une nouvelle, c’en est une ! Pense-t-elle que son style de critique et même son style de féminisme prospèrent ? Il n’y a pas de roman juif américain, il n’y a que des romans : ils ne mourront que quand les romanciers mourront, et non les derniers critiques ou les derniers lecteurs. Ce qui m’amuse, c’est que sa critique quasi gauchiste rejoint celle des sionistes de droite qui ont prononcé l’acte de décès de l’art de la diaspora juive à cause de la naissance d’Israël. La dernière fois qu’on a émis ce jugement avec la moindre conviction, ce fut dans les années 1950, même si des écrivains israéliens tels que A. B. Yehoshua continuaient à le répéter machinalement pendant les carrières de Bellow, Roth, Malamud et Ozick, pour ne pas évoquer Woody Allen (est-il permis d’évoquer Woody Allen ?) ou les frères Coen – aucun lien familial. On a dit la même chose lorsque I. B. Singer est parti à Stockholm recevoir son Nobel et pérorer en yiddish, et c’est étonnant que ce raisonnement existe encore, après que l’académie suédoise a honoré Dylan. C’est Idiot WindTangled up in its own blueness [jeux de mots d’après les titres de deux chansons de Dylan]. Pas Gornick, mais gornisht [« rien », en yiddish].

David King s’occupe des déménagements. Est-ce un commentaire sur le Juif errant ? Avez-vous fait des recherches ?

Oui. Comme vous le suggérez, la résonance est probablement trop évidente : errer ; être sans foyer ; dépossession ; perte ; vos seules possessions sont vos souvenirs. Moving Kings était basé sur plusieurs business, dont tous risquent un jour de me faire un procès.

David King passe beaucoup de temps dans le Queens. Dans la même veine, la citation mise en exergue au début du roman, tirée du psaume 32, sert-elle à évoquer le roi David ?

Oui, j’ai voulu intégrer la légende du roi David et Batchéva, Yoav et Uriah, selon le schéma d’une certaine possessivité juive. Mais allez ! C’est le travail du critique de porter les cartons et de les déballer.

La description d’Israël est convaincante. C’est du vécu ?

J’ai grandi en allant régulièrement en Israël, pour rendre visite à ma famille, ou pour mes études. J’y vais encore chaque année, s’il n’y a pas de confinement. Mais ma connaissance d’Israël a moins compté pour ce livre que mon expérience avec les Israéliens à l’étranger, à New York, dans le New Jersey, et surtout en Europe. J’ai quitté les États-Unis à vingt ans, juste avant ce qu’on appelle en Europe le « 11-Septembre » (tout est inversé !). J’habitais un autre siècle : traverser l’ancien bloc de l’Est, des Balkans à la Baltique, faire des reportages pour le Jewish Daily Forward, qui, malgré son nom, était un hebdomadaire. C’était une époque solitaire, très solitaire. « SAD », comme dirait Trump. J’étais un « LOSER » ! Mais je savais ce que je faisais : j’améliorais mon écriture en aggravant ma vie. Je m’obligeais à devenir romancier. Loin des pairs. Loin de l’industrie. Dans les villes et les fosses septiques qui ont nourri mes ancêtres et par conséquent la culture dans laquelle j’ai été élevé. Je devais écrire deux articles par mois pour The Forward – deux articles qui payaient mon loyer. C’est-à-dire, jusqu’à ce que l’UE se soit levée et que tout devienne propre, cher et luisant. La plupart de mes amis étaient israéliens, surtout à Berlin, qui était à l’époque la ville où il y avait le plus d’Israéliens (en pourcentage) en dehors d’Israël. Il s’agissait de garçons tout juste sortis de l’armée, jeunes, fauchés, drogués et libidineux. L’un d’entre eux prétendait avoir été dans un club de strip-tease à Prague avec Mohammed Atta : « Un gars sympa ».

Votre portrait d’Israéliens fait penser à Opération Shylock et à Portnoy. Dans ce dernier livre, le héros se fait humilier sexuellement par deux soldates. Dans la scène avec Yoav et Tammy, vous inversez l’équation. L’érotisme met-il en lumière la différence entre Juif et Israélien ?

Le sexe est l’une des façons les plus agréables de se naturaliser en pays étranger, bien sûr. Le sexe, et être chauffeur de taxi.

Imamu Nabi, le musulman (converti) sans abri, fonctionne ici comme une sorte de deus ex machina. Là aussi, on pense à Roth, au personnage de Lester Farley dans La tache. Roth vous a-t-il influencé ? Comment avez-vous conçu ce personnage ?

Roth est incontournable. C’est un peu votre oncle préféré que vous auriez voulu avoir comme père, jusqu’à un certain âge… Puis vous arrivez à vraiment apprécier votre père. Quant à Imamu Nabi, j’avais travaillé avec quelqu’un comme lui dans les casinos, au Resort’s, à Atlantic City, la ville où il y avait le plus de propriétés saisies pendant quelques années après la crise de 2008. Je n’avais pas entendu parler de lui pendant très longtemps, puis, en 2010 à peu près, je l’ai vu dans le journal : la banque avait saisi la maison de sa mère et il l’avait incendiée.

Vous avez écrit qu’on est tous écrivains à cause d’Internet, qui crée « un excès de distraction ». En 2018, au MAHJ, on a présenté un texte, PCKWCK, que vous avez écrit en quarante-huit heures en échangeant avec des internautes. Que cherchiez-vous à réaliser ?

Comme prévu, ça m’a rendu fou. Ce fut une première mondiale pour un roman écrit en live. J’ai été étonné que les gens croient que j’étais sérieux, que je ne me moquais pas d’Internet, de sa vanité artistique, induite par son appétit implacable de « contenu ».

Quels écrivains ont compté pour vous ? Lisez-vous le yiddish ou l’hébreu ?

Yoram Kaniuk a été important pour moi, comme romancier et comme ami. Je lis l’hébreu, pas le yiddish. Et j’ai fait des traductions depuis l’hébreu, plutôt de la poésie, dont les poèmes de Yitzhak Laor.

Selon vous, les modernistes ont cherché à imposer forme et structure à leurs personnages et donc destin, plutôt que de laisser celui-ci naître de leur « nature » essentielle.

Cela relève des années 1960 et 1970, de la « contre-culture », la génération en Amérique qui cherchait un plan secret ou un schéma – la génération de la paranoïa et de la conspiration. Aujourd’hui, tout cela me semble pittoresque. Tellement vieillot. Parce que, soyons honnêtes, à l’époque du piratage, qu’est-ce qui est caché ? Qu’est-ce qui est encore suspect ? Pour le dire autrement : si pour Pynchon, la question était : « est-ce vrai ? », pour moi, la question aujourd’hui est : « comment le vivre ? » Mon objection principale à propos de certains romans importants des années 1960 et 1970 concerne la netteté et la logique de leurs cabales : on part toujours en quête d’une source, d’une explication, d’une intention, d’un but. C’est presque religieux, comiquement religieux, cette chasse pour savoir qui ou quoi nous contrôle. Ce n’est qu’une façon d’éviter, de nier le désordre fondamental du monde. Et sa stupidité. Pensez à ce concept américain de l’État profond, ou aux émotions et aux attentes que les Américains sous Trump y ont investies. C’est poignant. C’est « triste », comme Trump le dirait lui-même. Qu’autant de gens, même des gens qui se définissent comme des « libertaires », espèrent publiquement être protégés par le FBI ou la CIA ou la NSA – que le FBI ou la CIA ou le NSA organisent un coup d’État. Ou cette idée selon laquelle les militaires seraient suffisamment « responsables » et « professionnels » pour empêcher Trump de faire quelque chose de catastrophique. Cette notion idiote des « adultes présents dans la pièce ». Chaque jour, il me paraît plus évident qu’il n’y a pas d’« adultes », il n’y a même pas de « pièce ». Il n’y a que du chaos. Pour revenir aux livres, je dirais que, dans cette génération, c’est DeLillo qui a le mieux compris tout cela. Il sait que ses phrases doivent fournir le galbe et la clarté formelle dont manque notre gouvernance.

En quoi les phrases de DeLillo sont-elles meilleures ? 

J’entends ses rythmes, sa musique. C’est du pur parler new-yorkais, de la rue, pas mâché. Et ses virgules sont aussi efficaces pour interrompre la signification que le sont des klaxons.

Et DeLillo, contrairement aux autres, ne verse pas dans la paranoïa ?

Au début, il était préoccupé par la paranoïa et les complots, mais jamais en soi : il s’intéressait à leurs effets sur les gens. Chez lui, cela prend un aspect religieux : qu’est-ce que cela signifie qu’on vous cache la vérité ? Et lorsqu’on arrête d’y croire, pour quelle raison devrait-on vivre ?

Donc, les destins des personnages ici ne dépendent pas de forces cachées et mystérieuses.

Dans David King s’occupe de tout, j’ai cherché à éviter tout secret. Je ne voulais même pas cacher une métaphore. Au contraire, je voulais tout étaler. Avec un homme ayant servi dans l’armée occupante en Palestine – qu’il n’aurait jamais appelée « Palestine », bien entendu –, qui déménage à New York, y trouvant un nouveau métier comme déménageur, voire déménageur/expulseur dans les arrondissements extérieurs. La métaphore est là non seulement pour le lecteur – même le mec, mon héros, la pige. C’est lui qui entend la rime entre les deux situations, les deux contextes de la – disons – dépossession. C’est lui qui doit vivre cette rime. C’est juste devant sa gueule. C’est quotidien. Et donc il doit faire face – il doit interroger ses certitudes, peser ses actions. Savoir pourquoi une personne se politise, comment, où et quand, lorsqu’elle commence à affronter les implications morales et éthiques de son travail, cela me semblera toujours plus intéressant, parce que plus familier, que de me demander : « Puis-je identifier les systèmes manipulateurs et globaux à l’œuvre dans les coulisses ? »

Vous dites qu’Israël est le seul sujet juif contemporain, le seul qui ne soit pas kitsch. Pourquoi?

Parce que c’est une entreprise viable. Ce n’est pas fini. Ce n’est pas historique. C’est maintenant et c’est vivant.

Dans Attention, vous évoquez la réitération, un aspect de l’hébreu et d’autres langues sémites, engendrée par la narration du Déluge, celle-ci composée de sources multiples ou de multiples strates d’une source. Visez-vous cet effet dans votre écriture ?

J’ai toujours admiré les romans qui racontent en redisant, à travers des voix multiples. Seul le roman peut le faire : la polysémie ; la création de personnages par les seuls dialogues, via des récits conflictuels, des mondes en concurrence. Le lecteur est l’unique gagnant.

Votre parcours professionnel paraît démodé : au lieu de faire une école d’écriture créative, vous avez travaillé comme journaliste et critique. Quel effet cela a-t-il eu sur votre fiction ? 

J’étais idiot, et je le suis encore. J’ai cru à tout ce que j’ai lu : que l’Histoire était le meilleur guide pour le présent et l’avenir. Si les romanciers du passé avaient produit de la non-fiction pour subvenir à l’écriture de leurs romans, alors je ferais pareil. C’était du travail de « la main gauche », qui a rapidement requis ma main droite. Et qui a éventuellement pris en charge ma vie. Pour l’écrivain de fiction, la non-fiction est l’endroit où vous allez pour enterrer le self, pour cacher vos secrets comme s’ils étaient des os ; pour les écrivains de non-fiction, c’est le contraire. Et j’en ai toujours eu honte. Parce que, même si tout dans ma non-fiction est vrai et vérifié, l’impulsion est fausse. On doit obscurcir l’impulsion, la motivation.

Après Witz et Book of Numbers, il me semble qu’avec David King vous délaissez le « roman de systèmes », pour citer Tom LeClair. Comptez-vous continuer dans ce sens ?

Je ne suis pas d’accord : s’il y a un problème avec David King s’occupe de tout, c’est qu’il est trop « systémique ». Quant à l’avenir, je n’ai pas de projets, si ce n’est d’écrire des livres de la manière dont ils doivent être écrits.

Pour revenir à Pynchon, il y a quand même un truc : la musique. Quelles que soient vos réserves, votre prosodie ressemble à la sienne.

J’admire Pynchon, absolument, mais je ne souhaite pas qu’on nous range ensemble, et encore moins avec Foster Wallace : la longueur ne veut pas dire l’affinité et, contrairement à eux, j’ai aussi écrit quelques livres plus courts.

Selon l’un de vos articles, L’arc-en-ciel de la gravité a été écrit sur du papier quadrillé, des cigarettes Kool, avec du café et des cheeseburgers à Manhattan Beach. Comment et où avez-vous écrit ce roman ?

De la même manière que j’écris tout : je l’ai rédigé à la main avec une plume, sur des feuilles volantes dans un classeur. Je l’ai écrit à New York, à Berlin et à Tel Aviv. Cela m’a pris environ six mois. Cigarettes, oui, café, oui, pas de cheeseburgers. Peut-être des sandwiches au fromage fondu.

J’insiste : dans Attention, le chapitre sur Pynchon est passionnant. On y voit votre fascination pour le projet moderniste (mouvement essentiellement non juif). Dans ce roman sur un roi (« King »), auriez-vous cherché à réconcilier deux traditions, l’une et l’autre aristocrates ?

Vraiment, je ne suis pas en train d’esquiver vos questions sur Pynchon. C’est juste que je ne l’ai pas lu depuis un moment. Si nous avons quelque chose en commun, à part du superficiel, je suppose qu’on peut le trouver chez Nabokov [Pynchon a apparemment eu Nabokov comme professeur à l’université de Cornell]. Voilà une aristocratie que je pourrais appuyer, d’autant plus qu’elle serait essentiellement auto-inventée et volontaire.

L’un des chapitres d’Attention – intitulé « Israel Diary » – se termine par la phrase suivante : « Je suis oncle. » Tel David King, qui semble un oncle par rapport à son jeune cousin. Ce roman avunculaire rappelle la Genèse et la figure d’Abraham.

J’aime la figure avunculaire, aussi bien que celle du sandak, le parrain juif, celui qui tient l’enfant mâle pendant la bris [la cérémonie de la circoncision] et qui est responsable de son éducation religieuse. Je dois confondre les deux figures parce que mon oncle Danny était mon sandak. Il est mort juste après la publication de David King s’occupe de tout. Il gérait un quai de pêche et travaillait sans cesse : les poissons ne dorment jamais. Il y a un peu de lui, c’est-à-dire plus qu’il n’aurait voulu, dans David King.

À part DeLillo et Nabokov, y a-t-il des écrivains anglophones qui ont compté pour vous ?

Je déteste les listes. Est-ce Borges qui a dit qu’une liste n’est intéressante que par ce qu’elle omet ? Pour les seuls Américains, disons Nathaniel West et Henry Roth, et restons-en là.

[Photo : Beowulf Sheehan – source :www.en-attendant-nadeau.fr]

Nutsa Abash y su marido, Semyom Bobylev (Archivo de la familia Abash).

Publicado por Karlos Zurutuza

Semyom Bobylev se enamoró perdidamente nada más ver la foto de Nutsa Abash en aquel ejemplar del Pravda. Ginecóloga por la Universidad de Tbilisi, hija de un revolucionario, hermana de un héroe de la Segunda Guerra Mundial… Lo que más llamó la atención de Bobylev, no obstante, era que Nutsa fuera negra.

Aquella visión mariana derivó en una carta que le escribió ese mismo día el entonces aspirante a guarda forestal. Tras cuatro años de relación epistolar, ambos se encontraron finalmente en Tbilisi (Georgia) y acabaron casándose: él, un ruso de los gélidos Urales; ella, una hija de las cálidas aguas del mar Negro que, además de lucir un tono de piel tan singular para una ciudadana soviética, hablaba y pensaba en abjaso, una lengua caucásica de muy pocos. Aquel matrimonio era una prueba más de que la URSS no era un imperio, y ni siquiera un planeta. Era un universo en sí misma. 

Nutsa había llegado al mundo en 1927 y en Adziuzhba, uno de los tres únicos pueblos de toda la URSS habitados por descendientes de pobladores africanos (los otros dos eran Kindigh y Tamsh). Dichas localidades se encontraban en Abjasia, un pequeño rincón en la esquina nororiental del mar Negro conocido también por el sobrenombre de «la Riviera roja». Todo apparatchik que se preciara tenía allí su casa de veraneo. La abjasa también contribuye a poner aquel paraíso subtropical en el mapa soviético: «Nutsa se licencia en Medicina»; «Nutsa visita la granja colectiva que fundó su abuelo»; «Nutsa habla con los periodistas durante las celebraciones de 1 de Mayo»… La fama de la afrosoviética se extiende desde el mar Negro hasta el Pacífico como la sombra del Sputnik en órbita sobre el imperio, y justo en el momento en el que Rosa Parks se niega a ceder su asiento en aquel autobús de Alabama. 

En 1963 escribe una columna en Pravda («En defensa de mis hermanas») en la que denuncia la represión sobre la comunidad afroamericana. «Me duele conocer el trance por el que están pasando los negros en América, no solo porque he crecido en los valores del humanismo y del internacionalismo proletario, sino también porque mi piel es del mismo color», dice la abjasa. Luego pasa a resumir la historia de los negros del Cáucaso antes de subrayar que, «como ciudadanos soviéticos plenamente comprometidos con la construcción del comunismo», los prejuicios raciales les son desconocidos. «¡Libertad para los negros americanos!», remata Nutsa la columna.

También retumbaban los ecos de notorios inmigrantes negros americanos que soñaban con la experiencia de una sociedad igualitaria que prometía el Kremlin. Uno de los más conocidos fue Claude McKay, quien fue invitado a la URSS por el periodista y activista comunista John Reed en 1920, justo después de que Lenin pusiera la «cuestión negra» —así la llamó— sobre la mesa. Problemas burocráticos y económicos hicieron que McKay tardara dos años en llegar; al poco de hacerlo ya fue fotografiado junto a ZinovievBujarin y otros líderes del Partido, quienes no tardarían en nombrarlo «miembro honorífico» del soviet de Moscú. A su vuelta a Estados Unidos publicó multitud de artículos en los que alababa los avances sociales en la URSS y animaba a otros «hermanos» a peregrinar al paraíso socialista para verlo con sus propios ojos. «Muchos verán en estas líneas unos altos niveles de propaganda pero no me importa. Se trata de una buena causa y estoy orgulloso de ser un propagandista», llegó a escribir McKay, quien acabaría convirtiéndose al catolicismo y al anticomunismo más visceral años más tarde.

Que la URSS era un referente para muchos norteamericanos también queda patente en esa serie de reportajes publicada en tres partes por el diario The Afro-American en 1973: «El color de la piel no levanta barreras para los africanos en la Unión Soviética», era el título. Por supuesto, Nutsa será una de las protagonistas principales de aquella cobertura; la otra es Lily Golden. Hija de una pareja de Mississippi emigrada a la URSS en 1931, Golden nació en Tashkent (actual Uzbekistán) y podría haber sido una tenista enorme (fue cuarta en los campeonatos de la URSS) de no haberse decantado por sus estudios de Historia. Se especializó en Estudios Africanos, publicó multitud de libros y se casó con un antiguo vicepresidente de Tanzania. Con él tuvo una hija, Yelena Khanga, que se convertiría en la primera presentadora negra de la televisión soviética. «Pertenezco a todas las razas: soy una afroamericana, judeopolaca e india que se convirtió en rusa en todo menos en la sangre», llegó a decir su madre antes de su muerte en 2010. 

Para entonces ya existe en la URSS una nutrida comunidad de estudiantes llegados de Cuba, Congo, Angola, Libia, así como de todo el arco de países alineados con Moscú. En cuanto a Nutsa, los reporteros del The Afro-American hablan con ella cuando tiene cuarenta años y dos hijos de quince y diecisiete. «Cuando Nutsa acabó la escuela se enfrentó a un problema común a muchos jóvenes soviéticos: había demasiado entre lo que elegir», escribe el reportero. Sus padres, continúa, habían trabajado por la victoria del socialismo, y fue gracias a esto que la joven pudo estudiar Medicina. «Georgianos, abjasos, adjarios y osetas estudian juntos, completamente ajenos a las antiguas rencillas de sus padres y sus abuelos». Por supuesto, el periodista no explica que las «rencillas» datan de ese momento en el que el Cáucaso se convierte en un enorme tablero de backgammon sobre el que Stalin mueve pueblos como fichas, pero ignorando los dados. Nutsa tenía cuatro años cuando, en 1931, el georgiano más poderoso de la historia ordenó la incorporación de Abjasia a la República Socialista de Georgia. 

Aquel fue el principio del fin para los tres pueblos afrosoviéticos. Se pone en marcha un plan para desplazar a los abjasos y que sus casas sean ocupadas por colonos. También se prohíbe el uso de su lengua, e incluso se borra su rastro en topónimos y antropónimos. Un gran número de políticos, intelectuales y personajes públicos abjasos son ejecutados tras fabricarse acusaciones contra ellos; hasta se baraja la posibilidad de trasladar a todos los supervivientes de las purgas a las estepas de Asia Central. Les pasó a los chechenos.

Muchas de las guerras en la zona tras el colapso de la URSS se explican por esas políticas de exterminio. Precisamente, los tres pueblos de los abjasos negros también serán arrasados por el conflicto con Georgia en 1992.

Nutsa, a la izquierda, y sus primos, Shamil y Tsiba Chanba en 1936

De Pushkin a Putin

La primera noticia de aquellos pueblos llega en 1913 a través de un naturalista ruso. Dice quedar «prendado por el paisaje tropical» a la vez que «gratamente sorprendido» de que aquella gente no se diferenciara del resto de más que por el color de la piel. «Solo hablan abjaso y profesan la misma fe que los demás», escribe el viajero en la revista Kavkaz. Fotos antiguas —como la del padre de Nutsa— muestran a gente de rasgos inconfundiblemente africanos tocados con una papaja (gorro tradicional del Cáucaso) y enfundados en la característica cherkeska o casaca ceñida. Esa es la vestimenta tradicional de los hombres desde las orillas del mar Negro hasta las del Caspio. A su marido, Nutsa le explicó lo que ella había oído siempre de su padre; que un príncipe georgiano de la dinastía de los Abashidze había traído a su bisabuela y al hijo de esta a Abjasia. Otra teoría habla de mano de obra importada de África por el príncipe Chachba para trabajar en sus plantaciones de cítricos en el siglo XVII, mientras que la Academia Rusa de las Ciencias apunta al naufragio de un barco otomano cargado de esclavos procedentes de Sudán o Somalia a finales del XVIII frente a la costa abjasa. Una división rusa de alguna fortaleza en algún lugar de la costa habría rescatado al pasaje, el cual acabaría mezclándose con la población local. 

Si bien el esclavismo no era una práctica significativa en la Rusia imperial, contar con sirvientes negros fue una especie de moda que se extendió entre los aristócratas de la época. Durante una recepción en 1894, el embajador americano en Rusia, Andrew Dickson White, descubrió que el chaval que le servía el champán no era «nubio» como le habían dicho, sino de Tennessee. Incluso el bisabuelo de Alexander Pushkin fue un tal Abram Petrovich Hannibal, comandante en jefe del ejército imperial ruso, y de quien se decía que había nacido en Camerún o en Abisinia (actual Etiopía). Ahijado del zar Pedro el Grande, Hannibal había sido traído de niño desde Amsterdam. Pushkin le dedicó una novela biográfica (El negro de Pedro el Grande). En exhaustivo ensayo sobre su figura, Vladimir Nabokov lo describió como «un individuo tímido, ambicioso y cruel; probablemente un buen ingeniero militar, pero un hombre de escasa humanidad». 

En cualquier caso, remontarse a las redes esclavistas para explicar la presencia africana en Rusia puede no ser descabellado, pero sí reducionista. Ya en el siglo V a.C., el propio Heródoto describe a los habitantes de la Cólquide (en el mismo rincón nororiental del mar Negro) como «gente de piel negra y pelo lanoso». Hasta aquí llegaron también Jasón y sus argonautas en busca del vellocino de oro, o Estrabón con su ejército de setenta traductores —uno por cada lengua que se escuchaba en aquel cosmopolita enclave hace más de dos mil años. Aún hay más. La estirpe georgiana de los Abashidze que menciona la propia Nutsa debe su nombre a un tal Abash llegado de Abisinia, y que habría acompañado al último califa de los omeyas (Marwan ibn Mohamed) en su campaña georgiana del siglo VIII. No deja de ser otra leyenda, pero también un recordatorio más de que los desplazamientos humanos intercontinentales son anteriores a los vuelos low cost, e incluso a la rueda.

La total asimilación al Cáucaso de aquella gente fue una de las razones por las cuales los soviéticos no reconocieron a los abjasos negros como una minoría nacional. Además, trazar líneas «de color» entre la población era un «signo del capitalismo colonial» para la narrativa oficial, aunque aquel no dejaba de ser un mensaje bienintencionado que no cuajaba entre la población. A pie de calle, a los subsaharianos o sus descendientes —soviéticos o no— se les llamaba chernozhepy («culos negros»), negativy («negativos fotográficos») con demasiada frecuencia. Hoy es el día en el que a los ciudadanos rusos procedentes del Cáucaso y otras etnias no rusas se les sigue llamando «negros». Los afrosoviéticos fueron un poderoso elemento de propaganda, pero lo cierto es que enamorarse de alguien de rasgos subsaharianos en Leningrado podía convertirse en una aventura tan tortuosa como en la España de Franco.

Lo que queda

Mientras las protestas tras el último crimen racista a manos de un policía estadounidense se extienden por todas las capitales del globo, Moscú no tiene un rostro oscuro y afín a quien cederle un altavoz. Nutsa murió en 2008. A pesar de la proyección internacional que llegó a tener, la abjasa se entregó en cuerpo y alma a su trabajo como ginecóloga y familia y poco más se sabe de ella más allá de aquellos sonoros titulares. Su pueblo natal fue reconstruido tras la guerra del 92 aunque, para entonces, hacía tiempo que había perdido a aquella compacta comunidad de abjasos negros que lo puso una vez en el mapa.

«Hoy hay que buscar mucho para dar con ellos y, en el mejor de los casos, solo encontraremos a alguien con un tono de piel más oscuro de lo que es habitual en Abjasia», explica Viacheslav Chirikba, uno de los antropólogos más reconocidos de la pequeña república. También fue ministro de Exteriores entre 2011 y 2016. El investigador insiste en la «total asimilación cultural y lingüística» de aquella gente en este rincón del Cáucaso, lo cual, continúa, no se contradice con el hecho de que la mayoría no se casara con sus vecinos hace cien años. «Era más clasismo que racismo. En 1920 todavía quedaban restos de la antigua sociedad feudal, por lo que aquellos que pertenecían a los clanes de los antiguos nobles no se mezclaban con los de los sirvientes y lacayos. Por supuesto, los abjasos negros estaban en el escalafón más bajo», asegura el experto. 

Sabemos que Lenin cambió las tornas, pero de aquellos afrosoviéticos ya solo queda una memoria en blanco y negro enmarcada en soflamas triunfalistas. Entre otras cosas, el año que viene se cumplirán ya tres décadas de la disolución de la URSS. Buscamos en la genealogía de Nutsa y damos con su nieta, Diana Bobyleva. No quiere hablar; «Ya lo hice en aquella entrevista en Sputnik del año pasado». Nos manda el enlace por email. Decía Chirikba lo de buscar para conformarse con dar con alguien de tez algo más oscura. Ni siquiera es el caso de Diana, pero creemos ver un sutil reflejo de su abuela en sus facciones. La joven muestra una foto en la que Nutsa posa tocada con una estilosa pamela de rafia junto a ese hombre que le mandó una carta desde los Urales. Podría estar sacada tras participar la pareja en algún intenso debate de Komsomol, aunque también podría tratarse de un matrimonio mixto en la Alabama de los años cincuenta. Podría ser una foto sacada en un club de jazz de Chicago. Al final, lo exótico también puede ser lo más universal.

Nutsa y su hija Nayra en una fotografía sacada en Abjasia

[Fuente: http://www.jotdown.es]